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De San Pedro al Papa actual

De San Pedro al Papa actual

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¿Tiene derecho el Papa a considerarse a si mismo cabeza y pastor supremo de toda la Cristiandad? ¿Están todos los cristianos obligados a aceptar su autoridad?
¿Por qué el actual Romano Pontífice, como supremo pastor de la Iglesia católica, es el sucesor legítimo de San Pedro? Los mismos poderes que entregó Cristo Nuestro Señor al Apóstol, residen ahora íntegros en las manos del actual Papa.
¿Tiene derecho el Papa a considerarse a si mismo cabeza y pastor supremo de toda la Cristiandad? ¿Están todos los cristianos obligados a aceptar su autoridad?
¿Por qué el actual Romano Pontífice, como supremo pastor de la Iglesia católica, es el sucesor legítimo de San Pedro? Los mismos poderes que entregó Cristo Nuestro Señor al Apóstol, residen ahora íntegros en las manos del actual Papa.

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Dr. René F. de la Huerta, A.C.U.

De San Pedro al Papa actual

FOLLETOS A.C.U.

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FOLLETOS A.C.U.
PUBLICADOS BAJO LA DIRECCIÓN DEL P. AMANDO LLORENTE, S.J. Director del Buró de Información y Propaganda de la Agrupación Católica Universitaria de la Habana

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De San Pedro al Papa actual
Fue en una reunión de los Tres Grandes durante la II Guerra Mundial. Uno de ellos (ignoro con exactitud quién) propuso que se consultase con el Papa determinado asunto. Aquello no le hacia mucha gracia a José Stalin, por supuesto. Y el Dictador soviético, con ceño adusto y mirada irónica, lanzó su famosa pregunta, que era a la vez un reto: «¿Por qué consultar al Papa? ¿Con cuántas divisiones cuenta Pío XII?» PONTIFEX MAXIMUS No incurriríamos en ninguna exageración al afirmar que el Papa es la figura de más relieve y trascendencia en nuestro mundo actual. Ningún otro jefe de Estado, bien que gobierne en una democracia, bien que funcione como amo omnipotente de un régimen totalitario, cuenta con tan gran número de leales seguidores. Ninguno logra reunir en torno a su persona tantas manifestaciones espontáneas de simpatía y amor, como el Papa, el Sumo Pontífice de la Cristiandad. Millones de peregrinos de todas partes del mundo acuden todos los años a Roma, a rendir su homenaje de veneración, de cariño y obediencia al Santo Padre: ricos y pobres; intelectuales y gente sencilla, laicos y religiosos. Los políticos y los hombres de estado más prominentes quieren tener una audiencia con el Papa. Aun los gobernantes de países, cuya religión mayoritaria no es la católica, han demostrado más de una vez enorme interés en ser recibidos en el Vaticano. Cualquier documento del Papa es acogido con interés por los mil millones de católicos de todo el mundo. Pero también (y esto puede revestir mayor significación), es leído y estudiado por muchas otras personas, que no pertenecen a la Iglesia Católica. La figura que centra todo ese interés universal es el Santo Padre. Gobernante del Estado más pequeño del mundo, sus ejércitos (la fiel y vistosa Guardia Suiza) harían un pobrísimo papel en cualquier acción militar con equipos blindados y armas atómicas. Sus grandes Divisiones no están en la tierra, sino en el Cielo... ¿Por qué ese poder espiritual, que está más allá de los límites de la política y de la fuerza? El Papa podría decirnos que su poderío reside todo él en una cadena histórica que arranca en San Pedro y

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termina en su propia persona. Una cadena sólida e ininterrumpida, en la que no hay "eslabones perdidos" ni saltos en el vacío. Porque el actual Romano Pontífice, como supremo pastor de la Iglesia católica, es el sucesor legítimo de San Pedro. Y los poderes que entregó Cristo Nuestro Señor al Apóstol, residen ahora íntegros en las manos del actual Papa. A sus espaldas brilla como un faro la Promesa Eterna: «Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos... ». LA CUESTIÓN ¿Tiene derecho el Papa a considerarse a si mismo cabeza y pastor supremo de toda la Cristiandad? ¿Están todos los cristianos obligados a aceptar su autoridad? Para hallar la respuesta a tan importante pregunta, conviene pasar por cuatro escalones: Primer escalón: Jesucristo fundó su Iglesia, dándole el triple poder de gobernar, enseñar y santificar a todos los fieles, en todo tiempo y lugar. En correspondencia, dejó bien claramente establecido que todo aquel que quiera salvarse ha de entrar en su Iglesia. Segundo Escalón: Jesucristo instituyó en su Iglesia el Primado, es decir, la autoridad suprema, otorgándoselo a Pedro. Esto significa que Pedro (o Simón) fue escogido de entre los 12 Apóstoles para ser el Jefe de ellos y de toda la Iglesia, reuniéndose en su persona todos los poderes y prerrogativas necesarios para cumplir su función (poder de gobernar, de enseñar y de confirmar en la fe a todos los fieles), tal como se la señaló Jesucristo: «Confirma en la fe a tus hermanos» (Lc 22,32). Esto significa, en suma, que Pedro fue el primer Papa. El servicio de Pedro a la Iglesia (“servus servorum”: siervo de los siervos de Dios) consiste principalmente en confirmar a sus hermanos en la fe, en ayudarles a conservar la fe y a desarrollarla. Ante todo, deberá enseñar las verdades de la fe, exhortar a vivirla, y tomar todas las medidas que conservarla, profundizarla y preservarla del error. Jesucristo le dio las "llaves del Reino de los Cielos", con el poder de "atar y desatar" (Mt 16, 19), para "confirmar a los hermanos en la fe" y "apacentar su rebaño" (Jn 21, 15-17) Tercer Escalón: Tanto la Iglesia como el Primado, fueron instituciones creadas por Jesucristo para la perpetuidad. El mandato "Confirma a tus hermanos" significa: enseña la fe en todos los tiempos, en las diversas circunstancias y en medio de las muchas dificultades y oposiciones que la predicación de la fe 5

encontrará en la historia. Quiere esto decir que, mientras existan hombres, existirá la Iglesia de Jesucristo y habrá un Papa. Esto es evidente. Primero, porque otra cosa sería algo ilógico. Echar a andar toda una institución como es la Iglesia, para que dure lo que ha de durar la vida de los Apóstoles, es cosa que no se le ocurre a nadie e indigna por completo de Jesucristo. Segundo, porque el propio Jesucristo nos declaró que su Iglesia y el Primado de su Iglesia eran para siempre, no para algunos años. Cuando el Salvador dice: "…Yo estaré con vosotros hasta el fin de los siglos", bien sabía El que ni Pedro, ni Juan, ni ninguno de sus Apóstoles y Discípulos ha de durar "hasta el fin de los ·siglos". Algunos habrían de morir dentro de muy pocos años; todos en breve tiempo. ¿Con quiénes, pues, promete Jesús que estará "hasta el fin de los siglos"? Con los sucesores de los Apóstoles, con los sucesores de los Discípulos, con los sucesores de Pedro... Cuarto Escalón: He aquí que si la lógica y Jesucristo no han mentido (y ninguno de los dos puede mentir), nos encontramos ante el hecho siguiente: En algún lugar del mundo, formando parte de alguna Iglesia Cristiana, existe algún hombre que tiene derecho a reclamar para si el ministerio petrino, el servicio de gobernar a la Iglesia. Este hombre (sea quien sea), sería el legítimo heredero de Pedro. Este hombre tendría en su mano el poder de gobernar, enseñar y confirmar en la fe a todos los fieles. Este hombre sería aquel a quien Jesucristo prometió acompañar "hasta el fin de los siglos". Este hombre, en fin, sería el Papa.

¿EN QUÉ IGLESIA CRISTIANA PODRÍA ESTAR EL PAPA?
¿EN LA CISMÁTICA GRIEGA? Como el Imperio Romano fue dividido en dos, uno de Occidente y otro de Oriente, bajo la potestad de un solo emperador, así estaba también en la antigüedad la Iglesia universal, como dividida en dos principales: la Occidental o Romana y la Oriental o Griega. Se componía ésta de las provincias sujetas a los Patriarcas de Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén, todos los cuales 6

reconocieron durante los primeros ocho siglos el Primado y suprema autoridad del Papa u Obispo de Roma, como jefe de toda la Iglesia. Razones políticas más que religiosas motivaron el célebre cisma de Oriente a mediados del siglo IX: desde ese momento la Iglesia Oriental quedó separada de "la Católica" Romana. Antes del cisma, los cristianos orientales reconocían la autoridad del Obispo de Roma: el Papa. Después del cisma, jamás han pretendido que ninguno de sus obispos sea el Jefe Supremo de toda la Iglesia. Se conforman con no obedecer al Papa de Roma. ¿LOS PROTESTANTES? Conocemos con precisión por la Historia la fecha de origen del protestantismo: nació el 1 de noviembre de 1517, cuando Martín Lutero se alzó en rebeldía contra Roma. Hasta ese momento, durante dieciséis siglos, los cristianos de las regiones que hoy son protestantes eran católicos: reconocían la autoridad del Papa y le guardaban obediencia. Después de la herejía luterana, ningún protestante ha reclamado tampoco para si el derecho de erigirse en Jefe Supremo de toda la Cristiandad. Los protestantes, pues, tampoco pretenden tener un Papa. Claro está, ellos no se conforman con no obedecer a Roma, como hacen los cismáticos: han ido mucho más lejos y han alterado progresivamente la doctrina cristiana, pero eso es ya otro asunto... ¿LA IGLESIA CATÓLICA ROMANA? Sí señor: la Iglesia Católica Romana. Si de las tres Iglesias Cristianas hay dos que ellas mismas reconocen su carencia de derechos para dar un Jefe Supremo a la Cristiandad, hay que concluir, aunque sólo sea por eliminación, que es la tercera la que posee ese derecho. O el Papa tiene que estar en la Iglesia Católica, o no hay Papa. Y como Jesucristo quiso que hubiera un Papa... y como lo nombró de hecho...

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EL ATAJO Quien examina esta cuestión de buena fe y con fría lógica, ve abrirse ante sus ojos un camino recto que lleva a la verdad. Y en este caso ocurre que el tal camino conduce, indefectiblemente, a Roma... ¿Qué hace un sujeto cualquiera cuando no quiere seguir por el camino recto? Tomar por un atajo. El atajo tomado por los protestantes en el problema del Papa, es el de la negación histórica. El Papa no existió siempre: lo "inventaron" los "romanistas" en un punto de la Historia. ¿Cuándo? Unos dicen que hacia el siglo V; otros, que por el III. Antes de uno de esos momentos, no había Papa... ¡Atención, católicos, que esto es importante! Nunca se oirá a nadie negar que en la Edad Media, por ejemplo hubiera Papa: sería demasiado infantil. Los protestantes llevan su ataque hacia el flanco más débil: los primeros siglos del cristianismo. La época es, de por si, oscura; la mayor parte de los católicos, por otro lado, no tienen precisamente una gran preparación en Historia de la Iglesia. Todo conspira en favor de la herejía... Y el hecho es que esos tres primeros siglos de la Era Cristiana son importantísimos: lo que hicieron o dejaron de hacer los primitivos fieles tiene para nosotros un valor enorme, porque ellos estaban muy próximos a Cristo y a los Apóstoles... Eran hombres que habían aprendido su doctrina, o de labios del propio Redentor, o de sus Discípulos directos. Eran hombres que estaban dispuestos a dar su vida (¡y muchísimas veces la dieron de hecho!) por sostener sus convicciones. Luego, el principal problema que nos plantea es el siguiente: ¿Hubo Papa en los primeros siglos del cristianismo? ¿Reconocieron todas las Iglesias de la antigüedad una Cabeza Suprema? ¿Era esta Cabeza visible el Obispo de Roma? Si las respuestas a estas preguntas son afirmativas, podemos estar ciertos de que la razón asiste a la Iglesia Católica. Escuchemos, pues, a un testigo de valor formidable: la Historia.

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EL TESTIMONIO DE LA HISTORIA
UNA PRUEBA CRUCIAL Estamos en la ciudad de Corinto, el año 95 de la era cristiana: es el siglo primero de la cristiandad su época embrionaria, por así decirlo. Han transcurrido unos sesenta años desde la muerte del Redentor; algo más de veinticinco desde la muerte de los Apóstoles Pedro y Pablo. Y he aquí que, ya tan tempranamente, se suscita una gran controversia entre los cristianos de la rica y activa metrópoli griega. El asunto de la polémica carece de importancia: no se trata, de profundas, discrepancias dogmáticas, sino de una simple insubordinación a la jerarquía. Problema de soberbia, no de doctrina. Esto no quita importancia al conflicto, porque sabemos que nada es tan irreductible como la pasión de la soberbia. Aún en el caso de las herejías dogmáticas, es el amor propio, no la razón, quien lleva al discrepante a adoptar posiciones radicales y extremas. Ese es el caso de Corinto: para situamos bien en el problema, vamos a ponernos en el lugar de uno de aquellos cristianos responsables de la comunidad corintia, que tienen que dar solución al conflicto. Hace falta un árbitro para zanjar la cuestión: ¿dónde buscarlo? No hay necesidad, en primer lugar, de salir de Corinto para hallar quien aporte la solución. Corinto es una ciudad culta y rica, con una comunidad cristiana floreciente, fundada personalmente por San Pablo. De buscar fuera un árbitro, cualquier lugar menos Roma; recuérdese que estamos en una ciudad griega, los griegos desprecian la cultura romana: es sabido que Roma bebió toda su sabiduría de Grecia. Además: ¿qué puede enseñarle la comunidad cristiana de Roma a la de Corinto, siendo ésta mucho más floreciente, numerosa y culta? El núcleo cristiano de Roma no se halla, en esos momentos, en muy buena situación: la cruel persecución de Domiciano diezma a los fieles seguidores de Cristo y los ha reducido a la vida de catacumbas. ¿Qué tiene un corintio que buscar en Roma? ¿Acaso faltan en Corinto hombres letrados y los hay muchos y buenos? Más aún: allí; en la misma ciudad, viven varones ilustres que fueron discípulos directos de San Pablo; amigos personales del gran Apóstol de los gentiles, del gran fundador de la Iglesia de 9

Asia Menor y de Grecia, que aprendieron de sus propios labios las verdades del cristianismo. ¿Para qué salir fuera de Corinto a encontrar un árbitro? ¡Pero es que hay mucho más aún! Es que allí muy cerca, a pocos kilómetros de Corinto, vive todavía ¡nada menos que San Juan Evangelista! ¡San Juan el Apóstol! ¡No un discípulo cualquiera, sino el Discípulo Amado, "aquel que reclinó su cabeza sobre el pecho del Maestro"! ¿Qué más pedir? ¿Qué mejor árbitro que un Apóstol de Cristo en persona? Y en caso de ir a Roma... ¿quién seria el árbitro? ¿Quién era la máxima autoridad religiosa de Roma, es decir, el Obispo?: Clemente, un Don Nadie, podría decir un corintio. (No fue San Clemente un Don Nadie en la realidad. Antes al contrario, fue un magnífico Papa que gobernó sabiamente la Iglesia y terminó su vida con el martirio; pero, en aquellos momentos, su figura resultaba de muy poco relieve comparada con la de San Juan. San Clemente hombre de extracción popular, probablemente un esclavo liberto, nada había en sus condiciones personales de inteligencia y cultura o de rango social, que le destacase entre las grandes figuras cristianas del momento). Y aquí se impone la gran enseñanza histórica.

El problema de Corinto buscó la solución en Roma
En contra de toda lógica humana; en contra de la geografía, y de la política, y hasta del sentido común: el hecho cierto fue que la solución vino de Roma. Fue la opinión de aquel "Don Nadie", de Clemente, la que se dejó oír y la que fue escuchada y acatada. Clemente interviene como supremo árbitro en aquel enojoso conflicto, donde todas las pasiones desatadas estaban en juego. Clemente interviene con valor, con decisión, con autoridad; como la persona que sabe que puede mandar. El tono de su carta es autoritario. Usa el poder de su cargo para destituir Obispos y habla en nombre de Dios, demandando la fiel obediencia de la Iglesia de Corinto. Esta carta de Clemente (que se conserva todavía) habría de ser leída durante muchos años en las Iglesias de Asia Menor, casi con el mismo respeto que una Epístola de San Pablo. He aquí un extracto de la Carta. 10

"No cometemos la menor falta si deponemos al episcopado que actúa con nuestra desaprobación en el servicio del Señor. Si ciertas personas son desobedientes a las palabras dichas por El (Cristo) a través de nosotros, debemos hacerles comprender que incurrirán en no pequeña transgresión y peligro, aunque deseamos su retorno del error"... "Aprendan a obedecer, omitiendo toda arrogancia y orgullo en el discurso de sus lenguas…" ¡Había pues, un Papa en el siglo I de la era cristiana! Y EN EL SIGLO II Otro hermoso ejemplo de la sumisión de las Iglesias de la antigüedad al Romano Pontífice, nos lo brinda un hombre de tanta autoridad como San Ireneo. Este a la sazón Obispo de Lyon, había sido discípulo de la fe de San Policarpo, quien a su vez convivió largo tiempo con San Juan Evangelista. Poseía, pues, una tradición apostólica muy directa. He aquí algo que escribió San Ireneo sobre la Iglesia Romana: "... Porque a esta Iglesia (la de Roma), por su principal preeminencia, es necesario que se ajuste toda otra Iglesia... " Por aquellos tiempos surgió en las Iglesias asiáticas una gran controversia sobre la fecha en que debía celebrarse la Pascua, y los Obispos asiáticos rehusaban aceptar las costumbres ya establecidas en casi toda la Cristiandad. El Obispo de Roma, San Víctor, interviene: después de convocar una serie de Concilios regionales, decreta que la Pascua se celebre el mismo día en toda la Iglesia universal, amenazando con separar de la Iglesia a las comunidades de Asia que procedan de otro modo. Nadie discutió el derecho del Papa Víctor a tomar tal decisión. El propio San Ireneo, una de las figuras más destacadas de la cristiandad primitiva, terció en la polémica; más no para discutir, sino para interceder ante el Papa por los Obispos rebeldes. En su lenguaje se deja ver claramente el reconocimiento a la suprema autoridad del Obispo Romano. Tan evidente detalle no escapó a la sagacidad del gran escriturista protestante Harnack. Y ASÍ SUCESIVAMENTE Una de las personalidades más interesantes y de mayor relieve en la época es, sin duda, Tertuliano. Ilustre Doctor de la Iglesia, historiador, maestro de la Apologética, Tertuliano era una de esas almas rectas, inflexibles, casi violentas para el bien, a quienes la 11

injusticia subleva, y que se inclinan espontáneamente del lado de los débiles. Converso del paganismo, libró grandes batallas en defensa de la fe, hasta que una crisis moral, hija de su personalidad obsesiva, lo llevó a la herejía, ya hacia el fin de su vida. De él es esta frase, escrita hacia el año 200: "Si estás en Italia, tienes a Roma, de donde también a nosotros nos viene autoridad... " De la Iglesia Africana, allá por el año 252, nos llega este testimonio firmado por San Cipriano de Cartago: "Uno es Dios y uno es Cristo y una la una es la Iglesia fundada sobre Pedro por la voz del Señor". Y en otra oportunidad dice el mismo San Cipriano: "...el que abandona la cátedra de Pedro, sobre el que fue fundada la Iglesia, ¿cómo con fía estar en la Iglesia?" Por el año 376 surge un nuevo conflicto, esta vez en Antioquía. Llamábanse los contrincantes Melecio y Paulino, y algunos Obispos tomaron partido en uno y otro bando. Pero San Jerónimo, que es consultado, responde: "Yo me uno en Comunión a la Cátedra de Pedro. Sé que sobre esa piedra ha sido edificada la Iglesia. Quien comiere el cordero fuera de esta casa, profano es... " Es por esta época también cuando la Iglesia tiene que enfrentarse con una de las primeras grandes rebeliones: la herejía llamada arrianismo, por el nombre de su promotor, Arrio. Tanta fuerza adquirió la doctrina hereje, que se hizo necesario convocar un Concilio Universal, el de Nicea, para salvar la integridad de la fe. El Concilio, de más está el decirlo, condenó las elucubraciones arrianas, definiendo con claridad meridiana la verdad de Cristo. Héroe de todas las batallas fue el Doctor de la Iglesia San Atanasio, llamado merecidamente por ello "padre de la ortodoxia". Mas como toda victoria tiene su precio, el que pagó Atanasio fue el de las calumnias y persecuciones de que le hicieron objeto los arrianos. Hay una enseñanza interesante en esto: los obispos arrianos, llenos de rencor contra San Atanasio, lo calumnian y acusan. Pero hasta en ese momento de pasión respetan la autoridad religiosa, y este es el modo corno llevan sus acusaciones a Roma. San Atanasio, en el momento de mayores tribulaciones, sabe también a dónde dirigirse: apela al Papa en su defensa. 12

Y aquí tenemos al Obispo de Roma, el Papa Julio I, recibiendo a obispos de todas partes del mundo, unos acusando y otros apelando contra la acusación, unos ortodoxos, y otros herejes. Pero todos van a Roma... El Papa estudia el caso y declara inocente a San Atanasio. La carta-decreto contiene algunos párrafos muy elocuentes, en los que se deja ver bien a las claras la autoridad pontificia: " ... Recordemos que ésta es la costumbre: primero les escribimos, después el recto juicio saldrá de este lugar... Para eso lo hemos recibido del Apóstol Pedro, y esto lo declaro yo también... " ¿Qué más? No es nuestro propósito abrumar al lector con una serie interminable de citas históricas. No es nuestro propósito, no; pero podríamos hacerlo. Muy a la mano tenemos algunas docenas más, y llegaríamos a reunir centenares con un poquito de dedicación. De San Ambrosio de Milán... y de San Juan Crisóstomo... Y de San Agustín... Quede, pues, una impresión general, que a eso tan sólo puede aspirar un folleto: Todas las grandes personalidades religiosas de los primeros cinco siglos, reconocieron y acataron la suprema autoridad del Obispo Romano. Cuantos testimonios escritos nos han llegado, hablan en favor de que hubo un Papa en la Iglesia, reconocido universalmente desde los propios tiempos de Jesucristo.

LA ENSEÑANZA DE LOS CONCILIOS
Un Concilio es una reunión de Obispos. Cuando se reúnen todos (o moralmente todos) los Obispos de una nación o varias naciones por ejemplo: los de Centroamérica, los de Asia Menor etc.), se tiene un Concilio Local o Regional. Cuando se reúnen todos (o moralmente todos) los Obispos del mundo, con la aprobación del Papa, se tiene entonces un Concilio Ecuménico. Estos últimos, claro está, ocurren de tarde en tarde, y siempre para tratar un asunto de gran importancia. La trascendencia de un Concilio, sobre todo si es universal, es enorme: en las actas quedan recogidos la opinión y el sentir de las voces más autorizadas de la Iglesia en ese momento histórico. El año 431 tuvo lugar el Concilio Ecuménico de Éfeso. ¿Razón? Una nueva herejía (¡y van algunas ya en cuatro siglos!): tratábase esta vez de un señor llamado Nestorio, Obispo de Constantinopla, 13

que andaba enseñando algunas lindezas, como la de que la Virgen no era Madre de Dios. Representaba al Papa Celestino un simple sacerdote. Oigamos lo que éste, llamado Felipe, dice a los Obispos del Concilio: "Para todos está fuera de duda y es conocido en todo tiempo, que el más santo y bendito Pedro, Príncipe y Cabeza de los Apóstoles, fue quien recibió de Nuestro Señor Jesucristo las llaves del Reino, Y a quien le fue dado el poder de atar y desatar. Estos poderes que actualmente tienen los sucesores de Pedro, los mantendrían siempre. Nuestro bienaventurado Papa, Celestino Obispo de Roma y sucesor de Pedro en el cargo, nos envía a nosotros como representantes de su persona". Esto les dice un humilde sacerdote a los Obispos de todo el mundo reunidos en Éfeso... ¡y los Obispos no sólo le oyen, sino que se someten dócilmente! Nestorio es excomulgado, Y los Padres del Concilio hacen esta Declaración: "Siendo forzados por los cánones y por nuestro más Santo Padre, Celestino, Obispo de la Iglesia de los Romanos y Ministros, nosotros, con dolor, cumplimos esta penosa sentencia contra él. (Nestorio)". Cuando algunos años más tarde (451) se celebró el Concilio de Calcedonia, ocupaba la Silla de Pedro un insigne Papa: León el Grande. Ilustre figura la de San León: sólo su inmenso prestigio y su prudencia pudieron salvar a Roma del ataque de Atila, Rey de los Hunos, conocido por "El Azote de Dios", y de quien se decía que "donde su caballo pisaba no crecía más la yerba... " Cuando el bárbaro, ebrio de triunfo y de sangre, victorioso en Aquileya y conquistador de Pavía y de Milán se presentó frente a Roma, nada parecía poder salvar a la casi indefensa ciudad. El Papa, con su venerable figura, le salió al encuentro en la confluencia del Mincio y el Po. Cómo se las arregló, es cosa que nunca sabremos: el hecho fue que Atila retiró sus huestes de Roma y de Italia, desistiendo para siempre de atacar a la capital de la cristiandad. Este gran Pontífice fue quien convocó el Concilio de Calcedonia, enviando como delegados suyos a dos Obispos y dos sacerdotes. Debatíase un problema en torno a la Encarnación de Nuestro Señor. Cuando fue leída la carta del Papa, los Obispos dieron por terminada la discusión, con esta hermosa frase: "Pedro ha hablado por boca de León... " 14

Tal vez algún lector se haya hecho esta pregunta: "Hasta ahora hemos visto a los Papas salirles al frente a errores de un solo obispo o, a lo sumo, de varios obispos. Más, ¿qué hubiera pasado si por aquel entonces todo un Concilio hubiera opinado en sentido contrario al Papa? Pues ocurrió el caso; y no con un Concilio, sino con cinco. El problema en debate era el bautismo realizado por un hereje. Sabido es que un bautismo siempre es válido, no importa la persona que lo haga: lo mismo si es católico que si es hereje, o aún pagano. Pero en aquel entonces muchos obispos opinaban que un bautismo, hecho por un hombre que se encontraba fuera de la Iglesia, carecía de valor. Para tratar el punto se reunieron cinco concilios regionales sucesivos, en diferentes ciudades: los cinco llegaron a la conclusión de que el bautismo hecho por un hereje debía ser declarado inválido. Pero he aquí que el último de los Concilios fue presidido por un ilustre obispo, San Cipriano. Este, al parecer no conforme con asumir la responsabilidad de tal decisión, se dirige a Roma para que el Papa, San Esteban, dé una confirmación definitiva a la sentencia conciliar. Y San Esteban salta por encima de los cinco Concilios y dice: "No se cambie nada, sino manténgase lo ya establecido". Y se mantuvo lo ya establecido... SI NO ESTAS DE ACUERDO El año 527, en Constantinopla, ceñía la corona del Imperio Romano una de las más brillantes figuras de la época: Justiniano el Grande. Hombre de excepcionales condiciones de gobernante, dotado de una clara visión política, pronto inició una labor constructiva Y tenaz, destinada a restaurar el antiguo esplendor del Imperio. Su mente de proyección universalista no concebía un mundo atomizado, donde el poder temporal o espiritual estuviese repartido. El lema era: un Estado, una Ley, una Iglesia. Justiniano era católico. Tal vez con sentido político más que religioso veía la necesidad de una sola Iglesia Universal. Así fue que se sometió al Papa, a quien llamaba siempre Padre Apostólico y en el que reconocía la cabeza de todas las Iglesias. (Textual). Pero... Justiniano era muy ambicioso. Proclamaba la unidad, más eso sí: centrada en su persona. La Iglesia era un magnífico 15

instrumento para sus planes. Y he aquí que un buen día le encontramos dictando normas en asuntos religiosos. Y cuando el Papa Agapito se decide a ir desde Roma hasta Constantinopla para afearle su proceder, Justiniano le responde lleno de soberbia: "Si no estás de acuerdo conmigo te mandaré al destierro... ¡Con tales barruntos se iniciaba la nueva era para la Iglesia! No importa que al fin Justiniano se dejara convencer por el Pontífice. El síntoma ya existía y la enfermedad prometía ser larga y dolorosa, como en efecto lo fue: duró más de diez siglos, y la convalecencia algunos otros. Quien pretenda conocer algo de Historia del Pontificado durante la Edad Media, tiene que comenzar por situarse en el campo de una Iglesia Católica sometida a todos los ataques, a todas las tempestades, a todos los conflictos imaginables. Época ésta de las más amargas vicisitudes para la Iglesia, el solo hecho de su subsistencia es ya prueba de la mano omnipotente de Dios guiando la Barca de Pedro para preservarla del naufragio que parecía obligado, humanamente hablando. Veamos, tan sólo de pasada, algunos de los grandes problemas que afrontó la Iglesia. LA LUCHA CONTRA LOS GRANDES El episodio de Justiniano relatado no es más que un comienzo de la ardua lucha sostenida por la Iglesia contra lo que hoy llamaríamos las grandes potencias. Caída Roma en las postrimerías del siglo V bajo el ataque de los hérulos de Odoacro, el centro del poder mundial se desplazó hacia el sector oriental del Imperio Romano, cuya sede era Constantinopla. Hemos visto cómo ya los primeros emperadores trataban de sojuzgar a la Iglesia para usarla en funciones de instrumento político. Esta tendencia de los césares a concentrar en su propia persona así el poder temporal como el religioso, fue lo que se llamó césaropapismo. y. después... nuevos "grandes" inciden en las mismas ansias. Los pueblos bárbaros, antes en plena incivilización y temerosos de Roma, van constituyendo nacionalidades cada vez más poderosas: nacen Francia, España, Inglaterra, Alemania... y en todas ellas se suceden príncipes ambiciosos que aspiran al poderío universal. Desde Carlomagno hasta los Reyes Católicos, la Historia de Europa se desenvuelve en torno a este "argumento dramático". 16

EL ISLAM El año 622 un cierto árabe, entonces totalmente desconocido, abandona su ciudad, La Meca, para dirigirse a Medina con algunos seguidores. Llamábase el árabe Mahoma y predicaba una nueva religión, versión propia de la doctrina cristiana que había conocido en sus viajes. Paradójicamente, el odio al cristianismo formaba parte importantísima del credo mahometano. Tan importante para la Historia resultó esta partida de Mahoma hacia Medina, que las naciones árabes comenzaron a contar desde ese momento una nueva era, la Hégira musulmana. Unos años más tarde los fanáticos de la media luna mahometana habían destruido el imperio persa y arrebatado enormes posesiones al romano. Desde ese momento y durante casi diez siglos, los mahometanos no van a darse reposo en sus ataques a la cristiandad. La historia de los Papas está saturada de una idea verdaderamente obsesiva: la de organizar cruzadas para librarse de la amenaza turca. ¡Cuántos pactos y cuántas transacciones han de tener que aceptar los Pontífices para asegurarse un respaldo contra la media luna! LA LUCHA CONTRA LOS VECINOS En el siglo VIII, liquidada ya la hegemonía de Constantinopla, la Iglesia viene a regir con poder temporal sus propios dominios, llamados los Estados Pontificios, centrados en Roma. Pero esta victoria no significa sosiego. Al constituirse la Iglesia en una nacionalidad autónoma con su gobernante, el Papa, como centro de la Cristiandad, sus problemas se multiplican. A la guerra armada contra los mahometanos; a la guerra política (y a veces militar) contra las grandes potencias, se añade un estado bélico permanente y múltiple contra los propios reinos vecinos de Italia. Los gobernantes (señores feudales) de Venecia, Florencia, Milán, etc., tan miopes en lo que se refiere a visión política como pérfidos e intrigantes, rivalizan en atormentar la vida de los Papas, sin caer en la cuenta de que al mismo tiempo, labraban su propia ruina. LAS LUCHAS INTERNAS Los estrategas modernos saben bien lo que significa una "quinta columna"; nada más desmoralizador y destructivo. Las luchas contra los mahometanos, aunque sangrientas e inacabables, tenían, por lo menos, la virtud de crear un sentimiento 17

de unión en la Cristiandad. Muy otro es el resultado de toda guerra intestina, aunque no sea sangrienta. Así la Iglesia, desde los primeros siglos, viene luchando contra las rebeldías internas, nacidas unas de la, soberbia y ambiciones personales; otras (las menos), de puras disensiones en terreno doctrinario. Algo de ello hemos recorrido de pasada... y otro tanto se va presentando a lo largo de todos estos siglos, hasta culminar en la gran herejía luterana.

Y AHORA, LECTOR...
Ahora, lector, entras tú en escena; dejamos a tu propia razón el sacar conclusiones, el formar juicio. Hemos tratado de hacer desfilar ante tus ojos en rápida sucesión, como en una película, algunos episodios de la Historia de la Iglesia. No de las edades Modernas o Contemporánea, porque ya para estos años la Santa Madre Iglesia es una institución demasiado firme, demasiado poderosa para que sea ignorado uno solo de sus pasos. Hemos hablado de épocas a las que la ignorancia ha cubierto con la "cortina de humo" de la leyenda, de la fábula, de la calumnia. Mucho más sencillo nos seria relatar las grandezas de los últimos Pontífices, casi todos en los altares o en camino de serlo. Ahora tú, lector, al recapacitar sobre esos quince siglos, piensa: En una Iglesia Católica naciente, muy lejos aún de su actual poderío. En una Iglesia Católica atacada y combatida por todos los flancos, con todas las armas, sin tregua ni paz. En una Iglesia Católica situada en el torbellino político de una Europa incandescente, militarista, intrigante, imperialista. En una Iglesia Católica sin los medios de comunicación, de difusión de conocimientos, de control, que hoy nos parecen tan naturales. En una Iglesia Católica gobernada alguna vez por un Pontífice indigno de ocupar la Silla de Pedro. Y esa Iglesia... ¡esa Iglesia resiste todos los embates de la tempestad! ¡No sólo no se liquida, sino que progresa ininterrumpidamente! ¿No es esto ya en sí un milagro? Ahí está, la Historia: buenos o malos; santos o pecadores, los Pontífices se han sucedido uno a otro sin solución de continuidad. 18

Una cadena de 266 Papas, de SAN PEDRO a BENEDICTO XVI.

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