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Un regalo del más

allá

Autora: Mariangeles Yaraure.
Zoemi Zambrano.



Sinopsis
Esperando darle un giro a su vida, Samantha Strike, de veintitrés años de
edad, asistente de una funeraria, nunca pensó que fuera la indicada en
todo Cleveland para ayudar a un joven fantasma.
Joshua, de veintiséis años de edad, utiliza inusuales técnicas para
convencerla de realizar una búsqueda con el fin de encontrar su mayor
deseo, perdido ya hace cinco años.
Ésta, convencida de que es la única manera en la que se libraría de su
fantasma, consigue en él a un amigo y una manera de salir de su molesta
rutina.



―Titi, titi, titi‖. La alarma llenó el entorno soñador y oscuro. Insistente, el
aparato logró que sacara estúpida y torpemente mi mano hasta llegar a la
mesa de noche que se encontraba a un lado de la cama. Busqué el botón
de apagado y lo pulsé. El silencio lleno de nuevo la habitación. Tenía que
despertarme y lentamente abrí mis ojos. Me senté a un costado de la
cama, me estiré y sentí un estremecimiento bastante agradable que
invadió todo mi cuerpo.
Como es de costumbre, tomé un baño y cepillé mis dientes, seguido de mí
cabello. Abrí mi armario en busca de una prenda para vestir. Vaqueros,
camiseta y zapatillas fueron mis elecciones.
El aroma del café recién hecho se filtró de forma sigilosa llegándome a la
nariz. Así empezaban todos mis días de trabajo como asistente en la
funeraria.
Salí apresurada hacia la cochera y encendí el motor del auto. Un Audi A4.
No es un auto del que deba sentirme orgullosa ni mucho menos
avergonzada, pero los autos no eran lo mío, lo mío era caminar. Pero al fin
y al cabo era un regalo de mi madre, Caroline Strike. La hermosa y única
madre que tengo, porque no me atrevería a llamar a Jannet-Maldita-
Kennedy, mi madre. La persona que me dio la vida, pero me abandono en
mi infancia. Drogadicta hasta el cabello y, afortunadamente, muerta.
Tomé camino hacia el trabajo, todo parecía estar normal. Todos en mi
vecindario hacían sus rutinas matutinas sin ningún problema. Lo único
que yo necesitaba era distracción.
Al llegar al trabajo, mi jefe, Jason Taylor, un hombre de contextura gruesa,
de ojos totalmente oscuros y de unos cincuenta y dos años de edad, me
saludo cordial y seco, como de costumbre.
—Buenos días, Samantha.
—Buenos días, Sr. Taylor. —respondí, amablemente.
El trabajo, en sí, es sencillo: ocurre un fallecimiento (hospital, domicilio,
residencias de ancianos, accidentes de todo tipo, lo que sea), nos mandan
(si es fuera de horas, van los de guardia), se traslada el cadáver (al
tanatorio o al anatómico forense), se prepara y se lleva a enterrar o
CAPÍTULO 1



incinerar. En resumen, y deshumanizándolo un poco (y es la única
manera de trabajar en esto): recogida, preparación y transporte.
El horario es un poco caótico. Trabajo seis días y libro tres. El primer día,
es turno de oficina (más conocido como T), el segundo y tercero estoy de
guardia (la B), el cuarto de F (no tiene nombre, es día de F, ya está), y el
quinto y sexto de A (lo mismo, día de A). Se está de 7:30 a 13:00 y de
15:00 a 18:30 en algunos casos. Al principio es un lío, hasta que se lo
aprende uno. El mayor problema es que dejan de existir los lunes, jueves o
domingos. La semana pasa a ser T, B, F, A o primer, segundo y tercer día
libre. De siete días a la semana, se pasa a nueve. Pero a todo se
acostumbra uno.
La parte más desagradable y dura es, como todos se imaginarán, la
recogida y preparación de los cadáveres. La inmensa mayoría de los avisos
es por gente mayor, pero no se puede evitar toparse a veces con gente más
joven, o incluso niños y bebés. Y estos últimos casos sí que son duros.
Otro tema desagradable es lo de los accidentes (de tráfico, laborales,
avionetas incluso... de todo), los suicidas (ahogados, ahorcados,
edificios...), y los cuerpos que aparecen al cabo de días y días... y semanas.
Estos últimos, causas no naturales, son los que se llevan al anatómico
forense, donde se realiza la autopsia. A grandes rasgos, se llega, se mira
cómo está todo, y se recoge el cuerpo en una de esas bolsas tan conocidas
por las películas. Sobra decir que siempre, para todo, guantes. Y si hace
falta, botas, monos y mascarillas (en plan bestia: cubren la cabeza entera,
con filtros dobles, cristal, permiten hablar, etcétera... No dejan oler nada).
En contra de lo que pueda parecer, peor que ver algo, es olerlo.

Hay mucha gente que me dice que qué asco de trabajo, que qué
desagradable, que cómo puedo hacerlo, tanta sangre, y todo eso. Es mala
fama, porque a un médico, se le muere la gente en las manos, lo mismo
que a sanitarios que acuden a accidentes. Un bombero tiene que
excarcelar cadáveres de amasijos de hierros, y los buzos de policía rescatar
cadáveres ahogados o desaparecidos. En una residencia, los trabajadores
hacen amistad con los internos, que de un día para otro mueren. El
trabajo no es agradable en ese sentido, para que engañar, pero no es desde
luego, el único que está en contacto con un tema tan temido como es la
muerte.
La preparación: es lo otro que puede resultar desagradable. Mucha gente a
la que lo de recoger cadáveres no le asusta, se echa atrás cuando se



enteran que hay que prepararlos para que los familiares lo vean. Que hay
que tocarlos. Para esto, sólo hay una manera de aprender, y es la práctica,
como en todo. Se pueden llegar a hacer maravillas, con un poco de
paciencia y maña, se puede arreglar cualquier accidente. Cualquiera. Para
esto también hay cursos, donde se enseñan nuevas técnicas, productos y
demás historias.
El traslado... Si te gusta conducir, aquí vas a hacerlo, pero sin llegar a
hartarte. La mayoría son viajes a pueblos cercanos, pero también hay
traslados a enterrar en otras ciudades más lejanas, a clínicas
universitarias (si han donado el cadáver para estudio), o a otros tanatorios.
Los coches son casi en su mayoría Mercedes clase E (tenemos un Volvo
también), largos, muy largos, pero bastante manejables. Aparte hay que
conducir una furgoneta (FIAT Ducato) para hacer las recogidas. Al final, la
furgoneta, se lleva como si fuera un utilitario (parece mentira pero, ¡cabe
en cualquier sitio!).
Las situaciones en las que uno se puede ver, son:
1. Las familias: muchas veces toca ver auténticos dramas familiares,
que a veces dan ganas de echarse a llorar.
2. Adiós fines de semana y fiestas. Al trabajar seis días y librar tres,
caigan como caigan, los fines de semana dejan de existir.
3. Horas muertas: esto no es una fábrica, no hay una cadena de
montaje que nunca pare. Puede parecer raro, pero cuando no hay
trabajo, el estar 3 ó 4 horas seguidas, sin hacer nada, acaba
machacando. Si hay trabajo, porque hay trabajo. Si no lo hay,
porque no lo hay. El caso es que se llega a casa sin ganas de nada,
más que tumbarse.
4. Nunca sabes a quién verás: compañeros míos se han encontrado con
familiares, amigos íntimos, vecinos, etc. En casos así, sobra decir
que siempre se ofrece un compañero a hacer tu trabajo. A mí lo más
que me ha tocado, mi padre (recoger, preparar e incinerar), y
algunos conocidos y familiares de amigos.
Pero aparte de todo lo malo de este trabajo, no fue un día difícil, era la
misma rutina que había estado llevando hace algunos meses atrás.
Aunque a veces se me hace difícil este trabajo, ver todos los días a
personas muertas, ya sea por causa natural o violenta, era algo que me
alejaba del mundo de los vivos. Por esta razón, quizá, era que me
encontraba tan sola.



Sola. Física y emocionalmente. Tan sólo veía a mi madre los jueves y días
festivos, y con eso a algunos integrantes de mi familia. En mi trabajo, aún
no había hecho una relación con nadie que no fuera profesional.
Sinceramente, quería algo que iluminara mi vida, ya fuera de buena o
mala manera. Estaba cansada de lo mismo. De la misma soledad de
siempre, no me hacía bien.
























Era una noche oscura y tormentosa, de repente desperté con dolor de
cabeza, miedo y escalofríos. Había tenido una pesadilla, no recuerdo con
exactitud de qué se trataba pero sé que no era agradable. Las ventanas
estaban abiertas, las cortinas transparentes de lino se movían al ritmo de
la brisa acompañada por de los movimientos de las ramas, las siluetas de
estas se pasmaban en las paredes color crema de mi habitación. Del lado
derecho de mi cama se encontraba mi armario. Del lado izquierdo, mi
mesa de noche. Esta estaba acompañada con una lámpara que iluminaba
un poco la habitación con una luz tenue blanca, a su lado algunos discos
y el libro que había leído la noche anterior. Y, por supuesto, mi
despertador.
No podía conciliar el sueño. Esto solía ocurrirme con frecuencia, pero ese
momento fue diferente, eran los 2:56 a.m. cuando desperté y no había sido
por cuenta propia.
De repente sentí un escalofrío por todo mi cuerpo seguido de que la sangre
que circulaba por mis venas me calentara por dentro. Había alguien en mi
habitación, no estaba sola. Llamé, alarmada, pero nadie contestó. Hice
otro intento, pero dio el mismo resultado.
—Calma. —dijo alguien en la lejanía con una voz ronca, pero dulce y
realmente suave.
— ¿Quién está ahí? —exigí.
—Mi nombre es Joshua Hazel, no te haré daño.
— ¿Qué es lo que quieres? ¿Cómo entraste? —dije alarmada.
—Entré por la ventana, solo quiero hablar contigo. –el extraño hombre
hablaba como si de algo normal se tratase.

—Nadie aparece en la habitación de una extraña de un momento a otro
solo porque quiera hablar. —dije molesta. Esto no era posible. La idea de
que un completo extraño supiera donde vivía, era abrumadora —No te
quiero aquí, vete. —dije levantándome lentamente de la cama, buscándolo.
CAPÍTULO 2



El hombre se acercó lentamente hacia mí. Su apariencia era de un hombre
alto, de un metro setenta, aproximadamente, de buen estado físico, tez
clara y suave, cabello castaño peinado hacia atrás pero desordenado y
unos ojos verdes preciosos. Vestía una camiseta con un color azul cobalto
y sin gracia, unos vaqueros doblados por encima del tobillo y unos zapatos
en punta de color negro.
—No te haré daño, lo juro. —dijo, con una mirada oscura y
manipuladora. Procedió a tomar asiento en uno de los sillones cerca de mi
ventana, curveando su torso, inclinando su cabeza hacia adelante
poniéndola sobre las palmas de sus manos.
Me quedé sin palabras. Es decir, no lo conocía, ¿Qué se supone que tenía
que decir? Estaba furiosa porque un extraño estaba en mi habitación, pero
al mismo tiempo estaba desconcertada, tenía miedo, no entendía nada.
Me acerqué un poco y le advertí:
—Llamaré a la policía.
Levantó su cabeza, dirigiendo su mirada hacia mí. Sus ojos estaban
enrojecidos.
—No, no lo harás.
— ¿No me crees capaz? —le dije mirándolo fijamente a los ojos,
desafiándolo. —Observa.
Caminé hasta el teléfono que estaba en la mesa del computador y marqué
el 911. No iba a llamar, sólo lo estaba retando.
—De acuerdo. Te creo, te creo. No llames. —se acerco a mí, tomó mi
mano quitándome de ella lentamente el teléfono. —Por favor.
Traté de contener la rabia y la desesperación. Y pensé en las posibilidades
de que probablemente estaba lidiando con un intruso. Primero, había
entrado a mi casa sin aviso. Segundo, se atrevió a tocarme. Tercero…
¡simplemente era un intruso!
—No… me… toques… —balbucee. — ¡No me toques! —repetí con
firmeza, alejándolo de mi.
—Tranquila Sam.
— ¿Sam? ¿CÓMO SABES MI NOMBRE? –le grité furiosa.
—Sé mucho más que tu nombre, Samantha.
¿Qué quería él decir con eso? ¿Cómo podría el saber de mi si yo a penas y
sabía su nombre? Y ni siquiera obtuve esa información de manera



agradable. Esto me decía que no era una casualidad que entrara aquí.
¿Éste hombre había estado espiándome? ¿Y qué es eso de llamarme Sam?
Nadie me había llamado así desde que murió mi padre. Él no sería la
excepción.
—No me gusta que sepas quién soy ni dónde vivo. Vete. ¡Ahora! —
ordené.
Caminó lentamente hacia la ventana hasta quedar de espaldas a ella.
—Está bien —dijo y antes de que lo pudiera impedir, desapareció.
Justo en el momento en el que desapareció, salí corriendo hacia la ventana
a ver si había saltado, esperaba un cuerpo desparramado en el suelo
envuelto en sangre, pero no había nada. Se había evaporado. Permanecí
quieta en mi lugar mirando al vacio por no sé cuánto tiempo. Esto no
podía estar pasando. ¿Acababa de presenciar un acto paranormal o sólo
estaba soñando? No era real, no para mí.
Cuando al fin reaccioné cerré ventanas y puertas y me detuve a pensar en
lo ocurrido. Sacudí la cabeza para descartar los pensamientos dentro de
ella. ¿Qué se suponía que había sido todo eso? Volví a la cama tratando de
recuperar el sueño. Cerré los ojos y me relajé, luego quedé profundamente
dormida.
Yo quería salir de mi rutina… Pero él no estaba en mis planes.


Al pasar los días seguía viendo a Joshua. Lo veía por las calles, en los
rostros de las demás personas, en los anuncios. En una ocasión, hasta
llegué a ver su cuerpo en uno de los ataúdes de la funeraria, su alma yacía
junto a él, mirándome, sonriéndome. Creí que estaba al borde de la locura.
Mis alucinaciones se estaban volviendo parte de mi vida. Este hombre
estaba volviéndome loca.
Una noche en la que llegue de casa de mi madre Caroline, Joshua estaba
ahí, en mi habitación, sentado en el mismo sillón de la vez pasada. No era
una alucinación, era él.
CAPÍTULO 3



— ¡AAAAAAAH! —Grité — ¿Qué haces aquí? ¿Cómo entraste? ¿Por
qué has venido? No estoy loca, te he visto, tú me sigues ¡¿POR QUÉ TE
VEO EN TODOS LADOS?! ¡¿QUIÉN ERES?!
—Si te calmas, tal vez te lo podría explicar. —dijo con una calma que
desconocí.
— ¡No puedo calmarme! ¡No me pidas semejante cosa!
—Ya lo hice. —tomó mi brazo y me acerco a él. Luego me susurró al
odio: —Vas a ayudarme. Y no es una petición, es una orden.
Me estremecí ante su roce y su tono de voz. Sonaba fría y mandona. Se me
hizo un nudo en mi garganta, estaba nerviosa.
— ¡Aléjate de mí! —exclamé con dificultad.
—Eres demasiado terca y difícil.
— ¿Cómo esperas que reaccione? ¡No cualquiera se siente bien al
estar con un total extraño en su habitación a altas horas de la noche!
Nadie lo hace. ¿Quién podría? Estoy segura de que cualquiera en mi lugar
se alarmaría.
—Tan sólo quiero… No, corrijo. Tan sólo tienes que hacerme un
favor. —dijo mientras caminaba por mi habitación examinando cada cosa.
Buscando algo, quizás.
—No haré nada de lo que me pidas.
Esas palabras no le agradaron en lo absoluto, porque acto siguiente se
detuvo, volteo hacia mí, y luego, nuevamente, tomó mi brazo y me sentó
drásticamente en el sillón.
—Lo harás. —su mirada no fue nada encantadora.
—No lo creo, no hay nada que puedas hacer al respecto. —dije
mientras me levantaba rápidamente del sillón.
— ¿Eso crees? — preguntó con un tono lleno de maldad.
Perdió el control de sus movimientos y ésta vez tomó mi cuello y lo sujetó
con tal fuerza que pensé que en ese momento moriría. En su mirada no
había nada, tan solo oscuridad y rabia. Lo que fuese que éste hombre
fuera a pedirme, no podía ser ni sano ni legal.



Traté de apartar su mano de mi cuello, pero mi fuerza era insuficiente, él
era muy fuerte. Reaccionó ante mi roce y me soltó, pero pude notar que
quería seguir haciéndome daño por no hacer lo que quería. Vi de lo que era
capaz.
—Iré directo al grano —suspiró —Soy una especie de fantasma, morí
hace cinco años. No es la gran cosa esto de la muerte, es cansado, a decir
verdad. El punto es que necesito encontrar mi cuerpo antes de que mi
tiempo se agote y mi alma no pueda descansar. He perdido mi paciencia y
mi esperanza, mi única salvación eres tú. Y créeme, lo eres. Sino no
estuviera aquí perdiendo mi tiempo. Lo que quiero que hagas es que
busques mi cuerpo.
Sádico. Demente. Aléjate de mí para siempre.
Mantuve la calma, traté de que no viera ni sintiera mi miedo, me senté de
nuevo en el sillón desviando la mirada y esperando que mi voz no me
defraudara y se quebrara, dije:
—Entonces... Joshua. ¿Quieres recuperar tu cuerpo, no? ¿Qué gano
yo con esto? ¿Cómo piensas que lo haré si ni siquiera me lo has pedido de
buena manera? ¡¿Y QUÉ CLASE DE PERVERTIDO ERES?! —está bien,
quizás con eso último me haya excedido, pero él ya se había excedido
bastante.
—Sí, recuperar mi cuerpo es lo único que deseo. Lo deseo bastante,
Samantha. No ganas nada. Pero te advierto, puedo, y lo haré si no me
ayudas, obtener todo el control sobre ti y haré contigo lo que se me pegue
la gana. Y créeme, tengo una lista bastante extensa. Esto solo si no me
ayudas, en cambio si lo haces podría darte una pequeña recompensa.
¿Pedírtelo de buena manera? Es decir, ¿diciendo por favor? No, ese no es
mi estilo. No soy ningún pervertido, tan sólo estoy… desesperado por
encontrar mi cuerpo y acabar con esto.
—No será nada fácil encontrar tu cuerpo y menos si moriste hace
tanto. ¿Cinco años? Tengo que buscar bastante. Lo menos que puedes
hacer es decir por favor. No te cuesta nada, vamos, ¡dilo!
—Por favor, Samantha. Ayúdame a buscar mi cuerpo. —dijo
derrotado, su voz sonó verdaderamente dulce y un poco burlona, pero no
podía caer. Hace poco había tratado de matarme y tiene una lista bastante



extensa de cómo hacerme sufrir si no hago lo que quiere. No puedo
simplemente acceder.
—No, lo siento, casi me matas.
—No me hagas volver a intentarlo. — ¿Cómo demonios su voz podía
pasar de ser dulce a intimidante de un momento a otro?
—Está bien. Cálmate. Ninguno de los dos me quiere muerta. — Al
menos yo no.
— ¿Qué te hace pensar que yo no quiero eso?
—Me necesitas para encontrar tu cuerpo. Si me matas, no podré
hacerlo.
—Buen punto. ¿Me ayudarás?
— ¿Acaso me darás otra opción?
—Tenemos un trato entonces.




Miraba el techo de la habitación, pensando en lo ocurrido. Ya el fantasma
usurpador de cuartos se había ido dejándome con un mar de preguntas.
¿Qué estás haciendo, Samantha? ¿En qué te metiste? ¿Cómo es que
simplemente accediste? Y esa manera tan tranquila de tomar las cosas no
es apta de ti. ¿Te estás volviendo verdaderamente loca? No harás nada de
lo que este hombre te pida. ¿Un trato? No. Si se vuelve a aparecer por acá,
llamarás a la policía inmediatamente, sin darle tiempo de hacerte cambiar
de opinión. Tendrás que ser más rápida y hábil que él. Querías cambiar tu
rutina y darle un giro, pero esta no es la manera.
CAPÍTULO 4



Aunque… hay que admitir que ante semejante hombre… No. Es sólo un
extraño y quizás un ladrón o un violador, quien sabe que sea. Tengo que
averiguar más sobre él.
Cambie rápidamente mi ropa y me puse un pantalón de pijama y una
camiseta. Lavé mi cara, cepillé mis dientes y sujeté mi cabello ondulado y
castaño en una coleta alta, luego me aseguré de que todo estuviera en
orden, al parecer aparte de haber enloquecido también me había puesto
paranoica por culpa de Joshua.
Por ahora tenía que descansar, estaba exhausta. Apenas me había
recostado cuando ya estaba en un profundo sueño, alejada de toda la
locura que había vivido.

****
A la mañana siguiente, mi despertador no había hecho su trabajo, por lo
que mi hora de levantarme había pasado. Al despertarme eran las 8:00
a.m., media hora de retraso. Me levanté de la cama con tal rapidez que creí
que en un momento mis pies fallarían y caería, pero no fue así.
Tome un baño rápido, cepille mis dientes y trate de que mis ondas
permanecieran en su lugar moldeándolas un poco. Busque rápidamente
en el armario algo sencillo de ponerme; jean, camiseta y un par de botas
deportivas.
—Ya es muy tarde, tendré que tomarme un café en el trabajo. —dije,
sin ganas.
Al llegar, emprendí mi búsqueda por el supuesto cuerpo de Joshua, la
curiosidad ya se estaba apoderando de mi. Busqué en las oficinas



historiales de incineración, pero no había ni siquiera un cuerpo con el
nombre de Joshua Hazel, al menos no en el tiempo que él me había dado.
¿Cinco años atrás? Esos archivos no podían estar aquí. Busque en los de
simple preparación y traslado, pero solo había un Joshua Adams y no
tenían ni un parecido. Al final opte por hacer una búsqueda por su causa
de muerte pero en ese momento me di cuenta de que no lo sabía, no tenía
ni idea de cómo había muerto.
—Oh Joshua ¿Dónde estás cuando te necesito?
—Justo aquí, Sam.
Me sobresalté al escuchar su voz a mis espaldas, no estaba ahí hace unos
minutos. Su cara era serena y su posición completamente cómoda con el
codo apoyado sobre la mesa.
— ¿Cómo…?
—No creerías que te iba a dejar sin vigilancia cuando es mi cuerpo el
que depende de ti, ¿o sí? —Su mirada era divertida, como si fuera un
chiste — ¿Has encontrado algo?
—Nada —dije con un hilo de voz, decepcionada de mi misma —Me
ayudaría saber qué te pasó.
—Yo… No lo sé. En un minuto me encontraba con mis amigos jugando
al pool y al siguiente… Aquí estoy, muerto. —su tono fue indiferente, como
si la muerte fuera un juego para él.
¿Cómo podría no saberlo? Parecía que no le interesara, que no quisiera
saber de su vida antes. Yo no hacia milagros y necesitaba saber de él si
quería encontrar su cuerpo.
—Creo que no entiendes lo complicado de la situación —dije ya
agobiada de su actitud —Miles de personas mueren al año y tú lo hiciste
hace ya cinco años, ya es difícil sin agregar el hecho de que ni sabes dónde
o como falleciste. Si de verdad esperas que consiga tu cuerpo, tienes que
contarme sobre ti.
Su mirada se tornó cautelosa, escondiendo todas aquellas cosas que no
quería contarme, miles de secretos que no me gustarían escuchar.
—Si es lo que necesitas, lo haré. Pregunta.



—Bien. —Busqué las preguntas adecuadas y necesarias para
encontrarlo y librarme de él, sin darle libertad a mis dudas personales —
¿Qué es lo último que recuerdas?
Cerró los ojos, buscando la respuesta, supongo, mientras pensaba su cara
se torno pálida, como si ese recuerdo lo enfermara. Abrió su boca pero
ninguna palabra salió, posó sus dedos sobre su barbilla, pensativo.
—No puedo recordarlo, trato pero no sirvo bajo tensión —se acercó poco
a poco hasta quedar a centímetros de mí —Ayúdame a recordar.
Sujetó mi mano y la puso en su mejilla, cerrando así sus ojos lentamente
mientras una sonrisa se asomaba por su rostro. No moví ni un musculo,
por la sorpresa quizás; su tacto me erizó la piel, me era familiar pero no de
la manera en que lo había hecho la primera vez, no me incomodaba y esta
vez era más suave.
Pasaron unos segundos hasta que las palabras salieron de su boca, pero
sus ojos permanecieron cerrados.
—Recuerdo un dolor punzante por todo mi cuerpo, el sonido de
abucheos de mis supuestos amigos y el deseo de acabar con todo ese
sufrimiento. —su sonrisa se había desvanecido —Luego sólo quedó el
dolor, estaba solo.
Me estremecí ante su corta memoria.
—También escuché un disparo. Pero… aunque suene inusual, no
recuerdo si fue hacia mi o hacia otra persona. Y hasta ahí llega mi
recuerdo. No hay más.
—Es un inicio… ahora mi búsqueda puede ser más sencilla. Gracias,
Joshua. —dije más relajada de lo que debería. Sobre todo por su toque, su
sorpresivo toque.




















De alguna manera conseguí que la búsqueda del cuerpo no interfiriera con
mi trabajo.
Seguía sorprendida por el modo en el que Joshua se había abierto
conmigo, normalmente, era seco, reservado e irritante, sobre todo irritante,
me hacía perder la paciencia rápidamente, por lo que no comprendía
porque me sentía a veces tan segura con él. Pensé en nuestra última
conversación durante todo el día, en la forma diferente en la que me sentí
con él.
Había llegado a la conclusión de que a pesar de todo, confiaba en mí. Al
menos eso decía una parte de mí, la otra me aseguraba que era un
pequeño sacrificio con el fin de encontrar su cuerpo, simple egoísmo. Alejé
esa idea antes de que se adueñara de mi mente y no me dejará trabajar.
Alguien había interrumpido mis pensamientos golpeando la pared de mi
cubículo.
CAPÍTULO 5



— ¿Te queda mucho por hacer? Los chicos queremos ir a beber algo en
el bar de la esquina, ¿te anotas? —Era Daniel, un colega del trabajo, el
más allegado aunque eso no era decir mucho
—Pronto termino pero no creo que este de ánimos para eso…
—Lo entiendo, estas agotada. Entonces te veré mañana.
Se despidió con la mano y caminó en dirección a la puerta cuando me vino
la idea.
— ¡Daniel! ¡Espera! —Salí corriendo hasta acercarme lo suficiente —Se
que esto te sonará inusual y una locura, pero si necesitaras encontrar un
cuerpo que murió hace tiempo, ¿Cómo lo harías?
—Rara pregunta, Samantha —dijo entre risas.
—Hipotéticamente, claro.
—Por supuesto. Creo que si es de hace tiempo no lo encontraras en los
archivos de la oficina, esos son eliminados cada tres meses para ser
guardados en la computadora central.
— ¿Computadora central?
—Es el procesador donde archivamos todas las muertes luego de que
las personas son preparadas y transportadas. Si alguien murió en
Cleveland y fue enterrado, ahí lo encontraras… Hipotéticamente.
— ¿Y donde se encuentra ese computador?
—New York.
—Muchísimas gracias —le di un pequeño beso en la mejilla y salí
corriendo sin oportunidad de darle tiempo a responder.
Me alegré ante la posibilidad de encontrar el cuerpo de Joshua sin
importar que tuviera que viajar diez horas en carro para hacerlo, me lo
podría quitar de encima de una vez por todas. Por alguna extraña razón
esa idea no fue tan placentera como quisiera que fuera pero era tentadora
a la vez, tenía que admitir que alrededor de Joshua sentía algo que me
hacia querer tenerlo cerca pero era su intimidante actitud la cual me
alejaba, y alguna veces, hasta miedo daba.



Llegué a casa buscando de comer, abrí la nevera más sólo encontré para
hacerme un sándwich. Con cada bocado iba organizando lo que haría en la
próxima semana ya que no sería fácil.
Después de un relajante baño, encendí el computador y teclee en el
buscador acerca del ‗‗Vanella's Funeral Chapel Inc‘‘, cuando conseguí lo
que necesitaba tuve la necesidad de llamar a Joshua y contarle mi nuevo
plan, uno con el que era cien por ciento seguro de que encontrara su
cuerpo, pero no sabía cómo y por error pronuncié su nombre en voz alta.
— ¿Qué se te ofrece, Sam?
Nuevamente me asusté llevándome las manos al pecho.
— ¡Tienes que dejar de hacer eso!
—Lo siento pero fuiste tú quien me llamó, ¿En qué te puedo ser útil?
—Solo quería avisarte que ya sé dónde puedo encontrar la información
necesaria para localizar tu cuerpo, aunque me costará un boleto a New
York.
En el momento en que pronuncié esas palabras sus ojos tomaron vida,
llenos de esperanza, una que hace mucho no pasaba por ahí.
— ¿Es en serio?
—Si, en New York se encuentra el archivador de todas las muertes que
han pasado por una funeraria, hayan sido o no trabajadas. Ahí tienes que
estar.
***
Las paredes se movían y veía todo doble, estos mareos fueron ocasionados
por el asqueroso vuelo de un avión con turbulencias. Oh Joshua, me debes
una muy grande. Me recosté sobre la pared esperando que las cosas
dejaran de moverse.
Ya no aguantaba los pies, mi cabeza se había desconectado del cuerpo, de
no ser por la firme mano que me agarró por el brazo me hubiera caído en
mitad de la multitud. Conocía ese roce, me era familiar.







—Me alegra que hayas sobrevivido al vuelvo de vuelta, Sam.
Asentí, apenas podía hablar.
—Espero que la hayas pasado bien allá. ¿No te metiste en problemas,
cierto? —Él seguía hablando pero yo no le podía seguir el hilo a la
conversación. — ¿Estás bien?
—Yo… ¡No! —Salí corriendo en dirección al baño más cercano y me fui
en
vomito.
Me sentía terrible, como si hubiera comido kilos de comida pero solo tenía
en el estómago una botella de agua y una pequeña bolsa de maní. Trataba
de quitarme el cabello de la cara sin éxito, era completamente
desagradable. De la nada sentí como unas manos llevaron atrás los
mechones de cabello hasta una coleta alta sujetada por la misma mano.
—Vete —alcance a decir.
—No te dejaré aquí sola, Sam.






















Desperté en mi habitación, con la luz penetrándose por la cortina y un
aroma a lavanda impregnado por todo el lugar.
— ¿Cómo rayos llegué aquí?
CAPÍTULO 6



—Cuide su lenguaje señorita. —dijo una voz conocida desde una
esquina de la habitación. —Te desmayaste en el aeropuerto y logré traerte
aquí en un taxi… No es fácil cuando nadie te ve.
—Gracias, Joshua.
Me levanté de la cama para buscar un sobre con toda la información
referente a su accidente y la localización de su cuerpo, al dárselo me miró
a los ojos con una mirada llena de dulzura, una que nunca había visto, no
en su rostro. Una con la que nunca alguien me había mirado.
—No, Sam. Gracias a ti. Yo-
—De nada. —Lo interrumpí —Supongo que esto es todo, Joshua. Ya
tienes lo que querías. ¿No es así? —no podía controlar las palabras que
salían de mi boca, al parecer me había adentrado tanto en esta búsqueda
que no quería que se acabara, ni que él se fuera. No estaba intentando ser
arrogante, pero no podría admitirle lo que en verdad sentía.
— ¿Me acompañaras?
—Eso no era parte del trato. ¿Querías saber dónde estaba tu cuerpo?
Ahora lo sabes.
—Samantha, esto es algo muy importante para mí. Pero no quieres
acompañarme y no puedo obligarte.
—Sí puedes, Joshua. Al igual a como me obligaste a encontrar tu
cuerpo. —sí, mi sinceridad estaba saliendo a flote, ya él no era intimidante
y yo estaba enojada.
— ¿Quieres saber la verdad de todo esto?
—No me interesa escucharte. Ya puedes irte, podrás descansar en paz.
Se encontraba al otro lado de la habitación y lentamente se acerco hacia
mí, quedamos frente a frente, Joshua era alto y rebalsaba mi estatura.
Tomo mi mentón con sus manos y subió mi cabeza para que nuestras
miradas pudieran encontrarse. De nuevo estaba siendo vulnerable a su
toque, su cara a centímetros de la mía, sus ojos fijos en los míos. Estaba
siendo él, de nuevo. Un simple seductor con la estrategia de enamorarme
para no dejar de buscar su cuerpo. Pero por Dios santo, ¡ya lo había
encontrado! ¿Qué más quería este hombre?



—Deja de hacer esto, Joshua. —dije, haciendo mi cabeza hacia un
lado para que no estuviera frente a la suya.
—No hasta que me escuches.
Gire de nuevo mi cabeza, esta vez sin importarme en lo más mínimo que
su mirada pudiera ser intimidante. Tomé el coraje suficiente y mirándolo
fijamente a los ojos de modo que sintiera mi enojo, le dije:
—Bien, te escucho.
—Accediste tan fácilmente a realizar la búsqueda porque controlé tu
mente, al principio fue difícil, pero creo que has llegado a confundir lo que
yo te hice querer con lo que tú de verdad querías.
Oh, ahora veía la realidad de todo. Cualquier persona a la que le contara
esta historia me creería demente y suicida. Y hasta yo me creía así. Ahora
estaba mucho más enojada, no podía creer que esto estuviera pasando.
Pero aun así no podía pensar con claridad sobre el asunto. Tenía la certeza
de que él me había manipulado de alguna manera, pero quería estar
equivocada sobre esa idea.
— ¿Por qué lo hiciste?
—Había mucho en juego.
— ¿Ah, sí?
—Nadie en su sano juicio hubiera aceptado esto. Era la única
manera, Sam. Eras la única manera.
—Sólo me utilizaste. —extendí mis brazos hacia él para empujarlo y
demostrarle que ya no lo quería cerca, aunque eso fuera una mentira. —
Sam… —dijo con tono de culpa y apenado.
—Ya no me digas así, mi nombre es Samantha. S-A-M-A-N-T-H-A.
¿Entiendes? —hice una pausa. —Joshua, el único que tenía derecho de
llamarme así era mi padre, pero él está muerto. A ti te lo deje pasar, pero
ya estoy cansada.
—Samantha.
—La verdad, me gusta más cuando lo dices así y no Sam.



Levanto ambas cejas y puso sus ojos en blanco. Se acariciaba el cabello y
al mismo tiempo sus mejillas se tornaban de un rojo carmesí que lo hacía
ver aun más atractivo.
Reí. —Al menos he tenido la dicha de verte apenado.
— ¿De qué hablas? —dijo, como si no entendiera nada de lo que
estaba pasando.
—Ya encontraste tu cuerpo. Es decir, te irás, descansarás en paz, o
bueno, lo que sea que se haga cuando se le encuentra.
—Samantha —su voz cada vez que pronunciaba mi nombre era
diferente, al pronunciarlo, lo hacía de una manera suave y dulce —…sabes
que no quiero dejarte.
—Pero tienes que hacerlo. Y estoy bien con eso. No seré egoísta. Este
es tu mayor deseo.
—Yo…
—No digas nada, Joshua. —lo interrumpí.
Beso mi mejilla suavemente, cerré mis ojos y sonreí. Al abrirlos, sentía
como las lágrimas se contenían en ellos. Al cabo de unos minutos de
charla —una charla totalmente agradable—, Joshua se torno serio y en su
rostro se reflejaba angustia. Sus cambios de ánimos me asustaban, era
como querer acurrucarme con una manta del miedo.
Me detuve por un momento y observe detenidamente su rostro, tenía
moretones y rasguños, y también sangre por toda su ropa.
Pelea callejera. Pensé.
— ¡JOSHUA!
—Es hora.
En un abrir y cerrar de ojos ya había desaparecido, había quedado sola en
mi habitación, nuevamente. Me había acostumbrado tanto a una
compañía que el silencio me parecía abrumador. Pose mi cabeza sobre mis
manos mientras me frotaba la frente. Joshua no podía irse, no ahora. No
cuando todo entre nosotros había cambiado.














Levanté la cabeza y dirigí la mirada hacia el escritorio. El sobre de Joshua.
Lo abrí, pero solo había una hoja con una nota:
LA PRIMERA PERSONA POSEE AQUELLO
QUE LA SEGUNDA PERSONA ESCONDIÓ.
Me sorprendí ante esas palabras, pues no tenía ni la menor idea a lo que
se referían. Fui hasta la cocina por un vaso de agua, tomé un poco y traté
de descifrar lo que decía.
¿La primera persona? Bien, la primera persona. La primera persona es
singular. Es decir, «yo».
Posee… ¿La primera persona con un sinónimo de «poseer»?
«Yo he…»
«…aquello que la segunda persona escondió»
La segunda persona. Es decir, «tú».
Por un momento me fije en la palabra «escondió», mi cabeza daba vueltas y
estaba mareada. Respire hondo.
El antónimo de «esconder» es «encontrar».



Bajé la vista hacia la nota y dije en voz alta:
—Yo te he encontrado a ti.


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