BARRA LIBRE

ESPIONAJES
NOVIEMBRE 2013
#2
Desoyen nuestro gritos, pero miran nuestros
correos. Lo dejó escrito El Roto. Lo malo de
que nos espíen es la sensación de fragilidad
que produce. No es el voyeurismo de quien en
alguna ocasión ha mirado a la vecina en el pa-
tio, mientras tendía la ropa o el deseo furtivo
de saber (sin que haya nada sano en ello) más
allá de lo que se nos cuenta...
EMILIO CALVO DE MORA
LO HACEMOS
POR SU BIEN
Desoyen nuestro gritos, pero miran nuestros correos. Lo dejó escrito
El Roto. Lo malo de que nos espíen es la sensación de fragilidad que
produce. No es el voyeurismo de quien en alguna ocasión ha mirado
a la vecina en el patio, mientras tendía la ropa o el deseo furtivo de
saber (sin que haya nada sano en ello) más allá de lo que se nos
cuenta. Esas escaramuzas de la líbido o del lado cotilla del cerebro
no tienen la gravedad del espionaje severo del que ahora estamos
teniendo noticia. Les importa una mierda si llego a fin de mes o si
beso a mis hijos cuando los acuesto, si rezo antes de dormir o escu-
cho las malas tertulias deportivas. Valgo por lo que puedo llegar a
hacer más que por lo que hago. De mí habrán creado un perfil en el
que tendrán anotado asuntos que ni yo mismo conozco. No sé qué
utilidad tendrá que adore el bebop o que vuelva a Lovecraft de vez
en cuando, como quien peregrina al sótano mismo de todos los mie-
dos. Ellos son los que dan miedo. Piensa uno: qué se creen, qué auto-
ridad poseen para observar cómo me desvisto cada noche, cómo res-
piro cuando duermo, cómo le hablo a mi mujer cuando tomamos
café en la cocina, antes de ir al trabajo. La agresión la justifican a su
modo. Caen en la perversión intelectual clásica: lo hago por su bien,
señor. Lo hacemos para que no sufra después más de lo necesario.
De no hacerlo, paracen contarme, estará usted desvalido, le lloverán
las bombas mientras pasea un parque de su pueblo, se mezclará con
terroristas en el mercado de abastos, tendrá como vecino a un inte-
grista o a un agitador social. De verdad que no hacemos nada con
todo lo que sabemos sobre usted. Solo lo usamos si hay algo
sospechoso. Así que no tiene que tener miedo. Salvo que usted sea
sospechoso. El mismo hecho de que se queje de que lo espiemos
puede revelarnos el grado de sospecha que despierta. No tienes na-
da que temer si eres inocente. Pero nosotros preferimos adelantar-
nos. Tenemos millones de discos duros. Cuantos más discos duros
tenemos y más datos contienen, más seguro estará usted en su casa,
más dulces serán sus sueños. Los nuestros son perfectos. No sé si al-
guien tendrá pesadillas por hacer el trabajo que hace, pero nosotros
dormimos a pierna suelta. Creemos de verdad en lo que hacemos.
Caso contrario, si existiese un atisbo de conciencia, nos resultaría
difícil conciliar el sueño. Incluso tendríamos pesadillas. Pesadillas
del tipo en las que todos mis espiados me atrapan en un callejón y
me sacuden a base de bien. Como hormigas despiezando un salta-
montes. Es mejor pensar del modo en que lo hacemos. No nos ense-
ñan. Cada uno adquiere la facultad de hacer bien su trabajo sin pen-
sar demasiado en las consecuencias que acarrea. No hurgamos aden-
tro. Usted ya me entiende. Nos quedamos en la superficie. Tenemos
el disco duro de su presidente y el del presidente que hubo antes.
Unos discos duros son más interesantes que otros. Nunca nos dejan
bajar al almacén en el que guardamos la información sensible. De
hecho no nos revelan ni siquiera su ubicación exacta. Nosotros solo
cargamos los discos. Cuando están llenos, los entregamos. Fin del
trabajo. El programa salta cuando usted dice o escribe una palabra
inconveniente. Hay un grupo encargado de registrar qué palabras
convienen y cuáles no. Ese sí que es un trabajo delicado. Hace falta
ser un hijo de la gran puta muy grande para pensar como el enemi-
go. Lo bueno es que tenemos gente adiestrada que sabe muy bien lo
que hace. Escriben Paranoia. Y rastraen la paranoia a nivel mundial.
Si un ciudadano de una provincia remota de un país europeo la pro-
nuncia en una conversación telefónica, el programa no salta, pero si
la dice cada noche durante una semana, la luz roja se enciende, y
ahí entramos nosotros. Buscamos el disco duro y empezamos a escu-
driñarlo como si un cabrón nos estuviese apuntando a la cabeza por
si se nos pasa algo. Y le aseguro que no se nos pasa nada. Pasamos
lista a su vida, a la vida que usted mismo ha ido dejando en su
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smartphone, en su cuenta de yahoo, en el blog de recetas de cocina
que hace su hija, en el expediente académico, en los algoritmos del
google. Somos tan buenos en lo nuestro que no hay cagada que us-
ted no haya hecho que nosotros no tengamos. Poseemos el olor y el
tamaño de sus heces. Sabemos cuánta papel higiénico gasta cada
vez que se limpia el culo. No hay pudor en el oficio de espiarle. Es
por su bien. Cualquier día pasa algo y lo que hemos ido recopilando
tiene su utilidad. Entonces lo agradecerá. Pensará que no es posible
tener una seguridad absoluta y una intimidad absoluta. No puede
ser, señor. Las dos cosas juntas no van bien. Chirría el matrimonio,
hace aguas, se va a la mierda.
Así que saben cómo le hablo a mi mujer, por la mañana, con el café.
Saben qué le digo. No me pregunten cómo, pero saben cómo prefie-
re el café y qué le gusta con las tostadas. Seguro que la casa tiene un
dispositivo de escucha integrado. Lo pusieron cuando la levantaron.
Quizá todas las casas del mundo, del mundo libre y del mundo escla-
vo, tengan un sofisticado sistema de grabación disimulado en algún
lugar inencontrable. Ahora mismo están viendo hasta qué punto este
texto mío es relevante. Si expongo más crudamente de lo que es ad-
misible la verdad que han venido manteniendo oculta. Pero un tipo
ha abierto la caja de los truenos. Ha puesto las cartas sobre la mesa.
Ahora las leemos todos. Lo que no van a hacer es quitar los micrófo-
nos. No van a pedirles a los mandados del algoritmo del google que
dejen de enviarles todas nuestras andanzas en la red. Si visitamos de
noche una página porno con señoras con las tetas grandes o si des-
cargamos pelis de terror de la Hammer. Si escribimos paranoia o
snowden o blancanieves y los siete enanitos. Al paso que vamos, si
esto persiste, vamos a terminar muy tocados. No tienen ni idea de lo
peligroso que es espiar así a la gente. Uno, al sentirse espiado, se en-
cabrona rápido. Y entonces sale por donde no esperan. Se ganan al
enemigo que antes sencillamente no tenían. Las guerras deben empe-
zar así, imagino. Pero yo sé muy poco de guerras. Sé de lo que le ha-
blo a mi mujer, por las mañanas, en la cocina, apurando el café an-
tes de ir al trabajo. Será que todos tenemos un trabajo y el de algu-
nos consiste en espiarme. Estoy colaborando al Estado del Bienestar.
Soy una pieza de fuste en el engranaje laboral. Una de importancia.
Será mejor que me acueste. Salvo que me hayan implantado un chip
en la nuca, uno que escanee mis sueños, voy a dormir muy placente-
ramente. Estoy un poco cansado. Me fascina eso de no saber qué
voy a soñar. Se están perdiendo eso, los tíos éstos de los micros. No
tienen ni idea de lo que sueño. Por si acaso voy a palparme el cuer-
po entero. No vaya a ser que al nacer me incrustaran algún transistor
y esté por ahí, jodiendo todo lo privado que creo poseer. Los escrito-
res de ciencia-ficción son unos aficionados. O serán ellos los que
han puesto a los políticos sobre la pista y han reclutado a todos esos
espías. Prefiero a John Le Carré. Sus historias, al menos, eludían al
pueblo llano. Todo era muy gremial. Todo estaba muy al gusto sofisti-
cado de los lectores iniciados. Y lo peor es lo frágiles que somos, la
sensación de fragilidad que nos dejan.
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Tengo razones para creer que mi ángel de la
guarda se está extralimitando en su misión. He
notado, a través del vaho del espejo (donde se
me revela), un exceso de celo anormal que se
manifiesta en mi rostro con fruncidos de ceño
inducidos, rictus y muecas ajenos a mi estado
de ánimo al despertar, que me dejan cada día
nuevas arrugas y manchas indelebles....
MIGUEL COBO
ESPIONÁNGEL
Tengo razones para creer que mi ángel de la guarda se está extralimi-
tando en su misión. He notado, a través del vaho del espejo (donde
se me revela), un exceso de celo anormal que se manifiesta en mi
rostro con fruncidos de ceño inducidos, rictus y muecas ajenos a mi
estado de ánimo al despertar, que me dejan cada día nuevas arrugas
y manchas indelebles, como marcas jeroglíficas de su actividad im-
placable.
Estoy seguro de que ya no solo no me cuida, sino que ahora me vigi-
la con su omnipresencia etérea, pero perceptible también fuera del
espejo con variaciones de presión y de temperatura en el volumen
de su ectoplasma. Hace unos meses he de reconocer que me salvó
la vida, tendiéndome su mano en el Mar de la China Meridional, pe-
ro es evidente que algo quiere cobrarse a cambio. Digámoslo claro:
Me espía para chantajearme. Es más, creo que actúa como un agente
doble y labora poniéndole velas informativas sobre mi vida tanto a
Dios como al diablo.
Su ojo de cíclope omnividente no se limita al seguimiento habitual
de mis actos conscientes, sino que penetra en el ámbito profundo de
mi conciencia, aprovechando los resquicios del sueño para remover
mi subconsciente y agitar así mis fantasmas interiores, mezclando
los sedimentos del bien y del mal e impedir de ese modo su discerni-
miento. Ello se traduce en frecuentes pesadillas crípticas que acen-
túan mi angustia y exacerban mi ansia de interpretarlas y buscar las
claves que las desentrañen, más allá de la mera interpretación psicoa-
nalítica.
Su acción opresiva ha logrado bloquear tanto el flujo de mi libido
como su energía creativa. Paralizado e inerme, pues, ya ni amo ni
escribo. Sospecho así mismo que, en contra de la teoría generalizada
de su asexualidad, hace el amor con la ángela de mi mujer mientras
dormimos, a la que ha seducido para obtener la información tántrica
dual más delicada y controlar también la mensajería genética de los
vertidos seminales primigenios. Esas sospechas están avaladas por-
que más de una vez hemos encontrado restos de plumones ingrávi-
dos e incoloros y de polvo cósmico entre las sábanas.
Tal vez ya sea demasiado tarde, pero advierto a mis amistades virtua-
les y a los espías profesionales que mi angelespía ha manipulado mi
perfil de Facebook y lo utiliza para filtrar informaciones clasificadas
en mi nombre, aireando intimidades de otros como si fueran mías;
plagiando a otros autores para desprestigiarme y plagando de erratas
vergonzantes y soeces exabruptos todo cuanto publico. Sé a ciencia
cierta que de la venta de mi alma al NSI (Nadie Sin Informe) obten-
drá pingües beneficios espirituales que, por intangibles, son los más
valiosos.
Ya solo me queda esperar que nadie crea nada de lo que ha revelado
y que pueda así algún día recuperar mi identidad. Ni siquiera hoy
soy yo el que escribe. Es su estrategia: Generar el estado de la confu-
sión global.
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Su destino quedó trazado el día en que su
nombre apareció en el diario local de aquella
modestísima ciudad: Alejandro Pérez, emplea-
do de banca, era el ganador del concurso pro-
vincial de crucigramistas. En el periódico, cuyo
recorte atesoraba celosamente, aparecía como
un hombre tranquilo, un típico clase-media
que, sin destacar en nada...
ALBERTO GRANADOS
INTIMIDADES
PÚBLICAS
Su destino quedó trazado el día en que su nombre apareció en el dia-
rio local de aquella modestísima ciudad: Alejandro Pérez, empleado
de banca, era el ganador del concurso provincial de crucigramistas.
En el periódico, cuyo recorte atesoraba celosamente, aparecía como
un hombre tranquilo, un típico clase-media que, sin destacar en na-
da, pasaría desapercibido para todo el mundo, pero que tenía una
sorprendente habilidad con los pasatiempos.
Eso hizo que los hombres de la Agencia lo captaran. De ello se en-
cargó el cínico de Rodríguez, que un día lo siguió a la salida de su
triste oficina y le habló, como por azar, de su destreza y del premio
de doscientos euros que se había embolsado. El tono admirativo hala-
gó a Alejandro, que invitó a su nuevo amigo a unas cervezas y des-
pués a unas copas. Hablaron de mil temas y quedaron para el día si-
guiente.
Tras dos o tres encuentros más, la oferta era ya irrechazable: se trata-
ba de un nuevo trabajo, pero le iba a parecer uno de esos pasatiem-
pos con los que intentaba superar el tedio que la vida le ofrecía des-
de que Marga lo dejó (–Por soso y aburrido –le dijo la muy zorra con
todo el desprecio del mundo). Cobraría casi el triple de lo que le pa-
gaba el banco y por exigencias de su función iría a vivir a gastos pa-
gados a un apartamento en el centro, algo mucho más selecto que la
triste pensión donde ahora se alojaba desde que un juez cabrón lo
dejara en la calle para favorecer a su mujer.
En una de aquellas intensas jornadas de formación oyó por primera
vez hablar de la ley de Zipf y una curiosa teoría que no se refería pre-
cisamente a las palabras de un texto: en una muestra amplia de po-
blación existe la posibilidad de analizar la frecuencia de aparición
de los tipos humanos y, a partir de ahí, crear un modelo ideal de dis-
tribución de individuos. Dicho de otra forma: cada miembro de un
grupo humano, al igual que las palabras de una novela, tenía un ran-
go de presencia. Si se controlaba, era posible predecir hacia dónde
iba ese grupo.
Su misión consistiría en controlar todas las viviendas del bloque en
el que iba a vivir y determinar los roles que cada vecino cumplía.
-Todo es importante –repitió mil veces Sánchez, un agente con pinta
de cantante de rap, lleno de tatuajes y piercings-. Tenéis que saber
quién es el posible defraudador, quiénes los adúlteros, el homose-
xual, el que roba la correspondencia en los buzones, el que no quita
las cacas de su perro… y en lo alto del interés para nosotros: quién
puede llegar a ser un subversivo, un agitador o un terrorista. Esa es
vuestra función. Los datos que suministréis cada uno de vosotros for-
marán un conjunto del que tal vez podamos extrapolar una radiogra-
fía exacta de la sociedad. Saber cómo somos es dominar lo que so-
mos –sentenciaba aquel niñato con un gesto, mitad de “Bond, James
Bond”, mitad de vendedor ambulante.
Alejandro parecía oír músicas celestiales: un tipo tan anodino como
él iba a controlar con la más moderna y costosa tecnología todo un
microcosmos. Podría oír y ver intimidades pocas veces al alcance de
cualquier hombre: conversaciones, formas de vida, escenas de sexo,
discusiones, desprecios, muestras de los sentimientos más dispares…
todo al alcance de los micrófonos y cámaras que la Agencia ya había
instalado con todo el sigilo pensable.
Se sintió feliz, inmensamente feliz. Ahora sabía que la chica del se-
gundo izquierda, tan mona, tan modosa, era un torrente de pasión y
obscenidad cuando se metía en la cama con un hombre. Y ese señor
tan educado del cuarto-A, que siempre llevaba a su esposa del brazo
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y saludaba dando sombrerazos era, en realidad, un cerdo maltrata-
dor. También supo que el médico del tercero-C pasaba media noche
interviniendo en chats para homosexuales y que la pretendida monja
del quinto-B era una modesta intermediaria en el trapicheo de cocaí-
na. Los tres chicos del primero C le daban asco cuando los oía tratar
a la madre como si fuera un guiñapo y la anciana del sexto-E pasaba
los días llorando mientras la señora dominicana encargada de aten-
derla le decía barbaridades…
En pocos meses era un experto en la vida cotidiana de cada miem-
bro de aquella comunidad y sabía los colores de los juegos de toa-
llas o sábanas, las piezas de sugerente lencería que usaban las muje-
res del bloque, las camisetas ordinarias del chico del sexto… Tam-
bién podía prever el comportamiento de cada vecino y los jefes de la
Agencia lo felicitaron por la minuciosidad y calidad de su trabajo.
Por esa época se enamoró perdidamente de Julia, una preciosa mujer
a la que veía ducharse cada mañana y llorar de soledad cada noche.
Ya había propiciado el encuentro con ella en varias ocasiones e in-
cluso la había acompañado a algún paseo por el barrio… aunque
después la había oído hablar con una amiga y referirse a él como
“un vecino un poco pesado, un pobre diablo, un solitario…” Él la
deseaba con todas sus fuerzas y soñaba cada noche con ella y sus
cálidos abrazos.
Incomprensiblemente, Marga lo llamó una tarde. Le preguntó cómo
le iba, si la echaba de menos, si se acordaba de cuando se habían
querido apasionadamente… Él no supo a santo de qué venía esa lla-
mada y las que le siguieron. ¿No era un tipo aburrido que le había
amargado la vida? ¿Por qué surgía del pasado para interesarse por él?
Y justo cuando lo estaba pasando mal con el trabajo. Tras casi seis
años de pertenencia a aquel servicio de inteligencia, volvía a sentir
el vacío más absoluto. Cada vez dormía peor. La vida privada de
aquellos seres, lejos de resultarle excitante, le quitaba el sueño. En
cada casa había una pequeña tragedia celosamente guardada entre
las cuatro paredes que conformaban la sagrada intimidad en la que
se había metido él. Deseaba ayudar a los vecinos que le parecían ho-
nestos, aliviar sus desdichas… en la misma medida en que sentía el
impulso de abofetear a tanto cretino como había en la finca, pero su
misión era la del mero observador y una de las consignas era no im-
plicarse pasar lo más desapercibido posible.
Empezó a cuestionar a sus jefes, a discutir las órdenes e instruccio-
nes, a mentir a favor de quienes le caían bien o en contra de los que
le parecían más indeseables… No creía que nada de lo que había
averiguado sirviera para la seguridad de la nación, ni para determi-
nar conductas extrañas, peligros sociales o prever atentados. Su traba-
jo no era más que inmiscuirse en las vidas ajenas y vivir las tragedias
de los demás. Dejó de informar sobre Julia y cuándo le preguntaron
el motivo respondió desabridamente:
-Esa mujer es terreno vedado para la Agencia. Respetemos su vida.
Quería marcharse, ese trabajo ya no era para él porque no le decía
nada. Cuando lo expuso en la Agencia, advirtió un intercambio de
miradas entre sus dos jefes, un gesto que no le gustó y se sintió preo-
cupado.
Poco después se encontró a Julia y la invitó a dar un paseo. Necesita-
ba contarle la realidad de su vida, enseñarle las filmaciones y graba-
ciones sobre ella que él guardaba como un tesoro. Quería ser auténti-
co con ella, dejar la simulación, ya que la amaba.
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Pasados los momentos iniciales de indignación, negaba con la cabe-
za, incrédula y fastidiada:
-¿Y no te has dado cuenta de que no te van a dejar marcharte? ¿De
que cuanto más me digas, más me implicas en tu lamentable traba-
jo? Tal vez tus jefes sepan ya que yo sé… Tal vez sepan que tú eres el
subversivo del bloque, el que puede dinamitar su secreta misión, su
macabra estrategia de husmear en la vida de las personas norma-
les…
Se marchó dejando rota su alma. Le había pedido que no la molesta-
ra más. Confuso, torturado como pocas veces en su vida, decidió no
volver a aquella casa que la Agencia había alquilado para él. Tal vez
lo estarían buscando, así que fue a su antiguo domicilio y habló con
Marga. Por segunda vez en la misma tarde, contó su realidad. Marga,
con ojos alucinados, le respondió:
-¡Qué cosas eres capaz de inventar para acostarte conmigo! Porque
se trata de eso, ¿no? No me lo puedo creer… Pero te has pasado de
fantasía… o necesitas un psiquiatra.
Y Marga, ambigua y asequible por una vez, le preparó un gin tonic
que fue bebiéndose mientras defendía su sinceridad… Y el alcohol
fue poniendo la realidad en una especie de cámara lenta que amplifi-
caba los latidos en sus sienes… después fue consciente de que no
podía moverse, de que Marga marcaba un número de teléfono, de
que decía:
-Aquí lo tenéis, neutralizado. Lleváoslo pronto y ya sabéis el protoco-
lo: limpieza total. Es un terrorista potencial, uno de esos listillos que
desea pensar por sí mismo… ¡como si eso fuera normal!
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El mismo ritual de costumbre: una vez entras
en el coche, el mundo más allá del cristal apa-
rece ante tus ojos como un paisaje al que ex-
traemos su significado y nos quedamos tan so-
lo con la imagen que nos brinda, vacía de con-
tenido, ausente de deseo. Un semáforo en rojo
bajo la lluvia, la anciana que arrastra el carro
de la compra, esa pareja que discute, el trans-
portista que aparca en doble fila...
RAMÓN BESONÍAS ROMÁN
MARTA
El mismo ritual de costumbre: una vez entras en el coche, el mundo
más allá del cristal aparece ante tus ojos como un paisaje al que ex-
traemos su significado y nos quedamos tan solo con la imagen que
nos brinda, vacía de contenido, ausente de deseo. Un semáforo en
rojo bajo la lluvia, la anciana que arrastra el carro de la compra, esa
pareja que discute, el transportista que aparca en doble fila. Todos
forman parte de un escenario, y tú, dentro del coche, el espectador
entregado al flujo de imágenes que pasan frente a ti, sin más orden
que aquel que marca la ruta hacia tu trabajo. Pita el coche que hay
detrás de ti; no te altera, piensas en lo bien que funcionaría el mun-
do sin prisas y continuas tu trayecto. Tres mujeres corren por el pa-
seo fluvial, miras el cielo, la copa de los árboles, el río al otro lado,
el horizonte de coches en fila; escuchas I wish i was in New Orleans.
Waits amansa el corazón, ablanda los pensamientos; uno se reconci-
lia con el mundo bajo los acordes del piano, dejando que esa voz
ronca rasgue tu memoria y los recuerdos vaguen libres por tu imagi-
nación. Una fugaz, breve pero intensa, mirada a una ventana ilumi-
na el espacio que la circunda y trae hacia ti fotogramas de tu adoles-
cencia. Esa venial contemplación basta para recuperar dentro de ti la
voz de Marta. Recuerdas su voz, ni su cara ni su cuerpo, nada de
aquello que os dijisteis. Solo su voz. Sonríes, acaricias al adolescente
en el que aún te reconoces. Aquella ventana, la luz iluminada, y tú
allí, al otro lado de la calle, velando su presencia, esperando que
apareciera y tuviera el azar la gracia de regalarte su rostro. Solo eso,
una mirada. Eso te bastaba. Pero no fue así. Sonríes de nuevo, una
serena nostalgia acolcha tu alma. Quisieras negar que aquel torpe
espía fuiste tú, que durante semanas aguardaste frente a la puerta de
su casa, a la espera de que apareciese. Que tras días de velarla, la
viste salir, junto a su madre; que sí, te miró, pero no fue el gesto que
tú deseabas. Que su rostro expresaba miedo y rabia. Que fue tan rá-
pido aquel instante que apenas lograste levantar tu cuerpo del rella-
no. Aún así no te rendiste y durante una semana más aguardaste fren-
te a aquella ventana; pero esta vez te alejaste de la puerta, lejos, te-
meroso de incordiar, más lúcido, pero aún enamorado. Oyes un co-
che pidiendo paso y regresas al presente. El semáforo lleva unos se-
gundos en verde. Waits culmina su canción y te llevas contigo la voz
de Marta mientras atraviesas la verja que te lleva al trabajo; permane-
ce a tu lado unos minutos más hasta evaporarse en la rutina.
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Estábamos reunidos en el bar de la esquina,
mirando el partido. En el entretiempo, mien-
tras discutíamos y nos amargábamos por el de-
sempeño de River, el Gallego escupió una fra-
se que nos dejó helados.
-Betty me mete los cuernos.
Lo largó así, sin anestesia.
MARIELA RAPETTI
BATIENDO LA
JUSTA
Estábamos reunidos en el bar de la esquina, mirando el partido. En el
entretiempo, mientras discutíamos y nos amargábamos por el desem-
peño de River, el Gallego escupió una frase que nos dejó helados.
- Betty me mete los cuernos.
Lo largó así, sin anestesia.
A Betty la conocíamos todos desde que eramos chicos, porque Qui-
que, el hermano, jugaba con nosotros en el club. La piba era una gor-
dita simpática que se hacía querer, una mocosita metida que tenía-
mos que llevar a todos lados porque la vieja laburaba y no quería
quedarse sola. Cuando se hizo señorita no nos dio más bola y con
los años se casó con el Gallego. Al casamiento fuimos todos, invita-
dos por Quique, y ahí nomas lo sumamos al novio a la barra. Quin-
ce años hace de eso. Y ahora nos viene con el cuento de los cuer-
nos.
- ¿Estás seguro, Gallego? ¿Vos la viste? El que preguntó fue Robertito,
pero todos estábamos pensando lo mismo.
- Verla no, pero no soy boludo. Está distinta, sale con las amigas, se
compró maquillaje nuevo, perfume, ropa interior.
- ¡Pero vos no podés dejarla por suposiciones, querido! Capaz que la
mina quiere avivar la llama de la pasión en el matrimonio.
- Ma' que llama ni llama si hace como dos meses que no me toca.
Nos quedamos todos calladitos. Viste que dicen que el que calla,
otorga.
- ¿Y qué vas a hacer? Digo, no podés acusarla sin pruebas. Otra vez
fue Robertito el que habló, y creo que a esta altura debe seguir de-
seando haberse mordido la lengua.
- Les quería pedir un favorcito, muchachos. Necesito que alguien la
espíe, que le saque fotos, que la enganche in fraganti o que la gra-
be. No sé ... algo.
- ¡Pero como nos vas a pedir eso a nosotros, que la conocemos de
toda la vida! Además, si Quique se entera nos mata.
- Precisamente porque la conocen, porque conocen a Quique, por-
que saben que es mejor que ésto quede entre nosotros. Si no, le ten-
go que pedir a otro que la siga. Imaginate que después anden por
ahí, divulgando con quién se acuesta mi mujer.
Nos tocó el orgullo. Al fin y al cabo, se trataba de mantener la digni-
dad de un amigo y que no anden por ahí colgándole el cartel de cor-
nudo.
- Yo la sigo por una semana, pero si no la encuentro en nada raro, la
cortás acá -dijo Robertito, apostando mentalmente a la fidelidad de
la dama en cuestión.
El domingo siguiente nos encontramos en la misma mesa del bar, an-
siosos por escuchar el informe. El Gallego, adelantándose a los he-
chos, pidió una caña Legui. Para darse fuerzas, dijo. Cuando llegó
Robertito le clavamos los ojos sin hablar.
- Sos un boludo, che. La seguí por cielo y tierra, anduve preguntando
por ahí, hablé con las amigas. Hasta con la vieja, que se acordaba
de mí cuando eramos chicos. Tu mujer sería incapaz de engañarte,
marmota. Debe estar con la crisis de los 40.
- Le palmeamos la espalda al marido, felicitándolo y ligamos gratis
una ronda de Legui. Medio borrachos, recordamos los tiempos del
noviazgo y lo buena piba que siempre había sido Betty. Lo manda-
mos a la casa bastante entonado y con ánimo de reconciliación.
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Cuando nos quedamos a solas con Robertito se acabó el jolgorio.
Nadie dijo nada porque era al pedo. Le conocíamos la cara desde
que eramos unos borregos.
- Al rato atinó a decir:
- Espía sí, buchón ... ¡jamás!
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BARRA
LIBRE
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invita la casa