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¿SOLIDARIDAD U OBJETIVIDAD?

– RORTY (RESUMEN)

Los seres humanos reflexivos intentan dar un sentido a su vida de dos maneras principales. La
primera es narrando el relato de su aportación a una comunidad. La segunda manera es
describirse a sí mismos como seres que están en relación inmediata con una realidad no
humana. Afirmo que el primer tipo de relatos ilustran el deseo de solidaridad, y los del
segundo tipo ilustran el deseo de objetividad. Cuando una persona busca la solidaridad no se
pregunta por la relación entre las prácticas de una comunidad elegida y algo que está fuera de
esa comunidad. Cuando busca la objetividad, se distancia de las personas reales que le rodean
vinculándose a algo que puede describirse sin referencia a seres humanos particulares.
La tradición de la cultura occidental centrada en torno a la noción de búsqueda de la Verdad,
es el más claro ejemplo del intento de encontrar un sentido a la propia existencia
abandonando la comunidad en pos de la objetividad.
Quienes desean fundar la solidaridad en la objetividad —llamémosles «realistas»— tienen que
concebir la verdad como correspondencia con la realidad. Han de construir una epistemología
que dé cabida a algún tipo de justificación no meramente social sino natural, que derive de la
propia naturaleza humana, y posibilitada por un vínculo entre esa parte de la naturaleza y el
resto de la misma. En cambio, quienes desean reducir la objetividad a la solidaridad —
llamémosles «pragmatistas»— no precisan una metafísica o una epistemología. Conciben la
verdad como aquello en que nos es bueno creer. Por ello, no necesitan una explicación de la
relación entre creencias y objetos denominada «correspondencia», ni una explicación de las
capacidades cognitivas humanas que garantice que nuestra especie es capaz de establecer
semejante relación. Consideran que la distancia entre verdad y justificación no puede salvarse
aislando un tipo de racionalidad natural y transcultural sino simplemente como la distancia
entre el bien real y el posible mejor. Para los pragmatistas, el deseo de objetividad no es el
deseo de evitar las limitaciones de la propia comunidad, sino simplemente el deseo de un
consenso intersubjetivo tan amplio como sea posible, el deseo de extender la referencia del
«nosotros» lo más lejos posible.
El relativismo designa normalmente tres concepciones distintas. La primera es la concepción
según la cual una creencia es tan buena como cualquier otra. La segunda es la idea de que
«verdadero» es un término equívoco, que tiene tantos significados como procedimientos de
justificación existen. La tercera es la concepción de que no puede decirse nada sobre la verdad
o la racionalidad aparte de las descripciones de los procedimientos de justificación conocidos
que una determinada sociedad —la nuestra— utiliza en uno u otro ámbito de indagación. El
pragmatista sostiene la tercera concepción, etnocéntrica. El pragmatista defiende la idea
puramente negativa de que debemos desechar la distinción tradicional entre conocimiento y
opinión, concebidos como la distinción entre verdad como correspondencia con la realidad y
verdad como término recomendatorio de las creencias justificadas. El pragmatista no tiene
una teoría de la verdad, y mucho menos una teoría relativista. Como partidario de la
solidaridad, su explicación del valor de la indagación humana en cooperación sólo tiene una
base ética, y no epistemológica o metafísica. La cuestión de si la verdad o la racionalidad
tienen una naturaleza intrínseca es simplemente la cuestión de si nuestra concepción de
nosotros mismos debe concebirse en torno a una relación con la naturaleza humana o en
torno a una relación con una colección particular de seres humanos, es decir, de si deseamos
la objetividad o la solidaridad. El pragmatista «conocimiento» es como «verdad», simplemente
un cumplido que prestamos a las creencias que consideramos tan bien justificadas que, por el
momento, no es necesaria una justificación ulterior.
Putnam afirma que la noción de que la racionalidad se define por normas culturales locales.
Afirma que se trata de una teoría cientifista inspirada por la antropología, igual que el
positivismo era una teoría científica inspirada por las ciencias exactas. Decir ahora que
debemos operar de acuerdo con nuestras luces, que debemos ser etnocéntricos, no es más
que decir que deben contrastarse las creencias sugeridas por otra cultura intentando tejerlas
con las creencias que ya tenemos. Si alguna vez pudiésemos estar motivados únicamente por
el deseo de solidaridad, dejando sin más de lado el deseo de objetividad, concebiríamos que el
progreso humano hace posible que los seres humanos hagan cosas más interesantes y sean
personas más interesantes, y no como el movimiento hacia un lugar que de algún modo ha
sido preparado para la humanidad de antemano. Nuestra autoimagen utilizaría imágenes de
realizar en vez de encontrar, las imágenes utilizadas por los románticos para elogiar a los
poetas más que las imágenes utilizadas por los griegos para elogiar a los matemáticos. Por
ahora, la cuestión no es cómo definir términos como «verdad», «racionalidad»,
«conocimiento» o «filosofía», sino qué autoimagen debería tener nuestra sociedad de sí
misma. La invocación ritual de la «necesidad de evitar el relativismo» puede comprenderse
mejor como expresión de la necesidad de mantener ciertos hábitos de la vida europea
contemporánea. Éstos son los hábitos alimentados por la Ilustración, y justificados por ésta en
términos de apelación a la Razón, concebida como capacidad humana transcultural de
correspondencia con la realidad, una facultad cuya posesión y uso vienen demostrados por la
obediencia a criterios explícitos. Así, la verdadera cuestión sobre el relativismo es la de si estos
mismos hábitos de la vida intelectual, social y política pueden justificarse mediante una
concepción de la racionalidad como un ensayismo sin criterio, y por una concepción
pragmática de la verdad. Creo que la respuesta a esta cuestión es que el pragmatista no puede
justificar estos hábitos sin circularidad, pero tampoco puede hacerlo el realista. El pragmatista
admite que no tiene un punto de vista ahistórico desde el que suscribir los hábitos de las
democracias modernas que desea elogiar. Estas consecuencias son precisamente las que
esperan los partidarios de la solidaridad. Pero entre los partidarios de la objetividad surgen, de
nuevo, temores al dilema compuesto por el etnocentrismo, por un lado, y el relativismo, por
otro. U otorgamos un privilegio especial a nuestra propia comunidad, o pretendemos una
tolerancia imposible para todos los demás grupos. Nosotros los intelectuales liberales
norteamericanos deberíamos aceptar el hecho de que tenemos que partir de donde estamos,
y que esto significa que hay numerosas perspectivas que simplemente no podemos tomar en
serio. Por utilizar la conocida analogía de Neurath, podemos comprender la idea revolucionaria
de que no se puede hacer un barco que pueda navegar a partir de las tablas que componen el
nuestro, y de que simplemente hemos de abandonar el barco. Pero no podemos tomarnos en
serio esa sugerencia. No podemos tomarla como regla de acción, por lo que no es una opción
viva. Ser etnocéntrico es dividir la especie humana en las personas ante las que debemos
justificar nuestras creencias y las demás. El primer grupo —nuestro ethnos— abarca a aquellos
que comparten lo suficiente nuestras creencias como para hacer posible una conversación
provechosa. Lo trastornado en la imagen del pragmatista no es que sea relativista, sino que
elimina dos tipos de consuelo metafísico a los que se ha acostumbrado nuestra tradición
intelectual. Uno es la idea de que la pertenencia a nuestra especie biológica lleva consigo
determinados «derechos. El segundo consuelo es el que proporciona la idea de que nuestra
comunidad no puede morir totalmente. El pragmatista renuncia al primer tipo de consuelo
porque piensa que decir que determinadas personas tienen determinados derechos no es más
que decir que deberíamos tratarlas de determinado modo. No es ofrecer una razón para
tratarlas de ese modo. En cuanto al segundo tipo de consuelo, sospecha que la esperanza de
que algo parecido a nosotros heredará la tierra es imposible de erradicar, tan imposible como
erradicar la esperanza de sobrevivir a nuestra muerte individual mediante una transfiguración
satisfactoria. Pero no desea convertir esta esperanza en una teoría de la naturaleza del
hombre. Desea que la solidaridad sea nuestro único consuelo, y que se conciba como algo que
no exige soporte metafísico. La sugerencia pragmatista de sustituir el fundamento
«meramente» ético por nuestro sentimiento de comunidad se formula por razones prácticas.
No se formula como corolario de la tesis metafísica de que los objetos del mundo no contienen
propiedades intrínsecamente rectoras de la acción, ni de una tesis epistemológica de que
carecemos de una facultad de sentido moral, ni de una tesis semántica de que la verdad es
reductible a justificación. Es una sugerencia sobre cómo podemos concebirnos a nosotros
mismos para evitar el tipo de retraso resentido que actualmente caracteriza a una gran parte
de la cultura superior. Este resentimiento surge de la constatación, a la que me referí al
comienzo de este capítulo, de que a menudo se ha vuelto rancia la búsqueda de objetividad de
la Ilustración. Para nosotros los pragmatistas, el valor de los ideales de la Ilustración es
precisamente el valor de algunas de las instituciones y prácticas que dichos ideales han creado.
En este ensayo he intentado distinguir estas situaciones y prácticas de su justificación por los
partidarios de la objetividad, y sugerir una justificación alternativa.