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Lima, domingo 30 de marzo del 2014 El Dominical

MARCDEVILLE/GAMMA
La encrucijada
perpetua
Basta recordar las grandes voces poéticas de México, tantas y tan disímiles,
para notar cuán distinto fue Octavio Paz en sensibilidad y actitud.
S
entarse a leer la
poesía de Octavio
Paz es imposible,
al menos simbó-
licamente, imposible. Sus
versos tienen el efecto de
las trompetas en una trin-
chera: uno siente que ten-
dría que ponerse de pie,
echar mano a las armas y
saludar al ocaso con la fren-
te en alto. Es como si las
palabras no pudieran estar
quietas en sus estrofas. Hay
demasiada vitalidad en sus
cadencias, y su inconfor-
mismo, su espíritu comba-
tivo y sediento de nuevos
horizontes, es contagioso.
IRREPETIBLE
El poeta nació bajo el ar-
diente sol de la Revolu-
ción Mexicana, a princi-
pios de 1914; su patria
todavía tomaba forma,
con una identidad a punto
de ebullición. Quizá por
eso, Octavio Paz termi-
nó por consolidarse co-
mo una figura irrepetible
dentro de las letras de su
país, de las hispanoameri-
canas y del mundo.
Basta pensar en las
grandes voces poéticas de
México, aun siendo mu-
chas de ellas tan disímiles,
para notar hasta qué pun-
to fue distinto Octavio Paz
en términos de sensibili-
dad y actitud.
LOS GRANDES
José Emilio Pacheco, re-
cientemente fallecido,
consigue despertar una
intimidad muy especial
con el lector, al convidar-
lo a enterarse del tiempo
a través de los sentidos
usuales. José Gorostiza
(autor de la obra maestra
VOZ. La poesía mexicana floreció por la aparición de grandes poetas. Pero la de Paz es una voz especial e irrepetible.
SantiagoBullard
Sus versos
tienen el
efecto de las
trompetas en
una trinchera:
uno siente que
tendría que
ponerse de pie.
“Muerte sin fin”, y proba-
blemente uno de los máxi-
mos representantes de la
poesía mexicana) echó
mano de la desolación, de
la ternura y el humor.
No hay palabras para
describir lo que Juan Rulfo
dueño de la mejor prosa
poética cultivada en Mé-
xico logró con el lenguaje,
pero sí podemos celebrar
su manera de apropiarse
de la realidad para reescri-
bir sus contornos a través
de voces fantasmales. Y no
hay que olvidar al maes-
tro José Alfredo Jiménez,
cuyas canciones todavía
se nos clavan en el pecho
como dagas salpicadas de
mezcal en la melancolía
que precede al alba. Todos
ellos escritores de talento
irrepetible, devastadores
en cada una de sus líneas
que conseguían ingresar
en la intimidad sin rodeos.
EL ESQUIVO
El estilo de Octavio Paz es
un tanto más esquivo. Es
verdad que llega a la inti-
midad, pero por caminos
más largos, como si arras-
trase una timidez esencial
que se disfraza al tiempo
que se expresa a través del
lenguaje. El resultado es
riquísimo: una forma de
concebir la poesía que no
tiene símiles en el panora-
ma de las letras hispanoa-
mericanas. Pero que, pese
a todo, nos abre las puer-
tas a una forma de ver el
mundo, de gran lirismo y
crudeza existencial: “A la
orilla, de mí ya despren-
dido,/ toco la destrucción
que en mí se atreve,/ pal-
po ceniza y nada, lo que
llueve/ el cielo en su caer
oscurecido”.
GENIO INCLASIFICABLE
Es posible que por todo
esto, en buena medida,
que Octavio Paz siga ge-
nerando disputas tan
acaloradas entre críticos
e historiadores de la lite-
ratura. Si algo podemos
decir de su estilo es que, al
mismo tiempo, es inclasi-
ficable y múltiple. Retazos
de surrealismo, lecciones
de existencialismo, inclu-
so aventuras filosóficas y
verbales que nos acercan
al mundo oriental, vía la
palabra y el silencio que
dan forma a la poesía.
Todos esos campos si-
guen siendo poco más que
chispazos en la penumbra,
grietas a través de las cua-
les el lector no puede hacer
mucho más que espiar el
universo de un genio duro,
pero amable.
El error no es del poeta
sino de los críticos e histo-
riadores que pretenden
reducir la vitalidad de un
océano de páginas y tinta
a meras etiquetas en un
esquema cronológico. No
puede negarse que algu-
nos sí consiguen captar, en
sus comentarios y análisis,
algo de la riqueza del genio
de Paz, al que también po-
demos acercarnos a través
de sus vibrantes ensayos.
Ni sé si pueda decir-
se que Octavio Paz sea el
mejor poeta mexicano de
su siglo. Lo que sí hay que
admitir es que consigue
algo similar a lo que Car-
los Fuentes logró en su
narrativa: captar, a través
de la palabra el sentir de
diferentes generaciones
no solo de su país sino de
Latinoamérica.
La obra de Octavio Paz
sigue erigiéndose como un
pilar: genial, memorable
e irrepetible. Uno a cuya
sombra, 100 años des-
pués, siguen agitándose,
intranquilas las estrofas.