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n i el éxi to del men saje fran ci scan o. Un a de l as gran des lecci ones que
se extrae de las experi en ci as vi vi das por los lai cos en el si glo XII era
la posi bi l i dad de vi vi r el Evan gel i o en medi o de los hombres, aun -
que rechazan do la lógi ca del «mun do»
3 6
. Esta fue exactamen te la
meta que el hi jo del mercader Bern ardon e asi gnó a la fratern i dad de
los Pen i ten tes de Asís. Subrayar que él fue deudor de las corri entes
espi ri tuales que' habían agi tado la Cri sti an dad algun os deceni os an-
tes no es di smi n ui r su ori gi n ali dad. Los con temporán eos no se equi -
vocaron cuan do vi eron en los frai les men ores los sucesores de los val-
denses y en los predi cadores los sucesores de los canóni gos regula-
res. San Francisco tuvo el i n men so méri to de lograr, en el más alto
n i vel, la síntesi s de las aspi raci ones, a veces con tradi ctori as, de las
generaci ones preceden tes. La devocaci ón al Cri sto del Evangeli o, ve-
n erado en su human i dad, en su Cruz, en su Pasi ón, i ba acompaña-
do por un agudísi mo sen ti do de la omn i poten ci a di vi na; la aspi ra-
ci ón a la puri fi caci ón y a la humi l dad se correspon de con una fi de-
li dad total a la Iglesi a y con una vi si ón fun damen tal men te opti mi sta
del un i ve r so creado que le hace i n sen si bl e a las ten taci on es del dua-
l i smo. En él se fun den , de man era excepci onal, la perspecti va apos-
tóli ca y el sen ti do ascéti co, el amor de la pobreza y el espíri tu de obe-
di enci a. Hubi era si do necesari o i nsi sti r sobre los aspectos de su san-
ti dad que pueden ser con si derados como verdaderos pun tos de lle-
gada. Si n embargo, no se puede ol vi dar que su vi da fue uno de esos
acon teci mi en tos que, si n ser i nexpli cables, modi fi can radi calmen te
el curso n ormal de la hi stori a.
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o c c . i j i > ^ ^ ^ ^ y/ ^ v^
36
Esta pal abr a debe ser e n te n di da en el sen ti do de creaci ón vi ci ada por el pecado.
120
CAPÍ T ULO i v
El hombre medi eval a la búsqueda de Di os
Formas y con ten i do de la experi en ci a
reli gi osa
1 . PER EG R IN ACIÓ N , CULT O DE LAS R ELI Q UI AS Y M I LAG R O S
En la Edad M edi a, más que en otros peri odos, el deseo de l l e va r
un a vi da espi ri tual i n ten sa es i ndi soci able de l a adopci ón de un a f or -
ma de vi da reli gi osa, generalmente defi n i da por un a regla que t e n í a
un valor san ti fi cador en sí mi sma. Esto no excluía la búsqueda de
un con tacto más i n medi ato y más ín ti mo con Di os. Sería, por tan to,
el momen to de habl ar de la oraci ón . Pero es necesari o deci r clara-
men te que, fuera de la plegari a li túrgi ca de los mon jes, la oraci ón
no es con oci da en absol uto. Las can ci on es de gesta nos han con ser-
vado algunos hermosos textos de oraci ón . Si n embargo, ¿se trata ver-
daderamen te de expresi on es corri en tes de una pi edad person al o,
más bi en, de elaboraci on es li terari as?. El Pater no ster y la pri mera
parte del A ve María eran con oci dos i n dudabl emen te por todos. Los
salmos parecen haber gozado del favor tan to de los cléri gos como
de los laicos cultos que, desde muy pr on to, i mpul saron su traduc-
ci ón a la len gua vulgar. Pero se i gn ora, si n embargo, con qué espí-
ri tu y con cuán ta frecuen ci a eran reci tados. En este pun to, y para
esta época, exi ste una lagun a a la que el hi stori ador no puede pon er
remedi o, aun que tampoco debe tratar de di si mul arl a.
Si no logramos compren der en la plegari a la relación del hombre
con Dios, podemos tratar de hacerlo, si n embargo, medi an te otras
formas de pi edad y de devoci ón. El cri sti an i smo del siglo XII, inca-
paz de pensar e i n cluso de i magi n ar en térmi n os abstractos, reali za
ante todo su experi en ci a reli gi osa en el ni vel de los gestos y de los
ri tos que le pon en en con tacto con la esfera de lo sobren atural. De
121
esta man era, su i n men so deseo de l o di vi n o busca sati sfacci ón en al -
gun as man i festaci on es que l l evan un a f uer te carga emoti va y cuyo
con ten i do teológi co es con frecuen ci a bastan te débi l. La man i festa-
ci ón que ocupa el pri mer puesto en la pi edad de los fi eles es si n n i n -
gun a duda la peregri n aci ón . T omar el bastón de peregri n o si gn i fi ca,
an te todo, ocupar un espacio sagrado don de la poten ci a di vi na ha
escogi do man i festarse medi an te los mi lagros. Estos lugares pri vi le-
gi ados son n umerosos y, a lo largo del siglo XI I , se mul ti pl i caron
por todo O cci dente. Además de los san tuari os regi onales, como R o-
camadour o Sai nte-Foy de Con ques, los fi eles frecuen tan cada vez
más los lugares de peregri n aci ón más lejan os como Santi ago de Com-
postela, San M i guel de G argan o o San N icolás de Bari. Incluso
R oma con sti tuye un objeti vo frecuen te, por n o hablar de J erusalén
don de las cruzadas no obstacul i zan la con ti n uaci ón de los vi ajes a
T i erra Santa más que la toma de la ci udad por los T urcos en 1 1 87.
Fuera de este úl ti mo caso, los lugares de peregri n aci ón frecuen tados
son los que con servan algun as reli qui as preci osas. Estas con sti tuyen
el objeto de una i n ten sa ven eraci ón por parte del clero y de los fi e-
les, como testi mon i a el espl en dor de las urn as y de los reli cari os que
las con ti en en . Signos vi vos y pal pabl es de la presen ci a de Dios, las
reli qui as asumen la fun ci ón pri n ci pal de reali zar mi lagros.
Los mi lagros j uegan un papel de pri mer orden en la vi da espiri-
tual de esta época, no solamen te en tre los lai cos. J un to con las vi -
si ones, represen tan un o de los medi os-de comun i caci ón más i mpor-
tan tes en tre este mun do y el más allá. La i dea de que Di os conti -
n uaba revel án dose a los hombres medi an te los prodi gi os estaba pre-
sen te en todos los espíri tus. Por esta razón , los cri sti an os de la Edad
M edi a se en con traban con ti n uamen te a la búsqueda de milagros y
di spuestos a admi ti rlos en cualqui er fen ómen o extraordi n ari o. Q ui e-
nes eran capaces de reali zarlos eran con si derados como santos. La
Iglesia se regoci jaba de con tar un gran n úmero de ellos en sus fi las:
en una época en que las herejías con moci on aban sus estructuras,
eran la pr ueba tan gi bl e de que el espíri tu de Di os estaba si empre
con ella. En cuan to a los si mples fi eles, los mi lagros que esperaban
reci bi r de los si ervos de Di os eran especi almen te curaci ones: resti -
tui r la paz del espíri tu a los poseídos por el demon i o, hacer cami n ar
a los cojos y devolver la vi sta a los ciegos represen taban entonces
los cri teri os más comun es de la san ti dad. Hasta el estableci mi en to
de un procedi mi en to regular de can on i zaci ón , a fi nales del si glo xi l,
el poder taumatúrgi co con sti tuyó prácti camen te la ún i ca con di ci ón
requeri da para que un di fun to pudi era benefi ci arse de los hon ores
del culto. La san ti dad era veri fi cada por su eficacia. Puesto que el
mal físico, como el pecado, es obra del di ablo, la curaci ón milagrosa
n o podía ven i r más que de Di os, y era sufi ci en te para demostrar que
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todo a que l por c uya i n t e r c e s i ón ha bí a s i do o b t e n i d a p c r t r n c Hi i It l a
corte cel esti al .
El deseo de un c on t a c t o di r e c t o con l o d i v i n o s e e xpr e s a i gu a l -
men te en l a devoci ón cucarísti ca. La mi s a, j u n t o con l a pe n i t e n c i a ,
con sti tuye el ún i co sacramen to que haya t e n i do un a ci e r ta i mpor -
tan ci a en la época medi eval. Pero se asi ste a ella más que para ver
el cuerpo de Cri sto que para reci bi rl o. Por oposi ci ón a las herejías *
espi ri tual i stas, y sobre todo al catari smo, la Iglesi a puso el acento
dur an te el si glo Xl l en la presen ci a real de Di os en la eucari stía, «ver-
dadero cuerpo y verdadera san gre de Cri sto». Esta i n si sten ci a en el
aspecto concreto del sacramen to en con tró un eco pr of un do en la re-
li gi osi dad de las masas que asi tían a la mi sa como a un espectácul o
esperan do que Di os descen di ese sobre el al tar. De esta ma n e r a , l os
fi el es deseosos de con templ ar l o que se l es ocul t a ba en el s a c r a me n -
to, presi on aron a los cléri gos para que les mostr ar an la hosti a en el
preci so i n stan te en que se reali zaba el mi steri o di vi n o. Este es el or i -
gen del ri to de la elevaci ón , ri to que fue r e gl ame n tado a pr i n c i pi os
del si glo XUI en razón de los frecuen tes abusos: en al gun os l uga r e s ,
los sacerdotes fueron obli gados a mostrar tres veces la hosti a d u r a n -
te la misa; en otros, se prol on gaba de sme sur adame n te el mome n t o
de la con sagraci ón . En efecto, común men te se creía que la vi si ón per-
man en te de la hosti a con sagrada producía efectos salvíñcos. Para la
mayor parte de los fi eles, esta vi si ón susti tuía a la comun i ón sacra-
men tal, r ar amen te posi ble a causa de la ven eraci ón de que eran ob-
j eto las san tas especi es. T odo esto den ota una con cepci ón de lo sa-
grado que se en cuen tra en muchas reli gi on es: Di os, a este respecto,
aparece como una en ti dad exteri or al hombre, poten ci a mi steri osa
y an ón i ma que ti ene poca relaci ón con el Dios de la Bi bli a. In cl uso
los ri tos específi camente cri sti an os, como la con sagraci ón de la hos-
ti a, experi men tan la i n fl uen ci a de esta reli gi osi dad f ue r t e me n t e ca-
racteri zada por lo mági co.
De este examen de las devoci ones popul ares sería lógi co c on c l ui r
que n os en con tramos en plen a supersti ci ón y que las prácti cas que
acabamos de descri bi r n o ti en en n ada que ver con la hi stori a de la
espi ri tual i dad. Si n embargo, un ci erto n úmero de si gnos revel an al
observador aten to una evol uci ón de la pi edad que va en el senti do,
si no de una espi ri tuali zaci ón , al men os de una acentuaci ón de su
carácter cri sti ano. Cuan do los fi el es del si glo Xl l , como los de la épo-
ca caroli n gi a, parten en peregri n aci ón , ci ertamen te llegan a un lugar
don de Dios actúa por i n termedi o de las rel i qui as y procuran siem-
pre pasar baj o las tumbas de los san tos para obten er la curaci ón de-
seada. Pero tambi én el sen ti do mi smo de la peregri naci ón evoluci o-
na. En el siglo XII, la gente se di ri ge preferi bl emen te a los san tuari os
de los Apóstol es y a los l ugares don de se ven eran rel i qui as de M aría
1 23
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o de Cri sto o don de haya objetos que han estado en con tacto con
ellos.
Es fáci l i ron i zar sobre los i nverosími les trofeos que los cruzados
traj eron de O ri en te, así como sobre los i n n umerabl es di en tes de San
J uan Bauti sta o sobre los cabellos de Cri sto que, con frecuenci a a
al to preci o, las ¿glesi as de O cci dente se procuraron de hábi les i m-
postores. La i ncreíble i n gen ui dad de los fieles y la ceguera i nteresa-
da de los cléri gos, si n embargo, no deben hacern os olvi dar que el éxi-
to de estas devoci ones con sti tuye, en ci erta manera, mon eda co-
rriente de la predicación del Evangelio. Entre las masas, esto se tradujo
en «un a vol un tad evi den temen te torci da y fan tasi osa de en con trar a
Cri sto en lo que había si do su vi da terren a» y en «un esfuerzo por
restablecer en con creto algunas con di ci on es de exi stenci a de la sa-
grada f ami l i a»' . La evoluci ón de la peregri n aci ón a R ocamadour es
muy si gn i fi cati va a este respecto. A comi en zos del siglo XII, era to-
davía un san tuari o local en tre otros, don de llegaban los peregri nos
de la regi ón de T ulle para dejarse i mpon er las cadenas que, tras ha-
ber estado en con tacto con las reli qui as de San Amador, operaban ,
según se decía, curaci ones mi lagrosas. En la segun da mi tad del siglo
se abre paso una leyen da, contada por el cron i sta R oberto de T o-
ri gny, según la cual este Amador no sería otro que un servi dor de
M aría, que la habría ayudado a cui dar de J esús cuan do era éste un
ni ño. La hi stori a es evi den temen te una pura i n ven ci ón . Pero no deja
de ten er i n terés que los cléri gos de R ocamadour hayan i n vi tado a
los fieles a tomar como modelo una person a que había vivido con
Cri sto y su madre en la mayor fami l i ari dad y que había segui do la
vocaci ón de pon erse a su servi ci o. La mi sma leyenda subraya, por
otra parte, que Amador era un pobre y glorifica su humi l dad, lo
que con cuerda con el sen ti do de la espi ri tual i dad de la época. Este
no es un ejemplo ai slado. En el siglo XII, parece que la atenci ón de
los fi eles se haya di ri gi do haci a los gran des n ombres de los pri meros
siglos de la Iglesia, mi en tras que duran te la alta Edad M edi a se ha-
bían mul ti pl i cado los san tos si n una referenci a con creta seria y a
qui enes se i mpl oraba si mplemen te la curaci ón , si n preocupaci ón de
tomarlos como modelo y si n conmoverse por su vi da.
Por otra parte, la espi ri tuali dad pen i ten ci al comenzó en esta épo-
ca a enri quecerse con ri tos que ten ían más relaci ón con el pagani s-
mo que con la fe cri sti an a. En efecto, puede verse cómo se exti en de
la convi cci ón de que el esfuerzo desarrollado por el hombre en favor
de Dios o de su san tos obli ga, en ci erta man era, a que la poten ci a
di vi n a se man i fi este en el mun do. Aban don ar el propi o cuadro fa-
1
E. Delaruelle, «La spi ri tual i té du péleri n age de R ocamadour au M oyen Age»,
Bulleti n de ¡a Sac íete des Eludes. . . du Lo t, 1 976, pág. 71 .
mi li ar d u r a n t e un t i e mpo bás t a n l e l a r go V i i l w n l a i l a s pe l i gr os de l
cami n o c on s t i t u í a n , a l os ojos de l os l í e l e s , ¡ i ci os i i u - i i t u i i o s q u r dr
berían e n con tr ar s u r e compe n sa me d i a n t e un mi l a gr o, l ' u c d e pe n
sarse que esta con cepci ón de l as r e l aci on e s e n t r e el hombr e y l o di -
vi n o era demasi ado si mpl i sta. Pero n o es me n os c i e r t o que r e pr e s e n -
ta un progreso en l a medi da en que e stabl e ce un ví n c u l o e n t r e l a gra-
ci a que se espera obten er de Di os y el e s f ue r zo pe r s on a l del c r i s t i a n o.
Fi n al men te, i n cluso la i dea mi sma que se te n ía de la s a n t i da d n o
perman eci ó i n al terada. An tes del si glo xu, l a hagi ogr af ía n os mue s-
tra al gun os san tos que parecen mi s t e r i os a me n t e predesti n ados a su
estado. La fi del i dad con que éstos cumpl e n la ley di vi n a es más la
man i festaci ón sen si ble de su el ecci ón por pa r t e de Di os que el r e s ul -
tado de una ascesis haci a la perfecci ón espi ri tual . En los tr atados de
Hon ori us Augustodun en si s, portavoz de l a men tal i dad común , «san-
to, se nace; no se hace»
2
. A lo largo de los deceni os si gui en tes tuvo
lugar un cambi o en la man era de escri bi r las vi das de los san tos.
Bajo la i n fl uen ci a de la n ueva espi ri tual i dad, los hagi ógrafos se es-
forzaron por demostrar, a veces de man era poco hábi l, que la po-
ten ci a mi l agrosa estaba subordi n ada a la prácti ca de un a exi sten ci a
ascéti ca, así como al ejerci ci o de la cari dad. Como afi rma el mi smo
In ocen ci o III en vari as ocasi ones, los mi lagros solamen te ti en en va-
l or si están aval ados por un a vi da san ta y cer ti f i cados por al gun os
testi mon i os autén ti cos. Por vez pri mera en la hi stori a del O cci den te
medi eval, la mi sma Iglesia subr ayaba la ambi güedad de los si gn os
de lo sagrado. Ci ertamen te, habrá que esperar aún mucho ti empo
para que, en el tema del cul to de los san tos, lleguen a i mpon er se las
exi genci as de pruden ci a defi n i das por el papado. Pero la pr epon de-
ranci a de la fe y de las obras sobre el el emen to mi lagroso en la apre-
ciación de la san ti dad es un si gn o, en tre otros, del proceso de espi -
ri tual i zaci ón que comi en za a ten er l ugar en el seno del cr i sti an i smo.
2. AR T E Y ESPI R I T UALI DAD
En real i dad, la Iglesi a se esforzaba por educar un puebl o rudo y
poco i n strui do por en ci ma de las exi genci as puramen te materi ales,
haci én dole compren der la exi stenci a de una reali dad superi or. Para
ello no dudó en uti l i zar los recursos del arte, expresi ón a la vez de
un a vi da espi ri tual i n ten sa —l a de los cléri gos— y medi o para que
los laicos compren di eran la gran deza y la i n f i n i ta ri queza del mi ste-
ri o di vi n o. N o vamos a estudi ar aquí el di fíci l probl ema de la for-
maci ón , o mejor de l a i mpr egn aci ón rel i gi osa, que podían reci bi r l os
2
Y . Lefevre, L'Eluc i dari um el les luc i dai res, París, pág. 338.
124 1 25
fi el es me di a n t e l a me di aci ón de l os ci clos pi ctóri cos, del can to l i t úr -
gico o de los con j un t os escul pi dos que, a par t i r del si glo XI, se mul -
ti pl i caron en los pórti cos de las abadías y de las catedrales.
M ucho se ha habl ado de la «Bi bl i a de pi edra» que estas obras
ofrecían a la vi sta de los simples fi eles. N o es seguro que la i n ten -
ci ón pedagógi ca haya si do pri mordi al en tre qui en es las hi ci eron eje-
cutar. Su objeti vo parece más bi en haber si do provocar un c ho que
emoti vo, suscepti ble de tran sformarse en i n tui ci ón espi ri tual.
En una rel i gi ón en la que el cul to con sti tuía el acto esenci al, la
fun ci ón pri n ci pal de la casa de Di os con si stía en ofrecer a los mis-
teri os di vi n os el cuadro di gn o de su gran deza. Si n embargo, la be-
lleza de las f or mas no era apropi ada ún i camen te al carácter sacro
del ofi ci o l i túrgi co. La iglesia de pi edra, símbol o de la gran Iglesi a,
puebl o de los rescatados, debía procurar a los fi eles un an ti ci po de
la belleza celeste. Suger, el famoso abad de Sai n t-Den i s (1 081 -1 1 51 ) ,
es uno de los raros clérigos de su ti empo que haya defi n i do con pre-
ci si ón la perspecti va reli gi osa que i n spi raba la con strucci ón y la de-
coraci ón de los lugares de cul to. En su autobi ografía desarrol l a un a
si mbol ogía de la luz fuertemen te i n fl uen ci ada por la teología místi ca
de Pseudo-Di on i si o Areopagi ta. Según esta doctri n a, cada cri atura
recibe, y tran smi te una i l umi n aci ón di vi n a con forme a sus capaci da-
des, y los seres, como las cosas, están orden ados en una j erarquía,
según su gr ado de parti ci paci ón en la esen ci a di vi n a. El alma huma-
na, en cerrada en la opaci dad de la materi a, aspi ra a retorn ar a Di os.
Pero no puede con segui rl o más que por i n termedi o de las cosas vi -
si bles las cuales, a medi da que se avan za en los estadi os sucesi vos
de l aj e r ar quía, reflejan mejor su l uz. De esta man era, el espíri tu pue-
de, medi an te las cosas creadas, remon tarse hacia las no creadas. Apli -
cada al terren o del arte, esta con cepci ón de las relaci on es en tre el
hombre y lo di vi n o con duj o a mul ti pl i car en las iglesias objetos como
pi edras preci osas o tr abaj os de orfebrería sagrada que, i r r adi an do
su espl en dor, podían ser con si deradas como los símbol os de las vi r-
tudes y ayudar al hombr e a elevarse hasta el espl en dor del Creador.
De la mi sma man era, la luz que se fi l traba a través de las vi dri eras
fortal ecía el an helo de medi taci ón y recon ducía el espíri tu hacia Dios,
del que era una especi e de refl ejo. Como di ce la i n scri pci ón que Su-
ger hi zo grabar en la puerta de bron ce de Sai nt-Deni s: «Por medi o
de la belleza sensi ble, el alma adormeci da se eleva a la verdadera Be-
lleza y, desde el l ugar don de yacía soñol i en ta, resuci ta haci a el ci elo
con templ an do la luz de estos esplendores».
El mon acato ren ovado se l an zó en con tr a de este estéti ca, que
por lo demás era tambi én la de Cl un y, en n on i bre de una espi ri tua-
li dad ri gori sta. San Bern ardo admi tía que las iglesias desti n adas a
los fi el es estuvi eran ri camen te decoradas, pero se opon ía a que su-
1 26
c e di e r a l o mi s mo e n l a s a ba d í a s y, de m a i u ' i a ¡ T u n a l , n i l n .
1
l os i vl i
gi osos. Por e l l o, los e s t a t u t os di
1
. C ' i t c i i u x , l o mi s i n o que l os i k ( ' I t a i
tr eux, pr ohi bi e r on pon e r e n l a s i gl e s i a s c on ve n t u a l e s e r u d l i j os de
oro o tapi cerías de seda y que l as i gl e s i as e s t u vi e r a n a d or n a d a s con
sepul tur as y vi dri eras. «Dej emos l as i máge n e s pi n t a d a s a l as perso-
n as senci llas», escri bía el can ón i go r e gul ar Ugo de Foui l l oy. Par a
San Bern ardo todo este l uj o era n o sol ame n te i n úti l si n o pe l i gr os o.
La preocupaci ón por la ri queza de la decoraci ón i mpedía a los ci é- *
ri gos, en pri mer l ugar, ofrecer la l i mosn a a los pobres. Pero sobre
todo, cul ti van do de man e r a desmesurada las artes, el hombr e corría
el peli gro de comen zar a gustar el pl acer por sí mi smo y de mul ti -
pli car los estímulos superfl uos con la f i n al i dad de la pura sati sfac-
ci ón . La ri queza y la profusi ón de la orn amen taci ón con ducían , en
úl ti ma i nstanci a, a la búsqueda del placer, di str ayen do el espíri tu en
las sensaci ones extern as y dejan do que se recreara con i mpresi on es
agradables. A los oj os del abad de Cl ai rvaux, todo esto estaba en
con tradi cci ón con las exi gen ci as de la vi da espi ri tual. El al ma, en
efecto, ti en e necesidad de con cen traci ón i n teri or para poder con o-
cerse y un i fi carse en la humi l dad. La i n strospecci ón se opon e a la
van a curi osi dad que pon e en peli gro el espíri tu rel i gi oso. N o con vi e-
ne, si n embargo, equi vocarn os. San Be r n ar do y los defen sores del ri -
gori smo ascéti co n o fueron en absoluto en emi gos del arte. La pure-
za de las líneas y la si mpli ci dad de las formas de una n ave ci ster-
ciense suplen ampli amente la ausenci a de orn amen taci ón . Pero a la
i rraci onali dad y a la opulenci a exuberan te del arte román i co se opo-
ne una estética de la pobreza que preten de li mi tarse a lo necesario
y no con servar más que las formas fun ci on al es senci llas. El arte cis-
terci en se es austero, di sci pli nado y fun damen tado en la búsqueda de
la pureza. Y no es men os rebosan te de espi ri tual i dad que el de Cl un y.
Pero mi en tras que, en este últi mo, la profusi ón gozosa y la ri queza
de las f or mas ten dían a de s l umhr ar el espíri tu y a ofrecerl e un an -
ti ci po de la fi esta etern a, el n uevo arte veía en estas real i dades ma-
teri ales un obstáculo para la con templaci ón . Para los defen sores del
asceti smo y de la pobreza vol un tari a, sol amen te a través de la re-
n un ci a el hombre podrá alcanzar el amor espi ri tual , el cual tran s-
forma las necesidades vi tales en trampol ín haci a Dios.
Por tan to, no exi ste una si no dos espi ri tuali dades del arte en la
época medi eval: una acepta e i ncluso busca la medi aci ón de lo sen-
sible; la otra rechaza la analogía en tre la belleza del mun do y el es-
pl en dor del más allá. Par a los defen sores de la segun da, la progre-
si ón haci a Di os pasa por la humi ldad y la ren un ci a al uso carn al de
los sen ti dos. La fun ci ón del arte se l i mi ta, entonces, a favorecer el
r e tor n o del hombr e en sí mi smo, retorn o que le hace nacer a la vi da
i n teri or.
1 27
T'*'
3. UN A CO N Q UIST A: LA V I DA I N T ER I O R
En la medi da en que la pi edad se i n di vi dual i za y la reli gi ón se
hace más person al , la vi da del espíri tu deja de ser pri vi legi o de los
monjes. En una soci edad que comi enza a li berarse de las obli gaci o-
nes exteri ores y a pon er fren o a la vi ol en ci a ciega, un n úmero cre-
ci en te de clérigos y de laicos adqui ere el míni mo de li bertad y de dis-
tan ci ami en to respecto al i n sti n to que hacen posi bl e el recogi mi ento
y la refl exi ón . «En el i n teri or del hombre occi den tal se abre un fren -
te pi on ero di verso, el de la con ci en ci a»
3
. N o es una casuali dad que
esta toma de conci enci a —en la plena acepci ón del térmi n o— coin-
ci da con una ci erta recuperaci ón de las perspecti vas escatológicas.
M i en tras las masas perseveran i n can sablemen te en la prosecuci ón
del mi leni o y, decepci onados por el medi ocre resul tado de las cru-
zadas, di ri gen sus esperanzas haci a otros mesías sucesi vos, los espí-
ri tus más culti vados redescubren la verdad de la máxi ma evangélica:
«El rei n o de Di os está den tro de vosotros». En las men tali dades re-
ligiosas ti ene lugar un cambi o fun damen tal : el jui ci o fi n al aparece
si empre en tre las preocupaci on es esenciales de los fi eles, pero pi erde
su carácter de angusti osa i nmi nenci a. Y pron to será solamente con-
templ ado como «la sanci ón lejan a del jui ci o de la conci enci a en el
di álogo i n teri or con Cri sto»
4
.
Esta evoluci ón lleva a aumen tar todavía más la i mportan ci a del
sacramen to de la peni tenci a en la vi da cri sti an a y a modi fi car sus for-
mas. En el proceso peni tenci al, el momen to esencial se traslada de
la expi aci ón a la con fesi ón de los pecados. Hasta el siglo XI se con-
si deraba, en efecto, que la pen a debi da por el pecado debía ser ex-
pi ada ín tegramen te, a fi n de que éste fuera redi mi do. A parti r del
siglo XII se admi te corri en temen te que la confesi ón con sti tuye el ges-
to esenci al y que la absoluci ón se obti ene tras el recon oci mi en to de
la culpa. La Iglesia reconoce, en efecto, que se trata de un acto tan
humi l l an te y pen oso que posee por sí mi smo un valor expi atori o.
Por tan to, no es extraño que el sacramen to de la peni tenci a haya
sido desi gnado a parti r de ahora con el n ombre de confesi ón. La in-
teri ori zaci ón, la conciencia que el espíri tu toma de su falta y de la
ofensa hecha a Dios ti enen ahora más i mportan ci a que las obras
—cada vez más li geras— que los peni tentes con ti n uarán real i zan do
a títul o de expiación. De manera general, el siglo XII se caracteriza,
en el plan o espi ri tual, por una acti tud que se ha desi gn ado con el
3
J . Le G off, Méíi er et pro fessi o n d 'aprés les manuels de c o nfesseurs au Mayen
Age, art. cit., pág. 52.
4
M . D. Chen u, «La fi n des temps dan s la spi ri tual i té médi évale», Lumi ére et vi e,
II, 1 953, págs. 1 01 -1 1 6.
1 28
n ombr e de «socr ati smo c r i s t i a n o» . T e mpe r a me n t os l i u i
como l os de Abe l ar do, San Be r n a r do y l i go de San V í c t or hu í ) com-
par ti do l a con vi cci ón de que , pa r a con oce r el ci cl o y l a t i e r r a , es n e-
cesari o an te todo con ocerse a si mi s mo. Con ma yor ra/ . ón , el a l ma
solamen te al can zará a Di os al f i n a l de un l ar go c a mi n o a t r a vés de
los mean dros de la psi cología human a y de los grados del i n t e l e ct o:
«¿Cómo pi des con templ arme en mi l uz, tu que n o te con oces a ti mi s-
mo?, dice Dios al alma en un escrito de San Bern ardo. La i n stros- ,
pecci ón, lejos de represen tar un a desvi aci ón , aparece ahora como
un a necesi dad para cualqui era que aspi re a el evarse por en ci ma de
la vi da del i nsti nto.
Según la tradi ci ón mon ásti ca, el lugar pri vi legi ado del reencuen-
tro de la conci enci a i n di vi dual con Dios era la Sagrada Escri tura.
En la Edad M edi a, de hecho, la Bi bli a no es un li bro como tan tos
otros, si n o el li bro por excelenci a don de se en cuen tra la llave de to-
dos los mi steri os. Allí se aprende a leer y se busca descubri r las leyes
que regulan la vi da del hombre y del un i verso. Di os está presen te
en él con una reali dad casi físi ca: sobre la Bi bli a se real i zan los ju-
ramen tos solemnes y es abi erta al azar para leer en ella su pr opi o
desti n o o en con trar la propi a vocaci ón. Así hi zo San Fran ci sco en
el momen to de su conversi ón. Este li bro no estaba hecho para ser
leído. Por lo demás, i ncluso entre los mon jes, pocos eran los que po-
seían el texto íntegro y su con ten i do estaba lejos de ser i nvari able.
Exi stían i mportan tes di ferenci as de un ejempl ar a otro y la noci ón
de escri turas canóni cas apenas tenía senti do en una época en que
eran i n corporados a la Biblia, de buen grado, textos apócri fos como
el evangeli o de San Pedro y algunos tratados apocalípticos.
El conoci mi ento de la Bi bli a que tenían los clérigos y los fieles
era casi si empre i n di recto. Los textos más frecuentemente ci tados
son los que fi guran en la li turgi a: salmos, evangeli os si nópti cos, epís-
tolas de San Pablo y Apocali psi s. Por esta razón , algunos li bros eran
muy conoci dos y otros casi i gnorados. En el conjunto de esta am-
plia herenci a, cada uno escogía en fun ci ón de sus capacidades y de
sus necesidades. La li teratura que ten ía como fon do argumen tal las
cruzadas concedía un ampli o espacio al An ti guo T estamento, donde
se en cuen tra la n arraci ón de las guerras del Pueblo de Dios y la des-
cri pci ón de la T i erra Prometi da, y al Apocali psi s que ali menta las
esperanzas escatológicas de las masas. En ti empos normales, la ma-
yor parte de los fi eles se interesa preferen temen te por el Li bro de
J ob y por el salteri o, los cuales abun dan en preceptos morales y en
máxi mas concretas. Los clérigos de las escuelas urban as preferían es-
pecular sobre el G énesis, que i lumi na la acción de Dios creador, y
los con templati vos, a parti r de San Bern ardo y de G ui llermo de
Saint-T hierry, gustaban en cambio, comentar el Cantar de los Can-
1 29
tares, i n terpretado como un a crón i ca de los desposori os t umul t uo-
sos de Dios y del alma human a.
Por tan to, J a Bi bli a representa para el hombre medi eval una rea-
li dad vi vi ente de la que está más o men os profun dan temen te impreg-
n ado, pero que, en todos los casos, alimenta su vi da espi ri tual pro-
porci on án dol e a la vez una materi a de reflexi ón y algunas consignas
de acción. R emi ni scenci as y ci tas se presen tan en tan gran n úmero
en los escritos de los clérigos que frecuen temen te es di fíci l di sti n gui r
lo que provi en e de su propi o espíri tu y lo que pertenece al texto sa-
grado. Este está al mismo ti empo i nteri ori zado y actuali zado hasta
tal pun t o que se i n tegra con la propi a experi enci a personal. La Sa-
grada Escri tura, en efecto, no es con si derada como una si mple na-
rraci ón de la hi stori a de la salvación. M ás allá del senti do hi stóri co
evi den te, una exégesis suti l, que a veces tiene ten den ci a a deslizarse
hacia el alegorismo, descubre en cada epi sodi o, por no decir en cada
palabra, un si gni fi cado moral y espi ri tual apropi ado. Esta man era
de abordar los textos bíblicos en trañaba el peligro de di fumi n ar los
hechos de un si mboli smo muy ri co pero no siempre coherente. En
un li bro cuyo autor era Dios mi smo, ¿no era demasi ado ten tador bus-
car respuestas a todos los problemas
En las escuelas urban as, a lo largo de los pri meros deceni os del
siglo XII se elabora un método que permi te acceder a la compren -
si ón del mi steri o di vi no, evi tan do todo lo que los comentari os bíbli-
cos tradi ci on ales podían ten er de vago y de subjeti vo. La teología
—porque de ella se trata— se con sti tuyó en di sci pli na autón oma con
Abelardo, recurri endo al razon ami en to lógico y a la dialéctica. El ob-
j e to del conoci mi ento es si empre Dios, pero se busca alcanzarlo no
a través de efusiones senti mentales, sino medi ante la razón natural.
La Sagrada Escri tura no es excluida del campo de la reflexión; por
el con trari o, es puesta en el mi smo plan o que los autores paganos,
en parti cul ar Platón y Ari stóteles, que se comenzaban a redescubri r.
En algunos ambi entes i ntelectuales, sobre todo parisinos, prevalecía
en reali dad la idea de que era posible enunci ar las pri nci pales ver-
dades del cri sti ani smo, compren di do incluso el misterio de la T rini-
dad, uti li zan do con ceptos y métodos de la fi losofía pagana. San Ber-
n ardo reaccionó contra ello y acusó a Abelardo y a sus di scípulos
de rebajar las verdades reveladas al ni vel de las verdades human as.
N o en tra den tro de nuestros objeti vos n arrar la larga y penosa con-
troversi a que en fren tó al abad de Clairvaux con tra el «caballero de
la di alécti ca», a qui en aquel reprochaba una confi anza excesiva en
las capacidades de la razón. El hecho más si gni fi cati vo para noso-
tros es que, con Abel ardo, la teología se aparta de la sac ra pagi na,
es decir, del comentario espi ri tual de la Palabra de Dios. Desde ese
momen to ten dremos, por un a parte, un a teología escolástica, espe-
1 30
di l uci ón r aci on al sobre el he c ho r e ve l a d o, y por ol í a , un a ( c ol on i a
místi ca que perman ece a n c l a da en l a me d i t a c i ón de l a l í s e r i l ur a y
que rechaza pr i vi l e gi a r l a r e f l e xi ón i n t e l e c t u a l como me di o de acce-
so al con oci mi en to de Di os.
4. EN LO S O R Í G EN ES DE LA M Í ST ICA O CCIDEN T AL
En tre la vía teológica y la vía místi ca, exi ste otra di vergenci a pro-
fun da: el objeto de la segunda no es el de extraer los secretos de
Dios, si no el de permi ti r al alma constatar su presenci a y uni rse a
Él. El texto bíbli co, que con sti tuye para los espi ri tuales la referen ci a
obli gada de toda experi enci a religiosa, proporci on a un pun to de par-
ti da para una medi taci ón que, por etapas, conduce a la con templ a-
ci ón. N umerosos autores del siglo XII, desde Ael redo de R i e vaul x
hasta Santa Hi ldegarda, han descrito este paso de la refl exi ón a la
i lumi n aci ón según su propi a experi enci a person al. La Pal abra d i vi -
na, según ellos, actúa en primer lugar sobre el espíri tu como una lla-
ma, cortan do los vínculos que la un en a la carne y al pecado. Una
vez que la memori a ha sido puri fi cada, el alma puede apoyarse en
las palabras y en las i mágenes del texto para tratar de elevarse hacia
su creador. Al fi n al de una serie de etapas ascendentes, como si se
tratara de una escalera, el alma supera la di stanci a i nfi ni ta que la se-
para de ÉL La conciencia de la propi a i n di gn i dad reemplaza progre-
si vamente los i mpulsos de tern ura. Por últi mo, en silencio, la Pala-
bra toma posesi ón del alma y se hace carne: el hombre genera Dios.
Como dice San Bern ardo: «Lo c uti Verbi , i nfusi o do ní». Es el mi smo
V erbo el que habla a los hombres y se entrega a cada uno de ellos.
El espíri tu sale exultante y tran sfi gurado de estos momen tos de ele-
vación. G racias a la Escri tura, y puesto que en ella se con jun tan lo
vi si ble y lo i nvi si ble, el hombre puede li berarse de sus propi os l ími tes.
Con San Bernardo y G ui llermo de Sai nt-T hi erry —ambos ci stcr-
cienses—, estas experiencias místicas, di fun di das en el seno del mo-
nacato, fueron llevadas hasta sus últi mas consecuenci as y pr e s e n ta-
das por vez pri mera de man era si stemáti ca. El pun to de pa r t i d a de
ambos fue el Cantar de los Cantares, li bro parti cul armen te l íri co del
An ti guo T estamento que fue i n terpretado como un di ál ogo e n t r e
Dios, i denti fi cado con el aman te, y el alma, presen tada como la ama-
da del T odopoderoso. A parti r de aquí, San Bern ardo desar r ol l a en
una visión grandi osa toda una dialéctica de las relaci ones e n tr e el
Creador y sus cri aturas. Según él, el hombre está hecho a i magen
del mun do, por su cuerpo, pero a i magen de Di os, por su al ma.
A causa del pecado ori gi nal, el elemen to di vi n o que exi ste en el hom-
bre ha si do ocultado por el mal. Pero Dios ha restaurado esta se-
131
mejan za por me di o de l a En car n aci ón : M ar ía, n ue va Eva, represen -
ta n o sólo el i n s t r ume n t o de l a n ue va creaci ón si n o tambi én un mo-
delo para los cri sti an os de todas las épocas. El alma-esposa que bus-
ca a Di os debe esforzarse por asemejarse a la V i rgen y, como ella,
hacerse madre para dar n aci mi en to al espíri tu di vi n o. Desde este mo-
men to, el hombr e se eleva por en ci ma de su condi ci ón carn al y pe-
cadora para encontrar la patri a celeste a la que aspi ra en el fon do
de su corazón . El abad de Clai rvaux di sti n gue cuatro grados en esta
ascensi ón el amor carnal, que con si ste en amarse a sí mi smo, el amor
del próji mo y de la human i dad de Cri sto que es ya superi or, aun que
todavía de un ni vel medi ocre. Si el cri sti an i smo persevera, consegui -
rá el amor de Di os en dul zura y obten drá las con solaci on es espi ri -
tuales. Si n embargo, Dios descen derá en el alma solamen te cuan do
ésta llegue a ser capaz de amarl o por sí mi smo, después de haberse
despojado total men te de su en vol tura carn al. Llegada a este estadi o,
el alma-esposa, como la Iglesia de la que ella es la fi gura, vi ve según
el amor. En ella se actuali zan , de man era sobren atural , todas las vi r-
tudes con sti tuti vas de la n aturaleza human a.
El éxtasi s místi co, lejos de ser un fen ómen o aberran te, represen -
ta la reali zaci ón perfecta, en la medi da en que ofrece la posi bi l i dad
de conocer a Dios en lo más profun do del mi steri o tri n i tari o. San
Bern ardo es demasi ado reali sta como para i gn orar la n atural eza ex-
cepci onal de tales estados y él mi smo subraya n etamen te que la ex-
peri en ci a mística es i n feri or a lo que será la vi si ón beatífi ca de Di os
en la feli ci dad celeste. Pero el éxtasi s que procura el alma el beso
del Esposo, a i magen de la T ran sfi guraci ón don de los Apóstol es par-
ti ci paron del esplen dor de Cri sto, la con forma en ci erta medi da con
el objeto amado al cual está espi ri tualmente un i da. M edi an te la
un i ón místi ca, el hombre no se hace Di os, si no que se eleva por en-
cima de sí mi smo y reci be como graci a lo que Di os es por n atur a-
leza. En el ser dei fi cado de esta man era, la imagen di vi n a es defi n i -
ti vamente restaurada.
Los temas que se en cuen tran en G ui llermo de Sai nt-T hi erry
(+ 1 1 48) , autor del Spec ulum fi dei y sobre todo del De Co ntemplan-
do Deo , son poco más o menos los mi smos que los de su ami go San
Bern ardo, aun que su i nterés se centra fun damen tal men te en el mis-
teri o tri n i tari o. Según él, el alma human a es la imagen creada de la
T ri ni dad creadora. Imagen ci ertamen te i n feri or y degradada, pero,
sin embargo, hecha según el modelo de aquella. A su en ten der, en
efecto, el pecado original no ha destrui do esta semejanza fun damen -
tal, si mplemen te la ha trastocado. Apoyán dose en la gracia y en el
esfuerzo personal, el hombre deseoso de perfecci ón podrá restable-
cer esta semejanza, recon duci en do su alma al ri tmo de la T ri n i dad.
Para esto deberá elevarse del estado an i mal al estado raci onal, y de
132
este úl t i mo al e s tado e s pi r i t u a l , que les hace p a r t i c i p a r i i q i i l a ha j o
de l a gl or i a de l a R e s ur r e c c i ón , l í n q u i e n e s a l ca n / . a n osl e n i ve l , l ai s
tres facul tades de l al ma r e cupe r an su ve r da de r a f u n c i ón l a me mo-
ri a con duce al Padre, l a razón con duce a Cr i s t o, l a vol u n t a d al l i s-
píri tu San to— y abocan a un con oci mi e n to í n t i mo del Di os-
T ri ni dad.
La místi ca que nace en O cci den te duran te el siglo XII no se re-
duce ún i camen te a la comente ci sterci ense, por i mportan te que ésta
sea. En la búsqueda de la un i ón con Di os f uer on i n ten tadas n atu-
ralmente otras vías. Algun os autores se esforzaron por asociar la re-
flexi ón i n telectual con la búsqueda amorosa de la presenci a di vi n a.
Este fue el caso, en parti cul ar, de la Escuela de San V íctor, casa de
canóni gos regulares f un dada en París por G ui llermo de Champeaux
en el año 1 1 1 3 y que se hi zo célebre por una serie de i mpor t a n -
tes teólogos y autores espi ri tuales, en tre los cuales los más i mpor-
tan tes f ue r on Hugo (+ 1 1 41 ) y R i cardo (+ 1 1 73) de San V íctor . li ste
úl ti mo es el más i n teresan te en la perspecti va que estamos e s t udi a n -
do, porque desarrolló un a doctri n a que frecuen temen te es c a l i f i c a da
de «mi sti ci smo especulati vo». Para R i cardo, autor de un t r a t a d o De
Tri ni tate, la Santa T ri ni dad represen ta el supremo objeti vo de la con -
templaci ón . La especulaci ón, es deci r, la i n vesti gaci ón r aci on al , es la
pri mera etapa para acceder al con oci mi en to de este mi steri o. Es ne-
cesari o descubri r las moti vaci on es necesari as que permi ten a la i nte-
li genci a captar los fun damen tos de la vi da tri n i tari a. Si n embargo,
según él, ún i camen te la con templ aci ón , basada en la Escri tura y ali-
men tada por el amor, permi te acceder a la vi da ín ti ma de las perso-
nas di vi n as. Di os hace nacer en el alma human a un deseo agudo e
i n saci able que i mpul sa a las cri aturas a fun di rse con Él en un exc es-
sus mentís que, para R i cardo, es una i l umi n aci ón más que un éx-
tasis propi amen te di cho. Sí, como en San Bern ardo, el objeto úl ti -
mo es la un i ón ín ti ma con Di os, ésta se man i fi esta para los Vi c-
tori an os como una vi si ón del si gni fi cado pr of un do de las cosas y de
los seres. Su i ni ci ati va eli mi na, o más bien i gn ora, las barreras que
la espi ri tuali dad ulteri or ha estableci do en tre la vi da ascética, la vi da
i n tel ectual y la vi da místi ca. Según ellos, la promoci ón haci a Di os
pasa a través del an áli si s de las reali dades psi cológi cas, la expl ora-
ci ón de las facul tades del alma y los grados de la con templ aci ón .
Esta concepci ón de la vi da espi ri tual, si n téti ca y di n ámi ca al mi s mo
ti empo, debió de ten er escasa i n f l uen ci a en su época. Pero n o cabe
duda que abri ó cami nos por los cuales, en el siglo xn i , i ba a aden-
trarse San Buen aven tura.
O tras experi en ci as místi cas, y muy parti cul armen te en los am-
bi entes femen i n os, tuvi eron como pun to de parti da la devoción a
la human i dad de Cri sto y una vol un tad de parti ci paci ón acti va en
133
l a Pasi ón del Sal vador. Esta cor r i e n te n o dej a de te n e r relaci ón con
la escuel a Ci stcrci ense, y San Bern ardo, lo mi smo que G ui l l ermo de
Sai ri t-T hi erry, con cedi eron ampli o espacio en sus experi enci as y en
sus obras al mi steri o del Hombre-Di os. Si n embargo, los dos habían
subrayado que la devoci ón a la human i dad de Cri sto no era más
que uno de los dos pri meros grados del amor. Para ellos, sólo era
posi ble pasar de la sombra a la l uz, de la ti erra al cielo con templ an -
do a Dios en su di vi n i dad, y el alma que buscaba la perfecci ón debía
elevarse de la medi taci ón de Cri sto según la carne a la con templa-
ci ón de Cri sto según el espíri tu. En el movi mi en to reli gi oso que se
desarrolla en la diócesis de Lieja y en Braban te a fi nales del si-
glo XII, estos aspectos juegan un papel fun damen tal y la adoraci ón
de Cri sto que sufre ocupa el cen tro de aquella místi ca que se exten -
día en ton ces en los claustros y en los conventos de begui n as. San ta
Lutgarda y M ari a d'O ignies tratan de un i rse a Dios medi ante su en-
carn aci ón y su pobreza. Desde este momen to, y al menos duran te
un siglo, el elemen to afecti vo es algo prepon deran te en la místi ca oc-
cidental. El senti mi ento patético del drama de la R edenci ón, la me-
di taci ón sobre el sacri fi ci o cruen to de Cri sto, el don de las l ágri mas
que puri fi can la mi rada i n teri or y expresan la constri cci ón del cora-
zón, representan sus elementos fun damen tales. En esta mística fe-
men i n a, ¿podemos ver solamente el reflejo popul ar de las concepci o-
nes de San Bern ardo sobre las relaci ones del alma con su Creador?
Esto sería minimizar la originalidad de la espiritualidad de los Paí-
ses Bajos y ol vi dar que medi o si glo ri co en tran sformaci on es separa
al abad de Clai rvaux de la begui n a reclusa d'O i gni es. Para el pri me-
ro, la carne era sólo una sombra y un obstáculo que era necesario
salvar para ascender hasta el Verbo etern o; para la segun da, el cuer-
po de Cristo, i n strumen to de salvaci ón y pren da de etern i dad en su
prolongación eucarística, era el centro del misterio cristiano.
T odas las reli gi ones han con oci do y con ocen di feren tes grados
de parti ci paci ón en los mi steri os que en señan . El cri sti an i smo me-
dieval no es una excepción a la regla: desde el culto a las reli qui as
hasta la místi ca n upci al se abre un ampli o abani co de vías de acceso
a lo di vi n o. Podría parecer extraño reagrupar formas tan di sti n tas
de la experiencia religiosa. Pero el acento que han puesto los teólo-
gos sobre el papel del Verbo en carn ado en la R eden ci ón y el des-
arrollo de devoci ones populares a la person a de Cri sto y de su ma-
dre traducen , en niveles.ciertamente diferentes, la misma intuición.
N o está demostrado en absoluto que las ori en taci on es de la pi edad
sean si empre depen di en tes de aquel ti po de alta espi ri tuali dad que
se vive en los claustros. En el siglo XII, las dos han evoluci on ado apa-
ren temen te de man era si mi lar, e i n cluso, por algunos rasgos, la re-
li gi ón de las masas ha sido qui zás más avan zada que la de las élites:
1 34
l a devoci ón a l a Sa n t a Lan / . a, mi l a gms a mc t i l e d c N c u bi c r l i t por l oo
cruzados de l a n t e de An t i oq u l a , pr e ce de e n va r i os de ce n i o* « I n ve-
n eraci ón , ma n i f e s t a da por l os mí s t i c os de Br a ba n t e , de l a l l aga del
costado de Cri sto. Por e n c i ma de estos pr obl e ma s de i n f l u e n c i a s ,
si empre deli cados y di fíci l es de resol ver, el hi s t or i ador con stata que ,
al i ni ci o del si glo XIII, dos convi cci ones fun damen tal es i mpr e gn an la
conci enci a reli gi osa en O cci dente: sol amen te se puede al can zar &
Di os por medi o de su hi jo cruci fi cado y, si se qui ere la propi a sal-
vaci ón , es necesari o fun di rse con Cristo. Pero existen, sin embargo,
di versas man eras de i den ti fi carse con un ser amado: se pueden se-
gui r sus huellas y culti var su recuerdo, i mi tar su ejemplo o tratar de
ser uno sola con él. Por di versas que sean estas actividades, sin em-
bargo, es el mi smo sen ti mi en to el que las i n spi ra.
135