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Meg

Los orígenes
STEVE ALTEN
Grijalbo
Meg. Los orígenes
Título original: Meg: Origins
D.R. © 2011, Steve Alten
Primera edición digital: Gere Donovan Press, 2011
D. R. © 2012, Ariadna Molinari por la traducción
D. R. © 2011, Erik Hollander por las ilustraciones
D. R. © 2012, derechos de edición mundiales en lengua castellana:
Random House Mondadori, S. A. de C. V.
Av. Homero núm. 544, colonia Chapultepec Morales,
Delegación Miguel Hidalgo, C.P. 11570, México, D.F.
Éste es un trabajo de fcción. Cualquier parecido con la realidad
es mera coincidencia.
www.megustaleer.com.mx
Comentarios sobre la edición y el contenido de este libro a:
megustaleer@rhmx.com.mx
Queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titu-
lares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la
reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o pro-
cedimiento, comprendidos la reprografía, el tratamiento informático,
así como la distribución de ejemplares de la misma mediante alquiler
o préstamo públicos.
Para mis lectores…
en particular los Megheads
4
Prefacio
Meg fue mi primera y más importante novela, ya que dio inicio a
mi carrera como escritor. En 1975 me inspiré para escribir esta his-
toria, cuando como adolescente leí Tiburón. La novela de Peter
Benchley me hizo querer devorar todo lo posible acerca de los gran-
des tibu rones blancos y los testimonios auténticos sobre sus ata-
ques a humanos.
Si uno investiga acerca de los tiburones blancos, en algún pun-
to descubrirá a su primo prehistórico, el Megalodon. Los Megs eran
muy reales y, por mucho, las criaturas más aterradoras que hayan
existido jamás. Sin embargo, se había escrito muy poco acerca de
ellos, por lo menos cuando yo era adolescente.
Viajemos en el tiempo al verano de 1995.
Era un treintañero casado que luchaba por mantener a mi espo-
sa, sus dos hijos y nuestra recién nacida, cuando me topé con una
revista Time que tenía en la portada la fosa de las Marianas. El
artícu lo revelaba los misterios del abismo, las fuentes hidroterma-
les y las increíbles formas de vida que se encontraban en estos reinos
sin explorar… y la semilla de una idea echó raíces. ¿Cómo se llama-
ba el gigantesco tiburón del que había leído cuando era adolescente?
Un año después, Bantam Doubleday, la editorial que había
publicado Tiburón, compró mi primera novela, Meg. En unos cuan-
tos meses, editores de 25 países habían adquirido los derechos para
su publicación. Desde entonces, Meg y sus secuelas han vendido
tres millones de copias en todo el mundo, y miles de profesores de
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secundaria y preparatoria usan el libro en diferentes materias para
promover la lectura entre los jóvenes, lo cual cierra el círculo que
comenzó cuando leí Tiburón.
En cuanto a una película basada en Meg… cruzamos los dedos
para que se haga en el verano de 2013.
¿Por qué escribir una precuela después de una serie de cuatro
libros y un quinto que está en proceso? En primer lugar, porque la
historia se prestaba para tener una precuela. Esto es lo que le ocu-
rrió a Jonas Taylor siete años antes del comienzo del primer libro; es
la historia previa que cambió su vida (y la mía). También fue diver-
tido escribirla, pues me permitió incluir detalles que pueden vincu-
larse con el quinto libro de la serie. Pero, sobre todo, la precuela me
dio la oportunidad de devolverles algo a mis lectores. Si nunca han
leído alguno de los libros de Meg, entonces esta historia avivará su
apetito por lo que pasará después.
Los invito a visitar mi página web (www.SteveAlten.com), en la
cual pueden registrarse para recibir actualizaciones mensuales gra-
tuitas e incluso participar en concursos para convertirse en un per-
sonaje de alguna de mis próximas novelas.
Que tengan dulces sueños.
STEVE ALTEN
Julio de 2011
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Agradecimientos
Con mucho orgullo y cariño, agradezco a quienes contribuyeron a
que terminara la precuela de Meg.
Primero que nada, quiero hacer un reconocimiento especial a
mi amigo y agente literario, Danny Baror, de Baror International,
así como a su asistente Heather Baror-Shapiro. Mi gratitud y apre-
cio a mi editor personal, Lou Aronica, del Fiction Studio (laroni-
ca@fictionstudio.com), cuyos comentarios son invaluables, y a las
lectoras/editoras Barbara Becker y Sally Shupe.
A Scott Gere y Mike Donovan, de Gere Donovan Press, por
publicar este libro en formato electrónico, así como Meg: una nove-
la de terror profundo, la historia completa que sigue a la precuela. Un
agradecimiento especial a Belle Avery, Tony Lui y Peter Chang por
la posible película de Meg.
Deseo agradecer también a mi amigo y artista gráfico, Erik
Hollander, cuyas imágenes icónicas al inicio de cada capítulo deter-
minan el tono de la lectura.
Por último, a mi esposa Kim y a nuestros hijos; a mi madre y a
mi padre, Lawrence Alten, quien falleció antes de que escribiera este
libro. Eres mi héroe.
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Material complementario
En mi página web (www.SteveAlten.com) encontrarán instruc-
ciones para tener acceso a materiales de lectura complementarios a
este libro. Consiste en comentarios del autor, fotografías y videos
extra e información adicional, entre otras cosas. Pueden consultar-
la a medida que lean cada capítulo o una vez que terminen el libro.
No les adelantaré las sorpresas, se los prometo.
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Prólogo
HMS Challenger
Mar de Filipinas
5 de octubre de 1874
El capitán George Nares se encontraba de pie en posición desa-
fiante sobre la oscilante cubierta de la primera batería, guardando
el equilibrio con las rodillas mientras el Pacífico encrespado desa-
fiaba su autoridad entre los valles de oleadas hasta de cinco metros.
Cada una de las curveadas crestas azules elevaba la proa del buque
de guerra británico, y cada elevación terminaba con la embes tida de
la quilla de cobre contra el océano. Para el escocés, las salpicadu-
ras del mar y el aleteo de las lonas de las tres velas mayores delinea-
ban el mantra de los últimos setecientos y tantos días; a pesar de los
peligros, prefería por mucho la furia del océano que los incesantes
puertos de escala de la misión.
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Desde el primer día supo que este viaje sería diferente a los
demás. Aunque alguna vez fuera el buque insignia de la estación
naval de Australia de la Armada Real, la corbeta de clase Peral había
sido despojada de todos los cañones, excepto dos, y se redujeron
sus mástiles. El espacio sobrante había sido convertido en labora-
torios rebosantes de microscopios y equipos de química, botellas
para muestras de agua y frascos para especímenes llenos de alcohol,
aunque no del tipo que le gustaba a su capitán. Además de los apa-
ratos y los laboratorios, la cubierta principal había sido modificada
para permitir la instalación de una plataforma para dragado. Estas
estaciones se proyectaban hacia el exterior de ambos lados del bar-
co como andamios, de modo que sus ocupantes pudieran maniobrar
sin temor a enredarse en las perchas de los mástiles. Los hombres
que trabajaban en estas plataformas eran científicos, y su tripula-
ción estaba capacitada para el dragado y el sondeo del lecho marino.
Para realizar esta tarea necesitaban redes y contenedores aparejados
a grandes cantidades de cuerda de cáñamo que superaban los 225
kilómetros, así como 20 kilómetros de cuerda de piano reservados
para el equipo de sondeo. Se usaban cabrestantes motorizados para
devanar estas líneas, tarea que llevaba casi todo el día cumplir.
La misión del HMS Challenger era científica, un viaje de descubri-
miento para los 243 hombres a bordo, una misión que llevaría cuatro
años y un recorrido de casi 69 mil millas náuticas. Nares, quien era
popular entre sus hombres, lideraba con un temperamento ecuáni-
me; lo que le faltaba de estatura, lo compensaba por mucho con su
astucia. De pie junto a la vela mayor, observaba con una mezcla de
trepidación y asombro la forma en la que el profesor de barba abun-
dante caminaba con cautela hacia la popa por la cubierta vacilante.
—Profesor Moseley, ¿qué se hará ahora?
—Bajar las cuerdas, y luego más dragado. La tripulación ha esta-
do aparejando las cuerdas más largas, pues las profundidades pare-
cen no tener final en esta parte del archipiélago.
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El capitán echó un vistazo a estribor. Durante varias semanas
habían seguido un curso que los llevó más allá de las Islas Marianas,
cuyas masas montañosas estaban tapizadas de una verde vegetación.
—Pensaba que el lecho alrededor de las islas estaría más cerca
de la superficie.
—Resulta que estas islas volcánicas se encuentran sobre las aguas
más profundas que hayamos encontrado hasta ahora. El lecho marino
es muy antiguo y conserva una cantidad increíble de valiosos fósiles
y nódulos polimetálicos. El sondeo de esta mañana superó las 3 500
brasas y aún no hay señales del fondo. Tuvimos que empalmar otro…
El capitán sostuvo al científico que se tambaleaba y se agarró
con fuerza mientras la proa se elevaba de nuevo y volvía a embestir
al Pacífico.
—¿Cuánto tendremos que esperar para que esté listo un cable
de mayor longitud?
—Me dijeron que otros 20 minutos.
—Muy bien. Timonel, todo a estribor. Señor Lauterbach, baje
las velas; prepárense para encender motores.
—Sí, capitán.
El primer oficial hizo sonar la campana de cobre, señal que movi-
lizó a dos docenas de hombres a medida que el Challenger viraba a
estribor para dejar pasar el viento en medio del valle de una oleada.
El capitán Nares esperó a que el científico estuviera a salvo en
el interior del buque y regresó a observar el Pacífico, con la mirada
fija en las aguas oscilantes.
Tres mil quinientas brasas… más de seis kilómetros de océano. ¿Qué
tan profundas podrían ser estas aguas? ¿Qué extrañas formas de vida
ocultarían?
Ciertamente, las profundidades que rodeaban este archipiélago
extraño ya les habían ofrecido una gran cantidad de pistas, desde
vértebras de cetáceos y huesos de oídos de ballena, hasta milla-
res de dientes de tiburón; más de un centenar de estos fragmentos
con incrustaciones de manganeso eran tan grandes como su mano.
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Moseley había identificado a los especímenes más grandes como
parte del género Carcharodon, y aquellos dientes de más de cuatro
centímetros como pertenecientes a la especie Megalodon, un autén-
tico monstruo marino de la Antigüedad.
El espectacular tamaño de los dientes de la criatura inspiraba
debates nocturnos en la galera con respecto a si aquellos tiburones
seguirían vivos. Sin duda, aquellos triángulos dentados de color gris
plomo oscuro estaban fosilizados; sólo un espécimen blanco sería
la prueba de la existencia actual del Megalodon. Por su parte, el pro-
fesor Moseley había inspeccionado con cuidado cada redada, con la
esperanza de encontrar un tesoro de color marfil entre los fragmen-
tos, hasta el momento sin éxito.
—Algunos de estos fósiles no son tan viejos, capitán —le había
susurrado el científico dos noches antes mientras vaciaba la tercera
copa de brandy—. Esto indica que las criaturas aún pueden andar
por aquí, merodeando en las profundidades.
—¿Exactamente qué tan grandes serían esos megatiburones de
los que habla?
—Algunos dicen que de 30 metros, pero estos fragmentos me
indican otra cosa. He tenido en mis manos un diente de 18 centíme-
tros; su dueño debe haber medido unos 20 metros de hocico a cola.
—¡Por Dios! Eso es más de la mitad de la longitud del Challen-
ger. Con una criatura de ese tamaño… necesitaríamos una embarca-
ción más grande. ¿Alguna vez alguien ha visto una de esas bestias?
—Existen rumores, sobre todo entre los balleneros. Los galo-
nes de sangre en el mar atraen a todo tipo de tiburones.
—¿Los atrae? ¿De qué forma?
—No se sabe. Tal vez perciben el sabor de la sangre. Los tibu-
rones no son mi especialidad, pero un demonio como este Mega-
lodon… Debo confesar, capitán, que cada vez que izamos las redes
me descubro observando el mar, deseando en secreto que alguno de
nuestros intentos atraiga a uno de estos monstruos hacia la super-
ficie, para así poder posar la mirada en un animal tan magnífico, el
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cual seguramente es la creación más temida de la naturaleza en toda
la historia.
Con la mirada puesta en el oleaje cubierto de espuma, el capitán
Nares hizo un gesto de desaprobación, al tiempo que se imagina-
ba a un tiburón que pudiera devorar a cuatro de sus hombres de un
bocado, y se preguntaba si un ser de ese tipo podría estar vivo aún,
habitando este reino sin explorar y protegido por esas profundida-
des impías.
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A bordo del buque de apoyo DSV-4
de la Marina de Estados Unidos: Maxine D
Mar de Filipinas
En la actualidad
El capitán Richard Danielson se encontraba de pie en posición desa-
fiante sobre la cubierta principal, y vientos de 30 nudos que giraban
hacia el sureste sobre el Pacífico encrespado arremetían contra sus
orejas. Cada ráfaga perturbaba a la bestia de 29 toneladas que esta-
ba sostenida encima de la popa, y cada oscilación amenazaba con
desgarrar los arneses de la maquinaria y liberar a la “ballena blan-
ca” de su posición.
Para el oficial de la Marina norteamericana, las salpicaduras del
mar y el incesante acero que giraba bajo sus pies eran un recorda-
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torio permanente de que la misión que debía durar 12 días estaba
por comenzar su tercera semana. Danielson, quien mandaba mejor
estando atrás de un escritorio, se encontraba sin duda fuera de su
elemento. Tres años antes había pedido su transferencia a la base
naval norteamericana de Guam, en busca de un cargo alejado del
combate que le permitiera pasar sus días haciendo papeleo hasta
el momento de su jubilación. Guam era exactamente lo que el doc-
tor le había recetado: un paraíso tropical e insular rebosante de pla-
yas prístinas, pesca deportiva en aguas profundas y campos de golf
de talla internacional. Y las mujeres: isleñas exóticas y delicias asiá-
ticas. Es cierto que el trabajo implicaba las ocasionales misiones que
requerían hacerse a la mar de inmediato, pero estos ejercicios marí-
timos sólo le tomaban unos cuantos días cada trimestre.
Danielson supo que estaba en problemas el día en que el Maxi-
ne D arribó a puerto. Se trataba más de un barco de investigación
que de un buque naval; en esencia, era un camello de acero diseñado
para transportar su cargamento: un vehículo de inmersión profunda
o DSV. A diferencia de los otros ejercicios marítimos, en esta ocasión
las órdenes venían directamente del Departamento de Defensa. El
lugar en el que se desplegaría el vehículo era altamente confidencial;
se localizaba a seis horas de Guam dentro del mar de Filipinas. El
Departamento de Defensa había dejado claro desde el principio que
aunque el oficial de la base naval de Guam era quien estaba a cargo
de la embarcación auxiliar desde el punto de vista técnico, los sabe-
lotodo de a bordo serían quienes se encargaran de la situación.
El problema era que hasta la semana anterior casi nada había
funcionado. Primero fue el cabrestante que estaba sujeto a la estruc-
tura triangular, luego el generador primario y después la sonda regu-
ladora del DSV. La avería en apariencia interminable del equipo había
hecho a Danielson prisionero de una misión de la que sabía muy
poco, y los sabelotodo de a bordo sólo lograban irritarlo más. En
añadidura a los retrasos constantes, estaba el clima, que cada día se
ponía peor. Danielson había vomitado su último alimento sólido 10
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días antes; hasta el marinero más experimentado se sentía mareado
y con resaca todo el tiempo.
Irónicamente, fue la madre naturaleza, que decretó el final de
la misión. PAGASA, la Administración de Servicios Astronómicos,
Geofísicos y Atmosféricos de Filipinas, estaba siguiendo el ras-
tro de un poderoso ciclón de categoría 2 denominado Mariana. El
nombre no era coincidencia; el trayecto estimado de la tormenta
la llevaría hacia el sur del mar de Japón en un arco arrollador que
pasaría por la cadena de las Islas Marianas antes de que se encau-
zara más hacia el este, lejos de la costa. Con vientos hasta de 150
kilómetros por hora, el ojo del ciclón los alcanzaría en 26 horas.
Según el protocolo, el Maxine D ya debería haber regresado a
Guam, la isla más meridional de la cadena. Sin embargo, por soli-
citud de los científicos de a bordo, el Pentágono había insistido en
que se realizara una última inmersión como parte de la que sería la
cuarta expedición al abismo Challenger, en la fosa de las Marianas.
La fosa de las Marianas era el punto más bajo de la Tierra, un
cañón de 11 kilómetros de profundidad, 2 500 kilómetros de longi-
tud y 70 kilómetros de ancho formado por una zona de subducción
volcánica. La sección más profunda era el abismo Challenger, el cual
tomó su nombre del buque de investigación británico que había dra-
gado sus profundidades más de 100 años antes.
La razón por la cual la marina deseaba gastar tiempo y dinero en
la exploración de este abismo infernal sobrepasaba el entendimiento
de Dick Danielson. En este punto, su única preocupación era que se
realizara la inmersión programada de 17 horas tan pronto como fue-
ra posible, para tener un rango lo suficientemente gran de como para
recuperar el DSV, asegurarlo a la cubierta y volver deprisa al puerto
naval de Guam antes de que el ciclón Mariana convirtiera la super-
ficie del Pacífico en una versión acuática del Himalaya.
Mientras las bandas lluviosas hacían estragos con el oscilante
Sea Cliff y la tripulación de apoyo del DSV se esforzaba por preparar
la inmersión, había un hombre que estaba arruinando los planes del
capitán Danielson.
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* * *
El atardecer es caluroso y la playa está repleta. Jonas Taylor avienta la
frazada sobre sus rodillas. Su espalda baja está enrojecida por acostar-
se bocabajo. Se estira y posa la mirada sobre la hermosa modelo rubia
que yace en la tumbona de al lado; sus pechos bronceados y aceitados
parecen dos toronjas infladas bajo ese diminuto bikini rojo.
Jonas exhorta a su esposa para que lo acompañe a nadar en el
océano.
Maggie hace un gesto de negación con la mano.
Jonas trota hasta la orilla. El Pacífico está en calma; apenas si hay
oleaje. Se adentra hasta que el agua le queda en la cintura, acompaña-
do de una docena de bañistas.
De repente, hay un niño asiático de no más de 10 años a su lado.
Los almendrados ojos penetrantes encajan con la expresión de profun-
da inquietud.
—No te vayas.
Jonas mira al niño, y luego busca entre la multitud a alguno de sus
padres.
Es curioso. Los otros bañistas se han ido.
Voltea la mirada hacia la playa. Maggie está de pie, lista para irse.
Ya no trae puesto el bikini, sino un vestido negro, y medias y zapatos
que combinan. Se va caminando sin siquiera mirarlo.
Bud Harris está con ella; trae puesto un traje color carbón. Jonas
saluda con la mano a su mejor amigo. Bud le devuelve el saludo y lue-
go sigue a Maggie por la playa.
Jonas voltea a ver al niño.
Ya no está.
Jonas está solo.
Escucha el latido de su corazón irrumpir en medio del silencio.
Cada respiración hace eco en sus oídos.
Un estruendo profundo crece como un trueno distante.
El cielo está despejado.
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A kilómetro y medio de distancia aparece un maremoto, que
levanta la línea del horizonte. Crece despacio, de forma majestuosa:
una montaña acuática oscura que se arquea a una altura de más de 20
pisos.
Jonas voltea para huir, pero sus piernas se niegan a obedecerlo.
Observa el muro de agua vertical que tapa el cielo, se posa sobre él
y, con un estruendo, cae.
—¡Ahhh!
* * *
Jonas Taylor se sentó en la cama; su piel y las sábanas enredadas
estaban tan empapadas de sudor que por un momento el coman-
dante de 30 años no estaba seguro de si el maremoto había sido una
pesadilla o una realidad.
Las paredes grises de la cabina que tan bien conocía le asegura-
ron que sólo había sido un sueño.
Entonces la habitación empezó a dar vueltas.
Cerró los ojos, pero las náuseas lo obligaron a volver a abrirlos.
El vértigo repentino le recordó una sensación similar, la cual había
experimentado una década antes cuando había estado tirado sobre
el pasto en un campo de futbol americano. Al joven jugador ofensi-
vo le retumbaba la cabeza, y el estadio Beaver parecía girar frente a
sus ojos. El médico del equipo de Penn State había gritado su nom-
bre por encima del ruido de la multitud.
—¡No te muevas, J. T.! ¡Enfoca la mirada en un punto hasta que
tu visión se aclare!
En ese momento, su primera elección había sido enfocarse en
el balón, el cual aún estaba entre sus manos; ahora había elegido la
portilla, pero por la oscilación del barco prefirió levantar la mano
izquierda y mirar su anillo de bodas.
Cuando sus pupilas se concentraron, el vértigo se detuvo.
El incesante llamado a su puerta desvió su atención.
—Deja de hacer ruido y entra de una vez.
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Michael Royston, piloto del DSV, traía su playera de la univer-
sidad estatal de East Tennessee empapada de sudor después de su
entrenamiento matutino.
—Lamento despertarte, jefe. Heller desea verte en la enferme-
ría antes de la inmersión. Jonas, ¿estás bien? Parecería que acabas
de regresar del infierno.
—He estado ahí tres veces en la última semana. No sé si pueda
hacerlo una cuarta vez. Al menos no hoy.
Detrás de esas gafas, los ojos de Royston mostraron sorpresa.
A sus 27 años, el piloto de respaldo de la misión estaba acostum-
brado a ser para Jonas lo que Robin para Batman. En el último año
había acompañado a su mentor en dos ocasiones al fondo de la fosa
mesoamericana, pero ser copiloto del DSV a seis kilómetros de pro-
fundidad y hacer una inmersión por sí solo a 11 kilómetros de repen-
te parecían dos cosas completamente opuestas; era como pedirle a
un pitcher de clase A que sacara a Micky Mantle en el séptimo jue-
go de la Serie Mundial.
—¿Crees que estoy listo, Jonas? O sea, claro que estoy listo.
Estoy aquí para apoyarte, ¿no es cierto? Si necesitas que tome tu
lugar, sin duda lo haré.
Era una mala jugada. La arrogancia habitual de Royston había
sido remplazada por ansiedad. Una dosis sana de miedo era de espe-
rarse antes de cualquier inmersión profunda; lo que le preocupaba a
Jonas era que su joven copiloto solía estar a la altura de la situación.
Era evidente que deseaba zafarse.
—Veamos qué dice Heller. Avísale que estaré ahí en cinco
mi nutos.
* * *
Desde la portilla, Jonas podía ver la sombra del sumergible que se
mecía hacia adelante y hacia atrás en su arnés, obligando a la tripu-
lación a sujetarse. Con una longitud de más de nueve metros y un
haz frontal de casi cuatro metros que se extendía hasta un palier de
19
2.5 metros, el Sea Cliff (DSV-4) y su nave hermana, el Turtle (DSV-3),
habían sido las bestias de carga de la Marina desde que habían sido
comisionadas en 1968. De color blanco y con una escotilla dorsal
de color rojo anaranjado, el sumergible estaba diseñado en torno a
una esfera de titanio de 10 centímetros de grosor y un diámetro de
1.8 metros que permitía albergar a una tripulación de tres hombres.
El casco externo era de fibra de vidrio ligera y neutra, y sostenía la
unidad de propulsión, el sistema de lastre, las luces, las cámaras, los
pesos metálicos, los brazos mecánicos y una serie de contenedores
para recolección.
Lo que pocas personas externas al Pentágono sabían era que el Sea
Cliff había sido sometido a un extenso reacondicionamiento en fechas
recientes; el recubrimiento de titanio y el armazón de aluminio habían
sido mejorados para soportar una presión de 1 265 kg/cm
2
. La capaci-
dad de soporte vital se había duplicado a 36 horas, y se incrementó el
peso muerto 352 kilogramos, cosas que serían necesarias si se toma-
ra un elevador hacia el último piso del mundo, cuyo sótano superara
la altura del monte Everest. Claro que si algo fallara en la punta del
Everest, la presión no provocaría la implosión del cráneo de uno.
Se requería un buen piloto para manejar un DSV, pero se necesi-
taba al mejor de la Marina para guiar al Sea Cliff mejorado hacia el
abismo Challenger, el reino más profundo y menos explorado del
planeta. Sólo cuatro hombres se habían aventurado antes a estas
profundidades; ambas expediciones se realizaron en 1960, a bor-
do de batiscafos. Ninguno de los casos implicó pilotaje, pues los
vehículos sólo descendieron y volvieron a ascender. En una de esas
inmersiones, la ventanilla de observación de hecho se agrietó: los
10 centímetros de vidrio reforzado colapsaron bajo una presión de
1 125 kg/cm
2
.
Durante tres décadas, ningún ser humano había vuelto a sumer-
girse en la fosa de las Marianas.
Jonas Taylor llevaba seis meses preparándose para el abismo
Challenger. Sus nervios eran de acero y su actitud había evoluciona-
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do de ser la de un vaquero de rodeo a alcanzar un estado más ele-
vado, tipo zen, una vez que entrara a la esfera de titanio del DSV, una
cámara de soporte vital claustrofóbica que de algún modo se consi-
deraba lo suficientemente grande como para albergar a tres pasaje-
ros en expediciones de más de 20 horas.
La misión ultrasecreta era tan sencilla como peligrosa; Jonas
conduciría el DSV a 9.5 kilómetros de profundidad y se quedaría sus-
pendido justo encima del sedimentado oasis de océano creado por
las altísimas temperaturas del agua mineralizada que bombeaban
los campos de fuentes hidrotermales del abismo. Una vez en posi-
ción, los dos científicos de a bordo liberarían al vehículo robotiza-
do que entraría al abismo Challenger y descendería otro kilómetro
y medio hasta el fondo, donde tomaría muestras de nódulos poli-
metálicos a través de una succión controlada de manera remota.
Jonas no tenía ni idea de por qué estos fragmentos de roca del
tamaño de piñas eran tan especiales, ni le importaba. Como le dijo
a Danielson en su primera reunión: “Para mí, el descenso se vuel-
ve rutinario en el momento en el que entramos a la oscuridad, alre-
dedor de los 350 metros. Ocurren muchas cosas en ese universo
fuera de la portilla —organismos bioluminiscentes, rituales de apa-
reamiento, bancos de medusas y cosas que brillan en la noche—,
pero hasta que no lleguemos al fondo lo único que observaré serán
los paneles de control. No quiero saber qué hay afuera y no quie-
ro pensar en otra cosa que no sea el control del DSV. Una vez que
me ponga los audífonos y escuche algo de rock clásico, estaré prác-
ticamente en modo automático durante las siguientes 15 horas”.
El primer descenso, una semana antes, había modificado su
sintonía.
Las inmersiones profundas hacia la zona hadal implicaban
misiones más largas, y el tiempo de concentración adicional afec-
taba tanto las cualidades físicas como mentales del piloto. Al igual
que le ocurre a un piloto de aeronave o a un controlador aéreo, el
estrés y la fatiga rápidamente se convierten en una mancuerna peli-
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grosa que afecta la capacidad de razonamiento. Los ciclos de traba-
jo y descanso tanto de los pilotos de vehículos de inmersión como
de su tripulación de apoyo en la superficie deben ser estrictamen-
te monitoreados, y se debe tener personal de respaldo a la mano en
caso de que la agudeza mental de los titulares se vea afectada.
Sumergirse en el abismo Challenger era diferente a cualquier
cosa que Jonas hubiera experimentado. La presión del agua era tre-
menda y provocaba un traqueteo desconcertante en la esfera de
titanio. Pero la pluma hidrotermal era aún peor. Las temperaturas
debajo del iracundo río eran tropicales sobre esta capa eran heladas,
y el diferencial de temperatura creaba corrientes acuáticas imprede-
cibles que amenazaban con virar al sumergible hacia el olvido. Era
como tratar de mantener el equilibrio en una cuerda floja encima de
las cataratas del Niágara.
Dieciséis horas después de comenzada la primera inmersión, el
DSV salió a la superficie. Jonas estaba tan exhausto que tuvieron que
sacarlo cargando del sumergible.
En menos de una semana había realizado otras dos inmersio-
nes. Había pasado más de 50 horas dentro de una esfera de titanio
de menos de dos metros acompañado por dos científicos, y ahora
querían que lo hiciera de nuevo.
Todos los hombres tienen un límite. Jonas sabía que había reba-
sado el suyo después de la última inmersión, en la que ya no podía
distinguir si estaba manejando el Sea Cliff o lo estaba soñando.
* * *
Aunque el doctor Frank Heller era el primer médico de su familia,
era el tercero en línea que había pertenecido a la Marina. Su abuelo
había servido en un portaaviones durante la segunda Guerra Mun-
dial, y tanto su padre como sus dos tíos habían sido asignados al
acorazado USS Missouri durante la guerra de Corea. Su hermano
menor, Dennis, era asistente del ingeniero en jefe a bordo de un sub-
22
marino de ataque de clase Los Ángeles, y su hermana mayor había
recibido la insignia de Diving Officer.
Heller sabía que la oficial técnico jefe Carolyn Heller-Johnston
jamás habría certificado al piloto sentado en su mesa de examina-
ción como alguien que estaba en condiciones óptimas para realizar
inmersiones en aguas profundas, pero su hermana mayor no tenía
que lidiar con un oficinista como Dick Danielson o con otros buró-
cratas del Pentágono.
La última inmersión de Taylor les había proporcionado el tipo
de nódulos polimetálicos que el equipo de científicos había estado
esperando, aparentemente. Ahora exigían que Taylor hiciera otro
descenso antes de que el embate del ciclón Mariana los alcanza-
ra al siguiente mediodía. El mal clima, una corriente subterránea o
incluso un banco de peces podría provocar que el botín se despla-
zara hacia otro lugar, lo que haría imposible que una misión poste-
rior localizara esa misma parcela de roca volcánica.
En sí, Danielson no le había dado muchas opciones a Heller.
Siempre y cuando Jonas Taylor aparentara ser medianamente cohe-
rente, se le autorizaría realizar otra inmersión.
* * *
El médico de 44 años, canoso y con corte militar, le quitó a Jonas
Taylor el brazalete del baumanómetro del brazo izquierdo.
—Ciento treinta y siete sobre 80. Un poco elevada, pero nada
de qué preocuparse.
—Por lo regular tengo 110/60.
—Es por la expectativa de la inmersión de esta mañana. Extien-
de los brazos y cierra los ojos. Ahora tócate la nariz con el índice
derecho.
—¡Diablos!
El vértigo lo invadió y le hizo perder el equilibrio. Abrió los
ojos, luchando por detener la oscilación de la estancia.
—¿Vértigo?
23
—No, gracias. Ya tengo suficiente.
—Ya pasará.
—Por reconfortante que sea eso, Frank, estoy seguro de que mi
cerebro está hecho puré.
En ese momento entró el capitán Danielson.
—¿Cómo se encuentra nuestro muchacho?
—De mal humor. Le recetaré meclizina para el vértigo y una
inyección de vitamina B para disminuir la fatiga. Por lo demás, está
listo para la misión.
—Espera, ¿qué?
—Excelente. Comandante, estoy seguro de que nuestro buen
doctor logrará que estés en óptimas condiciones en poco tiempo.
—Creo que el buen doctor ha perdido el juicio. Mi cerebro está
nublado, mi destreza está en huelga y sólo he dormido tres horas.
—Los SEAL lo hacen todo el tiempo. Sé hombre, Taylor. Tóma-
te un café y haz unos cuantos estiramientos. Estarás como nuevo.
—¿Como nuevo? No es como que voy a llevar a la tía Bea en un
vehículo oficial a entregar los pays de manzana al picnic de la igle-
sia, Dick. ¡Estamos lidiando con la fosa de las Marianas! Necesito
pensar con claridad cuando esté allá abajo. Y ni se te ocurra mandar
a Royston. No está preparado en lo más mínimo.
—Es evidente que la Marina no está de acuerdo contigo, o de
otro modo no sería tu suplente.
—La regulación exige que haya un suplente, y Royston era el
único piloto disponible que ha descendido a más de 4 500 metros.
—Técnicamente está calificado.
—Técnicamente Frank es médico, pero yo no lo recomendaría
para que te operara un tumor cerebral o te quitara una hemorroide,
que en tu caso serían probablemente lo mismo.
Danielson estaba rojo de coraje.
—Doctor Heller, ¿considera que el comandante Taylor está en
condiciones para realizar una inmersión?
Frank evitó la mirada de Jonas.
24
—Sí, señor.
—Comandante Taylor, le ordeno que pilotee el DSV a las nue-
ve horas. Si no lo hace, se le enviará a una corte marcial, y el señor
Royston tomará su lugar. ¿Está claro?
Jonas se puso de pie. Durante un largo rato, Danielson y él se
miraron, y luego el piloto del DSV se desabrochó los pantalones y de
forma ceremoniosa se bajó los boxers, dejando las nalgas expuestas
al aire.
—Esto es lo que opino de sus vitaminas. Ahora póngame la
inyección.
Cuarenta minutos después, Jonas Taylor se encontraba dentro
del DSV Sea Cliff, repasando los pasos previos a la inmersión. Su vida
estaba a punto de cambiar para siempre.
25
2
Base naval de Guam
Localizado en la región del Pacífico occidental conocida como Micro-
nesia, el cinturón de las Islas Marianas es un archipiélago en forma de
arco formado por 15 montañas volcánicas. Éstas se originaron hace
millones de años, tras una erupción de lava a lo largo del lecho del
mar de Filipinas producida por la subducción del extremo occidental
de la placa del Pacífico bajo la de las Marianas. En esta región, que es
la franja de placas convergentes con mayor actividad volcánica en el
mundo, se encuentra la depresión más profunda del planeta: la fosa de
las Marianas. El agua que está atrapada en la falla es calentada por el
proceso de subducción, y es la fuente de la actividad hidrotermal que
prolifera a lo largo de la grieta de 2 500 km, a 11 km de profundidad.
La isla más grande y meridional del cinturón es Guam. Es el
hogar de los chamorros, un pueblo de marineros cuya herencia data
26
de más de cuatro mil años. Su identidad sufrió un cambio radical
cuando pasó a formar parte de Estados Unidos, después de la guerra
contra España. Dado que se encuentra entre Hawai y la costa asiáti-
ca, está localizada en un punto que se consideró estratégico para la
construcción de una base militar estadounidense, que en la actua-
lidad alberga cinco instalaciones, entre ellas la base naval principal,
en la península de Orote, sobre la costa centrooccidental, y la base
aérea Andersen, en el noreste.
* * *
La mirada del suboficial mayor del mando Steven Lebowitz viró
del cielo gris oscuro hacia la camioneta Cadillac que se aproxima-
ba a la entrada principal. Las visitas inesperadas del contralmiran-
te Kevin Quercio eran más de tipo social que de inspección, y sus
comensales VIP eran siempre aliados políticos o miembros desta-
cados del complejo industrial militar. Al final del día (o los días),
todos se la pasaban bien, pues disfrutaban unas vacaciones finan-
ciadas con el erario.
Dado que Danielson se había ido y había un ciclón en camino,
lo último que Lebowitz necesitaba era lidiar con el almirante juer-
guista y sus invitados intoxicados.
Lebowitz le hizo un saludo a Quercio, mientras el imponente
hombre salía de la camioneta.
—Almirante, qué gusto que haya regresado a Guam.
—Oficial, es bueno verlo. ¿Recuerda al senador Michaels?
El representante republicano de Alaska asintió.
—Y estos dos caballeros son… bueno, llamémosles señor Black
y señor Blue para simplificarnos la vida.
Lebowitz reconoció a los directores de Brown and Root y de
BP Oil.
—Caballeros, mil disculpas. El capitán Danielson ha partido en
una misión, y estamos muy ocupados preparándonos para la llega-
27
da del ciclón Mariana. Sin embargo, si necesitan que me encargue
de su hospedaje en la base…
—Eso está resuelto, Lebowitz. Nos quedaremos en el Radisson.
Pero les prometí a nuestros invitados un paseo en helicóptero para
que conozcan la isla. ¿Dónde está Mac?
Lebowitz se paralizó por un instante.
—Señor, el oficial Mackreides está asegurando las aeronaves en
los hangares. Si gusta puedo arreglar que el oficial Rosario acompa-
ñe a los visitantes.
El almirante Quercio le puso la mano en el hombro y lo enca-
minó lejos de los visitantes.
—Dejémonos de patrañas, hijo. Encuentra a Mac y dile que nos
vea exactamente en 10 minutos en la plataforma de despegue. Están
en juego tu cuello y el suyo.
* * *
La mirada aquilina del oficial James Mac Mackreides viró del par de
sotas que tenía en la mano a los senos copa D que apenas si cubría
la blusa verde aceituna de la morena.
—Estás faroleando de nuevo, Rudd. Me doy cuenta porque se
te endurecen los pezones.
Natalie Rudd le lanzó un beso.
—La apuesta está en 100, Mac. Como dirían tus prostitutas, ¿le
entras o no?
—No son prostitutas, Rudd, son escorts militares.
Mac bajó la mirada hacia las fichas que le sobraban a la asisten-
te dental.
—Te diré algo. Igualo los 100 y apuesto 100 más.
—Imbécil. Sabes que no tengo 200, sólo tengo 60 más.
La suboficial Vicky Baker puso los ojos en blanco.
—Otra vez lo mismo. ¿Qué será esta vez, Mac? ¿Tragos en
Geronimo’s o un paseo en auto hasta Facpi Point?
28
—Silencio, Baker, que estamos negociando. De hecho, Rudd,
estaba pensando que, si pierdes, pasemos un fin de semana en Pago
Bay. Sólo las gemelas, tú y yo.
—Vic, préstame los 40 que me faltan para cerrarle el hocico a
este gorila.
—Déjame ver tu mano.
Rudd le pasó a su amiga las cartas.
—Voy —dijo Vicky, y agregó sus propias fichas al bote.
—Si estás tan segura, Baker, ¿por qué no subes la apuesta?
—¿Para darte una oportunidad de que la subas más y me arras-
tres a tus jueguitos infantiles? Ni lo sueñes.
—Piénsalo, Baker. Rudd, tú y yo, solos en una cabaña.
—En teoría suena divertido, pero ¿qué piensas hacer en rea-
lidad?
Los subordinados chiflaron de forma sugerente.
—Está bien, Rudd, voy. Muéstrame ese par… y las cartas, por
supuesto.
La morena dio vuelta a las cartas.
—Full house. Dieces sobre treses.
Mac rechinó los dientes y tronó el cerillo de madera que traía en
la boca.
Rudd chocó manos con su amiga.
—Es un placer hacer negocios contigo, James.
—Ay, pobre hombre —dijo Vicky, imitando un puchero—.
Parece que le va a dar un Mac-ataque.
Mac estaba a punto de responderles cuando un jeep se derrapó
hasta detenerse frente a las puertas abiertas del hangar.
—Pero si no es otro que el segundo al mando. ¿Qué ocurre,
número dos? ¿Se ahogó Danielson mientras trataba de recuperar
sus pelotas de golf en el mar?
—Esto es serio, Mac. El contralmirante Quercio acaba de llegar,
acompañado de un senador del partido republicano y un par de civiles
pesados. Quieren que tu helicóptero y tú estén listos para volar en 10.
29
—Ni en sueños, Stevie. En primer lugar, mi equipo acaba de ter-
minar de meter las aves a sus nidos. En segundo, y lo que es peor,
las últimas dos veces embaucó a mis chicas. No lo llevaré a la lagu-
na hasta que salde su deuda.
—Mac, por favor…
—Olvídalo. Ya que Baker y Rudd están aquí pueden entre-
tenerlos.
—Sí, claro, como si eso fuera a pasar —dijo Natalie, mientras
recogía sus fichas.
—Mac, nos va a cortar la cabeza a ambos.
Vicky soltó una risa.
—E imagino que no sólo la cabeza.
Lebowitz ignoró el comentario mordaz.
—Mac, me la debes. El mes pasado te cubrí dos veces con
Danielson.
—Mis chicas tienen familias que alimentar, Stevie, así que espe-
ran que se les pague. Con dinero baila el perro.
—Bueno, no quería jugar esta carta, pero si no te encargas de
esto le contaré a Danielson lo de Ashley Kushnel.
Natalie Rudd no pudo ocultar su asombro.
—¿La mujer de los delfines que estaba tatuada? Cielos, Daniel-
son perdió la cabeza por ella. ¿La recuerdas, Vicky?
—Cómo olvidarla, si él no paraba de pedirme consejos. Estaba
completamente embobado. La llevó a cenar a los mejores lugares e
incluso le compró un anillo. Dos días después de pedirle matrimo-
nio, ella solicitó ser transferida.
—Y todo gracias a Mac —añadió Lebowitz.
—¿Qué le hiciste, Mac?
—Nada. Sólo le ofrecí mi opinión profesional sobre su futuro
prometido.
—¿Opinión profesional? Pero si tú piloteas un helicóptero.
—Es verdad, pero antes que cualquier cosa me considero un
mentor de vida.
30
—Oye, Lebo, ¿y cómo se las ingenió nuestro Sir Galahad para
que la dama le hiciera caso?
—Hasta donde yo tenía entendido, ella ni siquiera sabía de su
existencia.
—Le envió a Kushnel una citación impresa en el papel membre-
tado de Danielson con la orden de que se reportara con el tera peuta
de la base para su evaluación psiquiátrica anual —dijo Lebowitz, con
una sonrisa.
—¿Y se la creyó?
—¿Quién le hizo la evaluación?
—El doctor James Mackreides.
Max se encogió de hombros.
—El psiquiatra se había ido tres días a un seminario. Su asisten-
te me dejó usar la oficina.
—Mac incluso falsificó un título. Kushnel y él pasaron cuatro
horas juntos. Además del siguiente fin de semana en Honolulu.
Mackreides guiñó el ojo.
—Les diría de qué hablamos, pero sería una violación a la con-
fidencialidad médico-paciente.
* * *
El H-3 Sea King era un helicóptero bimotor polivalente para todo
clima usado para detectar, clasificar, rastrear y destruir submarinos
enemigos. Superadas en la década de los noventa por el CH-60F
Sea Hawk, las cuatro aeronaves de casi 17 metros de longitud y seis
toneladas de peso que fueron relegadas a Guam recibían manteni-
miento por parte del equipo de mecánicos comandados por el pilo-
to James Mackreides.
El Sea King sobrevoló la costa suroeste de Guam, entre vientos
de más de 56 km/h. Mac se dirigía hacia el pueblo de Merizo, locali-
zado al sur de la península, cerca de la laguna de Cocos. El almiran-
te Quercio venía al frente, mientras que sus invitados venían sujetos
en la parte de atrás, en la zona de cargamento.
31
—¿Cómo se llaman aquellas dos encantadoras jovencitas que
me presentaste la vez pasada, Mac?
—Sus nombres en chamorro son muy difíciles de pronunciar.
Yo les digo Ginger y Mary Ann.
—Genial. Una vez que mis invitados se hayan instalado, nos
concertarás una cita con ellas.
—Al padre de Ginger le amputaron una pierna por la diabetes
el año pasado, y Mary Ann tiene un hijo. Por lo tanto esperan que
se les pague por sus servicios.
—Pues págales —el almirante le apretó el hombro a Mac—. Sé
que te llevas una buena tajada en cada transacción, hijo. Considera
que estas excursiones, cortesía de la casa, son un gasto de negocios
necesario.
Mac rechinó los dientes, y luego miró al almirante Quercio con
una sonrisa como la del gato Chesire.
—De hecho hemos agregado algo nuevo para nuestros clientes
especiales. Es nuestra versión del club de viajeros frecuentes. Tengo
dos colchones inflables en la parte de atrás. Sobrevolaré la laguna,
pues la privacidad desinhibe a las chicas y el sonido de los rotores
ahoga sus gritos.
—Un burdel volador, ¿eh? Y, ¿qué hay del viento?
—Ginger y Mary prefieren los viajes turbulentos.
El almirante sonrió.
—Hagámoslo.
32
3
A bordo del Tallman
CUARENTA Y DOS KILÓMETROS AL NORNORDESTE
DEL ABISMO CHALLENGER
Propulsado por motores duales de 653 caballos de fuerza y con una
longitud de 84 metros, el navío de investigación Tallman seguía su
curso errático hacia el suroeste. Aunque era propiedad de Industrias
Agricola, solía rentarse junto con su tripulación al sector petrole-
ro para realizar sondeos de pre y posdragado, inspeccionar los duc-
tos y tomar imágenes de los accidentes previas a las operaciones de
rescate. A pesar de que estos trabajos servían para pagar las cuen-
tas, el dueño del barco prefería las misiones de orientación acadé-
mica —como la que estaba a punto de concluir—, pues implicaban
un mayor reto.
33
Una expedición científica internacional había llevado al Tall-
man a su posición actual en el mar de Filipinas. Se había contratado
a Paul Agricola, hijo del director general, para recopilar información
sobre el NW Rota-1, un gran volcán submarino. Desde su descubri-
miento tres años atrás, el volcán en erupción había agregado otros
24 metros a su ya de por sí imponente cono, el cual ahora se alzaba
a 12 pisos del fondo de la fosa más profunda del mundo.
Inspeccionar el lecho marino más profundo del mundo requería
un arreglo sonar sofisticado. Sujeto a la arquilla del Tallman, como
una rémora de 3.5 metros, se encontraba un artefacto en forma de
góndola que contenía una ecosonda multihaz (MBES) con un trans-
ductor de doble frecuencia para aguas profundas que servía para
trazar el mapa del abismo. El principal reto era penetrar la grieta
hidrotermal que hacía estragos con la señal del sonar a 10 kilóme-
tros de profundidad. La solución era el Sea Bat, un vehículo alado de
operación remota. El Sea Bat, que estaba sujeto a la MBES, descende-
ría por la grieta como una cometa subacuática y utilizaría un sonar
de a bordo para transmitir las señales a la nave nodriza, la cual iden-
tificaría todos los objetos dentro de su rango acústico.
Durante tres meses, el Tallman había circundado el área por
encima del volcán marino, recopilando muestras de agua y toman-
do imágenes de un próspero ecosistema que se alimentaba de las
tibias profundidades. Nubarrones de camarones y cangrejos huían
antes de cada erupción para después regresar a darse un festín con
las crecientes bacterias, dando paso a una cadena alimenticia única
que atraía bancos masivos de sepias albinas gigantes y uno que otro
calamar gigante.
Una vez terminada la misión, la tripulación del Tallman se
encontraba recobrando el Sea Bat, cuando de repente apareció un
objeto de gran tamaño en el campo de visión del arreglo sonar. No
había duda de que el sonido reportaba que era un ser vivo. La pre-
gunta era: ¿de qué tipo?
El sonar producía la imagen de un animal muy grande, cuya lon-
34
gitud excedía los 15 metros y cuya complexión determinaba que su
peso estaba entre 15 y 25 toneladas. Esta información descartaba
que se tratara de un calamar gigante, y la profundidad vertical a la
que se detectaba el sonido —8.02 kilómetros— eliminaba de la lis-
ta a los cachalotes y a cualquier otro mamífero.
El consenso entre los tres oceanógrafos de a bordo era que lo
más probable sería que se tratara de un tiburón ballena de grandes
proporciones.
El científico que lideraba la investigación no estaba de acuerdo,
y pretendía demostrarles que se equivocaban.
Paul Agricola no era un capitalista como su padre, Peter, o su
hermana, Sabrina, pero, al igual que los miembros de su familia, el
biólogo rara vez permitía que una oportunidad se le escapara de las
manos. Retrasó la salida de la nave y le ordenó al capitán navegar en
círculos mientras realizaba algunos experimentos con el sonar del
Tallman, utilizando el Sea Bat como carnada.
Activar la frecuencia del sonar del Sea Bat a 24 khz no tenía efec-
to alguno en la misteriosa criatura; sin embargo, las ondas sonoras
de 12 khz hacían que el monstruo saliera de las profundidades con
una actitud agresiva, comportamiento jamás observado entre los
tiburones ballena. Según Paul, se trataba de un ser vivo que era cla-
ramente carnívoro, no se alimentaba de krill y, a pesar de su agresi-
vidad, se negaba a ascender más allá de la capa hidrotermal inferior
de la zona hadal.
—Definitivamente no es un tiburón ballena, pero sí es un tibu-
rón. Su sensibilidad a los campos bioeléctricos del sonar sugiere que
tiene ampollas de Lorenzini. Creo que nos estamos enfrentando a
un miembro del género Carcharodon.
—¿Qué evidencia hay de ello? —lo cuestionó el ictiólogo Eric
Stamp, quien rara vez se oponía a su joven colega.
—El tamaño, en primera. Sus dimensiones exceden las de cual-
quier tiburón ballena conocido hasta la fecha.
—Pues sí, pero el aumento del tamaño puede ser una adap-
35
tación a las aguas frígidas del abismo. No olvidemos la regla de
Bergmann: las criaturas marinas que viven en temperaturas bajas
desarrollan cuerpos de mayores medidas, lo cual, en proporción,
permite que sea menor la superficie del cuerpo que está en contac-
to con el ambiente exterior y se pierda menos calor interno.
—Estaría de acuerdo, profesor Stamp, de no ser por el hecho de
que el monstruo misterioso se rehúsa a salir de las tibias profundi-
dades de la fosa de las Marianas.
—Lo cual lo haría un organismo bentónico, característica que
no es propia del género Carcharodon.
—Sin duda habita en las profundidades, pero no necesariamente
es bentónico, y ni éstos ni los tiburones ballena atacan a los vehícu-
los de operación remota. De cualquier forma, sospecho que este
tiburón podría salir de la capa hidrotermal si quisiera.
—Díganos, señor genio, ¿cómo lo sabe? —Lucas Heitman, ori-
ginario de Nueva Jersey, era el capitán del Tallman y compañero de
fraternidad de Paul, y nunca perdía la oportunidad de desinflarle el
ego a su amigo.
—Es una simple deducción, basada en fundamentos cientí-
ficos sobre la masa corporal de los tiburones, tema que desco-
noces. Pensemos en el Carcharodon carcharias, el gran tiburón
blanco. La naturaleza le proveyó una anatomía que le permi-
te resistir el frío; sus líneas laterales contienen una estructura de
venas y arterias en forma de red. Cuando nada, los músculos en
movimiento generan calor en la sangre venosa, la cual calienta
la sangre arterial que está a menor temperatura, como un fuelle
interno. A este fenómeno se le conoce como homeotermia iner-
cial. Este tiburón debe tener una anatomía similar, lo que implica
que con facilidad puede generar el calor que necesita para alcan-
zar las capas más superficiales, pero no lo hace. ¿Por qué? Pues
porque está condicionado para permanecer en su hábitat tropical.
—¿Qué lo habría condicionado?
36
—La última glaciación. Presta atención, Lucas. Trataré de expli-
carlo de tal forma que hasta un niño de primaria pueda entender-
lo. Sabemos que la última glaciación afectó el flujo de las corrientes
cálidas, lo cual desvió las cadenas alimenticias de los tres océanos
templados. Pero estas fosas de aguas profundas se encuentran sobre
los puntos calientes de los volcanes. Como hemos observado en el
caso del Rota-1, el calor equivale a que haya bacterias, y éstas afian-
zan las cadenas alimenticias. Si estos tiburones habitaban las aguas
superficiales que tenían una zona hadal, para sobrevivir tenían la
opción de descender hacia la capa hidrotermal que se encontraba
debajo de la pluma. El resto de su especie no soportó las bajas tem-
peraturas y pereció.
—¿El resto de su especie? Paul, lo dices como si supieras de qué
criatura se trata.
—Lo sé. Si consideramos su tamaño, su ferocidad y el hecho de
que depreda solo, diría que estoy 97 por ciento seguro de que hemos
estado siguiéndole la pista a un Carcharodon megalodon.
—¿Un Megalodon? —dijo en tono burlón el profesor Stamp.
Los dos oceanógrafos foráneos parecían intrigados.
—Los Megs cazaban ballenas, Paul. De las decenas de miles de
dientes fosilizados que hemos encontrado cerca de la costa, parece
obvio que preferían las aguas menos profundas.
—Quizá encontramos la mayoría de los dientes de Megalodon
en las aguas poco profundas porque ahí es más fácil buscarlos. Sin
embargo, también se han hallado en las profundidades. De hecho,
el HMS Challenger encontró varios en estas mismas profundidades,
en estas mismas aguas. Pues bien, caballeros. Se trata en definitiva
de un Megalodon y pretendo demostrárselos.
El capitán Heitman sintió un cosquilleo.
—¿Cómo lo harás, Paul? ¿Cómo lo comprobarás?
Paul ostentaba la sonrisa que había heredado de su padre.
—Lucas, viejo amigo, tú y yo vamos a persuadirlo para que
ascienda.
37
4
A bordo del DSV-4 Sea Cliff
El gigante de 29 toneladas se hunde lentamente, alejándose de los
arneses sueltos y de la vista del equipo de inmersión, y dejando a su
paso tiras de burbujas. El casco de fibra de vidrio, colocado sobre la
esfera de titanio de 10 centímetros de grosor en la que se encuentra
la tripulación, es en sí un chasis, diseñado para asegurar las baterías
de plata y zinc que alimentan los sistemas eléctricos y de soporte
vital, así como las dos unidades hidráulicas que controlan el pro-
pulsor. Por fuera del casco están montadas la televisión y las cáma-
ras fijas, las luces externas, los sonares de corto alcance, dos brazos
manipuladores de operación hidráulica de siete funciones, una cesta
de recolección que puede aguantar hasta 115 kilogramos y un pode-
roso mecanismo de succión para recolectar las muestras.
38
Los tanques de lastre, puestos en pares al frente y a media nave,
evitan que el sumergible se desplome hacia el fondo como un ancla.
Si la corriente lanzara al vehículo, el piloto emplearía el sistema de
compensación Batelle: unas esferas de carburo de tungsteno sinteri-
zado en un fluido hidráulico, que se mueven a lo largo de un carre-
te de acero inoxidable en ambos lados del sumergible.
Las placas de acero están aseguradas a la parte inferior de la
nave. Cuando llegue el momento de ascender, el piloto soltará las
seis toneladas de lastre, y el cambio en la flotabilidad desplazará el
DSV hacia la superficie.
Limitado a una velocidad de descenso de 2.5 nudos por hora, y
restringido sólo a descensos y ascensos controlados, el Sea Cliff es
esencialmente una tortuga mecánica de inmersión profunda, cuyos
tres pasajeros se encuentran encerrados dentro de un caparazón de
titanio a prueba de filtraciones.
* * *
De los tres equipos de científicos asignados a la misión, Jonas pre-
fería la compañía de Richard Prestis y de Mike Shaffer. A diferen-
cia de los otros profesores pretensiosos, estos geólogos de mediana
edad tenían un cierto aire cómico e infantil, en particular a la hora
del almuerzo, cuando Prestis intentaba robarle comida a su amigo,
lo que provocaba que Shaffer le respondiera pellizcándole un pezón.
El interior de la cápsula de titanio era demasiado pequeño como
para divertirse; era el equivalente a poner a tres adultos dentro de un
jacuzzi cubierto por un techo curveado de metro y medio de longitud,
tapizado de aparatos. Las tres portillas de 11 centímetros no eran de
gran ayuda para aliviar la sensación de claustrofobia que flotaba a sólo
una distracción de distancia, lo cual obligaba a ambos científicos a equi-
librar sus responsabilidades cognitivas a través de la ingesta de Valium.
Jonas no contaba con ese privilegio, y no podía darse el lujo de per-
der la concentración por un momento, en particular en esta ocasión.
39
En cierto sentido, manejar un DSV implicaba peligros similares a
conducir un tráiler en solitario a través del país; la fatiga es el resulta-
do del efecto hipnótico de los viajes largos en las monótonas carre-
teras interestatales. Operar una de estas máquinas de nueve ejes es
10 veces más peligroso por las noches que durante el día. La men-
te divaga, lo cual compromete la capacidad de toma de decisiones y
aumenta el tiempo de reacción del conductor.
Claro que un conductor de tráiler puede detenerse en una parada
para estirar las piernas e incluso para dormir unas horas. En el DSV
siempre era de noche, al menos después de los primeros 300 metros.
Tres inmersiones en una semana…
Cincuenta y un horas de pilotaje en menos de 190 horas.
A través de la portilla frontal, por encima del hombro de Mike
Shaffer, Jonas observaba el vacío azul volverse violeta en la profun-
didad, a medida que el Sea Cliff descendía por debajo de los 250
metros, más allá de la parte superior de la región mesopelágica.
Ciento veinte metros después, las profundidades extinguieron defi-
nitivamente la última cortina gris de luz solar, y los pasajeros se vie-
ron rodeados por la oscuridad aterciopelada de la región media.
Era oficial: el viaje había comenzado.
Cerca de los primeros 400 metros… una vigesimocuarta parte
hacia la capa templada. Cinco horas de descenso, de tres a cinco para
recolectar muestras y luego otras cuatro hasta la superficie. Tal vez
menos si me apuro. El océano estará aún más bravo mañana en la
mañana por culpa del maldito ciclón que nos está pisando los talo-
nes. Lo más divertido del día será ver a Danielson inclinado sobre
la baranda.
Jonas, quien balanceaba su peso dentro de los apretados confi-
nes con cuidado de no patear al somnoliento doctor Prestis, bajó la
mirada hacia la portilla entre sus pies, una ventanilla del tamaño de
una toronja a través de la cual se veía pura oscuridad.
Mientras observaba, el oscuro vacío cobró vida de repente con
miles de luces titilantes.
40
El Sea Cliff los había transportado a otro universo, una región
a media profundidad conocida como la zona batipelágica, hogar del
ecosistema más grande del planeta. Las formas de vida que habitan
en esta “dimensión desconocida” —más de 10 millones de espe-
cies— se habían adaptado a vivir durante la eternidad en la oscu-
ridad por medio de la evolución de ojos grandes y bulbosos que
podían absorber fragmentos de luz… y originar la propia.
Estos organismos generaban la bioluminiscencia a través de una
reacción química; en este caso, una luciferina productora de luz y
su catalizador, llamado luciferasa. La luciferasa, alimentada por la
liberación de trifosfato de adenosina (ATP), provocaba la oxidación
de la luciferina y, en consecuencia, la producción de luz biolumi-
niscente. Jonas estaba familiarizado con estos órganos fotóforos
emisores de luz, pues había diseccionado un calamar vampiro en el
laboratorio naval.
Mientras más descendían, los peces se volvían más curiosos. En
tropeles alternados, los peces hacha estrellaban sus hocicos colmillu-
dos contra el grueso cristal, tratando de alcanzar las luces intermiten-
tes de los paneles de control. Durante varios minutos, un lofiforme
escoltó la portilla de estribor; su apéndice luminiscente se reflejaba
sobre sí mismo de forma aterradora, aunque atractiva, por lo que el
acompañante no era juicioso de que se estaba atacando a sí mismo.
Al percatarse de que comenzaba a sentirse hipnotizado, Jonas
apartó la mirada y puso de nueva cuenta su atención en los aparatos
de medición. La temperatura había descendido hasta 10.5 °C, y la
presión del agua se había elevado por encima de los 136 kg/cm
2
.
Cerró los ojos para evitar hacer trampa, e intentó calcular su
profundidad, ejercicio mental diseñado para mantenerse lúcido. La
presión del agua incrementa a una tasa de 1.03 kg/cm
2
por cada 10
metros de profundidad. Si divido 136 kg/cm
2
entre…
La sensación repentina de vértigo casi lo hizo caer de su asien-
to acolchonado. Rápidamente reabrió los ojos y miró a su alrededor
dentro de la esfera.
41
Richard Prestis seguía dormitando a su izquierda, encorvado
bajo una frazada y en una posición fetal bastante forzada.
Michael Shaffer, a su derecha, no le quitaba la mirada de encima.
Sus ojos se abrieron tanto que parecían peces hacha, y sus nudillos
blancos se aferraban al libro desgastado que venía leyendo.
—Dime que estás bien.
—Estoy bien, de maravilla.
—Bien. Entonces quizá deberías atarte. ¿Y tu arnés?
—¿Arnés? Claro. Buena idea.
Tomó las tiras e intentó hacer coincidir los extremos para abro-
charlo, pero las manos le temblaban tanto que le era imposible
lograrlo.
Shaffer esperó con paciencia, aunque en su interior su pulso
aumentaba. El científico volteó a ver el medidor de profundidad jus-
to en el instante en el que los números anaranjados de LED marcaban
el paso de los dos kilómetros. Apenas una cuarta parte del camino y
ya lo estamos perdiendo. Lo mejor será relajar el ambiente… tranqui-
lizar su mente, o lo que quede de ella.
—Oye, Jonas, ¿te he contado el chiste del premio al mejor brindis
de la noche? Resulta que lo ganó un irlandés, un buen muchacho, John
O’Reilly, quien levantó su cerveza y dijo: “Brindo porque deseo pasar
el resto de mi vida… entre las espléndidas piernas de mi exuberan-
te marida”. Cuando regresó a casa esa noche, ahogado de borracho,
su esposa le exigió que le contara por qué había ga nado el concurso.
Le dijo: “Mary, lo gané por hacer el mejor brindis de la noche. ‘Brin-
do porque deseo pasar el resto de mi vida sentado en la iglesia con mi
hermosa marida’”. Pues bien, al día siguiente Mary se topó con uno
de los amigos de juerga de John. El hombre le dijo, mientras le mira-
ba los enormes pechos: “Oye, Mary, ¿oíste que John ganó el premio la
otra noche con un brindis en el que hablaba de ti?” “Sí, me contó —le
dijo Mary—. Me sorprendió un poco. ¿Sabes? Porque sólo ha estado
ahí dos veces en los últimos cuatro años. La primera se quedó dor-
mido, y la segunda lo tuve que jalar de las orejas para hacerlo venir.”
42
Jonas sonrió.
—Es un camino largo. Espero que hayas guardado lo mejor de
tu repertorio para el Purgatorio del demonio.
—Hay algo que he querido preguntarte. ¿A quién se le ocurrió
ese nombre para esta parte de la fosa?
—Me contaron que se le ocurrió a un científico del HMS Challen-
ger. Según su diario, en esta área recolectaron la mayor cantidad de
dientes de tiburón fosilizados de toda la misión, incluyendo algu-
nos que tenían poco menos de 10 000 años.
—¿Qué tan grandes eran?
—De entre 15 y 17 centímetros, con las orillas dentadas. Como
cuchillos de carne.
—¿Qué tipo de…?
—Un Megalodon. Un pariente prehistórico del gran tiburón
blanco. Si calculas que 2.5 centímetros de diente equivalen a tres
metros de tiburón… pues, te lo puedes imaginar.
—Ésa sí que es una bestia y no cosas.
—Pero aquí va la parte realmente aterradora: si los dientes tuvie-
ran menos de 10 000 años, eso querría decir que algunos de esos
tiburones sobrevivieron a la última glaciación al haber descendido
y habitado la capa templada que debe su temperatura a las fuentes
volcánicas. Es muy caluroso el fondo. Es la zona hirviente. Como
en el infierno.
—Como el demonio. Ya entiendo. Pero el término purgatorio
lo hace sonar como si los tiburones se hubieran quedado atrapa-
dos ahí.
Jonas señala el termómetro en el momento en el que el océano
registra una temperatura helada de 5.5 °C.
—Veintiún grados centígrados en el fondo, separados del sol y
las aguas menos profundas por casi 10 kilómetros de agua helada.
Si vivieras en un oasis con suficiente comida, ¿te arriesgarías a cru-
zar el desierto para llegar a otro oasis que ni siquiera tienes idea de
que existe?
43
Shaffer sonrió.
—Sólo si fuera a Las Vegas. A veces soy como un tiburón. De
las cartas. Además, me encanta acechar a las damas. Rawr.
* * *
A bordo del Tallman
Veintisiete kilómetros al nornordeste de Guam
Lucas Heitman desplegó el mapa batimétrico a lo largo de la super-
ficie fluorescente de la mesa.
—Estamos aquí, como a unos 24 kilómetros al noreste de Guam.
Su monstruo se encuentra casi a un kilómetro, navegando unos 10
kilómetros a una velocidad constante de cinco nudos. Estamos emi-
tiendo sonidos de 16 khz, los cuales son lo suficientemente bajos
como para mantener la lectura, pero no tan altos como para hacer-
lo enojar… a esta distancia.
—¿Y si quiero marcarlo?
—¿Marcarlo?
—Sí, marcarlo. O marcarla. Lo único que sé es que tuvimos
mucha suerte al detectarlo. No quiero arriesgarme a perderlo por
culpa de un maldito ciclón. Así que necesitamos marcarlo.
—Seamos realistas: ¿ves estas olas de casi cinco metros que
provoca el maldito ciclón? Mañana en la noche se convertirán en
pequeñas montañas. Si no nos dirigimos pronto hacia el sur, nos
veremos atrapados en el ojo, y eso sería lo último que querríamos.
Otra cosa: tu monstruo no abandonará la zona templada debajo de
la pluma hidrotermal. Ése es el principal problema, Paul. La pluma
es como un furioso río de minerales que romperán el ensamble del
dardo transmisor sin importar la plataforma de lanzamiento que
mandes hacia allá, y eso eliminará cualquier posibilidad de marcar
al tiburón.
—Veamos, Lucas. Quizá no abandone la capa templada para
siempre, pero te apuesto que podemos provocarlo para que se dé
44
una breve escapada. Carga el Sea Bat II con el arma transmisora y
los restos del atún que pescamos ayer en la mañana. Atraemos al
Meg hacia la superficie con el Sea Bat I, luego lo seducimos para
que se acerque lo suficiente al Sea Bat II y entonces, ¡blam!, direc-
to al hocico.
La mirada intensa de Paul rayaba en la manía.
Lucas se le quedó viendo a su amigo.
—¿Dispararle en el hocico? Viejo, ¿en qué estas pensando? Esta-
mos hablando de un tiburón que es del tamaño del timón del Tall-
man. ¿Qué ocurrirá si logramos sacarlo de su hábitat y sube a la
superficie? ¿Qué le impediría seguir al Sea Bat hacia las aguas menos
profundas?
—¿Te imaginas los encabezados? Sería más impresionante que
cuando el Alvin encontró el Titanic.
—Paul, estoy hablando en serio.
—Yo también. Si tuvieras idea de lo difícil que me ha resultado
convencer a mi padre de conservar nuestro pequeño negocio, tam-
bién te lo tomarías en serio. Hay muy pocos trabajos interesantes
y bien pagados, aparte de los que implican revisar los oleoductos, y
la mayoría se los encomiendan a otros barcos mejor consolidados.
Necesitamos algo grande como esto para poner al Tallman a la vis-
ta de todos.
—Sólo te pido que lo pienses bien. Si traes a ese monstruo de las
profundidades, será tu problema, amigo.
—No me molestes.
—Estoy hablando de que serás responsable por él, Paul.
—Primero lo marcamos y luego vemos qué hacer. ¿Te parece?
—Está bien. Tienes hasta las seis de la tarde para intentar mar-
carlo. Después nos dirigiremos hacia el sur.
—Mejor hasta las ocho.
—Paul, ¿alguna vez viste la película de La tormenta perfecta?
—Ok, ok. Seis de la tarde. Sólo necesito que los dos Sea Bats
estén equipados y listos para partir en una hora.
45
5
Fosa de las Marianas
La fosa de las Marianas comprende la zona de subducción en la
cual la enorme placa Pacífica desciende debajo de la orilla de la pla-
ca Euroasiática. Durante miles de millones de años, los campos de
fuentes hidrotermales han liberado agua ultrahirviente a 370 °C a lo
largo de este acantilado de 2 500 kilómetros de longitud y 70 kiló-
metros de ancho. La descarga volcánica rica en minerales expulsa-
da por las “fumarolas negras” se ha acumulado como a kilómetro y
medio por encima del fondo, y ha formado una especie de techo de
sedimentos que en efecto aísla esa zona del agua helada del abismo
exterior. Se trata de una pluma hidrotermal de más de 18 metros de
grosor, cuya estabilidad se debe en gran parte a los muros empina-
dos del cañón submarino, y que ha creado una zona templada en un
reino sin explorar localizado al fondo del océano Pacífico occidental.
46
Hasta antes de 1977 los científicos estaban convencidos de que
no podía haber vida en las profundidades sin luz solar. Una vez
que hicieron investigaciones al respecto, a bordo del sumergible
Alvin, les sorprendió descubrir una vasta cadena alimenticia que se
originaba con los gusanos tubícolas, invertebrados que medían entre
2.5 y tres metros de longitud, y que al parecer se alimentaban de las
fuentes hidrotermales. De hecho, el Riftia pachyptila subsiste gra-
cias a las bacterias que viven en el interior de sus propios órganos de
nutrición color rojo brillante. A su vez, las bacterias al interior de los
gusanos, como parte de una relación simbiótica, se alimentan de
los componentes químicos tóxicos que las fuentes hidrotermales
expulsan hacia el mar, proceso que en la actualidad se conoce como
quimiosíntesis.
En las profundidades de la fosa de las Marianas, los cangre-
jos y los camarones albinos gigantes se alimentaban de los gusa-
nos tubícolas; los peces pequeños se alimentaban de los cangrejos y
los camarones, y los peces más grandes se alimentaban de los más
pequeños. Los peces más grandes servían de alimento para una serie
de criaturas marinas exóticas, tanto modernas como prehistóricas,
que habían subsistido en esta zona templada aislada durante cientos
de millones de años. Aunque no había ballenas o elefantes marinos
en la fosa de las Marianas, había muchos depredadores provenien-
tes de este ecosistema que prosperaba a pesar de la ausencia de luz.
En la cima de esta cadena alimenticia se encontraba el Carcha-
rodon megalodon.
Durante cerca de 30 años, estos monstruosos tiburones domina-
ron casi todos los océanos, y se alimentaban de ballenas, las cuales
les aportaban un alto contenido graso y energético. Sin embargo,
todo cambió hace dos millones de años, debido a la llegada de la últi-
ma glaciación. En un lapso de 100 000 años, la gran mayoría de los
principales depredadores se había extinguido. Algunas de las cria-
turas se adaptaron a habitar las regiones más profundas del meso-
pelágico para evitar ser cazadas por las orcas, las cuales vivían cerca
47
de la superficie. Las ballenas asesinas, unos mamíferos muy inteli-
gentes, cazaban en grupo y preferían a los adultos solitarios y a las
crías de los Megalodon. Los Megalodon que lograron sobrevivir la
glaciación lo hicieron en una zona templada y aislada que se locali-
zaba en el cañón más profundo del planeta.
* * *
El tiburón albino hembra se movía lentamente a través del cañón en
absoluta oscuridad. Con una longitud de 15 metros y un peso de 27
toneladas, la joven Megalodon ya era de las proporciones de sus con-
trapartes masculinas adultas, las cuales seguían evitando la confron-
tación con la hembra, al menos hasta su primer ciclo fértil.
El agua tibia fluía hacia sus fauces, abiertas en una especie de
sonrisa dentada y cruel. Los 22 dientes afilados como cuchillas que
usaba para agarrar a sus presas eran apenas visibles por encima de la
línea gingival inferior. La mandíbula superior tenía 24 navajas más
grandes diseñadas por la naturaleza para atravesar los huesos, los
tendones y la grasa. Detrás de esta primera hilera de dientes había
cuatro o cinco hileras más, plegadas hacia la línea gingival como
una cinta transportadora. Estas dentadas armas, de entre siete y 15
centímetros de longitud, estaban acomodadas dentro de una man-
díbula de tres metros que, en vez de estar fusionada con el cráneo,
permanecía suelta bajo la caja craneal. Esta adaptación le per mitía a
la mandíbula superior hacerse hacia adelante e hiperextenderse en
una gigantesca mordida, lo suficientemente amplia como para engu-
llir una minivan, desde la parte trasera hasta el parabrisas delantero.
La hembra se deslizaba sin mucho esfuerzo entre el vacío tropi-
cal, y su inmenso cuerpo con forma de torpedo ondulaba en lentos
serpenteos. A medida que contraía los músculos laterales, la aleta
caudal y la parte posterior de la Megalodon se movían de forma rít-
mica y poderosa, impulsándola hacia adelante. La cola, que aseme-
jaba una inmensa media luna, le proporcionaba el máximo empuje
48
con la menor resistencia, mientras que la muesca caudal de la aleta,
localizada en el lóbulo superior, permitía que su cuerpo se desliza-
ra con mayor soltura en el flujo acuático.
Las anchas aletas pectorales estabilizaban el empuje frontal de
la Megalodon, y le proporcionaban mayor propulsión y equilibrio,
como las alas de una aeronave comercial. Su aleta dorsal se alza-
ba sobre su espalda como una vela de casi dos metros y funcionaba
como un timón. Tenía un par más pequeño de aletas pélvicas, una
segunda dorsal y una diminuta aleta anal que complementaban la
sincronizada máquina que llevaba 400 millones de años de evolu-
ción perfeccionándose.
La hembra inhalaba sus alrededores a través de dos fosas direc-
cionales del tamaño de toronjas, y su cerebro procesaba un elíxir de
sustancias químicas y excreciones que eran tan identificables como
el humo en una cocina.
Más adelante había miles de sepias que nadaban por el cañón
como si fueran un solo animal. La hembra llevaba semanas rastrean-
do ese banco.
No había tenido la urgencia de alimentarse, pues eso requería
cazar, y cazar implicaba un gasto de energía.
Sin embargo, esta mañana la hembra se había visto obligada a
gastar energía para perseguir a una molesta criatura cuya presencia
había aturdido sus sentidos.
Ahora necesitaba alimentarse.
* * *
Aunque no había luz visible en la fosa, la Meg aun así podía ver, gra-
cias al par de ojos equipados con una capa reflectora detrás de la
retina que le proporcionaba vestigios de visión nocturna. Aunque
sus antepasados tenían los ojos negros, los Megalodon de la fosa de
las Marianas habían desarrollado ojos azul grisáceo, característica
común entre los albinos. La pérdida del pigmento plomizo del dor-
49
so de la especie había ocurrido a lo largo de eones, como parte de
la adaptación a una vida de aislamiento en la oscuridad perpetua.
La joven hembra siguió su curso hacia el suroeste, navegando alre-
dedor de fumarolas negras tan altas como rascacielos, en medio de
una corriente veloz que le permitía esforzarse poco. El hambre era un
medidor de combustible que incrementaba con cada gasto de ener-
gía. Dado que su temperatura nuclear se aproximaba a la de su medio
ambiente, la cazadora podía pasar semanas sin comer, siempre y cuan-
do se mantuviera en las apacibles profundidades sin depredar.
Las ondas sonoras del Sea Bat habían desquiciado los órganos
sensoriales de la hembra y la habían obligado a atacar. Una docena
de arrebatos sucesivos la habían llevado hasta el techo hidrotermal,
y el repentino embate de agua a 0.5 °C la confrontaba antes de que
pudiera matar a la fuente de la perturbación.
Ahora la Meg seguía el rastro de un aroma: excreciones de un ser
vivo que dejaban una marca equivalente a la de tres ballenas azules.
Con un aletazo dorsal impresionante, la hembra hambrienta ace-
leró en medio de la oscuridad, acercándose rápidamente a su presa.
* * *
En la jerarquía oceánica, el tamaño es lo que importa. Las sepias de
la fosa de las Marianas se han adaptado a su ambiente a través de un
aumento en su tamaño hasta de cinco o seis metros de longitud des-
de la cabeza hasta las puntas de los ocho brazos cubiertos de vento-
sas y los dos tentáculos para alimentarse. Requieren tres corazones
para llevar la sangre de color azul verdoso hacia las 10 extremidades,
al mismo tiempo que bombean un mecanismo de camuflaje que les
permite alterar su color de piel. Las luces de neón brillantes les sir-
ven para atraer a sus presas o para aturdir a un enemigo.
Gracias a su inteligencia, han aprendido a viajar en bancos, pues
el tamaño con el que se les percibe ahuyenta a los enemigos poten-
ciales. Más de 10 000 cefalópodos se mueven como uno mismo a
50
través del cañón, y el banco completo ondula como una serpiente
marina de casi medio kilómetro de longitud.
Aunque su estrategia es ingeniosa, no puede engañar los senti-
dos de la Megalodon. A lo largo de la parte superior y lateral infe-
rior del hocico de la hembra se encuentran unas células sensoriales
conocidas en conjunto como ampollas de Lorenzini. Estos poros
rellenos de una sustancia gelatinosa se conectan con el cerebro del
tiburón a través de una vasta red de nervios craneales, los cuales le
permiten detectar los leves gradientes de voltaje y los campos bio-
eléctricos producidos por las sepias, mientras su piel se mueve por
el agua. Tan sensibles son las ampollas de Lorenzini que la Mega-
lodon puede distinguir a cada sepia del grupo de miles por el latido
del trío de corazones de cada individuo.
* * *
La hembra acechaba a su presa, moviéndose paralela a grupo.
Al detectar al depredador, las sepias aumentaron la velocidad e
iluminaron simultáneamente sus pieles en tonos de azul y verde fos-
forescente. El patrón de colores era un método para comunicarse
entre ellas, así como una advertencia al enemigo para que se alejara.
La espina de la Megalodon se arqueó, obligando a sus aletas
pectorales a encorvarse hacia abajo. Dispuesta en modo de ataque,
la joven asesina estaba a punto de lanzarse hacia la masa de cala-
mares en movimiento cuando detectó otra presencia cercana… un
contendiente.
* * *
Con una longitud de 10 metros, el pliosaurio es casi tan largo como
el Megalodon; aunque, con un peso de 18 toneladas, dista bastante de
tener una complexión como la del tiburón. La cabeza de la criatura,
que ocupa casi una tercera parte de su longitud, ostenta una mandí-
bula de cocodrilo sobrecargada con dientes como dagas filosas de 25
51
centímetros de largo. Su cráneo se encuentra sobre un cuello grueso
y un tronco robusto que va disminuyendo hasta llegar a una peque-
ña cola. Sus movimientos viperinos son impulsados por cuatro aletas
de gran tamaño que propulsan su cuerpo aerodinámico por el agua.
El Kronosaurus, sobreviviente del Cretácico medio, comenzó
su existencia siendo un reptil. Durante más de 50 millones de años
sus ancestros dominaron los mares; hasta hace 65 millones de años,
cuando un asteroide cayó en la Tierra. El impacto del cuerpo celes-
te llenó la atmósfera del planeta con detritos que bloquearon la luz
solar y provocaron una glaciación.
Los reptiles son animales de sangre fría, cuya temperatura cor-
poral depende del calor generado por su entorno. Debido al rápido
enfriamiento oceánico, el plesiosauro se extinguió en poco tiempo,
pues fue incapaz de generar suficiente calor corporal para sobrevi-
vir. El Kronosaurus, que habitaba en los mares próximos a Australia,
era la única especie de plesiosauro que se encontraba cerca de uno
de los pocos lugares tibios en el planeta que no se vio afectado por
el periodo glaciar.
Así como los lagartos pasan el día tomando el sol, los miembros
de la especie Kronosaurus tuvieron a bien sumergirse hacia las cáli-
das profundidades de la fosa de las Marianas para sobrevivir. A lo
largo de miles de generaciones, este grupo específico de pliosau-
rios se fue adaptando para realizar estas largas inmersiones a través
del desarrollo de branquias, característica evolutiva que le permitió
habitar de forma permanente en el tibio abismo. Su presencia en el
cañón submarino era la carnada que atraería al Megalodon, en últi-
ma instancia, a compartir su oasis templado.
* * *
El Kronosaurus macho se deslizaba en silencio a través del campo
de fuentes que escupían brotes de agua casi al punto del hervor; la
contracorriente sulfúrica y salobre causaba que algunas hectáreas
52
de gusanos tubícolas danzaran. Si el Megalodon era el león de este
Serengueti de las aguas profundas, el Kronosaurus era el leopardo.
Aunque estaba consciente de la presencia de un cazador superior,
también necesitaba alimentarse.
Con un impulso de sus poderosas aletas frontales, el pliosaurio
se inclinó con rapidez alrededor de una fumarola negra, de modo
que quedara en línea de intercepción directa con el río de cefaló-
podos que iban a toda velocidad por el cañón como un tren de seis
pisos que medía más que tres campos de futbol juntos.
Al detectar al Kronosaurus en posición de ataque, las sepias coor-
dinaron sus pieles fotocromáticas y encendieron chispas de luces
verdes y azules neón en ambas direcciones, con un patrón cente-
lleante y cambiante que daba la impresión de ser los dentículos de
una serpiente marina gigantesca.
El Kronosaurus, intimidado, cambió de rumbo, pues su instin-
to de supervivencia por un momento superó su necesidad de ali-
mentarse.
Y entonces, sin advertencia previa, la formación se rompió de
repente: 10 000 cuerpos fosforescentes se tornaron rojos mientras
de dispersaban en una explosión de colores brillantes y enceguecedo-
res; la estampida había sido provocada por un tiburón enfurecido de
27 toneladas. La Megalodon se abrió camino con violencia a través
del centro del grupo, su mandíbula hiperextendida captó un gran
bocado de cefalópodos que se retorcían, y sus dientes despedazaron
los tentáculos hasta volverlos tiras, mientras sus sentidos buscaban
en medio del caos al Kronosaurus.
El contrincante sorprendido huyó velozmente, girando y retor-
ciéndose, e incluso se quemó el estómago con el flujo ardiente de
una fuente cuando estaba siendo arrastrado por la confusión de los
calamares en fuga.
La Megalodon tragó un bocado de casi media tonelada de sucu-
lentas sepias; los calamares se reagrupaban y sus pieles centellea-
ban en secuencias rápidas, al tiempo que giraban y se retorcían para
53
converger como un solo animal. La masa reformada de cuerpos bri-
llantes se dirigió a gran velocidad hacia el norte a través del cañón
submarino, como si se tratara de una serpiente de color verde azu-
lado que reptaba en las profundidades.
La Meg circundó los escombros un par de veces, buscando con
los sentidos a su contendiente. La hembra detectó al Kronosaurus a
unos cuantos cientos de metros de distancia, moviéndose velozmen-
te y acechando al recién reorganizado banco de sepias.
Con el apetito recién abierto, el tiburón alteró su curso para diri-
girse hacia la presa que huía.
54
6
Abismo Challenger
Los ojos de Jonas se dirigieron velozmente del medidor de profun-
didad a la portilla; las últimas cinco horas de fatiga desaparecían en
medio del disparo de adrenalina que acompañaba la llegada a las pro-
fundidades extremas.
9.6 kilómetros…
9.68 kilómetros…
El detritus hacía sonar el casco exterior del Sea Cliff como gra-
nizo sobre un techo de lámina. Jonas disminuyó la presión sobre los
pedales para ajustar la velocidad de descenso del sumergible.
9.7 kilómetros.
Un objeto se hizo visible a través de la pequeña portilla refor-
zada que estaba junto a sus calcetines. Las luces del DSV iluminaron
un río arremolinado de agua ocre. Jonas mantuvo el sumergible a
55
unos 15 metros de la pluma hidrotermal, mientras luchaba por ajus-
tar el sistema de compensación en medio de las fuertes oleadas de la
corriente enfurecida.
—Despierten, caballeros. Hemos llegado a las puertas del infierno.
Michael Shaffer movió al doctor Prestis para que despertara.
—Necesitas una mejor frase, Jonas. ¿Qué tal algo como “Oye,
Toto, tengo el presentimiento de que ya no estamos en Kansas”?
El doctor Prestis se talló los ojos somnolientos.
—Eso no es novedoso. Todas las malas películas usan esa frase.
Mejor algo así como: “Habiendo tantas fosas de aguas profundas
del mundo, ¿por qué esa mujer nadaría en la mía?”
—¿Se imaginan asomarse por la portilla y ver una sirena? —dijo
Shaffer, mientras preparaba el vehículo de operación remota para
la misión.
—Prefiero a las sirenas que son copa D o más —dijo Prestis en
broma—. Cualquier sirena que sobreviviera a esta profundidad esta-
ría plana por la presión… Preparando la Ardilla Voladora.
—Quería preguntarles, ¿de quién fue la idea de ponerle al
vehícu lo Ardilla Voladora? —sonrió Jonas.
—Le debemos el nombre al doctor Shaffer.
—¿Qué les puedo decir? Soy fan de Rocky y Bullwinkle.
Jonas se esforzaba por controlar la inclinación y la desviación
mientras el Sea Cliff oscilaba sobre los remolinos de agua fría que
chocaban contra la templada.
—Quizá en vez de Danielson y Heller, deberíamos llamarlos
Boris y Natasha.
Prestis se asió de una manija y cerró los ojos ante la turbulencia.
—¿Quién sería Boris y quién Natasha?
Shaffer lo ignoró y se puso a rezar una breve oración.
—Heller debería ser Natasha —respondió Jonas—. Sus piernas
son más bonitas. Mike, ¿estás bien?
La proa y la popa del sumergible se columpiaban como si estu-
vieran en un lento sube y baja.
56
—Terminemos esta maldita misión y salgamos del auto. Lan-
zando la Ardilla Voladora.
El vehículo de operación remota color amarillo canario y ape-
nas del tamaño de un go-kart se separó de la plataforma inclinada
del DSV, y sus dos propulsores lo alejaron rápidamente del sumer-
gible, mientras éste liberaba cuerda de piano con un carrete moto-
rizado.
—Motores: listos. Luces: listas. Infrarrojo: listo. Visión noctur-
na: lista. Cámara frontal: lista. Cámara trasera: lista. Rezón: listo.
Richard, prueba la succión.
—Funciona. Todo listo. Manda a tu Ardilla Voladora hacia
la entrada al infierno de Jonas y tráenos unas suculentas nueces.
—Me conformaré con una docena de nódulos polimetálicos lle-
nos de helio-3 —murmuró Shaffer. Con una palanca, el científico
maniobró el vehículo hacia una barranca pronunciada y lo dirigió
hacia un punto oscuro de la pluma hidrotermal que aparecía ahora
en su monitor.
—Con lágrimas en los ojos, se prepara para su último tiro. Es
como la Cenicienta, una historia de éxito… Solía ser un simple jar-
dinero, y ahora está a punto de convertirse en el campeón del Mas-
ters de Augusta.
Jonas y Prestis se miraron mutuamente y sonrieron al cap-
tar la imitación precisa que su amigo hacía de Carl Spackler, de
Caddyshack.
—¡Está en el hoyo! ¡Está en el hoyo! —gritaron los tres al mis-
mo tiempo, mientras el vehículo atravesaba el tibio remolino de sedi-
mentos y el detritus volcánico golpeaba su chasis reforzado.
Durante varios minutos el monitor de Shaffer sólo mostraba
estática. Luego, el vehículo a control remoto salió del techo hidro-
termal y entró al plácido mar.
—Estamos dentro. Ahora cambiaré a visión nocturna.
El monitor cambió de estar negro a una tonalidad verde acei-
tuna que permitía ver unas nubosidades color café oscuro que iban
57
en oleadas. Shaffer se movió con la palanca para virar el pequeño
vehícu lo lejos de la bruma volcánica y sumergirlo hacia el fondo.
—Diablos, Michael. ¡Súbelo!
—Jonas, todo está despejado.
—¡Hazlo! El sonar reporta algo grande que se dirige hacia el
vehículo.
Shaffer jaló la palanca para hacer retroceder por la pluma hidro-
termal el pequeño sumergible que estaba atado a ellos.
El corazón de Richard se aceleró.
—¿Qué es, Jonas? ¿Qué tan grande es?
—No quieren saberlo.
Jonas apagó las luces submarinas del Sea Cliff, lo que les permi-
tió ver a través de la ocasional línea de agua transparente los resi-
duos minerales que se arremolinaban bajo ellos.
Las reverberaciones —como pies descalzos que pisan fuerte
sobre el pavimento húmedo— iban in crescendo; de repente, la oscu-
ridad se iluminó con una impresionante corriente de luces estrobos-
cópicas fosforescentes en tonos verdes y azules. Los seres que las
producían iban a unos 600 metros por debajo del techo hidrotermal,
nadando a una gran velocidad por la fosa, cual fuego de San Telmo.
Pasaron 40 segundos antes de que regresara la oscuridad si-
lenciosa.
Richard Prestis se limpió las pequeñas gotas de sudor de las
sienes.
—Eso fue increíble. Una experiencia extraterrestre.
—Creo que acabo de vomitar un alienígena —dijo el doctor
Shaf fer, cuyo corazón latía tan fuerte que afectaba su respiración,
y cada inhalación profunda rayaba en la hiperventilación. Con las
manos temblorosas, sacó un Valium—. Richard, creo que necesito
que te hagas cargo.
—¿Necesitas más Valium?
—No, creo que necesito aire.
—Respira despacio y profundo, poco a poco. Jonas, ¿podrías
ajustar el aire?
58
—Listo.
—A ver, Mike, cuéntanos un chiste. Como aquel de…
—¡Shh! —Jonas se quedó mirando el sonar del vehículo remo-
to—. Richard, mantén estable a la Ardilla.
—¿Qué ocurre? —ambos científicos levantaron la mirada, con
el rostro pálido y sudoroso.
—El sonar ha detectado un organismo que viene rezagado. Pero
es diferente a los otros. Se mueve como un depredador.
Los tres hombres se inclinaron hacia la pantalla del sonar y
observaron el punto naranja que parpadeaba y se movía lentamente
en las profundidades, dibujando ochos debajo de la Ardilla.
—Sabe que el robot está ahí —susurró Jonas.
—¿Cómo?
—El propulsor de metal. Libera descargas eléctricas. Lo mejor
será cortar la corriente del robot.
Prestis y Shaffer intercambiaron miradas, desconfiados.
—Háganlo. La cuerda de piano lo mantendrá en su lugar.
Prestis cortó el suministro eléctrico del vehículo de operación
remota.
* * *
La Megalodon rodeaba al intruso herido, con la espalda arqueada y
acanalada, preparándose para atacar desde abajo, cuando su presa
desapareció de repente. Aunque quedaban rastros de su presencia
—chispas de electricidad estática transmitidas por el contacto del
agua marina y del detritus con el metal—, para la hembra, la presa
herida parecía estar muerta o enferma.
La postura de la Meg se relajó.
Siguió nadando en círculos unos cuantos minutos más. Des-
pués, tras dar algunos coletazos con fuerza, siguió su cacería y gra-
dualmente se fue acercando a la multitud de sepias que viajaban
hacia el norte a través de las aguas tibias del cañón submarino.
59
* * *
A bordo del Tallman
A casi 10 kilómetros al nornoroeste de Guam
—Paul, creo que deberías ver esto. Según el Sea Bat-I, tu monstruo
ha cambiado de dirección.
Paul Agricola hizo a un lado a uno de los científicos para obser-
var junto al capitán Heitman la pantalla del sonar del vehículo de
operación remota. Sentía nudos en la cabeza y el estómago por las
olas hasta de seis metros.
—Hay varias señales. ¿Cuál de todas es?
—La más pequeña. Ésta de aquí. Aquella masa más grande debe
ser un banco de peces. Cuando éstos cambiaron su curso, el tiburón
también lo hizo. Mira, acaba de pasar justo debajo de nosotros.
—Acércanos antes de que los perdamos.
—Timonel, avance en dirección cero-uno-cinco. Cuidado con la
proa; que quede de cara a las olas. Incremente la velocidad 10 nudos.
—Sí, señor.
Paul dio unos leves golpes a la mesa de plástico con el índice,
mientras sus ojos estudiaban las cartas.
—¿Cuánto habrá que esperar para lanzar el Sea Bat-II?
El capitán tomó el teléfono de su estación y marcó la extensión
del cuarto de suministros.
—Doug, ¿cuánto falta para que esté listo el SB-II?
—Veinte minutos. Si me llamas de nuevo serán 30.
Paul tomó el teléfono.
—Doug, ¿cuál es la profundidad máxima a la que podemos dis-
parar el dardo transmisor?
—Mientras el vehículo esté por encima de la pluma hidroter-
mal podrá disparar. Ahora bien, en cuanto a la precisión o capacidad
para penetrar la piel del Meg, no hay forma de saberlo. Recomiendo
que permitas que el pez se acerque lo más posible y luego esperes
un milagro.
60
Paul colgó el teléfono con fuerza.
—Veinte minutos, capitán. Avísame cuando se haga el lanza-
miento. Estaré en la proa, vomitando mis entrañas.
Lucas miró a su amigo salir de la timonera. Un ser de tierra. Igual
que su padre…
* * *
ABISMO CHALLENGER
En el Serengueti africano hay reglas, una jerarquía en el orden de
caza. Si la leona se acerca a una cebra, está en su territorio. Una vez
que se aparta de los restos, las hienas y otros carroñeros pueden ali-
mentarse de ellos.
Algo similar ocurre en el océano. En las aguas menos profun-
das, la cacería de leones marinos la orquestan las orcas; el bufé de
un cetáceo muerto corre a cargo del gran tiburón blanco.
En la fosa de las Marianas, el Carcharon megalodon lleva la batu-
ta. Comienza acechando a la presa con un ritual diseñado para ahu-
yentar a otros depredadores. Su lenguaje corporal va de una postura
sumisa a una agresiva: arquea la espina, con las aletas pectorales en
dirección hacia abajo. El Megalodon también puede marcar su terri-
torio de caza al orinar mientras circunda a su posible alimento.
Cruzar esa frontera es cuestionar la jerarquía de depredación.
* * *
El Kronosaurus necesitaba alimentarse. Su encuentro con la Mega-
lodon lo había tomado por sorpresa, y el escape le hizo gastar las
pocas reservas de energía que le quedaban.
Nadaba como una barracuda, paralelo al banco de sepias. De
repente, el Kronosaurus de 18 toneladas viró hacia el grupo y logró
separar a varias docenas de calamares de la manada que se reagru-
61
paba de prisa. Ubicó a una sepia solitaria y comenzó la cacería.
El pez era rápido, pero sus antiguos patrones cerebrales prove-
nientes de una mentalidad grupal fueron su perdición. En vez de
distanciarse del cazador, lo único que buscaba era reunirse con sus
parientes que huían, y para ello tomó la ruta más directa.
El Kronosaurus salió por detrás de una alta fumarola negra y
le cortó el paso a la criatura. Con una sola mordida insidiosa, aga-
rró la cabeza del calamar entre sus fauces, lo que causó una intensa
respuesta de los tentáculos que daban latigazos por fuera de la qui-
jada y cuyas ventosas desgarraban la piel del enemigo invisible. Pero
la fuerza vital del cefalópodo se escapaba a medida que perdía san-
gre y pronto quedó quieto en la boca del pliosaurio.
El Kronosaurus dio un par de mordiscos antes de que sus senti-
dos lo alertaran de la presencia de un depredador más grande.
Al haber atacado a la presa de la Meg, era claro que el Krono-
saurus la había desafiado. La joven reina cambió el curso y olvidó al
banco de sepias para interceptar al pliosaurio; la necesidad de con-
servar la energía no se comparaba con 30 millones de años de ins-
tinto. La Meg nadaba en círculos a casi 100 metros del fondo, y
esperaba con paciencia que su enemigo tratara de huir.
Con la sepia muerta aún entre sus fauces de cocodrilo, el Kro-
nosaurus comenzó el escape, serpenteando entre los campos ondu-
lantes de gusanos tubícolas gigantes, en un intento por eludir a la
cazadora.
Gracias a la altura a la que estaba, la Megalodon podía acelerar en
el descenso pronunciado, y el ángulo de ataque le permitía cerrar la
brecha e imposibilitarle la escapatoria a su enemigo. La persecución
terminó en una violenta humareda de sedimentos, luego de que el
gran tiburón prehistórico de 15 metros de longitud azotara al Kro-
nosaurus contra el lecho marino. El fuerte golpe le hizo perder dos
dientes superiores, los cuales desaparecieron entre la bruma de are-
na, los gusanos tubícolas cercenados y la sangre.
Esta última venía del Kronosaurus. Los órganos internos de la
62
criatura explotaron a causa del impacto, y los restos destrozados
salieron salpicados a través del esófago del animal muerto debido a
la fuerza rompevértebras ejercida por el tiburón de 27 toneladas que
lo embistió a 18 nudos de velocidad.
La joven reina, aturdida por la confusión provocada por el gol-
pe, no podía localizar los restos destrozados de su presa. Agitó su
gigantesca cabeza, nadó lentamente en círculos lejos de la nube de
sedimentos, e intentó sosegar sus sentidos aturdidos.
A medida que se recuperaba, lo primera molestia que percibió
fue un sonido familiar de altos decibeles que exacerbaba la herida
y le inflamaba el aparato sensorial. Para tratar de deshacerse de la
molesta sensación, la hembra comenzó a nadar en un patrón cons-
tante con forma de ocho, mientras los restos sangrantes bailaban
por encima del lecho marino. El blip… blip… blip… la irritaba y la
hostigaba, llevándola a una especie de frenesí.
La Carcharodon megalodon abandonó la cacería para emerger e
interceptar a su nuevo enemigo.
63
7
A bordo del Tallman
La timonera se había convertido en una orquesta de caos orga-
nizado.
Paul Agricola era el conductor, el maestro de la misión que diri-
gía un concierto que cambiaba a gran velocidad y que tenía lugar a
9.5 kilómetros de la superficie.
Las “percusiones” que llevaban el tumulto apenas controlado
estaban representadas por la cadencia regular de sonidos emitidos
por la estación sonar del Sea Bat-II, desplegado a 8.6 kilómetros de
profundidad.
La “sección de cuerdas” de la orquesta de Paul estaba confor-
mada por el incesante chillido del cabrestante del Sea Bat-I, con-
trolada por un cuarteto de tripulantes que estaban en la cubierta
principal.
64
En la “fosa”, el capitán Heitman se hacía cargo de los metales,
al girar el Tallman de babor a estribor para reducir la longitud del
cable del Sea Bat-I cada vez que la criatura se acercaba demasiado
al vehículo.
El objetivo de Paul era valerse del Sea Bat-I para atraer a la Mega-
lodon por encima de la pluma hidrotermal hacia una profundidad
menor, en la que lo esperaban el Sea Bat-II y el dardo transmisor. El
primero de varios problemas con este juego subacuático del gato y
el ratón era que el sonar del Sea Bat-I sólo podía involucrar a la Meg
cuando descendía por debajo de la pluma hidrotermal, a 9.8 kiló-
metros. Hasta entonces, Paul iba sin rumbo. El verdadero reto sur-
giría una vez que el mecanismo entrara al abismo y se activara; la
frecuencia de los sonidos provocaría que la Meg se pusiera de nuevo
en actitud de ataque. La única forma de evitar perder al ratón sería
si la tripulación de a bordo embragara el cabrestante para sacar al
Sea Bat-I con gran rapidez de la pluma hacia las aguas heladas que
comenzaban alrededor de los 9.7 kilómetros. Una vez que la Meg
persiguiera al Sea Bat-I encima de la pluma, la esperanza era que
cambiara de blanco y se dirigiera hacia el sonido emitido por el Sea
Bat-II, el segundo vehículo que traía cargado el dardo transmisor.
El obstáculo más grande era que el cable del Sea Bat-II sólo
alcanzaba una longitud máxima de 8.6 kilómetros, y por tanto que-
daba a poco más de un kilómetro de la pluma hidrotermal. Hasta
el momento, la Meg se rehusaba a alejarse tanto de su hábitat tropi-
cal. Otra complicación era que el depredador se adaptaba con cada
embate. Ya no sólo reaccionaba a los sonidos que emitía el sonar del
Sea Bat-I, sino que ahora su blanco era la señal eléctrica, lo que le
haría mucho más difícil a Paul evadir al monstruo cuando entrara a
la zona fría, tarea que comparaba con enrollar el hilo de pesca para
subir un pez espada que estaba siendo perseguido por una orca.
—Paul, la tripulación de la cubierta dice que está lista para inten-
tarlo de nuevo. El Sea Bat-I está estable, a 9.2 kilómetros. El sonar
está apagado.
65
—Intentemos algo distinto esta vez. Suelten el cable para que el
Sea Bat-I descienda hasta 9.9 kilómetros.
Doug Dvorak, ingeniero del barco, bajó la mano en la que traía
la radio.
—Eso es más de 200 metros por debajo de la pluma. No lo reco-
miendo.
—No era una pregunta. Capitán Heitman, cuando el Sea Bat
entre al abismo Challenger quiero que aumente la velocidad lo sufi-
ciente como para mantener una distancia segura. Para mantener al
vehículo fuera del alcance del Meg sin que haya necesidad de deva-
nar el cable.
—Quieres que le tome la medida a la persecución del anzuelo
antes de que logres sacarlo de la capa templada.
—Exactamente.
—Podría ser contraproducente, Paul. Una persecución más lar-
ga implica mayor gasto de energía. Podría perder el interés.
—O podría devorar el maldito vehículo —murmuró Doug,
entre dientes.
—Ya es desgastante de por sí. Si no lo marcamos con el dardo
pronto, no volverá a salir jamás de la zona templada.
—Señor, el Sea Bat-I ha entrado a la pluma. Dieciocho metros
hacia el abismo Challenger, nueve metros…
—Listos para activar el sonar del SB-I.
Paul se limpió el sudor de la frente.
—Quizá deberíamos esperar a prender el sonar… dejar que el
vehículo alcance la profundidad deseada primero.
—No, es demasiado arriesgado. La criatura ya detectó las vibra-
ciones del Sea Bat y no puedo arriesgarme a un descenso ciego.
—El SB-I ha entrado a la capa templada.
—Activen el sonar del SB-I.
—El sonar del SB-I está activado. Blanco localizado. Rango: 160
metros. Velocidad… siete nudos… 10 nudos.
—Timonel, incremente la velocidad a 15 nudos.
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—El rango es de 122 metros… 128… 152. La velocidad del blan-
co se mantiene en 12 nudos.
—Timonel, disminuya la velocidad a 10 nudos.
—Hey, capitán, he detectado en el radar que hay un barco en la
superficie. A 3.2 kilómetros al sur; vamos directo hacia él.
El capitán miró su radar.
—Probablemente sea un barco pesquero de arrastre.
—Nos hacen señales, capi. Es un buque naval. El USS Maxine D.
Paul maldijo entre dientes.
—Sonar, ¿dónde está el Meg?
—A 70 metros del vehículo y acercándose.
—Capitán, la Marina dice que estamos entrando a una zona res-
tringida. Nos han ordenado cambiar el curso.
—Paul, el blanco está a 23 metros. Velocidad: 13 nudos.
—Timonel, ajuste la velocidad. Doug, enciendan el cabrestante.
Dvorak gritó la instrucción por el radio:
—Enciendan el cabrestante. Vamos a subirlo.
—Proximidad con el buque naval: 2.4 kilómetros.
—¿Paul?
—¡Estoy pensando, Luis!
—No hay nada que pensar. Debemos cambiar el curso.
—El Sea Bat-I ha entrado a la pluma.
—Rápido. Apaguen el sonar del SB-I. Activen el del SB-II.
—Cambiando al sonar del Sea Bat-II. El Sea Bat-I ha entrado a
la zona fría.
—Paul, voy a cambiar de curso. Cambiando curso hacia el oes-
te en dirección dos-siete-cero.
—Señor, el blanco ha entrado a la zona fría. Proximidad con el
SB-I… 9.1 metros.
—Timonel, incremente la velocidad a…
—¡Lo tengo! —el capitán forzó los motores del Tallman; el
rugido de los propulsores que aceleraban al máximo se compara-
ba con la furia del océano Pacífico. El Tallman se cimbraba con la
embestida de las oleadas de 12 metros.
67
—Doug…
—El cabrestante está recuperando el SB-I. Se aproxima a los 8.8
kilómetros.
—Paul, el blanco se está dirigiendo hacia el Sea Bat-II. Rango:
670 metros y acercándose.
—Capitán, disminuya la velocidad. ¡Creo que lo tenemos! Equi-
po del SB-II, prepárese para marcar al blanco.
La Megalodon se elevó de nuevo a través de la capa hidrotermal,
agitada por los sonidos incesantes y con los músculos calientes y lle-
nos de sangre, e ignorando el instinto de supervivencia de su cuer-
po, pues estaba decidida a alcanzar a su presa. Cerró las fauces para
evitar que el flujo de detritus sulfuroso le entrara por las branquias
y en unos cuantos segundos atravesó la pluma, adentrándose de nue-
vo a un mundo extraño y helado.
En principio, el contacto repentino con el agua cercana al punto
de congelación la revitalizó, así que continuó su ascenso y subió 300
metros en menos de un minuto. Pero el frío era implacable y debi-
litaba sus músculos cansados, además de que le provocaba la cons-
tricción de los vasos sanguíneos.
Su aleta caudal comenzó a moverse más lento. Su respiración se
volvió errática.
A nueve metros de su presa y a casi un kilómetro de la reconfor-
tante capa hidrotermal, los músculos natatorios de la depredadora
de 27 toneladas cedieron.
Con lentitud y de forma majestuosa, uno de los últimos depre-
dadores de mayor jerarquía que quedaban en el planeta se hundió
con la cabeza por delante hacia la oscuridad, mientras las molestas
reverberaciones en su cerebro se desvanecían como un eco distante
y sordo.
* * *
68
A BORDO DEL SEA CLIFF
El Valium le había hecho efecto con rapidez y, como una tibia fraza-
da, había tranquilizado los nervios alterados de Michel Shaffer. Con
pesadez en los ojos, observó a Richard Prestis maniobrar el vehícu-
lo remoto y llevarlo hacia el lecho marino con la guía del sonar inte-
grado y el monitor de visión nocturna de la computadora personal.
—Michael, estoy a 60 metros del fondo. ¿Cómo puedo acceder
a las coordenadas de la inmersión anterior?
—Presiona F7.
En la pantalla de navegación de la computadora apareció una
luz roja.
—Listo.
—Haz clic en el botón derecho del ratón y el autopiloto se
encargará…
—… de guiar a la Ardilla hasta el saco de nueces.
Prestis dio clic en el botón derecho del ratón.
No pasó nada.
—Algo está mal. Se cargaron las coordenadas, pero el autopilo-
to no toma el control.
Shaffer cerró los ojos para pensar.
—Revisa el sonar y asegúrate de que está activo.
—¿Escuchaste, Jonas? Hay que cambiar de pasivo a activo.
¿Jonas?
El Sea Cliff viró a estribor. Siguió girando hasta que Prestis cayó
sobre el regazo de Shaffer.
—¡Taylor, despierta!
Jonas, quien estaba atado a la estación de control, despertó asus-
tado. Mientras abría los ojos, sus pies presionaron los pedales para
compensar los tanques de lastre.
El sumergible oscilante viró a babor para encontrar su equi-
librio.
—Lo siento. No puedo mantener los ojos abiertos.
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—Entonces tómate otra dosis de píldoras de cafeína antes de
que por tu culpa nos volteemos.
—No puedo. De por sí mi corazón no para de hacer piruetas.
—Al menos activa el sonar del vehículo.
—Lo siento, Richard, pero no lo activaré. No mientras haya un
depredador tan grande en las proximidades.
—Lo que viste pudo haber sido cualquier cosa. Un fantasma.
—No necesitas activar la frecuencia para detectar las fumarolas
negras. El sistema de navegación tiene un control de temperatura
que permite mantener a la unidad lejos de cualquier respiradero que
exceda los 107 °C. Sólo usa la palanca de control y lleva a la Ardilla
al lugar de las muestras.
—Necesito que el sonar esté activo para que el autopiloto haga
un mapa del fondo, así que enciéndelo.
Mike Shaffer lo miró con los ojos inyectados de sangre.
—Por favor.
Jonas dudó por un instante, pero finalmente movió la palanca
que se encontraba sobre el tablero de control hacia activo.
A la distancia se podía escuchar un ping de pocos decibeles; las
reverberaciones sólo atizaban más sus nervios ya de por sí alterados.
* * *
ABISMO CHALLENGER
La Megalodon, incapaz de propulsarse hacia delante para llevarse
agua a la boca y a las branquias, y así respirar, se hundió de cabeza
hacia el abismo; sus músculos estaban agotados y no le respondían
debido a la sobreexposición a las bajas temperaturas. Descendió en
espiral casi un kilómetro con el hocico abierto, aunque el repentino
flujo de agua marina aún no era suficiente para revivirla.
Cuando llegó a la pluma, se desplomó en el río de sedimentos
y dio un trago de agua cargada de azufre y minerales. La combina-
70
ción de toxinas le desató un reflejo de regurgitación espasmódica
que conmocionó su sistema y la obligó a agitar las branquias.
Una vez que había regresado a la tibieza del abismo Challenger, se
sumergió 600 metros más antes de que el calor llegara a su torrente
sanguíneo y estimulara el movimiento de sus aletas semicongeladas.
Desplegó las aletas pectorales para aferrarse al mar.
La hembra descendió en una espiral cada vez más amplia, mien-
tras sus músculos se descongelaban lentamente.
Al sentir la corriente, la Megalodon se fusionó con ella. Se niveló a
unos 300 metros del lecho marino y permitió que el río de agua cálida
la llevara a través del cañón.
* * *
A BORDO DEL MAXINE D
Dick Danielson entró al cuarto de comunicaciones, con el rostro
ictérico y el corazón acelerado por el inclemente océano. Tomó los
audífonos del controlador de radio y se los puso sobre las orejas.
Tenía el estómago vacío y hecho nudos.
—Aquí Danielson. Más vale que sea importante, señor Le-
bowitz.
—Señor, ocurrió un… incidente. No estoy muy seguro de cómo
explicárselo.
—¡Maldita sea, Lebowitz! ¡Sólo dígame qué ocurrió!
—Tiene que ver con el contralmirante Quercio y con el coman-
dante Macreides.
Danielson cerró los ojos.
—Prosiga.
—Mac… llevó al almirante y a sus acompañantes a Marizo, a
bordo de uno de los Sea Kings.
—¿En pleno ciclón?
—El almirante insistió. En fin, se estaba realizando una transac-
ción a bordo del helicóptero a 150 metros de altura entre el almirante y
71
dos chicas locales. Aparentemente tuvieron una discusión por dinero
que se debía por servicios anteriores. El almirante se rehusó a rectificar
el incidente, así que las mujeres aventaron su ropa por la puerta de carga.
—¡Jesucristo!
—Pero eso no es todo. Mac aterrizó el helicóptero en la base
aérea Andersen… a la mitad de una ceremonia para honrar al gober-
nador. El almirante… pues, estaba completamente desnudo en ese
momento, señor.
—¡Ay, Dios!
—Por desgracia, uno de los equipos de la televisora local que
se encontraba en la pista reportando las condiciones del clima hizo
unas cuantas tomas selectas antes de que la policía militar despejara
la zona. Es una situación delicada, señor. El almirante Gordon viaja-
rá personalmente para supervisar la investigación tan pronto como
el clima se calme.
—¿Dónde está Mackreides?
—Está detenido en Andersen para ser interrogado. Por fortuna,
el mal clima ha evitado que llegue la prensa.
—Escúcheme bien, Lebowitz. Le ordeno que revise los efectos
personales de Mackreides. Extraiga cualquier cosa que pueda incri-
minar a algún oficial y guárdela en mi oficina.
—Pero, señor, ¿no estaríamos manipulando la evidencia?
—Por eso quiero que confisque todo, para que nadie la mani-
pule. Danielson, fuera.
* * *
A BORDO DEL SEA CLIFF
Los párpados le pesaban; su mente transitaba por lapsos entre la
conciencia y la inconsciencia. Las voces de los dos científicos se vol-
vían cantos rítmicos y sordos, y el sumergible oscilante, una hamaca.
Jonas recargó la cabeza hacia atrás y se quedó nuevamente dor-
mido por un breve espacio de dos o tres minutos. Cada una de estas
72
siestas era una burla tortuosa que lo alteraba cada vez más, pues su
cuerpo exigía sueño MOR.
Sin advertencia previa, una sola marejada subacuática de agua
turbia hizo virar el Sea Cliff y lo hizo elevarse 15 metros y girar a
babor.
Jonas despertó de inmediato y sus extremidades se aferraron
con fuerza a los controles, aun cuando los dos científicos cayeron
amontonados sobre el monitor del sonar. La repentina oscuridad se
llenó de chispas, hasta que las baterías de emergencia se activaron y
el sumergible se equilibró de nueva cuenta.
—¡Maldición, Jonas! ¡No te duermas!
—Díselo a mi cerebro, Richard.
El doctor Shaffer revisó el monitor del sonar que se había dañado.
—Al parecer la Ardilla Voladora se ha quedado ciega. ¿Qué ha-
cemos ahora?
El doctor Prestis checó los controles e hizo un acercamiento del
lecho marino con la cámara trasera del vehículo remoto.
—Hemos cargado 32 kilos de nódulos polimetálicos. Sugiero
que terminemos con esta parcela y demos por finalizada la expe-
dición.
Su colega se veía consternado.
—Washington quiere muestras al menos de tres parcelas.
—¿Y qué quieres que haga, Michael? Sin sonar, podríamos estre-
llar el vehículo de frente contra una fumarola negra. No, aspiraré
todo lo que pueda ver y después traeremos de vuelta a la Ardilla…
suponiendo que nuestro piloto pueda mantenerse despierto.
—¡Jonas!
Shaffer lo movió. Jonas abrió los ojos. La cara del geólogo se veía
borrosa.
—¿Dónde está Maggie?
—¿Quién?
—Mi esposa. La dejé en la playa con Bud, justo antes de que la
gran ola se estrellara.
73
Shaffer le lanzó una mirada a Prestis y movió la cabeza.
—Ya se le fueron las cabras al monte. Quizá es momento de
traer a la Ardilla de vuelta.
Jonas se inclinó hacia delante, sostenido por el arnés, y su cara
quedó a unos cuantos centímetros de la portilla inferior. Las luces
externas del Sea Cliff estaban dirigidas hacia la pluma hidrotermal e
iluminaban la capa arremolinada de sedimentos como una luna lle-
na oscurecida tras las nubes. Cada tanto se hacía visible un espacio
en el agua turbia, el cual permitía que las luces iluminaran las negras
profundidades del Purgatorio del demonio.
Jonas siguió el rayo de luz a través del espacio abierto en la plu-
ma, y su mirada detectó un movimiento. Algo se movía en círculos
en la capa templada a unos 40 metros por debajo del Sea Cliff… y
parecía estar brillando.
* * *
ABISMO CHALLENGER
Al igual que había ocurrido horas antes, la corriente había arrastra-
do a la Megalodon por la fosa, acercándola a su presa.
Estas reverberaciones eran distintas de las del banco de sepias,
pero la luz que titilaba por encima de la pluma hidrotermal era igual
de brillante y confundía a la joven depredadora. Fijó su atención en
el propulsor del Sea Cliff, que arremolinaba el agua, y abandonó la
corriente y ascendió. Nadó en círculos justo por debajo de la plu-
ma, mientras sus sentidos examinaban a la extraña criatura que flo-
taba por encima de la capa templada.
La hembra dudó por un instante. Necesitaba alimentarse, pero
su última incursión en el frío casi la mata.
La nube de sedimentos se hizo más densa y evitaba el paso de
la luz.
El instinto se apoderó de ella; la criatura estaba escapando.
La Megalodon se preparó para atacar.
74
8
A bordo del Sea Cliff
Jonas se talló los ojos, incapaz de reconocer a la criatura que nada-
ba en círculos, si es que acaso era una criatura y si es que acaso no
estaba soñando. Se dio una cachetada en el rostro y luego observó
con fascinación el brillo que estaba cada vez más cerca.
Su corazón se aceleró cuando el blanco contorno se transfor-
mó en una cabeza triangular y unas mandíbulas de proporciones
inconcebibles que se extendían hasta ser tan grandes como la puer-
ta de su garaje.
Era un gran tiburón blanco, de una palidez fantasmal y del doble
de tamaño del Sea Cliff.
Megalodon…
La adrenalina recorrió el cuerpo de Jonas como un impulso
de cafeína eléctrica que alertaba a cada neurona hacia una reacción
75
instintiva de luchar o huir que databa de tiempos prehistóricos. Se
abalanzó hacia la manija roja de EMERGENCIA, y casi arranca el meca-
nismo de su soporte mientras la cabeza de la Meg se elevaba por
encima de la pluma y sus ojos azules estaban casi cegados por la luz
del Sea Cliff.
De repente la mirilla se llenó de dientes, lengua y branquias; la
garganta del monstruo consumía el brillante faro blanco de la luz
externa del sumergible. El momentáneo crujido de la fibra de vidrio
se hizo aún más aterrador debido a la oscuridad que lo acompañaba.
Entonces comenzaron a ascender, lejos de las mandíbulas infer-
nales, a medida que el sumergible de 29 toneladas se deshacía de
12 por ciento de su peso. Una docena de placas metálicas de un
cuarto de tonelada le llovían al hocico de la Megalodon y rebotaban
sobre las aletas pectorales del aturdido tiburón antes de desparecer
entre las nubes de minerales calientes de las profundidades.
Jonas se tambaleó hacia los lados y se liberó del arnés en medio
de voces que maldecían, alarmas que retumbaban y cuerpos que
chocaban. Un golpe de humo púrpura le nubló la visión y le reven-
tó los tímpanos.
Debe haberle dado una mordida a la batería de reserva… se llevó
el sistema de presurización… ese tambaleo que se escucha es la esfera
de titanio… perdemos presión interna… hay que vaciar todos los tan-
ques de aire… debo sobrecompensar la cámara con aire presurizado
antes de que implotemos.
Jonas se levantó a tientas en la oscuridad y con las manos palpó
el techo curveado para orientarse. Se tropezó con un cuerpo que se
quejaba mientras buscaba la válvula. Sus pensamientos estaban dis-
persos.
¿Esto es otra pesadilla o es real?
De un tirón abrió la válvula, y el aire frío mezclado con agua
entró a la cabina como un estallido.
Jonas gritó, creyendo que iba a morir, pero la implosión nunca
ocurrió.
76
Sólo es producto de la condensación, no agua de mar.
La oscuridad gemía y lo salpicaba con gotas tibias de un líquido
espeso. Alguien se desangraba; alguien más lo llamaba por su nom-
bre y maldecía su existencia.
* * *
A BORDO DEL TALLMAN
Paul Agricola se maldijo cuando la señal desapareció de la panta-
lla del sonar.
—¿Qué demonios acaba de ocurrir? Estábamos tan cerca, y lue-
go se marchó.
—Señor, apareció otro objeto en el sonar que está ascendiendo
a gran velocidad.
—¡Ha vuelto!
—Doug, activa el Sea Bat-I. Luis…
—Señor, no es el Meg.
Se miraron entre todos.
—¿A qué te refieres con que no es el Meg? ¿Es otra criatura?
¿De qué tamaño?
—De la mitad del tamaño, sólo que no es biológico, sino un
sumergible. Se pueden oír los motores. Está a 8.7 kilómetros y
asciende muy rápido.
Paul Agricola volteó a ver a su amigo, Lucas Heitman, el capi-
tán del Tallman.
—Por eso está aquí la Marina. Están explorando el abismo Cha-
llenger.
—Doug, trae de vuelta a los Sea Bats. Creo que es hora de que
naveguemos hacia el sur para escapar de la tormenta.
* * *
77
A BORDO DEL SEA CLIFF
Estaban a 2.5 kilómetros de la superficie y se estaban quedando sin
oxígeno.
Jonas no podía ver que la esfera giraba, pero sentía los efec-
tos del vértigo en sus entrañas. Se desplomó sobre las rodillas y
comenzó a tener arcadas, luego respiró entrecortadamente, inca-
paz de recuperar el aliento. La esfera se convirtió en su cráneo; el
peso comprimido le aplastaba el cerebro y exprimía sus pulmones.
Mientras intentaba tomar aire en posición fetal, una botella rodó
hasta él.
Demasiado rígida para ser una botella de agua, y tiene un pedazo
de hule… ¿una máscara de hule?… ¡una botella de buceo!
Se llevó ese regalo de la vida a la cara, abrió la válvula y respiró.
* * *
A BORDO DEL MAXINE D
En medio de la furia de la tormenta, el capitán Dick Danielson entró
al centro de mando con el pensamiento absorto por las consecuen-
cias que estaban generando sus actos.
—¿Qué pasó allá abajo? ¿Por qué el ascenso de emergencia?
—No lo sabemos, señor. El comandante Taylor no responde,
pero están subiendo muy rápido… demasiado rápido, señor.
—Alerten al doctor Heller y asegúrense de que tenga lista la
cámara de recompresión. ¿Cuál es el tiempo estimado de llegada a
la superficie del sumergible?
—Diez minutos.
—Preparen al equipo de buceo en la cubierta.
* * *
78
El contramaestre segundo Gustave Maren aseguró su arnés a la
baranda de la popa y se sujetó mientras las oleadas de seis metros
sacudían al Maxine D como un juego mecánico en un parque de
diversiones. Habían pasado seis semanas desde el encuentro secre-
to de Maren con Benedict Singer, y cinco desde que el millonario le
había transferido dinero a su cuenta bancaria en Suiza. Los 10 000
eran sólo un adelanto; el verdadero pago se haría cuando entrega-
ra las rocas.
No eran rocas. Eran nódulos polimetálicos.
A Gustave Maren poco le interesaban las rocas, o los metales, o
cualquier cosa que tuviera que ver con el océano, pero se llenaba de
orgullo cuando presumía que su hijo de 14 años era un experto en
todas esas cosas. Era el mejor de su clase y tenía un coeficiente intelec-
tual que no había heredado de ningún miembro de la familia Maren.
Gus lo estaba haciendo por Michael.
Los pensamientos monetarios revoloteaban en su cabeza. Sí, lo
estaba haciendo por Michael, pero la verdad era que su hijo ya había
estado recibiendo ofertas de universidades de la Ivy League. Una
beca implicaría que Gus podría ahorrarse la colegiatura de su único
hijo y usar las ganancias de este pequeño robo para pagar la hipote-
ca o quizá incluso comprarse un auto nuevo.
Los buzos que estaban dentro del salvaje océano hacían señas.
El sumergible ascendía. Una erupción de burbujas y espuma, y ahí
estaba, oscilando en la superficie como una ballena ebria; los buzos
luchaban contra el ciclón Mariana para recuperarlo.
Con los arneses en su lugar, la estructura triangular se cimbró y
el cabrestante sacó al Sea Cliff del Pacífico en el instante en que las
arremolinadas nubes grises de la tormenta se abrieron y comenzó el
torrente. Danielson apareció en la cubierta, un bufón a los ojos de
sus hombres, el rostro desvaído. El piloto del Sea Cliff, Taylor, era
muy apreciado. Todos habían anticipado este accidente —o lo que
fuera que estuvieran presenciando—.
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El sumergible rescatado oscilaba entre las tonalidades grisáceas
del ocaso enfurecido; las luces convergentes de la cubierta del bar-
co permitían ver la lluvia… y un objeto más.
El Sea Cliff, que aún goteaba, traía arrastrando un cable que esta-
ba tenso por el peso de algo que permanecía sumergido.
Danielson le dio una palmada al impermeable de Gustave.
—Una vez que hayan asegurado el Sea Cliff, quiero que sus hom-
bres recuperen ese vehículo de operación remota. Es una orden.
—Sí, señor.
Gustave esperó hasta que el casco de fibra de vidrio hiciera con-
tacto, y entonces siguió el cable del vehículo remoto hasta la esta-
ción de acoplamiento localizada en la proa del Sea Cliff. Con una
linterna, identificó los controles externos e intentó activar el meca-
nismo de reversa, pero no había electricidad.
—¡Wismer, Beck! Necesitaremos un generador portátil y algu-
nos cables.
Maren levantó la vista cuando se abrió la escotilla del sumer-
gible. Unos segundos después extrajeron un cuerpo: un científico
de cabello cano. Después del doctor Prestis extrajeron un cadáver,
que estaba completamente pálido excepto por la herida de la cabe-
za, oscura de sangre.
El tercero en salir fue Taylor. Rápidamente los llevaron a él y al
primer hombre a la enfermería que estaba bajo cubierta. Gustave y
sus hombres se quedaron solos a cargo del vehículo de operación
remota.
* * *
Jonas abrió los ojos para encontrarse con una luz brillante que iba
de una pupila a otra, acompañada de oleadas de un dolor punzante
en sus articulaciones y de la voz condescendiente de Frank Heller.
—Shaffer está muerto. Prestis aparentemente sufrió una apople-
jía fulminante hace 10 minutos. Antes de que ocurriera me dijo que
perdiste la razón allá abajo, que tus acciones pusieron en peligro la
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misión y a la tripulación. Dijo que impusiste un ascenso de emer-
gencia que arruinó el sistema de presurización.
Jonas negó con la cabeza; el olor se hacía insoportable.
—Nos atacó un tiburón. Del tamaño de una casa, de un blanco
fantasmal. Mordió la plataforma.
—¿Un tiburón? ¿Ésa es tu excusa? No hay tiburones en la fosa,
Taylor. Te lo imaginaste —les hizo señas a un par de ordenanzas—.
Llévenlo a la unidad de recompresión.
* * *
El vehículo de operación remota rectangular salió a la superficie,
cargando el peso de la cesta de recolección. Gus Maren observaba
a sus hombres asegurar el minisumergible y llevarlo a la cubierta.
—Danielson quiere que transporten la cesta de recolección al
laboratorio bajo cubierta. Beck, Wismer y tú traigan la plataforma.
O’Brien, avísale a los sabelotodo. Yo me quedaré aquí en caso de que
el capitán decida hacer otra aparición.
Maren esperó a que sus hombres se fueran antes de centrar su
atención en la cesta de recolección. La tapa estaba sellada; las rocas
habían sido recolectadas y almacenadas dentro de la cesta de acero
poroso a través del sistema de aspirado interno.
Recostado sobre la cubierta oscilante, Maren desconectó el sis-
tema de aspirado y metió el brazo por el tubo de succión hasta tener-
lo completo dentro de la manguera. Sintió un nódulo; la superficie
sólida y húmeda estaba enlamada. Cuando era adolescente, había
utilizado una técnica similar para robar bebidas de las máquinas
expendedoras, pero su ola de crímenes terminó en una ocasión en
la que su brazo se quedó atorado.
Por un momento entró en pánico cuando la cubierta se ladeó y
el peso de la cesta apretó su muñeca dentro del contenedor; por for-
tuna, el barco se ladeó de nuevo, y fue capaz de extraer la roca del
tamaño de una piña.
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La ocultó dentro de su impermeable en el instante en que sus
hombres regresaban.
* * *
—¿Un tiburón?
Frank Heller asintió desde el otro lado del escritorio, con la cara
roja de coraje.
—Jura que era completamente blanco y tan grande como una
casa.
—¿Y este tiburón puede haber dañado el sumergible?
—Despierta, Danielson. No hay tiburón alguno. Es obvio que
Taylor lo imaginó todo. Se les llama aberraciones de las profundi-
dades. Prestis dijo que Jonas había perdido la razón.
Heller abrió uno de los cajones, sacó una botella de whisky y se
la ofreció a su amigo.
—No. Tú tampoco deberías.
—No me vengas con jerarquías en este momento. Nunca le
debimos haber permitido sumergirse; no estaba en condiciones para
cumplir su deber. Los dos científicos… eran amigos. No creo que
Prestis sobreviva esta noche. ¿Qué les voy a decir a la esposa y a los
hijos de Shaffer?
—¿Qué hay de Taylor? ¿Cómo logró sobrevivir?
—Al parecer encontró una botella de buceo antes de que se aca-
bara el oxígeno.
—Así que causó el accidente, pero logró engañar a la muerte.
—Yo certifiqué que estaba en buenas condiciones para la misión.
—También fuiste testigo del relato de Prestis sobre lo que
ocurrió allá abajo. ¿Cómo les llamaste? ¿Aberraciones de las pro-
fundidades? Taylor estaba entrenado para manejar estas situacio-
nes y falló.
—Debimos haber enviado al piloto de reserva.
—Taylor no lo habría permitido. Él mismo dijo que Royston no
estaba preparado. Fue su culpa, no la nuestra —Danielson se sir-
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vió una copa y de un trago bebió el líquido—. Frank, se llevará a
cabo una investigación, la carrera de Taylor como piloto de sumer-
gibles se ha acabado. Es parte de la Marina, sí, pero su brillo se ha
extinguido y ahora llevará vida de civil. Tú y yo somos hombres de
carrera al servicio de nuestra nación y le hemos dedicado nuestro
tiempo. ¿Quieres perderlo todo sólo porque una estrella de rock no
soportó la presión?
—Las manos de todos nosotros están llenas de sangre, capitán
—Heller le dio un buen trago al whisky y volvió a cerrar la bote-
lla—. Prestis dijo que Taylor perdió la cabeza allá abajo. Ésa será mi
declaración. También corroboraré que Taylor aseguró estar mejor
calificado para hacerse cargo de la inmersión que su suplente. ¿Te
parece suficiente?
—Sí, pero agrega un último detalle. Recomienda que Taylor se
someta a una evaluación psiquiátrica de tres meses después de que
lo den de baja.
—¿Para qué?
—Por una cuestión de credibilidad. Dentro de unos años, cuan-
do decida escribir un libro para evidenciar a la Marina, quiero asegu-
rarme de que el mundo sepa que la clase médica lo consideró digno
de un manicomio.
* * *
El Maxine D estaba en camino de regreso a Guam; su proa se ele-
vaba y caía ante los embates de las olas de casi ocho metros, en una
carrera contra el ciclón Mariana.
El capitán Danielson se encontraba solo en la cubierta. Logró
llegar hasta el Sea Cliff, y usó su linterna para inspeccionar el daño
antes de que los ingenieros del barco pudieran echarle un vistazo
cuando llegara a la base naval.
La marea ocasionaba que el sumergible se columpiara; el peso se
balanceaba de forma extraña hacia el chasis. Danielson iluminó la pla-
taforma dañada y revisó las baterías de reserva y los tanques de aire.
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Una sección de 35 centímetros de la cobertura de fibra de vidrio
reforzada había sido desgarrada, y quedaba sólo un agujero enorme.
¿Qué demonios puede haber causado eso?
Se arrodilló junto al ensamblaje, y la luz de su lámpara reveló la
presencia de una forma triangular y blanca que se alojaba en el tan-
que; era un objeto que no debía estar ahí. Danielson lo agarró y lo
desatoró; los afilados bordes dentados le desgarraron la piel de la
palma derecha.
Jesús bendito…
Se quedó mirándolo un largo rato, mientras la lluvia desvanecía
la sangre de su mano. Ocultó el arma de 15 centímetros de longitud
dentro de su impermeable y caminó hacia la baranda de la popa.
Los propulsores gemelos del barco batían las oscuras aguas,
dejando un rastro de espuma. Danielson miró a su alrededor para
asegurarse de que nadie lo miraba y lanzó el diente blanco de Mega-
lodon hacia el océano Pacífico, adonde pertenecía.
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Epílogo
Centro médico naval
San Diego, California
Dos meses después…
—La audiencia fue una burla. En pocas palabras, el licenciado de
la Abogacía General de la Marina me dijo que mi carrera se había
acabado, que el mejor trato que podría obtener era aceptar la baja
deshonrosa y completar una evaluación psiquiátrica de tres meses.
De hecho, fue un alivio recibir esta mañana la notificación de que
finalmente deseaba verme. Supongo que tuve suerte de que el hos-
pital estuviera en San Diego. Al menos, mi esposa puede visitarme.
—¿Y lo hace?
—¿Qué cosa?
—Visitarte. Ya pasó un mes. ¿Ha vuelto a verte desde que los
hombres de traje blanco te trajeron aquí?
—Ha estado ocupada. Recién aceptó un trabajo los fines de
semana en un canal de televisión local.
—Lo cual le deja libre de lunes a viernes.
—¿Qué insinúa?
Jonas Taylor, quien estaba recostado sobre el sofá de piel, se sen-
tó y miró al psiquiatra. El hombre estaba sentado y tenía los pies
descalzos sobre el escritorio de roble. La monótona pared blanca
a sus espaldas ostentaba varios títulos enmarcados y unas cuantas
fotos de la Marina.
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—¿Insinuando? Nada. De hecho, es común que las esposas de
los oficiales que han sido dados de baja de forma deshonrosa se dis-
tancien al principio. Lo mismo les ocurre a los conductores ebrios
que atropellan a peatones inocentes. Perdonar requiere tiempo.
—Ahora que lo pienso, Maggie parecía estar más molesta por la
baja que por la muerte de los dos científicos.
—Mujeres… De hecho, estaba hablando de ti. Te he observa-
do desde que llegaste. Estás enojado. Sientes que te usaron. Que te
abandonó la Marina, tus hermanos de armas. También te sientes
culpable por lo que ocurrió durante la inmersión. Eres un tipo muy
ético. Eso es algo en lo que debemos trabajar.
—¿Qué me está queriendo decir?
—De entrada, Heidi, si no puedes lidiar con la muerte, enton-
ces no te dediques a pastorear cabras y, por lo que más quieras, no
te unas a la milicia. Nadie en su sano juicio se sumerge en la fosa
de las Marianas; ese par de sabelotodo sabía cuáles eran los riesgos,
así como todo soldado sabe cuáles son los riesgos cuando se enlis-
ta. Dos tipos murieron mientras estabas a cargo. Supéralo. Yo he
estado en combate y he matado a otros seres humanos. Te genera
la terrible sensación de que se acaba el mundo y, aunque sea verdad,
todo ese discurso de que lo hacemos “por Dios y por nuestro país”
no logra sanar la herida.
—¿Qué sí lo hace?
—En vez de lloriquear, intenta hacer algo bueno por un extraño.
Ayuda a otros que no sean tan afortunados como tú. Si estás en este
hospital, ¿por qué no visitas a algunos enfermos? Hay un ala ente-
ra de chicos con cáncer; podrías enseñarles a jugar póquer. Dios te
juzgará cuando esté listo; mientras tanto, usa el tiempo que te que-
da para acumular tantos puntos a tu favor como puedas. Además,
deberías dejar de ser el típico héroe norteamericano que se victimi-
za. Deberías haberle dicho a Danielson y a su patiño, Heller, que
agarraran esa última orden de inmersión y se la metieran por el culo.
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—Viejo, no te expresas como ninguno de los psiquiatras que he
conocido.
James Mackreides se sonrió.
—Será porque más bien me considero un mentor de vida.
—Y dígame, señor mentor, ¿por qué no sale en ninguna de las
fotos familiares que tiene sobre su escritorio?
—Eso lo discutiremos en el helicóptero de evacuación.
—¿Helicóptero de evacuación?
—El que está en el techo. Nos lo llevaremos para ir al partido de
esta noche entre los 49ers y los Vaqueros.
—¿Tienes boletos?
—Por supuesto que no. Pensé en preocuparme por eso hasta
después de que nos robáramos el helicóptero.
—Suena lógico.
Por primera vez en más tiempo del que pudiera recordar, Jonas
Taylor sonrió. Entonces, siguió a su nuevo amigo y compañero de
encierro hacia la puerta, en busca de un helicóptero qué robar.