La Habana, ¿la paz de los vencedores o los vencidos?

(1ª Parte)

Por Gearóid Ó Loingsigh

El proceso de paz con las FARC en La Habana, Cuba ya lleva un año y medio. Es la hora
de mirar el proceso y el apoyo que recibe con una mirada crítica. ¿hacia dónde va el
proceso? ¿Cuáles son las perspectivas reales? ¿Realmente están negociando el futuro de
una nueva Colombia? ¿O por el contrario, negocian la misma Colombia con algunos
retoques?

Lo que le ha faltado en este proceso es una mirada crítica. Las ONG, pensando en sus
proyectos posconflicto están salivando y soñando con la plata y la oportunidad de aumentar
su perfil. Los políticos poco o nada tienen que agregar y los mal llamados intelectuales de
la izquierda yacen postrados sin la más mínima posibilidad ni ganas de hacer una crítica.
Su capacidad intelectual (que no debemos exagerar) queda suspendida, pues ellos también
serán ganadores del proceso, con los proyectos, los análisis, las nuevas entidades que
seguramente surgirán, requerirán de su “talento”. Eso se ve con el ejemplo de Alejo
Vargas, un intelectual, dizque de la izquierda. En la revista Semana, Vargas escribió un
articulo titulado Conversaciones de la Habana: avizoran una mejor sociedad. Aunque
citó algunos comunicados lo hizo sin la más mínima crítica real. Su artículo era más un
intento de animar a una población que en su vida cotidiana es apática respecto a las
conversaciones. Según él hay algo fundamental:

[y] ese es el aporte de todos los ciudadanos, debemos darle un claro apoyo político a
estas Conversaciones y a los Acuerdos que allí se llegue y debemos todos, de una
manera pedagógica, cada vez buscar más compatriotas amigos para la paz- porque
muchos colombianos siguen confundidos, dubitativos o posiblemente mal
informados. Así los Acuerdos y el esfuerzo invertido por todos se torna irreversible.
1


No es el único intelectual acrítico y trataremos a otros en la segunda parte. La rendición es
tan abyecta, en su caso por lo menos, que pide un apoyo claro a un proceso secreto y pide
buscar con cierta pedagogía más amigos de un proceso sobre el cual no tenemos suficientes
datos respecto a su contenido para ser pedagógicos. No es un error de su parte, como un
destacado profesor universitario sabe bien que para la pedagogía se requiere saber de que se
está hablando. Es chistoso que dice que hay algunos colombianos que están mal
informados. Frente a un proceso donde se negocia todo en secreto, no es sorprendente que
haya gente mal informada, de eso se trata para que no haya discusión sobre su propósito y
su alcance.

Tampoco hay una reflexión sobre las lecciones del pasado, ni una verdadera mirada a los
procesos en otros países, como El Salvador y Guatemala. Este artículo se divide en dos, la
primera parte pretende mirar brevemente a otros procesos y la segunda parte entrará a mirar
al proceso actual.


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Es necesario mirar a los otros procesos, pues se esgrimen como ejemplos exitosos de
negociación y por dónde es el camino. A Colombia han llegado, y siguen llegando,
miembros de Sinn Féin de Irlanda, la URNG de Guatemala y el FMLN de El Salvador,
todos con el mismo mensaje, la paz es posible. La naturaleza y la realidad de esa paz nunca
se discute. El ambiente es parecido a las reuniones masivas de los tele-evangelistas
norteamericanos “tú también puedes tener éxito si aceptas el señor en tu corazón” y como
los predicadores evangelistas, no se aceptan críticas. El que se opone, no tiene el corazón
puro, o es un agente de Satanás. Bien puede ser, pues este agente de Satanás quisiera hacer
unas críticas y plantear unas reflexiones.

Irlanda

Irlanda, aunque no es un país latino, tiene gran relevancia para este proceso, pues es el
modelo que están siguiendo. Las negociaciones en Irlanda se hicieron a puerta cerrada, no
sabíamos nada de su contenido. Cada vez que uno intentaba hacer una crítica tenía que
competir con los chismes como hoy día ocurre en Colombia. Si uno plantea una crítica al
acuerdo agrario una voz le dice, “no hermano, estuve hablando con alguien muy cercano a
los negociadores y me dice....” Claro, en el caso de Irlanda ya sabemos que los chismes no
eran ciertos, pero ayudaron mucho en apagar el debate y preparar al pueblo para aceptar
una derrota histórica. Los chismes son una experiencia que he tenido en ambos países. En
Colombia, un viejo intelectual de la izquierda me mandó callar porque no sabía de que
hablaba porque a diferencia de él, yo no tenía contacto con las FARC. Tampoco lo tiene la
mayoría de la población; población que Alejo Vargas exige que apoye al proceso en medio
de la ignorancia. Este modelo adoptado de Irlanda tiene una ventaja para el Estado:
cuando lleguen a un acuerdo final, la población tendrá dos opciones, aceptarlo en su
totalidad o rechazarlo en su totalidad. La segunda opción es pedir a las FARC que sigan en
la montaña (o por lo menos así se presentará) y nadie les va a pedir eso. Un proceso abierto
donde la gente discute el contenido sería muy peligroso para la oligarquía colombiana, que
jamás ha aceptado el derecho del pueblo a opinar, ni siquiera en los términos más
restringidos de cualquier país burgués.

La participación del pueblo irlandés fue posterior al acuerdo, en un referendo, más bien
simbólico. Hubo alguna que otra posibilidad de participar en eventos y uno siempre podía
enviar documentos a Sinn Féin, aunque ellos no tenían por qué siquiera leerlos. Algo
parecido pasó en Colombia. Tuvimos un foro agrario organizado por la Universidad
Nacional y el PNUD. Valga notar que el PNUD no se opone ni al latifundio, ni al modelo
agro-exportador, ni siquiera a la minería, de hecho apoya todo eso, no obstante algunas
reservas sobre la concentración de tierra. En la segunda parte entramos en más detalle.

Sabemos que pasó en Irlanda, el IRA se rindió, entregó sus ideas muy temprano en el
proceso secreto y debatió más como iba a entregar sus armas sin mucha publicidad. Llegó
a la novedosa idea de destruirlas bajo las auspicios de una comisión internacional presidida
por un militar canadiense, el General de Chastelein. Los Británicos no se fueron de Irlanda,
y Sinn Féin aceptó una posición subordinada en la administración de la colonia Británica.

Durante todo el proceso en Irlanda el IRA y Sinn Féin emitieron declaraciones sobre lo que
no harían. Parecen risibles hoy día cuando vemos la realidad. Dijeron que no aceptarían un
parlamento regional en Stormont. Hoy día ellos tienen un parlamento, con menos poderes
que una alcaldía colombiana y el Vice-Primerministro es militante de Sinn Féin y ex
comandante del IRA, Martin McGuinness. Ellos son quienes administran la colonia.
Dijeron que no entregarían siquiera una bala ni una onza de explosivo. En eso cumplieron,
es decir no entregaron nada, sino bajo la supervisión de una comisión internacional
encabezado por un militar canadiense destruyeron sus armas. Fue un ejercicio de
relaciones públicas. Durante todo el proceso hubo un flujo de declaraciones deshonestas
que sólo sirvieron para distraer y engañar a su base. En Colombia vivimos algo parecido.

El Salvador

Para muchos el caso de El Salvador tiene más relevancia, por ser un país latino, la
existencia de una guerrilla (el IRA era otra clase de organización armada) que disputaba el
poder con la oligarquía. Los acuerdos de 1992 (en realidad una serie de acuerdos firmados
entre 1989 y finales de 1991) fueron avalados por la ONU, los países imperialistas, los
intelectuales y las ONG. En eso tiene mucho en común con Colombia. Ya han pasado más
de dos décadas desde los acuerdos. Si lo que decían en las negociaciones fuera cierto, pues
uno imaginaría que hoy día El Salvador sería una verdadera democracia y se hubiera hecho
grandes esfuerzos a favor de lo pobres. En fin, el fin del conflicto debía permitir que el país
avanzara como dicen tantos intelectuales respecto al conflicto colombiano. La realidad es
otra.

Javier Giraldo en su libro Búsqueda de Verdad y Justicia: Seis experiencias en posconflicto
analiza casos de procesos de paz, entre ellos el de El Salvador. Nos señala algo que con
toda seguridad se repetirá en Colombia.


Hubo capítulos en que los Acuerdos se quedaron en descripciones generales o en dos
o tres puntos de reformas legales muy precarias. Así ocurrió con los capítulos
relativos al sistema judicial (Cap. III), al sistema electoral (Cap. IV), al tema
económico y social (Cap. V) y a la participación política del FMLN (Cap. VI).

La simple comparación entre los capítulos que merecieron un diseño minucioso y
aquellos que se quedaron en generalidades, permite valorar este proceso como
centrado en ponerle fin a la guerra, acabar con los atropellos más inhumanos y
garantizar un mínimo respeto a la oposición política, pero no tocó las causas más
profundas de la violencia y del enfrentamiento que se ubican en las estructuras
económicas y sociales.
2


Es decir, que no negociaron una nueva sociedad para el país, sino pusieron fin a la violencia
anti-capitalista. Y el Estado, ganador del conflicto armado, estaba contento con poner fin a
esa violencia.

El tema económico y social que fue diseñado en términos tan vagos en los Acuerdos,

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D5%$760( EC *+,,-. Búsqueda de Verdad y Justicia: Seis experiencias en posconflicto,
Cinep, Bogotá FG& "",
a la hora de su ejecución se redujo a la entrega de tierras malas y pedregosas a ex
combatientes del FMLN, adicionadas con un azadón y unas sillas.
3


Realmente, nunca se planteó una reforma agraria y entregar tierras a ex combatientes es un
aliciente personal, no una reforma. Claro en Colombia se ha hecho entregas a los dirigentes
de alto nivel y no a los rasos en otros procesos de paz. Los del M-19 y el EPL recibieron
puestos en embajadas etc. Eso no se puede ver como más que un soborno individual,
aunque en el caso colombiano el soborno fue mayor, en cuánto a bienestar personal, y
menor, en cuánto al número reducido de beneficiarios.

Pero hoy día , ¿Cómo está El Salvador? ¿Cómo va la paz? ¿Cómo va la construcción de
un nuevo país. Javier Giraldo lamenta que los niveles de violencia en el 2001, nueve años
después de firmar los acuerdos, oscilaba, según la fuente, entre 120 y 150 (por cien mil)
muertos por año, cifra casi comparable con los años de la guerra. Las cifras oficiales para
ese año eran menores, situando la tasa de homicidio en 37,22. Aún si aceptamos las cifras
oficiales la situación no es alentadora. Valga aclarar que las cifras sobre criminalidad en
muchos países son indicativos, más no precisos; cualquier investigador en Colombia
encuentra que las cifras de la Policía son distintas a las de medicina legal u otras fuentes.
Así es en El Salvador. Aún así las cifras que aparecen en el informe de la OEA muestran
que la tasa de homicidios aumentó de 37.22 en 2001 a 69.2 en 2011, mientras en Colombia,
un país en guerra, la tasa bajó de 65.1 a 37.7 (2010).
4
Eso no sólo demuestra que La Paz,
no ha conseguido la paz para el común de la gente, sino demuestra la hipocresía y el
cinismo que acompañan a todos los procesos de paz. Puede haber intelectuales, ONGs, etc
que les preocupa el baño de sangre, sin embargo, eso no es el motivo principal detrás de
estos procesos, si lo fuera; El Salvador, una vez más sería el centro de los esfuerzos de las
ONG y los gobiernos extranjeros. Pero no lo es, porque en El Salvador la violencia no
tiene ningún propósito político, no representa una amenaza al sistema como tal. Entonces,
como se dice vulgarmente ¡no hablemos mierda sobre la violencia! La violencia no le
preocupa a las hinchas del proceso en La Habana, les preocupa la estabilidad para los
inversionistas. Esa es una de las grandes lecciones de El Salvador. Las hinchas de la
izquierda quieren ignorar esa realidad.

La Economía.

Tampoco es el caso que La Paz, haya logrado un bienestar para el pueblo. Uno de los
argumentos frente al conflicto en Colombia es que sin el conflicto, el país podría avanzar y
se solucionarían los problemas sociales. Eso ignora de plano que el país no es uno de los
mas desiguales de planeta por error, sino como resultado de las políticas adoptadas por las
élites desde tiempo atrás. Esas políticas incluyen el asesinato, la masacre y el
desplazamiento forzado como mecanismo de acumulación y no se limita a las acciones de

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unos hampones. ¿En los años de la violencia cuántas hectáreas fueron apropiadas por
familias que hoy día tienen representación en el Congreso? Sin embargo, no sólo ignoran
la historia del país sino ignoran las experiencias en otros países como El Salvador.

Los indicadores económicos del país no son nada alentadores para los pobres. El gran
argumento de las ONG y el argumento que quizás más convence (después de la supuesta
bajada en muertes violentas) es que se promete un futuro mejor. El analista James Petras
ha señalado que la tasa de desempleo en El Salvador es superior al 50% y que más de 60%
de los empleos son informales, sin pensiones, seguridad social etc. Además según Petras
más de 2.5 millones de personas se vieron obligados a emigrar.
5
Dicha cifra es alarmante si
tenemos en cuenta que la población de El Salvador es alrededor de 6.3 millones. No es
sorprendente que haya unas 60.000 jóvenes en pandillas. Es más, el país no ha
experimentado ningún desarrollo o avance económico aunque hoy día es un lugar seguro
para la inversión extranjera

La gente pobre en El Salvador vive del rebusque y las remesas. En 1992 cuando firmaron
el acuerdo final de “paz” el país recibió USD 694 millones en remesas. Diez años después
casi se triplica llegando a la cifra de USD 1.954 millones para luego situarse en el 2012 en
USD 3.927 millones. O sea, un país en paz que se deshizo de sus jóvenes y no tan jóvenes
obligándoles irse para los EE.UU. hoy día vive de ellos. Cuando se habla del éxito del
proceso de paz no se habla de esta situación. Si lo comparamos con Colombia, vemos que
también las remesas aumentaron en el mismo lapso, de USD 641 millones a USD 4.123
millones.
6
Hay dos cosas que debemos resaltar, primero Colombia tiene una población
siete veces mayor que la de El Salvador y segundo, Colombia está en guerra en este lapso y
no en “paz” como El Salvador. De hecho, en esta época el país vivió la expansión masiva
de las FARC, la toma paramilitar de grandes ciudades (o partes de ellas) y un
recrudecimiento de la guerra, y aún así luce mejor que El Salvador después de 20 años de
“paz” y un los últimos años con un gobierno del FMLN. Un dirigente del FMLN y ex
Secretario General de Partido Comunista nos dio la siguiente perla sobre las razones de
firmar la paz, dos años antes de su muerte “Subrayo: abandonamos las armas, entramos en
el sistema, para cambiar el sistema, no para que el sistema nos cambie a nosotros.
7
La
realidad es otra, ellos son los que cambiaron, algunos muy rápidamente y una ojeada al
gobierno salvadoreño del FMLN no nos deja ninguna duda. No cambió nada salvo ellos.

Guatemala

El conflicto en Guatemala fue de más larga duración que la de El Salvador datando desde
1960, aunque tiene sus raíces en el golpe de estado perpetrado por la CIA, United Fruits y
la familia Dulles contra el gobierno de Jacobo Arbenz en 1954 (empero, la mecha fue el
uso de Guatemala como base para atacar a Cuba). En un sólo año, Arbenz confiscó más de
603.000 hectáreas de tierras para repartir entre los pobres en parcelas de entre 3.5 hectáreas

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y 17.5 hectáreas.
8
Con el golpe hubo una contra reforma agraria. Ya para el año 1970 "+C
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Los Acuerdos de Paz se proponen como un gran logro desde abajo. Pero no es así. La
URNG fue derrotada militarmente y el poder militar-oligárquico estaba para ese
entonces ya muy estabilizado. Fue un acuerdo sobre una relación de fuerzas muy
desfavorable. Desde mi punto de vista la izquierda ha cometido un error: hacer pensar
que los Acuerdos fueron una especie de revolución chiquita; que el Fondo de Tierras
era una especie de reforma agraria, que el acceso a puestos públicos era un gran
logro. Pero lo que se ha producido es un desfondamiento de las organizaciones
populares. Las elites se vieron obligadas a pactar con las organizaciones armadas,
pero ese pacto no traduce una relación de fuerzas favorable. Las organizaciones de
masas estaban sumamente golpeadas y en el periodo posterior a la paz no se
reconstruyeron, al contrario, entraron en un lógica de atomización y oenegización, en
la que la cuestión de la transformación radical ha quedado a un lado y el objetivo
principal es tratar de ver como se insertan en una institucionalidad que es parte de la
nueva hegemonía.
10


Un constante en los distintos acuerdos de paz que se han celebrado en Colombia es
justamente lo que Tischer describe en el caso de Guatemala: repartan puestos en las
embajadas, como hicieron con el M-19 y el EPL, proyectos agrícolas como hicieron con la
guerrilla indigenista Quintín Lame o montar una ONG como fue el caso con el CRS y
alguna que otra curul etc. No hay razones de fondo para creer que este proceso será tan
distinto. Quedaron atrás los tiempos de otorgar puestos en embajadas, pero sí lo pueden
hacer en otras entidades públicas y las FARC ya pidieron apoyo para emisoras e inclusive
han planteado lo de curules, algo que al principio dijeron que no les interesaba. Resolver la
cuestión agraria, motor y justificación para sublevarse contra el Estado, no se intentó para
nada en Guatemala.

En cuanto al régimen de tenencia de la tierra, no se han operado modificaciones
estructurales en el mismo después del conflicto armado y la firma de los Acuerdos de
Paz (diciembre de 1996). Guatemala continúa siendo un país de pocos y grandes
propietarios donde el 3% de los mismos usufructúa más del 60% de las propiedades.
Si dibujamos estos datos en un mapa virtual, encontramos que el 3% de

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guatemaltecos es propietario de toda la superficie cultivable de al menos 13 de los 22
departamentos del país.
11


En el actual proceso de paz en Colombia se refiere a estos países como ejemplos a seguir a
pesar de los resultados de esos procesos y la rendición de la izquierda ante el
neoliberalismo y sus propias élites. Varios dirigentes y representantes de esos procesos han
venido a Colombia para animar a los colombianos a seguir su ejemplo. En ningún
momento se discute los méritos, logros o fracasos de esos procesos. No se discute su
realidad.

Teniendo en cuenta la importancia de la cuestión de la tierra en Guatemala, uno esperaría,
ingenuamente que un proceso de paz pusiera fin al conflicto agrario o por lo menos haría
avances significativos en la materia, tanto en la legislación y el reparto de tierras como en
la estructura del poder en el campo. Pero una vez más vemos que no hay nada más lejos de
la verdad. El acuerdo de paz en Guatemala, fue como se plantea en Colombia una serie de
acuerdos sobre distintos puntos, uno de ellos siendo el tema agrario: El Acuerdo sobre
Aspectos Socioeconómicos y Situación Agraria. Sobre el texto Javier Giraldo dice lo
siguiente:

El texto está también sobresaturado de promesas y compromisos pero la gran mayoría
redactados en términos gruesos y no en letra menuda y concreta. Llama la atención
desde la introducción que el desarrollo económico se funda en “crecimiento
económico con sostenibilidad, como condición para responder a las demandas
sociales”, pero el modelo de crecimiento económico no se define ni se discute. Todo
el documento da la impresión de que presupone el modelo económico vigente y se
limita a programar mayor inversión social en aspectos de educación, salud, vivienda y
trabajo, aumentando la cobertura, principalmente para que llegue a los sectores más
débiles, la calidad y la participación en estos campos, y combatiendo la corrupción.
El capítulo de la tierra es quizás el que desciende a cosas más concretas. Son tantos y
tan grandes los compromisos, a la vez que tan genéricos, que uno duda sobre su
posible ejecución.
12


Giraldo, es algo generoso cuando dice que “el documento da la impresión de que presupone
el modelo económico vigente” pues de eso se trata. Ninguna burguesía victoriosa o por lo
menos invicta discute el modelo de país. El modelo y el poder nunca están en discusión.
En todos los países donde ha habido procesos de paz, el modelo económico queda intacto
con alguna que otra “concesión” que suele ser un intento de maquillar la realidad. No sólo
países como Guatemala o El Salvador han seguido ese camino sino también países como
Sudáfrica, un país que tiene los recursos materiales para trazar un camino distinto si
quisiera. Giraldo también nos señala que muchos de los compromisos se escribieron en un
lenguaje genérico. De esta manera el Estado no tiene por qué cumplir con lo acordado.
Hay un mensaje genérico para consumo público y hay otro para los que realmente están
analizando la realidad. Desafortunadamente, la izquierda no suele estar entre los que están

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parando bolas a la situación sino suelen tragarlo crudo el cuento de la paz sin análisis de
verdad y por supuesto las ONG analizan la situación y la presentan de la forma más
deshonesta que se pueda.

Las ONG, para distraer y evitar una discusión real, ponen el énfasis sobre el fin de la
violencia. Como ya hemos dicho en el caso de El Salvador, la violencia que termina es la
que se dirige contra el Estado en un vano intento de erguir un modelo nuevo. Algo
parecido pasa en Guatemala donde la violencia es reinante.

La violencia se fortalece como causa, efecto y estado natural de este sistema donde
los consensos mínimos logrados en 1996 se desvanecen: el consenso de la necesidad
de un Estado redistribuidor; el consenso sobre la democracia como forma de gobier-
no; el consenso –o el imaginario- de una comunidad internacional comprometida con
los cambios sociales; el consenso de que la seguridad es un factor imprescindible para
la acumulación (y por tanto un sector importante de la oligarquía se compromete con
el proceso democrático). Hoy, generan beneficios la inseguridad, la ausencia de
normas, la carencia de leyes, el rompimiento uno por uno, escrupulosamente, de
todos los códigos de convivencia social.

Se restringen los espacios de actuación, colectivos y personales, se debilitan las
capacidades de reacción y acción social. Nuestro tiempo político se reconfigura. Lo
vivimos, lo presentimos y también lo empezamos a nombrar: estado de guerra latente,
neodictadura, el nuevo genocidio.
13


El susodicho texto lamenta que desvanezca el consenso de los acuerdos de paz. Sólo se
puede lamentar eso si uno realmente cree que hubo un consenso real entre el Estado
victorioso y una insurgencia tan derrotada en términos políticos que nunca ha sido capaz de
contraponer un análisis distinto sobre el proceso en que ellos aceptaron su derrota. Sin
embargo, el texto demuestra una preocupación con alarmantes niveles de violencia.
Mientras algunos aspectos de la violencia, como los relacionados con el narcotráfico
pueden ser considerados como muestras de una violencia anti-estatal, hoy día no hay una
violencia anti-capitalista, anti-sistema. El conflicto se acabó y como afirman algunos,
puede que la violencia ya no sea una política de estado, pero no quiere decir que la
persecución de las organizaciones obreras, campesinas, de derechos humanos entre otras
haya terminado. Pues esa violencia sigue, claro a niveles mucho menores, pero eso no es
un logro de los acuerdos, simplemente el capitalismo sabe dosificar su violencia. Donde no
es necesario matar, no mata sino compra, soborna, amenaza, encarcela o atonta tal como
hace en muchas partes de Europa. Donde todavía se ve esa necesidad de matar, los
asesinatos siguen y no nos referimos a los asesinatos de alto perfil como el de Monseñor
Gerardi sino a la gente de las organizaciones de base. Tal es el caso de los opositores a la
empresa española Unión Fenosa. Es de notar que actualmente es una de las empresas más
criticada en Colombia por sus relaciones con las comunidades. Entre el 2009 y 2010 ocho

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activistas quienes se oponían a la empresa fueron asesinados en Guatemala.
14
Se supone
que en un proceso de paz la insurgencia deje de intentar derrocar al Estado, algo que hizo y
el Estado y las multinacionales y los grupos de la ultra derecha dejen de matar a los
opositores. Pero no es así y en Colombia podemos afirmar sin lugar de equivocarnos que
después de firmar los acuerdos seguirán matando a dirigentes en zonas mineras, palmeras,
petroleras etc.

Si el proceso de paz en Colombia emula a otros procesos también toma prestado el mismo
lenguaje. Desde hace mucho tiempo escuchamos la frase Justicia Social, inclusive en la
Cumbre Agraria celebrada recientemente en Bogotá hubo una mesa de discusión sobre la
Justicia Social. El término es algo importado del mundo de las ONG. No significa nada,
nadie sabe definirlo bien, da la sensación que es como el viejo dicho sobre la pornografía,
nadie sabe definirlo pero lo reconocemos cuando lo vemos, salvo que no lo hemos visto
nunca. Pues, ¿la Justicia Social de las ONG existe en algún país? Es una pregunta que
formulé una vez a una académica quien no me respondió, aunque casi formuló las palabras
Escandinavia, Suiza etc. Aquí no hay espacio para tratar las realidades sociales de esos
países, pero una pregunta sencilla para las ONG sería, cuando Suiza bota sus desechos
tóxicos en África, la gente que vive alrededor de los botaderos forman parte de esa justicia
social? Es una sola pregunta y la respuesta es no, porque la Justicia Social no existe en
ninguna parte. El uso que se da al término se ve en las siguientes tres citas.

Juntos podemos hacer que nuestro país, con tanto talento y tantas posibilidades,
alcance una paz verdadera: una paz que no es solo el fin de la violencia sino también
el avance hacia una mayor justicia social.

Queremos un país justo, un país igualitario, un país donde la justicia social deje de ser
un concepto etéreo y se plasme, con acciones concretas, en las vidas de nuestros
compatriotas...

Sigamos perseverando en busca de una justicia social, sigamos luchando unidos por
conseguir la paz.
15


Esas citas podrían ser tomadas de las declaraciones de las FARC o de alguna ONG o
inclusive esos “intelectuales” arrodillados, pero no son de ellos. Las tres citas son de nadie
más ni nadie menos que Juan Manuel Santos, el presidente de Colombia. Él se siente muy
cómodo empleando dicho término, es más en la primera cita dice que quiere avanzar hacia
una mayor justicia social, es decir que ya existe en Colombia algún grado de justicia social.

Entonces ¿qué es lo que pasa con el uso de ese término por la izquierda? Pues por un lado
las FARC y el ELN están señalando que para ellos la lucha por el socialismo es del pasado,

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pues la frase sustituye en las declaraciones a la palabra socialismo. Las ONG y los
“intelectuales” están felices, pero hay algo muy grave en eso. No sólo abandonan la lucha
por un socialismo que tanto pregonaban sino dicen al mundo que ellos abandonan cualquier
pretensión a un cambio profundo en el país y un cambio en la estructura del poder, tal como
hicieron en su momento el FMLN y la URNG. La Justicia Social significa eso, algunas
reformas, algo más en el presupuesto de salud, quizás. No estamos hablando de cambios en
la estructura del poder. Eso está descartado.

A lo largo del año y medio no ha habido ninguna discusión sobre la realidad de los
procesos de paz y por lo tanto no hay una discusión real sobre lo que se puede esperar de
este proceso en Colombia, no obstante una plétora de conferencias, artículos y discursos
sobre el tema. La derrota del proyecto político de la insurgencia no se discute sino se habla
en medio de la completa ausencia de pruebas de la mejora que significa para el país. Las
derrotas y fracasos en otros países se presentan como victorias del pueblo y avances.
George Orwell está vivo, la guerra es la paz y la mentira es la verdad. Aunque quizás
Orwell tendría dificultades para imaginar un doblepensar de las magnitudes de estos
procesos de paz con su abuso de lenguaje.

La segunda parte de este artículo mirará al proceso actual en Colombia y los “acuerdos” ya
alcanzados entre las partes.










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