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PERÓN Y LOS TRABAJADORES

Los orígenes del sindicalismo peronista

1943-1955

por

LoursE M. DoYON

SIGLO

)J((I

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Louise M. Doyo11

un hombre de los quilates de Perón y fue necesario tam- bién que el pueblo retomase las riendas de sus propios

destinos· [

] .

... Hablo en nombre de las mujeres y los trabajadores. In- voco la plenipotencia de esa representación para decir lo que ellos sienten. iY hoy ellos sienten que Perón es el

heredero directo de la misión del pueblo y del espíritu de San Martín! Ellos sienten hoy que la misión de San Martín no se entiende si no se la contempla desde esta

nueva Argentina, justa,

libre y soberana de Perón 3 º.

Al final de este período, el régimen exudaba un poderío sin para- lelos y aparecía como una fuerza irresistible, sostenida por una coali- ción electoralmente imbatible. Se había beneficiado con una con- fluencia de circunstancias favorables que le permitieron conciliar la redistribución con el crecimiento económico. Por otra parte, parecía bien encaminado hacia la consolidación de su autonomía relativa, gracias al magistral equilibrio establecido entre los diversos intereses en juego. Sin embargo, despuntaban ya los primeros signos de fric- ción dentro del laxo pacto social administrado por el gobierno y cre- cía el descontento por la permanente transgresión de las reglas cons- titucionales a las que antaño había jurado fidelidad. Todo ello antici- paba los problemas cada vez más graves que Perón tendría por delan- te en los años siguientes.

'''El texto de este discurso se c11n111tr.1rá en CGT,:; de enero de 1951.

VIL LA DERROTA DEL PROYECTO LABORISTA

El movimiento sindical no fue, por cierto, el único heredero de la victor.ia alcanzada en las urnas en febrero de 1946, puesto que había acc~d1d? al poder político a través de la participación en una alianza pohclas1sta. Esta distinción crucial se haría bjen clara durante el año siguiente, a medida que el nuevo presidente buscara consolidar su liderazgo sobre la heterogénea coalición electoral recurriendo a las fuerzas no sindicales. Esta empresa política se desplegaría a través de la resolución de tres cuestiones clave, a saber, la supervivencia de los cuerpos políticos independientes creados para llevar a cabo !a cam- paña electoral, la dirección del máximo organismo sindical -ia CGT- y el ~ontrol sobre el nuevo partido que promovería el gobierno para aglutmar a sus fuerzas adictas.

1. LA CONVOCATORIA A FORMAR EL PARTIDO ÚNICO DE LA REVOLUCIÓN

La fa~ta de cohesión entre las dispares fuerzas que habían apoyado su candidatura constituyó para Perón un problema de primer orden una

v~z terminado ~l escrutinio

electoral. No sólo el margen de la victo-

ria sobre l~ Umón Democrática había sido estrecho; asimismo, quie- nes lo habian respaldado tenían muy poco en común fuera del obje-

tivo de asegurar su retorno al poder por medios constitucionales. Éste problema, en el que se jugaba su capacidad para gobernar, recibió su atención en forma prioritaria. Así, poco antes de asumir el mando ofi- cialmente, el presidente electo tomaría una decisión crucial con vistas a redefinir la estructura organizativa de la alianza gobernante. Producido el triunfo electoral de febrero, afloraron las tensiones que atravesaban la coalic1ón electoral ai recrudecer el enfrcntarnien-

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to que oponía a los laboristas y a los políticos de la Junta Renovadora. Debido a que habían provisto buena parte de Jos recursos materiales Y organizativos que habían hecho posible la victoria en los comicios, los laboristas esperaban un papel principal en el nuevo gobierno. Pero se encontraron bien pronto envueltos en las intrigas de los políticos, que prete?~ían marginarlos de la distribución de los puestos políti- cos estrateg1cos. El regateo constante para la confección de las listas de candidatos durante la reciente campaña se intensificó y desenca- denó feroces luchas intestinas en torno de la adjudicación de bancas senatoriales y otros cargos. En el conflicto, el reclamo de los laboris- tas .iba 1;1ás allá de la búsqueda de recompensas a su aporte electoral; se nutna, a la vez, de la gran desconfianza que sentían hacia los re- presentantes de la política tradicional. El desdén era recíproco por- que, para los radicales disidentes agrupados en la Junta Renovadora, los electos por el partido sindical eran poco más que analfabetos políti- cos1 . La participación de los antiguos radicales en el pasado político fraudu- lento ele! país hizo que, para los sindicalistas, la reconciliación fuera imposible, más allá de] corto plazo. Esta opinión fue expresada en forma elocuente por Cipriano Reyes, el entonces vicepresidente dei Partido Laborista, en un opúsculo publicado a fines de 1946.

El Radicalismo una vez estuvo en contacto con las nece- sidades de las masas, y podría haberse convertido en una fuerza para la reforma socioeconómica y política si no se hubiera paralizado en la más sórdida forma de politi-

quería (

] hace veinte años. Fue una esperanza que se

] que pro-

... desplomó por la incapacidad de los líderes[

... clamaron ser liberales pero que en realidad eran reac- cionar~o~ incapaces. de asumir los reclamos de Ja gente. Estas ultimas elecc10nes han consagrado al Partido La- borista no sólo como el partido mayoritario sino como

una entidad esencialmente nacional [

J. La Junta

... Renovadora se puso claramente del lado del pueblo en esa ocasión en ia medida en que rompió con las ideas

1

  • -- -Para rnformactón sobre la percepción de los antiguos radicales sobre su cun-

tr~parte labo~·'.sta, v~ase bentrev1sta con el CXJcfo

renovador del partido mayon-

ta110 en la C.amara de Diputados, Rícardo Guardo, Proyecto de Historia Oral, Instituto D1 Tclla, Buenos Aires, 1972.

La derrota del proyecto lc1/1<1ris1r1

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preconcebidas y sin sentido, al respaldar la candid~tura del coronel Pcrón. Pero los acontecimientos postenores han demostrado que el hecho de seguir un camino pro- gresista durante seis cortos meses no.puede borrar veinte largos años de insensibilidad hacía los problemas del pueblo. No bien se supieron los resultados de la elec- ción, los líderes mostraron su falta de integridad perso- nal y política; volvieron a las políticas de sabotaje ne- gando la victoria a los que en realidad triunfaron en esta contienda, y revocaron todos los acuerdos alcanzados-.

1

A los efectos desestabilizadores <le esta pugna, se sumó el deseo de Perón de afianzar su predomirno sobre la coalición. Durante la campaña, ante la carencia de un aparato político propio, había tenido que apoyarse en los sindicatos para la movilización elect~ral. Esta situación lo había obligado incluso a postularse como candidato del partido sindical, cuyos líderes tendieron a ver al presidente electo como su propia creación política. Sin embargo, para cualquier obs~r­ vador de la escena polítíca, el triunfo electoral de las fuerzas perom~­ tas había sido, en gran medida, una victoria personal del ex secretano

de Trabajo. El apoyo que recibió en las un1as fue el resultado de, l~s políticas que él había míciadb mientras era.el hombre fuerte del reg1- men militar. Con la ratificación popular de su liderazgo en las urnas, había llegado también la hora de convertir ese liderazgo en un prin- cipio de autoridad dentro del mov11111cnto triunfante. Como era de esperar, la batalla personal de Perón en la búsqueda de su predominio no habría de dirigirse contra la Junta Renovadora. Debido a su escasa convocatoria, sus miembros no representaban una amenaza para su autoridad e, implícitamente, admitían su estrecha dependencia de los favores del nuevo presidente. Durante esos pn- meros ~s, sus esfi1erzos apuntaron a un blanco específico, es de- cir, Ios~abghstas. Li tuerte resistencia de éstos a cualqmer forma de

· ínterferenéia externa en las decisiones par9d:irias

a lo largo de toda la

e ña ya había annopado su imencíón de mantener una voz au- a luego de las elecc10nes. Esa postura 111depend1ente de los tas prenunciaba que resultaría un socio problemático en el

p'ü"cfér. Por otro lado, la decisión ck 1iberar a Perón de toda <lepen-

'Cipnano Reyes, C.2111 "" ,.¡ lalions1110, B11,·11os Aires, 1946, pp. 32, 74.

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ciencia directa del movimiento obrero organizado respondía, asimis- mo, a la necesidad de mantener el apoyo del Ejército. Este aliado silenooso mostraba poca simpatía por la influencia del movimiento síndica!. Las circunstancias imponían atender a sus reservas y obrar en consecuencia porque la contmuidad del apoyo castrense era fun- damental para el flamante presidente. Siempre alerta para proteger la legitimidad de su condición de árbitro, Perón fue cauteloso en su esfuerzo para reducir la influencia de los laboristas. Apelando a una táctica que usaría repetidamente en los meses siguientes, aprovechó el apetito de los políticos de !ajunta Renovadora por lograr cargos públicos y su pericia en las luchas po- líticas internas para alentar, desde las sombras, las escaramuzas con los representantes sindicales. Con la seguridad de contar con el apo- yo tácito de Perón, los políticos profesionales rápidamente lanzaron

un nuevo ataque contra sus

rivalcs 1 En estas circunstancias, la coali-

ción gobernante se deslizo a una estado de anarquía. Fue entonces que el jefe del Ejecutivo, en un discurso por radio el 23 de mayo, ordenó la disolución de las fuerzas en pugna y su fusión en una orga- nización que se llamaría Partido Único de la Revolución Nacional. En el discurso, el nuevo mandatario justificó su decisión en la paráli- sis a la que habían llegado las relaciones entre sus sectores adictos, evocando el fantasma de una temible reacción concertada de la opo- sición, a menos que se depusieran las rivalidades y se estrecharan las filas en tomo del gobierno recién instalado. Sin embargo, en su alo- cución quedaba sin respuesta el papel que le estaría reservado al nue.- vo partido en el proceso de decisiones y la representación que se asig- naría a las fracciones rivales dentro de este organismo.

La Revolución de Junio, movimiento social, económi- co y político de los argentinos, que alcanzara su constitucionalidad el 24 de fobrero, está atravesando una zona de pasiones desintegradoras, extrañas a su propio

contenido y destino. Pareciera que no han bastado cons-

tantes embates

de los grupos oligárquicos l

] ahora debe

resistir[

] los

contragolpes de algunos hombres que[

]

no pueden mantener dentro de los límites su deseo de ocu-

· Waltcr Ltttk, «Party and Statc m l'cmnist Argentina». l fo¡111111c A11wica11 Ifütorical

Rcr'icw, Vol. 53, n" 4,

1973, p. 647.

La derrota del proyecto laborista

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par posiciones políticas. Estos hombres carecen de aprecio por lo que se ha logrado hasta ahora y por la difícil empresa que nos espera, olvidando que una victoria, no importa cuán impresionante pueda parecer, no es necesariamente permanente. Existe una condición previa insoslayable tan- to para ganar el poder como para gobernar en forma efec- tiva posteriormente: la solidaridad y la unidad de aquellos

grupos que apoyan al

movimiento

[...

].

[Por ello] como

líder del movimiento, ordeno

[...

] la disolución de las or-

ganizaciones actuales y la fusión de todas las fuerzas pero- nistas en un Partido Único de la Revolución 4

2. LA DISOLUCIÓN DEL PARTIDO CREADO POR LOS SINDICATOS

Los radicales renovadores no opusieron reparos a la orden de disolu- ción. En cambio, sí lo hicieron los laboristas. Su reacción fue una mezcla de rabia y alarma. Estaban indignados ante la anulación uni- lateral del acuerdo implícito de octubre de 1945 y, a la vez, profunda- mente preocupados por la incertidumbre sobre el futuro de su pro- grama dentro del recién creado Partido Único de la Revolución. En su reunión del 24 de mayo, las autoridades del laborismo decidieron desoír el llamado a la unidad. Esta resolución tuvo la aprobación de una apabu- llante mayoría de los legisladores de extracción sindical en el Congreso y las legislaturas provinciales, así como el apoyo de numerosos partidos locales 5 Sin poder explicar la decisión de Perón, o quizá renuent~s a aceptar la dura realidad que no habían querido ver desde el comienzo de la campaña, los laboristas insistieron en forma débil y un poco patética en atribuirla a una nueva maniobra de la UCR-JR, de la cual había sido víctima el propio Perón. Las declaraciones públicas emitidas en apoyo de la decisión tomada por la dirigencia nacional reflejaban el dilema que enfrentaba a muchos miembros del partido. Sus argumentos en favor de la supervivencia de la entidad se basaban, a menudo, en su asociación con el coronel, un punto de referencia que reconocía im- plícitamente su dependencia política.

'

1

'La Razófr. 24 de mayo de 1946. ; Luís Mnus;1lvo. "Rcscila política". mam1scnto médito, pp. 96-99.

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Algunos nos han atacado por ser lo que se llama laboristas intransigentes. Sin embargo, la convicción que practica- mos los laboristas se nutre en la intransigencia que; nos enseñó el mismo Perón contra la politiquería de escasas

miras [

] . Somos laboristas que continuamos creyendo

... en la realidad de una nueva conciencia política y no tolera- mos la infiltración de elementos que desean deformar nues- tros principios revolucionarios. Nos negamos a entregar posiciones a los elementos que representan a la oligarquía''.

El intento de defend~r el partido identificándolo con el presiden- te pronto resultó insostenible, una vez que se hizo evidente que su decisión era irrevocable. Con la defección de sus filas de importantes diputados y senadores, la intransigencia inicial pronto se desvaneció. En un desesperado esfuerzo por proteger las posiciones laboristas dentro de la alianza, comenzaron las negociaciones con representan- tes de Perón y de la UCR-JR. Para facilitar las cosas y no romper con la cabeza de la coalición gobernante, el 29 de mayo los miembros del comité ejecutivo nacional entregaron su renuncia al con1greso parti- dario convocado de urgencia. La conducción pasó a manos de un pequeño grupo de legisladores leales, a quienes los delegados dieron el mandato de determinar las condiciones bajo las que se unirían al Partido Único. Finalmente, el 17 de junio, los funcionarios ad hoc sellaron oficialmente la suerte del partido, anunciando su extinción apenas unos pocos meses después de su ascenso meteórico en la es- cena política del país. Existe muy poca información sobre el contenido de las negocia- ciones que tuvieron lugar durante este intervalo. La declaración emiti- da por los dirigentes provisionales, sin embargo, indica que su acep- tación de la orden de Perón no había impficado una rendición total. Más bien, se habría recibido la promesa de que el programa laborista sería, y se mantendría así, una presencia sindical separada, a través de la creación de agrupaciones sindicales paralelas dentro del partido en for- mación. Con estas seguridades, confiaban en el resurgimiento de la cau- sa labonsta a partir de las estructuras del Partido Único.

"Prc11sa Laborista, 25 de mavo de 1946.

La derrota del proyccro Ít//}(lrista

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Se ha acordado que se asignará a las fuerzas laboristas la representación que ellas merecen en la formación del nuevo partido, una representación que sea acorde con su posición mayoritaria; también existe acuerdo en cuan- to al hecho de mantener su programa como la base de la política del gobierno. Por otra parte, una vez que se ha- yan registrado las listas de afiliados, y se hayan estable- cido los loca)es partidarios en todo el territorio de la República, se convocará a un congreso nacional de de- legados para aprobar la declaración de principios, la car- ta orgánica y un programa definitivo para la nueva enti- dad. Esta convención también elegirá el nombre del nuevo partido así como sus autoridades nacionales; sin embargo, se convocará a la convención sólo después de

que se hayan realizado elecciones limpias en cada sección 7

Entre quienes fueron sus dingentes, la disolución del Partido

Laborista ha dado origen a interpret~ones contradictorias. En sus memorias publicadas en 1975, Lu1s,Mo salvo sostiene que el partido había perdido su razón de ser una ve ue la victoria electoral instaló

nuevamente a Perón en la Casa

Rosada 8 De acuerdo

con este impor-

tante dirigente ferroviario, que desempeñó el cargo de secretario ad- ministrativo del p:mido, la orgamzación no había tenido otro propó- sito que el de serv1r como aparato de apoyo durante la campaña electo- ral. Este argumento resulta bastante débil no bien se recuerdan los pro- pósitos más permanentes expresados por sus fundadores una y otra vez a lo largo de los meses que precedieron J las elecciones. Más aún, la resis- tencia inicial al ultnnátum de Perón puso de relieve una perplejidad y una disconformidad difíciles de reconciliar con la opinión de Mon- salvo, según la cual b mayoría de los cuadros laboristas había estado de • acuerdo con la existencia transitoria del partido.

Al respecto, quien fue el vicepresidente del Partido Laborista ha

postulado una tesis diametralmente ºP(;,5_ En entrevistas

otorga-

das a mediados de los setenta, Cipruno~ declaró que el Partido

7 Este documento >e reproduce en C.1rlos Fayt. Nat11raleza del pcrouis1110, Viraco-

cha, Buenos Aires, 1%7. pp

152-153.

'Luis Mo11sal\'ti. ·¡¡ 1975, p. 94.

de la pri111ern /1.,1«1 dcl pffo11Ísi111i, Pleamar, Buenos Aires.

._

,f!~<'

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Laborísta había sído creado como un partido de los trabajadores y

~

/ que su posterior extinción debía ser atribuida a la anulación unilate- ,.,, ral por parte de Perón del acuerdo implícito que había pactado con el

movimiento sindical 9 Esta versión tampoco es

totalmente convin-

cente. Como ocurre con Monsalvo, Reyes hace una racionalización ex post facto de los acontecimientos históricos. En su evaluación re- trospectiva, sostíene una tésis conspirativa que no proclamó abierta- mente en el momento en d que, Junto a los demás dirigentes, suscri- bió la declaración del 17 de junio, en la que se formalizaba la disolu- ción del partido. Es verdad que muy poco tiempo después el ex diri- gente del sindicato de la carne revirtió su pos1cíón y trató de montar un movimiento de resistencia. No obstante, todavía en esos tiempos pondría un especial cuidado en concentrar sus ataques exclusivamente sobre la Junta Reorganizadora del nuevo partido. Esa posición ambi- gua no le impidió continuar su protesta durante casi un año, hasta que fue encarcelado bajo acusaciones fraudulentas, pero sí debilitó I:\ posición de la mayoría de los dirigentes partidarios. En efecto, el 17 de junio todos los legisladores nacionales, con excepción de Reyes, terminaron aceptando la orden de Perón. Por lo demás, no exísten evidencias de un sindicato que haya roto relaciones con el gobierno a causa de la disolución de~rísrno.

Como señala Walter~ittle) el eclipse del laborismo no se puede explicar sin tener en cuen'ta;'primero, su extremada debilidad insti- / tucional y, segundo, los vastos recursos de patronazgo que la presi-

  • 1 ciencia ponía a disposición de Perón. Aunque poco se sabe acerca del real estado de la estructura partidaria, la iriformación fragmentaria recogida por Little parece confirmar que se encontraba en una etapa embrionaria; de allí su conclusión de que el Partido Laborista carecía del "tipo de infraestructura de base que podría haberle dado reales poderes de resistencia" 10 Reparemos, además, en que sus dirigentes habían exagerado demasiado sus capacidades para movilizar al elec- torado en forma independiente. Cuando la orden de disolución fue conocida y no suscitó una fuerte reacción adversa. se vieron obliga- dos a reconocer que su organización había servido, en gran medida, como un canal para la ratificación del liderazgo de Perón. El equili- brio desfavorable de poder entre las autoridades partidarias y el pre-

''Ver entrevista a Cipnano Reyes, l'rtl\'ecto de Histon.1 ( lral, ITDT.

'"W. Little, 11Party ami State in Pcro11ist Ar¡;:entina11. op cit

..

p. (149.

La derrota del proyecto fa{Jorista

223

sidente fue, sin duda, el principal factor que determinó el destino final del .organismo creado por los sindicatos. La ulterior reconcilia- ción de los laboristas con los dictados del Ejecutivo puede ser vista como una respuesta realista y pragmática al realineamiento de fuer- zas dentro de la alianza gobernante. De todos modos, se podría agregar que el partido sufría de limi- taciones intrínsecas que se han soslayado con demasiada frecuencia. Aunque no fueran tan decisivas, quizás contribuyeron al renuente acatamiento de sus fundadores al ultimátum de Perón. Al tomarlas

en cuenta, la decisión de la conducción laborista aparece originada en algo más que el peso de la desfavorable relación de fuerzas. A ello se sumaba la seria desventaja en el terreno ideológico para cuestionar

la convocatoria de Perón a la formación de un nuevo partido

Es ver-

.. dad que la creación del Partido Laborista había despertado entusias- mo dentro de las filas de los trabajadotes. Pero resulta imposible pa- sar. por alto que el partido de los sindicatos había surgido, en gran medida, bajo el impulso de factores externos, antes que como culmi- nación de un replanteo global de los fines últimos del movimiento. De la lectura de su programa, puede concluirse que éste no se cons- tituyó para ser una alternativa sustancialmente diferente de la que levantaba Perón en esa coyuntura política. Las principales propuestas contenidas en ese documento tenían por eje las demandas sectoriales que había elaborado el sindicalismo desde la década del treinta y que el propio Perón había hecho suyas después de 1944 11 En términos más generales, destaquemos que el Partido Laboris- ta no postulaba la visión de un nuevo orden social en el cual los inte-

11 Los plintos principales establecidos ~n el programa, que destacaba las metas intermedias excluyendo el ideal a largo plazo de un nuevo orden social~ eran los siguientes: 1) Realización integral de la democracia política, con el saneamiento de las prácticas institucionales y administrativas actuales que ia entorpecen, así como la aspiración de concretar la democracia económica como el mejor medio de garanti-

zar una igualdad política efectiva; (

...

] 5) la extensión del derecho al voto a las muje-

... vas naturales para servir al desarrollo de la mdustria nacional; [

res: [

] 6) la nacionalización de los servicios públicos, y la protección de las rl'scr-

] 11) la creación de

... oportunidades de empico en todo el país por medio de la diversificación de la eco-

nomía, la realización de urgentes obras públicas en zonas no desarrolladas con alto nivel de desempleo, y la descentralización geográfica de las actividades manufacture-

ras;

(

...

J 12) la plena utilización de los recursos pr1111aríos y su proccsanucnto den-

tro del país; d establcrnniento del crédito y la reforma del sistema nnpos1t1vo cn

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reses de los trabajadores fuesen transformados en valores generales para el conjunto de la sociedad. Encuadradas dentro de un esquema societal pluralista, sus demandas se limitaban a bregar por la reduc- ción de las desigualdades sociales producidas por el rápido proceso del desarrollo industrial capitalista. Por ello, la formación del partido

había consistido esencialmente en una modificación en el método de la acción política seguido hasta entonces. más que un cambio cualita,- tivo en los objetivos políticos del sindicalismo. En los hechos, el cam- bio de metodología condujo "al pasaje del sindicalismo hacia la etapa

política" 12 En lugar de

ser considerado como un instrumento para la

eventual conquista del poder sobre la sociedad, el Partido Laborista fue pensado como un medio alternativo para la realización de las metas socioeconómicas del movimiento y una plataforma desde la cual defenaer mejor su identidad corporativa en la nueva etapa polí- tica. Cpn esta perspectiva de los propósitos del partido, se puede expli- car más ajustadamente la falta de oposición dentro del cortjunto del movimiento obrero a estos primeros y decisivos intentos de Perón por afirmar su liderazgo dentro de la alianza gobernante.

En esta temprana pero aún indirecta confrontación con los diri- gentes sindicales, Perón no había cuestionado la legitimidad del mo- vimiento obrero como actor político. Más bien, se limitó a cuestio-

bencficío de la industria nacional; [

] 15) control gubernamental sobre los precios

] 16) el reconocimiento de los sindicatos

... de los artículos de primera necesidad;[

... como entidades públicas cuyo rol en la resolución de los problemas fundamentales

del país debe ser respetado. y la asignación de representación a las asociaciones de

trabajadores en todas las instituciones creadas a tal efecto; (

] 17) la extensión de

] 20) sanción del

congreso de toda la legislación laboral promulgada por el régimen militar; (

] 21)

la construcción de viviendas públicas; [

ria y universitaria a toda la población; [

...

] 25) la creación de escuelas técmcas públi-

... Estado. Reproducido en Carlos Fayt, op. cit., pp. 121-123.

cas; [

] 28) el establecimiento de un sistema de seguro médico administrado por el

12 Para una discusión muy útil sobre este problema y su CJcmplificación en el caso del Partido Laborista británico, ver Tom Na1rn, <ffhe Naturc of thc Labour Party». en Perry Anderson y Robín Blackburn. eds., Towards Sodalis111, Corncll Uni-

vcrsity Prcss, Ithad, Ncw York, 1966, pp. 168-169. Ver también la dis~usión general

realizada por Adolf Stumthal. «Somc Thoughts on Labour aud Political Act1011», Industnal Rclat1ons, Vmvcrs1té Laval,julio de 1962, pp. 244-258.

La derrota del proyect<' laborísta

225

nar su método de acción política, por considerarlo perjudicial para la cohesión de la coalición victoriosa en las urnas. Al contrarío de Re- yes, los demás dirigentes laboristas prefirieron no hacer de la cues- tión un problema de principios en momentos en que el sindicalismo había logrado finalmente hacer pie en el sistema político. A cambio de evitar una ruptura con el presidente, que sólo podría poner en peligro su participación en la puesta en marcha de las reformas la- borales, se inclinaron ante su dec1s1ón. Que esta actitud no signi- ficó una capitulacíón incondicional, sino un ajuste necesario a las cambiantes circunstancias, habrían de mostrarlo sus esfuerzos durante los meses siguientes por reforzar su posición y asegurar la adopción de su programa por el nuevo partido. No obstante, el sindicalismo había experimentado un serio revés, pues el desmantelamiento de su brazo político comenzó a erosionar su independencia institucional.

3. LA COOPTACIÓN DE LA CGT

..

En su trayectoria hacia el poder; Perón había evitado hacer explícitos los principios que gobernarían las relaciones entre los sindicatos y el Estado. Cuando se desempeñó con 10 secretario de Trabajo, había acon- sejado a los dirigentes sindicales evitar los compromisos políticos, argumentando que eran perjudio;des para la unidad del movimien- to. Luego revisó esta posición, al tener que hacer un llamado a los sindicatos para que lo secundaran en la resistencia a la ofensiva opo- sitora. Ahora estaba en las vísperas de proponer nuevos cambios en el vínculo de los sindicatos con la política. La batalla alrededor de la suem· del Partido Laborista se resolvió rápidamente. No fue, sin embargli. una batalla final. Como no tenía todavía en sus manos todos los resmtes del gobierno, Perón postergó poner en limpio sus diferencias nm los dirigentes smdicales con re- lación al papel que les correspondía en la coaiición. La postergación fue, en definitiva, bastante breve. El reclamo de los hombres del sindíca- lismo por una parncipacíón ínformd pero 1gualitana en las decisiones de gobierno relativas al mundo del tr,1b,~o estaba en flagrante contrastc ·con la visión que Pcrón tenía del 1rniv1miento obrero organízado corno agente político del mc1ente régímc11 En estas condiciones, los sindica- listas y Penín quedaron en un cur'" de colisión inevitable.

22()

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3. 1. Un esfuerzo por ganar el terreno perdido

Las diferencias a que hicimos refrrcncia se harían explícitas en enero de 1947 alrededor del papel de Luis Gay, el recientemente electo secretario general de la CGT y ex presidente del Partido Laborista. El prestigio de este antiguo militante obrero era ampliamente reconoci- do. Había sido uno de los protagomstas centrales en la consolidación del sindicato de los telefónicos durante los difíciles días de comien- zos de los aúos treinta y, desde entonces, era un líder indiscutido en su gremío. También había tenido una participación destacada en la jornada del 17 de octubre y, luego, como presidente del laborismo, había defendido en forma consecuente las aspiraciones de autono- mía del sindicalismo en los nuevos tiempos. La elección de Gay para dirigir la confederación sindical en no- viembre de 1946 fue hecha en contra de los deseos del presidente; en realidad, su victoria constituyó poco más que un abierto rechazo al intento de interferir en I~ vida interna del movimiento. Habiendo • finalizado el mandato del comité l~¡ecutivo presidido por Silverio Pontieri, Perón entrevió la oportumdad de limitar aún más el mar- gen de libertad de que gozaba el sindicalismo y de disciplinar a su dirigencia. Para llenar la vacante, propuso a un candidato oficial con- fiable, Ángel Borlenghi, quien lideraba el Sindicato de Empleados de Comercio y había sido designado recientemente rnmistro del Inte- ríor. A pesar del respaldo del jefe de Estado y del prestigio de su nuevo cargo, la candidatura de Borlenghí no despertó entusiasmo alguno. En la reunión del Comité Central de la CGT convocada al efecto, se designó una comisión especial compuesta por veinticinco de los sindicatos más importantes, a fin de elegir una lista de candidatos. En esta primera Vllel- ta, el postulante del gobierno recibiría sólo tres votos de sus antiguos colegas, contra diez para Gay y doce para Juan Rodríguez, de la Unión Ferroviaria. En vista de la evidente falta de apoyo, se eliminó su nom- bre de la lista de candidatos 13 Sometida a votación general en el Comi- té Central, Gay recibió 40 votos sobre un total de 77 11

.

'-'Para un estudio detallado y valioso sobre estos acontc:rnrne11tos, ver Juan Carlos Torre, «La caída de Gay». Tixlo es Histvnc1. N" 89, 1976. 14 Además de Silveno Pont1en, los 1111c111hros renunnantl'S del comité ejecutívo

fueron N éstor Álvarez (UTA), Amceto Alpuv (ATE). Jorge Nq• 11 (Sindicato de Cerve-

ceros) y Juan B. Ugaz10 (Sindicato Je E11111k.1dns

MumnpaksJ [,,is nuevos miembros

fiieron L. Gay (FOETRA). L. Correa (FOTI:\ l.J. Lo111bardí.1 (l 'T \)y A. Alpuy (ATE).

La derrota del pro)'ecto laborista

227

La victoria del dirigente de los telefónicos sobre Rodríguez se puede explicar, en parte, como resultado del resentimie1,1to de mu-

chos sindicalistas contra la Unión Ferroviaria, que, por el peso de su

organización, había

monopolizado los órgan0s políticos. claves del

movimiento obrero desde principios de la década del tremta. Tam- bién incidió negativamente sobre la candidatura de Rodrígu:z la opo- sición inicial de su gremio a la huelga general de octubreb. Pero el triunfo de Gay, comparado con el triste desempeño de Borlenghi, respondió asimismo a otro orden de factores: el estado de las relacio- nes con Perón. El trámite de la designación del nuevo secretario ge- neral fue un reflejo de la profunda inquietud existente dentro de los delegados a la asamblea sindical, representantes en su mayor parte de gremios incorporados a la CGT recién hacia fines de 1946 16 Esa in- quietud se nutría de una preocupación: la sensación de estar cada vez más al margen de las decisiones en el nuevo partido oficial. Una vez en la presidencia, Perón empezó a cuestionar implícita- mente la legitimidad de la vocación política de los dirigentes obreros en términos similares a los usados durante 1944. A fines de septiem- bre, al dirigirse a los trabajadores textiles en el acto de !a firma de un convenio colectivo, los aconsejó en los siguientes términos:

No permitan que la política entre en los sindicatos. Las

entid~des sindicales

tienen exclusivamente una función

gremial, nunca una función política; una vez que la polí- tica se haya infiltrado en las organizaciones profesiona- les de los trabajadores, éstas se derrumbarán y se harán

pedazos. Aquel que desee ser un verdadero dirigente

--1; ~rila admisión de los mismos dirígcntes ferroviarios del peso de estos factores en la elección, consultar Unión Ferrovíaría, Libro de actas de la comisión

dirr;ctiv~. abril de 1947.

11, Según un comunícado de la CGT publicado en la Re11ista de /a Co11stmcrió11, de

mayo de 1946, los sindicatos importantes que permanecían fuera de la _confcder.a- nón eran el SUPE. La Fraternidad. la Asoctarnín Bancana, la Fcdei·ac1on Grenual de ia lndustna de la Carne y la Federación de "frabajadores de Luz y Fuerza. Para leer sobre los detalles referentes a los esfuerzos realizados por los sindicatos autó- nomos para formar una confederaCIÓll rival, que fueron abortados a comienzos de J 947 porque sólo los sindicatos de los trab;uadorcs de los frigoríficos, del petróleo Y Jos 11iaqu1111stas permanecía fuera de la cstCr.1 de la (.;{;T, ver La Fraterrndad, L1brn de act;is tk I.1 corn1s1ó11 directiva, para los aflos 1946-1947.

228

Lo11isc M. Doyo11

La derrota del proyeclt> lab,1rista

229

 

smdical, debe defender a su organización de las ideas que están divorciadas de los fines gremiales; aquel que desee ser político, que vaya al comité político. El gre- mialismo tiene un solo fin: defender un cuerpo profe- sional de las vicisitudes diarias que se puedan presentar

Después de 1111 designación v1s1té a Perón y me felicitó, diciéndome que ahí en la presidencia había un equipo que me habría de asesorar sobre las declaraciones que debía hacer y las medidas que; tenÍ'\ que tomar. Para no violentarlo enseguida, le respondí: «Mire, sefior presi-

».

[

].No existe una sociedad mutual mejor que el sindi-

dente, usted tiene muchos problemas importantes que

cato [

] que debe

trabajar con el objeto de poseer sus

atender, así que déjenos a nosotros, los hombres que

propios hospitales, complejos habitacionales, asistencia médica y legal. Debe fomentar toda forma de ayuda que puedan brindar las agrupaciones humanas a sus miem- bros cuando la desgracia personal va más allá de la capa- cidad del individuo para soportarla 17

tenemos veinticinco afios en el movimiento obrero, di- rigir la CGT». Él, con prepotencia, me replicó: «iEnton- ces, a los sindicatos autónomos los dirijo yo!» «Bueno, ése es un problema suyo, sefior presidente, y de ellos, pero -le puntualicé- a la CGT la dirigimos nosotros 19

La sensación de marginalidad política que iba ganando a los líde- res obreros tenía sus razones. Los principales cargos directivos del nuevo partido habían ido a manos de los políticos de la ex UCR- Junta Renovadora. De la misma extracción eran los presidentes de- signados en los bloques oficialistas de las dos Cámaras del Congre- so18. Disconformes con esta flagrante violación del acuerdo de junio, que siguió a la disolución del laborismo, 28 diputados nacionales y 11 senadores de extracción sindical estaban considerando seriamen- te romper con el partido y formar un bloque separado. Una decisión semejante podría haber quitado al partido gobernante los dos tercios de la mayoría necesaria para llevar a cabo cambios constitucionales. La asociación de Gay con este incipiente movimiento de protesta en el momento de su elección como secretario general de la CGT no pudo haber pasado inadvertida. Es muy probable que quienes vota- ron por él lo hicieran respaldando su postura intransigente a favor de la. independencia sindical. Poco después de asumir su cargo, los puntos de vista contrastan- tes del secretario general y de Perón sobre esta cuestión se ventilaron en un áspero encuentro entre los dos hombres.

17 La¡ Razá11, 27 de septíembre de 1946. 1 ' Hacia enero de 1947, e! partído se encontraba claramente en manos de los Viejos políticos que controlaban su pres1denna a través de la figura del almirante (RE) 11:isam::. Y tenían mayoría en el comité CJCcutivo. d Consejo Superior. Este equilibrio <le fuerzas se vuelve aún más evidente cuando se estudia la Junta Metro- politana <le Buenos Aires, donde de vc111te m1c1nbros. sólo un destacado dirwente smdical, el hermano del mmistro del Interior. tenía una banca. "'

Este poco amistoso. intercambio de ideas prenunciaba futuras tor- mentas. A lo largo de los siguientes rrcs meses, Gay se ocupó de atraer- las. Convocó a los diputados de ungen sindical recién electos para conformar un bloque informal que tuviera una personalidad dife- renciada en el Congreso"º. Asimismo, promovió la creación de un con- sejo técnico asesor, 1megrado por profrsionales, para brindar asistencia a los legisladores amigos y producir imc1ativas propias desde la CGT 21 Esta insistencia por preservar la capacidad de iniciativa del movi- miento obrero y los esfuerzos por alcanzar una coparticipación in- formal en el gobierno constituyeron un nuevo desafío para las aspi- raciones de Perón en su búsqueda de la centralización del poder. Este desafío era tanto más serio porque provenía del sector que él mismo consideraba la columna vertebral del peronismo. A menos que pu- diera imponer su liderazgo sobre el lírgano principal del movimiento sindical, antes de que éste se consolidara, el equilibrio de las fuerzas dentro de la coalición se vería afretado. Además, el presidente consideraba que las ambiciones políucas de la CGT apuntaban direc- tamente al corazón del nuevo ordrn en gestación, ya que podrían conducir a una mayor polarización de la socíedad. Sólo un Estado con suficiente autonnmía respecto de los intereses .sectoriales estaría

.

1 " EntrcvJSta de J. C. li.11Tc reproduc1d.1 ,·11 su artículo «La Laida de Gay», ''P· cit.,

p.84

2 " Entrcvísta de la autrn a con Luis c;.11·. 1n.1yo de 197

..

¡.

21 Entrevista con 1-lu"u !3dlo111, cmplc·.1dc1 de: la Secretaría de l.1 CGT, enero <k

1974.

230

Lottisc M. Doyán

en condiciones de administrar los conflictos propios de este momento de rápido ca~bio social. Además, y porque consideraba al sindicalis- mo el principal bastión del régimen, Perón no estaba dispuesto compar- tir con nadie la conducción sobre este sector estratégico.

3. 2. El Ejecutivo formula las alternativas

Decidido a ratificar en forma contundente su liderazgo, Perón aguardó el momento oportuno para desplazar a Gay. Ese momento llegó a fines de enero de 1947. Para esa focha, arribó al país una delegación enviada por la Federación Norteamericana del Trabajo (AFL) para investigar la acusación del ex embajador Spruille Braden de que el síndicalismo se hallaba cautivo de un régimen dictatorial. Deseoso de mejorar sus relaciones con los Estados Unidos, el gobierno había promovido la invitación a los smdicalistas norteamericanos para que examinaran en primera persona la veracidad de esas acusaciones. Para su sorpresa, los visitantes descubneron a su llegada que el programa de actividades preparado por las :iutoridades consistía principalmen- te en visitas a sitios turísticos. Previsiblemente, hicieron conocer su protesta y se tensaron sus relaciones con el jefe de Estado y funciona- rios gubernamentales. El intento por convertir la visita de los gre- mialistas norteamericanos en un vehículo de propaganda había fra- casado. Sin embargo; con una hábil maniobra. Perón lograría usar este incidente para su beneficio drnunciando la confabulación de Gay con la AFL para abrir la confederación sindical a la influencia de los Estados Unidos 22 Durante la semana siguiente al 20 de enero, Gay se convirtió en el blanco de una maliciosa campaña de difamación desde los diarios oficialistas, que lo. presentaron como un agente in- teresado en introducir una cuña entre el Ejecutivo y el movimiento obrero. Nunca antes el presidente había definido las diferencias políticas existentes entre él y la vieja generación de líderes sindicales en tér- minos tan brutales e irreconcili:iblcs. Por fin había dejado de lado toda ambigüedad. Bajo los cargos. lanzados.contra el secretario general, sub-

'" Par.1 kcr uua versión de esta re11111011 entre Pcrón y el Comité I;jccut1vo de la CGT. c11 l.i que el presidente acusa a (;,1,· de tra1cili11, ver Unión Ferroviaria. Libro ck actas de la co1111s1<í11 directiva, m.1uu de 19-17.

La derrota del proyecto laborista

231

yacía la condena inequívoca al curso de acción política auspiciado por Gay para el movimiento obrero. En el momento en que el gobierno comenzaba su lucha para erradicar las más ostensibles desigualdades sociales, el principio de la autonomía sindical se constituía en una traición a la causa de la revolución porque, en los hechos, cuestiona- ba la identidad de los intereses entre Perón y el movimíento obrero. Los líderes sindicales no pudieron destruir la lógica de este argu- mento, sin negar tanto la legitimidad de un régimen favorable a los trabajadores como la necesidad de contar con un frente unido contra las clases propietarias, que era, por cierto, una amenaza más inme- diata para la 1 'causa obrera que las pos.turas autoritarias del gobierno. Era imposible desconocer que el programa de reformas laborales en curso estaba haciendo realidad las principales demandas de los traba- jadores. Las leyes formuladas por la Secretaría de Trabajo entre 1943 y 1946 habían sido rápidamente sancionadas por el Congreso y, de este modo, puestas al abrigo de cualquier impugnación que las re- chazara por haber sido promulgadas por un gobierno de facto. Se habían designado líderes sindicales y personas estrechamente asocia- das con el movimiento sindical como jefes de los Ministerios de Eco- nomía, Interior y Relaciones Exteriores, así como también en la Se- cretaría de Trabajo; sólo el tiempo probaría que estos hombres eran leales, en primer lugar, al presidente 23 Por último, y quizá lo más ímportante, el gobierno había impulsado recientemente la negociación de los contratos de trabajo y sus funcionarios estaban asumiendo un papel crucial en el apoyo a las demandas de los sindicatos, muchos de los. cuales aún eran demasiado débiles para imponerlas por su cuenta a los empresarios. Aunque el frente unificado de la oposición se encontraba seriamente erosionado, la resistencia que mostraban muchos patrones al reordenamiento de las relaciones laborales hacía prever que se avecinaba una larga lucha. Para hacer frente a ·este desafío, era imperioso contar con los recursos combinados del gobierno y el sindicalismo. ' Con esta perspectiva por delante, el secretario general de 17 CGT se encontró prácticamente solo defendiendo con intransigencia la .mtonomía política del sindicalismo. Con criterio realista, muchos

1'

!J C. Frcire, dirígcntc del sindicato del vidrio, fue nombrado Jefe de la Secreta- ría de 11-aba,¡o; Áugcl Borlcnghi. del smdicato de empl!.!ados de comercio, m1111stro del Interior; H.:11mí11 CcrdJo. asesor de varios :.indicatos, mimstro de Finanzas; y Atilio Branmglia, abogado de la Umó11 Fcrrnviana, mmístro de Rclacmncs Exteriores.

232

Lo11ise A1. Doyo11

de sus colegas veían al gobierno como un socio indisponsable en sus enfrentamientos con los emprésarios. La ruptura con Perón produciría, además, su completa marginación del proceso de cambio en marcha. Como argumentó el líder del sindicato de los trabajadores del Estado:

"

si nos retiráramos del frente del movimiento obrero ahora, dejaría-

... mos la puerta abierta a los oportunistas que tratarían de manejar los gre- mios para satisfacer sus intereses personales" 24 A fin de no dar más ar- gumentos a la oposición, que buscaba ansiosamente un conflicto en el vértice de la coalición para desacreditar al régimen y sus políticas, una vez más aceptaron en forma reticente su subordinación a la dirección del gobierno. Gay presentó su renuncia y luego lo hicieron los demás miem- bros de la conducción de la CGT, algunos para abandonar la vida públi- ca, otros para replegarse a sus respectivos gremios. Sus lugares fueron

cubiertos por dirigentes más complacientes a las necesidades políticas oficiales2 5 De este modo, la CGT dejó de aspirar a ser un representante del movimiento obrero ante el gobierno, para comportarse más bien como el representante del gobierno ante el movimiento obrero.

3. 3. El control del régimen sobre el partido

Unos días después, la derrota política de los laboristas fue consuma- da, cuando se limitaron aún más los derechos de los gremios cómo un sector diferenciado dentro de las estructuras del Partido Único de la Revolución Nacional. A comienzos de febrero de 1947, el Conse- jo Superior establecería que las agrupaciones sindicales, concebidas originalmente para funcionar en forma independiente dentro de la or- ganización, a partir de ese momento sólo podrían operar después de que las autoridades del partido hubieran autorizado su formación 2 r'. Sin embargo, los fuertes antagonismos que conmovían las es-

  • 24 Asociación de Trabajadores del Estado, Libro de actas de la comisión directi- va, marzo de 1947.

    • 25 Entre los nuevos miembros del Comí té Ejecutivo,

figuraban el sindicato de por-

teros, la AOT, el sindicato de la industria vitivinícola y la asociación de cc1veccros. 21 ' El 3 de febrero, el Consejo Superior entregó una resolución que establecía que codas las agrupacwnes smdicales debían fusionarse con los centros políticos. pero el repudio fue tal que se llegó a una solunón concertada por la que fos órganos sindicales, a fin de funcionar, debían primero ser reconocidos por las autoridades parti- darias y devar la lista de sus afiliados a las autoridades políticas. Para leer sobre el debate que prodtljO la resolucíón del 3 de febrero, ver E/ Líder. 5-7 de febrero dt: 1947

La derrota del proyecto lahonsta

233

tructuras del partido no cesarfanT. Durante el resto del afio, varios líderes obreros continuaron buscando apoyos para defender a las agru- paciones sindicales 28 , La resistencia hacia los políticos profesionales seguía teniendo la fuerza suficiente como para que El Líder, un diario patrocinado por el gobierno, hiciera suya una versión moderada del ideal laborista a lo largo de la primera mitad de 1947.

La resolución de los trabajadores de intervenir en la orga- nización del partido introducirá un elemento nuevo y casi revolucionano en las actividades cívicas del país. Aun- que es cierto que resulta sensat0 y aconsejable separar los intereses gremiak-s de las preocupaciones políticas, tam- bién es cierto que riíngún grupo nene más derecho a gra- vitar sobre la escena política nacional que los trabajadores organizados que constituyen el segmento más importante

de la comu111dad política[

).

Y resulta natural que los po-

... líticos profesionales vean este desarrollo con alarma, como una interferencia sin garantías en su dominio privado. Por- que el verdadero intruso es y siempre será esta raza de profesionales que pontifican sobre los problemas de los

trabajadores sin haberlos expcrime111tado jamás 29

27 El conflicto entre los dirigentes sindicales y los políticos de la Vieja línea se superpuso a la luchJ por lograr influencia entre diversos íntereses locales. En el último caso. «estos conflictos generalmente tomaron la forma de intereses locales

] compitíendo entre si por demostrar qu1c'!1es eran 'más peromstas' en su lucha

[

... por obtener los frutos dd c.trgo [

... eran los de la clase obrera smo los de los ex políticos, tanto radicales como conservado- res. Hacia 1947, se h1zn evidente que el fut11ro electoral del pernmsmo era brillante y que el ascenso por medio del partido podría ser rápido y ventajoso. Debido a que ninguno de estos grupo' poseía una bas,, de poder mdependiente, los conflictos entre ellos tomaron la forma de una luch:1 por asegurarse favores de los dirigentes

)y rcs11lta claro que los intereses en danza no

del partido, y en lo posible" de Perón mismo Este constituye un factor de cierta nnpor- tancia en el dommio postcn<·Jr del partido pm parte de las autoridades centrales, ya que ello aseguraba que éste atra¡cra gran cantidad de funcíonanos y 110 se viera obstaculizado

por disputas entre la dingcnu,1 y las secc1011,tl,·,

!...

J liana fines de l'J48, la mavor parte

de estas disputas se hab1an resucito mu la \'tdL1na de uua facnún sobre b otra" \Valtcr

Littlc, "Party and Sta te 111 !'et omst Argc11t111.1

..

, np. cit., p. 65 l.

!«Hasta Monsalvo. q11c ne¡.,'<lba tan fcrl'lc'IHC!11cntc b cx1ste11c1a de cuak¡u1er con-

flicto de 111tcrcses entre lo• trncmbros de la LL1.tl1c1ó11, scrfa un part1npa11tL· acm·o en t:sta contuma lucha intt:rna. qm prndt~o su c:q,1uJ,1n11 tcmptn~ma del partido e11111ayu de 1'l47

'"E/ Lídl'r, 23 de 111a\ ,, th:

1947

234

Louisc M. Doyo11

En septiembre de 1947, se produjo un último episodio en los esfuerzos por asegurar una presencia independiente del sindicalismo en e! partido. En esa fecha, se realizaron las primeras elecciones in- ternas y en ellas los dirigentes sindicales decidieron presentar sus propias listas de candidatos. Con excepción de la provincia de Tucu- mán, donde la FOTIA dominaba la escena políttca local, la derrota de los smdicatos fue total. Los resultados fueron especialmente des- alentadores en la Capital Federal. Aquí la lista smdical incluía a algunos de los líderes más prommentes del movimiento y, sin embargo, obtuvo sólo 3.951 votos contra los 14. 951 que respaldaron la lista oficiaPº. Este postrer revés a manos de los acólitos de Perón marcaría el colapso de los esfuerzos individuales por constnur una posición destacada para el movnniento obrero dentro de la estructura del partido. Con él, des- aparecieron los últimos vestigios del ideal laborista 31 Los resultados de las elecciones internas, en las que sólo votó el 13% de los afiliados empadronados, no sólo subrayaron la debilidad de los sindicatos, también mostraron el fracaso del propio partido

.

'''Entre los dirigentes gremiales que eran candidatos de la lista verde sindical de la cmdad de Buenos Aires, se encontraban: B. Álvarez (SUPE), M. Álvarez (Unión Ferroviaria); por la UTA, su secretario ¡_;rneral, D. Carballido, así como también A. Álvarez y A. Crapa, miembros en ese. momento de su Comité Ejecutivo; por la UOM, H. Salv~. G. García, A. di Pasqua. destacados dingentes nacionales; por el sindicato maderero. B. Monsalvo, su secretario general. y G. Fcrnández; A. Peralta, José Costoya, y G. Schíssí, secretarios l;C11eralcs de los smdicatos vitivinícolas, pa- naderos y portuarios. respectivamente. l'ur último, también la integraban represen- tantes de los s1gt11entes smdicatos: tab.icileros, bancarios. químicos, luz y fuerza, mu111cipaks, papeleros, telefónicos, construcción, textiles y cmplcados del Estado. -' 1 Una vez más, la tínica excepción fue la agrupación de trabajadores del azúcar de Tucumán, que mantuvo un control nnportante sobre el aparato del partido provin- nal hasta la huelga de 1949, que motivó la n1tervención de su sindicato. La influencia de la FOTIA era tal que, para esta fecha, era la tinica capaz de imponer sus candidatos a las autoridades partidarias para ias clccdone> de marzo de 19-18 de la Cámara de Diputados nacional. (Para leer sobre la cobertura quL· se dio al conflicto que este hecho provocó con las autoridades nacionales del partido, vc1 L1 Gaceta de Tucum:ín. de enero y febrero de 1948). Sin embargo, el acuerdo del sind1c.1t" para compartir l.1 lista con la Junta Renova- dora prodt!JO una div1s1ón entre sus din!.!c·utes, y d grupo 111;ís mtransigentc creó un p.wudo smdical mdependicnte que apov.1h.1 al gobierno. No nbstante, d Frente Obrero obturn sólo el 20% de los votos contra el 1ill"\, del grupo oficial (f:I Líder. 19 dr marzo de J9-18). Uua jugada parecida híc1ero11 ab111os dirigentes s111dicales en la provmoa de S:mta Fe. pero el Partido Obrero de la l(,·1nluc1ón n.:u1mí s<ilo el 18% de los votos en cnmpar.1c1t\11 con cl-19º/,, del Partido l'nu111sta (J.c1 Cc1pi1al. 21l de marzo ck 1948). En

La derrota del proyecto laborisra

235

para arraigar y establecer una organización de base en condiciones de movilizar a los peronistas. Con el paso del tiempo, el Partido Pero- nista, como indicaba su reciente cambio de nombre, iba a funcionar como una extensión de la voluntad de Perón. Esta condición fue forma- lizada dos aiíos más tarde, cuando una modificación de su carta orgánica le daría al presidente el derecho de alterar todas las decisiones tomadas por sus autoridades formales, revisar la lista de todos los candidatos, así como también el de presentar cualquier asunto que él considerara con- veniente en un congreso o plebiscito partídario 32 Al final de cuentas, el partido sería una estructura escasamente operativa y, en los hechos, el régimen se vio obligado a continuar confiando en los aparatos sindicales para la movilización política de su electorado obrero.

4. UN NUEVO MODELO DE SINDICALISMO POLÍTICO

La disolución del Partido Laborista y el desplazamiento de los cuadros sindicales de ese origen, tanto de la CGT como del partido oficial, signi- ficaron una reestructuración de las relaciones entre el gobierno y el movimiento obrero organizado. Sin embargo, debe destacarse que estas iniciativas no füeron el preludio de la exclusión total de los represen- tantes de los trabajadores del proceso político. El nuevo orden pero- nista era autoritario por naturaleza, pero diferiría claramente del viejo orden oiigárquico porque continuaría siendo un orden inclusivo. Modelado según las líneas corporativistas, el naciente orden pe- ronista no contemplaba la existencia de actores sociopolíticos que articularan en forma autónoma sus demandas competitivas y conta- ran con derecho de iniciativa y veto en el proceso de toma de decisio- nes. Al revertir la jerarquía de autoridad característica del sistema liberal, el Estado, según lo expresa David Apter, "se convirtió en la variable independiente" y se apropió del monopolio exclusivo de los poderes de decisíón 33 La participación de los intereses organizados

todas las demás provincias y en la Capital Federal. el liderazgo político del partido de! gobierno no tuvo contrincantes y cimentó aún más su control 1111po111cndo una lista oficial de candidatos que reflejaba sus puntos de vista.

-' 2 Gcorge l. Blansktcn, Pcrou's

335-338.

..

-l1;~rntí11a.

University oi Ch1cago Press, pp.

·'·'David Aptcr, «Notes for a Thcory of Non-DemocratlC Part1c1pat1011". en D.

Apter, So111c Ct>11cepl11cil ilpproad11.·s 10 1/1c St11cly <?f.'vloclemh:e11i1>11. l'rc11t1ce l-Iall. New Jcrscy, 1968. p. 306.

236

Lo11isc lvf. Doyo11

dentro de su esfera reconocida de actuación se realizaría en un nivel subordinado y bajo la supervisíón del Estado. No obstante, este esce- nario institucional le garantizó al movimiento obrero un lugar com- paratívamente más importante que el que tenía hasta entonces. Como en el pasado, la organización sindical seguiría siendo el órgano privi'- legiado en la representación de los intereses económicos de los trabaja- dores. La novedad radicaría en la naturaleza de sus relaciones con el Estado. Esto es, ya no funcionaría como un agente externo que aplicaba presión sobre el gobierno, sino que formularía sus reclamos desde la favorable posición que se le reservaba dentro del aparato del Estado. La ocupación de los principales cargos del partido con políticos leales y confiables se equilibraría con la incorporación de represen- tantes de los trabajadores en diversas instituciones administrativas, ejecutivas y consultivas.Junto a los puestos de asesores dentro de la Secretaría de Trabajo y sus dependencias provinciales, los sindicatos colocaron representantes en comisiones permanentes encargadas de proyectar y regular la legislación laboral, asimismo contaban con parti- cipación en el Instituto Nacíonal de Bienestar Social, una agencia se- miautónoma que administraba los fondos de pensiones y j9bilaciones. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurría en los sistemas cor- porativistas establecidos en otros países de América latina, el acceso de los sindicatos a los procesos decisorios no se canalizaría exclusiva- mente a través del Ministerio de Trabajo. Ei movimiento sindical se sentaría a la par de los empresarios en el Consejo Nacional Econó- mico, el órgano consultivo que reemplazó al Consejo de la Posgue- rra. También designaría a delegados asesores ante ei Ejecutivo nacio- nal y varias gobernaciones de provincia. Por último, la CGT obtendría el privilegio de participar en las reuniones de gabinete, además de las reunio- nes semanales con el presidente. Como se verá en el capítulo siguiente, la ubicación que les fue reservada a los voceros del mundo del trabajo comportó un; gravitación dentro de la alianza gobernante muy superior de aquélla de sus pares, tanto en Brasil como en México 34

.

" Para estudiar ia fiJrma de msercióu del movümcnto nbrcro en el Estado y realizar una evaluación de su 111flue11c1a en Brasil, ver Philippe Sch1111ttcr. Iutercst Co11jlíct a111/ l'olít1c11/ Clwugc Íll Brazíl, Stanford Umvcrsity Pn:ss, Stanford, 1971; y Kcnucth Pan! Enckson. «Labonr m the Polit1cal Proccss in füazil: Corporat1sm m a Modcrn1zmg Nanon». disertación doctoral médita, Universidad de Columbia, l 970. Sobre MexICo, desde el momento de la revolncHín hasta el tinar del régunen de

La derrota del proycct,, laborista

237

Ahora bien, hay que convemr rn que la participación otorgada a los sindicatos fue nüs testimonial que efectiva, ya que no vino acom- pañada por facultades decisivas sobre el proceso de toma de decisio- nes. Los sindicatos no disponían del poder para alterar el curso gene- ral de las políticas públicas, que se mantenía férreamente bajo el con- trol del presidente. Sin embargo, no creemos que su inserción den- tro del aparato del Estado consistiera simplemente en un subterfugio de manipulación. Aun en medio de restricciones, esa inserción ofre- cería a las organizaciones sindicales una oportunidad sin precedentes para proponer ajustes a las políticas públicas y pondría a su alcance una plataforma privilegiada desde donde podían interceder a favor de sus problemas individuales. Todo ello contribuyó a crear la ima- gen de una relación simbiótica entn.: el movimiento sindical y el go- bierno, que sirvió para consagrar la autoridad del régimen a los ojos de sus seguidores. Como recordaría un líder sindical, que representa la opinión de muchos durante esrc período:

El gobierno de Perón nunca tomó una medida impor- tante que pudiera afectar :i los trabajadores o tener repercusión en la economía sm consultar primero a la CGT. Fui míembro del Conuté Ejecutivo de ia CGT por muchos aiios y puedo g::irantizar que la CGT no fue un apéndice del gobierno, era el gobierno 35

.

La institucionalidad corporatív1sra establecida por el régimen pe- ronista, al mismo tiempo que le aseguraba al movimiento obrero un papel limitado pero importante, k m1puso, lo sabemos, pesadas obli- gaciones y responsabilidades. Una vez reconocido este hecho, cabe agregar, sin embargo. que es imposihle entender la complejidad de las relaciones entre el movimiento obren 1 y el Estado concentrando la aten- ción sólo sobre los vínculos instimrnmales establecidos. Más bien, hay •que ubicar esas relarnmes en el marcu del sistema político y observar sus consecuencias. A primera vista, una estructura corporativista de repre- sentación de intereses habría llevado ,1 l.1 anulación del sindicalismo como actor social. No obstante, como seii,1la David Collier:

. naldo Córdoha. Lt ¡wl/11.-,; de 111asas tic/ c.trd.-111.•111'>. Sene Popular Era, Méxíc o. 1<)7.¡_

Cárdcuas, ver Barry C.1rr

.\fo11í111imto obrn« )' btat!o c11 M,;Xtúi, México, l'J7ll: y A.r-

·" Ratad Gi11occh10. l'rnyecto de [·fo¡," u t )r:il. Instituto Di Tc.lla.

238

Louisc M. Doyo11

La conceptualización del corporativismo sólo en térmi- nos de estructura, ya sea formal o informal. no puede por sí niisma formar la base de un análisis adecua~o. Estructuras similares pueden tener diferentes functo-

nes en contextos muy diferentes [

J. Una variedad

... asombrosa de orientaciones políticas -en términos de un espectro de derecha a izquierda- se ha asociado al

corporativismo en Amé nea Latina [

] . Se p~1eden. us~r

... estructuras similares para ratificar o consolidar d1stn- buciones muy diferentes de poder polít1co y económico. Hasta cierto punto, la comprensión de una estructura brinda un conocimiento profundo de los 111cdios con los que se logran ciertos fines. pero no de cuáles son esos fines, o quién busca lograrlos. Sin embargo, este con- texto de relaciones de poder es precisamente el que hace

que el análisis de la estructura resulte mtcresante 36

Volviendo a nuestro caso, digamos que si bien se pudieron mani- pular los lazos con el movimiento obrero orgamz.ad~ con vis~as a aumentar la autonomía.relativa del régimen, en el s1gmente capitulo

podrá observarse que nunca se pudo suprimir del todo la depe~den­

cia

política de Perón del respaldo obrero. Los trab~¡ad.ores retuvieron

un cierto grado de control sobre los recursos orga111zac1onales para formular sus demandas y éstas debían ser temdas en cuenta en las políticas públicas si el presidente deseaba mantener sus mayorías elec- torales. En consecuencia, la estructura corporat1v1sta de representa- ción de intereses no basta' por sí sola para explicar satisfactoriamente el fenómeno y la dirección del pcronismo después de 1946. Sólo puede

servir como punto de partida.

"'David C:ollicr, «Varietics ofLat111 \111erica11 'Corpor.1t1sm'», traba_¡o presenta- do l'l1 el Eurncntro Anu~il de la Amcnc.111 l'nlitKal ScicticT •\ssociatíon. San Francis- co. septiembre Je J 975. p.20. Ver tarnh1c11 l'liilippc Se h1n1ttcr. aStill thc Century of Corporatism;,, Thc Rcl'ÍCll' <f Polirits. c1i.·1 •>de 1974.

VIII. EL CONFLICTNO CAMINO A LA REFORMA SOCIAL

La derrota del proyecto laborista ha sido interpretada como el hito que marca la interrupción de la historia del movimiento obrero or- ganizado como actor social, una historia que habría de ser retomada sólo después de la caída del régimen peronista en 1955. De acuerdo con esta interpretación, este largo intervalo está dominado por un gobierno autoritario y una masa regimentada, manipulada desde arri- ba, compuesta principalmente por migrantes recientés que carecían de una clara conciencia de su posición como trabajadores en una so- ciedad capitalista industrial. Para analistas como Robert Alexander, que ubica los orígenes del peronismo exclusivamente dentro de las filas de esta "nueva" clase trabajadora, la disolución del Partido La- borista y la cooptación de la confederación representan la captura final de los últimos focos de resistencia obrera en manos del líder populista. Por otra parte, aquellos pocos estudiosos, como Samuel Baily, que han destacado la participación de la vieja guardia sindical en el tránsito de Perón al poder, consideran estos desarrollos como el resultado inevitable de la fusión de los dos componentes del movi- miento obrero de la época, puesto que los nuevos trabajadores, de ori- gen migrante, eran más numerosos e influyentes sobre la movilización

de masas. Con estos elementos en el punto de partida, no quedaría más

alternativa que

concluir que el Estado fue la fuerza propulsora de la empresa

reformista d~p11és de 1945. Entretanto, la masa de los trabajadores. predis:- puesta psicológicamente a una relación patemalista, limitaría sus redamos

al rec0110dmiento de aquellos derechos sa11do11ados por las autorídades y co1ifiaría11

pasit1aJ11e11te e11 estas últi111as para stt

<jecució11 1

1 Robcrt Alcxandcr. 71rc Pcrá11 Ercr.

Columh1a U111vcrsity Press, Ncw York. l 'J5J.

240

Louise M. Doyo11

Al examinar los datos de la situación hacia 1946, sería muy poco sensato restar importancia a la derrota del proyecto laborista y a la pérdida del control sobre la CGT, dos hechos que condensaron la capitulación final del movimiento sindical al liderazgo político del. presidente. Sin embargo, entendemos que no es válido extraer de estos hechos una conclusión que comprenda a la totalidad de la acción de los trabajadores sindicalizados en sus diversos niveles. Perón pudo, en efecto, sofocar las pretensiones de autonomía po- . lítica de los sindicatos, pero no pudo o no quiso anular al mismo tiempo su función como agentes de la lucha económica. El análi- sis que se presenta en las páginas siguientes destacará las serias deficiencias de la versión canónica, las cuales le impidieron ver que el cese de la dialéctica política entre la CGT y el gobierno no anuló la participación de los sindicatos en la redefinición del lugar de los t¡rabajadores en el ámbito del trabajo y la sociedad. Este lugar que les fue preservado y la eficacía con la que lo utilizaron habría de permitirles sobrevivir relativamente indemnes a la caída del régimen peronista, al contrario de lo que ocurriría con los sindicatos en el Brasil de Getúlio Vargas. Al leer la escasa bibliografía disponible sobre este período, la ta- rea que nos hemos propuesto puede parecer equivocada y, por ello, inútil. En ella, el movimiento sindical desaparece como actor prota- gónico bajo el emergente régimen peronista. Hasta el momento en que realizamos nuestra investigación, sólo dos estudios han buscado revertir este diagnóstico, presente tanto en panfletos políticos como en trabajos académicos. Nos referimos, en primer lugar, a Rubén Rotondaro, quien ofrece una descripción a vuelo de pájaro de algu- nas de las tendencías registradas durante esos años, en el contexto de una ambiciosa reconstrucción de la experiencia del movimiento obre- ro desde principios de siglo hasta el presente 2 . En segundo lugar, contamos con el inteligente y bien fundado trabajo de Walter Little sobre la reacción de los diversos tipos de sindicatos a las políticas del

  • S. !3aily, Labo11r. Natio11alis111. al/(/ Poli tics i11 A1gc11111ia. Rutgcrs U mvcrs1ty Prcss, Ncw

BnmswICk, Ncw Jersey, 1968; y Georgc Blaukstcn. op.cit., constituyen fos textos

m;ís unportantcs cu mglés que sostienen esta tesis. ' Rubén Rotomlaro, Realidad y ca111b10 rn el s11ulirr1/is1110. Ed. l'lc~mar, Buenos

Aires, 1'J71.

El co1iflicti110 ca111i110 a la rqorma social

241

gobierno peronista, en donde dist111gue entre organizaciones gremia- les tradicionales y nuevas 3 . Ambos autores han hecho una valiosa contribución al llamar la atención sobre una realidad muy diferente de la que preside el conjunto de la bibliografía existente. No obstan- te, la sinopsis bastante superficial que ofrece Rotondaro y el enfoque n:ás centrado ~n casos ejemplares que organiza la investigación de L~ttle no permiten _alcanzar una v1s1ón comprensiva del impulso sin- dical hacia la creación de un nuevo equilibrio de las fuerzas sociales

en la

Argentina de la posguerra .

~on la ayuda de archivos simlicales, do_cumentos oficiales y en- trevistas a destacados líderes sindicales de esa época, trataremos de presentar un retrato más acabado de la decisiva transformación que entonces tuvo lugar. Prestaremos atención, primero, al papel del sm- dicalismo dentro de la coalición política. Al exammar esta cuestión, se podrá advertir que, a pesar de la creciente centralización de los c~ntroles políticos en manos de Perón, el movimiento obrero orga-

mzad·º· s~ afianzaría cor:io un factor de

poder por derecho propio y

adqumna una grav1tac1ón sobre las políticas públicas en un nivel nunca antes alcanzado. Esto fue particularmente visible en la arena eco?~mic~, donde la reconstrucción de las luchas sindicales per- mlt1ra verificar su papel protagóníco junto con el Estado en la producción de las importantes reformas laborales que hasta en- t~n~es, se atribuían exclusivamente a la iniciativa S1 bien estamos lejos de presentar una conclusión definitiva sobre el tema, las evidencias que ofrecemos a continuación deberían desterrar la imagen de un mov11111ento sindical monolítico, so- metido al régimen desde el comienzo de su primer mandato. La trayectoria y la dinámica de los conflictos laborales pondrán de mamfiesto que, en adelante, ei desarrollo social y político en la Argentma ya no se podría comprender sin tener en cuenta la movi- lización de los traba¡adores. Retomando el hilo de nuestr.1 reconstrucción histónca, señale- mos que la movilización de los tr.iba¡adores y el protagonismo mili- tante de los sindicatos no cesó con L1 mstalación de Perón en la prc- s1denc1a, como lo puso de rnanifücst\l la sucesión de importantes con-

g~be~namental.

;Walter L1ttk. «Or¡;.1111zcd Labom .rnd rhe Pero111st Statc». traba_10 médito. Uni-

vcrs1dad de Glasgow. 1'l72.

242

Louisc M. Doyo11

flictos laborales.' El análisis de éstos provee un buen punto de partida para continuar revisando las interpretaciones heredadas. Hasta ahora ha prevalecido una mirada bastante negativa, tanto con respecto a su valor instrumental como a su racionalidad. Sobre la base de observa- cíones superficiales, se ha consíderado a la mayorfa de las huelgas explosiones espontáneas y preves que fueron posibles más como resultado de un clima político iniculmente favorable que como sig- no de la expansión de la sirl.dicalizac1ón. También se ha relativizado su incidencia en el proceso de las reformas. Un ejemplo caracterís- tico de este punto de vista se encuentra en los primeros trabajos de Gino Germaní. En ellos, el significado de la mayoría de las huelgas se reduce a la satisfacción psicológica que éstas pueden haber produ- cido en los participantes en su lucha por afirmar su dignidad en el entorno deshumanizado de la vida en las fábricas y empresas. En verdad, Germani deja de lado los resultados tangibles de estas pro- testas y les asigna una función e"--presiva más que instrumenta14 .• Los únicos conflictos que han recibido una atención más cuida- dosa fueron los efectuados por los bancarios (1948, 1950), los grá- ficos (1949), y los ferroviarios y los empleados marítimos (1950), dirigidos, en general, por dirigentes sindicales con una trayecto- ria previa a 1943 y con vínculos con la oposición política al go- bierno. El privilegio que se les ha concedido se ajusta bien al en- foque político con el que fue analizado este momento especial de la historia sindical argentina 5 Como paso previo al análisis de la explosiva erupción de huelgas después de 1946 y sus repercusiones, nos parece necesario estudiar el crecimiento de la afiliación sindical que, a nuestro juicio, estuvo íntimamente relacionado y sobre el cual no existen evaluaciones pre- cisas en la bibliografía disponible.

.

-----

4 Gino Germaní, Política y sociedad c111111a fpoca ele tra11sició11, l'a1dós, Buenos Aires, 1974, p. 342. La opímón menos sofisticada pero más popular sobre los conflictos laborales en la época peromsta se puede· e·ncontrar en Julio Mafud, Socio/o.~ía del pcro11is1110, Ed. Amcncalce. Buenos Aire:<. 1!)72. pp. 111-112. La visión común sobre las huelgas, de políticos oposítores y anah>tas dd período, puede encontrarse en el diario socialista Rc(<lllSfl'í/Ír, septiembre de 194h.

' Una breve· smops1s de estos crn1tlictns aparece l'll

H. Alcxander, op. cit.,

pp.92-9-t. Se pucLk encontrar uu est11diu m<Ís detallado c11 , l listoria del pernnis-

1110». Pri111crcr Pf,111,,

1')(17

El co1iflicti/lo ca111i110 a la rqorma social

243

1. LA EXPANSIÓN DE LA ORGANIZACIÓN SINDICAL

Charles Tilly, en su excelente estudio sobre el conflicto industrial en Francia durante este último siglo, recuerda al lector un hecho funda- mental pero, a menudo, olvidado: la organización es un factor cru- cial en la expresión del descontento social. Así, afirma que el estalli- do de huelgas "depende claramente de la disponibilidad de una es- tructura que, por una parte, identifique, acumule y comunique el

descontento y,

por la otra, facilite la acción colectiva" 6 El peso de

esta dimensión en la expresión y estructuración de la protesta la con- vierte, por lo tanto, en un elemento fundamental, que permite ir más allá de las descripcíones impresionistas de los militantes y los periodistas, y obtener, en consecuencia, un cuadro más completo de las tendencias de la movilización socíal en el transcurso del tiempo. Las estadísticas generales sobre afiliación sindical que se detallan a continuación abarcan el período que va de 1945 a 1950 y se han tomado sobre la base de datos reunidos de las actas de sindicatos y de documentos del gobierno 7

Afiliación sindical entre 1945 y 1950

 

1945

1948

1950

Industria

212.518

(100%)

95.752 (374%)

1.088.781 (512%)

Transporte 194.570

(100%)

306.977 (158%)

311.623 (160%)

Servicios

130.326 (100%)

430.196 (330%)

592.000 (454%)

Total

f

537.414

(100%)

1.532. 925 (285%)

1.992.404

(371 %)

1 ' Charles Tilly, Strikes i11 Frm1ce, 1830-1968, Cambridge U nivcrsity Prcss. l 97 4, p. 46. '( La ausencia de un análisis detallado y completo del movimiento de afiliación smdical entre 1946 y 1955 se debe a las graves dificultades que presrnta la tarea de encontrar material confiable. Esto, en parte, es el resultado de la naturaleza mísma del proceso de llr!,'<tnizacíón, cuyo movinnento dinámíco hacía que a los smdica;os les resultara difícil llevar un registro detallado. La escasez de documL·ntos también es d resultado de la amplia destrucción de los archivos laborales después de ia caída del rcg1111e11 perouísta. Debido a estos senos obstáculos, los datos pn·sc11tados tu- v1cro11 que ser recogidos de diferentes fol'11tes, a veces contradíctona!'- Las cifras 110

244

Lo11isc M. Doyon

Al observar los datos precedentes, resulta evidente que el creci- miento en la afiliación parece haber alcanzado un impulso vertigi- noso después de las elecciones generales y, como se verá seguida- mente, la tasa de sindicalización llegaría a su máximo nivel al mis- mo tiempo que los conflictos laborales registrados mostraban su mayor curva ascendente. Además, el sector industrial fue el que mostró la tasa más pronunciada de cambio durante el período que se analiza. Esta impresionante avalancha de nuevos contingentes . no representó, sin embargo, un cambio meramente cuantitativo en el tamaño del movimiento. El siguiente cuadro ilustra clara- mente que también alteró la composición interna del sindicalismo, a medida que los trabajadores industriales desplazaban rápidamen- te de la primera línea del sindicalismo organizado a su contraparte en el sector de servicios.

Proporción de afiliados por sector entre 1945 y 1950

 

1945

1948

1950

Industria

39,5%

51,9%

54,6%

1

Transporte

36,2%

20,0%

15,5%

Servicios

24,2%

28,1%

29,7%

Total

99,9%

100,0 %

99,9%

Para tratar de formarse una idea respecto de la posición de poder relativa del sindicalismo organizado -y de los diferentes grupos que incluye- frente al sector empresarial, también resultarelevante la medida en que los sindicatos pudieron penetrar en el mercado labo- ral. La evidencia disponible permite realizar una medición aproxi- mada de la posición lograda durante el período completo.

se deben tomar como representativas de un número exacto de afiliados para ningu- no de los cuatro af!os analizados; sm embargo. el amplio control cruzado confirma la veracidad de la tendencia registrada en este estudio. El pdríodo 1946-1 '>48 presenta problemas especiaics para el investigador que trata de rcconstrrnr los índices de la afiliación sindical. La fuente más completa de informaéión disponible reside cu las actas del Comité Central Confedera! (CCC) que contic11e11 la rcpreseutac1ón proporc1011al asignada a los smdicatos en este órga- no. Sin ernbargu. cstll!i registros no proveen 11111g1111a mdicación de la base mnnérica con la que se calcnlt'i la n:presc11tac1ón proporooual. Dd11do a que la U111ón Ferro-

El co1ijlictitJo cami110 ,1 /,1 r~forma social

245

Porcentaje de perso!lal asalariado organizado por rama o actit1idad

Agricultura Industrial Construcción Comercio Transporte Comunicaciones Bancario y Finanza Gobierno Servicios Total urbano Total

1948

 

1954

Personal

Porcentaje

Personal Porcentaje

asalariado

afiliado

asalariado

afiliado

999.000

s/d

934.200

6%

1.378.600

51%

1.466.600

55%

359.400

15%

1

377.500

41%

442.600

21%

449.100

29%

303.900

101%*

350.100

117%*

59.300

65%

71.500

52%

56.000

70%

68.500

70%

678.200

22%

789.400

51%

659.900

17%

699.800

30%

4.025.500

38%

4.369.600

50%

5.024.500

30%

5.303.800

42%

*Aquellas actividades clasificadas bajo el rubro 'Transporte' que no concuerdan con los datos recogidos por la CONADE-CEPAL (Distrib11ció11 del ingreso y meutas nacionales eu la Argentina: Vol. V. Buemis Aires, 1965, pp. 84-85) se limítan a los sectores marítimo y acronáutíco; dado que las cifras de afiliación que aparecen en los registros de la CGT resulran confiables, creemos que en estas dos catego- rías existen definiciones conflicuvas ei1 cuanto a estas acnvidades.

viaria contaba aparentemente con el registro disponible más confiabk sobre el au- mento del número de sus afiliados, se us.1ron estas cifras como base para calcular la cantidad de afiliados de los restantes miembros del CCC. El posterior control cruzado de los resultados obtemdos con datos pron:níentes de los registros de otros sindica- tos confirma la razonable precisión de estos cálculos. Sin embargo, los registros del CCC bnndan sólo datos limitados sobre e! alcan- ce de la afiliación entre 1946 y 1948. En prnncr lugar, muchos smdicatos importan- tes y un gran número de sindicatos me11orcs no estaban afiliados a la CGT en 1946. Éste fue el caso, por eiemplo, de la Asociarnrn Bancaria, el Sindicato de Traba_¡adores de Luz y Fuerza de Buenos Aíres, el Sindicato Único Petroleros del Estado, La Fraternidad, la Federación Gremial de 'fr:iha_¡adores de la Industria de la Carne y el Sindicato de Obreros Marítimos Umdu,. Los registros de 1948 son murho m;Ís completos debido a que la presión del ~obierno había convencido a la mayor parte dr estos sindicatos sobre la necesidad d" e mrar en la CGT. Para 1948, ios smdicams petroleros y marítimos eran las (u11cas or~.u11zacio11cs miportantes que contn111aba11 fuera de la CGT. Otru problema más .1p.1rccr por el hecho de que 1w todns los smdicatos coukderado> tenían una ca11t1d.1cl ,ufincntc de miembros para podn rn1H.ir

246

Louisc M. Doyo11

Al observar las cifras de 1948 que resultan importantes para esta sección, se nota que el nivel general de afiliación se compara favora-

El Wl'.f/ictiFo cami110 a la ri;_for111a social

247

blcmente con el de varios países avanzados 8 El análisis también dis- tingue el transporte, las comunicaciones, la actividad bancaria y fi-

con representación en el Comité Central Confedera!. El ingreso a este órgano se permitía sólo a aquellos sindicatos que tuvieran dos mil afiliados o más. Los datos que complementan la información ofreCida por los registros del CCC para 1946 y 1948 han sido recogidos de tres fuentes pr111c1palcs, a saber, los periódi- cos y actas de sindicatos individuales y los archivos del Mirnsterio de Trabajo. Estas fuentes han completado los datos faltan tes sobre los sindicatos más importantes y sobre un gran número de organizaciones smdicales menores. Sin embargo, la infor- mación que ofrecen algunos penódicos smdicalcs es muy exagerada; las actas cons- tituyen una fuente más confiable, cuando las hay. A fin de encontrar la información faltante sobre los smdicatos más chicos, que eran especialmente importantes en el mterior del país durante este período, nos hemos basado en una serie de datos reco- gidos baJO la dirección de Miguel Munrns en los archivos del Ministerio de Trabajo. Las cifras correspondientes a 1950 v 1954 se basan en los congresos de la CGT realizados durante estos dos años. Esta fuente provee un COllJUlltO relativamente com-

pleto de datos, ya que todos los sindicatos se habían unido a la CGT en 1950, y se permitía la participación en estos congresos a todos aquellos smdicatos que contaran con

  • 500 miembros o más. Los estatutos de la C:GT. reformados en 1949, también brindan la

base necesaria para realizar la conversión de la asignación proporcional de bancas en el congreso y en el CCC. Los datos de 1954. s111 embargo, presentan problemas; se observa

que la mayoría de los grandes sindicatos están subrepresentados en el congreso si se comparan los datos de éste con los registros de! CCC correspondientes a ese año, aun- que estos últimos no presentan motivos para la discrepancia. El siguiente cuadro detalla aquellos sectores en los que las diferencias son más pronunciadas:

 

Cifras de

Cifras del

congresos

ccc

Obreros textiles (no incluye empicados)

77.500

98.000

Empicados de comercio

125.000

138.000

Trab~adorcs de frigoríficos

47.000

58.000

11-ab~adorcs azucareros (sólo de Turnmán

15.000

38.000

Obreros metalúrgicos

102.500

118.000

Trabajadores municipales de Buenos Aires

30.000

78.000

Empicados estatales

112.000

178.500

Obreros estatales

72.500

88.000

pequeños. A pesar de estas correcciones. creemos que los datos ófrecídos para 1954 disminuyen un poco et nivel real de afiliación; parece que era usual que los grandes sindicatos subvaluaran el crecimiento de la afiliación en los informes presentados a la CGT, a fin de reducir sus contribuciones financieras a esa entidad después de 1950. El cálculo de 2.500.000 miembros que ofrecen algunos autores parece ser una evaluación más realista del nivel alcanzado después de 1950. El siguiente cuadro detalla los datos que han servido de base para elaborar las estadísticas que se incluyen en el cuerpo principal del libro.:

Cantidad de afiliados a los sindicatos

Sector

1946

1948

1950

1954

Agricultura

-

(a)

-

(a)

17.500

53.250

Industrias cxtractivas

14.400(b)

19.500(b)

24.500(b)

48.750

Alimentos, bebidas. tabaco

167.650

337.142

444.781

377.800

Textiles

60.995

100.899

107.500

121.000

Indumentaria

36.425

54.633

68.750

58.000

Maderero

21.855

39.045

40.000

23.000

Papel e Imprenta

19.577

46.854

52.000

42.500

Químicos

5.000

-

(a)

20.000

31.000

Caucho

7.500

7.809

17.500

17.000

Cuero

7.285

15.618

20.000

23.500

Construcción y materiales

26.215

54.663

122.000

155.250

Metalúrgico

21.855

108.326

112.500

118.000

Electricidad

15.000(c)

15.618(c)

35.000

33.000

Transporte y almacenado

178.109

306.977

311.623(d)

411.531

Comunicaciones

22.570

39.045

32.500

37.500

Comercio y finanzas

89.066

132.735

189.500

195.500

Servicios

63.100

112.945

206.500

211.500

Estatales

80.135

148.471

163.500(e)

407.750

 

.

Total

837.336

1.532.925

1.992.404

2.256.580

. (

Notas: (a) no hay datos disponibles; (b) sólo había datos sobre la industria petrolera; (e)

  • 1 sólo se incluyeron los datos sobre el Gran Buenos Aires; (d) faltan los datos sobre los empicados marítimos; (e) no se incluyen los datos sobre los empicados del Estado.
    1

"Según datos de AdolfStumthal (Co111paratiJ1e Laúour i'vI011e111e11ts,

ldi:ologícal Roots

SigU1cndo la hipótesis gcneralmen te aceptada de que. para 1954, los síndica tos habían organizado a la mayoría de los trali;uadon:s emple.1dos en los sectores de la mdustría. el transporte, los serv1c10s Y ,.¡ Estado. ubicados en los grandes centros urbanos, hemos usado las cifras de los rc:'-'1stros del C:CC para todos los sindicatos rnn más de 23.000 atiliados, y las cifr.1, de los , 011grcso' p.1ra los síndica tus m;ís

a11d fostit11tío11al Dc11efop111e11t, Wadsworth, California, 1972, p. 48), la afiliación sindi- cal en algunos de los países más desarrollados -medida como proporción de la fuer- za de trab;tio-, en 1967, era la siguiente: Suecia 60%: Austria 47'X,: (;ran Bretaii.a 40%; Italia 35%; Holanda 27%: Alemania Occidental 26%: Estados Unidos 22'1.i.

Japón 21 %; Francia 20%.

248

Lmisc A1. [)(1yo11

nanc1cra, y el sector manufacturero como las ramas donde se produ-

jo el mayor porcentaje de asociación. El éxito de la campai1a de sindi-

calización entre los trabajadores industriales resulta particularmente

notable si se consideran las dificultades que planteaba la prolifera-

ción de empresas pequeñas y medianas. Se recordará que, en 1946, e1

17,9% de la fuerza de trabajo industrial estaba empleada en estableci-

mientos con 10 o menos trabajadores, en tanto que los estableci-

mientos de 11 a 50 trabajadores absorbían el 23,2% de la mano de

obra en este sector. Los problemas eran significativamente menores

en las otras actividades enumeradas precedentemente, en las que el

nivel de propiedad estaba más concentrado y las unidades de empleo

eran más grandes en promedio; esto se comprobaba en particular en

los ferrocarriies, cuyo personal representaba el grueso de los miembros

del gremio en la categoría transportes. El alto grado de penetración en el

sector manufacturero se pone aún más de manifiesto cuando se lo com-

para con el sector de gobierno, que se coloca segundo en términos de las

personas empleadas en la economía urbana y donde se esperaría, en princi-

pio, un nivel menor de resistencia por parte del nivel gerencial. Sin em-

bargo, se mantuvo cerca de los últimos en ia escala de penetración sin-

dical en ese momento y sólo se equipararía con el nivel obtenido por

el sector manufacturero después de

1950' 1

Es innegable que el Estado jugó un papel importante en la orga-

nización masiva de la clase trabajadora después de 1945, ya que pro-

veyó el marco jurídico que protegía el derecho de asociación aunque

la afiliación no fuera legalmente obligatoria. Si bien cabe admitir su

significativa influencia, tal aumento no se puede explicar sin tomar en

cuenta el alto nivel de mdvilización de los trabajadores. El ímpetu de la

sindicalización fue mayor, como veremos, precisamente durante el tiempo

en que los gremios experimentaron un alto nivel de autonomía en sus

relaciones con el régimen. Además, es justamente en aquellas act1vida-

des en las que el control del gobierno fue menos directo y la protesta

más at,ruda, a saber, en el sector pnvado, en las que la tasa de creci-

miento fue mayor, tanto en térmmos absolutos como relativos.

Cabe aclarar un último punto antes de seguir con el examen de los

conflictos laborales. Se podría pensar que la composición del nmvimiento

'Est<; .111rnento fut: posible, en gr:m nwchd,i, debido a la afiliación obligatona de los <:111¡ilcados públicos.

El C(ll!flicti110 ca111i110 11 /,1 ri)Úma socit1/

249

sindical no sólo se rransfonnó con respecto a los sectores económicos

ahora representados, sino tambié11 con respecto a los orígenes sociales de

sus miembros. En efecto, el salto en la afiliación ha sido vinculado, a

menudo, con la creciente tasa de migración producida entre 1943 y 1947,

época en la que aquellos que se trasladaban a los grandes centros urba-

nos provenían, con gran Lrecuenc1a,

c.

"di' as areas mas , atrasa

e

d

as

10

.

No obstante, parecería que los migrantes recientes no jugaron

un papel predommante dentro del sindicalismo durante los prim~­

ros años de la posguerra. Se recordará que los recién llegados consti-

tuyeron sólo un poco más de la tercera parte de la fuerza laboral por

esta época en el Gran Buenos Aíres. También parecería que los que se

convirtieron en personal asalariado se integraron en su mayoría dentro

del movimiento sindical en forma gradual y, sobre todo, después de que

• hubiera alcanzado su punto máximo la tasa de afiliación sindical. Debi-

do a que no existe documentación sobre la dirección precisa que toma-

ron Jos migrantes, b evidencia que sustenta esta tesis sólo puede ser

indirecta, pero sirve para reforzar la lupótesis central de esta mvestigación.

Al ocuparnos de la distribución de la población activa durante

el período 1945-49 en comparación con el cuatrienio anterior, se-

ñalamos que los cambios más importantes en la estructura ocupa-

cional urbana no se registraron en el sector industrial, cuyos miem-

bros se estaban convirtiendo ráp1daménte en la columna verte-

bral del movimiento sindical. M~ís bien, casí el 70% de los nuevos

trabajadores de la economía urbana, se emplearon en el sector del

transporte, la construcción y el gobíerno 11 Por lo que se sabe so-

w Aunque no existe u11.1 clasificación p<>r rubros en las estadístICas de

nngrac1ón

y de su rotación en el tiempo sobre la ba'l' de los orígenes geográficos, se considera, en general, que una mavor propurnón de· I<" que afluyeron a Buenos Aíres después de 1942 provenían de las provmc1as más tr.1dic1onalcs. El decisivo cambw produci- do en la composícíón del movimiento es!" istulado, entre otros. por B.iily; es suges- tivo constatar asimismo que:, para este allt<ll·. como ocurre con otros, el fuate rncrc- mcnto en la afiliació11 asllfllt' un carácter c11.1s1 conspiratorio. La "rg.1111z;1rHín de los trabajadores se intcq•rc¡a cxci11s1\·;,111c1!ll , 111110 un esquema casi n1a4t11avélico para subvertir la mdept:11tlcncí.1 del rnov11111c11tu obrero a través tk b mcorpllracHÍll Je nugrantcs, en tanto se 1t(JHH"a por complnu la creciente c.1p;1ndJd que l'llo les dio

para articular sus reclatll<l>. Ver S. Baily. "!'· nt., p. 11 l. 11 Eu total, la pohb1·1<in urbana aCtl\ .1 .111111c11tó en 7-14.000 personas: b 111ll11s- tna . 1 bsorb16 a 188.000. rn tanto "1 trans¡'<irtc. la constrw:c1ú11 \ d Estado lt1111ani11

;1 37."l.1100 pcrsouas.

250

Louisc M. Doyo11

bre los migrantes con bajos niveles de especialización, según los estudios comparativos antes mencíonados, existen muchas razo- nes para creer que la mayoría de quienes se abrían camino desde las regiones menos desarrolladas se alistaron en estas actividades que tradicíonalmente servían como principales puntos de acceso. Además, acabamos de ver que fue precisamente en las dos últi- mas ramas -cuyas filas se engrosaron en forma desproporcionada con las nuevas incorporaciones de trabajadores- en las que los sindicatos se quedaron muy rezagados en su capacidad de atraer seguidores. Como resultado, su peso dentro del movimiento sin- dical total fue relativamente escaso durante los años decisivos del período de 1946 a 1949. En lo que respecta al transporte -en par- ticular, los ferrocarriles, que se convirtieron en un instrumento importante del patronazgo estatal-, ya existía una infraestructura asociativa cohesionada que podía absorber a los nuevos miem- bros reclutados, quienes estarían directamente expuestos a la in- fluencia de una subcultura distmtíva de clase trabajadora. A la luz de estos desarrollos, parecería sensato, por lo tanto, reafirmar que el "nuevo migrante" no se puede considerar la variable única o princípal para explicar la direcnón que tomó el sindicalismo des- pués de 1946. En síntesis, si bien no se puede ignorar la influencia de un con- texto político favorable sobre la permanencia de la movilización obre- ra. es difícil ver de qué manera tal movilización tomó la forma espe- cífica de un amplio movimiento de protesta dirigido contra las con- diciones de empleo y de trabajo (de las que nos ocuparemos ahora) si los trabajadores no hubiesen mejorado su base asociativa. De la mis- ma forma, se podría argumentar que la combatividad demostrada por los sindicatos constituye un factor importante en la expansión y consolídación de estas organizarnmes.

2. LA CONQUISTA DE NUEVOS ESPACIOS. POR MEDIO DE LA HUELGA

El investigador que se propone t·xaminar los conflictos laborales en la Argentina se ve enfrentado :i las mismas fi.-ustracíones que quien estudia las migraciones. Una n'7 más. nos encontramos aquí con que son absolutamente incompktos lo~ datos compilados disponi-

El co1!flictil'o ca111i110 a la rgorma soda/

251

bles. En primer lugar, no existen estadísticas que abarquen todo el país. Esta deficiencia en sí mísma no presentaría un obstáculo tan grave si el investigador pudiera tener acceso a un detallado con- junto de datos de la metrópolis de la Nación, donde se concentró más densamente la actividad industrial. Lamentablemente, éste no es el caso, ya que los cuadros de evolución de las huelgas se han visto restringídos casi a la Capital Federal. Si bien esta elec- ción es comprensible en cierto grado hasta mediados de los años treinta, cuando Buenos Aires era el corazón de la sociedad urba- na, ello ya no fue así luego del rápido e importante crecimiento del cinturón industrial en el conurbano. Por ende, los ,registros proporcionan una imagen un tanto distorsionada de la magnitud de los paros en toda la metrópoli después de esta épdca. al no asentar los acontecimientos que se produjeron en los conglome- rados circundantes, que forman parte del Gran Buenos Aires. Además, la distinta concentración geográfica de ciertas industrias es tal que el detalle por rubros de las cifras totales ofrece una ima- gen inexacta de la propensión a la huelga según la actividad. Estas graves falencias obstaculizan evidentemente la posibilidad de eva- luar con precisión las tendencias a la huelga sobre una base global y sectorial a través del tiempo. A pesar de sus limitaciones, las estadísticas oficiales sirven como un barómetro general del movi- miento huelguístico. Aun cuando se haga una rápida lectura de las cifras corres- pondientes a Buenos Aires después de la guerra, se puede obser- var que los paros llegaron a proporciones importantes, en especial entre 1946 y 1948; y, debido a su magnitud, es posible realizar un examen profundo de las variaciones. En efecto, la escasa atención prestada a la ola de conflictos que hicieron erupción junto con la explosión de la afiliación sindical es indudablemente el ejemplo más preocupante del cuadro unilateral que presentó la perspecti- va tradicional sobre la década peronista. Esta omisión es aún más asombrosa ya que los registros no sólo revelan que se produjo una importante curva ascendente en 1946. también muestran que, en realidad, el pico máximo se produjo después del desplazamiento de Luis Gay, cuya caída es considerada por la mayoría de los ob- servadores como el hito que marca el fin del movimiento obrero organizado como actor dinámico.

252

Lo11ise M. Doyo11

Huelgas en la Capital Federal entre 1925 y 1954

Año

N. 0 de huelgas

N. 0 de huelguistas N.º de días perdidos

  • 1925 39.142

89

  • 1926 15.880

67

  • 1927 38.236

58

  • 1928 28.108

135

  • 1929 28.271

113

125

  • 1930 29.331

  • 1931 4.622

43

  • 1932 34.562

105

52

  • 1933 3.481

  • 1934 25.940

42

  • 1935 52.143

69

  • 1936 85.438

109

  • 1937 49.993

82

  • 1938 8.871

44

  • 1939 19.718

49

  • 1940 12.721

53

  • 1941 6.606

54

  • 1942 39.865

113

  • 1943 6.754

85

  • 1944 9.121

27

  • 1945 44.186

47

  • 1946 333.929

142

  • 1947 541.377

64

  • 1 1 278.779

    • 1948 103

    • 1949 29.164

36

  • 1950 97.048

30

  • 1951 16.356

23

  • 1952 15.815

14

  • 1953 5.506

40

  • 1954 119.701

18

125.367

287.379

325.963

224.800

457.022

669.790

54.531

1.299.061

44.779

742.256

2.642.576

1.344.461

517.645

228.703

241.099

224.599

247.598

634.339

 

r

 

41.384

509.024

2.047.601

3.467.193

3.158.947

510.352

2.031.827

152.243

313.343

59.294

1.401.797

Fuente: A. Dorfman, Historia de la i11d11stria argeutiua,. Losada, Buenos Aires, 1942, p. 262, para los datos anteriores a 1930. La información restante se rcprodq¡o del Departamento de Trab~o. Estadísticas de lwe{¡;as, Buenos Aires, 1940; Direcnón de Estadística Social, Investigaciones Sociales, 1943- 1945. Buenos Aires, 1946; v Mimsn:no de Hacienda, Din:cción Nacwnal dd Serv1c10 Estadístico, Sí11tesis fa~ tadística i\1rnS11a/ de la República .-i(¡;c11ti11<1, Buenos Aires, marzo-mayo de 1950, y jumo de 1955.

Afiirtunadamcnte, los problemas mencionados no constituyen una

barrera mfranqucable para llegar a una mayor comprensión de la cues-

El co1!flicti110 ca111i110 a la rcf<1n11a social

253

tión de los conflictos laborales posteriores a las elecciones presidenciales

de 1946. Y se podría argumentar que las defic.:iencias de las estadísticas

publicadas por el gobierno constituyen una especie de bendición, ya que

obligan a completar las cifras oficiales recurriendo a diversas fuentes.

Alvin Gouldner ha señalado con acierto que "una huelga es un

fenómeno social de enorme complejidad, que en su totalidad nun-

ca es susceptible de una completa descripción, menos aún de una

completa explicación" 12 Sería presuntuoso pensar que la ínfor-

mación recogida de los principales diarios de la época y de los

documentos sindicales puede capturar la compleja anatomía del

movimiento de protesta. No obstante, hurgando en estas fuentes

accesibles pero ignoradas, se puede lograr un conocimiento in-

valorable que pone en primer plano su carácter multifacético. Y sí

bien aquí sólo se pueden avanzar conclusiones muy generales

debido a la mag111tud de la cuestión, éstas no sólo son útiles para

pintar un cuadro más sensible de la experiencia de la clase traba-

jadora, sino que permiten desentrañar y debatir sus característi-

cas esenciales, que han permanecido ocultas bajo el peso de con-

jeturas y concepciones erróneas.

3. PERFIL DEL MOVIMIENTO DE LAS HUELGAS

En las páginas siguientes, se presernará una breve reseña de las huel-

gas más importantes que se produjeron durante el período de los

treinta meses sigmentes a la elección de Perón. También se hará una

referencia superfioal a los paros importantes producidos en las provin-

cias para dar una mejor idea de la extensión geográfica de la movili-

zación de los trabajadores. Sin duda. por momentos resultará tedioso

para el lector pasar por el análisis caso por caso. Sin embargo, cree-

mos que sólo un enfoque de este npo puede ayudarnos a dar aiguna

.respuesta al siguiente conjunto de preguntas:

a) ¿cuáles fueron las fuentes de los conflictos? ¿se referían

principalmente a garantizar el cumplimiento de beneficios ya san-

c10nados legalmente o los reclamos se referían a nuevas cuestiones?

En otras palabras, los paros, di.1enrn esencialmente acoones defrns1-

vas que complementaban los esfonzos del gobierno o también re-

"Alvín W. Gouldncl". 1Vildca1 Smkr. 'icllow Spr111gs, Amwch l'rcss, J<JS-l. pJi'.'.

254

Louísc M. Doyo11

presentaban una campaña par,1 cx-pandir el área de las reformas defi- nidas por el régimen? ¿Qué actividades registraron una incidencia mayor de huelgas y qué variables intervinientes, además de la orga- nización, pueden explicar las diforentes frecuencias? ¿La definición de las quejas se limitó a las mejoras salariales, o sobrepasó estos límites para incluir la esfera del proceso de trabajo en sí mismo, en un intento por producir cambios permanentes en el ejercicio del control gerencial? Dicho de otra forma. ¿cuál fue el nivel de racionalidad que alcanzaron los trabajadores al hacer sus recla- mos? La exploración de este tema puede arrojar más luz sobre la importancia de los nuevos m1grantes, quienes, de acuerdo con lo apuntado por Enzo faletto, se preocupan principalmente por ase- gurarse un alivio en el corto plazo y, por ende, son propensos a preferencias marcadamente cconomicistas.

b) ¿Qué formas asumieron los conflictos? ¿La imagen conven-

cional de la protesta inorgánica es la más apropiada, o los paros fue- ron estructurados? Si esta última descripción es correcta, ¿cuál fue el verdadero estatus de las huelgas, empleando la categorizacíón tan útil de Richard Hyman? 13 ¿fueron numerosos los movimientos antio- ficiales, es decir, las huelgas que los sindicatos reconocidos legalmente desautorizaron o, incluso, intentaron reprimir? ¿fueron muchas las acciones 1w eficiales que recibieron sólo un respaldo tácito de las enti- dades o fueron organizadas efi{la/mente y dirigidas por los organismos en cuestión, convirtiehd? así a la protesta en un componente central en la vida del movimiento sindical en esta época? rns posible aislar un patrón en lo que atañe al papel del sindicato, sobre la base de la afiliación política y los antecedentes? Por ejemplo, ¿se puede decir que se produjeron acciones ant1oficiales o no oficiales con mayor frecuencia en las actividades en las que existían los llamados nuevos sindicatos o sindicatos paralelos, en tanto que los organismos tradi- cionales en su totalidad se identificaban más estrechamente con una articulación más dirigida de las demandas? Si esto fue así, la conduc- ta del primer grupo corroboraría la idea de que estas entidades fue- ron incapaces de realizar acc10ncs autónomas, en tanto que el com- portamiento del último abriría L1 cuestión de las motivaciones políti- cas partidarias inyectadas en la protesta. Por otra parte, un patrón

'-'Richard Hymau, Strikcs. Fo11ta11.1 ( :ollius. Londn:~. 1972, p. 37-41.

El co1iflictiCJo ca111i110 a la reforma social

255

opuesto reforzaría la reevaluación de los nuevos sindicatos que se ofreciera anteriormente.

c) ¿cuál fue el contexto político general en el que se pro-

dujeron estos conflictos? El rol del Estado es de especial impor- tancia en vista de la·transferencia legal de las relacíones laborales de la esfera privada a la pública, que resultó de la conciliación obligato- ria impuesta por la Secretaría de Trabajo a todas las demandas labora- les; este mecanismo transformó, de hecho, la negociación colectiva en un proceso de negociación de tres vías. A la luz de las importantes funciones asumidas por las autoridades públicas, ¿cómo se pueden describir mejor los paros: como huelgas setíaladoras en las que se inte- rrumpió la producción durante un corto período de uno a tres días con el apoyo de la intervención del Estado, que respaldaba y sancio- naba los reclamos de los asalariados, o como instrumentos de negociación política en los que los paros tuvieron una duración mucho mayor y cuya intención era ser una demostración de fuerza para ejercer pre- sión, tanto sobre las autoridades como sobre los empresarios? ¿con qué tipo de reivindicaciones fue más benévolo el Estado y por qué? rnn qué circunstancias se usó el paro como una táctica coercitiva, por quiénes, y cuál fue la respuesta del Estado? Las respuestas a estas preguntas deberían ofrecernos una visión más completa de la natura- leza de las interacciones entre el régimen y el sindicalismo fuera de la esfera estrictamente política.

3. 1. Las huelgas en la industria

Las industrias de la alimentación

Es aquí, en el sector alimentario, donde cabe encontrar el mayor · número de huelgas importantes, en especial en las industrias frigorí- fica, azucarera y de panificación. Las razones de la alta incidencia huelguística en estos sectores se basaron en las dificultades económi- cas que sufrieron varias de estas industrias, que soportaron el peso de la política. de industrialización del gobierno; la existencia de una lar- ga tradición de oposición entre trabajadores y empresarios -durante varias décadas estos últimos reprimieron con éxito las demandas obre- ras-; y las restricciones político-económicas que pesaban sobre el Estado, que limitaban su capacidad para resolver estos conflictos.

256

FRIGORÍFICOS

Louíse M. Doyon

Los frigoríficos son los que presentan los conflictos más violen-

tos durante estos tres años. Debido a la duración e importancia de las

huelgas, cabe aquí su descripción detallada. ·

a) Huelga del 1° al 26 de marzo de 1946

Causas. Los objetivos declarados de este primer paro convocado

por la Federación Gremial de los Trabajadores de la Industria de la

Carne fueron: a) el pago del aguinaldo correspondiente al año 1945 y

·i

lo~ aumento~ :alariales establee.idos por el Decreto N.º 33.302; b) la

remcorporac10n de 6.000 trabajadores de los 12.000 despedidos du-

ra?te el año anterior, que incluían un alto número de militantes gre-

miales; y c) la designación inmediata de los representantes patrona-

les a la Comisión Paritaria de la Industria 14

Descripción de la huelga. El 5 de marzo, la Secretaría de Trabajo

declaró la legalidad de la huelga, inmediatamente actuó como me-

diadot en el conflicto y ordenó a las empresas nombrar sus delegados

a la C omisión Paritaria 15 El

1

13 de marzo, los empleadores se avinie-

ron a pagar el aguinaldo. El 21 de marzo, accedieron a reincorporar

gradualmente al personal despedido de acuerdo con las necesidades

de la industria, pero se negaron a reincorporar a aquellos obreros

que habían sido acusados de "faltas disciplinarias". El 26 de marzo, se

levantó la h~elg~ como resultado de la presión del gobierno y de su

promesa de miciar las negociaciones salariales una vez que se volvie-

se al trabajo.

b) Huelga del de octubre al 20 de noviembre de 1946

Causas. Las promesas de negociaciones salariales no se concreta-

ban, pues la patronal seguía firme en su negativa a permitir que los

"El agumaldo consistía en un complemento salarial anual equivalente al suel- do de un mes. i; La legalidad o ile¡,r.ilidad de una huelga se basaba en una resolución de marzo de _1944 (ver La Prmsa, 7 de marzo de 1944). En octubre de 1950, se decretó una ley calificada c~mo ant1subvers1va: "Será reprimido con prisión de uno a 25 aüos el que por cualquier medw desorganizare, destruyere, deteriorare o inutilizare en todo o en parte, temporal o defimtívamente, documentos, objetos, matenalcs, mstalacm- nes, sc_rvicios o industrias de cualquier naturaleza con el propósito de perturbar, 0 1111pcd1r el desarrollo militar, económico, finanrn.'rn, socfal, científico o mdustnal de la Narnín" (Art. 7. Ley N.º 13.985, Anales de Legislación Argcntma, tomo X, "

l3uc11os Aires, l'J57, p.íg. 185).

El co1!flictí1Jo ca111i11<1 .1 lc1 rcfor111a social

257

trabajadores participaran en ia definición de las normas que regla-

mentaban las condiciones de trabajo y, especialmente, la jornada

laboral (garantía horaria). En los cinco meses que siguieron al

acuerdo de marzo, el sindicato apeló en reiteradas ocasiones ante

la Secretaría de Trabajo, pero ésta permaneció indiferente a las

demandas de los trabajadores. A fines de agosto, el sindicato se

dirigió directamente a Perón y solicitó su mediación personal en

el conflicto, pero éste se negó a mtervenir y los remitió nueva-

mente a la Secretaría de Trabajo. Como no deseaban declarar un

paro que afectara negativamente las negociaciones comerciales que

en ese momento se llevaban a cabo con Gran Bretaña para la ven-

ta de carne argentina, la Federación ordenó una huelga de brazos

caídos, lo que provocó una dism111ución de la producción del 75%

a fines de la semana siguiente. Las compañías comenzaron con

los despidos el 1° de octubre y la Federación respondió con una

huelga general.

·

Descripción de la huelga. El 2 de noviembre, Perón ofreció su me-

diación personal en el conflicto con la propuesta de un aumento de

10 centavos por hora, subsidiado por el Estado, pero la Federación

rechazó la oferta. Dos días después, el presidente duplicó el ofrecí-

miento, que fue rechazado una vez más. El 11 de ;10viembre, se

firmó un acuerdo después de que el gobierno aumentó nueva-

mente su oferta salarial, pero, al día siguiente, una asamblea ge-

neral de trabajadores la rechazó porque no se les reconocía su par-

ticipación en las tratativas que definirían la garantía horaria. El 13

de noviembre, las fábricas reabneron sus puertas y las empresas

prometieron respetar el acuerdo salarial para todos los trabajado-

res que retornasen, pero menos del 5% de los trabapdores cruza-

ron la línea de los piquetes. Entonces, se empleó la fuerza policial

para disolver las reuniones sindiciles y asegurar el ''derecho a tra-

bajar". En una entrevista que wncedió a la prensa el 14 de no-

viembre, Perón declaró: "Debo admitir que me siento sorprendido

por el hecho de que los trabajadores de los frigoríficos aún no

..

hayan normalizado sus tareas en \'!Sta de todo lo que ha hecho el

gobierno [

...

] . La situación no L'~ clara en modo :ilgu110 y pn:ficro

no creer que el descnvolvunícnro de los acontec11111entos esté

influenciado por Lictores cxtern<is al tema en cuestión. Si es sólo

un conflicto laboral, entonces ]u, trabapdnres pueden contar co11-

258

Louise M. Doyo11

migo para hacer todo lo que esté a mí alcance para resolver el proble- ma; pero. si estuvieran en juego elementos externos, me negaré a se- guir ocupándome del. asunto" 1 ''. A esta velada amenaza, siguió el en- carcelamiento de numerosos líderes gremiales y la clausura de loca- les sindicales. Durante los siguientes cuatro días, sin embargo, los trabajadores continuaroo firmes en su negativa a desobedecer las ór- denes del sindicato; sólo menos del 5% retornó a las fábricas. Final- mente, el 19 de noviembre, ante las crecientes presiones internacio- naies para que el país cumpliera sus compromisos de exportación, el gobierno decidió imponer por decreto las demandas de los trabaja- ·

dores17.

El convenio colectivo que surgió de la huelga de noviembre cons- tituyó el acuerdo más favorable que estos trabajadores habían alcan- zado hasta entonces. No sólo arrancaron a los empleadores un aumen- to salarial que los ubicó a la cabeza de los trabajadores industriales, también lograron que se fijaran normas estríctas que regularan 'la

capacidad de las empresas para contratar, despedir, suspender o trans- ferir a su personal, concesiones que fueron cruciales en una indus- tria de naturaleza estacional en la que, antes de 1946, los despidos y las suspensiones masivas había sido práctica regular. Las varias tentativas de organización de los obreros de los fri- goríficos -que databan de fines del siglo XIX y comienzos del XX- fueron reprimidas por la patronal; alrededor de 1943, sólo un re- ducido número estaba afiliado al sindicato comunista liderado por José Peter. Su crecimiento efectivo en térmmos de fuerza organi-

zada se inícíó en

1944, luego de una huelga de tres meses en Be-

rísso, en la cual no se obtuvieron reivindicaciones. Frente a la imposibilidad de alcanzar cualquier concesión de los frigoríficos sin la intervención del Estado. los trabajadores -con la dir.ección de Cipriano Reyes- resolvieron iniciar en 1944 un proceso de aproximación a la Secretaría de: Trabajo. Después de la elección presidencial de Perón, la Federación continuó apoyando al go- bierno, pero rehusó afiliarse a la CGT debido al fuerte papel polí- tico de la central sindical ..

11 ' La Prewa, 15 de noviembre de l 1J-t6. Los detalles de estos conflictos se· t<nnaron de La Pn·11s<1, El Líder y de la Fede-

,.. ración Gn:nual de los lhb;uadores de· l.1 industria de l.1 Carne. Libro de actas de la corn1s1ó11 dm:ctíva, 1-26 de marzo de l<J-t(l, v 1-20 de 110,·1c111bre de 1946.

El c01iflictil'o ca111i110 a la reforma social

259

Los frigoríficos no estaban dispuestos, ní financiera ni ideológi- camente, a atender las reivindicaciones de sus obreros en 1946. Obli- gados a reducir su producción porque las condiciones climáticas des- favorables habían limitado la disponibilidad de carne, se encontra- ban, además, frente al control de precios en sus ventas internas, ya que el IAPI, ente recién creado, los privaba de una parte sustancial de beneficios que obtenían mediante las exportaciones. Más aún, du- rante varías décadas habían combatido con éxito toda tentativa de compartir el poder en las fábricas y estaban poco dispuestos a ceder- lo, de un momento a otro, a los trabajadores. La posibilidad de que el gobierno interviniese en favor de los tra- bajadores era muy remota en el caso de los frigoríficos. Los más im- portantes eran de propiedad inglesa y el mayor comprador de carne argentina era Gran Bretaña. Además, las exportaciones de carne cons- tituían la principal fuente de divisas del país y eran necesarias para la política de sustitución de importaciones del gobierno. El régimen no podía enfrentarse a estos poderosos intereses, por lo que, para en- contrar una solución justa al problema, tendía a definirlo en térmi- nos puramente económicos, esto es, principalmente, mediante au- mentos salariales.

INDUSTRIA AZUCARERA

La azucarera era una de las más antiguas industrias del país y conta- ba, sobre todo, con la explotación estacíonal de una mano de obra barata, sobre la que pudo mantener un estrecho control durante va- rias déca),las. Los trabajadores azucareros juntar:iente con los d~ los frigoríficos eran dos de los sectores con mayor mvel de ~om~at1v1dad

' entre

1945 y 1950, y también

compartían una larga historia de es- ·

fuerzas reprimidos por organizarse, que datan de fines del siglo XIX y principios del XX. Sindicatos incipientes pudieron funcionar con cierto grado de libertad mientras el Partido Radical estuvo en el po- der durante la década de 1920, pero fueron totalmente desarticula- dos luego del golpe de Uriburu en.1930. Los comunistas trataron de organizar a los trabapdores de esas industrias después de 1935, ,pero ello sólo se concretó recién a comienzos de 1944, bajo el auspICIO de la CGT y la Secretaría de Trabajo. La Federación Obrera Tucumana de la Industria Azucarera (FOTlA) se había afiliado a la CGT desde

260

Lo11ise M. Doyo11

el momento de su fundación en 1944 18 y apoyó persistentemente a Perón desde entonces, sí bien mantuvo un cierto grado de auto- nomía en la formulación de sus reivindicaciones económicas y políticas. Las características especiales de las huelgas en la industria azuca- rera durante los tres primeros años del régimen peronista se debie- ron al alto grado de intervención gubernamental en ese sector y a la

~é~~.i~a de I~ ,estructur~ fe~~ral por la .cre~c.ión de

la FOTIA, que

rac111to la acc10n local e md1v1dual. A pnnc1p1os de 1945, el régimen

había percibido el elevado descontento en este sector, que podía ame- nazar la estabilidad de las estructuras socioeconómicas del Norte del

país. ~n consecuencia, el gobierno decidió limitar la posibilidad de conflictos prolongados, decretando en enero de ese año una serie de reformas que incluían aumentos salariales, ia explicitación de los lí- mites de diversos tipos de trabajo (escalafón) y la garantía de un nú- mero mínimo de días de trabajo al mes. Por consiguiente, los trabaja- dores de este sector no encaminaron sus esfuerzos hacia el logro de un reconocimiento legai de sus derechos, sino más bien a imple- mentarlos separadamente en cada ingenio. Debido al poder político y financiero de los magnates del azúcar, era esencial para los trabaja-

dores ma:1tener el apoyo del gobierno federal

rarse !ª. :ap1da

y, de ese modo, asegu-

mstrumentación de estas reformas. En parte por elló,

y tamo1en por la naturaleza excesivamente descentralizada de la FO- TIA, el. principal tipo de huelgas realizadas en el período fue de corta

duración, individual y declarada durante el momento de la cosecha,

con el. ~bj~:o de ~re

~ionar a go~iernos y patrones a implantar la nue-

va leg1s1ac1on social

  • 1 . Es esencial tomar en cuenta este tipo de huel-

gas, no sólo por las limitaciones políticas impuestas a la FOTIA sino también porque, dado el gran número de estos movimientos, s: creó

"Se había permitido que funcíonaran algunas organizaciones smdicalcs en es- tado embrionnrío, con cierto grado de libertad, ba_¡o el gobierno radical, pero fueron totalmente destn11das después del golpe de 1930. Los coniunistas. que comrnzaron una campaiia pat·a penetrar en los mgcmos después de 1935, no pudieron crear un poder nvHco11tra los empleadores, que mantenían un eficaz sistema de informan-

tes Y controlaban estrechamente a los J<H nalcros por medio de pagos

cin 1 n:rttfica-

dos que s6lo st· podían cambiar en los neguuos J,· la compaüía. Entrevista a Manuel Lem.1. dingrntc de la FOTIA, 11 de 111.1vo de 197-1.

'" Emrc\'tsta a Manuel Lema. J (¡de .mayo de 1'J7-!.

El co1!flicti110 camino a la r~fán11a soda{

¡

una situación verdaderamente caót1c1 en los treinta ingenios de esta rama industrial.

Duración de las li11dgas e11 silldicatos loca/e; de la i11d11stria azucarera, 1945-1948 (en días)

Año

Cantidad de días

 

1

2

3

4

5

6

11

13

30

Total¡

  • 1945 1

14

2

-

3

1

2

1

-

-

23

  • 1946 (1

24

5

1

4

-

-

1

-

41

  • 1947 ::i

-

6

1

1

-

-

1

-

14

5

  • 1948 -

-

-

-

-

-

1

3

9

Fuente: Recopiiado de la lectura de La G1ccta de Tucumán. 1945-1948.

De hecho, el recurso de utilizar la huelga general en la industria azucarera se inició en. los primeros días de septiembre de 1948, des- pués de que la FOTIA consolidase su control sobre los sindicatos locales y en el mísmo momento en que la negativa de los empleado- res a dar mayores concesiones se fortaleció por la resistencia del go- bierno a otorgar financiación adicional. Este último ya no podía con- ceder los costosos subsidios que desde 1945 se destmaban a ayudar financieramente a la industria para absorber los aumentos salariales decretados por el régimen. La huelga general fue declarada el 6 de septiembre de 1949: los trabajadores exigían la equiparación salarial con respecto a las demás industnas de la provincia. Cinco días des- pués, el sindicato dio por terminada la huelga, cuando el gobierno prometió acelerar las negociaciones salariales. Después de cinco me- ses, mediante un decreto, se concedió la mitad del monto exigido por la FOTIA, lo que permitió quL· los trabajadores de este sector no quedaran tan rezagados con respcctu a los de otras industrias.

INDUSTRIA PANADF.N J.

..

También en este sector se reg1str,1rnn un númer:u s1gníficarívo de ·huelgas prolongada~. tanto en el (;r,m Buenos Aires como en el mte-

ríor del país. EntrL' los conflictos mis importantes, cabe citar: a) el de

Mar del Plata (del I"

al 9 de ennu de 1946), por la abolic1ó11 del

trab~jo nocturno, un,1 huelga decl.1r,1da ilegal por el gobierno y que

262

Louise M. Doyo11

se dio por perdida; b) entre el l 9 de JUiio y el 31 de agosto de 1946, una vez más con el objetivo de abolir el trabajo nocturno; la huelga general de tres días en toda la c1mbd desembocó formalmente en una victoria; c) en Tucumán (del 4 de noviembre al 24 de diciembre de 1947), un conflicto en toda la provincia por aumentos salariales, los que se lograron tras una huelga general de cuatro días; en Salta (del 20 de octubre al 3 de noviembre de 1947), una huelga en toda la provincia por demandas salariales, que finalizó con la victoria de los trabajadores después de la mediación estatal. Sin embargo, las huelgas más importantes del sector fueron las del Gran Buenos Aires y el paro naoonal de 1948. En la primera, del 1O de junio al de julio de 1946, participaron los trabajadores de los suburbios de Buenos Aíres, en reclamo por la abolición del trabajo nocturno, lo que se logró finalmente luego de que el sindicato de la Capital Federal amenazara con realizar una huelga en solidaridad. La siguiente huelga, del al 8 de agosto de 1947, reunió a todo el Gran Buenos Aires y demandaba un aumento salarial que, después de seis meses de negociación, no se materializó. El conflicto culminó con éxito luego de que el gobierno aceptó aumentar los subsidios a las panaderías, a pesar de que ciertos funcionarios trataron de desacredi- tar a los dirigentes sindicales. La confrontación decisiva de este sec- tor se produjo en diciembre de 1948. La Unión del Personal de Pana- derías del Gran Buenos Aires declaró una huelga general el de diciembre, luego de que la patronal se negara obstmadamente a otor- gar un nuevo aumento salarial a menos que los obreros accediesen a volver al trabajo nocturno. Una semana más tarde, la Secretaría de Trabajo declaró ia ilegalidad de la huelga y le retiró la personería gre- mial al sindicato. Después de que muchos de sus dirigentes fueran encarcelados y de que se cerraran lns locales de la organización, el sin- dicato ordenó a sus afiliados volver ,11 trabajo el 21 de diciembre. Este enfrentamiento se repiti<i en el interior del país cuando la Federación Argen:tina Unión del Personal de Panaderías y Afines declaró la huelga general el 15 ele diciembre de 1948. El conflicto abarcó a los panaderos de la provmcia.de Buenos Aires, y se desató como protesta contra el creciente 111cumpiimiento de la prohibición legal del trabajo nocturno y en denuncia de un.aumento salarial. Ese mismo día, el paro fue declarado i kgal y fueron clausurados los 84 local e~ smdicalcs provinciales. N t ¡,:,·e días más ta rdc, la federaoón

El co1iflicti110 cami110 a la reforma social

263

era intervenída y lo mismo sucedía en Buenos Aires, con lo que se normalizaron así las actividades industriales. Tres meses más tarde, los trabajadores recibieron un aumento salarial que, una vez más, fue subsidiado por. el Estado 20 Los trabajadores de. este sector tenían una larga experiencia orga- nizativa que se remontaba a fines del siglo anterior, pero no pudie- ron desarrollar una agremiación nacional coherente, debido, en par- te, al predominio de los líderes anarquistas. En 1944, los trabajadores crearon uníl organización paralela, la Unión del Personal de Panade- rías y Afines, porque su predecesora, que acababa de ser controlada por los comunistas, se rehusaba a apoyar al gobierno después de que Perón fuera electo presidente. Tanto la industria como el gobierno tenían una capacidad limita- da de atender las demandas obreras. El pan era un elemento funda- mental de la dieta argentina y políticamente era necesario proveerlo a bajos precios. Por ello, el gobierno declaró la producción y distri- bución del pan como servício público en agosto de 1946 e impuso un riguroso control de su precio, al cual debía subsidiar 21

Las industrias extractivas y de traniformacíón

Comparado con la industria de la alimentación, en este sector en- contramos un modelo diferente de conflictos obreros: básicamente, se registra aquí una reducción del número de huelgas importantes en períodos breves. Los principales factores en este esquema son dos:

211 La Pre11sa, diciembre de 1948. 21 Algunas otras ramas de la industria de la alimentación también sostuvieron largos conflictos. Éste fue el caso, por ejemplo, de los fideeros, organiza~os en el Sindicato de Obreros Fidccros y Afines, que, como el de los panaderos, había sido fundado en 1944 por qmenes apoyaban la política social del gobierno. El sm1;lifato tuvo que organizar una huelga de un mes en agosto de 1947 a fin de obtener un aumento salarial y mejores condiciones de trabajo. En este caso particular, el gobierno se restrm- ¡,rió a desempefJar un papd de supervisor en vísta de la escasa importancia, tanto política como económica, del sector en cuestión. El Sindicato Ar¡,rcntmo de 1J-abajadores de la Industria Leci~era, fundado en 1944 por militantes que shnpatlzaban con Pcrón, realizó una huelga nacional de dos semanas en 1948 por demandas salanales y mcJm-cs condi- ciones laborales. Finalmente, la Umcín Obrera Molinera Argcntma, fundada rn 19.+5, realizó una huelga de 10 días en scptícmbrc de 1947 por 111~1oras salariales, que el go- bierno deb1cí subsidiar para normalizar las actividades mdustrialcs.

264

Louisc M. Doyo11

las industrias extractivas y de transformación dependían en alto gra- do de la política oficial de industriaiización y estaban fav,precidas por ésta, ya sea en protección arancelaria y acceso a los créditos del go- bierno, o bien en permisos de importación y divisas. Más aún, por parte de los empleadores había mucha menor resistencia a reconocer las reivindicaciones obreras que gozaban de la aprobación del gobier- no. Por otra parte, éste tenía como objetivo prioritario la rápida in- dustrialización del país, hecho que ejerció una enorme influencia en el establecimiento de relaciones amistosas con este sector. Su expe- riencia en cuanto a organización era bastante reciente y limitada a una minoría de empleados, pero el nivel relativamente bajo de con- flictos no puede ser atribuido a la falta de conciencia sobre sus inte- reses económicos y profesionales, ya que estaba al alcance de ellos obtener por medios pacíficos los mismos beneficios (en algunos ca- sos, superiores) que ios ganados por obreros empleados en otros sec- tores de la economía.

INDUSTRIA TEXTIL

Las huelgas más importantes de este sector fueron cuatro: 1) tres semanas de paralización progresiva en la rama lana por aumentos salariales; este conflicto fue resuelto favorablemente en septierribre de 1946 y comprendió a unos 30.000 obreros; 2) la huelga de quince días de la rama medias y circulares, que abarcó a unos 10.000 obreros que reivindicaban una garantía de trabajo semanal de 36 horas (sep- tiembre de 1947); 3) la huelga de 24 días de la rama lana por aumen- tos salariales, ganada el 30 de septiembre de 1948; y A) la violenta huelga de la rama algodón en octubre de 1947, de la cual tomaron parte 70.000 obreros. Aquí nos limitaremos a analizar este último conflicto, no sólo porque fue el más importante en cuanto al número involucrado, sino también porque se registró en el sector de la in- dustria textil más crucial para el desarrollo económico del país. Causas. La violenta huelga de octubre de 1947 se originó como resultado de la extrema insatisfacción respecto del convenio colecti- vo recientemente firmado. Se lo consideró deficiente tanto en sus ·cláusulas salanales como en aquellas otras que salvaguardaban el de- recho de los obreros y sindicatos dentro de la fábnca. La msatisfacción fue exacerbada aún más por el despido de personal en 250 fábricas

El co1!flicti110 camino a la r~f~mna social

265

por falta de combustible y materia prima, que alcanzó a numerosos militantes sindicales. Como respuesta a estas provocaciones, los lí- deres nacionales se limitaron a hacer un llamado al gobierno en el sentido de resolver estos urgentes problemas. Descripción de la huelga. Desde el primer día del paro, la Secretaría de Trabajo se negó a reconocer la legalidad del conflicto y ayudó a organizar un cmmté de huelga paralelo que ordenó el inmediato re- torno al trabajo, después de asegurarse que el gobierno se compro- metería a atender rápidamente las reivmdicaciones obreras. Luego de cuatro días, la mayoría retomó las tareas. A continuación, la Aso- ciación Obrera Textil (AOT) fue mtervenida por la CGT para dotar al sindicato de líderes menos sumisos a la influencia de los emplea- dores y no permitJr, así, que la orgamzación fuese tomada por oposi-

• rores al gobierno 22

Los obreros textiles habían comenzado a organizarse en 1934, bajo el liderazgo de dirigentes comunistas y socialistas; sin embargo, su éxito se había limitado, en gran parte, a los trabajadores calificados empleados en las ramas de seda, medias y lana. En 1943, sólo 9.000 obreros estaban afiliados a la Umón Obrera TextiF3. La AOT fue fundada en octubre de 1945 como protesta por la falta de apoyo de

los dirigentes socialistas a la Secretaría de Trabajo. Sin embargo, a diferencia de muchos otros sindicatos creados durante este período, los dirigentes que lograron su control parecen haber estado de acuer- do con los deseos y bajo la influencia de' la patronal2 4

INDUSTRIA METALÚRGICA

Los conflictos más importantes de este sector fueron cuatro: 1) la huelga de 45 días en la ciudad de Córdoba, a mediados de 1946, con

2 ' Entrcvísta a Ct:cilio Condit1, intc1wntor de la AOT de 1947 hasta fines de 1948, y a Andrés Frammi, un dirigcnt,· de primera línea durante este período y secretario general del sindicato después de 1951. Véase también D Lída. l 'l al 30 de septiembre de 1947 2 ,; Veáse la entrevista con el sccrctanu >:cnnal de la Unión Obrera Textil. Lurni Bonilla. en Proycctn de Historia Oral, l11st1mto Torcuato Di Tclla. "Para una m<.:Jlll' C\Jmprcnsíóu de est.i l'l'n cpnón de lidcrazgo·rcspccto dd papel jugado por el sindicatu. véase la c11trev1su c llll d secretario general de la AOT en es,· período. Mariano Tcdcsco. c·n Proyecto J, l listuna Oral, lnst1tuto Torcuato Dí Tdl.1.

266

Lo11isc M. Doyo11

la que se consiguió un sustanc1:il :iumcnto de salarios; 2) la huelga de un mes en Rosario, que termínó en mayo de 1948, después que la patronal aceptara las condiciones de los obreros basadas en el conve- nio colectivo nacional; 3) la huelga de tres semanas en la ciudad de Tucumán, que terminó en abril de 1947, luego de un paro general de dos días, que obligó al gobierno a imponer que la patronal aceptara el laudo; y d) la huelga de noviembre de 1947 en Buenos Aires. Causas. La Unión Obrera Met:i.lúrgica (UOM) declaró una huelga de dos días en el Gran Buenos Aires, que continuaría después en aquellas empresas que se negaron a aceptar las reivindicaciones rela- tivas a salarios y a calificación del personal, así como también a im- plementar las reformas laborales del gobierno. Lentas negociaciones terminaron en .un callejón sin sal ida y la Secretaría de Trabajo estaba casi decidida a resolverlas medi:inte un laudo. Sin embargo, como el sindicato ya había conseguido mmar la resistencia de muchas e im- portantes empresas, no era conveniente emit1r ese laudo, pues, al imponer una solución de compromiso. ello podría sacrificar algunas otras reivindicaciones:

Descripción de la huelga. Al cu:i.rto día del paro parcial, cuando un terCio de la industria permanecb paralizado, la Secretaría de Trabajo ordenó el 111mediato retorno a la :ictividad y amenazó con declarar la ilegalidad de la huelga; además. impuso por decreto a las industrias las reivindicaciones salariales y propuso apoyar las re~tantes deman- das de los trabajadores una vez normalizadas las tareas. Esta huelga fue el único conflicto prolongado en la industria hasta 1954 y el sin- dicato obtuvo uno de los convenios colectivos más avanzados de la época 25 Como en el caso de los trabajadores textiles, los metalúrgicos co- menzaron a organizarse bajo el liderazgo de militantes socialistas y comunistas desde 1935. Hacia 1943, el Sindicato de la Industria Metalúrgica tenía aproximadamente 4.000 afiliados. La UOM, fun- dada en abril de 1943 por militantes desilusionados con la conduc- ción comunista en la huelga metalúrgica de 1942. apoyó las medidas sociales de la Secretaría de Trab;~Jll desde 1944 l'll adelante y, después de 1946, fue uno de los sindic;irns más dinámicos del movimiento obrero argentino.

.

"Eutrcnsta a c-Iilario Salvo. scrrl't.mo general de la UOM entre l946y 1951. ~2 lk.1u1110 de l'J74; véase tambíén / /'rc·11s11, l l-16 de tl<lV1crnbrr de 19~7.

..

i

El co1!flictifla ca111i110 a la refárma social

f NDUSTRH PEIROLERA -

SECTOR PRIVADO

267

Este sector de la industria petrolera pasó por dos conflictos serios que repercutieron en toda la economía.

  • a) Huelga del 30 de abril al 10 de mayo de 1947

Causas. La Unión Obrera Petrolera inició una huelga de brazos caídos de alcance nacional el 11 de abril de 1947 para respaldar sus demandas de aumento salaría! y la reforma del estatuto de la indus- tria. En una semana, esta medida ocasionó serias reducciones en el abastecimiento del Gran Buenos Aires. El 30 de abril, las compañías petroleras declararon un lock-out, al que respondió el sindimto con una huelga general. Descripdóu de la huelga. El 10 de mayo, bajo una fuerte pre~ión del gobierno, la Unión Obrera Petrolera ordenó el retorno al trabajo, luego de obtener las demandas salariales, pero no la reforma del

estatuto.

  • b) Huelga de brazos caídos del 22 de enero al 4 de febrero de 1948

Descripción de la huelga. Este segundo conflicto se produjo en apo- yo a la reforma del estatuto, que no sólo fue resistida por las compa- ñías petroleras, sino que también fue considerada excesiva por el go- bierno. Con el fin de quebrar la unidad de los trabajadores, la Secre- taría de Trabajo emitió el 23 de enero una versión corregida del esta- tuto que incluía la mayor parte de las reivindicaciones, excepto una cláusula muy controvertida que postulaba la agremiación al sindica- to de los supervisores de planta y jefes de sección de la empresa. Esa noche, en una transmisión radial especial, el ministro de Trabajo,

José María Freire, declaró ilegítimas las últimas demandas obreras:

"

...

Las autoridades no están dispuestas a apoyar la solución de proble-

mas creados artificialmente y fomentados por dirigentes de algunos sectores de la antipatria, empeñados en un programa de perturbacio- ". El 30 de enero, el gobierno prometió que esta demanda sería discutida una vez que se retomaran las tareas. El sindicato no acce- dió, alegando que una promesa similar se había quebrantado luego de que se levantó la huelga de brazos caídos en noviembre Je 1947. El 4 de febrero, el movimiento fue declarado ilegal y los traha_¡adores recibieron órdenes de normalizar la actividad en las 24 horas siguien- tes, so pena de retirar al sindicato la personería gremial. En una dc- clar:icíón pública de ese 1111smn día, el Ministro de 11-abajo atacó a los

nes

...

268

/,

Louisc M. Doyo11

dirigentes smdicales: "Se empeñan en mantener una situación que

asume las características

no sólo de rebelión

sino de perturbación y

... sabotaje al desarrollo de actividades esenciales para la Nación, lesio- nando su economía". Este ultimátum fue efectivo y la UOP se vio obligada a aceptar el estatuto emitido durante el conflicto 26 La Unión Obrera Petrolera fue .fundada a mediados de la década del treinta bajo la dirección de líderes socialistas, pero quedó como organización clandestina hasta 1943. Si bien el sindicato se opuso al gobierno hasta 1946, mantuvo una actitud estrictamente apolítica después de esa fecha. Como en el caso de los frigoríficos, el sector privado de la indus- tria petrolera estaba en manos de intereses británicos y norteameri- c'anos. Esto disminuyó la capacidad del gobierno de imponer una solución rápida al conflicto. Su poder estaba aún más limitado por el hecho de necesitar la total cooperación de este sector para llevar ade- lante su política de industrialización.

lNDUSTRL'l. PETROLERA -

SECTOR PÚBLICO

En este sector, se produjo una sola huelga declarada por el Sindicato Único Petrolero del Estado (SUPE), "minoritario'', repre'sentante de toda la rama industrial, a excepción del personal empleado en la ex- tracción de petróleo 27 La huelga buscaba imponer el escalafón único para los trabajadores. El mismo día de su lanzamiento, el gobierno ínmediataménte la declaró ilegal (27 de julio de 1948). También se ordenó a todos los dirigentes de YPF que echasen mano a cualquier sanción gue considerasen necesaria para garantizar la normalización de las actividades. Al día siguiente, el gobierno retiró la personería gremial al sindicato y arrestó a todo el comité de huelga. Sin embar- go, el 4 de agosto se vio obligado a ceder a las reivindicaciones de los

2 " Ver La Prmsa, 30 de abril al 10 de mayo de

1947 y 22 de enero al 4 de febrero

de 1948. 2 ' Los trab~adores ocupados en ia extracción de petróleo estaban orgamzados en uu

smdicato aparte, el SUPE "mayontario". lxuo rnnducc1ón comunista, que no quiso ad- herírse a la hucl¡.,ra general. Para un relato mtcresaute de los esfuerzos por or¡.,ranizar a

este sector en los aüos treinta, véase Rufino Gomes. La gm11 /111c{~a petrolera de Col/lodmn Ril'ailal'1<1 Cf9J-¡--/932J, Edinorn:s Centro de Estudios, Buenos A1rcs. 1973.

El co1iflicti110 ca111í110 a la r~fór111a socíal

269