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Far Andula

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06/17/2014

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La farándula nacional

(Por Alejandro Carreño T.)


En estos últimos días, varios alumnos de Periodismo y Comunicación Audiovisual
de la Universidad Uniacc, me han entrevistado para hablar de la farándula y de
su relación con los medios masivos de comuni cación. Me tiene sorprendido el
interés por esta actividad, no porque sea tan propia de la cultura de masas, sino
porque ella ya es tan comentada por nuestra prensa, siempre autorreferente, se
hable de lo que se hable. Esta columna recoge mis palabras, grabadas y escritas,
sobre uno de los leit motiv más recurrentes de los últimos años en el periodismo
chileno.

El periodismo farandulero no es otra cosa que la degeneración del siempre noble
periodismo de espectáculos. La farándula, como una maleza verbal e icónica, se
apoderó de los medios masivos de comunicación, sobre todo de la televisión, y se
instaló en la conciencia de una sociedad que, ofreciendo como excusa la
agotadora vida moderna, permitió que la estupidez, la vulgaridad y la pornografía
solapada, invadan los espacios de su casa con traseros generosos, pechugas
ubérrimas como para alimentar a todos los chilenos, (yo también tomo leche) a
veces con ropita, por el apuro, y a algunas chilenas, claro está. (1) Gentes que de
la noche a la mañana son llamadas de “ídolos”; espectáculos deprimentes con la
participación de personajes públicos que se aman, se odian, se besan, se
toquetean, se amenazan, se insultan y se golpean. Y todo esto, cómo no, con
harta coprolalia. ¡Póngale más coprolalia, compadre, que el rating está subiendo y
nos estamos llenando de platita! “Lo característico del momento es que el alma vulgar,
sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone
dondequiera”. Las palabras de José Ortega y Gasset no dejan de sorprenderme,
más aún cuando ellas fueron pronunciadas en 1930. (2)

El periodismo de farándula, que es la vulgarización del periodismo de
espectáculos, ha invadido, en realidad, todos los espacios de la vida civil nacional.
Los medios le entregan a la masa la posibilidad de sentirse parte integrante de
esta vida de mentira y continuar, entonces, con el decadente espectáculo. El
hombre masa ya no es más un mero espectador pasivo y sin opinión. Su
presencia, como en el circo romano, decide quién vive o quién muere. Como en el
circo romano, la farándula lo tiene para que la idolatre. El mundo tristemente
circense de la cloaca farandulera se ha convertido en un patético puente
maloliente que une a los medios con la cultura de masas. El peligro de
descomposición social no pasa, sin embargo, por la existencia de este Decamerón
venido a menos. No, porque la masa siempre ha existido y ha tenido sus
preferencias, aunque nunca había impuesto con tanta soberbia y desfachatez sus
gustos, ni gritado a los cuatro vientos que el mundo le pertenece. Aún así, me
parece que cualquier sociedad democrática debe generar espacios para todos sus
ciudadanos porque, al final, basta con tener el control remoto a la mano y huir de
la atracción fatal que convierte al individuo en un esperpento.

El periodismo de farándula ha idiotizado el pensamiento. El hombre masa ya no
necesita pensar ni reflexionar. Su mente ha sido mágicamente encantada por los
merlines de los estudios televisivos y los socráticos de turno que van y vienen por
los distintos canales comentando, desde el tamaño del falo del mijito rico tanto,
hasta la última relación amorosa del otrora deportista que alguna vez fue,
pasando, claro está, por los potentes análisis acerca de la sexualidad de tal o cual
mamarracho o mamarracha de turno. Temas que le permiten a nuestra sociedad
sentirse profundamente informada de lo que ocurre en el mundo. Nuestra
sociedad, como se ve, es instruida, muy instruida. No por nada somos los
jaguares de América. Somos libres y el mundo nos busca para firmar tratados
comerciales que nos van a enriquecer rápidamente, aunque no sepamos leer ni
escribir. Pero ¡viva la fantasía! La vivimos noticiero tras noticiero, noche tras
noche: hoy, a nuestro ídolo máximo lo dejaron plantado; mañana, no se pierda la
biografía de las hermanitas ja ja ja; el miércoles, los animalitos preferidos de los
rostros nacionales; el viernes, el corazón roto de cualquiera de estos idiotas, lo
hará llorar hasta las lágrimas; el sábado, usted no puede dejar de ver los
descargos del maricón de turno que jura que no es maricón y que la acusación
que le hizo el otro depravado, se la hizo de puro maricón que es. En fin, y la
semana termina y la semana comienza. Y nuestro hombre masa devora que
devora tan impactantes noticias.

Lo grave de todo esto es que el periodismo nacional navega por estas
nauseabundas pero generosas aguas contaminadas de muchos cuerpos
desnudos, también generosos, que se ofrecen al mejor postor. Los canales de
televisión ofrecen una versión carnavalesca y mapochina de Pantaleón y las
visitadoras, aunque a veces son visitadores. Claro, no se trata de la selva
amazónica, pero es selva, al fin y al cabo. El capitán Pantoja es el macunaíma
chilensis (3), adquiere múltiples nombres y múltiples formas, es el mismo y es otro
“como el río interminable”, pero siempre homogeiniza a su público. Como
miembros de una divina comedia patuleca, nuestros hombres de la deformación
de la información buscan su círculo e inventan otros: los depravados, los
homosexuales, los imbéciles, los mentirosos, los sibaritas, los soberbios, los
vanidosos, los zalameros. Y se me terminó el alfabeto, pero hay círculos para
todos.

¿Y qué ocurre con el periodismo que no es de la farándula?, me preguntan mis
estudiantes. Pues se ha farandulizado también. Pareciera ser que el destino del
periodismo chileno actual es “o estás conmigo o no existes”. El periodismo
deportivo es la prueba más evidente, pero no es el único. Nuestros brillantes
analistas de pelotas, nos sorprenden con sus reflexiones de altísimo nivel sobre la
pareja de tal o cual jugador, o bien nos entregan historillas propias de este
mundillo de abstinencia intelectual, que adquieren la forma de largas y necias
entrevistas o el formato de un reportaje con la apariencia de serio, o de fotografías
picantes para no dejar morir el morbo de su público. De aquí a tener un programa
propio en la televisión hay un solo paso. Ya son rostros, ya pueden dirigir los
destinos de su audiencia, y de hecho lo hacen, animando espectáculos donde
priman la vulgaridad y la absoluta ausencia de interés formativo e informativo.
Claro que algunos se dicen periodistas, pero no lo son, aunque esto ya no tiene la
más mínima importancia. Los menos afortunados se dedican a leer y a comentar
noticias internacionales. No sé cómo lo permiten pero ahí están. O intentan
aprender, en vano, el arte de la entrevista seria. Son entrevistados, son portadas
de revistas, tienen también sus escándalos, participan en programas de los
canales de la competencia y atienden a la publicidad. En una palabra, son
famosos y, como tales, se deben a su público que los ha estigmatizado con el
nada agradable apelativo de faranduleros. La mayoría de mis estudiantes se ríe de
ellos y se molesta con lo que ellos representan en términos periodísticos. Sin
embargo, deben comprender que en el mundo de la farándula se utilizan,
fundamentalmente, códigos restringidos que se caracterizan por ser simples en su
semántica y en su sintaxis. Son básicamente orales y tienden a ser muy
redundantes, por lo mismo, antipáticamente predecibles. O sea, lo que veamos en
el programa “x” lo veremos fatalmente en el programa “z”. Son el aquí y el ahora
de una relación inmediata entre los medios masivos de comunicación y la cultura
de masas. En otras palabras, los códigos restringidos están íntimamente
vinculados con la experiencia cultural del individuo, a diferencia de los elaborados
que deben ser aprendidos, porque se relacionan con la educación formal y el
entrenamiento. Y el periodismo de farándula está hecho para satisfacer las
necesidades culturales, estéticas y pragmáticas del hombre masa.

Me preocupa este aletargamiento social frente a una realidad que se ha detenido
en el tiempo y ha usurpado todos los espacios: los poderes del estado y las
instituciones sobre las cuales se sustenta el equilibrio social, no sólo en su sentido
jurídico, sino también en su sentido ético. Hechos y palabras invaden las pantallas
de los televisores e inundan las páginas de diarios y revistas. La radio no se queda
atrás y los nuevos líderes de opinión atentan contra la más tierna de las
inteligencias, mientras sus dichos adquieren connotación de misal nacional. La
internet, por su parte, aporta con lo suyo por medio de encuestas y otras yerbas
acerca de la última pelea de los idiotas tantos o de la última pareja, da lo mismo
hombre o mujer, del rostro tanto. Desde el jarrón y la Juanita de nuestro
Presidente hasta la interesantísima conversación entre un político, cuyo nombre
ya olvidé, y su amigo difunto, de cuyo nombre no quiero acordarme, que, al mejor
estilo de una película cómica o de terror, lo alienta, le susurra al oído y le
aconseja, pasando por la carcajeante entrevista a las vacas que un sabio ministro
pidió a la asombrada prensa, nada, absolutamente nada ha escapado de las
garras del hazmerreír del circo farandulero: curas paidófilos, cómicos que dan
pena, empresarios depravados, jueces homosexuales, políticos corruptos, y
sociedad empelota. Hemos visto de todo en estos últimos años. El Arcipreste de
Hita sería hoy el mayor periodista farandulero. Aconsejo a los nuestros que lo
lean, para que agudicen, por lo menos, su sentido del humor. Lean a Boccaccio
también niños. ¡No se imaginan cuánto van a aumentar el rating!

Pero ahora estamos entrando en la onda de los políticos bufones. Mis alumnos me
preguntan si no serían los juglares santiaguinos. Mi respuesta es negativa. El ser
juglar era un oficio muy importante en la Edad Media. A través de ellos el pueblo
se entretenía oyendo sus historias, algunas tan relevantes como las historias
acerca del Cid, que originaron su famoso Poema, nuestro primer texto literario
escrito en 1140. No, estos políticos no cuentan historias, por lo menos no del tipo
como para ser recordadas, ni ahora ni después. Estos políticos son más parecidos
a los cómicos que entretenían al señor feudal o al rey. Hoy, entretienen a la
sociedad con sus apariciones en los distintos programas de televisión, donde se
exponen al escarnio público de una masa sedienta de dulce venganza, que los
banaliza y los convierte en títeres televisivos. La catarsis de la tragedia griega ha
adquirido en la comedia chilena de la cajita feliz, insospechada validez,
(Aristóteles tendría que revisar algunos conceptos de su Poética), y los nerones de
la pantalla gozan sobremanera con la incómoda situación y las caras de
mentecatos de estos nuevos representantes del circo Chacoteros de la Vida.
También viajan por el mundo en misiones sólo Dios sabe de qué; se hacen
acompañar de conocidos personajes del mundillo en cuestión, o llevan de cohorte
a otros que se inician en este mundillo y quieren aparecer en la tele y en los
diarios. Otros son los minos que quieren rivalizar con actores y deportistas; son los
modelos del parlamento. Algunos se disfrazan con el traje de su súper héroe
favorito y reviven así sus sueños de niño feliz. Otros bailan; otros cantan. Son, en
definitiva, los alegres muchachos de la política chilena que el pueblo identifica con
la farándula y, por ende, con la ausencia de talento para pensar.

Pero, ¿qué significa el término “farándula”? La palabra viene del provenzal
farandoulo y significa “Profesión y ambiente de los actores”. Una segunda definición
nos habla de “Antigua compañía ambulante de teatro, especialmente de
comedias”. Por último, y peyorativamente, “Mundillo de la vida nocturna formado
por figuras de los negocios, el deporte, la política y el espectáculo” (4). Optamos,
de inmediato, por la tercera alternativa. Mejor ir a la segura, digo yo. Ni los
noticieros se han salvado de la última tentación, especialmente el más reciente
renovado: colores azules fuertes, casi morados, combinados con rojos y una
escenografía de café con piernas. Varias veces he tenido la sensación de que
aparecerá una bella y escultural joven, en menos que paños menores, ofreciendo
su cafecito al conductor del programa. Ojalá que no ocurra, porque no faltará el
político que venga a firmarle un autógrafo bien arribita del muslo, y confunda un
serio noticiario con un sospechoso lugar para tomar café. ¿Y qué me dicen de las
chicas del tiempo? Mujeres atractivas, bonitas y generosas, con trajes
ajustadísimos que la cámara recorre desde todos los ángulos resaltando sus
encantos y mostrando sus sonrisas que a más de alguno harán soñar. Ya no se
trata de dar el tiempo, hay que hacerlo de la forma más llamativa posible.

Sin embargo, no es esto lo que me preocupa, ya lo dije. Me parece buena la
diversidad y creo, también, que la masa necesita reírse. La risa nos hace bien,
puesto que ayuda a renovar el espíritu. Pero no quiero ser masa intelectual.
Nosotros, los académicos, como otros representantes de la sociedad, tenemos el
deber de pensar, de reflexionar, porque en nuestras aulas se genera el debate
artístico, filosófico y social; porque los políticos tienen en sus manos los destinos
de la nación; porque la iglesia, en sus diversas expresiones, y el poder judicial,
deben velar por el orden moral y la justicia democrática. ¿Y los periodistas? Como
les digo a mis alumnos: lo que ustedes editen, será visto; lo que ustedes escriban,
será leído y lo que ustedes digan, será escuchado. Tienen una responsabilidad
social mayor, puesto que son una proyección de nuestro propio yo, con todas las
inquietudes propias de un “ yo”. No son un mal necesario, como dicen algunos mal
hablados. No, son un bien imprescindible que permite que un estado funcione,
porque son la conciencia social atenta al orden, a la moral y a la justicia.

Sí, dejemos que la farándula continúe su camino hacia la nada. No debemos
preocuparnos por ello. Como dice Umberto Eco, el circo romano ha existido
siempre, pero no por ello debemos crucificar la cultura de masas. El riesgo está en
que nosotros, los que sí tenemos la obligación de pensar y reflexionar,
vulgaricemos nuestra actividad y no hagamos sentir nuestra opinión en los
distintos foros donde nos corresponda actuar. Sólo así mantendremos el necesario
equilibrio que debe reinar en toda sociedad: pensamiento y diversión. No acepto el
abuso de ninguno de los dos.

Notas:

1. Esta nota es una sugerencia de la Directora de la Escuela de Periodismo de la Universidad
Uniacc, María Eugenia Oyarzún. Ella encontró que este pasaje no se encontraba dentro de
mi estilo académico. Y tiene razón, puede tener una doble lectura. Sin embargo, lo dije
pensando en una serie de textos publicitarios que en ese momento inundaban las pantallas
de nuestra televisión, con personajes de la farándula tomando leche completamente
desnudos.
2. Ortega y Gasset, José, La rebelión de las masas, Espasa-Calpe, Madrid, 1969, decimoctava
edición, Colección Austral, página 42.
3. Macunaíma, héroe de la novela homónima de Mário de Andrade, publicada en 1928. El
escritor es el mayor representante del Modernismo brasileño. Nació y murió en Sao Paulo
(1893-1945).
4. Cito por la vigésima segunda edición del Diccionario de la Lengua Española, de la Real
Academia Española, 2001, Tomo I, página 1040.

(Santiago de Chile, 27 de junio de 2004)







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