Primera parte: El Duro Despertar

Capítulo uno: Siete Balas.

L

o que había sido un club nocturno era ahora una morgue improvisada. Las

cosas no habían salido como en un principio calculé; el caos de mi vida se dispara como la bala de un revólver, inesperada, explosiva, despedazándote por dentro y por fuera.

Bang.

Estás dormido un minuto y al siguiente te impacta un relámpago, te despiertas con dolor de cabeza y la mitad de tu cuerpo en llamas. La clase de dolor que te quitarías suicidándote, de no ser porque eres demasiado estúpido como para evitar pelear.

Bang.

Las primeras gotas de la lluvia cayeron sobre mi rostro. La pistola entre mis manos temblaba por liberarse, el demonio en su interior maldecía y luchaba conmigo por

expulsar su vómito, como el de la película. El detalle es que cada vez que este demonio vomita, alguien tiene que morir. “Te estás haciendo paranoico, Stark” fue lo único comprensible que oí. Tal vez así es. Tal vez he perdido los papeles sobre quién era el viejo Matthew Stark. Tal vez soy la doble personalidad del abogado filósofo, del fiscal de distrito, del paladín de la justicia que debió ser asesinado y no lo fue. Tal vez somos muchas identidades y todas las demás se mataron las unas a las otras, dejándome para vivir la pesadilla. Y en las pesadillas, sólo tomas las decisiones equivocadas. ¿Alguien se movió detrás de mí? Volteo, hacia el caos, hacia el olor de la pólvora y la sangre. Me adentro en lo que era un club antes de mi visita y una fosa común después. Si el mundo cambia a tu alrededor, ¿no tiene sentido que cambies también? Maldita sea. Ya no sé quién soy.

Bang.

Anoche, en medio de un sueño (o un viaje en el tiempo), era de nuevo Matthew Stark, el fiscal. Traje azul oscuro, camisa azul cielo, corbata azul oscura. Afuera, la prensa esperando para preguntarme sobre uno de los mil casos que manejo. Como fiscal de Nueva Noir, eres un malabarista que, en vez de trabajar con pinos o pelotas, lo haces con bombas de tiempo, con carbones ardientes. Tienes que apretarlos y luchar por dominarlos, aunque te quemen y te cicatricen de por vida.

Bang.

En el sueño de hace tres noches era Matthew Stark, el hijo. Había ido a la tienda de abarrotes y había comprado pan italiano (del que tiene orégano), lechuga, cuarto de kilo de jamón, cuarto de queso, jugo de naranja, caja de cigarrillos. Se los llevaba a mi papá enfermo. Nos preparé sándwiches y vimos una película hasta que se quedó dormido. Le di un beso en la frente y lo cargué hasta su cama.

Bang.

Hoy soy Matthew Stark, el pistolero del diablo. Una vez leí un libro sobre una mujer con diecisiete personalidades. En serio, ¿cómo sabes que no eres una personalidad secundaria?

Bang, bang, bang.

A mi alrededor hay fragmentos de cristal, casquillos de balas, sangre, saliva, cuerpos y muebles caídos en combate. Siete hombres que acabo de matar y no me siento ni un poco más en paz. Son los siete hombres equivocados. Vine por respuestas y ellos dejaron a sus pistolas hablar. Como dijo un gran hombre (Arnold Schwarzenegger, si te lo preguntabas), “los maté, pero todos eran malos”. El ruido otra vez. Ahora lo ubico. Entre los cuerpos, alguien trata de salir. Sujeto su mano y, mostrando que soy el salvador equivocado, apoyo el cañón de mi pistola en su mejilla. —Stark… —le oigo—. Stark, yo no fui… —¿Quién fue? —Fue arreglado… le dabas dolores de cabeza a todo el mundo.

Odio cuando justifican sus homicidios.

Un reguero de sangre en uno de sus costados me indica la potencial posición de una herida. Le presionó la zona con un puño. Grita. Finjo que no me importa. —Stark, estoy herido… tienes… —…Que llevarte a un hospital. Olvídalo. No lo haré. Ninguno de ustedes lo hizo por mí. Me parece injusto actuar de ese modo contigo.

No odiaba realmente a este harapo de hombre. Antes de hoy, no lo había visto. A sus ojos, sin embargo, yo era la encarnación del juicio divino. Ni hablar. Presioné de nuevo.

—Estás sangrando y no quiero que te mueras sin que me digas lo que necesito. —No sé quién fue, pero puedo indicarte a alguien que sí sabe —dice él y una gota de su saliva aterriza en mi mejilla. Me habría limpiado con el dorso de la mano, pero la mano libre la tenía empapada en su sangre.

Me limpio con el hombro. —¿Y bien? —El Cordero Degollado. —¿El Bar? Temblando, asiente. —No me estarás mintiendo, ¿verdad? Temblando, sacude la cabeza. —Me molestaría mucho que me mintieras. Puedo ir, averiguar si es mentira y volver a rematarte. Se ahoga tratando de decir algo. —¿Por qué? —escupe.

Tus últimas palabras perdidas preguntando algo que ya deberías saber.

Me abro la camisa blanca de botones bajo mi abrigo. Ahí están, siete cicatrices, siete círculos en mi torso. Balas de nueve milímetros calzan en las marcas. “Por esto”. Salgo del Club por segunda vez. La lluvia ha aumentado. Me guardo la beretta y extiendo mi mano izquierda. Tengo que restregarla con la derecha para quitarle la sangre.

La mitad de la gente se pasa el tiempo asustada de la muerte y la otra mitad hallando confort al pensar que no piensa en ella. El deseo general es irse cuando ya no importe, anciano, en tu hogar, con tus nietos jugando en el parque, tus hijos dando una conferencia importante en Suiza y tu mujer en la cocina, haciendo una limonada, de las que tienen la rueda de lima en el borde del vaso. Te duermes y dejas de respirar. Tan maravilloso como el diente que se transforma en un billete bajo la almohada.

Cuando te das cuenta de que vas a morir con la cara frente al negro túnel de un arma, te desilusionas bastante. Peor que llegar a casa y descubrir a tu mujer acostada con tu papá. Nada tiene sentido en un momento así, te meas en los pantalones, tu mente busca en pánico un motivo que amerite tu muerte y sólo consigue recordarte las cosas que siempre dijiste que harías y no habías hecho. Bang, bang, bang.

Cuando los siete hombres dispararon pensé, mientras las balas cortaban el aire para venir a arroparse con mis entrañas, en que nunca plantaría un árbol. Ya no tendría hijos ni hornearía un pastel. Golpeado y manejado como un títere por la física, pensé que ya no podría pedir perdón por todas las veces que no fui un buen hijo. Aterricé en el pavimento húmedo y estúpido y no podía recordar la última vez que hice el amor. Nunca sabré cuánto tiempo permanecí ahí, tirado, la necia expresión de sorpresa modelada en mi cabeza. La mitad de la ciudad clamaba mi sangre. Todo delincuente que se preciaba de serlo deseaba llevar una bufanda hecha con las tripas de Matthew Stark, el único fiscal que no se prostituía por una ducha más en un baño de mármol y oro. Mi actitud de paladín llamaba la atención como un gorila en una fiesta de poodles. No debí sorprenderme tanto cuando vinieron por mí. Un milagroso escape del hospital y ocho meses recuperándome en las sombras, oculto de los telescopios fundidos a los rifles de quienes sabían que debieron dispararme en la cabeza y luego hacerlo otra vez para asegurarse. Siete tiros en el tronco y ningún órgano vital dañado es mucha suerte. Y aquello que no te mata… ha cometido un grave error táctico.

Lo que nos lleva a la situación presente. Me llevo un cigarrillo a los labios y miro en dirección a la calle que terminaría en El Cordero Degollado. Dispararle a alguien debería ser un acto personal, íntimo. Al menos deberías dejar una tarjeta de cortesía. Mi asesinato físico había sido un fracaso, pero mi asesinato moral fue un éxito, dibujado como el fiscal más corrupto de Nueva Noir, cocainómano y adicto a prostitutas, también cocainómanas. Ya no tenía sentido llevarlos al estrado, forzar mi palabra contra la de ellos. El atentado fallido había dejado a la virtud y la moral anticuadas siete balas más atrás. Mierda. No debería estar fumando. Me queda un solo pulmón.

Escupo el cigarrillo a un lado y vuelvo a oír los disparos en mi cabeza. Bang. Todavía no sé si soy yo matándolos, o matándome a mí mismo.

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful