ARISTÓTELES 133

estabilidad del ser, su necesidad. La sustancia es el ser del ser: el principio por el
cual el ser es necesariamente tal. Pero en tanto que ser del ser, la sustancia posee
una doble función, a la cual corresponde una doble consideración de la misma:
es, por una parte, el ser en que se determina y limita la necesidad del ser, por otra,
el ser que es necesidad determinante y limitadora. Podemos expresar la doble
funcionalidad de la sustancia, a la cual corresponden dos significados distintos,
pero necesariamente conjuntos, diciendo que la sustancia es, por un lado, la
esencia del ser, por otro, el ser de la esencia. Como esencia del ser, la sustancia es
el ser determinado, la naturaleza propia del ser necesario: el hombre como
"animal bípedo". Como el ser de la esencia, la sustancia es el ser determinante, el
ser necesario de la realidad existente: el animal bípedo como este hombre
individual. Los dos significados pueden comprenderse bajo la expresión esencia
necesaria, la cual da, lo más exactamente posible, el sentido de la fórmula
aristotélica.
Evidentemente, la esencia necesaria no es la simple esencia de una cosa. No
siempre la esencia es la esencia necesaria: quien dice de un hombre que es
músico, no dice su esencia necesaria, puesto que se puede ser hombre sin ser
músico. La esencia necesaria es aquella que constituye el ser propio de una
realidad cualquiera, aquel ser por el cual la realidad es necesariamente tal. La
sustancia es, por tanto, no la esencia, sino la esencia necesaria, no el ser
genéricamente tomado, sino el ser auténtico: es la esencia del ser y el ser de la
esencia.
Entendida así, la sustancia manifiesta el aspecto más íntimo del pensamiento
aristotélico y al mismo tiempo su más secreta relación con el pensamiento de Platón.
Platón había explicado la validez intrínseca del ser como tal, la normatividad que
el ser presenta en sí mismo y al hombre, refiriendo el ser a los demás valores y
haciendo del bien el principio del ser. Según Platón, si el ser vale, si posee un valor
gracias al cual se pone como norma, esto ocurre, no porque es ser, sino porque es
bien; lo que lo constituye en cuant o ser es el bi en, el val or en sí mi smo.
La nor mat i vi dad del ser es, para Platón, extraña al ser mismo: el ser es en el
valor, no el valor en el ser. Aristóteles descubrió, en cambio, el intrínseco valor
del ser. La validez que el ser posee no proviene de un principio extrínseco, del
bien, de la perfección o del orden, sino de su principio intrínseco, de la sustancia.
No está el ser en el valor, sino el valor en el ser. Todo lo que es, en cuanto es,
realiza el valor primordial y único, el ser en cuanto tal. La sustancia, como ser del
ser, confiere a las más insignificantes y pobres manifestaciones del ser una validez
necesaria, una absoluta normatividad. Efectivamente, no es privilegio de las
realidades más elevadas, sino que se encuentra tanto en la base como en la cima
de la jerarquía de los seres y representa el verdadero valor metafísico. Con el
descubrimiento de la validez del ser en cuanto tal, Aristóteles está en condiciones
de adoptar ante el mundo una actitud completamente distinta de la de Platón. Para
él, todo lo que es, cuanto es, tiene un valor intrínseco, es digno de consideración y
de estudio y puede ser objeto de ciencia. Para Platón, en cambio, sólo lo que
encarna un valor distinto del ser puede y debe ser objeto de ciencia: el ser en
cuanto tal no basta, porque no tiene en sí su valor. Con la teoría de la
sustancia, Aristóteles elaboró el principio que justifica su actitud ante la naturaleza,
su obra de investigador incansable, su interés científico que no se apaga ni

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