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Echeverría Rafael, El Búho de Minerva

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A comienzos de los años 20, un grupo de intelectuales vieneses se empieza a reunir semanalmente bajo el liderazgo
de Moritz Schlick (1892-1936), recientemente nombrado profesor de filosofía de las ciencias inductivas en la Universidad de
Viena. Entre ellos se incluían matemáticos, físicos, sociólogos, economistas, etcétera. El grupo, que desarrolló un fuerte
sentido de misión e identidad, se autodenominó el Círculo de Viena. Su influencia se extendió luego por Europa y Estados
Unidos y sus concepciones fueron también conocidas bajo los nombres de empirismo lógico, empirismo científico y

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positivismo lógico.

Sus miembros no eran ni escépticos, ni relativistas. Por el contrario, se caracterizaban por una postura de confiada
afirmación de la ciencia, desde la cual asumían una posición fuertemente antimetafísica y una tajante oposición contra todo
lo que invocaba dimensiones sobrenaturales. Otro de sus rasgos era su profunda fe en el progreso. Sus miembros
acusaban el impacto de los recientes desarrollos registrados en torno a la teoría de la relatividad por Einstein y en relación al
problema del éter por Michelson y Morley. De allí que cuando invocaban la ciencia, la física era considerada como su
expresión paradigmática.

El núcleo de la posición asumida por los positivistas lógicos era la común aceptación del llamado principio de
verificación. Este sostenía que «el significado de una proposición es su modo de verificación». Se entiende por modo de
verificación la manera como se demuestra que ella es verdadera. Las proposiciones que no se apoyan en un modo efectivo
de verificación, carecen de sentido. Ellas requieren ser verdaderas o falsas. Una proposición que carece de condiciones de
verificación, no puede ser ni lo uno ni lo otro. Sólo las proposiciones empíricas son, por lo tanto, auténticas proposiciones:
sólo ellas pueden ser verificadas.

Para los positivistas lógicos, las proposiciones matemáticas o lógicas son tautologías. Ellas pueden ser probadas (por
referencia a otras proposiciones), no verificadas. Si son probadas, demuestran ser válidas. Las proposiciones filosóficas, en
cambio, no son ni empíricas, ni tautológicas: simplemente carecen de significado. No pueden ser ni probadas, ni verificadas.
Si pudieran ser probadas, no serían materia de discusión. La disputa sobre ellas se resolvería de una vez. Si pudieran ser
verificadas, no serían filosofía, serían ciencia.
Un rasgo no menos importante del Círculo de Viena es su apoyo en el análisis lógico. Las discusiones que sus
miembros emprenden se caracterizarán por su rigor lógico, por el propósito de eludir toda ambigüedad. Siguiendo la
tradición inaugurada por la filosofía analítica, excluían del universo de las proposiciones significativas todas las
proposiciones de existencia. Todo enunciado debía reducirse a sus unidades lógicas más simples, como exigencia de
claridad. Para estos mismos efectos, recurrían también al cálculo proposicional.
Dentro del ideario sustentado por el positivismo lógico, hay que mencionar también la afirmación del supuesto de la
unidad de la ciencia. La ciencia es una sola y tal unidad estaba garantizada por la validez para todo quehacer científico del
método científico. La unidad de la ciencia se asegura por la unidad de su método, que es común a todas sus disciplinas
particulares. Sin embargo, dentro de estas disciplinas particulares, a la física se le asigna un papel especial, pues ella
proporciona el lenguaje universal de la ciencia. La distinción entre disciplinas diferentes, pudiendo ser útil por motivos
prácticos, no se justifica desde el punto de vista de diferenciaciones inherentes del conocimiento. En un sentido riguroso, no
existirían diversos dominios y objetos científicos.
A partir de las posiciones asumidas por los positivistas lógicos, se comprende el gran entusiasmo que muchos de ellos
profesaron ante la publicación del Tractatus de Wittgenstein. Esta obra parecía confirmar, desde una perspectiva
sistemática, el principio de verificación que ellos proclamaban. Recordemos que Wittgenstein sostenía que las proposiciones
elementales debían resolver empíricamente su valor de verdad. Ello evidentemente remitía a los modos de verificación. Les
atraía también en Wittgenstein su rigor lógico, su perspectiva analítica, su cálculo proposicional y la afirmación de que el
lenguaje correctamente analizado es isomórfico con el mundo (supuesto de la similitud estructural del lenguaje con el
mundo).

En 1921, de hecho, se había invitado a Wittgenstein, cuyas ideas comenzaban a conocerse, a varias reuniones del
Círculo de Viena. Estas reuniones no dejarán satisfecho a Wittgenstein, quién reconocerá que los positivistas lógicos
poseen temperamentos y estilos muy diferentes de los suyos. Wittgenstein quedaba con la sensación de que, en la
apropiación que se hacía de su concepción, esta era simplificada en aspectos muy importantes. No había entre los
positivistas lógicos una mínima acogida a los problemas éticos que preocupaban a Wittgenstein y una vez que ellos
aceptaban que tales problemas quedaban fuera de los límites de lo decible, afirmaban que lo indecible simplemente debía
ignorarse. Para Wittgenstein, en cambio, lo inexpresable podía ser sentido e incluso comprendido. Su posición al respecto
era vulnerable y el rechazo que sobre ella manifestaban los positivistas lógicos, no estaba exento de justificación.
La influencia del Círculo de Viena será importante. Posteriormente, con el advenimiento del nazismo y, más adelante,
con la Segunda Guerra Mundial, muchos de sus miembros se verán obligados u optarán por emigrar y serán acogidos por
diversas universidades norteamericanas o británicas. La influencia ya no se ejercerá desde Viena, pero el positivismo lógico
llegará a nuevos círculos. Entre sus figuras más destacadas puede mencionarse a Otto Neurath (1882-1945) y Rudolf
Carnap (1891-1970).

Es importante mencionar, sin embargo, que el principio de verificación comienza, con el tiempo, a exhibir y acumular
problemas. El reconocimiento de tales problemas resultará importante para reorientar la discusión sobre el conocimiento
hacia nuevas direcciones.

Uno de los problemas que se perciben apunta al hecho que si las proposiciones remiten a sus componentes
elementales (que son siempre particulares concretos), pues en ellos reside su valor de verdad, se tiende a excluir a las leyes
de la naturaleza. El fantasma del problema de la inducción planteado por Hume vuelve a hacerse presente. Ello implicaba
que las leyes universales se transforman en frases que informan situaciones particulares, con lo que dejan de ser
universales, o se las considera en su plena universalidad, con lo que se problematiza su relación con el mundo empírico.
Esto último se traducía en transformar las leyes universales sólo en «direcciones para la construcción de proposiciones» (en
un horizonte para la ciencia). A partir de estos primeros problemas, los positivistas lógicos introducen un principio correctivo,

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un principio de tolerancia. A través de él afirman: «no corresponde establecer prohibiciones, sino alcanzar convenciones».

De la misma manera, pronto se reconoce que, para las ciencias, no existe un lenguaje básico. Ello abre la posibilidad
de diversos lenguajes que pueden ser, según el caso, más o menos «expeditos». La ciencia, por lo tanto, no sólo está
sometida a convenciones, sino también a exigencias de conveniencia. Ello no implica dejar de exigir que cada uno de los
lenguajes científicos deba estar lógicamente fundado. El lenguaje de la ciencia no es el lenguaje ordinario. Ello abre una
importante reorientación en las posiciones de los positivistas lógicos que comienzan a preocuparse de manera especial por
las reglas de la sintaxis, insistiéndose en que el lenguaje está formado por palabras, no por objetos. De esta manera,
adoptando una posición nominalista, no hay que suponer la existencia de universales. Se trata, por lo tanto, de transferir el
énfasis del modo de lenguaje material al formal. Así, se define que hay palabras objetos, palabras-números, palabras-
propiedades, etcétera.

Desde esta perspectiva, se vuelve al principio de verificación. Se descubre que toda verificación se realiza siempre por
referencia a otras proposiciones que, a su vez, exigen de otras y éstas de otras, y así sucesivamente. Si, por otro lado, se
acepta que es el significado de la proposición lo que requiere ser verificado, se debe concluir que significado y modo de
verificación no pueden ser lo mismo.
Por último, cabe mencionar que al preguntarse por el status del principio de verificación se generan nuevos problemas
que comprometen su validez. Según el planteamiento de los positivistas lógicos, las proposiciones pueden ser tautologías o
hipótesis empíricas. Cabe entonces preguntarse, ¿a cuál de ellas pertenece el principió de verificación? Ninguna de las
respuestas posibles satisfacen a los positivistas lógicos.
Si se responde que se trata de una tautología, se debe concluir que el principio no dice nada acerca del mundo y
resulta irrelevante como exigencia para determinar el significado. Si se responde que se trata de una hipótesis empírica,
significa que el principio de verificación requiere de su propia verificación, lo que evidentemente resulta problemático. En
efecto, ¿cómo podemos determinar que el principio de verificación es verdadero? ¿Cuál es su modo de verificación? Todos
estos problemas terminan socavando los cimientos del positivismo lógico.

KURT GÓDEL

En este contexto de creciente problematización es importante hacer alguna referencia a Kurt Gódel, nacido en 1906.
Este se propone demostrar la plena consistencia de los Principia Matemática de Russell y Whitehead. Partiendo del
supuesto de que los Principia son un sistema consistente y completo, en 1931 Gódel llega a la conclusión contraria a través
de la formulación de su célebre teorema de la incompletitud, llamado también la prueba de Gódel.
Gódel concluye que todo sistema formalizado que sea a lo menos tan complejo como la aritmética es inherentemente
defectuoso. Ello implica que tal sistema debe ser necesariamente incompleto o inconsistente. Para ser completo, el sistema
debe ser capaz de probar que cualquier proposición expresada en su lenguaje (como lo son, por ejemplo, las ecuaciones
matemáticas o las proposiciones de la lógica simbólica) es verdadera o falsa. Ninguna proposición de este tipo puede
quedar sin resolverse. Para ser consistente, no debe contener contradicciones. Pues bien, Gódel demuestra que, para las
condiciones señaladas, la capacidad del sistema de tener simultáneamente las características de ser completo y de ser
consistente, representa una imposibilidad lógica. Ambas características se excluyen mutuamente.
Lo que el teorema afirma es lo siguiente: «No puede formalizarse una prueba de consistencia para todo sistema bien
definido de axiomas sobre la base de tales axiomas». En otras palabras, si un sistema lógico es completo, es
necesariamente inconsistente, y si es consistente, es necesariamente incompleto. Como puede apreciarse, se trata de un
golpe mortal a la pretensión de certeza que acompañara al programa filosófico de la filosofía analítica.
Gódel demuestra su teorema al probar que los diferentes sistemas de las matemáticas y de la lógica poseen la
habilidad de hablar sobre sí mismos. Debido a esta capacidad de autorreferencia, emergen paradojas que comprometen la
confiabilidad de estos sistemas. De manera específica, Gódel probó que para todo sistema formal suficientemente complejo,
existe una proposición que señala «esta proposición no es demostrable». Si la proposición es verdadera, el sistema es
incompleto (existe a lo menos una proposición que el sistema no es capaz de demostrar). Si la proposición es falsa, ello
significa que ella es demostrable (lo que implica que podemos demostrar que es indemostrable). El sistema, por lo tanto, se
contradice a sí mismo.

En consecuencia, la prueba de Gódel establece que ningún sistema lógico (formalizado) razonablemente complejo
puede autovalidarse. La validación se obtiene en un dominio fuera del sistema y la validación de tal dominio se halla, a su
vez, fuera de él, y así sucesivamente. Siempre existe a lo menos una proposición del sistema que no se decide en su
interior. Se tiene la sensación de que la paradoja que Russell procuró resolver, obtiene al final su venganza. La
demostración de Gódel es compleja y descansa en la aritmetización de la sintaxis.

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CAPITULO XIV

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