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Lima, domingo 30 de marzo del 2014 El Dominical

INTELECTUAL. Célebre retrato de sor Juana Inés de la Cruz por Miguel Cabrera. Ca. 1750. Su cel-
da en el convento de San Jerónimo tenía dos pisos y en uno de ellos estaba su biblioteca.
Los enigmas de
Sor Juana
“Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe”es uno
de los ensayos más recordados de Octavio Paz. En sus
más de seiscientas páginas el autor se adentra en la
vida y obra de la célebre monja novohispana. “
El enigma de sor Juana Inés de la
Cruz es muchos enigmas: los de la
vida y los de la obra”, escribe Oc-
tavio Paz en el prólogo de uno de
sus ensayos más recordados. En este texto
amplio, multidisciplinario, cargado de re-
flexiones históricas, de matices psicoana-
líticos, y de crítica literaria, se revela toda
la vena ensayística del autor mexicano.
Paz utiliza la figura de sor Juana Inés
de la Cruz como un enigma, y a partir de
ahí cuenta e hilvana hechos y suposicio-
nes, acontecimientos y mitos, sobre su
vida. De esta manera, humaniza y saca a
la luz a esta figura paradigmática de las
letras mexicanas en una época poco es-
tudiada como el interior de la corte de la
Nueva España del siglo XVII.
***
En este ensayo, Paz aborda los tres mis-
terios que han rodeado a la existencia
de sor Juana: su origen y su nombre, los
motivos por los que se hizo monja y las
causas por las que renunció a la escritu-
ra en plena madurez intelectual.
Sobre el primer punto, el autor mexi-
cano concluye que ella fue hija ilegíti-
ma de Pedro Manuel de Asbaje y Vargas
Machuca, y que nació probablemente
alrededor de 1648, en San Miguel Ne-
pantla, una alquería en las faldas del
Popocatépetl. Esto a raíz de un acta ha-
llada en la parroquia de Chimalhuacán,
a cuya jurisdicción pertenecía Nepant-
la, en la que se asienta el bautizo de una
niña, el 2 de diciembre de 1648, con el
nombre de “Inés, hija de la Iglesia”.
Sin embargo, poco o nada se sabe del
padre, solo que era un caballero vizcaí-
no. Juana Inés fue criada, entonces, con
su familia materna, unos criollos de ori-
gen andaluz, donde, algo inusual para
la época, las mujeres tuvieron siempre
un papel preponderante. Su madre, do-
ña Isabel Ramírez de Santillana, regen-
tó los bienes familiares por más de trein-
ta años, hasta su muerte en 1688.
Entre lo poco que se sabe de su in-
fancia, se dice que Juana fue una niña
precoz. En su célebre “Respuesta a sor
Filotea de la Cruz”, cuenta que a los 3
años logró que la maestra de una de sus
hermanas le diese lecciones y a los 6 o 7
años ya sabía leer y escribir. “Entonces se
le ocurrió pedir a su madre que la envia-
se a la universidad vestida de hombre.
Ante la previsible negativa, se consoló
estudiando y leyendo en la biblioteca de
su abuelo. Para aprender gramática, se
cortaba cinco o seis dedos de pelo y se
los volvía a cortar si, en un plazo que ella
misma se fijaba, no había aprendido la
lección”, escribe Paz.
***
Paz trata de dilucidar los motivos que
llevaron a sor Juana, a los 20 años, a op-
tar por la vida conventual, después de
haber destacado “por su belleza, su inge-
nio y su saber”, en la corte de los virreyes
de Mancera. En este asunto, la ausencia
paterna fue clave. Al no tener un padre y
una dote, ella estaba imposibilitada para
el matrimonio y, de acuerdo a los cáno-
nes del siglo XVII, el único camino que le
quedaba para su realización era el con-
vento. Paz desestima, por ello, las tesis
de la decepción amorosa o de la repenti-
na vocación espiritual.
En una interpretación psicoanalítica,
Paz advierte que sor Juana siempre bus-
có remediar esa ausencia paterna a tra-
vés de su padrastro y de su abuelo, quien
la inició intelectualmente en la soledad
de su biblioteca. En ese espacio, al pare-
cer, la niña se sentía feliz y segura. Algo
que buscaría restituir en su época adulta
en la celda monacal. “Al enclaustrarse,
Juana Inés consuma el movimiento de
repliegue al que he aludido ya más de
una vez. Es una operación de retorno a
la situación infantil, una verdadera clau-
sura. La celda-biblioteca es la caverna
maternal y encerrarse en ella es regresar
al mundo del origen”, escribe el autor
mexicano.
De esta manera, Octavio Paz quita,
poco a poco, los velos que cubren la vida
de esta mujer y dice con razón: “No bus-
co saber sino vislumbrar quién fue Juana
Inés”. Y vaya si lo logró.
MIGUELCABRERA
JorgeParedesLaos