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CAPÍTULO 3
El poder del narcotráfco y de las reinas
de belleza
En los años setenta aparecen los primeros grandes personajes del
narcotráfco sinaloense, los que empiezan a merecer corridos con su
nombre. En Culiacán se dio a conocer ofcialmente una “campaña
contra el narcotráfco” ante la presencia de Richard Kleindienst,
procurador de justicia de Estados Unidos, y un periodista de la .
Ésta fue la década de Manuel Salcido, el Cochiloco, oriundo de San
Ignacio, Sinaloa, y de Pedro Avilés, nacido en la Ciénega de Silva,
Durango, este último convertido en el chaca de la droga en Sinaloa.
Ésta fue la década de la colonia Tierra Blanca, la legendaria guarida
de los narcos en Culiacán, y de la Operación Cóndor, una de las
campañas militares más famosas que se hayan lanzado contra los
narcotrafcantes en el Triángulo de Oro mexicano, donde colindan
los estados de Sinaloa, Durango y Chihahua, que conformaba el co-
rredor de la industria de la droga más importante de aquel entonces.
El Cochiloco había establecido sus dominios en Mazatlán, ciu-
dad que le era más cercana que Culiacán por haber nacido en un
poblado aledaño al puerto. Manuel Salcido, encarcelado en 1974,
muy pronto se convirtió en una fgura célebre por conducto de
los corridos que le compusieron, como el del Gallo de San Juan,
y de las múltiples leyendas que se tejían en su nombre. De Pedro
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Avilés, una de las composiciones escritas en su honor decía que era
“el más grande de los siete del reinado” y, efectivamente, la ,
la famosa agencia antidrogas estadounidense, lo tenía en sus listas al
lado del Cochiloco. En esa época los narcos, además de su crecien-
te poderío económico, empezarían a tener una cada más visible
infuencia social y cultural en la sociedad estatal.
La narcocultura sinaloense comenzó a tomar brío alrededor de
Miguel Ángel Félix Gallardo, el Jefe de Jefes, y el Cochiloco. Una
de las primeras historias épicas cantadas a un narco fue el corrido
dedicado a Manuel Salcido, quien, dice la canción, fue “un amigo
muy bragado / de esos que nacen muy pocos / nacido allá en
Sinaloa / en el pueblo de San Juan / distrito de San Ignacio /
cerca de Coyotitán / pero al correr de los años se fue para Mazatlán
/ de Sinaloa a Jalisco todo mundo lo respeta / [...] Dicen que ese
hombre es muy malo / señores, yo no lo creo / porque es sagaz y
valiente / por eso le tienen miedo / pero en el fondo de su alma
/ es un amigo sincero [...] Aquí termina el corrido / de Manuel
el Cochiloco / amigo de los amigos / y azote de los malosos”. Esta
apología al Gallo de San Juan, como también era conocido, no al-
canzó la notoriedad nacional del corrido “La banda del carro rojo”
cuando lo empezaron a interpretar, en 1975, Los Tigres del Nor-
te, el famoso conjunto norteño de Rosamorada, pequeño pueblo
del municipio de Mocorito. “Este corrido —dice Luis Astorga, el
más acucioso investigador del narcotráfco mexicano— marca
el comienzo de una versión histórica y musical inédita, que crea
y recrea la sociodisea del tráfco de drogas y de los trafcantes...”
1
El Cochiloco acumuló tanto poder que se rodeó de una sólida
coraza social y una impunidad que sólo podía entenderse por la pro-
1
Esta cita y el resto de los datos que aparecen en este apartado se tomaron del
libro de Luis Astorga El siglo de las drogas, Espasa-Hoy, México, 1996, pp. 115-166.
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tección policiaca que había comprado. En un artículo periodístico
de 1976, escrito por Javier López Moreno en El Día, diario capita-
lino, se daba cuenta de que Manuel Salcido había asistido al sepelio
de su padre en Mazatlán: “Ninguna autoridad lo molestó. Todos su-
pieron que ahí estaba y hasta lo vieron desflar en el cortejo fúnebre,
pero nadie intentó su reaprehensión [ya que antes se había fugado de
la cárcel de Culiacán]. Asistió protegido por una docena de tipos que
portaban armas de alto poder”, terminaba diciendo la nota.
El Cochiloco y en general el conjunto de los narcotrafcantes
recurrieron a una amplia gama de mecanismos y actividades para
forjar su legitimación social: son incontables las anécdotas acerca
de la dispendiosa generosidad de los narcos para regalar dinero
entre la población rural de sus dominios territoriales. El semanario
mazatleco La Talacha decía el 17 de octubre de 1991:
[El Cochiloco] llegó a tener tanta fama que la mayoría de los ciudada-
nos sinaloenses lo consideraban una leyenda [...] por todo Sinaloa se
conocían los hechos delictivos que cometía gente al mando de Salcido
Uzueta, pero también volaban de boca en boca relatos de la bondad
del trafcante, que ayudaba a todos los que se acercaban a pedirle algún
favor. Su fama creció aún más cuando se contaban en tertulias serranas
y campesinas las muchas conquistas que hacía entre bellas jóvenes de
la región.
Ciertas o no, hay cientos de versiones populares acerca de
cómo Manuel Salcido, Rafael Caro Quintero, Amado Carrillo
Fuentes, el Mayo Zambada y el Chapo Guzmán, invertían cientos
de millones en obras públicas para benefcio de sus pueblos.
En numerosas ocasiones estos legendarios narcos y otros menos
carismáticos pero igual de poderosos, como los hermanos Arellano
Félix, apadrinaron a generaciones de estudiantes universitarios y a
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reinas de belleza, incluidas aspirantes a la monarquía carnavalera
de Mazatlán. Por ejemplo, en 1988 el Cochiloco se empeñó en que
Rosa María Zataráin se convirtiera en la soberana, pero el azar
decidió que lo fuera Rebeca Barros de Cima, perteneciente a una
familia de la alcurnia pata salada. Una for escogida a la suerte y
un apagón que dejó en penumbras el escenario de la competencia
al momento de saber quién era la afortunada, establecieron que la
ganadora era la señorita Barros de Cima; sin embargo, el Gallo de
San Juan, mediante varios de sus pistoleros, impuso que la joven
dama que él promovía apareciera durante el desfle de los carros
alegóricos por delante de la reina de las carnestolendas, violen-
tando el ritual monárquico carnavalero. Aunque a medias, el capo
hizo sentir su poder en la más grande de las festas sinaloenses.
Fuera de Sinaloa, en 1980, una reina de belleza chihuahuense,
María Dolores Camarena, quien se quedó con el quinto lugar del
concurso Señorita México, a pesar de ser “excepcionalmente discre-
ta”, escribe el periodista Francisco Cruz en su libro El cártel de Juárez,
se hizo novia de un policía federal que le regaló un carro último mo-
delo y dio así sus primeros pasos en el resbaladizo y peligroso mundo
del narco. La prensa de la capital del país halagaba su talle, los ojos
oscuros y sus dientes blancos y perfectos: “Lolita —narra Francisco
Cruz— tenía una cara hermosa, simétrica, de seda, dulce de formas,
limpia de maquillaje. Sus medidas se acercaban a la perfección”.
Lolita Camarena, como muchas más reinas de belleza, no pudo
evitar que comandantes de la policía, políticos y narcos, que con
frecuencia son los mismos, pegaran sus ojos en ella y desataran una
persecución para conquistarla. Y así fue: cayó en las redes de un co-
mandante-narco. Pronto fue atrapada y juzgada en Estados Unidos,
donde depositaba dinero de los narcos de Ciudad Juárez; cincuenta
y ocho veces registró ingresos en los bancos texanos y por eso el
juez pidió para ella más de doscientos cincuenta años en una prisión
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federal, narra la prensa fronteriza de 1987. Ésta no sería la primera
ni la única tragedia de una reina de belleza ligada al narco, seguirían
varias más. La belleza y el dinero se atraen, como la miel y las abejas.
CONCHITA Y REGINA GONZÁLEZ FRANCO
La proliferación de los concursos ha permitido que algunas jóvenes
de origen humilde se conviertan en reinas del carnaval, señoritas
Sinaloa, señoritas México, modelos o destaquen en alguna otra
profesión de la imagen. De los años ochenta en adelante, bellas
adolescentes como Elizabeth Broden, Señorita México; Leticia
Arellano, reina del Carnaval de Mazatlán y Señorita Sinaloa; Abris
Ileana Tiznado, reina del Carnaval de Mazatlán; Laura Zúñiga,
Reina Hispanoamericana en 2008, surgieron de modestos barrios
sinaloenses para apoderarse de los símbolos de la belleza y la ad-
miración, máximos reconocimientos públicos que ha otorgado la
cultura regional a sus mujeres.
A escala de los municipios o de poblaciones menores también
se manifesta tal hecho: cualquier población del estado puede con-
tar una historia en la que la joven y bella mujer de condición mo-
desta logra el reconocimiento social mediante la conquista de un
trono de relevancia. Así sucedió con Conchita y Regina González
Franco, hermanas y señoritas Cosalá.
Conchita narra su historia:
Fui princesa del Colegio de Bachilleres de Sinaloa, reina de la Uni-
versidad de Occidente en Culiacán, reina de las embajadoras en La
Cruz de Elota y Señorita Cosalá en 1986. Soy de la primera genera-
ción de reinas de la familia; anteriormente mi mamá no participaba
porque eso como que era sólo para ciertas familias. Esta inquietud
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