“La esfera de invisibilidad”, Louis B.

Shalako
Agregado el 9 Mayo 2011 por dany en 218, Ficciones, tags: Cuento
CANADÁ
—¿Qué se supone que estamos mirando? —farfulló el doctor
Phelps, impaciente.
Había necesitado un poco de esfuerzo para traerlo aquí
contra su voluntad.
—¿Recuerda que el doctor Johnson estaba trabajando en
eso de la invisibilidad? —le pregunté.
—Sí —dijo—. ¡Oh! Pero, seguramente, usted no quiere
decir…
—No estoy seguro de lo que quiero decir, porque si no es
realmente invisible en esa boba esfera metálica que
construyó y que antes estaba en el epicentro geográfico de
esta habitación, entonces me gustaría saber dónde diablos
está.
Phelps era el jefe de investigación de este departamento.
Y yo soy sólo el conserje. Me llamo Bob.
—Y sin embargo, como usted puede advertir, la esfera no
es visible —señaló el doctor Phelps—. Sus teorías respecto a
por qué las superficies reflejan la luz, debido a las
irregularidades e imperfecciones en las estructuras cristalinas
de sus moléculas, se apoyan en los hombros de gigantes y
remiten directamente a la teoría clásica del color. Lo admito,
nunca pude entender cómo uno podía ver a través de esas
múltiples capas, cómo esperaba volver las cosas totalmente
transparentes, sin distorsión ni difracción. En ese sentido, no
estaba trabajando en una pintura…
—Sí, lo sé, uno puede sacar esa información de
Wikipedia. Teniendo en cuenta todo el espacio vacío que hay
en una molécula pienso que se trata de la fuerza nuclear
débil, una especie de curva gravitacional de las longitudes de
onda de la luz —le dije, antes de que el bobo se escapara al
almuerzo del personal, donde estaban sirviendo una
bouillabaisse bastante buena con un pequeño e indiferente
Merlot—. Tiene algo que ver con la naturaleza corpuscular
de la luz, como un espermatozoide que nada. Ésta es sólo mi
pequeña teoría pero creo que la mayor parte de la luz sí pasa
a través de las cosas, y que solamente vuelve a nuestros ojos
aquella que las golpea debido a la relación entre su longitud
de onda y el tamaño, la forma y el aspecto de la estructura
cristalina.
—Oh —dijo, y luego se quedó en silencio por un
momento mientras intentaba digerir eso.
—Bien, ¿cuál es el problema? —preguntó otra vez.
—El problema es que él no está aquí, doctor —le
expliqué, lenta y cuidadosamente—. Las puertas son muy
pequeñas, como usted puede observar.
Su mandíbula cayó, y sus cejas se alzaron alto y se
congelaron en ese lugar.
—¿Él… qué? —jadeó.
Caminé hasta el otro lado del laboratorio por el medio,
zigzagueando entre los cuatro soportes curvos, con forma de
corchete y fuertemente aislados, que habían sostenido la
esfera, bajo cables oscilantes, mangueras y alambres, todos
ellos todavía vivos según las lecturas y visores, vibrando con
electricidad, o nitrógeno líquido súper enfriado, o lo que
fuera.
—El doctor Johnson no está
aquí —repetí, mirando fijamente a
Phelps desde veinte metros de
distancia, al otro lado del área vacía
donde originalmente había estado
la máquina que iba a convertirse en
la esfera de invisibilidad.
—Ese asunto del electrón que va desde un punto A hasta
un punto B dividiéndose en dos; y cómo una de esas partes
debe estar entrando en un universo alternativo… Pienso que

Ilustración: Pedro Belushi

el doctor Johnson construyó accidentalmente algún tipo de
máquina del tiempo, o se envió a sí mismo a otro mundo —
le dije, con una sensación creciente de impaciencia—. Tal
vez entró inesperadamente en la próxima dimensión.
Nunca nadie me escucha y era mi hora del almuerzo
también. Y, como el doctor Johnson me había dicho una vez,
no me pagaban para pensar, sólo barra el piso, hombre. Las
ecuaciones de Johnson eran erróneas desde el principio y
tampoco me escuchó.
—Bien, ¿qué quiere que haga? —le espeté al buen doctor
Phelps, que estaba parado allí, jadeando como una carpa en
la arena—. ¿Quiere que corte la energía, o la dejo seguir
corriendo, o qué?
—¿Cómo… cómo…? —jadeó Phelps—. ¿Por qué no lo
detuvo?
—¡No lo sabía! Estaba barriendo el piso, hombre. Sólo
levanté la mirada, y había desaparecido —expliqué lo mejor
que pude.
Pobre doctor Phelps. Por un lado, la institución había
hecho un descubrimiento de proporciones trascendentales, y
por otro, no tenía ninguna pista acerca de cómo funcionaba:
el idiota de Johnson no había dejado ni siquiera una simple
nota garabateada en la puerta del refrigerador.
—Bien; es su decisión, doctor —dije.
—Pero, pero…
—Mire. Toda la química, en su nivel más básico y
elemental, consiste en el estudio de fenómenos eléctricos,
¿correcto? —le pregunté.
—¡Correcto! —Se agarró de eso como un hombre que se
está ahogando.
—El color, o la falta de él, es una propiedad química,
¿correcto? —pregunté sólo para estar seguro, porque dejé la
escuela en el décimo grado.
—Sí —tartamudeó—. ¡Sí! Sí lo es.
Señalando los gruesos cables que cubrían los soportes y
colgaban hasta el piso, le dije:
—Estamos quemando actualmente unos cincuenta y ocho
millones de gigavatios de electricidad y la Junta de
Directores hará preguntas.
—¡Apáguelo! —jadeó, y sonreí porque yo habría
sugerido lo mismo, pero no era mi responsabilidad y no
quería tomar la decisión.
De modo que eso es lo que hice. Me paré bien firme y
corté la corriente, y nos sentimos agradecidos al ver que la
esfera empezaba a volver, lenta pero seguramente, de alguna
otra dimensión, con su muy oscura superficie iluminándose
despacio y algo que ondulaba sobre ella. Simplemente se
apoyó ahí, haciendo un tic-tac y algún chasquido. Podíamos
sentir que absorbía el calor de las paredes mismas y del piso
de la habitación. Haciendo un rápido gesto, le señalé al
doctor Phelps la pequeña manija de la puerta y él avanzó
elegantemente con una especie de expresión graciosa en la
cara. Entonces me fui a la sala de calderas y tomé mi sopa y
mi Merlot con media hora de retraso. Por los gritos y
alaridos, me pareció que no iba a tener que barrer el
laboratorio 24-B durante un tiempo.
Podía haberles dicho lo que iba a pasar pero nunca nadie
me escucha.
Realmente, no es mi trabajo. Aunque dicen que los
mayores descubrimientos científicos de la historia fueron
totalmente accidentales.
TÍTULO ORIGINAL: The Sphere of Invisibility. Traducción
de Graciela Lorenzo Tillard.
Louis Bertrand Shalako vive en Canadá. Estudió Radio,
Televisión, y Periodismo en la Facultad Lambton de Artes
Aplicadas y Tecnología, en Sarnia, Ontario. Disfruta de la
bicicleta y de la natación y es amante de los buenos libros.
Escribe a tiempo completo.
Hemos publicado en Axxón su cuento NANOBOTS EN EL CÉSPED.

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