You are on page 1of 5

EN BUSCA DE LA RELIGIÓN VERDADERA: SÓCRATES Y

LUCRECIO
Uno de los grandes temas que ha sido objeto de constante e íntima
preocupación del hombre a lo largo de la historia es el de la religión, y
más en concreto el de la búsqueda y explicación de Dios. Recordemos a
este propósito cómo pensadores de distintas épocas han tenido éste co-
mo tema central de sus obras: San Agustín, Santo Tomás, Malebranche,
Unarnuno, etc. No en vano es un punto que afecta de lleno al hombre,
cualesquiera que sean las circunstancias y el momento en que viva.
En estas líneas queremos presentar un paralelismo que a nuestro
juicio existe en este aspecto entre dos personajes de la Antigüedad clási-
ca: Sócrates y Lucrecio. Efectivamente, cada vez que hemos leído algu-
nos de los versos del De Rerum Natura que se refieren a los dioses y he-
mos pensado en la polémica que dichos pasajes han levantado, en auto-
res posteriores sobre todo, nos ha venido el recuerdo de la que en su
tiempo produjo también la opinión que Sócrates tenía de la divinidad.
Para analizar ambos casos vamos a basarnos en la Apología de Sócrates
escrita por Platón y en los Memorables de Jenofonte y en la obra de Lucre-
cio, en particular.en los fragmentos que tratan de este tema.
En la Apología (24 b) el propio Sócrates presenta la acusación de su
conciudadano Meleto: ((Sócrates comete la falta de corromper a los jóve-
nes y de no creer en los dioses en los que cree la ciudad». Más abajo (26 c)
el acusador, llevado por la ironía del propio acusado, afirma que Sócrates
no cree en ningún dios, de lo que se deduce que es un ateo.
En los Memorables de Jenofonte este punto aparece tratado algo más
detalladamente, pero los términos de la acusación son los mismos (1, 1,2):
«se le acusaba de que no creía en los dioses en los que la ciudad cree».
Pasemos a Lucrecio: varios parajes del De Rerum Natura han dado lugar
a que sobre todo autores posteriores acusaran al autor de impío o ateo l . Los
l
Cf. entre otras obras que tratan de este asunto las siguientes: A. J. FESTUGIERE, Epi-
curo y sus dioses, Universidad de Buenos Aires, Eudeba, trad. por León Sigal, ed. de 1963.
M. F. MOREAU, «Épicure et la physique des dieux», REA 70, 1968. W. FALITH, «Divus Epi-
curus. Zur Problemgeschichte phiosophischer Religiositat bei Lukrez», Aufstieg und Nieder-
gang der romkchen Welt, 1 4, pp. 205-225. G. MOLLER, «Die fehlende Theologie in Lukrez-
text», Monumentum Chiloniense, Festschrift E. Burck, Amsterdam, 1975. 1. DIONIGI, «Lucr.
5, 1198-1203 e P. Oxy, 215 col. 1 7-24: l'epicureismo e la venerazione degii d&, SIFC, NS
48, 1976, pp. 118-130.
1 84 CARMEN TERESA PABÓN
pasajes que se refieren a los dioses son: 1, 62 SS.; 11, 180 SS.; V, 146 SS.,
1161 SS., en los que aparecen distintas opiniones sobre los dioses y que
más adelante veremos.
¿Hay algún punto común a la ideología de estos dos filósofos que
permita dar cuenta de la veracidad o falsedad de dichas acusaciones?
Remitámonos de nuevo a las obras señaladas.
Sócrates deja en evidencia a su interlocutor en la Apología al de-
mostrar que se trata de una acusación falsa. Una de las pruebas es que
él, como todo el mundo sabe, cree en la existencia de los «demonios»
que son considerados como dioses o como hijos de ellos. De esto resulta
evidente que Sócrates cree en los dioses (27 b, c, d). Sin embargo la afir-
mación más profunda que Sócrates hace de los dioses hay que verla en
las palabras que cierran la obra: «...Pero ya es hora de marchar, yo a
morir, vosotros a vivir. Quiénes de nosotros vamos a una situación me-
jor es oscuro para cualquiera de no ser para la divinidad».
Jenofonte, como decíamos, amplía algo más la defensa de su maes-
tro: se le veía participar -dice- tanto en los actos religiosos de su casa
como en los públicos. La diferencia entre él y el resto de los ciudadanos
estaba en que Sócrates decía que a él su «demonio» era quien le hacía
las advertencias referentes a lo que debía hacer o no, y los demás, en
cambio, se servían de pájaros, voces, coincidencias o sacrificios a los que
les atribuían el carácter de mediadores entre los dioses y ellos. Por otra
parte, Jenofonte afirma que Sócrates era más religioso que la mayoría
de la gente; ésta piensa que los dioses conocen algunas cosas y otras no.
Sócrates, en cambio, afirmaba que sabían todo lo que los hombres di-
cen, hacen o piensan en silencio. Además, en todas partes están presen-
tes y dan señales a los hombres acerca de todas las cosas humanas (1, 1,
19).
Como vemos, Sócrates eleva el carácter de los dioses y los aparta de
las creencias y supersticiones de la época, mientras que los vincula con el
comportamiento y la dirección de la vida humana. La idea de rechazar
la caracterización tradicional de la divinidad aparece también en otras
obras de Platón, como, por ejemplo, en la República (377 d) en donde se
dice que hay que suprimir de la ciudad ideal incluso la poesía, porque en
ella se ha desfigurado a los dioses atribuyéndoles hechos y vicios
terribles con los que en ningún modo se les puede relacionar.
Respecto a Lucrecio, además de las voces que se han levantado de-
fendiendo su religiosidad frente a la opinión contraria 2, podemos argu-
mentar con sus mismos textos. En 1, 62 habla del bien que Epicuro su-
2 Entre otros POLIGNAC, BOWLING y HERMANN.
SÓCRATES Y LUCRECIO 185
puso para la humanidad liberando a los hombres del miedo a los dioses
amenazadores, y unos versos después aclara su posición: no es él un
impío, sino más bien es la religión equivocada la que cometió actos im-
píos y criminales.
En 11, 10 asegura que los dioses no pueden ser los creadores del
mundo, porque en ese caso no hubiera tenido tantos defectos. Dentro de
esta misma idea, en el libro V, v. 146 SS. trata de demostrar la incapaci-
dad de nuestros sentidos para aprehender la naturaleza de los dioses, así
como la imposibilidad de que éstos hayan creado al mundo y al hombre.
Es en este mismo libro (w. 1161 SS.) donde Lucrecio trata más amplia-
mente este asunto y vuelve a criticar la confusión de quienes vinculan a
los dioses con los fenómenos de la naturaleza, así como el concepto de
piedad, según el cual adoran a estatuas de piedra o inmolan a los anima-
les. Pero, a diferencia de Sócrates, el poeta latino no insiste tanto en la
imagen que él propone de los dioses, cuanto en la postura que debe
adoptar el hombre ante las creencias que él rechaza. Esta postura en-
cuentra su razón de ser en el mismo hombre, no en la divinidad 3.
En estas afirmaciones de Lucrecio hay a nuestro juicio una postura
bastante similar a la arriba señalada de Sócrates, hasta el punto de que
en cierto modo la defensa que Jenofonte hace de Sócrates podría servir
para Lucrecio, cuyo afán no es sino el de apartar de la religión aquellos
aspectos que atemorizan al hombre e incluso le llevan a cometer actos
verdaderamente impíos, todo lo cual supone una degradación para los
hombres y para los dioses.
Ahora bien, ¿se trata de una mera coincidencia entre los dos filóso-
fos, o algún factor puede explicar en cierta medida este paralelismo?
Creemos que el hecho de que haya hombres dotados de una determinada
cualidad o inspirados por algunas ideas es algo tan profundo que cual-
quier explicación puede resultar banal, pero sí puede ser que ciertas cir-
cunstancias la justifiquen en alguna medida. Analicemos los dos casos:
la condena de Sócrates, en el año 399 a. C., se efectúa bajo un período
de democracia que siguió al terrible régimen de los Treinta establecido
en Atenas al terminar las guerras contra Esparta; pero en esta de-
mocracia los atenienses que recordaran los tiempos de Pericles debían
ver una decadencia sin límites, especialmente de los valores tradicionales
A este propósito podemos mencionar la opinión de M. PHILIP H. DE LACY, «La
recherche épicurienne de la certidude» (resumen en las Actes du VZZZe. Congres Asso-
ciation Guillaume Budé, París, 1968, pp. 172-172) de que el mérito de la doctrina epicúrea
que conocemos por Lucrecio, es el de encontrar los límites de cada cosa que aquí se refe-
rirían a la capacidad humana desarrollada al máximo hasta el punto de no necesitar a los
dioses para explicar hechos que tienen otra justificación.
186 CARMEN TERESA PABÓN
que desde hacía ya años venían poniéndose en duda, como puede obser-
varse en algunas de las obras de Eurípides o Aristófanes. El desconcierto
y la falta de seguridad internos debían de ser enormes en aquel momento.
En estas circunstancias hay que enmarcar la figura de Sócrates, quien
sin duda vio que entre sus conciudadanos, especialmente los jóvenes,
había posibilidades de dejar simiente de un nuevo tipo de hombre y de
renovados ideales de vida, y esta enseñanza referente sobre todo al or-
den moral y religioso la llevaba a cabo, si creemos a Platón, como un
inspirado, prolongando sus metas más allá del hombre, de forma que si
bien es verdad que la figura de Sócrates supone, como dice W. Nestle 4,
el último tipo posible del sabio griego, a saber, el tipo moral , hay que
afirmar también que él con su discípulo Platón fueron los pensadores de
la antigüedad pagana que propusieron ideales más profundos, tal vez
porque les afectaba en gran manera la decadencia en que se iba sumiendo
la sociedad.
Por su parte la situación que constituyó el entorno de la vida de
Lucrecio no puede ser más agitada: la sucesión de las guerras civiles uni-
das a las luchas en el exterior, el mundo de intrigas y ambiciones que
dominaba en la sociedad, tenía que producir una sensación de gran inse-
guridad en el ánimo del ciudadano pacífico y, más aún, si éste era un
hombre dedicado a la poesía, cercano a la figura que hoy calificaríamos
de intelectual inmerso en su propio mundo. En esta circunstancia hay
dos autores que desarrollan de modo particular su individualismo: Catu-
lo y Lucrecio. El primero vuelca toda su actividad y sus sentimientos en
el amor. El segundo se refugia en el ámbito de la filosofía, en concreto
en el epicureísmo que, como debemos recordar con P. M. Schull5, surgió
en un momento también de grave crisis de valores y de angustia que es
comparado por el autor con la época actual.
Hasta aquí hemos visto el paralelo entre Sócrates y Lucrecio, que
podríamos concretar en los siguientes puntos: 1) A Sócrates y a Lucrecio
se les acusó de impiedad y de ateísmo aunque en distintas circunstancias
y épocas. 2) Esta acusación les viene a los dos por romper los moldes
tradicionales de la religión al querer ser más justos y piadosos con los
dioses. Particularmente interesante es el rechazo de uno y otro de todo
lo que conlleva algo de superstición. 3) Ambos tienen en las circunstan-
cias de la época, caracterizada por la decadencia social y por la falta del
respeto en épocas anteriores a todo lo referente a la divinidad, una moti-
vación paralela para tratar del tema de los dioses.
4 W. NESTLE, Historia del espíritu griego, Barcelona, 1961, p. 175.
5 ~Actualité de l'épicureisme», Actes du VZZZe. Congres de I'Association Guillaume
Budé, París, 1968, p. 45.
S~CRATES Y LUCRECIO 187
Bien es verdad que junto a estas afirmaciones hay que destacar gran-
des notas que los separan: Sócrates no seguía ninguna doctrina filosófica
anterior: cabe, pues, denominarle autodidacto, y en parte por basarse en
la experiencia cotidiana, en su propia intuición y en el análisis del
hombre empezando por sí mismo, su visión es mucho más amplia que la
del filósofo latino. Por otra parte, el ateniense no sólo no trató de temas
de la naturaleza, como Lucrecio, sino que pedía que no se le confun-
diera con ese tipo de filósofos (Apología, 26, d; Memorables 1, 1, 11).
Otra diferencia más la tenemos en el hecho de que para Sócrates, como
hemos dicho más arriba, los dioses están cuidando continuamente del
hombre, mientras que en Lucrecio no hay ninguna afirmación de este ti-
po, y si en Sócrates todo se centra en el hombre, Lucrecio centra todo,
incluso la religión, en el entorno de la filosofía física, aunque bien es
verdad que para dar solución a los problemas que acucian al hombre;
pero no la llega a encontrar en su análisis subjetivo, aunque pretenda de-
mostrar lo contrario insistiendo una y otra vez en los mismos conceptos,
en lo que recuerda a la insistencia de autores como Unamuno precisa-
mente en el tema de Dios, que con tanta frecuencia aparece en sus obras
y sobre el que hemos oído contar más de una anécdota en este sentido a
personas que le trataron. Pero esta misma búsqueda de nuevos argumen-
tos y de repetir los conceptos, aunque con términos distintos, es una
prueba de que él mismo no llegaba a ver con la certeza que deseaba esas
mismas verdades.
Hemos querido señalar en estas cuartillas un paralelismo entre los
grandes pensadores de la Antigüedad, a nuestro juicio digno al menos de
esta breve consideración. Cabría añadir un dato más: A Sócrates
aquellas ideas nuevas u otras semejantes le costaron la condena de beber
la cicuta que le traería la muerte, pero lo hizo con la serenidad propia
del que está seguro de sí mismo y de que merece la pena dejar un testi-
monio de su vida. Según dice una tradición, Lucrecio también murió a
causa de una bebida venenosa que tomó voluntariamente. Si lo damos
por válido, tal vez habría que creer que el filósofo romano no encontró
suficiente motivación en sus propias ideas para seguir viviendo por ellas,
defenderlas y darlas a conocer.
Carmen Teresa PABÓN
Universidad Nacional
de Educación a Distancia
Madrid