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Dedicatoria
Prefacio
Jueves, 22 de junio de 2000
Lunes, 3 de julio de 2000
Jueves, 6 de julio de 2000
Viernes, 7 de julio de 2000 (San Fermín)
Sábado, 8 de julio de 2000
Domingo, 9 de julio de 2000
Lunes, 10 de julio de 2000
Epílogo
Notas
Sobre los autores
Créditos
Grupo Santillana




‹‹Serás como Ra, te alzarás y te acostarás eternamente››

Del Libro de los Muertos
de PTOLOMEO V EPÍFANES.
Prefacio



UN DIÁLOGO SOBRE CELSO MIRAPATIOS
—No sé si llegó a ser consciente de que, a los ojos de los
demás, era un monstruo; pero lo cierto es que lo era. Incluso
para mí, sin duda. Un monstruo escalofriante. Y no solo por su
monstruoso aspecto: flaco, altísimo y de manos enormes; o
porque anduviese siempre gimiendo y babeando; o por el detalle
de que le faltase un pedazo del cráneo. Yo creo que era un
monstruo, sobre todo, porque había llevado una vida digna de
un monstruo, siempre coqueteando con la muerte.
—Coqueteando con la muerte. ¡Qué poético!
—Así es: Con su propia muerte y con la de los demás. A los
diecisiete años se apuntó voluntario para luchar en la guerra civil
española del lado de los nacionales y fue allí, en el frente norte,
cerca de Alsasua, donde la metralla de un obús de mortero casi
le arrancó la vida.
—Pero no murió entonces, claro está.
—No. La explosión solo le destrozó parte de la cabeza, lo
que le dejó ya para siempre mudo y medio lelo. Un capitán
médico que debía de creerse pariente lejano del doctor
Frankenstein, ordenó al herrero de un pueblo cercano forjar en
la fragua una pieza de hierro templado con la que le tapó el
la fragua una pieza de hierro templado con la que le tapó el
boquete que el proyectil le había abierto aquí, en el parietal
derecho, y por el que incluso había perdido parte de la masa
encefálica.
—Una decisión arriesgada.
—Según se mire. Lo cierto es que no tenía mucho que
perder. En plena batalla y con una herida así… ni él mismo
habría dado un real por su vida. Inexplicablemente,
milagrosamente quizá, sobrevivió a la intervención quirúrgica y,
al acabar la contienda, le sustituyeron la placa de hierro por una
de acero inoxidable en otra arriesgada operación. Incluso
apareció en los periódicos de la época como un éxito del
sistema sanitario del nuevo régimen instaurado por el general
Franco. Por cierto que, años después, lo encontré trabajando
como bedel en la Facultad de Medicina.
—¿Al general Franco?
—¡No, hombre…! A Mirapatios.
—Ah, ya decía yo…
—Se encargaba del cuidado de los cadáveres necesarios
para las prácticas de disección del departamento de Anatomía.
Los traía y los llevaba, los limpiaba, y hasta remendaba a su
manera los estragos que en ellos causaban los escalpelos de los
estudiantes menos diestros. Al final de cada curso, se encargaba
de trasladar hasta el cementerio municipal los restos ya
inservibles. Hacía buenas migas con los sepultureros, que lo
consideraban uno de ellos, lo que resulta notable, pues los
enterradores conforman un gremio tremendamente corporativo y
cerrado.
—¿Cuándo ocurría todo eso?
—¿Cuándo ocurría todo eso?
—Hace unos… unos veinte años, calculo. Sí. A principios de
los ochenta. Por aquel entonces, en su carnet de identidad ya
aparecía como Celso Mirapatios. Era un nombre inventado,
claro está. Mirapatios no era sino el apodo por el que lo
conocieron los alumnos del colegio de los hermanos maristas,
donde permaneció durante algunos cursos como vigilante de
recreos. Y Celso era el nombre de aquel capitán médico que le
salvó la vida en la guerra civil… o que le condenó a una
existencia que quizá no merecía haber llevado, según se mire.
—Entonces… ¿incluso usted ignora cuál era su verdadero
nombre?
—Así es. Él lo había olvidado y no poseía documento alguno
que lo aclarase. Nunca supe dónde nació, ni su edad exacta, ni
si tenía algún familiar.
—¡Qué cosa tan tremenda! Vivir sin saber quién eres…
—En sus últimos años, seguramente fui su único amigo. Le
ofrecí ser mi ayudante cuando perdió su empleo en la facultad a
raíz de un turbio asunto de tráfico de restos humanos. A pesar
de sus deficiencias, me empeñé en que aprendiera a defenderse
solo, a preparar los baños para curtir y embalsamar… Ahora
pienso que fue un error. Nunca debí intentarlo. Una tarde, justo
hace ahora once años, cuando yo ya creía que el pobre Celso
era capaz de manejarse por sí solo con los productos químicos,
confundió el cloruro sódico con la sosa cáustica, y murió
asfixiado por los vapores producidos, en un accidente del que
yo siempre me he sentido único responsable.
—Espere, espere un momento… ¿Lo dice en serio? ¿De
veras cree que la muerte de su ayudante fue culpa de usted?
veras cree que la muerte de su ayudante fue culpa de usted?
—En efecto, ya le digo que siempre lo he creído así.
—¿Y si yo le dijera que Celso Mirapatios no murió a causa
de la inhalación de vapores tóxicos… sino que falleció
estrangulado?
—¿Qué? Estrangulado… ¡No es posible!
—Le aseguro que lo es. Al analizar su… su momia, se pudo
comprobar que tenía rota la tráquea.
—Pero… ¿Qué me está diciendo? ¡Oh, señor…! Si eso
fuera cierto… yo habría vivido engañado durante todos estos
años.
—En efecto. Aunque, desde luego, no fue usted el único que
resultó burlado.
—¡Ejem…! No, claro… Pero, como verá, en este asunto
nadie ha obrado de manera intachable.
—Eso parece. Y ya que hablamos de ello… ¿Le importaría
contarme cómo acabó el cuerpo de Celso Mirapatios en el
Museo Egipcio de Leningrado? Creo que ya es lo único que me
intriga.
—Eso… es un poco más largo y difícil de explicar.
—No se preocupe por eso, don Pablo. No tengo prisa. No
tengo ninguna prisa…
Jueves,
22 de junio de 2000



SPARRING
—Así que, al final, lo has aprobado todo.
—Sí.
—Me parece inaudito, Gerardo. Mi más sincera enhorabuena.
Entonces… ¿vas a seguir estudiando?
Al escuchar aquello, Gerardo Biela detuvo con dificultad sus
ciento quince kilos de peso y me miró desde la atalaya de su
metro noventa y cinco de estatura. Torció el gesto como si le
hubiese mencionado al Hombre del Saco. A cualquiera que no lo
conociese como yo, le habrían dado escalofríos.
—¡Qué dices, hombre, qué dices! —bramó—. ¡De seguir
estudiando, nada! Si me he roto los codos este curso como nunca
en mi vida, ha sido porque llegué con mi padre a un acuerdo: Si
aprobaba la secundaria no me daría más la lata con los estudios y
podría ponerme a trabajar de una condenada vez. Hoy es, para mí,
un día histórico.
Buscó con la mirada un cercano grupo de contenedores de
reciclaje y se dirigió hacia allí. Abrió la cremallera de su mochila y
la vació por completo en la boca del de color azul.
—¿Qué haces?
—¿Qué haces?
—Señoras y caballeros: Con este sencillo acto, Gerardo Biela
Brazatortas dice adiós para siempre a los libros. A los de texto, se
entiende.
—Buena precisión.
Acto seguido, arrojó la mochila al contenedor amarillo. ‹‹Todo
tipo de envases››, decía el rótulo.
—Listo.
Gruñó. Luego, metió las manos en los bolsillos y siguió
andando.
—¿Ya sabes en qué vas a trabajar? —le pregunté, cuando logré
ponerme a su altura, superada la sorpresa.
—No, aún no. De momento, mientras encuentro algo, mi padre
me ha ofrecido un puesto en su gimnasio.
—¿Haciendo qué?
—Como sparring.
—Ten cuidado. Tengo entendido que los boxeadores a los que
entrena tu padre son de lo mejor.
—No te preocupes. Sé cuidarme.
—No, si lo digo por eso, precisamente. A ver si vas a
descalabrar a una futura promesa del cuadrilátero y te buscas un
lío.
En ese instante, escuchamos a nuestras espaldas la voz de
grulla de Maximiliano Urgel; Max para los amigos.
—¡Eh! ¿Adónde vais tan deprisa?
—Lejos del instituto —contestó Biela—. Cuanto más lejos,
mejor. Fin de curso. Fin de etapa. Fin de todo.
—Esperad, esperad. Tengo algo que proponeros.
—¡Ni hablar! —exclamamos Biela y yo, al unísono, sin
—¡Ni hablar! —exclamamos Biela y yo, al unísono, sin
detenernos.
—Pero ¿qué os pasa? ¿Qué clase de amigos sois vosotros, que
ni siquiera podéis escuchar una proposición?
—Amigos escarmentados —le aclaré, innecesariamente.
Max Urgel abrió los brazos al tiempo que exhibía esa mueca
repulsiva a la que solo él es capaz de llamar sonrisa.
—Vamos, vamos… ya sé que durante estos últimos años nos
hemos metido en algún que otro lío…
—¡No es exacto, Max! Tú nos has metido a los tres en infinidad
de líos.
—Vale, vale… pero ahora traigo algo que os va a compensar de
todos los malos tragos que habéis pasado por mi culpa.
—A ver…
El pelirrojo Urgel carraspeó, antes de continuar.
—Decidme: ¿Qué es lo que más desea alguien en nuestra
situación: cumplidos los dieciséis tacos y recién terminada la
Enseñanza Secundaria, vulgo ESO?
—¿Ligar con una tía estupenda? —aventuró Biela.
—¡Siempre igual! —se lamentó Urgel—. ¡Siempre pensando en
lo mismo! ¡Ligar, ligar…! Bueno, pues no es eso. Lo que alguien
como nosotros desea es… pasta.
—¿Macarrones?
—¡No, hombre! Pasta gansa. Guita. Tela. Parné.
—¿Eh?
—¡Dinero, hombre, dinero! Dinero para comprar una moto de
ciento veinticinco.
—Ah. Es que yo no sé montar en moto.
—Bueno, pues para sacarte el carnet de moto y, luego,
—Bueno, pues para sacarte el carnet de moto y, luego,
comprarte una moto —aventuró Max, inasequible al desaliento.
—Pero si yo no…
—¡Es un ejemplo, Gerardo, demonios!
—¿Un ejemplo de qué?
Visto su escaso éxito con Biela, Max decidió probar suerte
conmigo.
—Veamos… a ti, Nico. ¿Qué es lo que más te apetecería
comprarte en estos momentos?
—¿Lo que más?
—Lo que más de lo más.
—Un Stradivarius.
—¿Eh? ¿Y para qué quieres un… un… un animal prehistórico?
—Un Stradivarius no es un dinosaurio sino un violín. Un violín
carísimo.
—Ya… Bueno… pues ahí lo tenéis. Para comprar un
extranviarius de esos, hace falta dinero. Y para ganar dinero, ¿qué
hace falta?
Biela y yo nos miramos, una vez más.
—Ser un sinvergüenza —dije.
—Jugar a la lotería —dijo él.
—¡No, demonios, no! —exclamó Max, apretando los puños—.
Os he dado antes la pista: Resulta que ya hemos cumplido la edad
mínima laboral. O sea, que a partir de ahora, podemos encontrar
un trabajo de verano.
—¡Hombre…! De eso estábamos hablando hace un momento,
precisamente.
—¿Lo veis? Ya lo sabía yo, ya… ahora, decidme: ¿Qué os
parecería ganar treinta mil duros[1] por un par de semanas de curro
parecería ganar treinta mil duros[1] por un par de semanas de curro
facilito?
Con solo aquella tonta frase, la conversación de Max adquirió
súbitamente un marcado interés para Biela y para mí.
—¡Qué dices! ¿Ciento cincuenta mil cucas por quince días de
curro?
—¡Ciento cincuenta mil para cada uno de nosotros. ¡Ojo al dato!
¡Para cada uno!
Reconozco que sentí de inmediato un cosquilleo trepando por mi
columna vertebral.
—¿De qué hay que trabajar? ¿De minero?
—Frío, frío…
—Tiene que tratarse de algo ilegal —deduje.
—¡Que no, hombre, que no! —protestó Urgel—. ¿Es que me has
tomado por un delincuente?
—Todavía no. Por ahora, solo un delincuente en potencia.
—¡Ciento cincuenta mil pelas! —repitió Biela—. ¡Menudo verano
nos íbamos a pegar!
—Pues eso está hecho —aseguró Max—. Mi tío Pablo anda
agobiado de faena y necesita ayuda imperiosamente. No cree que
sean más de dos semanas de trabajo, pero está dispuesto a
pagarnos el mes entero. Si os parece bien, empezaríamos el
próximo lunes.
—Por mí, de acuerdo —dijo Biela.
—Absolutamente de acuerdo —dije yo.
—¡Perfecto! Voy a llamar ahora mismo a mi tío y le digo que
puede contar con nosotros —confirmó Max Urgel—. ¡Lo vamos a
pasar en grande, ya veréis!
—Por cierto… —dije, interrumpiendo la euforia de nuestro
—Por cierto… —dije, interrumpiendo la euforia de nuestro
compañero—. ¿A qué se dedica tu tío?
—¿Mi tío Pablo? Es taxidermista. Dicen que es uno de los
mejores del país.
La nueva mirada que Biela y yo cruzamos fue una mirada
sorprendida.
—¿Y qué es un taxidermista? —preguntó él, al fin.
—Amigo, Biela, qué poca cultura general… La propia palabra lo
dice. Taxidermista: El que conduce un taxi —dijo Max, más serio
que una ristra de ajos.
—Claro. Justo lo que yo pensaba —murmuró Biela.
Lunes,
3 de julio de 2000



TORRESECAS
Se decía que todos los fantasmas de la ciudad habitaban en el
palacio de los marqueses de Torresecas.

El edificio, sobrecogedor, imponente, de fachada tiznada por
mugre centenaria, se alzaba al final de la calle a la que daban
nombre sus primitivos propietarios, en lo más castizo del Casco
Viejo de la ciudad. Daba la sensación de que el caserón del siglo
XVI intentaba mantener su dignidad arquitectónica pese al atentado
al buen gusto que suponían los diversos negocios que durante la
última centuria habían ido invadiendo los antiguos graneros de la
planta baja, ahora convertidos en locales comerciales. De ellos, los
más veteranos eran la tienda de salazones y ahumados de Antero
Necromio, y los billares Antraca, los más siniestros de la ciudad,
de cuyo dueño, Custodio Antraca, se decía que había perdido la
pierna derecha peleando en el frente ruso con la División Azul; dato
falso a todas luces pues Antraca no pasaría de los sesenta años
de edad, lo que significaba que, en el mejor de los casos, tendría
que haber ido voluntario a la guerra siendo un niño de pecho.
Una tienda de marcos para cuadros, una imprenta con nombre
Una tienda de marcos para cuadros, una imprenta con nombre
de diosa romana y la farmacia de don Leopoldo Lasala
completaban los bajos del edificio. En tiempos, por la enorme
puerta principal apta para la entrada de carruajes, se accedía a un
cine de barrio, el Rialto, ahora ya cerrado y, lo que es peor,
olvidado por todos.
La planta noble del palacio de Torresecas había sido
anárquicamente dividida en varias viviendas, algunas de ellas
utilizadas ahora como despachos profesionales, y albergaba
también la sede de un club de jugadores de ajedrez y de la
Asociación de Amigos del Seat 600.
Por fin, en el torreón derecho, casi tan alto como la cercana
torre de la iglesia de San Felipe, se hallaba el taller de taxidermia
de don Pablo Urgel, ubicación del que iba a ser nuestro primer
‹‹curro››. Qué emoción.
DON PABLO URGEL
Yo creo que hay profesiones que no solo imprimen carácter a
quien las ejerce sino que también condicionan su aspecto físico.
Por ejemplo: Tú ves a un tipo por la calle y puedes decir, sin temor
a equivocarte, ‹‹ese señor es luchador profesional de sumo››. Bien.
Pues esa mañana aprendí que esa intuición puede hacerse
extensiva a quienes disecan animales. Fue echarle la vista encima
al tío de Max Urgel y darme cuenta de que solo podía ser
taxidermista. Bueno, o taxidermista o técnico de luces en un teatro
municipal, una de dos. Pero, preferentemente, lo primero.
Era enjuto y alto, casi tan alto como Biela, que ya es decir.
Era enjuto y alto, casi tan alto como Biela, que ya es decir.
Vestía camisa blanca y corbata negra de nudo estrecho pero se
protegía la ropa con un mandil verde oscuro que casi le llegaba a
los tobillos. También de color verde oscuro, oscurísimo, eran los
cristales de las gafas de pasta marrón que jamás se quitaba. Tras
ellas, podía adivinarse una mirada capaz de disecar a un jabalí sin
el concurso de productos químicos.
De inmediato, tuve la sensación de que se trataba de un hombre
taciturno. Quizá consumido por alguna pena antigua o por algún
insoportable remordimiento.
—Tío Pablo…
—Maximilià, sobrino mío… —dijo, con un leve acento catalán y
su voz grave como un enfermo de pulmonía.
—Estos son mis amigos: Gerardo Biela y Nicolás Martín
Mateos.
Yo adelanté la mano, dispuesto a estrecharle la suya, pero don
Pablo se limitó a saludarnos con un gesto de la cabeza, mientras
nos examinaba detenidamente.
Tan violenta se tornó la situación que Biela optó por romper el
silencio.
—Supongo que Max ya le habrá dicho que nosotros no tenemos
ni idea de disecar bichos.
—Ni falta que hace —rezongó el taxidermista—. De disecar ya
me encargo yo. Os necesito para limpiar y clasificar las piezas que
van a llegar estos días procedentes de un pequeño museo
etnológico que va a ser reformado: La Fundación Pérez-Balaguer.
Por desgracia, la operación ha coincidido con la celebración en
nuestra ciudad de dos acontecimientos excepcionales. Por un
lado, la fase final del campeonato nacional de pesca con caña. Por
lado, la fase final del campeonato nacional de pesca con caña. Por
otro, la retirada de los ruedos del famoso torero El Niño de
Lumpiaque.
Mis amigos y yo nos miramos de reojo.
—Y… ¿qué tiene eso que ver con…?
—Está bien claro, sobrino: Los pescadores del concurso
querrán llevarse disecadas sus mejores capturas como recuerdo y
el diestro de Lumpiaque, que se despide de la afición con un
festival en solitario, me ha pedido que le diseque las cabezas de
sus seis últimos toros para decorar el salón de su finca de
Calatayud.
—Vaya horterada —gruñó Biela.
—Mañana —continuó don Pablo— empezarán a llegar las cajas
del museo. Dedicad el día de hoy a despejar la sala trasera para
poder almacenar allí los fondos de la Fundación. Llegarán
colecciones de minerales e insectos, animales disecados,
artesanías y trajes de diversos países de África y Sudamérica. Lo
quiero todo perfectamente organizado, fichado y limpio. ¿Está
claro?
—Cristalino, tío Pablo. Y si tenemos alguna duda, te
preguntaremos.
—Cuanto menos me molestéis, mejor que mejor.
—Entendido.
Cuando don Pablo hubo abandonado la estancia, Biela, llamó mi
atención con un codazo.
—Yo creía que un museo etnológico era donde se guardaban
botellas de vino.
—Eso es enológico, Gerardo. Enológico.
—Vaya por Dios… Por una letra he vuelto a meter la pata.
—Vaya por Dios… Por una letra he vuelto a meter la pata.
VIOLETA
—El tato huele raro.
—No me llames ‹‹el tato››, ¿quieres?
—¡El tato huele raro!
—¡Calla de una vez, enana repugnante!
—¡Papá! Nico me ha llamado enana repugnante.
—Ya lo he oído. Nicolás, no le digas a la nena esas cosas.
—¡Mamá! ¡Papá me ha llamado ‹‹la nena››! ¡Y Nicolás, enana
repugnante! ¡Y además, huele raro! —repitió mi odiosa hermana,
dirigiéndose a la cocina, donde mi madre preparaba la cena.
—Pero ¿de dónde ha salido esa chivata asquerosa?
—Eso, tú sabrás, papá. Desde luego, no parece de esta familia.
—Pues hasta donde yo sé, es tan hija mía como tú. Pero eso
de que no puedas ni rascarte la nariz sin que le vaya con el cuento
a tu madre, te aseguro que no es propio de los Martín, que siempre
hemos sido muy nobles, muy leales, muy heroicos, muy benéficos
y gente de fiar —dijo mi padre, adjudicando a nuestra familia casi
todos los títulos que ostenta la inmortal ciudad de Zaragoza.
—Entonces, será cosa de la familia de mamá. Seguro que entre
los Mateos hay algún delator. El tío Cosme, por ejemplo, tiene
pinta de confidente de la policía. ¿O no?
Mi padre arrugó la nariz y olisqueó el ambiente un par de veces.
—Cualquiera sabe. Pero en algo sí tiene razón la nena: Aquí
huele raro. Creía que eran las sardinas de la cena, pero ahora veo
que eres tú. ¿De dónde has traído ese olor, si puede saberse?
que eres tú. ¿De dónde has traído ese olor, si puede saberse?
—¿Qué olor?
—No sé… como a… a jabón arsenical.
—¿Y eso qué es?
—Una sustancia que usan los taxidermistas.
Lo de mi padre es de concurso de televisión.
—Premio, papá. Es que… verás: hoy he empezado a trabajar en
un taller de taxidermia.
Mi padre arqueó una ceja. La derecha.
—¿Te pagan bien?
—Ya lo creo. A lo mejor, hasta puedo comprarme una moto.
—Eso, ni lo sueñes.
—¿Por qué?
—Porque no. Mi padre, que en paz descanse, nunca me dejó
tener moto. Y cuando fui mayor de edad, apareció tu madre y de
nuevo me quedé con las ganas de comprarme una Bultaco, que era
la ilusión de mis años mozos. No sabes la frustración que tengo.
Así que, mientras vivas en esta casa, tú no vas a tener moto
porque no me sale de las narices.
—¡No es justo!
—¿Quién ha dicho que lo sea? Nuestra sociedad es injusta por
naturaleza, hijo mío. Ya va siendo hora de que lo aprendas.
—La mayoría de los padres, lo que desean es que sus hijos
disfruten de las cosas que ellos no han podido tener.
—Naturalmente. Por eso estás aprendiendo a tocar el violín. Lo
de la moto es asunto aparte.
Mi réplica fue interrumpida por la entrada de mi madre con una
fuente de sardinas en las manos, escoltada por Violeta, con su
habitual sonrisa de hiena de ocho años en los labios.
habitual sonrisa de hiena de ocho años en los labios.
—El chico está trabajando. En el taller de un disecador de
animales.
Mi madre me miró como si tuviese la lepra.
Violeta abrió mucho los ojos y se me acercó, transida de
admiración.
—¡Qué guay, tato! Oye, ¿disecarás a mi hámster cuando se
muera?
—¡A ti te voy a disecar, como no te calles!


Después de la cena, mientras jugábamos nuestra cotidiana
partida de ajedrez, mi padre me miró por encima de las gafas.
—Conste, que me parece estupendo que hayas decidido
trabajar este verano, hijo mío, pero… eso de la taxidermia… ¿No te
parece un trabajo un tanto extraño?
—Había pensado en repartir pizzas, pero como no me dejas ir
en moto… —repliqué con retintín.
—¿Cómo has encontrado eso del taxidermista?
—Ha sido cosa de mi amigo Max. Max Urgel, ya sabes.
—Ah, ya… Ahora me lo explico todo —dijo mi padre, torciendo
el gesto—. Y lo que no entiendo es cómo un chico brillante como
tú, tiene esos amigos tan… tan raros.
Parpadeé, mientras acariciaba la corona de la dama negra.
—Papá… a esta hora, la mayoría de los chicos de mi clase
estarán delante del televisor viendo Gran Hermano. Y, en cambio,
yo estoy aquí, jugando contigo al ajedrez. ¿Eso no te dice nada?
Mi padre suspiró mientras asentía con la cabeza y movía el alfil.
—Vamos, que te relacionas con tipos raros porque tú también
eres un raro. No, si ya lo sospechaba. Eso de que te gusten los
eres un raro. No, si ya lo sospechaba. Eso de que te gusten los
boleros y las películas antiguas y el bacalao al pil-pil… Pero no
serás un marginado ¿verdad? Un frisbi.
Intenté que no me diera la risa.
—No, papá, no soy un marginado ni un friki. A estas alturas ya
te habrías tenido que dar cuenta.
—Quizá. Pero esos dos con los que vas, seguro que sí lo son.
El pelirrojo estrafalario y el grandullón.
—Urgel es divertido y Biela es un gran tipo. Alguien en quien se
puede confiar.
—Un poco corto, me parece a mí.
—Que no, papá. Habla poco, pero no tiene un pelo de tonto.
Acaba de aprobar la secundaria. Muchos querrían.
—Acaba de aprobar con dos años de retraso ¿no?
—Repitió quinto de primaria porque tuvo un accidente: Se cayó
de un tren en marcha.
—¿Que se cayó de un tren?
—Sí. Nunca nos lo ha aclarado totalmente, pero así fue. Pasó
cuatro meses en el hospital. Y, luego, en primero de la ESO, cogió
las paperas.
—¿Paperas? ¡No te digo…! Una enfermedad que ya no existe.
¡Hasta en eso es un raro!
—Es poco habitual, sí. Por eso el médico no acertó con el
diagnóstico y casi se muere, el pobre Biela.
—En fin, tú sabrás lo que haces.
—Claro que lo sé. Y no como tú, que estás en la inopia.
—¿A qué viene eso?
—Jaque mate, papá.
—¿Eh…? ¡Maldita sea…!
—¿Eh…? ¡Maldita sea…!
Jueves,
6 de julio de 2000



LOS RUSOS
Los rusos aterrizaron en Madrid en el vuelo 4587 de la
compañía Aeroflot, procedente de San Petersburgo, a las cuatro
de la tarde. El inspector de policía Germán Bareta había sido
encargado por el comisario Malumbres de acompañarlos
durante su estancia en España, lo que incluía ir a recogerlos al
aeropuerto de Barajas y llevarlos hasta Zaragoza en su vetusto
Seat Málaga sin aire acondicionado.
Toda vez que la primera ola de calor de aquel verano barría
ya la Península Ibérica desde los primeros días del mes, el
teniente Vlamidir Goliatkin y el cadete en prácticas Alexei
Vostok llegaron aquella tarde al Hostal Cataluña con claros
síntomas de deshidratación y ya no abandonaron su habitación
hasta la mañana siguiente.
Viernes,
7 de julio de 2000 (San Fermín)



AIRE ACONDICIONADO
Cuando el inspector Bareta llegó a las ocho y media al Hostal
Cataluña, Goliatkin y Vostok ya le esperaban, de pie en el
vestíbulo de la planta baja, junto a recepción.
—Buenos días. ¿Han descansado bien?
—Regular, esa es la verdad —respondió el oficial de la
policía rusa—. En San Petersburgo no estamos acostumbrados
al zumbido del aire acondicionado. Pero, claro, sin aire
acondicionado aquí no hay quien duerma. La temperatura no ha
bajado de los treinta grados en toda la noche. En Rusia, cuando
los termómetros marcan treinta grados, la gente se baña en las
fuentes públicas.
—Aquí la gente se baña en las fuentes cuando gana su equipo
de fútbol, aunque esté helando a rajas.
—Curiosa costumbre.
Germán Bareta había empezado a sentir una inexplicable
corriente de simpatía por Goliatkin desde que le echase la vista
encima el día anterior, en Barajas. En cambio, el muchacho que
le acompañaba, tan rubio, tan alto y tan callado, le producía una
inexplicable pero intensa sensación de incomodidad.
inexplicable pero intensa sensación de incomodidad.
—Mi jefe, el comisario Malumbres, les envía sus saludos. Me
ha dicho que me ponga a su disposición y que no les dé mucho
la lata. Vamos, que no me inmiscuya innecesariamente en su
investigación —declaró Bareta.
—Muy considerado, el comisario.
—Pero… si quieren contarme lo que les ha traído hasta
España, soy todo oídos. No teman aburrirme.
—Muy amable, inspector. Por ahora no será necesario,
gracias.
El español apretó los dientes con disgusto y sonrió
desganadamente.
—Bien. ¿Adónde quieren que los lleve?
Goliatkin sacó de su bolsillo unos papeles doblados y buscó
una dirección.
—Al Museo Pérez-Balaguer, por favor.
Bareta frunció inmediatamente el ceño.
—No me suena ese museo. ¿Tiene la dirección?
El ruso sacó una pequeña libreta del bolsillo trasero del
pantalón y consultó sus anotaciones.
—Calle de San Jorge, número ochenta.
—¡Ah…! Está muy cerca de aquí. Incluso podemos ir
andando. Lo que no sabía era que hubiese allí un museo.
Cuando salieron del hostal Cataluña todavía se podía respirar
sin esfuerzo. Unas horas más tarde, el inclemente sol zaragozano
convertiría las calles en la versión urbana del desierto del Sahel y
un simple paseo, en una travesía agobiante y de final incierto.
Cruzaron a la otra acera, y luego caminaron un par de minutos
Coso abajo siguiendo, sin apercibirse de ello, el trazado de la
Coso abajo siguiendo, sin apercibirse de ello, el trazado de la
antigua muralla romana, hasta llegar a la confluencia con la calle
de San Jorge.
El numero ochenta era, justamente, la última de las fincas, la
que hacía esquina con la calle del Coso.
—¡Ya decía yo…! —exclamó Bareta al percatarse de la
ubicación de su destino—. No se trata de ningún museo, sino del
antiguo seminario de los jesuitas.
Los dos rusos se miraron un instante.
—Entonces… ¿No hay un museo en estas señas? —preguntó
el teniente Goliatkin.
— Yo creo que no. Sospecho que está usted confundido. De
todos modos, vamos a preguntar.
EL MUSEO PÉREZ-BALAGUER
—No, no están confundidos. Por supuesto que tenemos aquí
un museo. El Etnológico y de Ciencias Naturales de la
Fundación Pérez-Balaguer. Pero, sintiéndolo mucho, está
cerrado temporalmente, desde la semana pasada —les informó
el fraile decrépito y de voz aflautada que salió a abrirles la
puerta, tras cinco minutos de llamar al timbre—. Vamos a
acondicionar las salas del museo y el legado del padre Pérez-
Balaguer para que pueda ser admirado en las mejores
condiciones. Pensamos reabrirlo coincidiendo con las próximas
fiestas del Pilar. El pasado martes comenzó el traslado de las
primeras piezas a un taller especializado, para su limpieza y
mejor clasificación.
mejor clasificación.
Goliatkin no disimuló su contrariedad.
—¿No podríamos pasar y echar un vistazo a lo que quede?
—preguntó, mirando de soslayo a Bareta—. Es importante.
—¿No les acabo de decir que el museo está cerrado? —
replicó el jesuita, con un puntito de irritación.
Germán Bareta sacó entonces del bolsillo su placa de policía
y la colocó a un palmo de la nariz del anciano.
—¿Nos deja pasar, hermano? Estos señores han venido de
muy lejos solo para admirar su colección.
El hombrecillo tragó saliva, mientras parecía quedar
hipnotizado por la credencial de Bareta.
—Bueno. Siendo así…
UN ERROR
—Tiene que haber un error —murmuró el policía ruso, al
acceder a la única sala del museo, situada en la primera planta
del edificio del seminario—. Aquí no hay fondos de procedencia
egipcia. Mucho menos, las grandes piezas que yo esperaba
encontrar.
—¿Y eso es malo? —preguntó el inspector Bareta, con un
retintín que no le pasó inadvertido a Goliatkin.
—Sí, amigo. Es malo —confirmó el ruso, cuyo acento eslavo
era casi imperceptible—. Es malo porque cierta momia egipcia
que adquirió el Museo de San Petersburgo hace unos años
teóricamente procedía de aquí.
—¿Y qué?
—¿Y qué?
Goliatkin miró a Bareta. Durante unos segundos pareció
meditar si podía confiar en él. Y debió de concluir que sí.
—Pues que hace tres meses, un grupo de estudiantes de
ingeniería decidió hacer un estudio en TAC de esa momia. Para
adquirir práctica en el manejo de un nuevo escáner adquirido
por la universidad, por lo visto. Y hubo sorpresa.
FACULTAD DE CIENCIAS FÍSICAS
UNIVERSIDAD DE SAN PETERSBURGO
ABRIL DE 2000
—Como veis, en apenas diez minutos el Escáner SC-5200 ha
realizado una tomografía axial computerizada completa del
sarcófago y de su contenido. Es importante delimitar muy bien el
alcance y la profundidad del barrido efectuado, a fin de que el
programa informático pueda dibujar con nitidez todo aquello que
nos vaya mostrando el TAC. En este caso, por un lado
tendremos el sarcófago y, por otro, su contenido. La momia.
Como veis, podemos analizar perfectamente la densidad de los
materiales, su temperatura, su composición, detectar grietas…
en fin, cualquier cosa.
—Profesora. Profesora Ivaskaia.
—¿Qué hay Dimitri?
Dimitri Dernev era el empollón de la clase. Casi nunca atendía
a las explicaciones de los profesores porque, según él, no le
enseñaban nada nuevo y, por el contrario, le distraían de sus
personales razonamientos. Así, mientras la profesora Catalina
Ivaskaia explicaba al resto de la clase las posibilidades del nuevo
aparato con el que iban a trabajar durante el siguiente
cuatrimestre del curso, Dimitri centraba su atención en la pantalla
del escáner y en los datos que iban surgiendo del análisis que el
aparato seguía efectuando automáticamente.
—Verá, profesora… las lecturas sobre el sarcófago parecen
correctas pero…, en la momia… hay algo que no entiendo.
—¿El qué, Dimitri? —preguntó la profesora con aire cansino,
un poco harta de las interrupciones constantes de aquel alumno
tan brillante como maleducado.
—Fíjese en esto —dijo, señalando la imagen de la pantalla—.
Mire esta zona del cráneo. Yo lo interpreto como una aparatosa
fractura; con gran pérdida de masa ósea. ¿No cree?
—Posiblemente. En todo caso, los expertos del museo serán
quienes valoren los datos que les proporcione nuestro trabajo…
—Sí, sí, sí, pero… es que aquí hay algo muy, muy curioso.
Extraño, diría yo.
El misterioso interés de Dimitri resultó contagioso para el
resto de la clase. Sus catorce compañeros, comenzaron a
cuchichear por lo bajo y la profesora Ivaskaia vio, impotente,
cómo perdía por completo la atención de los alumnos. Así que
optó por entrar en el juego de Dimitri.
—Está bien… —dijo, acercando la cara a la pantalla mientras
se calaba sus gafas de présbite prematura—. Reconozco que mi
fuerte no es la anatomía pero… veamos… En efecto, a primera
vista parece que nuestra querida momia presenta un… un
considerable boquete en el cráneo. En el hueso parietal derecho,
concretamente. Algún accidente, tal vez. O quizá una agresión.
concretamente. Algún accidente, tal vez. O quizá una agresión.
Quién sabe. Han pasado cuatro o cinco mil años desde su
muerte y supongo que será difícil establecer en qué
circunstancias se produjo. ¿Qué es lo que ve usted de raro en
eso, señor Dernev?
—Lo raro son esos ocho puntos repartidos alrededor del
borde de la fractura. Se trata de pequeños orificios. Como los
que habrían servido de alojamiento a ocho pequeños tornillos
que sujetasen una placa metálica tapando el boquete.
La profesora estudió con atención los puntos señalados por
su alumno.
—Bien… podría ser eso o algo totalmente diferente. En todo
caso… aunque mi fuerte no es la historia del Antiguo Egipto,
tengo entendido que los egipcios… ¡ejem…! poseían algunas
técnicas quirúrgicas muy avanzadas. Tal vez en vida, nuestro
sujeto llevase, como usted sospecha, una placa metálica en el
cráneo.
—Lo mío no es una sospecha, profesora. Es una certeza —
afirmó el muchacho—. Porque, fíjese qué curioso: En uno de los
agujeros… en este, concretamente, aún permanece alojado el
tornillo.
La profesora se acercó aún más a la pantalla del monitor.
Acto seguido, tecleó unas instrucciones en el ordenador
asociado al escáner hasta conseguir ampliar la zona elegida.
—Caramba, Dimitri… juraría que tienes razón. Parece un
tornillo, sí. Sin duda.
—¿Ya conocían los antiguos egipcios el tornillo? —preguntó
otro de los alumnos.
—Reconozco que mi fuerte… no es la historia de los
—Reconozco que mi fuerte… no es la historia de los
tornillos… —comenzó a decir la profesora Ivaskaia.
—Lo más llamativo —interrumpió de nuevo Dimitri— es que
no parece en absoluto un tornillo fabricado hace cinco mil años.
Para empezar, a simple vista se comprueba que, pese a su
pequeño tamaño, posee una perfección industrial. Pero, por
encima de todo, hay un detalle revelador. Si hemos de atender a
la lectura del espectrómetro, nuestro tornillo tendría una
densidad de cuatro con cincuenta y cuatro. Exactamente.
—¿Y eso significa…? —preguntó la profesora.
—Titanio.
—¿Titanio?
—Titanio de calidad quirúrgica, para ser más exactos.
La profesora y el resto de los alumnos pasearon la vista de un
monitor a otro, confirmando así las palabras de Dimitri.
—Pero… eso no es posible —concluyó la señora Ivaskaia.
—Es lo malo de la realidad: Que le importa un bledo lo que
usted piense de ella —ironizó un sonriente Dimitri—. Ese tornillo
es de titanio, le parezca a usted imposible o no. Y las
consecuencias de esa certeza solo pueden ser dos: O acabamos
de hacer un descubrimiento revolucionario en el estudio de la
civilización del antiguo Nilo o…
—O la momia que exhibe nuestro museo egipcio… es un
fraude total y absoluto —concluyó Catalina Ivaskaia.
LENINGRADO
—Naturalmente, la opción correcta era la número dos.
—Naturalmente, la opción correcta era la número dos.
Alguien estafó a nuestro museo vendiéndole una momia egipcia
falsa —comentó Goliatkin como conclusión de su relato—. Y
esa es la razón de que el joven Vostok y yo estemos aquí.
Bareta enarcó una ceja antes de dirigirse a su colega ruso.
—A ver si lo entiendo: La policía de San Petersburgo decide
enviarles de vacaciones a España a usted y al joven Vostok para
que investiguen una posible estafa al museo egipcio de su ciudad
llevada a cabo hace… ¿cuánto tiempo?
—Eeeh… Once años.
—Once años —repitió Bareta, con toda la intención.
—Sí. Lo recuerdo porque entonces la ciudad aún se llamaba
Leningrado. Se recuperó el antiguo nombre en el noventa y uno.
Bareta metió las manos en los bolsillos de su pantalón y le
habló al ruso casi de perfil.
—Ya… Mire, Goliatkin, si no quiere decirme qué los ha
traído realmente aquí a usted y a ese muchacho que más parece
un bailarín del Bolshoi que un policía, no me lo diga. Pero no me
tome por tonto. ¿De acuerdo?
Goliatkin miró a Germán Bareta unos instantes, esbozó un
amago de sonrisa y asintió con un casi imperceptible movimiento
de cabeza.
—Por cierto —dijo después, suavemente— el Bolshoi está
en Moscú. El ballet de San Petersburgo…
—Ya lo sé —cortó Germán Bareta—. Es el del Teatro
Mariinski, aunque mucha gente lo sigue llamando Kirov como en
la época soviética. Dije Bolshoi para que la frase quedase más
redonda.
El ruso alzó las cejas.
El ruso alzó las cejas.
—Admirable. Nunca pensé que un policía español conociera
ese detalle.
—Es que me casé con una bailarina de clásico.
—¡No me diga! Un policía y una bailarina. Una pareja casi
imposible.
—Se equivoca: Una pareja totalmente imposible. María y yo
tardamos seis años en rendirnos a la evidencia. Luego, nos
divorciamos deprisa y sin rencores. Pero en esos seis años yo
aprendí a disfrutar con Giselle, El corsario y El lago de los
cisnes.
—Es usted un pozo de sorpresas, Bareta.
—Usted, en cambio, es un completo misterio, Goliatkin.
Los dos hombres se volvieron entonces hacia el joven
acompañante del ruso. El chico le hacía señas a su jefe para que
se le acercase.
—Disculpe, inspector —murmuró el oficial.
Cuando Goliatkin llegó junto a él, el muchacho le habló quedo
y en su idioma natal:
—Realmente, sí hay en este museo una pieza egipcia, aunque
solo una, al parecer. Mire allí, teniente.
Señaló una figura menuda, de apenas unos tres palmos de
altura, totalmente envuelta en vendajes que debieron de ser
blancos en su día.
—Ya veo —confirmó el policía—. Parece una momia de ibis.
Aunque suelen tener un tamaño mayor.
—Será una cría de ibis. Los egipcios los adoraban. El ibis era
la mascota más habitual en la civilización egipcia y cuando
la mascota más habitual en la civilización egipcia y cuando
morían, sus dueños los mandaban embalsamar como a las
personas de alto rango. No es una pieza de gran valor porque
las hay a miles repartidas por todos los museos del mundo,
pero… de todo cuanto veo aquí, es la única que pertenece al
Egipto de los faraones.
—Bien, chaval. Buen ojo.
Goliatkin se aproximó hasta el ibis, que reposaba sobre una
tosca peana de madera, sin protección alguna. Durante unos
instantes, lo contempló con atención. Luego, lo cogió con la
mano derecha.
—¡Eh! ¿Qué hace? —gritó el viejo fraile, que no les había
quitado el ojo de encima ni un instante—. ¡Suelte eso ahora
mismo!
—Pierda cuidado, hermano —dijo Bareta, sin ningún
entusiasmo—. El señor Goliatkin sabe lo que hace. Es un
auténtico experto.
—Pero, oiga, es que los objetos expuestos en un museo no se
tocan.
El ruso inspeccionó el ibis con atención durante unos
segundos. Luego, volvió a colocarlo en su lugar, cuando ya el
anciano se le acercaba echando chispas.
—Haga el favor de no tocar nada más —gruñó el jesuita—.
¡Y ahora, fuera! ¡Fuera de aquí!
—Tranquilícese, que ya nos vamos —respondió Goliatkin,
iniciando el camino hacia la salida.
Cerca de la puerta se volvió de nuevo hacia el fraile.
—¿Puede decirme quién se encarga de la restauración de los
materiales del museo?
materiales del museo?
—¡Ni lo sueñe!
—Hermano… —murmuró Bareta, agitando su credencial con
parsimonia—, recuerde que su obligación de buen cristiano es
colaborar con las autoridades.
El anciano apretó los dientes; parecía dispuesto a resistirse
pero claudicó al cabo de unos segundos.
—Un antiguo discípulo del padre Pérez-Balaguer. Urgel, se
llama.
—Ah. ¿Don Pablo Urgel? —preguntó entonces el policía
ruso—. ¿El taxidermista?
—El mismo, sí —respondió el anciano, sorprendido—. ¿Lo
conoce?
—Desde luego. Es una eminencia en su oficio. ¿Sigue
teniendo su taller en el número doce de la calle de los marqueses
de Torresecas?
—Pues… sí. Exactamente allí, sí.
—Muchas gracias.

Cuando dejaron atrás el antiguo seminario, Bareta se sonrió.
—No piense que me ha impresionado, Goliatkin. Es el truco
más viejo del mundo.
—No he dicho que no lo sea.
—¿Dónde ha visto el nombre de ese tal Urgel?
—En la base de la peana del ibis. Había una chapita con el
nombre y la dirección.
—¡Qué coincidencia!
Goliatkin gruñó, antes de continuar:
— Yo no creo en las coincidencias, Bareta. Por eso me
— Yo no creo en las coincidencias, Bareta. Por eso me
gustaría visitar ahora el taller de ese taxidermista.
—Ya lo imaginaba. Es allí adonde vamos.
—Oh. Bien. Es usted rápido en sus decisiones.
—Calle de los marqueses de Torresecas, número doce
¿verdad?
—Así es.
—Hablando de coincidencias: Precisamente allí, en esa misma
casa, es donde tiene la consulta mi dentista.
—Bueno, supongo que eso sí será una mera casualidad.
Durante el siguiente minuto, caminaron en silencio. Al final de
ese tiempo, Goliatkin se aflojó el nudo de su corbata.
—¿Está muy lejos? —preguntó—. Empieza a apretar el
calor.
—No, no se preocupe. Ni siquiera hay que salir de los límites
del barrio. Diez minutos más.
El joven estudiante de policía se dirigió en ruso a su jefe, que
respondió con un monosílabo.
—¿Qué dice el chico? —preguntó Bareta.
—Díselo tú mismo, Alexei —fue la respuesta.
Ante la sorpresa de Bareta, que no contaba con ello, el joven
ruso se expresó en un correcto castellano.
—Decía que… no entiendo cómo los españoles pueden
soportar esto. El calor, digo.
—Procuramos vivir de noche —fue la respuesta del inspector
—. Ese es el secreto.
MALVA Y EL PALACIO
MALVA Y EL PALACIO
Como recién llegado al mundo del trabajo asalariado, yo
acababa de descubrir que uno de los grandes placeres del
empleado, aparte de cobrar su sueldo puntualmente, es la pausa
diaria para el almuerzo.
Y aquella mañana, la pausa prometía ser gloriosa porque Malva
me había asegurado la noche anterior que pasaría a tomar el café
con nosotros. Y la única razón que yo podía imaginar para que ella
hubiese tomado esa decisión era la de que quería ligar conmigo.
Por fin.
Supongo que no será necesario aclarar que Malva Contreras es
condenadamente atractiva y condenadamente inteligente. Para mí,
solo tiene un defecto: Antes de que yo me diese cuenta de lo muy
sexy e interesante que era, hacía ya tiempo que compartíamos una
buena amistad. Y, claro, ahora no encuentro el momento de decirle
que, si por mí fuera, mandaría a la porra nuestra amistad; que lo
que ocurre es que estoy perdidamente enamorado de ella. Y que
daría lo que fuera a cambio de un puñado de esos besos
apasionados y furiosos que otros le roban, quiero pensar que sin
que ella sea realmente consciente.
Durante un tiempo ya demasiado largo, he esperado que Malva
me diese alguna señal de sentir por mí algo siquiera parecido a lo
que yo siento por ella. Pero lo cierto es que los meses pasan y,
para mi desgracia, sigue considerándome tan solo su mejor amigo
mientras no deja de ligar con todos los tíos que se le ponen a tiro.
Yo hago como que no me importa o como que no me doy
cuenta de nada. Supongo que tengo miedo. Miedo de descubrir
que no puedo ser otra cosa que eso: el amigo de la chica. Ese
papel que en el reparto de las películas se reserva a un actor
estúpido y bobalicón mientras el verdadero protagonista la enamora
hasta los tuétanos y la hace vibrar de pasión. A veces pienso que
soy un imbécil; que, para estar así, sería preferible salir de dudas,
decirle que no puedo vivir sin ella y aguantar lo que venga, incluso
la decepción más atroz. Pero no. No me atrevo. Puedo seguir
viviendo con la duda de que quizá me quiera aunque aún no lo
sepa; pero no creo que sobreviviese a la certeza de que tengo que
conformarme con ser para siempre su viejo compañero de la
infancia.
A veces, Malva me cuenta cosas que yo no habría querido saber
jamás.
Nos vemos casi a diario. Durante el curso, porque siempre
hemos ido a la misma clase, y en tiempo de vacaciones, porque
vivimos en la misma calle. Es una tortura. Desde hace meses,
cada vez que me cruzo con ella o sé que vamos a coincidir, el
corazón se me agarra a la garganta, me cuesta respirar y creo que
me va a dar un síncope.
En ocasiones, creo percibir destellos de esperanza: Una frase
ambigua, una mirada, una carantoña más cariñosa de lo habitual…
Más tarde, al recordarlo fríamente, todo eso me parece nada y, por
el contrario, enorme la distancia que nos separa. Estoy hecho un
lío.

—¿Dónde quedaste con Malva?
—Aquí mismo, en la puerta del palacio. Aunque, si se retrasaba,
le dije que estaríamos en la tasca de Fuenclara.
—Pues vamos para allá porque me muero de hambre —gruñó
Biela.
Biela.
—Espera un poco. Tiene que estar al caer.
—¡Eh! ¡Nicolás!
Me volví sorprendido, en busca de la voz que me llamaba. No era
la de Malva, desde luego. Pero sí me resultaba conocida.
—Ho… hola, señor Bareta.
—¡Qué señor Bareta ni qué leches de cabra! ¡Inspector Bareta,
que estoy de servicio! ¡Ja, ja, ja…!
Le tendí la mano, pero Germán Bareta la apartó de un manotazo
y me abrazó con tal contundencia que casi me desmonta la pelvis.
—¡Chico, qué alegría…! ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Qué tal están
tus padres?
—Pues… están bien. Como siempre, vamos.
—Bueno, bueno… ¿Y qué? ¿Qué demonios te trae por aquí?
—Pues… estos amigos y yo, que estamos sacándonos unas
pesetillas con un trabajo de verano.
Me pareció que al inspector Bareta se le empañaba la mirada.
—Caray… Eso significa que ya has cumplido los dieciséis.
Cómo pasa el tiempo. Pensar que te conocí cuando aún cagabas
los pañales…
—Cierto —dije, rogando para mis adentros que no empezase a
contar intimidades de cuando yo era un bebé, como hacen la
mayoría de los adultos.
—¿Y en qué estáis trabajando? Si no es un secreto, claro.
—No, claro que no. Estamos trabajando para el tío de mi amigo
Max, que es taxidermista.
Creo que aún no había terminado la frase cuando noté que
Germán Bareta fruncía el ceño de un modo casi furioso.
—Taxidermista, dices…
—Taxidermista, dices…
—Sabe usted lo que es, ¿no?
—Sí, desde luego.
Y cayó en un silencio incómodo como la cama de un faquir, que
finalmente rompió uno de sus acompañantes con un carraspeo. El
policía parpadeó.
—¡Ah! Nicolás… —dijo— os voy a presentar. Estos señores
son… dos colegas rusos. Vladimir y Alexei. Nos conocimos en un
congreso de INTERPOL y han venido de… de turismo. Les estoy
sirviendo de guía. Este es Nicolás y sus amigos… sus amigos…
Tardé cinco segundos en reaccionar.
—¿Eh? ¡Ah! Esto… Gerardo y Max.
—Hola.
—Hola.
—Hola. ¿De veras es inspector de policía? —le preguntó Max.
—No, hombre. Soy inspector del gas, no te fastidia… ¡Pues
claro que soy policía!
—El inspector Bareta es un amigo de mi familia… —comencé a
explicar.
—Eso no es exacto, Nicolás —me cortó él—. Lo que soy es tu
padrino.
—¡Ah, sí…! Es cierto. La verdad es que no me acordaba de ese
detalle. Como no me hace usted jamás ningún regalo…
Bareta se echó a reír a carcajadas.
—¡Qué cabrito te has vuelto! Aunque, la verdad es que tienes
toda la razón, Nicolás. Y lo siento; pero es que el sueldo de policía
no da para ser un padrino espléndido. Pero te llamo siempre por
teléfono para felicitarte por tu cumpleaños.
—Eso es cierto —reconocí.
—Eso es cierto —reconocí.
—El padre de Nico y yo —comenzó a explicar Bareta— somos
grandes amigos. Nos conocimos haciendo el servicio militar en los
regulares de Melilla. Nos destinaron durante cuatro meses al
destacamento de las islas Chafarinas y de allí volvimos ya
inseparables…
La frase quedó en suspenso cuando la mirada del inspector
saltó por encima de mi hombro. Antes de que yo pudiese
apercibirme de lo que ocurría, él volvió a hablar, en un tono mucho
más bajo.
—Quieto todo el mundo. Volveos disimuladamente y mirad lo
que se acerca desde el fondo de la calle. ¡Menuda chavala! De
esas que solo se ven en las revistas.
No necesitaba volverme para saber de quién hablaba Bareta,
aunque lo hice de todos modos.
—Se trata de una amiga nuestra, inspector. Lo digo para que no
suelte usted ninguna burrada de la que tenga que arrepentirse.
—Ah. Has hecho bien —susurró mi padrino, sin apartar la
mirada de la chica de mis sueños.
MALVA
Allí estaba. Malva calzaba sandalias y vestía un vaquero corto y
una camiseta de color indefinido con un mensaje atrozmente
feminista sobre las… sobre el pecho. Por suerte, la calle de
Torresecas apenas tenía circulación. De lo contrario, se habría
producido un atasco a su paso.
—¡Malva! —grité—. ¡Estamos aquí!
—¡Malva! —grité—. ¡Estamos aquí!
—Malva —repitió Bareta—. ¿Qué nombre es ese?
—Nunca lo he sabido. Su padre dice que lo sacó de una carta
de colores.
Ella sonrió —tenía una sonrisa como la luna menguante— y se
dirigió hacia nosotros sin apresurarse.
—Esta es nuestra amiga Malva —dije, cuando llegó hasta
nosotros—. Malva Contreras.
No hizo falta seguir con las presentaciones. De inmediato, el
inspector Bareta se le acercó y le estampó dos sonoros besos en
las mejillas.
—Encantado, jovencita. Soy Germán, el padrino de Nicolás. Sus
amigas son mis amigas.
—¿Padrino? —preguntó ella—. Creía que Nicolás no estaba
bautizado.
—Y no lo está. Soy su padrino… honorario, digamos.
—Hizo la mili con mi padre —expliqué—. Estando en las
Chafarinas se prometieron mutuamente ser los padrinos de sus
respectivos hijos.
—Solo de los primogénitos —aclaró Bareta.
—¡Ah, claro! —exclamó entonces Malva—. Es el policía,
¿verdad? Recuerdo haber oído hablar de usted en casa de Nicolás.
El que durante la mili se gastaba la paga entera en coñac. ¿No es
eso?
Germán Bareta se quedó instantáneamente serio.
—Eso es absolutamente falso —masculló—. Me la gastaba en
ron. Ron del bueno.
—Estupenda precisión, inspector —comenté.
—Pues sí, lo es. Porque al precio que iba el buen ron, os puedo
—Pues sí, lo es. Porque al precio que iba el buen ron, os puedo
asegurar que nuestra mísera paga de cabos de reemplazo no daba
para muchas borracheras. De hecho, cualquiera de mis
compañeros os podría garantizar que yo era el más sobrio del
destacamento…
Entonces, el inspector Bareta se percató de que Malva ya no le
prestaba atención. Y es que, acababa de descubrir, tras el teniente
de policía ruso, a su joven y rubio ayudante.
—Hola. ¿Quién eres tú?
El ruso se retiró de la frente el flequillo con un movimiento de la
cabeza y sonrió. Biela me miró de reojo, con un puntito de
compasión, y chasqueó la lengua.
—Me llamo Alexei. Y estoy encantado de conocerte… Malva.
Malva se alzó sobre las puntas de los pies para darle los dos
besos de rigor. Pero se armaron un cierto lío y acabaron rozándose
los labios.
—Disculpa —dijo el rubio—. Es que en mi país siempre se dan
tres besos.
—Una estupenda costumbre —dijo Malva, mirando a Alexei
como si ninguno de nosotros existiésemos.

—¡Eh, tío! ¡Tío Pablo!
Los gritos de Max empujaron nuestra atención hacia el portalón
del palacio de Torresecas, bajo cuyo umbral acababa de aparecer
don Pablo Urgel.
El taxidermista contemplaba el grupo que formábamos nosotros
tres, los rusos, Malva y mi padrino con cierta estupefacción. Creo
que, durante un segundo, estuvo a punto de escabullirse y regresar
al interior del portal pero, por fin, sintiéndose observado por todos,
al interior del portal pero, por fin, sintiéndose observado por todos,
alzó el brazo derecho y accedió a acercarse.
Las presentaciones, los apretones de manos, las sonrisas y los
besos en las mejillas se repitieron como en las tomas falsas de
una mala película de cine.
Nuestro grupo aumentaba poco a poco de tamaño y la estrecha
calle de Torresecas empezaba a parecer el camarote de los
hermanos Marx.
—De modo que usted es don Pablo Urgel, el taxidermista —
recuerdo que preguntó el teniente de policía ruso cuando se lo
presentaron.
—Pues… sí.
—Es un placer conocerle. Por extraño que le parezca, había
oído hablar de usted.
—¿Ah, sí?
—Sí. El amigo Bareta acaba de mostrarnos el Museo Pérez-
Balaguer. Allí, una especie de conserje vestido de luto nos ha
hablado muy bien de usted.
El tío de Max intentó sonreír, pero yo me di perfecta cuenta de
que la sonrisa se le quedaba entre los dientes, como jirones de
carne guisada.
Un tipo cojo y terriblemente mal encarado había salido de los
cercanos billares Antraca y nos contemplaba desde la puerta con
una expresión dura como el pedernal. También me pareció ver una
sombra al otro lado del cristal de la puerta de la siguiente tienda,
esa en la que vendían bacalao seco, ahumados y salazones.
—¡Inspector Bareta!
El policía se volvió de nuevo hacia el portal del palacio de
Torresecas. Un hombre de mediana edad, con traje de lino de color
Torresecas. Un hombre de mediana edad, con traje de lino de color
crudo y sombrero panamá, se nos acercaba desde allí.
—¡Hola, doctor Aspid!
—¿Qué le trae por aquí? —preguntó el recién llegado,
estrechando la mano de Bareta—. Que yo recuerde, no tenemos
cita hasta la próxima semana. El lunes, ¿verdad?
—Pasaba por casualidad cuando me he tropezado con mi
ahijado, que es este buen mozo y, luego, han ido apareciendo
otras personas y… bueno, la verdad es que resulta demasiado
largo para contarlo.
—Nosotros íbamos a almorzar —dijo entonces Biela, en voz
muy alta—. ¿Por qué no nos acompañan a la tasca? Tiene aire
acondicionado.
—Estupenda idea —corroboró mi padrino—. ¡Señoras y señores!
¡Todo el mundo a la tasca de Fuenclara!

La tasca de Fuenclara ocupaba un sótano en la cercana calle de
los condes de Fuenclara al que se accedía por una escalera tan
estrecha que alguien de las dimensiones de Biela corría el riesgo
de quedarse encajado entre las paredes. Tras los diecisiete
escalones, se desembocaba en un local diminuto pero
demostradamente elástico; en el que siempre cabía alguien más.
Almorzamos opíparamente grandes dosis de colesterol
disfrazado de morcillas, chorizos, huevos rotos y otras lindezas
semejantes. Nosotros pedimos refrescos y cerveza sin alcohol,
pero entre los cinco adultos se cepillaron dos botellas de tinto del
Somontano. Con los cafés, convencimos a Goliatkin para que nos
cantase ‹‹Ochichornia›› a capella. Nunca debimos hacerlo. Hasta
ese momento, yo pensaba que todos los rusos sabían cantar. Eso
sí, al concluir su interpretación, le aplaudimos con entusiasmo.
Lo peor: Malva y Alexei prácticamente hicieron la guerra por su
cuenta. Se sentaron aparte, se rieron aparte…
Esa mañana comprobé lo sabias que son las leyes penales. Si
el asesinato no estuviera castigado con pena de reclusión mayor,
creo que no habría podido resistir la tentación de intentar
estrangular al ruso.
Cuando dimos por terminado el ágape, eran cerca de las doce y
media. La mañana estaba ya agonizante. Solo quedaba rematarla.
—Tenéis que volver a vuestra tarea —nos indicó el señor Urgel
—. Y yo también debo regresar a lo mío.
—¿Y ustedes? —preguntó el doctor Aspid a los policías.
—Nosotros —respondió inmediatamente Goliatkin, dejando a
Bareta con la boca entreabierta— pensábamos visitar el palacio
árabe de La Aljafería. Nos han asegurado que es maravilloso.
—Lo es, señor Goliatkin —confirmó el dentista—. Lo es.
Maravilloso.
Ya de nuevo en la calle, justo antes de despedirnos, una
sonrientísima Malva, que no dejaba de comerse a Alexei con los
ojos, nos propuso un plan irrechazable.
—¿Sabéis que mañana hay fiesta en Veterinaria? —nos dijo—.
Podríamos ir.
—Yo creía que los de Veterinaria solo organizaban esas fiestas
a lo largo del curso —replicó Max.
—Hacen nueve durante el curso y esta como despedida, que
promete ser la caña de España.
Las fiestas de Veterinaria eran absolutamente demenciales y
difícilmente descriptibles.
Organizadas desde tiempo inmemorial por los estudiantes de
Organizadas desde tiempo inmemorial por los estudiantes de
tercer curso de la Facultad de Veterinaria para recaudar fondos con
destino a su viaje de paso del Ecuador, duraban doce horas, de
nueve de la noche a nueve de la siguiente mañana, y se
desarrollaban en el edificio de la facultad, cuyos vestíbulos y
pasillos se convertían por unas horas en la discoteca más salvaje
de la ciudad.

—¿Iremos?
—¡Naturalmente que iremos! —dije, encantado ante semejante
perspectiva.
—¡Hecho! —dijeron al unísono Biela y Urgel.
—Ya contaba con ello —concluyó Malva—. Por cierto, que me
he permitido invitar a Álex. Seguro que no ha visto nada igual en su
vida; y así se lleva un buen recuerdo de España. ¿No creéis?
—¿Álex? —preguntó Biela—. ¿Quién es Álex?
—El ruso joven —murmuró Max, dándole un codazo e
intentando que yo no lo notase.
Pero claro que lo noté.
Traducido al cristiano: La mujer de mis sueños estaba
intentando ligar en mis propias narices con un tipo seis años
mayor que yo, dos palmos más alto que yo, bastante más guapo
que yo, absolutamente más rubio que yo y con los ojos mucho
más azules que los míos.
La verdad, no sé qué podía ver Malva en aquel tipo.
Definitivamente, a las mujeres no hay quien las entienda.
Y ahí seguía, pendiente de él, como si los demás no
existiésemos.
—Pasaremos a buscarte por el hostal a eso de las nueve.
—Pasaremos a buscarte por el hostal a eso de las nueve.
Iremos a cenar algo y, después, a la fiesta. Sin prisa. Realmente
aquello no se anima hasta pasada la medianoche.
—Bien.
—Porque… ahora tú tendrás que trabajar, claro.
—Sí.
—No, Alexei —corrigió de inmediato Goliatkin, que estaba al
quite—. Realmente, ya no hay nada interesante que puedas
aprender hoy a mi lado.
Al escuchar aquello, a Malva se le iluminó la cara.
—Yo pensaba pasar el resto del día en la piscina. Si tu jefe te
da permiso, podías venir conmigo. Así tomabas un poco el sol, que
creo que en tu país es un bien escaso.
—Es que… no se me ha ocurrido echar un bañador entre el
equipaje.
—Por eso, no te preocupes —replicó Malva—. Creo que eres de
la misma talla que mi hermano.
Alexei buscó con la mirada al teniente Goliatkin, quien asintió
con un gesto.

Mientras Biela, Urgel y yo regresábamos al lóbrego palacio de
Torresecas, Malva y el ruso se alejaban calle adelante, entre risas,
camino de alguna de las piscinas municipales.
—Hacen buena pareja —murmuró entonces Max.
—¿Qué eres tú? —salté de inmediato—. ¿Un amigo o una rata
traidora?
—La verdad es la verdad, Nico. Aunque duela.
Seguramente tenía razón. Y aquella verdad dolía como el
mordisco del hombre-lobo.
mordisco del hombre-lobo.
BILLARES ANTRACA
Tras despedirse de Nicolás, de Gerardo, de Malva, de
Alexei, de don Pablo Urgel y del doctor Aspid, el inspector
Bareta y el teniente Goliatkin permanecieron unos instantes
frente a la fachada del palacio de Torresecas. El ruso
inspeccionaba el edificio minuciosamente, como si estuviese
anotando en su memoria todos los detalles.
—¿Juega usted al billar, Germán?
Bareta se sorprendió. Era la primera vez que el ruso le
llamaba por su nombre de pila.
—No. No sé jugar al billar.
—Vamos. Yo le enseñaré.
Sin esperar réplica, Goliatkin cruzó la calzada y se dirigió a la
entrada del salón de billares Antraca.
Ocupaba un semisótano grandísimo, oscuro incluso en pleno
día y con excesiva humedad para la práctica del billar de alta
competición. Pero, eso sí, disponía de algunas mesas de
magnífica calidad. El ruso no optó por una de esas sino por otra
de billar americano, con troneras, situada prácticamente en el
centro de la sala. Eligió dos tacos y le alargó uno al español.
— Yo invito —dijo Bareta, introduciendo en la ranura una
moneda de cien pesetas. Tiró luego del mando y las bolas
cayeron en la bandeja inferior con un estrépito que se les antojó
escandaloso en medio del ambiente callado y espeso del local.
Sin embargo, los doce clientes del establecimiento, todos ellos
Sin embargo, los doce clientes del establecimiento, todos ellos
adolescentes, ni se inmutaron.
—Empiece usted —rogó el ruso, tras colocar en su lugar las
dieciséis bolas.
Bareta golpeó la bola blanca que, a su vez, deshizo el
triángulo que formaban las demás.
—Su turno, Vladimir.
El ruso jugaba como un campeón. Sin apenas titubeos, coló
en las troneras cinco bolas seguidas, con una precisión
escalofriante. Luego, deliberadamente, falló una carambola muy
fácil.
—Le toca, Germán. Tómese su tiempo.
—Bien.
El inspector dio varias vueltas a la mesa en busca de jugada,
mientras el teniente, apoyada la barbilla sobre el taco, estudiaba
disimuladamente el local.
Bareta jugó y falló.
—Pruebe otra vez —le dijo el ruso—. La bola cuatro en el
rincón… No, hombre: En el otro rincón.
—Aquel me parece más fácil.
—Pero está más lejos. El bueno es el otro.
—Ah.
Esta vez, la carambola se completó y la bola número cuatro
desapareció por la tronera.
—¡Eh! ¡Lo he conseguido!
—¿Lo ve? En este juego, lo principal es elegir bien la
carambola.
Bareta volvió a fallar la siguiente y Goliatkin le tomó el relevo
metiendo cuatro seguidas.
metiendo cuatro seguidas.
—Siga usted.
—Pero si no ha fallado.
—Siga.
El ruso se acercó entonces al encargado del local, un tipo
siniestro, cojo de la pierna derecha, ataviado con un largo mandil
de cuero, con los bolsillos repletos de monedas.
—¿Dónde están los servicios? —preguntó.
—Aquí no hay servicios. Hay urinarios —contestó Custodio
Antraca—. Al fondo, a la derecha. No se lleve el taco. Déjelo
junto a la mesa.
Tardó en volver Goliatkin más de cinco minutos. En ese
tiempo, Bareta metió dos bolas de diecinueve intentos.
Cuando regresó, el ruso acabó de una tacada con todas las
bolas que quedaban sobre la mesa.
—¿Nos vamos? —dijo a continuación.
—Vaya por Dios. Ahora que le estaba cogiendo el aire a este
juego… —ironizó Germán Bareta—. ¿Me deja tomarme la
revancha con una partida de futbolín?
—¿Futbolín?
La revancha fue revancha y el inspector le ganó al ruso por
nueve goles a uno. Pero Goliatkin encontró aquel juego
divertidísimo.
Al salir de la penumbra, la intensa luz del mediodía castigó
dolorosamente las pupilas de los dos hombres.
—¿Tiene usted gafas de sol, Vladimir?
—No pensé en ese detalle —reconoció el ruso, cubriéndose
los ojos con la mano.
—Tenga las mías. Puedo pasarme sin ellas un par de días.
—Tenga las mías. Puedo pasarme sin ellas un par de días.
Pero no se las lleve a Rusia.
—Descuide. Y muchas gracias.
—Tengo una curiosidad: ¿Dónde aprendió a hablar el
castellano tan correctamente?
Vladimir Goliatkin suspiró profundamente. Pareció evocar
recuerdos ya lejanos.
—Lo aprendí en casa. Mi madre era española y a mí siempre
me hablaba en español. Ella fue uno de aquellos cientos de niños
que fueron llevados a Rusia para librarlos de los horrores de la
guerra civil española. Mi segundo apellido es Lozano.
SALAZONES ANTERO NECROMIO
Caminaron por la acera hasta detenerse ante el escaparate de
otro de esos comercios tan antiguos como la propia memoria de
la ciudad: La tienda de salazones de Antero Necromio.
—¿Qué son esas… cosas repletas de grandes agujeros? —
preguntó el ruso, señalando unos objetos con forma de triángulo
isósceles, de color marrón y, efectivamente, llenas de grandes
agujeros.
—¿Eso? Son lomos de congrio. Un pescado. Aquí tiene
mucha tradición. Esta es una ciudad de interior y durante siglos
solo fue posible consumir el pescado seco o en salazón. El
congrio admite muy bien ser conservado así. Se seca y se ahuma
y adquiere ese aspecto tan extraño, como…
—Como una momia —completó Goliatkin.
Bareta se sonrió.
—Ahora que lo dice, creo que así es. No tiene muy buena
pinta, es cierto, pero le aseguro que una vez cocinado está
delicioso.
Goliatkin gruñó una media carcajada.
—Es curioso. ¿Sabe cómo llaman coloquialmente a las
momias quienes se mueven en el mundillo de la arqueología?
—Ni idea.
—Pescado seco.
—¿Pescado seco? Una imagen un tanto repulsiva, ¿no cree?
—Nunca lo había visto tan claro como ahora —dijo el ruso
en tono misterioso.
SANTIAGO EL MENOR
Ya que habían utilizado la excusa de visitar el palacio de la
Aljafería, Bareta animó a su colega a caminar hasta allí, pero
pronto descubrió que la resistencia del ruso frente al calorazo
que esos días se había instalado en el valle del Ebro era incluso
menor que la de los ejércitos de Napoleón frente al frío de la
estepa rusa.
Pronto se vieron obligados a hacer un alto en el camino.
—¿Podríamos entrar aquí un momento? —dijo Goliatkin al
pasar ante las columnas salomónicas que flanqueaban la puerta
de entrada de la iglesia de Santiago el Menor.
—Desde luego —concedió Bareta—. No sabía que le
interesase el arte sacro católico.
—Y no me interesa. Pero supongo que ahí dentro se estará
fresquito y habrá bancos para sentarse. Este calor me está
fresquito y habrá bancos para sentarse. Este calor me está
matando.
Eran los únicos visitantes de la iglesia y se sentaron en el
último banco. La luz solar, que entraba como los dedos de Dios
a través de los rosetones multicolores, cabalgaba sobre el polvo
en suspensión para hacerse visible. Pese a ello, una penumbra
fresca y grata era la dueña del interior del templo.
—¿Ha renunciado a seguir la pista del taxidermista Urgel? —
le preguntó Bareta a Goliatkin, tras unos minutos de reposo y
recogimiento.
—Ni mucho menos. Esta tarde tengo pensado hacerle una
visita. Antes, formábamos un grupo demasiado amplio como
para quedarme a hablar con él sin llamar la atención. Aunque, si
he de serle sincero, no tengo muchas esperanzas de que una
conversación con ese taxidermista me sea realmente útil.
Dispongo de poco más de setenta y dos horas más antes de
tener que regresar a mi país y mucho me temo que este va a ser
un viaje perdido.
—Si me dijera lo que busca exactamente, quizá podría
ayudarle más y mejor de lo que lo he hecho hasta ahora.
Goliatkin contuvo un escalofrío. La temperatura allí, dentro de
la iglesia, era al menos diez grados inferior a la de la calle y el
sudor se le estaba enfriando sobre la piel.
—No, gracias, amigo Bareta. En realidad… mi misión es
mucho menos oficial de lo que usted piensa. Es un favor que le
estoy haciendo a mi amigo Konstantin Dadan, director gerente
del Museo Egipcio de San Petersburgo. No puedo decirle más.
O, mejor dicho, no quiero decirle más.
—Veo que le gusta ir por libre. Incluso se ha deshecho
—Veo que le gusta ir por libre. Incluso se ha deshecho
hábilmente de su ayudante.
—Alexei ha sido otra de las concesiones que he tenido que
hacer para poder realizar este viaje. Parece un buen chico. Listo,
muy listo; pero, hoy por hoy, para mí no supone más que un
estorbo. Me lo colocaron mis jefes porque habla español y, por
lo visto, sabe mucho sobre el Antiguo Egipto de los faraones.
Pero aquí de lo que se trata es de saber mucho de los
sinvergüenzas de hoy en día.
—Entiendo.
Cuando los dos hombres regresaron a la calle, el sol caía a
plomo sobre Zaragoza, como lava ligera. Eran las dos menos
veinte de la tarde.
—¿Y si nos olvidamos de la Aljafería y nos vamos a comer?
—preguntó Bareta—. Por aquí hay varios restaurantes que
ofrecen un buen menú del día por poco dinero.
—Ustedes, los españoles, siempre pensando en comer.
Bareta rió con ganas.
—¡Pues claro! La vida es lo que media entre el café tras una
comida y el aperitivo antes de la siguiente.
Goliatkin movió la cabeza, resignado.
—Hablando de comida, Bareta… ¿Dónde puedo comprar un
pescado.
—¿Un pescado seco?
—No, no. Fresco.
—En una farmacia, naturalmente.
—¿Cómo dice?
El inspector volvió a reír, aunque carraspeó de inmediato y
quedó serio. Quizá el calor le estaba afectando también a él.
quedó serio. Quizá el calor le estaba afectando también a él.
—Era una broma, hombre. ¿Dónde va a comprar un
pescado? ¡En una pescadería, por supuesto!
—¿Puede llevarme a una?
Bareta miró de soslayo a su colega. No lograba encontrarle el
sentido a nada de lo que hacía o decía el ruso.
—Claro que puedo llevarle a una pescadería —respondió,
consultando su reloj—. Todavía estarán abiertos los puestos del
Mercado Central, que está muy cerca de aquí.
En cinco minutos recorrieron un laberinto de callejones con
salida en la calle del Cedro, que desembocaba directamente
frente a una de las puertas laterales del Mercado de Lanuza, el
antiguo mercado central de la ciudad.
Germán Bareta condujo a Goliatkin hasta Pescados José
Luis, el puesto preferido por María, su ex mujer. Allí, el ruso
eligió una merluza estupenda, de casi dos kilos y medio.
—¿Está fresca? —preguntó Goliatkin.
—¿Que si está fresca? —repitió el pescadero, un tipo joven,
de pelo rizado, con un aro de plata en la oreja, lo que le daba
cierto aire de pirata—. Ayer, a estas horas, la pobrecilla nadaba
en el Mar Cantábrico, ignorante de la suerte que le esperaba.
¿Cómo se la preparo? ¿A rodajas? ¿O le saco los dos lomos?
—No, no… déjemela tal cual —respondió Goliatkin—.
Entera.
—¿Entera? ¿No le quito la cabeza, siquiera?
—No, gracias. Está bien así.
—Como quiera. Para mí, menos trabajo. Serán dos mil
quinientas pesetas para usted. Por ser amigo del inspector.


Durante la comida, que hicieron en una cafetería cercana, no
hablaron en absoluto de la investigación. Quizá por ello, resultó
muy agradable y, llegando a los postres, Germán Bareta estaba
ya convencido de que Vladimir Goliatkin era un buen tipo; raro,
sí, como lo son todos los extranjeros, pero de buena pasta, y al
que quizá la vida había llevado por tortuosos derroteros.

Eran las tres y diez de la tarde cuando se pusieron en pie.
Bareta pagó la cuenta.
—Invito yo.
—¿No debería coger la factura para justificar el gasto ante su
jefe?
—Le acabo de decir que invito yo, no mi jefe.
Goliatkin miró un momento a su colega y, luego, le palmeó la
espalda.
—Gracias, hombre. Oiga… Supongo que a esta hora estarán
cerrados los comercios.
—Excepto las grandes superficies, sí. Aquí, nadie se pone en
marcha antes de las cinco de la tarde. Muchos lo hacen incluso a
las seis.
—Hasta ahora, no entendía los estrafalarios horarios
españoles. Pero está claro que, en verano y a las cuatro de la
tarde, es inútil esperar clientes detrás de un mostrador.
—Inútil y peligroso para la salud. Debería usted volver al
hostal y cumplir con el rito de la siesta.
—He leído maravillas sobre esa costumbre tan española.
—No duerma más de media hora y, cuando despierte, se
encontrará como nuevo.
encontrará como nuevo.
—Creo que… voy a probar, sí.
—Coja un taxi hasta su hostal. La mayoría llevan aire
acondicionado.
—Bien. ¿Quiere que le deje antes en alguna parte?
—No, gracias. Mi comisaría queda en dirección contraria.
—Me va a crear mala conciencia —dijo el ruso, con una
sonrisa—. Yo me voy a echar la siesta y usted se marcha al
trabajo.
—¿Le cuento un secreto? Yo también voy a la comisaría a
echar la siesta. Hasta mañana, Vladimir. Pasaré a recogerlos a
primera hora.
—De acuerdo.
Se estrecharon las manos. Fue un apretón largo, que
remataron con un par de palmaditas en el hombro, en un gesto
que, sin llegar a ser un abrazo, sí resultó especialmente
afectuoso.

Al despedirse de Goliatkin, Bareta no pudo evitar un mal
presentimiento; una inexplicable incomodidad, una mala
sensación. No había razón aparente para ello pero, a veces, ese
sexto sentido que tan habitualmente desarrollan los policías hacía
acto de presencia.
EL PALO DE CIEGO
Goliatkin se despertó en su cama del hostal con la cabeza
pesada y la boca pastosa. En parte, por haber dormido una
pesada y la boca pastosa. En parte, por haber dormido una
siesta mucho más larga de lo aconsejable y, en parte, por la
escasa humedad relativa del ambiente, provocada por el
continuo funcionamiento del aire acondicionado.
Fue al baño y se echó agua por la cara. En la bañera, cubierta
por tres bolsas de hielo que había comprado en la cafetería del
propio hostal, reposaba la merluza adquirida en Pescados José
Luis.
Cuando salió a la calle eran las cinco y cuarto de la tarde y los
termómetros marcaban cuarenta grados a la sombra. Cogió de
nuevo un taxi, pues había comprobado que no era un medio de
transporte excesivamente caro y sí muy cómodo. Le indicó al
chófer la dirección del palacio de Torresecas.
Al descender del vehículo, se refugió rápidamente en el portal.
Y allí permaneció durante un buen rato intentando decidir qué
hacer. Por fin, consultó los rótulos de los buzones para localizar
el taller de taxidermia y comenzó a subir las escaleras del
torreón.
Lo acompañó la suerte. Antes de llegar al descansillo, oyó el
sonido de una puerta al cerrarse. Intuyó que podía tratarse de su
hombre, así que, con todo sigilo, deshizo el camino hasta
esconderse bajo el primer tramo de escalones. Desde allí pudo
ver a don Pablo Urgel, pues, en efecto, era él quien bajaba por
la escalera tras abandonar su taller.
El ruso lo siguió en completo silencio a través de diversas
dependencias del palacio, todas ellas solitarias y tenebrosas,
hasta llegar a una puerta disimulada en uno de los muros.
Aunque el taxidermista la cerró tras él con llave, no le llevó
mucho tiempo al policía forzar la cerradura con las ganzúas que
siempre llevaba encima.
siempre llevaba encima.
Al abrir la puerta apareció ante él una escalera lóbrega y
estrecha que descendía a partir de ese punto. Goliatkin comenzó
a bajar los escalones con todo cuidado. Cuando hubo contado
treinta y su vista empezaba a acostumbrarse a aquella oscuridad
casi impenetrable, pudo distinguir que se encontraba en una
estancia que bien podía haber sido despensa o quizá, en
tiempos, carbonera. Al otro extremo de esa sala se veía una
puerta. Y tras la puerta, había luz.
Cuando Goliatkin empujó la puerta, esta gimió
lastimeramente. Don Pablo Urgel se volvió. No pareció
asustarse. Ni siquiera pareció sorprendido. Se limitó a mirarle a
través de sus gafas de sol.
—¿Qué desea? —preguntó, tras unos instantes de silencio.
El ruso observó la estancia con despreocupado detenimiento.
Al hacerlo, sintió cómo se le erizaba el vello de la espalda. Casi
no podía creer su suerte. En aquella sala enorme, del tamaño de
un pequeño teatro, podían verse por doquier momias y
sarcófagos del Antiguo Egipto. De inmediato se percató de que
aquel descubrimiento resultaba mucho más interesante de lo que
esperaba encontrar.
Goliatkin alzó la bolsa de plástico que llevaba en la mano.
—Buenas tardes, señor Urgel. Me preguntaba si… si podría
disecarme esto.
Urgel echó un vistazo al contenido de la bolsa y frunció el
ceño. Se sintió desconcertado. De inmediato, intuyó que algo
marchaba rematadamente mal, pero aún no sabía qué.
—¿Una… merluza?
—Sí —confirmó el ruso—. La he pescado en el Ebro y
—Sí —confirmó el ruso—. La he pescado en el Ebro y
quiero llevármela de recuerdo.
Urgel parpadeó. Ahora ya estaba claro. Aquello era una
trampa. Un truco de algún tipo. Un juego de ingenio. Algo así.
—Podría disecarla, sí, desde luego, pero… verá: tengo
mucho trabajo. Tal vez dentro de un mes o dos…
—No dispongo de tanto tiempo —le interrumpió el ruso—.
He de volver pronto a mi país.
Don Pablo tragó saliva.
—Bien… En ese caso, déjemela ahí y veré lo que puedo
hacer.
—Gracias.
Liberado de la bolsa, el ruso cruzó los brazos y miró al señor
Urgel.
—¿No me va a dar un recibo? ¿Ni me va a tomar los datos?
¿Y si no vuelvo nunca más?
Urgel afiló la mirada.
—Sí, claro… vamos a ver… —cogió un talonario y un
lapicero muy afilado—. ¿Su nombre?
—Vladimir Goliatkin. Soy ruso. Y soy policía.
—Oh, claro, ahora le recuerdo. Usted es quien esta mañana
acompañaba a ese inspector… el padrino de Nicolás, el amigo
de mi sobrino.
—Así es.
Urgel había roto a sudar. Goliatkin se dio cuenta de ello.
—Bien, en ese caso… creo que sí. Que podré atender su
petición.
—Estupendo. Mis compañeros de la policía de San
Petersburgo se van a morir de envidia.
Petersburgo se van a morir de envidia.
Al escuchar aquello, Urgel dio un respingo; y no pudo evitar
romper la mina del lapicero contra el cuaderno.
—San Petersburgo —repitió.
—Sí. La antigua Leningrado. La ciudad natal de Vladimir
Putin, el nuevo presidente ruso.
Pablo Urgel exhaló todo el aire de sus pulmones mientras
asentía con la cabeza. Acababa de dar por hecho que todo
había acabado. Bajó la vista y, lentamente, se frotó el puente de
la nariz con la mano derecha.
—De modo que… han encontrado el tornillo —balbució.
Goliatkin no movió ni una ceja; pero estuvo a punto de saltar
de alegría, al darse cuenta de lo que significaba aquella pregunta.
En su respuesta trató de mostrarse perfectamente tranquilo y
seguro de sí mismo.
—Así es —dijo—. Unos estudiantes de la universidad
escanearon el sarcófago y lo descubrieron.
El taxidermista volvió a suspirar profundamente y, tras
tambalearse levemente, buscó asiento en un taburete alto.
— Yo dejé ahí ese tornillo de titanio —confesó.
—¿Lo dejó a propósito? No fue un descuido, entonces.
—No, no lo fue.
—¿Por qué lo hizo?
—Lo hice como una forma de… de expiación. Un modo de
calmar en lo posible mi mala conciencia. Dejando ese tornillo,
me aseguraba de que, tarde o temprano, alguien lo descubriría.
—No ha sido fácil. La momificación del cadáver era
magnífica. ¿Dónde aprendió esa técnica?
—No la aprendí. La inventé y la desarrollé yo mismo, a partir
—No la aprendí. La inventé y la desarrollé yo mismo, a partir
de libros en los que se describían los rituales del Antiguo Egipto
de los faraones. En apenas un mes y medio, puedo darle a un
cadáver el aspecto de una momia egipcia de hace cinco milenios.
Puedo asegurarle que, incluso para un experto, no sería tarea
fácil distinguir una momia auténtica de una de las que yo
preparo.
—Resulta asombroso. Pero dígame: ¿Quién era el muerto?
¿Quién se esconde bajo la falsa personalidad del Gran
Sacerdote Mirahp-At-Ios de la decimotercera dinastía?
Urgel lanzó un anzuelo a sus recuerdos y comenzó a tirar del
hilo.
—Mirahp-At-Ios —repitió—. No es más que un invento.
Nos pareció una ingeniosa distorsión de su apellido: Mirapatios.
Celso Mirapatios. Un pobre hombre, oscuro y limitado, que fue
mi ayudante durante varios años y que llevó una vida miserable.
—Sin embargo, tras su muerte y durante la última década, ha
sido admirado por los miles de visitantes del Museo de San
Petersburgo.
—Curiosa paradoja, sí. Supongo que le habría gustado saber
que ha sido un famoso post-mortem.
—¿Le importaría hablarme de él?
Pablo Urgel miró al policía ruso de hito en hito. Luego, se
encogió de hombros.
—¿Qué quiere que le diga…? Solo era un pobre hombre. No
sé si llegó a ser consciente de que, a los ojos de los demás, era
un monstruo; pero lo cierto es que lo era. Incluso para mí, sin
duda. Un monstruo escalofriante. Y no solo por su monstruoso
aspecto: flaco, altísimo y de manos enormes…
aspecto: flaco, altísimo y de manos enormes…

Durante algunos minutos, el taxidermista fue desgranando
detalles de la extraña existencia de Celso Mirapatios ante un
Vladimir Goliatkin que aún no podía creer la suerte de haber
resuelto tan complicado caso prácticamente por azar.
—Una tarde —recordó don Pablo Urgel, poco después,
acercándose al final de su relato— justo hace ahora once años,
cuando yo ya creía que el pobre Celso era capaz de manejarse
por sí solo con los productos químicos, confundió el cloruro
sódico con la sosa cáustica y murió asfixiado por los vapores
producidos, en un accidente del que yo siempre me he sentido
único responsable.
Goliatkin parpadeó.
—Espere, espere un momento… ¿Lo dice en serio? ¿De
veras cree que la muerte de su ayudante fue culpa de usted?
—En efecto, ya le digo que siempre lo he creído así.
—¿Y si yo le dijera que Celso Mirapatios no murió a causa
de la inhalación de vapores tóxicos… sino que falleció
estrangulado?
El taxidermista experimentó casi una convulsión al escuchar
aquello.
—¿Qué? Estrangulado… ¡No es posible!
—Le aseguro que lo es. Al analizar su… su momia, se pudo
comprobar que tenía rota la tráquea.
Urgel comenzó a caminar, muy nervioso, en torno a su mesa
de trabajo, mientras se llevaba la punta de los dedos a las sienes.
—Pero… ¿Qué me está diciendo? ¡Oh, señor…! Si eso
fuera cierto… yo habría vivido engañado durante todos estos
fuera cierto… yo habría vivido engañado durante todos estos
años.
—En efecto. Aunque, desde luego, no fue usted el único que
resultó burlado.
—¡Ejem…! No, claro… pero, como verá, en este asunto
nadie ha obrado de manera intachable.
—Eso parece. Y ya que hablamos de ello… ¿Le importaría
contarme cómo acabó el cuerpo de Celso Mirapatios en el
Museo Egipcio de Leningrado? Creo que ya es lo único que me
intriga.
Urgel parecía a punto de caer en estado de ‹‹shock››. Miró a
Goliatkin con los ojos vidriosos.
—Eso… es un poco más largo y difícil de explicar.
—No se preocupe por eso, don Pablo. No tengo prisa. No
tengo ninguna prisa…
JUNIO DE 1989
Pablo Urgel entró en el taller del sótano cargando con
dificultad con un envase de diez kilos de glicerina químicamente
pura. De inmediato, sintió el sofocante olor de los vapores de la
sosa cáustica en altas concentraciones; y, un segundo más tarde,
descubrió el cuerpo de su ayudante tendido en el suelo.
—¡Celso! —gritó, mientras sentía cómo un intenso picor se
apoderaba de su garganta—. ¡Celso, por Dios! ¡Levanta!
Estaba caído boca abajo, junto a los restos de dos grandes
redomas hechas añicos.
Pablo Urgel le dio la vuelta con dificultad y buscó
Pablo Urgel le dio la vuelta con dificultad y buscó
infructuosamente el latido del pulso en su arteria carótida.
Entonces, comenzó a toser espasmódicamente y tuvo que
abandonar el cuarto.
—¿Qué pasa, Urgel? ¿Qué son esos gritos?
El taxidermista alzó la vista y reconoció a don Jaime, el
director de la empresa para la que trabajaba desde hacía dos
años.
—Es mi ayudante… —explicó Pablo, con dificultad—.
¡Ayúdeme a sacarlo del taller, por lo que más quiera!
Con gran dificultad, tratando de no caer ellos mismos víctimas
de los vapores sofocantes, arrastraron fuera del laboratorio el
cuerpo del desdichado ayudante y una vez allí le practicaron la
respiración artificial. Sin embargo, fue inútil. No tardaron en
convencerse de que la muerte se había apoderado
irremisiblemente de Celso Mirapatios.
Acuclillado, apoyada la espalda contra la pared, Pablo Urgel
comenzó a gimotear.
—Ha sido culpa mía, don Jaime —reconoció entre sollozos
—. Pensé que Celso ya era capaz de distinguir los diferentes
productos químicos. Habíamos establecido un código de
colores, lo aprendió con rapidez y pensé que ya lo dominaba a
la perfección. ¡No debí fiarme!
—Bueno, bueno, Urgel, no pierdas los nervios… Sea por lo
que sea, ha ocurrido un accidente y eso es algo que ya no tiene
remedio. Ahora, hemos de buscar la manera de impedir que esta
circunstancia se convierta en una catástrofe.
—¿Cómo vamos a hacer eso? ¡Claro que es una catástrofe!
¡Por mi culpa ha muerto un hombre! ¿No lo entiende? Nunca
¡Por mi culpa ha muerto un hombre! ¿No lo entiende? Nunca
me lo perdonaré. ¡Nunca! Y lo más probable es que, además,
acabe dando con mis huesos en la cárcel, don Jaime. ¡En la
cárcel! Y no será porque no lo merezca…
—Eh, eh, cálmate. Vamos a intentar que eso no sea así,
Pablo. Sería una verdadera lástima que alguien tan brillante
como tú viera su vida arruinada por un asunto como este. Al fin
y al cabo, Celso era solo un… un débil mental. Un ser
insignificante cuya desaparición nadie echará de menos.
Pablo Urgel tragó saliva con dificultad.
—Don Jaime, por Dios… No puede hablar en serio. Celso
tenía sus limitaciones, claro, pero era un hombre. Una persona
como usted y como yo.
—¿Estás completamente seguro de eso? Yo no diría tanto.
En el momento en que aquella bomba le arrancó media cabeza,
creo que dejó de ser una persona como tú o como yo.
—Pero…
—Sinceramente, yo casi me alegro de que Celso nos haya
dejado de este modo. Al fin y al cabo, no ha sufrido y… bueno,
empezaba a preocuparme lo mucho que sabía de nuestro
negocio.
—En ese sentido era completamente inofensivo, se lo
aseguro. Jamás se habría ido de la lengua…
Don Jaime cortó la réplica del apesadumbrado disecador con
un abrazo.
—Pablo, Pablo… escucha: La organización está contigo. La
empresa, quiero decir. Y estamos dispuestos a jugar fuerte, a
apostar por ti, a conseguir que salgas con bien de este…
desgraciado incidente. Vamos a tratar de imaginar que nada de
esto ha ocurrido.
—¿De qué está hablando?
—Celso Mirapatios era un hombre absolutamente oscuro.
Puede desaparecer sin que nadie lo eche de menos. No tenía
familia, ni amigos…
— Yo era su amigo.
—¡Claro! Y seguro que él no querría que ahora, por culpa de
este lamentable accidente, su único amigo acabe entre rejas.
Pablo Urgel sacudió la cabeza.
—La muerte de un hombre no es fácil de ocultar.
Don Jaime sonrió para sus adentros. Todo estaba saliendo a
pedir de boca.
—Eso, depende. Verás, estaba pensando… Esa técnica de
momificación que has desarrollado con tan buenos resultados…
Podría aplicarse a un cadáver reciente, como el de Celso
¿verdad?
—Desde luego, pero… Oiga, ¿qué me está proponiendo?
Don Jaime se acarició el mentón antes de continuar.
—Casualmente, tenemos una petición del Museo Egipcio de
Leningrado. Quieren una pieza grande, una momia con
sarcófago. Los rusos pagan bien, hacen pocas preguntas y están
muy lejos de aquí. Sería… perfecto.
Pablo Urgel miró a su jefe de hito en hito.
—No puedo creerlo. ¿Me está proponiendo que… que
hagamos pasar a Celso por una momia egipcia?
—¿Por qué no? ¿No confías en tus conocimientos?
—Sí, claro que sí. Mi técnica funciona a la perfección, usted
lo sabe. A primera vista no habría problemas; nadie notaría la
diferencia, pero… un estudio minucioso del cuerpo sí revelaría la
diferencia, pero… un estudio minucioso del cuerpo sí revelaría la
verdad de inmediato.
—Vamos… ¿Por qué razón iban los rusos a hacer un estudio
minucioso? El museo quiere la momia para exponerla al público
y justificar su presupuesto de gastos de este año. Piénsalo. Todo
Leningrado pasará ante tu obra; la admirarán sin apercibirse de
que la momia, que ellos creen de cinco mil años, en realidad solo
tiene cinco semanas de antigüedad. Incluso podemos rendirle un
pequeño homenaje a Celso. Diremos que se trata de la momia
del alto sacerdote Mirahp-At-Ios.
—¿Se ha vuelto loco? ¡Es una pista clarísima!
—¡Ni mucho menos! —exclamó don Jaime, riendo—. El
idioma ruso no tiene apenas ningún parecido con el español.
Incluso utiliza un alfabeto distinto. Nadie se dará cuenta de la
broma. Será nuestro secreto.
Urgel miró a su jefe con una mezcla de admiración, temor y
agradecimiento.
—Es… es un plan muy brillante, don Jaime. Brillante pero
arriesgado. Y usted parece dispuesto a correr el riesgo de ser
descubierto, poniendo a su empresa en peligro… tan solo por
salvarme.
—Naturalmente, Pablo. Naturalmente. Esta empresa es como
una gran familia y todos debemos ayudarnos mutuamente en
caso de necesidad. Hoy por ti, mañana por mí.
—Yo… no sé qué decir salvo que… si su plan funcionase, yo
le quedaría eternamente agradecido, don Jaime.
—Lo sé, lo sé… y cuento con ello. Cuento con que pondrás
tus conocimientos y tu experiencia al servicio de nuestro
negocio. Así, todos saldremos beneficiados. Todos.
negocio. Así, todos saldremos beneficiados. Todos.
—Por supuesto. Por supuesto que sí.
—Bien… Ahora, deberías ponerte a trabajar en el cuerpo del
pobre Celso, para iniciar el proceso de momificación cuanto
antes. Y, desde luego, pienso que lo más seguro es que lo lleves
a cabo aquí mismo, en el sótano.
—Sí, claro, claro… conviene ser discreto. Muy discreto.
—Puedes utilizar el sarcófago y los lienzos de esa última
momia que trajimos de Alejandría. La número sesenta y cuatro.
No es gran cosa, ni tiene excesivo valor ni figura en ninguno de
los catálogos que manejan los museos.
DON JAIME
Don Pablo había terminado la narración de aquellos
recuerdos con un sabor terriblemente amargo en la boca.
—Y ahora… después de todo este tiempo, viene usted a
contarme que Celso no murió a causa de un accidente del que
siempre me he sentido responsable sino que murió… asesinado.
El teniente Goliatkin había fruncido el ceño hacía un buen rato,
apenas iniciado el relato del taxidermista, y ya no parecía capaz
de desprenderse de esa expresión.
—Así es. Tal como yo lo veo, alguien estranguló a su
ayudante y luego rompió contra el suelo los envases que
contenían la sosa cáustica, para simular su muerte por asfixia
química.
—Alguien… —repitió Pablo Urgel, cerrando los ojos;
después asintió—. Siempre me he preguntado de dónde venía
después asintió—. Siempre me he preguntado de dónde venía
don Jaime cuando apareció tan oportunamente esa tarde. Llegó
doblando la esquina del pasillo del fondo. No venía, por tanto,
de su despacho. No venía de ninguna parte. Estaba allí,
escondido, esperando que yo encontrase el cuerpo de Celso
Mirapatios… al que posiblemente él acababa de asesinar.
El ruso guardó silencio durante unos instantes.
—Un plan muy hábil, el de su jefe, ese don Jaime. Ideó un
crimen del que usted se ha considerado siempre culpable.
Luego, le ayudó a salir del atolladero asegurándose así su eterna
gratitud. Una gratitud que se traduce en tener a su disposición
sus excepcionales conocimientos como taxidermista y su
prodigiosa técnica de momificación acelerada.
—Sí… —reconoció Urgel, cabizbajo—. Supongo que se
puede resumir de ese modo.
—¿Para qué? —preguntó el policía.
—¿Cómo?
—No acierto a adivinar qué tipo de empresa necesitaría los
servicios de alguien como usted. ¿Una especie de… funeraria,
quizá?
—No. En realidad, es una empresa de intermediación.
Compramos y vendemos piezas arqueológicas del Antiguo
Egipto. Momias, especialmente. Se trata de un mercado en
expansión. A pesar de los esfuerzos del gobierno egipcio, son
miles las momias extraídas de las excavaciones arqueológicas de
su país que van de aquí para allá, que unos museos venden a
otros, que particulares venden a museos, que se importan legal o
ilegalmente del país del Nilo… Ese es nuestro campo de trabajo.
—Y ustedes utilizan el Museo Pérez-Balaguer como falso
—Y ustedes utilizan el Museo Pérez-Balaguer como falso
remitente de las piezas que comercializan.
El tío de Max Urgel asintió.
—Ese y algunos otros pequeños museos de larga historia y
que figuran desde hace muchos años en el listado internacional
de museos de la UNESCO.
—Entiendo —dijo Goliatkin—. Remitentes nada sospechosos
y piezas aparentemente magníficas. Como es lógico, los
compradores no van a hacer muchas preguntas si están
satisfechos y existe una apariencia de legalidad.
—Supongo que así es aunque, realmente, no estoy muy al
tanto de los detalles administrativos o de gestión. Yo me encargo
solo de tareas, digamos… técnicas. Conozco muy bien las
momias y sé cómo tratarlas. Con paciencia y conocimientos, de
una momia de escaso valor y en un estado lamentable, se puede
conseguir una pieza que cualquier museo exhiba orgulloso. En
ocasiones, he creado una momia con partes de otras dos o
tres…
—Y, supongo, también habrá ‹‹fabricado›› algunas otras
mediante su brillante técnica de momificación, como hizo con
Mirapatios.
—Algunas, sí. Pero nunca a partir de un cadáver tan reciente
como el de Celso…
El policía pensó entonces que no podía haber tenido más
fortuna. No solo iba a resolver con inusitada rapidez y pleno
acierto el asunto que le había conducido hasta España sino que,
de rebote, iba a sacar a la luz la actividad de una organización
clandestina de tráfico de objetos arqueológicos. Y todo gracias
a aquel pobre hombre que llevaba más de una década
a aquel pobre hombre que llevaba más de una década
angustiado por el peso de un crimen que no había cometido.
‹‹¡Qué vueltas da la vida!››, pensó el ruso.
EL FIN
En ese instante, don Pablo Urgel alzó ligeramente la vista para
mirar por encima del hombro del policía a alguien que acababa
de entrar en la estancia.
Goliatkin descubrió de inmediato el leve movimiento; y
entonces, aún invadido por la euforia que le producía su
inesperado éxito, se percató de que había cometido el más grave
error de su vida; que se había comportado como un novato
torpe y descuidado; y que ese descuido le iba a costar muy
caro.
Simplemente, no se lo esperaba. No contaba con ello. Había
entrado en el palacio de Torresecas convencido de que no tenía
nada, de que no había encontrado aún la pista adecuada para
encarar adecuadamente el caso y de que la entrevista con el
disecador iba a ser una pérdida de tiempo en un escenario
inofensivo. Como mucho, esperaba encontrar un hilo de seda del
que seguir tirando.
Inesperadamente, se había topado con todo lo contrario; con
el primero de sus palos de ciego, había acertado justo en el
centro de la diana. Y tan imprevisto había resultado el acierto,
que solo ahora se daba cuenta de que se había metido en la
boca del lobo sin haber tomado las más elementales
precauciones. En ese instante, supo que estaba irremisiblemente
precauciones. En ese instante, supo que estaba irremisiblemente
perdido.
No se molestó en girar la cabeza. Le bastó mirar la expresión
de Urgel y el impreciso y deformado reflejo que le devolvían los
cristales de sus gafas oscuras.
Vio el leve destello producido por el movimiento de un arma
corta que alguien situado a su espalda —el famoso don Jaime,
seguramente— levantaba hacia él. Se preguntó si aquel hombre
que ya le tenía en su punto de mira le permitiría verle el rostro, si
cometería el error de regodearse en la sorpresa de su víctima, si
accedería a cambiar con él unas frases antes de apretar el gatillo,
concediéndole así la oportunidad de pensar durante unos
segundos el modo de esquivar a la muerte.
Pero eso solo pasa en las películas y en las malas novelas
policíacas.
Sin demora alguna, apenas un parpadeo después, el ruso oyó
el comienzo del estampido de un disparo. Solo el comienzo.
Antes de que se completase la detonación, antes de que cayera
de bruces y su frente golpease la mesa de trabajo del
taxidermista manchándola de sangre, Vladimir Goliatkin ya
estaba muerto.
Sábado,
8 de julio de 2000



Los sábados son, con frecuencia, días algo tontos, ni hábiles ni
festivos. Aquel primer sábado como currantes lo fue en grado
sumo. Una jornada inane, que diría el poeta. Para empezar,
pasamos la mañana trabajando en el taller del señor Urgel al que,
por cierto, apenas vimos un par de minutos. Lo justo para abrirnos
la puerta e indicarnos genéricamente nuestras obligaciones.
—Si no he vuelto para entonces, a las dos menos cuarto, ni un
minuto antes, os vais dejando la puerta cerrada. Tengo trabajo que
no puedo interrumpir.
Yo apenas lo conocía. Tan solo de los cinco días que
llevábamos trabajando para él; pero tuve la clara sensación de que
estaba más taciturno aún que de costumbre. Max me confirmó esa
impresión.
—Algo le preocupa —dijo, cuando nos quedamos solos—. Mi tío
es raro, pero no tanto.
Trabajamos los tres a conciencia, pues ya nos habíamos
percatado de que aquella era una tarea de obra cumplida. En
cuanto hubiésemos limpiado y clasificado todos los fondos del
museo Pérez-Balaguer, podríamos dar de mano y cobrar nuestro
anhelado sueldo. Si nos llevaba todo el mes, como si nos lo
ventilábamos en quince días. Así que aquella mañana Gerardo,
ventilábamos en quince días. Así que aquella mañana Gerardo,
Max y yo apenas cruzamos palabra y no paramos ni a almorzar.
El tío de Max, tal como había anunciado, no regresó.
A las dos menos cuarto dimos por concluida nuestra primera
semana laboral. Nos despojamos de los delantales y guardapolvos,
que dejamos colgados del perchero junto a la entrada y, tras haber
cerrado la puerta del taller, descendimos por la escalera que
desembocaba en el patio del palacio. Biela y yo emprendíamos ya
el camino hacia la calle cuando advertimos que Max se había
detenido y miraba a su alrededor.
—¿Qué ocurre?
—Me preguntaba… adónde irá mi tío todos los días cuando
nosotros estamos trabajando en su taller.
Mientas respondía a mi pregunta, se dirigió a la más cercana de
las cuatro puertas que se abrían en el perímetro del patio. Una tras
otra, comprobó que estaban cerradas.
—Es posible que se marche fuera —aventuró Gerardo.
—¿En zapatillas de casa y con su asqueroso guardapolvo que
apesta a líquidos de curtir? No lo creo. Seguro que se dirige a
alguna parte dentro de este mismo palacio. ¿Pero adónde? ¿Y por
qué?
—No es cosa nuestra, Max —dije.
Él ladeó la cabeza.
—No, no lo es.
SOLA O NO
—Oye, papá… Esta noche hay fiesta en la Facultad de
—Oye, papá… Esta noche hay fiesta en la Facultad de
Veterinaria. La última de este curso. Así que vendré tarde. O
mañana pronto, según se mire. Se lo dices tú a mamá en el
momento y de la manera que creas mejor para que no ponga el
grito en el cielo.
Mi padre chasqueó la lengua.
—Ni hablar. Se lo dices tú.
—Hombre, no seas así. Hazme este favor.
—No sabes la faena que me haces. Esta noche echan un
partido por la tele que me interesaba.
—¿Y qué?
—Pues que para decirle a tu madre que no vas a volver hasta el
amanecer, sin mucho riesgo de que me monte un pollo, tendría que
invitarla al cine. Y, entonces, me quedo sin ver el fútbol.
—Existen unos artefactos llamados vídeos, que permiten grabar
los partidos y verlos después, tranquilamente.
—Ya… Al menos, prométeme no volver borracho.
—¡Papá…! ¿Cuándo he vuelto borracho?
—Que yo sepa, nunca. Pero para todo hay una primera vez.

—¿Diga?
Reconocí al instante la voz de Laura, la madre de Malva. Es que
tengo un oído finísimo.
—Hola. Soy Nicolás.
—Hola, Nico. ¿Qué tal va todo?
—Bien, supongo. ¿Está Malva en casa?
—No. No volverá hasta las ocho. Está en la piscina. En el
Parque Sindical.
—¿En dónde?
—En ese centro deportivo… ¿cómo se llama ahora? El Río
Ebro, creo.
—Ah, ya.
—Qué manía con cambiarles los nombres a los sitios. Hay
calles que aún no sé qué ha sido de ellas.
—Y… Estooo… ¿Ha ido sola?
—Pues no lo sé.
—¿Ha cogido una toalla de más y un bañador de su hermano?
—Ahora que lo dices… sí.
Sentí una punzadita en el estómago.
—Bien. Dígale que me llame cuando vuelva, por favor.
Domingo,
9 de julio de 2000



VETERINARIA, HORA CERO
—¡Son las doce de la noche! ¡La hora de las brujas! ¡Ya es
domingooo…! —berreó el disc-jockey contratado por los futuros
veterinarios, casualmente, un chaval de último año de nuestro
instituto que respondía al enigmático nombre de Pepín—. ¡Y es la
hora de que comience nuestro concurso de rock and roll!
Hasta pasadas las dos de la mañana, las fiestas de Veterinaria
no se animaban por completo. Esas primeras cinco horas eran el
tiempo tranquilo en que aún se podía circular por los pasillos,
comprar una bebida sin riesgo de que terminase sobre la ropa y
bailar con cierta holgura en los dos vestíbulos habilitados como
pistas. Durante ese tiempo, para mantener caldeado el ambiente y
entretenido al personal, también se celebraban concursos o
sorteos. Más tarde, habría resultado imposible.
Una de las hermanas Sandoval me enlazó por la cintura y me
arrastró hacia la pista del vestíbulo principal.
—¿Vamos, guapetón?
—¡Naturalmente! Por cierto, tú eres… ¿Eugenia?
—Victoria. Puedes llamarme Vicky.
—Vicky. Cómo el vikingo.
—Vicky. Cómo el vikingo.
—Exacto. Si ganamos el concurso, nos repartimos el premio,
¿vale?
—¿Cómo ‹‹si ganamos››? ¿Acaso lo dudas? ¡Vamos a dejarlos
con la boca abierta, aunque acabemos con una luxación de cadera!
—¿Siempre dices cosas tan raras?
—Casi siempre, sí.
EL RUSO
Desde el momento en que los vi marcharse juntos la mañana del
viernes, yo no había parado de darle vueltas al tema de Malva y el
ruso.
Imaginaba a Malva y al ruso en la piscina; a Malva y al ruso
comiendo juntos ensaladilla rusa; a Malva y al ruso montando
juntos en la montaña rusa; al ruso diciéndole a Malva al oído
ternezas en ruso.
Vamos, que el ruso me había amargado las últimas treinta y
seis horas de mi existencia y yo no estaba dispuesto, bajo ningún
concepto, a que me amargase también la fiesta de esa noche. Y
como intuía que Malva no me haría el menor caso mientras Miguel
Strogoff anduviese cerca, opté por asegurarme compañía femenina.
Decidí tantear a las hermanas Sandoval, dos gemelas de nuestro
instituto, de bastante buen ver. Por supuesto, no eran tan
espectaculares como Malva, pero en grandes cachondeos como el
que nos esperaba esa noche tenían sobre la mujer de mis sueños
una importante ventaja: Bailaban como los ángeles.
—Si nos pagas la entrada, cuenta con nosotras —me aseguró
—Si nos pagas la entrada, cuenta con nosotras —me aseguró
Eugenia Sandoval, cuando la llamé por teléfono esa tarde—. Es
que estamos a dos velas, corazón. Como hemos suspendido tres
cada una, nuestros padres nos han reducido el suministro de paga
a cero grados Kelvin hasta las recuperaciones de septiembre.
Tenemos que tirar de ahorros para todo.
—Vaaale —acepté, recordando que el sueldo prometido por don
Pablo Urgel convertiría en calderilla las mil quinientas pesetas de
las tres entradas—. Pero las consumiciones os las pagáis
vosotras.
—Hecho. ¿Vas a llevar a algún amigo?
—Voy con Gerardo y Max.
—¿Quieres decir… con Biela y Urgel? —preguntó ella, con
cierto temblor en la voz y tras un sospechoso silencio.
—Exacto.
—Bueno, da igual —aceptó la Sandoval, tras un resoplido—.
Supongo que habrá otros chicos en la fiesta, ¿no?
—Sí, claro: otros mil, más o menos, ya sabes. Pero no os voy a
pagar la entrada para que liguéis con otros. Si os cansáis de mí,
os podéis turnar tú y tu hermana. Pero quiero a una de las dos a
mi lado en todo momento. ¿Vale?
—Descuida —dijo ella, tras un gruñido irónico—. Pero no
sueñes con darle celos a la Contreras. Tengo entendido que la
vieron ayer en las piscinas de Casablanca con un rubio que, al
parecer, está como un queso suizo, así que no creo que se
inmutase ni aunque te viera ligando con Nicole Kidman.
EL ITALIANO
EL ITALIANO
Quedamos a las diez, con la intención de tomar algo en un
restaurante italiano. Allí acudieron las Sandoval, Gerardo, Max y
también Malva y el ruso que, poco acostumbrado al sol español,
tras sus dos primeros días de piscina municipal, lucía un color de
piel entre fucsia y anaranjado que producía escalofríos con solo
verlo.
Pese a ello, las gemelas abrieron unos ojos como platos de
postre en cuanto vieron al de San Petersburgo y se lanzaron sobre
él como buitres, atosigándolo a preguntas y sonrisas, con gran
disgusto de Malva y gran regocijo por mi parte.
Aprovechando una visita a los servicios, abordé lejos del grupo a
‹‹la Contreras››, como la llamaba Eugenia Sandoval.
—Supongo que esta noche nos vamos a ver más bien poco.
Como siempre, ella me entendió a la primera.
—Esperaba que lo comprendieses. Álex se marcha de España
pasado mañana. Tú tienes todo el tiempo del mundo para intentar
ligar conmigo. Él, solo unas pocas horas. Yo creo que merece esa
oportunidad.
—Eso significa que te gusta.
—¡Vaya cosa! Te habrás dado cuenta de que alguien como Álex
gusta al noventa y cinco por ciento de las mujeres.
—Si tú lo dices… Es que yo, de hombres, no entiendo.
—Pues peor para ti.
Iba a darme ya la espalda cuando la sujeté por el codo.
—¿Y si lo consigue? —pregunté—. ¿Y si consigue enamorarte?
¿Y si acabas marchándote a Rusia con él?
—¿Y qué, si me fuera?
—¿Y qué, si me fuera?
Qué difícil me estaba resultando…
—¿Qué… Qué iba yo a hacer sin ti?
Malva me miró, ligeramente sorprendida. Con la mirada afilada
como una navaja de barbero. De pronto, me abrazó. Me abrazó
muy fuerte.
—Solo hay una cosa —me susurró al oído— que nunca debes
hacer conmigo, Nicolás: Ponerte pesado.
Cuando deshizo el abrazo se besó la yema del dedo índice y,
luego, la colocó sobre mis labios. Y se fue.
No sé si ya he dicho que a las mujeres no hay quien las
entienda. Por si acaso, lo repito.
JERRY LEE LEWIS
Después de cenar, tomamos los siete el tranvía de la línea 1,
que terminaba justamente en la Facultad de Veterinaria, el
universitario templo de la noche, situado en el extremo oriental del
barrio de Montemolín.
Desde mucho antes de llegar a nuestro destino, ya una riada de
gente joven señalaba la dirección del evento sin el menor asomo de
duda.
Al llegar, compramos las entradas y otras quinientas pesetas
por barba en tiques para consumiciones —cien duros en las fiestas
de Veterinaria daban para mucho más que en cualquier otro lugar
de España— y, acto seguido, atravesamos el umbral de acceso al
vestíbulo principal.
Desde ese momento, la única forma posible de comunicación
Desde ese momento, la única forma posible de comunicación
entre nosotros o con cualesquiera otros asistentes a la fiesta eran
los gestos propios del cine mudo o el grito pelado a tres dedos de
la oreja del oyente.
El ambientazo dejó atónito al ruso desde el primer momento. Y
no salió de su estado de estupor hasta que se inició el concurso
de rock and roll y todos nuestros amigos y conocidos se acercaron
para animarnos.
Mientras giraba y lanzaba a mi pareja de baile por las alturas, no
podía evitar mirar de vez en cuando a Malva Y Alexei abrazados,
compartiendo la misma bebida, riendo juntos.
Hacían muy buena pareja, desde luego, pero… ¡qué demonios!
En aquel momento, todo el mundo estaba pendiente de Victoria
Sandoval y de mí. Otras seis parejas bailaban en la pista pero
estaban a años luz de nosotros.
—¡Vamos! —le grité entonces a mi compañera—. ¡Ya está bien
de hacer el pato! ¡Ahora, vamos a bailar de verdad! ¡Sígueme!
Sandoval me sonrió y se puso en mis manos.
Yo necesitaba un baño de autoestima con urgencia y decidí
dármelo a los acordes del piano de Jerry Lee Lewis. Y fue una
pasada total y absoluta, una locura. Túneles, lanzamientos,
molinetes a ambos lados. Como si lo hubiésemos estado
ensayando durante semanas. Giro, giro, patada, paso, patada…
Un salto, otro. Giro, giro, giro. ¡Otra vez! ¡Del otro lado! ¡Arriba…!
Al terminar, recibimos una ovación que hizo temblar las paredes
del edificio. El ruso estaba encantado; la hermana de Victoria,
transida de euforia, le estampó a Max un par de besos de clase A,
con lo que él también se mostró encantado; y una sonriente Malva
me guiñó un ojo sin que nadie se enterase.
me guiñó un ojo sin que nadie se enterase.
LA NOCHE
A partir de ahí, la noche fue transcurriendo como un torbellino
delicioso de baile, música, flirteos, risas y miradas más o menos
ardientes hasta, aproximadamente, las tres menos veinte de la
mañana.
A esa hora, empezó el lío.
Una de las hermanas Sandoval —para entonces, me resultaba
imposible saber cuál— me pidió que bailase con ella un bolero.
—¿Y de dónde saco yo un bolero? —grité.
Ella me señaló al disc-jockey Pepín, situado en el rellano de
entreplanta, en lo alto de la escalinata principal, rodeado por sus
mesas de mezcla y sus etapas de potencia.
—¡Los de seguridad no nos dejarán acercarnos a él!
—¿Acaso no somos la pareja que ha ganado el concurso de
baile? —preguntó ella junto a mi oído.
Asentí, no muy convencido, y comenzamos a abrirnos camino
hacia el puesto del pinchadiscos.
Tal como yo suponía, en cuanto intentamos subir la escalera,
apareció un guarda jurado diciendo no con el dedo y acariciando la
porra.
Pero tal como Sandoval suponía, cuando le hicimos señas a
Pepín, este le indicó al vigilante que nos permitiese pasar.
En el puesto del disc-jockey, el volumen de la música era
ligeramente inferior al de la pista, de modo que con menos
dificultades de las esperadas, le expusimos nuestras pretensiones.
dificultades de las esperadas, le expusimos nuestras pretensiones.
—Hasta dentro de una hora no tenía pensado meter el primer
bloque de lentas —nos contestó— pero, tratándose de vosotros…
¡de acuerdo! Elegid un par de temas. En ese estuche están los
boleros.
Hice un rápido repaso, elegí dos canciones y luego le transmití a
Pepín instrucciones precisas. Él levantó el dedo pulgar, en señal
de conformidad.
En cuanto volvimos a la pista, cambió la luz y cambió la música.
—¡Ahora unos minutos de descanso y carantoñas! —anunció el
pinchadiscos, ganándose unos cuantos silbidos, aunque menos de
los que yo esperaba.
Comenzó por Lo dudo de Los Panchos. Como no hacía mucho
tiempo que había servido de tema principal en un anuncio de
televisión, todo el mundo se la sabía de memoria y la coreamos a
pleno pulmón. Seguramente fue la más horrenda versión del
famoso bolero que se haya escuchado jamás, pero sirvió de
excelente transición. Después, ya con el ambiente más propicio,
Pepín fue mezclando a Los Panchos con Lucho Gatica. Y,
coincidiendo con la mezcla, mi dedicatoria.
—De Nicolás, nuestro campeón de esta noche en el concurso
de rock and roll, para Malva, que ni es su pareja de baile ni creo yo
que sea una malva, precisamente.

Qué ingenioso, el Pepín.
Y comenzó a sonar Algo contigo.

¿Hace falta que te diga
que me muero por tener
algo contigo?
algo contigo?
¿O es que no te has dado cuenta
de lo mucho que me cuesta
ser tu amigo…?

Si Malva no lo entendía, era como para hacerle un
reconocimiento psiquiátrico.
Abrazado a ritmo de bolero a Victoria Sandoval, podía ver a
Malva bailando con Alexei, apoyada la mejilla en el hueco de su
hombro. Estaban a seis pasos de nosotros, con otras parejas de
por medio, y los perdía de vista de cuando en cuando. Al regreso
de una de esas interrupciones, ella me estaba mirando. No hizo
ningún gesto, nada. Solo me miró. Me miró y siguió mirándome
durante el resto de la canción. Y yo la miraba a ella, mientras
apoyaba mi mejilla en la de Victoria Sandoval. Y no dejamos de
mirarnos ni un instante, mientras Lucho Gatica continuaba
desgranando su canción:

…Ya me quedan muy pocos caminos
y aunque pueda parecerte un desatino
no quisiera yo morirme sin tener
algo contigo…
MUY HEAVY
Y entonces, haciendo añicos ese momento mágico que
seguramente yo recordaré toda mi vida, apareció un tipo enorme,
con algunas copas de más.
con algunas copas de más.
Desgraciadamente, siempre es así. En todos estos saraos,
siempre hay un irresponsable que no sabe beber y que lo fastidia
todo.
A este lo tenía yo visto de alguna otra de las fiestas. Era un
heavy motero al que llamaban el Málaga, por su parecido con el
Sevilla, el cantante del grupo Mojinos Escozíos. Un broncas
impenitente pero al que nunca había visto pasar de las
bravuconadas y las groserías.
Sin embargo, para todo hay una primera vez, como bien decía
mi padre.
Esa noche, el Málaga debía de llevar en las venas más alcohol
de la cuenta. Comenzó a subir las escaleras camino del puesto del
pinchadiscos. El guardia de seguridad salió a su encuentro. El
motero lo apartó de un inesperado empujón, que lo hizo rodar
escaleras abajo, y continuó su ascensión. Recuerdo que miré a
Pepín, que se había quitado los auriculares con un gesto de
inquietud. Busqué entonces a Biela. Milagrosamente, nuestras
miradas se cruzaron y no tuve más que hacerle un gesto para que
comenzara a abrirse paso hacia la escalinata. Yo hice lo propio.
Algunos, pero solo algunos, de los asistentes habían dejado de
bailar y atendían al guardia de seguridad, que parecía
conmocionado.
Cuando estábamos a media docena de escalones del rellano,
pudimos escuchar al Málaga vociferando:
—¡Quita esa mierda y pon Iron Maiden!
—No tengo nada de Iron Maiden —replicó Pepín, intentando
mantener la flema.
El motero soltó el broche de uno de los bolsillos del pecho de su
El motero soltó el broche de uno de los bolsillos del pecho de su
cazadora y sacó un CD.
—¡Toma! ¡Ahí tienes todos sus éxitos! ¡Ahora, ponlo!
—Lo siento, pero no se admiten peticiones.
—¡La basura que está sonando ha sido una petición!
—Te equivocas —dijo Pepín, firme—. Eso lo he puesto porque
he querido.
—¡Que pongas Iron Maiden o te arranco la cabeza! —gritó el
energúmeno, agarrando al pinchadiscos por la pechera.
—¡Vamos, Gerardo! —le grité a Biela.
Llegamos hasta él y Biela sujetó el brazo del Málaga.
—Suéltalo —le dijo con voz cavernosa—. Vamos, suelta a
nuestro amigo.
El Málaga obedeció, aunque fue para intentar golpear a Biela.
Imposible, claro. Ni siquiera estando sereno habría podido
sorprenderle. Mucho menos, con la media tajada que llevaba.
Gerardo esquivó el golpe con una finta y, acto seguido, le soltó un
crochet flojito en el pómulo, que provocó las iras del seguidor de
Iron Maiden y le hizo revolverse como un toro herido. Biela no tuvo
más remedio que derribarlo sobre el suelo del rellano, mientras
Pepín, aún temblando, trataba de comunicar con los otros tres
guardas jurados repartidos por la facultad.
Viendo la facilidad con la que Gerardo Biela había inmovilizado
al tipo, pensé que el incidente no pasaría a mayores. Incluso me
permití meterme con sus gustos musicales.
—Eres un cateto y un carroza. Donde estén Led Zeppelin, que
se quiten los Iron Maiden. Incluso Uriah Heep eran mejores que
ellos.
El enorme motero pareció volverse loco ante mi provocación.
El enorme motero pareció volverse loco ante mi provocación.
Biela me lanzó una mirada recriminatoria, pidiéndome que no
echase más leña al fuego, pero no por eso me pareció que tuviese
dificultades para sujetar a la fiera.
Entonces, en ese instante, descubrimos con espanto que el
Málaga no había venido solo.
Con el rabillo del ojo percibimos en la pista ciertos sospechosos
movimientos. Diez segundos después, cuatro clones del fan de Iron
Maiden subían los peldaños de la escalinata de tres en tres.
—Esto se pone feo. Lárgate —me dijo Biela.
—Ni hablar. Si nos han de atizar, tocaremos a menos siendo
dos.
—No digas chorradas. Si somos dos, nos darán el doble de
cera, y en paz. Vete de aquí ahora mismo y trata de traer cuanto
antes a algún guardia de seguridad. Es la única solución.
Cuando eché a correr escaleras arriba, Pepín ya había hecho lo
propio, tras meter en una de las platinas la casete de emergencia.
‹‹Pase lo que pase, incluso en caso de bombardeo o terremoto,
suprimir la música es lo que nunca se debe hacer —recuerdo que
nos había dicho alguna vez—. Las consecuencias de un silencio
son imprevisibles.››
Eché a correr tras él, escaleras arriba hasta la planta superior
de la facultad, la única que no se utilizaba durante la fiesta.
Los techos altísimos permitían enormes ventanales a través de
los cuales penetraba la luz plateada de las farolas de la calle.
Iluminado por ese resplandor, intentaba encontrar el modo de
acceder al exterior sin tener que volver a pasar por el vestíbulo
principal.
—¡Por aquí, vamos! —oí entonces gritar a Pepín.
—¡Por aquí, vamos! —oí entonces gritar a Pepín.
El disc-jockey me hacía gestos junto a la salida de emergencia,
desde la que se accedía a una de las escaleras de incendios.
Al abrir la puerta, comenzó a sonar una alarma.

Descendimos por la escalera metálica hasta el nivel de la calle.
En el tiempo que nos llevó dar la vuelta al edificio y regresar ante la
fachada principal, el desastre se había consumado. La pelea y el
sonido de la alarma estaban provocando la marcha más o menos
apresurada de buena parte de los asistentes a la fiesta.
En medio de aquel barullo, de manera casi increíble, distinguí a
Malva, a Urgel y a las hermanas Sandoval. Como tanta otra gente,
corrían hacia la zona habilitada como aparcamiento, lo que se me
hizo raro porque nosotros no habíamos venido en coche.
—¿Adónde vais? —les grité.
—Malva tiene un plan —me respondió Max sin detenerse—.
Vamos, ven.
Entonces me percaté de que se dirigían hacia un grupo de cinco
motos realmente espectaculares aparcadas en batería junto a un
seto.
—Pero… estas son las motos del Málaga y sus amigos.
—Premio.
—¿Qué pensáis hacer con ellas? —pregunté, temiéndome lo
peor.
—Creo que es la única forma de llamar la atención de esos
energúmenos —me dijo Malva.
—Listo —anunció Max, abriendo sin ninguna dificultad el
candado de la cadena que abrazaba la llanta delantera de la
primera moto y un casco más negro que el alma de un verdugo.
—¿Podrás ponerla en marcha? —le preguntó Malva.
—Eso está hecho —dijo Max, que ya hurgaba en la cerradura
del contacto con una de sus ganzúas eléctricas.
Tres segundos más tarde, el motor de la Harley-Davidson
cantaba ya con su peculiar sonido intermitente.
Malva se encajó el casco, que le venía algo grande, y saltó
sobre el asiento de la motocicleta.
—¿Podrás hacerlo? —le preguntó a Urgel.
—Descuida. ¿Y tú?
—Enseguida lo sabremos —dijo ella.
Antes de que yo pudiera recuperarme de mi sorpresa, Malva
metió la primera marcha, aceleró y salió zumbando.
Para cuando recuperé el habla, Max ya había soltado los
candados de las otras cuatro motos y nos entregaba un casco a
cada uno.
—¿Sabes conducir una moto?
—Sí.
—¿Y vosotras? —les preguntó a las hermanas Sandoval.
—Naturalmente. Tenemos una vespino.
—Pues ya está. En el fondo, todas las motos son iguales. Y las
vamos a llevar despacito, no os preocupéis —nos indicó Urgel,
mientras iba poniendo en marcha los motores uno a uno con sus
ganzúas.
EL HIJO DE LA ESCAPISTA
Lo de Urgel resulta prodigioso, por muy acostumbrado que estés
a verle actuar. No hay cerradura o mecanismo de combinación que
a verle actuar. No hay cerradura o mecanismo de combinación que
se le resista. Le viene de familia, claro. Su padre es cerrajero. El
rey de los cerrajeros, según su hijo. Cuenta Max que, en cierta
ocasión, se atascó la puerta de la cámara acorazada del Banco de
España. Ni siquiera la empresa fabricante del mecanismo lograba
hacerla funcionar. Llamaron a don Máximo Urgel y la abrió en
dieciocho minutos.
Nuestro compañero quizá no posee aún el nivel de su padre
pero, a cambio, ha heredado alguna de las habilidades de su
madre, una escapista que se encuentra casi siempre de gira
mundial con el Circo Ruso. Con Max a tu lado, es difícil quedarse
atrapado en un ascensor o en cualquier otro lugar, y venera al
famoso mago Harry Houdini como otros lo hacen con los grandes
futbolistas o con los pilotos de Fórmula 1.
CARNAZA
Mientras los cuatro saltábamos a la grupa de nuestras
respectivas monturas, caí en la cuenta de un detalle.
—¿Y el ruso? —pregunté—. ¿Dónde está Alexei?
—Se ha quedado dentro, ayudando a Biela —me respondió
Urgel.
De inmediato caí en la cuenta de lo que aquellas siete palabras
significaban realmente: Alexei se estaba zurrando con los
macarras. Mi simpatía por el ruso sobrepasó por vez primera el
umbral de la nada absoluta.
Mientras Max arrancaba los motores de las otras motos, Malva
se dirigió a la explanada delantera.
se dirigió a la explanada delantera.
Los asistentes a la fiesta todavía abandonaban en buen número
el edificio; la concentración humana en el vestíbulo de primera
planta había descendido considerablemente; la desigual pelea
entre los cinco macarras de la banda del Málaga y la extraña
pareja que formaban Biela y Alexei continuaba cuando Malva dio
gas y soltó el embrague de la Harley, enfilando la escalinata
principal de la Facultad de Veterinaria.
A punto de llegar al primer peldaño, empujó el manillar hacia el
suelo y, de inmediato, descargó cuanto pudo el peso sobre la
rueda delantera. Y la impresionante motocicleta trepó escalones
arriba sin aparente dificultad.
Ahora llegaba quizá lo más difícil, a partir del momento en que la
moto saltó sobre el atrio que formaban las grandes columnas de la
fachada, pasó entre las dos centrales, cruzó la puerta y se plantó
en el interior del vestíbulo principal.
Malva giró el manillar, inclinó levemente la motocicleta, cambió
de un lado a otro el peso de su cuerpo y pisó el freno para que la
rueda trasera se deslizase sobre el serrín que cubría el suelo a fin
de facilitar la limpieza tras la fiesta.
La Harley, casi un cuarto de tonelada de peso, giró sobre sí
misma y quedó mirando a la salida.
Para entonces, el Málaga y sus amigos ya se habían apercibido
de la situación.
—Pero… ¡pero si esa es mi moto! —gritó el jefe de la banda—.
¿Quién es ese tío?
—No es un tío, Málaga… ¡es una tía! —le aclaró uno de sus
colegas.
Malva tocó el claxon e hizo de inmediato un corte de mangas
Malva tocó el claxon e hizo de inmediato un corte de mangas
que fue el pistoletazo de salida.
Olvidando a Biela y al ruso, los cinco energúmenos se lanzaron
en su persecución.
EXTRAÑA PERSECUCIÓN
Malva aceleró de nuevo la Harley, salió de la facultad por donde
había entrado, bajó casi volando los catorce peldaños de la
escalinata y se unió a nosotros cuatro, que la esperábamos con
las otras motos en marcha.
—¡Que se llevan nuestras motos! —gritaban los cinco fans de
Iron Maiden en medio de las expresiones más soeces que yo
recordaba haber oído nunca.
Abandonamos los terrenos de la facultad y salimos a la avenida
de Miguel Servet, la principal del barrio, siempre perseguidos por el
Málaga y sus secuaces. Circulábamos los cinco despacito, a no
más de treinta o cuarenta por hora, lo suficiente para mantener la
distancia con nuestros perseguidores que, por cierto, no se
encontraban en demasiada buena forma física.
—Y ahora ¿qué? —le grité a Malva, colocándome a su lado.
—Depende de lo que ellos hagan. Por si acaso, ten preparado
en el móvil el número de tu padrino, ese que es policía.
Por una bocacalle de las de nuestra mano derecha asomó
entonces un taxi libre. El Málaga y sus amigos, reventados ya de
tanto correr, vieron ahí su oportunidad. Se lanzaron sobre el coche
—curiosamente, un Seat Málaga—, abrieron la puerta, sacaron a
empellones al taxista, se subieron los cinco al vehículo y
empellones al taxista, se subieron los cinco al vehículo y
aceleraron en nuestra persecución.
—Perfecto —murmuró Malva—. Los muy lerdos la acaban de
cagar.
—Pues se acercan a toda pastilla —advertí.
—¡Nos separamos! —nos gritó Malva—. Que cada cual vuelva a
Veterinaria por un camino diferente. Ellos solo pueden perseguir a
uno de nosotros. Al que le toque, que se apañe como pueda hasta
que los taxistas se les echen encima.
—¿Los taxistas? —pregunté—. ¿Qué taxistas?
En lugar de respuesta a mi pregunta, me encontré con que mis
cuatro amigos se separaban de mí en distintas direcciones. Y
quizá por ser el que permaneció en la misma ruta, fui el elegido por
los pasajeros del taxi robado. En cuanto me quise dar cuenta, los
tenía detrás.
De inmediato, me adelantaron e intentaron cerrarme el paso,
pero yo aceleré a fondo, me subí a la acera por el badén de un
garaje, y logré esquivarlos. Regresé en cuanto pude a la calzada y
opté por dirigirme hacia el centro de la ciudad, quizá por ser la
zona que yo mejor conocía.
Al tomar la última curva de la calle de Miguel Servet, justo antes
de cruzar el puente sobre el río Huerva, me encontré con una
cuadrilla de la empresa municipal de limpieza, que regaba el suelo
a golpe de manguera. El patinazo fue inevitable y el derrapaje
antológico. De manera intuitiva aceleré, giré el manillar en sentido
contrario, toqué ligeramente el freno y accioné los intermitentes. Y
como resultado de todo eso, mi Harley corrigió la feroz cruzada,
hizo amago de derrapar del otro lado y, finalmente, volvió a su
trayectoria original de forma casi milagrosa.
trayectoria original de forma casi milagrosa.
Tras el susto, comprobé que el Seat Málaga se había vuelto a
pegar a mi guardabarros trasero. Nos saltamos en rojo el semáforo
del cruce con la calle Asalto y al entrar en la plaza de San Miguel,
hice amago de desviarme a la izquierda para, de inmediato,
echarme a la derecha por la calzada lateral prevista para hacer el
cambio de sentido.
Ellos no fueron tan rápidos y, de pronto, se encontraron
persiguiendo la nada. Hundieron el pie en el freno y con un violento
giro de volante, balancearon el coche hasta hacerlo girar ciento
ochenta grados. Y cuando iban a reanudar la persecución, se
toparon con una docena de taxis que les cerraban el paso.
Entonces lo comprendí. Esa era la circunstancia que Malva
había previsto: El taxista arrojado de su vehículo no había tardado
en encontrar a un compañero desde cuya emisora se había dado la
alerta tanto a la policía local como al resto del gremio de taxistas.
Resultado: El Málaga y sus cuatro adláteres se vieron de pronto
rodeados de taxistas dispuestos a retenerlos hasta la llegada de
los primeros coches patrulla del cero noventa y dos.
COMO SI NADA
Cuando llegué de nuevo a la Facultad de Veterinaria, mis
amigos me esperaban impacientes. Habían aparcado las motos
exactamente en el mismo lugar y orden en que se encontraban
anteriormente; y Max se había encargado de volver a cerrar todos
los candados. Tras hacer lo propio con la mía, nadie podría
sospechar que aquellas motos se habían movido de allí.
sospechar que aquellas motos se habían movido de allí.

El peor trago fue encontrarnos frente a frente con Biela y Alexei.
Los macarras les habían atizado a base de bien, sobre todo a
Gerardo, que presentaba cortes y moratones como para ilustrar
todo un manual de primeros auxilios. En el ruso destacaba un ojo
morado que acabaría por adoptar el aspecto de una pequeña
coliflor. Eso sí, ambos mantenían el ánimo por las nubes. Álex
parecía encantado de haber sobrevivido a su primera pelea en tierra
española. Biela, por su parte, abrazaba al ruso con rendido afecto.
—Tendríais que haber visto cómo sacude aquí, el amigo —nos
explicaba—. Se ve que en la academia de policía donde estudia los
preparan para todo. ¡Qué bárbaro!
Luego, se volvía de nuevo hacia el rubio y le palmeaba la
espalda con peligrosa contundencia.
—Tú y yo… ¡Amigos! ¡A-mi-gos! —decía Gerardo, sin recordar
que Alexei comprendía el español a la perfección—. ¡Mai frien!
¡Amigos para siempre! Forever! Da? Da?
—Que sí, hombre, que sí —respondía el de San Petersburgo,
con una sonrisa que terminaba en un rictus de dolor.

Eran cerca de las cinco cuando llegamos todos a la plaza de
España a bordo de un ‹‹búho››.
Bajo la luz ambarina del reloj de la Diputación Provincial, Malva
propuso acompañar ella a Alexei hasta el hostal Cataluña;
nosotros tres decidimos acompañar a las gemelas Sandoval hasta
su casa.
Así, la primera ronda de besos de despedida tuvo como telón de
fondo el amanecer de aquel domingo extraño en el que, sin
nosotros sospecharlo todavía, íbamos a entrar en una catarata de
misterios y peligros como nunca habíamos podido imaginar.
14'00 HORAS
Me levanté a la hora de comer y, claro, tuve que enfrentarme a
las malas caras de toda la familia.
—Vaya horas de llegar, las de anoche.
—Sí, papá. Pero fue algo excepcional. Es que el padrino me
endilgó a un ruso para que lo cuidase.
—¿Padrino? ¿Te refieres a Germán Bareta?
—Claro. Me lo encontré el viernes, durante la pausa del
almuerzo. Por lo visto, le han encargado acompañar a unos
policías rusos que están de visita. Uno de ellos solo tiene veintidós
años y me pidió que le enseñase la marcha del sábado noche de
nuestra ciudad. No me podía negar.
—Ya cogeré yo por banda a ese impresentable —rezongó mi
madre, mirando a mi padre de soslayo.
—Los de Veterinaria celebraban su última fiesta del curso y lo
llevamos allí. El tío flipaba por las patas abajo.

Mi madre había hecho arroz con pollo. Lo hace en la olla exprés
y le sale de muerte. Primero, me comí tres platos; luego, me puse
malo.
Así, a las cuatro de la tarde, andaba preparándome mi tercer
vaso palmero de sal de frutas cuando sonó el teléfono de esa
peculiar manera en que suena cuando es Malva la que llama.
—¿Diga?
—¿Diga?
—Nicolás. ¿Podemos quedar en el portal de mi casa dentro de
quince minutos?
Las náuseas me subían desde las corvas. A cualquier otro de
los seis mil millones de habitantes del mundo le habría dicho
rotundamente que no. Pero a Malva yo no le podía negar nada.
—Pues claro. ¿Ocurre algo grave?
—Aún no sé si es grave o no. Al parecer, el ruso ha
desaparecido.
—¿Alexei?
—No, no. El otro. El teniente Goliatkin.
LA MÁS HERMOSA
Ese día resultó ser el más caluroso de aquel verano
achicharrante. Y a las cuatro y cinco de la tarde iba yo caminando
por la acera de mi calle, camino de la casa de Malva, protegido del
impío sol tan solo por mis gafas Ray-Ban de imitación y una gorra
de visera de Dinópolis que, antes de salir de casa, había empapado
de agua bajo el grifo del lavabo.
Sin embargo, tamaño sacrificio tuvo una pronta, primera
compensación. Malva me esperaba impaciente delante del portal
de su casa y casi desde el principio de mi caminata la tuve en mi
punto de mira, en mi horizonte, aumentando poco a poco de
tamaño mientras me acercaba a ella.
Contemplando su silueta a contraluz no podía dejar de pensar
que era la chica más hermosa que yo conocía. Quizá no la más
guapa, pero sí la más hermosa.
guapa, pero sí la más hermosa.
—Vamos. Álex nos espera en el hostal Cataluña.

Al llegar, Malva y el ruso se dieron un par de besos. A mí me
estrechó la mano. Todo, sin cambiar ni una palabra. Luego, nos
dirigimos a su habitación.
—Se ha marchado —dijo Álex, nada más cerrar la puerta—. Ha
recogido sus cosas y se ha marchado, dejándome aquí. Se ha
llevado su ropa y su maleta. Se ha ido.
Malva contemplaba el armario, en el que solo colgaban algunas
de las prendas de Alexei.
—¿Cuándo lo viste por última vez?
Alexei bajó la vista antes de responder.
—El… el viernes.
—¿A qué hora?
—Cuando nos despedimos tras haber estado en la tasca
aquella, junto al palacio de Torresecas.
—¿Cómo? —exclamé—. ¡Pero si de eso hace cuarenta y ocho
horas! ¿Quieres decir que la noche del viernes ya no vino a dormir
y no te habías preocupado hasta ahora?
El ruso carraspeó.
—No, no es eso. El que no vino a dormir… fui yo.
Me volví hacia Malva, que desvió la mirada. De pronto, me sentí
como el tonto del pueblo.
—Fuimos a una fiesta, a casa de Carlota Sáenz. Álex no se
encontraba bien y los padres de Carlota le permitieron quedarse a
dormir —dijo Malva, en un tono que delataba la mentira.
—En realidad… bebí más de la cuenta —reconoció el ruso
enseguida—. No volví al hostal hasta cerca de las once de la
mañana del sábado. El teniente no estaba pero supuse que había
salido. Su cama estaba hecha, pero imaginé que ya habrían
arreglado la habitación. Me di una ducha, me cambié de ropa y
volví a salir.
—Habíamos quedado para ir de nuevo a la piscina —explicó
Malva, innecesariamente.
—He preguntado a la gobernanta del hostal —dijo el ruso—.
Recuerda perfectamente que el sábado, cuando arreglaron la
habitación, no tuvieron necesidad de hacer las camas. De modo
que, efectivamente, el teniente no vino ya a dormir la noche del
viernes.
—¿Crees que Goliatkin es un hombre capaz de hacer eso?
Dejarte solo y largarse sin más, quiero decir.
Álex abrió los brazos sin dejar de pasear nerviosamente por la
habitación.
—No lo sé. No lo conozco lo suficiente. Parece un buen tipo y
un buen policía. Pero, realmente, no sé qué clase de persona es.
—¿Has echado algo en falta?
El ruso carraspeó.
—Pues… no. Creo que no.
—¿Lo crees o lo sabes?
—No estoy seguro… Traje mucha más ropa que el teniente. No
podía imaginar que haría tantísimo calor aquí, en España, y… A ver
si recuerdo…
Durante un par de minutos, Álex abrió los cajones, hizo
memoria de las camisas y los polos que habían formado parte de
su equipaje. Por fin, pareció tenerlo claro.
—Me falta una camisa.
—Seguro.
—Seguro.
—Sí. Y un jersey fino. Seguro, también.
Malva se pasó la mano por el pelo, corto y negro, siempre
encrespado, despeinándoselo ligeramente.
—Sabes lo que eso significa, ¿no?
El ruso y yo nos miramos, incapaces de resolver el acertijo.
—Si Goliatkin hubiese recogido sus cosas, no se habría llevado
nada que no fuera suyo. Si con su ropa han cogido también un par
de prendas tuyas es porque… la persona que lo hizo no estaba
muy segura de lo que tenía que llevarse.
Alexei apretó el gesto. En parte a causa de la rabia; en parte, a
causa del dolor que le producía el golpe del ojo.
—Esto no tiene buena pinta —reconoció.
Cuando entramos en el cuarto de baño, Malva arrugó de
inmediato la nariz.
—Huele ligeramente a pescado, ¿no?
Se arrodilló ante el bidé para poder contemplar el fondo desde
muy cerca.
—Mirad esto —dijo, pasando dos dedos sobre la superficie,
blanca y brillante—. Parecen… escamas.
—¿Escamas de pescado? —pregunté—. Eso abre la posibilidad
de que alguien haya golpeado al teniente con un besugo.
Malva y Alexei me miraron, frunciendo el ceño. Como si no
entendiesen lo que les decía.
—Con un golpe de besugo de buen tamaño te pueden dejar KO
—insistí—. Y no hay que despreciar el elemento sorpresa que
supone. Quizá sea el único modo de pillar desprevenido a alguien
de la experiencia de Goliatkin.
Álex y Malva se miraron. Aparentemente, no les convencía mi
Álex y Malva se miraron. Aparentemente, no les convencía mi
teoría. No sé por qué.
—La recepcionista —informó Álex entonces— vio salir al
teniente Goliatkin a media tarde del viernes. Dejó la llave de la
habitación en el casillero y, al parecer, ya no regresó. No recuerda
que llevase su maleta, ni ningún otro bulto, al salir. Si acaso, una
bolsa de plástico, de asas. De momento, ella sería la última
persona que le vio antes de su desaparición.
—Si alguien recogió después sus cosas, por lo visto no pidió la
llave sino que forzó la entrada.
Definitivamente, la cosa pintaba cada vez peor.
Sin embargo, el inspector Bareta no fue de la misma opinión. O
no quiso serlo. Quizá el hecho de ser domingo y de que le
despertásemos de una siesta algo tardía influyó en su apreciación
del problema.
—Bueno, bueno… no hay que ponerse nerviosos —nos dijo, con
voz pastosa, cuando le llamamos por teléfono—. En realidad ¿qué
ha ocurrido? Un adulto, teniente de policía, de visita en un país
extranjero, se ausenta de su hotel llevándose sus pertenencias.
Hombre… yo no soy adivino pero supongamos que el bueno de
Vladimir ha encontrado un plan…
—¿Cómo?
—Que ha ligado, quiero decir. El teniente es alto y bien
parecido.
—Ah.
—Quizá pasó más tarde a recoger sus cosas sin querer
delatarse ante la recepción del hotel. Incluso, puede que haya
decidido marcharse del hotel sin pagar.
—Eso lo veo muy poco probable, Germán.
—Eso lo veo muy poco probable, Germán.
—Ya, ya… pero es una posibilidad entre otras muchas.
Estamos en verano y en fin de semana. Vamos, que yo esperaría
hasta mañana, lunes. Si mañana no aparece a la hora en que
habíamos quedado, denunciamos la desaparición y nos ponemos
en marcha. Hacerlo ahora me parece precipitado.
Cuando colgué el teléfono, solo pude encogerme de hombros
ante las miradas de mis amigos.
—Mañana —dije, simplemente.
No pude evitar ponerme en la piel de Alexei.
—Tú, tranquilo —le dije—, que no te has quedado solo en un
país extranjero. Aquí estamos nosotros para lo que te haga falta.
Por ejemplo: Si no puedes quedarte a dormir en el hostal, puedes
venir a mi casa.
—O a la mía —dijo Malva.
—Mejor a la mía.
—¿Por qué a la tuya?
—Porque es más grande.
—No, no lo es.
—Bueno. Pues es más acogedora. Está pintada en colores más
cálidos.
Me pareció que a Malva se le escapaba la risa.
—No es necesario —dijo Álex, entonces—. El hostal estaba
pagado por adelantado, con un bono. No me echarán de aquí hasta
pasado mañana.
—¿Y los billetes de vuelta a tu país? —preguntó Malva.
El ruso se acarició la órbita de su ojo maltrecho.
—Los guardaba el teniente.
TORRENTE
Poco más podíamos hacer, de modo que decidimos ir al cine.
Vimos ‹Torrente››, de Santiago Segura. Engañamos al ruso
diciéndole que era una película policíaca y, claro está, en cuanto
empezó la sesión se quedó estupefacto. A la salida, seguía en
estado de choque.
—Supongo que hay que ser español para entenderla. ¿De veras
es tan graciosa? He pensado que os iba a dar un ataque al
corazón.
Malva aún se enjugaba las lágrimas.
—Chico, no sé. Debe de ser lo que tú dices, que va con el
carácter español. Pero lo cierto es que yo me parto de risa con
Segura. ¡Me parto!
Desde luego, había conseguido nuestro principal propósito:
Distraer de su problema durante un par de horas a Alexei. Como
beneficio adicional, habíamos pasado a la fresca las horas más
calurosas del día.
Llamamos al hostal, donde nos informaron de que Goliatkin no
había regresado.
Optamos por pasear por el centro de la ciudad, aunque con
frecuentes paradas en bares y cafeterías para reponer líquidos y
aliviar el calorazo, que seguía siendo infernal.
Por fin, pasadas las nueve de la noche, se puso el sol y
comenzó a descender muy lentamente la luz y la temperatura.
Después de cenar, nos reunimos con Biela y Urgel en la terraza
del bar La Maravilla e intentamos agotar, sin conseguirlo, sus
del bar La Maravilla e intentamos agotar, sin conseguirlo, sus
existencias de granizado.
Decidimos dar por cerrada la jornada al filo de la medianoche.
Acompañamos todos a Alexei al hostal, nos aseguramos de que
no había ningún problema para que siguiera allí alojado y
establecimos el plan para el día siguiente.
—He quedado con Álex en que me llamará por la mañana —dijo
Malva—. Si Goliatkin aparece, bien. Si no, en cuanto llegue tu
padrino, el policía, me acercaré para saber cuál es la decisión que
toman.
—Y, a continuación, nos llamas a nosotros —dije.
—Acuérdate de coger el móvil.
—Claro.
—Y de conectarlo, que eres un desastre.
Lunes,
10 de julio de 2000



Una vez conocí a un tipo al que le gustaban los lunes. Era un
escritor; alguien que podía distribuir el tiempo a su antojo y para
quien, por tanto, no había diferencia entre día hábil y festivo; pero
escritores hay pocos y, para casi todo el mundo, el lunes es un día
odioso.
Aquel lunes no fue una excepción. A las nueve de la mañana
Max, Gerardo y yo nos reunimos ante el portalón del palacio de
Torresecas con el lunes pintado en la cara. Gerardo Biela, además
del lunes, llevaba dibujada en el rostro su pelea con los secuaces
del Málaga.
Sin embargo, cuando don Pablo Urgel nos abrió la puerta de su
taller, intuimos que aquel lunes le había sentado aún mucho peor
que a nosotros.
—Hola, tío Pablo —murmuró Max, tan impresionado como
nosotros por las enormes ojeras que asomaban bajo los cristales
verdosos de las gafas del taxidermista.
—Hola, chicos —nos dijo, con voz sorda—. Venga, a trabajar.
Hoy toca limpiar y clasificar coleópteros, fósiles y minerales. No sé
a qué se debe, pero todas las piezas que llegan del Pérez-
Balaguer están cubiertas por una asquerosa capita de grasa, como
si hubiesen estado expuestas en el escaparate de uno de los
si hubiesen estado expuestas en el escaparate de uno de los
bares de El Tubo. Así que ahí tenéis un bote de lavavajillas
rebajado y unos cepillos de dientes. Limpiadlo todo con mucho
mimo. Trabajaréis solos porque yo tengo cosas muy urgentes que
atender.
—Como siempre —musitó Max.
—Confío en vosotros —concluyó el taxidermista.
—¿Te ocurre algo, tío Pablo? No tienes buen aspecto.
El señor Urgel miró largamente a su sobrino.
—Comparado con vuestro amigo —dijo, refiriéndose a Biela—
debo parecer míster Universo.
—Es que… ayer tuve partido de rugby —explicó Biela, con
notable rapidez de reflejos—. Contra la Santboiana, nada menos.
—Perdisteis, imagino.
—Por cuarenta y nueve puntos.
—Puntos de sutura, se entiende.
—Je. Sí. Muy gracioso.
DOLOR DE MUELAS
Prácticamente a la misma hora, el inspector Bareta llegaba
rabiando al hostal Cataluña, donde le esperaba Alexei Vostok.
—Hola, chaval —saludó el policía mientras se masajeaba
nerviosamente el carrillo izquierdo—. ¿Qué te ha pasado en el
ojo?
—Nada grave, inspector. Un tributo a la noche zaragozana.
—¿Se ha sabido algo de tu jefe?
—Ni la menor noticia.
—Ni la menor noticia.
—¡Maldita sea! Esto no hay quien lo aguante…
—Comprendo que para usted es un trastorno inesperado…
—No me refiero a la desaparición de Goliatkin. ¡Hablo del
dolor de muelas que tengo! Estoy viendo las estrellas en pleno
día, chaval. Te lo aseguro.
—Recuerdo que el pasado viernes comentó usted con su
dentista que hoy tenía cita.
—Así es. Eso es lo más curioso —respondió el policía,
ahogando un quejido—. Hasta hace un par de días no me dolían
las muelas en absoluto. La cita con el doctor Aspid era para una
mera revisión rutinaria. Pero siempre que se acerca la fecha de
una de esas revisiones, me aparece un problema que acaba en
uno o dos empastes. No lo entiendo.
—Será psicosomático.
—¿Eh? Oye, chaval, a ver lo que dices de mí, ¿vale?
COMISARÍA DEL CENTRO
Bareta comenzó por interrogar al personal del hostal
Cataluña, con pobres resultados. El camarero de la cafetería
recordaba que Goliatkin le había comprado varias bolsas de
hielo en cubitos cuando llegó el viernes a primera hora de la
tarde. Un par de horas después, la recepcionista que cubría ese
turno lo había visto salir. Pero nadie recordaba haberlo visto
regresar ni tenían una explicación para la desaparición de su
equipaje.
—¿Seguro que, cuando se fue, no llevaba alguna maleta?
—¿Seguro que, cuando se fue, no llevaba alguna maleta?
—Desde luego que no —le confirmó la chica de la recepción
—. Recuerdo que llamé a un radiotaxi y él permaneció unos
minutos ahí, en el vestíbulo, esperando que llegase. Lo único que
llevaba era una bolsa de plástico. De las de asas.
—¿Una bolsa blanca con un dibujo azul y negro?
—Puede ser, sí.
—Es la bolsa de Pescados José Luis. Goliatkin salió de aquí
con la merluza.
—Menos mal. Al menos, esté donde esté, no se morirá de
hambre.
Bareta miró al joven ruso.
—¡Muchacho! Eso es casi humor español.
La última pregunta fue de nuevo para la recepcionista.
—¿A qué compañía de radiotaxi suelen llamar?
—Radiotaxi Aragón.
PESQUISAS
Tras esas primeras pesquisas, Alexei y Bareta acudieron a la
comisaría. Allí lo primero que hizo el inspector fue llamar a la
compañía de taxis, donde le confirmaron que el coche que había
recogido a Goliatkin el viernes, lo condujo hasta las
inmediaciones del palacio de Torresecas.
Acto seguido, Bareta optó por ir a ver al comisario, pero
cuando le preguntó a Elvira Mohedano, su secretaria, esta le
anunció:
—Está en una reunión con el delegado del Gobierno. Le
—Está en una reunión con el delegado del Gobierno. Le
puedo pasar un mensaje, si cree usted que es importante.
—La verdad, no sé si es realmente importante. Cuando
puedas, hazle llegar esta nota.
Germán Bareta cogió un post-it y garabateó la frase: ‹‹El ruso
ha desaparecido. Necesito instrucciones››. Luego, se la entregó
a la secretaria del comisario Malumbres.
Elvira Mohedano frunció inmediatamente el ceño al leer
aquello.
—Ese ruso de la nota… ¿no se llamará Vladimir, por
casualidad? Vladimir Guliankin.
—Es Goliatkin —intervino Álex—. ¿Qué ocurre?
—Hemos recibido durante la noche un fax en ruso
procedente de la comisaría central de San Petersburgo. En el
encabezamiento, que es lo único legible porque está en inglés,
advertía que era para entregárselo personalmente al teniente
Vladimir Goliatkin.
—Déjame ver ese fax —pidió entonces Germán Bareta.
—Enseguida, inspector. Por cierto, que tiene usted muy mala
cara.
—Ya lo imagino. Una muela me está matando.
FAX
Bareta y Alexei extendieron sobre la mesa del inspector las
tres hojas de papel térmico que les entregó Mohedano. El joven
ruso leyó su contenido con rapidez y, a continuación, negó
lentamente con la cabeza.
—No hay nada que nos pueda ayudar a localizar al teniente.
Se trata de información que él había solicitado a Rusia en torno a
la investigación sobre el asunto de la falsa momia del Museo
Egipcio de San Petersburgo. Según dice aquí, al menos otros
seis museos rusos habrían comprado en los últimos años piezas
egipcias de gran valor al museo de la Fundación Pérez-Balaguer.
Se trata de joyas, pergaminos, arquetas… y, por supuesto,
sarcófagos y momias. Todo ello muy bien documentado y
aparentemente legal.
A Bareta parecía habérsele olvidado por unos momentos su
dolor de muelas.
—Interesante. ¿Sabes? Ahora ya empiezo a creer que tu jefe
sí pudo venir a España por el caso de la momia falsa. Parecía
una simple excusa, pero es posible que la dimensión del asunto
sea mucho mayor de lo que él me dijo. O de lo que yo creí
entender.
—¿Pero saber eso puede ayudarnos a encontrarlo?
—Por ahora, no. Por ahora solo es una pieza más de un
rompecabezas del que no tenemos la muestra.
—¿Qué sugiere usted que hagamos, inspector?
Bareta suspiró mientras se echaba a la boca un par de
pastillas Juanola, a las que se consideraba adicto sin remedio.
—No tenemos mucho donde elegir. Supongamos que el
teniente me dijo la verdad y que acudió la tarde del viernes al
taller del taxidermista Urgel.
—Con la merluza.
—Con la merluza, sí.
USETHBI
Hacia el mediodía, Bareta y Vostok llamaron con los nudillos a
la puerta del taller de don Pablo Urgel. Y yo mismo salí a abrir.
—Nicolás…
—Hola, inspect… quiero decir: Hola, padrino. Alexei… ¿Qué?
¿Ha aparecido ya el teniente Gorbachov?
—Goliatkin. Se llama Goliatkin —me aclaró el ruso—. Y no, no
ha aparecido.
—¿Está tu tío, el disecador? —le preguntó Bareta a Urgel, que
se había acercado hasta colocarse a mi espalda.
—Pues… no. Prácticamente no está nunca aquí. Nos abre el
taller a primera hora de la mañana y de la tarde y luego se marcha.
Dice que tiene mucho trabajo.
—Vaya… Esto empieza a parecer el juego del escondite.
—¿Por qué lo busca?
—Lo busco porque lo último que me dijo Goliatkin fue que tenía
la intención de venir a hablar con él. No sé si llegó a hacerlo pero,
por ahora, es aquí donde se pierde su pista.
—Ajá… Pues lo siento pero mi tío tal vez no vuelva hasta la
tarde.
—¿A qué hora?
—Nuestra jornada comienza a las cuatro y media.
—¡Mira qué bien! Precisamente a esa hora tengo cita con mi
dentista, el doctor Aspid, que tiene aquí mismo la consulta. Vendré
hacia las cuatro, hablaré con tu tío y así mato dos pájaros de un
tiro.
Alexei, mientras tanto, recorría la estancia como si le trajera
Alexei, mientras tanto, recorría la estancia como si le trajera
extraños recuerdos. En cierto momento comenzó a examinar con
atención los insectos y minerales que estábamos limpiando y
clasificando.
—¿Habéis tenido que limpiar algún objeto egipcio estos días
atrás?
—No, ninguno —respondió Biela—. Todo son animalillos y
artesanías de África y Sudamérica. No hay nada egipcio.
—Y, sin embargo, el Museo Pérez-Balaguer ha suministrado
momias, sarcófagos y otros objetos del Egipto de los faraones a
museos de media Rusia.
—Lo más probable es que se trate de una tapadera —murmuró
mi padrino—. Es posible, incluso, que los responsables del Pérez-
Balaguer sean ajenos a este asunto y desconozcan que han sido
utilizados como falsos remitentes de esas piezas.
El joven ruso seguía husmeando.
—Inspector —dijo de pronto—. Aparte del personal del hostal,
parece que fue usted el último en hablar con el teniente antes de
su desaparición. ¿Qué hicieron desde que nos separamos la
mañana del viernes?
El policía frunció el ceño para ayudarse a hacer memoria.
—Déjame recordar… Primero, miramos el escaparate de la
tienda de ahumados. Le llamó la atención el congrio. Luego,
jugamos una partida de billar y otra de futbolín en los billares de
aquí abajo, a continuación entramos en la iglesia de Santiago el
Menor unos minutos a descansar, compramos una merluza en
Pescados José Luis y comimos el menú del día en la cafetería
Lanuza, junto al mercado central. Luego, nos separamos. Tu jefe
dijo que volvía al hostal para echarse una siesta y, por lo que
dijo que volvía al hostal para echarse una siesta y, por lo que
parece, así lo hizo.
—¿Ha dicho que compraron una merluza? —preguntó el ruso.
—Él la compró. No quiso que el pescadero la limpiase. Se la
llevó entera en una bolsa.
Alexei se dirigió entonces hacia un gran arcón frigorífico que
funcionaba en uno de los rincones de la estancia y alzó la tapa.
Los demás, echamos también un ojo a su contenido. Había varios
pescados grandes: Un lucio enorme, un siluro de más de un metro
y un barbo de tamaño considerable. Y, además, una perdiz y una
cotorra. Todos ellos congelados y con sus etiquetas, en espera de
que les llegase el turno de ser disecados.
—No está la merluza —murmuró Vostok, decepcionado—. ¿Le
preguntó para qué la quería?
—Pues no. A esas alturas, yo ya había tomado la decisión de
no preguntarle nada y dejar que él me contase lo que quisiera. Y lo
de la merluza no me lo contó.
En ese momento, Max alzó la mano.
—Acabo de recordar que sí había aquí un objeto claramente
egipcio cuando llegamos el lunes pasado. Era una figurita de barro
que representaba a un campesino. Si no me equivoco… llevaba
una hoz en la mano.
—¿Y ya no está? —preguntó Bareta.
—No. El sábado por la mañana faltaba el ordenador portátil de
mi tío y esa figurita. Supongo que se debió de llevar las dos cosas
la noche anterior.
—Era un usethbi —dijo, muy seguro, el ruso.
—¿El qué?
—Un usethbi. Una especie de siervo en miniatura. Los egipcios
—Un usethbi. Una especie de siervo en miniatura. Los egipcios
introducían en los sarcófagos uno o varios usethbi. Aunque el
muerto pudiese gozar de los fértiles campos del Más Allá, existía
la creencia de que el dios Osiris podía obligarle a labrar los
campos para mantenerlos. Por eso, la mayoría de difuntos se
hacían acompañar de uno o varios usethbi, para que, llegado el
caso, atendiesen esa tarea en su lugar. Los usethbi llevaban en el
costado una inscripción con las palabras mágicas que el difunto
tenía que pronunciar para que el siervo volviese a la vida. De ahí su
nombre. Usethbi significa ‹‹El que obedece››.
Todos miramos a Alexei con cierta sorpresa.
—Caramba —murmuró Bareta—. ¿Eso te lo acabas de inventar
o realmente entiendes de estas cosas?
—Me lo acabo de inventar —dijo Alexei, muy serio—. Por eso
me enviaron junto al teniente Goliatkin: Porque invento muy bien
sobre el Antiguo Egipto.
—Ya… —replicó Bareta, con sorna—. Pues ahora invéntate una
teoría sobre la desaparición del usethbi.
Vostok torció el gesto antes de responder:
—Mal asunto. Los usethbi tienen su lugar dentro de las tumbas.
Tal vez el señor Urgel lo haya cogido para que le haga compañía a
algún muerto reciente.
URGENCIAS
El tiempo de Alexei Vostok en España se acababa. Apareciera
o no su jefe, al día siguiente a primera hora, tendría que volar a
Madrid para enlazar con el avión de San Petersburgo. El comisario
Madrid para enlazar con el avión de San Petersburgo. El comisario
Malumbres se había tomado la molestia de arreglar el tema de los
billetes de avión desaparecidos junto con Goliatkin.
Lo que hubiera que hacer, había que hacerlo ya.

A la una y media de la tarde, sonó mi teléfono móvil con la
melodía que indicaba que la llamada procedía de Malva.
—¡Por fin llamas! ¿Dónde te has metido toda la mañana? ¿No
quedamos en que acompañarías a Alexei y nos tendrías
informados?
—Lo siento. Mi hermano se ha pillado los dedos con una puerta
y he tenido que llevarlo a urgencias. Y ya sabes lo que ocurre allí,
que tienes idea de cuándo entras pero no de cuándo sales. Y,
además, en el hospital hay que apagar los móviles. ¿Qué sabes de
Alex?
—Está aquí, con nosotros. Ha venido con mi padrino, el policía.
De Goliatkin no sabemos nada.
—Lo imaginaba. ¿Quedamos a comer en el Triana?
—Nosotros salimos ahora. ¿Te va bien a las dos menos cuarto?
TRIANA
La decoración del Triana la componían miles y miles de
botellines de licores diversos, en una colección como habrá pocas
en España. Y junto a eso, la cabeza disecada de Bulerioso, un
morlaco de casi seiscientos kilos que el Viti toreó en el coso de la
Misericordia mil años atrás.
A mí el restaurante Triana no me gustaba ni un pelo, pero Malva
A mí el restaurante Triana no me gustaba ni un pelo, pero Malva
tenía debilidad por sus suelos de madera y por sus camareros, tan
viejos como el propio local. Comimos casi solos, aunque, cuando
ya nos íbamos, aparecieron tres chicas con pinta de abogadas
laboralistas, que ocuparon la mesa más alejada de la nuestra.
En poco más de media hora estábamos dando cuenta del café y
fue el momento en que pusimos a Malva al corriente de todas las
novedades surgidas durante la mañana. Sus decisiones, como
siempre, fueron inmediatas.
—Te quedan dieciocho horas en Zaragoza, Alexei. Podemos
dedicarlas a hacer turismo y a comprar recuerdos de España… o
podemos dedicarlas a buscar al teniente Goliatkin. Tú decides.
El ruso nos miró a todos, uno por uno.
—Al teniente lo seguirán buscando aunque tú te vayas —le
recordé.
—Y es posible que él mismo no quiera que lo encuentren —
aventuró Max—. Cabe la posibilidad de que haya desaparecido
voluntariamente.
Álex asintió.
—Pero soy estudiante de la Academia de Policía de San
Petersburgo. No podría volver a mirar a la cara a mis compañeros
si regresase a Rusia sin haber hecho todo lo posible por aclarar lo
ocurrido con el teniente Goliatkin.
Biela, Urgel y yo nos miramos de reojo y nos encogimos de
hombros. La suerte estaba echada.
—¿A qué hora tenéis que volver al trabajo? —preguntó Malva.
—A las cuatro y media.
—Son las dos y media —constató, consultando su reloj—. Nos
quedan dos horas.
quedan dos horas.
—Muy bien. ¿Qué hacemos?
La chica más hermosa del barrio tomó las riendas.
—Yo creo que… el misterio que nos preocupa está en el
palacio.
—¿En el palacio de Torresecas?
—Pues claro, memo. ¿En qué palacio va a ser? ¿En el de la
Zarzuela? Por lo que me habéis contado, está confirmado que
Goliatkin acudió allí la tarde del viernes. Después de eso, ya no
hay nada. Es posible que de allí fuese a alguna otra parte, pero en
estos momentos, su rastro se pierde ahí. Por tanto, mientras no
haya pruebas en contra, hay que pensar que fue al palacio a hablar
con don Pablo Urgel… y ya no salió de allí.
EL CÓNSUL HONORARIO
Diez minutos más tarde, estábamos frente al palacio de
Torresecas, maquinando a la propia sombra del edificio.
—Solo hay una teoría que nos resulta útil: Pensar que el
teniente Goliatkin está en algún lugar de ese palacio, retenido
contra su voluntad.
—Pues vamos a registrarlo de arriba abajo —propuso Biela.
—Sí, de acuerdo; pero tenemos que ser discretos, Gerardo —le
explicó Malva—. Si entramos como un elefante en una cacharrería,
seguramente no lograremos nada. Ya que no contamos con mucho
tiempo, yo me inclino por intentar echar un vistazo a los sótanos y
a las buhardillas. El resto de los pisos parecen ocupados por
oficinas o consultas profesionales de apariencia normal.
—¿Y el local del cine Rialto? —propuso Max—. Lleva
abandonado un buen montón de años. Es un sitio ideal para
establecer allí un escondite secreto.
—Cierto. Sería bueno revisarlo, también. La cuestión es cómo
llegar hasta esas zonas del palacio sin despertar sospechas.
—Revisar las buhardillas supongo que será fácil —dijo entonces
Urgel—. Subimos por la escalera principal y nos toparemos con
una puerta que no creo que yo tenga mucha dificultad en abrir. Lo
de los sótanos es diferente. Podría ser que cada uno de los
comercios de la planta baja tuviera su parte del sótano.
—Pero también puede ser que el sótano sea independiente de
los comercios —aventuró Alexei.
—Quizás. Pero entonces… ¿por dónde se entra?
—Yo creo haber visto una puerta disimulada en una de las
paredes del vestíbulo del fondo, el que daba acceso al cine —dijo
Gerardo.
Malva asintió.
—Empezaremos por lo fácil, entonces. Primero, buhardillas.
Después, esa puerta de la que habla Biela.

Y así lo hicimos. Pero fueron intentos fallidos.
A las buhardillas accedimos sin dificultad, tal como Max había
supuesto. Pero estaban inusitadamente vacías. Ni siquiera servían
como trastero. Allí no había más que polvo de siglos.
De inmediato, bajamos hasta el vestíbulo principal y, de ahí, al
vestíbulo interior, el que muchos años atrás servía de hall al cine
Rialto.
—Ahí —dijo Biela, señalando una de las paredes.
La luz era escasa, pero pronto vimos que tenía razón.
La luz era escasa, pero pronto vimos que tenía razón.
—Tienes razón —indicó Max Urgel, recorriendo el contorno de la
puerta con los dedos—. Está muy bien disimulada; mucho más de
lo habitual. Pero no hay duda de que aquí hay una puerta. O la
había, más bien, porque ha sido condenada.
—¿Cómo?
Max retiró un trozo de moldura de madera y, debajo, apareció
una chapa metálica del tamaño de una tarjeta de crédito, fijada con
ocho remaches.
—Posiblemente, se podía entrar por aquí hasta hace unos días.
La han condenado muy recientemente.
—¿Cómo lo sabes?
—Fijaos en los remaches. Tienen algunos arañazos, producidos
en su colocación, y todavía están brillantes. Ni siquiera ha dado
tiempo a que el metal se empañe.
—¿Puedes abrirla?
—De ninguna manera. Quizá sea posible por el otro lado, pero
no por aquí. Yo puedo forzar con facilidad una cerradura pero si no
hay cerradura que forzar, no puedo hacer nada.
Malva consultó su reloj.
—Las tres y cuarto —dijo—. Nos queda una hora y cuarto hasta
que tengáis que entrar a trabajar. Lo que sea, tenemos que hacerlo
deprisa.
Max pidió la palabra.
—El que hayan condenado esa puerta significa, seguramente,
dos cosas. La primera: Que alguien, hace poco tiempo, la ha
considerado peligrosa. La segunda: Que existe otra entrada al
mismo sitio.


De vuelta a la calle, nos refugiamos en el bar Chotis, justo
enfrente del palacio y desde cuya cristalera podía vigilarse la
fachada entera.
—Si Max tiene razón —dijo Malva— y existe otra entrada a los
sótanos del palacio, el paso tiene que estar en una de las tiendas.
—Yo me inclino por los billares Antraca —dije—. El inspector
Bareta contó cómo Goliatkin insistió en jugar una partida de billar.
Estoy seguro de que sospechaba algo. Apostaría los zapatos a
que desde los billares, que están en un semisótano, hay acceso a
los verdaderos sótanos del palacio. ¿Quién viene conmigo?
Se alzaron tres manos de inmediato. Todas, menos la que yo
deseaba.
—¿Tú no vienes, Malva?
—Id vosotros por los billares. Tienes razón: Parece la opción
más lógica; pero… a mí me resulta mucho más sospechosa la
tienda del pescado seco.
—¿Por alguna razón en especial?
—No. Intuición femenina. Pero me gustaría recorrer
detenidamente el perímetro del palacio. Quizá mi sospecha tenga
algún fundamento y aún no me he dado cuenta.
—Pero… no podemos dejar que vayas sola.
—No hay problema. Yo la acompañaré —dijo Alexei, con una
admirable rapidez de reflejos.
Malva sonrió encantada.
¡Por Dios, qué ganas tenía yo de que el condenado ruso cogiera
el avión de vuelta a su tierra!
EL COJO COME
Cuando descendimos los ocho escalones que desde el nivel de
la calzada nos depositaron en la entrada de los billares Antraca,
nos encontramos en un local prácticamente vacío. Solo el propio
Custodio Antraca nos miró entrar, con un rictus de extrañeza,
mientras se llevaba a la boca parsimoniosamente cucharadas del
guiso que se había traído en una fiambrera de aluminio, sentado
ante la única mesa de ping-pong del establecimiento, que le hacía
las veces de mesa de comedor.
Le saludamos con un gesto que no tuvo respuesta y nos
instalamos en la mesa de billar americano más alejada de la
entrada.
Sin saberlo, repetimos los movimientos y la estrategia del
teniente Goliatkin; sobre todo cuando, a los pocos minutos de
haber iniciado nuestra partida, yo dejé el taco apoyado en el canto
de la mesa y me dirigí hacia los servicios.
‹‹Urinarios››, según rezaba el cartelito sobre la puerta.
El hedor, mezcla de amoniaco y zotal, era insoportable. Revisé
rápidamente el apestoso recinto, cubierto de pintadas obscenas
hasta el último rincón, sin encontrar otra salida que un ventanuco
alto, protegido por una reja de hierro por la que solo podría escapar
un gato.
—Por los retretes no hay conexión con el resto del edificio —les
informé a mis amigos, tras volver junto a ellos—. Si existe alguna
salida debe de estar tras aquella puerta en la que pone ‹‹almacén››.
—Pero si vamos hacia allí, el cojo nos verá —dedujo Biela.
—Correcto. La única solución es que dos de nosotros lo
—Correcto. La única solución es que dos de nosotros lo
distraigan mientras el tercero se cuela por la puerta.
—Vale.
—Id vosotros —dije—. Distraedlo.
—¿Cómo lo hacemos?
—Yo qué sé. Pedidle cambio de cinco mil pesetas.
—¿Y de dónde sacamos un billete de cinco mil? Yo ni siquiera
he tenido uno en las manos.
—Bueno, pues inventad cualquier excusa. Haced que mire para
otro lado diez condenados segundos, caray.
Biela y Max avanzaron hacia el hombre, que les lanzó de
inmediato una mirada desconfiada mientras pelaba una manzana
con ayuda de una navaja que podría haber servido para abrir una
sandía.
Yo ensayaba una jugada de billar a tres bandas sin perder de
vista a mis amigos ni al cojo Antraca.
Y cuando Max y Gerardo estaban a diez pasos del hombre, un
peculiar sonido, un múltiple petardeo intermitente, procedente de la
calle, los detuvo en seco.
—¿De qué me suena ese ruido? —murmuró Max.
Lo supo enseguida.
Justo ante la puerta de los billares acababan de detenerse cinco
motos Harley-Davidson, además de una BSA, una Guzzi y una
Triumph, todas ellas de gran cilindrada.
—Ay, Dios… —murmuró Biela.
Un segundo después, el Málaga comenzó a bajar los ocho
escalones mientras se despojaba del casco.
—¿Qué pasa, cojo mantecas? —bramó al entrar.
Tres segundos más tarde, descubrió a mis amigos. Parpadeó.
Tres segundos más tarde, descubrió a mis amigos. Parpadeó.
Procesó lentísimamente la información y, por fin, gritó como un
energúmeno.
—¡Me cagüen la leche! ¡Son ellooos! ¡Son los de Veterinaria!
De manera insensata, el Málaga se abalanzó sobre Biela, que
con un gesto de púgil veterano, esquivó la embestida y lo proyectó
contra uno de los futbolines. Pero para entonces, la presencia de
los otros moteros en las escaleras y la puerta de entrada ya nos
impedía cualquier posibilidad de huida.
—¡Atrás! —gritó Max, retrocediendo.
Yo solté el taco y corrí hacia los lavabos.
—¡No, Nico, no! —exclamó—. ¡Hacia el almacén!
Tenía razón. Los retretes eran un callejón sin salida. Que el
almacén tuviese una puerta trasera era nuestra única posibilidad.
SALAZONES
En cuanto se vieron solos, Malva y Alexei cruzaron dos
miradas de complicidad y se dirigieron hacia la tienda de
salazones de Antero Necromio, que hacía esquina con el
callejón lateral de carga y descarga situado a la izquierda del
palacio.
—Vamos.
Un viejo camión Ford, cuyo toldo reproducía en sus laterales
el rótulo de letras blancas sobre fondo azul que ostentaba la
fachada del establecimiento, dormitaba la siesta junto a la
persiana metálica que cerraba un pequeño muelle de carga.
Soltaron de sus anclajes una de las puntas del toldo, echaron
Soltaron de sus anclajes una de las puntas del toldo, echaron
un vistazo al interior de la caja del camioncito y tuvieron la
primera sorpresa.
—No huele en absoluto a pescado —hizo notar Malva.
Vieron mantas y cuerdas. Y todas las superficies metálicas
estaban protegidas y acolchadas, como en los camiones de
mudanzas.
—Demasiadas precauciones para transportar lomos de
bacalao —murmuró el ruso.
Mientras Alexei vigilaba, Malva se introdujo en el camión y
consiguió llegar hasta la cabina. Abrió la guantera. Miró en los
bolsillos de las puertas y en los portaobjetos situados bajo el
volante sin encontrar lo que buscaba. De pronto, tuvo una
intuición. Bajó el parasol del lado del conductor. Allí, en un
pequeño bolsillo de plástico trasparente, vio una llave. Abrió la
puerta y salió con ella en la mano.
—Álex…
Había una cerradura junto a la persiana metálica. Malva
introdujo la llave y la giró un cuarto de vuelta. Con un sonido
más estridente del que ellos habrían deseado, la persiana
comenzó a subir. Cuando hubo dejado un hueco de algo más de
medio metro, la chica giró la llave en sentido contrario, la sacó y
se la echó al bolsillo.
—No hizo falta que se dijeran nada. Ambos se deslizaron por
el hueco y se colaron en el local.
ALMACÉN
La puerta del almacén estaba cerrada, pero era endeble y se
abrió de par en par cuando Biela cargó contra ella con todas sus
fuerzas.
—¡Serás bestia! —le gritó Max—. ¿Y ahora cómo la cerramos?
Por toda respuesta, Gerardo localizó en el local parte de un viejo
mostrador, se colocó tras él y lo empujó contra la puerta justo en
el momento en que los primeros moteros asomaban por el fondo
del pasillo.
—¡Traed algo más! —gritó, mientras seguía empujando, para
resistir la embestida de nuestros atacantes.
Había también allí una sinfonola prehistórica, aún cargada con
discos de vinilo de 45 r.p.m. Entre Max y yo logramos moverla
hasta las inmediaciones de Gerardo y volcarla, de modo que quedó
encajada como una riostra contra el mostrador.
—¡Bien! Eso nos dará unos minutos para pensar.
—¡No hay nada que pensar! —gritó Max—. Lo que hay que
hacer es encontrar el modo de escapar de aquí.
—¿Y si no hay salida?
—Con ese espíritu, no iremos muy lejos, Nico. Recuerda lo que
dice Louis Van Gaal: Siempre positivo, nunca negativo.
Por suerte, y pese a mi pesimismo, había una salida.
Al fondo del almacén, oculto tras una docena de cajas de
Mirinda, y junto a los restos de una vieja antena de televisión,
descubrimos una especie de zulo, una suerte de recoveco en cuyo
fondo se abría un ventanuco que daba acceso a un pasillo lóbrego,
telarañoso, húmedo y siniestro.
—¿Nos tenemos que meter por ahí, sin siquiera una linterna?
—Hombre, podemos elegir: O eso, o esperamos a que el
Málaga y sus amiguitos logren entrar aquí y nos aticen como a
esteras.
—Está claro. Zambullámonos, pues, en las tinieblas. ¿Quién
dijo miedo?
EL MONTACARGAS
Malva y Alexei cerraron tras de sí la persiana metálica y, tras
esperar a que sus ojos se acostumbrasen a la penumbra interior,
pudieron comprobar que se hallaban en la trastienda del
comercio de salazones y ahumados. Junto a la pared situada a la
derecha, encontraron no menos de cincuenta sacos, conteniendo
cada uno de ellos treinta kilos de natrón, si había que fiarse de
las etiquetas.

INDUSTRIAS QUÍMICAS LABARRAQUE
PUERTOLLANO
Carbonato de Sodio (CO
3
Na
2
) ‹‹Natrón››
ORIGEN: Sudán
Irrita la piel. Manipúlese con cuidado.

Uno de los sacos estaba abierto y el ruso tomó entre los
dedos una porción de aquella sustancia suave como el talco,
formada por diminutos cristales translúcidos y de un peculiar
olor, fuerte y picante, que recordaba al de la sosa cáustica.
—¿Para qué sirve el natrón? —preguntó Malva.
—Es un poderoso desecante —respondió Alexei, mientras se
soplaba los dedos tras sentir ya una leve quemazón en la piel.
—¿Y con eso se sala el pescado?
—Por supuesto que no. Además, esto no es un secadero.
Aquí se dedican a otra cosa. El natrón era fundamental para el
proceso de momificación. Es un producto conocido desde
tiempos muy remotos. Ya te habrás dado cuenta de que el
nombre que los romanos dieron al sodio, natrium, procede
precisamente del natrón.
—Hombre, claro —ironizó Malva—. Es en lo primero que
me había fijado —la chica señaló entonces el rincón opuesto de
la estancia—. Mira aquello. Parece… una plataforma elevadora.
Se acercaron hasta confirmar su primera impresión.
—En efecto. Es un montacargas. Solo que, desde aquí, no
sirve para subir sino… para descender.
—Hombre, cuando estemos abajo sí servirá para subir.
—Ah. ¿Es que vamos a bajar?
Malva sonrió.
—Si prefieres quedarte aquí solo…
—Voy donde tú vayas —fue la respuesta del ruso.
Se situaron ambos sobre la plataforma, metálica y de
superficie rugosa. A la izquierda de la guía, sobre un pequeño
mástil de un metro de altura, una botonera con tan solo tres
pulsadores. La chica leyó los rotulitos.
—Subir. Parar. Bajar. Está claro, ¿no?
Malva oprimió el botón inferior y, con un susurro apenas
audible, la plataforma comenzó a descender hacia los profundos
sótanos del palacio de Torresecas.
LA SALA DE CALDERAS
Avanzábamos como ciegos por aquel pasadizo que se nos
antojaba una catacumba interminable. Y mejor así. De haber
podido contemplar las paredes que nos rodeaban, el suelo que
pisábamos, la bóveda que nos cubría… lo más probable era que
hubiésemos sufrido una crisis nerviosa.
Deslizábamos los dedos por las paredes de adobe sintiéndolas
viscosas, como impregnadas de baba de caracol. A veces,
telarañas tan espesas como bolsas de supermercado se nos
adherían a la cara y, en nuestro intento de respirar, las
aspirábamos y se nos enredaban en la lengua y en el interior de la
garganta.
Alguna suerte de ser repulsivo se deslizaba por el suelo, junto a
nosotros y, de cuando en cuando, trepaba por nuestros tobillos y
ascendía hacia nuestras pantorrillas, deteniéndose a chuparnos la
sangre.

Habíamos oído a lo lejos, de un modo sordo, la irrupción de los
moteros del Málaga en el pequeño almacén. Eso nos impulsaba a
seguir adelante, con una convicción casi febril: Sabíamos que no
existía la posibilidad de volver sobre nuestros pasos porque allí
estarían ellos.
El pasadizo desembocaba en una sala de calderas: Cañerías
que en su día estuvieron pintadas de rojo, llaves de paso, relojes,
manómetros, bombas de presión… Una carbonera casi vacía, por
cuya trampilla, a ras de la acera, entraban esos rayos de sol que
iluminaban la estancia y que nos permitían ver, al fin. En uno de los
iluminaban la estancia y que nos permitían ver, al fin. En uno de los
rincones se apilaban los restos de medio centenar de butacas de
madera, que en otro tiempo poblaron la platea del cine Rialto. El
suelo, alfombrado de programas de mano de antiguas películas,
películas que ya no existen en el mundo de lo digital, que solo
están en el recuerdo de espectadores demasiado viejos para
recordar: Tarzán y las Amazonas, Maciste contra la Reina de
Saba, El Secreto de Fu-Manchú…
—Es la sala de calderas del Rialto —dijo Biela, encandilado—.
¡Qué maravilla! Es como la de un transatlántico. Como la del
Titanic.
—Tú, como siempre, tan tranquilizador —replicó Max.

Había una escalera. Siempre hay una escalera. Y trepamos por
ella hasta alcanzar el vestíbulo del antiguo cine, abandonado veinte
o veinticinco años atrás, y donde aún podían verse carteles
anunciadores de la última película que se proyectó en el local:
Superargo el gigante.
Localizamos enseguida los accesos al patio de butacas, el bar,
la taquilla y las puertas de salida, cerradas con sendas verjas.
Pensamos que ahí estaba nuestra salvación pero los candados que
cerraban esas verjas habían sido colocados desde el exterior y se
hallaban fuera del alcance de Max.
—Por aquí no hay escapatoria —aseguré con desespero—. Si
existe una salida, tiene que estar allí.
Señalé una puerta, junto a lo que en tiempos fue la barra del bar,
que exhibía un rótulo en el que se adivinaba, más que se leía,
‹‹cabina de proyección››.
Estaba abierta, pero Max la cerró tras nuestro paso, intentando
Estaba abierta, pero Max la cerró tras nuestro paso, intentando
dificultar en lo posible que los moteros siguiesen nuestra pista.
Tras la puerta, veinticinco escalones nos condujeron, tal como
anunciaba el cartelito, a la cabina del proyeccionista, que más que
vacía, parecía desvalijada.
A través de los ventanucos de proyección pudimos constatar
con inquietud que el Málaga y sus secuaces ya habían accedido a
la platea del cine y peinaban la sala en nuestra busca,
alumbrándose con sus mecheros Zippo por entre las filas de
butacas supervivientes.
—Ay, madre… los tenemos pegados al culo —susurró Max.
—Y como den con nosotros, nos van a convertir en pienso para
pollos —completó Gerardo.
LAS PROFUNDIDADES
Malva y Álex contuvieron la respiración durante el
interminable descenso a los infiernos que supuso su viaje en el
montacargas.
Vieron una puerta en un nivel intermedio, pero no lograron
abrirla. Así, que optaron por seguir hasta el punto inferior del
recorrido.
—¿Cuánto crees que hemos bajado? —preguntó la chica
cuando la plataforma se detuvo al final de su recorrido.
—No lo sé —reconoció Álex—. Mucho, desde luego. Más
de veinte metros, quizá.
Malva consultó su teléfono móvil.
—Por supuesto, estamos sin cobertura. Imposible conectar
—Por supuesto, estamos sin cobertura. Imposible conectar
con el exterior.
Durante el descenso, el ruso había sacado de su bolsillo una
pequeña linterna, poco mayor que un bolígrafo pero que
proporcionaba una luz blanca e intensa. Iluminándose con ella,
comenzaron a recorrer aquel mundo subterráneo, húmedo e
insano. Dolorosamente silencioso.
—Debemos de estar en el nivel de los cimientos del edificio.
—Huele a demonios con el vientre suelto.
De cuando en cuando, se oían lejanos chillidos de rata. Y,
también de forma intermitente, gargarismos de cañerías de
desagüe. Había un eco siniestro y húmedo, que invitaba a hablar
en voz muy baja.
Malva y Álex vieron toneles apilados, rotos e inservibles.
Elementos para la decoración de escaparates que ya nunca
cumplirían con su cometido. Varias cajas de madera que, por la
acción de la humedad y de las ratas, habían reventado,
diseminando por el suelo docenas y docenas de cajitas de un
curioso medicamento envasado artesanalmente.

VALIDOL
Antifermentescible del tubo digestivo,
analéptico y sedante del SNC de probada eficacia.
LABORATORIO DEL DOCTOR PORRAS
Calle Fuenclara, 1
ZARAGOZA

Como único camino posible, un pasadizo angosto, angustioso.
Rejas de hierro a ambos lados, cerrando antiguas carboneras,
Rejas de hierro a ambos lados, cerrando antiguas carboneras,
vacías de carbón. En una de ellas, puntales de hierro
oxidadísimos. En otra, cajones con restos de vajilla, entre viruta
de madera. Más allá, resmas de papel, formando bloques
retorcidos; la guillotina de una imprenta; sellos de caucho,
docenas de ellos, como setas geométricas; plumillas de
caligrafía, diseminadas por el suelo, como insectos metálicos
muertos. Más adelante, un colchón reventado y una manta del
ejército, hecha jirones.
De repente, en mitad del pasadizo, como una aparición
sobrenatural, el esqueleto de un animal grande, posiblemente un
burro.
—Pobre bicho… ¿Para qué lo bajarían aquí?
—Quizá para trabajar en la cimentación del edificio. Como
los caballos que se utilizaban para tirar de las vagonetas de las
minas. Y, como ellos, resultó condenado a morir en la
oscuridad.
A un lado, un espacio circular, de paredes rezumando un
líquido viscoso, negro y maloliente. El suelo, cubierto por
tablones.
—Un pozo negro, seguramente.
—Dios mío, qué asco… —murmuró Malva, llevándose las
manos al estómago.
—No te detengas. Tenemos que seguir.
Adelante, siempre adelante…
El camino se bifurcaba. El corredor de la izquierda estaba
cortado, cegado a los pocos metros por una pared de ladrillos
macizos.
—La elección es fácil: Habrá que seguir por el otro.
—La elección es fácil: Habrá que seguir por el otro.
El otro desembocó enseguida en un distribuidor de tales
dimensiones que la linterna de Alexei no alcanzaba a iluminar su
contorno.
El ruso fijó la luz de la linterna en uno de los vanos.
—No puedo creerlo. Mira eso, Malva. Es el arranque de
unas escaleras… que descienden. No puedo imaginar que sea
posible llegar a un lugar aún más profundo que este.
—Espero que no pretendas averiguar adónde conducen.
No había opción, en realidad, pues comprobaron que el paso
también aparecía cortado a los pocos metros por una barrera de
piedras y escombro.
—Hay tres opciones para continuar adelante —dijo entonces
Alexei—. ¿Cuál prefieres?
—La del centro.
Al principio, silencio entre ellos. Luego, no.
—Nos estamos desviando —advirtió Alexei—. Este pasillo
describe una curva.
—Lo que nos faltaba: A ver si nos vamos a encontrar con ‹‹la
chica de la curva››.
La pared interior estaba formada por sillares de piedra, sin
duda robados de la muralla romana de la ciudad. Y en la
exterior, se abrían cada cuatro pasos, nichos como los de una
catacumba; por fortuna, vacíos. En el suelo se acumulaban tres
dedos de agua más negra que la pez.
—Nos hemos equivocado, Álex —murmuró una Malva casi
llorosa—. ¿Qué hacemos aquí? Esperábamos encontrar
momias, sarcófagos, tesoros del Antiguo Egipto… y, por
supuesto, al teniente Goliatkin. Y hasta ahora solo hemos hallado
miasmas y miseria…
miasmas y miseria…
—Tienes razón. ¿Quieres que volvamos atrás?
STAIRWAY TO HEAVEN
Aún dudaba Malva sobre la propuesta de retroceso de Álex
cuando la luz de la linterna iluminó una esperanza.
—¡Por fin! ¡Mira! Aquello parece una escalera de subida.
—¡Vamos! —exclamó la chica—. Necesito imperiosamente
respirar aire limpio.
Treparon febrilmente los treinta y nueve desgastados
escalones que los depositaron en un pequeño rellano situado
ante la cara exterior de una compuerta metálica de casi un palmo
de grosor, con cierre por palanca giratoria, como las que dan
acceso a los estudios de radio o televisión.
Con sumo cuidado, liberaron la palanca. Ignorantes de lo que
los esperaba más allá, realizaron la operación lentísimamente, en
un intento de no llamar la atención de quien pudiera hallarse del
otro lado.
Por fin, sudando por la lentitud del esfuerzo, lograron abrir
dos dedos la compuerta y echar un vistazo a través de la rendija.
—Nadie… —suspiró Malva.

Fue como cambiar de planeta.
Aquello era otro mundo, limpio y luminoso.
Accedieron a un cuarto de máquinas en el que crepitaba el
motor de un imponente deshumidificador. Había también una
caldera de gran tamaño, con quemador de gasóleo y su
caldera de gran tamaño, con quemador de gasóleo y su
correspondiente depósito para el combustible. Debía de tener
alguna pequeña fuga porque el olor a gasoil era intenso, hasta
casi resultar insoportable.
Una luz tenue, de bajo consumo, y el enorme número de
chivatos luminosos de diversos colores que se encontraban
encendidos permitieron a los dos chicos prescindir de la luz de la
linterna.
Curiosamente, aquella estancia parecía ser el nexo de unión
entre diversas dependencias del edificio. Además de la
compuerta que lo separaba del inframundo húmedo y apestoso
que Malva y Álex acababan de recorrer, la estancia tenía otras
dos salidas. A la derecha, vieron una doble compuerta, metálica,
con barra antipánico. A la izquierda, una puerta de una sola hoja
y con ventanilla de cristal.
—¿Por dónde salimos? —preguntó el ruso.
La respuesta de Malva fue cruzar el índice sobre los labios
reclamando silencio y prestar atención a las voces que se oían al
otro lado de la puerta doble.
—¡Eh, mirad esta puerta! —gritaba un tipo de voz cazallera
—. ¿No habrán escapado esos tres por aquí? Parece una salida
de emergencia y a lo mejor da a la calle.
—No, hombre, no. ¿Cómo va a dar a la calle si estamos en
un sótano? Además, ¿No ves que solo se puede abrir del otro
lado? Eso no es una salida.
—Tienes razón. Y apesta a gasoil.
—¿Quiénes son esos? —preguntó Alexei, en un susurro.
—No lo sé. Pero me apuesto algo bueno a que ‹‹esos tres›› a
los que persiguen son Nico, Biela y Urgel.
los que persiguen son Nico, Biela y Urgel.
De pronto, uno de los moteros dio un tremendo golpe sobre
la puerta de chapa. Malva y el ruso estuvieron a punto de gritar,
lo que les habría delatado irremisiblemente. Por suerte, el susto
solo les hizo caer de espaldas.
—¡Estate quieto, Chapas! —escucharon, a continuación—.
¿No ves que se abre hacia aquí? No vas a conseguir nada más
que llamar la atención de algún vecino. ¿Y sabes quién es el
dueño de este cine? ¡El Vampiro!
—¿Quién? ¿El tipo del bigotito? ¿El del pelo peinado con
gomina?
—Ese mismo. Me han dicho que lo compró hace años y,
luego, lo cerró y lo dejó abandonado.
—¿Y para qué quiere un cine abandonado?
—No lo sé. Dicen que así no le molesta nadie.
—Vaya un tipo raro.
—Y peligroso.
— Yo diría que le tienes miedo.
—¡Yo no le tengo miedo a nadie! Pero tampoco es cuestión
de buscarse un lío innecesario. Vamos a localizar a esos tres
idiotas, les zurramos la badana y nos largamos. Lo que siento es
que no me ha parecido ver a la chavala que iba con ellos. La que
cogió mi moto.
—Que, por cierto, bien buena estaba, la tía.
—¡Eh, Málaga! ¡Ya hemos registrado todo el patio de
butacas y no hay ni rastro de esos críos!
—¿Habéis mirado en la cabina de proyección?
—No. Es que la puerta está cerrada.
—¿Y qué? Si no están por ningún otro sitio, tienen que estar
—¿Y qué? Si no están por ningún otro sitio, tienen que estar
allí. ¡Vamos arriba!
Malva tragó saliva.
—¡El Málaga! —murmuró—. ¡El Málaga y los moteros de la
fiesta de Veterinaria! ¿Pero cómo es que están aquí?
Nerviosamente, buscó su teléfono móvil y marcó el número
de Nicolás.
—A ver si hay suerte y ahora ya consigo enganchar una pizca
de cobertura… Vamos, vamos…
—¿Malva? ¿Eres tú?
—¡Nico! ¡Gracias a Dios…! ¿Dónde estáis?
—Estamos en la cabina de proyección del antiguo cine Rialto.
¿Tú por dónde andas?
—Eso no importa. ¡Salid de la cabina inmediatamente! ¡El
Málaga y sus amigos van a por vosotros!
SIN OPCIONES
El aviso de Malva resultó providencial, pero a esas alturas,
nuestras opciones de escapatoria se habían reducido a solo una, y
poco aconsejable, además.
—¡Han reventado la puerta del vestíbulo y están subiendo por la
escalera! —exclamó Max.
—¡Vamos! —dije, entonces—. ¡Hay que salir fuera! ¡A los
tejados!
Biela y Urgel me obedecieron sin rechistar y, a través de una
trampilla metálica, salimos a la azotea del edificio del Rialto,
levantado en lo que fue el patio de caballos del palacio de
levantado en lo que fue el patio de caballos del palacio de
Torresecas.
—¡No hay escapatoria! —exclamó Max, cuando nos vimos allí,
rodeados por los medianiles de edificios mucho más modernos.
—¡Hay una posibilidad! —dije—. Saltar desde aquí al tejado del
palacio.
—¡Estás loco! —gritó Gerardo.
Sin embargo, los golpes que el Málaga y sus amigos propinaban
ya a la puerta de la cabina lo convencieron rápidamente de que
aquella descabellada posibilidad era mucho más atractiva que la de
caer en manos de semejantes energúmenos en un lugar como
aquel, apartado de la vista de cualquier posible testigo.
El alero del tejado y el borde de la azotea en que nos
encontrábamos se hallaban separados por la anchura de los
balcones de la fachada trasera del palacio. Unos tres metros,
aproximadamente.
Los moteros estaban a punto de destrozar la puerta de la
cabina.
—¡Vamos! ¡Hay que saltar! Si nos lo pensamos mucho, estamos
perdidos.
Decidí ser el primero. Retrocedí hasta el otro extremo de la
azotea para tomar impulso y, luego, eché a correr como un
desesperado. Me impulsé tan alto como pude. Volé sobre el hueco
existente entre las dos construcciones. Y caí sobre el tejado.
Incluso más lejos de lo que imaginaba.
Al caer, rompí un buen número de tejas y me produje con ellas
varios cortes superficiales, que me parecieron cosa de nada en
comparación con la perspectiva de ser vapuleado por el Málaga y
sus socios.
sus socios.
—¡Vamos, saltad! ¡No es difícil!
Pese a su tamaño, no me preocupaba Gerardo, que estaba
fuerte y ágil. Él fue el siguiente en saltar y, en efecto, no tuvo
problemas, salvo que causó con su aterrizaje un destrozo en el
tejado bastante mayor que el mío.
—Van a tener goteras a partir de ahora —murmuró, tras
incorporarse.
Enseguida vimos que Max no las tenía todas consigo. Como
nosotros, retrocedió para tomar carrerilla. Y fue la idea de que los
moteros estaban a punto de irrumpir en la azotea lo que terminó de
decidirle; pero emprendió la maniobra sin convicción.
—Mierda. Se va a caer —murmuré.
Saltó corto. Cortísimo. Milagrosamente, logró echar las manos
hacia adelante y, en el último instante, consiguió sujetarse al
canalón de cinc que recorría el extremo del alero.
—¡Ayudadme! —gritó, apuradísimo.
En ese momento, el Málaga y sus secuaces lograron salir a la
azotea. Lo que nos faltaba.
Biela hizo ademán de acercarse hasta el borde del tejado para
ayudar a Max.
—¡Quieto, Gerardo! —le ordené—. Ya voy yo. Tú pesas
demasiado y el alero está en muy mal estado. Corremos el riesgo
de que se venga abajo.
Me tumbé sobre las tejas para repartir mi peso en el máximo de
superficie y fui deslizándome hasta que logré sujetar a Max por su
codo derecho.
—¡Vamos, Max! ¡Arriba! ¡Ya te tengo! ¡Ahora, intenta subir la
pierna izquierda hasta el canalón!
pierna izquierda hasta el canalón!
—¡No puedo!
—¡Inténtalo te digo!

A tres metros de nosotros, sobre la azotea del Rialto, seis de
los moteros nos increpaban con toda la potencia de sus pulmones.
—¡Os vais a caer los dos, idiotas!
—¡Vais a tener vuestro merecido!
—Yo no quiero que tengan su merecido. ¡Yo quiero atizarles en
persona! —decía uno de ellos, mientras Max, con mi ayuda,
lograba, por fin, trepar hasta el tejado.
—¡Lo están consiguiendo, maldita sea! —ladró el jefe de la
banda—. ¡Hay que perseguirlos!
La orden fue acogida con escaso entusiasmo por sus secuaces.
—Pero, hombre, Málaga. ¿No has visto que ellos casi la
palman?
El furibundo motorista no estaba dispuesto a atender a razones.
Mientras nosotros trepábamos a toda prisa por el tejado del
palacio, él retrocedía hasta el otro extremo de la azotea para,
como nosotros, tomar impulso y saltar.
Justo cuando llegamos a lo más alto, al vértice que separaba las
dos aguas del tejado, echamos la vista atrás.
El Málaga iniciaba su carrera.
—Es rápido. Me parece que lo va a lograr —dije.
—Y si lo consigue, lo seguirán los demás.
El salto del motero fue largo y suficiente. Su error fue aterrizar
exactamente en el mismo lugar en el que ya lo había hecho
Gerardo, dejando en su caída muchas tejas rotas y otras más,
fuera de sitio. Aquel segundo impacto fue demasiado para los
viejos maderos que formaban el soporte del tejado, incapaces de
soportar el impacto de las diez arrobas largas del Málaga.
El tejado se hundió bajo sus pies. Se creó una especie de
embudo que se tragó al energúmeno, al que oímos gritar mientras
volaba, rodeado de escombros, hasta caer sobre el suelo de la
buhardilla del palacio.
Sus compañeros lo llamaron a voces, pero no obtuvieron
respuesta y, por suerte para nosotros, desistieron de continuar en
nuestra persecución.

Nosotros seguimos un par de minutos subiendo y bajando por
los tejados, como los deshollinadores de Mary Poppins, hasta que,
al asomarnos a uno de los patios interiores, descubrimos una
escala de barrotes de hierro encarcelados en el muro, que nos
permitió descolgarnos hasta un balcón del segundo piso.
SEAT 600 D
—¿De dónde habéis salido vosotros? —nos preguntó,
asombrada, la secretaria del Club de Amigos del Seat Seiscientos,
que acudió a abrirnos la puerta del balcón tras haber llamado
nosotros su atención golpeando los cristales.
—¡Gracias! Estábamos instalando un nuevo sistema para
espantar a las palomas y se nos ha cerrado la trampilla por la que
habíamos salido al tejado. Menos mal que estaba usted aquí.
—Ah… ¿Y qué? ¿Se espantan las palomas con vuestro
sistema?
—¡Ya lo creo! —dije—. Al que no hemos podido espantar ha
—¡Ya lo creo! —dije—. Al que no hemos podido espantar ha
sido a un palomo de ciento treinta kilos, que ha atravesado el
tejado de la parte de atrás, la más cercana al cine.
—Si lo ve por aquí —completó Max, mientras corríamos hacia la
salida—. No le deje entrar. No le gustan los seiscientos. Solo las
motos.
—¡Ah! Vale.

Al salir al rellano de la escalera, intenté hablar por teléfono con
Malva para decirle que habíamos logrado escapar.
Pero parecía estar fuera de cobertura.
EL CORREDOR
Malva y Vostok decidieron olvidarse de la doble compuerta
que parecía comunicar con el sótano del cine y salir a un largo
corredor de paredes de piedra y ladrillo, con el suelo de
cemento pintado de verde hospital.
Pronto, muy pronto, el intenso olor del gasoil se mezcló con
un no menos penetrante tufo a productos químicos.
Y, algo después, el ruso sujetó a Malva por el brazo y la
obligó a introducirse por la primera puerta que encontraron
abierta.

—Para este tipo de trabajos nos venía bien el antiguo
ayudante de don Pablo. ¿Lo recuerdas, Mamulian?
—Sí, lo recuerdo perfectamente. ¡Qué tío! ¡Tenía la fuerza de
diez hombres! Por cierto, ¿sabes qué fue de él? ¿Se jubiló?
diez hombres! Por cierto, ¿sabes qué fue de él? ¿Se jubiló?
—Sí, creo que sí. Ahora vive en San Petersburgo.
—¡No te digo! ¡En San Petersburgo, nada menos! Como un
pachá.
—Como un faraón, más bien… Anda, vamos rápido hacia el
montacargas, que el jefe quiere que el encargo esté en el camión
lo antes posible. De pronto le ha entrado una prisa tremenda por
servir todos los encargos pendientes.
—Y a mí me ha dicho Fabián que, por el momento, no se
aceptan nuevos pedidos.
—Lo que yo me temía: Ha debido de ocurrir algo grave y don
Jaime ha decidido paralizar la actividad durante unas semanas.
Ya ocurrió algo parecido hace unos años… ¡cuida, no le hagas
una mella a la caja, que ya sabes cómo se pone el jefe!
— Ya lo sé, ya…
Mantenían la conversación dos hombres de pelo ceniciento,
uno alto y otro bajito pero de anchísimas espaldas, que
transportaban entre ambos, a lo largo del corredor y con
evidente esfuerzo, un enorme sarcófago recién restaurado.
Malva y Vostok los dejaron pasar de largo y cuando hubieron
desaparecido tras una puerta al fondo del corredor, decidieron
seguir avanzando.
—¿Sabes? Tengo la sensación de que estamos cerca de
resolver el misterio de la desaparición del teniente Goliatkin —
murmuró un Alexei Vostok que, pese a manifestar esa
convicción, no parecía muy esperanzado en hallar con vida a su
superior.
Pronto, empezaron a encontrar pequeños almacenes,
parecidos a los trasteros que habían hallado en el nivel inferior;
parecidos a los trasteros que habían hallado en el nivel inferior;
pero estos estaban limpios, cerrados con puertas de madera,
pintados de blanco y cuidadosamente ordenados.
En el primero vieron más sacos de Natrón, perfectamente
apilados.
—O gastan mucho natrón o hicieron en su día un pedido algo
exagerado —murmuró Malva.
—Ya lo creo —confirmó el ruso—. Fíjate en estos bidones
de plástico. Más natrón. En este caso, molido. Y en cada envase
hay doscientos kilos.
El siguiente almacén guardaba una considerable variedad de
productos. Muchos de ellos, exhibían curiosas etiquetas:

Alumbre de roca
(Sulfato de aluminio)

Cremor tártaro
(Bitartrato de potasio)

Jabón arsenical
de Bècoeur

Piedra infernal
(Nitrato de plata)

Rejalgar
(Bisulfuro de arsénico)

—Todos estos son productos propios de la taxidermia —
murmuró Alexei—. Yo diría que el tío de ese amigo tuyo tiene
murmuró Alexei—. Yo diría que el tío de ese amigo tuyo tiene
mucho que ver con lo que se cuece aquí abajo.
En otros armarios se almacenaban productos químicos mucho
más habituales. Desde carbonato de sosa o ácido sulfúrico a
formol o esencia de trementina.
La siguiente puerta dio paso a un nuevo almacén cuyo
contenido llamó poderosamente la atención del joven ruso,
conforme fue desgranando los nombres que aparecían en las
etiquetas.
—Aceite de enebro… ¡Pez blanca! Ámbar, mirra, aceite
esencial de cedro. ¡Agua de elefantina…! Betún amargo, jabón
de Betania…
—¿Sabes de qué se trata? —preguntó Malva.
El ruso parpadeaba, todavía asombrado.
—¡Pues claro que lo sé! ¡Y es fascinante! Se trata de
productos utilizados en el Antiguo Egipto. Algunos de ellos
tienen que ver con los procesos de momificación aunque también
hay tintes como el betún de Judea o el caldo de cúrcuma; y otros
son de uso general, como el aloe o la casia, que son especias;
hay cera, miel, tallos de junco y flores de loto envasadas al
vacío, avena en grano, esparto, cáñamo, hojas de papiro, paja,
tallos de bambú… ¡Por Lenin! Es el paraíso de los falsificadores
de momias egipcias. No falta nada para reproducir hasta el más
mínimo detalle de un enterramiento ritual.
En el siguiente armario descubrieron cientos de bobinas de
lienzo de lino, idéntico al utilizado para vendar los cadáveres que
debían ser momificados. También había lienzos originales,
clasificados por periodos dinásticos.
—La cosa se complica —musitó Malva al oído de un Alexei
—La cosa se complica —musitó Malva al oído de un Alexei
que parecía cada vez más fascinado por sus hallazgos.
Pero lo que realmente les erizó el vello de la nuca fue lo que
vieron al abrir el acceso al siguiente espacio, sobre el que
colgaba un curioso rótulo: ‹‹Almacén de momias de animales››,
con su correspondiente traducción al inglés: ‹‹Animal mummies
store›› y una advertencia en francés: ‹‹Défense de fumer››.
—Esto resulta cada vez más fascinante… —dijo el ruso, una
vez que constató el contenido de la sala—. Si me hubiesen dicho
que existía un lugar así, lo habría puesto en duda. Pero es cierto.
—¿Qué son? —preguntó Malva.
—La mayoría, momias de ibis.
—¿Son valiosas?
—No mucho. En el Antiguo Egipto las vendían en tenderetes
cercanos a las tumbas y la gente las compraba para dejarlas
como ofrenda a los muertos.
—Como hacemos aquí con las flores.
—Algo parecido, supongo. Era la ofrenda más habitual y por
eso hay tantísimas. En una sola tumba, en Saqqara, se
encontraron más de diez mil.
—¿Diez mil momias de ibis?
—Como lo oyes. Pero aquí no solo hay momias de ibis.
Fíjate: Ahí tenemos momias de cocodrilos, de ranas, de
serpientes, de arañas, de halcones, de musarañas… Esas se
utilizaban en rituales diversos.
Mientras le ofrecía a Malva sus explicaciones, Alexei recorría
los estantes febrilmente, leyendo etiquetas, algunas de las cuales
parecían maravillarlo.
—¡Mira, Malva! ¡Una momia de babuino! Esto sí es una
—¡Mira, Malva! ¡Una momia de babuino! Esto sí es una
rareza. Se trataba de un animal sagrado y solo los sacerdotes y
los faraones tenían acceso a ellas. ¡Es increíble! ¡Solo me faltaría
encontrar una momia de buey!
—Aquí veo momias de animales domésticos —exclamó la
chica, casi al instante. Supongo que las harían para que
acompañasen al muerto en el más allá igual que le habían
acompañado en vida.
—¡Exacto! ¡Y aquí hay momias de animales comestibles!
Peces, patos, gansos… Sin duda, comida para el largo viaje que
emprendían los muertos.
El ruso parecía a punto de entrar en un estado de euforia.
Continuamente se llevaba las manos a la cabeza, e iba de un
lado a otro sin saber muy bien dónde quedarse.
—No sé si te das cuenta de lo que esto significa, Malva. Es
como un supermercado de objetos del Antiguo Egipto. Con lo
que hay aquí uno se puede hacer su propia tumba faraónica a la
medida. La momia, la caja, el sarcófago… y todos los objetos
rituales que acompañaban a los muertos en su largo viaje. ¡Es
increíble!
—Lo que me parece increíble es lo mucho que sabes tú sobre
el tema —dijo Malva—. Por lo que veo, eres un verdadero
experto.
El ruso sonrió.
—Se trata para mí de una afición muy antigua —reconoció—.
Yo creo que fue la principal razón por la que fui elegido para
acompañar al teniente Goliatkin en este viaje.
— Ya que hablas del teniente… seguimos sin saber nada de
él.
él.
Alexei frunció el ceño. Miró a Malva con cierto disgusto,
como echándole en cara que viniese a fastidiarle su disfrute con
aquel asunto tan desagradable.
EL DESPACHO DEL JEFE
Al final del pasillo se abría un nuevo distribuidor, de forma
aproximadamente ovalada y cuya puerta principal aparecía
entornada. Malva asomó la cabeza con precaución y, al
momento, sacudió la mano ante Alexei, dándole a entender que
lo que acababa de descubrir superaba todo lo visto
anteriormente.
— Yo creo que este es el despacho del jefe —murmuró—.
El famoso don Jaime.

Estaba presidido por un maravilloso sitial de madera
policromada y oro representando una escena del libro de los
muertos. En el centro, podía verse a Anubis comparando el peso
del corazón del difunto con el de una pluma. A su lado, el dios
Toht anotando el resultado favorable. A la derecha de la balanza
estaba representado el devorante, una criatura mitad
hipopótamo, mitad cocodrilo, con patas de león, en actitud de
espera, con la intención de devorar a quienes no pasasen la
prueba de Anubis.

El difunto estaba representado a la izquierda, muy pequeñito,
con cara de circunstancias, dentro de su ataúd.

La mesa principal era la típica de un alto cargo. Con el mismo
teléfono, ordenador portátil, portafolios e interfono para
comunicar con su secretaria que tendría cualquier mesa de
presidente o de director general de una gran empresa. Eso sí, no
había fotos de la familia. Y, en cambio, podía verse como
adorno un pequeño estuche abierto, mostrando una piedra de
color cobre y brillo pálido.

AMALGAMA
GOMORRESINA, COBRE Y PLATA.
XVII DINASTÍA.
SAIS

Decía la plaquita grabada.
En un lateral del despacho, un archivador metálico mostraba
impúdicamente su contenido: Docenas y docenas de carpetas,
colgadas de guías metálicas, con información y fotografías de
diferentes piezas, clasificadas según su procedencia: Tebas,
Luxor, Gizeh, Saqqara, Deir-el-Bahari… Y también por
periodos dinásticos.
—¿Cuánto tiempo llevará esta gente dedicándose a este
negocio? —se preguntó Vostok en voz alta, sin ocultar ni por un
momento su entusiasmo—. Esto es como el sueño de todo
aficionado al Antiguo Egipto.
De inmediato, se zambulló en el archivador y comenzó a
consultar el contenido de algunas de las carpetas, con evidentes
signos de admiración.
Malva le tocó en el brazo.
Malva le tocó en el brazo.
—Oye, Álex, ya sé que se trata de algo interesantísimo, pero
nos estamos jugando el pellejo para encontrar a Goliatkin, no
para regodearnos en nuestros hallazgos, por muy interesantes
que te parezcan.
—Sí, sí, tienes razón —murmuró el ruso, sin dejar de revisar
carpeta tras carpeta—. ¡Por todos los zares! ¡Esta gente ha
clasificado cosas que envidiaría el Museo Británico!
—Déjalo para más tarde y sigamos buscando a tu jefe.
—Espera un poco. Quizá no tenga otra oportunidad de
echarle un vistazo a semejante material.
Tras consultar una de las fichas, Alexei miró en torno a sí y se
dirigió a toda prisa a uno de los rincones del despacho. Allí, en
una vitrina de madera y cristal, junto a otras piezas menores de
jaspe, coralina y turquesa, dio de inmediato con un pectoral de
oro y piedras preciosas de una belleza difícil de describir.

SENUSERT I
1897-1878 AC
XII DINASTÍA
(IMPERIO MEDIO)
LAHUN

Rezaba la chapita identificativa.
En la pared del fondo, a espaldas de quien ocupase el sillón
principal, destacaba un expositor con cuatro vasos canopes de
piedra representando las cabezas de los cuatro hijos de Horus
primorosamente talladas.
Tras explicarle a Malva lo excepcional de las piezas, Alexei
Tras explicarle a Malva lo excepcional de las piezas, Alexei
centró su atención en tres objetos sin aparente relación entre sí,
colocados sobre la mesa en una urnita de policarbonato.
—Ese es un usethbi —se adelantó la chica, señalando la
pequeña figurita central, que sonreía desde su pequeño ataúd
con una espiga de cereal en una mano y una hoz en la otra.
—Veo que aprendes rápido —admitió Vostok—. A la
derecha, se ve claramente una ranita momificada y lo de la
izquierda… eso es algo realmente curioso. Los expertos los
denominan Ooparts u objetos fuera de tiempo.
—¿Por qué ‹‹fuera de tiempo››?
—Los investigadores no se ponen de acuerdo para darles una
explicación. Los más comunes son masas cilíndricas de arcilla
con un núcleo de antracita, que pudieran tener algún parecido
con… una pila eléctrica.
Malva se sonrió.
—¿Pilas eléctricas en el Antiguo Egipto? Eso parece el
argumento para un capítulo de Expediente X.
Pero el más impensable de los objetos conservados por el
misterioso jefe de aquella misteriosa empresa, se encontraba en
una vitrina empotrada en el suelo, bajo un cristal de seguridad.
Cuando Alexei Vostok logró traducir el pequeño rótulo que
identificaba el contenido, comenzó a sudar y gimió de excitación.

LABERINTO DE HARVARA
PIRÁMIDE INCLINADA DE ON
SALVARSAN I
PERIODO PREDINÁSTICO
ON (HELIÓPOLIS)
ON (HELIÓPOLIS)

—¡No vas a creerlo, Malva! ¡No vas a creerlo!
—¿Qué pasa ahora?
—¡Si esto es cierto, este tipo tiene aquí un plano auténtico del
laberinto de Harvara!
—Como no me des más detalles…
—Se trata de uno de los más grandes misterios del Antiguo
Egipto. Quizá solo sea una leyenda, pero se habla a menudo de
la fabulosa y antiquísima pirámide inclinada de On, un lugar
próximo a la ciudad de Heliópolis. Si realmente esa pirámide
primitiva estuvo alguna vez allí, lo cierto es que nada queda de
ella. Pues bien: El laberinto de Harvara se encontraría en el
interior de la pirámide de On y tendría como misión dificultar la
tarea de los ladrones de tumbas.
—Curioso. Aunque parece que no era fácil desanimar a esos
ladrones de tumbas. Creo que la de Tutankamón es la única que
se ha encontrado intacta hasta ahora.
El joven Vostok parecía a punto de sufrir un ataque de
ansiedad mientras escudriñaba, tendido sobre el suelo, los tenues
trazos de aquel trozo de papiro.
—Así es, en efecto —respondió, sin dejar de observar la
vitrina—. Durante milenios, tribus enteras vivieron de expoliar las
tumbas de los faraones. ¿Sabes que había ladrones de tumbas
que llegaban a pasar incluso más de un año dentro de una gran
pirámide, sin ver la luz del sol, desentrañando sus secretos y
desvalijándolas por completo? Esa era su profesión y, en cierto
modo, resultan tan admirables como los propios constructores
de las pirámides. ¿Te imaginas? Un año o más sobreviviendo sin
de las pirámides. ¿Te imaginas? Un año o más sobreviviendo sin
apenas agua ni comida, sin luz, enfrentándose a las trampas más
sofisticadas, a los laberintos más complejos…
—En el fondo, no eran más que bandidos.
—¡Bandidos…! Para mí, esos bandidos son quienes dan
sentido a todas y cada una de las leyendas sobre el Antiguo
Egipto. Sin ellos, el misterio que envuelve a los grandes faraones
sería completamente distinto del que hemos conocido y, seguro,
mucho menos impresionante y sobrecogedor.
UN AIRE
Malva alzó de pronto la cabeza, extrañada por la corriente de
aire que acababa de sentir acariciándole el rostro.
—Álex…
Una puerta disimulada en el lateral del despacho acababa de
abrirse. Por suerte, la persona que salía de ella, lo hizo de
espaldas, arrastrando un arcón que se adivinaba pesado. Eso
permitió a los dos chicos ocultarse tras la mesa, con los
corazones latiendo como los pistones de una locomotora de
vapor.
Malva y Alexei intercambiaron una mirada de pánico cuando
el recién llegado dejó caer el arcón y se dirigió precisamente
hacia donde ellos se encontraban.
Malva pensó que aquello era el fin.
Por suerte, el hombre no dio la vuelta a la mesa sino que
accionó el interfono desde el frente del mueble.
—¿Oye? ¿Pablo? —preguntó, tras escucharse un sonido de
—¿Oye? ¿Pablo? —preguntó, tras escucharse un sonido de
chicharra.
—Diga, don Jaime —respondió el taxidermista, con la voz
distorsionada por la electrónica, pero perfectamente
reconocible.
—¿Cómo va la tarea?
—Bien. Va bien. El proceso sigue su curso —comentó el
señor Urgel, notablemente lacónico.
—Verás… te llamo porque hay novedades. Una serie de
acontecimientos nos aconsejan abandonar inmediatamente
nuestra actividad en el palacio. Deberíamos cerrar todos los
accesos hoy mismo, lo antes posible. ¿Puedes dejar en suspenso
el proceso de momificación?
Esta vez, la respuesta tardó en llegar unos segundos.
—Sí, es posible. Ahora mismo, el cuerpo está en la bañera de
natrón. Se puede dejar ahí por tiempo indefinido.
—Hazlo así, entonces. Y recoge todo como si no fueras a
volver por aquí en mucho tiempo. No te lleves nada que pueda
asociarse con lo que haces aquí abajo.
—Entendido, don Jaime —dijo Pablo Urgel, tras unos
segundos de silencio.
El hombre se dirigió entonces al archivador que Alexei había
consultado poco antes. Quedó de espaldas a los dos chicos,
hojeando algunas de las carpetas. Malva y Álex tuvieron que
hacer un esfuerzo supremo para no delatar su presencia pero, al
mismo tiempo, sabían que su suerte no podía durar. En ese
momento, tan solo con girar la cabeza, el jefe de los malos podía
descubrirlos.
Malva cerró los ojos, casi resignada a un final catastrófico. De
Malva cerró los ojos, casi resignada a un final catastrófico. De
repente, le había dado por pensar que el insensato de Nicolás
iba a llamarla al móvil precisamente en ese instante. Aun con el
timbre desconectado, el leve sonido del vibrador se haría
presente en el silencio casi sepulcral de aquel despacho
subterráneo.
Pero lo que sonó fue otra voz, procedente de la puerta.
—Don Jaime… Ya hemos cargado el último envío en el
camión.
—Muy bien —respondió el hombre—. Llevadlo a la agencia
y no volváis ya por aquí. Voy a cerrar todos los accesos. Ya
sabéis: Desde este mismo momento, nada de intentar bajar aquí
hasta nueva orden. Nada tampoco de intentar comunicarse
conmigo.
—De acuerdo, jefe. Nos vamos ya.
—¡Esperad, inútiles! Necesitaréis la documentación, para
incluirla en el envío.
—Ah. Claro, claro…
El hombre rebuscó en el archivo hasta dar con una
determinada carpeta, la sacó de las guías y se dirigió con ella
hacia la puerta.
Sentir que el sujeto se alejaba, aunque fuese
momentáneamente, alivió a Malva lo suficiente como para,
incluso, pensar que no era la primera vez que escuchaba la voz
de aquel hombre.
—¿Dónde la he oído? —se preguntó, en un susurro inaudible.
Había regresado el silencio. Un silencio que, se percataron de
pronto, duraba mucho más de lo esperado.
—Me parece que se ha largado—murmuró Malva al oído de
—Me parece que se ha largado—murmuró Malva al oído de
Alexei, pasado más de un minuto—. Intentemos salir de aquí.
—Es extraño —susurró el ruso—. No he tenido la sensación
de que fuera a marcharse. En fin… habrá que aprovechar la
circunstancia.
Se asomaron cautelosamente desde su escondite,
comprobando que, en efecto, se hallaban solos en el despacho
y, de inmediato, se dirigieron de puntillas a la puerta. Cuando se
encontraban a dos pasos de la salida, oyeron un clarísimo
carraspeo procedente del pasillo y los pasos del hombre,
acercándose.
—¡Atrás! ¡Rápido! —susurró la chica.
Retrocedieron a toda prisa; el ruso, consciente de que no
tenían tiempo de regresar a su anterior escondite, empujó a
Malva hacia la puerta lateral por la que había aparecido el tal
don Jaime y que aún permanecía entornada.
LA CÁMARA
Durante el siguiente minuto se mantuvieron sumergidos en la
oscuridad, tratando de serenarse, de controlar su respiración,
abrazados, tapándose mutuamente la boca con la palma de la
mano.
Por fin, tras una espera que se les antojó larguísima, Alexei
sacó de nuevo su linternita y la encendió. Y con la luz regresó el
asombro.
La sala en la que ahora se encontraban era un antiguo aljibe,
sembrado de pilares de piedra, arcos de herradura y bóvedas de
sembrado de pilares de piedra, arcos de herradura y bóvedas de
ladrillo macizo.
Lanzó el joven Vostok una ráfaga circular de luz, con el
objeto de hacerse una idea de las dimensiones del lugar; pero
antes de completarla, su atención quedó presa de una
espectacular cabeza de piedra que reproducía, con el peculiar
estilo del Antiguo Egipto, la de un faraón. Un faraón de la
decimocuarta dinastía, según rezaba el rótulo identificador, que
Alexei pudo leer en cuanto se acercó lo suficiente.
—¿Adónde demonios vas? —le preguntó Malva, cada vez
más nerviosa, viendo que su compañero pretendía internarse en
la estancia.
—¿Pero es que no ves lo que hay aquí? —replicó un Alexei
fascinado hasta los tuétanos—. ¡Hemos dado con la sala del
tesoro! ¿No lo comprendes? Si este edificio fuera una pirámide,
estaríamos en la cámara mortuoria. ¡Mira a tu alrededor!
Todavía más espectacular que la cabeza de piedra resultaba
una estela funeraria, de madera policromada y yeso,
representando al Toro Bujis recibiendo las ofrendas del faraón
Ptolomeo V Epífanes.
Sobre una gran tabla chapada en oro podía contemplarse la
transformación del faraón muerto en el dios Osiris, cuya cabeza
se hallaba rodeada por los brazos protectores de Horus y
Anubis. La serpiente que le amenazaba acababa de ser
atravesada por sendas dagas, al tiempo que el gran pájaro-ojo
sobrevolaba la escena recitando los versos sagrados: ‹‹¡Vete!
¡Aléjate! ¡Ve a ahogarte al gran lago del abismo donde tu padre
ha ordenado que seas sacrificada! Yo soy Ra, ante quien
tiemblan los hombres. ¡Vete, rebelde! ¡Huye de mis dagas de
tiemblan los hombres. ¡Vete, rebelde! ¡Huye de mis dagas de
luz!››.
El ruso acarició suavemente, sobrecogido por la emoción, los
caracteres jeroglíficos dibujados sobre la piedra.
—¿Te das cuenta, Malva?
—¿De qué?
—De que todo esto parece auténtico. Seguramente, nos
hallamos ante piezas verdaderas, confeccionadas hace cinco mil
años por los hombres que crearon la primera gran civilización de
la tierra. Tesoros que no se han expuesto en museo alguno, que
apenas nadie ha tenido ocasión de contemplar en los últimos
siglos.
Malva aún sentía el peligro rozándole la piel y, por tanto,
difícilmente podía colocarse en el lugar de Alexei y sentir una
fascinación similar a la que él experimentaba ante sus hallazgos.
—No lo dudo, Álex. Reconozco que es emocionante; pero
creo que deberíamos preocuparnos un poco más por nuestra
propia suerte.
—Claro. Tranquila. Será solo un minuto.
Había allí unos vasos canopes tan grandes que podrían
albergar las entrañas de un atlante.
Y una preciosa cuadriga.
Y juguetes. Una especie de casa de muñecas, con figuritas de
barro cocido.
Algo más allá, un espectacular sarcófago de madera. En la
tapa estaba representada una mujer joven, con el pelo liso,
perfectamente aceitado, y unos ojos enormes, orlados de
máscara negra. El ataúd se hallaba vacío, pero exhibía una
etiqueta:


DB320/0109
AHMOSE HENUTEMIPET
DEIR EL-BAHARI

—Debe de tratarse de una de las princesas encontradas en el
escondite de Deir el-Bahari. Fíjate en sus ojos. Parece que nos
esté mirando.
—Posiblemente te mira a ti —dijo Malva—. Seguro que es la
primera vez que ve a un ruso de cerca.
Había otras muchas, muchísimas cajas de madera, todas
etiquetadas.

KV35/044
TUTHMOSE IV
TEBAS

—Ka, uve: King's Valley —aclaró Alexei—. El Valle de los
Reyes.

KV62/771
ANKESEN-AMON (TUTANKAMON)
TEBAS

—¡Sopla! —exclamó Malva, al leer el nombre del
conocidísimo faraón—. ¿Es el mismo Tutankamón que yo creo?
—Claro.
—¿Y lo tienen aquí?
—No, mujer. Pero sí puede tratarse de algunos objetos
—No, mujer. Pero sí puede tratarse de algunos objetos
procedentes de su tumba.
En el centro de la cámara, apoyado sobre unas traviesas de
ferrocarril, reposaba un cajón de considerables dimensiones.

DB320/19A
AHMOSE-NEFERTARI (PINEDJEM I)

—De, be, trescientos veinte —musitó Alexei, señalando la
etiqueta. Deir el-Bahari, de nuevo. Un yacimiento magnífico.
Más de cuarenta momias reales fueron escondidas en la tumba
de la familia del faraón-sacerdote Pinedjem primero. Entre ellas,
las de Amenhotep, Ramsés segundo, Seti primero y la misteriosa
Dama Joven, que se cree puede ser Nefertiti.
El tono del joven ruso revelaba continuamente, en cada sílaba,
una profunda y constante admiración hacia todo lo que iban
encontrando. Y sus hallazgos no parecían tener fin.

TA26/0032
PAATENEMHEB
AMENOFIS IV (AKENATÓN)

DP01/476
IMHOTEP
(DJESER)
SAQQARA

Apoyada sobre la pared del fondo reposaba una enorme
estela funeraria del periodo ptoloméico, formada por varias
estela funeraria del periodo ptoloméico, formada por varias
piezas de madera de tejo fijadas sobre anclajes. También un
friso de piedra caliza de más de siete metros de largo. Tres
columnas, una con forma de loto gigante. Una máscara funeraria
de la época romana. Una mesa para jugar al senet. Un capitel en
el que podía verse a la diosa Hator, con sus características
orejas de vaca. Una cabeza de Anubis, hecha de un material
ligero como el cartónpiedra. Un sonajero que todavía sonaba.
Una pequeña barca. Lanzas, escudos, un arpa, un laúd, una
trompeta, un cuerno de bronce de casi tres metros…
EL SONIDO
Fue entonces, en ese preciso instante, cuando oyeron aquel
sonido que les heló la sangre en las venas: El de una compuerta
cerrándose con contundencia. Un escalofrío recorrió de arriba
abajo el cuerpo de Malva, mientras buscaba la mirada de Alexei
con la suya, sin conseguir encontrarla en medio de aquella
oscuridad, solo rasgada por el haz de la linterna.
—Oh, no… —gimió la chica—. Eso ha sonado como si…
También al ruso se le había acelerado el pulso. Cogió a Malva
de la mano y, alumbrándose con la linterna, deshicieron ambos
con rapidez el camino hasta la puerta por la que habían entrado,
la que comunicaba con el despacho de don Jaime.
Cuando llegaron a sus inmediaciones, comprobaron que
estaba cerrada. El joven Vostok iluminó de inmediato su
contorno. A primera vista, no había asidero alguno.
—Espero que haya una forma de abrir esta puerta desde aquí
—Espero que haya una forma de abrir esta puerta desde aquí
dentro —murmuró Malva—. Porque si no es así… estamos
perdidos.
Entonces, surgiendo de la oscuridad que los envolvía, les llegó
una voz inesperada, que hizo gritar a la chica y obligó al ruso a
contener un alarido.
—Sí puede abrirse, jovencita; pero, de todos modos, estáis
perdidos.
De inmediato, la luz de dos potentes linternas iluminó
directamente sus rostros, deslumbrándolos por completo.
—¡Antero, Mamulian! ¡Cogedlos! —dijo don Jaime a sus
secuaces.
EL TALLER
Tras abandonar la cámara y el despacho, los hicieron avanzar
a empellones por el corredor principal, hasta llegar a una puerta
metálica, con un ventanuco en forma de ojo de buey.
—¿Qué tal va todo, Pablo? —preguntó el jefe, entrando en el
taller donde trabajaba el taxidermista.
Urgel se encontraba de espaldas y no se molestó en volverse
para contestar.
—Ya le he dicho que todo va bien, don Jaime. Le extraje sin
problemas todas las vísceras y la sangre. Ahora, tengo el cuerpo
aquí, en la bañera principal, cubierto de natrón. Cuatro semanas
sería tiempo suficiente para continuar con el proceso pero si
tenemos que abandonar las instalaciones durante algunos meses,
incluso puede ser mejor. La desecación será mucho más intensa,
casi perfecta.
—Bien. Porque te traigo más trabajo.
Aunque ni los chicos ni los dos empleados de don Jaime
hicieron el menor ruido, algo debió de alertar al taxidermista que,
de repente, frunció el ceño y se volvió.
—¿Qué significa esto? —exclamó, abriendo mucho los ojos
tras los cristales verdosos de sus gafas—. ¿De dónde han salido
estos chicos?
—Eso me gustaría saber a mí —dijo el jefe—. Pero está
claro que han visto y oído mucho más de lo que nos conviene a
todos.
Fue en ese momento cuando Malva y Alexei contemplaron
por primera vez el rostro de don Jaime. La sorpresa les hizo
abrir la boca de par en par.
—Por algo me sonaba su voz —murmuró la chica—. Usted
es… el dentista.
—Doctor Jaime Aspid, especialista en estomatología con
consulta abierta en el señorial, aunque descuidado, palacio de
Torresecas —dijo el hombre con cierta frivolidad—. En otras
circunstancias estaría encantado de volver a verte, jovencita.
Pero no ha sido una buena idea por vuestra parte entrar en mis
dominios sin haber sido previamente invitados.
—¿No hablará en serio? —le dijo, entonces, el tío de Max
—. Quiero decir: ¿No estará pensando realmente en acabar con
estos dos chicos a sangre fría?
La respuesta de Aspid resultó dura como el pedernal.
—Lo que, desde luego, no puedo permitir de ninguna manera
es que sigan vivos.
A Urgel se le erizaron todos los vellos del cuerpo.
A Urgel se le erizaron todos los vellos del cuerpo.
—Pues no cuente conmigo —dijo, tratando de aparentar una
firmeza que no sentía—. Una cosa es participar en un negocio
ilegal y otra, muy distinta, convertirme en cómplice de un crimen.
El doctor Aspid se volvió como un ave rapaz hacia el
disecador.
—¡Vaya, cuántos escrúpulos, de repente! Sin embargo, te
recuerdo que llegan tarde, Pablo. ¿Acaso te olvidas de que eres
encubridor, y por tanto cómplice, en la muerte de ese policía
ruso?
Al escuchar aquello, Alexei Vostok sintió que el estómago se
le daba la vuelta, como un calcetín.
—¿Qué están diciendo? —preguntó con una voz que no
parecía la suya—. ¿Han matado al teniente Goliatkin?
Jaime Aspid miró al muchacho y, luego, al taxidermista.
—¿Lo ves, Pablo? ¿Ves cómo no nos queda otro remedio
que deshacernos de estos dos incómodos testigos? Se trata de
ellos o nosotros.
Pablo Urgel conocía bien al doctor Aspid. Sabía lo poco que
le costaba apretar el gatillo. Lo poco que dudaba ante la muerte
de los demás. Lo había comprobado hacía apenas cuarenta y
ocho horas, con el policía ruso, al que no dio opción ni de
parpadear antes de volarle la cabeza. Sabía que ahora tampoco
dudaría. Que aquella pregunta retórica que acababa de formular,
en realidad era la sentencia de muerte para los dos chicos. A no
ser que él hiciese algo inmediatamente. Había perdido ya un
segundo y quizá fuese demasiado tarde.
Estaba utilizando una pala para minerales, con la que repartía
el natrón sobre el cuerpo sin vida del teniente Goliatkin. Con un
el natrón sobre el cuerpo sin vida del teniente Goliatkin. Con un
movimiento rápido, cargó con la herramienta una porción de la
sal y la arrojó con fuerza a la cara del dentista.
Lo hizo justo a tiempo.
Aspid ya alzaba el brazo para disparar sobre Alexei cuando
se vio alcanzado por la ráfaga de polvo blanco. Algunos granos
se introdujeron en su ojo derecho en el que, de inmediato, sintió
una fuerte quemazón.
Disparó, pese a todo. Y acertó al ruso. Por suerte lo hizo en
el brazo y el resultado quedó en un rasguño. De inmediato, el
joven estudiante de policía se abalanzó sobre don Jaime, que
volvió a apretar el gatillo de la pistola, cuyo proyectil esta vez
acabó en el techo del taller. Antero Necromio y su ayudante se
abalanzaron a su vez contra el joven Vostok al tiempo que el
taxidermista les arrojaba con fuerza su pequeña pala de hierro y
atinaba en la frente del dueño de la tienda de ahumados y
salazones.
Y aprovechando la confusión creada por unos y otros, Malva
escapó.
Fue visto y no visto. Los estampidos de los dos disparos
parecieron darle alas. Vio una puerta entornada y, sin pensárselo
dos veces, se lanzó hacia la misma, la atravesó y siguió
corriendo como desesperada por el laberinto de corredores que
se abría ante ella, cambiando aleatoriamente de dirección en
cada intersección.
Por fin, asfixiada por el esfuerzo y por el miedo, sintió cómo
se le doblaban las rodillas; cayó de bruces y, desde el suelo,
miró hacia atrás.
Nadie la seguía; pero allí, tirada en mitad de aquel pasillo,
Nadie la seguía; pero allí, tirada en mitad de aquel pasillo,
asustada y temblorosa, se sintió perdida y débil; y optó, en un
último esfuerzo, por refugiarse tras la primera puerta que
encontrase abierta.

Aquel mundo subterráneo creado y regentado desde hacía
décadas por el dentista Aspid parecía no tener fin. Malva y
Alexei ya habían podido constatar las enormes dimensiones del
lugar al descender hasta el último sótano, el situado al nivel de la
cimentación. El segundo nivel de subsuelo, donde ahora se
encontraban, podía parecer menor a primera vista, ya que
estaba fragmentado en corredores, salas, despachos y
almacenes, además de la parte que ocupaban los billares
Antraca y la sala de calderas del antiguo cine Rialto; sin
embargo, seguía siendo grandísimo.

Cuando Malva recuperó parte de la serenidad perdida, lo
primero que hizo fue lanzar una mirada en derredor. Y con esa
mirada descubrió en primer término una bellísima pieza de tela
de lino de casi tres metros de largo por uno y medio de ancho,
sobre la que se había pintado una escena familiar. Se hallaba
colgada de la pared, protegida tras un cristal grueso, justo a la
derecha de la puerta de entrada a la sala; y exhibía,
naturalmente, su correspondiente chapita.

PSAMÉTICO I Y SU FAMILIA
664/610 AC
XXVI DINASTÍA
SAIS
SAIS

Al girar la vista hacia el centro de la estancia, la chica tuvo
que contener un nuevo escalofrío. Y ya había perdido la cuenta
de los que llevaba desde que decidió entrar junto a Alexei en la
tienda de salazones de Antero Necromio. Esta vez, la causa del
estremecimiento fue contemplar en una urna de cristal, a dos
pasos de donde se encontraba, una momia verdadera y de
aspecto nada tranquilizador, durmiendo su sueño eterno sobre la
parte inferior de un sarcófago antropomorfo.

NECRÓMEDES III PENTANIPÓMENO
170/139 AC
XXXII DINASTÍA
ALEJANDRÍA

Rezaba en esta ocasión el inevitable rotulito. Se trataba, pues,
de una momia reciente, de una época en la que las técnicas de
embalsamamiento casi se habían perdido y la tarea de quienes se
dedicaban a esos menesteres se limitaba a la utilización como
conservante del betún de Judea procedente del lago Asfaltites,
como era conocido por entonces el Mar Muerto.
Pese a ello, pese a ni siquiera estar vendada, la momia del
sacerdote presentaba un aspecto impecable.
La piel casi pétrea y de color oscurísimo; el cráneo rapado,
las orejas grandes, adornadas con pendientes; el rostro
alargado, duro, de facciones angulosas, rematado por una
peculiar perilla. La boca, desproporcionadamente grande pero
de finos labios, parecía sonreír desde el más allá, con una mueca
de finos labios, parecía sonreír desde el más allá, con una mueca
de desdén; los ojos cerrados; los brazos cruzados sobre el
pecho, sosteniendo el kab, el bastón dorado, con franjas rojas y
verdes. Vestía una túnica blanca orlada de oro, como también
de oro parecían las sandalias que calzaba. Una piel de leopardo
sobre los hombros. En definitiva, la típica indumentaria de los
sacerdotes sem, encargados de las ceremonias rituales durante
los enterramientos.
Pese a la angustia, Malva no pudo evitar sentirse fascinada
por aquel muerto de dos mil años de antigüedad, que parecía
capaz de volver a la vida en cualquier momento.
Fue al continuar con su examen del lugar cuando la atenazó,
de nuevo, una mala sensación. Y es que aquella parecía una sala
de autopsias.
En el centro, bajo lámparas ahora apagadas pero que
prometían una catarata de luz, vio una mesa de piedra, con el
perímetro acanalado y un orificio a modo de desagüe, sin duda
para que pudiese ir escurriendo hasta un cubo la sangre y el
resto de los líquidos de los cadáveres.
En la pared más cercana, un panel similar al que en los talleres
se utilizan para mantener en orden las herramientas; solo que en
este caso, se trataba de instrumental quirúrgico: Desde pinzas y
escalpelos hasta berbiquíes y sierras para huesos.
En las otras paredes, varias láminas: De completae
Anathomiae de Nicola G. Homúnculo. Y un curioso dibujo, un
original de Francis Meléndez representando a un divertido
esqueleto en plena danza de la muerte, dedicado personalmente
por su autor a don Pablo Urgel.
En un cuarto aledaño, separado de la sala principal por un
En un cuarto aledaño, separado de la sala principal por un
umbral sin puerta, Malva descubrió otras momias humanas, en
mal estado y despojadas de toda clase de ornamentos. Su
procedencia solo podía establecerse por un tosco rótulo escrito
a mano sobre un cartón. Si había que hacer caso de esa
anotación apresurada, procedían del yacimiento de Dush. Estaba
claro que se trataba de un lote inservible. Quizá pendiente de
restaurar.
Y, algo más allá, dos espectaculares momias de cocodrilos
del Nilo, de un tamaño desmesurado.
De regreso a la sala principal, realizó la chica su último
descubrimiento, el que nunca querría haber llevado a cabo. La
confirmación de lo que parecía evidente desde hacía unos
minutos pero que aún confiaba en poder considerar un error.
Cuidadosamente plegada, dentro de una cesta de mimbre,
Malva vio una muda completa de ropa de caballero. El traje gris,
la camisa blanca con el cuello manchado de sangre, los zapatos
negros de cordones, la corbata de rayas claramente pasada de
moda…
Por separado, eran prendas que podían pertenecer a
cualquiera. Pero el conjunto de todas ellas, Malva supo de
inmediato que solo podía componer la indumentaria de Vladimir
Goliatkin. No había resquicio para la duda.
Y aun en ese caso, le habría bastado rebuscar en los bolsillos
de la chaqueta para encontrar la cartera con la documentación
en ruso y la placa de teniente de la policía de San Petersburgo.
Apenas unos segundos después del hallazgo, una bocanada
líquida y ardiente le subió hasta la garganta procedente de las
entrañas.
entrañas.
Acto seguido, fue consciente de lo infinitamente cansada que
estaba. Sin conseguir apartar la vista del contenido de la cesta
de mimbre, Malva se dejó caer mansamente en el suelo, de
rodillas, hasta terminar recostada, el hombro derecho apoyado
contra la pared. En esa postura un tanto absurda, no pudo evitar
echarse a llorar.
Empezaba a comprender que la aventura —emocionante,
hasta divertida en un principio— había pasado a convertirse en
drama y amenazaba con terminar en tragedia. Vladimir Goliatkin
estaba muerto. Y quizá en esos momentos también Alexei y el
tío de Max Urgel habían corrido ya su misma suerte. Y ella…
Ella se encontraba allí, indefensa, metida hasta lo más
profundo en las fauces de la fiera, sin saber qué hacer. Los
secuaces de Aspid le habían quitado el teléfono y cada minuto
que pasaba, aumentaba la posibilidad de que aquellos hombres
apareciesen detrás de una pistola cargada con balas que
llevaban su nombre.
Ya no era una broma. Ya no era un juego. Ya no era una
aventura ni una novela. Ya no era divertido ni emocionante.
—No puedo más… —gimió, deseando que aquello terminase
lo antes posible, del modo que fuera.
BAR CHOTIS
En cuanto salimos a la calle, tras abandonar la sede de los
amigos del SEAT 600, nos dirigimos al bar Chotis, justo enfrente
del palacio, desde donde podíamos vigilar tanto su entrada como
las de los billares, la tienda de ahumados y la farmacia.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Gerardo, escudriñando la
fachada a través de la cristalera del bar.
—No lo sé —admití, mientras llamaba por tercera vez, sin éxito,
al número de teléfono de Malva—. ¡Y sigue sin contestar! ¿Qué
demonios estará ocurriendo?
Al contrario de lo que sucedía mientras saltábamos como gatos
por los tejados del palacio, en estos momentos era Max quien
parecía más sereno.
—La última vez que hablaste con ella nos advirtió de que los
moteros nos pisaban los talones —recordó—. Eso significa que
Malva y el ruso habían conseguido llegar hasta los sótanos del
palacio. Y supongo que lo habían hecho a través del almacén de la
tienda de salazones. Antes de separarnos, Malva dijo que le
parecía sospechosa… y, como siempre, debió de acertar. Esa
tienda, y no los billares Antraca, tiene que ser la tapadera del
negocio que se oculta en el subsuelo del palacio. Lo que los
policías rusos vinieron a investigar.
—Vale. Supongamos que tienes razón, Max. La cuestión es:
¿Qué hacemos?
—¿Por qué no intentamos seguir sus pasos? —propuso Biela
—. Los de Malva y el ruso, digo. Intentemos entrar en la tienda del
pescado seco por la puerta del almacén, la que da al callejón
lateral. A ver si damos con ellos.
—No me gusta ni un pelo —reconocí de inmediato—. Si los de
la banda han descubierto a Malva y al ruso, que es lo más
probable, ahora estarán sobre aviso. Nos estaríamos jugando el
pellejo de un modo estúpido.
—Entonces ¿qué? ¿Nos quedamos cruzados de brazos?
—Entonces ¿qué? ¿Nos quedamos cruzados de brazos?
—Podemos intentar otra cosa —propuse.
—¿El qué?
—Una maniobra de distracción. Tal vez podamos atraer la
atención de la gente que trabaja en la tienda de salazones; si
creamos cierta confusión quizá eso ayude a Malva y Alexei a
escapar o nos permita a nosotros encontrar el modo de entrar sin
ser vistos.
—¿Y… en qué tipo de maniobra de distracción estás pensando
esta vez?
UNA CARCAJADA
El doctor Aspid apretaba los dientes de tal modo que los
músculos maseteros le habían palidecido claramente. Y lo hacía
mientras apuntaba al taxidermista con su pistola, temblando
peligrosamente de ira.
—No sé por qué no te vuelo la cabeza, Urgel —masculló—.
Quizá aún conservo la esperanza de que te comportes de un
modo razonable para no echar por tierra nuestro negocio por
culpa de estos críos.
—No se trata de estos críos, don Jaime —replicó Pablo
Urgel, aparentando una calma que no sentía—. Es la policía
rusa. Nos han pillado.
—¡Bobadas! —bramó el dentista—. ¡Nadie nos ha pillado!
¡El policía ruso venía solo y dio con nosotros por pura
casualidad! ¡Estoy convencido de eso! Y ahora que ha
desaparecido, que se ha convertido en una momia imposible de
desaparecido, que se ha convertido en una momia imposible de
identificar, el peligro ha pasado.
—Se olvida de los dos chicos —le recordó Urgel, señalando
con las cejas al joven ruso, que permanecía maniatado y en
silencio en uno de los rincones de la sala—. Ellos ahora lo saben
todo. ¿También piensa matarlos y convertirlos en momias? En
ese caso, tendrá que hacerlo usted mismo, porque yo ya no voy
a ayudarle.
—Claro que lo haré, si es preciso; pero, antes, quiero saber
qué ha sido exactamente lo que los ha traído aquí. Necesito
averiguar cuánto saben los rusos sobre nuestra organización;
pero, sobre todo, cuánto sabe la policía española, que es la que
me preocupa de verdad.
—¿Y cómo piensa hacer eso?
El doctor Aspid consultó su reloj.
—Dentro de diez minutos tendré tumbado en el sillón de mi
consulta al inspector Bareta. Los sacamuelas tenemos fama de
ser buenos conversadores y con la ayuda de un poco de gas de
la risa no me resultará muy difícil sonsacarle al inspector todo lo
que sepa sobre el estado en que se encuentra la investigación.
En ese momento, irrumpió de nuevo en la sala Antero
Necromio, acompañado de su ayudante, el hombre al que
llamaban Mamulian. El vendedor de bacalao se había cubierto la
herida de la frente con un apósito.
—Lo siento, doctor Aspid. No encontramos a esa condenada
chica por ningún lado.
—¡Maldita sea! —bramó el dentista—. ¿Cómo es posible?
¡Definitivamente, estoy rodeado de ineptos!
—Compréndalo. Puede haberse escondido en mil recovecos.
—Compréndalo. Puede haberse escondido en mil recovecos.
Usted sabe que esto es muy grande. Lo que está claro es que no
ha podido escapar. Las salidas están condenadas y ya no queda
nadie más que nosotros en las instalaciones.
Jaime Aspid hizo rechinar los dientes emitiendo un sonido que
puso los pelos de punta a todos.
—Bien. Yo voy a abrir la consulta, que ya es la hora. Es
fundamental no despertar sospechas. En lo posible, todo debe
seguir igual, como si nada raro ocurriese.
—A esta hora, mi sobrino y sus amigos estarán llegando al
palacio para que yo les abra la puerta de mi taller —dijo Pablo
Urgel—. Si no aparezco, podrían sospechar.
—¿Y qué pretendes? ¿Qué te deje salir de aquí, sin más,
quizá con la promesa de que volverás mansamente en cuanto les
hayas dejado organizado el trabajo a esos tres chicos? ¡Vamos,
Pablo! ¿Me tomas por tonto? Cuando vean que no apareces,
esperarán un rato y luego se marcharán, encantados de no tener
que trabajar esta tarde.
— Yo no estaría tan seguro de eso, doctor Aspid.
El dentista se volvió hacia Vostok, que era quien acababa de
hablar.
—¡Vaya, hombre! Aquí todo el mundo tiene algo que opinar,
por lo visto. Anda, chaval, cierra la boca. Tú, Antero, vigila a
estos dos hasta que yo vuelva. Y Mamulian, que siga buscando
a la chica. Voy a abrir la consulta.
—Bien, jefe.
—¡No se entera usted de nada, doctor Aspid! —gritó
entonces el joven ruso—. Tiene sobre sí un problema mucho
mayor del que se imagina. Y lo más inteligente que podría hacer
mayor del que se imagina. Y lo más inteligente que podría hacer
sería… soltarme.
Jaime Aspid parpadeó durante unos segundos, casi
estupefacto por el atrevimiento del muchacho.
A continuación, estalló en una larga y burlona carcajada.
MANIOBRA DE DESPISTE
—Ahí está. Vamos.
El pequeño y antediluviano camión Ford, con la rotulación
‹‹Ahumados y salazones Antero Necromio›› en los laterales de la
caja, aparentemente dormitaba, apoyada su parte trasera en el
pequeño muelle de carga situado en el lateral del palacio, cuando
Biela, Urgel y yo nos acercamos hasta él de un modo que
consideramos disimulado; aunque quizá no lo fuera tanto, ni mucho
menos.
—¿Podrás ponerlo en marcha?
Max Urgel enarboló de inmediato una de sus ganzúas.
—La duda ofende, amigo Biela. Será pan comido. La pregunta
es: ¿Sabrás tú conducirlo?
—La duda ofende, amigo Urgel. Yo sé conducir cualquier cosa
que tenga ruedas y algunas que no las tienen.
—A ello, pues.
Nos adentramos en el estrecho callejón que, desde la calle de
Torresecas, separaba el palacio del edificio colindante y, al llegar
junto al camión, Urgel comprobó que tenía cerradas las puertas.
Pese a ello, medio minuto más tarde, se acomodaba, junto a
Gerardo Biela, a bordo de la cabina del vehículo, mientras yo
Gerardo Biela, a bordo de la cabina del vehículo, mientras yo
permanecía sobre el muelle de carga, que tenía cerrada la persiana
metálica de acceso, atento a cualquier incidencia o a la aparición
de alguno de los malhechores; pero nada ocurrió.
De inmediato, Max puso el contacto, Gerardo conectó los
calentadores y, tras unos segundos de espera, el motor diesel
arrancó sin problemas.
—¡Vamos, sube! —me gritó Biela.
Me apoyé en el escalón de la cabina y me sujeté al soporte del
espejo retrovisor.
—¡Nos vamos! —exclamó nuestro enorme amigo.
Arrancó y enfilamos la salida del callejón.
Pero antes de llegar a la intersección de las dos vías, le pedí
que se detuviera.
—Frena. Frena, Gerardo.
—¿Qué pasa?
Yo no había dejado de mirar hacia atrás, hacia el muelle de
carga.
—Esperaba que saliese alguien en nuestra persecución. Que
hubiese gritos, carreras y amenazas. Y aquí no pasa nada.
—¿Y qué?
—Hombre, Gerardo. Es que si nadie se da cuenta de que nos
llevamos el camión, ya me dirás qué birria de maniobra de
distracción es esta.
—Ah, claro, claro… ¿Y qué hacemos, entonces? ¿Toco la
bocina para avisarlos? Va a quedar un poco raro.
—A lo mejor no hay nadie —aventuró Max—. La tienda está
cerrada; la persiana del almacén, también.
—Entonces, ¿por qué Malva no contesta al teléfono?
—Entonces, ¿por qué Malva no contesta al teléfono?
Biela y Urgel se quedaron mirándome, quizá esperando que yo
mismo respondiese a mi pregunta. Pero no teníamos respuesta,
claro.
—Voy a entrar en ese almacén —decidí, de repente, de modo
nada reflexivo—. Tengo que buscar a Malva y a Alexei.
—Te acompaño —dijo Max, abriendo la puerta de la cabina del
camión.
—No. Prefiero ir solo. Sigo pensando que puede ser peligroso.
—No puede ser más peligroso que huir de los moteros del
Málaga saltando tejados.
Sonreí.
—Vete a saber. Pero insisto en ir solo. Tú, ábreme la puerta del
almacén y luego ve con Gerardo a aparcar el camión a un par de
manzanas de aquí. Y permaneced atentos por si os llamo al móvil.

Max se acercó hasta la cerraja de la persiana metálica y la
manipuló con una de sus ganzúas.
—¿Qué pasa? ¿Por qué tardas tanto?
—Lo siento. No puedo abrirla.
—Pensaba que no había cerraja que se te resistiese.
—Y no la hay. Pero no es problema de la cerraja. Es que han
bloqueado la persiana desde dentro, con un pasador o unas barras
de seguridad.
—De modo que no podemos entrar.
—Yo no he dicho eso —murmuró Max, alejándose de la fachada
y mirando hacia lo alto. Luego, se dirigió hacia Gerardo.
—Retrocede. Tienes que maniobrar el camión hasta colocarlo
justo bajo esa ventana redonda que se ve ahí arriba.
—A que nos pillan…
—Date prisa y no nos pillarán.
Biela maniobró el camioncito siguiendo las indicaciones de
Urgel y así yo, tras haber trepado hasta el techo de la caja, pude
alcanzar la ventana.
—Seguro que al abrirla suena una alarma —vaticiné.
—No lo creo —me tranquilizó Max—. El principal problema será
la altura. Está a más de cuatro metros del suelo y según lo que
haya al otro lado, te puedes romper una pierna saltando desde ahí
al interior del almacén.

Justo debajo de la ventana no había nada, así que el salto
resultó largo pero limpio. Y salió bien.
ATROPELLO
Tras ver desaparecer a Nicolás por el ventanuco redondo, el
hijo del cerrajero corrió a la cabina del camión.
—¡Dale!
Gerardo Biela, al que la espera había puesto tremendamente
nervioso, aceleró a fondo. En un santiamén, el camioncete
recorrió el callejón, que se estrechaba conforme se acercaba a
su confluencia con la calle de Torresecas. En los últimos metros,
las paredes de los dos edificios casi rozaban los laterales de la
caja del camión.
Justo cuando llegaban a la intersección, un peatón apareció
insospechadamente por la derecha y a punto estuvieron de
llevárselo por delante.
llevárselo por delante.
—¡Cuidado, Biela! —gritó Max—. ¡Madre mía, madre mía!
¡Casi te cargas a ese tipo!
—¿Quién iba a pensar que andaría alguien por aquí a estas
horas? ¡Fo! ¡Las maldiciones que nos debe de estar echando, el
pobre hombre! —supuso Gerardo, lanzando un vistazo rápido
por el retrovisor—. Por cierto… ¿A ti no te sonaba su cara?
—Ahora que lo dices… sí. Pero no sé de qué.
LA SACERDOTISA
Malva se abrazó a sí misma. Tenía frío. No sabía si realmente
había bajado la temperatura de la sala o era que el miedo le
estaba empezando a helar la sangre.
Siempre se había tenido por una persona resuelta, inteligente y
capaz de pensar con sensatez; pero ahora se sentía torpe y
confusa. Necesitaba librarse de aquella angustia o no lograría
razonar con la frialdad suficiente.
La momia del sacerdote Necrómedes parecía respirar.
‹‹¿Qué es preferible? —se preguntó Malva—. ¿Buscar un
buen escondite y esperar a que Nicolás y sus amigos resuelvan
la situación desde fuera y vengan a rescatarme o, por el
contrario, tratar de escapar por mis propios medios?››.
Ninguna de las dos opciones la convencía; pero estaba claro
que lo más fácil era no hacer nada y dejar pasar el tiempo. Salir
ahí fuera de nuevo, al intrincado laberinto que suponían los
corredores subterráneos del palacio, era la opción que le
producía mayor rechazo. Sobre todo, porque incluía a un tipo
producía mayor rechazo. Sobre todo, porque incluía a un tipo
con una pistola dispuesto a disparar sobre ella.
Estaba decidido. De momento, se quedaría allí, aguardando
acontecimientos. Pero tenía que esconderse. Si los malos
irrumpían en la sala, no podía contar con hacerse invisible.
Comenzó a buscar dónde ocultarse y cuando empezaba a
desesperar de hallar un buen escondite, se le ocurrió una idea;
una idea aparentemente descabellada pero que no logró sustituir
por otra mejor. Finalmente, se convenció de que sí, de que
podía ser una buena opción. La duda fue entonces si sería
capaz, si tendría valor para llevarla adelante.
El tiempo pasaba rápido. Sabía que cuanto más tardase en
decidirse, más aumentaban las posibilidades de ser descubierta.
—Vamos —se dijo.
Se sintió un poco mejor. Volvía a ser la de antes. Volvía a ser
la chica resuelta que siempre tenía un plan. En esta ocasión, un
plan disparatado, seguramente; pero aun así, era mejor que
nada.
Levantaría la urna de policarbonato que cubría los restos del
sacerdote egipcio. Lo desnudaría de sus adornos y ropajes.
Llevaría la momia junto a las otras, las que se amontonaban en la
sala contigua. Se vestiría ella misma con las ropas de
Necrómedes III Pentanipómeno, ocultaría su cara con una de las
máscaras que allí se exhibían, y se tumbaría en el sarcófago.
A primera vista, podía parecer absurdo pero pensó que
contaba con el factor de lo inesperado para que nadie se diese
cuenta del cambio de momia. Quién lo iba a imaginar.
Durante los siguientes diez minutos llevó adelante su plan.
Todo como lo había pensado. El policarbonato de la urna era
Todo como lo había pensado. El policarbonato de la urna era
ligero como el corcho, así que, tras soltar unos sencillos anclajes,
pudo alzarlo sin problemas y apartarlo lejos. Y también lo era la
momia. Ligerísima. Como si estuviese hueca. La trató con sumo
cuidado, colocándola sobre una pieza de lienzo y arrastrándola
hasta la estancia contigua.
Se colocó sus vestiduras. No le impresionó hacerlo, ni
tumbarse en el sarcófago. Quizá si hubiese tenido que poner la
tapa, habría sido otra cosa, pero aquello era casi como echarse
a dormir sobre el duro suelo en una noche de camping.
AMIGO O ENEMIGO
Apenas diez minutos después de haber adoptado la
personalidad del difunto sacerdote sem, notó cómo alguien
hurgaba en la puerta de la sala hasta conseguir abrirla.
Malva contuvo la respiración. Escuchó pasos que recorrían la
estancia. Tuvo la certeza de que el recién llegado buscaba
algo… o a alguien. Le escuchó abrir y cerrar puertas, retirar
obstáculos.
Se percató entonces del aspecto más comprometido y débil
de su plan. Al mantener oculto el rostro tras la máscara dorada,
no podía ver lo que ocurría en la sala. No tenía medio de
averiguar si quien acababa de entrar era amigo o enemigo; si
había llegado para salvarla o para acabar con ella. Necesitaba
que el propio recién llegado se descubriese. Ella, desde luego,
no estaba dispuesta a echar por tierra su magnífica estrategia de
camuflaje sin saber con quién se la estaba jugando.
camuflaje sin saber con quién se la estaba jugando.
‹‹Vamos, di algo —pensó Malva, furiosamente—. Déjame
saber quién eres. Solo necesito dos palabras. Solo dos sílabas.
Un carraspeo. Un suspiro…››
Pero la pista que Malva necesitaba no acababa de llegar. El
desconocido se marchaba. Aún echó un último vistazo a la sala
antes de dirigirse a la puerta. La abrió y salió al pasillo. Se
detuvo, de pronto, fruncido el ceño, como si hubiese sido capaz
de oír los pensamientos de la chica. Tras veinte interminables
segundos de silencio, el misterioso visitante regresó al interior de
la estancia.
—¿Malva?
El corazón de la chica dio un vuelco. La voz insistió.
—Malva, ¿estás aquí?
CARGA Y DESCARGA
Gerardo Biela aparcó el camioncito dos calles más allá, en la
de la Torre Nueva, en una zona reservada para carga y
descarga.
—¡Demonios! —exclamó entonces Urgel—. ¡Ya sé quién era
el tipo al que casi atropellamos!
—¿Quién?
—¡El padrino de Nico! El policía.
Biela abrió levemente la boca.
—¡Es verdad! Dijo que hoy tenía cita con su dentista, aquel
fulano con cara de lagarto. Seguro que ahora se dirigía hacia allí.
—Bueno es saberlo. Si lo necesitamos, ya sabemos dónde
—Bueno es saberlo. Si lo necesitamos, ya sabemos dónde
encontrarle.
—De momento, vámonos al bar Chotis, a esperar la llamada
de Nico.
—¿Y si no llama?
—¡No me pongas nervioso, Gerardo! Si no llama, ya
pensaremos qué hacer; pero deja de ponerte siempre en lo peor,
¿quieres?
—Vale, vale…
EL GAS DE LA RISA
—Adelante, señor Bareta —dijo Amparo, la enfermera y
ayudante del doctor Aspid—. Siéntese en el sillón, haga el favor.
—Gracias.
—¿Tiene mucho dolor? Lo digo porque trae usted muy mala
cara.
—Pues sí. Me duele una barbaridad. Sobre todo, desde hace
veinticuatro horas. Y, encima, me acabo de dar un susto de
muerte. Casi me atropella una camioneta que salía del callejón a
toda leche. ¡Huy…! Perdone por la expresión.
—¡Bah…! No se preocupe. En la consulta de un dentista se
escuchan toda clase de palabras malsonantes. Póngase cómodo.
El doctor no tardará en venir. Piense que, cuando salga de aquí,
dentro de un rato, el sufrimiento habrá cesado.
‹‹Hay que ver las cosas tan raras que dice esta mujer››, pensó
Germán Bareta, mientras se recostaba en el sillón del dentista.
Sobre ese pensamiento, oyó el sonido de la llave en la
Sobre ese pensamiento, oyó el sonido de la llave en la
cerradura y de la puerta del piso abriéndose y cerrándose. Casi
de inmediato, hizo su aparición Jaime Aspid. Saludó, sonrió, fue
a cambiar la chaqueta por la bata blanca, se lavó
escrupulosamente las manos y, por fin, se acomodó en el
taburete giratorio, a la derecha del sillón del paciente.
Escuchó la historia que le contó el policía sobre cómo el
pasado fin de semana había sido para él un suplicio dental y
comenzó la inspección.
—En efecto, tiene una muela picada. Ha de dolerle mucho, a
la fuerza.
—No sabe usted cuánto, doctor —dijo Bareta, esforzándose
por pronunciar con corrección pese a los manejos que el doctor
estaba llevando a cabo sobre sus labios y boca.
—Bueno, pues vamos a ello. Voy a anestesiarle con óxido
nitroso —dijo el médico, colocándole sobre boca y nariz una
mascarilla conectada a una pequeña bombona para gas
comprimido.
—¿No me pincha en la encía, como siempre?
El odontólogo carraspeó largamente, para darse tiempo de
elaborar una respuesta convincente.
—No, esta vez no. Es que… cambié hace poco de marca de
anestesia y parece que algunos pacientes presentan con ella
ligeros problemas alérgicos, así que… he decidido devolverla
toda y, mientras me envían una partida nueva, estoy usando el
óxido nitroso.
—Es lo que llaman el gas de la risa. ¿No es así?
—Sí. Hace unos años se utilizaba mucho, pero se descubrió
que su uso continuado acarreaba ciertos problemas; sin
que su uso continuado acarreaba ciertos problemas; sin
embargo, administrado esporádicamente sustituye con ventaja a
las anestesias.
—¿Es como el cloroformo?
Aspid rió suavemente.
—No, no se preocupe. No perderá usted el conocimiento.
Simplemente, desaparecerá el dolor. Pronto sentirá cómo entra
en un estado de… de cierta indolencia, en el que todo le
importará un pimiento, por decirlo de modo sencillo. En el
fondo, es lo más parecido a la felicidad.
Jaime Aspid abrió la espita de la bombona. Esperó unos
segundos y retiró la mascarilla de la boca de Bareta.
—Ya está. ¿Cómo se encuentra? ¿Aún siente dolor?
El policía esbozó una sonrisa bobalicona.
—¡Ji, ji…! No, doctor. Ya, no. Esto es… maravilloso.
UN BOTIJO
—¿Malva? —dije en tono quedo—. ¿Estás aquí, Malva?
Llevaba cerca de diez minutos recorriendo con cautela pasillos
interminables, iluminados con luces de emergencia que en
ocasiones parpadeaban creando una molestísima sensación de
irrealidad. La mayoría de las puertas que encontraba en mi camino
se hallaban cerradas y empezaba a pensar que había hecho mal
impidiendo que Max me acompañase. Con su ayuda y la de sus
ganzúas, todo habría sido más fácil.
De cuando en cuando, hallaba alguna estancia abierta, que
examinaba con rapidez, esperando encontrar a Malva. También a
examinaba con rapidez, esperando encontrar a Malva. También a
Alexei, claro, aunque la suerte que él hubiese corrido me importaba
muchísimo menos.
—Malva, soy yo, Nicolás —susurré—. Si estás escondida
puedes salir. No hay peligro.
Aguardé unos segundos una respuesta que no llegó y volví a
salir al pasillo dispuesto a continuar mi búsqueda.
Al hacerlo, me tropecé con un tipo muy bajo pero anchísimo de
espaldas, que se acercaba por el corredor. Durante un instante me
invadió el pánico. Estuve a punto de salir huyendo. Por suerte, no
lo hice.
—¡Eh! ¿Quién eres tú?
Miré al tipo de arriba abajo, mientras simulaba cerrar la puerta
con llave.
—Nicolás. De la… sección de taxidermia. ¿Y tú?
El tipo parpadeó. No parecía tener muchas luces.
—Yo soy Mamulian. El ayudante del señor Necromio.
—Ah, sí, ya… ya había oído hablar de ti. Pero me parece que no
habíamos coincidido hasta ahora.
—No. Creo que no. Oye, ¿no habrás visto por ahí a una chica?
Una chica morena, de pelo corto. Muy guapa.
El corazón se me aceleró al escuchar la descripción de Malva.
—Pues… no. Hace rato que no veo a nadie. ¿Por qué?
—Porque el doctor Aspid me ha mandado a buscarla.
Yo iba de sorpresa en sorpresa.
—El doctor Aspid, ¿eh?
—Sí. El jefe en persona.
—Ya, ya, ya…
—Pero ¿cómo es que estás todavía aquí? El doctor ha ordenado
hace ya rato desalojar las instalaciones.
—¿Ah, sí? Pues no me he enterado. Ahora me explico lo del
camión.
—¿Qué pasa con el camión?
—Que hace un rato he visto cómo alguien se lo llevaba a toda
prisa.
Mamulian, sorprendido, colocó sus brazos en jarras. No sé por
qué, me recordó a un botijo.
—¿Qué dices? —exclamó—. ¿Que se han llevado el camión?
¡Pero si aún estaba dentro el último envío que teníamos que llevar a
la agencia! ¡Ay, madre…! Ya verás la bronca que le va a echar el
jefe al señor Necromio. Y cuando al señor Necromio le cae una
bronca, a mí me cae otra, aún más gorda.
—Vaya. Lo siento, amigo Mamulian.
—Voy a dar aviso de inmediato.
—Y yo me voy enseguida. Recojo dos cosas y me largo.
—Recuerda: no debemos volver por aquí hasta nueva orden.
—Ya. Pero… seguiremos cobrando nuestro sueldo, ¿no?
—Hombre, como está mandado…
Cuando Mamulian se alejó pasillo adelante, yo estaba sudando
frío.
Lo cierto es que había tenido una suerte colosal en aquel
encuentro. Además de no haber despertado las sospechas del
ayudante de Necromio, ahora sabía que Malva se les había
escapado y andaba por algún lugar de aquel mundo subterráneo. Si
fuese capaz de encontrarla y sacarla de allí, sin duda mis
posibilidades de ligar con ella aumentarían de forma considerable.
La siguiente puerta estaba también abierta. Era una sala grande,
la más grande de las que había visto hasta ahora. Como todas las
anteriores, atestada de material diverso y de aparatos cuya función
era un misterio para mí.
—¿Malva? —volví a preguntar, en voz baja—. Malva, ¿estás
aquí?
LO INESPERADO
Malva me reconoció. Y se incorporó de inmediato.
—¡Estoy aquí! —exclamó—. ¡Estoy aquí, Álex!
Se retiró la máscara que le cubría la cara y abandonó el
sarcófago, temblando. Y, temblando, corrió hasta echarse en los
brazos del ruso. Luego, abrazada a él, incapaz de contenerse
por más tiempo, rompió a llorar, temblando como una hoja,
desencajada por la tensión sufrida.
—¡Oh, Álex…! No sabes el miedo que he pasado.
—Tranquila, tranquila… —le susurró el ruso al oído,
apretándose contra ella, acariciándole la espalda.
Permanecieron unos segundos en silencio, acompasando sus
respiraciones.
—¿Estás mejor?
—Sí. Sí, ya estoy mejor… Menos mal que has conseguido
escapar tú también. ¡Oh, Dios…! He llegado a pensar que
habrías muerto. ¡Eh! ¡Estás herido!
—Solo es un rasguño.
—¿Cómo has logrado huir?
—En realidad, ha sido fácil. El doctor Aspid tenía que abrir su
consulta y, al quedarme solo con Necromio, he podido
consulta y, al quedarme solo con Necromio, he podido
reducirle.
—¡Estupendo! ¡Entonces, si Aspid no está, nos resultará fácil
salir de aquí!
—Es posible que sí…
—¡Pues vamos! Estoy deseando verme fuera de este lugar…
El ruso no se movió.
—Espera, espera. No tengas tanta prisa. Todavía está el
ayudante de Necromio recorriendo los pasillos. Y deberías
cambiarte de ropa. No parece adecuado que salgas de aquí
vestida de sacerdote sem.
Malva asintió, con media sonrisa, y se dirigió hacia el cesto de
mimbre en que había dejado su ropa.
—Por cierto… aquí… aquí están las cosas del teniente
Goliatkin.
Alexei Vostok frunció los labios antes de volver a hablar.
—¿Ah, sí? Vaya… Pobre teniente Goliatkin.
Malva detectó un tono extraño en la contestación de Alexei,
pero no quiso darle importancia y siguió despojándose, aunque
algo más lentamente, de los ropajes del faraón-sacerdote.
ALGO VA MAL
Justo cuando estaba en ropa interior, a punto de ponerse el
pantalón, percibió el movimiento del ruso a su espalda. No lo
vio: Lo intuyó. Y tuvo la certeza de que algo iba mal.
Rematadamente mal.
En un gesto apenas consciente, alzó la mano izquierda hasta
En un gesto apenas consciente, alzó la mano izquierda hasta
colocarla sobre su garganta. Eso le salvó la vida. Oyó el sonido
del cable cortando el aire y, de inmediato, sintió aquel inmenso
dolor sobre el dorso de la mano. Y cayó de rodillas.
Alexei Vostok le había rodeado el cuello con un trozo de
sirga metálica que llevaba consigo y que ahora apretaba con
todas sus fuerzas.
Malva no sintió miedo, realmente. Se sintió sorprendida.
Burlada. Y casi de inmediato, fue presa del odio. Inmersa en una
oleada de ira.
Aún tenía la mano derecha libre. Tanteó hasta encontrar la
máscara de oro que acababa de dejar junto a las ropas que
había vestido. De reojo, localizó el pie de Vostok y lo golpeó
con la pesada pieza metálica a la altura del tobillo. Le oyó gritar
de dolor, pero la presión que ejercía en torno a su cuello apenas
disminuyó.
—Me gusta tu coraje, Malva —le susurró Vostok, casi
rozándole la nuca con los labios—. Nunca te rindes ¿eh? Eso
está bien. Pero no va a impedir que acabe contigo.
Malva se dio cuenta de que estaba perdida. Sin poder utilizar
la mano izquierda, que seguía atrapada entre la sirga y su cuello,
sus posibilidades de luchar contra Alexei eran insignificantes. Y
si la retiraba, el ruso no tardaría ni un segundo en rebanarle el
cuello. Aun manteniéndola allí, empezaba a pensar que,
efectivamente, estaba perdida. Que su muerte era solo cuestión
de unos pocos segundos.
Tuvo certeza de ello cuando vio pasar su vida por delante, en
un suspiro.
UN GRITO
En ese momento, oí un grito que me encabritó el corazón. No
fue un alarido sino un grito corto, de dolor pero, eso sí, me llegó
con toda claridad. Procedía de muy cerca. Quizá de la sala
contigua a aquella en que me encontraba. Aunque quien había
gritado no era Malva, supe que debía acudir a toda prisa.
Salí corriendo al pasillo. La primera puerta, no. Pero sí la
segunda.
Miré a través del ventanuco antes de entrar… y tuve que
parpadear para creerlo.
Allí estaba Malva, medio desnuda, y Vostok trataba de
estrangularla con una especie de cable metálico.
Tuve que frotarme los ojos para asegurarme de que no se
trataba de un error de mi mente.
UNA EXHALACIÓN
Entro en la sala como una exhalación y el ruso me lanza de
reojo una mirada torva. En mi carrera hacia él, sobre la marcha
cojo un taburete de laboratorio con la intención de utilizarlo como
arma.
No tengo ni siquiera la oportunidad de intentarlo.
Sin saber cómo, me encuentro volando por los aires y
aterrizando de espaldas en el suelo, y el dolor me corta la
respiración.
respiración.
Ahora recuerdo lo que dijo Biela sobre el ruso: Que peleaba
como el protagonista de una película de chinos. Está claro que no
puedo ser enemigo para él y sus técnicas de lucha aprendidas en
la academia de policía de San Petersburgo.
Al menos, con mi presencia, sí he logrado que suelte
momentáneamente a Malva, que sangra con abundancia por el
dorso de la mano izquierda.
Mientras intento levantarme, veo al ruso que, tras recoger el
taburete, lo enarbola por las patas como si se tratase de una
extraña maza. Siento llegar el golpe pero, milagrosamente, logro
esquivarlo en el último instante. El asiento de madera se astilla
ferozmente contra el suelo, a un palmo de mi cara. Desde mi
posición pateo con desespero la pantorrilla de Vostok y lo hago
trastabillar. Bien, ha caído junto a mí. Me lanzó sobre él, tratando
de inmovilizarlo. Es inútil. No sé cómo, el ruso me voltea de nuevo.
Por Dios, qué mal he caído. Este tipo me va a matar. Me siento
muy mareado. Un golpe en el costado me nubla la vista. Otro en el
estómago me roba el último aliento.
Ahora va a golpearme de nuevo, a placer, porque yo ya no puedo
ni defenderme. Me hago un ovillo y espero el fin.
Ahí viene.
Veo un destello dorado y creo que es el anuncio de la muerte.
Pero no. Sigo respirando. Esta vez, el golpe se lo lleva él. Malva ha
aparecido de improviso, cuando yo pensaba que habría intentado
escapar, y le golpea con todas sus fuerzas, con rabia. Le golpea
en la cara con un objeto dorado y, desde luego, contundente, que
no acabo de reconocer. Podría ser una máscara de oro. Me
pregunto de dónde la habrá sacado.
pregunto de dónde la habrá sacado.
Pillado de lleno en su tumefacto ojo derecho, el dolor hace que
Alexei se tambalee hasta clavar una rodilla en el suelo. Mira
durante un instante a Malva, al tiempo que lanza un exabrupto en
ruso. Parece volverse loco. Ella intenta golpearle una segunda vez;
él la esquiva.
Yo casi no puedo respirar pero me doy cuenta de que es mi
turno. Reuniendo todas mis fuerzas y toda mi voluntad, me
abalanzo sobre el ruso. Esta vez sí, consigo derribarlo. De resultas
del golpe recibido, está sangrando como un cerdo por la nariz. Me
mancho con su sangre, se revuelve, me golpea de nuevo con el
codo. Veo las estrellas, pero le he dado a Malva una nueva
oportunidad que ella no desaprovecha. Toma impulso y, esta vez,
el impacto con la pesada máscara dorada es brutal. El crujido de
los huesos de la cara del ruso me produce un escalofrío atroz.
Mi mirada se cruza con la suya. El azul de sus ojos es más frío
que nunca; y justo en ese instante, se trastoca en blanco y, tras
un titubeo… Alexei Vostok pierde el conocimiento y se desploma.
—Cerdo… —masculla Malva.
Deja caer la máscara, salpicada de sangre, y viene hacia mí. Se
echa en mis brazos. Su abrazo me duele pero no quiero que acabe
nunca. Menos aún, cuando ella busca mis labios con los suyos y
me besa, intensamente, con desespero, hasta que un sollozo
inoportuno rompe el hechizo.
—¿Estás bien, Nico? ¿Estás bien?
Asiento con la cabeza. No consigo articular palabra.
—Vámonos —dice—. Vámonos de aquí.
La ayudo a vestirse. Su camiseta feminista y el pantalón
vaquero corto. Entonces, vuelve a besarme. Está hecha una
vaquero corto. Entonces, vuelve a besarme. Está hecha una
calamidad, despeinada, los ojos enrojecidos, la sangre, el gesto de
dolor…
Ahora ya no tengo duda de que es la chica más hermosa del
planeta.
EL TORNO
—Así que el ruso ha desaparecido, ¿eh?
—¡Ji, ji…! Pues sí, doctor. Desaparecido. ¡Plof! Se ha
esfumado. ¡Ji!
—Entonces, habrá una investigación.
—Bueno… como siempre, claro. ¡Je, ji…! Si alguien
desaparece, se abre un expediente…
—Pero este será un asunto grave, ¿no? El tipo venía en
misión oficial y los rusos pedirán explicaciones.
—¡Qué va, qué va…! ¡Jia, jia! ¡Ahí está lo curioso. Es que el
tío había venido por su cuenta. Por hacerle un favor a un amigo.
Nada de misión oficial.
—¿No?
—No.
—¿Y a qué había venido, exactamente?
—¡Y yo qué sé…! ¡Jia, jia…! ¡Pues anda que no era
misterioso ni nada, el tipo…
—¿No sabe usted lo que pretendía investigar?
—Bueno, sí… Algo de unas momias, creo… pero no sé si
me lo decía en serio o para que yo me callara.
El doctor Aspid sonrió para sus adentros. La información que
El doctor Aspid sonrió para sus adentros. La información que
Bareta le estaba proporcionando resultaba mucho más
tranquilizadora de lo que había imaginado.

Sonó entonces el timbre de la puerta. Amparo, la ayudante
del doctor Aspid, acudió a abrir.

—Buenas tardes. ¿Está el inspector Bareta?
La enfermera miró primero al joven altísimo que le había hecho la
pregunta. Luego, al muchacho pelirrojo que lo acompañaba.
—Pues… sí. Ahora está en la consulta del doctor.
—Vamos a pasar, si no le importa —dije yo, asomando entre
mis dos amigos.
La ayudante del dentista retrocedió un paso, supongo que
impresionada por mi aspecto lamentable.
—Pero ahora no podéis…
—Podemos. Es muy importante.
Abrimos dos puertas antes de dar con el consultorio.
—¡Inspector! —grité al verle tumbado en el sillón—. ¡El doctor
Aspid es el jefe de la banda!
Bareta ni siquiera se dio por aludido.
En cambio, el jefe alzó hacia nosotros una mirada feroz y
reaccionó con una rapidez endiablada. Saltó del taburete, se
colocó tras el sillón, sujetó la cabeza del inspector con un brazo y,
con la otra mano, tomó el torno. De inmediato, lo puso en
funcionamiento a la máxima velocidad, acercando peligrosamente
la fresa al ojo derecho de su paciente.
—¡Quietos! Si dais un solo paso, le meteré el torno por el ojo.
¿Me habéis oído? Y no solo quedará tuerto. Lo empujaré hasta el
fondo. Hasta que le empiece a batir el cerebro como si fuera nata
fondo. Hasta que le empiece a batir el cerebro como si fuera nata
montada. ¿Está claro?
La perspectiva me encogió el estómago. Me detuve al momento
y extendí los brazos para obligar a mis compañeros a hacer lo
propio. Efectivamente, con aquel instrumento podía hacerle mucho
daño a mi padrino. Posiblemente, incluso acabar con su vida.
ROTURA DE LA TENSIÓN
Durante diez segundos, Aspid y yo nos miramos fieramente.
No sé qué habría pasado. Seguramente, la situación se habría
tornado un tanto grotesca, teniendo en cuenta que un torno de
dentista no es precisamente un arma de bolsillo y no sé cómo el
doctor Aspid habría intentando mantener su ventaja.
En cualquier caso, no hubo posibilidad de saberlo porque, ya
digo, la tensión se deshizo a los diez segundos de su última
amenaza, cuando Malva, que se había quedado en el vestíbulo de
la consulta, localizó la caja de diferenciales y desconectó el
interruptor principal de la instalación eléctrica.
De inmediato, el torno se detuvo mansamente y, por tanto, dejó
de suponer un instrumento mortífero. Aspid lo miró un momento,
incrédulo. Cuando volvió a alzar la vista, ya Gerardo Biela se
abalanzaba sobre él y lo dejaba fuera de combate del primer
guantazo.
Epílogo



—La organización liderada por el doctor Aspid en Zaragoza
había propiciado la creación de otra red en Moscú y San
Petersburgo, encargada de la promoción y distribución de sus
productos en museos de las repúblicas de la antigua Unión
Soviética.
—Quieres decir que el doctor Aspid tiene en Rusia una especie
de sucursal de su negocio.
Germán Bareta negó suavemente.
Acababa de regresar de la comisaría de Centro, donde Alexei
Vostok, Jaime Aspid, Antero Necromio y Eubúlides Mamulian
seguían siendo sometidos a interrogatorio. Las líneas principales
del embrollo empezaban a estar claras y mi padrino se encontraba
deseoso de compartir la información con nosotros.
—No, no, en absoluto —aclaró—. No parece que las dos
organizaciones estén relacionadas entre sí sino, más bien, que la
empresa rusa había surgido al calor de la española. Digamos que
Aspid y sus secuaces comenzaron a ofertar sus productos a
diversos museos y, posteriormente, la mafia rusa, al percatarse de
las enormes posibilidades del negocio, decidió actuar como
intermediaria. Se apropiaban de una buena parte del beneficio de
Aspid pero, a cambio, le proporcionaban muchísimos más clientes
de los que él habría podido conseguir y se ocupaban del transporte
de los que él habría podido conseguir y se ocupaban del transporte
y la entrega de las piezas. De hecho, Aspid, al parecer, no conoce
en persona a ninguno de los miembros de la organización rusa. Y
eso, a pesar de que ya eran prácticamente sus únicos clientes.
—De modo que tampoco conocía a Alexei Vostok.
—No, claro que no. Hasta que el propio Vostok no le dijo quién
era y que había sido enviado para vigilar a Goliatkin, Aspid
pensaba, como nosotros, que se trataba realmente de una especie
de ayudante del teniente ruso.
—Y no era eso, sino todo lo contrario.
—Así es. Cuando los mafiosos rusos supieron que Vladimir
Goliatkin pensaba viajar a España para investigar el origen de la
falsa momia de San Petersburgo, temieron que pudiera acabar con
la organización de Aspid, que les proporcionaba la materia prima
para su negocio, así que lograron, a través de sus contactos en la
policía, que el joven Alexei Vostok lo acompañase. Pero la misión
de Vostok era asegurarse de que Goliatkin volviese con las manos
vacías… o que no volviese.
—Lo raro es que Goliatkin no sospechase de él.
—Puede que sí lo hiciera. Recuerda qué pronto intentó
deshacerse de su compañía y llevar su investigación adelante en
solitario. En cualquier caso, Vostok tenía un disfraz perfecto. Al
parecer es cierto casi todo cuanto nos ha dicho: Estudiante en la
escuela de policía, gran experto en el arte egipcio y, por
descontado, su dominio del idioma español es un hecho. Solo se
le olvidó decirnos… que trabajaba para los malos.
Malva, cogida de mi brazo, no había abierto la boca desde el
inicio de la conversación; pero, de pronto, acercó sus labios a mi
oído.
—Lo siento… —susurró.
—¿Qué sientes?
—Estoy avergonzada. Ya sabes a lo que me refiero. Alexei me
deslumbró desde el primer momento. No fui capaz de ver su doble
juego. Pensé que también yo le gustaba a él y me dejé querer.
—Seguro que así era. Cómo no ibas a gustarle. Otra cosa es
que, llegado el momento, Vostok no tuviese ningún problema en
rebanarte el cuello.
Malva me miró a los ojos.
—Qué borde eres… —me dijo, sonriendo.

La investigación seguía su curso y avanzaba a pasos de
gigante. La organización de Aspid quedaría completamente
desmantelada. El dentista iba a ser acusado de asesinato en la
persona del policía ruso. Y Vostok lo sería de intento de asesinato
y pertenencia a organización delictiva, entre otros delitos que aún
estaban por definir por parte del fiscal. La policía rusa también
quería su parte del pastel y preparaba un buen número de
detenciones.
—¿Y mi tío? —preguntó entonces Max, que tampoco había
despegado los labios hasta ahora.
—Ya veremos —le respondió Bareta—. Su participación en los
delitos relacionados con la falsificación o el tráfico de obras de arte
es muy clara. Pero en el caso de los delitos de sangre, aun siendo
cooperador del doctor Aspid, se tendrá en cuenta que su
actuación, sin duda, salvó la vida de Malva. De momento, tengo
entendido que el fiscal piensa solicitar al juez su libertad bajo
fianza. Cuando llegue el juicio, ya veremos.
Nos habíamos reunido en el bar Chotis mientras la policía
Nos habíamos reunido en el bar Chotis mientras la policía
judicial seguía recorriendo los interminables sótanos del palacio de
Torresecas, poniendo al descubierto los entresijos de la
organización de Aspid. El trabajo de catalogación sería ingente. El
número de obras de arte, sarcófagos, momias y demás piezas
arqueológicas crecía y crecía conforme la policía lograba acceder a
más salas y almacenes.
En ese momento, un policía de uniforme se asomó a la puerta
del bar.
—Inspector Bareta, el señor juez instructor dice que puede
usted pasar a reconocer las pertenencias del policía ruso.
—Voy.
Salimos los cinco y nos dirigimos al vestíbulo del antiguo cine,
donde el juez Carnicero había instalado su puesto de mando.
La ropa de Goliatkin estaba en el mismo cesto de mimbre donde
ya Malva la había visto anteriormente.
—Usted, sin duda —le dijo a Bareta el magistrado—, fue la
persona que más tiempo acompañó a la víctima desde que aterrizó
en España hasta su muerte.
—Seguramente, señoría.
—¿Puede reconocer si esa es la ropa que vestía?
Mi padrino alzó alguna de las prendas.
—Sí, señoría. La reconozco. Era la ropa que usaba Goliatkin el
pasado viernes.
—Son prendas muy vulgares. ¿Está seguro de lo que afirma?
Bareta echó mano de nuevo al cesto y levantó unas gafas de
sol.
—Estoy seguro, señoría. Y estas son mis gafas de sol. Se las
presté el pasado viernes al teniente Goliatkin.
presté el pasado viernes al teniente Goliatkin.
—Muy bien. Queda así declarado.
—Por cierto, señoría… ¿puedo recuperar mis gafas?
—Forman parte de la instrucción del sumario, inspector. Usted
lo sabe.
—Lo sé, señoría, lo sé… Pero es que me costaron quince mil
pesetas y la luz cada vez me molesta más. Debe de ser cosa de la
edad. Seguro que ya se me ha escapado algún delincuente estos
últimos días por culpa del deslumbramiento.
El magistrado chasqueó la lengua.
—De acuerdo, Bareta. Dígales a los de criminalística que les
hagan unas fotos antes de devolvérselas.
—Gracias, señoría.

Una vez que las fotografiaron, Germán Bareta se puso las gafas.
Al hacerlo, me pareció que se emocionaba intensamente.
Ladeó la cabeza, inspiró profundamente y consultó su reloj.
—Chicos —nos dijo—, mi turno acaba de terminar. Ya no estoy
de servicio. Me vuelvo al bar. Voy a tomarme un vodka con hielo en
memoria de mi colega Vladimir Goliatkin.
—Allá tú, padrino. Nosotros nos vamos a la piscina a pasar el
día, que promete ser de aúpa.
—Cuidado con las quemaduras solares.
—Llevamos protección total —dijo Gerardo.

Echamos a andar por la calle de Torresecas, camino de la plaza
de España. Malva, deliberadamente, dejó que Biela y Urgel se nos
adelantaran unos pasos. Entonces, se volvió hacia mí.
—Aún no te he agradecido que me salvaras la vida.
—Aún no te he agradecido que me salvaras la vida.
—¿Yo? ¡Qué dices! Por si no lo recuerdas, fuiste tú la que dejó
fuera de combate al ruso.
No atendió a mis razones. Se detuvo, me miró a los ojos con
intensidad, me agarró por la pechera y me atrajo hacia sí. Y me
besó en los labios de una forma nueva, contundente, que yo no
conocía; y que ya no estaba condicionada por la proximidad de la
muerte.
El inspector Bareta, que cruzaba en ese momento la calle de
Torresecas camino del bar, se detuvo en mitad de la calzada, nos
miró, sonrió y siguió su camino.

El beso de Malva sabía a canela, a menta fresca y a nuez
moscada. Y su sabor permaneció en mis labios durante el resto de
aquel largo y tórrido verano.
El último verano del milenio.
Notas



[1] Un duro = 5 pesetas.
30.000 duros = 150.000 pesetas = 900 euros aprox.
Sobre los autores



José María Almárcegui nace en Zaragoza en 1960. Ha
ejercido multitud de oficios, aunque el dibujo y el diseño son,
quizá, las actividades que le han acompañado más
constantemente en su vida. Le apasionan la radio y el ciclismo.
En la actualidad trabaja como técnico de sonido y montajes
audiovisuales. En 1988 comenzó a colaborar como guionista (y
más esporádicamente, como ilustrador) con Fernando Lalana.
Hasta la fecha han publicado juntos cerca de veinte títulos, con
los que han conseguido, entre otros, la Mención de Honor del
Premio Lazarillo y el Premio El Barco de Vapor.


Fernando Lalana nace en Zaragoza en 1958. Tras estudiar
Derecho y realizar el servicio militar en Melilla, de donde sacará
ambiente y personajes para Morirás en Chafarinas, encamina
sus pasos hacia la literatura, que pronto se convierte en su
primera y única profesión, tras quedar finalista en 1981 del
Premio El Barco de Vapor. Desde entonces, ha publicado más
de noventa libros con las principales editoriales españolas y ha
ganado numerosos premios, entre ellos, en tres ocasiones el
Gran Angular de novela, Mención de Honor del Premio Lazarillo
y el Premio El Barco de Vapor. En 1991, el Ministerio de
Cultura le concede el Premio Nacional de Literatura Infantil y
Cultura le concede el Premio Nacional de Literatura Infantil y
Juvenil por Morirás en Chafarinas, obra que fue llevada al cine
en 1995. Está casado y tiene dos hijas: María e Isabel. Viven en
Zaragoza. Sobre las piedras que habitaron los romanos de
Cesaraugusta y los musulmanes de Medina Albaida. O sea, en el
Casco Viejo. En Alfaguara ha publicado Los hijos del trueno,
La maldición del bronce, La muerte del cisne y Perpetuum
mobile, ganadora del Premio Jaén 2006 de Narrativa Infantil y
Juvenil.

© Del texto: 2006, Fernando Lalana y José María Almárcegui
© De esta edición:
2012, Santillana Ediciones Generales, S.L.
Torrelaguna, 60. 28043 Madrid
Teléfono: 91 744 90 60
Telefax 91 744 92 24
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ISBN ebook: 978-84-204-0452-3
Diseño de cubierta ebook: María Pérez-Aguilera
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