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11 MICRORRELATOS FINALISTAS DEL I CONCURSO DE MICRORRELATOS DE BCB

33. Paralelos
- Hoy se lo digo - pensó Carlos mirando su reloj mientras salía por el portal hacia una mañana
fresca y húmeda. Cerró su chaqueta y se deslizó hacia el carril de la avenida.
- Llego tarde - pensó Miguel mientras observaba nervioso por el retrovisor el cierre de la puerta del
garaje.
Lucía no sabía nada. Cada mañana disfrutaba de su paseo a la oficina, esos pequeños detalles que
regala la calle con un paraguas abierto en la mano. Julián le sonrió desde detrás de la barra de su
café favorito.
El viento lo encontró sin aliento a los pies del último cruce. ¿Llegaría a tiempo? Verde. Pedal.
Hola, ¿te apetece compartir ese café? - dijo con la cara empapada de entusiasmo.
Lucía miró a los ojos al chico y sonrió. Le pareció simpático y familiar con aquella bici de colores
chillones. Ya la había visto antes.

43. LA DICHA
“Una bicicleta te llevará a la felicidad”- le auguró la vidente. Lleva pedaleando sin cesar en busca
de algo que desconoce por todos los carriles de bici del mundo desde hace quince años. Todavía le
queda medio planeta por recorrer. Y desea que el camino no acabe nunca.

119. TRADICIONES
Recuerdo la primera vez como una sensación indescriptible. Me agarré muy fuerte a tu cintura y
para tranquilizarme, me ofreciste tu mano. Cuando conseguí relajarme eché a volar mi imaginación
y, tal era ésta, que llegué a sentirme un pájaro volando a ras del suelo. Cerré los ojos y disfruté
del viento que me golpeaba la cara mientras seguía agarrada a tu cintura. Y entonces empecé a
reir. Era maravilloso. Y tú reíste también.
Han pasado 45 años desde aquella primera vez. Ahora soy yo la que lleva a tu nieta a la escuela
en bicicleta. Y soy feliz. Y ella es feliz. Lo sé porque la escucho reírse mientras cierra los ojos y
me agarra muy fuerte de la cintura…

127. El otoño.
Un, dos, tres.
Vuelve el vacío. Vuelven las canciones tristes y los días oscuros. Vuelven las hojas secas. Vuelve el
frío.
Regresa el sonido de ruedas apresuradas bajo el pavimento. Unas manos temblorosas sosteniendo el
manillar oxidado. Renace la sensación de libertad, de volar. De olvidarme de todo.
Vuelve el silencio. Vuelve el café y las noches en vela.
Desaparece el dolor. Y sonrío. Estoy perdida en un mundo donde el aire puro y la naturaleza hacen
que todo parezca diferente.
Un,
dos, tres.
Vuelvo a
pedalear.

257.Sueños de campeón
Me duelen las piernas, pero yo sí que puedo, aún tengo cuatro delante, el sudor me resbala por la
frente, el polvo me seca la garganta, el cansancio se apodera de mí, ya he adelantado a uno, ya solo
me quedan tres. Me agarro con fuerza al manillar, me levanto y aprieto los pedales, estoy lanzado,
el sprint es mío. ¡SIII, HE GANADO POR UNA RUEDA!
¡Pero que ruedas ni que pedales! ¡Deja de perseguir a las gallinas y al perro! ¡Si solo tienes un aro y
un palo! ¡Ya nos gustaría tener una bici de esas! Lo bien que nos lo pasaríamos… Esos cacharros
solo lo tienen los niños ricos, y ahora vente a coger la leña que falta.

262. Los surcos del silencio
Mamá nos dijo que había brotado allí, en medio del huerto. Que probablemente fuera un milagro, o
cosa de brujas, de las buenas, que dice, también las hay.
Nos impidió hacer mueca alguna. Con ese luto que asustaba, nos hizo callar y ayudada por
nosotros, llevó la bici al desván. La escondió con los libros prohibidos, con las cartas de papá desde
la cárcel y con su ropa almidonada en un baúl.
El día de Reyes mamá la colocó junto a los zapatos, con un gran lazo rojo.
Corrían tiempos de silencio, de rumores a gritos en el estómago.
En el pueblo dijeron que la bici fue un regalo de Don Fidel, el párroco con el que mamá se
desahoga cada tarde.
Mienten. Yo sé que fue papá, aunque digan que está muerto. Él me confesó antes de que lo
apresaran, que los Reyes, a veces, son los padres.

271. Kildemoes 77 Straight
No es la típica bici. Es vieja pero puesta a punto. Su nombre evoca un taller no sé, danés o de
algún otro lugar tan sugerente. Faldón con volantes en el sillín, elegante, distinguido, y en las
ruedas los abalorios negros prometen anunciar a su dueña con un silbido dulce, como una brisa.
El timbre con restos de esmalte rojo, la dinamo y el foco grandes, brillantes.
Que llego tarde, espera, espera…
Miro el reloj una vez más cuando llega ella. Morena, mil aros repartidos por labios y orejas. Me
baja la taquicardia, pero no hasta su ritmo normal. Morder esa quincallería… La melena le sale por
la capucha puesta, pero, si tiene la mitad rapada, dios santo… Oye, perdona, eh, oye, ¡¡perdona!!
Se va con el plato grande, sin mirar atrás a mis gritos desesperados.
Ahora aparece él, preguntado por su bici, como un loco

274. SIN TÍTULO
Mi madre me pilló con la cincha del casco y, el pellizco fue tal que no pude dejar de llorar.
Luego esa sillita, parecía tan inestable e insegura que tuve que aferrarme con todas mis
fuerzas a sus asideros. Por otra parte, mi madre tampoco parecía muy segura, que si no te
muevas, que si te molesta mi mochila, que si tienes frío...
Luego llegó el viento, la velocidad, las bandadas de palomas...la libertad.

276. TRAS EL HORIZONTE
No conservo recuerdos del triciclo, pero jamás olvidaré mi flamante BH color naranja el día de mi
sexto cumpleaños.
A esta edad los sentimientos lejos de estar contaminados son tan intensos….
Su timbre, la parrilla y los ruedines apenas perceptibles, aunque para amigos y conocidos sean el
centro de atención.
Una espinita de rabia e impotencia se clava, pero es el mayor impulso para demostrar a todos que
tras varias caídas, raspones, risas y abrazos, por fin alcanzo el triunfo más deseado, mantener el
equilibrio y descubrir la velocidad.
Pasadas esas primeras angustias infantiles, llega un placer desconocido, recorrer distancias hasta
ahora impensables: dar la vuelta a la manzana, pedalear por el barrio, bajar por la mayor
pendiente….el mundo ha crecido y cobra sentido la palabra libertad.
Asomada a la ventana contemplo el horizonte veraniego.
A la mañana siguiente emprendo el viaje. Aún tengo tiempo hasta que empiece el colegio.

301. VISIONES
Cuando al sol le queda un tris ella monta en su escoba de dos ruedas y se interna en el bosque que
hay al final de la ciudad, esperando a que la noche llegue. Las hojas que ha arrancado el viento
crepitan a su paso y una arañita se prende a su pelo cuando pasa rozando el tronco frío de un tejo.
Después, cuando la mayoría duerme en sus hogares verticales y los conciertos de las salas han
arrojado a la gente a otros bares, las aceras son todas suyas. Dibuja curvas a la caza del adoquín que
tiembla, rodea la fuente tres veces, atraviesa un callejón estrecho.
Al llegar a la plaza de la catedral, un niño asomado a un ventanuco la ve volar.
Será un murciélago, dice su padre.

302. Propiedades
Tengo en propiedad una farola que alumbra mi calle, aunque a veces se declara en huelga de luces y
nos hace ir entre tinieblas antes de los amaneceres. Tengo en propiedad unas calles que me llevan
donde quiera. No siempre están cuidadas, no siempre están rebajadas, pero la lluvia las limpia, las
inunda y oscurece. Tengo en propiedad unas vistas a tus ventanas que me permiten verte cuando
paso, aunque a veces me cierras las cortinas y me tengo que imaginar el resto. Tengo en propiedad
la libertad de mis dos ruedas, que me llevan por esas calles entre tinieblas, debajo de tus ventanas a
seguir otras estelas. Tengo en propiedad un cielo. Un cielo que me ofrece todo lo que tiene, que me
cubre las penas, me calienta las alegrías, me moja las ganas, me sonríe por las noches y me permite
contar estrellas de camino al infierno.

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