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crónicas de deporte
El futbolista más
viejo del mundo

Robert Carmona había
acompañado a su hija al shopping
center para comprarle un libro para
el liceo. Entraron a una librería y
Robert hizo lo que nunca: tomó
un libro. Era el Libro Guinness de
los Récords. Buscó en el índice
y fue directo a las páginas que
le importaban, las de fútbol. Vio
quién tenía el gol más tempranero,
el jugador expulsado más rápido
y quién hizo el gol desde más
lejos, hasta que llegó al futbolista
más veterano que todavía jugaba
ofcialmente. Cuando vio que ese
récord lo ostentaba Marco Ballota,
volante de Lazio, con 43 años,
se sorprendió como Caperucita
Roja cuando vio a su abuelita tan
distinta. “Si yo me pongo de nuevo
los cortos el año que viene, con 49,
y jugando en el club decano de
Uruguay, ese récord es mío”, pensó.
Así nació la quijotada de este
hombre que nació para ser
futbolista en la medianía, aunque
él se sienta tan feliz y su rostro
lo demuestre tan poco. Desde ese
día, Carmona tiene una idea fja:
sacarle el récord a Ballota y que
en el mundo entero se hable de él.
***
Carmona es el director deportivo,
mánager, entrenador, preparador
físico, équipier y hasta aguatero
de Albion Fútbol Club, un club
malhadado de la divisional C
de Uruguay que se jacta de ser
el verdadero decano del fútbol
uruguayo, para romper las
discusiones histéricas de Peñarol
y Nacional. Desde 2010, también
es futbolista del cuadro, un volante
de creación lento pero criterioso.
Hoy Carmona no corre, trota.
Cuando le pasan el balón, da la
impresión que piensa más de la
Publicado: 24 noviembre
2011 en César Bianchi
Etiquetas: Fútbol, Robert Carmona,
Soho, Uruguay
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
cuenta, que debe esforzarse para
rematar y que se esmera en ser
atinado con el destino del mismo.
Los rivales lo marcan como con un
respeto excesivo, como con miedo
a lesionarlo y cortar su dilatada
carrera en un santiamén. Desde
afuera, la tribuna lo alienta con
tibieza y hasta candor. A Carmona
no se lo insulta, se lo mima.
Albion fue fundado el 1 de junio
de 1891 y, dicen, la selección
uruguaya jugó por primera vez
con la camiseta azulgrana de este
equipo fundacional antes de la era
celeste. Desde entonces, milita
en su reducto histórico: la tercera
división del fútbol uruguayo, un
gran agujero negro donde los
jugadores llegan de sus trabajos
para ponerse a jugar malcomidos
y les rezan a todos los santos
para que los vea un cazatalentos.
El DT y hombre orquesta de
Albion llegó en 2004 para “hacer
y deshacer”, tal lo que acordó
con el presidente del club,
Fernando Chaínca. Lo increíble
es que no arregló una paga, por el
contrario: Carmona pierde plata
con el cuadro, unos 500 dólares
mensuales entre pagar fchajes
de jugadores, comprar pelotas,
pagar traslados y comidas a los
jugadores una vez por semana. En
Albion se siente cabeza de ratón.
Carmona se parece al actor Viggo
Mortensen, pero más triste. Ha
vivido, desde que tiene memoria,
por y para el fútbol, pero este ha sido
muy ingrato con él. O eso parece.
Él dice que no, que siente que ha
cumplido y se siente realizado. La
última vez que cobró un sueldo
como futbolista fue en 1997, en
un equipo de la ciudad de Young.
En los ochenta jugó en varios
equipos de Montevideo, pero
siempre en tercera o cuarta división,
luego pasó al Municipal Limeño
de El Salvador hasta que en 1988
se fue a jugar a Estados Unidos.
Esa fue, según él, su época dorada:
en el fútbol semiprofesional gringo
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crónicas de deporte
jugó en el Boys Club de la liga de
equipos portugueses, pero donde
más se lució fue en Los Imperiales
de Nueva Jersey donde, dice, fue
elegido como “uno de los mejores”
jugadores del torneo en 1993.
Un año después jugó en la
selección uruguaya… de
inmigrantes de Nueva Jersey. “Por
aquellos años jugaba allá porque
se pagaba muy bien, a veces mil
dólares por partido más viáticos,
y cuando había receso me venía
a jugar a Uruguay, a cuadros del
interior. En la Liga Fernandina
(del departamento de Maldonado)
me pagaban 300 dólares por
partido en aquel momento. Así
pude comprar mi casa, mi auto,
ayudar a mi esposa para que se
recibiera”, dice él con orgullo.
Hoy su mujer es pediatra
neonatóloga y es la que mantiene
el hogar, porque Carmona no tiene
ingresos del fútbol, y no quiere
dedicarse a otra cosa. Quiere
seguir dirigiendo y jugando
en un equipo que lleva treinta
personas —los familiares de los
jugadores— a las canchas, que
tienen más barro duro que césped
y más policías que afcionados.
En la C no hay alcanzapelotas ni
vendedores de chorizos al pan.
Carmona se consuela con
pequeños logros que, para
otro, podrían ser frustraciones.
Ascendió a Deportivo Colonia a
la primera división de Uruguay,
pero luego de la clasifcación
lo echaron (“cosas del fútbol”,
explica enigmáticamente) y ha
representado a jugadores que
sí llegaron al profesionalismo,
“como Heber Collazo, que
ahora está en Peñarol, y
lastimosamente lo perdí”.
No solo eso. Una vez con Albion
dejaron afuera de la lucha por el
título a Platense al ganarle 3 a 2,
otra vez le ganaron 4 a 2 a Boston
River y lo obligaron a jugar
fnales contra Oriental de La Paz.
Dirigiendo a la cuarta de Albion
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una vez llegó a la fnal. Y perdió.
En su hoja de vida suma otros
asteriscos de dudosa reputación:
fue captador de talentos durante
seis meses en Tristán Suárez
de Buenos Aires junto a Diego
Maradona (una foto lo muestra a él
sonriendo frente a la cámara, Diego
mirando para otro lado), trajo al
hijo de un conocido periodista
chimentero argentino a jugar a
Albion y apadrinó a jugadores
japoneses, que fueron a La Luz en
la divisional B y Racing, en la A.
Los jovencitos nipones que pasaron
sin pena ni gloria por Uruguay
fueron el arquero Ryota Zama y el
delantero Hideki Kakita, a quien
todos llamaban por su apellido.
***
En julio de 2009 lo entrevisté
para una crónica sobre la
segunda división amateur, como
pomposamente se llama la ex
C. Le pregunté cómo estaba el
histórico Albion, uno de los ocho
clubes más añejos del mundo,
y me contestó: “En el horno.
Está arruinado, impresentable,
destruido. Es una vergüenza
que en este país futbolero dejen
morir a la institución fundadora
del fútbol uruguayo. Sería bueno
que el ministro de Deportes y
las autoridades no miren solo a
la A o a la B e hicieran valer en
la FIFA el nombre del club más
antiguo del país”, se despachó.
Su equipo iba último y estaba por
enfrentar al primero, Coraceros
Polo Club. Carmona me dijo:
“Está vivo gracias a que Carmona
hace lo que hace con un grupo de
muchachos”. Ese día al entrenador
le faltaban seis titulares: algunos
estaban sancionados, otros
lesionados y otros no habían podido
ir porque tenían que trabajar.
En el vestuario les dio a sus
dirigidos algunas indicaciones.
“Tenemos que parar la línea de
cuatro, como dijimos. Los dos
puntas no pueden dejar que ellos
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crónicas de deporte
salgan con soltura. Tenemos que
manejar el cero en nuestro arco,
¿eh, Torena?”, le dijo al arquero.
Se jugaba el Clausura, era el
partido revancha del Apertura
en el que habían caído 8 a 0.
Mientras los jugadores entraban
a la cancha, Carmona hizo una
predicción, esa tarde perderían
15 a 0. No le erró por mucho:
su equipo cayó 12 a 0, y —se
sabe— Torena no supo “manejar
el cero” en su arco. El chico se fue
desconsolado; quería llegar a jugar
en Peñarol en algún momento.
Al año siguiente y con Carmona
ya como jugador (DT, y sus otros
roles), Pablo Torena ya no estaba
en el plantel. Es que en un partido
tuvo el tupé de rezongar a Carmona
porque se comió un amague de
un delantero rival, en una jugada
que terminó en gol. “¡Marcá,
Carmona! ¡Acá sos uno más,
eh!”, le gritó el chico al veterano
futbolista. “No, te equivocás, sigo
siendo el técnico”, le contestó, y
lo sacó del equipo en ese instante.
Al terminar la temporada 2010
Albion ya no iba último como el
año anterior sino tercero, contando
desde el último hacia arriba. Pero
Oriental, uno de los dos colistas,
estaba allá abajo porque le quitaron
varios puntos por una sanción
administrativa. Carmona dice que
lo que cambió de un año al siguiente
es que “ahora juega Carmona”,
y manda desde la cancha.
Me lo dice mientras vamos por la
rambla portuaria de Montevideo
en su auto rumbo al penúltimo
partido del campeonato. Estamos
llegando tarde, faltan 15 minutos
y todavía tiene que pasar por su
casa a buscar la indumentaria de
los jugadores. Mientras maneja
llama por su celular a un defensa,
le da la integración y luego le
pregunta quién es el juez. “Bueno,
decile que me aguante que
Carmona está llegando con las
camisetas y la fcha de ustedes,
que no lo suspenda, por favor”.
Ese día él decidió no ponerse entre
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
los titulares por estar lesionado.
Llegó faltando cinco minutos para
el comienzo del partido e intentó
reunir a todos, que se alternaban
para orinar a último momento.
Repartió las camisetas, que en
lugar de patrocinador tienen una
leyenda autopromotora; delante
dicen “R. Carmona. World Record
Guinness 2010” y en la espalda
“Facebook Carmonayalbion”.
“¿Qué querés? Si yo mismo
no me doy para adelante, no lo
va a hacer nadie”, se justifcó.
Nuevamente me permitió escuchar
la charla técnica en el precario
vestuario. “Muchachos, lo
importante es no entrar como locos.
Tenemos que ser conservadores
por nuestro físico, porque no
tenemos un buen entrenamiento.
Andrés, ponete las pilas hoy.
¡Que no te echen hoy, te pido!
Has hecho cosas buenas, pero te
has mandado muchas cagadas.
Vo’, no puede ser que siempre
que viene alguien de la prensa nos
comemos ocho o nueve. ¡No me
hagan pasar vergüenza! Que hoy
el periodista se vaya y diga: ‘Mirá
vos, los de Albion, empataron
0 a 0’…¡por lo menos!”.
La explicación de las catástrofes
esperadas quizás tenga que ver
con el estilo Carmona como
seleccionador de jugadores.
“Conmigo han jugado gorditos,
ha jugado cada uno… Para mí lo
importante es que sean buenas
personas, que tengan valores, que
sean gurises de familia; si juegan
bien, mucho mejor. Pero lo mío
es una obra social”, me había
advertido en el trayecto a la cancha
(decirle estadio al Parque Suero
de Colón sería una hipérbole).
“Yo me iba a cambiar hoy para
jugar, pero estoy recaliente, estoy
requemado, así que prefero
dirigirlos”, les dijo a ellos,
minimizando su tirón muscular.
Se puso al lado de la línea de
cal para esperar el comienzo
del partido y un hincha gritó:
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crónicas de deporte
“¡Pongan a Carmona, che!
¿Dónde está el 10?”. Él giró y
le levantó su pulgar al padre del
arquero de Albion, que dio más
órdenes que el propio técnico.
El primer tiempo terminó solo
1 a 0 en contra, y entusiasmado,
Carmona les dijo en el entretiempo
que estaban jugando bien y debían
seguir así. Al zaguero que le había
pedido que no se hiciera expulsar,
ahora le dio otro consejo: “Meté
un suelazo en alguna pelota
dividida, que no tenés ni amarilla”.
“¿Viste cómo es esto?” Nos
llegaron una sola vez y fue gol.
Esa es mi historia, mi karma, me
patean una vez al arco y es gol”,
me dijo. El partido terminó 4 a 0.
En la vuelta a casa, Carmona me
fue contando su vida como jugador,
técnico y dirigente de entrecasa:
contó que había abandonado
el secundario para dedicarse al
fútbol, que desde chico siempre
le pedía a Papá Noel una pelota,
que en el semiprofesionalismo
estadounidense la “rompió” (“tenía
buen dominio del balón y una
buena pegada, que aún conservo”)
y desde 2004 con Albion quiso
liderar una obra social para
recuperar chicos de la droga.
Al llegar a un semáforo, un hombre
que limpiaba parabrisas le pidió a
los gritos una moneda y le hacía
gestos elocuentes. “Ese muchacho
jugó conmigo en Estados Unidos,
mirá vos… Ni paré porque
me tiene una hora hablando”.
Las cosas del fútbol, pensé.
***
Mientras esperaba el último
partido del campeonato para ver
jugar a Robert Carmona, les di un
vistazo a los videos que su mujer
había editado con imágenes de
algunos encuentros en busca del
récord y las entrevistas que había
concedido a diversos medios. Noté
en la cancha lo mismo que en sus
palabras: una nobleza encantadora,
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
sacrifcio y buenas intenciones.
Además de cinco videos me dejó
dos biblioratos llenos de recortes de
diarios, fchas de los partidos con
las integraciones, los cambios y las
tarjetas sacadas, y hasta el correo
de respuesta que le dio el Record
Management Team del Guinness
World Records, una respuesta
automática que dejaba constancia
de haber recibido su pedido
y que, prometían, atenderían
oportunamente. En una de las
carpetas decía que Carmona había
convertido 65 goles en su carrera,
que había ejecutado 59 penales
(44 transformó en gol y erró 15) y
lo habían expulsado cuatro veces.
Por esos días hablé nuevamente
con el volante, que en abril de este
año cumplió 49 años y, asegura,
seguirá jugando. Me contó de su
proyecto social “Hacele un gol
a la vida” (inicialmente “Hacele
un gol a la droga”): él le pidió
apoyo al Estado para salir al
interior del país a predicar su
ejemplo de profesionalismo
ante los niños. La idea madre
es contarles a los más pequeños
que se puede llegar a tener casi
cincuenta años y seguir jugando
semiprofesionalmente al fútbol
si durante la carrera se evitaron
la noche, el alcohol y las drogas,
como él hizo. En sus palabras:
“Quise volcar mi experiencia
para que tengan la oportunidad
de ver al jugador más viejo del
mundo en busca del Guinness,
sin necesidad de sustancias. Doy
charlas, les frmo autógrafos y
me saco fotos con ellos. Después
transporto una canchita portátil
de 20 x 8 y hacemos un picadito.
Carmona y sus muchachos
se visten y pateamos al arco,
hacemos jugadas, pateamos
penales y hasta discutimos
con un juez, como si fuera un
show, para que se diviertan”.
Para tal iniciativa, Carmona contó
con el patrocinio de Presidencia
de la República (el presidente José
Mujica lo felicitó por carta) y la
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crónicas de deporte
Junta Nacional de Drogas, y fue
declarada de interés ministerial por
las carteras de Deportes, Trabajo y
Transporte. Él no gana nada, dice,
más que ofrecer su testimonio. A las
intendencias de los departamentos
que visita solo les pide una sala
para brindar la conferencia y
frmar autógrafos, una comida para
los jugadores y un cuarto de hotel
para él, porque los muchachos
se vuelven a Montevideo tras
el show en césped sintético.
El domingo 19 de diciembre era el
gran día para ver en acción a este
10 “de buena pegada”. Cuando
íbamos camino a La Bombonera,
la cancha de Basáñez (que solo en
el nombre se parece a la de Boca),
me hizo su confesión reprimida.
“Mirá que no vamos a jugar,
no nos presentamos”. Carmona
había tenido una discusión con
el presidente Chaínca, quien no
le quiso dar dinero para llevar a
almorzar a los jugadores después
del partido, y él, harto de los
problemas, decidió no presentar
a Carmona y sus muchachos.
Así las cosas, mientras los
jugadores iban llegando a la
cancha ignorando la noticia
y esperando las camisetas
con el doble patrocinador
de Carmona, aprovechó
para hablar, dentro del auto.
—¿Alguna vez quisiste
llegar a ser otra cosa?
—Jamás. Yo digo que nunca
trabajé, y después aclaro que
soy futbolista. Me tracé esa
meta desde chiquito. Yo era
elegido en la escuela, en el
liceo, en los cuadros de barrio.
—¿Te sentís frustrado por no haber
llegado más lejos, considerando
que siempre fue tu vocación?
—Creo que hice todo bien. Quizá
no tuve la suerte, no acerté cuando
fui a algunos equipos que no
debí haber ido, pero nunca me
dijeron que jugaba mal. Por el
contrario, elogiaban mi juego, mi
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
zurda, era endiablado. Siempre fui
profesional, me dediqué por entero.
—¿Qué te faltó para
llegar al profesionalismo,
a un equipo importante?
—Contactos y suerte. Y hay mucha
competencia en mi posición, yo soy
10. Pero estoy feliz con mi carrera.
Hoy me mantiene mi esposa, pero
mis hijos van a colegio privado.
Lo que tengo lo logré con el fútbol,
y los viajes que hice también.
—¿Por qué seguís jugando?
—Porque es mi vida, es mi pasión.
Yo veo que estoy bien. El día que
lo deje, voy a extrañar. No sé qué
hacer un domingo si no voy a una
cancha de fútbol. Dejé bailes,
salidas, cumpleaños, todo por esto.
—¿Cuándo pensás retirarte?
—Eso lo dejo en manos de Dios.
Mientras el cuerpo aguante, jugaré.
Hoy cumpliría el partido número
13 y de acá me voy al médico para
comenzar un tratamiento para las
piernas, en las que tengo muchas
operaciones, para ponerme a
punto para el torneo que viene.
—¿Qué pasó con el Guinness?
¿Qué te han vuelto a decir?
—Mi señora, que sabe inglés,
habló con ellos. Le dijeron que
acumulara información y siguiera
compitiendo. Así lo hicimos. Dos
meses después me pidieron más
material y se lo envié. Hasta que un
día me dijeron que sinceramente
los torneos de la UEFA en
Europa tenían mucho más peso
que Uruguay en lo político. Me
dijeron que necesitaría el apoyo
institucional de la Asociación
Uruguaya de Fútbol. Le pedí una
entrevista a Sebastián Bauzá, el
presidente, pero todavía no me la
dio. Guinness es muy importante,
pero ahora quiero llegar a la
Confederación Sudamericana de
Fútbol y después a la FIFA. Hasta
la FIFA no paro, porque no hay un
jugador de fútbol en actividad con
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crónicas de deporte
49 años de edad. Me lo merezco.
Terminó de decirlo y bajó del
auto para comunicarles a sus
muchachos que no se vistieran,
que ese día Albion no se
presentaría a jugar porque no
había plata para llevarlos a comer.
Cosas del fútbol… tercermundista,
más que subdesarrollado, en el
país que salió cuarto en el mundo.
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
La guerra del fútbol


Luis… había leído un informe del
partido de fútbol entre los equipos
de Honduras y El Salvador. Los
dos países jugaban para ganar el
derecho a participar en la copa
del mundo de 1970 en México. El
primer partido fue llevado a cabo
el domingo 8 de junio de 1969, en
la capital hondureña, Tegucigalpa.
Nadie en el mundo prestó atención.
El equipo de El Salvador llegó a
Tegucigalpa el sábado y pasó una
noche sin dormir en su hotel. El
equipo no pudo dormir porque era
blanco de la guerra psicológica
emprendida por los hinchas
hondureños. Una multitud cercó
el hotel. La muchedumbre lanzó
piedras en las ventanas y hacía
ruido golpeando latas y barriles
vacíos con palillos. Lanzaron
petardos unos después de otros.
Alinearon vehículos y tocaron
sus bocinas parqueados delante
del hotel. Los hinchas silbaron,
gritaron y cantaron canciones
hostiles. Esto duró toda la
noche. La idea era que un equipo
soñoliento, nervioso y agotado
estaría limitado para perder. En
América Latina éstas son prácticas
comunes.
Honduras derrotó el día siguiente
por uno a cero al soñoliento equipo
de El Salvador.
Amelia Bolaños de dieciocho años
de edad estaba sentada delante del
televisor en El Salvador cuando
el delantero hondureño Roberto
Cardona anotó el gol en el minuto
fnal. Ella se levantó y corrió al
escritorio donde estaba la pistola de
su padre y se disparó en el corazón.
`La joven no pudo soportar ver
a su patria perder,’ escribió un
periódico de El Salvador el día
siguiente. Toda la capital participó
Publicado: 19 octubre 2011
en Ryszard Kapuscinski
Etiquetas: El Salvador, Fútbol, Guerra,
Honduras
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crónicas de deporte
en el entierro televisado de Amelia
Bolaños. Una guardia de honor del
ejército marchó con una bandera
al frente del entierro. El presidente
de la república y sus ministros
caminaron detrás del ataúd
cubierto con una bandera. Detrás
del gobierno venía la oncena del
equipo salvadoreño que había sido
abucheado, burlado y escupido en
el aeropuerto de Tegucigalpa, y
que había vuelto a El Salvador en
un vuelo especial de esa mañana.
Pero el partido de vuelta de la serie
tendría lugar en San Salvador una
semana después, en el estadio con
el bonito nombre de Flor Blanca.
Esta vez el equipo hondureño
pasó una noche sin dormir. La
muchedumbre rompió todas
las ventanas del hotel y lanzó
adentro huevos podridos, ratas
muertas y trapos que apestaban.
Los jugadores fueron llevados al
estadio en vehículos blindados de
la primera división mecanizada –
que los protegió de la venganza y
de morir en manos de la multitud
que alineó la ruta–, llevando
las fotos de la heroína nacional
Amelia Bolaños.
El ejército rodeó el estadio. En
la cancha se apostó un cordón
de soldados de un regimiento
de la Guardia Nacional, armado
con sub ametralladoras. Al
ejecutarse el himno nacional de
Honduras la muchedumbre rugió
y silbó. Después, en vez de la
bandera hondureña –que había
sido quemada delante de los
espectadores, enloquecidos de
alegría– los anftriones colocaron
un trapo sucio, hecho andrajos
encima del asta de la bandera. Bajo
tales condiciones los jugadores
de Tegucigalpa, no tenían, por
razones comprensibles, sus mentes
en el juego.Tenían sus mentes en
salir vivos. Fuimos`terriblemente
afortunados al perder,’ dijo con
alivio el entrenador visitante
Mario Griffn.
El Salvador ganó tres a cero.
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
Los mismos vehículos blindados
llevaron al equipo hondureño
directo desde el estadio al
aeropuerto. Un destino peor
aguardaba a los hinchas visitantes.
Pateados y golpeados, huyeron
hacia la frontera. Dos de ellos
murieron. Más llegaron al
hospital. Ciento cincuenta carros
hondureños fueron quemados.
La frontera entre los dos países
fue cerrada algunas horas más
adelante.
Luis leyó sobre todo esto en el
periódico y dijo que iba a haber
una guerra. Él había sido reportero
durante mucho tiempo y sabía su
ofcio.
En América Latina, dijo, la frontera
entre el fútbol y la política es vaga.
Hay una lista larga de gobiernos
que han caído o fueron derrocados
después de la derrota del equipo
nacional. Los jugadores del equipo
perdedor son tratados como
traidores en la prensa. Cuando
Brasil ganó la copa del mundo
en México un colega mio del
Brasil se puso triste: ‘el régimen
militar’, dijo, ‘ puede estar seguro
al menos con otros cinco años de
tranquilidad.’ En la ruta al título,
Brasil ganó a Inglaterra. En un
artículo con el título ‘Jesucristo
defende a Brasil’, el diario de
Rio de Janeiro Jornal dos Sportes
explicó así la victoria: ” siempre
que la bola llegó a nuestra meta y un
gol parecía inevitable, Jesucristo
sacó su pie de las nubes y despejó
la bola.” Dibujos acompañaron el
artículo, ilustrando la intervención
supernatural.
Cualquiera puede perder su vida
en el estadio. En el partido en que
México perdió con Perú, 2-1, un
mexicano enojado gritó “¡Viva
México!”y fue muerto, masacrado
por la muchedumbre. Pero las
emociones exaltadas encuentran
a veces otras salidas. Después
que México ganó a Bélgica 1-0,
Augusto Mariaga, el guardia de
una prisión de máxima seguridad
en Chilpancingo (estado de
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crónicas de deporte
Guerrero, México), llegó a delirar
con alegría y corrió alrededor
disparando una pistola al aire y
gritando, `¡Viva México!’ abrió
todas las celdas, liberando a 142
criminales peligrosos. Una corte
lo absolvió, y según el veredicto,
` actuaba en exaltación patriótica.’
“¿Piensas que vale la pena ir a
Honduras?” Pregunté a Luis,
que entonces editaba la seria
e infuyente revista semanal
Siempre .”Creo que vale la pena”,
respondió, “algo va a suceder.”
La mañana siguiente ya estaba en
Tegucigalpa.
Al anochecer un avión voló sobre
Tegucigalpa y arrojó una bomba.
Todos la oyeron. Las montañas
cercanas repitieron el eco del
violento estallido de modo que
algunos dijeron más adelante que
una serie entera de bombas habían
caído. El pánico barrió la ciudad.
La gente huyó a sus casas; los
comerciantes cerraron sus tiendas.
Los carros fueron abandonados en
el centro de la calle. Una mujer
corrió a lo largo del pavimento,
gritando, `¡Mi niño! ¡Mi niño!’
Luego hubo silencio y todo quedó
quieto. Era como si la ciudad
hubiera muerto. Las luces se
apagaron y Tegucigalpa se hundió
en la oscuridad.
Corrí al hotel, entré a mi cuarto,
puse papel en la máquina de
escribir e intenté escribir un
despacho a Varsovia. Intentaba
moverme rápidamente porque
sabía que en ese momento era el
único corresponsal extranjero allí
y que podría ser el primero en
informar al mundo sobre el inicio
de la guerra en América Central.
Pero estaba oscuro en el cuarto
y no podía ver nada. Encontré
camino abajo a la recepción,
donde me prestaron una candela.
Regresé arriba, encendí la candela
y encendí mi radio transistor. El
locutor leía un comunicado ofcial
del gobierno hondureño sobre el
comienzo de hostilidades con El
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
Salvador. Entonces vinieron las
noticias de que el ejército de El
Salvador atacaba Honduras a todo
lo largo de la línea fronteriza.
Comencé a escribir:
TEGUCIGALPA (HONDURAS)
PAP 14 DE JULIO VÍA LA RADIO
TROPICAL RCA HOY A LAS
6 DE LA TARDE COMENZÓ
LA GUERRA ENTRE EL
SALVADOR Y HONDURAS
LA FUERZA AÉREA DE EL
SALVADOR BOMBARDEÓ
CUATRO CIUDADES
HONDUREÑAS STOP AL
MISMO TIEMPO EL EJÉRCITO
SALVADOREÑO CRUZÓ LA
FRONTERA HONDUREÑA
TRATANDO DE PENETRAR EN
EL PAÍS STOP EN RESPUESTA
A LA AGRESIÓN LA FUERZA
AÉREA DE HONDURAS
HA BOMBARDEADO
IMPORTANTES OBJETIVOS
ESTRATÉGICOS E
INDUSTRIALES Y FUERZAS
TERRESTRES INICIARON
UNA ACCIÓN DEFENSIVA.
En este momento alguien en la
calle comenzó a gritar”¡Apaga
la luz!” repetidamente, más y
más alzando la voz con mayor
agitación. Soplé la candela.
Continué escribiendo ciegamente,
por el tacto, encendiendo un
fósforo al tocar las teclas.
LOS INFORMES DE
RADIO DICEN QUE HAY
LUCHA A LO LARGO DE
LA FRONTERA Y QUE EL
EJÉRCITO HONDUREÑO ESTÁ
INFLINGIENDO FUERTES
PÉRDIDAS AL EJÉRCITO
DE EL SALVADOR STOP EL
GOBIERNO HA LLAMADO A
TODA LA POBLACIÓN A LA
DEFENSA DE LA NACIÓN
QUE ESTÁ EN PELIGRO Y HA
LLAMADO A LA ONU PARA
QUE CONDENE EL ATAQUE.
Desde temprano en la mañana
la gente había estado cavando
trincheras y erigiendo barricadas,
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crónicas de deporte
preparándose para un ataque. Las
mujeres almacenaban provisiones
y protegían sus ventanas con cinta
adhesiva. La gente corría cruzando
las calles sin dirección; reinaba
una atmósfera de pánico. Brigadas
de estudiantes pintaban enormes
lemas en las paredes y muros. Una
burbuja de graftis había estallado
sobreTegucigalpa, cubriendo las
paredes con numerosas consignas.
SOLO UN IMBÉCIL SE
PREOCUPA NADIE ATACA A
HONDURAS
Ó:
TOME SUS ARMAS Y VAMOS
MUCHACHOS A DESTRIPAR
A ESOS SALVADOREÑOS NOS
VENGAREMOS DEL TRES A
CERO
PORFIRIO RAMOS DEBE
ESTAR AVERGONZADO POR
VIVIR CON UNA MUJER DE EL
SALVADOR
CUALQUIERA QUE VEA A
RAIMUNDO GRANADOS QUE
LLAME A LA POLICÍA ES UN
ESPÍA DE EL SALVADOR
Los latinoamericanos tienen
obsesión con los espías,
conspiraciones y complots.
En guerra, cada uno es quinta-
columna. Yo no estaba en una
situación particularmente cómoda:
la propaganda ofcial en ambos
lados culpaba a los comunistas por
cada desgracia, y yo era el único
corresponsal en la región de un
país socialista. Incluso así pues,
quería ver la guerra hasta el fnal.
Fui al correo y pedí al operador
del Telex que me acompañara para
una cerveza. Estaba temeroso,
porque, aunque él tenía un padre
hondureño, su madre era una
ciudadana de El Salvador. Era
un nacional mezclado y estaba
entre los sospechosos. No sabía
que sucedería después. Toda la
mañana la policía había estado
reuniendo salvadoreños en
campos provisionales, a menudo
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
en estadios. En América Latina,
los estadios desempeñan un papel
doble: en tiempo de paz son
lugares de deportes; en guerra se
vuelven campos de concentración.
Su nombre era José Málaga,
y tomamos una bebida en un
restaurante cerca del correo.
Nuestro estado incierto nos había
hermanado. José telefoneaba a
menudo a su madre, que estaba
encerrada en su casa, y decía
“mamá, todo está bien. No han
venido por mí. Todavía estoy
trabajando.”
Por la tarde otros corresponsales
llegaron desde México, cuarenta
de ellos, mis colegas. Habían
volado a Guatemala y alquilaron
un autobús, porque el aeropuerto
en Tegucigalpa estaba cerrado.
Querían ir al frente. Fuimos al
palacio presidencial, un edifcio
azul brillante, feo, de principios
del siglo, en el centro de la ciudad
a arreglar el permiso. Habían
nidos de ametralladoras y sacos
de arena alrededor del palacio, y
armas antiaéreas en el patio. En
los pasillos adentro, los soldados
dormitaban o caminaban alrededor
en uniforme de campaña.
La gente ha estado haciendo la
guerra por miles de años, pero cada
vez es como si fuera la primera
guerra emprendida, como si cada
uno haya empezado de cero.
Un capitán apareció y dijo que era
el portavoz de prensa del ejército.
Le pidieron describir la situación y
dijo que estaban ganando en todo
el frente y que el enemigo sufría
fuertes pérdidas.
“OK” dijo el corresponsal de la
AP, vamos al frente.
Los estadounidenses ya están
alli, dijo el capitán. Van siempre
primero debido a su infuencia –
y porque comandan obediencia y
pueden arreglar las cosas.
El capitán dijo que podríamos ir
al día siguiente, y cada uno debía
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crónicas de deporte
traer dos fotografías.
Fuimos a un lugar en donde
dos piezas de artillería estaban
emplazadas debajo de unos
árboles. Los cañones disparaban
y había municiones en el suelo.
Delante de nosotros podíamos
ver la carretera con dirección a
El Salvador. A ambos lados de la
carretera era pantanoso y más allá
empezaba un denso bosque.
El sudoroso y barbado comandante
en el mando nos dijo que no
podíamos ir más lejos. Más allá
de este punto ambos ejércitos
estaban en acción, y era difícil
distinguirlos. El bosque era
demasiado denso para ver. Dos
unidades opuestas se distinguían
al último momento cuando se
enfrentaban. Además ya que los
dos ejércitos tienen similares
uniformes, poseen el mismo
equipo y hablan el mismo idioma
era difícil distinguir uno de otro. El
comandante nos aconsejó volver a
Tegucigalpa, porque avanzar podía
signifcar morir sin saber quién lo
había hecho (como si importara
eso, pensé.) Pero los camarógrafos
de la televisión dijeron que tenían
que ir a la línea del frente a flmar a
los soldados en acción, disparando
y muriendo. Gregor Straub del
NBC dijo que él tenía que tener
un primer plano del goteo del
sudor de la cara de un soldado.
Rodolfo Carillo del CBS dijo que
él tenía que tener a un comandante
desanimado que se sentaba debajo
de un arbusto y que lloraba porque
había perdido su unidad entera. Un
operador francés deseaba flmar
un panorama con una unidad
de salvadoreños que atacaba a
una unidad de Honduras desde
un fanco, o viceversa. Alguien
quería capturar la imágen de un
soldado que llevaba a su camarada
muerto. Los reporteros de radio
apoyaron a los camarógrafos. Uno
deseaba grabar los gritos de un
herido pidiendo ayuda, al hacerse
débil y más débil, hasta perder
el aliento. Charles Meadows de
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
Radio Canadá deseaba la voz de
un soldado que maldecía la guerra
en medio de un infernal ataque.
Naotake Mochida de Radio Japón
quería el grito de un ofcial que
gritaba a su comandante en medio
del ruido de la artillería – usando
un teléfono de campo japonés .
Muchos decidieron ir adelante.
La competencia es un incentivo
poderoso. Puesto que la televisión
estadounidense iba, también
tenían que ir los servicios de radio.
Puesto que iban los americanos,
Reuters tenía que ir. Excitado por
la ambición patriótica, ya que era
el único polaco en la escena, decidí
unirme al grupo que intentaba hacer
la desesperada marcha. A los que
dijeron tener corazones enfermos,
o estar desinteresados en detalles
ya que escribían comentarios
generales, los dejamos atrás bajo
un árbol…
La guerra del fútbol duró cien
horas. Sus víctimas: 6.000
muertos, más de 12.000 heridos.
Cincuenta mil personas perdieron
sus hogares y cosechas. Muchas
aldeas fueron destruidas.
Los dos países cesaron la acción
militar porque intervinieron los
estados de América Latina, pero
hasta éste día hay intercambios
de fuego a lo largo de la frontera
Honduras – El Salvador, y la gente
muere, y se destruyen aldeas.
Éstas son las razones verdaderas
de la guerra: El Salvador es el país
más pequeño de América Central,
tiene la densidad demográfca
más grande en el hemisferio
occidental (más de 160 personas
por kilómetro cuadrado). Las
cosas están apretadas, y tanto más
porque la mayor parte de la tierra
está en manos de catorce grandes
clanes de terratenientes. El pueblo
incluso dice que El Salvador es
propiedad de catorce familias. Mil
latifundistas poseen exactamente
diez veces más tierra que cien
mil campesinos. Dos tercios de la
población rural no posee ninguna
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crónicas de deporte
tierra. Por muchos años una parte
de los pobres sin tierra ha estado
emigrando a Honduras, donde
hay zonas extensas de tierra sin
cultivar. Honduras (112.492
kilómetros cuadrados) es casi
seis veces más extenso que El
Salvador, pero tiene casi la mitad
de la población (2,500,000). Ésta
fue una emigración ilegal pero fue
mantenida silenciada, tolerada por
el gobierno hondureño por años.
Los campesinos de El Salvador
se asentaron en Honduras,
establecieron aldeas, y crecieron
acostumbrados a una vida mejor
que la que habían dejado detrás.
Llegaron a ser cerca de 300,000.
En los 1960, el malestar comenzó
entre el campesinado de Honduras,
que exigía tierra, y el gobierno
de Honduras pasó un decreto de
Reforma Agraria. Pero puesto
que era un gobierno oligárquico,
dependiente de los Estados Unidos,
el decreto no tocó la tierra de la
oligarquía o de las plantaciones
grandes de banano que pertenecían
a la United Fruit Company. El
gobierno decidió redistribuir la
tierra ocupada por los ocupantes
ilegales de salvadoreños,
signifcando que los 300,000
salvadoreños tendrían que volver a
su propio país, en donde no tenían
nada, y donde, en cualquier caso,
serían rechazados por el gobierno
de El Salvador, temiendo una
revolución campesina.
Las relaciones entre los dos países
eran tensas. La prensa en ambos
lados emprendió una campaña
de odio, llamándose nazis entre
si, enanos, borrachos, sádicos,
agresores y ladrones. Había
programas. Las tiendas fueron
quemadas.
En esas circunstancias había
ocurrido el partido entre Honduras
y El Salvador.
La guerra terminó en un
estancamiento. La frontera siguió
siendo igual. Es una frontera
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
establecida a vista en el bosque,
en terreno montañoso que ambos
lados demandan. Algunos de los
emigrados volvieron a El Salvador
y algunos de ellos todavía están
viviendo en Honduras. Y ambos
gobiernos están satisfechos: por
varios días Honduras y El Salvador
ocuparon los titulares de prensa del
mundo y fueron objeto de interés
y preocupación. El único chance
que los países pequeños del tercer
mundo evocan un animado interés
internacional es cuando derraman
su sangre. Es una triste verdad,
pero así es.
El juego decisivo se realizó en
campo neutral, en México (El
Salvador ganó 3 a 2). Los hinchas
de Honduras fueron colocados a un
lado del estadio, los salvadoreños
al otro lado entre 5,000 policías
mexicanos armados con garrotes.
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crónicas de deporte
El secuestro más
extraño del fútbol
1. (el gol)
Cuando el pasado 23 de enero Yuri
Villarroel marcó un gol histórico
para La Paz Fútbol Club no pensó
que semanas más tarde sería
secuestrado. El suyo fue un tanto
extraño: le pegó ligeramente con el
muslo. Fue su primera diana como
profesional. Y fue la primera vez
que un jugador de la liga boliviana
hacía gol en un partido ofcial en El
Alto, en el estadio Los Andes, uno
de los más elevados del planeta,
a 4.080 metros sobre el nivel del
mar. A esa altitud en otros lugares
no hay ciudades sino montañas. A
esa altitud en países como Suiza
construyen pistas de esquí. Yuri,
sin embargo, hizo aquel mágico
gol como si nada, con la calma de
un notario que estampa su frma en
un contrato.
Fue en el minuto veintiséis del
segundo tiempo, saliendo del
banquillo; después de una falta en
el lateral izquierdo; tras un centro
del argentino Alejandro Molina
que parecía que nunca tocaría el
suelo; tras ese centro envenenado
que efectivamente nunca pisó
suelo; que terminó en la pierna de
Yuri, quien de volea lo introdujo
en la red, tras el portero. En un
parpadeo: visto, no visto. Luego:
silencio, el estallido de la grada,
Yuri corriendo con el grito en la
boca hacia la banda, sin polera.
Allí. Tan arriba. Mirando a toda
la fanaticada. Con un cuerpo en
ebullición ajeno a los diez grados
de temperatura.
2. (el camarín)
Un mes después, en el mismo
lugar, en el mismo escenario, Yuri
siente el frío que no le incomodó
aquel día. Son las ocho de la
noche y dentro, en los camerinos,
Publicado: 2 agosto
2011 en Alex Ayala Ugarte
Etiquetas: Bolivia, El Día D, Fútbol,
Secuestros 0
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
no es sufciente el café hirviendo
para calentarse. Dentro, paredes
blancas, desangeladas. Dentro
las sillas de plástico que usan los
jugadores para cambiarse están
más juntas que de costumbre.
Dentro se consultan los relojes a
cada rato. Dentro algunos hablan
por teléfono; otros dormitan.
Dentro, los secuestrados, los
integrantes de La Paz Fútbol Club:
los futbolistas, el entrenador, el
médico, el masajista, el chofer del
bus que les ha traído. Dentro se
está mejor que fuera. Fuera parece
el fn del mundo.
Afuera, arena y viento: los vientos
del norte que se apoderan de las
calles como si fueran su desagüe.
Afuera, las casas que se repiten:
todas iguales, todas de adobe,
ladrillo descubierto y calamina.
Afuera, Cosmos 79: el barrio
interminable, extenso como una
estepa, rojizo, duro, inexpresivo.
Afuera, los vecinos. Los vecinos
que oyeron por la radio a la
mañana que vetarían su estadio por
inseguro, los vecinos que luego
se movilizaron, los vecinos que
cerraron el recinto con candados,
los vecinos que dijeron: “nadie
entra, nadie sale”. Afuera, el
horizonte, la lejanía, el olvido. A
más de 4.000 metros: el olvido.
Afuera, los hinchas: los hinchas
que secuestraron a su propio
equipo.
3. (cartografías)
Sólo un hincha desesperado
sería capaz de secuestrar a su
propio equipo. En Cosmos 79 los
desesperados fueron más de cien
vecinos. Lo suyo fue un secuestro
silencioso, amable incluso. Sin
armas. Sin aderezos. Un jaque
mate magistral en una sola jugada:
sellaron las puertas una a una y
esperaron nada más a que La Paz
F.C. acabara el entrenamiento.
Fue un catenaccio1 en toda regla.
Genial. Improvisado. La única
manera posible de que un lugar
que no aparece ni en las guías
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crónicas de deporte
de viaje ni en las cartografías
de turista dejara de ser invisible
durante un rato.
—En realidad no se trataba de un
secuestro. Fue pura estrategia. ¿De
qué otra forma podíamos presionar
para que no clausuraran nuestro
campo? —pregunta ahora Roberto
Condori Chura, vicepresidente
del Consejo Central de Juntas
Vecinales de Cosmos 79.
Dice Roberto que, después
de una inspección y varias
remodelaciones, el estadio Los
Andes fue habilitado a principios
de año por la Liga para acoger
partidos ofciales. Que fueron los
mismos vecinos los que llenos
de ilusión arreglaron las duchas,
taparon los agujeros y cercaron
con mallas de seguridad las
instalaciones.
—Todo lo que nos pidieron lo
acondicionamos. Hasta mujeres
había trabajando picota en mano.
Por eso nadie entiende que nos
quieran vetar el estadio. Dicen que
no ofrecemos garantías. Que no
entra gente en nuestras graderías.
Pero aquí no ha muerto nadie. Aquí
pueden venir moros y cristianos.
4. (villas y favelas)
Roberto agarra con la mano
izquierda una agenda de cuero
marrón donde anota lo que ocurre
en el barrio: los reclamos, las
denuncias, los problemas, los
incidentes. Absolutamente todo.
Viste una gabardina negra, zapatos
bien lustrados, camisa blanca y
lentes oscuros para el sol. Aunque
no lo sea, tiene el rostro duro de
los funcionarios. Y una idea clara:
nadie tiene derecho a dejar sin
fútbol de primera a la ciudad de El
Alto.
—Sin Liga, sin partidos —silabea.
Y señala hacia unos jovencitos
que disputan en estos momentos
un campeonato intercolegial en el
estadio, que se mueven aún con
cierta torpeza, que corren detrás
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
de la pelota como si ésta fuera una
liebre inalcanzable.
—¡No lo permitiremos! —
exclama acto seguido—. Nos
están discriminando: estos niños
deberían poder ver aquí (donde
han nacido) a los jugadores que
admiran tanto.
En Cosmos 79, como en las favelas
de Río o en las villas de Buenos
Aires, el fútbol se ha convertido en
una válvula de escape. Los niños
quieren ser aquí como Cristiano
Ronaldo o Leo Messi, los nuevos
rock stars de la enciclopedia
balompédica. Y el hecho de que
una estrella como Messi frmara su
primer contrato en una servilleta
les da esperanza: su historia es la
de un muchacho humilde capaz de
conquistar el mundo bailando en
los terrenos de juego. Les hace ver
que pueden superarse: Messi, que
mide 1.69, anota a veces goles por
encima de gigantes de dos metros.
Quizá por eso el escritor y
periodista mexicano Juan Villoro
dice que “no hay defensas ni
cerraduras que puedan detenerlo”.
El día del secuestro, sin embargo,
en el estadio Los Andes bastaron un
puñado de candados para detener a
un equipo completo. Sólo un par
de juveniles escaparon. “Saltaron
el muro de tres metros”, me diría
semanas después Carlos Eulate,
uno de los custodios del campo. El
resto pensó que se trataba de una
broma cuando alguien apareció
por el camerino para decir que
estaban encerrados. Muchos no
se lo tomaron en serio hasta que
el médico del plantel, Cristian
Guevara, repartió vitaminas A y C
para que no se resfriaran.
5. (número 504)
Dice el periodista Ricardo Bajo
que La Paz F.C. es “un equipo
atípico y casi único en el mundo”.
Con escasa hinchada, con apenas
divisiones inferiores y que entrena
en canchas alquiladas. Dice
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crónicas de deporte
que “es el plantel de una sola
persona”: Mauricio González,
que ha transferido jugadores
en otras épocas a destinos tan
exóticos como Azerbaiyán o
China. Dice también que González
fue presidente de Yacimientos
Petrolíferos Fiscales de Bolivia.
Que luego quiso tener un club y,
como quien va de shopping, “se
compró uno”.
Hoy es un jueves de fnales de
marzo y estoy en frente de una casa
que parece ser una ofcina, frente a
una puerta sin placa, identifcada
nada más que por el número 504.
Entre esa puerta y la casa hay
un patio con una palmera, un
jardinero y un gimnasio personal
un tanto improvisado. Dentro,
en la sala en la que me aguarda
Mauricio González, apenas hay
muebles: sólo algún trofeo, fotos
y una mesa de madera donde está
él, parapetado en una silla. Sin
mirarme, mientras chequea algo
en su laptop, dice que puede darme
veinte minutos. “Soy un hombre
muy ocupado”, anuncia.
Mauricio es un tipo de mediana
edad, alto, robusto, que viste bien
—de traje, con chaqueta a cuadros
y un elegante pañuelo en la
solapa—, que como la mayoría de
sus amigos empresarios consulta
el celular a cada rato.
6. (evasivas)
Con su teléfono celular Mauricio
maneja el pequeño mundo que le
rodea: da órdenes, negocia fchajes
o traspasos, ofrece exclusivas a los
periodistas e interpela de vez en
cuando al cuerpo técnico, porque
es duro admitir que su equipo,
el equipo que más alto patea la
pelota (a 4.000 metros), sea el
que más abajo está en la tabla de
clasifcaciones.
Pero el día que encerraron a su
plantel en el estadio Los Andes
el celular no le sirvió de mucho.
Aquel día tuvo que ir a negociar
personalmente a El Alto.
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
—¿Para que los vecinos soltaran a
los rehenes? —le pregunto.
—No, por Dios, no. No fue un
secuestro.
Mauricio González me dice ahora
que no, que a su equipo no lo
secuestraron.
—Pero no los dejaban salir, los
tenían retenidos en el campo —le
digo.
—No, no, claro que no, mis
jugadores no estaban retenidos —
insiste.
Lo piensa un poco, como si dudara.
Y luego hace énfasis en el fnal de
la frase:
—No, no estaban retenidos —
recalca.
Lo hace, creo, para que me quede
claro.
Después Mauricio me reitera que
todo fue de mutuo acuerdo, que a
los jugadores les llevaron sándwich
y pollos a la broaster para matar el
hambre. Que los dejaron ir antes
de las diez de la noche para que no
enfermaran.
—Los dejaron ir —repito.
—Los dejaron ir —repite.
Los dejaron ir después de que se
calmaran los ánimos. Los dejaron
ir después de que a los vecinos
nadie les hiciera caso.
7. (colorados)
La Paz Fútbol Club se llamaba
antes Atlético González en honor
al padre de Mauricio. Tuvo sus
días de gloria: en 2007 ganó la
Copa Aerosur y ha llegado a ser
subcampeón de Liga. Pero desde
hace un par de años se tambalea en
las últimas posiciones del torneo.
—Hasta hace poco éramos el
tercer equipo de La Paz. Y lo que
necesitábamos era hallar un hogar
en el que se nos quisiera. Porque la
gente de La Paz es muy cariñosa,
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crónicas de deporte
pero tiene un problema: es hincha
de The Strongest o Bolívar —
Mauricio sonríe—. Para mí la
dupla con los alteños es magnífca:
nosotros ganamos afción y ellos
pueden tener fútbol en su casa,
en su estadio. Por eso solicitamos
jugar en la ciudad de El Alto.
Hace algunos años, ante la
ausencia de una barra, Mauricio
hizo gestiones para que una
compañía del regimiento de los
Colorados, con sus bombos y bien
uniformada, les alentara. Quiso ser
un golpe de efecto: los Colorados
suelen ser muchachos altos, bien
plantados, que llaman la atención
porque visten de manera un tanto
extravagante, como soldaditos
de plomo, que forman parte de
la escolta presidencial, es decir,
son los que custodian el Palacio
de Gobierno. ¿Qué mejor recurso
para conquistar las gradas?
Aquella fórmula, sin embargo,
se agotó enseguida. Y ahora,
de momento, La Paz Fútbol
Club es todavía una especie de
prótesis para El Alto, una ciudad
a la que le faltaba esa extremidad
llamada equipo. Porque el idilio
seguramente no se completará
hasta la siguiente temporada,
cuando el plantel azulgrana
cambie de nombre y pase a ser
ofcialmente El Alto Fútbol Club:
el club de El Alto.
8. (los latinos)
Es domingo y en Cosmos 79,
justo en la puerta del restaurante
Los Latinos, hay un futbolín
con dos equipos: The Strongest
y Bolívar. Los futbolistas de
madera —atigrados unos, celestes
otros— están ya pálidos de tanto
uso. Seguramente, después de
haber protagonizado partidillos
memorables entre vecinos.
—¿Y cuándo pintará a los
jugadores de alguno de los dos
equipos de azulgrana? —le
pregunto a Olimpia Mamani, la
dueña del local, de treinta y cinco
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
años—. Al fn y al cabo, son los
colores de La Paz F.C., ¿no ve?,
que ahora representa a El Alto.
Olimpia me regala una sonrisa
a medias. Luego, se encoge de
hombros. No sabe aún cuándo.
Todavía hay muchos bolivaristas y
estronguistas en el barrio.
Cuando The Strongest subió a
jugar a El Alto contra La Paz F.C.
el restaurante Los Latinos estaba
repleto. Se llenó con comensales el
primer piso, el principal, el de las
mesas, el de los colores crema, el
de los platos típicos, el de la cumbia
y la música chicha. Pero también
los que están en construcción: el
segundo, el tercero y el cuarto.
—Me quedé sin sodas. Sin dulces.
Sin cigarros. Sin comida. Sin
cervezas. Me vaciaron el almacén
entero —enumera Olimpia.
Por unos pocos pesos, el edifcio
se convirtió en una gradería
improvisada, en una especie de
tribuna para el pueblo. Allí arriba
había gente de pie y otra sentada
en sillas plásticas: niños, hombres
y mujeres. En medio de la obra
bruta, entre ladrillos.
A metros de Los Latinos había
también personas subidas
sobre camiones, micros y otras
movilidades. Muchos con sus
bufandas apasteladas, apoyando
desde ahí a uno u otro bando, bajo
ese sol tan típico del Altiplano: que
no calienta pero quema.
9. (tucumanas)
De vez en cuando, Gladys Ticona,
cuarenta y ocho años, ofrece
tucumanas al lado del mercado de
Cosmos 79. Hoy es sábado, hay
bastante ajetreo y ella se protege
de la claridad con un sombrero.
Luce además un uniforme azul
cielo que se distingue desde lejos.
Y maneja un carrito móvil en el
que hay tarritos con salsa de maní
y con llajua para que los clientes
acompañen sus empanadas.
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crónicas de deporte
Gladys dice que en el barrio
hay ahora muchas vivanderas
(alrededor de ciento ochenta).
Que los terrenos han subido de
precio desde que construyeron el
estadio. Que los días de partido el
verdadero negocio aquí no es el de
los goles, sino el de la comida.
—Cuando juega La Paz Fútbol
Club algunas compañeras venden
en un día lo que a veces no
despachan en una semana —
asegura.
Una ecuación perfecta. Pero
por el momento —y tras las
nuevas observaciones que le han
hecho al campo: escaso aforo,
barandas débiles, concentración
de materiales áridos, falta de
espacios adecuados para la prensa,
etcétera— los partidos de primera
división han sido un patrimonio
escaso.
Por eso la pujanza no llega
todavía. Por eso dice Gladys que
protestaron.
—No tenemos nada en contra de
los jugadores. Ellos son como
mis hijos. Pero lo que nos está
haciendo la Liga es una injusticia.
Y acá ante cosas así reaccionamos.
Gladys evita llamar secuestro a
lo ocurrido hace unas semanas.
“Incidente —dice—. No hay que
exagerar lo que ha pasado. Eso
nomás fue: un incidente”.
La palabra exacta para ella es
incidente.
—Además —aclara—, antes de
las diez dejamos marchar a todos
los futbolistas por una de las
puertas. Pero a los periodistas no
les avisamos para que se quedaran.
10. (fuera de foco)
Un secuestro comparte con la cita a
ciegas los desenlaces imprevistos.
En 1942, durante la ocupación
alemana, los jugadores del Dínamo
de Kiev, que se encontraban
retenidos, eligieron dar la vida a
perder en su propio campo contra
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
una selección de Hitler. “Si nos
ganan, les matamos”, les dijeron;
y así fue: los torturaron y los
fusilaron (algunos lucían aún los
dorsales de aquel partido cuando
les dispararon). En México, el
jugador peruano Reimond Manco,
del Atlante, tuvo mejor suerte este
año: salió ileso. Porque nunca
hubo secuestro: se lo inventó él
para no confesar que estaba ebrio.
Acá, en Cosmos 79, el objetivo era
simplemente ser noticia: aparecer
en los medios.
Y esta vez sí: el barrio fue por fn
noticia después de mucho tiempo.
Mientras tanto, en los camarines,
los jugadores quedaron en
un segundo plano, fuera de
foco, resignados. Para gente
acostumbrada a los fashes, los
micrófonos y las atenciones estar
casi ocho horas encerradas puede
ser algo terriblemente soporífero.
Aquel día, los futbolistas jugaron
cartas. Escucharon música en
sus teléfonos o en sus iPod. Se
hacían bromas unos a otros.
Descansaban intranquilos
sentados con las piernas estiradas
o sobre la camilla de emergencias.
Y armaban comitivas de dos o
tres personas para acercarse a la
puerta principal a enterarse cómo
iban las negociaciones. Pero las
negociaciones no iban. Mauricio
Méndez, el presidente de la Liga,
no atendía las llamadas. Como
quien apaga la luz apagó su celular
y dio carpetazo al caso.
Cuando bajó la temperatura, el
lugar se transformó en un pequeño
frigorífco en el que cada vez
era más complicado calentar las
articulaciones. No había frazadas.
Y el masajista hizo horas extras de
pierna en pierna.
—Pero entendíamos perfectamente
a los vecinos —dice Richard Rojas,
volante de contención de treinta y
seis años—. Son personas de gran
corazón y querendonas del fútbol.
Protestaron porque nos quieren
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crónicas de deporte
allí, en El Alto. Probablemente, si
no lo hubieran hecho así, nadie les
estaría haciendo caso.
11. (el mercader)
Como muchas otras zonas de El
Alto, Cosmos 79 era antes una
hacienda: Collpani, que comenzó a
urbanizarse en 1979 de la mano de
Benigno Gómez, a quien algunos
apodaban El Mercader de Tierras.
Parece ser que Benigno era el
apoderado de veinticinco colonos
que no sabían leer ni escribir; y
que ellos le encargaron la venta de
sus terrenos.
Hace veinte años en este lugar no
había luz. El agua se conseguía en
pozos. Y los pocos privilegiados
que tenían un televisor lo hacían
funcionar con baterías que hacían
cargar en un barrio cercano. En
aquella época los partidos de
fútbol eran aún un acontecimiento
exótico. Se jugaba por una vaca,
por un toro. A veces, por una llama.
Hoy, en El Alto, las canchas se
improvisan en cualquier esquina
los fnes de semana. El fútbol
es aquí casi una religión que
compite únicamente con las
iglesias evangélicas y con los
más de sesenta campanarios de
estilo renacentista que el sacerdote
alemán Sebastián Obermaier
construyó para que sean lo
primero que uno vea del avión
cuando aterriza. Por eso no debe
extrañar que las dos estructuras
que han sacado a Cosmos 79 del
ostracismo hayan sido la catedral
de Obermaier y el stádium Los
Andes.
La catedral está ubicada sobre un
antiguo cementerio campesino y,
además de ser el principal centro
espiritual de este sector, es un
punto de encuentro, ya que está al
lado del mercado, un tinglado de
tablones y nailones azules en el que
se comercializan fdeos, carnes,
frutas y verduras. El estadio, por
su parte, es un “elefante blanco”.
Según el escritor alteño Marco
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
Alberto Quispe Villca, uno de los
incentivos principales para que
este área deje de ser patio trasero
de la ciudad de El Alto.
Pronto se construirán las curvas y
Los Andes podría albergar a cerca
de veinte mil espectadores, es decir,
a casi la mitad de los habitantes de
este barrio que eligió un nombre
exquisito. Porque Cosmos fue un
célebre equipo de Nueva York
que en las décadas de los 70 y 80
reclutó a futbolistas míticos, como
Pelé o Franz Beckenbauer. Sin
embargo, en estas calles en las que
por el día aún pastan desordenadas
algunas ovejas son pocos los que
conocen este dato histórico.
12. (plus altus)
Plus Altus (más alto) es el lema de
La Paz Fútbol Club; y son pocos los
campos en el mundo que están más
arriba que el estadio Los Andes.
Desde su gradería se impone
un paisaje único: la Cordillera
Real, una cadena montañosa con
picos cosidos uno detrás de otro
y una altura promedio de seis mil
metros. Los afcionados saben
cómo convertir cada partido aquí
en un bonito espectáculo. Pero los
equipos se resisten aún a jugar tan
lejos.
A Cosmos 79 se llega tras media
hora de viaje, en minibús o micro,
desde la Ceja de la ciudad de El
Alto. La Ceja es el límite con La
Paz. Una frontera. El lugar del que
salen todos los caminos (y al que
todos los caminos llegan).
Algunos han llamado a El Alto
la no-ciudad por su apariencia
invisible, porque no tiene
rascacielos, ni calles edulcoradas
con cientos de letreros luminosos
ni otros puntos de referencia tan
típicos de cualquier urbe moderna.
Porque es gris y polvorienta.
Porque está invadida por el
comercio informal y por los perros
callejeros. Pero es en realidad la
ciudad más representativa del país:
poblada por gente de todos sus
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crónicas de deporte
rincones, sobre todo del campo. Y
Cosmos 79 es inevitablemente un
clon perfecto.
En el trayecto hacia este barrio
hay una calle invadida por los
vendedores de madera. Hay
llanterías. Hay avenidas que
parece que no van a terminar
nunca. Hay pintadas que avisan lo
que pasará si un ladrón se acerca:
“Auto sospechoso será quemado”,
se lee en algunas de ellas. De lo
alto de varias luminarias cuelgan
ahorcados muñecos de trapo, sin
rostro, que también sirven de
advertencia a los rateros. Y un mal
giro en esta pampa de asfalto y de
ladrillo provoca con facilidad que
uno se despiste y ponga dirección
hacia otro lado: en su día, por
ejemplo, el Real Mamoré, primer
plantel profesional que se estrenó
en Los Andes como visitante, se
perdió por el camino y el partido
tuvo que retrasarse varios minutos.
—Pero eso no es excusa para que
otros equipos no quieran venir
acá —se duele Francisco Quispe,
presidente del Consejo Central de
Juntas Vecinales de Cosmos 79.
—Si tan buenos dicen que son, ¿de
qué tienen miedo?, ¿de la altura?,
¿del césped sintético? Lo que pasa
es que son muy malos. Lo que
ocurre es que no hemos tenido
fútbol de verdad desde el 94.
El francés Albert Camus, que fue
arquero y gambeteador antes que
ensayista, tuberculoso y novelista,
decía: “para mí, patria es la
selección nacional de fútbol”. Y
en Bolivia aquella patria se quedó
anclada en 1994.
La selección del 94, la más
aclamada de la historia boliviana,
fue la última en clasifcarse para un
Mundial. Y es tan representativa
para el país que algunos de sus
futbolistas acaban de pedir una
renta vitalicia por los servicios
prestados. Como si hubieran
arriesgado la vida en alguna
famélica trinchera en mitad de una
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
batalla.
13. (último minuto)
—Si quieren guerra, tendrán
guerra —me dice otro día desde
una banca de madera Roberto
Aguilar, dirigente de la Federación
de Juntas Vecinales de El Alto
(Fejuve).
La sede de la Fejuve es un edifcio
pálido, de paredes desconchadas,
que no deja de engullir y escupir
gente. Es un termómetro que mide
el estado de ánimo de la sociedad
alteña. El cuartel general de una
organización que en 2003, tras
una masacre militar, hizo huir al
presidente Gonzalo Sánchez de
Lozada.
A los diecisiete, la edad en la que
Messi comenzaba a triunfar en el
Barcelona, Roberto Aguilar me
cuenta que él ya había renunciado
a convertirse en futbolista. En
el club español le pagaron a La
Pulga un tratamiento hormonal de
novecientos dólares mensuales. En
casa de Roberto no alcanzaba para
botines o una pelota reglamentaria.
Y ahora a Roberto le sobran
años para jugar —ya ronda los
cincuenta—, pero no para disfrutar
del fútbol.
—Mis compañeros y yo ya
estamos bastante pasaditos, pero
en el estadio Los Andes jugarán
dentro de poco otros alteños, los
que sí tienen futuro —suspira.
Luego, intuyendo que hay encima
suyo un par de miradas de curiosos,
reclama:
—¡Se juega donde se vive!
Y su voz suena con eco por el
pasillo.
El fútbol, pienso entonces,
es también una cuestión de
democracia.
En 2007, Evo Morales sorprendió
al mundo iniciando una cruzada
para evitar que el suizo Joseph
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crónicas de deporte
Blatter, presidente de la FIFA,
vetara los estadios situados a
más de 2.500 metros. “Quien
puede hacer el amor en las alturas
también puede jugar fútbol”, dijo
Evo; y para demostrar que no
pasaba nada, rozando la locura,
organizó un partido de futbito en
la cumbre del Sajama, el techo del
país con más de 6.500 metros.
En Cosmos 79 la locura fue un
secuestro express en el último
minuto. Un secuestro en defensa
propia que los vecinos acababan
de inventarse.
14. (la radio)
La última vez que visité el estadio
Los Andes, alguien me dijo que,
desde que no hay fútbol de Liga
allí, todo se ve distinto: un poco
raro. “El barrio está más triste”,
fueron concretamente sus palabras.
Se apagó sin más, así como se
desvanece un fósforo decapitado.
La imagen ese día era de postal:
las calles casi vacías, remolinos
de polvo por donde pasaron las
últimas vagonetas, fogonazos de
luz en los tejados. En el campo de
juego había un campeonato local y
escaso público.
Saliendo ya de las graderías me
crucé con un tipo de mediana edad
y rostro seco, cuarteado. Cubría la
cabeza con un chullo de colores
neutros. Manejaba una bicicleta
vieja de varillas oxidadas mientras
una radio colgaba de su manillar y
se meneaba como un péndulo. El
locutor narraba el partido de La
Paz Fútbol Club en otro stádium.
O lo que es lo mismo: el señor
escuchaba el partido que no le
dejaban ver en su propio campo.
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
Una granada para
River Plate
El Polaco aparece mostrando
su chapluma, como le dice
cariñosamente a su cuchilla. Está
rodeado de cinco barristas que lo
siguen como alumnos. Sin aviso
previo, el Polaco deja a todos
boquiabiertos con su buen manejo
de navaja: en un minuto destornilla
los cuatro pernos que sujetan el
tablero donde va la luz de lectura
y la salida de aire correspondiente
a los asientos 31 y 32. Ante la
mirada desconcertada (y cobarde,
según él) de quienes por primera
vez viajamos con la barra, el
Polaco desmonta el armazón del
techo hasta dejar todo a la vista.
Todo, en este caso, se refere a
un conjunto de cables internos
que comúnmente permanecen
escondidos a los pasajeros.
Ocultos y relegados, como muchos
barristas dicen sentirse frente a la
sociedad.
—Antes de esconderla hay que
envolverla en algo… Necesitamos
un gorro —dice el Polaco, y uno
de sus secuaces le quita la gorra a
un barrista primerizo.
—Aquí hay que ayudar, compadre
—es la frase que refriegan en
la cara de un muchacho que,
tímidamente, ve cómo su prenda
azul se pierde entre tantas manos
veinteañeras.
El Polaco envuelve
cuidadosamente la granada en
el sombrerito que luce una «U».
Sí, una granada. Un explosivo de
combate. Acá adentro llevamos
una bomba en miniatura. Se trata
de una munición real que, según
se comenta dentro del autobús,
alguien robó a los milicos mientras
hacía el servicio militar.
—Estas son súper fáciles de
lanzar. Hay que apretar este
gancho, sacarle el seguro con
Publicado: 11 julio 2011
en Juan Pablo Meneses
Etiquetas: Chile, Fútbol, River Plate,
Universidad de Chile, Violencia 9
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crónicas de deporte
los dientes y lanzarla —agrega
tranquilamente uno de los barristas
expertos, mientras el miedo
paraliza a aquellos hinchas que
dejaron en Santiago a sus padres,
a sus novias, a los amigos del
barrio, a los hermanos menores,
a la foto del equipo colgada en
la pared, al banderín del último
campeonato clavado en la puerta,
y a la colección de entradas a los
partidos en el cajón del velador.
Todo en casa, en un hogar cada
vez más lejano. Todo para salir por
primera vez fuera del país con la
hinchada de los amores. Todo por
el equipo.
El Polaco amarra el gorro-
explosivo dentro de los cables,
lo oculta con la destreza de un
aventajado carterista y vuelve a
atornillar el tablero. No quedan
rastros de que sobre la luz de los
asientos 31 y 32 va una bomba.
—Ni cagando nos cachan en
la aduana —dice, guardando la
chapluma en un bolsillo oculto.
Pero la tranquilidad no tiene ganas
de regresar a este vehículo de
la empresa Chilebus, que ahora
avanza repleto de hinchas de
fútbol. Cuando todos pensamos
que lo peor ha pasado, salta una
pregunta que vuelve a congelar a
los novatos:
—¿Quién de ustedes la va a lanzar?
La consulta, que es adrenalina
pura lanzada a la cara, la suelta
uno de los jefes de quienes vamos
aquí arriba. Cada bus tiene sus
encargados que nos dicen qué
hacer y luego informan de todo a
la cúpula de la barra. Y sigue:
—Ahora vamos a ver quién es el
más guapo, quién es valiente de
verdad, vamos a ver quién tiene
los huevos para entrar la granada
al estadio y lanzarla. ¿O acaso en
la barra hay puras mamas?
Por suerte, la decisión de quién
arrojará el explosivo militar queda
inconclusa. Al primer llamado
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
no hay voluntarios. Por ahora, la
orden consiste en celebrar que
la artillería liviana ha quedado
bien guardada. Al grupo llega una
botella de pisco que anda girando
de mano en mano, y de atrás le
sigue una caja de vino tinto y
unas piteaditas de marihuana. En
cosa de minutos todo ha vuelto a
la normalidad. El autobús que nos
lleva a Buenos Aires retoma su
función de transporte de barristas:
se entonan los gritos contra las
gallinas de River Plate, las bromas
por el tipo que no quiere pasar la
caja de vino o por el que se pega
el porro a los dedos. Casi todos
terminamos gritando los cánticos
de apoyo al equipo. El San Martín
es uno de los jefes del bus: tose
raspado, usa lentes oscuros,
camina chocando hombros, tiene
marcas en las manos y demasiadas
joyas para las circunstancias. Él,
con un tono paternal, aunque de
padre golpeador, nos aclara que
vamos a la guerra.
—Y si es necesario morir en
Argentina por el equipo, no
queda otra. Ningún huevón puede
arrugar. Tenemos que estar muy
unidos.
Alguien va hasta la parte delantera
del bus y con el permiso del chofer
pone una cinta de Rage Against The
Machine, la banda estadounidense
que por un momento se toma
el poder dentro del Chilebus.
Un barrista con la foto del
Che estampada en la camiseta,
comienza a mover la cabeza al
ritmo del baterista yanqui. Por las
ventanas del bus corre la periferia
de Santiago, las canchas de tierra,
los niños en las esquinas y los
perros vagabundos aplastados por
el sol. Adentro, la música acelera
y retumba y acompaña cuando
las botellas pasan, una tras otra,
como si acá adentro el vino y el
pisco también se multiplicaran en
esta última cena. Vamos de viaje,
vamos a ver un partido de fútbol,
vamos rumbo a Buenos Aires con
una granada a pocos centímetros
de la cabeza.
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crónicas de deporte
El tema del explosivo es como
todo trauma: a ratos se olvida, pero
siempre vuelve a aparecer. JG, el
fotógrafo que viene conmigo,
me mira con ojos igualmente
inyectados y me susurra:
—Si se enteran que andamos
haciendo un reportaje nos matan.
Nuestro bus es el número tres, de
los once que esta mañana salieron
desde la sede de la Corporación de
Fútbol de la Universidad de Chile,
como se llama ofcialmente la
«U». No somos el vehículo de los
peces gordos, de los cabecillas de
la hinchada, pero tampoco estamos
al fnal de la caravana, donde
viajan los más inexpertos, los con
menos historial.
Vamos a la capital argentina para
alentar al equipo en su partido
por las semifnales de la Copa
Libertadores de América. Vamos
a ganarle a las gallinas de River
Plate, y en su estadio.
—¡Vamos a morir! —grita alguien
que luego lanza un escupitajo al
suelo del autobús.
Viajamos con Los de Abajo, la
hinchada más brava del país.
***
En el partido de ida, jugado en
Santiago de Chile, un pequeño y
sobredimensionado incidente entre
unos pocos hinchas de River Plate y
la policía local encendió la mecha.
La prensa deportiva ha infado el
altercado hasta convertirlo en un
escándalo gigantesco, chauvinista,
y digno de que intervengan ambas
cancillerías. Por lo mismo es que
todos los periódicos chilenos nos
anuncian que en Buenos Aires, sí
o sí, nos espera un inferno.
Dentro del bus vamos 38 hombres,
dos mujeres y dos lápices: el de
JG y el mío. Por un momento
temo que aquel detalle nos deje en
evidencia. Nos salva la premura de
escribir las papeletas de aduana, y
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
el asunto se pasa por alto.
—Para salir del país tienen
que llenar estas papeletas de la
aduana —había dicho el auxiliar
del autobús, a quien todos los
pasajeros hemos comenzado a
llamar el Tío.
Media hora antes de llegar a
Los Libertadores, el principal
paso fronterizo terrestre hacia
Argentina, el Tío repartió las fchas
de inmigración. Llenar las cuarenta
papeletas, entre bromas y consultas
repetidas hasta el hartazgo y con
apenas dos lápices, terminan por
descontrolar al Tío. Se ve molesto,
aburrido, y aunque su corbata y
su gorra de la empresa Chilebus
lo disfrazan de gentil auxiliar de
viaje, sus modales bruscos, su
mala cara y su disposición de perro
son las señales físicas de una crisis
interna: parece que por primera
vez piensa seriamente en la idea
de renunciar al trabajo de toda su
vida.
Apenas llevamos tres horas
de un viaje que, por lo menos,
durará sesenta. El trámite en el
lado chileno es rápido. Un par de
turistas que viajan en automóvil se
toman fotografías con los hinchas
de camisetas azules. El chequeo
de los once buses dura poco más
de una hora y no está libre de
problemas. Sólo de nuestro bus
hay tres personas que no pueden
seguir la travesía: uno por tener su
documento de identidad vencido,
otro por andar sin ninguna
identifcación y el San Martín,
nuestro líder, por tener lo que
todos llaman papeles sucios, y que
en resumidas cuentas quiere decir
problemas judiciales pendientes y
orden de arraigo.
Cruzamos el túnel que separa
ambos países. Justo cuando por
la ventana pasa un cartel que dice
«Bienvenido a Argentina», uno
tiene la extraña sensación de estar
en un viaje cuya idea de regreso es
demasiado frágil.
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crónicas de deporte
—Nos fuimos —me dice JG, en
voz baja, y antes de terminar la
frase nos llega a las manos un
cigarro de hierba que dura hasta
que terminamos el cruce.
En el lado argentino la cosa cambia
de inmediato. El trato infernal con
que majaderamente nos había
amenazado la prensa deportiva, se
empieza a vivir de manera real.
—Los policías de allá son malos
de verdad, se van a dar cuenta.
Allá la dictadura mató a 30 mil
argentinos, muchísimos más que
Pinochet —me había advertido un
amigo antes del viaje.
El trámite en la aduana trasandina
ya dura cinco horas. Por lo
general, en un viaje de itinerario,
el chequeo rara vez supera los
30 minutos. Comienzan a correr
versiones. Alguien dice que los
perros sabuesos han detectado un
cargamento de marihuana. Lejos de
aquellos rumores, sólo pienso en la
granada de mi bus (que sí vi y casi
toqué) y que, afortunadamente,
ya ha pasado la revisión. Eso me
alivia. El Polaco no nos defraudó
con su maniobra, por eso todos le
palmoteamos el hombro mientras
se pasea risueño pidiendo que le
regalen un cigarrillo.
La orden de los gendarmes
argentinos es que no se mueve
ningún bus de la caravana hasta
que no hayan revisado a todos
los vehículos. En un momento de
la detención aduanera, un grupo
de barristas entona la canción
nacional de Chile. En los mástiles
del galpón y por las ventanillas de
las ofcinas sólo se ven banderas
argentinas o afches de Menem con
banda presidencial. Acabamos de
terminar la primera estrofa, cantada
a todo pulmón como protesta al
trato de los policías cuando, desde
una ofcina blindada, aparece un
gendarme de bigote a lo Videla.
Lleva una metralleta bajo el brazo.
—¡Aquí nadie grita, carajo! —
grita.
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
***
Empieza a oscurecer y algunos
transeúntes mendocinos nos
saludan gentilmente levantando
el dedo medio, o llevándose
las manos a la entrepierna, o
pasándose el dedo índice por el
cuello. Hay que estar preparado
para aguantar un viaje donde todo
lo que nos rodea es violento. Para
algunos, el rechazo general que
nos recibe en cada parada es una
experiencia nueva. Para otros, la
mayoría, es la rutina que los sigue
desde niños y la que mejor los
orienta.
Durante la detención en las afueras
de Mendoza, el nuevo líder de
nuestro bus pasa la gorra para
«hacer unas monedas», como dice
amablemente, aunque no cabe
duda de que no es un pedido, sino
una orden. El resto de los pasajeros
estamos casi obligados a vaciar
los bolsillos en la alcancía de
género. Con el monto recaudado,
los cabecillas del vehículo
desaparecen.
Regresan 40 minutos más tarde
con un cargamento de cajas de vino
y cervezas para la ruta. Pasada la
medianoche y con más de 14 horas
de viaje, la caravana retoma la ruta
a Buenos Aires.
Un grupo de patrullas policiales,
con sirenas encendidas y
gendarmes con medio cuerpo
saliendo por la ventana, nos
acompaña hasta el límite territorial
de la ciudad. Adentro hay brindis,
gritos, música y humo. Afuera,
sólo malas caras y rifes apuntando
hacia nuestras cabezas.
La noche trae la calma. Dentro del
autobús, rebautizado por el grupo
como la casa, se olvida el frío con
chaquetas de jean, vino mendocino
en caja, cervezas, marihuana,
chocolates y cigarrillos. Por el
televisor del Chilebus pasan
Jóvenes pistoleros 1 y 2, y las
protestas contra la calidad de las
películas elegidas sólo se acallan
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crónicas de deporte
cuando aparecen las escenas de
peleas a cuchillo.
Algunos, los de los asientos
más cercanos al chofer, ya están
durmiendo. Otros han decidido
ponerse los audífonos de su
walkman y apoyar la cabeza en la
ventana y mirar las líneas blancas
de la carretera, pensando en lo
que nos espera o en lo que hemos
vivido hasta el momento, o en
la repetida agresividad policial,
o en que todos nos ven como un
peligro público, o en la música que
ahora retumba en los oídos, o en
las estrellas gigantes que cuelgan
del cielo pampino, o en el gorro de
lana azul regalo de la novia, o en lo
mucho que abriga la camiseta del
equipo debajo de la chaqueta.
El Tío se aparece en los últimos
asientos de nuestra casa con una
almohada bajo el brazo, algodones
en los oídos y una cara de cansancio
que, fácilmente, podría pasar las
semifnales de un campeonato
sudamericano de caras cansadas.
De pronto, como si se tratase de un
pasadizo secreto, el Tío abre una
cajuela invisible al lado del baño y
se mete adentro, doblado como un
feto, listo para dormirse. Apenas
habla y se le nota molesto. Nadie
sabe si está ofuscado porque el
de ahora no es su típico viaje de
itinerario a Buenos Aires o, porque
todo el año, da lo mismo si es
invierno o verano, su lugar para
dormir siempre es aquella estrecha
y metálica caja fúnebre que lo
mata en vida.
—Mi hermano está en Buenos
Aires. Hace años que el culiao
vive allá —dice el Polaco, en una
pequeña tertulia que se ha formado
junto al baño. Y agrega—. El
culiao es ladrón internacional,
cachái. Le va grosso.
Y aparece otro que suelta:
—Puta la hueá, yo tengo una tía
en Buenos Aires y no traje la
dirección. Creo que trabaja en la
casa de unos millonarios —y se
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
empina la botella de vino en caja.
—Mañana tenemos que ganar,
culiaos —cambia de tema Jorge,
un empleado de imprenta que ha
pedido permiso laboral por dos
días—. Primera vez que tenemos
la fnal tan cerca.
Y aparecen los primeros
pronósticos.
—Vamos a ganar dos a cero.
Un gol de Marcelito Salas y
otro del Huevo Valencia —dice
el Citroneta, un estudiante de
biología de la Universidad de
Valparaíso que, de tan inocente,
está acá arriba jugando al chico
malo.
Jorge, el de la imprenta, tiene más
de 30 años, igual que el amigo que
lo acompaña. Y dice:
—Qué increíble, ahora podemos
llegar a la fnal de la Libertadores,
pero me acuerdo de los años
malos de la «U». Cuando uno iba
al estadio sabiendo que íbamos a
perder.
Chuchatumadre, fueron años de
años. Cuando bajamos a segunda
división siempre se hacían viajes
así. Pero no iba tanto huevonaje.
Eso nunca lo van a vivir. Ahora
es fácil para ustedes, porque el
equipo gana.
El vehículo se bambolea
suavemente de un lado a otro, pero
con el vino y la marihuana todo
parece moverse mucho más. El
Tío se asoma de su cajuela y grita
que lo dejen dormir, pero alguien
le lanza un palmetazo en la cabeza
sin que él descubra al autor. Somos
Los de Abajo.
***
A las seis de la mañana amanece.
El sol crece al fnal de la llanura
tan lento como se mueve una
pupila en sobredosis. La mayoría
decide contemplar el paisaje
en silencio. Los vidrios están
empañados y hay que usar el
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crónicas de deporte
brazo como limpia -parabrisas.
Recién ahí, detrás de esas gotas
que bajan por el cristal tiritando
asustadas, aparece el famoso plano
infnito de la pampa argentina.
Alguien enciende el primer pito
del día, aunque esta vez la hierba
acompaña tranquilamente, sin
estridencia, como un punteo de
guitarra acústica. Despertamos
camino a Buenos Aires.
Por petición general
—«necesitamos mear y lavarnos
la cara, tío»—, paramos en una
estación de servicios Repsol YPF
en plena carretera. El minimarket
se ve sobrepasado por los hinchas.
JG, el fotógrafo que durante el
viaje ha disparado la máquina
jugando a que es un estudiante
que saca fotos para él, me hace
una seña para que mire. Y ahí se
ven, como una horda, casi todos
metiendo mercancía dentro
chaquetas. La parada sirve para ir
al baño y mojarse la cabeza, pero,
fundamentalmente, su objetivo ha
sido saquear el almacén argentino.
Cuando volvemos a acelerar, El
Tío y el chofer se van diciendo en
voz alta, entre ellos, que por estas
cosas es que sienten vergüenza
de ser chilenos. Cuando dejamos
el lugar se ve por la ventana del
autobús a la vendedora con las
manos en la cabeza, hablando por
teléfono con alguien que debe ser
policía y golpeando con su puño
frágil el mesón recién violado.
Otra vez en la carretera, el
Citroneta, universitario de pelo
largo y anteojos a lo John Lennon,
muestra su mercancía. Con la
alegría de sentir que ahora sí será
aceptado por el grupo duro de la
casa, ofrece parte de su botín.
—¿Alguien quiere vinito? —y abre
la caja de tinto que acaba de sacar
de un escondite de su chaqueta.
Otro de atrás luce lo suyo: una
ginebra, un atado de lapiceros—
«para que nunca más falten estas
huevas» —y un perfume para su
novia—, «con esto se la meto dos
meses seguidos sin que me haga
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
dramas» —dice feliz.
El Citroneta se queda mudo,
boquiabierto, derrotado y ajeno.
Alguien destapa una botella de
whisky, mientras otro abre su caja
de habanos y ofrece a los más
amigos.
—Viste que Argentina está súper
barato —comenta el Polaco, y
le da una pitada a su puro hasta
quedar con el pecho hinchado. El
resto lo acompañamos con una
carcajada que sabe a escocés.
La siguiente parada es en Lujan, a
66 kilómetros de Capital Federal.
Ya son las once de la mañana del
día del partido, aunque la hora
parece tan irrelevante como la
formación con que el equipo
saldrá a la cancha. Nuevamente
nos rodea un cordón policial. Un
sargento, como broma, apunta
su revólver hacia el grupo donde
estoy parado y hace el ademán de
lanzar un tiro y se ríe cuando todos
nos tiramos al suelo. Aparece una
pelota de fútbol y un gordo del
bus siete describe, como un relator
radial con lengua traposa, el gol
que esta noche hará Marcelo Salas
y que nos llevará a la fnal de la
Libertadores.
— ¡Arriba del bus, huevones, que
nos vamos! — grita el Polaco,
parado en la puerta del vehículo
y luciendo todo orgulloso los
anteojos de sol que también robó
del minimarket.
— Te quebrái con esas cagadas
falsifcadas, culiao — le dice
Jorge, el empleado de la imprenta.
— Estái loco. Son Bollé originales.
Acá dice clarito Bollé, o si no, ni
cagando me las robo — contesta el
Polaco, y se los quita para que lean
la marca.
***
Los relojes de Buenos Aires
marcan las tres de la tarde. La
columna de buses con banderas
azules y chilenas entra a la ciudad.
Pág 51
crónicas de deporte
En pocas horas será el partido y los
insultos nacionalistas van y vienen
entre Los de Abajo y los peatones
bonaerenses.
Al cruzar la avenida General Paz,
la Policía General Argentina nos
detiene. Una completa brigada
antimotines nos espera con tanta
complicidad como un detector
de metales. Por la ventana se ven
dos tanquetas azules, un microbús
blindado y tres patrulleros; todos
con las sirenas encendidas. Un
equipo de televisión con la insignia
de la P.F.A. y bototos militares
toma imágenes de cada uno de
los coches, paseando las cámaras
y las gorras por fuera de nuestras
ventanas. La ceremonia dura más
de una hora y, como la orden
es mantener lodos los vidrios
cerrados, dentro de los buses el
calor, la falta de aire y los restos
de todos los restos nos asfxia.
Mientras esperamos la orden para
seguir, el Polaco amaga un par de
vives con abrir una ventana trasera
y disparar una botella vacía de
cerveza a la cámara.
—Así es como provocan,
ahuevonado. No hay que pescar
—dice el Citroneta, quien, como
muchos, se ha quitado la camiseta
para secarse el sudor.
El Tío, sentado en la cabina junto
al chofer y de impecable corbata,
mueve la cabeza de un lado a
otro, maldiciendo el día en que
su jefe le ordenó viajar con Los
de Abajo a Buenos Aires. Y peor
aún, maldiciendo toda su vida.
Maldiciendo su trabajo y su futuro.
La orden de partir da inicio a un
extraño city tour por Buenos
Aires. Nuestros guías son carros
antimotines con doble blindaje.
Muchos de los barristas por
primera vez salen de Chile y
con sus caras pegadas a los
vidrios aprovechan de conocer la
ciudad donde han nacido las más
legendarias y violentas barras
bravas del continente, inspiradas,
como tantas cosas argentinas,
Pág 52
Periodismo narrativo en Latinoamérica
en los ingleses. Recorremos la
capital de un país donde al año
mueren 9,5 hinchas por violencia
en el fútbol. Un país donde la
mayoría de los líderes de las barras
bravas dependen directamente
de políticos de peso que los
utilizan en marchas, en golpizas,
pegando lienzos y alentando al
equipo los domingos en la cancha.
Pero la ciudad más importante
de este lado del mundo, con esa
simpática pretensión europea de
sus habitantes, sólo la podemos
ver desde arriba del Chilebus: por
mandato superior, no podemos
bajarnos.
Según ordenan desde el bus dos,
donde va toda la directiva de Los
de Abajo, la única parada permitida
será en el barrio de La Boca. La
idea es juntarse con la gente de La
12, la barra brava de Boca Juniors,
quienes nos van a «prestar ropa»,
vale decir, nos ayudarán a pelear
contra sus eternos rivales de River
Plate.
Nos bajamos de los buses en el
puerto. La comunicación ofcial
dice que nos juntaremos media
hora más tarde, en el mismo lugar.
Pero en la caminata masiva por
la calle Caminito, con banderas
azules y gritos de la «U», algunos
miembros de la barra rayan las
clásicas paredes coloridas con
gráfca de Los de Abajo. Ahí
comienzan los líos, los miembros
de La 12 que deambulan por La
Boca se sienten agredidos, se
organizan rápido y las supuestas
barras hermanas con un enemigo
en común se trenzan en una gresca
que termina con heridos, robos
de camisetas, asaltos, banderas
rajadas y detenidos. Varios han
perdido sus billeteras y a un tipo
del bus cinco le han quitado la
camisa, el reloj, los cigarros y su
propia cuchilla. La policía actúa
como juez de boxeo, aunque sólo
sujeta a los hinchas chilenos.
—Los de Boca no tienen amigos
—comenta entre dientes, el
sargento que lleva esposado a uno
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crónicas de deporte
del bus cuatro.
Se arma un pequeño alboroto
en La Boca, con mujeres gordas
y viejas pidiendo cárcel a los
chilenos y niños pobres vestidos
con camisetas de Maradona
escupiendo insultos.
—¡El bus es nuestra familia!
—nos grita el líder, parado al
lado del chofer, cuando otra vez
estamos todos arriba—. Miren
cómo quedamos peleando con diez
hijos de puta de Boca. Esta noche
vamos a tener al frente a 70.000
gallinas de River. No se separen.
¡El bus es la familia!
Jorge, el empleado de la imprenta
que había aprovechado la
detención para comprar souvenirs
para sus colegas de trabajo,
regresa al autobús con la cabeza
rota y la cara ensangrentada. Le
han dado una paliza por andar
lejos del grupo, está tirado en su
butaca y maldice la hora en que
pidió permiso en la ofcina. El
Polaco le ofrece su camiseta para
que se limpie la sangre y Jorge
se la pone como turbante. Por la
cara de muchos de los pasajeros,
la amenaza del inferno en Buenos
Aires ya se ha concretado. Y
aquí vamos otra vez, los once
buses. Dejamos atrás La Boca y
enflamos al estadio, con un tipo
con la cabeza rota y ensangrentada,
otros asaltados o i orlados con
cuchillas, un par detenidos —
que luego serán liberados— y la
policía rodeándonos como los
moscardones a la mierda. Aquí
vamos otra vez a la cancha, y no
me olvido que en el bus llevamos
una granada de mano.
***
La última detención antes
de irnos a la cancha es en la
avenida Figueroa Alcorta, frente
a Aeroparque. La caravana se
estaciona a un lado de la pista y
algunos barristas se lanzan sobre
el pasto para descansar, otros
se revisan las heridas, fuman la
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
última marihuana o se empinan lo
que queda de cerveza. Walter, el
jefe supremo de la barra, el capo
de la hinchada, la abeja reina,
se muestra por primera vez en
público.
En apariencia, Walter es el más
formal de toda la delegación.
Más que jefe de una barra brava,
parece un empleado del mes de
McDonald’s, o un profesor súper-
buena-onda de un instituto de
computación, o un guitarrista de
parroquia de barrio. Está bien
peinado, la camisa dentro del
pantalón y unas zapatillas tan
blancas que de seguro nunca han
pateado una pelota de fútbol.
Posiblemente, Walter nunca soñó
ser jugador de fútbol: da la idea
que su felicidad habría sido ser
dirigente del club, presidente o
tesorero, quién sabe, lo único
concreto es que terminó siendo el
líder de los barristas más bravos.
Sólo como cabecilla de los hinchas
pudo llegar a reunirse con los
directivos del club y acercarse, de
cierta manera, a sus anhelos.
Walter se pasea por entre la
muchachada pidiendo calma,
diciendo que las entradas están
por llegar, recomendando tener
cuidado y estar más atentos a las
provocaciones.
—La idea es que un dirigente del
club, que hace tres horas salió de
Santiago en avión, venga hasta acá
con las entradas —dice él.
En promedio, los que estamos
en el viaje hemos pagado unos
70 dólares por persona: incluye
pasaje y entrada al partido.
—Pero eso lo pagan los nuevos
nomás —me dice el Polaco, y
agrega que él viaja gratis porque
pasó los tarros de la colecta
durante dos meses en los partidos
jugados en Santiago.
Los dirigentes de la barra tampoco
pagan, y los miembros de menor
jerarquía pagan la mitad o lo que
puedan. Por Figueroa Alcorta
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crónicas de deporte
pasan los primeros autos con
banderas de River Píate.
Van al estadio y nos lanzan insultos
y tocan la bocinas y nos gritan
chilenos muertos de hambre, pero
ya no están las ganas de responder
los ataques. El imprentero, con la
camiseta del Polaco en su cabeza,
le relata su mala experiencia a
un grupo del bus seis. Uno de la
máquina ocho muestra los tajos
de cuchilla que se ganó en el
antebrazo derecho. Un pesimista
asustado comenta en voz alta que
una horda de 70.000 gallinas se nos
va a venir encima, y al comentario
lo sigue un interminable silencio.
JG ha guardado la máquina de
fotos y se tiende en el suelo a vivir
sin más registro que su miedo este
momento histórico.
Walter, el gran jefe, desaparece
por la avenida arriba de un taxi y
regresa a la media hora con el alto
de pases. Parece feliz por haber
estado reunido con los dirigentes
del club en el hotel cinco estrellas
donde se hospedan y, a la vez, se
le nota un poco triste de tener que
regresar a su rebaño de hinchas
despeinados.
Reparte las entradas una a una,
pidiendo calma y tranquilizando a
la barra. El Pelluco, el Krammer, el
Taitor, el Jhonny y el Mono, otros
históricos dentro de la hinchada,
lo acompañan en la repartición.
Llega la hora de irnos al estadio.
Los focos del Monumental de
River, perfectamente encendidos,
nos guían como a las miles de
polillas que revolotean alrededor.
En pocos minutos estaremos ahí
adentro, esperando que la «U»
por fn llegue a su primera fnal
de Copa Libertadores de América,
dispuestos a entregar la vida si es
necesario con la gran ilusión de
poder ganar por una puta vez un
partido importante a los argentinos.
A medida que la caravana de buses
se acerca al Monumental, por las
ventanas va creciendo la marea
Pág 56
Periodismo narrativo en Latinoamérica
de hinchas de River. Cada metro
que avanzamos la muchedumbre
exterior crece y crece, y el recorrido
se torna lento, como una babosa
cuesta arriba. El Tío decide apagar
las luces interiores del bus. Desde
afuera los gritos antichilenos se
escuchan fuerte, muy fuerte. Nos
movemos cada vez más despacio,
surcando el mar de camisetas con
la raya roja.
Zigzagueando entre hinchas
argentinos que comienzan a mover
los buses tratando de voltearlos.
Porque afuera ya son miles, y
nuestro líder grita que cierren las
cortinas y que hay que meterse
debajo de los asientos y las
ventanas de la casa estallan, una
tras otra, y algunas piedras ya están
adentro y rebotan en el pasillo y
estamos esparcidos en el suelo,
con los vidrios rotos cerca de la
cara y los gritos de las gallinas se
escuchan como el cercano rugido
de un león frente a su presa. Y
el Polaco respira hondo y toma
aire y abre una ventana y grita
¡argentinos conchasdesumadre!
y lanza dos botellas de cerveza
de litro hacia fuera. Y vuelve
¡argentinos culiaos!, y dispara
dos botellas más. Una piedra
le estalla cerca de la cara, pero
alcanza a agacharse. Los insultos
se escuchan cerca, tan cerca como
las espuelas de esos caballos de
la policía que, fnalmente, nos
escoltan hasta la cancha.
Quedan pocos minutos para el
partido.
El estadio está repleto y los
gendarmes nos tienen retenidos
en las escalerillas que dan a
las tribunas Centenario y Bel-
grano del Monumental de River.
Debemos esperar una orden
superior que tarda, pero fnalmente
llega. Entonces los policías nos
empujan con golpes de palos
para que entremos al estadio.
Y aparecemos en la mitad de
la gradería, somos un punto
insignifcante ante los 70.000
hinchas que no nos dan mayor
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crónicas de deporte
importancia. La policía sigue
acarreándonos a golpes, mientras
espontáneamente Los de Abajo
empiezan a gritar, a todo pulmón,
con la rabia adentro, ¡argentinos,
maricones, les quitaron Las
Malvinas por huevones!
Cuando la «U» sale a la cancha los
11 jugadores corren hacia donde
nosotros y levantan las manos.
Respondemos el gesto con gritos
que, paradójicamente, son todos
similares a los de la hinchada
riverplatense. En el pasto ya están
los 22 jugadores, 22 futbolistas
sudamericanos con sueldos
millonarios, casi todos salidos de
los mismos barrios pobres de los
barristas.
Lo del partido es un vacío
gigantesco. La mayoría de los
70.000 espectadores mira el
encuentro sin moverse de los
asientos y, por momentos, uno
tiene la idea de poder escuchar
cómo los jugadores se insultan
dentro de la cancha.
—¡Estos huevones no gritan
nada! —comenta el Citroneta,
descolocado, engañado. Como
si todos los años que estuvo
escuchando la furia de las barras
bravas de acá hubiera sido uno
más de los famosos chamullos
argentinos.
Pero hemos venido a pelear con
gritos y los cabecillas de Los de
Abajo no se amilanan y piden,
con ganas, vamos, gritemos,
dejemos callado al estadio. Un
Monumental de River que sigue
el partido enmudecido, sin darnos
un segundo de importancia y que,
eso es lo peor de todo, sólo sacan
el habla cuando el partido fnaliza
con el triunfo de ellos.
Perdemos por un gol a cero. Un
penal brutal contra Valencia,
que no se cobra, y un gol
vergonzosamente farreado por
Silvani, un delantero argentino
que juega para la «U», nos dejan
fuera de la Copa Libertadores, se
llevan la ilusión y nos ponen a ver
Pág 58
Periodismo narrativo en Latinoamérica
cómo el inmenso mar de hinchas
argentinos vuelve a celebrar otro
triunfo sobre un equipo chileno.
Apenas termina el partido se
anuncia por los parlantes que
la gente debe quedarse en sus
asientos porque primero saldrá
la hinchada visitante. No pasan
cuatro minutos, ni siquiera cuatro
minutos para tragar la derrota,
cuando un comando de policías
sin provocación alguna comienza
a barrernos a golpes de bastón. Es
una lluvia de palos que no se detiene
ante nada ni nadie. Aparecen
policías de civil y algunos de pelo
largo, de la inteligencia policial
argentina, que patean en el suelo a
algunos heridos. Los ferros van y
vienen. Cuando te dan un palo en
el codo el brazo se te paraliza, pero
no tienes tiempo de acariciarlo
porque debes seguir arrancando.
Si te caes, tratas de que no te pisen
la cara y puedes ver, como veo,
que se llevan a un policía algo
inconsciente. ¡Tiren la granada!,
escucho que grita alguien. Bajo las
graderías, en la zona de los baños,
la paliza es brutal. Pero si lanzan la
granada, nos matarán vivos cuando
nos metan a la cárcel de Buenos
Aires. Tengo miedo. Estamos
metidos en un caos de palos y
gritos y empujones y garabatos y
alaridos y tironeos y patadas por
la espalda y ladridos de perros y
rugidos de hinchas de River desde
el otro lado de la reja y cascos y
se entiende poco y mejor agachar
la cabeza y empujar hacia arriba,
hacia donde sea, hasta que todo se
acabe rápido, que todo termine de
una vez.
La calma llega cuando los
gendarmes argentinos se dan
cuenta que de llegan las cámaras de
televisión. Resultado fnal: cuatro
hinchas con la cabeza cortada, uno
con el ojo partido, un policía con
la nariz trizada y dos detenidos que
son liberados cuando se enfrían los
ánimos.
***
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crónicas de deporte
Como siempre, un fuerte
contingente de policías nos saca
de Buenos Aires. El tropel cruza
la pampa de noche; esta vez todos
los autobuses llevan las ventanas
rotas. El frío pampino, inhumano
sin vidrios, al menos se lleva el
olor a encierro y, en cierta forma,
es más llevadero que la violencia.
De vuelta al paso fronterizo
Los Libertadores, el cielo de la
cordillera de los Andes se ha
escondido detrás de una espesa
nube negra. Los gendarmes de
la policía argentina ni siquiera
suben a pedirnos los papeles y
nos expulsan rápido de su país.
Al cruzar el túnel internacional
estallan los aplausos. El Tío toca
la bocina. Estamos en Chile.
El personal de inmigraciones
nos saluda como a héroes y nos
levantan el pulgar. Dos policías
chilenos nos agitan las manos
desde su patrulla. Todo el país sabe
de la brutal golpiza en el estadio
y ahora regresamos victoriosos.
Sin importar la derrota, somos
ganadores. Tres canales de
televisión, varias radios y un fuerte
aplauso por parte del personal de
la Aduana levantan la autoestima
de Los de Abajo. Somos la gran
noticia del día.
—Oigan, cabros…,¿me puedo
tomar una foto con ustedes? —
nos pide El Tío, que ha reclamado
durante todo el viaje y ahora,
sorpresivamente, nos habla
gentilmente con una cámara
fotográfca en la mano.
Después, cuando ya ha sacado
la foto, dice que éste ha sido un
viaje memorable. La mayoría se
ríe, pensando que exagera. Nadie
sospecha, ni de cerca, que en pocos
meses más al jefe máximo de la
barra, Walter, se le detectará una
grave enfermedad a causa de los
golpes que recibió en la cabeza. Ni
mucho me-nos, que morirá pocos
años más tarde. Tampoco se piensa
que será el Krammer quien asumirá
el control de la barra y que al poco
tiempo ya tendrá al grupo dividido
Pág 60
Periodismo narrativo en Latinoamérica
y se le acusará de aprovecharse
económicamente de Los de Abajo
y se le arrestará por pegarle a
la dueña de un almacén en una
golpiza televisada por las cámaras
de seguridad y que después, otra
vez, será detenido por desfgurarle
el rostro a un compañero de
hinchada hasta que, fnalmente,
será esposado y encarcelado por
liderar una banda de asaltantes en
un barrio periférico de Santiago.
Nadie sospecha que luego de este
viaje a Buenos Aires, el equipo
de Universidad de Chile nunca
volverá a pasar de la primera ronda
en una Copa Libertadores. Ni que
éste será recordado como el viaje
más memorable de la hinchada.
Arriba del bus el futuro no existe.
Sólo importa el ahora, l’or eso las
risas al escuchar que el Tío vuelve
a repetir:
—Ha sido un viaje histórico,
chiquillos.
Aunque suenan ridículas, las
palabras sacan aplausos. En
realidad, en todo Chile nos
aplauden. Y como nunca, todos
los que vamos arriba del bus
nos sentimos orgullosos, felices,
valientes, héroes.
Al bajarnos del Chilebus, ya en
Santiago, el Polaco por primera
vez se ve triste y nos pide números
de teléfono a todos y dice que nos
volvamos a ver al día siguiente y
le pide a JG que le saque una foto,
como si hubiera sabido de siempre
que andábamos haciendo un
reportaje con ellos, de ellos. Y el
bus parte, y todos nos abrazamos
por la hazaña y porque ya se ha
acabado. Cuando no queda nadie
arriba de «la casa», el chofer
acelera aliviado y se va respirando
la tranquilidad de volver a viajar
sin los hinchas. De seguro no
sospecha, ni él ni el Tío, que dentro
de su bus llevan una granada que
ninguno de los barristas quiso
lanzar en el estadio de River Plate.
Un explosivo militar que puede
explotar en cualquier momento.
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crónicas de deporte
Las madres
guaraníes saltan
a la cancha
Publicado: 8 julio
2011 en Ander Izagirre
Etiquetas: Bolivia, Fútbol, Indígenas,
El partido entre los equipos de
Urundaiti y Boyuibe se retrasa
unos minutos: Susana, una de
las jugadoras, está detrás del
córner dando el pecho a su bebé.
Por fn, entrega la criatura a una
amiga, sale corriendo al campo
y se instala en el borde de su
área, donde no dejará pasar ni un
balón en todo el partido. Susana,
defensa central infranqueable, es
una mujer guaraní que tiene 25
años y seis hijos.
El partido sufre otra demora:
alguien avisa de que tres de las
futbolistas están embarazadas y no
deberían participar. Se reorganiza
el equipo. Unas señoras obesas
de unos 35 o 40 años se visten
la camiseta y sustituyen a las
embarazadas. Con ellas sale otra
chica de 15 años, que también ha
estado amamantando a su bebé en
la banda.
El árbitro lleva por fn el
balón al centro del campo, una
explanada de tierra en la aldea
guaraní de Urundaiti, bacheada
y generosamente alfombrada por
cagadas de oveja. Las futbolistas
se acercan y forman un corro
para escuchar las palabras de
Margoth Segovia, promotora de
estos encuentros: “Amigas, nos
reunimos para disfrutar todas
juntas del deporte. No se trata de
jugar a muerte. Queremos que
perdure la amistad, el respeto y la
solidaridad entre todas nosotras.
Hacemos deporte para distraernos
de lo que ustedes ya saben”.
La revolución del fútbol
Lo que ellas ya saben: cinco o
seis hijos, a veces nueve o diez,
hacinados en una caseta de adobe
sin agua ni electricidad, acosados
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
por el hambre y las enfermedades
parasitarias. Maridos que se
marchan y no vuelven. O que
vuelven borrachos, gritando y
golpeando. Trabajo sin descanso
para cuidar a los niños y llevar
la casa, limpiar, coser, cocinar,
cultivar un poco de maíz en una
parcelita miserable, criar algún
chancho, unas gallinas, y salir
unas horas a la ciudad para vender
empanadas en la calle o limpiar
casas a cambio de unos pesos. Y
por la noche, fútbol.
“Estas señoras que vienen a los
entrenamientos dos o tres veces
por semana tienen un mérito
extraordinario”, explica Segovia.
“Llegan agotadas pero participan
porque el fútbol representa para
ellas mucho más que un deporte:
es su espacio de libertad, el
momento de la semana en el que
se juntan con las amigas, charlan,
se ríen, practican deporte en grupo,
y durante unas horas se olvidan de
sus vidas tan duras. La sociedad
guaraní es muy machista. Aquí las
mujeres no tienen vida propia, sólo
hacen lo que les permita el marido,
pero ellas han ido ganando sus
espacios”.
En apenas dos años, el fútbol ha
impulsado una pequeña revolución
social en el Chaco: “Al principio,
muchos hombres se negaban a que
las mujeres jugaran. Les parecía
algo ridículo, vergonzoso. ¡Sus
mujeres jugando al fútbol! Las que
se atrevían a venir recibieron más
de una paliza. Pero los hombres han
ido poco a poco acostumbrándose
y cada vez vienen más a ver
los partidos. Un domingo me
di cuenta de que estábamos
cambiando las cosas: vi cómo una
de las jugadoras dejaba el bebé
a su marido y salía a la cancha.
Aquello era revolucionario: ¡el
hombre con el niño en brazos,
mientras la mujer jugaba! No me
lo podía creer”.
Sí que hay bastantes hombres
viendo el partido Urundaiti-
Boyuibe, aunque permanecen
Pág 63
crónicas de deporte
en grupos, un poco alejados,
a la sombra de los árboles.
Las que más jaleo montan son
las espectadoras, volcadas en
la misma línea de banda: los
universales gritos al juez, aunque
siempre con educación (“¡marque
bien la barrera, señor árbitro!”), las
bromas contra algunas jugadoras
mayores que pierden el balón ante
las jóvenes más ágiles (“¡está muy
pesada!”) y la carcajada general
cuando la extremo derecha de
Urundaiti se queja a voces de los
malos pases de sus compañeras
(“¡me hacen correr como pelotuda
para nada!”).
No es fácil dirigir el balón entre los
hoyos y los bultos del terreno, así
que las chicas de Urundaiti intentan
pases largos y aéreos hacia sus dos
delanteras. “Al principio pateaban
la bola y corrían todas detrás como
ovejas, hasta las arqueras”, dice
Carlos, el entrenador. Después
de unos meses, las jugadoras
han aprendido a repartirse el
campo. Carlos interrumpe las
explicaciones para pedirle un
cambio al árbitro: un bebé llora y
llora en la banda, así que la madre
debe abandonar el terreno para
atenderlo.
Pero no hay manera de calmar al
bebé. Llora y no quiere mamar.
“Es que tengo la teta caliente de
tanto correr y no toma”, dice la
madre. Y luego chilla: “Señoras,
¿quién tiene una teta fría?”. Se
ríen las espectadoras y también las
futbolistas, que andaban peleando
el balón en un barullo dentro del
área. “Mírenlas, toditas juntas,
parecen hormigas nomás”, grita
otra espectadora. Más cachondeo.
Mostrarse al mundo
En el descanso, las chicas de
Boyuibe están contentas: ganan
por dos a cero. Pero su arquera
Yobinka Guzmán ha tenido que
trabajar bastante. “Necesitamos
más fuerza en la defensa para que
no me lleguen tantos balones al
arco”, dice. Yobinka tiene 29 años,
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
cuatro hijos y un sobrino adoptado
en su propia casa. Todos los días
se levanta a las seis de la mañana,
da la leche a su chiquito de 2 años,
prepara el desayuno a los mayores
y sale al trabajo: es educadora en
una escuelita de la aldea guaraní
de Pueblo Nuevo, donde atiende
a niños pequeños. Al mediodía
prepara la comida y arregla a los
hijos para que vayan al colegio
por la tarde. Luego dedica varias
horas a limpiar las ropas y la
casa. Y por la noche acude a los
entrenamientos. “Duermo como
muerta”, dice, entre risas. “Pero
tenemos que practicar fuerte para
viajar a España”.
Yobinka y sus compañeras anhelan
formar una selección de madres
guaraníes que vuele a España
y participe en torneos como la
Donosti Cup de San Sebastián,
que en su última edición intentó
traerlas pero no consiguió superar
algunos trámites. A pesar de las
destrezas de ciertas jugadoras, el
criterio para seleccionar a las que
viajen tendrá que ser más biológico
que futbolístico. “Aquella chica
tan hábil irá a la Donosti Cup,
¿no?”, preguntamos, señalando
a una adolescente que controla,
regatea y pasa con una precisión
admirable. “Sí”, suspira Segovia,
“si no se queda embarazada…”.
A Inocencia, de 23 años, el
calendario le cuadra. En diciembre
dará a luz a su cuarto hijo, de
modo que le quedarán seis
meses para preparar el torneo
donostiarra: “Ojalá podamos
viajar, para nosotras sería una
oportunidad única en la vida. El
fútbol es importante, nos ayuda
a desarrollarnos: yo cuido a mis
niños, limpio las ropitas, hago la
casa, trabajo tejiendo y haciendo
pan, pero siempre guardo tiempo
para los entrenamientos porque
gracias al fútbol nos reunimos
las mujeres, conocemos nuestros
problemas, nos ayudamos. Los
hombres ya van entendiendo. Les
parece bien. En mi casa jugamos
los dos: mi marido es futbolista y
Pág 65
crónicas de deporte
me apoya, está dispuesto a cuidar
los niños si yo viajo a España. Es
importante que vayamos: tenemos
que enseñar a todo el mundo
cómo nos estamos preparando las
mujeres de Bolivia”.
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
Las dos vidas
de un pitbull
Publicado: 18 mayo 2011 en
Luis Miranda Valderrama
Etiquetas: Argentina, El Mercurio, Fútbol,
Gary Medel 1
Ahí viene Gary Medel, con pelota
dominada, listo para fusilarme. Es
el domingo 16 de mayo, pasadas
las cinco de la tarde y debajo del
arco me dispongo a hacerle frente.
En la plaza que está delante de
la multicancha de calle Alberto
González, de Conchalí, los
vecinos se aglomeran para ver a
una de las fguras de Boca Juniors
y de la Selección chilena jugar una
pichanga de baby fútbol junto a sus
amigos del Sabino Aguad Kunkar,
el club en el cual inició su carrera
antes de saltar a la U. Católica.
-Dala, Gary, entrégala – le grita su
hermano, Kevin.
Viene con la cabeza agachada,
mirando el balón. Pero él tiene
dominio de la situación. Los ojos
se le achican, abre la boca para
respirar mejor y los músculos de la
cara se le tensan al punto que su
cara se convierte en una expresión
de fereza. El cuello es tan ancho
que pareciera la continuación de
la espalda, y los pies se mueven
rápidos y fuertes, como si quisiera
taladrar la cancha.
Doy dos pasos hacia él, y me
agazapo.
El día anterior, sábado 15,
Gary había llegado en un vuelo
comercial desde Mendoza,
Argentina. No pudo jugar el
último partido de la temporada
por Boca, frente a Banfeld, de
visita: un par de contusiones en
sus piernas lo habían descartado
para ese encuentro. Así que Medel
decidió conducir su auto Nissan
370z -deportivo blanco y con
matrícula chilena- desde Buenos
Aires hasta Santiago en su último
viaje desdeArgentina, previo
al Mundial. Lo acompañaba su
Pág 67
crónicas de deporte
polola, la trasandina Gabriela
Acosta, y a causa del cierre delPaso
Los Libertadores por mal tiempo,
tomaron el avión a Santiago y
dejaron el Nissan en el hotel donde
se habían hospedado.
Gary llegó a la sede del club
Sabino Aguad a eso de las ocho
de la noche de ese sábado, cuando
su hermano mayor y su padre,
ambos de nombre Luis, jugaban
brisca con otros dos amigos.-¿Y
no fuiste a la Selección, Gary? -le
preguntó un amigo de su padre.
Al día siguiente se enfrentarían
los equipos de Chile y México
en el Estadio Azteca. Gary, titular
indiscutido para Sudáfrica, hizo
una mueca y lanzó la mano hacia
arriba.
-No, Bielsa va a probar a otros
mañana. Yo vengo a jugar con
ustedes -se dio vuelta y añadió-
¿Jugái a la pelota, periodista?
Asentí.
-Entonces trae equipo mañana y
jugamos con los cabros.
Hombre de metas
Buenos Aires, viernes 7 de mayo.
11 de la mañana.
-Decile “Gary”, hijo. Decile
“Gary”, para que te frme un
autógrafo.
Un hincha y su hijo están pegados
a la reja de la esquina norponiente
de La Bombonera, la cancha de
Boca Juniors. Gary Medel juega y
bromea con tres compañeros más
jóvenes y suplentes del club, en el
sector del córner. Cuando la pelota
cae cerca de la reja, el niño le grita
“Gary”, el chileno lo ve y lo saluda
con la mano.
A pesar de que Boca ha cumplido
una de las temporadas más pobres
de su historia (terminó 16 entre
20 equipos), Medel ha sido la
revelación y una de las pocas
fguras rescatables del equipo.
Pág 68
Periodismo narrativo en Latinoamérica
“Gary es un hombre de metas”,
dice uno de sus amigos en Buenos
Aires. “Uno de sus sueños era
jugar en Boca Juniors. Lo logró
rápidamente, pero él sabe que su
vida en Argentina es breve, porque
su siguiente paso es Europa. La otra
meta que sigue es el Barcelona. De
hecho, cuando juega fútbol en el
PlayStation, lo hace como jugador
del Barça”.
Pese a que se trata de un
entrenamiento, Medel corre y
se arrastra por el pasto como
si se tratara de un partido de
verdad. Los compañeros le gritan
“Chile”, “Gary”. Ninguno le
dice “Pitbull”.”Marcelo Bielsa
habló con los dirigentes de
Boca y recomendó a Gary a
ojos cerrados”, cuenta Marcelo
London, uno de los dirigentes del
club xeneise. “Nosotros sabíamos
perfectamente todos los problemas
que había tenido Gary en Chile
(detención por conducir en estado
de ebriedad, peleas dentro de la
cancha, la caída de una joven desde
el balcón de su departamento en
Huechuraba y el accidente que casi
lo mata cuando se quedó dormido
al volante entre Viña y Santiago).
Pero en Argentina ha sido muy
profesional. Dentro y fuera de la
cancha”.
Hay periodistas en las butacas de
La Bombonera. Observan a Gary,
hablan entre ellos, dicen que los
dirigentes no van a poder retener
al chileno, que se va a Europa
y que ya están buscándole un
reemplazante.
“Este es un equipo difícil. No
todos los jugadores que llegan
funcionan”, cuenta Leonardo
Aguilera, de TyCSports. “El
hincha de Boca le pide algo más al
jugador: que ponga, que luche cada
pelota. Y Medel le dio ese plus.
Todo se le hizo más fácil cuando
le hizo dos goles a River en este
estadio. Él responde al grito que
tiene la hinchada de Boca, Boca,
Boca, huevos, huevos, huevos”.
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crónicas de deporte
En Argentina Gary se ha peleado
con un par de rivales y hasta con un
compañero, pero también ha sido
hábil para no entrar en conficto
con los líderes más emblemáticos
del equipo: Palermo y Riquelme,
enemistados entre sí.
“Almuerza con Palermo y cena
con Riquelme”, dice un amigo de
Gary. “No tiene problemas con
ellos y es mucho más amigo de
los jugadores jóvenes del plantel.
Pero Medel tiene a sus verdaderos
amigos fuera del fútbol, y como
está de paso en Buenos Aires, y
lo tiene clarísimo, prefere tener
buenas relaciones y no abanderarse
con nadie”.
De hecho su tiempo en Argentina,
se acabó.
Diez años de fútbol
Gary Medel vive en una casa de
un piso en el residencial municipio
de Vicente López, a 16 kilómetros
al norte de Buenos Aires. No tiene
muchos muebles (la cama, un
sofá y un comedor) y sí muchas
películas que ve en su computador
(alrededor de 300, una de las
últimas que vio fue El secreto de
sus ojos). El lugar fue buscado
por uno de los asistentes del
representante de Gary, el argentino
Fernando Felicevich, que se
preocupa por todas los asuntos que
el futbolista necesite.
-¿Sabés?, acá todos en el barrio lo
quieren -dice un hombre pequeño
y gordo, que sale de una caseta de
vigilancia, a 10 metros de la casa
del jugador-. Cuando Gary les hizo
los dos goles a River, al frente los
vecinos le colgaron un lienzo que
decía: “Gracias, Gary”.
Juan Eduardo Bringas es el
guardia que cuida las casas del
sector. Cuando ha ido la familia
de Medel, lo invitan a almorzar,
habla con el abuelo y la madre del
jugador le pide que le “cuide su
guagüito”.
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
“Es un pibe que sale muy temprano
a entrenar, y vuelve a la hora de
almuerzo y a veces me pide que
le llame un delivery para que le
traiga una pizza. Duerme y a veces
sale al mall a comprar. No sale
nunca en las noches, ¿eh?, mirá
que siempre preguntan eso. Es un
pibe que vive para el fútbol”, dice.
De hecho, Medel no conocía
el Obelisco hasta hace un mes,
cuando el programa de Canal
13, Nacidos para ganar, lo llevó
al monumento para hacerle una
entrevista. Sin embargo, desde el
momento en que comenzó a salir
con Gabriela Acosta, su vida en
Buenos Aires cambió un poco. De
pasar el día en su casa chateando
por Messenger y revisando
constantemente su Facebook,
comenzó a salir con ella a comer e
ir de compras. En varias ocasiones
se ha quedado en el departamento
de Gabriela.
“Al principio era tímido, pero de a
poco empezó a soltarse”, recuerda
Cristián Erbes, el compañero más
cercano que tiene Gary dentro de
Boca. “Ahora es un buen amigo,
compartimos habitación cuando el
equipo concentra y nos ponemos a
ver películas, a veces jugamos ping
pong, y compartimos el gusto por
la música. Él me presta reggaeton
y yo le paso cumbias villeras”.
En Buenos Aires está de paso
Marco López, el “Piri”. Es amigo
de Gary desde que ambos se
enfrentaban en una cancha de
tierra; Medel, por el Sabino Aguad,
y Marco, por su club, el Defensor
Olímpico. Gary lo llamó y le dijo
que si quería verlo jugar en la
Bombonera ésta sería la última
oportunidad.
-Me dijo que estaba todo listo
-cuenta-. Que hablaron con él
y que no vuelve a Argentina. Y
que estos iban a ser sus últimos
partidos en Boca. Le dijeron que
tienen todo listo para que se vaya
a Europa.
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crónicas de deporte
-Un día yo fui a buscar al Gary a
Juan Pinto Durán, fue después del
choque que tuvo, cuando se quedó
dormido -recuerda Marco-. Y lo vi
conversando con Bielsa. Después
le pregunté qué habían hablado, y
él me dijo que le había dicho que
tenía que cuidarse. Le dijo: “El
fútbol son sólo 10 años”, y hay que
aprovecharlos.
Al terminar el entrenamiento, los
jugadores comienzan a salir hacia
el parque cerrado, donde están los
autos.
Media docena de BMW, un par de
Mercedes Benz, y el Nissan 370z
de Gary. Le piden autógrafos, se
saca fotos, habla con los hinchas
y evita a los periodistas. Entra al
auto, sube la ventanilla y pone un
reggaeton.
La vida pop
Domingo 16 de mayo. Hora de
almuerzo.
Gary Medel y sus amigos ven el
partido de Chile con México en la
sede del Sabino Aguad. De repente
sale y afuera se pone a conversar
con unos amigos sobre un episodio
que ha pasado en la población.
Uno de ellos le cuenta la historia
de un muchacho que estuvo preso
durante 15 años a causa de las
drogas, y que se puso a estudiar en
la universidad mientras duraba su
condena.-La cagó, qué buena -dice
el Pitbull.
La Selección cae por uno a cero
frente a los mexicanos. Medel
se lamenta con el casi gol de
Beausejour y comenta acerca de
la expulsión de Manuel Iturra. Se
pone de pie. Pregunta si hay gente
sufciente para la pichanga de más
tarde.
De almuerzo hay porotos con
chancho. Es una comida para
cancelar la multa de 42 mil pesos
que debe un jugador del Sabino
Aguad por agredir al árbitro en el
último partido. Gary pagó varios
platos, pero desde chico que no
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
le gustan los porotos. Le dan un
pedazo de carne y ensalada. A
Gabriela le dan pollo.
-Vos tenís cara de choro -me
dice, y se le forma una mueca de
alegría en la cara-. Él tiene cara de
malo,¿cierto? -le pregunta al resto.
Los compañeros se ríen.
-Estoy orgulloso de mis hijos -dice
el padre de Medel-. Hice buenas
personas, pero hice mejores
futbolistas.
Llega el hermano mayor, Luis.
Viene vestido con el buzo de
Boca Juniors y la camiseta de su
hermano.
-Como familia estamos contentos
de que el Gary alcance sus sueños
-cuenta-. Imagínate, él salió de acá
y sigue acá. Vuelve. Está solo en
Argentina, lo vamos a ver, pero lo
echamos de menos y él a nosotros.
Y extraña esto: esta vida y este
club. Aquí están sus raíces.
Por la tele hablan de los resultados
del fútbol argentino, pero a Gary le
importa muy poco. Ve la hora y se
pone ansioso por la pichanga. De
una bolsa, su hermano Kevin saca
una polera calipso, shorts negros,
calcetas y un par de zapatillas de
tenis blancas, todo Nike.
Observo una foto de Gary con la
selección chilena pegada en un
fchero de la sede. Está “Chupete”
Suazo, Alexis Sánchez, Matías
Fernández y Claudio Bravo.
Medel aparece en cuclillas con sus
ojos semicerrados y laboca abierta.
-¿Estái listo, periodista? -me
pregunta Gary con un empujón-.
¿Estái seguro de que quieres
jugar con nosotros?, porque aquí
no hay amigos, no hay familia ni
hay periodistas. Aquí se juega con
los codos, se pega y después se
pregunta.
Salimos a la cancha. El sol está a
punto de ponerse. Se arman tres
equipos de cinco jugadores que
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crónicas de deporte
se rotan al gol. Yo seré arquero
en uno de ellos. Me toca jugar.
Gary, en el equipo contrario, pisa
el balón y engancha. Intentan
quitarle la pelota, la suelta, corre
para recibirla. Choca con un rival,
Medel ni se mueve. Parece una
armadura.
Gary la pide, Gary la lleva, Gary
engancha, corre, patea, ataca.
Tiene la camiseta empapada. Viene
de nuevo, avanza, regatea, se pasa
a uno, a dos y se acerca al arco
hasta que estamos frente a frente.
Salgo hacia su encuentro. Respiro
hondo, espero el remate. Medel me
ve, calcula, hace que va tirar y no
tira, le da el pase a un compañero
que va libre por su izquierda, éste
la recibe, remata y gol.
Medel mira la pelota en el fondo
del arco, los ojos se le achican y
se ríe.
Su carcajada es como un ladrido.
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
La noche de
la Iguana
Publicado: 18 abril 2011
en Juan Carlos Vargaz
Etiquetas: Colombia, Fútbol, Fútbol y
Sociedad, Muerte
Ocurrió el domingo 27 de marzo.
Corría el minuto 71 del encuentro
entre el Deportivo Cúcuta y el
Envigado. De repente, en medio
del aburrimiento que signifcaba
para los hinchas la derrota parcial
del equipo cucuteño en su propio
campo, un hecho hizo que cientos
de asistentes se olvidaran de lo que
sucedía en la cancha y dirigieran
sus miradas a la tribuna sur del
estadio General Santander. Lo
que sus ojos vieron era imposible
de creer. Un grupo de fanáticos
saltando, gritando y llorando,
cargaba sobre sus hombros un
ataúd en el que reposaba el cuerpo
sin vida de Cristofer Alexander
Jácome, asesinado dos días antes
del partido, en horas de la noche,
en una cáscarita en el barrio
Bellavista.
I
“¿Dice que me llama de México
y que un periodista colombiano
le dio mi número? ¿Qué quiere
saber? La noche de aquel viernes
nos reunimos como todos los fnes
de semana para jugar futbol en la
pequeña cancha del barrio. Esa
noche Alexander llegó de cambio y
estuvo parado observando el juego
unos 10 minutos. Antes de entrar al
partido se agachó para abrocharse
los zapatos. Fue la última vez que
lo vi con vida, seguí jugando y de
pronto se escucharon los balazos.
Lo único que hicimos fue correr y
correr.
Le digo que el muchacho murió
inocentemente. ¿Cómo se dice?
Estaba en el lugar equivocado a la
hora equivocada. Escuchamos que
se retiraron unos pelaos en moto y
fue cuando nos dimos cuenta que
Alexander y otro amigo estaban
en el piso. A Cristofer Alexander
le dieron nueve balazos y murió al
instante. Al otro se lo llevaron a un
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crónicas de deporte
hospital.
Yo me llamo Johan y soy uno de
los líderes de La Banda del Indio,
la barra más grande el Deportivo
Cúcuta. Me dicen La Migra por
pertenecer a un distrito cercano
a la frontera con Venezuela. Yo
era el jefe de la Iguana, como
le decíamos a Alexander por un
corte de cabello que se hizo hace
unos meses. Pero ya no quiero
contestar el teléfono porque tengo
miedo de que aquellos pelaos en
moto regresen al barrio. De hecho,
siento que nos vamos a dejar de
reunir en la cancha por un tiempo.
Fue algo extraño. Esos tipos no
se habían aparecido por acá, en el
barrio Bellavista. Lo de la Iguana
ocurrió como a las ocho de la
noche y el cuerpo quedó tendido
un par de horas. Alguien corrió a
avisarle a su mamá, doña Yamilé
Jácome.
Alexander era menor de edad,
tenía 17 años y por eso no lo
aceptaban en ningún trabajo. Por
eso se la pasaba todo el tiempo con
los de la barra, hablando de futbol
y acompañando a los rojinegros
donde quiera que jugaran. Era cosa
de pedir unas monedas por aquí y
allá.
El domingo por la tarde fuimos al
funeral. A veces, los de la barra
que llegan a morir son paseados
afuera del estadio del General
antes de ser enterrados. Lo que
pasó con Alexander fue que un
amigo pidió que le diéramos el
último paseo justo cuando el
Deportivo Cúcuta estaba en acción
y cuando pasamos por una de las
puertas doña Yamilé pidió que nos
metiéramos con el cadáver. Que a
la Iguana le gustaría despedirse del
equipo de sus amores.
Éramos como 200 hinchas, las
puertas estaban abiertas, los
policías se quedaron callados y
dejaron pasar a la barra con todo
y ataúd. Usted puede ver las fotos
en los diarios. Lo asombroso es
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
que duramos unos 10 minutos
en las tribunas y en ese tiempo
los rojinegros lograron el gol del
empate. Creo que la Iguana les
trajo suerte. ¿Alexander?, era
un parce tranquilo. Le digo que
estuvo en el lugar equivocado”.
II
“Jhon Jairo Jácome, periodista
de La Opinión de Cúcuta para
servirle. Primero le platico que
en Colombia existen seis niveles
de estratos sociales, seis para los
de hasta arriba y uno para los
más amolados. El barrio del que
hablamos es del nivel uno, sin
pavimentación y muchas veces sin
electricidad.
¿Sabe lo que son los comandos
de limpieza? Son grupos armados
que cobran por limpiar las calles
de grupos no deseables. Lo que
ocurre en el barrio es que se
reúnen jóvenes a fumar marihuana
y crear pleitos y por eso se asomó
el comando. La misma gente de la
comunidad paga por su protección.
Aquí nadie habla al respecto.
Nadie se atreve a señalar a dichos
grupos, que no son paramilitares.
Simplemente, de pronto se asoman,
realizan ‘la limpia’ y desaparecen.
La señora Yamilé Jácome, mamá
de Alexander, me dijo que su hijo
no tenía enemigos. Que era muy
tranquilo. Tenía novia, se llama
Karen. La verdad es que todo el
barrio se reunió afuera de la casa
de la Iguana para cantar, rezar,
llorar y dar saltitos. La casa es
muy pobre, por lo que tuvieron
que pasar la cajita y juntar algunas
monedas para el entierro.
Alexander era de La Banda del
Indio, barra brava que tiene seis
meses de castigo sin acceso al
estadio por apedrear el autobús del
Tolima. Hubiera visto el escándalo
que se armó ahora que estos
hinchas se metieron al estadio con
todo y el muertito.
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crónicas de deporte
Los de la policía dicen que eran
tantos fanáticos con el ataúd que
no pusieron resistencia y los
encargados del estadio se lavan
las manos. Quieren abrir una
investigación, pero ¿a quién van
a castigar si esa hinchada está
suspendida?
Le voy a mandar unas fotos del
diario y a pasar el teléfono de uno
de los líderes de la barra. Aunque
aquí pocos quieren hablar al
respecto”.
III
Karen es la novia de la Iguana. Lo
mira por las tardes en el barrio antes
de que Alexander se reúna con los
amigos en la pequeña cancha de
futbol. Alexander le habla de los
rojinegros del Deportivo Cúcuta,
de lo mal que les ha ido en esta
temporada y de que a un equipo
como el cucuteño se le acompaña
a toda cancha ajena. Por eso la
Iguana pide monedas y viste la
playera del equipo.
Karen comenta que su novio
quería entrar al bachillerato en el
Colegio Pablo Correa León, en el
barrio de La Libertad. Que amaba
las cumbias, sobre todo aquella
que dice: “sólo le pido a Dios que
cuando me lleve al cielo, me lo
deje pintar de rojo y negro” por
aquello de los colores cucuteños.
Aunque la canción que siempre
tarareaba era aquella de Arcángel
titulada ‘Tratado de paz’.
‘Si quieren paz, hay trato
si no, yo no doy liga.
Yo la quito. Mato’.
Aquella tarde de viernes, La Iguana
platicó con su novia. Futbol y
música. Del próximo juego contra
el Envigado, la posible alineación
y la manera de colarse al estadio
del General para mirar a su equipo,
aun tratándose de pertenecer a una
barra que no tiene permiso.
Y de la novia al partidito de futbol
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
con la hinchada del barrio. Cuando
La Iguana llega a la canchita, el
juego ha iniciado. Espera unos
minutos de pie y pide entrar de
cambio. Cristofer se agacha para
abrocharse las agujetas y unirse a
la cáscara. Unos pelaos en moto se
acercan.
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crónicas de deporte
El penal más
largo del mundo
Publicado: 14 enero
2011 en Osvaldo Soriano
Etiquetas: Argentina, Cuento, Deportivo
Belgrano, Fútbol 5
El penal más fantástico del que
yo tenga noticia se tiró en 1958
en un lugar perdido del valle
de Río Negro, en Argentina, un
domingo por la tarde en un estadio
vacío. Estrella Polar era un club
de billares y mesas de baraja, un
boliche de borrachos en una calle
de tierra que terminaba en la orilla
del río. Tenía un equipo de fútbol
que participaba en el campeonato
del valle porque los domingos
no había otra cosa que hacer y el
viento arrastraba la arena de las
bardas y el polen de las chacras.
Los jugadores eran siempre los
mismos, o los hermanos de los
mismos. Cuando yo tenía quince
años, ellos tendrían treinta y me
parecían viejísimos. Díaz, el
arquero, tenía casi cuarenta y el
pelo blanco que le caía sobre la
frente de indio araucano. En el
campeonato participaban dieciséis
clubes y Estrella Polar siempre
terminaba más abajo del décimo
puesto. Creo que en 1957 se habían
colocado en el decimotercer lugar
y volvían a sus casas cantando,
con la camiseta roja bien doblada
en el bolso porque era la única
que tenían. En 1958 empezaron
ganándole a Escudo Chileno, otro
club de miseria.
A nadie le llamo la atención eso. En
cambio, un mes después, cuando
habían ganado cuatro partidos
seguidos y eran los punteros del
torneo, en los doce pueblos del
valle empezó a hablarse de ellos.
Las victorias habían sido por un
gol, pero alcanzaban para que
Deportivo Belgrano, el eterno
campeón, el de Padini, Constante
Gauna y Tata Cardiles, quedara
relegado al segundo puesto, un
punto más abajo. Se hablaba de
Estrella Polar en la escuela, en
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
el ómnibus, en la plaza, pero no
imaginaba todavía que al terminar
el otoño tuvieran 22 puntos contra
21 de los nuestros.
Las canchas se llenaban para
verlos perder de una buena vez.
Eran lentos como burros y pesados
como roperos, pero marcaban
hombre a hombre y gritaban como
marranos cuando no tenían la
pelota. El entrenador, un tipo de
traje negro, bigotitos recortados,
lunar en frente y pucho apagado
entre los labios, corría junto a
la línea de toque y los azuzaba
con una vara de mimbre cuando
pasaban a su lado. El público se
divertía con eso y nosotros, que
por ser menores jugábamos los
sábados, no nos explicábamos
como ganaban si eran tan malos.
Daban y recibían golpes con
tanta lealtad y entusiasmo, que
terminaban apoyándose unos
sobre otros para salir de la cancha
mientras la gente les aplaudía el 1
a 0 y les alcanzaba botellas de vino
refrescadas en la tierra húmeda.
Por las noches celebraban en
el prostíbulo de Santa Ana y la
gorda Leticia se quejaba de que
se comieran los restos del pollo
que ella guardaban en la heladera.
Eran la atracción y en el pueblo
se les permitía todo. Los viejos
los recogían de los bares cuando
tomaban demasiado y se ponían
pendencieros; los comerciantes
les regalaban algún juguete o
caramelos para los hijos y en el
cine, las novias les consentían
caricias por encima de las rodillas.
Fuera de su pueblo nadie los
tomaba en serio, ni siquiera
cuando le ganaron a Atlético San
Martín por 2 a 1.
En medio de la euforia perdieron,
como todo el mundo, en Barda del
Medio y al terminar la primera
rueda dejaron el primer puesto
cuando Deportivo Belgrano
los puso en su lugar con siete
goles. Todos creímos, entonces,
que la normalidad empezaba a
restablecerse. Pero el domingo
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crónicas de deporte
siguiente ganaron 1 a 0 y siguieron
con su letanía de laboriosos,
horribles triunfos y llegaron a la
primavera con apenas un punto
menos que el campeón.
El último enfrentamiento fue
histórico por el penal. El estadio
estaba repleto y los techos de las
casas también. Todo el mundo
esperaba que Deportivo Belgrano
repitiera los siete goles de la
primera rueda. El día era fresco y
soleado y las manzanas empezaban
a colorearse en los árboles. Estrella
Polar trajo más de quinientos
hinchas que tomaron una tribuna
por asalto y los bomberos tuvieron
que sacar las mangueras para que
se quedaran quietos.
El referí que pitó el penal era
Herminio Silva, un epiléptico
que vendía las rifas del club local
y todo el mundo entendió que se
estaba jugando el empleo cuando a
los cuarenta minutos del segundo
tiempo estaban uno a uno y todavía
no había cobrado la pena por más
que los de Deportivo Belgrano
se tiraran de cabeza en el área de
Estrella Polar y dieran volteretas y
malabarismos para impresionarlo.
Con el empate el local era campeón
y Herminio Silva quería conservar
el respeto por sí mismo y no daba
penal porque no había infracción.
Pero a los 42 minutos, todos nos
quedamos con la boca abierta
cuando el puntero izquierdo de
Estrella Polar clavó un tiro libre
desde muy lejos y se pusieron
arriba 2 a 1. Entonces sí, Herminio
Silva pensó en su empleo y alargó
el partido hasta que Padini entró
en el área y ni bien se le acercó
un defensor pitó. Ahí nomás dio
un pitazo estridente, aparatoso y
sancionó el penal. En ese tiempo
el lugar de ejecución no estaba
señalado con una mancha blanca
y había que contar doce pasos de
hombre. Herminio Silva no alcanzó
siquiera a recoger la pelota porque
el lateral derecho de Estrella
Polar, el Colo Rivero, lo durmió
de un cachetazo en la nariz. Hubo
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
tanta pelea que se hizo de noche
y no hubo manera de despejar la
cancha ni de despertar a Herminio
Silva. El comisario, con la linterna
encendida, suspendió el partido y
ordenó disparar al aire. Esa noche
el comando militar dictó estado de
emergencia, o algo así, y mandó a
enganchar un tren para expulsar
del pueblo a toda persona que no
tuviera apariencia de vivir allí.
Según el tribunal de la Liga, que
se reunió el martes, faltaban
jugarse veinte segundos a partir
de la ejecución del tiro penal y
ese match aparte entre Constante
Gauna, el shoteador y el gato Díaz
al arco, tendría lugar el domingo
siguiente, en el mismo estadio a
puertas cerradas. De manera que
el penal duró una semana y fue,
si nadie me informa lo contrario,
el más largo de toda la historia.
El miércoles faltamos al colegio
y nos fuimos al pueblo vecino a
curiosear. El club estaba cerrado
y todos los hombres se habían
reunido en la cancha, entre las
bardas. Formaban una larga fla
para patearle penales al Gato Díaz
y el entrenador de traje negro y
lunar trataba de explicarles que esa
era la mejor manera de probar al
arquero.
Al fnal, todos tiraron su penal y el
Gato atajó unos cuantos porque le
pateaban con alpargatas y zapatos
de calle. Un soldado bajito,
callado, que estaba en la cola, le
tiró un puntazo con el borceguí
militar y casi arranca la red. Al
caer la tarde volvieron al pueblo,
abrieron el club y se pusieron a
jugar a las cartas. Díaz se quedó
toda la noche sin hablar, tirándose
para atrás el pelo blanco y duro
hasta que después de comer se
puso un escarbadientes en la boca
y dijo:
-Constante los tira a la derecha.
-Siempre -dijo el presidente del
club.
-Pero él sabe que yo sé.
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crónicas de deporte
-Entonces estamos jodidos.
-Sí, pero yo sé que él sabe -dijo el
Gato.
-Entonces tírate a la izquierda y
listo -dijo uno de los que estaban
en la mesa.
-No. Él sabe que yo sé que él sabe
-dijo el Gato Díaz y se levantó
para ir a dormir.
-El Gato está cada vez más raro
-dijo el presidente del club cuando
lo vio salir pensativo, caminando
despacio.
El martes no fue a entrenar y el
miércoles tampoco. El jueves,
cuando lo encontraron caminando
por las vías del tren estaba
hablando solo y lo seguía un perro
con el rabo cortado.
-¿Lo vas a atajar?- le preguntó,
ansioso, el empleado de la
bicicletería.
–No sé. ¿Qué me cambia eso? –
preguntó.
–Que nos consagramos todos,
Gato. Les tocamos el culo a esos
maricones de Belgrano.
–Yo me voy consagrar cuando la
rubia de Ferreyra me quiera querer
–dijo y silbó al perro para volver
a su casa.
El viernes, la rubia de Ferreyra
estaba atendiendo la mercería
cuando el intendente del pueblo
entró con un ramo de fores y una
sonrisa ancha como una sandía
abierta. Esto te lo manda el Gato
Díaz y hasta el lunes vos decís que
es tu novio.
–Pobre tipo –dijo ella con una
mueca y ni miró las fores que
habían llegado de Neuquén por el
ómnibus de las diez y media.
A la noche fueron juntos al cine.
En el entreacto el Gato salió al hall
a fumar y la rubia de los Ferreyra
se quedó sola en la media luz, con
la cartera sobre la falda, leyendo
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
cien veces el programa sin levantar
la vista.
El sábado a la tarde el Gato Díaz
pidió prestadas dos bicicletas y
fueron a pasear a las orillas del
río. Al caer la tarde la quiso besar,
pero ella dio vuelta la cara y dijo
que el domingo a la noche, tal vez,
después que atajara el penal, en el
baile.
–¿Y yo cómo sé? –dijo él.
–¿Cómo sabés qué?
–Si me tengo que tirar para ese
lado.
La rubia Ferreyra lo tomó de la
mano y lo llevó hasta donde habían
dejado las bicicletas.
–En esta vida nunca se sabe quién
engaña a quién –dijo ella.
–¿Y si no lo atajo? –preguntó él.
–Entonces quiere decir que no
me querés –respondió la rubia, y
volvieron al pueblo.
El domingo del penal salieron del
club veinte camiones cargados de
gente, pero la policía los detuvo
a la entrada del pueblo y tuvieron
que quedarse a un costado de la
ruta, esperando bajo el sol. En
aquel tiempo y en aquel lugar no
había emisoras de radio, ni forma
de enterarse de lo que ocurría en
una cancha cerrada, de manera que
los de Estrella Polar establecieron
una posta entre el estadio y la ruta.
El empleado del bicicletero subió
a un techo desde donde se veía
el arco del Gato Díaz y desde
allí narraba lo que ocurría a otro
muchacho que había quedado en
la vereda que a su vez transmitía
a otro que estaba a veinte metros y
así hasta que cada detalle llegaba
a donde esperaban los hinchas de
Estrella Polar.
A las tres de la tarde, los dos equipos
salieron a la cancha vestidos como
si fueran a jugar un partido en
serio. Herminio Silva tenía un
uniforme negro, desteñido pero
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crónicas de deporte
limpio y cuando todos estuvieron
reunidos en el centro de la cancha
fue derecho hasta donde estaba el
Colo Rivero que le había dado el
cachetazo el domingo anterior y lo
expulsó de la cancha. Todavía no
se había inventado la tarjeta roja,
y Herminio señalaba la entrada del
túnel con una mano temblorosa de
la que colgaba el silbato.
Al fn, la policía sacó a empujones
al Colo que quería quedarse a
ver el penal. Entonces el árbitro
fue hasta el arco con la pelota
apretada contra una cadera, contó
doce pasos y la puso en su lugar.
El Gato Díaz se había peinado a
la gomina y la cabeza le brillaba
como una cacerola de aluminio.
Nosotros los veíamos desde el
paredón que rodeaba la cancha,
justo detrás del arco, y cuando
se colocó sobre la raya de cal
y empezó a frotarse las manos
desnudas, empezamos a apostar
hacía dónde tiraría Constante
Gauna.
En la ruta habían cortado el tránsito
y todo el Valle estaba pendiente
de ese instante porque hacía diez
años que el Deportivo Belgrano
no perdía un campeonato.
También la policía quería saber,
así que dejaron que la cadena de
relatores se organizara a lo largo
de tres kilómetros y las noticias
llegaban de boca en boca apenas
espaciadas por los sobresaltos de
la respiración.
Recién a las tres y media, cuando
Herminio Silva consiguió que los
dirigentes de los dos clubes, los
entrenadores y las fuerzas vivas
del pueblo abandonaran la cancha,
Constante Gauna se acercó a
acomodar la pelota. Era faco y
musculoso y tenía las cejas tan
pobladas que parecían cortarle la
cara en dos. Había tirado ese penal
tantas veces –contó después– que
volvería a patearlo a cada instante
de su vida, dormido o despierto.
A las cuatro menos cuarto,
Herminio Silva se puso a medio
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
camino entre el arco y la pelota,
se llevó el silbato a la boca y
sopló con todas sus fuerzas.
Estaba tan nervioso y el sol le
había machacado tanto sobre la
nuca, que cuando la pelota salió
hacia el arco, el referí sintió que
los ojos se reviraban y cayó de
espalda echando espuma por la
boca. Díaz dio un paso al frente y
se tiró a su derecha. La pelota salió
dando vueltas hacía el medio del
arco y Constante Gauna adivinó
enseguida que las piernas del Gato
Díaz llegarían justo para desviarla
hacia un costado. El gato pensó en
el baile de la noche, en la gloria
tardía y en que alguien corriera
a tirar la pelota al córner porque
había quedado picando en el área.
El petiso Mirabelli llegó primero
que nadie y la sacó afuera,
contra el alambrado, pero el
árbitro Herminio Silva no podía
verlo porque estaba en el suelo,
revolcándose con su epilepsia.
Cuando todo Estrella Polar se tiró
sobre el Gato Díaz, el juez de línea
corrió hacía Herminio Silva con la
bandera parada y desde el paredón
donde estábamos sentados oímos
que gritaba: “¡no vale, no vale!”.
La noticia corrió de boca en boca,
jubilosa. La atajada del Gato y el
desmayo del árbitro. Entonces en
la ruta todos abrieron las botellas
de vino y empezaron a festejar,
aunque el “no vale” llegara
balbuceado por los mensajeros
como una mueca atónita.
Hasta que Herminio Silva no
se puso de pie, desencajado por
el ataque, no hubo respuesta
defnitiva. Lo primero que
preguntó fue “qué pasó” y cuando
se lo contaron sacudió la cabeza y
dijo que había que patear de nuevo
porque él no había estado allí y el
reglamento decía que el partido
no puede jugarse con un árbitro
desmayado. Entonces el Gato Díaz
apartó a los que querían pegarle
al vendedor de rifas de Deportivo
Belgrano y dijo que había que
apurarse porque esa noche él tenía
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crónicas de deporte
una cita y una promesa y fue otra
vez bajo el arco.
Constante Gauna debía tenerse
poca fe, porque le ofreció el tiro
a Padini y recién después fue
hacía la pelota mientras el juez de
línea ayudaba a Herminio Silva
a mantenerse parado. Afuera se
escuchaban bocinazos de festejo
y los jugadores de Estrella Polar
empezaron a retirarse de la cancha
rodeados por la policía.
El pelotazo salió hacia la izquierda
y el Gato Díaz se fue para el mismo
lado con una elegancia y una
seguridad que nunca más volvió
a tener. Costante Gauna miró al
cielo y después se echó a llorar.
Nosotros saltamos del paredón y
fuimos a mirar de cerca a Díaz, el
viejo, el grandote, que miraba la
pelota que tenía entre las manos
como si hubiera sacado la sortija
de la calesita.
Dos años más tarde, cuando él era
una ruina y yo un joven insolente,
me lo encontré otra vez, a doce
pasos de distancia y lo vi inmenso,
agazapado en puntas de pie, con
los dedos abiertos y largos. En
una mano llevaba un anillo de
matrimonio que no era de la rubia
de los Ferreyra sino de la hermana
del Colo Rivero, que era tan india
y tan vieja como él. Evité mirarlo
a los ojos y le cambié la pierna;
después tiré de zurda, abajo,
sabiendo que no llegaría porque
estaba un poco duro y le pesaba
la gloria. Cuando fui a buscar la
pelota dentro del arco, el Gato
Díaz estaba levantándose como un
perro apaleado.
–Bien, pibe –me dijo–. Algún día,
cuando seas viejo, vas a andar
contando por ahí que le hiciste
un gol al Gato Díaz, pero para
entonces ya nadie se va a acordar
de mí.
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
El fútbol también
es once travestis
corriendo detrás
de una pelota
Publicado: 2 agosto 2010 en
Alberto Salcedo Ramos
Etiquetas: Colombia, Etiqueta Negra,
Fútbol, Homosexualidad
Mauricio Álvarez, más conocido
como La Madison, saca del
maletín un espejo pequeño. Luego,
mientras se peina el escaso cabello
tinturado de rubio, cuenta que
descubrió su homosexualidad a los
siete años, leyendo un cómic de
Supermán.
—Apenas vi a Clark Kent, me
volví loco —dice, ahogándose de
la risa.
John Jairo Murillo, apodado
La Ñaña, advierte con un gesto
burlón que esta es la “confesión
más maricona” que ha oído en sus
treinta y siete años de vida.
—¡Usted es tan gay —exclama,
chocando las palmas de sus
manos— que no perdona ni a los
muñecos de las tiras cómicas!
Tanto Madison como los otros
integrantes de Las Regias ríen
a carcajadas. Están vistiéndose
al aire libre en las graderías del
Coliseo Misael Pastrana Borrero,
ubicado en el municipio de
Riofrío, Valle del Cauca, a ciento
doce kilómetros de Cali. El
equipo, conformado por travestis,
se creó en 1992 con el propósito de
recaudar fondos para socorrer a los
homosexuales enfermos de sida o
adictos a las drogas. Y por estos
días anda en busca de patrocinio
para participar en el Campeonato
Mundial de Fútbol Gay, que se
llevará a cabo en Buenos Aires el
próximo mes de septiembre.
Esta tarde, como ya es costumbre,
los jugadores arman bochinche
mientras se ponen el uniforme.
El más lenguaraz de todos es La
Ñaña, fundador del equipo, quien
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crónicas de deporte
no deja títere con cabeza. Dice que
La Valeria, cuando era un bebé de
brazos, se sentaba sobre el biberón;
que La Britney nació con un chupo
entre las nalgas; que La Nando se
mudó para un barrio de ricos en
Cali porque quiere que se lo coma
el arriendo; que La Canasto es
agüita de forero y La Natalia, for
de otro patio, y que La Cuto es tan
gay que cuando ve un pene pintado
en el piso, lo borra con el trasero.
—Y este —afrma ahora,
refriéndose a La Iguana, que se
revuelca de la risa— si se hubiera
demorado quince segundos más
en el vientre de su madre, habría
nacido con panocha.
Las graderías de concreto sin
pañetar están casi desiertas. Se
espera que dentro de una hora,
cuando comience el partido,
haya quinientas personas.
Los integrantes de Las Regias
continúan arreglándose, en un
ritual que, por ahora, parece más
emparentado con los salones de
belleza que con las canchas de
fútbol. En el escenario no hay
todavía ningún balón y, en cambio,
abundan las extensiones capilares,
las uñas esmaltadas, los cabellos
teñidos, los lápices labiales, las
cejas depiladas y los cosméticos
faciales.
La Ñaña se dirige a mí.
—¿Sabe qué, papá? Escriba que
todos los jugadores de Las Regias
somos gays, pero eso sí: aquí
no hay maricas ni locas, porque
marica es el que le presta plata a
otro y loca es la que anda sucia
por las calles tirándole piedras a la
gente.
Todos largan la risotada. Diego
Fernando García, más conocido
como Melissa Williams, saca de su
maletín una pelota de microfútbol
y le pide a Óscar Gil, apodado
La Natalia, que se ponga en la
portería para practicar tiros libres.
Por un momento, da la impresión
de que el primer cobro terminará
Pág 90
Periodismo narrativo en Latinoamérica
en gol, pues el guardameta, en
vez de rechazar el balón con un
puñetazo, agita ambas manos a los
lados del tronco, como si fueran
las aletas inútiles de un pingüino.
Sin embargo, la bola rebota
accidentalmente contra su cuerpo
y se desvía hacia un costado de
la cancha. Entonces, La Natalia
abandona el arco corriendo con
histeria, como si acabara de atajar
el penalti que le da a su equipo el
campeonato mundial.
***
Pedro Julio Pardo es el coordinador
de la Fundación Santamaría,
que vela por los derechos de la
población LGBT —lesbianas,
gays, bisexuales y transexuales—.
Pardo, quien ha sido cercano al
proceso de Las Regias, considera
que, aunque resulte excluyente,
los travestis tienen derecho a
congregarse para armar su propio
equipo de fútbol o hacer cualquier
otra cosa que les plazca. ¿Acaso
a ellos les permiten arrimarse
a los estadios donde juegan
los hombres heterosexuales?
Este país —añade— solo les ha
dejado dos opciones productivas:
la prostitución y la peluquería.
Por tanto, construir guetos es su
mecanismo de defensa contra la
discriminación.
—Cuando los maricas practicamos
el fútbol —dice— estamos
enviando un mensaje contra
la intolerancia de la sociedad:
como no nos dejan jugar con los
hombres, nos toca crear nuestro
propio equipo.
Pedro Julio Pardo estima que la
existencia de Las Regias representa
para la comunidad transexual de
Cali la oportunidad de divulgar
sus problemas. Cita, en primer
lugar, la permanente exposición a
la violencia. Durante los últimos
nueve meses, doce travestis han
sido asesinados y quince han
resultado heridos a bala o con
cuchillo. Algunos han aparecido
desnudos en lotes baldíos, con
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crónicas de deporte
múltiples señales de tortura que
evidencian el odio implacable de
los agresores. Los fnes de semana
muchos jóvenes salen borrachos
de las discotecas, portando
pistolas de aire comprimido, y
se van a practicar tiro al blanco
disparándoles a los transexuales
en los senos de silicona.
El diálogo con Pardo transcurre
en la peluquería Madison, ubicada
en el barrio Siete de Agosto. Al
principio, Mauricio Álvarez, su
dueño, no nos prestaba atención
porque estaba ocupado motilando
a un cliente. Ahora, mientras barre
el cabello que quedó desperdigado
por el piso, interviene por primera
vez en la conversación. A su
juicio, los transexuales son las
personas más marginadas de toda
la población LGBT.
—Si es difícil que la sociedad
acepte a un gay común y corriente
—dice—, imagínese cómo se
complican las cosas cuando ese
gay se viste de mujer o se pone
tetas.
Ni las mujeres ni los hombres
heterosexuales lo ven como
alguien de su género, sino como
un ser disfrazado, una caricatura.
Hasta el gay convencional lo
rechaza, porque lo considera una
criatura disparatada que necesita
ponerse falda para asumir su
sexualidad. A menudo, los policías
que patrullan la ciudad desalojan
al travesti del mismo espacio
público en el cual le permiten estar
a la prostituta. Cuando termina
el acoso del mundo exterior —
explica La Madison— comienzan
los confictos personales. En
principio está el abismo entre lo
que el transexual quiere proyectar
en la sociedad y la percepción que
en realidad se tiene de él. Le pesa,
además, la obligación de vivir
aprisionado dentro de un cuerpo
que no desea, y sufre cada noche en
su habitación, al fnal de la jornada,
desandando los pasos de su propia
metamorfosis: entonces le toca
destruir a la mariposa nocturna
Pág 92
Periodismo narrativo en Latinoamérica
que él mismo había creado, para
que reaparezca el escarabajo
de siempre. Desmaquillarse,
redescubrir la sombra azulosa de
la barba debajo del polvo facial,
es una muerte diaria que, según
La Madison, solo pueden entender
quienes la han experimentado.
Quizá por la depresión que
generan todos estos problemas —
concluye— los transexuales son
tan propensos a la drogadicción.
El hombre que se exhibe en las
calles con blusa ombliguera y
tacones —dice ahora Pedro Julio
Pardo— es consciente de que su
decisión tiene un precio y está
dispuesto a pagarlo. Sabe que en
tales condiciones ninguna empresa
le dará empleo. Sabe que se pone
en la mira de extremistas capaces
de matarlo. Pero ya a esas alturas
no hay punto de retorno ni a él
le interesa devolverse. Asume su
cruzada con la certeza de que en
ella encontrará, al mismo tiempo,
su reafrmación y su suicidio.
Muchos defenden a dentelladas
el espacio que les tocó en suerte y,
antes de inmolarse, se convierten
en propagadores de la misma
violencia que denuncian.
—La hostilidad del entorno los
vuelve agresivos —dice Pardo—.
Por otro lado, reconozco que
algunos de ellos expanden drogas
en la vía pública o se involucran
con menores de edad.
***
Andrés Santamaría, Defensor
del Pueblo en el Valle del Cauca,
informa que en Cali existen,
aproximadamente, tres mil
transexuales. De esos, trescientos
se dedican a la prostitución y el
resto, a la peluquería. Retirar de las
calles a quienes se han adueñado
de ellas desde hace años, no es, a
su juicio, un asunto de fuerza sino
una tarea que exige respuestas
sociales. Semejante labor resulta
demasiado difícil en una ciudad
donde, según sus palabras, ha
imperado siempre una mentalidad
Pág 93
crónicas de deporte
injusta y segregacionista. En Cali,
de acuerdo con los resultados
de una investigación que él
dirigió, los pobres que cometen
infracciones menores permanecen
retenidos, en promedio, treinta y
seis horas, mientras que los ricos
solo duran tres.
—El desarrollo económico de la
región —explica— se debió en
parte a los ingenios azucareros,
y estos prosperaron gracias a
la práctica de la esclavitud. Así
se fomentó un pensamiento
hegemónico que todavía perdura.
Santamaría dice que el hecho
de haberse tomado en serio los
derechos de la población LGBT
ha avivado el antiguo fanatismo.
Recientemente, un periodista radial
lo acusó de estar “mariquiando”
a la ciudad. En esta historia —
añade— se refeja lo que somos
como país: aparentemente estamos
hablando de las difcultades de un
grupo humano, pero el problema
de fondo es la intransigencia típica
de los colombianos, que nos hace
percibir al diferente como un
transgresor que debe ser borrado
de la faz de la tierra. Por eso,
vivimos de conficto en conficto.
Al ver el panorama completo,
Santamaría les concede a Las
Regias un gran valor simbólico.
Más allá de auxiliar a los
transexuales caídos en desgracia,
han puesto en primer plano varios
temas importantes relacionados
con la convivencia ciudadana.
Algunos de los casi cuarenta
travestis que integran su plantilla
—como La Iguana y La Paulito—
han encontrado en el equipo
una oportunidad de combatir su
adicción a las drogas.
***
Como futbolistas, Las Regias son
desatinados: se resbalan mucho,
patean hacia las nubes cuando se
encuentran a veinte centímetros de
la portería, no saben parar la pelota
ni con el pecho ni con el pie, y
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
son incapaces de ponerle un pase
preciso al compañero que está a diez
metros de distancia. Esa torpeza,
que no es deliberada sino natural,
se convierte, paradójicamente, en
su principal arma de persuasión.
Los espectadores son indulgentes
con ellos porque los perciben
como actores de una parodia.
Si los vieran cabecear como
Miroslav Klose o gambetear como
Ronaldinho, no les perdonarían
las uñas pintadas ni las pestañas
postizas.
Terminado el primer tiempo,
el equipo rival, conformado
por mujeres de Riofrío, va
ganando tres goles a cero. Las
casi doscientas personas que
han venido al coliseo observan
el espectáculo coreográfco que
Édinson Aramburu, otro de los
miembros del grupo, realiza en
la circunferencia central de la
cancha. Los jugadores de Las
Regias, entre tanto, están reunidos
en las mismas graderías donde
antes se habían vestido. En vez de
discutir con preocupación sobre
una estrategia que les permita
remontar el marcador, han vuelto
a las humoradas. El que lleva la
voz cantante, como siempre, es La
Ñaña, quien está increpando a su
portero.
—Usted no tapa nada, mijito,
usted no es Muralla sino Mireya.
Otra vez estallan las carcajadas.
Aprovecho para preguntarle a La
Ñaña, en su mismo tono socarrón,
por qué se burla tanto de los
travestis. ¿Acaso —agrego—
se está volviendo homofóbico?
Noto en su mirada una chispa de
malicia, pero, repentinamente,
adopta un rostro grave.
—Nosotros nos apropiamos de los
insultos que nos dirige la sociedad
y los desactivamos convirtiéndolos
en chiste.
Su compostura, sin embargo,
desaparece en el instante.
—¿Qué vas a decir sobre mí en esa
Pág 95
crónicas de deporte
crónica? —me pregunta, poniendo
los brazos en jarra y mirándome de
manera retadora.
Como me quedo callado, sugiere
una idea.
—Escribe que yo no soy masculino
sino más culona.
Esta vez quien más festeja la
broma es La Valeria.
Le pido que se ponga serio siquiera
un minuto para que hablemos de
fútbol. Lo que he visto esta tarde
—le digo, con voz dramática—
me preocupa muchísimo. Si
el equipo Las Regias fuera a
representar a Colombia en el
Campeonato Mundial de Fútbol
Gay, seguramente sería goleado
por Argentina, por Brasil y hasta
por Guatemala, qué horror. Su
respuesta es una joya magnífca
del humor negro.
—¡Ay, mijito, golean a la selección
de los machos y no nos van a
golear a nosotros, que somos unas
completas locas!
Esta vez soy yo el de la carcajada.
Poco después, mientras regreso a
mi puesto para observar el segundo
tiempo, me pregunto de nuevo
por la motivación que tienen los
espectadores para asistir a las
funciones de Las Regias. Quizá
tratan de aliviar su conciencia
donando una moneda que sirva
para pagar el tratamiento de un
gay contagiado de sida o enfermo
de la próstata. Quizá buscan una
dosis de humor bizarro en las
incompetencias deportivas de sus
jugadores. En todo caso, supongo
que todavía no están preparados
para ver a los travestis más allá de
las paredes de este coliseo
Pág 96
Periodismo narrativo en Latinoamérica
Messi, el goleador
que nos despierta,
se va a dormir
Publicado: 18 junio
2010 en Leonardo Faccio
Etiquetas: España, Etiqueta Negra,
Fútbol,Lionel Messi
Lionel Messi acaba de volver de
unas vacaciones en Disney World y
aparece arrastrando sus chancletas
con esa falta de glamour propia
de los deportistas en reposo.
Está en la Ciudad Deportiva, una
dependencia del FC Barcelona
que funciona sobre un valle
apartado de la zona residencial, un
luminoso laboratorio de cemento
y cristales donde los entrenadores
convierten a futbolistas talentosos
en auténticas máquinas de
precisión. Messi es un jugador
sin manual de instrucciones y la
Ciudad Deportiva su incubadora.
Esta vez ha aceptado conceder
quince minutos de entrevista y se
le ve contento.
Luego de una gira con su club por
Estados Unidos, estuvo en Disney
con sus padres, hermanos, primos,
tíos y sobrinos. Mickey Mouse
había visto en Messi al personaje
perfecto para promocionar su
mundo de ilusiones, y su familia
completa tuvo acceso a todos los
juegos a cambio de que él se dejara
flmar en los jardines que rodean
este imperio de dibujos animados.
Hoy en YouTube vemos a Messi
haciendo malabares con un balón
delante de toda esa arquitectura de
fantasía.
—Lo pasamos espectacular —me
dice Messi, con más entusiasmo
que intención publicitaria—. Por
fn se dio.
—¿Qué es lo que más te gustó de
Disney?
—Los juegos de agua, los parques,
las atracciones. Todo. Más que
nada fui por mis sobrinitos, mis
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crónicas de deporte
primitos y mi hermana. Pero de
chico yo siempre quise ir ahí.
—¿Era como un sueño?
—Sí, creo que sí, ¿no? Al menos
para los chicos de quince años para
abajo, sí. Pero si tenés un poquito
más, también, ¿no?
En la Ciudad Deportiva, sentados
solos y frente a frente, Messi
muerde cada una de sus palabras
antes de que salgan de su boca.
Es como si de tanto en tanto
necesitara confrmar que lo hemos
entendido, como si pidiera permiso
para hablar. De niño padecía una
especie de enanismo, un trastorno
en la hormona del crecimiento, y
desde entonces su pequeñez hizo
que siempre posáramos una lupa
sobre su estatura futbolística.
Visto de cerca Messi tiene ese
aspecto contradictorio de los
niños gimnastas: unas piernas
con músculos a punto de explotar
debajo de unos ojos tímidos que
no renuncian al fsgoneo. Es un
guerrero con mirada infantil.
Pero por ratos es inevitable sentir
que uno ha venido a entrevistar
a Superman y que te atiende
uno de esos héroes distraídos y
vulnerables de Disney.
—¿Cuál es tu personaje preferido
de Disney?
—Ninguno en especial. Porque de
chico yo no miraba mucho dibujos
animados, la verdad —sonríe—.
Y después ya me vine a jugar al
fútbol para acá.
Cuando dice fútbol, a Messi se
le borra la sonrisa de la cara y
se pone tan serio como cuando
va a patear un penal. Es esa
mirada circunspecta que estamos
acostumbrados a verle por la TV.
Messi nunca se ríe cuando juega.
El negocio del fútbol es demasiado
serio: sólo veinticinco países del
mundo producen un PBI mayor que
la industria futbolística. Es el más
popular de los deportes y Messi el
principal protagonista del show del
Pág 98
Periodismo narrativo en Latinoamérica
balompié. En los meses siguientes
de su visita a Disney World,
llegaría más lejos que ningún otro
futbolista de su edad. Ganaría
seis títulos consecutivos con el
FC Barcelona, sería el máximo
goleador de la Liga de Europa, lo
elegirían el mejor futbolista del
mundo, se consagraría como el
jugador más joven en marcar cien
goles en la historia de su club y
se convertiría en el crack mejor
pagado con un contrato anual de
diez millones y medio de euros,
unas diez veces más de lo que
ganaba Maradona cuando jugaba
en el Barça. Mañana mismo Messi
volará al principado de Mónaco
para recibir, con un traje italiano
hecho a medida, el trofeo al mejor
jugador de Europa. Pero esta tarde
lleva el fequillo peinado al medio,
una sonrisa chueca y la camiseta
alterna amarillo fuorescente del
Barça por fuera de unos pantalones
cortos de entrenamiento. Es uno de
los principales animadores de la
rueda de la fortuna del fútbol, pero
hoy luce como un chico desaliñado
que viene a mirar el show.
Después de dominar el balón en
Disney World, a Messi le quedaban
aún unas semanas de vacaciones.
Pudo haberlas continuado en el
Caribe o en las islas Seychelles,
pero decidió volver con su familia
a la ciudad donde nació. Rosario
queda al norte de Buenos Aires,
en la provincia de Santa Fe. Es la
tercera ciudad de Argentina y la
tierra del Che Guevara. El último
genio del fútbol repartía sus horas
entre sus encuentros con amigos de
la infancia y su estancia en la casa
de sus padres en el barrio de Las
Heras. Pero una semana antes de
que acabasen sus vacaciones hizo
sus maletas y regresó a Barcelona,
donde siempre lo recibe Facha,
su perro bóxer. Vive solo con
esta mascota, y por temporadas
viajan a acompañarlo la madre,
el padre, la hermana. La prensa
se preguntó por qué un futbolista
superestrella interrumpía sus días
de descanso, siempre tan escasos.
Pág 99
crónicas de deporte
Messi dijo que volvía a entrenar
para estar bien. Por esos días
jugaba en la selección argentina
las eliminatorias para el Mundial
de Sudáfrica. Maradona era su
entrenador y Messi sabía que
podía ser su primer mundial como
número diez titular. Quería regresar
a Barcelona para continuar con el
show, pero a la vez porque sentía
que se estaba aburriendo allí.
—Cuando voy a Rosario me
encanta. Porque tengo mi casa, mi
gente, todo. Pero me cansa porque
no hago nada —dice como quien
levanta los hombros—. Estaba
todo el día al pedo y también
aburre estar así.
—¿No mirás televisión?
—Empecé a ver Lost y Prison
Break. Pero me terminó por cansar.
—¿Y por qué las dejaste?
—Porque siempre pasaba algo
nuevo, una historia nueva y aparte
siempre otro te la contaba.
Messi se aburre con Lost.
Messi es zurdo.
Pero a primera vista parece que
su fetiche es su pierna derecha:
la acaricia como si de rato en rato
tuviera que calmarla. Luego uno se
da cuenta de que el objeto de sus
caricias no es su pierna hiperactiva
sino un BlackBerry que lleva en
el bolsillo. Los futbolistas fuera
de serie tienen hábitos que los
acercan al resto de los mortales
y eso parece que humanizara su
genialidad. De Johan Cruyff se
decía que fumaba en el vestuario
minutos antes de entrar a la cancha.
Maradona hizo de la cocaína su
cómplice y enemigo. Hasta en la
intachable vida social de Pelé no
faltó quien lo acusara de disfrutar
de la compañía de jóvenes menores
de edad. La mayoría de futbolistas
exitosos compran todo el tiempo
cosas que sirven más para ostentar
los benefcios del presente que
para asegurar el porvenir. Nuevos
coches deportivos, ropa vistosa,
Pág 100
Periodismo narrativo en Latinoamérica
relojes aparatosos. Mientras
Ronaldinho rentaba su casa en
Castelldefels, Messi compraba
la suya a tres calles de él: una
edifcación de dos plantas ubicada
en la cima de una colina y con
vista al Mediterráneo. A despecho
de la caricatura de estrella con
Rolex de oro, enormes gafas
Gucci y modelo rubia del brazo, el
genio que se aburre de las historias
nuevas de la TV es adicto a los
perfumes de moda. En su familia
saben que una fragancia envuelta
para regalo le arranca una sonrisa.
El único objeto de su vanidad es
tan efímero como invisible.
—¿Y cómo es uno de tus días
normales, después de entrenar?
—Me gusta dormir la siesta. Y
a la noche, no sé, voy a lo de mi
hermano a cenar.
Para llegar a esta entrevista,
Lionel Messi se había privado
de un ritual que mantiene desde
niño. Todos los días, después de
las prácticas en el club, almuerza
y se va a dormir. Dos o tres horas
después, despierta. En general
nunca interrumpe su rutina. Messi
lo explica con su voz apagada en
una de las canchas donde entrena.
La siesta es para él una ceremonia
cuya utilidad ha ido cambiando con
el tiempo. De niño el reposo del
sueño, además de la medicación,
le ayudaba a regenerar sus células.
Messi dormía para poder crecer.
Hoy dice que tiene otras razones
para dormir por las tardes. Siempre
lo hace de la misma manera. No
usa la cama doble que tiene en su
cuarto: se tumba con la ropa puesta
en el sofá de su sala. Le da igual
quedarse allí dormido mientras
alguien friega los platos en su
cocina o retumba una puerta que se
cierra. Hoy Messi ya no necesita
crecer: hace la siesta porque no le
apetece hacer otra cosa después
de apartarse de la pelota. La lista
de entretenimientos que podría
comprar acaba tarde o temprano
por cansarlo. La siesta parece
Pág 101
crónicas de deporte
ser un antídoto. Nadie se aburre
cuando duerme.
Hay algo misterioso en los
genios y es normal que queramos
desvelarlo. Los fans hacen lo
imposible por tocar a sus ídolos. Es
una forma de comprobar que son
reales. Los periodistas, en cambio,
les hacen preguntas para saber si
su mundo privado se parece al de
los mortales.
«¿Es verdad que es adicto a los
videojuegos?», le preguntó un
periodista de El Periódico de
Cataluña.
«Antes estaba enganchado. Ahora
juego muy poco».
«¿Mira fútbol por televisión?»,
quiso saber un cronista de El País.
«No, no miro fútbol. Yo no soy de
mirar».
Antes de esta tarde a solas con
Messi cientos de periodistas
quisieron entrevistarlo.
Uno de ellos arriesgó su vida en el
intento.
Messi no parecía darse cuenta.
Una noche, acabado un partido
por la Copa del Rey, un hombre
amenazado de muerte lo esperaba
en los túneles que conducen a
los vestuarios del estadio del
FC Barcelona. Era el escritor
Roberto Saviano. Lo había
buscado para conocerlo sabiendo
que allí también lo podían matar.
Desde que desnudó a la mafa de
Nápoles en su libro Gomorra, ha
vivido sin paradero conocido y
con una custodia de más de diez
guardaespaldas que lo acompañan
a donde vaya las veinticuatro
horas del día. Esa noche le
buscaron una butaca donde no
pudiese ser alcanzado por un
francotirador. Quería conocerlo en
persona, darle la mano, pedirle un
autógrafo, hacerle unas preguntas.
Buscaba encontrarlo a solas, pero
los guardaespaldas se negaron
a despegarse de él. Decían que
cumplían órdenes. Ellos también
Pág 102
Periodismo narrativo en Latinoamérica
se morían por ver al futbolista que
soñaba con conocer Disney World.
Uno espera nueve meses para que
le concedan quince minutos con él.
A Saviano, que había arriesgado
su vida para ir a darle las gracias,
Messi le dijo que en Nápoles se
sentiría como en casa.
Le dijo una veintena de palabras.
No más.
Hoy, en la Ciudad Deportiva,
después de contarme sus vacaciones
en Disney, Messi me arquea las
cejas como un actor del cine mudo
que espera más preguntas. Es
como un mimo sonriente, alguien
que cambia de cara todo el tiempo.
La electricidad de su cuerpo en
los campos del fútbol hace que se
le compare con un muñequito de
PlayStation. Lionel Messi exige
metáforas menos eléctricas y más
surrealistas. El chico que nos
divierte a millones no encuentra
por las tardes nada más entretenido
que tumbarse a dormir.
Leo Messi no acostumbra a hablar
con extraños de otra cosa más que
fútbol. Una de las excepciones es
cuando pide comida a domicilio.
Un día el carnicero de Messi
estaciona su camión de reparto
frente a la casa de su cliente más
famoso, y con el gesto de un guía
turístico, me indica que, sobre
el muro de su fachada, hay unas
cámaras de vigilancia. Son las tres
de la tarde y es probable que a esta
hora La Pulga esté durmiendo.
Nadie trepa la cuesta llena de curvas
de Castelldefels para llegar hasta
aquí a contemplar el Mediterráneo.
Pero cuando se le antoja hacer un
asado, Messi llama al carnicero y
él se acerca con el pedido de bifes,
achuras y chorizos. El carnicero,
un argentino a quien sus amigos
llaman El Gallego, se ha ofrecido a
guiarme. La Pampa, el restaurante
donde trabaja, sirve asado cocido a
las brasas y vende carne argentina
a domicilio. La casa de Messi está
en la cima de una colina, al fnal
Pág 103
crónicas de deporte
de una calle angosta y rodeada de
un bosque de pinos. Aquí no llega
el transporte público. Es un sitio
ideal para estar callado.
Hablar con él es un privilegio de
gente como el entrenador, su papá
y el carnicero. Aunque a veces ni
del entrenador: Maradona, quien
lo dirige en la selección argentina,
dijo que conseguir que Messi
le contestara el teléfono es más
difícil que entrevistar a Dios. Jugar
al detective que lo persigue hace
que los informantes se dividan
entre quienes se jactan de conocer
en persona al famoso y los que
recuerdan haberlo conocido antes
de que la fama los apartara de su
mundo.
Mónica Dómina fue la maestra de
Messi de primero a cuarto grado en
el colegio Las Heras. Una noche
conversamos por teléfono de los
años en que La Pulga ocupaba el
primer pupitre de la clase.
—¿Usted le enseñó a leer y a
escribir?
—Sí, pero no le gustaba nada la
escuela. Lo hacía por obligación.
La voz de Dómina tiene el tono
maternal de una maestra y la
solemnidad de quien declara un
testamento.
—Era muy tímido —me dice—.
Tuve un grave problema para
poder comunicarme con él.
—¿Y cómo hacía para incentivarlo
a hablar?
—Tenía una amiga que se sentaba
al lado suyo y me transmitía a mí
todo lo que él quería decir.
—¿Era como su intérprete?
—Sí. Ella hasta le compraba la
merienda. Actuaba como la mamá
con el nene. Y él se dejaba que ella
le dirigiera todo.
A la edad en que todos los
niños preguntan, Leo Messi se
comunicaba con su maestra a
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
través de una ventrílocua de seis
años. Hoy, como a los genios
auténticos, no se le reconocen
maestros. «Da la sensación de
que Messi todavía no se trata a
sí mismo de usted», dice Jorge
Valdano. «Alcanzar esos niveles
de celebridad sin confundirse
es imposible, salvo que uno sea
un superdotado o un autista». A
Lionel Messi se lo acusa de vivir
dentro de una burbuja.
—¿Necesitaba un psicopedagogo?
—Yo recomendé a la mamá que
lo llevara a la psicóloga —insiste
la maestra—. Tenía que salir de su
timidez y reforzar su autoestima.
La tenía muy baja.
El carnicero de Messi tiene hoy
la autoestima muy alta. En el
restaurante donde trabaja han
hecho del nombre de su cliente
estrella parte de su plan de
márketing. Es el maître quien
ofrece a los fanáticos una visita
guiada a través de una escenografía
rústica: fotos de caballos colgando
de las paredes, meseros vestidos
de gauchos y el cartel de una vaca
en la entrada. La Pampa es un
restaurante de carretera con carta
de vinos, a cinco minutos en coche
de la casa de Messi. Los domingos
al mediodía siempre llega alguien
preguntando si es allí donde el
ídolo va a comer su plato preferido.
—¿Es cierto que lo que más pide
es milanesa a la napolitana?
—Al menos acá, no —deslinda el
maître—. Messi siempre come lo
mismo: tira de asado.
De eso se tratarían sus dilemas
fuera del campo: elegir entre una
tira de asado y una milanesa a la
napolitana. Un psicoanalista la
pasaría mal intentando arrancarle
más intimidad en un diván. Messi
prefere los sofás para la siesta.
—¿Y al fnal Messi fue a la
psicóloga? —pregunto a la
maestra.
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crónicas de deporte
—No me acuerdo —lamenta—.
Lo que sí recuerdo es que su mamá
siempre traía a clase los trofeos
que él ganaba jugando al fútbol.
Pero él se moría de vergüenza.
—¿Tuvo otros alumnos así de
tímidos?
—No. Él era distinto. Todos
querían jugar con él.
Dómina contesta rápido. Quiere
decirme más.
—Era un líder que ejercía en
silencio —dice como empuñando
el teléfono—. Por acciones y no
por palabras. Veo que ahora sigue
igual.
—¿Qué imagen le queda de él?
—Lo veo chiquito y movedizo,
con esa sonrisa de que escondía
algo y sabías que algo iba a hacer.
—¿Lo ha vuelto a ver desde que
dejó de ser su alumno?
—Nunca.
La maestra calla.
Pero Messi sigue asistiendo
de algún modo al colegio: ha
donado pupitres, útiles escolares,
computadoras.
Hoy La Pulga observa el mundo
desde sus ventanales que dan
al Mediterráneo. Es un paisaje
inmóvil que condena a las cámaras
de vigilancia al aburrimiento. Están
allí por si pasa algo y la mayor
parte del tiempo no pasa nada. El
carnicero, si sabe algún secreto, no
me lo dirá. Apenas soltará algunos
huesos, como los que se lanzan a
un perro, para que se lo devuelvan
al amo. Antes de subir al camión
de reparto para llegar hasta aquí,
el maître me detuvo en la mesa
número doce del restaurante para
contarme algo. Una noche Messi
llegó con una chica en su Audi Q7,
el coche que el club les da a todos
sus jugadores. Pidieron asado de
tira y chorizo. De postre, helado
de dulce de leche. La cena fue a la
luz de las velas. Messi presentó a
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
la chica como su novia.
Leo Messi empieza a fastidiarse
de que le pregunte tanto sobre
sus vacaciones. Se acaricia la
pierna, que es su teléfono, y su
mirada navega tras los árboles que
circundan la Ciudad Deportiva.
Sus ojos van y vienen como si
persiguieran una pelota en un
campo de golf. Le recuerdo
entonces una noticia del periódico
y de pronto el titular lo devuelve a
la órbita. Se trata de su novia. Era
un día de carnaval en Sitges, un
balneario al sur de Barcelona con
aires caribeños, veraneantes gays
y un festival de cine fantástico. El
sol imitaba un día de primavera.
En la fotografía, Messi, quien
vive a unos kilómetros de allí,
llevaba del brazo a una chica que
apenas superaba la altura de sus
hombros. La foto anunciaba un
nombre: Antonella Roccuzzo.
Una miniatura con apellido
despampanante.
—¿Y lo de la novia? —le digo—.
¿Es verdad?
—Sí, desde chiquitos nos
conocemos —dice como si abriera
la envoltura de un caramelo—. Es
la prima de mi mejor amigo.
Messi tiene amigos.
El mejor es Lucas Scaglia.
«La prima de mi mejor amigo».
Parece título de película italiana.
Serie B.
Un día Scaglia lo cuenta por
teléfono.
En las divisiones inferiores
del club Newell’s Old Boys de
Rosario, los niños eran kamikazes
que jugaban para Messi. Scaglia
era el kamikaze número cinco.
Messi era un gran goleador tímido.
Cuando se conocieron, empezaban
la escuela primaria. A veces La
Pulga se quedaba a dormir en casa
de Scaglia.
Messi le resta melodrama.
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crónicas de deporte
—¿Y veías a la prima en su
casa? —le pregunto en la Ciudad
Deportiva.
Se inclina como si fuera a
contarme cómo ganar más puntos
en PlayStation. Pero en verdad me
dice:
—Desde chiquitos los dos
jugábamos. Y terminó en una
relación.
Los Messi tienen su origen en
Recanati, la ciudad del poeta
Leopardi. En el paisaje de su
infancia, dentro de la gran
comunidad de inmigrantes en
Rosario, los italianos son la
familia más numerosa. La madre
de La Pulga es Celia Cuccittini.
Los primos son Biancucchi. Su
mejor amigo es Scaglia. La novia
es Roccuzzo. Los Scaglia y los
Roccuzzo son primos. Sus padres
administran un supermercado y
comparten una casa de dos plantas.
Messi llegaba a visitar a Scaglia.
La novia del futuro vivía en el
primer piso.
—¿Pero alguna vez ella te había
rechazado? —le digo.
Son engañosas las fotos que
congelan a Messi con el rostro
desencajado en el instante de un
zapatazo mortal. También las
cámaras que lo enfocan cuando
lleva la pelota en los pies. Ante
la virilidad futbolera que exige
aullidos de vencedor después de
convertir un gol, Leo Messi es
el único futbolista estrella capaz
de provocarnos ternura con sus
festejos, como cuando al fnal de
un partido se lleva la pelota bajo
el brazo con la cara de un niño que
gana un peluche en el tiro al blanco.
En la cancha, el pibe pierde todas
las inhibiciones: llora, camina con
la camiseta afuera, saca la lengua,
pone cientos de caras. Podría
haberme puesto una mala cara con
la pregunta sobre si alguna vez
su chica lo había rechazado. Pero
Messi me responde con una mueca
cómplice. Es el gesto de alguien
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
que ha aceptado jugar.
—Desde que nos conocimos, nos
gustamos.
A La Pulga le sale una sonrisa
chueca.
—Después estuve un tiempo sin
ver a mi amigo y a ella también. Y
en un par de años la volví a ver y,
bueno, empezó.
De golpe Messi gira la cabeza
como si un dedo invisible le
tocara la espalda. Van diez
minutos de entrevista y ya busca
la salida, como el buzo que cuenta
los segundos para volver a la
superfcie.
El resto de vidas parecen moverse
con más lentitud.
La maestra ocupa el mismo puesto
en la escuela.
La novia estudiaba diseño de
modas y lo dejó.
El mejor amigo juega en el
Panserraikos de Grecia.
La Pulga creció treinta y siete
centímetros en diez años.
Messi guardaba sus ampollas con
hormonas de crecimiento en la
nevera de su mejor amigo. Las
llevaba con él cuando no dormía
en casa.
Lucas Scaglia lo vio inyectarse
más de una vez.
Se inyectaba cada noche.
En las dos piernas.
Una por una.
Lo hacía solo.
En silencio.
No lloraba.
Lucas Scaglia lo vio empuñando
su hipodérmica. Pero Messi nunca
le contó que le gustaba su prima. A
Scaglia se lo contaron por teléfono,
trece años después de conocerlo,
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crónicas de deporte
cuando jugaba en Grecia.
Su escasez de palabras no la
reserva sólo para la prensa.
«Messi sólo produce titulares con
los pies», dice Valdano.
Una forma amable de hacer ver
como virtud lo que la prensa ve
como una carencia. El silencio de
Messi no es el del que se reserva
un pensamiento: es el silencio del
futbolista que nos hace felices y
que, felizmente, no tiene nada que
añadir.
—¿Y qué harán? —le pregunto a
Messi—. ¿Se van a casar?
Una brisa mueve el aire espeso del
verano en la Ciudad Deportiva.
—Estamos bien así —me dice sin
pensar.
Y de inmediato explica:
—Todavía no pienso en eso. Hoy
no me siento preparado ni quiero.
Creo que hay otras cosas antes de
casarme.
Por primera vez Messi habla en
voz alta del futuro. Sus palabras
fuyen como si resbalaran con
cautela por un tobogán. Es el tono
entre tímido y prudente que usa
frente a las cámaras de TV cuando
comenta el campeonato que se
propone ganar, sólo que, en vez
de goles y estrategias de juego,
administra el tema de su novia y
una boda incierta. Su vida privada
es un relato intrigante y bien
aprendido ante la prensa deportiva.
Pero la realidad interrumpe su
cuento de amor cuando por detrás
de la cabeza de Messi se asoma de
repente una mano. Es una mano
con un, dos, tres dedos en alto. Es
la mano del jefe de prensa del club
que me advierte que se me acaba el
tiempo. En minutos Messi volverá
a extraviarse tras una pared de
esta gran incubadora de cemento
y cristal.
Cada vez que viaja a Barcelona, la
madre de Messi, Celia Cuccittini,
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
intenta recuperar con él los ritos
de su infancia. Por las noches, le
sirve una taza de mate cocido, se
sienta en su cama y le acaricia el
pelo mientras conversan antes de
apagar la luz. Las madres de los
genios suelen desaparecer de los
radares de la prensa y sus fanáticos.
Buscar a la señora que le acaricia
la cabeza a Messi es tarea ingrata.
Siempre se oye un contestador
que anuncia que su teléfono está
apagado. En la televisión de
España, Celia Cuccittini aparece
sonriente en una publicidad de
postres que acaba con la voz
aniñada de Messi diciendo gracias,
mamá. La familia y el club han
creado una burbuja que lo protege,
una extensión del vientre materno
donde no lo invada el mundo de los
hombres rudos del fútbol. Desde
Barcelona son quince los números
que hay que marcar a Rosario
para comunicarse con su madre.
La rutina de pulsarlos es tediosa.
Una noche, después de dos meses
de llamarla todos los días, la mujer
aparece del otro lado de la línea.
La voz suena despreocupada,
como si estuviese haciendo otra
cosa mientras me atiende.
Le pregunto si es la señora
Cuccittini.
—No, soy la hija —me corrige.
—Buscaba a tu mamá.
—Mi mamá no está.
—¿Tiene otro teléfono donde
pueda encontrarla?
—Sí, pero no me lo sé de memoria.
María Sol Messi tiene dieciséis
años y hace un silencio como
esperando que le digan quién
llama. Está en su casa del barrio
Las Heras y me dice que usa el
teléfono de su madre porque el
suyo se ha estropeado. Su imagen
no es frecuente en las fotos que
los paparazzi difunden de la
familia Messi. Aunque a veces
María Sol aparece en la prensa
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crónicas de deporte
por casualidad. El día en que a su
hermano lo coronaron el mejor
jugador del mundo, una cámara de
TV la enfocó por unos segundos
en la ceremonia: es delgada, tiene
la cabellera castaña y los rasgos
angulosos de su cara le dan un
toque de severidad similar al de
su hermano cuando está serio.
El mundo de éxitos futbolísticos
ha envuelto su vida desde niña.
Cuando Messi viajó a Barcelona
para probarse en el fútbol
profesional, ella recién empezaba
la escuela primaria.
—Al principio veía en la tele a mi
hermano y no lo podía creer —me
dice desafnada—. Es Messi pero
sigue siendo la misma persona. No
cambió.
—¿Vos mirás fútbol?
—Sí. Pero no lo miro con mi
mamá. Me gusta más con mi papá.
—¿Por qué?
—Nadie quiere mirar los partidos
con mi mamá. Aparece Leo
jugando y empieza a gritar a la
tele, llora, se pone muy nerviosa.
Mi papá es más tranquilo.
María Sol Messi no espera
más preguntas para continuar
retratando a su hermano.
—Yo soy más como Leo —me
advierte—. Me gusta estar en casa.
Con una tele y la computadora soy
feliz.
—Tu hermano —le recuerdo— me
dijo que prefere dormir la siesta.
—Sí. Viene de las prácticas, se
acuesta en el sillón y ahí se queda
toda la tarde. No sé cómo hace
para dormirse rápido a la noche. Él
es feliz así.
La hermana de Messi parece estar
sola en casa.
El padre, que también vive en
Rosario, es el representante de su
hijo. Menudo y macizo, Leo Messi
será igual a él dentro de veinte
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
años. Cuando el Barça ganó el
mundial de clubes a Estudiantes
de La Plata en la capital de
Emiratos Árabes Unidos, durante
los festejos los espectadores
confundieron a Jorge Messi con
su hijo. Lo levantaron en hombros.
Cuando era un adolescente, el
papá de Messi también jugó en
Newell’s. Tuvo que abandonarlo
por el servicio militar, los estudios,
el matrimonio. Era empleado en
una siderúrgica, pero la paternidad
le permitió continuar el fútbol
por otros medios. Cuando La
Pulga empezó a asombrar en el
Barcelona, sus dos hermanos
mayores ya jugaban en las ligas
inferiores de Newell’s. El negocio
de la gran promesa futbolera nunca
lo tomó desprevenido. Después
de tener dos hijos varones y
futbolistas, sólo deseaba que el
tercero fuese mujer.
Lionel Messi jugaba al fútbol
como una pulga maravillosa y,
como toda pulga maravillosa, no
crecía. El esfuerzo por convertirse
en jugador profesional tenía el
motor de la ilusión deportiva,
pero también el apuro de fnanciar
su tratamiento médico. Cuando
cumplió once años, Messi medía
algo más de un metro y treinta
centímetros, lo mismo que un niño
de nueve. Desde el momento en
que lo vio, el médico supo que
el diagnóstico era «edad ósea
retrasada», un trastorno provocado
por défcit de GH, la hormona
del crecimiento. Debía recibir
una dosis diaria de somatotropina
sintética para combatirlo. El
tratamiento inyectable costaba mil
dólares por mes, más de la mitad de
lo que ganaba su padre entonces.
El fútbol dejó de ser sólo un juego
y pasó a ser una tabla para salvarse
del naufragio.
María Sol Messi entró en la
adolescencia cuando las medicinas
de su hermano ya no eran un
problema familiar. Ahora participa
de la fama de su apellido desde
esa invisibilidad que tienen los
hermanos menores, esos que ven
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crónicas de deporte
todo sin que nadie los vea. La
vida pública de su hermano le
debe parecer un espectáculo para
disfrutar ante un cubo repleto de
palomitas de maíz.
—Una vez estábamos en el
shopping mi mamá, mi papá, mi
tío, mi tía, todos. Llamó Leo y nos
dijo voy para allá.
Messi llegó al centro comercial y
la gente lo rodeó. Todos lo querían
tocar.
—Lo tuvieron que sacar con
policías.
La inconsciencia con que Messi
vive la fama produce en su
hermana una risa cómplice. Su voz
suena cristalina del otro lado del
teléfono. No es casual que entre
los seguidores de Messi haya más
niños y adolescentes que juegan
PlayStation que adultos adictos a
los calzoncillos de diseño. María
Sol Messi cambia de registro
tan rápido como un zapping de
películas los domingos por la
tarde.
—Cuando le va mal, es mejor no
hablarle —me cuenta—. Se queda
tirado en el sillón mirando tele.
Pero no lo hace de malo. Es que
está bajoneado.
La Pulga tenía motivos para
hacer horas extras en su sofá:
había marcado sólo dos goles
en los últimos diez partidos de
las eliminatorias al Mundial de
Sudáfrica, y los diarios argentinos
seguían preguntándose por el
paradero del genio. Lo veían
como un extranjero con la
camiseta equivocada. Lejos de
su rutina en el Barça, el goleador
de la Champions League se portó
como un chico extraviado y triste.
Parecía haber perdido la intuición,
esa cualidad de saber hacer las
cosas sin pensar, y que unida a su
velocidad hace que Messi juegue
siempre en tiempo futuro, un paso
por delante de los demás. Vestido
con la camiseta de Argentina,
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
presionado por los deberes de la
adultez, Messi pensó y, mientras
pensaba, traicionó su juego que
consiste en la irresponsabilidad
de la infancia. En el vestuario,
esa cultura tan argentina como
latinoamericana en la que el
liderato lo ejerce un caudillo, se
exige ser Maradona. Los caudillos
políticos deben ganar adeptos
antes de subirse al púlpito; los
futbolistas caudillos los ganan en
el vestuario antes de entrar en la
cancha. El silencio de Messi sin
goles empezaba a ser ruidoso.
La prensa argentina nunca lo
había criticado tanto. Le pedían
ser un padre severo cuando era
el hijo tímido y travieso que
siempre lloraba en sus momentos
de frustración. En un juego de la
Champions League, a pesar de que
su equipo había ganado, Messi
rompió a llorar en el vestuario por
no haber jugado de titular. También
había estallado en llanto el día en
que debutó en la selección mayor
argentina y lo expulsaron sin haber
cumplido un minuto de juego.
Después de ganar seis títulos
consecutivos, no pudo contener
las lágrimas al quedar afuera de
la Copa del Rey. Messi vive cada
derrota como el fn del mundo,
con un espíritu amateur que los
niños suelen tener. Pero ante la
frustración en la selección de su
país, Messi no lloraba: miraba al
suelo. En vez de lágrimas, una
seriedad funeraria inundaba su
cara.
—Estaba muy mal en ese momento
—me dijo la hermana—. Todos lo
saben.
—¿Y vos qué hacías?
—Yo le agarraba la mano.
Lionel Messi tiene las manos
grandes de un arquero.
Cuando tenía cinco años, su abuela
materna lo llevó de la mano a jugar
fútbol por primera vez. Hoy el
nieto le dedica los goles apuntando
sus dedos al cielo. Desde entonces
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crónicas de deporte
Messi no suelta la mano de toda su
familia.
—Le agarraba la mano —añade
María Sol—. Pero no le hablaba.
Su genialidad empuja a quienes
lo rodean a renunciar a sí mismos
para actuar de administradores de
su talento y fortuna. Rodrigo Messi
es el mayor de los tres hermanos
y, después de su padre, el segundo
fltro para llegar a La Pulga. Llegó
a Europa con la idea de continuar
su carrera futbolística que había
empezado en Newell’s y ahora
una de sus responsabilidades es
hacer la cena para Messi. Al dejar
las canchas, estudió gastronomía
y cada noche se encarga de
alimentar a un genio al que sólo le
apetece comer carne. Una tarde, en
el bar de un hotel cinco estrellas,
Rodrigo Messi me dijo que a su
hermano no le gusta el pescado
ni las verduras. Ese mismo día,
había renovado contrato con el
Barcelona por diez millones y
medio de euros al año, y él venía
de acompañarlo. Es el único de la
familia que se quedó en Barcelona
para ayudarlo a cumplir con el
plan. De rato en rato suelta una
sonrisa nerviosa y se pasa la mano
por el pelo sin estar despeinado.
En su casa suelen llamarlo con el
apodo de Problemita, y su mayor
problema no es pensar en el menú
de cada noche. Es organizar la
seguridad de Leo Messi.
—Cuando sale de casa después de
cenar —me dice el hermano—,
me quedo preocupado. A él no le
gusta tener seguridad. Pero se la
ponemos sin que él lo sepa.
—¿Qué crees que le puede pasar?
Rodrigo Messi concentra en una
mueca nerviosa una multitud
de peligros que ahora no puede
enumerar.
—Con la fama aparece la envidia,
la mala persona y hay que tener
cuidado de todo —me advierte—.
El fútbol es un mundo aparte.
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
Llevar el apellido de un genio es
una sombra que inspira y castra a
la vez. Al hermano de Maradona le
fue tan mal con el balón que acabó
jugando en Perú como si fuese la
atracción de un circo. Cuando jugó
en el Barcelona, el hijo de Cruyff
demostró que sólo había heredado
los ojos azules de su padre. El hijo
de Pelé fracasó como arquero del
Santos y acabó involucrado en
casos de tráfco de drogas y lavado
de dinero. Para Rodrigo Messi la
urgencia de cuidar a su hermano en
un planeta desconocido y peligroso
se ha convertido en la misión de su
vida. En cambio, al otro lado del
teléfono, María Sol prefere hablar
de una festa inolvidable.
—¿Y qué te regaló para tu cumple?
—pregunto.
—Me regaló de todo. Estaba en
España pero llamaba todos los días
—me dice—. Quería saber de qué
color iba a ser el vestido.
El futbolista que se duerme cuando
no tiene un balón se desveló para
festejar los quince años de su
hermana. Desde Barcelona, se
aseguró de que reservaran el salón
del mejor hotel de Rosario, que
contrataran un servicio de catering
para doscientas personas, que
ella eligiera el vestido que más le
gustara. Eligió también la música
en vivo. Le regaló una cadenita de
oro de la que colgaba un corazón,
y un anillo.
—¿Y bailó?
—Sí. Y nos quedamos todos
sorprendidos porque en el
casamiento de mi hermano estuvo
toda la noche sentado.
Era la primera vez en su vida que
su hermana lo veía bailar.
Nadie le pide a Messi sorpresa
mayor que la pura fantasía de sus
goles. Una de sus gambetas puede
ser tema de conversación durante
meses, y los enamorados del fútbol
les contarán a sus nietos que ellos
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crónicas de deporte
lo vieron jugar. Sin proponérselo,
Leo Messi es parte de los nuevos
efectos especiales de la felicidad
colectiva. Hoy también es el héroe
de su hermana.
—¿Qué te gustaría hacer? —le
pregunto a María Sol.
—Me gustaría irme a Barcelona a
empezar teatro.
Su voz de adolescente se afna en
convicción.
—Me gustaría ser algún día como
mi hermano —me dice—. Pero en
actriz.
María Sol Messi lo dice con la
seguridad del que siente que todo
es posible. Incluso negar la idea de
que sólo puede haber un genio en
la familia. Aún no sabe que detrás
de todo arte se esconde un calvario.
El de su hermano puede ser el
aburrimiento que lo acecha cuando
se aparta de los prados del balón.
Sin espectadores ni aplausos, para
Leo Messi el show debe continuar
cada tarde, en el silencio de su
casa, cuando va a cerrar los ojos
y deja caer su cabeza sobre un
almohadón.
Leo Messi prefere no recordar
ciertas cosas de su infancia. Faltan
tres minutos para que acabe la
entrevista y suelta el gesto de
fastidio que pone cuando le anulan
un gol: el mentón hundido, la
boca torcida, el ceño apretado.
Es su reacción cuando ve un libro
asomarse en mi mochila. Haber
sacrifcado su siesta no es lo que
incomoda esta tarde a Messi. Antes
de que cumpliera veintidós años,
en España ya se habían publicado
dos biografías sobre él. Una de
ellas, El niño que no podía crecer,
de Luca Caioli, celebra la epopeya
futbolística de La Pulga en el
desmesurado mundo del balón.
Hoy Messi lo mira con recelo.
—Ahí salen cosas que no tenían
que salir —me advierte señalando
el libro con su barbilla.
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
En el melodrama futbolístico de
su infancia, Messi aborrece unos
episodios. Tenía trece años cuando
subió por primera vez a un avión y
cruzó hacia Europa con su padre.
Un tercero viajaba con ellos.
—Lo recuerdo como si fuera
hoy —me dice Fabián Soldini al
teléfono.
Si todo salía bien en el viaje,
un agente debía ocuparse de los
contratos. Soldini habla de Messi
con tono paternal.
—Era tan bueno —insiste—
que nos ofrecimos a pagarle
el cincuenta por ciento de los
medicamentos que necesitaba para
crecer.
Era un producto de exportación y
el agente vio su destino en España.
En un video casero, el niño Lionel
Messi hace noventa y siete toques
con una naranja y ciento treinta
con una pelota de tenis.
Los esféricos no caen al suelo.
El agente lo flmó haciendo esos
malabares.
Envió copias a sus contactos en
Barcelona.
—¿Cómo era Messi a los doce
años?
—Muy introvertido —recuerda
Soldini—. Cuando lo llevábamos
al médico, le costaba sacarse la
ropa para que lo revisaran.
Le costaba también separarse de
su familia. En ese primer viaje
a España, hubo una escala de
Rosario a Buenos Aires que para
Messi fue dramática.
—No paró de llorar —me dice el
agente—. Parece que ya sabía que
no iba a volver.
—Era frágil —le digo—. Pero
cuando juega se lo ve muy
aguerrido.
—Sí. El desafío lo incentiva. Él
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crónicas de deporte
siempre necesitó jugar por algo.
Soldini responde al instante todas
las preguntas, como si se las hiciera
a sí mismo todas las mañanas.
—Una vez le prometí que si hacía
cinco goles le regalaba un conjunto
deportivo Puma.
Eran sus primeros días en
Barcelona.
La Pulga vivía en una habitación
del Hotel Plaza, en el barrio de
Sants. Desde su ventana veía las
torres venecianas, las estribaciones
arboladas de Montjuic, la Plaza
España. En su cabeza sólo cabía
una idea: tenía diecisiete días para
demostrar lo que sabía hacer con el
balón. Se había ido del país donde
ningún dirigente de club quería
pagarle el tratamiento para crecer
y en Barcelona se jugaba el futuro
en los partidos de prueba. Minutos
antes de entrar al vestuario, La
Pulga se detuvo.
—Tenía vergüenza de entrar solo
—dice Soldini—. Lo tuve que
acompañar.
Esa tarde Leo Messi hizo cuatro
goles y le anularon uno.
El agente cumplió su promesa y le
dio su regalo.
Hoy, en la Ciudad Deportiva,
Messi mira con recelo los libros
que cuentan esta parte de su vida.
—¿Y qué cosas no tenían que
salir? —insisto mientras hojeo sus
páginas.
—De esas cosas —me dice—
mejor tenés que hablar con mi
viejo.
Su padre se sobresalta cuando va a
hablar de negocios.
—Leo nunca tuvo representante —
enciende su voz en el teléfono—.
No quiero hablar de eso.
De lo que el padre no quiere hablar
es de una demanda pendiente. La
empresa de su ex agente reclama
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
el cobro de los días en que Soldini
y sus socios se encargaron de
que Messi llegara a Barcelona.
Horas invertidas cuando el futuro
de La Pulga era todavía incierto.
Hoy Soldini agrava su voz desde
Argentina.
—Ya ni me saluda —me dice
sobre Messi—. Y tuve que ir al
psicólogo por eso. Yo le dije: a
mí no me mataste la billetera. Me
mataste el corazón.
Leo Messi debió acomodarse a
la lógica del negocio. El video
en el que hacía malabares con
una naranja acabó publicitando
una tarjeta de crédito. Soldini, el
videasta de aquella función infantil,
se enteraría por la televisión. El
fn de la inocencia amateur fue el
principio de la codicia industrial:
el primer gran compromiso por La
Pulga se pactó en una servilleta.
El director deportivo del Barça,
Carles Rexach, lo vio jugar siete
minutos y, frente a un agente
intermediario, tomó la servilleta
de un restaurante y frmó un
compromiso de contrato. No
quería que otro club se apoderara
de Messi. El Barça se adueñó de
su futuro en la precariedad de un
papel descartable. En menos de
una década, un chico veinteañero
pasó a ganar cuatro veces más de
lo que Barack Obama declara por
la venta de sus libros y por presidir
el país más poderoso de la Tierra.
Su apellido es una marca registrada
que funciona como empresa
familiar con el nombre Leo Messi
Management. El genio del fútbol
ha grabado anuncios publicitarios
para bancos, refrescos, líneas
aéreas, videojuegos, máquinas de
afeitar, y posado en publicidades
de calzoncillos y pijamas. Un
pijama que no necesita para dormir
la siesta.
Leo Messi Management vuelve a
girar la cabeza y no encuentra al
jefe de prensa que debe rescatarlo.
Su impaciencia es la de un
alumno obediente que espera que
alguien le toque la campana del
Pág 121
crónicas de deporte
recreo para irse. Juanjo Brau, el
fsioterapeuta que sigue a Messi
por el mundo, dice que un modo de
entenderlo es observar la posición
de su cabeza: cuando la agacha, es
como si se colgara un cartel que
dice no molestar. La mayoría de
las estrellas del balón tienen una
actitud que los hace parecidos a sí
mismos dentro y fuera del campo:
el andar con el pecho afuera de
Maradona, la sonrisa de carnaval
de Ronaldinho, la lentitud elegante
y aristocrática de Zidane. Lejos
del balón, Leo Messi parece un
clon sin baterías del jugador
electrizante que todos conocemos.
Un mal representante de sí mismo.
El jefe de prensa no viene por
él, y La Pulga está a punto de
levantarse. Pero antes echa una
mirada a su teléfono y comprueba
que nadie lo ha llamado.
—¿Guardás tus fotos ahí? —
interrumpo.
Messi se calza las chancletas como
si se estuviese levantando de la
cama. Se despereza.
—Mandar sí que mando —me
dice—. Pero no soy de guardar
fotos.
El jefe de prensa aparece
agitándome los brazos como el
árbitro que expulsa a un jugador.
Es el fn. Leo Messi ha apartado
los ojos de mi mochila donde están
los libros que cuentan su historia
y que él no quiere leer. Los libros
son para él como unos vecinos que
no le apetece saludar. Una vez su
entrenador Pep Guardiola le regaló
uno. Confó en que su título sería
intrigante para un jugador que
siempre gana. Pero también quiso
enviarle un mensaje envuelto en
papel sorpresa. Se trataba de la
última novela de David Trueba:
Saber perder.
—¿Y lo leíste?
—Lo empecé porque me lo regaló
él —me dice, por Guardiola—,
pero no me gusta leer.
Pág 122
Periodismo narrativo en Latinoamérica
—¿Sabés que cuenta la historia de
un pibe que viene de Argentina y
conoce una chica acá?
—Sí, después pregunté y me lo
contaron.
Saber perder.
Lionel Messi sigue llorando
cuando pierde. Hoy, en la Ciudad
Deportiva, se despide con un
apretón de manos que no aprieta,
tan relajado y ausente como él
mismo cuando no lleva la pelota
en los pies. Aquí se mueve y habla
y calla con una pereza engañosa
que desaparece ante sus rivales.
En su edad de oro, Ronaldinho
despistaba defensores ocultando
una jugada letal tras una sonrisa;
Messi desconcierta al mundo con
su presencia distraída. Mañana
volveré a verlo por la TV, cuando
lo premien como el mejor
futbolista del año en Europa,
uno de los veinte trofeos que ha
recibido esta temporada. Llevará
un traje italiano de entallado justo
y que, aun así, le queda como
prestado. Después volverá a su
rutina doméstica en cámara lenta,
la paradoja perfecta del chico
más impredecible en los jardines
del mundo. Pero esta tarde, en
unos minutos, Messi conducirá su
coche, solo y cuesta arriba hasta
su casa con vista al Mediterráneo,
para acabar hundido, como
siempre, en el hipnótico sopor de
su sillón.
Pág 123
crónicas de deporte
El último vuelo
del Palomo
Publicado: 12 abril 2010
en Lucero Rodríguez G.
Etiquetas: Albeiro Usuriaga, Argentina,
Fútbol, Rolling Stone
Los vecinos dijeron que alguien
dio la orden de “disparar doce
veces al cuerpo del Palomo
Usuriaga”. Doce por el barrio en
el que vivía desde chico, el 12
de Octubre, y que a pesar de su
carrera de futbolista, su fama y
riqueza, nunca abandonó. Doce
por el número de barrios, incluido
el del Palomo, que conforman la
comuna 12, donde se cometieron,
el año pasado, 115 homicidios.
Al asesino del Palomo le faltaron
cinco tiros, pero igual lo mató.
Para el funeral de Albeiro, la familia
Usuriaga contrató 12 buses, que
no fueron sufcientes para evitar
el sobrecupo. Una multitudinaria
caravana con gente del barrio
y seguidores provenientes de
diferentes partes del país como
Pereira, Bogotá y Puerto Tejada
acompañó al “Palomo” hasta su
última morada. Pero como la vida
misma, su sepelio no dejó de ser
un evento sobresaltado.
En la capilla del Palmar la misa
fue interrumpida una y otra vez
por los que pedían abrir la caja
para ver al muerto. Cuando el
sacerdote estaba a punto de ceder
al caos, alguien gritó: “Esto no es
una rumba, le estamos rezando al
socio!”, y todo quedó en silencio.
Fotógrafos, cámaras, curiosos,
aplausos, arengas: “¡Usu! ¡Usu!”,
“por qué matan a las personas
buenas”, venta de helados “a
500”, fueron las últimas imágenes
que quedaron grabadas antes de
enterrar, con serenata incluida
(“Llegó el fnal, me voy de tu
vida, mi vida vencida está”, del
Gran Combo, cortesía de un CD
que retumbaba en el auto del
“Pepesón”, locutor radial y amigo
del Palomo), a Albeiro Usuriaga.
***
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
Como si fuera a convencer a un
niño de que dejara de jugar para
cumplir con la tarea, Guillermo
Cárdenas, el jefe de prensa del
América en ese entonces, fue
comisionado por el club para
encontrar a Albeiro Usuriaga y
recordarle su salida a Argentina.
Un día antes del viaje, el Palomo
estaba jugando bolas (canicas) con
una gallada del barrio. Al ver a su
guardián, el “Usu” le dijo: “Yo
para allá no voy, pana”. Así que
Cárdenas tuvo que hablar con la
mamá y explicarle la importancia
del viaje. La señora Esther López
llamó a su muchacho: “Mijo, tenés
una oportunidad divina, no la vas a
desaprovechar”.
Tres días después de la llegada de
Albeiro a Buenos Aires conoció a
Juan Carlos Vásquez, un caleño de
19 años, que estudiaba Relaciones
Públicas en la Universidad de
Buenos Aires, hablaba dos idiomas
y trabajaba medio tiempo en
McDonald’s. Palomo le comentó a
Juan que estaba solo, que su club
lo había mandado a Buenos Aires
y que existían varias posibilidades
de quedarse pero nada era seguro.
Se hicieron amigos y el Palomo
le preguntó si sabía de números
porque tenía dudas sobre su
contrato, no conocía los impuestos
argentinos y no sabía por qué
conceptos le deducían a su sueldo.
El Palomo le hizo una propuesta
para que le colaborara en el
asunto, y Vásquez accedió a
ayudarlo, consiguió negociar un
buen contrato y con el tiempo
se convirtió en una mezcla de
manager, relacionista público,
jefe de prensa, asesor jurídico
y fnanciero y hasta asistente
personal de actividades múltiples
como manejarle el carro, pelear con
él y regañarlo para que empacara
maletas y saliera a tiempo a sus
compromisos internacionales.
No había transcurrido un mes y en
pleno invierno de Buenos Aires el
Palomo, todavía incómodo, lejos
Pág 125
crónicas de deporte
de su Cali, le dijo a Juan Carlos:
“Aquí hace mucho frío, no hacen
sancocho, no venden fríjoles, no
tengo amigos, me quiero ir”.
***
Palomo jugaba cartas con un grupo
de amigos cuando un muchacho se
acercó con dos pistolas en la mano
y le disparó. El chico, un menor de
edad, lo remató y luego huyó en
una motocicleta que lo esperaba
en la esquina, bajo la cómplice
sombra de la noche y el silencio de
los vecinos. La hermana de Usu,
Carmen, estaba viendo todo desde
el balcón.
Desde que Carmen vio a su
hermano caer supo que no había
esperanza. “Tenía la mirada
perdida. Cuando suceden cosas
de bala los taxistas no paran,
es casi imposible. Gracias a
Dios pasó un amigo en una
camioneta y lo llevamos, tampoco
queríamos dejarlo ahí a esperar
el levantamiento del cadáver
porque la congestión de gente era
impresionante. En el hospital fue
horrible, un gentío, televisión por
todas partes, la gente se quería
meter a como diera lugar”.
A las 8:30 de esa noche, los medios
confrmaron la noticia: había sido
asesinado el jugador de fútbol
Albeiro Usuriaga, que participó
en la consecución del primer
título intercontinental del Atlético
Nacional, la Copa Libertadores de
América, en 1989; fue artífce del
último gol que marcó la Selección
Colombia contra Israel ganando el
pase al Mundial de 1990 y que con
el Independiente de Avellaneda se
tituló campeón del torneo nacional
argentino en 1994, se alzó con la
Supercopa el mismo año y con la
Recopa Suramericana en 1995.
***
Después del homicidio del
Palomo, el sábado 14, ocurrió otra
muerte, que solo tres días más
tarde salió a la luz. El asesinato
Pág 126
Periodismo narrativo en Latinoamérica
de Luis Fernando Pérez, alias “el
salado”, de 24 años, quien, según
le dijo un testigo a la policía, era
el conductor de la moto en la que
huyó el asesino del Palomo.
El fn de semana anterior a la
muerte de Usu, el sábado 7
de febrero, cuatro personas en
un taxi, incluido el conductor,
fueron asesinadas en el barrio 12
de Octubre. Al día siguiente, el
domingo 8 de febrero, en la misma
esquina donde mataron al Palomo,
Javier Vera Marulanda, de 27 años,
también fue baleado. Al comienzo
dijeron que el jugador vio el
crimen y que por eso lo mataron,
aunque su hermana lo niega.
La Policía Metropolitana de Cali,
y su comandante, el coronel Mario
Gutiérrez, tienen otra hipótesis:
“Palomo no necesariamente vio
esos homicidios pero sí supo cosas,
como que iba a haber muertos.
Y supo también de Javier, al que
mataron el domingo”. Según su
declaración, el Palomo le habría
dicho enfurecido a una mujer
involucrada con la pandilla que
él sabía que iban a matar a esos
muchachos “y ella habría alertado
a los asesinos”.
Los vecinos del barrio no creen en
la versión ofcial. Según ellos, el
día de su muerte el Palomo fue a
ver a la policía y los pandilleros,
asustados, decidieron matarlo,
pero el coronel Gutiérrez dice que
fue mentira. “En ese barrio hay
pandillas, hay gente fregada, es
un barrio fregado, pero la gente
le tenía confanza a la policía y el
Palomo charlaba con los agentes
todas las veces que se encontraban
–a pesar de que algunas veces
lo arrestaron por indisciplina-.
Sospechoso sería que no fuera
amigo de los policías y apareciera
un día charlando con ellos”.
Albeiro, según el coronel, además
estaba apoyando un campeonato
de fútbol intercomunas en el 12
de Octubre como parte de las
actividades que organiza la policía
con personas de alto riesgo en la
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crónicas de deporte
zona, por lo que resultaba obvio
que hablara con ellos.
El Palomo Usuriaga había recibido
varias amenazas, dicen. Una fue
la que le hizo “el salado” cuando
disparó al aire frente al Palomo,
aunque luego se disculpó con él
y su familia. “No era del 12, pero
por aquí todo el mundo lo conocía,
era un muchacho problemático
que venía con su droga encima a
montársela a los pelaos del barrio”,
dijo una vecina.
“Albeiro no era de discutir y
¿estresado? No tenía motivos para
estarlo. Estaba contento porque
iba a una prueba. Preocupado
como todos en el barrio por ver
lo que estaba aconteciendo. Esas
matanzas así sin ton ni son, una
tras otra, pero nada más”, dijo
una hermana. Luego recordó que
días antes timbró el teléfono, ella
descolgó y escuchó que alguien
dijo en voz baja: “Vamos a matar
a tu hermano”. Palomo nunca se
enteró.
Otra versión no ofcial asegura
que el fn de semana anterior a su
muerte alguien lo amenazó. “Un
tipo de una moto. No se sabe qué
le dijo pero paró en esa esquina
y le apuntó con un revólver a la
cabeza”, aseguró un testigo.
***
“No, Albeiro, calmate un poquito”,
le dijo Vásquez a Usuriaga para
convencerlo de que no saliera de
Argentina. Habló con la colonia
colombiana que vivía en Buenos
Aires y organizó un sancoho.
A medida que se destacaba
futbolísticamente, Usuriaga
empezó a ser visto como una fgura
exótica, por su color de piel, sus
1,92 de estatura y su desfachatez.
En la calle la gente especulaba que
parecía modelo. Su popularidad y
su fama en Argentina se hicieron
evidentes cuando se encontró en
medio del acoso de mujeres y
fanáticos que pedían autógrafos,
fotos, camisetas y boletas, y de
Pág 128
Periodismo narrativo en Latinoamérica
muchos anónimos que pagaron
sus cuentas en restaurantes. Fue
el primer futbolista colombiano
en la tapa de Gráfco y también
el primer profesional colombiano
que debutó en el fútbol español.
Su fama subía como espuma. Juan
Carlos le sugirió comprar auto
y después decidieron ir a vivir a
Avellaneda, el barrio del Club
Atlético Independiente. En esa
época, las muestras de admiración
llegaron al punto de que una vez
“íbamos en el auto y una señora casi
gritando decía: Usuriaga, te regalo
a mi hija, ella está enamorada de
vos, tomá el teléfono, andá a la
casa a almorzar, mi marido te
quiere conocer. Realmente era
increíble”, dice Vásquez.
***
“Ídolo porque sí”, tituló en su
artículo publicado en El Tiempo
el periodista argentino Jorge
Barraza, que fjó el epitafo que
podría resumir el sentimiento de
los argentos por el Palomo: “Que
quede registrado, en todo caso,
que lo hemos querido mucho.
Han llegado muchos futbolistas
colombianos a la Argentina. Casi
todos alcanzaron el éxito, uno solo
la idolatría: Usuriaga”.
El Palomo se fue ubicando en una
posición privilegiada. Actores y
modelos se fotografaban con el
negro que, lejos de su 12 de Octubre,
alguna vez sentenció: “Argentina,
el mejor país del mundo”. La
hazaña de Independiente tuvo
tanta trascendencia en Argentina
que el gobierno brindó un
homenaje al Club e invitó a sus
miembros a la Casa Rosada, donde
Usu se atrevió a tomarse una foto,
sentado en la silla presidencial, un
acto no menos osado que cuando
el presidente Carlos Menem lo
abrazó y dijo: “Voy a tomarme
una foto con Palomo” y este le
contestó: “Voy a tomarme una
foto con Carlos ‘patillas’ Menem”.
Pero el desdén de Usuriaga por
el protocolo presidencial ya tenía
Pág 129
crónicas de deporte
antecedentes. Cuando el presidente
colombiano Virgilio Barco le dijo:
“Estás ganando mucha plata no
te la vas a gastar, guárdala ¿Qué
negocio piensas montar? Albeiro
le respondió: “Estoy pensando en
montar un peaje, eso da mucha
plata”.
Como en un partido de América
contra Millonarios, cuando tiró un
centro desde la parte occidental del
estadio para que otro la rematara
pero alcanzó el arco y metió un
gol, el Palomo fue “un tiro al aire”,
como lo describió Maturana.
Casos como el de doping en
Argentina, su detención por
comprar una moto robada, la
agresión a un policía, un carro sin
placas que ingresó al país y hasta
rumores de abuso de menores –
este último sin sustento jurídico-
se fltraron a la prensa.
Cuando empezó a destacarse en
el fútbol, en 1995, estando en el
América, la Fiscalía Seccional
de Cali lo procesó por la compra
de una Harley Davidson robada
y estuvo detenido durante varios
días. El abogado Wilson Araque
lo sacó del lío. Su hermano Jair
aseguró que cayó por inocente:
“Un pelao de por aquí que se
la vendió, pero Albeiro salió de
eso, la mamá del muchacho era
conocida por nosotros, y el pelao
siguió por aquí, normal”.
Tras salir positivo por consumo de
cocaína en la prueba antidoping,
que se practicó después de un
partido entre San Lorenzo e
Independiente en agosto de 1997
llegó uno de los momentos más
duros para la carrera de Usuriaga.
Los jugadores agremiados y el
mismo Maradona manifestaron
desde Argentina su respaldo al
Palomo. En octubre de 1997, el 10
argentino declaró a Clarín “Que no
se quiera limpiar con Usuriaga y
Maradona. Todos tenemos que tirar
juntos para adelante”. Aseguró que
quería organizar una reunión con
Pág 130
Periodismo narrativo en Latinoamérica
agremiados “lo antes posible, por
el Palomo”, no descartó una huelga
y agregó: “Hay una discriminación
total por esa ley absurda. El que la
hizo debe estar muy arrepentido”.
Los abogados de Usuriaga
ganaron el caso y le evitaron dos
años de suspensión. Basaron sus
alegatos en la consideración de la
AFA y la Fifa del doping como
“toda sustancia que estimula el
rendimiento de un deportista en
el campo de juego” y concluyeron
que la cocaína se consumió días
y no horas antes del partido en
el que se le practicó la prueba,
y que su efecto es muy distinto
al de estimular. La Federación
Colombiana de Fútbol no sólo no
se pronunció al respecto, sino que,
según Vásquez: “A Maradona, que
15 días después se involucró en un
hecho similar, la misma Federación
Colombiana de Fútbol le envió una
comunicación manifestándole su
apoyo frente a esa situación”.
Pero aún más duro que el doping
fue la muerte de su primera
compañera, Eliana Fernanda
García, asesinada el 24 de julio de
1999, y enterrada ahora a su lado.
Y él tenía que terminar como ella.
Con una vida así no hay otra muerte
aceptable. Según Maturana, varias
veces el Palomo fue al cielo y se
devolvió”. Esta vez, quizá, se
quedó allá.
Pág 131
crónicas de deporte
Del difícil arte de
hacer un documental
sobre D10S
Publicado: 12
enero 2010 en Natalia Paez
Etiquetas: Emir Kusturica, Etiqueta Negra,
Fútbol, Maradona
Maradona estaba en camino a
la última escena. Tras una serie
de obstáculos, plantones, idas
y vueltas, un avión privado,
contratado únicamente para él,
lo había recogido en Dinamarca
y acababa de dejarlo en el
aeropuerto de Belgrado. Desde
allí debía seguir un trayecto
de cuatro horas en auto por
una zona montañosa hasta la
casa del hombre que intentaba
retratarlo: el cineasta Emir
Kusturica. El encuentro era parte
de un documental sobre la vida
del que algunos consideran el
mejor jugador de fútbol de la
historia. Ésta sería una de las
tres entrevistas en profundidad
pactadas. Los organizadores
habían comprometido hasta a
la policía nacional serbia para
escoltar el vehículo que lo
trasladaba.
Por eso, cuando la llamada
del chofer fue respondida, las
sirenas ofciales se fltraban por
el audífono. «Señor Kusturica,
el señor Maradona me pide que
lo regrese al aeropuerto, ¿qué
hago?», dijo el hombre, como si
tuviera otra opción antes de que
aquello se transformara en un
secuestro. La pobre recepción de
la zona complicó la llamada. «¿Me
escucha?», gritó el conductor. La
voz de Kusturica debía llegarle
entrecortada, pero el mensaje era
una sola palabra repetidas varias
veces: ¡sranje! En serbio quiere
decir: ¡mierda!
Poco después otro celular sonó en
casa del cineasta. Era el de José
Ibáñez, el productor español de la
película. Maradona llamaba para
quejarse. Dijo que nadie lo había
Pág 132
Periodismo narrativo en Latinoamérica
prevenido del agotador itinerario,
que la casa estaba muy lejos y que
debía regresar a Buenos Aires para
resolver quién sabía qué tema,
adiós. Fin de la llamada.
Kusturica imploró paciencia al
cielo: hacía días que preparaba
aquel encuentro. Que el avión
privado, que las cámaras, que las
luces, que los micrófonos, que el
clima. ¿Adónde está la traductora?
¿Y el fotógrafo? ¿Hay algo para
tomar? Nos sentaremos allí porque
hay mejor luz. También estaba
entre ellos el cantante Manu Chao,
que había compuesto una canción
especialmente para el flme. La
casa se había transformado en
estudio. Maradona sólo tenía que
llegar, pero a mitad de camino
se arrepintió, se cansó, tenía que
volver, chau, adiós. Y así los dejó.
Boquiabiertos.
–Fue surrealista –recuerda
Ibáñez–. El día anterior había
ocurrido un hecho premonitorio:
cuando íbamos con Manu Chao a
la casa, a mitad del recorrido, él me
había advertido: «Acá Maradona
pegará la vuelta».
Así fue. Maradona se largó. Aquél
fue uno de los desencuentros que
marcaron un rodaje de pesadilla
persiguiendo a un personaje al que
algunos millones de seguidores
llaman D10s.
***
La productora española
Pentagrama Films se había
propuesto conseguir la historia de
un gran personaje contada por un
gran director. Maradona aceptó
un acuerdo económico –dicen– no
tan bueno como el que obtuvo por
el cargo de director técnico de la
selección argentina de fútbol. El
nombre de Kusturica saltó a la
mesa cuando alguien recordó una
escena de su película Gato negro,
gato blanco en que el protagonista,
un muchacho gitano, grita a orillas
del Danubio: «Maradooona», en
señal de júbilo. ¿Quién mejor que
Pág 133
crónicas de deporte
un director que alguna vez quiso
ser futbolista profesional para
retratarlo? ¿Y qué mejor que no
fuera argentino? Se lo propusieron
y Kusturica aceptó. Se puso a
trabajar en el 2004. Pasarían cuatro
años y varias crisis antes de que el
documental quedara listo.
El itinerario de la producción
incluía escenarios como Villa
Fiorito, el barrio obrero en el que
Maradona nació y donde aprendió
a jugar al fútbol; La Habana,
ciudad en la que vivió tres años
para limpiarse de las drogas;
Nápoles, que es quizá el lugar
más maradoniano del planeta; y
también Belgrado, la ciudad que
Kusturica adoptó para reafrmar su
origen. Pero las cosas no salieron
como estaban planifcadas. El
director iba a pasar momentos
de angustia y furia antes de
conseguir la entrevista principal
con su personaje. Unas veces era
Maradona el que lo dejaba plantado
sin motivo. Otra vez, en medio del
rodaje, sufrió un colapso físico
que lo dejó al borde de la muerte.
Pero también el mismo Kusturica
estuvo a punto de mandar todo al
diablo. Las interrupciones fueron
tantas que entre el inicio y el fnal
Kusturica tuvo tiempo de rodar
otra película: Promise Me This.
Y sin embargo, parecía dispuesto a
todo por culminar el proyecto, un
retrato personal del futbolista más
importante de su tiempo.
El desafío no era menor. Maradona
es un tema inagotable. Según la
base de datos cinematográfca
más confable de la web, Internet
Movie Database, hay más de
veinte películas que tienen que ver
con él (entre producciones para
cine y televisión, participaciones
especiales en flmes de otros y
compilados de los mejores goles).
Una estadística elemental sugiere
que, si contamos desde que nació
hasta su edad actual, cada dos
años alguien intenta contar su vida
para una pantalla. Esto sin sumar
los libros. El valor agregado de
Pág 134
Periodismo narrativo en Latinoamérica
este nuevo flme sería la visión
que un narrador desbordado
como Kusturica podía tener de
una leyenda desbordante como
Maradona.
Si algo comparten ambos
personajes es que sus vidas públicas
y privadas han generado revuelos.
A Maradona le basta con abrir la
boca para que sucedan negocios
o escándalos desopilantes.
Kusturica, por su parte, ha repetido
que desde ¿Quién se acuerda de
Dolly Bell? (película con la que
ganó el León de Oro de Venecia en
1981) siempre ha rodado la misma
historia:
–Es la locura vista por un loco –
dijo una vez.
¿De qué se trataría pues el insólito
desafío de flmar un nuevo
documental sobre Maradona?
¿Acaso la historia de un loco que
intenta comprender a Dios?
***
Buenos Aires, abril de 2005. El
escenario es Devoto, un barrio
de clase media donde está la casa
de la familia Maradona. La tropa
cinematográfca llega cuando se
festeja el cumpleaños de su hija
mayor, Dalma.
–¿Quién es?
–Soy Emir y el equipo.
Pasan. Aparece un Maradona
obeso, de andar cansino, y los
saluda. No se conocían. Fue
el primer encuentro, informal,
cámara en mano. Lo primero que
Kusturica le dice es: «He llorado
dos veces por tu culpa: cuando
hemos perdido y cuando marcaste
el gol contra Inglaterra». En el
documental, Maradona le contesta
que mientras hacía ese gol sus
piernas se movían para vengar a
los muertos de la Guerra de las
Malvinas.
–¿Y el gol con la mano? –pregunta
Emir.
Pág 135
crónicas de deporte
–Ése para mí fue como robarle la
cartera a un inglés –se ríe Diego
haciendo gala de su humor y
viveza criolla.
Poco después Kusturica y su equipo
se van, no sin antes arreglar una
entrevista para los días siguientes.
Allí empieza el desconcierto.
La segunda vez que tocan el timbre
de la casa de Devoto, nadie atiende.
Kusturica pone cara de rottweiler.
La espera se alarga sentados en
el vehículo de flmación. Al fnal
sale Maradona, habano en mano,
dice: «Hola, qué tal», se sube a su
camioneta y se va sin más. Todos
quedan haciendo el tonto con las
cámaras encendidas. «Es como
un juego infnito de puertas que
se abren y se cierran. Me siento
un paparazzo a la espera de que
la estrella se despierte», exclama
Kusturica en el documental.
***
Sebastián Naranjo tiene veintisiete
años y pertenece a la generación de
adolescentes que se decepcionaron
–con ese desencanto negro de la
adolescencia– cuando a Maradona
le dio positivo el control antidopaje
en el Mundial de Estados Unidos.
Guardaba hacia él resentimiento y
le echaba la culpa de no haber visto
fútbol por varios años después
de ese episodio. Aunque es hijo
de quien fuera el médico de los
Maradona en los tiempos en que
en esa familia no había dinero para
médicos, no era fanático del ex
capitán de la selección argentina.
Pero lo que volvió a acercarlo a
él fue que Sebastián es también
amigo de Verónica Ojeda, la novia
que Maradona había conocido
durante el rodaje, en noviembre
del 2005. Él había sido invitado
al casamiento de un sobrino en los
suburbios del sur de Buenos Aires.
Allí se reencuentra con familiares,
amigos y vecinos del barrio de
su infancia. Gente querida. Allí,
hacia un costado, ve a una rubia.
La invita a bailar. La chica tiene
Pág 136
Periodismo narrativo en Latinoamérica
veintisiete años. También es de
Villa Fiorito. Desde entonces están
juntos. Viven en una casa quinta en
Ezeiza, cerca de donde él entrena
a la selección argentina. La chica
no sale en el documental, tampoco
nadie de su entorno. Tal vez
porque para terminar la película
fue fundamental la participación
de Claudia Villafañe, «La bruja»,
como la llama cariñosamente
Maradona. Su ex esposa, madre
de Dalma y Gianinna, abuela de su
nieto. Pero sobre todo en este caso,
su mánager.
Dicen que Maradona suele ser
generoso con los allegados. En
marzo del 2006 la banda irlandesa
U2 llegó a tocar a Buenos Aires.
Maradona estaba invitado por
Bono Vox, por lo que le dio a su
novia un puñado de pases VIP.
Podía repartirlos a quien quisiera.
Sebastián Naranjo, quien estaba
alojado en casa de los Ojeda
por esos días, fue uno de los
benefciados. Aunque no lo vio
antes ni durante el show. Pero a
eso de las cinco de la mañana,
escuchó un ruido seco en el
líving. Al asomarse al pasillo,
Sebastián vio a Maradona parado
a un metro de distancia y se quedó
pasmado. Estaba con ropa de casa,
pantalones cortos y un gorro de
cowboy en la cabeza. Después
se enteraría de que Bono le había
regalado el sombrero que usó
durante todo el Tour Vértigo, la
exitosa gira que entre el 2005 y el
2006 llevó a la banda por el mundo
para promocionar el disco How to
Dismantle an Atomic Bomb.
–No me pude volver a dormir.
Es que vos lo ves y… ¿Viste
cuando en el juego del pacman el
muñequito se come la fruta que
suma puntos y aparece un hongo
de luz fuorescente alrededor?
Bueno, el tipo tiene eso. Una
energía increíble.
Al día siguiente fueron
presentados:
–Ah, vos sos el hijo del doctor
Pág 137
crónicas de deporte
–afrmó Maradona mientras le
tendía el brazo donde tiene tatuado
al Che.
Gestos como esos le bastan para
tumbar resistencias. Ahora había
sumado un nuevo fan.
***
«Dios es el único ser que para
reinar no tuvo ni siquiera
necesidad de existir», dice una
frase de Baudelaire que abre la
película. Maradona en cambio
existe. Pero gasta una aureola de
divinidad que podría dar para un
estudio de psicosis colectiva. Una
vez se disponía a pagar el peaje
en una autopista y el empleado
en la cabina, en vez de recibirle el
dinero, le agarró la mano y no se
la quería soltar. En otra ocasión un
muchacho que iba en moto casi se
estrella por quedarse mirándolo de
costado en plena marcha. El mismo
Maradona le gritaba: «¡Mirá para
adelante! ¡Te vas a matar!». Un
amigo que prefere mantenerse en
el anonimato me cuenta que en su
casa todos los días se escuchan
gritos de la gente que hace guardia
en la puerta: «Diego salí, Diego
ídolo, Diego te quiero».
Creer en Dios es un misterio de fe.
Y la fe no se cuestiona. Durante
el rodaje de la película, Maradona
asistió a una fecha de la Fórmula
1 en Montecarlo. Apenas apareció,
toda una tribuna comenzó a
cantarle. La gente se le tiraba
encima, lo quería abrazar con un
fervor irracional [esta escena fue
suprimida del documental, porque
no todo podía entrar: en total
flmaron ciento ochenta horas].
En Nápoles, adonde había asistido
para el partido de homenaje a su
ex compañero de equipo Ciro
Ferrara, se lo ve saludando desde
la ventana de su hotel. Abajo la
gente se amontona, grita, aúlla.
Hay llantos, estampidas, policías.
Poco después, la gente golpea
el vehículo que lo traslada.
«¡Maradoooona! ¡Diegooooo!
¡Diegoooooo!»
Pág 138
Periodismo narrativo en Latinoamérica
–¡¿Por qué golpeás, la puta que te
parió?! –lanza Maradona su ira,
fuera de sí.
Ellos parecen implorarle salvación.
En el documental la voz en off de
Kusturica se pregunta:
–¿Quién es este hombre? ¿Quién
es ese mago del balón? El Sex
Pistol del fútbol internacional.
***
La segunda gran crisis tuvo un
trasfondo extra futbolístico y
extra cinematográfco. Un telón
ideológico.
–¡Si Maradona viaja primero a
Croacia que a Serbia me retiro
del proyecto!- gritó Kusturica al
teléfono y luego colgó.
Era un viernes por la noche. Estaba
con el equipo de rodaje en Italia.
Corridas. Llamadas. Productores
y técnicos en pánico y el
protagonista que se les escabullía
como una zarigüeya. Maradona
había viajado para un partido
homenaje y de allí planeaba visitar
Croacia, donde un ex compañero
de fútbol había inaugurado una
obra benéfca. Croacia es un
país tradicionalmente enemigo
de Serbia, y a Kusturica esa
escala inesperada le parecía una
afrenta. Fue un punto crítico. El
director había coordinado hasta un
encuentro con el presidente serbio
para el documental. Si Maradona
hacía ese trayecto, la película se
abortaba.
Chocaban los dioses en los
infernos de sus idearios. Se
mezclaba el fútbol con las heridas
abiertas en los Balcanes. Para
intentar entenderlo había que
identifcar a los enemigos de
Kusturica. Tal vez volver a mirar
la que muchos consideran su obra
maestra: Underground –flme que
lo consagró a nivel internacional y
le valió su segunda Palma de Oro
en Cannes–, una fcción satírica
que recorre casi medio siglo de la
historia de la ex Yugoslavia. Es su
Pág 139
crónicas de deporte
visión personal sobre el conficto de
los Balcanes, esa región que un día
estalló en guerras de independencia
sucesivas y donde hubo masacres
que horrorizaron al mundo. Por
ella este director nacido en Bosnia
se ganó la embarazosa etiqueta
de «proserbio», que en lenguaje
moderno es un eufemismo de nazi.
Algunos intelectuales franceses,
entre ellos Bernard-Henri Lévy,
criticaron su postura política.
Ciertos sectores de su propio país
incluso lo acusaron de ponerse al
servicio del genocida Slobodan
Milosevic, a quien muchos
consideran el principal responsable
de ese baño de sangre.
–Los que me dijeron proserbio son
putas baratas- respondió él en una
entrevista.
En su ciudad de origen, Sarajevo,
asediada y martirizada por
el ejército serbio durante los
ataques de 2005, varios sectores
no le perdonan su posición sobre
esta guerra. Nunca se alejó de
Slobodan Milosevic. En una
entrevista Kusturica explicó
que está en contra de la simple
división de buenos y malos. Pero
sabe tomar partido. De hecho hay
quienes aseguran que Kusturica –
hijo de musulmanes conversos– ha
reivindicado hoy su origen serbio
y hasta se ha vuelto a bautizar
eligiendo el nombre de Nemanja.
Con ese trámite habría borrado las
huellas musulmanas de Emir, el
nombre que le dieron sus padres.
Sus amigos lo llaman Kusta.
De modo que sus amenazas de
parar el documental si Maradona
iba primero a Croacia no eran
palabrería. El caos se presentó
de golpe para la producción. Un
integrante del equipo recuerda que
estaban cenando cuando sonó el
teléfono de la productora. Lo que
siguió fue una secuencia de caras
largas y luego el anuncio de que el
rodaje no seguiría. «Después de la
cena fuimos a tomar unos tragos en
una plaza y a las tres de la mañana
llaman a uno de los productores
Pág 140
Periodismo narrativo en Latinoamérica
diciéndole que reuniera al equipo
urgente porque a las cinco salíamos
cruzando Italia por tierra hasta
el mar Adriático, para embarcar
rumbo a Belgrado». Maradona
había aceptado el cambio de
itinerario.
Entre idas y vueltas, al otro día
desayunaron en Serbia. Kusturica
conducía el coche. Tenían cita con
el presidente, luego irían al estadio
Estrella Roja. Durante el camino,
Maradona miraba las calles de
Belgrado. En un momento, al
pasar por las ruinas del Ministerio
del Interior, se sorprendió con los
restos de un bombardeo. Pidió al
director que le contara lo que había
pasado. Necesitaba entender un
poco mejor la reciente guerra.
Kusturica manejaba y al mismo
tiempo hablaba por teléfono con su
madre enferma. En un momento,
le pasó el teléfono.
–¡Hola, Senka! voglio te, (te
quiero) –dijo Maradona en italiano
confuso.
Después de rodar la llegada a
Serbia, Kusturica anunció que daría
una festa en su yate en honor del
astro argentino. Sería un recorrido
por las aguas del Danubio, con
una orquesta gitana, bandejas
con delicias pantagruélicas y el
inevitable desmadre de vinos
y espumantes que políticos,
mecenas, artistas y productores
bebían y comían a libre demanda.
Esa noche Diego Maradona y su
anftrión se batieron en un duelo de
baile y carcajadas, venerados por
un círculo de gente, hasta que al
fnalizar la festa sonó el teléfono y
llegó el aviso. «La madre de Emir
agoniza». Maradona había sido
una de las últimas personas con las
que habló.
***
El último episodio crítico de la
flmación no ocurrió en un yate,
sino en un tren. Fue en la víspera
de la IV Cumbre de las Américas,
Pág 141
crónicas de deporte
en noviembre del 2005, durante
una masiva protesta contra la
visita de George W. Bush a la
Argentina. Una anticumbre cuyo
tema de fondo sonaba como un
partido de fútbol: Alca versus
Alba. El modelo de comercio
norteamericano versus el modelo
de resistencia latinoamericano.
El convoy de protesta partiría de
Buenos Aires hasta la sureña Mar
del Plata, a bordo de cinco vagones
bautizados con un nombre lírico:
Expreso del Alba. Entre los ciento
sesenta pasajeros había personajes
famosos de la cultura y la política,
desde el presidente venezolano
Hugo Chávez y el entonces líder
cocalero Evo Morales al premio
Nobel de la Paz Adolfo Pérez
Esquivel, actores, periodistas,
Maradona y Kusturica. No todo era
poesía aquella noche. «Maldito,
borracho, asesino, criminal de
guerra, Stop Bush, no al Alca»,
decían los gritos militantes.
Kusturica pensaba realizar allí
la entrevista a su personaje. Eso
habían arreglado.
–¡Comandante! –saludó el director
al encontrar a Maradona.
Pero éste estaba disperso. Mucha
gente, mucha prensa. Tiró besos
desde la ventanilla, se sacó
fotos con los mozos, hasta tuvo
tiempo de frmarle un autógrafo
al inspector general del tren en su
camiseta de Boca.
A eso de las dos de la mañana, la
escena parecía sacada del antiguo
cine soviético: un tren del siglo
pasado llegando a la estación de
un pueblo bajo una lluvia que
sólo se podía ver a través de los
tímidos chorritos de luz de los
faroles. Unas trescientas personas
se mojaban en la estación. No era
para apoyar la anticumbre. Era
para saludar a Maradona.
Kusturica desesperaba porque
nunca se daba el momento para la
entrevista.
A las seis de la mañana un
Pág 142
Periodismo narrativo en Latinoamérica
bocinazo barítono, nasal, anunció
que habían llegado. La llamada
Ciudad Feliz estaba convertida en
un fortín, cerrada con vallas, con
toda la policía argentina volcada
a las calles y el servicio secreto
norteamericano escondido por
los rincones. Y con un desmadre
de gente que quería tocar a
Maradona. Hubo que retirarlo por
su seguridad.
Todo estaba fuera de control.
Esto está en el documental: el
protagonista gambetea al director.
Que se fue a un hotel. Que no
se sabe. Que la maldita lluvia.
¿Que adónde se metió? Kusturica
estaba frustrado. El rodaje se le
iba de las manos. A esas alturas
la sensación de desorden era tal
que los inversionistas franceses
del proyecto, cuyo presupuesto
pasaba del millón de euros,
habían iniciado una demanda para
presionar. Uno de los productores
tuvo un preinfarto. Los médicos
dijeron que era por el estrés. El
cineasta también llegó a su límite:
ante ese contratiempo, mandó todo
al diablo, se subió a un coche y
se volvió a Buenos Aires. Parte
del equipo de flmación se dedicó
a buscar un bar para desayunar.
¡Sranje! ¡Sranje!
***
La última entrevista, la que faltaba
para terminar la película, se
realizó en un estudio en la capital
argentina. Tres años después de
aquella primera que se hiciera en
el cumpleaños de Dalma. Y todo,
según dicen, gracias a las múltiples
gestiones de Claudia Villafañe,
a quien se la ve sentada al fondo
de la escena. En esa charla, una
de las mejores del documental,
Maradona le dice a Kusturica
que está arrepentido de haberse
perdido la infancia de sus hijas por
estar bajo los efectos de la droga
–una recaída en el 2006 supuso
otro agujero negro en el rodaje–.
Pero que ya no puede volver el
tiempo atrás, porque no es Dios.
Y que si no está muerto es porque
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crónicas de deporte
«el de arriba» no quiso. Kusturica
lo escucha y lo deja hablar, en
su mejor faceta de entrevistador.
–Cuando alguien se resigna a la
muerte y habla con el corazón
como Diego, tiene el camino
allanado hacia la santidad –
refexiona el cineasta–. Pero aún
no era el momento de convertirse
en santo, y creo que por eso se
convirtió en toxicodependiente.
Maradona quedó satisfecho con
su perfl. Y dicen que a Kusturica
también le gustó cómo quedó su
película. El día del estreno, en
el Festival de Cannes, director
y protagonista parecían libres
de cicatrices mutuas. Maradona
estaba rebosante, acompañado
por tres mujeres vestidas de
negro: su ex mujer y sus dos hijas.
Kusturica también había llevado a
su familia. Sobre la alfombra roja,
acribillados por los fashes, ambos
estrenaban también una empatía
que resultaba extraña tras los
meses de tensiones. Fuera como
fuera, «Maradona by Kusturica»
estaba listo para recorrer el mundo
sobre la corriente de admiración
que despierta el astro argentino
por todas partes. Y sin embargo, el
documental no tuvo la repercusión
esperada.
No recibió buenos comentarios de
la crítica. Y hasta hoy sólo ha sido
proyectado en salas comerciales
de Italia, Serbia y Francia, donde
permaneció muy poco tiempo en
cartelera. En España esperan un
buen momento que, al parecer,
aún no ha llegado. En Perú ya
fue comprada por el distribuidor
Euroflms, pero todavía no tiene
fecha de estreno.
Lo más extraño, sin embargo,
es que ni siquiera en el país de
Maradona haya sido vista todavía.
No sólo por lo que aquí signifca
Maradona, sino porque también
Kusturica tiene muchos fans, de
sus películas y también de su
música.
Pág 144
Periodismo narrativo en Latinoamérica
La vida de Maradona ha seguido
desde entonces llena de sorpresas:
se convirtió en abuelo (su nieto es
el hijo de Dalma con la estrella
del fútbol Kun Agüero), se
trasformó en el director técnico
de la selección argentina y hoy
todos le rezan por haber logrado
cupo para el próximo Mundial. El
documental pudo recibir salpicones
de esas ráfagas de interés que
este ídolo histriónico suele atraer
sobre sí, pero no ha pasado eso.
¿De qué se trata este silencio al
fnal del maratónico esfuerzo de
un loco que trata de retratar a un
dios? Nadie lo explica demasiado
bien. Dicen que el circuito de los
documentales es así. Que tiene
buena acogida en su formato de
DVD. Las razones quedan cortas.
Y queda fotando una hipótesis
esotérica que tiene que ver con
aquellos que osan meterse en la
intimidad de los dioses: ¿es ésta
una película maldita?
Pág 145
crónicas de deporte
El hincha fantasma
Publicado: 11 octubre 2009 en
Luis Miranda Valderrama
Etiquetas: Chile, Copa Libertadores,
Etiqueta Negra, Fútbol 1
Se acaba de arrojar y ya se
convirtió en una leyenda. En una
de las fotografías más extrañas del
fútbol chileno, hay un afcionado
anónimo que tiene los ojos bien
abiertos, el cuerpo semirrecostado
y la cara cubierta de colores. Es
el miércoles 5 de junio de 1991,
una noche muy fría en el Estadio
Monumental, en Santiago de
Chile, y en las tribunas hay unas
sesenta mil personas. El muchacho
está en el centro del campo, los
orifcios de la nariz bien abiertos
y la boca que parece aspirar una
bocanada de aire a causa del
esfuerzo por llegar a la escena.
Detrás de él posan abrazados los
once jugadores del Colo Colo
que, noventa minutos después,
habrán ganado por primera vez la
Copa Libertadores de América.
Están tensos. Ninguno sonríe
para la posteridad. La felicidad
del niño brilla en medio de ese
cuadro sombrío, como si hubiera
calculado su jugada maestra con
semanas de anticipación. Adelante
hay unos treinta fotógrafos y
camarógrafos que ni siquiera han
advertido la presencia del intruso
y capturan las imágenes en los seis
segundos que dura ese instante
ofcial: el equipo posando antes
de la batalla. Pero allí también
está ese niño, que ha tenido
que evadir quién sabe a cuántos
policías, barreras y controles antes
de aterrizar en esa fotografía. Los
hinchas que esa noche lo vieron por
la televisión debieron de morirse
de envidia y de admiración. Era
el único afcionado en el campo y,
por el gesto en su cara, parecía el
muchacho más feliz del planeta.
Al día siguiente, su rostro
semioculto como el de un
superhéroe anónimo fue parte del
póster ofcial del equipo campeón
de la Copa Libertadores de
América. La imagen circuló por
Pág 146
Periodismo narrativo en Latinoamérica
todo Chile. Millones de chilenos
celebraron ese campeonato
continental, el primero que obtenía
un equipo de su país. También se
preguntaban por ese muchacho
de la fotografía. Un programa de
televisión hasta intentó buscarlo,
pero no tuvo éxito. ¿Quién era El
hincha fantasma?
El fotógrafo deportivo José
Alvújar no llegaba a los treinta
años cuando fue a cubrir ese
partido que él considera la primera
gran historia de su carrera. «Lo que
me acuerdo con claridad es que
hacía bastante rato que el pendejo
andaba en la cancha, y lo único
que rogábamos los fotógrafos era
que él no llegara a la foto», dice
dieciséis años después de aquel
partido. Ahora lleva el pelo largo,
una barba canosa y es uno de los
mejores fotógrafos deportivos de
Chile. Esa noche lo acompañaba
un grupo de experimentados
camaradas. El joven Alvújar tenía
una misión particular: obtener
la imagen del gol de Colo Colo,
el equipo local. Pero antes del
juego, corrió al centro del campo
para sacar la fotografía ofcial: la
oncena titular de ese equipo. Los
jugadores comenzaban a formarse
cuando él notó que un niño corría
hacia el cuadro. «Siempre he dicho
que la foto tiene su momento y por
ese motivo uno obtiene lo que el
lente puede captar –dice Alvújar–.
No hubo tiempo para detener
nada. En ese momento pensé que
lo que hacía ese muchacho era
una coordinación perfecta para
cagarnos la foto. El registro se
iba a ensuciar con ese niño. Y en
mi cabeza lo único que se repetía
mientras disparaba era: un estorbo,
un estorbo, un estorbo».
Cuando la pose protocolar del
Colo Colo concluyó, faltaban dos
minutos para que comenzara el
partido de fútbol más importante de
la historia de Chile (ningún equipo
del país ha vuelto a ganar la Copa
Libertadores de América). Los
fotógrafos tenían la imagen ofcial.
Los jugadores se dispersaron por
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crónicas de deporte
el campo de juego. Al muchacho
lo capturó un policía. Y nadie supo
de él. Su rostro nunca volvió a
verse en el Estadio Monumental.
Tampoco él apareció para decir, sí,
yo fui El hincha fantasma. O como
dicen algunos: El jugador número
doce en esa fotografía.
***
Marcelo Bueno es un hombre
gordo, calvo, usa unos anteojos
oscuros y hoy viste una camiseta
idéntica a la que el Colo Colo
llevó en aquel partido de
principios de los años noventa. Es
bastante conocido en el Estadio
Monumental porque los siete días
de la semana vende fotografías
y chucherías. Los jugadores lo
saludan, los hinchas lo conocen
y los funcionarios lo ubican a la
perfección. Le dicen El Toby. Hoy
es un sábado de junio del 2007,
día de entrenamiento en el estadio.
Los campos están repletos de
niños y adolescentes que practican
el fútbol en las divisiones
inferiores del club. El pasillo de
tierra que comunica las canchas
está lleno de mujeres y hombres
con cámaras fotográfcas, quienes
ven y analizan los progresos de
sus hijos. Por allí está El Toby, que
dice conocer cualquier cosa que
«huela» a Colo Colo. Su sabiduría
está basada en los más de diez años
que lleva vendiendo cosas dentro y
fuera del Monumental. Cualquier
pregunta es útil para demostrarlo.
–¿El loquito de la foto? –dice al
conversar con uno de sus clientes–.
Ese cabro murió, compadre. Dicen
que lo mataron. Era malandra y
murió en su ley, por lo que cuentan.
El Toby recuerda que la noche
del partido estuvo en el estadio
(entonces era un adolescente),
y observó que aquel muchacho
rondaba cerca del equipo. Pero
luego no vio más.
–De ese loquito nunca se supo
mucho. Desde ese día nadie más lo
vio en el estadio. ¿Quién va a saber
Pág 148
Periodismo narrativo en Latinoamérica
el nombre?
El cliente que lo escucha es un
hombre maduro que observa jugar
a su hijo. Le ha comprado a El
Toby una fotografía del equipo
titular del 2007, y ahora dice
que El hincha fantasma fue un
jugador de fútbol de las divisiones
inferiores del club. Una especie de
pasapelotas que no se aguantó las
ganas de estar donde no debía.
El Toby recuerda el itinerario de
ese misterioso hincha. Dice que
salió de un costado del campo,
aunque no se trataba de alguien
conocido, como esas personas
que solían pulular por allí. «Ese
loco no era de la barra», añade.
«Debió saltar la reja o se pasó por
debajo, pero sabía lo que hacía.
Yo llegué como a las cuatro de la
tarde y el partido fue a las nueve
de la noche. Ningún otro loco se
metió a la cancha por las medidas
de seguridad que había. Por eso
cuando se sacó la foto y llegó
corriendo y se deslizó, el loco se
hizo famoso». Lo curioso, agrega,
es que después de su hazaña ese
muchacho nunca más apareció
en el estadio ni en la barra ni en
ninguna otra parte. «Si todos
queríamos conocerlo –dice El
Toby–. Fue raro, pudo haber sido
un símbolo y terminó siendo un
cabro que nadie conoció».
Ese misterio ronda en Pedreros,
como también se le conoce al
estadio de Colo Colo, y en los
hinchas que en cada aniversario
de la Copa Libertadores de 1991
contemplan la imagen de El hincha
fantasma. ¿Quien fue? ¿Por qué
desapareció sin dejar huellas?
Mario Santana es un miembro
antiguo de la Garra Blanca, la barra
brava de Colo Colo, y asegura que
ese niño no pertenecía a su grupo.
Santana se considera una especie
de historiador del equipo, y con
esa autoridad califca al muchacho
de «personaje legendario». «Todos
quisimos ser él esa noche», dice
mientras observa un partido de
juveniles en uno de los campos
Pág 149
crónicas de deporte
de pasto del estadio. «Sería un
honor conocerlo y darle un abrazo
y decirle que ésta es su casa. Que
nunca debió desaparecer». Para
muchos, El hincha fantasma es
como un héroe que se arrepintió
de serlo.
En un campo cercano, un
grupo de seguidores observa el
entrenamiento del primer equipo
de Colo Colo. Al día siguiente,
domingo, se enfrentará con la
Universidad Católica, uno de los
equipos más fuertes de la liga
de Chile. El Toby llega hasta
allí, ofrece sus productos y, aún
motivado por la conversación
anterior, pregunta:
–¿Alguno se acuerda del pendejo
que salió con el equipo campeón
de la Libertadores del 91? ¿Cómo
se llama?
–¿El loco de la foto? Ni idea.
Quién va a saber, si nunca más se
supo de ese cabro –responde un
hombre de barba y pelo largo.
–Yo supe por ahí que murió –dice
El Toby.
–Ese huacho nunca existió,
compadre –interrumpe un hincha
calvo y de anteojos.
–Cuida la boca, feo. Ése es un
prócer –responde alguien desde
atrás.
–Pero si una vez salió en una
entrevista que había sido José Luis
Villanueva, ese atacante que jugó
en Racing de Avellaneda.
–Pero si Villanueva es más rubio
que la cresta. Y el cabro de la foto
es moreno, pelo duro, de pobla.
Están inventando, huevón.
–Alguien me dijo que era un faite
de la «U» que vio la luz y pagó
sus pecados entrando a la cancha
sagrada del Monumental.
Los hombres se ríen. Algunos
lanzan el grito de guerra del
Colo Colo. Los demás vuelven a
observar el entrenamiento. Si le
Pág 150
Periodismo narrativo en Latinoamérica
ganan a la Universidad Católica
el domingo, el tricampeonato
estará mucho más cerca. Mientras
tanto, El Toby sigue vendiendo y
preguntando sin suerte: ¿Quién era
el loquito de la foto?
***
Dicen que el futbolista José Luis
Villanueva podría ser El hincha
fantasma. Ahora es un delantero
de casi treinta años que juega
en el Vasco da Gama, en Brasil,
donde vive sus años de madurez
deportiva. Su carrera es la típica
de un jugador con talento y buenos
contactos: empezó en la segunda
división de Chile, luego pasó al
Palestino, jugó por la Universidad
Católica; de allí se fue al Racing
Club de Argentina, al Morelia de
México. Después viajó a Corea.
Luego a Brasil. Pero en 1991,
Villanueva apenas era un chiquillo
de diez años que jugaba en las
divisiones inferiores del Colo
Colo. Durante la copa Libertadores
de ese año, también cumplió un
privilegiado papel como mascota
del equipo principal. Cada vez que
los once jugadores salían al campo
del Monumental, Villanueva los
acompañaba, orgulloso, a saludar
a los hinchas. Desde ese lugar
envidiado, él veía los rituales de los
futbolistas, las arengas. Después,
un paramédico lo devolvía a los
camarines, donde su padre lo
esperaba para ver el partido desde
la tribuna.
Como mascota, Villanueva estuvo
en la mayoría de partidos de ese
campeonato en que Colo Colo jugó
de local. A medida que el equipo
avanzaba en el torneo, él soñaba
con acompañarlo hasta la fnal.
En sus fantasías, imaginaba cómo
saldría a la cancha en el partido
más importante: si de la mano de
este jugador o de aquel otro; si le
colocarían la camiseta del equipo
o si usaría una sudadera. En el
partido de vuelta de las semifnales,
Colo Colo iba a enfrentar a Boca
Juniors en Santiago de Chile. El
padre de Villanueva llevó a su
Pág 151
crónicas de deporte
hijo a las cercanías del camarín,
pero allí un guardia les cerró el
paso: no podrían entrar porque
el partido sería «peligroso». Así
fue. Hubo una batalla campal
en el campo del estadio. El
Monumental estuvo a punto de ser
suspendido. Las autoridades de
la Confederación Sudamericana
de Fútbol exigieron que, para
el partido de la fnal, ninguna
persona ajena al espectáculo se
aproximara al campo. El sueño del
niño Villanueva estaba apunto de
hacerse humo.
Cuando esa noche llegó, la mascota
del Colo Colo no estaba cerca del
campo, ni en los camarines, ni
siquiera en el estadio. José Luis
Villanueva vio esa histórica fnal
de su equipo en la televisión. «No
fui al Monumental porque mi
papá estaba de viaje», recordaría
años después, desde Corea. «Sé
que dicen que yo era el niño de la
foto, pero esa parte de la historia
está alterada. No soy ese niño, mal
podría serlo si ni siquiera estuve en
el estadio. Lo demás es cierto, fui
la mascota de Colo Colo ese año.
Fue una experiencia notable, pero
habría que buscar en otro lado a
ese niño». La pregunta es dónde.
***
En el afán de encontrar a El hincha
fantasma, algunos se fjaron en
una imagen fúnebre que hay en
la entrada de los campos donde
entrena el Colo Colo. Dijeron que
ese 5 de junio de 1991, el muchacho
de la imagen apareció y luego
despareció fantasmalmente en el
estadio. Era un error increíble: el
monumento recordaba a una niña
muerta en el 2005. Lo único cierto
era que sobraban los sitios dónde
buscar.
A fnes de mayo del 2007, el
misterio pareció de pronto resuelto.
Faltaban ocho días para que los
hinchas del Colo Colo celebraran
el decimosexto aniversario de
aquella Copa Libertadores. El
periodista Aldo Schiappacasse
Pág 152
Periodismo narrativo en Latinoamérica
publicó en el diario El Mercurio
el artículo «El niño que se cruzó».
Allí decía que El hincha fantasma
se llamaba Reinaldo Sandoval, que
tenía veintisiete años, que trabajaba
como asistente de autobuses
interurbanos y que tenía una hija
de siete años. «Cuando veo que le
van a sacar la foto al equipo vengo
y me tiro, no más, arrastrándome.
Quedé todo desordenado, algunos
fotógrafos reclamaban y llegaron
los guardias para agarrarme del
brazo y sacarme a la tribuna
Océano», explicaba el supuesto
hincha en ese texto. Debía de tener
once años de edad la noche del
campeonato. Un año antes, contaba
él, su abuela lo había internado en
la Ciudad del Niño, un albergue
para chicos con problemas
económicos y familiares. Poco
a poco él se hizo más y más
hincha de Colo Colo. Conoció a la
secretaria del presidente del club,
y ella le regaló unas entradas para
el estadio. Con el paso del tiempo,
el niño se hizo conocido entre
los porteros y los guardias de ese
lugar. Por eso, explicaba, no le
costó tanto entrar en el campo de
juego. «Muy temprano me fui a
la sede, donde me pintaron y me
llevaron al estadio. Quedé justo en
el túnel. Cuando el equipo salió
a la cancha me le colé al jefe de
seguridad –uno negro y alto que
había en esa época– y de repente
me vi al medio de todo», le dijo a
ese periodista.
–Este muchacho me ubicó un día
en el celular y me dijo: “Yo soy
el niño que sale en la foto de la
Copa Libertadores que ganó Colo
Colo” –explicaría después Aldo
Schipaccasse–. Luego le sugerí
que nos juntáramos y más tarde
le hice la entrevista. Allí me pidió
plata, pero evidentemente le dije
que no tenía un peso que darle.
Hoy es un domingo por la tarde
en la Comuna Pudahuel, al oeste
de Santiago de Chile, y Reinaldo
Sandoval ha terminado de jugar un
partido de fútbol de la liga amateur
Pág 153
crónicas de deporte
de la zona. Es un hombre pequeño,
de piel clara y frente amplia.
Lleva el cabello negro ligeramente
ondulado con gel. Está duchado y
bebe una cerveza mientras observa
junto con unos amigos otro
partido. Los equipos juegan en
un campo de tierra trazado dentro
de un hoyo gigante, tal como el
estadio Monumental.
–Oiga, ¿y no tiene unas luquitas
para pagar la cuenta del celular?
–dice con una voz fuerte y algo
raspada–. Supongo que el Aldo
le pasó mi celular. Él me dijo que
me iba a regalar una camiseta, y lo
quiero llamar para que se acuerde.
Si tiene unas luquitas, las que sea,
por último para mi hija, que es
mi sol. Ya, hablemos, qué quiere
saber.
Sandoval sonríe. Su cara es
triangular y su nariz fna. Se
le ve tranquilo. Dice que no
tiene fotografías de cuando era
niño. Tampoco sabe por qué no
contó antes que él fue El hincha
fantasma. «Quizás porque una vez
murió una persona en el estadio
Monumental y me empezó a dar
miedo y no volví más –explica–.
Pero ahora me di cuenta de que
era importante que la gente sepa
que fui yo. Sé que signifco mucho
para los colocolinos». Dice que
eso lo llena de orgullo.
Hay un incidente en el campo.
Algún foul resistido o una posición
adelantada inexistente. Los gritos
y las rechifas llegan de todos los
costados. Sandoval sigue hablando
y mueve mucho los hombros, de
arriba abajo. «Yo salí cuando salió
el equipo de Colo Colo, perro.
Estuve muy poquito en la cancha,
apenas unos segundos. Y fueron
los más espectaculares que yo haya
vivido. Salí a pelusear y cuando vi
a los jugadores formándose y a los
fotógrafos preparados, me puse a
correr lo más rápido posible y me
deslicé por el pasto hasta quedar
justito para la foto, como se ve en
los videos y en la foto. En segundos
me hice famoso». Ahora se asoma
Pág 154
Periodismo narrativo en Latinoamérica
a ver lo que sucede en la cancha.
Se ríe del alboroto. Los jugadores,
abajo, se trenzan en una discusión
y el árbitro intenta separar a los
dos más iracundos de cada equipo.
En el artículo de El Mercurio
Sandoval contó que alguna vez
quiso jugar en el Colo Colo.
De niño hasta se probó en las
divisiones inferiores, cuando el
técnico argentino José Pekerman
las tenía a su cargo. Fue en 1993. Al
verlo jugar, contaba Sandoval, el
entrenador quedó conforme, pero
no le agradó su físico. «Me dijo
que por el porte no quedaba. Así
de simple». También recordó que
alguna vez, en 1991, lo sacaron del
albergue donde vivía y lo llevaron
a visitar el estadio de Colo Colo.
Fue con sus compañeros. Allí los
jugadores del equipo campeón lo
saludaron como al héroe que había
sido.
Sandoval dice que la noche de la
fnal de la Copa Libertadores no
llevaba nada encima del rostro: ni
autoadhesivos, ni cintillos, sólo la
pintura que le aplicaron en la sede
del club. «Fue tan rápido todo, que
apenas si recuerdo lo que hice»,
explica mientras se alisa la camisa.
«Cuando vi a los fotógrafos yo
estaba lejos y me puse a correr
hasta que llegué, me deslicé
limpiamente y sacaron las fotos.
No toqué a nadie, no tuve tiempo
de nada más. No hablé con ningún
jugador. Sólo hice esa aparición y
quedé para la leyenda». Ahora se
escuchan tres pitazos que llegan
desde el campo. El árbitro acaba
de fnalizar el partido. La gente
aplaude, algunos jugadores se dan
la mano, otros se abrazan. Reinaldo
Sandoval también se despide.
–Compadre, que le vaya bien.
Aquí conoció al niño que se cruzó
en la foto de la Libertadores del
91. A propósito, dile a Aldo que
me mande la camiseta que me
prometió porque si no es así, voy
a ir a dejarle la grande, ¿no crees,
huevón?
Pág 155
crónicas de deporte
Se ríe fuerte. Algunas personas se
dan vuelta para mirarlo.
***
En la página web más importante
de los seguidores del Colo Colo,
dalealbo.cl, algunos afcionados
celebraron la buena noticia. «Por
fn apareció», dijo alguien que
frmaba como Chartier Albo.
Haber encontrado a El hincha
fantasma era un benefcio para
ellos. Ese niño representó al hincha
del equipo durante esa fnal de
la Copa Libertadores. De hecho,
muchos seguidores creían que se
trataba de un muchacho de Ñuñoa,
una comuna del este de Santiago
de Chile, que había muerto a
causa de su mala vida. También se
mencionaba un apodo: el Monito,
pero de su nombre y destino real,
nada. Aquellos eran datos vagos
que nunca identifcaron a nadie.
En el texto de El Mercurio, al
menos había una persona de carne
y hueso a quien creerle. Un ser
humano con nombre y apellido
que contaba una historia verosímil
de lo que había ocurrido.
Pero después de ese artículo
vinieron las dudas y las nuevas
pistas. «Ese huevón está vendiendo
la pomada –escribió alguien que
frmaba Alboiquique–. Yo conocí y
muy bien al que se tiró en esa foto.
Le decían Mono y era de Ñuñoa,
población Exequiel González
Cortés. Toda mi familia y el
barrio lo conocía no sólo por esa
foto, sino porque era una buena
persona; era medio pinganilla,
pero no era malo. Sabrán a qué
me refero, pero bueno. Lo cierto
es que esa persona ya no está con
nosotros sino que está alentando
al Cacique desde el cielo». Los
comentarios siguieron, incrédulos,
enojados, sorprendidos. Catoalbo
agregó más detalles: «Por las cosas
de la vida se metió en cosas malas
y terminó pagando con su vida,
dicen que de sida, pero la cosa
es que murió hace algún tiempo
atrás. Mi viejo me lo contó».
Desde el 28 de mayo hasta el 1 de
Pág 156
Periodismo narrativo en Latinoamérica
junio del 2007 hubo veintinueve
comentarios. Allí quedó todo. El
hincha fantasma fue olvidado de
nuevo.
Días después, los encargados de
esa página publicaron un mensaje
en el que pedían datos sobre ese
muchacho. Algún indicio, lo que
fuera que pudiera ser rastreado.
Los comentarios volvieron. «Es el
futbolista José Luis Villanueva».
«Dicen que salió en un diario hace
poco». «Es un mito urbano, hay
como mil versiones». «Es un mito
urbano ese huevón, que quede ahí
no más, déjenlo piola; si hubiese
querido aparecer ya lo hubiera
hecho». Los datos del muchacho
apodado el Mono regresaron de
distintas personas que indicaban
el mismo barrio de Santiago
de Chile, Ñuñoa, la misma
mala vida y un destino trágico
similar: muerto hacía un tiempo.
Mamsalbo dijo: «Era de acá de
Ñuñoa, digo era, porque se fue a
vivir a la comuna de Peñalolén.
Lo apodaban el Mono. Él vivió en
la población Exequiel González
Cortés. Lo último que supe de él
fue que murió de un balazo en la
cabeza». «Cabros, el que está más
correcto es el socio que dice que es
de Ñuñoa. El de la foto es el Mono
de la Exequiel. Al día siguiente de
esa noche fue bien comentado por
todos, ya que lo cachaban. Yo lo sé
porque estudiaba en esa fecha en
el colegio que estaba en Guillermo
Mann con Maratón y que ahora es
una comisaría», contó Orca. Allí
había un indicio, un lugar dónde
buscar.
La historia empezaba a
contarse desde múltiples voces.
Alboiquique reapareció y escribió
que el Mono había trabajado para
un señor que vendía cartones en la
calle Guillermo Mann. Pero dijo
algo más importante que todos los
demás: dejó su nombre y el número
de su teléfono celular. Alboiquique
se llama Mario González y vive
en Iquique, un puerto al norte
del país. Lo indignaba aquel
hombre que decía ser el muchacho
Pág 157
crónicas de deporte
de la foto en la columna de El
Mercurio. «Todos allá en la
población conocen lo que hizo el
Mono. Apenas salió en la tele nos
dimos cuenta de que había sido
él. Nadie dudó», cuenta a través
del teléfono. El Mono tenía entre
catorce y quince años. Robaba y a
veces le ayudaba a cargar cartones
a un hombre que tenía un negocio
en esa calle llamada Guillermo
Mann. Ese tipo también se murió,
recuerda González, pero su esposa
continúa trabajando en el mismo
lugar. Se llama Mónica. «Ella
debe saber dónde encontrar a su
familia, porque el Mono, loco, ya
está muerto. Pero te digo una cosa:
él es El hincha fantasma. Te vas a
dar cuenta altiro». Sólo hay que
averiguarlo.
***
En la calle Guillermo Mann, donde
dicen que trabajaba el Mono, hay
varios locales de recolección de
cartones. Allí todos se conocen y
es muy fácil dar con el negocio
de «Mónica», como se llama la
viuda del patrón de ese muchacho.
El local está en la población
Exequiel González Cortés, muy
cerca del Estadio Nacional de
Santiago de Chile. Allí los pasajes
son estrechos y en las casas, de
construcción sólida, hay poco
espacio para que la gente se mueva
con soltura. Las piezas chocan unas
con otras. Si hay niños en la casa,
éstos deben jugar en los pasajes
angostos, en la calle o en los
alrededores del estadio. Ahora es
la hora de almuerzo, y un hombre
que ordenaba un conjunto de cajas
en el local indicado regresa del
interior con noticias claras.
–Usted busca al Monito –aclara–.
El Mono es el papá y esa familia
tiene unos parientes que viven en
el pasaje siguiente, tercera casa.
Antes de llegar a ella, un hombre
que ha escuchado hablar del
Monito se adelanta.
–Sé a quien busca. El Monito
Pág 158
Periodismo narrativo en Latinoamérica
se llama Luis Mauricio López
Recabarren, el niño que salió en
esa foto famosa del campeón de la
Libertadores del 91.
El vecino curioso se llama Jaime
Villagrán y ha vivido siempre en
este barrio. Conoce al Monito y
a su familia. Lo vio de pequeño
cuando jugaba en la calle y cuando
iba al Estadio Nacional cada vez
que podía.
–Usted debe saber que murió –
cuenta Villagrán–. Tuvo una vida
difícil de niño. Él optó por el
camino más complicado. Él quiso
vivir en la calle y allí conoció lo
malo también. Murió joven. Murió
en la cárcel, el Monito. Y sólo aquí
en la población siempre han sabido
de su hazaña.
Villagrán se detiene frente a una
casa. Grita «aló» y explica que
alguien quiere hablar de Luis
Mauricio. Una voz responde y
luego la puerta se abre. Un hombre
se asoma. Pelo negro, estatura
pequeña, ojos caídos y un vientre
abundante.
–Qué tal –dice–. Soy Luis López.
Me llaman el Mono. Usted
quiere saber sobre mi hijo, el
Monito. Usted viene por lo de la
Copa Libertadores de Colo Colo.
Adelante, ahí tenemos una foto
grande de él.
La sala está oscura. El padre de
Luis Mauricio López Recabarren
enciende la luz y en una pared
aparece una gran fotografía
enmarcada donde un muchacho
sonríe. Tiene los ojos oscuros, la
nariz ancha, una enorme sonrisa,
los dientes blancos y separados,
los labios contundentes y anchos.
Viste una camiseta blanca con
tirantes y unos shorts azules.
También lleva un gorro que deja
ver parte de su cabello negro,
grueso y un poco ondulado. La
pared parece un santuario en honor
al muchacho.
–Ése es mi hijo –se oye una voz de
Pág 159
crónicas de deporte
mujer–. Él es Luis Mauricio muy
poquito antes de que falleciera.
¿Vio las fotos más chicas que están
a su alrededor?
La enorme imagen está rodeada
por otras un poco más pequeñas.
En una esquina se encuentra la
famosa fotografía del Colo Colo
de 1991, donde El hincha fantasma
está delante de los jugadores. Al
lado hay una imagen similar de la
selección nacional, poco antes de
un partido contra Argentina. Es la
Copa América de 1991, que se jugó
en Chile. Debajo de los futbolistas,
el pequeño Luis Mauricio aparece
recostado en el pasto; tiene la cara
descubierta y mira a las cámaras
como si fuera un jugador más.
–Esa vez mi hijo hizo gritar a todo
el estadio un «ce, ache, í» –dice la
madre–. Fue la última vez que se
metió a una cancha.
Hay algunos retratos más: en el
colegio, cuando recibe un diploma
al lado de una profesora; con
amigos de la Penitenciaria, donde
estuvo preso hasta su muerte;
junto a los arqueros Daniel Morón
y Nicolás Villamil, antes de un
partido entre Colo Colo y la
Universidad de Chile, su clásico
rival; sonriendo junto al cantante
mexicano José José, en la platea del
Estadio Nacional; en una salida de
Colo Colo, en 1991; al lado de un
jugador de Universidad Católica,
en 1987. En todas las fotografías
aparecen el mismo mentón, los
mismos labios gruesos, la misma
nariz ancha y un poco chata. Es
el mismo e inequívoco rostro: de
niño, de adolescente, con la cara de
un hombre. Luis Mauricio López
Recabarren, el Monito, podría ser
El hincha fantasma.
***
Luis Mauricio López, el Monito,
casi no pasaba tiempo en su casa.
Lo suyo era la calle. Una vez,
cuando tenía seis años, su padre lo
sorprendió robando en un autobús.
Hizo que devolviera las monedas y
Pág 160
Periodismo narrativo en Latinoamérica
lo abofeteó. Pero el hijo tenía cierto
talento para los robos de pequeños
montos y poco a poco se convirtió
en un ladrón de ocasión. Por ese
motivo cayó un par de veces en
los reformatorios de menores
de Santiago de Chile. La única
actividad que lo sacaba de los
malos pasos era el deporte y eso se
lo debía a su padre. Luis López, el
Mono (a quien llamaban así por su
parecido físico con un chimpancé),
había sido popular en su niñez.
Al vivir tan cerca del Estadio
Nacional, había logrado cientos de
imágenes con futbolistas famosos,
que luego eran publicadas en
revistas como Estadio o Gol y gol.
Su mayor logro fue una fotografía
al lado de Pelé. López dice que su
hijo siempre quiso imitarlo. Por
eso, el niño entraba al campo cada
vez que podía. «Cuando supieron
que era el hijo del Mono, la gente
empezó a decirle igual o Monito.
Y lo ponía orgulloso que le dijeran
como su papá», explica. «Mi hijo
siempre quiso ser como yo». Pero
el niño iba a hacer algo mucho más
grande.
Luis Mauricio, el Monito, comenzó
a posar a los nueve años con los
equipos titulares de la selección de
Chile, el Colo Colo, la Universidad
de Chile, Universidad Católica,
Cobreloa y otros clubes del país.
Las decenas de fotografías que
la familia conserva ahora en la
pared-altar de su casa se las regaló
un fotógrafo profesional apodado
Rucio. Luis Mauricio siempre
estaba entre los jugadores, a un
costado o deslizándose por el
pasto. Sabía cuál era el mejor
momento para entrar: minutos
antes de que el equipo local pisara
el campo. En ese instante todos
se preocupan del público de las
gradas, de sus cánticos y de la
efervescencia general. Por eso,
aquel 5 de Junio de 1991, Luis
Mauricio entró cuando el equipo
rival, el Olimpia de Paraguay, salió
al campo de juego. Luego corrió en
busca de esos jugadores y comenzó
a molestarlos. Uno de ellos, el
Pág 161
crónicas de deporte
defensor Gabriel González, trató
de pegarle un manotazo a la
pasada. El muchacho lo esquivó
y siguió corriendo. Esa noche,
durante el juego, González fue el
único jugador expulsado.
Luis Mauricio había sacado la
bandera de casa, recuerda María
Recabarren, su madre. «Nosotros
ya no teníamos control de sus
actos. Él ya se sentía libre, por
eso no tuvo temor de meterse a
la cancha, a pesar de que todo el
mundo sabía que iba a ser muy
difícil. Pero él estaba determinado
en ser el único». En el estadio, la
gente observaba a ese muchacho
que llevaba la bandera al cuello
como un superhéroe con capa.
Carlos Vergara, uno de los sesenta
mil afcionados que colmaban el
estadio esa noche, dice que un
policía empezó a perseguirlo, pero
que no pudo alcanzarlo. Luego
vio al Monito cerca del arco del
Olimpia. Les quitaba la pelota a
los jugadores de ese equipo. Un
defensa estaba a punto de patear un
tiro al arco; de pronto, el Monito se
adelantó y dejó parado al arquero
paraguayo. «El estadio –dice
Vergara–, no sé si recuerdo bien
o me lo inventé, lo celebró como
gol». Ese grito quedó registrado
en la transmisión televisiva que
había comenzado hacía pocos
minutos. Alberto Foullioux, uno
de los comentaristas a cargo, creyó
equivocadamente que el griterío
se debía a que el Colo Colo salía
al campo. Pero los jugadores
todavía estaban en el camarín.
Quien estaba allí era el Monito,
que corría, levantaba los brazos y
fastidiaba a los paraguayos. Pero
aún faltaba lo más importante para
él: la fotografía.
El comentarista Sergio
Livingstone, uno de los más
antiguos de la televisión de
Chile, también fue el primero en
advertir al intruso e informarlo a
la teleaudiencia: «Hay un chico
que está dentro de la cancha con
una bandera colgando. Es muy
pequeñito, pero esas cosas no
Pág 162
Periodismo narrativo en Latinoamérica
deben pasar. Se descuelgan por la
reja y es la única persona extraña
al acontecimiento». Poco después,
el estadio estalló en gritos, cuando
los jugadores de Colo Colo salieron
por fn de los camarines. Llegaron
al centro del campo y saludaron.
Hay una toma donde se ve a Luis
Mauricio tratando de hablar con
los jugadores. Luego llegan los
guardias y el muchacho tiene
que apartarse. Al rato, los once
jugadores comenzaron a formarse
en dos flas. Los fotógrafos estaban
listos para disparar. Luis Mauricio
debía saber que su momento había
llegado. «Lo que a él le importaba
era la foto –dice ahora su padre–.
Salir con los jugadores y tenerla
de recuerdo. En eso consistía todo
el tema. Si no podía sacarse la
foto hubiera sido triste para él».
Y comenzó a correr, mientras un
policía trataba de alcanzarlo. Los
fashes estallaban. Entonces Luis
Mauricio se lanzó a ese encuadre
en perfecta sincronización de
tiempo y distancia. Su cuerpo se
deslizó por el pasto y con su mano
golpeó el hombro del delantero
Luis Pérez, quien esa noche hizo
dos de los tres goles con que el Colo
Colo ganó. «Me hubiera encantado
conocerlo –dice ese deportista
dieciséis años después–. Ese niño,
al fnal de cuentas, formó parte
del equipo. Fue como el jugador
número doce que tanto dicen. Él
estaba allí como el representante
de los hinchas». En la televisión,
el comentarista Sergio Livingstone
parecía ofendido. «Ahí apareció
el chiquitín, ese», dijo regañando
al vacío. Otros periodistas que
se mostraron enfadados en ese
momento, ahora dicen haber
aprendido varias cosas. «Pasó
de ser una barbarie fotográfca
(porque le restó protagonismo a
los jugadores y un desconocido
se convirtió en la reina) a una
foto que concentra la esencia del
fútbol: el deporte y el fervor»,
dice el fotógrafo José Alvújar. Al
arrojarse hacia la fotografía, Luis
Mauricio López Recabarren, el
Pág 163
crónicas de deporte
Monito, no buscaba fguración ni
fama. Se contentaba con disfrutar
del privilegio de estar allí. El resto
debía importarle un carajo.
***
María Recabarren, la madre de El
hincha fantasma, arregla un bolso
con bebidas y un par de chalecos
para ella y su marido. Son las tres
de la tarde de un lunes de julio, y
la pareja está un poco retrasada
para visitar el cementerio, como
hacen al principio de cada semana.
Un día, dice Recabarren, su hijo
le confesó su mala conducta:
«“Mamita, yo nací ladrón y voy
a morir ladrón. Pero eso no quita
que no te quiera y te adore”»,
recuerda que él le dijo. La mujer
está convencida de que, a pesar
de todo, Luis Mauricio fue una
persona maravillosa.
Después de aquella fnal de la
Copa Libertadores, el Monito era
famoso en su barrio. Sus vecinos
le reconocieron de inmediato en
las imágenes de televisión y lo
felicitaron. Sus amigos se sentían
orgullosos de él y pronto supieron
que un equipo de televisión
lo buscaba para entrevistarlo.
Alguien había contado que el niño
de la fotografía era el Monito y
que lo podían ubicar en la calle
Guillermo Mann. Pero él no quería
que lo encontraran. «Hubiera
tenido problemas altiro», explica
su padre. En su caso, aceptar la
fama habría traído a su vida no sólo
periodistas, sino policías. Durante
su vida, el Monito entró y salió
varias veces de los reformatorios
de menores y de la penitenciaria.
También tuvo problemas con
las drogas. «Cuando se empezó
a meter con la pasta base [de
cocaína] la cosa se puso más
incontrolable», dice su padre; pero
luego vuelve a seleccionar los
mejores recuerdos. «Mi hijo era
re-buena persona. Si usted hubiera
visto las pololas que tuvo, todas
bonitas. Siempre lo quisieron
ellas. Nunca lo abandonaron, hasta
Pág 164
Periodismo narrativo en Latinoamérica
el fnal».
Aquella noche de la Copa
Libertadores Luis Mauricio entró a
un campo de fútbol por penúltima
vez. La última fue en el partido que
la selección de Chile jugó contra
la de Argentina. Copa América de
1991. «Esa vez dio una tremenda
vuelta –dice la madre–. Se dio el
gusto de estar como diez minutos
adentro y, antes de que lo sacaran,
hizo gritar a todo el estadio porque
no estaba el señor de la trompeta,
y un capitán de Carabineros lo
sacó». Ya fuera del campo, el
ofcial le invitó un sándwich y
después lo detuvo. En la comisaría
le contaron que, por su culpa, al
ofcial encargado de la seguridad
de la fnal de la Copa Libertadores
lo habían suspendido. Así que le
prohibieron volver a entrar a un
campo de fútbol de nuevo. «Mi
cabro cumplió –dice la madre–.
No apareció nunca más».
Ahora los padres de El hincha
fantasma llegan al Cementerio
General, el más grande de Santiago
de Chile. Caminan lento entre
tumbas, nichos y mausoleos. Luis
Mauricio murió de leucemia en el
Centro de Detención Preventiva
Santiago Sur, mientras cumplía
una condena por «robo con
intimidación». Durante ese asalto
recibió un balazo en la cabeza y
casi murió. Sus padres creen que
esa herida pudo haberle provocado
la enfermedad. Su salud declinó
poco a poco. El 30 de julio de
1999, a los veinticuatro años, Luis
Mauricio murió en una cama del
hospital de la Penitenciaría. Según
su madre, sus compañeros de la
prisión guardaron cinco minutos
de silencio en su honor.
Ella también selecciona los
mejores recuerdos. Dice que
él compartía sus ropas con los
reclusos que no tenían nada. «“No
importa porque mi mamita me va a
traer ropa y no me va a faltar a mí”.
Todos lo querían y respetaban»,
añade mientras se acerca a la
tumba. «A veces él conversaba de
Pág 165
crónicas de deporte
ese momento en el Monumental,
cuando tenía quince años»,
dice Recabarren. «Y le gustaba
acordarse. A veces se veía en los
pósters, en la tele. Seguramente
fue una de las cosas más bonitas
que le pasaron en la vida».
–Seguramente –añade su esposo.
–Aquí está mi hijo –dice la mujer
frente a una lápida de mármol
blanco, llena de fores rojas y
amarillas, y con la cara de Luis
Mauricio grabada sobre una loza–.
¿Cómo estás amor de mi vida?
Hay un silencio breve. En al nicho
hay fores de muchos colores
y un adorno con la insignia del
Colo Colo. Allí está el nombre de
Luis Mauricio y las fechas de su
nacimiento y muerte. Abajo, un
epitafo frmado por sus padres,
hermanos y sobrinos.
De pronto, María Recabarren saca
del bolso la fotografía enmarcada
del equipo titular del Colo Colo
de 1991, el mismo que ganó la
Copa Libertadores de ese año. Los
once jugadores formados en dos
flas: los del fondo parados; los
de adelante, en cuclillas. Debajo
de ellos, El hincha fantasma se
recuesta en el pasto del estadio.
–Hijo mío –dice la mujer–. Te traje
tu foto.
Luego besa esa imagen y cierra los
ojos.
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
El árbitro que
expulsó a Pelé
Publicado: 29 septiembre 2009 en
Alberto Salcedo Ramos
Etiquetas: Colombia,
Fútbol, Letralia, Perfl
Guillermo Velásquez, más
conocido como El Chato, debe de
ser el único árbitro de fútbol del
mundo que registra en su hoja de
vida por lo menos cinco jugadores
noqueados.
Ni Alberto Castronovo, ni Eduardo
Luján Manera, ni los otros
futbolistas aporreados por él, se
enteraron de que su verdugo, antes
de ser árbitro profesional, había
sido boxeador.
Velásquez sonríe mientras se mira
los dos puños apretados. Luego
los voltea para donde yo estoy,
como para notifcarme que en esos
gruesos nudillos, pese a sus 69
años, todavía quedan restos de la
potencia telúrica del pasado.
A continuación, aclara que él no
se hizo respetar por la fuerza —
pues no era invencible— sino
porque tenía un temperamento
sanguíneo que se incendiaba ante
el mínimo intento de atropello y
un amor propio que le impedía
soportar humillaciones. Si tuviera
que arbitrar otra vez, volvería
a sancionar al saboteador y a
castigar al tramposo. Y, sobre todo,
no ofrecería la otra mejilla para
que el patán le repitiera el golpe,
ni pondría el otro ojo para que el
cochino le lanzara un segundo
escupitajo, ni amonestaría con
una simple tarjeta al grosero que
le mentara a la madre, sino que
se vengaría en el acto de cada
agresión.
El Chato estima que la compostura
que se les exige a los árbitros es
hipócrita y tiene más vínculos con
la política que con la ley. Según
él, un ser humano que recibe
una patada en la yugular y en
vez de aparentar cortesía tiene la
oportunidad de desquitarse, resulta
menos peligroso porque se libera
Pág 167
crónicas de deporte
de odios futuros.
“Yo no andaba por las canchas
repartiendo coñazos”, explica,
“pero cuando había que pegar,
pegaba, porque después me iba
a matar la angustia de no haber
reaccionado como hombre cuando
me provocaron. Cuando se tiene
un carácter como el mío, responder
a las agresiones es una necesidad”.
Le digo a Velásquez que cambiar
la justicia por la venganza nos
devolvería a la época de las
cavernas y añado que si al árbitro
le dan un pito y unas tarjetas,
es justamente para que no tenga
necesidad de utilizar un garrote.
“Así es”, admite El Chato, con una
rapidez que me indica que no le
estoy diciendo nada que él no haya
pensado antes. “Pero fíjese usted
que a los futbolistas les dan una
pelota para que le peguen patadas
y quieren pegarnos es a nosotros”.
Vuelvo a la carga con el argumento
de que el día que se apruebe la
Ley del Talión en las canchas,
tendremos más sangre que goles.
Y El Chato repite la misma frase
de hace un momento: “Así es”.
En seguida, con un movimiento
resuelto de las manos, afrma
que para evitar ese riesgo hay
que pedirle a los futbolistas que
reclamen en buenos términos y no
con violencia.
—¿Y por qué no les pedimos a los
árbitros que no les peguen a los
jugadores?
—Bueno, ahí le voy a contestar
lo mismo que le contesté a un
periodista brasileño, el día que
expulsé a Pelé: no es bonito
responder a un golpe con otro
golpe, pero todavía no he visto la
parte del reglamento que diga que
los árbitros tenemos que dejarnos
pegar.
***
Guillermo Velásquez mostró
Pág 168
Periodismo narrativo en Latinoamérica
su vocación de juez desde la
adolescencia. Cuando sus padres
discutían, lo buscaban a él para
que decidiera quién tenía la razón.
Cuando sus hermanos peleaban,
sólo él lograba reconciliarlos.
Muy pronto, su capacidad de
discernimiento y su sentido
de la justicia fueron célebres
en la familia. Primos, tíos y
otros parientes menos cercanos
apelaban a él, porque confaban en
la ecuanimidad de sus sentencias.
Más tarde, cuando jugaba fútbol en
el Colegio Deogracias Cardona, de
su natal Pereira, no asistía con sus
compañeros de equipo a la charla
técnica de los entretiempos, sino
que se iba con el árbitro a analizar
el reglamento.
Cuando fnalmente reemplazó el
balón por el silbato, se liberó del
destino gris que le esperaba como
futbolista y recuperó el respeto que
había conocido como consejero
familiar. En ese momento
descubrió que la satisfacción del
que aplica la ley depende más
del poder que ostenta que del
bienestar que supuestamente le
procura al prójimo. Si la cancha
es el universo completo y los
jugadores son todas las criaturas
posibles, entonces el árbitro, que
todo lo ve y todo lo juzga, encarna
una autoridad más divina que
humana, una presencia omnímoda
que gobierna las acciones aunque
no nos demos cuenta. Él y sólo
él es capaz de detener la carrera
del veloz atacante, con un simple
movimiento de su mano. Él
decide cuándo parar el partido y
cuándo reanudarlo, y en ambos
casos determina el punto exacto
de la tierra en el que hombre y
pelota se reencuentran. Ni el que
es genio como Maradona ni el
que es bravucón como Chilavert
tienen licencia para tutearlo:
deben dirigirse a él con una cierta
reverencia caricaturesca —manos
atrás y cabeza agachada— y
además están obligados a acatarlo
por los siglos de los siglos, aun
Pág 169
crónicas de deporte
cuando valide como gol una pelota
que pasó a 15 metros del arco.
Como a Dios, al árbitro habría
que inventárselo si no existiera.
Los jugadores lo necesitan para
justifcar sus pecados y para que él
los ayude a ganar el cielo que ellos
solos no alcanzarían jamás de los
jamases.
Desde el principio, El Chato
disfrutó esa sensación de
importancia que, según él, les gusta
a casi todos sus colegas aunque
no lo reconozcan en público. Por
eso ahora, mientras sorbe su café,
levanta la voz para decirme que
no es ningún delito, como afrman
algunas personas, que el árbitro sea
protagonista. “¿Cómo no va a ser
protagonista el juez que condena al
matón o que evita una desgracia?”,
se pregunta, alzando aún más el
tono y adoptando un cierto aire de
orador. “Usted debe saber, como
periodista, que el problema no es
la fama sino la mala fama”.
Estamos sentados en la cafetería
del Parque El Salitre. Nuestros
vecinos, muchos de ellos jóvenes
que no lo conocen, lo miran con
insistencia, y él se regodea en su
silla comprobando por enésima
vez que no nació para pasar
desapercibido.
Estimulado por la atención del
público, Velásquez enumera sus
méritos en voz alta: fue —me dice
sin ruborizarse— el árbitro que les
abrió las puertas internacionales
a sus compañeros colombianos.
Participó en la Copa Libertadores
entre 1968 y 1982, pitó en cuatro
Juegos Olímpicos y fue juez de
línea en uno de los partidos más
bellos que se hayan disputado
jamás, el de Italia contra Alemania
en el Mundial del 70.
Después observa que nunca se
tomó un trago el día antes de un
compromiso, que siempre se
entrenó como si cada jornada
fuera una fnal y que cuando se
retiró, en diciembre de 1982, era el
árbitro que había pitado el mayor
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
número de partidos en los cuales
ganaban los equipos chicos. “Y de
visitantes”, añade.
“Lo mejor de todo”, dice ahora,
“es que puedo jurar ante el país
que nunca me torcí. Cuando me
equivoqué, me equivoqué de
verdad y no me hice el equivocado.
Y no solamente por honesto,
sino porque siempre me quise
mucho a mí mismo. Mi orgullo
no me permitía quedar como un
chambón”.
Le pregunto si pegarle a los
jugadores, como él lo hizo, fue un
defecto o una virtud.
El Chato sonríe, me mira con
malicia por encima de su pocillo.
Calla.
—Ay, hermano, dejemos eso
quieto. No me haga enfermar.
—Por su sonrisa, parece que no se
arrepiente.
—Mire: yo no me siento feliz de
haber tenido un genio como el
que tuve. El temperamento me
traicionaba y ese fue mi único
error.
Después de unos segundos de
silencio, en los que parece apenado,
encuentra un argumento que le
devuelve la seguridad. “¿Sabe
una cosa?”, me dice, con el rostro
iluminado. “Ser peleador me sirvió
para conservar la pureza. Cuando
uno quiere imponer siempre su
autoridad, ya sea a las buenas o a
las malas, no puede darse el lujo de
tener rabo de paja”.
Llegado a este punto, El Chato
estima pertinente un par de
aclaraciones: cuando le pegó
a un jugador fue porque,
indefectiblemente, éste le había
pegado a él primero. Y en todo
caso, aquellas fueron calenturas
pasajeras que nunca traspasaron
los linderos del estadio. Eso sí:
insiste en que para no quedar
rumiando odios, era absolutamente
necesario que le atizara un porrazo
Pág 171
crónicas de deporte
al agresor.
Desde 1957, año de su debut en el
torneo profesional, aparecieron los
problemas. Alberto Castronovo,
jugador del Atlético Nacional,
aprovechó un embrollo para
darle a Velásquez una patada
alevosa en la canilla. Velásquez
se retorció en el suelo, durante
varios minutos. Cuando se repuso
del golpe actuó como si no supiera
quién le había pegado. De pronto,
en un tiro de esquina, vio, nítida,
la oportunidad de desquitarse.
Calculó que, por el momento, los
espectadores estarían pendientes
del jugador que iba a cobrar y
se colocó en el área, al lado de
Castronovo. A continuación, lo
conectó con un derechazo en la
barbilla. Castronovo rodó por el
pasto pero se levantó en seguida,
furioso, y se lió a golpes con el
árbitro, en medio de la sorpresa del
público. Entonces, varios agentes
de la policía entraron en acción,
dispuestos a retirar al jugador por
la fuerza. “No, señores”, les dijo
El Chato, autoritario. “¡Háganme
el favor y dejan al caballero en la
cancha, que no está expulsado!”.
—¡Pero cómo que no está
expulsado, si vimos cómo le pegó
a usted!
—¿Y no vieron cómo le pegué
yo a él? Si se va Castronovo, me
voy yo también. Pero como donde
manda árbitro no manda policía,
he dispuesto que ni se va él, ni me
voy yo.
El Chato guiña un ojo y advierte
que la justicia depende más del
sentido común de quien la aplica
que de simples leyes escritas en
un papel. Para ilustrar su teoría,
recuerda la vez que Miguel Ángel
Converti, atacante de Millonarios,
recibió un pase de espaldas al
arco, en un clásico contra el Santa
Fe. Desde antes de que Converti
tomara la pelota, Velásquez había
sancionado fuera de lugar. Pero el
jugador, que al parecer no escuchó
el silbato, llevó el lance hasta sus
Pág 172
Periodismo narrativo en Latinoamérica
últimas consecuencias: durmió el
balón con el pecho, lo hizo rebotar
sobre su muslo izquierdo y luego
se suspendió en el aire —cabeza
hacia abajo y pies hacia arriba—
en una chilena espléndida. El
proyectil se clavó en un ángulo
imposible de la portería y Converti
corrió como loco hacia el banderín
de córner, mirando hacia el cielo y
zafándose de los compañeros que
querían abrazarlo, como si pensara
que su virtuosismo lo alejaba
de los atletas y lo acercaba a los
dioses.
“Si yo hubiera sabido que Converti
iba a concluir esa jugada como la
concluyó”, dice Velásquez, “no
habría pitado el fuera de lugar. Fue
la única vez que quise hacerme
el equivocado en una cancha y
créame que lamento mi acierto
como si fuera un error. Es lo que le
vengo diciendo: según las normas,
yo actué bien, pero no fue justo
que yo le robara semejante joya al
público. Donde yo valide ese gol,
hasta los hinchas del Santa Fe se
ponen contentos”.
Le pido a Velásquez que me haga
el inventario de los futbolistas a
los cuales golpeó y me responde,
aparentemente apenado, que “eso
no vale la pena”.
—¿Por qué?
—Hombre, porque no fueron
tantos. Pero ya que insiste en este
punto, diga que una vez le hinché el
ojo a Orlando Herrera, del Tolima,
porque se propasó conmigo en
un reclamo. ¿Y sabe qué pasó en
el partido siguiente que me tocó
arbitrarle en Ibagué? Que el tipo
fue a buscarme a mi camerino y me
llevó abrazado hasta la mitad de la
cancha. ¿No le parece bonito? Si
no me reconocieran sentido de la
justicia, no me perdonarían. Yo
habré sido brutal, pero soy más
humano que muchos de los que
se creen mansas palomas, porque
pegué puños pero no maté a nadie
con el pito.
Pág 173
crónicas de deporte
***
El Chato, que no cesa de ufanarse
de su ecuanimidad, señala que si
hoy fuera otra vez el miércoles
17 de julio de 1968, volvería a
expulsar a Pelé.
Ese día, El Santos de Brasil,
considerado el mejor equipo del
mundo, enfrentaba en un partido
amistoso a la selección Colombia
que participaría en los Juegos
Olímpicos de México.
Muy temprano, Velásquez validó
un gol de Colombia en aparente
fuera de lugar. Los brasileños se
pusieron histéricos y cercaron al
árbitro. Uno de ellos, de apellido
Lima, fue expulsado. Como se
negaba a abandonar la cancha, fue
sacado por la Policía. Cuando iba
por la pista atlética se les soltó a
los agentes, se devolvió al terreno
de juego y le asestó una patada a
Velásquez. Éste le respondió con
un leñazo en el estómago, que
generó un amago de gresca.
El partido continuó con muchas
tensiones hasta el minuto 35 del
primer tiempo, cuando Pelé vio
la tarjeta roja por reclamar, de
mala manera, un supuesto penal
en su contra. En principio lució
desconcertado, pero no tardó
en aceptar el fallo. Entonces
emprendió el retiro de la cancha
con un gesto irónico y desafante,
como un monarca que se mofara
de la orden de destierro impuesta
por su vasallo. “Ese tipo está
loco”, repetía Pelé, una y otra vez,
ante el cronista de El Espectador
que lo esperó en la pista atlética.
En ese momento, los jugadores del
Santos rodearon al árbitro. “De 28
personas que tenía la delegación
brasileña”, recuerda El Chato, “me
agredieron 25. Los únicos que no
me pegaron fueron el médico, el
periodista y Pelé”.
Velásquez se sintió
empequeñecido, arruinado,
cuando los 60 mil espectadores del
estadio El Campín comenzaron
Pág 174
Periodismo narrativo en Latinoamérica
a maldecirlo a gritos y a pedir el
regreso de Pelé. Después, cuando
los directivos de la Federación
Colombiana de Fútbol decidieron
que volviera el futbolista y se fuera
el árbitro —un hecho único en los
anales del deporte— se acordó del
refrán según el cual la justicia en
nuestro país “es para los de ruana”
y hasta agradeció que a Pelé no
se le hubiera ocurrido asaltar un
banco, “porque con seguridad
aquí todavía lo estuviéramos
aplaudiendo”.
Adolorido más por la humillación
pública que por los golpes recibidos,
El Chato demandó penalmente a
la delegación brasileña. Lo hizo
por recomendación de Lisandro
Martínez Zúñiga, magistrado de
la Corte Suprema de Justicia,
que esa misma noche lo visitó
en el camerino para ofrecerle sus
servicios como abogado.
Los jugadores de El Santos
permanecieron en Colombia
casi dos días más de lo previsto,
retenidos en una comisaría, y
al fnal tuvieron que pagarle a
Velásquez 18 mil pesos y ofrecerle
excusas por escrito, para poder
viajar a su país.
Años después, ya retirado del
fútbol, Velásquez buscó la manera
de encontrarse con Pelé. Entendía,
como siempre, que más allá de
las leyes escritas necesitaba un
acercamiento humano para quedar
en paz y salvo con su conciencia.
El rey lo atendió en Miami y hasta
lo invitó a almorzar.
Ahora le pregunto a El Chato qué
habría sucedido si Pelé le hubiera
pegado cuando él lo expulsó, y me
pide, muy serio, que por favor no
le haga una pregunta tan perversa.
“Mire que me voy es a enfermar”,
añade.
—Es sólo una suposición, no más
que una suposición.
—Bueno, en ese caso, permítame
responderle con una pregunta.
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crónicas de deporte
¿Usted qué cree que hubiera
pasado?
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
Pasión y orines
en Vietnam
Publicado: 30 mayo
2009 en Roberto Valencia
Etiquetas: El Salvador, Estadio Cuscatlán,
Fútbol, Séptimo Sentido
Gooooool.
Se han conocido hace unas horas
y ahora míralos, abrazados como
si fueran amigos de toda la vida.
Son además abrazos sentidos,
de esos que quizá ni se atreven
a dar a sus madres. El grupito
lo integran cuatro. Uno es un
aspirante a flósofo del fútbol,
huesudo, cuarentón y ojeras
perpetuas; otro es un joven alto,
gordo y con lentes, con cara de no
haber roto un plato; hay también
un periodista treintañero de ojos
claros y gesto serio, de esos que
viven obsesionados con su trabajo;
y el cuarto es un alguien con
camisola azul que subió de la fla
de delante. Extraños abrazándose.
Y no son los únicos. Todos
alrededor gritan saltan celebran
animan enloquecen. El Salvador
ha marcado gol.
—¡¡¡Increíble!!! ¡¡¡Sin palabras!!!
¡¡¡Increíble!!! ¡¡¡Increíble!!!…
El aspirante a flósofo se desgañita
bandera en mano. Él es el
más expresivo. Tiene los ojos
desorbitados y la lengua azul.
La histeria colectiva se canaliza
hacia gritos unánimes de El
Salvador, El Salvador. Comienza
a remitir de a poquito. Continúan
las sonrisas, los arrumacos, las
miradas de complicidad, mientras
cada quien trata de recuperar su
pedazo de cemento. También los
cuatro. Por megafonía se escucha
la Voz. Anuncia el autor del gol
y el resultado. Un nuevo rugido.
El estadio entero celebra, pero la
celebración es más en este sector.
Pág 177
crónicas de deporte
La grada se ha transformado en
una gran hermandad. Reina esa
sensación que llaman felicidad.
Nadie diría que son las mismas
personas que hasta hace unos
minutos estaban tirándose orines
unos a otros, rifándose, vejando
a las pocas mujeres que llegan,
insultándose, irrespetando el
himno contrario, degradando a los
jugadores negros, descamisando a
quien comete el pecado de no ir de
azul o blanco.
***
Hasta se parece al verdadero. Las
había desde dos dólares, pero
por siete he conseguido una que
incluso trae bordado el escudo.
Tiene la corona de laurel, los cinco
volcanes, el gorro frigio y el arco
iris encima, aunque solo de cuatro
colores. Meritorio si se tiene en
cuenta que quien lo hizo quizá no
podría ubicar El Salvador en un
mapa. La camisola, más blanca
que azul, es Made in China, y
espero que sea mi salvoconducto
en Vietnam. De casa salí con una
que tiene EL SALVADOR inscrito
en lo ancho del pecho, pero es de
color añil, casi una provocación,
me hace ver Wilson Carranza.
Wilson –48 años, bigote, oscuro
como café– es compañero de
trabajo y amigo. Los partidos de
la Liga Mayor no le entusiasman,
pero es asiduo de las grandes citas
de selección. Podría decirse que
es un veterano de Vietnam. Hoy
he tenido la suerte de ir con él,
con su hijo homónimo y con su
padre, Ángel. Tres generaciones
que en Vietnam forman una
escena familiar atípica. Después
comprenderé que no es lo
único atípico –atípico– en el
comportamiento de Wilson.
Faltan dos horas y media para que
empiece el partido, pero los cuatro
sabemos que llegamos tarde. Los
Pág 178
Periodismo narrativo en Latinoamérica
400 metros desde el microbús hasta
el estadio los hacemos raudos, solo
la efímera parada por la camisola.
Entre humos de carne asada y
hot-dog, nos ofrecen camisolas,
cerveza, banderas, pintura para
la cara, más camisolas, entradas
“Prohibida la reventa” al triple,
cachuchas, camisolas… A Wilson
incluso le han regalado un pase
de cortesía para una barra-show.
Lleva impresas dos mujeres
ligeritas de ropa, las banderas de
los equipos que se enfrentan y una
sugerente invitación:
“Hoy sábado cerveza al 2×1
para toda la afción. De 10:00
a 12: P.M. Después del partido
te esperamos para compartir!
Habrá rifas de bebidas, privados y
masajes eróticos. Use este volante
como pase de cortesía y sea ud.
bienvenido a Kara’s”.
Me lo da y lo guardo. Mientras
camino, pienso en el detalle de
que no esperan para celebrar, sino
“para compartir”. Parece que no
hay mucha fe en una victoria.
Subimos la escalinata, mostramos
los tiquetes, manos a la nuca para
el cacheo policial, y adentro.
Vietnam.
***
Seguro que el “Che” Guevara no
estaba pensando en este estadio
cuando en abril de 1967 incitó a
que forecieran dos, tres, muchos
Vietnam. La consigna hacía
referencia a la más mediática de
cuantas guerras se libraron en la
década de los sesenta. Un conficto
a más de 16,000 kilómetros fue
pues el que hizo que Sol general se
comenzara a llamar Vietnam. En
los ochenta lo quisieron rebautizar
desde algunas radios como
Guazapa, el cerro en eterna disputa
durante la guerra civil salvadoreña,
pero la idea nunca cuajó.
Pág 179
crónicas de deporte
Vietnam en la actualidad es toda
la grada oriente del Monumental
Estadio Cuscatlán, frente a
Tribuna. Son las entradas más
baratas que se ponen en venta. Para
este partido, cinco dólares, precio
por el que el espectador obtiene,
con suerte, un pedazo de concreto
en el que poder sentarse, a merced
del sol y de la lluvia. Determinar
cuánta gente cabe no resulta tan
sencillo. Los diarios esta mañana
hablaban de 12,000 entradas
vendidas. Pero la página web de
la empresa propietaria del estadio
consigna que la FIFA permite casi
14,000 espectadores. Y la empresa
eleva la cifra a 18,000. Lo cierto
es que esta tarde muchos verán el
partido de pie.
¿Y desde cuándo Vietnam se
llama Vietnam? Pues depende de
a quién se le pregunte. Ni siquiera
hay consenso entre los periodistas
deportivos veteranos. Roberto
Águila (70 años, El Gráfco)
y Sergio Gallardo (59 años,
Telecorporación Salvadoreña)
creen que el nombre se comenzó a
utilizar con el estadio Cuscatlán ya
en uso, es decir, a partir de 1975.
Raúl Beltrán Bonilla (59 años,
Radio YSKL) e Ismael Nolasco
(66 años, Canal 12) dicen que el
nombre se importó del Estadio Flor
Blanca, donde desde fnales de los
sesenta ya se utilizaba el concepto
de Vietnam. “Cuando el Alianza
derrotó al Santos de Brasil, con
Pelé incluido, fue cuando escuché
por primera vez la palabra”, me
escribirá desde Houston Ernesto
Callejas, un salvadoreño que
emigró hace 21 años a Estados
Unidos.
En lo que hay coincidencia absoluta
entre los periodistas y afcionados
veteranos es para señalar que el
comportamiento ha ido de mal en
peor. Del reporteo para esta crónica
Pág 180
Periodismo narrativo en Latinoamérica
surgirán declaraciones como estas:
“Meterse ahí es un atentado a la
cordura.” “Se arman auténticas
bacanales.” “No respetan ni a la
madre de ellos mismos.” “Los
salvadoreños nos comportamos
como tribu todavía.” “Juré que no
volvería a ese sector.” “Allí van
los mareros.”
¿Será para tanto?
***
El partido comenzará pasadas las 7
de la tarde, aún no son las 5, pero
Vietnam está ya cubierto por un
agitado mar azul y blanco. Muchos
llevan acá desde la mañana. Y es
que madrugar tiene un codiciado
premio, como lo es la elección de
la ubicación. Aunque suene raro,
los afcionados ocupan primero las
gradas más alejadas de la grama,
por pura lógica medieval. Apelan
al mismo principio que se usaba
para ubicar los castillos: desde lo
alto se puede lanzar de todo y no
recibir de casi nada.
No conviene caminar mucho
ni siquiera enfundado en el
salvoconducto. Nos sentamos
en el primer claro que vemos.
Wilson, hijo y padre, detrás. Yo,
delante, entre un joven alto y
gordo y un tal William Quijano.
De 42 años y huesudo, Quijano
lleva zapatillas tipo All Star, jeans,
bandera amarrada al cuello y una
cachucha con los colores de El
Salvador. Viene a Vietnam desde
los partidos clasifcatorios para el
mundial de 1982 y dice conocer
al “Mágico” González. Quijano es
un hombre al que le gusta flosofar
sobre fútbol.
—Independientemente de si gana
o no, siempre hay que apoyar a la
selecta.
Un cartel que vi hace un rato
Pág 181
crónicas de deporte
parece darle la razón. Decía: “La
afción es el apoyo de los que no
pueden solos”.
Mientras hablo con el flósofo, noto
que algo cae sobre mi espalda. El
calor es el elemento que con mayor
precisión permite determinar el
origen de los fuidos que le tiran
a uno. Como la sensación suele
ser compartida por un grupito,
incluso genera conversación.
“Está caliente.” “¡Puuuta madre!”
“¡Guácala!” Siempre hay algún
optimista: “Era agua, ¿no?”
De todas maneras, este no es
mi primer partido en Vietnam,
y ya aprendí que levantarse
desafante a buscar culpables es
contraproducente. “Tiran de todo
porque al salvadoreño le encanta la
patanería, joder al vecino, pasarla
bien a costa de su hermano”, me
escribirá días después Ángel
Rivera desde Edmonton, Canadá,
un salvadoreño que se fue del país
en 1990.
Un pequeño helicóptero de
la Policía está suspendido a
poca altura. Vietnam responde:
“Culeeeeros, culeeeeros”. Es uno
de los gritos que más escucharé
hoy. Se lo gritarán al que lleva una
camisa que no sea azul o blanca,
a los que toman fotografías desde
la grama, a los antidisturbios, al
árbitro, a los linieres, al presidente
Antonio Saca cuando saluda en la
pantalla, al grupo de bailarinas y
bailarines, al delegado de la FIFA,
al equipo contrario, al que no se
sumerge en la ola.
La ola. La Voz se asoma desde su
cabina, cree que falta pasión y pide
por megafonía que inicie la ola. La
Voz es alguien al que pocos ven
pero muchos escuchan. Su nombre
es Álvaro Magaña –43 años, chele,
amplia sonrisa– y es la persona que
desde 1987 recita las alineaciones,
los goles y las sustituciones en el
Estadio Cuscatlán. Hoy ha llegado
a las 3 al estadio, vestido con
Pág 182
Periodismo narrativo en Latinoamérica
camisa azul. Frente a frente, la Voz
es muy elocuente al hablar, como
si se hubiera tomado un huacal de
café, le cuesta mantener quietas
sus manos.
—¿Y qué haces para animar? –le
preguntaré otro día.
—Metemos música, metemos
la de la selecta, ¿verdad? Arriba
con la selección, arriba con la
selección… Y le metemos ánimo,
¿verdad? Grito: ¿cómo están los
ánimos de El Salvador? ¿Ganamos
hoy? ¡Que se vea la ola!
La ola realmente impresiona. Y
es el orgullo de Vietnam. A veces,
como hace unos minutos, la Voz
da la orden de salida. Otras surge
de forma espontánea. Empieza
en la esquina sur, debajo de la
pantalla, y se desplaza en sentido
contrario a las agujas del reloj. A
esta que están queriendo organizar
ahora, cuando falta más de una
hora para el inicio del partido, le
está costando dar la vuelta entera
al estadio. Cuando la ola llega a
Platea, se deshace como terrón de
azúcar, como si pasar por ahí fuera
una obligación. “Culeeeeros.” Ser
los promotores de la ola genera
cierto tipo de orgullo de clase. Y
da la razón a los que creen que en
Platea y en los palcos privados el
fútbol se ve, pero en Vietnam se
vive.
—El partido hay que verlo aquí,
no en casa, porque hay que apoyar
a la selecta –dice el flósofo.
—Para mí en Vietnam están los
más feles a la selección –me dirá
la Voz.
***
Ni siquiera depende de la
indumentaria del rival. Algo que
suena tan inocente como vestir de
cualquier color que no sea azul o
Pág 183
crónicas de deporte
blanco es interpretado como una
provocación en Vietnam. Con
suerte, al despistado le llueven
bolsas de agua y orines hasta que
se quita la camisola. Sin suerte,
no faltan los voluntarios que se la
arrancan ante el aplauso colectivo
o el silencio cómplice. La misma
escena se repite y se repite y se
repite durante las horas previas, y
uno no deja de preguntarse por qué
sigue llegando gente vestida de
otro color cuando es vox pópuli lo
que aquí dentro ocurre.
Algo parecido sucede con las
mujeres. Minoría absoluta, pero las
hay. Vietnam las recibe con agua,
con orines, con gritos ensayados
de ¡Cuuuulo! ¡Cuuuulo! Algunos
parecen tan desesperados que
ganas me dieron de regalarles
el pase de cortesía para Kara’s.
“No dejaría ir a mi hija porque
manosean a las mujeres y si
uno se opone lo lincha la turba”,
me escribirá desde Ciudad de
Guatemala Fernando Sánchez,
salvadoreño emigrado hace ocho
años.
La psicología social tiene un
nombre para explicar estos
comportamientos: estado de
desindividualización. Es más
simple de lo que suena. Se resume
en que cuando las personas
integran grandes grupos aumentan
las posibilidades de que incurran en
conductas inmorales o agresivas,
algo que no harían solas. Aplicado
al Vietnam, la multitud es lo que
ha institucionalizado actitudes
como lanzar orines o irrespetar a
las mujeres. Dicen los que saben,
y suena bastante lógico, que si no
estuviera detrás el grupo que tolera
e impulsa la conducta rebañega –
rebañega–, pocos se comportarían
así.
***
Falta poco más de media hora y
Pág 184
Periodismo narrativo en Latinoamérica
el equipo contrario sale a calentar.
Vietnam hierve.
—Parecen gladiadores –dice el
flósofo.
Al poco, el flósofo se levanta y
bandera en mano comienza a saltar.
Todos lo hacemos. La luz artifcial
domina ya por completo el estadio.
Apenas se reconoce el perfl del
volcán de San Salvador. “Vamos,
salvadoreños, esta noche tenemos
que ganar…” Hay batucada, saltos,
olas, tumbos. Vietnam hierve.
Justo enfrente, sobre los palcos, la
luna creciente forma una sonrisa
cómplice. Ambiente mágico, anoto
en la libreta.
Hace una hora estaban volando
una gran piscucha, corriéndola por
la franja más cercana a la valla.
Ahora sería imposible.
—Está full.
—Sí, es porque bajaron los
precios. Así me gusta ver a mí el
estadio –me responde el flósofo, y
se mete en la boca una especie de
caramelo azul.
Para llegar hasta su cliente, los
vendedores hacen malabares. En
términos generales, ellos sí son
respetados, aunque sean mujeres o
no vayan de azul o blanco. Es una
regla no escrita de Vietnam. En lo
que llevo aquí nos han ofrecido
dos panes por el dólar, maní con
chile, paletas Sabrosita a dos coras,
y unas sospechosas hamburguesas
de a dólar. Es la economía de
Vietnam.
La Voz anuncia al ganador del
sorteo de un boleto aéreo, cortesía
de TACA. El ganador es el 405 sur
palco.
—Si has ido a Solón, te felicito,
porque yo quisiera estar ahí –me
insistirá la Voz.
Ahora, muy a su pesar, él está
Pág 185
crónicas de deporte
en una espaciosa cabina blanca,
con aire acondicionado y silla
reclinable. Allí arriba raro es que
haya menos de cuatro personas, y
celebran cuando hay que celebrar,
pero no se tiran orines ni se
insultan. La Voz parece echar eso
de menos. Antes de ser la Voz,
Álvaro Magaña fue un auténtico
Vietnamita.
—¿Y se lanzaban los orines?
—¡Claro! ¡Defnitivamente! Si
yo tengo hasta experiencia… –
ríe– ¿Y sabés qué es lo cómico?
Que cuando a vos te agarran para
eso, papá, no es solo una bolsa la
que te cae, te quiero ser sincero.
Yo llegaba al extremo de que
llevaba mi cachucha y debajo de
la cachucha llevaba mi plastiquito.
De todas las personas con las que
hablé para esta crónica, la Voz será
el único que cree que Vietnam
cada vez es más respetuoso. Ha
cambiado para bien, dice.
Los cánticos decaen un poco
cuando faltan unos 20 minutos
para comenzar. Algo así como dar
un paso atrás para tomar impulso,
para los himnos nacionales. El
de El Salvador, obvio, se canta a
pleno pulmón, pero igual o más
energías se gastan mientras suena
el del equipo contrario. Vietnam –
casi– entero da la espalda: patalea
abuchea abronca silba vocifera
protesta insulta. Por el maldito
estado de desindividualización
resulta difícil ir contra el
comportamiento rebañego. Yo
aprovecho para simular que estoy
tomando notas, pero el que más me
sorprende es Wilson. Al girarme
veo que se mantiene de cara a la
grama, respetuoso. Atípico.
Cervezas hoy ni se han vendido
ni se venderán. Y menos cervezas
signifca menos orines. Incluso el
Pág 186
Periodismo narrativo en Latinoamérica
acceso al agua ha estado y estará
restringido. Supongo que esto,
unido a lo vibrante del marcador,
la amenaza de cierre sobre el
estadio y los más de 520 agentes
de la Policía desplegados harán
de este un partido más seco y
menos violento que de costumbre.
Al menos en mi sector no hubo
grandes peleas entre afcionados,
y la Unidad de Mantenimiento del
Orden de la Policía apenas tuvo
que sacar a dos que tres. “Hoy
en día me parece que el nombre
de Vietnam ya no le va, tengo
amigos Vietnamitas y son gente
muy pacífca”, me escribirá desde
Cheongju Galileo Romero, un
salvadoreño que el año pasado se
trasladó a Corea del Sur.
Ya va a iniciar el partido.
—Para mí Vietnam es la zona más
importante de un estadio, te quiero
ser sincero. Si yo fuera futbolista,
yo fuera a celebrar primero a Solón
–me dirá la Voz, sonriente.
***
Nos hemos visto por primera vez
hace unas horas. No lo sabemos
aún, pero el grupito lo formaremos
William, el flósofo del fútbol;
un joven alto y gordo con el que
no he intercambiado palabra; un
alguien con camisola azul que
saltará desde la fla de delante; y
yo, el periodista de gesto serio.
Por la cercanía, hemos compartido
cánticos, tumbos, olas, orines y
otro gol que celebré, sí, pero a la
europea.
Vietnam lleva mil horas sin callar.
—Es el alma del Cuscatlán –me
dirá días después la Voz.
Minuto veintiséis con doce
segundos. El volante Julio
Martínez saca de banda hacia
Rodolfo Zelaya. A trompicones,
el joven delantero se zafa de su
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crónicas de deporte
marca, avanza por banda izquierda
y logra un centro preciso. Cristian
Castillo salta como gacela y
cabecea…
Gooooool.
Castillo corre, mira al cielo y se
arrodilla frente a Tribuna. Vietnam
se abraza.
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
El aprendizaje del
vértigo
Publicado: 28 marzo 2009 en
Juan Villoro
Etiquetas: Argentina, Bombonera, Fútbol,
La Nación
Los superclásicos son la Navidad
del fútbol. El anhelo casi siempre
supera al resultado. Durante
meses, los hinchas imaginan goles
con la desmesura de los niños que
piden una PlaySyation a Santa
Claus a cambio de galletas para los
renos que llegarán cansados.
El Boca-River del 4 de mayo de
2008 comenzó para mí con años
de anticipación. En 1974 estuve
en el Monumental para ver un
River-Boca, pero no había ido
la Bombonera, la excepción que
Canetti no estudió en Masa y
poder.
La espera cargó a la cita de tanta
emoción que casi parecía una
vulgaridad que se cumpliera.
Amigos de México y España
estaban atentos al 4 de mayo. El
derby argentino interesa no sólo a
quienes duermen con una camiseta
que promueve la cerveza Quilmes,
sino a la tribu planetaria interesada
en las leyendas.
Como el Everest o la Gioconda,
el campo de Boca tiene la fama
de lo que es insuperable en su
género: el espacio único donde
se retratan japoneses. ¿En verdad
representa el pináculo de la pasión
futbolística?
“Nosotros nos odiamos más”,
me dijo el chofer que me recogió
en el aeropuerto de Ezeiza. Se
refería al encono entre Newells y
Rosario. En el trayecto, habló de
la capacidad de ira de los suyos
y la desgracia de la tía Teresita,
apóstata de la familia que se
negaba a apoyar al equipo canalla.
El eje de su discurso era el rencor:
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crónicas de deporte
en los grandes días el fútbol es
asunto de desprecio y nadie odia
como un canalla. Por desgracia, los
medios infan repudios menores,
como Boca-River. El piloto remató
su argumento en plan teológico:
“Dios está en todas partes pero
despacha en Buenos Aires”.
No te preocupes: lo que tiembla
es el mundo.
El 16 de abril, Daniel Samper
Pizano organizó en Madrid una
cena para preparar el clásico. Ese
día se jugaba la fnal de la Copa
del Rey, entre Valencia y Getafe,
pero no quisimos verla. Preferimos
hablar de fútbol futuro, es decir,
del 4 de mayo. El otro invitado
justifcaba que la palabra interesara
más que el balón. Jorge Valdano
contó su debut como visitante en
la cancha de Boca. Mientras se
ataba los botines, sintió que todo
se movía. Uno de los veteranos
se acercó a decirle: “no sos vos,
pibe, es la cancha”. Jugar en la
Bombonera signifca sobreponerse
a un estadio a punto de venirse
abajo por méritos pasionales.
Ningún otro campo impone de ese
modo en el ánimo del visitante.
En su estupendo libro Boquita,
Martín Caparrós recuerda que fue
en Argentina donde se bautizó al
público como “jugador número
12″.
Acostumbrados a la adversidad,
los mexicanos consideramos que
el marcador es una sugerencia
que podemos ignorar. En cambio,
el hincha argentino desea mejorar
el resultado con tres recursos
básicos: contener la respiración,
putear a los contrarios y entonar
canciones de amor lírico. No es
casual que una de las barras más
conspicuas se llame “la 12″. Sus
integrantes no están ahí para ver
un partido, sino para jugarlo con
sus gritos.
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
El realismo mágico desapareció
de la literatura para refugiarse en
la aviación. Volar por América
Latina es una saga de rodeos,
posposiciones y horarios raros,
que te hacen sentir en una realidad
paralela. Tal vez los satélites
se alquilan más barato en las
madrugadas y eso determina las
rutas del continente. El caso es
que recibí el 4 de mayo en algún
lugar del cielo entre Bogotá y
Buenos Aires. Quien tenga los
poderes de meditación de un yogui
puede aprovechar esa noche de
cuatro horas. Los demás llegamos
como zombis. La asociación de
fútbol y aviación no es ociosa:
la Copa Libertadores sólo será
competitiva cuando se modifquen
los calendarios de juego y las
rutas aéreas del continente. Los
remedios de mi infancia solían
decir: “agítese antes de usarse”. La
exigua noche en el avión me hizo
llegar agitado al clásico.
Entrar al estadio fue otro deporte
extremo. Tuve la suerte de ir en
compañía de mi amigo Leo, hincha
de River que había jurado no pisar
la Bombonera.
Leo está convencido de que el
argentino vive para el antagonismo,
se separa con facilidad de la regla,
impugna en forma mecánica y
sólo se justifca a sí mismo por
negatividad, discrepando de lo que
no acepta. Después de exponer
esta teoría, la puso en práctica.
Cuando encomié los cantos de
Boca, comentó: “en el fondo, esa
alegría es amarga”.
Estar con Leo era lo contrario a
estar con un escudo humano.
Caminamos por un yermo donde
se alzaban los tonifcantes humos
del choripán. El baldío se convirtió
poco a poco en un embudo. Había
verjas a los lados, respaldadas por
policías. Seguimos de frente hasta
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crónicas de deporte
que alguien –el invisible líder que
iba en punta– cometió una torpeza.
Fuimos repelidos por balas de
salva. Retrocedimos hasta una
patrulla, donde preguntamos por
la tribuna de prensa. Un teniente
hizo un ademán similar a un pase
hipnótico.
“Entendimos” que debíamos ir
al otro extremo de un círculo.
Preferimos tomar el primer callejón
a nuestro alcance. De nuevo nos
hundimos en la multitud y de
nuevo fuimos repelidos por tiros
de salva. Corrimos en tropel hasta
una barda donde la policía montada
permitía el acceso a un pasillo
improvisado con rejas. Aquello no
parecía una ruta de entrada sino de
detención. Supongo que para los
habituales del estadio, los dilemas
de ingreso generan una deliciosa
adrenalina común. Nosotros no
estábamos en condiciones de pasar
por ese hacinamiento. Sobre todo,
no estábamos en condiciones de
que Leo expusiera ahí su teoría del
antagonismo.
Caminamos por un baldío donde
alguien me entregó un volante de
propaganda que leí como un texto
sagrado:
Hinchas lesionados¼.! Tenés
derechos y muchos $$$ que
reclamar. Cualquier lesión que
sufriste dentro de un estadio
de fútbol, o cerca de él, podés
reclamarla.
La propaganda estaba frmada
por el Estudio Posca, ubicado en
Uruguay 385, Of. 902. Su lema
de 2008 era: “¡¡¡32 años junto
al hincha!!!” El despacho se
presentaba como especialista en
“accidentes de tránsito y en estadios
de fútbol”. Me llamó la atención
que las canchas hubieran generado
una subespecialidad jurídico.
También me sorprendió que el
perímetro de las reclamaciones
Pág 192
Periodismo narrativo en Latinoamérica
incluyera las afueras del estadio.
Leo y yo ya estábamos en la zona
en la que convenía tener el teléfono
del Estudio Posca. Entre otras
cosas alarmantes, la publicidad
decía:
No aceptes Personas que dicen ser
Abogados, y que se presentan en
tu domicilio, en el Hospital o en la
comisaría.
¿Tenía caso asistir a un espectáculo
para acabar en un camastro donde
me buscaría una Persona que decía
ser Abogado? Aunque tuviera
“muchos $$$” que reclamar, era
poco halagüeño pasar por los
requisitos para conseguirlo. El
volante era explícito al respecto:
Avalanchas; balas de goma y
plomo; fracturas; esguinces;
bengalas; peleas; piedras, etc.
En caso de padecer algunas de
estas situaciones futbolísticas, se
aconsejaban tres acciones:
Conservá tu entrada. Hacete
atender en la enfermería del club
en el Hospital más cercano al
estadio. Llamanos.
Guardé la publicidad como
un salvoconducto para la
supervivencia. Lo más alarmante
era su tono a fn de cuentas neutro,
la naturalidad con que asumía
que en ese territorio los huesos se
quiebran. Hay gente que no visita
al médico porque teme que la
enfermedad, que hasta entonces no
tenía, se produzca en su presencia.
El Estudio Posca procedía al revés:
ya estábamos heridos pero aún no
descubríamos nuestra sangre.
La diversidad de los temperamentos
es tan grande que tal vez algunos se
excitaban ante esa prueba jurídica
de que se encontraban en territorio
de agresiones. Tal vez otros
calculaban qué tan bueno sería
el negocio de esa tarde: ¿cuántos
“$$$” se podrían reclamar por
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crónicas de deporte
un peroné fracturado? ¿Valdría
la pena sacrifcar también una
costilla? Si hay gente que sobrevive
vendiendo su sangre o su semen,
¿habrá víctimas profesionales con
un largo historial de fracturas en
su haber?
Recorrimos calles que parecían
conducir al estadio pero llevaban
a una desviación. Ante la
desconfanza de mi amigo por
cualquier informante de Boca,
pedimos señas a los policías.
En todos los países, quienes
custodian los estadios vienen de
lejos, detestan estar ahí e ignoran
cómo se llega a los asientos. “No
vamos a entrar”, dijo Leo, con rara
satisfacción.
Me distraje con las banderas que
colgaban de los balcones, los
grafftis, las mujeres que se habían
puesto delantales auriazules para
vender empanadas. Pocos equipos
conservan el temple urbano de
Boca, la capacidad de que el
fútbol sea un barrio. El equipo
de Maradona no ha perdido el
contacto con las calles, el problema
es saber cuál lleva a tu entrada.
El rodeo nos alejó hacia una calle
donde todo mundo se asomaba
a las ventanas. El ambiente
festivo fue relevado por un grito:
“Puuuuuuuuuutos!”
Una motocicleta rugió a lo lejos.
Vimos la bestia blanca: el autobús
de River. Habíamos llegado al
corredor del ultraje, donde los
que no asisten al estadio hacen su
juego. Al día siguiente escuché al
Beto Alonso, emblemático jugador
de River, hablar por la radio de
los objetos que había sentido
caer en el techo del autobús. Hay
quienes congelan hielos para la
ocasión y quienes sacrifcan ahí
sus más sólidos candados. El
autobús avanzaba, lento, escupido,
injuriado.
Pág 194
Periodismo narrativo en Latinoamérica
Desconfío de los cantantes que
visitan un país, se vuelven hinchas
instantáneos de un equipo y
ofrecen un encore enfundados en
su camiseta. Sin embargo, en el
callejón del oprobio estuve a punto
de volverme hincha de River. No
lo hice para no estimular a Leo.
Cuando no quiere hallar culpables,
la policía mexicana habla de
“suicidio asistido”. Mi repentina
simpatía por los ultrajados y
las teorías de mi amigo podían
convertirnos en suicidas en busca
de asistencia.
Mi percepción era forzosamente
extraterritorial. En 1974, cuando
fui al estadio de River, un señor
oyó mi acento y me preguntó si
era cierto que en México el hincha
de un equipo como River podía
sentarse al lado de un hincha
equivalente a un bostero. Le dije
que sí. “¿Y no se matan?”, preguntó
con interés. Le expliqué que, al
menos para eso, éramos pacífcos.
Su respuesta fue fulminante:
“¡Pero qué degenerados!”
Nunca olvidaré a mi padre en el
estadio de Ciudad Universitaria,
levantando a una fla afcionados
para que aplaudieran a los
visitantes: “¡Son nuestros
invitados!”. Formado en una
escuela donde la derrota es una
variante de la hospitalidad, el
hincha mexicano pasa trabajos
para entender el ánimo de la barra
brava, que parece forjado en la
batalla de las Termópilas, o al
menos en la película 300.
En un diálogo sobre fútbol y
literatura que sostuvimos en la
Feria del Libro de Buenos Aires,
Caparrós advirtió que el mexicano
dice “le voy al Guadalajara”
mientras el argentino dice “soy de
Boca”. El grado de pertenencia es
muy distinto. Nuestra pasión es
algo que seguimos, un horizonte
Pág 195
crónicas de deporte
inalcanzable, no un ingrediente del
ADN.
En la calle donde el autobús de
River se sometía al vendaval de los
insultos, la identidad no podía ser
más precisa. El que no lanzaba una
piedra, no era de ahí.
Un efecto secundario: el partido.
Sobrevino uno de esos momentos
en que los mexicanos mostramos
grandeza en la frustración. Me
resigné a no entrar al estadio y
comer el choripán de los seres
pacífcos. En eso, avistamos a un
policía de pelo blanco que daba
órdenes con frmeza de director de
orquesta. Él y sólo él podía saber
dónde estaba nuestra entrada.
“Es muy sencillo”, habló con voz
profética: “Sigan las vías del tren”.
Avanzamos entre los rieles
oxidados de una vía muerta.
Por ahí se iba al estadio en los
tiempos en que se jugaba con
gorra. Recorrimos ese trecho
oloroso a pasado hasta llegar a otra
confuencia de peligro. A nuestra
derecha había un muro azul,
metálico, con pequeños orifcios.
Por ahí entraban los hinchas de
River. No podíamos verlos, pero
percibimos su avance, como un
rebaño de sombras. Sólo había
una prueba de que eran ellos:
los insultos que recibían. Estuve
tentado a darles una muda seña de
solidaridad: deslizar bajo el muro
metálico el volante del Estudio
Posca.
La intensidad de este rincón
contrastaba con una escena en
la acera de enfrente. Tres chicas
en leotardos amarillos y azules
posaban a favor de un candidato a
la dirigencia de Boca.
Al fn subimos la torre elegida.
Arriba, comprobé el efecto óptico
descrito por el cronista colombiano
David Leonardo Quitán en Fútbol
Pág 196
Periodismo narrativo en Latinoamérica
sin barrera: el de Boca es el único
estadio en el que no te alejas de la
cancha a medida que asciendes.
La verticalidad de la construcción
crea una mareante cercanía. “Hay
que tomar lecciones de abismo”,
dicen los protagonistas de Viaje al
centro de la Tierra. Buen consejo
para la Bombonera.
Cuando Hugo Orlando Gatti, el
portero más querido y extravagante
de la historia boquense dijo “voy al
encuentro del abismo”, se refería a
su capacidad para complicar las
jugadas y quizá también al público
a punto de desplomarse en la
cancha.
La Bombonera es un estadio impar,
y lo es de forma fanática: en sus
gradas caben 57.395 espectadores.
Ni un solo número de la cifra
mágica es par.
Para el público, no hay mejor
entrenamiento que la anticipación.
Potenciada por la espera, “la
Popular” defnió el superclásico.
Quien deseara ver un derby con
encomiables argentinos podía
sintonizar ese mismo día el Inter-
Milan. El partido en Italia fue un
oleaje de ida y vuelta; nada que ver
con el marasmo en la Bombonera.
El equipo local ganó desde la
defensa y administró las pausas
con lentitud de teatro kabuki. A
River le faltó la contundencia
que le sobraba a su técnico, el
Cholo Simeone, y sólo trianguló
cuando eso importaba poco. Pero
el sol bañaba las gradas como un
regalo y la gente gritaba con la
felicidad elemental de quien tiene
muchos huevos para matar muchas
gallinas.
Difícilmente, quienes estábamos
ahí hubiéramos cambiado ese
partido por la eminencia del Inter-
Milan. El superclásico era lo que
debía ser: un pretexto efcaz, un
trámite menos decisivo que las
Pág 197
crónicas de deporte
pasiones de la gente. No se va ahí a
descubrir el fútbol sino a confrmar
una constancia emocional.
Hay una defraudación implícita
en la gesta: nunca sucederá el
enfrentamiento ideal que condense
la tradición, el choque de ídolos
de distintas eras, donde Labruna,
Pedernera y Sívori jueguen contra
Rattín, Pernía y Batistuta. Esa
imposibilidad -la suma fantasmal
de lo que ahí se ha disputado-
otorga atractivo a cada nueva cita
de los enemigos íntimos. Un lance
de cuchilleros donde las heridas
nunca son tan profundas como el
rencor que las anima.
Hay, por supuesto, días de
excepción en que un derby
asemeja una propaganda de la
pasión: en el minuto 90 llega el
empate a 3 y en los segundos de
prórroga hay una voltereta. Pero el
domingo señalado el desconcierto
en la hierba fue superclásico. El
esplendor estaba en las tribunas.
Si los héroes del cómic suelen ser
criaturas bipolares, que alternan
la deprimente existencia de Clark
Kent con los brotes maniacos
de Superman, los fanáticos del
fútbol van de la invectiva al cariño
sin nada en medio. La entrega
de una hinchada se mide por su
bipolaridad y la de Boca califca
muy alto: “No me importan lo que
digan/ lo que digan los demás/
yo te sigo a todas partes/ cada
día te quiero más” cantan los
románticos varones que minutos
antes invitaban a asesinar hinchas
de River.
Cuando Battaglia anotó el golazo
de cabeza que defniría el 1-0, el
edifcio se cimbró conforme a su
leyenda. Como vengo de un país
de terremotos, durante varios
días hablé de ese entusiasmo,
medible en la escala de Richter.
Un escritor, un mesero y un policía
Pág 198
Periodismo narrativo en Latinoamérica
me corrigieron con la misma
frase, surgida del ventrículo más
azucarado del bipolar corazón
bostero: “El estadio de Boca no
tiembla: late”.
La pasión también se defne por
la forma en que convoca a los
ausentes. La barra auriazul recordó
a la Raulito, hincha de fuste a
quien la muerte no impedía estar
ahí, y a los grandes que alguna
vez jugaron en ese sitio en el que
se dura poco. Muy lejos quedan
las gestas de caballería de Ernesto
Lizzati, que pasó por el fútbol sin
ser expulsado una sola vez y vistió
los colores de Boca sin pensar
que hacía antesala para viajar a
Europa. Hoy los argentinos son
los grandes nómadas del fútbol.
“Si fueran buenos no jugarían
aquí: Verón regresó porque es
viejo y Riquelme porque es raro”,
me comentó un taxista. Recordé
una escena de Alemania 2006.
Coincidí con Carlos Bianchi como
comentarista en las transmisiones
de la televisión mexicana. Durante
una pausa, el entrenador que logró
todo para Boca recibió una llamada.
Dijo más o menos lo siguiente:
“No puedo hacer más, vos ya tenés
otro padre”. Luego comentó “era
Riquelme” con la satisfacción con
que Homero hubiese dicho “llamó
Aquiles”. El 10 argentino necesita
sentirse querido para rendir.
Durante las concentraciones de
Alemania 2006 buscaba el apoyo
emocional que Bianchi le supo
dar en Boca. Ante la Bombonera
en pleno hervor, se entiende que
Riquelme no haya triunfado en el
Camp Nou de Barcelona, donde
hay un ambiente de conocedores
de ópera. Por virtud, es el último
de los sedentarios. Palermo lo es
por défcit. Fallar dos pénaltis en
un juego es mala suerte. Fallar
dos pénaltis, pedir la pelota para
tirar un tercero y volver a errar
es literatura. Fue lo que el trágico
Pág 199
crónicas de deporte
Martín logró en la Copa América
ante Colombia. Su altura depende
de reconvertir tanta torpeza en
motivos para ganar. No destacará
nunca en el frmamento del fútbol,
pero los balones rebotan en su cara
generosa para que anote Boca.
Salvo excepciones, los cracks
argentinos tramitan con sus lances
el boarding pass que los llevará
lejos.
Lo único sedentario es la hinchada.
Tal vez su entrega tenga que ver
con ese desacuerdo insalvable. La
pasión futbolística se alimenta de
dolor; cada público encuentra la
forma de superar males específcos.
En Argentina los milagros son
posibles pero duran poco; en
México se posponen para siempre
y la gloria debe imaginarse. El
cronista del Estadio Azteca narra
jugadas que necesitan adjetivos
para valer la pena. El cronista de la
Bombonera no está ante algo que
deba ser validado por las palabras
(“lo único que quiero es que gane
Boca”, me dijo en la tribuna
de prensa Juan José Becerra, el
imprescindible autor de Grasa, que
narraba la temporada de su equipo
para el diario Crítica).
¿Qué encuentra un profesional
de la posposición en el territorio
de los impacientes? En la
Bombonera, el hincha mexicano
pasa de la fcción (la zona de los
golazos imposibles) a una realidad
acrecentada. El estadio vibra como
una naturaleza radical: no reclama
interpretaciones sino métodos de
supervivencia.
Hundido en la marea, el cronista
que viene de lejos tiene 90 minutos
para adquirir un hábito que no
asociaba con el fútbol: el vértigo.
Pág 200
Periodismo narrativo en Latinoamérica
Surinam, allí donde
los niños patean una
pelota para poder ser
holandeses
Publicado: 5 octubre
2008 en Daniel Titinger
Etiquetas: Etiqueta Negra, Fútbol, Sranang
tongo, Surinam 15
La leyenda de Surinam.
Surinam es un país. Es lo primero
que digo cuando me preguntan qué
cosa es Surinam. No está extraviado
en las selvas del África salvaje ni
escondido como un enano travieso
en medio de dos super gigantes
asiáticos. Tampoco es una isla
del Caribe, ni de Indonesia, ni
de las Antillas, ni de Oceanía. Ni
siquiera es una isla. Menos un
paisito de Centroamérica cercano
a México. A ver, consigue un
mapa del mundo. Ubica América
del Sur y luego apunta Brasil con
un dedo. Empieza a bordear, de
abajo hacia arriba, su inmensa
costa atlántica –Río de Janeiro,
Salvador, Fortaleza, Belém–;
en algún momento llegarás
indefectiblemente a la Guyana
Francesa, una suerte de club
privado y de ultramar de Francia.
Si sigues bordeando esa arqueada
costa atlántica aparecerá de pronto
un puntito, quizá más chico que la
yema de tu dedo: Surinam es casi
del tamaño de Uruguay. Pero es un
país. Hay pruebas sufcientes para
afrmarlo. Por ejemplo, existe el río
Surinam, una línea aérea llamada
Suriname Airways, la Federación
de Fútbol de Surinam, el Banco
de Surinam, el mapa de Surinam
bajo tu dedo y una ingeniera
de la Universidad de Surinam,
surinamesa de piel morena y pelo
revuelto y descuidado que me dice,
en este instante: “Surinam es un
país hermoso, pero nadie conoce
Surinam”. Ni a los surinameses.
Ella es la primera que he visto en
Pág 201
crónicas de deporte
mi vida.
Estamos en el renovado aeropuerto
de Maiquetía, Venezuela, sentados
en un rincón del Gate-17, al lado
de las grandes ventanas que dan
a las pistas de aterrizaje. Es de
noche. Afuera sólo se distinguen
las sombras de las montañas y
las luces blancas de los aviones.
Adentro se escucha el insoportable
volumen de los televisores: el
reguetón de moda, el último éxito
de Shakira, la voz caribeña del
presidente Hugo Chávez que repite,
como en una letanía: Estos son mis
logros, o algo así. La ingeniera
Audrey Singh debe hablar en voz
alta para contrarrestar la bulla.
En inglés. Me dice que no todos
los surinameses hablan inglés; y
casi ninguno español. “Somos de
Sudamérica, pero lo siento, no
parecemos de Sudamérica”, dice
Audrey Singh, ingeniera sanitaria
de cuarenta y cinco años que llegó
a Venezuela luego un congreso
medioambiental en Lima, Perú,
hace más de diez horas, y desde
entonces espera un vuelo que la
lleve de regreso, primero a Puerto
España (en la isla de Trinidad y
Tobago), y luego a Paramaribo,
la capital de su país. Es absurdo
que para volar de Sudamérica a
Sudamérica, uno tenga que salir
de Sudamérica. Perú-Venezuela-
Trinidad y Tobago-Surinam.
Surinam es un país. Al norte de
América del Sur, sólo una panza
de océano lo separa de la costa
sur de Miami, pero no se puede
llegar desde allí. En realidad, el
tráfco aéreo no te permite llegar
a Surinam casi desde ninguna
parte. Sólo desde Puerto España,
hacia donde va Audrey Singh. O
desde Belém, en Brasil. O desde
Ámsterdam, en Holanda. Entérate
desde ahora: necesitas visa para
llegar a Surinam, y ésta le dará
un inusual colorido rasta a tu
pasaporte. En un mundo donde las
Pág 202
Periodismo narrativo en Latinoamérica
distancias se miden de aeropuerto
en aeropuerto, las cercanías de un
mapa son pura coincidencia.
–¿Para qué vas a Surinam? –Singh
tiene una curiosidad lógica: ¿Para
qué (diablos) va uno a Surinam?
El país más nuevo y más chico
de Sudamérica, independizado
de Holanda en 1975, no llega al
medio millón de habitantes. Hay
más, pero no viven en Surinam.
Unos trescientos cincuenta mil
surinameses pasan sus días en
Holanda, y en su exilio europeo
dejan espacio al pesimismo: más
que visitar Surinam, pareciera que
lo que busca la gente es irse. Nadie
conoce Surinam, porque nadie
quiere ir a Surinam. “Nadie”, en
todo caso, es una exageración
estadística: poco más de cien
mil personas visitan el país cada
año, mientras que su vecino,
Brasil, recibe unos seis millones
de turistas. Surinam no tiene un
cantante célebre, ni una estrella
del cine, ni una Miss Mundo. Sí
tiene un nadador famoso, Anthony
Nesty, que hasta conquistó la única
medalla olímpica del país en Seúl
88. Pero Nesty –y aquí el drama–
nació en Trinidad y Tobago.
Surinam no tiene un Premio Nobel,
ni un best-seller, ni una playa para
lucir en postales. Ni siquiera el
pontífce más famoso, Juan Pablo
II, apodado El Papa viajero, viajó
alguna vez a Surinam.
Aunque existen dos motivos
obvios por los que un extranjero
iría a Surinam. Primero, para
buscar oro en la selva y volverse
menos pobre. Segundo (esto sólo
si eres holandés y estás aburrido
del frío), para tomarte unas
soleadas vacaciones haciendo
turismo ecológico en tu antigua
colonia. La selva cubre más del
ochenta por ciento del país. Lo
dicen las agencias de turismo en
sus panfetos: “Suriname, your
Pág 203
crónicas de deporte
destination for nature, adventure
and culture”. Lo que era la Guyana
Holandesa aún siente nostalgia
de su pasado nada remoto y
recibe con los brazos extendidos
a los blanquísimos ciudadanos
holandeses de mochila al hombro
y muchos euros. Luego de pensarlo
un poco, le explico a Audrey Singh
que quizá exista un tercer motivo
para visitar su país, pero entonces
un empleado de Aeropostale –la
línea aérea venezolana tristemente
célebre por sus demoras–
interrumpe la conversación y se
pone a gritar que el vuelo para
Puerto España está demorado.
En español. Singh no sabe
español pero sospecha lo que
está ocurriendo, y en una lengua
muy extraña, indescifrable,
traduce aquello que no entendió
a una amiga suya, surinamesa
especialista en el manejo de basura
sólida que ahora la mira con
estupor. Hay un retraso en el vuelo
y ellas no entienden la razón. No
entienden lo que la gente comenta
a su lado. La gente no las entiende
a ellas. Nadie entiende a nadie.
Están desconcertadas.
–En Suriname hablamos sranang
tongo –dice Audrey Singh, que
luce muy incómoda con el retraso.
–Parece un idioma difícil.
–Más difícil parece llegar a
Surinam –se frota con una mano
el cabello desordenado de tantas
horas muertas, se acomoda una
casaca de lana de colores Made
in Perú, improvisa una mueca de
molestia–
¿Tú para qué vas?
Curiosidad. Quizá esa palabra
resuma los motivos de cualquier
viaje. Le explico que me gustaría
saber por qué muy pocos conocen
de la existencia de Surinam y sin
Pág 204
Periodismo narrativo en Latinoamérica
embargo, lejos de aquí, pateando
una pelota en el estrellato donde
brillan las fguras del fútbol
europeo, hay nombres famosos
como Edgar Davids, Patrick
Kluivert, Clarence Seedorf, Ruud
Gullit, Frank Rijkaard, que tienen
un pasado surinamés pero visten o
vistieron la camiseta de Holanda.
Surinam no tendrá muchas cosas,
pero los dioses de hoy usan
shorts, patean una pelota y tienen
la textura de una pantalla plana:
¿Quién no ha visto en la televisión
a Davids, Kluivert, Seedorf, Gullit
o Rijkaard? Hay países que doblan
en tamaño a Surinam y que no
tienen ni la mitad de apellidos
célebres.
–Si vas a Surinam –me decían
días antes algunos enterados–,
no puedes dejar de buscar a sus
futbolistas.
Hay quienes sólo saben de la
existencia del país porque en
alguna parte escucharon acerca
de su principal leyenda: Surinam
produce futbolistas así como
Venezuela produce petróleo.
Días después, en Surinam,
descubriría que los surinameses
se enorgullecen de hacer algunas
preguntas: “¿Sabías que Seedorf
es de Surinam?”. Audrey Singh
parece estar muy enterada del
tema y sólo asiente con la cabeza.
El planeta es un balón y se mueve
bajo leyes muy extrañas: ¿Por
qué Surinam produce futbolistas
brillantes? ¿Por qué en Surinam
el fútbol profesional no existe?
Es extraño. De ser cierta la
leyenda, Surinam crea dioses
que se veneran en los estadios de
Holanda. En casa, sin embargo, se
practica el fútbol amateur, y este
es tan desconocido como Surinam.
Tal vez ésa sea la máxima paradoja
del país: su mejor producto de
exportación patea una pelota y
consigue el pasaporte holandés.
Pág 205
crónicas de deporte
Si estos hijos de Surinam fueran
en realidad embajadores de su
nación de origen, ésta saldría del
anonimato por lo que ya no le
pertenece.
El vuelo lleva demorado cuatro
horas. Singh ya sabe que perdió
la conexión en Puerto España y
que deberá esperar dos días en
Trinidad para encontrar un nuevo
avión que la lleve a casa. Es difícil
llegar a Surinam. O peor todavía:
es difícil regresar. Singh señala
otro rincón del Gate-17, donde
cuatro personas se ríen cuando no
parece haber nada de qué reírse.
“Ellos también son de Surinam –
dice Audrey Singh–. El hombre
del sombrero es muy importante,
fue ministro de Transportes.” El
hombre del sombrero que se ríe
está vestido con un traje verde
oscuro y dos enormes anillos de
oro en el dedo anular de la mano
izquierda. Lleva un maletín negro
con documentos que parecen
valiosos. Por su aspecto y su
idioma –un sranang tongo pausado
pero gutural–, cualquiera en este
aeropuerto de Sudamérica podría
pensar que se trata de un líder
africano. Su nombre, sin embargo,
es Guno Castelen, hermano mayor
de Romeo Castelen, “el diamante
de Surinam”, actual delantero del
Hamburgo de Alemania.
Por fn, se anuncia la salida del
vuelo a Puerto España
***
Hay ocho surinameses varados en
el hotel Piarco de Puerto España,
riéndose de todo, hasta de su mala
suerte. Es sábado al mediodía
en la soleada capital de la isla de
Trinidad y el restaurante del
La isla de Sudamérica.
hotel, un lugar de mesitas de
madera, un bar de madera y
ventanas que dan a una piscina,
Pág 206
Periodismo narrativo en Latinoamérica
estaría vacío si no fuese por los
surinameses que se ríen todo
el tiempo, con estallidos de
carcajadas que se oyen afuera
en la piscina o en los pasillos
del segundo piso. “Así somos
en Surinam”, me explica Guno
Castelen, a quien todos llaman
mister Castelen, y que hoy se ha
vestido con un short celeste, el
mismo sombrero que llevaba ayer
en el aeropuerto, y una camiseta
blanca con la bandera de Uruguay.
–¿Uruguay queda por el Perú? –
me pregunta en inglés uno de los
surinameses de la mesa.
Al sur del mismo continente,
Uruguay queda casi tan lejos del
Perú como de Surinam, pero el
dato parece una primicia.
Se ríen. A los surinameses les
gusta bromear y carcajearse por
casi todo, es lo que Mr. Castelen
quiso decir hace un rato y luego
yo comprendería. Han dejado de
lado sus dramas aeroportuarios
–llegaron ayer, saldrán mañana–
y ahora festejan la momentánea
felicidad del instante: hacen
bromas acerca del clima (“Nos
encanta la lluvia, pero sólo si
hay una festa afuera”); sobre la
paternidad responsable (“Yo sólo
tengo tres hijos… ofcialmente”);
sobre sus edades (“Había una vez,
cuando Mr. Castelen era joven”);
sobre mi nombre (“El apóstol
Daniel está sentado aquí”); sobre el
fútbol en su país (“Si vas a escribir
sobre eso, sólo tienes que poner
muy grande, al centro de la página:
‘Siempre pierden’”). De hecho,
hace sólo unas semanas, Surinam
perdió 5 a 0 contra sus vecinos
de Guyana, otro país enano de la
Sudamérica más desconocida, con
un fútbol históricamente menor
al de Surinam, y confrmó en la
vergüenza que cuando algo anda
mal, aún puede estar peor.
Pág 207
crónicas de deporte
–El primer paso es ser el mejor
equipo del Caribe –me diría Mr.
Castelen días después, sentado
en su espaciada ofcina del
Puerto de Paramaribo, con aire
acondicionado y asientos de cuero.
Mr. Castelen es un político
importante que opina de fútbol
como cualquier ciudadano lo
haría, sólo que él tiene el prestigio
de ser hermano de una estrella
del Hamburgo. Por eso lo volví
a buscar en Paramaribo y ahora
está hablando sobre los pasos que
Surinam debe seguir para llegar a
un mundial. Primero, dice, hay que
ganarle a los del Caribe. Dentro de
la FIFA, ese gigante omnipotente
que rige el fútbol del planeta,
Surinam pertenece a la Concacaf,
igual que Estados Unidos, México
o los países del Caribe. Con
Guyana sucede lo mismo, pero
el resto de Sudamérica juega su
partido aparte en la Conmebol,
con sus propios campeonatos y
eliminatorias para los mundiales.
Si Surinam participara en la
Conmebol, contra las deidades de
Argentina y Brasil, por ejemplo,
sería apabullada como un equipo
de niños con los ojos vendados.
Lo extraño es que teniendo una
leyenda de creadora de estrellas
y jugando por la Concacaf –sin
duda, de un nivel menor– pierda 5
a 0 contra sus vecinos famosos por
ser igual de malos. Sin embargo,
en Paramaribo siempre habrá
espacio para el optimismo: Mr.
Castelen creía que Surinam podría
haber llegado a su primer mundial
de fútbol en 2010, y “el primer
paso era ser el mejor equipo del
Caribe”. No era fácil.
–Por lo menos seis jugadores
deben venir de afuera –dice Mr.
Castelen.
Afuera, en Surinam, sólo quiere
decir Holanda.
Pág 208
Periodismo narrativo en Latinoamérica
–Si su hermano Romeo tuviese
la oportunidad de elegir un
equipo nacional (entre Holanda
y Surinam), ¿cuál elegiría? –le
pregunto.
–Es difícil decirlo por él, pero
cuando vino hace como tres años
se lo pregunté, y su respuesta fue:
por Surinam.
Luego sabría que hay tantos
jugadores de Surinam en Holanda
que es imposible contarlos con los
dedos de ambas manos. Pero la
tragedia de los paisanos de Seedorf
es que ninguno puede venir a jugar
por su país de origen. Sin embargo,
aún no es momento para despejar
esos enigmas migratorios.
Sí para reír, hasta de la mala
suerte. En el hotel de Trinidad
estallan las carcajadas. Salen los
pollos fritos con arroz, las Coca-
Colas heladas y las cervezas Stag.
Llueve. Los prodigios del humor
están reñidos con la gastronomía:
los surinameses sólo dejan de reír
cuando están comiendo.
Lo extraño no es que se rían todo el
tiempo, sino que muy pocos en esta
mesa se conocían antes de quedar
varados en Puerto España, y ahora
parecen los mejores amigos. A lo
largo de este viaje, hay cosas que
jamás entenderé de Surinam –y
de los surinameses–, y quizá el
rasgo que más defna al país, para
quienes lo vemos desde afuera,
es su imposible comprensión, su
prodigioso misterio.
Mr. Castelen ocupa uno de los
lados de la mesa y es a quien todos
se dirigen para hablar y hacer
sus chistes. Ayer, cuando recién
arribamos al aeropuerto de esta isla,
Mr. Castelen improvisó una junta
para decidir qué debíamos exigirle
a Aeropostal por su demora. La
junta fue en sranang tongo para
que el empleado de la aerolínea
Pág 209
crónicas de deporte
no se enterase de nada. El sranang
tongo sólo se habla en Surinam,
parte de Aruba y de las Antillas
Holandesas. Tiene palabras en
inglés, español, holandés y lenguas
imposibles de descifrar si no tienes
el oído entrenado. Cuando por fn
tomaron una decisión –habían
formado un círculo al que me
permitieron entrar–, Mr. Cautelen
tuvo la amabilidad de preguntarme
si yo estaba de acuerdo. “Yes”.
Así que Aeropostal nos trajo
al hotel Piarco, a sólo cinco
minutos del aeropuerto. Nada
mal. Los pollos fritos empiezan
a desaparecer de los platos. En la
mesa también están Audrey Singh,
la ingeniera sanitaria, y su amiga,
especialista en el manejo de
basura sólida. Frente a mí hay un
hombre muy delgado que parece
un monje shaolin y que después
se presentaría como miembro
de la seguridad del presidente
de Surinam. “Otra persona muy
importante”, según Singh. En un
país que tiene menos de la tercera
parte de la población de Manhattan,
lo natural es querer conocer a todo
el mundo. Al parecer, las buenas
relaciones sociales se establecen
desde el “hola”, y en una mesa
de “importantes” es bueno que se
acuerden de tu cara. Al lado de
Singh está la jefa del puerto de
Paramaribo, de rasgos chinos, que
tiene la voz grave y hace sentir sus
bromas incluso por encima de las
carcajadas ajenas. Hay un abogado
negro, hermano de una ministra,
que viste una camiseta blanca con
cuello y lentes oscuros Ray-Ban;
un hombre de rasgos indígenas
muy callado y un ingeniero
musculoso con pasaporte holandés
pero nacido en Paramaribo. Los
ocho comensales de esta mesa
podrían parecer de distintos
países del África, del Asia y hasta
de Europa. Pero todos son de
Surinam.
Pág 210
Periodismo narrativo en Latinoamérica
Surinam es un país.
Un mundo aparte dentro de América
del Sur, habitado por distintas
razas. Los surinameses varados en
este hotel podrían ser una muestra
representativa del ciudadano
promedio, y me lo hacen saber.
En Surinam hay descendientes de
indostaníes, que es como llaman
a los que vienen de la India;
descendientes de africanos que los
mismos surinameses dividen en
dos grupos: criollos y marrones;
javaneses, como les dicen a todos
los que vienen de Indonesia así
no sean de Java; chinos; nativos y
blancos. No sólo hablan sranang
tongo, sino que se comunican en
diecisiete lenguas distintas. ¿Por
qué son tan diferentes del resto
de sudamericanos? Cuando los
europeos se repartían el mundo, y
ganaban territorios o los perdían
como si jugaran Monopolio, los
holandeses intercambiaron Nueva
Ámsterdam (actual Manhattan)
por Surinam, ya entonces un
territorio frondoso al norte de
Brasil, dominado por la Marina
de Zeeland. Era 1664, y mientras
España y Portugal tenían el
poder en el resto del continente,
Holanda importaba a su nuevo
territorio esclavos de sus colonias
africanas. Más de doscientos años
después, una vez que los esclavos
negros dejaron de ser esclavos, los
holandeses tuvieron que buscar
mano de obra de distintos lugares.
No habría sido su intención,
pero crearon un lugar único en el
planeta: en Surinam la televisión
está en holandés, pasan películas
de Bollywood, hay animadores
criollos y venden productos de
belleza para javaneses.
–No vas a entender nada –me
dice el ingeniero musculoso con
pasaporte holandés–, aunque sólo
te tomará cinco minutos conocerlo
todo.
Pág 211
crónicas de deporte
Hace un rato, hablando de la
cantidad de razas que hay en
Surinam, alguien le preguntó
a Mr. Castelen acerca de su
origen. La mesa esperaba que
él dijera “criollo” o “marrón”,
pero el ex ministro prefrió un
chiste: “¿No lo ven acaso? Soy
chino”. Es imposible reconocer a
un surinamés. Los hay hindúes,
protestantes, católicos y romanos,
musulmanes, judíos. Como en
esta mesa del hotel Piarco, todos
se llevan bien, parecen grandes
amigos. Mientras el resto del
mundo dispara sus misiles sólo
porque una piel es distinta o
porque los dioses no tienen el
mismo aspecto, los surinameses
viven su anonimato en son de paz.
Y se ríen hasta de ser distintos en
un continente de iguales.
–En Surinam manejamos con el
timón al otro lado.
A los surinameses les gusta repetir
sus peculiaridades.
A la noche siguiente, en el avión
que nos llevaba a Paramaribo,
conversé con el miembro
de seguridad del presidente
de Surinam. Se llama Mario
Sowidjojo, es descendiente de
javaneses, y habla algo de español.
Dice que estuvo en Venezuela,
participando de un congreso sobre
trata de gente e intercambio de
inmigrantes. Yo estaba leyendo
una típica revista de avión donde
aparecía un mapa de una parte del
Caribe.
–Mira, Mario, la isla más grande
es Trinidad –le digo con algo de
nostalgia por abandonar la isla.
–No, chico, Surinam –me corrige
Sodwidjojo.
–Pero Surinam no es una isla.
–Sí, es isla –dice el miembro
Pág 212
Periodismo narrativo en Latinoamérica
de la seguridad del presidente,
en español–, sólo que pegada a
América del Sur.
Ni en sranang tongo lo hubiese
explicado mejor.
***
El drama de los hijos negados.
Por fuera, el estadio donde
entrena la selección nacional de
Surinam parece una fábrica de
tornillos abandonada. La imagen
de desolación –vigas de metal
oxidadas incrustando como
colmillos las inmundas paredes
bañadas de orines– habla por sí
sola. Hacer una metáfora con
el fútbol surinamés (“Siempre
pierden”) sería redundante. Mario
Sowidjojo tiene el cabello muy
cortado, estático y puntiagudo
como el de un erizo, una camisa
celeste, un enorme anillo de oro
que son dos manos estrechándose,
y una corbata negra con dibujos
de automóviles de colores. Ahora
estaciona su automóvil “con timón
al otro lado” afuera del estadio y
ordena que no tome fotografías.
“Cuando hables con el presidente de
Surinaamse Voetbal Bond sí, antes
no. No permitido”, dice. El torpe
español de Sowidjojo, aprendido
en Venezuela, tiene cierto tono
tarzanesco de imposición: tú hacer,
tú no hacer. En este caso, no puedo
fotografar el estadio en ruinas
porque a él no le da la gana. Todos
nuestros países tienen sus propias
miserias, y al principio pensé
que Sowidjojo no quería mala
publicidad para las suyas. Pero era
más una deformación profesional:
ser miembro de la seguridad del
presidente de un país pacífco y
anónimo debe de ser muy aburrido,
y hay que imaginar intrigas hasta
debajo de las piedras (más tarde
me diría: “Si fotografías cuartel
militar, vas a cárcel, chico”).
Sowidjojo es una buena persona,
Pág 213
crónicas de deporte
pero anda preocupado por nada.
La Surinaamse Voetbal Bond a la
que se refere es la Federación de
Fútbol de Surinam. Su presidente
es Louis Giskus, un hombre
delgado de apariencia tranquila
y cabello gris. “El espíritu de
nuestro fútbol es amateur”,
explicaría un espiritual Giskus
días después, buscándole una
razón ingenua al pobrísimo nivel
de su fútbol. En Surinam no hay
una liga profesional, y los pocos
clubes que existen –con futbolistas
que tienen “verdaderos” trabajos
que les dan de comer– arman un
campeonato donde el objetivo
recuerda a la génesis del deporte:
jugar por jugar. Y está bien, pero
sus triunfos y derrotas quedan en
casa; porque afuera, en el mundo
real, no le ganan a casi nadie.
¿Cómo entender que en Holanda
los hijos de Surinam metan los
goles que aquí hacen tanta falta?
La realidad es cruel y paradójica:
el listado de apellidos célebres
es bastante más largo de lo que
uno puede deletrear de memoria
(Davids, Kluivert, Seedorf, Gullit,
Rijkaard). El presidente de la
Federación diría luego que hay
unos ciento cincuenta jugadores
surinameses pateando una pelota
en las divisiones profesionales
de Holanda. Ciento cincuenta es
bastante gente. Mario Sowidjojo
por fn ingresa al estadio y
contempla las tribunas celestes
de madera gastada, las graderías
populares que sirven de depósito
de basura, el césped mal cortado.
Es obvio que el lugar tenga la
triste apariencia del abandono: los
futbolistas se fueron de allí apenas
tuvieron la oportunidad.
–¿Dónde te gustaría jugar? –
le preguntaría una noche a
Giovanni Drenthe, uno de los
mejores futbolistas de la sub-
17 de Surinam, un muchacho de
dieciséis años, negro y faquísimo
Pág 214
Periodismo narrativo en Latinoamérica
como una escopeta.
–Afuera –fue su rápida respuesta.
Es la típica angustia del Tercer
Mundo: hay que salir para ser
alguien.
Pero ahora es la una de la tarde
de un lunes de octubre y el
calor agobia: la ciudad-sauna,
purgatorio-capital de Surinam, no
es apta para la manga larga. Ni
para el trabajo. En Paramaribo no
es común encontrar una ofcina
abierta después de la 1 de la
tarde, hora en que el sol despliega
toda su fuerza en contra de los
seres humanos. Mario Sowidjojo
ordena que es hora de almorzar.
“Comida javanesa, chico”. Su
automóvil “con timón al otro lado”
avanza por las estrechas calles de
Paramaribo sin señalizar. La única
señalización visible son los letreros
amarillos con los nombres de las
calles. Zwartenhovenbrugstraat,
S c h i mme l p e n n i n c k s t r a a t ,
Onafhankelihkheidsplein. “Es un
lugar muy extraño, de gente muy
extraña”, me había dicho semanas
atrás, acerca de Surinam, una
periodista venezolana que trabajó
en Paramaribo algunos meses.
Lo extraño, en todo caso, es que
quede tan cerca de Venezuela y sea
tan distinto. Desde el telescopio de
Sudamérica, Asia, África y hasta
Norteamérica pueden ser mundos
opuestos, pero lo que uno espera de
un vecino es encontrar similitudes.
Sowidjojo tenía razón: Surinam es
una isla.
En Keizerstraat, una de las
calles principales del centro,
hay una enorme mezquita al
lado de una sinagoga, y no hay
hombres disfrazados de bombas
que detonan en las esquinas.
Hay templos hindúes que nunca
terminan de construirse del todo,
y música de Naks Kaseko –una
Pág 215
crónicas de deporte
mezcla de guitarras tropicales y
tambores africanos– que escuchan
los taxistas indostaníes. Los
indostaníes conversan en sarmani,
una variante del hindi. Hay cientos
de joyerías manejadas por chinos
que hablan en chino, Chan Chi
Pin, Li Tak Sing, Liang Lung, y
bazares donde puedes comprar
desde una peluca dorada hasta
falsas camisetas del Barcelona
de España y euros de juguete. La
mayoría de construcciones son de
viejas tablas de madera, algunas
sin pintar, otras deshabitadas
que tienen la apariencia de casas
embrujadas. “La gente se va,
chico.” Y se ríen todo el tiempo.
Por Wagenwegstraat avanza
un automóvil que tiene una
inscripción en uno de sus lados:
“Cosmetic for exotic skin tones”.
Todos se ven distintos, y sólo en
sus anillos, cadenas y pulseras
doradas se parecen. Repletos
de oro, negros, chinos, indios,
javaneses y blancos viven en
armonía, haciendo resplandecer en
sus cuerpos, con el sol, su máxima
semejanza.
El sol achicharra las pistas,
donde no hay adoquines. Los
motociclistas circulan sin casco,
a toda velocidad, y son cientos;
los autobuses blancos con fguras
del cine indio avanzan vaporosos,
repletos de sudores enlatados,
zigzagueando entre motociclistas
que gritan en sranang tongo,
rebasando árboles frondosos y
peatones de piel morena que se
hacen a un lado en las apretadas
veredas. “Coño, es que los negros
caminan mucho”, responde
Sowidjojo a una pregunta obvia si
eres testigo de la calle: ¿La mayoría
de surinameses son negros, no?
No, es que los negros son los que
caminan. Más de una persona me
diría lo mismo. No existe racismo
en el comentario. Hay javaneses
preparando comida, indostaníes
Pág 216
Periodismo narrativo en Latinoamérica
que se la llevan a la boca con la
mano, negros que caminan, chinos
que venden joyas, árabes en el
negocio de las telas, brasileros
en busca de oro, y cualquier
surinamés parece estar obligado
de brindarle al forastero ese dato
crucial: cada rostro corresponde a
una raza distinta, y hay que estar
enterado. De pronto, Sowidjojo
hace un ruido con la boca
(hummm), como si le hubiesen
puesto un dulce de chocolate en las
narices, y toca el claxon dos veces:
“Mira esa indostaní, chico, linda
indostaní”. La indostaní pasa por
delante del auto, impávida, tal vez
anestesiada por el sol: treinta y seis
grados centígrados, o más. Bajo
este clima infernal, es común ver
muchachos jugando fútbol en la
calle, pateando una pelota de trapo
en algún terral de Paramaribo.
La imagen es tierna en el sentido
deportivo, pero cruel en cualquier
otro sentido. Una pelota de trapo
en una cancha de tierra: ¿Por
qué las metáforas siguen siendo
redundantes?

–Nuestros jugadores con
nacionalidad holandesa no
pueden jugar por Surinam –diría
Louis Giskus, el presidente de la
Federación, tratando de encontrarle
una razón a tanto descuido.
Teniendo tantos jugadores
profesionales en Holanda, las
derrotas tienen una explicación
sencilla: a los surinameses de
allá no los dejan jugar por su
país de origen. Es el momento de
despejar el enigma migratorio. “El
Gobierno de Surinam no acepta la
doble nacionalidad”, dice Giskus,
como sí sucede en Guyana o en
otros lugares del Caribe. En la
selección de Trinidad y Tobago,
país que clasifcó al último mundial
de Alemania, hay jugadores con
Pág 217
crónicas de deporte
pasaporte inglés que juegan al
fútbol en Inglaterra. Según los
entendidos, cuyo entendimiento
es casi rudimentario –se basan en
la obviedad de los resultados–, el
futuro exitoso del fútbol surinamés
pasa por copiar esas reglas. De
los ciento cincuenta jugadores
allá, “no todos podrían jugar en
la selección holandesa, pero sí
los podríamos usar en Surinam”,
sueña Giskus en voz alta. ¿Y por
qué no?
–Es una decisión política –dice el
presidente de la Federación.
El periodista deportivo Quaraisy
Nagessersing, director ejecutivo de
una cadena de televisión que lleva
las siglas de su nombre, QN, me
había dicho antes que los políticos
tienen miedo: “Creen que si
cambian la regulación, la gente de
otros partidos que está en Holanda
también podría postular en las
elecciones de Surinam y ganarle al
actual partido”. La lógica del poder
desbarata las redondas ilusiones.
Pan y circo, pregonaban los
antiguos romanos para adormecer
a su pueblo. El fútbol actual
también es un aparato político,
pero en Surinam parece funcionar
al revés. “A nuestro presidente no
le gustan los deportes”, me dijo
Nagessersing, y la explicación,
aunque es razonable, no se
entiende. Sucede en el fútbol como
en la vida: una vez que abandonas
Surinam es como si perdieras tu
derecho al pasado. Decir: “Tengo
un hermano en Holanda” es igual a
decir “Tengo un pariente holandés
que alguna vez fue de Surinam”.
Tal vez muy pocos saben de la
existencia del país porque su
gran producto de exportación –su
gente– enseña otro pasaporte en
los aeropuertos.
Mario Sowidjojo, por ejemplo,
tiene a un hermano en Holanda,
dueño de un restaurante de comida
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
indonesa. Lo dice mientras
comemos nasi rames, una mezcla
de arroces de distintos colores,
un espagueti llamado bami, y una
ensalada de pimienta y maní que
tiene el nombre de pitjel. Deliciosa
y picante. El restaurante se llama
Sarinah y queda a cinco minutos
del centro de Paramaribo. En
realidad, cualquier lugar queda
a cinco minutos del centro: el
nuevo mall al que todos van el fn
de semana, el restaurante ´Tvat
(barrilito), repleto de turistas
holandeses con erisipela, el estadio
en ruinas. Luego de almorzar con
Sowidjojo, regresaría a ese estadio
para ver un entrenamiento de la
selección nacional de fútbol (y
tomar fotografías). Ya es de noche
en Paramaribo y corre una ligera
brisa que permite caminar sin
sudar. Los jugadores surinameses
van de un lado a otro con la pelota,
pero sin patear al arco, alumbrados
apenas por las luces tenues que
disparan las torres. Los titulares
visten de amarillo. Los suplentes,
de rojo. El entrenador se llama
Keeneth Jaliens y es tío de otra
superestrella del fútbol holandés,
Keyew Jaliens, quien participó,
aburrido en la banca de Holanda,
en Alemania 2006. El entrenador
de Surinam es tan faco que parece
un corredor de Kenia, y lleva
puesta una camiseta roja que le
queda grande. La práctica de hoy
terminó a cero goles y los jugadores
de Surinam descansan haciendo
bromas, riéndose y arrojándose
vasos de agua unos a otros. Tres
veces por semana, siempre de
noche, practican en esta cancha
para jugar un campeonato contra
algunas islas del Caribe. Jaliens se
ha sentado en una de las tribunas y
dice que el fútbol en su país jamás
mejorará si antes no se hace algo
con la estructura. No se refere a
la estructura del estadio –no hace
falta– sino a la de la organización.
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crónicas de deporte
“Sin liga profesional, los jugadores
no tienen oportunidad”, se queja.
–¿Y su sobrino?
–Mi hermano se fue a los dieciocho
años. Keyew nació allá –dice, por
si algo no me quedó claro.
Allá está el verdadero mundo. Acá,
el estadio que parece una fábrica
abandonada.
***
La ciudadanía precoz.
–No he visto chinos de Surinam
que jueguen por el AC Milan –
dice Johan Seedorf, padre del aún
jugador del AC Milan de Italia,
Clarence Seedorf.
Su testimonio tiene la rudeza de
un golpe en el abdomen, pero papá
Seedorf no parece preocupado
por lo políticamente correcto.
Además, en un país que trata de
comprenderse como nación, aun
marcando las diferencias en la
fsonomía de sus ciudadanos, el
dato –viniendo de un surinamés
de raza negra– suena tan
relevante como ordinario. Davids,
Kluivert, Seedorf, etcétera, son
descendientes de hombres de piel
oscura venidos del África. Ni
chinos ni javaneses ni indostaníes
ni nativos sudamericanos, “los
buenos jugadores son los negros”,
golpea otra vez Johan Seedorf,
cómodamente sentado bajo una
de las tres glorietas construidas
en el inmenso complejo deportivo
que lleva el nombre de su hijo
más famoso. Hasta allá lo fui
a buscar para preguntarle si él
también creía, como pregonan sus
compatriotas más entusiastas, que
hay algo mágico en su tierra, una
bendición que los hace reproducir,
como en una fábrica de talentos,
jugadores excepcionales.

Pág 220
Periodismo narrativo en Latinoamérica
Para llegar al Clarence Seedorf
Sport Complex hay que tomar
una suerte de carretera de un solo
carril, al sudeste de Paramaribo, y
enflar primero por la orilla del río
Surinam, sinuoso y marrón como
una serpiente de chocolate, hasta
llegar a una zona boscosa salpicada
de espacios residenciales. A la
derecha de la pista, lejos ya de
la ciudad –aunque la lejanía, en
Paramaribo, puede ser de unos
quince minutos, o menos– hay una
tranquera cerrada y una muralla
blanca sobre la que cuelga un
cartel con la fotografía de Clarence
Seedorf. Aquí es. En la imagen que
custodia el complejo, el jugador
del Milan tiene la mano derecha
sobre el corazón, como algunos
devotos a la patria suelen hacer
para cantar sus himnos nacionales.
Seedorf es holandés.
Tenía apenas dos años cuando
su padre se mudó a Holanda.
Ahora, bajo el cielo tropical de
Paramaribo, una fotografía suya
en blanco y negro lo muestra
sonriente, peinado hacia atrás
con esas trenzas largas que solían
columpiarse con el viento en contra
cuando jugaba en el Real Madrid,
a fnes de los años noventa. En la
fotografía, Seedorf también usa un
bigote apenas perceptible y unos
lentes oscuros que no permiten
interpretar su mirada. En todo caso,
a veces son las interpretaciones las
que generan más preguntas. ¿Por
qué Surinam exporta futbolistas
tan buenos?
–Hay algo biológico en la gente
de Surinam –dice papá Seedorf–,
pero no creo que la respuesta sea
Surinam.
Él ya fue contundente con su punto
de vista –su golpe abdominal–,
aunque la verdadera razón obligue
a cruzar, imaginariamente,
un océano. “El problema de
Pág 221
crónicas de deporte
nuestro fútbol es de mentalidad
–me dijo el periodista Quaraisy
Nagessersing–. Si hace frío, el
jugador de Surinam dice no, me
quedo adentro. No entrena.” Pero
el sol de Surinam contrasta con el
frío holandés y las mentalidades
tienen la misma temperatura. Los
jugadores de Surinam que destacan
en Holanda emigraron a una edad
que quizá no les permite tener
memoria del sol, como Seedorf,
o nacieron allá, luego de que sus
padres fueran en busca del sueño
europeo. Es el caso de Patrick
Kluivert, máximo goleador de la
historia del fútbol holandés, o de
Frank Rijkaard, ex entrenador del
Barcelona de Leonel Messi.
–Mi hermano se fue de Surinam
cuando tenía nueve años –me contó
Mr. Castelen acerca de Romeo, “el
Diamante de Surinam”.
Los buenos se marcharon
temprano. En ese panorama de
exitosas migraciones infantiles,
Giovanni
Drenthe, el muchacho de dieciséis
años, faco como una escopeta, ya
es casi un anciano para ser apodado
“el Siguiente Kluivert”. ¿Dónde te
gustaría jugar? “Afuera”. Desney
Romeo, un famoso
periodista deportivo de la TV
de Surinam que había estado
allí para escuchar esa respuesta
–y traducirla del sranang tongo
al inglés–, me había dicho que
Drenthe es muy bueno, pero ya no
para triunfar en Holanda.
–¿Cómo quién te gustaría ser? –le
pregunté a un niño que pateaba
una pelota de trapo contra una
pared de madera, cerca de las
ofcinas principales de la compañía
telefónica de Surinam.
–Como Clarence Seedorf –
respondió, con una sonrisa para
dentistas.
Pág 222
Periodismo narrativo en Latinoamérica
En Paramaribo corre el rumor
de que Seedorf es el único
jugador surinamés en Europa
que quiere invertir en su país de
origen. Construir un complejo
deportivo para que nazcan los
futuros futbolistas –y crezcan sin
necesidad de mirar a Holanda– es
un regalo poco común. Querer ser
como él, en una nación pobre como
Surinam, es casi como pretender,
de grande, ser astronauta o
superhéroe. En todo caso, las tres
posibilidades son difíciles.
Los niños quieren ser como sus
ídolos y crecen bajo la leyenda de
que pueden lograrlo. Sin embargo,
de los ciento cincuenta futbolistas
surinamenses en Holanda, el
mundo ha tenido noticias de muy
pocos. Recítelos de memoria. Si
algo se sabe de ellos, es que son
holandeses. En eso consiste el fn
de la leyenda: Surinam no produce
superfutbolistas; en todo caso,
Davids, Kluivert, Gullit o Rijkaard
no han sido estrellas del fútbol por
tener raíces en Surinam, sino que
triunfaron como podría hacerlo
un ciudadano cualquiera de los
Países Bajos. Lo mismo ocurre
con Seedorf, así su padre parezca
más preocupado por su color de
piel. Hay que salir temprano para
ser alguien, y esa es la fórmula
secreta del éxito. Cuando Surinam
se independizó, unos cuarenta
mil surinameses eligieron la
ciudadanía holandesa. Pasando en
limpio esas cifras: la mitad de la
fuerza laboral huyo del país. Lo
que pudo parecer una novedad, ya
sucedía desde mucho antes.
–Se ha dicho que Rijkaard llevó al
fútbol la moda del mestizaje, ¿qué
quiere decir esto? –le preguntó un
periodista español al ex entrenador
del Barcelona.
–¿Yo, mestizo?, sí, de madre
holandesa –contestó Rijkaard.
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crónicas de deporte
–Acabáramos, entonces es su
padre quien llegó de Surinam.
¿Cuándo llegó a Holanda?
–En los años cincuenta.
–¿Tiene aún familia en Surinam?
–Sí, pero sólo los he visitado una
vez que jugamos allí con el Ajax,
en los años ochenta.
–O sea que usted no aprendió a
jugar en la calle, como los niños
de Brasil y Surinam, por ejemplo.
–¿Yo? Sí, sí, en las calles de
Ámsterdam.
Hace unos minutos empezó a caer
el diluvio en esta otra esquina del
mundo, y papá Seedorf –cuarenta
y nueve años, Rolex de oro, cadena
de oro, un anillo de oro en cada
mano– tuvo que refugiarse bajo
el techo de una de las glorietas. El
Clarence Seedorf Sport Complex
tiene más de un kilómetro de largo,
y a lo lejos se pierde entre los
enormes árboles de maripa y can
can trie. En la cancha principal,
custodiada por una moderna
tribuna para unas cuatrocientas
personas, sólo hay unos sabakus
blancos y estirados, pájaros que
bajo la lluvia se alimentan de las
semillas del césped. En la tribuna
y al lado de ella hay camerinos y
habitaciones que llevan el nombre
de los equipos por los que pasó
Clarence Seedorf –Real Madrid,
Ajax, Sampdoria, Internationale,
AC Milan–, construidos con
una visión cronológica de la
arquitectura. El complejo, dice
papá Seedorf, se construyó porque
el sueño de su hijo es regresar a su
país para ayudar. “Quiero ser como
Clarence Seedorf.” Las mejores
instalaciones deportivas del país
han sido levantadas con dinero
que viene directamente desde
Milán. “Clarence es deportista y el
camino más fácil para ayudar era
Pág 224
Periodismo narrativo en Latinoamérica
a través del deporte”, dice papá
Seedorf. El complejo, con estadio
incorporado, aún no empieza a
funcionar como tal, y el patriarca
de la familia prefere no dar fechas,
que es la fórmula más inteligente
de cumplir objetivos.
–¿Qué piensa del ejemplo de
Seedorf de construir un estadio?
–le preguntaría al presidente de la
Federación, Louis Giskus.
–Ese estadio, en este momento,
es privado –sería su lacónica
respuesta.
En el Tercer Mundo, lo que no es
gubernamental suele funcionar de
maravilla.
Días después, paseando por
Paramaribo en el automóvil “con
timón al otro lado” de Mario
Sowidjojo, el miembro de la
seguridad me preguntó si quería
entrevistar al anterior presidente
del país, Jules Wyjdenbosch,
“un hombre que apoyó mucho el
deporte”, dice.
–Bueno, hay que llamarlo.
–No, vamos a buscarlo –propuso,
como quien pretende hacer una
visita inesperada a un viejo amigo.

Sólo que Wyjdenbosch no es
amigo de Sowidjojo, así que la
propuesta no sonaba muy sensata.
Nadie busca a un ex presidente
sin una invitación previa. Pero allí
estábamos, afuera de la casa de
Jules Wyjdenbosch, en el barrio
de Geyersvlyt, una zona de gente
adinerada al norte de Paramaribo.
En su cochera hay tres automóviles
de lujo, uno de ellos blindado,
y una camioneta blanca doble
tracción. Presidente de Surinam
desde 1996 hasta el 2000, la gente
parece recordar a Wyjdenbosch
por dos motivos principales: 1.
Construyó el puente más grande
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crónicas de deporte
del país, que lleva su nombre y
que une, a través del río Surinam,
Paramaribo con el distrito de
Commewijne. 2. “Apoyó mucho
el deporte.” También hay quienes
dicen que robó, pero el puente, sin
duda, parece más importante.
Nunca supe por qué aceptó
recibirnos, pero supongo que así
se solicitaban entrevistas cuando
en el mundo la gente conversaba
sin mucha burocracia. Es como
si Surinam hubiese hecho pause
en el tiempo. Además, ya se
sabe, hay cosas muy extrañas en
Surinam, y uno no puede pretender
encontrarle una explicación a todo.
“Regresen en media hora”, fue lo
que le dijo alguien a Sowidjojo, y
entonces regresamos media hora
después. Nos hicieron pasar a una
habitación con aire acondicionado,
unos muebles de cuero negro,
y poca luz, dominada por un
cuadro amarillo con un collage
de fotografías de Wyjdenbosch
acompañadas del escudo de
Surinam (dos indios, un barco
navegante y una estrella de cinco
puntas que representa los cinco
continentes de donde provienen los
habitantes del país). Wyjdenbosch
es descendiente de africanos,
un hombre alto de movimientos
lentos.
–Escucha –es lo primero que dice
luego de sentarse en un escritorio,
dándole la espalda al cuadro
amarillo–, como presidente de
Surinam apoyé el deporte porque
creo que es una de las principales
cosas en la vida de la gente y de la
sociedad.
Su discurso parece memorizado,
como si lo hubiese repetido
muchas veces. El ex presidente
Wyjdenbosch viste una camisa
celeste a cuadros y jeans anchos.
Estoy algo desilusionado por su
aspecto de jubilado con mucho
tiempo libre. Tal vez me recibió
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
porque estaba muy aburrido.
“Lo que yo quería –dice el ex
presidente– es empezar a organizar
el fútbol con niños por debajo de los
nueve años.” Wyjdenbosch usa el
tiempo condicional en pasado para
referirse a sus metas incumplidas.
Quería. Es decir, quiso, pero no
pudo. Los problemas del país
fueron más grandes que sus
posibilidades: el ochenta por ciento
de la población de Surinam vive
por debajo de la línea de pobreza
y los niños abandonan las escuelas
como quien se cambia de zapatos.
Al fnal, el país no es tan distinto
a sus vecinos del sur. “Países en
desarrollo”, les dicen, para ocultar
dramas mayores. Johan Seedorf
lo había explicado mejor: “Si un
padre está distraído buscando
comida, no tendrá tiempo para
dedicarse a sus hijos”. Menos para
crear estrellas del fútbol. ¿Por qué
entonces fue distinto con su hijo?
–Clarence tenía talento –explica
papá Seedorf abandonando la
glorieta, mientras un tímido sol
empieza a evaporar los charcos de
agua– y, quien sabe, quizá nació
con talento porque fue creado en
Surinam.
A los pocos minutos vuelve a
llover, esta vez con más fuerza.
Es imposible entender Surinam
–y a los surinameses–. Cuando
todo parecía más claro, resulta que
sigue siendo posible nacer aquí
para ser apodado “el Siguiente
Kluivert”.
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crónicas de deporte
El árbitro que se
expulsó a sí mismo
Publicado: 15 septiembre 2008
en Juan Pablo Meneses
Etiquetas: Argentina, Árbitros, Fútbol,
Soho
I. Esta es la historia de una mafa,
y como en toda historia de una
mafa, el crimen paga con una bala
de plomo en la cabeza y la sangre
desparramándose en el cemento.
Porque el mundo de los árbitros
de fútbol no es una organización
oscura únicamente por el hecho
estético de que los hombres visten
de negro. Tampoco porque ellos
tengan el poder absoluto -sin
méritos verdaderos ni elección de
por medio- de controlar todo lo
que ocurre en ese territorio donde
se juega fútbol y que se llama
cancha. Es una historia de mafas,
porque dentro de la organización
referí se manejan una cantidad de
códigos, de pactos secretos, de
frustraciones conjuntas, de luchas
de poder, de codicias y jerarquías,
de unos pactos de silencio, de un
todo vale que si por alguna razón te
alejas de ellos, inmediatamente ‘la
familia’ se siente traicionada por ti
y te puede suceder lo peor. Como
acaba de ocurrir con el árbitro
argentino Fabián Madorrán, el
ex referí internacional que el
pasado 30 de julio apareció en la
ciudad argentina de Córdoba con
una bala de plomo en la cabeza
y su sangre, su sangre de árbitro,
desparramándose por el cemento.
Vi arbitrar a Fabián Madorrán
un par de veces. La última, en la
primera fecha del campeonato
argentino de 2003, donde cobró
un penal inexistente a favor de
River Plate y que le permitió
vencer a Chicago. Madorrán ya
era un árbitro cuestionado que no
pasaba inadvertido. Levantaba los
brazos más de la cuenta, miraba
demasiado hacia las cámaras,
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
usaba anillos y pulseras de oro,
además de vistosas muñequeras
negras. Cuando cobraba una
falta, le gustaba estirar el brazo
donde llevaba todo ese aparataje
decorativo. Cuando terminaban
los partidos, se daba tiempo para
hablar con la prensa y mientras
se repasaba el peinado disfrutaba
dando nombres, acusando a
jugadores, yendo al choque.
Haciendo noticia y eso, Fabián lo
sabía o lo debió saber, es lo peor
que le puede suceder a un árbitro:
querer ser noticia, salir del bajo
perfl. En el fondo, como en toda
organización de estas, no es bueno
tener un integrante que guste en
exceso de llamar la atención.
Pero a Madorrán le gustaba eso
porque, fnalmente, adoraba
estar en el fútbol y aparecer. Se
le notaba. Desde antes de que
comenzara a suceder todo lo que
terminó sucediendo, siempre me
llamó la atención la manera como
Madorrán necesitaba el fútbol. Era
su vida, dicen ahora sus amigos y
familiares. Y eso era algo extraño.
En un país con árbitros clásicos
del referato continental, todos
los jueces destacados vivían su
actividad como si la despreciaran.
Como si estuvieran haciendo un
trabajo sucio (que, fnalmente, es
lo que hacen). Sin alharacas y, en
la mayoría de los casos, con cierto
desprecio hacia todo, como los
clásicos Horacio Elizondo o Javier
Castrilli, dueños de una seriedad
de asesino serial. A Madorrán, en
cambio, eso no le iba. Esa tarde, en
el estadio Monumental de River,
sería la última vez que lo vería
arbitrar. Y la última, claro, que lo
vería con vida.
II. Madorrán nació el 29 de
junio de 1965, en Remedios de
Escalada, en la zona sur de Buenos
Aires. Debutó como árbitro de
Primera en agosto de 1997. En
total, dirigió 161 partidos. El
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crónicas de deporte
último fue en septiembre de 2003.
Fue un árbitro que iba derecho a
la sanción drástica. En seis años en
Primera expulsó a 153 futbolistas,
lo que signifca que casi expulsaba
a uno por partido. Como referí
internacional debutó en 1998 en
un torneo Sub 20: esa vez expulsó
a cuatro futbolistas de Brasil, lo
que generó un escándalo con la
poderosa Confederación Brasileña.
En 1999, tras una derrota de su
equipo, Ezequiel González de
Rosario Central declaró a la prensa
que Madorrán era “una histérica”.
En marzo de 2001, una cámara
de televisión lo tomó cantando
al ritmo de la hinchada de Boca,
antes de un partido con Almagro.
En la Promoción de 2003 le dio
un gol en off side a Talleres de
Córdoba, lo que le permitió evitar
el descenso ante un equipo de
Mendoza. En resumen, una carrera
con arbitrajes polémicos debido
a su personalidad avasalladora.
Hasta que llegó el 29 de septiembre
de 2003. Ese día, la Asociación de
Fútbol Argentino (AFA) decidió
no renovarle su contrato. Chau,
Madorrán, le dijeron.
La expulsión del referato fue una
medida sorpresiva que se justifcó
con un comunicado donde se
decía que se trataba “del inicio de
una tarea en procura de optimizar
los recursos humanos arbitrales
y a la promoción de jóvenes
profesionales. En todos los casos
las desvinculaciones se fundarán
en aspectos referidos a la aptitud
física y evaluaciones técnicas”.
El golpe fue duro y Madorrán,
mediático por naturaleza, inició un
desfle por la prensa reclamando la
medida. Entonces, dijo que el suyo
era “el primer caso en la historia
en el que echan a un árbitro
internacional de mi edad. Yo tenía
para doce años más en el máximo
nivel. Estoy muy dolido: dediqué
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
mi vida a esto y ahora me siento
como Maradona. A mí también me
cortaron las piernas”.
Madorrán quedaba a temprana
edad sin piernas, pero además
sin prensa, sin atención, sin
protagonismo. Y eso, los que
lo conocían, sabían que tarde o
temprano tendría consecuencias
dolorosas. Tan dolorosas como un
balazo en la boca, por ejemplo.
III. Ironías de la vida, el árbitro
nunca se sobrepuso a que lo
expulsaran. “Después que lo
expulsaron nadie lo apoyó, los
otros árbitros le dieron la espalda”,
me dice Jorge Videla, el amigo
cercano de Madorrán, un gordito
de poco pelo que parece cantante
de salsa y que vivía junto al ex
árbitro en la ciudad de Córdoba.
En el velatorio hay vecinos,
familiares, y un par de viejos
réferis se acercan al lugar. Hay
muchos fotógrafos y cámaras de
televisión, también. Ninguno de
los árbitros activos se aparece por
el lugar frío de esta zona popular
de Buenos Aires. Tampoco viene,
claro, ninguno de los directivos de
la AFA.
Antes de ser expulsado, Madorrán
seguía siendo un árbitro
internacional. Uno de esos jueces
que viajan por el mundo. Es
precisamente durante los viajes
de los árbitros cuando mejor se
refeja el espíritu de cuerpo de la
organización. Los códigos y las
jerarquías fundamentales para
mantener al grupo unido.
Cuando viaja una delegación de
árbitros, siempre escogen asientos
contiguos en el avión. “En la
jerarquía del grupo viajero, el
de mayor rango en la delegación
es el encargado de dirigir el
partido, a este lo sigue el árbitro
reserva, y fnalmente los auxiliares
(guardalíneas). Es tal el apego a
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crónicas de deporte
la regla que si estamos en el hotel
y hay ganas de fumar, el bandera
roja, el guardalíneas de menor
rango, inmediatamente se ofrece
para ir a comprarlos. Todos hemos
pasado por eso”, me dice Iván
Guerrero, ex árbitro internacional
chileno, cuando hablamos de
códigos internos en el mundo del
referato.
Como lo indica el reglamento Fifa,
en el aeropuerto extranjero los
debe esperar un funcionario de la
federación de fútbol local, al que se
suma, por tradición de “la familia
internacional de los árbitros”, ya se
sabe, alguno de los jueces del país
anftrión. “Fabián tenía muchos
amigos árbitros internacionales
que fue conociendo en sus viajes,
gente que quería mucho y que no
volvió a ver”, comenta Jorge, el
amigo de Madorrán.
El protocolo se mantiene hasta
dentro del vehículo ofcial, donde
generalmente el titular va sentado
junto al chofer, el reserva va
sentado atrás, junto a la ventana
derecha, el guardalíneas primero
junto a la puerta izquierda, y el
segundo entre ambos, al medio.
Por orden de la Fifa, los árbitros
se deben quedar en hoteles cinco
estrellas. A la hora de elegir las
habitaciones nuevamente se le
echa mano a la jerarquía y la mejor
suite es para el árbitro titular.
Antes de un partido importante,
tratan de pasar desapercibidos.
En los hoteles no los esperan fans
ni periodistas, ni cámaras. “En
esos casos mejor no despertar
suspicacias”, dice otro ex árbitro
argentino, volviendo al tema del
bajo perfl como sello del grupo.
Eso que Madorrán no cumplía,
según dicen varios de ellos sin
ganas de aparecer frmando esas
palabras.
El día de los partidos importantes
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
los árbitros llegan escoltados por
carros policiales y motoristas,
se bajan de los vehículos y
rápidamente ingresan a camarines
tratando de que no los vean. Según
el reglamento, ellos deben estar
en el estadio una hora y media
antes del partido, y eso siempre se
cumple. Porque un tipo impuntual
no puede ser árbitro, me dice uno
de ellos, hablando seco y golpeado,
como la mayoría de los jueces del
fútbol.
“Fabián disfrutaba mucho de los
viajes y se preparaba una semana
antes de partir, hacía la maleta
cuidadosamente y de vuelta nos
traía regalos”, dice Lucía de
Madorrán, su madre.
Minutos antes de empezar el
partido, siempre ingresa al
vestuario el ofcial a cargo de la
custodia del estadio. El policía les
pone a disposición toda su gente,
acuerdan las señas en caso de
requerirlos y, desde ese momento,
el árbitro queda a cargo de todo el
contingente policial que rodea la
cancha. La relación entre referís
y policías siempre ha sido muy
cercana. Madorrán gustaba mucho
de llamar a la policía a ingresar a la
cancha y, se comenta, más de una
vez fue a un asado a la comisaría
de Avellaneda tras un partido en la
zona sur. Todo eso, claro, lo perdió
cuando dejó de vestirse de negro
y pantalón corto todos los fnes de
semana.
Antes de empezar el partido el
árbitro saluda a los capitanes de
ambos equipos, se fotografía con
ellos, y al dar el pitazo inicial
se acaba (o se debería acabar)
todo su protagonismo. Dentro
de la cancha, la labor del referí
es descrita de forma precisa por
el escritor uruguayo Eduardo
Galeano. “Está obligado a seguir
la blanca pelota que va y viene
entre los pies ajenos. Es evidente
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crónicas de deporte
que le encantaría jugar con ella,
pero jamás esa gracia le ha sido
otorgada. Cuando la pelota, por
accidente, le golpea el cuerpo, todo
el público recuerda a su madre”.
En el caso de Madorrán, su madre,
la señora Lucía, no encuentra
consuelo a lo sucedido y sus ojos
parecen llevar llorando varios
meses.
IV. Pasadas las 10:30 de la mañana
del 30 de julio, Fabián Madorrán
miró el paisaje por última vez.
Estaba en Córdoba, en las
escalinatas del Parque Sarmiento,
en frente del departamento donde
vivía. Había sol, pero todo lo veía
nublado. Entonces se llevó el
cañón a la boca, como si fuera un
silbato de árbitro. Pero en vez de
soplar, esta vez jaló el gatillo de
la 9 milímetros y tragó. Tragó la
bala que le terminó reventando el
cráneo y salpicando su sangre un
par de metros a la redonda. Así se
mató Madorrán. Así terminaba su
historia.
Fue la noticia del día. El ambiente
futbolero, en un país donde
el fútbol es casi todo, estaba
sacudido. Todos se lamentaban:
jugadores, dirigentes, periodistas,
amigos. Obligados por la prensa
hablaron, muy medidos, algunos
árbitros en ejercicio: “La vida es
lo más valioso que existe. Esto es
tremendo. Y no hay mucho más
que se pueda decir”, dijo Claudio
Martín, árbitro de la AFA. El juez
de línea Claudio Rossi agregó:
“Estoy muy triste, pero la noticia
no me sorprendió. En el ambiente
se decía que podía terminar así”.
Sin embargo, en el círculo íntimo
de Madorrán todo era confusión.
“No sé qué pudo haber pasado…
De golpe y porrazo tuvo ese
segundo de ceguera… Quedó
muy mal cuando dejó el arbitraje.
Fabián nació para ser árbitro;
desde los 15 años que andaba en
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
eso… dirigió cientos y cientos
de partidos, en el país y en el
exterior”, expresó la señora Lucía
de Madorrán, quien no paraba de
culpar de la muerte de su hijo a
los dirigentes que lo expulsaron.
“Quedó muy mal cuando dejó
de dirigir; es lógico, el carnicero
no puede ser herrero…”. Fabián
Madorrán era soltero, tenía 39 años
y un hermano menor minusválido
que dependía económicamente de
él. Ya sin el temor a los fuertes
rumores de su homosexualidad de
cuando era activo, vivía con Jorge
Videla en un dos ambientes de
Córdoba.
V. ¿Qué había pasado en la vida
de Fabián Madorrán en los últimos
meses? ¿Qué sucedió entre que
fue expulsado de los árbitros y
se volaba la cabeza con una 9
milímetros? ¿Cuál fue, realmente,
la razón para dejarlo sin arbitrar
de por vida? ¿Puede volverte loco
algo así?
Nunca se supo si los rumores de
su homosexualidad, con reportajes
en tapa como el árbitro rosa,
ayudaron a la decisión de una
organización tan conservadora y
machista como la del fútbol. Otras
versiones dicen que la presión
interna de otros jueces fue clave,
porque Madorrán estaba tomando
demasiado protagonismo.
Lo concreto es que las primeras
semanas tras ser expulsado,
Madorrán lloró desconsolado y
en silencio. Mañanas y tardes
completas, dicen sus familiares.
Por consejo de sus abogados,
debió controlar su llamativo
comportamiento y guardar
silencio. Nada de hablar contra la
AFA. Nada de entrar en polémicas.
Pero le duró poco: luego apareció
diciendo que si no le daban el dinero
que reclamaba por su despido,
haría denuncias espectaculares
sobre el ambiente del fútbol
argentino. “Cuando hable se van a
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crónicas de deporte
caer de espaldas”, dijo una mañana
a la FM Radioshow
Sin arbitraje, intentó varias veces
participar del fútbol desde los
medios de comunicación. Se
le ocurrió “La revancha de los
árbitros”, uno de sus primeros
proyectos que se topó con la
negativa de varios medios y sin
posibilidades de auspicios. Otra
puerta que se cerraba. Entonces,
puso un cibercafé en la zona sur
de Buenos Aires, pero nunca
pudo levantar. Decían que estaba
jugando más que nunca, porque el
otro rumor de Madorrán, además
de su condición de homosexual,
era su afción por los casinos.
Curiosamente, son las dos más
frecuentes acusaciones contra los
referís de fútbol de todo el mundo:
que les gustan los hombres y el
juego, igual que a Liza Minelli.
“Hace cuatro meses me llamó
llorando y me dijo que se iba a
Córdoba, que acá no podía vivir
más, que todos lo juzgaban. Es
verdad que le gustaba el juego,
pero su vicio era el arbitraje.
Él empezó a morir cuando lo
echaron pero no se suicidó por
eso, sino por soledad. Estaba solo,
sin contención afectiva. Y sufría
muchísimo”, cuenta Juan José
Blanco, un periodista de Buenos
Aires amigo de Madorrán.
Se instaló en Córdoba con la
esperanza de volver a empezar. El
ex referí internacional argentino
que, pocos meses antes, dirigía
partidos a estadio lleno en La
Bombonera o en el Monumental
de River, pasó los primeros 15
días en Córdoba durmiendo en
la trastienda de una panadería
de barrio, arriba de un colchón y
tapado con una manta. Le gustaba
Córdoba. Cerró el cibercafé de
Buenos Aires y tenía ganas de
instalarlo en Córdoba. Ya tenía
las máquinas, los soportes, y sólo
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
necesitaba el dinero para echarlo
a andar. Se dice que en un Banco
de Lanús, en la zona sur de
Buenos Aires, había gestionado un
crédito poniendo como hipoteca
la casa de sus padres. La historia
ofcial, contada por sus amigos
y familiares, dice que después
de muchos trámites, a Madorrán
le dieron el crédito. Que viajó a
Buenos Aires a buscarlo, y que
en el viaje de regreso a Córdoba
lo asaltaron y le robaron todo
el dinero. Del incidente, no hay
denuncia en ningún cuartel de
policías. Hay quienes piensan que
el dinero se lo gastó en juego o
con alguna pareja. O quién sabe
en qué. Esa historia, como muchos
otros secretos (los árbitros viven
llenos de secretos), sólo lo sabe
Madorrán.
El domingo, durante el funeral,
no fue mucha gente. Casi nadie.
Aunque había sido tapa de todos
los diarios el día anterior, a su
último acto público tampoco llegó
la prensa. Hasta la noticia de su
muerte, trágica, bulliciosa, tuvo
un fnal repentino cuando al día
siguiente se supo de la muerte
fulminante del querido ‘Pato’
Pastorizza, el actual entrenador
de Independiente, otrora fgura
del fútbol argentino. Entonces la
muerte de Madorrán pasaba al
olvido en dos días y, con su triste
y solitario fnal, la mafa de los
árbitros parecía decir, entrelíneas,
casi con una sonrisa: eso le espera
al que rompa nuestros códigos
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crónicas de deporte
10.6 segundos
Publicado: 30 julio 2013 en Hernán
Casciari
Etiquetas:
Argentina, Fútbol, Maradona, Orsai
Menos de once segundos antes,
cuando el jugador argentino recibe
el pase de un compañero, el reloj
en México marca las trece horas,
doce minutos y veinte segundos.
En la escena central hay también
dos británicos y un hombre algo
mayor, de origen tunecino. El
deporte al que juegan, el fútbol, no
es muy popular en Túnez. Por eso
el africano parece el único que no
está en actitud de alarma atlética.
Se llama Alí Bin Nasser y, mientras
los otros corren, él camina
despacio. Tiene cuarenta y dos
años y está avergonzado: sabe que
nunca más será llamado a arbitrar
un partido ofcial entre naciones.
También sabe que si, doce años
antes, cuando se lesionó en la liga
tunecina, le hubieran dicho que
estaría en un Mundial, no lo habría
creído. Tampoco la tarde en que se
convirtió en juez: en Túnez no es
necesario, para acceder al puesto,
más que tener el mismo número de
piernas que de pulmones.
Cuando dirigió su primer partido
descubrió que sería un árbitro
correcto. Fue más que eso: logró
ser el primer juez de fútbol al que
reconocían por las calles de la
ciudad. Lo convocaron para las
eliminatorias africanas de 1984
y su juicio resultó tan efcaz que,
un año más tarde, fue llamado a
dirigir un Mundial.
En México le pedían autógrafos, se
sacaban fotos con él y dormía en el
hotel más lujoso. Había arbitrado
con éxito el Polonia-Portugal de
la primera fase, y vigilado la línea
izquierda en un Dinamarca-España
en donde los daneses jugaron todo
el segundo tiempo al achique; él
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
no se equivocó ni una sola vez al
levantar el banderín.
Cuando los organizadores le
informaron que dirigiría un
choque de cuartos —nunca un juez
tunecino había llegado tan lejos—,
Alí llamó a su casa desde el hotel,
con cobro revertido, se lo contó a
su padre y los dos lloraron.
Esa noche durmió con sofocones
y soñó dos veces con el ridículo.
En el primer sueño se torcía el
tobillo y tenía que ser sustituido
por el cuarto árbitro; en el sueño,
el cuarto árbitro era su madre.
En el segundo sueño saltaba al
campo un espontáneo, le bajaba
los pantalones y él quedaba con
los genitales al aire frente a las
televisiones del mundo.
De cada sueño se despertó con
palpitaciones. Pero no soñó nunca,
durante la víspera, en dar por
válido un gol hecho con la mano.
No soñó con que, en la jerga
callejera de Túnez, su apellido se
convertiría en metáfora jocosa de
la ceguera. Por eso ahora dirige el
segundo tiempo de ese partido con
ganas de que todo acabe pronto.
***
Ahora el jugador argentino toca
el balón con su pie izquierdo y lo
aleja medio metro de la sombra.
El calor supera los treinta grados
y esa sombra, con forma de araña,
es la única en muchos metros a la
redonda.
Alrededor del campo, acaloradas,
ciento quince mil personas siguen
los movimientos del jugador pero
solo dos, los más cercanos a la
escena, pueden impedir el avance.
Se llaman Peter: Raid uno,
Beardsley el otro; nacieron en el
norte de Inglaterra, uno en el cauce
y el otro en la desembocadura
del río Tyne; los dos tuvieron,
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crónicas de deporte
pocos años antes, un hijo varón
al que llamaron Peter; los dos se
divorciaron de su primera mujer
antes de viajar a México; y los
dos están convencidos, a las trece
horas, doce minutos y veintiún
segundos, que será fácil quitarle el
balón al jugador argentino porque
lo ha recibido a contrarié y ellos
son dos: uno por el frente y el otro
por la espalda.
No saben que, una década después,
Peter Raid hijo y Peter Beardsley
hijo serán amigos, tendrán quince
y dieciséis años y estarán bailando
en una rave de Londres.
Un escocés de apellido O’Connor
—que más tarde será guionista
del cómico Sacha Baron Cohen—
los reconocerá y, en medio de la
danza, los esquivará con una fnta
y un regate. Lo hará una vez, dos
veces, tres veces, imitando el pase
de baile que ahora, diez años antes,
le practica a sus padres el jugador
argentino.
Raid hijo y Beardsley hijo no
entenderán la broma, entonces
otros participantes de la rave se
sumarán a la burla de O’Connor y
se formará un bucle de bailarines
que, en forma de tren humano,
esquivará a los muchachos en dos
tiempos.
Peter Raid hijo será el primero
en comprender la mofa, y se lo
dirá a su amigo: «Es por el video
de nuestros padres, el de México
ochenta y seis».
Peter Beardsley hijo hará un gesto
de humillación y los dos amigos
escaparán de la festa perseguidos
por decenas de muchachos que
gritarán, a coro, el apellido del
jugador que diez años antes, ahora
mismo, se escapa de sus padres
con un quiebre de cintura.
Muy pronto Raid padre y
Beardsley padre dejarán de
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
perseguir al jugador: será el trabajo
de otros compañeros intentar
detenerlo. Ellos ahora permanecen
congelados en medio de una cinta
que el tiempo convierte, a cámara
lenta, de VHS a Youtube.
Ahora sus hijos tienen cinco y seis
años y no recordarán haber visto
en directo el primer regate del
jugador, pero al comienzo de la
adolescencia lo verán mil veces en
video y dejarán de sentir respeto
por sus padres.
Peter Raid y Peter Beardsley,
inmóviles aún en el centro
del campo, todavía no saben
exactamente qué ha pasado en sus
vidas para que todo se quiebre.
***
Raudo y con pasos cortos, el
jugador argentino traslada la
escena al terreno contrario. Solo
ha tocado el balón tres veces en su
propio campo: una para recibirlo y
burlar al primer Peter, la segunda
para pisarlo con suavidad y
desacomodar al segundo Peter,
y una tercera para alejar el balón
hacia la línea divisoria.
Cuando la pelota cruza la línea de
cal el jugador ha recorrido diez
de los cincuenta y dos metros que
recorrerá y ha dado once de los
cuarenta y cuatro pasos que tendrá
que dar.
A las las trece horas, doce minutos
y veintitrés segundos del mediodía
un rumor de asombro baja desde
las gradas y las nalgas de los
locutores de las radios se despegan
de los asientos en las cabinas de
transmisión: el hueco libre que
acaba de encontrar el jugador por
la banda derecha, después del
regate doble y la zancada, hace
que todo el mundo comprenda el
peligro.
Todos menos Kenny Sansom,
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crónicas de deporte
que aparece por detrás de los dos
Peter y persigue al jugador con
una parsimonia que parece de
otro deporte. Sansom acompaña
al jugador argentino sin desespero,
como si llevara a un hijo pequeño a
dar su primera vuelta en bicicleta.
«Parecía que estuvieras en un
entrenamiento, joder», le dirá el
entrenador Bobby Robson dos
horas después, en los vestuarios.
«Ese no eras tú», le dirá su medio
hermano Allan un año más tarde,
borrachos los dos, en un pub de
Dublin.
Kenny Sansom rebobinará mil
veces el video en el futuro. Verá
su paso desganado, casi un trote,
mientras el jugador se le escapa.
Comenzará, en noviembre de ese
año, a tener problemas con el
juego y el alcohol. En la prensa
sensacionalista lo apodarán
«White» Sansom, por su afción al
vino blanco.
Su único amigo de las épocas
doradas será Terry Butcher, quizá
porque ambos compartirán el eje
de un trauma idéntico.
Butcher es el que ahora, cuando
los relatores de radio y los
espectadores en las gradas todavía
están poniéndose de pie, le tira
una patada fallida al jugador que
avanza por su banda. Sin saber
que su apellido, en el idioma del
rival, signifca carnicero, Butcher
perseguirá enloquecido al jugador
y le tirará una segunda patada, esta
vez con ánimo mortal, en el vértice
del área pequeña.
Terry Butcher tampoco superará
nunca el fantasma de esos diez
segundos en el mediodía mexicano.
«Al resto de mis compañeros los
regateó una sola vez, pero a mí
dos…, pequeño bastardo», le dirá
a la prensa muchos años después,
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
con los ojos vidriosos.
Kenny Sansom y Terry Butcher
no regresarán a México jamás, ni
siquiera a playas turísticas alejadas
del Distrito Federal. En el futuro,
sin hijos ni parejas estables, tendrán
por afción (con casi sesenta años
cada uno) juntarse a tomar whisky
los jueves por la noche e inventar
nuevos insultos contra el jugador
argentino que ahora, sin marca,
entra al área grande con el balón
pegado a los pies.
***
Antes del inicio de la jugada, un
hombre da un mal pase. Con ese
error empieza la historia. Podría
haber jugado hacia atrás o a su
derecha, pero decide entregar el
balón al jugador menos libre.
Ese hombre se llama Héctor
Enrique y se queda inmóvil
después del pase, con las manos en
la cintura. Después de ese partido
nunca podrá separarse del jugador,
como si el hilo invisible del pase
vertical se transformara, con el
tiempo, en un campo magnético.
Enrique todavía no lo sabe, pero
volverá a participar de un Mundial
de fútbol, veinticuatro años
después y en tierra sudafricana.
Será parte del cuerpo técnico de
un entrenador que, más gordo y
más viejo, tendrá el mismo rostro
del hombre joven que ahora corre
en zigzag. Y acabará su carrera
todavía más lejos, en los Emiratos
Árabes, de nuevo a la derecha del
jugador al que, hace dos segundos,
le ha dado un pase a contrarié.
Durante muchas noches del futuro,
en un país extraño donde las
mujeres tienen que ir en el asiento
trasero de los coches, Enrique
pensará qué habría ocurrido si,
en lugar de esa mala entrega, le
hubiera cedido el balón a Jorge
Burruchaga, su segunda opción.
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crónicas de deporte
Burruchaga es el que ahora corre
en paralelo al jugador, por el
centro del campo. Son las trece
horas, doce minutos y veinticuatro
segundos: está convencido de que
el jugador le dará el pase antes
de entrar al área, que únicamente
le está quitando las marcas para
dejarlo solo frente a los tres palos.
Burruchaga corre y mira al
jugador; con el gesto corporal le
dice «estoy libre por el medio» y
mientras espera el pase en vano
no sabe que un día, algunos años
después, aceptará un soborno en
la liga francesa y será castigado
por la Federación Internacional.
Otra entrega a destiempo. Pero él,
congelado en el presente, todavía
corre y espera la cesión que no
llega nunca.
Días más tarde hará el gol decisivo
de la fnal, pero el mundo solo
tendrá ojos y memoria para otro
gol. Año tras año, homenaje tras
homenaje, el suyo no será el más
admirado.
Una noche Burruchaga llamará
por teléfono a Arabia Saudita para
conversar con su amigo Héctor
Enrique, y lamentará, un poco en
broma, un poco en serio, aquel gol
ajeno que opacó el decisivo de la
fnal. Entonces Enrique verá por
la ventana una tormenta de arena
y, sin pretenderlo, lo hará sonreír.
«No fue para tanto aquel gol», le
dirá, «el pase se lo di yo, si no lo
hacía era para matarlo».
***
Dentro del campo de juego el
viento sopla a doce kilómetros por
hora. Si hubiera soplado a sesenta
kilómetros por hora, como ocurrió
en la Ciudad de México seis días
más tarde, quizás la jugada no
hubiera acabado bien.
El avance parece veloz por ilusión
óptica, pero el jugador regula el
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
ritmo, frena y engaña. Hay una
geometría secreta en la precisión
de ese zigzag, un rigor que se
hubiera roto con un cambio en el
viento o con el refejo de un reloj
pulsera desde las gradas.
Terry Fenwick piensa en las
variables del azar mientras se
ducha cabizbajo tras la derrota.
Sobre todo en una, la menos
descabellada.
Antes del partido, Fenwick le
aconsejó a su entrenador Bobby
Robson que lo mejor sería hacerle,
al jugador rival, un marcaje hombre
a hombre. Bobby respondió que
la marca sería zonal, como en los
anteriores partidos.
¿Qué habría ocurrido si Robson
le hacía caso?, se preguntará
Terry Fenwick desnudo, en la
soledad del vestuario, con el agua
reventándole las sienes.
En este momento, a las trece horas,
doce minutos y veintiséis segundos
del mediodía, es él quien ve llegar
al jugador con el balón dominado;
es él quien cree que dará un pase
al centro del área. Fenwick piensa
igual que Burruchaga, apoya todo
el cuerpo en su pierna derecha para
evitar el pase y deja sin candado
el fanco izquierdo. El jugador, con
un pequeño salto, entra entonces
por el hueco libre, pisa el área y
encuentra los tres palos.
«Mierda», le dirá a la prensa
Terry Fenwick en 1989, «arruinó
mi carrera en cuatro segundos».
Dos años después del exabrupto,
en 1991, Fenwick pasará cuatro
meses en prisión por conducir
borracho. Dirá, a mediados de la
década siguiente, que no le daría
la mano al jugador argentino si lo
volviera a ver.
En esas mismas fechas una de
sus hijas cumplirá dieciocho
años. Durante la festa, Terry
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crónicas de deporte
Fenwick la encontrará besándose
con un argentino en una playa de
Trinidad. Reconocerá la identidad
del muchacho por una camiseta
celeste y blanca con el número
diez en la espalda. Fenwick aún no
lo sabe, pero en su vejez dirigirá
un ignoto equipo llamado «San
Juan Jabloteh» en Trinidad y
Tobago, un país que nunca jugó un
Mundial, pero que tiene playas.
Fenwick se emborrachará cada día
en la arena de esas playas. La tarde
del encuentro de su hija con el
argentino querrá acercarse al chico
para golpearlo. El argentino hará
el gesto salir para la izquierda y
escapará por la derecha. Fenwick,
de nuevo, se comerá el amague.
***
Ocho pasos, de cuarenta y cuatro
totales, dará el jugador dentro del
área, y le bastarán para entender
que el panorama no es favorable.
Hay un rival soplándole la nuca a
su derecha, Terry Butcher; otro a su
izquierda, Glenn Hoddle, le impide
la cesión a Burruchaga; Fenwick
se ha repuesto del amague y ahora
cubre el posible pase atrás y, por
delante, el portero Peter Shilton le
cierra el primer palo.
El norte, el sur y el este están
vedados para cualquier maniobra.
Son las trece horas, doce minutos y
veintisiete segundos del mediodía.
Tres horas más en Buenos Aires.
Seis horas más en Londres.
En cualquier ciudad del mundo,
a cualquier hora del día o de
la noche, intentar el disparo a
puerta en medio de ese revoltijo
de piernas es imposible, y el que
mejor lo sabe es Jorge Valdano,
que llega solo, muy solo, por la
izquierda.
Nadie se percata de la existencia
de Valdano, ni ahora en el área
Pág 246
Periodismo narrativo en Latinoamérica
grande ni durante la escuela
primaria, en el pueblo santafecino
de Las Parejas.
Jorge Valdano se sentaba a leer
novelas de Emilio Salgari mientras
sus compañeros jugaban al fútbol
en los recreos, arremolinados
detrás de la pelota. El fútbol le
parecía un juego básico a los nueve
años, pero a los once ocurrió algo:
entendió las reglas y supo, sin
sorpresa, que los demás chicos no
lo practicaban con inteligencia.
Empezó a jugar con ellos y,
mientras el resto perseguía el balón
sin estrategia, él se movía por los
laterales buscando la geometría
del deporte.
Y fue bueno. Integró dos clubes
del pueblo y pronto lo llamaron
de Rosario para las inferiores de
Newell’s; debutó en primera antes
de los dieciocho. A los veinte
era campeón mundial juvenil en
Toulon. A los veintidós ya había
jugado en la selección absoluta.
Pero en esos años de vértigo nunca
amó el juego por encima de todo.
Si le daban a elegir entre un partido
entre amigos o una buena novela,
siempre elegía el libro.
Hasta ese momento de sus treinta
años, Valdano no estaba seguro
de haber elegido su verdadera
vocación. Por eso ahora, que
espera el pase, siente por fn que
ese puede ser su destino, que quizá
ha venido al mundo a tocar ese
balón y colgarlo en la red.
Sabe que la única opción del
jugador es el pase a la izquierda.
No le queda otra salida. Mientras
pisa el área piensa: «Si no me la
da, largo todo y me hago escritor”.
Pero el jugador entra al área sin
mirarlo. Tampoco Butcher, ni
Fenwick, ni Hoddle, ni Shilton
se enteran de su presencia. Ni
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crónicas de deporte
siquiera el camarógrafo, que
sigue la jugada en plano corto, lo
distingue a tiempo.
En el video, Valdano es un fantasma
que asoma el cuerpo completo
recién cuando el balón está en el
vértice del área pequeña. Jorge
Valdano todavía no lo sabe, pero
al fnal de ese torneo comenzará a
escribir cuentos cortos.
***
No hay enemigo mayor para un
atacante que el portero. El resto de
los rivales puede usar la zancadilla
rastrera o las rodillas para el golpe
en el muslo. No importa, son armas
lícitas en un deporte de hombres
y el agredido puede devolver la
acción en la siguiente jugada.
Pero el portero, el guardavallas,
el goalkeeper, el arquero (como
el de Lucifer, sus nombres son
infnitos) puede tocar el balón con
las manos.
El portero es una anomalía, una
excepción capaz de deshacer con
las manos las mejores acrobacias
que otros hombres hacen con
los pies. Y hasta ese día ningún
futbolista de campo había logrado
devolver esa afrenta en un
Mundial.
Por eso ahora, cuando el jugador
pisa el área y mira a los ojos al
portero Peter Shilton (camisa gris,
guantes blancos), entiende el odio
en la mirada del inglés.
Media hora antes el argentino
había vengado a todos los
atacantes de la historia del fútbol:
había convertido un gol con la
mano. La palma del atacante había
llegado antes que el puño del
guardameta. En el reglamento del
fútbol esa acción está vedada, pero
en las reglas de otro juego, más
inhumano que el fútbol, se había
hecho justicia.
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
Por eso en este momento
culminante de la historia, a
las trece horas, doce minutos
y veintinueve segundos, Peter
Shilton sabe que puede vengar la
venganza. Sabe muy bien que está
en sus manos desbaratar el mejor
gol de todos los tiempos. Necesita
hacerlo, además, para volver a su
país como un héroe.
Shilton había nacido en Leicester,
treinta y seis años antes de aquel
mediodía mexicano. Ya era una
leyenda viva, no le hacía falta
llegar a su primer y tardío Mundial
para demostrarlo.
Aún no lo sabe, pero jugará como
profesional hasta los cuarenta
y ocho años. Protagonizará
en el futuro muchas paradas
inolvidables que, sumadas a las del
pasado, lo convertirán en el mejor
goalkeeper inglés.
Sin embargo (y esto tampoco lo
sabe) en el futuro existirá una
enciclopedia, más famosa que la
Britannica, que dirá sobre él:
«Shilton, Peter: guardameta ingles
que recibió, el mismo día, los goles
conocidos como ‘la mano de Dios’
y el ‘del Siglo’».
Ese será su karma y es mejor que
no lo sepa, porque todavía sigue
mirando a los ojos al jugador
argentino que se acerca, y tapa su
palo izquierdo como le enseñaron
sus maestros.
Cree que Terry Butcher puede
llegar a tiempo con la patada
fnal. «Quizá sea córner», piensa.
«Quizá pueda sacar el balón con la
yema de los dedos».
Tampoco sabe que dos años
más tarde se publicará en Gran
Bretaña un videojuego con su
nombre, titulado «Peter Shilton’s
Handball», ni que sus hijos lo
jugarán, a escondidas, en las
Pág 249
crónicas de deporte
vacaciones de 1992.
Mejor que no conozca el futuro
ahora, porque debe decidir, ya
mismo, cuál será el siguiente
movimiento del jugador. Y lo
decide: Shilton se juega a la
izquierda, se tira al suelo y espera
el zurdazo cruzado. El argentino,
que sí conoce el futuro, elige
seguir por la derecha.
***
Antes de tocar por última vez el
balón con su pie izquierdo, a las
trece horas, doce minutos y treinta
segundos del mediodía mexicano,
el jugador argentino ve que ha
dejado atrás a Peter Shilton; ve que
Jorge Valdano arrastra la marca de
Terry Fenwick; ve que Peter Raid,
Peter Beardsley y Glenn Hoddle
han quedado en el camino; ve a
Terry Butcher que se arroja a sus
pies con los botines de punta; ve
a Jorge Burruchaga que frena
su carrera con resignación; ve a
Héctor Enrique, todavía clavado
en la mitad del campo, que cierra
el puño de la mano derecha; ve
a su entrenador que salta del
banquillo como expulsado por
un resorte y al otro entrenador,
el rival, que baja la mirada para
no ver el fnal del avance; ve a
un hombre pelirrojo con una pipa
humeante en la primera bandeja
de las gradas; ve la línea de cal de
la portería contraria y recuerda el
rostro del empleado que, durante
el entretiempo, la repasó con
un rodillo; ve nítidamente a su
hermano el Turco que, con siete
años, le echa en cara un error que
cometió en Wembley en un jugada
parecida, ve los labios sucios de
dulce de leche de su hermano
cuando dice:
«La próxima vez no le pegues
cruzado, boludito, mejor amagále
al arquero y seguí por la derecha».
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
Ve el rostro de su hermano con
la luz de la cocina donde ocurrió
la escena, ve la picardía con que
lo miraba; ve, detrás del arco, un
cartel que dice Seiko en letras
blancas sobre fondo rojo; ve
las uñas pintadas de verde de
su primera novia, el día que la
conoció, y ve a esa misma chica,
ya mujer, amamantando a una
niña; ve una pelota desinfada y
se ve a él mismo, con nueve años,
que intenta dominarla; ve a su
madre y a su padre que arrastran,
con esfuerzo, un enorme bidón de
kerosén por una calle de tierra en
la que ha llovido; ve una taquilla,
en un vestuario de La Paternal,
que lleva su nombre y su apellido
en letras famantes, ve su orgullo
adolescente al leer por primera
vez su nombre y su apellido en
la taquilla; ve un estadio, sus
tablones de madera, y ve también
que un día el estadio entero, y no
solo la taquilla, llevará su nombre.
El jugador argentino ha controlado
el aire de sus pulmones durante
nueve segundos, y ahora está a
punto de soltar todo el aire de un
soplido.
Al revés que todos los rivales y
compañeros que ha dejado atrás,
él puede respirar con su pierna
izquierda, y también puede intuir
el futuro mientras avanza con el
balón en los pies.
Ve, antes de tiempo, que Shilton se
arrojará a la derecha; ve la intención
segadora de Terry Butcher a
sus espaldas, se ve a él mismo,
muchos años más tarde, con un
nieto en los brazos, visitando la
entrada del Estadio Azteca donde
se levanta una estatua de bronce
sin nombre: solo un jugador joven
con el pecho infado, un balón en
los pies y una fecha grabada en
la base: 22 de junio de 1986; ve
una rave en Londres donde dos
chicos de quince años escapan de
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crónicas de deporte
una multitud que se burla; ve un
departamento en penumbras donde
solo hay una mesa, dos amigos y
un espejo sobre la mesa; ve a una
muchacha en una playa del trópico
que se deja besar por un chico
que lleva puesta una camiseta
argentina; ve un enjambre de
periodistas y fotógrafos a la
salida de todos los aeropuertos,
de todas las terminales, de todos
los estadios y de todos los centros
comerciales del mundo; ve a un
niño embobado con un videojuego
en la ciudad de Leicester, mientras
su hermano vigila por la ventana
que no aparezca el padre; ve el
cadáver de un hombre viejo que ha
muerto en Ginebra ocho días antes
de ese mediodía, un hombre que
también ha visto todas las cosas
del mundo en un único instante.
Ve Fiorito de día; ve Nápoles de
tarde; ve Barcelona de noche.
Ve el estadio de Boca a reventar
y él está en el medio del campo
pero no lleva un balón en los pies,
sino un micrófono en la mano;
ve a un anciano en el aeropuerto
de Cartago, que espera a su hijo
en el último vuelo desde México,
para abrazarlo y consolarlo;
ve un tobillo infamado; ve a
una enfermera de la Cruz Roja,
regordeta y sonriente; ve todos los
goles que ha hecho y los que hará;
ve todos los goles que ha gritado
y los que gritará en su vida entera;
se ve, con cincuenta y tres años,
mirando desde el palco la fnal del
mundo en el estadio Maracaná;
ve el día que verá a su madre por
última vez; ve la noche en que
verá por última vez a su padre;
ve crecer a todos los hijos de sus
hijos; ve los dolores de parto de
una mujer que está a punto de parir
un niño zurdo en Rosario, un año y
dos días más tarde de ese mediodía
mexicano; ve un espacio mínimo,
imposible, entre el poste derecho y
Pág 252
Periodismo narrativo en Latinoamérica
el botín de Terry Butcher.
Cierra los ojos. Se deja caer hacia
adelante, con el cuerpo inclinado, y
se hace silencio en todo el mundo.
El jugador sabe que ha dado
cuarenta y cuatro pasos y doce
toques, todos con la zurda. Sabe
que la jugada durará diez segundos
y seis décimas. Entonces piensa
que ya es hora de explicarle a todos
quién es él, quién ha sido y quién
será hasta el fnal de los tiempos.
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crónicas de deporte
San Martín de
Brooklyn busca
el repechaje
Publicado: 25 marzo 2013
en Hernán Iglesias Illa
Etiquetas: Estados Unidos, Fútbol,
Migrantes, Orsai
En el primer tiempo de nuestro
segundo partido del año,
empatando cero a cero contra un
equipo de ecuatorianos amables y
ceremoniosos a quienes teníamos
la obligación moral de ganarles,
nos dieron un córner a favor y
yo, aunque cabeceo bastante mal,
decidí mezclarme con la tropilla
de compañeros y rivales a ver si se
producía el milagro de un rebote o
un descuido. Participé de la breve
estampida obligatoria —¡trucu-
trucu-trúm!—, vi la bola volar
lejos, muy por encima de nuestras
cabezas, y después, cuando la
jugada parecía terminada, sentí
un empujón en la espalda lo
sufcientemente fuerte como para
creerme con derecho a enojarme.
Identifqué a mi agresor (un
peladito adolescente, un poco
gordo y con aspecto de aprendiz
de pandillero) y nos paramos
pecho con pecho, los dos bastante
ridículos, esperando no se sabe qué.
Después de un forcejeo torpe pero
breve —creo que en un momento
agité un puño amenazador—,
troté solemnemente hacia el otro
lado de la cancha sintiéndome
orgulloso de mí mismo, porque
creía haber reaccionado bien ante
la provocación.
Me sorprendió entonces ver al juez
de línea agitar su banderita como
si hubiera habido un asesinato y
al árbitro correr hacia él con la
urgencia ominosa de los árbitros
cuando corren hacia los jueces
de línea. Cuchichearon los diez
segundos reglamentarios, el
banderín del juez de línea apuntó
en mi dirección y, segundos
después, una tarjeta roja se
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
recortó contra el cielo límpido
de Brooklyn, arruinándome una
mañana hermosa de primavera.
Humillado y avergonzado, caminé
despacio alrededor de la cancha de
McCarren Park, con las canilleras
en la mano y la camiseta celeste
fuera del pantalón, pensando
en cómo disculparme con mis
compañeros de San Martín de
Brooklyn, el equipo de media
docena de argentinos, cuatro o
cinco gringos, dos paraguayos,
un colombiano, un uruguayo y un
italiano con el que jugamos los
sábados de verano en la Greenpoint
Soccer League. Alrededor de
la cancha, unos pocos vecinos
de Williamsburg o Greenpoint
trotaban sobre la pista naranja de
tartán; más afuera, otros miraban
el partido mientras tomaban sol,
recogían la caca de sus perros
o desarmaban mantelitos para
picnics inminentes.
La escena era extraordinaria
(veintipocos grados centígrados,
instalaciones públicas en buen
estado: postal de un barrio feliz)
pero yo no podía disfrutarla: había
prometido a mis compañeros que
este año iba a evitar meterme
en problemas con los árbitros, y
había fracasado rápido. Además,
nos habíamos comprometido a
dar lo mejor de cada uno para
clasifcarnos por primera vez para
los playoffs de la liga, después de
dos años bastante malos (décimo
terceros de dieciséis equipos en
2008; décimo cuartos de veinte
equipos en 2009). Y para eso
necesitábamos ganar partidos
como el de aquel día contra los
ecuatorianos bondadosos de El
Progreso FC, un grupo de tíos,
sobrinos y cuñados inmigrados a
Estados Unidos desde el mismo
suburbio de Ambato, en la sierra
ecuatoriana, y que el año anterior
habían terminado decimoctavos.
Un par de meses antes, en
Pág 255
crónicas de deporte
el comedor sin ventanas del
restaurante peruano Pío Pío, en
Greenpoint, veinte capitanes
y un par de curiosos habíamos
participado de la reunión anual de
capitanes de la Greenpoint Soccer
League. Mientras comíamos pollo
con arroz y plátanos fritos, cortesía
de la liga, algunos capitanes se
quejaron de la calidad de los
árbitros, otros pidieron reembolsos
para cuando se suspendiera algún
partido (“¿Quién les paga el
taxi a mis jugadores?”, se quejó
el capitán de un equipo que a
veces contrata jugadores semi-
profesionales) y otros pidieron
más rigor con los equipos cuyas
hinchadas se emborrachaban y
escupían e insultaban a los rivales.
(El año anterior, la hinchada de
Español Hidalgo, parada sobre
la línea del lateral, me había
castigado todo el partido: “¡Viejo,
retirate —me gritaba uno—, deja
paso a las generaciones jóvenes!”.)
Yo, en cambio, pedía una
revolución tecnológica. En un
momento de la noche levanté la
mano y le pregunté a Gildardo
Revilla, dueño y mandamás de
la liga, si no podíamos crear una
humilde pagina web para publicar
los resultados, los horarios y la
tabla de posiciones del torneo.
Revilla, que me tiene aprecio y está
harto de mí a partes casi iguales,
bajó la vista, un poco agotado por
mi insistencia, y respondió con
una vaga promesa de pensarlo.
Los demás capitanes fueron menos
receptivos: mientras hablaba,
podía oír sus “pffttt…” y las risitas
que salían desde las penumbras del
salón, como si la Internet fuera una
cosa de señoritas o de gringos que
no tiene nada que ver con el fútbol.
Revilla, un peruano bajito y astuto
que maneja la liga desde hace casi
veinte años, nos comunicó las
novedades para este año (aumento
de precio para los árbitros,
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
“tolerancia cero” para la violencia
de las hinchadas) y nos recordó las
reglas del torneo: veinte equipos
en una rueda todos contra todos,
clasifcan los primeros doce para
un repechaje, después ocho pasan
a los cuartos de fnal y después
semifnales y fnal. El ganador de
la temporada regular se lleva mil
quinientos dólares en efectivo;
el ganador de los playoffs, otros
dos mil dólares. Asentimos
todos con la cabeza, como si
verdaderamente creyéramos que
podíamos ganar (los candidatos
son siempre los mismos cuatro o
cinco), y pasamos de a uno en fla
para darle a la esposa-asistente de
Revilla los billetes del adelanto
para sellar la inscripción. Vi a
mis co-capitanes acercarse al
mostrador de Revilla —casi todos
latinos, casi todos inmigrantes,
casi todos trabajadores— y volví
a sentir la distancia que en estos
años ha marcado mi relación y la
de nuestro equipo con Revilla y el
resto de la liga.
Por un lado, me siento y nos
sentimos cercanos a ellos porque
compartimos la latinidad y la
enfermedad por el fútbol, dos
cosas que el resto de Nueva York
no tiene ni entiende ni puede
aprender; pero por otro me siento
y nos sentimos inevitablemente
lejanos, porque sabemos que
en otras cuestiones nosotros
también representamos la Nueva
York gringa a la que ellos miran
desde lejos y con desconfanza.
En estos tres años que llevamos
en el torneo, esta tensión —clase
media versus clase trabajadora,
inmigración legal contra
inmigración ilegal, inglés fuido
contra inglés tartamudeado, comer
en restaurantes contra trabajar en
restaurantes— se ha infamado o se
ha aliviado, pero siempre ha estado
ahí: algunos de nosotros a veces
hemos creído que Revilla o los
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crónicas de deporte
árbitros nos perjudicaban porque
no formábamos parte del “núcleo
duro” de equipos peruanos,
ecuatorianos y mexicanos de la
liga, y ellos quizás han creído, con
algo de razón, que nosotros somos
parte de la avanzada clasemediera
que desde hace una década está
trepando por Brooklyn desde
Manhattan, transformando barrios
obreros en barrios cool, con
restaurantes japoneses y tiendas de
diseño, destrozando o desplazando
lo que encuentra a su paso.
San Martín de Brooklyn empezó
la temporada con su grisura
habitual: derrota mínima contra
un equipo mejor, triunfo sufrido
contra El Progreso FC (después
de mi expulsión, mis compañeros
ganaron tres a uno), un cero-cero
espantoso contra una pandilla
de uruguayos guerreros pero
pataduras y un uno-dos que parece
digno pero fue un lección de
fútbol.
El quinto partido nos puso en
movimiento. En el minuto tres
de su primer día como titular,
Claudio, un paraguayo peleón,
rápido y goleador que se nos
había ofrecido después de jugar
contra nosotros un par de semanas
antes, se fue de un marcador sobre
la izquierda, perdió la pelota, la
recuperó, la volvió a perder, la
volvió a recuperar y tiró un centro
bajo que rodó hacia la medialuna
por la línea del área grande. Yo,
que lo venía acompañando más
como un comentarista que como
un destino posible de pase, detecté
la bola en los suburbios de mi
botín izquierdo y le pegué casi de
lleno, intentando darle una comba
para que se abriera primero y se
cerrara después en el primer palo;
la pelota salió mucho más alta de
lo que había querido pero agarró
mucho efecto, eludió la manopla
extendida del arquero y se metió
cerca del palo opuesto. (Celebré
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
moderadamente, como si estuviera
acostumbrado a meter este tipo
de golazos.) Nos empataron cerca
del fnal del primer tiempo con un
penal que no existió y volvimos
a marcar nosotros casi en el
último minuto con un gol desde
el borde del área. Justo después
del gol, mientras mis compañeros
festejaban, yo grité: “¡A pesar
del árbitro!”, y recibí mi única
tarjeta amarilla por protestar de la
temporada.
La semana siguiente, después de
empatar sobre el fnal un partido
que merecimos perder, terminó
nuestra pequeña racha positiva
y empezó nuestro deslizamiento
habitual y un poco inevitable hacia
el pantano en el que nos hundimos
cada verano. Entre mediados de
junio y fnes de agosto ganamos
dos partidos (contra los equipos
que terminaron en las posiciones
catorce y veinte) y perdimos
todos los demás, jugando mal y
metiendo pocos goles. Es difícil
jugar en la cancha de McCarren
Park con treinta y dos o treinta
y cuatro grados, como nos tocó
hacerlo varias veces, pero lo que
más nos complicó el verano fue la
falta de jugadores, porque nuestros
compañeros estadounidenses y
algunos de los latinos empezamos
a preferir, por voluntad propia o
presionados por nuestras familias,
pasar los sábados en la playa o de
vacaciones.
La Greenpoint Soccer League
es tan poco gringa que se juega
incluso en los fnes de semana
largos, desde Memorial Day en
mayo hasta el Día del Trabajo en
septiembre. El cuatro de julio de
2009, Día de la Independencia,
jugamos de noche bajo el estruendo
y la fligrana de los famosos
fuegos artifciales de Nueva
York, mientras nuestros jugadores
estadounidenses (y el resto de la
ciudad) tomaban cerveza, comían
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crónicas de deporte
salchichas y rulaban porros en
terrazas propias o ajenas. Un año
después, este último verano, unos
amigos nos invitaron a pasar
un fn de semana a una casa en
Connecticut, a tres horas de Nueva
York. Le propuse a mi mujer que
ella fuera con nuestros amigos el
sábado por la mañana, mientras
yo primero jugaba contra Los
Hobos y después tomaba el tren
que paraba en Connecticut a las
siete de la tarde. Mi mujer, que
ha aprendido a elegir sus batallas,
accedió. Cuando aquel sábado
llegué a McCarren Park, no se
estaba jugando ningún partido.
—Me vas a tener que perdonar,
Hernán —dijo Revilla abriendo
los brazos— pero ha habido un
malentendido con los capitanes de
los equipos Real Hidalgo y Misfts
y todavía no empezaron a jugar.
Está todo retrasado.
Insulté a Revilla como hacía
tiempo que no insultaba a nadie y
me fui a la estación con mi bolsito
al hombro y en el peor de los
mundos: sin el fútbol de la clase
trabajadora ni la vacación bucólica
de la burguesía.
El catorce de agosto, con la
mayoría de los titulares de vuelta
de sus viajes y una carambola de
resultados que nos había dejado
lejos pero con posibilidades
matemáticas de llegar a los
playoffs, jugamos contra un equipo
llamado “New York United”, que
en ese momento iba séptimo. Para
motivarnos durante la semana, nos
intercambiamos emails llenos de
lugares comunes futboleros: “Este
sábado es ganar o ganar”, nos
decíamos; “Desde ahora son todas
fnales”; “¡Es el partido del año!”.
***
Un par de meses más tarde, fui a
McCarren Park a ver los partidos
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
de vuelta de los cuartos de fnal.
Era una noche bastante fría de
principios de octubre y la cancha
estaba hermosa, iluminada como
un escenario desde las líneas para
adentro y en penumbra desde las
líneas para afuera, donde cientos de
personas mirábamos los partidos de
pie, con los manos en los bolsillos
y dando pequeños saltitos para
sacudirnos el frío sorprendente
del principio del otoño. Adentro
de la cancha jugaban dos de los
pocos equipos multinacionales del
torneo. Dream Team, usando una
vieja camiseta suplente del Inter
de Milán, combinaba una vieja
base ecuatoriana apuntalada (y
casi reemplazada) con refuerzos
de todos lados: dos de sus mejores
jugadores eran un húngaro faquito
y elegante a quien llamaban “Eli” y
un delantero centro afroamericano
a quien le decían “Winsy” y
llevaba metidos más de treinta
goles. El otro equipo en la cancha
era New York United, donde
había algunos latinos pero no los
sufcientes como para romper la
barrera idiomática: se pedían la
pelota (“¡Switch!”, “¡Drop!”),
se felicitaban (“Good ball”) y se
daban órdenes (“¡Back, back!”,
“¡Pressure!”) en inglés.
Encontré a Revilla bastante
rápido, parado cerca de la mitad
de la cancha, con su gorrita blanca
bien hundida hasta los orejas, y
conversando con el juez de línea.
Cuando me vio, se me acercó
sonriendo y me dijo: “Te quiero
escribir una carta, para explicarte
algunas cosas que dijiste sobre mí
en la Internet”. Yo sabía bien de
qué me estaba hablando: en junio y
julio yo había escrito un diario del
Mundial de Sudáfrica y le había
dedicado un puñado de párrafos.
No había sido agresivo con
Revilla, pero sí moderadamente
sarcástico, especialmente con
su rocambolesco sistema para
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crónicas de deporte
fjar los horarios de los partidos,
que no admite negociaciones ni
excepciones. Quienes más nos
quejamos del sistema somos los
equipos clasemedieros, que por
su culpa no podemos “planifcar”
nuestros fnes de semana y
acomodar el fútbol en nuestro
(supuestamente) variado menú
de opciones. Hasta los martes a
la noche, cuando los capitanes
llaman al celular de Revilla,
ningún equipo sabe a qué hora
va a jugar el sábado siguiente (el
primer partido es a las once de la
mañana; el último, a las diez de la
noche). Revilla está tan enamorado
de su sistema (asigna los horarios
según una misteriosa escala que
toma en cuenta la posición de los
equipos en la tabla) que ni siquiera
durante el Mundial de Sudáfrica
aceptó acomodar los equipos con
argentinos, uruguayos, gringos o
mexicanos a los horarios de los
partidos de sus selecciones.
—Te quejas del calor, de los
horarios, de todas esas cosas que
ya hablamos mil veces —me dijo
Revilla aquella noche—. Pero tú
no sabes lo difícil que es organizar
esto, la cantidad de reclamos que
hay, la cantidad de demandas que
tengo.
Le expliqué a Revilla que entendía
perfectamente su situación y
que en esa columna había dicho
exactamente eso, pero no me quiso
escuchar. Enseguida me di cuenta
de que estaba jugando conmigo,
más halagado que ofendido, y
dispuesto a cobrarse una victoria
psicológica. Juntó las manos y
agitó los dedos, tipeando en un
teclado invisible, y me dijo, al
borde de la carcajada:
—¿Pensaste que no me iba a meter
a la Internet? Jaja, te descubrí.
Me quedé en silencio, sonriendo,
un poco emocionado de ver que
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
un tipo tan de otro siglo como
Revilla también había caído
presa del auto-googleo y se había
buscado a sí mismo, como hemos
hecho todos, en la red de redes.
(La Greenpoint Soccer League es
un torneo tan analógico que casi
no ha dejado rastros en Internet:
es “ingoogleable”. La búsqueda
“Greenpoint Soccer League”
devuelve un puñado de resultados,
pero ninguno relacionado con la
liga.)
Después del partido se acercó un
amigo de Revilla y nos pusimos a
hablar de cómo se puede adivinar
de dónde es un jugador solo por la
forma de caminar por la cancha.
“Al argentino, al uruguayo, al
peruano lo ves parado en la cancha,
antes de que toque la pelota, y ya
sabes que es un futbolista”, decía
Revilla. ¿Y los gringos? Revilla
resopló, porque no le gusta hablar
mal del país del que también es
ciudadano, pero admitió: “No,
no, los blancos no. Los blancos
no”. Los blancos. Una hora antes
le había preguntado a Revilla
de dónde eran los de New York
United y me había contestado
algo parecido: “No sé, creo que
son blancos”. Pero los del United,
que jugaban con la camiseta de la
Real Sociedad y tenían, en efecto,
un promedio de piel más clara que
la de los equipos ecuatorianos o
mexicanos, eran de países que
difícilmente podrían califcarse de
“blancos”: había puertorriqueños,
rumanos, chilenos e incluso había
también un par de ecuatorianos.
—Los mexicanos son toscos
—dijo Revilla después—. Pero
ponen mucha garra. Uno les mete
un gol, dos goles y les tiene que
meter un tres-cero o un cuatro-
cero para ganarles, porque con
solo dos goles van al frente y te lo
empatan.
—¿Y los peruanos?
—Los peruanos tenemos calidad
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crónicas de deporte
—dijo Revilla con una mezcla
de orgullo y resignación—.
El problema es que somos
indisciplinados.
Su descripción de los equipos
peruanos se parecía bastante a lo
que habíamos notado nosotros
en la cancha (equipos como la
selección de Perú: talentosos
pero inofensivos, que tocan bien
pero ante el primer problema se
deshacen inexplicablemente).
Mucho menos se parecía nuestra
experiencia a su descripción de
los mexicanos, que no nos habían
parecido nada toscos, pero sí
(también) bastante parecidos a su
selección: defensores rápidos pero
poco confables, mediocampistas
centrales lentos pero señoriales
y dos parejas de alfles por las
puntas que corrían todo el tiempo
y eran capaces de poner en peligro
a cualquiera.
Un patrón habitual en McCarren
Park, en estos equipos mexicanos
o ecuatorianos con muchos
jugadores bajitos y algunos
gorditos, era ver que sus únicos
jugadores altos eran dos negros
gringos o jamaicanos o senegaleses
que se paraban de zaguero central
y centrodelantero. Estos tipos —
algunos, becados universitarios
de vacaciones; otros, veteranos
de mil batallas del fútbol urbano
en los parques de Randall Island
o Flushing Meadows— reciben
entre cuarenta y ochenta dólares
por partido y juegan cuatro o cinco
partidos por fn de semana en
ligas de toda la ciudad. Como sus
compañeros hispanohablantes no
los conocen bien o no se aprenden
sus nombres, les piden la pelota
con sonoros “¡Negro, negro!”,
que en este patio fronterizo
apenas sacuden el barómetro
de la corrección política. En los
años que llevamos jugando en
la Greenpoint Soccer League,
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
uno de los mejores delanteros
del torneo ha sido siempre un
petiso punzante y endiablado a
quien sus compañeros mexicanos
nunca aprendieron a llamar por
el nombre: “¡Árabe, árabe!”, le
gritaban y el petiso, igualito a
Diego Buonanotte, se daba vuelta
y sonreía.
***
El partido más importante de
nuestras vidas, contra New
York United, duró media hora.
Después no hubo partido sino
exhibición (de ellos) o tortura
(para nosotros). Nos metieron el
primer gol en el minuto doce o
trece; el segundo, en el veinticinco
o veintiséis; el tercero, justo
antes del fnal del primer tiempo.
Entramos a la cancha eufóricos
pero mareados, ya antes de recibir
el primer puñetazo, y después
nos fuimos cayendo lentamente,
como si nos soplaran, hacia la
lona. Volvimos malhumorados
y en silencio al arbolito donde
nos esperaban nuestras mujeres,
que nos preguntaron, con la
mejor intención y el peor tacto:
“¿Ganaron?”. A algunos de
nosotros se nos escaparon unas
carcajadas socarronas, casi
diabólicas, que refejaban la
vergüenza y la indignación de
perder cinco a cero el único partido
que teníamos que ganar.
El martes siguiente analizamos la
hoja manuscrita y fotocopiada con
la tabla de posiciones, lo llamamos
a Revilla para preguntarle los
resultados de los otros partidos —a
veces se los acuerda, a veces duda:
“Creo que ganó Guadalupe…”—e
hicimos un poco de aritmética: la
única posibilidad que nos quedaba
de meternos entre los primeros
doce era ganando los cuatro
partidos que nos quedaban.
La noche del veintiuno de agosto
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crónicas de deporte
jugamos contra Universidad
Católica, un equipo de peruanos
y mexicanos que iba sexto en
la tabla. Nosotros estábamos
decimocuartos y nunca le habíamos
ganado a ningún equipo que
estuviera por encima de nosotros.
Metí el uno-cero en el primer
tiempo, tocando en el primer
palo un muy buen centro bajo de
John, uno de nuestros gringos, y
Claudio metió el segundo un rato
más tarde, defniendo de zurda
un pase mío de los que hace años
daba miles pero que ahora, con la
edad y la falta de confanza, cada
vez doy menos.
El sábado siguiente jugamos contra
Real Hidalgo, los campeones
del año anterior. Fingimos estar
condenados, como personajes
de una tragedia griega, y el truco
funcionó: se lo creyeron ellos y,
sobre todo, nos lo creímos nosotros,
que jugamos sin presión y con
confanza, incapaces de creernos
nuestro empaque y nuestra energía
hasta que Pietro, nuestro delantero
italiano, metió un gol de penal y
después tiró un centro que Claudio
cabeceó en el segundo palo. En el
entretiempo nos pellizcábamos en
silencio, como si no quisiéramos
despertarnos. Después quisieron
atropellarnos y lo consiguieron:
se pusieron dos a uno y por un
momento pareció inevitable que
San Martín recuperara su habitual
talante apedreado y dubitativo.
Cuando faltaban dos minutos,
Matías, que se había pasado la
temporada persiguiendo rivales
en la mitad de la cancha, metió
un derechazo al ángulo y lo gritó
tan fuerte que todo el mundo
en el parque se dio vuelta para
mirarlo. El partido siguiente lo
ganamos por decreto (Honduras
FC se había retirado del torneo)
y el último lo ganamos cuatro a
cero, como si siempre hubiéramos
sabido cómo meter goles. Cuando
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
terminó el partido, nos miramos
y no lo podíamos creer: a pesar
de habernos saboteado durante
semanas y semanas, habíamos
terminado el torneo undécimos,
con veintinueve puntos en
diecinueve partidos y autorización
para bailar aunque sea un ratito
con la aristocracia futbolística de
la Greenpoint Soccer League.
Hasta hace no mucho, varios
equipos de la liga usaban los
sábados como ocasión deportiva
pero también social: se quedaban
en el parque, comiendo fruta y
sándwiches, escuchando música
y tomando cerveza hasta después
de la medianoche. Cuando tenían
que hacer pis, lo hacían contra
las paredes de las fábricas vacías.
Ahora que esas fábricas han sido
reemplazadas por departamentos,
Revilla les ha tenido que pedir por
favor que dejaran de orinar cerca
de los edifcios. “¿Y entonces
dónde?”, habían protestado
algunos en la reunión de capitanes
en Pío Pío. “Háganlo del otro lado
del parque, contra las canchas de
béisbol”, les había recomendado el
presidente de la liga.
Un sábado fui a visitar a Revilla y
lo encontré caminando alrededor
de la cancha con un bastón en
una mano y una bolsa en la otra,
recogiendo la basura —botellas
vacías de Gatorade, bolsas de
plástico, restos de comida— que
habían dejado los espectadores
de los partidos del día. Le
pregunté cuánto había cambiado
el barrio en los casi veinte
años que llevaba organizando
el torneo. Revilla frenó, se dio
vuelta y, mirando a los edifcios
de departamentos construidos en
el boom inmobiliario pinchado
en 2008, dijo: “Esto era todo
factoría”. Levantó los brazos y
señaló hacia el Este y hacia el Sur.
“Todo factoría. No había ni un solo
edifcio.”
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crónicas de deporte
McCarren Park, el parque
municipal donde se juegan los
torneos de Revilla, está en el
borde oriental de Williamsburg,
un barrio que en la última década
y media pasó de rincón semi-
feo, semi-polaco y semi-vacío a
refugio de artistas y rockeros y, en
una segunda transición asociada
a la primera, en barrio cool y
caro con boutiques alternativas y
mueblerías de estilo escandinavo.
Lo que pasó en Williamsburg
pasó en toda la ciudad: a medida
que los yuppies y otros jóvenes
se cansaron de los suburbios
y retornaron a los centros de
las ciudades, desplazaron a los
bohemios o lúmpenes creativos
que vivían casi gratis en barrios
dilapidados como el Soho o el
East Village. Estos bohemios
(artistas, músicos, diseñadores)
encontraron refugio en Brooklyn,
del otro lado del East River,
donde pusieron galerías de arte y
pequeños restaurantes bonitos que
lentamente fueron Desplazando a
las familias negras y dominicanas
que llevaban treinta años allí.
La tendencia —que algunos en
castellano llaman “gentrifcación”,
traduciendo fonéticamente desde
el inglés— se ha desacelerado pero
persiste, alcanzando territorios
cada vez más alejados de Brooklyn
y el norte de Manhattan.
Para Revilla, que vive cerca del
parque pero en la otra dirección,
todavía a salvo de los salones de
yoga y el café orgánico, el benefcio
principal de la gentrifcación de
Williamsburg ha sido la renovación
de McCarren Park: hasta 2005,
la Greenpoint Soccer League se
jugó en un erial traicionero de
yuyos y escombros; desde 2006,
en una cancha extraordinaria con
luz artifcial y césped sintético de
última generación. Para algunos
de los latinoamericanos que
participan de la liga, este parque es
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
uno de los benefcios más valiosos
que reciben del Estado gringo, que
no les da permisos de trabajo pero
al menos los deja jugar al fútbol en
una cancha a la cual casi ninguno
de ellos tendría acceso en América
latina.
Revilla y otros peruanos
empezaron a jugar en McCarren
Park a principios de los noventa,
cuando en los alrededores había
solo “factorías”, depósitos
agrietados y unos pocos bares y
carnicerías polacos derramados
desde el vecino barrio de
Greenpoint. Una tarde llegó un
comisionado del Departamento de
Parques, les advirtió que no podían
usar el campo sin permiso y les
dejó una tarjeta. Revilla lo llamó,
fue a varias reuniones y seminarios
y en 1992 fundó la Greenpoint
Soccer League, que en su primera
edición tuvo ocho equipos, casi
todos peruanos. Con los años, la
liga fue creciendo y también se
fue “desperuanizando”, imitando
las tendencias migratorias de la
ciudad. Hace quince años había
pocos mexicanos en Nueva York
y pocos mexicanos en el torneo
de Revilla; hoy hay muchos
mexicanos más, en las cocinas y
obras en construcción de la ciudad
y en las canchas de Brooklyn. “Los
equipos peruanos ya no dominan”,
dijo Revilla. “Se fueron quedando
viejos, no ha habido recambio”.
Después conversamos sobre su
historia personal. Me contó, con
algo de la morriña habitual de los
inmigrantes, que lleva treinta años
en Estados Unidos, que primero
vino solo y que solo más tarde pudo
traer a su mujer. Lo más doloroso,
me dijo después, fue dejar en Perú
a su hijo, a quien durante casi
tres años cuidaron su hermana y
su cuñada. En una entrevista que
le dio a un periodista del sitio
Peru21.pe (a quien conoció gracias
a mí), Revilla contó aquellos años
Pág 269
crónicas de deporte
con más detalle:
—Acabo de estar en Lima y mi
hermana me entregó las tarjetas
que yo le enviaba a mi hijo —
muestra una serie de tarjetas
amarillentas fechadas desde el
setenta y nueve—. Fue muy
emocionante. Son cosas que pasan.
Se luchó tres años, regularizamos
nuestra situación migratoria y
pudimos pedir a mi hijo. Pero una
de las cosas más difíciles de estar
aquí —hace una pausa— es que ya
no pude ver a mi padre. Cuando
regresé, me dijeron que ya había
fallecido. Este país te da cosas
buenas, pero también te las cobra.
Cuando leo párrafos como éste,
me arrepiento un poco de mi
relación con Revilla, con quien
me peleé muchas veces más de
las necesarias. Sigo sin entender
por qué necesita ser tan infexible
y arbitrario con su calendario de
partidos y por qué se resiste (por
convicción o indiferencia, a esta
altura da casi lo mismo) a crear
una sencilla página web donde
todo el mundo pueda ver la tabla
de posiciones, los resultados de
los rivales y los horarios de los
próximos partidos. Estos años,
nuestro único contacto matemático
con el resto del torneo ha sido una
hoja escrita a mano y fotocopiada
que nos entrega Revilla cada
sábado antes de los partidos. Es
una tabla que usa tecnología de
1970, más una reliquia que un
instrumento, pero contra la que
cada vez tengo menos ganas o
argumentos para protestar.
***
Nuestro baile en la élite de la
Greenpoint Soccer League fue
corto y brutal. Perdimos tres a cero,
sometidos y colonizados desde el
primero hasta el último minuto,
contra Filco, mi equipo favorito
de la liga, un grupo multilatino,
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
toqueteador y agresivo que usa la
camiseta rosa fosforescente del
Barcelona. Mientras ellos jugaban
al fútbol, nosotros parecíamos
tener vergüenza de interrumpirlos.
Tardábamos cinco minutos en
recuperar la pelota y diez segundos
en perderla; subía la bola al cielo y
saltaban tres fosforescentes contra
uno solo celeste; cuando quisimos
frenar el partido, hacer una
pausa (¡pedir una tregua!), ni se
enteraron: nos pasaron por encima.
“Por lo menos cumplimos nuestro
objetivo de la temporada”, dijo
uno de los nuestros, sin consolar a
casi nadie.
Un mes después se jugó la
fnal. Ahí estaba Filco, con sus
bailarines fosforescentes, después
de ganar todas sus eliminatorias
por goleada; y también estaba
Dream Team, el Chelsea de la
liga, el equipo con más jugadores
contratados. Le pregunté una vez
al técnico y manager de Dream
Team, un ecuatoriano con bigotito
y pelo corto, de dónde sacaba sus
jugadores y me dijo que recorría las
ligas de toda la ciudad: “Miramos
jugadores en todos lados y los que
más nos gustan, los mejores de los
mejores, los traemos para acá”,
me respondió. Yo hinchaba por
Filco, entonces, no solo porque
tenía menos jugadores contratados
(y me parece una posición moral
defendible preferir a los equipos
con más espíritu amateur), sino
también porque nos habían
eliminado a nosotros, y perder
contra el campeón siempre es un
truco útil para subir o salvar la
autoestima futbolística.
En la cancha había clima de
fnal. A un costado, Revilla había
parado una mesa de jardín con los
trofeos, bañados en (o disfrazados
de) mármol y oro. Unas dos mil
personas mirábamos el partido
parados sobre la raya, al borde de la
invasión, obligando a los jueces de
Pág 271
crónicas de deporte
línea a meterse dentro de la cancha
y generando pequeños tumultos
y confusiones en cada lateral. En
el público había latinos con sus
familias (sentados en sillitas de
playa, tomando cafés de Dunkin’
Donuts, compartiendo bolsas de
comida) pero también personajes
típicos del barrio (guitarristas
barbudos de bandas indie,
blogueros freelance con camisas
ajustadas, chicas pálidas con
vestidos de fores y tatuajes en los
hombros), probablemente atraídos
por la electricidad del momento. El
partido era parejo y bastante bien
jugado. Eli, el húngaro de Dream
Team, manejaba el tempo desde su
guarida en el centro de la cancha,
pero Filco se las ingeniaba para
generar peligro. En el segundo
tiempo, con el partido uno a uno, el
técnico de Dream Team hizo entrar
a un negro panameño panzón y
culón y la tribuna lo recibió con
risas y burlas. Yo, que lo había
visto jugar, me alegré cuando el
panameño culón enhebró un pase
fnísimo para Winsy, que metió
su gol treinta y ocho o treinta y
nueve (Revilla perdió la cuenta).
Filco, más veterano pero con más
mística, se fue para adelante, metió
el partido en un pantano y así
consiguió el empate, después de
cien pelotazos y noventa y nueve
rebotes, en el último minuto.
El público celebró el gol como
si fuera propio, porque extendía
el drama hasta la defnición por
penales. El árbitro, un peruano
faco y alto con poco sentido del
humor, quiso mantener al público
fuera de la cancha, pero nadie
le hizo caso. Cuando el lateral
izquierdo de Filco tomó carrera
para patear el primer penal, la
multitud ya se había abroquelado
en los bordes del área grande,
rodeando por completo el arco
y los pateadores, dándole a la
defnición una atmósfera de tensa
Pág 272
Periodismo narrativo en Latinoamérica
calma, a mitad de camino entre
la congregación religiosa y la
amenaza de linchamiento. Antes
de cada penal, el público se callaba
por completo, como en el teatro,
y con cada gol se derramaba en
grititos de alegría o decepción.
Cuando el arquero mexicano de
Dream Team, el mejor del torneo,
atajó el único penal mal pateado de
la noche, se oyeron los “¡ahhhh!”
y “¡ohhhh!” de la multitud gringa,
que quizás no sabe mucho de
fútbol pero sí sabe identifcar un
buen espectáculo.
Mientras unos festejaban, otros se
lamentaban y otros miles se iban
para sus casas o donde tuvieran
que ir, Revilla me llamó a un
costado y me pidió que le hiciera
de traductor en la entrega de
premios. Primero vino el técnico
de Filco, que además es el jefe
de la mayoría de sus jugadores
en una empresa de reciclado de
basura, y se llevó un trofeo alto y
dorado grabado con la entrañable
“Sub-Champion 2010”. Después
se acercaron los jugadores de
Dream Team. “Las medallas las va
a poner acá el señor Hernán, del
equipo San Martín”, dijo Revilla,
y los campeones pasaron en fla
a mi lado mientras yo, un poco
halagado y otro poco incómodo,
pasaba las medallas alrededor
de sus cabezas transpiradas y las
soltaba sobre sus nucas. Revilla
tomó un trofeo de la mesa y dijo:
“¡El premio al goleador!” Después
me miró: “¡Traduce!” Tartamudeé:
“The award for the top scorer…”,
pero ya no era necesario, porque
sus compañeros habían empujado
al frente a Winsy, que levantaba
su copita tímido y contento. “¡El
mejor jugador!”, dijo Revilla
después. “The best player…”,
repetí yo, en voz bajita. Revilla, que
no sabía cómo se llamaba, apuntó
hacia el húngaro Eli y el húngaro,
que tiene modales y aspecto de
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crónicas de deporte
otra época, como escapado de
una película en blanco y negro,
sacudió su trofeo con la misma
timidez. Después Revilla se dio
vuelta, tomó un sobre que le pasó
su mujer y se lo dio al ecuatoriano
del bigotito: “Cuéntalo”, le dijo.
El técnico de Dream Team abrió el
sobre y contó: había, en efecto, dos
mil dólares.
Cuando nos quedamos solos,
felicité a Revilla por el éxito de la
fnal, que había tenido buen fútbol,
buen público y una defnición
dramática. “Sí, ha estado bien”, me
respondió, cansado o melancólico.
Después, como para terminar
de componer nuestra relación,
lo felicité por la liga, le dije que
admiraba su dedicación y le aclaré
que, aunque todavía estuviéramos
en desacuerdo con algunas cosas,
jugar en la Greenpoint Soccer
League me parecía una experiencia
fascinante, la mejor parte de mi
verano. Revilla me agradeció,
pero después apuntó a los edifcios
de departamentos de alrededor,
donde algunas ventanas en ámbar
sugerían el calor de hogares
de clase media. “A esta liga le
quedan tres o cuatro años, cinco
como mucho”, me dijo. Un poco
sorprendido, le pregunté por qué
pensaba eso. “Claro, hermano. Nos
están empujando. Esta cancha está
demasiado bonita como para que la
sigamos usando nosotros. En algún
momento nos la van a quitar.”
Me quedé callado, analizando si
realmente Revilla tenía motivos
para ser tan pesimista, y no supe
qué responder. Después me
pregunté si, llegado el improbable
caso de que hubiera que tomar una
decisión, de qué lado creía Revilla
que estábamos nosotros. Tampoco
quise contestarme. “Se vienen los
blancos, Hernán”, dijo Revilla
después, quizás dándome una
respuesta. “Se vienen los blancos.”
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
El boricua Zárate,
el futbolista
en el olvido
Publicado: 4 abril 2012 en
Alberto Salcedo Ramos
Etiquetas: Colombia, Fútbol, soho,
vejez
Mientras llega el camarero con
nuestros almuerzos, Boricua
Zárate advierte que está
acostumbrado a ser un extraño para
casi todas las personas con las que
se tropieza en la calle. La última
vez que pateó un balón —añade,
meditabundo— fue en 1985, es
decir, hace veintiséis años. Así que
el mesero joven que nos atiende
en este restaurante de Barranquilla
tendría que ser sobrino suyo para
haberlo reconocido. De otro modo,
¿cómo podría saber que el cliente
de cabello ralo al que acaba de
tomarle el pedido, el cojo de la
pierna ortopédica, fue uno de los
dos defensores centrales de la
Selección Colombia que en 1975
quedó subcampeona de la Copa
América?
Boricua aprieta con las dos manos
el mango de su bastón. Luego
insiste en que su época como
jugador de la Selección Colombia
pasó hace más de tres décadas.
Resulta apenas lógico que a estas
alturas él se haya envejecido y
no se asemeje ya al mocetón que
el país conoció en las canchas.
Pienso que tiene razón pero me
abstengo de decírselo. El Boricua
de los años setenta era uno de
esos zagueros intimidantes que
parecen andar siempre a punto de
descabezar a alguien. El de hoy es
un sesentón maltrecho al que uno
no se imaginaría en una cancha de
fútbol ni siquiera como espectador.
Uno se lo fguraría, más bien,
jugando dominó en un parque de
jubilados.
Como lo he frecuentado durante
cuatro días estoy familiarizado con
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crónicas de deporte
él, pero si me lo hubiera topado en
cualquier esquina sin antes ojear
en la prensa las imágenes de su
aspecto actual, seguramente lo
habría desconocido. Y eso que
pertenezco a la generación de
hinchas nacidos en los sesenta. Yo
alcancé a ser testigo de su carrera,
lo vi enfundado en las camisetas
del Junior, del Medellín y de la
Selección Colombia. Un domingo
remoto de mi adolescencia,
incluso, lo tuve a pocos metros
de distancia en el viejo Estadio
Romelio Martínez. Era un hombre
brioso a pesar de su corpulencia, lo
contrario de este señor menguado y
lento que ahora empieza a tomarse
la sopa.
Boricua se esfumó del panorama
desde el momento en que se
retiró de las canchas, y no volvió
a aparecer en público. Jamás hizo
el saque de honor en un partido
importante ni en uno de poca
monta; jamás fue entrevistado
en los noticieros de televisión.
Una que otra vez era evocado en
son de mofa por los periodistas
deportivos veteranos: cuando un
zaguero pifaba la pelota de manera
horrible, o cuando la mandaba
hacia las tribunas con un patadón
antiestético, exclamaban: “Hizo la
de Boricua”. Cuando el defensor
se aturdía y en vez de rechazar
el balón se quedaba estático
viéndolo pasar por su lado, los
comentaristas mayores citaban la
frase burlona que el locutor Pastor
Londoño decía a mediados de los
años setenta: “No me la deje ahí,
Boricua, no me la deje ahí”.
Se referían, cómo no, al error que
estigmatizó a Boricua durante la
mayor parte de su carrera. Sucedió
en el juego de vuelta por la fnal de la
Copa América de 1975. Colombia
había ganado 1 a 0 el primer
partido, disputado en Bogotá. En
el segundo partido, el de Lima,
estaba alcanzando el título gracias
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
al empate parcial, pero el equipo
peruano mandaba en la cancha.
De pronto, un atacante de Perú que
avanzaba por la derecha envió un
centro aparentemente inofensivo
al área colombiana. Parecía que
Zárate controlaría la situación
de manera fácil, ya que el balón
cruzaba englobado, manso, frente
a sus narices. Bastaba con darle un
cabezazo para mandarlo al córner o
hacia un costado. Zárate, los brazos
pegados al cuerpo, las manos
posadas en las piernas, se quedó
idiotizado viéndolo pasar, como
si esperara que al balón mismo le
diera la gana de alejarse sin causar
problemas. O como si creyera que
podía desviarlo con una simple
mirada. Cuando el balón lo rebasó,
intentó reaccionar, pero ya era
tarde: Juan Carlos Oblitas irrumpía
como un bólido por la izquierda.
Al peruano, sin embargo, también
lo sobró el balón y por eso no
disparó en seguida. En todo caso
logró detenerlo antes de que
traspusiera la línea fnal. Entonces,
de espaldas al arco, decidió jugarse
un albur: le pegó un taconazo con
la zurda para centrarlo de nuevo, a
ver qué sucedía. Y lo que sucedió
fue que le rebotó a Zárate en el pie
derecho y se metió en la portería
de Colombia.
Desde ese día hasta el momento en
que se retiró, diez años después,
Boricua soportó las chanzas más
pesadas. Cada vez que la pelota
llegaba a sus predios el público
rugía con saña, mientras Pastor
Londoño soltaba el consabido
gracejo:
—No me la deje ahí, Boricua, no
me la deje ahí.
La gente se burlaba de él, incluso,
en lugares distintos al estadio:
en las calles, en los centros
comerciales.
—No me la deje ahí, Boricua, no
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crónicas de deporte
me la deje ahí.
Aunque la broma lo irritaba,
Zárate se mostraba risueño ante
los provocadores, en parte por
su temperamento apacible y en
parte porque entendía que si
perdía los estribos le iría peor.
Para consolarse apelaba, además,
a un argumento ingenuo: si se
mofaban de él era porque, al
menos, lo reconocían. Pero eso fue
hace mucho tiempo, dice ahora,
mientras aparta hacia un lado de la
mesa el plato ya vacío de la sopa.
Hoy solo encuentra indiferencia
a su paso. Nadie lo señala con el
dedo índice, nadie le pregunta por
la Selección Colombia del 75. El
taxista que nos trajo al restaurante,
a propósito, no lo reconoció, pese a
que vivió en el mismo barrio suyo
cuando ambos eran adolescentes.
Zárate sonríe, insiste en que ya
está acostumbrado a esa situación.
II
En esta Colombia vertiginosa
donde las noticias caducan al
instante, un futbolista de los años
setenta pertenece a la prehistoria.
Más aún si su carrera fue gris
y nadie volvió a saber de su
vida durante el último cuarto
de siglo. Ese personaje es a la
prensa lo que el medicamento
vencido a la farmacia: un
producto desclasifcado, sacado
de circulación. Lo máximo que los
editores de los periódicos podrían
concederle es un rinconcito en
la sección de efemérides, para
evocar algún acontecimiento suyo
—un autogol, por ejemplo— o
contarles a los lectores en qué
anda tras el retiro. Eso sí: el día
que el personaje sufra un percance
o estire la pata, será incluido otra
vez, sin falta, en las páginas de
actualidad. Ahora, mientras el
mesero nos entrega las bandejas de
pescado que le pedimos, recuerdo
la frase irónica de Chesterton: “El
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
periodismo consiste en decir ‘Lord
Jones ha muerto’ a gente que no
sabía que Lord Jones estaba vivo”.
Boricua hinca la punta del cuchillo
en la posta de bagre frito. Dos
años atrás nadie lo mencionaba, ni
siquiera los locutores deportivos
más viejos. Yo, lo confeso,
tampoco lo que lo creyera ya
un Lord Jones muerto: era que,
sencillamente, su nombre se me
había extrañaba. No era borrado de
la memoria. Entonces sobrevino la
calamidad que lo volvió noticia
otra vez. “En estado crítico Boricua
Zárate” —informaba El Heraldo
a principios de 2010—: “Tiene
diabetes y requiere ser amputado”.
El reporte abundaba en detalles
sobre las desdichas del personaje:
sus dolencias, sus apuros
económicos. Además advertía que
Boricua no se encontraba afliado
a ninguna Empresa Promotora de
Salud y, por tanto, los médicos
se negaban a practicarle la
cirugía. Sus excompañeros del
Junior se aprestaban a organizar
en Barranquilla un partido de
veteranos para conseguirle fondos.
Por primera vez nos mostraban
el rumbo que tomó el personaje
durante el tiempo en que le
perdimos la pista. Al principio
trabajó en las divisiones inferiores
del Deportivo Independiente
Medellín. Después se quedó sin
empleo. Fue el momento en que
surgieron las penurias: perdió
el hogar, pasó hambre. Terminó
yéndose para Mocoa, ciudad
petrolífera de la región amazónica
colombiana, donde se vinculó a
una escuela de fútbol infantil. Un
día amaneció con una uña del pie
izquierdo encarnada. Como creyó
que se trataba de un mal menor, no
le prestó atención. Un mes después
caminaba apoyado en un bastón.
—La pierna se me puso faca como
la de un niño con polio —dice
Boricua.
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crónicas de deporte
Los cubiertos con los que corta
el bagre naufragan en sus manos
enormes. Mastica despacio, el
ceño fruncido, la mirada grave.
Encuentro un parale-lismo entre
el zaguero central que se durmió
frente a aquel balón manso en la
fnal contra Perú y el señor que se
descuidó porque creyó que la uña
encarnada era una minucia. Se me
ocurre, además, una idea malévola:
también este último Boricua
“la dejó ahí”. Sin embargo, no
me atrevo a comentarle en voz
alta lo que estoy pensando. Me
gustaría saber con qué ojos mira la
realidad un hombre que no percibe
ciertas señales de alarma que
para los demás mortales resultan
evidentes. Su hermana Isabel lo
defne como una persona ingenua
y confada. Físicamente parecería
capaz de protegerse de cualquier
adversidad, pero el pobre José
—ella jamás le dice el apodo—
siempre ha escondido a un niño
indefenso dentro de ese cuerpo
fortachón. Un niño que a veces es
lento de refejos.
—¿Por qué demoró para hacerse
ver del médico la uña ulcerada?
—No, para nada, yo no me demoré.
A mí la pierna se me adelgazó en
cuestión de un momentico.
Me arrepiento de la pregunta:
es injusto que uno se enferme
y encima tenga que sentirse
culpable. Veo otra vez el tenedor
extraviado en la mano descomunal
de Boricua, sus ojos que ahora no
se me antojan graves sino afables.
Defnitivamente se parece al
hombre que retrata su hermana:
grandulón, desamparado, como un
ogro bueno de historieta infantil.
Así era también cuando jugaba:
tosco, noble.
—Un locutor salió un día con este
chiste: “Boricua pega más que un
cable de energía pelado”.
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
—¿Y usted no era acaso pegador?
—A mí me expulsaron como dos
veces apenas.
—Entonces, ¿de dónde salió esa
fama?
—No sé. Vainas de ustedes los
periodistas. Y como mido 1,82 y
en esa época pesaba 86 kilos…
Yo era muy fuerte. El que chocaba
conmigo se caía, pero no era que
me la pasara pegando patadas.
Manos grandotas, dedos muy
gruesos. De alguna manera su
contextura incidió en la clase
de jugador que fue. Boricua no
patrullaba la zona defensiva en la
carroza de los príncipes sino en el
burro de los leñadores. Quizá por
esa razón lo olvidamos. Jugaba
en el puesto de un exquisito como
Beckenbauer pero pertenecía a la
estirpe de un rústico como Scirea.
¿Lo que le cobramos, entonces, fue
su falta de virtuosismo? Tal vez. El
mundo no celebra al que corta la
madera para hacer el violín sino al
que crea la música.
Le digo a Boricua que el tiempo
arrojó sobre él un manto de
olvido pero, por otra parte, actuó
en su favor. Si hubiera anotado
aquel autogol a fnales de los
años ochenta o a principios de
los noventa, cuando el fútbol
colombiano estaba en la mira de
las mafas y de los apostadores,
posiblemente no estaría aquí
echando el cuento.
—Huy, sí, de pronto me hubieran
dado balín —dice con una
expresión sombría.
—Así es.
—Vea usted el caso del fnado
Escobar…
En este punto Boricua hace el
clásico gesto de la degollada,
pasándose el índice derecho por el
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crónicas de deporte
cuello. Se refere al autogol que le
costó la vida a Andrés Escobar tras
el Mundial USA 94.
—Es preferible la broma de Pastor
Londoño, ¿cierto?
—Sí, es preferible.
Y se ríe.
—¡No me la deje ahí, Boricua, no
me la deje ahí!
Y se ríe otra vez.
¡Ah, el tiempo! He pensado
mucho en el tiempo a lo largo
de estos días. Boricua ajustaba
36 años cuando se apartó de los
refectores y 61 cuando regresó
a ellos. Mucha agua ha corrido
desde entonces bajo el puente. El
personaje dejó de usar las patillas
gruesas que usaba en los setenta,
se encorvó un poco, perdió varios
dientes. Y, sobre todo, sufrió
quebrantos de salud y se convirtió
en un desempleado frecuente. Sin
embargo, en los archivos de prensa
se mantuvo ocupado pateando
balones, ostentando la frmeza de
un guayacán. El reducido sector
de la sociedad que se acordaba
de él, lo divisaba aún dentro del
mismo vagón de sus años mozos,
pero él había concluido ese viaje
hacía una eternidad. Seguimos
viendo a los exfutbolistas tal
y como eran cuando jugaban,
prestos todavía a cobrar el córner,
o calentándose en la pista atlética.
El día que decidimos buscarlos a
ellos mismos para que nos cuenten
qué fue de sus vidas, la realidad
nos entra en los ojos como un
puñado de tierra. Pregunta uno por
Bonifacio Martínez, aquel veloz
puntero del Junior, y responde
Boricua:
—Me dijeron que anda en
chancletas vendiendo pescado por
las calles de Soledad.
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
Después pregunta uno por Ernesto
Díaz, delantero de la Selección del
75, y vuelve a responder Boricua.
—Murió en una cancha de Estados
Unidos. No tenía ni cincuenta años
cuando le dio el infarto ese.
Enseguida pregunta uno por
Pescaíto Calero, otro integrante de
la Selección del 75, y a Boricua se
le quiebra la voz en la respuesta:
—Hombre, Pescaíto murió en un
accidente de tránsito en Pereira.
Y así sucesivamente.
Ayer, enfundados en una camiseta
que llevaba cruzada en el pecho
los colores de nuestra bandera,
representaban a Colombia ante
el resto del mundo; hoy andan
desaparecidos, necesitados,
muriéndose sin que nos enteremos.
Y no nos enteramos porque ya
no nos interesan, ya les pasó su
tiempo. Si en estos momentos no
pueden darnos circo, ¿por qué
tendríamos nosotros que darles
pan? Todo exfutbolista que llega
pobre a la vejez —nos recordaba
el entrenador holandés Rinus
Michels— se vuelve extranjero en
su propio país.
III
Al fnal de la tarde, cuando baja
la temperatura en Barranquilla,
Boricua sale de su casa en el
barrio Montes y le da doce vueltas
a la manzana. El médico que le
ordenó la terapia —el mismo que
le amputó la pierna izquierda—
le aconsejó recorrer un kilómetro
diariamente. Boricua dice que
cumple la tarea de manera juiciosa,
pero en cierta ocasión su hermana
Isabel me condujo a escondidas
hacia el patio para desmentirlo.
—Esos son puros embustes de
él —me dijo, bajando la voz y
mirando con cautela hacia el
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crónicas de deporte
interior de la casa—. Él no camina
todas las tardes. Viera usted la
lucha que hay que tener para que
salga a hacer el ejercicio.
—Pero ayer caminó conmigo…
—Sí, claro, y hoy va a caminar otra
vez. En estos días sale a caminar
porque usted está aquí.
—Caramba…
—Yo quiero que usted lo regañe.
Como usted es periodista, a usted
le para bolas.
—O sea que si no hay periodistas
él no da ninguna vuelta.
—Bueno, él sí sale algunas veces.
Pero yo quiero que usted lo regañe,
porque el médico le pidió que
camine con el bastón y él camina
es con el caminador.
Esta tarde Boricua también utiliza
el caminador. Dice que con el
bastón se cansa mucho. Además,
si usara el bastón tendría que
caminar muy despacio, lo cual,
según él, es poco recomendable
en este barrio peligroso. A ambos
lados de la calle 29 hay vecinos
que vociferan como si estuvieran
en una plaza de mercado. Boricua
los mira de reojo, los saluda, y en
seguida vuelve a fjar la vista en el
piso. La prótesis, engarzada en un
zapato de punta vaciada, le llega
hasta el muslo. El Boricua de hoy
será un alfeñique en comparación
con el zaguero macizo de los años
setenta, pero seguro es Sansón al
lado del paciente demacrado que
nos mostró la prensa a principios
de 2010, en vísperas de la cirugía.
Tres pasos, seis pasos, pausa. No
es que le falle el estado físico —
se excusa— sino que necesita
más tiempo para acostumbrarse
a su condición actual. Entonces
separa los dedos tensos de las
empuñaduras del caminador y
estira las manos en el aire.
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
El sector por el cual avanzamos
es considerado la Meca del fútbol
colombiano. Al fondo, allá en
la calle 30, vemos el Estadio
Moderno, donde el 7 de agosto de
1922 se disputó el primer partido
ofcial de nuestra historia. Ese
día se enfrentaron dos equipos
cuyos nombres parecían aludir a
los colores de nuestros partidos
políticos tradicionales: Los
Colorados y Los Azules. Después,
en 1946 —tres años antes del
nacimiento de Boricua—, el
estadio fue sede de la Selección
Colombia que ganó invicta los
Juegos Centroamericanos y del
Caribe.
La pasión de Montes por el fútbol
surgió antes de que existiera ese
estadio. Como las calles eran
desnudas, terrosas, resultaban
favorables para ciertos juegos.
También se practicaba el ‘bate de
la chequita’, una especie de béisbol
en el que las pelotas eran las
tapas de gaseosa que los jóvenes
solicitaban en las tiendas. Los
padres, dice Boricua, preferían ver
a sus hijos jugando que cotorreando
en las esquinas, donde se exponían
a ser infuenciados por los
viciosos y por los ladrones. Tanto
apreciaban los habitantes estos
deportes que en los años sesenta,
cuando la Alcaldía de Barranquilla
anunció que empezaría a asfaltar
el barrio, se rebelaron. Para
ellos el pavimento era un simple
afeite, pues allí nadie era dueño
de ningún carro ni le tenía asco
a la arena. Además temían que la
medida desencadenara una crisis
social. ¿A qué se dedicarían los
muchachos —desempleados y sin
estudios universitarios— cuando
ya no tuvieran dónde jugar?
Ahora bordeamos un canal de
aguas negras. Boricua dice que el
fútbol lo salvó de “agarrar el mal
camino”. Empezó a practicarlo,
más o menos, a los ocho años.
Pág 285
crónicas de deporte
Entonces a ningún muchacho
se le ocurría la idea de que ese
pasatiempo sirviera para ganar
dinero. Para ganar dinero estaban
los ofcios serios de los mayores:
cargar bultos en la terminal
marítima, o lavar envases en la
fábrica local de cervezas, o vender
butifarras en el centro de la ciudad.
El fútbol era un simple recreo, un
burladero para escondérseles a
las tentaciones del ocio. Cuando
mucho, le reportaría a quien lograra
jugarlo profesionalmente unos
cuantos pesitos para garantizar
la vespertina del sábado en El
Mogador, el cine del barrio. Lo de
“profesionalmente” es un decir:
Boricua recuerda que en 1970,
cuando principió su carrera en el
Junior, se sintió como si estuviera
trabajando en una tienda. El jefe
de personal le daba en efectivo
los tres mil pesos del sueldo, un
billete detrás del otro, y luego lo
ponía a frmar un cuaderno escolar
averiado en el lomo.
—¿Qué más, viejo Bori? —le grita
un señor, cerveza en mano, desde
la tienda de la esquina.
Boricua responde el saludo. Luego,
el rostro ceñudo de siempre, me
dirige una frase que no sé si es
broma o reclamo:
—Vea que todavía hay quien se
acuerde de mí.
Para desagraviarlo le digo que no
solo me acuerdo de él sino de la
época difícil que le tocó durante
su carrera, esos años perdidos que
fueron una especie de Patria Boba
del fútbol: no clasifcábamos a los
mundiales, no le ganábamos a casi
ningún equipo (el subcampeonato
en la Copa América del 75 fue un
hecho aislado); nuestros mejores
clubes jamás pasaban de la primera
ronda en la Copa Libertadores,
nuestros mejores jugadores no le
interesaban a nadie en el exterior.
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
Mientras Boricua se pone a
conversar con un vecino que le sale
al paso, reproduzco en mi memoria
algunas instantáneas de aquellos
tiempos: veo a Pedro Pablo Pasculli
metiéndonos dos goles y a Jorge
Luis Burruchaga rematándonos
con el tercero, en el Estadio El
Campín de Bogotá. Perdemos 3 a
1 con Argentina y quedamos por
fuera de México 86. Veo a los
brasileños masacrándonos 6 a 0
en el Maracaná, así que tampoco
iremos a Argentina 78. Pero no
hay drama: caer ante Brasil es el
tipo de traspié anunciado que solo
nos hace encoger los hombros.
Veo a continuación una imagen
que revela nuestra mentalidad
de entonces: tras el cuarto gol
brasileño, el delantero Eduardo
Vilarete se ubica en el centro de la
cancha para reanudar las acciones.
Sin embargo, en lugar de hacer
el saque reglamentario se sienta
encima de la pelota y empieza
a manotear, impotente, como
diciendo que estamos vencidos
desde siempre, que no tenemos
salvación, y que lo razonable
es arrellanarnos de una vez por
todas sin mover ni un puto dedo,
pues pase lo que pase perderemos.
Y eso fue, justamente, lo que le
sucedió a la Selección Colombia
durante aquel periodo de desastre:
siguió perdiendo.
Cuando Boricua debutó
llevábamos ocho años sin asistir a
un mundial; cuando se retiró aún
nos faltaban cinco para volver a
clasifcar. Mala suerte, pienso,
mientras lo veo despidiéndose del
vecino. En su época andábamos
tan mal que lo más parecido a una
hazaña que podíamos exhibir era
el empate ante la antigua Unión
Soviética, conseguido en Chile
62. Empezamos perdiendo 3 a
0 y al fnal igualamos 4 a 4. El
histórico partido era una referencia
obligatoria en Colombia, incluso
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crónicas de deporte
para quienes nacimos después
de aquel mundial. Todos, tarde o
temprano, contábamos el chiste
que en este momento le estoy
contando a Boricua.
—¿Usted sabe qué signifcaban las
letras “CCCP” que las camisetas
de los soviéticos llevaban en el
pecho?
—Me lo sabía, pero ahora no me
acuerdo.
—Con Colombia Casi Perdemos.
Boricua sonríe. Luego vuelve a su
expresión adusta. Da dos pasos,
tres pasos. Su rostro cetrino destila
sudor. Por un instante tengo la
impresión de que ha envejecido
diez años durante esta caminata.
Le pesa la andadura, le pesa el país.
Cualquier equipo de los grandes
habría sobrevivido a un zaguero
central limitado como él. Brasil,
como todos sabemos, ganó el
Mundial del 70 prácticamente sin
arquero. Hubiera podido ganarlo
también con Boricua en la defensa.
Por eso supongo que el problema de
Colombia en la Copa América del
75 no fue la presencia de Boricua,
sino la ausencia de Pelé, Rivelino,
Tostão y Jairzinho. Quisiera
compartir mi deducción con él,
pero me temo que la entendería
como un sarcasmo, o como un
artifcio encaminado a hacerlo
sentir bien. Boricua se enjuga el
sudor de la frente con el índice
derecho, se detiene de nuevo. Más
que como un enfermo agotado por
el esfuerzo físico, lo veo como un
penitente castigado por nosotros.
Primero dejamos que cargara él
solo una cruz que tendríamos que
estar cargando entre todos, la de
nuestras frustraciones. Después
lo olvidamos. Y ahora, cuando es
un veterano discapacitado y sin
ingresos, le damos la espalda.
Nos encontramos justo al frente
del Estadio Moderno. Está
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
distinto, dice Boricua. Antes no
existían esas paredes frontales.
Los espectadores entraban
libremente y se sentaban en las
graderías de cemento. En realidad
fueron muchos los cambios que
se presentaron en Barranquilla
durante su ausencia, que empezó
en 1976, cuando fue contratado
por el Deportivo Independiente
Medellín, y terminó en 2010,
cuando regresó arruinado y
enfermo. Desapareció el bar de
salsa El Boricua, que inspiró su
apodo (se lo puso el periodista
Carlos Castillo Monterrosa).
Disminuyeron las primitivas casas
bajas, aumentaron las modernas
casas altas. En la ciudad se siente
más el olor del humo industrial
que el de los caños. Ya nadie
juega al ‘bate de la chequita’, ya
no venden cubos de brillantina en
las tiendas. Las fores de batatillas
solo perduran en las canciones
de Esthercita Forero. Y también
se extinguieron los barberos que
recorrían el barrio en bicicleta
para ofrecer sus servicios de casa
en casa. En esta urbe anárquica,
desconocida, José del Carmen
Zárate Samudio, Boricua, se siente
a la deriva.
—Duré veinticinco años sin venir
a Barranquilla.
—El año pasado volvió debido
a su problema de salud. Antes de
eso, ¿cuándo había venido?
—En el 85 vine con el Cúcuta.
Me acuerdo porque fue mi último
año como jugador. El Estadio
Metropolitano estaba recién
inaugurado y yo lo estrené.
—¿Por qué tanto tiempo sin venir?
—Bueno, usted sabe, en Medellín
vivía con mi mujer y mis dos hijos.
—No entiendo. ¿Por tener mujer e
hijos en otra ciudad no podía venir
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crónicas de deporte
ni siquiera de visita?
—Nadie sabe la sed con la que
bebe el otro. ¿Cómo iba a comprar
los pasajes, si no tenía ni cinco
centavos? Me quedé varado en
Medellín y me tocó irme para El
Putumayo porque fue la única
parte donde salió trabajito.
—¿Nunca buscó en Barranquilla?
—No.?—¿Y ahora?
—Ahora es más difícil.
Afuera del estadio hay tres
muchachos que nos miran
insistentemente. Quizá sienten
curiosidad por el forastero que
anota en su libreta las palabras
del vecino cojo. Al momento
de empezar la caminata,
Boricua me había aconsejado
dejar la grabadora, el reloj y
el teléfono móvil en la casa. Y
hace unos minutos, cuando nos
aproximábamos al Moderno, me
pareció que masculló algo sobre
ellos. Uno de los muchachos, el
torso desnudo, lleva la camisa
enrollada en la cabeza como un
turbante. Otro tiene el rostro
atravesado por una gran cicatriz. El
tercero está de espaldas a nosotros.
De vez en cuando se voltea, nos
observa y sigue cuchicheando con
sus amigos.
Husmeo a través del portón a los
veteranos que, allá en la cancha,
disputan un partido. No hay
cámaras, ni vallas publicitarias,
ni público. Me imagino a los
protagonistas de este juego
vespertino como viejas glorias a
las que nadie les presta atención.
Tal vez alguno también sufre una
enfermedad o está necesitado.
Jamás lo sabremos porque para
ellos hace mucho rato cayó el telón.
Juegan en la trasescena, adonde no
llegan las luces halógenas de la
industria del fútbol. Ellos son el tiro
de esquina sin el patrocinador, la
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
página ya desgarrada del álbum, el
moho en el Botín de Oro. Mientras
podían competir estaban blindados
contra la miseria: recibían sueldos,
primas. Cuando se retiraron
quedaron desprotegidos. El
futbolista profesional goza de
inmunidad tanto tiempo como sea
productivo en el campo de juego.
Termina su carrera y ahí mismo, al
salir del estadio, reencuentra sus
problemas de siempre.
—Nos vamos —dice Boricua.
Nos vamos. Cuando hemos
avanzado, más o menos, cincuenta
metros, vuelve a hablar.
—Esos muchachos que nos
estaban mirando son de aquellos.
Lo que pasa es que me conocen y
por eso se quedaron quietos.
—¿“De aquellos”?
—Rateritos. Ahí en esa esquina se
roban como tres celulares todas las
tardes.
Entonces pienso otra vez en
los veteranos a los que hace
unos minutos me imaginé
como exfutbolistas legendarios
abandonados a su suerte. Después
de todo, allá en la cancha se
encuentran seguros. Porque en
Colombia, no nos engañemos,
los estadios funcionan más como
trincheras para proteger la vida que
como santuarios del buen fútbol.
Al encerrarse a jugar, lo que esos
veteranos hacen, aunque no se den
cuenta, es salvarse de los pillos que
montan guardia en los alrededores.
La mala noticia es que el partido
se acabará, y cuando eso suceda
tendrán que salir a exponerse. El
país, que no los acompaña en su
juego, los espera afuera con todas
sus inclemencias. Y en estas calles
ninguna pelota sirve como escudo.
Boricua respira profundo. Todavía
nos queda un largo trecho por
recorrer.
Pág 291
crónicas de deporte
IV
Estamos rastreando los archivos
de Boricua para ver si damos
con una foto de la Selección
Colombia que nos representó en
los VI Juegos Panamericanos,
celebrados en Cali en 1971. Es la
segunda vez que exploramos el
cuaderno donde él tiene pegados
sus recortes de prensa, pero
seguimos sin encontrar lo que
buscamos. En aquel equipo del 71
Boricua coincidió con el atacante
Jaime Morón, quien hace seis años
también se complicó a causa de
la diabetes. Primero perdió una
pierna, luego la otra, y fnalmente
murió, a los 55 años, en su natal
Cartagena. ¿Habrá alguna otra
selección de fútbol sobre la faz de
la Tierra en la que dos jugadores
hayan terminado amputados?
Boricua calla, sigue revisando sus
recortes de prensa. La diabetes,
advierte, le trastornó la vida. En
este punto cierra el cuaderno para
subrayar con sus grandes dedos una
retahíla de calamidades. Se quedó
sin trabajo —y agita el meñique
en el aire—, regresó de improviso
a Barranquilla —y sacude el
anular—, tuvo que aprender a
caminar otra vez —y agita el
dedo del corazón—, se “recostó
como mantenido” en la casa de
su hermana Chave —y mueve el
índice— y, sobre todo, se convirtió
en un paciente crónico que debe
estar todo el tiempo consumiendo
medicinas —y menea el pulgar—.
Cuando se le terminan los dedos,
cierra la mano como si fuera a
descargar un puñetazo contra algo,
pero solo la posa suavemente en su
muslo derecho. Entonces, la voz
quebrada, dice que lo más triste de
todo lo que mencionó es sentirse
una carga para su hermana y sus
sobrinos.
Si hemos abordado estos temas
difíciles, a propósito, ha sido sobre
Pág 292
Periodismo narrativo en Latinoamérica
todo por la presión de Isabel. Según
ella, es injusto que su hermano siga
contando en las entrevistas cómo
fue que rebautizó a Hernán Darío
Gómez, exdirector técnico de la
selección Colombia, con el apodo
de Bolillo, o cómo metió aquel
autogol viejísimo del que ya nadie
se acuerda. Siempre lo mismo,
lo mismo. ¿Y quién pregunta por
el Anafrin, que vale setenta y
pico mil pesos? ¿Quién habla de
los doce centímetros cúbicos de
insulina que necesita diariamente?
Solidarizarse con un deportista
que representó a Colombia no es
tomarle fotos ni darle palmaditas
en el hombro. Tampoco es
despacharlo para su casa con los
recaudos de un partido de caridad
disputado en su honor, y luego
desentenderse de sus necesidades.
Chave aclara, eso sí, que sin la
misericordia de los amigos del
fútbol a su hermano le habría
resultado imposible sobrevivir.
Menciona a exjugadores, a
directores técnicos, a periodistas
deportivos. Ellos organizaron el
juego amistoso para recolectar
fondos, ellos le consiguieron la
cirugía, ellos le dieron ánimo en los
días posteriores a la amputación.
Pero, y más allá de eso, ¿qué hay
para él? No puede ser que la única
consideración que se merezca
sea la limosna. Bastante que se
jodió el cuero chupando sol en
los entrenamientos. ¿Es mucho
pedir que los equipos para los
cuales jugó le encarguen alguna
tarea en la que pueda sentirse útil
y al mismo tiempo ganarse unos
pesitos de manera honrada?
Boricua evade mi mirada, pasa
mecánicamente las páginas del
cuaderno. En la sala se siente un
silencio pesado. Isabel vuelve a la
carga, esta vez bajando el tono de
la voz. A José le tocaron sueldos
malísimos en su época, dice. Tanto
así que cuando ya era titular de la
Pág 293
crónicas de deporte
Selección Colombia seguía yendo
en bus urbano a las prácticas del
Junior. Reunía sus moneditas
por la mañana y se plantaba en
la esquina del Estadio Moderno
a esperar el transporte. Ahora
cualquier Don Juan de los Palotes
que esté empezando y nunca haya
sido llamado a la Selección, llega
al club en tremendo carro último
modelo. Cuando muestran en la
televisión las sedes deportivas
de los equipos, ella no sabe si
los jugadores están entrenando
o cuidando un parqueadero
público. El giro que ha tomado
la conversación entusiasma a
Boricua. Entonces sí me mira,
sonríe. A continuación cuenta que,
en efecto, el Medellín de fnales
de los setenta les pagaba mal y
tarde a sus jugadores criollos.
En cambio a los extranjeros les
cancelaba puntual y en dólares.
Un viernes de 1979 los futbolistas
nativos estaban en las ofcinas
administrativas suplicando que
les abonaran siquiera uno de los
sueldos pendientes. Aunque el
tesorero repetía que no había
dinero, los jugadores se negaban
a marcharse. Unos jugaban cartas,
los otros leían cómics, los de
más allá charlaban. De pronto
divisaron al argentino Juan José
Irigoyen saliendo de la gerencia.
Exhibía una sonrisa de oreja a
oreja y traía un fajo de dólares
en la mano. Cuando pasó frente a
ellos, odioso, empezó a abanicarse
con los billetes. Ahí mismo los
colombianos montaron en cólera y
se le fueron encima.
—¿Qué le pasa, gran marica? —
gruñó uno.
—Vaya a burlarse de su madre —
lo increpó otro.
—¿Alguno de nosotros tiene cara
de puta? —le preguntó Boricua—.
Porque las que son felices cuando
Pág 294
Periodismo narrativo en Latinoamérica
les muestran la plata son las putas.
Aquella fue la única vez —
advierte Boricua— en que estuvo
a punto de liarse a golpes con
un compañero. Entonces Isabel,
que evidentemente no se desvive
por esa parte de la historia,
retoma su tema en el mismo
punto en que lo dejó cuando fue
interrumpida. La situación actual
de José es insostenible, advierte.
El pobre es dizque entrenador de
los exjugadores del Junior que
participan en un torneo local para
mayores de 55 años. ¿Quién le
habrá dicho a él que esos vejetes
panzones necesitan director
técnico? Mire, el campeonato de
ellos es lo que en Barranquilla
se llama un vacilón, es decir, un
divertimento. Allí se juega por
gusto, solamente como pretexto
para juntarse y beber cervezas al
fnal de los partidos. José se arrimó
a curiosear un domingo cualquiera
de 2010, cuando ya el muñón
de su pierna había cicatrizado.
Necesitaba, simplemente, salir del
encierro y tener con quién hablar.
Se sintió tan bien en el reencuentro
con sus compañeros de gremio
que siguió asistiendo a la cita los
domingos siguientes. En cierta
ocasión, uno de los jugadores
propuso hacer una colecta para
ayudar a Boricua. Algunos
aportaron monedas; otros, billetes.
El recaudo total fue de cuarenta
mil pesos. La donación se repitió,
puntual, semana tras semana, y así
se convirtió en un acto sagrado
de la rutina dominical. Entonces
Boricua decidió hacer algo
para merecerse los treinta mil o
cuarenta mil pesos que aquellos
camaradas le entregaban al fnal
de cada jornada: se autodenominó
‘director técnico’ del equipo.
—Cuarenta mil pesos —afrma
Isabel, afigida.
Boricua cierra el cuaderno. Dice
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crónicas de deporte
que, defnitivamente, no tiene
ninguna foto en la que aparezca
junto a Jaime Morón.
—Cuarenta mil pesos —repite
Isabel.
Todos volvemos a enmudecernos.
Abro el cuaderno que Boricua
acaba de abandonar en la mesa
y me aparece un retrato suyo del
año 75. Aunque exhibe el rostro
grave de siempre, refeja un aire
de satisfacción. Quizá lo que en
aquel momento lo hacía lucir
rozagante era la certeza de que se
aprestaba a jugar. Estaba vivo, se
sentía importante. Seguramente
cuando el fotógrafo se le paró al
frente Boricua no oyó el disparo
de la cámara, porque lo que
predominaba en el ambiente era
el rugido del público. Hoy, en
cambio, el silencio es tan profundo
que se oiría, nítido, el clic del
obturador. Si lo retrataran ahora,
derrumbado en su mecedora
de mimbre, quedaría con una
expresión melancólica. En este
otro extremo de la boca del túnel
que ayer lo conducía a la cancha
no se percibe el bullicio de la
gente, sino el peso de la soledad.
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
Los ocho goles
de las guaraníes
Publicado: 6 marzo
2012 en Ander Izagirre
Etiquetas: Euskal Herria, Fútbol,
Indígenas, Nuestro Tiempo
El balón salió rechazado hacia el
pico del área, justo donde llegaba
Lidia Galván, la extremo derecha
boliviana: “Pateé fuerte y de
pronto vi la bola en la red. No
me lo podía creer. Salí corriendo
pero no sabía adónde ir, me sentí
medio mareada”. Sus compañeras
se le echaron encima, la abrazaron,
saltaron, gritaron.
Galván es la mayor del equipo
(39 años), la que más hijos tiene
(siete) y la que más goles metió
en el primer partido (dos). Cuando
se separó del abrazo colectivo,
se tapó la cara con las manos y
volvió caminando a su posición,
con la cabeza baja. Al reanudarse
el juego, recibió un par de broncas
del entrenador: corría despistada,
había dejado marchar a la lateral
contraria banda arriba, sin seguirla.
“Anoche estaba muy nerviosa,
me costó dormir”, contó al fnal
del partido, en un campo de San
Sebastián, durante el torneo
internacional Donosti Cup. Para
Galván, como para casi todas sus
compañeras, era la primera vez
que salía del Chaco boliviano.
“Quería meter un gol, por lo
menos uno en todo el campeonato,
por mi familia, por mis hijos, por
mi país, por los auspiciadores que
nos ayudaron a venir. Marqué y lo
primero me acordé de mi familia.
Hace unos días llamé por teléfono
y casi no pude hablar con ellos, me
entraron ganas de llorar. ¿Por qué?
Porque estamos muy lejos. Ahora
me siento feliz pero mi marido y
mis hijos aún no saben que marqué
dos goles”.
Galván luce con orgullo sus dos
Pág 297
crónicas de deporte
empeños más recientes: el fútbol
y el trabajo en el vertedero de
Camiri donde, con otras veinte
mujeres, recicla botellas. “Soy la
reveterana del equipo. Pero no me
siento vieja, estoy muy viva”, dice.
“Siempre me gustó el deporte, de
niña jugué a voleibol y a básquet,
pero luego ya no pude. Tuve que
criar a mis hijos, cuidar a mi
mamá, llevar la casa. Por muchos
años no pude hacer deporte ni
tener un trabajo. Pero mis hijos ya
crecieron, algunos incluso salieron
bachilleres, estoy muy orgullosa.
El año pasado empecé a trabajar
en el vertedero, y dos días por
semana voy a los entrenamientos
del equipo”.
Revolución a balonazos.
Galván es una de las veintidós
futbolistas que el pasado julio
viajaron a San Sebastián con la
selección del Momim (Movimiento
de Mujeres Indígenas del Mundo).
Esta organización se fundó
en el Chaco para apoyar a las
mujeres guaraníes, que padecen
condiciones muy duras: muchas
viven con cinco o seis hijos, a veces
nueve o diez, hacinados en casetas
de adobe sin agua ni electricidad,
acosados por el hambre y las
enfermedades parasitarias. Los
maridos a menudo se marchan y
no vuelven. O vuelven borrachos,
gritando y golpeando. Ellas
trabajan sin descanso para cuidar a
los niños y llevar la casa, limpiar,
coser, cocinar, cultivar un poco de
maíz en una parcelita, criar algún
chancho, unas gallinas y salir
unas horas a la ciudad para vender
empanadas en la calle o limpiar
casas a cambio de unos pesos.
A partir de 2003, el Momim les
ofreció cursos de salud, talleres de
formación profesional y asesoría
para las víctimas de violencia de
género. Con el tiempo, empezaron
a organizar equipos de fútbol.
Pág 298
Periodismo narrativo en Latinoamérica
“Estas señoras que vienen a los
entrenamientos dos o tres veces
por semana tienen un mérito
extraordinario”, explica Margoth
Segovia, directora del Momim
en el Chaco. “Llegan agotadas
pero participan porque el fútbol
representa para ellas mucho más
que un deporte: es su espacio de
libertad, el momento de la semana
en el que se juntan con las amigas,
charlan, se ríen, practican un juego
en grupo, y durante unas horas se
olvidan de sus vidas tan duras. La
sociedad guaraní es muy machista.
Aquí las mujeres no tienen vida
propia, sólo hacen lo que les
permita el marido, pero ellas han
ido ganando sus espacios”.
En apenas dos años, el fútbol
impulsó una revolución social en
el Chaco: “Al principio, muchos
hombres se negaban a que las
mujeres jugaran”, cuenta Segovia.
“Les parecía algo ridículo,
vergonzoso. ¡Sus mujeres jugando
al fútbol! Las que se atrevían
a venir recibieron más de una
paliza. Pero los hombres se fueron
acostumbrando poco a poco y cada
vez vienen más a ver los partidos.
Un domingo me di cuenta de que
estábamos cambiando las cosas:
vi cómo una de las jugadoras
dejaba el bebé a su marido y
salía a la cancha. Aquello era
revolucionario: ¡el hombre con el
niño en brazos, mientras la mujer
jugaba! No me lo podía creer”.
Muchas de estas mujeres padecen
además el Mal de Chagas, una
enfermedad transmitida por la
vinchuca, un insecto al que llaman
“el vampiro de los pobres”, porque
se reproduce en condiciones de
miseria y de insalubridad. Hace
unos años la doctora valenciana
Pilar Mateo viajó a Bolivia con
una pintura de su invención, que
se aplica a los muros de adobe
y repele a la vinchuca. Desde
entonces la pintura de la doctorita
Pág 299
crónicas de deporte
ha salvado muchas vidas. Pero
los inicios fueron desalentadores:
“Llegué al Chaco con mi pintura
para las paredes y descubrí que
a veces no tenían ni paredes, que
algunas familias vivían con esteras
y lonas. Al principio pensaba
que la enfermedad requería una
solución simplemente científca,
pero me di cuenta de que el
verdadero problema es la pobreza,
la desesperanza, la resignación.
No es una cuestión de química
sino de justicia: el Mal de Chagas
tenía que haberse erradicado hace
cien años, pero persiste porque
aún persiste la miseria. Y los
científcos no estamos solo para
escribir publicaciones y decir que
los guaraníes se mueren, sino
para denunciarlo y para poner el
conocimiento en acción”.
Mateo fundó el Momim para
ayudar a que las mujeres,
responsables principales de las
familias, pelearan por mejorar sus
condiciones. En esa lucha por la
autoestima llegó el fútbol. Y unos
años después, llegó la oportunidad
para que una veintena de jugadoras
volaran a Europa. En ese proyecto,
y en la búsqueda de patrocinadores,
tuvieron mucho que ver otras dos
personas: Íñigo Olaizola, director
del torneo Donosti Cup, que todos
los veranos reúne en San Sebastián
a más de cinco mil jóvenes
futbolistas de todo el mundo, y
Xabier Azkargorta, el entrenador
guipuzcoano que en 1994 llevó a
Bolivia a un Mundial por única vez
en su historia, y que se ofreció para
entrenar a las mujeres guaraníes.
Estreno con goleada.
El Profe Azkargorta, el Bigotón,
es un ídolo semidivino en Bolivia.
Unas semanas antes del torneo
viajó al Chaco para entrenar a
las mujeres del Momim, y su
presencia lanzó la historia a las
televisiones y a las portadas de los
Pág 300
Periodismo narrativo en Latinoamérica
diarios bolivianos: “El Bigotón
dirigirá a jugadoras guaraníes
en torneo mundial en España”.
Las futbolistas se convirtieron
de pronto en estrellas. Las
empresas locales se apuntaron
como patrocinadoras del viaje.
A Azkargorta lo llevaron de acá
para allá, por ruedas de prensa y
platós, y cuando lo bombardeaban
con preguntas de la actualidad
futbolera boliviana, él siempre
insistía en que estaba allí para
contar la historia de las mujeres
del Momim.
El Profe enseñó a las jugadoras a
repartirse el espacio, ese inmenso
campo de fútbol once en el que
antes naufragaban y se perdían de
vista. Ya en San Sebastián, en los
partidillos previos al torneo, les
gritó hasta perder la voz para que
vigilaran sus posiciones, para que
las centrales no se quedaran atrás
rompiendo el fuera de juego, para
que la arquera se colocara más
adelantada, para que formaran
un 4-4-2 muy apretado, en el que
pudieran mantenerse cerca unas
de otras. Las chicas aprendieron
los movimientos para sacar el
balón desde atrás con apoyos,
empezaron a jugar pendientes de
las compañeras, se organizaban
a voces, tomaron soltura. Se
atrevieron a regatear. Perdieron el
miedo a chutar. Y así llegaron los
goles.
En el primer partido del torneo,
contra el equipo vasco del
Bidebieta, las centrocampistas
bolivianas tenían la lección bien
aprendida: buscaban siempre a
Griselda, la 10, la más habilidosa.
A los quince minutos, Griselda
recibió el balón en la banda
izquierda, dribló a dos rivales con
dos ruletas dignas de Zidane, y
entró al área. Cuando le salió al
paso la última defensora, pasó la
bola al otro extremo, por donde
llegaba embalada Esther Medina,
Pág 301
crónicas de deporte
la Niña, la 9, su compañera en
el ataque doble del Momim, que
pegó un zambombazo en diagonal
y coló el balón junto al poste.
La Niña se volvió loca de alegría,
corrió por el campo, chilló, se
quitó la camiseta, pegó saltos,
recibió el abrazo tumultuoso de
sus compañeras. “De pronto me
dio miedo”, explicó al fnal del
partido. “Pensé que el árbitro me
iba a enseñar tarjeta por sacarme la
polera”.
No hubo tarjeta. El árbitro estaba
distraído contemplando el baile
del pollo con el que las bolivianas
celebraban el 1-0 –“¡el pollo, el
pollo con una pata, el pollo con
una alita, el pollo con la colita!”-,
igual que se distrajeron las rivales
del Bidebieta, igual que se distrajo
el público, entre el que había un
grupo de emigrantes bolivianos
afncados en San Sebastián, que
animaban con banderas y con las
caras pintadas de rojo, verde y
amarillo.
Las futbolistas del Momim se
crecieron. Jugando muy juntas,
replegadas en su propio campo,
robaban balones y salían al
contragolpe con chispa. En el
descanso ya ganaban tres a cero.
Algunos bolivianos bajaron de la
grada para felicitar a las jugadoras,
y Azkargorta se enfadó: “¡Eso al
fnal, al fnal! Chicas, no se relajen,
empezamos la segunda parte como
si fuéramos cero a cero”.
En el segundo tiempo llegaron
otros tres goles del Momim,
incluidos los dos de la reveterana
Lidia. Con el 6-0 defnitivo –dos
de Lidia, dos de Griselda y dos de
la Niña-, corrieron al centro del
campo las jugadoras, las suplentes
y los espectadores bolivianos,
que querían fotografarse con
ellas y con el míster. Azkargorta
posó rápido y se llevó a su equipo
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
al vestuario, donde recibió un
maremoto de besos y abrazos.
Luego pidió silencio.
—Chicas, clasifcar a Bolivia para
el Campeonato del Mundo fue el
mayor éxito de mi carrera como
entrenador. Pero la alegría más
grande que jamás me ha dado
el fútbol ha sido esta victoria de
ustedes.
Las mujeres lo abrazaron de
nuevo, lloraron y le cantaron a
pleno pulmón: “¡Te queremos,
Profe, te queremos!”.
Derrotas y orgullo.
Al día siguiente jugaron otros
dos partidos contra rivales muy
superiores: perdieron 12-0 por la
mañana y 11-0 por la tarde. En
el primero, cuando las catalanas
del AEM marcaron el undécimo
gol en un clamoroso fuera de
juego, a Azkargorta se lo llevaban
los demonios. Era el undécimo,
quedaban tres minutos para acabar,
pero corrió por la banda en pleno
arrebato de furia, sacudiendo los
brazos y chillando al árbitro como
si le hubieran robado un penalti
en la fnal de la Copa del Mundo.
El duodécimo, justo después,
también lo marcaron en un fuera
de juego de libro. Al fnal del
partido, algunas futbolistas del
Momim se acercaron al árbitro y
le reclamaron que descontara esos
dos últimos goles y que dejara el
marcador en un 10-0. No lo hizo,
claro, pero ese detalle de rebeldía
entusiasmó a Azkargorta, quien
escribió en su cuenta de Twitter:
“Cada día estoy más orgulloso de
estas madres y su espíritu, su gran
capacidad de lucha y sus ganas de
vivir. Han cantado a pesar de la
derrota”.
También cantaron y bailaron
tras los dos partidos siguientes,
perdidos por 7-1 y 5-1, con nuevos
goles de Griselda. El entrenador
Pág 303
crónicas de deporte
insistió en la idea: “Estas mujeres
ya han ganado el partido más
valioso. Su participación en la
Donosti Cup es una manera de
decir que son pobres, que tienen
el Mal de Chagas… ¡y qué!
Esos problemas no son ahora
lo importante, lo importante es
que han aprendido a luchar, a
levantarse”.
A Barbarita Saavedra,
coordinadora de la expedición,
tampoco le importaron las
derrotas: “Nuestro triunfo es que
ya no somos invisibles. Allá en
nuestras casas muchas mujeres no
tienen voz ni capacidad de decidir.
Sufren una triple discriminación:
por ser mujeres, por ser pobres, por
ser indígenas. Pero en este torneo
somos futbolistas como todas
las demás, venimos a competir
de igual a igual con cualquiera.
Si nos meten gol, no importa:
recogemos la bola y empezamos
de nuevo. Queremos mostrar a las
mujeres de nuestras comunidades
que tenemos que pelear, y que,
si caemos, nos levantamos otra
vez. Cuando vuelvan a casa, estas
futbolistas van a ser líderes en
sus comunidades. Van a tomar la
iniciativa y no van a callar más”.
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
Las campeonas de
los Andes
Publicado: 7 febrero 2012 en Marco Avilés
Etiquetas: Andes, El País, Fútbol, Perú
Benedicta Mamani recoge
una pelota de su cocina y sale
cojeando bajo la mañana helada
de diciembre. Está lesionada. Ayer
caminó mucho persiguiendo a las
ovejas que pastaban en la montaña
y ha amanecido con las pantorrillas
moradas. Frota sus piernas con
llantén, una planta analgésica que
crece en el huerto de su cabaña.
No quiere perderse el partido de
entrenamiento de esta mañana:
Mamani es delantera y capitana
del equipo de fútbol de su aldea.
Tiene 40 años. Hoy viste un traje
que ella misma ha fabricado, como
suelen hacer todas las mujeres
de Churubamba, un pueblo
de campesinos cuya selección
de fútbol femenino ha ganado
cinco veces las Olimpiadas de la
provincia de Andahuaylillas, una
ciudad de edifcios de adobe a 100
kilómetros del Cuzco. Mamani
lleva cuatro juegos de faldas de
colores, una blusa blanca, una
chaqueta de lana de alpaca y un
sombrero chato, cuadrado, de
alas anchas, bordado con hilos de
colores y salpicado de lentejuelas.
Es la vestimenta ofcial para jugar
al fútbol, la ropa que usan todos
los días.
Son las seis de la mañana, y un
megáfono retumba en la aldea
como un despertador: “Señoras, ha
llegado la avena desde la ciudad.
Reunión en la cancha de fútbol.
Después se jugará un partido”.
Churubamba es una altura lejana
y caprichosa: a 4.000 metros sobre
el nivel del mar, las cumbres de
la cordillera de los Andes rodean
una planicie muy verde. El paisaje
de la aldea parece la imitación
natural de un gran estadio de
fútbol. Aquí no hay una comisaría,
Pág 305
crónicas de deporte
ni un prostíbulo, ni una iglesia,
pero sí dos arcos de madera en
el centro de la gran explanada-
plaza de armas-cancha de fútbol.
Alrededor, sólo hay 60 casas de
barro con techos de paja y una
escuela donde se aprende a contar
y a leer en quechua, el idioma que
hablan más de siete millones de
personas en los Andes del Perú.
El segundo idioma más extendido
podría ser el fútbol en este universo
de montañas altas donde tampoco
existen el transporte público ni los
zapatos.
Cada 15 días, la municipalidad
del distrito de Andahuaylillas,
la ciudad más próxima, envía
a Churubamba una camioneta
repleta de bolsas de avena. La
llegada del cereal es una fecha tan
importante que paraliza la aldea
como si se tratara de un día feriado.
Los hombres dejan la siembra para
cargar los cereales y las mujeres
se reúnen en la plaza-cancha de
fútbol para repartir el alimento,
según el número de hijos de cada
familia. Después del reparto, las
mujeres suelen hacer dos cosas:
discutir asuntos de la comunidad
y disputar un partido de fútbol. El
fútbol es una tradición joven, con
poco más de veinte años, y es una
novedad que se acaba de descubrir
apenas una generación atrás. Las
mujeres lo juegan mejor, si jugar
mejor signifca ganar trofeos.
Esta mañana hay un juicio en la
aldea. Una mujer obesa es acusada
de comer demasiada avena. Se
llama Toribia Ccopa, y el juicio,
como todas las decisiones,
será comunal. Si te casas, la
comunidad te entrega un terreno.
Cuando mueres, la tierra retorna
a la comunidad. Si robas, la
comunidad te lleva al río Vilcanota
y te hace refexionar a latigazos.
Si descubren que tienes una
amante, te expulsan del pueblo.
En la asamblea hay 20 mujeres y
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
algunos hombres.
Según la FIFA, 40 millones
de mujeres practican el fútbol
de manera ofcial en todo el
planeta. Es decir, en clubes o
en asociaciones. Si la cantidad
fuera una mancha sobre un globo
terráqueo –que también es una
pelota–, apenas salpicaría dos o
tres países de Europa, el continente
donde más mujeres practican
este deporte. Pero ni la FIFA
conoce Churubamba, ni Benedicta
Mamani sabe de estadísticas.
Tampoco sabe leer. Mientras los
hombres terminan de retirar las
bolsas de avena de la cancha de
fútbol, ella y otras ocho mujeres
han formado un equipo y discuten
alrededor de la pelota sobre la
lesión de su capitana.
La historia comienza en 1982, año
del Mundial de fútbol en España. La
selección de Perú debutó en aquel
campeonato empatando con Italia,
una de las selecciones favoritas.
Los habitantes de Churubamba
escuchaban las noticias a través de
sus radios, y algunos bajaban de la
montaña para espiar los partidos en
televisores de las ciudades vecinas.
Al regresar a su comunidad,
miraron con malicia la plaza de
armas y colocaron allí arcos de
madera con ayuda de sacerdotes de
la iglesia de Andahuaylillas, que
vieron en el fútbol un remedio que
podía reducir algunos problemas
de las aldeas. El alcoholismo,
por ejemplo, un vicio barato
que sobrevivió a la época de las
haciendas. Benedicta Mamami era
niña en esa época, y recuerda que
su abuela, que ya era una anciana,
también aprendió a patear la pelota
y bebía menos antes de morir.
Durante los años noventa, Alberto
Fujimori fue un presidente del
Perú que, con la excusa de reducir
las estadísticas de pobreza en las
zonas rurales del país, auspició
Pág 307
crónicas de deporte
una campaña para esterilizar a
las mujeres. La campaña llegó a
Churubamba. El profesor Pilco
dice que cuando una mujer llegaba
al hospital de Andahuaylillas para
curarse de un dolor de estómago,
allí la atendían, pero además le
ligaban las trompas. Resultado:
en aquella década nacieron menos
pobres.
“Tuvimos que cerrar la escuela
porque no había alumnos”, dice
el profesor. “Imagine el castigo
de la esterilización en un pueblo
donde las mujeres son criadas para
tener hijos y los hijos son criados
para trabajar la tierra. A ellas les
sobraba el tiempo libre”.
En el relato del profesor, las mujeres
empezaron a jugar porque tenían
tiempo de sobra para hacerlo. Pero
es difícil comprobarlo y tratar de
cruzar el terreno de la fábula. Un
total de 150.000 mujeres fueron
esterilizadas en Perú durante el
Gobierno de Fujimori. Pero no
todas son futbolistas, ni viven
en una aldea donde el centro
del mundo es una cancha de
fútbol, como en Churubamba. Lo
cierto es que en 1999, la Iglesia
católica de la zona organizó un
campeonato deportivo donde
debían participar todas las aldeas
campesinas de las montañas y
los barrios de Andahuaylillas.
“Creíamos que el deporte era una
manera de tender los puentes con
esas poblaciones alejadas”, diría
después el sacerdote de la ciudad.
Aquella vez, la Iglesia propuso
que los hombres compitieran en
fútbol, y sus esposas, en voleibol.
Ellas explicaron que también
sabían patear y consiguieron
que se reconociera la categoría
femenina. Poco después ganaron
el campeonato de mujeres, y
entonces empezó su leyenda sin
derrotas.
Suena el pitido del árbitro para
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
ordenar que los niños y los perros
abandonen el campo. Entran los
dos equipos: nueve jugadoras en
cada uno, con faldas foreadas. Un
muro de barro delimita la cancha
del resto de la aldea. Allí está
sentado el esposo de Benedicta
Mamani, conversando con los
esposos de las otras jugadoras. Se
llama Encarnación. ¿Le molesta
que su esposa juegue al fútbol?
¿Cuánta libertad tienen las
mujeres en la aldea? “Ellas tienen
que cumplir su tarea de madres,
y nosotros como padres”, dice;
“después, todos podemos jugar”.
El partido está por comenzar.
Un equipo se llama Mirador de
Churubamba y está capitaneado
por Benedicta Mamani. El otro
se llama Club Churubamba, y su
líder es Andrea Puma, una mujer
de unos veinte años. Desde el año
2000, es la capitana de la selección
ofcial del pueblo.
“Las que pierdan, que regresen a
atender a sus maridos”, amenaza
colocando las manos sobre sus
amplias caderas.
Otro pitido del árbitro. La pelota
rueda fuera del campo. Un niño
llora a gritos en la tribuna. Su
madre abandona el puesto de
centrocampista para consolarlo.
Andrea Puma levanta el brazo.
Está en el área rival. Saque lateral.
Benedicta Mamani detiene la
pelota con el pecho. Sus pantorrillas
moradas y doloridas están
gobernadas por la concentración.
Saque de meta. Minutos después,
Mamani grita de dolor: la uña de
su dedo gordo se ha partido en dos,
y sangra. Mamani sale del campo
apoyada en dos compañeras. Sin su
capitana, Mirador de Churubamba
soporta el resto del partido sin
gloria. Empate sin goles. Premio
para las ganadoras: panes con
queso y algunas naranjas, regalos
del alcalde de Andahuaylillas.
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crónicas de deporte
Para las perdedoras, lo mismo.
Para celebrar su aniversario, la
municipalidad de la ciudad de
Andahuaylillas ha organizado
un partido de exhibición entre
la selección de Churubamba y
la selección local, un equipo de
mujeres dedicadas al comercio
de artesanías. Ellas sí hablan
castellano, han ido a la escuela y
usan zapatillas.
“Acá”, dice Andrea Puma. “las
mujeres sabemos cocinar bien,
atendemos a nuestros niños bien,
cosechamos con nuestros esposos
bien. Somos fuertes, y, entonces,
sabemos jugar bien”.
El día del partido de fútbol, el cielo
de Andahuaylillas ha amanecido
despejado y azul, como una gran
cúpula pintada a mano. Las calles
de la ciudad son pequeños pasajes
empedrados donde merodean
algunos turistas que disparan sus
cámaras fotográfcas. Las casas son
de paredes blancas que envuelven
una plaza amplia donde dormitan
cuatro árboles frondosos y tan
viejos como la iglesia, construida
en 1650. Los libros de viaje la
promocionan como “la Capilla
Sixtina del Perú”. En su interior,
los turistas se fascinan al descubrir
paredes llenas de aterradoras
pinturas murales.
Andrea Puma mira la portería
rival y lamenta su mala puntería.
El disparo le salió muy alto. El
césped crecido y húmedo como
una esponja ata los pies de las
jugadoras visitantes. Churubamba
está ganando por un gol a cero.
El cielo oscurecido por las nubes
negras arroja sombras sobre un
estadio donde podrían entrar
5.000 personas. Sólo han llegado
200 curiosos. Las tribunas son de
cemento y están pintadas con los
colores del arco iris. En la década
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Periodismo narrativo en Latinoamérica
de los setenta, un abogado de
Cuzco dijo que así había sido la
bandera del imperio de los incas.
No era cierto. Pero su invento
era tan convincente que pronto
se hizo verdad en el lucrativo
negocio del turismo. En el centro
de la tribuna principal, el alcalde
de Andahuaylillas se preocupa
por el mal tiempo. Se llama
Guillermo Chillihuane, y nació en
una aldea cercana de campesinos.
Cuando era niño, recuerda, sus
padres le enviaron a estudiar a
la ciudad. Allí aprendió español,
trabajó en lo que pudo, y con sus
ahorros estudió ingeniería en una
Universidad de Cuzco. Muchos
habitantes de Churubamba y otras
aldeas quechuas sueñan con algo
parecido para sus hijos. Les envían
a estudiar en las escuelas de la
ciudad, pero como la distancia que
separa sus aldeas es tan grande que
los niños no pueden ir y volver
en el mismo día, los padres han
edifcado un asentamiento de
casitas de barro en las faldas de
las montañas, muy cerca de un
río. Se llama Nuevo Churubamba,
y parece un pueblo fantasma. Los
niños viven allí de lunes a viernes
y duermen sobre pellejos de oveja,
cubiertos de frío.
“Como no tienen familiares
cerca, deambulan por la ciudad
pidiendo dinero a los turistas”,
dice Chillihuane. El deporte
es una manera de combatir
esos problemas, y estamos
construyendo más canchas de
fútbol.
El alcalde de Chillihuane mira
su reloj y se levanta de la tribuna
para conversar con el árbitro. En el
campo, las jugadoras de la ciudad
también están preocupadas por
el tiempo. Quieren empatar. Las
jugadoras de Churubamba están
cansadas. Final. El equipo ganador
corre hacia el flo de la cancha,
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crónicas de deporte
como si escapara de los premios.
La lluvia ha estallado. Las gotas
de agua parecen pelotas diminutas
haciendo blanco sobre las cabezas.
La ceremonia de los premios es
muy rápida. En unos minutos, el
espectáculo se desarma. El alcalde
trepa a una camioneta, junto con el
equipo de la ciudad. Las jugadoras
de Churubamba, sus hijos de pecho
y sus esposos suben a un camión
de carga protegido por un toldo
grueso. La subida a la aldea será
peligrosa y muy lenta. Tardará más
de tres horas. La próxima vez que
haya un partido de fútbol, es posible
que las jugadoras de Churubamba
vistan esas mismas camisetas
que acaban de ganar y algo habrá
cambiado en su vestimenta. ¿Serán
ésos los puentes que se debe tender
para unir el mundo de las alturas
con el de la ciudad? Entonces,
¿por qué no les ofrecen zapatillas?
La respuesta abre un túnel en el
tiempo. “Porque sus pies son tan
gruesos que no caben en otra cosa
que en las ojotas (zapatillas)”,
dice el alcalde. Paso a paso, la
civilización occidental es una
educación lenta que empieza por
los pies.