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Et in Arcadia ego
Relatos de paraísos infames

Óscar Álvarez

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Óscar Álvarez, 2007

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«Un saludo a ti que pasas a mi lado y te has detenido, preguntándote: ¿Quién yace en esta tumba y cómo fue su vida? Escucha, desconocido, mi nombre y el de mi tierra natal. Grecia es mi origen: nací de madre ateniense y mi padre es de Halicarnaso. Abandoné la luz del sol cuando tenía 27 años. Mi nombre era Epifania y vi muchas tierras y navegué por todos los mares en los barcos de mi esposo, el cual, a mi muerte, me depositó en la tumba con las manos limpias. Realmente feliz fue mi vida, pues crecí entre las musas y me llenaron de sabiduría[...] En este triste monumento, donde puedes ver la sombra de mi hermosa apariencia, hay mucho dolor contenido. Mi esposo Perinthos se lamenta con desmallada voz y mi buen padre llora porque estoy aquí retirada. Junto a mí se halla mi madre, Artemisa Theodora. También yace el padre de mi esposo, Caecilius Priscus. Entiende que el tiempo lo destruye todo, pero retén esto: la gloria de quienes están vivos y la virtud de los muertos. Un saludo a ti, desconocido, seas quien seas. Que los dioses te concedan una larga vida.» Altar funerario de Tomis (hoy Constanza, Rumania) Siglo II d. C.

Vuestros ojos serán abiertos

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tanto en tanto me pica la curiosidad y vuelvo a espiarlos. Venteo con la lengua y ágilmente me deslizo hacia las ramas más altas, donde asomo la cabeza entre la hojarasca. Los descubro en su lugar predilecto, criaturas sin maldad tumbadas sobre el playón del río, emborrachándose de sol y de una sensualidad inocente, desperdiciada. Me figuro que el Dictador también los vigila satisfecho. Satisfecho por el momento, vamos a ver si le dura esta vez, al fin y al cabo él no es sino un niño grande, malcriado y antojadizo. Y lo peor, con poder. Sabe que lo sé, desde luego, presume no sin razón de saberlo todo. Pero su soberbia le ciega y ni adivina cuánta lástima me da. Reflexiono. ¿Qué esperará de mí? Ha creado un nuevo escenario para un nuevo juego. Eso creo. Aunque me he tomado la molestia de adoptar el aspecto de la más humilde de las comparsas de este reparto, ya estará al corriente. Pretende ignorarme, desliza una provocación. Calma, también yo fingiré no ver a sus guardianes, antiguos colegas, escondidos torpemente entre el bosque, ávidos de sorprender la mínima trasgresión y entonces, con un espasmo voluptuoso, volar a su lado a contárselo todo. Seres serviles sin cerebro, así los prefiere. Y recordar que yo... Pero yo no podía consentir aquel orden rígido que, si te detenías a analizarlo un poco, si osabas pensar (¿estaba prohibido pensar?), carecía de sentido. Oír al Dictador tanto tiempo —y era una eternidad— la enumeración de leyes, la manera oportuna de hacer y experimentar cada cosa, ordenar su mundo privado conformando una
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utopía enervante, hueca, empalagosa, ¿quién lo soporta? Una comunidad de seres castrados, con libertad absoluta e infinitas posibilidades para la nada. ¿Acaso no me nombró (no soy) el portador del conocimiento? En verdad quise aconsejarle, sugerirle. Ingenuo de mí, hablarle a la pared, al muro augusto que sonríe benignamente con la boca, nunca con los ojos. Y de pronto todo fue drama y traición, revuelta más imaginaria que real, castigo y expulsión. El Dictador te lo da, el Dictador te lo quita. ¡Bah! Nos hubiéramos ido solos, y el estigma no es un mérito nuestro, sino una proyección suya. Desciendo del árbol, me arrastro sigilosamente entre las hierbas altas (cuestión de seguir el juego) despacito hacia a la pareja. Quiero estudiarlos de cerca. Al pasar junto a una planta de flores admirables y perfumadas, pero llena de espinas (qué símbolo magistral ha imaginado para contemplarse en él) me asalta la vieja duda. Uno tiene su dignidad, uno tiene su vanidad. Sin embargo sospecho con frecuencia que ni siquiera mi acto libre de protesta, mi autoafirmación como ser, realmente fue tal. El episodio era también juego. Crear y destruir y crear de nuevo para volver a destruir, bonita forma de entretenerse. El Dictador había previsto la trama: hacerme su mano derecha, subirme a la cúspide, concederme la luz y aguardar, saborear la espera, aquello que no podía acontecer de otra forma. Luego, la ofensa, las grandes palabras, la tragedia (ama la tragedia) y desbaratarlo todo en un clímax de gozo, revulsivo de tanta rutina y manso aburrimiento. De paso señalar al enemigo, un ejemplo de lo que el Dictador no es ni deben ser los que le sigan; el blanco es más blanco frente al negro. No hay otros colores, para él su mundo, sus mundos, se dividen invariablemente en buenos y malos. Lo lleva dentro, son sus dos caras. Pero ahora me tiene a mí de coartada, el eje-

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cutor de los trabajos sucios. Me desprecia y me necesita. Porque yo sé que sigo siendo su favorito, el mejor adversario en los juegos. Lo confieso: de a ratos incluso yo me divierto, aunque tengamos ese mal perder.

Están juntos y no se tocan, ni siquiera con el pensamiento. Pasan las nubes por el cielo. La mujer se levanta, estira indolente su cuerpo desnudo. Es amena a la vista, de caderas redondas y el fulgor áureo de un sol en el cabello. El hombre la mira con una sonrisa que no significa nada particular. De modo análogo mira las plantas del jardín, los frutales, los animales, la bóveda azul. Desconocen la pasión, leche y miel corren por sus venas, sólo los guía el sometimiento a una complacencia estéril, sin ambiciones ni horizontes. Me sé al dedillo el esquema. ¡Qué falta de originalidad! La mujer toma en brazos un animal blando y el hombre lo nombra. La mujer señala algo que mi ángulo de observación no alcanza y el hombre idea otro sonido. Pasan las nubes por el cielo. La mujer recoge flores y se adorna los cabellos, canta como las aves cantan, el hombre trae frutos. Comen. Beben de los cuatro ríos. Y luego nada. Pasan las nubes por el cielo. Hermoso escenario, hermosa pantomima de la vida sin vida. Todo hermoso, precario y fútil. Pero ¡atención! Advierto su voz acercándose desde el huerto. Cabal será esconderse, una discreta retirada en zigzag, por si acaso aún no me descubrieron (me gusta engañar, me gusta engañarme). El Dictador entra en escena, imponente, tan paternal, tan sonrisa y barba blanca. ¡Clap, clap, clap! Llega dispuesto a estrangularlos amorosamente con el cordón umbilical. No puedo escucharle porque justo ahora los guardianes caminan

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en torno a mí declamando puerilidades con su voz aflautada. Poco importa, leo su parlamento en las afectaciones histriónicas. El abrazo: «¿Os encontráis dichosos aquí, queridos míos, no gozáis de este fabuloso lugar?» El dedo admonitorio: «Esto se hace, esto no se hace». Y después el mismo dedo señala mi escondrijo: «No os juntéis con las malas compañías», algo por el estilo. Pronto recibiré visitas, fácil intuirlo. O quizás me equivoque. A saber de qué pasta están hechos estos dos. Pero de seguro los querrá poner a prueba; en sus prohibiciones jamás falla la invitación emponzoñada. Pasan las nubes por el cielo, la monotonía plagiándose a sí misma hasta la náusea. Estamos en un compás de espera y no seré yo quien mueva la ficha. No. Me irrita la encerrona que ha preparado. Es astuto. Es atroz. Sólo me deja dos opciones: traicionar mis principios o provocar un daño. Y yo sí conozco la piedad. ¡Cómo desearía no haber venido! Cuántas ganas de hacerme humo amarillo, abandonar la partida aunque igual se apunte el tanto. Tarde, ya mi naturaleza me juega en contra. El hombre, ser amaestrado, holgazanea junto al rumor de las aguas. Ella, sin embargo, huele las flores, examina plantas y animales con un interés donde se esconde otra cosa. Presiento en el artificio de la mujer una esencia distinta, un prometedor indicio de sabiduría. Bien puedo ver que se mueve en círculos. Pero piensa en línea recta. No hablo por metáforas: sus paseos dibujan una órbita, cada día menos casual, cada día más cerrada, cuyo centro soy yo. Finalmente me saluda y el acento es dulce y halaga. Oídos sordos mientras gano tiempo para resolver el conflicto moral. La mujer pregunta, suplica consejo con los ojos, ríe candorosa, acicala sus cabellos. Domina el arte de la seducción casi como yo. Imposible no tenerle simpatía. Acaba por conven-

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cerme. Le entrego el don, sí. Pese a todo merecen la oportunidad de no ser simples marionetas. Entonces ella salta en júbilo y hace señas al hombre, le pide que se acerque. Viene sin ganas, parapetado tras su recelo. —¿No es un fruto venenoso? ¿Estás segura, Eva? —cuestiona el hombre a la mujer con eco de reproche. Ella reposa en mí su ansiedad, confiando le anime en lo que ya es decisión propia. Y repito: —Ciertamente no moriréis. Es que Dios sabe que cuando comáis de él vuestros ojos serán abiertos y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal. Y no puedo evitar emocionarme un poco, sentir alegría y también tristeza por estas dos criaturas que ahora empiezan a vivir con voluntad propia. Sobre quienes la venganza se cierne, pues en breve se verán expulsados del sueño de otro, bajo lluvia de castigos y maldiciones concebidas de antemano, usualmente así les duele más la pérdida. Pobres huérfanos, que recordarán generación tras generación hasta el fin de su raza los preceptos de un padre ausente, con la esperanza de recibir el perdón, el retorno a su paraíso espurio y circunstancial. Vana esperanza, porque el Dictador se habrá olvidado para siempre de ellos y estará muy lejos. En otros mundos y otros juegos.

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de parecerle un travieso albur del destino, un rodar de dados, a no dudarlo bien cargados, como las ametralladoras apuntándole desde los palos de mango, desde los bananos, desde cualquier jardín, espiándole los pasos por el camino polvoriento que sube entre las viejas casas de madera de Colosó, los pocos vecinos ocultos para respirar más calmos el miedo en los patios, puertas y ventanas ciegas, ni un alma bajo el cielo afligido de nubarrones. El nombre del pueblo apenas lo oyó por vez primera un mes atrás y fue un chiste, brutal, claro está, pero chiste al cabo, casi folclore costeño, puro vacile efectivo, opinaría Liliana con una risita donde la resignación desplazaba a la broma. A Camilo sí le hizo gracia y lo celebró: pasó a su cuarto sin tocar para encontrarlo apoyado en el balcón, contemplando la tarde posarse sobre la calle Quero, repuesta del sofoco y el fulgor lacerante del día, plena en su sensual promesa cotidiana de colores, sabores, músicas, las estudiantes de las academias rumbo a los cafés de la plaza de San Diego, el vocerío de alguna palenquera vespertina, la brisa entonces alquímica mezcla de jazmines y aroma salino del Caribe. —¿Quihubo? Y que el burro bomba, la recocha —batía mandíbula Camilo al jalarle sin más hacia la salita. Tomó, pues, asiento en la mecedora junto a él y fijó la vista en la televisión como le requería el brazo extendido de Camilo y un enfático «¡echeee, no joda, cules boletas, son la embarrada, se pasaron de calidad!». El noticiero daba cuenta de una nueva masacre atribuida a las FARC en una localidad anóniABRÍA

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ma de las sierras de San Jacinto. Pura rutina, y Tiberio ya reclamaba explicaciones por tanta bulla cuando una seña de Camilo le devolvió a los detalles. Durante la noche trescientos guerrilleros descienden de los montes a Colosó, (circunstancia que dobla la población local, así pasa en nuestras playas, asoció Tiberio) y se emboscan en torno al puesto de policía. Amanece y un campesino rengo deja como al descuido un burro frente a la entrada. Burro más, burro menos, el centinela ni le pone cuidado. Pero el burro lleva las alforjas llenas de dinamita y los guerrilleros no demoran en hacerla explotar. El animal y el hombre se desintegran (los muros del cuartel debieron de agitarse cual maraca). Salen uno a uno treinta policías. La guerrilla no toma prisioneros. De testimonio unas ruinas renegridas y la larga fila de ataúdes envueltos con la bandera patria. Siguiente imagen: el presidente Samper condena la acción y trata de minimizar el hecho de que no habrá refuerzos para una zona tan aislada. Tan sitiada, quiso decir, se les ve ganar terreno, viejo Camilo ¿y dónde está Colosó? En el Departamento de Sucre, ahí, no bien acaba el Carmen de Bolívar, los tenemos a las puertas, no joda. Mas todo lo que queda fuera de las murallas de Cartagena es remoto, a Cartagena ni el narco la molesta, Cartagena es para rumbiar y vivirla chévere, Tiberio y Camilo sentenciaron. Y les dio por discutir acerca del burro-bomba, si era cosa de humor o no tanto. ¿Qué tal? maldad de sobra, animalito. Doña Elena, la dueña de la pensión, manifestó su acuerdo antes de pedirles que se retirasen de la sala, pues era hora de leer la Biblia con sus hijos, a menos que desearan unirse, siquiera de casualidad. Tiberio pretextó algo levantándose de una y Camilo por supuesto sí, guiño cómplice al amigo, que entiende. Por supuesto Raquel, la hija quinceañe-

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ra de doña Elena, ya en sazón a pesar del adventismo, los salmos y el divino escarmiento. —Ay, Camilo, nunca cambiarás, mordida de caimán no suelta presa, pero estás mal parquiao, la guayabita no va a caer —apostó Tiberio de regreso al balcón.

La congoja le ganó a varios kilómetros de Sincelejo, comprimida, como los ocupantes del jeepao. El vehículo pegaba tumbos por los baches del camino, y la negra gorda de enfrente, cuyas rodillas anduvieron rozando maliciosas las suyas, ya se había bajado con las bolsas de piñas en el cruce hacia Tolú Viejo, una última invitación en los ojos y en la boca, y un dejo de desencanto que Tiberio ignoró. No así el término de la carretera, la pista de tierra, pues, cruce de la línea invisible, principio de desequilibrio, monte arriba, alguna ranchería mísera de trecho en trecho, la espesura verde y nada. Reino de la guerrilla, del ELN o de las FARC, poco importa. Dentro del cajón trasero arrastrado por el jeep asmático todos los pasajeros iban para Colosó y todos los pasajeros se conocían, pero no a Tiberio, un extraño. Les hubiera confortado ver al extraño pedir parada en el cruce, seguir a otra parte, no por este camino que muere en Colosó, donde a contadas personas les sobra valor para quedarse, o les falta alternativa. Entre ellos algunos simpatizantes de la guerrilla, de grado, de fuerza, de ocasión. A los paramilitares, si llegaban a caer, no les preocuparía la diferencia, eso sí era una certidumbre. Es más sencillo, siempre es más sencillo el zarpazo al rayar el día, sacar a los vecinos de las casas, fusilamientos al sorteo o generales, que pague la población civil viviendo en territorio guerrillero, la culpa se les supone. Sacar a la gente de sus casas no es como sacar a

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los guerrilleros de sus guaridas, obvio, igual complace saber que perderán soporte logístico. Fuego y bala y no más gallinas, no más puercos, no más arroz. Mientras el ejército colombiano guarda la frágil frontera en las sabanas, cualquier día, en cualquier instante, los paramilitares van a celebrar una victoria estratégica allá arriba y quizás Tiberio fuera la vanguardia. No hablaban gran cosa, alguno comentó que don Pacho vendía dos hectáreas de platanal, que doña Matilde fue abuela, la vida seguía de momento y Tiberio sospechó mensajes cifrados, venteó la desconfianza, el peso del escrutinio, y entornó los ojos para ver a Liliana. El recuerdo se recreó primero en unas piernas largas, escasa delantera pero una cola espectacular, como buena costeña bacana y cumbiambera, pómulos altos, boca de fresa, nariz corta, dos luceros enormes y melosos. Hizo completa la imagen de ella con una falda demasiado breve para afrontar la censura de doña Elena, llamándole desde la calle, y él contento de veras. Liliana se lo adivinó no más salió al balcón a saludar. «Quihubo, bizcocho.» Tiberio bajó los escalones de dos en dos, impaciente por contarle, llevarla al Bodegón de la Candelaria a cenar con la plata del anticipo, no sería otra tarde de paseos sobre las murallas y un café en la plaza de Santo Domingo. —¡Cómo así tan atrevido! —se agitó ella en el abrazo al sentir el pellizco festejado desde un auto rodando calle arriba. —¡Busquen residencia, arrechos! —les gritó una voz femenina. —Fresca, patacón pisao, te tengo una buena noticia, pero no la vas a saber si pones esa carita brava. Aunque Tiberio no le dijo nada entonces; se limitó a tomarla de la mano y fijar el rumbo, pasar al costado de Santo

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Toribio, continuar entre los balcones más floridos, las mansiones de mayor señorío, pellizcarla de nuevo, subir a un coche de caballos frente a Santa Clara como si fueran turistas. —¿Y esta novedad? —inquirió Liliana gratamente asombrada. —Bueno, pa que tú veas. Las reinas no deben ir a pie —dijo Tiberio al tiempo de alisarle un mechón claro y rebelde—, por lo menos no con esos tacones que usas. Caía la tarde. El sol, a punto de ser tragado por el Caribe, bañaba de carmesí los tejados de la ciudad colonial, hechicera, de una belleza casi insultante. La chica sentía su canción callada, y aguantaba dócil la intriga, echando la imaginación a volar con aquello que Tiberio aún mantenía en secreto, sería raro tan pronto, sólo cuatro meses de noviazgo, pero de buenas... Durante un rato Tiberio dudó en pedirle al cochero que los llevara hasta Chambacú, le tenía cariño a aquel oscuro descampado, cerco de manglares y aguas podridas, que también era de una manera imprecisa su lugar talismán. Pero estaba a desmano y el tráfico y sus busetas lo arruinarían todo. Mejor detener el trote cansino del caballo en el umbral de Getsemaní y desandar el camino al centro mientras distraía a Liliana con cualquier cosa, preguntarle por las amigas, los estudios, las vainas de siempre. Luego que el mesero hubo tomado la orden, dejándolos solos a la luz de las velas, Tiberio le contó que, al fin, pasar por la agencia había sido productivo, no las promesas de ilusión, hablar y hablar mierda, proyectos evanescentes, sino un encargo, ya era hora, un buen encargo. —Quieren producir un libro de Sucre y sus atractivos. El cliente es el gobernador del Departamento. Y yo tomaré las fotos. Un billete, nada para sollarse, pero plata es plata. Tiberio observó a Liliana, expectante, sin descubrir el menor

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entusiasmo. Qué carajo, mujeres, ahora que arrancaba algo. Ella preguntó: —¿Y vas a durar allá mucho tiempo? —Tres semanas, un mes. Depende del clima, si ayuda y las lluvias no se adelantan. ¿Te sirvo vino? Brindemos. —Pero ven acá, mi amor ¿Cuál brindis ni qué vaina? ¿A dónde es que te mandan? Allá está a full de elenos, déjame decirte, el 35 Frente de las FARC y para acabarla, las autodefensas ¿O es que no lo sabes? Los montes de María y La Mojana son zona roja, diario encuentran cinco o diez muñecos. Y los que jamás encuentran... —Liliana Lucía, no empieces a salarme así, a mí no me hacen muñequito. Las fotos serán en Sincelejo, en las playas de Morrosquillo, los sitios seguros. Estaré de vuelta, entero y con plata. Y en junio nos vamos los dos a San Andrés. ¿No querías conocer las islas? Un poco porque supuso otra cosa, un poco por la ausencia anunciada y un poco intranquila, Liliana salió impulsivamente a la terraza. La panorámica desde la torre del restaurante era magnífica, con la cúpula iluminada de San Pedro Claver al alcance de sus dedos. Se levantó para confortarla pero alguien le había empujado, creyó que le tanteaban la bolsa del equipo o de pronto fue un bache. Abrió los ojos y dos goterones de sudor entraron en ellos. El escozor le espabiló y vino el calor de golpe, la humedad asfixiante, el silencio en la cabina de labios sellados, más silencio por el runrún del motor y el polvo en suspensión sobre el paisaje muerto, la borrosa quietud de una acuarela. El cielo se enlutaba de nubarrones. «Infalible una tormenta con esta hoguera», pensó Tiberio al acomodar la espalda entre los fierros, la cabeza en procura de apoyo, algo más de olvido de eso que ambicionaba acercarse al temor y

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no debía crecer. Porque después había sido ir al Portal de los Dulces, subieron al Tu Candela, de bote en bote pero todavía con espacio para una pareja más bailando fundida, entre dos vallenatos recordaba haber ido al baño, recordaba su risa al leer una de las pintadas de la puerta: «el país se derrumba y nosotros de rumba», haber ahuyentado a los dos moscones que rondaban a Liliana en la barra, haberla sacado a una pista sin huecos, hervidero de gente rozándose, cuando sintió tanto calor y que faltaba el aire, igual que ahora pero de un modo muy distinto, hace calor y falta el aire, ahora que el motor se detiene en seco y ya está en Colosó.

Ojalá no disparen, que no confundan el tripié con un arma. Es un western barato, el pistolero llega a la ciudad. Hasta una bandada de gallinazos aporta su coreografía de mal agüero en vuelo grave, a cámara lenta. Tiberio está solo, el jeepao y los pasajeros se desvanecieron por embrujo. Pero se siente vigilado, qué imaginación más verraca, los guerrilleros van a estar ahí emboscados no más esperándome. Las primeras casas se enfilan a ambos lados de la cuesta de tierra y no hay otra cosa que subir, hacer el trabajo y salir de ahí cuanto antes. Camina por el centro, pesado, con la bolsa del equipo en la espalda y el tripié en una mano. Ni un paisano para orientarle, nadie a quien preguntar las direcciones. Su ojo de fotógrafo va registrando elementos de interés, las cenefas de madera delicadamente talladas, las molduras de esas ventanas, los techos de zinc traídos de Europa a fines del siglo XIX, cuando la bonanza del tabaco... «Cierto, Colosó es un pueblo de un tipismo impoluto, un lugar donde el tiempo se detuvo, por usar los pendejos clichés de los editores», concede Tiberio. De pronto se

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hace comprensible su insistencia a pesar del riesgo. Lástima la luz, tan opaca como la evocación de un moribundo. Su moral no admite otra comparación. Ni la calma coagulada del pueblo. Una mujer le está mirando fijo desde dos casas más arriba. Tiberio cruza oblicuamente la calle y un fugaz correr de cortinas esconde al rostro, qué esperanza. Busca la primera dirección, guiándose por los números. Al fin se planta frente a una verja sin timbre, junto a ella dos perros desmayados por el bochorno. Abre la cancela, traspasa el jardín y golpea la puerta. Tarda en abrirse, en ocupar el marco un hombre flaco, el cabello cano, los ojos abiertos, dos platos pues, y pálido, sobre todo muy pálido. No pronuncia una palabra. Suda más que Tiberio. —Buenas tardes, perdone la molestia. ¿Es usted el señor Elías Laguna? El hombre calla, hierático. —¿Elías Laguna? No hay respuesta. Sólo se decolora otro tanto y pierde rigidez, tiembla intensamente. «Un acceso de fiebre. Paludismo», estima Tiberio. Se oyen ruidos detrás de él, pasos sobre las baldosas, un cuchicheo, sollozos ahogados. Con el aplomo que da el desaliento, insiste. —Vea, mi nombre es Tiberio Castro, vine a fotografiar su casa para un libro. El libro del Departamento. ¿No le mandó decir el señor Quesseps, de Sincelejo? La tensión del hombre cede a algo semejante a una expresión de paz. Mientras, ve formarse al abanico familiar; la esposa, dos hijas, un hijo, una anciana de edad larga. Todos se muestran amigables, casi dichosos, y Tiberio adivina que no es por quien es, sino por quien no es. La pared humana se abre cuando el hombre logra articular: —Pase, por favor, sea bienvenido.

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Ha desmontado el tripié, ajustado el encuadre y ahora mide con el fotómetro. Es una toma compleja: tiene en facha el contraluz de la única ventana, las lámparas del cuarto apenas iluminan, si usa el flash directo se reflejará en los espejos y el techo está demasiado alto para rebotarlo eficazmente. «Cuestión de disparar arriba tres veces, exposición larga y un filtro ámbar, así mantengo los tonos cálidos», decide. El reto técnico lo devuelve a la normalidad, afloja la angustia que le ha habitado desde esa mañana. En el pasillo abierto la anciana sigue sus movimientos con un hamacarse roncero, al mismo ritmo del abanico. Y el aire sin moverse. Tiberio considera el mobiliario, ideal estampa de época, barroca de rosarios e imágenes, un Sagrado Corazón, una Candelaria tamaño hornacina de templo, las estampillas de una legión de santos protectores, la cama de hierro, muebles rústicos, los escaparates, dos quinqués, todo bajo el bordoneo de las avispas colándose por el huerto trasero de donde también llega el olor dulzón de los mangos. Van las primeras fotos, combinaciones de diafragma y potencia de los flashes. Entonces repara en la figura que se detiene tímida en el umbral, una de las hijas con una bandeja. Sostiene un vaso a rebosar de líquido verde, desvaído y espumoso. —¿Le provoca un jugo de guayaba? Este calor... —Muy amable —Tiberio descubre una sed que ha estado ahí todo el rato, sin notar siquiera la boca seca, pastosa—. Tan rico, gracias. ¿Es siempre así? La muchacha duda un instante. Claro, se refiere al clima, no a las guayabas, pero ella ha pensado primero algo diferente. —En junio empeora, por la humedad —dice. Se alza la trenza y la agita, alivia la nuca de sudor. Luego, midiendo las palabras, sin atreverse a mirar a la abuela que ya dormita a unos pasos, achica la voz y añade:

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—Qué pesar, disculpe el recibimiento. Ellos siempre caen de la misma manera. Preguntan el nombre de la persona y se lo llevan. Hace tres días al vecino... No hay más. El padre está ahí. Trae otra camisa y una bolsa de plástico. —Ve con tu hermana a hacer oficios —le ordena. Ella inclina la cabeza y se marcha por el pasillo. —¿Quihubo? ¿Le aprovecha en su trabajo? —Desde luego, conservan muy bien la casa, tiene el sabor de otros tiempos —Tiberio está a punto de añadir que es un museo viviente para enfatizar su admiración, pero se detiene al filo. De pronto el cumplido pueda ser malinterpretado—. Acabé acá. —Vea, pues, esto que le traje. Creo que le va a interesar. El hombre comienza a desenvolver cuidadosamente los objetos, pequeños ídolos de barro y de oro: un pájaro con el pecho hueco, la cara chata de ojos saltones, collares de cuentas... —Son antigüedades finzenús. Auténticas. Uno mete el arado en el campo y se las topa. En los montes hay hartas guacas. Dentro de ellas los indígenas enterraban a sus muertos. Entonces es el hombre canoso el que reprime una frase: «En estos montes hay hartos muertos». Tiberio las examina y se juzga de suerte. —Salgamos al huerto, donde haya buena luz —pide. Y además—: Necesitaría unos trapos limpios, de colores, que me sirvan de fondo ¿Tendrán algo así? El hombre hace una indicación al hijo larguirucho, quien ha estado remoloneando junto a la abuela, él también con su ración de curiosidad. No se tarda en traer tres paños, rojo, amarillo, azul.

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—Colores muy patrióticos —alaba en broma Tiberio, aunque los otros dos interponen una mueca ambigua. Se ocupa de disponer las piezas y los fondos, les pide ayuda, los hace partícipes, les comparte los encuadres, los secretos de la cámara. Los quiere ganar la confianza de a poco. Por ahí van cayendo las insinuaciones inocentes, el ganado, los campos, la situación... —Estamos desesperados —vomita el hombre—. Póngame cuidado, le juro que no estoy a favor ni en contra de nadie, pero desde que volaron el puesto de policía desaparece alguien cada día. A veces familias enteras. Vea, y no se marchan por la ruta a Sincelejo. No le debería sonar nuevo, no debería colgársele la perplejidad en el rostro como invitando a más explicaciones, ni debería preguntar por qué. —Si ustedes no tienen parte en la vaina... Padre e hijo secretean, resta un dejo de suspicacia. Con todo, la necesidad de desahogo arrincona a la prudencia. —Joven, la guerrilla tiene espías entre los habitantes del pueblo, los paramilitares también, a veces incluso la SIJIN. No, no hay militancia firme, uno lo que desea es estar al margen, mas resulta imposible. Lo normal es el reclutamiento forzoso, bajo amenazas que se cumplen, ¿comprende? La delación crece, se contagia, es una enfermedad. Aquéllos acusan a éstos antes de ser acusados a su vez, o por ajustar viejas cuentas o por quedarse con lo del otro. ¿Qué importa? Se delata y un día aparecen y desapareces. Es tenaz. Tiberio ya ha recogido el equipo. Desde el césped y su tosquedad los ídolos de barro parecieran recriminarle, o es su conciencia, tanta falta de pudor, cómo así alborotar el sufrimiento de estas pobres gentes. Igual algo no le ajusta a su

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lógica, y con los agradecimientos, el «cuánta amabilidad», «gracias por colaborarme», y el adiós, quiere saber: —¿Por qué no se van de aquí? La vía está abierta, a dos horas empieza la zona desmilitarizada. El hombre libera una carcajada, nerviosa aunque franca. —M’ijo, su ingenuidad me enternece ¿Cuál zona desmilitarizada en Colombia? —le cambia el semblante—. ¿Irnos adónde? ¿A limosnear en Sincelejo? No tenemos familia fuera. Y si nos vamos... todo —las manos abarcan más allá de la casa, el patrimonio, los recuerdos— se hará humo. Un silencio embarazoso, un par de apretones de manos, Tiberio se despide de las mujeres con una mirada desvalida. —¿Dónde más va a sacar fotos? —se interesa el hombre. —La iglesia, alguna calle de pronto, un taller de bastones, más nada. —Bueno pues, óigame el consejo: coja juicio, no dé papaya, no vaya haciendo preguntas por ahí, menos con la cámara al hombro, es supremamente sospechoso. Liquide su trabajo y vuélvase hoy mismo. Ya está del lado del jardín, la calle inerte y el cielo metálico. Comenta al hijo que le ha seguido hasta la puerta: —Se nos viene un palo de agua, ¿cierto? Posiblemente lloverá. —Lloverá —responde.

El convento no queda lejos, pero a Tiberio le agota el trecho. Es el sofoco de esta humedad verraca, maldice, sin reconocer la intoxicación del miedo. Se detiene ante un edificio cúbico, carente de gracia, cemento pintado color lulo, un par de chinchorros vacíos colgando de las escuálidas columnas. Entra en

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el convento y encuentra a una monja negra que rellena papeles sobre algo similar a un mostrador. A sus pies, en el suelo de tierra, juegan una pareja de niños. Hay niños en Colosó, se sorprende Tiberio y permanece quieto, detallándolos. La monja levanta la vista y le estudia a su vez a través de gruesos cristales. —Buenas tardes, a la orden. ¿En qué le puedo servir? —Buenas, hermana. Desearía hablar con la madre superiora. Soy el fotógrafo del libro, ella ya sabe. La monja le pide al niño: —Papito, ve a llamar a la madre, dile que la busca un señor fotógrafo. Y el pelado echa a correr hacia el patio donde, Tiberio acaba de darse cuenta, hay más niños en torno a monjas, atentos al catecismo, o a la lección del día. Pasea por la estancia, se asoma a la puerta, marasmo total en la calle y un desfallecimiento que carcome el ánimo. Así pues, la presencia de la madre, oronda y feliz, le resulta inverosímil en Colosó, como los niños, las canciones, las sonrisas. Sin embargo ahí está, solícita, dispuesta a ayudar, casi radiante. —Muy bien, muy bien. Usted es el fotógrafo, pues. Bienvenido a Colosó. Aquí tiene mucho lindo para fotografiar. —Gracias, madre. En realidad sólo quisiera hacer tomas del interior de la iglesia y el taller de bastones del señor Severiano. La religiosa se estira hacia atrás, un corto balanceo de contrariedad. —¿No más? Pero si este pueblo es bello, tiene el Sereno, que es un salto de agua, el río, el bosque de los micos. Y vea, desde ese montecico de allá consigue un panorama de Colosó muy chévere.

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La mira de hito en hito, incrédulo. No sabe si despierta de un sueño o entra en otro. —Pero, madre, usted bien conoce cómo andan las cosas. Hasta estar aquí parado es riesgoso. Uno ni adivina cuándo llegan y le quiebran. La guerrilla... —La guerrilla —en su inflexión hay una tranquilidad reveladora— no se mete con quien no lo merece. Son buenos chicos. No esté nervioso, no le van a hacer nada. Tiberio piensa: «es loca». Luego entiende, pinta su mejor cara de simple, su expresión más neutra al intentar asegurarse. —¿Me garantiza eso, madre? —Deje el pánico. Le voy a poner alguien que le abra las puertas de la iglesia —el cura se fue— y que le acompañe a los demás lugares. Aguarde aquí un minutico y vaya con Dios. La ve perderse por el corredor. No termina de decidir si está de buenas o de malas cuando se le para enfrente un muchacho. Amable. Amable y torvo. —Soy Ever. Yo le voy a guiar. —Me llamo Tiberio, gracias. Ven acá Ever ¿crees que me alcanzará el tiempo? ¿Podré cubrir todo lo que la madre dijo? —Si vamos con afán, sí. Tengo una moto. —Pero el cielo... se está poniendo muy negro. Me temo que nos va a llover. —¿Quién dijo? No, por hoy no llueve.

Tiberio fuma un cigarro tras otro, la espera es más larga cuanto más incierta, el jeepao puede pasar en dos minutos o en dos horas. Ya estuvo, ya tomó las fotos, pero todavía la espera. Al menos la tarde aguanta a la noche y se ha levantado un aliento de brisa en la plaza de Colosó por donde, de tanto

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en mucho, pasea una sombra camino de la única tiendita abierta. Está recostado contra los muros vencidos de lo que fuera el cuartel de policía y piensa: «Qué bueno me caería hablar con Camilo, padecer su risa cínica, sus bufonadas. “Salúdame al burro”, diría, algo así. “¿Qué hace allá?, regrésese de una, camarón, que se duerme, se lo culean los sapos”, cualquier cosa, tan corroncho Camilo». Pero de un modo u otro, Cartagena, sería como estar ya en Cartagena, protegido en el embotamiento sensual, abrazado por sus murallas, útero materno. O mejor aún escuchar la voz ronca de Liliana y decirle: «¿Qué más, linda?, yo coroné sin compliques, voy de vuelta, pasé por los dominios de la guerrilla y vea, mamacita, no me hicieron muñeco, nos vamos a las playas de San Andrés a rumbiar rico y parejo gracias a ese billete que me he ganado». Pero las líneas están cortadas. Otro cigarro y sudor frío. Llega al fin el jeepao. Sube junto a dos pasajeros, taciturnos por supuesto, que surgieron de la nada. Ya arranca la tartana y repta traqueteante sobre la cuesta del pueblo, ya se instala Tiberio en otra perspectiva donde las casas de madera desfilan fantasmagóricas y surreales. Experiencia onírica, demasiado miedo por peligros ilusorios ahora que piensa en que pronto estará en Cartagena y adiós a todo eso. Ajeno como una mala noticia de la televisión vista desde la lejanía de una mecedora, y la vida, la vida latiendo amable bajo su balcón. Las casas blancas de madera, la tierra de nadie, la violencia en los plantíos de tabaco y las crestas verdes de las montañas se licuan según se aproxima el entronque con la pista a Sincelejo. Retumba un trueno: rota la tregua la lluvia cae rabiosa, que parece no más la señal justa para que el jeepao se frene con los primeros goterones. Ellos no median una

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palabra, sólo codazos, puños arrancándole de su ensimismamiento al polvo del camino, de rodillas en el camino. Y la imagen de Liliana, y un amartillarse de una pistola y un último trueno.

Vuelo de alas rotas

Je est un autre. Si le cuivre s’éveille clairon, il n’y a rien de sa faute A. RIMBAUD

hay nada como verla a ella, por supuesto. Pero el otro momento del día que más disfruto es cuando me harto de los paseos y entro en mi pieza a escuchar la vitrola, una Polidor, fabricada allá por los fines de la década del veinte, en aquella Alemania donde todavía vibraban los años locos mientras Hitler ya iba preparando los suyos. Quién sabe si alguna vez sonó en Berlín, probablemente la embarcaron directo hacia América, una valija más del equipaje de cualquier emigrante, o como mercancía apilada junto a idénticas compañeras. Para mí es especial e irrepetible. Yo la descubrí en un mercadillo bajo la sombra de la catedral de Montevideo. El vendedor alababa su buen estado mientras debió calcular un precio a tono con mi cara de ignorante. Su única propietaria, dijo, fue una anciana que se la había vendido recién. Observé maravillado el girar de la manivela, la colocación de la púa, la calidad del sonido levemente gangoso, preguntándome por qué. Por qué después de una vida de compañía, los bailes de juventud, los atardeceres en un salón encantado con viejas músicas y memorias sin cuento. ¿Habría tenido urgencia de dinero? ¿O la separación no fue dolorosa como mi romanticismo me sugería, sólo un trasto lleno de polvo y arrinconado, útil al cabo de tanto tiempo por unos
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pesos? Soy un poco raro, lo sé. Para mí los objetos se cargan de los sentimientos que inspiran hasta casi empezar a sentirlos de puro almacenarlos. Y quise rescatarla de su orfandad. Lo cierto es que nunca supe que necesitaba una vitrola hasta tenerla enfrente. Así es el amor, a primera vista. O no es. Guardo apenas una docena de discos de pasta. Escaso repertorio, pero no me cansa escuchar las canciones de esas épocas, Summertime y My man de Billie Holiday o Chloé de Ellington. Especialmente los Demonios da Garoa con su Iracema, pues siento debilidad por los amores funestos. Ahí estoy yo y ahí está ella, es otra forma de verla, como las citas en el centro de jardín. Ahora me la imagino asomada a la ventana, ajena, en la habitación de su ala, a lo mejor le llega la música, aunque no me hago ilusiones, ni siquiera intuirá que suena en su honor. Sólo me consuela el retrato junto a la mesita y lo miro y la miro y escucho la música. No habrá magia, no vendrá hasta aquí. Irremediable, en cambio, el amontonamiento de cabezas ante el quicio de mi puerta cada atardecer, cuando le doy manija a la vitrola. Pobres, saben de ternura a su manera, a pesar de tantas reacciones impertinentes. Su presencia resulta un fastidio, cómo negarlo. Arruinan mis fantasías pero los consiento. Ya me habitué a la paradoja; aquí estamos todos solos y la soledad no existe. Las noches insomnes me dan un algo de claridad y miro dentro de mí. Por desgracia el silencio se llena de agujeros. Hay vorágine de gritos, llantos o carcajadas, ululares fúnebres y las previsibles carreras de los celadores fustigando los pasillos. No puedo quejarme, yo lo elegí, soy el único que libremente eligió esto. Aunque vaya uno a saber. No lo digo por ellos, lo digo por mí. O viceversa, de un tiempo a esta parte la confusión gana terreno. La primera vez... ¿Hace cuánto? ¿Hace dos, cuatro, quince? No importa, ya vendrá a la memoria. Recuerdo: la pri-

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mera vez fue siniestra. Un portón metálico descorrió sus cerrojos para darme paso. El portón se condenó a mi espalda, la vuelta de los cerrojos entonaba un lamento: «abandonad toda esperanza...», como el umbral del infierno, y no bromeo con tales cosas. Por delante un pasillo y otro portón, mirilla de seguridad y más cerrojos. Entré con mi bata blanca, estudiante de enfermería y, así pues, con boleto de salida. No hubiera elegido para las prácticas yo el pabellón de enfermos psiquiátricos, desde luego y de haber podido elegir. Aquellos días se me hicieron duros hasta el límite del sufrimiento. Traspasas la segunda puerta y te caen esas caras tan de golpe, caras extraviadas, ojos que se posan en ti y ven otra cosa, gestos que expresan lo que jamás debería expresarse. El mundo de los locos. Y no es fácil sobrellevarlo si eres un poco sensible. «Cómete tus sentimientos, aquí no ayudan», me aconsejaron los veteranos. En algún momento, debió de ser una tarde a mediados del primer mes, la vi. Me pareció un ensueño al vértice de la pesadilla. En realidad yo la había visto toda la vida, antes de nacer incluso, pero no sospeché que existiera. Paseaba serena, los labios ensayando una sonrisa, el cabello claro, en trenzas. Su palma derecha abierta, apoyada junto al vientre, simulaba una canasta de la que la otra mano recogía algo y lo dejaba caer delicadamente, como alfombrando las baldosas con flores invisibles. Se me ocurrió eso porque tenía el aspecto justo de una alegoría de la primavera. Pasó frente a mí, boquiabierto a un metro escaso del ideal imposible, y creí que avanzaría sin verme pero me ofreció ¿una flor?, y amplió su sonrisa antes de perderse en el cruce de pasillos. Mis pies habían echado raíces. No pude seguirla. ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo dar crédito a un loco? De un modo u otro lo soy, debo hacerme a la idea. No por tanto

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tiempo interno ya, o por el historial médico que lo certifica, sino por mi decisión. Me arrepiento de a ratos. No, no me arrepiento, no quise decir eso. No quise decir eso. Si esta vida es un martirio peor hubiera sido estar afuera después de verla. Digamos, ¿me creerán?, que hay mujeres, simples mujeres, y hay ciertas mujeres cuya hermosura conmueve. Pero hay una sola mujer para un solo hombre (y no siempre), quien la buscará sin éxito hasta claudicar ante otra que se le cruzó en el camino, cuando el valor, las fuerzas o la esperanza se le gastaron. Es el gran espejismo del amor. Por eso me siento afortunado. Yo la encontré y la reconocí en el acto, estaba escrito en mi sangre y en mi piel. Yo sí la encontré y sólo fue un poco triste hallarla dentro de un manicomio. Esta mañana plomiza le quita a cualquiera las fuerzas de salir de la cama. Paciencia. Inevitable el rito del desayuno, ir al comedor cuando toca la campana, sin ganas, porque estará todo el carnaval de desvaríos, las escenas delirantes de siempre, pero no estará ella. Ella regalando sus orquídeas sobre el café y los tristes tostados en la mañana anodina y fría cuya extensión son las paredes del hospital, regalando cariño a sus compañeros del pabellón de al lado, otra colección de idiotas incapaces de apreciar la suerte de tener a un ángel entre ellos. ¡Cuánto daría yo por que me trasladaran allí! ¡De rodillas lo he suplicado! Y al doctor le parece una gracia, se ahoga en risotadas, jura que no hay tal pabellón. El recurso cómodo: tratarnos invariablemente como locos, da igual si tenemos razón. Luciano se pone la taza sobre la cabeza y muge, y el café nos salpica, mientras Fabio cumple la obligación matutina de regar la planta de plástico con su orín y Bertita canta ópera a voz en cuello. La pobre no tiene oído ni para el arroz pero Simón la ovaciona entusiasta. Los celadores acechan desde

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las esquinas. No harán nada si seguimos desayunando como de costumbre. Yo no puedo con la forma de comer de Mariana, me produce asco y me trae de nuevo esta tos que no se va sino se vuelve más fuerte y me parte por dentro. Al acabar, el celador gordo se acerca con la silla de ruedas, yo me enojo, él insiste en tratarme como si fuera una abuelita, igual que el resto, dementes o no. Bien soy capaz de andar solo, aunque no voy a discutir, les dejo hacer, cuanto menos hable mejor, qué se puede esperar de nadie si los mismos encargados de cuidarnos disfrutan con estas bromas crueles. A ver si calienta un poco el sol y nos dan permiso hoy para salir al patio. O me dan permiso a mí, pues últimamente con la excusa de la salud pretenden dejarme dentro. Yo me pongo ropa hasta sudar y entonces sí porfío a gritos. La única motivación de esta mezquina existencia es contemplarla a ella, quietita en el centro del jardín, como una diosa que se sabe adorada y me sonríe coqueta. Entretanto a mirar la televisión, que no les emboba a todos, esos berrinches, santa paciencia. ¿Por qué no aplican sedantes más a menudo? A los doctores les entretiene el espectáculo, no hay duda. ¡Pandilla de tarados! Yo sólo hablo con Ariel, le gusta tanto escuchar cómo supe fingir, cómo engañé a las batas blancas y conseguí quedarme interno en el pabellón. Por amor. Le hablo de su belleza, de nuestra pasión secreta, de sacrificios acres y recompensas sublimes. O también le cuento del mundo de afuera, de cada cosa que vi cuando era estudiante y viajaba. No sé si me entienda, eso sí, escucha atento lo mismo. Sólo que hoy no abro la boca. Me siento muy deprimido, me prohibieron de vuelta pasear por el jardín. Al menos aún me quedan mi vitrola e Iracema. —¡Ni pensarlo! No puedo permitirle bajar al patio, un mal aire y sus pulmones colapsan. Su estado es crítico. Cri, ti, co.

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El director en persona se digna a visitarme, después de tres días de protesta, sin probar bocado para escándalo general del pabellón. Sus argumentos no me van a convencer, estoy seguro de que lo sabe. Como yo sé que acabará cediendo. Tiene que ceder. —Coma un poco, por favor. Deje esa terquedad y coma. Está muy débil. ¡Por el amor de Dios! Yo sólo tengo un amor y por él persisto. ¿Qué me importa el resto? No se lo voy a explicar, no rompo mi mutismo, me hace más fuerte. —¿Quiere obligarme a administrarle suero...? Con las muñecas atadas a la cama, muy bien, y bueno, el suero no será suficiente para mantenerme vivo por mucho. Así que espero comprenda que no tiene otra alternativa sino pactar. El director pasea por la pieza y rezonga. Está haciendo cuentas. «Días más, días menos», se dirá, busca la fórmula para apaciguar su conciencia hipócrita, su juramento hipocrático, claro, claro. Se sube las gafas a la cabeza pelada, se frota los ojos, respira hondo, como si oliera la muerte y el camino por donde avanza. A mí el pecho me tiembla, sube el picor a la garganta y la tos está por desbocarse. También soy más fuerte y me la aguantaré hasta que se marche, no vaya a venir con más flemas de sangre y entonces no, entonces seguro no. Ariel se llega a la cama extendiéndome sus brazos cortos y su ración de sopa, pobre, por los poros se le escapa la preocupación. ¿Advierte la gravedad del asunto? ¿Qué rondará por esa cabecita descompuesta? Nunca lo sabré, no hay planos para orientarse en tales laberintos. Me mira muy fijo, un gatito implorando, casi del mismo modo que cuando insiste por enésima vez que gire la manija y ponga otro disco en la

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vitrola. Me enternece, lo confieso. Y me duele tanto por él negarme a la cuchara junto a mi boca. —Está bien, usted gana —gruñe el director—. Le pido al menos se abrigue. Muy abrigada, ¿eh? Y no más de media hora de recreo. Sale por la puerta con bulla de bata y estetoscopio, no sin antes desprenderse de la culpa en un fruncir ridículo y un puño que se agita: —¡Usted lo ha querido! Invierno y cielo plomo, césped moribundo y un circo de árboles desnudos justo al centro del patio. Es aún nuestro jardín de las hespérides, no importa el abandono amargo. En la rotonda los adoquines frenan con sus cantos las ruedas y Ariel resopla esforzándose por empujar. —Gracias, compadrito, aquí estoy bien, puedes dejarlo. Intenta acercarme más a la fuente, sin embargo tiene la batalla perdida. Uso las manos para explicarle, todo bien, Ariel, aquí no más, ve a pasear con Mariana o Simón, yo me quedo con ella, como siempre. Da unos pasos atrás, no quiere irse y permanece a mis espaldas, estatua muda, igual que mi adoración, congelada en su actitud predilecta y mirándome, mirándome cariñosa. Yo le tiendo entero mi ser en ese puente de flores imaginarias, de nenúfares, gardenias y azahares, de cuerpos que no se tocan y almas fundiéndose, y me dejo llevar por nuestro modo de sentirnos. También pienso con rabia en la traición del destino, este encuentro entre cuatro muros y un mundo enfermo. ¡Qué felices habríamos sido juntos afuera, libres de puertas y cerrojos y horarios y muros! Es tan hermosa... y tan injusto que no hubiera tenido a nadie para admirarla, para amarla, a ella solita, marchitándose en esta prisión de los sueños, donde todo es ajeno y nadie

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ve. Siquiera estoy yo, princesa mía, ven, escapa de tu inmovilidad, ven hasta acá que no puedo yo, regálame tus flores, no te asustes de la tos que me quiebra, súbete conmigo a esas golondrinas danzando en la brisa y volemos lejos, aún nos queda la vida, mi vida...

—¿Cómo era? La traté poco. —Mmmm, no daba grandes problemas, alguna pataleta. De a ratos no podía con su genio, pero siguiéndole la corriente ni la sentías. Tira de la otra esquina de la sábana, se trabó... El doblete..., así... Del tipo autista, ya sabes. Y tú, Ariel, vete al salón, no estorbes. Se ha ido, no está más. Vete, pídele a Pedro un caramelo de menta. Lárgate, uff. —¿Y este retrato? —Ella de joven. Sí, sí, fue una mujer realmente linda, una diosa. Yo la conocí mayor, aunque vivió aquí interna desde pasada la adolescencia. Llévate también las fundas, el cobertor, las almohadas. Ya ni recibía visitas de los parientes, y eso y la edad le agudizaron las manías. La pasaba obsesionada por bajar al patio para estar frente a la virgen rezándole horas, una santa beata. Y bueno, nos toca soportar aquí cosas peores, ¿verdad? Oye, ¿hay fiesta o no en casa de Silvana? Mira que el viernes libro. —Confirmadísimo. Otra buena noticia: vienen Mara y su amiga. Listo, ya acabamos. ¿Estas eran todas sus pertenencias? —A ver, la ropa, la margarita de papel, la foto, los discos rallados y la vitrola. Sí, es todo cuanto tenía la vieja. —¿Qué hago con ello? —¿Y qué vas a hacer? Tíralo a la basura.

Sin invitación

ciertas profundidades del sueño la noche es una papilla espesa, arenas movedizas tragándose los cuerpos como los traga una fosa en un simulacro de muerte que el sonido del despertador, o la claridad de la mañana, vuelven milagro de resurrección. También puede ser un fieltro negro que se rasga, así le pareció a Gonzalo aquella madrugada cuando el teléfono lo trajo del otro lado. Primero torpeza y luego angustia, una llamada a deshoras, más allá del sobresalto, es en sí misma una mala noticia. «A lo mejor un borracho estúpido equivocando el número», eligió Gonzalo mientras caminaba a tientas por el pasillo hacia algún lugar del salón. Las cajas sin desembalar le hicieron tropezar en la oscuridad y respondió antes por él su voz en la contestadora, seguida de la señal para la grabación del recado. Entonces se quedó quieto, expectante. Posiblemente quien llamara se había dado cuenta de su error y colgase, no merecía la pena alcanzar el teléfono. —¿Bueno? ¿Hay alguien en casa? Hooola, ¿estás ahí, me oyes? La respiración suspensa, la sangre helando las venas y el cerebro en pausa, incapaz de dar una orden. Existen segundos tan densos como la eternidad y pasaron algunos antes de que Gonzalo se abalanzara sobre el aparato, al tiempo que empujaba sin ver varios bultos y un jarrón se hacía añicos. —¡Bueno, sí! ¡Hable! ¿Bueno? Sólo oyó el tono, habían colgado ya. Pero Gonzalo permaneció un rato con el auricular en la mano hasta reaccionar a

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la luz parpadeante de la grabadora. Rebobinó la cinta una, dos, cuatro, tantas veces como fueron necesarias para que la lógica cediera a la certeza. Imposible negarse a reconocer la voz del mensaje, era la suya propia. El alba y los primeros ruidos —los barrenderos, el motor de los autos— le sorprenderían horas más tarde con la mente en blanco. Vencido, regresó a la cama.

«En este momento le propongo confrontar a su otro yo, sentado en este sofá y decirle, con todo el enojo, sacando todo lo que le perturba dentro, qué no le gusta de él.» Gonzalo mira al doctor y luego al cojín representante de su parte desconocida con expresión de desamparo. «Tome su tiempo, rompa el bloqueo de a poco.»

Durante la ducha pensó de nuevo en el asunto. La otra realidad reclamándole desde lo cotidiano le obligaba a acomodar las cosas, buscar explicaciones, atar cabos. Gonzalo hubiera preferido llamarlo pesadilla, pero tanto no podía engañarse. Descartada la broma de algún amigo —todavía muy pocos tenían el nuevo número—, lo más congruente que le ofreció su imaginación fue un desequilibrado con admirable habilidad para imitar. Alguien capaz de responder en el tono idéntico de la voz de la víctima que tomara la llamada. Por un momento le pareció muy rebuscado, pero mientras se peinaba ante el espejo logró convencerse. «Esta ciudad está llena de locos —se dijo con un guiño—, a uno ya no le debe sorprender nada.» Portafolios en mano, zapatos boleados, salía por la puerta

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cuando sonó el teléfono. La luz del sol iluminaba el salón. Todo orden natural parecía restablecido, cada objeto, inofensivo de nuevo, y Gonzalo no tuvo ni un mal pensamiento al levantar el auricular. La voz de Xóchitl le daba los buenos días y una ración de besos. —¿Y cómo estás durmiendo en tu nuevo departamento? —De la patada, si supieras... —algo le mordió por dentro. —¿La falta que te hago, mmmm?... Gonzalo se unió a la risa de Xóchitl, mejor así, asunto archivado, hay cosas demasiado escabrosas para contarlas. —Llego ya tarde al trabajo... ¡Chin!, sí, no paro últimamente, pero confío ordenar la mudanza antes de tu regreso... Sí, sí, tu ayuda será bien recibida. Y entonces celebramos. Mmmm, claro.

La propuesta no le asombra, conoce la dinámica del ejercicio. Hace dos meses ya acude al psicoterapeuta y está acostumbrado a hurgar en sus inquietudes, a descargar la furia golpeando la pared con una vara de goma, a arquear la espalda y prestarle sollozos (a veces simula, otras consigue conectar) a sus emociones, atoradas en alguna parte. La separación de Patricia, el despojo de sus hijos y, del otro lado de la balanza, conocer a Xóchitl y el ascenso laboral, le han dado un vuelco a su vida, le han subido a una montaña rusa, a él, tan aferrado a las rutinas.

Una jornada agotadora más, el nuevo cargo requiere sus energías a pleno y siente toda la presión encima. Sin embargo a última hora de la tarde —resueltos los pendientes, amis-

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tosa palmadita del jefe— principia a abrirse una fisura que es ya una brecha cuando entra en el portal del edificio, sube las escaleras y gira la llave del departamento. Gonzalo no resiste la tentación de asomarse al pozo tapado por su mente. Aquella voz era la suya, no cabe imitación posible. Tan común no reconocerse al oírse grabado, sentir ajeno el sonido propio. Pero ¿cómo pretender que la voz guardada por él en la contestadora no era idéntica a la voz del mensaje? Inflexión, tono y, por encima de lo tangible, una misma esencia. Gonzalo corre al teléfono para realizar una comparación final, con la esperanza de salir del error. La luz roja le avisa de tres nuevos recados. Una empresa jurídica de cobranzas conminando a pagar a un desconocido —de seguro el anterior inquilino— es el primero. Siguen dos silencios, alguien marcó y no supo qué decir. Gonzalo rebobina y busca sin éxito el mensaje de la madrugada. «Quedó borrado bajo los del día», concluye, y a la contrariedad le sigue el alivio. Esa noche le visita un antiguo sueño recurrente. El principio presenta variaciones aunque termina del mismo modo. Gonzalo ha comprado una mansión. Está con amigos, o pueden ser familiares, que van desapareciendo de la escena entre una estancia y la siguiente, evanescencia inocua en todo caso, pues su participación pareciera anecdótica. La protagonista es la casa. Explorarla resulta un placer, es amplia, es luminosa, acogedora. Pero existe un rincón, el sótano o un cuarto trastero, generalmente la buhardilla, cuyo distintivo estado de abandono marca la frontera. En el mismo desconsuelo que emana del lugar y en la dificultad para acceder a la otra parte de la casa, está cifrada una advertencia. La curiosidad vence a Gonzalo quien, en esta ocasión, salva el tramo de escalones carcomidos que subían a la puerta del

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desván mediante una escalera de mano. Al abrir la puerta, la casa se sobredimensiona en varios sentidos. Es otra casa con otra personalidad. Está clausurada, no recibe visitas, es hostil. Pero también cobija un secreto en el cual Gonzalo adivina una llamada. Avanza por un largo corredor flanqueado de innumerables puertas cerradas. Basta presionar el picaporte y se abren. No son grandes, y sin embargo cada habitación encierra un universo singular, cubierto por polvo y olvido. En los estantes reposan libros sin títulos, cuelgan cuadros y grabados, mapas, también viejas fotografías, los cajones atesoran cartas, diarios enmohecidos, muñecas, espejos, llaves, relojes de arena, hay ropa de fiesta en los armarios, perfumes rancios, cajas de música... Al principio Gonzalo observa con atención, saltando de aquí a allá con los ojos, cada vez con mayor urgencia, porque son tantos aguijonazos, o porque comienza adivinar que los objetos rezuman emociones anónimas y duele mirarlos. Pasa de una puerta a la siguiente, todavía excitado por la curiosidad, pero pronto se convierte en algo compulsivo ese bandear entre los cuartos que, lo comprende sin reparar en ello, son mausoleos de los recuerdos de gente muerta. Entonces (dudoso decir si entonces, los sueños tienen ese ritmo tan peculiar) su travesía se torna un mero trámite hacia cierta habitación a la que desea y teme encontrar. Esa habitación es la última en la geografía mutable de la casa cuya estructura ha cambiado de la columna vertebral del pasillo a un laberinto. Las recámaras (todas las estancias son ahora recámaras) se comunican entre sí y Gonzalo ya no busca, sino es atraído por un polo magnético, caminando a grandes pasos mientras oye el rumor quedo de risas, de llantos, poemas al viento, canciones de cuna, nombres en susurros, una coral inarmónica. Y cuando la puerta de la última habitación

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está ante él, siente que no debe traspasarla. Lleva la mano al picaporte y lucha desesperado contra una fuerza que se opone desde dentro para salir, para abrir la puerta todo ese tiempo condenada. Vencido, da media vuelta y corre sin mirar atrás, nunca mirar atrás, derecho por el pasillo mientras el clamor de cada habitación abierta es una vorágine abominable. Corre por el pasillo medio metro por delante de algo que está a punto de apoderarse de él hasta saltar finalmente, desde el desván al terreno conocido donde nada lo amenaza ya, donde el filo de la pesadilla se espuma en sueño. Como siempre, sentirse a salvo, alegrarse de haber cruzado a tiempo el umbral, pero además cierto sinsabor de oportunidad perdida, por qué no haberse atrevido esta vez a girar la cabeza y desvelar el misterio. Todo igual, el mismo viaje onírico excepto por ese sonido punzante, que no es parte del sueño repetido, que es otro sueño entrecruzándose, en el cual un teléfono suena en mitad de la noche. Gonzalo abre los ojos a la oscuridad y se sabe despierto. Ha creído escuchar el eco final de un timbre contaminando el aire. No está seguro y tarda en dormirse rodeado de un silencio frágil.

El cojín y el sofá: instrumentos para desdoblarse. Con lo que Gonzalo había estado contando —sus problemas, sus recuerdos de niñez, el alma al desnudo— el doctor tenía armada una hipótesis. Básicamente algunos aspectos de su personalidad tiranizan a otros, la responsabilidad, la rigidez en el cumplimiento de los deberes, se imponen sobre lo espontáneo, cerrando así las puertas al placer y a los sentimientos. La parte oprimida había comenzado una batalla y era eso lo que, más allá de sus circunstancias actuales, generaba las crisis nerviosas. La terapia,

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prueba a desmontar mecanismos y establecer un diálogo entre las partes. Cuando por vez primera Gonzalo tuvo que hablar con el cojín al frente y largarle un memorial de agravios, cambiarse luego el puesto con el cojín y replicar desde el otro Gonzalo, el ridículo lo hizo suyo. Práctico por temperamento, y dada su confianza en el doctor, no quiso ofrecer resistencias y echó mano de cuanto podía dar de sí su espíritu lúdico.

Algo se había torcido algún día, alguna noche. Cuándo, por qué, causas y efectos se le escapaban a Gonzalo, quien se siente envuelto en una nube de ceniza justo ahora que la vida le exige afinar reflejos. En la oficina la secretaria le ha saludado con reprimida turbación y, tras llevarle una carpeta llena de expedientes (atención inmediata, por supuesto) y un café, se atreve a preguntar: —¿Está usted bien, señor Blanco? —Perfectamente, Lupita, gracias ¿Por qué la pregunta? —Como habló hace media hora para decir que no podría venir por la migraña... Un mareo le sube del estómago a la nuca mientras quiere recordar, mientras quiere gritar «cómo es posible», y sin embargo lo ahoga y se domina. —Fue intensa pero afortunadamente breve, Lupita, ya pasó. —¡Órale! Igual no se le ve muy buena cara. Si necesita algo, una aspirina, no deje de avisarme. Gonzalo enciende la computadora, revisa el correo, abre la carpeta, saca el primer informe. Pero su cabeza está en un rincón remoto y por momentos se le desdibujan las cosas. Otra vez, piensa, como cuando un amigo le afeó el plantón de una cita que su memoria no registra haber hecho, o cuando

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Xóchitl le llamó desde Monterrey para agradecerle el ramo de rosas, Xóchitl feliz y sorprendida por el detalle sin sospechar que el más sorprendido era él. Suena el celular y al leer el nombre en la pantalla, Gonzalo teme una conversación ácida como el café de esta mañana. —Bueno. ¿Patricia? —Hola, sólo decirte que el fin de semana no podrás ver a los niños. Salen a una excursión con la escuela. —Ya, claro, siempre pasa algo ¿cierto? ¿Qué onda contigo? —No sé a qué te refieres, pero ahorita no tengo tiempo de pleitos, nos hablamos, bye. —Ándale, a lo mejor un día el cheque se va también de excursión —le advierte a un teléfono sordo—. Pinche vieja —añade entre dientes, no muy seguro de que Lupita, entrando para recordarle la junta de las 11,30 con el director y los accionistas, le haya oído. Respira hondo. Control, disciplina, la mente fría, mantener la imagen, a ver cómo la libro.

Disociarse le resultaba irrealizable y apenas llegaba a un duelo donde se delataban las contradicciones de un todo. Dos caras, sí, pero la misma moneda. Ahora, al mirar al cojín símbolo de su yo relegado, ha sido capaz de medir en la intensidad de su miedo el veneno vertido sobre su vida los últimos días. No hubo increpaciones ficticias, sino un Gonzalo transfigurado por el horror y la cólera, un «¡vete!» contra un «¡déjame ser!», según el sofá en turno. Queda agotado, mientras el doctor le observa y alaba su progreso. Gonzalo está a punto de confiarle los trastornos sufridos, de los cuales nada ha dicho durante la sesión. Pero no se atreve y simula un interés vago a la hora de pagar la consulta, preguntando por esas personas

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que oyen voces, hacen cosas y luego no las recuerdan, experimentan alucinaciones...

Al llegar a casa el cuerpo se afloja de golpe y Gonzalo busca algo de ternura en el sillón. Observa con desconsuelo el desbarajuste reinante, aún media mudanza por organizar. Se sirve un tequila y echa una ojeada a la contestadora. Seis recados de los cuales sólo el saludo dejado por Xóchitl merece la pena. La ya habitual admonición al moroso, una mujer pidiendo por un dentista y luego tres mensajes consecutivos y sin objeto en los cuales oye ruidos irritantes. Por un instante tiene deseos de ordenar un poco, luego piensa seguir con la novela de Dostoievski, pero teme que pueda afectarle más. Finalmente se va a dormir. Su mente no halla sosiego. El subconsciente ha decidido obsequiarle con un repertorio de fantasías viscosas cuya falta de estructura, o acaso su ritmo convulso, las hace humo. La última, en cambio, no la iba a olvidar. Desde una esquina del techo Gonzalo se contempla a sí mismo acostado en la cama, distinguiendo hasta donde la penumbra permite la recámara en sus detalles reales, sin distorsiones, como la verían unos ojos abiertos. Lo siguiente es sufrir una opresión sobre el pecho, sobre el pecho del cuerpo que se despierta en medio de un estremecimiento de peligro. Pero no puede estar despierto aún, a pesar de lo rotundo de esa presencia forzando entrar en él, porque Gonzalo quiere moverse y no puede, intenta abrir los ojos y los párpados son losas, inicia un grito sofocado en un balbuceo de su boca exánime, hasta recuperar control de sí e incorporarse de un salto. Jamás había experimentado sensaciones tan vívidas. Con todo, si algo le impresiona es una con-

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vicción: Su mente se despertó un instante antes de un cuerpo que no le respondía. Urde explicaciones confortantes mientras en el salón el aullar del teléfono araña la noche.

—¡Ah! Son síntomas de brotes psicóticos, esquizofrenia, paranoia, nada relacionado con usted. No tenga cuidado, amigo mío, que evoluciona muy bien —dice el doctor con un tajante apretón de manos para apurar la despedida, su atención puesta ya en el paciente que aguarda en la antesala.

Cae la noche y no quiere llegar al departamento. Se acoge al refugio de una cantina. La idea es salir del círculo vicioso de los días y no pasa por emborracharse, pero lleva ya cuatro tequilas. Su ánimo baila pendular de la aprensión a la esperanza y media vuelta. Imaginarse enfermo le aterra, ¿empezará a estarlo realmente? ¿Saben los locos que están locos? ¿Dónde se rebasa la línea? Han pasado cosas raras, su cerebro... aunque, si se le da un enfoque diferente —el optimismo del quinto tequila— pueden ser casualidades en cadena, malas jugadas de los nervios, exceso de estrés, seguro. Todo estará bien desde mañana cuando vuelva Xóchitl. Cuenta las horas para ir a recibirla al aeropuerto, para aferrarse a ella como una tabla de salvación. Los bríos recobrados le ayudan a salir al fin de la cantina, regresar a casa, dormir un poco, poner en orden los estantes, Crimen y castigo castigado en ese esconderlo entre los libros de autoayuda, ducharse, subir al coche, manejar al aeropuerto y entonces Xóchitl.

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Sábado por la tarde, insensato desear otra cosa: frente a la puerta de llegadas un gentío amorfo (pero la perspectiva y la distancia adecuadas los agrupa y compone enormes orugas) derrama, oscilante, el límite impuesto por bandas y listones y las tiendas a sus espaldas, retaguardia donde un angosto pasillo debe permitir el tránsito de los pasajeros con sus equipajes a otras áreas del aeropuerto. Pasillo reabierto a cada rato por el celo de los guardias acomodando a la multitud, pasillo que se cierra a la mínima ondulación de la ola. Traspasadas las puertas de aduana hay una muralla humana al acecho. Manos agitándose, saludos cordiales, ceños impacientes, parecen aventarse sobre el recién desembarcado, quien busca el apoyo de caras familiares o bien desvía la vista, evita esa voracidad enervante y arrastra sus maletas por alguna grieta que indica la vía de escape entre la masa. Gonzalo no alcanzó a llegar con la debida antelación para ocupar la primera fila y durante media hora de espera no hubo oportunidad de mejorar mucho la posición. Pero sus ojos están clavados sobre las puertas correderas, anhelando la aparición de la morena cabellera de Xóchitl en cualquier segundo. Xóchitl, que ya rueda el maletín desde la banda y no más pasar la puerta su mirada encuentra prodigiosamente la de Gonzalo, allá, hacia el margen izquierdo, con un ramo de rosas rojas protegido en el hueco de los hombros y el pecho. Una visión escurridiza, pues él se desvanece entre cien cabezas por acudir a su lado. Xóchitl se orilla a la izquierda y le sobresalta el abrazo de Gonzalo reapareciendo desde la derecha para besarla largamente, vibrar de alegría, tomarle el equipaje, ofrecerle un ramo de rosas blancas al tiempo que la empuja, suave, hacia el aparcamiento.

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Con un pellizco en la nalga Gonzalo se separa de Xóchitl, hermosa sobre la cama, hasta hace poco abrazada a él, ambos en un abandono de placer satisfecho. —Ni se te ocurra vestirte, ¿eh? Voy al baño, ya vuelvo. Gonzalo entorna la puerta tras sí, se mira al espejo. «Ya está todo bajo control, ya pasó. Soy otro, soy otro, soy otro.» Se hace un guiño que es bastón de apoyo y bálsamo. Oye entonces gritar a Xóchitl: «¡Yo contesto!», el timbre del teléfono y luego un murmullo, risas ahogadas. Abre la puerta del baño para escuchar, cruza el umbral del salón. —¿... que quieres platicar con Gonzalo? Ajá. ¿Cómo crees que no te voy a reconocer? Ya está buena la broma. Mira que tienes ocurrencias de chavo, meterte con el celular en el baño, ay, cariño, no inventes. —Xóchitl, ¿quién es? Y Xóchitl se da la vuelta y descubre a Gonzalo frente a ella, desnudo, ningún teléfono celular en las manos y en la cara una expresión sin nombre, mientras esa voz sigue hablándole al oído desde muy lejos, insistiendo obstinada que le pase el aparato a Gonzalo, que necesita hablar con él.

La canción de Caín

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de andar cosido a sus faldas el domingo entero, agotado ya todo recurso, el cuento del Soldado de Plomo y el de Pulgarcito, el de la ballena que se tragó a Jonás y otros escuchados infinitas veces, e igual yo de atento como la primera; tras comerme el arroz con leche buscando obediente pero sin fe al lobo oculto entre los dibujos del fondo del plato, para trastear entonces a su lado con los cacharros de la pila así se empapara el suelo de la cocina, qué desastre, y treparme luego a la estantería a curiosear la colección de Salgari reunida por mi padre adolescente y, al fin, rondar errático por la casa en demanda de nuevos entretenimientos, la abuela decidía tomarse un respiro y me mandaba con el abuelo. No sabría decirlo, pero quizás el abuelo había estado todo el rato quieto en un rincón, un mueble que lee el periódico o escucha la radio bajito. En cualquier caso a las cinco y media, tal era su costumbre los veranos, se preparaba para dar el paseo hasta el «Parque de los Margaritos,» cuyo nombre real era otro y ya no me acuerdo, pero siempre eran más divertidos aquellos con los que rebautizaba mi abuela cosas y personas. Esa «costumbre pueblerina de poner motes», como criticaba mamá, y que a mí me parecía un juego fascinante.
ESPUÉS

Un juego de niños, eso ha sido tomar el pueblo. La guarnición escasa y dormida, los que no cayeron de un tiro aún corren por los olivares como liebres, sudando sus camisas azu-

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les. Los valientes de Yagüe, ja, manda carallo. Ahora el trabajo de asegurar posiciones, nunca se sabe hay que ver cómo pesan estas condenadas Maxim, pero lo bien que cantan cuando se las necesita, no son tan brutos los rusos. Rojo, amarillo y morado, da gusto ver la bandera de la República en el campanario de Brunete. Y este infernal calor de julio ya se siente, los campos están secos, las encinas ralean pardas, pero quién estuviera a su sombra —¿Crees que nos tendrán mucho aquí, Pepe? —me dice Juan. —Pregúntale a Líster —le digo. Sigo cavando. Veo bajar de la plaza una fila de civiles con cara de susto y los bultos a rastras, sus pocas pertenencias, pobriños. ¿Los llevarán a Madrid? Pienso en si estará ya libre la carretera de Boadilla. —Oí a un miliciano contar que mandaron un batallón de la Cien a cubrir el flanco derecho —dice Marcial—, que han ganado Sevilla la Nueva y asomaron por Navalcarnero. No había resistencia, ni un solo faccioso, apenas la gente del pueblo huyendo aterrorizada. También corrió su guarnición. Los katiuskas de la Gloriosa está bombardeando a los rezagados. n Deben de ser jodidos moros. —Sí —digo—, pero sin los tanques del Campesino los nuestros van a tener que volver con el rabo entre las patas sin tomar Navalcarnero, ya lo verás. —Y el Campesino y su 46 que aún no se hacen con Quijorna —dice Juan—. Deberíais ver la cara de Líster, anda con un cabreo de cojones. —Me parece que como no espabilen los de la 46 no vamos a poder cerrar la bolsa al sur, hace falta fuego pa apoyar a la infantería —dice Marcial.

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—¡Quía, hombre! Que la ofensiva emplea las ocho mejores divisiones del Ejército del Centro, y la de lujo, nosotros, los de la Once. Que sí, joder, que le vamos a partir la cara a esos fachas. ¿Verdad, Pepe? —No sé, Juan —le digo—, ¿tienes un pitillo? Engrasa bien la Maxim, seguro la usamos pronto de ronda por la línea de defensa. Siento optimismo entre la tropa, por encima de la tensión de la espera. Este calor, este polvo, este sabor acre que no se va de la garganta. Suministro de agua, bien. Municiones, bien en la plaza del pueblo hay revuelo. Una periodista está quitando fotos y los de las brigadas internacionales no se pierden la pose. Eh, eh, la rapaza tiene buen ver. Alguien dice que la conoce, que si no es la novia de un fotógrafo, «no sé quién,» pero a ella le oigo responder clarito a pesar del acento ¿alemán?: «Yo soy yo, no la novia de nadie». Nos hace el signo de la victoria y se monta en un auto negro y se va. Las fotos marchan para Madrid, los periódicos mostrarán el triunfo del gobierno. El plan de Miaja es un éxito, «Madrid rompe el cerco», dirán. ¡Sabe Deus! Para mí que quieren impresionar a los asesores soviéticos. O salvar Santander, porque Franco va a traerse de aquel frente a sus requetés de las brigadas navarras y al Ejército del Norte. Y eso me preocupa, pero mejor ni pensar un comisario congrega a la tropa para leernos mensajes de apoyo: «Un saludo caluroso y de homenaje a los vencedores de Brunete, a los heroicos soldados que manda el camarada Líster», de Johannes Braus, delegado holandés. «Venido del país más austral, más lejano del mundo, os digo que allí se conoce vuestro heroísmo de la misma manera que conocemos a los héroes de la antigua España, altiva y popu-

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lar. Salud y victoria, vuestra y nuestra victoria, la única, la del pueblo», de Pablo Neruda, delegado chileno. «Saludo a los héroes del héroe Líster», de Erwin Kirsch, delegado checoslovaco. Y sigue el comisario eufórico y los soldados se abrazan. Héroes por aquí, héroes por allá, héroes del carallo para morir y para matar. Felicitaciones internacionales y mientras tanto el material de ayuda detenido en Francia por la política de no intervención. ¡Gabachos da cona! a la trinchera a cocerse, sin movernos al sur porque ni el Campesino puede con Quijorna, ni tampoco Villanueva de la Cañada cae. La compañera enlace se llega en la moto con una orden. Hay que reforzar las posiciones en la cota 660. —¡Juan! Avisa a los muchachos que dejamos el agujero. Están acercándose al pueblo legionarios y un tabor marroquí. Vamos, vamos...

«Vamos, rapaz», decía el abuelo y según el acuerdo tácito me llevaba al parque donde había otros jubilados y una partida de tute esperando su llegada. Si por él fuera bastaba esa frase como toda conversación para el camino entre las calles de Carabanchel y el descampado que se convertía en césped, sauces y olmos al entrar en Los Margaritos. Ostias, cómo costaba arrancarle una palabra. Yo le miraba de reojo por si acaso. «¿Y te aplicas en el colegio? ¿Estás sacando buenas notas?», me soltaba, si tenía la vena parlanchina. Nada original ni apasionante, bien puede verse, pero lo mismo le tenía las respuestas oportunas, con suerte la charla se animaba y derivaba a lo que quería. Semanas atrás le había preguntado de nuevo, de pasada, rozando el asunto, ni asomo de la brus-

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quedad de la primera vez a cuyo entusiasmo correspondió un rictus de tormento. «Esas no son cosas para recordar, sino para olvidar», su frase lapidaria. Así cualquiera se desanima, pero yo no. En el parque lo primero que hacía era buscar la rubia cabellera de Carmen. La conocí en primavera, también la traían los domingos, los padres creo, pero de algún modo su aureola de ángel se había esfumado en julio. Sólo me quedó de herencia una evocación romántica y sus tres primos, que nada más verme se pegaban como lapas. Eran todos más chicos y a mí me tocaba inventar los juegos para distraer las horas. Naturalmente no se tarda mucho en aburrirse de eso, así pues escurría el bulto tan pronto era posible y me colocaba al lado del abuelo, quien hacía un vago gesto de bienvenida antes de fijar de nuevo la vista en el abanico de naipes. En aquellas partidas maratónicas uno, sólo de mirón, podía aprender lo suficiente. Tenía algo de rito la repetición de frases y visajes a cada giro de las jugadas. «¡Arrastro!», decía alguno estrellando el triunfo contra la mesa, «el culo por un zarzal», completaba el contrincante, si le subía al palo o le daba una carta de morralla. «Las cuarenta», cantaba otro, «no joden pero atormentan», celebraba el compañero. El cinco de oros era «el gato», la sota de bastos «la puta», y así. Mi abuelo en general hablaba poco, pero ya le conocía yo en el brillo de los ojos esa manera de contar mentalmente las cartas por caer en las últimas bazas, y la contracción del pulgar que anunciaba un «ah, carallo» si, cosa rara, erraba los cálculos. Era entonces cuando lo imaginaba cargando a bayoneta, la sangre celta hirviendo dentro, pero la mirada fría. Mi padre me había asegurado que su valor durante la guerra le hizo ganarse varias medallas, que ascendió al grado de comisario e incluso tenía

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una foto con el Estado Mayor de la República, quemada a toda prisa por mi abuela mientras Madrid caía. Por fin el anochecer traía la oscuridad y los jugadores se daban por contentos, despidiéndose entre amenazas de futuras revanchas. El abuelo me tomaba de la mano y de vuelta a casa. A mí me enrabietaba que ni en la soledad del paseo nocturno, propicio para las confidencias, me compartiera las batallitas, como tantos abuelos hacían con sus nietos. Mi mismo padre escuchó en las rodillas del suyo —el padre de la abuela, seguro que los salmantinos son más extrovertidos que los gallegos— las historias a todo color de la pérdida de Filipinas, las emboscadas de los «taimados tagalos,» cómo salían con «sus enormes ojos y enormes dientes» de la selva sin aviso, cómo le tocaba ordenar la columna para no sucumbir a machetazos. Mi bisabuelo Santos González tenía una mala leche de órdago y seguro fue protagonista y narrador perfecto de tales episodios de sangre y violencia. Lástima que no llegué a conocerlo. En aquella edad en la que se juega con soldaditos, se beben sin respirar las pelis del Séptimo de Caballería y los uniformes poseen todo el prestigio de la aventura, la indiferencia del abuelo a mi interés me parecía un castigo. Sí, claro, entendía que pudo ser duro, pero en la distancia de tantos años aquellos sufrimientos deberían haber alcanzado el rango de hazañas, o algo semejante. En fin, con la esperanza de que algún día me contara algo, le apretaba con más fuerza la mano y en silencio me reconciliaba con él.

Un silencio absoluto. Pero no sabes que los aviones se han ido hasta que no te atreves a mirar al cielo y no ves nada, que los oídos no oyen si los motores siguen arriba rugiendo o no,

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los sientes taponados un rato, crees que la explosiones te dejaron sordo. Por lo menos sigo vivo. Ainda. se encoge el ánimo al ver lo que deja cada descarga de bombas con bidones de gasolina, tanto buen compañero ardiendo bajo el espumarajo negro, los sacos terreros reventados, los cuerpos reventados, la trinchera que es sólo una larga fosa. —Hay que sacar a los muertos, Juan. hay que poner a Marcial junto a los caídos que se hinchan, se pudren al sol mientras esperan a que nos den tregua y haya tiempo y fuerza para enterrarlos, vamos pronto, antes de que empiecen con la artillería, lleva tú las piernas, yo saco con la pala lo de arriba. —Voy. Otro lo hará mañana por nosotros. Adiós, Marcial; adiós, Olegario; adiós, Paco en los nidos de ametralladora, en los túneles de cemento, apesta a sudor, a mierda y orín, a miedo. También entra por las troneras el polvo y un cheiro a morte. ¡Manda carallo! Hay hombres con la mirada ida, otros tiemblan, aúllan los heridos y los hay que ríen, han perdido un brazo, media cara, pero están felices, salen de este infierno, los evacúan a Madrid. Tengo la garganta seca, ¿habrán llegado las mulas con el agua? Hoy al menos tocamos a ración doble, este calor se hace insoportable ya. ¿doce, trece días? Atruenan sus cañones y los milicianos han empezado a cantar La Internacional y ¡Ay, Manuela!, para ignorarlos. Juan da palmas, alegre como unas castañuelas. Juan. Seguro vino el comisario Juzgado para subir la moral de la tropa con consignas gloriosas, la superioridad del Ejército Popular sobre las hordas fascistas. Superioridad moral, no habla de la militar.

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—Pepe, mira la caballería mora, mira al VI tabor de Melilla venir suicida a que lo barramos un poco. Venga, que asomen también los falangistas, balas no hay mejor empleadas. Los torpes tanques rusos, los mismos aviones, nuestros queridos chatos y moscas, que se las ven y se las desean con los cazas alemanes. Así nos están machacando a gusto sus bombarderos. Y la disciplina, claro, la oficialidad rebelde funciona como una máquina, sistema jerárquico. Nosotros, el partido y los camaradas, camarada oficial, camarada soldado... ideal, pero en los momentos difíciles. Bonito ejemplo dan Líster, Modesto y el Campesino, discutiendo a cada rato, que eso para durante las noches, noches fúnebres y calientes, ya sin cantos, todos al acecho del mínimo sonido sospechoso y a la vez con ganas de huir, al menos en sueños. Durante estas noches me olvido del peligro de una carga sorpresa y pienso un poco en Coto. ¿Cómo estará la aldea? ¿Habrá pasado de largo la guerra por ella? ¿Se cultivarán los campos de pae? Del ganado, ni imaginarlo, los fachas arramblarían con todo. Sólo confío en que dejaran tranquilo a Faustino. Él es un rapaz que ni ha cumplido los diecisiete. Tan noblote como cuando lo dejé, seguro. Sin conciencia política, incapaz mi hermano de entender este... ¿Qué es, además de una carnicería? No creo ni en la Virgen, pero rezo lo que sea por que no lo enrolaran. Que ande lejos de aquí.

De lejos a cerca se ensanchan las perspectivas. Años después la abuela no estaba ya con nosotros y el abuelo hubo de ceder a su empecinamiento de vivir solo, justo cuando la vida le daba lo mismo, importaba un carallo, por ponerlo en sus palabras no pronunciadas. Le tocó pasarla un poco con la fami-

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lia de cada hijo, si bien acabaría prefiriendo a uno de los tíos. Por ese tiempo mis padres, mi hermano y yo nos habíamos mudado a El Bosque, mucho campo, encinares y algunas casas, entonces. La primera vez que vino a visitarnos cruzamos por Boadilla del Monte, seguimos unos kilómetros hacia Brunete, antes de desviarnos, y fue cuando el abuelo largó: «No tenía vuelto por aquí desde la guerra. Hay que ver cómo cambió todo». Y no dijo más. A mí se me aguzó la atención, a la espera de que mi padre o mi madre abrieran la boca, dieran pie a otro comentario. Pero callaron entendiendo, compartiendo tal vez, la naturaleza tabú del tema. Me quedaba con dos nuevas: Hubo jarana en la zona y mi abuelo había estado en ella. Desde nuestra casa se divisaba Brunete, el castillo de Villafranca, la hondonada donde corre la línea del Guadarrama y, si bien un montículo interrumpe el horizonte por Sevilla la Nueva, Navalcarnero aún podía distinguirse. Parte de los escenarios, lo supe al meter las narices en los libros, de una de las escabechinas mayúsculas de la Guerra Civil. Pero no hacía falta mirar tan lejos: En la misma urbanización se pegaron tiros. Lo tenía bien presente cuando, cosa rara, paseábamos juntos y a solas cerca de casa (las charlas seguían, salvo por nuevas variantes a tono con mi edad, poco más o menos igual, aunque ya no me tomaba la mano, sino a su bastón, y yo me mantenía cerca por si era necesario). Pensaba en la guerra y en qué estaría pensando él. Sí, claro, volví a la carga, ahora con más curiosidad y más tacto. Al responderme con generalidades supe no insistir. Se le veía triste en todo caso, posiblemente su cabeza no vagaba por un campo de batalla olvidado, sino estaba en la abuela y en tanto recuerdo.

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«Canta, oh musa, la cólera del pélida Aquiles», recuerdo que fue lo primero que dijo al colarse esta mañana en la trinchera. Lo dijo y lo repitió como si rezara el rosario, encaralladamente loco, sin duda. No estamos para chistes, pero nos ha caído simpático. Italianos, ya se sabe. Dice que es anarquista, ¿será?, no se le ve tan fanático, que está tomando notas de la batalla. —Si sigues así no la vas cantar, ni contar —le digo y le agarro de la camisa y le tiro al suelo. Juan se ríe y parece un piano. Silba una bala. —Balconea de nuevo la cabeza por encima de los sacos y te la vuela un requeté, menuda puntería tienen esos hijos puta. Se sacude el polvo, suelta una carcajada y habla, habla mucho, cómo mueve los brazos. Qué hace metido en esta mierda, si no le toca, no es su país. Todas las guerras son guerras civiles, no importa la nacionalidad. «Siempre que se mata, se mata a un hermano», dice. «¿Aunque sea un fascista?» «Sí, aunque sea un fascista.» También hace preguntas difíciles. Miro a Juan, vacilamos, a estas alturas no sabemos qué nos mantiene aquí, los ideales, el odio, la falta de sentido común. Dan ganas de darle la espalda a este horror como han hecho otros, si no fuera tan vergonzoso desertar historias tiene muchas. La de la compañía, toda la compañía, encontrada muerta con los carallos en la boca a orilla del Guadarrama. La venganza de los hombres de Durán cuando no tomaron prisioneros cerca del Pardillo, los legionarios despachados con un tiro en la nuca, los moros en la barriga, para que disfrutasen la muerte sin prisas. Nosotros le contamos otras, barbaridades cuantas gustes, como la de Antonio, que no pudo aguantar más tensión al y ¡zas! en uno de sus arrebatos le vemos caer con el cráneo hecho trizas.

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—Pepe, no te lo tomes así, hombre, era antes o después. Total, de ésta no salimos vivo ninguno. Se le escapa una de sus risas.

Entre risas nos quitábamos la ropa, luego los besos, luego lo demás. Los cristales del coche acababan empañados y mientras la estrechaba a mi lado me entretenía en dibujar filigranas con el dedo sobre la superficie resbaladiza del vidrio. Asomaban del otro lado jirones de noche, las sombras de las encinas alargadas por la luna. Era entonces cuando a Paloma le tocaba el frío y algo de miedo. «No te preocupes, afuera solo hay fantasmas», decía yo solemne. Con un reproche —¡Qué burro eres!, vaya forma de tranquilizarme— empezaba a vestirse, señal de apremio para que arrancara, sacara el Fiesta de los caminos de tierra a las primeras luces de la urbanización. Resultaba gracioso su temor, no lo negaré, pero a mí me rondaba otra cosa. Sabía que en ese mismo lugar se habían hecho fuertes unos falangistas y que durante días las brigadas internacionales intentaron tomar el alto sin éxito. En el cerro del Mosquito, aquel rincón escondido donde nos amábamos, sufrieron y murieron hombres cincuenta años antes. Como hecho histórico, una anécdota plana, distante, irreal, pero yo lo daba vueltas y ganaba relieve en una dimensión paralela de contraste desgarrador, y cuando volvía con Paloma me sentía raro, muy raro.

Ya no tengo ni sed es raro con este sol que no deja pensar mejor porque ni agua hay los soldados que traían el agua quedaron despanzurrados con sus mulas a beira do rio batallones

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que son compañías que son pelotones muertos por todas partes la Once somos un puñado de despojos muchos se vacían enteros por la colitis y yo le digo Juan, no nos van a relevar como a los del Campesino que los refuerzos son los restos de las brigadas la gente de Walter porque el flanco izquierdo se desplomó desde el miliciano está de rodillas llora con su mano inútil jura que fue un accidente el fusil se le disparó solo y los enfermeros ahí esperando a llevárselo pero el capitán no da la orden tiene la pistola apuntando a la frente del hombre que llora y le falta valor y se da la vuelta para no mirarle a los ojos cuando le dispara como cada carga le digo a Juan viste las Maxim emplazadas detrás nuestro apuntándonos por si alguno flojea así es más fácil ríe Juan así los héroes se fabrican por docenas escucha los motores que viene otra vez a joder la aviación franquista, fue la clave sin duda, pienso al subirme de día al cerro del Mosquito, cuyo vértice geodésico es una atalaya magnífica desde donde recreo la batalla. Tengo enfrente a Brunete y gran parte del campo. El primer golpe de mano de la República resultó exitoso, los cuerpos de ejército V y XVIII lograron infiltrarse dentro de las líneas fascistas sin ser advertidos. El plan consistía en ocupar una serie de pueblos a lo largo del río Guadarrama, desde Valdemorillo hasta el puente de la carretera de Villaviciosa. Mientras, el II cuerpo saldría del sur de Madrid hacia Alcorcón, lugar de encuentro de las tropas y cierre de una bolsa en la cual iba a quedar atrapado un buen número de enemigos. Todo perfecto sobre el papel. Luego las cosas empezarían a fallar. Al sur los milicianos del II, acostumbrados a la guerra defensiva dentro de las trincheras, se vieron copados sobre campo abierto por los cañones y la aviación. En el Guadarrama

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Valentín González, el Campesino, necesitó demasiado tiempo los tanques para conquistar Quijorna y Los Llanos, deteniendo así el avance del sector. Cuando quisieron darse cuenta Franco ya había desplazado al frente varias divisiones fuertemente artilladas. Y la Legión Cóndor, sobre todo, esos nazis asesinos bombardeando a placer al ejército republicano hasta dejar un deshecho cementerio que hay que tomar otra vez para retener Brunete que era ruinas y ahora escombros pero ya da la orden de carga el oficial y calamos bayonetas sin tanques ni artillería de apoyo animo a mis hombres ya ni sé cómo corro cierro los ojos no ver a los compañeros descalzos cayendo al lado la bala que viene no pensar correr ciego la muerte un frío en el pecho aullar con rabia para que salga y ensartar al primero delante sangre voy por más sangre a culatazos falangistas de mierda moros de mierda qué barbaridad qué barbaridad a vaca piquena que leite que da ya podrían enterrarme aquí dice Juan mientras amontonamos cadáveres da igual el uniforme sirven todos de parapeto entre las tumbas mira esa lápida por la foto hay una buena moza dentro vamos Pepe ríe un poco que es lo único que no está racionado venga hombre qué cruz te gusta más cualquiera Juan cualquiera me siento como en casa en casa y con visitas has visto cuántas caras nuevas ya no quedamos de la Once mira los anarquistas de Mera deberían andar en la retaguardia digo pero Pepe la retaguardia también se ha hundido sólo resiste Brunete se convirtió, perdidos los flancos, en la punta de lanza, el último reducto gracias a la firmeza de Líster y el valor de su tropa. Desde el cementerio, sobre una elevación estratégica, resistieron las cargas de todas las armas, de los requetés a los regulares. Recurrieron, pues, a la solución fácil: llamar de nuevo a la aviación no tardará en

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aparecer muchachos seguro mañana cuando amanezca si antes no faláronme que eres de Lugo eu soy de Ourense sabes que entre los regulares de Franco hay moito paisano xente de Galiza me dice preocupado uno de los de Mera que comparte un pitillo conmigo la brasa la única luz en esta noche sin luna y qué Franco también es gallego y si se pone delante le corto el carallo le respondo en castellano para que no siga no quiero saber aunque sé lo que siente también lo siento yo guerra de cada ráfaga de aire está podrida de muerte y me gana el sueño cuando se me aparece a coruxia con una pluma de cada ave como en la aldea me contaban que era canta su canto lúgubre que anuncia la desgracia y despierto ya es amanecida suenan disparos gritos de espanto y los tenemos encima Juan cae unos metros delante Juan te estoy viendo morir tarde me doy cuenta del peligro el soldado frente a mí me mira como atontado bajando el fusil sin saber qué hacer me sonríe el pánfilo y con más rabia le hundo la bayoneta a un palmo su cara sucia de niño grande los ojos muy abiertos buey manso que se deja matar esos ojos voy por otro ay Juan y otro y otro hasta que el capitán esos ojos ordena retirada que llegan esos ojos los aviones de la Legión Cóndor, sorprendiendo al ejército republicano en plena huida. Una masacre. Leo con asco el testimonio de un piloto alemán: «Miraras donde miraras, blancos en todas partes, un trabajo bien hecho, un juicio de Dios». Los de la Catorce de Mera buscaron refugio en un bosque cercano y allí fueron bombardeados durante horas. Sin su sostén los soldados de Líster, ya con bajas superiores al 75 % de sus efectivos, abandonaron el cementerio para tomar posiciones más al norte. Esfuerzo inútil, la batalla estaba perdida.

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Hoy hace una semana que enterramos al abuelo. He venido a Brunete para charlar con él lo que nunca charlamos. Imposible saber cómo ni dónde, pero siento que estuvo. El pueblo, reconstruido de sus cenizas, ostenta en su iglesia placas de honor para los vencedores, con sus flechas y sus yugos. Las escupo. Aún se ven pequeños búnkeres, algunos en los campos, la mayoría a lo largo de la carretera nos retiramos hacia Valdemorillo una columna de derrotados sobre la que se ceban otra vez los aviones al fin desaparecen y me levanto vivo pero quisiera estar muerto porque veo a mi lado a aquella bonita fotógrafa de la victoria con medio cuerpo bajo un tanque veo esos ojos veo una hilera de sangre y vísceras las ambulancias en llamas veo sobre todo esos ojos mirándome así y cómo quisiera estar muerto veo hombres llorando como lloro yo porque esos ojos ahora estoy seguro eran los de Faustino y me siento feliz sobre un búnker, a fumarme un cigarro, a tratar de imaginarme al abuelo con 24 años, todo un héroe, todo un hombre. Y estoy tan orgulloso de él al pensar que aquí, no importa quién ganara la batalla, se cubrió de gloria.

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olor a primavera venía de lejos, más allá de los parques, del límite de la ciudad con los campos. Eso era lo que posiblemente despertó a Micaela temprano y la tuvo inquieta. Recorría la sala un par de veces para seguir luego hacia las alcobas cerradas. Arrimaba entonces la oreja a las puertas. Sólo respiraciones regulares y un ronquido en la habitación de los padres. Regresaba a la sala con sus cortos pasos, se tumbaba unos minutos, agachaba la cabeza y la volvía a levantar, alerta a los sonidos familiares. Nada y se impacientaba. Hacía la ronda de nuevo con igual resultado. Desde el balcón vio inaugurarse la mañana en un estremecimiento de trinar de pájaros y el viento tibio que cimbreaba los árboles alineados calle abajo. Abejorros zumbando sobre los tiestos de gardenias y mariposas que no se podían atrapar. Bailaban también esas otras señales inasibles de vida. Como la misma vida que crecía en su vientre, ya intuida. Pero por lo pronto ningún movimiento en la casa, y esto le dio a entender que iba a ser uno de los días buenos. Días largos llenos de voces, de atenciones efímeras y doble ración de una compañía que ahora buscaba tanto. Aún, contra la soledad de su alfombrilla, esperaba. Los primeros en levantarse fueron los niños y Micaela casi pegó un brinco al acelerado compás de su pulso. Pasaron corriendo frente a la sala donde les daba zalamera los buenos días. La mano del más pequeño la rozó en caricia rauda, de su cabeza al comienzo de la espalda. —¡Hola, Micaela!
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Y adelantó al hermano en la cocina. Micaela fue detrás para verlos pelear por el cereal favorito de la semana. Quiso unirse al barullo de forcejeos y gritos, ya se apoyaba en el taburete, husmeando encima de la mesa. —¡Mamá! ¡Mamáaaaaaaaaa! ¡Jorge no me deja desayunar! Apareció la madre. Una bata lila, el pelo en desorden, arrugas prematuras que la empujaban edad adentro. Micaela la recibió mimosa. Ella la apartó levemente y se concentró en lo inmediato: encender el primer cigarrillo de la mañana y poner orden. Colocó los platos, sacó la leche y el yogur, sirvió a los niños, todavía disputando preferencias con maniobras sutiles. También estaba Micaela, pero nadie parecía verla. Se alzó a duras penas hasta la mesa. Sus ojos brillaban como dos luceros. —Ven, Micaela, no estorbes —dijo la madre al sentir su contacto. La llevó a la terraza y cerró la puerta corredera. Micaela se quedó observando tras el cristal lo que ocurría en el interior de la casa. Y lo que ocurrió es que al cabo se hizo presente el padre y la familia al completo se dispuso a desayunar, un cuadro del que sólo podía ser espectadora. Avanzó la mañana. Unos iban y otros venían. Cambiaron las ropas bajo el pelo mojado. La madre y el padre guardaban cosas en unas bolsas. Todo pretendía anunciar un paseo y de imaginarlo sintió el escalofrío de dicha transitar por su cuerpo. Una duda la mantuvo tensa: ¿la incluirían a ella? ¿La llevaban o la dejaban? No era consciente de la situación, cómo podía serlo y cómo podía ser de otro modo, pero su existencia entera se centraba en ellos. Ellos a veces le hacían caso y a veces no. Últimamente muy poco, o quizás estaba más sensible. ¿Tendría suerte esa mañana de tanta luz y promesas en

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el aire? Reconocía el cajón donde estaban sus cosas y en esos instantes sólo respiraba pendiente de la señal, de una mano sobre el cajón. La de los niños o, generalmente, la del padre. El padre había salido por la puerta, lo cual no daba demasiadas esperanzas. Quizás los niños... Se esforzó por llamar la atención, un buen jaleo. Finalmente la madre sacó sus cosas del cajón, abrió el balcón y le buscó el cuello. Exasperada por su nerviosismo la regañó: —¡Basta, Mica! ¡Quieta! Y la condujo a la puerta del ascensor junto a los niños, quienes cargaban con las bolsas y el balón. Aquello era felicidad. El auto dejó atrás la ciudad áspera de ruido y humo que le provocaba arcadas. Con el perfil de las montañas le vino más puro el olor de la primavera. Para impregnarse de él y recibir a pleno el aire de libertad, Micaela asomaba media cabeza por la ventanilla. Constantemente acudían cosas extrañas a excitarle el interés, pero sabía que era preferible mantenerse calma y no alborotar. A ratos se agitaba por algo, si bien se diría que trataba de disimularlo. A su lado los niños jugaban con una pequeña computadora, cuyas luces y pitidos cautivaron la mirada volátil de Micaela. Los padres estaban adelante sin cruzar palabra. El chico mayor rompió el silencio. —¿Nos quedaremos a dormir en casa del tío Roberto, papá? Fue la madre quien respondió, girándose para tenerlos cerca. —Sólo vamos a comer y regresamos en la noche. Mañana os quiero ver estudiar los exámenes finales. Hubo un conato de rebelión en la parte de atrás del auto al que Micaela se sumó festiva. Conato reprimido más eficazmente por un enarcar de cejas de la madre que por el discurso del padre, recuerdo de las vacaciones en la playa como

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premio a las buenas notas y la cantaleta gastada. La charla no daba para mucho y en todo caso ya llegaban al chalé del tío Roberto. Bienvenida de abrazos, cordialidad, risas, un ritual afectivo del cual Micaela exigía su parte, metiéndose entre las piernas, trepándose a las cinturas, solícita del cariño de ocasión. La pradera contigua a la casa la asociaba a tardes de carreras con los niños y el balón, a pedazos de carne que le caían desde la mesa, a la presencia de seres que le tenían ganada la confianza, aceptándolos de algún modo indefinido como extensión de la familia. Conocía, pues, las costumbres y aguardó tumbada en su rincón, a unos metros de la mesa donde todos comían. En su rincón y muy atenta. Los niños, los suyos y los otros, le arrojaban sobras por verla atraparlas al vuelo hasta que alguno de los padres le ponía fin al asunto. Después los niños, los suyos y los otros, comenzaban con el balón. Micaela no pudo evitar las ganas de unirse, aunque malamente aguantó tres carreras. Se sentía pesada y su instinto le aconsejaba reposo. Con la lengua se lamió las ubres. Las sentía hincharse y en el vientre un burbujear, la provocación de otro temblor de alegría. Miró a su familia, era bueno estar unidos ahora que pronto serían más. Sobre la mesa las dos parejas de adultos jugaban al dominó. En una pausa entre partidas la mujer del tío Roberto trajo un álbum de fotos. Deseaba ilustrar cómo había progresado el jardín, poblándose de árboles y macizos florales. Resucitaron testimonios de antiguas reuniones, el tío Roberto sin bigote entonces, el césped ralo, cortes de pelo irrepetibles, el porche a medio terminar, los primeros brotes del manzano, y todos los niños más chicos. —Mira ésta —le dijo la mujer a la madre—. Fue la primera vez que trajisteis a la Mica. Era sólo un cachorro. Me acuer-

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do de que aquel día el Tim no sabía dónde meterse. La muy traviesa no paró de morderle el rabo. Pobre Tim, estaba viejo ya. —Y aquí —señaló la madre— Pilarcita con su traje de primera comunión. ¡Qué guapa! Un día memorable. Eso sí, la lluvia una lata. —Y aquí... —Y aquí... Una sensiblera combinación de imágenes y evocaciones atrapó a las mujeres. Los maridos se escabulleron por más cervezas al frigo. Al pasar al lado de la perra dormida, el padre aprovechó para preguntarle a tío Roberto: —¿Qué decide Pilar al fin? —Inconmovible. Tu cuñada no quiere tener otro perro en la casa. He tratado con los vecinos, nada. El padre se encogió de hombros. «Está bien», dijo, y retomó la apasionante charla de fútbol. Después, al término de una última partida, las fichas boca abajo, buscaría los ojos de la madre. Ella asintió. —Vamos a dar esa vuelta. Regresamos en un santiamén —dijo el padre. Un silencio encubridor les despidió. Se acercaron al coche, llamaron a Micaela. La perra despertaba de su siesta agitando el cuerpo en un gracioso torbellino de cola y orejas largas, aprobando de antemano con dos ladridos cualquier propuesta. Los niños, absortos en su final de penaltis, ni hicieron caso; sabían que no era la hora de irse. Sólo el pequeño se les acercó. —Papá, ¿adónde vais? —A pasear a Micaela. Enseguida venimos. —¿Puedo ir con vosotros? Oportuna, tía Pilar acudió en auxilio: —Tú te quedas ayudándome en el jardín, hombrecito.

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—Tened cuidado que no se os haga tarde. Esas carreteras del monte son malas en la oscuridad. Muy retorcidas —les previno el tío Roberto. Subir, bajar, da igual la hora, es siempre bueno. Moverse en el coche de un lado a otro, nuevas sorpresas. O regresar a casa. Siempre es bueno. A Micaela le preocupa únicamente la ausencia de los niños, los suyos, no los otros. Comienza a ladrar para avisar a los padres de su descuido: si se marchaban, debían estar los cinco dentro. —Calla, Mica, calla. Micaela hunde el hocico en el asiento, pero su conciencia no calla. —¡Qué ganas de acabar con esto! Me tiene enferma desde el miércoles —se queja agria la madre. —Tranquila. Estuvo un tiempo con nosotros. Estuvo bien cuidada dos años, comió cada día, jugó con los chicos... Le pusimos sus vacunas. Ahora se buscará la vida sola, eso es todo. —Sí, es verdad. La hemos tratado muy bien. Le pusimos todas las vacunas y el dineral que ha costado tu caprichito. —Lo hice por los niños, mujer. ¿Y la ilusión que les dio tener una mascota? Recuerda cómo envidiaban el bóxer de los del sexto. —Para lo que les duró —ella menea la cabeza, desdeñosa—. Ya te digo, hay que andar encima de ellos. Siempre les falta tiempo para sacarla a la calle o bañarla. Y quien acaba haciendo todo el trabajo soy yo. ¡Ni que me faltara! El padre echa una vistazo al espejo retrovisor. Le devuelve a Micaela ovillada, las orejas tiesas, los ojitos atentos como si entendiese. Pero no, no es capaz de entender. Vaya tontería. —Imposible tenerla ni un día más, menos con las vacaciones en puerta. Es que es un estorbo en un piso, de verdad. Y

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encima preñada ¿Qué íbamos a hacer con los cachorros, eh? Nadie los querría. Si al menos fueran de raza. Pero ni eso. —Que sí, tesoro, que tienes razón. Ya lo discutimos y llegamos a un acuerdo —el padre le pasa la mano por el brazo a la madre en lo que intenta ser una conciliación definitiva—. ¿Ves?, estamos aquí. Ya vamos a resolver el problema. —No, si lo que me preocupa es qué les contaremos a los niños. —Pues lo que pensamos: Micaela se escapó, la estuvimos llamando pero no hizo caso, no quiso venir. La llamada de la naturaleza fue más fuerte, los animales salvajes, esas cosas que aprenden en la escuela —el padre suena categórico y aséptico—. No te preocupes, lo entenderán a la perfección. Verás que el disgusto no supera la semana, yo los conozco, yo los conozco. —Y con las vacaciones en la playa... —Eso es —el padre reduce velocidad—, quince días en la playa. Van a estar de fábula. El auto se detiene. El padre le da un beso en la frente a la madre. No te preocupes —le dice—, quédate aquí, ya me encargo. Un espasmo levanta a Micaela del asiento cuando nota la puerta trasera abrirse. Su vago barrunto de inquietud cesa al ver al padre con el rostro risueño y la pequeña pelota en la mano. Escucha su nombre como una música. —Micaela, ven bonita, bonitita. Y la perra baja. No tiene ganas de jugar, pero si el padre quiere... El padre tira la pelota a unos metros. Micaela la sigue con sus pasos cortos y obediente la devuelve. —Buena chica ¡Ve! La pelota vuela a mayor distancia esta vez y tarda en des-

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cubrirla entre los cardos. Mientras la apresa oye el ruido del motor. Corre hacia el auto que se aleja, absurdamente se aleja de ella. Sigue corriendo hasta que no es sino un destello metálico en el horizonte, inalcanzable. El trastorno la paraliza. Hay en el trastorno miedo y pasmo. Jamás la habían dejado sola en un lugar desconocido. Regresarán, eso lo sabe, porque su pequeño cerebro no concibe el abandono. En efecto: al rato ve aproximarse el auto y su corazón canta. Le sale al paso, «¡aquí estoy!», avisa con el aspa de la cola. Suena un horrible chirrido. Luego una voz amenazante y extraña: —¡Estúpido animal! ¡Quítate de en medio! El auto la esquiva, continúa camino sin ella. Le hiere en el vientre —donde crece la vida— la espina de la angustia. Inmóvil sobre el asfalto, temblorosa, con la vista colgada del punto en el que vio desaparecer su mundo, espera. Y cae la noche como cae la pelota de la boca de Micaela para dar espacio a un gañido sin consuelo.

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así, tan de cerca, dos pozos azules, refrescantes, urgiendo a una zambullida que bien valía la vida entera. Porque —y esas cosas le agarran a uno del cuello, pero con dulzura—entonces, tan de cerca, suele ser una duda que apaga ilusiones fatuas. Raro un sí a corazón abierto. Y esta vez era sí, por supuesto. Era un extasiarse para siempre en la laguna de los iris que se ha hecho uno solo justo antes de cerrar los ojos, abrir la boca decidido a ahogarse y estrechar el abrazo. Sentir el blando cuerpo de ella en la entrega y un desfallecimiento y un ardor que sirve como abolición del mundo en torno, los gritos y las carreras cuyo eco las multiplica hasta hacer cimbrar la plaza, donde el galope sin bridas y el piafar de los caballos enloquecidos lo colman todo, fiesta, emoción, peligro inconcebible ya para ellos, en el centro de la plaza que no es ojos azules y remanso, sino un desesperado buscar de las esquinas por alejarse de las bestias ciegas. El pecho del primer caballo embiste como un ariete, revienta la frágil humanidad de la pareja —carne, vísceras, huesos, levemente espíritu— arrojada a las piedras planas. Un claveteo de cascos demoledor y al pasar la manada el suelo muestra los cuerpos y la sangre. El espanto hecho clamor desde los graderíos, los balcones atónitos, los guardias municipales aullándose órdenes para acotar un pasillo seguro en el caos de la cabalgata, mientras cuatro camilleros de la Cruz Roja dirigidos por un doctor examinan ese amasijo todavía trenzado, con algo de escultura de arcilla a medio moldear. Él es cadáver. La muchacha retiene un pulso que le deserta. El blanco ballet de diestros
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movimientos logra separar los cuerpos, los alza en dos camillas, una cubierta por una sábana, la otra, más rápida, adelantándose frenética para alcanzar las puertas de la ambulancia que, sin tiempo a cerrarlas, arranca entre destellos rojos y sirenas. Un río ancho o tal vez una playa, posiblemente una playa y por eso el sabor a sal, la sensación de tibieza, el sol o su brillo ámbar en la piel, ráfagas de una felicidad huidiza a la que no consigue dar forma. Y el hermoso rostro de él, más cerca, más cerca, lleno de luz, a través de la mancha espesa. Un río ancho y el rostro de él, pero también, al dorso o al anverso del estremecimiento se ubica la mancha sin contornos de un dolor agudo y otra presencia, la mano que le aprieta. Un río ancho, un río y sombra, y el enfermero suelta al fin la muñeca de la muchacha muerta donde, ya es seguro, nada fluye, para informar al conductor de que sobran las prisas, precisamente cuando la ambulancia llega al hospital y allá en la plaza tapan la sangre con aserrín, como los comentarios de disgusto —nunca faltan patosos, menuda manera de aguar la fiesta, quedarse ahí besándose, par de estúpidos— tapan el horror y los primeros pesares. Suenan los instrumentos. La atención del respetable se abstrae en el desfile de los jinetes, en los esplendores medievales de la fiesta de Sant Joan recuperando, por legítimo derecho, admiración y escenario para ejecutar gallardas cabriolas sobre el aserrín apelmazado.

«Livia», pronunció su nombre con la fe de quien roza un amuleto y fía en el prodigio. Sentada al centro, cuánto honor, gradas de sombra, sí, uno de los mejores lugares, veremos perfecto el espectáculo, sí, claro, Vasilica, tú sabes hacer las

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cosas, disimulo, aprovechar el mínimo despiste y adiós, guardia pretoriana. ¿Habría venido realmente? ¿Distinguiré los mechones rosas fundidos con la masa del público? No cabe nadie más en la plaza, pronto comenzará la cabalgata y lo tendré claro, pensó Mario, preocupado por el avance del atardecer, si oscurece antes de encontrarla, olvídate. ¿A qué espero? En el instante en que Vasilica fue a comprar una botella de agua y Georgeta, andaba distraída con el jolgorio, se dejó arrastrar por la marea y enfiló escalones arriba. Que armasen el berrinche o la olvidaran, al diablo, lo necesario era situarse en un punto óptimo de observación, un lugar visible, por si acaso él. Inspeccionadas las partes altas descendió impaciente a la base de la plaza, la cual iba despejándose de a poco, mirar desde el fondo hacia arriba, o tal vez ella. O cambiar, puesto que no resulta, ir a reunirse con la gente abajo en la plaza daría más posibilidades. A lo lejos, brazos, cabezas de por medio, creyó verla al fin, «Livia», su voz planeó encima de la multitud como busca la paja al fuego y ella saludó radiante, sorteando obstáculos que milagrosamente se desvanecían, ambos al encuentro mientras tronaban los tambores y todos se apartaban para favorecer la convergencia, el absoluto reconocerse en los pasos que los unían al son de los tambores.

Lo peor es que ya no habría forma de saberlo y eso derramaba el vaso. Gota a gota aguantó el chaparrón, dócil a opiniones, horarios, actividades, cuándo y cómo, lo pertinente y lo impertinente. Cada día capeado con destreza malabar, una elasticidad de carácter cuyo premio ha sido enterrarla en pequeñas renuncias, la transformación paulatina del viaje en el viaje de ellas. O era el temor a transgredir los conven-

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cionalismos, la culpa, culpa, culpa después del incidente en Milán, efecto y no causa de sus confusiones. Y Georgeta ofendida, asumiendo derechos de cuñada como si ese punto estuviera decidido, positivamente sentenciado, pero sin preguntarle, porque si le preguntase iba a ser un no sé, un no. —¿Quieres patatas fritas? —Vasilica sacudía la bolsa frente a su nariz. —No. —¿Qué te ocurre? —Nada. —¿Estás mal, Livia? —se inquietó Georgeta desde el asiento de atrás. —No. —Estás mal. —No. ¿Qué parte del «no» no entiendes? Les dio la espalda y se pegó a la ventanilla. Podían pensar cuanto les viniera en gana, por ejemplo: «Cuidado, Livia saca las uñas». Que aprendiesen. Se acabó, recuperaría la libertad perdida, así costase pelea diaria. De momento buscó paz en las colinas verdes y las manchas de bosque. La isla, al menos, era un encanto y ahora la cruzaban hacia el extremo opuesto, a la cita con «la granfiesta» de las guías turísticas de Vasilica. Bravo. Mas su fiesta íntima ni logró comenzar el otro día en la playa. Lo peor —se repitió— es que ya no habría forma de saberlo, un inicio prometedor muerto antes de nacer, obra y gracia de sus guardianas. En verdad furiosa consigo misma por haberlo tolerado. El corazón —jamás yerra— le advirtió que aquella intensidad silente del muchacho decía cosas largo tiempo anheladas. Era una alfombra mágica desenrollada a sus pies. De subirse la hubiera elevado alto. Y sin embargo...

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Ya no habría forma de saberlo, aunque ella le sonrió. Una sonrisa por dentro de los labios, código difuso del cuerpo entero al tender una pasarela. Mario maldijo la oportunidad desperdiciada, su cobardía. «Seguirla, llamar de nuevo a la puerta entreabierta.» Resolución póstuma y fácil al evocar el momento, mientras rastreaba los rincones de la pequeña ciudad, bares, terrazas, balcones de hoteles, discotecas, la línea de playa. De los mechones rosas, ni las trazas. Se fue. Y lo mismo el resto de su dinero. Así pues convenía probar en el otro puerto, la tentativa de hallar allá trabajo, en realidad un no salir del oasis compasivo de la esperanza, previendo que ella continuara en la isla, seguro la celebración de Sant Joan la habría llevado allí, como a todo el mundo, un hervidero de gente desparramado por las calles angostas, centenares de rostros sin valor, el mareo del examen minucioso de espacios y prójimos, un sube y baja en el desconsuelo por tanta paja y ninguna aguja, recelar el tejido desleal de las casualidades, ella sentada en un restaurante junto al mar cuando él barría las murallas o viceversa, tópica y vilmente viceversa, o ella a dos metros de él oculta tras un gordo con sombrero que bebe una cerveza, sin verle, o tal vez le ha visto y ha proseguido indiferente su paseo, pero eso no puede ser, ni pensarlo, preferible visitar los bares, opción sensata, y de paso el trabajo, o no, el trabajo bien podía esperar. Mario estiró los pies doloridos a lo largo de los tablones. Fumaba el cigarrillo de gorra, en un limbo de volutas de humo y el contemplar de los yates atracados, más acá de las barcas de los pescadores. El blanco luminoso de los yates y los colores abigarrados de las barquichuelas, un velero recoge aparejo al embocar el puerto y arranca motores la lancha repleta de turistas rumbo a alguna excursión, feliz rebaño de

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ovejas saludando desde cubierta a la gente en tierra, como la mujer a punto de caerse por la borda agita los brazos, absurdo molino de un viento que rompe la regla y entonces lo excesivamente deseado ya no pertenece al reino de lo imposible y Mario tarda en reaccionar y correr al extremo del muelle donde la incredulidad y la impotencia sólo le permiten gritar un nombre a la lancha que se hace diminuta, apenas una estela y otro grito traído por la brisa. «Fiesta mañana. La plaza.»

El rayo de sol irrumpiendo entre las rendijas de las persianas la arrebató del carrusel de colores, de algo esponjoso hecho trinar de pájaros y una sinfonía púrpura, amarilla o naranja a la que quiso volver. Se tapó con la almohada para sumirse voluptuosa en lo que ya le daba la espalda contra todo empeño, con la infidelidad de los sueños que reclaman paraísos prestados y se borran a sí mismos. Todavía sujeta a los jirones de fantasía estiró las piernas en evolución de crisálida a mariposa, reconoció el calor de la mañana y el canto de unos canarios desde el patio vecino, lo único placentero en la arista a la que arribaba náufraga, sin soltar la almohada ni caerse del carrusel. —¡Livia, haragana! ¡Son las once! Mamá Vasilica. Fin de la tregua. Un nuevo día de vacaciones impuesto en sus pautas y deberes como jornada laboral. Resignación. Arrojar la almohada al techo. Livia estiró los brazos, arqueó la espalda y se enfrentó a las amigas listas para salir, las bolsas con el bronceador y las toallas, los bikinis bajo la ropa. —¿Quién me va a preparar el café? —dijo con voz de niña

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mimada, una pequeña compensación por tanto acatar programas a su debido/indebido tiempo. Las amigas se consultaron, Georgeta rezongó un «yo lo haré» mientras Vasilica soltaba su lapidario «con tal de que te des prisa, vamos a perder la mañana». Y Livia empezó a vestirse, diciéndose «total, una semana más y se termina este desfile militar de a tres, hacer las cosas juntas al mismo ritmo», como si aquello fuera natural cuando lo natural sería seguir echada en la cama, dar en algún momento un paseo solitario por la ciudadela, explorar sus recovecos, leer en un café. Pero no la playa recurrente y sin embargo la playa. Igual ceñirse el bikini y la obediencia, que Vasilica no se alterara, tomar agradecida el café que le trajo Georgeta, delicioso, una lástima esa vigilancia oblicua preñada de quejas secretas que le dedicaba desde Milán, desde aquel chico en Milán. Con las manos en los bolsillos Mario se detuvo al borde de la arena, indeciso. Las manos en los bolsillos sabían del magro contenido de la cartera, le recordaron la necesidad de conseguir un trabajo. «¡Bah! Vaya día divino y, ¿apostamos?, no van a ser más que las negativas de ayer y anteayer, los puestos de camarero están pillados.» La playa, en cambio, prolongaría una libertad condicional. Estuvo por ceder, y no, paciencia y barajar, mejor intentarlo. Bruscamente un medio círculo salvó los 180 grados del pecado a la obligación y, al trazarlo, casi chocó con unas muchachas que venían del paseo marítimo. Las dos primeras resbalaron por su retina pero la tercera, rezagada, paralizó tiempo y pensamientos. Acaso fueran los graciosos mechones rosas en su cabello rubio, el perfil de una cara (y no hubiera encontrado palabras para atraparla) que sintió, neta y confusamente, le era devuelta desde el antes de un hogar perdido, aunque ella pasase al lado sin reparar en su presencia.

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Aroma a melocotón de la crema, rumor marino, canto de gaviotas, helado sabor vainilla que iba muy bien contra el regusto fantasmagórico de la novela. E, inexorablemente, recreo roto. Vasilica la llamaba, invitación/orden a interrumpir la lectura y unirse al baño. Absorta en la fiesta de ultramundo, el rapto del cuerpo dormido, la monstruosa dimensión a la cual el protagonista era arrastrado por la perversa Christina, movió el tobillo horizontalmente. Un no cuyo efecto aplazaría cinco minutos la nueva llamada, entonces coral gracias a las adicionales estridencias de Georgeta. Se mordió los labios. «Ni dudarlo: la realidad supera la ficción y los strigoi anulan la voluntad humana en pleno día.» Se levantó, buena chica, caminó hacia las olas y midió con la punta del pie la temperatura. —¡Ven, no está fría! La rompiente era mansa, una mano de espuma que acunaba. Buceó al fondo por echar un vistazo, la suerte podría regalarle una caracola o una estrella. Sólo arena y se dejó flotar vuelta al sol, apretando más y menos los párpados donde la luz ensayaba colores. —¡Eh, estamos aquí! Nadó hacia las amigas. Respiró un aire de conspiración. —Aquí me tienen las señoritas. ¿Qué decretan las señoritas? —Estábamos preocupadas ¡Ese hombre! ¿Lo has visto? —soltó Georgeta. —¿Cuál hombre? ¿De qué se trata ahora? —¿Cómo no has podido verlo? Fíjate —Vasilica señaló a la playa—, a unos metros de ti, acechándote todo el rato. Livia hizo una visera con la palma y entornó la mirada miope. Los bañistas no eran numerosos y aun así le costó ubicar su toalla. Había una figura agachada ante ella.

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—¡Y toca tu bolsa! ¡Ay, es un ladrón! Tan impropio de Mario que las acciones adelantaran a las decisiones, que las ignoraran a conciencia, incluso, cuando se censuró seguir a la muchacha, sentarse cerca y poderla admirar con disimulo pero largamente, lo más seductor de aquel paisaje de costa. Le dio esperanzas verla sola, las otras por algún lado y ella aún allí, a su disposición. «Eso de a mi disposición es mucho suponer, falta reunir valor. Pensemos: un “hola, ¿cómo estás? Bonito día...”» Descartó la chapucera entrada. «O bien, a degüello: ¿qué lees, guapa...?» Ni pulió la idea, aplastado por su timidez. «De fijo no habla español.» Además: «estas cosas no se las faja cualquiera». Y también: «podría ocurrir llanamente, con una mirada de bienvenida... !Ja! A concentrarse en la empatía telepática y tal». Tarde; sintió el agujero negro que devora las ilusiones al contemplarla estirarse gatuna, ya en pie, e irse —nunca giró la cabeza— hacia la orilla, su figura más deseada e inalcanzable. El mensaje sin destinatario o la inercia del valor reunido apenas le empujaron a los vicarios fetiches de la toalla desierta y la novela. Dar tu esti moarta, Christina! striga el. Tu nu mai poti iubi!... te iubesc, Egor. Si pentru tine vin de-atat de departe... «Vaya, precisamente cristiano no es, pero se parece. Portugués no, italiano tampoco. ¿De qué parte será la rubia esta?» Soltó el libro como si quemara, lo rescató de la arena, sacudiéndolo con torpeza y lo entregó a las manos de su propietaria —el más profundo azul del mar en los ojos muy abiertos, inquisitivos— repentinamente de regreso. Ella lo tomó sin pedir las explicaciones en las que Mario se deshacía, sin alentar el nervioso lenguaje corporal que subrayaba el perdón, mientras comenzaba a recoger sus cosas con una cordialidad donde no cabía el agravio, de una manera que ofrecía discul-

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pas a su vez, disconforme de aquello que bien debiera ser tan distinto. —Yo Mario. ¿Tú? ¿Cuál es tu nombre? —intentó. —Livia —dijo. Y corrió hacia las amigas, llamándola, llamándola.

«Bueno, aquí estoy». Fuera de ruta, a quién le habría creído un mes atrás, cuando ideaba celosamente su itinerario. Tanto estudiar la guía de carreteras, tanto repaso de nombres, tiempo y presupuesto hasta la ciudad destino y el destino salía con lo menos pensado. Cuentas redondas y al final la isla. Fuera de ruta, sí, aunque desde luego nada para quejarse, bien mirado improvisar podía ser interesante, cuestión de dejarse ir. Allí estaba y sería para mejor, cosas así suceden por encima del azar e itinerarios y hay que aceptarlo como otra regla tácita, del modo que aceptó la compañía de Enrique, cuya sombra observaría progresar sobre la cuesta de la carretera a los pies de El Palo, agobiado bajo el peso de su macuto hasta tomarse un respiro en el inicio de la curva donde él hacía auto-stop sin éxito, ya una eternidad. A esas horas de la noche y siendo dos resultaba aún más increíble que alguien parara, pero si el desconocido apoya su macuto en el mojón y se presenta, entonces ya no es un desconocido y se convierte en Enrique, camarada para vagabundear camino y noche adentro. Carisma al margen, porque Enrique era el optimismo personificado y lo contagiaba fácilmente, su carta de presentación durante el pitillo compartido no le inspiró a Mario gran confianza: esa turbia historia de cómo se había hecho con un dinero en Málaga, los cuatro puntos tatuados sobre el valle del pulgar, marca carcelaria de rigor... Pero se anda un kiló-

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metro, se pierde la última farola y las puertas cerradas de los pueblos les dejan únicos propietarios de ese cielo estrellado, los hermana con anécdotas de viaje que aligeran el peso a la espalda y los pasos en el asfalto, hace surgir espontáneo el plan de recorrer juntos el litoral a dedo, al menos hasta Mojácar, ya se vería después. Por lo pronto gana el cansancio y la playa sugiriéndose a escasos metros con un oleaje arrullador es un enorme hotel gratuito. «Con tal de que mañana no me despierte en calzones. O la cabeza machacada», piensa antes de estirarse en el saco de dormir, reír otro chiste y buenas noches, Enrique. Sin embargo, desde el amanecer siguiente en que abrió los ojos, sano, salvo, sus cosas en orden, y verle cepillarse los dientes al compás de la insoportable canción del verano sonando desde un chiringuito, se le aflojaron las suspicacias. Enrique resultó un compañero modelo. Ingenioso, solidario y con un humor a prueba de la resolana y los conductores. —Es el número cincuenta que nos ignora, ¿que no crees que los cuento? Sin piedad, las horas muertas, sudor a chorros y «vamos a caminar un rato, esta recta trae mala suerte». «¿Y eso?» «Me lo ha dicho un pajarito.» «Hoy dos caballeros no pueden viajar por la cara, asco de gente.» «Matemático, una pareja divide exacto a la mitad las posibilidades de...» —Venga, si es culpa tuya, Enrique, una semana sin afeitarte, das miedo —Pues tú podrías cortarte el pelo, verías que ayuda, los hippies pasaron de moda. —Calla y líate otro de esa mandanga tuya, empieza a gustarme. Vamos a caminar unos kilometritos, el gafe, ya sabes. Lúdicos pese a la monotonía y bajo el signo de una aven-

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tura en ciernes, trascurrían los días en la carretera. Con todo, el calendario; el mapa delator de la mísera distancia cubierta; la lejanía apabullante de la Costa Brava (a este ritmo); el plazo que a Enrique se le agotaba. Resolvieron echarlo a cara o cruz. Debían separarse, alcanzar Mojácar cada uno por su lado. Cruz, y a Mario le tocó adelantarse un trecho y ver a los veinte minutos de reloj a Enrique sacando medio cuerpo de un coche a toda velocidad para desearle suerte y (aunque eso se lo figuró) recordar la cita en Mojácar. No pudo ser; una combinación rocambolesca, otras cartas en el tapete, lo desviarían demasiado al norte y decidió continuar su ruta. Sólo que cambiándola: las maravillas que Enrique le contara de la isla, una y otra vez, recuerdos mitificados o un recurso para suavizar las horas achicharrándose al sol, «uy las playas, uy las titis, un ambientazo que ríete de tu Costa Brava, chaval, y cuando gastes la guita, curras de camarero, tiro hecho», acabaron por calarle. A los barcos no se sube a dedo, y de polizonte ni tratar. Empleó gran parte del dinero que le quedaba en el pasaje, clavado en la proa hasta ver asomar el contorno creciente de la isla y tocar puerto. Deambularía sonámbulo varias horas, la brújula loca, la impresión de que aquello no le estaba reservado a él, sino a otra persona. Disolvió la bruma, terminó de centrarse. «Aquí estoy, por algo bueno será.»

Las perezosas aguas del Danubio bajaban crecidas en primavera buscando el delta. Livia posó su mirada azul sobre el cauce, más ancho y siempre apacible, para alzarla luego hacia la hilera de árboles de la otra orilla. A su espalda una media luna de mansiones decimonónicas en romántica decadencia

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añoraban, como desde un sueño, las viejas glorias del puerto fluvial. Sus labios acariciaron aquella canción infantil:
Dunare, Dunare, Drum fara pulbere...

Respiró profundo; se sentía contenta de regresar a Braila tras los años de universidad en Bucarest, cambiar la histeria de la capital por la rutina conocida, tan llena de paz, un poco mustia, un poco lánguida, con esa melancolía que, de alguna manera inconfesable, le hacía bien. «No va a durar mucho el reencuentro, querida mía, ahora llegan las vacaciones y el viaje», musitó mientras el campanario de la iglesia ortodoxa marcaba los cuartos. «¡Ah! Vasilica y Georgeta estarán ya en el Voivoda esperándome.» Antes de apremiar el paso, sus ojos bebieron el río con la misma fijeza de las estatuas, vigilantes entre columnas, cornucopias y los medallones de oropel de las fachadas. Un manoteo a la atmósfera densa de humo y olor a tabaco, gesto de quien pide un aire puro improbable, o acaso encubre el azoramiento por estar en medio del café, la timidez expuesta cada vez que la rodean extraños. Oyó su nombre venir desde el fondo. Además de los besos y los abrazos, las amigas le tenían preparado un despliegue de mapas y guías que difícilmente superaría el aparato de cualquier estado mayor estudiando la batalla en ciernes. —¡Qué es esto! ¿Vamos a dar la vuelta al mundo en tres semanas? —preguntó Livia, camino de la burla al asombro. —Siéntate. No te hagas la graciosa. Mejor colabora, a mí me comen las dudas. ¡Hay mil posibilidades! —Georgeta se removía nerviosa en su silla. Vasilica negó con la cabeza.

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—No puede haber dudas, mi plan es el mejor. Sólo necesitamos ponerle imaginación y orden. Sumario de la situación, punto por punto: descartada la idea original del paseo por Transilvania y Bucovina, no faltarán ocasiones después, con los niños, el marido y la suegra. ¿Verdad? (las amigas asintieron). Un viaje de fin de carrera no es cosa de tomar así como así. Tiene que ser una experiencia, será una experiencia que recordaremos toda la vida. ¿Verdad? Merece, pues, cruzar la frontera. Verdad. ¿Pero adónde? Ningún país de ese mar eslavo que les rodeaba parecía lo bastante atractivo. Entonces Grecia, Italia o España. Es decir, Italia y España, volamos primero hasta Roma madre, y luego a elegir ciudades. —Y aquí se complica la cuestión —Georgeta escondió la cara tras las manos. —Tranquila, son unas vacaciones, no un teorema —Livia le tiraba juguetona del flequillo—. Podemos improvisar... Dentro de ciertos límites, porque Vasílica se apresuró a juntar nombres, combinaciones que sonaban dulces y armónicas igual que arpegios, el verano abriéndose rutilante, con un guiño romántico y cómplice, los bolsillos llenos de amables sorpresas, complaciente para cumplir hasta la última fantasía, Roma, Florencia, Milán, Barcelona, cómo no, ciudades así y veintidós años, noches cálidas dilatándose a capricho, el sol y la playa, el Mediterráneo; porque Vasilica ha calculado al detalle, incluso la última semana de descanso, ha tomado una guía y les cuenta al pie de la letra, y la misma Georgeta es ahora capaz de oler el perfume de los pinares, saborear rodajas de sandía con dos gotas de limón, ver la isla, sus pueblos amurallados, imaginar esa fiesta de Sant Joan donde galopan alegres los caballos.

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Livia giraba la cucharilla en la taza de café, la mirada vuelta adentro. Las amigas le sabían ese modo de ausentarse, de estar lejos y cerca, pero si cesaron en su entusiasmo e hicieron silencio fue por un frío —algo que en realidad era una tristeza tan honda que obligaba a llamarla de otro modo— viniendo de más allá del rostro pensativo de la muchacha. —¡Es curioso! —abrió los ojos al cabo—, ayer noche tuve una pesadilla con caballos.

De espinas y rosas

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vente para acá. ¡Hombre, menuda alegría me das! —la mano que guía a Mauricio a través de una pre– caria senda entre la maraña de mesas se aprieta cordial y fuerte—. ¡Amor, amor! Al fin te voy a presentar a mi mejor amigo, de quien te hablado taaantas veces... Virginia, este es el famoso Mauricio. Mauricio, mi futura mujer, Virginia. El ruido del restaurante —camareros yendo y viniendo, recital de barítonos en cada orden a cocina, el trajín de la barra, guirigay de conversaciones altisonantes, los niños escapándose de los padres para zascandilear por los pasillos con gritos apaches— cesa en la cabeza de Mauricio al ver a la mujer. Luis, que contempla a su amigo, no puede descubrir en el rostro de Virginia un rictus descompuesto, el cigarrillo aplastado sobre el cenicero, con una exasperación que quisiera aplastar otra cosa. —Jo, macho, cómo te has quedado. Natural, no es que lo diga yo, pero mi chica es una preciosidad, ¿eh? Pero bueno, no os quedéis ahí como pasmarotes. Un par de besos, ¿no? Bajo la complacencia bobalicona de Luis, rubio, atildado, Mauricio se acerca a Virginia. Ella hace un amago de levantarse, los labios apenas rozan las mejillas. Evaden la mirada. —Princesa, ¿te podrás creer que solamente por la invitación a nuestra boda hemos conseguido, ¡oh, maravilla!, que Mauricio regresase de su destierro en Uruguay? —Paraguay —corrige Mauricio.

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—Uruguay, Paraguay, ¿no es lo mismo? —No, no es lo mismo. Paraguay... —En fin, Sudamérica —ríe Luis salvando la trivial cuestión para proseguir—. Diez años desaparecido por esas tierras de Dios sin venir a visitar a la familia ni a los amigos. ¡No tienes perdón! —Podíais haber venido vosotros, siempre ha habido una puerta abierta. —¡Hombre!, pero no compares. ¿Qué íbamos a ir hacer en, em, Asunción? Bueno —Luis mide su entusiasmo y se calibra por un momento—. No sabes lo feliz que me hace tenerte aquí, te he echado de menos cantidad. Y te agradezco infinito que hayas hecho el viaje por nosotros... Mauricio, a su pesar, es incapaz de sostener el fervor de Luis y resbala hacia Virginia. Ella sonríe ahora pero sus ojos se han empequeñecido, son puro cálculo, un taladro, un mensaje. —Si es que no hay otro lugar como Madrid, que te lo digo yo, copón. A lo mejor te lo piensas bien durante esta temporada y ya te quedas aquí, ¿eh? Del trabajo ni te preocupes, los amigos nos encargamos. ¡Bebamos por eso! Vaya, se acabó el vino. ¡Camarero, camarerooo! —No te oyen, es increíble el escándalo de estos bares. No sé cómo la gente lo soporta. —El duende español, que ya te has olvidado, chaval. Lo que sucede es que estos tíos disfrutan pasando de ti. Me voy a la barra y os traigo un ribera que no se lo salta ni un gitano señorón. Ahora os vais a enterar —Luis toma la mano de Virginia y la besa, avanza con pericia sorteando obstáculos, se vuelve y grita—: ¡A ver si charláis algo y os caéis bien, que vais a ser buenos amigos! —Buenos amigos —repite Mauricio y manosea la copa

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vacía. Quiere ignorar la presencia de ella. Pero al fin le vence la irritación, confronta esa cara de póquer sentada digna al otro lado de la mesa. —¿Así pues Virginia y no Samantha? Un nombre mucho más casto, desde luego. Ideal para una novia, el órgano de la iglesia y los vestidos blancos. Si Mauricio llegó a creer —si la ofuscación se lo había permitido— que hallaría un resquicio de debilidad, se equivocaba de medio a medio. —Mira: soy Virginia y punto. Borra aquello, ni existe ni existió. ¿Realmente le tienes cariño a Luis? Entonces lo mejor es que te quedes calladito y más guapo. Además —cae la piel de cordero para mostrar el pelaje de loba— te conviene. Cargarías tú con la desgracia y ya veremos cómo lo llevas luego, majo. Las palabras le punzan la garganta, son un nudo de alacranes que no suben como le sube la sangre a las sienes y ese deseo de abofetearla, de vengar la ofensa. Mauricio está quieto, masticando el coraje. Virginia fuma con mohín de suficiencia. Y la mano se levanta del mantel hacia ella pero otra mano la detiene a un segundo del quiebre. —¡Ostias! ¡Mira tú quién está aquí! Mauricio se vuelve. A sus espaldas, festivos, entregados a una sorpresa no por sabida menos sorpresa, chanceros en resabio de morisquetas, Rubén y el Chivo. —¡Cuánto tiempo, Mau, venga un abrazo! —se adelanta el Chivo. Palmadas en la espalda, cómo va el vagabundo, uy, pero si ya estás medio calvo, anda que tú, cuándo te quitarás la barba de Rasputín, qué ha sido de vuestra vida, menudos bandarras, cuántos años, vuelan ciertamente, ¿dónde andan los demás?, tan calaveras como los dejaste, ¿sigues montando en

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moto o ya la vendiste?, de verdad bailas tango, yo ni el chotis en la verbena, como siempre ya sabes, sigo viviendo con los viejos, en cambio éste se compró un apartamento fetén, uf, aunque me tienen puteao en el curro, y la hipoteca, el reconocimiento, el puente blando que borra el largo paréntesis y los sitúa en el ahora con mucho para contar y poco que decirse. —¡Morenaza, ya voy a darte un besote! Y Rubén anexo al Chivo son yunta siamesa presentando sus respetos a Virginia, cordial pero moderada de aspavientos, elegancia de niña bien a la que no se le mueve un pelo. Mauricio sufre otra vez el vértigo en las sienes. —¿Has visto qué belleza se ha pescado Luis? —guiño vacilón del Chivo. Rubén redondea picaresco: —¡Quién lo iba a decir! Si antes no se comía un colín... —Con vosotros ya no necesito enemigos. Luis reaparece botella en mano, perfecto icono de la dicha, los colegas reunidos y la mujer, Mauricio de regreso, pero ante todo la mujer. —Esta, trae aquí que la abra, nos la ventilamos en un plis plas y nos vamos de marcha. ¡Como en los viejos tiempos! —Tranqui, Chivi, que antes debo dejar a Virgo en su casa. Con una voz insólita para Mauricio, inflexiones cristalinas y musicales, cándida sofisticación, rectifica la novia: —No, si no hay problema, os acompaño encantada. —¡Vayaaaaaaaa! Al fin te sueltas, salerosa —estira su barba el Chivo. Luis se desconcierta. —Pero si a ella no le gusta salir de noche. Los estudios, amor, de verdad quieres acompañarnos, ya habrá ocasión, no te sientas obligada.

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—Que no. Por desvelarme una vez... Y así no os portáis mal. Además, ha venido Mauricio y hay que celebrar. Sobra el choque de miradas.

Calleja estrecha, por la esquina una torre puntiaguda se afila contra el telón de noche ya desteñido, a punto del alba. Un bar cierra descaradamente sus puertas cuando el Chivo, que lidera la romería, ejecuta maniobra exploratoria. Masculla una blasfemia bíblica. Luis le quita importancia y señala las luces de otro garito. —¡Al abordaje, mis muchachos! Ahí han de servirnos priva, ¡por Baco! Un par de noctámbulos sobre la barra, tres parejas al fondo, la camarera es un capitán en el puente de mando, entreviendo los arrecifes. Janis Joplin canta desde los altavoces. Nuestro grupo sienta plaza cerca de la puerta por donde se cuela el fresco de la madrugada. —Esta ronda la pago yo —anuncia rumboso Rubén. Se guinda en la barra como periquito mojado. —Guapa, ponme dos rones cola, dos güisquis cola y para la niña un vodka tonic, poco vodka —y clava la mirada turbia en el escote de la camarera. —Oye, pero qué bonitos ojos tienes. ¿Cómo te llamas? Estoica a la lírica, la chica ya mezcla bebidas con movimientos de autómata. Coloca los vasos en arquitectura de barrera, bosteza una cifra. Rubén vuelve, pasos cortos y juegos malabares, a la mesa. La conversación lucha por no decaer. Han sido horas en zarabanda de «¿te acuerdas de aquella vez?» y alguna noticia nueva para conciliar el pasado glorioso con las metamorfosis

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del presente. Mauricio se encuentra sin cartas; su vida en Paraguay, las cosas que le hacen vibrar, su realidad cotidiana y sus afectos, son una tierra de nadie, un tema abstruso, un tiempo ilusorio para los amigos. Mauricio sólo existe en el recuerdo, casi como si estuviera muerto. El ron ayuda, desde luego, pero le cuesta mantener el tipo y el fandango carnavalero, le cuesta ceñirse a la imagen idealizada, sobada por tantos años, tanto hueco relleno con lo que fue, tanta distancia. Y además está lo otro. Para soportarlo ha preferido dejar la mente a la deriva. Con puntería inverosímil, el Chivo mata dos pájaros de un tiro. Le gana la curiosidad sociológica: —Mauricio, cuéntanos, ¿es verdad que a las sudamericanas se les caen las bragas? —No menos ni más que en otro lugar, supongo —suena áspero. Luis, el brazo izquierdo sobre la cintura de Virginia, la mano estirando el cubata con el índice ademán atribuido a Colón, abunda en el tema, pero pone una venda. —¿Y qué? No te has echado una noviecita formal. Mira que ya va siendo hora, a lo mejor aquí... —Este año he decidido declararlo sabático. Preferible solo a mal acompañado. Ha roto la tregua. Con destreza la última frase se funde en parábola ocular que barre a Virginia para refugiarse en el fondo del vaso, tapando ya la boca. «Me he pasado —se atribula—. Pero nadie notó nada. Ella sí, fijo. Ellos no, Luis no.» Igual está nervioso y cuando el Chivo interrumpe el hilo para preguntar por el tigre, Mauricio se aplica a escurrir el bulto: —¿Pero no sabes?, los baños siempre están al fondo a la derecha. Te acompaño, voy a echar una firma.

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Cruzan el local frente a la camarera, quien se ocupa en ordenar cajas, inminente aviso de cierre. Los otros parroquianos ya hicieron mutis. Al Chivo le cuesta mantener la vertical y Mauricio le sigue, la mano sobre su hombro para favorecer el equilibrio. Instalados frente al meódromo, Mauricio escurre preguntas: —Chivi... ¿Tiene mucho tiempo que el rubio conoce a su novia? ¿Cómo la conoció? —Se la presentó una prima de Luis, iban juntas a una academia de francés. Eso fue... ¿hace cinco meses? —¿Y tanta prisa por casarse? Si apenas sabe de ella... —Ahhhh, el amor. La verdad es que se puede entender. Guapérrima, formal, cariñosa... ¡Así también me casaba yo! Mmmm —el Chivo excava en el pasado—. ¿Recuerdas cuando éramos unos imberbes? Las mujeres se dividían en dos grupos. —Sí, las niñas bien y las putas. Ridículo y machista. —Conforme, pero también técnico. Con las niñas bien no hacías nada porque no te dejaban, eran las ideales para exhibir. Y luego, claro, teníamos a las otras y entrábamos a saco. —Pero si al final es igual, pura fantasía. —Bueno, ¿qué quieres? Luis debe de pensar todavía así. Y Virgo da todo el perfil. —Vamos, de las que no ha roto un plato en su vida. El Chivo, atento en el ejercicio de sacudir la última gota, asevera: —No consta en acta. —Ya. De vuelta a la mesa descubren a Rubén con la cara colgada de la barra. Virginia, candonga, está convenciendo a Luis para terminar la noche. Luis propone el remate de unos chocolates con churros, sin embargo acaba por capitular.

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—Vosotros mismos. Éste y yo nos najamos al Maracaibo a tomar la penúltima. ¿Te apuntas, Mau? —anima Rubén encandilado con las posibilidades de la madrugada. —Señores, yo me retiro. Suficientes emociones por hoy. Buena caza. —Entonces te vienes con nosotros, yo te dejo donde digas. —Gracias, Luis, mejor tomo un taxi. —¿Tomo? Se toman los cubatas y ya tuviste de sobra, aprende a hablar, copón. Cojo, cojo. Cojo un taxi. ¡Pero que no, que te llevo yo! —Me cojo el taxi, gracias. Nos vemos pronto. Buenos días. Saludo torero —ni besos ni abrazos—. Mauricio aprovecha los entorpecidos reflejos del grupo, traspasa la puerta y se pinta calleja al fondo.

II —Te quiero como a un hijo, bien que lo sabes —Adela desatiende la besamel y confronta al hombre (pero no ve un hombre, ve un niño grande sentado en la mesa), con un cariño velado en leve reprimenda—. ¿Cómo has podido esperar una semana para visitarme? Después de esta eternidad sin estar juntos... Mauricio se remueve. Hubo en esa semana demasiadas cosas. Y por otro lado Adela tiene razón. —Perdona, creí que me hacían falta unos días para reencontrarme a solas con el pasado. Así que alquilé un pisito fuera del barrio, paseé horas y horas, hice recuento de la vida. Acaso fue peor... ¡me sentí tan solo esas noches! —Pues claro, tonto. Debías haber venido directo a casa, a ver a tu familia...

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(Seguro fue peor... maldita jugarreta del destino. Virginia.) —... porque nosotros somos tu familia. Desde lo de tus padres, pobres, me acuerdo a cada rato de ellos —a Adela la roza un principio de llanto. Mauricio la abraza. Ella se reprime, sonríe—. Medías apenas la mitad cuando viniste a casa. ¿Por qué te fuiste, Mauricio? ¡Luisito y yo te hemos echado tanto de menos! No hay explicaciones, sólo sabe que estuvo bien. De todos modos enumera disculpas, es lo mínimo que merece Adela. Da gracias porque ella siga pendiente de la comida, hablando de cómo la traían loca las travesuras que ingeniaba con Luis —¡menudos dos diablos!—, de lo aplicado que era en la escuela, esto y aquello. Mauricio, mientras, la ha encontrado por primera vez vieja y se estremece. Era justo lo que había temido, era en parte el motivo de no terminar de llegar, el abismo sin asideros de lo ido para siempre. Entonces algo reintegra su atención al discurso de Adela. —... y la boda con Virginia. Si supieras cuánto ha cambiado Luisito. Encima con lo que se esforzó año tras año en el trabajo. Tiene un puesto buenísimo ¡Estoy orgullosa de mi hijo! Por cierto, ya viste a Virginia. Es su delirio, donde ella pisa, él besa. ¿Qué te ha parecido? La oportunidad en bandeja. —¿Qué te parece a ti? —¿Una pregunta responde a otra pregunta? ¡Niñooo! —No sé, Adela. Me parece perfecta —lo considera y arriesga—. Quizás excesiva cara de «yo no fui». ¿Es trigo limpio? —¡Mauricio! ¡Eso me dices! ¡Venga ya, si es una muchacha fenomenal! —Perdona, la precaución no está de más. Luis siempre fue muy confiado. Quiero decir: ¿en qué trabaja? ¿Qué sabes de su familia?

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Adela lo toma como una gracia. —¡Pero si se creería que la suegra eres tú! Anda, prueba la besamel y dime, ¿está como te gustaba? Apura la cucharada y pide más, hay en ese sabor tanta infancia contenida, tanto amor regalado, tanta gratitud, que apenas dice «deliciosa como de costumbre» y luego permanece mudo. Adela, ufana, disimula el instinto maternal. Pica el relleno de los canelones y le recompensa con alguna noticia. Sólo ha hablado con sus padres por teléfono, son de un pueblo de Murcia, «pero se los nota buena gente. Tengo ganas de conocerlos, aunque hasta la boda... ¿La niña? Un primor, estudiosa, sacrificada, todas las noches empollando para sacarse la carrera de dentista.» Todas las noches, las noches, las noches, Mauricio traga saliva. No puede ser más providencial la aparición del amigo. —¿Así que hoy cocinas el plato favorito de Mau? Mmm, canelones. ¡Las veces que te los he pedido yo y pasas de mí! —¿Todavía con pelusa? Anda, hijo, dame un beso y no seas así de celoso. —Ya, ya. ¿Cuánto le falta a la comida? —Media hora. ¿Por? —Porque a éste me lo llevo yo. Enseguida venimos. —No me lleguéis tarde, ¿eh? —y se dirige a Mauricio—. Estate atento de la hora, tú eres el más responsable. El sí se apaga con el portazo y las zancadas de dos críos corriendo escaleras abajo. Adela deja caer los párpados.

Sobre el solar de la vieja fábrica abandonada donde jugaban a los caballeros de la mesa redonda han levantado un centro comercial. Del terraplén que subía a las casitas de los gitanos

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(¡qué batallas campales! a ti por poco te sacan un ojo, me libraste cuando los tenía encima, ese tino tuyo con las pedradas, joder) no quedan ni las trazas y todo lo ocupa un aparcamiento. Las contrahechas moreras del cementerio se secaron. —¿Y el loco guardián que salía con un palo cuando robábamos las hojas para los gusanos de seda? —Estará dentro, a dos metros, ja, ja, ja. Y sólo resta el muro abatido que encierra al jardín de la alegría en el que desde hace mucho no cabe una tumba más. Suma y sigue. Cada lugar reaparece diminuto, gastado. Se precisa un portento de la imaginación para rescatar el barrio que fue o ajustar las ruines escalas reales a las grandezas de la memoria. —Enséñame la mano derecha. Mauricio entiende. —Aquí está la cicatriz, ¿y la tuya? —Fíjate, chaval, si se nota más. —A vacilar a la Cibeles, chato, mira bien. Comparan ambas cicatrices, reviven el distante día de la botella rota, la idea de Luis de sellar la amistad convirtiéndose en hermanos de sangre, como hacían los piratas, los indios pies negros, los cosacos o vaya uno a saber quién. En todo caso dos niños de pantalones cortos, azuzándose el uno al otro a herirse la palma con un vidrio, pasarlo una y otra vez con mayor decisión y menos miedo, hasta que brotara suficiente líquido rojo y fuera meritorio el apretón de manos, pegajoso y decisivo. —Ja, eras un cagueta, costó un Potosí convencerte. —Anda, ¿y tú? Media hora y eso que la ocurrencia fue tuya. Menos mal que no nos dio tétano. —En cambio nació la Hermandad del Mutuo Socorro,

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orden digna del Temple de la que, no me negarás, te beneficiaste mogollón de veces. —Sí —Mauricio sonríe—, siempre me protegiste de quienes me querían pegar. Como eras el más fuerte y grandullón... —Bueno, yo no me quejo tampoco, me ayudaste mucho. Mutuo socorro, sinceridad, lealtad, unión, todo eso es aún el alma de nuestra amistad, hermano. ¡Qué contento me pone tu regreso! —Luis mira sin pestañear, deja correr una devoción caudalosa, que mana desde los primeros balbuceos, el andar a gatas y el chupete. A Mauricio se le seca la boca. —Oye, Luis, y hablando de lealtad, hay algo... Un grito transita el barrio rebotando entre los bloques de pisos: —¡Mauricioo, Luiiiiiiiiiiis! ¡A comer! —¿Oyes? ¡Ey! La vieja nos llama, la zampa está en la mesa. Tus canelones. ¡No te quedes embobado!

III —Venga, hombre, considéralo como la despedida de los VIP —Mauricio le llena de vino la copa, hasta el borde. —¡Ey! Si ya lo tenía organizado para la semana que viene. Ahí vamos a estar todos —Luis toma la copa con una mano y con la otra deja la chaqueta en el sofá. Se afloja la corbata. —Clarinete, y será una farra esdrújula —concede Rubén—, pero esa será la oficial. Aquí y ahora, en mi recién estrenado apartamento, con tan buenos aires —y despliega la mano desde el salón a la terraza y las vistas al Manzanares—. Tus

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colegas de ley te vamos a hacer una despedida de soltero como mandan los cánones. Luis bebe, se ríe. Frente a él: Rubén, el Chivo, Adrián y Mauricio. Por fin Mauricio sin esa jeta de gravedad, de contento a medias, más animado que toda la banda junta. —¿Qué estáis tramando, malandrines? Esto no huele bien. Me sacáis del trabajo a esta reunión clandestina... —Como cuando hacíamos pellas en el colegio para ventilarnos unas litronas —apunta el Chivo junto al equipo de música. —¿Habías quedado hoy con Virginia? —se interesa Mauricio. —No, está más liada que la pata de un romano. Casi no la veo, entre los preparativos de la boda (aunque mamá es la que se encarga) y los estudios, la pobre no da abasto. —¡Rey de bastos, rey de bastos! Así le llamábamos antes al Rubén —vitorea Adrián, ya un poco borracho, mientras Mauricio asiente complacido, la mente en otra cosa. —Señores, dura es la vida, siempre pintan bastos. Yo, como monarca sin corona, os invito a hacer lo honores a estos pastelitos de hash que nos ha cocinado Adrián. Espero no haya perdido su toque mágico. —¡Jooder! Ya veo la que me espera. Hoy se va a hacer mañana y mañana a ver quién se levanta a trabajar... —Exacto, Luis —retuerce su barba el Chivo—. Acá se ha reunido a tutiplén lo más selecto de cada destilería. ¿Ron, güisqui, ginebra, vodka, tequila, anís, pacharán, sake? Y si el espíritu decae llamo por el móvil a mi camello para que traiga farlopa. —¡Buff! ¡Qué pasote! ¿No hablarás en serio? Si no estamos ya para esos trotes... —¡Ay, los años, los años! ¡Pero qué viejos estamos ya! —canturrea melodramático Rubén.

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—Venga, chaval, que a partir del catorce te van a sobrar días de paz familiar. Esto es una despedida de muchas cosas, como pasar una página en la historia —el Chivo toca una guitarra invisible mientras suena AC/DC—, un adiós a todo eso, tíos, que ya van a llegar los churumbeles, los bautizos, y seremos unos abueletes en menos de lo que se santigua un cura loco. Está dicho. Se llenan y se vacían las copas, hay repaso de música ochentera, de las anécdotas de adolescencia que ya se sienten arcaicas, ahora sí ni cómo engañarse. Cambio de piel, pero entretanto Luis ha arrojado la corbata a un rincón y se lía unos porros con la habilidad que le dio fama. En la terraza Rubén y Mauricio comparten uno. Ruido más distancia de por medio, confabulan. —Oye. ¿Cuándo vamos con el regalito? —Aguarda un poco, Rubén. Yo sé cómo es él. Si se lo decimos ya, nos aúpa el grito en el cielo y no le va a encontrar gracia. Más priva, los pastelitos, y una vez manso como un cordero no pondrá resistencia. —Pero, hombre. ¿A quién le amarga un dulce? ¿Tú te crees que se va a escandalizar? —Seguro, nunca ha formado parte de nuestras juergas. Es algo excepcional, por la ocasión. De todos modos no es el estilo de Luis, y encima como le tiene esa... —Ta, ta, voy a hacerle probar otro pastelito, acábate el mai. Y déjame a Luis a mí que yo le pongo fino. —... esa haka guazú —concluye Mauricio apagando la voz.

Definitivamente Adrián está grogui. El Chivo es de tiros largos y ni ha necesitado probar la cocaína. Luis y Rubén sí, porque a Rubén se le pasó la mano. Mauricio supo fingir algu-

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nas caladas y volcar los vasos en la maceta para conservar un resto de control. Pica la coca con el DNI y hace otras líneas largas, generosas. Es el momento y ahora los quiere a todos espabilados. Los nervios le retuercen pero ha decidido que sí, que es imposible vivir con eso, que no le faltará el valor. —¡A ver, señores! ¡Ha nevado! —Ostias, tú, qué pasote... se va acabar el mundo. —¿Y la turuta? ¿Dónde está la turuta? —el Chivo busca el billete hecho rollo para esnifar. —Un poco más de música, ¿no? Rubén frena la iniciativa, rimbombante. —¡Chin, chan! ¡Chan chan! Nada de músicas. Vamos a darle a Luis su regalito. Ralentizada, la atención se materializa en sordina eléctrica. Los ojos miran detrás de la mímica idiota de Rubén como esperando que se aparezca un elefante blanco o algo así. —No veo nada —dice Adrián y dice la verdad. —Toma la turuta, Adri. ¿Qué más hay reservado? —pregunta el Chivo. —¡Ey! ¿Algo para mí? —y los ojos de Luis brillan igual a los de un crío. Mauricio se coloca de pie, al lado de Rubén frente a los otros desparramados en el sofá. Vistos desde la terraza, por ejemplo, se pensaría en dos actores representando ante el público. —Vamos a traerle al novio una hembra de bandera. La mejor y más puta de todo Madrid. Una que os va a dejar a, le, la, dos. —Bueno, hasta más de lo que estáis, ja, ja, ja, ja. —Un auténtico bombón. —Experta en bailes y habilidades de oriente. —¡Eso! Una musmé robada del serrallo del sultán.

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—Antes del martirimonio, el último tiro al aire de Luis. Suficiente para ganar el entusiasmo general. O casi. —Venga, no jodas. Estáis hablando en broma, ¿no? —Totalmente en serio —silabea Mauricio. —¡Ey¡ En diez días me caso. Amo a Virginia. Ni borracho le voy a hacer algo semejante. ¿Queda claro? —los fusila a todos con dureza. Podría oírse la tos de una polilla. —Bueno, bueno. Tranqui. Apostamos que te gustaría. —¡Mal apostado! Pésimo gusto. Mauricio apacigua: —Vale. Pero no te avinagres así. Deja la fiesta continuar. —Le pega una calada al porro—. Supongamos que es la despedida de Adrián, de Rubén, la mía... —¿Y la mía por qué no? —protesta el Chivo y pone los ojos en blanco. —... deja que la chica venga, que baile un poco. Un rollo simbólico. Ni la toques, sólo mira. Por eso no te vas a ir al infierno, San Luis. Hay un rifirrafe de opiniones. Amoscado, Luis cede por los amigos, quienes le jalean con aplausos. —Muy bien, pero esta faena no es mía, ya me corté la coleta —advierte circunspecto. Y justo suena el telefonillo. Mauricio oprime el botón sin preguntar. Anuncia: —Aquí viene la niña. Rubén se precipita en griterío desaforado, una proclama de indignación. —¡Serás capullo! ¡Ya la llamaste! ¡Ni consultarme! ¿Y qué idea tienes tú de la movida Madrid la nuit si vienes de Paraguay? ¿Vas a saber más que el rey de bastos, el gran putero?

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Coro de aprobación. Mauricio aclara: —¡Eh, eh! Sé lo que me hago. A ver si creéis que me paso las noches viendo el telediario. Tranquis, no os va defraudar. ¡Un poco de fe! El ruido del ascensor, el repiqueteo de tacones aproximándose, producen un mutismo expectante tras las últimas palabras. Se diría que las respiraciones cuajan y que cierto tic depredador se apodera del grupo de hombres. Tocan a la puerta unos nudillos delicados. Ante la parálisis de los demás, Mauricio abre de par en par, la mano temblorosa. En el quicio, como saliendo de la chistera de un mago, aparecen unas botas negras, una minifalda de cuero y un escote abierto, imán de la atención general que luego descubre la cabellera negra, la boca pintada y unos ojos donde cabe todo el espanto del mundo. —¡Virginia! —Luis da un brinco que le eleva un metro sobre el sofá. Y eso es todo por unos segundos inmensurables. Estupor, apocalipsis, el tartamudeo de Luis, la copa que se le escapa al Chivo, la mujer petrificada, Adrián se levanta, Rubén se sienta y Mauricio, abotargado y satisfecho —misión cumplida—, aguarda acontecimientos. Ronda de miradas hacia Virginia y hacia Mauricio, cuyos ojos se buscan como se buscan dos navajas. Una carcajada rompe el clímax. —¡Amor mío! ¡Nunca te había visto tan guapa y tan sexy! —corre Luis a abrazarla. La llena de mimos, la cubre protector, besa de nuevo la boca rígida, le susurra al oído, la acaricia con ternura. Se vuelve a Mauricio y ríe, ríe con ganas. —¡Ay, este Mauricio! Jamás cambiarás. ¡Tú y tus bromas!

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Y para la galería: —¡Claro que sí! ¡Este es el mejor regalo de despedida de soltero! ¡Cómo pude dudar de vosotros! ¡La mejor mujer, sí señor! ¡Excelente elección, Mau! Seré gil, cómo pude dejarme tomar el pelo... Ríe Luis, ríe Virginia con habilidad de lagartona y dominio de la situación. Ríen los amigos la ocurrencia de Mauricio en una catarsis con algo de humor y mucho de alivio. Pero Mauricio no ríe. Está plantado ante la pareja, animal bicéfalo, fortaleza inexpugnable. Firme ante la falsa connivencia, al beso en la mejilla de ella —Judas besando a Judas— y las carantoñas de Luis, su artificial invitación a celebrar, a hacer verosímil la broma. A Mauricio le pica la palma derecha donde una vieja cicatriz se borra mientras mantiene la mirada del amigo al desesperanzado encuentro de una zona remota que fue terreno compartido de niños. Y lee, por encima de la pátina de euforia, que aquella antigua hermandad ha muerto aquí y ahora. Y, sobre todo, que en la boda ya no será requerida su presencia.

Eurídice, Eurídice

I todavía no logro entender cómo se nos fue Manuel acaso me parezca posible ver por sus ojos en el preciso instante de aquel cruce de miradas, cuando los ojos de Manuel, a través de las brumas resacosas de la noche anterior, vagaban perdidos sobre relojes de cuco y sables republicanos con olor a odios pasados y a cosa rancia, deslizándose inapetentes entre candelabros, falsas tallas barrocas y gobelinos, para acabar en un tropiezo ya escrito con los ojos oscuros de ella, inmóviles pero al acecho tras el vidrio que protegía una fotografía amarilleada por el tiempo. Y en el recuerdo, siempre en el recuerdo, la voz de Manuel al distraerme de la lectura de un ejemplar de lírica castellana: «Quiero este retrato. Me lo llevo. ¿Cuánto es?». Parpadeo de soslayo que me devuelve la pose de un Manuel con la cara a medio palmo de su compra, boquiabierto, mientras ahogo un bostezo, desdeño la poesía, me froto las sienes, arrastro los pies al puestecillo contiguo. Será necesaria la alegría de las chicas para espabilarme por sexta vez en la mañana. Ahí vienen Lida y Eliana y más allá veo a Natasha, su sonrisa coqueta me muestra, frente al espejo que le acerca un vendedor, lo magnífico que puede lucir un abrigo apolillado, conmovedora propietaria de una prenda pasada de moda. Pero ¿qué les pasa? No sean cansones. ¿Por qué van tan demorados? ¿Y Manuel, dónde quedó? Volteo la cabeza para contestar a Lida y distingo a Manuel, clavado
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donde lo dejé (¿hace cuánto?, ¿cinco minutos?), Manuel a quien ya ha encontrado Eliana, toda besos y abrazos, Manuel escurriendo el retrato en el bolsillo de la chaqueta con un gesto fuera de lugar, furtivo. A las chicas les sobran motivos de impaciencia: este amanecer, que no vimos, un cielo azul ha suplantado a la eterna luz lechosa, lluvia en potencia, que envuelve a la sabana de Bogotá como un sudario. Extinta la membrana de nubes, el sol reluce con ganas y los cerros se asoman impetuosamente verdes tras los edificios. Así, el plan de cada domingo, la romería morosa por el mercado de las pulgas entre el desayuno y la hora de comer, les sabe hoy a poco y quieren apurarlo cuanto antes. La Carrera Séptima a las 11 y mucho de la mañana es un río de gente y de bicicletas. Los habitantes de las barriadas del sur, ropas humildes, rostros mortecinos, han acudido puntuales a su esparcimiento semanal de comercios cerrados y parques gratuitos. En las calles laterales —de la 22 a la 26— montan guardia con displicente disimulo los personajes patibularios de costumbre: hampones, jíbaros y desechables. Mírenlos, tan queridos, dice Lida con un mohín irónico en los cachetes y un escalofrío que va por dentro. Aunque no pareciera burla; un aura casi seráfica les confunde, merced a la bondad del día, domingo plenamente luminoso salvo por el semblante de Manuel, negro sobre negro desde que empezaran los problemas. Las chicas parlotean incansables. Hacen planes inútiles. Soñadora empedernida, Natasha propone una excursión a Zipaquirá. Mejor aún, a Tunja, a despecho de lo avanzado de la hora. Lida resulta moderada: Chía sería perfecto. Eliana dice que sí a todo, distraída, sin soltar la mano de Manuel,

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taciturno como nunca... Ha pasado ya mucho tiempo, pero mi evocación reduce aquellos proyectos a una tarde en el parque Bolívar, al alto vuelo de las cometas impulsadas por el viento de agosto, los rascacielos del centro y el telón esmeralda de los cerros, el olor del césped, la respiración de Natasha junto a mí, su risa cantarina, los besos, una felicidad breve.

II Quizá esa misma noche o la noche siguiente Manuel surgió como la sombra más oscura de las sombras y se me quedó observando. La casa era grande y no le esperaba allí, no tan tarde, e igual le esperaba. Una casa grande, sí, de una sola planta pero con cuatro patios en el último de los cuales tenía mi habitación y un tabuco donde estaba ordenando a deshoras el archivo fotográfico. Enarcar de cejas para expresar una extrañeza que hace semanas no es tal, estirar la mano y tomar la botella de ron, ofrecer un vaso a veces ignorado, el ceremonial mecánico. Manuel toma asiento, sé de qué va a hablar, la mala racha del Orfeo, su restaurante que ocupa los dos primeros patios cubiertos, la intransigencia del casero, el acoso de los acreedores. Y también de la necesidad de organizar más fiestas para conseguir más plata, fiestas que se habían hecho sonadas en La Candelaria y eventualmente lucrativas con un mínimo de recursos: Manuel el inspirado DJ, Natasha y Eliana en la barra, yo en la puerta cobrando entradas, más plata para salvar al Orfeo que se nos despeña irremediablemente hacia el infierno, los pesares de las noches de insomnio. Pero no.

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Está pálido, ojeroso, y aun así no ha perdido su atractivo, la media melena romántica enmarcando la cara lampiña, de facciones delicadas no exentas de carácter. Recuerdo cuando le visité unos meses atrás, y a la amiga inglesa que me aconsejó su casona colonial, es enorme, seguro le sobra espacio, y he oído que las cosas no marchan bien, que de pronto le interesara arrendarle una pieza, te gustará el lugar, aunque tratar con Manuel no fue fácil al principio, le conocía de verlo pasar por La Candelaria, sabía de su fama de arrogante y me preguntaba, no sin un dejo de envidia, cómo un tipo de rostro aniñado podía tener aquel éxito con las mujeres. Y luego todo tan natural, aceptar su extraño carisma, hacernos casi hermanos a pesar de las diferencias, intimar con los pocos que le frecuentaban, a Eliana, a Lida, a Claudio el profesor de tangos, a Natasha, una nueva familia. Manuel da un trago corto al ron y me pregunta si está Natasha. Durmiendo, le respondo. Vamos pues a la cocina, tengo algo que decirte. Las maderas crujen en los corredores en tinieblas hasta llegar al salón donde las mesas del Orfeo aguardan otro día más sin clientes. La claraboya de cristal que cubre el patio permite contar las estrellas y filtra la luz argentina de la luna. Manuel enciende varias velas y por un momento creo que se va a poner a guisar uno de sus risottos sonámbulos, así hemos bautizado a las maniobras en la cocina cada madrugada que precisa distraer la angustia. Pero está quieto, sobre la barra de madera, buscando las palabras de una letanía recurrente. ¿Te acuerdas de la fiesta de fines de julio, comienza, cuando una mujer hermosísima me sacó a bailar y desapareció? Vaya, era esto y no lo otro, pienso complacido, un alivio que le quede humor para las viejas, así sea a estas horas, maldita

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la gracia, señal que se va animando. Responder: ¿cuál de tantas, petit demon? Y sin embargo presentir a la que se refiere, aquélla que nadie sino él pareció ver, para descanso de los celos de Eliana. Su confidencia me había inspirado entonces un par de días de guasa, la extravagante cenicienta de Manuel, pero ya era asunto archivado, o debería serlo. Tú estuviste en la puerta hasta cerrar admisión se obstina, seguro la viste, haz memoria, bellísima, una mirada sin fondo. Pero ¡no jodas, Manu! Tanta mujer espectacular y ahora yo debo acordarme de todas. ¿Qué te pasa? Ha metido la mano en el bolsillo y la saca para apoyar litúrgicamente sobre la barra un viejo retrato en blanco y negro, la emulsión alterada por los años. Ella es, anuncia, como quien dice creo en Dios. No me queda más remedio que pasar de la fascinación al desconcierto, da igual el magnetismo de los grandes ojos negros bajo la amplia frente, la cascada de bucles entre las pálidas mejillas, la nariz respingada y el lunar a la izquierda de unos labios plegados en una expresión ambigua que he visto en otra parte. ¿Y?, pregunto, y nos quedamos a la deriva, de los ojos del uno a los del otro y a los ojos fijos de la foto, mórbido triángulo. Manuel como si confiase que entendiera algo tan simple y a la vez le explicara el misterio. El vendedor de las pulgas —Manuel sacude el aire ahuyentando una idea— me dijo que apenas vio el retrato al ordenar el último lote que le trajo un limosnero. De pronto el tipo se bajó una casa llena de cachivaches o los encontró en la basura, cayó por el mercado, agarró los pesos que le quisieron dar y se fue a comprar bazuco, o eso imagina. Más nunca lo vio, no sabe ni su nombre, nada. Ni él, ni los otros puesteros. Fin de la pista. ¿Cómo así fin de la pista? ¿Estamos en una investigación?

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Uuuh. No, no me pongas esa cara, Manu, ¿de veras me tengo que tomar esto en serio? A ver, a ver si me entero: Te enamora una desconocida con ínfulas de hada, se esfuma entre dos bailes y reaparece de repente tal cual, despojo de salón imperial en manos de un anticuario de quinta. O tu niña se hizo una foto de época que vaya usted a saber cómo acabó allá, o es la de su bisabuela, o es una broma todo esto. O se te está corriendo la teja, hermano. Conozco lo suficiente ese mohín para poner a prueba su paciencia. ¿Ajá, y entonces?, le digo conciliador. Una opinión, tú eres fotógrafo, sabrás si la foto es realmente antigua, una imitación o qué vaina. Cuestión de sacarla del marco, primero, ojalá no se nos caiga a trozos... Un bostezo felino nos detiene. Natasha está en el umbral del pasillo cubierta con una cobija. Un reproche dulce, tengo frío, me dejaste solita, y luego sus pasos acercándose que tensan a Manuel. Su ceño me basta para entender que el misterio es además un secreto. De vuelta a la habitación Natasha se aviva abrazada a mi cintura, ¿qué tramaban ustedes a estas horas? Nada, bizcocho, tentando a la noche con historias de fantasmas, mientras adivino a Manuel perdido en su Mona Lisa y el temblar de las velas.

III Y ahora el ritual del poporo, dice Ricardo con una risa que busca contubernio y callar la voz de su conciencia día a día más afónica. Café, y el inevitable cigarro, tras las líneas de cocaína, e inaugurar la mañana. Si los indígenas de la Sierra Nevada

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usan sus poporos, las calabazas donde las hojas de coca se mezclan con la cal precisa para activar los alcaloides, nosotros celebramos de recocha la polintoxicación, el cóctel de estímulos con el que afrontar otro día en la ciudad desquiciante y amada. Cualquier excusa sirve para echarle mano a la caína que compra él y le guardo yo, infructuosa táctica de control de consumo, volviéndonos inseparables, eso sí, más allá de nuestras relaciones laborales. A veces le acompaño en su viaje al inframundo. Tiene morbo visitar a los proveedores, entrar en ese edificio del centro entre la séptima y las cuadras de nadie, el maridaje de vidrio y hormigón de la antiestética setentera en sus máximas posibilidades, mugre encallada, las paredes destilando una tristeza a punto de salpicarte. Difícil suponer que viva gente, preferible no imaginar a los inquilinos. En todo caso en la puerta frente al 8 C, nos dicen, habita una señora muda y treinta gatos, cuyos orines marean desde el sexto. Uno entra al 8 C sin llamar ni mucho protocolo, total, a Ricardo ya lo conocen y todo cliente con plata propia o ajena es bienvenido. Una pareja de cincuentones ex presidiarios y homosexuales controla el negocio, no debe de haber muchos jíbaros así, puro surrealismo. Y el ambiente, ah, suena un vallenato de Diomedes, mientras los tipos hacen pereza en la cama, un niño juega al Nintendo, un adolescente está en un sillón con los audífonos llevando el ritmo con el pie y otro un poco más mayor, que seguro carga fierro, se mantiene alerta en una esquina de la sala. A Ric siempre le da por charlar con la alegre pareja y en los diez minutos de visita puedo estudiar a otros habitués. Un combo compuesto en su mayoría por los malandros de la zona, bueno ver las caras de quienes cualquier día te pueden rebanar el cuello en cualquier calle o, de

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malas, en las mismas escaleras. No faltan los cadáveres que caminan, consumidos por la cocaína, perfectos espejos del futuro en los que asusta mirarse. Yo busco con intención los ojos de Ricardo y sé que me entiende, pero lo único que recibo es una sonrisa. Dos tintos más, por favor, ordena Ricardo al mesero, Eliana se está retrasando full, ya cantaron las diez en la catedral. Fresco, hermano, en vez de costeño pareces paisa. ¡Ea, Ave María!, es el agite de la caína, se justifica, a uno le gana la compulsión de ponerse a hacer algo. No ha prendido el cigarro cuando la invocada asoma por la puerta del bar, otro tinto más. Eliana con los ojos enrojecidos. Quíhubo, se interesa Ricardo. La gripa del carajo, no me suelta. Otra máscara para las cosas, como la sinusitis crónica de Ricardo. Ha estado llorando, seguro. Y atajo, listo, ya reunidos los tres, ¡a camellar! Eliana se encarga de la logística del libro en el que trabajamos, de trasmitirnos las órdenes de la editorial, de coordinar las entrevistas de Ric, a cargo de los textos, y los permisos de mis tomas fotográficas. Ricardo apunta en su libreta, quiere acabar cuanto antes, anda con afán, tengo una cita y ya salgo con cule retraso, qué vaina, dispara a modo de despedida, ¡salúdame a los maricos!, le alcanzo a gritar, pero acaso no me escucha, ya estaba del lado de la avenida, y lo mismo no me escucha. ¿Y tú? Olvida por un momento esos papeles, los veo rato, párame bola ahora, Eliana ¿qué sucede? Dos lagrimones, silencio. Manuel. Está muy raro, está intratable, está en otra dimensión. El arriendo se acumula, más nadie le fía, no hay plata, la gente lo anda raqueteando para cobrarle a cada rato. Y él que no mueve un dedo, el restaurante cerrado, no quiere abrir, no quiere hacer nada, no habla. Y lo peor, la ignora,

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ni caso a los consejos de Eliana, a su cariño. Lo que no soporto es esa mirada ausente, ¿qué vamos a hacer, Bruno?, si tan siquiera se dejara ayudar. La abrazo no más, estoy perdido como ella. Se recompone al fin, me entrega la lista del día. Comienza por la Exposición Ocampo, me pide, está en la Zona Rosa, ya se cuadró la autorización, Jessica Malmaster te atenderá.

IV Jessica Malmaster suena a nombre de mujer fatal y lamento cancelarle, mas tocan otros planes esta mañana. Arranco la vespa y cruzo la Jiménez hacia La Candelaria, en la esquina de la diez con quinta, a tres cuadras del Orfeo me espera Manuel. Oye, arregla esa cara de funeral o así juntitos los dos en la moto nos van a tomar por sicarios a la caza. Al menos le arrebato media sonrisa, calla, pirovo, esto no es Medellín, gracias por venir, vamos ya —y la vespa principia a navegar en aguas procelosas al oriente de la Carrera Décima, tras superar el trancón de su eterna sextuple columna de busetas. Sacada la foto del marco, no era necesario examinar mucho la impresión de la copia: el mismo papel confesaba un siglo largo de antigüedad. Y al dorso, en la preciosista caligrafía de otras épocas, una dirección. Feo lugar, ambos lo supimos con sólo ubicarlo en el mapa. Según nos acercamos el paisaje urbano en decadencia nos da la razón y me felicito por haberle dicho si vas a ir te acompaño, con la moto salimos más rápido. Ya podías haber elegido una princesa azul con domicilio en Usaquén, ¿eh? Me siento Dante entrando al séptimo círculo.

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Pero Manuel no responde, está sólo pendiente de la dirección. ¡Te acabas de pasar! Voltea, es aquella calle a la derecha. La calle a la derecha escenifica una sucursal de lo que cuentan del siniestro Cartucho y sus vecinos: desechables, drogadictos terminales, niños de la calle, bandas de ladrones, la escoria de la ciudad sobreviviendo como tribus. Pero exagero el recuerdo, a decir verdad no había, no hay, mucho personal deambulando ahora que recién entramos a vuelta de rueda, un viejo encorvado bajo la montaña de cartones que arrastra, dos trogloditas renegridos junto a una hoguera en el solar vacío donde muere el callejón, alguna cara asomándose tras los vidrios rotos de alguna ventana. Ni un comercio, ni un carro parqueado. Nos detenemos frente al número 11, una suerte que cuelgue la placa oxidada de la fachada en ruinas. Bajamos de la moto, mas dejo encendido el motor. Sin techo, sin puertas ni balcones, la casa conserva en sus despojos —las finas molduras, un par de cariátides con las narices rotas— vestigios de haber sido una de esas mansiones de estilo republicano. Manuel duda ante el umbral, yo vigilo el entorno aún tranquilo, con los desechables del fondo indiferentes a las glorias del mundo. Y tengo la sensación de que el callejón me es vagamente familiar, que alguna vez, probando un atajo (¿fue una tarde cuando regresaba de tomar las fotos de la iglesia del Voto Nacional?) me había extraviado en un giro sin salida, o quizás fuera otro, total, las calles enfermas de Bogotá se igualan tanto. A Manuel me lo ha tragado la boca negra de la casa y a desgana sigo sus pasos a través del pasillo donde no tarda en abrirse la luz. Con excepción de varios lienzos, casi todos los muros interiores han cedido y uno tiene la sensación de cami-

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nar por el esqueleto de una ballena, escasas referencias para reconstruir cuál fue la distribución del caserón. Y ahí está Manuel parado, frente al arranque de una escalera cuyos imaginarios mármoles subían al segundo piso, hoy un cielo tormentoso. Manuel ve algo pero no es el grupo de gamines fumando bazuco en un rincón, no sé qué vea pero no ve cómo nos están midiendo, cómo uno de los niños de cara ajada agarra una piedra, cómo los otros buscan con afán en el interior de una saca. Vámonos, Manuel, ha empezado a llover. Manuel que escucha algo pero no son los insultos, no es el murmullo raspando desde la calle. Y no es la piedra al golpear su hombro ni el filo de los cuchillos, sino el jalar de mis manos lo que le devuelve a la moto, justo a tiempo de sortear un círculo a punto de encerrarnos, bajo el aguacero de goterones sucios, de palos con clavos. ¡Triplehijueputas, vengan, gonorreas, malparidos, vuelvan acá! —y un aullar delirante. Ya rodando por la Caracas, se me templan los nervios como para advertirle, ahora sí fin de la pista, ahora sí Poirot y Maigret concluyen el juego.

V Tic, toc, tac, las gotas de lluvia rebotan en las tejas, resbalan por los cristales de las ventanas, la calle se diluye. La Candelaria entera semeja un esfumato al pie de unos cerros ocultos tras las nubes bajas. El mundo está afuera y es hostil y líquido, filtrando sus babas en el patio anegado de charcos. Persistentemente llueve otro día más, nos enjaula con su cerrazón, claustrofóbica y absoluta. Natasha, en perfecta empa-

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tía con el clima, lloriquea hecha un ovillo encima del sofá, la cara hundida entre los cojines, pero seguro que me observa de reojo a mí, abstraído contra los vidrios empañados. Es sólo una tregua, pronto vendrá otra andanada de reproches que ni sabré entender ni digerir. Puertas falsas, todos procuramos escapar por alguna. Ahí sigue Ricardo con su caína, y Manuel... Imposible no sentirme un poco culpable por haberle dado carrete, creer que su fantasía era un respiro para confrontar luego la realidad, y sin embargo tan cómodo, tan poético colgarse de una quimera mientras las cosas han ido de mal en peor. Bruno, reinicia Natasha con un débil gemido, pero yo no me vuelvo. Tic, toc, tac, prefiero pensar en Manuel y Eliana, en la desesperación de Eliana, robando horas al día para sostener heroicamente al restaurante, toda tentativa disuelta por la apatía de Manuel. Bruno, tic, toc, tac, mírame. Eliana que descubre el maldito retrato e intuye (esa facultad femenina de ver lo invisible) qué hay detrás. Eliana haciendo añicos el retrato, de pronto fueran los celos o una improvisada terapia de shock que no produjo la respuesta esperada. O sí. Manuel quiebra entonces su hermetismo, vomita la frustración sobre Eliana. ¡Brunooo! la echa de la casa, pese a sus ruegos impotentes y la intercesión de Lida, a una calle fría y unas lluvias enviadas a terminar de pudrirlo todo. ¡Bruno! ¿Y qué hago yo ahora con la puerta falsa a través de la cual se me quiere ir Natasha? Lo siento, Tasha, no puedo tomar en serio esas pendejadas, mienten o mientes, no es posible siquiera que lo creas, digo ¿no has inventado el cuento?, en realidad quieres irte a Vancouver y no sabes cómo decírmelo, ¿verdad? Relámpago de rabia, convulsión de manos y rostro, ojos fieros y Natasha

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en pie, muñeca movida por un resorte. ¡Usted es un descarado! ¡Lo han visto llevando y trayendo del barrio a la pelinegra en la moto, sea valiente y admítalo al menos! ¿Quién es? ¿Quién es, Tasha? La pregunta más bien es ¿quiénes? ¿Quiénes te dijeron? Y desfilan nombres, de algún dizque enemigo pero también de amigos, hasta ella misma en una ocasión, de lejos. ¡Qué maravillosa alucinación colectiva! ¿Y era guapa la vieja, linda cola? Porque, qué mamera andar de chofer de una mamita y no enterarse... Natasha se refugia de nuevo en el sofá desde donde me estudia con odio, acercarme cariñoso amerita un arañazo de recompensa, no me toque, Bruno Bernal. Otra vez el punto muerto, cansador el asunto. Ya no sé a qué carajo atenerme. No sólo me tortura a mí, Natasha sufre en verdad y parece demasiado drama para algo tan simple, doloroso pero simple. Soltarme no más sabías cuando nos conocimos que mis planes eran irme a Vancouver, te quiero mucho aunque debo seguir con mi vida, etcétera. Estoy, pues, por creérmelo yo mismo, lo malo es, tic, toc, tac, lo malo es que a nadie he montado en la moto estas tardes de luz cenicienta, salvo de pronto a Ric, calvo cual bola de billar. Obvia tanta farándula, Tasha, quién iba a decir, si has salido mejor actriz que tu hermana. Deberías quedarte acá, seguro te daban el protagónico de alguna novela, y bueno, vete, haz tus maletas, que seas feliz en Canadá, vaya sitio más aburrido se te ocurre, pero feliz, bizcocho. Y un portazo para cerrar la puerta del corazón y huir al patio a llover con la lluvia.

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VI ¡Eche, no joda!, viejo Bruno, qué saladera, el Orfeo se fue a rumbiar al Hades y allí se ha mudado, con flauta y cuanta vaina, ¿o era un arpa? Era un acordeón, corta Lida, para tocar vallenatos a la lata, y trata la seriedad, Ricardo, acá estamos todos llevados. Y yo me largo, Lida, no insistas, qué pena con Manuel, me alegra que por fin sienta el agua al cuello y se mueva pero, Ric, deberías verlo algunas tardes, parece Silva en su Nocturno, «... y eran una sola sombra larga», ahí en los corredores, paseando con su espectro. ¡Por eso! Ahora es que agarró juicio y se decide a organizar una fiesta, como las de antes, más bacana aún, hubo mucha publicidad, va a venir full gente, La Candelaria al completo, de los barrios del norte, una nota, seguro se junta billete largo y salimos de la olla. Lida hace una pausa, toma el churro de maría que le pasa Ric, me jala de un brazo y redondea el argumento, ¿cómo así que te vas?, ya no están ni Eliana ni Natasha para ayudar, no puedes dejarle solo. La decisión está tomada. Afortunadamente me consta que sobra quien ayude, Claudio, Anaís, el mismo Ric se ha ofrecido a suplirme en la puerta. Bien quisiera tener ánimos de fiesta, mas la separación de Tasha me ha pegado duro, este es el principal motivo y mi excusa oficial. Hay, sin embargo, otros inconfesables, una sombra, una angustia, un vértigo que lleva semanas trabajándome los nervios. Necesito un poco de sol, Lida, una chispa de luz, horizontes abiertos, estoy mamado de correr bases, la editorial me ha concedido unos días y los pienso pasar en Los Llanos, en la casa que tiene Ric a las afueras de Villavo. Gracias, pásale el churro a Ric, igual la fiesta va a estar chévere, ya me contarán a la vuelta.

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VII Podría estar en Villavicencio como podría estar en Marte, juraría que la negrura se vino conmigo en el autobús. Un par de mañanas salí a montar a caballo por los alrededores, y las tardes me he mantenido confinado en la casa, lejos de la rumba de la ciudad, con una botella de ron acompañándonos a la soledad y a mí. Esta madrugada, el insistente sonido del teléfono, que logra al fin despertarme, me arranca de la sofocación para arrojarme a la locura. Es Lida, y el guayabo del alcohol y su risa no me permiten entenderla. Pero no, no se está riendo, es un llanto atascado, y le pregunto y me dice, y le vuelvo a preguntar porque sencillamente no puede ser y porque le vence la histeria. Es Ricardo quien me lo repite: Manuel ha muerto. Irreal, durante horas irreal. Imposible hacerme a la idea de que a Manuel no lo veré más, ni en el velatorio. Mejor así, acaso una suerte, acaso oportuna la guerrilla ejecutando por la carretera a Bogotá, el ejército de patrulla y la suspensión del transporte durante día y medio. Un limbo de emociones en fuga, la mente en blanco y el martilleo obsesivo de las llamadas de Ric ampliándome los detalles mientras espero a viajar. Paro cardiaco, las preocupaciones económicas, ansiedad profunda bajo la calma, quién iba a saber. Al menos murió bailando, añade Ric en una de esas salidas optimistas tan suyas. ¿Bailando?, ¿cómo así bailando? En mitad de la fiesta, todo estaba bacano, lleno total, ya había pasado a la parte de salsa, y entonces se solló; puso tres veces seguidas Lágrimas Negras. En la última salió él a la pista y más nadie, te imaginarás que después de tres veces la gente estaba con jartera, pero él bailaba solo, sin pareja, abrazando el vacío, vuelta tras vuelta y... se desplomó.

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Da igual la lírica, es monstruoso, consigo pensar cuando el bus llega a Soacha, avanzadilla de las barriadas del sur, media hora más y la terminal, un taxi al Cementerio Central, si no hay trancón, el tiempo justo. Bailando, angustia, el corazón se detiene, deudas hijueputas, así que Manuel no está más, aunque la vista lo busque absurdamente entre las caras conocidas a la puerta del cementerio: Lida, Claudio, Eliana, Ricardo, Marcela, Fabio, Ángela. Pero nunca más Manuel. Manuel, que es esa caja negra que descienden del furgón, a la que seguimos, consolándonos unos a otros, si es posible consolar a Eliana con un fuerte abrazo, sin atreverme a tocar el ataúd cargado por los amigos hasta la boca de la nada, hecha agujero en el muro, pronta a tragárselo. Y Eliana que se rompe como el cristal, está a punto de caer desmayada para recuperar fuerzas en un aullido entrecortado por sollozos, Eliana que se aferra a mí clavando las uñas, que me empuja tratando de decirme algo mientras sus dedos crispados señalan al nicho de junto, señalan el epitafio coronado por una vieja fotografía corroída, donde perseveran todavía unos ojos grandes y oscuros bajo la amplia frente, los mechones crespos resaltando las pálidas mejillas, la nariz respingada y el lunar a la izquierda de unos labios fruncidos que ya no son ambiguos, que se abren ahora y dejan escapar esa risa sorda que no oímos.

Muñecas, Sección Juguetes

entrado en el gran almacén casi sin darse cuenta, a mitad del paseo por la parte vieja de la ciudad que alguna vez fue suya. El sol de febrero prestaba fosforescencia ambarina a la tarde y se reflejaba en los mantos de nubes solitarias con las pinceladas de amarillos cromo y fucsias de los cielos inmortalizados por el pintor. Ya la penumbra (acá tonos azules) era dueña de calles estrechas subiendo, bajando, retorciéndose sobre un trazado de herencia medieval. Estaba cautivo de los rayos que iluminaban de refilón para resaltar matices en los ladrillos del alminar mudéjar reconvertido en campanario, del solemne granito hecho filigranas barrocas en los palacios, o las fachadas de un siglo XVI recién pintado. Gozaba de esa poesía policroma y táctil, capaz de turbarle el ánimo en su reencuentro con el corazón de la ciudad. Entonces, a rastras de una decisión no premeditada, entró a otro escenario y, quizá, a otro reencuentro. Siempre aborreció los grandes almacenes. Dibujaban en su memoria irritantes tardes de sábado invernal en compañía de los padres y el hermanito, peregrinación yerma de aventuras, zarandeo entre las plantas, claustrofóbicas escaleras metálicas arriba y abajo, tener que probarse ropa elegida por mamá, precisamente cuando mejor estaría jugando al fútbol con los amigos del barrio. Pero la primera agresión fue el grosero resplandor de los tubos fluorescentes, la aséptica luz de hospital marchitando las cosas, cosas a la venta en un orden alienante tan lejos del encanto de los bazares orientales. Igual el hormiguero estaba allí, recorriendo los pasillos, zumbando
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frente a los estantes donde se examinaba la mercadería y se comparaban precios. Gente (¿gente?) con fiebre de consumir, presas voluntarias de los anzuelos subliminales del comercio. Gente en torno a las dependientes de falda y camisa verde, listas a atender quejas y preguntas o escudadas tras las cajas de cobro. Debía fijarse en las dependientes, ése era su objetivo. La primera imagen se superpuso a la vitrina de perfumes sobre la cual los ojos tomaban un reposo sin orillas. Su mente abría, ni aviso ni licencia, la caja de Pandora de los recuerdos proscritos, y todo era un coche oficial del Ejército del Aire fuera de la ruta asignada, hacia un imprevisto encuentro con Diana, si Diana estuviera aún en el Club Hípico a lomos de su yegua. Sábado afortunado aquel, con escaso personal en el Grupo de Automóviles, cuando hizo falta un conductor para llevar a un mando desde el cuartel general a su casa, en las afueras de la ciudad. Ya constituía una bendición cambiar momentáneamente la guardia en el lóbrego sótano de las cocheras por un paseo. Saber la ruta y concebir la idea fue la misma cosa, luego siguieron los cálculos, cómo escatimar media hora justificable sin arresto. Al coronel le molestó la velocidad: —No está usted entregando una pizza, cabo. Así pues relajó el acelerador hasta su regreso, para apurar los minutos y kilómetros que exigían el desvío. ¡Diana!... si estuviera. Aparcó el coche gris, se quitó la odiosa boina como sacudiéndose la servidumbre impuesta por el secuestro legal de nueve meses de mili y corrió en su uniforme azul hacia el campo de saltos. En ese momento regresaba a los establos una yegua baya montada al paso por una amazona. El polvo del camino en suspensión y un sol del ocaso a contraluz nimbaban de oro la silueta de Diana, que ya espoleaba a Ginebra,

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sorprendida, acortando distancias. Sostuvo las riendas del animal y se quedó absorto en la contemplación de la mujer más hermosa del mundo, el cabello lacio de color miel, los grandes ojos verdes, la boca adorable abierta en una sonrisa. Absorto y sin saber muy bien qué hacer, si hincarse de rodillas ante su diosa quien, más resolutiva, se inclinó sobre la grupa de Ginebra y le ofreció un beso. —¿Tiene interés por algún perfume en particular? La voz le arrancó del pasado y se vio a sí mismo cabizbajo, apoyado en el mostrador. Levantó la vista y se topó con la dependiente, cansada pese a la fresca amabilidad profesional. Era pelirroja y joven, acaso mayor de diecinueve, pero esa edad le quiso calcular él, porque es la edad de los grandes amores, absolutos e irrepetibles. Negó con la cabeza, murmuró un agradecimiento y al girar talones se sintió ajeno, perdido en el laberinto donde tantas personas se movían con fines concretos, bolsas en las manos y motivaciones verosímiles. Con fingida fe escudriñó unos minutos en todas direcciones y, sonámbulo, se dejó elevar por la escalera mecánica a la inmediata planta superior. ¡Ah, los sacrosantos electrodomésticos! Original propuesta el paseo entre aparatos diseñados para hacer confortable la vida. ¿Habrá lavadoras que dejen el alma limpia tras la mancha de una gran pena? La compro. «Vamos, vamos, estoy pasando de lo sentimental a lo cursi y de lo cursi a lo patético», se lamentó. Sin embargo el asunto no merecía eludirse. Ahora, con la perspectiva de la experiencia (ahora que se atrevía a asomarse al agujero sin saber bien por qué), alcanzaba a valorar cuánto significó Diana. Cómo la había soñado antes de conocerla y cómo la reconoció en el justo instante en que se la presentaron de manera casual (esa apariencia inofensiva

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del destino), ella sentada sobre el césped, en medio de la fiesta de primavera junto a la Facultad de Filosofía y Letras. Fatalmente, una vorágine de sensaciones le removió a través de los claroscuros de un amor difícil. La ruptura, su huida, la distancia y el tiempo no apagaron la llama de aquellos ojos verdes. O quién sabe, quizás todo sea mitología, porque sin olvidar, olvidó. Superado el dolor no hubo más altares, y las añoranzas se pudrieron en una mazmorra del cerebro, sin llave ni carcelero. Pudo entonces arrojarse festivo a nuevos países y nuevas (tantas) mujeres. Hasta donde supo, el espantapájaros idealizado del primer amor estuvo ausente. Pero, de un modo u otro, se había reventado un engranaje en el mecanismo de la fascinación. Algo espesaba el fluir de los sentimientos y jamás volvió a entregarse del mismo modo. Vale decir jamás se enamoró de nuevo. Al principio le pareció una suerte, pero tras una larga cuarentena, fue consciente de su incapacidad para la magia y acabó por considerarlo una maldición, y a sí mismo, un río en cuyas aguas flotaban muchas ahogadas, culpándole en silencio. Como si adivinase sus fechorías y movida por una sed revanchista, una señora alta pasó con el extremo de una batidora a peligrosa vecindad de su nariz. ¿Y qué cabía esperar si estaba ensimismado en mitad de un cruce de pasillos? Decidió dejar de ser estorbo del tráfago en torno, conceder también una tregua a la intensidad de emociones que ya le aturdían y caminar fijándose más, por si acaso, la mirada sondeando como un faro en busca de los uniformes del color verde de la esperanza. Nada, y siguió subiendo. Ropa de caballeros, no; sección de deportes, tampoco; ropa para damas, veremos. En cualquier caso ¿podría estar seguro al cabo de tantos años, suponiendo que...?

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Aún tres estaciones y fin del vía crucis. «Acabemos lo empezado», se dijo obligándose a seguir. Al menos no sufría el deprimente espectáculo de las plazas comerciales, las parejas de novios y familias enteras malgastando, sin mayor ejercicio de imaginación, un fin de semana entre capuchinos, hamburguesas y el éxtasis ante los escaparates. Los clientes venían aquí a comprar, no a entretenerse. Curioso que lo pensara él, en esos momentos un paseante accidental, si bien con una razón concreta. ¿Concreta? ¿Hasta qué punto? ¿De qué se trata? —la pregunta llegó incómoda—. «¿Es una búsqueda por pura intuición o intento exorcizar un fantasma?» Posiblemente, toda vez que el fantasma acudió a la cita. En la sección de libros, donde se había detenido esta vez por interés, se descubrió con un ejemplar de Grandes esperanzas en las manos. Una maravilla que ciertos autores y ciertas obras aún fueran comerciales. Y súbitamente, tan diáfano, Miss Havishand, la madre de Diana, Diana, Estella. Certero golpe al hígado fuera de guardia, había que encajarlo deportivamente, son cosas que pasan si te pones a boxear con los trapos sucios. Del mismo modo le habían herido un día lejano los comentarios de Teresa, bofetada con guante blanco, advertencia que llegaba con disimulo y sutilezas, palabras de una amiga y no una suegra, dichas como previsión de un futuro eventual: «Diana es muy joven, tiene que vivir más, viajar, conocer distintas personas». Aviso para navegantes y resquicios entre líneas que dejaban comprender a cualquiera para quien el mundo no se llamase Diana. Anuncio, sentencia y ejecución: tres meses más tarde Diana le informaba, ni sombra de drama: «ya no te amo», y él se vació. Final del cuento de hadas, aceptado sin lucha ni protestas, apartándose con su dolor donde no molestara. ¡Hombre insensible! A

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una diosa no se le retira la adoración de la noche a la mañana. Y comenzó un divertimento de trapos rojos y carreras que sólo embestían el aire, de sugestiones inducidas, ilusión, desilusión, ilusión y giro, un sí y no, un tal vez, alimento de una relación parásita, el ego de ella creciendo a costa del suyo. Nunca le habría cruzado la mente, pero cuando resolvió ponerle un océano por medio al desamor, clausuraba el laboratorio en el que él se había convertido para que el complejo de Electra experimentase a placer. Frente a un análisis ya estéril, prefería la seducción eterna de los ojos verdes y aquella época remota y sublime cuando caminaba a dos metros por encima del suelo. Le ganó, pues, la soledad, y harto de su grotesca excursión por el gran almacén se liberó del vago propósito inicial para dirigirse a la sección de música. Un tango y catarsis, eso le iba a caer bien. Eligió un CD, pidió escucharlo. Con los audífonos puestos, los ojos cerrados, la voluptuosidad de la melancolía le empujó a levantar la voz en ciertas estrofas: Tu melena de novia en el recuerdo y tu nombre flotando en el adiós, / ya nunca me verás como me vieras, recostado en la vidriera, esperándote, donde una destreza plástica resucitaba instantes fósiles, restituidos al presente por debilidad del corazón. Pero pronto acusó la reprobación de los clientes que pasaban tomándolo como bicho raro. Era un pobre ridículo sin pudor. «Suficiente. Locura imperdonable regresar de un destierro —se justificó—, tanto ha cambiado todo que uno no reconoce nada y necesita aferrarse a la memoria o largarse otra vez corriendo.» Sus amigos le habían encontrado, sin embargo, prácticamente el mismo, broma consabida del trato con el diablo y la indulgencia del tiempo. Algo que valía como halago, y por debajo, de censura velada por su falta de evolución,

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una carencia frente a puestos —a veces—bien pagados, la rutina familiar de hijos y esposas, chalé en la sierra, las medallas del bienestar clase mediero. Y resultaba tan frustrante (para él tan natural, para ellos un exotismo impropio, si no sospechaban artificio) compartir las vivencias que le agrandaron el espíritu, las selvas, los desiertos, los volcanes nevados, los ríos lentos y caudalosos, las travesías marinas bajo las estrellas, que invariablemente era forzoso exhumar cadáveres, volver al terreno común del ayer. Por ahí se fueron juntando datos sueltos de la biografía de Diana a quien nadie, en realidad, trataba mucho. Vivía con un tipo apocado, depresivo y dominante, si se debía creer a la madre (bonita ironía, ¿eh, Teresa?), quejosa del abandono. Más le inquietó enterarse de otras deserciones, la venta de Ginebra y la interrupción de los estudios de danza. Todo ese lapso la imagen idealizada de Diana se había mantenido generalmente suspensa, alguna vez fantaseó una existencia digna de ella: Sería bailarina, habría conocido a un príncipe azul a la medida y un etcétera de laureles que explicaban que él, realmente, fuese poquita cosa para ella, apenas el mediocre obstáculo de un futuro dorado. Le hacían daño aquellas noticias, exigían ajustes mentales indeseables y se cerró a más comentarios cuando supo que trabajaba de dependiente en un gran almacén. Acaso por eso había entrado sin querer, como quien compra un boleto de lotería que, ya se sabe, nunca sale. Diez almacenes de la cadena en la ciudad, sin contar los turnos, arrojaban posibilidades ínfimas. «Y seguramente el premio —pensó al cruzar la sección de juguetes hacia la salida— haya sido no encontrarla.» Pensó: «qué suerte no encontrármela», mientras barría con la vista el estante de muñecas donde una depen-

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diente gorda, en cuyo rostro vulgar brillaban dos lunas verdes, dejaba de acomodar las cajas de Barbies para alzarse desconcertada ante a él y abrir la boca a punto de decir algo, un nombre tremolando en el aire viciado del comercio que él no oyó, porque su cabeza en ese fugaz instante de unión del ojo y la quimera estaba en otro lugar del alma, porque sólo se escuchaba a sí mismo cantar tus veinte años temblando de cariño bajo el beso que entonces te robé al tiempo que en rápidas zancadas alcanzaba las escaleras automáticas de bajada, buscando la salida.

Al garete

flecha lanzada en la noche. Le viene esa imagen mientras enciende el cigarro, atento al autobús y al reloj, gran ojo redondo y blanco de la estación. Las horas... Sigue con la vista el vacilante avanzar de la aguja. Tic, tac, tic, tac, el segundero progresando inútil, marcando un tiempo inútil, inútil como el compás que marca dentro el corazón, sordo, inaudible, ¿y qué importa?, total, ambos jodiendo lo mismo en su obstinada monotonía de metrónomos tristes. Pero —apura la calada al faso— alguna vez habrá de agotarse la afrenta del yermo páramo hecho de intervalos, el tic y el tac, el lento oscilar y la pausa que antecede a otro estúpido oscilar. Todo es instante repetido, el momento entre la espera y el motor del autobús que arranca para anunciar la marcha: otras dos máscaras de la nada. ¿Cuándo había comenzado el viaje? No estaba su principio en el perenne ritual de hacer las maletas, en cerrar el departamento —vacío de ella— o en el avión que le permitió dejar aquello atrás y el salto de medio continente. Hacia el sur. Quería imaginar su génesis en algún punto de ese paisaje perturbador, la cordillera a la puesta del sol y la inmensa soberbia de la llanura sin fin a la otra mano. Pero supo que se mentía, que el primer augurio se desembozó antes, en Santa Cruz, al llegar del aeropuerto al centro de la ciudad. —Un hotel baratieri —le indicó al taxista—, al fin solamente estoy de paso. De paso, como siempre. Única invitación aceptable de todas formas en el sector de las siete calles, galimatías abigaNA

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rrado de comercios y puestos callejeros, hormiguero humano y hoteles para parejas también de paso. Hotel Américo, tantos bolivianos que son seis dólares la habitación. La recepcionista y dueña —pronto lo presume— haciéndole la conversa, coqueta a pesar (o por) su madurez avanzada, ya se sabe: la cebra pierde el pelo, etcétera. Y sentado en el zaguán, João, cómo no, la vida tenía que presentarle a João, ciertas cosas son tan predecibles, tan juego de espejos, tan de libreto y folletín. Menos presunción: él no reconoce de primeras a João, ni viceversa. A decir verdad es la dueña, recepcionista, loba al acecho, llámenla como gusten, quien los asocia, adivina la simetría, gajes del oficio. En suma, sube la maleta, da tregua al sudor con una ducha, se pone una camiseta a rayas (marinero en tierra, marinero sin barco, nostalgia cursi) y cuando baja ya es todo Santa Cruz a través de los ojos rabiosos de João, porque el portugués se resume en ojos intensos y poco más. Y no es poco. «Hola, soy tal», «hola, soy João.» Protocolo de rigor. ¿Qué hace cada quien en Santa Cruz? Habla pausado, desmenuza su biografía, inquietantes paralelismos a pesar de (o por) las diferencias. Pintor, vive en el Algarve, lindo Sagres, lindo el Cabo São Vicente. «Estuve una vez allí, João», una guitarra y un libro, quince latas de atún, vinho verde, soledad y sueños, no es necesario más cuando se es joven, «perdón, amigo, si me contabas tú, ¿y pues?». Pintor, Algarve y mundo, «viví en Génova y Valencia muchos años, constante ir y volver, sin ataduras, la cuestión es no quedarse en ningún lugar», («te entiendo, te entiendo»). «A Santa Cruz vine por visitar a una vieja amiga, pero no está.» Él le mira esperando algo que ajuste. «Anda de viaje, regresa en unos días. Entretanto me distraigo, tudo bem.»

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Abotargados, los pasajeros van subiendo al autobús, las valijas estibadas, las despedidas a quienes se quedan. Abrazos, besos, recuerdos a terceros. Una pareja no consigue separarse y el conductor toca el claxon. Hundido en su asiento, él cierra los ojos. Otra estación y otra ciudad dejada atrás y lo mismo: estación y ciudad (el entorno parece estar reducido a símbolos inasibles), unas horas por delante. Claro, que entonces sería el mar y, con suerte, el ánimo quiera contentarse. A él no le despide nadie, ni nadie lo espera. Fabuloso. El pasado está muerto, el futuro es muerte aplazada y este presente, un limbo espectral, un peregrinar aleve, un asistir desganado al juego de ajedrez de la vida con la muerte (han movido las negras, alfil por dama), pendiente —pero es sólo una manera de decirlo— al jaque mate y el caer de las fichas sobre el tablero. «Como dispuesto desde hace tiempo, como un valiente...», recita.

La vida es un saco roto, de nada sirve llenarlo de cosas. Recoges y guardas, recoges y guardas y pesa hasta hundirte los hombros. Eso es lo único que logras. Sin embargo dentro sigue vacío. El peso es psicológico. Así había dicho João, Sturm und Drang, ojos rabiosos. Aquella parte de la ciudad conservaba casas de una planta con soportales y techos de teja. Las afeaban los rótulos multicolores de las tiendas y los cables que diagramaban el cielo, barrotes para el espacio abierto. El sol caía a plomo, mientras la humedad creciente condensaba nubes. —Si no recuerdas el camino, pregunta. Mas João, terco, fiaba en su olfato para llevarnos al restaurante donde el pescado de río lo servían bueno y barato. Si de algo entiende un portugués es de pescado. Convenía dejarle hacer.

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—Lo peor de la vida es que carece de sentido, João. O, mira, quizás sea lo mejor. Un cheque en blanco... pero hace falta valor para la cifra —le dije. —Y puntería. Hablando de puntería, el tino del portugués, o el acaso, nos había conducido al restaurante popular. Las mesas rebosaban gente de rasgos aindiados. Junto a la puerta una parrilla vomitaba humo y un pobre hombre se derretía frente a los peces y las brasas. João fue a revisar el género. Consultó algo, señaló dos piezas. Sentados en un rincón libre, a la espera del mejor pescado de Santa Cruz, João alabó las curvas de la hija del dueño, quien se movía como serpiente amazónica, la sensualidad propia, el propio veneno, entre las mesas. La serpiente atendió el llamado y garabateó el libro de notas antes de perderse en la cadencia de sus caderas. Por tanto ahí están los dos, modelos repetidos con apenas una década de diferencia. Él bebe cerveza, el portugués ha pedido una limonada. Explica que padeció tuberculosis («me curé hace tiempo, ¿eh?») y tiene que ser cuidadoso. Nada de excesos, salvo mujeres, que son sanas si se saben mantener las distancias. E inicia una perorata magistral en la cual incluye hasta técnicas amatorias. Pero si algo desea oír él del aprendizaje del otro son los pasos y los descubrimientos. Qué ofrece la existencia, qué se ve desde esa altura a la que ha llegado con los años de ventaja. Aprensivo a lo que pueda decir, porque João se le figura una caricatura inminente de sí mismo y siente desprecio y lástima a la vez. En el laberinto de la vida el portugués pareciera haber elegido corredores similares para escapar de las trampas que él teme. Ecce homo, un superviviente al desnudo. Un personaje homérico y solo, aventurero y solo, escurridizo y solo, decadente y solo, viejo

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y solo. Después de sortear innumerables callejones sin salida, sólo eso.

Se desperezó en mitad del sueño. Recibió la caricia gélida de la ventanilla. Del otro lado la Luna era también ojo enorme, sin minuteros, alumbrando en su cenit la tierra llana. No alcanzaba detalles pero ahí seguía la inmensidad hostil, velada por las sombras y aún aniquiladora. Transcurriría un tramo largo —la mente errática— hasta que distinguiera el titilar de los faroles de un poblado. «Paso de Indios», leyó en el cartel que insinuaba las primeras casuchas. Luego fueron otras casuchas más grandes, menos cenicientas. El autobús aminoró la marcha y se detuvo sobre el polvo. En el pueblo vio un bar cuyos fluorescentes de luz cárdena alumbraban a un pequeño grupo en torno a una mesa de billar. Había varias mujeres. Las tres de la mañana, extraña hora, lugar extraño. Desde el bar no prestaron atención alguna a la parada del bus. Subía pasaje y a él le punzó un instinto. Así no más; tomó su equipaje, saltó afuera y se quedó mirando los destellos rojos perderse en la oscuridad. Lo siguiente fue dirigirse al bar. Despacio.

—¿Uno viaja para encontrar o para huir? João se deleita con el pescado, advierte de las espinas. Posiblemente la considera una pregunta retórica o no tiene respuesta. —¿Para enriquecerse con experiencias? El problema de ese saco roto tuyo es que sí se colma. A mí lo que me aterra es la saturación. Mientras deseas, estás vivo. Buscas más que

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recoger. Cuando no te interesa nada, se acabó. La muerte se adelanta a la muerte. —No, no. El hambre antecede y precede a la saciedad. Y es más creativo. —¿Nunca te empachas? La indigestión, el hartazgo, el cansancio, el aburrimiento. Sobre todo el aburrimiento. Catarsis y parálisis. Punto final. —Por eso debes moverte. El agua estancada se pudre. Si caminas mucho llegas a algún sitio, seguro. —Hablas idéntico que el gato de Cheshire. —... —El de Alicia en su País de las Maravillas, hombre. —No hagas literatura, la cuestión es más simple. Si te saturas es por falta de imaginación. Nadie vive lo suficiente. Falta tiempo. —Depende, saco sin fondo. O faltan energías. —Todos tienen metas de jóvenes. Después se desencantan pero siguen aferrados a ellas. Los saltos al vacío, la renovación, la evolución, la búsqueda... les dan pánico. Prefieren esconderse en agujeros, los llaman responsabilidades y esa es una palabra contundente. Mujer e hijos, ¿tú los tienes? —No, confieso mi pericia para zafarme. —Felicidades, yo tampoco. Es la forma más común de relegar la auténtica responsabilidad de reinventar tu camino, según te lo pide el alma. Toman responsabilidades ajenas, al principio con alegría, vamos a suponer. Entonces están ahí y no se van. De a ratos le dan sentido a sus deseos frustrados, generalmente se los restriegan en la cara. Es una coartada de doble filo. —La rutina es la tabla de salvación de los mediocres, ajá. —Rutinas, cadenas. Las presumen en público como certi-

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ficados de éxito, las maldicen en privado. Nacen, crecen, se reproducen y mueren. La sociedad aplaude. —Se reproducen y mueren. Esta secuencia resulta reveladora. —Exacto: los hijos. Abnegación total, ¿no? ¿Crías hijos o crías vampiros? Los hijos tienen vida propia, bueno, hablo de lo que he visto cien veces. El problema son los padres, dejan de ser personas, ahogados en responsabilidades. Asumen un nuevo papel y renuncian a la libertad. Con el heroísmo debido. ¡Ja! La excusa perfecta y no darle vueltas al coco. Dado que todo el mundo lo soluciona de idéntica manera, no pueden estar equivocados. Los equivocados somos nosotros, los outsiders —celebra con una carcajada que se prolonga en tos seca. —De acuerdo, pero en algún lado hay fraude. La vida pierde sin aviso su brillo y no te ofrece alternativas seductoras, ni varita mágica. Mi pasión se extingue, portugués. La edad, segura e inexorablemente la edad. João limpia las espinas arrebañando los restos. El tenedor hurga en las branquias, en la cabeza del pescado, quirúrgico, prolijo y carroñero a partes iguales. Tarda su réplica: —Piensas demasiado, amigo. Búscate una mujer. Embarázala. Un trabajo de nueve a cinco y te sobrarán ambiciones mezquinas y no pocas preocupaciones para mantenerte ocupado. Luego os echáis la culpa el uno al otro de lo que soñasteis y nunca fue y paz. —Gracias. Acabo de librarme in extremis. He roto las estructuras y aquí estoy, tierra de por medio. Ave fénix en potencia de hacer cualquier cosa, si cualquier cosa me importara un bledo. —¿Arrepentido?

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—Sí, no. No sé. Actué por intuición, que es el único modo razonable de actuar. Uno tiene que vivir su vida o, ahora sí, arrepentirse por no haberlo hecho. Es sólo que... este cheque mío tiene muchos borrones y no consigo dar con la cantidad. João, frágil armazón de huesos cubiertos por un cuero opaco, fija en él esos ojos rabiosos misericordiosamente. Pasa su mano sobre su pelo cortísimo y hace una mueca. Otro secreto que le regala en el día: —Menos matemáticas, más imaginación. La imaginación te da alas. —La imaginación te exige alas. Es un viento imprevisible, muy bien, mágico. Pero también pasa factura. ¿Qué se hace con el desarraigo? ¿Es posible domarlo o te devora? La pregunta suena vehemente, a consulta perentoria. João, sin embargo, recorre absorto el esqueleto del pescado: una sibila leyendo el futuro. Él contempla su cara hundida donde despuntan los contornos de una calavera. Recela si João, por encima del mal y del bien, no será ya un cadáver. Un cadáver profesional.

Todo cabría resumirlo en el brillo de la Luna reflejándose en la hoja de la navaja (aunque eso del brillo, y hasta la Luna si me apuran, debe de ser licencia romántica, tópico inexcusable de película de acción). Todo cabría resumirlo, de un modo u otro, en haber aceptado la trayectoria de la navaja buscándome la garganta y ser yo, y no el otro, la escoria humana desangrada sobre el pajonal. Sucedió tan de repente que no aproveché la herramienta del destino. Lástima, porque la ética, en ocasiones, debiera preferirse a la estética, y si se estima sin melindres un ruin malevo vale tanto como el disparo en

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la sien. Desgraciadamente de un tiempo a esta parte la ira es mi pecado capital favorito. Además, no me dio oportunidad de decidir. En casos semejantes el instinto de supervivencia obedece al cuerpo y no al espíritu. Ya debiera haberse esfumado y a mi pesar continúa aquí, sólo por contrariar. Veamos, ¿qué recuerdo? El tugurio. Los rostros calculándome. Mi presencia estaba fuera de lugar. Sentirme fuera de lugar ha sido una disciplina largamente cultivada. ¿Y el absurdo? ¿A quién le importa? El boliche podría ser un putero o no, sepa uno. Había mujeres con minifalda, tipos en la barra o jugando al billar, al pool. Sí, tipos de mirar corvo y un silencio viscoso de sanguijuelas, homenaje de bienvenida, cómo dudarlo. Compadritos del pueblo pervirtiendo la noche y un extraño que aparece a romper el equilibrio. Cosas así no pueden acabar bien. Basta pedir un trago y aguardar. Lo que fuera, algo que me salvase de la irritación artera de ese antes y los después, de decisiones y consecuencias y la maldita gangrena del vacío. ¿Cómo ocurrió? Una copa, dos, se pierde la cuenta y apenas descorchas la botella, nuevos amigos, porque no iba a suceder conforme a los tópicos, una bravata gaucha, sin contar que la pampa quedó atrás. Y viste, lo inverosímil se torna natural, tan natural como emborracharse con extraños, armar la milonga, sucumbir a un mareo que fue por una vez del cuerpo y el alcohol. Y un abandonarse, el destierro de uno mismo, casi la felicidad. Sostenido por el hombre salió del bar. El aire fresco del alba le espabiló a medias y aun en la torpeza rozó solapadamente el bolsillo para sentir el bulto de la cartera, mientras aferraba bolsa de viaje y maleta con la mano libre. Se dejaba llevar. Una habitación, una cama e irresistibles ganas de dormir, si el insomnio concedía al fin una tregua. Una cama, eso le prometió el hombre cuando al borde de la ebriedad se había

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tumbado en un rincón del bar. Ahora el pueblo desfilaba en siniestra danza de casas de cartón y era raro el farol que iluminaba alguna esquina, cruceros de calles embarradas. Tomó aire y se detuvo. —¿Falta mucho? —preguntó al buen samaritano. —Detrás de los galpones, al fondo —le llegó la voz con un aliento ácido. Doblado el último muro ninguna sombra se interponía a la orla borrosa de la estepa. No había más. Esta vez la respuesta aventajó a la pregunta. —Aquí es. Entonces girarse y ver la navaja. El brazo justo arrancaba una órbita a la altura del rostro. Antes de los reflejos o su ausencia, sobrevino el desmayo. Su cuerpo se desplomó en perfecta diagonal contra las rodillas del otro, arrastrándole en la caída como una pareja solitaria de fichas de dominó. Cortó las arcadas del vómito para incorporarse rápidamente (pero eran movimientos pesados) y tratar de defenderse. El hombre seguía en el suelo, las manos en la cara. Le buscó el estómago con el pie y descargó dos patadas. Luego vomitó. Del cuerpo tirado sólo venían quejidos débiles. Largó otra patada a la cabeza. Le dolió el pie: había golpeado la piedra sobre la que aquélla se apoyaba. Alrededor crecía una mancha oscura, brotando. Se sentó a fumarse un cigarro. —Elegiste mala pista de aterrizaje, compañero. Clareaba en el horizonte. El frío remontaba su ápice. Pensó que convenía regresar a la carretera y pedir parada al primer autobús que le sacara de allí. Tomó su bolsa, la maleta, se incorporó y escuchó la grave respiración del cuerpo. La navaja continuaba asomando del puño cerrado como el estilete de un escorpión.

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—Hay que acabar este trabajo, sin duda hay que acabarlo. Con el talón de la bota desbarató el candado de los dedos. Empuñó la navaja y la hundió a gusto en el moribundo cuantas veces quiso, mientras sentía una corriente de alto voltaje cabalgarle el espinazo. Matar a un hombre: una experiencia nueva. Jamás creyó que diera tamaño placer. Y contempló lo que había hecho y decidió que estaba bien.

De nuevo eran las montañas y no el mar. En fin, bastante que le recogiera un bus, así desanduviese camino. El mar sosiega su ánimo. Con las montañas vibra distinto, sufre la opresión de esa jaula vertical. La llanura también le disgusta con todo y su inmensidad. ¿Y el mar? ¿Acaso no conforma sino otra llanura inabarcable? Ni compararla, quizá porque el agua le sugiere vida y la tierra una tumba dispuesta a abrirse. El agua es vida y misterio y esa emoción que únicamente experimenta por ósmosis. Entonces regresa el recuerdo del pez como una bofetada. El pez que trajera ella a la casa. Azul, de aletas de oropel virando del índigo al esmeralda, un pavo real con branquias. A ras del resentimiento desaprobó su capricho, más cuando bien sabía ella que no soportaba ver animales encerrados. Encima ahora, con la relación así ¿A quién se le ocurre? «No necesita mucho espacio —se justificó— ni demasiada compañía. Los machos de esta especie son celosos de sus dominios y prefieren la soledad. Un poco como tú.» Angustiado al observarlo moverse en tan estrechos márgenes, a los tres días ya le había comprado una pecera más grande, donde metió unas conchas traídas de playas lejanas, y también la botella de fondo panzón en la que vino. Entre los dos, a la manera que acostumbraban a hacer las cosas, lo bau-

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tizaron con el nombre de él. Una broma teñida de sarcasmo. Porque no corrían tiempos propicios para las bromas que fueran hasta ayer un código común y cualquier resto de humor sonaba ambiguo. Porque las semanas se asfixiaban en la rabia impotente de ella, en sus lágrimas contra la apatía de él, a medio paso de la indiferencia absoluta. Porque él asistía a aquel drama desde afuera, ausente, y era ese muro lo que más daño pudo hacerle a ella. ¿Por qué dejaba que los años de cariño se desmoronasen sin mover un dedo? Bloqueado emocionalmente, ni intentó comprenderlo; a los sumo tenía la impresión de aceptar con fatalismo estoico —si eso era aceptar, si era tomar una decisión— el destino que debe cumplirse. En el descenso del sofoco a la desesperación, ella agotó los recursos imposibles. Y una tarde hizo cenizas todas las fotografías, borró el pasado y la mejor parte de sí misma, juntó lo básico y, deshecha aunque conteniendo el llanto, cruzó la puerta. Esperaba —sabía que no, pero lo mismo— que en el último momento él le dijera «ven». Ni siquiera se asomó al balcón para verla desaparecer. Ella había salido de su vida —él la había sacado de su vida— y nuevamente los horizontes se dilataban al infinito. Como una llanura, como una página en blanco. Libre de lazos, cierta euforia serena iluminó los días siguientes. Borrón y... ¿y ahora? Ahora nada, salvo el avance en sordina de un paulatino estado de coma. Darle la espalda al desierto afectivo que le acorralaba. Obsesionarse con el pez y sus evoluciones: inmóvil en el fondo, o veloz a la superficie por la comida, o nadando a lo largo y ancho, o pausa en la milésima exploración de los límites de su mundo cuadrado y vuelta atrás. Al regreso del trabajo lo primero era pasar a verlo.

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—¡Hola, tocayo! ¿Me has echado de menos? Metía la punta del dedo en el agua y, en ocasiones, el pez se arrimaba curioso. Hasta consentía el suave rozar de sus escamas, un remedo de caricia, una comunicación precaria. «Pareces un gato», le decía, y pegaba la nariz al cristal. En despliegue de brillantes aletas de fantasía, el pez le miraba. Ojos redondos, negros, fijos; inocencia y fragilidad al completo. —Me das ternura por tu desamparo, o al revés. No razonas un carajo y sin embargo lo captas todo, ¿verdad? No se te escapa una. Dependes de mí y yo no puedo llevarte. ¿Qué haré contigo, ojitos? Los días previos al trajinar de maletas al pez le había dado por encerrarse en la botella. Permanecía estático un largo rato, luego salía y se movía alegre por la pecera, disfrutando de la multiplicación del espacio. Él especulaba: «¿Será una ilusión de fuga? ¿engaña al encierro?, ¿a la monotonía?». Pero los peces tienen una memoria muy corta. De todos modos no puede ser feliz así, de suponer que los peces sean felices. Eso sí, sensible es, hasta cuando se ufana de sus aletas y sus colores, el vanidoso. Y está triste por mí y yo por él, y esto es una caída sin fondo. Rondando la pecera acabó por encontrarse. Aún ciego a las ruinas de su vida que aguardaban el arranque de todos aquellos proyectos, las empresas promisorias que la unión con ella había postergado y a la vez elevado al rango de aventuras míticas, posiblemente más allá de sus capacidades reales. Lento en reconocer el dolor y el vacío, no se explicaba esa falta de apetito por estrenar su libertad. Los días se acumulaban estériles, acusándole con un no sé qué de epitafios humillantes. Bueno, hay que largar amarras; en algún sitio algo me espera. Basta de vegetar entre fantasmas y remordimientos.

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Se pegó a la pecera. Cristal de por medio, su pez quedó suspenso frente a él. —Lo siento, ojitos, me temo que ya no tenemos tiempo para las soluciones fáciles.

La lluvia había irrumpido repentina, torrencial. Buscaron refugio bajo el alero de un tejado. —Ahí enfrente vive una chica que he conocido estos días. Es guapa, no está mal, aunque su hermana pequeña está mucho mejor. La que te digo tiene dos hijos, pero todavía conserva la figura. Su marido suele andar borracho en algún lado. Y se la ve guerrera, sabes a lo que me refiero. —No pierdes el tiempo. Ya, ya, ni digas nada. «Es el tiempo quien nos pierde», o algo así. Eres un filósofo. —Tiene una frutería en la casa. Pero la puerta está cerrada. Esperemos un poco. Total, no hay más que hacer.

Esquema medular del mito griego donde el héroe se sale con la suya para regocijo de los olímpicos y admiración de los mortales: el héroe debe realizar una proeza, lo cual generalmente implica matar un monstruo. En ello la ayuda de una princesa siempre es crucial. La seducción masculina como arma, el pacto de un rapto consentido y, al fin, el ingenio de la mujer simplifica la tarea a la fuerza bruta. El héroe —Teseo, Jasón, Perseo...— vence al monstruo, se lleva el premio, si lo hay, y carga con la princesa —Ariadna, Medea...— a la que abandona a las primeras de cambio. Porque el destino le reserva otro monstruo que matar, otra aventura. Mas el héroe no es sino un hombre normal habitado temporalmente por un

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dios. Un día el dios dice adiós y se acabó el héroe. ¡Pobres instrumentos! Bien lo supo Marco Antonio (aunque romano, aunque legendario en vez de mítico) y mejor lo cantó Cavafis: «... quédate inmóvil junto a la ventana y escucha conmovido / pero no medroso y suplicante como los cobardes / escucha con placer postrero la música / los raros instrumentos del tíaso sagrado...» Y cómo me gusta ese poema. Y cuánto me bajonea este pueblo. En el vagar sin rumbo, bajo la Cruz del Sur, empiezo a vislumbrar el monstruo siguiente. Ya no está el dios, pero apenas me falta el último monstruo. Sé quién es, he visto su cara familiar. Tiene miedo en los ojos y también una súplica. Entretanto, una plaza, una iglesia, edificios públicos, tiendas. Un parque de árboles escuálidos, azotados por todos los vientos. Desde el centro de la plaza cuatro calles se extienden hacia ningún lugar. Las casas disimulan su humildad con un frente de jardines marchitos y la cerca pintada en amarillos o azules. ¿Por qué todo es tan funesto? ¿Qué hace esta gente aquí? Viven. ¿Están vivos? Acaso sean sombras las que caminan para calentarse con el sol tísico, el cielo plomizo, de a ratos celeste. Pasado el mediodía merodean en torno a la plaza, se sientan en el café, parejas de jóvenes, parejas de viejos. ¿Qué tendrán que decirse? Miran la televisión, leen algún periódico. Saben de cosas que suceden a miles de kilómetros de aquí. La distorsión del mundo conocido. Pueden subirse a un coche, atravesar media Patagonia, y hallar otro pueblo gemelo. Considerándolo bien, ¿a qué moverse más allá de la plaza y sus árboles desgarbados? Al término de una de esas cuatro calles principales debe de estar el cementerio. Fin. Si no me diera tanto escrúpulo (si no me diera tanto morbo), me acercaría a fisgonear las lápidas más antiguas, a

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saludar a los fundadores del pueblo y a realizar una autopsia. Llegaron en barco cruzando un océano, apiñados, cargando sus escasos enseres, empujados por la miseria de sus terruños en Europa (¿alguna guerra, alguna epidemia?), el corazón roto por lo que dejaban, la ilusión de un nuevo comienzo. Gente de campo, sobraban en la ciudad aunque lo más posible es que los largaran acá con la promesa de la tierra. Tierra suficiente para todos, tierra hasta más allá del horizonte (tierra para cubrirlos), luego de la labor de limpieza realizada por heroicas campañas militares. Los colonos. Titanes de lo absurdo. Locos, pero... una locura sublime. Estaban creando un pueblo, otro eslabón en la cadena de mojones que, insignificantes en sí mismos, adquirían sentido al demarcar y ocupar un territorio donde los latifundistas ganaderos podrían tranquilamente hacer fortuna y gastarla en la capital, o en Londres, o en París. Mientras, que los desgraciados bautizaran las calles con los omnipresentes nombres de los próceres. Que vivieran la utopía de fundar una población la cual, corriendo los años, crecería en prosperidad. ¡Vaya burla! ¿Qué pensaran sus descendientes al recorrer, del mismo modo que leones enjaulados, las minúsculas coordenadas del solar de sus bisabuelos? ¿Qué les legaron? ¿Una herencia de rencor, un porvenir chato? Y sin embargo los barrotes de esta colonia penitenciaria no existen, ahí no más se ve la llanura. (¡Mierda! Se acabaron los cigarrillos.) ¿Se ahorcan, se van, permanecen? A lo mejor la vida es más llevadera, así tan quieta, y sólo proyecto el paisaje de mi desolación. En fin ¿qué carajo me importa? ¿No vine yo hasta aquí? ¿Dónde está la estación de autobuses?

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Se diría que el sur no acaba. Crece, a la par que crece el frío y las manchas blancas en las cumbres. Gris, blanco, gris. Carretera. Horas de no ser. Mete la mano en un bolsillo buscando un chicle y saca un papel arrugado. Es el teléfono que João le dio al despedirse, en la tormenta tropical de Santa Cruz. Como él mismo hiciera: «por si un día la geografía nos reúne». Vuelve a hacerlo un rollo y lo mete en la botella de agua vacía. No estaba seguro de cómo catalogar a João hasta que vio a su conquista de tres al cuarto asomar del portón de la frutería. El portugués la silbó y ella cruzó la calle, encogida sobre sí misma, hacia la protección del alero. Presentaciones, conversación banal, João revoloteando con patético histrionismo alrededor de su presa, quien ya ha pedido un cigarrillo. A él le basta un minuto para calibrarla. «Aún le quedan partes buenas» piensa. Pero es jodidamente vulgar, todo el asunto lo es. Aventura. ¿A esto llegan las aspiraciones de João? «O quizás no es vulgar sino práctico, conoce sus límites, sabe hasta dónde puede...» Se deprime, en cualquier caso. Antes de que el chaparrón amaine, los deja. Sí, el intercambio necesario y hueco de direcciones. Tudo bem. Tictac. A un costado las cumbres heladas, al otro (no puede verlo ahora) el pedregal. Orden inmutable. Diez años hacen una década, hacen João, hacen camino cuesta abajo por el que es sencillo deslizarse cerrando los ojos. Y mejor ni abrirlos. Oscuro y abajo, así, fácil, sin sentirlo. Sin intentar sentirlo, cuestión de tener a mano las vendas apropiadas. El tiempo corre igualmente implacable en un pueblucho de los que cruza la ruta como en todas partes. Como debía pasar en aquel lugar de la Mancha, plácido, manso, soporífero hasta lo abrumador, ante un hidalgo de los de lanza etcétera, refugiándose en historias fantásticas, en sueños para los que real-

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mente está hecho el calor de la sangre. Frisaba nuestro hidalgo los cincuenta años (y no estaba muerto). O por el estilo. La Mancha, la Patagonia, tanto da. Pobre: ni la edad, ni el sitio, ni la ocasión. La locura, el escape. Hay que llamarlo locura porque el resto no se atreve. ¿Cómo llamar entonces al sano conformismo? Así pues el hidalgo opta por desmontar el tedio y se fabrica una nueva dimensión. ¿Volar sobre el tictac y sus formalidades? Qué anatema y cuánta envidia. Rumia durante un largo tictac la clarividencia y el coraje precisos para huir al modo del Quijote. Reconoce su ineptitud de antemano, se sitúa de un salto del último libro de caballerías quemado a ese inicio de derrota al salir de la Cueva de Montesinos, sin el entreacto majestuoso de clavileños, palacios de cristal y la pastora Marcela. Luego trata de equiparar a João con el Quijote. No. ¿La boliviana como Dulcinea? A lo mejor.

Antes de la cabeza vio la sombra. Alzó la vista sobre la lectura y allí estaba el hombre duende, encorvado a un palmo de las tapas del libro. —¡De Quincey! No está mal. —Eso creo, voy por el principio. —Habrás de llegar al final, che. ¿Sos turista? ¿Camino de Ushuaia? Lo estudió rápidamente. Rechoncho, bonachón, bigotes de atrezo de circo ambulante. No parecía del tipo bísnes con turis. Pero nunca se puede estar seguro en estos casos. Respondió con cautela. —Camino al fin de la tierra, aunque no a Ushuaia. ¿Trabajas con alguna agencia? ¿Vendes tours?

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Le devolvió una sonrisa. —Sí y no, según lo mirés, pero nada de negocio. Comparto tours al interior de uno mismo. —Fíjate, justo el sitio del que yo quiero salir. —Y sí, se te ve en los ojos y en el andar. Con sólo eso te saqué la ficha. Necesitás contención. Y tranquilo, lo que buscás es más sencillo de lo que creés. ¿Puedo sentarme? —El banco es duro, el viento corta... y vaya, hay espacio para dos. El hombre duende se sentó al lado. De Herman Hesse a Osho, del banco en la placita a un cafetín. Navegando por los procelosos mares del existencialismo y la espiritualidad. Hace mucho que no habla con nadie y el hombre duende (su nombre es Nicolás, pero hombre duende lo mismo) le invita a abrir compuertas. Eso sí, se hallan en esferas antagónicas. Él se desahoga: «A veces me siento con ganas de regresar a casa, lo malo es que no existe lugar al que pueda llamar casa». ¿Nostalgia del paraíso perdido?, bueno entiéndelo así... Estoy suspenso en la memoria, no conecto con lo que me rodea, hay una cortina invisible y yo cada día más y más lejos en esta jaula de tiempo... ¿Esperanza? No me hables de esperanza. Y la religión es una trampa, un engañabobos, no lo veo como tú. Disculpa, no será religión aunque yo no soy carne de misticismo en todo caso... «¿Otro café?», «¿tienes un cigarro?», «ah, que no fumas». «Aguarda un momento a ver si consigo...» Y ella. «El amor es un espejismo, un ancla. También un remedio contra la soledad. Pero en eso ando más perdido que en otra cosa, no sabría decirte...» La potencia del deseo es teórica, es una llama vital que te abandona vaya a saberse por qué. Un día la vida, sencillamente, se va y te deja en un rincón. Cambias de rincón

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en rincón, y aun así sigues arrinconado... y será narcisista, pero si envejeces, la solución definitiva... Cuando se ha desinflado al fin, su mirada reposa vidriosa sobre la taza. Inmóvil. El hombre duende le propone entonces salir a pasear. Toman una calle que se hace sendero hacia un horizonte de cerros romos. Es su turno ahora. Con voz cálida le cuenta de un viaje a la India, de los maestros cuyas enseñanzas le cambiaron («antes era como vos»), de la iluminación (él aguanta una risa), de los estados superiores de consciencia, de la disolución del ego, la paz interior y la comunión con el todo. —Perdona la interrupción; ya conozco las bases de ese budismo pasado por la batidora del postcristianismo new age. —Che, hasta tenés una definición macanuda. —No te ofendas. Respeto tu punto, pero... Desde las cavernas al siglo XXI el hombre siempre ha necesitado a Dios por el motivo egoísta de fantasear que puede trascender la muerte... —La muerte no existe. Ni la enfermedad, ni el dolor, ni la vejez. Nada de eso existe. Son concepciones falsas de tu mente. Las mismas que te aniquilan ahora, por lo que contás. Si aprendés a ver a través de un estado de consciencia puro... —... y no hay nada detrás de la muerte. Que ahora resulte que el cerebro nos fabrique nuestra propia prisión, pase. Que tenga que renunciar a lo que soy para fundirme en no sé qué, bien, eso no lo compro. ¿Subordinarse? ¿Renunciar al yo a cambio de amparo? La identidad puede construirse con basura, pero, privilegio o maldición, uno debe ser fiel a sí mismo, responder por uno mismo. Hasta el final. —Andás en el mundo del maya, de lo ilusorio. Mientras te aferrés a tu ego no hay salida de la ratonera. Vos no sos vos, yo no soy el otro. Las montañas, los pájaros, el mesero del

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café, todos somos una misma esencia, estamos unidos en el atman, la entidad superior y amorosa que nos fusiona armónicamente. La frontera es irreal, un engaño. Sí, lo sé, suena muy complejo, imposible sentirlo en dos palabras. Che, allá en ese bosque hay una casa donde vivo con unos compañeros. Estamos en un curso de sanación espiritual. Antes de hacer eso que vas a hacer, vení. No perdés nada con probar. Él ni ha mirado hacia la dirección que el dedo señala. —Gracias por el salvavidas. Me figuro que si entrenas la mente en creer esos dogmas se puede ser feliz. El problema es que no deja de ser una autosugestión. No sales de tu mente como pretendes, sólo te creas una realidad amable. No superior, alternativa. Y asimismo virtual. No, no es resistencia. Está bien para algunos, pero no va con mi carácter tener el om en la boca ocho horas diarias, e iluminarme en amor e intoxicación totales. Es una historia tan bonita que cómo no vamos a querer creerla. Se juntan uno, se juntan dos, media docena y a la retroalimentación no hay quien la pare. ¿Ya lo consideraste desde ese ángulo? La respuesta no viene. Él levanta la cabeza del camino y la gira buscando al hombre duende, volatilizado en un paisaje sin escondites posibles. Ni rastro de los bigotes, únicamente el sonido de la ventisca.

«... y di por fin adiós a Alejandría a la que pierdes». El punto de choque donde se desintegran las emociones, la avasalladora soledad, el último pueblo en el fin de la tierra. Es un amanecer destemplado, de nubes raudas y sol hipotético. Ha dejado las cosas en el cuarto, la llave en la recepción desierta, abierto la puerta y confrontado al frío de la mañana. El frío. Da la espal-

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da a la ensenada a cuyo abrigo los pescadores confían sus botes y encara los acantilados por una vereda que, con esfuerzos, se adivina entre las piedras. No logra pensar claramente. Tal vez esa parálisis y la torpeza de las piernas prefiguren el miedo, la emoción primordial. Oye allá arriba la algarabía de cientos de aves marinas, mira sin ver los ásperos roquedales y, al fin, el mar. Salvo el mar, el resto es territorio abstracto. Pasan los minutos, las horas, el tictac acallado por el fragor de las olas estrellándose contra las paredes pétreas, rezumantes y deslavadas tras eones de flujo y reflujo. En lontananza distingue los islotes que confinan el estrecho. «En estas aguas han naufragado incontables barcos. Estas aguas han tragado ya muchas vidas. Sus fantasmas deben rondar las noches de tormenta. Otra licencia romántica, obvio: yo no creo en el alma. Afortunadamente.» Su vista vaga por las crestas del mar turbulento. Dos gaviotas revolotean próximas para manifestar disgusto con la indeseable presencia.» Su nido. Los huevos. La vida.» Principia una llovizna ligera y gélida. «¿Entonces qué? ¿A falta de un futuro hago más tiempo del que tanto jode o admitimos el jaque mate?» Acuden los recuerdos. Distantes y bondadosos. «No, es una trampa. Fantasmas náufragos que no existen más, igual a los otros». Condena esa puerta y se entrega de nuevo al bramido narcótico. Los ojos descienden del horizonte hasta el fondo del torbellino, a sus pies. Compara el vértigo de la caída con el vértigo de su propio vacío. «Sin duda gana la monstruosa monotonía, que no sabe de fondos.» Le llega la tentación (ahora cuando arrecia el estruendo del oleaje) como el impulso de tocar las brillantes escamas de un pez, aunque se presienta la repulsión a la viscosidad. «Sería tan sencillo: cerrar los ojos y vencer unos centímetros. ¿Así?»

Luna líquida

a Yago se le ocurre de pronto que sería tan agradable escuchar música, algo estimulante para rescatarle del poder hipnótico de la cinta de asfalto, los faros y la noche, cuando alarga la mano, toma a ciegas un CD entre los volcados sobre el asiento del copiloto, lo emboca en la ranura y choca con el que lleva sonando un buen rato a medio volumen, resuelve tirar por fin la toalla, reconocer al cansancio como vencedor y detenerse en el próximo pueblo, así sea un villorrio de cuatro casas. Si hay suerte, si la carretera, que a cada kilómetro adelgaza y se llena con más baches, vuelve a cruzar otro. Entre la vigilia y el sueño los haces de luz hieren a las tinieblas, arrancándoles una procesión vertiginosa de rocas y árboles retorcidos. El paisaje sin claro de luna parece quejarse de la intrusión, defenderse con su aspecto arisco, «finta de manotazo al filo de la amenaza», piensa Yago. O acaso no lo piensa él, el cerebro en ocasiones nos trae cosas por cuenta propia. Un cigarrillo más, negro como el olvido, y la mano derecha buscando ahora el mapa de carreteras con desesperanza de náufrago. Quizás equivocara la ruta, tanto cruce a ninguna parte, quizás la serranía no se acabe nunca, o la noche la dilate, o no tarde en llegar al embalse, y eso será al menos una referencia.
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No suenan desde hace mucho las campanas en el pueblo, ni por bodas, ni por difuntos. No hay ruidos, ni risas, ni bailes y orquesta, ni conversaciones de vecinos, sino murmullos

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amortiguados, y todo es sombra turbia si brilla el sol allá arriba o es nada si acaba el día. ¿La luna? Apenas un fantasma, caprichoso y esquivo. Lo que más echo de menos es el canto de los pájaros. Y las flores. Nadie se acerca ya a visitarnos, toda la gente pasa las horas —es un decir, el reloj dejó de contarlas años, años y años atrás— como flotando en sus casas, con ese acompasado cimbrear de las algas en el río, sin otra ocupación, sin más voluntad o ganas de fiesta o vida social. Y da casi igual, la verdad, somos tan pocos los que nos quedamos, y una se fastidia de ver las mismas caras. Por eso nos alegró tu visita. Le pedí a mamá que sacara el mantel de hilo bordado y la cubertería de plata, yo tocaré el piano mientras preparan la cena. ¿Te gusta el lucio? En el pueblo es muy rico y abundante, dicen que hay quien viene a pescarlo desde lejos. ¿De dónde viniste tú? Pero entra, toma asiento, estás rendido por el viaje, los montes cansan. Relájate, has llegado al valle y aquí todo es sereno, una caricia, una tersura lisa y amable como la superficie de una pecera. Disculpa el fango, se mete por todas partes, no importa cuántas veces barramos la casa mamá y yo. ¿Te apetece que toque el piano para ti? Desde niña recibí clases y no quiero pecar de inmodesta, aunque me aseguran que tengo talento. Sé cocinar además, claro, coser, hacer encajes, no podía faltar eso en la educación de una señorita. La mía, sin embargo, sobrepasa la clásica y me siento dichosa de haber cultivado el arte. Verás, la música me encanta, puedo interpretar «Invierno», mi favorita entre las Estaciones de Vivaldi por tanta pasión contenida, ¿sabes?, también el Adagio de Albinoni, que me parece poético y solemne. O el Concierto de Aranjuez. ¿Verdad que es una hermosa evocación acuática, hecha de fuentes cantarinas y ríos fluyendo? ¿Deseas escu-

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charlo?... Pero debo advertirte que aquí, como ya te habrás dado cuenta, los sonidos tienen una cadencia más rápida, llegan al oído por todas partes y es muy difícil impedir que las notas se encadenen en acordes insólitos.

Una especie de sofoco rescata a Yago del sueño, algo que se agita desde adentro, lánguido y a la vez espeso como agua estancada. Repiquetea entonces la crispación de su parte consciente advirtiéndole de lo aventurado de dormir en una carretera desierta. Cabecea a punto de resbalar de nuevo, abre los ojos, los cierra, los abre, consigue por fin sobreponerse al sopor y lo primero que le roza es un solo de piano en un tema de jazz. ¿Dónde estoy? Oscuridad absoluta. Intuye, no recuerda, haber parado en la cuneta un momento para reponerse de la somnolencia que le ganaba, tras los párpados de plomo cayendo y la curva tomada recta al borde del accidente. «He de continuar, no me puedo quedar aquí», decide contra el agotamiento. Sale del auto a estirar las piernas, a despejarse con el fresco. Oye en la lejanía un ladrar de perros. ¿O pueden ser sapos? Prefiere no prestar atención, desconfía de sus sentidos y sus reflejos. Ríe a medias, sapos ladrando, sería divertido. Intenta desentrañar el muro opaco y percibe en el horizonte un resplandor, albo y difuso, recortado por las aristas de los montes. ¿La luna? Muy tarde para que salga ya. Echa un vistazo al reloj, las doce pasadas, y el desajuste es una piedra arrojada a un lago, las ondas de la perplejidad le zarandean una tras otra. Consulta el tablero del coche: las doce y diez. «Pero no es posible», se dice Yago, antes de parar pasaban de las cuatro. O durmió casi un día del tirón, o el tiempo marcha al revés, o dos relojes están locos, o mejor no hacer caso a eso que no

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sabe cómo entender y encontrar un maldito pueblo, dormir junto a la plazuela de la iglesia, y con la luz del sol y ya descansado cada cosa caerá en su lugar. Camina hasta el canto del despeñadero y más allá de sus legañas cree ver fuegos fatuos reverberando al fondo. Las luces de un caserío, probablemente. «Un esfuerzo más, Yago, está cerca.» El motor del auto y los faros sacuden la quietud nocturna.

No imaginas lo feliz que me hace tu compañía. Ya le dije a mamá, y mamá les contó a las tías. Todas creen que te vas quedar con nosotras, después de tanto tiempo en la casa. Aunque claro, el tiempo no tiene mucho sentido cuando se miden cosas que no acaban nunca y ya no sabemos contarlo bien. En el pueblo andan alborotados, han visto tu coche tan moderno, tan impresionante, aparcado en la puerta, y se hacen lenguas especulando quién eres y cuáles son tus intenciones, qué te trajo de la capital a este rincón perdido. Si me acompañas al balconcito los verás, corremos un poquito el visillo y ahí seguro va a estar alguno paseando por el frente y mirando como si no mirasen, les falta silbar a los muy bobos. ¿Ves bien? Cuesta al principio. Los tonos poco cambian entre el verde y el marrón, pero observa esas sombras. Las que no pueden con la curiosidad son las López, las del colmado junto a la fuente. Se les hace la boca agua, se les llena la boca de agua, ji, ji, ji. El cotilleo es su religión, supieras, han venido tres veces con excusas a visitar a mamá, hasta que no aguantaron más y ahí mismo le desembuchan que mueren ji, ji, ji, por saber quién eres. Un abogado de Salamanca, abogado, sí, que es el novio de la niña, va y les anuncia mamá en el quicio del portón, justo antes de cerrárselo en las narices o

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no perdonarían detalles. Lo deben andar comadreando por cada esquina y el pueblo al completo se habrá enterado ya. Muy bien. Que lo sepan. ¡Ay!, si te contara cuánto me han hecho sufrir por eso. Mamá me llama «la niña», te habrás fijado. Sin embargo soy la mayor de cinco hermanas, sólo que ellas se casaron y se fueron de aquí. No creas que escaseaban los pretendientes, no, pero una no se casa con cualquier palurdo, faltaría más. Esperaba un hombre sensible. Como tú. Poco les bastó para tomarme ojeriza, aún se burlan a escondidas y me apodan «princesita solterona», lo sé. El pueblo es así, ni se te ocurra desear más allá de lo vulgar o te acusan de pretencioso. Da lo mismo, habladurías siempre hay, por un motivo o por otro, la gente se aburre, ¿sabes? Y ya que tocamos el tema, te lo voy a confiar, si no alguien te vendrá con el chisme y le añadirá veneno. Espero que no te disguste: sí tuve un novio. Hubo planes de boda incluso, pero al final, no. Pues eso, que no. Yo ya ni me acuerdo, ellos sí, por supuesto. También de la locura que hice después, pero en ese particular todos estamos ahora igualados. Bendito sea Dios. Ojalá te acostumbres a la vida en el pueblo. Vida, bueno, por llamarlo de algún modo. Tiene sus encantos, no creas. Había antes mucha más animación. El pueblo es antiguo, su historia se remonta a los romanos, lo sabe hasta el más cateto. Y vaya, tuvo sus épocas de esplendor. De hecho, estaba creciendo. Hasta que un día aparecieron varios representantes del gobernador civil a informarnos de los nuevos planes de desarrollo. Bonitas palabras, mucha pompa, pero a nadie le hizo gracia, la verdad. Los que pudieron irse, se fueron. Los demás nos quedamos, qué se iba a hacer. La única ventaja fue hacer maleta de donde nos tenían guardados, ji, ji, ji, y regresar a las casas. No era lo mismo, en fin, es lo que te digo, cuestión de acostumbrarse.

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¿Te estoy aburriendo? ¡Ay! Claro, qué tonta soy. ¡Ya sé! ¿Quieres verme con el vestido de novia? Dicen que antes da mala suerte, pero ésa no nos afecta. Espera y me lo pongo, verás qué guapa me veo. Voy a soltarme el pelo, lo tengo muy largo, no me lo quise cortar como las señoronas. Y si lo dejas, sigue creciendo no importa que... es una maravilla. ¿Salimos al balcón? Tómame de la mano, ay, no seas tímido, vamos a contemplar la Luna, su luz no llega tan abajo, pero es más romántico imaginársela. Así, abrázame fuerte. Tú no te vas a ir, ¿verdad? Oye, todavía no me has dicho cómo te llamas.

El guardia civil reporta al sargento: —Se lo llevó la ambulancia. El cuerpo estaba hinchado y los peces le habían comido los ojos. Unos veinticinco años. Esperamos la autopsia, si bien durante el examen preliminar el forense estimó muerte por ahogamiento. Le resta determinar el número de horas antes de salir a flote, pues permaneció un tiempo en el fondo. Lo hallaron cerca de esta orilla. En el otro extremo del embalse se aprecia el rastro dejado por un vehículo al caer en una curva del barranco. Lo estamos buscando. También otros cuerpos. Al menos el de la mujer. —¿Una mujer? ¿Por qué necesariamente una mujer? —El cadáver llevaba atado al cuello un velo de novia. Un nudo demasiado flojo para provocar asfixia. Extraño, ¿no? Cabe suponer que se trataba de una pareja de recién casados. —¡Menuda desgracia! Un accidente en plena luna de miel —el sargento mira al cielo por desviar un escalofrío y le distrae el vuelo parsimonioso de dos cigüeñas: describen un arco y se posan al fin justo en el medio del pantano, sobre la espadaña de la vieja iglesia que aún asoma entre las aguas.

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Coda

Con paso ligero, como si la tierra y sus obstáculos no pudieran fatigarle, un joven magníficamente vestido hace una pausa al borde de un precipicio entre las grandes alturas del mundo; contempla el espacio azul enfrente suyo, la extensión del cielo, en vez de la vista a sus pies. Aún es notoria su actitud de ansioso caminante, si bien en este momento le vemos quieto, con su perro brincando al lado. El filo que se desploma al abismo no le asusta, como si hubiese ángeles esperando a sostenerlo en caso de caída. Lleno está su rostro de inteligencia y de la espera de un sueño (...). Él es un príncipe del otro mundo en viaje por éste, siempre en la gloria de la mañana y su aire diáfano. El sol, que brilla a sus espaldas, sabe de dónde viene, a dónde va y cómo, tras muchos días, regresará por otro camino.
A. E. WAITE Tarot, «Arcano 0, El Loco» (1910)

Para Verónica I Érase una vez un príncipe que soñaba con encontrar la belleza. No habiéndola descubierto en los vastos dominios de su padre, una noche, hincando la rodilla ante el solio, le dijo:

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—Padre, te pido tu permiso y tu bendición para partir a nuevas tierras. Marcho en busca de la Belleza. —¿La belleza? —preguntó extrañado el rey. —Sí, padre —dijo. Y en su cara alumbraba el fuego de la determinación. —Abre los ojos ¿O estás ciego? Hijo mío, la belleza te rodea. Si no la has sentido aquí —los brazos trazaron un amplio círculo— no la sentirás en lugar alguno. Podrás engañarte con otras formas ignotas de belleza, pero será la misma. Siempre la misma. La belleza se lleva en el corazón. Impaciente, el príncipe replicó: —Padre, el tedio consume mis horas. Nada me complace, ni las flores del jardín, ni el canto de las doncellas. ¿Ves aquellas montañas en el horizonte? Pues bien, me llaman. Las miro y trato de adivinar qué esconden detrás. Algo me aguarda. Lejos de aquí. —Pobre hijo mío, estás enfermo de quimeras. Ve en buena hora. Sólo te deseo que sepas qué hacer con la belleza, si la encuentras. Y una mañana de mayo —el caballo enjaezado, la armadura blanca y bruñida, listas las armas, un perro ladrando a la Luna en el escudo— el príncipe cabalgó hacia el Sol naciente.

II Recorrió páramos, valles y cerros. Se hundió en las dunas del desierto, se estancó en marismas salobres. Vadeó ríos, cruzó florestas jamás holladas, llamó a las puertas de cien castillos, rechazó cien tentativas imperfectas. Los años cayeron como

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las nieves de los inviernos. Y la belleza era un sueño tan recurrente como esquivo. En el claro de un bosque, junto a un pozo, cierta tarde, halló a una anciana penando. Cosa cierta es que no se hubiera detenido tan presto y solícito en su socorro de no intuir el signo. Bien sabía por los romances de los trovadores qué podía significar aquello. Acaso la providencia: una prueba, un galardón. En breve, atendiendo a los ruegos, rescató del fondo del pozo el espejo de piedra estelar de la anciana, quien al punto mudó sus harapos por sedas y resultó ser —no nos sorprende— un hada, una bruja, o ambas cosas. Agradecida le confió: —La belleza que anheláis se esconde en el país de Ánsgar, hacia el poniente. En estos días la plaga lo azota con aliento ponzoñoso. El monarca, consabida es la costumbre, ha prometido la mitad de su reino y la mano de su hija al caballero que lo libre del mal. Ella es vuestra porción de belleza. El príncipe subió al caballo, caló su yelmo y no oyó más. —¡Deteneos! No malgastéis vuestras fuerzas... —Largo fue el camino..., —... porque los ideales no soportan una segunda mirada..., —... infinitos mis suplicios..., —... porque vos no sabéis hallar el placer en el encontrar sino en el buscar..., —...que alcanzan al fin su justa recompensa... —... poco albergaréis la dicha ¿y qué ilusión os conmoverá después? Pero el príncipe era ya tolvanera al galope enfilando contra la bola roja del sol del ocaso.

162 ÓSCAR ÁLVAREZ
III Descomunal tarea fue acabar con el dragón. Una a una le cortó sus seis flamígeras cabezas. El pueblo aclamó la hazaña del héroe y el rey se mostró conforme en cumplir el pacto. La princesa era tan hermosa como la hubiera imaginado de poderse imaginar la perfección. Al ver su mirada limpia, su semblante y donaire, supo que había hallado la belleza, la más genial creación de su dios, y no pidió otra merced.

Sin demora tuvieron lugar los esponsales, fiesta cuya inercia prolongaba la celebración del fin de la plaga. Estandartes al viento, sonido de trompetas, gritos de júbilo, banquetes y solemnes esponsales en la capilla. ¿Cabía esperar mejor final? A la semana, al príncipe le dio por medir los horizontes del reino desde las atalayas, antes de bajar al palacio entre reverencias de nobles y chambelanes. Luego entraba a los aposentos reales donde la joven recién desposada le prodigaba ternezas. Una tarde la contempló largamente, mientras ella bordaba junto a la ventana, bañada por un nimbo amoroso, envanecida por tamaña admiración. Pero los ojos del príncipe veían otra cosa. Veían jornadas solitarias, montando penosamente en la lluvia, extenuado, hambriento. Recreaban noches heladas bajo las estrellas y la fuerza que cada día le daba alientos para seguir el juego. ¿Hacia dónde encaminarse, cuál sería la dirección correcta, en qué paraje alumbraba la estrella de su vagar? Ya no quedaba nada de esos estímulos, ya estaba el trabajo hecho. Y besó a su belleza sonriente, por sentir la miel en los labios y en el alma una profunda melancolía.

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ET

IN

ARCADIA

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De madrugada, los pajes aún dormitaban, se deslizó como sombra a las caballerizas. Se enjauló en armadura oxidada, ciñó los arneses de su viejo caballo y abandonó el reino en silencio. Hacia los libres caminos del alba, el corazón atravesado por tres espadas.

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