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___________________________________________________ El restaurador y la madonnina della creazione

XIII.- LA REUNIÓN DE GAVIOTA Y PHILLIP

Todavía no se había calmado el alboroto que se produjera cuando, hacía ya


varios minutos Perséfone y Levin, el contacto en Como, habían entrado en la gruta
guiando al príncipe Phillip de Hessen, el cual, a pesar de ir maniatado y llevar los
ojos vendados, no había perdido un ápice de su dignidad.
La explicación de Perséfone había sido enormemente vaga, a pesar de que
su iniciativa había puesto en serio peligro a todo el grupo, y sin embargo, ambos
aseguraban que nadie les había seguido. Levin no podía aportar claridad sobre el
asunto, pero Perséfone juraba que no tenía otra opción, y le rogaba que escuchara
lo que el príncipe tenía que decirle.
Él, como responsable de aquella célula, no podía permitirse correr riesgos
innecesarios, especialmente ahora, que estaban tan debilitados por el hambre y la
falta de ayuda. El tener allí a aquel conocido nazi y pariente político de Vittorio
Emmanuel, al que habían estado vigilando durante los últimos meses a través de
Perséfone, les colocaba en una situación muy delicada. De las diversas opciones
que se le presentaban, la más interesante, sin duda, era la de plantear un
intercambio con algunos de sus camaradas presos, pero en aquel momento todo el
grupo se enfrentaba a un serio problema de subsistencia y los nuevos camaradas
supondrían una carga que, tal vez, acabara por aplastar la célula ya que, obligados
por el hambre, deberían concentrar todos sus esfuerzos en el pillaje, lo cual
acabaría por desvirtuar su lucha política.
Además, no dejaba de inquietarle que aquel hombre se hubiera presentado
voluntariamente ante ellos. Gracias a Perséfone, había averiguado que, al igual
que él, el príncipe no se molestaba en realizar esfuerzos vanos, de manera que su
presencia allí debía perseguir un objetivo concreto. Después de consultar la
guardia, y revisar sus pertenencias, entre las que destacaba una considerable
cantidad de dinero y ningún arma, resolvió interrogarle.
- Quitadle las ataduras y la venda
- Agradecería que me permitieran conservar la venda –interrumpió el
príncipe-.
- De acuerdo –asintió Gaviota, intrigado por aquella solicitud tan fuera de lo
común-. Tengo entendido que quería usted verme.
- Al contrario, no quiero verle de ninguna manera, y por eso prefiero seguir
vendado; lo que quiero es hablar con usted... para beneficio mutuo.
Aquel pequeño toque de humor, que hablaba bien claramente de la sangre
fría del príncipe, hizo estallar en una sonora carcajada a todos los presentes, a
incluso, llegó a hacer sonreír a Gaviota, poco aficionado a ello.
- Comprendo. En ese caso, espero sus palabras.

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- ¡Excelente!. Imagino que ya habrá visto las cincuenta mil liras. Las he traído
para usted... para ustedes.
- Un donativo muy generoso –ironizó Gaviota, a quien, efectivamente, le
parecía una cantidad considerable-, muchas gracias.
- No es un donativo, sino un pago, o, mejor dicho, la primera parte de un
pago.
Gaviota debía reconocer que el príncipe sabía cómo despertar el interés de
su interlocutor, y aunque seguía ignorando sus intenciones, ahora estaba seguro
que desde aquel momento, la conversación transcurriría en clave empresarial.
- Le escucho
- ¡Perfecto!, pero, antes de eso, preferiría que esta reunión fuera lo más
privada posible. Si lo desea puede volver a atarme, pero no quisiera que lo
que tengo que decir fuera escuchado por más personas de las necesarias.
Con un rápido movimiento de mano Gaviota despejó la sala, de manera
que únicamente quedaron, además del príncipe y él mismo, Perséfone y
Steramov, su segundo.
- ¡Gracias! –prosiguió el príncipe cuando sintió que su petición había sido
atendida-. He venido para darles la posibilidad de que hagan algo
realmente importante por su causa, mucho más que emboscar viejos
carabinieri o reventar líneas de telégrafo, siempre y cuando, claro está,
estén ustedes interesados en afectar directamente a los proyectos
personales del propio Göring y conseguir fondos para su causa.
Ninguno de los presentes hizo ningún sonido, pero intercambiaron
explícitas miradas, incluido Gaviota, el cual había sabido ya a través de Perséfone
de sus intenciones, aunque le sorprendió el nivel al que se iba a producir la
traición.
- Interpretaré el silencio como afirmación –continuó el príncipe-. ¡Bien!, en la
noche del miércoles un camión alemán, guiado por un enviado de Göring y
sin escolta, saldrá de casa de Beppo Scarampa en dirección a Milán, desde
donde su cargamento será enviado por tren a un lugar secreto de
Alemania. Este camión debe ser detenido y quemado hasta las cenizas. Si
cumplen con éxito su misión recibirán doscientas mil liras, de las cuales
esas cincuenta mil son el primer pago.
- Demasiado evidente para ser verosímil –pensó Gaviota, quien estaba
obligado a sospechar argucias enemigas encaminadas a desactivar la
célula- y, al mismo tiempo, demasiado absurdo para tratarse de una treta.
Si alguien quisiera engañarnos, no intentaría hacernos creer que este nazi se
ha vuelto de repente contra los suyos, ni mucho menos arriesgaría su vida
en un plan tan descabellado.
- ¡Oh!, comprendo su suspicacia –prosiguió el príncipe, como si hubiera
tomado el hilo de sus pensamientos-. También yo la tendría. Pero tengo se

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que usted es un hombre cultivado y coherente y que sabrá entender lo que


quiero decirle. En primer lugar, como ya debe usted saber, no tengo
participación activa oficial en las actividades militares ni políticas de su
gobierno, y ni tan siquiera del mío propio, aunque por mi posición social
muchas veces debo entender de política, incluso cuando no quisiera
hacerlo. En definitiva, que no estoy interesado en absoluto por su guerra
excepto en aquello que pueda beneficiarme, por ello no les considero
realmente mis enemigos, ni yo creo serlo de ustedes.
- ¡Es usted despreciable! –intervino Steramov, cuya sólida convicción
ideológica, rayana al fanatismo, no resultaba en absoluto conveniente en
aquellos momentos. Gaviota se dio cuenta de la impertinencia y le hizo
callar con un rápido gesto de su mano-.
- No le conozco, pero comprendo que pueda usted pensar eso. De hecho,
comprendo que deba usted pensar eso. De lo contrario dudo mucho que
pudiera seguir ejerciendo esta... “actividad”. Pero en el fondo todos
perseguimos un objetivo, y sólo éstos son los que difieren realmente, no la
naturaleza misma de nuestras acciones, que sólo aparentemente parecen
diferentes, cuando no opuestas. ¿No está usted de acuerdo, señor Gaviota?
- Tal vez pudiéramos seguir hablando de ética toda la noche –atajó
irónicamente Gaviota, quien no había concedido crédito ni por un
momento aquel presunto humanismo de su interlocutor -, pero yo no tengo
tiempo y me temo que el suyo se está agotando rápidamente. ¿No está
usted de acuerdo, señor príncipe?. Así que será mejor que continúe con su
explicación, a no ser, claro está, que tenga usted prisa por morir.
- ¡Por supuesto!. Espero que la franqueza con la que voy a hablar le
convenza definitivamente de lo recto de mis intenciones –Gaviota
comprobó satisfecho que había conseguido poner en tensión nuevamente al
príncipe-. Como iba diciendo, mi posición me ha permitido saber que
desde hace dos meses su grupo ha reducido sus actividades al mínimo, sin
que haya mediado acción policial o militar alguna. No hace falta ser
demasiado inteligente para comprender que se están reorganizando, y que
esa reorganización está directamente relacionada con sus “posibilidades
financieras”. Veo por su silencio que no ando demasiado alejado de la
realidad –la sorpresa que produjo descubrir cuán acertadas eran las
palabras de aquel alemán provocó que tanto Steramov como él contuvieran
el aliento involuntariamente-. Pues bien, este trabajo que les propongo les
vendrá muy bien, ahora que se ha abierto el frente ruso, y cada vez hay
menos probabilidades de recibir ayuda de los países enemigos... quiero
decir, de sus países amigos.
De nuevo se hizo el silencio, pero sólo aparentemente, puesto que el
cerebro de Gaviota era una auténtica algarabía donde resonaban, llenas de eco, las
palabras del príncipe y donde, recurrentemente, asomaba la misma pregunta:

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¿porqué estaba dispuesto a convertirse en un traidor a su propia causa?.


Finalmente Laura arrojó luz sobre el tema.
- ¡Todo esto tiene que ver con la tabla! –exclamó ella súbitamente-.
- ¡Obviamente!, ya me parecía que estabas tardando demasiado en llegar al
fondo de la cuestión.
- Has perdido el control de la operación y ahora deseas que tu sustituto no
tenga éxito ¿no es cierto?
- ¡Asombroso!, tal vez no carezcas completamente de sentido pragmático,
querida mía.
Los inquisitivos ojos de Gaviota, a quien no le gustaban las sorpresas, se
habían quedado fijos en Laura, quien pareció recibir aquella mirada como un
puñetazo puesto que levantó la suya precipitadamente y se dispuso a explicar lo
que sabía de aquel tema:
- Todo esto tiene que ver con la compra del cuadro de Beppo Scarampa, del
que ya te hablé. Él no consiguió que se lo vendiera y ahora han enviado a
alguien para que acabe el trabajo. ¡Quiere que lo destruyamos!.
- ¿Todo esto por un miserable cuadro? –preguntó Gaviota, asombrado del
cariz que, de pronto, había tomado aquello-.
- No tengo la sensación de que usted lo calificaría de despreciable si pudiera
verlo. Y no es un cuadro. O, al menos, no lo es tal y como lo conocen
ustedes. Se trata de una tabla del quattrocento de suma relevancia artística.
Y, por lo que respecta a lo otro: no. No destruiría esa obra de arte por nada
del mundo. En absoluto quiero que la destruyan, sólo el camión.
- ¿Y qué pasará con la Madonnina? –intervino Laura ante la irritación de
Gaviota, a quien definitivamente desagradaban las insubordinadas
intervenciones de sus subordinados-.
- ¡Oh!, ¿ahora te preocupa tu amigo Scarampa?. No te preocupes, la tabla no
correrá ningún peligro. De hecho, ya no estará en el camión cuando se
produzca el ataque.
- ¡Basta ya! –interrumpió Gaviota-. Todo esto me parece absurdo, y me da la
sensación de que usted no se da verdaderamente cuenta de lo
comprometido de su situación. De manera que o se explica
inmediatamente, o dispondré de usted como considere oportuno.
- ¡Comprendo perfectamente! –respondió el príncipe, sin perder la calma-.
Ya le he dicho que nuestras guerras son diferentes: su ámbito es el militar, o
el político-militar, si lo desea, y el mío es el arte. En mi ámbito, conseguir
que esa obra no caiga en manos del enviado de Göring es tan importante
como para usted sabotear un proyecto del propio Göring. Por esto me he
dirigido a usted: aunque nuestras guerras sean diferentes, en este caso
nuestro objetivo es común, y usted y su grupo, además, conseguirán
recursos que, seguramente, les serán muy provechosos.

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- Está usted muy equivocado. No necesitamos su dinero en absoluto –mintió


Gaviota, sabiendo que no le creería-. Pero, dígame: ¿Qué pinta en todo esto
el señor Scarampa?, ¿Qué relación hay entre ustedes?
Gaviota sentía un profundo respeto por Beppo Scarampa, quien, hacía
años, había ayudado a la familia de su madre a conservar unas tierras sobre las
que un adinerado terrateniente había puesto sus ojos. Sin embargo, sabía que no
era un hombre de actividad política aunque era innegable que poseía gran
influencia sobre algunos importantes personajes de la Lombardía, tal vez a causa
de un innato sentido de la justicia gracias al cual había conseguido grandes
amistades y sólidas relaciones. La abyecta naturaleza de la traición que planteaba
el príncipe era algo que no encajaba en absoluto con su personalidad, de manera
que su pregunta funcionaba en realidad como una trampa: cuanta mayor fuera la
implicación de Scarampa según el príncipe, tanta mayor sería la probabilidad de
que les estuviera tendiendo una trampa.
- ¿El señor Scarampa?: no pinta nada. ¿Porqué había de hacerlo?.
Sencillamente le intenté comprar la tabla pero todo se precipitó antes de
que me la vendiera. No creo que fuera conveniente ni para mí ni para
ustedes que nadie más estuviera al corriente de nuestros planes. Scarampa
no tiene porqué conocer lo que sucede fuera de su propiedad. Por lo que
respecta mi relación con él, podría decirse que le encuentro un hombre
interesante, pero no existe ningún vínculo entre nosotros, salvo, que hasta
ayer mismo compartimos amante, aunque esto ya lo sabe usted, por
supuesto.
No. No lo sabía. Hacía al menos cuatro meses que Perséfone le había
mentido jurando que había puesto fin a su relación con Scarampa. Gaviota
consiguió mantener el control de sí para que el príncipe no advirtiera su sorpresa,
sin embargo, con una rápida mirada vio que la muchacha agachaba la cabeza y se
convenció de la culpabilidad de ésta.
- ¿De verdad cree usted que voy a arriesgar a mis hombres en esta
escaramuza de locos, sólo para evitar que los alemanes se lleven un
cuadro?
- ¡No, en absoluto!, creo que usted lo hará porque conseguirá dinero y
prestigio suficientes como para seguir luchando por su causa durante un
buen tiempo y llamar la atención del resto de su organización. Y por lo que
respecta al riesgo, permítame que le diga que el camión irá guiado por dos
personas, armadas únicamente con pistolas, y espero que ebrias, y que el
enviado de Göring, es un civil cojitranco, ni creo que sepa utilizar ni tan
siquiera una navaja para defenderse. Muy probablemente viaje delante del
camión en un coche prestado por el consulado. Por lo que a mí respecta, me
da igual que viva o que muera, lo dejo a su elección aunque preferiría lo
segundo. Tres personas sin armas contra sus bien adiestrados hombres en
una operación relámpago es una lucha desigual... Y la recompensa es

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grande. Sobre todo cuando se sepa que han saboteado un proyecto


personal de Göring, usted ganará peso específico y a buen seguro será el
primero de la lista para recibir futuras ayudas. Piense en ello y verá que
sólo puede ganar.
Una hora más tarde, mientras el príncipe atado y con los ojos vendados era
conducido de nuevo hasta su casa, Gaviota reflexionaba sobre los riesgos que
había asumido al fiarse de la palabra de aquel hombre. Si bien era cierto podrían
acabar con su vida fácilmente si les traicionaba, él mismo se arriesgaba, de llegar
aquel trato a oídos de la cúpula del partido, a ser relevado del mando, pero las
trescientas veinte mil liras en las que había quedado fijado el precio eran
imprescindibles para el sostenimiento de la célula, y su lucha, una vez
garantizado el pago, bien merecía aquel riesgo. Y aunque se resistía a admitirlo,
sabía que el no haber accedido a ello habría supuesto un reconocimiento implícito
de lo exiguo de las fuerzas con las que contaba.
De creer las palabras del príncipe, se trataba de tres presas fáciles, una de
ellas de gran valor y que, sin duda, haría volver hacia ellos los ojos de la cúpula
dirigente, y tal vez, aliviar su penosa situación, pero el solo hecho de haber
enviado a dos camaradas a hacer el reconocimiento de la carretera de Cantú a
Milán, en plena noche, suponía un riesgo enorme, de manera que, para evitar
obsesionarse con ello hasta que volvieran, decidió concentrar sus esfuerzos
mentales en hacer el resto de preparativos.

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