HACER DISCÍPULOS: LA DIMENSIÓN DEL MINISTERIO

Por Neil W. Smith
Dios nos ha dado dones a todos para que seamos sus ministros, ya sea desde un
púlpito, en nuestro lugar de trabajo o en casa con nuestros hijos.

Salvado por gracia — Creado para buenas obras
Contexto bíblico: Efesios 2.8-10

En términos simples la gracia es recibir lo que no merecemos y no siempre recibir lo
que sí merecemos. La gracia es recibir gratuitamente un regalo, o bien no recibir el
castigo que nuestros actos merecerían.

1 Jesús dio el ejemplo

En vez de centrarnos en ejemplos de nuestra vida personal, veamos un ejemplo de la
vida de jesús. No puedo pensar en un ejemplo mejor que en Jesús: “Como había
amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Juan 13.1). En
medio de una inútil discusión acerca de quien era el mayor de los discípulos, Jesús
dio un supremo ejemplo no solo de lo que es el amor sino también demostró lo que es
la gracia.

De todos los hombres sentados en el aposento alto, Jesús era quien más merecía que
sus pies fueran lavados. El lavar los pies de los visitantes no sólo era un trabajo
propio de sirvientes, sino que, de acuerdo con las costumbres de aquellos tiempos,
era reservado para el menor de todos los sirvientes de la casa. Los discípulos sabían
que alguien tenía que hacer ese trabajo, pero sabían que solo ellos y Jesús estaban en
la habitación. Y también entendían que aquel que se atreviera a lavar los pies de los
demás sería considerado el menor de entre ellos.

Repentinamente, aquel que era el mayor entre ellos, aquel que era el Hijo de Dios, se
quitó el manto y procedió la lavar los pies de los discípulos. Era algo que ellos no
merecían, y lo sabían. Pedro dijo: “No me lavarás los pies jamás” (v. 8). Jesús le
reprendió y en el versículo 9 vemos que Pedro tuvo que retractarse, como era su
costumbre. El ver a Jesús en esta situación es quizá uno de los más grandiosos
ejemplos que podemos utilizar para entender lo que es la gracia.
El segundo ejemplo lo encontramos en el relato de la mujer sorprendida en adulterio.
El texto de Juan 8 nos recuerda que el castigo para las mujeres adúlteras era ser
apedreadas hasta la muerte. De manera que de acuerdo con la ley de Dios, aquella
mujer merecía la muerte.

Sin embargo, Jesús resolvió el conflicto de una manera diferente: “Jesús, inclinado
hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo” (v. 6). Y después les dijo: “El que de
vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (v. 7).

¿Y sabe usted qué sucedió? Correcto. En aquel día nadie se atrevió a arrojar una
piedra. Los acusadores comenzaron a irse en silencio del lugar y Jesús dijo a la mujer
que podía irse, y añadió: “y no peques más” (v. 11). ¿Había cometido pecado aquella
mujer? Sí. ¿Merecía morir apedreada (de acuerdo a las leyes de aquel tiempo)? Sí.
¿Por qué Jesús la dejó ir? Por gracia. Ella no lo merecía, pero Jesús la liberó por
amor. Este es un ejemplo simple pero profundo de lo que la gracia de Dios puede
hacer por cada uno de nosotros si tan solo la recibimos.

2 La gracia a través de la fe

La Escritura dice: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo
que no se ve” (Hebreos 11.1). La certeza y la convicción surgen cuando creemos con
sinceridad que algo ocurrirá de una determinada forma. De hecho, nuestra certeza
puede ser tan grande que en realidad nos sorprenderíamos si las cosas no ocurrieran
como lo esperamos.

El autor de Hebreos prosigue diciendo: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios;
porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es
galardonador de los que le buscan” (v. 6).

Muchas veces creo que tengo más fe en los apagadores de la luz que en Dios. Al
entrar a una habitación oscura, prendo la luz. Note usted que dije “al entrar”, no dije
“antes de entrar”. Mi certeza de que la luz no fallará es tan grande que puedo entrar
sin miedo o duda en una habitación oscura. De hecho, ni siquiera se me ocurre que
pueda suceder otra cosa, doy por cierto que la luz aparecerá. Mi reacción es tan
completamente espontánea que ya ni siquiera involucra mi pensamiento.

Yo debo hacerme algunas preguntas, y espero que usted también se las haga. ¿Me
arrodillo para orar con la misma confianza, sin dudas ni miedo? ¿Me arrodillo para
orar con la misma reacción espontánea de seguridad? ¿Y cuando me pongo de pie
tengo la convicción de que mi Padre Celestial ya ha contestado mi oración, aun antes
de que yo me acercara a su presencia? Creo que no siempre nuestras respuestas
serían afirmativas.

Sin embargo, vivo mi vida sabiendo que pasaré la eternidad con Él en el cielo. Y es
Dios mismo quien me da esa certeza de fe. Dios nos da su gracia, y espera que
nosotros le correspondamos con fe. Algo que no siempre es fácil.
Dios nos manda que descansemos en nuestra fe: “Porque con el corazón se cree para
justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10.10).

3 Creados para buenas obras
La Biblia incluye a la fe como uno de los dones espirituales en 1 Corintios 12.9. Es
claro que no podemos por nosotros mismos ganar nuestra entrada al cielo, nuestra
responsabilidad es creer en Dios y en lo que Dios nos dice en su Palabra. Ya hemos
dejado bien establecido que la salvación es un don de la gracia de Dios y que es Dios
quien nos ayuda a crecer en la fe y a sobreponernos a la incredulidad. También
sabemos que si fuera posible por nuestras obras ganar nuestra entrada al cielo, Jesús
no habría necesitado cumplir la Ley dando su vida santa en sacrificio por nuestros
pecados.

¿Pero es que acaso debemos contentarnos con saber que Jesús lo hizo todo y seguir
nuestra vida como si nada? Claro que no. Debemos reconocer que Él es el creador y
nosotros las criaturas. Él es el alfarero y nosotros el barro. Estamos en esta tierra para
adorarle y servile. Esta es nuestra esencia y nuestro propósito. ¿No es esto lo más
maravilloso que hay? Servimos al Rey de reyes y al Señor de señores. Servimos al
gran “Yo Soy”.

Los creyentes fuimos creados para buenas obras. Pero quizás usted pregunte ¿cuáles
son esas buenas obras? Lea usted la Palabra de Dios y estudie el ejemplo de su Hijo.
Estamos aquí ayudar a los demás. Somos las manos, los pies, los ojos, los oídos y la
boca de Dios en este mundo. Debemos escuchar las preocupaciones de los demás.
Ayudar a los necesitados y compartir nuestros bienes. Pero sobre todo debemos
compartir el mensaje de auxilio y esperanza eternos de Jesucristo con la gente que no
lo conoce como Señor y Salvador.

No basta con aceptar su don de gracia y creer en sus promesas. También debemos
compartir ese don y vivir nuestras vidas con tal fe que la gente diga: “Hay algo
especial en ti. No sé qué es, pero quiero recibirlo. Quiero tener en mi vida esa misma
esperanza que hay en ti”.

Referencia bíblica
Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don
de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya,
creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano
para que anduviésemos en ellas.
Efesios 2.8-10

Ministrando a los que sufren
Contexto bíblico: Mateo 25.31-46

He escuchado a algunas personas decir: “qué bueno que Dios es misericordioso y no
justo”. Estas personas están algo confundidas acerca de los que la Biblia
verdaderamente dice. Aunque la sangre de Cristo nos ha limpiado de todos nuestros
pecados, Dios espera que demos fruto. A las personas que ven el don de la salvación
de Dios como un simple pase de entrada al cielo les espera una sorpresa.

1 La Palabra de Dios es clara
La Escritura dice que nuestras obras son una medida de nuestra fe. Santiago desafía a
los creyentes a mostrar su fe a través de sus obras (ver 2.14-17). Juan nos dice que los
pámpanos que no dan fruto serán echados fuera “en el fuego, y arden” (15.6). Lea
Juan 14 y 15 y cuente el número de frases condicionales que comienzan con la
palabra si. ¿Qué significa esto?

Dios ha dado a Jesús el poder y autoridad de separar a aquellos que permanecen en Él
de aquellos que simplemente hablan acerca de Él (ver Juan 15.4-6). Jesús dijo:
“Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener
vida en sí mismo; y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del
Hombre” (Juan 5.26-27).

El juez justo es Jesús. Él será quien juzgará a cada uno de nosotros con base en lo que
hicimos con el don de la salvación. Creer en Él es obedecer sus mandamientos,
someternos a su señorío y autoridad y llevar mucho fruto.

2 Jesús nos juzgará
Nos guste o no, algún día tendremos que dar cuenta de todo lo que dijimos o no
dijimos, y de todo lo que hicimos o no hicimos. Esa es la verdad, en especial respecto
a lo que no hicimos.

El cristianismo no es solo una lista de “prohibiciones”; el cristianismo implica
también nuestros “deberes”, es decir, el cumplir la voluntad del Padre a través de la
gracia dada por su Hijo y en el poder del Espíritu Santo.

Desde luego, no quiero dar a entender que podemos violar los mandamientos; lo que
trato de decir es que se espera de nosotros más que un simple “cumplir” con las
prohibiciones. En la parábola de los talentos, Jesús se refirió a un hombre que salió a
un viaje lejano. Antes de irse, dio a sus siervos algún dinero: cinco talentos a uno, dos
talentos a otros y un talento al tercer siervo (Mateo 25.14-30).

Tal vez usted ya conoce la historia: los primeros dos sirvientes pusieron su dinero a
trabajar y ganaron intereses para su señor. Cuando éste regresó, recibieron palabras de
felicitación de parte de su señor: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel,
sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (vv. 21,23).

El tercer siervo fue un caso diferente. Tuvo miedo de su señor y decidió enterrar su
talento. Este tercer siervo esperaba ser felicitado por haber guardado el dinero, pero
en cambio fue reprendido. El señor le llamó “malo” y “negligente” por no haber
hecho nada con su don (v. 26). La instrucción final del señor fue: “Y al siervo inútil
echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes” (v. 30).

Como los personajes de esta parábola, nosotros también seremos llamados a dar
cuenta del don que Jesús nos confió. Estaremos delante del Rey de reyes y nuestra fe
será confirmada o desmentida por nuestras acciones. ¿Cómo nos llamará el Señor?
¿”Buen siervo y fiel” o “malo y negligente”? Debemos caminar por fe y vivir
agradando a nuestro Rey, agradeciéndole por su gracia salvadora.

3 La fe por obras
Honestamente, el pasaje de Efesios 2.1-10 siempre me ha confundido. Me gusta y
entiendo la parte que dice “por gracia sois salvos por medio de la fe”, pero mantengo
alejada de mi mente la parte que dice “creados en Cristo Jesús para buenas obras”
(vv. 8,10).

Pero por fin comienzo a darme cuenta de que para entender el pasaje, debo leerlo
completo, ¡ya que los versículos 8 y 9 llevan al 10! ¿Lo ve usted? Yo tiendo a no leer
el versículo 10, a pesar de que es la conclusión de los versículos que le preceden:
somos salvados por fe, pero creados para buenas obras.

Podemos regresar a Santiago, quien se dio a la tarea de hacer entender a los creyentes
que las obras son la demostración de su fe: “Tú crees que Dios es uno; bien haces.
También los demonios creen, y tiemblan.¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe
sin obras es muerta?¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando
ofreció a su hijo Isaac sobre el altar?¿No ves que la fe actuó juntamente con sus
obras, y que la fe se perfeccionó por las obras? ...Vosotros veis, pues, que el hombre
es justificado por las obras, y no solamente por la fe” (2.19-22,24).

¿Por qué damos la vuelta a esta verdad? ¿Tenemos miedo de lo que no entendemos?
¿Por qué Juan enfatiza que debemos permanecer en Cristo? ¡Es necesario responder
estas importantes preguntas para conocer que la voluntad de Dios para nuestras vidas
es que tengamos obras para Él!

Dios no nos llamó a la mediocridad. Dios nos llamó para que seamos semejantes a Él:
“Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”
(Mateo 5.48). Pasamos tanto tiempo hablando de la salvación y la justificación que
olvidamos la santificación. Fuimos salvados con un propósito. La intención de Dios
no es que permanezcamos como niños, bebiendo de la Palabra en un biberón (ver 1
Corintios 3.1-3).

¿Acaso esperamos que los niños lleguen a la adultez con el biberón en la mano? ¡Por
supuesto que no! ¿Por qué permitimos que los cristianos permanezcan como niños
espirituales? Debemos crecer tomando el alimento sólido de la Palabra, que nos
permitirá avanzar en el proceso de santificación y ser más santos, así como Él es
santo.

4 A uno de estos más pequeños
Como cristianos, tenemos el deber de vivir nuestra fe a través de obras. Tenemos la
responsabilidad de ayudar a los necesitados, y no solo sentir lástima por ellos; la
responsabilidad de acercarnos a los que sufren y son diferentes de nosotros, y
compartir la gracia salvadora de Jesús con todo el mundo a nuestro derredor. No
podemos escondernos en las cuatro paredes de la iglesia y esperar que todo marche
bien. Dios nos llamó al servicio en nuestro vecindario, y nos dio dones para que a
través del servicio a otros le sirvamos a Él.

La iglesia local de la que formo parte no es grande, pero tenemos ministerios que nos
permiten ayudar y compartir, y tenemos grupos misioneros que nos permiten llegar a
la gente en necesidad. También nos unimos con otras iglesias para realizar
actividades más grandes y reunir recursos para ayudar a los necesitados y compartir a
Cristo. Como cristianos en lo individual, también debemos encontrar la manera de
ayudar a otros a través de nuestro don en el nombre de Jesús.

Referencia bíblica
Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el
reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y
me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis;
estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a
mí.
Mateo 25.34-36


Cómo discipular adultos
Merrow McDown

Cuando Jesús estableció el primer grupo de discipulado para adultos, los participantes
eran todos hombres inadecuados para el trabajo de llevar las buenas nuevas del
Salvador. Sin embargo, eran hombres dispuestos a seguir a Jesús y a aprender de Él.
Jesús empezó un programa de entrenamiento apoyado en esa disposición a obedecer.
Después de tres años de guiarlos, aquellos hombres se mostraron adecuado para el
trabajo, excepto Judas. Y ellos empezaron a discipular a otros, como Jesús les había
enseñado a hacer.

Hoy en día, los grupos de discipulado para adultos tratan de seguir el mismo patrón
mostrado por Jesús: 1) se reclutan creyentes que quieran trabajar en la obra del reino;
2) se les entrena para la obra de evangelismo, adoración y ministerio; 3) se les manda
salir a hacer el trabajo.

Áreas esenciales de estudio
El entrenamiento es mucho más que solamente aprender datos acerca de una materia;
el entrenamiento debe permitirnos hacer algo con lo aprendido. Las áreas esenciales
que deben estudiarse en los grupos de discipulado son las siguientes:

1. Nuestro trabajo para el reino de Dios. La única forma en que un grupo o un
individuo pueden ser capaces de hacer algo es por la gracia y el poder de Dios.
Un grupo de discipulado está formado por hijos del reino, y como tales su
objetivo será convertirse en instrumentos que traigan gloria a Dios y a su
reino. Al reconocer y usar el poder de Dos, un discípulo honra a su Padre.
2. Nuestra identidad en Cristo. Los creyentes maduran y vencen al pecado solo
cuando Cristo se convierte en su vida. Una persona es identificada por un
nombre, una relación, un trabajo o varias otras maneras. Ser cristiano significa
ser “reflejar a Cristo” para los demás. Responda esta pregunta: ¿Sabe la gente
que son cristiano solo porque soy miembro de una iglesia, o porque pueden
ver a Cristo viviendo a través de mí?
3. Nuestra relación con Dios y con los otros. Cuando nuestra relación con Dios
cambia, también cambian nuestras relaciones en el hogar, el trabajo, la
escuela, nuestra familia, nuestros amigos y enemigos. Una de las evidencias
de crecimiento en un cristiano es la manera en que se relaciona con las
personas a su alrededor, en comparación como se relacionaba antes de ser
cristiano. El fruto del Espíritu se pone en práctica en todas sus relaciones
(Gálatas 5.22-23).
4. Nuestra relación con la iglesia, la familia de Dios. Los creyentes deben
entender que el cuerpo de Cristo funciona por los dones del Espíritu y que nos
relacionamos hacia afuera por el fruto del Espíritu. Seguramente los
discípulos tendrán diferentes experiencias en la iglesia, pero al reconocer lo
que en esencia es la iglesia —la comunidad del pacto, la comunidad de los
creyentes, los llamados de Dios— pondrán énfasis en su manera de
relacionarse con otros creyentes y con los incrédulos.
5. Nuestras vidas fuera de la iglesia, a la luz de las Escrituras. Los discípulos
mostrarán su conducta como creyentes en su trabajo y en su escuela. Servimos
a Dios en todas partes, no solo en la iglesia. También cuidar a nuestras
familias y educar a nuestros hijos para el futuro es una oportunidad de servir a
Dios. El testimonio más efectivo que un cristiano puede dar no es con su boca,
sino con su forma de vivir ante el mundo.

Llevar a Cristo a nuestro al lugar de nuestras actividades diarias debe ser una
consecuencia natural de lo que aprendimos acerca de Él en la iglesia. Edgar Guest
escribió: “Prefiero ver un sermón que oírlo. Prefiero que alguien me acompañe a
que simplemente me diga cuál es el camino. Los mejores predicadores son
aquellos que viven lo que predican. Lo que todos necesitan es ver al bien
convertido en acción”.

6. Nuestra guerra diaria contra la influencia del mal. Los creyentes enfrentan
la realidad de la guerra espiritual en el mundo y deben estar bien armados
contra la tentación de Satanás, orando en el poder de Dios y regocijándose
cuando la gente es liberada de los lazos del mal.
Un discípulo es bombardeado diariamente y a cada momento por el mundo. Es
necesario que el creyente constantemente descanse y sea guiado por el Espíritu de
Dios. Solo de esa forma podrá vivir la vida cristiana de manera victoriosa.

7. Nuestra cosmovisión bíblica. La cosmovisión secular y la cosmovisión
bíblica están en extremos opuestos. La cosmovisión secular considera que el
hombre no tiene remedio y está condenado a un estilo de vida egoísta. La
cosmovisión bíblica ve una solución para el hombre con base en su relación
con Jesús. Esta cosmovisión debe llevar a los creyentes y las iglesias a
impactar en su cultura y sociedad.

Principios básicos del discipulado
Las áreas de estudio que acabamos de mencionar se fundamentan en los seis
principios del discipulado.
1. El principio de la relación. Todas las relaciones deberán empezar y estar
fundadas en una íntima relación con Jesús. El discipulado de transformación
debe expresarse en todas nuestras relaciones, como el matrimonio, la familia y
las amistades. Relaciones que se forman en el hogar, la iglesia, el hogar o en
la comunidad.
Una iglesia debe buscar las maneras de desarrollar y propiciar tales relaciones. La
iglesia es llamada la familia de Dios. Nos llamamos unos a otros hermanos o
hermanas. Estos términos denotan una relación cercana basada en el amor y el
deseo del bienestar de los demás. Cuando un grupo de discipulado se reúne, deben
buscar satisfacer las necesidades —materiales, emocionales, intelectuales,
sociales y espirituales— de todos los participantes.

2. El principio de la comunión. Jesús llama a cada creyente a seguirle. La
iglesia provee un ambiente de comunión espiritual que anima a los creyentes a
responder al llamado de Jesús, los desafía a atender dicho llamado en el
cuerpo de Cristo y, de esta forma, desarrolla sus habilidades para el servicio.
Al final de un servicio de adoración, la congregación es llamada a seguir a Jesús,
a consagrar o renovar votos de consagración de sus vidas. Conforme va
madurando espiritualmente, el discípulo aprende a seguir más plenamente las
enseñanzas y ejemplos de Jesús.

Jesús glorificó a su Padre al cumplir su llamamiento: “Yo te he glorificado en la
tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese” (Juan 17.4). ¿Cómo podemos
fallar si seguimos al más maravilloso de todos los líderes?

3. El principio de delegar. Los creyentes deben recibir autoridad para servir. A
través de su ministerio, Jesús dio autoridad, equipó, discipuló, entrenó, edificó,
desarrolló y preparó a sus discípulos para el servicio. El Espíritu Santo dio a la iglesia
servidores que como líderes dependían del poder de Dios.
Un sinónimo de poder es autoridad. Jesús tiene la autoridad que Dios le dio, y Él
mismo da a sus seguidores autoridad para realizar su obra: “Y Jesús se acercó y les
habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y
haced discípulos” (Mateo 28.18-19a).

4 El principio de la flexibilidad. Gente diferente necesita maneras adaptables y
flexibles para poder experimentar la transformación espiritual. La
transformación espiritual es diferente para cada individuo que tiene una
relación personal con Jesús. La iglesia debe asegurarse de que sus
organizaciones, estructuras, procesos, procedimientos y sistemas facilitan la
obra de transformación espiritual que el Espíritu Santo realiza.
La flexibilidad puede en algunos casos significar que debemos servir en
circunstancias no muy agradables. Cuidar a los enfermos, visitar cárceles y ayudar
a los pobres tal vez no sean formas de ministerio muy atractivas, pero son
necesarias. Y al trabajar en estos ministerios, la transformación espiritual tiene
lugar. Al hacer las cosas que Jesús hizo y nos enseñó a hacer, debemos ser
flexibles para adaptar nuestro estilo de vida al trabajo de siervos que se presente.


5 El principio de nuestro estilo de vida. Desde luego, los creyentes
transformados expresan en su vida cotidiana una conducta y un punto de vista
bíblicos. Jesús nos dejó el más alto de todos los ejemplos. La Biblia está llena
de historias acerca de gente común y corriente que demostró el poder
transformador de Dios en sus vidas: “Pues para esto fuisteis llamados; porque
también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus
pisadas” (1 Pedro 2.21).
Un estilo de vida cristiano pude definirse como vivir “al estilo de Cristo”. Mucha
gente usa un brazalete con las siglas W.W.J.D de la frase en inglés What Would Jesús
Do? (¿Qué haría Jesús en mi situación?) para recordar que en todo momento debemos
seguir el ejemplo de Jesús. Es mucho más fácil decidir qué hacer en una situación si
hemos estudiado la vida de Jesús y le conocemos personalmente.

6 El principio de responsabilidad. Cada creyente es responsable ante Dios. La
iglesia enseña a los creyentes a obedecer todo lo que Jesús mandó. La medida del
discipulado es el grado en el cual un creyente es como Jesús en sus actitudes,
conducta y relaciones.
Los hombres y mujeres con problemas de alcoholismo, drogas, ansias
compulsivas de comer o trastornos de la conducta sexual, y que asisten a grupos
de ayuda, mantienen la práctica de responsabilizarse ante un compañero. La
iglesia también animar a sus miembros a ser responsables unos con otros. En la
práctica esto significa que un creyente esta dispuesto a compartir sus acciones o
sus omisiones ante otro creyente, quien le escucha, le puede ayudar o aconsejar.

Conclusión
Espero que estas áreas de estudio y principios del discipulado puedan ayudar para que
su grupo de discipulado se asemeje más a Cristo en sus actitudes y sus acciones. Si
nuestros esfuerzos son por parecernos a Cristo, podremos estar seguros de que
creceremos más cerca de Él y le ayudaremos en la extensión de su reino.