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Informe sobre la lectura “Los hechos históricos y su elección”, Adam Schaff

AlejandroCastillo Rozo 6803-1020, estudiante V semestre de historia.


Presentado a Luis Ervin Prado Arellano, docente “Metodología de la historia”
Universidad del Cauca, Facultad de Humanidades, Popayán 2005.

En este capítulo de su texto “Historia y verdad”, Adam Schaff propone analizar las
distintas variables de lo que puede ser considerado un hecho histórico y sus específicas
implicaciones metodológicas; partiendo de la elaboración de una argumentación
filosófica, el autor logra hasta cierto punto desentrañar las particularidades que se
derivan del concepto “hecho histórico” (epistemológicas, ontológicas, gnoseológicas),
su origen y finalidad. Es mi objetivo dar cuenta a grandes rasgos del desarrollo temático
de este capítulo, involucrando como es obvio mi interpretación personal.
Ahora bien, la cotidianidad académica nos demuestra cómo al hablar del hecho
histórico, tenemos la impresión de estar parados en lo sólido, en lo factual y por lo tanto
en lo incontrovertible; ¿Hasta donde es esto válido o no? La pregunta por el hecho
histórico sale a flote por ser hasta ahora un concepto cargado de ambigüedad y no muy
claramente identificable; si bien algunas posturas historiográficas le habían otorgado a
éste una suerte de objetividad trascendente postulándolo como manifestación “pura” de
lo acontecido, (un absoluto encarnado en los documentos que el historiador tendría que
reflejar con un grado igual de rigurosidad en su escrito) la postura teórica del autor,
circunscrita al tercer modelo epistemológico (donde tanto el sujeto cognoscente como el
objeto tienen un papel activo y recíproco en el proceso de conocimiento) descarta de
entrada esta tesis simplista, y propone profundizar el tema con una mirada más crítica.
Empecemos por rastrear los orígenes del concepto: el “hecho”, más allá de ser
exclusivamente académico, corresponde a la ciencia en general, por lo que debemos
admitir que mucha de nuestra fe en él recurre al ideal científico del hecho como
expresión factual de la realidad concreta. El “histórico”, hace explícita su esencia
pretérita, su carácter pasado. Ahora bien, ¿Qué fenómenos cumplen estas dos
condiciones? El autor nos da una primera respuesta: hecho histórico es algo que sucedió
en una ocasión, cierto proceso donde se manifiesta una tendencia, y también ciertos
productos que materializan los dos primeros; esta definición es todavía muy abierta, es
necesario precisarla. Si bien todas las manifestaciones de la vida social están en
potencia de convertirse en hechos históricos, no todas pueden ser incluidas dentro de
esta categoría. Entonces, ¿en función de qué logran ciertos sucesos y no otros su
carácter histórico? El autor propone dos condicionantes: un sistema de referencia (el
bagaje teórico metodológico del investigador al cual somete los hechos que le son dados
y desde donde éstos cobran significancia) y un contexto (el sistema social de relaciones
espaciales y temporales entre la “totalidad” de los sucesos, donde está imbuido el hecho
particular cuyos nexos con los demás se definen en un encadenamiento causal).
Convencionalmente se le ha atribuido un carácter simple o complejo al hecho histórico,
usualmente dependiendo de su grado de elaboración; entonces el hecho simple es aquel
acontecimiento particular en “bruto”, y el complejo es aquella secuencialidad de
acontecimientos de donde se deriva una determinada regularidad. El autor nos invita a
abandonar esta categorización del hecho histórico, ya que el hecho en “bruto” siempre
está implicando cierto grado de elaboración y de generalización por parte del sujeto
cognoscente, y un hecho complejo es siempre simplificado a través de las
condensaciones del lenguaje. En palabras de Schaff, “si se considera el carácter
abstracto del enunciado como una prueba de la simplicidad [o la complejidad] de la
realidad a que se refiere el enunciado, la responsabilidad incumbe, no a los hechos sino
a los autores de las tipologías”1, ya que es la construcción discursiva la que en última
instancia simplifica o complejiza el objeto de estudio. Sin embargo, el autor aboga por
una complejidad del hecho (en este caso entendido como todo fenómeno acaecido) en la
medida en que es un elemento de la totalidad, dentro de la cual se establecen toda una
serie de integraciones y diferenciaciones que le otorgan esta cualidad, aunque el
historiador nunca pueda dar cuenta absoluta de ésta.
En este orden de ideas, es necesario dar cuenta del estatuto ontológico del hecho
histórico; existen dos posturas, una idealista y otra materialista. Dentro de la primera, se
suscribe Carl Becker, quien plantea en resumen, que el hecho histórico (todo cuanto
concierne a la vida del hombre), al no sernos dado directamente, es simplemente una
imagen abstraída simbólicamente basada en un enunciado que nos certifica que el hecho
ha tenido lugar, no un acontecimiento del pasado. Schaff se distancia de esta postura
relativista en la medida en que, además de negar el carácter factual del acontecimiento,
basa su argumentación en la imposibilidad de un conocimiento directo, sin tener en
cuenta que ningún hecho se nos puede presentar en la inmediatez, (ni siquiera en el
ámbito científico, pues es ya comúnmente aceptado que la experimentación es el
producto final, no el punto de partida) y que por lo tanto todo proceso de conocimiento
parte de una abstracción, ni arbitraria ni espontánea, pero sí relativamente subjetiva.

1
Adam Schaff, “historia y verdad”, editorial Crítica, Barcelona, 1976, página 258.
La segunda propuesta, diametralmente opuesta a la primera, es la materialista, cuyas
premisas básicas reivindican la objetividad de la realidad histórica de la cual el hecho
devenido, es un fragmento que se convierte en histórico cuando el historiador lo rescata
por las consecuencias que ha tenido, por las huellas que ha dejado. Si bien el autor se
identifica un poco más con esta postura que con la anterior, considera que es una
reducción del concepto de hecho histórico (a comparación de lo expuesto anteriormente
por él).
La parte restante de la lectura la dedica argumentar cómo, muy al contrario de la versión
positivista que entiende el hecho como algo “puro”, el hecho histórico es elocuente solo
cuando el historiador lo selecciona entre otros de su misma categoría y lo hace hablar,
es decir, el hecho solo cobra relevancia en la medida en que determinado sujeto lo
interpreta, lo analiza y lo contextualiza en un campo relacional que expone en la
construcción discursiva. Sin embargo, el autor nos hace una pertinente salvedad:
“Extremando la prudencia, repitamos que la selección de los materiales que constituyen
el hecho histórico no es arbitraria; las correlaciones consideradas, las interacciones, etc.,
existen “objetivamente”, no son el producto ni la invención del historiador” 2, y por lo
tanto, más allá de una visión solipsista o una postura ingenuamente positivista, Schaff
hace un llamado a la reflexión y la relativización de los absolutismos teóricos en pro de
una ciencia histórica más profesional.

2
Ibidem, página 274.