LOS DÍAS QUE EL DIOS

LOS DÍAS QUE EL DIOS y su perrito tardaron en cruzar los collados fueron los más duros en la vida del nahual. Miraba a su amo de reojo y en voz baja renegaba de su cuerpo: —Caminar en la nieve cuando se es chaparro, ¡puf! Y para colmo, calvo, ¡puf! Y con patas tan cortas, ¡puf, puf! Y arrastrando una barriga que es tan ancha y tan incómoda, ¡puf, puf, puf! A cada puf, el perrito nahual lanzaba al aire una nube de vaho, y entonces se quedaba más helado que antes. Resentido, se volvió contra los dioses: —¿Por qué y cómo, Señor Tloque Nahuaque, tú que velas por todo lo que es y existe en todo el mundo, o ustedes, madres mías Xochiquétzal y Coatlicue, en quienes la ternura se supone distintivo de piedad, habéis creado a los perros de mi raza sin defensa contra lluvias, nevadas y vientos invernales? ¿Acaso por pequeños merecíamos injusticia? Callaba por un momento, y otra vez volvía al encono y al murmullo: —A ver, a ver, quiero que alguien me diga, ¿qué hago yo aquí?, ¿qué me va o qué me viene que en el mundo haya viejos o nuevos hombres...? Así hablaba y renegaba el infeliz, luego corría dejándose alcanzar por Ehécatl, y elevaba la voz para que éste lo escuchara: —¡Claro —decía casi furioso—: tú, Serpiente de Plumas!, ¡tú, abrigado con tibias mantas de algodón, y además —y en esta palabra hacía hincapié—: adornado con tus plumas!, ¡tú, avanzando en dos patas, y además, con esas zancas largas que tienes, a zancadas! Y pues, claro, fueron tantos los murmullos y luego ya los gritos del nahual, que sacaron al dios de su ensimismamiento. Entonces Quetzalcóatl, tomando en sus brazos a su doble, le acarició la piel helada, lo envolvió en su tibia manta, y redoblando el paso y aguijoneado por el remordimiento, avanzó a doble zancada, y con tal celeridad, que muy pronto pudieron ver los viajeros, frente a ellos, el fin de los collados.

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