Martín Rejtman

Rapado


De Rapado, Interzona, Buenos Aires, 2007.

Lucio toma una decisión repentina: entra en la peluquería —son las
seis y media de la tarde; casi verano— y decide hacerse rapar.
Primero, con una tijera le sacan la mayor parte del pelo. Después, una
maquinita le afeita la cabeza.
En su casa, su hermana le acaricia el cuero cabelludo y con una media
sonrisa le dice: "Estás lindísimo". Hay una amiga de su madre que no
lo reconoce, y al verlo pasar baja rápidamente los ojos al diario que
estaba leyendo. Lucio entra al baño, se quita la ropa, la sacude. Abre
la ducha y deja que el agua corra por su cuerpo.
Decide, otra vez casi repentinamente, que va a robar una moto. Quiere
irse de vacaciones, lo echaron del trabajo y no tiene dinero, y además,
hace dos meses le robaron una a él.
Cada vez que Lucio camina y ve una moto estacionada examina el
tipo de cadena y candado, y se fija si además de eso no hay alguna
llave de traba o contacto. Recorre concesionarias de nuevas y usadas y
finge ser un posible comprador; se hace explicar cómo funcionan y se
muestra muy preocupado por la seguridad.
Hasta que un día, con el sol rajante de las dos de la tarde, en una calle
poco transitada de Floresta, Lucio ve cómo un tipo de unos veintiocho
años le da un golpe fuerte y seco al candado de una Honda 550 con un
martillo y lo rompe, en el mismo momento en que levanta la cabeza y
mira a Lucio a los ojos. Se sube a la moto, arranca, y da vuelta la
esquina.
Lucio se acerca al árbol al que estaba atada la moto. Todavía quedan
en el aire partículas de polvo y restos de humo blanco. Se agacha y
recoge un pedazo de candado. Busca la parte que falta y las une.
Cuando vuelve a pararse, respira el humo blanco y siente cómo las
partículas de polvo se depositan sobre su cuerpo y sobre su cabeza
pelada.
Dobla la esquina. A mitad de cuadra ve la moto parada, cerca del
cordón de la vereda. Mira alrededor y no ve a nadie. Se acerca. Se
sube. Intenta arrancarla. No funciona: "Estará ahogada", piensa. "Hay
que esperar."
Mira hacia todos lados, se siente observado y piensa que no hay nada
más ridículo que ser culpado por un robo inútil de otra persona. Se
baja y con su pañuelo limpia huellas digitales en las partes de la moto
que tocó.
El pelo crece, pincha, se va haciendo un felpudito y Lucio tiene que
volver a raparse. Esta vez, un amigo le afeita la cabeza con la Philips
del padre. Ahora, más que una decisión repentina de cambiar de
aspecto, piensa Lucio, es una manera de dejar las cosas tal como
están.

Con una sierra intenta cortar una cadena. El dueño de la moto sale de
una casa, enfrente. Es tarde, las tres y media de la mañana. Lucio
corre hasta perder el aliento. Se sienta en un zaguán. Está en Devoto.
Oye pasos que se acercan corriendo. Ve al dueño de la moto. Tienen
la misma edad. Los dos tienen la cabeza rapada. Se para delante de
Lucio. Ambos tratan de recuperar el ritmo normal de la respiración.
Lucio todavía tiene la sierra en la mano. Se miran un instante. Desvían
las miradas. El dueño de la moto saca un paquete de cigarrillos.
Enciende uno. Lucio lo mira. El otro da una pitada. Junta saliva y
escupe a Lucio en la cara. Lucio se limpia con el brazo mientras el
otro se va.
La misma noche, junto a otra moto, Lucio se da cuenta de que el
candado está mal pasado y cierra sobre una sola argolla de la cadena;
la moto está libre. Se sube y arranca. Es un ciclomotor, una Zanella.
Da vueltas por la ciudad vacía. No tiene cómo cerrar la cadena, y no
sabe qué hacer con ella. Cuando empieza a amanecer la lleva a su
casa, la mete en el ascensor y la sube hasta el sexto piso. La estaciona
en su cuarto, que es muy angosto.
Los días siguientes no la saca a la calle por miedo a que aparezca el
dueño. De a poco la va despintando (era verde oscuro) pero no puede
sacarle toda la pintura. Así que cubre algunas partes con otro color y
va tomando el aspecto de un camouflage, una moto militar. Esos días,
Lucio casi no sale de la casa. Encerrado en su cuarto con la moto,
pinta y despinta, escucha música, y busca dinero en bolsillos de
pantalones, sacos y camisas colgados en el placard. Encuentra algún
billete arrugado y lavado (ahora desteñido) y un candado partido en
dos.
Sale sólo para las comidas. Sus padres desde hace tiempo no le
preguntan nada. Ya no le dicen que estudie o que busque algún
trabajo. De vez en cuando, Lucio saca algunos billetes de la cartera de
la madre. Sabe que ella sabe y que el padre también sabe y que ellos
saben que él sabe, pero todos fingen no saber.
Aproximadamente un año y medio atrás, el padre de Lucio viajó tres
días al interior mandado por el banco. Al volver tenía el pelo
completamente blanco. Por esa causa estuvo deprimido varios meses;
le dieron licencia en el trabajo y se quedaba todo el día en su cuarto,
durmiendo con la boca entreabierta. Lucio en esa época pasaba poco
tiempo en la casa. Trataba de dilatar la vuelta por miedo a encontrarse
con su padre muerto. Pero aparentemente el padre de Lucio nunca
había tenido la menor intención de suicidarse. Ni siquiera tomaba
alcohol.
Un psiquiatra mandado por el banco empezó a tratarlo intensivamente
y a los tres meses el padre volvió al trabajo en horario reducido.
Después, todo volvió a ser como antes.
Ahora, durante las comidas que Lucio comparte con sus padres, todo
es como antes. A su madre también le empezaron a salir canas, pero
decidió teñirse de su mismo color. Jueves de por medio va a la
peluquería con la hermana de Lucio; ella se tiñe, la hermana se retoca.
Pasa un tiempo prudencial y la moto, cree Lucio, está irreconocible.
Con la pintura nueva está completamente cambiada, en un bosque
pasaría totalmente inadvertida. Además, le pegó una calcomanía de
Angelo Paolo en el tanque de nafta. Entonces decide sacarla a la calle.
Carga nafta, la mezcla con aceite y elige una ruta que va hacia el sur.
Hace sesenta kilómetros y se queda sin combustible. Tiene que dejar la
moto atada contra un poste de alambrado y hacer dedo hasta la
estación de servicio más cercana. Lo lleva un camión. El conductor
tiene unos treinta y cinco años y es tan flaco que a Lucio le parece
imposible que pueda dominar un vehículo tan grande.
Termina de cargar el tanque y tira el bidón por el aire lo más lejos que
puede, dentro del campo, intentando pegarle a una vaca. No le da pero
logra asustarla.
La moto se vuelve a quedar después de menos de diez minutos de
viaje. Está cerca de un taller mecánico. La lleva empujando, lo hacen
esperar entre dos y tres horas. Después, sale una mujer en overol que
le dice que no tiene arreglo. Ya es de noche, hace calor, Lucio está
cansado. Otra vez se lleva la moto a pie. Intenta arrancarla y lo
consigue. Hace cien metros y vuelve a quedarse, así que la deja
abandonada en el medio de la ruta, con la esperanza de que algún
camión se la lleve por delante y explote.

En Mar del Plata, de madrugada, Lucio espera en la puerta de una
peluquería. Tiene el pelo más crecido, pincha, parece casi un felpudo.
Cuando abren, un hombre mayor lo hace sentar en un sillón
hidráulico, le pasa un delantal blanco por sobre el cuerpo y le dice:
"Qué sucio lo tenés".
Cuando termina de cortarle, Lucio se queda sentado en el sillón
hidráulico mirándose al espejo. El hombre, después de un largo
silencio, le dice:
—Son cincuenta australes.
Lucio se para y, sacudiéndose la ropa, le dice que no tiene dinero.
—Va a tener que aceptarme este reloj.
El peluquero levanta el teléfono:
—Estoy llamando a la policía.
Lucio lo mira sin moverse de su lugar. El hombre agarra la navaja que
usó para raparle la cabeza y lo amenaza, como si quisiera defenderse
de un posible ataque. Pero ninguno de los dos se mueve. Vuelve a
marcar con la mano que sostiene el tubo, pero no puede comunicarse.
Lentamente, Lucio avanza hacia él y a la puerta. Pasa a su lado sin
darle la espalda y sale de la peluquería caminando para atrás. Tropieza
con uno de los escalones pero no pierde el equilibrio, y se queda
parado en la vereda, viendo cómo el peluquero marca otra vez el
mismo número de teléfono.

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