PARTE 1

I
Sus ojos... a pesar de los años, aún inundan mis sueños, aquellos que hacen que finalmente
termine pronunciando su nombre, muy bajito, como un breve susurro de vida que lleva ahogado en
mi almohada una eternidad, o al menos eso parece. Casi he perdido la noción del tiempo, no sé qué
día es hoy ni en qué año vivo… supongo que es normal para alguien en mis condiciones.... Cuatro
metros hasta la cocina. Seis hasta el balcón en donde la brisa salada de la tarde zigzaguea mi rostro y
me recuerda que estoy viva, aunque a veces, muchas diría, no quisiera estarlo. Pero para mi
desgracia y la del gobierno, dios me hizo cobarde.
Esos ojos azules, húmedos y quebradizos, se quedaron colgados en mis recuerdos como una
marca indeleble. A veces pienso que es una bendición poderlos recordar así, tan intensos,
transparentes, perfectos… pero otras veces son como una espada ardiente que me atraviesa el
corazón y lo destroza sin piedad.
Aún me odia, lo presiento, y con toda razón. Cuantas veces he pensado en buscarla y gritarle
la verdad, que la amo con la misma fuerza de cuando nos ahogábamos en besos impregnados de
inconsciencia, ignorantes de ese futuro sin promesas posibles que nos espiaba con cara de lobo
hambriento. Sin embargo, este destino miserable y cruel; y lo digo con una ligera sonrisa de
reivindicación aunque no sirva de nada; no ha podido quitarme la única cosa que hace soportable lo
insoportable: la capacidad de alterar, aunque sea en sueños, la realidad e inventar otra historia, en
la que ella y yo lográbamos construir una vida en común.
Era el otoño de 1990 en Dublín. Las hojas formaban un enorme manto color tabaco sobre
aquel parquecito bautizado como St. Anne. Nuestro lugar de encuentro predilecto. Mientras la
esperaba con ansias desbocadas de una enamorada inexperta, solía caminar de un lado al otro para
sentir el crujido de las hojas secas debajo de mis pies. Mirar esos árboles torcidos y desnudos,
sombreando el cielo sobre mi cabeza y dejando que el sol se cuele de a pocos hasta calentarme los
ojos. Que sensación más placentera. Nunca pensé que un día sin embargo, la esperaría con el alma
aplastada y el aire espeso atascado en mi garganta. De pronto la vi a lo lejos, acercándose con las
manos en los bolsillos y el rostro alumbrado por la única sonrisa capaz de paralizar mi mundo en un
segundo. Mientras mis ojos aún vivos, registraban para la eternidad, esa imagen adorada.
Recuerdo que sentí unas ganas incontrolables de llorar, por mí y también por ella y lo que
estaba a punto de hacerle. Sin embargo, me contuve, encendí un cigarrillo y repasé cada palabra de
aquel discurso que llevaba ensayando toda la semana. Esa tarde, con las manos temblorosas
escondidas dentro del abrigo y la frialdad más absoluta adosada al rostro, la dejé…






II
Siempre fui una persona pegada al suelo, demasiado tal vez. Para mí, todo lo que sucedía en
la vida de alguien era el resultado de patrones de comportamiento, lógicos y ordenados, que se
repetían con más o menos variantes. Porque en el fondo creía, que todos los seres humanos éramos
iguales, con más o menos variantes también. El amor no era la excepción. Así me había sucedido
siempre, hasta ese día en que la vi y toda esa lógica que dominaba mi mundo, se desplomó como un
castillo de naipes.
Era una tarde típica de Junio, de llovizna incómoda y en las que una no espera que suceda
nada extraordinario. Caminaba contando los adoquines mojados de James Street rumbo a la
tabaquería donde trabajaba por las tardes. Ya en frente de la puerta metálica enrollable, me puse a
buscar las llaves para el candado, cuando un olor dulzón, a manzana y canela traspasó mi nariz.
Instintivamente, levanté los ojos, buscando el origen de ese aroma poco frecuente en aquella calle
impregnada a madera vieja por las diferentes casas de antigüedades que la conformaban. Sobre la
acera opuesta, un grupo de chicas, reían tan llamativamente, como su maquillaje, mientras
observaban las estatuas griegas que exhibía Mr. Appleton en una de sus cristaleras. Ninguna
sobrepasaba los veinticinco años y por la ropa de moda y bien planchada que llevaban, fácilmente
deduje que venían de Blue Ryar, la zona más próspera de la ciudad.
Iba a darme la vuelta para abrir la tienda, cuando mis ojos se posaron en una de las
muchachas que había quedado rezagada un par de metros del resto de sus amigas y cuya imagen se
lograba ver reflejada en la cristalera. Con aire ausente, observaba las miniaturas de cristal veneciano
colorido de la tienda de Mrs. Parks. En una de sus manos, sostenía distraídamente un muffin a medio
comer. A diferencia de las demás, ella vestía de forma más relajada, llevaba vaqueros rasgados, una
chaqueta marrón corta y zapatillas desteñidas. Su cabello liso y castaño estaba húmedo y caía
desordenadamente sobre parte de su rostro. Era la única que no llevaba paraguas y parecía no
importarle. Tuve la impresión como si todo en ella escondiera algo así como un grito silencioso de
libertad.
A pesar de su ceño levemente fruncido, su rostro sin maquillaje, estaba empapado de una
dulzura natural que me conmovió. En medio de ese trance en el que se encontraba, extendió los
dedos, tratando de alcanzar algo pero antes de tocar el cristal se detuvo, como si acabara de
despertarse. Miró en dirección a sus amigas, cerciorándose de no haber sido descubierta mientras
lanzaba el muffin en una papelera cercana. Introdujo sus manos en los bolsillos y antes de reunirse
con su grupo, miró nuevamente hacia la cristalera y yo descubrí los ojos más tristes que había visto
alguna vez. Esos capaces de estrujar hasta el corazón más implacable en un segundo. Fue tal el
impacto, que sentí como si de pronto me hubiesen vaciado los pulmones y al tratar de respirar,
sintiese un agujero enorme que no era capaz de llenarlo con nada. Algo parecido la desolación,
supongo. No me di cuenta que lloraba hasta que sentí un frío ligero bajando por mis mejillas y mis
labios cubiertos de sal.
En medio de toda esa situación irracionalmente sentimental, me descubrió
espiándola por la espalda. Mi cuerpo se quedó muy quieto mientras era golpeado por una lluvia
creciente que camufló mis lágrimas. Nos miramos por un breve pero intenso espacio de tiempo
hasta que ella hundió rápidamente los ojos en el pavimento y finalmente alcanzó a sus amigas. La
seguí con la mirada hasta que el grupo dobló la esquina. Aún aturdida, como si acabara de recibir un
electroshock, crucé la calle y miré a través de la cristalera, tratando de averiguar qué era lo que
había llamado tanto su atención. Entre otras miniaturas, descubrí un pequeño unicornio de cristal
azul. De todos los personajes mitológicos, mi favorito. El solo pensar que podríamos tener ese
pequeño detalle en común me hizo absurdamente feliz. Y deseando con fervor beato que fuera eso
lo que había despertado su interés, me quedé con los ojos fijos en aquella figura, mientras el aroma
a manzana y canela me llegaba desde la papelera.

III
Una semana después me sorprendí a mi misma sumergida en un estado de espera
permanente. Quería volverla a ver y saber el origen de esa tristeza que me había conmovido hasta
las lágrimas. Esperé con calma primero, pero al pasar las semanas, todo comenzó a acariciar los
límites de la obsesión. Nunca el frontis de la tabaquería estuvo tan limpio, por todas las veces que
salí a barrer en esos días para vigilar la tienda de Mrs. Parks. Llegué incluso a pasearme por los
bulevares de Blue Ryar varias tardes con la esperanza de encontrarla, mientras en mi cabeza se
creaban miles de diálogos posibles en caso la viera.
Hasta que durante uno de esos paseos, fui presa de un breve destello de lucidez. Fue como
si saliese un momento a la superficie después de haber estado muchas horas bajo el agua y la
realidad me golpeara violentamente en el rostro. Me sentí tan ridícula, infantil y hasta avergonzada
por mi comportamiento, que ese mismo día decidí recuperar mi cordura y olvidarme de aquella
desconocida.
Cuando su rostro finalmente comenzaba a diluirse en mi memoria y me sentí a salvo y de
vuelta en mi zona de confort, ella re apareció mandando al garete todos mis buenos propósitos.
Acababa de abrir y estaba sacando algunos paquetes de cigarrillos de la trastienda, cuando
la campanita sonó anunciando un nuevo cliente. Grité que me esperaran un momento mientras
terminaba de coger el último par de cartones de Camel. Al salir me topé con sus tristísimos ojos
azules. Quizás si pudiera ver a un ángel caído, seguramente tendría los ojos así- pensé. El estómago
se me revolvió de forma tan violenta que congeló hasta mi voluntad detrás del mostrador.
El encuentro; como suele suceder; fue lo más alejado a cualquiera de las fantasías que mi
cabeza había diseñado con precisión. Ella me miró como me miran la mayoría de clientes, como
parte de la decoración mientras que yo, apenas podía respirar. Evidentemente no se acordaba de mí.
Con la atención puesta en los nuevos Zippo que tenía en exhibición, me pidió dos paquetes de
Winston rojo. Yo aproveché para observarla intentando resolver el misterio de esa revolución que
producía dentro de mí con solo mirarla. No pude. Frustrada le entregué los cigarrillos y ella me
extendió veinte libras con la misma actitud ausente y lejana que; como una navaja; se incrusta
dolorosamente en cualquier ilusión y la hace añicos.
¿Y es que como iba ser de otra manera? Difícilmente esa chica podría notar a alguien tan del
montón como yo y que para colmo; resultado de una estúpida timidez; fuera incapaz de decirle algo
medianamente aceptable, que la hiciera levantar los ojos y leer la verdad: Que yo no era de esas que
escanean las calles en busca de algún objeto de adoración y que muy por el contrario, debido a esa
apatía que me dominaba todo el tiempo, muy pocas personas lograban llamar mi atención. Quise
decirle que ella incompresiblemente había logrado tocarme el alma, que confiara en mí, que me
dejara compartir su pena hasta borrarla y que después si quería, podíamos jugar a enamorarnos...
Me sorprendí a mi misma teniendo esos pensamientos, tan absurdos e irrisorios como la
posibilidad de que ella y yo tuviéramos algo en común. Con una sensación de derrota insoportable
fui a entregarle su cambio y la miré, como se mira a quien estamos seguros no volveremos a ver
jamás. No había terminado de extenderle las monedas, cuando su blusa me dejó entrever un
colgante con un unicornio de plata.
Levanté mis ojos lentamente y me encontré con los suyos, desconcertados. En medio de esa
inesperada conexión, extendí el brazo y saqué de debajo del mostrador el pequeño unicornio azul
que una semana atrás le había comprado a Mrs. Parks. Sus ojos se abrieron de par en par al verlo.
- “My unicorn and I became friends. Partly through love, partly through
honesty”…pronuncié bajito y con voz ahogada.
Entonces ella sonrió… Ese fue el momento, en el que podría jurar que, el resto del mundo
dejó de importarme para siempre.
- A mí también me gusta esa canción- dijo
Había escuchado a algunos decir que todos nacemos para encontrarnos… y yo siempre
asocié esa afirmación a uno de los tantos y fallidos intentos del hombre por adornar su existencia
con algo de leyenda. Sin embargo, bastó esa coincidencia caprichosa, para que yo; la más incrédula
de las mujeres; abrigara el presentimiento de que era a ella a quien yo estaba destinada a encontrar.



IV
Pasamos la mayor parte del camino a Blue Ryar sin decir nada, puesto que el tema de los
unicornios se nos agotó en los primeros doscientos metros. Ella parecía no tener interés alguno en
engancharse en otra conversación y probablemente ni siquiera se hubiese dado cuenta si yo
desaparecía de su lado. Durante esa caminata silenciosa, la miré de reojo varias veces, tratando de
apartar la sensación de derrota que iba creciendo en mí a cada paso, y que además me enmudecía y
nublaba mi juicio. Una total contradicción esa de sentirla tan cerca de mi corazón y a la vez tan
dolorosamente inalcanzable.
- A parte de trabajar en la tabaquería, ¿haces algo más?- me preguntó rompiendo
sorpresivamente ese silencio al que casi me había resignado.
- Estudio botánica.
- No tienes cara de alguien a quien le gusten las plantas.
- ¿Y qué cara debería tener?
- No sé... Como más científica ¿tal vez?
- Científica... ¿Algo así como llevar gafas y ser extremadamente flaca?
- Sí...
- Oye, ahora me has dejado con la duda... ¿Y entonces… mi cara a la de quien se parece?
-Pues…- sonrió levemente- tienes pinta de artista sin futuro.
Me detuve en seco, desconcertada por aquella definición. Ella se giró y al ver mi cara, se
echó a reír. Fue la primera vez que vi, que el rostro más triste del mundo dejó de serlo y lentamente
me dejé contagiar por esa risa espontánea y fresca. El saberme capaz de provocarle esa reacción
renovó mis esperanzas por ella.
- Mira, St. Anne´s - exclamé al cruzar frente al enrejado del parque, que fungía como línea
divisoria entre Blue Ryar y el resto de la ciudad- es mi parque favorito, vengo siempre en mis
días libres !Ven vamos!- añadí acercándome a la verja.
- Pero ya está cerrado.
- No para mí - repliqué mientras me acercaba al candado que cerraba una de las puertitas
laterales y sacando el llavero de mis bolsillos lo abrí sin dificultad- ¿Vienes?
- No sé...
- Pues debo decirte que tu cara está a punto de cambiar, de la de una chica rebelde a la de
una típica hijita mimada de Blue Ryar... – me siguió mirando con duda- trabajé todo el
verano en St. Anne, cuidando las flores, por eso tengo la llave... Anda ven, este parque es
muy bonito, pero lo es más de noche, se vuelve casi mágico.
Me siguió y caminamos hasta el mismo centro del jardín, en donde altísimos y frondosos
robles terminaron por escondernos. La luna se las arreglaba para zigzaguear entre las hojas,
haciendo un juego de luz y sombra impresionante, casi como si alguien lo hubiese pintado así a
propósito y solo para nosotras. Volvió a hacerse silencio pero esa vez fue distinto. Fue como un
silencio tibio y lleno de complicidad, de aquellos en los que una se pasaría sumergida la vida entera.
Me quedé mirándola mientras ella, a ojos cerrados, exponía el rostro a la luna. Agradecí entonces
ese momento de atención para poder mostrarle algo de mi mundo. Hablamos del parque, de su
historia y hasta de mi predilección por las plantas llamadas curativas o sagradas y mi deseo de
especializarme en ellas.
- Es muy interesante lo que dices... Sería genial poderse curar de todo naturalmente y sin
meterse tanto químico en el cuerpo- dijo.
- Y más aún, dejarle de llenar los bolsillos a los grandes laboratorios, expertos en la
manipulación y sin ningún escrúpulo para jugar con la salud de las personas.
- Vaya… o sea que, además de sin futuro, eres también subversiva.
- Perdón... – respondí avergonzada ante mi ferviente afirmación - Es que hay temas que me
pueden...- agregué mientras arrancaba la hierba- aunque pensándolo bien, lo de artista
también puede ser...
- Así... ¿Por?
- Hago esculturas con cerillos, no es la gran cosa pero... si se trata de calzar en la cara que
tengo...
- Me gustaría ver alguna- comentó con interés.
- No te pierdes de nada, en serio… es un hobby como otros tantos.
- Igual me gustaría verlas.
- Tal vez algún día me anime. Bueno… creo que hemos hablado demasiado sobre mis cosas.
¿Qué me dices de ti?... ¿quién eres? ¿La versión femenina de James Dean?
El rostro se le transformó tanto que ni bien terminé mi pregunta, ya me había arrepentido
de si quiera pensar en indagar sobre ella.
- Nada más alejado de la verdad. Yo tengo un máster en aparentar lo que no soy- dijo
nuevamente con esa mirada triste y distante- Tengo que irme.
Mientras la miraba desaparecer tras el contraluz de los troncos, me pregunté una y otra vez,
donde diantres estaba la línea divisoria entre lo que yo me había obstinado en creer y lo
verdaderamente posible… ¿era tan delgada como dicen o era acaso que, no me daba la gana de
verla?


V
Dos semanas después, seguí sin tener noticias de ella. Mentiría si dijera que no esperé que
apareciera y que no me decepcionara el hecho de que no hubiese tenido la misma lectura que yo, de
ese ciclo de coincidencias caprichosas.
Concluí que tanto tiempo aislada entre plantas, libros y paquetes de cigarrillos, me había
hecho perder todo sentido de la realidad sobre las cosas y evidentemente sobre las personas.
Súbitamente, Ariane me había despertado sensaciones olvidadas, que de manera fugaz, le habían
devuelto algo de magia a una vida ahogada por mucho tiempo en la apatía. En otras palabras, me
había inventado un personaje a la medida de mis sueños - A las musas o las bajas a tierra y las
olvidas, o terminan por nublarte la cabeza- Le había oído muchas veces decir a Mr. Appleton
mientras limpiaba sus esculturas. Decidí sacudirme la tontería pero para ello, debía yo también
bajar a tierra. Necesitaba una vida fuera de las plantas y sueños imposibles.
Durante las semanas que siguieron, retomé contacto con viejos amigos y asistí a cuanta
fiesta de la universidad se organizó. Conocí una que otra chica y me aseguré de no dejar tiempo libre
para pensamientos raros. Mi cuerpo agradeció rápidamente las noches sin silencio, el abrigo de los
besos, el sudor de otro cuerpo junto al mío, las risas sin explicaciones. Fue como si tras un
electroshock, mis venas se hubieran destapado y la sangre hubiera decidido recorrerme a todo
galope. Fue entonces y cuando comenzaba a convencerme de que no era tan extraordinaria como
mi cabeza la había reinventado, que Arianne re apareció.
Acaba de terminar de repasar uno de los capítulos de mi tesis y me había dejado
adormecer por el calorcito de la tarde en St. Anne's, cuando sentí que alguien hacía sombra sobre mí.
Me la encontré mirándome con rostro demacrado. Profundas ojeras surcaban sus ojos, como si no
hubiese dormido en semanas.
- ¿Tienes un cigarrillo?- me preguntó sentándose sobre la hierba.

Le extendí el paquete y el encendedor. Lo cogió sin agradecer. Tampoco había saludado al
llegar, pasándose por el forro, cualquiera de los típicos protocolos sociales que toda persona común
hubiese seguido, al no ver a una amiga por semanas. Pero claro, definitivamente ella no era una
persona común ni yo podía considerarme su amiga. Me desconcertaba tanto el no saber cómo
interpretarla o que decirle para romper ese silencio que me estaba volviendo loca.
En medio de mi inquietud, metí las manos en los bolsillos y palpé una de las miniaturas que
había terminado hacía unos días y había olvidado dentro de la chaqueta. Dudé primero pero
finalmente le extendí el puño cerrado. Me miró sin entender. Yo entonces abrí la mano dejando al
descubierto una figurilla que semejaba a la cabeza de un unicornio. Sonrió de costado a la vez que
extendía su mano y cogía el cerillo con delicadeza.
- No sabía que existían los unicornios azules…- agregó.
- En mi mundo si que los hay- le dije con una sonrisa nerviosa- ellos son sabios y de espíritu
libre. A no ser que...sean atrapados por una doncella que les robe el corazón- terminé de decir casi
sin voz.
Casi al terminar la frase, me entró la duda horrorosa de haber ido demasiado lejos y pensé
que se marcharía. Sin embargo, ella no se movió. Muy por el contrario, se me quedó mirando fijo a
los ojos, como buscando descifrarlos. Creo que fue la primera vez que quiso ver algo más de mí. Fue
la primera vez también que la sentí verdaderamente presente y cercana.
- ¿Y si me pierdo en tu mundo para que ningún recuerdo me alcance?- preguntó.
- Puedes perderte las veces que quieras, pero… me temo que nunca se vuelve una lo
suficientemente invisible.
Reapareció entonces esa tristeza absoluta que le había visto la primera vez y sentí como
inmediatamente, arrancaba jirones de mi alma mientras me esforzaba por contenerme. Hasta que
no pude y nuevamente las lágrimas chorrearon por mis mejillas. No había nada que pudiera hacer
para evitar conectarme con ella de esa manera. Me miró bastante sorprendida por mi reacción. Por
un segundo pensé que se asustaría y echaría a correr pero se quedó. Entonces extendió sus dedos
hasta rozarme la mejilla.
- Gracias... - me dijo en un susurro antes de acercarse y sellar mis labios con un beso.
Dicen que el gran compañero es aquel quien sabe por encima de todo, compartir los
silencios y eso fue lo que hicimos por varios minutos, durante los cuales mantuvo su rostro apoyado
en mi hombro. Esa tarde, finalmente me contó la historia de desamor que llevaba encima varios
años y que la había sumido en ese estado de tristeza permanente. Me dibujó a la perfección, al gran
fantasma contra el que yo tendría que luchar si quería colarme en su vida.
Al terminar su historia, hizo el ademán de ponerse de pie pero yo extendí la mano y la
retuve. Supe que si la dejaba marchar esa vez, no volvería a verla nunca más.
- No te vayas... -me animé a pedirle con el corazón en la boca.
Me miró.
- Hace tiempo, alguien me pidió lo mismo, confié y fue un desastre-respondió.
- ¿Y si te dijera que conmigo no será lo mismo? ¿Te quedarías?
- No...
Pero ella, no solo se quedó esa tarde sino que regresó todos los días por dos largos años...


VI
Fueron los dos años más felices pero también, los más espantosos de mi vida. Los que me
dejarían la marca imborrable del amor pero también durante los cuales me topé cara a cara, con el
más cruel de mis demonios. Fue cuando aprendí que hasta el amor tenía un precio y que la mayoría
de las veces solía ser impensablemente alto.
Supe desde ese día en el que decidió quedarse, que el viaje hacia su corazón sería lento y
debía ser recorrido con sumo cuidado, ya que el camino que ella misma me había mostrado, estaba
lleno de remiendos cuyas costuras, supuse, no eran de fiar. Durante los primeros meses, me limité a
compartir con Arianne, tranquilos paseos de tarde. Solíamos merendar y conversar largas horas en
uno de los rincones más privados de St Anne. Se trataba de una vieja banca detrás del pequeño
almacén de jardinería que, rodeada de frondosos y enmarañados robles, ofrecía una vista casi
privada al pequeño estanque de los patos. Se convirtió en nuestro refugio, a salvo de las miradas
furtivas de los paseantes, mientras el sol caía en frente de nosotras. Fue durante ese tiempo que
supe de sus ganas de ser periodista.
– Me encantaría viajar y entender de culturas lejanas, hablarle de ellas al resto de
nosotros. A veces siento que vivimos rodeados de tanta ignorancia - me dijo.
– ¿Y por qué no lo haces?
– Mis padres… no están de acuerdo.
– ¿Segura que es esa la razón?- inquirí.
Me miró como avergonzada antes de contestar.
– Yo soy la típica palomilla de ventana. Digo muchas cosas pero me limito a mirar la vida
desde la distancia, sin atreverme a hacer nada que no esté dentro de lo considerado
políticamente correcto para una “Señorita de Blue Ryar”. ¿Ya ves? Qué bien me
educaron mis padres – Guardó silencio pensativa un instante antes de continuar-
Supongo que el venir de una familia acomodada, te adormece, no tienes necesidades
que te empujen a buscarte la vida. Es muy fácil acomodarse ¿Sabes?... además heredé
los miedos de mi madre.
– Hay mucha gente que se busca la vida y se conforma con lo primero que encuentra. Si te
contara la cantidad de gente que conozco que odian sus trabajos por ejemplo pero no
hacen nada por cambiarlos… pero creo que en ti la cosa todavía es reversible- le dije con
una leve sonrisa al final.
– ¿Así? – contestó- ¿crees que podría llegar a ser periodista?
Me incliné hacia ella y le acaricié el cabello. Tuve muchas ganas de besarla pero me aguanté.
– Yo creo que puedes ser lo que tú quieras. Solo te falta un empujoncito.
Arianne me sonrió con ternura mientras me cogía de la mano y terminábamos de
contemplar otro atardecer más en Dublín.

Semanas después, las meriendas comenzaron a salpicarse de caricias y besos que me las
ingeniaba para robarle. Como me gustaba besarla. Podía hacerlo por horas, hasta que los labios se
me cayeran a pedazos. Era como si, con cada beso una partecita más de ella pasara a pertenecerme
y esa sensación de posesión creciente, no tardó en despertar en mi algo más fuerte que la ternura.
Arianne, consciente de ello, me apartaba suavemente y era en esos momentos infames donde
descubría en la profundidad de sus ojos; que gran parte de ella, se encontraba aún perdida en
recuerdos que no me pertenecían.
Sentí entonces como la sombra de aquel fantasma, comenzó a cercarme, tanto que creí
percibir varias veces, su aliento caliente en mi nuca. Inmediatamente volteaba y buscaba a aquella
fiera al acecho entre los robles viejos del parque. Si, era él, su maldito verdugo, el que me la
arrebataba y me impedía reposar segura en su corazón remendado.
El ser consciente de esa presencia tácita, comenzó a afectarme. De la misma manera, como
si me administraran arsénico y me envenenara lentamente. Podía sentir el veneno caliente
mezclándose con mi sangre, haciendo que mi pasión se tornase obscura, densa, irrespirable. Fuí
anidando, además de mi amor por ella, un odio primitivo. Un odio que sin darme cuenta, me
arrastraba, volvía mis caricias rudas y mis besos dolorosos, como si, aparte de hacerle el amor,
herirla también se estuviera convirtiendo en una imperiosa necesidad.
Me haces daño – me decía entonces y yo regresaba a la realidad. La quedaba mirando en
silencio, aterrada por toda esa tormenta de sentimientos encontrados que despertaba en mí y que
me estaban arrastrando por los rincones más asquerosos de mi alma. Sin embargo, Arianne lograba
todas las veces, apaciguar mis dudas y devolverme, si bien momentáneamente, al sendero de la
ternura y del calor. Yo dejaba así de hurgar sombras en sus ojos, prefería no saber y abandonarme,
aunque fuera de mentira, a ese abrazo protector. Ambas lo necesitábamos. Fue por esa época, que
descubrí lo solas que estábamos.
Habían pasado casi ocho meses de ese constante lidiar con su corazón compartido, cuando
una tarde, la fiera apareció. Por lo general yo llegaba antes que ella a nuestras citas. Pero ese día,
Arianne me esperaba, sentada en nuestra banca, con la cabeza hundida entre sus manos y su cuerpo
aparecía como aplastado por una roca inmensa. El aire me pareció impregnado de un olor a madera
quemada. Asfixiante. Cuando me miró, lo supe. No estaba preparada para ese rostro lleno de
remordimiento. Tuve que obligarme a completar los pocos pasos que me separaban de ella. Me
senté y evité mirarla, esperando entre un sudor frío que me bajaba por la espina dorsal, mi
sentencia.
- Quiere verme. Está en la ciudad desde ayer… - me dijo con voz trémula.
Guardé un segundo de silencio. Un silencio que me atravesó como una brasa ardiente.
- No puedo evitarlo… lo siento- agregó finalmente.
Cerré los ojos y mis dientes rechinaron por la presión de mi mordida. Esta vez no reprimí el
grito furioso que había ahogado en mi garganta todas las veces que ella se me había perdido en esos
recuerdos ajenos. Arianne trató de calmarme pero no dejé que me tocara. Con la rabia transformada
en lágrimas que me chorreaban hasta el cuello, la miré. Todo lucía como envuelto en una gran
mancha gris rata.
- ¿Cómo puedes creerle todavía?
- Como te creí a ti…
- Pero él no te quiere como yo ¡maldita sea!
Me acerqué y traté de besarla. Ella se resistió y yo la forcé hasta que nos encontramos cara a
cara. Entonces vi dibujado en su rostro, la sombra de una remota esperanza que él le había vuelto a
despertar y a la que había decidido aferrarse. Reconocí en ella, mis propios sueños. No pude decirle
nada más y la solté derrotada. Arianne esperó unos segundos y acarició mi mano helada. No me dijo
nada más y simplemente se marchó. Una vez más.

VII
Me quedé inmóvil en esa banca hasta que oscureció y los vigilantes del parque me avisaron
que estaban por cerrar. Deambulé no sé exactamente cuánto, sin un destino claro y con la realidad
nublada. Era como si mi cuerpo se moviese solo, sin voluntad. Estar con Arianne, había sido como
andar todo el tiempo al borde de un precipicio, consciente del vacío que podía alcanzarme en
cualquier momento. Ahora ella me había lanzado a ese vacío con apenas un atisbo de
remordimiento pero nada de compasión. Deambulaba por esas calles oscuras y frías de un Dublín
que no llegaba a reconocer, esperando que mi cuerpo tocara fondo y se destrozara de dolor.
Presa de una tonta ilusión, durante la semana siguiente, no dejé de ir al parque, siempre a la
misma hora, con la esperanza de que hubiera recapacitado. Pero ella no apareció. En esos días, mi
cabeza se vio inundada de visiones, que se sucedían una tras otra, con violencia. Arianne debajo de
él, entregándose como una perra en celo, sin límites ni recatos. Él, ultrajando su cuerpo desnudo sin
piedad, con sus manos toscas, ásperas, bebiendo de sus entrañas, dormitando en su piel, sintiendo
su respiración haciendo eco en sus oídos. Ella saciando una y otra vez su lujuria hasta agotarlo, como
una más de las mujeres con las que la había suplantado infinidad de veces. Y mientras tanto, ella le
entregaría su amor, ese por el que yo seguiría retorciéndome en el abismo de la desolación. Decidió
cambiarme por un verso pasajero, que ella se empecinaba en creer que era otra cosa.
Exhausta por un día más lidiando con los demonios que me carcomían el alma, me acosté
finalmente en la cama, que a pesar de no ser muy grande, hacía tiempo que se me había hecho
interminable. Creo que esa noche conocí la cara más clara de la soledad, ese reptil que se desliza por
entre las sábanas dejando a su paso, un rastro viscoso negro que va cubriéndolo todo, alcanzando mi
cuerpo, filtrándose por mis poros y congelando mis huesos hasta no dejar ni un centímetro de piel
sin dolor.
En medio de esa, mi guerra privada por sobrevivir, oí que llamaban a la puerta. Grité que me
dejaran en paz y escondí la cabeza debajo de la almohada. Sin embargo los golpes no cesaron, volví a
gritar con más fuerza hasta que se hizo el silencio. En eso, un grito ahogado se dejó escuchar desde
la calle. Me senté en la cama, agudizando el oído y cuando estaba casi segura que había sido una de
esas alucinaciones mías, su voz me llegó al alma.
Me levanté de un salto y corrí a abrir. La encontré con la falda desgarrada y la blusa cubierta
de lodo. Le faltaba un zapato y tenía el labio partido, sobre el cual se había formado una masa
viscosa y negra de sangre reseca. La miré sin hacer nada. La furia almacenada, había raptado mis
palabras y mi voluntad. Arianne se echó a llorar en mis brazos.
Finalmente la hice pasar, la senté al pie de la cama. Fui por una toalla y una jarra de agua y
se los entregué. Entre sollozos, comenzó a limpiarse el rostro. Tomé distancia y clavé los ojos al
suelo, tratando de amarrar como podía cualquier vestigio de compasión.
 ¿Podrías abrazarme? – susurró- por favor…
Apreté los ojos todo lo que pude y me esforcé por contener a mi corazón idiota, que estaba
a punto de sucumbir. Arianne entonces se abalanzó hasta quedar abrazada a mis piernas y siguió
arrojándome sus lágrimas. Quise gritar, quise huir despavorida para así olvidarla y dejar de ser la
imbécil del cuento, esa a la que se recurre cuando no se tiene una mejor opción. Pero el sentirla tan
desamparada y frágil, como un ciervo asustado en medio de un gran campo de caza, finalmente
terminó por doblegarme y aparqué por un momento, el temporal espantoso de rencor y dolor que
ella había desatado en mi. Me arrodillé delante de ella y lentamente le limpié el labio partido. Para
ese momento, se le había ya formado una sombra morada alrededor.
Supe que, al llegar más temprano a una de sus citas pactadas en el Caledonian, uno de los
hoteles más lujosos de Blue Ryar, había sorprendido a su verdugo en la cama con dos meretrices de
alto vuelo. Al reclamarle, él le había dejado en claro lo efímero de su relación y había terminado por
invitarla a unirse al grupo. Arianne, al parecer habría perdido el control y se había abalanzado
primero contra las mujeres para luego agredirlo a él. Este le respondió con un bofetón que le cruzó
la cara, lanzándola al piso. Luego, la echó de su habitación, acabando así, salvajemente con sus
ilusiones. Mientras me relataba su historia, me mantuve muy quieta a pesar de que por dentro el
salvaje temporal se había desatado nuevamente.
Tras llorar por un buen rato, volvió a abrazarme. Fue uno de esos abrazos que erizan pero a
la vez duelen terriblemente. Lo mismo que las palabras que me dijo a continuación:
 No voy a dejarte nunca. Te necesito tanto…
Tuve claro, que se trataba de una de esas promesas que hace aquellos que ya no tienen
nada que perder y se aferran al único madero flotando para no ahogarse. Sin embargo, al sentirla
tan cerca de mí otra vez, ya no me importó. Una vez más preferí apostar a una vida junto a ella, que
su ausencia. Y para ello debía asegurarme primero, que nadie volviera a arrebatarme lo que ya
sentía mío por derecho.
Después de verificar que el Bromazepan había hecho su efecto y estaba profundamente
dormida, fui hacia el armario y con mis prendas, busqué armar el atuendo más provocativo posible.












VIII
Lo encontré sentado al piano con mirada lánguida mientras jugueteaba con las teclas.
Además de canalla, era dolorosamente guapo. El cabello despeinado justo lo necesario y un
bronceado en estudiado contraste con su barba emergente, le daban un aspecto de rebelde sin
causa, que junto a ese aire melancólico, era perfecto para engatusar a una platea femenina, sensible
y ávida de aventuras. Sin embargo, apenas crucé miradas con él, pude darme cuenta de la lascivia
que emanaba de sus ojos desvelados.
No fue difícil seducirlo y convencerlo en salir a dar una vuelta en el coche. Tras media hora
de demostraciones de destreza al volante y caricias atrevidas de su parte, nos detuvimos en una
zona de parqueo desierta, al borde de la M14, cercada de matorrales y robles viejos. De pronto, en
un breve momento de lucidez, me vi ahí, a punto de ser devorada por esa fiera hambrienta y me
asusté. Quise huir pero él me lo impidió, arrastrándome con violencia nuevamente dentro del coche.
Apenas me besó, todo mi entorno pareció nublarse. Tuve la sensación que me desprendía y flotaba
hacia arriba, hasta anclarme al techo, desde donde podía contemplar la escena que se desarrollaba a
mis pies. De forma casi mecánica; como si de una marioneta se tratase; comencé a mover los hilos
invisibles de ese cuerpo, mi cuerpo, desprovisto de alma. Mientras él se movía como un salvaje
encima de mí, yo me concentré en barrer su piel con mis dedos, con el único objetivo de recoger
cada una de las caricias que ella le había regalado, para guardarlas después en el bolsillo hasta el día
en que pudieran salir llevando mi nombre. Recuerdo que pensé que con ello lograba limpiar la
memoria de Arianne, aunque ahora; con la lucidez que dan los años; puedo confesar que, más bien
fue el premio que me inventé para poder soportar la visión de verme cubierta de mierda hasta las
orejas.
Al terminar de vaciarse, se durmió totalmente exhausto sobre el asiento del piloto. Mi otro
yo, aún de espectador, observó cómo me incorporaba y recogía mis piernas mientras lo quedaba
mirando. Su aliento a alcohol y a sexo, al mío, que bien podía ser el de ella, me hicieron bajarme
violentamente del coche. Al hacerlo, un hilillo de líquido caliente me chorreó por la entrepierna. Las
nauseas me sobrepasaban mientras me vestía con el aire frío azotándome la espalda. Cogí entonces
mi bolso y saqué una pequeña manguera transparente, una de las que usaba para construir mis
sistemas de riego por goteo. La única cosa que había encontrado en casa lo suficientemente larga y
resistente para lograr mis propósitos. Sin embargo al ir a abrir la puerta, sentí que me bajaba la
presión y tuve que hacer fuerzas en las piernas para no caer.
Respiré profundamente, tratando de que el aire limpio llenara hasta el último rincón de mis
pulmones. Hundí los ojos en el suelo, derrotada. Tuve que apretarlos para contener mis lágrimas, a
la vez que revivía, ya de vuelta en mi cuerpo, esos besos babosos, sus manos toscas reventando las
costuras de mi trusa y toda su humanidad moviéndose dentro mío hasta dolerme. Me mordí una
mano para no gritar. Entonces, recordé sus ojos inundados de tristeza y una frase retumbó en mis
oídos: No puedo evitarlo… lo siento…
Casi de forma mecánica, fui hasta la parte de atrás del coche y abrí el maletero. Examiné el
contenido con frustración. Aparte de la gata y la llave de ruedas, solo había una galonera vacía.
Recordé entonces la manguera escondida en mi bolso.
Para cuando el líquido palo rosa, comenzó a fluir hacia el recipiente, había ya recuperado el
aliento. Lo llené a tope. Volví a coche y me cercioré de haber recogido todas mis cosas. Rocié el
interior con el combustible, incluido a él, como si fuera parte de la carrocería. Le prendí fuego y me
alejé. Creo que gritó. No estoy segura. Cien metros más allá escuché una explosión y luego un gran
resplandor que aclaró unos segundos, el inmenso camino que se me abría por delante. Nunca me
volví.
Hice todo el trayecto de vuelta a pie. Cuando divisé mi edificio, había comenzado a
amanecer. Todo a mi alrededor era confuso, aparecía difuminado, como formando una aureola gris y
moviéndose en otro tiempo. Tenía los huesos entumecidos por el frío y la cabeza me pesaba de
cansancio. Entré en casa y divisé a Arianne en mi cama. Aún seguía bajo los efectos del somnífero.
Entonces me encerré en el baño y me detuve frente al espejo. Las imágenes por fin parecieron
aclararse. Me miré un buen rato, notando como mi rostro lucía tosco e inexpresivo, como la de un
cadáver sin voluntad. Tenía los ojos inyectados pero mi respiración era calma, casi imperceptible.
Me horroricé al no reconocerme. Acababa de asesinar a un hombre y por mucho que hurgué esa
noche, no pude hallar ni el más mínimo rastro de remordimiento.


IX

Desperté confundida y sobresaltada, con la sensación de estar en un lugar extraño. Todo en
frente mío lucía desenfocado y cubierto por un espeso humo plomizo, que borraba el contorno de
mi visión, casi como si estuviera viendo a través de una cerradura. Apreté los ojos un momento y
respiré buscando inyectarme algo de calma. Para cuando los abrí nuevamente, reconocí por fin mi
habitación de techos altos y paredes blancas. Vi que aún era de día, pues se colaba algo de luz por la
ventana empañada de frío y a lo lejos, pude escuchar el sonido endemoniado de los claxons en hora
punta. En medio de ese barullo urbano exacerbando aún más mi angustia, me llegó entonces el
sonido suave de una respiración acompasada. Sentí un alivio inmediato al comprobar que ella aún
dormía junto a mí. Quise moverme pero no pude. Tenía el cuerpo agarrotado y adolorido. En el
intento solté un leve quejido que alertó a Arianne. Se giró hacia mí y me miró largo rato sin decir una
sola palabra. Para ella también pareció ser un descubrimiento el hallarse en mi cama a esas horas.
Noté que su hematoma había crecido hasta cubrirle todo el mentón con una mancha entre violeta y
verdosa. Entristecida por esa imagen, hice el esfuerzo de estirar mis dedos y acariciarle el pelo. Un
recuerdo entonces irrumpió violentamente en mi cabeza. Podría haber jurado que sentí su aliento
caliente y alcoholizado en mi nuca. Comencé a temblar.
- ¿Qué te pasa? – me preguntó asustada.
- Tengo frío…mucho...
Pensé que iba morirme ahí mismo mientras mi cuerpo se descontrolaba salvajemente. Ella,
en un acto desesperado, se pegó a mí y me abrigó con fuerza, tratando de contener mi exaltación.
Casi no podía respirar, era como si el aire se hubiera convertido en plomo líquido y que al aspirarlo,
dolía inmensamente. En medio de ese ataque de pánico, Arianne comenzó a besar mi espalda, con
besos cortitos, sentidos y plagados de una dulzura poco común en ella. Cerré los ojos sin poder
evitar que las lágrimas se escurrieran por mis mejillas. Esas caricias fueron en ese momento, como el
agua, esa que llega a un moribundo recién rescatado del desierto más implacable, después de haber
estado perdido durante semanas. A salvo, en brazos de la única persona capaz de apartar mis
miedos y apaciguar mi rencor, fui abandonándome, nuevamente, a esa terca e ingenua creencia mía
de que todo con ella era posible.
- Voy a hacer café, quédate aquí – me susurró mientras se levantaba.
Me acomodé segura bajo las sábanas y cerré los ojos. Casi me había quedado dormida
cuando escuché un grito desgarrador que provenía de la cocina. Iba a bajarme de la cama cuando, a
lo lejos, logré escuchar al locutor de noticias del telediario de las seis, narrar los detalles de mi
crimen.



Acompañarla en su luto supuso resistir más allá de lo imaginable, resistir a la convivencia
con ese dolor, palpar sus llagas en silencio, entre incendios de rencor, culpa y hasta compasión.
Castigo que consideré más que apropiado por haberme convertido en la verdugo de su verdugo, lo
que me hacía también culpable de su tremenda desdicha. Pasar con ella ese trance, supuso también
esperar pacientemente en un rincón; a que un día; a través de esas lágrimas que le cegaban los ojos
y el corazón, por fin pudiera verme.
Y con esa esperanza como único sostén, permanecí a su lado, mientras ella yacía como
extraviada, encerrada en sus recuerdos y tan ajena a mí hasta el punto de dolerme.
Fue cuando apareció el miedo a que la sombra de ese animal no dejara de acecharnos nunca,
que las noches se tornaron más borrosas y oscuras, en donde la impaciencia hacía presa de todo a su
paso y los gatos negros de ojos brillantes parecían inundar las calles. Comencé a sufrir delirios de
persecución, cegueras momentáneas, fiebres y falta de apetito. Poco a poco fui perdiendo la batalla
contra el frío horroroso de una soledad que se acoplaba a mi piel hasta fundirse con ella. Ese
desamparo absoluto en el que empecé a hundirme, me empujó varias noches de desesperación a la
calle Redford, a comprar un abrazo, caricias de mentira y el calor de un cuerpo, que imaginaba fuera
el suyo, estremeciéndose por mí. Aunque al final, pasado el efecto, las sombras siempre terminaban
por atraparme nuevamente, haciéndome tropezar varias veces durante el camino a esa casa en
donde la mujer de mi vida me esperaba con el corazón inservible.
Una noche, una de esas donde la soledad duele más de la cuenta, la paciencia finalmente se
me agotó.
Llevaba como un litro de vodka en la sangre cuando llegué a la puerta del edificio. La luz
encendida del salón que traslucía por las cortinas me advirtieron de su presencia. -Hoy no- pensé- no
voy a poder resistirlo- me dije mientras apretaba los puños contra la pared, como buscando algo de
coraje en algún rincón de mi cuerpo intoxicado.
Subí pesadamente la escalera tratando de alargarla más de la cuenta. Por un momento
pensé en correr pero estaba demasiado alcoholizada para escapar. Finalmente abrí la puerta y al
hacerlo, pude ver que enjuagaba sus ojos rápidamente antes de mirarme y forzar una sonrisa.
Como la odiaba cuando no podía ocultar el esfuerzo que le suponía mostrarse bien ante mí.
Sentí que la rabia me subía a la cabeza, avivada aun más por el alcohol de esa otra maldita noche de
amor comprado.
- ¿Quieres cenar? – me preguntó levantándose con intención de ir a la cocina.
- Quiero que me quieras…





X

Me miró con compasión y fue como si cortara de un sablazo lo poco de voluntad que me
quedaba. Resbalé entonces hasta quedar sentada en el suelo, envuelta en un llanto repentino.
Descubrí lo terrible que era recibir compasión del ser que yo adoraba. Era insoportable.
Arianne intentó acercarse pero yo con el brazo en alto le indiqué que no lo hiciera. Lloré sin
límites, liberando el desconsuelo de la verdad callada por tanto tiempo, que termina por reventar,
destruyendo a su paso las debilitadas fibras de un corazón ingenuo y desesperado. Entre esas
lágrimas que no cesaban de brotar, miré mis manos vacías, tratando de recordar una y otra vez, el
momento preciso en el que opté por abandonar mi cordura para hundirme en el caos del desamor.
- Dime que más tengo que hacer… - dije entonces con voz temblorosa- para arrancarte
ese dolor que te anula al mundo y no te deja ver más allá de ti misma. ¿Debo guardar
todavía alguna esperanza o debo huir en sentido contrario y olvidarme de ti de una vez
por todas? - la miré encontrándome con sus ojos enrojecidos- ¿O es acaso este
presentimiento que me acompaña desde que te conocí, un invento caprichoso de mi
cabeza? Yo caminé por la vida sin un propósito claro hasta que te vi. Me enamoré de
tus ojos tristes sin saber sus motivos y desde entonces no he dejado de desear… vivir en
tu corazón. Regalarte sueños nuevos y victorias que te hagan más fuerte… y risas ¡Por
dios!… cualquier cosa con tal de salvar esto que no sé llamarlo de otra manera que
verdad.
Ella se mantuvo en silencio, soportando mi mirada hasta que finalmente hundió los ojos en
el suelo. Todo el aire habitación fue insuficiente para entrar en mis pulmones y quitarme el peso
que había terminado de alojarse en mi pecho. Resoplé resignada y sabiendo que ya no tenía nada
más que hacer, me puse de pie con esfuerzo.
- Aunque ahora sé que es imposible, de verdad creí que algún día podías llegar a mirarme
con ilusión, que escribiríamos una nueva historia solo de las dos… si tan solo me
hubieses dejado entrar, completamente y no a medias, yo hubiese hecho el resto-
caminé hasta el baño y antes de entrar agregué- cuando salgas por favor déjame la llave.

Me di una ducha larga, durante la cual terminé de ahogar mi borrachera y mis últimas
lágrimas hasta que mis ojos me escocieron. No tenía ni idea de lo que iba hacer sin ella en mi vida,
no quería pensar, esa noche no. Lo haría mañana. Me enfundé en el pijama y salí dispuesta a librar
otra batalla con los fantasmas de mi soledad.


Mi sorpresa fue enorme cuando al salir, la encontré sentada sobre la cama. Desnuda. Un
escalofrío recorrió mi espalda hasta sacudirme las entrañas. No supe cómo reaccionar. Hasta que
ella, extendiendo su mano hacia mí, me dijo:
- Ven… enséñame a quererte…
La miré y en ese instante descubrí en ella unos ojos distintos, llenos de una calidez que me
traspasó, como si fueran alas de ángel abrigando mi pecho helado y apartando cualquier sombra de
tristeza, para dar finalmente paso a la ilusión de vivir algo más que un instante feliz en medio de la
más implacable tormenta.
Me acerqué lentamente hasta sentarme sobre la cama. Apenas estuve cerca de ella, mis
manos parecieron volverse de gelatina, incapaces de hacer nada más que restar inertes sobre mi
regazo. Fue ella entonces quien estiró los brazos para coger mi sudadera y despacio tirar de ella
hasta quitármela. Cuando siguió con mis pantalones, el hormigueo en mi espalda se hizo más
intenso, casi como una lluvia feroz desatada sobre mi piel sin memoria. Las dos quedamos en igual
de condiciones, frente a frente, mirándonos a los ojos, como nunca antes lo habíamos hecho. Ahora
mismo, tampoco sé cómo explicarlo pero fue como si mi soledad se encontrara finalmente con la
suya y firmaran un pacto, el de acompañarse todo el tiempo que les regalara la vida.
Entonces una de sus manos se posó sobre la mía y la guió hasta uno de sus pechos. Cerré los
ojos ni bien sentí la sublime tibieza de esa redondez que abarcaba toda mi palma, casi como si
hubiera estado hecha a mi medida. Mis dedos fueron los primeros en recuperar el control, ávidos
por descifrarla. Nos contemplamos varios minutos, reconociendo y registrando en la memoria, cada
pliegue, cada lunar, cada imperfección, iniciando de a pocos, una danza sentida e íntima, donde por
fin éramos solo las dos, las protagonistas. Su mano sosteniéndome, su pecho en el mío, fundiéndose
en un solo respiro.
El sentimiento se tiñó de deseo contenido y mi boca buscó la suya para perderse en el
vaivén de su lengua que adquiría por primera vez una fuerza que hasta ese momento me había sido
esquiva. Nos revolcamos como dos ramas entrelazadas a merced de la corriente, hasta
impregnarnos de nuestros olores. Sentí claramente como se colaba por mis venas y fluía hasta
mezclarse con ese amor moribundo que acaba de sobrevivir bebiendo de sus besos. Mis ojos
volvieron a nublarse mientras me hundía en su vientre y mis manos terminaban de enredarse entre
sus cabellos con olor a hierba fresca. Lo inexplicable cobraba sentido y una extraña felicidad, una a la
que no estaba acostumbrada, se apoderó de mí, al comprobar que el destino no había obrado
caprichosamente, al traerla a mi vida.
Estaba perdida en la claridad de sus ojos, cuando finalmente entré en ella. Creí que iba a
desmayarme al sentir como el deseo y ese amor joven confluían hasta el punto de sentar sus
primeras raíces. Cuando estalló entre mis besos, tuve la primera gran certeza de que había
rasguñado su corazón lo suficiente como para trazarme un camino seguro hacia el objetivo que hacía
unos minutos atrás parecía imposible: llegar a habitarlo completamente, dejando sus penas sin
historia.

Esa fue la primera vez que hicimos el amor… la primera vez que supe lo afortunada que era
por poder morir y renacer en los brazos de ese amor que había esperado toda la vida y por el que fui
capaz de descender al mismo infierno.

XI

A pesar de la oposición férrea que pusieron sus padres, Arianne se inscribió en el Griffith
College de periodismo en Dublín y ni bien se sumergió en los estudios, su ánimo, su energía, en
realidad toda esa actitud pasiva con la que se había enfrentado a la vida, comenzó a cambiar. Por
momentos me recordaba a una niña curiosa y emocionadísima, que acababa de descubrir un pasaje
secreto al mundo mágico que había construido en sueños.
Recuerdo que para su cumpleaños le regalé una Leica M6 usada pero que funcionaba muy
bien. La cámara no tardó en volverse una extensión de su brazo. Fotografiaba todo lo que se le ponía
en frente, hasta yo misma me convertí en parte de su experimento. Creo que las únicas fotos que
alguna vez existieron de mi, las hizo precisamente Arianne y supongo que a estas alturas, ya no
existen. Debido a ese poco apoyo familiar que recibió, optamos por acondicionar el baño de mi piso
para que hiciera las veces también de cámara oscura. Más de una vez tuve que ducharme entre
manojos de fotos colgadas y siempre me quedaba pegada mirándolas buen rato mientras me dejaba
sorprender por esa capacidad suya para escarbar en las imágenes y mostrarlas de un modo distinto.
Bajo su mirada, una habitación derruida y sucia de pronto podía convertirse en un grito de piedad
para los homeless o un violinista hippie en el metro, en la perfecta excusa para denunciar la falta de
apoyo a la cultura popular. En aquella época, era ya evidente y no solo para mí, ese talento natural
para volver noticia hasta las cosas más cotidianas. Al terminar su segundo semestre, había
desarrollado un sentido de la crítica puntilloso y rebelde, de aquellos que buscaban mover hasta la
última fibra del lector más reacio. Vislumbré claramente que llegaría a ser una gran periodista y eso
me llenó de orgullo.
En cuanto a mí, me gradué de la Universidad de Dublín y entré a trabajar en la facultad de
Botánica, en ese proyecto sobre plantas medicinales que yo misma propuse. Y eso significó no solo
bañarse entre fotos sino comer entre plantas exóticas que poco a poco fui trayendo a casa y con las
cuales practicaba una y mil mezclas experimentales. Si bien Arianne siguió viviendo en casa de sus
padres, pasaba gran tiempo en la mía y ésta no tardó en poblarse de detalles muy suyos, que al
mezclarse con los míos, fueron formando al cabo del tiempo, un caótico pero delicioso equilibrio.
Ávidas las dos por experiencias nuevas, no solo el piso quedó pequeño, sino también Dublín
y fue cuando comenzamos a madurar nuestro plan de ver el mundo. Sobre todo para Arianne, este
plan fue convirtiéndose en una necesidad.
Tras esa primera noche de amor compartido, siguieron muchas otras pero el camino hacia su
corazón no fue nada fácil. Aunque ahora que lo pienso ¿qué cosa lo es cuando de amor se trata? Fue
más bien un camino tortuoso, sobre el cual se precipitaron muchas otras tormentas, plagadas de
celos, silencios desesperantes y llanto escondido. Noches enteras batallando por evitar que se
encerrara nuevamente en las cicatrices de su alma y a cambio, me dejara poblarla de recuerdos
nuevos. Noches espantando mis propios fantasmas. Felizmente no claudicamos, ni ella ni yo.

El tiempo, al menos esa vez, hizo su trabajo y un día le nació la sonrisa. Casi puedo recordar
el momento, fue a fines de la primavera de 1990, en la que tuve la impresión de que mi guerra había
terminado. Era un sábado de esos en los que Arianne solía quedarse y amanecer en mi cama. Cosa
rara, me desperté más tarde que ella y la sorprendí observándome. Por un breve momento me
asusté pero después, pude notar como que sus ojos habían cambiado de luz. Habían pasado de la
noche más densa a una claridad casi celeste y me regalaban una ternura inesperada. Sus facciones
se habían suavizado, dejando atrás la rigidez del dolor extendido por tanto tiempo. Sonreí y lo que
en ese instante fue una mera sospecha, sería confirmado después por su propia voz.
Estábamos terminando de desayunar en medio de esa selva en la que había convertido la
cocina. Arianne leía el diario mientras yo tallaba una de mis miniaturas.
- ¡Es increíble!- protestó- siguen diciendo que los de Amnistía son unos terroristas
disfrazados de activistas pacíficos. Aggg… la política da asco y la iglesia ni se diga.
- Ya, por eso tu no haces política y has decidido mandar a la mierda a la iglesia para estar
con una mujer ¿No?
Ella asintió divertida. Entonces levanté la miniatura que acababa de terminar para
enseñársela.
- ¿Qué es? – me preguntó.
- Un monito- contesté.
- Anda, no me vaciles.
- Pero si está clarísimo.
- Seeee- riendo- seguro, eso es cualquier cosa menos un mono, ¿donde está la cola a ver?
- Pues es un mono descolado – contesté divertida- es que mis miniaturas son sui generis.

Arianne estalló en una carcajada golpeándome cariñosamente la cabeza con el diario.

- Ok… es una mierda – confesé entre risas – antes de lanzar el cerillo a la papelera- mejor
me pongo con el informe que tengo que presentar el lunes y cuelgo cualquier esperanza
de ser escultora de miniaturas. ¿Ya ves? De artista solo tengo la pinta.
Sonreí antes de levantarme para buscar mis papeles. Estaba de espaldas a ella cuando me
dijo:
- Te quiero…
Paralizada, Fui incapaz de darme la vuelta, por temor a que hubiese sido una de mis
alucinaciones. Ajusté un poco los ojos tratando de aclarar mi visión que se había vuelto borrosa,
supuse por la impresión y por las lágrimas que esbozaban de mis ojos. Esperé todo el silencio que
siguió a esa confesión con la respiración reprimida, hasta que Arianne, como si hubiese leído mis
pensamientos, se me acercó por detrás y me rodeó por la cintura, apoyándose contra mi espalda.
Cerré los ojos, sintiendo mi corazón entrar en una locura inesperada, al sentir como esa pieza
faltante con la que había vivido hasta ese día, le era devuelta sin previo aviso. Fue uno de esos
momentos soñados miles de veces, que hubiese querido prolongar una eternidad y al que vuelvo
constantemente aún después de tantos años.
- Vámonos lejos de una vez. Mis padres comienzan a hacer preguntas que no quiero
contestar y esta ciudad me ahoga, además... – Hizo que me girara hacia ella- ya no me
gusta acostarme lejos de ti.
- ¿Estás segura?
- Nunca lo estuve tanto…
Ella me acarició el cabello y me regaló una de las sonrisas más bonitas que mis ojos
registraron alguna vez. La quedé mirando un instante y en ese preciso momento, una gran sombra
nos envolvió. De pronto sentí como si sus palabras me quedaran grandes. El alma se me cayó a los
pies, al recordar que mis manos llevaban la marca indeleble de la sangre de un hombre. Por primera
vez, ese crimen me pesó tremendamente sobre la conciencia.
- ¿Qué te pasa? – me preguntó extrañada.
- Es que yo….
Por un segundo tuve el impulso de decírselo. De confesarle sobre esa noche pero el terror a
perderla, silenció mi voz y tragué de regreso aquel intento de confesión. Sin embargo me había
puesto muy nerviosa y para evitar ser descubierta me volví con la intención de ir en busca de mis
libros. En ese movimiento brusco, la vista se me desenfocó nuevamente pero esta vez hasta
oscurecerse por completo, haciendo que tropezara fuertemente contra la mesa del comedor, que no
llegué a ver.
- ¡Cuidado! ¿Estás bien? – me preguntó acercándose preocupada.
- Si… creo que ese informe me ha tenido en vela muchas horas. Me duele la cabeza.
- Ven tonta… - me dijo mientras me ayudaba a enderezarme- vamos a que duermas un
poco entonces.
- Voy pero con una condición.
- ¿Cuál?
- Que vengas conmigo – le dije. Ella sonrió y me besó en la boca antes de abrazarse a mí.
- Oye
- ¿Qué? – pregunté.
- Damos asco ¿no?
- Si… pero que importa, nadie nos ve…
Más allá que una propuesta romántica, lo que en realidad hice fue pedirle que me
acompañara porque hasta cuando llegué a la cama y me eché junto a ella, no había recuperado del
todo la vista.



XII

Después de recuperarme de ese accidente con la mesa, episodios similares, comenzaron a
repetirse con mayor frecuencia. Me ocurría solo por las noches. Las luces de las calles aparecían ante
mis ojos bastante tenues, casi como velas a punto de ser tragadas por un gran marco informe de un
negro absoluto que rodeaba mi vista. Era como mirar a través de un agujero. Este raro fenómeno,
hizo que empezase a caminar con zozobra por las calles de Dublín cuando estaba sola. Reduje
entonces, mi radio de acción a esas horas, limitándome a zonas cercanas a mi edificio o a St. Annes,
en donde me conocía de memoria todo el mobiliario urbano y demás cosas con las que podía
tropezar. Sin embargo y a pesar de lo vulnerable que comencé a sentirme, decidí ignorar todo
aquello que amenazara mi felicidad recién conquistada. Le eché la culpa al stress y creí que si me
esforzaba por verlo todo dentro de los parámetros de lo normal, pronto esa sensación de
inseguridad desaparecería y las noches volverían a ser las de siempre. Lo mismo hice con mi secreto.
Me dejé envolver, consciente o inconscientemente, no lo sé, por una especie de amnesia que me
distanció de ese asesinato, al punto de auto convencerme que se había tratado de un mal sueño.
Fue en aquella época, que creí que había logrado escapar de las consecuencias de mi crimen,
pero me equivoqué.
A comienzos del otoño de 1990, aquel agujero negro apareció también durante el día hasta
volverse permanente y me asusté. Sin que Arianne se enterara, acudí al médico. Es curioso pero
después de tantos años, recuerdo a la perfección el rostro del doctor Brown, leyendo mi veredicto
con sus gafas negras a lo Woody Allen. Tras varios análisis y pruebas que me mantuvieron en vilo
cerca de cuatro semanas, finalmente recibí mi sentencia: Cadena perpetua.
- Es congénito...
- ya... y ese tratamiento que propone, ¿que lograría?
- Retrasar el proceso unos años.
- Pero al final sería lo mismo. ¿Verdad?
- Siento no poder decirle otra cosa.
- No se preocupe. Tal vez si fuera dueño de uno de esos laboratorios en donde esconden
las curas para llenarse los bolsillos manteniendo a la gente enferma, podría decirme
otra cosa, pero es solo un doctor que hace su trabajo...gracias de todos modos.
Recuerdo que al salir del Blacker Medical Center, la luz del día me dolió hasta las sienes.
Caminé un par de calles y casi por inercia me adentré en el Grandie’s Pub de City Line. Ordené la
sopa del día, una hamburguesa con queso y tocino, papas fritas y helado de chocolate. Engullí todo
en siete minutos, a pesar de no tener hambre. El agujero que se me había formado en el estómago
era tan grande que pensé que con toda esa comida podría llenarlo y así dejaría de sentir ese frio
insoportable, traspasándome y amenazando con dejarme sin respiro, inerte para siempre. Mientras
comía, mis ojos se quedaron inmóviles sobre el gran ventanal desde el cual, al otro lado de la calle,
se podía ver un gran anuncio promocionando un tour al África. El slogan decía: Conoce tus límites en
este mágico y exótico destino. Estaba claro que yo no había necesitado salir de Dublín para conocer
mis límites...y consecuencia de ello, tocaba entonces emprender el largo camino hacia mi expiación.
Cuando abandoné el pub, el sol estaba por ponerse. Me encaminé hacia St. Anne y me senté
en la banca solitaria a mirar ese atardecer. En un momento alcé la vista al sentir el ruido de las hojas
de los arboles golpearse unas contra otras. Al fondo, se escuchaba el graznido de los patos en el lago.
Cerré los ojos, tratando de poner mi mente en blanco y abandonándome a esa especie de orquesta
de sonidos, dejándome acunar con ellos mientras mis mejillas se mojaban de desconsuelo. Miré
entonces como el sol caía rendido sobre el horizonte e iba apagándose lentamente, casi como mis
ojos. Memoricé esa tarde, cada detalle, cada gama de color, los pliegues de los troncos torcidos, el
amarillo de las hojas a punto de caer, los anaranjados y rojos de los picos de los patos en contraste
con su blanquísimo plumaje. La banca de bronce y madera envejecida en donde la besé por primera
vez...
Había quedado con Arianne en encontrarnos en casa para cenar pero yo no aparecí hasta
entrada la noche, cuando estuve segura de haber juntado todos los pedacitos de mi alma rota. Ni
bien la vi me le acerqué y la abracé como si con ello lograra fundirla a mi cuerpo el resto de la vida.
Minutos después yacía junto a ella, desnuda sobre la cama. La contemplé largo rato, recorriendo
cada parte de su cuerpo con mis dedos. Me detuve mucho más que otras veces, sintiendo cada
textura, cada curva, cada pliegue, casi como si fuera a después tener que dibujarla de memoria un
millón de veces. Cuando terminé de amar hasta su más pequeño detalle, me recosté a su altura y le
susurré: véndame. Mientras ella me amaba esa noche, yo no solo sentí que me moría sino que traté
de reproducir algo parecido a una película de Arianne en mi cabeza, tratando de asociar cada
movimiento que hacía a una imagen concreta, anotando mentalmente los detalles que faltaban para
poder robarlos en los días siguientes y esa película corriera con facilidad. Supe desde ese momento
que el camino hacia la expiación de mis culpas, solo podría ser soportado si de alguna forma me la
llevaba conmigo. Semanas después, cuando finalmente logré reproducir esa película a la perfección,
comencé a armar mi discurso de despedida.
El discurso, dicho con la frialdad de quien aparenta no tener corazón, fue tan cruel que aún
ahora, después de tantos años, me es imposible reproducirlo. Frases estudiadas para clavarse como
estacas ardientes dentro de la carne hecha trizas. Solo repetiré una, la más lapidaria de todas: Yo lo
maté... después de acostarme con él.
Aún se me parte lo que queda de este corazón enfermo de silencio, al recordar la expresión
de su rostro, teñido de horror por mi confesión. Me miró como quien mira a una bestia a punto de
atacar. Después fue aún peor. Había conocido la tristeza y la felicidad de sus maravillosos ojos pero
nunca los vi como esa tarde: Devastados.
Tras varios segundos sin reacción, finalmente corrió hacia mí, desesperada y me abrazó con
fuerza, como si quisiera negarse a esa verdad que le había prácticamente vomitado a la cara. Pero
luego, aún con el rostro hundido en mi pecho, me golpeó repetidas veces, como con una mezcla de
impotencia y furia casi salvaje. No puse resistencia y sentí como cada uno de sus golpes cargados de
amargura, abrían una herida sangrante dentro de mí. Cerré los ojos para no llorar al darme cuenta
que acaba de convertirme en la verdugo del ser que más adoraba. Creo que no hay nada más
insoportable que ser consciente de ello y no poder hacer nada para evitarlo.
Esa fue la última vez que la vi.
Las semanas que siguieron a esa tarde, fueron como vivir en un infierno de dudas y pena,
esperando a que vinieran en cualquier momento por mí. Pero ella no me delató y más bien me
condenó a algo peor. A una lucha desesperante por no sucumbir a mi egoísmo y salir corriendo en su
búsqueda. Todo ese calvario fue mucho más difícil por esa inexplicable conexión que tenía con ella.
A la distancia, en sueños o despierta, seguía presintiéndola, con una claridad tal que casi sentía su
dolor flotando por mis venas hasta encogerme los huesos. La angustia no me dejaba ni un minuto y
fácilmente hubiese vendido mi alma al diablo con tal de poder abrazarla una vez más… pero eso
habría sido condenarla a una vida sin futuro.
Fue una lucha también por aprender a lidiar con esa soledad que en el silencio de mi
habitación me golpeaba sin piedad y parecía iba a tragarme en cualquier momento. Las sombras que
me acechaban constantemente me importaron muy poco. Nada se comparaba a la oscuridad que su
ausencia había sembrado en mi alma y a la visión desoladora de una vida sin ella.
Tres meses después de ese último encuentro en el parque, supe que Arianne había dejado
Dublín. Lloré por dos días enteros. Fue como si me arrancaran el último suspiro de vida que me
quedaba pero también me enorgullecí tanto de ella. La niña de mis ojos finalmente lo había logrado.
Había decidido luchar por ella misma y se había lanzado a la conquista de ese mundo que se abría a
sus pies. Estaba claro que yo no tardaría en ser un accidente más en su vida, al cual tarde o
temprano terminaría olvidando.
Dicen que en la vida todo se paga y yo comprobé en esos años que era verdad. Había
logrado eludir a la justicia humana pero me había olvidado de la otra, esa de la que tanto solía hablar
mi madre cuando vivía y de la que nadie finalmente escapa.

Perdí la vista por completo un viernes 25 de Julio de 1995. Tenía veintiocho años.

XIII

Tiré del alambre y lo anudé hasta dejarlo anclado a la base de corcho redondo. Al terminar,
repasé con mis dedos la forma de madera, cerciorándome de que todo tuviera el tamaño preciso.
Me levanté entonces de la mesa y caminé los cuatro pasos y medio que me separaban del estante.
Tanteé con cuidado hasta encontrar un espacio vacío y coloqué la miniatura sobre la repisa. Fue
entonces que sentí la puerta de la calle.
- Llegas tarde Patrick- comenté.
- Siempre me pillas, ¿Cómo lo haces?
- Porqué pasadas las ocho, me suenan las tripas.
- Ya… voy a preparar algo de desayunar entonces- sentí que se alejaba cuando agregó-
¡Guau! Qué bonito te quedó ese, ¿una lechuza verdad?
- Si…
- Me gustan las aves nocturnas – dijo.
- A mí también. Quien tuviera la misma destreza para volar en la oscuridad… - repuse
mientras me asomaba al balcón para sentir el viento helado en la cara.
- ¿Tienes una idea de cuantas mini esculturas llevas?
- Mil ochocientas– contesté.
- Estaba seguro que sabrías – afirmó con tono divertido.
- No hay ningún misterio, termino una cada dos días. Si eso lo multiplicas por diez años y
le restas los días que estuve enferma, ¡voilá!
- Vaya… creo que te contrataré para que me ayudes con mi contabilidad personal.
- Tu contabilidad personal se verá afectada muy pronto sino haces algo de desayunar.
- ¡De inmediato jefa!
Sonreí al escucharlo golpear sus talones uno contra el otro como un militar antes de meterse
en la cocina. Patrick llevaba tres años ocupándose de mí por las mañanas. Una nutrida fila de
cuidadores desfilaron antes que él y a decir verdad, ninguno duró más de un par de meses. Fue el
único que no me trató como a un adorno obsoleto e inservible y más bien mostró una genuina
vocación por ayudarme a que mis días fueran más llevaderos. Era un muchacho sensible, espabilado,
que sabía cuando ser discreto, lo cual me acomodó enseguida. Era además divertido y muy pronto
terminó por ganarse mi afecto. Fue el único amigo que hice y mantuve desde que empezó mi
ceguera.
Esas primeras horas del día eran las que más disfrutaba, cuando el café inundaba el
departamento con ese aroma que tenía el poder de abrigarlo todo y ahuyentaba por momentos los
fantasmas de mi soledad. En esos años que llevaba viviendo en la sombras, mi olfato se había
desarrollado muchísimo. Había aprendido a leer el mundo a través de sus olores. Casi todos
asociados a algún recuerdo de mi vida anterior y que terminaban por gatillar en mí sentimientos de
todo tipo. El olor dulzón del verano me daba sosiego o el de madera húmeda del invierno, que
terminaba siempre sumergiéndome en la melancolía de las cosas perdidas. El chocolate recién
hecho me devolvía la sensación de hogar y los jazmines me recordaban a ella. Los olores tenían la
propiedad de hacerme viajar por todos los estados posibles y era a través de ese viaje, que podía
comprobar que aún quedaba algo que funcionaba dentro de este corazón viejo y remendado.
Esa mañana desayunamos en medio de la acostumbrada lectura que Patrick me hacía de un
selecto grupo de diarios que él cuidaba siempre de comprar, camino a casa.
- La misma mierda de siempre – resoplé.
- Siempre me dices lo mismo cuando leo sobre política.
- ¿Pero qué quieres? si todos los dirigentes estos, son una sarta de rastreros avaros y
codiciosos- agregué con fastidio.
- Bueno ya. Pasemos a algo que no despierte tanto tu lado subversivo.
- Arianne me decía lo mismo… que tenía un lado subversivo…
Por un momento breve, guardé silencio mientras mi cabeza se perdía en la nebulosa de mis
recuerdos. Sentí entonces que el acariciaba mi mano con afecto.
- Bueno va… dale, cultura que nos viene bien para desasnarnos- dije en un intento por
sacudirme ese brote súbito de melancolía.
- Pues…la verdad, no hay nada de interesante… el cine… no salimos de la mierda de Harry
Potter y sus secuelas…ohh… la semana que viene hay un concierto de Bach! Tenemos
que ir- me propuso entusiasmado.
- ¿Mejor porque no llevas a Samanta?
- Porque ya no estoy con ella.
- ¿Qué? Pero si hasta hace dos semanas querías bajarle la luna.
- Ya… me equivoqué, muy superficial.
- Pues… a mí se me hace que eres demasiado perfeccionista.
- No lo creo… ¿sabes? a mí me pasará como a ti- afirmó.
- ¿A qué te refieres?
- Que cuando vea a la chica de mis sueños, lo sabré enseguida.
Tuve el impulso de responderle. De decirle que no le deseaba tal suerte, que era preferible
sentir algo más cotidiano y tranquilo, que un amor inmenso y desbocado, capaz de hacernos perder
la razón. Pero callé, callé porque finalmente yo no tenía ningún derecho a matarle la ilusión.
- Bueno va, lee… - le dije entonces.
- Hay un evento del Irish Independent en el Hilton. La vigésima quinta premiación a los
más destacados periodistas del año y como coincide con las bodas de plata del periódico,
pues han decidido tirar la casa por la ventana. Va venir mucha importante. Aquí
mencionan…a ver al Times, a los del Guardian, la BBC… ¡guau! Parece que va estar muy
interesante. Aquí está la lista de premiados. Johnny Tyler por la disertación sobre el
calentamiento global, Brian Zeppa por el documental del IRA, varios premios a mejores
entrevistadores de la farándula... y darán a conocer al que se lleve el titulo del periodista
del año. Es una terna, Johnny Tyler otra vez, Armando Johnson por el reportaje sobre el
aborto y…
Patrick guardó silencio de pronto. De inmediato sentí una tensión poco usual en él que
flotaba en el aire.
- ¿Qué te pasa?- Le pregunté extrañada.
- Nada es que… tengo sed, ¿Quieres algo de tomar?- me dijo con clara intención de
cambiar de tema.
- ¿Patrick que pasa? – insistí. El siguió en silencio. Comencé a inquietarme- Habla de una
vez, ¿Quieres?
- Van a premiar a la periodista Irlandesa que realizó el documental sobre los veteranos del
conflicto de Irlanda del Norte. Ese que jodió a medio país ¿te acuerdas?
- Si claro, imagino que por el cambio de gobierno, ya pueden decir quien lo hizo. Mira tú,
nunca sospeché que el Independent lo hubiera financiado.
- Pues, aquí ponen el nombre de la periodista… Arianne Reynolds.
Me quedé quieta, tratando de contener el vuelco súbito que acababa de sufrir mi corazón.
Por un momento pensé que iba a ahogarme mientras mis latidos retumbaban violentamente en mis
oídos. Hice un esfuerzo por controlar con mi respiración, esa tormenta violenta que el saberla de
regreso me había provocado. Finalmente la taquicardia cesó y dio paso a sendas lágrimas que
bañaron mi rostro. Sonreí.
- Así que Arianne hizo ese reportaje…- Balbuceé con orgullo.
- Si… aquí hay una foto de ella.
- ¿Dónde?
El extendió el diario sobre la mesa y guió mi mano hasta el papel. Yo repasé esa zona con
mis dedos, como si con ello pudiera acariciarla. Cerré los ojos buscando una imagen suya, una de las
tantas que poblaban mis sueños desde hacía tanto. Por primera vez, todos esos recuerdos que había
guardado con el cuidado de quién vigila su tesoro más preciado, no me fueron suficientes.
- ¿Me la puedes describir? – le pedí casi sin voz.
- Tiene el cabello largo hasta los hombros, liso, muy negro. Algunas canas lo salpican. Su
rostro es delgado y anguloso, muy blanco, tiene líneas de expresión, de esas que le salen
a uno que suele arrugar la frente. Lleva un jersey color azul, con cuello alto. Sus ojos
son…
- Azules, casi transparentes, que te miran como traspasándote…
- Si… es muy guapa.
- Lo sé… - le dije entre sendas lágrimas que me brotaban sin reparo. Él me extendió un
Kleenex.- ¿sabes Patrick? Hasta ahora había pensado que estar sin ella había sido el
mayor castigo que podía recibir en esta vida, pero me equivoqué. Mi mayor castigo es
justamente este, el no poderla ver otra vez, reconocerla, descubrir sus rasgos nuevos,
que las marcas de su rostro me cuenten su historia, esa que me perdí, que ya no me
pertenece… no tienes una idea de cómo duele.








XIV

El solo hecho de enterarme que Arianne había vuelto, hizo que suspendiera mis
acostumbrados paseos a St. Anne por pánico a que me viera y me atrincheré en casa, como haría un
soldado esperando un ataque mortal. Se me borró el sueño de un plumazo, lo que hizo que
empezara a deambular por todo el departamento hasta casi el amanecer mientras los recuerdos
volvían transformados ahora en dardos hirientes, a atormentar un corazón que a duras penas había
aprendido a vivir con resignación. Convulsionaba nuevamente mi vida, de la misma manera como la
había convulsionado aquella tarde lluviosa en la que descubrí que era ella a quien yo estaba
destinada a encontrar.
Patrick preocupado insistía que comiera pero una sensación de estómago revuelto apenas
me permitía probar bocado. Mi humor se volvió volátil, oscilando en cuestión de segundos, de la
melancolía profunda a la desesperación.
Una noche de esas en que me revolvía en la cama incapaz de dormir, me levanté y caminé
hacia el salón. Tanteé la mesa del comedor hasta toparme con el álbum de fotos, en donde Patrick
me había ayudado a guardar el recorte periodístico. Lo cogí y fui pasando hoja por hoja, todas esas
fotos que Arianne había tomado alguna vez y que volvía a recordar al leer la leyenda Braile que le
había puesto a cada una de ellas. Finalmente llegué al recorte y volví a repasarlo con mis dedos.
Primero con el rostro hacia el techo, concentrándome en que mis dedos me revelaran algo más.
Luego hice como si fijara la mirada en ese retazo de papel, buscando al menos una miserable sombra
que en un descuido, mi carcelero destino hubiese dejado olvidada para mí. Me levanté torpemente y
a tientas comencé a encender todos los interruptores de luz que casi nunca usaba. No percibí
cambio alguno. Caminé entonces hacia la cocina y rebusqué en la alacena mientras varios paquetes
de lo que supuse galletas y algunas latas de conservas, resbalaban hasta el piso. Finalmente
encontré mi vieja linterna, la que solía usar obsesivamente justo en esos meses antes de quedar
ciega y alumbrar lo poco del mundo que me quedaba. Regresé al comedor a tropezones y volví a
coger el recorte. Apunté la linterna hacia el papel, apretando los ojos mientras la respiración se me
entrecortaba. Pero esa negrura que me había envuelto sin piedad por tantos años, seguía ahí
inquebrantable. Mis latidos se volvieron tan salvajes que retumbaron contra todas las paredes que
me rodeaban. La sangre se disparó hacia mi cabeza al punto que pensé iba a explotarme. Todo mi
cuerpo se erizó violentamente, haciéndome lanzar la linterna contra la mampara del balcón.
Mientras el golpe seco de la linterna antecedía a un vidrio que estallaba en mil pedazos, liberé un
grito, hondo y ronco, eco inevitable de ese dolor capeado por tanto tiempo, que volvía intacto, como
un veneno que azotaba sin piedad mientras se mezclaba con mi sangre e iba formando miles de
llagas a su paso. Fue en ese preciso momento que comprendí que aquella película perfecta que
había construido en mi cabeza con su recuerdo y que se había convertido en mi boleto de
supervivencia todos esos años, acababa de caducar y no tenía como renovarlo. Sentí claramente
como esa noche, mi corazón con mil remiendos, recibía una estocada mortal.


XV

Un bip constante y un fuerte olor a alcohol me despertaron. La cama donde estaba era
bastante dura y las sábanas tiesas. Reconocí entonces el olor a farmacia y a cera no lustrada del
hospital Metropolitano. Al mover uno de mis brazos, sentí dolor e inconscientemente lancé un
gemido. Escuché pasos dentro de la habitación.
- No te muevas, tienes varios cortes.

Reconocí inmediatamente la voz de Patrick acercándose. Se sentó a mi lado y comenzó a
acariciarme la frente. Agradecí esos segundos de calidez en medio de ese precipicio que se me había
abierto por dentro y amenazaba con arrastrarme en cualquier momento.

- ¿Te duele mucho? ¿Pido un calmante a la enfermera?
No tuve fuerzas para contestarle. Me dolía muchísimo el brazo y las plantas de los pies. Me
dolían los rezagos de frío que me habían penetrado los huesos durante la madrugada. Sin embargo
ese dolor ciertamente era bastante poco comparado a ese otro que me apretaba el pecho.
- ¿Qué pasó?- me preguntó preocupado- casi me muero de la impresión cuando te
encontré inconsciente, casi congelada y con todos esos vidrios incrustados.
Guardé silencio por un momento, tratando de yo misma entenderme. Cerré los ojos
tratando de evadir las ganas de llorar.
- Me rendí Patrick…eso pasa. Todo este tiempo no he hecho otra cosa que flotar en una
maraña de recuerdos que me distraían de una realidad desoladora, en donde no tengo
absolutamente nada que esperar… solo envejecer y morir.
- Eso no es así… tu puedes…
- Hay personas Patrick que son capaces de armarse una vida sin depender de nadie. Hay
otras personas que necesitan de otro para respirar. Cuando conocí a Arianne, ella se
convirtió en ese respiro que le dio sentido a todo. Cuando supe que iba a perderla, me
preparé como quien se prepara para ir a la guerra, de sus recuerdos, de esa vida breve
que compartí con ella y en la que fui feliz. Ahora que ha regresado, la imagino tan cerca,
caminando por Dublín, absolutamente ajena a mí y encima sin poderla ver y no puedo
soportarlo…
- Tienes que hablar con ella, contarle la verdad.
- ¿Para qué? Dime para que… ella tiene ya otra vida, tal vez una familia, ¿qué podría hacer
al enterarse de la verdad? Lanzarme un poco de compasión. No sé que sería peor.…
estoy cansada amigo mío.
- Yo te necesito…
Sonreí. Busqué su mano y la besé agradeciendo su mentira. Se quedó conmigo hasta que los
sedantes hicieron efecto y me hundieron en un profundo sueño.

Me sorprendió el olor de amanecer, no supe donde estaba. Quise moverme pero no pude.
No solo sentí los huesos entumecidos, sino toda yo yacía ahí, inmóvil, como abandonada a un estado
flotante, inconsciente y confuso, que me arrastraba muy lejos. De pronto una luz blanca
resplandeciente lo iluminó todo haciéndome parpadear varias veces. Reconocí el salón de mi casa, el
balcón lleno de macetitas con plantas muriéndose de pena, miles de vidrios rotos clavados en mis
pies manchados de sangre y mis mil ochocientas miniaturas. Sonreí al darme cuenta que había algo
en ellas que respiraba vida en medio de todas esas cosas muertas. En eso vi el recorte sobre la mesa
de café. El corazón dio un vuelco a medida que trataba de incorporarme. Fue entonces que sentí que
los ojos me pesaban muchísimo. Intenté con todas mis fuerzas levantarme para alcanzarla pero
cuando iba a lograrlo todo se apagó. La habitación entera había desaparecido en un segundo
mientras mis ojos me ganaban la batalla y terminaban de cerrarse. Todo se cubrió de silencio.












PARTE 2






XVI

Llevaba dos horas frente a la pantalla del portátil y no había podido escribir más de dos frases. Se
recostó derrotada contra el respaldar de su silla. Esta maldita ciudad- pensó mientras cogía su
paquete de Winston rojo, la chaqueta de jean desteñido y dejaba el despacho que le habían
acomodado en el periódico. Una vez en la calle, se recostó contra el muro del edificio y encendió un
pitillo. Acaba de dar dos aspiradas cuando Martin Fog, uno de los editores del Irish y viejo
compañero de facultad se le acercó.
- Son las diez de la mañana y ya fumando.
- No me jodas quieres.
- Tu siempre tan cariñosa- le dijo antes de dejarle dos besos en la mejilla- ¿Que pasa
Reynolds?
- Mierda de discurso- resopló- estoy pensando coger mis chivas y…
- Ni te atrevas- le advirtió- tienes que ir, te has enfrentado a medio planeta para ser
escuchada y por fin lo has conseguido.
- Ya…ya lo sé. Si no fuera porque hay mucha gente detrás de esto quienes merecen por
una vez en su vida, ser reconocidos, no iría. ¡Dios! como detesto Dublín. Es como si me
exprimiera las energías. No he hecho otra cosa que bajarme del avión y mi inspiración se
ha desvanecido como por arte de magia.
- Vete al campo, tal vez lejos de la ciudad y su caos, puedas concentrarte.
- Mi padre ha organizado una celebración familiar en mi honor- explicó con sorna.
- ¿El viejo Reynolds, dando su brazo a torcer? No puedo creerlo. El mismo que te llamó
por teléfono y te llamó comunista por ese artículo que escribiste en contra de la
administración Bush. ¿Te acuerdas?
- Claro que me acuerdo, me regaló un par de perlas más eh, no te creas… Pero no es que
haya cambiado mucho la verdad… no hace más que alardear con sus amigos del Country
Club, que su hija será premiada por el Irish pero ni loco menciona el porqué.
- Bueno, es el típico padre conservador, que ve lo quiere ver.
- Exacto… pero ya está viejo y cansado, tratar de cambiarlo a estas alturas es una guerra
perdida, así que estoy tratando de llevar la fiesta en paz el tiempo que esté aquí.
- Bueno reina, voy a entrar, tengo reunión con el gran jefe. ¿Vienes?
- No, aún no se me quita la sensación de claustrofobia. Creo que voy a caminar un rato.
- Te veo luego entonces.
Lo siguió con los ojos hasta que desapareció tras los ventanales de la entrada. Acto seguido,
encendió otro cigarrillo antes de caminar a lo largo de Tara Street hasta alcanzar el paseo George
Quay, al margen del río Liffey. Se apoyó en la baranda y no tardó en abstraerse en las aguas turbias
de ese río que conocía de memoria…



- Arianne Reynolds ¿verdad?
Escuchó de pronto volviendo a la realidad. Al girarse se encontró con un muchacho pelirojo
que la miraba con sonrisa nerviosa. Lo miró como tratando de recordarlo.
- Soy muy mala para las caras. ¿Tú eres?
- Patrick- le extendió la mano- Patrick Brown.
- Perdóname pero, no me suenas en absoluto.
- No claro, no nos conocemos...-dubitativo ante la mirada extrañada de Arianne- creo que tu
reportaje fue sencillamente genial.
- Gracias.
Arianne lo quedó mirando al ver que el muchacho parecía querer decirle algo más. El silencio
se hizo extrañamente incomodo. Hasta que Patrick bajó la mirada como derrotado.
- Bueno me voy... Fue un gusto conocerte.
- Igualmente- respondió por cortesía y se sintió aliviada de quedarse nuevamente sola.
Se disponía a encender otro cigarrillo cuando por el rabillo del ojo, divisó al muchacho
acercarse de nuevo. Escondió una mueca de fastidio ante lo que supuso iba ser tener que oír a un
pesado más, elogiar un trabajo que seguramente ni entendía.
- Mira, discúlpame si te molesto otra vez pero la verdad es que...- tomando aire- Tenemos
una amiga en común.
- ¿Amiga? - dijo levantando la ceja- que raro, yo no tengo amigas en Dublín. Aunque imagino
que ahora mucha gente dirá que es amiga mía…claro… - agregó mientras buscaba el
mechero palpando sus bolsillos.
- Ciara…
Finalmente exhaló Patrick con el corazón disparado. Arianne lo miró con rostro neutro e
indescifrable. Con calma encendió su cigarrillo y dió un par de chupadas.
- Ciara... No había escuchado ese nombre en una década.- Volvió ese rostro inexpresivo
hacia las aguas del Liffey y permaneció en silencio un instante antes de aplastar el cigarrillo a
sus pies- Bueno, me vas a disculpar… Patrick ¿verdad? Pero debo volver al trabajo, buenos
días.
Comenzó a alejarse del muchacho con la misma calma con la que había llegado hasta ahí. Patrick la
contemplaba impotente. Era como si estuviera librando una gran batalla dentro de él.
- Espera por favor... – exclamó de pronto- Yo sé que no quieres oír nada de ella pero...
- No es que no quiera- le dijo volviéndose con apatía- es que en realidad me interesa
bastante poco oír sobre esa loca y menos cuando tengo otras cosas más importantes que hacer.
Giró sobre sus talones y comenzó a caminar en sentido opuesto. Patrick entonces volvió a llamarla
pero esta vez ella no se detuvo. Él subió la voz.
- No tengo permiso para decir nada pero tú eres especialista en escarbar la verdad ¿no?
Investiga entonces. Hay cosas que parecen lo que no son.
Arianne siguió alejándose sin voltear y no se detuvo hasta estar de vuelta en el despacho
claustrofóbico. Se sentó frente al ordenador y comenzó a escribir de forma frenética:

Hace diez años, me miré al espejo y descubrí el rostro de una mujer tremendamente frágil,
marcado por el dolor. Creí que con veintisiete años, mi vida estaba acabada. Miré a mi
alrededor, buscando desesperadamente alguien, algo, lo que sea a lo que pudiera
aferrarme con uñas y dientes, para poder seguir (era ya una experta) pero esa vez, solo
hallé silencio, un silencio que ensordecía, paralizaba e iba carcomiendo mi alma a
pedacitos. Fue en ese entonces que huí, lo más lejos que pude, buscando que los
recuerdos no pudieran alcanzarme. Me interné en los lugares más agrestes, violentos y
desolados que encontré… tal vez esperando que una muerte sorpresiva acabara por fin
con el silencio insoportable.

Hasta que en uno de esos interminables días, de buscar aquel suicidio involuntario, conocí
a Michael Zenni, el protagonista de esta historia que me trae hoy ante ustedes. Sesenta y
seis años, cuatro agujeros de bala tatuados en su espalda, envuelta en una vieja casaca
militar, un paquete de cigarrillos arrugado, un perro viejo abrigándolo en las noches a la
intemperie y una sonrisa que, a pesar de su terrible historia de indiferencia, le llegaba
todavía a iluminar el rostro… yo buscaba la muerte y encontré la vida en un ser que,
irónicamente estaba muerto para resto del mundo… esa noche, por fin supe lo que tenía
que hacer: buscar la verdad y contarla, esa verdad que muchos preferimos no ver para no
incomodarnos, para no darnos cuenta cuan prescindibles e insignificantes somos frente a
otros como Michael, que aprendieron a vivir a pesar de todo… Esta historia, señores míos,
más que una crítica a un régimen, más que un acto de rebeldía, es una historia de fe…
si… fe en nuestra cada vez venida a menos, raza suprema… sobretodo en los tiempos
estos, donde la pérdida de humanidad ya no es noticia...

Hizo una pausa y se apoyó pensativa contra el respaldar de la silla...











XVII

Se tuvo que colgar la sonrisa a la fuerza para recibir los saludos de las amistades de su padre.
Cuando dejó de ser la novedad de la fiesta, se alejó del gentío y se refugió en la esquina más lejana
del jardín donde por fin pudo pasar como espectadora inadvertida. Suspiró. Mientras fumaba
cómodamente, sobre una vieja silla de metal verdoso, una de las tantas reliquias que había
coleccionado su madre a lo largo de su vida, repasó con atención cada uno de los rostros que
poblaban la casa. Hurgó en vano en su memoria. Aparte del viejo Reynolds, no había nadie que le
sonara familiar. Se sintió como si se hubiese colado a una fiesta por equivocación y tuviera la
urgencia de encontrar la puerta de salida antes de que alguien la descubriera. Nada había cambiado
en todos esos años, seguía siendo una extraña en esa casa, sin más arraigo que los débiles lazos de
sangre que mantenía con su padre.
Llevaba varios wiskies encima cuando el último invitado se retiró. Su padre estaba bastante
mareado y lo ayudó a subir las escaleras mientras éste le decía palabras incomprensibles. Con
esfuerzo lo tendió sobre la cama y se dejó caer en el sofá de al lado. Se quedó observándolo un
momento. Luego sus ojos repasaron las fotos enmarcadas en cuadritos de plata, perfectamente
colocadas sobre la mesa de noche. Una era la boda de sus padres. La otra, ella de cinco años sentada
sobre las faldas de su madre y su padre, aun con cabello negro y abdomen plano, las flanqueaba en
actitud firme. No sintió nada, ni siquiera nostalgia. Los súbitos ronquidos de su padre la obligaron a
salir de la habitación. Ya en su antiguo cuarto, se sentó sobre la cama. Abrió el cajón del velador
buscando una pastilla para dormir y entonces descubrió enterrado en el fondo, un frasquito de
vidrio. Dentro se podía distinguir un diminuto unicornio azul de madera balsa. Lo alzó hasta
colocarlo a tras luz y se quedó un buen rato mirándolo. Finalmente lo lanzó de vuelta al cajón y cerró
con fuerza. Cogió el móvil y marcó.
- Necesito salir de aquí. ¿Vienes?
Horas más tarde, fumaba desnuda sentada al borde de la cama de Patrick. Su cuerpo aún
tenía algunos rastros de sudor. Parecía a mil años de distancia. Se movió al sentir que Patrick
estiraba el brazo y le acariciaba la espalda.
- No te inventes historias Patrick- dijo tajante.
- No lo hago, pero tampoco se trata de tratarnos como animales ¿no?
- ¿Acaso no lo somos Patrick? Ese es el típico sentimentalismo estúpido de la gente y la
necesidad de querer humanizarlo todo. Porque no aceptar que se tiene ganas de tirar y
punto.
- ¿Se puede saber porque estás tan enfadada?
- No estoy enfadada. Más bien aburrida. Necesito terminar este trabajo y largarme de
aquí.
- A veces, tengo la impresión de que estuvieras huyendo de algo.
- Oye, ¿Desde cuándo te volviste vidente? – replicó mirándolo con cierta ironía, antes de
levantarse de la cama y comenzar a vestirse.
- Vamos Arianne, son las cuatro de la mañana y hace un frio de mierda allá afuera.
Vuélvete a meter a la cama mujer.
- No, perdóname pero necesito caminar. Te veo mañana en el periódico.
Cogió su bolso y salió rápidamente del departamento. Se frotó las manos al andar unos
metros, cuando sintió que el frío golpeaba sus huesos. Apuró el paso para entrar en calor mientras
caminaba de regreso a Blue Ryar. Cuando llegó al borde de St. Anne’s Park, lo miró de reojo apenas y
siguió de largo hasta casi pasarlo. Iba cruzar la calle pero se detuvo. Por varios segundos se quedó así,
pensativa, con la mirada clavada en el pavimento. De pronto se volvió y miró largo rato ese parque
que la neblina desdibujaba a trozos, dándole un aspecto casi fantasmagórico. Miles de imágenes
asociadas a ese parque escandalosamente frondoso, parecieron desempolvarse de pronto en su
mente. Frunció fuertemente el ceño, casi como si estuviera luchando por no llorar. Entonces, se giró
bruscamente antes de alejarse definitivamente del lugar.