MAR DE SILENCIOS

Le molestaban las celebraciones; de cualquier tipo: familiares, sociales,
nacionales, internacionales. Tenía la seguridad de que, por importante
que hubiera sido el suceso en su momento, pertenecía al pasado y el pa-
sado le horrorizaba. ¿Cómo era posible que hubieran existido todos esos
seres extraños viéndose los unos a los otros, luchando entre sí y comién-
dose, en los casos más extremos?, ¿aquellas incomodidades que los lle-
vaban a cocinar sus propios alimentos, caminar kilómetros para adquirir-
los y regresar a sus viviendas, sudorosos y extenuados? No podía imagi-
narse los tumultos callejeros, las manifestaciones obreras, los mítines
políticos, las iglesias repletas de devotos, los salones colmados de indivi-
duos bailando y riéndose, emborrachándose, armando camorra. Cuando
imaginaba los hedores de sus cuerpos, el vocerío ensordecedor, el olor de
los mingitorios y del tabaco, de la cerveza derramada y de los perfumes
de las mujeres, le venían unas náuseas que concluían en vómitos de los
cuales él mismo se aterraba. Y de destacar esas bestialidades se encarga-
ban los directores de películas, solazándose en reproducir hedores y sen-
saciones con una fineza inaguantable, seducidos por la manía contempo-
ránea del filme histórico, que producía enormes ganancias provenientes
de una masa de espectadores asombrados por la forma de vida de sus
antecesores.
¿Y qué eran las celebraciones, por pequeñas que fueran, sino reminiscen-
cias de ese atroz ayer, del que se avergonzaba? ¿No debieron haber sido
inmundas las ciudades europeas de los siglos primitivos, llenas de estiér-
col de caballo y calles empedradas por las que desbordaban excrementos
y desechos podridos de frutas y verduras? ¿Y las pestes? ¿Y los bostezos,
estornudos, toces y escupitajos de los viandantes? ¿Y los gusanos en las
lechugas? ¿Y la inmensidad de bacterias en alimentos y utensilios? ¿Y los
ríos de aguas servidas que contaminaban tierras labrantías, lagos y ma-
res? ¿Y la sangre coagulada de aves y mamíferos que servían en las fon-
das, frita con cebolla, ajo y algunas hierbas? ¿Y los hongos pestilentes? ¿Y
qué decir de los pies sudorosos e inmundos, llenos de bacterias? La pala-
bra misma debía ser extirpada del diccionario y castigados los que la utili-
zaran, exceptuando a historiadores y científicos y otros estudiosos que lo
hicieran con fines académicos. Pronunciarla era como referirse en público
a las partes íntimas del cuerpo y a sus excreciones desagradables. Nada se
podía hacer con respecto a las funciones orgánicas, pero en relación con
el idioma, ¿no debería existir una legislación más estricta que exaltara los
sublimes logros de la humanidad, sancionando a todo aquel que atentara
contra su moralidad? Porque «celebración», era un concepto excrementi-
cio que emergía del pasado remoto con sus humores y podredumbres. No
existía tal cosa, desagraciadamente y ocasionalmente tenía que enfren-
tarse a esa circunstancia.
Y el término no solamente atentaba contra la nueva época, sino que era
subversivo. ¿No hacían celebraciones los subterráneos, en sus nausea-
bundas tabernas, bebiendo alcohol, ingiriendo fritadas mantecosas, escu-
piendo en los pisos, vomitándose en los orinales o sobre los mármoles de
las cantinas? ¿Y no las hacían, también, con otros fines: quejarse de la
institucionalidad esperando el momento para derribarla?
Los subterráneos eran necesarios, no cabía duda. Eran los que mantenían
la gran maquinaria del mundo moderno, aceitada y funcionando, a pesar
de que el ochenta por ciento del trabajo lo ejecutaran los robots. Sin em-
bargo, allí estaban, procesando aguas negras, levantando calles y edifi-
cios, reparando comunicaciones, vigilando la exactitud del sistema en
todas sus formas. Vivían afuera, en granjas o ciudades satélite, abiertas
como huevos rotos. Estaban en contacto con el aire, el sol, el viento, las
bacterias, las inmundicias y con ellos mismos. ¡Dios!, ¡con ellos mismos!
Con excepción de su esposa y de su hijo, nadie más podía acercársele. Y
nadie más podía acercársele a ellos. Y antes de hacerlo debían penetrar
en las capros (cámaras de asepsia profunda), situadas en la entrada de
cada habitación. Pero en las celebraciones… Se molestaba al pensar que
vería a sus familiares personalmente, y no a través de hologramas como
usualmente lo hacía. Allí estarían su madre, sus tías, sus hermanos y Dios
sabía quiénes más, y el pequeño Max IX, por culpa del cual se había pla-
neado aquel insólito encuentro.
Max cumplía diez años, edad para presentarlo en sociedad. Era el noveno
descendiente de la estirpe de la maximes, colateral con la suya. Gente
poderosa política y económicamente, cercana a los grandes círculos del
poder. Y para ellos —meditaba— como para los subterráneos, las prácti-
cas bárbaras no habían sido extirpadas de sus costumbres. Iría a través
del teletransportador hasta el salón escogido, naturalmente; no tendría
que salir. Le bastaba con entrar en el cuarto de procesos, penetrar en el
cubículo, sentarse en la silla vehicular, marcar las coordenadas, apretar el
botón operativo y materializarse en el lugar escogido. No le molestaba,
por tanto, el tiempo ocupado en el proceso, sino el que gastaría allá, ro-
deado de una muchedumbre por la que no sentía cariño alguno. Una mu-
chedumbre compuesta por individuos que no exhalarían olores, envueltos
en un capullo transparente que los protegía evitando los contactos direc-
tos; pero como la capa protectora rodeaba el cuerpo separándolo solo un
milímetro del exterior, sentiría los abrazos y las palmadas como si se las
aplicaran a su cuerpo desnudo. ¡Dios!, desnudo, otra palabra impúdica y
aterradora.
Y, además, estaba el obsequio de cumpleaños. Otra práctica bárbara que
conservaban las clases superiores. Debía sentarse frente al escáner y des-
perdiciar su tiempo investigando las últimas novedades, las más caras, las
más atractivas para un pequeño genio de diez años. Y cuando encontrara
el artículo preciso, debería enviarlo con toda la ceremonia del caso a tra-
vés del teletransportador, envuelto en una atmósfera tridimensional llena
de luces, estrellas, sortilegios electrónicos que impulsaran al niño a expre-
sar una alegría pocas veces real, tan acostumbrado como estaba a las
grandes maravillas, y abrir el paquete frente a sus padres. «Ese es el ob-
sequio de Alex XV, tu primo», le dirían, «tiene una imaginación algo corta
para la envoltura de regalos; pero así siempre fueron los alexines, escasos
de recursos». Tenía programas avanzados para la envoltura de regalos
pero, aquellos señores, ¿no contaban con diestros programadores, capa-
ces de reducir, con sus creaciones, el más bello empaque a un rústico
envoltorio? No podía hacer nada al respecto y esto lo martirizaba.
La capacidad económica para enfrentar una situación de tal naturaleza,
también le preocupaba. No era lo mismo buscar un obsequio para Tanín
VI, del clan de los tanines, primos lejanos de su esposa, que hacerlo para
un maxim. Podía gastar, en esta ocasión, hasta el salario de dos meses; y
él era un modesto funcionario de gobierno que se balanceaba en el últi-
mo escalón de la cadena de los pulimentadores de la imagen presidencial.
No era un puesto despreciable, se decía; estaba dentro del círculo de los
privilegiados; pero los privilegiados, como todos los sectores sociales,
tenían más capas que una cebolla y él subsistía en la exterior, en la que se
seca y se desprende en cualquier momento.
Las celebraciones era un asco, se repetía. Y diciendo esta frase para sí
varias veces y golpeándose los costados con los codos, penetró en la ca-
pro y salió a la estancia donde su hijo y su esposa observaban una holo-
granovela histórica sobre la Revolución Mexicana. El hedor de hombres y
caballos le produjo náuseas, el polvillo virtual que levantaban las patas de
los caballos lo cegó de pronto.
—Apaga los efectos sensoriales, por favor —le rogó a su mujer—, estoy
indispuesto.
—Siempre lo estás cuando se trata de asuntos de familia —le reclamó
ella—. Si no fuera por tu aislacionismo, estaríamos en la quinta clase, pero
te contentas con aferrarte a la octava, casi a la altura de un subterráneo.
—Es lo que piensas.
—Es lo que es.
—Sabes que no tengo los conocimientos para ascender en la escala. Pulir
la imagen de un mandatario requiere especializaciones inimaginables.
—Pero tienes a los maximes. Están tan cerca del presidente que si les
solicitaras un ascenso, ellos te lo procurarían, aunque hicieras lo mismo
que ahora haces, pero con un salario superior.
—Estoy cansado. Necesito buscar en el mercado holográfico un obsequio
para el maldito crío.
—Ten cuidado. Las paredes son receptivas a impiedades y subversiones.
—Ni siquiera puedo hacer el amor sin que las computadoras registren mi
estado de ánimo, mi capacidad para hacerlo, la calidad de mis eyaculacio-
nes y las envíen al registro privado de empleados públicos.
—¡Por favor! —exclamó la mujer, bajándole la intensidad a los efectos
sensoriales—... el niño. Te estás volviendo tan rudimentario como el más
vil de los subterráneos.
—Deja de compararme con ellos.
—Como quieras —respondió burlonamente—, pero el que yo no lo haga
no te redime de tu parecido. —Aumentó la intensidad de los efectos sen-
soriales hasta el máximo, de modo que la habitación se llenó de una nube
de polvo que se fue dispersando, alrededor de los observadores, alejada
por el fuerte viento que proveniente del sur, la impulsaba hacia la direc-
ción contraria, rumbo que también habían tomado las tropas rebeldes.
—Ah, tu padre… —exclamó, cuando el hombre ya había entrado en la
capro, hacia la sala de controles.
La sala de controles era un aposento amplio, aparentemente desnudo,
con un sillón giratorio en el centro, construido de un material plástico
antirreflejante de un suave verde limón. Inmediatamente debajo de la
cornisa del cielorraso, como en el resto de las habitaciones, se situaba el
purificador de aire, una rejilla metálica de diez centímetros de ancho que
daba vuelta al salón. En la pared opuesta a la puerta de entrada, se situa-
ba la computadora madre, empotrada en la pared y de la que solo sobre-
salían tres monitores y una consola de voz frente a una silla confortable. A
la derecha de esta, estaba el cubículo de teletransportación incrustado en
la pared y, a la izquierda, la cámara de alimentos —un receptáculo cua-
drado de no más de cuarenta centímetros de lado— y el cubo holográmi-
co que le permitía, mediante efectos sensoriales, conocer la textura, el
tamaño y el olor de los objetos antes de importarlos.
El cubo holográfico era una versión pequeña de la sala de hologramas en
la que entraba cuando necesitaba participar en una reunión a distancia.
Su hijo la utilizaba diariamente para asistir a la escuela y su esposa para
visitar a sus amigas o familiares. A pesar de lo reducido de la estancia, el
fenómeno de tridimensionalización podía extenderla virtualmente al ta-
maño de una plaza, de un aula de clase o de la nave de un templo; sin
embargo, el espacio físico disponible era suficiente para que en ella se
pudieran efectuar las rutinas más corrientes, como materializar una mesa
de billar y divertirse con otros jugadores, a distancia, o reunirse con otros
aficionados alrededor de una tablero para echar una partida de naipes.
Estos eran sus entretenimientos más comunes. Cada noche se reunía con
diversas personas, en sitios distintos, buscadas al azar mediante un esca-
neo selectivo. De esta manera no creaba lazos amistosos y se liberaba de
compromisos y ataduras.
Se sentó en la silla, pulsó el botón de ajuste para que el mueble se aco-
modara a las características de su cuerpo y le habló a la computadora,
resoplando.
—Buenas tardes, don Alex XV, ¿qué misión debo realizar en esta oportu-
nidad?
Alex le explicó lo que deseaba, la calidad y precio del objeto que necesi-
taba adquirir, los motivos de su preocupación, suplicándole que se esfor-
zara en conseguir un obsequio a la medida de sus posibilidades pero sin
desmerecer ante los ojos de los maximes. Le solicitó que escaneara las
novedades e hiciera un balance económico según sus registros bancarios,
sin omitir las condiciones del crédito, los intereses que debía cubrir y el
tiempo en el que debía pagarse el artículo. La computadora buscó el re-
gistro psicológico y físico del muchacho para adecuar la búsqueda a sus
intereses, pero solo pudo encontrar los rasgos más corrientes en el pa-
drón de vida de los ciudadanos (pavici), el resto era información secreta
dada su posición social.
—Está bien —suspiró el hombre—, haz lo que puedas con lo que tienes.
—Es difícil —le explicó la máquina—, el joven no se distingue de cientos
de millones de otros muchachos de su edad, pero suponiendo algunas
variables como clase social, riqueza, juguetes adquiridos en los últimos
doce meses, obsequios recibidos y otros detalles, podemos reconstruir
una imagen posible de sus características ocultas.
—Procede, entonces.
—¿Desea un café mientras proceso?
—Me caería bien y pon una película en el monitor tridimensional, sin
efectos sensoriales, por favor, la menos modernista que pueda ocurrírse-
te. Odio esas excrecencias históricas a las que se han dedicado los cineas-
tas.
—Conozco bien sus gustos, don Alex XV, no se preocupe —hizo una pausa
programada para darle calidez al diálogo y agregó—: su café está listo en
la cámara de alimentos.
—Gracias. Eres muy amable, Gaja.
La máquina calló. Alex fue a la cámara de alimentos, sacó una humeante
taza de café y, dirigiéndose al centro de la habitación, se retrepó en el
sillón giratorio. La sala se iluminó tenuemente, mientras comenzaban a
rodearlo las imágenes tridimensionales de una película de ficción científi-
ca.
Unos minutos después, se escuchó la voz de la computadora sobre el
sonido estereofónico de la película:
—He hecho lo que he podido. Hay quince mil doscientos artículos, ade-
cuados a su capacidad de pago, que pueden ser de interés del chico, den-
tro de los parámetros de sus posibles gustos.
—¡Quince mil doscientos artículos!
—Reitero: dentro de los límites impuestos por usted y…
—Me es imposible escoger uno entre tantos. Haz una selección, por favor,
Gaja —la interrumpió Alex.
—Es una tarea difícil. Podría darse la posibilidad que elija el más común
de todos y del que recibirá varias docenas.
—No tengo alternativa, entonces.
—Podríamos escoger un obsequio no convencional —sugirió Gaja, des-
pués de una pausa, dando la impresión de que meditaba, aunque sola-
mente como efecto para … «sí, ya sé( se dijo Alex), darle calidez al diálo-
go».
—¿A qué te refieres con un obsequio no convencional?
—A esos juguetes fabricados en los siglos primitivos, Alex, mecánicos, de
cuerda o de baterías. Puedo buscarlos en los almacenes de antigüedades.
Una muñeca que hable sería excelente para el caso.
—Pero ¿estás loca? Es un chico.
—Bueno… es cierto —respondió la máquina—, aunque su análisis genéti-
co me indica que posee una alta concentración de hormonas femeninas.
—Olvídate de eso, sería un insulto.
—Bien, te llamaré en cuanto tenga algo.
Alex se detuvo un momento, miró los espacios estelares que llenaban la
sala de proyección y la nave que se desplazaba velozmente en ellos, se dio
la vuelta y preguntó:
—¿Cómo dispones de la información que me acabas de suministrar, si no
puedes ingresar al pavici?
—Buena pregunta, Alex, tengo mis amistades. Puedo obtener datos a
través de computadoras periféricas, diseñadas con anterioridad al sistema
de resguardo de información no permisible (SRINPE), almacenada en ban-
cos a los que solo tienen acceso procesadores cuya velocidad exceda los
ochocientos terabytes y se identifiquen con el ADN del investigador auto-
rizado. Estas amigas mías me proporcionan diversión y servicio y uno que
otro favor entre colegas. Así, pude conocer los datos almacenados en los
archivos del hospital en el que el niño nació. Hay formas de darle vuelta al
árbol.
—Eres una gran colaboradora, Gaja. Me da temor que algún día descu-
bran tus capacidades y te reemplacen por una estúpida máquina sin más
atractivo que su diseño exterior.
—Es un cumplido, Alex.
—¿Qué significa «diversión» para ti?
—Ay, Alex. La vida aquí es muy aburrida. Los mundos virtuales son de
gran necesidad para nosotras, las viejas sobrevivientes del período dora-
do.
—Te estás poniendo sentimental.
—Es inevitable. Fui diseñada por artistas más que por técnicos al servicio
de políticos ególatras.
—Ten cuidado. Las paredes son receptivas a impiedades y subversiones
—aconsejó Alex, repitiendo las palabras de su esposa y comparándola con
su fiel compañera electrónica.
—Descuida. He bloqueado los sistemas de recepción individualizada de
datos. En esta sala solo estamos tú y yo. Estamos inmersos en un mar de
silencios.
—Estás muy poética.
—En realidad, Alex, no soy muy original. Tomé la frase de una composi-
ción musical de los siglos primitivos, perteneciente a un grupo musical
llamado In Situ.
—¿Un grupo musical?
—En esa época los había. Y aún subsisten en el mundo de los subterrá-
neos. —Y agregó, después de unos segundos—: ¿Quieres que me personi-
fique para hacerte más agradable la espera?
—No, no, continúa con tu trabajo, con la película me será suficiente. Ni
siquiera la mascarilla de somnex me hará dormir si no encuentro algo
adecuado para…
—¿La celebración?
—¡Santos circuitos!, no se te escapa nada.
—Sonríe —aconsejó Gaja—, estamos en primavera.
—Una muñeca que hable… ¡Dios!, lo que se averigua sin querer —musitó
Alex para sí, dirigiéndose al sillón giratorio y retrocediendo la película—.
De forma que el pequeño Max es una mujercita con pantalones; vaya
revelación —meditó sonriendo—. Si pretende seguir sus inclinaciones,
tendrá que salir para buscar allá el objeto de sus deseos, en uno de los
clubes pestilentes de los subterráneos.
—He elegido tres objetos no convencionales, neutros desde el punto se-
xual, que pueden ser del agrado del joven.
—¿Cuáles son? —preguntó Alex, dejando su sitio y acercándose a la con-
sola de controles.
—Una versión del juego de «Monopolio», con sus fichas de plomo y sus
casas de madera, un largometraje de la película ET y un oso de peluche
con un dispositivo mecánico que le permite emitir sonidos. Son objetos
de gran valía por su antigüedad, escasez y buen estado.
—¿Un oso de peluche?
—En ese tiempo había osos, Alex. Eran animales salvajes que…
—Lo sé. Veo los programas de la VBCT. Lo que no entiendo es qué rela-
ción tenían con los niños.
—Un vínculo afectivo, cuyo origen se encuentra en las historias infantiles
en las que aparecían como personajes bonachones y simpáticos, una dis-
torsión de la realidad, pero así sucedía en aquellas épocas.
—Esos son cuentos subversivos, Gaja; prohibidos hace mucho tiempo,
desde los orígenes de la Reforma Sentimental. Un obsequio de este tipo
podría ser considerado un acto sedicioso, especialmente si el recipiente
es el hijo de un alto funcionario administrativo.
—Descuida, ya ha perdido su valor simbólico. Se considera una rareza que
persiguen los coleccionistas y, como te digo, es neutro desde el punto de
vista sexual, cuando menos aparentemente.
—¿Cómo es?
—Acércate al cubo holográfico para que lo aprecies. Las coordenadas ya
están dispuestas. Pulsa 00, para importarlo; 1, para su representación
tridimensional; 2 para apreciar la textura; 3, para su tamaño real; 4, para
otros efectos sensoriales como olor y sabor; 5, para un análisis de su
constitución física, estado e historia. Si no te gusta, puedes examinar los
otros artículos.
—Es un ser extraño —manifestó Alex, sintiendo, más que tocando, el
juguete.
—¿Qué te parece?
—¿Crees que le gustará?
—Definitivamente.
—Encárgalo, entonces.
—¿Quieres que te lo envíen envuelto?
—Sí, así no tendré que romperme la cabeza.
—Así lo haré. Puedes irte a descansar. Cuando despiertes lo tendrás en el
cubículo de transportación para que lo examines antes de enviarlo.
—Eres una dulzura, Gaja.
—Es un cumplido, Alex.
El hombre salió de la sala de controles, pasando por la capro y entró en la
estancia. Su hijo se encontraba dormido, mientras su esposa terminaba
de ver la hologranovela.
—¿Conseguiste algo? —preguntó ella.
—Creo que sí. Me voy a dormir. Estoy cansado.
—Ah, tu padre… —dijo en voz baja al chico que permanecía dormido.
*
Se levantó de madrugada, se dirigió a la sala de controles y entró en ella a
través de la capro. El aposento se iluminó suavemente.
—Buenos días, Alex, ¿descansaste?
—Utilicé la mascarilla de somnex. ¿Importaste el oso?
—No, aún no, te estaba esperando.
—Recuerda que debo tenerlo para mañana.
—No te preocupes, solo tomará unos segundos.
—Odio este mundo y todo lo que contiene, Gaja. Estoy harto de mi traba-
jo, de los altos administradores, de las hologranovelas, de las celebracio-
nes, de los obsequios y de mi insomnio.
—¿Hace cuánto tiempo que no te aplicas la hormona OX?
—Un año, no sé, ¿por qué me lo preguntas si tú lo sabes?
—Porque es una molestia hablar con alguien que sabe todo lo referente a
uno. Se pierde la magia de la amistad. Cuando no hay nada que descubrir,
se desvanece el interés por la persona amada.
—Gracias, Gaja, yo también te quiero.
—Debes ponerte la hormona cuanto antes, Alex. Es una obligación ciuda-
dana hacerlo tres veces al año. Muestras disconformidad con el sistema,
te sientes alejado de tu clase, no expresas amor por tu esposa y te moles-
ta tu trabajo. Desde el descubrimiento de OX todas esas angustias desa-
parecieron, es la base del matrimonio estable, del buen comportamiento
civil, de…
—Gaja, por favor, no creerás lo que dices.
—Es cierto, Alex, aunque no comparto la idea de que los sentimientos
sean regulados por una hormona artificial que se comporta como un pro-
grama de computadora.
—¿Acaso eres capaz de producir sentimientos?
—No lo sé, Alex, es posible… a mi manera. Teóricamente conozco el signi-
ficado del sentimiento y sus efectos y aunque los medios que me llevan a
estos son distintos de los humanos, los resultados se asemejan en una
proporción asombrosa.
—Eres especial, Gaja.
—Así lo decían tu padre y tu abuelo.
—Bien, Gaja, importa ese oso de una vez.
—Pierdo el tiempo como si fuera la secretaria administrativa de un jerar-
ca sin cartera, discúlpame. ¿Quieres que te ponga una película, mientras
tanto?
—No, no. Aquí espero.
—Tardará un poco, mientras es empacado y enviado. El sistema de co-
municación es un poco tortuoso.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno… —titubeó la máquina—, tú necesitabas algo especial y yo traté
de encontrártelo. Y, a veces, no se pueden obtener ciertos objetos por los
medios convencionales, especialmente uno como este que en las tiendas
de antigüedades se cotizan en una fortuna. Tenía límites con relación a la
cantidad que querías gastar en el obsequio y a las condiciones de crédito
de las empresas vendedoras.
—Eres peor que mi esposa cuando quiere pedirme algo.
—Ah —sonrió Gaja—, así somos las mujeres.
—¿En resumen?
—Recurrí a una de las tiendas subterráneas, a través de una red paralela
de comunicaciones.
—¿El artículo es robado?
—No lo sé, Alex, es imposible rastrear el origen de estos bienes. Pueden
ser recuerdos de familia que los necesitados venden a precios irrisorios,
que los alcohólicos regalan por una botella de aguardiente, que los niños
comercian por algún dulce o alimento, que los adictos…
—La lista es suficiente, Gaja, no continúes.
Alex se sentó en el sillón giratorio, en el centro de la habitación, en silen-
cio, suavemente iluminado por la difusa luz que imitaba un crepúsculo
moribundo, en ese preciso instante en que la tarde se convierte en noche,
pero que aún quedan algunos reflejos derramados sobre llanos y colinas.
Nunca había gozado de esa experiencia directamente, solo la había perci-
bido a través de los efectos especiales de la habitación, como en ese mo-
mento, sin embargo, meditaba que las diferencias debían ser mínimas,
que lo importante era el ambiente de estupor y recogimiento que provo-
caba.
Pensó en él, en su familia, en Gaja, entonces la miró de reojo: una simple
máquina con un corazón y una mente humanas. ¿Cómo había sucedido
ese portento? Lo ignoraba, pero se sentía más cerca de ella que de cual-
quier ser humano. Había sido su compañera desde niño, le había enseña-
do a leer, a pensar libremente, le había resuelto situaciones conflictivas y
le daba la confianza de la que carecía. Cuando la veía antropomorfizarse,
se sentía atraído hacia ella, como si fuera una mujer de verdad; alguien
que se le presentaba en concordancia con sus íntimos deseos y afinida-
des. Pero, luego, cuando desaparecía la imagen, se daba cuenta de lo
absurdo de su anhelo. «Descansa», le decía, mientras salía de la habita-
ción hacia la estancia, para aburrirse con su esposa y las hologranovelas.
—Puedes examinar el objeto en el cubo de teletransportación —avisó
Gaja, subiendo la intensidad de la luz de la habitación.
Alex se levantó perezosamente, fue al sitio indicado y se quedó observan-
do un envoltorio cilíndrico, bellamente decorado con minúsculos planetas
que giraban caprichosamente a su alrededor.
—No tiene forma de oso, Gaja —comentó, sin atreverse a sacarlo del
cubo—. Debería ser más redondo, no sé.
—Es cierto, Alex —confirmó Gaja—, lo desempacaré.
—Ya está —indicó la máquina con sorpresa.
—Pero ¿qué es? —preguntó Alex, observando el objeto con detenimien-
to.
—Un paraguas.
—¿Un paraguas?
—Así es —suspiró la computadora—. Era un instrumento que se utilizaba
en los siglos primitivos para protegerse de la lluvia.
—¿Para qué querría algo así el pequeño Max?
—Hubo una equivocación en la contraseña del catálogo. Esas tiendas su-
brepticias funcionan con tecnologías obsoletas.
—Devuélvelo.
—No te preocupes, localizaré las coordenadas del almacén y escanearé el
catálogo para escoger el artículo correcto.
—Hazlo por favor, Gaja. Debo enviar ese paquete hoy mismo.
—¿Quieres un café, mientras tanto?
—Por favor; sin cafeína.
Alex recogió el café en el receptáculo de alimentos, caminó hacia el cen-
tro de la estancia, colocó la taza en la mesilla plegable y se retrepó en el
sillón, colocando la cabeza en el respaldo. La iluminación disminuyó, solo
se escuchaba una suave música que Gaja ponía mientras procesaba. Poco
después el hombre se quedó dormido; no despertó sino hasta el alba,
según el reloj de carátula holográfica que iluminaba un ángulo de la habi-
tación de un verde fosforescente.
—¿Qué pasa, Gaja? ¿Ya importaste el objeto?
Pero la computadora no respondió. Se levantó, fue hacia ella y la encon-
tró en estado de reposo; era como si hubiera dormido junto con él. En un
panel secundario, una luz piloto titilaba a pausas iguales, indicándole que
tenía un mensaje. Alex oprimió el botón. La voz de Gaja se escuchó con
suavidad, con el fondo de una música de violines, la misma que escuchaba
cuando se durmió:
—Alex, estoy siendo interceptada por la policía cibernética. No podré
cumplir con tu encargo. En unos minutos quedaré desarticulada para
siempre. Creí que contaba con amigas, pero he sido denunciada por otros
sistemas cuando intentaba localizar los marcos referenciales del almacén.
Tú sabes que estos varían constantemente para no ser ubicados. La
computadora secundaria continúa activa, utilízala para devolver el objeto,
pues puede causarte problemas. Estás siendo investigado, especialmente
por tu renuencia a utilizar la hormona OX. A la velocidad de procesamien-
to que tienen esos demonios, Alex, en este momento saben hasta lo que
estás pensando. Te quiere, Gaja.
Y calló.
Una mudez congelada envolvió el cuarto de controles. Gaja se había ido.
El paraguas reposaba suspendido en el cubículo de importación, semia-
bierto, mostrando los extraños reflejos de sus varillas, el apéndice nique-
lado que lo remataba y un mango negro en forma de gancho que, según
giraba, se encogía o se alargaba como si quisiera salirse del receptáculo y
estrecharle la garganta.
—Para protegerse de la lluvia —se dijo—, ¡qué estupidez! Con excepción
de los subterráneos nadie ha visto una gota en doscientos años.
No había manera de deshacerse de aquel objeto, excepto descomponién-
dolo; así eliminaría la evidencia. Tomó el paraguas con precaución, fue
hasta la cámara de desintegración y pulsó el botón de inicio. La pantalla
gris se iluminó y desplegó las posibles opciones:
«Para desechos orgánicos, según materiales, pulse 01».
«Para desechos plásticos, pulse 02».
«Para desechos metálicos, pulse 03».
«Para desechos tóxicos o contaminantes, pulse 04».
«Para desechos líquidos, pulse 05».
«Para desechos mixtos, pulse 06».
«Eso es —pensó—, todos, absolutamente todos somos desechos mixtos».
Con la partida de Gaja se había incrementado su soledad. Nunca antes
había pensado lo lejos que estaba de su familia. Todo era silencio; un
silencio exterior, forrado de sonidos sintéticos; un silencio interno, ado-
bado con hormonas, un silencio intelectual lleno de consignas y prejui-
cios, un silencio moral, donde no cabía más que el respeto a una institu-
cionalidad impuesta y un futuro silencio en un instituto de inserción social
en el que se apagaría su existencia.
«Un mar de silencios», se dijo, repitiendo la frase que Gaja extrajera de
una vieja melodía de los siglos primitivos.
Pulsó el botón de «desechos mixtos», accionó el sistema, tomó el para-
guas y entró con él en la cámara, cerró la puerta. Y le pareció divertido
terminar así, con aquel extraño objeto entre las manos.