Daniel Medvedov

Parodia al Escrito “El Negro” de ROSA MONTERO
La Negra
Jueves, 5/1/2012
ROSA MONTERO
El negro
ROSA MONTERO 17/05/2005
Estamos en el comedor estudiantil de una universidad alemana.
Una alumna rubia e inequívocamente germana adquiere su bandeja
con el menú en el mostrador del autoservicio y luego se sienta en
una mesa. Entonces advierte que ha olvidado los cubiertos y vuelve
a levantarse para cogerlos. Al regresar, descubre con estupor que un
chico negro, probablemente subsahariano por su aspecto, se ha
sentado en su lugar y está comiendo de su bandeja. De entrada, la
muchacha se siente desconcertada y agredida; pero enseguida
corrige su pensamiento y supone que el africano no está
acostumbrado al sentido de la propiedad privada y de la intimidad
del europeo, o incluso que quizá no disponga de dinero suficiente
para pagarse la comida, aun siendo ésta barata para el elevado
estándar de vida de nuestros ricos países. De modo que la chica
decide sentarse frente al tipo y sonreírle amistosamente. A lo cual el
africano contesta con otra blanca sonrisa. A continuación, la
alemana comienza a comer de la bandeja intentando aparentar la
mayor normalidad y compartiéndola con exquisita generosidad y
cortesía con el chico negro. Y así, él se toma la ensalada, ella apura
la sopa, ambos pinchan paritariamente del mismo plato de estofado
hasta acabarlo y uno da cuenta del yogur y la otra de la pieza de
fruta. Todo ello trufado de múltiples sonrisas educadas, tímidas por
parte del muchacho, suavemente alentadoras y comprensivas por
parte de ella. Acabado el almuerzo, la alemana se levanta en busca
de un café. Y entonces descubre, en la mesa vecina detrás de ella, su
propio abrigo colocado sobre el respaldo de una silla y una bandeja
de comida intacta.
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Dedico esta historia deliciosa, que además es auténtica, a todos
aquellos españoles que, en el fondo, recelan de los inmigrantes y les
consideran individuos inferiores. A todas esas personas que, aun
bienintencionadas, les observan con condescendencia y
paternalismo. Será mejor que nos libremos de los prejuicios o
corremos el riesgo de hacer el mismo ridículo que la pobre alemana,
que creía ser el colmo de la civilización mientras el africano, él sí
inmensamente educado, la dejaba comer de su bandeja y tal vez
pensaba: "Pero qué chiflados están los europeos".
Una Parodia al escrito de ROSA MONTERO
Daniel Medvedov
La negra
Nos encontramos en el hotel de cinco estrellas de una ciudad
austriaca. Un hombre maduro e inequívocamente casado, sale por
un momento de su habitación, para bajar al bar del lobby del hotel,
por un momento, pensando comprar unos puros. Entonces advierte
que se había olvidado el portamonedas y vuelve a la habitación para
cogerlo. Al regresar, descubre con sorpresa y estupor que una mujer
desconocida, negra, probablemente de Nubia, por su aspecto de
unos veinte años, se había acobijado en su propia cama y esta
durmiendo abrazada a su propia almohada. De entrada, el hombre
se siente asustado, pero gratamente sorprendido. El hombre era
presidente de un gran consorcio financiero y tal vez no estaba
acostumbrado a ese tipo de sorpresas.
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Pero enseguida corrige su temeroso estado de animo y supone
que la negrita no esta acostumbrada al sentido de la propiedad
privada y de la intimidad del hogar europeo, o incluso que quizá no
disponga suficientemente de un marido para acariciarla durante la
noche, aun siendo esas noches en los hoteles algo bastante
superficial en el juego amoroso y sentimental de la vida en pareja.
De modo que el hombre decide acostarse al lado de la negrita, en la
famosa postura de las cucharas que había visto en una pelo de Al
Pacino, y procede a acariciarla amorosamente. A lo cual, la negrita
contesta con otras caricias muy amistosas, casi sin ver pues ni sabia
quien estaba en la cama al lado de ella. A continuación, el hombre
comienza a besarla detrás de la oreja, intentando aparentar la
mayor normalidad y compartiendo la cama con exquisita
generosidad y cortesía con la chica negra. Y así, él se toma la
libertad de abrazarla con la pierna derecha pasandola por su
cintura, ella apura la mano por detrás tocando la espalda, , ambos
pinchan paritariamente del mismo plato sabroso de ese encuentro
casi casual, hasta acabar abrazados en la oscuridad y uno da cuenta
del secreto beso amoroso y la otra de la bella cercanía que a ratos
puede ocurrir entre un hombre y una mujer. Todo ello trufado de
múltiples sonidos eróticos pero educados y discretos, tímidos por
parte de la negrita, gestos suavemente alentadores y comprensivos
por parte de ella. Acabado el encuentro, el hombre se levanta de la
cama en busca de unos café. Y entonces, al salir de la habitación
descubre, que la puerta de la habitación de enfrente estaba abierta y
su propio abrigo estaba colocado sobre la almohada de la cama
vacía con sus sabanas intactas.
Dedico esta parodia deliciosa, que además es auténtica, a todos
aquellos hombres que, en el fondo, recelan de los encuentros
casuales y los consideran casi imposibles y ademas temen toda
experiencia erótica, asustados y amedrentados. A todas esas
personas que, aun bienintencionadas, observan a las negritas con
condescendencia y paternalismo.
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Será mejor que nos libremos de los prejuicios y correr el riesgo
de tener el mismo bello encuentro que el maduro ejecutivo , que
creía ser el colmo de la civilización y del cariño, mientras la joven
africana, ella sí inmensamente educada y cariñosa, lo dejaba
"comer" de su bandeja y tal vez pensaba: "Pero qué chiflados y
cariñosos están esos europeos".

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