You are on page 1of 9

Seminario de Historia

Dra. Sonia Calderoni
Emmanuel Godínez Burgos
Mat. 188018
19 de Mayo de 2010
Los dos marxismos:
contradicciones y anomalías en el desarrollo de la teoría
“Es de excepcional importancia conocer la teoría marxista, si deseamos comprender los
sucesos que han ocurrido en el mundo desde la época de la Revolución de Octubre” (Gouldner,
1980, p. 20). Ésta pequeña cita proporciona una idea (con un enfoque un tanto historicista) sobre
el eje temático del presente trabajo: el conocer y exponer la crítica al marxismo realizada por Alvin
W. Gouldner en su texto Los dos marxismos― sobre todo su “contradicción interna”, como la
denomina el autor―, esto para comprender los acontecimientos y las revoluciones que tuvieron
lugar en el siglo XX y que repercuten hasta nuestros días. En pocas palabras, si queremos
comprender la Historia del siglo XIX, XX y XXI, es fundamental el conocimiento de la teoría que
nació de los esfuerzos intelectuales de Karl Marx y que generó una inmensa literatura y una no
menor cantidad de pugnas entre sus teóricos.
En su momento, el marxismo fue la teoría sobre la cual se basaron los sistemas políticos de
una tercera parte del mundo. Ningún otro sistema político y social había avanzado de manera tan
veloz y decisiva sobre el mundo; ninguna revolución, sea del tipo que fuere, había sacudido al
mundo tan rápido, basándose en un fuerte aparato teórico, vital tanto para el movimiento
revolucionario como para su partido. El Partido Bolchevique obtuvo su fuerza de una organización
altamente centralizada, sumado a su activismo y la figura de un líder como Lenin, quien veía en el
Partido el instrumento que permitiría imprimir una conciencia socialista en la clase obrera, y en la
teoría la base desde donde se edificaría el triunfo del movimiento revolucionario. Esta profunda
relación entre teoría y revolución nos permite cuestionarnos si las acciones de los bolcheviques y,
posteriormente, las del estalinismo, están en profunda relación con los postulados teóricos del
marxismo. Apartándose de posiciones mecanicistas que ven al estalinismo como consecuencia
directa o lógica del marxismo y del leninismo, como también de posiciones que niegan cualquier
tipo de relación entre las teorías y el accionar de sus adeptos, es pertinente realizar una crítica
profunda al marxismo para entender tanto las acciones como las interpretaciones que dieron los
teóricos y los partidarios de dicha teoría; esto sólo es posible analizando al marxismo desde el
marxismo, en un proyecto de autocrítica.
Para poder llevar a cabo las acciones críticas, primero hay que desglosar los conceptos.
¿Qué entiende Gouldner por “crítica”? Ante cualquier intento de emotividad y adhesión
inconsciente, Gouldner atribuye como primera característica de la crítica su búsqueda de la
racionalidad inherente al marxismo. Así, la crítica “trata de discernir y arrancar del marxismo
(como de cualquier doctrina) sus partes débiles, erróneas e irracionales, para poder rescatar su
aspecto productivo y racional, puliéndolo y reubicándolo en un nuevo marco intelectual”
(Gouldner, 1980, p. 21). Para realizar lo anterior, el autor debe de basarse en el texto, pero no
visto éste como un conglomerado anquilosado de ideas, sino como un producto cultural que nos
ofrece tanto la interpretación del autor de su propia teoría como aquellas que puedan dar sus
lectores, teóricos y críticos. Esta aproximación considera al marxismo no sólo como un producto
de la brillantez intelectual, sino también un producto histórico y social ―a pesar del desagrado
que dicha postura pueda causar a los marxistas de corte científico, es fundamental para la crítica el
evidenciar las oposiciones e influencias que tuvo el marxismo de otras posturas intelectuales ―.
Además, en la crítica hay que remarcar la importancia del contexto en el texto, el cual posee sus
propias contradicciones internas.
Para realizar una crítica válida y efectiva, el uso del lenguaje y de los textos se torna una
herramienta indispensable. Primero, hay que apegarse a los textos y prestar atención en la fecha
en que se elaboró la obra y distinguirla de la fecha de su publicación. Esto permitirá discernir las
distintas posturas del autor y cómo éstas evolucionan a lo largo del tiempo. Además, hay que
prestar especial atención a cuándo fue redactado el texto y si éste fue una publicación autorizada
por el autor o si fue publicado de manera póstuma (con y sin el permiso del autor); las ideas que
son concebidas para publicarse son muy diferentes a aquellas que el autor prefiere mantener en el
silencio.
El marxismo posee un lenguaje y un sistema de comunicación propio, los cuales se vuelven
necesarios para poder entender la teoría; en otras palabras, para entender el marxismo y
comprender sus postulados teóricos es necesario que hablemos el mismo idioma. Sin embargo, el
lenguaje no debe de transformarse en una limitante que tome sólo los preceptos marxistas para
acercarse a la teoría. Gouldner propone (a pesar de algunos marxistas) auxiliarse de la Sociología
en la crítica al marxismo, debido a la “ventaja intelectual” que ésta ofrece, donde “el marxismo y
la sociología, al haberse desarrollado en parte mutua oposición polémica, han desarrollado cada
uno un conocimiento y una perspectiva que el otro ha descuidado” (Gouldner, 1980, p. 36).
Vemos pues, que el marxismo es tanto el resultado de la razón de los intelectuales como
de la necesidad de una época. Entonces, cabría preguntarse, ¿cuál fue esa necesidad?, ¿qué bases
históricas y sociales posee?, o, en otras palabras, ¿cuál es su origen de clase? Aquí se nos presenta
una de las contradicciones de nacimiento del marxismo: si el marxismo es la “conciencia de la
clase obrera”, y “la conciencia está determinada por el ser social”, entonces ¿cómo es que la
conciencia proletaria del marxismo puede haber sido engendrada por el ser social burgués de sus
autores?
La idea de contradicción debe de tomarse más como una metáfora que como un
impedimento o un estigma dentro de la teoría marxista. Las contradicciones son partes inherentes
al marxismo, las cuales lo muestran como una teoría viva que es más que un conjunto de
proposiciones o una doctrina dogmática; se trata de la realización de un proyecto revolucionario
por agentes de carne y hueso. Respecto a lo anterior, Gouldner señala que “juzgar la conducta
social como potencialmente contradictoria o no es considerar a las personas como si fuesen
lógicas y racionales, cosa que son, pero sólo en parte”. (Gouldner, 1980, p. 25). Así, se analiza la
racionalidad dentro del marxismo teniendo en cuenta las contradicciones que pueden acaecer a
partir de la conducta humana. De esta manera, la tarea estructural dentro de la crítica busca
“desplegar y exhibir los elementos que se oponen unos a otros” (Gouldner, 1980, p.27), mientras
que su función dinámica explora los productos de dicha oposición. Con estos elementos es posible
vislumbrar la “contradicción nuclear” dentro del marxismo, la cual genera dos subsistemas con un
origen común pero con maneras distintas de entender el marxismo: el llamado marxismo
científico y el marxismo crítico.
Aunada a la noción de contradicción, la crítica de Gouldner se apoya en el concepto de
anomalía, entendida ésta como “observaciones o supuestos que están en conflicto con
expectativas derivadas de anteriores compromisos teóricos. Nada es intrínsecamente anómalo,
sino sólo en relación con alguna expectativa fundada teóricamente” (Gouldner, 1980, p. 27). Para
el autor hay dos tipos de anomalías: las engendradas por la investigación ―que son diferencias
generadas por los procesos de teorización―, y las engendradas por los sucesos ―que son
producidas por la historia, por el accionar humano y los acontecimientos derivados del mismo―.
Dentro de las primeras ubica las observaciones de Marx sobre El Dieciocho Brumario de Luis
Bonaparte y sus observaciones sobre el modo de producción asiático; dentro de las segundas se
encuentra el fracaso del anunciado colapso del capitalismo a fines del siglo XIX (lo que daría paso
al revisionismo de Bernstein) y el triunfo de la Revolución en Rusia, el eslabón más débil, mientras
que en Europa central y occidental nunca se dio dicha transformación, aún cuando así fue
augurado por Marx. Esta última anomalía propiciará el fortalecimiento del marxismo crítico sobre
el científico.
El problema que generan estas contradicciones y anomalías es la tendencia a la
normalización por parte de los teóricos. Para Gouldner (1980), normalizar consiste en un “esfuerzo
para reducir la disonancia entre cómo se supone que un objeto debe aparecer y cómo aparece de
hecho, tratándolo como si realmente fuese lo que se supone que debía ser, percibiendo sus rasgos
como deberían ser, o negando o ignorando los rasgos “impropios” (p. 29). La tendencia entre
aquellos que sucumben ante la normalización es que se resalten las contradicciones externas
mientras se muestran ciegos ante las contradicciones internas (como el origen de clase), las cuales
representan una mayor presión.
Vemos pues, que el marxismo es un objeto producido y productor, que recibe e imprime
un efecto sobre el mundo. Entender el marxismo con una explicación vulgar y simplista que lo
muestre como una mera reacción que se opuso a la sociedad burguesa es erróneo. Recordemos
que la reacción surge de la misma burguesía que “se sumó” al proletariado y buscó imprimir en
ellos una conciencia de clase. Además, es una teoría que incita la praxis humana, por lo que se
vuelve vulnerable a caer en malas interpretaciones o en abusos (pensemos en el estalinismo, que
si bien no es un producto del marxismo, tampoco es completamente ajeno a éste).
Marxismo como crítica y como ciencia
De la llamada “contradicción nuclear” del marxismo se derivan dos tendencias: una que lo
concibe como “crítica” y otro como una especie de ciencia social. ¿A qué se debe el surgimiento de
estas diferencias?, ¿qué factores existen en la teoría marxista que propiciaron esta separación de
visiones?
Marx consideraba que para que el socialismo triunfase era necesaria la maduración de
ciertas condiciones “objetivas”, sobre todo aquellas referentes a un industrialismo avanzado
correspondiente al capitalismo. De esta manera, el capitalismo estaba destinado a colapsar por
leyes inexorables que darían surgimiento al socialismo. Asimismo, Marx concibió su teoría como
una “teoría para la praxis”, que incitara una transformación en las condiciones de vida de las
personas mediante la revolución violenta; en palabras de Gouldner (1980) “no sólo predice el
surgimiento de un proletariado revolucionario que derrocará al capitalismo, sino que moviliza
activamente a las personas para ello” (p.44). Este debate entre un idealismo y la acción es base
para comprender la formación de un marxismo científico y uno crítico. A pesar de que Marx
rechazaba las formas de idealismo, por considerarlas intereses de clase que serían superados por
el comunismo, existen un constante llamamiento a cambiar el mundo, a poner en práctica la
teoría inspirados en el ideal revolucionario. Ésta tensión en Marx nos da como resultado a “un
materialista paradójicamente idealista” (Gouldner, 1980, p.46).
La misma noción de praxis presenta dificultades en su formulación. Marx la concibe de dos
maneras: la primera, más acorde al marxismo científico, considera a la práctica como “el trabajo
asalariado impuesto por la necesidad, que opera dentro de las estrechas instituciones de la
propiedad y sus atrofiantes divisiones del trabajo” (Gouldner, 1980, p.46). Es en esta concepción
donde se da un mayor énfasis a la idea de alienación, la cual reproduce los sistemas de
dominación capitalista sobre el proletariado. La segunda concepción de la praxis, más afín al
marxismo crítico, ve en ésta una práctica elegida libremente y destinada a la acción política que
busca la emancipación del primer tipo de praxis. Notamos una tensión entre la visión científica,
que considera innecesario el accionar humano en el desarrollo de los acontecimientos, y la visión
política, que incita a los hombres a la lucha y considera fundamental su esfuerzo y sacrificio. Es
aquí donde se presenta una de las tensiones principales en el marxismo: el voluntarismo y el
determinismo.
Esta discusión no es nueva ni exclusiva del marxismo. De hecho, muestra una tensión
correspondiente a la teoría social, la cual se debate entre si el ser humano es un ser social que
hace a la sociedad o si la sociedad lo forma y transforma más allá de su libre albedrío
1
; entre si el
ser humano es producto de las estructuras o productor de las mismas. Esta tensión se vive
también en la filosofía, enfrentando al existencialismo con el estructuralismo. A fin de cuentas, la
dicotomía voluntarismo/determinismo en el marxismo es un reflejo de la tradición del
pensamiento occidental a la cual éste pertenece.

1
Lo importante en cuanto a la teoría social, según Gouldner, no es encontrar un “justo medio” sino “aceptar
que las instituciones hechas por los hombres adquieren de algún modo cierta autonomía opuesta a sus
creadores y estudiar la manera cómo surge esta extraña objetividad”

Paradigmas generales de ambos marxismos
Resulta complicado clasificar a ciertos teóricos como marxistas críticos o científicos. Habría
que recordar que dicha etiqueta no es estática, por lo que un marxista crítico puede dejar de serlo
y adoptar la postura científica y viceversa. Además las distinciones son con fines analíticos más
que históricos; sin embargo, se pueden establecer diferencias importantes que permiten la
clasificación entre los teóricos.
Entre los marxistas críticos encontramos a Georg Lukács, Antonio Gramsci, J.P. Sartre,
Lucien Goldmann, el primer Karl Korsch, Rudolph Baro, Schlomo Avineri, Carmen Claudín-Urondo,
los miembros de la “Escuela de Frankfurt”, entre otros. En cuanto a los marxistas científicos,
podemos señalar a Galvano della Volpe, Louis Althusser, Nicos Poulantzas, Maurice Godelier,
André Glucksmann, Charles Bettelheim, Göran Therborn, Robin Blackburn, entre otros.
Además de las diferencias antes señaladas, parte del debate entre estos teóricos se centra
en el papel que tiene la ideología en la teoría marxista, sobre todo en relación a la herencia
hegeliana presente en el pensamiento de Marx. En el marxismo científico, se argumenta un corte
epistemológico en Marx que lo separa de Hegel, restando importancia a la labor ideológica,
mientras que los marxistas críticos ven una continuidad con la tradición hegeliana, una
culminación del idealismo alemán, presente en el joven Marx. Además, el marxismo crítico tiende
a despreciar a Engels, catalogándolo de positivista, mientras que los científicos lo consideran como
uno de los fundadores del marxismo.
El marxismo científico busca las estructuras sociales que aparecen y que son
independientes a cualquier contexto. Su manera de percibir al mundo sociocultural tiende a
dividirlo en dos estructuras básicas: la infraestructura socioeconómica (modo de producción), y la
superestructura (Estado e ideología), siendo la segunda, en última instancia, subordinada de la
primera. Por su parte, el marxismo crítico tiende a despreciar esta visión estática, mostrándose
renuente a aceptar una división tajante del mundo que no tome en cuenta el contexto en la
interpretación de los acontecimientos; destaca la totalidad por sobre las partes, y considera que
esta visión “vulgar” y supersimplificada del marxismo, más allá de dar una importancia exagerada
al papel de la economía, lo concibe de una manera estrecha y rígida.
Otra diferencia esencial entre los marxismos es la manera en cómo estos pretenden
cambiar al mundo. El científico considera inútiles los esfuerzos por desviar el cauce “natural” del
mundo social, el cual se impone a las personas y su voluntad. La noción de cambio en el mundo es
de corte darwinista, gradualista y continuo, rigiéndose por leyes naturales ajenas a la voluntad
humana. Por su parte, el marxismo crítico insta a la revolución, a un cambio abrupto y catastrófico,
donde es necesaria la acción humana para llevarse a cabo, influenciados por la filosofía hegeliana y
su idea de tesis/antítesis.
La visión de desarrollo inherente al marxismo científico otorga un papel primordial a la
ciencia y la tecnología (y sus instituciones) como agentes de transformación de la sociedad. De
esta manera, las fuerzas productivas se vuelven fundamentales en la construcción del mundo
moderno. Por su parte, acorde con su postura idealista y catastrofista, el marxismo crítico rescata
la cultura humanística (incluso aquella anterior a la ciencia y la tecnología modernas) para lograr el
fortalecimiento moral. Ambas forman parte de la tradición occidental, solo que enaltecen
aspectos distintos de la misma. El problema en la crítica a la ciencia por parte del marxismo crítico
es que corre el riesgo de ser tachado de antiintelectual, irracional o, en el peor de los casos,
nihilista. No obstante, la crítica de dicho marxismo se enfoca más en el “positivismo” que en la
ciencia misma. Lo cuestionable para el marxismo crítico es otorgar a la ciencia un papel de
autonomía y superioridad por sobre el ser humano, mostrándose así como la “forma suprema de
racionalidad” (Gouldner, 1980, p. 58). El discurso de cambio en el marxismo crítico estudia las
estructuras sociales, pero para realizar un cambio en éstas con el compromiso de las personas,
mientras que el marxismo científico busca “la verdad científica” en el mundo social.
Esto nos lleva a las diferencias políticas entre los marxismos, en los medios para alcanzar
sus fines de transformación social. El marxismo científico enfatiza la adhesión al partido y a las
organizaciones políticas como unidades instrumentales para lograr la revolución, por lo cual se
corre el riesgo de privilegiar al partido por sobre la causa por la cual éste lucha. De esta manera, el
medio se vuelve un fin en sí mismo. Estas prácticas ritualistas y revisionistas son vistas con desdén
por parte de los marxistas críticos, quienes privilegian el “espíritu” revolucionario. Su fuerte
impulso para lograr la revolución no necesita forzosamente de un partido altamente estructurado;
el partido de “vanguardia” o una clase social específica (la proletaria) le son suficientes para lograr
su objetivo. Además, prestan menos atención a la maduración de las condiciones históricas
objetivas para emprender la lucha revolucionaria. Por decirlo de alguna manera, son de carácter
romántico, inconformes con el status quo, mientras que los marxistas científicos valoran la
paciencia política y la meticulosa evaluación de las condiciones históricas, de “lo que es”, en la
espera del cambio y de la oportunidad histórica para que éste se lleve a cabo.
El “deber ser” resulta una losa pesada para el marxista crítico, quien, según Gouldner
(1980):
“juzga que un sistema político y social puede ser diferente de lo que es ahora, y que debe
hacerse un esfuerzo ―que supone lucha, disciplina, valor y conciencia― para cerrar el
abismo entre lo que el sistema es y lo que podría ser. Pero llamar al cierre de este abismo
es invocar una moral, pues implica que lo puede ser debe ser”. (p. 70)
Esta concepción también presenta sus límites, puesto que si un ideal no es más que los
intereses de una clase, ¿cómo evitar que dicho valor y moral no caiga ante caprichos y egoísmos
de clase? Igualmente, el marxismo científico carece de justificación al afirmar que la evolución, el
cambio, va a ocurrir cuando las condiciones históricas sean las adecuadas. Los fundamentos de la
postura científica se alejan de lo moral para apoyarse en la necesidad, “partiendo de la premisa de
que la miseria innecesaria merece oposición y de que los cambios históricamente necesarios
merecen realizarse (Gouldner, 1980, p.71). La creación de una conciencia, de un ser humano
nuevo, poco importa a una visión científica basada en lo necesario.
Entre marxismos: Adopción de una postura teórica y conclusiones
En base a lo leído, comentado y reflexionado en Gouldner, mi tendencia es a inclinarme
por el marxismo crítico, aunque no desprecio puntos interesantes del científico. El principal
aspecto que me aleja del marxismo científico es su renuencia a la acción, el quedarse sentado
esperando que las leyes de la Historia permitan cambiar las situaciones de desigualdad en la
sociedad. No desprecio el profundo análisis que realizan de las condiciones objetivas necesarias
para el cambio; de hecho, lo considero fundamental para la praxis social. No obstante, la excesiva
confianza en el desarrollo de las fuerzas de producción, el privilegiar el futuro sobre el presente,
me deja bastante intranquilo.
Otro aspecto con el cual no comulgo es el determinismo dentro del marxismo científico. Si
bien es cierto que hay estructuras que pesan sobre el accionar humano (en última instancia
podemos pensar en la infraestructura socioeconómica), me resulta difícil conformarme con que el
ser humano esté condicionado por ellas. Nuestro pasado y nuestro origen dejan una impronta en
nosotros, pero no son un grillete que esclavizan.
En cuanto a la política, desprecio las posturas burocráticas en las que el partido se
transforma en un fin en sí mismo, borrándose la meta (utópica o no) que se planteó alcanzar. La
política y sus partidos son medios de transformación social basados en valores o, utilizando la idea
de Gouldner, en un “espíritu”, no fines anquilosados con miembros que se adhieren a ellos de
manera casi dogmática. Un partido debe ser objeto de una constante crítica y revisión.
Aunque pueda parecer romántico (tal vez la influencia humanista otorga una motivación
extra en mi elección), no quisiera caer en idealismos infundados ni creencias mesiánicas sobre el
cambio en el mundo. Soy consciente de las problemáticas, de las condiciones objetivas de la
existencia, y por esa misma conciencia creo que las situaciones en las que vive el ser humano
pueden ser distintas, siempre que se ataquen los problemas con reflexión y cautela. Tampoco se
trata de caricaturizar a los marxismos, proponiendo a uno como intelectual indiferente y al otro
como revolucionario precipitado. Lo que defiendo es que el ser humano lleva en su voluntad la
capacidad de mejorar lo que haya que mejorar; voluntad que en algún momento utilizó para
generar condiciones de injusticia. A fin de cuentas, quienes transitan primero por la Historia son
humanos, no condiciones objetivas.
Bibliografía
Gouldner, A. (1980) Los dos marxismo: contradicciones y anomalías en el desarrollo de la teoría.
Madrid: Alianza Editorial.