Descartes, Discurso del Método

PRIMERA PARTE
CONSIDERACIONES QUE ATAÑEN A LAS CIENCIAS

ADVERTENCIA
Si este discurso parece demasiado largo para ser leído de una vez, se le podrá dividir en seis parles. En la primera, se encontrarán diversas consideraciones referentes a las ciencias. En la segunda, las principales reglas del método que el autor ha encontrado. Ensla tercera, algunas reglas de la, moral que ha sacado de este método. En la cuarta, las razones por las cuales prueba la existencia de Dios y del alma humana, que son los fundamentos de su metafísica. En la quinta, el orden de las cuestiones de física que ha investigado, y particularmente la explicación del movimiento del corazón y de algunas otras dificultades que pertenecen a la medicina, así como también la diferencia que hay entre nuestra alma y la de los animales. Y en la última, las cosas que cree que se requieren para llegar en la investigación de la Naturaleza más allá de donde él ha llegado, y qué razones le han movido a escribir.

El buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo, pues cada uno piensa estar tan bien provisto de él que aun aquellos que son más difíciles de contentar en todo lo demás, no acostumbran a desear más del que tienen. En lo cuál no es verosímil que todos se engañen, sino que" más bien atestigua ello que el poder de bien juzgar y de distinguir lo verdadero de lo falso, que es propiamente lo que se llama el buen sentido o la razón, es naturalmente igual en todos los hombres; y asimismo, que la diversidad de nuestras opiniones no proviene de que unos sean más razonables que otros, sino solamente de que conducimos nuestros pensamientos por diversas vías y no consideramos las mismas cosas. Pues no basta con tener la mente bien dispuesta, sino que lo principal es aplicarla bien. Las más grandes almas son capaces de los mayores vicios tanto como de las mayores virtudes, y los que no caminan, sino muy lentamente pueden avanzar mucho más, si siguen, siempre el camino recto, que los que corren apartándose de él. Por lo que a mí atañe, nunca he presumido que mis facultades fuesen más perfectas en nada que las del vulgo, y hasta he deseado muchas veces tener el pensamiento tan ágil, o la imaginación tan nítida y precisa, o la memoria tan extensa o tan rápida como otros, Y no conozco otras cualidades, aparte de éstas, que sirvan para la perfección
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de la mente, pues en lo tocante a la razón o discernimiento, siendo ella la única cosa que nos hace hombres y nos distingue de las bestias, quiero creer que está toda entera en cada uno de nosotros, siguiendo en esto la opinión común de los filósofos, que dicen no haber más o menos sino entre los accidentes, y no entre las formas o naturalezas de los individuos de una misma especie. Empero, no tendré reparo en decir que creo haber tenido mucha suerte por haberme encontrado desde mi juventud metido en ciertos caminos que me condujeron a consideraciones y a máximas con las que he formado un método que ha de servirme, según espero, para aumentar por grados mi conocimiento y elevarlo hasta el más alto punto que la mediocridad de mi inteligencia y la corta duración de mi vida puedan permitirle alcanzar. Porque he recogido ya con él tales frutos que, aunque en los juicios que formo sobre mí mismo trato siempre de inclinarme del lado de la desconfianza más bien que del de la presunción, y aunque considerando con mirada de filósofo las diversas acciones y empresas de los hombres no haya casi ninguna que no me parezca vana e inútil, con todo, no dejo de sentirme extremadamente satisfecho por el progreso que pienso haber realizado ya en la búsqueda de la verdad, ni de concebir tales esperanzas para el porvenir que, si entre las ocupaciones de los hombres propiamente hombres hay alguna que sea sólidamente buena e importante me atrevo a creer que es la que yo he elegido. Sin embargo, puede ocurrir que yo me engañe y que no sea más que un poco de cobre y dé vidrio lo que tomo por oro y diamantes. Sé cuan cerca estamos a equivocarnos en lo que nos afecta, y cuán sospechosos deben sernos también los juicios de nuestros amigos cuando nos son favorables.
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Pero yo me contentaré con hacer ver en este discurso cuáles son los caminos que he seguido y con representar en él mi vida como en un cuadro, a fin de que cada cual pueda juzgar de ella y de que, conociendo por el rumor común las opiniones que haya suscitado, sea éste un nuevo medio de'instruirme que añadiré a aquellos de que me sirvo habitualmente. Así, pues, mi propósito no es enseñar aquí el método que cada cual debe seguir para conducir bien su corazón, sino solamente mostrar de qué manera he tratado yo de conducir el mío. Los que se meten a dar preceptos deben estimarse más hábiles que aquellos a quienes los dan, y si cometen la más pequeña falta se hacen por ella censurables. Pero, no proponiendo este escrito más que como una historia, o, si lo preferís, como una fábula, en la que, entre algunos ejemplos que se pueden imitar, se encontraran tal vez otros que haya razón para no. seguir, espero que será útil para algunos sin ser nocivo para nadie, y que todos me agradecerán mi franqueza. Fui alimentado en las letras desde mi infancia, y, como me aseguraban que por medio de ellas se podía adquirir un conocimiento claro y seguro de todo lo que es útil para la vida, tenía un deseo extremado de aprenderlas. Pero, tan pronto como hube acabado el ciclo de estudios a cuyo término se acostumbra a ser recibido en el rango de los doctos, cambié enteramente de opinión, pues me encontraba embarazado por tantas dudas y errores que me parecía no haber obtenido otro provecho, al tratar de instruirme, que el de haber descubierto más y más mi ignorancia. Y, sin embargo, me encontraba en una de las más célebres escuelas de Europa*, donde yo creía que
*El colegio de la Fleche.

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debía haber hombres sabios, si es que en algún lugar de la tierra los había. Había aprendido allí todo lo que los demás aprendían, y aun, no habiéndome contentado con las ciencias que se nos enseñaban, había recorrido todos los libros que pudieran caer en mis manos referentes a las que se consideran más raras y curiosas. Con esto, conocía los juicios que los demás formaban de mí, y no veía que se me estimase inferior a mis condiscípulos, aunque hubiese ya entre ellos algunos destinados a ocupar los puestos de nuestros maestros. Por último, nuestro siglo me parecía tan floreciente y tan fértil en buenos ingenios como pudiera serlo cualquiera de los precedentes. Todo esto me daba la libertad de juzgar por mí a todos los demás, y me llevaba a pensar que no había en el mundo ninguna doctrina que correspondiese a las esperanzas que se me había hecho concebir. No dejaba, empero, de estimar los ejercicios que se practican en las escuelas. Sabía que las lenguas que en ellas se aprenden son necesarias para el entendimiento de los libros antiguos; que la ingeniosidad de las fábulas estimula el espíritu; que las acciones memorables de las historias lo elevan, y, leídas con discreción, ayudan a formar el juicio; que la lectura de todos los buenos libros es como una conversación con los hombres más selectos de los pasados siglos que fueron sus autores, y hasta una conversación estudiada en la que no nos descubren más que sus mejores pensamientos; que la elocuencia tiene fuerzas y bellezas incomparables; que la poesía tiene delicadezas y dulzuras encantadoras; que las matemáticas tienen invenciones muy sutiles, y que pueden servir en alto grado tanto para complacer a los curiosos como para facilitar todas las artes y disminuir el trabajo humano; que los escritos acerca de las costumbres contienen muy útiles enseñanzas y exhortaciones a la virtud; que la
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teología enseña a ganar el cielo; que la filosofía proporciona el medio de hablar de todas las cosas con verosimilitud y de hacerse admirar por los menos sabios; que la jurisprudencia, la medicina y las otras ciencias apqrtan honores y riquezas a quienes las cultivan; y, en fin, que es bueno haberlas examinado todas, aun las más supersticiosas y falsas, a fin de conocer su justo valor y no dejarse engañar por ellas. Pero creía yo haber dedicado ya bastante tiempo a las lenguas, y aun a la lectura de los libros antiguos y a sus historias y fábulas. Porque conversar con los hombres de otras épocas es casi lo mismo que viajar. Es conveniente conocer algo de las costumbres de diversos pueblos, para juzgar de las nuestras con criterio más sano y para no pensar que todo lo que se opone a nuestros usos sea ridículo y contra razón, como suelen hacer los que no han visto nada. Mas, cuando se emplea demasiado tiempo en viajar, acaba uno por ser extranjero en su propio país; y cuando se extrema la curiosidad por las cosas que se practicaban en los tiempos pasados, se queda uno en gran ignorancia de las que se practican en el suyo. Además, las fábulas hacen imaginar como posibles, acontecimientos que no lo son, y hasta las historias más fieles, si no Cambian ni aumentan el valor de las cosas para hacerlas más dignas de ser leídas, por lo menos omiten en ellas casi siempre las circunstancias más bajas y menos ilustres, de. donde resulta que el resto queda desfigurado, y que los que regulan sus costumbres por los ejemplos que sacan de ellas están expuestos a caer en las extravagancias de los paladines de nuestras novelas y a concebir designios que sobrepasen sus fuerzas. Estimaba mucho la elocuencia y estaba prendado de la poesía, pero pensaba que una y otra eran dones del espíritu más bien que frutos del estu47

dio. Los que poseen un razonamiento más robusto y digieren mejor sus pensamientos con el fin de hacerlos claros e inteligibles, serán siempre los que mejor convenzan de lo que se propongan, aunque no hablen más que bajo-bretón ni hayan aprendido nunca retórica; y los que hallan las más agradables invenciones y las saben expresar con más galanura y dulcedumbre no dejarán de ser los mejores poetas, aunque el arte poética les sea desconocida. Me complacían, sobre todo, las matemáticas, a causa de la certeza y evidencia de sus razones, pero no advertía todavía su verdadero uso, y, pensando que no servían más que para las artes mecánicas, me admiraba de que, siendo tan firmes y sólidos sus fundamentos, no se hubiese edificado sobre ellos nada más elevado. Como, por el contrario, comparaba los escritos de los antiguos paganos sobre las costumbres a palacios muy soberbios y magníficos edificados sobre arena y barro: elevan muy alto las virtudes y las haden aparecen como más estimables que todas las cosas del mundo, pero no enseñan a conocerlas suficientemente, y con frecuencia lo que designan con tan bello nombre no es más que insensibilidad, orgullo, desesperación o parricidio. Reverenciaba nuestra teología y aspiraba tarito como el que más a ganar el cielo; pero, habiendo aprendido como cosa muy segura que el camino hacia él no está menos abierto a los más ignorantes que a ios más doctos y que las verdades reveladas que a él conducen están por encima de nuestra inteligencia, no me hubiese atrevido a someterlas a la debilidad de mis razonamientos» y pensaba que, para intentar examinarlas, y hacerlo con éxito, era menester disponer de alguna extraordinaria asistencia del cielo y ser más que hombre.
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Nada diré de la filosofía, sino que, viendo que ha sido cultivada por los más excelentes espíritus que han existido desde hace varios siglos, y que, sin embargo, no hay todavía en ella cosa alguna de la que no se dispute, y, por consiguiente, que no sea dudosa, no tenía bastante presunción para esperar tener más suerte que los demás en este terreno; y considerando cuántas opiniones diversas, sostenidas por gentes doctas, puede haber acerca de una misma materia, sin que pueda existir nunca más de una que sea verdadera, reputaba casi como fal. so todo lo que no pasase de ser verosímil. Por lo que respecta a las otras ciencias, por cuanto toman sus principios de la filosofía, juzgaba que no se podía haber edificado nada sólido sobre cimientos tan poco firmes; y ni el honor ni la ganancia que prometen eran suficientes para convidarme a aprenderlas, pues, gracias a Dios, no me encontraba en condiciories que me obligasen a hacer de la ciencia un oficio para ayuda de mi fortuna; y aunque no hiciese ostentación de despreciar la gloria, a lo cínico, me importaba en realidad muy poco la que no esperaba poder adquirir más que con falsos títulos. Y, en fin, por lo que se refiere a las malas doctrinas, pensaba conoper ya bastante lo que valían para no correr el riesgo de ser engañado, ni por las promesas de un alquimista,; ni por las predicciones de un astrólogo, ni por las imposturas de un mago, ni por los artificios o la vanagloria de ninguno de los hacen profesión de saber más de lo que saben. Por todo lo cual, tan pronto como la edad me permitió salir de la sujeción de mis preceptores, abandoné completamente el estudio de las letras, y, prometiéndome no buscar otra ciencia que la que pudiese encontrar en mí mismo o en el gran libro del nrnncio, dedique el resto de mi juventud a viajar a ver cortes y ejércitos, a frecuentar gentes de diversos talantes y condiciones, a
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recoger diversas experiencias, a ponerme a prueba a mi mismo en las ocasiones que la fortuna me deparaba, y a reflexionar siempre sobre las cosas que me salían al paso de manera que pudiese sacar de ellas algún provecho. Pues me parecía que podría encontrar mucha más verdad en los razonamientos que cada uno hace acerca de los asuntos que le importan, y cuyo suceso puede castigarle después si ha juzgado mal, que en los que lleva a cabo un hombre de letras en su gabinete sobre especulaciones que no producen ningún efecto ni tienen para él otra consecuencia que la de excitar, tal vez, su vanidad en tanto mayor medida cuanto más se alejen del sentido común, ya que habrá tenido que emplear tanto más ingenio y artificio en tratar de hacerlas verosímiles; y lo que yo deseaba siempre extrema- • darnente era aprender a distinguir lo verdadero de lo falso, para ver claro en mis acciones y caminar con seguridad en la vida.

la resolución de estudiar también en mí mismo y de emplear todas las fuerzas de mi espíritu en elegir el camino que debía seguir, lo que conseguí, según creo, mucho mejor que si no me hubiese alejado nunca de mi país ni de mis libros.

Es verdad que, mientras no hacía otra cosa que considerar ¡as costumbres de los demás hombres, apenas encontraba en ellas nada seguro, advirtiendo que eran tan diversas como antes me habían parecido las opiniones de los filósofos; de modo que el mayor provecho que sacaba de ellas consistía en que, viendo muchas cosas que, aun pareciéndonos ridiculas y extravagantes, no dejaban de ser comúnmente recibidas y aceptadas por otros grandes pueblos, aprendí a no creer demasiado firmemente en nada de lo que hubiese sido persuadido sólo por el ejemplo y la costumbre; y así me liberé poco a poco de muchos errores que pueden ofuscar nuestra luz natural y hacernos menos capaces de escuchar la voz de la razón. Pero, después de haber empleado algunos años en estudiar de esta manera en el libro del mundo y en tratar de adquirir alguna experiencia, un día tomé
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SEGUNDA PARTE
PRINCIPALES REGLAS DEL MÉTODO

Estaba yo entonces* en Alemania, a donde me había llamado la ocasión de las guerras que aún no han terminado, y volviendo al ejército de la coronación del emperador, el comienzo del invierno me detuvo en un cuartel, donde, no encontrando conversación alguna que me divirtiese, y no teniendo, por otra parte, felizmente, cuidados ni pasiones que me turbasen, permanecía todo el día encerrado solo junto a una estufa, disponiendo de un completo vagar para entregarme a mis pensamientos. Y uno de los primeros, entre ellos, fue el ponerme a considerar que frecuentemente no hay tanta perfección en las obras compuestas de varias piezas y hechas por la mano de diversos maestros como en las que han sido trabajadas por uno solo. Así,; se ve que los edificios planeados y terminados por un mismo arquitecto son casi siempre más bellos y mejor ordenados que los que han intentado recomponer varios, aprovechando para ello viejos muros que habían sido construidos para otros fines. Del mismo modo, esas grandes ciudades que, no habiendo sido en un principio más que aldeas, se convirtieron al correr de los tiempos en grandes urbes, están de ordinario tan mal distribuidas, si se comparan con esas plazas regulares que un ingeniero trazó a su talante en una planicie, que, aunque considerando cada uno

*Invierno de 1 6 1 9 a 1 6 2 0 .

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de sus edificios por separado, se encuentra en ellos tanto o mas arte que en estos otros, sin embargo, al ver cómo se hallan dispuestos, aquí uno grande, allá uno pequeño, y cuán ;sinuosas y desiguales resultan las calles, se diría que ha sido el azar, más que la voluntad de hombres dotados de razón, quien de esa manera los ha ordenado. Y, si se considera que, no obstante, en todo tiempo hubo funcionarios encargados de custodiar las edificaciones de los particulares para hacerlas servir al ornato público, se caerá en la cuenta de cuán dificultoso resulta el realizar cosas bien acabadas cuando se trabaja sobre obras ajenas. De acuerdo con esto, imaginaba yo que los pueblos que estuvieron primero semisalvajes y que sólo poco a poco fueron civilizándose, haciendo sus leyes a medida que la incomodidad producida por los crímenes y las querellas les obligaba a ello, no podrían estar tan bien reglamentados como aquellos otros que desde el comienzo de su agrupación observaron las constituciones de algún prudente legislador. Así como es muy cierto que el estado de la verdadera religión, cuyos preceptos solamente Dios ha establecido, debe estar incomparablemente mejor reglamentado que cualquier otro. Y, para hablar de las cosas humanas, creo que si Esparta fue en otros tiempos muy floreciente, no se debió a la bondad de cada una de sus leyes en particular, puesto que algunas de ellas erah muy extrañas, y hasta contrarias a las buenas costumbres, sino a que, habiendo sido inventadas por uno solo, tendían todas al mismo fin. Y de la misma manera, pensaba que las ciencias de los libros, al menos aquellas cuyas razones no son más que probables y que carecen de demostraciones, habiendo sido compuestas y acrecentadas poco a poco con opiniones de varias personas diferentes, no se aproximan tanto a la verdad como los simples razonamientos que un hombre solo puede hacer naturalmente acerca de las cosas que se le ofrezcan. Y así, pensaba también que,
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habiendo sido todos niños antes de ser hombres, y habiendo tenido que gobernarnos por nuestros apetitos y por nuestros preceptores, que a menudo eran contrarios los unos a los otros, y que ni unos ni otros nos aconsejaban quizá siempre lo mejor, es casi imposible que nuestros juicios sean tan puros y tan sólidos como lo habrían sido si hubiésemos poseído el uso completo de la razón desde el punto de nuestro nacimiento y no hubiésemos sido guiados nunca más que por ella. Verdad es que no vemos derribar todas las casas de una ciudad con el único fin de reconstruirlas de otra manera para hacer más bellas las calles; pero sí es frecuente que algunos derriben las suyas para reedificarlas, viéndose, a veces, incluso, obligados a ello, cuando están en peligro de caerse por sí mismas y cuando sus cimientos no son muy firmes. A ejemplo de lo cual, me persuadí de que no sería en verdad sensato que un particular se propusiera reformar un Estado cambiándolo todo en él, desde los fundamentos, y derrocándolo para volverlo a edificar; ni tan siquiera que intentase reformar el cuerpo de las ciencias o el orden establecido en las esduelas pata enseñarlo; pero, en lo que atañe a las opiniones que hasta entonces había yo admitido en mi creencia, pensé que no podía hacer cosa mejor qlie intentar por una vez suprimirlas todas, a fin de colocar después en su lugar, bien otras mejores, o bien las mismas, una vez ajustadas al nivel de la razón. Y creí firmemente qué, por este medio, lograría conducir mi vida mucho mejor que si no edificaba más que sobre viejos cimientos y no me apoyaba más que en los principios que me había dejado inculcar en mi juventud, sin haber examinado nunca si eran verdaderos. Porque, aunque advirtiese en esto diversas dificultades, no eran, empero, irremediables, ni se podían comparar con las que se encuentran en la reforma de cualesquiera de las cosas que afectan al público. Estos grandes
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cuerpos de las cosas públicas son muy difíciles de levantar, una vez abatidos, y aun de sostener cuando se han removido, y sus caídas son siempre muy rudas. En cuanto a sus imperfecciones, si las tienen (y la simple diversidad que hay entre ellos basta para asegurar que algunos las tienen), el uso las ha mitigado mucho, sin duda, y hasta ha evitado o corregido insensiblemente bastantes, que no podrían haberlo sido tan felizmente por la simple prudencia; y, en fin, son ellas casi siempre más soportables que lo sería su cambio. Ocurre como con los grandes caminos que serpentean entre montañas, los cuales se hacen poco a poco tan lisos y cómodos, a fuerza de ser frecuentados, que es mucho mejor seguirlos que intentar ir por lo derecho, trepando por encima de las rocas y descendiendo hasta el fondo de los precipicios. Por eso, no puedo aprobar en modo alguno esos caracteres entrometidos e inquietos que, no siendo llamados ni por su nacimiento ni por su fortuna al manejo de los asuntos públicos, no dejan de idear en todo momento nuevas reformas; y si yo creyera que en este escrito hubiese la menor cosa por la que me pudiera hacer sospechoso de semejante locura, no toleraría, sino muy a mi pesar, el que fuese publicado. Mi propósito no se extendió nunca más allá del intento de reformar mis propios pensamientos y de edificar en un terreno que es enteramente mío. Pues, si habiéndome agradado bastante mi obra, os muestro aquí el modelo de ella, no es que yo quiera con esto aconsejar a nadie que la imite. Aquellos a quienes Dios haya repartido más pródigamente sus gracias tendrán, quizá, designios más elevados; pero mucho me temo que éste mío resulte ya demasiado audaz para algunos. Ni siquiera la resolución de deshacerse de todas las opiniones que antes se recibieren es un ejemplo que todos deban seguir. Y el mundo está compuesto casi exclusivamente de dos clases de ingenios, a los que no conviene en 56

modo alguno, a saber: de los que, creyéndose más hábiles de lo que son, no pueden evitar el precipitar sus juicios, ni tienen bastante paciencia para conducir ordenadamente todos sus pensamientos (por lo que, si alguna vez se tomasen la libertad de dudar de los principios que recibieron y de apartarse del camino común, nunca podrán mantenerse en el sendero que es menester para avanzar más rectamente y permanecerán extraviados toda la vida), y de los que, poseyendo bastante razón o modestia para comprender que son menos capaces de distinguir lo verdadero de lo falso que otros, por los cuales pueden ser instruidos, deben conformarse con seguir las opiniones de estos otros, más bien que buscarlas mejores por sí mismos. Por lo que a mí toca, hubiera sido sin duda del número de estos últimos, si no hubiese tenido nunca más que un solo maestro o no hubiese conocido las diferencias que en todo tiempo existieron entre las opiniones de los más doctos. Pero, habiendo aprendido en el colegio que no se podría imaginar nada tan extraño y poco creíble, que no haya sido dicho por algún filósofo; habiendo reconocido más tarde, viajando, que no todos los que tienen sentimientos muy contrarios a los nuestros son por eso bárbaros ni salvajes, sino que muchos usan tanto o más que nosotros de la razón; y habiendo considerado que un mismo hombre, con sus mismas facultades, criado desde su infancia entre franceses o alemanes llega a ser muy diferente de lo que sería si hubiese vivido entre chinos y caníbales; que, hasta en las modas de nuestros vestidos, lo mismo que nos gustó hace diez años, y que nos gustará quizá de nuevo antes de otros, diez, nos parece hoy extravagante y ridículo; que, según esto, lo que nos convence es mucho más la costumbre y el ejemplo que ningún conocimiento cierto, y que, sin embargo, la pluralidad de votos no es una
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prueba que valga nada para las verdades un poco difíciles de descubrir, puesto que es mucho más verosímil que un hombre solo las haya encontrado que no todo un pueblo; en vista de todo ello, no podía yo elegir a nadie cuyas opiniones me pareciesen preferibles a las de los demás, encontrándome, por consiguiente, como obligado a conducirme por mí mismo. Pero, como hombre que anda solo y en las tinieblas, me resolví a caminar tan lentamente y a usar de tanto circunspección en todas las cosas, que aunque sólo avanzase muy poco, por lo menos me preservase de caer. Ni siquiera quise comenzar a rechazar completamente ninguna de las opiniones que se hubiesen podido deslizar antaño en mis creencias por otras vías que las de la razón, sin antes haber dedicado bastante tiempo a formar el proyecto de la obra que iba a emprender y a buscar el verdadero método para llegar al conocimiento de todas las cosas de que mi mente fuese capaz. Siendo más joven, había estudiado yo un poco, entre las partes de la filosofía, la lógica, y entre las matemáticas, el análisis de los geómetras y el álgebra, tres artes o ciencias que, al parecer, debían contribuir en algo a mi propósito. Pero, al examinarlas, advertí que, por lo que respecta a la lógica, sus silogismos y la mayor parte dé sus restantes instrucciones sirven más bien para explicar a otro las cosas que se saben, o, incluso, como el arte de Lulio*, para hablar sin juicio de las que se ignoran, que para aprenderlas; y, aunque ella contiene, en efecto, muchos preceptos verdaderos.
* Raimundo Lulio (1235-1315), filósofo mallorquín. Pretendió, en su famosa Ars magna, hacer una "combinatoria" universal, aunque sus principios son oscuros y todavía no bien desentrañados, constituyendo el precedente medieval de la moderna idea de la nathesis universalis, que tanto preocupó a Leibniz.

y buenos, hay, no obstante, mezclados con ellos tantos otros nocivos o superfluos, que es casi tan difícil separarlos de aquéllos como sacar una Diana o una Minerva de un bloque de mármol que no esté todavía abocetado. En cuanto al análisis de los antiguos y al álgebra de los modernos, además de que sólo abarcan materias muy abstractas y que no parecen de ningún uso, la primera se restringe siempre tanto a la consideración de las figuras, i que no puede ejercitar el entendimiento sin fatigar mucho la imaginación; y en la última está uno siempre tan sujeto a ciertas reglas y a ciertas cifras, que se ha hecho de ella un arte confuso y oscuro que embaraza la mente, en lugar de una ciencia que la cultive. Lo cual fue causa de que yo pensase que era menester buscar algún otro método que, comprendiendo las ventajas de estos tres, estuviera exento de sus defectos. Y, así como la muchedumbre de las leyes proporciona con frecuencia excusas para los vicios, de suerte que un Estado está mucho mejor regulado cuando, teniendo sólo unas pocas, son observadas muy estrechamente; de la misma manera, en lugar de ese gran número de preceptos de que la lógica está compuesta, creí yo que tendría bastante con los cuatro siguientes, con tal de que tomase la firme y constante resolución de no dejar de observarlos ni una sola vez. Era el primero, no aceptar nunca cosa alguna! como verdadera que no la conociese evidentemente como tal, es decir, evitar cuidadosamente la : precipitación y la prevención y no admitir en mis juicios nada más que lo que se presentase a mi espíritu tan clara y distintamente, que no tuviese ocasión alguna de ponerlo en duda. El segundo, dividir cada una de las dificultades que examinase en tantas partes como fuera posible y como se requiriese para su mejor resolución. 59

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El tercero, conducir ordenadamente mis pensamientos, comenzando por los objetos más simples y fáciles de conocer para ascender poco a poco, como por grados, hasta el conocimiento de los más complejos, suponiendo, incluso, un orden entre los que no se preceden naturalmente. Y el último, hacer en todas partes enumeraciones tan completas y revistas tan generales que estuviese seguro de no omitir nada. Esas largas cadenas de razones tan simples y fáciles de que los geómetras acostumbran a servirse para llegar a sus más difíciles demostraciones, me habían dado ocasión de imaginarme que todas las cosas que pueden caer bajo el conocimiento de los hombres se siguen unas a otras de la misma manera, y que sólo con abstenerse de recibir como verdadera ninguna que no lo sea, y con guardar siempre el orden que es menester para deducirlas unas de otras, no puede haber ninguna tan alejada que finalmente no se alcance, ni tan oculta que no se descubra. No me costó mucho trabajo buscar por cuáles era necesario comenzar, pues sabía ya que era por las más simples y fáciles de conocer; y, considerando que, entre todos los que hasta ahora buscaron la verdad en las ciencias, sólo los matemáticos pudieron encontrar algunas demostraciones, es decir, algunas razones ciertas y evidentes, no dudé que hubiese de empezar por las mismas que ellos examinaron, aunque no esperase de aquello ninguna otra utilidad que la de acostumbrar mi mente a alimentarse de verdades y a no contentarse con falsas razones. No me impuse, sin embargo., para este menester, la tarea de aprender todas las ciencias particulares que se llaman comúnmente matemáticas; antes bien, conociendo que, a pesar de las diferencias de sus objetos, todas estas ciencias coinciden en no considerar otra cosa que las diversas relaciones o proporciones que en ellos
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se encuentran, pensé que sería mejor examinar solamente estas proporciones en general, y no suponerlas más que en aquellos asuntos que sirvieran para hacerme más fácil su conocimiento, aunque sin restringirlas tampoco a ellos en absoluto, a fin de poderlas aplicar después con más facilidad a todos los demás a que conviniesen. Habiendo advertido luego que, para conocerlas, unas veces necesitaría considerar cada una en particular, y otras veces solamente retener y comprender varias conjuntamente, pensé que, para mejor considerarlas en particular, debía suponerlas en figura! de líneas, puesto que no encontraba nada más simple ni que pudiese representar más distintamente a mi imaginación y a mis sentidos; que, en cambio, para retener o comprender a varias juntas, era necesario que las explicase por medió de algunas cifras, lo más abreviadas que fuese posible; y que, de esta manera, conseguiría tomar lo mejor del análisis geométrico y del álgebra, y corregiría los defectos de cada una de estas disciplinas por la otra. Y, en efecto, me atrevo a decir que la exacta observación de estos pocos preceptos que había elegido me dio tal facilidad para desentrañar todas las cuestiones a que estas dos ciencias se extienden, que en dos o tres meses que empleé para examinarlas, habiendo comenzado por las más simples y generales, y constituyendo cada verdad que encontraba una regla que me servía después ipara encontrar otras, no solo resolví varias que había juzgado antes como muy difíciles, sino que, al final, me pareció también que podía determinar, aun en las mismas que ignoraba, por qué medios y hasta dónde era posible resolverlas. En lo cual no os pareceré, quiza, muy jactancioso si consideráis que, no habiendo más que una verdad para cada cosa, cualquiera que la encuentre sabe de ella todo lo que se puede saber, y que, por ejemplo, un niño instruido en la aritmética, al hacer una 6.1

adición según sus reglas, puede estar seguro de haber encontrado, con respecto a la suma que examinaba, todo lo que la mente humana es capaz de encontrar; pues, en definitiva, el método que enseña a seguir el verdadero orden y a enumerar exactamente todas las circunstancias de lo que se busca, contiene todo lo que da su certidumbre a las reglas de la aritmética. Pero lo que más me contentaba de este método era que con él estaba seguro de usar de mi razón en todo, si no perfectamente, al menos lo mejor que estuviese en mi poder; además de que, al practicarlo, sentía que mi mente se acostumbraba poco a poco a concebir más clara y distintamente sus objetos; y, no habiéndolo limitado a ninguna materia particular, me prometía aplicarlo a las dificultades de las demás ciencias tan útilmente como lo había hecho a la del álgebra. No quiere esto decir que me aventurase a intentar, desde luego, el examen de todas las que se presentasen, pues esto hubiera sido contrario al orden que el método mismo prescribe. Pero, habiendo advertido que los principios de todas las ciencias debían ser tomados de la filosofía, en la que no encontraba todavía ninguno seguro, pensé que, ante todo, era menester que tratase de establecerlos en ella; y, siendo ésta !a cosa más importante del mundo y aquella en que eran más de temer la precipitación y la prevención, creí que no debía intentar llevarla a cabo hasta que no hubiese alcanzado una edad mucho más madura que la de veintitrés años, que entonces tenía, y hasta que no hubiese empleado mucho tiempo en prepararme para ello, tanto desarraigando de mi espíritu todas las malas. opiniones que había recibido anteriormente, como haciendo acopio de experiencias diversas, que suministrasen después la materia para mis razonamientos, y siempre sin dejar de ejercitarme en el método que me había prescrito, con objeto de afirmarme en él cada vez más. 62

TERCERA PARTE
ALGUNAS REGLAS DE MORAL SACADAS DEL MÉTODO

En fin, así como antes de comenzar a reedificar la casa donde se habita, no basta con derribarla y con proveerse de materiales y de arquitectos, o bien con ejercitarse uno mismo en la arquitectura, ni, además de esto, con haber trazado cuidadosamente su diseño, sino que es menester también haberse procurado alguna otra donde se pueda estar cómodamente alojado durante el tiempo que dure el trabajo; así también, para no permanecer irresoluto en mis acciones mientras la razón me obligaba a serlo en mis juicios, y para no dejar de vivir en adelante lo más acertadamente que pudiese, me formé una moral provisional, que no consistía más que en tres o cuatro máximas, de las que quiero daros cuenta. . La primera, era obedecer a las leyes y costumbres de mi país, conservando la religión en la que Dios me hizo la gracia de ser instruido desde mi infancia, y gobernándome en cualquier otra cosa de acuerdo con las opiniones más moderadas y alejadas del exceso que fuesen comúnmente practicadas por los hombres más prudentes entre aquellos .con quienes tuviese que vivir; pues, comenzando ya a no tener en cuenta para nada las mías, puesto que quería volver a someterlas todas a examen, estaba seguro de no poder hacer nada mejor que seguir las de los más sensatos. Y, aunque quizás entre los persas o los chinos haya tantos hombres sensatos como entre nosotros, me 63

Sin embargo, estos nueve años transcurrieron sin que yo hubiese tomado partido acerca de las dificultades que suelen ser disputadas entre los doctos, ni comenzado a buscar los fundamentos de ninguna filosofía más cierta que la vulgar. Y el ejemplo de varios excelentes ingenios, que, habiendo tenido el mismo propósito, no habían conseguido, a mi parecer, realizarlo, me lo hacía imaginar tan lleno de dificultades que quizá no me hubiese atrevido a abordarlo tan pronto, de no haber visto que algunos hacían circular el rumor de que ya lo había logrado. No podría decir en qué fundaban esta opinión, y si en algo he contribuido a ella con mis palabras, debe de haber sido confesando lo que ignoraba con más ingenuidad de lo que suelen hacerlo los que han estudiado algo, y tal vez también haciendo ver las razones que tenia para dudar de muchas cosas que los demás estiman ciertas, más bien que vanagloriándome de doctrina alguna. Pero, siendo lo bastante honrado para no querer que se me tomase por lo que no era, pensé que debía tratar por todos los medios de hacerme digno de la reputación que se me daba, y hace justamente nueve años que este deseo me decidió a alejarme de todos los lugares donde pudiese tener conocimientos y a retirarme aquí*, a un país donde la larga duración de la guerra ha hecho que se establezca un orden tal, que los ejércitos que en él son mantenidos no parecen servir sino para hacer que se gocen con mayor seguridad los frutos de la paz, y donde, entre la muchedumbre de un gran pueblo muy activo y más cuidadoso de sus propios asuntos que curioso de los ajenos, sin carecer de las comodidades que son propias de las ciudades más populosas, he podido vivir tan solitario y retirado como en los más apartados desiertos.

CUARTA PARTE
PRUEBAS DE LA EXISTENCIA DE DIOS Y DEL ALMA HUMANA O FUNDAMENTOS DE LA METAFÍSICA

No sé si debo hablaros de las primeras meditaciones que hice, pues son tan metafísicas y poco comunes, que no serán quizá del gusto de todo el mundo; y, no obstante, para que se pueda juzgar si los fundamentos que adopté son bastante firmes, me encuentro en alguna manera obligado a hablar de ellas. Yo había advertido desde mucho tiempo antes, como he dicho más arriba, que, en lo que atañe a las costumbres, es necesario a veces seguir opiniones que se saben muy inciertas como si fuesen indubitables; pero, desde el momento en que me propuse entregarme ya exclusivamente a la investigación de la verdad, pensé que debía hacer todo lo contrarío y rechazar como absolutamente falso todo aquello en lo que pudiera imaginar la más pequeña duda, para ver si después de esto quedaba algo entre mis creencias que fuese enteramente indubitable. Así, fundándome en qué los sentidos nos engañan algunas veces, quise suponer que no había cosa alguna que fuese tal y como ellos nos la hacen imaginar; y, en vista de que hay hombres qué se engañan al razonar y cometen paralogismos, aun en las más simples materias de geometría, y juzgando que yo estaba tan sujeto a equivocarme como cualquier otro, rechace como falsas todas las razones que antes 71

*Holanda.

había aceptado mediante demostración; y,, finalmente, considerando que los mismos pensamientos que tenemos estando despiertos pueden también ocurrírsenos cuando dormimos, sin que en este caso ninguno de ellos sea verdadero, me resolví a fingir que nada de lo que hasta entonces había entrado en mi mente era más verdadero que las ilusiones de mis sueños. Pero inmediatamente después "caí en la cuenta de que, mientras de ésta manera intentaba pensar que todo era falso, era absolutamente necesario que yo, que lo pensaba, fuese algo; y advirtiendo que esta verdad: pienso, luego existo, era tan firme y segura que las másextravagantes suposiciones de los escépticos eran incapaces de conmoverla, pensé que podía aceptarla sin escrúpulo como el primer principio de la filosofía que andaba buscando. Luego, examinando con atención lo que yo era, y viendo que podía imaginar que no tenía cuerpo y que no había mundo ni lugar alguno en que estuviese, pero que no por eso podía imaginar que no existía, sino que, por el contrario, del hecho mismo de tener ocupado el pensamiento en dudar de la verdad de las demás cosas se seguía muy evidente y ciertamente que yo existía; mientras que, si hubiese cesado de pensar, aunque el resto de lo que había imaginado hubiese sido verdadero, no hubiera tenido ninguna razón para creer en mi existencia, conocí por esto que yo era una sustancia cuya completa esencia o naturaleza consiste sólo en pensar, y que para existir no tiene, necesidad de ningún lugar ni depende de ninguna, cosa material; de modo que este .yo, es decir, el alma, por la que soy lo que soy; es enteramente distinta del cuerpo, y hasta más fácil de conocer que él, y aunque él no existiese, ella no dejaría de ser todo lo que es. Después de esto me puse a considerar lo que se requiere, en general, para que una proposición sea
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verdadera y cierta; pues, en vista de que acababa de encontrar una que sabía que lo era, pensé que debía saber también en qué consistía esta certidumbre. Y habiendo observado que en la proposición pienso, luego existo, lo único que me asegura de que digo la verdad es que veo muy claramente que para pensar es necesario ser, juzgué que podía tomar como regla general que las cosas que concebimos muy clara y distintamente son todas verdaderas, y que solamente hay alguna dificultad en advertir bien cuáles son las que en realidad concebimos distintamente. A continuación, reflexionando en este hecho de que yo dudaba, y en que, por consiguiente, mi ser no era enteramente perfecto, puesto que veía claramente que había más perfección en conocer que en dudar, quise indagar de dónde había aprendido yo a pensar en algo más perfecto que yo mismo, y conocí con evidencia que tenía que ser de alguna naturaleza que, en efecto, fuese más perfecta. En lo referente a los pensamientos que yo tenía de muchas otras cosas exteriores a mí, como el cielo, la tierra, la luz, el calor y otras mil, no me costaba tanto trabajo saber de dónde procedían, porque, no encontrando en ellas nada que me pareciese nacerlas superiores a mí, podía creer que si eran verdaderas, dependían de mi naturaleza, en cuanto que ella poseía alguna perfección, y si no lo eran, que las tenía de la nada, es decir, que estaban en mí por ser yo defectuoso. Pero no podía ocurrir lo mismo con la idea de un ser más perfecto que el mío, pues el tenerla de la nada era cosa manifiestamente imposible. Y, como no hay menos repugnancia en que lo más perfecto sea consecuencia y dependencia de lo menos perfecto que en algo proceda de nada, no podía venirme tampoco de mí mismo. De socio que no quedaba sino que hubiese sido puesta, en mí per una naturaleza verdaderamente más perfecta que yo, e incluso que reuniese en sí
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todas las perfecciones de que yo pudiera tener alguna idea; es decir, para explicarme en una sola palabra, que fuese Dios. A lo cual agregué que, puesto que conocía algunas perfecciones que yo no tenía, no era yo el único ser existente (usaré aquí, con vuestra venia, libremente los vocablos de la escuela), sino que era absolutamente necesario que hubiese algún otro más perfecto, del que dependiese yo y del que hubiera recibido todo lo que tenía; pues si yo hubiese sido solo e independiente de todo otro ser, de modo que hubiera tenido por mí mismo lo poco en que participaba del Ser perfecto, por la misma razón hubiera podido tener por mí mismo todo lo demás que conocía faltarme, y así, ser yo mismo infinito, eterno, inmutable, omnisciente, omnipotente y, en fin, poseer todas las perfecciones que podía advertir en Dios. Porque, según los razonamientos que acabo de hacer, para conocer la naturaleza de Dios, en cuanto la mía era capaz de ello, no tenía más que considerar, con respecto a todas las cosas cuya idea encontraba en mí, si el poseerlas era o no perfección; y estaba seguro de que ninguna de las que implicaban imperfección pertenecía a Dios; y, en cambio, estaban en él todas las demás; así, veía que la duda, la inconstancia, la tristeza y cosas semejantes no podían estar en él, puesto que yo mismo me hubiese considerado mejor viéndome libre de ellas. Por otra parte, tenía yo ideas de muchas cosas sensibles y corporales; pues, aunque supusiese que estaba soñando y que todo lo que veía o imaginaba era falso, no podía negar, sin embargo, que las ideas estuviesen verdaderamente en mi pensamiento. Ahora bien, como había conocido ya en mí mismo muy claramente que la naturaleza inteligente es distinta de 1a corporal, considerando que toda composición indica dependencia, y que la dependencia es manifiestamente un defecto, juzgué por ello que no podía ser en Dios una perfección el estar compuesto de estas dos naturalezas, y que, por
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consiguiente, no lo estaba; pero que si en el mundo había cuerpos o inteligencias u otras naturalezas que no fuesen enteramente perfectas, su ser debía depender del poder de aquél, de tal modo que no pudiesen subsistir sin él ni un solo momento. Por un instante quise buscar otras verdades, y, habiéndome propuesto el objeto de los geómetras, que yo concebía como un cuerpo continuo, o como un espacio infinitamente extendido en longitud, latitud y profundidad o altura, divisible en distintas partes que podían adoptar diversas figuras y magnitudes y ser movidas y trasladadas de todos modos (pues todo esto suponen los geómetras como objeto suyo), recorrí algunas de sus más simples demostraciones, y, al percatarme de que esa gran certeza que todo el mundo les atribuye sólo se funda en que se las concibe con evidencia, según la regla que enuncié hace poco, advertí también que no había en ellas nada que me asegurase de la existencia de su objeto; pues veía claramente que, suponiendo un triángulo, era necesario que sus tres ángulos fuesen iguales a dos rectos, pero no por eso veía nada que me asegurase de la existencia en el mundo de ningún triángulo; en cambio, volviendo a examinar la idea que tenía de un Ser perfecto, encontraba que la existencia estaba comprendida en ella, de la misma manera que está comprendido en la de un triángulo el que sus tres ángulos sean iguales a dos rectos, o en la de una esfera el que todas sus partes disten igualmente de su centro, y aun me parecería más evidente lo primero; por consiguiente, que Dios, ese Ser tan perfecto, es o existe, lo encontraba por lo menos tan cierto como pudiera serlo cualquier demostración de la geometría. Empero, el que haya muchos que consideren difícil conocerlo, y hasta conocer lo que es su
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alma, se debe a que nunca elevan su espíritu por encima de la» cosas sensibles, y a que están de tal manera acostumbrados a no pensar nada sino imaginándolo (lo cual es un modo de pensar particular, sólo apropiado para las cosas materiales), que todo lo que no es imaginable les parece que no es inteligible. Lo cual es bastante manifiesto por el hecho de que hasta los filósofos tienen como máxima en las escuelas que no hay nada en el entendimiento que antes no haya, estado en los sentidos, donde, sin embargo, es. cierto que las ideas de Dios y del alma no estuvieron jamás; y me parece que los que quieren usar de su imaginación para comprenderlas obran lo mismo que si para oír los sonidos u oler los olores se quisieran servir de los ojos; con la diferencia, además, de que el sentido de la vista no nos asegura menos de la verdad de estos objetos que los del olfato y el oído, mientras que ni nuestra imaginación ni nuestros sentidos podrían asegurarnos jamás de cosa alguna sin la intervención de nuestro entendimiento. En fin, si todavía hay hombres que no estén bastante persuadidos de la existencia de Dios y del alma por las razones que he expuesto, quiero que sepan que todas las demás cosas de que se creen quizá más seguros, como de tener un cuerpo, y de que hay astros y una tierra y cosas semejantes, son menos ciertas; pues, aunque de estas cosas se tenga una seguridad moral, tal que parezca no poderse dudar de ellas a menos de ser. extravagante, tampoco se puede negar, no obstante, cuando de certeza metafísica se trata, a menos de ser irrazonable, que sea suficiente motivo para no estar completamente seguro de ellas el haber advertido que, mientras se duerme, puede uno imaginarse de la misma manera que tiene otro cuerpo y que ve otros astros y otra tierra, sin que haya nada de ello. Pues, ¿de dónde se sabe que los pensamientos que sobrevienen en
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el sueño son más falsos que los demás, siendo así que con frecuencia no son menos vivos y expresos? Y por mucho que estudien la cuestión los espíritus más selectos, no creo que puedan dar ninguna razón suficiente para evitar esta duda, si no presuponen la existencia de Dios. Porque, en primer lugar, lo mismo que hace poco tome como una regla, a saber: que las cosas que concebimos muy clara y distintamente son todas verdaderas; eso mismo no es seguro más que a causa de que Dios, es o existe, de que es un Ser perfecto y de que todo lo que hay en nosotros procede de El; de donde se sigue que, siendo nuestras ideas o nociones cosas reales y que vienen de Dios, en tanto en cuanto son claras y distintas no pueden ser sino verdaderas. De modo que, si a menudo tenemos bastantes que contienen falsedad, sólo pueden ser aquellas que tienen algo confuso y oscuro, a causa de que en ello participan de la nada, es decir, que sólo se nos presentan de esa manera confusa porque nosotros no somos perfectos. Y es evidente que no hay menos repugnancia en que la falsedad o la imperfección procedan de Dios, en tanto que tal, que en que la verdad o la perfección procedan de la nada. Pero si no supiésemos que todo lo real y verdadero que hay en nosotros vienen de un Ser perfecto e infinito, por claras y distintas que fuesen nuestras ideas, no tendríamos ninguna razón que nos asegurase que poseían la perfección de ser verdaderas. Ahora bien, una vez que el conocimiento de Dios y del alma nos ha garantizado la certeza de aquella regla, es muy fácil conocer que las fantasías que imaginamos estando dormidos no deben hacemos dudar en modo alguno de la verdad de los pensamientos que tenemos estando despiertos. Pues si ocurriese que, aun estando durmiendo, se tuviera alguna idea muy distinta, por ejemplo, que un geómetra inventase alguna
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nueva demostración, el sueño no le impediría ser verdadera; y en cuanto al error más ordinario de nuestros sueños, que consiste en que nos representan diversos objetos de la misma manera que lo hacen nuestros sentidos exteriores, no importa que nos dé motivo para desconfiar de tales ideas, puesto que también ellas nos engañan con bastante frecuencia sin que durmamos, como cuando los que padecen ictericia lo ven todo de color amarillo, o cuando los astros u otros cuerpos muy lejanos nos parecen mucho más pequeños de lo que son. Porque, en fin de cuentas, ya estemos despiertos o ya durmamos, nunca debemos dejarnos persuadir más que por la evidencia de nuestra razón. Y nótese que digo de nuestra razón, y no de nuestra imaginación ni de nuestros sentidos. Así, aunque vemos el sol muy claramente, no por eso debemos juzgar que sea del tamaño que lo vemos, y podemos imaginarnos muy distintamente una cabeza de león injertada en el cuerpo de una cabra, sin que por ello sea ncesario concluir que haya en el mundo una quimera. Porque la razón no nos dicta que lo que vemos o imaginamos de ese modo sea verdadero, sino solamente que todas nuestras ideas o nociones deben tener algún fundamento de verdad, ya que, de lo contrario, no sería posible que Dios, que es perfectísimo y absolutamente veraz, las hubiese puesto en nosotros; y, como nuestros razonamientos no son nunca tan evidentes ni tan completos durante el sueño como durante la vigilia, aunque a veces nuestras imaginaciones sean en aquél tanto o más vivas y expresas, nos dicta también que, no pudiendo ser verdaderos todos nuestros pensamientos, por no ser nosotros enteramente perfectos, lo que tienen de verdad debe infaliblemente encontrarse en los que tenemos estando despiertos, más bien que en los de nuestros sueños.

QUINTA PARTE
ORDEN DE CUESTIONES EN FÍSICA

Mucho me agradaría continuar mostrando aquí la cadena completa de las demás verdades que de estas primeras deduje, pero como para eso necesitaría hablar ahora de varias cuestiones que están en discusión entre los doctos, con los que no deseo malquistarme, creo que será mejor que me abstenga de ello y que diga solamente en términos generales cuáles fueron aquéllas, a fin de dejar juzgar a los más sabios si sería útil dar al público una información más detallada de su contenido. Permanecí firme en la resolución que había tomado de no suponer ningún otro principio que aquel de que acabo de servirme para demostrar la existencia de Dios y del alma, y no aceptar cosa alguna como verdadera que no me pareciese más clara y cierta que lo habían sido antes las demostraciones de los geómetras; y, sin embargo, me atrevo a decir que no sólo encontré el medio de satisfacerme en poco tiempo con respecto a las principales dificultades de que se acostumbra a tratar en la filosofía, sino que también advertí ciertas leyes que Dios ha establecido de tal manera en la Naturaleza, y de las cuales imprimió en nuestras almas tales nociones, que después de haber reflexionado sobre, ellas suficientemente no podríanlos dudar de que se cumplan con exactitud en todo lo que hay o acontece en el mundo. Después, considerando la consecuencia de estas leyes, me parece haber descubierto varias verdades
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