Nueva Buenos Aires por Sergio Carrera.

KLAUS S.A. Una navidad en blanco y negro y rojo
Una novela de Christian Busquier
© Todos los Derechos Reservados D.N.D.A. Registro Propiedad Intelectual Nº 525.387

ios no existe. Es una certeza. Pero poco importan las certezas en un mundo que ya no sabe de verdades. Ahora mismo podría sonreír si los músculos de mi cara no fueran de piedra. Y el frío de mi cuerpo fuera menos doloroso. En una democracia, todos los hombres son iguales a los ojos de la ley, pero esto no corresponde necesariamente a todos los hombres muertos. Nada más cierto. Alguien lo dijo un siglo atrás. Yo lo digo ahora, y lo digo por experiencia. Creedme. Estos cinco impactos de bala humeantes, minúsculos cráteres que alojan plomo a través de mi cuerpo maltrecho, son una buena prueba de esto. Un inconforme silencio me rodea, intento abrir los ojos y siento cómo la vida se me escapa. Me veo a mí mismo, tirado en la vereda, una cáscara vacía y rota que mira el cielo nocturno de este extraño diciembre porteño. Escupo una bocanada de aire, mezcla de bilis y sangre, me desangro y mi carne se enfría en medio de un charco demasiado tibio y demasiado rojo que derrite la nieve a mi alrededor. Soy un monigote deforme. Y ni siquiera eso. Dios, no podría estar más jodido… Un último pensamiento se mueve en el aire helado: Fe y Miedo son lo que mantiene pegada a la humanidad, una costra de suciedad. Otra certeza a medias que retumba en mi cabeza. Así fue como me hice de papel y caí del cielo, frágil, desnudo de verdades, estrellando mi ego contra el suelo, un saco de cenicientos pensamientos y huesos astillados; cansado, insatisfecho e insoportablemente inquieto. Hundido en un interminable hoyo negro que me traga y me asfixia, me llama por mi nombre y me escupe en la cara su risa despiadada. He fallado. Vuelvo a escuchar la música. Una pista que se me ha escapado. Me pregunto de qué va todo esto… Abro mis ojos a la luz molesta, diáfana, blanquecina, macilenta, lejana, que hiere. Estoy en el fondo de un inodoro, ahogándome en mi propia mierda, y la luz por encima me recuerda lo oscuro que está el resto, tan lejano del mundo. Es allí donde termina y empieza todo. Y la maldita música sigue allí. Un souvenir de mi fracaso. Alguien tira de la cadena y el abismo se abre y me devora. Nada que explique cómo he llegado a esto, aunque lo sé perfectamente. Por cierto, mi nombre es Elías Corso, soy policía. Dios, estoy jodido…

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ACTO PRIMERO Un cuerpo en la nevera

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Nueva Buenos Aires, 13 de diciembre del 2097 Había una vez una ciudad. Y un mundo deshecho. Decadencia y constancia, fantasía y realidad en simbiótica comunión. Un experimento de lo más extraño. Algo maravilloso repleto de maravillas y de incógnitas perpetuas. ¿Es realmente la coherencia el último refugio de los que carecen de imaginación? Tal vez en una sala de té, con el grupo dominguero de bridge, esto signifique algo esencial. Coherencia e imaginación. Un asesinato tiene algo de ambas. Sería un error sobre estimar a cualquiera de las dos. También, posiblemente, al grupo de bridge. Lo cierto es que siempre se trata de un recorte parcial de una oscuridad mayor y latente, como el charco a mis pies, que parece hecho de agua, rebalsado de una luna llena enorme, lechosa, producto de un reflejo desprolijo, sucio. Me acerco y el recorte se amplía. El charco muestra tintes rojos y el blanco lunar está manchado de gotas tan espesas como el aceite. Un charco que en realidad es rojo y la luna reflejada no es otra cosa que un ojo humano abierto totalmente, totalmente inanimado, de un blanco inmaculado por encima de una grotesca mueca que forma la boca, todo dentro de un dolor trabajado, tan trabajado como el cuerpo dejado boca abajo, de perfil, dibujando un movimiento imposible. Hace menos de un mes que el llamado “Cortador” abrió la puerta a una pesadilla desvelada y macabra. Cinco cuerpos en la morgue. Y se suma uno más. La prensa conoce los hechos a medias, nos guardamos algunos detalles pero tienen suficiente para darles cuerda a sus titulares. En mi opinión, se equivocan: es un monstruo que no corta, desgarra, destripa con la saña de un animal hambriento y perfeccionista, que todavía está aprendiendo. Enciendo un cigarrillo y me muevo alrededor de la figura que bien podría ser de cera por lo inmóvil y lo etérea. El sucio callejón apesta. Cruza la manzana de lado a lado como un gusano oscuro que zigzaguea entre la luz de las sirenas y las voces. El nerviosismo se siente en el aire, puede cortarse con una mirada. O un suspiro demasiado profundo. Paredes húmedas, baches del tamaño de un volcán y adoquines de la época de Colón callan el único testimonio válido mientras un grupo de polis

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pelea para que los curiosos no pasen. El horror ajeno siempre atrae moscas. Un dulce que se confunde con la nieve y los charcos de agua sucia. Un dulce demasiado rojo para mi gusto. Reviso mentalmente la escena, busco evidencias que a priori se mantienen ocultas. Detalles. Cada paso me puede llevar a una respuesta o a destruir una pista. Me muevo con cuidado. Un gato danzarín sobre piedras calientes. Encima de mi cabeza, ropa colgando de un balcón francés a punto de derrumbarse. Coloridas casas de chapa. Una postal decadente que ya no atrae a nadie. Por encima de todo esto, un círculo pálido, enrome, colgado del techo del mundo, lleno de mala leche e indiferencia. Y una sombra gigantesca y ovalada que lo atraviesa durante un segundo o más. Un dirigible de la Wentworth/Sloan y Guppenheimer Travel Group se mueve despreocupadamente, proveniente de algún puerto exótico, hacia alguna torre-amarra en cualquiera de los rascacielos Wentworth. Un destello anaranjado se cruza en mi campo de visión. Las turbinas de un patrullero Copter-BellT del DMPNBA despejan la multitud. Los reflectores del Departamento Metropolitano de Policía de Nueva Buenos Aires cepillan el área, buscan una excusa para hurgar en la miseria, y de ser posible, golpear y arrestar, para luego preguntar. La tecnología ha cambiado; las costumbres, no. Definitivamente, necesito un trago. Desando el camino de vuelta al corazón de la escena del crimen. La nieve tapa las huellas y poco más se puede hacer. Los dos extremos del callejón están cerrados y controlados. Respiro una bocanada de aire y La Boca, tan cercana al río, el viejo puerto y los antiguos astilleros, me devuelven una suma de olores malsanos. Uno de los últimos barrios intactos, no reformados, no estirados a las nuevas costumbres urbanas de una ciudad monstruosa que engulle a sus presas como un Minotauro de cemento en su laberinto disfrazado de calles y ornamentos. Lugares como este son cicatrices en el culo de la Nueva Buenos Aires. Adoquines. Cemento. Olor a frituras y brócoli. Basura que no se recoge en décadas. Una medianera invisible que divide lo que es de lo que jamás llegará a ser. Un compendio de malos hábitos que se desparrama como migajas sobre un suelo deshecho, cuando lo que importa, a lo que se resume todo, es esta mirada partida en dos. Aplasto la colilla. Hay cientos de pisadas alrededor. La nieve no ayuda. La estupidez tampoco. Observo a la gente. Amas de casa y prostitutas, chulos y mecánicos, algún que otro jonqui, empleados, ociosos. Tanteo los botones de mi pesado sobretodo, ajustando el cuello lo máximo posible para paliar el frío. La bufanda ayuda en algo. La escena del crimen es un puto circo de feria que guarda una cierta coreografía entre polis, periodistas y paisanos que

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se mueven excitados. Sin olvidar la atracción principal, una víctima que no supera los ocho o nueve años. Sin embargo, los uniformados son los más nerviosos. La sexta víctima nos recuerda lo poco o nada que hemos avanzado en este caso. Los sonidos se condensan y rebotan, y entonces la percibo, primero lejanamente, una canción que comienza a cobrar forma y cuerpo en mi mente.
♫…Mister Sandman, bring me a Dream... make him the cutest that i’ve ever seen…♫

¿Casualidad? Me deshago de ese pensamiento. La casualidad no existe. —Señor… —El sargento Alonso me separa a un lado. Es un tipo cuidadoso, yo se lo agradezco. En nuestro trabajo, la sutileza lo es todo. Sutileza y detalles. Benditos detalles-. El vagabundo encontró el cuerpo. ¿Qué quiere que hagamos con él? Sigo con la mirada la mano del poli hasta un andrajoso al que dos oficiales toman declaración. Dada la situación, es de agradecer que haya dado el chivazo a la policía en vez de hacerse al chico como cena. Debe ser el espíritu navideño. —Llévenlo a la estación. Denle café, una manta y algo de comida, que me espere. —Alonso amaga a irse pero lo detengo, hablándole más cerca—. Que nadie hable con él hasta que yo llegue, ¿entendido? —Sí, señor. Veo como Alonso departe instrucciones. Al vagabundo le falta una pierna y probablemente también sentido común, si esperaba pasar la noche agazapado entre bolsas de basura y cartones. Con este frío y la nieve, por la mañana solo iba a ser otro cadáver para que recogiera la gente de la Cruz Roja. Tal vez se trata de eso, simplemente de morir con dignidad. Vuelvo junto al cuerpo. No hay dignidad en el rostro de cara al cemento que me devuelve una mirada curva, de perfil, o que lo haría, de ser eso todavía posible. Aquello que tenía vida ahora es una marioneta que ya no puede contestarme, no puede decir nada al respecto. Tampoco pregunto. Su muerte no sabe de dignidades. Dos ojos enormes que contemplan un duro vacío. Me arrodillo junto al diminuto cadáver. Soy un muñeco que se mueve por inercia. La cabeza cercenada del cuerpo guarda una sórdida simetría con el torso, separada solo por unos pocos centímetros debajo de un lago de sangre casi congelada, tan oscura como el pavimento. Me digo a mí mismo que es demasiado pronto para que me lastime pensando. No. Primero hay que atacar los detalles, como una especie de macabro coleccionista de cosas inútiles, partes desiguales que tal vez formen el todo de un rompecabezas mayor. Una

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vez más el misterio de la anarquía se ha puesto en movimiento. Luz. Tiempo. Calor. Vida. El dolor es un fragmento diminuto, un vórtice de vacío, un frío amanecer de silencio en un patio desolado y sucio, donde otros juegan a la creación, a dar y quitar vidas. Tan simple y complicado como eso. Me coloco los guantes de seguridad dispuesto a escarbar en esa miseria. Es lo que hago, lo que soy.
♫…Mister Sandman, bring me a Dream... make him the cutest that i’ve ever seen…♫

Percibo la música de nuevo. Casi puedo reconocer la melodía: no de inmediato, claro, pero es cuestión de mover los engranajes de mi cerebro. Me volteo buscando un posible origen pero una extraña certeza me dice que es solo para mí…
♫…give him two lips like roses and clover. then tell him that his lonesome nights are over. Mister Sandman, I’m so alone... Don’t have nobody to call my own…♫

—Ya tiene otro para su colección… La voz suave de la mujer me trae de vuelta a la Tierra. La mano enguantada de la forense voltea con delicadeza el cuerpo del niño dejando el torso hacia arriba. La profilaxis es esencial. Cuidadosamente repite la operación con la cabeza. Nada en su voz delata ningún tipo de emoción: —Esta vez tuvimos suerte. El grado de descomposición es mínimo. Cierto. Al mal tiempo buena cara, ¿no? Un comentario perverso que se me atraganta cuando me acerco al cuerpo que muestra varios moretones violáceos y un corte brutal que lo abre por la mitad, desde sus pequeños genitales hasta el comienzo del cuello, justo donde la carne atestigua el profundo corte transversal. Intento concentrarme en esa máscara gris, elocuente en su mudo y sorpresivo horror. ¿Cómo interpretar ese silencio? —Elías Corso, UCE. —El Anticuario. Es todo un honor. —La voz de la mujer es clara, concisa. No percibo otros matices que los propios de una fría deducción médica, no median emociones confusas ni ideas adelantadas—. Ella González, CFCM. Más allá de lo evidente, la campera azul y rojo con las siglas del Cuerpo Forense Criminal Metropolitano clavadas en la espalda y la pechera, conozco a la doctora González de comentarios sueltos, “radio pasillo”, pero nunca de una de mis escenas. Es relativamente nueva pero ya tiene toda una fama

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encima. Eso es suficiente. Con apenas treinta y dos años, esta ex alumna y protegida de Félix Godard es para muchos su sucesora, algo que el mismísimo jefe del CFCM no se ha molestado en desmentir. Godard le dio el visto bueno y nadie en la Metropolitana va ir de contrario desafiando al viejo y respetado “profesor” a punto de jubilarse. La mujer se acomoda sus lentes rectangulares infrarrojos. No percibo contradicciones en sus gestos o sus movimientos. Es parte de mi “don”, por llamarlo de alguna manera. Una intuición natural para sondear y detectar variaciones emocionales escritas en el cuerpo, los gestos, el rostro. Cualquiera que se esfuerce un poco podría hacerlo. Observar, “leer” los detalles, compilar datos para luego unir los puntos, acceder a un nivel de detalle muy por debajo del detalle mismo, diseccionando las capas que lo conforman, abordando al mismo tiempo la situación y el contexto desde una perspectiva múltiple, con múltiples puntos de vista. Un ejercicio de imaginar un enigma como cientos de cajas chinas, unas dentro de otras, e idear mentalmente las llaves para tantear cada cerradura. Un proceso que responde a una lógica particular, la mía. Deducción e inducción trabajando en paralelo. Un talento ejercitado, como mi sentido del humor. No puedo ver el futuro, no hago el tarot ni leo la borra de café, tampoco tengo premoniciones; el opio y las drogas chamanísticas no entran en mi dieta, aunque evidentemente esta hipotética “sensibilidad” se ha vuelto un arma de doble filo. Además de permitirme mirar donde otros no suelen hacerlo, últimamente me hace permeable a ciertas sintonías que vibran en otra frecuencia, canciones navideñas que nadie más escucha, como esta versión de “Mister Sandman” que sé con absoluta certeza que solo es para mí.
El visor infrarrojo acciona los lentes del zoom especial, corrigiendo el encuadre, abriéndose y cerrándose hasta conseguir de un recorte un primer plano. Es evidente que saben su trabajo. El tal Corso espera con paciencia mientras el equipo forense trabaja en el análisis preliminar. Como un voyeur, invisible paneo de los forenses hacia el DI, el Detective Inspector de la Unidad de Crímenes Especiales del DMPNBA, que se lleva las manos a los bolsillos de su sobretodo. Observo las facciones cansadas del poli que juega con su encendedor. Estudio su aspecto, demasiado prolijo y sobrio para la hora trasnochada. Sombreros, ropa, calzado, autos, clubes, los dorados años treintas se han recuperado y parecen ejercer un encanto que no pasa de moda entre esta humanidad decadente que nos gobierna. El encendedor plateado vuelve al bolsillo mientras que su sombrero, un clásico Borsalino gris, comienza a moverse de una mano a la otra. ¿Un símbolo de desazón y nerviosismo? La llovizna le cae sobre su pelo corto, castaño, manchado de canas, que

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contrasta con su rostro afilado y la mirada neutra aunque intensa, una mirada que podría leerse como un signo de pregunta. Esta especie de Ralph Meeker (las reposiciones de viejos filmes también están a la orden del día), atravesado por un gesto menos pícaro y más perspicaz, adusto, casi demasiado existencialista para mi gusto, se pasea desconsolado. Su buena estatura y complexión hablan de un hombre cuidado: viste camisa blanca sin corbata, tiradores, bufanda y saco de pana debajo de su grueso abrigo. Tal vez piensa que es algo bueno que a sus treinta y tantos años no se haya acostumbrado a este horror; piensa en el talento desperdiciado de una juventud envenenada, sin opciones para elegir. Piensa en lo que hace más espeluznante la ecuación: el asesino puede ser cualquiera, alguien que escucha la palabra de Dios en su cafetera o que entiende mensajes sagrados cada vez que se masturba. Sin embargo, tengo la sospecha de que el Detective Inspector Elías Corso no es como sus colegas del DMPNBA, sino que sabe leer entre líneas. ¿Determinación? ¿Anticipación? Nadie conoce cómo funciona la maquinaria que mueve la mente y los engranajes del deseo. El lente de la forense corrige su encuadre sobre el rostro del niño, como si pudiera sorber sus últimos pensamientos. Nada más imposible, ¿o sí?

Cómo. Quién. Dónde. La Santa Trinidad. Concentrarse en lo inmediato, lo que rodea al crimen, no pecar de ansioso, esperar. La UCE, la cereza en la torta de la Metropolitana, es un gigante ciego dando bandazos. Me digo que es hora de dejar de pensar y actuar más radicalmente. —El cuerpo no lleva más de cuarenta minutos deceso y eso quiere decir que puede que obtengamos algo en limpio esta vez. —Los ojos de Ella González me distraen. Un oasis limpio en medio de tanta suciedad. No espera mi respuesta y nos ahorramos la charla inútil, tal vez sea porque sabe que no tengo nada que decir-. Y definitivamente eso sería bueno, para variar. Ciertamente. En las otras víctimas, el grado de descomposición era tal que ya nada se podía hacer, descontando que en algunos casos faltaban partes. El canibalismo se ha vuelto una práctica usual entre las familias menos tradicionales y ortodoxas de la ciudad. —Ya lo creo que sí. La mujer de guantes y pelo oscuro, recogido sobre la nuca, asiente, ignorando mi comentario, continúa su inspección recorriendo el cuerpo del niño con un lector láser del tamaño de un bolígrafo que desprende una luz verde y un zumbido como el de una abeja. Me decido por igualar el silencio de la víctima y enciendo un nuevo cigarrillo. La canción sigue allí, pendulante, molesta, sin un significado aparente. “Mister Sandman”. A cualquier otro podría parecerle anticuada, inoportuna como cortina musical en un callejón olvidado del mundo, pero lo cierto es que ya nada me parece inoportuno o

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anticuado cuando se trata de la muerte, mucho menos de un asesinato, de un maldito ritual que solo comprenden unos pocos. El arenero trae sueños y cadáveres por igual y a diferencia de nosotros, el Cortador está haciendo su trabajo a conciencia. Ella González se pone de pie quitándose los guantes. Me clava una mirada que me la pone dura. Su asistente comienza a guardar sus baratijas en un pulcro maletín. —Definitivamente, tenemos una buena oportunidad de sacar algo en limpio esta vez, pero no quiero adelantarme. En un par de horas tendré los análisis y allí veremos. —Bien. Se lo agradezco. —Godard tiene a todo el CFCM trabajando en esto. Si hay una pista, si ha cometido el más mínimo error, puede estar seguro de que lo encontraremos. Asiento. Dibujo media sonrisa. La cortesía lo es todo. Estoy hundido con la mierda hasta el cuello y cuando pensaba que nadie recordaba el significado de la Nochebuena, aparece un payaso dejando paquetes sangrientos como símbolo sombrío de una fiesta pagana. Le ofrezco un cigarrillo. —No, gracias. Intento dejarlo. —Eso decimos todos. El fotógrafo forense dispara una seguidilla de instantáneas infrarrojas mientras intento hilvanar alguna idea, ganar tiempo, decir algo inteligente pero cualquier pensamiento coherente se me escurre entre los dedos. Necesito un trago. Ella toma la iniciativa, me gusta esta mujer: —Las heridas coinciden con las víctimas anteriores. El corazón fue removido y extraído y los cortes son perfectamente limpios. Lo que a priori confirma su firma y su MO. —Cosas más extrañas se han visto en los últimos tiempos. Camino alrededor del cuerpo. Los forenses terminan de fotografiar la escena y comienzan a empaquetar el cadáver. Miro a mi alrededor, me dejo llevar por la asociación libre de ideas. Aún no sabemos nada del niño, pero es cierto, todo demuestra que el asesino ha seguido el mismo modus operandi que con las otras víctimas. Su firma es evidente. —No tenía mucho tiempo, así que tuvo que hacerlo rápido. —Y ahí es donde tenemos la ventaja. —Dudo mucho que nos haya dejado su dirección y número de teléfono. —Yo empezaría por buscar su corazón. —No me lo diga así que recién nos conocemos. La forense sonríe. Acepta mi ironía. Dios, podría comerme una boca como esa. También podría partirla de un puñetazo.

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—Sin embargo, no creo que encontremos nada. —Las poleas suben y bajan, descartan posibilidades. El humo del cigarrillo es relajante—. Podemos peinar este lugar toda la noche, pero sería extraño, hasta descortés, que el asesino cambiara en ese detalle su MO ahora y solo por nuestra conveniencia. —Estoy segura de que trabajó a la víctima en este lugar, lo cual es bueno. —Porque quiere decir que comienza a sentirse seguro de sí mismo, a arriesgarse, necesita ponerse y ponernos en evidencia, y eso puede significar que está propenso a cometer un error. —Supuestamente. Usted es el que sabe de criminales. —Supuestamente. — Algo me dice que nada de esto es fruto de la improvisación, sino muy por el contrario—. Todos podemos suponer y ser optimistas, pero hay otros que ya no pueden darse ese lujo y esperan que no nos equivoquemos. Algo tan cierto como que la nieve es blanca, los pájaros trinan y la lluvia moja. Los asistentes de González suben el cuerpo a una camilla que flota limpiamente a pocos centímetros del piso. La forense es inteligente y no se cuida en demostrarlo, algo que la hace ganar puntos. Una segunda voz pensante siempre es bienvenida. —¿No se es la esperanza lo último que se pierde? Además, cuando la magia se acaba… —Solo nos queda mover el avispero. Entiendo la metáfora. Estamos cortos de opciones, de ideas, de todo. La investigación va a la deriva. Me acerco a la pared más próxima. Siento su mirada en la nuca. Curiosidad. —Por cierto, tampoco hay rastros de sangre. —Lo que no descarta a las maravillas, sino por el contrario. —No hay huellas que llamen mi atención—. Un trabajo limpio, perfecto. Un metahumano de nivel 6 ó 7, un “transportador” podría entrar y salir sin ser visto ni oído. —Un transportador, o cualquiera con cierta pericia quirúrgica. —Todo es posible hoy en día, ¿no? Miro hacia arriba. El edificio no es muy alto, pero lo suficiente para que un humano se parta las piernas en un salto limpio. Tampoco hay marcas en el muro. Solo de momento, me aferro a la idea de que es uno de los nuestros y no de los de “ellos”. Al final del callejón, el lugar se pone más oscuro, menos luces, menos tránsito, más estrecho, desemboca en una calle secundaria. Me decido por tentar la suerte. —¡Sargento! —El poli entrado en años, con gruesas arrugas en su cara,

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se me acerca a conciencia. Una de las ventajas de pertenecer al exclusivo club de la UCE es que nadie hace demasiadas preguntas: para eso estamos los puristas—. Revisen el callejón de lado a lado, no hace falta que le diga lo que buscamos, y organice una ronda de preguntas casa por casa. Si alguien vio o escuchó algo, no importa lo nimio que sea, quiero saberlo. —Sí, señor. El sargento arma los grupos de rastreo y encuesta. La gente del CFCM sube el cuerpo del niño al copter-médico. A mi lado, siento ese par de ojos inteligentes que parecen querer decir más de lo que dicen y callar mucho menos de lo que piensan. —Seguramente entró por el lado menos transitado, lo que no explica el por qué de trabajar el cuerpo corriendo el riesgo de que alguien lo viera. —Tal vez ya no le interesa pasar desapercibido. —Tal vez esperaba que alguien efectivamente lo viera. —Mastico las ideas, procesando, barriendo—. “En el crimen se da siempre, esencialmente, una posibilidad teatral que exige que el criminal sea desenmascarado, por lo que el criminal no goza hasta que por fin queda desenmascarado”. —Bataille. Ahora si que estoy impresionada. —“No es extraño que el verdadero y propio origen de la crueldad sea la voluptuosidad”, ¿no es así cómo funciona todo esto? —¿Crueldad y voluptuosidad? Supongo. —Su sonrisa es como un ronroneo. La balanza está equilibrada, y Ella ya lo sabe—. Creo que voy a aceptar uno de esos… Mantengo mi sonrisa y le paso el paquete de cigarrillos artesanales, una variación del tipo Romeo y Julieta, fabricados por la Compañía Sudamericana de Tabaco, o lo que queda de ella. —Interesante… —La forense huele el tabaco con cuidado—. A mi marido le encanta el tabaco bien estacionado. —¿Marido? Ahora sí que definitivamente ha roto mi corazón. —No se esfuerce tanto, no parece propio de su leyenda. —Tampoco pretendo defraudarla. No pierde la sonrisa. Sus manos son delicadas, delgadas, pero firmes, morenas, como su piel, y no tiemblan, puede manejar con fría calma la colilla de un cigarrillo como un bisturí, nada que contradiga con sus gestos, ni su rostro de ojos suaves como la canela que destilan arrogancia. No se trata de una mujer hermosa, pero sí atractiva. Me pregunto cómo decirle educadamente que si encontrara al hijo de puta que me colgó el mote de “Anticuario”, le cortaría las pelotas mientras escucho un disco de Oscar Alemán o Chet Baker. —¿Entonces?

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—Entonces, hago mi rutina. Salgo a escena y tomo declaraciones a personas que seguramente no vieron ni escucharon nada. Indago en los alrededores, en lugares donde ni siquiera las ratas se atreven a echarse un cago, y mientras tanto, espero que usted y su equipo me den la buenas nuevas. Esta vez no sonríe. No tiene porque hacerlo. Yo tampoco lo haría. Si no hay metahumanos por la zona haciéndose las luminarias o echándose una bronca, ¿a quién le importa que a otro chico humilde, que seguramente se prostituía para vivir, lo hayan rajado al medio y tirado con la comida rancia y el meo de los vagabundos? La mujer me desea suerte y se aleja. Su perfume persiste en el aire. Las turbinas del helicopter del CFCM alejan a la turba. Antes de subir, González grita algo que no alcanzo a oír. Seguramente que no la espere despierto. El chiste se pierde. Me quedo con lo mío. Una antigua melodía junto a una fría luna de diciembre que se me antoja plateada cuando en realidad es roja y se retuerce en un charco bajo la escasa luz de un callejón porteño junto a una silueta tallada sobre el piso con un único veredicto posible: “inocente”. Un reclamo de justicia. Sin embargo, los dos sabemos que aún falta mucho para que eso pase y pueda descansar. En la antigüedad, a los muertos se les concedía el favor de llevarse consigo unas monedas de plata, dos moidores para pagar el tributo al Barquero que los cruzaba a la tierra del Hades. Este chico no sabe nada de tradiciones ni de barqueros mortuorios. Solo merece una respuesta. Una respuesta a esa música y al horror que nos rodea… Sí. Haz esta noche tu magia, Mister Sandman, y tráeme un sueño, maldito bastardo.
Camino por una terraza ahora vacía, a unas diez manzanas de la escena del crimen. Los artefactos de ventilación, de los muchos que cubren las terrazas, exhalan una bocanada de aire condensado, un géiser artificial. Observo las marcas de pisadas que apenas perduran sobre la superficie nevada. Imagino el cuerpo echado, cerca del borde, del vacío, estudiando los movimientos de Corso y su gente. Inevitable. Los acontecimientos ruedan hacia un inevitable final. Un dirigible de la WSGTG pasa cerca de la punta en forma de aguja con la que termina el edificio, una arquitectura de acero y vidrio, y se aleja, buscando una amarra a solo tres torres de distancia.1 No ha habido testigos. Claro que no. Acaricio la nieve. Calculo el peso del cuerpo. Reconozco la forma de las huellas que se alejan en dirección contraria al punto de observación. Borceguíes.

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Aspiro el aire. Silencio y quietud. Formas escurridizas. Preguntas sin respuestas. Detalles. Sonrío. En los detalles, diría Corso, está la clave de todo.

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La Wentworth/Sloan & Guppenheimer Travel Group, o WSGTG, revivió la antigua relación de Buenos Aires con los dirigibles, relación que comenzó en 1934, cuando el Graff Zeppelin sobrevoló la ciudad rioplatense. El dirigible alemán paseó por la ciudad hasta aterrizar en Campo de Mayo ante la mirada de cientos de curiosos. Tres años más tarde, el 6 de mayo de 1937, la era de los zeppelines finalizaba trágicamente cuando, durante unas maniobras de amarre, el dirigible LZ129 Hindenburg se incendiaba y caía del cielo envuelto en llamas llevándose consigo unas 35 víctimas. Algunas décadas después, aquella forma ovalada resucitó, pero solo como mero soporte publicitario. Ya en el nuevo siglo, y gracias a las políticas revisionistas impulsadas por Beau Wentworth y sus socios, Serenity Van Sloan y el arquitecto Ivo Guppenheimer, se recuperaron a estos gigantes del aire y se les devolvió su antiguo esplendor. La WSGTG, en un trabajo conjunto con el ingeniero mecánico brasilero Joaquím Santos Dumont, un metahumano egipcio conocido como Faust Asherbanopol y el propio Guppenheimer, desarrollaron rediseñaron íntegramente el modelo de dirigible conocido hasta ese momento. Wentworth y Sloan pusieron el capital para que las nuevas aeronaves ganaran en velocidad, seguridad y comodidad, luciendo esbeltos cuerpos que transportan más de 700 pasajeros, contando con lujosos camarotes y torres-amarra en los principales rascacielos del mundo. La WSGTG, con sus nuevos y poderosos “transatlánticos aéreos”, reinventaron el concepto de “navegar”, con rutas aéreas que unen Nueva Buenos Aires con Madagascar, Zululandia, Calcuta, Tokio y Nueva Zelanda.