Abasia (astasia-abasia) Tipo de afección característico de la histeria de conversión*, aunque también se lo encuentre en algunos trastornos neurológicos.

Consiste en una fuerte dificultad de caminar, la que puede llegar hasta la imposibilidad absoluta, sin tener el paciente parálisis en los miembros inferiores y pudiendo realizar con éstos otro tipo de movimientos correctamente. Es el síntoma* predominante de Elisabeth von R.*, una de las pacientes más famosas de la primera época de Freud. “[La señorita Elisabeth von R.] padecía de dolores en las piernas y caminaba mal [...] Caminaba con la parte superior del cuerpo inclinada hacia adelante, pero sin apoyo; su andar no respondía a ninguna de las maneras de hacerlo conocidas por la patología, y por otra parte ni siquiera era llamativamente torpe. Sólo que ella se quejaba de grandes dolores al caminar, y de una fatiga que le sobrevenía muy rápido al hacerlo y al estar de pie; al poco rato buscaba una postura de reposo en que los dolores eran menores, pero en modo alguno estaban ausentes. El dolor era de naturaleza imprecisa; uno podía sacar tal vez en limpio: era una fatiga dolorosa. Una zona bastante grande, mal deslindada, de la cara anterior del muslo derecho era indicada como el foco de los dolores, de donde ellos partían con la mayor frecuencia y alcanzaban su máxima intensidad. Empero, la piel y la musculatura eran ahí particularmente sensibles a la presión y el pellizco; la punción con agujas se recibía de manera más bien indiferente. Esta misma hiperalgesia de la piel y de los músculos no se registraba sólo en ese lugar, sino en casi todo el ámbito de ambas piernas. Quizá los músculos eran más sensibles que la piel al dolor; inequívocamente, las dos clases de sensibilidad dolorosa se encontraban más acusadas en los muslos. No podía decirse que la fuerza motriz de las piernas fuera escasa; los reflejos eran de mediana intensidad, y faltaba cualquier otro síntoma, de suerte que no se ofrecía ningún asidero para suponer una afección orgánica más seria. La dolencia se había desarrollado poco a poco desde hacía dos años, y era de intensidad variable” (1893a, A. E. 2:. 151-2). En el historial

de “Elisabeth von R.” Freud logró hacer una reconstrucción bastante exhaustiva de cada uno de los elementos de la conversión histérica correspondientes a su parte asociativa, vinculándolos con distintos momentos en que a través de éstas, las zonas histerógenas*, se habían concretado cierto tipo de vínculos con el marido de su hermana, todos los que participaban a su vez de una fantasía global incestuosa en el vínculo con este cuñado y ante la cual la parálisis expresaba, simbólicamente, el giro lingüístico de “No avanzar un paso” (A. E. 2:188). Durante el tratamiento la cura del síntoma histérico se va produciendo a medida que vuelven a la memoria consciente todos estos hechos traumáticos cargados de momentos de hiperexcitación libidinal; como pruebas de su participación en la idea global incestuosa. El significado del síntoma va entonces pasando al proceso secundario*, y se puede así expresar ahora el deseo* con palabras y descargarlo por abreacción*. No se necesita más, por lo tanto, de la expresión corporal sintomática. El significado del síntoma tiene aquí entonces dos vertientes: como símbolo mnémico* de los sucesos que produjeron la excitación o las contigüidades de ellos, dejando hiperalgesia o anestesia de esas zonas histerógenas. La otra está en su globalidad impidiendo la acción, como contrainvestidura* del deseo* incestuoso, del que es un retoño el amor al cuñado. A este último corresponde esencialmente la astasia-abasia que es un trastorno motriz contrario al deseo reprimido. Sería una metáfora cuya significación es la contraria a la satisfacción del deseo, a favor de la represión defensiva yoica.

Abreacción Mecanismo principal de la cura de la psicoterapia propuesto por Breuer y Freud en la “Comunicación preliminar”, de Sobre el mecanismo psíquico de fenómenos histéricos (1893a). La cura consistía básicamente en la expresión en palabras del suceso traumático reprimido, acompañada de la liberación del afecto* retenido en oportunidad del trauma*, ambas cosas no recordables en la vida normal de vigilia. Para la revivencia, la técnica más utilizada era la hipnosis. “[...] los síntomas histéricos singulares

desaparecían enseguida y sin retornar cuando se conseguía despertar con plena luminosidad el recuerdo del proceso ocasionador, convocando al mismo tiempo el afecto acompañante, y cuando luego el enfermo describía ese proceso de la manera más detallada posible y expresaba en palabras el afecto” (A. E. 2:32). La abreacción consistía en la descarga del afecto retenido junto a la representación* responsable de él, la que había sido separada, al formarse el síntoma*, de la consciencia* a una “consciencia segunda”. Se la retornaba de ésta por medio de la hipnosis. Al ser entonces recordada y hablada la escena traumática, se “abreaccionaba” el afecto correspondiente que no había sido descargado en su momento, por diferentes causas. Derivado el afecto, la escena traumática perdía su valor patógeno, pasando a ser idéntico al de una representación cualquiera, y cesando por lo tanto el síntoma. Definiríamos, entonces, la abreacción como una descarga afectiva actual, producida durante la cura, del afecto correspondiente a un trauma psíquico de otrora, que no se descargó en aquel momento, quedando, mientras tanto, en una consciencia segunda alejada del comercio asociativo y generando, desde ahí síntomas y ataques histéricos*. El esquema básico, a pesar de estar principalmente centrad en la revivencia con descarga afectiva y el recuerdo* de la escena traumática, y no en la reelaboración* de ella, y de no tener todavía claridad conceptual el concepto de inconsciente* más que merced a lo que aquí llama “consciencia segunda”, es muy similar al luego trabajado por Freud en la primera tópica e incluso en la segunda. Se cumplen, en gran parte, reglas psicoanalíticas importantes como el hacer consciente lo inconsciente (aquí “consciencia segunda”) y rellenar ciertas lagunas mnémicas. El centro de la escena lo ocupa el alivio sintomático, lugar de que fue desplazado* con el tiempo, quizá en demasía, volviéndose importante su recuerdo actualmente, en una nueva “vuelta de tuerca”, para darle el lugar que le corresponde en el mecanismo de la cura.

Acción específica (o acorde a un fin)

Acción adecuada realizada por el sujeto en el mundo exterior al que altera en algo. Merced a ella produce una descarga duradera en la fuente de la pulsión*. Se contrapone, en ese sentido, a la “alteración interna”* (expresión de emociones) y a la satisfacción alucinatoria de deseos*, las que, justamente, no producen descarga en la fuente pulsional. Freud la mencionó en el Proyecto de psicología (1950a [1895]) y en La interpretación de los sueños (1899-1900), pero está implícita en muchos de sus otros trabajos, desde el texto sobre “la neurosis de angustia” (1894-1895), pasando por La represión (1915), hasta El malestar en la cultura (1929-1930). Por ejemplo, en Pulsiones y destinos de pulsión (1915) dice que la fisiología “[...] nos ha proporcionado el concepto de estímulo y el esquema del reflejo, de acuerdo con el cual un estímulo aportado al tejido vivo (a la sustancia nerviosa) desde afuera es descargado hacia afuera mediante una acción. Esta acción es “acorde al fin”, por el hecho de que sustrae a la sustancia estimulada de la influencia del estímulo, la aleja del radio en que éste opera”. Renglones más abajo dice que “la pulsión sería un estímulo para lo psíquico [...] el estímulo pulsional no proviene del mundo exterior, sino del interior del propio organismo”, además de que “no actúa como una fuerza de choque momentánea, sino siempre como una fuerza constante”. [ ... ] “Será mejor que llamemos ‘necesidad’ al estímulo pulsional; lo que cancela esta necesidad es la ‘satisfacción’. Ésta sólo puede alcanzarse mediante una modificación, apropiada a la meta (adecuada), de la fuente interior de estímulo” (1915, A. E. 14:. 114). Por lo tanto la acción específica debería ser el fin del arco que comienza en el polo perceptual* del modo de una sensación displacentera que se expresa como afecto* (alteración interna, expresión de emociones, llanto, inervación vascular) y que se dirige a través del aparato psíquico* luego, ligándose con las representaciones* que conducen a la acción específica. Esta debe realizarse en el polo motor* y disminuirá, entonces, la sensación de tensión que se había producido al entrar el estímulo en el aparato psíquico. El concepto de acción específica, referido originalmente a la pulsión de autoconservación*, se complejiza muchísimo al referirlo a la pulsión sexual*, pues es en los avatares de ésta donde existe básicamente el conflicto generador de las escisiones y enfrentamientos entre partes del aparato psíquico. Y se complejiza aún más

si agregamos la pulsión de muerte* y su deflexión hacia el exterior del sujeto a través del aparato muscular, o sea pulsión de destrucción*. Incluso la reintroducción de ésta vuelta contra el yo* desde el superyó*, o la que queda flotando desde un principio en el aparato psíquico como masoquismo* primario o erógeno. En todos estos casos la acción en que debe culminar el esfuerzo (Drang) de la pulsión pierde especificidad o ésta se hace más relativa. Por ejemplo: ¿Se puede considerar a la sublimación*, una acción específica? ¿Y a la perversión*? La pulsión busca la descarga. En su enfrentamiento con la cultura* (en parte exterior, al aparato psíquico, en parte interior a él como es el caso del superyó) puede “sucumbir” o se desinvestida su representación (sepultamiento* o represión exitosa), o puede satisfacerse en forma sustitutiva como en 1 sublimación (satisfacción parcial, pero satisfacción al fin). También puede descargarse en parte a través de la alteración interna (expresión afectiva) por ejemplo como angustia*; o por retorno de lo reprimido* por fallas de la represión que generan síntomas (degradación de la pulsión, o satisfacción pulsional que no puede de ser sentida como tal) neuróticos. La pulsión también puede descargarse en forma perversa. Desde luego puede hacerlo e forma “normal”, como lo serían las acciones sexuales permitida en general por la cultura. En términos generales la problemática hasta ahora expuesta respecto de la pulsión sexual gira alrededor de la libido* objetal y sus conflictos. En cuanto a la libido narcisista también ésta tiene su propia problemática cuando no consigue devenir en libido objetal. En el caso de las perversiones, se consigue u espacio intermedio de satisfacción libidinal entre objetal y narcisista (objetal por satisfacerse en un objeto y narcisista por representar éste al yo). Si se satisface entonces la pulsión narcisista erotizada se generarán conflictos con la cultura, en lo vínculos sociales, al no estar la pulsión homosexual inhibida en su meta (pulsión social). Incluso puede haber conflictos con el superyó y éstos generar los aspectos neuróticos (sentimiento de culpa*) de una perversión. La libido narcisista se satisface en gran parte (en el adulto) complaciendo al ideal del yo* que exige sublimación. Por lo tanto, las acciones que realizará el yo deberán apuntar en es dirección; también la libido narcisista se satisface con el amor proveniente de los objetos*. En las psicosis*, la libido es puramente (en términos generales) narcisista y la acción

es autoplástica*. No se necesita modificar el mundo exterior, se puede regresar al autoerotismo*. La acción es pura o casi pura “compulsión de repetición”*, pierde así su característica de acorde a un fin. En cuanto a las principales posibilidades que poseemos de acción específica existen, entonces, los ya mencionados actos sexuales permitidos por la cultura, y básicamente los vínculos de meta inhibida como la ternura, la amistad, las actividades grupales y sociales, las actividades sublimatorias en general (libido homosexual). Al irse inhibiendo la meta se va generando la necesidad de variación del tipo de acto, dado lo parcial de su satisfacción, lo que a su vez da cabida y hasta impone la actividad creativa y cambiante, característica de la cultura pero no de la pulsión. La creación resulta, entonces, más bien un efecto cultural sobre la compulsión repetitiva pulsional. Resumiendo: la acción específica o “acción acorde al fin”, es la descarga parcial o total de la fuente que realiza el yo en forma adecuada (según la pulsión esté más o menos desexualizada*). Esta adecuación se produce, en forma importante, al ser aceptada la acción de descarga por el superyó (representante de la cultura y el narcisismo* en el aparato psíquico) y por la cultura (su no adecuación a ésta le producirá “angustia social”). Las así diferentes y cambiantes formas de descarga pulsional, aunque limitadas seriamente por todos estos procesos, producirán bienestar. Implican una acción en el mundo exterior “que cambiará la faz de la tierra”, una adecuación al principio de realidad*, pleno funcionamiento del proceso secundario*, incluyendo probablemente cierta dosis de agresión* (odio* perteneciente en parte a la pulsión de autoconservación, a la pulsión sexual y a la pulsión de destrucción), y tan extrema complejidad se consigue contadas veces en la vida del sujeto, a merced de tantos vasallajes opuestos constantemente. De todas maneras es una aspiración constante y debe ser incluida en el concepto de salud.

Activo-pasivo Puede hablarse de varias polaridades en la vida anímica: sujeto (yo*)-objeto* (mundo exterior), placer*-displacer*. Activo-pasivo es una de ellas. La actividad es una

característica universal de las pulsiones* que tiene que ver con el esfuerzo (Drang) o sea su factor motor, la suma de fuerza o la medida de la exigencia de trabajo que representa. Toda pulsión, en ese sentido, es un fragmento de actividad. Pero ¿hay pulsiones pasivas? Una pulsión es activa en cuanto a su esfuerzo, su perentoriedad, su factor motor, pero puede ser activa o pasiva en cuanto su meta. A esto último aluden los destinos de pulsión anteriores a la represión*, como la vuelta contra la persona misma* y vuelta de la actividad a la pasividad. Los ejemplos más claros son los pares sadismo-masoquismo y el mirar-ser mirado, en los que de la meta activa (sadismo, mirar) se pasa a la pasiva (masoquismo*, ser mirado). Pueden ocurrir en la vida del sujeto, en su prehistoria infantil sobre todo, situaciones traumáticas* que fijen a la pulsión o a su meta, transformándola de activa en pasiva y derivar luego esto en rasgo de carácter*. En el análisis del “Hombre de los lobos”, Freud mostró cómo en la pulsión inicialmente ambivalente (activa y pasiva) predominaba al principio la tendencia activa. Después de un hecho traumático (ser seducido por la hermana), precedido por un amenaza de castración, la pulsión regresó de su incipiente y adelantada genitalidad, a la fase sádico-anal con meta pasiva, 1 que hizo que cambiara su carácter de bondadoso a díscolo buscando masoquistamente el castigo paterno. Esta pasividad quedó fijada y. derivó en un rasgo de carácter distintivo de “Hombre de los lobos” adulto. También apareció en uno de su síntomas* histéricos más rebeldes, como la constipación. En el pequeño Hans aparecen algunos ejemplos de la dupla mirar-ser mirado como alternativamente cambiantes, los que posteriori* son reprimidos y transformados en ese dique pulsional que es la vergüenza*. Las pulsiones de meta activa o pasiva se presentan tanto en el niño como en la niña. Lo más común es que las pasivas predominen en la niña y las activas en el varón. A lo que por supuesto contribuyen de hecho las costumbres culturales. Después de la pubertad, prácticamente tomarán el carácter de masculinas (activas) o femeninas (pasivas). La pulsión de meta pasiva retiene el objeto narcisista (el yo), a diferencia de la activa, cuya meta está en el objeto. De aquí podrán derivarse las diferencias que posteriormente existirán entre las maneras del enamoramiento masculino (el deseo* activo de amar al objeto) y el amor* femenino (el deseo pasivo de ser amada por el objeto), como características

masculinas y femeninas en general. Las pulsiones sexuales* son, entonces y en cuanto a su meta, activas o pasivas (aunque pueda haber variaciones de acuerdo a los hechos traumáticos que sucedan al sujeto) desde un principio. Con el advenimiento de la etapa fálica, se les suma la diferenciación fálico-castrado, la que llega a masculinofemenino en el momento del desarrollo puberal.

Acto fallido Acto aparentemente erróneo realizado por el yo* oficial (Prec. y Cc.), que posee un significado de realización de deseos* reprimidos. En realidad no es un error sino un acto que puede ser sumamente complejo de realizar, pero que es visto o juzgado por la consciencia* o, mejor dicho, por el yo consciente, como fuera de sus intenciones. Las intenciones son las del ello* inconsciente, las que a través de símbolos, de analogías* o de contigüidades* entre las representaciones* consiguen por un momento comandar la acción y, en cierta manera, producir la identidad de percepción*. Se da lugar así a una filtración del proceso primario* en el proceso secundario* a través de un acto (el hablar también es un acto), esto lo considera el yo consciente como un error, o acto fallido. Freud describe distintos tipos de actos fallidos como el olvido*, en el habla o en la acción, de nombres propios, palabras extranjeras, nombres y frases, impresiones y designios; el trastrabarse, deslices en la lectura y en la escritura, el trastrocar las cosas confundido, acciones casuales y sintomáticas, errores en general y operaciones fallidas combinadas. Serían, al igual que los sueños y los síntomas, realizaciones de deseos reprimidos Inc., no reconocidos como propios por el yo oficial. La explicación dada por Freud al fenómeno se sustenta solamente (como en el caso de los sueños y los síntomas excepciones) en la primera tópica y primera teoría pero se puede enriquecer con la teoría de la pulsión y la estructural (véase: aparato psíquico), utilizando para ello explicaciones realizadas por él mismo con respecto a similares, es el caso de los sueños punitorios* que como “[...] cumplimientos de deseos, pero no de las mociones pulsionales, sino de la instancia criticadora, censuradora y

punitoria de la vida anímica” (1933, A. E., 22:26), o del humor*. En esta misma línea Freud describe a las personas con necesidad de castigo*, la que se infiere por su propensión a accidentes, enfermedades autodestructivas, etcétera. Los castigos son atribuidos al destino, etcétera. En realidad provienen del superyó* inconsciente o son buscados inconscientemente por el yo para expiar el sentimiento inconsciente de culpa* que le produce el superyó. A diferencia del acto fallido clásico, en éstos se satisfaría el autocastigo* producido por el sadismo del superyó Inc. o el masoquismo* del yo. Se trata de actos involuntarios también vividos como error, que producen fracaso, castigo, autodestrucción, a los que habría que ubicar dentro de las desmezclas pulsionales*, por lo tanto acciones más allá del principio de placer*, regidas por el principio de nirvana*, puras compulsiones de repetición*. Los actos fallidos también pueden expresar la resistencia*, producto de la contrainvestidura* defensiva del yo Inc., por lo tanto no satisfaciendo a la pulsión sino a la defensa* contra ella, sin necesidad de pertenecer, por lo menos absolutamente, a la necesidad de castigo, pero sí a la parte Inc. defensiva, la resistencia del yo. Ésta puede producir, por ejemplo: olvidarse de concurrir a una sesión, el llegar tarde, o una equivocación de horario, etcétera, actos todos vividos como errores por el yo Cc. del paciente y en realidad producidos por causas Inc. contrarias a las satisfacciones de los deseos Inc. Mezclándose de todas maneras con las otras formas de satisfacción, la pulsional y la necesidad de castigo.

Afecto Sensación que es registrada por la consciencia* (PCc-polo percepción-consciencia*, 1915-17) correspondiente a los aumentos o disminuciones en la unidad de tiempo (el ritmo, 1924) de las cantidades de excitación* libidinal provenientes desde dentro de la superficie corporal. Los aumentos, en términos generales, son registrados como displacer* y las disminuciones como placer*; en las variaciones cualitativas (producidas por la forma o el tiempo en que se producen estos mismos aumentos o disminuciones) existentes entre cada uno de estos dos

extremos, se sitúan los otros diferentes afectos placenteros o displacenteros. Dentro de los displacenteros, uno es la moneda corriente a la que los demás toman como referencia: la angustia*. En el Proyecto de psicología (1950a [1895]) Freud habló explícitamente del afecto refiriéndose al recuerdo* de la vivencia de dolor*, la que deja una elevación de la tensión cuantitativa Qη en Psi y con ello unos motivos compulsivos a la descarga. Es decir: tras la vivencia de dolor, queda como secuela la aparición del afecto (seguramente se refiere al miedo o angustia real) ante cualquier hecho que se asemeje al que otrora produjo dolor. En el mismo texto, al hablar de “alteración interna”* -forma corporal esencialmente vascular y respiratoria de expresión de los sentimientos, que acompañan al grito prototípico-, esa válvula de escape previa al aprendizaje de la “acción específica”*, estaba hablando también del origen del afecto o de la descarga afectiva como sentimiento que anuncia el deseo del objeto*. En los escritos metapsicológicos de 1915 habla de un psiquismo compuesto por representaciones-cosa* y representacionespalabra* y un montante de energía libidinal (pulsión sexual*) que las inviste (representa éste la perentoriedad, Drang, o esfuerzo de trabajo de la pulsión*, al mismo tiempo que “enciende” a la representación* convirtiéndola en deseo*). A este montante de energía libidinal se lo llama también monto o “quantum de afecto”*. Corresponde al factor cuantitativo de la pulsión (invistiendo y siendo investido a su vez por la representación) y como tal es percibido por el polo percepción consciencia (o PCc.). Mientras no hay descarga de la fuente pulsional, a través de la “alteración interna” se lo percibe como afecto displacentero de diferentes tipos. Cuando se produce la descarga total o parcialmente merced a la realización de la acción específica, se sienten afectos esta vez placenteros, también de diversa índole. En el inconsciente* existen representaciones. La mayor o menor investidura de éstas es registrada directamente por la consciencia (PCc) como afecto. Por lo tanto, el afecto en rigor no es inconsciente dado que es sentido en forma inmediata por la consciencia. La que puede ser inconsciente es la representación que lo produce. Esto está siempre referido al afecto producido por causas representacionales, por lo tanto psíquicas, por lo tanto históricas. Algunos afectos son producidos por causas biológicas o mecánicas (como la angustia de las neurosis

actuales*, producida por la acumulación de cantidad de excitación sexual somática, 1894-1925), en los que la problemática no está referida a lo representacional, por lo menos directamente. De todas maneras la angustia también en esta ocasión es consciente. Cuando Freud describe en Inhibición, síntoma y angustia (1925-26) la “angustia señal”*, dice que la angustia en ese caso no es producida como algo nuevo a raíz de la represión*, sino que lo es como estado afectivo siguiendo una imagen preexistente, el recuerdo de las situaciones traumáticas * de la infancia que ahora devinieron en situaciones de peligro*, señales de peligro que obligan al yo* Inc. a utilizar mecanismos de defensa* (o represiones en sentido amplio), automáticamente. Los estados afectivos además están incorporados en la vida anímica como unas sedimentaciones de antiquísimas vivencias traumáticas y, en situaciones parecidas, despiertan como unos símbolos mnémicos*. En ese mismo sentido, el trauma* del nacimiento prestaría el modelo que luego tomará el yo como símbolo mnémico de la angustia, al que usará como señal para conducir al ello* adonde el yo quiere; en otras palabras, le aplicará sus mecanismos de defensa inconscientes. A la angustia señal, en este caso, no le cabe una explicación económica pues consiste en una reproducción, un recuerdo, un símbolo mnémico, de una situación que fue traumática y ahora es peligrosa. No es más que una señal, es más representación que quantum de afecto en sí, de éste resulta solamente una pizca de lo que podría llegar a percibirse, en caso de persistir la pulsión del ello en la dirección en que iba y llegar al yo Prec., y con ello al hecho de ser pensada o a la posibilidad de la acción. Este tipo de angustia le da gran poder al yo, pues merced a ella consigue dominar al ello, usando a su favor el omnipotente principio de placer-displacer, y utilizando para esto los mecanismos de defensa inconscientes, que se rigen por el mismo. La explicación sería: lo que en un momento formó parte de una acción específica puede participar a posteriori* como símbolo afecto. Por ejemplo: lo que fue necesario para el bebé, para su autoconservación (respirar intensamente, taquicardia), queda como símbolo mnémico en la misma hiperpnea, taquicardia, hipersudoración, etcétera, componentes corporales de la angustia que expresan unas sensaciones de displacer muy particular, cuyo recuerdo será usado como señal por el yo Inc. para

defenderse del ello. En un sentido más amplio del concepto de afecto se podría incluir a los sentimientos en general, los que tienen una explicación más compleja y más particular para cada caso (véanse: amor, odio, agresión, dolor, etcétera). Todos tienen una base común corporal en la “alteración interna” (expresión de las emociones, grito, inervación vascular), la que va tomando mayor dimensión psicológica a medida que se suceden las vivencias de satisfacción* y dolor que se viven con el objeto. Las huellas dejadas por estas vivencias forman los complejos representacionales cosa, compuestos por la imagen de un objeto luego generadora del deseo de él, y la de un movimiento a realizar con él para que se produzca una sensación (afecto) que es la esencia de lo deseado. La representación-cosa, investida por el (e invistiendo al) quantum afectivo, va a constituir la base del psiquismo inconsciente. La investidura es mutua, es el punto de unión de la cantidad de excitación con el representante estrictamente psíquico.

Agorafobia Tipo de fobia*, consistente en el temor a hallarse en espacio abiertos (miedo a salir “afuera”, “a la calle”). Es más común en los adultos que en los niños. Freud lo atribuye al temor del neurótico a la tentación de ceder a sus concupiscencias eróticas, lo que le haría convocar como en la infancia, el peligro de la castración o uno análogo. Pone el ejemplo de un joven que temía ceder a los atractivos de prostitutas y recibir como castigo la sífilis. La agorafobia gana terreno paulatinamente, como toda fobia, y va imponiendo limitaciones al yo* para sustraerlo de los peligros pulsionales. Puede conducir al encierro del sujeto y su aislamiento social (introversión libidinal*), para evitar los peligros de “la calle”. Se produce, a la vez, una “regresión* temporal” a la época infantil en que podía “salir a la calle” siempre que fuera acompañado por alguien que lo cuidara. Ahora este acompañante lo cuidaría, más que de los peligros reales, de sus propias tentaciones pulsionales que merced al desplazamiento* y proyección son sentidos como peligros provenientes de “afuera”, “de la calle”, lo que era

de alguna manera “real” en la infancia. En esta misma formación sintomática se hace evidente e influjo de los factores infantiles que gobiernan al adulto a través de su neurosis*. En contraposición aparente a la agorafobia está la “fobia a la soledad”, una forma de la claustrofobia, que Freud explica como el querer escapar a la tentación del onanismo solitario. La agorafobia se instaura como enfermedad, por lo general, después de haber vivenciado un ataque de angustia en alguna de la circunstancias desencadenantes y luego temidas, a las que se dedicará a evitar. Cuando no lo logra, reaparece el ataque angustioso.

Aislamiento Mecanismo de defensa* o forma de la represión secundaria*, producido por el yo* Inc. ante la angustia señal* sentida por éste frente a una pulsión* que le ha sido prohibida por el superyó*. La representación-cosa* pulsional, sin embargo, puede tener acceso a la representación-palabra* (por lo tanto al yo Prec. y la Cc.), siempre que ésta permanezca desafectivizada; para lo que se la aísla de todas sus conexiones posibles (asociaciones*, ligaduras, etcétera) con las demás. Se logra así el efecto represivo sobre la pulsión por parte del yo y el impedimento del acceso a la acción específica*; en este sentido el mecanismo es eficaz. El paciente realiza acciones en las que están representadas la desconexión del vínculo entre las representaciones*. Dice Freud: “Recae también sobre la esfera motriz, y consiste en que tras un suceso desagradable, así como tras una actividad significativa realizada por el propio enfermo en el sentido de la neurosis, se interpola una pausa en la que no está permitido que acontezca nada, no se hace ninguna percepción ni se ejecuta acción alguna” (1925, A. E. 20:115). Es como si se cortaran los puentes con aquello que se quiere aislar, dejándolo exactamente así, como una isla. El sujeto realiza actos que representan este hecho (como la “rayuela” secreta que va jugando el obsesivo con las baldosas, o la dificultad de encontrar relaciones entre un tema y otro, o entre una sesión y otra, por ejemplo). Al conseguirse el aislamiento, la representación queda desafectivizada (el

quantum de afecto* lo da, en estos casos, la investidura representacional y su posibilidad de asociación con otras representaciones), y no es posible que partícipe del comercio asociativo, de la actividad de pensamiento*. Por lo tanto queda fuera de la posibilidad de ser usada por el yo Prec. El aislamiento es un mecanismo de defensa típico de la neurosis obsesiva*. Cae dentro de uno de los mecanismos de la represión secundaría, la sustracción de investidura Prec., con la salvedad de que -en vez de desinvestirse* la palabra o desplazarse* su investidura a otra o a una inervación corporal- la palabra permanece en el preconsciente* pero desafectivizada y cortados sus puentes de asociación con el resto de las palabras. Incluso puede mezclarse o afianzarse con otros mecanismos como el desplazamiento a lo nimio, etcétera. El aislamiento pertenece, en medidas moderadas y usado con plasticidad, al pensamiento normal, es parte de la tendencia al orden, rasgo sublimatorio anal. En su contrapartida patológica, llevado a su extremidad, constituirá el “defire de toucher” (delirio de ser tocado), que en parte configura su esencia, el no ser tocado, lo que se extiende a que nada se “toque” entre sí.

Alianza fraterna En la hipótesis freudiana, expuesta en Tótem y tabú (19121913), consiste en los vínculos de unión homosexual que se establecieron entre los hermanos echados de la horda primitiva* por el padre primitivo. Así merced a la invención de un arma y a esos lazos de unión que se generaron en el destierro, lograron consumar el parricidio y devorar al padre omnipotente y cruel. Después del asesinato del padre, que descargó el odio* contra él, quedó como resabio la añoranza* del mismo y la culpa* por lo realizado, amén de un deseo* de mantener los vínculos conseguidos entre los hermanos en el destierro. Así fueron naciendo, desde dentro de su propio psiquismo, las leyes básicas de prohibición del incesto y del parricidio, leyes sobre las cuales se edificó la cultura*. El cambio de estructuras sociales generado por la alianza fraterna y su consecuencia, el parricidio, posibilitó así el progreso a un nivel más alto de

nivel cultural, nuestra cultura actual en general, y configuró a su vez una nueva estructura del aparato psíquico* humano, dejando como legado para siempre en él al superyó*. Se pactó durante este período hipotético una suerte de contrato social: “Nació la primera forma de organización social con renuncia de lo pulsional, reconocimiento de obligaciones mutuas, erección de ciertas instituciones que se declararon inviolables (sagradas), vale decir: los comienzos de la moral y el derecho. Cada quien renunciaba al ideal de conquistar para sí la posición del padre, y a la posesión de madre y hermanas. Así se establecieron el tabú del incesto y el mantenimiento de la exogamia. Buena parte de la plenipotencia vacante por la eliminación del padre pasó a las mujeres; advino la época del matriarcado. La memoria del padre pervivía en este período de la "liga de hermanos". Como sustituto del padre hallaron un animal fuerte -al comienzo, acaso temido también-. Puede que semejante elección nos parezca extraña, pero el abismo que el hombre estableció más tarde entre él y los animales no existía entre los primitivos ni existe tampoco entre nuestros niños, cuyas zoofobias hemos podido discernir como angustia frente al padre. En el vínculo con el animal totémico se conservaba íntegra la originaria bi-escisión (ambivalencia) de la relación de sentimientos con el padre. Por un lado, el tótem era considerado el ancestro carnal y el espíritu protector del clan, se lo debía honrar y respetar; por otro lado, se instituyó un día festivo en que le deparaban el destino que había hallado el padre primordial. Era asesinado en común por todos los camaradas, y devorado (banquete totémico, según Robertson Smith). Esta gran fiesta era en realidad una celebración del triunfo de los hijos varones, coligados, sobre el padre” (1939, A. E. 23:79). Esta cita de Moisés y la religión monoteísta es la mejor definición y subrayado de la importancia otorgada por Freud, hasta el final de su obra, de sus hipótesis expuestas en 1913, dentro de las que se desarrolla el concepto de alianza fraterna, liga entre hermanos unidos para realizar el parricidio, consecuencia posterior de aquella. Germen de la cultura humana.

Aloplástica, conducta

Es la que resulta adecuada a fines, la que a su vez se empeña en modificar la realidad*, sin desmentirla (véase: desmentida), en un trabajo sobre el mundo exterior que produce cambios en él. Dentro de ella podemos incluir todos los tipos de acción específica*, o sea acciones que descarguen la fuente de la pulsión*, en la forma más completa posible. Incluimos en ellas, por ejemplo, la producción o captura de alimentos, la posesión del objeto* sexual, y todas las sublimaciones*, generadoras de y generadas, por la cultura*. La aloplástica es un tipo de conducta que conduce a la descarga pulsional. Por el hecho de funcionar dentro del principio de realidad*, produciendo cambios en el mundo exterior, como por ejemplo los hechos de la cultura misma, podemos emparentarla con el concepto de salud. Cuando son desexualizadas, fruto de identificaciones* con atributos de seres que antes tuvieron investidura de objeto, constituyen las sublimaciones. Éstas son aquellas que justamente pierden su capacidad de realizar los paranoicos al resexualizárseles los vínculos homosexuales con los objetos, generando el yo* la defensa* paranoica contra éstos. La libido* homosexual desexualizada es aquella de la que están compuestos los vínculos sociales.

Alteración del yo Concepto expuesto por Freud en Análisis terminable e interminable (1937) y el Esquema del psicoanálisis (1938), donde expresa que el yo* cooperador del paciente es una ficción ideal. El yo está “alterado” directamente en relación con las marcas que le dejaron las experiencias vividas, especialmente las situaciones traumáticas* (cuanto más traumáticas y menos formado el yo en el momento de su vivencia, más alterado o más defendido y con defensas* más extremas quedará fijado el yo Inc.) y las situaciones de peligro* en las que sus defensas le sirvieron. Estas últimas si bien pueden permanecer actualmente en acción, en parte forman una infraestructura Inc. yoica, formándose sobre ellas una superestructura Prec., también yoica, que desconoce la anterior pero cuyas acciones pueden estar

más o menos modeladas desde el yo Inc., en algunos casos de tal manera que el funcionamiento yoico total queda alterado. Constituyendo, entonces, especialmente cuando las defensas yoicas están muy consolidadas, una de las dificultades del progreso del tratamiento, pues en lugar de cooperar surgen como verdaderos obstáculos para ello. “Cada persona normal lo es sólo en promedio, su yo se aproxima al del psicótico en esta o aquella pieza, en grado mayor o menor, y el monto del distanciamiento respecto de un extremo de la serie y de la aproximación al otro nos servirá provisionalmente como una medida de aquello que se ha designado, de manera tan imprecisa, "alteración del yo"“ (1937, A. E. 23: 237). Está incluida dentro de los factores que hacen prolongar el período de análisis creándole inconvenientes, resistencias* o directamente generando imposibilidades de curación. La “alteración del yo” está formada, entonces, principalmente por los diferentes mecanismos de defensa* inconscientes del yo, los que pueden ser más o menos regresivos, más o menos comprometedores de las investiduras yoicas. Los mecanismos de defensa yoicos Inc. generan, amén de su función específica, y cuando la función defensiva contra lo pulsional especialmente se rigidifica o resulta extrema, diversos tipos de trastornos alteradores del yo. Ahí ubicamos los rasgos patológicos de carácter* (más o menos rígidos), la patología narcisista en general, desde las perversiones* homosexuales (cuando las fijaciones* producidas por las represiones primarias* se producen en el período del primer nivel de reconocimiento de diferencias sexuales, en el período fálico, y la fijación se basa en la desmentida de la diferencia, por ejemplo), hasta los fenómenos de restitución* psicótica. La función que cumplen los mecanismos defensivos yoicos, a pesar de la alteración yoica que puedan producir, es, entonces, la de defender al yo de los peligros generados a él por la pulsión*. En líneas generales lo consiguen, desconociéndola, devolviéndola al ello* inconsciente. Al proponerse justamente el analista como investigador y por consiguiente alguien que busca conocer la pulsión, el mecanismo de defensa perteneciente al yo inconsciente del paciente puede generar una resistencia del yo contra el progreso del análisis. No olvidemos que el yo llama en su ayuda al “omnipotente principio de placer*” para generar sus mecanismos de defensa inconscientes y que, por lo

tanto, éstos se rigen por aquel. Ubicándonos en esa tesitura vemos que el desconocimiento de la pulsión resguarda al yo de la angustia*, por lo tanto, sería raro que de alguna manera no opusiera resistencias contra el conocimiento de la historia de su pulsión, Cuando esto es lo absolutamente predominante, dominando al yo, decimos que éste está alterado. El mecanismo de defensa es, en parte, un sistema de desconocimiento de sí mismo, de la pulsión, el deseo*, el “[...] núcleo de nuestro ser” (1900, A. E. 5: 593). Mecanismo que por un lado protege al yo, formando la parte inconsciente de él y dándole cierto nivel de ligadura que sofoca a la pulsión y le impide esencialmente el llegar a la acción, además de desconocerla y transformarla en “[...] tierra extranjera interior” (1933, A. E. 22: 53). Por otro lado, o por el mismo, empobrece al yo, pues todo lo que queda inconsciente pasa a no ser sentido como algo propio, de él; verbigracia no lo puede pensar, sublimar*, gozar, etcétera, en realidad deja de pertenecer al yo Prec. y pasa a engrosar las filas de lo reprimido, presente en el temido ello. Por cierto también cumple su objetivo principal: conseguir que la pulsión no acceda al yo y por lo tanto a la acción, constituyéndose así una infraestructura yoica Inc. que permite el funcionamiento de la superestructura Prec., menos apremiada por la pulsión, si bien en los casos en que la infraestructura defensiva es demasiado importante se lleva la mayoría de la investidura energética, alterando así tanto al yo, que éste resulta entonces muy difícil de modificar. La superación de las “alteraciones del yo” y sus resistencias concomitantes, pasan así a ser una de las metas del psicoanálisis y principalmente del análisis del yo, incluido su carácter. Un yo que funciona dominado por sus mecanismos de defensa inconscientes, es un yo empobrecido, un yo alterado ante sus capacidades de enfrentarse con las dificultades de la realidad, que es su esencia. , Este yo se enriquecerá cuando conozca aquello interior de lo que se defiende automáticamente y además sepa que se defiende. Entonces podrá elegir si defenderse o no, o sí vale la pena defenderse, la defensa podrá pasar a integrar su comercio asociativo, su actividad de pensamiento*, con lo que se logrará así un domeñamiento* en un nivel más alto de la pulsión, enriqueciéndose. Es interesante recordar que en el manuscrito K,* de 1896, Freud expone la alteración del yo como uno de los medios de formación de los síntomas* del yo, los que lo van

alterando. Esta alteración consiste en el delirio* que va formando el paciente, a partir de los síntomas primarios (desconfianza) y de los síntomas de retorno de lo reprimido* (las alucinaciones*). En esta conceptualización se toma al delirio como alteración del yo. Lo que por otro lado resulta evidente: cualquier defensa altera aquello que está defendiendo; si la defensa es extrema, dificulta el retornar las cosas a su punto original.

Alteración interna Fenómeno conceptualizado por Freud en relación con la forma de expresión emocional, descrito en principio respecto del recién nacido, pero extensible a los adultos. Freud lo expuso en el Proyecto de psicología (1950a [1895]), La interpretación de los sueños (1900) y lo mencionó en otras obras, como Lo inconciente (1915), en donde dice: “La afectividad se exterioriza esencialmente en una descarga motriz (secretoria, vasomotriz) que provoca una alteración (interna) del cuerpo propio sin relación con el mundo exterior; la motilidad, en acciones destinadas a la alteración del mundo exterior” (A. E. 14:175. Nota al pie). También la menciona en Inhibición, síntoma y angustia (1925), como formando parte del síntoma* neurótico: “El proceso sustitutivo es mantenido lejos, en todo lo posible, de su descarga por la motilidad; y si esto no se logra, se ve forzado a agotarse en la alteración del cuerpo propio y no se le permite desbordar sobre el mundo exterior; le está prohibido (verwehren) trasponerse en acción” (A. E. 20:91). Esencialmente la alteración interna consistiría en la primera forma de descarga que tiene el cuerpo ante el Drang (esfuerzo, fuerza de trabajo) de la pulsión* que en lugar de producir una alteración en el mundo exterior (provisión de alimento, acercamiento del objeto* sexual), produce una alteración en el interior del cuerpo mismo, expresándose ésta cualificada como emoción, a través del llanto y la inervación vascular. La alteración interna va a ser entonces la forma de expresión de las emociones (grito, inervación vascular), las que tendrán, así, una forma de expresión corporal principalísima. En Inhibición, síntoma y angustia (1925) describe para la angustia* tres partes

constituyentes: una pequeña descarga corporal, la percepción* de esa descarga y por último la percepción de una sensación displacentera particular. Esta última es la percepción cualitativa de la cantidad por la que deviene esencialmente sensación psíquica, La forma de descarga corporal está principalmente compuesta por taquicardia e hiperpnea y dice también que esta modalidad de descarga e.- adquirida durante el trauma* del nacimiento. En ese momento, esta reacción corporal es la adecuada, la específica, dado que es la forma de conseguir oxígeno, después del cambio de sistema respiratorio. Sin embargo pareciera que el organismo quedara fijado a esta situación prototípica, y respondiera luego a toda otra situación de peligro* con este tipo de respuesta. Pasa así esta vía a ser expresión de angustia y expresión de las emociones en general. Al aumentar posteriormente la tensión de necesidad* en el organismo, el bebé expresa su emoción a través del llanto y la inervación vascular. Luego esta “alteración interna” es entendida por un “asistente ajeno”*, generalmente la madre, encargado en ese momento de realizar la acción específica*. Ésta hará descender la cantidad de estimulación en la fuente de la pulsión, produciéndole una “vivencia de satisfacción”*. La expresión de la emoción, simple descarga corporal al principio, se irá transformando paulatinamente en llamado, en el mismo vínculo que se irá estableciendo entre madre e hijo, y ésta será una de las bases sobre las que irá naciendo el lenguaje*. El concepto de “alteración interna” es, por lo tanto, un concepto dinámico, pues se refiere a un proceso que por un lado se va transformando (de expresión de emoción, deviene en llamado y de éste en lenguaje) y por otro persistirá siempre como forma de expresión de la emoción, principalmente de la angustia. Una forma de respuesta biológica se va transformando en vínculos sociales con las sensaciones que éstos producen, manteniéndose a su vez como respuesta corporal. Es interesante entonces volver a subrayar los diferentes temas, que nos llevan a otros insospechados, provenientes todos de este concepto: la expresión de las emociones (la angustia), el grito (el lenguaje), y la inervación vascular (patología psicosomática.

Alucinación Percepción* de un deseo, un pensamiento*, un recuerdo*, incluso un castigo o una- amenaza también provenientes del acervo mnémico, corno si provinieran del mundo exterior, registrados -corno cualquier percepción y, por lo tanto dándole creencia* de real- por el aparato perceptual (PCc.). Hay alucinaciones cuando el yo* se altera momentáneamente, como en los sueños*, o se pasa por un estado de privación por causas externas. Otras veces la causa es tóxica (drogas alucinógenas). Puede deberse a una alteración del yo* más o menos profunda, como en los casos de las alucinaciones de las psicosis* histéricas y las psicosis alucinatorias agudas o amencia de Meynert*. En ellas la alteración consiste en 'no poder discriminar el yo entre las fantasías de deseo y las percepciones visuales reales. En el caso de la histeria*, más que deseos realizados, pueden ser alucinados castigos derivados de ellos, o también deseos disfrazados que generan angustia*, a la manera de los sueños de angustia, por ejemplo: la alucinación de las víboras en Anna 0. * En la amencia o psicosis alucinatoria aguda las alucinaciones están más relacionadas con procesos de desmentida* de duelos* ante la pérdida de un objeto, desmentida producida junto a una regresión* del yo a la percepción, retirándole la investidura al PCc. (sistema de percepción consciencia). Merced a esto el PCc., perteneciente al yo, confunde el recuerdo deseante del objeto* con su percepción real. En los casos de esquizofrenia*, la esquizofrenia paranoide y la paranoia*, la regresión yoica es mayor: se perciben los propios pensamientos preconscientes* como proviniendo desde afuera, como si el yo ahora estuviera en máquinas (símbolos* del cuerpo,) o en otras personas que lo manejan. También como percepción de la parte crítica del yo (superyó*), que es sentida como percepción por el PCc., dándosele creencia en la realidad*. Lo que debiera ser un simple pensamiento propio es sentido como una voz exterior, lo que sucede por la regresión a la percepción, de la manera en que originalmente lo fuera (las voces observadoras, críticas de los padres). En estas últimas afecciones con retracción libidinal* narcisista, predominan las alucinaciones auditivas, mientras que en la histeria y en la amencia predominan las visuales.

Amencia de Meynert (confusión alucinatoria aguda) Tipo de psicosis* mencionada por Freud varias veces en su obra y descrita por uno de- sus maestros, el psiquiatra Meynert. Es un tipo de psicosis aguda que se produce como reacción ante la pérdida de un ser querido (quizá con una previa discriminación incompleta entre yo* y objeto*), al desmentirse la percepción* de este aspecto doloroso de la realidad*. Freud trae el ejemplo de la madre que perdió su bebé y sigue acunando un leño, y el de la novia abandonada que sigue esperando la llegada de su novio en cada llamada de la puerta. Se desmiente* la pérdida del objeto*, al que se sigue percibiendo, o mejor dicho, se recibe como percepción el recuerdo* de la imagen de aquel, Hay una alteración del yo* por la que éste retira investidura del polo percepción consciencia* (PCc.) y pasa a funcionar regido por el principio de placer* en vez de por el principio de realidad*, para el que es tan necesario el aparato perceptual; confundiéndose, entonces, la fantasía de deseo* de la presencia del objeto con la percepción real de su ausencia. La amencia de Meynert se diferencia de otro tipo de psicosis. Por ejemplo en la psicosis histérica, las fantasías* que se perciben como alucinación* son reprimidas (disfrazadas, angustiantes, retornan de lo reprimido*) mientras que en la amencia no, todo lo contrario, son queridas por el yo. En la esquizofrenia*, la investidura se retira de la representación-cosa* con lo que se pierde el deseo* inconsciente del objeto, siendo que éste es el motor del aparato psíquico. Para que pueda suceder semejante hecho, o como consecuencia de él, el yo queda prácticamente arrasado e incluso se lo proyecta al mundo exterior, siendo percibido en forma alucinatoria retornando desde él (sonorización del pensamiento*), también a través de órdenes enviadas por máquinas (símbolos del cuerpo, origen del yo) u observaciones críticas (el superyó*, que también es proyectado y percibido alucinatoriamente) de sus actos. En la amencia la alteración es menor y mucho menos profunda, por lo tanto menos irreversible, aunque pueden existir cuadros intermedios, o un cuadro puede

devenir en el otro y esto dependerá del grado de alteración y regresión* yoica que se produzca.

Amnesia infantil Proceso universal por el cual el ser humano no recuerda en general todos los sucesos acaecidos en su vida antes de los cinco años, más o menos, a pesar de haber poseído durante gran parte de ese período recursos, si bien incipientes, para recordar (lenguaje*, pensamiento*, yo*, principio de realidad*, angustia de pérdida de objeto*, reconocimiento de éste como fuente de placer*, etcétera). La amnesia se produce después del sepultamiento* del complejo de Edipo* y la instauración definitiva del superyó* en el aparato psíquico, el que actúa como una inmensa contrainvestidura* que engloba todas las contrainvestiduras previas (represiones primarias*) produciendo la represión* (también primaria, incluyendo todas las represiones primarias anteriores) y, por lo tanto, el olvido* de toda la sexualidad infantil*. Ésta podrá luego ser reconstruida merced al psicoanálisis de sueños*, síntomas*, recuerdos encubridores*, actos fallidos*, etcétera. Un interesante ejemplo de amnesia infantil es el de Hans, primer paciente niño de la historia del psicoanálisis, que se trató entre los tres y los cinco años. A sus diecinueve años, Hans no recordaba casi nada de su proceso analítico y de todos los sucesos durante él acaecidos. El producto de la amnesia infantil no es ni más ni menos que la sexualidad infantil comandada ya por la zona erógena* fálica; con la unión bajo su supremacía de todas las zonas erógenas generando un yo realidad definitivo*, que definitivamente reconoce al objeto* (centro de la realidad*) como fuente de placer, ahora con características diferentes del yo (tiene otro sexo, aunque la diferencia reconocida sea solamente la de posesión o no de falo), en fin, toda la problemática edípica. Ésta se “hundirá” o pasará al estado de represión y, junto con ella, toda la problemática anterior; así terminarán de constituirse la represión primaria, el superyó y el aparato psíquico en general. Se hunde o reprime la sexualidad infantil y nace el inconsciente* reprimido -descubrimiento

crucial de Freud- conteniendo a toda esa sexualidad infantil en su interior.

Amor En Pulsiones y destinos de pulsión (1915) Freud define el amor como “[...] la relación del yo con sus fuentes de placer” (A. E. 14:130). Las fuentes de placer* del yo* pueden estar en su propio cuerpo, en sí mismo o en el objeto*. Cuando las fuentes están en el propio cuerpo, esto lleva el nombre de autoerotismo*. Una vez que el cuerpo se constituye en yo y la libido* se ubica en él, hablamos de narcisismo*. La libido que encuentra placer en el yo se llama narcisista. El narcisismo sería una forma del amor: el amor al yo. Cuando se comienza a reconocer al objeto como la fuente principal de placer del yo, la libido que busca complacerse en el vínculo con él se llama libido objetal*. Ésta constituirá el amor más elevado, el amor por excelencia, el amor objetal, el que puede a su vez poseer diferentes matices, clases o formas. La capacidad de amor objetal se va desarrollando junto con el yo de una manera muy compleja. “Luego que la etapa puramente narcisista es relevada por la etapa del objeto, placer y displacer significan relaciones del yo con el objeto. Cuando el objeto es fuente de sensaciones placenteras, se establece una tendencia motriz que quiere acercarlo al yo, incorporarlo a él; entonces habíamos también de la “atracción” que ejerce el objeto dispensador de placer y decimos que llamamos al objeto” (1915, A. E. 14:131). En las primeras etapas infantiles el amor es ambivalente, no se distingue totalmente del odio*. Tampoco se distingue el ser* y el tener*. De ahí que la forma primera del lazo afectivo sea la identificación*. El modelo analógico es el del canibalismo, en el que la tendencia amorosa hacia el objeto implica el incorporarlo, por lo tanto su desaparición y transformación en parte del propio ser. Es un tipo de amor que lleva implícita la destrucción del objeto como tal. En el apoderamiento de la etapa anal (véase: erotismo anal y pulsión de apoderamiento) la ambivalencia* es menor aunque más evidente, y mayor la diferenciación entre las categorías ser y tener. Cuando la síntesis de las pulsiones

sexuales* se ha cumplido, estableciéndose la etapa genital (véase: genital), el amor deviene el opuesto de] odio y coincide con la aspiración sexual total. Existe toda una gradación de posibilidades dentro del fenómeno del amor. Durante el periodo del complejo de Edipo* el niño encuentra un primer objeto de amor en uno de sus progenitores; en él se reúnen todas sus pulsiones sexuales que piden satisfacción. La represión que después sobreviene obliga a renunciar a la mayoría de estas metas sexuales infantiles y deja como secuela una profunda modificación de las relaciones con los padres. En lo sucesivo el niño permanece ligado a ellos, pero con pulsiones que es preciso llamar de “meta inhibida”, Los sentimientos que en adelante alberga hacia esas personas amadas reciben la designación de “tiernos”. Este amor de “meta inhibida” o ternura es el que logra crear ligazones más duraderas entre los seres humanos, 1.0 que se explica por el hecho de no ser susceptible de una satisfacción plena. El amor sensual está destinado a extinguirse con la satisfacción; para perdurar tiene que encontrarse mezclado desde el comienzo con componentes puramente tiernos, vale decir, de meta inhibida, o sufrir un cambio en ese sentido. El amor de meta inhibida es el que liga a los miembros de la masa* y es factor esencial generador de cultura*. El amor sensual es antisocial, la pareja quiere intimidad, no puede compartir su amor. También “[...] el niño (y el adolescente) elige sus objetos sexuales tomándolos de sus vivencias de satisfacción. Las primeras satisfacciones sexuales autoeróticas son vivenciadas a remolque de funciones vitales que sirven a la autoconservación. Las pulsiones sexuales se apuntalan al principio en la satisfacción de las pulsiones yoicas, y sólo más tarde se independizan de ellas; ahora bien, ese apuntalamiento sigue mostrándose en el hecho de que las personas encargadas de la nutrición, el cuidado y la protección del niño devienen los primeros objetos sexuales; son, sobre todo, la madre o su sustituto”. En otros casos no se elige el objeto siguiendo el modelo de la madre, sino el de la persona propia: “Decimos que [el sujeto] tiene dos objetos sexuales originarios: él mismo y la mujer que lo crió” (1914, A. E. 14: 84). De ellos saldrán los modelos de la elección de objeto* según el tipo de apuntalamiento* (más comúnmente masculino) y según el tipo narcisista (más típicamente femenino). El amor, entonces, podríamos decir que deriva de complejizaciones realizadas por el yo de los

destinos de la pulsión sexual. Ésta produce a su vez mezclas complejas con la tendencia a la vuelta a lo inorgánico, propia de la pulsión de muerte*. El principal obstáculo -casi podríamos decir el único- que encuentra la pulsión de muerte en su camino hacia lo inorgánico, es esta complicación que le surge con los fenómenos de la vida, de los cuales el principal exponente es el amor. A medida que aumenta la complejización, aparecen fenómenos diferentes. La pulsión sexual se mezcla* con la pulsión de muerte y con eso consigue domeñarla. El acto sexual genital llevado a su meta final, el amor sensual, resulta la principal forma de domeñamiento* de la pura cantidad (véase: cantidad de excitación), de la no-cualidad, de la pulsión de muerte. La cultura está edificada, básicamente, sobre la sofocación* de la pulsión sexual, específicamente del incesto. La represión* hace cabeza de playa en la represión del incesto y luego se va extendiendo hacia toda la sexualidad posible. También se sofoca la pulsión de destrucción* que resulta de un primer nivel de mezcla con la pulsión sexual, en el que no se distinguen el odio del amor, en cambio sí se perciben en la agresión* y el apoderamiento (en el primero se ve quizá más claro el, dominio de la tendencia destructiva sobre la -.morosa, no así en el segundo que retiene al objeto por amor, sin tener en cuenta que en esa retención está implícito el daño al objeto). Las ligazones libidinales sobre las que se forman las masas culturales, son de meta inhibida. Todas las creaciones culturales son fruto de esta libido que podríamos llamar sublimada. El domeñamiento de la pulsión de muerte en ellas es menor. Queda un plus de pulsión de muerte no mezclado. Así nace la paradoja de que esta complicación que le surgió a lo inorgánico y que generó los fenómenos de la vida, de los que a su vez nació la cultura, lleva incluida en su propio interior las pulsiones de muerte con cierta libertad, no domeñadas, en la esencia de la creación del hecho cultural. Cultura en la que entonces pareciera que por momentos predominaran las tendencias destructivas del ser humano sobre las del amor. [sida]

Amor de transferencia

Situación por la que pueden pasar algunos tratamientos psicoanalíticos. Consiste, según el ejemplo freudiano, en el enamoramiento básicamente sensual de la paciente mujer por su terapeuta hombre. Cabe que pueda enamorarse un paciente hombre de su terapeuta mujer aunque Freud, por alguna causa que no podemos adjudicar simplemente a machismo, no la menciona. También puede darse, obviamente, cuando paciente y terapeuta pertenecen al mismo sexo, pero en esos casos tendríamos que pensar más detenidamente si entran dentro de la categorización específica del fenómeno descrito, dada la libido* narcisista puesta en juego en ellos. En el caso de que el enamoramiento provenga desde el terapeuta se trata de un fenómeno de la contratransferencia*. El fenómeno descrito es considerado, desde luego, un obstáculo para el análisis, parte de la “transferencia* negativa” y como tal expresión de la resistencia* del yo* del paciente con serios riesgos para la continuidad del tratamiento. Si bien en última instancia todo amor* es transferencial, en estas ocasiones lo que suele estar en juego es más la transferencia inconsciente que el amor. Cada caso tendrá su especificidad y cada terapeuta deberá recurrir a su creatividad para salvar la situación, pero básicamente la actitud debería ser la de siempre, la actitud analítica, no rechazando al paciente ni aceptándole sus propuestas. Simplemente a éstas se las tomará como un emergente más del inconsciente* que se está repitiendo en la transferencia en forma vívida, por lo que el correcto análisis y construcción* de los hechos que se repiten permitirán avanzar más profundamente en el conocimiento del yo. Cierto grado de “enamoramiento” del terapeuta hay en cualquier análisis, y como cualquier otro implica el fenómeno de la idealización*, la que se va desvaneciendo con el progreso del tratamiento, pero este “enamoramiento” por lo general es deserotizado y por lo tanto más manejable, menos compulsivo, incluso puede tener momentos o cierto grado no desexualizado y participar de la transferencia positiva por “amor al terapeuta” como otrora lo fuera con los padres de la infancia. En ese caso las “mejorías” serán por amor a él. De todas maneras si no se debelara durante el curso del tratamiento no se generarían cambios en el yo, habría simples repeticiones, nada más. El tratamiento psicoanalítico busca conocer la verdad histórica* del yo y

de la historia pulsional del paciente y en esa tarea el analista debe encontrarse con situaciones que ponen a prueba su propio yo, sus propios afectos*. De este y otros tipos de situaciones nació la necesidad de la institucionalización del análisis didáctico en las instituciones psicoanalíticas.

Anna O. [psicoan.] Nombre figurado de la primera paciente a la que se le aplicó el método que dio a luz a lo que luego sería el psicoanálisis. El tratamiento fue realizado por J. Breuer entre 1880 y 1882. Es uno de los historiales publicados por Breuer y Freud en los Estudios sobre la histeria (1895). Se trata de un caso de psicosis histérica de una joven de veintiún años sumamente inteligente, razonadora, de una voluntad enérgica y tenaz, uno de cuyos rasgos de carácter principales era su bondad compasiva. Sus síntomas principales eran: parafasia, strabismus convergens, perturbaciones graves de la visión, parálisis por contractura, total en la extremidad superior derecha (con cierta anestesia especialmente en el codo) y en las dos inferiores, parcial en la extremidad superior izquierda, paresia de la musculatura cervical; también alucinaciones visuales, sonambulismo, tussis nervosa, asco ante los alimentos, imposibilidad de beber pese a tener sed, ataques de sueño a ciertas horas, etcétera. A medida que avanzó el tratamiento aparecieron nuevos síntomas: alteraciones progresivas del lenguaje, primero con pérdida de palabras, luego pérdida de gramática y sintaxis y conjugación del verbo, utilización de un infinitivo creado a partir de formas débiles del participio y el pretérito, sin artículo. Luego faltaron casi por completo las palabras, rebuscándolas trabajosamente entre cuatro o cinco lenguas, entonces apenas si se le entendía. Escribía también en este trabajoso dialecto. Hubo un período (dos semanas) en que estuvo en total mutismo. Breuer entiende que algo la había afrentado mucho y ella se había decidido a no decir nada. Al comunicarle esto a la paciente, ceden algunas contracturas y comienza a hablar en inglés y a entender el alemán, sin darse cuenta de que contesta en

inglés. Esta sintomatología no era permanente, sino de algunas horas del día (a la mañana, a la tarde). Después de hablar con Breuer de ella, se sentía alegre y jovial pero no recordaba nada del episodio anterior, hecho al que Breuer llamaba “condición segunda”. La enferma estaba fragmentada en dos personalidades: a ratos era psíquicamente normal y a ratos entraba en “condición segunda”, alienada. Como desencadenantes de la enfermedad coinciden el descubrimiento de una gran dolencia en el padre y la posterior muerte de éste. Cuidaba a su padre en el lecho de enfermo cuando, al comenzar a presentar un cuadro de debilidad con las contracturas, tos, espasmo de glotis, etcétera, se decidió separarla del paciente, el que un tiempo después falleció. Breuer realizaba sesiones con ella en las que reconstruía todos los hechos y fantasías que había tenido Anna 0. en relación con los síntomas, llegando al motivo de su origen. Por ejemplo, la paciente recordó en estado hipnótico, conducido por Breuer, que la contractura con parálisis y anestesia del brazo derecho había comenzado cuando una noche en que cuidaba a su padre en su lecho de enfermo, estando semidormida, tuvo una alucinación: “vio cómo desde la pared una serpiente negra se acercaba al enfermo para morderlo” (en el parque de la casa solía haber serpientes). “Quiso espantar al animal, pero estaba como paralizada; el brazo derecho, pendiente sobre el respaldo, se le había "dormido", volviéndosele anestésico y parético, y cuando lo observó, los dedos se mudaron en pequeñas serpientes rematadas en calaveras (las uñas). Probablemente hizo intentos por ahuyentar a la serpiente con la mano derecha paralizada, y por esa vía su anestesia y parálisis entró en asociación con la alucinación de la serpiente. Cuando ésta hubo desaparecido, quiso en su angustia rezar, pero se le denegó toda lengua, no pudo hablar en ninguna, hasta que por fin dio con un verso infantil en inglés y entonces pudo seguir pensando y orar en esa lengua” (A. E. 2:62). Tras estas reconstrucciones, la gravedad de los síntomas cedía. Luego podían surgir otros, hasta que se realizaba el mismo tipo de cura y demás. En el período que pasaba hasta que se lograba encontrar el recuerdo (hecho que al ser hablado con el terapeuta producía la mejoría), podía haber un cierto reagravamiento de los síntomas, “estos entraban en la conversación”. Esta talentosa paciente se curó, al cabo de dos años de tratamiento, de su psicosis histérica y de todos

los síntomas neuróticos que la acompañaban. A ella se debe el acertado nombre de “talking cure” (cura de conversación) y el humorístico de “chimney-sweeping” (limpieza de chimenea) para la tarea realizada por Breuer. En el historial los síntomas que surgían en la condición segunda se comparan con los mecanismos del sueño. Además se habla del soñar despierto o fantaseo diurno habitual de esta paciente como predisponente de la histeria y generador de síntomas. La paciente llamaba a su fantaseo su “teatro privado”. Dice Breuer: “Yo acudía al anochecer, cuando la sabía dentro de su hipnosis, y le quitaba todo el acopio de fantasmas (Phantasme) que ella había acumulado desde mi última visita. Esto debía ser exhaustivo si se quería obtener éxito. Entonces ella quedaba completamente tranquila, y, al día siguiente, amable, dócil, laboriosa, hasta alegre” (A. E. 2:54-5) pero luego volvía al estado anterior, insistentemente. También son mencionadas en este historial como disparador de la “condición segunda” y aparición consecuente de los síntomas, las asociaciones por analogía o contigüidad. Además se exponen otros múltiples síntomas e interpretaciones teóricas dignas de ser reconsideradas y profundizadas. .

Analogía Una de las leyes de la asociación, junto a la contigüidad*, la oposición* y la causa-efecto. Ha sido descrita desde Aristóteles, pero tomó impulso con la escuela asociacionista de la psicología, que explicaba todos los fenómenos psíquicos como formas de asociación* sin nada que las rigiera más que la forma de asociación en sí. Esta escuela tuvo cierto predicamento entre fines del siglo XVIII y principios del XIX. Entre sus miembros más destacados figura John Stuart Mill, a quien Freud tradujo y a quien cita en su trabajo sobre La concepción de las afasias (1891) (escrito en el que, entre otras cosas, expone ideas muy interesantes sobre las representaciones-cosa* y representaciones-palabra*). Freud no abrazó esta filosofía, aunque extrajo de ella algunos conceptos que le fueron útiles para sus propios razonamientos y descubrimientos. Él concibe un psiquismo compuesto por representaciones* y

energía (libidinal básicamente). La energía que circula entre ellas invistiéndolas (la energía adquiere el nombre de libido* en el momento que inviste a la representación) en busca de la descarga. Las leyes por las cuales la libido pasa de la investidura de una representación a otra, son las de la asociación. Una de ellas es la ley de analogía*. El proceso primario* aprovecha las analogías para producir identidades más fácilmente. Cuando hay un yo* con un proceso secundario*, esto se modera. Dicho de otro modo, la actividad de pensamiento* permite distinguir la contigüidad de la identidad (véase: identidad de percepción e identidad de pensamiento), la analogía de la identidad y hasta la oposición, aproximándose más a la causa-efecto. La asociación por analogía además será la principal generadora de los símbolos universales*, previos o probablemente simultáneos a la aparición del lenguaje* (en la humanidad) y luego olvidados y pertenecientes al inconsciente*. Símbolos que reaparecen en los sueños*, en los mitos* de los pueblos e incluso en algunos síntomas* neuróticos. El mecanismo de la represión*, realizado por la parte inconsciente del yo, elige su formación sustitutiva*, también por leyes analógicas (o por contigüidad) con la representación reprimida, de manera que el parecido pueda escapar a la consciencia*. El parecido o analogía se produce sobre una de las cualidades de la representación. Al confundirse el atributo con el todo, la identidad lograda es aparentemente total cuando en realidad es parcial. El proceso de discriminación tendrá que hacerlo el yo con su proceso secundario, distinguiendo entre analogía e identidad, entre el atributo y la cosa*.

Angustia Afecto*, o estado afectivo displacentero particular, que va acompañado de un tipo de proceso de descarga corporal también típico, y la percepción* de este proceso de descarga. El proceso corporal consiste predominantemente en hiperpnea, taquicardia, aumento de la sudoración y secreciones en general. El modelo de la respuesta corporal es tomado por un lado del primer tipo de reacción de la cría humana ante el trauma* del nacimiento -trauma producido

esencialmente, y entre otras cosas, por el aumento tremendo de la cantidad de excitación* corporal que se produce al pasar de la oxigenación onfalomesentérica a la respiración pulmonar- por otro lado es un relicto de lo que otrora, en la prehistoria de la humanidad, fueran acciones acordes a un fin y ahora permanecen simplemente como alteraciones internas*, expresiones afectivas. El bebé al nacer expresa la alteración interna (expresión de emociones, grito, inervación vascular); esta forma de respuesta es adecuada al principio ya que así el cuerpo recibe la oxigenación necesitada. Pero después será adoptada por el yo* como el prototipo de la reacción contra el peligro. La primera reacción en la vida posterior frente a una situación de peligro*, interior o exterior, consistirá en la angustia. En algunos momentos de su obra -manuscritos a Fliess, los trabajos sobre la neurosis de angustia- Freud considera otro modelo de la angustia: las reacciones producidas durante el acto sexual. Ambos se complementan. El modelo de reacción frente al peligro está más cercano en general al concepto de señal y el de acumulación tóxica a la homologación con la excitación sexual. La angustia es el afecto displacentero por excelencia y es la moneda común a la que remiten los otros afectos displacenteros. El yo no quiere sentirla. Se defiende de ella. Así surgen las neurosis*

Angustia, teoría de la Suele decirse que Freud postuló dos teorías de la angustia*. Sin embargo seguiremos la hipótesis de que hay una sola que se va complejizando a medida que se profundiza el conocimiento del funcionamiento mental. En el fondo la angustia es una y la misma, lo que puede variar son los motivos que la ocasionen o las diferentes explicaciones que tengamos sobre ella. En sus trabajos sobre la neurosis de angustia*, la explica como producto de la acumulación de tensión sexual somática (cantidad de excitación* no transformada en libido*, en deseo* sexual, al no estar unida a representaciones*). Cuando por alguna causa no psíquica (la causa no es la represión* de las representaciones psíquicas, sino un efecto mecánico actual producido en el

hecho mismo de la acción sexual, por ejemplo: una incorrecta relación sexual, o una relación sexual insatisfactoria) se produce una inadecuada descarga sexual, la cantidad de excitación acumulada, sin ligadura psíquica, deviene automáticamente en angustia. Esta teoría implica la concepción de que no toda acción va unida a representaciones, o tiene un correlato psíquico; o si así lo fuera, de que cada acción tiene también un correlato mecánico ajeno a lo psíquico (en el sentido de representación), o corre paralelamente a él por otra vía produciendo efectos corporales y, por este lado, genera afectos* (angustia automática*). Estas sensaciones displacenteras, en algunos casos muy intensas y en otros compuestas casi únicamente por afecciones corporales, son percibidas por el polo percepción consciencia* (PCc.) donde adquieren cualidad* displacer*, por lo que el yo* en segunda instancia busca encontrarle ligadura con representaciones-palabra* preconscientes* y darle cualidad representacional, cosa que difícilmente consigue. La conclusión es que la cantidad de excitación acumulada es percibida automáticamente por el aparato perceptual* como angustia. Esta base teórica influirá hasta 1925 en la teoría de la represión y junto con ella, en la teoría de la angustia de la primera tópica. En ese período, Freud dice que la represión genera la angustia, en tanto separa la representación de su investidura, que se transforma en afecto y principalmente en angustia. Al ir profundizando su conocimiento del yo y luego de describir su segunda tópica o teoría estructural en 1923 en El yo y el ello, interrelacionará la explicación de la formación de los síntomas* neuróticos con la de los mecanismos de defensa* contra la angustia, además de diferenciar y vincular la angustia ante las pulsiones* con la angustia ante los peligros exteriores. Entonces se enhebrarán todas estas teorías contradictorias hasta ese momento. La síntesis brillante se expone en Inhibición, síntoma y angustia (1925). Mantiene la primitiva explicación: “Vemos ahora que no necesitamos desvalorizar nuestras elucidaciones anteriores, sino meramente ponerlas en conexión con las intelecciones más recientes” (A. E. 20: 133); sirve aún para explicar las neurosis actuales* o el factor actual neurótico de toda psiconeurosis, incluso la angustia automática en el brote esquizofrénico, a lo que se podrían agregar neurosis traumáticas* y alguna patología psicosomática. La

acumulación de cantidad de excitación explica el trauma* del nacimiento y aquella es la máxima sensación de desvalimiento* temida. Ella, prácticamente, es la que se vuelve a producir cuando la angustia automática es síntoma*. Para defenderse el yo va generando mediaciones, gracias a las cuales va a poder dominar al ello*. El yo será “el almácigo de la angustia”. La cultivará en él transformándola en señal y la insinuará a la pulsión proveniente del ello y a la parte inconsciente del yo para que el mecanismo defensivo yoico, guiado por el principio de placer*, reprima a la pulsión y se evite entonces el displacer al que podría conducir su satisfacción. Este tipo de angustia es angustia señal*, es una señal que utiliza el yo para manejar a la pulsión y reprimirla, para que no se descargue. Es la angustia señal la que genera entonces la represión y no a la inversa. A esta angustia no se necesita explicarla tampoco por acumulación cuantitativa, es una tramitación, un recuerdo* de lo que podría pasar si.... que consigue que la pulsión retroceda y el proceso no siga adelante (cuando la represión tiene éxito, obviamente, pues cuando falla resurge la angustia automática, que sí requiere explicación económica). La angustia señal nace en íntima vinculación con la realidad*, pues se basa en hechos reales o vividos como reales (véase: verdad histórica) en determinados momentos de la vida, como lo son la pérdida del objeto, la amenaza de castración o de pérdida de amor. Podemos decir que la angustia de castración* va a ser el prototipo de las angustias señales y a ella van a remitir las otras angustias como la de pérdida de objeto*, la de pérdida de amor*, la angustia ante el superyó* y la angustia social*. Como ya vimos, todas estas angustias señales pueden fallar -por alguna causa psíquica (esquizofrenia*), o no psíquica (neurosis actuales)- y entonces el aparato psíquico es invadido por la cantidad de excitación y, por lo tanto, la angustia automática ocupa el panorama.

Angustia ante el Superyó Tipo de angustia señal* sentida por el yo*, debido al hecho de que éste produce mecanismos defensivos frente a la moción pulsional, ante la amenaza de castigo recibida

desde el superyó*, cuando existe el peligro del avance pulsional proveniente desde el ello*. Implica la formación del superyó, entonces, producida merced a la introyección de la figura de los padres (principalmente el padre), corno identificaciones secundarias* prohibidoras y castigadoras de la satisfacción pulsional. Así los sentía el sujeto en su infancia. Después del hundimiento del complejo de Edipo* devinieron en identificaciones*. La sola presencia del deseo* Inc. investido es pasible de sanción para el superyó. Esto refuerza, por un lado, la necesidad de su desconocimiento con la utilización de los mecanismos de defensa* del yo, los que producen el desconocimiento del deseo, de todas maneras insuficiente para el yo, ya que al tener el superyó una parte inconsciente*, capta al deseo Inc. pulsional in statu nascendi, produciendo el yo de todas maneras la señal de angustia, que luego toma el matiz del sentimiento de culpa*. La angustia* ante el superyó remite a la angustia de castración* en el varón y a la angustia de pérdida del amor* del objeto* en la mujer, que eran las angustias más temidas durante el período del complejo de Edipo, cuyo sepultamiento* y represión* originó la formación del superyó. Para evitar la angustia ante el superyó, también se generan entonces mecanismos de defensa. Este tipo de angustia señal es el que predomina en la neurosis obsesiva*, en la que son típicos el aislamiento* y la anulación de lo acontecido*. En las fases más tardías de la neurosis obsesiva la angustia coincide con el sentimiento de culpa, culpa del yo ante el superyó, independiente de los hechos de la realidad* (por ejemplo las leyes sociales). Obviamente la angustia ante el superyó también pareciera ser típica de la melancolía* aunque en esta afección el superyó ha tomado el poder sobre el yo y lo castiga sin piedad. La angustia ante el superyó puede aparecer en los tratamientos psicoanalíticos con la forma de angustia de muerte* o ante el destino (representantes del castigo del superyó).

Angustia automática Angustia* producida por la presencia en el aparato psíquico* de una hipercantidad de excitación libidinal. Es

como una repetición del trauma* del nacimiento, tal es la indefensión o desvalimiento* del psiquismo ante la tensión de necesidad. Tiene diferentes causas: es la única existente en las neurosis actuales*, como expresión de un monto de excitación no ligado por el aparato psíquico; o como expresión neurótica actual de toda neurosis de transferencia* en lo que concierne a la porción de excitación no ligada a representaciones*. También aparece cuando, por alguna causa, la angustia señal* utilizada por el yo* falla o los mecanismos de defensa* no han funcionado ante la angustia señal, siendo arrasado el yo por la excitación, generando así ataques de angustia en las neurosis históricas o transferenciales. En la psicosis* esquizofrénica, dados la grave alteración del yo y el retiro de la investidura de las representaciones-cosa* Inc. con la pérdida del deseo* objetal consiguiente, la cantidad de excitación* queda sin posibilidad de ser ligada y se expresa automáticamente como angustia o, mejor dicho, como angustia automática.

Angustia de castración Angustia* sentida por el niño varón cuando comprende la diferencia de los sexos en términos de fálico-castrado. En este período (fálico) el niño comprende el genital femenino confundiéndolo con la falta del masculino, merced a un juicio* basado en la percepción* (que lo es de una falta), el que le acarrea la angustia realista* de que sea una posibilidad cierta el que ese peligro le pueda ocurrir a él. A posterior¡* deviene en la angustia señal* por excelencia (posteriormente al hundimiento o represión* del complejo de Edipo* e instauración del superyó* en el aparato psíquico*). La angustia de castración aparece, entonces, en la cumbre del complejo de Edipo y es generadora de las neurosis infantiles (el pequeño Hans, el “hombre de los lobos”*), generalmente zoofobias*, relictos del totemismo*; luego va tomando las características del símbolo mnémico* que cultiva en su “almácigo” el yo* para producir sus mecanismos de defensa* ante lo que siente como el peligro pulsional. La angustia de castración es también un nivel de angustia señal, más alto en su complejidad que la angustia

de pérdida de objeto*. Se la siente básicamente ante el padre, rival edípico, y es resultado, en la hipótesis filogenética freudiana, de que en las épocas de la horda primitiva*, éste castraba a sus hijos para poder poseer a todas las mujeres de la horda, En Inhibición, síntoma y angustia (1925) dice Freud que la angustia de castración remite a la angustia de pérdida de objeto, pues la posesión del pene sería la condición para, en este nivel, poder tener* a éste. El reconocimiento definitivo de la diferenciación sexual, con toda su conflictiva a cuestas, trae mayor complejidad al vínculo con el objeto*. La carencia objetal remite, en última instancia, al peligro de volver a caer en la tensión de necesidad, la angustia automática*. La angustia de castración sería una angustia señal que llevará al yo a hacer efectivos, automáticamente, sus mecanismos de defensa, generando así nuevas mediaciones que lo alejen de ese peligro. En el adulto la angustia de castración es reemplazada por lo general por la angustia ante el superyó* y la angustia social*, cuyo sustrato es en el fondo. Pero esas angustias implican un grado aún mayor de mediación y complejidad. La angustia de castración será factor principalísimo en la creación de síntomas neuróticos, en las así llamadas neurosis históricas o de transferencia*, principalmente la histeria de angustia* y sus fobias*. Es interesante acotar que el yo realidad definitivo* culmina su constitución en el período fálico, cuando el falo haciendo caer bajo su supremacía al resto de las zonas erógenas* les da una unidad, la que va a ser llamada yo. Esto es otra muestra de la importancia de la angustia de castración en la constitución del aparato psíquico masculino (mayor imperativo categórico, mayor dramaticidad en la formación del superyó, la que a su vez es más temprana, termina con el complejo de Edipo y no en la pubertad, como en el caso femenino). Por lo demás, esta angustia es realista en el niño durante el complejo de Edipo, luego deviene en angustia señal cultivada por el yo y usada como símbolo mnémico ante las pulsiones* que pretenden retornar desde lo reprimido* y satisfacer la sexualidad infantil* reprimida primariamente, y de las cuales el yo se defiende con sus represiones secundarias* o mecanismos de defensa.

Angustia de muerte

Tipo de angustia realista* preconsciente*, que resulta una forma de elaboración secundaria* de la angustia ante el superyó* inconsciente* (por ejemplo: como angustia* ante el destino), y en ocasiones la angustia de castración*, también inconsciente (por ejemplo: angustia ante los accidentes, enfermedades venéreas, etcétera). No hay representación-cosa* inconsciente de la muerte propia, pues no pudo haber vivencia de ella. Las representaciones* surgen de las vivencias, son huellas de éstas en última instancia. Para tener una noción de la muerte propia e incluso de la ajena, hay que poseer representación-palabra* que permita pensarlas preconsciente o conscientemente. A partir de ahí, entonces, se vinculan la muerte ajena con la propia, pero apenas si se tienen teorías, fantasías y representaciones exteriores básicamente creadas merced a las palabras (“el frío de los sepulcros”) hablando de la muerte y no una representación cabal o vívida de lo que es. Por lo tanto, la angustia de muerte resulta una elaboración preconsciente de la angustia. La angustia señal* se produce ante el peligro. El peligro real durante el complejo de Edipo* es la--- castración; antes lo había sido la pérdida del objeto, y después el castigo del superyó, todos a su vez niveles de mediación ante la indefensión o desvalimiento* frente a la cantidad de excitación* o tensión de necesidad, cuyo prototipo es el trauma* del nacimiento.

Angustia de pérdida de amor Tipo de angustia señal* percibida principalmente por la niña al entrar en el período fálico, por lo tanto, en el complejo de castración*. Al comprender la diferencia de su cuerpo con el del niño, en fin, con lo que ella entiende como niño no castrado, comprende ésta como si a ella le faltara el genital y no como sexo femenino (proceso al que deberá llegar trabajosamente el yo*, tras un esfuerzo de actividad de pensamiento* complejo y al que arribará en la pubertad, en el mejor de los casos). Por lo tanto, en la época de este crucial descubrimiento, sucumbe a la envidia del pene*. Se agrega a la diferencia anatómica el hecho de que aparece

una desigualdad con respecto al niño en la constitución del yo, dado que el falo no tendría en este caso la suficiente primacía (véase: primacía fálica) sobre el resto de las zonas erógenas* (el falo es el clítoris en todo caso, de ahí la envidia). Lo que en el período del complejo de castración en la niña es entendido como falta de genital, paulatinamente es reemplazado por el cuerpo erógeno todo, y la vagina en particular (pensemos en lo difuso y generalizado del orgasmo femenino). Por eso el narcisismo* de la mujer no se constituye de un principio como “amor propio” sino que predomina en ella una necesidad* de ser amada, lo que la hace más dependiente del objeto*. También esto puede ser otro elemento que puede ayudar al hecho de que algunas mujeres constituyan su yo más como objeto que como sujeto. En el período del complejo de castración, en la niña la necesidad de ser amada (en un principio por la madre) se hace extrema; de ahí lo intenso de la angustia de la pérdida de su amor. Posteriormente viene, por lo común, un tiempo en el que culpa a la madre por su minusvalía, rompe con ella, y pasa a querer poseer un hijo, símbolo del pene anhelado (a este pasaje se lo llama ecuación simbólica). Por este camino conducente a su feminidad, encontrará al padre como objeto y pasará a sentir angustia ante la pérdida de amor de éste, de quien ahora espera su hijopene. Más tarde, en la adolescencia, hará su elección definitiva de objeto* exogámico*, elección que llevará incluida la historia con sus objetos primarios y las angustias* correspondientes. El superyó* femenino tarda más que el masculino en constituirse, asimismo es menos drástica su forma de estructuración. La angustia de la pérdida de amor femenina se prolonga más en el tiempo y probablemente esto influya incluso en la generación de diferencias respecto de las angustias posteriores, frente al superyó* y la angustia social*. La angustia de pérdida de amor “[...] desempeña en la histeria un papel semejante a la amenaza de castración en las. fobias, y a la angustia frente al superyó en la neurosis obsesiva” (1925, A. E. 20:135), lo que seguramente tiene alguna relación con que la histeria sea predominantemente femenina.

Angustia de pérdida de objeto

Angustia* sentida por el bebé cuando en su camino de salida del yo placer purificado* (en el que el objeto* en la medida en que producía placer* era considerado yo*) va reconociendo poco a poco a la madre como objeto de placer, como no-yo, por lo que pasa a ser deseada (recordemos que en el yo placer se reconocía como no-yo todo lo odiado). Comienza a pasar de la categoría ser*, a la categoría tener*, por lo tanto, a la posibilidad de no tener; esta posibilidad generará angustia pues la presencia del objeto se ha mostrado importantísima, hasta imprescindible, para no ser invadido por la tensión de necesidad*, la cantidad de excitación*, en otras palabras, la angustia automática* del trauma* del nacimiento. Esta angustia de pérdida de objeto es la primera angustia que actúa como señal, generadora de mecanismos de defensa* del yo, inconscientes algunos, y de formas de defensa que aunque no se las pueda considerar mecanismos quizá sean las más eficientes que pueda tener el yo. Fruto de este tipo de angustia, irán surgiendo entonces los juegos infantiles, el lenguaje*, etcétera, que harán las veces del objeto de placer al que, de esta manera, se podrá tener. La angustia de pérdida de objeto se expresa en la clínica básicamente como angustia ante la soledad, la oscuridad, la presencia de extraños, etcétera. De todas maneras, también esta angustia tiene como trasfondo a la angustia de castración*. La angustia de pérdida de objeto consiste en una señal que es producida en ínfima cantidad por el yo, lo que hace que automáticamente y en forma inconsciente surja el mecanismo de defensa que originará una formación sustitutiva*, una transacción, la que producirá el efecto buscado de inconscientizar a la pulsión*, y en este sentido será eficaz. Esta forma de angustia no necesita explicación económica, es producida por el yo (como todas las angustias señales*) con ínfimas cantidades y basándose en el recuerdo*, la representación* peligrosa. El resultado del mecanismo defensivo puede ser la generación de síntomas*, rasgos de carácter*, etcétera. En el adulto se puede producir por regresión* yoica, pues es más primitiva (la distinción yo-objeto de placer, en el período infantil en que este tipo de angustia predomina, es menos clara) que la angustia de castración, la angustia ante el superyó* y la angustia social*, aunque se pueden mezclar y ser difíciles de distinguir. Es el tipo de angustia predominante en los

mecanismos defensivos (desmentida*) de la amencia de Meynert*. Si por alguna causa los mecanismos defensivos yoicos fallan, puede devenir el ataque de angustia y producirse la angustia automática, la cual sí tiene explicación económica, pues es producida por la cantidad de excitación, o lo que es lo mismo, la invasión de la tensión de necesidad.

Angustia neurótica A diferencia de la angustia realista*, esta angustia* no se siente frente a la percepción* de un peligro exterior sino frente a uno interno, aunque éste sea inconsciente*, o mejor, a pesar de que el yo* lo desconozca. Es la angustia del yo frente a sus pulsiones*, mejor dicho frente al peligro exterior que paulatinamente las pulsiones implican a medida que se distingue al yo del objeto* de placer* (la pérdida, la castración), su satisfacción o el deseo* de su satisfacción. En el niño, durante el período del complejo de Edipo*, la angustia de castración* es realista, luego, en el adulto, es una señal recordatoria de aquella angustia; pasa así a convertirse en angustia generadora en el yo de mecanismos de defensa*, los que cuando fallan pueden ser origen de síntomas*. Entonces angustia neurótica es, a la vez, producto de neurosis y generadora de neurosis. Otro capítulo es el de las neurosis actuales* en que la angustia no está ligada a representaciones*, expresión automática de la cantidad de excitación*. En la esquizofrenia*, la angustia se explica como en las neurosis actuales pero las causas son diferentes. En este padecimiento psicótico narcisista, el arrasamiento del aparato psíquico por la cantidad de excitación que se produce ante la desinvestidura* de sus representaciones-cosa* Inc., deja a la cantidad de excitación sin ligadura, o con una ligadura endeble porque la representación-palabra* no está sustentada por la representación-cosa, ahora desinvestida o proyectada* (como, por ejemplo en los delirios* paranoides).

Angustia realista Estado afectivo displacentero particular que se siente frente a la percepción* de un peligro exterior. Se asimila al miedo, afecto* que queda después de la vivencia de dolor*. Dice Freud: “[...] la angustia realista aparece como algo muy racional y comprensible. De ella diremos que es una reacción frente a la percepción de un peligro exterior, es decir, de un daño esperado, previsto; va unida al reflejo de la huida, y es lícito ver en ella una manifestación de la pulsión de autoconservación” (1917, A. E. 14:358). Renglones más abajo pone en tela de juicio la adecuación de la respuesta angustia* ante el peligro, diciendo que la respuesta adecuada sería enfrentarlo o huir. Entonces la angustia realista es adecuada si es una simple señal que permite al yo* encontrar la acción adecuada, si la angustia por el contrario paraliza al yo, éste pierde la posibilidad de autoconservarse. En Inhibición, síntoma y angustia (1925) incluye como angustias realistas, las angustias sentidas por el niño en su proceso de reconocimiento del objeto* como fuente de placer*: como son la angustia de pérdida de objeto* y la angustia de castración*. Son angustias realistas desde que (en esa época) el peligro proviene del exterior. Dejan de ser realistas cuando son usadas a posteriori* por el yo, como señales basadas en recuerdos* para generar los mecanismos de defensa* contra las pulsiones* provenientes del interior del cuerpo.

Angustia señal Señal producida y sentida por el yo*, el que la utiliza para lograr dominar a la pulsión*. Esto lo hace mediante los mecanismos de defensa* ante ella. Utiliza para ello el principio de placer* en contra de la satisfacción pulsional, paradójicamente, pues tras la instalación de la represión primaria* la posibilidad de la satisfacción pulsional le generaría displacer* (angustia*) al yo. Al enviar el ello* una investidura de deseo* pulsional Inc. (o lo que es lo mismo, una representación-cosa* investida buscando representación-palabra* para poder ser conocida por la

consciencia* perteneciente al yo), el yo puede no aceptarla como propia produciendo la angustia señal, para lo que utiliza el recuerdo* de momentos de angustia que fueron reales en la infancia, por ejemplo: la visualización del genital femenino en el caso de la angustia de castración*. La angustia señal está basada, entonces, en la experiencia. Éste es el caso de la angustia de pérdida de objeto* cuando el bebé comienza a reconocer al objeto* como tal. También el de la angustia de castración que surge en la etapa fálica del varón, cuya contrapartida en la mujer es la angustia de la pérdida de amor* del objeto. En el adulto no neurótico (a excepción del neurótico obsesivo en el que predomina la angustia ante el superyó*, pero como amenaza de castigo inconsciente) las angustias señales suelen ser las que se producen ante el superyó* y la angustia social*. La angustia señal es para el yo un recurso sumamente eficaz para dominar a la pulsión, si bien muchas veces costosísimo, los daños en su estructura son un efecto no buscado (por lo menos dentro del principio de placer) que no puede atribuirse a la angustia señal sino a los mecanismos defensivos que produce el yo gracias a ella. Así y todo es de subrayar la eficacia defensiva; ante la señal automáticamente se desinviste* la representación* (de palabra o de cosa según el caso, lo que también va a indicar niveles de gravedad en la patología o alteración del yo) y la pulsión, “desactivada”, pierde su eficacia.

Anulación de lo acontecido Mecanismo de defensa* o forma de la represión secundaria* por la cual, utilizando el pensamiento* mágico, se hace “desaparecer” algo sucedido, en la mayoría de los casos realizado o fantaseado previamente por el mismo sujeto. La anulación de lo acontecido es un mecanismo yoico inconsciente* típico de la neurosis obsesiva* y produce en general los llamados “síntomas* en dos actos”, donde el segundo cancela al primero como si nada hubiera ocurrido. También es generador de ceremoniales obsesivos*. Ambos actos son compulsivos, a pesar de que el yo* del sujeto intenta explicarlos con racionalizaciones*. La representación-cosa* de la pulsión* del ello* prohibida

por el superyó*, recibe investidura preconsciente* de palabra (aunque ligeramente desplazada* de la original, disfrazada) a pesar de no haber sido nunca aceptada como propia por el yo. Tenemos entonces una representación de deseo* preconsciente, aunque no aceptada como propia por el yo, al que se le impone como pensamiento compulsivo, incluso puede llegar a acción compulsiva (véase: compulsión). Ésta es la transacción a la que llega el yo con la pulsión al sentir la angustia señal* frente al superyó. Como para justificarse ante éste debe realizar el segundo acto, en el que consiste estrictamente la anulación; utilizando la magia*, el yo consigue hacer “desaparecer” el hecho realizado, o la fantasía* no actuada, como si nada hubiera sucedido. La anulación de lo acontecido es generadora de múltiples síntomas de la neurosis obsesiva: a) los síntomas de dos tiempos: lavarse y ensuciarse las manos, abrir y cerrar las llaves del gas (el famoso sacar y poner la piedra del “Hombre de las ratas”), etcétera, y b) los síntomas de un solo tiempo, un solo tiempo de acción, cuando el “primero” se ha quedado en fantasía. (Este último caso es el trasfondo de muchos ceremoniales obsesivos.) El síntoma en dos tiempos es expresión a su vez de la ambivalencia* afectiva, la expresión del amor*-odio* en dos momentos diferentes. Esta técnica cumple además un papel destacado en las prácticas de los encantamientos, en los mitos* de los pueblos y los ceremoniales religiosos, pues es tributaria de la primitiva actitud animista hacia el mundo circundante. Podemos decir que la anulación tiene relativamente poco ,éxito en reprimir a la pulsión, la que, especialmente en los síntomas de dos tiempos, puede llegar a la acción más o menos simbolizada, aunque luego sea anulada. Además, suele necesitar extenderse a la manera del parapeto fóbico*. En todo este lapso, hasta que se consigue la anulación, la angustia* se hace presente.

Añoranza, investidura de Intensa investidura de la libido* objetal que se produce ante la realidad* irreparable de una pérdida de objeto*. La añoranza es por la sobreinvestidura que al no poder

satisfacerse, no tiene posibilidad de salida, produciendo el dolor* psíquico durante el proceso de duelo*. En el caso del dolor* físico hay para Freud una cantidad de excitación* proveniente de las “masas en movimiento” del mundo exterior (Proyecto de psicología, 1950a [1895]) que penetró en el cuerpo por una solución de continuidad de su superficie. También puede ser por una enfermedad de alguno de sus órganos, a la que se agrega un monto de libido narcisista que se agolpa en el órgano dolorido (1925). Algo análogo ocurre en el caso del dolor psíquico. Hay un agolpamiento muy intenso, pero ahora es de libido objetal, investidura de añoranza. La realidad muestra que el deseo* del objeto perdido no se satisfará nunca más como otrora, con lo que aquel se intensifica y choca ante la imposibilidad real, situación que se repite en cada ocasión que remeda al objeto perdido. El proceso de duelo consiste precisamente en el ir despegando de la realidad la investidura de añoranza. Este proceso se podrá realizar en tanto la investidura predominante haya sido de libido objetal, pues si la elección de objeto* previa fuera predominantemente narcisista* se producirá seguramente retracción libidinal*, la que volverá al yo*, como en el caso de la melancolía*. En esta última, el sentimiento de culpa* del yo ocupa el lugar de la añoranza por el objeto.

Aparato psíquico Modelo para representar el funcionamiento psíquico. Probablemente Freud lo tomó del materialismo mecanicista de fines del siglo pasado, principalmente a través de la escuela de Helmholtz, también siguiendo el modelo anatómico y fisiológico (aparato circulatorio, aparato respiratorio, etcétera). Al llevarlo hasta sus últimas consecuencias, muy rápidamente lo deslindó de localizaciones anatómicas o neurofisioquímicas, sin por eso dejar de pensar que de alguna manera éstas existieran, más bien lo enfocó desde otra óptica. Su terreno fue la psicología, generando una nueva manera de entenderla. Si bien el modelo es mecanicista predomina en la explicación de su funcionamiento la dinámica psíquica, su funcionalidad y su sistematización. Está constituido por un intrincado

mecanismo con distintos elementos que se acoplan u oponen entre sí. Este aparato psíquico se “construye” paulatinamente y se hace más complejo a medida que se van teniendo nuevas experiencias. Su descripción corresponde a la metapsicología freudiana; por lo tanto tiene un sentido tópico, uno dinámico y uno económico. La teoría del aparato psíquico tiene, a lo largo de la obra freudiana, desarrollos, confirmaciones, agregados, rectificaciones y/o cambios. En el manuscrito Proyecto de psicología (1895) -publicado póstumamente en 1950, que forma parte de su correspondencia con Fliess y es contemporáneo a otros intentos similares de la época como el de Sigmund Freud y el mismo Breuer en la parte teórica de los Estudios sobre la histeria (1893-95)- expone un aparato psíquico con cierta raigambre anatómicohistológica, de la que en el transcurrir del texto paulatinamente va desprendiéndose. Habla ahí de neuronas * que alojan a las representaciones* primero y paulatinamente aquellas van deviniendo en éstas, lo que se hará explícito en el capítulo VII de La interpretación de los sueños (1900). Se observa en el “Proyecto” una metodología de pensamiento sumamente rigurosa, como la de un fisiólogo que pondrá bajo el microscopio a los temas psicológicos. Se vislumbran en esta obra ideas que serán desarrolladas muchos años después, y su lectura se torna imprescindible para poder entender razonamientos muy posteriores. Postula ahí un aparato psíquico compuesto por neuronas y cantidad de excitación*, una cantidad a la que no toleran, y toda la compleja defensa* que la red neuronal debe desarrollar, entonces, para no estar a merced de ella. Hay neuronas fi, neuronas psi y neuronas omega . Las neuronas fi están en contacto con el mundo exterior y reciben las grandes excitaciones provenientes de éste a las que atenúan, por medio de filtros o pantallas defensivas; la excitación atraviesa estas neuronas sin dejar rastros, los que pasan a quedar registrados en otras que son las encargadas de la memoria: las neuronas psi. Por último, la cualidad* perceptual es registrada por las neuronas omega, las que no registran las cantidades, sino la temporalidad de sus movimientos, el período*. El aparato psíquico se constituye en íntima relación con el vínculo objetal, pues se pone en movimiento después de las vivencias de satisfacción* y dolor* vividas con el objeto*. Estas vivencias dejan huellas mnémicas* en él, principalmente del objeto,

que al unirse con las cantidades de excitación que provienen de las vías de conducción corporales configurarán los deseos* objetales. Al nacer el deseo queda inaugurado el principio de placer*. Se explica también en el “Proyecto” la actividad de pensamiento*, la defensa primaria, la defensa normal y patológica, y todo su esquema se hace más complejo paulatinamente. También Freud habla aquí de un yo*, sede del proceso secundario*, forma de inhibición* de la alucinación* (esta última propia del proceso primario*), para lo que se necesita instaurar el principio de realidad*, que de esta forma se genera. Cinco años después, en La interpretación de los sueños (1900), se separa definitivamente del modelo anatómico pasando a hablar de tópica y lugares psíquicos virtuales (imaginarios). El aparato psíquico que describe en el capítulo VII de esta obra es completado en 1915 en su célebre “Metapsicología”. Tiene el arco reflejo como base dinámica del esquema, el que posee a su vez una puerta de entrada y una de salida de la cantidad de excitación (libidinal en general). La cantidad de excitación penetra por el polo perceptual*, deviene por un lado en quantum de afecto* y es percibida como displacer* en aquel, genera además una tendencia, que al irse ligando a representaciones, toma el nombre de deseo. Tales representaciones son de dos tipos: representación-cosa* primero y representación-palabra* después, cuando el sujeto aprende el lenguaje*. Gracias a las representaciones-palabra la consciencia* conocerá a las representaciones-cosa y por lo tanto podrá pensarlas y eventualmente conducir la libido* al polo motor*, donde debe terminar el circuito con una acción específica* que descargue la pulsión* en la fuente. Descarga que será, entonces, sentida por el polo perceptual como placer*. Todo esto ocurre en el caso de ser la pulsión aceptada por el preconsciente*, o sea una vez superadas las censuras*. En cuanto a las censuras existen tópicamente dos: la de represión*, situada en el límite entre el Inc. y el Prec., es la que va formando el Inc. reprimido con las pulsiones de la sexualidad infantil* que culminó en el complejo de Edipo* y cuyos retoños (o sea deseos análogos o contiguos a los reprimidos e identificados por eso con ellos) son a su vez reprimidos, lo que genera los síntomas* neuróticos, la angustia*, los sueños*, los actos fallidos* en general, etcétera. La segunda censura es consciente y refuerza a la primera. Está basada en la sustracción de la investidura de

atención* Cc., y es la que el analista le pide al paciente que suprima para cumplir con la “regla fundamental”* de la técnica psicoanalítica*. Resumiendo: este nuevo esquema está compuesto por inconsciente*, preconsciente* y consciencia*. Al Inc., sede de los deseos infantiles reprimidos por la represión primaria* (originalmente, en la infancia), posteriormente se le van agregando los retoños análogos o contiguos, incluso opuestos y por eso identificados con aquellos, por lo que pasan a ser reprimidos por la represión secundaria* o represión propiamente dicha. Ambas características (primaria y secundaria) corresponden a la represión, primera forma Inc. de censura que escinde al aparato psíquico en un Inc. y un Prec. A ella se agrega como refuerzo, la segunda censura, consciente. En el inconsciente (Inc.) hay representaciones-cosa. Entre ellas la energía* fluye libremente (proceso primario) siguiendo las leyes de la asociación*, buscando identidades de percepción* y utilizando condensaciones* y desplazamientos*, para ello. Es el tipo de funcionamiento mental propio, pero no exclusivo, de los sueños. Escindido del inconsciente merced a la represión está el preconsciente (Prec.), compuesto principalmente de representaciones-palabra, las que entre otras funciones representan a las representaciones-cosa ante la consciencia, lo que les da el nivel más alto de ligadura, con fuerte investidura y débil desplazamiento, característica del proceso secundario, de la actividad de pensamiento, gracias a la cual también busca la identidad con lo deseado, pero ahora la identidad de pensamiento*. Las representaciones-palabra pertenecen al lenguaje, forma creada por el género humano para que lleguen los deseos a la consciencia (circunscribiendo ésta, como hace Freud, a un mero aparato perceptual*), para lo que ésta lo único que debe agregarle a ellas es una investidura de atención. Por lo tanto si la palabra es el medio más idóneo para conocer los deseos, también será el medio elegido por la represión para su propio objetivo, que es el de desconocer. Utilizará las leyes de la asociación para reemplazar las representaciones -palabra originales por otras contiguas o análogas y así conseguir sustraer la investidura Prec. alas representaciones que ahora pasarán al Inc. reprimido, o “al estado de represión”. Esta sustracción de investidura Prec. será uno de los mecanismos de la represión secundaria o propiamente dicha, que junto a la atracción de la

compulsión de repetición* del Inc. y a la contrainvestidura* (éste a su vez único mecanismo de la represión primaria), son los otros mecanismos que forman parte de aquella, también traducida como “a posterior¡* de la represión”. La representación Prec. debe a su vez también vencer una censura consciente para poder ser hablada, expresada y regida más firmemente todavía por el proceso secundario, al tener la palabra emitida, incluso escrita, un efecto real, social, de comunicación. Si no vence esta censura consciente, puede permanecer más en el terreno de la fantasía* y acercarse a las representaciones mestizas entre Prec. e Inc. regidas por el principio de placer, pero con palabras y con cierta lógica del proceso secundario. Estas fantasías o sueños diurnos se pueden convertir rápidamente en retoños del Inc. y generar síntomas neuróticos, sueños, etcétera. En el último artículo correspondiente a la metapsicología de 1915 al hablar del duelo* y la melancolía* aparece el tema de la identificación*, que reaparece poco después como uno de los mecanismos generadores de la masa* en Psicología de las masas y análisis del yo (1921). En estas dos obras (Duelo y melancolía y Psicología de las masas y análisis del yo) reaparece, desplegándose más, el tema de la identificación y también el del yo, el que es constituido básicamente por aquella. En la segunda obra lo hace a través de la conceptualización del líder de la masa, así como del ideal del yo* como una parte del yo diferenciada de él. En 1920 expuso su segunda teoría pulsional, tratando de explicar fenómenos repetitivos en la conducta de los pacientes, que pareciera funcionan no regidos por el principio del placer, sino más allá de él. Todos estos factores, más la observación clínica de la resistencia* inconsciente a la curación, van haciendo que el objetivo terapéutico se amplíe en adelante y sea importante no sólo hacer consciente lo reprimido, sino también lo represor. Esto último, a pesar de ser desconocido por el paciente, no puede pertenecer sino al yo. Lo que lleva a replantearse o a complejizar el aparato psíquico, que ya no alcanza para explicar todos estos fenómenos. Por lo pronto se hace imprescindible la descripción del yo como estructura y el hecho de que una parte importante de él sea inconsciente; por lo demás hay que dar cuenta del ideal del yo y de la consciencia moral*, tan sobresaliente en algunos cuadros clínicos como la neurosis obsesiva* y la melancolía. En El yo

y el ello (1923) se expone entonces la segunda tópica o teoría estructural. Ahora el aparato psíquico posee un ello* inconsciente, con la salvedad de que no todo lo inconsciente está en el ello. En el ello están todas las pulsiones provenientes del cuerpo con sus representaciones-cosa, además de las tendencias heredadas filogenéticamente. Las representaciones-cosa reprimidas son solamente una parte del ello. El yo surge en la periferia del ello, en el contacto de éste con la realidad*. Se forma esencialmente de identificaciones con atributos de los objetos (primarias, esencialmente). El yo es la sede principal de las representaciones-palabra y del proceso secundario. Se rige, en su parte Prec., por el principio de realidad, realiza entonces el examen de la realidad*, es también la sede del pensamiento el que posee, entre otras más, una función sintética, ésta debe hallar una síntesis entre amos opuestos a los que sirve permanentemente: las pulsiones, el superyó* y la realidad. En esta difícil tarea se puede resquebrajar y producir las escisiones del yo*. Tiene, hasta cierto punto, el control de la acción. Hemos anticipado que una parte del yo es Inc. Dicha parte lo provee, merced a la ayuda del principio de placer por el que pasa a regirse (reprime o se defiende de las pulsiones, pues el poder sentir a éstas como propias lo angustia), de recursos defensivos ante la angustia señal* que él mismo cultiva en su “almácigo” y emite como aviso del peligro que podría acarrear la satisfacción de las pulsiones provenientes del ello. Otra parte del yo se escinde de él, lo observa, se le enfrenta, lo critica, vigila y castiga al yo, si éste no es como lo quiere el ideal. Esta parte, esta tercera instancia (superyó-ideal del yo) tiene un triple origen. Es la experiencia heredada de la especie que se repite de alguna manera (simbólicamente) en la experiencia individual. En esta hipótesis filogenética Freud incorpora muchos de sus pensamientos acerca del origen de la comunidad humana (parricidio, prohibición del incesto, alianza fraterna*, totemismo*, etcétera). Además de heredado, el superyóideal del yo resulta de la transformación, en el adulto, del narcisismo* infantil, para el cual era yo todo lo placentero (básicamente, esta transformación corresponde al ideal del yo, la segunda parte de la expresión compuesta, “superyóideal del yo”). Por último, el superyó es de nuevo heredero, esta vez no de la especie, sino de la propia prehistoria del individuo, de su complejo de Edipo. En él quedarán como

precipitado las identificaciones secundarias* con los progenitores, ocupando el puesto principal el padre omnipotente de la infancia y sus sustitutos posteriores (maestros, guías espirituales, líderes de todo tipo). Se constituye así la consciencia moral. Podríamos decir que el superyó está hecho de aspiraciones y prohibiciones. La conscíencia moral prohíbe, básicamente, el incesto y el parricidio y sus derivados. El ideal del yo exige perfección, la perfección de la que gozaba el yo omnipotente de la infancia. Tanto en forma filogenética como tópica el superyó enraíza en el ello. Se genera así el “sentimiento inconsciente de culpa”*, también llamado por Freud “necesidad de castigo”*, producto de la desmezcla pulsional* generada por la desexualización* de la pulsión sexual* exigida por el ideal a través de la sublimación*. En aquella “resistencia del superyó” (Inhibición, síntoma y angustia, 1925), el Destino con mayúscula pone a prueba todos los recursos terapéuticos del psicoanálisis.

A posteriori Característica particular de la pulsión sexual* por la cual se traslada en el tiempo una situación de excitación por lo genera traumática (cantidad de excitación* ocurrida a destiempo, cuando no hay posibilidades de ligadura psíquica), y por la que aquella sensación (o la defensa* ante ella), se hace actual. Se corresponde con la necesidad* de investidura* previa que poseen todos los órganos perceptuales, entre ellos las zonas erógenas*, para captar las sensaciones producidas por los estímulos (los objetos*), relacionar éstos con representaciones* de otras situaciones similares previas y encontrar cierto grado de identidad -por lo menos en lo que concierne a la sensación y conseguir ligaduras de pensamiento*, comprendiendo así sus experiencias. Este hecho (la necesidad de la investidura perceptual previa al estímulo) es causante de que la estimulación de una zona erógena, cuando ésta no está previamente investida (por ejemplo: una estimulación genital en un niño en que todavía predomina el erotismo anal* o el erotismo oral*), se torne traumática, y no precisamente cuando sucede el hecho traumático (aunque

éste deje un punto de fijación*), sino cuando el sujeto haga su entrada en la etapa erógena correspondiente (o en su reedición en la pubertad). Sólo entonces estarán investidos el órgano y las representaciones ligadas con las vivencias de placer* que a través de él se produjeron, y estas vivencias retornarán desde lo reprimido*, y se tornarán traumáticas “a posteriori”, lo que generará síntomas* neuróticos. Este concepto fue trabajado por Freud en el Proyecto de psicología 1950a [1895] y retomado con todo su esplendor y brillantez en el caso del “Hombre de los lobos” correspondiendo a una revitalización de la teoría del trauma* sexual y a su vez una complejización de ella.

Apremio de la vida (ananke) También llamado necesidad*. Está referido al quebrantamiento del principio de inercia* al que están sometidos los organismos complejos al recibir estímulos desde el elemento corporal mismo, estímulos endógenos luego llamados pulsiones* que deben ser descargados, pues pugnan por ello. Éstos provienen de células del cuerpo y dan por resultado las grandes necesidades: hambre, respiración y sexualidad. El quebrantamiento del principio de inercia se crea por el desfase entre la cantidad de estímulo que provee la necesidad y la cantidad de energía necesaria que posee el organismo para satisfacerla. Al ser esta última menor es imprescindible el pasaje a un nuevo nivel que guarde energía para poder realizar la acción específica* en el momento oportuno. El organismo necesitará, entonces, mantener un nivel de energía constante (principio de constancia*). Esta cantidad de energía constante permanecerá ligada a representaciones*, dando origen al aparato psíquico* en general y al yo* en particular. La energía proveniente del cuerpo que demanda la acción acorde a un fin, se corresponde probablemente con lo que Freud en Pulsiones y destinos de pulsión (1915) llama el esfuerzo (Drang) de la pulsión. O sea “[ ... ] su factor motor, la suma de fuerza o la medida de la exigencia de trabajo que ella representa (reprasentieren). Ese carácter esforzante es una propiedad universal de las pulsiones, y aun su esencia misma” (1915, A. E. 14:117).

Apronte angustiado Estado de sobreinvestidura*, con energía quiescente* (ligada), del aparato perceptual o sistema de percepciónconsciencia (PCc.) del yo* (atención*), preparado ante el peligro. Es en realidad el último bastión de la protección antiestímulo*. Freud piensa que quizá haya sido el estado permanente del ser primitivo ante los peligros de la Naturaleza (1915). Un hecho exterior resulta traumático si consigue superar la barrera protectora antiestímulos; o si al no existir esta sobreinvestidura de atención en el momento del hecho, se produjo la invasión de estímulos, por lo que el aparato psíquico no pudo ligarlos con representaciones* del pasado, apareciendo la sensación de terror*. La secuela del suceso traumático es la neurosis traumática*, con sus síntomas* típicos, como los sueños* repetitivos del hecho traumático. Estas repeticiones no están, en forma directa al menos, al servicio del cumplimiento de deseo*, “[...] buscan recuperar el dominio (Bewaltigung) sobre el estímulo por medio de un desarrollo de angustia cuya omisión causó la neurosis traumática” (1920, A. E. 18: 3 l). Si se consigue cierta ligadura del estímulo, éste pasa a pertenecer al principio de placer* y la búsqueda de cumplir con el deseo. Sucede que el polo de percepción consciencia (PCc.) necesita estar investido para poder soportar mejor los estímulos externos; una vez rebasado, el aparato psíquico repite el hecho (en sueños por lo común y en ocasiones en acciones), por compulsión a repetir* por un lado, y por otro para lograr la sobreinvestidura angustiada que podría ligar la cantidad de excitación* a las otras representaciones de la historia previa del sujeto. Resulta interesante agregar que en el caso de las neurosis actuales*, como la neurosis de angustia*, Freud describe un estado base de la misma que llama “expectativa angustiada” y lo describe como un estar alerta permanente ante el peligro, claro que el peligro (para el aparato psíquico) en este caso es la cantidad de excitación sexual somática no descargada o mal descargada y no el mundo exterior. Pero el estado expectante, con un polo perceptual sobreinvestido con

hiperinvestidura de atención, productora de angustia*, es similar.

Apuntalamiento o apoyo Camino facilitado por la pulsión de autoconservación del yo* a la pulsión sexual* para escoger sus predominantes zonas erógenas* y sus elecciones de objeto*. “El quehacer sexual se apuntala (anlehnen) primero en una de las funciones que sirven a la conservación de la vida, y sólo más tarde se independiza de ella” (Tres ensayos de teoría sexual, 1905, agregado de 1915. A. E. 7:165). Formando parte primero de las sensaciones correspondientes a la vivencia de satisfacción* realizada con la madre, va separándose un plus de placer* que estaba unido en un principio a la pulsión de autoconservación, de la que la pulsión sexual paulatinamente se va separando, en forma independiente del hecho de que en las primeras épocas para la pulsión sexual predomine el yo-placer* que no distingue a la madre como objeto*. En cambio, ya en las primeras épocas para la pulsión de autoconservación es vigente el yo realidad inicial*. De ahí que en un sentido el objeto pueda ser reconocido como tal y en otro no tanto y pase a predominar el autoerotismo*. Cuando el incipiente yo* investido de pulsión sexual comienza o llega a reconocer al objeto como la fuente de su placer, se decide a tenerlo*; por ello el primer objeto elegido es la madre, tanto para la niña como para el niño. Después del complejo de Edipo*, una vez interiorizada la prohibición del incesto a través del superyó*, pese a ello y justamente sin que el yo se aperciba, se elegirá en general al objeto que posea atributos en algo semejantes a los primeros objetos, satisfacientes de sus pulsiones de autoconservación. De esta manera, se elegirá según los modelos de la madre nutricia o el padre protector. Si predominó más absolutamente el autoerotismo o el “yo placer purificado”, y no se pudo aceptar en forma importante la diferencia de los sexos, probablemente se haga elección de objeto de tipo más o menos narcisista*. Sin embargo, podríamos decir que en ambos casos, la pulsión sexual siempre se “apuntala” sobre la pulsión de autoconservación, sobre

todo cuando lo hace sobre los atributos de los primeros objetos; pero con más razón incluso en caso de hacerlo sobre atributos del propio yo.

Arte Una de las más elevadas creaciones de la cultura* humana, producto de la sublimación* de las pulsiones sexuales* infantiles rechazadas por esa misma cultura. El arte logra por un rodeo peculiar una reconciliación del principio de placer* con el principio de realidad*. El artista originariamente rechaza la realidad* al no poder aceptar la renuncia a la satisfacción pulsional que desde aquella se le impone. Se entrega entonces a sus fantasías* objetales (eróticas y de ambición); hasta aquí no se distingue del neurótico común, pero a diferencia de éste consigue retornar a la realidad, merced a dotes propias, transformando sus fantasías en un nuevo tipo de realidades valoradas por los demás hombres, las obras de arte. Consigue así en cierto modo ser el héroe*, el rey, el creador, el mimado de la fortuna que querría ser (para lo cual debe tener éxito como artista), sin necesidad de alterar profundamente el mundo exterior. Los espectadores o lectores u oyentes (todos los consumidores de arte), insatisfechos con sus propias pulsiones*, se identifican con la nueva realidad creada por el artista y participan a través de esta identificación* con su goce. El arte, como el juego infantil, es una “fantasía actuada”, que implica una acción, una escenificación (Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico, 1911). Probablemente el arte primitivo tuviera su origen en la magia*, técnica de la concepción animista del universo incluida dentro de la omnipotencia del pensamiento*, y los primeros objetos artísticos surgieran como expresión de la pulsión de apoderamiento* para poder dominar a los enemigos, a los objetos de la Naturaleza, o realizar sus deseos* a través de crear objetos análogos a los deseados o temidos (Tótem y tabú, 1913). También en el niño existe este período animista y probablemente sus primeras creaciones tengan similares significados para él. En ambos, tanto en el niño como en el artista, está presente la defensa* ante la

angustia de pérdida de objeto* cuando se empieza a reconocer el objeto* como fuente de placer. En ese caso el niño busca poseer el objeto o ser querido por él, el artista busca lo mismo en los retoños de aquellos padres de la infancia (sus admiradores). Pero también el artista es el héroe, el que en la fantasía mítica mató al padre, es Edipo en la encrucijada de Tebas, como cada niño durante el período que lleva su nombre. El niño juega a ser grande, a hacer todas las acciones específicas* que supone que los grandes hacen, el artista es un grande que puede volver a jugar como cuando era niño, sin saberlo, y sin dejar de ser grande.

Asco Forma especial de la angustia* que funciona como dique represor (fijación*) de una pulsión* relativa a determinada zona erógena* predominante en un período, y pasar este predominio a otra más evolucionada, con problemáticas más complejas. Es producto de la represión primaria* normal y constitutiva de la primera línea defensiva yoica (véase: yo), en parte entonces contribuyente a la creación de su infraestructura Inc. El mecanismo metapsicológico que constituye el asco es la contrainvestidura* y origina un punto de fijación al que se recurrirá en el caso de regresiones* pulsionales ulteriores. Al pasar de] período* oral al anal suele ser común en los niños el sentimiento de asco a la leche, al pecho o a la nata de la leche (representación* del pezón); al superar el período de la satisfacción anal como zona erógena predominante queda asco a las heces, principalmente de los demás, así como a todo lo vinculado con ellas. En el caso de lo fálico, puede quedar cierto asco a lo sexual si se permanece fijado a esta zona erógena, razón por la cual los objetos* deseados inconscientemente son predominantemente incestuosos, o derivados próximos a ellos, fenómeno típico de la histeria. Hay diversos grados de fijación, producidos por lo que resulta ser uno de los diques pulsionales, el asco, y por el que se trastorna el afecto* ante la posibilidad de la satisfacción pulsional (lo que era placentero, se vuelve asqueroso). Estos grados de fijación dependen de cuáles

hayan sido los montos de excitación que ocurrieron en cada época. Por lo tanto también dependen de los hechos traumáticos transcurridos en ellas, los que obligaron al yo* débil a aumentar la contrainvestidura (único mecanismo de la represión primaria) para frenar a la pulsión, cambiándole el afecto, que en este caso sin llegar a ser definitivamente angustia, es, no obstante, una forma especializada de ella. A mayor contrainvestidura, mayor fijación, más asco. El asco lo siente el yo ante el peligro de que la pulsión consiga su objetivo de descarga. El yo utiliza entonces sus mecanismos de defensa*, de los que el asco resulta un detonante, una señal para que aquellos se desplieguen (dando origen a conversiones* histéricas, por ejemplo). Situado en pleno frente de batalla, puede continuar sintiéndose en forma consciente y egosintónica (y formar parte también de ciertos rasgos de carácter*). Dentro de ciertos límites, controlados por el yo, forma parte de la normalidad.

Asistente ajeno Nombre usado por Freud en el Proyecto de psicología (1950a [1895]) para señalar al otro, al semejante, cuya presencia es vital para el niño desvalido, además de mostrarnos lo importante de la presencia del objeto* en la estructuración misma del aparato psíquico*. También lo menciona en La interpretación de los sueños (1900), Inhibición, síntoma y angustia (1925), etcétera. En el momento del nacimiento, el bebé entra en estado de desvalimiento* ante la cantidad de estímulos provenientes del interior de su cuerpo, de sus pulsiones*. Esto mueve al proceso de descarga más primitivo, la alteración interna* (expresión de emociones, grito, inervación vascular). A todo este complejo, centrado en la invasión de la cantidad de excitación*, con un aparato psíquico demasiado incipiente para ligarla por falta de experiencias de vida con qué relacionarla, se le llama también “trauma* de nacimiento”. La alteración interna del bebé es una válvula de escape. Para que el bebé sobreviva y se puedan constituir las bases de su aparato psíquico, la alteración interna debe convertirse en una llamada que deberá ser comprendida

por un “asistente ajeno” (la atención de la madre, ni más ni menos, o alguien que cumpla sus funciones) que cubra las necesidades* primitivas y de diversa índole del bebé, haciéndole disminuir las cantidades de excitación: alimentándolo, limpiándolo, dándole calor, ternura, etcétera. Ésta implicará una vivencia de satisfacción*, que dejará profundas huellas fundantes del funcionamiento de un psiquismo cada vez más complejo. Las huellas principales serán las del objeto, sus movimientos y la sensación de descarga producida en el contacto con él. En adelante, ante las nuevas apariciones de la cantidad de excitación en el aparato psíquico ya en formación, quedará facilitada* su ligazón con las huellas mnémicas* de la anterior vivencia. Así pasa a constituirse una representación* de deseo* psíquico (representación de deseo del objeto y los movimientos, para poder sentir la sensación buscada), de lo que era cantidad de excitación somática. El razonamiento de Freud, aparentemente biológico, es esencialmente social, o mejor dicho una excelente y dinámica ensambladura entre lo biológico, lo social y lo psicológico. La representación del objeto (el asistente ajeno de la vivencia de satisfacción) es inauguradora del psiquismo. El deseo surgirá cuando reaparezca la tensión de necesidad somática, la que devendrá ahora en deseo del objeto, independientemente de que el objeto sea al principio reconocido como tal por el narcisismo* reinante en el yo placer purificado*. La representación-cosa* así fundada es principalmente representación del objeto, de las cosas sentidas con él. Su presencia fundó el psiquismo de la desvalida cría humana.

Asociación Mecanismo de vinculación de una representación* con otra. Se produce por el desplazamiento* de energía* libidinal (quantum de afecto*). Este desplazamiento puede ser de dos maneras: a) Por libre desplazamiento, en que las cantidades pueden pasar de una a otra representación regidas por las leyes de la asociación: las analogías*, contigüidades*, etcétera. Éstas se confunden con identidades y por lo tanto las rige la identidad de

percepción* y el proceso primario*, y son representaciones/cosa* principalmente de tipo visual. Corresponden al Inc.* y son las que se ven en los sueños*. b) Con más o menos fuerte investidura y débil desplazamiento, pues un mayor nivel de ligadura hace más complicado asociar una representación con otra, existen más trámites para ello. Se distingue también entre los motivos de la asociación (la analogía, etcétera) y la identidad (no bastará que algo tenga un atributo análogo a algo deseado para ser eso deseado). Pese a que busca también la identidad con lo deseado, lo hace usando el pensamiento*, busca la “identidad de pensamiento”*. Funciona con representaciones-palabra* y corresponde al yo* Prec., la actividad de pensamiento y el proceso secundario*. El concepto de asociación proviene predominantemente del “asociacionismo”, escuela dentro de la cual Freud se acercó a John Stuart Mill y de la que tomó sus leyes de vinculación entre representaciones agregándoles una direccionalidad, una tendencia, signada por el principio de placer* y el deseo* pulsional. La asociación tomó así las características de medios de vinculación entre representaciones, pero con un objetivo: la descarga pulsional. Las representaciones-palabra mestizas propenden a cierta libertad de asociación que hace posible el fantaseo, el sueño diurno. En ellas hay mayor desplazamiento que en la actividad de pensamiento. Las palabras están regidas principalmente por el principio de placer e incluso cierto nivel de identidad de percepción. En cambio en el pensamiento es más rigurosa la tramitación del pasaje del quantum de afecto entre las representaciones, hay débil desplazamiento, rige el principio de realidad*, se busca la identidad con lo deseado pero pensando, calibrando hasta dónde es así y hasta dónde no, se estudian los atributos del percepto y de la representación comparándolos, se realiza el examen de realidad*, etcétera. En general el libre fantaseo es rechazado por la censura* Cc. En el caso de que las fantasías* se conviertan en retoños de las representaciones reprimidas pueden ser a su vez reprimidas por la censura Inc., pudiendo así ser base de actos fallidos*, síntomas* neuróticos, sueños, etcétera.

Asociación libre Regla técnica fundamental del psicoanálisis. Se le pide al paciente que diga todas sus ocurrencias, que suprima su censura* consciente* e invista con atención las representaciones-palabra* que se van vinculando por las leyes asociativas con un débil nivel de ligadura y un cierto libre desplazamiento*. En otras palabras, se invita en forma activa al paciente a que exprese en voz alta su libre fantaseo, su soñar diurno, que habitualmente es censurado por la censura Cc. No todos los pacientes consiguen asociar en igual medida. La asociación* es más libre cuando predomina la transferencia* positiva, hay pocas resistencias*, no existen rasgos de carácter* demasiado rígidos, etcétera. En esas palabras -que en otro contexto podrían parecer insensatas o absurdas- irán apareciendo indicios, rastros dejados por el deseo* Inc.* reprimido en su huida, escondidos tras el síntoma*. El analista podrá gracias a ellos ir armando las interpretaciones -construcciones* que van haciendo consciente lo inconsciente. En realidad la asociación libre es un camino paulatino hacia lo reprimido. En ese camino surgen las resistencias (al asociar, por ejemplo) provenientes del yo*. El análisis de estas resistencias insumirá gran parte de la tarea analítica. No serán sólo resistencias ante lo reprimido sino también ante lo represor, inconsciente también pero perteneciente al yo. El análisis de las resistencias tomará conocimiento, entonces, predominantemente de la parte Inc. del yo (los rnecanismos de defensa*, por ejemplo), por lo tanto, de su carácter y de su grado de alteración*.

Ataque histérico Forma aguda de la sintomatología de la “gran histeria” a la que Freud describe como ataques convulsivos con un aura y tres fases (para Charcot eran cuatro las fases, pues postulaba un delirio* terminal). El aura proviene de una sensación de las zonas histerógenas*, lugares hipersensibles del cuerpo cuya estimulación desencadena el ataque. La primera fase es la epileptoide y semeja un

ataque epiléptico común; la segunda, de los “mouvements”, muestra movimientos de gran envergadura, como los “movimientos de saludo”, el “arc de cercle” y contorsiones. Los movimientos son desarrollados con elegancia y coordinados y no torpes como los de los epilépticos. La tercera fase es alucinatoria, de las “attitudes passionelles “. Se caracteriza por posturas correspondientes a escenas apasionadas alucinadas. Lo más frecuente es que la consciencia* se mantenga durante casi todo el ataque, salvo momentos, semejantes al clímax de la excitación sexual. En algunos casos cualquier fase del ataque se puede presentar por sí sola y subrogarlo. Son importantes también los ataques apopléticos llamados “attaques de sommeil”. El ataque histérico está compuesto por fantasías* proyectadas sobre la motilidad, representadas pantomímicamente y desfiguradas a la manera de los sueños*. Se expresan en dicho ataque múltiples fantasías condensadas y con identificaciones* múltiples (representándose en este caso dos o más personajes), a veces con actitudes opuestas entre sí, Asimismo tiene la facultad de invertir la secuencia temporal de los hechos fantaseados. El ataque puede ser convocado asociativa u orgánicamente y como tendencia primaria (consuelo) o beneficio secundario* (por ejemplo: el ataque se produce ante determinadas personas) de la enfermedad. El ataque es el sustituto de una satisfacción autoerótica anterior resignada (masturbación*), que retorna sin ser registrada por la consciencia. La pérdida de consciencia, la “ausencia” del ataque histérico, proviene de aquella pasajera pero inequívoca privación de consciencia que se registra en la cima de toda satisfacción sexual intensa (incluso autoerótica). Lo que señala a la libido* reprimida el camino hacia la descarga motriz en el ataque, es el mecanismo reflejo de la acción del coito.

Atención Energía libidinal (en un sentido amplio, que incluye el interés* de la autoconservación) del yo* (en realidad proveniente del ello*, pero ligada y almacenada por el yo) que inviste el sistema de percepción-consciencia (PCc.); es

imprescindible para que algo sea registrado por la consciencia*. Funciona en dos niveles: uno libremente flotante, con bajo nivel de investidura y que registra todas las percepciones* posibles por igual; y un segundo copioso, con fuerte investidura; este último es el que otorga fuerte nitidez a la percepción. Cuando es descubierta una percepción que se puede vincular con algo deseado o temido, entonces en este segundo paso el sistema PCc. recibe una fuerte investidura de atención, tomando nitidez de consciencia. La atención sirve, ciertamente, para percibir el mundo exterior, pero también registra, a través de las representaciones* lingüísticas, la actividad de pensamiento* proveniente del mundo interior. Para hacer consciente un pensamiento se necesita de la representación-palabra* preconsciente* (Prec.) investida por la atención que la hace consciente. Esta investidura es manejada por el yo consciente principalmente desde la censura* consciente. Cuando a un paciente le pedimos que “asocie libremente”, en realidad le estamos diciendo a su yo que invista de atención a sus asociaciones* de palabra, que levante la censura crítica consciente que intenta desinvestirlas para evitar conflictos que generen angustia*. Le estamos pidiendo que no siga reforzando desde la censura consciente, la represión* inconsciente*, generadora de síntomas* y neurosis*. La percepción no es pasiva. La investidura de atención incluye investidura de deseo* inconsciente, mediada por el yo, que como antenas tentaleantes (Nota sobre la “pizarra mágica”, 1924-25 y La negación, 1925) registran todas las percepciones posibles, pues lo deseado o lo temido pueden estar entre las mismas.

Atención libremente flotante Actitud que Freud aconseja tener a los analistas durante la sesión psicoanalítica, por lo menos en su iniciación. El analista tratará de inhibir sus representaciones meta* y de estar parejamente dispuesto a percibir todas las percepciones*, sin buscar ninguna en especial. Es la aplicación en la técnica del primer nivel de atención* con baja investidura y libre desplazamiento, abierta tanto como se pueda a las percepciones, pues lo deseado puede estar

entre ellas. Las situaciones deseadas por el analista son indicios de situaciones significativas que trae el paciente: recuerdos*, asociaciones*, sueños*, actos fallidos*, en fin, vías de entrada hacia el Inc.* En este caso se pasa al segundo nivel de atención, la cual, entonces, se hará más copiosa y con mayor nivel de ligadura, se pondrá mayor grado de expectación. autocastigo (automartirio) Trastorno hacia lo contrario* (transformación de la actividad en pasividad) del sadismo*. Hallamos la vuelta contra la persona misma* sin la pasividad hacia una nueva. Es una etapa intermedia de la transformación del sadismo en masoquismo* para la que no se necesitará la presencia de un objeto* que haga las veces de sujeto sádico. En el autocastigo típico de la neurosis obsesiva*, aunque presente en la neurosis* en general, el verbo en voz activa no se muda a la voz pasiva, sino a una voz intermedia reflexiva. El objeto es resignado y sustituido por la persona misma. El autocastigo llega más lejos que el autorreproche*, pues implica acción (el castigo) pero está antes del masoquismo, que requiere la presencia de un sujeto sádico. El autocastigo permanece dentro del narcisismo*, el masoquismo necesita por lo menos de una elección narcisista de objeto*, pero objeto al fin. Este concepto lo expone Freud en Pulsiones y destinos de pulsión (1915). Agregando elementos de obras posteriores, como Más allá del principio de placer (1920) y El yo y el ello (1923), podemos decir que hay en él elementos de mezcla pulsional* entre Eros* y pulsión de muerte*, cierto grado de mezcla que implica cierto grado de desmezcla* también. Por cierto que si bien no es necesaria la presencia del objeto en lo real, existe una identificación* del yo* con él, por lo que el superyó* castiga al yo, aprovechando la situación. En ocasiones el yo se defiende (neurosis obsesiva), en otras se entrega dulcemente, como en la melancolía*, esta última neurosis narcisista por excelencia.

Autoerotismo Característica o modalidad de satisfacción predominante de la libido* de la sexualidad infantil*, por autoestimulación

(tocamiento, frotación rítmica, compresión de mucosas, visualización de zonas erógenas*, etcétera) del propio cuerpo, que produce placer* de órgano. Aunque predomine -como se dijo- en las primeras épocas, en parte se extiende a toda la vida. Por el hecho de predominar en la sexualidad infantil, se dice que ésta es autoerótica. El autoerotismo es previo a la constitución del yo realidad definitivo*. Este yo*, si bien tiene un origen corporal y se basa en parte en la imagen del cuerpo, paulatinamente deviene en una entidad o estructura psíquica compleja, que parte del cuerpo pero que lo supera en otro nivel, con funciones cada vez más sofisticadas. La libido que busca satisfacerse en esta estructura psíquica llamada “yo”, va a constituir el narcisismo*. Una vez instalado el narcisismo, el autoerotismo deviene una modalidad de satisfacción de la libido narcisista; aunque esto es más complejo aun, pues en la masturbación* adolescente, por ejemplo, se puede estar satisfaciendo libido objetal a través de las fantasías* masturbatorias. En este caso, la masturbación puede ser un tipo de satisfacción autoerótica que descarga, por la acción, libido narcisista y, por la fantasía, libido objetal (introvertida* de la realidad* y refugiada en la fantasía). Esto se hace todavía más complejo, pues la elección de objeto* narcisista consta a la vez de libido objetal y de libido narcisista, o de una intermedia entre ellas denominada libido homosexual. En la esquizofrenia*, por otro lado, se produce una retracción libidinal* total (respecto de sus objetos deseados o de desear los objetos). No hay refugio en la fantasía del objeto, sino únicamente se sobrecarga de libido el yo (lo que se expresa clínicamente como vivencia de fin de mundo*, por la retracción, e hipocondría* o megalomanía*, por la sobreinvestidura* yoica). La regresión* libidinal puede llegar, en la forma clínica de la esquizofrenia “simple”, al autoerotismo, la cual sería entonces libido invistiendo al cuerpo sin que éste configure un yo, o haciéndolo con lo último que queda de él (el cuerpo), destruido el yo como entidad psíquica.

Autoestima (sentimiento de sí)

En general, forma de satisfacción de la libido* narcisista en el adulto. Produce una sensación de bienestar indefinido, no relacionada en forma directa con descargas pulsionales; es más bien un estado básico. Está relacionada de manera íntima con la confianza en sí mismo, con el talante o estado anímico, con la autovaloración. En estos sentidos es pilar básico de la salud y de la fortaleza yoica. Una parte del sentimiento de sí es primaria, el residuo del narcisismo* infantil. Éste proviene del autoerotismo* y de las relaciones objetales infantiles, las que son de manera esencial narcisistas (no se distingue en un principio entre el yo* y el objeto* de placer*). Estas relaciones fueron más o menos placenteras, más o menos traumáticas, dejando diferentes tipos de huellas en la estructuración, del yo y del aparato psíquico*; de forma que un niño que se sintió de manera predominante querido por sus padres, conseguirá primariamente un nivel de autoestima que le dará fortaleza a su yo para alcanzar mejor los otros niveles de satisfacción de la autoestima, o soportará mejor su posterior insatisfacción. Todo esto puede variar como consecuencia del pasaje por el complejo de Edipo* principalmente, el que es posible que deje severas heridas narcisistas constituyentes de posteriores “rocas de base”* en la estructuración del aparato psíquico. En el caso femenino, del complejo de castración* queda muchas veces una sensación de autodesvalorización que en muchas ocasiones llega a ser básica en su carácter* y que fuerza entonces a la necesidad de aumentar la autoestima en las formas posteriores, satisfaciendo al superyó-ideal del yo (por lo que la mujer resulta más dócil, más adaptada a la realidad* social en general), o necesitando recibir en forma importante satisfacción narcisista desde la libido de objeto (es más dependiente del objeto, de su amor*). Recapitulando: una parte del sentimiento de sí o autoestima es primaria, el residuo del narcisismo infantil. Hay otras dos partes. Una brota de las acciones realizadas por el yo que cumplen con los mandatos del ideal del yo*, y que por lo general están referidos a la sublimación*. Desde luego también son respecto de muchas otras cosas, como el tener hijos, principalmente en la mujer, pero también en el hombre por el mandato de la descendencia (recuérdese a Schreber). Todos los éxitos del yo en el cumplimiento con los mandatos del superyó* elevan la autoestima y dejan una profunda sensación placentera, ligada con el senti-

miento de omnipotencia narcisista. La última parte proviene del amor de los objetos, el ser querido, consiste en la forma de satisfacción narcisista correspondiente al vínculo objetal. El enamoramiento es un desborde de libido narcisista en el objeto, que vacía al yo y por lo tanto disminuye la autoestima. Ésta se recupera siendo amado. Un trastorno severo de la autoestima retrae libido de los objetos y la ubica en el yo, como para restañar sus heridas, transforma así la disminución de la valoración yoica en la situación contraria, lo que se expresa como diversos rasgos de carácter* del tipo de la altanería y la arrogancia. En los casos más graves se llega al delirio* de grandeza o megalornanía*. Es el caso de las afecciones narcisistas en general y la manía* y la paranoia* en particular. En las neurosis de transferencia* la autoestima suele estar disminuida, pues la libido inviste los deseos* objetales de la fantasía*, los cuales son imposibles de satisfacer por haber sido reprimidos. Esto vacía de investidura al yo, disminuyendo en consecuencia la autoestima. En el tratamiento psicoanalítico de las neurosis transferenciales, cuando se consigue levantar represiones* haciendo consciente* lo inconsciente*, se dejan libres investiduras libidinales que refuerzan así al yo y aumentan su autoestima y por lo tanto su capacidad de amar. Un caso especial de disminución de la autoestima lo constituye la melancolía*, en ella la pulsión de muerte* se desmezcla. El objeto es confundido, por la identificación*, con el yo. Y entonces el odio* al objeto se convierte en odio al yo.

Autoplástica, conducta Se dice de un tipo de conducta, propio de las psicosis* y en parte de las neurosis*, que en su empeño de modificar una realidad* inaceptable, se limita a alteraciones internas*, que a lo sumo modifican la percepción* (alucinación*), la concepción de la realidad (delirio*), o producen alteraciones del cuerpo propio (síntomas* neuróticos, algunos equivalentes de angustia* y la angustia misma), pero no la realidad misma. Freud habla de esta adjetivación de la conducta en su artículo de 1924: La pérdida de realidad en la neurosis y la psicosis.

Autorreproches Reproches dirigidos al yo* por el superyó*. En el caso de la neurosis obsesiva* en particular o de las neurosis* en general, por no acercarse el yo al ideal del yo* pretendido por el superyó. En la neurosis obsesiva los autorreproches son particularmente sádicos, pues la libido* ha regresado* a la etapa del erotismo sádico-anal* y arrastrado con ella al yo y el superyó. La actitud del yo es la de sometimiento frente al superyó, pero bajo protesta y esperando una distracción de éste para rebelarse. Esto producirá la queja (es la del yo ante su superyó que lo somete), como rasgo de carácter* obsesivo. En el caso de la melancolía*, los autorreproches son casi patognomónicos, y su presencia permite diferenciar a la melancolía del duelo*. Corresponden a una ruptura libidinal con el objeto*, la desinvestidura* de la representación* inconsciente* (Inc.) de éste, y la identificación* del yo con el objeto, como en la época del yo-placer*. Pero el vínculo de odio* que antes se tenía con el objeto ahora se tiene con el yo y por eso se le “reprocha” desde el superyó. En este caso el yo no se rebela y esto puede conducir al paciente al suicidio, que imaginariamente sería un asesinato del objeto identificado con el yo.

Banquete totémico Concepto desarrollado por William Robertson Smith, que Freud aprovechó como parte de su construcción teórica, su por él llamado “mito científico”, sobre el origen de la cultura* humana en general y del totemismo* en particular. Robertson Smith formuló “el supuesto de que una peculiar ceremonia, el llamado banquete totémico, había formado parte integrante del sistema totemista desde su mismo comienzo” (Tótem y tabú, 1912-13, A. E. 13:. 135). En este banquete se sacrificaban en determinadas fechas, animales cuya carne y cuya sangre tomaban en común el dios y sus

adoradores. Un sacrificio así era una ceremonia pública, la fiesta de un clan entero. “El poder ético del banquete sacrificial público descansaba en antiquísimas representaciones acerca del significado de comer y beber en común. Comer y beber con otro era al mismo tiempo un símbolo y una corroboración de la comunidad social, así como de la aceptación de las obligaciones recíprocas. [ ...] El animal sacrificial era tratado como pariente del mismo linaje; la comunidad sacrificadora, su dios y el animal sacrificial eran de una misma sangre, miembros de un mismo clan” (1912-13, id. pág. 136-38). Robertson Smith identifica pues, sobre la base de abundantes pruebas, al animal sacrificial con el antiguo animal totémico. Todos los animales sacrificiales eran originariamente sagrados, y solamente en oportunidades festivas y con la participación de la tribu era lícito comer su carne. “El clan, en ocasiones solemnes, mata cruelmente y devora crudo a su animal totémico, su sangre, su carne y sus huesos; los miembros del linaje se han disfrazado asemejándose al tótem, imitan sus gritos y movimientos como si quisieran destacar la identidad entre él y ellos. [...] Consumada la muerte, el animal es llorado y lamentado. El lamento totémico es compulsivo, arrancado por el miedo a una amenazadora represalia, y su principal propósito es [...] sacarse de encima la responsabilidad por la muerte”. A continuación prosigue la fiesta, la cual “[ ... ] es un exceso permitido, más bien obligatorio, la violación solemne de una prohibición” (id. pág. 142). Para Freud el banquete totémico, acaso la primera fiesta de la humanidad, sería la repetición y celebración recordatoria del momento en que en la horda primitiva* darwiniana, se unieron todos los hijos en el destierro y mataron al padre devorándolo. Este hecho generó y fue generado por la “alianza fraterna”* que produjo luego los vínculos sociales. Apareció la prohibición del incesto y el parricidio desde dentro de ellos, como producto de la añoranza* por el padre y la culpa* por haberlo matado, generando el superyó*. Se repetiría en esa fiesta, ahora desplazado al animal tótem, aquella hazaña memorable y criminal con la cual tuvieron comienzo tantas cosas: las organizaciones sociales, las limitaciones éticas y la religión.

Barreras-contacto En el Proyecto de psicología (1950a [1895]), forma de vinculación entre las neuronas* psi que además actúa como barrera entre ellas para el pasaje de la cantidad de estímulo. Merced a esta función de barrera, las neuronas psi consiguen mantener cierta cantidad de energía almacenada, necesaria para posteriormente realizar la acción específica*. Esta última necesita en general de mayor cantidad de energía que la proveniente de los estímulos que buscan descarga, pues el individuo está expuesto al “apremio de la vida”*. Las barreras-contacto corresponden, entonces, a la función secundaria, el aparato psíquico pasa así del principio de inercia* al principio de constancia*, pues se cuenta con una cantidad constante imprescindible para producir la descarga cuando llega el estímulo. En ese sentido cumple con la función secundaria (principio de constancia) y la primaria (principio de inercia), pues es necesaria la secundaria para poder realizar la primaria. Además las barreras -contacto participan de cierta explicación sobre la memoria, que aquí es definida como la aptitud de las neuronas para ser alteradas duraderamente (su manera posterior de descargar, o la forma de ser atravesadas por el estímulo) por un proceso único. Al pasar el estímulo de una neurona a otra, lo hace de una determinada manera, esta forma de pasaje indicará (facilitará) el camino a ulteriores pasajes, que sin embargo en ocasiones, por otras causas, tomarán otra dirección, dejando, desde luego, nuevas huellas y facilitaciones*. La memoria estará constituida, entonces, por las facilitaciones existentes entre las neuronas psi; o mejor dicho, lo estará por las diferencias de facilitación que se crean en los diferentes pasajes entre las neuronas psi. Cuánto estímulo dejará pasar la barrera-contacto dependerá de los siguientes factores: a) que el estímulo esté más o menos facilitado (la facilitación a su vez la produjo la cantidad de estímulo que pasó y el número de repeticiones del proceso, a mayor cantidad y mayor número de veces, mayor facilitación), b) la cantidad de estímulo actual (la cantidad actual también facilita el pasaje), c) la presencia de cantidad en una neurona contigua (aquí ya a la cantidad de excitación* deberíamos llamarla investidura*), la que actúa como polo que atrae (éste es el mecanismo que va a usar el

yo*, poniendo investiduras colaterales que desvían la circulación de la energía, consiguiendo de esta manera conducirla). Las barreras-contacto son un mecanismo pensado en el contexto de un esquema neurológico y en ese sentido es mencionado por J. Lacan: “En 1895, la teoría de la neurona no existía. Las ideas de Freud sobre la sinapsis son enteramente nuevas. Freud toma partido por la sinapsis como tal, es decir, por la ruptura de continuidad entre una célula nerviosa y la siguiente” (Seminario II). Para nosotros principalmente son válidas como modelos psicológicos, en especial si sustituimos a las “neuronas” por “representaciones”* (como, por otro lado, lo hace el mismo Freud a medida que transcurre el texto del “Proyecto”) y a las barreras-con tacto como modelos de formas de vínculo entre ellas, como las distintas formas de asociación*, o de relaciones lógicas, por ejemplo. ¿No se produce a través de esas barreras el pasaje al proceso secundario*. ¿Éste no se construye con relaciones lógicas entre las representaciones? Este tipo de relación entre representaciones ¿no necesita fuerte investidura y débil desplazamiento*? ¿A través de qué se producen los desplazamientos? Se producen a través de estos puentes. Son los mismos “puentes”, estas barreras -contacto, que trata de romper el obsesivo con su mecanismo de aislamiento*.

Belle indifférence Característica de los pacientes (en general mujeres, pues la histeria es más típicamente femenina, de ahí lo de “belle”) histéricos de conversión* principalmente con trastornos motores, pero también cuando los síntomas* mayores residen en el área sensorial. Fue descrita por Charcot. En la histeria de conversión, la represión* de los retoños de las representaciones* incestuosas es exitosa, en tanto consigue hacer desaparecer tanto la representación como el monto de afecto*, mientras que en la histeria de angustia* y en la neurosis obsesiva* la angustia* se hace presente. El contenido representacional de la pulsión* se ha sustraído radicalmente de la consciencia*. En ella no queda ningún tipo de representación-palabra* que pueda “hablar”

de lo reprimido. Ha surgido en su reemplazo, como formación sustitutiva* (al mismo tiempo como síntoma) una inervación hiperintensa (somática), unas veces de naturaleza sensorial y otras motriz, ya sea como excitación o como inhibición. Al ser exitosa la desaparición del monto de afecto, se hace notoria la indiferencia de la paciente ante un síntoma corporal, como la parálisis de un miembro, que en un caso de enfermedad orgánica debería despertar angustia realista*, cuando menos.

Beneficio primario (de la enfermedad) Tipo de solución a la que arriba el yo* frente a un conflicto psíquico*, probablemente la económicamente más cómoda. El yo está sometido a exigencias muchas veces contrastantes y conflictivas. Por un lado están las pulsiones* del ello*, que suelen chocar con las aspiraciones provenientes del superyó/ideal del yo*. El yo debe hallar una síntesis entre éstas, lo que implica un arduo trabajo de elaboración, y mientras tanto debe defenderse de la angustia señal* con que lo amenaza el superyó* (angustia ante el superyó*), de la realidad* (angustia realista*, angustia social*). No le queda, por lo común, más que apelar al principio de placer* y automáticamente desplegar los mecanismos de defensa* inconscientes*, que generen transacciones creando síntomas* neuróticos, rasgos patológicos de carácter*, incluso escisiones del yo*. El yo evita así el conocimiento del conflicto haciéndolo inconsciente. El beneficio primario va a resultar una fuerte resistencia* yoica contra la cura. El tratamiento psicoanalítico tendrá que sacarlo a la luz y traerlo a la consciencia*, al conocimiento del yo Prec.

Beneficio secundario (de la enfermedad) Tipo de resistencia* yoica a la cura, o sea al hacer consciente* lo inconsciente*, por lo tanto rellenar las lagunas mnémicas e integrarlas al yo* después de un

trabajo de reelaboración*. Se basa en una cierta integración del síntoma* en el yo, merced a la cual se consigue, por ejemplo, cuidados o atención* de parte de los objetos* que quizá de otra manera no se hubieran conseguido (según lo siente el paciente). No está en la base de la enfermedad ni es causa de ella, pero aparece secundariamente y contribuye a sostenerla y hasta actúa como motivo para no abandonarla, o como resistencia a hacerlo. Dice Freud: “Cuando una organización psíquica como la de la enfermedad ha subsistido por largo tiempo, al final se comporta como un ser autónomo; manifiesta algo así como una pulsión de autoconservación y se crea una especie de modus vivendi entre ella y otras secciones de la vida anímica, aun las que en el fondo le son hostiles. Y no faltarán entonces oportunidades en que vuelva a revelarse útil y aprovechable, en que se granjee, digamos, una función secundaria que vigorice de nuevo su subsistencia. [ ... ] Lo que en el caso de la neurosis corresponde a esa clase de aprovechamiento secundario de la enfermedad podemos adjuntarlo, como ganancia secundaria, a la primaria que ella proporciona” (Conferencias de introducción al psicoanálisis, 1915-17, A. E. 16: 349-50). En Inhibición, síntoma y angustia (1925) Freud la incluye como una de las tres resistencias yoicas, junto a la de represión* y la de transferencia*; además de las del ello* y el superyó*.

Cantidad de excitación Monto de energía que penetra en el aparato y es percibido en el polo percepción consciencia (PCc.), proveniente del mundo exterior (la naturaleza, los semejantes), del propio cuerpo, o de ambos lugares en forma combinada. El PCc. está compuesto esencialmente por los órganos de los sentidos, en los que se ubican también las diferentes zonas erógenas*. Sea que provenga de la naturaleza, los semejantes o el propio cuerpo la energía produce un primer tipo de respuesta: una “alteración interna”*, tipo de reacción inespecífica, respuesta refleja, relicto de lo que en la filogenia pudo haber sido una acción sujeta a un fin y ahora expresa una emoción, un afecto*. La cantidad, al ser

percibida en el PCc., se torna cualidad*: displacer*. La cantidad de estímulo proveniente del propio cuerpo, una vez penetrada en el aparato psíquico, también se liga con una representación* (primero representación-cosa* o sea Inc., luego representación -p al abra* si quiere llegar a la Ce. del yo* y por lo tanto a la acción). Al ligarse con una representación se transforma en deseo* de algo que ahora posee una meta, y por lo tanto toma cualidad representacional. Si el deseo es sexual se llamará también “libido”*; si está relacionado con la autoconservación, “interés”*. La denominación de “Eros”* abarca a los dos, si bien es verdad que el uso -empezando por el de Freud- hizo de “libido” sinónimo de “Eros”. En realidad, este último es más amplio, ocupa a las pulsiones de vida* en general, incluidas las pulsiones de autoconservación*. Eros es entonces pulsión de vida, en oposición a la pulsión de muerte*. La pulsión de muerte no tiene representación inconsciente* (de cosa) de la muerte propia (las representaciones-cosa son principalmente huellas de vivencias, verdades históricas*). Por lo tanto no nos queda más que relacionarla con la representación de la muerte de otro, lo que la transforma en pulsión de destrucción* (véase: angustia de muerte). Esta última se muestra en distintos grados de mezcla*, incluso es llevada a la acción o no, o reprimida*, como puede serlo el odio* o la pulsión de apoderamiento*. Sin embargo, en parte queda libre en el aparato psíquico sin representación, como masoquismo* primario, tomando la característica de una tendencia a la desligadura de la cantidad con la representación, contraria al principio de placer*, una tendencia a volver a transformar la ya lograda cualidad (representacional) en pura cantidad (lo inorgánico). En última instancia la pulsión de muerte busca eso: volver a la cantidad, hacer desaparecer el mundo de la cualidad, mucho más vinculado con las pulsiones de vida. La pulsión de muerte, cuando es deflexionada hacia el mundo exterior, gracias al aparato muscular, lleva el nombre de “pulsión de destrucción” e implica ya alguna mezcla con Eros. El aparato psíquico no soporta grandes cantidades de excitación y se edifica como una gran complejización que tiende a moderarlas. Lo hace transformándolas en complejidad o en cualidad. La cualidad para el aparato psíquico nace de la percepción* consciente, y la representación es el recuerdo*, más o menos desfigurado, de ella. Al ligarse la cantidad a

representaciones toma cualidad representacional, cualidad psíquica; ésta busca volver a tener cualidad perceptual o sea a “reencontrar”* (La negación, 1925) al objeto ahora deseado en el mundo exterior y poder, mediante una acción específica* más o menos compleja, dar salida al nivel de cantidad de excitación que había dado el “puntapié inicial”. La energía se liga con las representaciones de dos maneras: como energía libremente móvil* y como energía ligada o energía quiescente*. Como energía libre se desplaza* de una representación a otra utilizando las leyes de la asociación* como identidades, típica del proceso primario* Inc. con representaciones-cosa. Como quiescente la energía tiene fuerte investidura y débil desplazamiento, con representaciones-palabra típicas del proceso secundario*, del pensamiento*, cuya sede es el preconsciente* perteneciente al yo. La cualidad está dada aquí por la palabra, al ser ésta de por sí una percepción consciente y por significar, simbolizar o representar a la representación de la cosa ante la consciencia*. La cantidad de excitación, si excede cierta proporción, es traumática. La que proviene de la naturaleza o de la pulsión de destrucción de los semejantes puede originar las neurosis traumáticas*, con sus síntomas* típicos. La cantidad de excitación que proviene de las pulsiones sexuales* de los semejantes, produciendo excitaciones en zonas erógenas no despiertas todavía en la vida del niño, por lo tanto sin posibilidad de ser comprendidas por el aparato psíquico, producirán traumas* sexuales y se generarán los puntos de fijación* de la sexualidad infantil*, origen de ulteriores rasgos de carácter* o neurosis*, etcétera. Cuando a aquella zona erógena le llega la época de su predominio, lo hace con el monto de excitación que corresponde al hecho traumático, lo que hace que el yo tienda a defenderse con una contrainvestidura* extrema. No en todas las épocas de la vida es igual la cantidad de excitación proveniente del cuerpo. En el período del complejo de Edipo* y sus “reediciones”, la pubertad, adolescencia y menopausia, el aflujo es mayor y por eso se suelen originar momentos de descompensación o neurosis. En los escritos metapsicológicos de 1915 Freud llama quantum de afecto* a esta cantidad de excitación que circula de distintas formas por el diferente tipo de representaciones. Quantum y representación tienen a veces destinos diferentes, en el caso de la represión por ejemplo, lo que se reprime es la

representación, esto produce disminución o no de la descarga afectiva pues ésta es independiente de aquella. De todas formas cuanto más se disminuya o desaparezca el afecto (la angustia*) más exitosa resulta la represión (es más exitosa en ese sentido en la histeria que en la fobia* o la neurosis obsesiva*). El trauma del nacimiento consiste en una invasión masiva de cantidad de excitación desde las necesidades corporales fundamentalmente, la que, en condiciones normales, es calmada por un semejante, por alguien (objeto* psíquico) del entorno del niño al que Freud llamó “asistente ajeno”*; por lo cual y de distintas maneras, de su necesidad de objeto el individuo “no se desprenderá jamás”. Los distintos tipos de angustia de que se defenderá el yo (angustia de pérdida de objeto*, angustia de castración*, angustia ante el superyó* y angustia social*) serán mediaciones ante aquella fundamental que es la invasión de cantidad sobre el aparato psíquico, la angustia automática*. El esquizofrénico es víctima en los inicios de su enfermedad (cuando rompe con el deseo Inc. del objeto desinvistiendo la representación-cosa de éste) de la invasión masiva de cantidad de excitación o angustia automática (la cantidad de excitación después de determinada magnitud automáticamente deviene en angustia), esto coincide con la vivencia de fin de mundo*, producto de la desinvestidura* de la representación Inc. de los objetos, lo que deja inerme al aparato psíquico para poder ligar a la cantidad de excitación y cualificarla, complejizarla (Lo inconciente, 1915; Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños, 1915-17).

Carácter El carácter de una persona es esencialmente la manera de funcionamiento de su yo*, su manera de realizar sus acciones específicas* o de no hacerlas, sus puntos de fijación*, sus mecanismos de defensa* más comunes ante sus pulsiones* y ante los peligros del mundo exterior, sus actitudes, sus atributos, en suma las características principalmente de su yo. Por lo tanto el carácter se va formando de la misma manera y a medida que se va formando el yo de una persona. Freud describe al yo como

formándose desde la “superficie” del individuo (El yo y el ello, 1923), o sea en contacto con la realidad* exterior, como produciéndose en el vínculo con ella. Y, ¿cómo penetra la realidad exterior en el aparato psíquico* del individuo? Ciertamente, empieza penetrando por el polo perceptual* (PCc.). Pero, ¿cuándo, cómo y por qué una percepción* se transforma en el yo de un individuo? Lo hace porque el aparato psíquico busca la identidad. El yo introduce la realidad en sí mismo volviéndose igual a ella, idéntica a ella, identificándose* con ella. Y ¿cuál es la realidad exterior? Fundamentalmente aquella de la que provienen las vivencias de placer* y dolor*, o sea la realidad de los objetos*, la realidad de que éstos son las fuentes deseadas de placer (lo que en forma paulatina se reconoce, “casualmente” a medida que va formándose el yo). La identificación es “[...] la más temprana exteriorización de una ligazón afectiva con otra persona” (Psicología de las masas y análisis del yo, 1921, A. E. 18: 99). El nombre completo de esta identificación, primera en el tiempo, es “identificación primaria”* también porque es anterior al reconocimiento del objeto de placer como ajeno al yo. Los atributos del objeto, aunque no reconocido como tal, pasan a integrar el yo, pasan a ser sus propios atributos, su manera de manejar la acción. También se incluyen, como tendencia, los puntos de fijación, los mecanismos defensivos, etcétera. Estas identificaciones primarias se producen en un aparato psíquico que funciona con la categoría del ser*. A medida que se reconocen los objetos como fuente de placer, se van estableciendo con ellos distintos vínculos. Unos serán “elecciones de objeto”* en los que predominará la categoría del tener*. Éstas se van haciendo por apuntalamiento* de la pulsión sexual* sobre la pulsión de autoconservación*. Con otros objetos habrá identificación, en la que se mantiene la categoría del ser. La elección de objeto y la identificación con el mismo llegarán a ser opuestos, en especial tras el reconocimiento definitivo de la diferencia de los sexos. Después del complejo de Edipo* declina la atracción por los objetos que pertenecen a este período (pasan a ser sentidos como incestuosos), gran parte de los atributos de ellos terminan de pasar al yo “reforzando de ese modo la identificación primaria” (El yo y el ello, 1923, A. E. 19:33) y en especial van a integrar, por identificación secundaria* entonces, una parte del yo que se llamará superyó*. En el varón reforzará

o dará origen oficial a su masculinidad, a su vez reforzará su carácter*; le dará una modalidad más definitiva en la que se integrarán más firmemente los mecanismos de defensa o represiones secundarias* que si son muy intensos y/o se rigidifican, generarán una “alteración del yo”* o de su carácter, constituyéndose en caracteropatía. El yo es una entidad eminentemente defensiva contra las pulsiones provenientes del ello*, y las características propias de estos métodos defensivos van a constituir también ciertas particularidades de diferentes tipos de carácter. Una de las principales y más exitosas maneras de defenderse contra la pulsión es la sublimación*, o sea la transformación de la pulsión en una acción aceptada socialmente y por lo tanto por el yo y el superyó. La transformación de las pulsiones anales en tendencia al orden, al ahorro o la tenacidad, es uno de los tantos ejemplos. También la de las pulsiones fálico-uretrales en ambición. En estos casos las sublimaciones no son meros actos satisfactorios, sino que toman el rasgo de una característica yoica, una manera de hacer, se transforman en rasgos de carácter. En relación a los mecanismos de defensa, el paradigma de los generadores de rasgos caracterológicos es la formación reactiva*, la que consigue la “salud aparente, pero, en verdad, de la defensa lograda” (Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa, 1896, A. E. 3:170), típica del período de latencia* en general y del carácter obsesivo en particular. Los mecanismos defensivos en la medida en que se rigidifican, incluyendo en ellos la desmentida* de la diferencia de sexos perversa, generan rasgos de carácter más o menos patológicos. En suma, el carácter no es una estructura en sí, sino los atributos de una estructura que se llama el yo, en la que participa también el superyó, parte especializada de aquel. Atributos defensivos, entonces, de una estructura yoica contra la pulsión del ello, proveniente desde la realidad exterior y presionada a su vez por otra estructura que surge en el aparato psíquico después del complejo de Edipo y que se va a escindir del yo reforzando la constitución del carácter: el superyó. El carácter termina siendo, por lo tanto, la manera de ser de una persona; precipitado de su historia, sus hechos traumáticos, sus fijaciones, sus compulsiones repetitivas*, sus vínculos y elecciones de objeto, sus mecanismos defensivos, todos éstos a su vez íntimamente vinculados con sus distintos

tipos de identificaciones. El carácter de una persona ayuda a mantener su “normalidad”, no es necesariamente patológico. Tomará este rumbo cuando se torne rígido, con pocas variables para enfrentar las frustraciones* de la realidad. Se constituirá así en caracteropatía, la que puede resultar basamento de posteriores neurosis* o cualquier otro cuadro patológico. El psicoanálisis puede producir cambios en el carácter, profundizando en el análisis del yo, de sus defensas*; reconstruyendo también la historia de ellas que es en gran parte la historia de la formación del yo. Historias que vuelven a ser presente, en forma vívida, en el fenómeno de la transferencia*. El carácter es un triunfo del yo sobre la pulsión, pulsión que pasa a estar integrada en él. En tanto hay carácter no hay retorno de lo reprimido*, no hay síntomas*, no hay neurosis. Uno podría hasta decir que no hay conflicto psíquico*. Ocurre que la pulsión está sofocada*, lo que da el aspecto de falta de conflicto. Así y todo, cualquier aumento en la cantidad de excitación fácilmente genera descompensaciones, con lo que retorna lo reprimido y reaparece la neurosis con su conflicto subyacente.

Carta 52 (a Fliess) Una de las más famosas cartas de Freud a Fliess (véase: manuscritos a Fliess), fechada en Viena el 6 de diciembre de 1896. En ella hace un esbozo de ordenamiento de las representaciones* que le van acercando a definir su primera tópica, mientras formula otras ideas importantes que van a perdurar en el resto de su obra. Habla ahí de que la representación de los deseos* psíquicos se va generando por estratificación sucesiva, la que sufre reordenamientos y retranscripciones. La memoria* no es simple sino múltiple. Se registra en diversas variedades de signos. Estarían primero las neuronas* que registran las percepciones*. La primera trascripción sería el signo perceptivo que se asocia por simultaneidad. Luego se pasaría al inconsciente*, en donde intervendrían nexos tal vez causales, las huellas aquí serán recuerdos* de conceptos. En este último sentido globalizador se podría pensar su correspondencia con lo que más adelante llamará representaciones-cosa*. Estas

últimas pueden volver a la consciencia* a través de su traducción a un tercer tipo de trascripción ligado a representaciones-palabra*, correspondiente al yo* oficial, aquí llamado indistintamente preconsciente*. En la carta se detalla el camino que va desde la percepción, su forma de inscripción en el aparato psíquico*, hasta la posibilidad de su recuerdo merced a la palabra. También se explica el mecanismo de la represión*, relacionando cada una de las trascripciones con distintas épocas de la vida. Para Freud, en la traducción de una trascripción a otra una defensa* es normal si las trascripciones corresponden a la misma fase psíquica. En cambio existe una defensa patológica contra una huella mnémica* no traducida de una fase anterior, Esta defensa se llama represión y sucede con la sexualidad* por la particularidad que tiene en su desarrollo evolutivo. Una estimulación genital* sólo será comprendida o “sentida” en el período* que le corresponde; en períodos previos no, sucederá el fenómeno del “a posteriori”* por el que aquella será “recordada” en el período genital, con un monto de excitación proveniente del anterior episodio excitatorio, por lo que éste se torna traumático y este displacer* generará la defensa o represión. Volvamos un párrafo atrás para aclarar mejor algunas cosas. Freud dice que una trascripción es traducida a otra. “Según mi mejor saber o conjeturar” se refiere aquí al hecho de que las representaciones-cosa son traducidas a representaciónpalabra para poder llegar a la consciencia. Si los sucesos que ocurrieron dejando representación-cosa, lo fueron anteriores a la posibilidad de poseer representacionespalabra que “comprendan” (véase: comprensión) a las representaciones-cosa, corresponden a una zona erógena* todavía no desarrollada, y por lo tanto a las situaciones traumáticas* que dichas representaciones-cosa conmemoran. Se apela, entonces, a la represión, que en este caso es sólo contrainvestidura* (represión primaria*), pues no hay palabra a la que desinvestir*. Si la representacióncosa encuentra una sexualidad correspondiente al nivel de la zona erógena en una forma convenientemente desarrollada, comprendida, “pasada por una investidura* corporal”, por lo tanto con las representaciones-palabra con un cierto nivel de elaboración y vinculación entre ellas, se puede establecer una defensa normal, si no es así deberá usarse aquella que aquí llama patológica, pero que es la más común: la represión. En la misma carta trata de

relacionar los recuerdos de los hechos con la causa de la neurosis*, la histeria*, la neurosis obsesiva* y la paranoia*. “[...] los recuerdos reprimidos fueron actuales, en la histeria, a la edad de un año y medio a cuatro; en la neurosis obsesiva, a la edad de cuatro a ocho años, y en la paranoia, a la edad de ocho a catorce años" (1896, A. E. 1: 277). Otra consecuencia de las vivencias prematuras es la perversión*, cuya condición pareciera ser, a esta altura de la teoría, que la defensa no sobrevenga antes que el aparato psíquico se haya completado, o que no se produzca defensa alguna. Posteriormente, a partir de Pegan a un niño (1919) y del historial del “Hombre de los lobos” (1914), se comprende que esta afección es producida por otro tipo de represión o defensa ante el reconocimiento de la diferencia de sexos que aparece en la etapa fálica, durante el complejo de Edipo (fálico-castrado), etapa y período a los que queda fijado, fijación* basada en una desmentida* de aquella diferencia, a la que a partir de entonces se debe dedicar a sostener, produciendo escisiones en su yo*.

Castigo, necesidad de También llamada incorrectamente “sentimiento inconsciente de culpa”*. Es producto de la pulsión de destrucción* (deflexión al exterior de la pulsión de muerte*), reintroducida en el aparato psíquico merced a su ligadura por el superyó* inconsciente*. La necesidad de castigo no es percibida por el sujeto como algo en especial, se infiere de su conducta, o de la persistencia arraigada de su neurosis*. Ocasiona, cuando es predominante y crónica, caracteres* patológicos como “los que fracasan al triunfar”*, o “los que delinquen por sentimiento de culpa”*.Además es una de las resistencias* más fuertes a la cura, generadora de la llamada “reacción terapéutica negativa”* consistente en el empeoramiento de la enfermedad cuando se ha conseguido reconstruir o develar el sentido de un síntoma*, de un sueño*, de una compulsión de repetición* o de un rasgo de carácter. Esta resistencia corresponde al superyó. También se puede expresar como tendencia a los accidentes, incluso a las enfermedades orgánicas. En estos casos suele llamársela “neurosis de

destino”. No olvidemos que el destino para el inconsciente corresponde al padre, en última instancia al castigo paterno.

Catarsis Fenómeno de descarga de la cantidad de excitación*. La descarga puede ser simultánea al hecho traumático y en ese caso el aparato psíquico* actúa casi meramente como arco reflejo, por el principio de inercia*, volviendo inmediatamente al estado anterior (del nivel de estímulo).Puede también ocurrir que se retenga el afecto*. Por ejemplo: cuando una zona erógena* es estimulada en un momento de la vida en que todavía no esté capacitada para la descarga. Cuando llega el momento de la vigencia de la zona erógena en cuestión, el hecho traumático retorna “a posteriori”* produciendo las sensaciones que no produjera otrora y de las que el yo* ahora se defiende con la represión* y su consecuente generación de síntomas* (cuando no es exitosa y permite el retorno de lo reprimido*).El psicoanálisis aquí busca reencontrar los recuerdos* traumáticos que retuvieron el afecto* en su oportunidad, para abreaccionarlo* mediante la catarsis*, y descargarlo. La abreacción, productora de la catarsis, fue el primer método que suplantó la orden hipnótica, de la que se mostró como mucho más eficaz. Antecedente o primer nivel de psicoanálisis, el que nunca lo dejó de lado, más bien lo incluyó como parte de sí.

Catarsis, según Freud Escribe Freud en “Dos artículos para enciclopedia”: “De las investigaciones que constituían la base de los estudios de Breuer y míos se deducían, ante todo, dos resultados: primero, que los síntomas histéricos entrañan un sentido y una significación, siendo sustitutivos de actos psíquicos normales; y segundo, que el descubrimiento de tal sentido incógnito coincide con la supresión de los síntomas,

confundiéndose así, en este sector, la investigación científica con la terapia. Las observaciones habían sido hechas en una serie de enfermos tratados con la primera paciente de Breuer, o sea por medio del hipnotismo, y los resultados parecían excelentes hasta que más adelante se hizo patente su lado débil. Las hipótesis teóricas que Breuer y yo edificamos por entonces estaban influidas por las teorías de Charcot sobre la histeria traumática y podían apoyarse en los desarrollos de su discípulo P. Janet, los cuales, aunque publicados antes que nuestros Estudios, eran cronológicamente posteriores al caso primero de Breuer. En aquellas nuestras hipótesis apareció desde un principio, en primer término, el factor afectivo; los síntomas histéricos deberían su génesis al hecho de que un proceso psíquico cargado de intenso afecto viera impedida en algún modo su descarga por el camino normal conducente a la conciencia y hasta la motilidad, a consecuencia de lo cual el afecto así represado tomaba caminos indebidos y hallaba una derivación en la inervación somática (conversión). A las ocasiones en las que nacían tales representaciones patógenas les dimos Breuer y yo el nombre de traumas psíquicos, y como pertenecían muchas veces a tiempos muy pretéritos, pudimos decir que los histéricos sufrían predominantemente de reminiscencias. La catarsis era entonces llevada a cabo en el tratamiento por medio de la apertura del camino conducente a la conciencia y a la descarga normal del afecto. La hipótesis de la existencia de procesos psíquicos inconscientes era, como se ve, parte imprescindible de nuestra teoría. También Janet había laborado con actos psíquicos inconscientes; pero, según actuó en polémicas ulteriores contra el psicoanálisis, ello no era para él más que una expresión auxiliar, une manière de parler, con la que no pretendía indicar nuevos conocimientos. En una parte teórica de nuestros Estudios, Breuer comunicó algunas ideas especulativas sobre los procesos de excitación en lo psíquico, que han marcado una orientación a investigaciones futuras, aún no debidamente practicadas. Con ellas puso fin a sus aportaciones a este sector científico, pues al poco tiempo abandonó nuestra colaboración”.

Cäcilie m.

[psicoan.] Se trata de una paciente histérica mencionada muchas veces en Estudios sobre la histeria (1893-95). Freud dice haberla conocido más a fondo que a las otras, pero que razones personales le impiden comunicar con detalle su historial clínico. En una nota al pie sobre los enlaces falsos pone el ejemplo de Cäcilie M., en aquella dice que “[...] el talante perteneciente a una vivencia, así como su contenido, pueden entrar con toda regularidad en una referencia desviante con la conciencia primaria” (1893, A. E. 11:90). Aparentemente esta apreciación está dirigida a las racionalizaciones como una forma de enlaces falsos, pero al hablar del talante y la representación como el pasaje de una escena a otra, no deja de referirse al problema de la transferencia y al fenómeno de la represión. Dice que aparecían reminiscencias, como si se repitieran escenas que eran precedidas por el talante correspondiente. La paciente se volvía irritable, angustiada, desesperada, sin vislumbrar en ningún caso que ese estado de ánimo no pertenecía al presente, sino al estado que estaba por aquejarla. En ese período de transición establecía un “enlace falso”. En otra nota al pie, trae ejemplos de comunicaciones del paciente que recuerda en determinado momento un síntoma ya superado tiempo atrás y éste reaparece al ser recordado, como si fuera esto una especie de vislumbre o presentimiento, cosa relativamente común en Cäcilie. “Era siempre una vislumbre de lo que ya estaba listo y formado en lo inconsciente, y la conciencia "oficial" (para emplear la designación de Charcot), sin sospechar nada, procesaba la representación que afloraba como repentina ocurrencia dándole la forma de una exteriorización de satisfacción, que en cada caso, con harta rapidez y puntualidad, recibía su mentís” (1893, A. E. 2:96). Luego: “[...] uno sólo se gloria de la dicha cuando ya la desdicha acecha” (1893). Este tema de los presentimientos o vislumbres, lo va a retomar, según mi entender, mucho más adelante en la teoría, en una nota al pie del artículo La negación (1925), sin embargo, es traducido ahí por Etcheverry como invocación. Por último Cäcilie M. es usada como ejemplo de formación simbólica de síntoma. La paciente posee una violentísima neuralgia facial que emerge de repente dos o tres veces por año. Cuando Freud intentó convocar la escena traumática, “[...]

la enferma se vio trasladada a una época de gran susceptibilidad anímica hacía su marido; contó sobre una plática que tuvo con él, sobre una observación que él le hizo y que ella concibió como grave afrenta (mortificación), luego se tomó de pronto la mejilla, gritó de dolor y dijo: "Para mí eso fue como una bofetada"“ (A. E. 2:190-191). Con ello tocaron a su fin el dolor y el ataque. Esa neuralgia había pasado a ser, por el habitual camino de la conversión, “[...] el signo distintivo de una determinada excitación psíquica; pero en lo sucesivo pudo ser despertada por eco asociativo desde la vida de los pensamientos, por conversión simbolizadora” (id.). El síntoma, en este caso, se forma originalmente por asociación por simultaneidad, merced al conflicto y defensa, y luego se lo evoca por simbolización principalmente de palabra, o sea por analogía de la expresión lingüística. En otra ocasión atormentaba a Cäcilie M. un violento dolor en el talón derecho, punzadas a cada paso, que le impedían caminar. En el análisis se evocó una oportunidad de una internación clínica en la que le había expresado al médico el miedo de “no andar derecha” en esa reunión de personas que le eran extrañas. Freud dice que en ninguna otra paciente ha podido hallar un empleo tan generoso de la simbolización, pero que ésta se debe extender a la histeria en general y que el síntoma conversivo no hace más que animar las sensaciones a que la expresión lingüística debe su justificación. Así por ejemplo, las frases: “[...] me dejó clavada una espina en el corazón”, o el “tragarse algo” (id.192), son metáforas de hechos concretos corporales que pueden expresar el dolor o cierto sometimiento. En estos casos en vez de ser expresados como metáforas verbales vuelven a ser “sentidos”, o realizados, en la histeria. Estas sensaciones o acciones corporales a su vez “simbolizan” a aquellas metáforas verbales, sin que la consciencia, así, tome nota del significado. La representación-palabra en la normalidad puede expresar en forma metafórica, como en esos ejemplos, los afectos correspondientes a representaciones de deseo. En la histeria, al ser estas representacionespalabra desinvestidas por la represión, no le queda al deseo Inc. más que la posibilidad de expresar la misma frase metafórica pero en forma corporal, utilizando el cuerpo en un sentido simbólico de lo que alguna vez fue concreto, para poder saltear la represión, y retornar así lo reprimido. Se apoya en que para Darwin la “expresión de las

emociones” consiste en operaciones que en su origen estaban provistas de sentido y eran acordes a un fin, por más que hoy se encuentren en la mayoría de los casos debilitadas a punto tal que su expresión lingüística nos parezca una transferencia figural. Es harto probable que todo eso se entendiera antaño literalmente, y la histeria acierta cuando restablece para sus inervaciones más intensas el sentido originario de la palabra.

Celos Estado afectivo normal, que está en directa relación con el aspecto de pulsión de apoderamiento* perteneciente a la pulsión sexual*. Se vincula con la intimidad que busca la pareja amorosa, pues la pulsión sexual es asocial en ese sentido. El amor* sexual no es compartible, más que con la propia pareja. Freud describe tres niveles de celos: 1) los de competencia o normales; 2) los proyectados y 3) los delirantes. Los primeros están compuestos del duelo* por el objeto* de amor que se cree perdido y por la afrenta narcisista sufrida. Pueden existir sentimientos de hostilidad hacia los rivales y un monto mayor o menor de autocrítica. A pesar de ser normales, son irracionales.“[...] arraigan en lo profundo del inconciente, retoman las más tempranas mociones de la afectividad infantil y brotan del complejo de Edipo o del complejo de los hermanos del primer período sexual” (Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad, 1922, A. E. 18: 217). En muchos casos incluso son vivenciados bisexualmente, por ejemplo los celos entre amigos, etcétera. El segundo tipo, los celos proyectados, provienen de la propia infidelidad, sea practicada, fantaseada, o reprimida y en segunda instancia proyectada como alivio del yo* ante su consciencia moral* y ante los embates de lo reprimido*.“Los celos nacidos de una proyección así tienen, es cierto, un carácter casi delirante, pero no ofrecen resistencia al trabajo analítico, que descubre las fantasías inconcientes de la infidelidad propia” (1922, id. 218).Los celos del tercer tipo o estrato (Freud los considera diferentes tipos pero éstos pueden coexistir) también provienen

de anhelos de infidelidad reprimidos, pero en este caso los objetos de fantasía* son del mismo sexo; las diferencias sexuales están previamente desmentidas* y luego reprimidas de una manera muy particular, en la que intervienen la desinvestidura* de la representación-cosa* y ulterior proyección* del deseo* inconsciente en el objeto. Corresponden a una forma de la paranoia*, aquella que desmiente la moción homosexual no aceptada por el yo, o sea su “protesta masculina”, la “roca de base”*, tan poco profunda en la paranoia, por lo que se torna tan difícil su acceso terapéutico. La paranoia de celos desmiente la moción homosexual que le retorna desde lo proyectado, con la frase “No yo amo al varón - es ella quien lo ama” (en el varón) o “No yo amo a las mujeres - sino que él las ama” (en la mujer) (Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides) descrito autobiográficamente, 1911, A. E.12:60).“Frente a un caso de delirio de celos, habrá que estar preparado para hallar celos de los tres estratos, nunca del tercero solamente” (1922, A. E. 18:219).

Censura Este concepto sufre una evolución particular en la obra freudiana. Es el proceso en que a una representación -retoño (de otra representación reprimida primariamente) se le impide el acceso a un nivel superior del psiquismo (a la palabra, al preconsciente*), o se le permite siempre que esté bien disfrazada y no sea reconocida como propia por el yo*.Freud define en primer término la censura onírica. Su función es desfigurar la representación* intolerable para la consciencia*. En el capítulo VII de La interpretación de los sueños (1900) y en los escritos metapsicológicos de 1915 llevará el nombre de “represión”*. Esta represión escindirá el aparato psíquico en un Inc.* y un Prec. y a su vez tendrá dos tiempos: la represión primaria*, que se producirá en los distintos momentos de la sexualidad infantil* creando sus fijaciones* que culminan en el período del complejo de Edipo* y generan la amnesia infantil* posterior; y la represión secundaria*, que da caza a los retoños de aquella sexualidad infantil ya reprimida, la que intenta retornar de

lo reprimido* a través de ellos, generando, si lo consigue, entre otras cosas los síntomas* neuróticos.Freud describe también una censura consciente que impide el pasaje de las representaciones-palabra* Prec. a la consciencia (Cc.), restándoles valor, o por productoras de vergüenza*, etcétera. Esta censura, cuya forma de acción es la de quitarle a la representación-palabra la sobreinvestidura* de atención* que necesita para acceder a la consciencia*, es la que se le pide al paciente que deponga, al entregarle la “regla fundamental”* de la “asociación libre”*.En términos de la segunda tópica, la censura es en ese caso ejercida por el superyó* hacia un yo que no accede al nivel del ideal del yo* exigido. Tomando la forma de autorreproche* o autocensura, expresiones de sentimiento de culpa*. También el superyó puede castigar al yo por permitir éste al ello* ciertas libertades no aceptadas por la consciencia moral* (actuadas o fantaseadas). Es un resabio de la censura de los padres en el momento de la educación; censura que remite entonces, en el inconsciente, a la amenaza de castración*.El yo censura en forma automática a la moción pulsional cuando su representación-cosa* busca representación-palabra en alguna forma asociada por el yo con algo no aceptado por el superyó, pues si no le produce angustia señal* al yo. Éste se defiende de la angustia aplicándole a la pulsión* los mecanismos de defensa* que al sustraerle investidura Prec. (a la representación-palabra) impiden su conocimiento y acceso al yo. Estos mecanismos de defensa son formas cada vez más sofisticadas de la censura.

Ceremonial obsesivo Compulsión* compleja a la que en ocasiones se ve sometido el paciente neurótico obsesivo*. Le sirve para controlar la angustia*, la que se hace presente si alguna causa impide su realización. Aunque el ceremonial suele ser molesto, el paciente no puede impedirlo. Freud trae un ejemplo de un niño de once años:“No se dormía hasta no haberle contado a su madre presente, con los mínimos pormenores, todas las vivencias del día; sobre la alfombra del dormitorio no debía haber por la noche ni un papelito y

ninguna otra clase de basura; la cama tenía que arrimarse por completo a la pared, debía haber tres sillas delante de ella y disponerse las almohadas de una manera precisa. Y él mismo, antes de dormirse, tenía que entrechocar sus piernas cierto número de veces, y luego ponerse de costado” (Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa, 1896, A. E. 3:173, nota).El ceremonial tiene un fundamento aparentemente racional, siendo absolutamente irracional. Tiene motivaciones inconscientes que en la mayoría de los casos pueden ser reconstruidas*, y encontrarse así el significado y con él la posibilidad de la vuelta a la racionalidad de la actividad de pensamiento*, propia del yo*. El caso de ese niño “[...] se esclareció de la siguiente manera: Años antes había ocurrido que una sirvienta, encargada de llevar a la cama al bello niño, aprovechó la oportunidad para acostársele encima y abusar sexualmente de él. Después, cuando este recuerdo fue despertado por una vivencia reciente, se anunció a la conciencia a través de la compulsión al ceremonial descrito, cuyo sentido era fácil de colegir y fue establecido en detalle por el psicoanálisis: Sillas delante de la cama, y ésta arrimada a la pared... para que nadie más pudiera tener acceso a la cama; almohadas ordenadas de cierta manera... para q_ estuvieran ordenadas diversamente que aquella noche; los movimientos con las piernas... echar fuera a la persona acostada sobre él; dormir de costado... porque en la escena yacía de espaldas; detallada confesión ante la madre... pues le había callado esa y otras vivencias sexuales, por prohibición de la seductora; por último, mantener limpio el piso del dormitorio... porque el principal reproche que hasta entonces había debido recibir de la madre era que no lo mantenía así” (1896, 3:173, nota). El ceremonial obsesivo es expresión de mecanismos defensivos* del yo como la “anulación de lo acontecido”* y el “aislamiento”*, cuya progresiva falla permiten cada vez más el retorno de lo reprimido*; o sea es expresión de la neurosis obsesiva, aunque en algunos caracteres* anales normales la tendencia al orden por momentos tome ciertas características de ceremonial.“El ceremonial neurótico consiste en pequeñas prácticas, agregados, restricciones, ordenamientos, que, para ciertas acciones de la vida cotidiana, se cumplen de una manera idéntica o con variaciones que responden a leyes. Tales actividades nos hacen la impresión de unas meras "formalidades", nos

parecen carentes de significado. De igual manera se le presentan al propio enfermo, pese a lo cual es incapaz de abandonarlas, pues cualquier desvío respecto del ceremonial se castiga con una insoportable angustia que enseguida fuerza a reparar lo omitido. Tan ínfimas como las acciones ceremoniales mismas son las ocasiones y actividades adornadas, dificultadas y en todo caso sin duda retardadas por el ceremonial; por ejemplo, vestirse y desvestirse, meterse en cama, la satisfacción de las necesidades corporales. Puede describirse el ejercicio de un ceremonial sustituyéndolo de algún modo por una serie de leyes no escritas” (1907, A. E.9:101-2).“En casos leves, el ceremonial se asemeja bastante a la exageración de un orden habitual y justificado. Pero la particular escrupulosidad de la ejecución y la angustia si es omitida singularizan al ceremonial como una "acción sagrada". Los hechos que lo perturban se soportan mal, las más de las veces, y casi siempre están excluidas la publicidad y la presencia de otras personas mientras se lo consuma” (id.).Dejamos la palabra a Freud, tan clara resulta su exposición. Solamente resaltaremos el carácter de acción sagrada del ceremonial obsesivo, lo que lo vincula más con el ceremonial religioso. El hecho de que cuando es leve puede pasar inadvertido o secreto, y entonces aparecer una crisis de angustia, al impedirlo alguna causa externa. Por último la vinculación que suele tomar con actos normales cotidianos relacionados con el tocamiento del cuerpo, las zonas erógenas*, su visualización, embellecimiento, etcétera, por lo que éstos, entonces, se tornan tareas interminables, tormentosas (asearse, cambiarse, acostarse, comer, etcétera).

Chiste Procedimiento intelectual por medio del cual un rápido empleo de un proceso primario* ahorra parte del gasto que demandaba la represión* de las pulsiones sexuales* incestuosas, de las pulsiones destructivas* y de sus retoños. Se descarga, entonces, la energía* así ahorrada, energía cuya descarga da origen al placer* de la risa, la que según la clase de chiste (como en el chiste tendencioso)

llega a ser risa franca, hasta carcajada. El método que por un instante se utiliza es el de usar un proceso primario, en forma parecida al sueño*, pero sin regresión* de palabra a imagen percibida, sino tratando a la palabra como si fuera representación-cosa*, o aprovechando los diferentes significados que tienen las palabras y también las varias cosas a las que aluden. A veces se cambia una letra o una sílaba, o las palabras se descomponen en sílabas, gracias a condensaciones* y desplazamientos* que aprovechan contigüidades*, analogías*, homofonías, oposiciones*. Son asociaciones* superficiales de las palabras (analogías formales) que ocultan asociaciones más profundas (de significados).En fin, se vuelve a jugar con las palabras como jugaba el niño durante la época del aprendizaje del lenguaje*, para el que las palabras más que representar a las cosas, son una más de éstas. Existen varios tipos de chistes: del juego infantil con las palabras pasamos al chiste inocente o abstracto cuyo efecto nunca es excesivamente reidero; en general nos produce una simple sonrisa. El chiste que produce más placer suele ser el tendencioso, que nace de la pulla grosera o insulto sexual con carácter alegre de los grupos con bajo grado de cultura o inhibición. En el chiste tendencioso, en forma oculta, mediante condensaciones y desplazamientos, se busca agredir* sexualmente (desnudar) a alguien o agredir simplemente (desacreditar, degradar a una autoridad por ejemplo). Para esto se necesita de un tercero que escuche el chiste, éste es el que principalmente, entonces, sentirá el placer al producirse la descarga con la risa. Por lo tanto en el chiste tendencioso hay tres personajes: a) el creador que lo cuenta, b) la persona de quien se cuenta algo (imaginaria o ausente por lo general, salvo en la pulla grosera) y c) el tercero que es el que goza. En el autor o relator del chiste el placer empieza siendo ínfimo, pero por contagio (identificación* con el que goza) llega a ser intenso. Este complejo mecanismo hace que el chiste tenga un efecto social buscado, necesita espectador, no se puede disfrutar en soledad. Los mejores chistes equilibrarán el disfraz con lo entendible para un tercero; si es muy complejo le demandarán a éste demasiado esfuerzo y perderá el efecto placentero al demandar gasto. Si es excesivamente fácil necesita de un talante alegre previo del tercero, en el que las inhibiciones* estén disminuidas y se convierta en pulla grosera, con lo que el nivel cultural desciende. Si el tercero

es el que más goza es porque la operación intelectual creativa, el uso momentáneo del proceso primario insertado en un discurso en proceso secundario* en forma repentina, le viene regalada por el autor, no le demanda el gasto que exige la ocurrencia creativa. Consigue así, mediante la operación intelectual del otro, dar cierto nivel de satisfacción a una pulsión* prohibida interiormente en su aparato psíquico*. Pero el autor necesita del tercero para gozar, pues como hemos dicho el chiste en soledad no produce placer, sólo al producir la risa en el tercero el autor puede sentir placer al contagiarse, por identificación, de la risa de aquel. Esto transforma al chiste en un fenómeno social por excelencia, diferenciándose así del humor* que es un tipo de placer parecido, pero con libido* narcisista. En el humor el sujeto puede sonreírse de sí mismo, o de los problemas de la realidad*, gastándoles una broma, disminuyéndoles con ésta el valor, tornándose por un instante omnipotente el yo*. El humor no necesita de terceros, si bien éstos pueden disfrutar de él, al sujeto no le son imprescindibles para gozar. El chiste es una válvula de escape que en lo social permite desinhibición de pulsiones sin llegar a la acción. Puede estar ayudado por una fachada cómica (véase: cómico), la que va preparando previamente el ambiente para el placer chistoso.

Cloaca Segunda de las tres principales teorías sexuales infantiles*. La primera atribuye a todos los seres humanos un pene y la tercera es la concepción sádica del coito. La teoría de la cloaca surge de la ignorancia que tiene el niño sobre la existencia de la vagina como genital, o si se quiere, de la desestimación* de la diferencia de los sexos que el niño realiza. De ahí que atribuya el nacimiento no a un parto sino a una evacuación. Si los hijos nacen por el ano, los varones pueden parir igual que la mujer (esto se corresponde con la primera teoría que dice que las mujeres tienen pene). En realidad, según esta teoría no existirían dos sexos más que por los caracteres sexuales secundarios, la función en la familia, el tipo de preferencias, de manera de ser, etcétera, pero no por lo esencial. Una vez

reconocida la diferencia de los sexos, al menos en un primer nivel (la oposición* fálico-castrado), la teoría cloacal es desechada. Sin embargo, puede permanecer en el inconsciente* reprimida o incluso dentro del yo*, merced a mecanismos de escisión yoica* que en parte reconozcan la castración y en parte no. Esto último sucede, en forma característica, en el caso de la desmentida* de la diferencia de los sexos que se produce en la perversión sexual*. En el historial del “Hombre de los lobos” (1918), Freud plantea esta problemática y la manera compleja en que aparece en el caso. El paciente poseía en su yo tres actitudes diferentes frente a la castración:1 ) Abominaba de ella desde su “protesta masculina”, lo que originaba la angustia* de su fobia* (angustia de castración*).2) Tenía una segunda corriente que aceptaba la castración y se consolaba con la feminidad como sustituto. Ésta originaba sus síntomas* de constipación como conversión* histérica.3) Había una tercera más antigua y profunda que podía todavía ser activable y que seguramente es la teoría de la cloaca desestimadora de la castración, que momentáneamente podría resurgir durante un conflicto agudo. Con la teoría cloacal se vincula íntimamente la trasmutación de las pulsiones* anales a través de la ecuación simbólica: heces-pene-niño-regalo-dinero, todas identidades para el inconsciente*.

Cómico Operación anímica placentera, cuyo medio de descarga es la risa. Se origina como un hallazgo de algo no necesariamente buscado en los vínculos sociales entre los seres humanos, que también se puede extender a la apreciación de ciertos animales, objetos inanimados o situaciones, que resultan con ciertos atributos exagerados, caricaturescos, cómicos. La descripción corresponde, por lo general, a hechos cómicos acaecidos a personas adultas o por lo menos con un aparato psíquico* terminado de establecer; con un ello*, un yo* y un superyó*, y en el que está bien definida la frontera entre lo que es inconsciente* y lo que es preconsciente* y consciente*. Lo cómico es una operación que corresponde al yo en su parte preconsciente

(Prec.), lo que pertenece ala actividad de pensamiento*, al juicio*, al proceso secundario*. No interviene el inconsciente en su gestación, como en el caso del chiste*. Lo cómico es algo que se halla en personas, en sus movimientos, formas, acciones y rasgos de carácter*; originariamente es probable que sea sólo en sus cualidades corporales, más tarde * también en las anímicas o bien en sus manifestaciones. Por otro lado, como decíamos, se puede extender a animales, cosas o situaciones. Reímos de los movimientos del clown porque, desmedidos y desacordes con un fin, nos recuerdan la torpeza infantil. Reímos de un gasto de energía demasiado grande; desde la comicidad de los movimientos se puede ramificar lo cómico a las formas del cuerpo y los rasgos del rostro.¿Por qué produce efecto cómico lo desmedido y carente de fin del movimiento, que incluso luego deriva a otras situaciones? Freud lo atribuye a la comparación entre el movimiento observado en el otro y el que uno habría realizado en su lugar. Por el proceso de juicio y a través del “complejo del semejante”* “Adquiero la representación de un movimiento de magnitud determinada ejecutando o imitando ese movimiento, y a raíz de esta acción tengo noticia en mis sensaciones de inervación de una medida para ese movimiento” (El chiste y su relación con lo inconciente, 1905, A. E. 8:182). Comprendemos a un semejante realizando sus mismas acciones; luego, una vez conocidas éstas, podemos pasar a compararlas con las nuestras. El proceso se irá simplificando a medida que participe en él la memoria, lo que nos dispensará de realizar el acto cada vez, sustituyéndolo por un gasto de investidura* de representación*. Al ver a un prójimo realizando actos desmedidos o desacordes a un fin -en la comparación que automáticamente hacemos, para comprender, con la acción que realizaríamos nosotros en la misma situación- hay un ahorro de investidura de representación. Esa energía ahorrada se descarga por el mecanismo placentero de la. risa. Así “[...] la génesis del placer por el movimiento cómico sería un gasto de inervación que ha devenido inaplicable como excedente a consecuencia de la comparación con el movimiento propio” (1905, id. 185). El placer de lo cómico surge entonces de un gasto de investidura de representación que la desproporción del movimiento realizado por el semejante, nos ahorra.

Complejo de castración Excitaciones y efectos relacionados con la pérdida del pene. El desarrollo sexual del niño se realiza en dos tiempos. El primero dura hasta los cinco o seis años, la sexualidad infantil* que cae bajo el manto de la represión*, luego es seguido por un período de latencia*, y el segundo que resurge en forma definitiva en la pubertad y posterior adolescencia. En la culminación del período sexual infantil la zona erógena* predominante es la fálico-uretral*; al advenir el predominio de esta zona ocurren simultáneamente múltiples cosas. Por lo pronto se abren distintos caminos en la evolución del niño y la niña. En el nivel infantil de conocimiento se notan diferencias sexuales, las que son vividas como posesión o no de genital (el que no lo posee es porque fue castrado, el que sí lo posee corre peligro de serlo). Esta realidad difícil de enfrentar y resolver con el aparato psíquico* infantil, es aceptada en parte, lo que originará angustia de castración* en el niño y envidia fálica en la niña. También puede ser desmentida* en ambos casos y esto señalar el camino a las perversiones sexuales*, las que se pueden extender a algún tipo de psicosis*. Tanto en la niña como en el varón, en el nivel infantil de pensamiento* no se reconoce del todo la existencia de la vagina femenina como órgano genital (no obstante, es de suponer que para el yo* realidad todavía incompleto, en parte sí, además para las pulsiones sexuales* objetales también, no hay más que fijarse en los símbolos universales* de ella que aparecen en los sueños*, provenientes del inconsciente*), lo que en forma definitiva deberá lograrse en ambos casos en el largo camino hasta la pubertad y adolescencia. La vagina y el clítoris son vividos por ambos, en la etapa fálica, como la castración del único genital que en última instancia es considerado como tal en este nivel infantil, el falo. Al miedo del varón ante la posibilidad de la castración, comprobada entonces en la visión del genital femenino, se lo llamará angustia de castración, y es aquella de la que se defenderá, principalmente, el yo del neurótico adulto con los mecanismos de defensa* inconscientes, origen de rasgos de carácter* y síntomas* neuróticos. En la niña la aceptación

de la existencia de la castración origina el complejo de castración por excelencia. Fundará su yo basado en esta (sentida por ella) mutilación. Esta situación originará sensación de minusvalía, dependencia extrema, la constitución de su superyó* será más lenta, no estará acuciada por la urgencia de la angustia de castración. Respecto a este punto Freud señala que en la mujer hay tres caminos principales en su evolución sexual:1 ) La represión de la sexualidad* en general.2) La no aceptación de la castración, conducente a la masculinidad en el carácter, o a la homosexualidad* como perversión.3) El pasaje a la feminidad aceptando la diferencia entre los genitales femeninos y los masculinos, entre la masculinidad y la feminidad, con sus características propias. No como una castración de la posesión de una única forma posible de genital (el falo). Este último paso podrá ser logrado a partir de la pubertad y obviamente será el camino normal, el que sin embargo incluye en parte, reprimidos, los anteriores.

Complejo de Edipo Período* culminante de la sexualidad infantil* en el que termina de desarrollarse la pulsión sexual* objetal, la que va a tomar la característica de incestuosa, pues se ha apuntalado en la pulsión de autoconservación* y por lo tanto elegirá como objeto*, al mismo que satisfacía a esta pulsión*. Así, se originarán diferentes tipos de problemáticas, al ser justamente la prohibición del incesto uno de los pilares básicos sobre los que se edificó la cultura* humana. Transcurre durante un período de la evolución del infante, alrededor de los cuatro a seis años. Luego el niño entra hasta la pubertad en un “período de latencia”* de la sexualidad*, similar a las glaciaciones en el desarrollo de la humanidad. Es decir, la evolución sexual humana se realiza en dos oleadas: desde el nacimiento hasta el período culminante del complejo edípico, su posterior represión* o sepultamiento* junto con toda la sexualidad infantil previa (lo que genera la amnesia infantil*) y una segunda y definitiva oleada en la pubertad y adolescencia. En el intervalo, el período de latencia. La

represión, o el sepultamiento, del complejo de Edipo centrada en el incesto y el parricidio es condición para el acceso a la cultura. En su lugar, como “monumento conmemorativo se establece una estructura en el aparato psíquico* llamada superyó*. Es el “complejo nuclear de las neurosis”, pues toda la patología psíquica representacional proviene de la defensa que realiza el aparato psíquico ante la conflictiva que directa o indirectamente surge en ese período de la vida. Durante la evolución sexual infantil, al entrar en el período en el que predomina la zona erógena* fálica como punto principal de las sensaciones placenteras, suceden varias cosas. Por lo pronto todas las zonas erógenas predominantes previas (oral, anal, etcétera), con satisfacciones parciales y aisladas entre sí, caen bajo la supremacía fálica, lo que les da una unidad a las distintas sensaciones corporales, y consolida la formación de un yo* cuyo origen es básicamente corporal. Al mismo tiempo que concluye de formarse éste que será un yo realidad definitivo*, también lo hace el objeto, que ya venía siendo reconocido como tal en diferentes niveles a medida que progresaba el aparato muscular, con la realización de juegos infantiles y el aprendizaje del lenguaje*, “comenzados” en la etapa anal. El objeto, decíamos, termina de ser reconocido (o su reconocimiento tiene un primer nivel de conclusión) como principal fuente de placer*, al mismo tiempo que se admite definitivamente (suele haber avances y retrocesos) que no se lo es (como en el yo-placer*) y por lo tanto que se desea tenerlo. La aparición de la categoría del tener* sobre la del ser* implica reconocimiento de la oposición* yo-objeto y en parte comienza de entrada con el yo realidad inicial*, se va afirmando en la etapa anal y se confirma en la fálica con el agregado en ésta de la diferencia sexual que aparece, además de la presencia del rival. Hay un primer nivel de elección de objeto* al ser reconocido éste como principal fuente de placer, apuntalado en parte sobre las pulsiones de autoconservación y en parte desde el narcisismo* proveniente de] objeto (objeto en ese momento no reconocido como tal, sino como yo en la medida en que producía placer). Por lo tanto el primer objeto elegido tanto por la niña como por el varón, más allá de que sea ésta una elección narcisista o por apuntalamiento, será la madre. En la niña, el vínculo materno preedípico* es más firme y duradero que en el varón, desde aquí parten distintos

derroteros ya previamente vislumbrados en las metas activas y pasivas de la pulsión (véase: activo-pasivo y meta pulsional), que luego se irán separando cada vez más. El advenimiento definitivo del yo de realidad hará que el autoerotismo*, antes predominante, dé paso al narcisismo; éste podrá ser desexualizado, devenir así en el amor* sobre una abstracción surgida del propio cuerpo (donde tiene su sede principal) pero que no es el cuerpo: el yo. ¿De qué cuerpo nace el yo? De uno con historia y con lenguaje, que puede hablar de él, que puede pensarse, recordarse. Es una creación humana producto de su historia y productora a su vez de historia, y también de las huellas dejadas por ella en ese cuerpo. Llegada la etapa fálica, sucumben las teorías sexuales infantiles* previas, como la teoría de la cloaca* y la madre fálica*. El niño y la niña se enfrentan a un primer nivel de diferencia sexual, en que se valora narcisistamente el masculino como único genital. Esto resulta traumático: la niña siente que no lo tiene y el varón que corre peligro de ser despojado de él. La diferencia sexual, en este período, se plantea en términos de fálico-castrado. El reconocimiento de la diferencia sexual, necesario para la evolución de la libido* objetal, es una encrucijada para el narcisismo o, lo que es lo mismo, la libido que se satisface en el yo. A este yo que termina de consolidarse con el predominio fálico no le resultará nada fácil superar la posibilidad de perder eso que concentra el narcisismo, el amor a sí mismo; además de que es el arma para amar, desde la libido objetal, al objeto y ser amado por él. Como consecuencia, surge el complejo de castración*, que se acompaña en el varón de la angustia de castración* y en la niña de envidia del pene*. En la niña la castración parece consumada, mientras que en el niño se presenta como posible, por lo que en 61 se va configurando un complejo de Edipo positivo: el objeto deseado es la madre y el temido castrador es el padre (esto último, apoyado en la filogenia). Por lo tanto, en el niño varón que va reconociendo a su madre como castrada y es atraído, desde la libido objetal, por ella, comienza a hostilizarse la identificación* que principalmente había tomado hasta ahora de su padre y teme a la castración como proveniente de él o de un sustituto, que generalmente es un animal (relicto totémico), origen de las zoofobias* infantiles. El caso hasta aquí expuesto en forma somera y típica es el del complejo de Edipo positivo en el varón, con predominio de libido objetal

sobre la narcisista. Pero, como todo ser humano, posee una bisexualidad* constitucional y a veces los avatares dificultosos del vínculo con el objeto hacen que predomine la libido narcisista. Se tiene entonces mayor necesidad* de la pertenencia segura del pene en sí, y no sólo como medio para amar al objeto, como sostén del narcisismo. En ese caso se recurrirá a defensas* más extremas al llegar el momento del reconocimiento de la diferenciación sexual. La diferencia de los sexos será desmentida*. Si así ocurre, ¿a dónde regresar sino a la teoría infantil de la cloaca? Por lo común la desmentida se alcanza en forma parcial, lo que genera una escisión del yo*, por la que simultáneamente se acepta y no se acepta la diferencia sexual. En estos casos, se buscará como objeto al padre del mismo sexo, ello puede derivar en una ulterior fijación* homosexual, la que a su vez puede ser causa de una ulterior perversión sexual*, o generarle rechazo al yo desde la “protesta masculina” y producirle angustia señal* de castración, siendo posible reprimirla por éste de diversas maneras. Esta angustia sería de castración, pues el ubicarse en una posición femenina en el vínculo con el padre, en este nivel, de psiquismo infantil, implica la aceptación de la castración propia. Ante este peligro se puede reprimir todo esto (fijación homosexual con desmentida incluida), pasando a construirse, sobre el complejo de Edipo negativo desplegado de esta manera, una fijación, motor posteriormente de neurosis histéricas*, fobias* o neurosis obsesivas* (por ejemplo: “Dora” y el “Hombre de los lobos”); y por supuesto, la paranoia*, psicosis* en la que además intervienen otros mecanismos (Schreber). El complejo de Edipo positivo y el negativo se superponen en diversas proporciones, configurando el llamado complejo de Edipo* completo. Tanto en el positivo como en el negativo se teme que la castración provenga del padre, y en la fijación neurótica, la angustia de castración es percibida como angustia realista* en el período de la aparición del complejo edípico. El yo la usará, tiempo después, como señal para poner en acción los mecanismos de defensa* ante la pulsión con libido más o menos narcisista, más o menos objetal (con un yo desconocedor o reconocedor previamente de la diferenciación sexual). Estos mecanismos de defensa generarán rasgos de carácter* a veces patológicos que derivan en caracteropatías, o bien en neurosis*, cuando fallan en sus objetivos. Es probable que surja la homosexualidad* o el

fetichismo* estructurado más o menos sólidamente, cuando la desmentida de la diferencia de los sexos predomine y consiga su objetivo de que no se le produzca angustia de castración al yo; o cuando la necesidad del reaseguro de la imposibilidad de la existencia de la castración, supere a la posibilidad de tolerancia de la angustia de castración. Las vicisitudes de la niña son diferentes. Su vínculo preedípico* con la madre es más largo y profundo (hasta los cuatro o cinco años), al punto de que podríamos decir que el vínculo de la mujer con el objeto madre comienza siendo preedípico y se va convirtiendo en edípico negativo, en todo ese período infantil primero existe la desestimación* que luego va deviniendo en desmentida de la diferenciación sexual. Cuando comienza a aceptar ésta, se va formando el puerto de arribo al complejo de Edipo positivo. Al descubrir la niña la diferencia entre su clítoris -zona erógena rectora de la etapa fálica en la mujer- y el pene, se siente objeto de una injusticia, de una minusvalía que en un principio es sentida como un castigo propio, luego se extiende a otras niñas y más tardíamente a la madre y a la mujer en general. La comparación del clítoris con el pene la hace sentirse mutilada, y envidia ese órgano al niño, del que siente haber sido despojada; esta envidia la impulsa a sofocar rápidamente la masturbación clitoridiana. El sentimiento de menoscabo deja huellas profundas en el carácter femenino y ayuda, junto al predominio previo de la pasividad como meta pulsional*, a que su aparato psíquico se forme predominantemente como objeto más que como sujeto, a las dificultades en la constitución de su yo. Si el sentimiento de menoscabo es reprimido y queda confundido en ella lo femenino con lo castrado, no podrá superarlo justamente por estar reprimido, fuera del alcance de la actividad de pensamiento*. Entonces lo femenino será sinónimo de desvalorizado (coincidiendo en esto con el niño), y ella tendrá un ideal masculino al que nunca podrá acceder. Caerá presa, entonces, de la envidia fálica e intentará ser un varón o hacer todo lo que se supone que hace un varón, como una forma de obtener el pene anhelado (el juego de las muñecas también implica cierta forma activa de poseer un pene). Su narcisismo sufre una herida fundamental en esta época de la formación definitiva de su yo, herida que, como decíamos, genera marcas indelebles en el carácter femenino (su gran necesidad de ser amada, mayor que en el varón, su menor autonomía y su mayor dependencia en

consecuencia). En el momento de reconocer la castración como característica universal femenina, por lo tanto la no existencia de la madre fálica, la niña hace culpable precisamente a su madre de su minusvalía y rompe agresivamente su vínculo preedifico y edifico negativo con ella, el que pasa al estado de represión. Al mismo tiempo se acerca al padre en procura de un pene. Por la ecuación simbólica heces-pene-niño, va derivándose este anhelo hacia el deseo* de poseer un hijo del padre. Así entra en el período del complejo de Edipo positivo, el que dura también más que en el varón ya que no hay angustia de castración que fuerce a la represión urgente (la angustia de pérdida de amor* pasa a sentirse respecto del amor del padre y la acerca a éste, más que alejarla). Paulatinamente, se irá instaurando un superyó más laxo y más preconsciente* (Prec. ) que el del varón, más dependiente de las circunstancias exteriores reales y más tardío. A lo largo del camino irá descubriendo las sensaciones relacionadas con el resto del aparato genital femenino y desarrollando así su feminidad adulta, una oportunidad para restaurar su narcisismo disminuido por el complejo de castración. Éste será reprimido al inconsciente*, y desde allí podrá ser la causa de ulteriores períodos depresivos, paranoides o neuróticos en general, cuando aumente la cantidad de excitación* (como sucede en la adolescencia o la menopausia). Después del período del complejo de Edipo, en el varón, víctima de la angustia de castración, toda la sexualidad infantil será reprimida y se consolidarán todas las represiones primarias*, contrainvestiduras* a las que había apelado el yo incipiente ante los hechos traumáticos previos al complejo de Edipo y recomprendidos “a posteriori”*. Se termina de estructurar así un aparato psíquico con un ello*, un yo y un superyó. El ello es inconsciente; los otros dos tienen sectores inconscientes, preconscientes y conscientes*. La pulsión sexual incestuosa en el caso “normal” o ideal, es sepultada y desaparece en parte; una parte pasa a integrar el yo como energía libidinal desexualizada, integrando rasgos de su carácter. Otra parte se sublima* a través de acciones yoicas. Si en cambio se reprime, genera rasgos patológicos de carácter o, cuando retorna de lo reprimido*, neurosis. Como “monumento conmemorativo” del complejo de Edipo -el período más traumático de la sexualidad infantil- se instalará en el aparato psíquico el superyó, diferenciación del yo que le

exige a éste ser corno el ideal del yo*, el que surge de la aspiración narcisista de los padres sobre el bebé y del narcisismo infantil previo. Este superyó se formó como una inmensa contra¡ n vestidura contra la pulsión sexual infantil, mediante identificaciones secundarias* con los padres y con el superyó-ideal del yo, de los padres. 1 La instauración de la identificación-secundaria “superyó” se suma a la identificación primaria* previa (ubicada en el yo), reforzando su carácter y en el varón también su masculinidad, la que, también podríamos decir, tiene su “verdadero” origen aquí.

Complejo del semejante Concepto vertido en el Proyecto de psicología (1950a [1895]). Consiste en una reflexión sobre el origen de la comprensión* de los actos expresivos ajenos. Freud plantea que en el acto de la percepción* se clasifica el complejo perceptivo. Se lo divide en dos partes básicamente: una central, que no cambia y que es esencialmente lo buscado, a la que llama la cosa*, y otra cambiante y factible de relacionar con características propias, que constituiría los atributos de la cosa. Freud extiende este mecanismo de juicio a los semejantes. En éstos hay partes que les caracterizan y que no son pasibles de comprender, simplemente son así y esto es lo central, lo no cambiante del objeto* (sus rasgos, por ejemplo), la cosa del objeto. En los semejantes además hay atributos: el movimiento de sus manos, sus gritos, sus actitudes en general. Los atributos son pasibles de ser comprendidos siendo relacionados con noticias del propio cuerpo, moviendo por ejemplo uno mismo las manos, gritando o recordando los propios gritos y lo que ellos significaban o a qué estaban vinculados. Tal es la manera de comprender al semejante, haciendo pasar sus atributos por el propio cuerpo, poniéndose “en su lugar”. Es el “valor imitativo” (1950a [1895]) identificatorio (véase: identificación y narcisismo), de toda percepción. El complejo del semejante corresponde al proceso secundario*, a la actividad de pensamiento*, aunque participa en él también el afecto* (los gritos, la risa). Las representacionespalabra* no son imprescindibles para este tipo de pensar,

ya funciona en el bebé prácticamente sólo con el pensamiento reproductor* basado en imágenes o representaciones-cosa*, y ciertos movimientos corporales (véase: yo). Obviamente, el aprendizaje del lenguaje hablado, con su representación-palabra, lo complejiza en forma geométrica. El “complejo del semejante”, entonces, consiste en la emisión de un juicio de existencia* y de un juicio de atribución* sobre el semejante. Es realizado por el yo realidad definitivo* en ciernes, y pertenece, en parte, al “examen de realidad”*.

Complejo materno Tipo particular de relación de la hija con su madre. Ésta es la primera elección de objeto* sexual para aquella, por apoyatura de la pulsión sexual* sobre las pulsiones de autoconservación*. Es previa a la entrada en el período edípico (preedípica*) y luego deviene edípico-negativa cuando ya pertenece a él, al tomar valor vivencial las diferencias sexuales. En esta intensa relación, más prolongada que en el caso del varón, va creciendo paulatinamente su ambivalencia*, especialmente al entrar en el período edípico. Es entonces cuando debe abandonarla y reconocer la diferencia de sexos (en este nivel de zona erógena* fálica, reconocerse castrada) cambiando de objeto*, pasar al padre, de quien podrá recibir el pene-hijo anhelado. En todo este tiempo determinado, el vínculo con la madre se torna cada vez más hostil, generándose a veces fijaciones* que dificultan el pasaje al padre (el vínculo con el padre, de esta manera, de entrada es transferencial del anterior, materno), o este pasaje se realiza con matices pertenecientes a aquel. La niña acepta de mala gana la nueva situación. Debe pelearse con la madre (hasta entonces primera elección de objeto) y hacerla responsable de su minusvalía, con lo que consigue a duras penas alejársele. Es un pasaje muy doloroso que, si no se supera, retorna en la adolescencia y la torna tormentosa. Como siempre, en su superación -siempre humanamente relativa- intervendrán las series complementarias.“Cuando la madre inhibe o pone en suspenso la afirmación sexual de la hija, cumple una

función normal que está prefigurada por vínculos de la infancia, posee poderosas motivaciones inconcientes y ha recibido la sanción de la sociedad. Es asunto de la hija desasirse de esta influencia y decidirse, sobre la base de una motivación racional más amplia, por cierto grado de permisión o de denegación del goce sexual. Si en el intento de alcanzar esa liberación contrae una neurosis, ello se debe a la preexistencia de un complejo materno por regla general hiperintenso, y ciertamente no dominado, cuyo conflicto con la nueva corriente libidinosa se zanja, según sea la disposición aplicable, en la forma de tal o cual neurosis. En todos los casos, las manifestaciones de la reacción neurótica no están determinadas por el vínculo presente con la madre actual, sino por los vínculos infantiles con la imagen materna del tiempo primordial”. (Un caso de paranoia que contradice la teoría psicoanalítica, 1915, A. E. 14:267).

Complejo paterno Tipo de relación del hijo varón con su padre, en ésta hay una importante coincidencia de sentimientos de amor* y odio* (ambivalencia*). Se origina durante el período del complejo de Edipo*, positivo y negativo, pues en ambos casos siente que el peligro de la castración proviene de él. En el adulto es inconsciente*, se apoya fuertemente en la “roca de base”* y, retorna de lo reprimido* a través de las relaciones que se establecen con las figuras correspondientes a la línea paterna (los maestros, el líder, Dios, etcétera). Incluso con el psicoanalista, y en este caso constituirse en una de las resistencias* más sustantivas a la cura. Fruto de esa fijación* a este tipo de vínculo ambivalente con la figura paterna original, aparecerán entonces, de manera transferencial, el miedo, el desafío y la desconfianza a cualquier posterior figura paterna sustitutiva. El complejo paterno juega también un rol importante como base de la constitución de la masa*, en la que existe una compulsión a la repetición* de la historia hipotetizada por Freud; los hijos varones de la horda primitiva* asesinaron al padre (parricidio) y establecieron después la alianza fraterna*, generadora de la cultura*. La

masa crea al líder al que se somete, al mismo tiempo que comienza a atacarle buscando ocupar su lugar. El complejo paterno puede estar también en la base del delirio* paranoico de persecución. Donde más claramente se lo ve es en la compulsión obsesiva, en la que hay una relación ambivalente del yo* con el superyó*, a la manera que en la infancia lo era la del niño con su padre. En Las perspectivas futuras de la terapia psicoanalítica (1910) dice Freud:“En pacientes del sexo masculino las resistencias más sustantivas a la cura parecen provenir del complejo paterno y resolverse en el miedo al padre, el desafío al padre y la incredulidad hacia él” (A. E. 11:136).

Comprensión Actividad del pensamiento* por la cual una persona puede entender lo que le sucede a otra, poniéndose en su lugar, sintiendo lo que ella siente o haciendo lo que ella hace, pasando por una investidura* corporal propia (todo esto en forma mitigada y controlada por el yo*, por supuesto). Forma parte del “complejo del semejante”* por el cual el bebé comprende a su madre imitando sus actos. Si ella mueve una mano, comprende qué significa esto al mover la mano propia; si ella llora, la comprende al llorar, si ríe al reír. En adelante será una de las formas del aprendizaje humano. Corresponde, por lo tanto, al proceso secundario*, a la actividad del pensamiento, por el cual los atributos del otro, del semejante, se van haciendo yoicos. En esta forma de pensamiento se percibe el “valor imitativo de una percepción” (Proyecto de psicología, 1950a [1895], A. E. 1:379).Es un mecanismo consciente pero está íntimamente emparentado con la identificación* (incluso con la identificación primaria directa, en tanto el bebé repite lo que hace la mamá, sin considerar a ésta necesariamente un objeto* separado del yo). La comprensión implica no sólo lo intelectual, sino los sentimientos (la identificación es también la primera forma de amar) y la curiosidad, perteneciente a la pulsión sexual* infantil. Justamente la curiosidad sexual infantil le permite al niño ir descubriendo, a medida que se acerca a la etapa fálica, la diferencia de los sexos. Comprenderá entonces las “escenas primarias”*

entre los padres y los hechos traumáticos sufridos previamente. Los comprenderá “a posteriori”*, al poder sentirlos ahora corporalmente. El niño descubre el genital femenino deseado por la libido* objetal y no puede comprenderlo fácilmente, no puede ponerse en su lugar así como así, pues esto implica para su narcisismo* la aceptación de la posibilidad de la pérdida de su pene. Nada menos que la pérdida de la sede de todas las sensaciones placenteras que dieron unidad a su yo. La curiosidad infantil sucumbe entonces a la represión*. Origínase así el período de latencia* que se extiende triunfal hasta la pubertad, en que nuevamente será abierto el expediente. Gracias al rebrote de la libido objetal podrá acercarse poco a poco a la mujer y comprenderla como a un ser con genitales diferentes a los propios. Un proceso activo que deberá realizar el yo Prec., con su actividad de pensamiento y su “examen de la realidad”*, los que deben superar sus temores infantiles a la castración, reprimidos, por lo tanto pasibles de hacerse nuevamente presentes y tornarse eficaces. La comprensión también es usada por la persona adulta, si bien en ésta está mitigada su necesidad de acción para poder comprender. Usa, entonces, por un lado los recuerdos* en imágenes, vinculando sus atributos entre sí, utilizando también para ello el universo simbólico de las palabras o las representaciones de ellas, en fin, piensa. Pero en este pensar está incluido el afecto* (la expresión de las emociones), la comprensión, el “ponerse en el lugar del otro”, no es indiferente, conmueve, como dice Freud: “es reconducido a una noticia del cuerpo propio” (1950a [1895], A. E. 1:377).

Compulsión Característica irrefrenable propia de algunos actos, ocurrencias, fantasías*, síntomas*, incluso rasgos de carácter* o limitaciones del yo*; a raíz de una gran intensidad psíquica aunada a un intenso desplazamiento*. Es decir, representaciones* no inhibidas, no ligadas por el proceso secundario* del yo Prec., quien las siente como algo extraño a él, algo que se le impone desde dentro de sí mismo. Las compulsiones muestran además una amplia

independencia respecto de la organización de los otros procesos anímicos correspondientes al yo Prec., estos últimos por lo común permanecen adaptados a los reclamos del mundo exterior real y cumplen las leyes del pensar lógico. Compulsiva es una acción que tiene la lógica del principio de placer*: la no existencia del tiempo y el espacio, de la contradicción, en fin, del principio de realidad*. La compulsión proviene de las pulsiones* o de la defensa* contra ellas, la contrainvestidura* superyoica; o lo que es más común, de ambas simultáneamente. Alíes el caso de los síntomas obsesivos, como los ceremoniales y las mismas obsesiones. El paciente suele no llevarse bien con sus compulsiones, las critica, abjura de ellas, en tanto no vayan siendo englobadas por el yo dentro de su carácter y perdiendo la egodistonía, lo que equivaldría a un triunfo del proceso primario* sobre el proceso secundario, del principio de placer sobre el principio de realidad, del ello* o del superyó* sobre el yo. Aunque esto también puede ser visto como lo contrario, como una victoria a lo Pirro del yo, en la que éste se limita a desconocer como propio lo que se satisface fuera de la razón, ya sea la satisfacción o el castigo, o una transacción entre ambos. Otros ejemplos de actos compulsivos son: la masturbación* compulsiva de la adolescencia, con su típico ciclo de autoprohibiciónmasturbación-culpa-autoprohibición y vuelta a empezar. La cleptomanía, incluso algunas adicciones como la tendencia al juego, al alcoholismo y drogadicciones, son, según Freud, derivados inconscientes del ciclo masturbatorio compulsivo (Dostoievsky y el parricidio, 1928b).

Compulsión a la repetición Característica universal de las pulsiones* que esfuerza a retornar a un estado anterior. Es expresión del principio de inercia*, primera ley del movimiento de la física clásica, aplicado aquí a la vida orgánica en general y a la psíquica en especial. Clínicamente se expresa como tendencia a repetir determinado tipo de acciones complejas, recrear situaciones en forma involuntaria, las que son más o menos dolorosas o frustrantes para el sujeto, sin que éste pueda impedirlo.¿A qué estado anterior se quiere volver? A uno en

el que el organismo permanecía previo a la aparición de cierto estímulo (pulsiones de vida*, Eros*), o bien a uno previo a la existencia misma del organismo (pulsión de muerte*). Entre estos dos extremos existen todas las variaciones de repetición, o todas las proporciones de mezcla o desmezcla pulsional* posibles. La compulsión repetitiva se presenta en el tratamiento psicoanalítico como síntoma* neurótico (típicamente en la neurosis obsesiva*, aunque también en la fobia* y en la histeria), como rasgo de carácter*, también como perversión sexual*. Incluso es rastreable en los delirios* psicóticos. Cuando el hecho traumático es actual da origen a las neurosis traumáticas* con sus sueños* repetitivos típicos. En los “normales” puede aparecer como “neurosis de destino”.Además, especialmente, y éste es el punto más importante para las posibilidades terapéuticas, también se “repite” en la transferencia* que se establece con el psicoanalista. A veces el paciente “actúa” en transferencia episodios de su infancia, generalmente hechos traumáticos reprimidos y a lo que está por lo tanto “fijado”, sea que los pase de pasivo a activo o que los repita tal cual. Aquella neurosis se transforma en esta neurosis, una neurosis transferencial* con su analista; neurosis artificial, situación intermedia entre la enfermedad y la vida; sobre la que el psicoanalista podrá ahora influir en vivo conociéndola y haciendo conocer al yo* del paciente a su pulsión*, de la que se defiende, por qué lo hace y cómo lo hace. La compulsión de repetición es un paradigma del tipo de funcionamiento del inconsciente* con sus “facilitaciones”* y su búsqueda de la “identidad de percepción*”, unas veces queriendo satisfacer el principio de placer*, otras más allá de él, y casi siempre con ambos fines en diversas proporciones. Lo más característico es, entonces, ese buscar la identidad, una situación idéntica, sea ésta una vivencia de placer o una vivencia traumática. Es también una forma de “recordar” después del “olvido”* producido por la represión*. Se transforma por ello en una de las fuertes resistencias* a la cura, la resistencia del ello*. El ello quiere repetir (una forma del recuerdo*), no recordar (en el sentido de recordar con la actividad de pensamiento*). El que quiere recordar con palabras es el yo Prec., el que busca la curación. La meta terapéutica principal, en este caso, es la “reelaboración”* por el yo Prec. de la situación repetida que se hizo actual en la transferencia, utilizando para ello esta elaboración basada

en las construcciones* de las historias de la sexualidad infantil* con sus situaciones traumáticas*. Se consigue así que estos sucesos olvidados y disfrazados reaparezcan en sus representaciones-palabra*, haciendo que las repeticiones se vuelvan pensables, comprensibles, vinculables con otras representaciones por el yo Prec. y su actividad de pensamiento. Recuperando así para la consciencia* del yo, el pasado “olvidado” que volvía en la mera repetición. Freud menciona una “repetición demoníaca”, la más rebelde a la cura, la más resistencial. Probablemente sea la que tenga en sus proporciones de mezcla, más tendencia al retorno a lo inorgánico o a todo lo que se le acerque (pulsión de muerte). Se atribuye a la repetición demoníaca que el paciente deje el tratamiento a mitad de camino, que enferme, luego de curada su neurosis, con afecciones somáticas más o menos graves, que comience a padecer accidentes. A veces es sinónimo de “reacción terapéutica negativa”*, cuando el paciente, a pesar del progreso del tratamiento, empeora sus síntomas. En estos últimos casos participa el sentimiento inconsciente de culpa* o necesidad de castigo*, el que se compone de pulsión de destrucción* ligada por el superyó* y vuelta contra el yo.

Conciencia Freud la define en La interpretación de los sueños (1900) como a “[. . . ] un órgano sensorial para la percepción de cualidades psíquicas” (A. E. 5:603) . Se ubica en toda la superficie corporal, por lo tanto es lo que limita al cuerpo con el mundo exterior. Corresponde a los conceptos de: polo perceptual* (véase el esquema del capítulo VII de aquella obra) y al polo percepción-consciencia (PCc. ) (del Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños, 1915). La consciencia registra las cualidades* de los estímulos provenientes del mundo exterior pero no tiene memoria, no guarda huella de aquellas, está siempre disponible para registrar nuevas cualidades. Las huellas son “archivadas” en otros “lugares psíquicos” (Prec, Inc. ). Además de registrar los estímulos exteriores como cualidades, la consciencia registra las sensaciones

correspondientes al interior del cuerpo, en una gama que va del displacer* al placer*. Por lo común los aumentos de cantidad de excitación* interior son sentidos como cualidad “displacer” y las disminuciones como cualidad “placer”. En un principio no hay otro tipo de registro cualitativo del mundo interior, a excepción de la alucinación* que surge cuando la tensión de necesidad* en el bebé es muy grande y probablemente tienda a percibir momentáneamente las condiciones de la satisfacción. Pero la frustración*, real, le enseñará a inhibir* la satisfacción alucinatoria de deseos*, para lo que irá naciendo un yo* inhibidor, antecedente o primera forma del yo realidad definitivo*. Freud describe de varias maneras (no excluyentes) el aparato psíquico*. En la que dio en llamarse la primera tópica, la consciencia es uno de los tres “lugares psíquicos”: inconsciente*, preconsciente* y consciente. En la llamada segunda tópica (1923) pasa a ser una parte del yo, del que es su núcleo. En el Proyecto de psicología (1950a [1895]) había hablado, quizá sea donde más lo hizo, de la consciencia. La describía, entonces, como compuesta por dos tipos de neuronas* que perciben el mundo exterior: las neuronas fi que registran las cantidades, y las neuronas omega que lo hacen respecto de la cualidad de las cantidades, el período* de la cantidad. Estas últimas serían las propias de la consciencia. A partir del Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños (1915-17) percepción* y consciencia son una misma cosa, la que lleva el nombre de sistema percepción-consciencia (Pcc. ). En Nota sobre la pizarra mágica (1924-25) el inconsciente, por medio del sistema PCc. , envía al mundo exterior unas antenas para tomar muestras de éste y retirarlas enseguida. Son inervaciones tentaleantes que muestran a una consciencia influida por el resto del aparato psíquico, básicamente por sus deseos* inconscientes (aunque en un artículo contemporáneo, La negación, 1925, dice que esas inervaciones le llegan a la consciencia desde el yo). De todos modos, entonces, la consciencia no es un simple registrador pasivo de percepciones*, sino que va a la búsqueda de determinadas percepciones y huye de otras. Lo que está íntimamente vinculado con las diferentes magnitudes de atención* que el yo envía a la consciencia. Esquemáticamente los niveles de magnitud son dos: un bajo nivel de investidura* y otro con atención copiosa. Esta última da la nitidez de consciencia y es el registro consciente por antonomasia. Si la

consciencia adquirió un nivel más alto en el ser humano es porque pudo registrar las huellas mnémicas* como lo había hecho con el mundo exterior en general. Así pudo relacionar a las huellas mnémicas, en formas complejas entre sí, gracias al lenguaje*. Las palabras son sentidas nuevamente como cualidad perceptual (por la audición). Este nuevo tipo de representaciones* (las representaciones -palabra*) representan a las representaciones de las cosas concretas ante la consciencia. A medida que el aparato psíquico se va complejizando, las representaciones-palabra significan a cadenas de otras representaciones-palabra, las que de todas maneras tienen a las representaciones -cosa* como significados últimos. Apareció entonces en la consciencia la posibilidad de conocer el pensamiento*. No sólo se perciben las representaciones-palabra significantes de las representaciones-cosa, sino también las diferentes formas de relaciones lógicas entre ellas (con representaciones -palabra asimismo), lo que utilizado por el yo Prec. , le dio un medio eficientísimo para perfeccionar la acción que cambió “la faz de la tierra”. La consciencia es una parte del yo que también se encarga de realizar el “examen de realidad”*, por el que se distingue entre un deseo interior y una percepción exterior. Al estar en contacto con el mundo exterior funciona como capa protectora de estímulos*, los que así moderados pueden ser procesados por el aparato psíquico. Resumiendo: el yo oficial se forma desde el exterior hacia el interior del aparato psíquico y posee en su porción más externa al PCc. Éste busca ciertos registros por un lado y registra todo lo que percibe por otro (pues lo deseado puede estar en cualquier percepción, lo que muestra la influencia Inc. en las percepciones Cc. ), con un bajo nivel de investidura general. Cuando algo atrae con más intensidad al yo, éste le envía al aparato perceptor (PCc. ) un mayor grado de investidura de atención, registrándose entonces cualidad consciente perceptiva con mayor nitidez. Respecto a los pensamientos, para llegar a la consciencia se va haciendo cada vez más imprescindible en determinado momento de la evolución que se vehiculicen mediante palabras, las que deben estar investidas de atención. La representación-palabra sin investidura de atención, o con una muy baja, permanece en el preconsciente (Prec. ). Si a la representación-palabra, representante de la representación-cosa ante la consciencia del yo, se le retira la

investidura Prec. y se desplaza* la investidura a otra palabra, de significado análogo u opuesto, por ejemplo, o a una investidura corporal, etcétera, esta representación o inervación corporal funcionará como contrainvestidura*, pasando aquellas al estado de represión*, dejando de pertenecer al yo, con lo que su acceso a la consciencia se tornará imposible si no es levantada la represión. Para las representaciones Prec. existe una censura* de la consciencia (la que funciona restándoles valor, prohibiéndolas, ocultándolas por vergüenza*, etcétera). En realidad esta censura pertenece al yo Prec. , por lo que es factible de hacerse fácilmente consciente con una simple investidura de atención. Por eso el analista le pide a su paciente que la suprima en lo posible (véase: asociación libre), buscando que los retoños de lo reprimido muestren el camino al Inc. , a las representaciones reprimidas.

Conciencia moral Una de las partes o funciones del superyó*, aquella que realiza la función de juez. La que en la prehistoria infantil y especialmente durante el desarrollo del complejo de Edipo* estuvo a cargo de la figura del padre, otrora admirado como objeto de identificación* anhelada y luego visto como rival en la posesión del objeto* que se ha tornado incestuoso (en el complejo de Edipo positivo del varón; en el negativo, se forma por el complejo paterno*; en la mujer en términos generales se va formando de manera diferente y más lenta, culminando hacia la pubertad). La figura de ese padre ya reconocido claramente como objeto con las características del rival (del odio* al rival, producto de la desmezcla* de pulsión de muerte*, viene precisamente la fortaleza extrema que alcanza el superyó, lo agresivo para con el yo* de su “imperativo categórico”) se entroniza en el aparato psíquico* del hijo, generando la estructura superyoica encargada de mostrarle al yo cómo debe ser y cómo no debe ser; por lo tanto, lo que está bien y lo que está mal, nada más y nada menos que las limitaciones éticas. La consciencia moral, en términos generales, se dedica a las prohibiciones, de las que la prohibición del incesto y la prohibición del parricidio son las principales, las

que originan todas las demás. La otra parte, subestructura o función del superyó, es el ideal del yo*. Éste se genera desde otra vertiente proveniente del narcisismo* infantil, exigente de omnipotencia, de perfección (como consecuencia de la indefensión infantil, “fuente primordial de todos los motivos morales” (Proyecto de psicología, 1895~1950, A. E. 1:363). Al ser partes de una misma estructura -el superyó-, tanto la consciencia moral como el ideal del yo trabajan juntos. La consciencia moral vigila que el yo cumpla con los requisitos del ideal. Sí cumple, lo premia con un aumento de la autoestima*. En caso contrario le castiga con la culpa*. La consciencia moral es heredera del complejo de Edipo. Se instala en el aparato psíquico y resulta de una identificación secundaria* con el padre castrador, la que pertenece al mismo complejo. En ese sentido es un destino de la pulsión sexual* humana o una forma especial de contra¡ n vestidura* que se forma en el aparato psíquico para impedir la satisfacción directa de la pulsión*. En otro sentido es una forma de ligadura que tiene el aparato psíquico para la pulsión de destrucción* (deflexión de la pulsión de muerte), usada por él para mantener a raya tanto a la pulsión sexual anticultural, como a la misma agresión* producto de la deflexión de la pulsión de muerte. En la primera infancia los padres observaban, daban órdenes, juzgaban y amenazaban con castigos al niño, a partir de la instauración del superyó, éste cumplirá esas funciones con el yo del adulto. Otra vertiente del superyó, decíamos, viene del narcisismo infantil. Es el ideal del yo. La consciencia moral exige al yo ser perfecto como otrora lo era el yo ideal* infantil, ahora ideal del yo, pues esa perfección la aspira el yo para sí. Si las acciones del yo se acercan al ideal, se disipan las críticas de la consciencia moral y la autoestima crece. El yo se siente estimado por su ideal del yo. Pero si la distancia entre el yo y el ideal del yo es grande, crecen las críticas de la consciencia moral y la autoestima desciende, lo que produce sentimiento de culpa. La consciencia moral está formada principalmente de palabras, las recomendaciones, amenazas y reconvenciones de los padres. Se origina desde la percepción* Cc. , una parte permanece en la memoria del Prec. y otra parte enraíza fuertemente en el ello*, lo filogenético por lo pronto, y lo pulsional fruto de mezcla y desmezcla de pulsiones de vida* y muerte, que la componen. Por lo tanto también hay una parte Inc. de la

consciencia moral y con ello representaciones-cosa* de ella (las representaciones temidas). En el Inc. no sólo está lo más bajo; también lo más elevado forma parte de él.

Condensación Una de las formas características de funcionamiento del proceso primario* respecto de las representaciones-cosa*, aunque en ocasiones también respecto de las representaciones-palabra*, propio del Inc. Se origina en la tendencia a la identidad de percepción* con que funciona el inconsciente*. Es un tipo de mecanismo que se ve clínicamente en los sueños*, en algunos síntomas*, actos fallidos*, mitos*, etcétera. Merced a la condensación los distintos elementos se unen por sus atributos, que permiten vinculaciones, sean de analogía*, sean de contigüidad*. Éstos son confundidos por el proceso primario con identidades. De manera tal que un elemento, por el hecho de estar cerca de otro, es éste y aquel, o por el hecho de tener un atributo similar, también ser los dos. Existen diferentes tipos de condensaciones: a) Un solo elemento es varios a la vez (elemento común intermedio de¡ sueño). b) Por el hecho de estar varios elementos unidos se genera una figura nueva con diferentes atributos de cada uno de ellos (persona de acumulación). e) Sumadas todas las características, los elementos comunes aparecen resaltados y los diferentes borrosos persona mixta. La condensación forma parte del “trabajo del sueño”* y sirve también a los fines de la censura* pues los elementos que aparecerán en el sueño, condensados, serán inentendibles para la consciencia*. Por la condensación el contenido manifiesto del sueño* es escueto, en comparación con su contenido latente* (las asociaciones* que parten de aquel). Sufren condensación también los síntomas, principalmente los histéricos y todos los productos del inconsciente, como el chiste*, los actos fallidos, etcétera. La condensación se produce con energía libre*, con un nivel de ligadura entre energía de investidura* y representación*, que permite un libre desplazamiento* de la energía de una representación a otra. Por efecto de la condensación una representación es muchas a la vez (lo que habla de sobredeterminación) y

está entonces sobreinvestida*, o muchas representaciones se mezclan entre sí.

Conflicto psíquico Un conflicto se produce cuando existen dos tendencias de sentido opuesto que chocan. La noción de conflicto psíquico implica dinámica mental y pertenece a la esencia misma del psicoanálisis. Por supuesto no siempre los conflictos son patológicos o generadores de patología. Pero podríamos recordar que cualquier conflicto consciente puede reactivar a conflictos inconscientes que le subyacen y, en ese caso, ayudar a la aparición de neurosis*. Además, un yo* con un carácter* que en forma frecuente tiene tendencia al conflicto, es fuente potencial de patología. Consideramos diferentes períodos de desarrollo libidinal. En cada uno predomina una determinada zona erógena* sobre las demás. A través de las zonas erógenas se suceden diversos tipos de conflicto: entre amor* y odio*, o entre activo y pasivo* (ambivalencia* con el objeto*, en ambos casos), entre libido* objetal y narcisista, o entre las pulsiones* libidinales y el yo que se angustia y defiende de ellas. También el yo debe afrontar continuos conflictos con el ello*, el superyó* y la realidad*. Debe mediar entre todos estos factores y lograr una síntesis. Cuando no lo consigue tendrá que escindirse (véase: escisión del yo). El conflicto por excelencia -una especie de núcleo al que los demás conflictos se van a referir- es el edípico, un complejo sumamente “complejo”. En el varón, se origina el conflicto de amor y odio al padre por sentirlo rival de su deseo* que se ha convertido en incestuoso (complejo de Edipo positivo); o un conflicto entre el deseo homosexual al padre y la angustia de castración* que aquel implica (complejo de Edipo negativo). También conflicto entre aceptar o no la existencia de la castración, y otros más. Todos estos conflictos deberán ser superados por el yo mediante una síntesis satisfactoria; de lo contrario se reactivarán cuando aparezcan situaciones semejantes en la vida, o ante una intensificación pulsional se potencien con ella conflictos que en otras circunstancias habían logrado cierto nivel de solución. En última instancia, todos los conflictos neuróticos

suceden entre las tendencias libidinales y las exigencias de la realidad social, esta última ubicada dentro mismo del aparato psíquico (el superyó y el mismo yo, son marcas de lo social dentro de aquel), agazapada, buscando conflictuar, está la pulsión de muerte*. Sucede que las tendencias libidinales pertenecen a las pulsiones de vida* pero no dejan de estar mezcladas con diversas proporciones de pulsión de muerte, de las que probablemente provenga el diverso grado de ambivalencia y la mayor tendencia conflictiva. Además, sabemos que el superyó es una contrainvestidura* libidinal que pide ayuda a la pulsión de muerte para acabar con la libido. Esta “ayuda” puede tornarse excesiva, como en la melancolía*. El superyó, entonces, resulta “una suerte de cultivo puro de las pulsiones de muerte” (El yo y el ello, 1923, A. E. 19:54). De esta manera compleja e intrincada, en la que la pulsión de muerte muda está representada por el grado de mezcla pulsional con la pulsión de vida y sus representaciones*, podemos entonces hablar de conflicto entre pulsiones de vida y pulsiones de muerte.

Construcción Una de las armas principales del arsenal terapéutico psicoanalítico. Consiste en el rearmado lógico de las verdades históricas* vivenciadas por un sujeto, a través del análisis minucioso y exhaustivo de un sueño*, un síntoma*, un acto fallido*, etcétera. En general el término «construcción» se refiere a los hechos no recordables. Por lo tanto las construcciones son hipótesis, pero hipótesis que surgen de pruebas valederas provenientes de los datos surgidos del análisis, por ejemplo de un sueño. Una secuencia lógica que sirve como explicación aclaratoria para una serie de conductas, hechos, síntomas, etcétera, posteriores. Se les encuentra nuevas relaciones lógicas a contenidos representacionales que el paciente posee en forma dispersa, no relacionados entre sí, o que están aparentemente olvidados y reaparecen merced a un síntoma, recuerdo encubridor*, acto fallido, sueño, etcétera. La construcción se hace, pues, sobre la historia y principalmente sobre la prehistoria infantil, previa al

complejo de Edipo*, e incluso al aprendizaje del lenguaje*. Sin embargo, también se realizan construcciones de épocas posteriores olvidadas por lo traumáticas (ciertos períodos de la adolescencia, por ejemplo). La construcción la hace el analista gracias a los datos aportados por el paciente, en ocasiones es el paciente mismo el que la esboza a partir de asociaciones* previas. Es una manera del levantamiento de la represión*; de reencuentro con lo olvidado, víctima de aquella. La construcción suele despertar recuerdos* y éstos a su vez generar nuevas construcciones, nuevas maneras de comprensión* de la verdad histórica. Con la construcción lo reprimido es puesto en palabras y las palabras pueden ser pensadas, ligadas. Lo que era reprimido pasa a ser integrante del yo* Prec. , el que así se va fortaleciendo. No siempre una construcción despierta recuerdos. Pero si el paciente la acepta, si la siente real y le abre un panorama sumamente novedoso en la comprensión de sí mismo, a los fines de levantamiento de represión puede resultar algo similar al recuerdo. Lo importante es que una buena construcción producida durante el proceso analítico, puede hacer desaparecer síntomas, pero además puede modificar al yo, sus rasgos de carácter*, y generar cambios profundos en él. Pero también puede sucederlo contrario, por ejemplo luego de concluida una construcción, una persona con «reacción terapéutica negativa»*, puede reagravar su sintomatología, pues el sentimiento inconsciente de culpa* o necesidad de castigo* le obliga a permanecer aferrado a su enfermedad. En estos casos suele suceder lo mismo con cualquier otra arma terapéutica, como la interpretación*, el análisis de la transferencia*, etcétera. Otro elemento importantísimo en el armado de una construcción es la compulsión de repetición* que se genera en el tratamiento psicoanalítico. El paciente repite vivencias de su pasado olvidado transferidas a su analista. Cuando se produce en grado moderado la «neurosis de transferencia»* con el analista, se continúa con la construcción incluyendo la repetición transferencial en ella, pues el hecho de ser repetición muestra que su origen está en la historia. La construcción así se va haciendo a medida que aparecen asociaciones y recuerdos de escenas parecidas vividas con los objetos* primarios, o sucesos posteriores pertenecientes al período de latencia*, o a la adolescencia y que incluso ya habían surgido en otras ocasiones referidas a otras situaciones. Al hacerlo ahora en el vínculo terapéutico, dan

una impresión acabada de lo vivido entonces por el paciente en su pasado olvidado, se encuentra así el significado de la repetición o nuevos matices de significado que hasta ese momento no habían aparecido. Ese pasado olvidado está presente en la transferencia y ahora es posible comprenderlo, pudiendo ser usado por el yo, por su proceso secundario*. La construcción es entonces un arma terapéutica para hacer consciente* lo inconsciente*, ella tiene connotaciones teóricas profundas, tornándose casi sinónimo de proceso de pensamiento*; pensamiento ejercido en este caso sobre elementos del proceso primario*, recuperando proceso primario y transformándolo en proceso secundario, en yo, el objetivo del psicoanálisis. La palabra «construcción» tiene además un sentido más laxo que la acerca al de interpretación. Por ejemplo: en el análisis de un síntoma, al reconstruir muchos de los hechos pasados en conexión con él y que contribuyeron a generarlo, se encuentra el significado reprimido del mismo. Estos hechos pueden ser recordables, y no por eso deja de ser ésta una tarea de construcción. Ocurre que prosiguiendo la tarea una vez develado el núcleo patógeno de un síntoma, se encuentran otros núcleos patógenos que pueden vincularse con el anterior. Si se analiza de la misma manera la historia de ciertas maneras de ser, características del yo del paciente, se van a descubrir nuevos significados y aparecerán a la luz otros recuerdos e incluso rasgos de carácter más o menos patológicos que hasta ahora no lo habían hecho, los que también traerán nuevos significados. Y el análisis se irá complejizando cada vez más. Pero llegarán momentos en que ya no se encontrarán más recuerdos, faltarán algunas piezas de] «puzzle». Entonces se esbozarán hipótesis que «encajen» con todo el trabajo previo. Tales hipótesis seguramente estarán más cerca de la verdad histórica cuando ensamblen en forma lógica con más piezas del análisis previamente realizado y cuando éste haya sido lo más completo posible.

Contenido latente (del sueño) Cantidad de asociaciones*, ocurrencias, recuerdos*, pensamientos*, que expresa el paciente a partir del

contenido manifiesto* de un sueño*. Está compuesto por restos diurnos*, o sea por elementos tomados de hechos sucedidos el día anterior, aunque puede haber también en él recuerdos mucho más antiguos. El contenido latente o pensamientos del sueño tiene una extensión muchísimo mayor que la del contenido manifiesto. Es que éste ha sido condensado* en el proceso de «trabajo del sueño»* hasta que resulta terminado el contenido manifiesto. Del análisis y reelaboración* del contenido latente se llega al significado del sueño, al conocimiento de qué deseo* ínconsciente* se realiza gracias a él. Por extensión, a este significado que era inconsciente también puede llamárselo contenido latente, pero en forma estricta lo latente corresponde a los pensamientos preconscientes*, a partir de los cuales el analista puede llegar a los deseos inconscientes reprimidos. Se llegó al contenido latente cumpliendo con la «regla fundamental»*. Por ésta se le solicita al paciente que quite la investidura* de atención* a su censura* consciente* y se deje llevar por las ocurrencias que surgen a partir del contenido manifiesto. Estas ocurrencias son preconscientes y constituyen el contenido latente del sueño. A partir de ellas estará facilitado el camino para encontrar el significado inconsciente del mismo.

Contenido manifiesto (del sueño) Es el sueño* tal cual es percibido por el paciente y, por extensión, como lo cuenta al analista. En tanto percibido, el primer caso es un proceso mental que ha sufrido un trabajo por el cual regresa* a imágenes, recibidas como percepciones* por la consciencia* del sujeto durante el dormir. El sueño expresa un deseo* reprimido que se satisface en forma disfrazada. Como relato, el sueño es el retorno a palabras de lo percibido como imagen. Tanto en uno como en otro caso actúa la elaboración secundaria*. Obviamente al contar el sueño el paciente vuelve a darle un manto de inteligibilidad al servicio de la censura* que puede oscurecer más el significado ante la consciencia. Dice Freud en El interés por el psicoanálisis (1913): «El

sueño tal como lo recordamos tras el despertar debe llamarse contenido manifiesto del sueño» (A. E. 13:174).

Contigüidad Una de las leyes de la asociación*, probablemente la más antigua en el aparato psíquico*. Hay contigüidad en el espacio y contigüidad en el tiempo. A ésta se la llama «simultaneidad». Un hecho se asocia a otro que ocurre simultáneamente o está al lado del que ocurre. Así almacenados en la memoria, pueden ser recordados luego el uno por el otro. Para el inconsciente* la contigüidad se transforma en identidad y entonces un hecho no es recordado por haber estado al lado de otro significativo, sino que pasa a serlo. Así en el «sueño de la inyección de Irma» de La interpretación de los sueños (1900) Irma es la amiga (preferida como paciente por Freud por su docilidad), por el hecho de figurar en el sueño* bajo la ventana contigua, donde había visto a la amiga de Irma. También en el fetichismo* por las pieles o las ropas interiores femeninas Freud atribuye la elección del fetiche al momento anterior (contiguo) al descubrimiento de la castración femenina; por lo que en este sentido no constituirían símbolos genuinos del pene (como analogías* de él), sino que lograrían una especie de retrotraimiento de las cosas a momentos previos al conocimiento de la diferenciación sexual, cuando todavía era válida la teoría sexual infantil* de la madre fálica*. El trabajo del pensamiento* preconsciente* está en distinguir entre contigüidad e identidad, cada vez que el inconsciente se valga de una de ellas para acercar un retoño del deseo reprimido. La contigüidad puede servir como medio para la instalación de otros fenómenos como la transferencia* por ejemplo, o síntomas* neuróticos, incluso delirios* paranoides. En todo delirio existen desplazamientos*, y una de las leyes por las que se desplaza la libido* entre las representaciones* es la de la contigüidad. Lo mismo el fenómeno de la transferencia, producto de «falsos enlaces», algunos establecidos por analogía, otros por contigüidad. A veces el paciente queda en silencio. Si se le pregunta dice que «no se le ocurre nada importante». Después suele admitir que su pensamiento versaba sobre

objetos del consultorio del psicoanalista, en sus muebles, etcétera, en todo lo contiguo a él, lo que para su inconsciente es el psicoanalista.

Contrainvestidura Investidura* defensiva del yo* a una representación*, contraria por sus atributos, a los de una cantidad de excitación* que penetra en el aparato psíquico* proveniente en ocasiones del mundo exterior, rompiendo la protección antiestímulo* (vivencia de dolor*, situación traumática* actual), o en ocasiones del interior (pulsiones sexuales*, las que necesitan del «a posteriori»* para ser traumáticas). La formación de la contrainvestidura, defensa* extrema, único mecanismo de la represión primaria* (esfuerzo de desalojo), deja una fijación* y en algunos casos, como lo es el de la formación reactiva* -prototipo de contrainvestidurala inversión de la forma de satisfacción, o mejor dicho, el trastorno del afecto*, respecto de la satisfacción pulsional original. La represión primaria (fijación) es el corolario final de múltiples contrainvestiduras defensivas ante los hechos traumáticos exteriores e interiores ocurridos durante la sexualidad infantil*. Se consolida definitivamente con la represión* del complejo de Edipo* y el establecimiento del superyó*. Del superyó podríamos decir también que es una enorme contrainvestidura, la que termina de instalar la represión primaria, unificando así todas las contrainvestiduras previas, formadas durante el predominio de cada zona erógena* (en unas se forman más contrainvestiduras que en otras, depende esto de los sucesos vividos con los objetos*, dando origen así a los diferentes puntos de fijación). Cada fijación previa -cuando se consolida la represión primaria edípica originando la amnesia infantil* y la culminación de la escisión del aparato en un inconsciente* y un preconsciente*- y toda la sexualidad infantil previamente reprimida es resignificada «a posteriori»* a la luz del complejo edípico quedando en estado de represión. Pugnará siempre por retornar desde lo reprimido, como deseo* Inc. ; a veces lo consigue, siempre que encuentre puntos débiles en la represión. Después de la institución definitiva de la represión primaria y la

estructuración del superyó, la represión se realiza sobre los retoños de la pulsión* -incestuosa y parricida- original. Se la denomina, entonces, «represión secundaria»* o represión propiamente dicha. Ésa es la represión observable en la clínica, se establece en un sujeto con un aparato psíquico terminado de constituir, con un ello* inconsciente, y un yo y un superyó que tienen partes inconscientes, preconscientes y conscientes*. La represión secundaria (esfuerzo de dar caza) tiene tres mecanismos: 1) la sustracción de la investidura Prec. (de la representación -palabra*), 2) la atracción ejercida desde la represión primaria hacia el Inc. , y 3) también la contrainvestidura. En la represión secundaria la contrainvestidura es usada para reforzar a la desinvestidura* Prec. ; con el monto de investidura libidinal proveniente de la sustracción se inviste a otra representación, la que así desaloja al retoño de la reprimida, actuando como tapón e impidiéndole el acceso al Prec. También esta contrainvestidura se instala en el sistema percepción -consciencia (PCc. ). Se pueden percibir, en forma contrainvestida afectivamente, los estímulos exteriores de la pulsión sexual reprimida (por ejemplo, el asco* ante los estímulos sexuales) y a veces hasta no se los percibe (como en el caso de la ceguera histérica). La contrainvesfidura de la represión secundaría es a su vez la fuerza contraria al avance del análisis que se muestra clínicamente como una de las resistencias* del yo. Se define a la contrainvestidura principalmente desde dos puntos de vista: económico y representacional. . Es la investidura de otra representación diferente y hasta opuesta a la original. La original es desalojada al inconsciente, del que no podrá volver. , mientras la nueva representación esté actuando como contrainvestidura y el yo Inc. «tratando de dar caza» a toda otra representación cercana o parecida. En el dolor* o los hechos traumáticos externos, se contrainviste narcisistamente el órgano dolorido o dañado. Se percibe, entonces, un gran esfuerzo yoico. Éste retira libido* del resto de los lugares psíquicos y la ubica ahí, en el lugar del cuerpo dañado, luchando por evitar el dolor, restañando el cuerpo herido con el cariño narcisista, y tratando de alejarse de lo traumático. Esta explicación muestra a la contrainvestidura funcionando dentro del principio de placer*. En el caso de que en el hecho traumático la cantidad de excitación sobrepase sus posibilidades, puede entrar a tallar el «más allá» de la

pulsión de muerte*, apuntando más, todo el fenómeno, hacia la tendencia a la repetición de lo traumático, como marca la fijación. . Esta repetición será por la necesidad* de repetir la situación traumática para reelaborarla* y recuperarla para el principio de placer, por un lado, o por mera repetición, por otro.

Contratransferencia Sentir inconsciente* del psicoanalista vinculado con los contenidos inconscientes o conscientes* del material expuesto por el paciente. Freud aconseja al psicoanalista discernirlo y dominarlo en sí mismo (Puntualizaciones sobre el amor de trasferencia, 1914-1915). Un ejemplo en el tratamiento psicoanalítico. Cuando se despliega el amor de transferencia* de un paciente (dejo de lado de ex profeso la diferenciación de los sexos, a ese respecto creo que se pueden dar todas las situaciones posibles) por el analista, deberá ser discriminado por éste como. una compulsión repetitiva* en la transferencia* del paciente y no como efecto de sus aptitudes o encantos personales. Afirma Freud que ningún psicoanalista podría ir más lejos en el análisis de lo que le permiten sus propios, complejosRecomienda, entonces, profundización de sus psicoanálisis personales en los analistas, principalmente en lo que hace a estos puntos. El tema de la contratransferencia fue posteriormente tratado por S. Ferenczi y en especial se puso mucho énfasis a partir de los. trabajos de Melanie Klein y sus discípulos (W. R. Bion, por ejemplo). En Argentina fue especialmente estudiado por H. Racker.

Conversión Síntoma característico de la histeria, la que por ello lleva justamente el nombre de «histeria de conversión»*. Fruto de la represión* de una fantasía* de deseo*, retoño, de otro deseo perteneciente a la pulsión sexual* infantil y reprimido primariamente, luego efecto del retorno de lo reprimido*.

Genera como formación sustitutiva*, y al mismo tiempo como síntoma*, una hiperintensa inervación somática, unas veces de naturaleza sensorial y otras motriz, sea como excitación o como inhibición*. El lugar hiperinervado se revela como una porción de la representación* reprimida que ha atraído hacia sí, por condensación*, la investidura* íntegra. La conversión al condensar la realización de deseos pulsional con la contrainvestidura*, constituye una formación de compromiso de la que resulta el síntoma conversivo. La condensación predomina en la conversión histérica. En un mismo síntoma están representadas diferentes fantasías que remiten a distintas escenas en las que se vivieron situaciones vinculadas con las fantasías de deseo reprimidas. La conversión se puede formar por mecanismos de asociación* (véase: Elisabeth von R.) (contigüidad*, analogía*, etcétera), o lo hace como símbolo mnémico*, en este último caso no es necesario recurrir a las asociaciones para su interpretación* (véase: Cäcilie M.). La conversión consigue generalmente uno de los principales efectos buscados por la represión (producida por el yo* utilizando la angustia señal* para conducir la energía): el no sentir displacer*. «Lo sobresaliente en ella es que consigue hacer desaparecer por completo el monto de afecto. El enfermo exhibe entonces hacia sus síntomas la conducta que Charcot ha llamado la "belle índifférence* des histériques"» (La represión, 1915, A. E..14:150). El proceso represivo de la histeria de conversión se clausura con la formación de síntomas*. En cambio, los de la histeria de angustia* y la neurosis obsesiva* necesitan recomenzar en un segundo tiempo. En la conversión también existe una importante regresión* yoica, regreso a una fase sin separación de Prec. e Inc., por lo tanto sin lenguaje* y sin censura* (Manuscrito «Panorama de las neurosis de transferencia» 1915). En esa fase el nivel posible de lenguaje era corporal, a través de la mímica, tema éste también tratado por Freud en El chiste y su relación con lo inconciente (1905), cuando describe el fenómeno de lo cómico*. También existe cierto grado de regresión libidinal a la etapa fálíca* con sus objetos* incestuosos y su problemática edípica relacionada con lo fálico-castrado, corno el nivel de diferenciación sexual de ese momento.

Cosa (del mundo) La cosa del mundo es aquello referido al mundo exterior, a la realidad* externa, en la que ocupa un lugar privilegiado el objeto*, el semejante, pero en la que ciertamente participa la Naturaleza y el mismo cuerpo biológico. Freud en el Proyecto de psicología dice que el mundo exterior está compuesto por «masas en movimiento, y nada más» (1895-1950, A. E. 1:353). Nuestro aparato perceptual* les presta cualidad* al percibirlas, haciéndolo con más precisión al describir que en realidad se percibe una característica temporal de sus movimientos (el «período»*). La cosa del mundo, entonces, es la cosa objetiva percibida a través de la subjetividad. La ciencia pretende conocer cada vez más esta cosa objetiva, o quizá se conforme con una forma coherente y racional de subjetivizarla. Los complejos perceptivos que se nos presentan entonces, entre los cuales el del objeto o el semejante es el privilegiado pues es el que está más directamente relacionado con la satisfacción de los deseos*, están compuestos de una parte central y de atributos. La parte central se repite y es intrínseca a la cosa, no la podemos conocer, comprender*. Los atributos son la otra parte. A éstos los podemos aprehender, hacer nuestros a través de imitar sus movimientos, momento en el que los comprendemos. Sabemos lo que significa mover la mano cuando lo hacemos, comprendemos el significado de la risa cuando nos reímos, o del grito o el dolor (tanto es así que para poder sentir el placer sádico se debe pasar por la experiencia masoquista primero: el sádico goza identificatoriamente el placer* del masoquista). Comprendemos, entonces, al semejante cuando hacemos pasar por nuestro cuerpo -por una investidura* de un determinado movimiento corporal- sus atributos. Aquellas partes de él con las que no podemos hacerlo -sus rasgos, lo propio de él que no responde a su manera de moverse- corresponden a su núcleo cosa, intrínseca a ellos, incognoscible, inasible, por lo tanto, para nosotros. Esas cosas del mundo incomprensibles, que no podemos comprender por no pasarlas por una investidura corporal, quedan entonces como objetivas, cantidad de excitación* no ligable por el aparato psíquico*, quedando fuera de él. Lo que al decir de Kant configuraría la «cosa en sí». Freud no agrega nada

teórico a este concepto kantiano; lo que hace es integrarlo a su teoría de la cura. Es más, las partes no comprensibles, no ligables con una representación*, se pueden tornar traumáticas, fácilmente se unen con el monto libre de pulsión de muerte* pugnando por una repetición más allá del principio de placer*. El mundo interior al aparato psíquico empieza por tener representaciones de las cosas, no las cosas en sí sino las huellas subjetivas de éstas. Esencialmente son las huellas de los objetos, es más, podríamos decir que de la historia del vínculo con ellos. Vínculo que se hizo a través del aparato perceptual (recordemos que las zonas erógenas* son parte de éste) que las subjetívizó en el momento de su percepción* y mucho más a posterior¡*. Aquellas que no pudo subjetivizar, quedaron como las «cosas del mundo», «masas en movimiento», cantidades de excitación -traumáticas por lo tanto- que pueden compulsar al aparato psíquico a su repetición en un intento de comprenderlas, o aliarse con la pulsión de muerte y quedar en mera compulsión repetitiva*.

Creencia (en la realidad) Se dice que el yo* cree que algo es real cuando es percibido por los sentidos, cree en ellos, en lo que le muestran de la realidad*. Para ello el yo sobreinviste* el aparato percepción* consciencia (PCc.) con energía atentiva, e incluso puede realizar el examen de realidad*, por lo que deberá realizar movimientos, estudiar lo percibido, etcétera. Cuando se retira investidura* del aparato perceptual* (como en el sueño*, o en algunas psicosis* como la amencia de Meynert*, incluso la psicosis histérica), se puede producir una regresión* tópica de la actividad del pensamiento*. Se pasa, entonces, de representaciónpalabra* a representación-cosa* (imagen), y al estar el polo perceptual* poco investido, se percibe el deseo* -o la contra¡ n vestidura* defensiva contra él, como en la psicosis histérica- como real, como alucinación* (en los casos descritos aquí, generalmente visual). El polo perceptual (PCc.) registra en ese caso percepción* y el yo entonces le da creencia a esta percepción, la siente como

real, y sus afectos* se expresan en consecuencia. En el sueño, la inmovilidad del aparato muscular hace que se saltee el examen de realidad, el que vuelve a surgir al despertar. En las psicosis anteriormente mencionadas -amencia de Meynert y psicosis histérica- la desinvestidura* del aparato perceptual por un lado, hace que se registre percepción de lo que es una fantasía* realizadora de deseos, y la fuerza del deseo que se realiza con la alucinación sumada a la momentánea debilidad yoica para inhibir la alucinación; por el otro, hace que se deje de lado el «examen de realidad»*. En la «esquizofrenia», en cambio, no hay regresión de palabra a cosa. Las alucinaciones son predominantemente de palabras, las que son escuchadas como provenientes del exterior. En esta afección el yo y el superyó* han sido proyectados al exterior, o sea devueltos a su lugar de origen (la identificación* se había producido con los objetos* exteriores). Pero de allí retornan como palabras escuchadas. En los grados avanzados de esquizofrenia el aparato psíquico* está casi destruido, y aunque los restos del yo intenten realizar el examen de realidad, éste no alcanzará para distinguir el adentro del afuera, dada la magnitud de la alienación (el yo es más exterior que interior, como cuando se era bebé). Para el aparato psíquico todo lo que es percibido por el sistema percepción consciencia es lo real. Él no se mueve en busca de la realidad sino de la identidad con lo deseado. Mejor dicho, quiere «reencontrar» a lo deseado en la realidad (Proyecto de psicología, 1895; La negación, 1925). Por eso todo lo percibido es estudiado por el pensamiento, para lo que se realiza un juicio de existencia* y un juicio de atribución*. Se puede entonces llegar a la conclusión de que el objeto existe, y que tiene determinadas características. A través de estas características justamente, el yo tratará de encontrar la identidad de pensamiento*. Buscará, utilizando el pensamiento y estudiando en forma minuciosa sus atributos, hasta dónde se acerca el objeto -ése en cuya existencia se creyó- al deseado. Así, con esta complejidad debida a que lo que se busca encontrar es lo deseado (incluyendo que lo que no se busca es lo temido) podemos hablar de un examen de realidad. Se complica más al incluirse la pulsión de muerte*, pues los deseos, entonces, incluyen mezcla pulsional* con ella; de todas maneras el

examen de realidad no varía, lo que sí lo hace es aquello que se trata de hallar en la realidad.

Cualidad Característica que adquiere un fenómeno cuando es percibido por un sujeto a través de su sistema percepción consciencia (PCc.). La cualidad entonces es perceptual, es parte de la subjetivización de las «cosas de] mundo»*, incluso una manera que tiene el aparato psíquico de defenderse de las cantidades de excitación* exteriores. En el mundo real exterior no existen mas que «masas en movimiento» (Proyecto de psicología, 1895-1950). El aparato perceptual* las percibe como cualidades, lo hace hasta que llegan a un máximo más allá del cual son registradas como dolor*, y con un mínimo, debajo del cual no se perciben. En el medio todos los matices de las cualidades: los colores, las formas, los olores, en fin todo lo percibible por los sentidos. El PCc. percibe como cualidades las masas del mundo exterior y percibe también sus propios cambios energéticos, de manera que los aumentos de energía son sentidos como displacer* y las disminuciones como placer*. Cuando aparece el lenguaje*, la palabra puede ser percibida como una percepción* cualitativa exterior, pues ha sido emitida con el habla y por lo tanto ha sido oída. En consecuencia el sistema de percepción consciencia (PCc.) puede percibir de esta manera las relaciones entre sus representaciones -cosa* gracias a las representaciones-palabra* que las simbolizan, moderando merced a la acción inhibidora del yo* Prec., los pasajes entre ellas, característica propia del proceso secundario*, cuya máxima expresión es la actividad de pensamiento*. Luego, gracias a la memoria sobre las emisiones de las representaciones-palabra, este proceso puede obviarse y percibirse el pensamiento sin necesidad de volver a ser emitido como palabra, tornándose automático. Toda cantidad de excitación que proviene del cuerpo al ligarse a representaciones* (por ejemplo: la pulsión* o el deseo*), toma entonces cualidad representacional, la que no es cualidad perceptual, pero que nació de ella. Es el recuerdo ahora deseado, buscado, de volver a encontrarse con la

cualidad perceptual, con el objeto* que la produjo. Para ello se requerirá realizar la acción específica*.

Culpa, conciencia de Tipo de culpa también llamada «angustia* social»* que se produce cuando el sujeto realiza actos no bien vistos o prohibidos por la autoridad. Cuando en los niños todavía no se ha instaurado el superyó*, es el único tipo de culpa posible. En el adulto, se suma la angustia de la consciencia moral* o del superyó o sentimiento de culpa*, siempre que se realizan actos contrarios a las leyes que rigen la comunidad social. Éste es, por ejemplo, el caso de las perversiones*, como la homosexualidad*, que puede producir consciencia de culpa o angustia social. El individuo se siente condenado por la comunidad, lo que aumenta su aislamiento* narcisista; o intenta contrarrestarla buscando ser aceptado por ella, sea con actitudes conciliatorias, sea con actitudes altaneras y desafiantes. También es el caso de las personas que cometen delitos conscientes contra las leyes sociales, de los que luego se arrepienten. La consciencia de culpa se expía con el arrepentimiento, merced al cual se recuperan el amor* de la autoridad, en el niño, y la reinserción en la comunidad, en el adulto, quien además deberá cumplir las penas impuestas por la comunidad humana para el delito cometido.

Culpa primordial En la hipótesis freudiana culpa originaria de la cultura* humana sentida por los hijos, hermanos aliados, que cometieron el asesinato del padre primordial de la horda primitiva*. Como la relación con el padre incluía admiración, y por lo tanto amor*, al descargarse el odio* quedan la añoranza* y la culpa por la cual se inhibe definitivamente la pulsión* incestuosa y parricida, instaurándose el superyó*. Estos sucesos, deducidos según la lógica freudiana, apoyada en los estudios antropológicos

de la época -Darwin, Atkinson, Robertson Smith- pero avanzando sobre ellos a partir del descubrimiento de las fantasías* Inc. de sus pacientes, se deben haber producido en la prehistoria según la hipótesis freudiana. Freud piensa que por un lado son heredados por cada sujeto, a través de las «fantasías primordiales»* y los «símbolos universales»* y por otro vueltos a vivir por cada sujeto «haciéndolos suyos», durante el período de su complejo de Edipo*. Entonces los deseos de muerte hacia el padre suelen desplazarse a un animal (relicto totémico) y originar las fobias* infantiles. La culpa primordial habría sido generada por aquellos actos que hicieron posible la cultura. La humanidad deberá pagar esa conquista eternamente con esta sensación displacentera, que se hará carne al revivir cada individuo una historia similar. Las religiones hablan de «pecado original». En el cristianismo, religión del hijo, éste ofrece su vida como redención para pagar una ofensa de la humanidad a Dios Padre. ¿Y cuál puede ser la ofensa que se paga con la muerte si no la muerte misma (ley del talión)? La muerte del padre de la horda primitiva, que deriva primero en Tótem, animal sagrado y luego recupera la forma humana en el Dios Padre. Con esta culpa nacen la moral, las religiones, la ética, las prohibiciones máximas de toda cultura: la del incesto y la de matar.

Culpa, sentimiento de Tipo especial de angustia* que siente el yo* ante el superyó* cuando sus atributos se alejan del ideal del yo* exigido por aquel; también lleva el nombre de «angustia de la consciencia moral»* o «angustia ante el superyó»*. Al ser ésta una angustia yoica que se siente ante otra estructura interior al aparato psíquico, no cede con el arrepentimiento, pues el superyó, que proviene en parte del ello* y es en sí una contrainvestidura* contra sus pulsiones*, tiene noticias directas del deseo* inconsciente*, de la pulsión sexual*, que aunque reprimida sigue existiendo. Por lo tanto el sentimiento de culpa se sigue sintiendo en este caso independientemente de los actos y de las fantasías* conscientes o preconscientes*, pues proviene de las pulsiones reprimidas inconscientes. Dándose el efecto de

que a mayor beatitud del yo -mayor contrainvestidura, formación reactiva* o incluso sublimación*-, mayor sentimiento de culpa. Se podría decir que una consciencia de culpa proveniente desde la autoridad exterior inicia la sofocación* de la pulsión. Luego, posteriormente a los sucesos edípicos, se instala el superyó, con su sentimiento de culpa o angustia ante la consciencia moral, consciencia moral que se dedica en adelante a sofocar más y más a las pulsiones y a castigar al yo por no conseguirlo. El sentimiento de culpa es inherente entonces -claro que en diferentes grados- a la estructura del aparato psíquico* humano, es universal. Se lo observa en todas las neurosis y origina el frecuente sentimiento de inferioridad, pero especialmente aparece en la neurosis obsesiva* y en una afección narcisista como la melancolía*. En la neurosis obsesiva se expresa en los autorreproches*, la escrupulosidad, en algunos síntomas* como ceremoniales*, etcétera, los que son producidos por mecanismos de defensa* ante esta angustia de la consciencia moral, y que en la neurosis obsesiva puede ser o no conocida por la consciencia*. En la melancolía, el sentimiento de culpa ocupa todo el cuadro. Es culpa: consciente por lo tanto, lo que desconoce el sujeto Y es la causa. El superyó se ensaña sádicamente con el yo identificado con el objeto*, yo que masoquistamente se somete al superyó sádico. El sentimiento de culpa es, paradójicamente, causa de delincuencia, como sí el yo buscara alivio teniendo una causa real para esta displacentera sensación; ésta resulta una explicación interesante para algunos casos de personalidades asociales (véase. «Los que delinquen por sentimiento de culpa»). Un integrante bastante común de las fantasías Prec. o Ce. que generan sentimiento de culpa es la masturbación* de la pubertad. A través de ella se esconde toda la sexualidad infantil* reprimida, cuya actividad es casi exclusivamente autoerótica* y de la que su segundo nivel de masturbación está cargado de fantasías incestuosas y parricidas, precisamente las edípicas. Las fantasías perversas onanistas y masoquistas de algunos adultos (como las fantasías de Pegan a un niño (1919) o fantasías de paliza), llevan entrelazados entre sus motivaciones procesamientos del sentimiento de culpa. Por ejemplo el masoquismo* femenino (presente más en el varón) y mucho más el masoquismo moral, en que el sentimiento de culpa es parte principalísima, aunque

inconsciente. Respecto a los grados de mezcla* de las pulsiones Freud expone la hipótesis de que «cuando una aspiración pulsional sucumbe a la represión, sus componentes libidinosos son traspuestos en síntomas, y sus componentes agresivos, en sentimiento de culpa» (El malestar en la cultura, 1929-30, A. E. 21:134).

Culpa, sentimiento inconciente (o necesidad de castigo) Tipo especial de resistencia* a la cura de la enfermedad y al bienestar, generada por el superyó*. Éste quiere penalizar al yo* (culpable según aquel), con la permanencia del sufrimiento que le causa su enfermedad. Es probablemente la más difícil de superar de las resistencias. Se suele manifestar en la clínica como «reacción terapéutica negativa»*, es decir, cuando avanzado el tratamiento, al concluir una construcción* que devela el significado inconsciente de un síntoma* o de un rasgo de carácter* del yo, en vez de desaparecer el síntoma o producirse cambios en el yo, se agravan ambos, como si el paciente se aferrara a la enfermedad, sin saberlo. La culpa no es sentida. Es la deuda que se cobra el superyó con el sufrimiento del yo causado por la enfermedad. Se manifiesta también en un tipo de personas a las que Freud llamó «los que fracasan al triunfar»*. Cada vez que se les está por cumplir algo muy deseado, lo evitan o tratan por todos los medios de que no suceda; o enferman somáticamente o comienzan a tener accidentes. En éstos, la culpa se infiere de la conducta que denota la necesidad de ser castigado*. El término sentimiento inconsciente de culpa es incorrecto entonces, pues no hay aquí ningún sentimiento. Se llega a la conclusión de la existencia de la necesidad de castigo, por el aferramiento al sufrimiento producido gracias a la permanencia de la enfermedad, en algunos casos, o a los diferentes tipos de castigo sufridos, en otros. El grado de mezcla o desmezcla* de pulsión de vida* con pulsión de muerte* (con cierto predominio de esta última), están en directa relación con este tipo de fenómenos, prestos a agregarse en las causales en cuanto éstas se lo permitan.

Cultura (humana) Freud la define como a todo aquello en lo cual la vida humana se ha elevado por encima de sus condiciones animales y se distingue de la vida animal. Se distinguen dos aspectos: por un lado, todo el saber y poder hacer que los hombres han adquirido para dominar las fuerzas de la naturaleza y arrancarle bienes que satisfagan sus necesidades; por el otro, comprende todas las normas necesarias para regular los vínculos recíprocos entre los hombres y, en particular, la distribución de los bienes asequibles. La cultura es, entonces, una creación del hombre; está edificada sobre una compulsión* y una renuncia de lo pulsional. Paradójicamente es una creación humana y el peor enemigo de la cultura es el hombre mismo. Freud hipotetiza el origen de la cultura en el complejo de Edipo*, Tiene antecedentes: la bipedestación, o sea el pasaje a la postura vertical que aleja al hombre de los estímulos olfatorios, y la separación de los períodos menstruales como forma de atracción del objeto* sexual. Pasan a tener mayor relevancia los estímulos visuales (ante la visualización directa de los genitales) y posteriormente los auditivos. (La alteración interna* como expresión de las emociones mediante el grito que deviene en llamado al objeto, los ruidos de la escena primaria*, y por último la aparición del lenguaje* y con ello la posibilidad del pensamiento* consciente y preconsciente merced a la palabra y su significado.) Otro escalón en el acceso a la cultura es el aprendizaje del control de esfínteres, del que nace el afán cultural por la limpieza (El malestar en la cultura, 1930). En Sobre la conquista del fuego (1932) hipotetiza que la cultura se estructura también sobre la renuncia pulsional al placer* de extinguir el fuego mediante el chorro de orina. La hipótesis freudiana expuesta en Tótem y tabú (1913) explica el advenimiento definitivo a la cultura gracias a la represión* de los deseos* sexuales y agresivos provenientes del complejo de Edipo. Los hijos no soportan al padre omnímodo, jefe de la borda primitiva*. Se le rebelan. Le asesinan. Se establece la prohibición del incesto.. Toda cultura se edificaría sobre estas dos básicas prohibiciones: la del incesto y la de matar. El ser humano es apto para entrar en la cultura una vez que reprimió su

sexualidad infantil*, una vez que se instaló en su aparato psíquico un superyó*. La historia de la humanidad desde sus orígenes es una lista interminable de matanzas y luchas por el poder. Así y todo la cultura perdura. ¿Cómo hace la cultura para dominar las pulsiones*? Les asigna un representante dentro del aparato psíquico* de cada individuo, llamado superyó*, encargado de dominar las pulsiones sexuales* y destructivas, incluso apelando a armas a su vez más destructivas, pues este superyó liga pulsión de destrucción* y pulsión de muerte* en su interior para defenderse de la pulsión sexual, ¿con el objetivo de adecuar ésta a la cultura? La masa* humana se vincula por pulsiones homosexuales de meta inhibida (la ternura, la amistad), que son las que establecen los lazos culturales. Las grandes creaciones de la cultura surgen también de la inhibición* de la meta de las pulsiones sexuales para que éstas sean aceptadas socialmente. Este producto y este proceso llevan el nombre de sublimación*. Tenga o no el hombre un «pecado original», la cultura tiene un «problema original». Ha sido edificada sobre la sofocación* de las pulsiones. La sofocación no puede sino generar un malestar, también la existencia de las neurosis y enfermedades mentales en general, como formas del padecer humano, un alejamiento de la posibilidad de felicidad. La sublimación desexualiza a la pulsión. Lo que implica desmezcla pulsional*, por lo tanto liberación de pulsión de muerte o destrucción, con lo que la cultura tendería radicalmente a la destrucción (El yo y el ello, 1923; El malestar en la cultura, 1929-30). En esta contradicción dialéctica se mueve la cultura, creación humana que cambia la naturaleza, que llena de prótesis al ser humano haciéndolo cada vez más poderoso, poder que puede generar su propia destrucción.

Curación por el amor Fantasía* de curación del neurótico (opuesta por lo general a la analítica y utilizada a menudo como resistencia* contra el tratamiento) que «busca, entonces, desde su derroche de libido en los objetos, el camino de regreso al narcisismo, escogiendo de acuerdo con el tipo narcisista un ideal sexual

que posee los méritos inalcanzables para él» (1914, A. E..14:97). Se ama en estos casos a lo que posee el mérito que falta al yo* para alcanzar el ideal, característica del neurótico, quien inviste excesivamente sus representaciones* de objeto* en detrimento de las del yo. A veces el paciente llega al tratamiento en busca de esto, conseguir el amor* de un objeto. Si lo consigue, por algún levantamiento transitorio de la represión*, piensa que ya está curado. A veces esto se concreta en la persona del analista. Se genera en este último caso el amor de transferencia*, una de las resistencias más fuertes al tratamiento. «Este plan de curación es estorbado, desde luego, por la incapacidad para amar en que se encuentra el enfermo a consecuencia de sus extensas represiones» (Introducción del narcisismo, 1914, id.). Durante el tratamiento, al levantarse algunas represiones, el paciente suele elegir un objeto de amor idealizado. A la satisfacción de este amor confía, entonces, su completo restablecimiento. Ésta no es la curación psicoanalítica. Si no están levantadas la mayoría de las represiones, reconstruida toda la época de la sexualidad infantil* y la constitución del yo, no están cumplidos los objetivos del psicoanálisis. Éstos siguen siendo el levantamiento de las represiones, de todas ellas, por lo menos las representaciones primarias*, y la posterior «reelaboración»* de lo reprimido, el relleno de las lagunas mnémicas -las que eran producidas por las represiones- y el advenimiento del yo sobre el ello* (el domeñamiento de la pulsión* del ello por parte del yo, conociéndola y aceptándola como propia). Podríamos contentarnos con el desenlace de la curación por el amor «[ ... 1 si no trajera consigo todos los peligros de la oprimente dependencia respecto de ese salvador» (1914, id. 98). La curación psicoanalítica busca el desarrollo del proceso secundario* a través del conocimiento del proceso primario*, busca domeñar a las pulsiones merced a su conocimiento, a su ligadura. La posibilidad de vivenciar y expresar el amor, distinto de esta «curación por el amor», es buscada por el tratamiento. Una verdadera relajación de la represión de la sexualidad infantil con reelaboración de ésta, permite al yo, por ejemplo, la posibilidad de amar al objeto sin necesidad de tener que reprimir sus deseos* incestuosos inconscientes. De hecho el yo es fuerte, entre otras cosas, por su capacidad de amar, y porque no necesita tanto del ser amado para mantener su autoestima;

es más libre del objeto aunque también necesite de amarlo y ser amado, enriqueciéndose en ese amor.

Defensa Todo organismo vivo está expuesto a continuos estímulos, que en el caso de los organismos complejos provienen del mundo exterior y del propio interior del cuerpo (las pulsiones*). Los seres humanos poseen un aparato psíquico* que los defiende de los continuos estímulos a que están sometidos, los que les generan un impulso a volver al estado anterior, el previo a la llegada del estímulo. La defensa, en este sentido, es como la razón de ser del psiquismo. Éste ante todo quiere defenderse de los estímulos. La• mejor manera de hacerlo, entonces, es realizando las acciones específicas* que acaben con ellos. Si son exteriores, huyendo de ellos o destruyéndolos. Si son estímulos interiores (es decir, pulsiones), satisfaciéndolos. Para ello deberá incluir el principio de realidad* en su funcionamiento y la instauración de un yo* que piense y maneje la acción en forma adecuada. Surgen sin embargo durante la evolución del ser humano serios problemas en la satisfacción de sus pulsiones (sexuales''` y destructivas*) pues éstas chocan con los ideales culturales primero y luego con los que existen en el mismo aparato psíquico (ideal del yo*-superyó*). Por esto se van formando otros tipos de defensa dirigidos a impedir la satisfacción de la pulsión, o a desconocerla. A los mecanismos inconscientes encargados de que el yo Prec. no conozca la existencia de pulsiones incompatibles con él, se los ha llamado < mecanismos de defensa* del yo», los cuales pertenecen al yo Inc. Éste se encarga de defender al yo Prec. , sin que él lo sepa, del acoso de las pulsiones. Esta defensa tiene, por lo pronto, un precio: rasgos de carácter* y -cuando fallanneurosis*. Hay algunas formas de mecanismo defensivo que permiten ciertas formas de placer-, pulsional, por ejemplo los mecanismos defensivos pertenecientes a las perversiones*. Este tipo de afección consigue satisfacer pulsiones sexuales, parciales, infantiles, homosexuales y narcisistas. Lo hace gracias a mantener relaciones sexuales reñidas con lo aceptado en el medio social (el sujeto sufre

por ello angustia social*, de la que a su vez se defiende). Llevan incluidas en el mismo acto placentero ciertos mecanismos de defensa del yo contra los peligros que derivan del complejo de Edipo*, tratan de ahorrarse la angustia de castración-, con la desmentida* de la diferencia de los sexos. La desmentida comprueba la ausencia de la castración, entonces, en cada acto sexual (fetichista, homosexual, exhibicionista, etcétera). No lo logran totalmente, porque el yo se escinde*; en parte acepta la castración y en parte no, perdiendo el yo la función sintética, pasando a ser dos yoes. Entonces, la manera más adecuada de defensa ante el estímulo pulsional, tendría que ser la síntesis que tiene que lograr el yo ante las presiones a que está sometido por el ello*, el superyó y la realidad*. Una vez conseguida esa síntesis, ha de llevarla a la acción (véase: acción específica). Respecto de los estímulos del mundo exterior, el organismo establece una barrera de protección antiestímulo* en el sistema percepción consciencia (PCc. ), al cual pertenece la investidura* de atención* que es en realidad (como apronte angustiado*), el último nivel de esta barrera. Si ésta es sobrepasada, se siente dolor* orgánico, pudiendo llegar a instalarse una neurosis traumática* si la cantidad de estímulo que penetra en el aparato psíquico va más allá de las posibilidades de ligadura de éste. En las neurosis traumáticas queda una compulsión* a repetir la escena, primero en los sueños* hasta llegar a los actos, en busca de que el aparato psíquico pueda, merced a la repetición, sentir el apronte angustiado que no sintió en el momento en que fue superada la barrera defensiva.

Defensa, mecanismos de Operaciones automáticas que realiza la parte inconsciente* del yo* para defenderse de las pulsiones*, o mejor dicho de los posibles peligros que la satisfacción de éstas podría generar. El yo Inc. , ante la aparición de la representación* de una pulsión incestuosa o parricida, o retoños de ellas, apela a una señal, muestra de angustia en pequeña cantidad. Esta angustia señal* hace que el camino asociativo, guiado por el principio de placer*, cambie,

huyendo de la angustia señal. Consigue así que la pulsión original o sus retoños retornen al ello* inconsciente, pasando al estado de represión*. De esta manera la defensa* yoica es eficaz en librarse de la pulsión, momentáneamente. Para que la pulsión se quede allí, para que no pueda volver a introducirse en el yo, y por este medio llegar a la acción, habrá que dejar como centinela, una contrainvestidura* permanente. El mecanismo de defensa por excelencia es la represión. En algunos momentos de la teoría represión es sinónimo de defensa, pero desde Inhibición, síntoma y angustia (1925) pasa a ser el mecanismo específico de la histeria de conversión*. La represión, en cuya esencia está el desconocimiento, tiene dos pasos. La represión primaria* consiste únicamente en la contrainvestidura que es el origen del resto de los mecanismos defensivos ulteriores o represiones secundarias*. En éstas se sustrae también investidura de la representación de la palabra (Prec. ), con lo que no puede ser nombrada por el yo y vuelve al ello inconsciente. La investidura retirada pasa a otra palabra o a una formación sustitutiva*, transacción entre el yo y la pulsión, que actúa como contrainvestidura. La contrainvestidura se instala también en el aparato perceptual* (PCc. ) -para evitar percibir en la realidad* todo lo que remita al conflicto-, o se desplaza a otras representaciones poco importantes, que pasan a ser obsesiones, por ejemplo. Además lo reprimido primariamente atrae al inconsciente a todo lo que puede remitir a él. Otros mecanismos de defensa clásicamente descritos son: la anulación de lo acontecido*, el aislamiento*, la formación reactiva*, la proyección*, la identificación* (histérica y melancólica), la desmentida* de la diferencia sexual y de la pérdida del objeto, la negación*, la escisión del yo*, etcétera. Lo común de todos ellos es la inconcientización de la moción pulsional para evitar la angustia señal que sentiría el yo. Si el mecanismo de defensa falla, la cantidad de excitación* puede arrasar con el yo y ocasionar la angustia automática*, similar al trauma* del nacimiento. Esto último es una de las causas por las que si bien los mecanismos de defensa producen alteraciones patológicas, en algún momento se constituyan en un mal necesario que evita males mayores, como la angustia automática, por ejemplo. Además no debemos olvidar que a partir de los mecanismos de defensa inconscientes, el yo forma una infraestructura Inc. sobre la

que se instala la superestructura Prec. , la que entonces puede funcionar sin tener que estar acosada por la pulsión, a la que ignora. Cuando el yo se apoya demasiado en sus mecanismos de defensa y éstos comandan a su proceso secundario*, puede quedar una alteración del yo* más o menos severa, la que será un fuerte obstáculo para la cura y que participa de la formación de las caracteropatías, dependiendo muchas veces el tipo de ésta, del mecanismo de defensa preferentemente usado, lo que a su vez tiene relación con los puntos de fijación*. Freud, en el Proyecto de psicología (1895-1950) describe cómo se va formando el yo a través de investiduras colaterales, cadenas de pensamientos* que le hacen crecer, aprender de la experiencia, acumular representaciones para poder comparar con los nuevos perceptos, etcétera. Cuando las cantidades de excitación exceden de cierto límite la investidura colateral es insuficiente para conducirla, y debe recurrir a una defensa primaria consistente en una contrainvestidura, que ahora impedirá el pasaje de la investidura a nuevas representaciones. Éstas, rechazadas por el yo, se acumularán en el inconsciente. La investidura colateral enriquece al yo, modera a la pulsión haciéndola propia. La contrainvestidura expulsa el estímulo pulsional al inconsciente. Una y otra van dando forma a partes diferentes dentro del yo: a) el proceso secundario, el pensamiento, el yo con su función sintética, su principio de realidad*; b)una parte que quedará inconsciente, funcionará automáticamente, fuera de la voluntad* del yo Prec. y que será el yo de la defensa, o los mecanismos de defensa del yo, el yo Inc. En la cura psicoanalítica se hacen patentes los mecanismos de defensa, dando expresión a la resistencia* yoica. Debemos de habérnoslas con ellos, entonces, para poder llegar al conocimiento del deseo* reprimido, beneficiándose ahora el yo del deseo antes reprimido al colocarle investiduras colaterales. Haciendo que participe del comercio asociativo, que vaya integrando el yo del pensamiento, del proceso secundario, el yo Prec.

Degradación del objeto erótico (o sexual)

Proceso que se produce por la bifurcación, en el desarrollo libidinal de un sujeto, de las corrientes tierna y sensual. La corriente sensual, totalmente reprimida durante el período del complejo de Edipo*, reaparece en la pubertad desplazada a w otros objetos*. Como éstos tienen su fijación* inconsciente en objetos incestuosos, el yo* se defiende de ello, limitando la elección de objeto*. La corriente sensual sólo busca objetos que no recuerden a las personas incestuosas prohibidas. Se produce así una degradación psíquica del objeto sexual al buscarse sexualmente un objeto opuesto al de la «madre pura» o madre nutricia. «Tan pronto se cumple la condición de la degradación, la sensualidad puede exteriorizarse con libertad, desarrollar operaciones sexuales sustantivas y elevado placer» (Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa, 1912, A. E. T. XI, pág. 177), incluso buscar metas sexuales perversas cuyo incumplimiento es sentido como una pérdida de placer* y cuyo cumplimiento sólo es posible en el objeto sexual degradado, menospreciado. En ocasiones la escisión de la vida amorosa es tal que si establecen una relación tierna son impotentes sexuales y la potencia sexual sólo surge cuando el vínculo tierno es imposible. Este tipo de trastorno es más común en el varón que en la mujer y además es más común de lo que aparenta. Freud dice: « [. . .] sustentaré la tesis de que la impotencia psíquica está mucho más difundida de lo que se cree, y que cierta medida de esa conducta caracteriza de hecho la vida amorosa del hombre de cultura» (1912, id. 178). En la mujer se nota apenas una necesidad de degradar al objeto sexual. En ella se produce una atracción mayor por lo secreto, lo prohibido. Esta condición de lo prohibido en la vida amorosa femenina es equiparable a la necesidad* de degradación del objeto sexual en el varón. Un sujeto que ha logrado superar el complejo de Edipo con pocas fijaciones incestuosas tiene mejores probabilidades de hacer coincidir ternura y sensualidad en la misma persona, soslayando la degradación que quizá quede en algún lugar del psiquismo y pueda regresar en momentos de frustración* o aumento libidinal interior (adolescencia y menopausia).

Delirio

Fenomenológicamente y en términos generales, trastorno del contenido del pensamiento* que aparta al sujeto de la realidad*. Para ello el yo* debe estar severamente alienado o con una alteración muy profunda. Freud extiende el término a algunas ideas y actos obsesivos -algunos ceremoniales*, locura de duda- incluso a productos de la omnipotencia del pensamiento* (la magia* y la superstición del obsesivo, etcétera), quizá para remarcar el alejamiento de la realidad al que son sometidos los neuróticos obsesivos* por sus síntomas* y en algunos casos por el carácter* del yo, pero en los que de todas maneras nunca la alteración del yo* es tan significativa. Hay varios tipos de delirios en diferente tipo de afecciones. Freud describe un delirio histérico apropósito de Norbert Hanold, el personaje de la «Gradiva» de Jensen (El delirio y los sueños en la "Gradiva" de W. Jensen, 1906-07). En los delirios de Hanold -realizaciones de deseos diurnas, a la manera de los sueños* y con mayor creencia que en las fantasías* o ensoñaciones diurnas- se mezclan sus recuerdos* infantiles reactivados por el presente merced a sus sublimaciones*: cree ver un personaje vinculado con sus estudios de arqueología en una jovencita, con la que había tenido un vínculo afectivo en su niñez, reactivado en el presente. La represión* aparece en el enmascaramiento del personaje amoroso (que alude a su sexualidad infantil*) a través de una alucinación* a la que se le da creencia* y que transporta al sujeto en su arrobamiento a la época correspondiente a sus estudios de arqueología, lo que es ayudado por el lugar en que transcurre la acción, las ruinas de Pompeya. Freud describe otro delirio, propio de la confusión alucinatoria aguda o amencia de Meynert*. En ella la pérdida de un objeto* amado en la realidad, resulta tan insoportable para el yo del sujeto que la desmiente*. Cree ver al objeto, o presiente que vuelve, o está en el cuarto contiguo, etcétera. Se produce en este caso una desinvestidura* del sistema percepción consciencia (PCc.). Al quedar bloqueada la percepción* de la realidad el sistema PCc. puede ser rellenado con la reactivación, por regresión* tópica, de la percepción del objeto deseado en su estado bruto, igual que en el sueño. Se percibe, entonces, la alucinación, se le da creencia y sobre ella se elabora el delirio de la existencia del objeto perdido. El yo

esquiva el examen de realidad* y a veces hasta se vale de elementos de la misma para probar la existencia de lo deseado, que es consciente y no reprimido. En la amencia probablemente la «alteración del yo» sea mayor que en la psicosis* histérica, pero en ambas porfía el deseo del objeto. Quizá eso ayude a que sean cuadros clínicos agudos, aunque en ocasiones den paso a otros trastornos duraderos, más alteradores del yo. Examinemos ahora los principales tipos de delirio crónico, el delirio por antonomasia, el paranoico y el correspondiente a la esquizofrenia* paranoide. Éstos también son de diferentes tipos y se tramitan, en general, de la siguiente manera: primero la investidura* Inc. se retira de la representación* de objeto y por lo tanto del objeto mismo; luego la libido* se retrae al yo, de manera que la libido objetal deviene narcisista y desde el inconsciente* desaparece el mundo objetal. Al quedar desinvestidas las representaciones-cosa* o representaciones-objeto desinvestidas, la libido también en parte deviene pura cantidad de excitación* sin representación. Esto último implica invasión de cantidad en el aparato psíquico, lo que provoca angustia automática*, fruto del desajuste económico en virtud de la desinvestidura de la ` representación-cosa. A todo este complejo que sucede al desinvestir la representación-cosa, con lo que desaparece el deseo inconsciente del objeto, más la angustia automática concomitante, se lo denomina «vivencia de fin de mundo» *. Decíamos que la otra parte de la libido objetal deviene narcisista al ser retraída al yo, lo que clínicamente se expresa como delirio de grandeza. Cuando se retrae hacia el cuerpo lleva el nombre de «hipocondría» *. Con las investiduras que quedan en el aparato psíquico, en las representaciones-palabra* (Prec.) se intentará reconstruir el mundo objetal. Estas palabras, ahora, no significan a las cosas o a las representaciones de ellas: es como si las representaciones desinvestidas no existieran. Entonces las representaciones-palabra pasan a ser las representaciones-cosa y a ser tratadas como tal. Funcionarán en gran parte con proceso primario* usando asociaciones* por contigüidad*, analogía* u oposición*, incluso los símbolos universales*, para formar condensaciones* y desplazamientos*, que con una buena elaboración secundaria* podrán tomar cierta apariencia lógica. Así se armará el delirio paranoide, compuesto de libido homosexual, libido no reconocedora de la diferencia

de sexos, a horcajadas entre la libido narcisista y la objeta]. Esta libido perderá su socialización, inhibición en su meta, o sublimación, pues será libido homosexual erotizada. He aquí un nuevo problema intolerable para el yo y del que se va a defender, ya que por estar la libido erotizada no puede sublimarla, relevará el amor* por odio -en especial en el delirio persecutorio que está en la base de los otros, el erotomaníaco, el de celos* y el de grandeza- y proyectará* el deseo Inc. El paranoico sentirá que lo que era deseo homosexual proviene ahora del inconsciente del objeto, relevado por odio. 'De este modo se forma el delirio persecutorio, que resulta así una manera de no aceptar el deseo homosexual. Hay otros: los delirios de celos (véase: celos), el delirio erotomaníaco y el ya mencionado delirio de grandeza. Todos contradicen la frase «yo lo amo a él», en el caso del varón, por supuesto. Una «reconstrucción del mundo» muy penosa, por cierto, hasta que el delirio consiga mediante el proceso primario un disfraz lo suficiente mente aceptable para el yo y éste pueda tolerar, merced a ello, el deseo homosexual; en el delirio de Schreber éste llega a la conclusión de que es el elegido por Dios para darle hijos. Se logra así una paz endeble pero relativamente duradera, y hasta en algunos casos el yo, gracias a sus partes no alteradas, logra un cierto reacomodo con la realidad. Existen otros tipos de delirios típicos de la paranoia` y la esquizofrenia paranoide como el de ser observado, con alucinaciones auditivas que señalan todos sus actos (sonorización del pensamiento) o sensación de ser mirado, en ocasiones vinculado con persecución o erotomanía. La alucinación auditiva autoobservadora se produce por una regresión a la percepción. La observación que en su infancia sus padres realizaban sobre él y que luego devino en superyó* por identificación*, retorna ahora por la regresión a la percepción, mostrando así sus orígenes. En el delirio de influencia, la regresión es mayor. Todo el yo es proyectado al exterior, y el paciente siente que hay máquinas (símbolo universal del cuerpo, lugar de origen del yo) que influencian todos sus actos. El delirio, entonces, en la esquizofrenia paranoide y la paranoia, muestra la parte ruidosa de la enfermedad; pero en realidad es el intento de curación que hace el paciente, intento de reencontrar el mundo de los objetos. Que este logro sea más o menos apacible, tendrá cierta relación con cómo se haya tramitado el complejo paterno* previo. El

delirio hecho con palabras, siguiendo el proceso primario, se funda en una verdad histórica* que está en el fondo de todo delirio y que lo hace pasible de construcción* o interpretación* a la manera de un sueño o un síntoma. Esto lo practica en buena parte Freud en el estudio realizado sobre la autobiografía de Schreber, también lo intenta con algunas pacientes en los comienzos de su carrera, como se puede ver, por ejemplo, en: Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa (1896). En el momento agudo de la enfermedad esto es imposible, pues la única posibilidad de transferencia* es negativa o predominantemente negativa, por lo menos en el delirio persecutorio. Quizá el delirio erotomaníaco o celotípico se presten mejor para intentar una reconstrucción del pasado que se revive a través del delirio. En el «Hombre de las ratas» habla también de cuna suerte de delirio o formación delirante», en la que el niño sentía que sus padres conocían sus pensamientos porque él los habría declarado sin oírlos él mismo. «Declaro mis pensamientos sin oírlos. » Esto Freud lo explica como una proyección del hecho de que él tiene pensamientos que no conoce, una percepción endopsíquica de lo reprimido. Freud también llama delirios a cierto tipo de formaciones obsesivas, como las series de pensamientos que ocupaban al paciente en el viaje de regreso de las maniobras militares; o al disparatado accionar descrito en el que trabajando hasta altas horas de la noche, abría las puertas al «espectro» del padre, miraba luego sus propios genitales en el espejo, y trataba de rectificarse con la amonestación: « ¿Qué diría el padre si realmente viviera todavía?». Esta fantasmagoría cesó después de que la hubo puesto en la forma de una «amenaza deliciosa». Si volvía a perpetrar ese desatino, al padre le pasaría algo malo en el más allá. Este tipo de «delirio obsesivo» se inscribe como formando parte de la «omnipotencia del pensamiento» y sus consecutivas magia y superstición, típicas de la neurosis obsesiva.

Depresión [freud.]Estado afectivo doloroso, displacentero, provocado a veces por una pérdida de objeto*, frustración*, fracaso,

etcétera. En todas estas ocasiones el yo* Prec. está realizando el trabajo de duelo*, en el que cualquier objeto que recuerde en algo al objeto perdido reactiva la añoranza de él. Se incrementan, entonces, las investiduras de añoranza*, junto al hecho de que la realidad* muestra la imposibilidad de satisfacción, produciéndose así el dolor* psíquico. Y así se repite ante cada situación que recuerde al objeto perdido, cada lugar en el que se estuvo con él, cada momento que se parezca a momentos vividos con él. El talante es de tristeza y el yo está enfrascado en la tarea de ir desinvistiendo* uno por uno los recuerdos* del objeto o ilusión perdidos. Mientras permanece en este doloroso trabajo, el yo hace una introversión* de la libido* durante todo el período, apartándola de los deseos* Prec. de los objetos que no son el que se perdió. El yo podrá de esta manera, en forma paulatina, ir aceptando la realidad, tornándose ésta más soportable, lo que conseguirá en forma definitiva cuando la libido pase a investir a otro nuevo objeto y aparezca un nuevo deseo. Hasta aquí, la depresión* normal como respuesta a pérdidas exteriores que, por decirlo así, la justifican. Distinta es la depresión endógena: no hay causas exteriores o las causas exteriores aparentemente no explican la magnitud o lo prolongado de la misma. Entonces se dice que la pérdida es inconsciente*. La inconscientización consiste en una identificación* del objeto en el yo. Es en realidad odio* (recordemos que en las primeras etapas se confunde con el amor*) al objeto, sin que el yo se aperciba de ello, ya que aparece clínicamente como autorreproche*. Pero en el tratamiento psicoanalítico el autorreproche se revela como un reproche al objeto, que está dentro del yo. El superyó*, ni corto ni perezoso, aprovecha para sumarse a estos reproches y aplicarle severo castigo al yo por < todo lo que se merece» al no ser como el ideal. Se agrega por otro lado una mayor retracción* libidinal, se rompe con el mundo exterior, lo que había comenzado con el inaceptable odio al objeto, desplazado al yo identificado con él. Esta descripción corresponde a la melancolía*. En un lugar intermedio entre el duelo y la melancolía se ubicarían los cuadros depresivos neuróticos con su sentimiento de inferioridad, con el sentimiento de culpa* inherente a la formación de su aparato psíquico*, en el que el yo difícilmente pueda satisfacer a un superyó que le exige lo ideal. Entonces el sentimiento de culpa casi es constante y por lo tanto el

estado depresivo es de base. Ante cada nuevo fracaso frente al ideal, el estado depresivo se agrava, así como mejora cuando los éxitos lo acercan a lo pretendido por aquel. Salvo en el duelo, en el que el dolor psíquico se produce por la imposibilidad de descarga de la libido objetal, en los otros tipos de depresiones el trastorno es un destino de la libido narcisista. En la melancolía conduce a una psicosis* narcisista y en otras depresiones a trastornos del narcisismo* o de la autoestima*, producidos por no conformar el yo al superyó. En estos últimos no alcanzan para apartar al sujeto de la realidad, a retraer la libido de las representaciones Inc. de los objetos, de los deseos de éstos. En cambio, esto sí sucede en la melancolía.

Deseo El deseo, en la teoría freudiana, consiste en una propuesta psíquica que busca ser complacida. Ésa podría ser una manera de presentación del tema. En rigor no hay una definición del deseo dentro de la teoría que pudiéramos llamar demasiado rígida o estricta, pese a que la teoría freudiana, en términos generales y en toda su tremenda extensión, sí lo es. El concepto, sin embargo, es bastante claro y conciso. Freud lo usa en determinados momentos de su desarrollo teórico más que en otros, pero nunca lo deja de lado. Lo usa para explicar más algunos fenómenos que otros, o algunos matices de éstos más que otros. Pero en ningún momento desarrolló una teoría específica del deseo, como sí lo hizo respecto de conceptos similares como el de pulsión* o de libido*. En términos vagos, podríamos decir que el concepto de deseo se mueve más cómodamente dentro de la así llamada «primera tópica» porque es en ella donde Freud desplegó toda su teoría representacional y el deseo está, como veremos, íntimamente relacionado con la investidura* de la representación*. Pero nadie dijo que en la llamada «teoría estructural», Freud haya dado de baja el tema de la representación. Muy por el contrario, sigue siendo tema hasta en el «Moisés». Es que al explicar algo nuevo, un nuevo nivel de un problema, el teórico no tiene por qué repetir cada vez lo dicho antes. Por otro lado, si no es mediante la teoría representacional, ¿cómo se explican

los sueños*? Se sobreentiende que las estructuras de la «segunda tópica» son estructuras representacionales. El ello*, el yo* y el superyó* son estructuras psíquicas, y lo que da la característica de fenómeno psíquico a algo es justamente la representación. Por lo tanto, explícita o implícitamente en la teoría freudiana el deseo «siempre está». Puede ocurrir que aparezcan al surgir nuevos conceptos, diferentes matices, nuevas aristas, que obliguen a aparecer nuevos conceptos o complejizaciones y en ese camino surjan confusiones, esto es verdad. No siempre es fácil diferenciar entre deseo y libido en algunos aspectos, y especialmente entre deseo y pulsión. El deseo nace en los momentos de formación del aparato psíquico*, luego de ocurridas las primeras vivencias de satisfacción*. En adelante la necesidad corporal surgirá unida a las representaciones que habían dejado en el aparato psíquico aquellas vivencias. La necesidad* logró, entonces, representación psíquica. Ésta provino de la huella mnémica* que dejó la experiencia, deviniendo en deseo. A esta moción cine apunta hacia esta representación, a la ligazón que se establece entre la necesidad corporal y la representación, la llamamos «deseo». El surgimiento del deseo inaugura el psiquismo y será el motor del aparato psíquico. La vivencia de satisfacción deja en realidad un complejo representacional en el que se distinguen tres tipos de representaciones: 1) la que primero se activa cuando se reanima el deseo: la representación investida del objeto* satisfaciente: 2) la representación de los movimientos que se hicieron con éste y que éste hizo, y 3) la representación de la sensación de descarga en el r núcleo del yo («Proyecto», 1895-1950). El deseo será, por lo tanto, un deseo del objeto con el que se busca realizar actos y que el objeto realice otros, para poder volver a sentir la sensación de satisfacción o placer* en el núcleo. «Sólo puede sobrevenir un cambio cuando, por algún camino (en el caso del niño, por el cuidado ajeno), se hace la experiencia de la vivencia de satisfacción que cancela el estímulo interno. Un componente esencial de esta vivencia es la aparición de una cierta percepción (la nutrición, en nuestro ejemplo) cuya imagen mnémica queda, de ahí en adelante, asociada a la huella que dejó en la memoria la excitación producida por la necesidad. La próxima vez que esta última sobrevenga, merced al enlace así establecido se suscitará una moción psíquica que querrá investir de nuevo la

imagen mnémica de aquella percepción y producir otra vez la percepción misma, vale decir, en verdad, restablecer la situación de la satisfacción primera. Una moción de esa índole es lo que llamamos deseo; la reaparición de la percepción es el cumplimiento de deseo, y el camino más corto para éste es el que lleva desde la excitación producida por la necesidad hasta la investidura plena de la percepción» (La interpretación de los sueños, 1900, A.E. 5:557-8). Entonces, el deseo es el deseo de volver a repetir la vivencia de satisfacción, aquella que se vivió en el vínculo con quien fuera el asistente ajeno* y ahora es el objeto deseado. Cada vivencia de satisfacción irá dejando nuevos deseos; las pulsiones de autoconservación* serán más repetitivas, el objeto será más fijo. Las pulsiones sexuales*, en cambio, irán teniendo diferentes tipos de deseos según las zonas erógenas* de predominancia, por lo menos hasta llegar la supremacía fálica cuando todas ellas se organizan bajo su dirección y cuando se realiza una elección de objeto* que por tomar características de incestuosa, será reprimida. El objeto de las pulsiones sexuales será mucho más cambiante, característica que va disminuyendo a medida que se van produciendo fijaciones*. Pueden también complacerse en el propio cuerpo. La elección de objeto sexual exterior se apuntalará* en parte en las satisfacciones de las pulsiones de autoconservación y en parte en el propio cuerpo, en cuyas sensaciones el objeto tendrá un factor determinante de todas maneras, por lo que se irá eligiendo conforme a las fijaciones que irá dejando en el cuerpo la historia con el objeto (la historia del cuerpo y su representación van deviniendo en yo). En este período* preedípico*, el niño aprende a hablar, se ensaya con el lenguaje*. Los deseos Inc. de los objetos podrán llegar al Prec. ligándose a las representaciones -palabra* y generando así los deseos Prec. Después del complejo de Edipo* el aparato psíquico se escindirá y múltiples deseos (los incestuosos, parricidas y con ellos gran parte de los deseos infantiles) serán reprimidos, pasarán al estado de inconscientes* y a pertenecer al ello. No serán considerados parte del yo, el que les negará su aquiescencia, les quitará la investidura Prec., la investidura de la representaciónpalabra. Estos deseos reprimidos nunca cejarán en su deseo de retorno, directo o por medio de retoños Prec. que los representen y eviten la censura*. Ese retorno originará los sueños, los actos fallidos*, los síntomas* neuróticos,

etcétera. Los deseos Inc. pueden también en algunas ocasiones superar la censura (desexualizándose*, por ejemplo) y transformarse en deseos Prec., por lo que en ese caso el yo los sentirá propios y luchará por satisfacerlos. Aquí es importante, además de los factores reales externos, su proximidad a los deseos incestuosos y parricidas prohibidos (a mayor proximidad, menor posibilidad de satisfacción, por lo menos en el terreno de la «normalidad» y la neurosis). Los deseos Prec. del yo que no han sido reprimidos por él son: los de su autoconservación en parte (el deseo de dormir por ejemplo), otros configurarán deseos con meta inhibida como la ternura o la amistad, o deseos desexualizados, podríamos decir. Otra parte serán aquellos deseos sexuales que, provenientes del ello, son aceptados por el yo, probablemente porque no le crean conflicto con el superyó o con la realidad*. Entonces podrá fantasearlos o llevarlos a la acción (bajo el rectorado del principio de realidad*). También podrán ser condenados por el juicio* cuando el yo así lo considere, aunque algunas veces el yo simultáneamente los haga propios y los mantenga en el terreno de la fantasía*. Cuando los lleva a la acción, a costa de cierto tipo de escisiones en el yo*, estamos ante las «excentricidades de los normales», De todas maneras, el deseo será un deseo Prec. con mayor grado, en general, de ligadura y pasaje al proceso secundario. Freud también menciona deseos del superyó al atribuirle los deseos de los sueños punitorios*, de autocastigo*, los que se explicarían como realización de deseos del superyó (Nuevas conferencias de introducción. al psicoanálisis, 1933). De algún modo el sentimiento inconsciente de culpa* o necesidad de castigo*, funciona en algunas personas a la manera de un deseo, incluso reprimido en el sentido de desconocido por el yo, que se satisface periódicamente con el sufrimiento de éste. Probablemente esto dependa de los diferentes grados de mezcla* o desmezcla* de Eros* y pulsión de muerte* que estén en juego en esos deseos (sadismo* del superyó y masoquismo* del yo). En términos generales, de cualquier manera, hablar de deseo remite a deseo sexual (no se confunda con genital*), aunque la posesión de representación (de cosa* y de palabra) le puede dar a la pulsión de autoconservación característica descante, Pero cuando nos referimos a deseo inconsciente, éste es sexual. ¿Puede haber un deseo correspondiente a la pulsión de muerte? Según Freud no, porque no hay en el

Inc. representación-cosa de ésta. Es un contrasentido hablar de una «vivencia de muerte» que deje su huella en el aparato psíquico. En cambio, puede haber necesidad inconsciente de castigo, pero ella proviene del superyó. El deseo agresivo para con otro ya pertenece a la pulsión de autoconservación o a la sexual, merced al sadismo o pulsión de apoderamiento* y hasta el odio* al rival. Paradójicamente sabemos que «existe» una pulsión de muerte...«muda». Si «habla», es a través de las representaciones (de cosa y de palabra) del deseo sexual, con el que se mezcla. Podemos decir que la vemos, indirectamente, en los ejemplos ya mencionados de la agresión*, sadismo, apoderamiento, etcétera. El concepto de deseo se superpone con el de pulsión y hasta con el de libido en el deseo sexual. Por momentos parecen sinónimos, o distintos niveles del mismo fenómeno; por momentos, cosas diferentes. El de pulsión, para Freud, es un concepto límite entre lo somático y lo psíquico. Probablemente esté más del lado de lo somático y el esfuerzo (Drang) hacia la acción y el deseo más del lado representacional. De ahí que Freud describa una «satisfacción alucinatoria de deseos»*, no una «satisfacción alucinatoria de pulsiones», y que hable de deseos cuando debe explicar los sueños, las fantasías, incluso los síntomas, es decir cuando el énfasis está en el contenido representacional. En cambio, cuando debe explicar los mecanismos de defensa* del yo ante las angustias señales* frente al peligro pulsional, o cuando explica el ello, habla del apremio de la pulsión sobre el yo, también en la búsqueda de su satisfacción, que en última instancia es la misma que la del deseo. Veamos ahora qué diferencias hay entre deseo y libido. La energía sexual somática pasa a llamarse «libido» cuando se liga a una representación, es la energía que la inviste, el deseo está más ubicado en la representación (investida por libido), por lo tanto hay diferencias, pero un fenómeno es muy cercano al otro como para poder distinguirlos muy claramente. En La interpretación de los sueños (1900) habla de deseos, en Los tres ensayos de teoría sexual (1905) menciona la pulsión, en los escritos metapsicológicos de 1915 predomina el concepto de pulsión, aunque también habla de deseos, especialmente respecto de los sueños, en El yo y el ello se refiere casi únicamente a las pulsiones del ello (1923), también en Inhibición, síntoma y angustia (1925). El

concepto de libido está en toda la obra. Sin embargo hay diferencias importantes que hacen que sean cosas diferentes. Por ejemplo se puede hablar de un deseo Prec., pero la pulsión por lo general está referida a un concepto Inc. También existen una libido objetal y una narcisista; sí se puede hablar de un deseo objetal pero es más difícil hablar de un deseo narcisista por lo menos puro, se puede hacerlo como extensión del concepto de deseo homosexual, por lo tanto referido al objeto. Por ejemplo tal es la dependencia del niño del amor* del objeto en el período de latencia* que puede hacer propios los deseos del objeto. La educación en general se basa en estos principios: el niño resigna sus pulsiones a cambio del amor materno, de una manera tan radical, a veces, que se transforman en deseos Prec., a través de identificaciones* en el yo y principalmente en el superyó, opuestos en general al deseo Inc., por lo tanto apoyando a la represión Inc. contra la emergencia de los deseos reprimidos. Podríamos pensar, entonces, que la necesidad del amor del objeto es narcisista y en alguna medida lo es, pero no en el sentido más estricto del término (la libido proveniente del ello invistiendo al yo). Uno no puede desearse, se tiene. Puede desear ser amado por el objeto, o desear ser el ideal, pero éste mismo está constituido por huellas de objetos del pasado infantil o de la omnipotencia infantil perdida. En ese sentido son deseos narcisistas, pero nunca falta el rastro del objeto en todas estas complejizaciones del deseo que a veces confunden el pensamiento*. Quede claro que la diferencia definitiva entre estos conceptos, de todos modos, no está totalmente clara, non liquet, como diría en tantas ocasiones Freud. ¿Puede hablarse de una pulsión narcisista? A lo sumo de una pulsión sexual con satisfacción autoerótica. Cuando se habla de. narcisismo en sentido estricto, se habla de libido en el yo. Por último: nos apoyamos en lo expresado por Freud en el capítulo VII de Lo inconciente (1915) respecto de la investidura de la representación, para justificar un deseo preconscíente del objeto. Cuando está investida la representación-cosa del Inc. más la representación-palabra Prec., esta última significa o representa a aquella ante la Cc. Si se le retira la investidura Prec., el deseo pasa al estado de represión y a pertenecer al inconsciente. En las neurosis de transferencia*, la investidura de la representación-cosa Inc. está investida y quizá en demasía, pero no tiene la

representación-palabra Prec. para poder llegar a la Cc. Uno de los objetivos en el tratamiento psicoanalítico es recuperar para la investidura de la representación-palabra Prec la energía libidinal que mientras el deseo permanece en represión, pertenece únicamente a la representacióncosa Inc. La investidura en estas neurosis se ha desplazado o transferido a otras representaciones Prec. En la histeria de angustia* hasta constituir las fobias*. En la neurosis obsesiva* se han aislado* sus conexiones asociativas y afectivas con el resto de las representaciones Prec. o se ha recurrido a mecanismos mágicos para no sentirlas pertenecientes al yo, en última instancia angustiándose ante estas obsesiones nunca aceptadas como deseos del yo Prec., pese a estar ubicadas tópicamente en él. En la histeria de conversión*, ha hallado expresión merced a investiduras corporales elegidas asociativamente por leyes de contigüidad* o analogía*, convirtiéndose en el caso de las asociaciones* por analogía en símbolo mnémico* de las representaciones-cosa, ahora reprimidas y que pugnan por retornar de ese estado. En las afecciones narcisistas (en especial en las psicosis*, cuyo máximo exponente es la esquizofrenia* con sus distintas formas clínicas), se desinviste* la representación-cosa del objeto y se desvía esa investidura Inc. al yo. Este proceso consiste en el narcisismo* por excelencia, el deseo Inc. del objeto está desinvestido. Repitamos: no hay deseo Inc. del objeto en estas afecciones, se retiró la investidura de la representación-cosa Inc. (ésta configura el deseo Inc. del objeto, el motor del aparato psíquico). Quedan, sin embargo, representaciones Prec. que no representan a las Inc. sino que ocupan el lugar que dejaron aquellas al desinvestirse. Por lo tanto se rigen por sus mismas leyes (el proceso primario*). Así se configuran los delirios* paranoides que, quizá exagerando, hasta podríamos decir que son deseos Prec. del objeto sin sustento en un deseo Inc. Intentos de reconstrucción* del deseo del mundo objetal, pero no desde lo profundo del aparato psíquico, sino únicamente desde las palabras. Palabras que dejaron de ser significantes, y ahora remedan el significado.

Desesperación

Investidura de añoranza* a la que se agrega angustia de pérdida de objeto* o viceversa; el afecto* correspondiente al duelo* (la ya ocurrida pérdida del objeto*), más la angustia* de la posibilidad de su pérdida. Es probablemente, dice Freud, el afecto sentido por el lactante (Inhibición, síntoma y angustia, 1925) al comenzar a notar la ausencia de su madre, sin distinguir todavía si la ausencia es transitoria o definitiva. En tanto transitoria se corre el peligro de que no vuelva cuando uno sienta la tensión de necesidad* (angustia). En tanto definitiva produciría duelo, añoranza. La experiencia va separando el dolor* de la angustia, aunque en determinadas circunstancias (por ejemplo, cuando no se encuentra el cuerpo de una persona desaparecida, de la que la realidad muestra su ausencia definitiva) vuelven a juntarse y retorna la desesperación, al unirse el duelo y su añoranza con la angustia de pérdida de objeto.

Desestimación No aceptación, por parte del yo* consciente, de algún dato nuevo de la realidad*, al que considera poco importante, quedándose con juicios* establecidos anteriormente. Este rechazo, previo a un juicio de existencia*, es universal, < normal» en la infancia. Los niños son renuentes a reconocer la diferencia de los sexos o de la castración que lleva implícita la etapa fálica. La teoría de la cloaca* había explicado hasta entonces el nacimiento de los niños de un modo mucho menos conflictivo. En general el niño ante la amenaza de castración actúa como el pequeño Hans (Análisis de la fobia de un niño de cinco años, 1909), si le amenazan con la pérdida del “pipí” , no le produce angustia*: total, tiene el «popó» (en términos teóricos, la teoría de la cloaca). Aceptar como posible la existencia de la castración es el próximo paso. Una aceptación paulatina y tal vez siempre incompleta. La teoría de la cloaca en parte es superada al reconocerse la existencia de la castración correspondiente a la etapa fálica, pero nunca absolutamente, y en parte permanece en el inconsciente* reprimida como todo lo relativo a la sexualidad infantil*.

Puede retornar desde ahí a través de un síntoma* intestinal con fantasía* de embarazo, como en el caso del «Hombre de los lobos» (1914-18), o como cualquier otro producto del inconsciente. Cuando el niño reconoce, siquiera parcialmente, la existencia 1. de la castración-] o que se vuelve inevitable al percibir el genital femenino y, por el complejo del semejante* comprende¡-* la diferencia- hace su entrada en el complejo de castración*. Una multitud de excitaciones y afectos* se enlazan, entonces, con la pérdida del pene; es el caso de la angustia de castración* en el niño y la envidia del pene* en la niña. El famoso sueño del «Hombre de los lobos» es una de las pruebas de que el niño había entrado, en el momento del sueño* al menos, en el complejo de castración. Por lo tanto había superado en parte la primera desestimación* de la misma, aunque la teoría de la cloaca sobre la cual se había instalado, podía retornar en cualquier momento y hasta convivir con el reconocimiento de las diferencias sexuales que generaban la angustia de castración. En un mismo síntoma conversivo convivían el reconocimiento de la diferencia sexual (la angustia ante la disentería) con la teoría de la cloaca (la fantasía inconsciente de embarazo intestinal). Ésta incluía un reconocimiento de diferencia sexual al ser tomado el ano como si fuera una vagina, lo que volvía a generar angustia de castración, creándose aparentemente contradicciones, las que como sabemos no tienen cabida en el inconsciente. Estas representaciones contradictorias, entonces, seguían perteneciendo al Inc., logrando gracias a estas formaciones sustitutivas* -embarazo intestinal simbolizado en la constipación- tener acceso al Prec. en forma disfrazada. Se desestiman también mociones pulsionales, siempre que sean conscientes o que tengan investidura* Prec. (representación-palabra*, investida con atención* o sin ella). En ese caso el yo puede desestimarlas a través de la emisión de un juicio, condenándolas. El «juicio de condenación o desestimación»* es una de las últimas defensas* que tiene el yo ante la pulsión*, una vez superada la negación* y siendo aceptada la pulsión por el yo como propia; quizá sea la más evolucionada, la más relacionada con la ligadura, el domeñamiento pulsional. Freud llama «desmentida»* a la no aceptación de datos de la realidad, en adultos, como la existencia de la diferencia de los sexos (parcialmente en los casos de perversiones* sexuales), o de datos de la realidad dolorosa (como la

pérdida de un ser querido en la confusión alucinatoria aguda o amencia de Meynert*). En ambos se produce un enérgico mentís sobre los datos de la realidad, tapándolos con otra percepción*, el fetiche en el fetichismo*, el pene en la homosexualidad*, la alucinación* del objeto perdido en la amencia.

Desexualización Inhibición* en la meta de la pulsión sexual*. La libido* desexualizada* une a la masa* cultural, siendo base de la cultura* misma e iniciándose con ella; es la que le queda al hijo, en el vínculo con sus padres y hermanos, después de la represión* y sepultamiento del complejo de Edipo*. Es libido a su vez homosexual, dado que si tiene inhibida la meta sexual no reconoce diferencias sexuales. La libido desexualizada forma los vínculos de ternura y amistad, y la sublimación*. Como su descarga completa está inhibida, mantiene los vínculos más perdurables. El yo* funciona con libido desexualizada normalmente. Tal libido ha perdido algo de su perentoriedad (Drang) por haberse desplazado* su meta del objeto* u objetivo original, gracias a lo cual es más manejable por el yo. Cuando la libido en el yo se resexualiza, resultan las perversiones* narcisistas, como es el caso de la homosexualidad*, o se generan distintas formas de defensa* contra aquella, como en la paranoia*. Las patologías narcisistas tienen sexualizada la libido narcisista u homosexual. Ésta se puede reprimir y originar neurosis* («Dora», 1901-05; el «Hombre de los lobos», 1914-18). Las neurosis son, además de otras cosas, trastornos en la desexualización de la libido objeta], lo que obliga a su represión. Por otro lado es por causa de la represión que la libido objeta¡ no se desexualiza y «crece en las sombras». En tanto toda sublimación implica una desexualización, implica una desmezcla* de pulsiones de vida* y pulsiones de muerte*, y así la desexualización, necesaria para la culturalización, paradójicamente libera pulsión de muerte. Los vínculos desexualizados, basados en una inhibición en la meta sexual, pueden volver a resexualizarse por diferentes causas y también transformarse en amorosos. Entonces se vuelven asociales

nuevamente, pues la pareja busca exclusividad, cela* a su ser amado, no quiere compartir su amor*.

Desinvestidura (sustracción de la investidura) Forma de funcionamiento común a todos los mecanismos de defensa*, por el cual se le retira energía psíquica* (libido*): a representaciones-palabra* Prec. en las neurosis*; a representaciones-cosa* Inc. en las psicosis* narcisistas; al aparato perceptual o sistema percepción consciencia PCc. en las psicosis alucinatorias agudas, psicosis histéricas y, en parte, en el fetichismo* y las otras perversiones sexuales*; o a todas las partes del aparato psíquico*, en el caso del sueño*. La desinvestidura corresponde al segundo paso de la represión* o defensa*, o sea la represión propiamente dicha, complementaria de la represión primaria* cuyo mecanismo único es la contrainvestidura*. Esta última también actúa en la represión secundaria* reforzándola y sosteniéndola. Cuando la energía corporal inviste una representación-cosa, se transforma en psíquica. Se la llama entonces «pulsión* Inc». Si es sexual se la llama también «libido» (poniendo en este caso el énfasis en la energía invistiente), principal representante de las pulsiones de vida*. Cuando además de la representación-cosa inviste la representación-palabra correspondiente, crea la precondición para el domeñamiento de la pulsión. Si se desinviste la representación-palabra, la investidura*, permaneciendo en la representación-cosa en estado de represión, genera el deseo* Inc. reprimido. En las psicosis narcisistas se retira la investidura de la representación-cosa Inc--- lo que deja al aparato psíquico sin deseo Inc., sin pulsión de vida; con cantidad de excitación* pura, sin poder ser ligada a una representación. Esto es liberación de pulsión de muerte*, tendencia a la vuelta a lo inorgánico, a la pura cantidad. Las representaciones-palabra están investidas entonces, como un puente sumamente endeble tendido hacia un mundo objetal, delirante, pero mundo al fin. Se formarán así los delirios*, las alteraciones sintácticas con tema hipocondríaco (lenguaje de órgano*). Se habrá perdido la

metáfora en estas representaciones-palabra, retornarán a su sentido de representación-cosa original.

Desmentida Mecanismo utilizado por el yo* ante una realidad* que le resulta intolerable. Retirando las investiduras* del polo perceptual* -también llamado sistema percepción consciencia PCc.-consigue no percibir, no acusar recibo de su percepción*. Como dice Freud, darle un «enérgico mentís» a su percepción. La desmentida no consigue ser absoluta, pues siempre en parte la realidad, incluso la que específicamente se quiere desmentir, es en parte percibida. Esto implica la formación de una escisión en el yo* Prec, El que acepta y no acepta un mismo aspecto de la realidad al mismo tiempo. Acepta una contradicción que no molesta a su proceso secundario*. Si el predominio de la desmentida sobre el reconocimiento de la realidad es muy franco, se establece una confusión alucinatoria aguda o «amencia de Meynert» *. Sobre el retiro de la investidura del PCc., éste registra alucinatoriamente, previa regresión tópica (de palabra a imagen), la presencia del objeto* deseado y no reprimido (sin disfraz). Objeto que en la realidad se perdió. Resulta así una defensa* psicótica ante el duelo*, defensa poco duradera a la que a veces recurren personas no psicóticas, con escasa o nula «alteración del yo» *, en situaciones en que la cantidad de excitación* resulta poco común. Cuando la desmentida de la realidad es pareja con el reconocimiento de la misma, se percibe claramente un yo escindido. Un yo que en su actividad de pensamiento* consciente acepta contradicciones. Por ejemplo, en el fetichismo*, un tipo de perversión* sexual que evita al sujeto la homosexualidad* efectiva. La 1 libido* con la que se vincula el fetichista con el objeto es homosexual, o sea desmentidora de la diferencia sexual, y no desexualizada. No obstante, consigue en la acción la heterosexualidad merced a la existencia del fetiche, pues gracias a su presencia obtiene el refuerzo de la realidad, que sostiene el < enérgico mentís» puesto al reconocimiento de la diferenciación sexual. Tanto en la psicosis* alucinatoria aguda como en el fetichismo, la desmentida tiene dos

pasos: 1) la no aceptación de lo real (la pérdida del objeto y la aceptación de la existencia de la castración respectivamente) y 2) el reemplazo activo de la realidad (la alucinación* y la presencia del fetiche en la mujer, respectivamente). La escisión del yo en el fetichismo se observa clínicamente en el hecho de que, pese a que se logra la erección en el acto sexual, siempre que la mujer posea un fetiche (fetiche que se forma con representaciones* extraídas de las vivencias de la sexualidad infantil* desplazadas* por lo común por contigüidad*, o por simbolismo* del pene femenino), en otros momentos, sin embargo, se siente angustia de castración*, lo que muestra que en parte el yo desmintió la castración y en parte la aceptó (en tanto le angustia una asociación* que a ella remita). La escisión del yo en este caso es intrasistémica, se produce en el mismo yo Prec. Es una falla de su poder sintético por laque caben contradicciones en el proceso secundario, sin que el yo las considere un error.

Desplazamiento Tipo de mecanismo característico del proceso primario*, por el cual la energía psíquica* (quantum de afecto*) pasa libremente de una representación* a otra, desinvistiendo* a una e invistiendo* a otra según las leyes de la asociación*. Para lograr la identidad de percepción* basta que una representación sea contigua a otra o análoga, u opuesta, etcétera. Una representación es la otra por compartir atributos superficiales. La tarea del proceso secundario* es precisamente inhibir* este mecanismo (que según la hipótesis freudiana es el original). Solamente así una representación es distinguible de otra. Entonces la investidura es fuerte y su desplazamiento débil. Características éstas del proceso secundario, del proceso de pensamiento* realizado por el yo* Prec. El yo Inc. puede sin embargo usar el desplazamiento con fines defensivos; lo hace mediante el libre movimiento de la investidura entre las representaciones siguiendo las leyes de la asociación, consiguiendo así un disfraz de la pulsión* o el deseo* prohibido. Así se observa el desplazamiento a lo nimio en la

neurosis obsesiva*, el que puede convertirse en rasgo de carácter* del yo (la puntillosidad detallista). Además es el mecanismo característico de la fobia*: el yo desplaza el miedo al padre castrador a un animal, o el temor a sus concupiscencias eróticas en fobia a los lugares abiertos o cerrados, etcétera. Incluso la misma transferencia* resulta una forma de desplazamiento, si bien intersistémica, del Inc. al Prec. Los sueños* más complejos y más difíciles de entender son aquellos con más desplazamiento, con más disfraces.

Desvalimiento Estado de indefensión del lactante invadido por la tensión de necesidad*. Se produce una gran perturbación económica por el incremento de las magnitudes de estímulo en espera de tramitación. Este factor es el núcleo genuino del peligro. Corresponde al trauma* de nacimiento, cuando una tensión de necesidad invadió un aparato psíquico sin ninguna capacidad de ligadura de esta cantidad de excitación*, por no poseer representaciones:' suficientes, o sólo las filogenéticas. En adelante ésta será la temida situación de peligro*. La experiencia va mostrando que el peligro se aleja con la presencia del objeto*. De ahí la angustia de pérdida del objeto''`, primer escalón de todas aquellas complejizaciones representacionales de la angustia*: la angustia de castración*, la angustia ante el superyó* y la angustia social*, que pasarán a ser señales de peligro de que el aparato psíquico puede entrar en la situación de desvalimiento* (angustia automática* arrepresentacional). De varios modos puede ser invadido el aparato psíquico por la tensión de necesidad: cuando fallan los mecanismos de defensa* (neuropsicosis de defensa*), o cuando existe invasión de la cantidad de excitación externa (neurosis traumáticas*) o interna proveniente de causas mecánicas por fallas en el mecanismo del acto sexual (neurosis actuales*), o por desinvestidura* de las representaciones-cosa* (psicosis* narcisistas). Se produce, entonces, el ataque de angustia automática, estado de desvalimiento psíquico ante la invasión económica de la cantidad de excitación, repitiéndose así una situación

similar al «trauma de nacimiento». Cuando existe un peligro real externo, si la magnitud de las fuerzas de éste son muy superiores a las propias, se produce una situación de desvalimiento material, esta vez no frente al estímulo interno sino frente al exterior.

Dinámica psíquica El punto de vista dinámico sustenta -junto al tópico y al económico-la metapsicología psicoanalítica. El dinámico muestra al aparato psíquico* como algo en acción con cambios constantes, con fuerzas que buscan descarga* y con otras que se oponen a ellas. Con progresiones y regresiones*. Con momentos de estabilidad y descompensaciones. Con fuerzas y representaciones* en conflicto*. La energía* del aparato psíquico proviene de las pulsiones*. Gracias a la ligadura de éstas con representaciones -cosa* primero y palabra* después-las pulsiones van siendo domeñadas. La energía libre* ha pasado a ser quiescente, ligada*. En general va a ser la utilizada por el yo*Prec., éste a su vez está compuesto, en parte, por ella. El yo utiliza el proceso secundario*, el '^ pensamiento*, forma mínima de acción con poco gasto, preparación de la acción específica*, esta última sí demandará grandes cantidades de energía. Además el sujeto cuenta con una capa de protección antiestímulo* que le protege de las cantidades exteriores. Si éstas penetran en el aparato psíquico en cantidades tales que éste no pueda ligarlas a representaciones, originan dolor físico y/o situaciones traumáticas*. El aparato psíquico en su esquema estructural está compuesto por un ello*, un yo* y un superyó*. El yo tiene que conciliar las exigencias del ello con las del superyó, generalmente opuestas, lograr una síntesis y no cualquier síntesis sino una que sea adecuada a la realidad*. Éstos son los avatares dinámicos que suceden ante cada moción pulsional o ante cada percepción* de la realidad que reactive una moción pulsional. El yo debe procurar soluciones con poco gasto de energía y descarga suficiente de todas las tendencias opuestas a las que se enfrenta.

Displacer Sensación desagradable percibida en el sistema de percepción consciencia (PCc.) cuando se produce un aumento de la cantidad de excitación*. Tiene importancia el lapso en que el aumento se manifiesta, cuanto más rápido mayor el displacer. También es importante el ritmo. Por supuesto algunos aumentos de excitación son placenteros, por ejemplo el de la excitación sexual. Aquí probablemente tengan bastante que ver las pequeñas descargas que se van produciendo a través de cada zona erógena* (placer* preliminar*) y la recompensa del placer final buscado. El displacer genera la tendencia a huir de él. Existen diferentes formas del displacer. La forma común y de las que las demás se tiñen, es la angustia*. La angustia se explica por el aumento de cantidad de excitación, excepto aquella angustia que utiliza el yo* como angustia señal* para utilizar los mecanismos de defensa* ante las pulsiones* que eviten aquella anterior angustia, displacer por excelencia, debida al aumento de cantidad de excitación (angustia automática*). Otra sensación displacentera es el dolor* físico que también es causado por la acumulación de excitación en el aparato psíquico debida a una alteración de la barrera de protección antiestímulo*. En el dolor psíquico, el duelo*, la investidura de añoranza* se sobreinviste ante cada comprobación en la realidad* de la pérdida del objeto*, originando la sensación dolorosa. ¿Qué decir del masoquismo*? Parecería-especialmente en el masoquismo moral, con la reacción terapéutica negativa* que suele acompañarlo, proveniente del sadismo* del superyó* inconsciente y del masoquismo del yo- como que el aparato psíquico buscara el displacer, el castigo, que satisficiera o expiara una culpa* gracias al sufrimiento, preferentemente producido por la enfermedad psíquica, pero también por afecciones psicosomáticas, e incluso por cierta tendencia a los accidentes. Todas estas formas son las de las resistencias* mayores y más complejas a la cura. En términos generales las reglas de funcionamiento del aparato psíquico seguirían el principio de placer, o sea la búsqueda de placer y la huida del displacer, pero existiría, sin embargo, un más allá de éste que lo atrae hacia lo

inorgánico oponiéndose al anterior principio; generado ahora por la pulsión de muerte*, que como resultado de esa oposición* producida en la forma de mezcla y desmezcla pulsional*, hace que el sujeto pueda buscar el displacer. Repitiendo compulsiva y hasta diabólicamente, situaciones que le conducen directamente en esa dirección.

Dolor El dolor físico consiste en la irrupción de grandes cantidades de excitación* en el aparato psíquico*. Cualquier excitación sensible, aun de los órganos sensoriales superiores, cuando el estímulo supera determinada franja, produce dolor. También se siente dolor cuando hay una solución de continuidad en el polo perceptual*; si se desborda la barrera de protección antiestímulos*. Por último el estímulo doloroso también suele partir de un órgano interno, entonces se reemplaza la periferia externa por la interna y la cantidad de excitación generadora del dolor proviene del propio cuerpo. La causa del dolor en el aparato psíquico es un gran acrecentamiento del nivel de cantidad de excitación, el que es, dentro de ciertos márgenes, primero sentido como displacer* por el sistema percepción consciencia (PCc.) o aparato perceptual*. Más allá del margen se siente dolor. El dolor deja una inclinación a la descarga* y una facilitación* entre ésta y la huella mnémica* del objeto* excitador de dolor. La huella entonces de la vivencia de dolor* es el afecto*, el miedo, origen a su vez de la defensa* primaria, la tendencia a huir de cualquier situación que remita o se asemeje a la vivencia dolorosa. Lo hasta ahora descrito corresponde al dolor físico, éste puede participar a su vez de la excitación sexual. Por ejemplo en la etapa sádico anal*, a través de la pulsión de apoderamiento*, el dolor físico toma parte importante de aquella excitación. Cuando existen fijaciones* sádico-anales, por ejemplo en casos de perversiones* sádicas* o masoquistas*, el dolor se convierte en un elemento primordial para la excitación; no porque el dolor sea buscado como meta en sí, sino porque gracias a él el individuo se excita sexualmente, logrando sentir placer*. Donde el dolor sí es buscado por sí mismo es

en el masoquismo moral, como una de las formas de mezcla* de la pulsión de vida* ligando a la pulsión de muerte* y a la pulsión de destrucción, teniendo como otro de sus ingredientes la culpa* a la que le sirve como mecanismo expiatorio. Veamos ahora el dolor psíquico, el que se siente en el proceso de duelo*. Como en el dolor físico, hay una concentración de investidura*, pero en el dolor físico la libido-1 es narcisista* yen el duelo es objeta]. Es la investidura de añoranza* de la representación* del objeto deseado, cuya imposibilidad de satisfacción indica el examen de realidad*. Esto se repite ante cada situación análoga a una en que el objeto fuera investido intensamente. El yo* en cada una de estas situaciones deberá tomarse el trabajo de realizar ese retiro libidinal de la representación del objeto, momento en el que el dolor psíquico se hace otra vez presente, pues aumenta el nivel de libido objetal de añoranza y la imposibilidad real de su satisfacción. Por último, también existe el dolor por conversión histérica*, formación sustitutiva* de fantasías* reprimidas que logran retornar como símbolo mnémico* o por asociación* histórica, como en el caso de la neuralgia facial de Cácilie M.", que expresaba una fantasía de bofetada, o el dolor de la astasiaabasia* de Elisabeth von R.* producto de asociaciones por contigüidad*, que todas juntas expresan simbólicamente una fantasía incestuosa con el cuñado. En todas estas fantasías participan tanto la satisfacción pulsional como el castigo por ella, merced a la condensación*.

Domeñamiento pulsional Decimos que una pulsión* está domeñada por el yo*, cuando éste la puede «manejar con sus riendas»; por lo pronto la reconoce como propia, la acepta como un deseo*, ahora del yo, que le gustaría llevar a cabo, pero que puede resignarlo o postergarlo en aras de otras variables que entren en su consideración, más o menos importantes para él en ese momento. El domeñamiento implica representación-palabra* investida, representando a la representación-cosa* (también investida) ante el Prec. del yo. Por lo tanto la pulsión o su meta es conseguida como un

deseo propio del yo y con esto también inhibida (véase: inhibición) en su acción, momentáneamente, hasta la decisión final de si convertirla en acción o no. El tema quizá más importante resida en la posibilidad de elegir que el domeñamiento pulsional, merced a las relaciones de las representaciones-palabra propias de la actividad de pensamiento* pertenecientes al yo Prec., le otorgan al yo. Éste ahora conoce a la pulsión, puede hablar de ella, lograrle un lugar en la lógica de su pensamiento, y entonces moderar su pasaje a la acción. En otras palabras, la representación-cosa perteneciente al deseo Inc. que estaba en proceso primario* es lograda pasar al proceso secundario* y éste es uno de los objetivos esenciales de la cura psicoanalítica. Es absolutamente diferente a lo que produce el proceso de la represión*; éste esencialmente origina un desconocimiento de la pulsión y transformación de ella en otra cosa (síntoma*, acto fallido*) compulsivo e irrefrenable para el yo, con lo que logra el objetivo de impedir su pasaje a la acción específica*, pero paga con su desconocimiento y consiguiente empobrecimiento del yo. El que sí se enriquece al conocerla y domeñarla con la actividad de pensamiento y desexualización* que esta última conlleva, a la vez que se libera del esfuerzo de contrainvestidura* que le demandaba la represión. Dice Freud en Análisis terminable e interminable: «Acaso no sea ocioso, para evitar malentendidos, puntualizar con más precisión lo que ha de entenderse por la frase "tramitación duradera de una exigencia pulsionaV. No es, por cierto, que se la haga desaparecer de suerte que nunca más dé noticias de ella. Esto es en general imposible, y tampoco sería deseable. No, queremos significar otra cosa, que en términos aproximados se puede designar como el "domeñamiento" de la pulsión: esto quiere decir que la pulsión es admitida en su totalidad dentro de la armonía del yo, es asequible a toda clase de influjos por las otras aspiraciones que hay dentro del yo, y ya no sigue más su camino propio hacia la satisfacción» (A. E. T. XXIII, pág. 227).

Duelo

Proceso doloroso normal que se produce ante la pérdida en la realidad* de un objeto* deseado, amado, «o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etcétera» (Duelo y melancolía, 1915-17, A.E. T.XIV, pág. 241). Se caracteriza por el talante dolido, la pérdida del interés por el mundo exterior -a menos que recuerde lo perdido-, la pérdida de la capacidad de amar, de trabajar, etcétera. Esto muestra el esfuerzo que tiene que hacer el yo* para realizar el proceso doloroso de despegue del deseo* de la presencia del objeto amado, el que la realidad muestra que ya no está. Es un proceso de la libido* objetal que no encuentra salida, pues el objeto no pertenece más a la realidad, lo que produce a su vez un aumento de la añoranza* (perteneciente a la libido objetal ) de él. - Por lo tanto el duelo es un proceso más o menos prolongado que necesita el yo esencialmente para poder llegar a aceptar la pérdida definitiva en la realidad del objeto. Debe despegar el deseo de él de cada uno de los momentos que lo recuerdan, aquellos en los que dejó su rastro. A veces este proceso afectivo es largo, casi interminable. Pero por lo general con el tiempo el dolor se va mitigando hasta casi desaparecer, dejando como conmemoración un rasgo en el yo que pertenecía al objeto, una identificación*, una regresión* a querer ser- el objeto, ya que no se lo puede tener* más. Hay, al mismo tiempo, una introversión libidinal*, un retiro de la libido de todo lo que no corresponde al objeto perdido y los recuerdos con él relacionados. En cada situación en la que el objeto tuvo una sobrecarga de investidura*, se reproduce la situación de dolor* psíquico, al comprobar la realidad la imposibilidad de satisfacción de los deseos así reactivados. A medida que la investidura se va desprendiendo de la representación- del objeto perdido, va pasando a otro objeto que lo reemplace junto a un proceso de identificación en el yo con atributos del objeto perdido que facilita o posibilita la resignación del objeto. «Quizás esta identificación sea en general la condición bajo la cual el ello resigna sus objetos» (El yo y el ello, 1923, A.E. T. XIX, pág. 31). La pérdida de un ser amado puede desencadenar una neurosiso cualquier otro tipo de patología, configurándose diferentes formas de duelos patológicos. Una forma grave es la desmentida* psicótica de la pérdida del ser querido, alucinando-1 su presencia, como es el caso de la confusión alucinatoria aguda o amencia de Meynert'k. Otra puede ser a través de las

diferentes formas de neurosis, éstas seguramente permanecían latentes y asintomáticas, reapareciendo ahora en los síntomas*, como histerias*, neurosis obsesivas*, etcétera. El duelo debe ser diferenciado del dolor físico, aunque éste, si es causado por la pérdida de una parte corporal, secundariamente puede originar a su vez una situación de duelo, duelo por la pérdida de una parte del yo, duelo narcisista entonces. El dolor psíquico del duelo es causado por una sobreinvestidura* de la añoranza del objeto sumada a la imposibilidad de satisfacerla, lo que genera el desvalimiento* característico del que está pasando por este proceso. Es como si por el hecho de tomar consciencia de que no se va a tener más al objeto, se pretendiera recuperar todos los momentos placenteros vividos con él, incluso los que se hubiera podido fantasear, esto de una manera ideal regida por el principio de placer*; por ello, entre otras cosas, de la persona fallecida sólo se recuerdan las virtudes. Cuando la investidura de añoranza se mitiga y el deseo objeta] logra reemplazar al objeto perdido, el dolor psíquico disminuye. La melancolía* no es necesariamente desencadenada por un proceso de duelo. Es más bien un problema de la libido narcisista entre el superyó-ideal del yo* y el yo, que origina el sufrimíento del yo. En tal lugar aparece la forma inconsciente del vínculo de odio* con el objeto, pues este último está metido en el yo y en general es un objeto perteneciente a la historia de la sexualidad infantil*, que se introdujo de contrabando, merced a la identificación. El talante de la melancolía en general es fenomenológicamente similar al del duelo, pero predornina en ella el auto rreproche'1 y no la añoranza del objeto. El autorreproche es un reproche inconsciente al objeto que, sin éste saberlo, está en el yo.

Economía psíquica El económico es uno de los tres puntos de vista de la metapsicología freudiana, junto con el dinámico* y el tópico o estructural (véase: aparato psíquico). El punto de vista económico surge de las primeras concepciones freudianas del psiquismo como algo sujeto a las leyes generales del movimiento, por ejemplo al principio de inercia*. Éste es

aplicado en el «Proyecto» (1895-1950) a las neuronas* que procuran aliviarse de la cantidad de excitación. El punto de vista económico de todos modos permanece a todo lo largo de la teoría freudiana, con las complejizaciones y hasta aparentes contradicciones que eran de esperar. La economía psíquica se refiere a todo lo que está relacionado con la cantidad de excitación. En el esquema freudiano el psiquismo está compuesto de dos elementos esenciales: las representaciones-' y la energía*. Las representaciones pueden ser de dos clases, de cosa y de palabra. La energía circula entre las representaciones. En general proviene de las pulsiones*, que cuando éstas son sexuales* lleva el nombre de libido*. Es almacenada por el yo* como energía ligada* y desexualizada, la que va invistiendo* y desinvistiendo* a las representaciones. «[...] en las funciones psíquicas cabe distinguir algo (monto de afecto, suma de excitación) que tiene todas las propiedades de una cantidad -aunque no poseamos medio alguno para medirla-; algo que es susceptible de aumento, disminución, desplazamiento y descarga, y se difunde por las huellas mnémicas de las representaciones como lo haría una carga eléctrica por la superficie de los cuerpos» (Las neuropsicosis de defensa, 1894, A.E. T.III, pág. 61). El aparato psíquico recibe entonces cantidades de energía, energía que se liga a representaciones que vienen de procesamientos de las huellas perceptivas directas (véase: «Carta 52») de las huellas mnémicas* de las vivencias de satisfacción* y dolor*, o sea de la memoria* de hechos percibidos, que tuvieron en algún momento cualidad* perceptual. Al ligarse la cantidad con la representación se genera el deseo*, motor del aparato psíquico, el que ya es un cierto nivel de cualidad; cualidad representacional que como vimos es la huella que dejó la cualidad perceptual y quiere volver a ella. Es un deseo de volver a sentir lo que se sintió en la vivencia de satisfacción, por lo que busca repetirla. Es cantidad que se va cualificando a medida que se psicologiza y se psicologiza para convertirse en acción específica*. Esta acción culmina en una descarga de la carga que originó el circuito. En última instancia es una tremenda complejización del arco reflejo. Este arco reflejo es eje del punto de vista económico. El organismo genera cantidades que buscan descarga. Estas cantidades se unen a representaciones y toman los nombres de «deseos», « pulsiones», «libido», etcétera. Algunas son aceptadas por el

yo y otras rechazadas, reprimidas de diferentes maneras. En los trabajos de la metapsicología de 1915 se denomina a la cantidad circulante entre las representaciones «quantum de afecto»*, y todos los afectos* son explicados como distintas formas de descarga. En Inhibición, síntoma y angustia (1925) Freud menciona un tipo de angustia* que no necesita explicación económica: la «angustia señal»*, angustia cultivada en pequeña cantidad por el yo para generar sus mecanismos de defensa* inconscientes. No la necesita, porque es un recuerdo*, una representación, de otra angustia (angustia automática*) que sí necesita explicación económica, y a la que por esta angustia señal, los mecanismos defensivos del yo, intentan evitar.

Elaboración secundaria Forma de reacción del sistema percepción consciencia (PCe.) perteneciente al yo*, ante todas las imperfecciones, incongruencias, errores, etcétera, de las percepciones* y hasta de las mismas actividades de pensamiento*. Tiende a rellenar, a tapar, no percibir las imperfecciones, y a darle una forma coherente y lógica adecuada al proceso secundario*. En La interpretación de los sueños (1900), Freud considera que la elaboración secundaria es el cuarto factor del trabajo del sueño* junto con el trabajo de condensación*, el sometimiento a una censura* del sueño y el miramiento por la figurabilidad. Sin embargo, en otros artículos como Psicoanálisis (1922-23) y Un sueño corno pieza probatoria (1913) dice que estrictamente no pertenece al trabajo del sueño, sino que es el trabajo del yo ante la alucinación* del sueño, por lo tanto una percepción a la que se le da creencia* y a la que se le trata de entender desde el mismo momento de la percepción y más aún, en el momento de ser contado el contenido manifiesto*. El efecto logrado es el contrario al aparentemente buscado por el yo consciente, pues con la elaboración secundaria el sueño se hace más coherente formalmente pero menos entendible en lo que hace a su lógica. Ello sirve a los fines de la censura, pues oculta el deseo* reprimido. A la elaboración secundaria recurren también los síntomas* neuróticos, especialmente los de la

fobia* y la neurosis obsesiva, en las que se confunde con la racionalización. Es también parte importantísima de la elaboración del delirio* paranoico.

Elección de objeto El reconocimiento por parte del niño de la importancia del objeto* para la obtención de placer* no es un proceso simple, lineal. Parcialmente lo reconoce como tal desde un principio (yo realidad inicial*, pulsiones de autoconservación*) aunque en forma predominante (pulsiones sexuales*) lo confunde con su yo* en la medida en que le produce placer (yo placer purificado*), y no lo distingue de las zonas del propio cuerpo que a su vez le producen placer (autoerotismo*). A este primer estadio libidinal se lo llamará narcisismo*, cuando el propio cuerpo unifique todas sus zonas erógenas y forme un yo. Reconocer un yo es reconocer un no-yo, un objeto, principal fuente del placer y de la calma de la tensión de necesidad. A este objeto se lo elige luego, apuntalándose* en aquel objeto reconocido por las pulsiones de autoconservación. Éste es el primer nivel de elección de objeto* o elección primaria de objeto, elección que recae, por lo tanto, en la madre nutricia. Cuando hay fallas en el vínculo con ella puede el incipiente yo refugiarse en el autoerotismo, cuna del narcisismo. Aún el autoerotismo necesita un mínimo de vínculo objetivo previo que lo «inaugure», lo que no quita que a partir de ahí predominen las elecciones de objeto tipo narcisista, buscando reforzar al yo, básicamente endeble, en el vínculo con el objeto, y prevaleciendo este motivo en el tipo de elección. Como pronto llega el período del complejo de Edipo* -con el reconocimiento de la diferencia de los sexos, angustia de castración* y complejo de castración* concomitantes-, esta primera elección de objeto se torna incestuosa. Sucumbe entonces a la represión* o subsiste pero inhibida en su meta, como ternura. En la adolescencia al reforzarse el empuje pulsional se volverá a elegir objeto, una elección ya secundaria que llevará las marcas de aquella primaria reprimida, inconsciente. El otro tipo de elección de objeto que ya mencionamos es el que proviene del narcisismo. Se elige entonces en el objeto atri-

butos del yo, o del ideal del yo*; tal es la elección de objeto narcisista. La elección de objeto por apuntalamiento y la narcisista suelen darse mezcladas, pero una de ellas prevalece. La elección de objeto por apuntalamiento está más relacionada con los avatares de la libido* objeta], la narcisista con la libido narcisista aunque con la objetal también, en tanto resulta un refugio ante las dificultades de aquella e incluso surge por identificaciones* con los objetos.

Ello Una de las provincias anímicas de la «segunda tópica»; es la sede de las pulsiones*, de donde proviene la energía psíquica*. Al mismo tiempo pareciera ser una parte oscura, inaccesible, de nuestra personalidad. Se lo describe por oposición respecto del yo*, el ello en realidad corresponde a lo que en el Proyecto de psicología (1895-1950) Freud llamaba el «núcleo del yo» (A.E. 1:373) o sea la parte del aparato psíquico* que estaba más en contacto con los estímulos provenientes del cuerpo, estímulos que al investir* las representaciones* toman el nombre de pulsiones, y en La interpretación de los sueños (1900) mencionaba como el «núcleo del ser» (A.E. 5:593). El ello: « [...] en su extremo está abierto hacia lo somático, ahí acoge dentro de sí las necesidades pulsionales que en él hallan su expresión psíquica» (Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, 1932, A.E. 22:68). El ello es inconsciente*, pero no es lo único inconsciente: partes del yo y del superyó* también lo son. Lo inconsciente en el ello no es sinónimo de reprimido, lo reprimido es sólo una parte del ello, éste tiene otras partes que no corresponden a lo reprimido. En el ello hay representaciones-cosa* con mayor o menor grado de investidura, vinculadas entre sí a través de asociaciones* por contigüidad* y analogía*. La energía* se desplaza* libremente entre ellas (energía libre*), regida por el principio de placer*, por lo tanto buscando la identidad de percepción*. «Las leyes del pensamiento, sobre todo el principio de contradicción, no rigen para los procesos del ello. Mociones opuestas coexisten unas junto a las otras sin cancelarse entre sí ni debilitarse» (1932, id. 69). Estas mociones opuestas producen condensaciones. En

el ello no hay negación*, tampoco hay noción de espacio ni de tiempo. Las mociones de deseo* que nunca salieron del ello y las impresiones que fueron hundidas en él por vía de represión, son virtualmente inmortales. «[...] el ello no conoce valoraciones, ni el bien ni el mal, ni moral alguna. El factor económico o [...], cuantitativo, íntimamente enlazado con el principio de placer, gobierna todos los procesos. Investiduras pulsionales que piden descarga: creemos que eso es todo en el ello» (1932, id.). Rige el proceso primario* con la condensación* y el desplazamiento propios de él, para sus vínculos entre representaciones-cosa. El nombre de «ello» Freud lo tomó de Groddeck*. Lo eligió principalmente por el significado de extraño al yo que éste tiene, metafóricamente “una tierra extranjera interior”. Paradójicamente el ello, que sería lo más profundamente íntimo de nuestra vida interior, «el núcleo del ser», no es sentido por nuestro yo sino como algo ajeno a sí mismo, lo que ya nos muestra la «alienación» del yo en su misma estructura de formación. Dentro del ello está incluido todo el bagaje fílogenético de lo vivido por las generaciones anteriores, lo que queda resumido en las cinco fantasías primordiales* (escena primaria*, seducción, castración, retorno al vientre materno y novela familiar*) que, como las categorías kantianas del entendimiento (el tiempo y el espacio), funcionan dándole una orientación al entendimiento del niño (luego al adulto de manera inconsciente) sobre los fenómenos que se presentan a su percepción*, ubicándolos dentro de algunas de aquellas «categorías» o fantasías primordiales (De la historia de una neurosis infantil, 1914). Son como un lecho premoldeado, que deberá ser rellenado con la experiencia, e incluso con otras huellas mnémicas heredadas (Moisés y la religión monoteísta, 1934-39), conduciendo así la manera de entender los fenómenos actuales, una especie de «saber instintivo» como el de los animales. Dentro de este haber filogenético, también pertenece al ello el simbolismo universal*, que es familiar a todos los niños pese a la diversidad de lenguas.

Emma

[psicoan.] En el “Proyecto de psicología” (1895-1950) dice Freud que la compulsión histérica proviene de una forma de desplazamiento de energía que es un proceso primario. La fuerza que mueve este proceso es una defensa del yo, que rebasa lo normal. Pone entonces el ejemplo de Emma, quien no puede ir sola a una tienda. Emma fundamenta esta actitud en un recuerdo de los doce años (poco después del inicio de la pubertad). Había ido a una tienda a comprar algo, vio a los dos empleados reírse entre ellos y salió corriendo, presa de terror. Piensa que se reían de sus vestidos y que uno de los empleados le había gustado sexualmente. Freud encuentra esta explicación incomprensible. Surge un segundo recuerdo: a los ocho años había ido dos veces a la tienda de un pastelero y éste le pellizcó los genitales a través del vestido. El pastelero tenía una risa sardónica. Emma se reprocha haber ido por segunda vez, como si de ese modo hubiera querido provocar el atentado. Freud sostiene que al vincular una escena con la otra se explica mejor el temor. La conexión asociativa entre una y otra escena se hace por la risa (risa de los empleados y del pastelero). Una escena evoca a la otra, pero entretanto ella se ha hecho púber. El recuerdo de la primera escena despierta un desprendimiento sexual que se traspone en angustia. Es como si en la sensación corporal actual se “comprendiera” la escena anterior, surgiendo la angustia como defensa del yo. Muestra luego Freud una cadena representacional en la que algunas representaciones (las más inocentes) llegan a la consciencia y otras quedan inconscientes. Expone de una manera clara y didáctica el proceso de la represión patológica y el concepto del hecho traumático sexual “a posteriori” que desplegará en el caso del “Hombre de los lobos” (1917) muchos años después, con mayor profundidad, y en el que incluye la ya descubierta sexualidad infantil, pero sin variar en demasía, salvo en su mayor nivel de complejidad, las ideas básicas expuestas en este caso. Aporte de Ricardo Bruno

Emmy von N.

[psicoan.] Primer paciente al que Freud aplicó el método de hipnosis catártica de Breuer. Emmy tenía cuarenta años, era vivida y madre de dos hijas adolescentes. El cuadro clínico es el de una neurosis mixta con síntomas de neurosis de angustia, de fobias y de histeria, entre los que predominan los estados agudos de delirio, con alucinaciones, que no son recordados después por la paciente, además de algunos síntomas permanentes como tics y tartamudeos, con pocas conversiones. La interpretación que hace Freud del material es bastante superficial comparándola con las posteriores. Nos interesa sobre todo para apreciar el proceso de descubrimiento que va realizando Freud, ya que la evolución del tratamiento se describe día a día. Además de aplicar la hipnosis catártica Freud analizaba el síntoma durante la hipnosis, hasta llegar a la conclusión de que la mejoría es más franca y duradera con este segundo sistema. Explica en esta ocasión los tics y tartamudeos como resultado de representaciones contrastantes, expresión de una voluntad contraria. El tratamiento de Emmy tuvo dos períodos y consiguió suprimir los síntomas de la paciente, aunque sin producir los cambios estructurales que le hubieran dado a ésta las armas necesarias para no necesitar enfermar ante nuevos sucesos traumáticos. Aporte de Ricardo Bruno

Energía indiferente Tipo de energía neutra (ni erótica ni destructiva) desplazable, que si se agrega a una moción erótica o destructiva cualitativamente diferenciada, eleva su cantidad de investidura* total. Esta energía podría estar en el ello* o en el yo*. La proveniente del yo sería Eros* desexualizado, o sea inhibido en su meta, que en general es el tipo de energía que inviste al yo. « [...] esta libido desplazable trabaja al servicio del principio de placer a fin de evitar estasis y facilitar descargas. En esto es innegable cierta indiferencia en cuanto al camino por el cual acontezca la descarga, con tal que acontezca» (El yo y el

ello, 1923, A.E. 19:45). Mucho más difícil es explicar una energía indiferente en el ello, ya que para tener carácter de psíquica, de cualidad psíquica, una energía debe ligarse a una representación*. Sin la representación es mera cantidad. En todo caso se la podrá cualificar como displacer*, incluso como angustia* (automática*). La indiferencia de la energía también se podría pensar si incrementara mociones de amor* u odio*, que en el principio de la vida anímica son casi indiferenciables entre sí y sólo lo logran claramente en la etapa fálica. De todas maneras el odio en aquel momento indiferenciado forma parte de la pulsión* libidinal. Freud se plantea en la primera teoría pulsional la existencia o no de una energía psíquica indiferente entre la libido* sexual o la pulsión de autoconservación*. Aquí la problemática giraría en torno de si el hecho o no de la existencia del carácter de la energía se definiera merced a la ligadura con una determinada representación-cosa*, entonces dependería de los atributos de ella el carácter de sexual o de autoconservación de esta energía.

Energía libremente móvil Dícese del estado de la energía en el ello* y en lo que entendemos globalmente como inconsciente* (Inc.). Desde donde, regida por el principio de placer*, busca la identidad de percepción*, por medio de la cual alucina las condiciones de la satisfacción, o encuentra en pequeños atributos de las percepciones, identidades con la representación* de objeto* deseada. Con esta energía trabajan los mecanismos de defensa* inconscientes del yo*, los que también se rigen por el principio de placer, formando la infraestructura Inc. del yo sobre la que se edifica la superestructura Prec. Esta energía, al desplazarse libremente entre las representaciones-cosa*, origina desplazamientos* y condensaciones* permanentemente. En este estado la energía es ineficaz, necesita ser domeñada, por lo menos en parte, para acercarse a la descarga. Cuando es sofocada*, la energía libre alcanza cierta eficacia si retorna desde lo reprimido* a través de los síntomas*, actos fallidos*, compulsiones*, etcétera. Cuando es ligada

por la representación-palabra* y/o la actividad de pensamiento* del yo Prec., pasa a convertirse en energía ligada*, menos libre pero con mayores posibilidades de alcanzar la acción específica*.

Energía ligada Estado de la energía psíquica (proveniente originariamente de las necesidades corporales), al ligarse con una representación-cosa* y una representación -palabra* que represente a aqueIla. Puede así encontrarle un sinfín de relaciones con otras representaciones-palabra, pertenecientes al mundo del pensamiento* y moderar mediante esta tramitación inhibitoria* su pasaje a la acción. Es un tipo de energía merced a la cual quedan íntimamente unidos el Inc. con el Prec., el ello* con el yo*. Es el estado de energía que el analista busca que logre el paciente conociendo su inconsciente*, uniendo a éste con la actividad de pensamiento del yo Prec., para así entonces domeñar la energía y lograr la descarga específica en el momento adecuado a la realidad*. La energía ligada es el estado al que debe llegar la energía para que sea posible la acción específica*; esto se consigue relativa e indirectamente, pues en las sesiones no se accede a la energía sino a las representaciones* a las que aquella se liga.

Katharina [psicoan.] Estando Freud de vacaciones, Katharina, muchacha de unos dieciocho años, le consulta por dificultades en la respiración. Freud diagnostica ataque histérico con contenido angustioso. Katharina siente además opresión en los ojos, zumbidos, cabeza pesada, mareos, opresión en el pecho, miedo a la muerte y al ser atacada por detrás. Además ve un rostro horripilante que la amenaza y atemoriza. Freud atento, la deja hablar. En el estrecho marco de una sola entrevista (hecha en esas

condiciones especiales) Freud averigua el origen del rostro atemorizador. Su relato enmascara hechos de la vida de la paciente por razones éticas, algunos de los cuales son recuerdos conscientes y otros se volvieron conscientes durante la “conversación” con Freud; en ningún caso de todos modos eran reconocidos, previamente a ella, como que tuvieran relación con su sintomatología. Aparece entonces una historia con un tío (mejor dicho, con el padre, como se aclara al final del historial) con tendencia a realizar acciones incestuosas, incluso a tener relaciones sexuales con su sobrina (hija). Se muestra claramente, en este pequeño historial, cómo los hechos traumáticos son comprendidos “a posteriori”, y cómo lo “incompatible” de esta comprensión para el yo, fuerza a éste a reprimir y derivar en síntoma conversivo la libido en juego. Al poder ésta ser abreaccionada en la “conversación” con Freud, se produce el alivio sintomático. Freud averigua que se habían sucedido una serie de hechos traumáticos (insinuaciones incestuosas del padre) que no son cabalmente comprendidas por la paciente. Ésta sí las comprende cuando presencia una escena sexual del padre con su prima, esta escena calificada de auxiliar es a su vez traumática en sí y desencadenante de la neurosis que se venía incubando desde las situaciones traumáticas anteriores. La angustia que Katharina padecía no corresponde a una neurosis de angustia; es histérica, es decir, una reproducción acentuada de aquella angustia que emergió en cada uno de los traumas sexuales. Aporte de Ricardo Bruno

Lucy R [psicoan.] El historial se puede leer en Estudios sobre la histeria. La de Lucy es una histeria leve con pocos síntomas, arquetipo de histeria adquirida sin “lastre hereditario”. Lucy es una inglesa de treinta años, que trabaja de gobernanta en la casa de un director de fábrica, con dos niñas de éste a su cargo. (La madre de las niñas había fallecido hacía unos años.) Sus síntomas son: desazón y fatiga, analgesia general, mucosa nasal sin reflejos y -su

molestia mayor- unas sensaciones subjetivas consistentes en “olor a pastelillos quemados”. Como la paciente no respondía a la hipnosis, Freud renunció a ésta, lo que hizo que el análisis transcurriera en un contexto apenas distinto de una conversación normal. Este hecho provocaba una dificultad, pues la hipnosis producía un “ensanchamiento sonámbulo de la memoria [...] y justamente los recuerdos patógenos [...] están “ausentes de la memoria de los enfermos en su estado psíquico habitual” (A. E. 2:127). Este hecho se vuelve concreto cuando el paciente corta sus ocurrencias y deja de asociar. Freud apela, entonces, a un artificio: con la mano presiona la frente y la insta a continuar, lo que la mayoría de las veces consigue. Freud considera a este artificio técnico una “[...] hipnosis momentánea reforzada” (A. E. 2:277), que vence a la resistencia y deja libre el paso a las ocurrencias y recuerdos. Utilizando este método, en este caso, llega al recuerdo de la situación traumática en la que la paciente percibió de manera real el citado olor. Lucy recuerda una carta de la madre pidiéndole que vuelva, una escena de ternura de las niñas y el fantasear culposamente que debería abandonarlas a pesar de haberle prometido a la madre de aquellas el no hacerlo nunca. No toleraba más el clima de la casa (estaba peleada con el resto del personal). Simultáneo a esa escena, las niñas habían olvidado que cocinaban pastelillos y se percibía el olor de su quemazón. ¿Ésa es la escena traumática: el olor tomó el lugar de símbolo mnémico y es lo que se repite? Freud no queda satisfecho. Una condición indispensable para adquirir una histeria es que una representación sea deliberadamente reprimida de la consciencia, y eso falta. Freud arriesga una interpretación: Lucy está enamorada de su patrón y teme que sus compañeros de trabajo se rían de ella. Lucy contesta: “Sí, creo que es así, [...] yo no lo sabía o, mejor, no quería saberlo; quería quitármelo de la cabeza” (id. 134). En los días subsiguientes ese síntoma disminuye, y lo reemplaza otro, olor a tabaco. Freud insiste. Surge el recuerdo de un visitante que besa a las niñas y, el padre que se lo prohíbe enojado mientras miss Lucy siente que se le clava una espina en el corazón. Como los señores estaban fumando, permanece en su memoria consciente el olor a cigarro. Esta segunda escena en realidad sucede antes que la anterior, en la que leía la carta de la madre, en su cronología real. El análisis prosigue. Aparece una tercera

escena más antigua aún: el director se había enojado con Lucy, y hasta había amenazado con despedirla. Esta escena había pulverizado sus esperanzas amorosas y probablemente era el verdadero núcleo patógeno, pues a partir de ese momento desaparecieron los síntomas, y miss Lucy se resignó y aceptó su realidad. El olor a tabaco, símbolo mnérnico de la segunda escena, sirve como contrainvestidura de la tercera escena (la verdadera escena traumática: el rechazo del patrón). El tratamiento se realizó en forma irregular, aparentemente en el intervalo entre pacientes, durante nueve semanas, lo que era mucho para esa época. Hubo remisión absoluta de todos los síntomas, los que cuatro meses después no habían reaparecido. Mathilde H. [psicoan.] Paciente mencionada por Freud en una nota al pie de los Estudios sobre la histeria, a propósito de las “conmemoraciones solemnes”, o sea de la repetición de la sintomatología en el aniversario del hecho traumático. Se pregunta Freud si en estas conmemoraciones que retornan año tras año se repiten las mismas escenas o cada vez son detalles diferentes los que se presentan para su abreacción, se decide por esto último. Pone entonces el ejemplo de Mathilde, bella muchacha de diecinueve años, a la que trata en dos ocasiones. Primero, por una parálisis parcial de las piernas y, unos meses más tarde, por una alteración del carácter: desazonada hasta la desgana de vivir, se mostraba desconsiderada con su madre, irritable y hosca. Mediante la hipnosis descubre la causa de su desazón: la ruptura de su noviazgo, ocurrida varios meses antes. En la relación con su prometido habían aparecido muchas cosas desagradables para ella y su madre, pero el enlace le traería muchas ventajas económicas, lo que le generaba un estado de indecisión, con gran apatía. Por fin su madre pronunció, en lugar de ella, el “No” decisivo. Tiempo después despertó como de un sueño, pensó largamente la decisión ya tomada, haciendo pesar los pros y los contras, etcétera. Fue un largo período de duda con animadversión hacia la madre fundada en aquella ocasión de la decisión. Al lado de esta actividad de pensamiento, la vida se le antojaba una pseudoexistencia, algo soñado. Un buen día,

cercano al aniversario del compromiso, todo el estado de desazón cesó. Lo que fue interpretado por Freud como un estado de “abreacción reparadora”, como contenido de una neurosis de otro modo enigmática, en la que la conmemoración solemne había tenido efecto reparador.

Rosalía H. [psicoan.] Paciente mencionada por Freud en los Estudios sobre la histeria mientras se ocupa de los síntomas que se generan con efecto retardado, “a posteriori” (Nachträglich). Es decir que la conversión no es una respuesta a las impresiones frescas, sino al recuerdo de ellas. Rosalia tiene veintitrés años, y aprende canto. Se queja de que su bella voz no le obedece en ciertas escalas, también de sus sensaciones de ahogo y opresión en la garganta y de que las notas suenen como estranguladas, por lo que todavía no ha podido cantar en público. La imperfección, que sólo afecta su registro medio y que no es constante, no puede explicarse por un defecto de las cuerdas vocales. A través de la hipnosis Freud averigua que era huérfana desde niña y había sido recogida por una tía, madre de muchos hijos, casada con un hombre que la maltrataba y maltrataba a los hijos de una manera brutal y que mantenía descaradas relaciones sexuales con las muchachas de servicio. Falleció la tía y Rosalia fue la protectora de sus primos. Se esforzaba en sofocar las exteriorizaciones de su odio y desprecio hacia el tío. Fue en esa época cuando apareció la opresión en la garganta. Posteriormente tuvo un maestro de canto que la alentó y con quien tomó lecciones en secreto. Como a menudo llegaba oprimida por las escenas hogareñas, se consolidó un vínculo entre el cantar y la parestesia histérica. Incluso después que abandonó la casa de su tío, siguió la opresión de la garganta, principalmente al cantar. Freud trató de “abreaccionar” su odio al tío invitándola a insultarle en la sesión, y cosas similares, lo que le hizo bien. Mientras tanto pasó a ser huésped en casa de otro tío, lo que disgustó a su tía, quien pensaba que su marido tenía un especial interés en Rosalia y trató de arruinarle a ésta su estadía en Viena. Además le envidiaba

las inclinaciones artísticas. Por eso la sobrina no osaba cantar ni tocar el piano si su tía estaba cerca. Como vemos, mientras Freud progresaba en el análisis se iban creando nuevas situaciones de excitación. En esos momentos apareció un síntoma nuevo, una desagradable comezón en la punta de los dedos le hacía hacer movimientos como de dar papirotazos, para sorpresa de Freud, quien pensaba que el análisis de un síntoma reciente resultaría más fácil. Surgió entonces una serie de recuerdos de escenas de la primera infancia, los que tenían algo en común: ella había tolerado una injusticia sin defenderse, en la que la mano podía actuar. Luego apareció otro recuerdo con el primer tío: éste le había pedido que le masajeara en la espalda y mientras ella lo hacía se destapó, se levantó y quiso atraparla; ella consiguió huir. No le agradaba recordar esa situación, pero al hacerlo surgió el recuerdo más reciente, tras el que se había instalado la sensación y los respingos en los dedos como símbolo mnémico recurrente. El tío en cuya casa ahora vivía le había pedido una canción. Ella, segura de que su tía había salido, tocó el piano y cantó. Pero la tía volvió y Rosalia se levantó de un salto, tapó el piano. La partitura cayó lejos. Se removieron entonces las huellas mnémicas de aquellas injusticias anteriores análogas a la actual, por la que debería irse de Viena, ya que no disponía de otro alojamiento. Mientras contaba esta escena Rosalia hacía movimientos con los dedos como si rebotara algo, o desechara una proposición (representación simbólica del rechazo yoico ante el deseo reprimido, que quiere retornar). Por lo tanto la vivencia reciente había despertado primero el recuerdo de parecidos contenidos anteriores, y el símbolo mnémico formado les dio validez a todos los otros en forma condensada. La conversión entonces fue costeada en parte por lo recién vivenciado y, en parte, por un afecto recordado. Llega Freud a la conclusión de que un proceso así en el que se unen el pasado y el presente, merced a un símbolo mnémico que los une como síntoma, debe ser la regla en la génesis de los síntomas histéricos. El síntoma va apareciendo en dos tiempos, hasta que se afianza luego del segundo trauma, recordatorio del primero.

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