RESTAURACIÓN La Restauración es un largo período de la historia contemporánea de España que se extiende desde 1874 hasta el golpe de Estado de Primo

de Rivera, en 1923. Supone el fin de la experiencia revolucionaria del Sexenio y la vuelta de la monarquía borbónica en la figura de Alfonso XII. La transición de la república a la monarquía se lleva a cabo a través de una serie de etapas: El fracaso de la república de 1873 en el empeño de mantener el orden público y la rebelión cantonalista, constituye el punto de partida, determinando el golpe de Estado del general Pavía y la subsiguiente república de 1874, que actuará como régimen de transición. Todo este proceso tiene lugar en una coyuntura social favorable a la Restauración, y caracterizada por la persistencia de una ideología tradicional, de fuerte implantación no sólo en la elite dirigente, sino también entre las clases medias tradicionales; el deseo de un gobierno estable que garantice situaciones sociales y expectativas económicas, y la identificación de “revolución” y “democracia” con “anarquía”. Todos los grupos sociales, desde la nobleza de sangre a las clases populares, acabarán coincidiendo en la necesidad de estabilidad, paz y orden social: La nobleza y la Iglesia habían mantenido su oposición a la revolución de las clases medias y del pueblo; el ejército sufrirá un cambio de posicionamiento ideológico, asumiendo, en nombre propio, una actitud socialmente conservadora; las clases medias, que habían prestado una amplia adhesión de la revolución del 68, no superaron los acontecimientos del 73 y 74. La necesidad de estabilidad prevalecerá sobre las ideas y las utopías.En cuanto a las clases populares, por un lado no se consiguió una identificación real entre las clases trabajadoras y el régimen democrático de la revolución y, por otro lado, la represión que siguió a la derrota de los focos cantonales significó en España un considerable retroceso en el papel de las clases populares y trabajadoras como fuerza política activa, pero sus dirigentes, si aspiraban a una integración dentro del orden político. Pero esto fracasó en el sexenio y la Restauración tampoco quiso darles cabida. Sobre este contexto, van a operar los tres motores principales del cambio: el partido alfonsino, el mundo de los negocios y de los grandes intereses económicos y el Ejército. En primer lugar está lo que podemos llamar “partido alfonsino”, acaudillado por Cánovas del Castillo; en su opinión hay que restaurar un conjunto de cosas que estima esenciales: la monarquía como institución consustancial con la historia de España, vinculada a los Borbones; un régimen representativo, pero no en su versión democrática y la defensa de la propiedad y del orden social tradicional. Tras la abdicación formal de Isabel II, un nuevo partido liberal conservador deberá encuadrar las fuerzas sociales antes representadas por el partido moderado y la Unión Liberal; las fuerzas provenientes del progresismo, la democracia, e incluso del republicanismo, que aceptaran los principios arriba mencionados podrían constituir una alternativa de poder que diera lugar a un bipartidismo estable; era preciso acabar con el pronunciamiento como instrumento de cambio político. La nueva monarquía debería basarse en el poder civil.

El mundo de los negocios colaboró prestando apoyo financiero a la causa de la Restauración. El tercer factor que actuará decisivamente es el Ejército. Militares y políticos sustentan ideologías análogas, pero divergen en lo que se refiere a los medios a utilizar para llegar al hecho de la Restauración. Cánovas piensa en una Restauración sobrevenida por medios constitucionales, pero los militares se impacientan. Será Martínez Campos el que proclame rey de España a Alfonso XII, en la mañana del 29 de diciembre de 1874, en las afueras de Sagunto. A partir de este momento, Cánovas asumirá la configuración del nuevo régimen a partir de la constitución de un ministerio-regencia presidido por él y que será confirmado por Alfonso XII cuando llegue a España en enero de 1875. El mayor esfuerzo de Cánovas se centrará en consolidar el régimen: restaurar una ordenación sociopolítica y amortiguar el efecto pendular del tránsito a la Restauración. Por una vez, la reacción no pretende derribar todo lo edificado en la etapa de la revolución; tiende a establecer el acuerdo entre los diversos grupos de los sectores dirigentes, teniendo en cuenta los intereses de los antiguos moderados, progresistas e incluso sectores democráticos. Intentará, a su vez, fortalecer el poder civil acabando con los pronunciamientos y con las intervenciones militares en la vida política; en este sentido, Cánovas se esforzará en hacer del rey no sólo una pieza clave en el funcionamiento de una monarquía constitucional, sino también y al mismo tiempo en convertirlo en jefe supremo del Ejército. La clave en la consolidación del régimen se encontraba en la forja de un orden constitucional que de acuerdo con un criterio ecléctico tratara de conjugar, en alguna medida, los principios de la Constitución del 45, con las ideas y libertades de la constitución del 69. A pesar del intento de creación de un régimen estable basado en la alternancia real de partidos, las primeras experiencias electorales de la Restauración dejarán ya plena constancia de lo que sería un comportamiento político habitual: una mezcla de respeto externo a las formas del sistema parlamentario, y la adulteración de sus esencias reales.