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el observador

opinión

11

Martes 1° de julio de 2014

Superpoder

E l ejercicio del poder no es

simplemente el relaciona-

miento entre ‘jugadores’

individuales o colectivos;

es un modo en que ciertas

acciones modifican otras. Lo que por supuesto significa que algo llamado poder, con o sin mayúsculas, con- siderado universalmente de forma concentrada o difusa, no existe. El poder existe solamente cuando es puesto en acción”. Este pasaje de El sujeto y el poder, magnífico opúsculo de Michel Foucault (Revista Mexicana de So - ciología, volumen 50, 1988), resume algunas de las principales ideas en torno a las cuales el célebre filósofo francés construyó toda su arquitec- tura antropológica: las relaciones humanas pueden reducirse a rela- ciones de ejercicio de poder, entre grupos, clases sociales o sexos. Todo se puede explicar a partir de equi- librios o imposiciones de poder, de señorío, cuya naturaleza y caracte - rísticas, aunque mutables a lo largo de los siglos de historia de la huma- nidad, permanecen en esencia desde y para siempre. La visión foucaultiana, escéptica, hunde en apariencia sus raíces en esa extravagante combinación de neomarxismo y psicoanálisis que signó la filosofía –y no solo– france - sa a partir de la posguerra. Mucho antes, uno de los hitos más rele - vantes en la evolución del enten- dimiento del poder lo configura la aparición de El príncipe, de Nicolás Maquiavelo, en 1513, en el que, con la esperanza de obtener la protección de Lorenzo de Medicis, el autor fre - cuenta el popular estilo medieval co - nocido como “espejos de príncipes”, y desarrolla un perfecto manual de pragmatismo. Pues “para conquistar y mantener el poder –gran objetivo de toda la filosofía política maquia- vélica–, de nada sirven los férreos códigos morales y religiosos del

Por

carlos

loaiza

keel

Máster en

Tributación

y máster

en Derecho

Empresarial

(Harvard Law

School-Centro

Europeo de

Estudios

Garrigues);

profesor de

Tributación

internacional de

la Universidad

de Montevideo

Twitter:

@cloaizakeel

catolicismo”, ya que el problema “no es legitimar el poder, sino mantener- lo a base de fuerza y astucia, únicos elementos capaces de explicar la caída de imperios y gobiernos.” (El pensamiento político en sus textos, Botella, Cañeque, Gonzalo –edito - res–, Tecnos, Madrid, 1998). Lógicamente, el estudio del poder no surge en la Francia del siglo XX ni tampoco en la Florencia del siglo XVI, sino que se encuentra presen- te en la reflexión humana desde la antigüedad, con una diversidad de enfoques y variantes que no sería posible abordar en este espacio. Lo que sí busco en estas líneas, apenas terminado el mes consagrado al Sagrado Corazón de Jesús, es con- centrarme en una forma distinta de concebir el poder y su ejercicio: no la de una institución o grupo humano concreto, sino la del mismo Cristo, tal como lo conocemos por los Evan- gelios y la tradición de la Iglesia.

S egún rezan los Evangelios (Marcos 15, 22-37; Lucas 23, 33- 46), en el momento culminante

de la Pasión, los soldados colocaron sobre la cruz una inscripción que indicaba la causa de su condena y decía “el rey de los judíos”. Pero por si el extraordinario suplicio al que la brutal soldadesca romana había sometido a Jesús no hubiera sido ya bastante, los sumos sacerdotes y escribas que pasaban por allí guardaban lugar para la maledicen- cia y gritaban: “¡ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es el Mesías, el Rey de Israel, ¡que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos!”. El mismo malhechor que había sido crucificado junto a Jesús, nos narra San Lucas, lo insultaba di- ciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálva- te a ti mismo y a nosotros”. Burlas o reclamos absolutamente consisten- tes con lo que la mayoría de nosotros

el observador opinión 11 Martes 1° de julio de 2014 Superpoder E l ejercicio del poder

lll

La vivencia de Cristo es, antes de nada, una mirada realista hacia la limitación humana, esa de la que nunca podremos

evadirnos y que encuentra su

más dramática expresión en la enfermedad y en la muerte, de quienes amamos, de nosotros mismos

concebimos como poder: si Dios es rey, ¿por qué dejarse matar? ¿Cómo no reaccionar y evitar su propio mal, torciendo hechos y voluntades? Pero Jesús no responde, no se deja provocar. ¡Qué distante es su visión del poder de la de quienes lo insultan, de la que, como veíamos al iniciar estas líneas, sostiene con innegable brillantez Foucault, y, seguramente, de la nuestra propia! Se trata del más profundo anona- damiento; de un ejercicio de poder basado, paradójicamente, en el “no ejercicio de ningún poder”, que en- cuentra sublime cristalización en las palabras que San Juan pone en boca

de Poncio Pilatos, mientras presenta a un Cristo humillado a la turba:

“aquí tenéis a vuestro Mesías”. Esta sobrecogedora visión nos enseña con lucidez Carlo María Martini (Las tinieblas y la luz, Esfera, Madrid, 2009), supone a un tiempo una completa antropología, una soteriología y una cristología, ya presente a modo de “espléndida in- tuición” –a pesar de ser notoriamen- te contraintuitivo– en los Ejercicios de San Ignacio Loyola: Jesús guía a la salvación en la pobreza, en la humillación, afrontando oprobios e insultos. Es el camino, en apariencia extravagante, que se nos propone para encontrar la eternidad. La vivencia de Cristo es, antes de nada, una mirada realista hacia la limitación humana, esa de la que nunca podremos evadirnos y que en- cuentra su más dramática expresión en la enfermedad y en la muerte, de quienes amamos, de nosotros mis - mos. La absoluta ausencia de poder. Porque, como expresa el mismo Carlo María Martini, contemplar la muerte de Cristo, “ilumina nuestra muerte”, y “nos permite comprender el sentido de nuestro morir”, para verlo como parte de un proyecto: “el de nuestro regreso al padre.” l

THE SóTano Casi, pero no todavía eduardo espina eduardoespina2003@yahoo.com E l panorama parece irse aclarando respecto
THE SóTano
Casi, pero no todavía
eduardo
espina
eduardoespina2003@yahoo.com
E l panorama parece irse
aclarando respecto a las
posibles causas de la des-
aparición del avión de Malaysia
Airlines, que en la madrugada
del 8 de marzo pasado volaba de
Kuala Lumpur a Pekín y que de
pronto, casi una hora después de
haber despegado, desapareció de
los radares. La dependencia aus-
traliana encargada de investigar
accidentes aéreos, la Australian
Transport Safety Bureau, llegó
a la conclusión de que el avión
estaba volando con el piloto
automático cuando se quedó sin
combustible y se estrelló en el
océano Índico. El informe dado
a conocer la semana pasada está
basado en una lectura minuciosa
de la información provista por
el satélite que trazó el recorrido
del avión Boeing 777 luego que
perdiera contacto con la torre de
control del aeropuerto de donde
había partido. El análisis de la
comunicación entre el avión y el
satélite propiedad de Inmarsat
no presenta evidencias concretas
y, si bien puede resultar convin-
cente en muchos de los aspectos
destacados, tampoco resuelve el
misterio completamente, el cual
tal vez nunca llegue a aclararse del
todo, pues tampoco está seguro
que los restos de la nave vayan a
ser encontrados algún día. En todo
caso, el informe de los australia-
nos sirve para eliminar muchas
preguntas reiteradas desde la
desaparición del avión y pone el
énfasis en otras más acordes al
análisis de lo sucedido. ¿Por qué
el avión voló tanto tiempo con el
piloto automático sin que nadie
hiciera un intento por informar
de una situación de emergencia?
¿Algo grave pasó en la cabina que
dejó inconscientes a los pilotos, un
incendio o una falla en el sistema
de presurización? Las especulacio-
nes dan, para muchos escenarios
posibles, incluso el de la teoría que
uno de los pilotos, quizá el capitán,
realizara un acto suicida, aunque
esta hipótesis también carece de
evidencias concretas como para
sustentarse. Mucho más fuerza ha
ganado otra de las hipótesis, se-
gún la cual una “descompresión”
habría discapacitado los sistemas
de comunicación y de ventilación,
sin que los pilotos se dieran cuenta
y que los mismos, debido a que los
acontecimientos se desarrollaron
en forma lenta, casi imperceptible,
habrían reaccionado tarde, cuan-
do la catástrofe era inevitable.