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La Mujer como Sanadora en
la Iglesia Moderna
DIALOGUE: A JOURNAL OF MORMON THOUGHT, Vol. 23, Num. 3 –Fall 1990.
Betina Lindsey
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Fui con mi obispo para discutir algunas cosas que habían ocurrido en mi vida, y le pedí una
bendición. Habían circunstancias en mi familia –mi esposo era inactivo, y yo tenía una posición
inusual en nuestro hogar. El obispo dijo que yo debería invocar el poder del Sacerdocio de
Melquisedec para bendecir a mi familia y aquellos a quienes yo amaba y servía. No mucho
tiempo después, mi hijo, que tenía un serio ataque despertó una mañana tosiendo. En cuarenta y
cinco minutos, no podía respirar. Corrí al baño [llevándole], abrí la llave de la regadera para crear
vapor, pero se estaba poniendo azul y no podía respirar. Alguien llamó la ambulancia. Mientras
tanto, mi hijo sentado en la tapa del escusado y yo sentada frente a él en la orilla de la tina de
baño. Repentinamente, en una respuesta natural, instantánea, puse mis manos sobre su cabeza y
dije: “Como madre de E__, invoco el poder del Sacerdocio de Melquisedec…” y le bendije.
Siempre había orado desesperadamente por él durante estos ataques, pero fue la primera vez que
puse mis manos sobre su cabeza e invoqué el sacerdocio. Mientras hablaba, si cabeza se deslizó
de debajo de mis manos y cayó en mi regazo. ¡Estaba dormido! Su respiración era constante y
relajada. Para cuando llegamos al hospital, preguntaron por qué le habíamos traído.
Antes había dado bendiciones –con mujeres, a otras mujeres –por infertilidad, alcoholismo, y
depresión; pero nunca había citado la autoridad del sacerdocio hasta esa mañana con mi hijo.
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CONSIDERO A ESTA MUJER como una pionera, pero más que explorar nuevo terreno,
redescubre el vasto paisaje que una vez fue el dominio de la mujer mormona –el dominio de la
mujer como sanadora –y del cual, por tres generaciones, las mujeres ha estado exiliadas.
La evidencia de diarios de mujeres mormonas, diarios, y actas de reuniones nos dice que
desde la década de 1840 hasta recientemente como la década de 1930, las mujeres SUD sirvieron
a sus familias, unas a otras, y a la comunidad más amplia, expandiendo sus propios dones
espirituales en el proceso. Aun ahora, el ayuno del barrio y el círculo de oración del templo
simbolizan la unión de nuestra comunidad espiritual; porque al unirse para buscar la sanación
para otros, nos sanamos a nosotros mismos y a la comunidad.

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BETINA LINDSEY es una novelista, bibliotecaria de barrio, y graduada de la Universidad Brigham Young. Con
James, un compañero de viaje y muy comprensivo esposo, son padres de cinco grandes almas.
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Personalmente recolecté, de las personas directamente involucradas, todos los relatos usados aquí. Sin embargo,
ya que las bendiciones de sanación oficialmente están asignadas a hombres que poseen el Sacerdocio de
Melquisedec y porque muchos hombres mormones se sienten incómodos sobre la acción autónoma de la mujeres,
muchas mujeres Santo de los Últimos Días se sienten vulnerables al hablar abiertamente de dar y recibir
bendiciones de las mujeres. Para preservar su anonimato y respetar su privacidad, no uso nombres en ninguno de
los relatos contemporáneos que cito de bendiciones de sanación por mujeres.
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Pero ya que la Iglesia define ahora la bendición de los enfermos como una función de la
autoridad del sacerdocio, todos sufrimos por la pérdida del ilimitado potencial de las mujeres
como sanadoras. Una mujer me contó de su preocupación cuando su hijo necesitó una operación.
Ya que su esposo era “muy reservado donde la familia estaba preocupada” y aparentemente no
comprendía que podía pronunciar solo una bendición, se rehusó a pedir a otro élder que le
ayudara a dar una bendición al niño, diciendo “Solo esperemos y veamos cómo sigue.” La mujer
comentó, "Me habría sentido mejor si a mi hijo se le hubiera dado una bendición antes, pero mi
marido no, y yo no podía."
En la última década más o menos, un creciente número de mujeres SUD se niegan a aceptar
esta limitación impuesta externamente. No solamente desean ejercer ese don sino practicarlo
discretamente. Si las mujeres estuvieran autorizadas para ejercer abiertamente este don, no
podemos prever la transformación que vendría para ellas como individuos y para la Iglesia
colectivamente.
Pero no sostengo la opinión que las Autoridades Generales deban conferir esta autoridad a las
mujeres. Afirmo el derecho de las mujeres para hacerlo así. Apremio a quienes sientan el deseo,
ya sea para bendecir o ser bendecida, que reclamen su derecho como miembro de la “casa de la
fe” y sostener ese don.
Este ensayo sostiene cuatro puntos: (1) Hay antecedentes históricos claros de las mujeres
como sanadoras. (2) El proceso y el don de sanar n o tienen género. (3) Las bendiciones de salud
mormonas contienen elementos rituales que semejan elementos en los rituales de sanación en
otras culturas. (4) La Iglesia podría beneficiarse colectivamente al reconocer oficialmente el
recurso que representan las mujeres sanadoras. Concluyo apremiando una ampliación del
servicio de las mujeres.

LOS ANTECEDENTES DE MUJERES MORMONAS SANADORAS
Desde la fundación del mormonismo, las mujeres han constituido un importante recurso
espiritual y comunal a través de ejercer los dones de sanación. Alabo “Gifts of the Spirit:
Women's Share” [Dones del Espíritu: La Porción de las Mujeres] de Linda King Newell (1987), bien
investigado, que traza la tradición SUD de los dones espirituales de las mujeres, en especial
hablar en lenguas y sanar a los enfermos. Ciertamente, nuestras antepasadas del siglo diecinueve
dan a sus hermanas una herencia sin paralelo de activismo espiritual. Es una tradición sagrada
con la que todos debemos familiarizarnos.
Se inicia en Nauvoo cuando las mujeres de la Sociedad de Socorro con frecuencia
pronunciaban bendiciones de salud unas a otras. Elizabeth Ann Whitney recordó recibir su
autoridad para actuar así por medio de ordenación: “Fui… ordenada y apartada bajo la mano de
José Smith el Profeta, para administrar al enfermo y consolar al afligido. Varias otras hermanas
también fueron ordenadas y apartadas para administrar en estas santas ordenanzas” (en Newell
1987, 115).
El Young Woman´s Journal de abril de 1893 describe los dones de sanación de Lucy Bigelow
Young, una esposa plural de Brigham Young y obrera en el Templo de St. George:
Cuántas veces el enfermo y sufriente han llegado en camas a ese templo, y de inmediato la
Hermana Young sería llamada para tomar al afligido bajo su cargo inmediato, como todos
conocen el gran poder que ha logrado obtener a través de largos años de ayunos y oraciones en el
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ejercicio de su don especial. Cuando sus manos están sobre la cabeza de otro en bendición, las
palabras de inspiración y profecía personal que fluyen de sus labios son como una corriente de
fuego viviente. Una hermana que no había caminado durante doce años fue traída, y bajo la
animadora fe de la Hermana Young pasó a través del día de ordenanza y fue sanada
perfectamente de su aflicción. (en Newell, 1987, 124)
Estas mujeres no consideran ser innovadoras radicales. En vez de eso, escuchan con atención
las escrituras para hallar el ejercicio de tales dones prometidos en medida abundante –y, lo que
es más, prometidos sobre la condición de la fe, independientemente del género.
LAS MUJERES COMO MIEMBROS DE LA CASA DE LA FE
La promesa del poder sanador viene directamente de Jesucristo a cualquiera nacido del
Espíritu:
Y estas señales seguirán a los que creyeren: En mi nombre echarán fuera demonios, hablarán
nuevas lenguas; tomarán serpientes en las manos y, si bebieren cosa mortífera, no les dañará;
sobre los enfermos impondrán sus manos, y sanarán. (Marcos 16:17-18)
Moroni corrobora que “todos estos dones vienen por el espíritu de Cristo; y vienen a todo
hombre [o mujer], respectivamente, de acuerdo con su voluntad.” (Moroni 10:17).
El Élder Bruce R. McConkie escribió en Doctrina Mormona, comentando sobre los dones
del espíritu “Se espera que las personas fieles busquen los dones del Espíritu con todo su
corazón. “Se espera que las personas fieles busquen los dones del Espíritu con todo su corazón.
Han de ‘Procurar, pues, los mejores dones’ (1 Cor. 12:31; D&C 46:8), ‘desear dones espirituales’
(1 Cor. 14:1), ‘pedir a Dios, el cual da liberalmente’ (D&C 46:7; Mat. 7:7-8). A algunos les será
dado un don, a otros otro.” (McConkie 1966, 314). “Y además, a unos les es dado tener fe para
ser sanados; y a otros, fe para sanar.” (D&C 46:19-20). Las mujeres están claramente incluidas
en este mandato de “buscar los dones del Espíritu con todo su corazón.”
Aunque la Iglesia contemporánea teológicamente no excluye a las mujeres de la sanación –
porque todos los creyentes en Cristo tienen acceso a los mismos dones –ellas están excluidas
para realizar la ordenanza. Esta exclusión, como Newell documenta cuidadosamente, no es una
sanción teológica sino más bien un asunto de evolución de la política de la Iglesia (1987, 111-50)
Porque la Iglesia se ha, desde la década de 1960, definido y correlacionado como “iglesia de
sacerdocio” en lo que creo es un esfuerzo para hacer que los hombres tomen más seriamente sus
responsabilidades, sistemáticamente ha excluido a las mujeres de muchas áreas grises, igualando
“varón adulto” y “Sacerdocio de Melquisedec.”
El sanar por la imposición de manos concentra tres fuentes de poder: (1) El poder de Dios,
trasmitido a través del conducto d la acción humana; (2) fe, ejercida tanto por el recipiente y por
quienes participan en la bendición; y (3) el poder de sanación del sanador, un don que
aparentemente es un acto de gracia gratuita de Dios para ciertos individuos que, a su vez, son
libres para ejercerlo o retenerlo. No hay indicación en la teología mormona que el sacerdocio es,
en sí mismo, el poder sanador; más bien, es una opción para ejercitar ese poder. Totalmente
obvio, en los primeros días de la Iglesia, el Sacerdocio de Melquisedec era solamente una
opción. La fe de las mujeres todavía era otra. Es difícil estimar cuántos poseedores del
sacerdocio poseen el don de sanar, pero parece que cualquier poseedor digno del sacerdocio
puede servir como conducto para el poder de Dios. También parece probable que cuando el
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poseedor del sacerdocio no es digno, una bendición pronunciada sobre un miembro fiel de la
Iglesia puede aún ser oída y contestada, debido a la fe del recipiente o un ser amado.
Restringir las bendiciones de salud solamente a los poseedores del Sacerdocio de
Melquisedec es una limitación sobre la espiritualidad de las mujeres. Un esposo observó: “Si uno
de los niños tiene una amigdalitis, no pienso que es el momento de una bendición. Si estuvieran
en el hospital con una enfermedad grave, entonces sería diferente.” Su esposa, sin embargo,
sentía diferente: “Creo que una bendición puede ser un preventivo para cosas peores por venir. Él
dice que me preocupo demasiado. A veces me siento indefensa; y como él es el único con el
sacerdocio, me pone en la posición de fastidiarle para que dé una bendición que no considera
necesaria.”
Otra mujer expresó su consternación por el carácter "rutinario" de las bendiciones del
sacerdocio. Cuando una mujer en su barrio se enfermó gravemente, el esposo de la primera
hermana la administró pero “durante las semanas siguientes, yo y las demás hermanas de la
Sociedad de Socorro fueron a su casa y la cuidaron y se hicieron cargo de ella y sus niños.”
Cuando se recuperó, esta hermana mencionó el evento a su esposo quien le dio “una mirada en
blanco, porque ni siquiera recordaba el nombre de la hermana o que la ministraran.” Ella
concluyó: “Creo que fueron las oraciones y el cuidado de las hermanas del barrio los que la
sanaron.”
Que yo sepa, nunca ha habido una sugerencia que la fe de las mujeres no sea eficaz,
individual o colectivamente, en la sanación; o que la súplica para la sanación de sí misma u otra
sea inapropiada. Así, las mujeres mormonas contemporáneas oficialmente no tienen prohibido
sanar, más bien, tienen prohibido involucrarse en los rituales de sanación.
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La exclusión no prohíbe específicamente la participación de las mujeres. Más bien, las mujeres son excluidas
silenciosamente por las instrucciones de quién participa y cómo. La política actual sobre bendiciones de salud y
bendiciones de consuelo y consejo aparece en el Manual General de Instrucciones (Salt Lake City: Church of Jesus
Christ of Latter-day Saints, March 1989), pp. 5-4 and 5-5:
Normalmente, dos poseedores del Sacerdocio de Melquisedec administran al enfermo. Un padre que posea el
Sacerdocio de Melquisedec debe administrar a los miembros de su familia que estén enfermos. Puede pedir a otro
poseedor del Sacerdocio de Melquisedec que le ayude.
Si no hay nadie que pueda ayudar, un poseedor del Sacerdocio de Melquisedec tiene toda la autoridad tanto para ungir
como sellar la unción. Si no tiene aceite, puede dar una bendición por medio de la autoridad del sacerdocio.
Los hermanos deben bendecir a los enfermos a petición de la persona enferma o de aquellos que estén sumamente
preocupados, a fin de que la bendición se reciba de acuerdo con su fe (véase D. y C. 24:13–14). Los Élderes asignado para
visitar hospitales no deben solicitar oportunidades de bendecir a los enfermos.
Una persona no necesita ser ungida frecuentemente con aceite por la misma enfermedad. Si a un poseedor del
sacerdocio se le pide que repita una bendición por la misma enfermedad, generalmente no necesita ungir con aceite
después de la primera bendición, sino que puede dar una bendición por imposición de manos y por la autoridad del
sacerdocio.
La ordenanza para administrar a los enfermos se realiza en dos partes como se delinea en el Melchizedek Priesthood
Leadership Handbook. Ese manual contiene también instrucciones específicas sobre otras ordenanzas, incluso conferir el
sacerdocio y ordenar a un oficio del sacerdocio, apartar a un miembro en un llamamiento, dedicar sepulcros, y dedicar
hogares.
Bendiciones de Padre y otras Bendiciones de Consuelo y de Consejo
Los padres (para sus familias) y otros que poseen el Sacerdocio de Melquisedec pueden dar bendiciones de consuelo y
consejo. Los padres pueden dar a sus hijos bendiciones en ocasiones especiales, como cuando los hijos van a una misión, al
servicio militar, o se van a la escuela. Una familia puede registrar una bendición de padre en los registros familiares, pero
no se conserva en los registros de la Iglesia. Una bendición de padre se da de la misma manera que las bendiciones de
consuelo y consejo (ver Melchizedek Priesthood Leadership Handbook).
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Un ejemplo interesante de la incomodidad de la Iglesia con que las mujeres ejerzan los dones
de sanación fue un caso reportado por David Miles Oman durante la sesión de preguntas y
respuestas en una conferencia del Foro de Mujeres Mormonas el 8 de junio de 1989. Durante su
misión en Francia en 1972, él y su compañero enseñaron el evangelio a una mujer que “tenía en
don de sanidad”:
El don se manifestó primero cuando ella era una niña, y había impuesto sus manos sobre una
mascota y sanó. Le dimos toda la literatura sobre la Iglesia, y leyó todo y se unió, llegando a ser
una miembro fiel. El presidente de misión la visitó con relación a su don de sanidad, y aunque le
reconoció su habilidad para curar como un don espiritual de Dios más bien que [de] Satanás, le
pidió que no usara o demostrara el don por ahora.
Podemos especular sobre las razones del presidente de misión: el deseo de no confundir a los
miembros al tener dos fuentes de autoridad para sanar, una preocupación sobre las inevitables
preguntas sobre lo apropiado que surgirían, incluso un deseo de ayudar a la mujer para adaptarse
más rápido a los papeles convencionales asignados a una mujer SUD. Desearía saber si esta
mujer aceptó la limitación impuesta sobre ella y si todavía es miembro activo de la Iglesia.
Otra mujer a la que entrevisté se le había prometido “el don de curar en tus manos” en su
bendición patriarcal. Dijo, “Uso el don principalmente para mis propios hijos y familia, retirando
el dolor con mis manos. Después, algunas veces me siento exhausta. No he usado el don fuera de
mi familia, aunque me doy cuenta que cuando visito a los enfermos puedo platicar con ellos, y
mi voz, en parte, les alivia y ayuda.” Pienso con ansia la bendición que esta mujer podría ser para
su barrio.
Los líderes de la Iglesia enfatizan la “espiritualidad” y la “dignidad” al pedir los dones del
espíritu, pero para las mujeres mormonas, ese énfasis se convierte en un callejón sin salida
cuando el símbolo y la vía para las manifestaciones espirituales en la Iglesia es el sacerdocio. En
esencia, las mujeres mormonas se convierten en dependientes espirituales, de los varones
poseedores del sacerdocio, para las ordenanzas sanadoras, aunque la teología mormona les da
igual acceso al poder de Dios. Es particularmente irónico, a la luz de las recientes declaraciones
de los líderes de la Iglesia acerca de la “superioridad” espiritual de las mujeres, que la Iglesia no
permita una vía oficial para que las mujeres ejerzan esta superioridad.
EL RITUAL MORMÓN DE SANACIÓN
Prácticamente todas las sociedades han creado un ritual para sintonizar una persona con una
fuente divina como un canal de sanación o de otros importantes dones espirituales para la
comunidad. El uso ritual del lenguaje y los símbolos es medular en tales rituales de
empoderamiento, porque los símbolos a la vez representan y objetivan el poder.
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En el
mormonismo, el aceite consagrado y el lenguaje ritual de la ordenanza ocupan este lugar
importante. El carácter sagrado se atribuye tanto al aceite como al lenguaje. Comunican poder,
despiertan la fe, e incrementan el sentido individual del empoderamiento personal.
Las oraciones mormonas de sanidad no tienen una forma rígida, aunque deben contener
elementos rituales importantes. Las instrucciones en la Guía de Estudio Personal del Sacerdocio

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En un estudio reciente de la sanación contemporánea en Estados Unidos, Meredith McGuie señala que “el poder
es una categoría fundamental (si no es que la fundamental) para interpretar la sanación… Cada grupo de sanación
tiene distintas creencias acerca del lugar geométrico del poder para sanar (o causar la enfermedad), así como
también ideas diferentes sobre las maneras de canalizar o controlar ese poder” (McGuire 1988, 227).
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de Melquisedec –que eran idénticas en cada manual que revisé entre 1980 y 1988 –no dan
fraseología exacta o ejemplos de oraciones, probablemente para evitar una excesiva dependencia
de la terminología y de la oración misma. El primer paso es consagrar el aceite:
El aceite de oliva debe consagrarse antes de ser usado para ungir a los enfermos. Debe usarse
un buen grado de aceite de oliva. Ninguna otra clase de aceite debe usarse. Quienes poseen el
Sacerdocio de Melquisedec deben consagrarlo y apartarlo para sus santos propósitos. Un solo
hombre puede hacer esto.
 Sostiene el recipiente abierto del aceite de oliva.
 Se dirige a nuestro Padre Celestial como en la oración.
 Declara la autoridad (Sacerdocio de Melquisedec) por la cual se consagra el aceite.
 Consagra el aceite (no el recipiente) y lo aparta para la unción y la bendición de los
enfermos y afligidos.
 Termina en el nombre de Jesucristo.
Esta ordenanza se hace en dos partes.
Unción
Un poseedor del Sacerdocio de Melquisedec unge con aceite como sigue:
 Unge la cabeza del enfermo, usando una pequeña cantidad de aceite.
 Pone las manos sobre la cabeza de la persona.
 Llama a la persona por su nombre.
 Declara la autoridad (Sacerdocio de Melquisedec) por la que se efectúa la ordenanza.
 Declara que unge con aceite consagrado.
 Termina en el nombre de Jesucristo.
Sellar la Unción
Dos o más poseedores del Sacerdocio de Melquisedec ponen sus manos en la cabeza de la
persona enferma. Uno de ellos habla como sigue:
 Llama por su nombre a la persona enferma.
 Declara la autoridad (Sacerdocio de Melquisedec) por la que se efectúa la ordenanza.
 Sella la unción que ya ha tenido lugar.
 Agrega las palabras de bendición, de acuerdo a lo que dicte el Espíritu.
 Termina en el nombre de Jesucristo. (Lay Hold 1988, 153-54)
En el mormonismo como con cualquier tradición religiosa o cultural, el efecto de usar un
lenguaje ritual tradicional es un empoderamiento; la persona habla las palabras que se han dicho
muchas veces en situaciones similares también se pone a sí mismo en contacto con el poder que
ha operado en las situaciones anteriores. Yo diría que el sacerdocio media el poder desde una
fuente divina para la situación humana al diferenciar los símbolos estructurales clave y ponerlos
en una relación adecuada para permitir que la energía fluya a través de ellos. En otras palabras,
una ordenanza crea orden. En la sanación, el poder del sacerdocio para establecer el orden a
través del ritual yace en la raíz del proceso de sanación. (Ver la discusión de McGuire, 1988,
213-39).
Este ordenamiento o alineación del sacerdocio con frecuencia se extendió a través del uso de
objetos físicos cuando el sanador estaba distante de la fuente. Vemos un ejemplo de tal “carisma
portátil” en las escrituras, en la serpiente de bronce de Moisés, que tenía el poder de curar a
cualquier israelita mordido durante la plaga de serpientes (Num. 21:8-9). Un ejemplo moderno
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ocurrió en julio de 1839 en Nauvoo y Montrose durante una epidemia de malaria. José Smith,
quien había estado sanando a los enfermos, se esperaba que regresara a Nauvoo cuando un padre
le pidió que sanara sus gemelos de tres meses:
José le dijo al hombre que no podía ir, pero que enviaría a alguien para sanarles. Le dijo al
Élder Woodruff que fuera con el hombre y sanara a sus hijos, al mismo tiempo tomó de su
bolsillo un pañuelo de seda, y se lo dio al Hermano Woodruff, diciéndoles que limpiara las caras
de los niños con él, y que serían sanados, haciéndole notar al mismo tiempo: “Mientras usted
conserve este pañuelo, será un vínculo entre usted y yo.” Hubo muchos enfermos a quienes José
no pudo visitar, así que aconsejó a los doce que fueran y les visitaran y sanaran, y muchos fueron
sanados bajo sus manos.” (HC 4:4-5)
En su libro Early Mormonism and the Magic World View [Mormonismo Temprano y La
Cosmovisión Mágica], D. Michael Quinn cita ejemplos adicionales de pañuelos sanadores, incluso
los de Lorenzo Snow, Newel Knight, y Caroline Butler. Quinn hace notar también el fascinante
incidente de José Smith consagrando la capa perteneciente al esposo de Caroline Butler “con
fines curativos, y varias generaciones de la familia Butler consideraron la capa con poder en sí
misma para sanar” (Quinn 1987, 222).
Aceite Consagrado
El aceite consagrado, que normalmente es bendecido para su función de sanación en las
reuniones de quórum, como un acto semi-privado de una hermandad unida, en el único objeto
ritual actualmente involucrado en la sanación. Las mujeres, por estar excluidas de las reuniones
del sacerdocio, no son testigos de la consagración.
Algunos hombres mormones fieles regularmente llevan el aceite con ellos en pequeñas
ampolletas de bolsillo. Las mujeres pueden ser responsables de ver que el botiquín contenga una
provisión de aceite consagrado actual, pero ya que fueron excluidas de usar el aceite al mismo
tiempo que perdieron el privilegio de dar bendiciones, también están distancias de la proximidad
que algunos hombres retienen a este objeto santo. El aceite consagrado es parte del lavamiento y
unción del ritual del templo para las mujeres, así como los hombres; pero la creciente rigurosidad
que rodea a todo lo relacionado al templo ha hecho que el uso del aceite por las mujeres sea aún
menos accesible, en vez de más acogedor y familiar.
La Imposición de Manos
La segunda parte del ritual es la imposición de manos y el pronunciar la oración de
administración en la que, aunque la fraseología no está especificada, deben aparecer ciertos
elementos, como se cita en el manual. La imposición de manos es una parte importante del ritual
de sanación. Hasta donde sé, todas las oraciones mormonas fuera del templo se pronuncian con
los brazos y manos plegados y entrelazados, excepto cuatro: confirmaciones, ordenaciones al
sacerdocio, apartamientos y bendiciones de salud. Las mujeres, como no poseedoras del
sacerdocio, no participan en ninguna de estas, por lo que incluso la postura ritual –un círculo de
hombres con sus manos sobre la cabeza del recipiente –está asociada con el funcionamiento del
sacerdocio masculino.
Muchas de las mujeres con las que he hablado expresan dudas acerca imponer las manos
sobre la cabeza de alguien, ya que temen que asumir esta "postura sacerdotal" será visto como
inapropiado. Algunas de ellas evitan el problema al establecer contacto físico de otras maneras
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durante el pronunciamiento de una bendición: las manos en los hombros, sosteniendo las manos,
etc.
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Un precioso documento del siglo veinte para las mujeres mormonas es una forma escrita de
la bendición para ser pronunciada en un lavamiento, unción, y sellamiento antes del parto. Fue
registrada en las actas de la Sociedad de Socorro del Barrio Segundo de Oakley (Idaho), entre
1901 y 1910. Este extracto combina el uso del aceite consagrado, el lenguaje ritual, y la
imposición de manos:
Ungimos tu espalda, tu columna vertebral para que puedas ser fuerte y sana, que ninguna
enfermedad se aferre a él, que ningún accidente te ocurra. Tus riñones, para que puedan ser
activos y sanos y realicen sus funciones apropiadas, tu vejiga para que esté fuerte y protegida de
accidentes, tus caderas para que tu sistema pueda relajarse y ceda el paso para el nacimiento de tu
hijo, tus costados para que tu hígado, tus pulmones, y el bazo puedan ser fuertes y realicen sus
funciones apropiadas… tus pechos para que tu leche pueda descender libremente y no tengas que
ser afligida con úlcera de pezones como muchas, tu corazón para que pueda ser confortado. (en
Newell 1987, 130-31)
La bendición continúa, en lo que podría ser una tradición reveladora para las mujeres en los
tiempos modernos. Las bendiciones del siglo diecinueve –y obviamente esta también –
involucraban la unción y bendición del área del cuerpo mencionada en la bendición, una
profundidad de ritual que ahora existe solamente en el templo. La cuestión de la propiedad sin
duda es una razón de por qué los líderes varones de la Iglesia aceptaban la administración de las
mujeres unas a otras y por qué la imposición de manos en la cabeza del recipiente acompañó al
estrechamiento de pronunciar bendiciones a varones (No tengo información de cuál cambio fue
primero.)
Autoridad
La porción de esta oración citada por Linda Newell no especifica la autoridad de las mujeres.
Algunas mujeres contemporáneas que dan bendiciones evaden el problema al desarrollar otra
categoría de bendiciones: las bendiciones de “madre.” Una mujer, una madre soltera a quien la
idea de una mujer poseedora del sacerdocio le parecía “espeluznante,” admitió dar a s u hijo una
bendición de madre. Una oradora invitada en una noche d valores de las Mujeres Jóvenes en mi

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La práctica de imponer las manos no es única o distintiva de los mormones. La práctica es conocida
mundialmente y a través del tiempo. Sus orígenes son incuestionablemente los gestos intuitivos e instintivos de
consuelo que ofrecemos a un niño lastimado: poner la palma sobre una frente febril, besar un raspón, dar
palmaditas a un niño lloroso. La imposición formal de manos es la forma de ritual más antiguo, conocida
prácticamente en todas las religiones. Ocas talladas en Egipto y Caldea (Irak) y pinturas en cuevas en los Pirineos
que datan de 15,000 años, describen a individuos en una actitud formal de imponer ambas manos sobre otro. El
emperador romano Vespasiano (70-79 D.C.) tenía la reputación de sanar la ceguera, la cojera, y la enfermedad
mental con un poder en la palma de sus manos. Los conquistadores españoles encontraron a chamanes y brujas
americanos nativos de ambos géneros imponiendo las manos (Stein 1988, 116-17). Las congregaciones
Pentecostales norteamericanas practican ampliamente el ritual en la actualidad.
Tampoco el papel del contacto físico está excluido de la sanación moderna. En un artículo reciente del Deseret
News, la médico Lynn Fraley declaró, en lenguaje prestado del Shock del Futuro de Alvin Toffler: “El mundo entre
más se convierte en ‘high tech’ [alta tecnología], el mundo necesita más ‘high touch’ [alto contacto]. Considero el
contacto como la herramienta más subestimada, más efectiva que [los médico] podamos utilizar.” Fraley
normalmente usa el contacto con sus pacientes, no solo durante los exámenes, sino también para aliviar el dolor,
para reducir la ansiedad, “y algunas veces para proporcionar algo que es difícil de medir en términos que la
medicina moderna entienda” (Jarvik 1989).
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barrio dijo: “Mi esposo viaja mucho de negocios, y algunas veces cuando no está, si un nicho se
enferma, le doy una bendición de madre.” Rápidamente agregó, “No es como una bendición del
sacerdocio,”
Alternativamente, algunas mujeres investidas han bendecido a otras invocando “la autoridad
con que fuimos investidas en el templo” o “por el poder de nuestra fe unida en el Señor
Jesucristo.” Aun otras invocan el sacerdocio de sus esposos. Una amiga mía, que es una dotada
sanadora, reporta: “Le he dado una bendición a mi esposo, y pongo mis manos sobre él y cito su
autoridad del sacerdocio, el cual comparto.” La madre que bendijo a su hijo con difteria invocó
el Sacerdocio de Melquisedec sin especificar quién lo poseía.
CONSECUENCIAS MODERNAS DE LAS MUJERES SANADORAS
Imagine conmigo un escenario en el que las mujeres SUD podrían servirse unas a otras con
los rituales espirituales de bendiciones de sanación –importantes en la salud física –y
bendiciones de consuelo y consejo –importantes en la salud mental.
Un resultado inmediato sería fortalecer la Iglesia en general al incrementar la autonomía
espiritual de más de la mitad de sus miembros. Una mujer soltera expresó su frustración por la
“inaccesibilidad” de las bendiciones, debido a la inaccesibilidad de los poseedores del
sacerdocio. Describe las estadísticas demográficas del barrio como “180 familias que son
principalmente mujeres solteras” y “como veinte poseedores del sacerdocio.” No ha tenido
maestros orientadores durante los cinco años que ha vivido en el barrio. La “orientación
familiar” es hecha por las maestras visitantes, por permiso especial. “Y si estás enferma, mejor
preséntate la noche del miércoles, porque solo puedes pescar al obispo el miércoles.”
Un segundo resultado inmediato resulta sería un incremento de fe, porque las mujeres serían
liberadas del muy real y muy incapacitante temor que estén “haciendo algo malo” y puedan ser
castigadas por la comunidad. Me rompe el corazón al escuchar las experiencias hermosas como
las dos que siguen, donde, aun cuando las mujeres experimentan el derramamiento
incuestionable del Espíritu Santo, todavía retroceden con temor.
Una mujer me contó sobre una ocasión cuando tenía doce y su padre estaba muriendo de la
enfermedad de Lou Gehrig. Una mañana temprano, su madre la despertó –su padre había dejado
de respirar. Corrió escaleras abajo para estar con él mientras su madre llamaba al obispo y la
familia.
De alguna manera sentí que podría hacer algo al respecto. Sostuve su mano en la mía y oré
sinceramente, tan bien como una de doce años podría hacer. Después de un momento, sus ojos se
abrieron. Me miró y preguntó, “¿Qué hiciste? Mis pulmones se levantaron y pude respirar de
nuevo.” Dijo que había estado toda la noche luchando por vivir y sintió como que debería
rendirse. Fue algo que nos hizo sentir muy humildes, y ambos supimos que el Espíritu había
obrado a través de mí. Unos meses después, murió, pero para entonces todos estábamos mejor
preparados para ello.
No la había etiquetado como una bendición de sanación hasta años después cuando escuchaba
una conferencia acerca de experiencias como esta en la Iglesia. Siempre he sentido una necesidad
para “sanar las heridas” de otros. Me gustaría tener la opción para usar ese poder, pero no estoy
seguro qué lo hace bueno para recurrir a ello. Parece natural hacerlo. Me gustaría tener ese
permiso.
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En el segundo ejemplo, una presidenta de la Sociedad de socorro, preocupada acerca de unas
hermanas con graves problemas físicos y emocionales, preguntó si les gustaría a algunas de las
hermanas venir y orar con ellas.
Todas estuvieron de acuerdo afortunadamente. Llamé a las hermanas en el barrio que estaban
cercanas a ellas –amigas y maestras visitantes –e hice arreglos para la niñera por una media hora
más o menos. Las hermanas hicieron todo el esfuerzo para estar ahí. Algunas dejaron el trabajo.
Nos arrodillamos en círculo, y dije la oración. Fue una experiencia profundamente espiritual para
todas las involucradas, y me hubiera gustado haber puesto mis manos en sus cabezas cuando
oraba, pero sentí que ya estábamos en el límite, sin ningún [poseedor] sacerdocio presente.
AMPLIANDO EL SERVICIO DE LAS MUJERES
Es irónico, teniendo en cuenta la tradición de sanación de las mujeres mormonas, que la
nueva tradición haga a las mujeres aprensivas y temerosas sobre el uso de sus dones espirituales.
¿Cómo podemos animar a las mujeres mormonas para cruzar las fronteras de la timidez usar
cómodamente el uso de estos dones en el servicio de los demás?
Mientras que la ordenación de las mujeres eliminaría las objeciones para que las mujeres
realicen la ordenanza de administración y vencer la duda que muchas mujeres mormonas sienten
sobre practicar la sanación, la ordenación no es un evento que puedan controlar o inducir. Más
que esperar por la ordenación de las mujeres, creo que es más sabio concentrarse en lo que las
mujeres mismas pueden hacer.
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Espero que las mujeres que se sientan atraídas por la sanación
sería “busquen seriamente” este don y ejercerlo en oración, uniéndose adecuadamente con los
que tienen el don complementario de la fe para ser sanados y fortalecidos por los que tienen el
don de la fe en el Salvador.
Esperaría también que las mujeres rompieran el silencio de las últimas tres generaciones en
relación con el ejercicio de este don y compartir sus experiencias unas con otras y con hombres
seleccionados de forma adecuada. Tenemos que contarnos historias unas a otras, no solamente
las historias de nuestras antepasadas y sus experiencias de sanaciones, sino también las nuestras.
Algunas pueden sentir que si ese compartir se hace “público,” será visto como una
“acrobacia publicitaria.” He hablado literalmente con docenas de mujeres sobre este tópico.
Aunque muchas –no todas –se sienten decepcionadas por su exclusión de los rituales de sanación
oficiales de la Iglesia, y algunas que están conscientes de la historia resienten la injusticia,
ninguna está enojada con la Iglesia o inclinada a usar una ocasión de sanación para tratar de
avergonzar a la Iglesia o poner presión pública en ello. De hecho, sospecharía que alguien
impulsada por tal motivación probablemente no sería una sanadora exitosa.
Moroni promete: “Todos estos dones de que he hablado, que son espirituales, jamás cesarán,
mientras permanezca el mundo, sino por la incredulidad de los hijos de los hombres… Por tanto,
debe haber fe; y si debe haber fe, también debe haber esperanza; y si debe haber esperanza, debe
haber caridad también.” (10:19)

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Una solución alternativa –tener líderes eclesiásticos que aparten ciertas mujeres como sanadoras –tiene graves
problemas. En este caso, la opción de buscar y ejercer un don espiritual todavía sería quitada del área de
autonomía propia de la mujer. Un líder varón haría la elección. Así, la sanación todavía sería limitada y excluyente.
Una segunda solución, tener tanto hombre como mujeres que participen en círculos de oración para sanación
fuera del templo, tiene los mismos problemas con la selección y la exclusividad; también, es una solución
altamente improbable, ya que los círculos de oración fuera del templo han sido desalentados durante algún
tiempo.
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La incredulidad no es la razón por la que las mujeres mormonas ya no practican el don de
sanación. Más bien, existe mucha fe pero la vía legítima para ejercerla. Aun cuando el lema de la
Sociedad de Socorro es “La Caridad Nunca Deja de Ser,” el distanciamiento de la Iglesia de sus
mujeres de los círculos bendición, ha disminuido la visión de fe, esperanza y caridad de Moroni a
platos de galletas de chocolate y guisos de atún. Las mujeres mormonas son entrenadas para la
caridad privada, los hombres mormones para el poder público del sacerdocio. A las de una esfera
se les exige que cierren sus ojos a la otra esfera. La desconexión de la caridad del poder,
infortunadamente, asegura que la caridad no tenga poder y autoriza que el poder esté sin caridad.
Las instrucciones en Doctrina y Convenios 46:7-9, que prologan la lista de dones dados a los
miembros de la Iglesia, contiene importantes advertencias. Una de estas advertencias es contra
buscar señales, el auto-engrandecimiento, y otras motivaciones personales indignas. Pero la otra
advertencia importante es contra ser engañado “espíritus malos, ni por doctrinas de demonios, ni
por los mandamientos de los hombres.” Estoy de acuerdo que estas advertencias contra el auto-
engaño y la tentación son importantes; me pregunto si la amonestación contra “los
mandamientos de los hombres” puede ser también una advertencia contra nuestras propias
tradiciones que limitarnos y restringirnos de manera innecesaria. Porque ciertamente, el resto de
esa introducción es una celebración, una promesa, y un incentivo para ejercer los dones
espirituales:
Mas en todo se os manda pedir a Dios, el cual da liberalmente; y lo que el Espíritu os
testifique, eso quisiera yo que hicieseis con toda santidad de corazón, andando rectamente ante
mí, considerando el fin de vuestra salvación, haciendo todas las cosas con oración y acción de
gracias… Y para que no seáis engañados, buscad diligentemente los mejores dones, recordando
siempre para qué son dados;
Porque de cierto os digo, que se dan para el beneficio de los que me aman y guardan todos
mis mandamientos, y de los que procuran hacerlo; para que se beneficien todos los que me
buscan o me piden…

BIBLIOGRAFÍA
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April 1989, C3.
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