HOY ME PUEDO CASAR PORQUE ME FUI DEL PERÚ....

Por Benito Portocarrero Iglesias
Hoy me puedo casar y puedo adoptar porque me fui del Perú. Para
sentirme libre, para que mis derechos y mi integridad sean respetados
tuve que alejarme más de seis mil kilómetros de mi hogar y de la gente
que amo.
En el año 2000 viajé a Barcelona gracias a un intercambio estudiantil.
Pude ver como la gente disfrutaba la libertad de ser como era y como
quería, lejos del oscurantismo de Franco y del Opus Dei. Y yo pude vivir,
por un corto tiempo, como era y como quería. Sin embargo, había
prometido regresar.
Lo intenté de nuevo en el 2003. Me fui a Francia. En mi maleta me llevé
todo el odio que había aprendido a tenerme y la pena. Y el odio y la pena
casi me matan. Me tragué todos los ansiolíticos de una buena vez por
todas. Estaban dulces como las lentejitas de chocolate. En el hospital,
una fornida enfermera me obligó a tomar un líquido viscoso con
apariencia de barro en una botella blanca. En la clínica, trataba de
consolar a mi roommate asegurándole que orinar sentado no era tan
grave y que cortarse las venas con un gancho de ropa tomaría horas. Y
había prometido regresar al Perú.
En Lima, la doctora Ureta de Caplansky me preguntó cuántos
homosexuales había en mi familia. Ninguno. Ninguno en las siete
generaciones de Benitos. Ninguno en ninguna foto, en ningún carnaval,
en ninguna PUCP. Ninguno en la familia extendida. Ni en el Perú, ni en
Irán, ni en el Sodalicio hay homosexuales. Yo era, entonces otro,
inexistente más. Y como no existía, no pagué la consulta.
Me fui a Canadá sin titubear. Trabajé junto a gente de distintos orígenes
y religiones, sin tener que esconder quién era y me llevé muy bien con
ellos. La única agresión que recibí por ser homosexual fue de parte de
otros peruanos. Decidí ir a Francia de vacaciones, a visitar a los amigos y
a volver sobre mis pasos para reconciliarme con ese país, y tal vez un
poco conmigo mismo. Una amiga me invitó a una reunión en su casa y
allí estaba Olivier. Durante cinco años cruzamos el Atlántico para poder
estar juntos.
Ahora soy también ciudadano canadiense. En Canadá, el matrimonio
igualitario – adopción incluida - existe desde hace casi diez años. La
sociedad no se ha disuelto, nuevas familias se han formado, los niños
siguen naciendo, Dios no se ha picado, la Tierra gira. El matrimonio
igualitario fue aprobado apenas el año pasado en Francia. Apenas ahora
Olivier y yo podemos conversar más tranquilos sobre nuestros planes,
nuestro futuro juntos. Lo sé, aún existe alguna mirada hostil o una
sonrisa condescendiente. Sin embargo, las leyes protegen e invitan a la
reflexión. Soy afortunado. Otros peruanos como yo nunca podrán serlo
porque ya los mataron.
Y los mataron porque en el Perú no todos son iguales ante la ley, porque
el Estado no es laico de verdad, porque la exclusión es su cimiento. La
Unión Civil es un primer paso, solo el primero, de lo que
inevitablemente sucederá un día: que todos puedan amarse sin miedo. Y
el Perú está listo.