You are on page 1of 3

EL VIAJE DEL PICUDO

Su llegada a Nueva York coincidió con la víspera del día del Orgullo Gay. Como todos
los años, el último domingo del mes de junio, la Quinta Avenida se encontraría invadida
por una variopinta y divertida multitud llegada de todos los rincones del mundo. Ahora,
unas horas antes, tan sólo se respiraba diluido en el ambiente aquello que al día
siguiente sería una concentración de color, alegría y esperanza.

Aunque su inglés era justo, se las había apañado para entablar una animada
conversación con su compañero de asiento en el autocar shuttle, que no sin dificultades
había tomado para que le llevara desde el aeropuerto JFK al hotel Shoreham en la Calle
57, donde su mujer le había reservado una habitación. Su compañero que en cuestión
resultó ser un pastor presbiteriano y su conversación, agradable y entretenida, hicieron
más amena la inesperadamente larga duración del trayecto. Su primer contacto con un
nativo no podía haber sido más peculiar. El hombre, de ascendencia hispana y de unos
treinta años de edad, según contaba, había tenido una infancia problemática que gracias
a parroquianos presbiterianos fue enderezada a tiempo y tuvo como resultado el que
ahora tuviera en Athens, una población rural próxima a Atlanta y cuna del afamado
grupo de pop B52, una parroquia de alrededor de trescientos feligreses. Cuando se
despidieron, le llamó la atención que una sensación inesperada de cercanía le hubiera
surgido ante ese extraño.

Durante todo el rato que estuvieron charlando, el recién llegado a la ciudad había
olvidado momentáneamente los motivos que le habían llevado allí. En unos días tendría
que dar una conferencia en Baltimore sobre el “picudo rojo”, el insecto protagonista de
una temible plaga que asolaba a las palmeras Phoenix de medio mundo, ante una más
que probable sesuda audiencia formada por entomólogos de todo el mundo. Sin
embargo, al llegar al hotel y descargar pesadamente la maleta delante de su puerta
giratoria, una oleada de desasosiego le invadió de golpe. Estuvo un momento esperando
en el pequeño hall a que le atendieran y mientras tanto su atención fue atrapada por una
pequeña fiesta que tenía lugar en el bar del hotel, un espacio diáfano y completamente
acristalado al que también se tenía acceso directamente desde la calle. Su estado de
ánimo contrastaba notablemente con el ambiente que le rodeaba. Aún no sabía como se

1
había dejado convencer por su mujer para aceptar aquella absurda invitación y encima
viajar un par de días antes para dedicarlos a visitar la Gran Manzana, pero ¿qué pintaba
él ahí, con lo bien que se estaba en su casa?

Después de instalarse en una espaciosa y cómoda habitación decidió que iría a


investigar el terrero, a fin de cuentas no tenía mucho tiempo para hacer turismo en la
ciudad antes de dirigirse a Baltimore a impartir su largamente preparada conferencia.
Salió a la calle y empezó a caminar en dirección al sureste. Era su primera vez en la
ciudad y sin embargo le parecía todo muy familiar; la numeración de las calles y las
avenidas sin duda facilitaba mucho la orientación.

Al poco rato de andar a buen paso llegó al Rockefeller Center y como todavía no había
anochecido, decidió subir a lo más alto del edificio, el Top of the Rock, a disfrutar de
las vistas, que resultaron ser nada decepcionantes. Estuvo un largo rato tomando fotos
con una sencilla cámara digital que dio sorprendentes resultados. Entabló varias
pequeñas conversaciones con otros visitantes y les pidió que le tomaran algunas fotos
con el skyline de fondo.

A la mañana siguiente, ya de mejor humor, en el ascensor de bajada coincidió con un


grupo de chicos jóvenes que sin duda se encontraban en la ciudad con motivo del día
del Orgullo Gay. Uno de ellos le preguntó en inglés en tono divertido si lo había pasado
bien la noche anterior y él siguiéndole la broma le contestó que “only sleeping”
(solamente durmiendo). Después de un copioso desayuno en una cafetería cercana
anduvo hasta Tiffany donde quería comprar un detalle para su mujer: un llavero de plata
que ella misma había elegido consultado la página web de la famosa tienda
neoyorquina. En Tiffany estuvo un rato charlando con la dependienta que le atendió,
una mujer negra de ojos verdes que había visitado España en alguna ocasión.

Una vez comprado el llavero y debidamente envuelto en su paquete azul turquesa, de


camino hacia la calle, el ascensorista le preguntó en castellano: ¿misión cumplida? a lo
que él contestó satisfecho: “Sí, misión cumplida”. A estas alturas ya había podido
comprobar que la gente de aquel lugar era amable y simpática, tal como su mujer lo
recordaba y siempre le había contado. Al salir al exterior observó cómo por las aceras

2
pasaban alegremente asistentes a la marcha en dirección a la Quinta Avenida, muchos
de ellos disfrazados o travestidos.

Instintivamente les siguió hasta que se encontró en medio de un auténtico río humano
de color arco iris. De repente, apareció una carroza que iba flanqueada por una
representación de policías de Nueva York montados en sus gigantescas motos, que
atronaban junto a la música de la megafonía de la carroza. Miró hacia arriba y vio a un
travestí con plataformas impresionantes y un vestido imposible de encajes que agitaba
los brazos en dirección a él. Se acercó al borde de la carroza y desde arriba le tendió la
mano, entonces le reconoció tras el recargado maquillaje. Casualidades improbables de
las grandes urbes. Se subió a la carroza y empezó a sonar una canción de Mika que
hablaba algo ininteligible acerca de Grace Kelly. El pastor le guiñó un ojo y le rodeó el
cuello con una boa fucsia. Fue entonces cuando empezó a bailar un baile que duraría el
resto de su alegre vida.

Firmado: Andres Lafuente Junior

Related Interests