EL ITZTÉPETL

MIENTRAS ESTO le acontecía al nahual, en su casa del Mictlan, Mictlantecuhtli y Mictlancíhuatl confiaban en que aun habiendo autorizado a Quetzalcóatl a seguir su camino, y a tomar todos los huesos que quisiera, el dios no podría jamás hacerlo. Primero, porque Mictlantecuhtli y Mictlancíhuatl habían ido a pedir al Señor Tezcatlipoca que viniera a impedírselo, y éste, tomando la apariencia de un ave carnicera como era el zopilote, ya lo habría arrojado, a punta de picotazos, muy lejos del Mictlan; y, segundo, porque en el remoto caso de que el dios persistiera en su deseo, la distancia por recorrer era tan larga, y tantos los obstáculos, que al final tendría que desistir de su propósito. No contaban los señores de los muertos con que el nahual regresaría, ni menos con que el perrito y el dios, complementándose de una manera más que solidaria, vencerían cualquier dificultad, pues si el dios desfallecía, su doble se aprestaría a fortalecerle el ánimo, y si el desaliento invadía al pequeño nahual, cerca estaría su dios para alentarlo. Fue así como, con renovada fe, Quetzalcóatl y su doble apretaron el paso, y en sólo siete días pudieron divisar la cima del Itztépetl, un cerro erizado de encendidas navajas. Aquello parecía una roja hoguera compuesta de cientos, de miles, de millones de pequeñas y de grandes, de afiladas cuchillas en cuyo filo y superficie el sol multiplicaba su rostro muchos cientos y miles y millones de veces. Los viajeros se acercaron con pasos lentos, recelosos; deseaban estudiar la situación y se protegían la vista haciendo una visera, el dios con ambas manos, el perrito con sus patas, para que aquellas ascuas de oro, aquel hiriente brillo no los cegara. Pero el fulgor era tan intenso, que la tentativa de Ehécatl y su nahual resultó del todo inútil. Cerca ya del Itztépetl, ¿cómo podrían atravesarlo? ¿Dónde apoyar el pie para andar una distancia que parecía no tener fin?, ¿sobre filos que en el aire podrían cortar un pelo? ¡Imposible! Preocupado y en busca de inspiración, el dios miraba al perro; y en demanda de respuesta a un problema tan arduo, el perro colgaba sus ojitos esperanzados, legañosos, de los ojos de su dios. Pensando y pensando, Quetzalcóatl finalmente recordó que para defenderse del fuego y de los rayos del sol, su abuela utilizaba mascarillas de zapote, que refrescaban y protegían la vista; entonces pidió a su nahual que fuera a traer unas ramas de ese árbol, les cortara las hojas, las hirviera, y con ellas hiciera unas máscaras. Una vez que el nahual cumplió con la encomienda, Quetzalcóatl tomó las máscaras, una le colocó al

nahual y otra se la puso él mismo. Los rostros de los viajeros quedaron así cubiertos, sólo dejaban unos mínimos, unos pequeños orificios por donde podían ver sin recibir el brillo, ni un reflejo suficiente para dañar sus ojos. Protegidos así, Quetzalcóatl llamó a los vientos: el gentil y dulce Tlalocáiutl, el que sopla del oriente, donde se ubica el paraíso; al Mictlampa, el que sopla del norte y es agrio de carácter y de impulso poderoso; al Cihuaehecáyotl, viento sencillo, bondadoso y servicial que sopla del poniente, donde habitan las diosas Cihuapipiltin, mujeres esforzadas y nobles; y por último al Huitztlampa; éste sopla del sur y es un viento malhumorado que cuando está a disgusto arranca árboles, muerde, golpea, azota, levanta techos y tira casas y paredes; pero luego se arrepiente y, como es sentimental, y en el fondo hasta romántico, pide perdón y llora. Y los vientos acudieron, y Quetzalcóatl los tomó, a los cuatro, con sus manos, y los lanzó con fuerza hacia lo alto; y los cuatro se expandieron, se colocaron, una capa encima de otra, cubriendo promontorios y escarpas hasta formar una gruesa, una amplísima alfombra. Sobre ella, caminando y protegidos por sus máscaras, Quetzalcóatl y su nahual atravesaron el Itztépetl.

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful