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SIN PALABRAS

Paró el metro en mi estación, subí, e inmediatamente noté una


mirada clavada, de esas que te ruborizan sin conocer los ojos
propietarios. Una vez instalada, de pie, con la espalda pegada al
respaldo de un asiento me atreví a levantar la mirada y encontrarme
con mi vigilante. Al ver aquella cara morena, con pómulos
pronunciados, nariz recta y soberbia, labios gruesos, rojos y jugosos,
como si acabara de chupar una rica fruta; y por fin las garitas
vigilantes, dos grandes ojos negros con tanto brillo que parecía iban a
iluminar algún rincón oscuro. Dos cejas negras pobladas hechas
expresamente para esa cara, de una belleza y sensualidad que podía
acariciarse con todos los sentidos. Alto de fuertes piernas, culo prieto
y paquete generoso, torso fuerte y hombros cuadrados, los brazos
torneados y en las manos un contrabajo que acariciaba al ritmo y
altura de su mirada fija, atravesándome el alma, haciéndome temblar
con el corazón a toda marcha y el sexo húmedo.

Ya no podía desviar la mirada, me había encarcelado con los ojos, me


poseía rítmicamente, en suaves toques que estratégicamente
realizaba en el contrabajo al que se pegaba, con el pene seguramente
duro, por el roce suave y armónico que realizaba. Yo, no podía dejar
de rozarme con el pensamiento, quería ser el contrabajo y él lo sabía,
cada vez el instrumento y él estaban más pegados, cada vez yo mas
mojada, febril-caliente. Alguien le empujó porque quería salir del
vagón, ese movimiento le llevó hasta mí, y ahora estábamos pegados
ambos al contrabajo, él en un lado y yo en el otro, sus ojos
quemándome y mi cuerpo retorciéndose cadenciosamente contra el
instrumento. Él al otro lado apretándome y marcándome el ritmo,
llegó a ser tan agitado y excitado, que me faltaba el aliento, al llegar
a mi estación llegaba el orgasmo amordazado, porque no se me
escapó ni un suspiro, reservándome todas las energías. Al apartarle
para intentar salir, se descubrió para que viera en su pantalón mojado
que el también lo había conseguido. Nos miramos como cómplices de
una aventura callada, fugaz y única, sonreímos, bajé del vagón y me
senté en una silla del andén, seguramente mi boca sonreía.

La Pepa