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Lima, domingo 30 de marzo del 2014 El Dominical

maestro
Gracias,
“Paz supo que la poesía no está en el poeta sino en el lenguaje, y que
el poeta oficia entre el lenguaje y el lector”, sostiene el crítico literario
Julio Ortega quien comparte en estas páginas un valioso aporte reflexivo
al poder de la palabra de Paz.

El presente es perpetuo”, resumió
Octavio Paz desde su fe radical en
el lenguaje, que fue el centro de
su poética. Hoy el presente es una
enunciación: lleva la fuerza del instante.
Pero el desafío de Paz declara su aventura:
no hay sino presente. Los poetas dema-
siado fecundos nos resultan incómodos
porque prolongan la charla. Nuestros
protocolos se han hecho más urbanos y
coloquiales. Gracias a esa economía ex-
presiva, Jorge Luis Borges ha sido recu-
perado como poeta de la concisión. José
Emilio Pacheco demostró que la voz y la
escritura se funden en el acto de cedernos
la palabra. Neruda, en cambio, sintió la
obligación de cantar la historia, el paisaje
y el pueblo: su monólogo es planetario. Lo
definió mejor Paz: “la monotonía geográ-
fica de Pablo Neruda”.
DECIR Y DESDECIR
Paz desarrolló su largo diálogo con el lec-
tor como una auscultante, urgida y fecun-
da indagación de la poesía misma, de su
dicción moderna, afincamiento histórico,
y poderes prometidos. El poema, descu-
brió Paz, es la convocación de la poesía,
el ritual de su deseo, la búsqueda renova-
da de su felicidad compartida. Como los
grandes modernistas (Mallarmé, Eliot,
Vallejo), Paz supo que la poesía no está en
el poeta sino en el lenguaje, y que el poeta
oficia entre el lenguaje y lector. Por eso,
JulioOrtega*
pero no por sus poemas sino porque fue
capaz de vivir con dos esposas. Era, no sin
buenas razones, crítico puntual del volun-
tarismo de las izquierdas tanto como del
fundamentalismo del mercado.
MODERNIDAD RESIDUAL
Paz nos dice que somos una parte excén-
trica de Occidente, pero no lo dice con
entusiasmo sino con resignación: la mo-
dernidad es residual, nos ha hecho perder
el mundo natural, y nos ha convertido en
sujetos del mercado universal. Buscaba un
centro articulatorio, un afincamiento no
solo en la convicción poética, sino en una
significación que hiciera del arte la verda-
dera conciencia del ser y estar, del pensar y
actuar, del hablar y callar. Paz debe haber
sido el último poeta del modernismo inter-
nacional, cuya fe en el poder de la poesía
como eje central hacía del poeta una suer-
te de sacerdote responsable de la palabra,
tanto de la privada como de la pública, y cu-
ya idea de la autonomía del arte –o, por lo
menos, de su suficiencia– hacía de la poesía
un lenguaje del esclarecimiento. Le debe-
mos las gracias por esa lección.
El mejor tributo a sus muchos traba-
jos es leerlo en el horizonte dialógico que
ayudó a forjar como el proyecto de una
conversación con las grandes operaciones
artísticas de la modernidad reapropiada
como nuestra. Nos ha hecho contemporá-
neos de la comunidad de la lectura.
*Crítico literario
CARLOS
FUENTES.
El también
escritor
mexicano
fue unos de
sus grandes
interlocuto-
res.
El poema,
descubrió Paz, es la
convocación de la
poesía, el ritual de su
deseo, la búsqueda
renovada de su felicidad
compartida.
la práctica poética de Paz está hecha por
el doble movimiento de decir y desdecir.
Y también por eso, corregía una y otra
vez sus poemas, incluso los publicados.
Su método de escritura pasaba por esas
etapas de autocrítica rigurosa y pasión
del oficio. La segunda edición de su poe-
sía reunida fue más breve que la prime-
ra. La autocrítica no fue una duda sobre
la poesía sino, lo que es más interesante,
afirmaba su fe en la poesía. De inmediato
reconocemos el ardor de su lenguaje, la
tensión de su prosodia, el vigor de su clara
inteligencia.
POEMA EN EL PAJAR
Para no dejar de leerlo, hay que recuperar-
lo como intelectual serio (hecho en la ca-
pacidad de dudar, incluso de sus propias
opiniones); como poeta lúcido (siempre
buscando el poema en el pajar del lengua-
je); como ensayista creativo (provocando
un debate que casi nunca logró); y como
polemista ardoroso (cuyo afán de actuali-
dad era una verdadera pasión). Al final de
su vida llegó a la melancólica conclusión
de que lo querían más en España que en
México. Sus mayores interlocutores, soy
testigo, fueron Carlos Fuentes, Haroldo de
Campos, Severo Sarduy, Pedro Gimferrer,
Juan Goytisolo, Julián Ríos, Eliot Wein-
berger; y, en México, el más sabio y mun-
dano de todos, Alejandro Rossi, con quien
uno sigue conversando. Fue amigo fiel
de Blanca Varela y Fernando de Szyszlo;
y preguntaba por un peruano de París,
Autor: OctavioPaz
Traducción: EliotWeinberger
Año: 1991