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Jo y ce McDougall

ALEGATO POR UNA CIERTA
ANORMALIDAD
'
PAIDOS
Buenos Aires • Barcelona • México
INDICE
Prefacio a la edición inglesa de 1990.................................... 7
Prefacio.............................................................................. ..... 15
1. La escena sexual y el espectador anónimo .................... 29
2. Escena primaria y argumento perverso......................... 55
Antecedentes de este estudio.......................................... 58
El final de la infancia ... ................................................... 65
Argumento perverso y escena del sueño ............................ 69
Tema y variaciones........................................................... 71
3. El dilema homosexual: estud[o de la homosexualidad
femenina ........................ ........... .... ........................ ....... ..... 91
Historia edípica y estructura edípica .................. ........... 97
La imagen del padre ....................... ................................. 99
La imagen de la madre ................. ......................... .......... 110
La envidia del pene y el concepto de falo............. ... ... ... 121
La mujer homosexual y el pene...................................... 126
La relación homosexual................................................... 131
Estructura edípica y defensas del yo.............................. 137
4. La masturbación y el ideal hermafrodita....................... 145
El pecho materno y la sexualidad......................... .......... 147
El hombre y la masturbación .......................................... 154
Masturbación y psicoanálisis............... .. ................ ......... 162
5. Creación y desviación sexual........ .... .............................. 169
5
6. El anti-analizando en análisis......................................... 199
7. La contratransferencia y la comunicación primitiva.... 225
Sobrevivir es fácil. Lo duro es saber vivir. Annabelle
Borne ....................... ... ............................ ....................... .... 240
La comunicación primitiva ............................................. 246
El papel de la contratransf erencia .. ................. ............... 256
8. Narciso en busca de una reflexión.................................. 269
9. El psicosoma y el proceso psicoanalítico....................... 301
El individuo psicosomátíco............................................. 307
Psique y soma en la teoría psicoanalítica ...................... 310
Observaciones y especulaciones..................................... 335
Relaciones sexuales y objetales....................................... 338
Defensa somática y defensa neurótica ........................... 350
El cuerpo como objeto psíquico...................................... 356
10. El cuerpo y el lenguaje, y el lenguaje del cuerpo.......... 361
11. El dolor psíquico y el psicosoma .................................... 379
12. Tres cuerpos y tres cabezas ............................................. 405
13. Alegato por una cierta anormalidad.............................. 415
Referencias bibliográficas..................................................... 435
6
PREFACIO A LA EDICION INGLESA DE 1990
Me siento sumamente complacida de que este libro
se publique por primera vez en Gran Bretaña, gracias a
Jos incansables y denodados esfuerzos de Robert Young,
de la casa editora Free Association Books, quien luchan-
do contra viento y marea obtuvo los derechos de publica-
ción una década después de que la obra apareciera en
inglés en Estados Unidos.
La nQticia de esta nueva edici6n me llevó a releer
Alegato por cierta anormalidad por primera vez desde
que yo misma terminé su traducción del francés al
inglés. Rara vez un autor lee de nuevo una de sus
obras publicadas, quizá porque, según dicen que dijo
Picasso, "la única obra que cuenta es la que todavía no
se ha hecho"; pero esta reticencia puede deberse tam-
bién a una negativa a redescubrir y reconsiderar lo que
se escribió, por temor a encontrarlo deficiente, banal o
carente de las cualidades que uno quisiera adjudicar a
sus propias ideas. Esto es particularmente válido en el
campo de la investigación psicoanalítica, donde los con-
ceptos son permanentemente cuestionados y ampliados,
7
en un intento de abarcar con ellos fenómenos clínicos
que ya no parecen corroborar los conceptos clásicos.
Al releer, pues, Alegato por cíerta anormalidad, com-
probé con agrado que mi actitud hacia mi labor y hacia
mis pacientes apenas si ha cambiado a lo largo de los
años, pero también quedé sorprendida al reparar en las
hipótesis teóricas que siguieron germinando en mi
mente y me impulsaron a nuevas observaciones y elabo-
raciones. Mientras repasaba el liuro como lo haría un
crítico a quien se le hubiera encargado una reseña, pude
recoger una impresión general acerca de la motivación
subyacente que me llevó a abordar al mismo tiempo tan-
tas y tan controvertibles cuestiones teóricas complejas.
En el "Prefacio" de la primera edición ya mencioné los
sentimientos de incomodidad y malestar que me i n s t   ~
ron a redactar estas notas: la sensación de no compren-
der lo que estaba pasando (o lo que no estaba pasando)
en la situación analítica. A veces esto derivaba de la
intrincada relación transferencial-contra transferencia!
con cierto tipo de pacientes, que daba origen a estados
de malestar emocional y de cuestionamiento intelectual.
Con frecuencia esto promovía en mí el deseo de escribir
con la esperanza de lograr así una mejor comprensión de
la realidad psíquica de mis pacientes, con sus poderosos,
aunque paradójicos, dramas interiores, así como el de
tantear las barreras creadas por mi propio mundo
interno. No se me escapaba mi inquietud por el hecho de
estar aprisionada dentro de conceptos teóricos venera-
bles, que tal vez fueran el impedimento para tratar de
hallar solución a problemas clínicos complejos. Estos
conceptos abarcaban toda una gama, desde el perma-
nente examen de las pulsiones instintivas y sus desti-
nos, hasta el desafío a dicotomías tales como las de lo
edípico y lo preedípico, o las que oponían el conflicto
mental a la deficiencia psíquica, o las teorías de las rela-
8
ciones objetales a las perspectivas interpersonales. Tam-
poco creía en la validez de considerar a la perversión
simplemente como el negativo de la neurosis, ni en la
concepción según la cual neurosis y psicosis pertenecen
a dos mundos totalmente separados. Quería, con cau-
tela, abrir nuevos territorios, proponer otras hipótesis y
enfoques clínicos diferentes.
Lo que se enuncia con menos claridad, tanto en el
"Prefacio" de la primera edición como en el resto del
libro, es la actitud polémica que está en la base de estos
cuestionamientos, la marcha de protesta teórica contra
gran parte de lo que me habían enseñado a considerar
sacrosanto tanto en la teoría como en la práctica del psi-
coanálisis. ¿Quién se atrevería. a discrepar  
damente con Freud? Pese a los veinte años transcurri-
dos desde mis primeros pasos vacilantes en el campo
profesional, yo seguía pensando que criticar a Freud
equivalía a un delito de lesa majestad. ¿Y cómo podía
pretender desafiar a los teóricos posteriores a él que
tanto habían contribuido a mi creciente comprensión de
las complejidades de la psique humana y a mis propias
observaciones clínicas? Sin embargo, había diversos
aspectos de las teorías de Klein, Lacan, Hartmann, Win-
nicott, Bion y Kohut que no me satisfacían. Desde mi
temprana adolescencia, las influencias familiares me
habían vuelto algo irreverente, y esto sin duda promovía
aún más mi reacción alérgica ante cualquier huella de
religiosidad presente en las diversas escuelas de pensa-
miento psicoanalítico.
Esta mirada retrospectiva me llevó a advertir, enton-
ces, que muchos de los temas tra tados en el libro (así
como en los seminarios que sirvieron de base a varios
capítulos) tenían como propósito criticar la idealización
de la teoría y poner de relieve cuán peligroso era invali-
dar las ideas personales sobre el trabajo propio, adhi-
9
riendo con excesiva tozudez a ciertas consignas metapsi-
cológicas y clínicas. Me daba cuenta de que el terrorismo
teórico, si bien puede ser a veces tranquilizador para los
candidatos en formación, ejercía una influencia inhibi-
dora en los jóvenes analistas que sólo contaban para
orientarse con unos pocos años de experiencia, y les
impediría hallar en el futuro explicaciones creativas
para los fenómenos clínicos novedosos que, aunque no
invalidaran los conceptos vigentes, tampoco encontra-
ban respuesta en éstos.
Yo admitía mi deuda fundamental con la meta psico-
logía freudiana (sin la cual, aún hoy lo sostengo, es
imposible "pensar psicoanalíticamente"), pero objetaba,
con cierta timidez, su teoría de las aberraciones sexua-
les, su enfoque normativo de las relaciones amorosas
adultas, su concepción más bien endeble de la sublima-
ción y sus restrictivos puntos de vista acerca de la
sexualidad femenina. En una vena similar, no me ani-
maba del todo a criticar el enfoque solipsista de Klein
sobr e las primeras relaciones objetales, y lo que yo lla-
maba, irreverentemente, su modelo "digestivo" de la
astructura psíquica. Al mismo tiempo, no me satisfacía
la visión "desencarnada" de Lacan sobre la humanidad,
puesta de manifiesto en su modelo lingüístico del
inconsciente. Apreciaba la insistencia de Lacan en el
papel estructurante del padre, tanto en la fantasía como
en lo que él define como estructura simbólica, pero me
molestaba su aparente desdén de la temprana díada
madre-hijo, así como su oclusión del nexo entre el cuerpo
y la mente y su descuido del afecto. Klein, por su lado,
parecía haber prestado poca atención al papel del padre
y su significación en el inconsciente de la madre, con
respecto a su efecto en la estructura psíquica temprana.
Si bien yo admiraba la forma en que Winnicott había
invertido la posición kleiniana tomando en cuenta las
10
primeras transacciones entre la madre y el bebé, y su
reconocimiento de que algunas madres no eran "sufi-
cientemente buenas" en lo que atañe a responder a las
necesidades del lactante, me desconcertaba su escaso
énfasis en el papel fundamental que tiene la relación
entre el padre y la madre para la organización psíquica
del niño pequeño. Las investigaciones de Bion me resul-
taron enormemente estimulantes, pero perturbadoras
por su intelectualidad, que por momentos oscurecía, a
mi juicio, la naturaleza de la relación analítica. El inte-
rés de Kohut por el "sí-mismo", según él lo concebía, y
por la importancia de la patología narcisista, me irrita-
ban en no menor medida, a raíz de su aparente senti-
mentalismo y de que echaba por la borda conceptos bási-
cos, como los de la teoría de la libido o el papel de la
sexualidad infantil, sin ofrecer a cambio, desde mi punto
de vista, sustitutos satisfactorios. Me fue muy esclarece-
dor el nuevo territorio abierto por Kernberg con su
exploración de la patología fronteriza y narcisista, y
valoré la necesidad por él expresada de poner orden en
el caos del funcionamiento psíquico, pero su exhaustiva
categorización de los estados clínicos me pareció limi-
tante; con él, como con muchos otros investigadores cre-
ativos, tuve la impresión de que a veces se perdía de
vista al analizando -un ser como nosotros, que lucha
por hallar soluciones a las dificultades que le plantea el
hecho de ser humano-. Pero a pesar de todo, jamás se
me habría ocurrido enfrentarme abiertamente a estos
pensadores, ya que tenía aguda conciencia de mis pro-
pias limitaciones. Lo que hice -ahora lo advierto- fue
tratar de que mis ideas y mis ejemplos clínicos se
enfrentaran con ellos por mí.
En verdad, mis sentimientos más intensos hacia los
pensadores analíticos mencionados en esta lista (que de
ningún modo es exhaustiva) se vinculan con el entu-
11
siasmo del descubrimiento, pues todos ellos me inspira-
ron ulteriores reflexiones. Mi insatisfacción por sus ine-
vitables limitaciones no anula en absoluto la deuda que
tengo para con ellos. Lo opuesto a la admiración, como
ocurre con el amor, no es la crítica o el rechazo, sino la
indiferencia. Yo estaba y sigo estando lejos de permane-
cer indiferente ante estos pensadores constructivos, y en
cambio les estoy sumamente agradecida por haberme
obligado a pensar, por más que, después de muchas bús-
quedas, he rechazado algunos de sus hallazgos a la par
que incorporaba otros a mi metapsicología privada.
Me llevó algunos años darme cuenta de que mis crí-
ticas principales se dirigían a los seguidores ciegos,
complacientes, de los fundadores de las escuelas psicoa-
nalíticas, los discípulos devotos que parecen olvidar que
una teoría, por definición, es sólo una serie de postula-
dos que no fueron probados jamás. (Si fuese de otro
modo, nuestras teorías sobre el funcionamiento psíquico
serían leyes, no teorías, y por ende sólo con enorme difi-
cultad podrían ser impugnadas.) Esta actitud reveren-
cial hacia la teoría y los teóricos psicoanalíticos, si bien
puede fomentar el esfuerzo por corroborar los conceptos
teóricos existentes, es una amenaza constante contra la
capacidad de observación clínica y el cuestionamiento
teórico creador si sus adherentes caen en la trampa de
convertirse a la fe de los líderes carismáticos y de sus
teorías.
Esta actitud mía polémica, que no fui capaz de asu-
mir plenamente en mis primeros intentos de objetar
conceptos venerables, inevitablemente me lleva a pre-
guntarme por las metas y finalidades que inconsciente-
mente afectan mis propias investigaciones clínicas y teó-
ricas. ¿En qué se funda, por ejemplo, mi tendencia a las
actitudes iconoclastas, presente desde mi niñez, y a otor-
gar en consecuencia un alto valor, en mí vida profesio-
12
--
--
nal, a un enfoque ecuménico del pensamiento psicoana-
lítico? Dejando de lado el origen de estas tendencias, el
hecho de que recibiera mi formación analítica en un
idioma que no era mi lengua natal, y que debí esfor-
zarme por dominar, tuvo un efecto considerable al incul-
carme que, como decía Pascal, las palabras sirven para
encubrir nuestros pensamientos en vez de servir para
comunicarlos. Hay teorías altisonantes que, cuando se
las examina con cuidado, se parecen en ocasiones a la
hazaña de partir un coco: tras la enérgica división, uno
descubre apenas una cantidad muy pequeña de líquido
ahí dentro, de un sabor casi imperceptible.
En diversas oportunidades se me acusó, por ejemplo,
de atreverme a utilizar conceptos teóricos kleinianos o
lacanianos siendo que yo no me identificaba en modo
alguno como analista kleiniana o lacaniana, ni en la teo-
ría ni en la práctica. Con igual sorpresa noté que otros
me criticaban por ser una clínica y teórica "ecléctica".
En rigor. me considero, como profesional, una freudiana
clásica, y si bien mis hipótesis pueden poner en tela de
juicio algunos de los conceptos más venerados por
Freud, entiendo que son una extensión de sus puntos de
vísta básicos, teóricos y clínicos. Pero me siento impul-
sada a agregar ... jque la misma afirmación harían los
kleinianos, lacanianos, hartmannianos, winnicottíanos y
kohutianos, así corno los adherentes a casi todas las
demás escuelas de pensamiento psicoanalítico1 En la
medida en que todos nos zambullimos en el misterioso
funcionamiento de la psique humana y estamos de-
cididos a buscar la verdad en este campo escurridizo,
pertenecemos a la misma familia. El cambio psíquico se
produce en todas las variantes de tratamiento psicoana-
lítico, por más que lo practiquen profesionales con con-
ceptos teóricos y enfoques técnicos sumamente divergen-
tes entre sí. El hecho de que cada escuela proponga una
13
teoría distinta para explicar los cambios producidos en
el curso del tratamiento sugiere que las transformacio-
nes en la organización psíquica y las curas sintomáticas
resultantes ¡no se deben a nuestras teorías sobre dichos
fenómenos! Quizá la explicación del cambio psíquico se
nos escape por siempre.
A los lectores que ya están familiarizados con los
libros posteriores a Alegato por cierta anormalidad tal
vez les interese conocer los antecedentes, en materia de
experiencia y reflexión, que son el fundamento de mis
obras posteriores. Esto es particularmente notorio en mi
intento por demostrar, con referencia a las teorías de
raíz clásica sobre la perversión, que las desviaciones
sexuales no pueden entenderse mera mente como el
negativo de las construcciones neuróticas (inquisición
que prosiguió en Theatres of the Mind), así como en mi
actitud de sondeo frente a las teorías establecidas que
dan cuenta de los fenómenos psicosomáticos (retomada
en Theatres of the Body). En ciertos aspectos el presente
libro y Theatres of the Mind se complementan, por
cuanto este ljbro ilustra con más detalle una teoría clí-
nica general que me resultó útil para abordar a los ana-
lizandos cuya estructura psíquica presenta un desafío
particular en el encuentro psicoanalítico.
Agosto de 1989
14
PREFACIO
Para un psicoanalista, publicar un libro "de psicoa-
nálísis" significa también publicarse, revelar un frag-
mento de sí mismo.
Este libro expone el trayecto de una reflexión de
muchos años, resultado de una experiencia compartida
con mis pacientes. Pues un psicoanálisis no debe asimi-
larse a una situación en la que una persona "analiza" a
otra. Más bien es el análisis de una revelación entre dos
personas: el analista vivirá a su modo, con su propia
fuerza y su propia debilidad, lo que sus analizantes
experimentan, se identificará por turno con cada uno de
ellos y con los seres que han marcado sus vidas, y lo
hará a través de un conocimiento de sí mismo, siempre
parcial. A veces, la intimidad de esta experiencia es
mayori más intensa que la que el analista ha conocido
en la relación con sus parientes .. .
¿Qué me impulsó a escribir los diversos textos que
componen este libro? La necesidad de escribir no se me
impone en los momentos en los que siento mayor placer
por ser analista sino más bien en aquellos en los que
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debo superar obstáculos para recuperar ese placer. La
relación íntima en la que se encuentran dos individuos
para comprender mejor la problemática de uno de ellos
desencadena una experiencia innovadora en la cual algo
puede ser puesto en palabras por primera vez en la his-
toria del sujeto, y por primera vez también ser pensado
y experimentado. Pero las complejidades de la relación
son tales que en cada análisis surgen "tiempos muertos"
en los que este proceso se detiene. Y a veces se traba
totalmente, colocando tanto al analista como al anali-
zante en una situación de incomodidad. Así, cada vez
que me encontraba en dificultades, que ya no compren-
dfa nada o no lograba comunicar lo que había compren-
dido o, lo que es más perturbador aún, cuando tenía la
impresión de haber comprendido, de haber compartido
mi comprensión y, a pesar de nuestros esfuerzos combi-
nados, el proceso analítico no se desencadenaba con los
caxnbios profundos que es capaz de inducir, entonces me
ponía a escribir. Al principio realicé este trabajo de reíle·
xión pensando en los jóvenes analistas que se estaban
formando. El primer tema de mis seminarios fue la re)a.
ción de transferencia y contratransf erencia, tema que
permitía llevar siempre más lejos la pregunta por aque-
Jlo que pone al analista en dificultades en su práctica y
lo que corre el riesgo de escapar al proceso analítico;
cuestionamiento siempre retomado de las limitaciones
del analista, del analizante y, por último, del mismo
método psicoanalítico. El analista queda fácilmente
preso en su propia formación. Su saber específico, adqui-
rido por los afectos de la transferencia y fuertemente
marcado por ellos, corre el riesgo no sólo de propagar
cierto terrorismo teórico -lo cual obstaculiza la libertad
de pensar y de cuestionar- si no también de entorpecer
su práctica. Todo lo que al analista le ha faltado explo-
rar en su psicoanálisis personal se encuentra en el ori·
16
-
gen de su ceguera y su sordera frente a sus futuros
pacientes. De modo que si quiere acompañar a sus anali-
zantes tan lejos como sea posible, debe examinar conti-
:nuamente sus afectos contratransferenciales.
Este interés primero ha dejado sus huellas en casi
todos los capítulos de este libro. Pero el estudio de la
relación analítica no es lo único que abre el camino a la
exploración de lo que hace fracasar el trabajo del ana-
lista. Desde muy temprano, mi atención fue atraída por
un cambio sutil surgido en la naturaleza de la demanda
de análisis y por el hecho, constatado igualmente por un
gran número de mis colegas, de que el "buen neurótico
clásico" (si es que su existencia en estado puro es algo
más que un simple artificio de la teoría psicoanalítica)
empezaba a escasear. Hoy en día nos encontramos más
bien con pacientes que padecen problemas de carácter,
que se expresan la mayoría de las veces por medio de
conductas sintomáticas que he calificado como "actos-
síntoma". Los actos-síntoma, haciendo las veces de lo
reprimido, ocupan el lugar de la elaboración psíquica tal
como se la observa detrás de los síntomas neuróticos. Un
cambio semejante, debido en parte al interés creciente
por la experiencia analítica, tiene el efecto de llevar al
análisis a pacientes que en los primeros tiempos del psi-
coanálisis no hubieran sido considerados como "indica-
ciones". Pero también en nuestros días las curas analíti-
cas duran varios años, lo que da a los "neuróticos" el
tiempo suficiente para descubrir su dimensión "psicó-
tica", la que se esconde en los rasgos del carácter, en las
manifestaciones psicosomáticas, en la inhibición de las
aspiraciones creadoras. Paralelamente, he podido cons-
tatar que el "buen neurótico", con su "yo fuerte", resulta
con frecuencia totalmente inacces ible al proceso analí-
tico, mientras otros, de estructura laxa, narcisista, pro-
yectiva, los de "yo débil", convertían su análisis en una
17
aventura fructífera y fascinante para sí mismos y para
su analista. Estos pacíentes, a los que no puedo clasifi-
car pues su sintomatología es muy diversificada -lla-
mémosles los "casos dificiles" -, me han llevado a com-
prender, por el encarnizamiento mismo de su resistencia
al análisis, al cual sin embargo se aferran con violencia,
que su coraza caracterológica tenfa la función de prote-
ger sus vidas, y no sólo su sexualidad, como sucede con
la sintomatología neurótica. Es verdad que todo síntoma
es un intento de autocuración, pero, en esos analizantes
difíciles, los síntomas sirven como escudo contra la indi-
ferenciación, la pérdida de identidad, la implosión frag-
mentadora del otro. Para salvaguardar el derecho a
existir, solo o con otro, sin temor de perderse, de hun-
dirse en la depresión o disolverse en la angustia, se crea
un edificio psíqu1co construido por la magia infantil,
megalomaníaca e impotente: medios de niño para hacer
frente a una vida de adulto. Esta forma de vivir puede
aparecer a los ojos de los demás como una existencia
loca o incoherente, y e1 sujeto como inexplicablemente
actuando o ausente en exceso; pero quien habita este
edificio, por más que su estructura oprimente torne la
existencia casi insoportable, no renunciará a él alegre-
mente (salvo que haya decidido quitarse la vida). Pues
al menos, al abrigo de este edificio, le es posible sobrevi-
vir.
Este libro se abre allí donde comienza mi cuestiona-
miento de la creatividad psíquica, con una pregunta por
la perversión sexual. La solidez de la construcción cons-
tituida por la perversión ha opacado su significación
interna. Sin embargo, es un terreno muy familiar pa ra
el psicoanálisis. ¿No consagró ya Freud en 1905, en los
Tres ensayos, un capítulo magistral a las "aberraciones
sexuales"? No hago más que redescubrir todo lo que de
18
allí se deriva: la angustia de castración; los aconteci-
mientos traumáticos de la infancia que, en el análisis,
apuntalan el sentido del fantasma amenazante; la pre-
genitalidad y la tolerancia de sus expresiones eróticas
que los neuróticos niegan; el retorno del ataque super-
yoico rechazado por el sujeto, volviendo del exterior con
fuerza persecutoria. Mis pacientes me ayudaban a
reconstruir sus vidas de niño, a escuchar en sus propias
palabras las claves que daban sentido a su invención
erótica, a su elección de objeto, a sus estrechos objeti-
vos. Pero sus sufrimientos continuaban, y su desviación
también. Por más que encontrase en la famosa fórmula
"la neurosis es el negativo de la perversión" que es enri-
quecedora -fórmula que la experiencia clínica siempre
confirma- me parecía insuficiente para comprender lo
que hay de inquebrantable y compulsivo en la organiza-
ción perversa. La hipótesis económica de la "energía
libidinal", hipótesis que tan bien ilumina el síntoma
neurótico con sus satisfacciones secretas, no explica del
mismo modo los caminos complejos de l a desviación
sexual, que constituye la economía de una construcción
neurótica. Dicho de otra forma, esta desviación (= una
vía distinta) no es un simple desvío en el camino del
placer. Una dimensión evocadora de la desesperación,
una necesidad vital se entremezclan en la práctica per-
versa, adelantándose al deseo; o más bien, es un deseo
diferente el que se expresa y, muy frecuentemente,
puede prescindir tanto de la resolución orgástica como
de la relación amorosa. Allí la amenaza que pesa sobre
la sexualidad es más antigua: concierne al derecho a
una existencia separada y a un pensamiento indepen-
diente. Se trata de la angustia originaria, del peligro de
desaparecer en el otro y de desear esta desaparición,
esta muerte psíquica ante la cual el ser infantil y frágil
inventará lo que sea para escapar. Así nacen tanto las
19
creaciones de la sexualidad perversa como la perversi-
dad cruel que intenta· por medios eróticos controlar el
peligro que representa el otro. Algunos, presos en la
trampa de su deseo de vivir y su imposibilidad de
hacerlo sin violencia, encuentran en la no-sexualidad
un guión y una escena para la acción susceptibles de
contener esta violencia, también con una expresión eró-
tica que les permite una vida sexual, aunque muy
intrincada, y un contacto con sus semejantes, aunque
muy parcial. Así se evita a la vez el peligro de perder
todo derecho al deseo y el peligro de perderse en la rela-
ción con el otro. Por el contrario, en este encuentro,
queda recuperada la imagen de sí, con una identidad
propia y sin que nadie muera. Pues el encarnizamiento
por destruir al objeto amenazador apunta al mismo
tiempo a los objetos originarios más amados. Este
drama da la medida de la hazaña del niño que crea
estas invenciones, creaciones imaginarias que, en el
segundo tiempo del deseo, se convertirán en perversio-
nes sexuales.
Así, este libro comienza con la historia de M. B., o
más bíen con un trozo de su historia analítica que sólo
intenta ilustrar una hipótesis. Todo lo que era exclusivo
de B. no figura en estas páginas; sólo lo que tenía en
común con otros que, como él, sufrieron una misma
angustia y semejante desesperación. Este dolor insoste-
nible, más allá de la "angustia de castración" qi1e sub-
yace a la sintornatología del neurótico (y que tampoco
falta en estos pacientes), atañe a la muerte psíquica en
la que el yo del discurso corre el riesgo de perder sus
señales narcisistas identificatorias. Erigir una muralla
contra este derrumbamiento, muro cuyas primeras pie-
dras han sido colocadas en el transcurso de la primera
infancia, con todo lo que implica de tambaleante e
inquebrantable a la vez, es dar al comportamiento eró-
20
tico, piedra angular de este arcaico edificio, una dimen-
sión pavorosa e ineluctable.
En un capítulo más teórico (cap. 2) he intentado pre-
cisar esta problemática y definir el funcionamiento psí-
quico que permite mantener este frágil equilibrio.
Esta primera pregunta por la perversión abre otros
interrogantes. Muchas perversiones sexuales son en el
fondo sistemas insólitos de masturbación, lo que me con-
dujo a una reflexión sobre la masturbación como fenó·
meno universal en el ser humano, y sobre su rol como
expresión privilegiada de la bisexualidad psíquica y la
omnipotencia erótica de todo ser. Entre los dioses y las
lombrices, Hermafrodita ocupa un lugar imaginario
(cap. 4).
En "Creación y desviación sexual" (cap. 5) abordo el
problema de lo que liga la sublimación y la perversión y
de lo que las distingue, pregunta que para rnf está lejos
de haber recibido una respuesta definitiva.
Partiendo de la noción de una sexualidad "adictiva"
-de la sexualidad como droga-, he llegado a pregun-
tarme si muchas relaciones sexuales, que por su forma
no pueden considerarse desviaciones, no jugaban un
papel semejante en la economía psíquica del yo. De allí
la idea de señalar en la regresión psicosomática una
forma de sexualidad y de relación "adictiva". En efecto,
he dedicado mi interés a aquellos que, si bien mostraban
una problemática de fondo idéntica a la que se descubre
en el interior de la desviación sexual, no han podido
encontrar est e ensayo de autocuración, o bien, habién-
dolo encontrado, no han podido retenerlo. La sesión ana-
lítica r elatada e n "Cuerpo y discurso" (cap. 10) aporta
un ejemplo de la pérdida de las soluciones económicas
de este tipo.
Estas observaciones han desemboca do en los p r o   l e ~
mas de la economía narcisista y sus permutaciones
21
eventuales en quienes luchan para salvaguardar su
identidad como sujeto. Querer sondear la profundidad
de las angustias psicóticas de despedazamiento, de pér-
dida de identidad, es un trabajo de espeleólogo  
trabajo en una angustia compartida para seguir una
senda que se abre sobre un vacío tan aterrador que todo
camino parece bueno para escapar de fuga hacia los
otros, tragados como una droga; fuga ante los otros en
una autarquía narcisista; y, cuando el intento de anidar
en el otro, de enroscarse sobre sí mismo, conduce
pre a un abismo cuya profundidad no puede medir el
espíritu, precipitación en actos automutilantes o toxico-
manfacos, con la fuga última hacia el suicidio en el hori-
zonte.
No nos asombramos entonces al observar, en aque-
llos cuya demanda de análisis está sust entada por seme-
jante sufrimiento, una resistencia feroz contra el proto-
colo de la cura psicoanalítica con su invitación a decirlo
todo, a experimentarlo todo, sin recurrir a la actuación.
No me refiero aquí a esas curas llamadas de "psicotera-
pia psicoanalítica", en las que el analista se muestra
reservado de entrada respecto de la capacidad del
demandante para utilizar la relación analítica, para
poder contener y elaborar las emociones intensas susci-
t adas en ella, para soportar comunicaciones que no son
si no interpretaciones. A decir verdad, emprender seme-
jante aventura supone una buena dosis de salud mental.
Pues sucede que muchos pacientes se comprometen en
un análisis a causa de síntomas' neuróticos pero la parte
psicótica prevalece en ellos por encima de la dimensión
neurótica de la personalidad. La defensa contra las
angustias psicóticas amenaza interponerse constante-
mente entre el analista y el analizante, desencadenando
pasajes a la acción que difícilmente pueden traducirse
en palabras; o peor aún, análisis en apariencia tranqui-
22
los o tormentosos pero vacíos, en los que las sesiones se
suceden y se asemejan sin producir ningún cambio en el
interior de la relación analítica.
Ineluctablemente, descubrí que estos pacientes
movilizan en el analista sus propios temores y defensas
psicóticas; en efecto, cuando el trabajo se estanca, es el
analista quien corre el riesgo de perder sus señales iden-
tificatorias, es decir, de perder su identidad de analista.
Subrepticiamente descubre que ya no "funciona". Tra-
yecto del análisis en el que es necesario inventar algo
para no verse atrapado en una relación de fuerzas inter-
minable; y aquí comienza el cuestionamiento de sí
mismo, y el núcleo de nuevas hipótesis de trabajo: una
nueva forma de intervenir, un gesto en lugar de una
interpretación, otra manera de escuchar y, en todos los
casos, una reflexión profundizada sobre sí mismo, sobre
el otro y sobre la pareja que forman. Este aspecto de la
aventura psicoanalítica, del lado del analista, se expresa
particularmente en los capítulos: "El anti-analizando en
el análisis" (cap. 6) y "La contratransferencia y la comu-
nicación primitiva" (cap. 7).
Pero el autoanálisis sólo nos da explicaciones parcia-
les. ¿Por qué logré devolver a la vida a Annabelle Borne,
personaje central de la "Comunicación primitiva" y por
qué fracasé tan lamentablemente en hacer otro tanto
por Mme. O. de "El anti-analizando"? ¡Habrá que creer
que la contratransferencia siempre obstruye la visión!
No es sorprendente descubrir que la relación analítica
que establecen estos analizantes encuentra su corres-
pondencia en las relaciones incoherentes que mantienen
con su entorno. Pero se supone que el analista descu-
brirá en esta incoherencia un sentido, y así es. En
segundo plano, siempre se descubren las relaciones inco-
herentes de la primera infancia, relaciones alternativa-
mente gratificadoras y frustrantes, consteladas con
23
experiencias de abandono, de perversión, de enferme-
dad, de muerte, que han contribuido a hundir al niño en
duelos imposibles y a poner en peligro su vida psíquica.
El pequeño sujeto, preso en las redes de fondo del
inconsciente parental o de una realidad traumática,
padece la ira y la mortificación narcisistas, las que, per-
maneciendo enquistadas hasta la edad adulta logran
ajustarle solapadamente las cuentas, a pesar de la
defensa masiva contra los impulsos destructores. Si se
evita una "solución" psicótica, los mecanismos primiti-
vos se infiltrarán de todas maneras en cualquier rela-
ción. Estos sujetos terminan finalmente perdiendo la
esperanza de poder vivir una relación de amor que no
sea destruida por el odio. ¿Destrucción de sí, destrucción
del otro? En este mundo de relación fusiona!, es exacta-
mente Jo mismo. Mientras tanto, la repetición incansa-
ble confinna al sujeto la certeza de que, en cada nuevo
encuentro será rechazado, deniwado, abandonado, trai-
cionado. Entra entonces en un círculo que comienza con
Ja idealización del objeto que aportaría supuestamente
la satisfacción total, seguida del furor y de fantasmas
asesinos cuando sobreviene el desfallecimiento del otro.
En su obstinación por establecer una relación indisolu-
ble y eterna, crea un lazo fusiona! imaginario, imagen
especular que, inevitablemente, se revelará como inade-
cuada para la espera imposible. La alondra*, presa en la
trampa de su propio deseo, descubre entonces una
fuerza sobrepoderosa para apartarse del otro -superfi-
cie reflectante- y romper el espejo. Y en ese preciso
momento es su propia imagen la que vuela en pedazos.
El sujeto, ahogado por la angustia, se retrotrae ante Ja
"' Juego de palabras con ulouette (alondra) y miroir (espejo):
umiroir a alouettes" significa espejuelo, trozo curvo de madera con
espejitos incrustados que se usa para atraer a las alondras y cazar-
las. [T.)
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vida, se aparta del prójimo y se autorrecrimina, diri·
giéndose amargos reproches. Frente a semejante desas-
tre, algunos no se aventuran más en el universo de los
otros, no se exponen nunca más a la dependencia servil,
al temor constante de perder, no sólo el objeto deseado
sino también el objeto-reflejo, garantía de la existencia y
seguridad de que la vida vale la pena de ser vívida. En
"Narciso en busca de una fuente" (cap. 8) he intentado
hacer sensibles, por medio de algunos fragmentos de
análisis, los dos desenlaces de este conflicto psíquico
vital, aparentemente opuestos. Si una de las soluciones
apunta al dominio tan absoluto como sea posible de· sí
mismo, la otra persigue el control absoluto del objeto, y
cada una intenta a su modo evitar la amenaza de la
muerte psíquica.
Mis reflexiones sobre la libido narcisista con su pre·
caria economía me han enfrentado a sus expresiones
más arcaicas que son también, curiosamente, sus expre-
siones más banales: las "creaciones" psicosomáticas,
manifestaciones del espíritu humano que, luchando cie-
gamente por la vida, toman como aparato de pensa-
miento este ordenador implacable que es el soma, y de
ese modo se ubican del lado de la muerte. Esta falla en
la psique, que la escinde del soma, no es la falta signifi-
cable que suscita el deseo y la creatividad y que induce
los síntomas neuróticos y psicóticos, las perversiones y
los actos-síntomas, todos ellos testimonio de la creativi·
dad psíquica. Cuando el que encuentra la respuesta a
los conflictos psíquicos es el soma solo, su creación es
por definición y literalmente, inenarrable. Aquí el ana-
lista está a la escucha de lo inefable, de una nada indeci-
ble, metáfora de la muerte. Los capítulos de este libro
que tratan del psicósoma en psicoanálisis (caps. 9 al 12)
adelantan nociones sumamente hipotéticas. Novalis dice
en alguna parte: "Las hipótesis son redes de pescar;
25
quien no las arroje nada recogerá". Yo he tendido, por
tanto, algunas redes .. . a la espera de que otros me ayu-
den a recogerlas y a evaluar lo que contienen. Esta
región limite de lo analizable me ha llevado a una apre-
ciación de la vitalidad psíquica en todas sus formas.
¿Crear o morir? ¿Es ésta la elección final? Entre las
prohibiciones y lo imposible que estructuran la mente
humana, el derecho de paso se adquiere arduamente, y
el precio que se paga es más diversificado de lo que se
piensa. Entre la promesa de la infancia y las realizacio-
nes de una vida de adulto, hay más que los escollos de la
neurosis, la psicosis y los actos·síntoma. El niño inces·
tuoso y el niño de pecho megalómano que exigen sus
derechos en tales creaciones tal vez han evitado otro
destino, el del niño que supo adecuarse demasiado
pronto y demasiado bien al mundo de los mayores, con
riesgo de perderse en una sobreadaptación a la realidad
exterior, en una "normalidad patológica" tan dolorosa
con sus apagados colores como los caminos de la locura.
Si el niño agazapado en el fondo del hombre es la
causa de su sufrimiento psíquico, también es la fuente
del arte y de la poesía de la existencia, la promesa siem-
pre presente de una nueva mirada, develamiento de lo
insólito en lo cotidiano, protección contra las caídas y
locura secreta contra el espectro de la "normalidad nor-
malizante" de una vida exclusivamente "adulta". Es
necesario saber comunicarse con este niño mágico narci-
sista, so pena de asfixiarlo. Asistir a la expansión de
este intercambio es una experiencia conmovedora, ser
testigo de su fracaso, una tragedia. Es éste el senti-
miento que quisiera transmitir en el capítulo que cierra
este libro y que le da su título: "Alegato por cierta anor-
malidad''.
Cada hombre en su complejidad psíquica es una obra
26
maestra, cada análisis es una odisea. Mis analizantes no
dejan de asombrarme, de enseñarme, de emocionarme.
Este libro está dedicado a todos aquellos que me han
permitido acompañarlos en su viaje.
27
; 1
l
l. LA ESCENA SEXUAL
Y EL ESPECTADOR ANONIMO
-¿La vida? Es un juego cuyas reglas conozco bien.
Que gane o que pierda, no me importa en absoluto. Diga-
mos más bien que la vida me divierte.
Si alguien escuchara estas palabras se sorprendería
de la voz grave y entrecortada del hombre que las pro-
nuncia, de la rigidez de su cuerpo y sobre todo de la
expresión de su rostro, que no refleja en absoluto la
diversión que, según sus palabras, Ia vida le ofrece.
¿Qué significa semejante negación de la importancia de
la vida, e incluso del sujeto mismo? Un desafío, cierta-
mente. ¿Pero dirigido a quién y por qué motivo? Esta
frase, lanzada como una profesión de fe de la cual se
siente orgulloso, muestra, sin saberlo el paciente, su
intento desesperado por dar un sentido a la vida, y más
exactamente a su vida. Podría traducirse de esta
manera: "Es necesario que mi vida sea vivida como un
juego para que pueda vivirla". Por otra parte, él añade:
-Tomar mi vida en serio sería correr un riesgo
insensato. Y sin saber por qué.
Si su vida no es más que un juego, se convierte en un
29
-
peligro, en transgresión cuyo castigo será la castracíón,
la afánisis, la muerte. Al elegir el juego como modus
vivendi, M. B. ha optado finalmente por la vida, que en
adelante vivirá sólo bajo una forma lúdica. Y esto, con
respecto a cualquier faceta de su vida: trabajos profesio-
nales, amistades o vida sexual. Y de la misma forma,
por la variante del juego, él se autoriza la experiencia de
un análisis. "¿Juego bien el juego del psicoanálisis?",
preguntará durante los primeros minutos de su primera
sesión.
Gracias a esta cobertura lúdica, pudo, desde el
comienzo del aná1isis, revelar la sombra de una verdad
opuesta a aquella que mostraba durante sus primeras
entrevistas.
-Mi vida es una degradación continua. Mi trabajo
intelectual está siempre retrasado y sólo lo termino en
caso de urgencia; frente a mi público tengo la impresión
constante de hacer trampa ... y un miedo que no me deja,
miedo de ser desenmascarado un día y condenado ... A
propósito, tengo que hablarle de mis pequeñas obsesiones
sexuales.
En las sesiones siguientes, el paciente utilizaba este
último tema como un juego, dejando escapar de vez en
cuando fr agmentos de frases en relación con su vida
sexual y preguntando si yo había "comprendido", sí o no.
En realidad, lo que él llamaba su juego sexual, consistía
en pegar a su amiga con un látigo en una puesta en
escena ritual y detallada. De esta manera podía esperar
el goce.
-Y ahora le muestro mi degradación sexual. Es algo
que sobrepasa mi comprensión ... pero no piense que yo
querría abstenerme. Son mis juegos favoritos.
A decir verdad, en esta sesión, se podría haber sos-
pechado que a pesar de su protesta contra la degrada-
ción, no quería en absoluto modificar su vida erótica.
30
Utilizaba esta última, en su mismo discurso, si no para
negar, para controlar el miedo de ser "desenmascarado y
condenado" por un delito no conocido.
En lo que concierne a su trabajo expresaba, por el
contrario, el deseo de cambiar. Pero al tratar de remar-
car su impresión de nulidad en ese campo, mostraba la
fuerte interdependencia entre sus inhibiciones profesio-
nales y su sexualidad. Cuando hablaba de sus dificulta-
des para tomar su trabajo en serio, su lenguaje se
impregnaba, a menudo, de una imaginería evocadora de
fantasmas inquietantes asociados al acto sexual genital.
-Soy incapaz de lanzarme, de penetrar en mi tra·
bajo. Como si no me atreviera a ir hasta el final . Jamás
toco el fondo. Para zambullirme, tengo que hacerlo con
los ojos cerrados ... ¡pero de todas maneras lo logro!
Tengo cantidad de pequeños trucos para tener éxito. Pri·
mero me pongo en una situación en donde no puedo
retroceder. Estoy obligado, entonces, a ir hasta el final. ..
El hecho de que los otros me miren, me obliga a produ·
cir. ¡Delante del público produzco siempre!
''Los pequeños trucos para tener éxito" en su vida
social encontraban su simétrico en la puesta en escena
fetichista (látigo, vestimenta ritual), pero, en ese
ámbito, "los otros que miraban" no eran fácilmente iden-
tificables. La mirada del otro, presentada generalmente
como la mirada de un público anónimo, se convirtió casi
en un personaje en el discurso de M. B. Gracias a éste,
transformaba sus tareas profesionales en realizaciones
brillantes, siempre producto del úl ti mo minuto, con lo
que ganaba un "momento de goce", trabajo que no impe-
día el sentimiento irreal de planear "sobre toda su pro-
ducción". Un sentimiento de fracaso y de depresión
ganaba terreno sobre la impresión más bien triunfante
de jugar la vida, mientras que los otros, "la gente bien",
se tomaban en serio.
31
-Esta impresión de irrealidad forma parte dt!l
juego. A veces me pregunto si no es un juego de niños el
mío. Debo confesar que siempre hice creer a los demás
que, por tomarse la vida tan en serio, eran ellos los niños
y era yo quien podía decirles la verdad.
¿Pero de qué verdad se trataba? El paciente estaba
lejos de poder precisarlo, sino para decir que, en lo que
se refiere a jugar, él jugaba realmente y con pleno
conocimiento de causa, que él no era inocente. ¿Y de
qué juego se trataba? Eso tampoco era evidente. M. B.
habría estado de acuerdo con la idea de Claparede de
que "el juego es una persecución libre de metas ficti-
cias" y habría agregado enseguida que esta definición
del juego caracterizaba perfectamente su concepción
de la vida. ¿No había presentado, acaso, todas sus
metas bajo un tiempo ficticio? ¿Podría permitirse
alguna vez obrar «realmente"? Pero s u juego·de-la-
vida comprendía también una dimensión de prestidigi-
tación que implicaba la mirada del otro. Los otros, al
contrario de él, debían creerle, tenían que dejarse
engañar como el niño engañado por el adulto. De esta
manera proyectaba en los otros su propia confusíón,
gracias a la cual, el adulto jugaba y el niño, mistifi-
cado y serio, miraba. Protegido por su identidad de
prestidigitador, siempre se ha visto como alguien   o r í ~
ginal" que podía permitirse extravíos y no hacer caso
de las obligaciones sociales, reservadas a los otros (a
los niños serios, juiciosos). Ahora bien, a través de su
discurso analítico comenzó a considerarse bajo una
mirada nueva.
-Por primera vez me ueo como alguien inmutable,
rfgido. Controlo todo lo que hago. ¿Acaso alguna vez (en
mi vida) me entregué a un solo gesto espontáneo? ... . e
incluso, veo claramente que me ínmouilizo frente a todo
intento por mi parte de salirme de esto. Hace un año no
32
lo hubiera creído. Pero, ¿quiero salirme de esto o no?
Q
., ?
¿ uien soy yo ....
Después de un corto silencio, retomó el tema habi-
tual: no había hecho nada en toda la semana ... durante
meses ... desde hacía años. Después de cada logro, se
lamentaba aún más de su fracaso y de su degradación.
Durante 1a misma sesión, al esbozo de la idea de "salirse
de eso" continuaban las protestas por su fracaso. Me
limité a decirle que quería tranquilizarme; aportaba las
pruebas de su 1nocencía. No "penetraba". De hecho,
tanto en su trabajo como en sus juegos sexuales, apla-
zaba indefinidamente el desenlace, el goce. E incluso en
esto, se desligaba de toda responsabilidad afirmando
que actuaba bajo coacción.
El paciente comenzaba a vislumbrar que el juego,
ese juego desarmante que era su vida, tenía reglas de
las cuales él era esclavo, cosa que nunca había percibido
antes. Toda su relación "con el público", su deseo de bri-
llar, de presentarse mistificándose, mostraban la exis-
tencia de un fantasma potente e inmutable, cuyo sentido
él no reconocía. La puesta en escena (rígida también) de
sus fantasmas eróticos, al menos en cuanto a su reflejo
consciente, fue precisándose, poco a poco, durante el
curso de las sesiones. Sus fantasmas se referían siempre
a dos personajes femeninos, por ejemplo el de una mujer
que pega a una niña en sus nalgas desnudas. "¿Y el
público?", le pregunté yo un día, r efiriéndome a todo lo
que él había dicho sobre la importancia del público. Sor-
prendido por esta pregunta, contestó: "¿Pero cómo sabe
usted que el público juega un papel importante?". Mi
intervención inaugura un período angustiante en el dis-
curso del paciente. Como fantasma de la mirada, ese
público no tarda en instal arse en la relación analítica
bajo la forma de resistencia.
-¿Quién es usted que me mira y a la que yo no veo?
33
--
¿A quién le hablo? ... Ahora estoy obligado a tomarla en
serio y tengo horror de eso. ¿Sabe ?, ¡todo esto no me
divierte más!
-¿Y qué pasa si el psicoanálisis no le divierte más,
si no es más un juego?
Las palabras vacío y abismo, -responde- me vie-
nen a la mente. No veo nada más. Es el enloquecimiento.
El, que se cuidaba de toda expresión de angustia, se
apresura a agregar;
-Aunque, fíjese bien, yo tengo una gran capacidad
para soportar el enloquecimiento.
- ¿Se podría decir que usted hace un juego del enlo-
quecimiento mismo?
Después de un largo silencio, respondió: -Yo hago
sólo eso ... con mi acuerdo ... hasta el momento en que yo
no puedo retroceder. .. Soy como alguien que juega con
la muerte.
Se quedó en silencio, y le hice notar que se había
callado evocando la idea de la muerte.
-Mire usted, ya no pensaba más en mi trabajo, sino
en mis juegos sexuales. El látigo es una fuente de
angustia, pero es también el medio de suprimirla.
Si bien el látigo despierta en mi paciente la angustia
ligada a la amenaza de castración, es también el ele-
mento del juego que sirve para controlar esta angustia.
Aquí, la castración, toma la imagen de un sexo feme-
nino, representado como "el abismo" -a la vez amenaza
narcisista y alusión al padre: doble amenaza, entonces,
para el pequeño que juega a la sexualidad.
La continuación de estas asociaciones era instructiva
a este propósito. "¿Hay alguna relación entre el enloque-
cimiento y el asco?", preguntó. "Pienso en el asco que
tengo del interior de la mujer." B. trata de protegerse
contra la angustia del "abismo", inclinándose a una
defensa anal.
34
--
-No tocar el sexo de la mujer. Tampoco verlo. Sin
embargo, al esconder ese sexo asqueroso, me gustamos-
trarlo.
-¿A quién? -Con una risa seca respondió:
-Sin duda a mi "público anónimo" ... Me siento
inquieto al decirle esto. El enloquecimiento, por así
decir, está allí.
-¿Por qué?
-{Prosigue rápidamente) ¡Pero esto marcha bien, de
todas maneras, porque la angustia aumenta mi goce!
Lo cual le hace percibir que la angustia, el enloquecí-
miento, forman parte integrante del juego, sexual u
otro, y que esta angustia está ligada al espectador
anónimo.
Resumiendo, se trate de sus trabajos, de su relación
amorosa, de su necesidad de fascinar y dominar a la
gente, o de sus juegos masturbatorios delante del espejo,
la puesta en escena se ofrece siempre a la misma
mirada. En las semanas siguientes, fue posible delimi-
tar con más precisión el papel del "espectador anónimo"
a través de la relación transferencial. Un día me explicó
detenidamente que ya no le era posible hablar de sus
fantasmas y de sus prácticas sexuales sin una respuesta
de mi parte. Ya que se tortura para contarlos, necesita
estar seguro de que esto vale la pena. Así, escuchar el
relato de su actuación sexual debía ser mi deseo, y lo
escuchado, un placer para mí. Se me ofrecía el papel del
voyeurista. Esta interpretación le pareció "exacta e
inquietante" y agregó: "Es realmente cierto, puesto que
me dije: y bueno, si quiere escuchar todo esto, se va a
decepcionar. Le ocultaré lo que me gusta". Entonces,
necesidad de engañar. Es necesario que el otro mire, pero
también es necesario abusar de su mirada. Es lo que
muestra la puesta en escena del fantasma. El argu-
mento trataba, tal vez con algunas variaciones, de un
35
castigo, siendo la víctima, además, inocente (él "pene-
tra", es sólo un juego). El inocente-culpable será azotado
públicamente frente a "una multitud". Esta multitud se
redujo a un "desconocido" en el discurso analítico. El
desconocido, que lo ve castigarse, se confunde en un pri-
mer momento respecto del significado de lo que ve, por-
que lo que se presenta como un castigo es la condición
misma del goce sexual. Además, incluido sin saberlo
como participante de la escena del goce, el espectador
resulta, a raíz de este hecho, doblemente engañado.·
Pero no se nos escapa que el paciente abusa en primer
lugar de sí mismo. Su insistencia en convencerse de que
"el otro quiere ser azotado" (en el juego compartido o en
las historias fantaseadas) muestra la importancia que
se le da al goce del compañero, goce que se requiere para
validar su actuación y sus medios. Sólo el otro puede
validar el fantasma, según el cual aquí se trata del
secreto mismo del goce sexual (el juego debe hacerse
verdad), y reconocer los poderes efectivos del látigo, sexo
ficticio-fetiche. El segundo engaño consiste en conside-
rar al otro como fuente exclusiva de validación, cuando
ésta reside en uno mismo y sólo se sitúa en el otro por
proyección. M. B. logró comprender que azotando a su
amiga no hacía más que identificarse con el deseo de
"ser azotada" que él le imputaba. Esta toma de concien-
cia le permitió revelarme que a veces se azotaba a sí
mismo. Más tarde llegó a hablar del placer de "ser pene-
trado por el dolor", descubriendo así un fastasma homo-
sexual, hasta ese momento reprimido. En un cierto nivel
imaginario, las marcas del látigo testimoniaban una
castración, castración lúdica, e incluso burlada, puesto
que por ella se llegaba al placer, al mismo tiempo que el
dolor era representado como algo penetrante, penetra-
ción a su vez fantaseada como la posesión del falo
paterno deseado por la madre. "Ahora comprendo
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-decía- que me disfrace de mujer para convertirme en
hombre. Quiero adquirir un pene especial. Pero, ¿qué
quiere decir? ¿Soy homosexual, entonces?" Aquí también
se equivocaba, porque en su actuación sexual, si bien
manifiestamente no había vagina, tampoco había pene.
Había ciertamente una significación homosexual, como
había una significación heterosexual, pero sobre todo, lo
que estaba camuflado (realmente por el disfraz de la
puesta en escena, y psíquicamente por la renegación)
era la diferencia entre los sexos y su significación. La   ~
lación sexual se reducía a un juego de nalgas azotadas,
con lo que ilustraba bien el papel de la denegación su-
brayado por Freud en sus escritos sobre el fetichismo.
De esta manera, al disfrazar los órganos sexuales y su
función, B. denegaba que el uno tenía por destino com-
pletar al otro. La necesidad de ocultar la identidad origi-
naria de los participantes presentes en el juego y los
fantasmas asociados, parecía aún más importante. El
fantasma que pone en escena dos personajes femeninos
bajo la mirada de un desconocido, indica bien una trans-
posición particular de la constelación edípica.
Ha llegado el momento de -centrar nuestro interés en
los padres de M. B., o en la manera como él quería pre-
sentarlos. A decir verdad, dejaba salir con cuentagotas
los detalles de su pasado. Así, durante dos años, dejó
que yo ignorara si su padre estaba muerto o vivo, si te-
nía hermanos y hermanas. Al escucharlo parecía hijo
único, hijo que no parecía tener tampoco una historia.
Poco a poco, sin embargo, emergió el retrato de suma-
dre, o más exactamente el retrato de la pareja que él,
pequeño, formaba con ella.
-Con mis pantalones cortos color pastel, aunque ya
estuviera fuera de edad, era para ella el pequeño Prínci-
pe Azul. De alguna manera era contra mi padre ... mi
37
madre y yo hacíamos causa común contra él... Ella me
repetía a menudo que yo era un verdadero machito ...
Era muy ambiciosa para conmigo. Su mayor deseo era
que yo me pareciera un día a su padre. Era un escritor, y
ella lo admiraba sin límites ... grande, fuerte; todo lo
opuesto a mi padre. Usted me hizo notar que mi padre
estaba ausente en todo lo que yo decía de mi familia.
Pero es la realidad. ¡El no contaba! Evidentemente
estaba siempre allí, como una ausencia permanente ...
Tampoco veo a mi abuelo, me acuerdo de él sólo por los
relatos de mi madre ... Había una historia a propósito de
él que ella me contaba con frecuencia. Un día mi abuelo
la persiguió con un látigo y ella se escapó al baño del jar-
dín ... Yo me veo en el jardín del abuelo soñando des-
pierto. Me pasaba las horas así.
Más tarde supe que B., niño de nueve años, soñaba
ya, en el jardín del abuelo, con los mismos fantasmas
eróticos, salvo por algunos detalles, que treinta años
más tarde sostenían su placer sexual. Algunos objetos
de la puesta en escena ritual, una camisa de un color
determinado, un zapato de cierta forma, no eran otros
que los que llevaba su madre en el momento de la
escena del látigo; años más tarde quedarán como un
medío potente para excitar su deseo. ¿Pero cuál es ese
deseo? Desde ese momento del que el recuerdo-pantalla
es testigo, el látigo estaba impregnado de la significa-
ción de ese hecho, a la vez violento y excitante, que el
pequeño imaginaba entre madre ·y abuelo. ¿Y a qué
podría remitir ese látigo sino al deseo de la madre del
pene paterno, pene valorizado, idealizado, exclusivo,
único modelo posible? La frase tan a menudo escuchada,
"eres un verdadero machito", no representaba en abso-
luto para el hijo una comparación con su propio padre;
esta imagen, por el contrario supuestamente desvalori-
zada a los ojos de Ja madre, no evocaba sino una imagen
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marcada de castración, de un signo negativo, de una
ausencia. No era seguramente allí en donde podía bus-
car el falo, sino más bien del lado de la madre. Había
que pasar por ella para encontrar el eventual acceso. De
esta manera, B. había operado una separación a nivel de
sus identificaciones viriles. En su manera de vivir, toda
realización de su creatividad (mientras que algunas de
sus actividades sociales eran un intento de imitar al
abuelo idealizado) era posible sólo si se identificaba con
un padre castrado y desvalorizado, enmascarando su
depresión con la ficción del juego. Por otro lado, en su
vida erótica, se identificaba con un padre ideal, el abuelo
fálico, provisto de látigo, y en un nivel más profunda-
mente reprimido, como lo hemos visto, se identificaba
con su madre, la única que tenía derecho al falo paterno.
La puesta en escena fetichista servía de máscara para
evitar la decepción y el sentimiento de vacío. En una
atmósfera mezclada de delícia y angustia, B. se imagi-
naba penetrado por el látigo, representación del pene
del abuelo; para acceder a él, se disfrazaba de la única
mujer que podía pretenderlo. Este juego erótico, con-
viene recordarlo, estaba a. su vez negado en la puesta en
escena, de tal manera que su propio deseo sólo era asu-
mído a través de su amiga.
Identificándose así, con el placer de esta madre-sus-
tituta que recibe el látígo, llegaba a gozar. Por medio de
este rodeo recuperaba el falo narcisístico del que se sen-
tía desprovisto.
El fantasma que consiste en absorber mágicamente
un pene muy valorizado no tiene, en sí mismo, nada de
insólito en el estadio anal. El acceso a la potencia fálica
en esta fase está representado en el imaginario de los
niños de ambos sexos como una incorporación anal del
pene del padre. (La clínica nos ofrece repetidos ejemplos
y los juegos de niños lo ilustran explícitamente.) Pero la
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actitud del niño frente a su deseo (del falo) y frente a su
fantasma (de la incorporación del pene paterno) se orga-
niza en función de su relación con los dos progenitores.
El deseo será vivido corno algo permitido, en cuyo caso
podrá integrarse al yo y abrir el camino hacia una
sexualidad adulta o, por el contrario, será vivido como
algo prohibido y peligroso que implica el riesgo de cas-
tración por parte del padre, de la madre o del mismo
niño. En cuanto a mi paciente, el deseo sólo estaba per-
mitido bajo la forma de juego, juego que más tarde se
convirtió en la respuesta al enigma de la sexualidad.
Esta "solución" es la que estructuraría el conjunto de su
vida psíquica.
Más tarde, el paciente llegó a recordar el senti-
miento doloroso de ser diferente de Jos demás niños. Se
volvió a ver entre un grupo de niños de nueve años, de
su edad: en medio de un mundo infantil de gritos ale-
gres y juegos compartidos, él, completamente aturdido,
buscaba desesperadamente a su madre.
- Yo la quería sólo a ella ... nínguna otra cosa con-
taba para mí ... Esos chicos, yo no los comprendía. ¡Ni
quería comprenderlos!
"Comprenderlos" hubiera significado identificarse con
sus metas, y al mismo tiempo renunciar al lugar de Prín-
cipe Azul que ocupaba junto a su madre, esta reina madre
de su país interior, donde no había sitio para ningún rey.
Treinta años después de este incidente, "hacer como
los otros" equivaldrá siempre a castrarse; "ser aceptado
por los otros" querrá decir perderse. Pasaríamos así al
lado de los hermanos, y de los padres. Correr un riesgo
semejante sería perder toda esperanza de poseer el
secreto fálico de su madre, de conseguir algún día aque-
llo con lo cual podría colmarla. La imagen de un padre
ideal, inefable y todopoderoso se perdería también; pér-
dida de un misterio, de un dios, de lo sagrado.
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-
-
Más grave aún, B. corría el riesgo de ver su identi-
dad subjetiva hundida en la nada, puesto que mantenía
dicha identidad a través de los ojos de su madre. Por
intermedio de ella, tenía que adquirir los atributos viri-
les. El deseo de amar a su padre, de identificarse con él,
de introyectar una imagen paterna fálica propia, estaba
prohibido por la madre y debía quedar como algo incons-
ciente. De esta manera, B. jamás podrá renunciar a su
madre, única garantía de su integridad narcisística y de
su identidad sexual.
La orientación del análisis hacia la inserción del
padre en su historia le provocaba de inmediato angus-
tia; sistemáticamente buscaba refugio en las imágenes
tiernas y nostálgicas del paraíso materno, y siempre se
encontraba en el mismo atolladero. "A veces, cuando era
chico, se me hacía un nudo en la garganta, y cuando no
podía soportar más, iba al encuentro de mi madre para
llorar en su hombro. Un solo gesto suyo, y todo pasaba.
Esas lágrimas eran una delicia. Pero llegó un momento,
hacia los nueve años, en que .ya no era posible pedir eso.
¡Entonces estuve obligado a tragarme ese nudo! ... Más
tarde, erigí un sistema donde podía bastarme íntegra-
mente a mí mismo que se convirtió en mi ideal. Todo mi
sistema estaba ya en práctica desde los nueve años. Por
qué nueve años, no lo sé . .. ¡Pero ahora quiero sarlirme
de esto, usted entiende!. .. Toda mi vida esperé un mila-
gro, algo que transformara en real lo irreal de mi exis-
tencia, algo que diera un sentido a mi dolor ... Estoy per-
dido en un universo del que no conozco las reglas del
juego." Al dejar caer por un momento su máscara lúdica,
revela, sin saberlo, su s ituación edípica distorsionada
que da solamente un sentido parcial a su propia imagen,
a sus deseos y al papel que desempeñan los otros.
Buscando salir del juego, prosigue: "Haría falta una
catástrofe que me sacara de mis fracasos, de mis enga-
41
ños, un acontecimiento que me colocara entre la espada
y la pared. Habíamos visto una vez que había en mí un
rechazo a correr riesgos, a someterme a pruebas. Es ver-
dad. Yo hago un rodeo ... y me encuentro del otro lado sin
haber pasado el examen".
-¿Lo que le obliga a continuar haciendo trampa y a
estar al acecho para no ser descubierto?
-Exactamente. ¡Estoy harto' Quiero acabar con mi
imagen de usurpador, con ese fanlasma de mí mismo. Si
sólo pudiera hacer lo que realmente tengo ganas de ha-
cer, y sentir que los otros existen realmente ... pero no,
yo soy aquel que pasa por debajo. Busco siempre un pa-
saje secreto. Sólo una catástrofe podría destruir mi mon-
taje. (Después de un largo silencio continúa) No sé por
qué pienso en la guerra.
-He aquí una catástrofe que le solucionó bastantes
cosas.
- Sí. Durante la ausencia de mi padre sentí que
me convertía en un hombre. Como un pez en el agua.
Pero espero sin cesar la catástrofe verdadera. ¡Estoy
frustrado de mi catástrofe! No sé por qué, pero esto me
parece profundamente cierto .. . Es como si nunca hu-
biera firmado un tratado con mi enemigo. ¡Por temor a
ser humillado! Y es como si me hubiera ído a escondi-
das.
-Su tratado, ¿lo ratificó usted mismo?
-Sí, ¡es falso! Como todos mis diplomas y mis lo-
gros. Tudo es falso. Y ahora espero que usted provoque la
catástrofe, que diga algo que me trastorne completa-
mente ...
La "catástrofe" tan esperada exige el renunciamien-
to, tanto a la omnipotencia del deseo como al objeto in-
cestuoso en beneficio del padre y, finalmente, la sumi-
sión a las cláusulas del "tratado humillante" como única
salida posible. Ahora bien, M. B. había arreglado de otro
42
.....
-
modo el camino de salida del Edipo. Convirtiendo a su
padre en alguien "inexistente" -gracias a la competen-
cia materna- podía conservar la ilusión de ser el único
~   j e t o de amor de la madre. Los "falsos diplomas" le
otorgaban privilegios, ciertamente, pero le costaban
caros. En efecto, a pesar de su depresión que iba en
aumento, no podía renunciar sin pena a sus falsos diplo-
mas, ni evocar sin angustia la catástrofe. Buscaba una
respuesta en la mirada de los otros;
-Soy capaz de ser una estrella, siempre y cuando
tenga al público delante de mí. La estrella existe sólo a
través de los ojos del otro. Hago trampa como se debe,
actúo mi papel.
Pero en otros momentos todo esto le parecía vacío, y
entonces armaba largas historias eróticas:
-Mi amiga escribió a su madre que yo le he pegado
y que me niego a admitir que lo sepa todo el mundo. Ella
sabe que los vecinos están al tanto y dice que le da lo
mismo ... Usted tiene razón, ¡el "público" es indispensa-
ble!
Detrás de la mirada cómplice del compañero o de las
confidencias compartidas entre dos mujeres o en el juego
masturbatorio frente al espejo, inevitablemente se
encontraba el fantasma de la otra mirada. "Ese X que lo
mira todo es el punto culminante de mí angustia y de mi
placer." En la sesión que siguió a esta reflexión, trajo un
sueño:
-Yo estaba en la casa de mi infancia, y usted estaba
conmigo en la cama. Usted decía: "Esas aureolas en la
sábana son culpa mía. Se pueden ver". Y agregaba con
una voz solemne esta frase: "Nosotros dos nos inquieta·
mos". Era al mismo tiempo excitante y aterrador.
Entre las diferentes interpretaciones posibles, era
evidente que el analista remplazaba aquí a la madre en
tanto que objeto del deseo sexual; que "la falta" era
43
para remitir aparentemente a esta imagen materna, y
que se recurría a un tercer personaje frente al cual los
otros dos se inquietaban. Esta referencia al padre es
angtistiante porque este último puede castrar al hijo
incestuoso, pero, al mismo tiempo, es excitante, porque
el padre es engañado con la complicidad madre-hijo.
Espontápeamente, al pensar en la casa representada en
el sueño, recuerda a su madre confiándole sus disputas
con el padre. Aquel día no veía la relación entre el
sueño y esta asociación de ideas. Al evocar, sin nom-
brarlo, aquel "frente al cual uno se inquieta", dejaba
vacante el lugar de este otro destinado a notar las man-
chas en la sábana para saber así que había sido enga-
ñado. Y su desprecio se trasladó a todos los padres, a la
masa anónima. He aquí que una vez más jugaba con
sus falsos diplomas:
-Acabo de pensar que estoy superadaptado a los
otros. Yo nunca farfullo ... porque lo que hacen los otros
nQ tiene ningún sentido para mí. O soy yo, quizás, el que
le quita todo el sentido. De todas maneras tengo horror
de las cosas colectivas. Las evito desde que tenía seis
años. Siempre me hizo falta un máximo de independen-
cia con respecto a los otros. Beber, comer, masturbarme,
fantasear, eso es mi mundo real, mi mundo y sólo mío.
Es el mundo imaginario, incestuoso, del niño y de la
madre, en el que el Otro queda excluido. La referencia
paterna, referencia a la que B. ha "quitado el sentido" es
proyectada, aquí en los otros (la "gente bien", los castra-
dos). En adelante, su mundo aparece corno dividido en
dos: de un lado, en donde están los otros, todo es engaño
para él. Allí hay que controlar todo, y no farfullar nunca;
del otro lado, es el mundo "real", íntimo y sensual
(beber, comer, masturbarse). Allí está solo. Puse en pala-
bras el bosquejo que él me daba, desde hacía algunas
sesiones, de los respectivos cuadros, de esos dos mundos:
44
--
1
uno desafectado, desinvestido, controlado y mantenido a
distancia, y el otro, reino del deseo sexual donde él es el
único soberano.
-Es cierto, pero estoy harto. No quiero más. Tengo
miedo de farfullar en el "mundo de los otros". Si pudiera
hacerlo, aventurarme entre ellos, ser uno de ellos . .. En
todas partes estoy solo. Incluso con mi a.miga. Ella no
sabe lo que pasa realmente. Además me avergüenza de-
cirlo, pero nunca le concedí el poder de hacerme sufrir.
Esta última frase era paradigma de su relación con
los otros, incluida la posición que trataba de mantener
en la relación analítica. Ahora revelaba que su amiga,
sustituto de la madre seductora y complaciente pero
controlable, era también de temer; detrás de la imagen
de la madre complaciente aparece la imagen de la que
puede hacer sufrir, de 1a que engaña haciendo creer en
la realidad de las ilusiones infantiles.
Durante el transcurso del tercer año de su análisis,
M. B. se encontraba cada vez más amenazado por modi-
ficaciones en su manera de trabajar y en su vida sexual.
-No me gusta decírselo, pero desde hace algún
tiempo trabajo mejor. Me sentí libre de hacer lo que
quería y también de que eso me diera placer. Parece ne-
cio, pero nunca en mi vida he sentido esto. Para que yo
hiciera algo, tenía que estar desprovisto de valor, como
un juego. Admitir que yo pueda tener ganas de crear, y
que esto tenga valor, me da vértigo ... Estoy resentidQ
con usted por esto. Ese éxito [se trataba de un éxito lite-
rarioj se lo debo a usted de alguna manera y eso me mo-
lesta.
Cualquier éxito en ese nivel implicaba un doble peli-
gro. En el nivel de la fantasía "triunfar con el placer"
equivalía inconscientemente a una erección, y provocaba
inmediatamente la angustia de castración. En el regis-
tro de la relación, suscitaba el miedo de tener necesidad
45
de1 otro, de no "bastarse a sí mismo", de e star final-
mente expuesto a los deseos y juicios de los otros.
Por esta razón, después de cada confesión de triunfo
recurría a la misma defensa y podía pasar una sesión
entera agobiándose por "no hacer nada", por ser un des-
perdicio, un condenado del destino. Al hacerle notar que
parecía querer "probar su inocencia" otra vez, respondió:
-Ah, sí. No quise decírselo, pero desde hace algún
tiempo hago el amor de otra manera, normalmente y con
placer.
Vivir "de verdad", hacer un trabajo serio, hacer el
amor con placer, todo eso era sin embargo peligroso
todavía, y podía conducirlo a una interdependencia aún
temida. Paralelamente, su discurso analítico hacía más
vivaces los recuerdos vagos de su infancia. El padre
había sido más importante de lo que él pensaba, y la
imagen tierna y complaciente de la madre se impreg-
naba de hostilidad.
Antes de citar un último fragmento clínico quisiera
resumir ciertos elementos que conciernen a la constela-
ción edípica, tal corno comenzaban a aparecer a través
de su historia.
El conflicto edípico y la amenaza de castración no
habían encontrado más que una solución preventiva.
Ese rodeo del Edipo se mantenía gracias a dos procesos
defensivos mayores: la denegación y el disfraz de
'juego''. Esas dos formas de defensa se referían esencial-
mente a la amenaza de castración, e intentaban recrear
un simulacro de la pareja. En las imagos parentales, el
padre está marcado por un signo negativo en beneficio
de una imago materna ambigua que condensa los atri-
butos de los dos sexos, mientras que el miedo y el odio
que puede suscitar tal imagen quedan reprimidos gra·
cías a la idealización. En este Edipo "interpenet rado", la
46
madre se convierte en la que seduce y prohíbe a la vez.
Atrae todo hacia ella y se erige en obstáculo para la
satisfacción del deseo. Es contradictoria para el niño.
Pero también es la garantía de una ilusión. El niño ter-
mina por creer que podría evitar el destino inscrito en la
problemática edípica. Encerrado en un callejón cuya
salida exigiría la identificación con el padre, se consi-
dera como el elegido de la madre, y este hecho le hace
pensar que puede eludir el drama humano. Obtiene el
diploma sin pasar el examen, pero lo obtiene -y es aquí
en donde comienza su amarga verdad- con la condición
de no utilizarlo jamás. Ese diploma falso, arrancado a
un padre negado, es sin embargo la única referencia que
le permite salir de la psicosis. Convertido en rey de car-
tón con un cetro ficticio para proteger su identidad, de
ahora en adelante debe hacer creer a los otros que lo
falso es lo verdadero. Sólo puede hacer trampas al
mundo   l público, al compañero sexual-, de la misma
manera como en su fantasía engañó a su padre. En ade-
lante, el miedo de ser desenmascarado y castigado por
este engaño será su perpetua preocupación. Debe con-
trolar todo. A la angustia de perder esta frágil identi-
dad, se suma el miedo a perder el control, no sólo de él
:mismo sino también del Otro frente a1 cual se mantiene
la identidad engañosa, y también el miedo a perder el
control de los otros, de ese mundo de donde siempre
puede surgir la imagen de aquel que cuestionaría el fun-
damento de su situación de rey elegido. De esta manera,
la instancia paterna, con todo lo que suscita de angus-
tiante, es proyectada fuera del campo del sujeto y man-
tenida a distancia.
Sin embargo, el control de sí mismo y del objeto no
basta para contener la angustia de castración tan viva
en pacientes como éstos. Otras defensas ayudan a soste-
ner el delicado equilibrio de esta solución inadecuada
47
del Edipo, especialmente una regresión en cuanto a lat.
miras de la vida pulsionaL Dominio, control, humilla-
ción y desconfianza juegan un papel predominante. De
hecho, la analidad marca con un sello imborrable la
estructura "perversa". La escena primaria, denegada en
cuanto a su significación genital, toma el aspecto de una
lucha narcisista-anal. El orgasmo, convertido en e1 equi-
valente de una pérdida de control, debe ser, si no evi-
tado, postergado infinitamente, para ser vivido por pro-
curacíón, a través del goce del compañero. Vemos aquí
una manera particular de controlar }a angustia de cas-
tración. Así, en vez de afirmar su identidad sexual a tra-
vés de sus actos, el sujeto logra a lo sumo sítuarse en el
espacio y en el tiempo, convencerse de no haber des-
truido su objeto ni de haber sido destruido por él. Esa
realización de fuerza, de tipo anal, que el sujeto vive en
su juego sexual y en su relación con el mundo sirve para
protegerlo de las angustias depresivas y persecutorias,
confiriendo a su actuación un carácter compulsivo y
ritual.
Este trozo de análisis revela otro aspecto de la orga-
nización anal: la importancia del secreto en la actuación
perversa. La angustia ligada a lo visible -el pene o su
ausencia- se reduce considerablemente por desplaza-
miento hacia lo invisible. El objeto anal, que escapa a la
vista, al mismo tiempo permite al sujeto preservar la fic-
ción de poseer un pene secreto y de mantener un lazo
oculto, erótico, con la madre. Como todo secreto, puede
ser a veces revelado, a veces ocultado en los juegos
sexuales, y de esta manera se convierte en la creación de
un "culto", en el soporte de un "saber" esotérico, inope-
rante e infalible.
Pero el juego de dos no es suficiente para validar el
falo anal y su significación. Algún testigo debe dar un
sentido al amor secreto entre madre e hijo. Este testigo
48
--
- ·
será el padre, humillado y engañado como lo fue antes el
niño, frente a la escena primaria. Este padre-voyeurista
es, sin embargo, objeto de una doble corriente pulsional
en la puesta en escena imaginaria. El es también la
solución mágica de la identificación homosexual, etapa
frustrada en la evolución del suj eto. Así, si bien Ja pri-
mera imagen del pa dre r efleja a un ser castrado, la
segunda es la imagen de un padre i dealizado, dotado de
un pene incastrable, capaz de colmar a la madre. Pero a
ese padre se lo mantiene siempre fuera de alcance. El
juego, la magia y la prestidigitación serán los únicos
medios para identificarse con él. Esta división del objeto
paterno muestra el fracaso decisivo de toda tentativa de
identificación con el padre.
No obstante, este fracaso sólo se produce en presen-
cia de un terreno favorable, lo que nos remite inevitable-
mente a la relación materna precoz y a la existencia de
una infraestructura depresiva que a su vez debe ser
compensada con una actuación febril. Pero el acceso a
este material primario únicamente es posible después
que el sujeto haya podido incluir en su discurso otra ver-
dad que la que han labrado la negación y la renegación.
En este preciso punto retomaré el análisis de M. B.
para citar un pasaje breve que ha abierto el camino a la
actualización de fantasías y sentimientos profunda-
mente enter r ados. Aquel día me h ablaba de un sent i-
mient o de rabia contra su madr e .
-Siempre su padr e. Es ella la que quería parecer se
a él. Siempre me dijo que quiso ser un niño. Supuesta-
men te, yo er a ese niño. La muer te d e mi abuelo ha
debido marcarme, y sin embargo no la recuerdo. Esper e,
debía tener seis años. Cuando mi abuelo murió, mi her-
mano ya caminaba. (Luego de un breve silencio, conti-
nuó.) No comprendo este odio que s iento por mi madre.
Ella sólo quería mi bien. Después de todo, si me quería
49
para ella sola es porque me amaba. Y el hecho de que no
me haya dejado acercarme a mí padre, no basta para
explicar mi odio.
Yo repetí: Cuando mi abuelo murió, mi hermano ya
caminaba.
-No comprendo.
-¿Usted me dice que su madre lo adoraba, que lo
quería para ella sola?
-¡Seguro! Y digo que no es razón suficiente para
odiarla.
-La razón puede ser que, en realidad, deseaba algo
más que a usted. Cuando su padre tan amado murió, su
bebé ocupaba ya su lugar. ¿Qué representaba este her·
manito, fruto de una unión supuestamente inexistente
entre su madre y su padre? ¿Qué pasa con la nulidad de
su padre? Además es la primera vez que me habla de un
hermano.
-Pero ... ¡yo soy el mayor de cinco hermanosl
-¿Entonces, ella lo engañó más de una vez?
Las edades fatídicas de los seis, de los nueve años de
amargas decepciones marcadas por la llegada de herma·
nos menores, ponían fecha al montaje "del sistema",
pero la renegación hacía que esos nacimientos no fueran
significativos. El látigo, falo ficticio, pene ideal del
abuelo que el paciente quiso imaginar como el objeto pri·
vilegiado del deseo materno, servía también para encu·
brir el papel que jugaban el padre y su pene en la vida
de la madre y en el nacimiento de los hermanos. Sea lo
que fuere el deseo de su madre, finalmente se descubría
la verdad de su propio deseo de niño: que su madre
viviera sólo para él.
En las sesiones siguientes, otros recuerdos de la
infancia se infiltraban en su discurso. Ante todo, el cua·
dro de la maternidad surgió con el candor de una ima-
gen de Epinal. B., niño de seis años, mira fijamente, en
50
el primer plano, al bebé en la falda de su madre. Ella lo
tiene "allí, donde no hay que mirar", delante de su sexo,
y lo único que se ve del hermanito son las nalgas desnu-
das. Pegado a ella, disimula el "abismo"_ La evocación de
esta imagen, en donde se confunden las nalgas desnu-
das del hermano con los pechos de la madre, dirige el
discurso de B. hacia el universo de la madre y hacia las
antiguas tinieblas del deseo. En este nivel arcaico, las
nalgas azotadas no sólo tenían por función imitar Ja fan-
tasía de castración sino también disfrazar su deseo de
venganza contra los pechos maternos infieles.
Al sentimiento de haber sido engañado, humillado,
estafado por sus objetos más amados, a la salida del
complejo de Edipo, se sumaba la tortura de una angus-
tia más profunda, la de haber arrancado los pechos a la
madre y haber destruido la fuente misma de vida.
Pacientes como éstos lucharán toda su vida contra este
fantasma para no tener que conocerlo. El sujeto, como lo
hemos mostrado en este pasaje clínico, dirá que sólo por
jugar lleva a cabo su relación amorosa y sus proyectos
personales, que de esta manera serán únicamente reali-
zaciones mágicas del deseo, y se convencerá de que la
vida no es más que un juego, un juego en el cual, bastán-
dose a sí mismo, se lo puede controlar. Aparenta libe-
rarse del objeto en toda situación, negando todo deseo y
toda necesidad del otro, actuando como si el pecho
materno le perteneciera siempre. Basta con quitarle a la
vida su aspecto serio, para estar fuera del alcance de la
decepción, de la depresión y de la culpabilidad. Al juego
de la renegación y del control de la angustia de castra·
ción, propia de la etapa fálica, se suma una renegación
masiva de la impresión de vacío y de muerte interior, y
el juego se orienta hacia el control de la castración
materna, de la angustia de muerte.
En esta descripción se habrá reconocido, aproximada-
51
mente, lo que Melanie Klein ha llamado defensa maní-
aca. Vemos aquí, en efecto, una de las principales defen-
sas que caracterizan de manera notoria a la organización
de la cual nos ocupamos. De la renegación masiva, pro-
pia de esta defensa, el sujeto obtiene un beneficio doble:
• A nivel edípico clásíco, se hace creer que lo que
más lo aterra, la castración, es el hecho más excitante
que pueda haber.
• A nivel narcístico primario, evita enfrentar una
culpabilidad insostenible, que podría llegar a cuestionar
hasta la catexia de su vida.
Cuando la defensa lúdico-erótica se quiebra, cuando
el juego se transforma en una realidad dolorosa y depre-
siva, el sujeto pedirá la ayuda del psicoanálisis, no para
desembarazarse de su actividad sexual sino para adqui-
rir el derecho de no jugar más a vivir con el fin de sobre-
vivir.
Me limitaré, apoyándome en este ejemplo clínico, a
poner de relieve ciertos aspectos de la constelación edí-
pica en la perversión, especialmente las fantasías funda-
mentales que este Edipo particular origina, y los medios
económicos, a través de los cuales se mantienen los pun-
tos de referencia de la identidad subjetiva.
• La fantasía que apunta a la castración fálica de la
imagen paterna esconde otra, destinada a la destrucción
de la madre nutricia o de sus cualidades fálicas, y al ani-
quilamiento de la existencia de los hermanos menores,
signo de la complementariedad de los padres y de la fer-
tilidad de la madre. Si bien la primera fantasía suscita
angustias ligadas a la amenaza de castración para el
sujeto, la segunda moviliza angustias ligadas a la
muerte, la depresión y la desintegración psíquica.
52
-
r
1
• Los dos deseos con sus angustias propias son
sobrellevados de manera compulsiva, gracias a una acti-
¡ vidad sexual que toma la forma de un juego, y gracias a
i una relación con el otro, el objeto sexual, que será regida
1 por las mismas defensas: renegación y negación, esci-
¡ sión, proyección y regresión anal, defensa maníaca.
! • El "juego", igual que para los niños, tiene como
' función controlar los acontecimientos traumáticos del
pasado y permitir, de esta manera, que se haga lo que
está "prohibido de verdad". En la perversión, el sujeto
juega a través del placer del otro, tanto a ser el único
que goza del pene paterno, como a ser el único que goza
del pecho materno. El juego permite así una recupera-
ción lúdica de los objetos perdidos y, al mismo tiempo, el
castigo por estos deseos.
• En el caso presentado aquí, los objetos deseados-
odiados originales (pene paterno, pecho-y-vientre mater-
nos) están disfrazados por el desplazamiento hacia el
látigo y las nalgas, desde donde pueden ser controlados,
castrados y luego devueltos a la vida. Atacar y controlar
estos objetos sexuales a través de sus representaciones
parciales es una manera de probar que viven siempre, y
que el hijo se encuentra a salvo de su venganza y de su
propia culpabilidad.
• Si bien la puesta en escena perversa constituye un
desafío (al padre, al mundo), también es un intento de
recuperar al padre negado, en tanto que objeto interno
perdido. Engañar y humillar al padre es, a pesar de
todo, una manera de hacerlo existir, y de dar un sentido
a su existencia. La finalidad de la actividad erótica
perversa, bajo cualquier aspecto que se presente, es
siempre captar la mirada del espectador anónimo. Gra-
cias a la sombra de este tercero, el sujeto puede conser-
var la integTidad de su identidad psíquica y conjurar el
peligro perpetuo de depresión y de angustia persecuto-
53
ria, donde el sentimiento de la identidad subjetiva corre
el riesgo de caer en el vacío, la nada de la madre todopo-
derosa e ilimitada: la psicosis. Este es el destino que le
espera al sujeto si se evade de la parálisis que traba
todas sus relaciones objetales y sus realizaciones subli-
madas, si su vida sexual deja de ser una danza sobre la
cuerda, un juego de equilibrio angustiante. Porque el
espectador sólo cede su lugar al espectro de la muerte.
54
2. ESCENA PRIMARIA
Y ARGUMENTO PERVERSO
Antes de examinar el significado inconsciente de la
perversión sexual y la eventual existencia de elementos
específicos de tal organización, quisiera delimitar este
concepto clínico con respecto a las estructuras, tanto
neurótica como psicótica. Esto es difícil, porque un acto
"'perverso" en la vida sexual no permite deducir necesa-
riamente una organización estable. Se encuentran abe-
rraciones sexuales en pacientes con estructuras psíqui-
cas diferentes, y el mismo acto sexual puede encerrar
funciones y significaciones diversas. La naturaleza de
los fantasmas que acompañan a las relaciones sexuales
o a la masturbación, no puede informarnos demasiado
sobre la perversión porque no existen fastasmas especí-
ficamente "perversos". Lo propio del neurótico es más
bien una riqueza de fantaseo erótico en todos los niveles.
Además, el individuo cuya vida sexual se centra alrede-
dor de una perversión manifiesta y organizada, a
menudo da pruebas de una vida fantasiosa pertícular-
mente pobre; su estructura superyoica le permite imagi-
nar relaciones sexuales sólo con una perspectiva limi-
55
tada (Sachs, 1923). E incluso, su economía libidinal está
constituida de tal manera, que comúnmente se siente
empujado a "actuar" una gran parte de lo que imagina.
Finalmente el desviado sexual tiene poca libertad de
expresión erótica, ya sea en actos o en fantasías. No
podemos tampoco designar como dotados de una organi-
zación perversa a estos pacientes que -a menudo, de
estructura histérica- se han lanzado a aventuras
homosexuales sin futuro, ni tampoco a los obsesivos que
nos relatan efímeros hechos perversos de su vida, tales
como experiencias fetichistas o eróticas anales. Estas
experiencias tienen una significación y una función cua-
litativamente diferentes de las que revisten en el des-
viado sexual. En este último, la expresión erótica rituali-
zada constituye un rasgo esencial de su estabilidad
psíquica, y una gran parte de su existencia se desarrolla
alrededor de ella. De igual modo, se puede distinguir el
desviado sexual de pacientes psicóticos. Estos últimos
buscan a veces relaciones perversas como un intento de
escapar a una angustia psicótica (angustia de fragmen-
tación, delirios), encontrando así los límites de su cuerpo
y de su sentimiento de identidad a través de un contacto
erótico. Estos factores se pueden encontrar también en
el perverso, pero no constituyen los elementos más
importantes.
Finalmente, no es tan simple apreciar lo que es per-
verso y lo que no lo es. Y, suponiendo que lo lográramos,
es más fácil definir lo que entendemos por perversión
que lo que entendemos por "perverso". Desde muy tem-
prano, a Freud le llamó la atención el hecho de que
todos podríamos ser considerados como perversos; bajo
una capa neurótico-normal todos conservamos los restos
de un niño perverso-polimorfo. Las actividades que
habitualmente consideramos como perversas -voyeu-
56
paz
rismo, fetichismo, exhibicionismo, interés por una varie-
dad de zonas erógenas- podrían formar parte de la
experiencia de una relación amorosa normal. Partiendo
de este punto de vista, uno de los factores que podrían
caracterizar al perverso es que no puede elegir; su sexua-
lidad es fundamentalmente compulsiva. No elige ser per-
verso ni tampoco la forma de su perversión -como el
obsesivo no elige sus obsesiones, ni el histérico sus cefa-
leas o sus fobias-. El elemento compulsivo en la sexua-
lidad aberrante infunde su marca a la relación de objeto,
y el objeto sexual pasa a desempeñar un papel circuns-
crito y severamente controlado, incluso anónimo. El otro
miembro de la pareja, aunque muy a menudo es redu-
cido a un objeto parcial, está considerablemente inves-
tido y cumple una función mágica. Pero se podría decír
lo mismo de una relación amorosa genital en la que la
ilusión nunca falta. 1 Dicho de otra manera, así como el
psicótico busca en el contacto erótico un refuerzo contra
la angustia y un soporte para su yo, el heterosexual neu-
rótico-normal busca, él también, en sus relaciones
sexuales un refuerzo narcisista y un reaseguro destina·
dos a protegerlo de los golpes que le asesta la vida. En
todo individuo que hace el amor, existe la fantasía omni-
potente de reparación de sí mis mo y del otro. Sin
embargo, en la mayoría de los casos, este factor no es el
único; el interés y el amor que sentimos por el otro,
fuera de la relación sexual, tienen también una gran
importancia. De esta manera, 1a relación sexual, en la
economía libidinal del sujeto "normal", desempeña un
papel dinámico diferente del de las personalidades per-
versas o psicóticas.
No hablaré aquí de lo que comúnmente se llama
l. L<i concerniente a la noción de "bisexualidadn, en tanto ele-
mento universal de la sexualidad humana, será nuestro punto de
partida en el capítulo 4.
57
"carácter perverso" ni de acting-out, como la toxicoma-
nía o 1a delincuencia, que finalmente muestran una eco-
nomía parecida a la que se revela en las anomalías
sexuales; vemos en ellas diferentes intentos de resolver
los mismos conflictos inconscientes fundamentales.
Estas otras categorías clínicas, comúnmente llamadas
"perversiones sociales", etc., se distinguen de las per-
versiones sexuales por el hecho de que no exigen una
erotización consciente de las defensas; el fin perseguido
no es el placer sexual. En este trabajo espero poder
extraer ciertos elementos propios de la estructura psí-
quica que encontramos de una manera relativamente
constante en todos los desviados sexuales. Fijaré parti-
cularmente mi atención en la relación del sujeto y de su
acto con la escena primaria (este concepto comprende
para mí, el conjunto de los fantasmas inconscientes que
conciernen a la relación sexual, y Ja mitología personal
de cada uno en lo que concierne a h>s imagos parenta-
les).
ANTECEDENTES DE ESTE ESTUDIO
Comencé a interes arme en la significación incons-
cíen te de las desviaciones sexuales a raíz de una de esas
coincidencias que se descubren en la práctica analítica
de cada uno: me encontré con tres pacientes homosexua-
les en análisis al mismo tiempo. Antes que esos análisis,
muy prolongados, hubieran llegado a término, había
comenzado dos más. Todas estas pacientes sufrían in-
tensos períodos de depresión en los momentos de fracaso
en sus relaciones amorosas o en su trabajo. (Todas ejer-
cían una profesión liberal o una actividad artística, y
ninguna obtenía resultados satisfactorios. A veces, éste
era el motivo consciente que les hacía buscar una ayuda
58
.....
en el análisis. Ninguna vino a verme a causa de su
homosexualidad.)
En estos cuadros clínicos, caracterizados por una
mezcla de manifestaciones neuróticas y psicóticas, ter-
miné por comprender que las relaciones sexuales de
estas analizantes eran a menudo una comedia delirante
en la que la pareja desempeñaba el papel mágico de un
muro de protección contra la amenaza de depresión o de
una pérdida de identidad, y también contra ataques
imaginarios de los hombres. La relación misma, muy
ambivalente, también estaba amenazada constante-
mente desde el interior.
Además de estas similitudes en cuanto a la estruc-
tura del yo y en cuanto a los mecanismos de defensa uti-
lizados para mantener un equilibrio precario, estas
pacientes presentaban otro gran parecido en la manera
como describían a sus padres, al menos durante los pri-
meros años de su análisis. El cuadro presentado mos-
traba un padre que no cumplía con su función paterna, y
una madre que cumplía demasiado con la suya. Sor-
prendida por este curioso reparto de buenas y malas
cualidades, según una línea de demarcación sexual,
traté de despejar los lazos existentes entre el fantasma
edípico y la elección de un objeto homosexual concer-
nientes al papel de la homosexualidad en el manteni-
miento del equilibrio psíquico y de la identi.da.d del yo
(McDougall, 1964, 1970).
Podríamos resumir de la siguiente manera la econo-
mía psíquica de la homosexualidad femenina: es un
intento por salvaguardar el equilibrio narcisista frente a
una necesidad constante de escapar a la relación peli-
grosa y simbiótica, reclamada por la imago materna, y
al mismo tiempo mantener una identificación incons-
ciente con el padre, elemento esencial en esta estructura
frágil. Cualquiera que sea el precio, esta identificación
59
.............
ayuda al homosexual a protegerse contra la depresión o
contra estados psicóticos de disociación, y contribuye de
esta manera a mantener la cohesión de su yo.
Comencé a interesarme en el hecho de que los
pacientes homosexuales hombres presentaban en su
mayoría los mismos elementos estructurales que las
mujeres homosexuales, particularmente en lo que con·
cierne a su mundo de imagos y a la escisión afectiva de
los objetos según una línea sexual. Pero mientras la
mujer intenta encontrar lo esencial de su propia femini-
dad en su pareja idealizada, el homosexual hombre
busca un pene idealizado en otro hombre. Los aspectos
destructores y peligrosos del padre del mismo sexo se
proyectan, en cada caso, en el sexo opuesto. L-0s homose-
xuales de ambos sexos buscan inconscientemente una
protección contra la madre primaria "oral" o "anal" de
las fases pregenitales, y tanto unos como otros intentan
desesperadamente mantener una cierta "barrera fálica"
-por intermedio de la identificación (en el caso de la
niña) o de la elección del objeto (en el caso del niño)-
creando así un objeto idealizado, interno o externo, que
sirve de instancia paterna y hace las veces del falo sim-
bólico, aunque el padre real sea considerado como un ser
sin valor, ausente, incluso muerto.
Posteriormente encontré esta misma organización
edípica desequilibrada, y la estructura inconsciente que
le corresponde, en pacientes fetichistas y masoquistas, y
en los aportes clínicos de algunos de mis colegas a pro-
pósito de casos semejantes. Continué interesándome por
el destino de la imago paterna y por el papel simbólico
del falo en la estructuración de tales personalidades, lo
que me ha permitido estudiar más en detalle los ataques
sádicos imaginados contra los padres, particularmente
contra la madre idealizada, que se revelaban, tal como
el contenido latente de un sueño, a través del acto
60
,....
sexual de estos analizantes. En el capítulo anter!or
hemos resumido este aspecto a través del estudio clínico
de M. B. quien, desde su adolescencia, llevaba vestidos
rituales y se azotaba las nalgas para alcanzar el
orgasmo; cuando fue adulto, pidió a su compañera
sexual que llevara los vestidos simbólicos y que aceptara
ser azotada. Como es frecuente en las anomalías sexua·
les, la naturaleza del lazo erótico era más importante
que el papel que desempeñaba cada uno de los compañe-
ros sexuales en esta ocasión. La vida profesional de este
analizante estaba sometida a las mismas complicaciones
que su vida sexual: no podía desarrollarse sin angustia y
sin un mínimo necesario de puesta en escena. (Los con-
flictos y las interdicciones que marcan la vida sexual de
estos sujetos provocan casi siempre dificultades análo-
gas en su trabajo -a menudo un trabajo intelectual y
creador- que en consecuencia corre el riesgo de sufrir
inhibiciones graves.) Análisis como éstos muestran cla-
ramente cómo una sexualidad aberrante puede servir de
defensa "maníaca" contra las angustias depresivas o
persecutorias.
Los rasgos esenciales que se extraen del fragmento
del análisis de M. B. pueden encontrarse en todas las
desviaciones sexuales y permiten diferenciarlas de las
organizaciones neuróticas y psicóticas. No quiero decir
con esto que las múltiples formas que puede adoptar la
solución sexual perversa no tengan significación propia
en sí mismas, ni afinidades particulares unas con otras.
Excepto su interés teórico, estas diferencias y similitu-
des son importantes para la comprensión analítica de
semejantes pacientes: por ejemplo, la relación entre el
fetichismo y el travestismo, o el estrecho vínculo entre el
fetichismo y los objetivos sadomasoquistas, e igual-
mente la relación del voyeurismo con el exhibicionismo.
También es significativa la distinción entre todas estas
61
expresiones sexuales y la homosexualidad. Es evidente
que el homosexual tiene, entre otros, problemas específi-
cos con la imagen narcisista de su cuerpo y que está for-
zado a reparar esta imagen por intermedio de una
pareja del mismo sexo, como una imagen en espejo,
mientras que el perverso no homosexual muestra a
menudo numerosas defensas contra sus deseos homose-
xuales, defensas tan numerosas como las del neurótico.
He tenido un ejemplo con un paciente fetichista que
pagaba a prostitutas para hacerse azotar y golpear sus
órganos genitales. En el transcurso de una sesión me
dijo haber encontrado otro cliente del mismo prostíbulo
que pensaba que los dos se parecían mucho, puesto que
él también pagaba para ser azotado, pero por mucha-
chos. Mi paciente, muy angustiado, exclamó: " ... ¡pero
este hombre está loco! Nosotros no tenemos absoluta-
mente nada en común. ¡El es un homosexual!". Esta
observación esclarece también el hecho de que toda per-
versión está construida sobre ílusiones esenciales e into-
cables, y nos muestra que la "verdad" de cada microcos-
mos sexual está fundada en la negación y la renegación.
Lo que me interesa para el presente trabajo, más
allá de las diversas manifestaciones de la sexualidad
desviada, es la estructura inconsciente que la sostiene,
más que su forma. Partiendo de la constelación edípica y
de las imagos parentales, hemos visto que la madre
ocupa un lugar idealizado, mientras que el padre desem-
peña un papel curiosamente borroso en el mundo objeta}
interno. Se le atribuye a la madre complicidad y seduc-
ción, mientras que se representaba al padre como no
apto para servir de modelo de identificación. De esta
manera encontramos una escisión patológica (false
splitting del que habla Meltzer, 1967). Pero esta separa-
ción no opera a nivel de la imago materna; lo "bueno" se
encuentra del lado de la madre, ideal fálico inatacable, y
62
·---------------------------•-••••••- ••--HUl ... A_l ... .__._._. __ 1 ~              
--
lo "malo" se encuentra del lado del padre, objeto rene-
gado, denigrado. Detrás de esta explosión de los retratos
de familia se encuentra otra madre, mortalmente peli-
grosa para su hijo, y el odio y la agresión vinculados a
esta imagen están orientados hacia otros objetos. La
imagen del padre denigrado, igualmente fragmentada,
esconde un padre idealizado (papel atribuido frecuente-
mente al padre de la madre, a un sacerdote, incluso a
Dios mismo); con mayor frecuencia aún encontramos el
fantasma de un falo ideal con el que el sujeto no puede
identificarse, pero que juega un papel estructurante
importante a pesar de su carácter escindido (Kurt y Pat-
terson, 1968). Estas "falsas" fragmentaciones se expre-
san bajo diferentes formas en el acto sexual desviado, en
donde se encuentra invariablemente un intento por
ganar, conservar o controlar el falo paterno idealizado.
Sólo de una manera defensiva éste es atribuido a la
madre, incorporado a su función fálica primordial en
tanto primer objeto de deseo y detentadora de vida. Esta
persecución eterna del padre, defensa contra la madre
todopoderosa, contribuye a dar a la sexualidad perversa
su carácter compulsivo. Igualmente proporciona a la
estructura psíquica una defensa contra la psicosis, al
mismo tiempo que da testimonio de su fragilidad
seca. Aquello que falta en el mundo interno es buscado
en un objeto o una situación exteriores, puesto que un
fracaso de la simbolización ha dejado un vacío en la
estructuración edípica. Este fracaso concierne a la  
ción del pene paterno y a la significación de la escena
primaria. La desaparición de ciertos lazos asociativos
tiende a debilitar, al menos en este ámbito circunscrito,
la relación del sujeto con la realidad y desemboca, de
esta manera, en un des enlace "psicótico" del conflicto
edípico y de la angustia de castración; esta "solución"
está a su vez erotizada, y aporta, al mismo tiempo, una
63
respuesta a los problemas de la descarga instintiva.
(Más tarde volveremos a tratar el tema de la escena pri-
maria y su importancia particular en la estructura psí-
quica que nos interesa aquí.)
Fuera del interés de su organización edípica, la per-
versión ofrece un campo de estudio rico y fértil en
cuanto al nacimiento del deseo humano y los diferentes
objetos, alrededor de los cuales se cristaliza. Además
ofrece un vasto campo de investigación para quien
quiera abordar el problema de la identidad humana. Es
evidente que el perverso sufre de trastornos de identi-
dad sexual; podríamos preguntarnos también qué papel
juega la sexualidad aberrante en la economía identifica-
dora del yo. Lichtenstein (1961) propone, en un buen
artículo, la hipótesis según la cual una de las principales
funciones de la heterosexualidad "no procreadora" es el
mantenimiento del sentimiento de identidad. Diré que
esto también es cierto para el desviado sexual. Su bús-
queda continua de una confirmación de su ser, desti-
nada a contener la angustia que se apodera de él cuando
la pérdida de sus puntos de referencia identificatorios lo
amenaza, puede incluso llevarlo a objetivos libidinales y
agresivos en el transcurso de su ritual sexual. De esta
manera, en medio de un complicado sistema de nega-
ción, de renegación, de desplazamiento, pretenderá a
menudo que nació homosexual, travestí, masoquista,
etc.; es decir, que la forma que toma su sexualidad es
una parte integrante de su identidad. Corydon (1920),
de André Gide, constituye un ejemplo notable. El des-
viado cree también a menudo que posee el secreto del
deseo sexual. (Más tarde volveremos sobre el origen
inconsciente de eBte secreto.) Al sentirse fuerte por la
particularidad de su propia identidad sexual, desdeña
frecuentemente los sexos "simples", la gente que hace el
amor a la antigua, de la manera como lo hacía el padre
64
r
menospreciado y denigrado. Así pues, paradójicamente,
el heterosexual simple es considerado como castrado,
víctima de la presión paterna y social, y representante
de una imagen paterna castrada. Como decía un
paciente perverso, el hijo ha descubierto "un plato más
condimentado". (Este paciente, cuyos problemas se refle-
jaban tanto en su alcoholismo como en su metáfora,
pagaba a prostitutas para que orinaran sobre él.) Tenía
la impresión de que los otros le envidiaban su receta.
Este sentimiento de estar "en la onda", de ser el elegido,
sólo él, entre los vulgares mortales para recibir el
secreto de los dioses, muestra la ilusión del niño inces-
tuoso que imagina ser la pupila de los ojos de su madre,
en detrimento del padre al que le toca el lugar del niño
en tanto elemento excluido, castrado. Pero el niño inces-
tuoso sólo puede conservar la ilusión de ser el único
objeto de deseo de su madre, si hace de su sexualidad
nada más que un juego.
EL FINAL DE LA INFANCIA
Algunos perversos son más conscientes que otros de
la depresión que existe detrás de este juego frenético, y
son más aptos para recordar el momento inevitable de
desilusión en el que el castillo de naipes de la promesa
incestuosa se derrumbó. Con el fin de llenar el vacío
brutal, abierto de esta manera en el sentimiento de
identidad, el juego sexual se convierte en un intento
desesperado por apartar el desencadenamiento de la
rabia y los impulsos homicidas o suicidas. La perversión
sexual admite y exhibe la parte sobreexcitada, libidínal
de su objetivo, pero corre un velo de silencio sobre los
aspectos más angustiantes. Las desviaciones sexuales
son frecuentemente representadas como una diversión
65
en tecnicolor; el mundo "alegre" 2 del homosexual se
expone en más de un bar, pero el color y la "alegría" dis-
frazan apenas su contrapartida depresiva y con frecuen-
cia persecutoria. Hemos emitido aquí la idea de que
estsis actuaciones sexuales complejas están edificadas
sobre las ruinas de una ilusión derrumbada, pero queda
una pregunta: el hecho de que la perversión sexual sea
una respuesta a los deseos incestuosos y la rabia aho-
gada que acompaña su insatisfacción no es una explica-
ción, puesto que estas decepciones constituyen un trau-
matismo universal y forman parte integrante de la
condición humana. ¿Por qué estos niños están marcados
especialmente por el signo de la desilusión?
Durante el análisis estos pacientes nos revelan la
manera como, poco a poco, han tejido la trama de su
identidad, sobre todo en cuanto a sus aspectos sexuales
y genitales, captando los mensajes mudos de los deseos
y conflictos inconscientes de los padres; son particular-
mente conscientes del lugar que ocupan ante los ojos de
su madre. Sobre este tema, la complicidad de la madre
y su influencia en la creación de un modelo sexual y
superyoico aberrante, se han escrito muchos artículos
analíticos (Bak, 1956; Gillespie, 1956a y b; Stoller;
1968; Sperling, 1955; Segal, 1956). Quisiera considerar
aquí la parte complementaria de esta vivencia: el papel
del niño en la creación de una nueva sexualidad y la
reinvención de la escena primaria. Aunque sea una
reacción ante los problemas parentales, de todas mane-
ras es la invención del niño y no la de su madre. Esta
creación, t ejida con trozos de la magia infantil (los ele-
mentos de la sexualidad infantil), está hecha a la
medida del deseo infantil (deseo de ser el único objeto
2. En inglés gay significa "alegre" y también "homosexual". [T.)
66
que pueda colmar a 1a madre). Sin embargo, en la crea-
ción misma de su solución erótica, el niño quiebra sus
lazos maternos y triunfa sobre la madre internalizada.
En el transcurso del análisis, estos pacientes recuerdan
muy claramente el descubrimiento de su drama erótico
privado. Generalmente lo hacen remontar a1 período de
latencia o alrededor de la pubertad, y lo presentan como
una "revelación" de su verdad sexual. Los factores pre-
cipitantes que, en muchos casos, tienen la fuerza de
recuerdos-pantalla, son con frecuencia acontecimientos
familiares tales como el nacimiento de un hermano,
una ruptura en las relaciones parentales o un nuevo
matrimonio. Dos de mis pacientes homosexuales han
"descubierto" su vocación sexual después del naci-
miento de un hermano, cuando tenían diez y once años.
Sucede lo mismo en el caso de homosexualidad feme-
nina relatado por Freud (1920). Mi paciente fetichista,
al igual que otro que presentaba rituales sadomasoquis-
tas complicados, hacían coincidir 1os diferentes elemen-
tos de sus sistemas sexuales con la época del naci-
miento de hermanos o hermanas, prueba irrefutable de
la infidelidad de la madre.
Siempre hay un recuerdo imborrable para dar
cuenta del derrumbamiento de la ilusión incestuosa.
Con respecto a la sexualidad del niño, hay a menudo
una actitud francamente despreciativa por parte de la
madre seductora que, sin embargo, niega toda concien-
cia sexual a su hijo. La madre de Portnoy's Complaint es
un ejemplo bien clásico: "¿Qué? ¿Para esa cosita?", le
dice a Portnoy que quiere un slip con suspensor. Como
dice Portnoy a su analista: "Quizá lo haya di cho una
sola vez, ¡pero fue suficiente para toda l a vida!". 3
3. 'traducción libre de la autora basada en l a edición inglesa
de la novela: Portnoy's Complaint, de Phílip Roth. [T.)
67
-
Uno de mis pacientes de vida sexual masoquista y
homosexual, me ha contado una experiencia del mismo
tipo. "Tenía once años y me metía desnudo en la cama,
al lado de mi madre, corno lo había hecho muchas veces.
Aquella vez ella me rechazó brutalmente diciéndome:
'¡Qué estás haciendo, cochinito!' A raíz de este incidente,
mi padre me llevó aparte y me explicó cómo nacían los
bebés. Fue demasiado. Estallé en sollozos."
Es asombroso que estos niños hayan podido creer
durante tanto tiempo que eran "el pequeño compañero
de mamá", e imaginar incluso que un día tendrían rela-
ciones sexuales con ella. El furor y la angustia nacidos
de su desilusión son rememorados muy lentamente en el
transcurso del análisis; y es sólo un principio. Estos
traumas recobrados no son más que un eslabón de una
larga cadena. El niño, ligado de esta manera a su
madre, ha alcanzado un punto de no-regreso. A través·
de diversas invenciones eróticas, hace un esfuerzo
desesperado para liberarse, pero la "solución" está pre-
determinada Sus ilusiones sexuales permanecen intac-
tas, solamente han encontrado nuevos disfraces. Nume-
rosos en]aces de ideas, relacionados con la verdad
sexual, han sido deformados o destruidos en la relación
preedípica, quizás incluso en l a relación del niño con el
pecho de la madre, relación sexual arcaica. De hecho, no
nos sorprende descubrir que en el fantasma inconsciente
del desviado sexual, el "castrador" es invariablemente la
madre. La seductora que despierta el deseo es, al mismo
tiempo, el obstáculo para su realización. Para el niño,
ella es la imagen misma de la perversidad. ¿Qué quiere
ella? El hijo de una madre "idealizada" ha podido creer
que él también era un niño "ideal", el centro de su uni-
verso, hasta el momento de la revelación fatal de que él
no posee la respuesta al deseo de su madre. En el
derrumbamiento tardío de su ilusión, ya no sabe quién
68
-
es para ella ni qué le dará satisfacción. En alguna parte
debe existir un falo ideal, capaz de colmar a la madre. El
padre, raramente reconocido por la madre como objeto
de deseo sexual, seguramente no lo tiene, así pues, el
niño no siente ganas de volverse hacia él ni de identifi-
carse con él. Este factor, reforzado por el deseo, a veces
consciente, de la madre, concuerda demasiado bien con
el deseo del niño de creer en el mito de un padre cas-
trado o no existente. Advirtamos que un padre real-
mente ausente, incluso muerto, no impide al niño
crearse una imagen fálica interna valedera, si la rela-
ción materna lo permite. Por otra parte, los padres de
estos niños parecen contribuir a su propia exclusión o se
muestran incapaces de modificar estos aspectos de su
personalidad que alejan de ellos a sus hijos. Así pues, los
celos edípicos y el complejo de castración, punto de par-
tida de una reorganización del conjunto de la persona-
lidad, se convierten en una experiencia más desorga-
nizadora que estructuradora. Los niños que aquí nos
interesan no han encontrado la forma de terminar con el
conflicto edípico; han inventado una manera original de
dar vuelta el problema. Observemos de cerca su argu-
mento sexual.
ARGUMENTO PERVERSO Y ESCENA DEL SUEÑO
¿Cuál es la significación inconsciente de un acto
sexual en el que el sufrimiento y la angustia no están
nunca ausentes, y a lo sumo se encuentran ferozmente
negados? ¿Qué papel desempeña el objeto sexual en esta
asociación que, muy a menudo, no incluye la dimensión
del amor? Y los elementos que utiliza el desviado sexual
para escribir su extraño argumento, ¿dónde los encuen-
tra? Como lo hacía notar Gillespie (1956a) en un artículo
69
sobre la teoría de la perversión, clínica y a la vez teórica-
mente es imposible sostener (como lo han hecho pensar,
tal vez, los primeros escritos de Freud sobre este tema)
que la perversión organizada es simplemente una per-
sistencia, en la edad adulta, de la pulsiones del ello que
han escapado a la represión. Me parece que la escena
representada por el perverso es más bien comparable a
un sueño: un sentido manifiesto, un sentido latente. En
un artículo sobre el fetichismo, S. Stewart 4 escribe:
"Jacob se viste con la ropa de su mujer, como lo hacía
antes con la de su madre ... luego se entrega a numero-
sas y complicadas experiencias para atarse ... introduce
diversos objetos en su ano .. . luego se ata otra vez e
introduce su pene y sus testículos en una pequeña
bolsa ... tira fuerte de los cordones, hasta que el dolor
aparece ... Luego se lava con agua tan caliente que se
hace daño. A medida que la presión aumenta, el control
se hace más difícil y Jacob comienza un movimiento de
piernas que termina en orgasmo". Estas escenas, como
en un sueño, se parecen a una obra de teatro en la que
faltan los indicios esenciales para la comprensión del
complot. Se trata de contenidos manifiestos que p r o v í   ~
nen del proceso primario, con sus condensaciones, sus
desplazamientos y sus ecuaci ones simbólicas. Y, cosa
extraña, el autor mismo ha perdido la clave de su puesta
en escena; al igual que el que sueña, realiza una elabo-
ración secundaria para explicar el atractivo que tienen
para él los objetos y las situaciones insólitas que son las
condiciones esenciales de su acto sexual.
Uno de mis pacientes había escrito numerosas ver-
siones de una historia en la que una mujer vieja azotaba
públicamente a su hija (notemos que éste es, práctica-
4. S. Stewart, "Quelques aspects théoriques du fétichisme" en
La Sexualité Perverse (obra colectíva), París, Payot, 1972.
70
-
mente, un argumento fetichista típico). Una vez, tra-
tando de justificar su mito personal sobre el secreto
sexual, se interrumpió para decirme: "A propósito, ¿le
hablé de mi pasión por la ciencia-ficción?". La elabora-
ción secundaria, puede intervenir también para justifi-
car una desviación del objetivo; otro analizante me ha
dado un buen ejemplo. Describía con lujo de detalles su
necesidad de pagar a prostitutas para que le pisotearan
sus órganos genitales con zapatos de tacón alto, mien-
tras él miraba la escena en un espejo. Interrumpió su
descripción para decir: "No piense que soy masoquista,
sabe, eso a mí me da placer".
Notemos que los dos pacientes reconocían la natura-
leza original de su comportamiento sexual; al no ser psi-
cóticos, sentían la necesidad de justificarla. Otro
paciente, por el contrario, desdeñando esta necesidad,
imponía al mundo su realidad interna. Este último
pasó, efectivamente, por un episodio psicótico en el
transcurso de su análisis. Durante la primera entrevista
me dijo: "Naturalmente, yo soy homosexual. Como usted
lo sabe, seguramente, todos los hombres son homosexua-
les, pero la mayoría no tiene el coraje de admitirlo". Vol-
veré más tarde a hablar de 1a fase psicótica de este
paciente; ésta fue provocada por una interpretación con-
cerniente a un elemento esencial de la organización per-
versa: el contacto con un objeto que ocupaba el lugar del
significante fálico, objeto que tenía en jaque a la confu-
sión psicótica.
TEMA Y VARIACIONES
Así pues, el perverso trata de convencerse y de con-
vencer a los demás que él posee el secreto del deseo
sexual: lo despliega en el espectáculo de su creación eró-
71
tica. ¿Cuál es, en realidad, ese secreto? ¿Qué es lo que
quiere probar o realizar, más allá y fuera de la descarga
sexual, ese coito insólito? El secreto, en su aspecto
inconsciente, es muy simple: no hay diferencia entre los
sexos. Para la conciencia del sujeto hay diferencias de
sexos, pero éstas no tienen una función simbólica y no
son ni la causa ni la condición del deseo sexual. Esta
renegación implica una renegación del pene faltante de
la madre, y va hasta la renegación de la escena prima-
ria. Sin embargo, queda la angustia de castración. La
escena primaria original, cuyo autor es el niño destinado
a convertirse en perverso, merece atención. Gracias a
una infinidad de desplazamientos simbólicos y a la rup-
tura de eslabones asociativos importantes, el deseo
sexual es alimentado con objetos nuevos, objetivos nue-
vos y zonas nuevas. El decorado, los intérpretes y los
objetos varían, pero el tema es inmutable: es el tema de
la castración y apunta al control de la angustia que le es
propia. Que se trate del sadomasoquísta, centrado sobre
su dolor, apuntando incluso a sus órganos genitales o a
los de su pareja; que se trate del fetichista, que reduce el
juego de la castración a un juego de nalgas azotadas o a
constricciones corporales (las huellas de la sevicia sim-
bolizan la castración y se borran fácilmente); que se
trate del travestí, que hace desaparecer sus órganos
genitales deslizándose en la ropa de su madre con el fin
de apropiarse de su identidad; o aun del homosexual con
su búsqueda eterna del pene que absorbe de modo
mágico --0ral o analmente-, reparando así la fantasía
de su propia castración y al mismo tiempo castrando
-y- reparando a la pareja gracias al control del goce
del otro ... ; en cada caso la intriga es la misma: la cas-
tración no hace sufrir, no es irreparable, y más aún, es
la condición misma del placer. Cuando, a pesar de todo,
la angustia aparece, es erotízada e incluida como nueva
72
condición de excitación. No podemos dejar de comparar
a estos pacientes con niños que "juegan" a la sexualidad.
Pero es un juego desesperado; la angustia inmensa de
castración debe ser controlada gracias al comporta-
miento sexual: siendo el equilibrio narcisista relativa-
mente frágil, cualquier golpe, cualquier contrariedad o
l decepción que aporte la vida cotidiana puede suscitar
¡ una tensión que reclame una solución inmediata por
medio del acto sexual mágico. Además, la escena prima-
ria inventada debe ser validada -hace falta siempre un
espectador, función desempeñada con frecuencia por el
mismo sujeto que observa en el espejo el desarrollo de la
escena. Aquí hay una importante inversión de papeles;
el niño, antes víctima de la angustia de castración,
ahora es su agente, el que inflige la castración; ha
encontrado un remedio a su angustia, como en el "juego
del carretel"
1
controlando el drama de la separación.
Antes, sometido a la excitación, en tanto espectador
ímpotente, excluido de las relaciones parentales o víc-
tima de una estimulación inhabitual que no podía enca-
rar, es ahora el que controla y el que produce la excita-
ción, la suya propia o la de su pareja. Así pues, el interés
dominante de muchos perversos es el de manipular a su
antojo la respuesta sexual del otro. Este elemento más o
menos importante según el caso, hace sufrir al objeto lo
que en otro tiempo se ha soportado pasivamente,
encuentra su equivalente en las relaciones de ciertos
psicóticos con el otro, tal como lo ha mostrado Hanna
Segal (1956). El paciente del que ella habla se las inge-
niaba sutilmente para que su madre experimentara los
sentimientos "de un niño que siente excitación sexual,
avidez, frustración, rabia y culpabilidad". Además de
estas inversiones fundamentales de las primeras expe-
riencias traumatizantes, existe una renegación (a veces
calcada de la realidad externa pero a menudo a pesar de
73
ella) de las relaciones genitales entre los padres. De esta
manera el pene del padre no juega ningún papel en la
vida sexual de la madre; ella goza cuando es azotada,
encadenada, cuando orinan sobre ella o cuando se
exhibe, defeca u orina sobre el padre, le pega, etc. Al
menos es lo que nos quieren hacer creer. A las múltiples
variaciones sobre el tema de la castración hay que agre-
gar un contrapunto: que los órganos genitales de los
padres no están destinados a completarse y que su deseo
mutuo es inexistente. Tal es la ficción que hay que rea-
firmar sin cesar. Con estos esfuerzos por no saber nada
de la relación sexual real, con el fin de poder mantener
una escena primaria ficticia introyectada, el perverso
entabla un combate sin salida con la realidad. Desde
este ángulo, su actuación erótica es una especie de
acting out perpetuo, de forma compulsiva. Porque el
sujeto se ha creado una mitología de Ja cual ya no reco-
noce la verdadera significación, un texto al que le han
borrado pasajes importantes. Como lo veremos, estos
pasajes que faltan no están reprimidos, porque en ese
caso habrían originado síntomas neuróticos; están aboli-
dos al haber, el sujeto, destruido el sentido. Es por esto
que muchos pacientes perversos se quejan de no com-
prender la sexualidad humana. Un paciente voyeurista
me decía que cuando escuchaba a otros hombres hablar
de sus aventuras amorosas tenía la impresión de ser "un
marciano". Un paciente fetichista evocaba su asombro
cuando sus amigos de la adolescencia hablaban de sexo,
de chicas o contaban historias picantes. Afrontaba esta
situación de desigualdad como afrontaba todas las expe-
riencias embarazosas, controlándola al manipularla con
precaución: se convirtió en el especialista en historias
escabrosas de su liceo, y )as inventó en mayor número y
más horribles que los otros. Su placer personal de con-
trolar la excitación sexual de sus camaradas era tan
74
intenso como su orgullo de "no sentir nada". En tanto
que hombre "marciano" creía con dificultad en los objeti-
vos sexuales de los otros hombres, a tal punto llegaba su
renegación de la verdad, con todo lo que esto implicaba
de alienante para su propio deseo y para sus propias
identificaciones sexuales. El mismo paciente me dijo un
día: "Tengo la impresión de haber sido maldito en mi in-
fancia. Jamás he elegido mi sexualidad, me ha caído co-
mo un maleficio". Sin embargo, durante la misma sesión
agregó: "Pero no imagine que quiero cambiar. Como us-
ted sabe muy bien, ésas son mis actividades preferidas".
Aquí reside el dilema del perverso. Renunciar a su for-
ma de sexualidad, con sus rituales, su angustia y sus
condiciones draconianas, equivaldría a la castración, y
pondría en peligro la cohesión de su yo y de su senti-
miento de identidad. Hace poco tiempo una mujer homo-
sexual me decía: " ... por lo menos, cuando estoy con
'ella', sé que existo. Sin ella es la nada ... pasaba lo mis-
mo con mi madre cuando yo era pequeña. Sólo existía a
través de ella".
Es evidente que detrás de las angustias del período
fálico y de las heridas narcisistas de la escena primaria
se encuentran miedos fragmentadores que conciernen a
la separación y a la identidad del sujeto. En todos estos
pacientes, el padre, aunque generalmente presente, apa-
rece como una ausencia. Esta falta en el mundo de las
representaciones internas es, en sí misma, profunda-
mente amenazadora para el sentimiento de identidad.
Solamente el acto sexual mágico permite la ilusión de
encontrar el falo paterno, aunque bajo formas idealiza-
das y disfrazadas; de esta manera cumple una función
esencial al establecer una identidad propia, y aporta
cierta protección contra la dependencia agobiante de la
imagen materna y contra el deseo, igualmente peligroso,
de fusionarse con ella. Pero, ¿cómo funciona este sis-
75
tema sexual mágico? ¿Cómo hacen estos sujetos para
destruir su conocimiento sobre la verdad sexual, para
negar la verdad concerniente a su propio lugar en la
constelación edípica y para reemplazarlos por un acto
nuevo e ilusorio? Los mecanismos primarios en juego
son normales en los niños, pero marcan al aduJto con el
sello de la psicosis. Sin embargo, el perverso no es un
psicótico; puesto que lo que ha sido negado o renegado
no lo recupera bajo una forma delirante, sino que lo
recobra, en cierta manera, gracias a la ilusión contenida
en el acto (respecto de la cual no es totalmente ino-
cente). Aquí se descubre un fracaso de la aptitud para
simbolizar las realidades sexuales y para crear un
mundo interno fantasioso con el fin de enfrentar la ver-
dad intolerable; así pues, la ilusión debe ser actuada sin
fin para evitar la recuperación mediante la desilusión.
Examinemos la concepción freudiana sobre el desa-
rrollo de los conocimientos sexuales en el niño y la serie
de fantasías que lo expresan (Freud, 1923, 1924a, 1925,
1927, 1940). Primeramente el niño cree que hay un sólo
órgano sexual, el pene. En una fase posterior, no puede
dejar de percibir que las mujeres no lo tienen. Llegado a
este punto reniega la percepción inaceptable: "Hay un
pene allí, lo he visto". Como Freud lo hace notar, esta
afirmación es en sí misma la prueba de que el niño per-
cibe la diferencia de sexos. Más tarde, el sentido de r e   ~
lidad que se desarrolla en el niño ya no le permitirá sos-
tener que no hay diferencia perceptible entre los sexos, y
es en este momento cuando comienza una adaptación
psíquica a esta realidad sexual indeseable. El niño
comienza a elaborar una serie de fantastas para dar
cuenta de esta realidad: " ... ella no tiene pene ahora,
pero más adelante le va a crecer uno; ... las otras muje-
res no tienen pene, pero mamá sí tiene uno; ... o tiene
76
  · · · · · ·
uno pero papá se lo quitó; ... o lo tiene escondido adentro;
... etc.". Ya no es más la renegación de una percepción
sensorial sino algo infinitamente más elaborado y más
evolucionado, una renegación, ciertamente, pero de otro
orden. Encontramos aquí la distinción descrita por Alma
Freud en El yo y los mecanismos de defensa (1936),
entre la renegación en palabras y en actos, y la renega-
ción en fantasías. Seguidamente, Freud indica una
cuarta fase en la que se constata en los niños una anula-
ción neurótica del órgano sexual inaceptable por inter-
medio de una formación reaccional (punto de partida de
fobias, inhibiciones, etc.); los órganos genitales femeni-
nos se hacen "sucios" o "peligrosos", o bien la feminidad
en sí misma es menospreciada. En todo caso, el sexo
abierto de la madre es reconocido, y contrainvestido; no
es más un objeto de fascinación sino un lugar inquie-
tante que bloquea momentáneamente el pasaje al deseo.
Si las fantasías ansíógenas y las formaciones defensivas
que los acompañan son reprimidas simplemente -solu-
ción neurótico-normal de la mayoría-, el niño da la
impresión de resolver la problemática edípica; entra,
como se dice, en el periodo latente, pero la puerta queda
abierta a formaciones neuróticas posteriores. Cierta-
mente, en el mejor de los mundos posibles, el niño acep-
tará, por fin, que lo que él desea que sea verdad no lo
será nunca., que el secreto del deseo sex.ual reside en el
pene faltante de la madre, que únicamente el pene del
padre podrá completar el sexo de la madre y que él que-
dará para siempre borrado de su primer deseo sexual,
así como de sus deseos narcisistas ínsatisf echos. Para
afrontar la verdad de esta manera, al niño le hacen falta
dos padres ''bastante buenos" (los padres good-enough
descritos por Winnicott), y nosotros tenemos razones
suficientes para pensar que el futuro perverso no los ha
encontrado. Aunque sea su manera de contornear el
77
Edipo, a menudo parece que tratara, al mismo tiempo,
de resolver los problemas de sus padres por medio de su
respuesta aberrante al peligro edípico. La "solución"
perversa de los problemas edípicos no es tal; es, sin
embargo, una salida eficaz para los conflictos "preedípi-
cos" difíciles (Glover, 1933). La solución a través de la
anomalía sexual se encuentra, en el modelo freudiano de
la evolución sexual del niño, entre el estadio dos (rene-
gación de la percepción) y el estadio tres (renegación por
la fantasía). La fase dos (allí hay un pene; yo lo vi) es
una adaptación mágica, y desde el punto de vista de la
economía psíquica, sólo se puede terminar con ella
creando una nueva "realidad" para llenar el vacío dejado
por la renegación, manipulando un poco el mundo exte-
rior (Freud, 1924b). En la fase tres (no hay pene,
pero ... ), el niño no reduce a cero las informaciones reco-
gidas por sus percepciones de Ja realidad externa, él
toma nota de ellas y crea de una manera autoplástica
los medios fantasiosos para enfrentar este conocimiento
doloroso. Desde el punto de vista dinámico, la diferencia
entre la solución perversa y la solución erótica se
encuentra aquí mismo. Sin embargo, los factores que
predisponen al niño a responder a la verdad sexual con
la renegacíón mágica más que por medio de una elabora-
ción fantasiosa, operan mucho antes de esta fase del
desarrollo,
¿Qué es, precisamente, la renegación? Este término
(en inglés, disavowal) escogido por la Standard Edition
para traducir el Verleugnung de Freud (Freud, 1923,
pág. 143n) expresa, a mi parecer de una manera más
adecuada, el repudio vigoroso de la realidad "a través de
la palabra y de la acción''; implica, igualmente, un r e c o ~
nocimiento" seguido de la destrucción del sentido por el
corte de la cadena asociativa, y sugiere mejor, a mi
entender, la violencia que encierra este desafío de la rea-
78
lidad que la modificación a través de la fantasía (para lo
cual propongo guardar el término "déni"). La renegación
forma parte de lo que Bion (1962, 1963) ha designado
eon el término de Minus-K phenomena (en inglés K=
knowledge: conocimiento). A propósito del concepto
"Minus-K", Bion (1962) escribe: "Antes de que una expe-
riencia afectiva pueda ser utilizada como modelo, sus
datos sensoriales deben ser transformados en elementos
'alfa', que serán acumulados y devueltos disponibles
para la abstracción. En el 'Minus-K', el sentido es reti-
rado, dejando la representación al desnudo" (págs. 7 4-
75).
En el caso particular que nos interesa, es decir
cuando el modelo concerniente a la verdad sobre la dife-
rencia de sexos y las relaciones sexuales es deformado,
"la representación desnuda" es no solamente el sexo
vacío de la madre sino también la significación que se
debería haber atribuido a este descubrimiento. Por
cierto, el niño termina por reconocer la diferencia per-
ceptiva y por saber que su madre no tiene pene, pero su
representación psíquica no lo lleva mucho más lejos;
permanece como no significativa. La percepción del sexo
femenino no es solamente capaz de estimular las fanta-
sías descritas por Freud, a saber que la castración puede
sobrevenir en un niño pequeño, o que ya ha sobrevenido
en una niña pequeña. Esta percepción despierta inevita-
blemente el conocimiento intuitivo según el cual el pene
faltante marca el lugar en donde un pene real viene a
cumplir su función fálica real; esta intuición abre el
camino al conocimiento aprendido concerniente a la
relación sexual. Así pues, el sexo abierto de la madre
proporciona la prueba de la función del pene paterno.
Pero el niño no qiere saber nada de esto. Prefiere,
incluso, alucinar un pene, destruyendo así su reconoci-
miento de la diferencia, antes que aceptar la idea de que
79
los órganos genitales de sus padres son diferentes y
complementarios, antes que aceptar que él queda
excluido para siempre del círculo cerrado, y que, si su
deseo persistiera, tendría que enfrentar la amenaza de
castración. El concepto de castración puede ser conside-
rado, en este contexto, como el equivalente de la reali-
dad, y en consecuencia su aceptación conduce al niño a
]as diversas fantasías que hemos citado como el estadio
tres del modelo freudiano. Todos son medios para
enfrentar el miedo a la castración y el tabú del incesto.
El niño que encuentra una salida desviada desdeña
estas realidades ineluctables y la verdad que se des-
prende de ellas, pero paga el precio elevado de una parte
de su yo dañada y de un abandono, en un sector limi-
tado, de la realidad externa. "No es cierto, declara el
niño, mi padre no tiene ninguna importancia, ni para mi
madre ni para mí. No tengo nada que temer de él; ade-
más mi madre me ama sólo a mí." De esta manera, el
pene del padre pierde su valor simbólico virtual, y frag-
rn en tos esenciales del conocimiento humano quedan
borrados.
Esta impresión de hueco-en-el-conocimiento y sus
consecuencias se ilustran en este sueño de un paciente
fetichista sadomasoquista: "Yo estaba extendido al lado
de una mujer desnuda y me ordenaron que mirara sus
piernas descubiertas que ella mantenía bien abiertas.
Las miré durante un momento, pero no pude encontrar
lo que tenía que responder. Me parecía que era un pro-
blema de lógica. Finalmente dije que jamás encontraría
la respuesta exacta porque nunca había sido bueno en
matemáticas".
Entre sus asociaciones, el paciente recordó sus fiirts
de adolescente y la primera vez que besó a una mucha-
cha. Al darse cuenta de su falta total de emoción se
había sentido turbado; había tenido conciencia de expe-
80
rimentar solamente cierto asco en vez de deseo sexual.
Recordamos a Osear Wilde comparando a las mujeres
con un "cordero frío" frente a la atracción ejercida por
una alternativa de objeto homosexual.
En su artículo sobre la "Escisión del yo ... '', Freud
(1940) dice esencialmente que, confrontado con el vacío
donde se tendría que haber encontrado el pene de la
madre, el niño puede crear, para completarlo, ya sea un
fetiche, ya sea una fobia. Un poco de ambos podría cons-
tituir el punto nodal de una tercera organización psí-
quica participante de mecanismos neuróticos y psicóti-
cos a la vez. Podríamos decir que el yo "separa" sus
fuerzas defensivas en su esfuerzo por enfrentar tanto la
realidad del deseo sexual, como la futilidad de sus rei-
vindicaciones narcisistas. En primer lugar, el niño niega
aquello que no quiere saber. Según la importancia de su
capacidad para internalizar y simbolizar la ausencia (de
la madre, de su sexo), el niño evolucionará ya hacia una
organización neurótico-normal, ya hacia una organiza-
ción psicótica (renegación no sólo de la significación de
la diferencia sexual, sino también de la realidad de la
separación, de la diferencia, simplemente, entre él y los
otros), ya hacia una organización semipsicótica, semi-
neurótica, solución desviada que no se manifiesta forzo-
samente a través de una perversión sexual, aunque esto
sea frecuente. Numerosos casos de toxicomanía, de
delincuencia, de actings graves de síntomas del carácter
presentan mecanismos psíquicos similares (McDougall,
1970; Sperling, 1968).
El fetichismo es el prototipo de todas las formaciones
perversas porque muestra ejemplarmente la ma nera
como el vacío dejado por la renegación y la negación de
la verdad es colmado posteriormente. En cierto sentido,
es un acto de gran lucidez. Enfrentándose en primer
lugar con el hecho de que posee una identidad propia,
81
por lo tanto una identidad sexual con sus implicaciones
edípicas, el futuro perverso no encuentra, como sí lo
hace el neurótico, ningún velo suficientemente espeso
como para cubrir el dolor y los contornos de la verdad
insoportable. Sólo puede tapar el problema y encontrar
nuevas respuestas al deseo. Durante el análisis de estos
pacientes tenemos la impresión de que han estado
expuestos, prematuramente, a una estimulación sexual,
luego han sido rechazados y alimentados de conocimien-
tos ilusorios. Esto nos hace pensar en el artículo de Hell·
man (1954) sobre las madres de niños que sufren de
inhibición intelectual porque no tienen derecho a saber
lo que las madres no toleran que sepan. En el niño desti-
nado a una solución perversa del deseo sexual, el incons-
ciente de la madre desempeña un papel esencial. Esta-
mos tentados a pensar que la madre del futuro perverso
rechaza, ella misma, la verdad y denigra la función
fálica del padre. Es posible que además haga sentir al
niño que él o ella es un sustituto fálico. En la historia de
estos pacientes descubrimos, con frecuencia, que al niño
se le ha dado como ejemplo otro modelo de virilidad (el
abuelo materno, un tío, Dios) ofrecido, tal vez, por la
madre como único objeto fálico valedero. Sin embargo,
esto explica muy parcialmente el complicado sistema
psíquico del futuro perverso y sólo aporta una ayuda
limitada al análisis de la perversión sexual.
Algunos de los factores observados por Bion (1967)
en relación con la formación de la psicosis y del pensa-
miento esquizofrénico me parecen aplicables a estos
niños que inventan una solución perversa para evitar su
dolor psíquico. Relaciones de objeto muy precozmente
estn1cturadas, así como "el odio a la realidad'', son clíni·
camente evidentes en la mayoría de los casos. La angus-
tia de castración de la fase fálica y los celos edípicos son
factores que se encuentran más en la superficie de la
82
--
perversión que en su origen, como salida a los problemas
planteados por la realidad de las relaciones humanas.
La angustia sobreviene, en primer lugar, en ausencia de
un objeto. Tras el traumatismo causado por la ausencia
de pene de la madre, se perfila la sombra entera de la
madre faltante; las diferentes maner as como el niño se
ha sentido ayudado u obstaculizado para compensar
esta pérdida vital constituyen los fundamentos de la
forma como afrontará los conflictos de la fase edípica
clásica. La angustia de separación es prototípica de la
angustia de castración y la presencia-y-ausencia de la
madre son los factores alrededor de los cuales se cons-
truirá la primera estructuración edípica. Rosenfeld
(comunicación personal) emitió la idea de que el lactante
podría haber establecido ya una relación "perversa" con
el pezón. En un sentido metafórico bastante amplio, yo
estarla de acuerdo con él. El traumatismo de la castra-
ción primitiva, que se expresa bajo forma de miedo a la
desintegración corporal y miedo de la pérdida de identi-
dad, deja invariablemente sus huellas en las perversio-
nes sexuales, pero no les es específico. Cuando las pri-
meras introyecciones han sido traumatizantes y no
resueltas por la relación materna, existen todavía
muchas salidas posibles que van desde la psicosis y la
enfermedad psicosomática 5 hasta la toxicomanía y otras
formas de actuar sintomático. Los factores movilizantes
decisivos que determinan el estatuto de una desviación
sexual posterior, sobrevienen en la fase edípica; la infra-
estructura de este resultado se organiza desde la rela-
ción con el pecho.
En el plano clínico, la incidencia de las enfermeda-
des psicosomáticas se revela inhabitualmente elevada
5. Véanse al respecto los capítulos 8 a 11 que tratan específica-
mente sobre esta eventual evolución.
83
en los pacientes que presentan una perversión estructu-
rada; Sperling (1968) ha estudiado en sus analizantes la
alternancia de períodos de actividad sexual perversa con
incidentes psicosomáticos. Esto deja pensar que ha
habido ''faltas" precoces a nivel de la elaboración fantas-
mática y de la simbolización: zonas de "Minus-K", de
conocimiento-menos, en donde el afecto y el embrión de
un pensamiento tendrían que haber tenido lugar, sólo
han podido expresarse, directamente, a través del
cuerpo. También es el punto donde la formación p   r ~
versa cede el lugar a formaciones psicóticas y donde la
renegación se convierte en la abolición (Verwerfung) de
la realidad perceptiva postulada por Freud (1911) en
tanto que mecanismo psicótico fundamental en El Hom-
bre de Jos Lobos y en el caso Schreber. Tratando de com-
prender la homosexualidad de Schreber con respecto a
Flechsig y a Dios, Freud escribió: "No era exacto decir
que la percepción que estaba suprimida en el interior
era proyectada hacia el exterior, la verdad es más bien ...
que lo que ha sido abolido en el interior vuelve al exte-
rior". Este mecanismo fundamental de diferenciación
que facilita o condena el acceso a la verdad sobre el
mundo perceptible y la realidad humana, ha sido estu-
diado particularmente por Bion (1962) en el concepto de
"Minus-K" y en Francia por Lacan (1956, 1959) quien ha
escogido el término de "forclusión" para designar este
mecanismo.
El psicótico debe recuperar, bajo una forma deli-
rante, el conocimiento proyectado cuyos eslabones signi-
ficantes han sido destruidos. El perverso, en cambio
1
propone una solución mucho más evolucionada puesto
que, si bien recupera igualmente del exterior lo que ha
perdido en el interior, lo hace por medio de una i lusión
que él controla y delimita. El no es del irante. El "Minus-
K" referente a la diferencia sexual y a la escena prima-
84
-
L
ria en la estructuración perversa puede reducir la
"máquina de influir" de la sexualidad psicótica a un
látigo, a un puñado de cabellos, al pene de otro hombre;
estas minúsculas "máquinas de influir" (Tausk, 1919)
tal vez son una psicosis en miniatura, pero sirven para
proteger la integridad psíquica del sujeto, al mismo
tiempo que protegen el objeto (Gillespie, 1956a).
Volvamos al concepto de renegación. La destrucción
de eslabones asociativos que ésta implica es un acto psí-
quico de gran violencia y que aumenta probablemente
en los momentos de furor intenso que no encuentran
salida en una descarga física. He aquí un ejemplo, apor-
tado por un colega y sacado de la vida cotidiana: un niño
de dos años y medio ha escuchado hablar mucho del
bebé que iba a llegar a la familia. Un día, bruscamente,
comienza a golpear el vientre de su madre, embarazada
de nueve meses, gritando: "jNo es verdad que mamá
esté llena como una botella!". Esto no es una simple
negación; es un rechazo, una renegación de su propia
percepción, o al menos, un esfuerzo desesperado por des-
truir la espantosa realidad, que hay algo entre él y su
madre, en el interior mismo de su madre, allí donde tan
a menudo él quisiera encontrarse. Sabe que hay un niño
rival; sabe también que esto está en relación con el pene
de papá; y, en un momento como éste quisiera destruir a
la vez al bebé y al pene. Pero protege a su padre y a su
madre de sus ataques fantasiosos, los cuales son rem-
plazados por la renegacíón de la realidad, es decir que
ataca a una función de su yo. La reacción de este niño
está perfectamente de acuerdo con su edad. Lo que
cuenta es lo que hará más tarde (y la manera como se le
ayudará a confrontar la verdad). ¿Qué hilo encontrará
para remendar el agujero dejado por su renegación?
Numerosos caminos le están aún abiertos.
De la misma manera que aquel niño, el perverso
85
protege sus objetos de su odio destructor destruyendo en
su lugar una parte de sus conocimientos perceptivos e
intuitivos. Y este tema debe figur::i.r también en la
escena primaria que se ha inventado. El objeto (pareja,
pene del otro, fetiche, etc.) no debe ser destruido. Según
su fantasía buscará, ya sea reparar el objeto (vertiente
depresiva), ya sea protegerse él mismo de la destrucción
(miedo paranoide), convirtiéndose, en el plano erótico,
en el amo del otro.
En un pasaje de la biografía de Marcel Proust,
George Painter (1965) hace muestra de una buena com-
prensión del aspecto más violento de la homosexualidad
de Proust. Describe a Proust, en el burdel de Albert,
regalando, primeramente, los muebles de sus padres
muertos, y luego sus retratos con el fin de que sus jóve-
nes amigos homosexuales pudieran insultar a estos
seres tan estimados. Frente al retrato favorito de Proust
que representaba a la princesa Hélene de Chirnay, éstos
debían gritar: "jPero, ¿quién es esa iorra?J". Seguida-
mente, Painter describe la necesidad que tenía Proust
de mirar ratas mientras se las torturaba, y su búsqueda
de jóvenes para hacerlo, todo esto, formando parte de un
ritual orgiástico. Según Painter, en Proust, "el hecho de
buscar la crueldad en los jóvenes procedía sólo parcial-
mente de su necesidad consciente y enformiza de alcan-
zar la belleza imaginaria de la fuerza y de la amorali-
dad. También realizaba actos simbólicos de venganza
por una injusticia sufrida en su lejana infancia ... A la
edad de veintidós meses, momento del nacimiento de
Robert, ya no le fue posible poseer, sin compartir, el
amor maternal. No tenía nada que reprochar a Robert, y
desde los primeros años Marcel habfa perdonado, casi
completamente, a su hermano; pero había en él una
parte demoníaca de su ser que jamás había perdonado a
su madre ... Su agresividad infantil, como un absceso
86
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que aún no ha reventado, estalló, y entonces se derramó
a través de cuarenta y cuatro años ... " (pág. 267).
De esta manera, Proust, como más de un homose-
xual, se desquitaba de sus padres desleales, que, contra-
riamente a lo que le habían hecho creer, y sobre todo
contrariamente a lo que él quería creer, tenían relacio-
nes sexuales. Las ratas torturadas son, una vez más, la
imagen onírica del pene paterno y del tema eterno que
quiere que la castración no sea amenazadora. Ni él ni
los objetos amados-odiados son realmente destruidos, en
tanto que 1a escena primaria imaginaria pueda conti-
nuar funcionando. El fetiche, término derivado del por-
tugués feitizo (hechizo) y del latín facticius, como todo
objeto fálico imaginario, ocupa el lugar de un objeto
interno que ha sido gravemente dañado y que entonces
debe ser resucitado eternamente para ser, una vez más,
reparado o controlado en la escena sexual perversa. Cas-
trar, humillar y renegar al padre, o a su representación
parcial, es la prueba, al menos, de que su existencia
tiene un sentido.
En cada acto perverso (tal como lo hemos definido)
existe, entonces, una escena primaria condensada. Pero
es necesario aún que el sujeto posea la aptitud para uti-
lizar simbólicamente estos objetos externos para llenar
el vacío interior, allí donde ha habido fracaso simbólico,
forclusión, conocimiento-menos. Segal (1956) dice que 1a
capacidad del niño para simbolizar "puede utilizarse
para enfrentar conflictos tempranos no resueltos". El
perverso trata de resolver varios problemas procedentes
de diferentes estratos de la vida psíquica, gracias a los
aspectos mágicos y a las ecuaciones simbólicas de su
actuación erótica. Si no logra utilizar lo que podríamos
llamar el simbolismo lúdico, tal vez llegue a un desen-
lace psicótico. Por ejemplo, el travesti que desea fun-
dirse en la identidad de su madre va, lúdicamente, a
87
deslizarse en su piel llevando ropa femenina; así pondrá
en escena la fantasía según la cual atrae hacia él al
padre fálico, realizando de esta manera, imaginaria-
mente, su deseo doble. Al contrario, el hombre (cuyo
caso ha figurado en la primera plana de los diarios) que
mató a una niña para ponerse en su piel con fines eróti-
cos, muestra un funcionamiento psicótico y no perverso.
Podemos decir lo mismo de los transexuales que experi-
mentan la castración física con el fin de cambiar la reali-
dad externa y confirman una identidad sexual delusoria.
Enfrentado a la falta de un falo internalizado (dife-
rente del de la madre arcaica omnipotente), el niño debe
encontrar un objeto significante paternal en el mundo
exterior para evitar deshacerse en el universo oral sin
límites en donde el sí-mismo y el objeto forman como
una unidad. Esto es, sin duda, lo que quiere decir Khan
(1969) cuando escribe: "Uno de los resultados obtenidos
por 'el objeto collage interno' (collated interna! object) en
la realidad psíquica del perverso es que este objeto le da
la posibilidad de establecer en su realidad interna una
pantalla paradójica que lo protege de la invasión total
de su persona por la omnipresencia intrusiva del incons-
ciente de Ja madre en su vivencia infantil" (pág. 564).
Luego sugiere, siguiendo a Winnicott, que la encarna-
ción de la fantasía sexual en un personaje real puede
proteger al sujeto del suicidio. Usando la metáfora de
Khan, "el objeto-collage", para designar los aspectos dis-
pares de las imagos parentales, yo diría que, cuando en
este "collage" ciertos trozos-del-padre esenciales se des·
pegan, es la puerta abierta al suicidio o a la disociación
psicótica.
Igualmente, la vuelta brutal a la conciencia de aquel
que ha sido petrificado en el interior o expulsado por
fuerza puede provocar una dislocación peligrosa del psi-
quismo. Quisiera relatar, al respecto, el incidente ocu-
88
rrido en el análisis de un paciente homosexual. Su com-
portamiento sexual habitual consistía en "enganchar" a
un cierto número de compañeros hombres para practicar
la felatio, siempre con la idea de que un día encontraría
a "alguien a quien amaría realmente". En una de sus
sesiones contó que su búsqueda de la noche anterior le
había deparado una experiencia terrorífica. Había acom-
pañado hasta su casa a un hombre mucho mayor que él,
cosa inhabitual, y con gran sorpresa se había dado
cuenta de que le interesaba más el hombre que su pene.
Sintió pánico y buscó una excusa para irse. Aunque él
había estado siempre convencido de que estaba enamo-
rado de sus compañeros ocasionales, se enloqueció al
descubrir que éstos existían únicamente en tanto penes
a poseer y sólo a duras penas en tanto personas.
Siguiendo las asociaciones sobre el hombre mayor, rela-
cionándolas con su transferencia paterna, en ese
momento en pleno desarrollo en la situación analítica,
pude mostrarle que había sido indispensable para él evi-
tar interesarse en sus compañeros a fin de continuar
ignorando que el único pene que él buscaba era el de su
padre. Deseaba recibir alimento y fuerza del pene
paterno, evitando al mismo tiempo que su padre
sufriera la castración y la devoración que esto impli-
caba. Después de esta sesión, el paciente interrumpió
bruscamente todas sus aventuras homosexuales y
comenzó a tener relaciones con una mujer mayor que él,
pero "descubrió" que cada vez que comían juntos "se
inflaba de una manera monstruosa". Exhibía sus hin-
chazones imaginarias a todos sus amigos, y también a
mí. Al mismo tiempo se quejaba de que su dormitorio
estaba lleno de espectros. Escuchaba sus voces burlonas.
Hay muchas interpretaciones posibles en cuanto a este
incidente: en primer lugar, el hecho de que hubiera
renunciado a su renegación, que concernía tanto al
89
padre como a la verdad sobre sus relaciones con la
madre, trajo aparejado un desbordamiento intolerable
de afectos penosos; además, parece que hubiera reintro-
yectado, bruscamente, toda una serie de imágenes escin-
didas del pene del padre que hasta el momento había
manipulado, en el transcurso de sus actividades horno*
sexuales, a través de juegos sexuales simbólicos y que
ahora se transformaban en espectros; finalmente, al
renunciar a la ilusión de poder recuperar un falo ideal,
¡se confundió totalmente con el personaje de la madre,
tragándola!
Dejaré de lado las fantasías de embarazo que se
desarrollaron más tarde y que desaparecieron cuando el
paciente decidió volver una vez más a los penes reales.
Espero que este ejemplo sea un buen epítome para el
terna de este capitulo: la escena primaria reinventada,
forma privilegiada de la defensa maniaca, es preferible
a la locura.
90
3. EL DILEMA HOMOSEXUAL: ESTUDIO
DE LA HOMOSEXUALIDAD FEMENINA
En este capítulo confío en mostrar que la homose-
xualidad femenina es una tentativa de resolver el con-
flicto vinculado con dos polaridades de la identidad psí-
quica: la identidad propia de cada individuo y su
identidad sexual. En las mujeres que se vuelven homo-
sexuales, los múltiples deseos y conflictos que cada niña
enfrenta en relación con su padre se tramitaron renun-
ciando a él como objeto de amor y deseo e identificán-
dose, en lugar de eso, con él. El resultado es que, una
vez más, la madre se convierte en el único objeto mere-
cedor de amor. La hija adquiere entonces una identidad
sexual algo ficticia, aunque su identificación incons-
ciente con el padre la ayuda a alcanzar un sentimiento
más intenso de identidad subjetiva. Recurre a esta
última para poner cierta distancia respecto de la imago
maternal en sus aspectos más peligrosos y prohibitivos.
En lo tocante a los aspectos idealizados de la imagen
materna, éstos buscan satisfacerse en una relación sus-
titutiva con una pareja homosexual. Esta enunciación,
harto simplificada, de la "solución homosexual" a la
91
desazón edípica, así como al conflicto preedípico y la
integridad narcisista, plantea muchos interrogantes.
Espero poder dar respuesta parcial a algunos de ellos.
¿Qué razones podrían impulsar a una niña pequeña
a renunciar al amor de su padre, y por qué medios llega
a identificarse con él en vez de amarlo? ¿Por qué siente
tan peligrosa a su madre? ¿Qué factores obstaculizan su
identificación con la madre genital capaz de mantener
relaciones sexuales con un hombre? ¿Qué hay detrás de
su frenética idealización de la mujer, y qué es lo que
tiene para ofrecer a sus parejas femeninas idealizadas?
Más allá de estas cuestiones, que se relacionan bási-
camente con el mundo de los objetos internos y con la
estrutura edípica, hay otras vinculadas a la sexualidad
femenina en general. ¿Qué papel cumplen la "envidia
del pene" y la "angustia de castración" en la homosexua-
lidad? ¿Y qué sucede con la propia imagen corporal?
¿Cómo es posible mantener la ilusión de ser realmente
la pareja sexual de otra mujer? Si disponemos de algu-
nas respuestas provisionales a estas preguntas, estare-
mos mejor equipados para comenzar a indagar la rela-
ción homosexual, con todo lo que representa en el plano
inconsciente. Pero primero echemos una mirada al más
antiguo de los trabajos psicoanalíticos sobre este terna,
publicado hace más de cuarenta años.
"Ninguna prohibición ni vigilancia le impiden apro·
vechar ]as raras ocasiones que se le ofrecen de hallarse
en compañía de la amada, de espiar todos sus hábitos,
de aguardarla horas y horas a la puerta de su casa o en
la parada del tranvía, de enviarle flores, etc. Es evidente
que est e interés único ha devorado en la muchacha a
todos los otros." Así describe Freud (1920, pág. 147) la
pasión de una joven paciente homosexual por una mujer
diez años mayor que ella. Al reconstruir la génesis de su
homosexualidad, revela que de niña, luego de haber
92
alcanzado un "apego edípico normal" por su padre,
renunció a todo   ~ o r hacia él en un período en que
inconscientemente deseaba tener un hijo suyo, período
que coincidió con un embarazo de la madre. Fue enton-
ces la madre -esa rival suya, inconscientemente
odiada, que le disputaba el amor del padre- la que dio
a luz el hijo que la muchacha anhelaba. El efecto trau-
mático de este suceso parece haber provocado en la
joven un amargo rechazo de todos los hombres, en tanto
que ella "se trocaba en un hombre y tomaba a la madre
en vez del padre como objeto de su amor" (pág. 158). A
partir de entonces persiguió con devoción a varias muje-
res algo mayores que ella. En el momento en que fue a
la consulta con Freud est aba enamorada de una dama
de dudosa moralidad, aunque de familia aristocrática,
relación que era particularmente reprobada por el
padre. No obstante, la joven se las ingenió para que éste
la viera en compañía de su amada. El padre le dirigió en
esa ocasión una mirada de odio que ella interpretó así:
"Te está prohibido amar a esta mujer"; pero en su incons-
ciente el mensaje callado fue: ''Y tampoco me tendrás a
mí". Después de ese intercambio de furiosas miradas
entre padre e hija, su amiga se encolerizó al saber que el
padre les vedaba todo trato, y le ordenó que la dejase en
el acto y nunca má s le dirigiera la palabra. Para la
joven, era como si tanto el hombre como la mujer le
negasen el derecho a la posesión sexual de una mujer;
pero según muestra Freud en su artículo, inconsciente-
mente esta prohibición significaba para ella que no
tenía derecho a ocupar el lugar de la madre y a desear al
padre para sí. Ante el rechazo pat erno y materno, hace
un último gesto simbólico para poseer y castigar a la vez
a los dos objetos de su deseo: se arroja a las vías del tren
con intención de suicidarse. De esta manera trágica
eleva su voz de protesta contra el doble abandono que
93
sufrió, manifestando su sentimiento de total desamparo
y su creencia de que ya no le quedaba para qué vivir.
A partir de este fragmento de análisis, Freud pene-
tra los deseos sexuales secretos de esta joven hacia su
padre y su propósito simbólico, mediante el intento de
suicidio, de obligarlo a darle un hijo. Se trata de un dra-
ma edípico. Las conclusiones de Freud podrían hacernos
suponer que basta la mortificación narcisista para expli-
car ese salto suicida de la muchacha. Sin embargo, la fu-
ria y el dolor edípicos ante el hecho de que a uno le esté
vedado por siempre satisfacer los deseos incestuosos in-
fantiles es un trauma sexual universal. ¿Por qué esa jo-
ven, y muchas otras como ella, ha sido tan marcada por
la índole traumática de la sexualidad y de la desilusión
edípica? ¿Por qué recurre a una solución tan desespera-
da? Si bien su suicidio es precipitado por la desazón edí-
pica, asistimos al mismo tiempo a un drama preedípico
que Freud no explora.
El artículo al que hicimos referencia es unos diez
años anterior al sorprendente descubrimiento por Freud
de los conflictos preedípicos de la niña en su afán de lo-
grar la identificación sexual (Freud, 1931, 1933). Mu-
cho antes de llegar a la fase edípica, debe adaptarse a
una relación de amor y odio con su madre, y lograr la
identificación con ella como ser individual y separado, a
la vez que identificarse en el plano sexual. Es evidente
que sus probabilidades de alcanzar la independencia
psíquica sin una cuota indebida de culpa y depresión
dependerán en gran medida de la disposición que mues-
tre la madre a permitir que su hija se independice de
ella, y a ayudarla en su identificación sexual. A su vez,
esto exige que la madre reconozca en la hija a una rival
con metas y deseos femeninos, y acepte el amor de ella
hacia el padre. A todas luces, esto abarca también la ac-
titud del padre hacia la pequeña, y depende del grado
94
en que él quiera darle su fuerza y su amor, ayudándola
así a desasirse de la madre. Si los padres padecen con-
flictos inconscientes que interfieren con ias tentativas de
la hija de adaptarse a sus deseos narcisistas y eróticos,
así como con su necesidad de hacer frente a las realida-
des sexuales y aceptar su propia identidad sexual, se
corre el riesgo de que reciba mensajes confusos. Estos
pondrán en peligro su creciente sentimiento de
tidad, su capacidad para la prueba de realidad, y afec-
tarán la estructuración de sus impulsos libidinales y
agresivos. Por otra parte, es sohre la base de esta orga-
nización edípíca temprana     que ella deberá
enfrentar, y a la postre elaborar, los conflictos de la cri-
sis edípica clásica. Quizá se justifique sostener que para
producir un vástago homosexual se precisan dos padres
con problemas.
Freud enuncia claramente en su artículo que el
intento de suicidio de su joven paciente fue una actua-
ción inconsciente de su unión fálica con el padre; pero a
esta reconstrucción simbólica debemos añadirle que
también estaba poniendo en acto la disolución de su
relación infantil con la madre. En definitiva, la mucha-
cha es una mujer que hace valer su derecho a la sexuali-
dad y a la maternidad, y que ya no necesita de otra
mujer para completar su feminidad. Le había asignado a
su amiga el papel de madre idealizada; bella y rodeada
de amantes, era a los ojos de la vehemente joven el
retrato perfecto de la feminidad, poseedora de los múlti-
ples dones que ella creía que le habían sido negados, y
que en su niñez pensó que estaban reservados exclusiva-
mente a la madre. Su deseo consciente de ser objeto del
deseo erótico de la otra mujer y de tomar posesión
sexual de ella no sólo enmascara su anhelo de "ser un
hombre", como dice Freud, sino también su deseo agre-
sivo de obtener el tesoro escondido de la mujer: el dere-
95
cho al hombre, a su pene y al hijo que él le brindará.
Cuando su requisitoria homosexual se ve frustrada, pro-
cura castigar tanto al hombre como a la mujer, pues
demanda algo de cada uno de ellos. En su intento de sui-
cidio trata de dar satisfacción definitiva y secreta a esos
deseos, y a la vez, según puntualiza Freud, procura ser
castigada por ellos.
Una solución diversa a su conflicto habría sido el
establecimiento de relaciones homosexuales francas, y
de hecho el artículo de Freud nos hace suponer que así
sucedió con esta paciente. En tal caso, su actividad
homosexual tuvo el mismo significado inconsciente que
su tentativa de suicidio, a saber, la satisfacción simbó-
lica de deseos amorosos y destructivos originalmente
dirigidos a los progenitores. No quiero decir que la solu-
ción homosexual de los problemas edípicos y narcisistas
sea equivalente al suicidio; por el contrario, ese desen-
lace puede servir para evitar caer en estados de depre-
sión o despersonalización, y en tal sentido actuar como
un baluarte contra el suicidio o la muerte psíquica.
Varias mujeres homosexuales a quienes analicé pre-
sentaban notables similitudes en su estructura yoica y
en sus antecedentes edípicos. Particularmente evidente
era su violencia, así como la complicada lucha defensiva
que libraban contra ésta, en especial cuando estaba diri-
gida contra su pareja sexual. No era menos llamativa la
fragilidad de su sentimiento de identidad, que se mani-
festaba en períodos de despersonalización, estados cor·
porales anómalos, etc., especialmente si sentían que
pesaba sobre la relación con su pareja una amenaza
externa o interna. Una de estas pacientes, por ejemplo,
al enterarse de improviso de que su amante iba a ausen-
tarse por tres días, exclamó: "¡Cuando leí su carta, sentí
que la habitación daba vueltas a mi alrededor! No podía
recapacitar ni darme cuenta de dónde estaba, y para
96
--
recobrar mis sentidos tuve que golpearme la cabeza con-
tra la pared". En una ocasión parecida se quemó las
manos con cigarrillos encendidos a fin de poner término
a la penosa sensación de pérdida de los límites de su yo
corporal (Federn, 1952). Otra de mis pacientes se cortó
las manos con un cuchillo filoso y quemó trozos de su
piel al ser abandonada por su amante de entonces.
Estas pacientes no sólo expresaban su dependencia
casi simbiótica de sus respectivas parejas sino, además,
el terror y la furia violenta que suscitaba la experiencia
de la separación y la pérdida. Todas ellas manifestaban
reacciones igualmente intensas hacia los hombres ...
aunque suponían que éstos iban a descargar sobre ellas
algún ataque violento. Una de mis analizantes guar-
daba en su bolsillo un estilete, otra escondía en la car-
tera un gran cuchillo de cocina; ambas decían que era
para protegerse de los ataques de los taxistas o de los
transeúntes. Además de episodios aislados de confusión
y despersonalización, todas ellas sufrían períodos de
intensa depresión vinculada al fracaso de su relación
amorosa o de su actividad creativa o profesional. Con
frecuencia, el motivo consciente de que acudieran al tra-
tamiento era algún fracaso laboral. En mi trabajo con
estas pacientes llegué a comprender que a menudo sus
relaciones sexuales y amorosas er an usadas por ellas
como una pantalla maníaca contra los sentimientos
depresivos y los temores persecutorios, una protección
mágica contra ataques fantaseados o la amenaza de pér-
dida de la identidad.
HISTORIA EDIPICA Y ESTRUCTURA EDIPICA
Establezco una distinción entre, por un lado, la his-
toria familiar personal que surge de los recuerdos
97
infantiles, las valoraciones conscientes y lo que podría-
mos llamar las imagos parentales y, por otro lado, las
estructuras simbólicas inconscientes a que han dado
lugar las vivencias infantiles y el mundo interno de
fantasía del individuo. Estas estructuras afectan no
sólo al yo, a su sistema defensivo y a los objetos de
amor y odio internalizados, sino también a las relacio-
nes con los objetos externos. Si damos al concepto de
"estructura" el significado que le atribuyó Lévi-Strauss
(1949), podemos aceptar que la estructura edípíca es
nuclear como base inconsciente de la personalidad. No
sólo determina la identidad del yo en sus aspectos nar-
cisistas y sexuales, sino que además pone su sello en
las metas instintivas y a la postre estructura las rela-
ciones inter e intrapersonales. La profunda significa-
ción simbólica del complejo de Edipo no puede redu·
cirse a la historia del niño con sus progenitores,
aunque únicamente rea rmando esta "historia" pode-
mos llegar a comprender la estructura simbólica del yo
y de sus objetos sexuales.
En los hombres y mujeres homosexuales, hallamos
una novela familiar de un género específico, que debe-
mos analizar con cuidado sí queremos entender la
estructura de personalidad resultante y el papel de los
objetos homosexuales en la economía psíquica. Por lo
tanto, además de la concordancia en lo que se refiere a
los factores de la estructura yoica y los mecanismos de
defensa empleados para mantenerla en su equilibrio
precario, hay una notable similitud en la forma como
estos pacientes presentan a sus prÓgenitores. Todas mis
pacientes homosexuales podrían haber pertenecido a la
misma fanúlia, hasta tal punto se asemejaban las des-
cripciones que hacían de sus padres. Mis propias obser-
vaciones clínicas en este sentido han sido ampliamente
corroboradas por los hallazgos de otros autores analíti-
98
--
cos que se ocuparon del tema, en particular Deutsch
(1932, 1944-1945), Socarides (1968) y Rosen (1964).
Las descripciones que haremos a continuación pro-
~ i g u   n investigaciones anteriores acerca de Ja signi-
ficación inconsciente de las relaciones objetales en la
homosexualidad femenina (McDougall, 1970). Si he
entresacado fragmentos bastante extensos de este ar-
tículo anterior es porque tengo muy poco que añadir
sobre este particular aspecto de la homosexualidad.
LA IMAGEN DEL PADRE
Como veremos, el padre no es ni idealizado ni de-
seado por estas pacientes. Cuando no permanece total-
mente ausente del discurso analítico, es despreciado,
detestado o denigrado de algún otro modo. La preocupa-
ción intensa por los ruidos que produce, su brutalidad,
insensibilidad, falta de refinamiento, etc., contribuyen a
dar al cuadro una tonalidad anal-sádica. Por lo demás,
se impugnan sus atributos fálico-genitales, ya que a
menudo se lo presenta como ineficaz e impotente; la hija
no siente que su padre sea fuerte ni amante, ni consi-
dera su carácter esencialmente viril. En el mundo psí-
quico interno de la hija, el padre otrora fálico ha sufrido
una regresión y se ha vuelto anal-sádico.
Olivia, una atractiva joven de algo más de veinte
años, que durante los primeros años de su análisis vivió
con una mujer mayor que ella con quien decía estar
"casada", vino un 'día a la sesión afectada por un males-
tar físico y esgrimiendo una carta de su padre. "¡Tendré
que volver a Florencia en las vacaciones, y estar con mi
familia! -exclamó-. Esto me enferma. No pude dormir
en toda la noche. Pensé que iba a vomitar . .. no soporto
los ruidos horribles que hace mi padre con la garganta y
99
cuando tose. Los hace únicamente para volverme loca.
No tolero mirarlo. Retuerce el rostro y hace muecas con
pequeños movimientos musculares. Es asqueroso."
En las sesiones anteriores había recordado que de
niña él solía pincharla con la barba, y que tenía una voz
estridente y aterradora. De hecho, todos los recuerdos a
él vinculados retrataban su presencia como una intromi-
sión violenta. Pasaron unos dos años de análisis antes
que surgieran recuerdos más cariñosos y tiernos. Por
lo que Olivia podía saber a esta altura de su trata-
miento, siempre lo había odiado y creía que él también
la odiaba. Siguió diciendo: "Tengo tanto miedo de sufrir
un 'ataque' cuando regrese a Florencia ... y mi padre me
odia más que nunca cuando estoy enferma y no puedo
salir de casa". Se referia a una fobia al vómito lo bas-
tante severa como para anular la mayor parte de su vida
social, y que era uno de los motivos principales por los
cuales había acudido al análisis. Olivia continuó "vomi-
tando" su furia y malestar contra el padre: "Estoy
segura de que él es el causante de mis ataques. Trata de
que yo me enferme. Probablemente usted no me crea,
pero sé que él quisiera matarme." En ciertos periodos,
Olivia había llegado a imaginar que el padre se complo-
taba con sus empleados para liquidarla. En su tercer
año de análisis corrigió esta creencia: "Mi padre no es
consciente de ello -declaró--, pero inconscientemente le
gustaria matarme". A la sazón ya no se sentía compelida
a salir armada de un cuchillo para prevenir los ataques
de los hombres.
Karen, una actriz talentosa, acudió al análisis a raíz
de graves ataques de angustia que la paralizaban frente
al público. A medida que avanzaba el tratamiento pudo
dar un contenido fantaseado a sus ataques fóbicos: era
como si de pronto pudiera llegar a defecar o a vomitar
sobre el escenario. "Cuando pienso en mi padre, lo oigo
100
aclararse la garganta llena de gargajos, sonarse la
nariz, todos esos ruidos horribles que parecía desparra-
mar por la mesa cuando comíamos y nos rodeaban (a
ella y a sus hermanas). Yo solía pensar que si él me diri-
gía la palabra yo me iba a desmayar, como si estuviese
por escupirme. ¡Cerdo inmundo, tenía ganas de arran-
carle las tripas! Me hacía vomitar." En otra oportunidad
dijo: "De chica siempre tenía miedo de perder el control
de mí misma. Me desmayaba con frecuencia. Todas las
mañanas, antes de ir a la escuela, me ponía a rezar: 'Por
favor, Dios mío, no permitas que vomite hoy'", En otras
ocasiones recordó una fantasía aterradora que persistió
durante casi veinte años, en la que su padre se deslizaba
por detrás de ella con el propósito de cortarle la cabeza.
"Pienso que tiene que haberme amenazado con que me
la iba a cortar cuando yo era chica. Cada vez que él
estaba detrás de mí, yo pegaba un salto. Siempre me
mantenía a una distancia que me pusiera a salvo; nunca
me sentabajunto a él en el auto."
Eva relata: "No puedo describir la mirada terrible de
mi padre. Aunque yo no haya hecho nada, siempre tengo
miedo de que me grite ... ¡y es tan grosero en la mesa! El
corazón me empieza a palpitar como si fuese a matarme.
Cuando él está, yo quedo paralizada por el terror y no
puedo ni o m   r ni hablar".
Sophie, una ginecóloga que convive con una colega,
pinta básicamente el mismo retrato del padre deni-
grado, sólo que con algunos toques diferentes: "Como
hombre de negocios ha tenido éxito y ha hecho fortuna,
pero básicamente no es más que un campesino ... de
ideales atrasados, sin ninguna sensibilidad. En la casa
nadie puede mover un dedo sin su conformidad. Puede
entregarse a violentos berrinches, como un chico. Odia a
las mujeres; cuenta orgulloso que una vez le dio una
bofetada en público a su hermana porque estaba
101
í
......
saliendo con un muchacho. A un padre así, nadie puede
mirarlo a la cara".
Por estos ejemplos, que podrían multiplicarse, vemos
que 1a imago paterna es fuerte y peligrosa. La proximi-
dad física con el padre da origen a sentimientos de
temor o de asco. La hija relata una situación infantil en
la que mantiene a distancia a su padre. Le sigue una
lucha librada en su fantasía contra la invasión de sus
tics, sus escupitajos, su voz airada y otras intromisiones
semejantes. El carácter anal de las descripciones es
patente, así como la idea de un ataque sádico. La misma
concentración en el padre, en sus gestos y ademanes,
ruidos, palabras y actitudes, da cierto indicio de la incó-
moda excitación adosada a su imagen. Se tiene la impre-
sión de que uno está ante una niña pequeña que siente
terror de ser atacada o penetrada por el padre. El énfa-
sis en su suciedad, sus ruidos y su poco refinamiento, así
como la intensidad con que se lo repudia como persona,
nos sugiere que la hija ha recurrido a la regresión y la
represión para tramitar cualquier interés fálico-sexual
que pudiera haberse suscitado. Además, hay pruebas de
que se ha visto obligada a erigir defensas psíquicas para
hacer frente a los problemas inconscientes del padre con
respecto a la feminidad.
Estas suposiciones se ven corroboradas por la obser-
vación de que en las primeras etapas del análisis apenas
si se hace referencia a la sexualidad genital del padre o
aun a su actividad masculina en el mundo externo. La
relación sexual con la madre es borrada por completo, y
se desdeñan o subestiman sus logros profesionales. El
valor defensivo de esta imagen impotente es claro: si el
padre está castrado, no hay nada que temer, no se le
puede desear como objeto amoroso. Aún no ha sido
investigada la razón de este introyecto denigrado y des-
truido, ni la forma en que se lo priva de todo atributo
102
-
fálico-genital. En este punto es importante alcanzar
<'ierta comprensión de la identificación inconsciente con
el padre que han construido estas pacientes.
Al principio de su análisis, Olivia siempre venía ves-
tida con vaqueros sucios y pulóveres grandes y gruesos,
quejándose de las mujeres de su entorno que criticaban
su aspecto y se negaban a aceptarla como ella era. "Soy
una zaparrastrosa, parezco un chico mugriento. Estoy
convencida de que tampoco usted se interesa por mí;
¡hasta supongo que no tiene ganas de seguir analizán-
dome!" Me preguntó si venían a tratarse conmigo
muchas mujeres bien vestidas, y luego se echó a llorar,
diciendo que ella era "sucia, torpe y asquerosa", al
mismo tiempo que aseguraba que le era imposible ser de
otro modo. "Me sentiría ridícula si me vistiera como una
mujer. Además, no las soporto cuando se ponen a chis-
morrear sobre la moda y el maquillaje. Toda mí vida mi
madre me obligó a vestirme bien para asistir a las fies-
tas. Yo siempre me ponía furiosa y me enfermaba."
Olivia se aplicaba a sí misma los epítetos con que
había castigado a su padre. En gran medida perdido
para ella como objeto -salvo por el odio apasionado que
!e tenía-, se identificaba con él bajo la forma de una
imagen regresiva, poseedora de características anales
desagradables y peligrosas. Durante un tiempo usó en la
muñeca una gruesa pulsera de cuero, persuadida de que
le daba "un aspecto de fuerza y de crueldad"; pero igno-
raba hasta qué punto se había identificado, ya que pro-
yectaba gran parte de esta fuerza y crueldad peligrosas
en el mundo de los hombres en general. Salía protegida
por su cuchillo contra los ataques sádicos; no se le
pasaba por la cabeza que era ella la que llevaba el cuchi-
llo, y por tanto la que podría ser considerada peligrosa.
Anticipándonos a nuestro examen del papel de la
madre en esta curiosa trama edípica, digamos que sen-
103
tía que la identificación parcial con la imago paterna era
prohibida por su madre, y criticada y despreciada por
otras mujeres. En la sesión a que hacemos referencia
-y de hecho lo mismo había venido ocurriendo en los
dos últimos años de trabajo analítico-, Olivia expresó
su temor de que también la analista la echase por aque-
llos rasgos en que inconscientemente se había identifi-
cado con la fuerza de su padre. Estos elementos repre-
sentaban, a todas luces, una parte vital de su identidad,
que debía luchar por preservar. Si bien su identificación
narcisista con un padre concebido en términos anal-
sádicos era para ella muy conflictiva, tenía importancia
cardinal para la imagen que se forjaba de sí misma y
constituía una dimensión importante de sus vínculos
homosexuales.
Karen, con su inimitable estilo personal, presentó un
autorretrato idéntico: "No soy más que un pedazo de
mierda, y así es como todos me tratan, exactamente.
Pero mi amiga, Paula, me ve de una manera muy dis-
tinta, por eso me di cuenta de que realmente me amaba.
Le gusta mí locura y no me trata como una mierda". Y a
continuación añadió, de un modo defensivo, sin duda
preguntándose si la analista podría amarla y aceptarla
tal como era: "Hace semanas que no me baño y me
importa un rábano. Huelo como un zorrino, y no me dis-
gusta. ¿Usted me huele?". A más de aferrarse narcisista-
mente a sus productos y olores corporales, Karen se ves-
tía de manera acorde con esas ideas. Cuando se la
obligaba a ponerse ropa "femenina" se sentía angustiada
e incómoda. Las intenciones sádicas atribuidas a su
padre eran asimismo elementos importantes en la vida
de fantasía de Karen. A menudo se imaginaba a sí
misma asesinando hombres. "Me gustaría matar a
algún hombre -decía-, un hombre cualquiera, atrave-
sarle el vientre con un cuchillo." Solía soñar que cortaba
104
r
a un hombre en pedazos, y esos días tenía miedo de saiir
a la calle a menos que estuviera acompañada por su
amante, ya que temía que los hombres se complotasen
para asesinarla.
Es interesante señalar que Sophie, quien afirmaba
que su padre odiaba a las mujeres, me comentó en su
primera entrevista que ella era misógina -aunque sus
relaciones amorosas eran exclusivamente homosexua-
les-. También Sophie se sentía "castrada" (era la pala-
bra que ella misma utilizaba) si tenía que usar un ves-
tido en lugar de sus elegantes trajes varoniles. Sophie
tenía más conciencia que el resto de mis pacientes
homosexuales del odio subyacente en ella y de su ambi-
valencia general respecto de sus amores homosexuales,
por más que su identificación con un padre anal-sá dico
era por entero inconsciente.
Me ocuparé ahora de otro aspecto es encial de la
imagen del padre, de gran importancia para compren-
der la estructura edípica simbólica y su part icular fra-
gilidad. A su vez, este aspecto tiene trascendentales
consecuencias para la estructura del yo y el ma nteni-
miento de la identidad yoica. Por detrás de la imagen
"castrada", de la involucracíón libídinal r egresiva con
un padre anal-sádico excitante per o aterrador, está la
imagen del padre que ha fallado en su rol parental
específico, dejándola a su pequeña pres a de una imagen
materna controladora, devoradora y omnipot ente. Se
siente que la madre -a la que, como veremos, suele
representársela como la esencia de la feminidad, y en
modo alguno como una personalidad masculina fálica-
ha destruido secretamente el valor del padre en tanto
figura de autoridad, y contribuyó a que la niña negara
sus atributos fálico-genitales. La escena primaria, en
caso de ser admitida, es concebida en términos sádicos
y habitualmente vinculada a relatos de la madre acerca
105
de la brutalidad sexual que es previsible esperar de los
hombres.
Un tema permanente es la aparente complicidad de
la madre en la casi total destrucción de la imagen mas-
culina del padre. Una madre se coligaba con sus hijos
para robarle al padre pequeñas sumas de dinero; otra
ayudaba a su hija a ocultar que estaba sacando bajas ca-
lificaciones en la escuela. Una de mis pacientes me dijo
que la madre no le permitía a su marido acercarse mu-
cho a ella cuando era niña, argumentando que la pertur-
baba porque era una niña "nerviosa y delicada". La ma-
dre de Karen solía comentarle con frecuencia la
posibilidad de un divorcio, tras la cual estaba la idea de
que en tal caso ella y la niña estarían mejor solas; otra
madre desacreditaba permanentemente a la familia del
padre y sus antecedentes. Estas hijas, si bien por un la-
do encontraban cierto deleite en suponer que ellas eran
para su madre más importantes que el marido, por otro
lado se resentían amargamente de la exclusión del pa-
dre y lo acusaban de no haber desempeñado un papel
paterno que las ayudase a independizarse de su madre.
El peligro que entrañaba esta destrucción de la imagen
paterna sólo salía a luz lentamente en el análisis, aun-
que era detectable en ciertos síntomas de angustia des-
de el principio.
Karen relató así uno de sus sueños: "Un niño peque-
ño corre delante de un automóvil. La mujer que condu-
ce lo atropella, le pasa por encima y lo deja paralizado.
Mi padre está ahí parado y dice que no sabe adónde
acudir en busca de ayuda. Yo grito: 'Pero tú eres médi-
co, ¿no? Podrían colgarte por haberte negado a ayudar a
alguien que está en peligro mortal'. Luego tomo a la
criatura y la llevo yo misma a una médica. Ella le echa
éter, pero yo sigo llamando a mi yadre para que venga a
ayudarme".
106
f""
Las asociaciones de Karen llevaron a furiosas impre-
caciones contra el padre y a algunos pormenores que
permitieron discernir que el chico herido era una repre-
sentación de ella, y la médica, de la analista. Reconstru-
yamos el significado latente del sueño en lo que importa
para el presente examen. El accidente del niño simbo-
liza la castración en un sentido general. Está parali-
zado, como la propia Karen se siente la mayor parte del
tiempo. "Mi madre es terrible para conducir un automó-
vil -dijo-. ¡Nunca mira por dónde va!" Pero es por otro
lado una mujer (la madre-analista) quien supuesta-
mente reparará el grave daño sufrido por el chico, ante
el cual el padre se muestra indiferente. Las relaciones
homosexuales la "repararán" y pondrán fin a su senti-
miento de parálisis, suminístrándole el tan ansiado
completamiento de sí misma. No obstante, los peligros
que acechan en la solución homosexual, al revivirlos en
la situacíón analítica, se ponen de relieve en las asocia-
ciones de Karen ante el "tratamiento" escogido por la
médica. "El éter -afirma- lo calma a uno volviéndolo
insensible, de modo que ya no siente ningún dolor o, de
lo contrario, lo mata." La madre-analista, como la pareja
homosexual, puede calmar al bebé dañado volviéndolo a
la fantaseada beatitud de la fusión madre-lactante, pero
este derrotero puede llevar también a la muerte del
bebé. El padre rechazante abandona a su hija dejándola
en manos de la madre seductora y dominante, quien a
cambio sólo ofrece una muerte psíquica. Lo que otrora
fue una exigencia fálico-libidinal ha experimentado
ahora una regresión y se convirtió en un grito de soco-
rro; pero el padre no escucha el llamado.
Un sueño de Olivia muestra un cuadro inconsciente
similar del padre. En el sueño ella ve cómo una gata da
a luz gatitos que nacen con los ojos abiertos, lo cual sig-
nifica que van a morir. Hace intentos desesperados por
107
...
salvarlos; primero los pone en un caJon que resulta
demasiado pequeño para ellos, y se ahogan. Luego los
saca fuera y los deja, junto con la gata, sobre la nieve,
donde también tienen dificultades para sobrevivir. El
padre de ella está allí con la gata, y ella le pide ayuda; él
replica que está demasiado ocupado, que tiene una reu-
nión de negocios. Ella se vuelve hacia los gatitos y los
encuentra a todos muertos.
Al relatar el sueño Olivia se echa a llorar, diciendo
que era como la vida real por cuanto al padre no le preo-
cuparía que ella muriese. Los gatitos destinados a morir
porque tenían los ojos abiertos eran una referencia, en el
pensar del proceso primario, a un antiguo recuerdo de la
escena primordial. En una oportunidad Olivia había
visto a sus padres haciendo el amor mientras creían que
ella estaba dormida, y al contar este recuerdo encubri-
dor dijo que la madre era "la gata que recibía la crema".
A la sazón ella tenía tres años; en esta historia onírica
puede detectarse su deseo de que los bebés de la madre
muriesen, pero lo que en definitiva murió en la mente de
la niña fue la esperanza de poder identificarse algún día
con la madre-gata y tener acceso a una imagen paterna
genital, y el derecho a dar a luz gatitos propios.
Todas las asociaciones de Olivia sobre este sueño
conducían a su sentimiento de estar "destruida" por
dentro. En esta época venía padeciendo una amenorrea
desde varios meses atrás. Si bien más tarde pudimos
comprender que este síntoma significaba también su
deseo de tener un hijo, en su fantasía de ese momento
ella estaba vacía y terminada como mujer; los gatitos
muertos la representaban a ella y a sus niños no nacidos
y condenados a la extinción. En el sueño, se vuelve hacia
el padre para que la salve de esa situación en que está
en juego su feminidad. El no hace nada, y el resultado
final es la muerte.
108
Por detrás del deseo consciente de eliminar o deni-
grar al padre, todas mis pacientes homosexuales mani-
fiestan heridas narcisistas ligadas a la imagen del padre
indiferente. Fortalecidas por la convicción de que la
madre vedaba toda r elación amorosa entre la hija y el
padre, estas mujeres tendían a suponer que cualquier
deseo que tuviesen por el padre, por su amor o por su
pene, era peligroso, ya que no podía entrañar sino la
pérdida del amor de la madre y provocar la castración
del padre. Así, el disgusto de la hija frente al padre,
reconocido conscientemente, era vivenciado como un
regalo que ella le hacía a la madre. A su vez, daba ori-
gen a fantasías de un padre vengativo y persecutorio, y
subsiguientemente a un temor frente a los hombres en
general.
¿Qué luz arrojan estos breves ejemplos clínicos sobre
la relación de una homosexual con su padre? Casi no
hay huellas de las soluciones neuróticas normales frente
a los deseos edípicos. El padre se ha perdido como objeto
de amor, e igualmente como representante de la seguri-
dad y la fuerza, lo cual estorba el camino hacia las rela-
ciones genitales futuras. Por otra parte, el yo de la niña
pequeña, en sus intentos de tramitar sus deseos primiti-
vos libidinales y agresivos, ha sufrido profundas modifi-
caciones. Ha incorporado a su estructura el objeto
paterno descartado, para ya no renunciar jamás a él.
Ningún otro hombre tomará el lugar del padre en el uni-
verso psíquico de la niña homosexual. La renuncia al
padre como objeto de investidura libidinal no guarda
correspondencia con el abandono del objeto edípico tal
como lo encontramos en las mujeres heterosexuales; en
consecuencia, tampoco lleva a la formación de síntomas
tendientes a tramitar los deseos edípicos frustrados y la
angustia de castración, como los hallamos en la mayoría
de las estructuras neuróticas. Hay en lugar de ello una
109
identificación con el padre, la cual si bien puede decirse
que impide una ulterior desintegración del yo, tiene en
sí misma consecuencias invalidantes para el yo de la
niña, dado que se trata de una identificación con una
imagen mutilada, dotada de atributos desagradables y
peligrosos. La ambivalencia inherente a cualquier pro-
ceso de identificación está aquí realzada en un grado
inconmensurable; el yo corre el riesgo de sufrir ataques
implacables del superyó a causa de tales identificacio-
nes, que pese a todo forman parte esencial de la identi-
dad de la niña. Los reproches depresivos que con tanta
frecuencia se hace una homosexual llevan la marca de
los reproches clásicos de los melancólicos (Freud, 1917).
Constituyen un ataque contra el padre internalizado;
sin embargo, este objeto de la identificación, importante
desde el punto de vista narcisista y celosamente guar-
dado, es un baluarte contra la disolución psicótica. El
Slilperyó pregenital da por resultado una fragilidad yoica
y el empobrecimiento o parálisis de gran parte del fun-
cionamiento del yo.
Aún nos queda por resolver este interrogante: ¿por
qué Ja nifia, en su tentativa de internalizar algo tan
importante para su yo y para su desarrollo instintivo
c-0mo la representación fálica del padre, sólo puede
hacerlo a expensas de una pérdida de objeto, del dete-
rioro del yo y de un sufrimiento considerable? Una mejor
comprensión de su realidad psíquica interna nos exige
pasar a investigar ahora la relación con la imago
materna.
LA IMAGEN DE LA MADRE
Ya hemos mencionado la complicidad con la madre;
no obstante, existe escasa identificación de la hija con
110
ella. Invariablemente la describe en términos idealiza-
dos: es hermosa, inteligente, encantadora. Está dotada
de todas las cualidades de las que la hija carece. Lo lla-
mativo de esta desigual situación es que se la da por
sentada. No hay envidia consciente hacia la madre. Por
otra parte, aparece como única saJvaguardia contra los
peligros de 1a vida, que proceden del padre y del mundo
externo. Al mismo tiempo, a menudo la hija siente que
la madre está en peligro; no es raro que tema su muerte
        es víctima de accidentes o de
enfermedades fatales o presa de supuestos atacantes.
Más cerca de la fuente, corre el peligro de ser abando-
nada por el padre o excesivamente dominada por éste.
Se supone que, ya sea en el plano sexual o en otros, él le
impone demandas injustas.
La identificación con esta imago presenta dos dificul-
tades principales. Cualquier aspiración a una identifica-
ción narcisista está condenada al fracaso a raíz de su
excesiva idealización, que por su parte es mantenida
para reprimir un trasfondo de deseos hostiles y destruc-
tivos dirigidos contra la madre internalizada. Esta debe
permanecer como un ideal inalcanzable al precio de una
permanente sangría narcisista en la imagen que la hija
tiene de sí misma, actitud reforzada por la índole des-
tructiva de las fantasías sobre la escena primordial. No
hay trazas siquiera de la idea de que los padres podrían
complementarse sexualmente o de que la relación con el
padre benefic1a en algún aspecto a Ja madre. Con fre-
cuencia la r elación sexual de los padres es por entero
denegada en el plano consciente. El análisis revela que,
por detrás de esta renegación de la realidad sexual, hay
imágenes sádicas aterradoras sobre dichas relaciones
sexuales o sobre el pene del padre. Por lo tanto, la hija no
tiene ningún deseo de identificarse con la madre en su
rol genital. El deseo fantaseado de todas estas pacientes
111
podría sintetizarse así: anhelan la total eliminación del
padre y la creación de una relación exclusiva y perdura-
ble con la madre. Encarnan esta fantasía en sus vínculos
con parejas del mismo sexo, que se convierten así en
madres sustitutivas, frecuentemente alternando los roles
(una de ellas es a veces la madre, a veces la hija). A
menudo las elaboraciones de este deseo se reiteran al
comienzo de la situación transferencial. Sus elementos
agresivos son por lo común fuertemente reprimidos.
Volveré a presentar ejemplos de mi experiencia ana-
lítica. 01ivia describía a su madre diciendo que era
"talentosa y bella; era una figura pública a la que todos
adoraban ... Yo siempre quería estar cerca de ella, como
los demás. Cada vez que salíamos, me acosaba la idea de
que un coche podía atropellarla ... Es una mujer pura e
inocente, incapaz de imaginar que alguien pueda tener
malos pensamientos ... el único problema es que no
puede entender qué significa estar enfermo; ella no lo
estuvo nunca ... Lo cierto es que nunca estaba presente
cuando yo la necesitaba. Me pregunto si mis dolores de
estómago no habrán sido una manera de estar cerca de
ella".
Eva declaró: "Yo la quería muchísimo ... ¡y era tan
linda! Se sometió a un montón de tratamientos de
belleza y todavía se la ve joven para su edad. Cuando yo
era chica, acostumbraba ahorrar todas las monedas que
juntaba para comprarle flores". {Más tarde le robó
dinero al padre para regalarles flores a las compañeras
de colegio de las que estaba enamorada.) "Cuando ella
cuidaba a mi hermanita menor, yo casi me enfermaba de
ganas de estar con ella. A veces hasta trataba de enfer-
marme yo misma para quedarme en casa junto a ella."
Luego agregó: "Pero de alguna manera se me hacía difí-
cil acercármele. No es que fuera mezquina, sino que en
lugar de dar su amor daba objetos".
112
Antes de explorar las múltiples capas de la imago
materna, recapitulemos brevemente las imágenes
parentales tal como se ponen de relieve en las primeras
etapas del análisis. El padre es el depositario de todo lo
malo, sucio o peligroso, en tanto que la madre es pura,
hermosa y limpia. Sobre todo, ella se mantiene como un
objeto no confiictivo. Es la fuente de toda seguridad ...
una seguridad que más tarde se buscará en otras muje-
res, transformadas en objetos del deseo sexual. La hija
supone que posee atributos femeninos muy valiosos,
aunque éstos no evocan en ella celos conscientes. Más
tarde confiará en tener acceso a algunos de ellos enamo-
rándose de otra mujer. La nota amarga de esta melodía
madre-hija es la impresión de que la madre está
inmersa narcisistamente en sí misma y le falta com-
prensión. Pero en su tentativa de mantener intacta la
imagen idealizada, la hija no se resiente por estos ras-
gos. Más aún, se considera una criatura indigna de ser
amada y sin mérito alguno, que decepcionó a su madre.
A medida que proseguía el análisis, todas mis
pacientes ponían de manifiesto y examinaban diferentes
aspectos de la imagen materna, dos de los cuales p   r e ~
cían particularmente importantes: el primero se vincu-
laba con sus sentimientos ambivalentes hacia la madre,
en tanto que el segundo daba algún indicio sobre la
ambivalencia de la madre misma. Ya hemos aludido al
primero: la preocupación continua por la salud y seguri-
dad de la madre. Era habitual que se sucedieran las
imágenes obsesivas de que caía víctima de alguna enfer-
medad fatal o de que se la encontraría muerta o cortada
en pedazos. Esto se expresaba en la necesidad compul-
siva de mis pacientes de llamarla por teléfono cuando se
separaban de ella o de regresar junto a ella en mitad de
las vacaciones. A menudo, temores idénticos eran trans-
feridos globalmente a las parejas femeninas. La necesi-
113
dad de estar muy próximas a la madre, de controlar Jo
mejor posible sus movimientos y de fatigarla con sP soli-
citud velaba apenas el contenido agresivo subyacente. El
énfasis recaía en lo indispensable que era la madre para
Ja hija. Sólo mucho después estas pacientes pudieron
descubrir que sentían que ésta era una exigencia de la
madre, y que independizarse de elJa habría sido conside-
rado desleal y riesgoso. Las fantasías según las cuales la
madre, o Ja pareja sexual, podrfo ser víctima de una
catástrofe fatal eran consideradas conscientemente por
las pacientes como una amenaza total a su seguridad
personal y a su mundo de objetos, pero a medida que
transcurría e] tiempo no podían dejar de percatarse de
que eran medios mágicos tendientes a impedir que los
impulsos peligrosos que anidaban en ellas mismas des-
truyesen el objeto materno.
El segundo tema que aparecía con ineluctable regu-
laridad era el de una madre rígidamente controladora,
que esgrimía un poder omnipotente sobre eI cuerpo de
su hija y estaba metículosamente preocupada por el
orden, la salud y la limpieza. Los sentimientos ocultos a
que daba origen esta particular relación con la madre
encuentran expresión típica en un comentario de Karen:
"Mi madre odiaba todo lo vinculado con mi cuerpo. Solía
oler mis ropas todo el tiempo para comprobar si estaban
sucias. Cuando yo defecaba, era como si fuese materia
envenenada. Durante años creí que ella no defecaba
nunca . ¡Todavía hoy me resulta difícil pensar que lo
hace!". Los ejemplos sobre esto forman legión. Una de
mis pacientes tenía prohibido mencionar siquiera sus
necesidades excretorias; desde muy chiquita le enseña-
ron que para llamar la atención sobre ellas tenía que
toser discretamente; siempre se sintió sucia y avergon-
zada de sus funciones corporales. Otra madre llamaba
"una dolencia en la espalda" a la constipación y le prohi-
114
--
bió a su hija que mirara las heces. Estos aspectos de la
madre "anal" que rechazaba todo lo que puede ligarse
con el concepto de "erotismo anal" surtían un efecto
marcadamente inhibitorio sobre la integración de los
componentes anales de la libido, según hemos visto. Ya
se ha señalado el desplazamiento de estos componentes
a la imagen fálica del padre.
Los aspectos controladores y rechazantes de lo físico
que formaban parte de la imago corporal accedían lenta-
mente a la conciencia despertando considerable resis-
tencia, ya que se los sentía como un ataque contra la
madre internalizada e implicaban el riesgo de ser sepa-
rada de una relación casi simbiótica dentro del mundo
de objetos internos (Mahler y Gosliner, 1955). Era suma-
mente penoso para estas pacientes sacar a la luz el sen-
timiento de que sus cuerpos, y todo su sí-mismo físico,
habían sido seriamente rechazados por la madre, por
más que todas ellas estaban al tanto desde el principio
de su propio y violento rechazo físico de su cuerpo. "Mi
cuerpo me repugnat sobre todo mis pechos. Todo lo
blando que tengo es asqueroso. Siempre procuré tener
manos fuertes. Mis manos se parecen a las de mi padre,
ellas me ayudan a cubrir todo lo húmedo y malo que hay
en mi cuerpo. Todavía me angustia terriblemente todo lo
relacionado con la orina y la mierda ... no puedo aceptar
estas funciones corpcrales; de alguna manera las siento
asquerosamente femeninas." Así se expresaba Sophie
respecto de su despreciado sí-mismo corporal. Cuando
era más joven, solía tajearse la piel con una navaja para
"purificarse", pero desde sus primeras experiencias
homosexuales ya no tuvo necesidad de recurrir a este
comportamiento compulsivo.
La otra cara del rechazo y el odio maternos por el sí-
mismo físico de mis pacientes hallaba expresión en
todas ellas a través de sus fantasías de amar el cuerpo
115
de otra mujer. Se solazaban con las caricias de su pare-
ja, sus minuciosas exploraciones, su ternura, y con todo
ese amor que inconscientemente demandaban para su
cuerpo, al que creían feo y deforme, débil o enfermo.
Una de ellas describió en estos términos la "'recupera-
ción" de su cuerpo gracias a su pareja femenina: "Hasta
que conocí a Sarah yo no tenía cuerpo, sólo cabeza.
Siempre me destaqué en la escuela, para complacer a
mamá. Pero salir a la calle era una pesadilla; me sentía
torpe, ínestabfe y monstruosa; sin embargo, no tenía
noticia de las diferentes partes de mi cuerpo. Sarah les
dio vida a mis manos, a mis pies, a mi piel. Pero todavía
no lo soporto mucho. No me gusta que me toque los pe-
chos. Adoro sus genitales, pero no dejo que toque los
míos".
Un intenso conflicto corporal semejante a éste fue
manifestado por otra paciente que proyectaba también
en su pareja las fantasías peligrosas adheridas a su pro-
pio cuerpo y a sus genitales. Declaraba que carecía por
completo de sensaciones clitorídeas o vaginales; más
aún, hasta tenía confusión en cuanto a la localizaci6n de
su vagina. La imaginaba constriñendo o cortando como
un cuchillo. La asaltaba una fantasía recurrente en la
que ella daba a luz a un niño fragmentado en pedazos;
más tarde se volvió evidente que atribuía a su vagina
funciones de devoración oral y de constricción anal. En
su primera experiencia homosexual, a los 18 años, la ex-
citó que su amiga le exigiese estimulación clitorídea y la
hizo feliz administrarle esas caricias, pero cuando un
día la amiga le pidió que pusiera sus dedos dentro de su
vagina, se replegó horrorizada: "Estaba segura de que
mis dedos quedarían atrapados dentro de ella y sería
preciso llamar a un cirujano para separarnos. Quedé
aterrada. No pude satisfacer su pedido". Este temor a
"quedar atrapada" se conectaba con un aspecto incons-
116
..........---······----
ciente de su relación con la madre, cuya vagina podría
exigirle que ella quedase perpetuamente adherida, como
un órgano fálico, a punto tal que sólo el bisturí del ciru-
jano sería capaz de separarlas. Esta reflexión cobró
mayor pertinencia y significado simbólico por el hecho
de que el padre de esta paciente era un renombrado
cirujano. Sólo un padre eficaz podría protegerla del
deseo materno de convertirla en un falo permanente.
Estos fragmentos de distintas sesiones arrojan
alguna luz sobre el vínculo tenaz, aunque aterrador, de
estas mujeres con los aspectos negativos de sus madres
internalizadas. Todas ellas se consideraban inconscien-
temente como una parte o función indispensable de la
madre (Leichtenstein, 1961). Este sentimiento de ser el
falo de la madre constituía un aspecto reconfortante
desde el punto de vista narcisista, pero iba inevitable-
mente acompañado por la idea de que eran objetos feca-
les despreciados por la madre, si bien controlados por
ésta de manera omnipotente. La hija llegaba a pensar
invariablemente que su existencia tenía por finalidad
realzar el yo materno; uno se siente tentado de suponer
que estas pacientes actuaban como objetos contrafóbicos
respecto de las angustias profundas de la madre (Winni-
cott, 1948, 1960).
Otros dos comentarios ilustran vívidamente el com-
plejo y primitivo vínculo con la madre y el peligro que
implicaba el deseo de disolverlo, por más que su perdu-
ración resultase aterradora e invalidante: "Los senti-
mientos que yo tengo hacia usted (la analista, en un
momento de intensa transferencia maternal) son ina-
guantables. Nunca amé ni odié tanto a nadie en mi vida.
Sí la amo, usted me destruirá; si la odio, me echará para
siempre". Amor significa devoración. Durante largos
períodos fue importante para esta paciente creer que yo
la odiaba; la hacía sentirse más segura y le permitía
117
soportar mejor su intenso odio sádico hacia mí. "Si usted
me ama estoy perdida, porque entonces me destruirá y
me arrojará como si fuera mierda, o de lo contrario me
ligará a usted para siempre como hizo mi madre."
Otra paciente expresó las mismas ideas en la
siguiente fantasía: "Mi madre y yo estamos fundidas
una con la otra. En un extremo estamos pegadas por la
boca, en el otro por la vagina. Formamos un círculo
rodeado por frias bandas de acero; si se rompe, quedare-
mos destrozadas". Esta fantasía, que se prolongó a lo
largo de varias sesiones, sufrió luego una transforma-
ción: "Rompí ese círculo la primera vez que amé a otra
mujer; pero había sólo una vagina ... ¡y la tenía mi
madre! Con sus dedos de hielo ella cerró la mía para
siempre". La misma paciente sentía a menudo que si
algo andaba bien en su vida (era artista) o sí tenía éxito
o recibía satisfacciones en su trabajo, lo más probable
era que su madre sufriera una grave enfermedad y
muriese.
Un terror idéntico en la relación simbiótica ha sido
vívidamente expresado por Mary Barnes en Two Ac-
counts of a Journey through Madness (Barnes y Berke,
1971) donde puso bien al desnudo la fuerza de un vínculo
de esta índole con la imagen materna internalízada.
Escribe allí: "Para mi madre era difícil ser amada, y ella
nada entendía de motivaciones inconscientes ... Una vez
le dije: 'Mamá, tengo la impresión de haber causado la
enfermedad de Peter y todas tus dolencias!' ... Si me sen-
tía feliz o disfrutaba conmigo misma, instintivamente me
preguntaba: ¿Estará mamá enferma? ... Lo único seguro
es estar muerta, o en un estado falso o escondida, ence-
rrada en algún lado, loca Mary".
Las pacientes a las que me estoy refiriendo eligieron
otras soluciones (luego las examinaremos con más deta-
lle) que Mary Barnes; para ellas, lo que tenía que "estar
118
muerto, escondido, encerrado en algún lado" era la hete-
rosexualidad y el mundo de los hombres, en tanto que la
madre era permanentemente reparada y reconfortada.
El temor a la separación y la independencia llevó a
¡nuchas de ellas a una imposibilidad de trabaji:i. · o de
crear. Si tenían éxito en los empeños de esta índole,
invariablemente era al precio de una gran angustia y de
fantasías en las cuales la madre se enfermaba o moría.
Tal vez no fuese casual que las madres de dos de mis
pacientes de hecho se enfermasen de gravedad en
momentos en que sus hijas habían comenzado a forjarse
una carrera exitosa; otra sufrió unas hemorragias inex-
plicables cuando su hija se casó. Esta última paciente,
en su etapa de rebeldía, soñó que la madre había per-
dido las piernas y ella estaba condenada a caminar
debajo de la madre, ocupando el lugar vacante. ¿Cómo
puede una pierna separarse de su cuerpo? ¿Y a qué clase
de independencia puede aspirar? Además, ¿cómo puede
funcionar la   si sus piernas resuelven
abandonarla?
Estos son los dilemas que enfrenta la paciente homo-
sexual cuando comienza a anhelar desprender sus lazos
con la madre internalizada: o bien se convertirá apenas
en un miembro amputado, o bien la madre se vengará o
morirá. En la mayoría de los casos, estos sentimientos
desesperados son transferidos a la pareja sexual. Sophie
dijo: "Desde que mi amiga vino a vivir conmigo tengo la
certeza de que existo. Yo era así de niña: sólo existía
para los ojos de mi madre; sin ella, nunca estaba segura
de quién era yo realmente".
Para sintetizar las características salientes de la
imago materna, podemos decir que la madre, a la que se
siente destructora de la imagen fálica del padre, actúa
como una barrera que prohíbe el acercamiento entre el
padre y la hija. Por detrás de esta imagen está la madre-
119
con-la-enema, que se apodera del cuerpo de la criatura y
de su contenido. Por lo común, esto desemboca en un
muy precoz control de las funciones corporales, lo cual,
en vez de liberar a la niña pequeña, la vuelve aún más
dependiente de su madre. Por último, está la fantasía de
que la hija es parte de la esencia misma de la madre, y
viceversa - fantasía simbiótica en que cada una de ellas
mantiene con vida a la otra-. Nunca puede haber dos
mujeres; separarse de la madre (o de sus sustitutas pos-
teriores) equivale a perder la propia identidad (Leich-
tenstein, 1961).
Aparte de la elección homosexual de objeto, otro de-
senlace de esta constelación familiar particularmente
sesgada es una serie de rasgos de carácter interconecta-
dos que afectaban a la mayoría de mis pacientes, y que
también encontré en los escritos clínicos de otros analis-
tas. En ausencia de meticulosas formaciones reactivas
compensatorias, estas pacientes tienden a manifestar
incapacidad para organizar su vida, aun en los menores
aspectos. Algunas parecían vivir permanentemente en
medio del desorden y la confusión, hasta extremos puni-
torios. La imposibilidad de encontrar un trabajo cons-
tructivo, o incluso en algunos casos de ordenar sus pape-
les, hacer una valija o tomar una decisión, ejemplificaba
el temor a toda actividad yoica independiente, juzgada
peligrosa. El sentimiento de ser incompleto, incapaz, in-
definible, vulnerable, es el resultado inevitable de la re-
lación simbiótica inconsciente. La falta de integración
de los componentes anales de la libido de un modo útil
para el yo debilita aún más la estructura de la persona-
lidad. Nada puede lograrse, o si se lo logra, no se lo re-
tiene. Uno tiene la impresión de que estas pacientes se
veían obligadas a demostrar que no les era posible con-
seguir nada sin la ayuda constante de la madre o de su
sustituto. La madre que fomenta un precoz control
120
--
corporal y yoico en su pequeña hija, con el anhelo de que
realice lo que ella no realizó, la priva del derecho de que
sus realizaciones tengan por objeto su propio placer.
LA ENVIDIA DEL PENE Y EL CONCEPTO DE FALO
Antes de resumir la constelación edípica y el tipo
específico de estructura inconsciente a que da origen,
debemos examinar el papel de la envidia del pene en la
homosexualidad, en comparación con el que tiene en el
caso de las mujeres heterosexuales. Quisiera repasar los
elementos de este concepto en la teoría freudiana y la
distinción teórica entre "pene" y "falo", ya que es impor·
tante para comprender la estructura simbólica que con-
tribuye a la desviación sexual.
Freud consideraba la envidia del pene como un ele-
mento fundamental en la organización de la sexualidad
femenina; entendía que ella es el resultado del descubri·
miento de las diferencias entre los sexos, como conse-
cuencia del cual la niña pequeña se siente despojada
(Freud, 1925). Este sentimiento de despojo, que parte de
la ignorancia de la existencia de la vagina, conduce al
complejo de castración de la mujer (Freud, 1908). En la
fase edípica, se presume que la envidia del pene dará
lugar a dos transformaciones del deseo básico de tener
un pene propio: por un lado, el deseo de incorporar un
pene dentro del cuerpo (por lo general bajo la forma del
deseo de tener un hijo), y por otro, el de recibir placer
del pene del hombre en la relación sexual (Freud, 1920,
1933). La imposibilidad de lograr estas transformacio-
nes puede desembocar en síntomas neuróticos y proble-
. mas de carácter. Esos mismos deseos pueden tener   s i ~
mismo expresión sublimatoria.
El término "falo" tiene una significación simbólica. A
121
medida que avanzaban sus investigaciones, Freud se fue
interesando cada vez más por lo que él llamó la "fase
fálica" del desarrollo libidinal en los niños de ambos
sexos. El término "pene" quedó reservado al órgano mas-
culino en su realidad anatómica, en tanto que "falo" vino
a referirse a todo lo que el pene podría simbolizar en la
realidad psíquica: potencia, poder, abundancia, fecundi-
dad, etc. Puede atribuirse significación fálica, pues, a
cualquier objeto parcial, como el pecho, las heces, la
orina, un hijo o un adulto usado como tal. En escritos
analíticos recientes {Grenberger, 1971), se considera al
falo el símbolo de la integridad narcisista, o el signifi·
cante fundamental del deseo (Lacan, 1966) para cual-
quiera de los dos sexos. La mayoría de los analistas
coincidirían hoy en que el concepto de envidia del pene,
con sus matices fálicos simbólicos, es aplicable a ambos
sexos; si Ja niña pequeña envidia el órgano sexual de su
hermano, también el varoncito envidia el gran pene
paterno. Pero por encima de esta envidia, el interés se
centra en la significación simbólica del pene: la impor-
tancia de la organización fálica en el desarrollo libidinal
del niz1o y la niña, y su efecto estructurante en la situa-
ción edípica (Kurth y Patterson, 1968).
Esta fase del desarrollo marca un punto de viraje en
la vida psíquica, con consecuencias perdurables para la
adquisición de la identidad sexual y la estructuración
inconsciente del deseo sexual. El falo, como represen-
tante psíquico del deseo y del completamiento narci-
sista, desempeña el mismo papel para ambos sexos,
aunque la actitud ante el pene anatómico sea necesaria-
mente distinta. El hecho de que el pene sea un órgano
sexual visible, y de que en nuestra sociedad falocéntrica
el hombre es considerado un privilegiado respecto de la
mujer, plantea a las mujeres problemas concretos que
deben superar; y es poco probable que éstos se resuelvan
122
simplemente teniendo un hijo, como sostenía Freud. En
verdad, por más que la mujer vea en su hijo el equiva-
lente de un pene, o incluso de su falo -o sea, el objeto
de su deseo y el medio de alcanzar el completamiento
sexual y narcisista-, poco habrá resuelto de sus proble-
mas básicos, sexuales y de relaciones objetales, y difícil-
mente evitará crearle otros más graves aún a su hijo.
A fin de comprender los conflictos específicos de la
niña en lo tocante a los deseos fálicos, debemos añadir
que tienen su prototipo en la temprana relación madre-
hijo. El primer objeto fálico, en el sentido simbólico, el
objeto más temprano de completamiento narcisista y de
deseo libidinal, es el pecho. La connotación particular de
la "madre fálica" como madre omnipotente en la situa-
ción de lactancia -objeto no sólo de las necesidades del
bebé sino también objeto primordial del deseo erótico-
fue señalada en primer lugar por Brunswick (1940): "El
término 'madre fálica' .. . designa preferentemente a la
madre todopoderosa, la que es capaz de cualquier cosa y
posee todos los atributos valiosos" (pág. 304).
Por lo tanto, al ocupamos de la envidia fálica y su
desarrollo específico en la niña, podemos rastrear su ori-
gen en el deseo de poseer para sí el pecho-madre, objeto
de deseo, de placer y de necesidad; por ende, la envidia
del pene puede remontarse a la envidia oral-sádica del
pecho, y, a través de sus diversas representaciones ana-
les, hasta su investidura en el pene. Desde este punto de
vista, la envidia del pene, bajo la forma de desear tener
un pene y envidiar a quienes lo poseen, es sólo una
manifestación dentro de un continuo de objetos posibles
del deseo en sus múltiples formas pregenitales, genita-
les y sublimadas. Cualquiera de los dos sexos, en su ten-
tativa de dar solución a los anhelos sexuales y narcisis-
tas infantiles, puede arribar a la errónea conclusión de
que el secreto de toda consumación es poseer un pene,
123
aunque por las razones enunciadas es más probable que
ésta sea la fantasía de la niña.
Tanto los hallazgos clínicos como la observación de
niños confirman la importancia de la envidia del pene
en la mujer, pero rara vez se han explorado sus numero-
sas raíces. No es explicable por el simple deseo megalo-
maníaco de poseer todo lo que uno no tiene. Se ha hecho
referencia a que ella encubre tempranos anhelos orales.
A estas dimensiones debemos añadir todos los pensa-
mientos de la niña ligados al pene paterno. El padre
habitualmente viene a representar la autoridad, el
orden y el mundo externo, y su pene simboliza estos
atributos en el inconsciente. Pero más allá de eso, tam-
bién se lo considera el objeto de la reafirmación narci-
sista de la madre que debe ser deseado como tal, el
objeto del deseo materno y un símbolo de poder y protec-
ción. Es evidente que, a los ojos de la niña pequeña, este
símbolo fálico tan fuertemente investido llegará inevita-
blemenie a representar el principal objeto necesario
para garantizar el amor y el interés sexual de la madre,
así como una importante posesión con la que puede obte-
nerse el respeto del mundo en general. Como consecuen-
cia de esto, se piensa que los varones detentan una posi-
ción sumamente favorecida.
La envidia fálica de la niña tiene aun otra dimensión.
En ambos sexos, el deseo de ser el objeto exc1usivo del
amor y deseo maternos se acopla a un temor frente a la
imagen materna pregenítal, la de la madre exigente y
controladora de la fase anal-sádica del desarrollo y la no
menos temible madre devoradora de la fantasía oral. La
niña tiende a suponer que la posesión de un pene la pro-
tegerá de caer bajo la subyugación y sometimiento a
estos aspectos omnipotentes de la imago materna; el
varón no sólo tendría más que ofrecerle, sino que además
no corre el riesgo de convertirse en rival de la madre.
124
--
Es comprensible, entonces, que un número abruma-
dor de mujeres encuentren dificultades en resolver el
problema de la envidia del pene, tanto más cuanto que
al llegar a la maternidad suelen transmitir a sus hijas
sus soluciones neuróticas -ya que la mujer debe ser
considerada en gran medida responsable de las "solucio-
nes" a los problemas planteados por la envidia del pene
y la angustia de castración, desde el momento en que
ella desempeña un papel crucial en la idealización del
pene y el desprecio de la feminidad.
"Estamos en lo cierto al suponer que esta antigua
desigualdad exige la complicidad de la mujer, pese a su
aparente protesta, evidenciada en la envidia del pene.
Los hombres y mujeres tienen que haber experimentado
conflictos afectivos expecíficos y complementarios para
establecer un modus vivendi capaz de prolongarse a lo
largo de muchas civilizaciones. ( .. .) Al término de la
etapa anal, la niña tiene que ser capaz de alcanzar en su
fantasía masturbatoria una identificación s1mu1tánea
con ambos progenitores en lo tocante a su funciona-
miento genital. Pero hay dos obstáculos: en primer
lugar, uno originado en el período anal, a saber, que la
autonomía en la satisfacción masturbatoria implica for·
zosamente una expulsión sádica de la Madre y de sus
prerrogativas; en segundo lugar, el obstáculo edípico,
según el cual la recreación de la escena primordial, por
identificación con ambos padres, implica asimismo
suplantar a la Madre exigente, celosa y castrada, y al
Padre envidiado, despreciado y a la vez sobrevalorado.
La única manera de salir de este callejón sin salida de la
identificación es establecer un ideal fálico inaccesible.
(. .. ) Cuando las mujeres que abrigan estas imagos tie-
nen que abordar su vida matrimonial, súbitamente se
encuentran enfrentadas a sus deseos genitales latentes,
por más que su vida afectiva es todavía inmadura, ya
125
que al seguir dominadas por los problemas de la etapa
anal, no alcanzan una identificación heterosexual. Las
efímeras esperanzas edípicas pronto darán lugar así a
una repetición, esta vez con el marido, de la relación
anal con la Madre, relación confirmada luego por la
envidia del pene. La ventaja de esta situación consiste
en que se evita un ataque frontal a la imago materna,
así como la profunda angustia que provoca la idea de
desprenderse del dominio y superioridad de la madre"
(Torok, 1964, págs. 167-168).
LA MUJER HOMOSEXUAL Y EL PENE
En lo anterior hemos delineado sutilmente los fun-
damentos de una solución neurótica a los problemas de
la diferencia sexual, las frustraciones provocadas por la
situación edípica y los ideales de la sociedad actual.
¿Qué decir de la mujer homosexual y su solución parti-
cular?
Para empezar, su deseo del pene propio, con todo lo
que éste representa, no es del todo inconsciente, como
sucede con la mujer de orientación heterosexual. Con
frecuencia, el deseo del pene de las homosexuales es
consciente, intenso y desligado del hombre. Muchas de
ellas relatan sueños en los que tienen un pene, y suelen
inventar juegos sexuales con un pene artificial. Una de
mis pacientes se rehusaba a salir de la casa durante su
adolescencia, si primero no ataba un pene artificial a
sus genitales. La aterraba la posibilidad de ser descu-
bierta, pero no la aterraba menos dejar la casa sin él.
Un colega me comentó acerca de una paciente seme-
jante, que se fajaba los pechos y se colocaba un pene
falso para enfrentar al mundo; tomaba hormonas que,
según ella esperaba, le darían las características sexua-
126
-
les secundarias propias del hombre, y estaba estudiando
la posibilidad de hacerse extirpar los pechos. "Hace dos
años ya que llevo los pechos fajados ... todo el mundo
piensa que soy un hombre -decía-. Me afeito día por
medio. Cuando cortejo a alguna chica, la satisfago
sexualmente pero siempre permanezco vestida. No
soporto que me toquen."
El deseo de tener un pene anatómico alcanza a veces
proporciones alucinatorias. Algunas de mis pacientes
describían su impresión de poseer en efecto un genital
masculino. Una se refería a este "pene" como su "órgano
fantasma", y establecía un parangón con las ilusiones de
los pacientes amputados que siguen "sintiendo" el
miembro faltante. También esta mujer había pensado en
hacerse extirpar los pechos, tampoco ella toleraba que
sus parejas la tocasen. Como sucede con muchas de
estas mujeres, obtenía placer sexual del que le producía
a su pareja.
El deseo del pene es extremadamente complejo en
las mujeres homosexuales; no sólo se repara con él una
castración fantaseada sino que además se persigue el
propósito de mantener dormido todo deseo sexual feme·
nino. La paciente que usaba en su adolescencia un pene
artificial comenzó a explorar, en un momento de su aná-
lisis, la culpa abrumadora que esta conducta le gene-
raba. De pronto volvió a tener ganas de ponerse un
pene; ya no le pareció un crimen horrendo. "Anoche hice
un pene con diversos materiales -me contó-. Me lo
probé y lo acaricié, y esto me hizo ruborizarme y exci-
tarme. De repente tuve el extraño impulso de met érmelo
dentro del cuerpo; esto casi me produce un terror mor·
tal." Las sensaciones vaginales y la sens ación del deseo
la llenaban de angustia, y le vino la idea de que si cedía
a t ales sentimientos se volvería loca, estallaría o mori-
ría. Esa noche soñó que moría la madre. De hecho, lo
127
que estaba por morir era la parte cruel y prohibidora de
la imago internalizada, en la medida en que la hija
cobraba vida sexual propia. Luego descubrimos que su
pene de juguete había servido también para bloquear
toda sensación clitorídea y vaginal, reforzando el blo-
queo del deseo genital.
Como hemos visto, el sentimiento profundo de la
prohibición y de la amenaza materna no es el único
motivo de que se desee tener un pene. El pene del padre
ha sido despojado de su función fálica simbólica y de su
significación. En tanto y en cuanto el pene es · un pene-
unido-a-un-hombre, constituye una imagen peligrosa,
dotada de atributos violentos y destructivos. Como al
mismo tiempo la escena primordial es concebida en tér·
minos anal-sádicos, se piensa que los hombres tienen
deseos sádicos o humillantes respecto de las mujeres. No
existe la imagen de un "pene bueno": el pene no es ima-
ginado jamás como dador de placer, sanador o como la
posesión que reafirma el narcisismo cuando le es ofre-
cida a la mujer en una relación heterosexual. Además,
estas pacientes renegaban del pene del padre; gran
parte de su actividad sexual era una protesta destinada
a demostrar que la madre nunca había deseado al padre
o a su pene, y que en rigor el pene era totalmente inne-
cesario para llevar a cabo e] acto sexual con una mujer.
Por detrás de ]as imágenes del "pene malo", el análi-
sis revela que hay otras fantasías, igualmente temibles,
sobre el pecho, en las que éste se siente como un objeto
envenenado y persecutorio. La equiparación de pecho y
pene en el inconsciente está ligada inevitablemente a
temores oral-sádico$ de tipo paranoide o esquizoide, y,
por supuesto, no se limita a la organización homosexual.
La tragedia del desarrollo psicosexual de la niña homo-
sexual deriva del hecho de que el pene ha sido separado
del padre, y el objeto parcial ha ocupado el sitio del
128
-
objeto total. Se introduce corno tal, para impedir una
ulterior regresión a la fase traumática prefálica, en la
que se siente que la madre contiene el falo -no sólo el
pene paterno sino el poder de vida y muerte sobre su
hija-. Según las posibles variantes de la constelación
familiar inconsciente, varían también, para diversas
mujeres homosexuales, la imagen del pene y su signifi-
cado fálico simbólico.
Podríamos decir que existen dos polos principales, en
uno de los cuales rige suprema la angustia depresiva y
en el otro la angustia persecutoria. En el primer caso, el
principal objetivo de estas mujeres es reparar a la
pareja, lo que puede incluir cierto grado de autorrepara-
ción: la escisión de la imagen propia es reparada narci-
sistamente mediante un objeto sexual que se parece a
ellas. En el otro extremo, el temor al objeto homosexual
lleva, a raíz de la proyección paranoide, a una   v   s   l l   ~
dora necesidad de dominar al objeto eróticamente, y el
orgasmo de la pareja tiene a la vez el significado de
posesión y de castración. Con frecuencia estas mujeres
no buscan el placer orgásmico para ellas, y si su terror a
la pérdida total de su sí-mismo es muy intenso, asumi-
rán una identidad masculina delirante, que en ciertos
casos las lleva a someterse a operaciones para "transe-
xualizar" su cuerpo. La mujer dominada por esta angus-
tia profunda suele declarar que no es homosexual. La
imagen que tienen de su identidad inconsciente tiende a
robustecer su idea de que en realidad son hombres apri-
sionados en una forma femenina. En la práctica, evitan
todo placer orgásmico en tanto procuran inducirlo en la
pareja. El deseo de algunas mujeres homosexuales se
centra exclusivamente en que la pareja alcance el clí-
max; la búsqueda directa de su propio placer erótico
pone en peligro su sentimiento profundo de poseer una
identidad masculina. A su vez, este sentimiento es
129
indispensable para disipar la angustia, de dimensiones
psícóticas, concerniente a la imagen corporal y a la iden-
tidad; se percibe que ambas son amenazadas por la
madre internalizada y están expuestas al peligro de la
fusión con ésta.
Esto me conduce a examinar el papel decisivo de la
angustia de castración en las mujeres homosexuales. Tal
vez ya sea evidente, por los fragmentos clínicos citados,
que la fantasía de ser castrada es más profunda, más
generalizada y perturbadora que en el caso de las muje-
res que han desarrollado síntomas o rasgos de carácter
neuróticos para hacer frente, en diversos planos, a la
angustia de castración. Resulta claro que la angustia de
castración no se limita a la angustia fálica, proveniente
de la fase en que la diferencia sexual se toma significa-
tiva; tampoco se limita a la "castración narcisista" resul-
tante de las crisis edípícas, cuando la niña pequeña des-
cubre que quedará para siempre fuera del vínculo
sexual de sus padres y que sus anhelos incestuosos
jamás se verán consumados. La angustia que sienten
estas pacientes se relaciona no sólo con su sexualidad
sino con su. sentimiento de identidad subjetiva como
seres separados. Esto bien podría denominarse "castra-
ción primaria", y sería el prototipo de la angustia de cas-
tración posterior. Si queda sin resolver, o sea, si la niña
no logra aceptar la alteridad y compensar en forma ade-
cuada su reconocimiento, corre el peligro de pérdida de
los límites del yo, de afánísis y de muerte psíquica.
En este sentido general, la castración equivale en
rigor a aceptar la realidad, y debe ser simbolizada, de
igual manera que la angustia de castración fálica tiene
que ser elaborada psíquicamente para el estableci-
miento de la realidad sexual y de la realidad de género.
Las relaciones homosexuales eluden el multifacético
problema de la angustia de castración fálica clásica
130
-
mediante el simple expediente de excluir a uno de los
sexos; pero la actividad homosexual y sus relaciones
concomitantes también ayudan al yo a tramitar la
angustia abrumadora vinculada a la separación y el
temor a la desintegración. Sin embargo, el modo de vida
homosexual no es adecuado para hacer frente a todos
estos problemas. Queda un gran resto de angustia, y así
es que en las pacientes homosexuales nos encontramos
con numerosos síntomas neuróticos mal estructurados
-formaciones fóbicas concernientes a la angustia oral
(son comunes la anorexia, la bulimia, las adicciones y
las fobias al vómito), síntomas fóbico-obsesivos vincula-
dos a las funciones anal y urinaria; rituales corporales
masoquistas y temores persecutorios-. Ta mbién son
frecuentes la angustia hipocondríaca y las somatízacio-
nes (Sperling, 1955). Todos estos síntomas proceden de
la temprana relación madre-hijo, en una época en que
ya estaba preparada la escena para muchos actos-sínto-
mas, incluida la resolución homosexual de la tensión
edípica en un período posterior. Esta última solución es
más probable que se dé cuando el padre tiene problemas
homosexuales no resueltos y sentimientos de envidia y
odio hacia las mujeres.
LA RELACION HOMOSEXUAL
En su amplio estudío, The Overt Homosexual (1968),
Socarides escribe: "La mayoría de las mujeres manífies-
tamente homosexuales reconocen en el tratamiento que
la relación que mantienen con su objeto de amor es una
relación de madre-hija. (. .. ) La mujer homosexual huye
del hombre; el origen de esta huida es su sentimiento
infantil de culpa hacia la madre, el temor de fundirse
con ésta y de ser rechazada y decepcionada por el padre
131
si se atreviese a acudir a él en busca de amor y de apoyo.
Si esperaba que el padre satisficiese sus deseos sexuales
infantiles, también hay presente un peligro masoquista.
O tal vez sienta que el padre la eludirá, en cuyo caso
corre el peligro de sufrir una herida narcisista. El resul-
tado fina] es que se vuelve otra vez, con más ardor que
antes, hacia el objeto de amor primero: la madre. Pero
no puede volverse hacia la madre real a raíz de su temor
de fusionarse con ella y de ser absorbida" (págs. 174-
175).
Mi propia experiencia clínica confirma las extensas
investigaciones de este autor, pero quisiera añadir a su
resumen un breve examen de los cambios dinámicos que
sobrevienen en la economía psíquica como consecuencia
del establecimiento de relaciones homosexuales mani-
fiestas. La mayoría de mis pacientes tenían conciencia
de su intenso sentimiento de haber triunfado sobre la
madre y de su deseo de que ésta sufriera abandono y
castigo. Por lo común, recubrían este deseo con una
tenue capa de preocupación por los sentimientos de la
madre y con el temor de que ella se vengase de algún
modo. "Me las ingenié deliberadamente para que mi
madre se enterase de mi amorío con Susan. Se puso
furiosa, desde luego ... y yo gozaba en secreto, como si
quisiera castigarla por algo. Cuando supo que estaba en
análisis con una mujer, ¡casi se muere!", señalaba agu-
damente una de mis pacientes. Hay también en todo
esto un cierto triunfo sobre el padre, dado que la solu-
ción homosexual implica renegar del rol fálico del padre
y de su existencia genital , y demostrar que una mujer
no necesita del hombre ni del pene para su completa-
miento sexual. La homosexual triunfa en definitiva
sobre la escena primordial y la realidad sexual.
Otra fuente de gratificación radica en el hecho de
que la nueva relación es abiertamente erótica. La pareja
132
acoge con beneplácito la masturbación y el deseo sexual,
que siempre se sintieron prohibidos por la madre, y en
consecuencia disminuyen los sentimientos de culpa. Se
eclipsan asimismo, en el vínculo con la madre sustitu-
tiva, muchos antiguos conflictos entre madre e hija. En
general, la madre real siempre se había quejado de lo
poco femenina que era su hija, quien se negaba a usar
lindos vestidos, no se interesaba por los varones ni por
las fiestas, se conducía de un modo irresponsable,
sual, desordenado y clandestino. Ahora, son precisa-
mente estos mismos rasgos de carácter los aceptados, y
aun muy valorados, por la pareja homosexual. Esta
aceptación tiene una vasta significación inconsciente,
pues oculto bajo la superficie de la niña inconformista,
cruel, anal-erótica, está el padre internalizado, y por
ende un temor angustiante a perder la identificación con
él, que garantiza la identidad del yo. La madre jamás
aceptó esto, en tanto que el padre, a raíz de sus propios
conflictos con la feminidad, con frecuencia fortaleció este
desenlace.
Una de mis pacientes me relató un intenso momento
con su amante que sintetiza la dimensión "reparadora"
de la relación amorosa homosexual. Vivía con una mujer
mayor que ella, de la que era en extremo dependiente.
Si bien tenía amplias pruebas de la devoción de su
amiga hacia ella, siempre temía que un día, por causa
de un acceso de vómitos, su amiga la echase. Padecía, en
efecto, una grave fobia a los vómitos. Una tarde se sintió
con un genuino malestar digestivo y supo que estaba a
punto de vomitar; la llamó entonces a la amiga para que
hiciese algo que lo impidiera. En respuesta a su  
tud, la amiga extendió los brazos y le dijo que vomitase
en sus manos. Así lo hizo, mientras exclamaba: "¡Ahora
nunca más me amarás!". Pero su amante depositó un
beso sobre la comida regurgitada, como signo de su total
133
aceptación. Este intercambio inusual tuvo un significado
profundo y un efecto no menor sobre la joven. En los
meses que siguieron, pudo analizar la significación
inconsciente de su fobia y comprender que el gesto de su
amiga implicaba la aceptación y el perdón de todas sus
fantasías eróticas prohibidas sobre el pene del padre, así
como de sus deseos sádicos reprimidos. La imagen de su
cuerpo, hasta entonces vivenciado como un objeto fecal
descartable, cambió, y se trocó en un objeto valioso.
Ya hemos subrayado la múltiple importancia y los
multifacéticos aspectos estructurantes de l a fantasía
anal-erótica y anal-sádica; la paciente a que hicimos
referencia presenta un ejemplo cristalino de una fanta-
sía que es común a la mayoría de las homosexuales, a
saber, la de que s er mujer equivale a ser un montón de
heces. 'Se imaginaba a sí misma muy agresiva, poco
atractiva, destructiva y 'maloliente'. 'Despedía olores' y
estaba llena de cosas desagradables. Tenía profundos
sentimientos de culpa por su agresividad contra el padre
y la madre. 'Si pongo en evidencia mi maldad, todos me
abandonarán .. .' En los sueños volvía esa agresividad
contra sí misma, la cual la hacía sentirse mal, como si
fuese ' un montón de heces desparramadas' " (Socarides,
1968, pág. 184).
Estos sentimientos destructivos profundos, junto con
la autoimagen dañada, son parcialmente curados por la
relación homosexual, donde cada una puede desempe-
ñar para la otra la "función de sostén" propia de la
"madre suficientemente buena" de que nos hablan los
escritos de Winnicott (1960). "Ella es menos cruel con-
migo que yo misma", me confesó un día Sophie refirién-
dose a su amante. A menudo estas mujeres son incapa-
ces de ser "buenas madres" pata sí mismas, y sólo son
capaces de conceder su amor a otra mujer. Así pues, algo
de que carece su mundo de objetos internos es buscado
134
l
en la pareja: merced a la identificación con ésta, se recu-
peran las satisfacciones instintivas y las partes perdidas
del sí-mismo.
Como hemos visto, los deseos agresivos que procuran
contención en el acto y en la relación de objeto homose-
xuales se remontan, más allá de las frustraciones fálico-
genitales de la situación edípica, más allá también de la
fase anal de la integración, hasta los objetos sexuales
arcaicos, de una época muy anterior a la diferenciación
consciente de los sexos (Klein, 1932, 1950). Si el deseo
secreto de la niña homosexual es, en el plano fálico-geni-
tal, obtener los emblemas sexuales del otro sexo - el
falo simbólico inalcanzable, con el que atraer el deseo de
la madre-, los deseos subyacentes son los del bebé, todo
eso que el sí-mismo infantil sigue demandando incons-
cientemente. Esto podría resumirse como el deseo de
lograr para sí el pecho-madre y quedar para siempre en
posesión de él. No sólo se reniega de la di ferencia entre
los sexos sino también de la diferencia entre una per-
sona y otra, entre su cuerpo y otro, entr e el bebé y el
pecho. Estas son las satisfacciones y gratificaciones que
se esperan del vínculo erótico homosexual; pero como
éste se edifica sobre el voraz amor oral de las primeras
relaciones, incluye la meta de poseer al objeto hast a su
destrucción. La fantasía subyacente, no sólo de haber
castrado al objeto sino de haberlo perdido o destruido,
genera intensos sentimientos depresivos.
Hasta ahora hemos examinado los aspectos positivos
de la relación homosexual; es evidente, empero, que ést a
resuelve pocos conflictos básicos y contiene los gérmenes
de su propia destrucción. El análisis invariablemente
revela los aspectos anales (voraces, destructivos, contro-
ladores, manipulatorios) del vínculo. Está presente la
necesidad de idealizar a la pareja, al acto sexual y a la
relación en su conjunto para proteger al objeto amoroso
135
de los ataques fantaseados que se quisieran descargar
sobre él. La homosexual necesita creer que su vínculo
con su pareja es reparador y curativo para ésta. Si bien
es cierto que la preocupación por el objeto mitiga la
voraz destructividad oral, este contenido inconsciente
contribuye al carácter efímero de muchos amoríos homo-
sexuales. "Me doy cuenta cada vez más de que es una
locura que me preocupe tanto por ella. Admito que si la
traje a vivir conmigo fue porque mi última amiga me
dejó tan repentinamente ... y yo no puedo vivir sola. Ella
(la amiga actual) tampoco puede; pero mientras que yo
me preocupo muchísimo por ella -por sus fracasos, por
su insomnio-, ¡eHa ni siquiera sabe cómo soy yo real-
mente! Mis problemas profesionales la aburren terrible-
mente. Estoy segura de que si yo dejase de repente de
traer dinero a la casa, me abandonaría y se iría de inme-
diato con otra." Este comentario de una de mis pacientes
es semejante a otros que he escuchado, en distintas ver-
siones, de otras homosexuales.
Estas intelecciones son muy penosas para las muje-
res en cuestión, y de hecho sólo se las devela en el análi-
sis cuando la paciente descubre, para su sorpresa, que la
historia se repite. No sólo lo percibe respecto de sus
sucesivas amantes, sino que además se percata de que
hay un fragmento de historia infantil que se escenifica
de nuevo: ella es otra vez la niña pequeña que hace
cosas con el fin exclusivo de la reafirmación narcisista y
la seguridad emocional de la madre. Así, la t endencia a
reducir a su pareja a un objeto parcial, a convertirla en
su víctima y controlar cada uno de sus movimientos
tiene una intensidad sólo equiparable a la del temor a
convertirse ella misma en el objeto parcial, magnética-
mente fijado a su amiga. Estas pacientes procuran
desempeñar para su pareja un papel esencial e irrem-
plazable, y a veces terminan haciendo muchas cosas
136
--
para ella en detrimento de sus propios intereses o de su
trabajo. Aquí se cierra el círculo de la relación infantil
con la madre; el yo sigue persiguiendo sus metas instin-
tivas y manteniendo su frágil identidad en la forma
como quedó fijada en la infancia.
ESTRUCTURA EDIPICA Y DEFENSAS DEL YO
La organización edípica, como modelo inconsciente,
nuclear y estructural, de la personalidad, puede servir-
nos como punto de partida para nuestro resumen de los
hallazgos mencionados en este capítulo. Según hemos
visto, la niña homosexual ha experimentado una regre-
sión ante la situación edípica y reestructurado sus
deseos sexuales en función de la relación diádica con la
madre; el pene del padre ya no simboliza para ella el
falo, ella misma encarna el objeto fálico. Mediante su
identificación inconsciente con el padre e invistiendo
todo su cuerpo con la significación del pene, puede satis-
facer sexualmente a una mujer en 'su fantasía. La regre-
sión instintiva, al pasar de lo fálico-genital a lo anal-eró-
tico y lo anal-sádico en sus expresiones, deja su huella
en la relación de objeto y tiñe los rasgos del carácter. Los
deseos oral-eróticos y oral-sádicos son mantenidos bajo
control , a raíz de su naturaleza aterradora, en gran
parte por la propia relación homosexual y por el acto
sexual mismo. Para tramitar estos impulsos primitivos
reprimidos, suelen surgir como síntomas secundarios
frecuentes las adicciones y compulsiones, como la clepto-
manía (McDougall, 1970; Schmideberg, 1956). El con-
flicto edípico no se resuelve. Respecto del objeto hetero-
sexual , la mortificación narcisista lleva a un total y
consciente repliegue en relación con el padre. En lo que
atañe a los deseos edípicos homosexuales, la mujer
137
homosexual no logra integrarlos a la estructura de su
personalidad, ya que su resolución normal llevaría a la
identificación con la madre genítal. En lugar de ello,
reniega de la escena primordial y luego la reinventa con
exclusión del hombre y del pene. Siguiendo a Bion
(1970) podríamos decir que las niñas refutan el mito edí-
pico y crean en su lugar un mito privado.
La solución homosexual a los deseos del ello y a los
problemas que plantean las relaciones objetales tiene su
contrapartida en la estructura yoica. Desde el punto de
vista de las categorías clínicas, tenemos ante nosotros
una organización inconsciente que no es ni la neurótica
clásica ni la psicótica. Operan mecanismos de defensa
neuróticos, pero no están lo bastante organizados como
para proteger la identidad sexual; además, existen
varias defensas psicóticas que han colaborado en la solu-
ción homosexual y en el mantenimiento de sus ilusiones
básicas. De hecho, nos hallamos ante la escisión de la
protección defensiva del yo descrita por Freud (1940) lo
cual parecería servir de punto nodal para la concepción
de una "tercera estructura". Aunque una estructura edí-
pica y yoica .idéntica a ésta se encuentra en el sustrato
de todas las desviaciones sexuales (Rosen, 1964), parece
incorrecto denominarla "perversa", ya que no se limita a
las perversiones sexuales. La escisión defensiva y el
acting-out continuo para compensar lo que falta en el
mundo psíquico interno también aparecen en muchas
graves neurosis de carácter, en pacientes con adicciones
y síntomas antisociales, así como en los pacientes psico-
somáticos (Sperling, 1968). Lo específico de las mujeres
homosexuales es la introyección patológica de la figura
paterna y la erotización de las defensas erigidas contra
las angustias depresivas y persecutorias resultantes de
estas estructuras deformadas.
La dinámica de la escisión desempeña un papel
138
particularmente importante en la organización del yo.
No sólo hay una escisión en los mecanismos de defensa
sino también en el mundo de los objetos internos
(Gillespie, 1956a, 1956b). La imagen de la mujer queda
dividida en una totalmente idealizada y una total-
mente castrada -tan idealizada que se la considera
inaccesible, y tan castrada que esas mujeres deben dis-
frazar su feminidad con todos los medios psíquicos a su
alcance-. En la medida en que pueda mantenerse este
proceso de escisión -y para ello se requiere una cons-
tante proyección y la renegación de la realidad-, el yo
puede proteger su identidad. Una ulterior ampliación
de las tendencias a la escisión se aprecia en la redistri-
bución de los fragmentos escindidos. Si bien se ha
ta.do caer en el fracaso de la división anterior de lo
bueno y lo malo (que, en caso de no subsanarse, tiene
un desenlace psicótico), hay empero una escisión espe·
cífica que sigue líneas sexuales: un sexo "bueno" y un
sexo "malo". Esto se asemeja a la "falsa escisión" des-
crita por Meltzer (1967). Las "partes   del sí·
mismo, junto con 1os malos sentimientos adscritos a la
madre internalizada, son proyectados sobre el padre y
luego sobre los hombres en general, y pueden dar ori-
gen a una actitud paranoide r especto de los hombres.
Esto, sin embargo, asegura lo "bueno", que es aplicado
a las fantasías de la reparación del sí-mismo y de la
pareja, y la esperanza de r ecobrar l as partes perdidas
del sí-mismo. No obstante , si el objeto femenino, que
inconscientemente contiene tanto odio y tantas partes
"malas" del sí-mismo infantil, se aproxima demasiado
peligrosamente a ser un depositario consciente del odio,
el temor a la pareja puede triunfar sobre las defensas
erotizadas, y se corre el peligro (fuera de la situación
analítica) de episodios psicóticos de tipo paranoide. En
este punto la per sona amada y la odiada se mezclan, y
139
queda amenazado todo deseo, no sólo el sexual: el
deseo de vivir.
Mary Barnes (1971) relató su sentimiento de que le
estaba vedado todo movimiento instintivo propio: "Lo
'correcto' había sido siempre lo que otro quería de rnf.
(. .. )Mi deseo, al no estar separado, debía vehiculizarse a
través de alguna otra persona. Como si fuera una beba
diminuta, yo sólo podía ser satisfecha si 'Mamá' cali-
braba mis necesidades. En su útero estaba el alimento
de fa sangre que venía efe effa a mí. Mf proófema era que
mi Madre real nunca quiso que yo tuviera eso, alimento.
Nunca tuvo leche en los pechos. No podía, me odiaba.
Pero me decía que me amaba, y que quería que yo
comiese. (. .. ) Para satisfacer a mi Madre yo tenía que
morirme de hambre". Mary Barnes no encontró ningún
descanso protector, como la creación de una relación
homosexual, que le permitiera vivir su deseo sexual, al
"hundirse" en las profundidades de su torturada rela-
ción con sus objetos internos.
El duro superyó pregenitalizado del homosexual se
ve cuadruplicado en la disolución psicótica. Si puede
decirse que el neurótico lucha por su sexualidad y el psi-
cótico por su vida misma, el homosexual (y toda persona
"de tercera estructura") ha hallado un paradero que se
encuentra a mitad de camino entre esas dos metas,
donde se evita la muerte psíquica y sólo se reniega del
sí-mismo sexual. La identificación inconsciente de la
niña homosexual con su padre le otorga una identidad
separada y le permite ejecutar el papel reparador bajo la
apariencia de pareja sexual de otra mujer, con lo cual
subsana todos los ataques fantaseados contenidos en su
intensa demanda de posesión del sí-mismo sexual y
autónomo de su pareja. Por supuesto, ésta no es una
auténtica reparación, y queda inc1uida dentro de todo lo
que abarca la defensa maníaca, tal como la definieron
140
Klein, Heimann, Isaacs y Riviere (1952) y también Win-
nicott (1935). Constituye, sin embargo, una poderosa
estructura protectora dentro del yo.
Ya se ha hecho referencia a las fantasías del pecho
materno como objeto malo y venenoso, y al modo como
el acto homosexual puede mantener a raya los temores
de ser destruido (a raíz de los propios deseos de incorpo-
ración). Pero en la medida en que estos deseos dominan
el cuadro y se avecinan a la conciencia, nos aproxima-
mos más a una estructura psicótica que a una desvia-
ción sexual. Los mismos temores básicos pueden elabo-
rarse merced a otras formas de conducta compulsiva,
como el alcoholismo, la bulimia, etc. Dado que el padre
encarna simbólicamente agudos temores paranoides y
que el contacto con él da origen a una angustia persecu-
toría, esta escisión psíquica permite a la niña homose-
xual preservar su yo de la disolución; pero si tales
temores retornan a la imagen materna, hay muy pocas
probabilidades de alcanzar una solución homosexual
satisfactoria. Se ve obligada asimismo a mantener su
identidad yoica en otro frente: debe guardar distancia
de los hombres, ya que cualquier contacto afectivo con
éstos le haría perder su pene ínternalizado, la fantasía
sobre la cual se edifica su identidad. Así pues, este
dilema la arrastra compulsiva y constantemente a una
interminable repetición en sus relaciones eróticas. Más
allá del peligro masoquista de la entrega de sí misma,
se ve amenazada por el surgimiento potencial de sus
violentos sentimientos ambivalentes hacia su pareja.
Las relaciones homosexuales oscilan permanentemente
entre dos polos: el temor a la pérdida del otro, que da
por resultado una pérdida catastrófica de la autoestima
-eonducente a sentimientos de pérdida de la identidad
o a impulsos suicidas- y la activación de sentimientos
agresivos y crueles hacia la pareja -que da origen a
141
r
una angustia intolerable-. Como consecuencia de la
idealización escesiva de la pareja, las relaciones homo-
sexuales contienen, en mayor medida que las heterose-
xuales, una dimensión oculta de envidia. Así, pese a sus
aspectos reparadores, son inevitablemente precarias.
Una identidad sexual que reniega de la realidad sexual
y enmascara sentimientos ínternos de muerte sólo
puede mantenerse a un alto precio. El homosexual paga
caro su frágil identidad, sobrecargada como está de
frustrada significación libidinal, sádica y narcisista.
Pero la alternativa es la muerte del yo.
¿Qué puede dar el psicoanálisis a la mujer homose-
xual? El analista, no importa cuáles sean sus deseos
personales, sólo puede aplicarse a hacer avanzar lo más
posible a su paciente por el camino del autodescubri-
miento, que puede llevarlo o no a que renuncie a su vida
homosexual. El objetivo importante es traer a su con-
ciencia los diversos aspectos de su drama interior que
hasta entonces se le habían escapado, junto con los roles
conflictivos desempeñados por los padres internalizados
y los intensos sentimientos de amor y odio concomitan-
tes. La paciente estará entonces en condiciones de repa-
sar cuál fue, según pudo entenderlo, su lugar y su papel
dentro de la constelación familiar. Sólo de este modo lle-
gará a reconocer sus conflictos y empeños contradicto-
rios, y la intrincada red de defensas construida desde la
infancia para hacer frente a la confusión y al dolor psí-
quico.
Entre otros factores, la cosecha analítica brinda una
transformación de la imagen corporal. Si la homosexual
se imaginaba contrahecha, desorganizada, s ucia o
enferma, ahora podrá tener una apreciación más cabal
de su sí-mismo físico. Aminorarán sus antiguas angus-
tias hipocondríacas, y a menudo desaparecerán por
entero. Más sólidamente "corporizada", la paciente ob-
142
__. .. .
tendrá una evaluación diferente de sí misma y de sus
capacidades profesionales y sociales.
En muchas, sobreviene un cambio no menos impor-
tante en los sentimientos ligados a su identidad sexual.
Pese a que estas pacientes rara vez acuden al análisis
para volverse heterosexuales, muchas de ellas renun-
cian de hecho a sus afanes homosexuales y se convierten
en esposas y madres. Otras, por el contrario, no se ven
impulsadas al campo heterosexual; a despecho de sus
deficiencias, la solución homosexual ofrece una cierta
seguridad. Sin embargo, la convicción de haber elegido y
asumido conscientemente la propia homosexualidad es
en sí misma un factor positivo en comparación con el
sentimiento previo de compulsión. De esta manera,
estas pacientes suelen ser capaces de crear relaciones
más estables y menos ambivalentes con su pareja, y se
encuentran mejor equipadas para hacer frente al con-
flicto homosexual.
143
4. LA MASTURBACION
Y EL IDEAL HERMAFRODITA
Hijo de Afrodita y de Hermes, provisto de los atribu-
tos de sus dos padres fabulosos, Hermafrodita, efebo
perfecto, se vio un día transformado en un ser bisexual
por el amor de una ninfa enamorada de su belleza. Pero
si bien Hermafrodita ha maldecido su cruel destino, los
otros, simples humanos monosexuados, se apegan, por
el contrario, a la fantasía de la bisexualidad. La ilusión
bisexual es tan vieja como la historia y la cultura del
hombre. Aunque pensemos en la significación de los dio-
ses orientales o en el mito de Platón sobre el origen de
los sexos, o más cerca de nosotros, en el intento de Ja
ciencia ficción de Freud, empeñado en dar a la mujer un
pene minúsculo (allí, donde ella creía poseer un órgano
bien suyo), debemos reconocer, forzosamente, que esta-
mos en presencia de una de las Urphantasien del hom-
bre. Ser hombre y mujer a la vez, estar provisto de la
magia blanca y negra de cada uno, ser, desde ese
momento, el objeto de deseo de los dos, ser de uno
mismo, padre y madre, engendrarse incluso a sí mismo,
¡quién, en su corazón infantil, no lo querría!
145
La verdad prehistórica imputada a estas fantasías
originarias nos sorprende menos que su descubrimiento
universal en las huellas del inconsciente, y que su fun·
ción nostálgica y reparadora con las heridas ineluctables
que la realidad inflige al narcisismo humano. El hecho
de que Ja naturaleza produzca tan raramente hermafro·
ditas auténticos entre los seres humanos, y que, incluso
los animales dotados de esta manera sean más bien
especies menores, como los caracoles o las lombrices, no
debilita en nada la fuerza del mito o la fascinación del
hombre monosexual, herido en su deseo narcisista y
megalomaníaco al descubrir que está condenado a ser,
de por yjda, sólo una-mitad del tándem sexual
Si la noción de bisexualidad posee un sentido para el
psicoanálisis, su valor no se ha de descubrir en la biolo-
gía, ni en el patrimonio filogenético como lo proponía
Freud. La bisexualidad es una fantasía, un ideal, un
sueño, una pesadilla, incluso, pero en cada caso un pro-
ducto de la imaginación del niño incestuoso frente a la
escena primaria, del niño en búsqueda de una defensa
mágica de su omnipotencia anterior a la caída. Desde un
derto punto de vista, el recurso a un ideal bisexual es
un retroceso frente a la angustia de castración; la
angustia ligada a los deseos prohibidos, tanto homose-
xuales como heterosexuales. Retroceso, igualmente,
frente al temor a la castración narcisista, movilizado por
sentimientos de exclusión, de impotencia de sin·valor.
Pero este recurso tiene también sus precursores, como
los deseos edipjcos y Ja angustia de castración. ¿O qué es
esta prescripción que ordena, antes de su surgimiento,
las fantasías bisexuales del hombre? Para comprender
mejor la noción de bísexualídad -en tanto estado ideal,
en tanto deseo prohibido y angustíante- debemos vol·
ver hasta el límite de la vida psíquica, hasta el descubri-
miento, no de la identidad sexual, sino de la identidad
146
subjetiva, la calidad de alteridad. Quisiera indicar aquí
que el ideal hermafrodita encuentra sus raíces en el
ideal fusiona} que une al niño al pecho materno. La bús-
queda de un estado ideal en donde la falta no exista tes-
timonia que el pecho está ya "perdido", es decir, está ya
percibido como la esencia de un Otro. Así pues, la ilusión
bisexual en todas sus manifestaciones está construida
sobre el muro de la diferencia de sexos, pero encuentra
sus bases en la relación primordial , en e1 deseo siempre
actual de anular todo pensamiento de separación con el
Otro, un deseo perpetuo cuya meta es negar esta alteri-
dad imposible y poner fin a todo deseo.
EL PECHO MATERNO Y LA SEXUALIDAD
Siguiendo el camino hacia atrás que conduce de la
identidad sexual a la identidad subjetiva, llegamos a ese
momento mítico en donde se origina el nacimiento del
sujeto psíquico y con él el primer esbozo de un objeto y
la primera sombra de un deseo. Para el lactante, su
madre y él, primitivamente, forman sólo uno. No sólo
sobrevive gracias a ella sino que también existe psíqui-
camente a través de ella. Sin ser aún un objeto para él,
ella es ya mucho más, su Umwelt, madre-universo, del
cual él forma parte. Esta identidad primaria, en la que
el niño es una pequeña parcela de un gran todo, funda
la primera identidad del ser (Leichtenstein, 1961, Win-
nicott, 1960). El niño es ese todo, mágico por la fuerza de
la madre. Pero en realidad se trata de una relación de
dependencia absoluta, dentro de la cual el niño es única-
mente aquello que representa para su madre. Todo lo
que está en potencia en él no puede desarrollarse ni
organizarse sin ella. Su movilidad, sus impulsos afecti-
vos, su inteligencia, su sexualidad son, en primer lugar,
147
- ------·--" .... --·--·-
favorecidos -u obstaculizados- por ella. Además de
cuidados físicos y alimentarios, cada madre suscitará en
su hijo, según sus deseos, demandas que sólo ella tendrá
el placer de satisfacer (Leichtenstein, 1961). De esta
manera, el niño se convierte, desde el comienzo de su
vida, e incluso antes, en objeto privilegiado para la
satisfacción de deseos, conscientes e inconscientes, de la
madre. En este primer compromiso sensual de dos, cada
uno es, o debería ser, un instrumento de gratificación
para el otro. Esta marca 1íbidinal en cada identidad sub-
jetiva deja su sello en la evolución y estructura psicose-
xual y narcisista. Desde ese momento, una parte de la
identidad de todo sujeto es y será siempre lo que repre-
senta para otro. En cuanto al sentimiento de identidad
sexual, diversas investigaciones han demostrado que la
madre tiene, desde el comienzo, actitudes diferentes con
respecto al niño según su sexo (Staller, 1968), lo que
marca, muy precozmente, el sentimiento de identidad
psícosexual del niño, hasta el extremo de inducir inter-
venciones transexuales en la vida adulta (Montgrain,
1975) si los problemas inconscientes de la madre no le
permiten aceptar el sexo biológico de su hijo. Sin
embargo, el descubrimiento de la diferencia de sexos y el
reconocimiento de que la identidad sexual propia sólo
puede definirse en relación con la del otro sexo implican
un renunciamiento de los deseos narcisistas y la pérdida
de una ilusión, ya prefigurados por la pérdida del pecho.
¿Qué significa esta pérdida?
En primer lugar precisemos que el término "pecho"
está empleado aquí no como objeto parcial o corporal,
sino como concepto, tal como Melanie Klein lo ha conce-
bido de la madre en su totalidad: su piel, su voz, su olor
y ciertamente la madre como fuente de gratificación e
identidad, soporte, finalmente, de toda la gama de afec-
tos de odio y de amor que experimenta el lactante. La
148
.....- ---
pérdida del pecho, entonces, como parte de sí mismo no
significa de ningún modo el destete ni el pasaje a los ali-
mentos sólidos, sino el descubrimiento, lento y progre-
sivo, por parte del niño de que el pecho no le pertenece,
de que no sólo no es él, sino que representa la esencia
misma del Otro; y lo que es más, este Otro puede dar1o o
negarlo. En adelante, el niño buscará a esta madre-
pecho, no sólo para satisfacer sus necesidades, sino tam-
bién para volver a encontrar y revivir esta relación
maravillosa que comparte con ella. Colmado por el yo de
la madre, en esta época el yo del lactante es fuerte. Pero
una ruptura prolongada en la relación de ambos, o una
carencia por parte de la madre en cuanto a su función
protectora en este estadio precoz, origina angustias
específicas. No se trata todavía de la angustia de castra-
ción, propia de la fase fálica, ni de su prototipo que es la
angustia de desintegración, sino más bien de una angus-
tia que podemos calificar de amenaza de aniquilamien·
to. El niño no pierde simplemente su Objeto, sino su
identidad entera, y esta muerte psíquica incluso en cier-
tos casos puede acarrear la muerte real (Kreisler, Fain y
Soulé, 197 4).
La pérdida del Objeto no puede ser colmada, y la
diferenciación del mismo sólo se adquiere a través de un
acto psíquico creativo: la introyección del objeto perdido
en el sí-mismo, es decir su creación en tanto objeto
"interno". Si no puede enfrentar esta "castración" prima-
ria, es decir, recreando psíquicamente el objeto faltante,
la pérdida, inevitable en la prehistoria de todo sujeto,
sólo puede ser colmada por la delusión o la muerte.
Puesto que esta pérdida es la condición primordial de la
identidad psíquica, es evidente que toda tendencia del
sujeto a volver hacia la no diferenciación primitiva está
acompañada de un riesgo grave para su salud (estados
psicóticos) o para su vida (toxicomanías, suicidio, enfer-
149
r.---------------- - --
'
medades psicosomáticas). Sin embargo, el retorno al
estado de indiferenciación es un deseo perenne en todos,
y en los adultos que no están muy perturbados psíquica-
mente encuentra cierta investidura narcisista en el
sueño, y libidinal en las relaciones sexuales. El dominio
de las experiencias de separación-individuación da lugar
a estructuras psíquicas y a placeres cada vez más elabo-
rados, pero el renunciamiento implícito en este proceso
de introyección y de identificación crea una nostalgia de
retorno al mundo fusiona}, al abrigo de toda frustración_
Desde el comienzo de este proceso de separacíón-
individuación (Mahler, 1970), que representa la pérdida
del pecho-madre, la vida pulsional del niño también ten-
drá un doble objetivo: una parte de su libido intentará
anular -y esto, durante toda su vida- esta separación
y buscará una unión total corporal, lo menos simbólica
posible con el Objeto (Stone, 1961), mientras que la otra
corriente pulsionaJ apuntará al mantenimiento, a todo
precio, de la independencia del objeto, sin la cual su
identidad corre el riesgo de desaparecer en la madre-
universo. Sobre esta base se construirá la estructura
edípica primaria. La problemática de la alteridad se
infiltra progresivamente en las dificultades planteadas
por la identidad psicosexual, no solamente en la escena
edípica sino también desde el punto de vista de la inte-
gridad narcisista. Por segunda vez, el hombre debe des·
cubrir que lo que busca, lo que él desea, es la esencia
misma del Otro, e inevitablemente dará a su deseo
sexual la intensidad, el dolor y la paradoja de la escena
primera.
Para tener un sexo y un sentimiento de identidad
sexual, ptirnero hay que tener un cuerpo y una existen·
cía individual. Sin esto, la sexualidad corre el riesgo de
verse utilizada únicamente para reparar las fallas en el
sentimiento de identidad (véanse caps. 2 y 3). Recorde-
150
mas que este sentimiento de identidad subjetiva está
sujeto a ataques múltiples, que van desde el aniquila-
miento (castración "primaria") y angustia de desintegra-
ción (castración "pregenital"), hasta la angustia de cas-
tración fálico-edípica.
Mi intención no es la de examinar los obstáculos de
este proceso creador de identificación con el objeto per-
dido y su repercusión en la sexualidad adulta. Me limi-
taré a señalar que esta primera introyección del pecho-
universo le permite que sea escindido en objeto "malo" y
en objeto "bueno". Esta separación primordial y esencial
garantiza la capacidad psíquica del lactante de mante-
nerse en relación creadora con el Otro. Si esta separa-
ción faltat el pequeño sujeto sufre graves trastornos en
su integridad psíquica y en su relación con el mundo
exterior. Esta misma falla va a imponer, entonces, la
fase fálica a la evolución del niño, de allí la imposibili-
dad de identificarse con el otro sexo sin miedo hasta
alcanzar, finalmente, su propia identidad y su rol
sexual. En su lugar, el niño corre el riesgo de realizar
una falsa escisión (Meltzer, 1967) a nivel de la diferencia
de sexos, de manera que el "mal" se encuentre de un
lado de la demarcación sexual y el "ideal" del otro, mos-
trando una falta de integración de deseos bisexuales que
apuntan a los dos padres. Esto es evidente en la homo-
sexualidad, en la cual se revela un rechazo fóbico del
sexo opuesto y la "solución" homosexual no es el resul-
tado directo de la ilusión hermafrodita. Narciso no es
hermafrodita. "¡A mí no me gustan las mujeres! ¡Ni los
hermafroditas! Me hacen falta seres que se parezcan a
mí...", suspira el Maldoror de Lautréamont.
El obstáculo más poderoso para la integración de la
bisexualidad psíquica es la avidez oral. Esta avidez por
la madre-pecho es la materia prima del amor. Pero las
dificultades son muchas. 'Turnemos el ejemplo de la céle-
151
bre envidia del pene en la niña. El deseo común en la
niña de poseer un pene personal y de quitárselo al que
lo posee se transformará en ganas de gozar con el pene
del hombre en la relación sexual. Si, por el contrario, el
pecho-objeto nunca ha sido internalizado como represen-
tación básica y soporte de las primeras pulsiones libidi-
nales, ha fracasado corno significante del deseo materno,
es decir, ser el pecho para su hijo. El pene puede suscitar
envidia destructiva que impida toda posibilidad de una
relación o toda aprehensión de un deseo. La proyección
de tal avidez oral hace del pene, o del hombre entero, un
objeto persecutorio, y de ella misma un objeto igual-
mente peligroso para el otro. De la misma manera, el
deseo oral del niño de tener los atributos de la madre, de
quitarle lo que hace falta para atraer el deseo del padre,
también debe recorrer un camino para que este fin envi-
díoso se transforme en deseo de dar su pene a la mujer,
con lo que esto implica, al mismo tiempo, de identifica-
ción con su placer de recibirlo.
Dejo de lado el problema de la envidia del pene en el
hombre y del deseo de la mujer de poseer el secreto
sexual de la madre. Estos deseos y su integración for-
man el otro polo de la identidad sexual y normalmente
encuentran su investidura en la identificación secunda-
ria con el padre del mismo sexo. Insistimos, particular-
mente, en la capacidad de identificarse con el otro sexo
corno elemento fundamental en la movilización del deseo
sexual. Esto implica la posibilidad de depender de otro
sin miedo. La parte dependiente de la personalidad es la
que reconoce los límites y las limitaciones de su propio
ser, así como la existencia y los límites del otro, y acepta
que la satisfacción de toda necesidad, finalmente de todo
deseo, se relacione con la incapacidad fundamental del
ser humano de bastarse a sí mismo. Reconocer la necesi-
dad del objeto (el objeto genital incluido) es la condición
152
de la vida, y todo intento de negar esta dependencia se
orienta en el sentido de la muerte.
Al drama de la alteridad le sucede el drama de la di-
ferencia de sexos y de la interdicción de deseos incestuo-
sos. Estos desgarros producidos por la irrupción de la
realidad en la omnipotencia narcisista del niño deben
ser compensados de una manera o de otra. Para lograr-
lo, el niño encuentra hilos diferentes con los que tejerá
su identidad, que inevitablemente tendrá doble aspecto:
todo lo que en él se parece al otro, y todo lo que en él es
diferente del otro. La falta de uno u otro polo pondrá en
peligro el sentimiento de identidad, ya se trate de iden-
tidad subjetiva o de identidad sexual. Dicho de otra ma-
nera, todo reconocimiento de una identidad es, primiti-
vamente, reconocimiento de una diferencia.
Y volvemos así a nuestro punto de partida, al ideal
hermafrodita, ideal fundado sobre otro ideal, fusiona!,
que une al niño al pecho-madre, etapa esencial hacia
una identidad verídica. En los dos ideales se encuentran
los mismos procesos fundadores: renegación de la dife-
rencia en el intento de mantener un estado ideal ilusorio
y resguardarse de las angustias de desintegración, e in-
tegración con el objeto perdido e introyección de él, actos
creadores con los cuales el sujeto se convierte en sujeto y
objeto a la vez, con el fin de atravesar el espacio que lo
separa del otro, sin temor de destruír ni de ser destruí-
do. Sí esta creación de un mundo interior de identifica-
ciones e intrayecciones muchas veces perdida y muchas
veces recreada falta, todo deseo sexual y todo deseo de
realización y logro narcisista corren el riesgo de   e s p o ~
seer al otro, arrastrando al sujeto hacía un mundo pre-
cario en donde hay sólo un cuerpo para dos, sólo un sexo
para dos.
Si, como lo propongo, el deseo "bisexual", la espe-
ranza de ser jj} otro sexo manteniendo la sexualidad pro-
153
p í   ~ es un deseo inconsciente y universal, podríamos
esperar encontrar en el adulto signos de su existencia
que no son pato]ógicos. Puesto que el ser humano es, en
su constitución, fundamentalmente "bisexual", el doble
aspecto de ]a identidad lleva a una identificación con el
padre del mismo sexo, tomando al otro por objeto. La
relación genital no puede resolver, ella sola, este anhelo
profundo del ser. Yo veo dos realizaciones casi universa-
les: una es el proceso creador que permite al hombre
engendrarse mágicamente, por unión de lo que se puede
concebir de los elementos masculinos y femeninos de
cada uno, creaciones que pueden ir de lo patógeno a lo
sublime (por ejemplo, de la creación de una perversión o
de un delirio, a la realización de una obra de arte). La
otra, la que realiza por excelencia la ilusión bisexual en
la vida erótica, es la masturbación. De ella, en tanto
acto creador cuyo objetivo sirve a los deseos narcisistas
de naturaleza bisexual, hablaré a continuación.
EL HOMBRE Y LA MASTURBACION
La masturbación, normal en el niño, es, igual-
mente, una manifestación común en el adulto, aunque
se hable raramente de ella en las discusiones y escritos
analíticos. Intentaré explorar el papel de la realización
narcisista y de la ilusión bisexual en el proceso mastur-
batorio. Subrayo la idea de un "proceso" para indicar
que la masturbación representa un acto y una fantasía,
y que los dos pueden separarse y encontrar destinos
diferentes en la psique. En cuanto a la ilusión bisexual,
aunque la fantasía contradiga toda posibilidad de un
argumento con personajes de ambos sexos, o aun sin
personajes ni siquiera fantasía, existe un hecho irrecu-
sable: el acto masturbatorio recrea en un juego erótico
154
-
una relación de dos, en donde la mano (o su sustituto)
cumple la función, en lo real, del sexo del Otro. La fan-
tasía, al contrario, puede reprimir a este Otro, puede li-
mitarse a personas del mismo sexo, a órganos y orificios
distintos de los órganos genitales, a objetos parciales,
como los productos del cuerpo, o extenderse a los ani-
males o a un mundo de objetos inanimados o misterio-
sos. En la fantasía autoerótica, como en la vida onírica,
todo es posible; de hecho, en los dos casos, fantasía y
sueño, se trata de una creación que debe satisfacer múl-
tiples exigencias. A través de represiones, de condensa-
ciones y de desplazamientos, las fantasías logran com-
binar en un todo una historia imaginaria que satisface
la presión del deseo instintivo, las interdicciones de ob-
jetos intemalizados y las demandas de la realidad exte-
rior. Desde este punto de vista, ciertas fantasías mas-
turbatorias son verdaderas obras de arte, aunque de
orientación totalmente narcisista, como el sueño; y se
revelan igualmente ricas para el análisis. (Digamos, in-
cluso, que su ausencia en el discurso analítico es más
bien inquietante.) Pero siempre se trata de un texto
amputado, cuya significación en ningún caso puede ser
comprendida en su totalidad, según un único contenido
manifiesto.
Seria interesante estudiar el fenómeno de la mastur-
bación como una realización de un deseo bisexual , y del
deseo inconsciente como elemento inscrito, sí-mismo so-
mático y en la psique, desde el comienzo de la vida psí-
quica. En los Tres ensayos (1905), Freud ha sefialado
tres periodos de masturbación, de los cuales el primero
era observable en los lactantes. Presentía ya su lazo con
las otras actividades autoeróticas, así como su relación
con la autoímagen narcisista y con las imagos parenta-
les. Las investigaciones de Spitz y de sus colaboradores
han mostrado los lazos profundos entre la masturbación
155
y las relaciones objetales precoces 1. En su artículo sobre
autoerotismo, Spitz (1942, 1962) propone conclusiones
empíricas y algunas hipótesis sobre tres manifestacio-
nes de autoerotismo durante el primer año de vida. Las
actividades en cuestión son: rocking (balanceos ritmicos
del cuerpo), fecal games (juegos fecales) y genital play
(manipulación genital). Las investigaciones estaban cen-
tradas sobre tres grupos: niños que gozaban de una
buena relación madre-lactante, un segundo grupo que
experimentaba esta relación de una manera inestable, a
veces buena, a veces deficiente, y un tercer grupo que
evolucionaba en ausencia total de relación afectiva,
recibiendo cuidados constantes y apropiados de gente
competente. Los niños del grupo 1 (buena relación) rea-
lizaban todos actividades autoeróticas y mostraban
manipulaciones genitales espontáneas y constantes. En
el grupo 2 (relación inestable con la madre), la mitad
mostraba una ausencia total de actividades autoeróticas
y en la otra mitad se observaban, sobre todo, balanceos
del cuerpo y juegos fecales. En el grupo 3 (cuidados exce·
lentes, pero ausencia total de relaciones afectivas) se
revelaba una ausencia total de actividad autoerótica en
todos los niños estudiados. (Esta última observación va
en contra de la tesis sostenida por Freud, según la cual
los cuidados inducen al niño a la actividad autoerótíca.
La relación afectiva y la actitud inconsciente del adulto
que cuida del cuerpo y del sí-mismo del niño es mucho
más importante en la investidura libidinal que el niño
r ealiza de su propio cuerpo y zonas erógenas.) Spitz con·
cluye que las actividades eróticas son una función de las
relaciones objetales del primer año de vida; cuando
estas relaciones no se establecen, no hay actividad auto-
l. Véanse los capítulos 10, 11 y 12, que tratan sobre fenóme-
nos psicosomáticos y la falta de investidura de los límites del cuerpo.
156
-
erótica; cuando el contacto con el objeto es ínestable, el
juego genital será sustituido. Cuando la relación con la
madre es "normal" se desarrolla un autoerotismo geni-
tal.
Otros investigadores han confirmado estos trabajos
con niños en edad preescolar (Miller, 1969) . .En un estu-
dio realizado con niños blancos, en Nueva York, cuya
situación socioeconómica los privaba de cuidados mater-
nales se constata una carencia notable de juegos mas-
turbatorios. Frente a situaciones de frustración o de
angustia, allí en donde otros niños recurrirán a activida-
des autoeróticas para tranquilizarse, los nilíos en cues-
tión actúan atacando o acariciando objetos o personas de
su alrededor, como si no tuvieran capacidad de encon-
trar un equilibrio psíquico a través de su propio cuerpo.
Las observaciones en los kibutz, donde los niños
están separados de sus padres desde la edad de seis
meses, a veces ocho o nueve, han demostrado igual-
mente una carencia de actividad manual genital y más
tarde, una prolongación de las actividades autoeróticas
pregenitales -chupeteos, juegos fecales con  
cia urinaria y fecal, hasta los seis o siete años. Las
mas de masturbación están también alteradas: hay pre-
dominancia de la masturbación anal, y el interés por las
materias fecales está más marcado que el interés por los
órganos genitales.
Una relación materna "suficientemente buena"
parece ser la condición esencial para que el cuerpo y el
aparato genital sean catectizados libidinalmente. Otras
observaciones sugieren, también, que los lactantes que
muestran carencia de autoerotismo genital tienen una
mayor tendencia a rascarse, a golpearse la cabeza con-
tra el piso o contra los barrotes de la cuna, o a morderse,
lo que hace pensar que se trata de autoagresiones conte-
nidas diferentemente en la masturbación genital precoz.
157
L
Podríamos preguntarnos si la relación materna que per-
mite el desarrollo espontáneo del juego genital (genital
play) es igualmente aquella en la que la madre es e.a paz
de recibir y contener los ataques agresivos de su hijo con
paciencia y comprensión. Winnicott (197lb) subraya la
importancia, para el objeto materno, de poder "sobrevi-
vir" a los ataques fantasiosos del lactante. El descubri-
miento, infantil, de la supervivencia del objeto le per-
mite usar el pecho-madre de manera creativa.
La masturbación tiene, pues, sus rafees en los prime-
ros meses de vida; su forma y sus fantasías serán mar-
cadas fuertemente por el modo de relación con el pecho;
además, las pulsiones agresivas son integradas en la
actividad autoerótica si la relación materna lo permite,
y esto protege al niño de su actividad autodestructiva.
Así como el deseo de unirse físicamente con la madre
toma fonna en el espíritu del lactante antes que éste
haya adquirido la representación del pecho, en lo que
concierne al deseo de unión sexual sucede lo mismo.
La función de la mano también merece un instante
de reflexión en este descubrimiento precoz del niño, y su
eventual vínculo con la vida fantasiosa. Es la mano la
destinada a tapar la primera brecha en la integridad
narcisista, creada por la falta del pecho. Es la mano la
que acaricia el genital, aún antes de que el niño haya
podido representarse la diferencia de sexos y, más tarde,
la mano reemplazará el sexo del otro en una relación
sexual imaginaria. Esta última adquisición implica, por
supuesto, la escena primaria y su introyección posterior.
Desde este punto de vista, la masturbación del niño en
la fase fálica tiene algo en común con el juego del carre-
tel. En este juego hay una invención, por parte del niño,
que lo ayuda a controlar la ausencia de la madre. En
1 ugar de ser la víctima de la separación, es su agente.
Pero para que este movimiento hacia la liberación del
158
objeto pueda inscribirse en la estructura psíquica, es
necesario que el niño sea capaz de fantasear el objeto;
esto es ya una señal del renunciamiento al objeto en
tanto parte de uno mismo, señal también de que el
objeto interno ha podido resistir a la destrucción, a
pesar de la destrucción implícita del objeto exterior. El
lactante que se chupa el dedo o se acaricia los órganos
genitales está creando, ya, en su mundo interno, la pri-
mera y vaga imagen de una "madre buena", y de esta
manera está desarrollando la capacidad para cumplir
una función materna para sí mismo, lo que le garantiza
una cierta independencia del objeto externo, una inde-
pendencia psíquica destínada a acrecentarse sin cesar si
su impulso no es obstaculizado por el mundo exterior.
De igual modo, el niño que algunos años más tarde se
masturba con fantasías centradas en los padres y su
relación sexual, de la cual se sabe excluido, ha introyec-
tado una imagen de la escena primaria en la que él
puede ser padre y madre a la vez. El "éxito" de estos jue-
gos y fantasías masturbatorios depende, igualmente, del
significado que le dé a esta escena introyectada. ¿Ima·
gina padres que se aman en un coito gratificante para
ambos? ¿O es una relación sin amor, sin órganos genita·
les, incluso sádica y pregenital? ¿O aún más, imagina
padres en unión amante y narcisista de las que es
excluido y para siempre condenado a ser un espectador
infantil? (Tal vez la terapia de los sexólogos americanfls
inspirados en Masters y Johnson realiza para sus
pacientes un sueño erótico común de la infancia. Mamá
y papá están allí, pero en una edición nueva: en vez de
prohibirle que haga como ellos, estos padres genitales lo
ayudan, lo inician incluso en los secretos de la sexuali·
dad de los adultos.)
Pero, detrás del niño incestuoso de la fase edípica, se
esconde el niño ávido de la fase oral, y el niño avaro de
159
la fase anal. Todas las fantasías de este orden tienden
también a integrarse en la escena primaria íntroyectada
por el niño. De esta forma las zonas y funciones del
cuerpo reciben una significación profundamente bise-
xual. Las zonas y las funciones que siguen el modelo del
continente-contenido, particularmente son aptas para
enriquecerse con significado inconsciente bisexual. De
muchas maneras, el pequeño masturbador niega, me-
diante su acto fantasioso, su evidente exclusión de la
escena primaria y la herida narcisista que ello le pro-
voca. Al mismo tiempo, controla mágicamente a los
padres, sustituyéndolos. Finalmente el argumento mas-
turbatorio trata de contener o resolver todos los conflic-
tos en juego. De este modo el ideal hermafrodita engloba
a su precursor, el pecho-universo ilusorio, la negación de
la diferencia de sexos y también la renegación de la pri-
mera separación del pecho-madre.
La masturbación del hombre, final mente, tiene tanto
que ver con su integridad narcisist a como con su sexua-
lidad.
¿Qué realiza el niño en su actividad erótica? En su
deseo inconsciente de estar unido al objeto de la manera
menos abstracta, más corporal posible, le falta todo
objeto transicional. En cuanto a lo que hay de necesidad
en las gratificaciones autoer ótícas, ya se trate de la suc-
ción del dedo o de juegos genitales, es evidente que la
ilusión sólo aporta una satisfacción transitori a. El acto
sólo puede ser satisfactorio en la medida en que está
ligado a una fantasía de unión con el obj eto. El niño que
se chupa el dedo quiere ser alimentado, es cierto, pero
sobre todo quiere redescubrir el placer de ser uno con el
pecho-madre. En cuanto a la masturbación, es también
la fantasía que le da su peso psíquico. Gracias a las "cas-
traciones" sucesivas aportadas por la realidad, es decir,
gracias a la imposibilidad de satisfacer en lo real sus
160
deseos de fusión y sus deseos sexuales, el niño triunfa
sobre sus padres y el mund<l exterior. Las situaciones y
actos imaginados que alimentan el desarrollo de las fan-
tasías eróticas están fabricadas con pulsiones parciales
y deseos megalomaníacos y, en especial, con aquellas
pulsiones parciales sent idas como particularmente
prohibidas por los padres. Los protagonistas de la obra
teatral que son el acto y la fantasía masturbatorios, ¡oh!
en el colmo de triunfo, son los mismos padres, disfraza-
dos de seductores, iniciadores, personajes importantes,
religiosos. Si no, el pequeño masturbador tratará con
gente de otra raza, de una clase diferente de la suya,
afrontando con este disfraz las interdicciones de las ima-
gos parentales. Mezclados con la satisfacción de pulsio-
nes libidinales, se encuentran también temas agresivos
sadomasoquistas de la sexualidad arcaica infantil, pero
estas fantasías, como las otras, tienen el mérito de no
acarrear ningún daño para el sujeto ni para los objetos
de su deseo.
Más allá de la problemática edípica y de la angustia
surgida de la diferencia de sexos se extienden las catec-
tizaciones de la bisexualidad prefálica, que se suman a
1a escena primaria, hasta transformar el deseo envidioso
primordial del niño en su relación con el pecho-universo.
Entre el florecimiento de fantasías masturbatorias posi-
bles, muchas van a ser forzosamente reprimidas; pero
sobreviven en el inconsciente y se convierten en elemen-
tos oníricos.
En cuanto a la "técnica" del acto, capaz ella también
de variaciones infinitas, la "verdadera" masturbación se
hace con la mano y nada más. Pero si la angustia
inconsciente de la madre ha inhibido la libertad de fan-
tasear (acddente que nos remite a los primeros meses
de vida) o existe una interdicción tal que la función vin-
culadora de la mano se ha vuelto inoperante, el niño se
161
verá obhgado a inventar otros objetos para remplazar la
mano como primer sustituto y luego como sustitutos
genitales. La mano, que remplaza al pecho antes de
remplazar al sexo del otro, es soporte de todas las ilusio-
nes que sirven para reparar la omnipotencia perdida.
Entre el ser ideal completo, sin falta, de la ilusión de
fusión, y el vacío absoluto del mal, de la muerte, se
encuentra el espacio de la imaginación y la mano, magia
en lo real, y paralelamente, creación de una nueva reali-
dad psíquica en lo imaginario. Creaciones como éstas
pueden llamarse sueño o pesadilla, pueden transfor-
marse en síntomas neuróticos, psicóticos o psicosomátí-
cos, en desviación sexual u obra de arte, pero todas son
testimonio de tentativas de autocuración de conflictos
psíquicos inevitables para el niño.
MASTURBACION Y PSICOANALISIS
A pesar del interés precoz por la masturbación en la
historia del psicoanálisis, la mayoría de los trabajos
sobre este tema conciernen únicamente al autoerotisrno
infantil. Y sin embargo, la masturbación es un tema
familiar en el discurso de los adultos en análisis, aunque
raramente espontáneo. Esta masturbación adopta, evi-
dentemente, formas clínicas muy variadas que pueden
ir desde puestas en escena fetichistas-sadomasoquistas
hasta la masturbación común y esporádica de personas
que tienen, además, relaciones heterosexuales satisfac-
torias. La masturbación puede ser vivida, igualmente,
como síntoma neurótico del cual el paciente desea des-
hacerse, síntoma compulsivo que remplaza o precede a
las relaciones sexuales. En la economía libidinal la mas-
turbación compulsiva es similar a la observada en las
perversiones sexuales, y dinámicamente tiene escasa
162
i

relación con la esporádica de quienes viven situaciones
de privación o de daño narcisista.
En el otro extremo de la clínica se encuentran l os
    para los que la masturbación es algo desco-
nocido, aun corno recuerdo de infancia, es decir, los suje-
tos para los cuales la lucha contra la masturbación
infantil ha sido tan encarnizada que ha sufrido profun·
das transformaciones. El niño, en el período de lactan-
cia, lleva adelante una doble batalla: contra el acto y
también contra las fantasías que lo acompañan. Si logra
suprimir brutalmente el acto, encontrará sustitutos
(eventuales síntomas obsesivos) que podrán encastrarse
en conflictos sádicos y sádico-anales. Si es la fantas ía
que está reprimida en el inconsciente, se expresará en
síntomas histéricos, obstaculizando así ciertas funciones
del yo que, inconscientemente, se erotizan (inhibiciones
intelectuales y otras ... ). Desde este punto de vista, la
masturbación y la formación de síntomas tienen algo en
común, puesto que ambas son el resultado de un largo
proceso, en un intento de encontrar soluciones a  
das conflictivas. Una diferencia fundamental, sin
embargo: el síntoma es sentido como extraño al yo,
mientras que la masturbación permanece siempre sintó-
nica con el yo consciente, y confirma el sentimiento de
identidad. Aunque el individuo puede sentirse culpable
por su masturbación, sin embargo supone que es un
deseo consciente y un acto deliberado. La aventura ana-
lítica permite el hallazgo de las raíces infantiles de la
invención autoerótica original y, así, la posibilidad de
reconstruir las t eorías sobre la sexualidad infantil,
cuyos fragmentos esenciales se han perdido (Miller,
1969). En todo caso, tanto para el a nalista como para el
analizante, hacen falta meses, tal vez añ()s de paciencia
antes que este trabajo de espeleología psíquica sea posi-
ble.
163
Paso ahora a los adultos que se masturban -esporá-
dica o frecuentemente- y que por otro lado mantienen
relaciones heterosexuales satisfactorias. De estos últi-
mos jamás se habla en los coloquios ni en los escritos
analíticos, y sin embargo son muy numerosos. Sobre
todo los adultos que tienen relaciones heterosexuales
más o menos estables son los que hablan con mayor difi-
cultad de su masturbación, como si hubiera allí una pro-
funda antinomia. Y por cierto que ambas actividades
sexuales, autoer6tica y heterosexual, sirven a dos objeti-
vos diferentes. Sea lo que sea, 1as asociaciones concer-
nientes a la masturbación, que surgen en el discurso
analítico, están casi siempre acompañadas de un afecto
desagradable o penoso. A lo sumo, el analizante encuen-
tra fragmentos que puede contar sin demasiada emo-
ción; otros detalles -sobre la técnica de Ja masturbación
o su puesta en escena fantaseada- sufren un eclipse o
una disminución de su importancia. A veces hay que
esperar años para que estos fragmentos indecibles sean
accesibles al análisis. Ciertos ana1izantes, el caso es
común, confiesan haber evitado, durante largos perío-
dos, masturbarse en el momento en que hubieran que-
rido hacerlo, ¡para no tener que hablar en análisis! Esta
dificultad que tiene la casi totalidad de los pacientes
para abordar libremente todo aquello que concierne a la
masturbación merece nuestra atención, y más aún
cuando esta reticencia se hace sentir en personas que
manejan con facilidad teorías psicoanalíticas e interpre-
taciones sobre la sexualidad: los analistas en análisis,
los psiquiatras, los educadores, los psicólogos. Ahora
bien, parece que la masturbación no es una expresión
semejante a otras manifestaciones sexuales. ¿Por qué se
asocia tal reprobación a la inclinación del ser humano a
hacerse el amor a sí mismo, a refugiarse, aunque sólo
sea en raras ocasiones, en la autarquía erótica?
164
Se me responderá que esto es evidente: el acto mas-
turbatorio, prohibido en tanto manifestación pública
desde la más tierna infancia, se practica en secreto; los
fantasmas que lo acompañan son estereotipados, infan-
tiles, impregnados de pregenitalidad, aureolados de ilu-
siones narcisistas. A esto podríamos agregar que las
fantasías revelan, igualmente, deseos pasivos y activos,
inaceptables para el resto de la personalidad, que estas
fantasías están ligadas, originalmente a deseos inces-
tuosos, homosexuales y heterosexuales. Pero, además,
¿acaso no pregona el masturbador, también, su libe-
ración de la presión de la monosexualidad y de su de·
pendencia del otro con respecto a todas las expresiones
del deseo sexual? El niño que se libera de la decadencia
que es la diferencia de sexos y de la interdicción
impuesta por la diferencia de generaciones, revela otro
deseo, el de liberarse del tan deseado pecho-madre-uni-
verso, y así recrea para él solo, el círculo cerrado, mágico
y narcisista en el que nadie puede entrar. Así pues, al
cortejo de las fantasías aptas para mantener la culpabi-
lidad exacerbada del hombre por su masturbación, se
suma la demanda del analista de decir todo lo que pase
por su mente. Revelar al otro su creación, simplemente
porque aquél se llama analista, es correr el riesgo de un
desgarramiento irreparable. Aquí se inscriben todas las
amenazas de retribución con las que la imaginación del
hombre ha dotado a los temores de su progenitura: pér-
dida de la sustancia, de la inteligencia, de la salud, del
amor de Dios ... Este éxito secreto que ha sabido escapar
a todas estas maldiciones, también lo va a perder final-
mente.
Se puede encontrar, si no en su psicoanálisis perso-
nal, al menos en sus escritos, la raíz histórica que expli-
que la reticencia de los analistas a hablar más abierta-
mente de la masturbación. Freud mismo ha tenido una
165
actitud ambigua con respecto a este tema. Durante el
célebre Coloquio de 1911-1912 sobre la masturbación,
queriendo profundizar en el tema, parecía sostener que
la masturbación era, en sí misma, una manifestación
patológica, tal como en 1893 se había propuesto la tesis
que pretendía que la masturbación era la causa primor-
dial de aquella misteriosa enfermedad del siglo pasado:
la neurastenia. Cinco años más tarde, siempre fascinado
y perturbado por los daños de la masturbación, escribía
a su amigo Fliess (22 de diciembre de 1897): "(. .. )Me ha
parecido que la masturbación es la 'adicción primaria', y
que las otras adicciones, al alcohol, a la morfina, al taba-
co, etc., entran en la vida del individuo solamente como
sustituto y remplazo de la masturbación. (. .. ) Uno se
pregunta, evidentemente, si tal toxicomanía es curable,
y si el análisis y la terapia no deben detenerse aquí Y.
contentarse con transformar una histeria en neuraste-
nia".
2
Finalmente, a los pesados obstáculos con los que
carga todo discurso sobre la masturbación, sumemos la
presión sociocultural ejercida contra ella, aun si actual-
mente esta presión es más implícita que antes. El La-
rousse del siglo XIX, tomo X, nos enseña que: "(. .. )son
sobre todo los niños de dos sexos los que se entregan a
este vicio que, golpeando de esta manera a la sociedad
en los elementos que más tarde deben concurrir a su
perpetuidad con la generación, tiene una influencia fa-
tal, para el individuo y, al mismo tiempo, para la espe-
cie. (. .. )¿Cuántos niños han muerto a consecuencia de la
masturbación? (. .. ) Predispone a muchas enfermedades
(. .. )sobre todo (al) desarrollo de la tisis con consunción y
2. En un trabajo en curso, espero demostrar que estas
adicciones no remplazan la masturbación, sino a la Madre de la
primera infancia, y son testigos de una patología en la evolución de
los fenómenos y objetos transicionales.
166
aparición de trastornos variados del sistema nervioso.
Las funciones digestivas se alteran rápidamente en los
individuos que abusan de los placeres venéreos. (. .. ) El
  no tarda en sentir que sus fuerzas dismi-
nuyen, en perder los colores de la salud, en adelgazar, y,
si es joven aún, su organismo sufre, fatalmente, una
detención del desarrollo. ( ... ) Los ojos se vuelven hundi-
dos y ojerosos, la piel y las mucosas se decoloran. Los
enfermos se vuelven perezosos; se ahogan apenas cami-
nan y con facilidad les sobrevienen síncopes. Sus fuerzas
muscula.res disminuyen cada vez más, se Jos ve caminar
titubeantes, encorvados, ya, a pesar de que hace poco
han salido de la adolescencia. (. .. ) Más un cadáver que
un ser viviente(. .. ) estar por debajo de la bestia, espec-
tácttlo del que no se puede concebir el horror(. .. ) (de un
desgraciado que) había pertenecido, en otro tiempo, a la
especie humana".
La cohorte de fantasías referidas a la castración y
movilizadas por las costumbres de represión sexual del
siglo XIX todavía se encuentra en el inconsciente del
hombre. Esta pieza elocuente de la época victoriana
demuestra gráficamente el destino que espera a quienes
aspiran a reparar, a través de la masturbación, las heri-
das narcisistas cuyo blanco es la especie humana, a
quienes finalmente se atreven a mantener la ilusión de
ser hermafroditas, privilegio de los dioses y de las lom-
brices.
167
5. CREACION Y DESVIACION SEXUAL
Con el fin de profundizar mis ideas sobre esta simili-
tud-y-diferencia, he partido de los conceptos de sublima-
ción y de perversión, tal como Freud los expone en los
Tres ensayos de teoría sexual. De esta manera, he lle-
gado a pensar que, desde un cierto punto de vista, la
definición de estos dos términos era idéntica. La subli-
mación y la perversión tienen en común lo siguiente:
ambas describen una actividad en la que las pulsiones
sexuales se encuentran apartadas de su objetivo origi-
nal, o apuntan a un objeto que no es más el objeto de ori-
gen. Por otra parte, ambas conciernen más especial-
mente a las pulsiones llamadas "parciales", pulsiones
tanto libidinales como agresivas. Sin duda, la concep-
ción generalmente utilizada para diferenciar la inven-
ción de una perversión de la creación artística es sufi-
óentemente conocida como para que haya necesidad de
detenerse; me refiero al hecho de que una actividad lla-
mada "sublimada" se describe como "desexualizada" en
cuanto a su finalidad y se supone que apunta a objetos
socialmente valorizados. Evidentemente no hay nada de
169
--
esto en lo que concierne a la desviación sexual, la cual
no está ni desexualizada, ni socialmente valorizada. Al
contrario, para el profano al menos, el término "per-
verso" tiene, en sí mismo, algo de peyorativo. Esperemos
que no suceda lo mismo con los que se llaman psicoana-
listas, porque el analista tiene razones para saber que
todo hombre es un "niño perverso polimorfo" en potencia
y que cada uno de nosotros, también en potencia, oculta
inmensos recursos creadores. Pero la mayor parte
ignora su "núcleo perverso" así como ignora su potencia-
lidad creadora. El primero se ocuJta bajo los rasgos del
carácter y la segunda está confinada a los sueños; ambos
se encuentran en esta otra escena que es el inconsciente.
Por otra parte, es fácil descubrir el vínculo primitivo
entre las manifestaciones creadoras y las expresiones
perversas; entre, por ejemplo, el voyeurista y el pintor,
el exhibicionista y el actor, el fetichista y el filósofo, el
sadomasoquista y el cirujano ... Sin embargo, la gente
sensata diría que las diferencias son más importantes
que aquel supuesto vínculo primitivo. Pero el destino del
psicoanálisis es alejarse del buen sentido para formular
las preguntas prohibidas y para buscar otro sentido, por
detrás del sentido comúnmente admitido. Con el mismo
derecho nos está permitido preguntarnos qué pulsiones
parciales, qué perversión sexual sublimada a tiempo, se
esconden en el ejercicio del psicoanálisis, puesto que el
psicoanalista no escapa mejor que otro a este cuestiona-
miento sobre el fundamento de su elección y de sus
actos. (Saber para ver, comprender en vez de prender,
reparar para preL•enir la culpabilidad, son ejes posibles
alrededor de los cuales se construye, entre otros, el
deseo de ser analista.)
Antes de dejar el camino trillado del vínculo incons-
ciente entre las desviaciones de la sexualidad y las crea-
ciones intelectuales y artísticas, una pregunta prelimi-
170
--
nar se impone: ¿qué entendemos por perversión? ¿Este
término se define en relación con una sexualidad lJa-
mada "normal"? Pero, ¿y esto qué significa? ¿Existe una
sexualidad "normal"? Aquí hay material para otro capí-
tulo, i por lo cual no me detendré a profundizar ahora
esta cuestión, salvo para observar que Freud ha llamado
nuestra atención, hace setenta años, sobre el hecho de
que la frontera entre la "normalidad" y la "perversión"
era muy permeable, y que muchas actividades, habi-
tualmente calificadas como "perversas" -voyeurismo,
fetichismo, exhibicionismo, interés por una variedad
infinita de zonas convertidas secundariamente en "eró-
genas"- podrían desempeñar todas un papel en la reali-
zación de una relación amorosa heterosexual. Por razo-
nes inherentes a su éstructura, la perversión corre
riesgo, sin embargo, de ser la sexualidad sin amor.
Además de esta carencia frecuente en la relación con
el otro, lo que caracteriza, mejor tal vez, al desviado
sexual no es lo que él hace sino la constatació'n de que
no puede obrar de otra manera. El perverso no elige ser
perverso, como no elige tampoco la forma de su perver-
sión. Su elección inconsciente es un intento de autocura
de la angustia que suscita en él el modelo de la relación
sexual proporcionado por los primeros objetos, modelo
que es no sólo restrictivo sino incoherente.
Así pues, su hallazgo erótico es esencial para su
equilibrio psíquico. Pero esta expresión es muy limit ada,
y si se Ja obstaculiza, el sujeto puede encontrarse ame-
nazado para mantener en equilibrio su economía identi-
ficatoria. El aspecto compulsivo, acaparador de la con-
ducta perversa, lo muestra bastante bien. Tomemos el
ejemplo del homosexual y su búsqueda ferviente de
parejas; ser homosexual es una manera de vivir, casi un
L Véase al respecto el capítulo 13 de este libro.
171
oficio (y éste es uno de los aspectos invocados general-
mente corno doloroso entre los que piden un psicoanáli-
sis). En las otras desviaciones sexuales -las puestas en
escena fetichistas, sadomasoquistas, travestistas-
encontrarnos el mismo aspecto exigente, ineluctable del
actuar, y a menudo desde la infancia. En análisis, estos
pacientes y estas pacientes describen una actividad eró-
tica que los ocupa al máximo, capaz de llenar horas
todos los días, a tal punto que, muy a menudo, el motivo
consciente de la demanda de análisis es el problema de
trabajo. Las horas de preparación ritual, los argumentos
consignados en papel o largamente desarrollados en las
reflexiones, los proyectos complicados del voyeurista, del
exhibicionista, del homosexual que "liga" hasta altas
horas de la noche, toda esta actividad no deja tiempo, y
a veces ni siquiera el deseo de vivir fuera de este reíno
erótico en donde el sujeto es rey. Fuera de esta escena
repetida sin cansancio, el mundo de los otros es vivido, a
menudo, como insípido, inútil, incluso incomprensible
para el sujeto, si su descatectización libidinal va muy
lejos.
Notemos al respecto que este tipo de preocupacíón
intensa y exclusiva marca también al intelectual y al
artista creador; pero en lo que concierne al producto de
su creatividad, el público es una dimensión esencial,
mientras que el "público" del desviado sexual (tan pode-
roso en su fantasía como el público real lo es para el
artista) está reducido al mínimo y, muy a menudo, al
espejo. Aunque su performance tenga como meta la recu-
peración narcisista, tanto el artista como el perverso se
enfrentan con objetos internos que cada uno trata de
alcanzar a través de su creación. Pero es evidente que el
goce del artista en este asunto de seducción que man-
tiene con el público no es un goce orgásmico, mientras
que el sujeto perverso siempre tiene, como meta última,
172
el goce sexual -el suyo o, también frecuentemente, el
goce de su pareja. Por otra parte, esta última meta
prima muy a menudo sobre su propio goce, lo cual mues-
tra, a su vez, al perverso como a un artista. El artista
trata también de alcanzar a su pareja, el público, para
hacerle sentir algo, para invadirlo con su visión
personal, comunicarle su ilusión de la realidad, así como
el perverso trata de imponer el goce sexual según su cre-
ación personal. Pero el acto creativo desempeña un
papel diferente en la economía libidinal del sujeto con
respecto al acto perverso. En la transformación de la
expresión sexual que funda la obra creadora, el artista
es libre, no sólo con respecto al desenlace orgásmico sino
también con respecto a la forma y al contenido de su cre-
ación. El tema de base puede ser el mismo -una obra
auténtica siempre llevará la marca de su creador (un
Picasso se reconoce desde el otro extremo de la gale-
ría)-. La creación, aunque lleve el sello de la personali-
dad de su creador, está libre del elemento de compulsión
que marca las producciones pervertidas, y los temas cre-
ados, pero jamás serán idénticos a los que los precedie-
ron. El perverso trata de recrear una puesta en escena
idéntica a la de siempre; la sexualidad desviada es una
sexualidad operatoria en el sentido en que los psicoso-
matistas dan a este concepto. Es una creación hecha de
una vez, poco modificable en cuanto a su contenido fan-
tasioso o a su forma de expresión.
Debo aclarar un posible malentendido. Si bien apa-
rento oponer creación y perversión, esto no excluye su
coexistencia en un mismo sujeto. Sucede a menudo que
un analizante revela una sexualidad aberrante y que,
por otra parte, da muestras de una creatividad autén-
tica. Ejemplos célebres abundan en nuestra historia cul-
tural. Pero lo contrario no es necesariamente verdad: el
hecho de ser homosexual, voyeurista, fetichista, no con-
173
fiere en sí mismo ningún don creador. Al revés, sería
más verdadero decir que se puede ser artista creador a
pesar de la existencia de desviaciones sexuales organiza-
das, porque los conflictos inconscientes que habrán lle-
vado al sujeto a una solución aberrante del deseo sexual
engloban, a menudo, mucho más que su vida erótica;
estos conflictos pueden obstaculizar todas sus relaciones
con el otro e, igualmente, su actividad sublimatoria. De
todas maneras, que el desviado sexual sea o no creador,
su actuación erótica da muestras de una vida fantasiosa
singularmente pobre. La fuerza estática que mantiene
en su sitio este campo limitado tiene su paralelo, tam·
bién, en la rigidez y la continuidad de los síntomas neu-
róticos, de los cuales Freud ha señalado su base común
con las perversiones y las neurosis. Pero la célebre frase
freudiana según la cual la neurosis es "el negativo de 1a
perversión" se ha revelado inadecuada, con el transcurso
de los años, para comprender la estructura inconsciente
que sostiene la sexualidad perversa.
Los Tres ensayos fueron escritos en 1905 y Freud no
retomó jamás este trabajo magistral, salvo para añadir
algunas notas, mientras que su teoría, sobre todo la de
la estructura del yo, evolucionó a pasos agigantados
durante los treinta años que llevaría la terminación de
su obra. Así pues, en los términos del modelo llamado
"estructural" de la mente, la estructura superyoica del
des viado sexual sólo le permite imaginar relaciones
sexuales en una perspectiva muy limitada. Al igual que
en la neurosis, se trata de una manifestación superfi-
cial, que brinda poco insight en la vasta estructura sub-
yacente. La heterosexualidad aparece como peligrosa y
prohibida, y en consecuencia contracatectizada. La
homosexualidad nos da el ejemplo más claro: la investi-
dura fóbica por el sexo opuesto que muestran los homo-
sexuales de ambos sexos está reforzada, tanto por las
174
interdicciones masivas pronunciadas por los padres,
como por la angustia de castración que, en todo caso,
nunca falta. El estudio de adolescentes, hombres y
mujeres, homosexuales muestra que todo lo que desa-
nima a la heterosexualidad, tiene por efecto alentar la
homosexualidad. Presiones semejantes, provenientes de
problemas inconscientes de los padres, se ven en funcio-
namiento, igualmente, en otros desviados sexuales.
Cuántos pacientes travestís, por ejemplo, recuerdan la
mirada materna cómpíice que finge no ver, en el dormi-
torio del hijo, la ropa interior robada. De esta manera, el
niño destinado a una solución desviada del Edipo a
menudo se encuentra en búsqueda de una solución a los
problemas sexuales y narcisistas de los padres; su iden-
tidad psíquica está hecha, en su mayor parte, a la
medida de sus especificaciones íncon!"!cientes. Podemos
decir al respecto que la perversión   ~ .rn triunfo sobre el
instinto sexual.
La "solución perversa" del l!;dipo es tanto la res-
puesta a los problemas de la identidad y de la alteridad,
como una escapatoria a la angustia de castración y un
lugar de depósito privilegiado para las pulsiones prege-
nitales. Las perversiones demuestran que su creador
usa su capacidad sexual para enfrentar peligros
narcisistas.
El dilema homosexual provee insight en los factores
dinámicos y económicos para mantener la estructura
sexual perversa.
A través del estudio de la homosexualidad femenina
(McDougall, 1964, 1970) y siguiendo los casos de varo-
nes homosexuales, he llegado a extraer, primeramente,
ciertos elementos importantes concernientes al papel
inconsciente de la relación sexual en la economía psí-
quica, y a apreciar la estructura edípica de tales anali-
zantes. La importancia del acto homosexual para el
175
mantenimiento del sentimiento de identidad y de auto-
estima sólo tiene su equivalente en Ja profunda ambiva-
lencia y en la violencia que, al mismo tiempo, marcan
esta relación. Estos factores existen en muchas relacio-
nes heterosexuales, pero las heridas narcisistas que
conducen a la búsqueda de un objeto homosexual son
tales que la exigencia inconsciente, dirigida a la pareja
para que las repare, da un aspecto más compulsivo y
destructivo al intercambio homosexual.
Los "retratos de familia" esbozados por estos pacien-
tes son, como lo hemos visto en los capítulos preceden-
tes, extrañamente parecidos: es la imago materna la que
domina en todos los planos, imagen muy idealizada; el
odio que se le tiene está proyectado en el padre. Este
último es presentado como brutal, gastado, frío, de ori-
gen inferior al de la madre, incluso muerto, y en conse-
cuencia borrado de su lugar en el mundo objeta) interno.
Así Ja imagen paterna ocupa muy poco espacio psíquico
en el mundo interno, por lo menos desde el punto de
vista positivo. Esta representación fracasa en el cumpli-
miento del rol simbólico normal del padre en la estruc-
tura edípica. El. fantasma de la escena primaria propor-
cionado por esta pareja (madre intocable e idealizada,
padre menospreciado y ausente), y la estructura edípica
derivada, están evidentemente un poco deformados.
Además, estas imágenes están a su vez brutal e írreal-
mente escindidas. El padre denigrado esconde siempre a
otro, portador de un falo ideal (papel atribuido, con fre-
cuencia, al padre de la madre, o aun a Dios, personaje
fálico, fuera de serie). La imagen materna, tan vene-
rada, esconde su cariz nefasto: es la imago primitiva,
destructora, la madre de la fase anal que vacía, controla,
aplas ta a su hijo, y a la madre oral, la que asfixia, aspira
y devora su producto. El homosexual, hombre o mujer,
inconscientemente, busca una protección contra ella eri-
176
giendo una "barrera fálica": en la niña, esto se realiza
por intermedio de una identificación con el falo ideali-
zado; en el caso del niño la búsqueda del falo ideal, a
través de su elección de objeto. Ambos crean, pues, un
objeto externo, narcisista, que ocupa el lugar de la
imago lesionada paterna, tratando de colmar, de esta
manera, una falta simbólica fundamental en su mundo
psíquico interno. El ideal del yo, igualmente proyectado
hacia el exterior, es causa de una hemorragia psíquica
continua de la autoimagen que también debe ser curada
con el acto sexual mágico.
Ya hemos estudi ado, en los capítulos 1 y 2, en l os
analizantes no homosexuales, el intento de dar sentido al
modelo sexual lacunar que ha sido proporcionado, y a la
organización edípica distorsionada, con los trastornos de
la economía libidinal y narcisista. Se incluyó un estudio
de la perversión fetichista para ilustrar el hecho de que
el acto sexual invariablemente incluye el deseo de ganar,
conservar o controlar la representación externa del falo
idealizado e inconscientemente aterrador. El objeto feti-
chista se crea mediante escisión, proyección y mecanis-
mos de desplazamiento para reparar el fracaso simbólico
y detener la imagen fantasiosa inconsciente amenaza-
dora. Como hemos podido ver, la violencia disfrazada de
los analizantes homosexuales se ha mostrado de manera
más clara aún en el juego erótico de los desviados no
homosexuales. Se trata siempre de una puesta en acto de
una castración lúdica que, ella también, debe rellenar la
brecha en el mundo psíquico interior del sujeto, allí
donde el complejo de castración no ha sabido jamás signi-
ficarse a través del falo. Estos juegos sexuales no son,
pues, juegos amorosos, y apuntan tanto al control de la
angustia como a la realización de un deseo. La construc-
ción fetichista, en todos sus aspectos, parece ser paradig-
mática de todas las organizaciones perversas.
177
De estos rasgos que creí poder extraer del estudio de
casos de homosexualidad y de fetichismo, diría hoy que
se encuentran en todas las desviaciones sexuales organi-
zadas y que permiten diferenciarlas de las organizacio-
nes neuróticas y psicóticas. No quiero afirmar con esto
que dichas entidades son impermeables; sería más
correcto decir que una personalidad determinada puede
contener partes neuróticas y psicóticas, tanto como
aspectos perversos o sublimados, etc. El yo se defiende
de diferentes maneras contra los peligros que lo amena-
zan. La organización perversa, justamente, está mar-
cada por una mezcla de defensas psicóticas y neuróticas;
la escisión, señalada por Freud, es el escudo defensivo
del yo, especialmente en ciertos desviados sexuales. Sin
embargo, no quisiera dar la impresión de que la forma
que toma la expresión erótica perversa no tiene signifi-
cación propia; esto sería doblemente falso puesto que, al
contrario, esta significación es extremadamente impor-
tante en el análisis de estos pacientes. Hay una dif eren-
cia notoria, por ejemplo, entre la estructura psíquica del
homosexual y la que sostiene a otras organizaciones per-
versas; y diferencias evidentes en cuanto a la significa-
ción de la perversión en la mujer o en el hombre. Lo que
me interesa por el momento es extraer rasgos específicos
de la estructura perversa del Edipo, su función dinámica
y económica, y los problemas que se plantean al res-
pecto.
La estructura edípica de estos sujetos es sorpren-
dente por su homogeneidad misma: es la pareja mística
del pequeño Jesús-madre idealizada, asexuada y padre
inasible, aéreo como el Espíritu Santo. Detrás de estos
retratos ostensiblemente pintados encontramos una
imago materna vivida por el hijo como mortalmente
peligrosa, mientras la del padre está investida c)n un
falo ideal pero, relacionado con la muerte. Esta imago
178
-
fálica, en lugar de ser un objeto interno, y por consi-
guiente, un símbolo esencial para comprender y estruc-
turar tanto la realidad inter-humana y sexual como el
lugar y la identidad narcisística y sexuada del sujeto,
por el contrario, es buscada compulsiva y ansiosamente
en el exterior. Esta persecución sin descanso muestra la
gravedad del fracaso simbólico y los daiios que ocasiona
en la estructura de la identidad subjetiva. La actuación
sexual se convierte, entonces, en búsqueda perpetua de
una confirmación de sí mismo, destinada a contener el
pánico que se desata frente a toda amenaza de pérdida
o dolor narcisista. Porque este fracaso simbólico se pro-
duce sobre una base fisurada, muy anterior a la crisis
edípica y de la diferencia sexual; este fracaso primitivo
concierne a la falta primordial de la madre, allí en
donde se funda la alteridad, allí en donde se origina la
capacidad de "simbolizar" esta falta y de crear las pri-
meras ilusiones para llenar el espacio psíquico dejado
por la ausencia del Otro. Es lo que Winnicott (1951,
197la) llama la actividad creadora primaria, la materia
prima con la que se fabrican la ilusión y la realidad psí-
quicas. Refiriéndose al nacimiento del objeto transicio-
nal, Winnicott señala que su interés no reside simple-
mente en que ocupa el lugar de un objeto (madre, pecho)
puesto que no es este objeto real, corporal, sino un
objeto-cosa del cual el niño sólo ha creado la significa-
ción. Para que el niño logre esta creación, le hace falta
una madre que tolere sustitutos de ella misma. El niño
que no ha sido ayudado para colmar con su propia acti-
vidad psíquica la falta de Ja madre, encontrará doble-
mente difíciles de afrontar los renunciamientos de la cri-
sis edípica y la creación de defensas psíquicas para
paliarla.
Al igual que el objeto transicional, los objetos perver-
sos están cargados de magia simbólica, y el problema
179
puede presentarse con respecto a su eventual similitud.
Tomemos el ejemplo del fetiche: el objeto transicional es
una etapa normal en la evolución del niño, mientras que
el objeto fetiche da cuenta de un fracaso en la capacidad
de simbolizar la verdad sexual y en los renunciamientos
a la omnipotencia que ello exige. El fetiche (como el
objeto transicional) es representativo de un objeto real,
y él también tiene su interés en el hecho de que es un
objeto-cosa, o sea, una creación del sujeto, de la misma
manera que el niño crea a su primera "posesión not-me".
(La pareja, en la puesta en escena perversa, también
puede servir de objeto-cosa.) Sin embargo, el objeto
transicional no es en absoluto un objeto perverso y no
tiene prácticamente ninguna posibilidad de convertirse
en fetiche. Los dos objetos pertenecen a dos estadios dis-
tintos de la evolución del niño. Lo que puede acercarlos
es su construcción simbólica y su relaci ón con Ja imagen
materna. Es probable que el tipo de madre que impide a
su bebé encontrar y crear su objeto transicional es el
mismo que prepara un terreno propicio para un desen-
lace perverso del Edipo. Al negarse a renunciar al objeto
incestuoso, el niño deja pasar la alternativa de la identi-
ficación secundaria con el objeto del mismo sexo y se
condena, pues, a una recuperacíón narcísista de su iden-
tidad sexual lesionada.
Quisiera citar, en este contexto, un pasaje de un ar-
tículo de J. Chasseguet (1971): " .. . el sector privilegiado
de la creación permite al sujeto una recuperación narci-
sista sin intervención externa. En efecto, estos pacien-
tes, enfermos por falta de aportes narcisistas externos
en su primera infancia, logran, por intermedio del acto
creador, colmar sus déficit narcisistas de manera autó-
noma. En este sentido, la creación es una autocreación y
el acto creador saca su impulso profundo del deseo de
paliar, por sus propios medios, las faltas dejadas o pro-
180
vacadas por otro" (págs. 102-3; la bastardilla me perte-
nece). La idea principal de estas líneas concuerda, de
una manera bastante estricta, con mi concepci ón de la
significación de la sexualidad desviada en tanto acto de
creación, y con la de su arraigo en la relación materna
precoz. No propondré desarrollar más extensament e los
aspectos narcisistas de la estructuración psíquica del
desviado sexual, ya que éstos no están reservados única-
mente a la perversión, sino que se descubren en todas
las manifestaciones de la economía psíquica expresadas
en síntomas actuados (por ejemplo, adicciones, actos de
delincuencia, caracteropatías repetitivas). Mi tema,
aquí, se limita a estudiar la dimensión creadora de la
sexualidad perversa y su modo de funcionamiento.
Si bien el sistema sexual del perverso proporciona a
su estructura psíquica una defensa sólida contra las
infiltraciones de angustia psicóticas, hay en él una fragi-
lidad intrínsecamente inscrita, puesto que el sistema
sólo ha podido construirse gracias a la desaparición de
ciertos lazos asociativos entre las representaciones psí-
quicas y la realidad externa. Así pues, la relación del
sujeto con la realidad tiende a debilitarse, al menos en
este ámbito circunscrito. Para colmar el vacío dejado por
la elisión del falo en tanto que respuesta a la angustia
de castración, el sujeto se ve obligado a descubrir otros
puntos de referencia y símbolos, a inventar nuevos cono-
cimientos, a recurrir a la ilusión.
Espero haber mostrado en qué consiste el saber ilu-
sorio del perverso, aquello que funda la creencia y el
secreto de quien erige en sabiduría esotérica su solución
sexual, o cree poseer el "verdadero" secreto del deseo
sexual. ''¡La normalidad -dice el perverso- es el Eros
castrado!", y no está totalmente equivocado. Porque la
perversión es un triunfo sobre el Edipo, así como sobre
la sexualidad genital que, por definición, dependen
181
siempre de un otro. La perversión es el "sistema D" de la
sexualidad, la verdadera esencia de la independencia.
Sólo áSÍ el perverso puede conservar la ilusión de ser el
"verdadero" objeto de deseo de su madre, con el derecho
de castrar al padre e inventar un modelo sexual idiosin-
crásico.
En análisis, la depresión que está detrás de esta
actividad erótica se revela rápidamente y da a esta
sexualidad un matiz de "defensa maníaca", en el sentido
kleiniano del concepto. En la reconstrucción de su histo-
ria, muchos de estos analizantes, reencuentran el re-
cuerdo de desilusión fatal respecto de lo que representa
para s u madre. El encuentra en su juego sexual la
manera de reparar la ilusión desgarrada, encuentra con
qué colmar el vacío brutal producido de esta forma en su
sentimiento de identidad. ("Si no soy el objeto privile-
giado de mi madre, ¿quién soy, entonces?") En adelante,
el juego debe disfrazar tanto la verdad sexual como la
rabia y los impulsos homicídas suscitados por su descu-
brimiento. Sin embargo, la decepción edípica forma
parte de la condición humana. El enigma de la elección
perversa permanece intacto.
En el análisis estos pacientes nos revelan la manera
como han construido sus puntos de referencia identifica-
torios para paliar el derrumbamiento de la ilusión inces-
tuosa; a veces es e] nacimiento de un hermano menor o,
con mucha frecuencia, es la actitud de desprecio de los
padres hacía la sexualidad de su hijo. Se trata, a
menudo, de madres y padres inconscientemente seduc-
tores, que se pasean desnudos del ante de sus hijos, que
niegan el derecho a los adolescentes de encerrarse solos
en e] cuarto de baño, etc. Con la aparente renegación de
las pulsiones sexuales de sus hijos, estos padres favore-
cen las organizaciones sexuales perversas de sus hijos.
La novelis ta Violette Leduc, en su novela autobiográ-
182
fica Thérese et lsabelle ( 1966) da un ejemplo clásico del
despertar a la relación homosexual. Hija ilegítima, fiel
  de su madre, se entera brutalmente de que
ésta va a casarse y que, en consecuencia, ella será
enviada a un pensionado. Allí será seducida por Isabel:
"Está casada. Estamos divididas. Se acabó el tiempo
en que escarbaba la tíerra para ella, en que me desli-
zaba entre los alambres de púas ... Ya no seré su hombre
de jornada, ya no seré el trabajador que le traerá
dinero ... lo ha tirado todo. La Señorita se casaba. Ha
liquidado todo. Tiene lo que le hace falta. Es una mujer
casada ... un hombre nos separó. El suyo. Nos hubiéra-
mos bastado a nosotras. Yo tenía calor en su cama. Ella
me llamaba su pequeño pícaro. Me decía: acurrúcate
contra mi brazo ... pero el Señor está entre nosotros. Ella
quiere una hija y un marido. Tengo una madre exigente,
yo ... pero ella tiene a alguien. Yo encontré a Isabel,
tengo a alguien. Yo soy de Isabel, no pertenezco más a
mi madre" (pág. 20-22).
De esta manera, el niño fijado a su madre realiza un
esfuerzo desesperado por librarse de ella a través de
nuevas invenciones eróticas. Estos argumentos sexua-
les, predeterminados en su esencia, a menudo comien-
zan a elaborarse en el período de latencia. Negación,
renegación, desplazamíento, vienen en su ayuda cuando
el niño no puede mantener más 1a ficción de ser el objeto
fálico de su madre; pero ya no puede descubrir los ver-
daderos objetos de su deseo. Como e1 padre ha sido reco-
nocido raramente como objeto de deseo por la madre, el
niño no siente deseos de volcarse hacia él, ni de identifi-
carse con él. La exclusión del padre. reforzada por las
actitudes conscientes e inconscientes de ambos progeni-
tores, concuerda demasiado bien con el deseo del niño de
creer en el mi to de un padre borrado, castrado, y de una
madre colmada únicamente por su hijo. La crisis edípica
183
exige entonces soluciones desviadas. La madre cómplice,
el padre desfalleciente, y sus influencias conjugadas en
la creación de un modelo sexual y superyoico distorsio-
nado, son bien conocidos, mientras que la elaboración
psíquica, de la cual es testigo la invención neosexual del
niño, ha llamado menos la atención. Esto plantea tam-
bién la existencia de muchos factores desconocidos, uno
de los cuales es comprender el problema del manteni-
miento de este mito sexual a pesar de su cualidad iluso-
ria, pero sin ceder a explicaciones sexuales psicóticas.
En muchos aspectos, la escena representada y los
mecanismos psíquicos en acción son comparables con la
creación de un sueño. Un paciente paga a una prostituta
para que se ponga cierto tipo de zapatos con tacón alto;
calzada de esta manera, la mujer debe pisotear el sexo
del paciente diciendo palabras   el paciente
observa la escena en un espejo, hasta llegar al orgasmo.
Otro se viste con ropa que oculta su sexo pero que deja
sus nalgas al descubierto; se azota, entonces, y única-
mente la vista de las marcas del látigo que espía ansio-
samente en un espejo le proporciona un goce que él cali-
fica de extraordinario. Otro, aún más, lame la materia
fecal y el ano de su pareja para alcanzar el goce sexual,
etc. Todas estas escenas ocultan un argumento compli-
cado; como un sueño, se parecen a una obra de teatro en
la que faltan algunos lazos esenciales para su compren-
sión. Se trata, sin embargo, de un contenido manifiesto
que hace uso del proceso primario: condensaciones, des-
plazamientos, equivalentes simbólicos. Y el actor princi-
pal mismo ha perdido, invariablemente, la clave de su
mitología sexual. El trata, absolutamente, de conven-
cerse y de convencer a los demás de que posee el secreto
del deseo sexual, y es lo que monta en espectáculo en su
creación erótica. Pero el contenido latente se le escapa.
¿Qué quiere probar o realizar esta puesta en escena de
184
un deseo provisto de objetos insólitos, de objetivos nue-
vos, de zonas nuevas, que aparecen ante el profano como
poco aptas para suscitar o satisfacer un deseo sexual?
Esta nueva escena primaria, de la que el perverso es
autor, merece toda nuestra atención. Aunque los intér-
pretes, el decorado, los objetos demuestran tantas varia-
ciones como la imaginación del hombre sea capaz de con-
cebir, el tema es inmutable. Como ya lo señalé, es el de
la castración reducida a un juego excitante que apunta a
controlar la angustia inherente.
Ya hemos evocado (capítulo 2) algunos argumentos
clásicos: el del sadomasoquista, que busca el dolor y a
menudo apunta a sus órganos genitales o a los de su
pareja para llevar a cabo la castración lúdica; el feti-
chista, que reduce la castración imaginada a un juego
de nalgas azotadas, de ataduras dolorosas, en donde
las huellas de los malos tratos simbolizan la castración
y al mismo tiempo se borran fácilmente; o el drama del
travestí que hace desaparecer su sexo poniéndose la
ropa de su madre con el fin de apropiarse de su identi-
dad; o aun del homosexual, con su búsqueda incesante
de penes que juega a incorporar -anal, oralmente-,
reparando de esta manera su fantasía de autocastra-
ción, castrando, y reparando al mismo tiempo al com-
pañero.
Pero también hay otras "castraciones" que no perte-
necen a la fase fálico-edípica, angustias de castración
que forman parte de la experiencia afectiva del lactante
y que deben, igualmente, ser puestas en escena y contro-
ladas por el acto mágico erótico. En esta época precoz, lo
que está en juego no es el sexo sino el cuerpo entero,
incluso la vída misma. En un artículo, Michel de
M'Uzan (1972) describe la puesta en escena de un
paciente: "Asfixiándose entre el somier y el colchón,
asistía a las relaciones sexuales que su mujer tenía,
185
encima de él, con el partenaire, el cual acababa por abo-
fetearlo, hacerle besar manos y pies y le ordenaba que
absorbiera sus excrementos". En el argumento escrito y
puesto en acción por este paciente, se trata, aparente-
mente, de un juego de control de traumatismos pregeni-
tales, tal como los puede vivir en su relación materna un
niño, en donde Ja respiración, la piel, los excrementos, el
cuerpo entero están en juego. Si tratamos de poner en
palabras este acto dramático, nos puede hacer pensar
que el hombre, habiendo sufrido el castigo del padre,
puede ahora participar del coito parental a través de
sensaciones cinestésicas y auditivas, oculto en e) mismo
vientre materno.
A pesar de las diferencias de nivel de regresión en la
figuración de la "castración lúdica", vemos que la intriga
es siempre Ja misma: la castración no hace sufrir; mejor
aún, es la condición misma del goce sexual sin peligro.
De esta manera, el sujeto pone fin a su inmensa angus-
tia, gracias a la puesta en escena de su ilusión, como el
niüo de) juego del carretel controla el traumatismo de la
separación. A través de la negación masiva de la angus-
tia de castración y de la escena primaria, el sujeto logra
convencerse también de que los órganos genitales de los
padres no están destinados a completarse el uno al otro.
El niño ha trocado el mito de Edipo con su estructura
universal por una mitología sexual privada. Su vida se
limitará, en adelante, a este nuevo modelo.
En el mantenimiento de su escena primaria ficticia
el perverso está comprometido, sin embargo, en un com-
bate con la verdad. Saber que "uno más uno hacen dos"
no es en sí mismo una gran adquisición intelectual, pero
aquel (que no 1o sepa) tendrá dificultades donde quiera
que vaya; en lo sucesivo se verá forzado a calcular según
reglas personales. Los cálculos falsos del perverso no
siempre se limitan a las relaciones sexuales; a veces
186
pueden reglamentar todas sus relaciones objetales, lo
que confina con la psicosis.
¿Cómo comprender esta neosexualidad? ¿Cómo con-
'\'t2ttir E?µ muerto a un padre vivo? ¿Cómo negar 1a esce-
na primaria, haciendo poco caso de la amenaza de cas-
tración? ¿A través de qué mecanismos psíquicos se
puede lograr esto, y dónde se encuentran los probables
puntos de fijación?
Para situar mejor la "solución perversa" con respecto
a la "solución neurótica" de la angustia de castración y
de la problemática edípica, retomo una vez más la con-
cepción freudiana de la evolución de los fantasmas del
niño en su intento por adaptarse a las realidades ina-
ceptables de la diferencia de sexos y de la alteridad obje-
ta}:
l. Primeramente, el niño cree que sólo hay un órga-
no sexual: el pene. Es la teoría simplificada del sexo úni-
co.
2. Tarde o temprano el niño percibirá que las muje-
res no tienen pene, y entonces destruye la representa-
ción de sus propias percepciones: "Hay un pene allí; yo
lo vi". Es la renegación, forma drástica de "negar a tra-
vés de la palabra y del acto".
3. Con la evolución del yo del niño, la realidad ex-
terna toma un aspecto inexorable que obstaculiza esta
solución cómoda; el niño se pone a imaginar aconteci-
mientos para enfrentar el problema. Es la renegación a
traués de la fantasía ("papá castró a mamá", "tiene el
pene escondido dentro de ella", etc). Esto representa un
progreso psíquico considerable de su elaboración psí-
quica.
4. El descubrimiento y la aceptación progresiva de
la realidad sexual con sus interdicciones obligan a los
niños de ambos sexos a contracatectizar el inquietante
187
sexo materno. El sexo femenino se inviste como asque-
roso, peligroso, horrible o sin interés y en feminidad es
menospreciada. De una u otra manera el sexo materno
deja de ser un objeto fascinante. El niño parece haber
"resuelto" la crisis edípica. A menudo ha logrado simple-
mente reprimir en bloque sus fantasías, y la puerta
queda abierta a neurosis posteriores.
5. Es el período llamado de latencia, marcado por la
regresión líbidinal y la adhesión a grupos en donde los
niños buscan, en su semejante, un apoyo homosexual
contra el mundo de los adultos. Este apoyo falta, espe-
cialmente, en los niños destinados a una solución des-
viada u homosexual del conflicto edípico. En este pe-
ríodo, estos niños se convierten ya en niños solitarios,
"diferentes de los otros".
6. En el mejor de los casos hay "superación" del
Edipo (aunque esto corre el riesgo de formar parte de
una mitología psicoanalítica). El niño que llega a este
estadio acepta que lo que él desea no se realizará jamás;
admite que el secreto del deseo sexual se encuentra en el
pene faltante de la madre, y que únicamente el pene del
padre podrá colmar el sexo de la madre; acepta, final-
mente, quedar para siempre enajenado de su primer
deseo y de sus deseos narcisistas. Es la identificación
secundaria.
Pero el niño que no logra la reorganización profunda
de su identidad sexual a partir de esta "resolución" de la
crisis edípica se verá obligado a inventar una pauta
sexual desviada, como contornear el Edipo con sus ver-
dades inaceptables. Está bloqueado entre el estadio 2 y
el 3 del esquema freudiano. Habiendo destruido la signi-
ficación de sus propias percepciones, se ve obligado a
crear una neorrealidad para llenar el vacío dejado por
su renegación. Aquí se encuentra, precisamente, la dife-
rencia entre el acondicionamiento neurótico y la ilusión
188
......
--
perversa. Formaciones reactivas, contracatectizaciones
fóbicas y otras defensas neuróticas, fruto de las elabora-
ciones fantasiosas, se encuentran igualmente en la
estructura defensiva de los sujetos perversos, pero están
sobreañadidas a la renegación fundamental.
La Verleugnung de Freud, si se la observa atenta-
mente, incluye dos tipos de defensa: el primero, la rene-
gación de la realidad a través de la palabra y del acto; el
segundo, la renegación de la realidad a través de la fan-
tasía. Pienso, como ya lo señalé en el cap. 1, que es más
adecuado reservar el término de "renegación" (disavo-
wal) para la "'renegación a través del acto y de la pala-
bra", y guardar el término "desmentida" (denial) para la
defensa a través de las fantasías, y así se mantiene la
distinción señalada por Anna Freud ( 1936). El niño que
frente al sexo femenino declara que ha visto un pene, ha
encontrado una defensa mucho más radical que el que
admite que no hay pene pero agrega que crecerá más
tarde. Este último niño está de acuerdo con pensar
acerca de la situación afectiva perturbada.
Esta capacidad para contener y elaborar afectos
dolorosos e ideas atemorizantes testimonia una trans-
formación psíquica interior de importancia fundamental
para el desarrollo psicosexual del niño y para su futura
identidad sexual. Incluso si debe conservar sus fantasías
como punto nodal de una eventual neurosis, protege, sin
embargo, tanto su relación con la realidad como una
cierta independencia con respecto a ella. El sentido de la
"realidad"' puede ser concebido como girando alrededor
del sexo de la madre y la existencia de la vagina (Lewin,
1948). Esa nada que sorprende al niño y que lo angus-
tia, lo hace con doble intención, puesto que lo reenvía,
no solamente a la diferencia de sexos sino sobre todo a
su significancia. Al descubrir que su madre no tiene
pene, el niño ha tropezado con el secreto sexual de sus
189
padres. Más a11á de las fantasías de castración -ame-
nace ésta a los niños o haya sucedido ya a las niñas-, el
descubrimiento revela al niño el lugar donde un pene
real viene a cumplir su función fálica real. Su conoci-
miento sexual, hasta el momento corporal e intuitivo,
ahora está confirmado. El sexo abierto de la madre es la
prueba ineludible de la función del pene paterno. A la
interdicción de los deseos incestuosos se suma la morti-
ficación narcisista, al saber que está excluido de la rela-
ción sexual de los padres. Pero los niños que nos intere-
san aquí no quieren saber nada de esto. Prefieren negar
la diferencia, alucinar un pene, poner en el lugar de la
madre un objeto inanimado como origen del deseo, o de
muchas otras maneras, crear un orden nuevo sexual. De
este modo, el niño escapa al tabú del incesto, a la angus-
tia de castración y a la mortificación narcisista. Es una
victoria en todos los planos, pero que le cuesta caro, por-
que el sujeto cede una parte de su identidad psíquica en
este trueque. El pene del padre pierde su valor simbólico
y estructurante para la personalidad, al mismo tiempo
que ciertos fragmentos del conocimiento de la realidad
se borran. En comparación, el trabajo de elaboración
interna y de intrincada defensa que da origen a las crea-
ciones neuróticas es menos perjudicial para la integri-
dad del sujeto. Como ya dijimos, sin embargo, las dos
formas de tratamiento psíquico pueden muy bien coexis-
tir en el mismo individuo.
Dos sueños de dos analizantes nos revelan dos
maneras de afrontar la angustia de la castración y el
dolor narcisista. Uno tiene una sexualidad fetichista
complicada, mientras que el otro tiene problemas sexua-
les predominantemente neuróticos. El mismo día conta-
ron un sueño, movilizado, en cuanto a sus residuos diur-
nos, por un incidente vinculado a la transferencia: el día
anterior, los dos analizantes vieron en mi casa una
190
puerta abierta, puerta que habitualmente está cerrada,
a través de la cual se veían plomeros trabajando en mi
sistema de calefacción. "Soñé (habla el paciente feti-
chista) que estaba acostado al lado de una mujer y que
me ordenaban que mirara sus piernas. Yo miré un
momento pero no puede encontrar lo que, supuesta-
mente, tenía que responder. Me parecía que era un pro-
blema de lógica. Finalmente dije que jamás encontraría
la respuesta porque nunca había sido bueno en matemá-
ticas." Una de las asociaciones con este sueño fue que el
paciente había visto la puerta abierta de mi casa y que
no podía comprender qué hacían aquellos obreros allí
dentro. De esto, pasó a recordar sus largas horas de
ensoñaciones eróticas durante su niñez solitaria.
El otro sueño, vinculado igualmente por el soñador a
la puerta abierta, era el siguiente: "Trataba de penetrar
a una mujer pero algo me lo impedía y me puse fláccido;
de repente me encontré en su casa. Me dicen que no
puedo penetrar en cierto corredor porque son los secto-
res profesionales de su marido y eso me está prohibido.
Entonces, mágicamente me encuentro en su jardín. Allí
hay animales raros y un hombre me explica que son bes-
tias mitad gato, mitad serpiente. Se levantan, se cruzan,
vuelan por todas partes. El hombre me pregunta si
tengo miedo de que las bestias me rocen. Yo le digo que
no, pero que quisiera comprender cómo hacen para volar
así".
Dejo a mis lectores tener sus propias asociaciones
libres acerca de las múltiples significaciones conten]das
en el sueño. Es evidente que nos encontramos frente a
un florecimiento de fantasías en busca de su expresión.
Los· objetos simbólicos y los eslabones asociativos r e l   ~
donados con lo que pasa entre los padres, el pene del
padre y el interior de la madre. El sueño del primer
paciente, al contrario, revela un corte neto, una destrucM
191
ción del sentido y un empobrecimiento fantasioso que
exige un juego frenético de recuperación; y este sueño
reenvía al sujeto a los juegos solitarios de su niñez. Allí
donde la fantasía de renegación y elaboración hubiera
podido ayudar a contener la angustia impensable provo-
cada por todo lo visto y oído, era inventado un sistema
nuevo. El niño destinado a encontrar una respuesta
artificial, fetichista, al deseo sexual, ha logrado sola-
mente, renegar lo real para defenderse del dolor psí-
quico. Tuvo el coraje, por cierto, de remplazarlo por una
nueva creación lógica y neosexual pero se trata de un
coraje "loco", corno el desafío monumental del psicótico
que, más ocupado en proteger su vida que su sexuali-
dad, se atreve a inventar, no su identidad sexual, sino
una identidad entera, que ignora los puntos de referen-
cia identificatorios de lo social.
Nos encontramos aquí en una encrucijada de forma-
ciones perversas y psicóticas donde la renegación se
convierte en la abolición de la representación psíquica,
o por lo menos en la destrucción del significante que
debería estar relacionado con la percepción y la pala-
bra. Lo que revela rechazo fuera del yo de lo que es into-
lerable y amenazador para el sujeto. Es el Verwerfung
postulado por Freud como mecanismo fundamental de
la estructura psíquica psicótica. Tratando de compren-
der el funcionamiento psíquico de Schreber, Freud ha
postulado que lo que había sido "suprimido" en el inte-
rior retorna desde el exterior de forma delusoria. Este
fenómeno se encuentra profundizado con Bion { 1967,
1970) en el concepto de K-Minus y con Lacan (1966) en
el concepto de forclusion. Est os mecanismos que cierran
el acceso a la verdad, permiten en las organizaciones
psicóticas una recuperación bajo una forma de alu-
cinación o delirio. Lo importante para nuestro tema es
lo siguiente: el perverso también rechaza un fragmento
192
de la realidad, dejando representaciones "desnudas"
(Bíon), es decir, cuya función significante ha sido des-
truida. El también recupera del exterior algo de lo que
  \ ~ :rechazado, pero es una recuperación mucho más
delimitada que la del psicótico. El perverso crea una
ilusión para dar un sentido al enigma del deseo. Por
supuesto, con frecuencia tiene la impresión de que su
solución de la problemática sexual le ha sido impuesta
por el espacio exterior, como el psicótico, para quien la
delusión está afectada por la calidad de lo real, pero la
locura de la perversión está limitada a ciertos sectores
de la realidad humana. La cualidad delusoria de la teo-
ría sexual del psicótico está reducida a un objeto parcial
o a un objeto-cosa. Estas "máquinas de influir" en
miniatura, que permiten el deseo y su control riguroso,
tal vez son una "psicosis focalizada", pero garantizan al
sujeto la continuidad del deseo sexual y la integridad de
su identidad personal. De igual importancia es que
estos mismos objetos parciales o inanimados constitu-
yen un dique para los deseos destructivos del sujeto
hacia los objetos de su deseo. Ninguno es castrado, nin-
guno es matado.
He hablado mucho del deseo y poco de la violencia y
de la agresividad que contienen las desviaciones sexua-
les. Este aspecto exige una investigación muy vasta que
sobrepasa mi tema actual, aunque la capacidad de
frenar y de contener la violencia y el odio mediante su
erotización delimita las organizaciones perversas de los
psicóticos (McDougall, 1980). Esquemáticamente, podrí-
amos decir que la agresividad puede tomar dos vías
para canalizarse en un acto sexual: puede encontrarse
allí , la ilusión de reparar al otro, a la pareja, por los ata-
ques castradores fantaseados. Esto sigue la variante
depresiva. También está la variante persecutoria, en
donde la finalidad es el control y el dominio del objeto,
193
para protegerse contra el ataque. El orgasmo del otro
equivale a su castración, y de esta manera, el sujeto
escapa al peligro de convertirse en objeto y víctima,
manipulado, "influido" por el deseo sexual.
Es evidente que estas dos fantasías fundamentales
están incluidas en los actos creativos: en la relación
entre el artista y su público está el deseo de dominar al
Otro para combatir su miedo, y de reparar al Otro para
escapar al sentimiento de culpa.
Hemos dicho que la actuación del perverso sexual
puede comprenderse como un sueño, y esto nos conduce,
después de un gran rodeo, a su aspecto creador, innova-
dor. Notemos que el aspecto no sexual es el que contiene
los elementos de un acto de creatividad -es decir, toda
la actividad que llena el espacio entre el deseo del sujeto
y el desenlace que le da fin. Muchos desviados sexuales
planean y rumian su proyecto y su argumento durante
horas, o incluso días, sin pasar al acto. Clínicamente,
esto se observa con facilidad en pacientes exhibicionis-
tas y fetichistas. Ya mencionamos a los homosexuales
que buscan, durante toda una noche, una pareja mítica
"perfecta". El desenlace, el fin de la "hazaña" del per-
verso, a menudo lo decepcionan, lo asquean, incluso lo
deprimen. Es el fin de la ilusión. El juego desesperado
terminó, y hay que volver a empezar al día siguiente.
Esto es verdad, en cierta manera, para todos los seres
que hacen el amor. La ilusión sale siempre ganando y el
goce acarrea, inevitablemente, el sentimiento de que
algo mágico se termina banalmente. Pero para el
desviado sexual se trata de una pérdida narcisista más
profunda. Un paciente lo expresó de manera simple des-
cribiendo sus horas de caza nocturna de parejas homose-
xuales: "Lo que me interesa es su eyaculación, ése es mi
placer. A veces, cuando vuelvo a mi casa, me masturbo,
pero, en lo posible, lo evito, porque después pierdo mi
194
deseo. No hay nada más, y yo tampoco, no soy nada.
Apenas existo".
Vuelvo, finalmente, a la pregunta planteada en pri-
mer término: la producción del argumento perverso es
un acto creador, pero ¿en qué escapa a la transformación
en creación artística? ¿Qué le falta a este acto compul-
sivo para que sea liberado de su tigidez, desprendido de
su desenlace orgasmático, para ser catectizado diferen-
temente en la economía psíquica del sujeto? ¿Qué es lo
que diferencia su acto del que termina en obra artística
o intelectual? El creador tiene todo aquello que se le pre-
senta imantado de interés -al punto de parecer inge-
nuo a las personas menos creadoras. Si observa todo lo
que lo rodea con una mirada nueva, si escucha de un
oído crítico, es que cualquier objeto -aunque sea el más
banal- sometido a su observación se vuelve fecundo
porque está vinculado a un número infinito de otras
impresiones, percepciones, representaciones y reflexio-
nes, en un ir y venir bastante libre entre proceso prima-
rio y proceso secundario. Se atreve a cuestionar las
ideas preconcebidas, a poner en contacto las ideas dispa-
ratadas, a crear lo que no existía.
La creación erótica de la puesta en escena desviada
también es de este orden, sigue, igualmente, las leyes
del proceso primario, luego se expresa en un acto secun-
darizado y exterior al sujeto. Como la fiebre que ali-
menta la actividad creadora, esta sexualidad aberrante
es producida bajo presión, y su producción aporta al
sujeto una satisfacción narcisista, como la que aporta el
acto de crear al artista. Al respecto, podríamos señalar
que el placer encontrado en el acto de creación es más
intenso que el de contemplar el objeto creado; la produc-
ción prima sobre el producto. (A Picasso se le atribuye la
idea de que sólo la obra no terminada es la que cuenta.)
La analogía con la desviación sexual es evidente. Y
195
encuentra su igual en el niño en la fase anal. Durante
esta época el niño siente un placer espontáneo en el acto
de dar a luz sus primeras creaciones visibles: su materia
fecal y su orina. Los productos mismos sólo le interesan
en la medida en que su madre les da importancia; es
ella el "público" esencial que da a estos objetos parciales
su función significante de objetos de intercambio. Pero
son necesarias muchas transformaciones antes de que
esta producción se convierta en proceso creador. Un pri-
mer riesgo, el placer de la producción, puede convertirse
en prohibida por estar impregnada de elementos anales,
sádicos y sexuales genitales y de fantasías amorosas de
índole incestuosa. El amor infantil combinado con
impulsos destructivos es una mezcla difícil de asumir. Si
Ja mayoría de los seres humanos no son ni creadores ni
perversos, en parte es porque esos impulsos están fuer-
temente contracatectizados; la mayoría de la gente no
está preparada para asumir las transgresiones inheren-
tes a la producción de ningún tipo, ni a la angustia que
acompaña a esa producción.
El perverso, como el artista y el intelectual, tiene el
coraje de transgredir al crear lo que no existe y está pre-
parado para enfrentar la intensa ansiedad qUe su activi-
dad le provoca. Pero su objetivo y su relación con los
objetos de su intercambio son diferentes. ¿Cuál es el des-
tino de esta creación? Hemos dicho que la producción
prima sobre el producto. Sin embargo, para la personali-
dad creadora, más allá del placer de la producción, hay
un segundo momento de placer narcisístico, es el
momento de la entrega de su producto al público (sin lo
cual, no se trataría de una vocación artística). La espera
ansiosa de la reacción del público está ligada a la espera
de una confirmación que le asegure que su producción
(vivida en el inconsciente como una actividad erótica y
agresiva) y su producto (en el inconsciente, la revelación
196
de un objeto parcial, anal o fálico) son aceptables, v á l   ~
dos, deseados y, además, fuente de goce para el público.
El compromiso afectivo que el artista mantiene con su
p\Í..blico -su publicación, podría decirse- marca una de
las más significativas diferencias con respecto al acto
perverso. La fantasía de un "público", como trato de
demostrarlo en El espectador anónimo (capítulo 1), tam-
bién es esencial para la puesta en escena perversa y
para su poder excitante, pero se trata de un amor
secreto, anal, entre madre e hijo, acompañado de un
intento por recuperar, en el desafío mismo, la tercera
dimensión de "espectador" que da al sujeto su identidad
sexual, mientras que la dimensión de la "publicaciónº
verdadera busca la confirmación narcisista del valor
sexual y subjetivo en la mirada de los otros. Si el camino
seguido, labrado por el desviado sexual, ha sido desviado
de los caminos de los demás, es para que el desviado
jamás encuentre en su ruta a este Otro que podría impo-
ner una interdicción a su deseo. Porque pierde, a causa
de este desvío, la confirmación de su lugar de sujeto,
está obligado, en adelante, a buscar la prueba de su
existencia, de su identidad subjetiva, independiente-
mente, en un acto teatral. El perverso tiene aún más
necesidad que el artista de una confirmación narcisista,
de una validación de su creación, porque, contraria-
mente al artista, frente a su actividad creadora, está
más movido por la angustia que por el deseo. Esto no
quiere deci r que la transgresión implícita en la creación
de cualquier obra de arte o descubrimiento científico no
movilice angustia; pero el artista, por su creación
misma, se expone al juicio del Otro, mientras que el per-
verso lo elude. La creación sexual perversa, en tanto que
acto de creatividad precoz, ha triunfado casi demasiado;
colada hirviente de la megalomanía infantil, se solidifica
en su molde y servirá, en adelante, como respuesta
197
mágica a toda herida narcisista, a todo deseo naciente;
gesto de desafío, de desesperación, petrificado para
siempre.
Para concluir, digamos que el innovador neosexual,
al igual que el artista, es un maestro de la ilusión, pero
con esta diferencia capital: el arte es la ilusión d€ la rea·
lidad, que el artista crea para él mismo y para los otros,
con la esperanza de comunicar, de hacer sentir -y final-
mente de imponer- su ilusión a los otros y de que éstos
la acepten. La puesta en escena del perverso, con su
actuación propia, es una ilusión que se impone a él
mismo, y el sujeto pasa su vida intentando imponerla a
los otros, quienes deberán aceptar esta ilusión como una
realidad.
198
6. EL ANTI-ANALIZANDO EN ANALISIS
En este capítulo quiero dibujar el retrato de cierto
tipo de analizante que espero ponga de rpanifiesto algu-
nos rasgos reconocibles, y que incluso aclare tal vez un
"retrato de familia" clínico: un paciente bien intencio-
nado, lleno de buena voluntad, que rápidamente se pone
cómodo en la situación analítica -contrapuesta al pro-
ceso analítico- pues acepta bien el protocolo analítico
en sus aspectos formales. Este paciente viene regular-
mente, llega puntual, llena los silencios de la sesión con
un relato claro y continuo, nos paga el último día del
mes. Y eso es todo. Al cabo de algunas semanas de escu-
charlo comprobamos que no pasa nada ni en su discurso,
ni entre él y nosotros. No se expresa ninguna emoción
transferencial; los recuerdos de infancia, que no faltan,
permanecen sin embargo estereotipados, divorciados del
presente, desprovistos de afecto. Por otra parte, este
analizante claramente prefiere hablar de los aconteci-
mientos diarios. Poco tierno en sus relaciones nos diría
con mucho gusto:" ¿El amor? No es más que una palabra
de cinco letras". Raramente busca dentro de sí los facto-
199
res que pudieran contribuir a generar conflictos con
otros, y sin embargo, está lejos de sentirse satisfecho con
su vida. Y a pesar de su asiduidad -y de la nuestra- el
proceso analítico no se desencadena.
Se habría notado en esta descripción que ese
paciente no se parece a los "inanalizables" clásicos: los
que no soportan la frustración impuesta por el protocolo
analítico con su austeridad habitual, y que huyen ante
el primer despertar de las emociones transferenciales;
los que pasan a los actings, a veces desastrosos para
ellos mismos o para su entorno; o también los que pier-
den el contacto con la realidad, los que huyen en fanta-
sías psicóticas. Al contrario, todos esos pacientes están
perturbados por el impacto de la relación analítica, aun
cuando algunos de ellos sean considerados inanaliza-
bles, o por lo menos, como una contraindicación para un
análisis clásico.
Los analizandos cuyo retrato clínico intentaré definir
aquí aceptan perfectamente bien, por lo tanto, la situa-
ción analítica, nunca parecen notar lo que esa situación
implica de frustrante, jamás se separan de la realidad,
ni un centímetro, y no pasan al acto ni en el interior de
la sesión, ni en el exterior (a menos que uno quiera sos-
tener que toda su vida no es más que un vasto acting).
Por último, tampoco muestran esa forma privilegiada de
pasaje al acto que es la somatización. El hecho de que
este conflicto emocional quede inexpresado es de gran
interés, pues estos pacientes revelan muchas caracterís-
ticas de funcionamiento mental de los llamados pacien-
tes "psicosomáticos", y en particular el fenómeno que de
M'Uzan y Marty (1963) han denominado "pensamiento
operatorio".
Siento deseos de llamar a los sujetos de mi estudio
"analizandos-robot", puesto que dan la impresión de
moverse en el mundo como autómatas, y de expresarse
200
-
en un lenguaje compuesto de clichés. Un lenguaje robot.
Sin embargo, el término robot sugiere una pasividad
que en esos pacientes demuestra ser engañadora. Los
he llamado entonces "anti-analízandos", siguiendo el
modelo ofrecido por el concepto de antimateria, es decir,
de algo que sólo revela su existencia en el efecto nega-
tivo: una fuerza masiva que impide la función de vín-
culo. Estos pacientes no permiten que se formen los
vínculos que hacen que un tratamiento psicoanalítico se
torne una experiencia "mutativa", término que tomo de
Strachey (1934). En cierta forma hacen del "anti-análi-
sis" una actividad que no se ve, o más bien que es obser-
vable por su ausencia, y que representa una fuerza
estática, negativa, de anti-vínculo, al mismo tiempo que
mantiene en su sitio todo lo que está escindido, for-
cluido o expulsado de su realidad psíquica interna. Un
paciente tal no habla de manera extraña o incomprensi-
ble; habla de las cosas y de las personas, pero rara-
mente de la relación entre personas o cosas. Cuando
escuchamos su discurso analítico, no oímos claramente
otro sentido más allá de lo que nos manifiesta; no detec-
tamos fácilmente quiénes somos para el analizando en
los diferentes momentos de la sesión, y tampoco obser-
vamos esa interpenetración de los procesos primarios y
secundarios del pensamiento, ese cruce de imaginería
onírica, de pensamiento fantasioso y consciente que tan
menudo abre el camino hacía una comprensión intui-
tiva del discurso. La escena inconsciente no se revela
jamás. Finalmente llegamos a descubrir que faltan
todos los vínculos que dan cohesión al discurso analí-
tico, ya sea el vínculo de sentido, el vínculo entre el
pasado y el presente, los lazos afectivos con el prójimo,
o en la relación analítica con el analista. Esa tendencia
primordial del hombre hacía el vínculo objeta!, impulso
que da a la transferencia analítica su dimens)ón ciega y
201
pulsional, está ausente en este analizando. ¿Qué· fenó-
menos estamos observando entonces?
Konrad Lorenz, ese científico observador fuera de
serie, ha notado que muy a menud'o la observación más
importante y más difícil de detectar es el objeto que
falta o la acción que no tiene lugar. En el psicoanálisis,
que es también una ciencia de observación, es igual-
mente difícil captar y observar lo que no está o lo que
ocurre.
Debemos a los psicoanalistas franceses Marty y de
M'Uzan (1963) una serie de observaciones de este tipo, y
que me complazco en comparar con las de Lorenz, que
llevan al descubrimiento de una dimensión perdida en
las comunicaciones verbales de pacientes con enferme-
dad psicosomática, registradas en una entrevista.
El lenguaje que expresa el anti-analizando no falla
en el aspecto gramatical, pero, tal como el afecto que
manifiesta, es chato y sin matices; la metáfora le es des-
conocida. La totalidad da la impresión de pobreza de
imaginación y de dificultad para comprender al prójimo,
a lo que se agrega una falta de afecto. Este doble blo-
queo - al nivel del pensamiento y al nivel de la afectivi-
dad- nos ofrece pocas perspectivas analíticas que
observar, pero dado que el analista es también un buen
observador de sí mismo, ¡nos queda la contratransferen-
cia que de ningún modo está ausente! Esencialmente
por el atajo de mi contratransferencia (en lo que ésta
tiene de consciente) llegué a advertir el cuadro clínico
que describo, y arribado a ciertas deducciones teóricas
con respecto a la estructura psíquica y al funciona-
miento de estos pacientes.
Ante todo estos enfermos, aunque interesantes y dis-
tintos de los normales-neuróticos, no nos producen
mucho placer en nuestra función de analistas. Además
nos culpabilizan, pues resulta difícil calificar de inana-
202
lizable a alguien que viene con buena voluntad, incluso
con tenacidad, a sus sesiones de análisis, y que se
~ ~ \ \ v ª   desde hace unos cuantos años, en seguir de
manera ejemplar la regla fundamental. ¿Acaso su sín -
toma es el estar en análisis? Pero antes de abrumar a
nuestro paciente estableciendo su invalidez, su incapaci-
dad de aprovechar del único bien que tenemos para ofre-
cerle, sólo difícilmente podemos evitar un primer cues-
tionamiento de nosotros mismos y de la calidad de
nuestro trabajo de analistas. A menos que estemos total-
mente blindados contra la autocrítica, un poco como el
analizando en cuestión, pasamos ante todo a través de
diálogos interiores.
íCuántas veces habré dicho, en un seminario sobre la
transferencia, que todo lo que el analizando nos dice nos
concierne, que nada es gratuito, que nada podría esca-
par a la transferencia! Y sin embargo ... aquél, ante mí,
está ofreciéndome, después de cinco años -no puedo
decir de análisis-, digamos de presencia, un discurso
que no difiere en nada de lo que ha podido decirme en
nuestra primera semana de trabajo en común. Otras
preguntas me persiguen: ¿se trata de una resistencia a
comprenderlo de mi parte? ¿Habría debido hacerle inter-
pretaciones kleinianas extremas?, ¿o violentarlo según
el estilo reichiano?, ¿golpear con fuerza contra esa arma-
dura de cemento? No obstante ¡si habré elaborado hipó-
tesis e intentado interpretaciones! El señalar las caren-
cias y proponer fantasías lleva i nevitablemente a ese
tipo de paciente a la conclusión de que el analista tiene
un problema. "Pero si le digo lo que se me ocurre. ¿De
qué quiere usted que hable?" ¿Habrá que perderle el res·
peto entonces al austero protocolo analítico? ¿Analizarlo
en una terapia cara a cara, invitarlo a tomar un trago?
Cualquier cosa con tal de sacudirlo violentamente. Si mi
paciente no fantasea, yo, por mi parte, me siento inva·
203
dida por pensamientos incongruentes; pero con mis
impulsos de cambiar de lugar, de pasar al acto, es evi-
dente que me convertiría a mi vez en un "anti-analista".
Pues este protocolo estructurado que protege a mi
paciente de mi violencia, también me mantiene en mi
rol de analista. Sin embargo, ¡si bien no cedo a un deseo
de hacerle mal, tampoco tengo que dormirme!
Confieso que he escrito estas poc¡1s líneas en su casi
totalidad durante una sesión del señor X, paciente que
representa ante mis ojos al analizando-robot típico, y a
un análisis que considero un fracaso espectacular. Y nin-
guno de los dos estamos satisfechos de esta unión infruc-
tuosa. X, cuarenta y cuatro años, arquitecto, casado, dos
hijos, ha salido de un medio que estima al psicoanálisis,
y de una familia donde hay otros que se analizan. Ya
este detalle es típico de mis anti-analizandos.
En una época venía cuatro veces por semana. Des-
pués de dos años de estancamiento he ido reduciendo
paulatinamente sus sesiones hasta llegar solamente al
número de dos. X no es tonto. Me dice que su análisis no
hace progresos. Por otra parte, "se" le ha dicho que hay
que contar con cuatro años para hacer el análisis -y ya
estamos en el quinto año--. El se pregunta entonces si
yo no he "fracasado'' con su caso. Aprovecho la ocasión
para decirle que yo me planteo la misma cuestión. ¿Tal
vez haya que pensar sobre la ventaja de cambiar de ana-
lista? Pero X, no quiere hablar de ello. Negando todo
sentimi ento de rechazo de mi parte, me pide que le
devuelva una de las dos sesiones suprimidas. El se pre-
para para un segundo contrato de cuatro años como si
no sufriera de estancamiento. Por mi parte, no era ni
podía ser optimista acerca de continuar el análisis. Este
sufrimiento contratransferencial debería serme útil,
debería proporcionar la base de las futuras  
ciones. Aunque mis reacciones afectivas me brindaban
204
un valioso insight del funcionamiento psíquico de
pacientes como el señor X, ello no produce en ellos nin-
gún cambio significativo.
Podría tomar cualquier sesión del señor X para dar
el tono de sus asociaciones. El día que escribí esas líneas
él se quejaba, como solía hacerlo, de sus hijos y de su
exigencia incomprensible de querer estar siempre a su
lado; él los quiere, pero a pesar de todo ... Habla tam-
bién, largamente, de su proyecto de construir una espe-
cie de armario en su casa de campo, y se lamenta amar-
gamente, como en todas las sesiones, del escaso interés
que muestra su mujer por todos sus proyectos. Al cabo
de veinte minutos, al igual que su mujer, me desintereso
de su armario, pero con la diferencia de que yo me siento
culpable. De todas maneras, y lo sé de antemano, para
el señor X un armario nunca será otra cosa que un
armario. Por supuesto, puedo sugerirle que me hable de
él para ver si me muestro más interesada en sus proyec-
tos que su propia mujer. Me dirá: "Ah, ¿usted lo cree?", y
me dará detalladamente ]as medidas del susodicho
armario. Negándome a dejar caer la máscara de la neu-
tralidad benévola, signo de mi función analítica, lo cual
por otro lado me hubiera llevado a decir: "¡Ah, cómo me
aburren usted y su armario!", efectúo una retirada nar-
cisista. Inmersa en mis propios pensamientos y fanta-
sías, súbitamente advierto que he dejado de escucharlo.
¿Qué ocurre en el señor X para que se aferre de tal
manera a este no-análisis que hacemos juntos? ¿Y por
qué no ocurre nada entre él y yo que pueda convertir
esta sociedad trabajosa en una experiencia analítica
constructiva?
Antes de abordar estas cuestiones, tengo que inte-
rrogarme sobre las razones que me han conducido a
aceptar al señor X en análisis. Pacientes no me faltaban.
Debió esperar siete u ocho meses para comenzar su aná-
205
lisis conmigo. Es cierto que me lo había derivado un
colega muy experimentado que conocía a la familia, y
que suponía que el señor X seria "un buen caso analí-
tico". De todas maneras, yo no estaba obligada a
tomarlo. Lo único que ocurrió fue que se presentó ante
mí de una manera tal que en el primer momento me
sentí plenamente de acuerdo con mi colega -¡era un
caso excelente!-. Como todos los pacientes que se le
parecen, era inteligente, de un medio sociocultural que
valorizaba el mundo de las ideas psicoanalíticas, y de
una familia de la que más de un miembro ya había
hecho un análisis. La señora X, después de algunos años
de análisis, había planteado además la cuestión del
divorcio, eventualidad que el señor X no deseaba de nin-
guna manera. Más tarde me dirá que no lo desea "por-
que no es algo coherente con pautas morales". La gente
"normal no se divorcia". Que la señora X pudiera dese-
arlo o que pudiera depender de su mujer, estos aspectos
de la cuestión no ocupaban ningún sitio en sus reflexio-
nes. Pero en las primeras entrevistas él exponía una
explicación más prometedora de la demanda de su
mujer: me había contado que sufría una insatisfacción
profunda en todas sus relaciones, y sobre todo en sus
relaciones con su mujer. Añadía que, seguramente,
había algo en él que ignoraba para que su mujer qui-
siera abandonarlo. Tal es lo que él había comprendido
como una explicación "psicoanalítica" que gentilmente
había querido ofrecerme. Además, X -<:orno los otros-
tenía síntomas neuróticos: fobias, inhibiciones profesio-
nales, problemas sexuales pasajeros. Más tarde descubrí
que esos síntomas no le interesaban de ninguna manera.
El señor X me hablaba también de su pasado, de su her-
mano muerto, de su padre débil y mujeriego, de su
madre severa y creyente -imagos prometedoras de un
"buen neurótico'', en suma, de un buen analizando-en-
206
--
potencia, en busca de un saber sobre sí mismo, y que ya
catectizaba al psicoanálisis como el camino apto para
revelar ese saber ante sí mismo. ¿Qué más podía yo
  Al señor X jamás en su vida lo habían aplazado
µn examen, ¡y tampoco lo habían aplazado en su pri-
mera entrevista con el analista! Siento la tentación de
decir que me ganó, lo que es cierto, pero ello no implica
que él obrase de mala fe. Contaba todo lo que creía que
debía decir para justificar su demanda de análisis. En el
fondo de su corazón consideraba a su mujer responsable
de todo lo que no andaba bien entre ellos, y después de
su mujer, al mundo de manera general. Era ése un artí-
culo de fe, una creencia que en ningún caso podía cues-
tionarse ni modificarse; era una parte integrante de su
personalidad y de la conservación de su identidad de
sujeto.
Todos esos pacientes tienen un sistema de creencias
que es la explicación clave de sus desdichas. Si la mujer
y los hijos del señor X eran la causa de todo, la señora O,
física, casada, dos hijos, acusaba únicamente a su condi-
ción de mujer. He aquí el extracto de una sesión con esta
paciente: "Usted me dice que yo no hablo nunca de mi
infancia. Bueno, veamos, he nacido en L., y mi primo
también, el que tenía dos años menos que yo. Hemos
vivido allí hasta la muerte de mi madre. Mi padre prefe-
ría a mi primo: era normal. Mi madre trataba de ser
justa conmigo pero en el fondo estaba decepcionada por
tener una hija. ¡Pero ya le he contado todo eso!". "Sí.
Pero nunca me ha dicho cuán penosa era esa situación
para usted." "¡De ninguna manera! ¡Fueron los años
más felices de mi vida!" "No debe haber sido fácil acep-
tar que sus padres preferían al niño. ¿Se ha preguntado
por qué?" "Naturalmente, hubiera preferido ser un
muchacho, ¿pero quién no quisiera serlo?" Después de
examinar esta cuestión con ella desde todos los ángulos
207
y dándole todas ]as vueltas, aquel día intenté tímida-
mente estimular una nueva fantasía. Le dije que había
hombres que envidiaban a las mujeres, por ejemplo, por
su capacidad de dar a luz o por su poder de atraer
sexualmente al padre. "¡Esos están chiflados!", dijo la
señora O. Una vez más la implicación era que si me
esforzaba por hallar un sentido a su inmenso dolor y
furor por ser mujer, entonces yo tenía un problema,
puesto que resultaba obvio. En cierto sentido ella tenía
razón en considerar que era mi problema con respecto a
ella, pues yo la había tomado en análisis (pude recono-
cerlo a posteriori) porque ella había sollozado durante la
primera entrevista cuando habló de su "carencia de
feminidad". Lo que ocurría era que yo no había captado
su convencimiento de que yo debía ver la situación
mujer de la misma manera que ella, por ser mujer, y mis
interpretaciones, que buscaban un más allá de su posi-
ción, la exasperaban. Si yo no hubiera tenido el coraje de
señalarlo (aun después del análisis, seguiría ella siendo
una mujer) era porque yo creía verdaderamente que ella
quería comprender su dolor y hallarle una solución. Sus
síntomas neuróticos (en particular una fobia ante el
hecho de que la tocaran, que hacía sufrir mucho a su
marido y a sus hijos, y su frigidez total) no le interesa-
ban. Las cosas eran "así", y se acabó. Su proyecto tera-
péutico, que ella me reveló tardíamente, era "pagarse
mil horas de análisis" (cifra proporcionada por un amigo
analista).
He aquí sucintamente los datos clínicos de este tipo
de analizando:
-Efectúa una demanda de análisis en apariencia.
Con su personalidad-robot, está como "programado" de
antemano, incluso antes de ir a su primera entrevista
con el analista.
-Una vez instalado en la situación analítica (cuyas
208
-
condiciones acepta sin ambages), comienza un relato
detallado, inteligible, pero cuyo lenguaje sorprende por
su pobreza, y su contenido por su carencia de afectivi-
dad. A pesar de un buen nivel intelectual, la trivialidad
de sus opiniones y la impregnación de ideas recibidas en
sus conclusiones hacen pensar en el retraso mental, y
sus relaciones objetales en el retraso afectivo. Cuando
existen realmente pérdidas o abandono, se recuerdan
sin emoción, como injusticias inevitables. No ha.y viven-
cias de esos hechos en la transferencia ni interés en
explorarlos.
-Sus problemas neuróticos, así como los de los
demás, no despiertan en él ninguna curiosidad.
-Aparte de algunos exiguos recuerdos estereotipa-
dos, el analizando permanece muy aferrado al presente.
Como los periodistas, parece vivir para los hechos de
crónica de cada día. Si su pasado no está exento de even-
tos traumáticos y su vida cotidiana tampoco, parece no
obstante que los ha desvirtualizado, haciéndolos apare-
cer triviales.
-Los vínculos afectivos con los otros significativos
son chatos, sin calor, excepto la queja, pues suele mon-
tar en cólera contra los que lo rodean o contra la condi-
ción humana en general. A pesar de ello, mantiene rela-
ciones objetales estables y no quiere separarse del objeto
de su rencor.
-En la transferencia hay una sensación de vacío de
afecto. Las emociones transferenciales raramente son
expresadas y la agresividad tan libremente dirigida con-
tra los allegados no es vivida, o muy poco, en el análisis.
El analista tiene la impresión de ser para el analizando
una condición más que un objeto. Con mucho gusto cali-
ficaré esta relación corno "transferencia operatoria". No
tiene ningún parecido con lo que Bouvet (1967) ha lla-
mado "resistencia a la transferencia", característica de
209
las estructuras obsesivas. Este anti-analizando no nos
mantiene a distancia; simplemente niega que haya una
distancia o que el analista pueda tener una realidad psí-
quica propia. De todas maneras, esta transferencia par-
ticular es una copia exacta del tipo de relación que el
analizando mantiene con todo su mundo, no solamente
su entorno y sus amigos sino también su mundo objetal
interior.
El desarrollo del análisis de estos pacientes demues-
tra que no sufren de represioneR masivas (las cuales
habrían podido hallar caminos de expresión en los sínto-
mas, los sueños, las sublimaciones, o bien en la transfe-
rencia). Están fuera de contacto con ellos mismos. Su
vida fantasmática, sumamente primitiva, no halla nin-
guna expresión organizada; pero sus pocas irrupciones
en la vida onírica durante el análisis demuestran su
existencia ahogada. Hay como un corte, un abismo, que
separa a estos sujetos de sus objetos íntimos y de su
vida pulsionaL Dan la impresión de repetir incansable-
mente una situación antigua, en la cual el niño de otrora
ha debido crear un vacío entre él y el Otro, negando la
realidad de aquél y borrando así los afectos insoporta-
bles. La distancia entre el sujeto y el objeto está redu-
cida a cero, sin recuperación del objeto catectizado tanto
en sus aspectos amados como odiados. Tal sujeto no se
pierde en el Otro, confundiéndose con él como haría un
psicótico. Sería más exacto decir que el Otro se torna un
objeto perdido en el interior de él . Son niños que nunca
han jugado al yo-yo. Al nega r la realida d psíquica del
prójimo le prestan la propia. Por e sa misma r azón se
hallan desprovistos de la capacidad de identificarse con
los otros, puesto que el Otro es vivido como una copia
exacta del sujeto mismo. Por eso las interpretaciones e
intervenciones del analista sólo tienen un sentido mar-
ginal. Cuando súbitamente se dan cuenta de la diferen-
210
--
cia entre ellos y los demás, ya sea una oposición de
creencias, de opiniones o una simple diferencia de gus-
tos, están dispuestos a responder con hostilidad exce-
siva. Pero la mayoría de las veces la alteridad no los
amenaza. La alteridad es renegada.
En el análisis se produce el mismo fenómeno. Tales
pacientes no son particularmente sensibles al hecho de
que el analista no esté en su campo visual y proyectan
poco afecto en el espacio que los separa del analista
puesto que lisa y llanamente niegan su realidad subje-
tiva. Este tipo de pacientes apenas si ve la utilidad de
cuestionar y de analizar sus posiciones, sus metas, sus
relaciones objetales, incluso sus problemas. Si el ana-
lista persiste en querer analizar los diferentes aspectos
de su discurso o de su relación transferencial o extra-
transferencial, poco importa -es decir, si e] analista se
sitúa como Otro- el analizando, cuando no llega a con-
vencerse de que es el analista el que sufre, corre el
riesgo de sentirse perseguido por él.
¿Por qué medios se mantiene esta organización psí-
quica? La renegación de la alteridad psíquica, que crea
ese abismo entre el sujeto y sus objetos, es un rechazo
radical que por ende debe perturbar profundamente las
identificaciones precoces del sujeto así como sus relacio-
nes objetales. Sin embargo, la descalificación o renega-
ción de la realidad es un mecanismo fundamental de la
vida psíquica desde Ja infancia y en cuanto tal está, o ha
estado, presente y activo en todo ser humano. Lo que
importa es la manera como es colmado el vacío psíquico
dejado por la renegación. Sus peripecias son más fáciles
de seguír al nivel de la fase fálica y la renegación de la
diferencia entre los sexos que en el nivel más global de
la dif eren cía entre un ser humano y otro. En capítulos
anteriores señalé las variaciones sucesivas que pudieran
resultar de la renegacíón de la escena primaria y del
211
intento de enfrentar los temores subsumidos en el con-
cepto del complejo de castración, como neurosis, perver-
siones y sublimaciones.
Pero para el caso cuyo cuadro clínico intento trazar
aquí, se trata de una renegación mucho más global y
cubre lo que Freud ha denominado "repudio desde el yo"
(forc1usi6n) (Verwerfung). Estamos en el registro de la
angustia de castración en su forma arquetípica -la
angustia de separación, desintegración, de muerte-
más acá de la problemática de la identidad sexual. Con
estos enfermos nos vemos remitidos al alba de la vida
psicótica y al borde de la identidad subjetiva del ser.
Los analizandos-robot no han llenado el vacío dejado
por la ausencia de los demás por medio de fantasías des-
tinadas a ser reprimidas ulteriormente (núcleo de las
neurosis futuras) ni por la creación de un sistema delu-
sional para compensar el "repudio" violento (tal como
Freud lo ha descrito en el caso Schreber). En este sis-
tema defensivo no predominan ni la represión ni la iden-
tificación proyectiva. En su lugar, estos pacientes han
creado una especie de muro reforzado para enmascarar
la separación primaria sobre la que se funda la subjeti-
vidad, una estructura opaca que no permite una libre
circulación entre el interior y el exterior; en otros térmi-
nos, viven por medio de una serie de reglas de conducta,
de un sistema inmutable en cuanto al exterior, y sepa-
rado de referencias objetales en cuanto al interior. Esto
se aproxima a lo que Winni cott llamó el falso sel{, en el
que se hace un intento para mantener vivo un sel{ sensi-
ble que no se atreve a moverse, mientras que la cápsula
exterior se mantiene para adaptarse a todo lo que siente
demandante. Estos pacientes mantienen su existencia
en el mundo de los otros siguiendo un conjunto de reglas
estrictas en un sistema inmutable. Son como esas perso-
nas de las que se dice que conocen los reglamentos e
212
ignoran la ley. El sistema superyó-ideal del yo, bastante
particular en estos sujetos, se emparenta con lo que
.{\braham ha llamado "moralidad esfinteriana"; ellos
determinan sus propias leyes y solamente el temor de
las sanciones limita su actividad. Tengo presente en la
memoria un ejemplo. La señora O, de 1a que he hablado
hace un momento, crefa que todos los hombres despre-
ciaban a las mujeres y que todos los automovilistas des-
preciaban a los peatones. Un día llegó a su sesión triun-
fante, por haber matado dos pájaros de un tiro: algunos
minutos antes se disponía a cruzar una callejuela tran-
quila cuando un hombre en un auto sport pasó delante
de ella. Furiosa, blandió su paraguas, falo vengador y
temible, de tal manera que consiguió rayar todo un cos-
tado del pequeño coche rojo. El hombre se detuvo y
"como loco, habló de llamar a un agente de policía". La
señora O, súbitamente atemorizada, huyó a toda veloci-
dad, de todos modos encantada de que por una vez se
hubiera hecho justicia.
Nada puede cuestionarse en ese carnet peculiar de
los reglamentos interiores de tales analizandos, pues
más allá de toda cuestión posible está la nada y la pér-
dida de la identidad del yo. Esta posición caracterial
representa no solamente un ahogo afectivo que niegH la
existencia del Otro con su realidad psíquica propia sino
que indica también una verdadera perturbación al nivel
del pensamiento, tal como Bion (1963, 1970) lo concep-
tualiza en la noción de elementos alfa. A esos sujetos les
faltan elementos para pensar más profundamente en
sus insatisfacciones y sus dificultades. No pueden pen-
sar la problemática de la alteridad psíquica. De este
modo tampoco saben que sufren psíquicamente, y por
consiguiente no pueden hablar de ello. Para que resulte
más clara esta carencia de dolor psíquico evocaré una
imagen por analogía.
213
Existe una enfermedad física, poco frecuente, en la
cual el sujeto sufre por su incapacidad de sufrir. Es decir
que le falta cualquier sensación, incluso las sensaciones
físicas del dolor. Evidentemente, esta carencia es muy
grave para el que la sufre. Todo aquel que sea incapaz de
sentir el dolor físico tiene pocas oportunidades de sobre-
vivir, a menos que aprenda ciertas reglas básicas para
remplazar esta señal de alarma biológica normal. Si tal
sujeto ve que sangra su brazo, debe aprender a tomar
rápidamente las medidas necesarias. Si pone su mano en
el fuego o la traspasa con un cuchillo, debe recordar que
eso no se hace y actuar consecuentemente. De otro modo,
correría el riesgo de quemarse de manera atroz o de san-
grar hasta la muerte sin darse cuenta. Para conservarse
con vida debe actuar como un autómata. Nuestros anali-
zandos-robot se han creado un aislamiento psíquico de
este tipo. El proceso analítico tiene pocas oportunidades
de gravitar sobre esta cubierta protectora impermeable,
pues el sujeto "sabe" que su vida psíquica estará en peli-
gro si cambia uno solo de los reglamentos por medio de
los cuales está regida su vida objetal y afectiva, al igual
que su filosofía de vida. Igual que las víctimas de la
carencia de sensación, estos individuos aparentan gozar
de excelente salud. Castigados por sufrimientos menta-
les cuyo dolor no sienten, corren el riesgo de que sus
hemorragias psíquicas pasen inadvertidas.
Este sistema psíquico da al yo una fuerza de robot
programado, infalible, para conservar la vida psíquica,
pero al precio de una inevitable muerte interior. El Otro
es desacreditado como si la muerte emanara de él. Esta-
mos en pugna entonces, en la aventura analítica, con
una fuerza de anti-vida, fuerza que trata de reducir a
cero cada movimiento susceptible de despertar la vida
pulsional, de llevar al individuo hacia el Otro, fuerza
que lleva como nombre instinto de muerte.
214
Tal vez sea tiempo de preguntarnos en qué difieren
estos analizandos, parecidos a los pacientes psícosomátl-
cos, descritos por Marty, de M'Uzan y David (1963). En
su libro, L'investigation psychosomatique los autores
destacan los puntos siguientes: la singularidad de la
relación de objeto; la pobreza del diálogo; la ausencia de
síntomas neuróticos; las manifestaciones mímicas, gesti-
culaciones, sensoriomotrices y álgicas que aparecen en
lugar de los síntomas, una notable falta de agresión,
una forma de inercia que amenaza en todo momento la
prosecución de la investigación. Investigaciones poste-
riores de Fain y David (1963) señalan la escasa vida de
fantasía y onírica de estos pacientes psicosomáticos.
En nuestro analizando detectamos la mísma forma
de relación objetal así como la pobreza de lenguaje, la
ausencia de respuesta afectiva y la falta de actividad
fantasiosa consciente. Tras haber leído esos textos, aña-
diré la carencia de fantasías inconscientes (reprimidas)
que priva al sujeto de un capital psíquico colocado en
lugar seguro, y del cual dispondría para inversiones
ulteriores destinadas a mitigar las catástrofes ocasiona-
les de la vida.
En cuanto a los analizandos-robot, se distinguen en
dos puntos importantes de los pacientes psicosomáticos:
ante todo no presentan enfermedades psicosomáticas;i
no demuestran la típica inercia de la situación de entre-
vista observada en la investigación psicosomática; tam-
poco demuestran falta conspicua de agresión, por el con-
trario, la demuestran de una manera inadecuada.
En cuanto a la "somatización" del conflicto psíquico
se imponen varias observaciones. Cuando hablé de estos
l. Después de haber escrito este capít ulo, he observado que
muchos de estos pacientes sufren de modo intermitente de diversas
afecciones alérgicas, facilitadas posiblemente por factores similares
en la estructura psíquica.
215
pacientes con un colega experimentado en psicosomá-
tica, me respondió que se trataba de casos típicos y clási-
cos de enfermos psicosomáticos. Yo protesté: mis pacien-
tes no tenían manifestaciones somáticas. "¡Espera un
poco -respondió mi colega- y las tendrán!" Sin
embargo, si bien no me resisto a creer que tales anali-
zandos corren ese riesgo, quiero subrayar que no están
definidos por ello. Para utilizar una analogía un poco
esquemática, imaginemos que yo trate de definir qué es
un perro, y que me respondan que es un animal que
tiene pulgas; puedo objetar que mi perro no las tiene. Si
me replican que ya las tendrá, debemos reconocer que
siguen sin explicarme qué es un perro. ¿Qué es un
"paciente psicosomático"? Si aquel arquitecto cuarentón
a los sesenta y cinco años tendrá un infarto de miocar-
di o, ¿seguirá tratándose de un enfermo psicosomático?
¿Al fin de cuentas, no nos moriremos todos de una enf er-
medad psicosomática?
También podemos preguntarnos si los "normales"
-la gente que jamás pensaría en emprender un análi-
sis- están más expuestos a los riesgos psicosomáticos
que el neurótico.
La inercia que despliegan en las entrevistas iniciales
los pacientes psicosomáticos no se descubre en los anti-
analizandos en su contacto inicial con el analista. Al
contrario, se encarnizan en defender su causa y en ser
aceptados como pacientes. La inercia se hace sentir tar-
díamente en el curso del proceso analítico que es bien
discernible en la falta de respuesta a las interpretacio-
nes tentativas o cuando se invita al paciente a imaginar
situaciones que pueden tener relación con sus conflictos.
Frente a la nada en que caen las interpretaciones de
cualquier orden, he solido ofrecer fantasías personales o
crear escenas imaginadas según los datos anamnésicos
proporcionados por el paciente. Habitualmente tales
216
--
intentos son rechazados por absurdos o fantasiosos. De
otro modo, tienen como efecto el desencadenamiento de
una breve floración de imágenes en el analizando, pero
s.v,:;:; esfuerzos son los de un despertador descompuesto:
si lo sacudimos, va a hacer "tic tac" durante un minuto,
pero volverá a detenerse inmediatamente; sólo la ilusión
hace creer que se ha arreglado. En cuanto al factor de
inercia, es el analista quien se agota para tornarse final-
mente inerte. Su insistencia y su determinación en
interpretar, identificar, interrogar, innovar y finalmente
en esforzarse para poner en circulación un movimiento
analítico finalmente llegarán (y con motivo) a ser senti-
dos por el analizando como una persecución. Son
momentos potencialmente fecundos, pero los insights
ganados tienden inmediatamente primero a borrarse y
más tarde a negarse. El analista, que durante un breve
instante ha logrado ser percibido como Otro, como po-
seedor de una realidad psíquica propia y de un espacio
psíquico diferente, es reabsorbido en el mundo psíquico
del paciente.
A manera de ejemplo he aquí una última secuencia
del análisis de la señora O Un día en que ella lloraba y
se irritaba contra las injusticias reservadas a las muje-
res, yo le había dicho que ella sentía el hecho de ser
mujer como una amenaza indecible y que sufría por esa
razón. "¡No, de ninguna manera! ¡No estoy de acuerdo!
No es mi problema personal, es el de todas las mujeres",
me replicó. Pero esa misma noche soñó que estaba
mirando sobre un escenario a una jovencita sólidamente
sostenida por dos mujeres "colosales". Estas gigantas
intentaban introducir por la fuerza en Ja garganta de la
joven un enorme huevo, sanguinolento y resbaladizo;
este objeto repulsivo era al mismo tiempo una toalla
higiénica manchada de sangre. La señora O observó a
un interlocutor indeterminado e invisible que la joven
217
iba a tener su regla. Entre todas las interpretaciones
que tal sueño puede sugerir, en primer plano vemos una
castración materna figurada por las poderosas mujeres
colosales que atacan a la joven para hacerla sangrar
correctamente. Esta es una castración de tipo oral
sádico y arcaico, una situación de "alimentación for-
zada". Al mismo tiempo, el acceso a la sexualidad feme-
nina adulta se descubre como una incorporación anal
brutal y repulsiva. Finalmente, el interlocutor descono-
cido a quien la señora O relata ese horror, es el analista,
a quien ella trata de convencer acerca de l a situación
miserable de las mujeres. Me limité a decir a mi
paciente que mediante la puesta en escena del sueño
ilustró la forma penosa como ella hubo podido sentir el
hecho de convertirse en una mujer. "¡De ninguna
manera! ¡Nunca me hará traga.r eso!", me dijo. Le hice
entonces la única interpretación que podía estar a su
alcance: que esas mujeres eran yo, que quería rellenarla
con mis interpretaciones, hacerle "tragar", reíntroyectar
todo lo que ella hubiera preferido no saber nunca. Esta
proposición fue examinada durante un momento, pero Ja
señora O la halló impensable. Todo eso era el fruto de mi
imaginación, me lo hacía comprender claramente.
Aun cuando fueran capaces de "pensar más profun-
damente" su problemática y sus penurias, la estructura
psíquica defensiva de estos analizandos querría ocultar
sus afectos destruidos, sus deseos perdidos, su vida inte-
rior desfigurada. Se terminó para siempre. Han extraído
el núcleo palpitante de su conflicto con los otros, no
queda más que la corteza, impenetrable al dolor. En
adelante su mundo objetal se compondrá de personas
que cumplirán funciones bien definidas, y a falta de
ellas, todo objeto será remplazable.
¿Qué ocmTe con el analista que asiste a este proceso
paralizante ante el cual él se halla reducido a la impo-
218
-
tencia? Sufre, por supuesto, pero a menudo me he pre-
guntado por qué esos análisis son vividos tan dolorosa-
mente por el analista. El hecho de que un analizando
tal, a causa de su estructura, se resista a que hagamos
con él un trabajo creador, no es una razón suficiente.
Hemos visto cosas peores, y además tenemos Ja costum-
bre de proteger a nuestros anaHzandos contra nuestra
ambición terapéutica. Nuestro desconcierto va más allá
de la cuestión del fracaso y de la herida narcisista. Es
cierto que nuestras interpretaciones, lejos de volver a
lanzar el discurso, caen en un abismo sin fondo, cosa
que nos amenaza en nuestra identidad de analistas.
Pero también así se trata de un problema familiar plan-
teado por otros analizandos que se resisten salvajemente
contra el trabajo analítico. En este tipo de paciente, a
todo ello se añade una razón que me parece más especí-
fica. Nuestros intentos de identificar las diferentes
dimensiones de su enigma oscuro son vivamente recha-
zados, por supuesto, pero precisamente allí surge un
aspecto contratransferencial de la relación que supera el
sentimiento de decepción y de impotencia. El analista no
puede evítar identificarse con el yo (moi) de sus anali-
zandos ni con sus objetos internos. Y tampoco puede evi-
tar sufrir de manera introyectiva lo que ha sido sufrido
por el otro. Los objetos de observación del analista, difí-
ciles de detectar, pueden captarse sólo a través de la
contratransferencia. Detrás del discurso, y a menudo
negados por la palabra, se ocultan la angustia, el miedo,
el amor, el odío. Estas emociones no tienen forro a ni
color, y nos es forzoso captar su esencia introyectiva-
mente, a través del contenido manifiesto que nos dan
nuestros enfermos. Ante el analizando-robot, insensible
a su propio dolor, el analista no puede evitar decirle que
sangra, que sus miembros se están partiendo, y que se
está dejando morir por una causa desconocida. Esta
219
lucha con Ja muerte emprendida con armas desiguales
da a la vivencia contratransferencial una dimensión
insoportable y contra la cual el analista trata de prote-
gerse. No basta con decir de tal paciente, encogiéndonos
ligeramente de hombros, que es problema suyo; lo que-
ramos o no, es también nuestro problema.
Queda intentar comprender, con Jo que nos es propio
-nuestro afecto contratransferencial de dolor y angus-
tia-, qué ocurre en esos pacientes. Cualquiera haya
sido su historia personal, hacen pensar mucho en los
niños estudiados por Spitz y por Bowlby, que en realidad
han perdido precozmente contacto con un objeto paren-
tal, o que han sufrido experiencias de abandono, muerte
u hospitalízadones. Según las investigaciones muy
conocidas de Bowlby y de su equipo, esos niños, después
de un período de protesta y de cólera, se vuelven depre-
sivos, se encierran en sí mismos durante un período
variable, y finalmente salen habiendo olvidado aparen-
temente el objeto amado esencial que ha estado ausente.
En adelante, en los casos más graves, el niño catectiza
excJusivamente los objetos inanimados, y por consi-
guiente únicamente las personas que le dan cosas van a
contar para él. Desgraciadamente, Bowlby, que describe
tan bien el comportamiento objetivo de estos niños para
nuestros propósitos no se ocupa de los procesos intrapsí-
quicos implicados en la maduración de la relación obje-
ta!. Su modelo "de apego", fruto de una observación
minuciosa, deja que desear en el plano de la economía
libidinal. El niño pequeño, por su propia inmadurez, no
puede elaborar un duelo; su necesidad imperiosa del
objeto no le permite introyectar y recuperar un objeto
que se esquiva sin cesar, o que está perdido definitiva-
mente. En su lugar creará negaciones masivas, despla-
zamientos y distorsiones en el proceso identificatorio,
una descalificación del mundo de los vivos, con todo el
220
peligro que ello implica de un vuelco contra sí mismo de
la agresividad, y finalmente, de una trayectoria suicida,
mortífera. A este ahogo de los vínculos vitales con el
exterior se añaden el riesgo de un empobrecimiento
ohjetal interior, y por consiguiente, un desinterés por la
vida fantasiosa.
Los         se parecen a esos niños de
duelo; como ellos, parecen haber momíficado sus objetos
internos (sean objetos buenos o malos). Las experiencias
que puede aportar "el exterior" no hallan un lugar sim-
bólico interno, y quedan así desprovistas de carga afec-
tiva.
Aquí llegó a la tercera área de divergencia con los
pacientes típicamente psicosomáticos·. la ausenc1a de
agresividad. Al respecto, los anti-analizandos se aseme-
jan más a los niños dolidos en la primera fase de su ciclo
de separación. En los analizandos-robot queda, a pesar
de todo, una parte de hostilidad que han logrado proyec-
tar sobre los demás. El encono que expresan constante-
mente nos demuestra que, en eso por lo menos, el Otro
ha podido ser representado como un contenedor valioso,
aunque sólo fuera un cubo de basura. Esto puede hacer
pensar en la función de "pechos-toilette" descrita por
Meltzer (1967); pero debemos subrayar que en los enfer·
mos de quienes estamos hablando parecen incapaces de
establecer un intercambio "nutricional"; su apego pro-
fundo y, en cierto sentido, positivo con sus objetos odia-
dos es inconsciente. Su cólera manifestada consciente-
mente mantiene un vínculo afectivo con su objeto, y es
quizás una de las razones por la cual estos pacientes se
esfuerzan por mantener una relación de enojo crónica
con el mundo que los rodea. Sus quejas y su agresividad
contra el prójimo a menudo son consideradas equivoca-
damente un sufrimiento psíquico. En su lugar, esta
forma de relación sería percibida mejor como una
221
barrera contra la autodestrucción, como una valla que
protege de un vacío aterrador donde la identidad del
sujeto corre el peligro de hundirse, de producir la
muerte psíquica.
La actividad constante de estos analizandos puede
comprenderse como una forma de defensa maníaca, aun-
que poco estructurada, es decir, como una defensa con-
tra una depresión nunca elaborada, y de la cual el sujeto
ignora su existencia. El corte que se ha instalado precoz-
mente entre él y el Otro significativo destruye no sola-
mente la catexia libidinal sino al mismo tiempo todo
deseo de explorar, de comprender, de saber. Es la muerte
de la curiosidad. El niño saqueado ya no quiere captar
ni comprender; ni ver ni saber. Nunca más empleará su
pensamiento para buscar lo que ocurre en el interior de
sí mismo ni lo que ocurre en el mundo oculto de los
otros. El "continente negro" de Ja mujer no le interesa.
La pasión espistemofílica del niño pequeño por "meterse
adentro" y tomar posesión de lo que ocurre en el interior
de su madre, o de lo que ocurre entre padre y madre, se
ha perdido, está excluida, abolida. El libro maravilloso
de las fantasías y de los pensamientos que constituyen
Jos vínculos entre el ser y el Otro se ha cerrado firme-
mente. En su lugar están las reglas de conducta, y en
relación operatoria con el mundo exterior.
Notemos, al pasar, que estos cortes violentos cuyos
estragos comprobamos en esos analizandos, coinciden
con lo que Bion (1963) ha descrito como "castración del
Yo" o "castración del sentido" -el fenómeno de "minus-
K", de la representación despojada, de un pensamiento
con el cual no podemos pensar más allá. Esta noción
coincide con el concepto de "forclusión" elaborado por
Lacan (1966) y también con el concepto descrito por
Freud como "un repudio fuera de la c:i encia", es decir
fuera de toda posibilidad de ser simbolizado que, al con-
222
trario de la represión, trata los hechos psíquicos cuestio-
nados como si no existieran, y los deja.
Pero el anti-analizando no es un psicótico. La rene-
~ Í ó   de su separatividad psíquica no está compensada
con delusiones; estos pacientes permanecen excesiva-
mente apegados a la realidad externa pero a condición
de que los vínculos afectivos con otros se mantengan sec-
cionados y rigurosamente controlada la interpenetración
de ideas. Con ello el paciente tiene la esperanza de pro-
tegerse de una herida intolerable, pero al precio de cor-
tar todo lazo que pueda introducirlo en los circuitos del
deseo y la órbita de deseos, temores y rechazos de otros.
No nos sorprende que en la situación analítica la trans-
ferencia está destinada a morir al nacer.
Pero permanece la ira, la irritación y la continua bús-
queda de enemigos ficticios que serán culpados por traición
y abandono de los objetos primeros. A su turno, el analista
se convierte en ese enemigo del que hay que cuidarse.
¿Tenemos derecho a intentar desmenuzar e interpre-
tar este encono tan precioso? Es una pregunta que dejo
sin respuesta. De todas maneras, el analizando-robot
gana el partido; estos daltónicos del afecto, por su
misma frialdad, llegan a apagar el fuego del otro. En el
análisis terminan por quitar de nosotros, como de ellos
mismos, la curiosidad, el deseo de saber más. Es triste
comprobar que nos vuelven, como ellos mismos, indife-
rentes incluso a su dolor psíquico. Por otra parte, el anti-
analizando no pide más que conservar a cualquier precio
su vínculo con el objeto de odio, pues este objeto perse-
guidor, parte proyectada de sí mismo, es un receptáculo
para algo vivo, y un lugar vital de su identidad. ¿Y acaso
no nos pide, en cuanto al resto -su dolor inconfesable
por estar descalificado- , que conservemos nuestro
sufrimiento para nosotros mismos? ¿Finalmente es ése
el triunfo de su proyecto analítico?
223
Sin embargo, esta respuesta no puede satisfacernos.
A pesar de todo, estos analizandos se aferran a su aven-
tura analítica, insisten en querer mostrar al analista
cuán ineficaz es. A título hipotético, sugeriré que estos
pacientes se aferran a la esperanza de que en algún
lugar de su interior existe un universo escondido, una
mente inconsciente, otra manera de pensar y sentir
acerca de ellos y de los otros. Aun cuando el paciente no
lo crea sabe que su analista lo cree, y se aferra a esa
mínima fuente de esperanza.
224
......
7. LA CONTRATRANSFERENCIA
Y LA COMUNICACION PRIMITIVA
Ciertos pacientes narran o reconstruyen en análisis
acontecimientos traumáticos de su infancia. La cuestión
planteada es la siguiente: ¿puede el analista tratar este
tipo de material de modo diferente a otras asociaciones
que produce el paciente? ¿Y si es así, cuáles son esas
diferencias?
Esta cuestión se complica singularmente cuando nos
hace falta distinguir entre el efecto de una catástrofe
real y los efectos indelebles de esos traumas universales,
inherentes al psiquismo humano, que son el drama de la
alteridad, de la sexualidad, y de la ineluctable mortali-
dad del hombre. Un hecho no podría juzgarse traumá-
tico más que en la medida en que hubiera tornado más
difícil que de costumbre el enfrentamiento y la reso1u-
ción de esas "catástrofes" que estructuran la realidad
psíquica de cada uno. Para definir mejor mi tema, el
cual se centra en el trauma psíquico precoz, es oportuno
hablar ante todo de los hechos traumáticos sobrevenidos

en la vida \le] niño, después de la adquisición del len-
guaje. En un primer tiempo estos hechos fuera de serie
225
se presentan en el discurso analítico como un relato con-
tra el cual chocamos y no como un pensamiento que
podría elaborarse psíquicamente.
Por ejemplo, ese paciente cuya madre se ha matado
en un accidente automovilístico, manejando su propio
coche, cuando el niño tenía seis años. El padre, aunque
cálido y muy presente, era descrito como alcohólico e
irresponsable. En el discurso del paciente, la muerte
brutal de la madre figuraba en primer lugar como la
explicación global y suficiente de todas sus perturbacio-
nes neuróticas. Desde el comienzo, el hecho desempe-
ñaba una función de coartada. En un segundo tiempo,
las asociaciones del paciente hicieron transparentar la
fantasía de que el accidente era en realidad un suicidio.
En lo imaginario del niño que estaba de duelo, las debili-
dades paternas habrían impulsado a su madre a come-
ter tal acto desesperado. Pero, poco a poco, el proceso
analítico llevó penosamente a la conciencia una fantasía
muy diferente: había sido él, el niño, el responsable de
esa muerte trágica. Había querido tomar el lugar de su
madre para disfrutar él solo del amor cálido del padre.
En función de un pensamiento mágico había causado la
muerte de su madre. Fuera cual fuese la verdad de su
muerte, la única realidad con la que el psicoanálisis
tenía que tratar era la siguiente: una realidad psíquica,
una fantasía infantil fundada sobre un deseo homose-
xual reprimido, ligado igualmente a un anhelo repri-
mido de matricidio, anhelo cuya culpa gravaba pesada-
mente la economía libidinal y la vivencia psíquica del
hijo. Lo real, al convertirse en aliado del mundo imagi-
nario del niño, había tornado difícil la resolución de los
deseos edípicos homosexuales y heterosexuales, y de la
crisis edípica del jovencito. A través del trabajo psicoa-
nalítico fue posible interpretar el hecho trágico como si
se hubiera tratado de una proyección, surgida de la
226
-
-
l
¡
!
1
1
omnipotencia de los deseos infantiles. A partir de ese
momento se pudo retomar un trabajo de duelo y de iden-
tificación, trabados hasta entonces por las fantasías
reprimidas del muchacho. En lugar de un sentimiento
de mentira, de muerte interior, de temor frente a todo
deseo fantasioso, el paciente pudo crear un mundo
interno habitado por hechos y objetos vivientes, soporte
que con el tiempo fue adecuado para llevarlo al mundo
de los otros.
Aunque sea importante no confundir hecho real con
fantasías, hay que reconocer al mismo tiempo que el psi-
coanálisis no puede hacer nada para modificar los efec-
tos de los hechos catastróficos si no se vivencian como
fantasías omnipotentes; sólo entonces el analizando
puede poseer esos hechos como una parte integrante de
su capital psíquico, tesoro que ningún otro más que él
puede administrar. En otras palabras, nadie es respon-
sable de los rudos golpes que el mundo y los primeros
objetos externos le han hecho sufrir al niño pero cada
uno es el único responsable de sus objetos y de su mundo
internos.
Desde este punto de vista el hecho traumático tal
como lo hemos definido puede asimilarse a los recuer-
dos-pantalla, y no difiere de ese "real" del entorno a par-
tir del cual todo niño ha sido ayudado o entorpecido en
su intento por acomodarse a las realidades humanas. Si
los síntomas neuróticos se construyen a partir de la
palabra y de las actitudes parentales y de la interpreta-
ción que el niño hace de las comunicaciones silenciosas y
verbales de sus padres, también pueden construirse a
partir de su interpretación y de su elaboración psíquíca
de un hecho traumatizante.
A la larga, el modo de tratar el analista los hechos
traumáticos, no difiere del que aplica en los conflictos
neuróticos intrapsíquicos. Desde el punto de vista de la
227
contratransferencia, sólo advierte el peligro de confun-
sión complaciente hacia el paciente, mientras tiene
lugar el hecho trágico. ¿Ocurre lo mismo en las expe-
riencias traumáticas que se presentan antes de adquirir
el pensamiento verbal y la comunicación por medio de
signos? Debemos subrayar además que sólo pueden tra-
tarse de "comunicaciones" en la medida en que esos sig-
nos son oídos por Otro. Por eso la primera realidad para
todo niño es precisamente el inconsciente de su madre.
Pero las huellas de esta primera relación no están depo-
sitadas en el preconsciente como los elementos que for-
man parte de la cadena simbólica verbal. Como jamás
han ocupado un lugar en la cadena simbólica, estos ele-
mentos preverbales no pueden hallar una expresión en
la fantasía reprimida y por consiguiente se hallan en la
imposibilidad de retornar y de obtener una realización
parcial en el síntoma neurótico. Los fenómenos traumá-
ticos del infans (cuyo significado es "no habla") tienen
que ver con la represión primaria. Frente al dolor psí-
quico, el lactante halla su equilibrio narcisista, si la
relación materna lo permite, mediante defensas arcaicas
del orden de la introyeccíón-proyección, de rechazo, de
alucinaciones y de la escisión. Debe observarse que en
esa época el sufrimiento psíquico no se distingue del
sufrimiento físico, hecho evidente en las comunicaciones
psicóticas y en las manifestaciones psicosomáticas. Si el
niño hablante interpreta lo que le dice su madre, el lac-
tante, conectado directamente al inconsciente materno,
en cierta medida hace una traducción simultánea de los
mensajes conscientes e inconscientes de sus padres. La
capacidad de captar el afecto de otro precede a la adqui-
sición del lenguaje y el niño no puede sino reaccionar
ante la vivencia afectiva de su madre, mientras que la
capacidad de la madre de captar las emociones de su
hijo y de responder a Jas mismas, depende de su deseo
228
--
de dar un sentido a sus gritos y a sus gestos. Fuera de lo
que representa para su madre, el niño no tiene una exis-
tencia psíquica: fuente de vida para su hijo, la madre es
también su aparato para pensar (Bion, 1970). Lo que
estamos diciendo propone explicitar el rol de evento
traumatizante que puede jugar la relación madre-hijo
en esta fase precoz de la vida y que se puede manifestar
en una crisis en la relación psicoanalítica. La carga de
esto puede recaer en el analista que se verá en la posi-
ción de la madre, obligado a descodificar o significar los
mensajes desarticulados infantiles del paciente. Si bien
es cierto que este vínculo entre analista y analizando
está siempre presente al que podemos llamar transfe-
rencia fundamental, debemos añadir que no hay ningún
motivo para privilegiar su análisis mientras el discurso
del paciente se proponga comunicar sus afectos y sus
pensamientos con todos los mensajes inconscientes que
esta comunicación oculta a la escucha analítica. Pues
bien, en ciertos analizandos la palabra es utilizada de
una manera no asimilable a la que le es propia en el dis-
curso asociativo. Al mismo tiempo suele ocurrir que
tales discursos provoquen cierto estado afectivo en el
analista sin que el discurso implique en sí un material
apto para movilizar ese afecto. La cuestión es saber
cómo comprender y usar el afecto contratransferencial.
Espero poder demostrar que eso suele depender del
hecho de que el paciente utiliza su lenguaje como un
acto; sin que él lo sepa, y sin que tampoco nosotros lo
sepamos, a través de su palabra y no gracias a ella y a
su sentido latente; está revelándonos los efectos de una
experiencia catastrófica, sufrida en su vivencia relacio-
nal precoz en un momento en que él era incapaz de con-
tener y de elaborar psíquicamente lo que experimen-
taba. Tal vivencia puede dejar huellas simbólicas, por
supuesto, pero estas huellas a menudo no son más que
229
sígnos inscritos en el soma, o sólo dejan adivinar su pre-
sencia al que puede captarlas en las incoherencias y los
blancos que provocan en el registro del pensamiento. De
este modo, en la relación analítica se vive en negativo
un drama hasta ese momento indecible. Se descubre que
todo vínculo con una emoción, con una situación o repre-
sentación que amenaza con hacer revivir la situación
catastrófica original, inmediatamente es roto, evacuado
de la psique, de tal manera que el sujeto sufre una ver-
dadera perturbación en el 'proceso del pensamiento o
bien puede funcionar como un robot. El sujeto no sabrá
dejar el espacio necesario para captar estos pensamien-
tos inconscientes; una vez rechazado fuera de sí s u
esbozo de afecto o de representación, muy a menudo
pasa sin transición a comportamientos actuados que
enmascaran el vacío dejado por el rechazo, y que, sin
duda, cumplen también una función de descarga de ten-
sión, que podríamos llamar "acción-sintonía". En este
sentido será un acto sintomático y, por ende, una "anti-
comunicación". Este material perdido detrás de "accio-
nes síntomas" alcanzan expresión simbólica, por ejem-
plo, en los sueños, pero no estimulan las asociaciones o
los afectos.
He aquí un sueño de un paciente a quien la realidad
interna le mostraba que habían sido destruidos ciertos
fragmentos de la misma, o que jamás habían encontrado
un sitio en el registro simbólico: "Me encontraba en mi
ciudad natal. En realidad es muy pequeña, pero en mi
sueño era inmensa. No había nadie. Las casas vacías.
Calles desiertas. Incluso los árboles estaban muertos .. .
Me desperté sobresaltado. Creo que había otras cosas,
pero las he olvidado, ¡a causa de mi mujer! Nos pusimos
a discutir violentamente por una tontería cualquiera
inmediatamente después".
Ninguna asociación siguió a este sueño. El hecho de
230
    · ·                 ~   ·   ·         ·       ·                         ·   · ·                
haberlo contado era suficiente para hacerle perder la
importancia que hubiera podido tener para el paciente
(sueño que al mismo tiempo produjo en el analista una
sensación de extrañeza y de tristeza). La angustia del
analizando se esfumaba para no dejar más que un vago
recuerdo. En cambio, la discusión con su mujer, terna
frecuente en él, lo seguía llenando de cólera ... sorpren-
den te contraste con la desolación desplegada en el
sueño. Ya habíamos podido comprobar que el paciente se
sentía "vivo" cuando mantenía relaciones teñidas de
hostilidad con los que lo rodeaban. Puede ocurrir que
este analizando revele la existencia de un vínculo entre
el afecto depresivo figurado en el sueño y esa forma de
relación con el prójimo, lo que desde el punto de vista
económico remitirá a una negación de su depresión. Que
el paciente en cuestión haya sufrido situaciones traumá-
ticas en su primera infancia no deja ninguna duda para
él ni para mí, pero esa vivencia psíquica tampoco deja
ningún recuerdo. Lo que hay que descubrir no se
encuentra en ninguna parte en el sujeto pensante. La
"catástrofe" interna que atacó su capacidad de pensar y
de elaborar sus afectos sólo puede adivinarse a través de
sus actos, actos que aún no son traducibles en pensa-
mientos ni en comunicación.
Para ciertos pacientes es la palabra misma la que
en el interior de la situación de análisis se convierte en
ese acto, un discurso que no trata de comunicar algo al
analista sino de hacerle sentir algo, "algo" que aún no
tiene nombre, y del cual él mismo no es consciente. Es
el analizando que dirá: "'¿Por qué no dice usted nada?
¿Cómo puedo saber que sigue habiendo alguien? ¡Da lo
mismo hablar a una pared!", etc. Es evidente que cual-
quier paciente puede entregarse a reflexiones de este
tipo, pero el neurótico da por sentado que se trata de
una dímensión infantil de sí mismo que estalla contra
231
las frustraciones de la situación, mientras que un
aspecto más maduro cuestiona es.a relación y trata de
comprender su significado para su historia personal y
olvidada. Ahora bien, los pacientes de quienes hablo no
pueden tomar suficiente distancia para observar este
fenómeno, y son incapaces de examinar la significancia
subyacente de su transferencia. Se sienten constante-
mente enojados o deprimidos con el análisis y desespe-
rados por un sentimiento de estancamiento. Esa inti-
mación al analista para que éste interprete en un
contexto donde en apariencia no hay material interpre-
table es un signo que nos dice que el analizando está en
pugna con un pensamiento que se esquiva y que deja
sitio a tal malestar que él se aferra del analista para
retardar el surgimiento de las emociones desbordantes,
para detener la cadena asociativa, para poner un can-
dado al proceso analítico. En un segundo tiempo descu-
brimos que en esos momentos el paciente es presa de
tales sentimientos de angustia o de furor que ya no
puede pensar dentro de ese contexto. En su desespera-
ción ya no está seguro de estar acompañado por otro,
por un ser vivo que lo escucha y que lo sigue en su difí-
cil aventura analítica.
En este tipo de relación el analista suele tener la
impresión de estar solicitado sin tregua, y al mismo
tiempo advierte que ya no funciona adecuadamente
como un analista. En realidad está a la escucha de una
comunicacíón primitiva, en el sentido en que se podría
decir que un niño que profiere alaridos está comuni-
cando algo a alguien.
Partiendo de estas premisas surgen dos proposicio-
nes:
-En los pacientes que ofrecen este tipo de comuni-
cación es lícito inferir la existencia de una secuela de
232
--
trauma psíquico que exigirá un manejo particular del
tratamiento.
-Este "discurso-pantalla", impregnado de mensajes
no elaborados verbalmente, debe ser captado en primer
lugar sólo a través del nacimiento del afecto contra-
transferencial.
Para ilustrar mejor lo que estamos tratando, voy a
recurrir a un ejemplo clínico. Este fragmento analítico
que ya tiene quince años, no es de los más elocuentes
para demostrar lo que quiero poner en evidencia, pero es
el único sobre el cual he tomado notas en el momento
mismo, y en un punto en que yo ya no comprendía el
sentido del discurso de mi paciente. Luego, me ha ocu-
rrido a menudo oír el mensaje oculto de tales comunica-
ciones, y así pude establecer un mejor contacto con la
dimensión arcaica de la estructura del paciente, y gra-
cias a ello pude aprender del analizando lo que señalo a
continuación.
Annabelle Borne tenía cuarenta y cuatro años y once
años de análisis cuando me fue derivada por un colega.
Al cabo de su última entrevista con él, la señora Borne
le había pedido la dirección de una analista mujer. Me
enteré de que ya había hecho tres análisis; el primero se
había terminado después de tres años por iniciativa de
la paciente: su analista estaba encinta, y este hecho le
resultaba insoportable. Retomó el análisis con un hom-
bre durante cinco años, experiencia que ella considera
provechosa: hasta ese entonces había vivido en una
dolorosa soledad, pero luego pudo tener relaciones
sexuales por primera vez y casarse a los cuarenta años
con un hombre que ella estima mucho y con el cual com-
parte intereses intelectuales. Aunque no era frígida, las
relaciones sexuales no le interesaban. En parte por esta
233
razón, pero también a causa de una sensación de vivir al
margen en relación con los demás, ella se dirigió a otro
analista varón, el cual, al cabo de tres años de análisis,
le habría dicho que era "inanalizable". Por razones difí-
ciles de dilucidar, Annabelle pidió a este analista que me
confirmara por escrito su diagnóstico, cosa que él hizo. A
pesar del veredicto del tercer analista, ella deseó conti-
nuar con el análisis. Durante 11uestra segunda entre-
vista me explicó los motivos iniciales para buscar el aná-
lisis. No se sentía "verdaderamente" viva y encontraba
que la gente era incomprensible. A los nueve años, había
sido violada por un hermano, seis años mayor que ella.
Durante muchos años consideró que este hecho era la
explicación suficiente para su dificultad de vivir. Hoy
sabe que no es nada de eso, y que los problemas se
sitúan en el interior de ella misma. Me confió que tenía
pocas esperanzas de encontrar un analista que le convi-
niera; no le había gustado el doctor X que me la había
derivado, y yo tampoco le gustaba. De todas maneras me
pidió que retomara su análisis a pesar de su descon-
fianza hacia mí. En cambio, a mí me había caído simpá-
tica, su historia me intrigaba y su franqueza más bien
me había gustado. Algunos meses más tarde, comenzá-
bamos nuestro trabajo juntas, análisis que iba a exten-
derse durante cuatro años.
El primer año fue fácil para ella y para mí. Para ella
porque nada de mí le gustaba: mi silencio la exasperaba
y aún más mis interpretaciones; mi consultorio, mis
muebles, mi forma de vestir, mis flores provocaban sus
constantes críticas. En cuanto a su entorno, ella lo acusó
de manera general de falta de tacto, de solicitud, de
generosidad. En la guardería que frecuentaba su hijito,
no halló la cooperación que esperaba. Juntas buscamos
en vano las razones de esta repetición interminable
tanto en la relación analítica como en toda otra parte.
234
-
Ciertas interpretaciones que un día parecían abrir un
camino prometedor, al día siguiente se revelaban estéri-
les o provocaban burlas en mi paciente desencantada. Yo
era juzgada ora indiferente a su dificultad de vivir, ora
incompetente para ayudarla y para comprenderla. Un
día le señalé que ella me vivía como una madre decep-
cionante que no podía o que no quería ayudar a su hija a
comprender la vida, ella replicó que yo me parecía exac-
tamente al "mono de felpa" de Harlowe, referencia a las
célebres experiencias de este investigador con los chim-
pancés criados por una madre ficticia. (Estos monos se
destacaban por incapacidad para relacionarse con otros
monos y por sus expresiones extemporáneas de furor.)
Además, mi paciente me acusó de un optimismo ri-
dículo en mis esfuerzos persistentes para comprender su
doloroso problema. Yo también comenzaba a creer que
en cuanto analista no valía más que un mono de felpa,
dada la utilización reducida que ella parecía poder hacer
de mí. Algunos días más tarde me convencí de ello. Ese
día ella encontró otra metáfora para expresar su descon-
tento y su irritación hacia mí. Había leído los experi-
mentos de Konrad Lorenz: que los patitos que pierden
precozmente a su madre siguen simplemente a un
zapato viejo, y demuestran a ese sustituto grotesco la
misma devoción y afecto que hubieran sentido por una
verdadera madre. Le dije que ella esperaba de mí que
me convirtiera para ella en una madre verdadera , y me
contestó: "Yo nunca he esperado nada de nadie. Pero
usted es peor que nada. No solamente no mejoro, sino
que todos mis problemas continúan e incluso algunos
empeoran. Además, esto cuesta dinero, por lo que toda
la familia sufre las consecuencias. Sin usted, podríamos
irnos de vacaciones al sol. Vengo regularmente por desa-
gradable que esté el tiempo y por imposible que sea
estacionar el coche en este barrio ... Estoy harta de los
235
l
1
analistas ... Harta de usted, de su consultorio, de sus
cabellos rubios, ¡de sus flores! A usted yo le importo un
bledo ... Ni siquiera tiene el coraje de decirme que este
análisis no sirve estrictamente para nada". Y así sucesi-
vamente hasta el final de la sesión. AJ salir, echó una
mirada fastidiosa a un jarrón lleno de flores, y arrojó
una última frase furibunda: "¡Los que aman las flores
deberían ser floristas, no psicoanalistas!".
Hasta aquí la actitud negativa de Annabelle Borne,
sin dejar de fatigarme, también me había llevado a inte-
rrogarme sobre la eficacia de la técnica analítica clásica
para una paciente desprovista de insight y de voluntad
para analizarse. No obstante, se sentía muy mal. Yo
estaba preparada para seguir con la esperanza de descu-
brir el verdadero objeto de su enorme rabia y frustra-
ción. La sesión había sido no muy diferente de las de los
días precedentes, pero esta vez su discurso me deprimió.
Su estado se agravaba, su cooperación analítica, nunca
fuerte, se había reducido a la nada; ella gastaba tiempo
y dinero para obtener pocos resultados y lo que es más,
me acusaba de no tener coraje para decírselo ... Cuanto
más pensaba en ello, más me parecía que ella tenía
razón en querer interrumpir el tratamiento. Para
librarme de un sentimiento de molestia hacia ella, tomé
notas sobre la sesión e hice un resumen de nuestro año
de trabajo con la esperanza de ver con más claridad en
su mundo inasible.
Sus padres, tal como ella los presentaba, er an perso-
nas típicas de clase media, un padre fuerte y admirado,
una madre artista, imagen vaga y narcisista. Por
supuesto, estaba la cuestión de su hermano, ese her-
mano seis años mayor que ella, que la había violado
cuando ella tenía nueve años; nunca se había atrevido a
decírselo a su madre que adoraba a ese hijo varón, ni a
su padre, porque ella se sentía culpable del hecho. Sus
236
1
1
largos años de análisis le habían enseñado que ella
había vivido la violación como un incesto con el padre,
cuya realización por poder ella deseaba, a pesar del
efecto traumático. Ciertamente, en los análisis anteiio-
res se había hablado mucho de su envidia del pene como
causa primera de su rencor y de su dificultad de vivir.
También se quejaba amargamente de la marcada prefe-
rencia que su madre demostraba por el hermano, y de la
vida fácil que ella le atribuía comparada con su "difícil
existencia". Pero en su ano de análisis conmigo, no me
había proporcionado un material apto para que explota-
ran otras interpretaciones de este tipo: todo parecía cen-
trado sobre la impresión de que ella jamás podría ser
igual a su madre, talentosa, amada por el padre, posee-
dora de atributos secretos. Un recuerdo-pantalla retor-
naba cada tanto, un recuerdo que ella había hallado en
la época de su primer análisis: niñita de cuatro o cinco
años, Annabelle "veía" los senos de su madre, plenos,
con "una savia verde" que desbordaba del pezón. Este
fantasma-recuerdo la llenaba de angustia. Mi intento
por vincular la savia verde, ¿savia de la vida? ¿verdor de
la muerte?, con mi palabra decepcionante y con todo lo
que ella esperaba o temía de mí y del análisis, no nos
había llevado a ninguna parte. Mi búsqueda de un sen-
tido latente en su discurso manifiesto era sentida por
Annabelle como un intento por negar las injusticias que
ella había sufrido durante toda su infancia y aquellas
que seguía sufriendo en su vida cotidiana.
Mis intervenciones habían fracasado en el intento de
movilizar el interjuego de los procesos primarios y
secundarios que son la marca de un análisis que fun-
ciona. En cuanto a la transferencia, todos los intentos de
hallar algún significado en ella eran despachados de
prisa. Yo no dudaba de que ella me vivenciaba como una
madre mala, casi muerta, y que, junto con el mundo
237
exterior que la trataba tan mal, ocupábamos el lugar de
su hermano envidiado, nutrido con la savia verde del
amor materno, del que se sentía privada. Pero un año de
trabajo me había demostrado que Annabella no quería
nada y se aferraba a su ira y a probar que no se podía
hacer nada.
Después de haber recorrido las cuestiones abruma-
doras que ese análisis provocaba en mí, al día siguiente,
no sin cierta culpa, decidí hablarle de una eventual ter-
minación de su análisis. Después de todo, pensaba, no
soy el primer analista que la ha encontrado "inanaliza-
ble".
Muy puntual, como siempre, ella se echó sobre el
diván con una expresión en el rostro desacostumbrada,
casi alegre, y comenzó a hablar de inmediato:
"No recuerdo nada de lo que le he di cho ayer. Lo
único que sé es que fue una buena sesión. Hice un mon-
t ón de cosas después."
Me oí responderle: "¿No se acuerda nada de nuestra
sesión de ayer?"
-¡Absolutamente nada!
-¿Qué es lo que le hace creer que fue "una buena
sesión"?
-Y bien, bajé la escalera canturreando. No es algo
que me ocurre con frecuencia.
Aún persistía en mí el sentimiento de infelicidad y
de búsqueda ansiosa después de esa misma sesión.
Entonces le pregunté si recordaba la canción que había
canturreado.
"Espere ... sí... era 'Aupres de ma blonde qu'il fait
bon, fait bon ... dormir'."
Su referencia irritante a mis cabellos rubios, la som-
bra de un deseo libidinal respecto de mí, el hecho de que
se había sentído tan bien después de la sesión mientras
que yo conservaba un sentimiento penoso, todo se reu-
238
nía en mi mente, y me decidí a decirle que yo guardaba
un recuerdo muy claro de nuestra sesión de la víspera,
en la cual ella había expresado cólera, descontento e
irritación. ¿Tal vez esperaba que yo me sintiera triste en
su lugar para poder irse contenta? Se sorprendió y me
respondió: "Y bien, creo que es cierto. Pero no sé por
qué. Lo único que sé es que a menudo me he dicho que
me gustaría verla llorar".
Entonces le formulé esta pregunta:
"¿Sería su llanto el que yo debiera verter?"
Durante el resto de la sesión Annabelle examinó esta
fantasía con una atención insólita en contraste con su
actitud habitual de provocación o decepción. Me di
cuenta de que muy raramente Annabelle expresaba sen-
timientos depresivos, y por primera vez descubrí que su
discurso de descontento, a pesar de su contenido, estaba
esencialmente desprovisto de afecto. Quizá su aparente
ira ocultaba una tristeza inexplicable.
La noche siguiente, ella tuvo un sueño: "En una
especie de carretilla me llevan a un puesto de policía.
Un gran cartel anuncia que la 'Sra. Luna es buscada por
asesinato'. Me empujan por un largo corredor, vasto
como un hospital. Estoy, pequeña, en una cama grande
con barrotes. Mientras voy, arrojo furiosamente trozos
de algodón hidrófilo al suelo".
Annabelle asocia a "la Sra. Luna" con la analista que
se supone "aclara 1 que es tenebroso", y luego aclara
que el nombre del sueño es un anagrama del nombre de
su madre. En cuanto a los trozos de algodón, recuerda
que cuando niña la gente decía que ella no lloraba nunca
cuando su madre, que se ausentaba frecuentemente,
dejaba a la niñita largas horas sola con pelotas de algo-
dón hidrófilo que ella chupaba frenéticamente hasta el
regreso de su madre.
"¿Dónde estaba ella? ¡Yo no tenía madre!"
239
Por primera vez en este análisis, Annabelle, "niñita
que nunca lloraba", estalló en sollozos: habría de llorar
durante todos los meses siguientes.
SOBREVIVIR ES FACIL. W DURO ES SABER VIVIR.
ANNABELLE BORNE
Dejo de lado los eslabones de asociaciones, las imá-
genes y las fantasías olvidadas que nos han permitido
descubrir en Annabelle Borne a una niña abandonada y
víctima de catástrofes en pugna con una madre omnipo-
tente aunque ausente; madre-seno de algodón hidrófilo
y a la cual ningún otro objeto transícional parece haber
venido a relevar. La íntroyección de una madre amante
y llena de atenciones y la identificación con ella se
habían detenido en este punto, privando a mi paciente
de la posibilidad de atender a sus necesidades, de ser
una madre para ella misma. Como en la situación analí-
tica, ella tenía exigencias mágicas y megalomaníacas
con respecto a los demás, a los que trataba como monos
de trapo. En Jos momentos de tensión no podía contener
ni elaborar psíquicamente su angustia. Descubrir en el
análisis los momentos en que Annabelle, lactante ávida
y furiosa, ocupaba toda la escena de su vida interior, y
poner a esta niña en aprietos en comunicación con la
Annabelle Borne adulta, nos tuvo ocupadas durante tres
años.
Si bien esas dos sesiones me abrieron un camino que
iba a permitirme comprender la manera de pensar, y
sobre todo de evitar pensar, de esta analizanda, y captar
los matices de su relación interna con ella misma (así
como de su relación con el mundo), con ella no ocurría lo
mismo. Annabelle me dirá más tarde que los dos años
que siguieron a esta fase del análisis la habían expuesto
240
a un sufrimiento cuya existencia ella ni siquiera sospe-
chaba. Sin embargo, esta elaboración de su dolor psí-
quico iba a conducirla a un cambio profundo que ella
calificará como su "renacimiento". Agreguemos que el
sufrimiento de esos af1os fue compartido y que me obligó
a un trabajo de vigilancia constante debido a su tenden-
cia a pulverizar sus pensamientos o sentimientos de los
que era consciente. Y de ningún modo yo estaba al abrigo
de 'sentimientos exasperados hacia ella, sobre todo
cuando trataba sistemáticamente de denigrar y de des-
truir el sentido de toda intervención que hubiera podido
modificar, aunque sólo fuera un poco, su vivencia pétrea
de aislamiento y de dolor. Al analizar mi propia perpleji-
dad llegué a descubrir que Annabelle se sentía humi-
llada por cada descubrimiento y por cada encrucijada de
su aventura analítica. En compensación, yo ya no estaba
perdida con ella en ese difícil viaje. Mi silencio casi cons-
tante durante nuestro primer año de trabajo, sin que yo
me diera cuenta había reproducido la imago materna
ausente, a la vez evanescente y perseguidora. Por esa
razón, AnnabeUe no me trataba como persona real sino
que me acordaba el status de un lactante voraz; no podía
concebir que yo tuviera pensamientos o deseos indepen-
dientes q1:e ella no pudiera controlar, ni aceptar que
estuviera ocupada con otras personas o cosas, situación
que creía que la dañaba. Esta exploración dolorosa de su
lucha nos permitió analizar su uso constante de la identi-
ficación proyectiva y el efecto inhibidor que elJo tenía
sobre su existencia dolorosa. En lugar de evacuar inme-
diatamente cada afecto o pensamiento penoso que podía
surgir en las sesiones, ahora podía contenerlos para ela-
borarlos y convertirlos en discurso. Durante tres años
(re)construimos paciente y penosamente el mundo psí-
quico desértico del bebé Annabelle. El analista-zapato
viejo del que uno no sabe cómo deshacerse, el analista
241
mono-de-trapo de pechos de algodón del cual uno no
puede nutrirse, se ha convertido en un objeto de transfe-
rencia, blanco de todos los anhelos infantiles arcaicos.
Cada objeto de mi sala de espera y de mi consultorio, el
más mínimo signo de mi existencía que indicara la pre-
sencia de otra gente, sobre todo de otros pacientes, cada
cambio de mueble o vestido, mis floreros, todo provocaba
su furor que no solamente era doloroso sino imposible
contener reflejar. Ambas necesitamos mucho tiempo para
sondear el pozo de odio y desesperación que se ocultaba
detrás de sus provocaciones de antaño. "Usted no puede
imaginar hasta qué punto la envidio, hasta qué punto
quisiera desgarrarla, hacerla sufrir."
A pesar del hecho de que mi existencia, en cuanto
ser separado con sus propias necesidades y deseos, era
para eJla un suplicio y una herida narcisista; ahora yo
formaba parte de su proceso analítico; yo era un simple
receptáculo para todo lo que a ella le resultaba muy
pesado contener, para todos los objetos claudicantes
cuya máscara yo debía llevar. Llegamos a comprender
que ella se sentía constantemente perseguida por mí,
como por todos los demás. Pero ni ella ni yo lo habíamos
advertido, su desesperación, que formaba parte de ella,
se había tornado indolora.
El material conflictivo más importante en esta etapa
de su análisis podría definirse apelando al concepto k l   i ~
niano de envidia. En lugar de quedar atrapada en los
celos y en el conflicto con el anhelo de triunfar sobre los
rivales por el amor de sus progenitores, buscaba la des-
trucción total del objeto perteneciente al Otro. A la luz
de esta comprensión, su relación sexual traumática con
su hermano tornó una significación nueva: ella poseía el
objeto adorado de la madre para destruirlo. Para
lograrlo, había hallado una solución no psicótica, sino
erótica. Annabelle llegó a revelar fantasías masturbato-
242
rias en las que ella imaginaba a su hermano inmovili-
zado mientras ella se entregaba a "torturas" variadas en
el pene de él, controlando así el goce que ella le suponía
en esa escena. El objeto-hermano estaba protegido de su
odio pues ese goce era buscado compulsivamente
mediante ataques infligidos contra su propio cuerpo. El
juego erótico servía igualmente para propósitos contra-
dictorios: manifestar y renegar al mismo tiempo su
deseo incestuoso, y de esta manera dominaba la expe-
riencia traumática. Ella era ahora el autor y el director
de escena del juego, el agente y no la víctima de esa vio-
lación sentida como una castración. Las renegaciones
contenidas en su fantasía erótica iban de la invalidación
de la escena primitiva madre-hijo, de la que ella estaba
excluida, a una renegación de su propia identidad feme-
nina. Una parte escindida de su ser jamás había asu-
mido su sexo. Cuando sus pares hablaban de la regla, se
burlaba de ellas. "Yo sabía que eso jamás me ocurriría,
que yo no era como ellas. Cuando perdí sangre durante
mi primera regla, creí que se debía a la masturbación.
Oculté el hecho durante dos meses."
En cuanto a este nexo de fantasía sexual y del juego
de la tortura del pene de su hermano, es evidente que no
se trataba de la envidia del pene tal y como lo entiende
el concepto freudiano, sino de una actitud ávida y des-
tructiva cuyas raíces debían buscarse en la. diferencia de
los sexos sino en la prehistoria de la niña Annabelle: la
savia verde de los pechos maternos inaccesibles reve-
laba aquí su papel. El "juego" expuesto de la castración
del hermano, que se tornaba yo-sintónico gracias a la
erotización,1 ocultaba otra fantasía: la de controlar y
destruir el pecho materno, para tomar posesión de su
mágica savia verde. Hermano y padre, simbólicamente
l. Véase el capítulo 2.
243
representados como los complementos fálicos de la
madre omnipotente, eran fantaseados regresivamente
como el contenido de sus pechos.
Sin sexo, sin savia, sin saber acerca de las cosas de
la vida, Annabelle vivía una depresión no elaborada,
probremente compensada por una forma de relación y
de comunicación con los otros que era un actuar cons-
tante más bien que un intercambio, contacto más que
comunicación, pero nunca un vínculo vivo.
En su esfuerzo por comunicarme ::m dificultad de
vivir, ella podía hablarme de la "dureza" de la vida. Esta
palabra retornaba sin cesar. "He aquí lo que ahora sé:
jamás, ni un solo instante me he sentido bien, ni un solo
instante me he sentido cómoda en presencia de los
demás. ¡Es duro, duro! Comer, caminar, ir al baño, hacer
el amor, es duro. ¿Por qué no sé el secreto? ¡Dígame!" El
analista-pecho, imago omnipotente idealizada-anali-
zanda, había sobrevivido como objeto interno durante
tres años a pesar de los golpes de la niña dolorida, por
cierto que finalmente yo era ahora una persona sepa-
rada y una analista, de modo que me podía "usar" para
comprender diferentes aspectos de su guerra intersisté-
mica interior (Winnicott, 1971b). Pero rechazaba toda
aproximación al ser idealizado, duro, omnipotente que
suponía que contenía el secreto de la vida y de su vida.
Tuve que recurrir a la paciencia mientras esperaba
hallar la posibilidad de interpretar esta idealización.
Intervine eventualmente en parte por mi desesperación
por no poder ir más allá de esta pregunta. "¿Por qué es
usted tan dura? Usted se burla de mí esperando de este
modo que todo lo descubra sola." Le dije que yo no
poseía ese secreto tan esperado, y añadí que también
era cierto que desde hacía un tiempo me sentía desalen-
tada; que manifiestamente ella hacía lo mejor que podía
para comunicarme su insatisfacción actual; sin duda era
244
una falla de mi parte el no poder interpretarla. "Sé que
está tratando de comunicar este sentimiento duro y
terrible -dije- le he fracasado al no captar su mensaje.
Sé que ambas estamos atravesando un momento dificil y
siento que la he dejado decaer." Esta interpretación pro-
dujo una reacción inesperada y explos iva de alegría.
Que el analista pudiera fallar en su supuesta t area de
ser omnisciente jamás había pasado por el espíritu de
Annabelle durante quince años de análisis: este descu-
brimiento inauguró la última fase de su análisis con-
migo. ¡La exploración de sus mecanismos proyectivos
idealizados le permitió la elaboración del duelo que sig-
nificaba para ella la necesidad de renunciar a su propia
demanda de ser omnipotente a fin de ser liberada de
toda frustración frente a la "dura" realidad exterior o
interior!
Annabelle finalmente pudo comenzar a ocuparse de
la niña desesperada y escarnecida que llevaba en sí;
comenzó a comprender que dest ruirlo todo no era la
única salida para su voracidad, para su furor envidioso.
De igual manera también podría producir ... soluciones
que ella sola podría encontrar. Así, por primera vez,
pudo ocuparse de su cuerpo, de su salud, de su aparien-
cia, de su vida amorosa, de su trabajo profesional, todo
lo que hasta ese momento había dejado a la deriva_ En
una de nuestras últimas sesiones me confió que en l a
primavera había sembrado semillas de flores sin consul-
társelo a nadie por temor a que no brotaran. Ante su
gran asombro, todas habían florecido.
Algunos años más tarde, Annabelle me envió un
libro muy hermoso que t r ataba de su campo artístico y
del cual era autora. En su dedicatoria atribuyó al psico-
análisis el descubrimiento en esencia de la creatividad:
que vivir es crear.
245
LA COMUNICACION PRIMITIVA
Le he dado el nombre de comunicación primitiva a
esta clase de discurso analítico para recalcar sus aspec-
tos positivos, pues en general advertimos más sus aspec-
tos negativos. Los pacientes que nos cuentan muchas
cosas para no decirnos nada, ni revelarnos nada de lo
que se halla detrás de su comunicación, o que hablan
para mantener al analista a distancia, por supuesto
mantienen una fuerte resistencia a la relación psicoana-
lítica y reúnen fuerzas poderosas contra el proceso de
análisis. Deben estar conscientes de que esta forma de
comunicarse con el analista (y también con todo su
entorno) es defensiva, y de alguna manera elude lo que
quieren en verdad decir. No obstante, de acuerdo con la
reacción del analista las palabras del paciente contienen
algún tipo de comunicación. Esta comunicación latente
no es verdaderamente simbólica, y no puede compararse
con los pensamientos reprimidos que se esconden detrás
de asociaciones neurótico-normales en el análisis. Por el
contrario, aquí encontramos palabras que se utilizan, en
lugar de la acción, como armas, como camuflaje, como
un desesperado grito de ayuda, un grito de rabia o de
cualquier otra emoción intensa de la que el paciente
apenas es consciente. Estos estados emocionales pueden
no tener conexión con lo que el paciente relata.
Este tipo de material analítico genera una cantidad
de cuestionamientos. Podríamos cuestionar la función
de esta "comunicación" y compararla con las asociacio-
nes libres del monólogo psicoanalítico que producen los
pacientes neuróticos en respuesta a nuestra invitación
para hacerlo. También podemos preguntarnos por qué
algunos pacientes son más aptos para utilizar canales
verbales de esta manera y lo que se infiere de este "sín-
toma" lenguaje respecto de una historia infantil traumá-
246
tica y sus efectos sobre la estructura y las defensas del
yo. Pero mi principal interés es explorar la manera como
el analista recibe esta clase de comunicación analítica y
eómo puede utilizarla mejor en el proceso del análisis.
Este proceso depende en gran medida de la comunica-
ción, y del especial modo de comunicación que llamamos
asociación libre, que nos permite explorar la interpene-
tración de los procesos primario y secundario del pensa-
miento. La "regla básica" reside en la expresión verbal
de sentimientos y pensamientos, y se espera que en la
medida en que el paciente pueda permitirse expresar
libremente ideas, fantasías y estados emocionales que
normalmente no se permitiría, esta interpenetración del
conocimiento consciente e inconsciente de sí mismo pon-
drá en movimiento el proceso analítico. La invitación a
"decirlo todo", junto con su contraparte implícita "y no
hacer nada'', no sólo abre el camino al afecto transferen-
cia] sino también facilita que el analizando oiga sus pro-
pias palabras, y conozca sus pensamientos y sentimien-
tos de una manera nueva para él. Sin embargo, esta
expectativa es cuestionable en personas que utilizan el
lenguaje de modo que altera su función esencial, y en
particular en la situación analítica con su dependencia
íntima del lenguaje y la comunicación.
¿Cuál es el real objetivo de lo que denomino comuni-
cación primitiva y de qué maneras difiere de las otras
comunicaciones verbales? ¿Cuál es el papel que desem-
peña en la economía psíquica? ¿Con cuál sistema de
relaciones objetales interno se vincula?
Aunque la eficacia de las palabras en la comunica-
ción de los pensamientos y las emociones es considera-
blemente más limitada que lo que admitimos, sin
embargo el principal objetivo del intercambio verbal
entre adultos es el deseo de comunicar información a
quienes elegimos como interlocutores. Pero éste no es su
247
··----
único objetivo. Comunicar, del latín communicare (hacer
común), revela su significado etimológico y afectivo sub-
yacente. Todas las personas, en determinadas situacio-
nes y algunas casi siempre, utilizan la comunicación
verbal literalmente como forma de mantener contacto,
de estar relacionada o aun de formar parte de otra per-
sona. Este eslabón vital con el Otro puede contrarrestar
la importancia de la función simbólica que consiste en el
deseo de informar a alguien de algo. Desde este punto
de vista, la comunicacíón verbal puede considerarse una
aproximación al llanto, al llamado, al grito, al rezongo,
antes que contar algo. Este tipo de comunicación sería
un medio no sólo de permanecer en contacto íntimo sino
también una manera de transmitir y descargar la emo-
ción de una manera directa, en el intento de afectar al
Otro y de despertar sus reacciones.
La situación analítica, desde que prescinde de las
convenciones habituales de] inter:ambio verbal, es par-
ticularmente apta para revelar los rasgos no comunes
en la verbalización que pueden pasar inadvertidos en la
conversación cotidiana (Rosen, 1967). La austeridad del
protocolo analítico tiende a resaltar esas diferencias.
Hemos visto que la palabra de Annabelle Borne
había perdido en parte su objetivo comunicativo en el
discurso analítico. Ya no se trataba de asociaciones
libres excepto en un sentido limitativo. El hecho de
haber podido revelar a la paciente cierta incongruencia
entre el contenido de su discurso y el afecto experimen-
tado permitió a esta forma de verbalización tornarse sig-
nificativa y descubrir una forma de relación que tenía
como complemento fantasmábco el deseo de hacer sentir
al otro una vivencia afectiva que ella misma no podía ni
contener ni elaborar. Al mismo tiempo podemos com-
prender que ella habla a menudo con la intención de
despertar sentimientos en el analista, sin conocer su
248
--
importancia, o que representan para ella ese senti-
miento. Su necesidad de inducir estados de sentimiento
en los otros estaba relacionada con situaciones traumá-
ticas tempranas en las que no había sido capaz de
enfrentar la emoción intensa ni cómo comunicar su
necesidad de ayuda; en lugar de contener y comunicar
su dolor emocional y utilizarlo para poder pensar mejor,
ella borró todo conocimiento de su existencia o signifi-
cado. Así la experiencia afectiva y los hechos pasados
fueron simplemente excluidos de la conciencia como si
nunca hubieran existido. Por primera vez, muchos de
estos estados emocionales pudieron alcanzar su repre·
sentación psíquica. Las comunicaciones como las de
Annabelle Borne difieren de manera esencial de las que
encontramos en el proceso de asociación neurótico
común, aun cuando su intención sea despertar senti·
mientos en el analista. En este último caso, el intento de
permitir dejar vagar libremente la fantasía y el pensa-
miento revela, detrás de la comunicación manifiesta, un
tema latente que "escucha" el analista. La persona que
no se conoce a sí misma comunica otra historia, se
revela como un actor en otro escenario, cuyo guión,
alguna vez consciente, lo ha olvidado. Estos guiones
secretos y estas escenas disimuladas están presentes en
pacientes que usan el lenguaje para penetrar al que
escucha y provocar su reacción, pero desde el punto de
vista del trabajo psicoanalítico vician el objetivo de dejar
desnudo E:ste significado latente que subyace y dificul-
tan ]a captura de ideas y recuerdos reprimidos. Mien-
tras tanto el analista está dispuesto a sentirse aturdido
e invadido por afectos que obstaculizan el funciona-
miento analítico, a menos que les preste atención.
Los sentimientos depresivos y frustrantes que hacía
nacer en mi Annabelle Borne no tenían relación alguna
con las ideas reprimidas de su material analítico. El
249
principal objetivo de sus palabras podría describirse
como un intento de descargar, mediante el real acto de
hablar, la tensión dolorosa y reprimida. El objetivo
secreto que era capaz de advertir consistía en compartir
un dolor que no podía expresarse por medio del lenguaje
y acerca del cual no podía pensar. Su exigencia era ser
oída antes que escuchada, una necesidad de comunica-
ción antes que comunicar. En los meses siguientes pudi-
mos señalar los momentos en los cuales esta comunica-
ción se volvía imperiosa. Enfrentada a la más leve
intuición de un pensamiento o sentimiento doloroso,
Annabelle inmediatamente se las arreglaba para pulve-
rizar su representación psíquica. En consecuencia, care-
cía de una verdadera conciencia acerca de la existencia
de la idea o del afecto en cuestión. Pero los restos de esta
eliminación psíquica tenían e] efecto de alterar su per-
cepción de los otros y, en consecuencia, su modo de sen-
tir acerca de ellos y de comunicarse con e1los. Lo mismo
ocurría en la transferencia analítica.
De ningún modo esto quiere decir que los temas ele-
gidos por Annabelle Borne para rellenar el silencio de
sus sesiones no comunicaran ninguna verdad en sí. Era
evidente que detrás de las imágenes e ideas persecuto-
rias, la problemática de la envidia estaba en primer
plano, pero era ininterpretable mientras los afectos
generados en la depresión, el abandono y la privación, y
sus inevitables sentimientos de odio, permanecieran blo-
queados para acceder a la expresión psíquica y a la
reflexión verbal. Su discurso "desafectado", llevado al
límite, no tenía interés para ella; no advertía que
tuviera un afecto potencia] sobre su analista, sus ami-
gos, su familia o Jos demás. Su beneficio inconsciente
era procurar la protección de sus objetos internos contra
su destrucción debida a su ira envidiosa y su mortifica·
ción narcisista. Y por esa misma razón, permitía el man-
250
tenimiento en su vida cotidiana de un contacto con los
objetos externos a pesar de la insatisfacción experimen-
tada. El precio pagado, además de su dificultad de vivir,
era la parálisis de su capacidad de pensar su problemá-
tica y, por consiguiente, de colmar sus necesidades, de
realizar e incluso de poseer deseos. Al comienzo de nues-
tro trabajo analítico ella no advertía la existencia de
deseos personales excepto el deseo de estar "cómoda", ni
de lo que exigía y esperaba de los otros.
Este modo de vivenciar generó la cuestión del espa-
cio que ocupaban los objetos externos en su vida psí-
quica. Implícitamente el Otro es exhortado a capturar el
llamado inexpresable y a enfrentarlo. En cierto sentido
es una demanda de ser comprendido sin pasar por los
canales verbales normales, de ser comprendido por los
meros signos. lnfans, el infante que aún no puede
hablar, debe tener esas necesidades de ser escuchado,
desde que no posee otros significados de la comunica-
ción. Cuando llega a ser capaz de preguntar, no es una
pregunta de necesidad vital, pero hasta entonces
depende totalmente de la interpretación que hace su
madre de sus gritos y gestos. Por cuanto el infante no
puede concebir al Otro que responde a su llanto, se
puede decir que se "comunica" en esta manera primi-
tiva. En este punto ha alcanzado ya cierta etapa de cre-
cimiento psíquico con respecto al objeto; ya no siente que
el Otro es una parte alucinada de sí mismo (igual a la
forma psicótica de relación objetal) sino que cree que el
Otro es omnipotente, en cuyo caso la respuesta del objeto
a los signos emitidos se interpreta como positiva porque
el objeto quiere que el infante sea gratificado o, en el
caso de una respuesta negativa, como un rechazo porque
quieTe que el infante sufra. Es decir, este tipo de rela-
ción está bajo la influencia del proceso primario del pen-
samiento: si ocurren cosas buenas o malas, en cual-
251
quiera de ambos casos se creen derivadas del deseo
omnipotente del Otro todopoderoso. El Otro comprende
automáticamente y responde a su deseo (este tipo de
pensamiento prevalece en lo que podemos llamar carac-
teropatía narcisista). Respecto de esta idealización pro-
yectada del mundo exterior estamos algunas veces incli-
nados, como Bion lo señala (1970), a descuidar el hecho
de que, a pesar de la satisfacción que brinda eventual-
mente la comunicación simbólica al adulto, estar obli-
gado a hablar para ser comprendido y satisfacer los
deseos es una permanente herida narcisista en el
inconsciente de todos. Para cíertas personas, la fusión y
la comunión, más bien que la separación y la comunica-
ción, son los únicos medios auténticos de relacionarse
con otras personas. (Una paciente que consideraba la
separación como una calamidad, solía decir que si ella
tuviera que decirle a su esposo lo que deseaba o necesi-
taba, el consentimiento del marido a sus deseos no ten-
dría significación alguna. Era sin duda una prueba de
que él no la amaba.)
La comunión fusiona], forma arcaica de amar que es
el derecho del lactante, aun algunos adultos la esperan.
Cualquier amenaza de separación o señal de diferencia
subjetiva, como por ejemplo exhortar a verbalizar los
deseos, puede ser objeto de castigo y rechazo. Nos vemos
aquí ante el lado "infantil" del adulto, quien nunca llega
a entender el papel de la comunicación verbal como
medio simbólico de dar a conocer los deseos. Sin duda
éstos fueron bebés que no han sido "escuchados" ni
"interpretados" con sensibili dad por quienes los criaron.
Mi experiencia clínica con pacientes que viven ajenos a
este drama inarticulado me lleva a creer que su infancia
fue marcada por relaciones incoherentes con los objetos
prímarios, y en un contexto en donde las frustraciones
inevitables del desarrollo y crecimiento humanos no fue-
252
ron atemperadas con la suficiente gratificación como pa-
ra hacerlas aceptables. La recompensa suprema de la
identidad subjetiva y de la individuación no se adquiere
con placer, sino que continúa vivenciada como rechazo e
insulto. El hecho de que los deseos pueden comunicarse
y obtener respuesta casi no lo pueden creer. Este era el
caso de Annabelle.
Otro factor: la demanda de ser comprendido sin pa-
labras implica también el terror de enfrentar la desilu-
sión o el rechazo. Lo que se siente no sólo como una heri-
da narcisista sino como un dolor intol erable que no
puede ser contenido ni elaborado psíquicamente, y que
puede destruir. Entonces, los factores inevitables que es-
tructuran la realidad humana -alteridad, diferencia se-
xual, la imposibilidad de la realización mágica de los de-
seos, la inevitabilidad de la muerte- no se vuelven
significantes. La alteridad con su recompensa de identi-
dad personal y privacidad; la diferencia sexual con su
recompensa del deseo sexual; el reencuentro de la reali-
zación mágica en la creatividad; la aceptación de la
muerte misma como un final inevitable que otorga signi-
ficación a la vida, todo puede faltar en estos pacientes.
La vida entonces corre el riesgo de "carecer de sentido" y
de ser "dura". Otras personas tienden a ser vistas como
vehículos para externalizar el drama interior y doloroso
de vivir. Es en efecto la creación de un sistema de super-
vivencia. Por lo menos el contacto con otros está asegu-
rado y algo se comunica. Muchas personas con este mo-
do de relatar se sienten obligadas a manipular a los
otros, aunque de modo inconsciente, para atraer las ca-
tástrofes que anticipan. Así las r elaciones a menudo se
dirigen a proveer la inevitabi1idad de las conclusiones
preconcebidas a su respecto. Este es otro modo de "co-
municar" el malestar y de combatir el sentimiento de
completa impotencia frente a fuerzas abrumadoras. Hay
253
varias maneras de teorizar este tipo de relación con los
demás y e] diálogo que es su soporte en la relación analí-
tica: en términos de angustia persecutoria y de identifi-
cación proyectiva (Klein, Grinberg); de la necesidad del
sujeto de utilizar a los otros como continentes (Bion); de
]a necesidad urgente de recuperar ciertas partes perdi-
das de su "sí-mismo-objeto" (Kohut); de la tendencia a
negar la existencia independiente de los otros como
defensa contra las formas patológicas de la relación
objeta] (Kernberg); el concepto de "falso sezr (Winni-
cott); el uso de los otros como "objetos transicionales"
(Modell).
Fuera de toda comunicación con ellos mismos, estos
analizandos también pueden ser proclives a la angustia,
la depresión, la frustración y la irritación que no pueden
reconocer en los otros. La lucha contra las fantasías y
los afectos arcaicos coincide con una lucha contra la rea-
lidad exterior y el dolor de los otros. Como lactantes que
_ se tornaron autónomos antes de tiempo, deben domi-
narlo todo para hacer frente al peligro del adentro como
del afuera. Sin saberlo, funcionan con un modelo de la
relación humana donde la separación con el Otro debe
ser rechazada encarnizadamente desde que la ausencia
y la diferencia no pueden compensarse con un mundo
objetal interno bien estructurado; así el propio senti-
miento de identidad es inestable. Tampoco es fácil com-
prender lo que otros tratan de comunicar, y las suposi-
ciones acerca de los motivos humanos corren el riesgo de
ser incorrectas. La separación se rechaza como un pos-
tulado, y en su lugar encontramos la externalización
constante del conflicto en el intento de mantener cada
cosa en su lugar, y así poseer el control ilusorio sobre las
reacciones de las personas. Estos son los "bebés sabios"
que describió Ferenczi, quienes deben controlar todo con
los medios infantiles de que disponen. Por supuesto,
254
debemos admitir que dentro de nosotros dormita un lac-
tante exigente, confinado al mundo omnipotente de los
sueños. Los pacientes neuróticos descubren en ellos a
este niño megalomaníaco con verdadero asombro; otros,
como Annabelle, descubren a lo largo de su vida que han
estado luchando para restablecer los derechos de ese
infante exigente y, la mayoría de ellos, su derecho a ser
escuchado y su necesidad de tener comunicación signifi-
cativa con los otros. Aunque el yo adulto no advierte su
existencia, el niño enojado y desesperado grita para con-
seguir respirar. Sólo así halla alguna esperanza de que
este infante interior desarticulado pueda acceder a una
forma más elaborada de autoexpresión.
El analista que recibe estas comunicaciones en el
análisis se encuentra escuchando un discurso sin sen-
tido si lo ve como una transmisión neurótico-normal de
ideas y afectos en el flujo de la asociación libre. Buscará
en vano ideas reprimidas que pujan por acceder a la
conciencia, y se verá forzado a advertir que está obser-
vando un segmento de la personalidad dominado por
mecanismos primitivos de defensa: renegación, escisión,
forclusión y todo lo que sirve para excluir hechos psíqui-
cos de la cadena simbólica, en especial todo lo que es
proclive a producir dolor psíquico. Podríamos preguntar-
nos hasta qué punto es posible atravesar las barreras de
la represión primaria y explorar las capas básicas de la
estructura de la personalidad. ¿Podemos esperar "oír" lo
que nunca se formuló como parte de ideas preconscíen-
tes, lo que nunca fue codificado como pensamiento, y que
no fue preservado en una forma accesible para recordar
y para la elaboración simbólica? Aquí es donde se cues-
tionan los límites del proceso analítico.
Sin embargo, sugeriría que las áreas de experiencia
fueron rechazadas del mundo psíquico para ser proyec-
tadas en el mundo exterior; estos fragmentos de viven-
255
cia se expresan en la conducta o se actúan de forma de
intercambios primitivos. En ciertas situaciones privile-
giadas podemos "oír" por lo menos señales de malestar.
Entonces comprendemos que estos signos indican un
dolor profundo que no puede ser reconocido por completo
por el individuo en tanto persona que lo sufre. Esta se
siente bloqueada, obstruida, incapacitada y furiosa con
el mundo. Este es el mensaje básico.
EL PAPEL DE LA CONTRATRANSFERENCIA
¿Cuál es el peso de este mensaje en el análisis? En
primer lugar el oído analítico puede alertarse por el uso
particular de las palabras. En el caso de Annabelle
Borne había una notable discordancia entre el contenido
y el afecto; encontramos un sentimiento de cólera y des-
contento que escondía una depresión inexpresable; en
otros pacientes con dramas similares, escuchamos un
monólogo interminable que repetía hechos diarios sin
eco más allá de las meras palabras, tanto para el
paciente corno para el analista; otros empleaban pala-
bras confusas, es decir, que faltaban los vínculos asocia-
tivos ordinarios que se encuentran en la conversación
cotidiana y en la comunicación analítica. Rosen habla de
perturbaciones sutiles en la codificación de los procesos
del pensamiento que emergen en la situación analítica,
y del hecho de que el analista algunas veces debe vol-
verse consciente del contenido latente en los medios
antes que en las palabras - sistemas de señales como
gestos, postura, expresión facial, entonación, pictogra-
mas, etc. , a menudo en armonía con estos mensajes
subliminales para codificar y verbalizar lo que hemos
comprendido. Modell (1973) sugiere que la captura del
afect o puede muy bien preceder a la adquisición del len-
256
-
guaje. Según mi experiencia con bebés (que a menudo
reaccionan de manera asombrosa a los estados afectivos
de quienes los cuidan) y también según mis conclusiones
~ e   ¡ ~ observación analítica, diré que la transmisión del
afecto incuestionablemente tiene lugar antes que la
comunicación simbólica. La observación de Modell de
que un discurso analítico carente de afecto es una señal
de que el proceso analítico se ha detenido, me parece
pertinente para la investigación analítica de la natura-
leza de la comunicación.
Otra observación respecto de la "comunicación pri-
mitiva" es que falta la verdadera "asociación libre" (con
todas las limitaciones y sistemas infiltrados que normal-
mente la acompañan). No existe Einfall (que significa,
literalmente, la aparición repentina de un pensamiento,
una fantasía o una imagen que surge de una fuente irre-
conocible). Esta interpenetración de los procesos prima-
rio y secundario, distintiva de un proceso psicoanalítico
que funciona, no tiene lugar, y se tiende a dar un
aspecto carente de características al monólogo analítico.
Aunque parece una comunicación "vacía", a menudo pro-
ducirá un sentimiento de "plenitud" en el analista, un
sentimiento frustrante al que debe prestar atención.
Frente al deseo del analizando de estar "vinculado" con
el analista a través de su verbalización, puede prestar
poca atención al hecho de que el analista responde emo-
cionalmente al contenido, en especial si es depresivo,
agresivo o angustiante, y por ende poco se cuestiona la
suposición de que el analista esté igualmente contento
de víncularse a través de su corriente verba\ -aun
cuando hubiera, por ejemplo, un monólogo vituperalivo
que tomara por blanco al analista o un discurso confuso
que no advirtiera la dificultad de captar su significado.
En sus esfuerzos por mantenerse sumergido en la mente
del analista, estos pacientes demandan ayuda y al
257
mismo tiempo la rechazan. Puede decirse que el
paciente se encuentra bajo el poder de una condensación
-no de pensamiento sino de objetivo-. Busca obtener
amor y atención que le aseguren que es escuchado y
ayudado, que existe, y a) mismo tiempo debe castigar al
Otro por todas las cosas malas que ha debido tolerar.
Puede considerarse la función materna como la deman-
da del pecho idealizado, tal como el lactante experiencia
que puede expresarse.
Si estos pacientes no hablan acerca de lo que real-
mente les interesa -su búsqueda contradictoria, su
dolor de vivir, su dificultad en sentirse comprendido o
realmente vivo- es porque no lo saben. Sin darse
cuenta del impacto que producen sus palabras, tampoco
advierten que ocupan un espacio psíquico en la mente
de los otros. Los otros están vivos, existen y, por lo tanto,
no necesitan nada, mientras que el sujeto de este males-
tar grita su derecho a estar también vivo, pues supone
que el mundo se lo debe. Para muchos pacientes el des-
cubrimiento de este problema puede ser una experiencia
inaugural de la situación analítica. El analizando, por
vez primera, puede realizar una distinción consciente
entre sí mismo y Otro, y reconocer que ambos existen,
cada uno con su realidad psíquica individual y separada.
Las personas que carecen de una nítida representación
de su propio espacio psíquico y de su propia identidad
tienden, por otra parte, a relacionarse con los demás de
forma que evitan también su realidad psíquica; es decir,
que tienden a percibir sólo lo que concuerda con su pre-
concepto del Otro y del mundo en general, y a eliminar
las percepciones y observaciones que no coinciden con su
idea de la existencia.
Este modo de relacionarse tiene un marcado efecto
sobre la relación transferencial. Gran parte de la fuerza
de la transferencia proviene del interjuego que se esta-
258
blece entre el analista como una figura de imaginación y
proyección, y el analista como ser real. Como objeto ima-
ginario, se vuelve el blanco eventual de todos los objetos
originales internos catectizados, mientras que sus cuali-
dades de persona real permanecen desconocidas para el
analizando. Los pacientes que actúan en el marco rela-
cional descrito mantienen una mínima distancia entre el
analista imaginario y el real, de modo que las proyeccio-
nes transferenciales raramente se perciben corno tales .
Ningún miembro de la relación psicoanalítica está
dotado de una clara identidad. Este tipo de relación ana-
líti ca puede incluirse en el concepto de transfer encia
narcisista idealizada corno la que descr ibe Kohut, o
como un intento de negación fusiona] de separación, o
también como un intento de establecer una forma pato-
lógica de relaciones objetales arcaicas, según Kernberg.
Estos pacientes tenderán a utilizar un modelo de
relaciones humanas basado en los postulados que perte-
necen al proceso de pensamiento primario, es decir, todo
lo bueno y lo malo que le suceda al sujeto será debido al
deseo de otra persona y por cierto a su buena o mala
voluntad. No hay duda sobre los hechos importantes de
su vida en cuanto a su propia participación. En el análi-
sis, si el paciente se siente mal, puede muy bien pensar
que el analista es indiferente porque en lo profundo de
su ser él desea que su analizando sufra. Cuando estos
analizandos advierten sus propios deseos proyectados,
agresivos y destructivos, están más que dispuestos a
sofocar esos sentimientos y arrojar fuera de su concien-
cia esas ideas asociadas. Así, a menudo no saben cuándo
están enojados, t emerosos o son desdichados.
Como ya lo he dicho, no tratamos con mecanismos de
represión o aislamiento, sino de repudio del mundo psí-
quico, de escisión y de identificación proyectiva. En con-
secuencia, la angustia principal que enfrentamos est á
259
más relacionada con el sí-mismo y con el mantenimiento
de la identidad que con la sexualidad y la realización del
deseo; la angustia "psicótica", movilizada por el temor a
la desintegración y a la indiferenciación, es mayor que
la angustia "neurótica" relacionada con lo que está
incluido en el concepto clásico del complejo de castra-
ción. Si este último corre el riesgo de producir inhibición
o síntomas sexuales o laborales, la ansiedad psicótica
perturba la norma de relación con los otros. Habrá una
tendencia a utilizar a los otros como pares del propio sí-
mismo, como objetos transicionales destinados a desem-
peñar un papel protector o como filtros de impulsos hos-
tiles. En la relación analítica esto tiende a crear el tipo
de transferencia fundamental a la que Stone (1961) se
refiere en su clásico trabajo sobre la situación psicoana-
lítica: el afecto transferencia! más relacionado con la
Alteridad y el temor (o deseo) de fusión que con las típi-
cas transferencias de la estructura neurótica.
El tipo sintomático del discurso analítico que sobre-
viene puede ser la manifestación de diversas enfermeda-
des psíquicas . En cierto sentido, los "signos" que se
advierten como no formulados pero como verdadera
comunicación pueden considerarse como los elementos
mínimos del pensamiento y la expresión psicóticos; sin
embargo, no hay contaminación del pensamiento ni
encontramos un uso surrealista de las palabras, tan evi-
dentes en la verbalización psicótica. Annabelle Borne no
inventó una gramática personal; no tenía confusión
entre el signficante y la cosa significada. Pero padecía
de una fragilidad similar en la idea de sí misma y en la
relación con los otros, en donde los límites eran indefini-
dos y sugerían una carencia de estructuración tempra na
de una autoimagen esta bl e y, en consecuencia, una
visión borrosa de los otros. Este tipo de relación puede
dar origen a una forma personal de esperanto cuyo obje-
260
-
tivo de comunicación puede tener matices psicóticos. El
uso personal del lenguaje que puede pasar inadvertido
como el de la vida cotidiana desde que respeta la sinta-
xis y la referencia simbólica, sin embargo busca, a la
manera de las comunicaciones psicóticas, restaurar la
unidad primaria madre-hijo, para ser comprendida
mediante una vía de comunicación, y a pesar de ella.
Esta diferencia puede consistir en que los pacientes
como Annabelle Borne no emplean palabras según el
funcionamiento de proceso primario, sino que su manera
de relacionarse con los otros sigue este modelo de total
dependencia de la voluntad omnipotente del Otro. El
lenguaje se usa para servir a esta forma de relación.
Quizá de esta manera se prevenga la desorganización
psicótica, pues estos pacientes no están separados de la
realidad externa; no sueñan con situaciones, causas y
percepciones que existen sólo en su mundo interior. Por
el contrario, utilizan otros, de acuerdo con lo que
encuentran, aptos para quitarle o darle al sujeto algo
que se ofrece y algo que se pide. No obstante, el paciente
puede decirse que está "creando" el significado que el
otro tiene para él sin advertir la realidad del Otro, mien-
tras al mismo tiempo se somete a ese Otro y al sufri-
miento resultante. Agregaría que estas relaciones no
son raras en el mundo, pero que son pocas las personas
que buscan ayuda analítica.
Cuando encontramos este tipo de comunicación y
relación producido en el encuadre analítico, es que hay
señales de sufrimiento psíquico, quizá generado durante
el período cuando el pequeño trata de usar a su madre
como parte subsidiaria de sí, y se enfrenta a necesidades
y conflictos vitales con el "lenguaje" que dispone. Debe-
mos decir que una parte del paciente está "fuera de sí
mismo", tanto en el análisis como en la vida cotidiana, y
por lo tanto trata a los otros, o al analista, como segrnen-
261
tos errabundos de sí, que naturalmente intenta contro-
lar.
Es evidente que ello engendrará fenómenos de con-
tratr ansferencia diferentes de los que surgen con el ana-
lizando neurótico-normal. Para este último, equipado
con las formas neuróticas de defensa para luchar contra
el dolor y el conflicto psíquicos, el analista deviene una
figura protectora para sus propios objetos internos, pues
su conflicto mental detiene gran parte de sus luchas
intrapsíquicas. Este paciente introyecta una representa-
ción del analista que se convierte así en objeto del yo del
analizando, aunque de diferente constitución con
respecto a los habitantes de su universo interior. El
analista es, por así decirlo, un inmigrante con visa tem-
pora1·ia que atrae sobre sí deseos prohibidos, representa-
ciones idealizadas, amenazas, temor, cólera, etc., perte-
necientes a los objetos originales. La singular posición
del analista en el mundo psíquico proporciona la rela-
ción transferencia} con fuerza considerable, y cuando se
la enfatiza, permite al paciente medir y explorar la dis-
tancia que separa a la persona imaginaria del analista
del ser real con identidad individual. En este espacio
entre las visiones del analista es donde se lleva a cabo el
trabajo más fructífero de interpretación y reconstruc-
ción. La interferencia contratransferencial cuando se
presenta, surge principalmente de los problemas perso-
nales no resueltos del analista -y es común para un
"buen analizando neurótico" poder advertirla, ver con
claridad que no es materia de sus propias proyecciones,
¡y señalarla!
Pero en el caso en donde la distinción entre la pro-
yección transferencia! y la observación de la realidad es
indefinida, puede ser diferente el modo como el analista
recibe la expresión transferencia! del paciente. Escon-
dido en la forma de "seudocomunicación" que busca
262
menos informar (literalmente: dar forma) al analista de
sus pensamientos y sentimientos que librarse del con-
flicto intrapsíquico doloroso y despertar la reacción del
analista, pensamos cómo éste puede capturar e interpre-
tar mejor este "lenguaje". Al comienzo no la "escucha" ni
advierte su impacto emocional. Es dificil detectar lo que
falta, en especial desde que su rechazo deja una huella
inconsciente, y aún no se ha inventado una neorrealidad
como en los pacientes psicóticos. Gradualmente se movi-
liza el afecto y se acumula por cierto en el analista;
mientras el analizando aplasta o distorsiona su expe-
riencia afectiva, el analista se vuelve literalmente "afec-
tado". Las asociaciones del paciente tienen un efecto
penetrante o impregnante que falta en la transferencia
neurótica habitual y en el monólogo analítico. Lo que
está forcluido del mundo de la representación psíquica
no puede ser "escuchado" como comunicación latente. La
infiltración emocional conti ene las semillas de futuras
interpretaciones, pero para formularla el analista debe
primero comprender por qué el discurso de s u paciente
lo afecta de esa manera. Concuerdo con Giovacchini
(1977) cuando señala, con respecto a los pacientes con
delusiones, que considerarlos no analizables basándose
en un yo insuficiente autoobservado es una remoción
demasiado voluble de un problema complejo. Con estos
pacientes el analista puede sentir en primera instancia
que está al borde de no funcionar adecuadamente como
analista con este analizando particular.
Aunque la analogía no puede ir muy lejos, el analista
en esos momentos está en la situación de la madre que
trata de entender por qué su bebé llora de una manera
colérica o molesta. En esta etapa es evidente que el bebé
puede carecer de identidad más allá de lo que él repre-
senta para su madre, y es ella quien debe interpretar
sus signos y darles significado, es decir, convertirlos en
263
comunicación. En la terminología de Bion debe cumplir
el papel de "aparato pensante" de su niño hasta que éste
sea capaz de pensar por sí mismo. Por supuesto, el ana-
lista tiene objetivos más modestos que los implicados en
volverse el aparato pensante de su paciente. No es su
función enseñar al analizando cómo debe percibir el
mundo y cómo reaccionar a él. A lo sumo, espera condu-
cir a su paciente a descubrir quién es él y para quiénes.
Pero para lograrlo debe prepararse para descodificar los
sonidos de malestar que yacen detrás de la ira o de las
asociaciones confusas.
Uno está tenta do de concluir que estos analizandos
tuvieron madres incapaces de "escucha r" a su niño o de
darles significado a sus comunicaciones primitivas.
Quizá la propia madre reaccione con resentimiento y
rechazo ante las demandas no formuladas de su bebé,
como si ella las viviera como un ataque personal o refle-
jaran una falla narcisista de su parte; en estos casos
fallará en su papel de "intérprete" que debe enseñar a
su bebé a expresar sus necesidades, descubrir sus
deseos y finalmente ser capaz de pensar por sí solo. Pero
esto también requiere una madre que garantice al hijo
el derecho a tener pensamientos independientes, aun
cuando se vuelvan contra ella. Tenemos aquí otra semi-
lla de perturbaciones de la comunicación.
Cualquiera que sea la razón, el analista que hereda
este rompecabezas psíquico se sentirá "manipulado" por
el analizando en el intento que hace para protegerse del
dolor psíquico, y evitará, de ahí en más, volverse el
juguete del deseo del otro. Al escribir el guión perma-
nece fuera de la escena de modo que casi nada cambia,
excepto su capacida d de elegir actores que desempeñen
los papeles. Los pensamientos y los sentimientos trau-
máticos son controlados mediante la inmediata evacua-
ción de la propia psique del sujeto hacia el mundo exte-
264
-
rior, en un intento de realización mágica y de reparación
narcisista.
El analista debe prepararse a capturar la dificultad
del paciente para pensar acerca de sí mismo debido al
bloqueo que experimenta en su pensamiento, y even-
tualmente recobrar las representaciones expulsadas y
los afectos sofocados. Estos deben verterse en fantasías
arcaicas, capaces de ser expresadas verbalmente, y los
sentimientos asociados, contenidos y explorados en la
relación analítica. La duración de esta relación funciona
como garantía de que esos afectos poderosos puedan ser
experienciados sin riesgo y expresados sin daño para el
analista o para el paciente. Creo que esto es lo que Win-
nicott quiere significar cuando dice que "la confiabilidad
del analista es el factor más importante (o más impor-
tante que las interpretaciones) porque el paciente no la
experimenta en el cuidado materno de su infancia, y si
el paciente necesita utilizar esa confiabilidad necesitará
encontrarla por primera vez en la conducta del analista"
(Winnicott, 1960, pág. 38).
Es probable que lo que fue sometido a una represión
primaria no pueda comunicarse excepto a través de "sig-
nos" como los que he descrito, y que estos signos se
registrarán a través de los sentimientos contratransfe-
renciales. El funcionamiento inadecuado del analista en
estos momentos se manifestará de muchas maneras
sutiles. Además de sentirse manipulado, se verá reaccio-
nando a las sesiones con aburrimiento o irritación, o se
sorprenderá dando interpretaciones agresivas, perma-
neciendo en silencio, perdido en pensamientos sin rela-
ción con las asociaciones del paciente. A pesar de todas
estas trampas bien conocidas del afecto contratransfe-
rencial, me veo obligada a suponer que estos "signos" en
el analista son más que la singular reflexión de su pro-
pio estado emocional interior o que sus reacciones
265
inconscientes al monólogo del paciente, y que no esta-
mos frente a una comunicación primitiva reprimida ni
descodificable. Si en esos momentos el analista persiste
en buscar el contenido reprimido, en dar interpretacio-
nes como si fuera material neurótico, en responder agre-
sivamente o quedarse en silencio, entonces estará
acting out. Está obstruyendo el proceso analítico con su
resistencia contratransferencial. Como los otros seres
humanos, en tanto analistas tenemos dificultad en oír o
percibir lo que no encaja en nuestros códigos preestable-
cidos. Nuestra propia transferencia no resuelta desem-
peña un papel, pues el acopio de conocimiento analítico
ya se ha llevado a cabo y está profundamente impreg-
nado con el afecto transferencia!; entonces tiende a cons-
truir una resistencia propia y hace dificil "oír" lo que nos
transmiten. Tendemos a resentirnos con el paciente que
no progresa de acuerdo con nuestras expectativas o que
reacciona a nuestros esfuerzos como si fueran ataques
hostiles. Estos problemas, agregados a nuestra debili-
dad personal, hacen delicada nuestra tarea.
El análisis de Annabelle Borne llegó a un irnpase por
mi propia incapacidad de captar el significado de mis
expectativas contratransferenciales sin examinarlas,
hasta el momento cuando le dije que no buscara comuni-
car sus ideas y emociones para hacerme sentir triste e
indefensa. Cuando pudo retroceder y recuperar sus pro-
pias lágrimas, pudimos escuchar juntas a la niñita para-
lizada, desdichada, atrapada dentro de ella. Desde ese
momento permitimos a esta niña crecer y expresarse por
primera vez.
La manera como escuchamos normalmente a nues-
tros analizandos, una atención libremente flotante simi-
lar a la que se les pide, puede describirse como teoriza-
ción libre flotante, y es notable que con los pacientes que
estamos considerando sea difícil utilizar nuestras diver-
266
--
sas "teorías flotantes" acerca del paciente y la natura-
leza de su vínculo analítico con nosotros. Estas hipótesis
flotantes toman su tiempo para organizarse, debido en
  [ A r t ~ a la forma particular del analizando para comuni-
0arse y en parte a los papeles difíciles que implícita-
mente necesita que asumamos en su lugar. La actitud
de "silencio expectante" (que el neurótico espera y que
abre un espacio psíquico en donde los deseos enterrados
puedan salir alguna vez a la luz) ofrece poco excepto la
desolación y la muerte a pacientes como Annabelle. La
necesidad de sentir que existe para los ojos de la gente,
de sentirse verdaderamente vivos, domina todos los
otros deseos e invade casi totalmente el territorio del
deseo. Los límites inseguros entre uno y otro hace que el
análisis de la relación entre ambos miembros sea aza-
roso, y difícil el duelo de los objetos perdidos. Es imposi-
ble hacer duelo por la pérdida de un objeto que nunca se
ha poseído, o por aquellos cuya existencia nunca fue
realmente reconocida como parte diferenciada de uno
mismo o como parte integral del mundo interior. En esta
arena movediza, las interpretaciones de la "transferen-
cia" no son constructivas, y corren el riesgo de perpetuar
malos entendidos y distorsiones de las primeras comuni·
caciones entre madre e hijo. El silencio, o la llamada
"interpretación analítica buena", en lugar de crear un
espacio vital potencial para los sentimientos y los pensa-
mientos futuros o estimular futuras asociaciones y
recuerdos, mediante los cuales puede formarse una
nueva vía de vivencias vitales, corre el riesgo de abrir
paso, en e1 silencio del inconsciente primario, a la
muerte psíquíca, a la nad&.
Sin embargo todo lo sofocado por la fuerza de la
represión primaria permanece potencialmente activo y
por cierto real, pues es inevitable arrojarlo al mundo
exterior. Todo lo que se ha silenciado deviene un men·
267
saje-en-acción, y este lenguaje acción-comunicación se
instala en la situación analítica para expresarse a tra-
vés de signos y códigos secretos. Es entonces posible
para el analista ayudar a sus pacientes a detener la
hemorragia psíquica asignada en el continuo acting out
y la directa descarga de la tensión, el dolor y la confu-
sión. Es posible hacer expresable los síntomas-acción a
través del lenguaje y facilitar al paciente la comprensión
de su aventura analítica. En el próximo capítulo exami-
naremos el papel que desempeña la economía narcisista
en estas estructuras de la personalidad.
268
\.
8. NARCISO EN BUSCA DE UNA REFLEXION
Al inclinarse sobre una fuente para saciar su sed,
Narciso vio por primera vez su rostro, tan hermoso,
según la leyenda, que se enamoró de él. En adelante ya
no se separará de ese reflejo fascinante y así se dejará
morir dejando una flor detrás de sí y una ninfa del eco.
¿No es lícito imaginar que Narciso no se atreve a dejar
de contemplar esa imagen tan subyugante -¿y es nece-
sario suponerlo?- tan esperada, por temor a perder no
solamente su ilusión amorosa sino también la confirma-
ción de su propia existencia?
¿Y se trata verdaderamente de amor? La fascinación
que el ser humano siente con tanta facilidad por sí
mismo añade al estado amoroso una dimensión alie-
nante, como Freud lo ha demostrado (1914) de estar
enamorado por proyección de su propio yo "ideal" sobre
el Otro. No obstante, queda más de una cuestión por for-
mular acerca del campo aparentemente patológico sobre
el cual Freud parece fundar la relación amorosa. Puede
ocurrir incluso que Narciso esté provisto de una estruc-
tura psíquica fragmentada y frágíl -fragilidad que
269
marcaría ineluctablemente su destino amoroso-. En un
libro notable sobre el estar enamorado, David (1971) se
dedicó a profundizar los conceptos psicoanalíticos de la
relación amorosa. "No hay objetivo propiamente amo-
roso -escribe- sin el reconocimiento de una irremedia-
ble insuficiencia narcisista, más exactamente de una
ineluctable exigencia del Otro en cuanto Otro que es la
esencia de la Alteridad. Es en tanto diferente que el
objeto esencial y dinámicamente sexual. La semejanza
reside en la comunidad de la carencia y en la reciproci-
dad del deseo de colmarla." (La bastardilla es del autor.)
¿Qué es lo que le falta a Narciso, enamorado de su
propia imagen?
"Crédulo niño, para qué esos vanos esfuerzos ... el
objeto de tu deseo no existe", dijo Ovidio (Metamorfosis,
JU). ¿Pero está tan seguro de que los esfuerzos de Nar-
ciso por apresar ese reflejo fugitivo y transparente son
totalmente vanos, sin objetivo alguno? ¿Que no haya un
objeto en su búsqueda? Es posible que su cierre sobre sí
mismo rodee un espacio impregnado de decepción y
desesperación; que la autosatísfacción aparente que
emana de Narciso sea la ilusión del observador. ¿No es
posible suponer que ese niño-flor frágil, que acecha a su
propia imagen, busque en el estanque un objeto perdido
que no es él mismo sino el reconocimiento de sí en los
ojos del Otro? Ese reconocimiento de sí como ser sepa-
rado y único lo busca ávidamente en las pupilas mater-
nas, reflejo destinado a enviarle no solamente su imagen
especular sino también todo lo que él representa para su
madre (Winnicott, 1971b). Así se reconocerá como sujeto
con un sitio y un valor propio, a través de los ojos del
Otro que lo mira y que le habla.
Ahora bien, puede ocurrir que la mirada materna
esté velada, vuelta hacia un dolor que excluye al hijo,
entonces es una mirada que no refleja nada, como un
270
-
espejo sin azogue; o también que la madre busque en su
hijo su propio reflejo, y una confirmación de su propia
identidad. i
Si esta imagen de sí, que podemos llamar narcisista,
captada por el niño desde el umbral de su vida psíquica
es frágil y huidiza, dará lugar a un sentimiento igual-
mente frágil y huidizo de la integridad narcisista y de la
autoestima.
Sea corno fuere la relación primordial y sus fragilida-
des eventuales de una parte y de otra, la creación de
una representación de sí mismo nos remite a la necesi-
dad ineludible para el joven ser humano de avenirse a
ese trauma de la realidad que es la alteridad, y que
exige que lo que está afuera se traslade adentro, en
alguna parte de la psique. Quisiéramos proponer que
solamente la ilusión de una identidad personal podrá
curar eventualmente esa herida. Este sentimiento de
identidad, por ilusorio que sea, es no obstante un dato
esencial de la vida psíquica, de donde surge una
segunda proposición: la conservación de esta identidad
puede ser considerada como una necesidad psíquica pri·
mordial -tal como la pulsión de autoconservación en
relación con la vida biológica- que se impone al sujeto
pa.·'l luchar contra la muerte psíquica. La representa-
ción identificatoria reposa sobre una fusión tan inasible
como indisoluble entre la catectización libidinal de sí
mismo y la catectización objeta], entre la economía nar-
cisista y la economía libidinal, movimiento mutuo reno-
vado sin cesar.
Es evidente que esta oscilación perpetua, sístole y
diástole de la vida psíquica, destinada a asegurar la con-
tinuidad del sentimiento de identidad, puede acus ar
l. Tal habría sido el destino de Narciso, espejo de su madre,
Liríope, ninfa de las fuentes, lugar donde Narciso no puede hacer
otra cosa sino descubrir su muerte como una entidad separada.
271
perturbaciones, y que éstas pueden ser graves y llegar
hasta provocar la muerte. Narciso desempeña un papel
más importante que el de Edipo, en cuanto a la dilucida-
ción de las perturbaciones más profundas de la psique
humana. La supervivencia psíquica ocupa un espacio
más fundamental en el inconsciente que el conflicto edí-
pico, hasta el punto que para algunos el sufrimiento oca-
sionado por los derechos y deseos sexuales puede apare-
cer como un lujo. Por supuesto, la lucha para mantener
la integridad narcisista de sí mismo así como el senti-
miento de autoestima se impone a todos, y los proble-
mas en este campo pueden ser menos graves, menos
irreductibles al análisis que los síntomas neuróticos clá-
sicos. Para otros, en cambio, el mantenimiento de la
homeostasis narcisista exige innumerables defensas o
de relaciones protectoras que desempeñan un papel
vital. Como si Narciso, frente al riesgo de perder de
vista su reflejo sobre la superficie del agua, prefiriera
dejarse morir, incluso arrojarse al estanque sin fondo
hacia una fusión mortal, antes que enfrentar el vacío de
sí mismo; vacío no solamente en cuanto a su identidad
sexual sino en cuanto otro diferente del Otro.
La identidad subjetiva, así como la identidad sexual,
sólo se hace a la luz a través del Otro y al mismo tiempo
que él. Simbolizada por el nombre y el género, esa iden-
tidad no puede mantenerse interiormente más que a
través de un movimiento pendular en el espacio psíquico
entre el sí mi smo y la imagen de los objetos del yo,
estructura que determinará a su vez la relación sf-
mismo-mundo. El que busca salvaguardar su homeósta-
sis narcisista mediante un arreglo de la r elación con el
prójimo puede o bien alejarse del mundo de los otros,
por sentir que amenazan un equilibrio frágil, o bien afe-
rrarse a los otros, demostrando una sed de objeto(s) que
sólo se sacia en presencia de aquel a quien le toca la fun-
272
ción de reflejar la imagen ausente. La relación sexual
suele ser llamada a desempeñar este papel. En los dos
casos se trata a menudo de supervivencia psíquica. La
naturaleza del llamado al analista y la complejidad del
afecto contratransferencial se hacen sentir desde el
comienzo de su encuentro con el futuro analizando.
La primera entrevista. Sabine trata de explicar lo
que busca. "No puedo continuar más así. ¿Cómo decirlo?
Es como si nada valiera la pena. ¿Comprende?" Me
lanza una mirada fugitiva corno para significar que
tiene pocas esperanzas de ser comprendida. "Corno si no
pudiera vivir más. No me siento plenamente real. Nece-
sito soledad. Entre los otros jamás estoy verdadera-
mente allí. La gente me vacía. En este momento la cosa
es muy grave. A veces pienso en el suicidio. Me dije que
mataría a mis hijos primero y luego me mataría." Este
proyecto de muerte es enunciado sin un afecto percepti-
ble. "Cuando conocí a X, creía haber hallado al compa-
ñero ideal. El tenía tantos intereses y tantos amigos que
yo podía estar tranquila. Pero se volvió muy depen-
diente de mí. Es insoportable. Nunca me deja sola. Yo
me pregunto ... ¿Para qué?" Una larga pausa. "¿El psico-
análisis puede hacer algo por mí?"
Amigos y colegas, ¿qué responder? Es inútil que me
repliquen que uno no sabe nada de ella. Algunas entre-
vistas suplementarias y tampoco sabremos mucho más.
Ella no podría formular de otro modo su demanda. ¿Es
una depresiva?
No realmente. Es evidente que ella expresa un afecto
depresivo, sin tristeza, y clínicamente hablando, no se
trata de un estado depresivo. Se ocupa de su trabajo, se
encuentra con amigos, vive con el hombre que ha elegido
y se preocupa por sus dos hijos varones. Pero está enre-
dada en su dilema como un pájaro atrapado en una red.
273
Le hace falta "pasar largas horas sola para sentirse
enteran.
Tal vez sea una escena urdida. ¿Es una histérica?
¿Una escena para mostrar qué? Todo lo caracterís-
tico del histérico falta en ella. Podríamos decir que es un
caso de anorexia nerviosa con respecto a la vida, pero
sería extender demasiado la significación de la histeria.
Incluso su fantasía de suicidio carece totalmente de
drama y de erotización.
¿Acaso es una de esas histéricas imprecisas, donde
todo está inhibido, contenido? ¿Qué ocurre con su goce
del cuerpo, con su vida sexual?
Ella come, evacua, duerme. No mucho, hay que
decirlo, y con poco placer. Tampoco es frígida, pero lleva-
das las cosas a un extremo, todo ocurre como si estu-
vi era desprovista de deseo.
¿Tal vez todo lo libidinal ocurre al nivel del pensa-
miento? ¿Qué hace cuando está sola?
Dice que le gusta pensar, que prefiere a los autores y
no a la gente. Es una intelectual.
¿Una borderline? Dice que no se siente "real"'. ¿Rele-
gada? ¿Esquizoide?
Esta descripción no me satisface. Su soledad no se
cierra sobre un vacío psicótico. Su mundo interior más
bien es rico y variado. Es una aguda observadora de la
vida que se abre' ante ella. Conversaciones, paisajes, tea-
tro, arte, todo le interesa: Pero se dedica a mirar más
que a participar, tras 1o cual se refugia en su madri-
guera para contemplar su "colección" privada. La pre-
sencia de los demás le impide gozar de la misma. Sola-
mente entre los demá s no se siente rea1.
Su r ela ción con los otros pa rece pragmática, opera-
cional; tal vez su vida fantasiosa y sus afectos están blo-
queados. ¿Tiene síntomas psicosomáticos?
Hasta este momento, ninguno. No es una alexitímica.
274
No tiene un pensamiento "operatorio"; su relación con
los demás no carece de afecto. Más bien vive a esos otros
como invasores, y permanece alejada de ellos para "reco-
brarse y renovarse" según sus palabras. Llegará a decir
que no tiene ninguna necesidad de los demás para vivir
bien. Por cierto que no cree enteramente en esta ilusión;
de otro modo no estaría donde está, ¡en casa de un ana-
lista\ A pesar de ello, cree que se basta a sí misma.
¡Es una narcisista[ No es una neurosis, ¡es la enfer-
medad del sí-mismo!
¿Pero qué quiere decir esto? ¿No somos todos narci-
sistas con un sí-mismo que mantener? Siento la tenta-
ción de responder con un chiste atribuido a Winnicott:
"Neurótico o narcisista? Esta distinción no concierne a
los pacientes. Sólo hay analistas neuróticos o narcisis-
tas". Palabras polémicas por cierto, pero que inducen a
la r eflexión. Mis propios analizandos pueden entrar sin
dificultad en estas categorías. La mayoría tiene una
mezcla de características histéricas, obsesivas y fóbicas;
viven momentos de perversión y delincuencia; algunos
atraviesan por episodios psicóticos; todos "somatizan"
llegado el caso, ¡y todos luchan por conservar en buenas
condiciones su imagen narcisista! ¿Cuál es entonces el
síntoma del sí-mismo? ¿Pero no es acaso una tarea del
ser humano mantener su sentimi ento de identidad y
autoestima? Por cierto que es más difícil en ciertos
momentos y para algunos más que para otros. Pero t ér-
minos como sí-mismo catectizado "narcisistamente" y
objetos invertidos "narcisísticamente" no son suficientes
para llegar a comprender la enorme complejidad de la
libido narcísista y su interrelación con el objeto libídinal
ni el sentido de los esfuerzos de los pacientes como
Sah.ne para proteger su "sí-mismo" psíquico.
Gracias, queridos colegas, por haberme prestado
vuestras voces para entender mis propias perplejidades,
275
lo cual me permite cuestionar el valor neurístico de esta
nueva categoría de analizandos víctimas de un "desor-
den narcisista de la personalidad" y cuyo intérprete más
prominente es Heinz Kohut (1971).
Por valiosas y ricas que sean sus observaciones clíni-
cas, sus conceptos nos dejan pensando. ¿Hay entonces
dos libidos? ¿Una para el sí-mismo y otra para el objeto?
Aunque Freud continuamente intentaba mantener la
distinción entre libido del yo y libido de objeto, esta dis-
tinción muchas veces se esfumó en sus escritos. El
nunca encaró más que una sola fuente de energía libidi-
nal. Los comentarios de La planche y Pontalis en su Dic-
cionario de psicoanálisis (1971) sobre este punto coinci-
den con nuestra reflexión. Demuestran que en todos los
escritos de Freud los términos que se refieren a la libido
objetal o del yo no se refieren al origen distinto de la
energía libidinal sino a su localización diferencial: Freud
indica claramente dos formas de catectización y no dos
fuentes libidinales.
Las investigaciones de Kohut me dan la impresión
de un corte entre la estructuración del "sí-mismo" y sus
bases pulsionales. Por el contrario, mi propia experien-
cia clínica señala la enorme importancia del conflicto
pulsional arcaico y fusiona} con los objetos primarios
como fuente poderosa de perturbaciones en la estructura
de la autoimagen narcisista.
Algunas de nuestras dificultades conceptuales sur-
gen del hecho de que muchos cuadros clínicos están sub-
sumidos en la categoría de "desorden narcisista". Sin
duda, un número cada vez mayor de analizandos da más
importancia al sufrimiento originado por su desequili-
brio narcisista que al sufrimiento neurótico de las rela-
ciones objetales. Este orden fenomenológico nos conduce
a desear que estos pacientes puedan lograr conformar
una entidad clínica coherente. Ahora bien, si recorremos
276
,....------------··· .... --- •.
la bibliografía cada vez más vasta sobre este tema, vere-
mos que se trata de una serie de organizaciones psíqui-
cas diversas, de una sintomatología rica y variada, que
-p.roduce una confusión inevitable en cuanto a su concep-
tualización.
Tal vez esta confusión refleje también una confusión
teórica en torno del concepto freudiano de narcisismo.
Este concepto, según Freud (1914), sufre sin duda por
esas metáforas extraídas de las teorías biológicas y fisio-
lógicas de su época. Más específicamente, surge la idea
de una fuente de energía capaz de catectízar al yo y
también a un objeto en el mundo externo. Esta energía
es capaz de pasar de uno al otro como si se tratara de
una circulación de los valores, de tal manera que si una
catectización disminuye, la otra forzosamente deberá
aumentar. Ahora bien, esta noción, aparentemente
lógica, se revela menos satisfactoria desde el punto de
vista de la observación clínica. Freud, por ejemplo, des-
cubre en el estado amoroso una pérdida de la libido nar-
cisista en provecho del objeto amado. Es igualmente
fácil comprobar que para muchos individuos una rela-
ción amorosa es un logro narcisista; del mismo modo
puede comprobarse que una pérdida de este valor suele
desencadenar la pérdida del amor objeta!. El caso de
Sandra, de quien voy a hablar más adelante, ilustrará
esta problemática. En otros sujetos la pérdida del amor
objetal puede resultar en una disminución tan drástica
de la libido narcisista que precipita crisis depresivas o
psicosomáticas graves (véase el cap. 9).
Mi propósito no es explorar más profundamente la
complejidad de la homeóstasis narcisista en su relación
con el objeto libidinal: son objetos internos o externos o
el yo mismo tomado como objeto. Espero solamente
poder transmitir, a través de algunas viñetas clínicas,
una visión más clara de estas complejidades.
277
Volvamos por un momento a Sabine. En cuanto a la
anamnesis: de pequeña ha sufrido desapariciones súbi-
tas y duelos y la muerte de sus padres. Pero contraria-
mente a la mayoría de los niños en duelo, ha conser-
vado vivos los recuerdos de la apariencia, de las
palabras, de las flaquezas y de los actos de sus padres,
recuerdos que llegan hasta la erlnd de quince meses.
Los relatos de su propia famílía confirman lo que yo
misma pude deducir de la forma, tanto como del conte-
nido, de su discurso analítico, o sea que Sabine ha
adquirido muy precozmente una autonomía con res-
pecto a sus padres y a su entorno en general. Al recor-
dar ciertas hazañas cuando tenía dos años y medio, ella
comentó: "Mis padres no se dieron cuenta de nada, tan
ocupados estaban con sus propios problemas. Ya me
sentía totalmente diferente de ellos, y no dependía
mucho de ellos". Renegación, por cierto, pero al mismo
tiempo reconocimiento de sus t empranos esfuerzos para
negar sus necesidades básicas. Sabine tenía dos herma-
nitos, y me atrevo a suponer que la temprana indepen-
dencia de Sabine estaba construida parcialmente para
contener los sentimientos intensos de mortificación nar-
cisista y de angustia intolerable tal como se las suele
observar en los niños cuya madre es psicótica y "no con-
fiable". En Sabine la realidad vino a confirmar su ilu-
sión de autonomía. Sus padres desaparecieron antes de
que ella cumpliera cinco años, y sólo tuvo la certeza de
su muerte algunos años más tarde. Aunque le habían
contado que estaban "de viaje", ella sabía que era una
mentira, pero se cuidaba de decirlo "por temor a hacer
sufrir a sus parientes cercanos y a los hermanos meno-
res". Así ella se creía responsable de estos últimos, pero
en s u novela familiar -otra renegación importante
para su narcisismo- todos habían salido de la misma
madre, mientras que ella sola era hija del padre. Esta
278
"11istoria la había contado a muchas compañeras y ami-
gos como innegable verdad.
Lo que nos interesa aquí no son los elementos histó-
ricos que han podido contribuir a la estructuración del
sistema de supervivencia psíquica de Sabine sino la
manera como ese sistema funcionaba, y en particular el
problema de la representación de sí mismo, y de los
otros. Este sistema puede describirse como una serie
casi inquebrantable de defensas narcisistas, barreras
protectoras que descubro en muchos pacientes que han
sufrido también duelos precoces. Con frecuencia se trata
de organizaciones de carácter marcadas por estados
depresivos o angustiosos poco elaborados o con un fuerte
potencial psicosomático. Este sistema, que puede descri-
birse como la ilusión de bastarse a sí mismo, de ser
invulnerable, también puede incluir los ideales del yo
más variados, que van desde metas de t ipo erístico a
metas de tendencia criminal.
''Yo creo mis propias leyes -precisa Sabine- feliz-
mente la mayoría de las veces estoy de acuerdo con la
sociedad." Entre sus múltiples luchas con las exigencias
de la realidad externa, la reflexión siguiente es ejem-
plar: "En suma, no estoy descontenta de ser mujer, pero
jamás aceptaré no poder elegir", desafio frente a la reali-
dad que puede resultar en la elección de un objeto homo-
sexual o en una solución delusoria. Otro escudo defen-
sivo ha sido resguardarse de deseos sexuales: "Jamás
estaré sometida a mis deseos sexuales. Frente a un
hombre que se declara enamorado de mí, y suele ocu-
rrirme, huyo como de la peste. Sólo encuentro una rela-
jación sexual con hombres que no se interesan particu-
larmente en eso. Cada vez que he hecho el amor sin
premeditación he sentido placer. Pero jamás será el fun-
damento de mi relación con un hombre. Estar apresada
por un deseo sexual es horroroso. Cuando era joven y
279
cuando las otras adolescentes hablaban de las relaci ones
sexuales, me preguntaba cómo iba a salir de una expe-
riencia tal. Imaginaba que ya no sabría quién era, y que
después de eso prácticamente no existiría más. Después
de mi primera experiencia sexual me dije: '¡Uf! ¡Qué
suerte, sigo estando aquí!'."
Estas fantasías angustiosas tienen poco en común
con la típica culpa edípica; está más cerca de una ame-
naza de índole primitiva en la que el temor a la desinte-
gración es proyectado sobre el sentimiento de sí-mismo,
por el cual el castigo temido no es la pérdida de la
sexualidad sino de la identidad subjetiva. Aquí el sexo y
el deseo, lejos de confirmar la identidad, amenazan con
la disolución de la autoimagen. La mano de Otro hace
temblar el espejo de Narciso; este otro puede existir a
condición de que se limite, en el campo del deseo, al r ol
de Eco.
Ahora bien, la relación sexual no es la única que
amenaza a la autoimagen y al equilibrio narcisista de
esta joven paciente. "Me siento mal con la gente .. . me es
difícil dominar una situación de encuentro. Me cuesta
absorber lo que la gente me cuenta. Me siento abrumada
por todo lo que las rodea, las percepciones de las bocas,
de los gestos, de los colores ... su proximidad ... es un
suplicio." Ella retuerce sus manos, habla dificultosa-
mente con una vocecíta estrangulada. "Sin embargo, me
gustaría tanto comprenderlos. Hago un esfuerzo extra-
ordinario que me agota. Su proximidad torna ese intento
imposible." Yo le había preguntado: "¿Como si usted sin-
tiera que fuera invadida por los otros?". "Justamente!
Un temor de convertirme en otra persona. Cuando los
escucho y me pongo en su lugar ... porque ... es necesario
que dé la impresión de que los estoy escuchando bien y
que demuestre que los he comprendido. Si la gente tan
sólo me escribiera, yo comprendería inmediatamente. En
280
--
su presencia tengo una óptica totalmente parcelada.
Incluso por teléfono tengo dificultades ... me haría falta
una grabación ... "
Todo ocurre como si Sabine no se sintiera protegida
contra la invasión psíquica, como si su "piel psíquica"
acusara grandes desgarramientos por donde los otros
pudieran penetrarla y tomar posesión de ella. Al mismo
tiempo siente la necesidad de ese mundo amenazante.
"Me agoto durante horas así. Incluso cuando pequeña,
siempre recibí las confidencias de los otros. La idea de
su sufrimiento si no los ayudo me resulta insoportable,
incluso cuando lo que me dicen no me interesa para
nada." Dicho en otros términos, Sabine proyecta en el
otro la imagen de un niüito que jamás ha sido escuchado
ni comprendido.
Se encarniza en satisfacer cualquier demanda y por
otro lado es incapaz de soportar el dolor de identificarse
con una frustración supuesta (fantaseada). Al mismo
tiempo no puede, no quiere recibir nada a cambio y se
agota en un esfuerzo por responder a una parte de ella
misma -el yo ideal- la niña megalomaníaca por quien
no siente piedad.
Su ego está construido como contrapartida de esa
necesidad y da origen a la compulsión de ser un espejo
del otro, siempre dispuesta a reflejar la imagen añorada,
madre tierra que debe alimentar a sus hijos imagina-
rios. "'En cuanto a mí, tengo la menor cantidad posible
de necesidades; ni siquiera sé cuándo tengo apetito;
tengo pocos objetos que cuenten para mí... -Por otra
parte, no quiero parecerme a los otros ... hay que dar
cosas, palabras, tiempo, atención ... "
-¿Y no recibir nada?
-"¿Pero qué es lo que me pueden dar? Por lo demás,
las personas llevan anteojos de colores diferentes,   n t o n ~
ces es imposible ver las mismas cosas." Más tarde
281
Sabine puede revelar la importancia de los "otros"; se
apoya intensamente en el "mundo del otro" para extraer
los tesoros de recuerdos que recupera para su dominio
privado. El siguiente fragmento de su discurso es rico en
significado: "En el momento nunca sé lo que siento
cuando veo una obra de teatro, cuando mantengo una
conversación, ante un paisaje .. . sólo después encuentro
precioso y para mí todo eso. Es necesario que yo extraiga
algo para mí, si no las cosas se ponen muy malas". En
esos momentos se siente dolorosamente apartada del
mundo. Pero su modo de recuperar contacto merece
nuestra atención. "Pues bien, después, en ese paisaje
luminoso, ese intercambio con otro .. '. lo revivo, pero yo
ya no estoy; es mío." Del contenido que corre el riesgo de
ser "vaciado" peligrosamente, ella se torna continente: la
hemorragia narcisista entonces es detenida.
Sólo lograremos aclarar la problemática de pacientes
como Sabíne si apelamos a lo que puede aparecer como
un sistema de supervivencia totalmente opuesto. Para
Sabine, el único modo de mantener su sentimiento de
identidad y su homeóstasis narcisista era huir hacia la
soledad para "encontrarse"; debía aferrarse a sí misma y
cerrar la puerta al mundo para no desaparecer en los
demás. Otras personas, en cambio, deben aferrarse al
mundo para crear la ilusión de integrarse a los otros con
la esperanza de lograr una economía y una imagen nar-
cisista más estable. Estas personas catectízan la soledad
con fantasías de muerte y evitan toda actividad autó-
noma que amenazaría con separarlas del Otro, espejo
destinado a confirmar en el sujeto su sentimiento de
identidad y de valor. El objeto de tal demanda es a
menudo, pero no siempre, un objeto sexual. En este caso
la pérdida de sí mismo en el Otro no es temido; por el
contrario, la ilusión de fusión es buscada ávidamente
como el niñito que bebe con sus ojos la mirada y la voz
282
.............-- ..
de su madre. Una vez más los conflictos edípicos y la
problemática del deseo no están en primer plano, o a lo
sumo se expresan en un registro arcaico que se esconde
iras la genitalidad, para confirmar la integridad narci-
sista.
Antes de la llegada de Sandra a París, recibí algunas
cartas de un colega, amigo de su familia, que me
hablaba de los numerosos problemas psicológicos. Con-
taba diecinueve años; nacida en una familia de la alta
burguesía, había sido tratada por pediatr as y psiquia-
tras de niños desde su primera infancia por perturbacio-
nes "psicosomáticas". Leí que, siendo lactante, no podía
dormir más que en brazos de su madre; luego se había
tornado gravemente anoréxica. Hasta los cuat r o años,
había sido alimentada casi exclusivamente con biberón;
durante años no comió carne. Se mostró igualmente ina-
petente con respecto a la escolaridad. Nunca lee nada
por placer. Incluso hoy, dice mi colega, "más que
comerlo, juega con su alimento; es muy lenta en todo;
mordisquea sus manos, incluso cuando toca la guitarra.
No puede dormir sola; se cree fea e incapaz de atraer a
los muchachos; tiene pocas amigas". Las querellas vio-
lentas entre la hija y la madre hicieron pensar a los
médicos y amigos que una separación entre ambas le
haría bien a toda la familia; de allí surgió la decisión de
enviar a Sandra a París por un tiempo indefinido. Iba a
alojarse en una pequeña pensión privada para mucha·
chas de "buena familia".
Es la propia Sandra la que me llama por teléfono
para fijar la primera cita. Veo a una joven alta, delgada,
muy bonita, que pasa rozando las paredes para - según
ella me explica- que no le vean sus piernas fl acas.
"Todos saben que lo único que cuenta en una muchacha
son las piernas -soy horrible, esquelética, asexuada-."
Sandra revela una imagen corporal que en su imagina-
283
cíón tiene ribetes psicóticos. Se quejó de su madre que la
hostigaba para que se peinara, se maquillara, se vistiera
mejor, fuera menos "nerviosa", etcétera, durante más de
una hora. Con una voz exacerbada y a la defensiva, me
preguntó entonces qué iba a querer yo de ella; había
venido únicamente para complacer a su madre y a los
médicos. "Lo que quieren su madre y los médicos me
interesa menos que lo que usted busca, por usted
misma." Asombrada me dice: "¿Yo?", como quien dijera:
"¿Quién es yo?".
Le digo que si no busca nada, le concierne sólo a ella.
Después de un corto silencio, Sandra me dice: "Nunca
pensé que era algo para mí. Sería preferible que volviera
otra vez". En nuestra segunda entrevista me informó
que desde hacía algunas semanas tenía un amante; se
sentía orgullosa de anunciar esta noticia a su madre,
quien le había ordenado inmediatamente que tomara
anticonceptivos. "Es hermoso, diferente de mi familia, Jo
único es que me hace esperar mucho en cada cita. Esas
esperas me resultan insoportables." En realidad fue en
ese momento que formuló una auténtica demanda de
análisis. "Este problema con A me supera -tengo tanto
miedo de que me abandone-; todas las noches tengo
pesadillas." El "estado amoroso" y el amor de transfe-
rencia tales como Freud los describe en todo lo que pue-
den ocultar de más ilusorio, de más proyectivo en cuanto
a la idealización ciega -¡ese amor ya estaba en su sitio,
firmemente aferrado al amigo A!
Fue necesario un año de análisis, cuatro veces por
semana, antes que Sandra pudiera decirme, pudiera
incluso admitir ante sí misma, que su amante, desocu-
pado, al borde de Ja delincuencia, la veía para hacer el
amor y para pedirle dinero, únicamente, y lo que es más,
Sandra tenía que esperarlo durante horas en los cafés o
en la casa de él. Ella tampoco mencionaba su frigidez en
284
las relaciones sexuales. Su discurso se centraba en su
alegría inmensa, en su pasión amorosa y en su dolor
extremo cuando él "se retrasaba". Varias amigas la
pusieron en guardia contra ese mal muchacho; ella las
creía envidiosas. Sólo en sus brazos estaba al abrigo de
sus sentimientos torturantes sobre sí misma.
¿Cómo describir el clima de ese .difícil análisis? Inca-
paz de articular el alcance de su desesperación cuando A
faltaba a un compromiso con ella, se balanceaba al borde
del diván (tal como lo hacía, cuando pequeña, en medio
de la noche) profiriendo gemidos; adelgazaba de manera
alarmante; hablaba sin cesar e incoherentemente de sus
piernas delgadas; soñaba que era un animal sin piernas,
que la atacaba una serpiente, que se había perdido en un
bosque, que era perseguida y devorada por fieras .. . pesa-
dillas que no contenían temas de castración, de aban-
dono, de terror sádico en su contenido manifiesto. Con el
correr de los meses, ella misma vinculó sus sueños a su
devastadora relación con A, y a su relación con su madre.
Ella analizaba prácticamente sola un material "clásico"
referente a las fantasías de castración femenina y de
celos edípicos, con asombro y placer ante tales descubri-
mientos. Pero eso no cambió nada en su problemática
dolorosa. Al cabo de un año, encontró el coraje de aban-
donar a su muchacho delincuente por otro, B, un obrero
que se ganaba honestamente la vida y con el cual vivió
durante dieciocho meses. A través de la explicación de
las fantasías de su vagina como boca devoradora, su
anestesia sexual desapareció; pero siempre permanecía
al borde de una desesperación suicida convencida de que
B quería abandonarla. "Cuando B sale yo ya no vivo. Ha
aceptado trabajar menos pa ra estar más tiempo conmigo;
pero no basta. Ahora tengo un sexo pero es como si lo
quisiera en mi vientre --0 tal vez yo quiero estar en el
suyo-. Cuando estoy sola no puedo soportar mirarme en
285
el espejo. Veo mi cuerpo y mis piernas flacas. ¿Cómo
puede B amarme? ¡Bes mi espejo, y no es lo suficiente-
mente grande!"
Sólo durante el reinado del amante C, Sandra pudo
admitir el problema del alcoholismo de B y el hecho de
que había tenido pocos intercambios con él fuera de su
pasión sexual. De C decía: "Es como una droga que nece-
sito todo el tiempo. Cada vez que parte por algunos días,
es intolerable. Ya no pierdo peso como antes, y es mila-
groso; pero ante la más mínima diferencia entre lo que
espero de él y lo que hace, toda mí imagen se derrumba.
Y no me atrevo a decírselo, siempre el mismo miedo: que
me vaya a dejar por otra".
En otros términos, Sandra exigía una respuesta per-
fecta a sus anhelos, los cuales eran sentidos como necesi-
dades. Si éstas no se satisfacían, sólo podía esperar la
muerte. Tal exigencia es la del bebé; exactamente como
un lactante, Sandra pretendía un dominio mágico de su
objeto, ilusión destinada a aumentar su propia estima,
pero cada decepción, en cambio, aumentaba su mortifi-
cación narcisista y la amenaza de muerte psíquica. "Sólo
vivo para él, hago todo lo que quiere así escucha todas
mis necesidades. ¿Por qué deja que me deprima? ¿Cómo
es que no comprende que cuando estoy deprimida o res-
friada ... etc., necesito que él esté conmigo?"
Sandra comenzó a ver con más claridad Ja natura-
leza de sus relaciones amorosas, pero muy lenta y dolo-
rosamente. "El otro día mi amiga criticaba a D; me sentí
tan angustiada que no pude dormir durante varias
horas. jMe hubiera gustado abofetearla!" Si su espejo se
vela, su propia imagen se esfuma; el espejo acusa un
defecto y su imagen entera se hace añicos.
Seis años separan la sesión siguiente de nuestra pri-
mera entrevista. Sandra finalmente puede vivir -y dor-
mir- sola, sin angustia, en un estudio propio. Siempre
286
bonita, se ha tornado bella; ya no anda rozando las pare-
des; ha hecho estudios universitarios. Pero sus profun-
das exigencias narcisistas lo mismo que sus problemas
todavía requieren análisis. Su amigo actual es "menos
hermoso que los otros, y me da lo mismo: es más inteli-
gente; tenemos muchas cosas en común. Comienzo a
pensar que me gustaría tener un día una familia mía.
Pero yo misma sigo siendo muy niña. X tiene muchos
problemas en este momento. Hace tres días que no viene
a mi casa, entonces tuve una pesadilla. Un monstruo me
perseguía para despedazarme. La noche antes había
visto la película Tiburón ... ". La primera cosa que agarró
el monstruo fue su pierna. "X me corta las piernas
cuando no me llama por teléfono. Es un tiburón y estoy
furiosa con él... Siempre me molesta soportar una
decepción .. . verdaderamente soy infantil. .. el otro día en
el cine miré a una chica que tomaba un helado. Me dije
que yo lo necesitaba más que ella; ¡temblaba de ira y de
deseos de tomar su helado!" Le recuerdo que el otro día
ella estaba "hambrienta" de la mirada de su amante:
reflejo y alimento a la vez.
"Es cierto, y no lo dejo tranquilo. ¿Seré demasiado
voraz? Cuando era adolescente, vomitaba mientras
esperaba a mi novio. Mis amantes, siempre quise comér-
melos, como helados. Es un dolor atroz tener tanta ham-
bre." Después de un breve silencio: "Pero el tiburón, ¡soy
yo!".
En verdad ésta fue la primera vez que Sandra había
advertido que detrás de su búsqueda constante de un
reflejo eco había dado a sus relaciones sexuales una
dimensión primitiva, ese amor voraz del muy pequeño
que se arroja sobre el pecho materno para saciar su sed,
para hallar en los ojos de su madre 1a confirmación de
su propia existencia. Al final de esta sesión, Sandra
dice: "Realmente no conprendo por qué soy así. Jamás
287
nadie me buscó con esa avidez; jamás conocí a nadie tan
exigente como yo, ¡pero sí a mamá! Ella quería hijos per-
fectos; en cierto sentido se alimentaba de nosotros. Sus
dientes de tiburón están en nosotros".2 A partir de
entonces mi joven paciente pudo reconocer que era con
Sandra - tiburón contra quien tenía que luchar.
En gran parte para protegerse contra esa dependen-
cia objeta!, contra ese amor devorador desplegado por
Sandra, Sabina, se ha tornado anoréxica en sus contac-
tos con el mundo.
De estas notas clínicas he debido separar toda ref e-
rencia al Edipo, tanto en sus aspectos homosexuales
como heterosexuales, así como al material anal, con el
objeto de concentrarme en los aspectos puramente narci-
sistas. Finalmente, en estos fragmentos clínicos he
dejado de lado la "franja neurótica", no muy gruesa por
cierto, pero de todos modos importante: en Sabine una
fobia obsesiva de tocar-ser tocada que demuestra muy
bien su vínculo con su defensa narcisista; en Sandra, su
preocupación histérica por sus objetos especulares que
encubrían implicaciones homosexuales importantes.
Estas dos organizaciones narcisistas que parecen
estar desde un punto de vista fenomenológico, concier-
nen sin embargo a la proposición básica que deseo anali-
zar. 3
2. Esta dimensión de la estructura libidinal merece un estudio
especial por su posición privilegiada con respecto a los primeros
intercambios que el niño comprende, de ahí la importancia de conso-
lidar el sentimiento de identidad personal y la representación del sí-
mismo en relación con el mundo exterior, y su implicacíón en el con-
cepto de Winnicott de los fenómenos transicionales.
3. En efecto, no es dificil encontrar en nuestra práctica analí-
tica pacientes que presentan una mezcla de relaciones y defensas
narcisistas, pero ambas fonnas se estudian con más facilidad en los
casos extremos.
288
Otro punto fusiona el "sexo" con el "sí-mismo": si
para Sandra el objeto narcisista era también un objeto
sexual, no siempre éste es el caso. En Sabine su aisla-
miento narcisista protector no era una solución autoeró-
tica, pero en otro individuo con una estructura defensiva
similar hubiera podido serlo.
El objeto-espejo, como en Sandra, pues, no es siem-
pre un objeto de amor; puede ser igualmente un objeto
de odio y el hecho de aferrarse a él revela ser igual-
mente compulsivo, hasta ta1 punto que ya no se puede
dudar de que se trata perfectamente de un objeto narci-
sista, apto para dar al sujeto la impresión de que está
"vivo", de que es "real". El capítulo anterior, centrado en
el papel de la contratransferencía con pacientes de este
tipo, se apoyaba en el caso de una paciente que constan-
temente trataba de crear un drama pasional con sus
allegados, drama que ella no podía contener interior-
mente, pero que también, por su reconstitución sobre la
escena del mundo, producía lranquilidad en cuanto a su
propia existencia y a la del otro. Pues bien, los dramas
inconscientemente provocados así sólo lo son al precio de
una inmensa pérdida en el plano narcisista; de ahí
surge la impresión de vacío, de confusión acerca del
papel del prójimo, de dificultad de vivir.
Para ciertas personas todo el entorno sin distinción
sostiene potencialmente el espejo narcisista. "Un taxista
de mal humor, una vendedora insolente, un colega des-
cortés es capaz de destruir todo mi día; pienso en ello
durante horas'', se quejaba un paciente cuya autoima-
gen sufría oscilaciones extremas. Su propia estimación
estaba a merced de cualquier peatón que amenazara con
devolverle la imagen insoportable del que no es amado.
Buscaba en el exterior un aporte para reparar el daño
narcisista, pero una vez que lo hallaba, lo perdía al ins-
tante, y sólo la externalización continua de su odio hacia
289
sí mismo, seguida por días de ira y mortificación, p o d í ~  
detener los sentimientos depresivos intensos.
!
Para otros que,_como Sabine, se aferran a su propio
ser y a su soledad cuidadosamente preservada para
apuntalar el frágil sentimiento de identidad, puede
tomar la forma de un sentimiento del sí-mismo de
recuperación autoerótica. Un hombre que vino a análi-
sis a causa de angustia aguda y despersonalización,
que lo asaltaban cuando hallaba dificultades en su tra-
bajo o cuando pasaba unos minutos entre una multi-
tud, cuenta a su analista: "He sufrido una ruda jor-
nada; ninguno de mis trámites me ha salido bien. La
multitud a mi alrededor me invadía; la gente no estaba
contra mí pero yo ya no sentía mis contornos . .. Estaba
ahogado allí adentro como en mis negocios ... era nece-
sario que me protegieran inmediatamente, me era
necesario algo alrededor de mí que me aislara y me
impidiera diluirme". El paciente entonces se metió en
un taxi; sólo tenía una urgencia; llegar a su casa para
masturbarse. "Me apelotoné, desnudo sobre mi cama.
Cuando eyaculé, fue como si hubiera salido de la
bruma. Volví a encontrarme a mí mismo." Más tarde
pudo decir, si bien con muchas reticencias, que a veces
también tragó su esperma después de un drama tal de
"recuperación" de sí mismo. Detrás de las fantasías de
ser hombre y mujer y a la vez en su onanismo, fanta-
sías proporcionadas por el propio paciente, descubri-
mos también la fantasía primitiva de alimentarse a sí
mismo, como rodeado por los brazos maternos, para
sentirse íntegro narcisísticamente. Aunque todo acto
de masturbación implique fantasías inconscientes que
apuntan a una ilusión narcisista y hermafrodita, como
hemos propuesto en el capítulo 4, vemos aquí una ver-
sión tardía del niño mericista que prematuramente ha
debido crear defensas para luchar contra los peligros
290
irrepresentables de la primera relación (veáse el capí-
tulo 11).
No tengo la intención de explorar aquí todos los
caminos que surcan este campo de investigación. Me
limitaré a subrayar dos de ellos antes de tomar en consi-
deración, para terminar, algunos aspectos específicos del
análisis cuando enfrenta la economía narcisista de la
estructura psíquica.
Una primera perspectiva teórica concierne a la natu-
raleza del funcionamiento psíquico de los pacientes, una
inestable representación de ellos mismos en el seno de
una economía narcisista frágil, perspectiva que sólo
puede ser observada en el interior de la situación psicoa-
nalítica. Manifiestamente hay cierta incapacidad de
tornar significativa, incluso de representar psíquica-
mente una situación de ausencia o de carencia. Es la
imagen del sí-mismo la que se esfuma, o bien es la ima-
gen del Otro. Esta carencia al nivel de la representación
mental 4 puede llegar muy lejos pasando inadvertida
durante un tiempo considerable del tratamiento analí-
tico. Una paciente que se aferraba con intensidad a sus
amigos de ambos sexos para sentirse viva y amada, des-
pués de una intervención de mi parte sobre el modo
como ella hablaba de los otros y de su incapacidad para
soportar la soledad, me dijo: "La gente y los objetos que
me recuerdan la vida están colocados alrededor de mí ¡y
no en mí1 Fuera de su presencia real es como si la gente
no existiera. Es un dolor inexplicable ... pero sola, estoy
rodeada de un vacío ... A veces me encuentro con mis
amigos de una manera abstracta: camino en el departa-
4. También puede ser expresado en t érminos de objetos inter-
nos, que son atacados o destruidos; como una falta básica en el pro-
ceso de introyeccíón e indentificación; como una ausencia simbólica
en la estructura de los significadores, etcétera.
291
mento y repito el nombre de ellos; eso sirve de rostro y
me reconforta". Ahora bien, el nombre sin el apoyo de un
objeto interno viviente pierde su vitalidad y su función
psíquica, lo que deja un sentimiento de muerte, de estar
expulsado de la comunicación con el mundo.
El mismo dilema manifestaba otro paciente en el
contexto de la relación transferencia!. Expresaba una
cólera violenta durante los fines de semana. "Es necesa-
rio que usted esté constantemente a mi lado, de otra
forma no lograré nunca superar mi angustia, dejar de
tomar somníferos, pensar incluso de hablar de ello
aquí." Todo ocurría como si fuera de mi presencia él no
conservara ya ninguna imagen de mí ni de nuestra rela·
ción. "Pero no se puede imaginar a alguien que no esté
realmente allí", me replicó. "Lo que usted me dice no
tiene ningún sentido. ¿Cómo podría llevar dentro de mí
la idea de usted? Usted no está allí, así que es inútil
pensar en ello."
El vacío interior recuerda el trabajo de Winnicott
sobre la creación de un "espacio" potencial, y sobre la
capacidad o incapacidad del pequeño para permanecer
solo en presencia de la madre, es decir, utilizar una
representación interior de ella para jugar sin necesi-
tarla. Es posible que los pacientes que describo aquí
nunca adquirieron verdaderamente la "capacidad de
estar solos" en este sentido. Esto conduce a considerar el
concepto de objetos y fenómenos transicionales. Conje-
turo que, como niños, estos pacientes nunca crearon un
objeto transicional capaz de realizar su función y de per-
mitir la ínternalización gradual del objeto para que su
ausencia pueda ser tolerada sin un sentimiento de pér-
dida catastrófica. Se puede decir que los amantes de
Sandra tuvieron el papel de objetos transicionales en su
economía psíquica, y el de "manta segura" que repre-
senta a la madre y al mismo tiempo es el descubrí-
292
--
miento y la creación del propio niño. Cuando se utiliza a
una persona en el lugar de objeto transicional, se la per-
cibe de manera proyectiva y tiene poca relación con la
realidad. Los objetos amorosos de Sandra, por lo menos
en los primeros años del análisis, fueron su "creación'',
su "manta segura" que le permitió soñar y dormir con
placidez. Sahire, por otro lado, sólo podía pensar con
claridad y dormir bien cuando estaba sola; en cierto sen-
tido, ella misma era su propio objeto transícíonal. La
imagen más condensada de esta solución particu]ar a]
trauma temprano es la proporcionada por el paciente
que se amaba a sí mismo, y que luego se alimentaba a sí
mismo con sus propias secreciones. Vemos aquí un corto
circuito de los fenómenos transicíonales, una fantasía
pecho-pene en la que el paciente intentaba ser Ja madre
nutriente y el lactante en un acto autoerótico, pero care-
cía del capital psíquico necesario para permitirle sobre-
vivir sin riesgo en el mundo de las relaciones humanas.
Este vacío al nivel del desarrollo ontogénico hace pen-
sar en las investigaciones sobre la psicosomática, y en
particular en el estudio de Fain (1971) sobre el comienzo
de la vida psíquica y su relación con las enfermedades
psícosomáticas, como el mericismo y el insomnio grave,
todo parece indicar que allí donde debería hallarse el
esbozo de un objeto psíquico no hay más que un blanco.
Sabine, mericista mental, alimentándose de su propio
contenido psíquico, en su dificultad de escuchar lo que
decían los otros, se parece a estos trágicos niños. Cuando
escuchaba a los otros o disfrutaba una nueva experiencia
la invadía una confusión de impresiones perceptuales de
formas, sonidos y colores como si ella no hubiera interna·
liza do la función materna como pantalla que protegía a
su bebé de la invasión, insoportable de estímulos internos
o externos. Lo mismo ocurría con Sandra, pequeña
insomne, que sólo dormía acunada en los brazos de su
293
madre. Pues bien, estos pacientes no han manifestado
enfermedades psicosomátícas. Aunque no estén necesaria-
mente al amparo de tales afecciones, me pregunto si la
creación de las defensas narcisistas no sirve también para
proteger el soma. ¿Tal vez Sandra haya salido de su rela-
ción con una madre "calmante" 5 gracias a su anorexia?
Esta defensa. aunque primitiva, ya está inE'·,rJ.tablemente
impregnada de fantasías de un mal objeto, objeto invasor
contra el cual el niño se protege rechazando el alimento,
tomado como equivalente simbólico de la madre invasora.
La barrera anoréxica está ausente en algunos pacientes
(en especial aquellos con historia de úlcera gástrica) que
reconstruyen en el análisis una relación maternal de este
tipo. Llevado al límite, podríamos preguntarnos si el
futuro enfermo de úlcera alguna vez ha podido ser anoré-
xico, al faltar la defensa narcisista.
La aventura psicoanalítica con pacientes cuyos sufri-
mientos y conflictos están centrados principalmente en
la frágil catectización de sí mismos va a dar necesaria-
mente una dimensión específica a la relación transferen-
cia!. Se trata de una transferencia "fundamental" s, de
una vivienda arcaica, señalada por Stone (1961) por
momentos fusional. En el consultorio no hay dos perso-
nas sino una sola: el analista es vivido como una exten-
sión narcisista del analizando, o a la inversa, el anali-
zando se considera ¡una extensión del analista! En el
primer caso toda amenaza de separación estará excluida
de la conciencia. Fuera de la sesión, el analista desapa-
rece totalmente del mundo psíquico del otro. Su inexis-
5. El tema de la "madre calmante" lo trataré en el próximo
capítulo.
6. Es cierto que todos los análisis tienden a pasar por etapas
de fusi ón y confusión narcisista, pero la transferencia no está total-
mente dominada por la anulación de la relación psicoanalítica por
parte de uno de sus miembros.
294
tencia es paralela a la convicción de que el analista no
reconoce en mayor medida la existencia separada de su
analizando. Una paciente que faltaba muy a menudo a
sus sesiones nunca pensó en mencionar tal hecho: en el
fondo creía que yo no me daba cuenta de ello. Sólo
durante el cuarto año de análisis me telefoneó para avi-
sarme que no iba a venir. "Comienzo a creer que existo
para los otros; entonces usted también comienza a exis·
tir para mí."
La separación de mí equivale a mi muerte, para
Sabíne. Antes de las vacaciones de verano del primer
año de análisis, ella se las arregló para partir dos días
antes. "Puesto que vamos a suspender, ya me siento
ausente." Como el niño del carretel, ella se transformó
entonces en el agente del corte y no en la víctima.
Luego, convencida de que yo estaba muerta, ella elaboró
un proyecto que le permitiría continuar su análisis sola.
Algo traumatizada por hallarme viva, se mantenía total-
mente muda durante la sesión de retorno, mucho menos
cómoda en mi presencia real que conmigo muerta. La
ineluctable evidencia de que éramos dos personas sepa-
radas reabrió la apertura y la remitió una vez más a su
dependencia, vivida como una herida dolorosa, como
una amenaza a su integridad narcisista.
En el caso en que el paciente se vive c6mo un seg-
mento del analista, toda separación está teñida de
temor a la pérdida y a la muerte. Sandra, aferrada a la
imagen del analista como a sus objetos-espejo, temía
constantemente mi desaparición, sentida de antemano
como un abandono injusto e insoportable.
Nos es forzoso reconocer que las dos problemáticas
se unen en una misma fantasía fundamental: en una
relación entre dos personas, una de ellas deberá forzosa-
mente morir.
La transferencia con tales pacientes frágiles provoca
295
t ambién en el analista reacciones contratransferenciales
que pueden ser diferentes de lo que siente con analizan-
dos que tienen un sí-mismo sólido. Ante todo está la
paradoja de que los pacientes que acabo de designar
como "frágiles" han creado sin embargo estructuras
defensivas particularmente inquebrantables. Esta auto-
conservación psíquica -técnica de supervivencia- es
como la creación de un baluarte contra un peligro de
muerte. Tal vez este peligro, que se arraiga en un
mundo presimbólico, corresponda a lo que Bion describe
como el espanto-sin-nombre; el bebé cuya madre es inca-
paz de contener su angustia de muerte, en lugar de una
respuesta -eventualmente un sentido a lo que él expe-
rimenta- va a introyectar un objeto hostil a su deseo de
vivir.
Es evidente que las barreras erigidas contra tal
terror no están hechas para ceder fácilmente. Más aún,
esas defensas merecen nuest ro respeto por el papel capi-
tal que desempefian en mantener la estructura de la
personalidad y su economía psíquica. Sin embargo, no
corren demasiado riesgo de desmoronarse ni de precipi-
tar al paciente en un estado psicótico. La experiencia
analítica más bien se revela infructuosa para alejar al
paciente de los peligros del universo sexual arcaico y del
terror a la muerte psíquica que subyacen a estos estados
narcisistas. Algunos pacientes dejan el análisis con la
impresión de muerte interior y la convicción de que le
falta un dato para comprender el secreto de vivir. Lo que
lo amenaza entonces, más que cualquier otra cosa, es su
propio envejecimiento, con su posibilidad de devastar las
reservas narcisistas del hombre.
El análisis de estos pacientes que intentan reparar y
mantener solos su ilusión de identidad no es nada fácil.
¿Cómo hacer oír una palabra a N arcíso que no oye más
que con sus ojos? El analista que se compromete en ello
296
debe estar preparado a abandonar su comodidad de
espera benévola y su satisfacción de descubrir, de ofre-
cer, a través de su escucha flotante, palabras clave,
\nterpretaciones aptas para que el sujeto se ponga en
diálogo consigo mismo, para hacerle oír el cuerpo y su
deseo. Ahora bien, si Narciso debe luchar contra s u no-
existencia, ¿cómo puede estar a la escucha de su propio
inconsciente?
En resumen, el analista, reducido al papel de Eco, no
serviría para mucho. Para salir de esa situación, se ve
obligado a inventar otro modo de intervención; ¡no sola-
mente debe callarse cuando siente deseos de decir una
palabra, sino que también deberá hablar cuando tenga
deseos de callarse! Y forzosamente va a cometer errores,
errores que le serán perdonados menos fácilmente que
con el paciente que expresa un discurso en el seno de
una transferencia de "neurótico-normal". El analista
debe endosar la no-existencia temida por el paciente, sin
dejar de reconocer la necesidad del otro de mantener en
su sitio sólidas defensas contra la intrusión del analista,
y que ocultaba lo contrario, una demanda de que el ana-
lista se convierta en él y viva por él. Además, para cier-
tos pacientes, el hecho de tener que hablar para comuni-
car su malestar como una afrenta narcisista es sentido
como una obligación. Mientras el paciente no se sienta
atrincherado detrás de su propia identidad y valor, el
analista será llamado a cumplir la función que Winni-
cott describe como "sostén (holding) de la situación en
tiempo y espacio". A nivel de la función analítica, signi-
fica sostener y contener los elementos psíquicos que el
paciente despliega hasta que es capaz de vivenciarlos en
la transferencia.
Si para algunos de estos pacientes el analista es
temido como un objeto destructivo y mortífero, para
otros es considerado como el que detenta la fuente de la
297
vida -fuente de la que el sujeto se halla privado y que
le corresponde por derecho-. Este "secreto" a menudo
se refiere a la incapacidad de la persona para conceptua-
lizar sus propios lugar y valor con respecto a sus proge-
nitores.
Los que buscan alimentarse del analista para apren-
der a vivir, al igual que los que lo rehúyen como una
intrusión mortífera, nos inducen sutilmente a actings.
Con los unos, nos complacemos demasiado fácilmente en
el papel del silencio, y sin embargo, por momentos
debemos desempeñar ese papel; con los otros, podemos
demasiado fácilmente responder a ciertas preguntas
sobre todo cuando la angustia es fuerte, pero al mismo
tiempo hay momentos en que debemos responder.
Hay otra trampa de la contratransferencia que debe-
mos señalar, y ésta tiene que ver con nuestro Narciso. A
veces, mientras escucho a algunos de mis analizandos,
vuelve a mi memoria un recuerdo lejano de Patrick, un
niñito de siete años. Era el tercero de una familia de
cinco hijos, y fue llevado a la psicoterapia porque hur-
taba juguetes, dinero, y golosinas a los otros miembros
de la familia. La madre me contó la última travesura de
Patrick: él solo había devorado la torta del domingo des-
tinada a toda la familia. Pregunté entonces a Patrick
qué pensaba él de todo eso. Me respondió: "Usted com-
prende, la comida es más importante para mí que para
los otros". Se trataba de una certeza. ¿Tal vez fuera lo
que Kohut entiende con el término "sí-mismo gran-
dioso"? Cuando nuestros pacientes adultos dejan aso-
mar, pero sin que ellos mismos se den cuenta, a este
mismo pequeño Narciso voraz, exigente, que habla den-
tro de ellos; cuando exigen que se los proteja, repare,
colme, no solamente por los daños reales e imaginarios
del pasado sino también por los problemas que les
impone la realidad externa, cotidiana, suelo decirme:
298
"¿Pero quién no lo querría? ¿Por qué aquél cree ... que
alimentarse es más importante para él que para los
otros?". Todo intento de analizar este tipo de material, si
pasa por un examen cuidadoso de nuestras actitudes
transferenciales con respecto al dolor narcisista de nues-
tros pacientes; o, por el contrario, nuestras intervencio-
nes corren el riesgo de ser hostiles, carentes de com-
prensión o moralizadoras. Pues existen apetitos
psíquicos que matan el espíritu humano. ¡Como siem-
pre, el analizando tiene razón!
El hecho de comprender bien el funciona.miento psí-
quico de tales pacientes, de entender la lógica de su bús-
queda, de identificarse con su sufrimiento, no quiere
decir que podremos hacer que ese discurso y ese enten-
dimiento se tomen aptos para el proceso analítico. Cada
vez que encuentro ante mí a un analizando portador de
este problema, sé que corro el riesgo de chocar contra
una fortaleza inexpugnable.
En cambio, si alguna vez el paciente nos permite
entrar en su fortaleza, si nos tiene suficiente confianza
como para que revelemos en él las fuerzas de la vida y
de muerte selladas conjuntamente de manera precaria,
si finalmente podemos reconocer la violencia de esas
mismas fuerzas en nosotros, entonces hay grandes posi-
bilidades para que ambos salgamos enriquecidos de esa
aventura analítica realizada en común: el paciente, con
una nueva dimensión de sí mismo y el analista, con el
descubrimiento de que los que esperan mucho de él son
a menudo quienes más le enseñan.
299
9. EL PSICOSOMA Y EL PROCESO
PSICOANALITICO
Las dificultades para ser humanos nos obligan a
crear una infinidad de estructuras psíquicas destinadas
a cicatrizar heridas o a permitirnos hacer frente al dolor
físico y psíquico que inevitablemente padeceremos.
Debemos comenzar a hacerlo poco después de nacer, y si
podemos hacerlo es gracias a que poseemos, como síngu·
lar herencia filogenética, la capacidad para la simboliza-
ción. La mayor parte de los dolores anímicos que nos
afligen nos sobrevienen en el camino que nos lleva a la
adquisición de una individualidad y una identidad per-
sonal, luego de haber adquirido nuestra identidad
sexual. Freud fue el primero en destacar la índole esen-
cialmente traumática de la sexualidad humana, y Klein
y sus discípulos echaron luz sobre los primeros traumas
inherentes al proceso de separación de la imagen de sí
mismo respecto de la del Otro primordial , a fin de con-
vertirse en persona. Desde muy temprano, tenemos que
hallar respuesta a los reclamos antagónicos de   ~ vida
instintiva y las exigencias de la realidad que dichos pro-
cesos generan, y durante todo el resto de nuestra vida
301
aplicaremos gran parte de nuestra energía psíquica a la
preservación de las soluciones que hemos hallado, algu-
nas de las cuales hacen de la vida una aventura crea-
dora, en tanto que otras perduran a expensas no sólo de
nuestro bienestar psíquico sino también, a la larga,
somático.
Antropólogos como Lévi-Strauss han postulado que
en toda estructura social existen normas sexuales, por
cuanto son el requisito mínimo que distingue a un grupo
social humano de un rebaño como el que podamos
encontrar entre las bestias. Dentro de Ja teoría psicoa-
nalítica, se logró inteligir las complejidades de la inte-
gración social y sexual merced a los conceptos del com-
plejo de Edipo y de la angustia de castración, así como
de las estructuras simbólicas a las que ellos refieren.
Estas estructuras, bastante sutiles, están íntimamente
ligadas al lenguaje y no podrían existir sin él; más allá
se halla la zona oscura de lo infraverbal y lo pregenital,
menos cargado semánticamente {lo cual llevó a Freud a
denominar "prehistórica" a esta parte de la evolución
psíquica del individuo). En esta fase temprana, parece-
ría que psique y soma coinciden, no obstante lo cual toda
una amplía y laboriosa cartografia de estos territorios
mentales (los principales cartógrafos, después de Klein,
fueron Winnicott y Bion) tiende a mostrarnos que la psi-
que emana del soma casi desde el nacimiento mismo.
Alcanzar el nivel psicosomático primitivo de existen-
cia es casi como tratar de recrear la experiencia de la
conciencia original, del modo como lo intentan los místi-
cos. Toda indagación en la patología psicosomática ha de
habérselas con las incógnitas propias de esta fase precoz
del funcionamiento psíquico. El material que se incor·
pora a la fusión primordial de la madre y el lactante se
compone de olores, sonidos, sensaciones táctiles y visua-
les que son en sí mismas factores desespacializadores.
302
Esto, sin duda, favorece la puesta en marcha de uno de
los mecanismos psíquicos más tempranos, que suele
incluirse dentro del concepto de identificacíón proyec-
t ~ v a   Estos mecanismos nos dominan hasta el momento
en que el lenguaje espacializa y limita la estructura de
la psique, delimitando así un mundo interno y uno
externo, al mismo tiempo que el bebé comienza a habi-
tar su soma: se corporiza.
El pequeño Edipo sólo en fecha relativamente tardía
se aviene a los problemas causados por la diferencia
entre los sexos, la mortificación narcisista provocada por
la escena primaria y el abandono de sus deseos inces tuo-
sos eróticos y agresivos. Aquí nos interesa el más
pequeño aún Narciso, quien debe superar la pérdida
definitiva del pecho-madre mágico y las ineluctables
demandas de crear objetos psíquicos que la compensen.
Su capacidad de generar las estructuras simbólicas
necesarias para este logro esta rá circunscrita en gra n
medida por los límites que le fij an los temores y deseos
inconscientes de sus padres. Ese momento mítico en el
que se renuncia a 1a identidad fusiona} con la madre
exige que ésta se halle preparada para aceptar la pér-
dida de dicha unión mágica, pérdida que puede conside-
rarse la castración primordial en la vida del individuo.
Muchos progenitores, por obra de su intensa identifica-
ción narcisista con sus hijos, suelen sustraerlos al inevi-
table enfrentamiento con la realidad, más allá de lo que
demanda su inmadurez. Las angustias a que da lugar
esta separación primordial suelen ser llamadas angus-
tias de aniquilación o de desintegración, y puede conce-
bírselas como el prototipo de la angustia de castración
propiamente dicha. Una vez más, se trata de una ame-
naza general. La frustración, la angustia y el conflicto
aún no han sido simbólicamente unidos a los órganos
sexuales.
303
La dificultad inherente que aborda el bebé en su
tarea de convertirse en un individuo es de una natura-
leza más global y más "psicosomática" que los problemas
vinculados a las realidades sexuales. La imposibilidad
de discriminarse de! ambiente que "no forma parte de
mí", y crear así un sentimiento de identidad personal.
provoca resultados más catastróficos que una imposibili-
dad similar relativa a la adquisición de la identidad
sexual y de los derechos que ésta conlleva; no obstante,
esta falla catastrófica no tiene que dar por resultado,
necesariamente, una psicosis alarmante; puede pasar
inadvertida mientras sus insidiosos efectos continúan su
obra silenciosa, como el instinto de muerte freudiano.
Cuando esto acontece, cuerpo y mente han perdido, de
algún modo, los nexos que los conectan.
En esas primeras tentativas de hacer frente al dolor
físico, la frustración y la ausencia psíquica, tenernos el
primer "salto misterioso" del cuerpo a la mente, del cual
sabemos muy poco. El psicoanálisis ha acopiado mucho
más conocimientos acerca del salto, mucho más miste-
rioso aún, en la dirección opuesta: el que lleva de la
mente al cuerpo, subyacente en la conversión histérica y
en las diversas inhibiciones del funcionamiento corpo-
ral. Mucho antes de disponer de tales complicadas crea-
ciones psíquicas, el bebé tiene que haber sido inducido a
vivir junto a su madre, pues aquí radica el movimiento
inicial que motiva los primeros atisbos de vida anímica.
Sabemos que la estructuración de la psique es un pro-
ceso creativo destinado a otorgar a cada individuo su
1dentidad singular. Proporciona un bastión contra la
pérdida psíquica en circunstancias traumáticas y, a la
larga, la creatividad psíquica del ser humano bien puede
constituir un elemento esencial de protección contra su
destrucción biológica.
Esto me lleva al primer punto mencionado en este
304
capítulo: la importancia de la capacidad innata del hom-
bre para la simbolización y la creación psíquica, y en
particular la heterogeneidad de estas creaciones. En su
intento de preservar cierto grado de equilibrio psíquico
en todas las circunstancias, un ser humano es capaz de
generar una neurosis, una psicosis, una estructura de
carácter patológica, una perversión sexual, una obra de
arte, un sueno o una enfermedad psicosomática. Pese a
nuestra humana tendencia a mantener relativamente
estable nuestra economía psíquica, garant izando así
una estructura de personalidad más o menos perma-
nente, en distintos períodos de nuestra vida propende-
mos a producir alguna de tales creaciones, o varias.
Aunque los resultados de estas producciones psíquicas
no tienen todos el mismo valor psicológico ni, por cierto,
el mismo valor social, algo poseen en común: son el fruto
de la mente de un ser humano y su forma está regida
por el modo como la psique de éste ha sido estructurada.
Todas tienen un significado propio en relación con el
deseo de dicho ser humano de vivir y de arreglárselas lo
mejor posible con lo que le tocó en suerte en la vida.
Desde este punto de vista, es evidente que las creaciones
psicosomáticas son las más misteriosas, puesto que son
las menos apropiadas para el deseo general de vivir. Si
su función psicológica es notoria por su ausencia, su sig-
nificado biológico también se nos escapa. En muchos
aspectos, son la antítesis de las manifestaciones neuróti-
cas o psicóticas. Más aún, suele ocurrir que la enferme-
dad psicosomática (por oposición a la psicológica) se
declare cuando éstas ya no funcionan. Mis reflexiones
sobre este fenómeno se han visto muy enriquecidas por
las amplias investigaciones acerca de la enfennedad psi-
cosomática llevadas a cabo por mis colegas de la Socie-
da d Psicoanalítica de París; me refiero en particular a
las obras de Marty, Fain, David y M'Uzan. Mi inter és
305
personal por los síntomas psicosomáticos y su relación
con 1os procesos simbólicos proviene de otra fuente, que
confío en aclarar más adelante.
Lo segundo que quiero señalar es que la incoercible
fecundidad psíquica del ser humano, sea del orden que
fuere, es coexistente con la vida misma. Si admitimos
que puede sobrevenir una muerte psíquica, es posible
que se corra peligro de muerte biológica cuando desfa-
llece o se interrumpe la creación psíquica. De todos
modos, los procesos psíquicos que crean y mantienen la
salud psíquica, así como los responsables de mantener la
enfermedad psíquica, es tán del lado de la vida. Si por
algún motivo no logramos cr ear alguna forma de manejo
mental para hacer frente al dolor psíquico, quizá se ins-
tauren procesos psicosomáticos.
Lo cual me conduce a mi última proposición. El pro-
ceso psicoanalítico es en sí mismo creativo, por cuanto
restablece nexos interrumpidos y forja otros nuevos. Al
igual que nuestras creaciones psíquicas, dichos nexos
son de naturaleza heterogénea: lazos entre el pasado y
el presente, lo consciente, lo preconsciente y lo incons-
ciente, el afecto y la representación, el pensamiento y la
acción, los procesos primario y secundario, el cuerpo y la
mente. Quisiera sugerir que los procesos psicoanalíticos
son la antítesis de los procesos psicosomáticos. Las
transformaciones psicosomáticas plantean problemas
particulares en el curso de un análisis, y quizás exijan
adoptar un enfoque distinto del que requiere la com-
prensión de las partes neuróticas de la personalidad. No
quiero decir que haya "técnicas" especiales para las dis-
tintas manifestaciones psíquicas del hombre, sino sim-
plemente que una nueva comprensión de los procesos
que actúan pueden modificar la manera como escucha-
mos a nuestros pacientes. En su notable obra sobre el
color y la pintura, ltten (1961) dice respecto de los artis-
306
tas algo que podría aplicarse igualmente a los aspectos
creativos de la labor del analista: "Las doctrinas y teo-
rías son más oportunas para los momentos de mayor
debilidad; en los momentos de fortaleza, los problemas
se resuelven intuitivamente, como por sí solos". Lo
mismo pasa en el análisis. Itten continúa diciendo: "Si
tú, sin saber, puedes crear obras maestras del color,
entonces el no-saber es tu camino; pero si no puedes
crear obras maestras a partir de tu no-saber, tendrás
que recurrir al saber".
En el resto del presente capítulo, nos ocuparemos del
material teórico y clínico que puede servir de base para
elucidar los puntos señalados. Tengo la esperanza de
contribuir así a nuestro conocimiento de los mensajes
silenciosos del cuerpo y de estimular la reflexión sobre
nuestra comprensión intuitiva del psicosoma, de modo
tal que podamos llegar a saber mejor aquello que hemos
hecho sin saber.
EL INDIVIDUO PSICOSOMATICO
La investigación sobre el significado y tratamiento
de la enfermedad psicosomática se halla en un cruce de
caminos entre varias disciplinas científicas. Si bien daré
un panorama a vuelo de pájaro del psicosoma y del uso
del término "psicosomático", sólo puedo describir lo que
veo a través del microscopio psicoanalítico. Este es un
instrumento sumamente específico, que se aplica al fun-
cionamiento psíquico y simbólíco y no a las transforma-
ciones somáticas; además, no fue concebido original-
mente para estos últimos objetos de estudio. Por otra
parte, desde el punto de vista de una investigación no
puede dejar de advertirse que la muestra de casos psico-
analíticos ya ha sido sometida a una selección. En pri-
307
mer lugar, porque la gente que padece trastornos de ori-
gen psicosomático busca a un médico más que a un ana-
lista -a menos, por supuesto, que suponga tener ade-
más problemas psicológicos-. Sin embargo, a veces
ciertos pacientes que no se percatan de sus síntomas
psicológicos acuden al analista por problemas gástricos,
por ejemplo, o por una cardiopatía, dado que el médico
clínico les sugirió la consulta psiquiátrica o psicoanalí-
tica. En estos casos, los analistas están muy divididos
entre sí en cuanto si pueden ser útiles ante tal requeri-
miento. Algunos considerarán que un análisis cabal es
el mejor tratamiento disponible, sí va acompañado de la
atención médica apropiada; otros abogarán por una
forma distinta de psicoterapia analítica; y habrá quienes
entiendan que este proyecto está cargado de peligros y
que si los síntomas psicosomáticos no van acompañados
por manifestaciones neuróticas, el análisis está con-
traindicado.
Lo cierto es que rara vez el analista puede optar. No
sólo se halla permanentemente ante conductas psícoso-
máticas de tipo general en todos sus analizandos sino
que además descubre que, le guste o no, gran número de
éstos padecen de auténticos trastornos psicosomáticos,
que pueden abarcar desde una afección alérgica en la
piel, pasando por un asma bronquial o estados hipertér-
micos o hipertensión, hasta una úlcera péptica o una
colitis ulcerosa. Esta frecuencia no obedece en modo
alguno a que entre los pacientes psicoanalíticos haya
una preponderancia de patología psicosomática. Las
manifestaciones psicosomáticas afectan también a los
analistas, y en rigor puede considerá r selas un fenómeno
corriente en la población en general. Si incluimos el
aspecto psicosomátíco de la propensión a las enfermeda-
des infecciosas y los problemas psíquicos de las personas
con propensión a los accidentes, tendremos que admitir
308
que no sólo la mayoría de nuestros pacientes, sino tam-
bién nuestros amigos y colegas, padecen en algún
momento dolencias psicosomáticas.
En mi propia práctica analítica, si bien nunca vino a
verme ningún paciente específicamente por sus trastor-
nos psicosomáticos, he tenido a lo largo de los años doce
pacientes que, en algún momento de su vida adulta, con-
trajeron una tuberculosis pulmonar en circunstancias
que no dejaban duda en cuanto a la relevancia de los
factores psicológicos. Tuve también muchos pacientes
con afecciones gástricas de variada gravedad, incluidos
dos con graves antecedentes de úlceras pépticas. El
asma bronquial era el destino de muchos otros, y no
faltó la serie habitual de los que padecían, en forma cró-
nica o intermitente, urticaria, fiebre del heno, eczema,
etc. Los problemas psicológicos que planteaban los sínto-
mas somáticos de estos individuos me dieron mucho que
pensar, sobre todo cuando me pareció haber descubierto
ciertos rasgos comunes. El analista no puede dejar de
sentir que el individuo psicosomático constituye un
desafío a su comprensión de los elementos psicológicos
determinantes de los síntomas fisiológicos.
Amén de la ubicuidad de los trastornos psicosomáti-
cos, quisiera añadir que suelen resistirse a la cura, ya
sea que se los aborde desde el lado fisiológico o psicoló·
gico, pero que hay por cierto pacientes psicosomáticos
graves que mejoran, y con frecuencia ello es resultado de
un tratamiento psicoanalítico cuando todo lo demás
fracasó. Agreguemos de paso la observación clínica
corriente de que después de varios años de análisis, y a
medida que avanza el trabajo analítico, disminuye drás·
ticarnente la propensión de los pacientes a contraer res-
fríos, gripe, jaquecas, d.olores de estómago, etc. Ahora
bien; saber por qué ocurre esto, y si es realmente nues·
tro tratamiento el que los ha curado ... es otra cuestión.
309
PSIQUE Y SOMA EN LA TEORIA PSICOANALITICA
Los usos y abusos del cuerpo por parte de la mente
son tan amplios y variados, que no vendrá mal definir
qué entendemos por el término "psicosomático" y deli-
near, en especial, la diferencia entre los trastornos psi-
cosomáticos y las manifestaciones histéricas u otras de
tipo somático. Recordemos que Freud se refirió a dos cla-
ses de somatización: la histeria de conversión y las neu-
rosis actuales. En cierto sentido, éstas eran la antítesis
de la primera. Mientras que en la conversión histérica
asistimos al "salto misterioso" de la mente al cuerpo, el
concepto de neurosis actual implica un salto en la direc-
ción opuesta, de lo somático a la esfera psíquica. En
ambos casos, se atraviesa una barrera invisible. Los pro-
blemas planteados por este tránsito no han perdido
mucho de su misterio hasta la fecha.
Si bien como entidad nosográfica la designación de
"neurosis actuales" es poco utilizada en nuestros días, es
oportuno para nuestra indagación puntualizar, como lo
hacen Laplanche y Pontalis (1973), que según la concep-
ción de Freud los síntomas "actuales" (de la neurastenia
y la neurosis de angustia) eran principalmente somáti-
cos. Siendo de orden fisiológico, Freud entendía que
estaban desprovistos de significado simbólico y, por
ende, no se hallaban verdaderamente encuadrados den-
tro de los alcances de la terapia psicoanalítica. Su creen-
cia de que las neurosis actuales eran producidas como
reacción frente a una tensión cotidiana real, y en parti-
cular frente al bloqueo de la satisfacción libidinal, está
estrechamente relacionada con ciertas concepciones
modernas de la reacción psicosomática -aunque hoy se
pondría igual acento, al hablar de "presiones psíquicas",
en el bloqueo de los impulsos agresivos y en todo lo que
podría subsumirse bajo el rótulo de "tensión ambien-
310
tal"-. Freud consideraba que tanto 1a histeria de con-
versión como las neurosis actuales terúan origen sexual,
pero en tanto que estas últimas se vinculaban a proble-
mas sexuales presentes, la primera provenía de conflic-
tos sexuales de la niñez temprana y los síntomas físicos
retenían en ella su significado simbólico, o sea, susti-
tuían a la satisfacción instintiva y eran, en esencia, una
solución simbólica ante un conflicto inconsciente, y no
una reacción frente a la frustración. Es evidente que los
síntomas "somáticos" de la histeria de conversión son
simbólicos, por cuanto se refieren a un cuerpo fanta-
seado, en el sentido literal de la palabra, un cuerpo .que
funciona tal como podría imaginarlo el niño o como
podría inventarlo el pensamiento propio del proceso pri-
mano.
Luego de proponer su modelo tópico o topográfico,
Freud pasó a considerar que la conversión histérica y la
identificación histérica eran asimismo defensas del yo,
sumándose así a la conocida nómina de los síntomas his-
téricos aquellos que emplean el cuerpo para traducir
inhibiciones de los impulsos del ello como consecuencia
de la fuerza represora del yo y el superyó. Llegó a verse
así en ciertas inhibiciones del funcionamiento corporal,
como la constipación, la impotencia, la frigidez, la esteri-
lidad psicógena, la anorexia, el insomnio, etc., cuadros
íntimamente ligados a los síntomas clásicos de la histe-
ria de conversión. En todos estos casos, el síntoma
cuenta una historia que, una vez descodificada, revela
que el héroe es la víctima culposa de deseos prohibidos
que se toparon con reveses en su camino de satisfacción.
Puede decirse que sus síntomas son resultado de los
efectos combinados de la vida de la fantasía inconsciente
y de la estructura de las defensas yoicas.
Estos síntomas, de indudable origen psicógeno, no
forman parte de lo que se designa con la palabra "psico-
311
somático". Cabría afirmar que en la histeria, el cuerpo y
sus funciones se entregan a la mente para que ésta los
use a su antojo, mientras que en la enfermedad psicoso-
mática el cuerpo "piensa" por su cuenta. El drama
expresado es más arcaico y sus elementos fueron alma-
cenados de otro modo. Los síntomas son signos, no sím-
bolos, y se atienen a leyes somáticas y no a leyes psíqui-
cas. A diferencia de las dramatizaciones histéricas, el
pensamiento del soma se lleva a la práctica con una pre-
cisión mortal -a veces literalmente-. El personaje
recurrente de los cuentos de ciencia-ficción, ese robot
mecanizado que se hace cargo de todo sín una pizca de
emoción o de identificación con los deseos y conflictos de
los seres humanos, es una imagen prístina de la forma
tomo opera el síntoma psicosomático. El soma ya no se
interesa por traducir los deseos de la psique, como en la
enfermedad neurótica. Si procurásemos definir el
ámbito que abarca en la terminología actual el término
"psicosomático", diríamos que se lo reserva para los
trastornos orgánicos donde la disfunción fisiológica es
demostrable. Aunque parecen no tener significado sim-
bólico alguno, se presentan ligados, sin embargo, a la
estructura de personalidad del paciente, las circunstan-
cias de su vida, su historia, etc.; vale decir, en conexión
con situaciones de estrés procedentes ya sea del interior
del individuo o de su medio inmediato. Sin embargo, el
paciente psicosomático rara vez percibe tales conexiones
y a menudo no es consciente de estar sometido a un
estado de tensión particular. Si bien esta definición es
sumante vaga, nos sirve para distinguir estos trastornos
de las manifestaciones histéricas en las que no hay ni
lesión fisiológica ni infección, como también de las en-
fermedades orgánicas en las que no aparecen vínculos
con la estructura de personalidad o con la tensión am-
biental.
312
A esta altura, tenemos que volver al hecho de que lo
mental y lo físico están indisolublemente ligados, pero
son en esencia diferentes. El psicosoma funciona como
una entidad. Poca duda cabe de que todo hecho psíquico
tiene efectos en el cuerpo fisiológico, así como todo hecho
somático repercute en la mente, aunque estos efectos y
repercusiones no sean registrados de forma consciente.
Las investigaciones realizadas en el campo de las rela-
ciones industriales han producido datos estadístícos que
muestran convincentemente que las personas son más
propensas a enfermarse, a necesitar operaciones quirúr-
gicas o a tener accidentes cuando se sienten deprimidas
o angustiadas, que cuando son optimistas o se sienten
satisfechas en su vida. No es necesario ser psicoanalista
para darse cuenta de que existe una relación de contí-
güidad entre lo psicológico y lo biológico en la historia
de cualquier individuo. Esta clase de saber intuitivo se
halla al alcance de la esposa del portero o de nuestras
abuelas; comentarios típicos del encargado del edificio
donde vivo acerca de las peripecias que pasaban los veci-
nos eran: "¡Con todos los problemas que ese hombre
tenía en su familia, no es de extrañarse que tuviera ese
accidente con el auto!'', o bien: "Es lógico que ella se pes-
case la 'gripe de Hong Kong' después de haber sufrido
ese accidente".
Recordemos la postura de Freud respecto del psico-
soma. Fundó la teoría psicoanalítica de la psique sobre
firmes cimientos biológicos y destacó siempre la tenden-
cia del organismo a operar como una unidad, pero prefi-
rió ocuparse exclusivamente de los aspectos psicológicos
del psicosoma, y mostró una clara renuencia a cruzar la
frontera entre lo psíquico y lo fisiológico, incluso en
casos en que admitía que la enfermedad orgánica tenía
un origen psicosomático. Al mismo tiempo, lo preocupó
permanentemente la relación entre el cuerpo y la mente,
313
y el hecho de que los procesos psíquicos emanasen de
procesos orgánicos. Atestiguan esta preocupación su teo-
ría de los instintos y del desarrollo libidinal, así corno la
importancia que acordó a las zonas erógenas. Con la
expansión del saber psicoanalítico y Ja acumulación de
experiencia y de investigaciones clínicas, era inevitable
que los analistas llegasen a   por Jos síntomas
psicosomáticos de sus pacientes y tratasen de descifrar
su significado. Era inevitable, asimismo, que al principio
pretendieran reconstruir las formaciones subyacentes
de la fantasía que los síntomas podrían estar simboli-
zando, de acuerdo con la conocida pauta de las histerias;
pero no les fue fácil. Freud había comprobado ya que
tales síntomas, a diferencia de los histéricos, no respon-
dían a la hipnosis. A medida que transcurrió el tiempo,
otros analistas descubrieron que con los pacientes psico-
somáticos que presentaban pocos síntomas neuróticos el
proceso analítico no revelaba en absoluto con claridad
las estructuras edípicas y preedípicas, con su contin-
gente de fantasía, simbolismo sexual y pautas vincula-
das a las relaciones objetales, como sucedía como fruto
de la labor analítica con los pacientes que padecían neu-
rosis histéricas u obsesivas o perversiones sexuales. Más
aún: muchos pacientes cuya reacción ante la angustia
era casi exclusivamente psicosomática se mostraban
refractarios a la terapia analítica. Otros se zambullían
entusiasmados en la aventura analítica, analizaban
muchos de sus síntomas neuróticos y terminaban el aná-
lisis con sus trastornos psicosomáticos intactos. En
otros, en fin, los síntomas se modificaban o incluso desa-
parecían por completo. Las razones teóricas aducidas
para explicar los efectos del psicoaná1isis en los sínto-
mas psicosomáticos no contaban con una aprobación
muy coincidente de los analístas.
Hoy estamos lejos ya del período épico de Dunbar,
314
Margolin, J>Jexander y otros pioneros. Al releer sus ins-
pirados textos, siento que se ha perdido esa magia de la
gran esperanza depositada a la sazón en el futuro de la
medicina psicosomática y en el papel que le cabría en
ella al psicoanálisis. Sea como fuere, se encontraron
numerosas correlaciones entre determinados conflictos
emocionales y ciertos rasgos específicos de personalidad,
por un lado, y algunas dolencias psicosomáticas, por el
otro. Los psiquiatras las estudiaron aplicando técnicas
tanto fisiológicas como psicológicas. A la vez, los analis-
tas, utilizando sólo su capacidad terapéutica y las intui-
ciones que les ofrecía el psicoanálisis clásico, procuraron
reconstruir las fantasías inconscientes que presumible-
mente estaban en la base de los síntomas somáticos. Tal
vez el mejor ejemplo sean las espectaculares hipótesis
contenidas en los trabajos publicados por Garma (1950).
Refiriéndose a los pacientes afectados de úlcera péptica,
Garma sostuvo que la úlcera era una "mordedura" ven-
gativa que el paciente se veía compelido a aplicarse a sí
mismo como castigo por sus deseos infantiles de morder
el pecho de su madre. Así, llevado por su culpa incons-
ciente, el futuro ulceroso elegía alimentos que lo daña-
ban y se agenciaba una mordedura introyectada en su
estómago y en su psique simultáneamente. Además,
según Garma, las úlceras tenían en definitiva diversos
significados simbólicos vinculados al complejo de castra-
ción.
En este punto, quisiera decir que, personalmente, no
veo objeción alguna a que se correlacione la tensión
ambiental con las funciones gástricas, ni me ofenden las
construcciones de la fantasía del tipo de las creadas por
Garma; no obstante, pienso que no nos esclarecen
mucho acerca de las causas. El hecho de que las situa-
ciones de estrés causen en ciertos individuos un hiper-
funcionamiento gástrico no nos dice por qué sucede eso
315
ni por qué la mayoría de las demás personas no resultan
afectadas de igual manera. El hecho de que un ulceroso
mejore en el curso del análisis, si bien puede atribuirse
sin duda a la habilidad terapéutica del analista y a Jos
efectos del tratamiento, no nos indica en absoluto que
fantasías reprimidas como las que hemos mencionado
sean la causa de la úlcera. Nos enfrentamos aquí con un
error metodológico de cierta magnitud, que merece
nuestra reflexión.
En primer término, con respecto a las producciones
espontáneas de la fantasía durante el análísis, debe
señalarse que cualquier suceso somá tico t enderá a adhe-
rirse a ideas concernientes a diversos aspectos del com-
plejo de castración, así como a fantasías sobre la tem-
prana relación madre-hijo. Para ilustrarlo, quisiera
mencionar dos ejemplos de angustia corporal que nada
tienen que ver con causas psicosomáticas. El primero es
el de un paciente varón cuya madre es negra y el padre,
blanco; el segundo, de una mujer que padecía las conse-
cuencias de una poliomielitis que había contraído en su
infancia. Ambos pacientes vivían sus respectivos proble-
mas físicos (piel negra y miembro paralítico) como si
fuesen un signo visible de la castración, en sentido tanto
sexual como narcisista. Ambos adherían además, a las
realidades somáticas, fantasías vinculadas a una madre
peligrosa y persecutoria, responsable de sus padecimien-
tos físicos. Estas construcciones de la fantasía les eran
útiles pero sería absurdo sostener que la angustia de
castración y sus tempranas angustias persecutorias
eran la causa de la piel negra o de las secuelas de la
polio. Podríamos cometer un error metodológico similar
si suponemos que la úlcera péptíca es causada por la
fantasía de una madre devoradora-perseguidora, o que
el bacilo de una tuberculosis es un objeto parcial intro-
yectado que tiene malas intenciones. El objeto internali-
316
zado, ya sea total o parcial, benévolo o malévolo, es por
entero imaginario. Aunque cumple un importante papel
simbólico, no ocupa espacio físico ni deja huellas mate-
n ~ l   s tras de sí, por más que nuestro uso metafórico del
lenguaje tal vez nos lleve a creer que lo hace. El aconte-
cimiento, invasión o explosión somáticos t enderá inevi-
tablemente a atraer hacia sí la fantasía de un objeto
malévolo como consecuencia del proceso analltico, esti-
mulando modalidades del pensamiento primario y
secundario y creando así nuevas formas de sentir y
vivenciar, que quizás ofrezcan al analizando otros cami-
nos para abordar la tensión psíquica. Confío en demos-
trar que esto tiene particular importancia para los indi-
viduos que, frente al conflicto instintivo o ambiental,
tienen predominantemente reacciones psicosomáticas.
A esta altura es preciso señalar otro error metodoló-
gico. Dado que las interacciones entre psique y soma son
intrincadas e ineluctables, fácilmente podemos perder
de vista su diferencia fundamental. U na metáfora carte-
siana, del tipo de "el cuerpo es blanco y la mente es
negra", podría transmitir la idea de que las manifesta-
ciones psicosomáticas constituyen una serie infinita de
grises, pero este modelo gráfico simplista pasaría por
alto la diferencia fundamental entre las funciones psí-
quicas y somáticas. Sería preferible comparar el psico-
soma con una sustancia que fuera el producto de la
fusión de otras dos, como el agua marina. Pese a su uni-
dad, el agua de mar puede transformarse, por un lado,
en un montón de granos de sal, y por el otro, en una
nube de agua vaporosa. Supongamos que los elementos
somáticos son la sal, y la dimensión psíquica, la nube
acuosa. Esto nos permitiría concebir ambos componen-
tes como constituidos por una sustancia distinta y suje-
tos a diferentes leyes. El hecho de que se combinen en el
agua marina no debe hacernos olvidar sus disimilitudes.
317
Si llevarnos esta analogía un poco más lejos, debería-
mos subrayar asimismo que ninguna de las dos sustan-
cias por sí sola constituye un trozo de océano viviente.
De ahí que coincidamos con quienes entienden que el
enfoque puramente somático del problema significa
reducir el mar a una pila de sal, despojándolo de su
fluido psíquico; y también comprendemos que los soma-
tistas y los experimentadores psicobiológicos, enfrenta-
dos a las construcciones arcaicas de la fantasía y a las
hipótesis a que da lugar un enfoque psicológico menos
rígido, se sienten llamados a empuñar las armas contra
ese mar de suposiciones, nube acuosa sin materia sólida.
En verdad, ni unos ni otros nos dicen mucho acerca de lo
que acontece en el tormentoso océano -imagen ésta que
evoca mucho mejor los dramas psicosomáticos del ser
humano.
Sea como fuere, la confusión teórica sobreviene
cuando olvidamos que los procesos somáticos y los psí-
quicos son regidos por diferentes leyes de funcionamien-
to. No podemos aplicar las leyes que estructuran las
funciones psicológicas a las que gobiernan el funciona-
miento fisiológico. Entre ambos órdenes hay una rela-
ción no causal sino analógica. Las brillantes observacio-
nes y reflexiones de Konrad Lorenz han aclarado esto,
llevándolo a decir que el movimiento que va del soma a
la psique permanecerá por siempre en el misterio.
Desde nuestro puesto psicoanalítico de observación, nos
percatamos permanentemente de esa intrincada e ine-
luctable interdependencia de psique y soma, pero a la
vez nos enfrentamos con su indeleble diferencia.
Tal vez se me diga, en esta coyuntura, que esto es
hilar demasiado fino en Jo teórico, que si los pacientes
pueden modificar sus síntomas psícosomáticos como
consecuencia de la terapia psicoanalítica, poco importa
qué es la causa de qué, o qué es o no es auténticamente
318
-----
simbólico. No puedo dejar de discrepar de este enfoque.
Nuestras teorías afectan nuestra práctica no sólo en
cuanto al modo como escuchamos y comprendemos las
comunicaciones de los pacientes, sino también en cuanto
a la forma y oportunidad como intervenimos e interpre-
tamos. El hecho de que los pacientes psicosomát icos
muestren a menudo poca fantasía espontánea, vincu-
lada a sus aflicciones somáticas o a cualquier otro
aspecto de su vida, es una nota importante para el oído
sintonizado del analista. Este puede tener concienci a de
que está escuchando, por así decir, un canto en el que
hay palabras pero la melodía está ausente. En lo perso-
nal, creo que debe ayudarse a t ales analizandos a que
tomen ellos mismos conciencia de esta falt a y analicen
las razones subyacentes.
Suele objetarse a veces que la enfermedad somática
no pertenece al dominio del psicoanálisis; quizás esto se
deba a que los analistas se sienten perdidos sin sus sím-
bolos. Podríamos decir que si bien las transformaciones
psicosomáticas participan del carácter de los signos (al
igual que los símbolos), no son símbolos, en el sentido en
que pueden serlo los síntomas neuróticos; más bien se
asemejan a objetos psicóticos, caracterizados también
por la falla en la simbolización. Esto se expresa clara-
mente en un ejemplo citado por Freud en relación con el
"Hombre de los Lobos", quien llamaba "vaginas" a l as
pequeñas depresiones de su piel; como señala Freud,
esto no es un uso simbólico y en modo alguno puede
entendérselo como una representación histérica. Los sig-
nos pueden representar al cuerpo o portar mensajes de
él, pero no lo simbolizan. El cuerpo sólo se torna simbó-
lico cuando, ocupando el lugar de algo reprimido, entra
en relaciones de significado con otras r epresentaciones
psíquicas. Si el analista se topa con la elusiva dimensión
psíquica de las enfermedades psicosomáticas, se corre el
319
riesgo de que perciba en ese soma inexplicable de su
paciente una afrenta narcisista a su capacidad interpre-
tativa (Marty y Fain, 1965). Hay, pues, una dimensión
contratransferencial que puede llevar a muchos analis-
tas a desinteresarse del psicosoma de su paciente
cuando éste se comporta de modo tal que queda fuera de
la esfera de influencia de aquél, o al menos parece intra-
table mediante los métodos que tanto éxito tienen con
las partes neuróticas de la personalidad.
Como analistas, siempre nos interesará primordial-
mente el cuerpo del ser humano como representación
mental sostenida a través de la red del lenguaje; pero
bien podemos interrogarnos acerca del medio misterioso
por el cual la psique es capaz de abrir una brecha en la
coraza inmunológica del cuerpo, e interesarnos por la
elusiva finalidad biológica de trastornos como el asma
bronquial o el hiperfuncionamiento gástrico, cuando
éstos se dan dentro de la situación analítica. Poseemos
una estructura teórica con la que es dable abarcar estos
interrogantes. Atraídos por la simbolización y la signifi-
cación psíquica, nos hallamos muy bien ubicados para
observar en qué punto se quiebra el funcionamiento
simbólico o, tal vez, por qué motivo nunca operó como
corresponde. Los que investigan analíticamente los esta-
dos psicóticos saben muy bien hasta qué punto la mente
sufre un daño inconmensurable cuando lleva una exis-
tencia aparte de la realidad del cuerpo que la contiene.
Los nexos destruidos (no reprimidos, como en el caso de
las formaciones neuróticas) entre la realidad psíquica y
la corpórea tal vez deban recobrarse merced a cons-
trucciones delirantes, como lo mostró Freud en el caso
Schreber (1911). Pero hay otras opciones, amén de las
utilizadas en las creaciones psicóticas. El yo, en vez de
apartarse de la realidad externa, puede crear otra varie-
dad de escisión en la cual no se alucina el cuerpo ínstin-
320
ti''º pero se niega su existencia mediante el empobreci-
miento psíquico. En lugar de apelar a algún manejo del
afecto perturbador o del saber o las fantasías no vistos
de buen grado, el yo destruirá por entero las represen-
taciones o sentimientos en cuestión, de manera que
éstos no son registrados. El resultado puede ser una
hiperadaptación a la realidad exterior, un ajuste mecá-
nico, como el de un robot, a las presiones internas y
externas, que sortea el mundo de lo imaginario. Esta
"seudonormalidad" es de hecho un rasgo de carácter
muy difundido y puede constituir una señal de peligro
que indique la aparición eventual de síntomas psicoso-
máticos.
Las creaciones del yo psicótico pueden servir con fre-
cuencia para proteger al cuerpo de la destrucción y la
muerte. Sperling (1955) observó clínicamente la alter-
nancia de epísodios psicóticos y psicosomáticos; yo agre-
garía que también la pérdida de otras pautas psíquicas
arraigadas, como una perversión sexual organizada o
una estructura de carácter dominante, sumada a la
exposición de hechos lo bastante traumáticos como para
superar el buen funcionamiento de las defensas neuróti-
cas, puede exponer al individuo al ataque psicosornátíco.
Dos breves ejemplos pueden aclarar esta idea.
Una paciente con defensas caracterológicas rígidas e
intransigentes había inventado una serie de tácticas
para hacer frente a su angustia sexual. Por empezar,
afirmaba que el sexo no tenía ningún interés para ella y
que le complacía ser frígida. Pero como no deseaba que
esta falta suya de interés sexual perjudicase al marido,
había establecido un sistema según el cual la pareja
fijaba de antemano los días y horas en que iba a mante-
ner relaciones sexuales. A veces ella lograba que su
marido se olvidase de estos encuentros, o los postergaba
todo lo posible. El sistema funcionó bastante satisfacto-
321
riamente, desde su punto de vista, hasta que en una
oportunidad el marido le envió desde el exterior un tele-
grama anunciándole su imprevisto regreso de una gira
de negocios que le había llevado dos meses, en el que
incluía alguna referencia a su "encuentro sexual". Mi
paciente no se percató de haber tenido ninguna reacción
emocional ní soñó nada esa noche, pero a la mañana
siguiente tenía el cuerpo totalmente cubierto de una
urticaria, por primera vez en su vida. La súbita noticia
había surtido en ella el efecto de un trauma al desbordar
y volver inoperantes sus defensas habituales, sin que
otras pudiesen ocupar su lugar.
Otro paciente me jnformó que durante la guerra una
bomba explotó junto a él matando a sus compañeros, en
tanto que él quedó desvanecido e inconsciente. Al recu-
perarse, comprobó que no había sufrido ninguna herida,
pero su piel estaba cubierta de grandes manchas de pso-
riasis, afección que hasta entonces le era desconocida.
No podemos afirmar que la explosión de la bomba
"causó" la psoriasis; lo que sucedió fue que sobrepasó
sus defensas psíquicas normales frente al peligro, deján-
dolo a merced de la "explosión" somática. Sin duda, cada
individuo tiene un umbral más allá del cual sus defen-
sas no están en condiciones de hacer frente a lo que
sobreviene, momento en el cual es el cuerpo el que carga
con el fardo.
Esto me lleva al modelo teórico de los psicosomatis-
tas de París, que comprende una teoría económica de la
transformación psicosomática y el concepto de estruc-
tura psicosomática de la personalidad (por oposición a la
estructura neurótica, psicótica o perversa). La teo-
ría económica está íntimamente ligada a la primitiva
teoría de las neurosis actuales, donde el énfasis recaía
en la descarga instintiva que elude la elaboración psí-
quica, a raíz de una representación deficiente y de una
322
--
disminución en la respuesta afectiva; en suma, un
empobrecimiento de la capacidad de simbolizar las
demandas instintivas y su conflicto con la realidad, así
como de elaborar fantasías. Al sortear ]a psique, la
energía instintiva afecta directamente al soma, con
resultados catastróficos. Este particular enfoque teórico
de las formaciones psicosomáticas se opone por com-
pleto a la teoría de la formación histérica, resultado de
las elaboraciones reprimidas de la fantasía, en tanto
que aquéllas son resultado, precisamente, de la falta de
dicha actividad psíquica. La imposibilidad de represen-
tar simbólicamente los conflictos instintivos lleva a una
modalidad específica de funcionamiento psíquico, que a
su vez puede determinar una "estructura psicosomática
de carácter", corno apuntan Marty, M'Uzan y David
(1963). En cada caso, los autores han delineado ciertas
características observadas en pacientes psicosornáticos
graves, luego de varios años de investigación (véase el
capítulo 6):
l. Relaciones objetales inusuales, que carecen, sobre
todo, de afecto libidinal. Esto se manifiesta también en
las entrevistas, donde estos pacientes muestran poco
interés en la investigación y prácticamente ninguno en
el invest1gador, comparados con otros.
2. El uso de un lenguaje empobrecido, según se
advierte en particular en lo que los autores denominan
pensamiento operativo. Aluden a pensamient os extrema-
damente pragmáticos, como los de las siguientes res-
puestas: "¿Qué clase de mujer es su madre?". Respuesta:
"Bueno, ella es alta y rubia". "¿Cuál fue su reacción
cuando se enteró de la muerte de su novio?" "Bueno,
pensé que tenía que recobrarme". "¿Se sintió perturbado
cuando atropelló a esa mujer con el bebé en brazos?"
"No, tenía un seguro que ~   cubría los accidentes contra
323
terceros." En estos tres casos, se le interrogó a cada
paciente acerca de circunstancias que parecían estre-
chamente ligadas a la aparición de su grave enfermedad
psicosomática. Al escuchar la grabación de tales entre-
vistas, llama la atención la falta de todo afecto y la
impresión de un desapego inusual. Estas respuestas tie-
nen resonancias psicóticas, pese a lo cual en los restan-
tes aspectos de la vida de estos pacientes no hay nada
que se asemeje a un funcio!lamiento yoico psicótico ni a
ninguna forma de trastorno psicótico del pensamiento.
Más aún, el "pensamiento operativo" puede ser muy
intelectual y abstracto. M'Uzan ha puntualizado que su
rasgo sobresaliente es el desapego "respecto de cual-
quier representación verdaderamente viva de un objeto
interno".
3. La ausencia notoria de síntomas neuróticos y de
adaptaciones neuróticas del carácter.
4. Aparecen gestos faciales, movimientos y adema-
nes corporales, manifestaciones sensoriomotrices y dolor
físico allí donde cabría suponer la aparición de manifes-
taciones neuróticas.
5. Las entrevistas previas se caracterizan por una
inercia que amenaza con poner fin al diálogo, a menos
c¡ue el investigador se empeñe resueltamente en estimu-
lar la aparición de material asociativo vinculado a las
relaciones del paciente, su experiencia vital y su enfer-
medad. Hechos dolorosos o dramáticos de la propia vida
se narran con muy pocos matices emocionales, o se omi-
ten si no se solicita expresamente que sean referidos.
Un trabajo de Fain y David (1963) destaca la impor-
tancia del sueño y la fantasía inconsciente en el mante-
nimiento del equilibrio psíquico. Los autores repasan la
obra de Despert, Lewin y French, y la vinculan a sus
propias investigaciones, enunciando entre sus conclusio-
324
--
nes que el paciente psicosomático tiene dañada su capa-
cidad para crear fantasías a fin de hacer frente a las
angustias infantiles y del presente. Se trazan compara-
ciones con pacientes psicóticos, quienes en circunstan-
cias similares a las que precipitan la enfermedad psico-
sornática sufren episodios alucínatorios. A diferencia del
psicótico, el paciente psicosomático permanece estrecha-
mente ligado a los hechos y cosas de la realidad externa.
Su yo puede revelar un empobrecimiento, pero no hay
distorsión de la realidad. Sin embargo, en ambos casos
surgen problemas patológicos proporcionales a la inca-
pacidad del individuo para recurrir a la regresión o a los
sueños. Esta comparación recuerda los hallazgos clíni-
cos de Sperling (1955), quien había señalado la alter-
nancia de estados psicóticos y enfermedades psicosomá-
ticas en un mismo individuo, aunque sus conclusiones
teóricas fueron muy distintas.
Pasaré ahora al importante aporte de Fain (1971)
sobre los inicios de la vida de la fantasía y su papel en la
predisposición a la enfermedad psicosomática. Debemos
incluir en él los descubrimientos de una investigación
anterior (Fain y Kreisler, 1970) sobre bebés que padecie-
ron serios trastornos psicosomáticos en sus primeros
meses de vida. Uno de los grupos estaba compuesto por
bebés que sólo podían dormirse si eran continuamente
acunados en brazos de su madre, pues de lo contrarjo
sufrían un insomnio casi total. Los estudios de Fain
indican que estas madres habían fracasado en su fun-
ción de proveer una coraza protectora contra los estímu-
los excitantes, precisamente por cumplir en demasía con
dicha función. En vez de permitir el desarrollo de una
forma primitiva de actividad psíquica afín al soñar, que
habilita al bebé a dormirse pacíficamente luego de
comer, estos niños requerían que la madre fuese el guar-
dián permanente de su sueño. El autor vincula este
325
colapso de la capacidad de recrear simbólicamente un
buen estado del ser interno con la imposibilidad conexa
de desarrollar una actividad autoerótica. Las organiza-
ciones de Fain lo llevan a concluir que estos bebés no
tienen una "madre satisfaciente" (mere satisfaisante)
sino una "madre calmante" (mere calmante). A raíz de
su propia problemática, esta última no permite a su
bebé crear una identificación primaria que lo haga dor-
mir a un que no esté en contacto continuo con ella. Los
casos de asma infantil muestran una relación igual-
mente perturbada entre la madre y el bebé. Se hicieron
observaciones análogas sobre madres de niños alérgicos.
Estas madres parecen permitir únicamente las satis-
facciones obtenidas en contacto directo con ellas, bloque-
ando en sus hijos toda actividad autoerótica así corno la
capacidad para el desarrollo psíquico. "Hemos postulado
-escribe Fain- que estas madres desean inconsciente-
mente llevar de vuelta a sus hijos al estado fetal de bie-
naventuranza dentro de su cuerpo".1 En otras palabras,
encontramos aquí una exageración patológica de una
actitud instintiva normal en la madre, a saber, la de
crear para su recién nacido un mundo protector seme-
jante al del últero, hasta que sea capaz de bastarse a sí
mismo; sólo que, llevada por sus necesidades inconscien-
tes, no crea en estos casos las condiciones para que el
niño asuma dicha función. Si el interés libidinal de la
madre en los rest antes aspect os de su vida, particular-
ment e de su vida amorosa, no la lleva a desinvestir sufi -
cientemente al bebé (por ejemplo, deseando que se
quede pacíficamente dormido y la libere así para que
ella pueda ocuparse de las demás cosas), puede ejercer
en demasía su papel protector, manteniendo al bebé
atado a s u presencia corporal.
l. Los fragmentos citados fueron t omados de Fain (1971); la
traducción al inglés me pertenece.
326
Fain describe tres tipos de pautas del dormir de los
bebés vinculadas al funcionamiento psíquico temprano:
en el primer caso, el bebé hace mientras duerme peque-
ños movimientos de succión; en el segundo, duerme con
el pulgar firmemente implantado en la boca; en el ter-
cero, succiona de manera frenética y no se duerme.
Tenemos aquí tres modalidades de autoerotismo que
presentan diferencias cualitativas en cuanto al equili-
brio entre la motricidad y la capacidad de representa-
ción psíquica. A su vez, esto implica una diferencia en la
distribución de la libido narcisista y la parte de la libido
que queda adherida al objeto. El primer tipo de bebés
refuerza su capacidad para seguir durmiendo mediante
alguna descarga alucinatoria de la excitación; el
segundo requiere un objeto real durante un período
mucho más prolongado; los bebés de la tercera catego-
rías inician un ciclo peligroso de descargas intermina-
bles. De su observación de las madres, los autores llegan
a la conclusión de que "la investidura continua del bebé
por parte de la madre impide el desarrollo del autoero-
tismo primario y esto conduce, automáticamente, a una
situación sumamente peligrosa: la actividad libidínal
queda excluida de la cadena simbólica. (. .. ) Este tipo de
falla materna se ve acompañada frecuentemente por
una falla correspondiente en el papel del padre como
figura de autoridad" (pág. 323). Esta referencia a las
actitudes parentales indica que ya están sentadas las
bases para las modalidades eventuales de reaccionar
ante la crisis edípica.
En el extremo opuesto de la escala de trastornos
psicosomáticos infantiles se encuentra la extraña enfer-
medad conocida como mericismo, en la que el bebé
regurgita y vuelve a tragar de contínuo su   o n ~ e n i d o
estomacal hasta que se produce su deshidratación y ago-
tamiento. En este caso el bebé ha creado prematura-
327
mente un objeto autoerótico que le permite prescindir de
su madre. Las observaciones realizadas con las madres
de estos niños revelan que, entre otras restricciones
poco habituales, les prohíben severamente toda activi-
dad autoerótica normal. "Reaccionan ante la succión del
pulgar por parte del niño como si fuese una verdadera
masturbación edípica, que debe suprimirse a toda cos-
ta." En significativo contraste con los bebés insomnes,
los mericistas duermen bien. El autor señala que, para
dormir, el bebé debe desarrollar la capacidad para una
adecuada actividad autoerótica así como para mantener
en forma autónoma su protección contra los estímulos
internos y externos. Estos niños logran desinvestir su
sensorio, pero hay pese a ello una seria brecha simbó-
lica, por cuanto la ausencia de la madre no es compen-
sada psíquicamente de ninguna manera, sino por com-
pleto desmentida: el bebé crea precozment e su propia
barrera para prDtegerse de su ausencia, y esa barrera
continúa aislándolo de ella aunque esté presente. La
madre es la testigo impotente de la actividad autoeró-
tica del bebé. "El objeto externo es 'percibido' ante todo
en la parte del cuerpo formada por la zona boca-esófago-
estómago. [En estos niños] hay una separación total
entre el mundo instintivo y la región somática en donde
se hacen sentir los impulsos orales, por un lado, y por el
otro el sensorio que capta los estímulos del mundo
externo." Vemos, pues, que en esta temprana etapa
puede crearse una suerte de grieta primaria entre los
impulsos del ello y sus eventuales representaciones
tomadas del mundo externo. Las metas instintivas y la
actividad autoerótica corren entonces el riesgo de vol-
verse literalmente autónomas, separadas de cualquier
representación mental de un objeto. Estos pueden ser los
cimientos de una subsiguiente y peligrosa separación
entre la psique y el soma en la vida adulta. Creo que es
328
afín a esta línea de investigación la teoría de los "ele-
mentos beta" no digeridos, de Bion.
Desde un punto de vista histórico*genético, la inves*
tigación de Fain sugiere que existen dos tendencias pre-
dominantes en las relaciones madre-bebé capaces de
generar una predisposición a la patología psicosomática.
La primera es la prohibición inusualmente severa de
todo intento del bebé por crear sucedáneos autoeróticos
de la relación materna, con lo cual queda viciado el
punto nodal para la creación de representaciones del
objeto interno y los incipientes elementos de la vida de
la fantasía. La segunda tendencia es la antítesis de la
anterior: la madre se ofrece a sí misma continuamente
como único objeto de satisfacción y de viabilidad psí*
qmca.
La obra de Spitz (1962) sobre las relaciones madre-
bebé y su importancia en el desarrollo o falta de desarro-
llo del autoerotismo coincide, en muchos aspectos, con
las observaciones de Fain en su investigación. Podría
decirse que todo se reduce a dejar al bebé demasiado o
demasiado poco espacio psíquico para ser mentalmente
creativo por cuenta propia. Mi experiencia clínica, deri*
vada sobre todo de la labor analítica con adultos, mues-
tra que los pacientes con reacciones predominantemente
psicosomáticas ante las situaciones de angustia revelan
imagos parentales en las que aparecen ambas tenden-
cias. Una paciente tuberculosa que presentaba muchos
otros síntomas psicosomáticos describía a su madre así:
"Era tan exigente, estaba tan apegada a mí, que yo
tenía que permanecer constantemente a su lado. No
podía acercarme a nadie más. Ella lo impedía total*
mente. Al mismo tiempo, no había en su actitud hacia
mí ni rastros de cariño, como si lo único que quisiese
fuera controlar por completo mi ser físico. Desde el
punto de vista emocional, no reconocía mi existencia.
329
(. .. )Ahora sé que mis brotes de eccema reaparecen cada
vez que me siento abandonada por mi novio. ¡Y también
cuando usted se va de vacaciones! Cada vez que me
siento manipulada y controlada, me vuelven estos tras-
tornos que me invalidan. Sentirme abandonada y con-
trolada son, en ambos casos, maneras de volver a traer a
mi madre."
No creo que sea erróneo describir la obra de Fain
diciendo que las madres a las que se dirigieron las obser-
vaciones de su investigación cumplían una función adic-
tiva. El bebé llegaba a necesitarlas como un adicto nece-
sita su droga, o sea, con una dependencia total del objeto
externo, para. enfrentar situaciones que deberían poder
manejarse merced a medios de autorregulación psicoló-
gica. 2 En mi labor clínica me he encontrado con imagos
similares en pacientes que presentaban comporta-
mientos de acting out, más que adicciones y síntomas
psicosomáticos, principalmente en las perversiones y las
estructuras de carácter signadas por las reacciones de
descarga. Ya sea por estar demasiado próxima al bebé o
demasiado lejana, la madre no desempeña la función de
protegerlo contra el torrente de estímulos a que está
expuesto, y no puede dotar de sentido a sus comunicacio-
nes no verbales. Se corre entonces el grave riesgo de que
se deteriore la capacidad del niño para conferir rudimen-
tos de sentido a lo que vívencia y para representarse psí-
quicamente los impulsos de su ello y sus objetos subsi-
gllientes. A la larga, también se confundirá la diferencia
entre representación y símbolo. Estamos pues ante el
sustrato de un amplio espectro de trastornos clínicos en
que el indivíduo es impulsado a la "'acción" en vez de ser
llevado a la actividad y a la contención psíquicas.
2. Cabe suponer que también para la madre el bebé cumplía
en estos casos la función de un objeto adictivo, un objeto necesitado
más que deseado.
330
La ausencia y la diferencia, las dos experiencias de
la realidad en torno de las cuales se construye la identi-
dad, deben tornarse significativas e imbuirse de signifi-
cado y valor 1ibidinales si se pretende que el individuo
cree un modelo psíquico viable de su existencia y de su
lugar dentro del orden de las relaciones humanas. Sobre
la base de este temprano modelo de la Otredad se edifi-
cará el modelo edípico, un esquema para dotar de sen-
tido a las relaciones sexuales y sociales y para simboli-
zarlas. Aquí cobra significación el rol del padre, ya
transmitido en importante medida a través de la econo-
mía psíquica de la madre. Este factor puede ser luego
decisivo para determinar qué "soluciones" psicológicas
predominarán en la vida adulta.
Si puede afirmarse que las personalidades psicoso-
máticas son "antineuróticas" debido a su incapacidad de
crear defensas neuróticas, desde otra perspectiva tam-
bién puede decirse que son "antipsicóticas", por cuanto
están "hiperadaptadas" a la realidad y a las dificultades
propias del vivir. Si bien las diferencias yoicas son nota-
bles desde un punto de vista fenomenológico, ambos
estados parecerían derivar de una quiebra del funciona-
miento simbólico, y es previsible que en algún punto se
presenten similitudes. Ya hemos señalado dos: una
cierta cualidad de las relaciones objetales y las tenden-
cias a ahogar o anular la afectividad.
La obra de Ekstein con niños psicóticos permite com-
prender mejor ciertos rasgos que recuerdan aspectos de
los pacientes psicosomáticos. Tomemos, por ejemplo, su
estudio de la preocupación que muestran los niños psicó-
ticos por los monstruos, conectada con su imposibilidad
de ~ o n t   n   r y elaborar su excitación interna. Yaha1orn
(1967) sintetiza esta investigación así: "La presión de lo
que [el niño psicótico] desea pero teme cede ante su
impulso interior. Procura aferrarse a algo concreto, acce-
331
sible a sus sentidos inmediatos, para escapar de ser ava-
sallado por una invasión de materia arcaica. Convoca
entonces a alguna criatura, a un introyecto delirante,
corno una suerte de superyó sustitutivo" (pág. 375; la
bastardilla es mía). Este mecanismo está muy ligado a
la tendencia de la personalidad psicosomática a afe-
rrarse a los aspectos concretos y fácticos del vivir y per-
seguirlos tenazmente. Dice YahaJom: "A fin de liberar
un impulso con alivio, tiene que haber la representación
de un 'objeto' que absorba esa liberación. Puede llamár-
sela el elemento de seguridad. El elemento de seguridad
originario es la 'madre saciadora', y la seguridad explica
la búsqueda incesante de un 'eco materno"' (pág. 375).
La "madre saciadora" recuerda notablemente a la
"madre adictiva" de los bebés que padecen enfermeda-
des psicosomáticas. Confío en demostrar más tarde de
qué forma se pone de manifiesto clínicamente un tipo
similar de relación de objeto en los anali zandos "psicoso-
máticos". En ambos casos (madre saciadora y madre
adictiva), el niño corre el riesgo de no tener una autén-
tica relación de objeto. La pequeña paciente que des-
cribe Yahalom en su artículo revelaba la típica distor-
sión del verdadero funcionamiento simbólico en su uso
de las palabras y su falta de afecto. Este autor señala
también que las defensas psicóticas a veces bloquean la
conciencia de la sensación, o incluso deniegan l9_s _ele-
mentos del yo observante que son más afectados por la
amenaza de pérdida; todo lo cual se aproxima en grado
notable al concepto de "pensamiento operativo", rasgo
distintivo de las comunicaciones del paciente psicosomá-
tico.
La búsqueda desesperada de hechos y cosas externos
y la t endencia a tratar a las personas como si fuesen
cosas, en una tentativa de "aferrar cierto fragmento del
vivenciar" (Rochlin, citado por Yahalom), recuerda la
332
l
descripción que hace M'Uzan de la forma desesperada
como los pacientes psicosomáticos clásicos se aferran a
)o que denomina "la facticidad de la existencia". Este
intento de adherirse a hechos, cosas y personas desco-
nectados entre sí se hace sentir en el discurso analítico
de ciertos pacientes, y a menudo el analista se siente
perdido y no atina a comprender por qué el paciente le
narra los hechos de su vida diaria sin traza alguna de
afecto o interés por la significación que puedan tener
para él. Esto recuerda asimismo los rituales a que ape-
lan los pervertidos sexuales cuando se sienten amenaza-
dos. El acto ritual contribuye a superar la angustia de
castración, que es indebidamente intensa a raíz de que
nunca se volvió verdaderamente simbólica de las reali-
dades sexuales, y por ende es empleada para disipar
mediante medios externos la amenaza a la integridad
narcisista.
Es interesante señalar que cuando Yahalom quiere
ilustrar este punto referido a los rasgos psicóticos, toma
como ejemplo un paciente homosexual que aseguraba
"haberse enamorado de su pareja por el maravilloso olor
de su cabello". Me parece que aquí nos encontramos
ante la falta de estructuras simbólicas que confieran sig-
nificado a las representaciones y sus afectos conexos, de
modo tal que las sensaciones y experiencias provenien-
tes del exterior y el interior no pueden ser prontamente
integradas a un sistema psíquico elaborado. A falta de
un modelo psíquico sólido de la propia existencia como
individuo en relación con otros, sobrevendrá por
supuesto el sentimiento de la peligrosa ínsuficíencía de
la "seguridad" interna. Si el modelo no contiene ... t odo
lo experimentado, el individuo vivirá su exist encia como
un fenómeno avasallador, preñado del peligro de quedar
sumergido en él y de perder la identidad. En tal caso,
hay que buscar la "seguridad" en el mundo externo. Nor-
333
malmente, la adquisición del lenguaje y de otras capaci-
dades simbólicas permite al niño desarrollar una red
creciente de representaciones internas y liberarse así de
su dependencia desvalida respecto del ambiente y de sus
objetos importantes. De este modo, está en condiciones
de hacer frente a la frustración y la excitación a través
de la mediación simbólica.
Al tratar de abordar la estructura que está en el sus·
trato de todos los "trastornos de la acción", incluidos los
"actos" psicosomáticos, nos hallamos en el terreno de los
fenómenos transicionales y asistimos a la tentativa de
hacer que ciertos objetos sustitutivos del mundo externo
cumplan el cometido de los simbólicos, que están ausen-
tes o han sido dañados en el mundo psíquico interno.
Esta tentativa está condenada al fracaso. La víctima de
esta clase de falta incurrirá en interminables repeticio·
nes y apegos adictivos a los objetos del mundo exterior.
Volviendo, entonces, a las notables diferencias entre las
creaciones psicosomáticas y psicóticas, podríamos decir
que en tanto que el niño psicótico se aferra a un "mons·
truo" delirante para paliar la falta del objeto interno
brutalmente proyectado al exterior, el niño psicosomá-
tico ha aquietado precozmente a sus "monstruos": los ha
perdido. Quisiera sugerir que existen elementos fanta-
seados arcaicos enterrados en algún lugar profundo de
lo inconsciente, pero al no poder articularse lingüística-
mente, carecen de acceso al pensamiento preconsciente
o consciente. Almacenados en un nivel presimbólico, no
encuentran expresión ni siquiera en los sueños. {Yo diría
que todos contenemos estos monstruos que nacieron
muertos.) Con un sustrato psíquico en el que a los
"monstruos" no se les permitió crecer ni fueron proyecta·
dos a modo alucinatorio sino simplemente rechazados a
través de la ausencia de alimento psíquico, lo faltante es
algo mucho más sutil.
334
.......
Tal vez podríamos invocar aquí un concepto coD'.Ií<1!11 ii!lllJ
de alucinación negativa, cuyos perfiles fueron expl·Cllr•
dos de diversa manera por Bion (1962), Green (19731 J
Fain (1971). Esta modalidad de funcionamiento psíquíOilll
provocaría una detención del desarrollo del yo marcad.a-
mente distinta de la que hallamos en la psicosis: la esci-
sión, e1 cisma son trazados de otro modo. En los estados
psicóticos el yo es avasallado por el mundo imaginario
cuando se desliza fuera de sus huellas, y a partir de en-
tonces ya no puede cumplir su función inicial de inhibir
la realización alucinatoria (Freud, 1915a). El yo del psi-
cosornático ha sofocado los elementos arcaicos de la fan-
tasía en sus inicios y queda entonces escindido de sus
raíces instintivas, dejando pocos elementos en pie para
la creación de delirios psicóticos. Estos pueden, de he-
cho, ver la luz bajo el impacto del proceso psicoanalítico.
Mi experiencia clínica con analizandos que padecían
trastornos psicosomáticos serios me enseñó que en algu-
nos casos debían recrear sus monstruos psicóticos y con-
vivir un tiempo con ellos en forma proyectada, hasta po-
der contenerlos e integrarlos. Esta clase de crecimiento
psíquico permite a los pacientes sentirse vivos de otro
modo, aunque les provoque cierto padecimiento anímico.
Lo que cobra vida no es sólo dolor neurótico sino tam-
bién muchas creaciones perversas y "locas". Cierto es
que hay creaciones del espíritu más sublimes que las
perversiones y las psicosis, pero en definitiva es mejor
estar loco que estar muerto.
OBSERVACIONES Y ESPECULACIONES
Cuando intento esbozar una "personalidad psicoso-
mática" únicamente sobre la base de mi propia experien-
cia clínica, con frecuencia me detiene abruptamente el
335
l
1
hecho de que los analizandos "psicosomáticos" desplie- l
gan la más amplia variedad de estructuras de personali- l
dad. Pero lo cierto es que vienen al análisis a raíz de sus i
síntomas neuróticos y sus rasgos de carácter, lo cual
quizá los diferencia de aquellos pacientes que no recono-
cen ningún padecimiento psicológico y sólo acuden en
busca de ayuda para remediar sus síntomas físicos -la
estructura caracterológica de estos últimos ha sido bien
definida por los investigadores de este campo en diver·
sos países-. Sin embargo, esta aparente desemejanza
puede ser equívoca. A medida que avanza el análisis de
pacientes que presentan muchas reacciones psicosomá-
tícas, uno se encuentra con que algunos de ellos han
creado intensas reacciones defensivas contra la angus-
tia, y en cambio otros se han entregado a ésta. Tome-
mos, por ejemplo, la pauta de hiperactividad observada
por muchos psicosomatistas en sus enfermos. Si bien a
menudo verifico la presencia de este rasgo de carácter
en pacientes cuyos síntomas son predominantemente
somáticos ante situaciones de conflicto, en circunstan-
cias similarei;; he encontrado un número no menor de
pacientes que se sienten deprimidos y apáticos, y se que-
jan de su dificultad para seguir adelante. Los hiperacti-
vos tal vez empleen defensas maníacas contra su inci-
piente depresión y la tendencia a la inercia. Respecto de
la estructura de carácter y las manifestaciones psicoso-
máticas específicas, he llegado a pensar, nuevamente,
que mis primeras impresiones clínicas fueron erróneas.
Bastará un ejemplo.
Durante largo tiempo tuve amplia evidencia clínica
de que los pacientes míos que adolecían de afecciones
alérgicas cutáneas tenían una extremada sensibilidad al
medio y tendían a protegerse, física y psíquicamente, de
ser rasguñados o lastimados. Por el contrario, parecía
que mis pacíentes con problemas del tracto respiratorio
336
(en su mayoría tuberculosos o asmáticos) trabajaban
hasta el agotamiento y, respecto de su salud física, no
sólo eran audaces sino hasta temerarios. A medida que
pasaba el tiempo, me encontré con pacientes tuberculo-
sos tan sensibles como bebés respecto de su ser físico, y
con pacientes que padecían de eccema y cuyos ideales
corporales eran audaces. Más tarde me topé con anali-
zandos que padecían ambos tipos de perturbación somá-
tica.
Si bien las futuras investigaciones permitirán, sin
duda, comprender mejor los factores estructurales liga-
dos a la elección de la expresión psícosomática, por el
momento el enfoque más promisorio parece ser la explo-
ración de un posible "mecanismo psicosomático", forma
específica de funcionamiento que predispondría al indi-
viduo a creaciones psicosomáticas, en lugar de psíqui-
cas, ante situaciones de conflicto o de estrés. Por consi-
guiente, al referirme en esta sección a los pacientes
"psicosomáticos", aunque no pueda trazar los límites de
dicho concepto, estaré aludiendo a los analizandos que
tienden a reaccionar ya sea con enfermedades psicoso-
máticas o con una mayor propensión a las infecciones y
los accidentes físicos cuando enfrentan sucesos traumá-
ticos y situaciones conflictivas derivados del pasado o el
presente (incluida la situación analítica). Si bien es teó-
ricamente importante diferenciar una verdadera enfer-
medad psicosomática, corno una colitis ulcerosa no espe-
cífica, de la contracción de un mal como la tuberculosis,
en este punto me interesa sobre todo lo que podría
importar para una "disposición psicosomática" y los sig-
nos que podrían revelar su existencia, más allá de la
propia enfermedad somática.
Quiero dar ahora algunos ejemplos clínicos de pau-
tas sexuales y relacionales comunes a la mayoría de los
pacientes psicosomáticos. Se advertirá que no se re-
337
fieren únicamente a personas que han declarado tener
manifestaciones psicosomáticas. Sin embargo, pueden
poseer un cierto valor de pronóstico y tornarnos cons-
cientes de la amenaza de eventuales transformaciones
somáticas bajo el impacto del proceso analítico. A r aíz de
su carácter asimbólico, estas manifestaciones permane-
cen en un completo silencio hasta su concreción somá-
tica, y por ende es preciso oídos a algo que no
está ahí presente, a una   psíquica en la que
podría aparecer una creaci6a somática en vez de una
psicológica. Reitero que todos los analizandos de que me
ocuparé recurrían a un cierto número de mecanismos
neuróticos (de lo contrario no estarían en análisis), y en
la mayoría de los casos no daban mucha importancia a
su historia psicosomática o ni siquiera la mencionaban.
RELACIONES SEXUALES Y OBJETALES
Cuando los pacientes psicosomáticos hablan de sus
relaciones amorosas y sexuales, uno vuelve a encon-
trarse escuchando una dimensión faltante. Esto se halla
en marcado contraste con la forma como los pacientes
neuróticos presentan sus relaciones amorosas de tipo
neurótico. Por supuesto, estos últimos acuden en busca
de ayuda fundamentalmente por sus problemas sexua-
les, o por los síntomas que constituyen una transacción
inconsciente y una "solución" a su conflicto. La gente con
reacciones psicosomáticas ante el conflicto, si bien puede
traer problemas correspondientes al ámbito edípico-
genital, más a menudo acude al análisis por sus
mientas de desesperanza ante todas sus relaciones per-
sonales, o por su afecto depresivo en general. Esta vaga
caracterización clínica se superpone, a todas luces, con
las llamadas neurosis de carácter, aunque por lo común
338
no incluye los mismos destinos ni los mismos fracasos
que suelen desplegar los "problemas caracterológicos".
Con frecuencia, tampoco presentan problemas sexuales
manifiestos. El análisis revela que estos pacientes (hom-
bres y mujeres) se refieren a sus parejas sexuales y las
tratan como si fuesen madres que los alimentan y de las
que dependen de forma desesperada. Por más que a
veces no se dan cuenta de su apego emocional a tales
personas, se aferran con avidez a ellas y suelen caer
enfermos fisicamente cuando amenazan con abandonar-
los. No obstante, con igual frecuencia las personalidades
psicosomáticas ponen en evidencia lo que parecería ser
una pauta inversa: sus objetos amorosos son en alto
grado intercambiables, y su exigencia cardinal con res-
pecto a ellos es que simplemente estén presentes. Es
"alguien" a quien se adjudica el rol de "seguro contra
todo riesgo" y cumple, por lo tanto, la función de un
objeto transícional. Ambos tipos de relación de objeto se
conectan con relaciones tempranas traumáticas entre la
madre y el bebé, y es notorio que estas clases de depen-
dencia recuerdan a las madres "adictivas" de los bebés
psicosomáticos estudiados por Fain y a las madres
"saciadoras" de los niños psicóticos de Ekstein.
Atrajo mi atención, en primer lugar, esta clase de
apego sexual en analizandos que habían padecido tuber-
culosis pulmonar. Con una sola excepción, todos habían
caído enfermos en momentos en que se separaron de su
pareja o fueron abandonados por ésta; y, consciente o
inconscientemente, dicha pareja representaba a la
madre adictiva de la temprana infancia. Ninguno de
ellos estaba advertido del grado de su pesar o descon-
suelo, con frecuencia porque ni siquiera sospechaban el
papel ambivalente del Otro ni el hecho de que ellos
habían sufrido un despojo, y por lo tanto no eran capa-
ces de elaborar la pérdida. Parecía como si en vez de
339
abrir su corazón al dolor, hubieran abierto sus pulmones
a la invasión de los bacilos de la tuberculosis. Me he
topado con dos casos de colitis ulcerosa en los que existía
una incapacidad similar para elaborar sentimientos de
rechazo o reelaborar un proceso de duelo. Un caso
expuesto por Loriod (1969), de un paciente con múltiples
transformaciones somáticas, pone notablemente de
relieve esta renuencia a la experiencia o a entregarse al
dolor anímico.
EJ análisis de este aferramiento desesperado al Otro
(o a los Otros no diferenciados) permite comprender que
se trata menos de una dependencia sexual que de una
protección contra el sentimiento de la pérdida de identi-
dad y la amenaza de una aniquilacián total. Una
paciente cuya dependencia de su amante era tal que
cualquier amenaza o rompimiento de la relación signifi-
caba para el1a una descarga inmediata en síntomas
somáticos de diversa especie lloraba en tales ocasiones,
pero luego agregaba, invariablemente, que "no sabía por
qué lloraba". Después de cuatro años de análisis, descu-
brió que nunca se sentía del todo "real" en una relación.
El ineludible apremio a establecer con la analista un
lazo igualmente dependiente la compelía a permanentes
acting outs, en vez de enfrentarse con su deseo y el
pánico que éste le provocaba. "Me resulta fastidioso
tener que decírselo, pero en realidad yo nunca estoy del
todo allí", me confesó una vez cuando le mostré esas
actuaciones suyas como reacción ante la situación analí-
tica. "Sigo hablando como si nada pasase -agregó-,
pero siempre estoy en otra parte. Y así fue toda mi vida:
como si no viviera en mi propio cuerpo. Ahora, esto me
empieza a aterrar; sin embargo, todo el mundo me consi-
dera tan normal... Yo sólo me siento real, sólo siento que
existo cuando hago el amor. Es como si mi cuerpo se reu-
niese en torno de mi vagina."
340
.......
En otras oportunidades relató que fumar surtía so-
bre ella igual efecto: "Reúne mi cuerpo y mente, de mo-
do tal que por un breve instante una tiene la sensación
de que verdaderamente existe". Las relaciones sexuales
cumplían para ella la función de una droga; fuera de
esos momentos, tenía un profundo temor de sus senti-
mientos depresivos y la tendencia a caer en una inercia
total. "Me gustaría quedarme todo el día tirada en la ca-
ma con una botella al lado, como Mary Barnes, sin pen-
sar, hasta que simplemente dejase de ser." Esta pacien-
te, inteligente y en apariencia bien adaptada, no tenía
tampoco problemas sexuales; más aún, consideraba su-
mamente satisfactorias sus experiencias en este terre-
no. Como muchos otros individuos con esta modalidad
particular de funcionamiento psíquico, esa apariencia
exterior de "normalidad" era engañosa. Análogamente,
sus relaciones sexuales debían cargar con un pesado
fardo. Nadie puede ser auténticamente dueño de su in-
tegridad narcisista. ni de su sexualida d si no es dueño,
simbólicamente, de su cuerpo. Si la relación sexual es l a
única confirmación de l a identidad del individuo, o éste
percibe que es la sola protección que se le ofrece contra
los peligros ignorados de la existencia, la investirá de
una gran intensidad compulsiva. Circunstancias inu-
suales llevaron, en el caso de la paciente a que aludo, a
un rompimiento con su amante. Al perder a su pareja,
lo perdió todo: su sexualidad, su autoimagen narcisista,
su capacidad de donnir y de metabolizar la comida (va-
rios de mis pacientes somatizadores sufrían una pérdi-
da espectacular de peso en momentos en que se veía
amenazada su relación con los objetos "adictivos" o en
que se producía una separación efectiva). Esta pacien-
te corría el peligro de perder su cuerpo, en todo el sen-
tido de la palabra. El cuidado por su salud física se re-
dujo a cero, y teniendo en cuenta su historia, advirtió
341
que se estaba exponiendo una vez más a serios proble-
mas de salud. Lo que debía ser una convicción interna
(sobre su integridad narcisista y su identidad indivi-
dual) tenía que ser constantemente corroborado, en su
caso, desde el exterior.
Dos importantes descubrimientos modificaron el
curso de su análisis y toda su modalidad de existencia
psíquica, alterando a la vez su sensibilidad somática.
Uno de ellos se vinculó con su primera experiencia mas-
turbatoria, a los 38 años. Bajo el impacto de este tardío
descubrimiento, un día exclamó que, por primera vez en
su vida, sentía que su cuerpo le pertenecía y tenía
límites. Cambió su actitud ante su ser propio corporal;
no sólo comenzó a prestar mayor atención a su bienestar
físico, sino a su aspecto; lucía más bonita y más vivaz en
su relación con las demás personas, que también empe-
zaron a existir para ella, por derecho propio. En ciertas
ocasiones se tornó más exigente, en otras sentía que
tenía permiso para rechazar tareas o demandas que no
le gustaban. Era como si por primera vez en su vida
hubiera tomado conciencia de sus sentimientos y víncu-
los con respecto a la gente.
Al mismo tiempo, descubrió sus sentimientos trans-
ferenciales; e:A vez de actuar para sofrenar una marea
creciente de pánico ante cualquier posible emoción en la
situación analítica, pudo contener y explorar esos senti-
mientos incipientes; en particular, la intensa emoción
que le producían las experiencias de separación en la
relación analítica y su enorme furia cuando yo no com-
prendía de inmediato Jo que procuraba comunicarme,
pero sin poder hacerlo todavía verbalmente. Demandaba
una presencia y comprensión permanentes que no tuvie-
ran que pasar por los canales del lenguaje. Actuaba y
sentía como un bebé incomprendido. En sus sueños y
asociaciones aparecieron por esta época fantasías horno-
342
--
sexuales, que en definitiva contribuyeron a fortalecer su
identidad sexual, al mismo tiempo que mermaban nota-
blemente sus síntomas psicosomáticos.
Relaté con algún detalle este fragmento de análisis
porque es, en muchos sentidos, ejemplificador del ahogo
afectivo que tan a menudo mantiene a raya una furia
violenta o demandas omnipotentes, y también de los
vínculos perdidos entre el sel{ fisico y el deseo sexual. La
falta de reacción afectiva da un matiz pragmático y apá-
tico a las relaciones de objeto, y la brecha entre el cuerpo
y sus impulsos instintivos tiene efectos perniciosos en el
sentimiento de identidad. Por otra parte, en los pacien·
tes psicosomáticos suele presentarse una historia anó-
mala en materia de masturbación, al menos si me
atengo a mi experiencia clínica. Con frecuencia, se la
descubre en un momento tardío de la vida (entre los
veinte y los cuarenta años), o bien se la practicó en la
niñez y la adolescencia pero en formas poco normales,
evitando todo contacto entre la mano y los genitales, y
en muchos casos desprovista de todo contenido fantase-
ado. Habitualmente se renunció, sin compensaciones de
ningún tipo, a los intentos anómalos de satisfacer los
deseos sexuales, en caso de haberlos, con lo cual no se
desarrollaron en prácticas perversas organizadas ni fue-
ron reprimidos para convertirse en la materia prima de
síntomas neuróticos ni proyectados y recuperados de
forma delirante. En lugar de ello, lo que hay es una des-
trucción del afecto y una pérdida de la representación
simbólica de los deseos sexuales.
Este estado de cosas es lamentable, ya que las
relaciones sexuales corren el riesgo de volverse pragmá-
ticas y compulsivas, y la experiencia padece a raíz de su
empobrecimiento imaginativo. ¡Parece indudable que la
zona más intensamente erógena del ser humano esté
localizada en su mente! En la vida sexual de estos
343
pacientes hay, pues, una dimensión "operativa". En el
curso del análisis, las fantasías que puedan construirse
para corresponder a los estados afectivos de que el
paciente toma conciencia (y esto puede llevar varios
años) suelen ser extremadamente arcaicas y perturba-
doras, Jo cual, a su vez, precipita nuevas fugas hacia el
actíng out, de modo tal de no dar ninguna cabida a la
fantasía o a la eventualidad de "contener" un deseo
sexual.
Un paciente expresó este dilema en los siguientes
términos: "No soporto ser acariciado o tocado por una
chica si no voy a hacer el amor con ella de inmediato". Al
preguntársele qué podría ocurrir en caso de que no fuese
capaz de concretar enseguida ese proyecto, no supo cómo
explicar de qué manera crecía en él el pánico: "Porque
nunca me imaginé haciendo el amor con alguien. Siem-
pre me digo que debo planear las cosas de manera de
tener todas las noches alguna chica con quien dormir, ya
que simplemente me es imposible estar solo. Nunca en
mi uida experimenté un deseo sexual". Más adelante,
este paciente permitió que florecieran en su imaginación
fantasías sexuales, aunque durante mucho tiempo pensó
que tenía que actuarlas, por más que ello le hiciera
correr ciertos albures sociales. Otro paciente, en una
fase similar del análisis, sintetizó su sentir así: "Pero si
llego a tomar conciencia de un deseo mío, entonces tengo
que hacer cualquier cosa para satisfacerlo; de lo contra-
río, ¿para qué serviría imaginarse cosas?". El temor de
soportar la frustración de un deseo sólo es equiparable
al temor de volverse loco. Un tercer paciente psicosomá-
tico, quien también intentaba comprender su temor al
fantaseo, expresó: "Pero usted no comprende ... Si yo me
permitiese pensar, no importa qué, terminaría como Don
Quijote, con una cacerola como casco, embistiendo con-
tra los autobuses".
344
Estos tres pacientes pudieron "resexualizar" su
cuerpo y su mente, por así decir, y vivir relaciones
sexuales significativas. Los tres se aterraban ante la
perspectiva de dar a su imaginación cierta libertad, no
menos que ante la idea de que sus pensamientos e
impulsos se tomarían incontrolables. Aquí ingresamos
en el dominio de la retención, que tiene claros orígenes
en la fase anal, así como en el de la incapacidad para
conferir un significado libidinal a la capacidad para
retener, al principio, las propias heces y todo lo que ellas
simbolizan, luego los propios pensamientos, impulsos y
objetos internos. Otro tema importante eran las fanta-
sías de ser envenenado o de correr el riesgo de explotar
si se contenían los impulsos a la descarga, pero con esto
abandonamos el ámbito de lo psicosomático y entramos
en un terfitorio neurótico familiar.
Esto me lleva a un hecho clínico que entraña cierta
confusión teórica. Es mi convicción de que los síntomas
psicosomáticos, que en principio surgen a raíz de la falta
de representación simbólica y de expresión afectiva, a
menudo son susceptibles de un proceso de "histeriza-
ción" o de "obsesívización" cuando se alienta al anali-
zando a inventar situaciones que acompañen sus sínto-
mas somáticos. La resistencia es considerable, pero de
vez en cuando se obtienen resultados gratificantes,
cuando una manifestación somática que hasta entonces
casi no había atraído la atención se vuelve poco a pocc
significativa. Las fantasías suelen ser perturbadoras
para el paciente por su carácter arcaico o su contenido
sadomasoquista.
Un paciente ulceroso, poco dado a la ensoñación
diurna (particularmente en lo tocante a sus relaciones
sexuales), produjo la fantasía de íngerir la materia fecal
de su pareja, acompañada por una masiva excitación
erótica, que gradualmente se convirtió en una idea com-
345
pulsiva. Sus experimentos en la creación de fantasías en
torno de sus fluctuantes estados emocionales y sensacio-
nes corporales prosiguieron, y comenzó a idear ensueños
cada vez que le volvían esas sensaciones dolorosas que,
como él sabía bien, eran premonitorias de una recurren-
cia de su patología gástrica. Por lo común, dichas fanta-
sías se vinculaban a la incorporación: beber esperma,
comer trozos de piel, morder pezones y glandes, etc. No
sólo desaparecieron, por primera vez en muchos años,
sus síntomas gástricos sino que hubo un avance notable
desde el punto de vista del análisis. Sus síntomas y el
aparato digestivo en general se tornaron objeto de inte-
rés psíquico para él, arrojando luz sobre muchos aspec-
tos de su vida y de su estructura caracterológica. Estos
progresos se lograron a pesar de una considerable resis-
tencia, ya que temía que tales fantasías lo volvieran loco
y lo impulsaran a actuar lo imaginado. Poco a poco edi-
ficó una actitud fóbíca frente a tales ideas, que adquirie-
ron todas las características de ideas obsesivas, y luego
intentó reprimirlas. Sin embargo, con algún estímulo de
mi parte, le permitió evolucionar y entrar en conexión
con otras ideas, en particular el aumento de su deseo
sexual auténtico y sus primeras relaciones amorosas
verdaderamente libidinales.
Un proceso semejante, pero que siguió un rumbo
mucho más "histérico", fue el de otro paciente con pato-
logía gástrica que padecía además numerosas afecciones
alérgicas en la piel. Este paciente se lamentaba amarga-
mente del carácter aterrador de las fantasías que lo
invadían cuando sufría una frustración sexual, y le
reprochaba al análisis haber alentado la existencia de
tales fantasías: "Me imagino que hay unos hombres que
atan mis testículos con alambre y luego me arrojan a la
fuerza al fondo de un profundo abismo, una y otra vez,
hasta que los testículos se me desgarran. Pero lo más
346
terrible es la tremenda excitación sexual que esto me
produce. ¡Estoy seguro de que voy a volverme loco, y la
culpa es suya!"
Esta ensoñación simboliza una escena primaria
arcaica con matices edípicos: el joven es forzado por los
hombres a entrar en la mujer "abismal" y su castigo es
la castración, aunque, como vemos, el ensueño parte de
una absorción de todo el cuerpo en la excitante experien-
cia. Sea como fuere, poco a poco se vincula la angustia a
los órganos sexuales. En el caso de este paciente, toda
su "creación" imaginativa constituía un cambio notable,
teniendo en cuenta su modalidad anterior, estéril, de
funcionamiento psíquico, despojada de imaginación
consciente y con escasos signos de una vida inconsciente
de la fantasía. Hasta entonces, el signo principal de con-
flicto psíquico había radicado en sus explosiones somáti-
cas, que lo aproximaban peligrosamente a las puertas de
la muerte. Lo que quiero destacar, sin embargo, es que
este individuo no podía dejar de conectar sus fantasma-
gorías de reciente cuño con sus frecuentes episodios de
eccema en torno de los testículos. Si bien el eccema con-
tinuó (y se intensificó antes de las vacaciones de la ana-
lista), la conjunción eccema·fantasía le permitió al
paciente una notable investidura libidinal de toda su
zona genital, lo cual influyó tanto en su experiencia eró-
tica como en la índole de sus relaciones amorosas.
Estos pacientes parecen ajustarse a la categoría de
los bebés observados por Spitz (1962), quienes a raíz de
una temprana falla materna no se entregan jamás a lo
que él denomina "juego genital normal", vale decir, la
manipulación espontánea y lúdica de sus genitales en
bebés que tienen una relación armoniosa y estable con
la madre. También nos recuerdan a los bebés de los
estudios de Fain, cuyo temprano contacto con la madre
les había impedido desarrollar medios autoeróticos para
347
abordar la tensión psíquica, perjudicando así en alto
grado la evolución subsiguiente de la vida de la fantasía.
Esta imposibilidad de tornar significativa la ausencia
podría asimismo expresarse como la imposibilidad de
internalizar "el pecho". Bion (1962) ha señalado que,
antes de ser capaz de simbolización, el pecho debe poder
ser representado en el estado de "no-pecho"; de otro
modo, es puramente bueno o malo y no puede conver-
tirse en el nexo de un ulterior pensamiento o una elabo-
ración afectiva, con lo cual fracasa en su función simbó-
lica. En los estados psicóticos, lo ''bueno" y lo "malo" se
proyectan fuera como objetos idealizados y persecuto-
rios; esto no sucede en las estructuras psicosomáticas,
donde las diferentes representaciones del "pecho" son
lisa y llanamente excluidas de la cadena simbólica y
desinvestidas sin ninguna compensación. Así, los impul-
sos instintivos, ya sean libidinales o agresivos, corren el
riesgo de no alcanzar representación. Los tempranos
elementos fragmentados de la "fantasía", que supuesta-
mente acompañarían a dichos impulsos, no se almace-
nan de un modo que les permita evolucionar hasta con-
vertirse en el material de las construcciones fantaseadas
neuróticas. En consecuencia, puede haber poco filtraje o
lígazón psíquicos a través de los nexos fantaseados y los
símbolos semánticos, y en cambio darse una tendencia a
una descarga somática inadecuada.
De acuerdo con la terminología de Winnicott (197la),
se incluirían en esta categoría las personas que sienten
constantemente la "intrusión" del medio y, al mismo
tiempo, son incapaces de "usar un objeto" en forma crea-
tiva. El concepto de Winnicott sobre el uso de un objeto y
sobre los individuos que no logran establecer esta relación
con los objetos externos se aplica asimismo a los que recu-
rren primordialmente a soluciones psicosomáticas ante la
tensión y la angustia. Describiendo un fracaso semejante
348
en el uso de un objeto interno o externo, Rosenfeld (1971)
lo enunciaba diciendo que la parte sana de la personali-
dad es capaz de depender de otro sin temor. Todos estos
diferentes enfoques teóricos abordan una misma zona
complicada de la experiencia humana y se encuentran
con enigmas similares en cuanto al funcionamiento psí-
quico. En cada uno de estos casos hay un derrumbe de las
relaciones objetales a raíz del intento de hacer que el
objeto externo se conduzca como un objeto simbólico, para
así reparar una brecha psíquica. En tal caso, se buscará
luego adictivamente ese objeto o situación.
Básicamente todas las adicciones, desde el alcoho-
lismo y la bulimia a la ingestión de píldoras para dormir
o estimularse, son intentos de hacerle cumplir a un
agente externo el cometido propio de una dimensión
simbólica faltante. Este tipo de funcionamiento psíquico
recuerda el papel del fetiche en la esfera sexual, pero en
modo alguno se identifica con éste, ya que el fetiche
logra reducir la angustia primitiva global respecto de la
angustia de castración fálica; esta última es luego com-
batida mediante un manejo externo, en vez de hacerlo
por medios internos. Rara vez el paciente psicosomático
llega a esta "genitalización" de la angustia; él mantiene
a raya los terrores que corresponden a la "castración pri-
maria". No es ·de sorprender que encontremos en nues-
tro analizandos psicosomáticos constelaciones edípicas
similares a las que hallamos en las perversiones sexua-
les, donde está muy menoscabado el rol del padre así
como la importancia de su pene en cuanto objeto fálico
simbólico en el mundo psíquico. El símbolo fálico sigue
inserto en la madre, por lo que la angustia de castración
corre el riesgo de involucrar a todo el cuerpo y el sel(, en
vez de limitarse a la esfera sexual, las relaciones s e x u   ~
les y la identidad. La lucha que libran estos pacientes es
por sentirse vivos e íntegros.
349
El grado en que las fantasías larvales (elementos
beta), excluidas de la expresión simbólica en el precons-
ciente, hallen por primera vez expresión verbal y contra-
partida afectiva, puede determinar la posibilidad de dis-
minuir el riesgo de descarga somática, que de otro modo
sortea el lenguaje y, con ello, la capacidad de elaborar la
fantasía. Es posible que la fantasía constructiva (o sea,
protectora) para abordar la ausencia y la diferencia sólo
pueda ser "almacenada" como tesoro psíquico en la
medida en que está contenida en las palabras y en los
primeros elementos del "pensar", en el sentido de las
investigaciones de Bion. Los "ataques a Ja conexión" que
este autor atribuye a los estados psicóticos (Bion, 1959)
se restringen, en el caso de las personalidades psicoso-
máticas, a un ataque contra la vida de Ja fantasía y la
capacidad de r epresentar el afecto. En lugar de distor-
siones yoicas nos encontramos con un yo peligrosamente
autónomo. La ausencia de mecanismos neuróticos, per-
versos y psicóticos es una señal de alerta para el soma.
Estos mismos factores también plantean problemas en
casos graves con respecto a la conveniencia del trata-
miento psicoanalítico. Hay que sopesar los riesgos tanto
en el sentido somático como psicológico.
DEFENSA SOMATICA Y DEFENSA NEUROTICA
La imposibilidad de crear síntomas neuróticos pro-
tectores quizá se aclare mejor con un ejemplo clínico.
Tres pacientes (dos mujeres, un hombre) acudieron al
análisis a raíz de su sensación de fracaso en su vida per-
sonal. Los tres habían padecido asma bronquial grave
desde la infancia; se consideraba que la causa de los ata-
ques eran diversos tipos de alergia: a los gatos, al polvo
doméstico, al polen de las plantas. A medida que avan-
350
zaba el análisis de estos pacientes se tornaba evidente
que sus ataques de asma seguían ciertas "leyes geográfi·
cas": dos de ellos tenían ataques de creciente severidad
al aproximarse al pueblo o a la zona suburbana donde
vivía la madre; la tercera los sufría con intensidad pro-
porcional a la distancia que la separaba del hogar
paterno.
Es difícil evitar la comparación de esta relación de
distancia con el control neurótico del espacio geográfico
en los pacientes fóbicos, pero la diferencia es considera-
ble.J A fin de crear un objeto o situación fóbicos, la
mente debe realizar muchísimo trabajo de intrincada
índole simbólica. Ya sea que esto se ponga de manifiesto
en las fobias conectadas con una angustia sexual, como
la agorafobia, o en situaciones fóbicas más primitivas
concernientes a conflictos pregenitales tempranos, como
en las fobias a la comida o a la suciedad, o en las preocu-
paciones hipocondríacas, lo cierto es que la carga afec-
tiva ligada a la situación fóbica accede a la conciencia
del paciente: éste ha podido inventar un desplazamiento
simbólico del objeto o situación peligrosos, a los que
puede hacer frente evitándolos. En el caso de los pacien-
tes que aquí describo, en cambio, no existía dicho des-
plazamiento ni conciencia alguna de la rabia, aflicción y
angustia que más tarde vinieron a adherirse a la ima-
gen materna. Todos se percataban de su intensa depen-
dencia respecto de la madre y habían hecho supremos
esfuerzos por abandonar el hogar paterno, pero no
habían renunciado al objeto originario. Si bien lograron
una separación física, carecían en lo fundamental de
cualquier identificación con una "madre cariñosa". Todos
ellos cargaban sobre sus hombros un ideal del yo exce-
3. Pankow (1969) ofrece una interesante elucidación del
vínculo del asma con la imagen corporal psicótica y neurótica.
351
sivo, imposible de alcanzar: los tres cumplían sus obliga-
ciones profesionales con celo indeclinable, y cualquiera
fuese el golpe que la vida les infligiese, no se amilana-
ban, como si les estuviera vedado sentir dolor emocional
o cicatrizar de algún modo sus heridas psíquicas. Llevó
muchos años de análisis conseguir que las lágrimas no
derramadas acudieran a la superficie, junto con el deseo
de ser reconfortado y cuidado.
Sus relaciones amorosas sexuales, que pennanente-
mente terminaban en una decepción, mostraban rasgos
en cierto sentido opuestos, por cuanto estos analizandos
tendían a adoptar una conducta "de madre" con sus res-
pectivas parejas, al punto de castrarlas. Esto era válido
tanto para el hombre como para las dos mujeres. Llegué
a sentir que establecían con su pareja una relación asfi-
xiante (con poca consideración por los deseos del otro)
como la que conocieron en su infancia, en tanto que
inconscientemente deseaban recibir a cambio de su
amor regalos mágicos, como un bebé. En rigor, su com-
portamiento era errátil: querían desesperadamente
estar cerca de alguien, pero no soportaban el con-
tacto estrecho durante mucho tiempo. Cualquier nota
discordante en la armonía de la relación podía dar lugar
a una ruptura inmediata. Al igual que en otros pacien-
tes somatizadores, todos ellos tenían una historia fami-
liar común de masturbación infantil: ninguna había
conocido la masturbación manual. Uno había creado
rituales adolescentes en los que las heces desempeñaban
un importante papel; una de las mujeres inventó una
serie de aparatos para introducírselos en el ano o en la
vagina, en tanto que la otra había aprendido a bgrar la
excitación erótica reteniendo la orina y presionándose la
vejiga, y en su adolescencia llegaba al orgasmo por esta
vía.
A la señorita L. le interesó mucho averíguar, durante
352
-------------·-···-·-··--··------·-----·--·--·--·-···--·-·-.. ··----·--·····--.. ·-------· .. -··------
e} análisis, el hecho ostensible de que Ja proximidad de
su madre coincidiera con la gravedad de sus ataques de
asma. Poco a poco comenzó a recapitular su dependencia
ü1fantil de la madre, la única persona capaz de calmar
sus espasmos de sollozos y más tarde sus ataques asmá-
ticos. Al padre se lo mantenía rigurosamente aislado sin
permitir su ingreso al cuarto de la niña, porque, según
se decía, su presencia empeoraba el asma de ésta. Tam-
bién a otras influencias externas se las mantenía a raya.
La señorita L. no había podido correr, jugar o ir a la
escuela corno todos los niños.
Aunque no desarrolló muchos medios psíquicos
internos como para hacer frente a la enorme cantidad de
situaciones que podrían provocarle angustia, de todos
modos abandonó el hogar cuando tenía algo más de
veinte años, tras un violento altercado con su madre
sobre si le asistía o no el derecho a tener un novio.
Aparte de declaraciones corno "mi pobre madre está un
poco chiflada", la señorita L. no expresaba respecto de
aquélla ningún sentimiento intenso. En presencia de la
madre, más que sentimientos lo que le acudían eran
sensaciones, y era consciente de ellas; alentada a que las
pusiera en palabras, pudo finalmente decir: "No soporto
tocarla ... como si todo su cuerpo estuviese cubierto de
mugre, casi como si pudiera envenenarme". Estas "sen-
saciones" fueron lentamente evolucionando hasta
vertirse en emociones de fuerte contenido afectivo. La
señorita L. descubrió que toda vez que se enojaba con su
madre eludía cualquier contacto físico con ella.
A medida que fue decreciendo la gravedad de sus
ataques, sus sueños se tornaron más frecuentes y colori-
dos. 4 En algunos la madre se ahogaba, a menudo  
4. ,Una relación inversa entre el soñar y las manifestaciones
psicosomáticas ha sido señalada por otros analistas; por ejemplo,
Berne (1949, págs. 280-97) y Sami-Alí (1969).
353
xiada por representaciones simbólicas de las heces y la
orina de la hija. Fue posible reconstruir fantasías infan-
tiles en las que, en momentos de furia indecible, quería
atacar a la madre con los productos de su cuerpo; otras
veces estaba presente la idea de querer que la madre
padeciese y se ahogase como ella durante sus ataques de
asma. Por diversos caminos llegamos al convencimiento
de que nunca había discriminado realmente su cuerpo
del cuerpo de su madre. Se volvió c]nrn que su particular
procedimiento masturbatorio por retención de orina y
contracción de las nalgas representaba asimismo un
modo de contener dentro de ella, en unión fusiona}, a la
madre idealizada. Esto nos trae a la mente los bebés
rumiantes de Fain, que en una etapa precoz crearon un
sucedáneo autoerótico de la madre mediante la reten-
ción de su contenido estomacal. Como en el caso de la
señorita L., aquí se trata de una compensación somática
y no de una identificación psíquica o verdadera repre-
sentación del objeto interno. Parecería como si el objeto
materno no hubiese sobrevivido a los ataques que se le
dirigieron.
A medida que la señorita L. comenzó a experimentar
la misma furia en la situación analítica, sobre todo en
los momentos de separación, descubrimos que temía que
tales sentimientos destruyesen a todas las personas que
le importaban. Si los demás no explotaban, estallaría
ella. A la sazón, desarrolló por primera vez una serie de
temores hipocondríacos sobre su cuerpo -al que nunca
había querido ni cuidado demasiado--. También tuvo un
interludio homosexual que la llevó al descubrimiento de
su cuerpo sexual y el de su pareja. El pene se convirtió
por primera vez en un objeto de deseo importante para
ella, con significado fálico, y sus relaciones sexuales del
pasado comenzaron a parecerle carentes de sentido, ya
que hasta entonces todos los hombres o mujeres de su
354
vida habían sido diversas versiones de su madre "adic-
tiva".
Quisiera destacar que lo que provocaba los ataques
de asma de la señorita L. no eran las fantasías de aho-
gar a la madre en su orina o de matarla con su materia
fecal, sino su incapacidad de tolerar y elaborar tales fan-
tasías en una relación entre dos. Podría proponerse que
los ataques de asma llevaban a la práctica la fantasía de
un introyecto perseguidor, pero esto deja muchos inte-
rrogantes sin respuesta: ¿por qué razón un objeto fóbico
de esa índole no lograba despertar una elaborada fanta-
sía, dando origen a una fobia o incluso una delusión?
¿En qué punto dejaba de operar o de desarrollarse la
defensa psíquica y su lugar era ocupado por la disfun-
ción somática? Las representaciones y emociones que
podrían haber acompañado sus tensionantes experien-
cias infantiles no habían sido proyectadas ni reprimidas,
sino totalmente desestimadas y rechazadas del yo como
sí nunca hubiesen existido. Cierto es que podría conside-
rarse que las fantasías en cuestión tienen un carácter
universal, pero para asimilarlas y tornarlas significati-
vas se requiere una adecuada relación madre-bebé. A
todas luces, la señorita L. no había sido capaz de "usar"
los objetos parentales para que la ayudaran a dar ante
el mundo respuestas vivaces y a reaccionar ante sus
demandas instintivas no menos vivaces: los había despo-
jado de su vivacidad vol viéndolos inertes, y sólo su
cuerpo "recordaba".
He resumido el análisis de la señorita L. porque
siguió una trayectoria que, según he comprobado, es
típica en otros pacientes con reacciones somáticas muy
distintas ante el conflicto interno. Lo que pretendo decir
es que existe una importante diferencia entre los tras-
tornos que son una reacción frente a ideas inconscientes
o preconscientes, y los que surgen en ausencia de dicha
355
fantasía. La relación diádica entre la madre y el hijo no
avanzó, en ciertos ámbitos, hasta el mundo triádico, ni
tampoco quedó atrapada en la maraña de la intermina-
ble identificación proyectiva. En lugar de ello, hubo un
movimiento retrógrado desde una relación entre dos
cuerpos a una relación unicorporal, que quizá podríamos
denominar regresión psicosomática.
Para finalizar, quisiera resumir en qué consiste este
"mundo unicorporal", la forma como los enfermos psico-
somáticos tienden a considerar su sel{ o ser propio corpo-
ral (en comparación con pacientes de otra estructura de
personalidad) y el efecto que surte sobre el ideal del yo
este tipo primitivo y singular de independencia.
EL CUERPO COMO OBJETO PSIQUICO
Hay una marcada diferencia entre los pacientes psi-
cosomáticos y los que se refieren a sus cuerpos en térmi-
nos neuróticos. Ya se trate del discurso extravagante e
imaginativo del histérico (quien al par que nos habla de
sus síntomas atrae nuestra atención hacia alguna otra
cosa, hacia un elemento sexualizado que fue despla-
zado), o de los elaborados temores y fantasías de los
pacientes que padecen lo que podría denominarse "hipo-
condría de castración" (miedo al cáncer, la tuberculosis,
la sífilis, temores todos ellos que asumen las caracterís-
ticas de ideas compulsivas y a menudo están ligados a
una estructura obsesiva), estamos principalmente ante
fantasías reprimidas vinculadas al drama edípico y a
deseos sexuales infantiles que sufrieron una regresión a
puntos de fijación pregenitales.
La diferencia no es menos marcada si atendemos al
"lenguaje de órgano" del psicótico (Freud, 1915a), que
sigue los procesos mentales primarios usados para crear
356
los pensamientos oníricos. Los ejemplos que da Freud
-"la muchacha de ojos torcidos" y el "Hombre de los
Lobos", quien "elaboraba su complejo de castración en
su piel"- ponen de relieve, como lo destaca el propio
Freud, que el pensamiento esquizofrénico es asimismo
muy diferente de la simbolización neurótica. En esta
última, las investiduras permanecen intactas, en tanto
que en las psicosis e\ intento de recobrar los propios
objetos perdidos da por resultado que el paciente "deba
contentarse con palabras en lugar de cosas".
Si ahora pasamos al paciente psicosomático, debe-
mos notar ante todo que sus procesos orgánicos patológi-
cos (que nada tienen de imaginario ni de alucinatorio)
sólo hallarán representación psíquica a partir del
momento en que causen un dolor f í s i   o ~ de lo contrario,
permanecen en un obligado silencio. Una vez que los
síntomas rompen ese silencio, no por ello reciben mucha
atención en el discurso analítico: o se los omite o se hace
referencia a ellos de un modo tal que par ece que se les
asignase escasa importancia psicológica. Esto suele ir
acompañado de una actitud de franca negligencia ante
el propio bienestar físico, como si el cuerpo fuese un
objeto desinvestido pese a su evidente disfunción y al
dolor que padece. "Tengo estos dolores desde hace casi
dos a ños - me decía un paciente-. No sé qué me los
provocó, pero me las ingenié para caminar de una
manera que me los hacía tolerables. Eso siguió así hasta
que se perforó la úlcera." Estas palabras recuerdan la
desinvestidura del cuerpo en ciertos pacientes que se
entregan a episodios psicóticos de automutilación si n
sentir dolor alguno, merced a sus masivos mecanismos
de escisión. También nos viene a la mente la capacidad
de soportar el dolor físico cuando está muy erotizado,
como en ciertas perversiones sexuales. Si bien las metas
son muy distintas, hay un común denominador en los
357
mecanismos psíquicos operantes, que tiene sus raíces en
el temprano funcionamiento psíquico del bebé y halla
expresión en las creaciones psicóticas, perversas y psico-
somáticas.
Junto a esta "rudeza" fisiológica de muchos pacien-
tes psicosomáticos hay un rasgo de carácter al que ya se
ha aludi.do como manifestación frecuente en estas perso-
nalidades: la negativa a ceder al dolor psíquico, la
angustia o la depresión. Esto da la impresión de un con-
trol emocional sobrehumano y está ligado, creo yo, a un
ideal del yo patológico que niega toda necesidad y
dependencia. "Siempre me las tuve que arreglar solo, y
siempre lo haré", es una frase típica. "Nadie me ayudó
jamás a ser yo mismo." "Tuve que aprender a volar
antes de que me salieran plumas; ahora sólo tengo que
seguir adelante. Pase lo que pase, no voy a detenerme ni
mirar atrás." "Yo nunca tuve eso que llaman un 'objeto
transicional'. Mi madre no me lo hubiera permitido.
Aprendí muy pronto que no podía confiar en nadie más
que en mí misma." Estos tres pacientes, todos los cuales
padecen acusados problemas psicosomáticos, bien
podrían ser encarnaciones adultas de los bebés mericis-
tas que debieron "arreglárselas solos'', sin contar con el
capital psíquico indispensable para ello. Este espléndido
aislamiento hace que estos individuos den la impresión
de ser intocables e invencibles, y contribuye a la modali-
dad operacional de relaciones objetales y a crear esa
barrera inconmovible del "pensamiento operativo"
observado por los psicosomatistas de París. Muestran
escasa investidura libidinal en sus objetos externos y
parecen drásticamente aisladas de sus objetos internos.
En muchos casos, cabría sostener que son borrosamente
conscientes de una necesidad tan total y tan abyecta que
reconocerla sería destruir la modalidad relacional sobre
la cual se edificó su identidad yoica. Permitir que se
358
l
revele la desilusión, la ira, la desesperación o una inca-
pacidad o fracaso cualquiera equivaldría a sufrir una
insoportable herida narcisista. Este rasgo de carácter
está resumido en unos versos de una canción popular
moderna de Simon y Garfunkel:
No toco a nadie
y nadie me toca.
Soy una roca.
Soy una isla.
Y una roca no siente dolor
Y una isla no llora jamás.
El bebé incapaz de internalizar el pecho, de crear
dentro de sí una imagen de su madre para enfrentar su
dolor es una isla solitaria. Ante eso, una salida consiste
en convertirse en roca. Así es como muchos pacientes
psicosomáticos siguen en su inconmovible cuerda floja,
haciendo caso omiso de los signos de su cuerpo y de las
señales de aflicción de su mente. Esta invencibilidad
invade la situación analítica; el sentimiento de ahogo, la
ruptura de las cadenas asociativas, el ataque a los
intentos del analista por establecer lazos simbólicos,
pueden hacer que éste llegue a pensar que el paciente
no es analizable. Tal vez no lo sea. El estallido emocio-
nal es a menudo vivenciado como una intrusión "loca" en
la mente, y las palabras pueden cobrar la hiperinvesti-
dura de los objetos psicóticos si quedan imbuidas de la
fantasía.
En gran parte, el éxito o fracaso del análisis de las
dimensiones psicosomáticas de la personalidad depende
del grado en que la transferencia soporte la revivencía
de impulsos instintivos arcaicos, con la consecuente per-
turbación del yo. Quizá los límites del proceso analítico
sean, en estos casos, los límites del analista. Uno no
359
siempre "sobrevive" como objeto interno para sus
pacientes, en cuyo caso se reitera una vez más el fracaso
madre-bebé y se mantienen firmes las defensas psicoso-
  Otra alternativa es que el proceso analítico
produzca un cambio avasallador, aunque para elJo deba
hacerle sentir un gran dolor a la roca y hacer llorar por
muchos años a la isla.
360
10. EL CUERPO Y EL LENGUAJE,
Y EL LENGUAJE DEL CUERPO
Leer una viñeta clínica psicoanalítica es como exami-
nar un pequeño trozo de tela sin conocer la prenda de la
cual ha sido arrancado. Aquí deseo pasar revista simple-
mente a ciertos hilos con los que se teje un trozo particu-
lar de tejido analítico: hacer una biopsia, si se prefiere.
Si transcribo en su totalidad una sesión, es con el so-
lo propósito de ilustrar algunos de los temas planteados
en el capítulo precedente. Este fragmento nada dice
acerca del curso seguido por el análisis (de hecho, gran
parte de éste tuvo poco que ver con episodios somáticos)
y sólo da un atisbo de la estructura psíquica y la perso-
nalidad del paciente. No muestra ni su sentido del hu-
mor, ni su amor por la música, ni su trato afectuoso ha-
cia quienes lo rodeaban, u otros aspectos creativos de su
vida. A la sazón, este paciente estaba batallando con los
sectores aletargados de su ser más íntimo. Uno podría
sentirse tentado de calificarlo como pervertido, psicóti-
co fronterizo, individuo afectado por una neurosis de
carácter o fóbico grave; al igual que la mayoría de las
personas, en ciertos momentos podía ser cualquiera de
361
......................... ________________________ _
estas cosas, pero ninguno de dichos rótulos le cuadraba
verdaderamente. Su valentía y determinación de vivir
una nueva experiencia psíquica le permitieron crearse
una realidad interna distinta e incluso encontrar en sí
mismo rastros de antiguas creaciones psíquicas que
habían sido destruidas largo tiempo atrás.
En la época de esta sesión, mi analizando había
podido al fin comenzar a imaginar cosas sin que ello le
causara gran angustia, y a captar sus pensamientos y
sentimientos en el momento en que le acudían a la con-
ciencia. Se permitía dejarse invadir por la súbita erup-
ción de ideas o de percepciones y sensaciones extrañas,
que antes habría desechado vigorosamente. Se advertirá
que en ese empeño yo colaboraba con mis permanentes
intervenciones. Cuando nuestros pacientes ya no pue-
den construir fantasías o sueños, nosotros debemos
soñar por ellos, hasta tanto encuentren el coraje sufi-
ciente como para retomar contacto con su realidad psí-
quica y su creatividad.
Como ocurre con muchos de mis pacientes sornatiza-
dores, este analizando sentía el mismo temor ante su
vida de la fantasía que otros sienten ante la locura; ni
siquiera se atrevía a soñar. En caso de que comenzara a
formarse un sueño, o a recordarlo, rara vez era simbó-
lico, y como sucede con frecuencia, en él aparecían abun-
dantes y abigarrados ejemplos de daño corporal, sangre
y otros fluidos corporales, objetos parciales y órganos.
Las fantasías diurnas manifestadas por el paciente en la
sesión que aquí se transcribe pueden parecer violentas,
groseras o extravagantes, como si los elementos que las
componen hubiesen aguardado muchos años en estado
larval hasta que la experiencia del análisis le brindó al
paciente la libertad suficiente (aunada a su valerosa
determinación) como para salir a la superficie y hallar
expresión, quizá por primera vez, en palabras.
362
Paul Z., de 39 años, subdirector de la filial de una
importante empresa internacional, trabajador infatiga-
ble, acudió al análisis a raíz de sentimientos depresivos
y angustias poco definidas. Pensaba que la gente no
simpatizaba con él; tenía violentas peleas con su esposa;
en su trabajo se le había negado un ascenso del cual se
consideraba merecedor. Durante quince años había
padecido una úlcera péptica grave, pero no mencionó
este hecho en nuestra primera entrevista. En el análisis
relató ciertos episodios relevantes del período previo al
descubrimiento de la úlcera: "Había venido a París a
estudiar; era la primera vez que estaba fuera de mi
casa; poco después, comenzaron los dolores. A veces
eran atroces, pero jamás se me ocurrió visitar a un
médico. Aprendí a caminar de un modo tal que el dolor
se volvía menos intenso. Siguió así durante tres años ...
hasta que se me perforó la úlcera".
En la época de la sesión transcrita, Paul estaba en
su quinto año de análisis. En los dos últimos años la
patología gástrica había desaparecido, salvo algunas
raras excepciones que deseo comentar.
Como los motivos que llevan a un analista a tomar
notas afectan, invariablemente, su manera de escuchar
(y aun de intervenir), primero describiré las circuns-
tancias que me movieron a registrar tan minuciosa-
mente esta sesión. Por entonces yo daba unos semina-
rios quincenales para jóvenes analistas y estudiantes
sobre el proceso psicoanalítico, donde estábamos exa-
minando las distintas formas de angustia de separa-
ción que se presentan en la situación analítica. La
experiencia me enseñó que el anuncio de sus vacacio-
nes por parte del analista suele caer como una bola de
plomo, y el rastro que esto deja varía según las pautas
del funcionamiento psíquico de cada paciente. De ahí
que resolviera tomar notas en varias sesiones con dis-
363
tintos pacientes en el mes que antecedió a mis vacacio-
nes de verano.
El señor X, por ejemplo, me acusó de ser una irres-
ponsable. ¿Por qué interrumpía el tratamiento tantas
semanas? Sin duda que me iría a algún paraís<l exótico
con un amante, pensando nada más que en mi placer y
sin atender en absoluto a la soledad en que lo dejaba. El
señor Y, en cambio, temía que yo tuviera un accidente de
automóvil. Presumía que iba a viajar sola, dado que yo
debía ser viuda o solterona (no pudo decidir nunca cuál
de estos d08 estados civiles le cuadraba mejor), y por
tanto corría el riesgo de quedar gravemente herida y sin
nadie que me ayudase, posiblemente moribunda ...
dejándolo a él huérfano, sin una analista que lo cuidase
al término de las vacaciones.
Habrán reparado en que las asociaciones del señor X
son congruentes con la organización edípica clásica: la
separación promueve angustiantes sentimientos de exclu-
sión del paraíso de la escena primaria. En cambio, para el
señor Y separación equivale a muerte; él revive una rela-
ción diádica madre-bebé en que se ve amenazado todo el
sel{, y el temor a la desintegración cobra precedencia res-
pecto a la angustia de castración; los sentimientos de
rivalidad edípica no aparecen todavía en el horizonte.
En cuanto a Paul Z., mi paciente ulceroso, el anuncio
de mis vacaciones no le despertó ninguna reacción afec-
tiva, ni hubo fantasías espontáneas acerca de la inte-
rrupción inminente; pero, como había sucedido siempre
en el pasado, recrudecieron sus sfntomas gástricos. No
sólo estos hechos somáticos se producían con una regu-
laridad que ni siquiera el propio Paul podía desmentir,
sino que eran acompañados de otras manifestaciones no
verbales. Por ejemplo, jamás podía recordar las fechas
de las vacaciones, y en más de una oportunidad concu-
rrió a la sesión ... ¡cuando yo ya había partido!
364
En esta ocasión, tomó cuidadosa nota de que nuestra
labor cesaría el 11 de julio, pero ello no impidió que en la
penúltima sesión antes de las vacaciones me anunciase
que, muy contra su agrado, iba a tener que faltar el día
25 de julio. Las anotaciones que ahora transcribiré
corresponden al día siguiente, o sea, a la última sesión
previa a las vacaciones.
P.Z.: ¿No habrá sesión el día 25? ¡Bien, bien! ¿Así
que la señora resolvió tomarse vacaciones? Qué más da,
no me importa en lo más mínimo. [Pausa.] Por sí le inte-
resa, estoy pensando en mi pene. Grande, tostado por el
sol, muy atractivo, se lo aseguro.
(Aquí, Paul retoma un tema que había aparecido
varias veces desde que yo le anuncié mis vacaciones: ela-
boradas fantasías de fellatio en las que participábamos
ambos y supuestamente nos producían un placer su-
blime. Las fantasías eran estrictamente no genitales,
limitadas a objetos parciales: boca-pene.)
J.M.: ¿Cree usted que existe alguna conexión entre
nuestra próxima separación y estas fantasías eróticas
que nos mantienen unidos ... y que quizás estén negando
la separación?
PZ.: ¡Totalmente absurdo] ¿Así que se va de vacacio-
nes? ¡Fantástico! Yo estaría chiflado si hiciera barullo
por tan poca cosa. [Pausa.] Mi pene no es tan bonito
como presumo ... un poco maltrecho y oscuro ... cuando
está erecto parece un pico.
(Paul no puede tolerar la idea -¿o el afecto?- de
que la interrupción puede provocarle alguna perturba-
ción. Al brindarme una imagen halagüeña de su pene,
piensa que ha cambiado de tema. Mi intervención, al
sugerirle que los dos temas pueden estar vinculados
entre sí, es recibida por él como una herida narcisista ...
lo cual quizás explique por qué modifica la imagen. De
365
.. ._ __ o o o o • O .. L H       o o o • o • H • ~                            
todos modos, la escena cambia sutilmente y se troca en
una escena sádica, y las asociaciones subsiguientes
muestran bien a las claras la contrapartida de su fanta-
sía erótica.)
PZ. : Me veo acometiendo contra su boca con mi sexo
y dejándole en sus pechos una aterradora mancha
marrón. [Pausa.J Mis brazos vuelven a sacudirse como si
les hubiesen aplicado un choque eléctrico. Es molesto.
(La fantasía de agresión bucal está relacionada tam-
bién, sin duda, con mis palabras, que Paul siente como
un ataque contra su narcisismo fálico. Importa advertir
que en lugar de sentimientos, Paul describe sensaciones
físicas que parecerían ser el residuo de un afecto aho-
gado, o que por algún motivo no logró representación
psíquica. Como es habitual que él produzca estas "comu-
nicaciones", trato de instarlo a encontrar un equivalente
verbal de esa sensación somática.)
J.M.: ¿Se le ocurre algo que podría corresponder a
esa sensación de choques eléctricos en los brazos?
PZ.: Usted podría desgarrar mi pene hasta hacerlo
pedazos en su boca. ¡Dios mío!, ¿qué es lo que digo?
(Le llevó algún tiempo a Paul, y a mí misma, perca-
tarse de que jamás se permitía imaginar nada libre-
mente; cuando se permite que surja una fantasía espon-
tánea, su índole violenta lo conmueve como un choque
eléctrico; pero a esta altura ya está convencido de que
ésa es la única manera de tomar contacto más estrecho
con su inconsciente y, por lo tanto, pese a la angustia
que a veces le provocan tales fantasías, sigue adelante
con ellas cuando aparecen. Como podemos ver, tiene
gran dificultad para contener y reelaborar cualquier
sentimiento de ambivalencia, ya sea sobre sí mismo o
sobre objetos parciales o totales. En este caso, su pene
queda "escindido" en dos imágenes opuestas, junto con
la que tiene del analista. De una fantasía erótica en la
366
que su órgano sexual despierta la fascinación y el deseo,
pasa a otra en que su pene es feo y peligroso, y en la que
la analista se torna violenta y castradora. Su deseo de
atacar es proyectado de inmediato en la analista, aun-
que el único signo de su existencia es la sensación de los
choques eléctricos en los brazos. De ser el atacante pasa
a ser la víctima que debe protegerse. En esta fase del
análisis de Paul, la angustia de castración sólo puede
expresarse en términos pregenitales primitivos: pene-
pecho y boca-vagina, mutuamente gratificantes y mu-
tuamente destructivos, en tanto que su "sexo oscuro" y
la "aterradora mancha marrón" prenuncian fantasías de
ataque fecal. Estos objetos parciales no son "buenos" ni
"malos" sino idealizados y perseguidores: el pene hermo-
so y reparador se transforma en objeto destructor; la bo-
ca erótica, incorporadora, se transforma en un órgano
castrador. En resumen, todo aquello a que nos remite el
concepto del "amor sádico-oral" y la angustia edípica ar-
caica. Paul reacciona al conflicto psíquico primitivo no
con la represión [Verdrangungl, sino con la forclusión
[Verwergung), lo cual produce reacciones en cadena, pro-
yecciones desilusorias, o somatizadas.)
P.Z.: Me duele el estómago. No quise decírselo por-
que me parece pueril, pero tengo dolores atroces desde
hace dos semanas. E incluso tengo eccema entre los de-
dos, pero esto se debe a la frustración sexual. En estos
momento Nadine me rechaza.
(Paul propone aquí la tesis freudiana de la neurosis
actual para explicar ¡su eccema! Por mi cuenta trato de
vincular estas manifestaciones somáticas con un conte-
nido fantasmático -trato de neurotizarlas en cierta me-
dida- para combatir el ahogo afectivo que empobrece el
discurso y bloquea el proceso analítico.)
J.M.: N adine y yo, las dos lo rechazamos: ella se
niega a usted y yo lo abandono por las vacaciones y le
367
despedazo el pene con los dientes. En lugar de reaccio-
nar con agresión, usted se muestra enformo e inofen-
sivo.
P.Z. : ¡Pero si yo no siento ninguna agresividad con-
tra usted! Por otra parte, adoro a las mujeres!
J.M. : Tal vez se trata de dos partes diferentes de su
ser. Es posible que una adore a las mujeres y la otra las
terna.
P.Z. : Lo que usted me está diciendo me perturba.
Siento que algo se estrecha en mi estómago.
J.M.: ¿Puede pensar en "algo" en el lugar del estre-
chamiento del estómago?
P.Z.: Pienso en Nadine. Cuando me quiere hacer el
amor me la imagino sobre un pico calentado al rojo
blanco. Se retuerce como un gusano. [Pausa.] Es un pla-
cer para mí.
(El efecto de estas palabras captan mi interés; trato
de poner en orden esas imágenes erótico-sádicas ... el
pene-pico, la boca castradora, el vientre atacado ... pero
no hallo ninguna interpretación satisfactoria.)
P.Z. : Su silencio me pesa. [Pausa.] Pienso en mi
temor a las multitudes. ¡Le aseguro que el 14 de julio no
voy a salir! Siempre espero que la multitud se torne
amenazadora.
(Es la identificación proyectiva. La multitud se
transforma ahora en el depósito de lo que a él le sobra.
Provista de su propio sadismo, esta multitud, la mujer
castradora, se volverá contra él. De este modo Paul
intenta dominar mágicamente su violencia: simplemen-
te tiene que evitar la multitud. Pues bien, esta defensa
es poco eficaz, como lo demuestran las asociaciones que
siguen.)
P.Z.: El otro día había un grupo de gente reunida
abajo de su casa. Me produjo una sensación extraña. No
me sentía bien y me dije: "Tiene que ocurrírseme una
368
idea para poder cruzar la calle". Y jpaf! Pensé en mi
pene, bien limpio, fuerte, en erección. Como la afirma-
ción de algo.
(El afecto angustiante se convierte una vez más en
un esbozo de somatización. Contra la "mujer-multitud"
él se protege con su falo erecto como un pico, intento de
superar por medios psíquicos la sensación inquietante,
lo que recuerda su erotización de la transferencia, un
movimiento psíquico que recuerda a la hallada en las
desviaciones sexuales.)
P.Z.: Eso no tuvo éxito. Pensé inmediatamente que
mi miembro era horrible, amarronado. Lo vi cubierto de
pústulas y yo ya no estaba protegido. Y ya no podía pen-
sar. [Pausa.] Es necesario que lo diga .. . hasta me da
miedo decirlo ... mi cabeza, la sentía hendirse en dos.
Horrible sensación. Me dieron ganas de vomitar.
(Superado por su conflicto inarticulable, Paul debió
sufrir un breve momento de despersonalización. La ima-
gen de la "cabeza partida en dos" es un pensamiento
producido por el proceso primario, puesta en escena oní-
rica de su ambivalencia, de su sadomasoquisrno, de su
confusión momentánea entre sujeto y objeto. Su sitio de
predilección somática, el área gástrica, le proporcionó
una representación fallida, el deseo de liberarse de su
conflicto se presenta como ganas de vomitar. Como buen
analizando, él mismo trata de expresar en palabras lo
que escapa a la representación simbólica.)
P.Z.: Me dije que tenía ganas de vomitar porque yo
mismo me encontraba repugnante. Pronuncié la palabra
Frankensteín. Ya está. Soy Frankenstein, que ataca
cuerpos humanos ... y los devora ... No es la primera vez
que tengo esta idea ... Me llena de horror ... ¡Vomito!
(Frankenstein es el que vive comiendo a los otros y
despedazándolos para construir otros. Mis asociaciones
se atropellan. En la fantasía de fellatio, cubierta por la
369
imagen del pene despedazado, sin duda logró erotizar
esa angustia arcaica de haber comido sus objetos, o sus
representaciones parciales. Su amor sádico-oral, proyec-
tado como puro odio sobre la multitud, fue reintroyec-
tado brutalmente. En un relámpago el niño voraz se vio
corno el castrador oral que ama a sus objetos al precio de
su destrucción. Pienso al mismo tiempo en una sesión
reciente durante Ja cual él se declaraba "nervioso y ata-
cado" porque mi estómago hacía ruido. [He podido
comprobar que el discurso de mis analizandos "gástri-
cos" solía provocarme borborigmos.J Paul inmediata-
mente vinculó este hecho al recuerdo de una comida que
efectuó en compañía de su amante. La visión de un
"resto de sardinas despedazadas, flotando en aceite", lo
perturbó tanto que por un instante se sintió despersona-
lizado. Mi interpretación -que ahora se hallaba "ata-
cado" por el ruido de mi vientre, imaginado, como las
sardinas, en trozos despedazados, comido desde aden-
tro-- fue rechazada como absurda. Hoy él me ofrece el
complemento de mi interpretación-fantasía: es pre-
cisamente él [Frankenstein-Drácula] quien sería res-
ponsable del interior comido, despedazado, de la mujer.
Descubrirse tan "repugnante", tan poco comestible,
desencadena inevitablemente un sentimiento depresivo,
sentimiento que Paul debió elaborar mal.)
P.Z.: Me es dificil hacerle sentir el efecto de esa pala-
bra en mí. [murmura "Frankenstein lo dijo"] y las pelí-
culas ... y la fascinación ... me sentí perdido, horrible.
(Su discurso pronto se tornó rápido y deshilvanado.
No noté nada durante algunos minutos. Hoy pienso que
sería tentador imaginar fantasías canibalistas como
causa de su patología gástrica; ahora bien, el curso de su
análisis revela que su incapacidad de crear tales fanta-
sías y la falta de estructuras psíquicas aptas para conte-
ner su sadismo oral favorecían la descarga somática
370
directa. De este modo, esas úlceras no tenían ningún
sentido simbólico. Al igual que en el lactante, el híper-
funcionamiento gástrico era el equivalente tanto del
amor como del odio.) Ahora estoy completamente per-
dido, me pregunto ... si su cabeza no está embarullada
como la mía con estos pensamientos.
J.M .. : ¿Acaso está tratando de liberarse de los senti-
mientos "perdidos" poniendo en mi cabeza sus pensa-
mientos embarullados?
P.Z.: ¡Ja! ¡Es mucho más cierto de lo que usted ima-
gina! Toda la semana me dije: "Ya están volviendo los
dolores de estómago. Puede ser grave. Y encima, el
eccema. Es evidente que no estoy bien. Y es culpa de
usted". Me prometí que usted se iría de vacaciones tor-
turada por la culpa de haber conducido tan mal este
análisis.
(Se desarrolla en toda su totalidad el tema de mis
vacaciones arruinadas por el remordimiento. Me con-
suelo pensando que es la primera vez que Paul reac-
ciona con algo de afecto al encarar la separación por las
vacaciones. No sufrirá Paul sino yo, pues llevo conmigo
algo de él; su angustia y su dolor.)
J.M.: Usted me permite irme de vacaciones a condi-
ción de que lo lleve en mis pensamientos; soy yo la que
debe partir "hendida", perseguida en mi vientre, por
todo el mal que le he hecho. Así usted se queda bien
liberado de lo que le tortura en su interior.
P.Z.: ¡Desgraciada! Oh, perdóneme. Se me escapó esa
palabra. [Pausa.] ¿No está enojada, espero? [Pausa.]
Diga algo. Tengo miedo.
J.M.: ¿De los pensamientos que matan? ¿De las pala-
bras peligrosas? .
(Referencia a una sesión anterior.)
P.Z.: Ssí... hace un momento no quise decirlo ... una
novela policial que me gustó mucho. El criminal era un
371
estrangulador, pero sólo estrangulaba a las mujeres. Me
dan ganas ... ¡si solamente yo estuviera loco! Es algo
muy especial la estrangulación, casi una caricia. [Pau-
sa.J ¿Le doy miedo?
(Estamos lejos de su "pero yo adoro a las mujeres" y
aprovecho la ocasión para mostrarle la ambivalencia de
sus sentimientos y la angustia que hay en ellos ... Le
pregunto si la idea excitante de estrangular a las muje-
res no es una manera de tener un contacto erótico
teniendo a la mujer peligrosa bajo control. Esta inter-
vención lo lleva a hablar de los recuerdos de adolescen-
cia ligados a las fantasías de coito sádico.)
P.Z.: ¡Qué curioso! Cuando tenía nueve años solía
divertirme estrangulando mi pene. Me provocaba verda-
deramente mucho dolor, y al mismo tiempo un placer
loco.
(De este modo me vengo a enterar por primera vez
que Paul intentó superar Ja angustia de castración
mediante la creación de una desviación sexual: su pene
sería "estrangulado" debido a sus deseos sexuales prohi-
bidos. Su temor era fuente de excitación y placer (cap.
2). La fantasía ocultada debía insertarse en la serie de
imágenes arcaicas, de la mujer castradora ... boca devo-
radora ... vagina estranguladora ... y la escena primaria
como relación de estrangulación.)
P.Z.: Francamente no la siento muy benévola hoy.
J.M. : ¿Sexo de "desgraciada" que lo amenaza?
P.Z.: ¡Eh, quién sabe! [Todo su cuerpo, crispado desde
hacía cierto tiempo, se distiende ostensiblemente, a la
vez que esta interpretación libera nuevas asociaciones.]
Esto me hace pensar en las arañas. Me horrorizan esos
ínsectos. El otro día había una en mi escritorio, cerca de1
cielo raso. Me sentí paralizado. Mi secretaria me ha-
blaba y yo no comprendía nada.
(Yo me pregunto si esta última observación también
372
va dirigida a mí, mientras Paul evoca otras arañas que
parecen haber salpicado su vida entera. Reflexiono
sobre las imágenes conflictivas de la mujer que él parece
dispuesto a entregarme sin por ello asumirlas. La
mujer-araña, devoradora y estranguladora, se dibujó
claramente detrás de la imagen de la mujer "adorada" y
deseada. De esta forma Paul debe domar a su compa-
ñera, o bien por la seducción, o bien por el ataque, tal
como lo ha manifestado en los movimientos transferen-
ciales de esta sesión. Es un combate donde la instancia
paterna falta ostensiblemente. Vuelvo a su discurso en
el momento en que Paul narra que, cuando muchachito,
adoraba jugar con las arañas igual que con otros insec-
tos. Esa época coincidió sin duda con la época cuando se
divertía estrangulando su pene. Bruscamente Paul toma
conciencia de su actitud contradictoria con las arañas
-otrora sus compañeras de juego, actualmente fuente
de angustia fóbica.)
P.Z.: ¿Cómo he llegado a hablar de arañas?
J.M.: ¿La araña-mujer que no es "benévola" con
usted?
P.Z.: ¡Ay!. .. Veo mi sexo reducido a polvo, realmente
pulverizado por usted.
(Un movimiento contratransferencial, del que de
ningún modo tuve conciencia en el momento, me hizo
esquivar la identificación con el pene pulverizado.
Haciendo abstracción del papel de la escisión, me pare-
cía que mi paciente no soportaba la relación dual sin
protección. paterna ... él debe poder hallar en alguna
parte, en la mujer, al padre faltante. Recordé un s ueño
en el que Paul tendió la mano para apresar un rayo de
luz, y éste se transformó en serpiente negra dentro de su
mano. Sus asociaciones lo llevaron a recordar una histo-
ria narrada por un amigo: un hombre en un país extran-
jero pasó por encima de un trozo de leña, y este "trozo de
373
leña" se erigió de golpe en serpiente negra. Escena pri-
maria que irrumpe como un choque. El sexo-"desgra-
ciada" contiene un falo que muerde. Así, en respuesta a
su fantasía de sexo reducido a polvo, le digo que todo
ocurría como si yo escondiera un miembro demoledor,
que amenazaba a su sexo. De este modo abandoné de un
salto las imágenes del sexo femenino dotado de cualida-
des canibalísticas y anales, para colocar en su lugar una
metáfora femenino-fálica que él dP ningún modo quería
oír.)
PZ. : ¡Pero no comprendo! ;Realmente no comprendo!
¿Un pene dentro de usted? ¿Cómo es eso? Puedo imagi-
narla fácilmente con un pene, pero no es eso lo que me
espanta. Un pene ... es algo que penetra. Pero yo tengo
miedo de ser estrangulado. En esto estoy totalmente de
acuerdo con usted, ¡pero el pene no!
(Comprobé una vez más que un paciente inteligente
suele ser capaz de hacer las veces de "espejo reflector"
para su analista. En realidad, lo que causaba miedo a
Paul era precisamente esta falta de representación sim-
bólica fálica. El pene paterno no tenía ninguna función
significante en su rol simbólico estructurante. Al no
necesitar la imago materna ni del pene del padre ni de
un pene personal, el hijo sólo podía entablar una lucha
desesperada donde lo que estaba en juego no era el sexo
sino la vida.1 Me resultó evidente que esta interpreta-
ción intempestiva había venido en respuesta a mi pro-
pia angustia en esta relación bidimensional, y que cos-
l. Fue necesario esperar dos años más para poder analizar la
angustia de castración edípica y los problemas conexos de fa ntasías
de homosexualidad de Paul. Estas eran responsables de su incapaci-
dad para aceptar sentimientos de rivalidad y de resolver sus muchos
problemas laborales. Pero entonces yo no era más ima mujer estran-
gulada sino un rival masculino con mayor éxito que él, y que por
cierto lo desalojaría del análisis si él comenzara a tener éxitos profe-
sionales.
374
tara lo que costara yo ansiaba introducir la instancia
paterna. De este modo sustituí la madre-fálica-omnipo-
tente, devoradora de jóvenes Frankensteins, por la
madre-con-el-pene. [Por supuesto, 1o que vinculaba estas
dos imágenes es tan importante como lo que las diferen-
cia en la economía libidinal.] Mi deseo de introducir en
este circuito cerrado, en ese momento dado, una repre-
sentación, aunque sólo fuera parcial, del objeto-padre,
respondía sin duda a la fantasía de protegerme contra el
híjo canibalista. ¡Paul me había propuesto una fobia y
yo le he devuelto un fetiche! Sus asociaciones comienzan
a girar en círculos en un intento por adaptarse a mi
intervención. Le digo entonces que considero que mi
interpretación es errónea y él recomienza su propio dis-
curso, libre de la interferencia contratransferencial.)
P.Z.: Una vez puse una araña y un cortapicos juntos
en una tela de araña. Combatieron hasta la muerte. Fue
atroz. Me gustaba ver a las arañas estrangular a las
moscas con sus hilos. Son agresivas y venenosas, usted
sabe.
(Paul evocaba otras luchas entomológicas de las que
había sido director teatral -avispas, abejas, hormigas,
gusanos-, tantas escenas primitivas a escala de
insecto, donde el aplastamiento, la estrangulación y la
picadura mortal desempeñaban su papel inexorable,
soporte dominable de la angustia del muchachi to. Es
interesante subrayar que Paul posee hoy conocimientos
eruditos sobre esos desdichados compañeros de infancia.
Como si él también interpretara la lucha de los insectos
en r elación con la escena primaria, Paul retomó espon-
táneamente el tema de sus relaciones sexuales.)
P.Z.: Cuando tengo ganas de hacer el amor y Nadine
me rechaza, me sale urticaria en mis genitales.
J.M.: ¿Cómo si usted hiciera urticaria en lugar del
amor?
375
PZ. : Sí, justamente, ¡como una masturbación!
J.M.: ¿En qué le hace pensar la urticaria?
P.Z.: Mmm ... en hormigas, en gusanos que bullen
por todas partes ... ¡ay! con sólo hablar de ello siento que
me pica. Cuando Nadine no quiere, es así. Me pica por
todas partes, incluso en los lugares en que no tengo urti-
caria. Mis cabellos se ponen grasosos, se me pegan a la
cabeza y me siento sucio. Me veo obligado a ducharme.
(Esta serie de asociaciones donde su palabra, por así
decirlo, está pegada a su píel, toma un matiz histérico,
como si la relación amorosa fuera un asunto de piel. Su
piel se muestra excitada y rabiosa cuando Nadine se
niega a hacer el amor, y la imagen corporal se fecaliza.)
J .M.: ¿Qué quieren decir estas sensaciones? ¿Qué es
este lenguaje de piel?
PZ.: Pienso en mi madre. Ella tenía una enfermedad
de la piel. .. pústulas ... como mi pene ... me picaba todo
al verla .. . (Mientras dice esto, Paul se retuerce las
manos y se las rasca como si estuvieran cubiertas de
hormigas. )
(Reflexioné acerca de lo que Paul me había contado
de su madre, seductora y frustrante al mismo tiempo.
Lo había amamantado hasta los cuatro años; tenía
muchos recuerdos latentes de juegos eróticos con ella,
aunque no le agradaba que la tocaran. Ahora parecía
que había olvidado la fantasía regresiva de s u piel
[¿deseo de separación?] y de ser castigado por ello [¿pús-
tula; fantasía de castración?]. Cualquiera que fuera la
respuesta, era verdad que la frialdad de Nadine, unida a
mis inminentes vacaciones, había contribuido a reacti-
var sus interdicciones sexuales arcaicas respecto de su
madre.)
J.M.: ¿Se está poniendo en la piel de su madre?
PZ.: ¡Y bueno, pero no adelanto mucho con con ver·
tirme en mi madre! ¡Es horrible[ El deseo sexual por
376
ella, bah, roe da lo mismo. Siempre he hallado a mi
madre sexualmente atractiva. Pero lo que roe carcome
es la idea de estar en su piel. Es algo que me da escalo-
f d ~  
(Tenemos un indicio de su deseo primitivo de ser uno
con su madre en respuesta a sus impulsos genitales o a
la amenaza de separación [N adine, la analista], enton-
ces catectiza el objeto libidinal original, el cuerpo m-
aterno y su genital, con fantasías castradoras orales y
anales tóxicas, como defensas primitivas. Pero las confu-
siones de sí-mismo-objeto, debidas a la naturaleza de la
relación con su madre y su estructura edípica, pueden
dar lugar sólo a desplazamientos, condensaciones, pro-
yecciones y contraproyecciones en seres interminables,
el cuerpo materno, sus contenidos, su piel, el pene-cuello
estrangulado, la mujer multitud, la araña. El drama
arcaico de Paul parecería haber encontrado -y per-
dido- una multitud de expresiones psíquicas y "solucio-
nes" temporales a lo largo de su infancia. Sólo algunas
retornan a su mente; otras desaparecieron sin compen-
sación en forma de construcciones psíquicas nuevas; por
ejemplo, el teatro de insectos, mitad erotizado, mitad
sublimado, dio lugar a perversión sexual , conversión
histérica, fóbica, sublimación auténtica y enfermedad
psicosoroática.)
J.M.: Entonces, es la hora.
P.Z.: Bueno. Simplemente querría decir que hay algo
que no anda bien en mi relación coh las mujeres. Na-
dine, usted, mi madre. ¡Tengo para divertirme en las
vacaciones!
Así podríamos postular que la verdadera enferme-
dad de Paul no era su úlcera gástrica, sino esa escisión
profunda entre psique y soma, entre su yo pensante y su
vida emocional, sobre lo que estaba construida su
377
estructura psíquica. El cuerpo (soma) había sido utili-
zado, por así decir, para enfrentar solo los peligros psico-
lógicos que no podía representar psíquicamente. Hay
razón para esperar que el abismo entre el cuerpo real y
el sí-mismo somático imaginario se ha estrechado, y que
el cuerpo "delusorio" con su funcionamiento somático
perturbado gradualmente se convirtió en simbólico.
378
11. EL DOLOR PSIQUICO Y EL PSICOSOMA
El dolor es un puente que asegura el vínculo entre
soma y psíque, y como tal presenta un interés particu-
lar para todos los que se ocupan del sufrimiento
humano. Ya sea de expresión física o mental, es el dolor
el que incita al paciente a pedir ayuda, mientras que
por el lado del terapeuta constituye un desafío com-
plejo. Su inefabilidad torna difícil una transmisión,
apenas aproximada, de lo que sufre el enfermo, y una
vez transmitida, bien que mal, coloca al terapeuta ante
la necesidad de probar su saber teórico y su habilidad
práctica. .
Desde nuestro puesto de analistas, es el dolor psí·
quico, el mal-estar, lo que constituye una dimensión fun-
damental de nuestro campo de acción y de exploración
cotidianas. El dolor físico, si no se traduce en discurso
simbólico, no nos concierne. Por lo menos ésa es nuestra
pretensión, tal vez incluso nuestro anhelo. Ahora bien,
ocurre que la frontera entre dolor físico y dolor psíquico
es muy sutil y tan confusa como los vínculos entre
cuerpo erógeno y cuerpo biológico. Así el discurso del
379
dolor oculta siempre una paradoja y una contradicción
inherente.
El histérico, abrumado por violentos dolores de
cabeza ante la angustia de un encuentro sexual, ¿sufre
de dolor físico o de dolor psíquico? ¿Es coherente decir
que un dolor moral desencadena un dolor físico? De
todas maneras es una observación corriente que el
vínculo entre los dos campos de sufrimiento es tal, que
el dolor que surge en uno de ellos siempre provoca un
efecto en el otro, por lo menos en la medida en que el
psicosoma funciona como un todo. Ahora bien, puede
ocurrir que los caminos que permiten esta intercomuni-
cación estén bloqueados. O también que el sujeto, sin
dejar de tener acceso a su representación, confunda la
experiencia afectiva penosa y la sensación corporal dolo-
rosa, incluso que las sustituya una por otra con fines
defensivos. Es difícil decir en qué momento un anali-
zando coloca en primer plano un sufrimiento físico para
enmascarar un estado de dolor mental. Pensamos en
esos pacientes que hablan de su fatiga en lugar de reco-
nocer un afecto depresivo con todo el haz de ideas que
surge del mismo, y su contrario, igualmente trivial, esos
pacientes que ignoran los signos de la enfermedad física
y que se esfuerzan por hallar mil razones "psicológicas".
Hay factores narcisistas tanto en una como en otra de
esas actitudes, pero el problema es más complejo que
eso.
Evidentemente, cuando un individuo goza de buena
salud mental y física, ningún dolor lo invade. Pero la
ausencia de sufrimiento también puede ser engañadora.
Algunas personas pueden negar todo conocimiento de
dolor mental y aun ser insensibles al dolor físico. En
ellos toda representación del sufrimiento es negada,
para luego ser reprimida, incluso destruida. Y el dolor
no existe más. Esa salida remite a disfunciones psíqui-
380
cas y somáticas importantes, cuya existencia el sujeto
desconoce por carecer de una apertura hacia su repre·
sentante psíquico. Desde esta perspectiva podemos lle-
gar a sostener que el dolor es básicamente un fenómeno
psicológico. Si bien desde hace un siglo no es muy fami-
liar y ha sido bien estudiada la exclusión de la concien-
cia de los fantasmas y de los eslabones de ideas, en cam·
bio, nos movemos en campos poco trabajados en lo
referente al ahogo del afecto y a la alteración de los
mensajes de1 soma. Y esto a pesar de que estas cuestio-
nes se hayan formulado como un problema desde el
nacimiento del psicoanálisis, y a pesar t ambién de que
el trabajo analítico de todos los días resulta profunda-
mente afectado por ellas. Ahora bien, estos fenómenos
tienen la potencialidad de pax:alizar la evolución del tra-
tamiento analítico. Por supuesto, podríamos creer que el
intento de aclarar esos fenómenos oscuros como los esta-
dos de dolor es como tratar de resolver los enigmas u n ~
damentales de la vida, y que el psicosoma está más allá
de nuestro espectro analítico en cuanto a disfunción
somática se refiere. Como observador de los fenómenos
puramente psicológicos, ¿qué le es dado ver sobre lo que
se refiere al cuerpo, al funcionamiento somático, a la
afección? Excepto las representaciones psíquicas tradu-
cibles en palabras, nada.
No podemos seguir explorando los signos del soma
en el discurso psicoanalítico sin plantear el status del
cuerpo en cuanto objeto para la psique. Evidentemente,
sin cuerpo no hay psique. Y nadie pondrá en duda, por lo
menos en la perspectiva del psicoanálisis, de que los pro-
cesos psíquicos se originan y evolucionan a partir de los
procesos biológicos. Pues bien, la paradoja reside en
esto: el cuerpo, fue.ra de su capacidad de hacerse repre-
sentar ps{quicamente, no tiene existencia para el yo. De
este modo, el analista se ocupa del "sí-mismo somático"
381
de sus analizandos sólo en la medida en que éste exija
una representación mental. Y cuando hay representa-
ción, hará falta aún que sea comunicable y que el otro
desee transmitirla.
Además, la brecha entre este sí-mismo somático tal
como la psique se lo representa, y su encarnación en lo
real, puede ser sorprendentemente grande. Todo ana-
lista ha podido observar situaciones en las que el
paciente se cree en perfecta salud pero que al mismo
tiempo niega signos evidentes de lo contrario, hasta caer
gravemente enfermo. Entonces la enfermedad, aunque
real, no tenía existencia psíquica para él. Igualmente tri-
vial es el paciente que "se cree" gravemente dañado fisi-
camente, mientras goza de perfecta salud. La única
"verdad" psíquica es la que experimenta el sujeto. El cual
no puede comunicar más que ésa. Toda otra apreciación
de su soma corre el riesgo de s er rechazada por él como
absurda. En resumidas cuentas, el cuerpo del que se
habla, del que se es consciente, con el que vivimos, no es
nada más que un sistema de hechos.
Esto se advierte incluso al nivel de la imagen espe-
cular. Si un paciente invadido por angustias psicóticas,
para atenuarlas crea la delusión de que le falta la mitad
de su cuerpo, será en vano explicarle que no se trata de
eso pues hay otros que ven de manera distinta las dos
mitades de que está compuesto su cuerpo. El paciente es
el que "sabe" la verdad, la verdad reconocida por su yo, e
inmediatamente sospechará que el otro miente o que
tiene malas intenciones a su respecto. Invitarlo a que se
mire en el espejo no cambiará en nada la situación, pues
concluirá rápidamente que la imagen reflejada no es la
suya.
En efecto, la incapacidad para reconocer la propia
imagen no sólo la tienen quienes padecen de delusiones.
Un analizando, que vivía en una soledad buscada a pro-
382
pósito, para salvaguardar su universo narcisista esen-
cial para su bienestar, no se miraba nunca a1 espejo y
jamás sentía la necesidad de hacerlo. Cuando por casua-
lldad hallaba su imagen en un espejo, no se reconocía; le
era necesario un tiempo antes de llegar a la conclusión
de que la imagen era precisamente la suya porque se
trataba de un espejo. Continuamente se sorprendía de
que los otros lo reconocieran con seguridad. "¿Mi ima-
gen? Pero yo no soy así, ¿Para qué la quiero?", me dijo.
Otro paciente, más perturbado, durante un episodio psi-
cótico descubrió que "su cuefI>o era otro" y que de este
modo podría "dialogar consigo mismo por primera vez y
saber qué pensaba".
En cierto sentido, estos dos pacientes tenían razón.
Intentaron comunicarme una vivencia precisa referente
a su si-mismo somático que todos hemos conocido en la
infancia. Para el infans, cuya psique aún no está for-
mada por la palabra, el cuerpo es un objeto del mundo
externo tanto como su psique puede ser consciente de él.
Y pasarán años antes de que pueda adquirir como ver-
dad la ilusión de "habitar" su cuerpo, antes de que
pueda decirse "Yo me siento bien, fuerte, triste,
enfermo ... ". El sentimiento de identidad se apoya en la
convicción de que uno vive en el interior del envoltorio
de piel, y la certeza de que el cuerpo y el sí-mismo son
indisociables. Pues bien, esta adquisición falta en
muchos adultos, y la disociación entre psique y soma es
más frecuente en quienes están gobernados por el pen-
samiento psicótico. El analista descubre en sus anali-
zandos, a veces con asombro, que ciertos estados somáti-
cos, que ciertas partes del cuerpo, de las zonas erógenas
o de los órganos de los sentidos, no tienen ninguna
representación mental. La Gestalt del sí-mismo somá-
tico depende del sistema de representación psíquica del
yo. Las representaciones que han sido reprimidas son
383
relativamente accesibles tanto para el analista como
para el analizando en el transcurso analítico, pero las
que han sido arrojadas fuera-de-la-psiquis no pueden
aparecer en Ja trama del discurso más que por falta de
advertencia, o bien a través de una impresión en el ana-
lista de que hay algo que falta.
La imagen psicosomática desempeña un papel tan
fundamental en la constitución de la identidad del yo,
que la manera como un individuo experiencia su cuerpo
nos dice mucho sobre la estructura de su relación con los
demás. En las relaciones neuróticas son las fantasías
reprimidas del cuerpo erógeno las que crean los sínto-
mas, y por consiguiente, la alteración en la relación con
el prójimo. Es el cuerpo "neurótico". Pero cuando ese
mismo cuerpo no significa más lo que distingue al ser
del otro, y el interior del exterior, cuando el sujeto ya no
cree firmemente que habita su cuerpo, las relaciones con
los otros amenazan con tornarse confusas, incluso ate-
rrorizadoras. La confusión también puede tomar la
forma de un enredo de una parte del cuerpo con otra, o
del íntrincamíento de las zonas en la representación del
propio cuerpo. Este es el cuerpo "psicótico". Esta viven-
cia corporal se parece mucho a lo que está reprimido en
la fantasía neurótica, y forma parte del material de la
vida onírica de todos.
En otros el cuerpo no está ni neurótica ni psicótica-
mente construido, sino aparentemente descatectizado;
sus mensajes somáticos y afectivos no son recibidos
como portadores de pulsiones prohibidas, ni temidos
como signos de una potencia extraterritorial. En función
de exigencias distintas que quedan por precisar, las
representaciones mentales del soma son renegadas, traw
tadas como inexistentes; o bien, sin son registradas, se
consideran desprovistas de importancia y carentes de
significación. La relación con el prójimo corre el riesgo
384
-
de caer en la misma "desafección" aparente. Este tipo de
diálogo de sordos entre el soma y la psique caracteriza
al cuerpo "psicosomático".
Todos poseemos estos tres "cuerpos", con su  
lidad sintomatológica. Estas diferentes organizaciones
del psicosoma y lo que subyace a su funcionamiento
serán captados mejor a través de las observaciones de
los analizandos en quienes hay una clara predominancia
de una de las tres formas de relación. Lo analizaré con
mayor detalle en el próximo capítulo.
Para comprender mejor la función psíquica del
cuerpo "psicosomático" me parece que la cuestión de la
representación del dolor, somática y afectiva, es nodal.
Pero, entre las observaciones de las disfunciones psi-
cosomáticas en psicoanálisis y su comprensión, hay
como un abismo que cruzar, pues se trata de una caren-
cia que hay que representar. ¿Qué es la ausencia de un
fenómeno dado para observar?
En el plano del dolor físico es relativamente fácil
observar que la psique posee la capacidad de rechazar
todo conocimiento de un dolor cuya sede es el cuerpo: los
automutiladores en su encarnizamiento contra su cuerpo
son totalmente insensibles al dolor que se infligen en el
momento de su frenesí; los catatónicos, y ciertos místicos,
no sienten ningún sufrimiento en circunstancias que para
otros serían causa de un dolor físico innegable. Igual-
mente conocido es el hecho de que el sufrimiento físico
puede ser erotizado, a tal punto que, lejos de experimentar
dolor, en su lugar el sujeto siente goce sexual. Un último
ejemplo nos lo proporcionan ciertos pacientes somatizado-
res que permanecen insensibles a las señales del cuerpo
fatigado, dolorido, hasta que se enferman gravemente. He
podido comprobar que tal es el caso de muchas víctimas de
la tuberculosis pulmonar. El caso de Paul Z. evocado en el
capítulo 10 también entra en este orden.
385
De este modo, a través de la compleja mediación de
los mecanismos de escisión, de proyección y de repudio
psíquico, el espíritu humano es capaz de esquivar, de
negar o incluso de destruir totalmente toda huella de la
percepción del dolor físico, revelando así Ja dislocación
de la unidad psicosomática.
Se impone la cuestión de un vínculo eventual entre
factores psicóticos, experiencias místicas, perversiones
sexuales y afecciones psicosomáticas, y por otra parte,
de manera igualmente imperativa, la cuestión de su
arraigo en todo ser, donde sus manifestaciones pueden
aparecer de manera transitoria. Sean cuales fueren las
respuestas eventuales que el psicoanálisis podría apor-
tar a esos enigmas, me parece importante subrayar que
todas son manifestaciones de un intento de autocuración
para resolver conflictos intolerables en el sistema de
"hechos" psíquicos que constituyen para cada individuo
su sí-mismo psícosomático. Debe observarse también
que el término "psicosomático", en el lenguaje y en el
pensamiento psicoanalíticos, remite siempre a la patolo-
gía del psicosoma, como si el concepto de unidad psicoso-
mática no patológica nos faltara. Si el misterio del dolor
y de la enfermedad psicosomáticos son dificiles de con-
ceptualizar, la captación de lo que constituye la salud y
el placer psicosomáticos parecería más esquiva -ya sea
goce del cuerpo en buena salud, goce sexual, goce de la
vida. Es importante observar que todos son hechos esen-
cialmente psicosomáticos.
La capacidad de la psique de ignorar el dolor físico
t ambién se extiende a la negación del dolor mental. Esta
similitud, sin embargo, depara más confusión que luz,
por las diferencias extremas entre lo psíquico y lo físico.
Es cierto sin embargo que para el lactante el dolor físico
no se distingue del otro, del afectivo. Sin la capacidad de
representación simbólica, el bebé no puede pensar su
386
cuerpo ni sus sensaciones, ni reconocer sus propios esta-
dos afectivos dolorosos. No puede hacer otra cosa que
reaccionar a estas diferentes formas de dolor de manera
  La noción de una matriz común de lo psíquico y
lo somático a veces arrastra cierta incoherencia teó-
rica. ¿No sería más factible postular que desde el
comienzo de la vida hay una "psique" cuya tarea será
registrar las presentaciones del soma de manera picto-
gráfica? Según un estudio de Castoriadis-Aulagnier
(1975) podemos afirmar la existencia de un proceso pri-
mordial (distinto de los procesos primarios y secunda-
rios) que persiste a lo largo de la vida en el funciona-
miento rnental.1
Si así no fuera, el lactante no reaccionaría ni a las
necesidades corporales, ni a la movilización pulsional, y
en realidad estaría en peligro de muerte biológica. En
cambio, el acceso a la simbolización no es obvio; la posi-
bilidad eventual de poner en el código del lenguaje las
experiencias afectivas y corporales depende al comienzo
únicamente del vínculo íntimo entre madre e hijo. Desde
el principio es la madre la que debe interpretar los gritos
y los gestos de su bebé. (En el capítulo 7 "La contra-
transferencia y la comunicación primitiva", hemos estu-
diado los signos de una falla en esta relación primordial
entre madre e hijo.) A través de su palabra, la madre va
a dar al hijo nombres para las diferentes zonas de su
cuerpo, y al mismo tiempo le transmitirá el espacio fan-
tasmático que van a ocupar las zonas erógenas en parti-
cular, y la naturaleza de la relación "zona-objeto comple-
mentario" que fundamente el esquema de base del
psicosoma.
l. Debo a Castoriadis-Aul agnier su modelo claro de la relación
mente-cuerpo y de la actividad de representación mental, así como el
concepto mental de proceso primordial al que ha ré alusión a
menudo.
387
Igualmente fundamental para la organización psico-
somática del niño es el papel de la madre en la denomi-
nación de sus estados afectivos. Unicamente en el inte-
rior de la relación madre-infans el niño puede adquirir
un cuerpo, tornarse consciente de esos signos, y apto
para poder elaborar simbólicamente, a través del pensa-
miento verbal y de la vida imaginaria, los acontecimien-
tos físicos y emocionales que le son propios. Aquí se
construye el fundamento de la estructura psíquica even-
tual, la posibilidad que tendrá el adulto de conocer y
reconocer su realidad psíquica propia, y finalmente la
posibilidad de comunicarla a los demás. La lenta adqui-
sición de la unidad psicosornática intacta exige entonces
que la imagen del cuerpo y de las zonas erógenas, con su
carga afectiva, sea accesible al proceso simbólico.
Es evidente que una falta en la transmisión de los
afectos será potencialmente peligrosa. La inercia afec-
tiva muy a menudo es estudiada en cuanto manifesta-
ción de ciertos estados psicóticos (hipotimia y síndromes
esquizofrénicos). Pues bien, puede aparecer de manera
sutil en otras constelaciones psíquicas. Hemos visto ya
en el retrato del "anti-analizando" (capítulo 6) lo que eso
puede dar en la clínica psicoanalítica, y la resistencia
salvaje que provoca. Aquí querría subrayar su importan-
cia desde el punto de vista psicosomático y poner el
acento sobre la amenaza que implica para la unidad del
psicosoma. El afecto, a diferencia de la representación
ideacional, es un concepto límite entre cuerpo y psique,
y jamás puede ser encarado como un fenómeno pura-
mente psíquico. Este puente vital, antes de la adquisi-
ción de la palabra, ofrece el primer jalón de un status
simbólico para el sí-mismo somático. Estos mismos ele-
mentos también proporcionan la habitación imaginaria
futura del yo, y especialmente del "yo" del niño verbal.
La comprensión de la patología psicosomática conducirá
388
inevitablemente al particular interés en registrar los
estados afectivos, y la manera como los capta la madre.
El reconocimiento de la experiencia afectiva del infante,
primero por la madre del lactante, y luego por el propio
niño, va a desempeñar un papel primordial en la cons-
trucción y el mantenimiento de la integridad psicosomá-
tica así como en la comprensión de su patología. Debe
observarse que el lenguaje que dice los sentimientos
muestra a cada instante su arraigo profundo en el soma.
Cada metáfora lleva la huella corporal de manera inde-
leble. El ser humano, con tal de que sea capaz de comu-
nicar simbólicamente su vivencia afectiva, fácilment e se
siente "aplastado" por los acontecímientos, "desgarrado"
por la pena, "sofocado" por la rabia; sufre "opresiones del
corazón", emociones "candentes" y "punzantes" por la
traición, etc. Otras metáforas con un poder no menos
evocador expresan corrientemente los afectos de alegría
y de placer. Ahora bien, esta interpenetración de cuerpo
y psique por el camino del afecto plantea problemas,
sobre todo cuando se encuentra obstruido, y cuando se
trata del dolor. A pesar de la complejidad de su coloca-
ción metapsicológica, puede afirmarse que su función
biológica es accesible. La transmisión de la reacción
afectiva sería aportar a la psique informaciones precio-
sas acerca del cuerpo y de sus necesidades más urgen-
tes, así como advertirlo de una situación de estrés psico-
lógico o de privaciones futuras. Si acaso este vínculo
privilegiado se debilitara, o se cortara, las consecuencias
podrían ser graves. Los trabajos de Engel (1962, 1967)
proporcionan un valioso insight sobre este aspecto de la
disfunción psicosomática. Sentimientos de malestar, de
desesperación, de angustia, de culpa, de rabia ... pueden
permanecer fuera de la psique, y por consiguiente serán
inutilizables para alertar al sujeto, para permitirle pen-
sar, y finalmente actuar. Tanto la integridad psíquica
389
como la biológica se hallan amenazadas por la pérdida
de la representación psíquica del dolor.
"Dolor: en los confines y en la confluencia del cuerpo
y de la psique, de la muerte y de la vida", escribe J. B.
Pontalis en su hermoso texto sobre el dolor (1977).2
Luego rehace el camino de investigación de Freud en su
intento repetido por distinguir y definir los mecanismos
que están en acción en la experiencia del dolor psíquico
y fisico; y las peripecias de su pensamiento que se refie-
ren sucesivamente a la distinción y a la indistinción
posibles entre la penosa experiencia de angustia y el
dolor de duelo.
No retomo aquí todos estos matices del dolor psí-
quico pues la destrucción del afecto por la psique juega
en los dos registros afectivos, en el de la angustia así
como en el que está ligado a las emociones depresivas.
Cuando el ensordecimiento psíquico a los dolores mora-
les es casi constante, no sorprende comprobar que la rup-
tura de este vínculo entre cuerpo y psique ofrece un
terreno propicio a las manifestaciones psicosomáticas.
En lugar de las adaptaciones psíquicas, el cuerpo,
dejado a la deriva, debe reaccionar solo, y tal vez según
un "saber" biológico poco adaptado a las circunstancias.
Dos conceptos mayores surgidos de la investigación
psicoanalítica sobre las afecciones psicosomáticas expo-
nen dos importantes concept os sobre el aplastamiento
del afecto: el concepto del pensamiento operatorio elabo-
rado por analistas de la Escuela de París (Marty et al.
1
1963) y el concepto de alexitimia de los investigadores
norteamericanos Nemiah y Sifneos (1970a, 1973) . El
pensamiento operatorio se refiere a un modo pragmático
de pensamiento sobre hechos y personas e implica una
2. J.B. Pontalis, Entre le réue et la dbuieur, París, Gallimard,
1977, pág. 266.
390
forma de relación objeta} con pobreza de catectizaciones
libidinales, y una ausencia de reacción afectiva ante las
pérdidas u otros acontecimientos traumatizantes. Estas
observaciones fueron hechas sobre todo en la situación
de las entrevistas preliminares en los centros adonde los
pacientes son enviados por su sintomatología somática.
Conservo el recuerdo muy marcado de la primera vez
que pude asistir a una entrevista semejante, clásica en
su género, la de una joven que había ido a consultar a
un especialista en psicosomática después de una eclo-
sión brutal de su colitis ulcerosa. Al principio, la
paciente negaba toda posibilidad de un factor psicoló-
gico que hubiera podido vincularse con su enfermedad.
Sólo gracias a la insistencia del examinador ella relató
los días que habían precedido al comienzo de su enfer-
medad. Con una voz neutra describió una brutal histo-
ria de abandono durante un embarazo, y en condiciones
particularmente penosas y angustiantes. Todo ocurría
como si la joven paciente no debiera revelar ninguna
huella de emoción, ni tener el aspecto de dar demasiada
importancia a un acontecimiento catastrófico sobre el
cual ella no tenía ningún dominio. Sostenía una renega-
ción constante de todo afecto desbordante. En ese
momento me parecía que la paciente, por razones desco-
nocidas, era incapaz de comprometerse en un proceso de
duelo por su amante ni por su bebé. En cambio, había
enfermado físicamente, un poco a semejanza de un lac-
tante en una situación de abandono castastrófico del
objeto materno, por la inmadurez de su capacidad de
pensar en ello y de reaccionar. Pero no esperamos que
un adulto que se halle súbitamente en una situación de
rechazo o de abandono responda con diarreas. Y sin nin-
guna otra manifestación psíquica, tal como la emoción.
Por el contrario, es concebible que el bebé haya necesi-
tado una figura materna que pensara por él; es lo que
391
Bion describe como la capacidad de la madre de
"reserve", de "contener" los afectos de su lactante y de
responder a ellos de manera adecuada. Eso forma parte
de lo que he denominado comunicación primitiva. He
intentado mostrar cómo en una paciente sin síntomas
psicosomáticos las perturbaciones en esta fase precoz
dejaban huellas profundas sobre la capacidad del adulto
de pensar y reflexionar sobre el dolor emocional.
Digamos al pasar que los adultos que operan este
tipo de ahogo afectivo, en los momentos en que espera-
mos de ellos una reacción emotiva intensa, suelen dar la
impresión de que son sujetos impávidos, inquebranta-
bles y que están a la altura de todo lo que pudiera ocu-
rrirles, como en una especie de sobreadaptación al
mundo exterior. Ahora bien, como podemos comprobarlo,
es probable que esta "fuerza" frente a acontecimientos
estresantes demuestre una fragilidad en la estructura de
la personalidad.
Por otra parte, cuando esta falta de reacción es muy
marcada, puede dar la impresión de un alejamiento
ezquizoíde o de un cinismo psicopático, que ya no hacen
pensar en una adaptación adecuada: por ejemplo ese
paciente, de personalidad "psicosomática" que, al vo-
lante de su coche, atropelló a una mujer y a un niño,
hiriendo a ambos. El analista lo invitó a que expresara
sus sentimientos sobre el accidente, y el paciente res-
pondió: "Después de todo no tengo por qué preocuparme,
tengo un seguro contra todo riesgo".
Es difícil prever si estos pacientes estarán algún día
menos "asegurados" contra el dolor psicológico de reco-
nocer que pueden encontrar en su interior el deseo de
matar a una madre y a su niño.
Otra paciente sufrió un ataque casi fatal de colitis
ulcerosa después de un accidente automovilístico en el
cual sus padres y su prometido perdieron la vida; su
392
único comentario afectivo fue "sé que tuve que recobrar
la calma". Nos preguntamos si pudo enfrentar la verdad
psicológica detrás de su brutal comentario: que el terri-
ble accidente había hecho temblar su mundo interior y
que ella misma había estado en peligro de estallar en
pedazos.
El concepto de alexitimia, como su nombre lo su-
giere, nos remite a la incapacídad específica del sujeto
de nombrar sus estados afectivos o de reconocer la exis-
tencia de su afectividad. De igual modo que con el pen-
samiento operativo, estas observaciones han sido hechas
durante entrevistas y no tanto a través de la experiencia
psicoterapéutica. Así Sifneos atribuye esta carencia apa-
rente a una dificultad de simbolización lingüística. En
otros artículos (Sifneos, 1974; Nemiah y Sifneos, 1970b)
sugieren la noción de un defecto fisiológico irreversible.
Aunque una carencia a nivel simbólico, en situaciones
de conflicto   provocará cierta incapacidad de
pensar sobre sí mismo y sobre la relación sí-mismo-
mundo, la razón de ser de tal funcionamiento psíquico
sigue siendo una cuestión abierta, y eventualmente nos
conduce a las vicisitudes de la representación psíquica
así como a las transformaciones del afecto escindido de
la representación mental. Dado que se trata específica-
mente de la representación del cuerpo y de la captación
de los representantes pulsionales afectivos, nos es lícito
suponer que los fenómenos de la patología psicosomática
están relacionados con los procesos psicobiológicos de
naturaleza primitiva y preverbal, que no han logrado
transformarse en procesos auténticamente simbólicos,
capaces de realizarse en representaciones psíquicas. Se
impone la cuestión de saber qué factores pueden movili-
zar el mantenimiento aparte de la mentalización, de las
informaciones tan indispensables para el bienestar psi-
cosomático. Observemos una vez más que la somatiza-
393
ción a causa de las sobrecargas afectivas y de los aconte-
cimientos traumáticos está al alcance de todos, aun
cuando no se trate, de ninguna manera, de la única
forma de disposición de los mismos. ¿Puede bastarnos la
idea de una carencia, simbólica, libidinal o fisiológica
para explicar este fenómeno universal ? Esta noción no
hace más que definir en negativo una organización llena
de misterios, para cuya dilucidación aún nos faltan res-
puestas. La "carencia" está de nuestro ·1ado. De igual
manera, el retrato de una "personalidad psicosomática",
sin dejar de ser detectable clínicamente, nos ilumina
poco en el plano teórico.
En alguna parte de la historia psicológica del sujeto,
este "vacío" aparente debe contener una significación
positiva. Los dos conceptos que hemos tratado contribu-
yeron notablemente a allanar el camino desde el punto
de vista psicoanalítico. Otros analistas también se incli-
naron sobre el misterioso "salto" psicosomático. En el
capítulo 9 hemos visto que un tercer enfoque trataba de
dar un sentido simbólico a los síntomas psicosomáticos,
según el esquema de la neurosis. Aun cuando el "sen-
tido" hallado no explique nada en lo referente a las cau-
sas, me parece que la hipótesis de una forma de "histe-
ria arcaica" psicobiológica no ha de ser excluida, tanto
más por cuanto frecuentemente los síntomas psicoso-
máticos tienden a tomar un sentido 11eurótico histérico.
Tras lo cual, el análisis de la estructura edípica pro-
ducirá un equilibrio del psicosorna; pero la economía
narcisista, sutilmente arraigada en la imagen del sí-
mismo, y expresada no menos sutilmente en la natura-
leza de las relaciones objetales, continúa amenazando
el equilibrio psicosomático si surge un conflicto en las
relaciones objetales o en la catexia narcisista del sf-
mismo.
Otra contribución proviene de las observaciones rea-
394
.....
lizadas con pacientes psicóticos. Pankow (1969), que ha
estudiado la naturaleza de la imagen corporal y su
valor diagnóstico y dinámico para distinguir los estados
histéricos de los psicóticos, observa que muchos tienden
a enfermarse físicamente cuando comienzan a curar sus
disociaciones: "Parece que (el psicótico) no está en su
pellejo, 'no siente sus límites'; ninguna imagen corporal
interiorizada le permite sentirse como unidad frente al
mundo ... ¿En qué momento sabremos que tal enfermo
'ha entrado en su pellejo'?", pregunta la doctora Pan-
kow. Ciertos fenómenos pueden servirnos como referen-
cias: por ejemplo, cuando el enfermo presenta una
enfermedad somática (fiebre, molestias digestivas,
asma, dermatosis) después de una fase de delusión o de
disociación. El enfermo 'habita su cuerpo' precisamente
por medio del sufrimiento psicosomático", concluye
Pankow. Tales fenómenos suelen observarse en la situa-
ción psicoanalítica en pacientes mucho menos graves en
la medida en que el acceso al sentido de las palabras y
el uso del lenguaje no están perturbados; en cambio, su
relación con el prójimo acusa una dimensión "psicótica",
puesto que el otro representa inconscientemente una
parte del sujeto mismo, que le asegura su identidad
subjetiva.
Toda perturbación en la relación, aunque en algunos
pueda desencadenar manifestaciones psicosomáticas
graves, en otros provoca como un despertar de sí mismo
y de sus propios· límites psíquicos y físicos, como des-
cribe Pankow. Notamos aquí que estas manifestaciones
narcisistas pueden originar episodios psicóticos en los
pacientes predispuestos.
Un paciente que, después de largos años de análisis,
se preparaba a independizarse más de su entorno, a no
seguir utilizando a los otros como una droga, como repa-
ración de su imagen narcisista, me dijo que habí a
395
"adquirido la capacidad de enfermarse, de resfriarse, de
que le doliera la espalda, de tener fiebre". Esta "adquisi-
ción" le daba la impresión de "existir", de tener límites,
de poder "cuidarse, amarse a sí mismo".
Desde este punto de vista podemos adelantar que el
reconocimiento del cuerpo enfermo es en sí mis mo un
proceso. Es evidente que toda patología somática recono-
cida por el sujeto implica que su "yo" reconoce al propio
cuerpo como suyo; el psicosoma ha vuelto a funcionar
como una unidad. La enfermedad psicosomática puede
desempeñar aquí el papel de un hecho traumatizante tal
como podría desempeñarlo cualquier accidente corporal
que permitiera al sujeto catectizar diferentemente su
cuerpo, sus límites, su funcionamiento biológico, pero
que entrara en ese momento en el marco de los "benefi-
cios secundarios". Este fenómeno no podría alegar un
argumento teleológico so pretexto de que el paciente se
deja enfermar para "volverse a encontrar" o para atraer
hacia él la atención de los demás. Su enfermedad somá-
tica podría adquirir este significado, pero sólo como pos-
tefecto, no como factor causal.
Para volver a la mencionada "personalidad psicoso-
mática", mi experiencia analítica me hace sospechar que
ese alejamiento aparente en la relación deslibinizada,
"operatoria", y que esa pobreza de expresión en la capta-
ción de la vivencia afect iva y en su comunicación tienen
una meta positiva: la creación temprana de una barrera
psíquica. Esta organización puede representar una
defensa masiva y arcaica contra el dolor mental en todas
sus formas, en la relación consigo mismo, con las x i g   n ~
cias pulsionales y en la relación con los demás. Las raí-
ces de esta defensa pueden vincularse al modo como
toda interacción con otra persona es catectizada en la
fantasía inconsciente del sujeto. Defensa peligrosa, cier-
tamente, en la medida en que amenaza con borrar Ja
396
distinción entre lo interno y lo externo, entre dolor de
afecto y dolor corporal. En particular, un fantasma ame-
nazador del otro provoca un estrechamiento del lugar
  lo cual se torna necesario para impedir una
introyectiua de tendencia implosiva y
desintegradora.
Me ha parecido que en estos individuos en quienes
predomina este tipo de disposición en la relación consigo
mismos y con el mundo se ha creado un espacio "estéril",
aparentemente desprovisto de afecto y de catectizacio-
nes libidinales, para proteger la identidad del yo. El
paciente puede protegerse no sólo del t emor a la frustra-
ción potencial inherente a toda relación objeta!, sino
también contra la fantasía inconsciente de no poder con-
tener ni elaborar los afectos desbordantes movilizados
por el contacto con los demás. Estos temores se revelan
eventualmente como relacionados con una fantasía de
ser impotente para resistir la absorción de los proble-
mas de otros, su dolor psíquico, y aun sus trastornos físi-
cos. La fantasía de permeabilidad, de interpenetración
del uno por el otro sin ninguna posibilidad de dominio
sobre esta confusión de identidades, lleva el riesgo de
destrucción mortal y mutua. El caso de Sabine (capítulo
8) es un ejemplo. A esa paciente el análisis le permitió la
completa desaparición de importantes síntomas psicoso-
máticos incapacitantes cuya existencia ella sólo reveló
tardíamente.
El elemento de un espacio "vacío" o "esterilizado"
que intento desglosar aquí -ya sea la vivencia "alexití-
mica" o la relación "operatoria"- es detectable con
mayor facilidad en analizandos que no son "psicosomáti-
cos típicos", es decir, pacientes que poseen una serie de
defensas psíquicas -síntomas- caracteriales o neuróti-
cos que coexisten con somatizaciones esporádicas o recu-
rrentes tales como reacciones alérgicas aisladas, trastor-
397
nos digestivos o cardíacos pasajeros, debilidad inmuno-
lógica durante períodos de estrés, etc. Con los pacientes
para quienes la red defensiva se ha reducido a una ver-
dadera coraza, se necesitarán años para que se tornen
visibles y verbalizables las representaciones y afectos
sofocados que componen este espacio "esterilizado". Un
escritor que vino a análisis por serveras inhibiciones en
su profesión y, además, por angustias vinculadas con
impulsos homosexuales inaceptables, sufría también de
alergias cutáneas atípicas. Paralelamente, en su rela-
ción con los demás, su "piel" psíquica, así como su piel
somática, revelaba ser frágil, fácilmente "desollable",
con matices persecutorios. Su sensibilidad en esos dos
campos se expresaba de dos maneras diferentes, como
reacción contra el mundo externo: si por casualidad era
testigo de un accidente en el cual un desconocido se
apretaba el dedo o se levantaba la piel, etc., el anali-
zando mísrno sufría inmediatamente dolores en sus pro-
pios miembros y ardores cutáneos. Estamos aquí en pre-
sencia de una reacción psicobíológica primitiva, una
especie de "histeria arcaica" con confusión en cuanto a
los límites entre los cuerpos. Esto nos remite a un
estrato de "sexualidad arcaica", cuya tendencia sería
unirse globalmente al Otro. Como en la histeria de con-
versión, este movimiento pulsional es contrarrestado, y
del deseo original no resulta visible más que el síntoma.
Ahora bien, la diferencia entre esta "histeria psicosomá-
tica'' y la histeria neurótica es de todos modos considera-
ble. En el concepto freudiano, el síntoma neurótico es un
sustituto de la actividad sexual del paciente (Freud,
1905a); así, la tos nerviosa de Dora expresaba incons-
cientemente la fantasía del coito oral que, según supo-
nía Dora, era la relación erótica de su padre con Frau K.
Podríamos deducir igualmente que en la segunda fase
de ese análisis que iba a revelar el apego homosexual de
398
la propia Dora por Frau K., esa misma "tos" adquirió
otro significado -ahora es una identificación con el
padre, en la medida que se une de ese modo a él, en
cuanto sujeto con acceso al objeto común del deseo-.
Tanto el Edipo heterosexual como el Edipo homosexual
se expresan en el síntoma. En el caso del analizando
"desollado" la problemática es mucho más global y el
síntoma demuestra menos la lucha contra la angustia
de castración y las prohibiciones edípicas, que el temor
de los deseos fusionales, y una lucha contra la indiferen-
ciación con respecto al otro.
En cambio, el mismo paciente demostraba una
estructura defensiva más compleja en situaciones rela-
cionales en donde existía el peligro de ser "desollado" o
"quemado" en su contacto con los otros. Era incapaz de
escuchar historias tristes, sobre todo vinculadas a con-
ductas masoquistas de amigos o desconocidos. Tales
relatos lo sumergían en cóleras excesivas, pero que
excluían de manera eficaz toda posibilidad de identifica-
ción peligrosa con el otro. La fragilidad del paciente en
esas situaciones de fusión-confusión lo llevaba a evitar
ser testigo del dolor ya sea físico o psíquico del otro. Por-
que el dolor del Otro se convertía inmediatamente en el
dolor de él. Este analizando no había instituido tal espa-
cio desafectado o estéril entre él y el mundo como los
"somatizantes" típicos, lo cual sin duda lo protegía   o n ~
tra desorganizaciones psicosomáticas severas, pero exhi-
biéndolo siempre sin cesar a un sufrimiento neurótico, y
a problemas caracteriales de estilo paranoide. Su temor
de convertirse en el Otro revelaba su contraparte incons-
ciente, el temor de querer absorber y ser absorbido en la
relación con el Otro, de desear vivir en simbiosis, o en
unión total. Tales fantasías provocaban en él un horror
intenso contra el cual mantenía permanentemente una
lucha sorda.
399
Este tipo de conflicto psíquico es frecuente en la
práctica analítica, y puede dar lugar a innumerables
"solucíones" con consecuencias perturbadoras: proble-
mas sexuales de diferentes órdenes -pérdida del deseo
por temor a la desintegración o a la desaparición defini-
tiva de todos los límites. O por el contrario, una sexuali-
dad "adictiva" tendiente a confirmar al sujeto en sus
límites corporales y psíquicos, especie de sexualidad
"operatoria" si se quiere, donde el partenaire corre el
riesgo de ser ignorado en cuanto sujeto separado, con un
espacio y un deseo propio. Este elemento entra en las
relaciones perversas, pero también se encuentra en las
relaciones heterosexuales (capítulos 1 y 2).
La búsqueda de la fusión temida-y-deseada también
se revela claramente en las otras adicciones. La droga, el
tabaco, el alcohol, la bulimia, la dependencia de los medi-
camentos, todos son ejemplos corrientes de un objeto
tomado como sustituto materno de este orden, y que
demuestran un proceso patológico transicional. De todas
maneras, la economía psíquica de la personalidad adic-
tiva supera el objetivo que me propongo aquí. En el ana-
lizando "desollado" citado más arriba hemos podido ob-
servar in statu nascendi lo que en otros sujetos podría
ser un factor que contribuye a la creación precoz de una
coraza caracterial protectora, organizadón defensiva que
hoy se llama "psicosomática", o también "esquizoide" o
"narcisista". Las víctimas de esta creación, que es la
construcción de un espacio vaciado, pueden llegar a ser
sordas a su propio sufrimiento así como al de los demás.
El "vacío" es el único signo visible de su sufrimiento.
Podríamos observar igualmente el parentesco entre
este terreno favorecedor -esta área desafectada que se
instala entre el sujeto y sus objetos internos o entre el
sujeto y el mundo- y ciertos estados psicóticos. Rosen-
fe1d (1965) describe este tipo de construcción en térmi-
400
nos de identificación proyectiva y sugiere que a veces es
posible detectar hasta sus orígenes el mecanismo de pro-
yección en el análisis de pacientes esquizofrénicos en la
medida que tales pacientes, en el momento en que se
acercan a un objeto de odio o a un objeto de amor, pue-
den llegar a confundirse con el objeto de su pasión. Sin
embargo, a pesar de esa similitud hay una diferencia
evidente. La organización psicótica representa en sí
misma una defensa global contra la amenaza captada,
inexplicable, "insensata". El trabajo psíquico del sujeto
da un "sentido" diferente a ese sufrimiento, a través de
formaciones delusionales para explicar el sufrimiento;
tal como lo dice Freud (1911) en el caso Schreber, es un
intento de cura, un intento de recrear una nueva visión
del mundo "en el cual sería posible vivir otra vez". Pero
tal intento de autocuración traba el funcionamiento del
yo, y el lenguaje corre entonces el riesgo de perder su
función semántica y simbólica poniéndose al servicio del
proceso primario de pensamiento. Este desenlace es evi-
t ado en la organización descrita más arriba; en lugar de
la neorrealidad creada por el pensamiento psicótico para
llenar el vacío, está esa "nada que se ofrece al proceso
primordial, poniendo en cortocircuito a los procesos pri-
mario y secundario. Y un terreno favorable a la eclosión
psicosomática se prepara.
¿Qué ocurre entonces en esos sector es de la vida psí-
quica donde no h ay ninguna defensa, ni psicótica ni neu-
rótica? ¿Qué viene en socorro para reparar la pérdida
narcisista y la vida pulsional perturbada? A falta de sín-
tomas neuróticos y psicóticos o de conductas sintomáti-
cas para llenar los espacios vacíos, es el cuerpo el que
reacciona. ¿Pero según qué lógica? ¿Y con qué fines
defensivos?
No me guío aquí más que por mis observaciones
sobre la vida psíquica de mis analizandos, aquellos con
401
desorganización psicosomática o con súbitas manifesta-
ciones psicosomáticas que poseen estructuras neuróti-
cas, narcisistas o borderline bien construidas. En estos
casos es interesante conocer los momentos en los cuales
estos problemas aparecen. La respuesta que aporta el
soma a situaciones de dolor psíquico inminente y estrés
parece incoherente y, de todas maneras, ineficaz para
resolver el problema. Pero a fuerza de establecer víncu-
los temporales, y de estudiar desde muy cerca la rela-
ción objetal, se desprendía un "sentido", sentido que no
tenía ninguna relación con la significación que contie-
nen los síntomas neuróticos y psicóticos. Me esforzaré
por explicitar ese "sentido" dejando ahora de lado lo que
favorece económicamente una respuesta psicosomática o
que impide l a creación de síntomas psíquicos de autocu-
ración.
Retomemos al paciente "desollado". Era evidente que
su piel reaccionaba como habría debido hacerlo si verda-
deramente hubiese sido el blanco de una agresión física
(lo cual nos recuerda las respuestas del soma que pue-
den inducirse en experiencias de hipnosis; si el cuerpo
"cree" que ha sido quemado, es perfectamente lógico que
se desencadenen reacciones fisiológicas apt as para pro-
teger la "llaga". La percepción del otro se funde con la
representación psíquica del sujeto mismo; el afecto,
registrado en estado de especularización originaria,
exige una respuesta somática rápida, tal como podría
responder un lactante en estado de desamparo. En otras
circunstancias, cuyo impacto para su psiquismo no
medía, ese mismo paciente producía reacciones cutáneas
alérgicas. Las situaciones movilizadoras pedían oscilar
entre una simple sobrecarga de trabaje y una reacción
desplazada de duelo, o una angustia (imperceptible a
comienzos de análisis) vinculada a situaciones propicias
para movilizar fantasías eróticas prohibidas.
402
Mi hipótesis en estos casos es que ante el pródromo
de amenaza psicológica para el yo infantil, la psiquis se
niega a reconocer el sufrimiento, mientras que el soma se
prepara para combatir contra un peligro biológico.
En pacientes que son blancos de una explosión psicow
somática masiva, la "respuesta" errada del soma es des-
cifrada con mayor dificultad. En víctimas de perturbaw
ciones de la respiración, he podido comprobar que
reaccionaban somáticamente en situaciones relaciona-
das donde, en lugar de ser plenamente conscientes de
los afectos y de las fantasías provocadas por el "frío" del
abandono, o por el "calor asfixiante" de una relación
amorosa no desead.a, desarrollaban rinitis, fiebre "del
heno", ataques de asma o eccema. Sin una guía psíquica
segura, fatalmente el soma se equivoca.
Tomemos el caso de la joven paciente citada más
arriba que sufría de colitis ulcerosa. Después del abanw
dono brutal de su prometido en el momento de su emba-
razo, en vez de contener y elaborar las reacciones emo-
cionales de esta tragedia, todo su cuerpo respondía como
si en su sistema se hubieran introducido sustancias tóxi-
cas susceptibles de provocar la muerte.
Mientras que un trabajo analítico en torno de tales
significaciones construidas de manera hipotética implica
modificaciones sensibles, esas reconstrucciones no po-
drian ofrecernos explicaciones suficientes, si bien, por lo
menos yo lo creo, se trata de un elemento necesario para
la comprensión de tales fenómenos.
De esta manera el cuerpo y la función somática reac-
cionan según los caminos autónomos que les son pro-
pios; va a intentar "expulsar" o "retener", e incluso hacer
las dos cosas a la vez (como en los estados asmáticos y
en las disfunciones del colon). Supera mi campo de
investigación, soy plenamente consciente de ello, diluci-
dar las innumerables cuestiones dejadas aquí sin res-
403
puesta, y que se refieren a la diferencia entre síntomas
psicosomáticos diferentes, como por ejemplo, todo lo que
distingue los síntomas atribuidos a los sistemas que se
comunican con el mundo externo -la piel, la respira-
ción, la eliminación, el sistema alimentario-, de los
otros, internos -síntomas cardiovasculares e inmunoló-
gicos-. De todos modos me parece cierto que en todas
esas afecciones estamos en presencia de procesos bioló-
gicos arcaicos cuyo objetivo es adaptar, o conservar las
fuerzas de vida. ¡Extraña ironía del psicosornal
Creo que los sectores "operatorios" del pensamiento,
de la conducta y de la personalidad, y los espacios "este-
rilizados" que se han creado para producir estos medios
pragmáticos de ser, constituyen barreras para contener
un peligro irrepresentable e indecible; intento de auto-
curación primitiva. Cuando la misma vida instintiva es
sentida como peligrosa para el sujeto porque es inacep-
table para el Otro, la psique hace un esfuerzo colosal
para conservar sus fuerzas vitales. Como el niño autista
que por miedo a la muerte se niega a vivir. El clivaje
entre psique y soma favorece entonces la desorganiza-
ción psicosomática. En una situación de dolor y de con-
flicto negado por la psique, es el cuerpo, esta computa-
dora implacable, el que puede llegar a responder por
aquélla. Si esta historia sin palabras nos fuera contada,
resultaría que el soma reacciona con inteligencia pero
siguiendo su lógica propia: responde a las amenazas psí-
quicas como si se tratara de amenazas biológicas. Aun-
que las enfermedades psicosornáticas amenazan con
precipitar al sujeto prematuramente en la muerte, el
objetivo fundamental de esa defensa anacrónica, sigue
siendo la sobrevida.
404
12. TRES CUERPOS Y TRES CABEZAS
De todos 1os discursos que expresan ideas sobre e1
cuerpo y el sexo, el más extraño y el más angustioso es
el conformado por el pensamiento psicótico.
Christine, joven de dieciocho años, es enviada a mí
por sus padres debido a la dificultad que halla en prose-
guir sus estudios. La propia Christine, al cabo de dos
entrevistas, me explicaba que sufría una "solidificación
de la cabeza" así como un temor de volverse tuerta. Res-
pondiendo a mis preguntas, me confió un secreto: sus
trastornos de cabeza se debían a la influencia de los
gatos. Los gatos la "magnetizaban" después de largas
horas de estudio, y sobre todo cuando salía a la calle.
Incluso en su caraa la perseguían los gatos "magnetiza-
dores", pero ella había hallado un remedio contra su
poder. Dormía con una pequeña cruz de madera apre-
tada entre las piernas. Discurso familiar, aunque en una
versión nueva. Volví a hallar la "máquina de influir" con
su poder sobre el cuerpo y las pulsiones, máquina cons-
truida con el rico material del proceso primario, sueño
en libertad, que Christine me ofreció como una realidad.
405
Buscando su conflicto en torno de su realidad pulsionaI,
le pregunté si no estaba intentando también hablarme
de su "gatita", explicándome inmediatamente: "¡Por su-
puesto; es evidente para todos!" Y allí mismo comenzó a
describirme su lucha contra la masturbación y la in-
fluencia mágica de la cruz para protegerla durante la
noche de la desintegración del cuerpo. El temor de sus
asociaciones desordenadas revelaban hasta qué punto
sus pulsiones sexuales eran sentidas como amenazado-
ras, no solamente para su cuerpo entero sino para su
sentimiento de identidad psíquica. En su delusión ella
no tenía más que un cuerpo simbólico; en lugar del se-
xo, palabras. El cuerpo no cumplía su función simbólica
primaria de "continente", lo que le hubiera permitido
distinguir entre el interior y el exterior, entre sueño y
fantasía, entre ella misma y los demás. Deberé añadir
que la fantasía delusoria de los gatos desapareció muy
pronto y que Christine pudo volver a salir a la calle. Pe-
ro su pensamiento seguía siendo profundamente psicó-
tico. Un sistema intrincado de escisiones le permitía
captar fácilmente los vínculos entre sus creencias deli-
rantes y su pulsión sexual, pero sin que se modificase la
manera de vivir la relación con su cuerpo y con los cuer-
pos de los demás. Las escisiones no desaparecieron, y
su yo continuó dominado por el pensamiento de proceso
primario.
Muy distinta es la relación "yo-cuerpo" en la estruc-
tura neurótica. La parte psicótica de la personalidad,
que se alza frente a lo imposible, está confinada al
mundo de los sueños o busca transformaciones sublima-
torias. El conflicto neurótico deja el campo de lo imposi-
ble para luchar en cambio con lo que es posible aunque
prohibido. Por el hecho mismo de que se trata de dicho
e interdicto, encuentra mil maneras de expresarse a
través de las fantasías y los pensamientos reprimidos,
406
materia bruta con la cual la psique forjará el drama que
se llama síntoma. Ahora bien, el neurótico ha adquirido
el derecho de vivir su cuerpo, su psicosoma, como uni-
dad. Para lograrlo, se ve obligado a renunciar a la ilu-
sión de omnipotencia de sus pensamientos y deseos,
pero también debe pagar el precio de renunciar a su
órgano sexual como instrumento de placer. El desem·
peño sexual se vuelve costoso, y en muchos casos puede
buscar su realización en síntomas o castigos neuróticos
a través del sufrimiento neurótico. Aunque sus síntomas
superen su entendimiento, el neurótico raramente se
equivoca en cuanto al hecho de que es él el autor de su
invención sintomática y de que la solución debe buscarlr:.
dentro de sí mismo (no puede permitirse culpar a los
gatos, los rayos cósmicos, o al conserje). A diferencia del
psicótico, y aun del perverso, 1 el cual vive su cuerpo
como el juguete del destino y su invención como un don
de la naturaleza.
Mientras la persona normal-neurótica dispone de la
representación psíquica de su cuerpo como un contene-
dor de las "vidas" de su ego, el psicótico no posee esta
ilusión reaseguradora. El uso psicótico de la representa-
ción del cuerpo muestra hasta qué punto el cuerpo es
vivido como vulnerable y permeable, controlable desde
el exterior, confundible con el cuerpo de los demás. Las
zonas y funciones de su cuerpo se hallan sorprende-
mente "desparramadas" en su mente y el propio espacio
corporal constantemente desgarrado y parcelado por el
surgimiento de los afectos. La reconstrucción deiusoria
se requiere para dar significado a las relaciones con los
otros. Este era el caso de Christine.
l. La invención del perverso funciona psíquicamente como una
delusión psicótica respecto del cuerpo, pero su dimensión psicótica
está confinada al área relativamente estrecha del acto sexual debido
a la erotización de los conflictos en juego.
407
Debemos observar que la materia prima con que se
fabrican }as delusiones, y el modo de funcionamiento psí-
quíco que las rige, hallan su contraparte en los fantas-
mas reprimidos, en los síntomas neuróticos y en la vída
onírica. Cualquier delirio podrá ser recibido como "sen-
sato" con tal que sea introducido por la frase: "Yo soñaba
que .. . ". El "yo" del psicótico, así como el del soñador, al
no estar encarnado, se dispensa con facilidad de los
inconvenientes de la alteridad,   f ~ la diferencia entre
sexos o de la inevitabilidad de la muerte; en todas estas
circunstancias, el cuerpo está trascendido en su realidad.
En cuanto a la experiencia emocional, vemos que en
los estados psicóticos los afectos son intensos e incontro-
lables, mientras que en las organizaciones psicosomáti-
cas el afecto está aplastado, dando origen a1 interro-
gante de si ese aplastamiento emocional puede en
ciertos casos favorecer la producción de fenómenos psi-
cosomáticos. Los siguientes casos ilustran una "cabeza"
neurótica, y otra psicótica, diferentes de la "cabeza" psi-
cótica de Chrístine.
Hace algunos años un hombre de veintiséis años,
John, vino a verme a causa de angustias intolerables
experimentadas cada vez que tenía una cita con una
chica que lo atraía sexualmente. Fulminantes dolores de
cabeza solían impedirle acudir a la cita. Tales síntomas
aumentaban su violencia desde que sus padres se
habían instalado en París, a pesar de que no vivían con
su hijo. "Debo estar loco si hago tanto escándalo por la s
chicas", confesó el muchacho durante nuestra primera
entrevista. Aunque no poseyera ninguna cultura psicoa-
nalítica -hecho raro y precioso- este joven daba de
inmediato una interpretación "analítica" de sus dolores
de cabeza : un drama cuyo sentido había perdido, que
debía volver a hallar en sí mismo, y que además se refe-
ría a su vida sexual.
408
Durante las primeras semanas de tratamiento mi
paciente esbozó retratos parentales. "Mi madre más
bien es joven y seductora. Se comporta conmigo como
una amante. ¡Dios mío, ojalá tuviera una madre con
cabellos grises y con una pañoleta negra sobre los hom·
bros!" El padre: "Un buen tipo, gordo, colérico, que lo
controlaba todo, pero sin embargo generoso". Un par de
bofetadas solía ser su respuesta a las tonterías infanti·
les. Un día el paciente me trajo el sueño siguiente:
"Estaba en la habitación de mi madre, como si fuera a
dormirme en su cama, o alguna idiotez semejante, y
oigo los pasos de mi padre en la escalera. De pronto me
encuentro abajo y soy yo el que sube. Mi padre des-
ciende con ese aspecto terrible que siempre tenia
cuando yo era niño. Levanta el brazo para golpearme,
pero a cada paso su mano se vuelve más grande ...
enorme ... nunca vi un brazo semejante. Va a golpearme
la cabeza. Estoy seguro de que va a matarme. Me des-
perté sobresaltado, con un dolor de cabeza increíble".
Añadió: "¡Qué tonto que es el psicoanálisis, contar ton-
terías de este tipo! ¡Y con todo eso mis dolores de cabeza
empeoran!".
Este sueño que para el psicoanalista tiene cierta
transparencia, incluso en su forma manifiesta, no tenía
ninguna para mi analizando. Necesitó más de un año
para poner en escena -y en sentido- todos los caracte-
res que estaban en acción, con todas las complejidades
de relación que iba descubriendo entre él y ellos: la
madre a la vez seductora y rechazante; el padre, castra-
dor, pero también figura fálica idealizada -"la mano-
pene-brazo·enorme" - que impresionó tanto al mucha-
chito de antaño. Este sueño es bastante ejemplar para
demostrar la utilización que la psique hace de la repre·
sentación del cuerpo y de sus posibilidades de simboliza-
ción. La cabeza, que en el lenguaje inconsciente del
409
paciente ocupa el lugar del pene, está amenazada en
función del apego incestuoso e infantil del hijo por la
madre, apego muy reprimido en él, pero que su yo tenía
que expresar. El yo infantil le imponía que toda mujer
era su madre y que por esa razón le estaba prohibida.
Su síntoma, como nos muestra la puesta en escena del
sueño, realizaba a través del lenguaje simbólico del
cuerpo una castración a manos del padre.
Al cabo de dos años, desaparecidos completamente
los dolores de cabeza, había iniciado una relación sexual
que lo llenaba de satisfacción. El muchacho huyó del
análisis. Agreguemos que también huyó conservando
intactos todos los aspectos del Edipo homosexual que
comenzaban apenas a dibujarse en sus sueños y sus aso-
ciaciones, y que se revelaban en la realidad exterior,
donde una fijación con el padre-jefe idealizado le impe-
día en la actualidad dejar a su patrón, en detrimento de
su vida profesional.
No todos los dolores de cabeza son pasibles de una
transcripción histérica. Recuerdo a una paciente víc-
tima de jaquecas, ex tuberculosa, que también sufría de
asma y taquicardias angustiosas en el momento de des-
pertar. Frisando los cuarenta años, Victoria vino a
Francia para ocupar un puesto importante en una orga-
nización internacional. Su trabajo, cumplido con desen-
voltura y eficacia, la llevaba a ocuparse de la gente des-
favorecida por la vida. Todos reconocían su gran
entrega no solamente a sus tareas sino también a sus
amigos. Además, tenía una vida amorosa caótica, de la
que estaba profundamente insatisfecha. Sus amantes
-también ellos desfavorecidos- siempre provocaban
en Victoria el deseo de salvarlos. Alegre, enérgica,
divertida en todo y con todos, esta mujer no obstante
había venido a análisis por un estado depresivo mal
410
definido. Temía no poder seguir dominándose para
mantener su brillante imagen.
Victoria soñaba poco y no tenía ensoñaciones diur-
nas. Ante la ausencia total de sueños y de las taquicar-
dias del despertar, un día le pedí que imaginara una
escena, una escena cualquiera, que pudiera acompañar
esa experiencia somática. "¿Decír cualquier cosa? ¡Yo no!
No estoy tan chiflada como para permitirme eso". Sin
embargo, en la sesión siguiente: "Y bien, tengo un sueño
para usted. Bueno. Soñaba que mi despertador sonaba.
Veía que iba a llegar tarde a la oficina y salté de la
cama. Hice correr el agua para el baño. Me puse el ves-
tido que había preparado la noche antes. ¡Y zas! ¡Mi des-
pertador se pone a sonar en serio! Me desperté con un
horrible dolor de cabeza".
¿Dónde estaba el sueño? Seguramente había uno,
pero enterrado a mil leguas de distancia de donde se
hallaba mi paciente, hundido en una angustia arcaica
de la que había que esperar aún las palabras que lo
comunicaran. Algunas semanas más tarde Victoria
me trajo su primer sueño verdadero: "Me llamaron
para que fuera a ver el cadáver de una mujer. En rea-
lidad se trataba de la señora X, la esposa de mi jefe,
pero en el sueño tenía el mismo nombre que yo. Esta
muerta comenzaba a caminar lentamente hacia mí.
Yo gritaba: 'Pero ustedes ven que ella está aún llena
de angustia'. Los otros me respondían que eso no
tenía ninguna importancia, que la iban a enterrar de
todas maneras. Ella temblaba como si me suplicara
que la ayudase. Saltó hacia mí y me rodeó el cuello
con sus manos glaciales. No podía moverme, tan
grande era el frío que sentía. Trataba de gritar pero
ningún sonido salía de mi garganta. Me desperté con
dolor de cabeza y dolor de garganta, pero no tenía
taquicardia".
411
En realidad ya no se produjeron esas taquicardias
durante los cinco años del análisis de Victoria. El asma
también desapareció después de dieciocho meses, pero
las jaquecas eran más tenaces.
La madre de esta paciente tenía una salud fisica y
psíquica frágil que hizo que la infancia de su hija fuera
traumática. Victoria hizo todo lo que pudo para ayudar a
su madre, y desde muy joven se ocupó de tareas que
pocos niños serían capaces de asumir. Pero a través de
este fragmento de análisis vemos a qué precio logró esa
fuerza de carácter; su necesidad de dejar a un lado la
fantasía y la emoción, y la compulsión de estar constan-
temente activa la había logrado a expensas de su vida
interior y de su imposibilidad de aceptar depender de los
demás sin angustia.
El contraste entre los dos pacientes con migrañas es
asombroso desde varios puntos de vista. Tomaré el ejem-
plo de los sueños. Por un lado, tenemos el drama del
analizando estructurado hístéricamente, que implicaba
objetos edípicos y los sí-mismos del niño y del adulto,
pero construido sobre un tema creado por e! yo infantil
para proteger su sexualidad. La paciente psicosomática,
por otro lado, trata de proteger su vida psíquica de la
disolución. Ella busca en la constante actividad huir de
la angustia psicótica concerniente a objetos arcaicos, y
al peligro de la fusión fatal. Todo lo había enfrentado con
renegación y negación para dar espacio psíquico al
afecto doloroso, hasta que la experiencia analítica le pro-
porcionó el espacio suficiente en donde esas angustias
primitivas pudieron salir a la superficie como sueños y
fantasías.
Christine, con sus sueños despierta, John con sus
sueños dormido, Victoria que no podía soñar, nos brin-
dan tres modelos de funcionamiento psicótico.
Espero que estos resúmenes clínicos abreviados
412
hayan dado a mis lectores una oportunidad para ver los
vínculos complejos que existen entre el funcionamiento
mental y la representación del s í ~ m   s m o somático, y las
diferentes expresiones sintomáticas que estas pautas
pueden originar.
413
13. ALEGATO POR UNA CIERTA ANORMALIDAD
Una vez me invitaron a participar en un coloquio
psicoanalítico que tenía como tema ''Los aspectos patoló-
gicos y patógenos de la normalidad". Ciertamente un
tema provocativo, pero también un cuestionamiento
importante, aunque sólo fuera por el hecho de que los
participantes nos vimos estimulados para evaluar el
concepto de normalidad. ¿Qué significa "normalidad"
desde un punto de vista psicoanalítico? Y suponiendo
que se dejara definir, ¿posee formas diversas, existe una
"buena" normalidad y una "mala"? No bien había
comenzado a reflexionar sobre el problema, advertí que
más allá del intento de definir la normalidad "anormal"
estaba muy lejos de poder conceptualizar la estructura
de la normalidad "normal". En el medio de estos interro-
gantes una duda oscurecía mi mente, un tema delicado
de formular. Desde hace algunos años frecuento sobre
todo a analistas (y por supuesto, a analizandos). ¿Podré
saber entonces qué es un ser "normai"? Mis colegas
nunca me parecieron personas eminentemente "norma-
les"; y, por supuesto, yo misma me siento bien entre
415
ellos. ¿Quiénes somos, quién soy, para juzgar qué es nor-
mal o anormal?
Cuanto más pensaba, más evidente me parecía que
la "normalidad" no es, no podría ser, un concepto analí-
tico, sino inequívocamente antianalítico.
Para un analista hablar de la normalidad es tratar
de describir la faz oscura de la Luna. Ciertamente, pode-
mos imaginarla, enviar un cohete, tomar fotos, incluso
formular teorías acerca de cómo tendrta que ser. ¿Pero
adónde nos lleva todo eso? No es nuestro país, y apenas
nuestro planeta. Las neurosis con su núcleo psicótico
secreto, las psicosis con su densa franja neurótica; ésa es
nuestra familia, nuestro terreno, el lugar donde todos
hablamos la misma lengua, con una pequeña diferencia
de dialectos. Pero aparte de ello, ¿existe verdadera-
mente una "estructura nonnal de la personalidad"? Y si
existe, ¿por qué tenemos que abandonar el área analí-
tica, tan cómodamente anormal, para lanzarnos sobre
las huellas de los normales? ¿Tal vez para explicarles
hasta qué punto están enfermos? Pero sigue habiendo
un problema: el que se denomina normal -cuya norma-
lidad para nosotros podrá ser patología o incluso pató-
gena- no quiere saber de nosotros. Peor aún, desconfía
de nosotros. Un poco a la manera del viejo campesino a
quien un día le regalé un atado de espárragos de mi
huerta, pues era él el que me había arado la tierra, y
que lo rechazó decididamente. "¿No le gustan los espá-
rragos?", le pregunté. "No sabría decirle. Nunca los
probé. ¡La gente de por aquí no come eso!" Y bien, tal
vez seamos un artículo de lujo como los espárragos; huy
que tener gusto para ello. Uno de los objetivos de la vida
es poseer algo que otros necesitan o deseen; entonces,
¿por qué preocuparnos por estos "normales" que no quie-
ren saber nada con el análisis? Nuestro narcisismo
(¿normal?, ¿patológico?) ve que aquellos que nada quie-
416
ren de nosotros, nos resultan poco interesantes. Pero
olvidemos nuestros prejuicios y tengamos por objetivo a
la Luna.
Es lícito que un analista establezca una oposición
e11tre "normal" y "neurótico"', lo que no impide que otro
diga que es normal ser neurótico. "Estamos frente a las
dos significaciones principales del concepto de normali-
dad. Decir que la neurosis es un fenómeno normal nos
remite a una noción de cantidad: a la norma estadística.
Si por lo contrario establecemos una oposición entre
"normal" y "neurótico", se trata de una noción de cuali·
dad. En este caso utilizamos la idea "normalmente acep-
table" de una norma social, para lo cual proponemos el
término norma normativa (opuesta a la norma estadís-
tica) con el objeto de mantener la distinción entre atri-
butos de cantídad y calidad. La norma normativa
designa algo "hacia lo cual se tiende", donde por consi·
guiente se halla incluida la idea de un ideal. He aquí
una normalidad estadística y una normalidad norma-
tiva, además de nuestra normalidad patológica.
Lo cuantificable, la norma estadística, posee un
indiscutible interés sociológico, pero su interés    
lítico es relativamente menor. Lo que puede interesar al
analista es precisamente la normalidad en su aspecto
normativo (por supuesto, con todo lo que eso también
implica vaguedad de límites y de elementos superyoi-
cos). A partir de allf hay una multitud de cuestiones que
el analista siente la tentación de fonnularse. He aquí
algunas:
-¿Hay analistas "normales"?
-¿Existe una sexualidad "normal"?
-¿Existen "normas analíticas"?
Abandonemos entonces la terra firma de lo cuantifi-
cable, con sus curvas estadísticas, decorada como siem-
417
pre en trompe l'ceil, y tornemos a la arena movediza de
lo normativo para explorar sus contornos. ¿Qué es un
ser normal? Mi diccionario (Webster) me informa que
"normal" quiere decir: conforme a la regla, regular, pro-
medio, ordinario. ¿Nos permitirá esto detectar "regula-
res" patógenos y "ordinarios"-patológicos? Las personas
"regulares" llenan las calles; a un gran número de gente
le interesa ser "conforme a la regla": los "niños juiciosos"
también están con nosotros; mucha gente desea aparen-
tar conforme, por lo menos ante los otros. ¿Pero a quién
le interesa ser "ordinario" o "promedio"?
Esta pequeña excursión por la erudición léxica pone
a la luz la ambivalencia que se atribuye a la noción de
normalidad: aprobación y condena a la vez. Si nos
repugna ser "ordinarios", no por ello deseamos ser anor-
males. Esta ambigüedad implícita en el calificativo nos
indica ya que se trata de dos sectores diferentes de
nuestro ser, uno de los cuales quiere ser conforme a las
reglas mientras que el otro busca escapar de ellas.
Ahora bien, más allá de esta inherente ambivalencia lo
normativo es un valor subjetivo. La idea que un sujeto
se hace de su propia "normalídad" sólo puede entenderse
en relación con una serie de referencias: ¿normal en
relación con qué? ¿Ante los ojos de quién? Que nos juz-
guemos nosotros mismos, o que juzguemos a los otros,
como normales o anormales, forzosamente será en rela-
ción con una norma preexistente. El primer esbozo de
todas las normas posibles está proporcionado, evidente-
mente, por la familia. Para el niño pequeño (y no cambia
mucho para los adultos), lo "normal" es lo heimlich, lo
reconocible, lo que se acepta en casa. Das Unheimliche,
esa inquietante extrañeza de que hablaba Freud, es lo
"anormal", lo que surge en nosotros, y en su surgimiento
mismo se recorta extrañamente sobre el trasfondo de lo
familiar, de lo que es aceptado por la familia. Das
418
..,
Unheimliche, dice Freud, representa una categoría espe-
cial de lo que es reconocible, normal, familiar. La apa-
rente oposición no es tal. El ansia de escapar a la confor-
midad es el deseo de transgredir las leyes familiares; en
cambio, querer "ser normal" es en primer lugar un
intento destinado a ganar el amor de los padres respe-
tando sus reglas y aceptando sus ideales. Por consi-
guiente, un objetivo narcisista destinado a ser catecti-
zado en un ideal del yo que modulará los objetivos
pulsionales. De este modo los niños hacen esfuerzos con-
siderables por comportarse "normalmente". Recuerdo de
pronto a un niño en el zoológico con su padre. El niño
hacía todo lo que no había que hacer, se inclinaba sobre
el foso de los osos, tiraba piedritas a las focas, atrope-
llaba a los que pasaban ... Y el padre, exasperado,
exclamó: "¡Cuántas veces habrá que decírtelo[ ¡Compór-
tate como un ser humano!". El niño miró a su padre con
un aire infinitamente triste: "Papá, ¿qué hay que hacer
para ser un ser humano?". ¿Cómo entrar en el orden de
la norma? Conocemos la respuesta: para todo niño la
norma es la identificación con los deseos de sus padres.
Esta norma familiar será pues "patógena" o "normativa"
en función de su coincidencia o de su alejamiento de las
normas de la sociedad a la que pertenece.
Para la teoría psicoanalítica esta norma se definirá
en función del concepto "estructura edípica", estructura
normalizadora, en la medida que preexiste al niño y
regula las relacíones intra e interpersonales. Resolver la
problemática edípica ¿es la "buena" normalidad? Pero
todos encuentran una "solución" a la inaceptable situa-
ción edípica. Ya sea una solución neurótica, psicótica,
perversa, incluso psicosomática, no es fácil distribuirlas
según una escala normativa. Algunos trabajos psicoana-
líticos presentan en sus escritos a un personaje que se
llama "el carácter genital", el que se ama tanto como a
419
 
su prójimo. Y es comparado con un hermanito, menos
estimado, que es llamado "carácter pregenital". He aquí
ahora, en posición inversa, el que está afligido por la
normalidad, el que sufre del síntoma de normalidad.
¿Cuáles son sus manifestaciones? Se puede suponer que
se trata de sujetos que tienen el aspecto de ser "confor-
mes a la regla", de estar "en la norma" y que no demues-
tran ningún síntoma psíquico, excepto que sufren de
síntomas psicosomáticos o de patología leve del carácter.
A primera vista nada de Umheimlich se descubre en
ellos. El síntoma-normalidad invisible al ojo desnudo se
oculta detrás de la pantalla asintomática. Ya he inten-
tado (en el capítulo 6) trazar un retrato estructural de
cierto tipo de pacientes de esta categoría, a quienes he
llamado "analizandos-robot". Estos pacientes están mar-
cados por un sistema de ideas preconcebidas que con-
fiere a su estructura una fuerza de robot programado, la
cual les permite conservar intacto su equilibrio psíquico.
Atraídos por el análisis, esos sujetos se declaran neuró-
ticos auténticos, y no se equivocan, pero sus síntomas no
les interesan de ninguna manera. En la situación analí-
tica es el analista el que sufre; negado en cuanto Otro,
como si de él emanara la muerte o la castración que
amenazan al analizando. Pero no quiero hablar de ellos
aquí. Hay otros, que se proclaman normales y que tam-
bién vienen en busca de un análisis, con frecuencia para
agradar a otros.
La señora N (por Normal) se sienta ante mí; bien
hundida en el sillón, delgada, elegante, la cabeza alta,
me mira tranquilamente. Se me ocurre que se siente
más cómoda que yo. Tengo ganas de decirle: "¿Qué es lo
que no anda?" como para establecer un equilibrio de
poder, pero ella toma la iniciativa.
Sra. N -Sin duda se preguntará usted por qué he
420
venido a verla. Y bien, mi médico me aconseJo que
hiciera un psicoanálisis. Desde hace cierto tiempo mi
matrimonio pasa por dificultades y eso me cansa. Los
dos tenemos cuarenta y cinco años y hemos tenido tres
hijas. Yo quiero a mi marido y a mis hijas; ahora bien,
desde hace cierto tiempo, mi marido me hace la vida
imposible. Está de mal humor ... grita por un sí o por un
no ... bebe un poco demasiado ... finalmente, he descu-
bierto que tiene una amante. Es insoportable, sobre todo
porque no hay ninguna razón.
(La señora N se detiene como si me hubiera dado
todos los elementos básicos de la situación.)
J.M. -¿Usted quiere decir que no es para nada res-
ponsable de este desacuerdo con su marido?
Sra. N -He reflexionado mucho al respecto, pero no
sé qué otra cosa hubiera podido hacer. Pero lo amo; eso
no constituye un problema para mí.
J. M. -¿Usted piensa que es él más bien quien tiene
problemas?
Sra. N -Y, ¡sí, más bien!
J. M. -Y sin embargo es usted la que ha venido a
pedirme un análisis. ¿Piensa que usted también tiene
algunos problemas?
Sra. N -.¿Yo? No, realmente no. ¿Qué pienso yo de
mí misma? Yo siempre me he sentido muy bien.
Los intentos de explorar la posibilidad de que los
cambios de su marido pudieran hacerla sentir menos
segura, no condujo a ninguna parte. Durante mis dos
únicas entrevistas con la señora N esta frase retornaba
sin cesar: "Me siento muy bien". Efectivamente, la
señora N me parecía muy cómoda en su piel. Si había un
problema, para ella estaba fuera de su piel. ¿Qué pedía
la señora N? ¿Que lo que pasaba fuera de ella fuera tan
ordenado, tan cómodo como ella misma, adentro?
421
¿Qué otra cosa puedo decir sobre ella? Proviene de
una familia de la alta burguesía -familia creyente sin
más, afectuosa sin exceso, patriota sin ser chauvinista,
simpatizante con la izquierda intelectual sin dejarse
envolver por ella-, y la señora N se estima digna de su
ascendencia. Como las otras mujeres de su familia, es
una buena ama de casa, vigila bien a las criadas, a los
niños y al marido. Le es fiel y no es frígida. Practica
esquí en invierno, va al mar en verano y está ocupada
en muchas actividades cívicas y sociales. Durante nues-
tro segundo encuentro llegó hasta decir que ella misma
no sabía demasiado qué podría hacer el psicoanálisis por
ella. Yo compartía más bien su opinión, pero no dejaba
de preguntarme, lo confieso, si a veces uno puede sen-
tirse demasiado bien.
¿Pero qué quiere decir esto? ¿Demasiado bien para el
análisis? ¿Para el analista? De acuerdo con lo que dice,
la señora N es una mujer "normal", normal ante sus
propios ojos como ante los de su familia, sus vecinos, sus
amigos. ¿Qué más puede pedirse? El psicoanalista, en
cambio, pide más. En cuanto analistas, no podemos evi-
tar sentir la impresión de falta en los supuestos "norma-
les". Nuestra única esperanza -¿es justificable?- sería
obrar de manera que el normal sufriera por su normali-
dad. Mientras la señora N se muestra incapaz de cues-
tionarse, en cualquier dimensión de su ser, incapaz de
preguntarse lo que realmente piensa de su vida conyu-
gal, de enfrentar lo que puede sentir su marido por ella,
de sospechar la legitimidad de su impresión de plenitud
y bienestar, de preguntarse finalmente si en todo eso no
hay un lado ilusorio, incluso de una falta de imaginación
de su parte, mi opinión es que ella permanecerá inanali-
zable.
Pero después de todo, ¿es normal cuestionarse?
422
¿Dudar de nuestras eleccíones objetales, de nuestras
reglas de conducta, de nuestras creencias religiosas y
políticas, de nuestros gustos estéticos? Seguro que no.
C,o.w.o tampoco poner en duda nuestra propia identidad.
'if-¿Quién soy?", pregunta para locos y filósofos. Ser tes-
tigo de nuestra propia división, buscar un sentido en el
sinsentido de los síntomas, dudar de todo lo que uno es;
a través de todo esto demostrarnos ser candidatos a un
psicoanálisis, precisamente en virtud de estas cuestio-
nes "anormales". Ahora bien, los que se autodenominan
normales, los que no plantean tales preguntas, los que
no ponen en duda ni su sentido común ni su ser, tam-
bién ellos hoy en día vienen a analizarse. Y el colmo es
que nosotros, los analistas, los consideramos como gran-
des enfermos. ¡Enfermos por quienes el psicoanálisis no
puede hacer nada! ¿Enfermos de qué? ¿"De estar" dema-
siado bien? ¿De sufrir menos que nosotros?
Pero si el psicoanalista considera con cierta descon-
fianza a estos demasiado-bien-adaptados-a-la-vida, tam-
poco consideran al psicoanalista como uno de ellos. ¿Qué
aspecto tiene el psicoanalista ante los ojos de los morta-
les "normales"? Sin duda somos recuperables por la
estadística, pero no por ello entramos en la norma nor-
mativa de los demás. A este respecto, me gustaría
narrar la historia verídica --que ya se remonta a hace
quince años- de una jovencita de 14 años que se creía,
como muchos adolescentes, en situación de juzgar a los
adultos. En el liceo se hablaba de psicoanálisis, incluso
se hacían disertaciones sobre el tema. En esa época el
oficio de sus padres -analistas- súbitamente cobraba
valor ante sus ojos. Preguntó si podía conocer como si
fuera adulta, a algunos amigos analistas de los que a
menudo había oído hablar. La madre le propuso que
asistiera a un almuerzo en el campo, un domingo, al que
ella pensaba invitar a un grupo de analistas, de varia-
423
das tendencias. Los amigos llegaron, comieron bien,
bebieron bien, hablaron mucho -de la sexualidad, de la
perversión, de sus colegas, de la sociedad psicoanalí-
tica- y se fueron bastante tarde. Por la noche los
padres preguntaron a su hija sus impresiones. "Y bien",
respondió la niña, "sus amigos son tontos", Le pidieron
que fuera más precisa. "¿Pero no escuchan?", dijo ella.
"¿Han notado que no tienen más que dos temas de con-
versación? ¡Los analistas sólo hablan del pene o del Ins-
tituto de Psicoanálisis! ¿Les parece normal eso?"
Y bien, pensándolo me veo obligada a admitir que,
normales o no, los analistas en libertad no hablan como
los demás. Por otra parte, se trate "del pene" o del Insti-
tuto, podemos preguntarnos si al fin de cuentas no es lo
mismo. Y, cosa mucho más inquietante, compruebo que
con el correr de los años los analistas experimentados
hablan cada vez menos del pene y cada vez más del Ins-
tituto. ¿Es una evolución "normal"? Sea como fuere, no
está demostrado que el analista pertenezca a la catego-
ría "normal". Incluso los analistas norteamericanos, con
su gusto por la adaptación y su capacidad de adaptación
de conformidad, de tomar decisiones, han hecho sonar la
alarma ya hace bastante tiempo contra los "normales"
que desean ser analistas. Los que parecen estar "dema-
siado bien adaptados a la vida" no serían buenos analis-
tas. Los sujetos que no se reconocen ningún síntoma,
que ignoran el sufrimiento psíquico, que jamás han sido
rozados de cerca o de lejos por la tortura de la duda o
por el temor al Otro, no están capacitados para entender
la enfermedad psíquica de los otros.
¿Y qué ocurre con la sexualidad? ¿Existe una sexua-
lidad "normal"? He aquí una pregunta aparentemente
"psicoanalítica". Pues bien, Freud subrayó claramente
desde 1905 que la barrera entre una sexualidad llamada
424
normal y una sexualidad desviada era más bien frágil.
Después de haber caracterizado a la neurosis como el
polo "positivo" y a la perversión el "negativo" en función
de una misma problemática sexual, añadía: " ... en los
casos más favorables, gracias a ciertas restricciones
efectivas y otras modificaciones, puede producirse lo que
podemos llamar una vida sexual normal" {Freud, 1905b,
pág. 172). Es evidente que Freud considera la vida
sexual como regida por el azar, y una vida sexual exi-
tosa, como un lujo. En cambio, hallaba trivial lo que él
llamaba la credulidad del amor y la sobrestimación de
las perfecciones del objeto sexual. A este respecto, Freud
establece una distinción entre Ja vida erótica de la anti·
güedad y la de nuestra época, o más bien, de la suya,
pues las costumbres sexuales cambiaron considerable-
mente ... Los griegos, dice Freud, glorificaban la pulsión
sexual en detrimento del objeto, mientras que el hombre
moderno idealiza el objeto sexual al mismo tiempo que
menosprecia la pulsión. Por supuesto, podríamos poner
en duda la "glorificación" antigua dado el porcentaje de
fantasía y de nostalgia que contiene; pero entonces tam-
bién podríamos cuestionar la sobrestimación del objeto
sexual en la hora actual. Las comedias musicales
modernas, los sex-shops, las películas pornográficas,
todos idealizan la pulsión en cuanto tal, y en todas sus
formas de expresión erótica, mientras que el objeto no se
individualiza y más bien es intercambiable.
Paralelamente, en la práctica psicoana lítica compro-
bamos cambios que se mueven en el mismo sentido.
Hace algunos años encontrábamos sobre el diván del
analista un buen número de pacientes que sufrían
diversas formas de impotencia sexual o de frigidez, en
un contexto en que el objeto sexual habitualmente era
amado y sobrestimado. "La amo y sin embargo no puedo
hacer el amor con ella." Hoy hay más analizandos que
425
dicen: "Hago el amor con ella pero no la amo". Cito dos
fragmentos de discurso analítico que expresan de ma-
nera condensada estas dos posiciones frente al objeto
sexual.
Gabriel, treinta y ocho años, sufre desde siempre
una tenaz impotencia sexual. "Ayer por la noche intenté
una vez más hacer el amor con ella. ¡Resultado nulot Y
pensar que hace tres años que la amo. Le dije a mi
amiga: 'Lo ves, yo tengo ganas de hacer el amor, pero él
(señalando su pene) no quiere'."
Pierre-Alain viene desde hace dos años, dos veces
por semana, para psicoterapia. No estoy segura de que
sea capaz de aceptar las condiciones rígidas de un análi-
sis. Es un joven bien a la moda, con largos cabellos, que
sostiene en la nuca con una hebilla. Habla del "ácido",
de la "yerba", de Vasarely ... los cuales, junto con las
"chicas", constituyen los elementos inamovibles que lle-
nan los espacios vacíos de su existencia. Veintisiete
años, procedente de un medio intelectual, vino a análisis
a causa de inhibiciones en su trabajo, de sus relaciones
insatisfactorias y de su sentimiento de soledad. Tiene
cuatro o cinco amiguitas con las cuales mantiene rela-
ciones sexuales. Pero se queja de que es incapaz de
amarlas, salvo, a veces, a través de los paraísos quími-
cos a los que es aficionado. Parece que en ellos descubre
signos de su vida inconsciente y la impresión de estar
enamorado. Un día me contó: "Ayer tuve relaciones con
Pascale por la tarde, y por la noche invité a Francine a
mi cama. También hice el amor, pero únicamente porque
tuve una erección. Ella no me inspira mucho, no más
que Pascale por otra parte. Sin embargo no soy homose-
xual. Una vez intenté con un tipo. ¡Bah! Era tonto. Pen-
sándolo bien, prefiero a las chicas".
Así como Gabriel pone el acento sobre la impotencia
de la pulsión y sobre su actividad sexual, Pierre-Alain lo
426
pone por el lado del objeto y detecta su síntoma en sus
relaciones objetales. Sus problemas, en cierto sentido
complementario, están resumidos en sus observaciones.
Gabriel: "¡Yo tengo ganas, pero él no!" Pierre-Alan: "¡El
tiene ganas pero yo no!". Uno se queja de la carencia eje-
cutiva y el otro, de la carencia afectiva. Cualquiera diría
que Gabriel tiene un problema sexual, mientras que la
vida sexual de Pierre-Alain, que no acusa el menor des-
fallecimiento funcional, sería considerada por algunos
como libre de síntomas. Gabriel, por ejemplo, sueña con
una actividad sexual como la de Pierre-Alain.
Estadísticamente, las preocupaciones sexuales de
Pierre-Alain, teniendo en cuenta su edad y su medio,
están dentro de la norma. Ahora bien, es probable que la
mayoría de los analistas digan que bajo una apariencia
"normal" este paciente oculta síntomas aún más comple-
jos que los de Gabriel. Dirán que una relación objetal
donde el erotismo está vinculado al amor es más bien
normal. ¿Se tratará de un prejuicio contratransferen-
cial? La norma, sexual o no, tiene una dimensión socio-
temporal. Una reciente protesta de homosexuales contra
la discriminación de que son objeto les parece escandalo-
samente anormal a ciertas personas. En cambio,
muchos jóvenes consideran que el "Frente de liberación
gay" es absolutamente normal. ¿Por qué, se dicen,
vamos a aceptar ser perseguidos, únicamente porque no
practicamos la "sexualidad de papá"? Pero después de
todo, ¿son éstos problemas psícoanalíticos? Creo que no.
El analista nunca tiene como función decidir lo que el
analizando debe hacer con su vida, con sus hijos o con su
sexo.
Si Gabriel, impotente, y Pierre-Alain, incapaz de
amar, son dos "casos" de psicoanálisis, no es a causa de
su comportamiento sexual, sino porque se autocuestio·
nan. Si hay juicio, el juicio atañe a la analizabilidad del
427
que hace la demanda de análisis. Los dos pacientes evo-
cados aquí poseen estructuras psíquicas bastante dife-
rentes. Las fantasías reprimidas de Gabriel, con su con-
tenido angustiante y temor de castración fálica, hallan
su expresión simbólica en el cuerpo, dominando así el
peligro fantaseado. En cuando a Pierre-Alain, su angus-
tia de castración es más global, "primaria". Se parece a
un lactante que ha perdido el pecho, y que lo busca
desesperadamente a través de la droga, de su prójimo y
de su aparato genital. Tiene "sed" de los demás, y su
pene funciona a este Movido por la fantasía de
castración que le es particular, se lanza a través del
espacio que lo separa del Otro, como una trapecista que
se preocupa poco por la identidad de ese otro que le
tiende las manos, con tal de que esté ahí. Mis observacio-
nes y r eflexiones sobre los cambios de las costumbres
sexuales me conducen a concluir que (aparte de la cues-
tión de las diferencias básicas de estructura psíquica
entre los individuos) las normas sexuales cambian conti-
nuamente, pero que la angustia de castración perma-
nece. Simplemente ha hallado nuevos disfraces.
¿En qué consiste la normalidad de la llamada gente
normal? ¿Una persona normal es alguien que necesita
un análisis o alguien que no lo necesita? Están los que
sugieren, no sin razón, que hay que tener una excelente
salud psíquica para poder hacer un psicoanálisis clásico.
La gente que "necesita" psicoanalizarse no es necesaria-
mente analizable. Aunque la experiencia del psicoanáli-
sis t eóricamente beneficiaría más a los "neuróticos nor-
males", esto se predica por el deseo del paciente de
experimentarlo, porque cree que acoge problemas para
los que encontrará respuestas psicológicas. Finalmente,
si es estadísticamente normal ser neurótico, es aún más
normal ignorarlo. Vuelvo ahora a la cuestión planteada
428
                         
hace un momento: ¿es normal cuestionarse, volver a
pensar las ideas recibidas, examinar con atención el
orden establecido, ya sea el que reina en el interior de
uno mismo, el de la família o el del grupo social al cual
pertenecemos? La mayoría de las personas no se plan-
tean tales cuestiones. La óptica del analista, así como la
del analizando, no entra en las normas. Evolucionamos,
nosotros y nuestros enfennos, en una atmósfera rarifi-
cada. ¿Por qué el analista habría de preocuparse de los
que se dicen normales, sobre todo sí su demanda emana
de la idea de que "es normal hacerse analizar"? El obje-
tivo de tal análisis sólo podría ser poner en evidencia un
dolor psíquico ignorado hasta ese momento, hacer que el
otro se torne apto para sufrir. ¿Ansiamos propagar la
peste por el mundo entero?
La normalidad, erigida en ideal, es ciertamente un
síntoma. ¿Pero cuál es el pronóstico?, ¿es curable? No
nos dejamos curar tan fácilmente nuestros rasgos de
carácter. Hay creencias a las cuales nos aferramos más
que a nuestra propia vida. ¿Y si "la normalidad" fuera
una quimera? El estado de autoestima puede facilitar a
una persona mantener su equilibrio psíquico; también
puede hacerla inaccesible al análisis. Además, de todos
los rasgos de carácter narcisista que el hombre pueda
construirse, la reputación de ser "normal" sea  
mente ¡el que aporta más beneficios secundarios! Si la
creencia de los otros en su normalidad es patológica, no
nos da e) derecho de querer abrirles los ojos a todo pre-
cio en cuanto a las máscaras y las mentiras del espíritu.
El análisis se propone como objetivo hacernos descubrir
todo lo que hemos pasado la vida ignorando, hacernos
afrontar todo lo que hay de penoso, de más escandaloso
en el fondo de nuestro ser, no solamente los deseos eróti-
cos prohibidos, sino también nuest ra avidez por todo lo
que no poseemos, nuestra avaricia insospechada, nues-
429
tro narcisismo infantil, nuestra agresividad asesina.
¿Por qué se busca poseer este conocimiento? ¿Quién
trata de cuestionar todo lo que sabe y todo lo que es?
Que el analista se guarde para sí este tesoro cuestiona-
ble, dirán los que viven cómodamente a distancia de su
inconsciente.
En resumidas cuentas, ¿un análisis nos ayuda a
vivir con la gente "normal"? Somos marginales y nos
ocupamos de otros marginales. Si ya no fuera así, si el
psicoanálisis un día cesa de estar al margen de las nor-
mas aceptadas, pues bien, no seguirá cumpliendo su
función.
Si la convicción de "ser normal" es una defensa
caracterial que traba la libertad de pensar, ¿por qué las
personas están afectadas por esa convicción en tan gran
número? ¿Cuáles son los signos, cuál es la causa de esa
aflicción? Tratemos de delimitar mejor la cuestión des-
prendiendo los signos contrarios. Comparo fácilmente la
personalidad llamada normal tanto desde el punto de
vista estadístico como del normativo con la personalidad
creativa. La mayoría de las personas no son de ningún
modo creativas, en el sentido común del término. Pero
en una perspectiva más amplia, debemos reconocer que
el ser humano siempre crea algo en el espacio que lo
separa del otro, o del cumplimiento de su deseo. Estas
diversas "creaciones" requieren mucha energía, pasión e
innovación como las socíalmente reconocidas. Pueden
tomar la forma de una neurosis, una perversión, una
psicosis o bien una obra de arte o una producción inte-
lectual. Las diferencias clínicas importantes que distin-
guen estas diversas creaciones superan nuestro tema,
pues se trata de la "anormalidad" específica del campo
del psicoanálisis. Mi interés está centrado ahora en los
sujetos que aparentemente nada crean, ya sea sublime o
patológico. Sino que en realidad han creado la coraza
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protectora que llamamos anormalidad. Ese individuo
respeta las ideas recibidas así como respeta las reglas de
la sociedad, y no las transgrede nunca, ni siquiera en su
imaginación. La fragancia nostágica de la madeleine de
Marcel Proust no despierta nada en él, y no perderá el
tiempo en busca del tiempo perdido. Pero a pesar de
todo ha perdido algo precioso. Al construir su sólido
muro de normalidad, la riqueza de la fantasía parece
estar ausente; o quizá más cerca de la verdad de que ese
muro restrictivo mantiene al sujeto fuera de contacto
consigo mismo y con la vida imaginativa.
Los niños, que lo cuestionan todo, que imaginan lo
inimaginable antes de ser "normalizados", en contraste
con la mayoría de los adultos son sabios, auténticos ere·
adores y formulan preguntas creativas. Reaparece en mí
un recuerdo lejano: mi hijo, de tres años, me mira servir
el té. "¡Eh, mamá! ¿por qué el té se queda en pie en la
taza cuando lo vuelcas desde la tetera?" Yo veía, como si
fuera la primera vez, la columna de té que, efectiva-
mente, se quedaba "de pie" entre la tetera y la taza. Por
añadidura me sentí incapaz de formular una explica·
ción. ¿Por qué en la mayoría de nosotros, adultos, ese ojo
infantil renuncia a su búsqueda apasionada? ¿En qué
momento caen los tabiques, y qué es lo que determina el
alcance de su opacidad o de su transparencia? La
mirada asombrada del niño pequeño, fija en la columna
de té, ya se ha separado del cuerpo materno y de sus
misterios. Ya comienza a comprender que su mundo
halla inconvenientes cuando él dirige su mirada y sus
preguntas a las columnas de agua que salen del cuerpo,
y aún más, a la columna fálica del padre, a la que le
falta a la madre, y a su conjunción impensable. Las
interdicciones no aciertan en el espíritu del hombre. Si
no logra desviar su mirada y crear nuevos vínculos sim-
bólicos, corre el riesgo de bajar para siempre los ojos ávi-
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dos de la infancia. Todos tenemos sectores cerrados
donde la luz de la pregunta y de la duda no penetra,
donde los vínculos de ideas y percepciones ya no se esta-
blecerán. ¿Quién, en la edad adulta, sigue siendo capaz
de cuestionar lo evidente? ¿De dibujar con la ingenuidad
sofisticada del niño? ¿De ver en lo cotidiano lo fantástico
que los otros ya no ven? ¿Un Einstein tal vez, un Pi-
casso, un Freud?
Sólo algunos artistas, músicos, escritores y científi-
cos escapan a la ducha fría de la normalización que el
mundo vierte sobre ellos: ¿Cada niño debe transitar ese
camino, tomar su lugar en el orden de todas las cosas, al
precio de la pérdida de ese tiempo mágico en el que pen-
samientos, fantasías y sentimientos eran al fin posibles,
representables? Conservar la esperanza de cuestionarlo
todo, de trastocarlo todo, de cumplirlo todo, es un desa-
fío a las leyes que regulan las relaciones humanas. Es
aquí donde todo arte, todo pensamiento innovador, toda
creación, constituyen una transgresión. De todos noso-
tros, ¿quién está siquiera a la altura de la creatividad de
sus propios sueños? Algunos genios y algunos locos tal
vez.
Y están aun aquellos que no saben más soñar. Si el
psicótico borra la distinción entre lo interno y lo externo,
entre el deseo y su cumplimiento, las más enfermas de
estas personas normales bloquean la ínterpenetración
de esos dos mundos; el fluido de la vida psíquica no cir-
cula más. Lo insólito, lo inquietante ya no tendrán
acceso al pensamiento consciente. Al igual que das
Unheimliche -que Freud hace derivar de su contrario,
lo familiar- la normalidad, siguiendo la misma trayec-
toria, se acerca cada vez más a lo opuesto, a lo que es
"anormal", en la medida en que esta cualidad del yo,
este sentido común que sabe distinguir lo exterior del
interior y el deseo de su realización, se aleja del mundo
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de lo imaginario para orientarse únicamente hacia la
realidad externa, fáctica y desafectada, hasta crear una
dislocación de la función simbólica, y abrirse así la
puerta peligrosa a la explosión de lo imaginario en el
cuerpo mismo.
Es evidente que el niño, que aún no conoce las "nor-
mas" de la vida, si espera un día ocupar su sitio en la
sociedad de adultos, deberá sufrir poco a poco el efecto
normalizador del entorno, con sus ideales y sus interdic-
ciones. Pero un dominio demasiado grande del yo social,
hiperrazonable y sobreadaptado, no es mucho más dese-
able que una predominancia de las fuerzas pulsionales
desencadenadas. Es difícil de precisar el punto en que la
"norma" se convierte en la argolla del espíritu y en el
cementerio de la imaginación. No cabe duda de que se
origina en la relación primordial del niño con el pecho
materno, allí donde también se origina el primer acto
creador del sujeto: su capacidad de alucinar ese universo
materno y recrearlo dentro de sí para ayudarlo a sopor-
tar la realidad intolerable de su ausencia y alteridad.
¿Es posible que algunos, tal vez muchos, renuncien
demasiado pronto a su omnipotencia mágica de su
megalomanía infantil, se deshagan demasiado rápido de
sus objetos transicionales, resuelvan demasiado bien su
problemática edípica incestuosa?
A la dificultad de "ser", siempre es posible responder
con una sobreadaptación al mundo real. Todo amenaza
entonces con pasar en circuito cerrado. La fuerza crea-
dora, desordenada, se quiebra contra esa coraza que
pone en peligro la vida misma. Raspamos un poco esa
corteza que rodea a los "que-están-demasiado-bien-en-
su-piel", ¿y qué hallamos? ¿Una psicosis en potencia? No
cabe duda de que la "normalidad", erigida en ideal, es
una psicosis bien compensada. Hay muchas pruebas que
apoyan la hipótesis de que los accidentes psicóticos y
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psicosomáticos están disimulados en una "normalidad"
no censurable, y que el mantenimiento de esta defensa
caracterial es azarosa para la salud ante el estrés repen-
tino.
No diré, sin embargo, que el psicoanálisis no puede
aportar nada a los "supernormales". El trabajo analítico
es un proceso creador y esos sujetM llevan en ellos mis-
mos todos los elementos para n ear su analista y su
aventura psicoanalítica, como cualquier otro. Cuando se
internan en un psicoanálisis, si nada se crea, tal vez sea
porque nosotros no hemos sabido oír su llamado.
Digamos también, en beneficio de este ser "normal",
que él es el pilar de la sociedad, y que sin él la estruc-
tura social estaría en peligro. Jamás derribará al Reino,
y morirá de igual manera por la República. Su epitafio:
"Nació hombre y murió plomero". ¡Pero ojo! ¿Por quién
doblan las campanas? ¿Por ellos, por mí, por ti? Noso-
tros también corremos el riesgo de morir "psicoanalis-
tas". Esta suerte nos acecha a todos. El psicoanalista
que se creyera "normal" y se atribuyera el derecho de
preconizar "normas" a sus analizandos, amenazaría con
ser muy tóxico para ellos. Ahora bien, según Freud
(1910), ningún analista conducirá a sus analizandos
más lejos que quien ha desarrollado por sí mismo la
capacidad de cuestionarse.
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