BARRA LIBRE

NÁUFRAGOS
Diciembre 2013
#3
El árbol de la
niebla
Emilio Calvo de Mora Villar
A ratos tengo la sensación de que no estoy solo. En
mi voluntad de no caer en la locura o en el deseo de
no desear desespe-ranzadamente la muerte, prefiguro
la idea de que, si no un mal sueño, uno de verdad
triste o trágico, estoy ocupando un fragmento
accidental de una trama invisible en la que yo soy el
náufrago y el resto del mundo, sin exceptuar a
criatura alguna, se afana en dar conmigo, mueve
cielos y tierra por encontrarme, buscando en todo
momento el consuelo...
A ratos tengo la sensación de que no estoy solo. En
mi voluntad de no caer en la locura o en el deseo de
no desear desesperanzadamente la muerte, prefiguro
la idea de que, si no un mal sueño, uno de verdad
triste o trágico, estoy ocupando un fragmento
accidental de una trama invisible en la que yo soy el
náufrago y el resto del mundo, sin exceptuar a
criatura alguna, se afana en dar conmigo, mueve
cielos y tierra por encontrarme, buscando en todo
momento el consuelo del que ahora carezco,
procurándome los afectos que en este instante no
poseo. Así, en esa maquinación de mi cabeza, paso los
días en este isla. Ningún naufragio es razonable.
Ninguno del que después uno pueda extraer una
enseñanza o siquiera un buen relato, uno admirable,
del hombre considerado en sí mismo como un
verdadero héroe, enfrentado por el gobierno del azar
al rigor más terrible, empujado al infierno mismo,
exterminada su vocación de vida, rebajado a la
condición más pobre del alma. En mi entusiasmo, el
poco que tuve o el inventado ahora para aliviar mi
penuria, imaginé también una suerte de ficción en la
que cada ingrediente dramático contribuía
formidablemente a que la historia fuese épica, fuese
sublime, y concitara la admiración del público eventual
que la escuchara, del lector fortuito o, bien mirado,
del amigo cercano, ávido de que le cuentes todo y
comprenda que has regresado del reino de los
muertos como Lázaro en las Escrituras.
- ii -
A ratos caigo en el desánimo absoluto, me lamento
de lo funesto de mis pensamientos y lloro a salvo del
pudor, aunque mis manos tapan ridículamente mi
rostro y mis ojos, entre los dedos, avizoran aquí y allá,
cuidando de que nadie me observe en esa flaqueza
mía. Porque soy un hombre entero todavía o porque
no creo haber llorado nunca al modo en que en
ocasiones lo hago. Carezco de la firmeza que otros
exhiben al advertir el mal cerniéndose sobre ellos. No
poseo tampoco la paciencia o la confianza que alguno
manejará, especulo ahora. Manejos que distraen el
curso imbatible de las horas. Argucias que combaten
el desquiciamiento al que me acerco a diario. Tengo
abandonadas todas las buenas costumbres de antaño.
He comprendido que la vida en esta isla sería
insoportable para el hombre que fui. He comido
pescado crudo. He dormido en la orilla y me han
despertado las olas. He hincado mis dientes en el
cuello de un ratón y he saboreado la carne dulce hasta
que mi estómago dio varias arcadas y mi cabeza
reventaba de pánico. He dejado de ser quien era, sí, he
dispuesto ser otro, soy inamoviblemente otro. Esta
victoria sobre la isla la trajiné durante años, en
soledad, escribiendo en mi memoria los prodigios a
los que tendría que recurrir para que la isla entera
desapareciese. Ese es mi propósito. Lo que mi
imaginación febril ha fabulado es la impostura más
fantástica. Ninguna iguala a ésta mía en fascinación.
Pensé: no hay una isla, no hay un árbol a mi
izquierda, no estoy sentado bajo su sombra. Es un
árbol de humo o es un árbol de niebla. Mi conciencia
no admite el árbol ni admite la isla. Todo eso,
hechizado, pensé. Y mi esperanza o mi fantasía o mi
instinto rubricaron con el sueño mi anhelo. Dejé la
vigilia, olvidé la luz, abandoné la oscuridad de las
noches, renuncié al sabor de la fruta, censuré los
peajes de mi cuerpo. El árbol de niebla, a mi izquierda,
el que me deparaba la solaz sombra, era un árbol solo
en mi sueño. Ahí estaba a salvo de la lluvia o de la
ausencia de lluvia, liberado de todas las servidumbres
- iii -
de las horas y de las nubes y de la tierra dura sobre la
que orgullosamente se yergue. Anoche urdí este
simulacro . No intervino la inteligencia, pues poseo la
justa y no sabría administrarla con éxito. Fue la
belleza la que acudió anoche en mi ayuda. Yo la llamé
y ella vino. Fue la poesía o fue el milagro de las
palabras, acunadas con mimo infinito, recitadas como
un salmo, invocadas para que algún dios me premiara
y regalase la posibilidad de escapar de aquí, aunque
mi cuerpo no abandone jamás la sombra en la que en
este mismo instante yazgo. Son las palabras las que
sustentan primigeniamente el mundo. O mi mundo. Ya
no tengo las ideas todo lo claras que querría. Sé que si
yo ahora dejase de escribir o de pensar que escribo,
me quemaría el sol, me dolería la cabeza, me aturdiría
dolorosamente el hambre. Si en este momento
interrumpo el relato, mi corazón entero dejaría de
latir, mis ojos no percibirían el cielo azul, atravesado
de nubes muy blancas, que se mueven aprisa y que
me ignoran. Soy como el árbol, soy de niebla.
Temo que un día mi cuerpo desista de lo que mi
cabeza le ordena. Temo que se malogre este bienestar
magnífico. Que el frío importune mi voluntad de
escribir o de pensar, no sé. Que el calor me despierte.
En este prodigio no cabe la vigilia. Y con todo, en la
ensoñación en la que habito, nada me es en absoluto
ajeno. Todo lo siento mío y a todo me aplico con
ardor. Concibo con precisión el río y escucho a mis
espaldas su fluir dulcísimo. Aprecio el rumor de su
caudal y el chapoteo sencillo de los peces cuando
saltan. Sé que si despierto, no habrá peces ni la hierba
glauca en la que el agua se abandona y donde hocican
las bestias. Las bestias que modela mi ingenio, con las
que entablo diálogos asombrosos. Como si fuesen
criaturas humanas y me concedieran el inestimable
privilegio de que yo converse con ellas. Creo que todo
me pertenece y que nada de lo que me circunda
desafía mi mando. En mi afán por adquirir en este
mundo impostado una vida similar a la del mundo que
abandoné, he consentido que los animales se
- iv -
reproduzcan y que el cielo riegue los campos y me
moje a mí, el que sueña. Es una temeridad, me ha
reprochado una especie de tigre o de pantera con la
que tengo unos parlamentos extraordinariamente
inteligentes. En cuanto la lluvia arrecie con fuerza, ha
insistido, te mojarás, enfermarás, despertarás, yo me
moriré, dejaré de hablarte, se acabará el mundo. Por
eso ando pensando en prohibirles la coyunda. Suprimo
ese acto noble y evito que mi reino se pueble de
excesivas criaturas. Soy un dios rudimentario y
caprichoso, uno que declina volver a donde estaba,
despertar, mirar el mar, ahí enfrente, observar el
vaivén loco de las olas, escudriñar barcos que nunca
llegan, cegarme con el vértigo del sol, quemarme con
la fiebre de sus rayos. También soy un dios torpe y
desaliñado. Un dios sin un templo. Un pobre dios
abandonado que solo habla con los personajes de su
locura. Que cree estar contándole a alguien el dolor
que está sufriendo. Que se muere todos los días o que
ya está muerto y está descubriendo poco a poco que
el cielo y el infierno no existen. Que todas las almas
del mundo, las antiguas y las novicias, duermen aquí
conmigo, bajo el árbol de niebla, en una isla terrible al
final del tiempo.
- v -
Mi corazón de
náufrago
Miguel Cobo Rosa
Mi corazón de náufrago es un barco
desvelado de lluvia en la negrura
que surca un mar lejano y su alma oscura
de islas horadadas que no abarco.
Estremece el misterio y la hermosura
que eligió mi naufragio como marco
cuando la bella Circe tensó el arco
del horizonte con su magia impura.
El mar era una lágrima infinita
vertida por la diosa desahogada
en el fondo abisal que nos habita.
De aquel barco oriental no queda nada.
La dama negra no acudió a la cita
y ya no madrugó la madrugada.
- vii -
Sin referencias
Alberto Granados
…recuerdo lo que se decía de los presos de
Guantánamo cuando yo vivía en mi mundo: que
tenerlos encapuchados era una de las peores torturas
posibles, ya que perdían toda referencia espacio-
temporal y eso equivalía a la desaparición de la propia
identidad, ya que el ser humano deja de serlo sin unas
coordenadas de espacio y tiempo… es una idea que
ahora no consigo quitarme de la cabeza desde que
estoy aquí, si es que puedo usar esos adverbios que
tienen un sentido tan ambiguo para mí… ¿qué
significan aquí o ahora?... yo comprendía ambos
significados y hasta recordaba una frase de Kant que
decía que el tiempo y el espacio eran formas
apriorísticas de la sensibilidad, es decir, que sin
espacio y tiempo nada se percibe y el ser humano deja
de serlo… estas ideas me obsesionan porque tal vez es
lo que me está pasando, perdido en este paisaje
confuso, neblinoso, absolutamente equívoco, que me
llena de dudas y angustia… soy como uno de esos
presos de los americanos o como el prisionero del
romance, aquél que aseguraba que “ni sé cuando es
de día / ni cuando las noches son”… yo en esta
circunstancia no sé dónde estoy y, peor aún, no sé en
qué tiempo estoy viviendo esta forma de vida a la que
me ha llevado el fracaso del experimento… un fracaso
que habrá tenido una repercusión mediática nunca
vista, ya que el proyecto ha ocupado las cabeceras de
miles de periódicos de todo el mundo durante varios
años… muchas ruedas de prensa, muchas promesas de
la Compañía, la comunidad científica dividida entre
quienes pensaban en un gigantesco fraude y quienes
brindaban todo su esperanzado entusiasmo al intento,
la gerencia prometía a bombo y platillo muchas
garantías, pero el hecho irrefutable es que estoy en
medio de un ámbito desconocido que podría ser
cualquier punto del universo en un lapso de tiempo
que podría abarcar desde el primer día de la creación
hasta un futuro apocalíptico… no se distingue una
planta, ni una roca o el sencillo canto de un pájaro, no
hay anocheceres ni albas y el tiempo pasa sin sucesión
- ix -
de claridades y oscurecimientos, sin que el reloj de
avanzada tecnología que forma parte de mi complejo
equipo permita deducir si este tiempo postizo en que
estoy corre hacia adelante o hacia atrás… lo más
extraño, lo que verdaderamente me alarma es que ni
siquiera siento una emoción especial, ni un vago
miedo a mi incierto futuro y los recuerdos de “mi otra
vida” no me parecen amables o tristes, ni me
producen un determinado estado de ánimo como
antes: ahora son sólo constataciones objetivas de
hechos que no se me han olvidado… me resulta
extraño percibir los recuerdos más íntimos con esa
ausencia de pasión, con esa frialdad matemática: la
primera vez que se me entregó Ana, la dulzura de sus
besos, la ternura de aquella época, la belleza de su
cuerpo… todas esas cosas que antes me emocionaban
o excitaban pasan por mi memoria con una exactitud
pasmosa, pero con una impensable indiferencia, sin el
menor asomo de emoción: yo no he sido frío jamás y
todas estas cosas me producían una honda
conmoción… para sentirme vivo evoco a mis hijos y la
ternura que suscitaban en mí, el sabor de una cerveza
fría en verano, las arias de algunas óperas de Verdi, la
música de Bach, las puestas de sol desde el viejo
barrio alto, los poemas de Garcilaso o Machado, las
cenas con los amigos… todo eso me deja ahora
indiferente, que es lo que más me preocupa, pues
sospecho que muy pronto dejaré de ser yo, sumido en
esta frialdad, tan ajena… por fortuna, este extraño
estado de ánimo tiene una parte ventajosa: ahora no
me afecta la sensación de fracaso, el distanciamiento
de mi mujer, las dificultades económicas por las que
estábamos pasando con la dichosa crisis, que fueron
las que me han traído a este extraño naufragio…
parece que estoy viendo el anuncio: “Se necesita
especialista en Física de partículas para formar parte
de un ambicioso proyecto de investigación…” y ya que
el laboratorio me había despedido y llevaba casi tres
años siendo un parado de larguísima, eterna,
inacabable duración, accedí a ser la cobaya humana de
- x -
este experimento, que ha salido como ya estoy
viendo: una máquina del tiempo que me iba a
transportar a un futuro en el que las fuentes de
energía habrían dejado de ser un problema, las
enfermedades tendrían remedios inimaginables y la
tecnología habría dado pasos de gigante… aprender
del futuro adelantando un siglo… yo sólo participaría
en la primera fase, la más compleja y arriesgada, la de
teletransportarme al futuro y demostrar que el
proceso era viable… después el programa continuaría
con nuevos viajeros que traerían del futuro todos los
hallazgos, para vender las patentes por sustanciosas
cantidades… yo podría retirarme tras el primer viaje o
continuar en el programa… dado el riesgo, me pagaron
una suma irrenunciable para cualquier familia, más si
se ha pasado por la terrible vejación del desempleo…
Ana se opuso frontalmente, pero yo no podía
seguir siendo un parásito irrecuperable, un
malhumorado marido que pagaba las frustraciones
con ella y con los niños… además, el proyecto era una
tentación para un investigador, estaba relacionado
precisamente con mi especialidad, la cantidad
acordada era cuantiosa y si yo desaparecía en el
tiempo, como parece ser que ha ocurrido, una
elevadísima prima de un seguro solucionaría esa
espinosa cuestión del futuro de los míos… por
entonces mi mujer vio mil películas y leyó bastantes
libros sobre viajes temporales, pero todo eso no eran
sino ficciones, pues la prueba real estaba preparada
para una fecha muy concreta (concreta por entonces,
pues ahora no tengo referencias): el 25 de noviembre
de 2013, a las 08,30 horas… sería entonces la primera
excursión al futuro, concretamente a las 08,30 h. del
día 25 de noviembre de 2113, un siglo exacto de
avance en el tiempo… si se conseguía, sería un mito
convertido en realidad… claro, que también podía
resultar un estrepitoso fracaso, algo que aún no sé
valorar: sólo sé que la cápsula está ahí, pero que no
funciona ninguno de los complicados mecanismos en
que estuvimos trabajando varios años, que no consigo
- xi -
contactar con el laboratorio y no sé si me están
controlando o estoy definitivamente perdido, ni si he
llegado al año previsto… he intentado varias veces
conectar los mil dispositivos de la nave, pero los
indicadores tienen unos colores que jamás había
percibido y suenan de una forma completamente
diferente a como sonaban en los exigentes
entrenamientos… todo es nuevo y desconcertante en
este momento, tan ajeno a mi tiempo convencional… si
el viaje ha sido un éxito y estoy en mi objetivo, se
trata de un futuro imperfecto, un porvenir de
destrucción y soledad inabarcables… llego a
preguntarme qué ha podido pasar en estos cien años
que se supone que he avanzado: ¿una nueva
confrontación nuclear?, ¿un apocalíptico cambio
climático?... tengo la sensación de llevar en este nuevo
presente un enorme lapso de tiempo y me entretengo
mirando lo que me rodea, que es bien monótono… me
siento como Robinson en los primeros días de
náufrago en su isla: desconcertado, incapaz de hacer
un diagnóstico de la situación y las posibilidades de
superarla, esperando una ilógica providencia que me
devuelva con los míos y valorando de otra forma todo
lo que he perdido en mi evaporado presente…
haciendo planes para ese futuro que me aguarda si
consigo regresar: recuperar el amor de Ana, disfrutar
más de la presencia inocente de mis hijos, llamar a
mis amigos, a los que he ido abandonando por
desidia, releer el Quijote y a Machado, emprender de
una vez por todas ese siempre fallido viaje con Ana A
Machu Pichu y al glaciar Perito Moreno… pero temo
que esto sea un punto final, que este experimento
fallido sólo va a conducirme a una extraña locura…
estoy perdido en medio de la nada, estremecido por la
insondable soledad, por este extravío absoluto: vivir
sin tiempo no es vivir y sé que me espera un confuso
futuro… cuando se acaben los escasos alimentos
desecados que hay en la cápsula me tocará morir en
este silencio infinito y solitario… pienso
inevitablemente en que es posible que me conviertan
- xii -
en un famoso héroe de la ciencia y se escribirán
cientos de obituarios sobre mi figura de mártir, todos
falsos y adocenados… casi me da risa entrever esa
posibilidad: Ana, convertida en mi viuda, echándome
de menos y sintiéndose culpable del distanciamiento
que antes propició, mi jefe siendo humano por una
vez, mis hijos reinventándose un cariño que jamás
sintieron por mí… ni me da miedo morir, ni me alegra
el reconocimiento que sólo servirá para Ana y para mis
hijos, yo me conformo con haber comprendido que en
los naufragios no siempre se encuentra un tesoro ni se
manda un mensaje en una botella, que es imposible
que aparezca un buen salvaje llamado Viernes con
quien compartir la soledad… pero me gustaría
desvanecerme sabiendo al menos el lugar, la fecha y la
hora, pues tal vez la vida sólo sea la anticipación de
una esquela mortuoria…
- xiii -
Intento ser
fuerte, os lo
aseguro
Ramón Besonías Román
Intento ser fuerte, os lo aseguro. Regreso a la
rutina como quien toma la medicina prescriptiva que
se le asigna. Mucho antes de mi naufragio, el trabajo
era ya una balsa confortable; quizá en aquellos años
no fuera consciente de ello. Hoy lo sé, hoy soy
consciente de la furia sorda que precede a toda
guerra. Pero entonces -no hace tanto, solo dos años-
estaba demasiado ciega; solo acolchaba lo inevitable
con el velo de la ignorancia. Y funcionaba, al menos
como terapia provisional. Hoy veo aquel tiempo con
perspectiva; a no ser que me endurezca, sería difícil
resistir las imágenes que llegan sin desearlas, para
recordarte lo sucedido. Y no llegan dulces, con la
calma que acompaña a un eco disipado. Te golpean
sin aviso previo en forma de reproche. ¿Qué hice para
llegar a esa situación? Lo sé, no debiera flagelarme.
Soy una mujer entera, que sabe lo que quiere, que
sacó a tres hijos adelante y una próspera empresa de
moda. Alguien así no debería estar destrozada; casi
sentiría alivio por haberse desprendido de esta carga.
Pero no lo vi venir, creía que era más lista; debía haber
notado la estela que deja cualquier batalla. Estar
prevenida. Me odio por no ser yo misma la que cerrara
la relación. Tuvo que ser él, sin red ni preliminares,
quien me confesara su infidelidad. Ni siquiera tuve
tiempo de desahogar mi ira. Se fue tras su confesión,
con ella. Ella. Más joven, más rica, más todo. Y hoy
debo velar el duelo, sin posibilidad de compensar el
agravio.
Intento ser fuerte, os lo aseguro. Pero no puedo. Sé
que bajo la armadura de lo cotidiano macera la herida,
crece en silencio la rabia. Me esfuerzo por olvidar,
sumergiendo mis días entre telas, participando en
tertulias que no escucho, defendiendo un futuro que
no me importa. Y cuanto más consciente soy de ello,
más me odio por no ser capaz de apagar este
interruptor. Tú, que años atrás hubieras cortado el
aire con una mirada, ahora, estúpida, personaje de
tragedia, sientes como fracaso aquello que debieras
vivir como una sana resurrección. Lo piensas una y
- xv -
otra vez, no se te va de la cabeza. A cada acto
cotidiano le encuentro una sutil cercanía con este
naufragio, evoca en mí ese instante. Ni siquiera
durante la ducha; también ese momento me lo ha
robado. Bajo el agua lloro y me cabreo; me cabreo y
lloro aún más por no saber atajar ese llanto del que
soy su fiel cautiva. La ducha era hace dos años un
refugio al que me entregaba sin resistencia, un ritual
benefactor con el que encarar con optimismo el resto
del día. Hoy se ha convertido en una capilla desde la
que rezo la letanía de mis miserias, sin más capellán
que mi mente errando. Me miro al espejo y no me
reconozco. Alguien robó mi rostro, dejando esta
máscara sollozante.
Sí, soy consciente de mi estado, enumero sin
miedo el catálogo de mis contradicciones, pero soy
incapaz de superarlas. Vienen a mí, las rechazo y
regresan. Mis amigos al principio intentaban consolar
mi desasosiego, pero no tardaban en desistir, llorando
conmigo o dejándome por imposible. Ella sola cava su
tumba, dirían. Ella, que antaño era decidida, mujer
libre y madre sin convenciones. Ella, que tiene a su
cargo treinta y ocho empleados, que salió a flote de
dos enfermedades puñeteras. Ella, esa misma, hoy
llora sin querer aquello que solo merece un sencillo
borrón y cuenta nueva. Patético fantasma, plañidera,
arrastrando una miseria de la que debieras hace
tiempo haberte desprendido con un grito y no con
llantos infantiles. Sí, te hablo a ti, sal de este cuerpo,
habita otro alma, tortura a otro inquilino con esta
tormenta que no cesa...
- xvi -
Rescate
Mariela Rapetti
A la izquierda, agua.
A la derecha, agua.
Abajo, agua. Arriba no.
Arriba el cielo estaba repleto de nubes negras.
No me pregunten qué estaba haciendo en el medio
de ese mar frío porque no lo sé, los sueños casi nunca
tienen lógica. Era poco lo que podía hacer, excepto
pensar. Pensaba que nadar no servía porque no sabía
cuál era la dirección hacia la costa, que sólo a mí me
podía pasar eso de naufragar y no saber cómo, que
ese cielo presagiaba tormenta y que si se largaba a
llover la cosa se iba a poner peor, que si seguía
pataleando para mantenerme a flote me iba a cansar
más rápido, que si no pataleaba me hundía, que al
menos podría estar en el mar del Caribe, que es
tibiecito. Estuve pensando durante un rato largo hasta
que pensé que pensar no ayudaba y me puse a
bracear. Al menos, me moriría en el intento. A los
pocos metros vislumbré un bulto y avancé hacia él. No
distinguía demasiado, pero allá fui, esperanzada. Me
desperté abrazándote con fuerza, empapada.
Eras mi tabla de salvación.
- xviii -
Barra Libre
http://espacobarralibre.blogspot.com.es
Invita la casa