Serie negra

#7 Bar r a Li bre
Emi l i o Cal vo de Mor a
Kafka en
Manhattan
Bien, Señor, no habré sido un buen hijo, ni
tendrás para mí un pedazo de cielo, pero
antes de que mis faltas me manden al
infierno, tengo que hacer unas cuantas
cosas, y en ninguna estás tú. No hay
belleza ni hay amor en la sangre que voy a
derramar. Habrá muerte. De la muerte tú
sabes tanto como yo...
Kafka en Manhattan / 2
Bien, Señor, no habré sido un buen hijo, ni tendrás para
mí un pedazo de cielo, pero antes de que mis faltas me
manden al infierno, tengo que hacer unas cuantas cosas,
y en ninguna estás tú. No hay belleza ni hay amor en la
sangre que voy a derramar. Habrá muerte. De la muerte
tú sabes tanto como yo. Te costó lo tuyo levantar este
mundo. Mi padre me leía las Escrituras. Me repitió tanto
que fuese un buen hombre que acabé por no serlo solo
para contrariarle. Siempre fui así, fui de los que hizo
daño por salir del aburrimiento. No busqué la riqueza. No
sabría qué hacer con el dinero. A lo sumo pagarme unas
putas cada noche. No sé si en el infierno hay putas, pero
seguro que en el cielo no hay ninguna. Se hace tarde,
siempre se hace tarde para alguien, pero esta vez me ha
tocado a mí. Yo soy el que tiene que aparcar el coche en
la puerta de la casa, bajarme sin hacer mucho ruido y
llamar al timbre. Tengo que matarlo. Si me paro a
pensarlo mucho, no lo haré, pero entonces lo hará otro y
seré yo al que le metan una bala en la cabeza. Si no me
paro mucho a pensarlo, será solo un trabajo más. Todos
tus hijos venimos a este mundo a quitar de en medio a
unos cuantos hijos de puta.
Nicky Ferrasolo aparcó el Plymouth Barracuda en doble
fila, comprobó que la M29 estaba a punto y apagó el
Chester en el cenicero. Tres minutos después, Nicky
pensó en el humo. El del Chester, el de la M29 y el del
boquete que abrió en el pecho de Tommy Lugano. Su
mujer salió por piernas. Las tenía largas como una furcia
búlgara a la que visitaba cada vez que tenía que hacer
un trabajito en Chicago. Dejó de pensar en la búlgara y
en el humo cuando Pontiac del 72 entró en la calle como
si lo condujera el mismísimo Lucky Luciano. Un minuto
más tarde, Nicky Ferrasolo estaba muerto. El Barracuda
estaba en el Hudson. Lo sacaron a eso de media
mañana y el revuelo hizo que todos los niñatos del puerto
tuvieran charla para una semana. Nicky Ferrasolo ha
muerto. Se le fue el pie con el Barracuda y se salió. Se lo
tragó el río. Cosas en ese plan. Al detective Calvin Moran
le tocó redactar el informe, lidiar con la prensa y hacer
correr la voz de que Ferrasolo había cantado antes de
irse al infierno. Porque está allí. Con todas las putas de la
costa Este. Algunas, si no es uno muy escrupuloso,
todavía tienen buen tipo y cabalgan bien por unos
dólares. Moran era uno de esos polis pluriempleados. Se
Kafka en Manhattan / 3
dejaba pagar bien bajo cuerda y no se quejaba de la
mierda de sueldo que le proporcionaba la placa del
Cuerpo.
La mujer de Tommy Lugano regentaba un garito de
copas al norte de la ciudad. En sus tiempos fue un
templo de los pequeños trapicheos de toda la morralla
del barrio. Muchos trapicheos hacen un gran negocio.
Muchos grandes negocios son lo que hace que una
mierda seca como Lugano lograra ser el Emperador de
Riverdale. Un barrio como Riverdale sirve para que la
gente como Lugano no llame la atención más de la
cuenta. Una avenida principal que acaba angostada,
suicidándose en una serie de polígonos industriales y
una puñado de calles escoltándola, residencia modesta
de la vieja clase obrera que levantó este país. América
está hecha de gente como la de Riverdale. Viven por
América, trabajan por América e incluso mueren por
América. Lugano fue un americano ejemplar. Eso
pensando que América, en algún sentido, sea ejemplar
también. A su viuda, la señora Mariona Bonetti, se la vio
pasear su dolor tanto que alguno creyó que lo estaba
repartiendo entre la beneficencia del barrio. La gente
discreta, la que no hace preguntas, intimó con ella, la
consolaron, le dijeron que el mundo seguía girando y
que el mal nacido que mató a su esposo estaba en el
fondo del Hudson. Calvin Moran la siguió durante unos
días. La vio tomar café en Morocco's y comprar vestidos
en Metz & Carter, sitios en los que entrar te cuesta. No
supe de ella más de lo que decían las tiendas en las que
entraba. Y le decían que tenía gustos caros y que la
trataban como una gran señora. Además era la viuda de
un hombre respetado en el barrio, aunque Tommy
Lugano, entre la canalla del barrio, fuese un tipo
despreciable, que había amasado su fortuna poniendo el
pie en el cuello de mucha pobre gente, a la que estrujó
hasta que reventaron. A Moran no le importaba una
mierda quién pusiese el pie y quién lo sintiese en el
cuello. Cualquiera que pudiera pagarle podía hacer lo
que diese la gana con su pie o con su estómago. El
suyo, el de Moran, admitía una copa más, dos si la
noche se ponía de cara. La tercera podía ser un elefante
indio desatado y loco. El trabajo requería paciencia.
Dosis generosas de paciencia. Podía estar una tarde
entera metido en su Cadillac sin despertar sospecha
Kafka en Manhattan / 4
alguna. Podía dormir en el Cadillac sin temor a que nadie
aporrease la ventanilla y le pidiese cuentas. Era un
Cadillac espacioso y la radio sintonizaba muy bien las
emisoras de la ciudad. La KMW ponía los viernes un
maratón de blues del Delta que no se perdía nunca. En
una ocasión dejó que se escapara un tipejo irrelevante al
que seguía por no salir del coche y no poder escuchar a
Sunnyland Slim. El día en que programaban un especial
dedicado a Muddy Waters, Calvin Moran no patrullaba.
Así son las cosas. Si uno infringe estas normas, se puede
venir una vida entera abajo. Dejas de ser honesto
contigo mismo y terminas perdiéndole el respeto a
cualquiera. Puedes ir con un pistolón del demonio en la
chaqueta y tener un alto sentido del honor, por decirlo de
alguna manera. Puedes haber mandado al infierno a
treinta cabrones y sentir que se te muere el corazón
cuando Muddy Waters te dice al oído que es un chico de
campo y que el amor le destrozó cuando llegó a la
ciudad. A Calvin Moran le gustan esas historias íntimas,
de gente con los dientes rotos que te cuenta la gran
pastoral de su vida, la de los golpes en la oscuridad y la
de la nostalgia de la infancia. En ese momento, cuando
el viejo Waters enfilaba el final del blues, Mariona Bonetti
salía de Harper's con cien bolsas en las manos. Esta
historia comienza con Muddy Waters en la radio y con
Moran, en la acera, ayudando a la viuda a recoger unas
cuantas bolsas del suelo. Esas son las cosas que al final
se recuerdan. Piensa uno en qué habría pasado si
hubiese sido honesto consigo mismo y no hubiese
interrumpido el blues por estar cerca de un par de
gloriosas tetas.
Era más baja de lo que le habían contado o de lo que
desde lejos, cuando la seguía, aparentaba. Tenía esa
distinción que hace en algunas mujeres que no
pensemos en nada sobre su altura o sobre si son gordas
o están en las guías. No era de una belleza arrebatadora,
pero podría enloquecer a un retratista porque en su cara
escondía el plano del cielo y el del infierno y solo hacía
falta que alguien los sacase de allí y los pintara en un
lienzo. Moran no había cogido un pincel en su vida, no
había leído un libro entero jamás y no tenía interés
ninguno en cambiar esas dos certezas, pero Mariona
Bonetti era la dulzura absoluta, ese tipo de mujer que
nublan la cordura y hacen que un hombre bueno abrace
Kafka en Manhattan / 5
sin rubor el pecado o que un hombre en pecado, como
el propio Moran, se esmere en él y alcance grados de
perversión impensables antes.
-Me llamo Calvin Moran, señorita - dijo
La viuda Bonetti no se inmutó, no expresó ninguna
sorpresa y tampoco impidió que Moran se cargase de
bol sas y se quedase al l í enf rent e, pasmado,
ridículamente útil. Se limitó a llamar un taxi y a
comprobar que su chico de las bolsas la seguía mientras
el automóvil iba deteniéndose a pocos metros de donde
estaban.
- Me llamo Calvin Moran, señorita...- repitió
- Sabe usted mi apellido como yo sé que hace días que
me sigue en su Cadillac. Si no quiere perderme para
siempre de vista, haga el favor de meter las bolsas en el
taxi, meterse dentro y no decir una palabra hasta que yo
se lo diga - replicó la mujer al tiempo que detenía al taxi
y se quitaba las gafas de sol.
Moran cumplió como un soldado y estuvo callado la
siguiente media hora. Cuando bajaron del taxi, estaba
anocheciendo. Era un barrio distinguido, el barrio en
donde los clientes pagan grandes cantidades por los
trabajos sencillos. Fotos de fulanas chupándosela al
marido. Ese era el preferido de Moran. Viejos con mucha
pasta que bajaban a la ciudad a emborracharse en los
burdeles. La casa era la segunda vivienda de los
Lugano. Espaciosa, inclinada al bosque, semejaba
ciertas villas de la corte romana que a veces el cine
ofrecía en lujoso cartón piedra. Una criada sacada de
Tara, más negra que una pinta de Guinness aligerada de
un solo trago con los ojos cerrados, se encargó de
arrebatarnos las bolsas. Moran no vio cobrar al taxista,
pero solo pensaba en Mariona, en Mariona, en la dulce
Mariona, que le había convertido en lo que nunca quiso
ser, en el ser vulnerable del que las mujeres pérfidas se
valen para entretenerles la cama o para enrabietar al
marido. Como Lugano estaba bien muerto, Calvin
decidió que estaba bien lo de la cama. Incluso aceptó la
idea de malograr su reputación. La negra de Tara les
abrió una puerta doble, acristalada. Lo que menos
esperó Calvin es que acogiera una biblioteca, y no
precisamente una endeble, justa en volúmenes. No había
Kafka en Manhattan / 6
una pared que no tuviese un ristra de baldas
encomendadas de libros. Solo una chimenea, que a él le
pareció fabulosa, distraía esa visión pura de lomos
arrimados a otros lomos, de libros reproducidos
indecentemente, pensó. No hay nadie que tenga el
tiempo que esos libros requieren. Ni mucho menos el
zafio de Lugano, que podría haber sido un excelente
hombre de negocios o un estajanovista del crimen de
medio pelo, pero no un buen lector.
- El señor Lugano no venía nunca por aquí, ¿verdad? - se
atrevió a decir Calvin.- Y por cierto, ¿quién coño es
Kafka?
- Escribió de tipos como tú. Cucarachas. Porque tú eres
una bien gorda, Moran. Puedes servirte un whisky para
brindar conmigo.- contestó Mariona.
- Por el cabrón de Kafka, por tu marido, por las
cucarachas - sentenció Moran elevando el vaso redondo,
muy historiado, ancho de boca y de un cristal que no él
no hubiese pagado ni con cinco trabajos de gordos del
barrio yendo de putas a la gran ciudad.
- Sabes brindar. Todos los detectives saben escoger bien
las palabras. No tienen estilo, no han leído nunca a
Kafka, pero eligen las palabras mejor que todos los
plumillas de Times Square.
- Pero no vale de mucho cuando te encañonan en un
callejón. Vale de nada. He visto a compañeros con la
barriga abierta a los que no les ha servido de nada
hablar mejor que Aristóteles. ¿Se llamaba así? ¿Qué era?
Un charlatán romano, ¿no?
- Eres encantador, detective. Era griego, y no era un
charlatán. Imagino que llevas razón, pero hoy nadie te va
a abrir la barriga. Hoy no, por lo menos. Pero te estás
metiendo en un barrizal y llevas los zapatos muy limpios.
- ¿Qué hubiera hecho tu Kafka en mi caso?
- Irse a un hotel barato, encerrarse en una habitación.
Pediría con mucho pudor que no les molestasen y se
tiraría un mes escribiendo. Sin levantar cabeza.
- ¿Y las cucarachas? ¿De qué le sirven? Yo las piso si me
cruzo con ellas. Solo pensar en ese bicho asqueroso,
incrustado en la suela de mi zapato, me da asco. ¿A ti
Kafka en Manhattan / 7
qué te parece?
. Las cucarachas siempre sirven en la batalla. Cuando
termine el combate, salen de su escondrijo y se pasean
por el campo. Huelen los muertos y se ponen encima de
sus barrigas abiertas. Allí dejan sus huevos. Así
funcionan las cucarachas. Les gustan los lugares secos,
los lugares calientes. Ponen catorce o quince huevos,
metidos en una capsulitas del tamaño de una lágrima de
un niño. En los doscientos días que viven, ponen doce o
trece capsulas de ésas. Haz la cuenta, detective. Una
cucaracha, antes de irse al infierno, deja más de cien
criaturas hechas a su imagen y semejanza. El mundo es
de las cucarachas. Kafka lo sabía muy bien. Soñaba con
cucarachas. Llegó a pensar que él mismo era una de
ellas.
- Sabes mucho de cucarachas. ¿Te has doctorado en
alguna universidad europea? No salgo de mi asombro.
Una mujer tan hermosa, casada con un cazurro tan
cazurro, y tan inteligente. Kafka se enamoraría de ti,
seguro.
- He leído. Cuando mi marido se iba de putas, yo me
metía aquí y sacaba un libro al azar. Cuando mi marido
se metía tres días en el despacho para hacer mil
llamadas y cerrar mil negocios, me metía aquí y sacaba
libros. Había días que me ponía al día en arte etrusco.
Otros, me empapaba de metafísica. Los días de lluvia,
nada mejor que unos cuentos victorianos. Deberías leer,
detective Moran. Quien lee, tarda más en morir.
- No tengo tiempo. En mí manda mi barriga. Antes de
que un hijo de puta la abre con un balazo, la quiero
contenta. Le doy todo lo que le pido. No hay día en que
no le tenga un detalle, una atención, un bocado
exquisito. Y además no engordo. Me conservo bien.
- Eres un artista de las palabras, detective. Me pregunto
si no harías fortuna escribiendo.
- No, preciosa. Se me da mejor vigilar viudas. O matar
cucarachas.
- Y esa será una de las últimas cosas que hagas.
Después de esta charla, me estoy planteando muy
seriamente dejar que vivas. Además de leer a Kafka, me
gustan las novelas de asesinatos. Mi favorita es Agatha
Kafka en Manhattan / 8
Christie. Las hay mejores, pero Agatha fue una pasión
adolescente, y no le he perdido el afecto. No tendré
palabras suficientes ni sabré elegir las adecuadas para
agradecer que la dueña de esta casa, que compró
Tommy en uno de sus negocios sucios, fuese una lectora
tan voraz. O quizá ya venía con los libros cuando la
hicieron.
- Te vas por las ramas, viuda. Hablas de libros y de
muertos. Yo creo que no vale nada todo lo que estás
diciendo. Responde, ¿Me van a matar por seguirte?
- Hace mucho tiempo que estás muerto, detective. Solo
te estoy poniendo al día. Me has caído bien. Hace
tiempo que no me lo pase tan bien hablando con un
cadáver.
- ¿También mandaste matar a Ferrasolo? No era mal
tipo...
- Vio lo que no debía, entró cuando no debía. Está bien
que cumpla su trabajo. Cobró su pasta por quitar de la
circulación al asqueroso de Tommy, pero no respetó el
horario. Si hubiese llegado un poco antes, o un poco
después... Pero tuvo que llamar en ese momento, y ver
lo que no debe verse.
- Espero tener más suerte que Ferrasolo. Muddy Waters
está conmigo. Tú tienes a Kafka, quién coño sea, pero
Muddy Waters nunca me ha dejado tirado.
Ahí es cuando Moran perdió todo el interés en la viuda.
Recuperó el sentido común, pensó en la flaqueza del
corazón, en lo venenosa que es la carne. Tiró el vaso de
whisky, el vaso bonito, contra la estantería en donde
estaba Kafka. El resto no duró más de un minuto. Empujó
a la gorda de Tara, abrió a patadas la puerta del hall y se
perdió en el bosque, como un animal al que acaban de
perdonar la vida y huye, herido, buscando refugio en una
cueva. Tenía unas cuantas pistas, tenía una corazonada.
Los detectives, cuando están sentenciados por sus
enemigos, son gente peligrosa. Ni Kafka está seguro en
Manhattan. Echó de menos su Cadillac. Pensó en Muddy
Waters.
Al ber t o Gr anados
Samuel
Espadas,
detective
privado
-Siento haberte hecho daño. De verdad,
mujer... es que me he asustado y...
-No te preocupes, Samuel. Son las cosas
del oficio, ¿qué te voy a contar a ti? ...
Samuel Espadas, detective privado / 10
-Siento haberte hecho daño. De verdad, mujer... es que
me he asustado y...
-No te preocupes, Samuel. Son las cosas del oficio,
¿qué te voy a contar a ti?
-Si el caso es que tu cara me sonaba... –Samuel omitió
piadosamente que la encontraba un poco más gorda,
más estropeada, envejecida-. Y desde que estoy con el
caso de Calvin Moran, vigilando a esa viuda, creo
haberte visto unas diez veces o más, pero cuando ha
saltado la alarma, cuando he comprendido que alguien
me seguía, me ha salido el oficio y te he tendido una
trampa. Tú hubieras hecho igual, supongo.
-Que no te preocupes, hombre. Yo he sido la que he
metido la pata, como si fuera una novata... y llevo ya
más de diez años en el oficio, pero se ve que aún me
queda mucho que aprender... ¡Qué porrazo me has
dado!
-Es que con el casco no he sabido que fueras una
chica, Elvira. Además, la vigilancia de la viuda que
mandó cargarse a Calvin me tiene muy tenso. Sale del
hotel y viene a la casa de Michael Cobovsky, un poeta
que inventa verbos imposibles, como “desvertigar”,
que viene a significar perderle el miedo a la altura...
¡Qué harán todo el día juntos en esta casa modesta!
¿Qué puede tener en común esa arpía con un hombre
al que todo el barrio aprecia...? No lo entiendo. Hizo
que mataran a Moran en las cercanías de Mahnattan y
alguien me ha entregado mucha pasta, pero mucha,
para que la siga y envíe correos dando informes. Sólo
eso. Lo veo tan simple que me huelo algo turbio, de ahí
mi alarma al comprender que me seguías, y el daño
que te he hecho.
-¡Que no te preocupes, hombre! Y además, chica o
chico, esta profesión tiene el riesgo que tiene y ya
está.
-¿Y por qué me sigues, si puede saberse? ¿No trabajas
para la gente de la viuda? Porque son muy peligrosos,
de ahí mi temor. He consultado con un cubano de
Miami, quien a su vez ha preguntado a conocidos
suyos de Nueva York y la viudita se la trae: ha sido la
novia de lo más selecto del hampa... Claro, se viene
Samuel Espadas, detective privado / 11
aquí, a esta ciudad provinciana y chismosa, y no me
cuadra nada y menos aún que alguien me vigile a mí,
aunque tú asegures que esta gente nada tiene que ver
y que lo tuyo es mucho más sencillo.
-Samuel, no puedo decirte ni quién es mi cliente ni lo
que pretende. Ya sabes que aquí no somos como los
detectives americanos, sólo tienes que mirarte a ti
mismo o ver que yo sólo soy un ama de casa
cuarentona, con aspecto de maestra o enfermera,
alguien que jamás levantaría sospechas. Pero a mi
cliente le debo esa confidencialidad y...
***
-El vira, que ya nos vamos conociendo. Desde que me
ayudas a vigilar a la viudita mientras me vigilas a mí
nos hemos contado nuestras vidas y nuestros
desconsuelos y ya nos conocemos como si fuéramos
un viejo matrimonio. Mira, no hay quien me quite de la
cabeza que detrás de esto anda mi mujer. Cree que se
la pego, simplemente. Todo el día leyendo novela
negra y se cree que esto es como en América, donde
el detective es alto, joven, musculoso y siempre hay
una rubia que lo besa con labios impregnados de
bourbon.
-No puedo decirte nada, Samuel.
-Si es que mi mujer está tan obsesionada que ya me
dice Sam... Sam Spade... ¿Qué se creerá que hago
cuando estoy horas y horas en la calle? ¿Cómo me
verá? ¿Un donjuán? Pero si estoy calvo, me sobran
kilos y tengo una acidez que estoy medio día
masticando Almax...
-Mi marido tampoco cree que este trabajo sea un
aburrimiento. Ni acepta que no tenga ganas de rollo
cuando llego a casa, reventada de seguir a tipos
insustanciales cuya vida no me importa nada. Él
también cree que se la pego, el muy imbécil...
***
Dos detectives asesinados
La pareja ha sido abatida en la habitación de un hotel de
mala reputación
(AGENCIAS) Los detectives Elvira López y Samuel Espadas
Samuel Espadas, detective privado / 12
han aparecido muertos a consecuencia de una ráfaga de
ametralladora en una habitación del hotel Paradise, un hotel
tradicionalmente usado por las parejas furtivas para sus
encuentros amatorios. El lugar no desentona en absoluto con
el crimen, ya que ambos cadáveres yacían desnudos en la
cama de la habitación, según ha podido saber la redacción de
este periódico.
Según parece, el hotel está próximo al domicilio del poeta
recientemente premiado con el Nobel, Michael Cobovsky.
Esta circunstancia permite al Grupo de Homicidios abrir una
línea de investigación que conduciría a la viuda de Bonetti,
un conocido miembro de un cartel americano que traficaba
con coca colombiana en nuestro país. La viuda pasaba todo
el día junto al creador, sin que se haya podido establecer la
naturaleza de tan estrecha relación, aunque el mundo
editorial sospecha que ella ha financiado la lujosa edición de
las obras del autor, una extravagancia ya que la edición
lujosa de poesía no es muy frecuente.
Se sabe por las primeras investigaciones que ambos
detectives estaban siempre juntos desde hace unos meses.
Todo parece indicar que él hacía la vigilancia de la casa del
mencionado poeta. Lo que resulta una incógnita para los
investigadores es la presencia de la mujer junto a Espadas,
por lo que se están desatando toda una serie de rumores en la
ciudad...
***
Susana García, viuda de Samuel Espadas, arroja el
periódico a una papelera. Después arranca el coche y
se dirige al pantano. Cuando está atravesándolo,
acciona la ventanilla automática de su Ford y tira a las
negras aguas la bolsa que contiene la pequeña
ametralladora con que se vengó de su marido y de
“esa perra en celo”.
-Os creíais que me la ibais a pegar... –dice mientras se
limpia las lágrimas.
Mar i el a Rapet t i
Trío peligroso
Mariona Bonetti, apenas cubierta por una
sábana, dormía en la cama de Michael
Cobovsky. Dos copas en el suelo, una de
ellas rotas, y la botella vacía podían hacer
creer a cualquier observador que aquella
había sido una noche de pasión...
Trío peligroso / 14
Mariona Bonetti, apenas cubierta por una sábana,
dormía en la cama de Michael Cobovsky. Dos copas en
el suelo, una de ellas rotas, y la botella vacía podían
hacer creer a cualquier observador que aquella había
sido una noche de pasión.
Cobovsky estaba frente al espejo del baño y desde la
puerta entreabierta se lo podía ver acariciando su
barbilla, sin terminar de decidir entre afeitarse o dejarla
c r e c e r u n dí a má s . Si e mpr e h a bí a s i do
quisquillosamente prolijo con ese tema, pero para estar
cerca de Mariona convenía tener una imagen más
dura. Se preguntó por duodécima vez cómo había
terminado envuelto en aquella locura justamente él,
poeta sensible; todo por no saber decirle no a Rigo
Granadetti. Se habían criado juntos, compartiendo los
juegos de la niñez. Después la vida quiso que Rigo
criara músculo mientras él cultivaba el seso. Siguieron,
sin embargo, inseparables. Rigo nunca dudó en
sacarlo de apuros cada vez que un marido celoso
aparecía en escena, los acreedores pretendían cobrar
cuentas e inclusive con aquel tipo argentino, que
competía con él por un importante premio literario. Sin
querer enterarse jamás de los detalles, Michael
sospechaba que los métodos persuasorios que
utilizaba Rigo para alejar a quienes lo molestaban
podían rozar la violencia. Una leve sospecha, levísima,
hasta que apareció en su casa cubierto de sangre.
- Me cargué a Moran -le dijo, como quien dice hola.
- Antes fueron Lugano y Ferrasolo -continuó inmutable-
y serán todos los que ella me mande que sean.
Lo hizo pasar y hablaron hasta la madrugada de
Mariona, de Lugano, de los negocios turbios en los que
estaba involucrado. Cuando ya no hubo nada que
agregar, Rigo recordó uno por uno todos los favores
que Cobovsky le debía.
- No quiero ayuda para mí, es a ella a quien hay que
salvar, yo soy sólo una cucaracha. La siguen dos
detectives. Estoy loco por ella, Mike. Me lo debes. Sólo
tienes que distraerlos mientras yo me ocupo de los
problemas. Volveré cuando todo esté en orden.
Desde ese día fingen ser amantes él y la viuda. Se
dejan fotografiar en lugares públicos, en bibliotecas,
Trío peligroso / 15
cines, museos. Hablan durante horas de literatura en
aquel restaurante de moda hasta olvidarse, por
momentos, de sus perseguidores y de Rigo. Algunas
noches, como ésta, duermen juntos en la misma casa,
aunque no comparten la cama. No todavía.
Mi guel Cobo
Delirium
tremens
La cabeza me da vueltas. Un acelerador
de partículas. Centrifugado de neuronas.
Cubitos de hielo amarillo al trasluz del
cristal con insectos intactos. Tanto no he
bebido. Alguien debió inyectar poison al
bourbon...
Delirium tremens / 17
La cabeza me da vueltas. Un acelerador de partículas.
Centrifugado de neuronas. Cubitos de hielo amarillo al
trasluz del cristal con insectos intactos. Tanto no he
bebido. Alguien debió inyectar poison al bourbon. Su
brillo áureo me deslumbra. Mariona no está. ¿Cuánto
tiempo ha pasado…¿un minuto?...¿un día?...¿una
eternidad? Las sábanas aún huelen a sexo. Perfume de
algas en sus braguitas descuidadamente enrolladas.
Desde la ventana contemplo la calle transitada por
tipos extraños. Neones oscilantes que suenan a blues.
Veo visiones. El viejo diner del Greenwich Village y sus
cuatro halcones de la noche. Creo reconocer a
Mariona. Fue allí donde empezó todo. El encuentro
casual en la New York Public Library de Manhattan,
meses antes de la concesión del Nobel. La seducción.
El viaje. La aventura. Ahora la cama está revuelta y mi
cabeza aún más. La sangre iluminada por el
resplandor del orgasmo. ¿Por qué la pequeña muerte
ha de hacerse grande? Montaña rusa de recuerdos
vertiginosos. Estaciones. Sirenas. Estibadores en el
muelle. Barcos bajo el puente de Brooklyn. Andenes.
Niebla. Ciudades con mar y espías. Un invierno en
Lisboa… Pero no. Eso fue hace mucho tiempo.
Flashback de faros en la autopista. Travelling fugaz. Un
Plymouth Barracuda. Humo azul de un Chesterfield sin
apagar. El Pontiac del 72. El dragado del Hudson.
Aquellos tipos de película. ¿Realidad o ficción? (¡Mi
cabeza!) Ferrasolo. Lugano. ¿Por qué tanto interés de
Mariona en que yo contara la historia? Precisamente
ahora que he alcanzado la gloria. ¡El Nobel! Su miseria.
Habría preferido ser el negro de Truman Capote. A
sangre fría. ¿Y aquel tipo vulgar?... Calvin Moran. Quizá
no lo fuera tanto. Muddy Waters en la radio del viejo
Cadillac. Vulgar, tal vez, pero un tipo listo. De los que
saben ver los planos del cielo y del infierno en la
belleza de una mujer. ¡Calvin Moran! Otro fiambre. ¡Uf!,
la cabeza… ¿¡Quién anda por ahí!?... ¡Maldito gato
negro! Lo sabes todo tan bien como yo y quieres
acojonarme. Esta tremenda procesión fúnebre. Suma y
sigue de cadáveres… Mas no lo quiero escribir. No sé.
Soy un poeta. El crimen no admite metáforas. En
historias como ésta un endecasílabo cuenta 11 balas.
Más que un poeta soy un farsante. Un embaucador
embaucado. Un falsificador del lenguaje. Bellas
Delirium tremens / 18
palabras para engatusar a femmes fatales. Mariona
Bonetti. ¡¡Cucarachas!! Otra vez Kafka en Nueva York.
¡Horror! Cucarachas subiendo por las sombras de mis
manos que proyecta el flexo sobre la página en blanco.
Correteando por ellas, fugitivas, como versos esquivos.
Grafías vivas del submundo urbano. Espectros
insectados de Elvira, de Samuel, del vaciado visceral
de esta orgía de muerte. Y mi cabeza que gira y
crepita como un disco rayado. Arden las sienes. Y el
sueño que reniega de la noche. ¿El sueño?... ¡El sueño
eterno! Otra vez ese ruido…No es el gato esta vez...
¿¡Quién es...!?... ¿Mariona?... ¡No!...Eres tú, Raymond
Kiss Chandler... ¿Qué haces aq…?
Ramón Besoní as
Balada de un
hombre
muerto
¡Más quisiera yo haber sido atravesado
por un 45! Probar en una oscura esquina
de tugurio la amarga hiel de Mariona
Bonetti, con tal de estar a menos de un
metro de su anatomía...
Balada de un hombre muerto / 20
¡Más quisiera yo haber sido atravesado por un 45!
Probar en una oscura esquina de tugurio la amarga hiel
de Mariona Bonetti, con tal de estar a menos de un
metro de su anatomía. Emular el andar pausado y
seguro de Calvin Moran, mientras fuma, sombrero de
soslayo, su Gitanes sin filtro. Poseer siquiera un gramo
de la astucia de Samuel Espadas, y saber, sin apenas
mirar la escena del crimen, el nombre del asesino.
Haber leído a Kafka, y no estas novelas de papel
amarillento que compro al peso cada vez que paso por
el bar Cobo, camino de Valdepeñas.
¡Más quisiera yo haber tenido una muerte de cine!
Merecer el calibre a causa de una mujer que congele
el iris con solo mirarla. En cambio, un hombre como yo
tiene el final que esperaba. Podría haber sido peor,
podría haberme dormido en una curva y morir al
instante, o abrasado, o ahogado entre cascotes. Pero
no, quiso el azar que fuera allí, en una sucia habitación
de tres por cinco, con bidé y cama, una habitación de
club de alterne, en el kilómetro tres, a la altura de La
Carolina. Un lugar en ninguna parte, donde solo paran
quienes nada desean, salvo unos minutos de placer
compr ado, y ol vi dan que sol o son per r os
vagabundeando, motas que un viento peregrino
mueven y hacen desaparecer al instante. Y quiso
también el azar que fuera ella, una puta de diez euros
quien cerrara capítulo, no una femme fatale elegante,
de voz que susurra y boca que condena. No lo vi venir.
Nadie lo hubiera visto. ¿Quién espera que en plena
faena, con la polla a punto de reventar, te rebanen el
cuello como quien pela una sandía? Al menos la última
imagen antes de ahogarme en mi sangre fueron dos
tetas, operadas, sí, pero redondas, inabarcables, más
que suficientes para un camionero acostumbrado hace
tiempo a creer que tres cubatas al día y un polvo cada
semana son el paraíso.
Quizá hubiera sido mejor decirle a la vejiga que
aguantara, que no entrara en aquellos lavabos de
gasolinera, que no eligiera el váter estropeado, que no
mirara dentro del tanque, que no hubiera encontrado
aquel paquete, que lo hubiese dejado allí. Pero no,
tuviste que llevártelo, maldito imbécil, tuviste que coger
la puta droga. Dejaste que te vieran, que siguieran tu
rastro hasta el club Pleasure. Que el destino
Balada de un hombre muerto / 21
multiplicara su desdén y quisiera que aquel lugar
perteneciese precisamente a los dueños del paquete.
Y para colmo, tuviste que beberte todo un puto lago de
ron con Coca-Cola antes de subir a aquella habitación
con la primera puta que te ofrecieron. Paola, se
llamaba. Muy delgada para tanta teta, muy zorra para
tan poca edad. Ni siquiera se prestó a chuparme la
polla. Mucha prisa tenía por rebanarme. Al menos me
voy de este mundo como vine, dentro de un coño
mullido y caliente.
Me gusta pensar que sonreía mientras Paola hacía su
trabajo, que al menos mereció el precio del trayecto,
que el goce de un instante justifica la putada de morir
de esta forma. Que quizá, visto desde fuera, sobre el
papel amarillento de mis novelas preferidas, al menos
parezco -aquí, sobre estas sábanas sudadas, potro a
lomos de su matarife- uno de sus personajes, tocado
por la mala suerte, cuyo idea de felicidad se resume en
echar un buen polvo y apuntar bien con su 45.
Ustedes dirán, si es que hay alguien ahí que puede oir
mi historia, que quiera contarla, quizá escribirla. Un
día, con suerte, puede que aparezca en el bar Cobo,
vendida al peso junto a otras, para que otro infeliz
borracho sueñe estar vivo al menos mientras lee.
I nvi t a l a casa
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