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MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO

Luis
TORRES

Alfredo
Torres
El hombre acorralado y
otros poemas

BIBLIOTECA
DIGITAL DE
AQUILES
JULIÁN

Muestrario de
Biblioteca Digital Poesía 52
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 2

El hombre acorralado y
otros poemas
Luis Alfredo Torres,
República Dominicana
Edición digital gratuita de

Muestrario de Poesía 52
Editor: Aquiles Julián, República Dominicana.

Primera edición: Octubre 2009


Santo Domingo, República Dominicana

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por la Internet y se dedica a promocionar la obra poética de los grandes
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MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 3

Contenido
La autodestrucción como tarea vital / Aquiles Julián 6
Los bellos rostros 8
(El agua) 8
(El espejo) 9
(El paisaje) 9
(El olor) 10
Canto a Proserpina 11
I 11
II 12
III 13
IV 14
V 14
El enfermo lejano 15
En el vacío 17
Lo elegido 18
Cárcel 18
Narciso adolescente 20
Rencores del Sur 20
En su dominio 21
Esquema 21
De la orilla interior 22
Lamentación del poeta 23
Una llamada 24
Compañero 24
Mujer-alba 25
Poeta adolescente 25
14 de junio 25
Desde el balcón 26
Asidero 26
Agua para el enterrado 27
Entre pobres 30
El llanto 31
El tiempo malo 32
Tiempo de perdón 33
La tierra triste, VI 35
Luz por una muerte, X 37
Narciso en las aguas 38
Desconocida soledad 40
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TORRES 4
La esperanza, todavía 41
Canción del pueblo 42
Los niños soldados 43
Los muertos 43
La presencia (fragmentos) 44
IV 45
IX 45
XI 46
Los edificios grises 47
Desde el automóvil 47
El hombre acorralado 48
Ciudad cerrada 49
Amoroso recinto 50

L.A. Torrres reposa solamente / Juan Manuel Rosario 51


El destino no siempre fértil de Luis Alfredo Torres / 53
Radhamés Reyes Vásquez
Luis Alfredo Torres / Mateo Morrison 57

Biografía de Luis Alfredo Torres 59


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MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 6

La autodestrucción como tarea vital


Por Aquiles Julián
Conocí a Luis Alfredo Torres en sus
postrimerías. Andaba solo o con escasa
compañía, renqueando, por la calle El
Conde. Era la viva imagen de alguien que
había elegido padecer, autoaniquilarse.

¿Qué tragedia personal, que creencia, lo había sumido en aquella vorágine


autodestructiva que terminó por tragárselo? No sé. Aquel escritor que
arrastraba una pierna ulcerada, parapetado tras sus lentes oscuros, recorría las
calles indiferentes de la ciudad colonial, haciendo hora hasta que la muerte le
llegara.

Le veía cojear, desplazarse apoyándose en un bastón, merodeando por El


Conde. Y se trataba de un escritor con formación académica, bilingüe,
periodista, editor; de un autor con fuerte nivel de reconocimiento a nivel
nacional y con una obra relevante.

Así fue transitando la vida, penosamente, hasta que un día su tiempo concluyó.

Miembro de la Generación del 48, junto a igualmente distinguidos escritores


como Lupo Hernández Rueda, Ramón Cifré Navarro, Máximo Avilés Blonda,
Víctor Villegas y Rafael Valera Benítez y Alberto Peña Lebrón, Luis Alfredo
Torres, al regresar de los Estados Unidos, donde residió y estudió, trabajó en
distintos medios de la prensa dominicana.

Simultáneamente, fue parte de proyectos editoriales como la valiosísima revista


Testimonio, de gran importancia en los años ´60.

La poesía de Luis Alfredo Torres, urbana, desgarrada, un esputo amoroso, es


vista por la poeta y crítico Soledad Alvarez como una de las más significativas
escritas con la ciudad como tema:

“La más singular y notable poesía de la ciudad en esta vertiente existencial y


desgarrada, y a mi juicio una de las más perdurables, es la que produce Luis
Alfredo Torres, que en 1974 publica el poemario La ciudad cerrada. Torres es el
más atormentado de los poetas de la ciudad, el que expresa con mayor violencia
las encrucijadas del hombre urbano. La ciudad es una maldición, realidad hostil
y experiencia desesperante en la que, sin embargo, el poeta se sumerge delirante
de pasión y rechazo enamorado.

Recógeme en tu arcilla,
Ciudad perdida,
Ciudad infame,
Ciudad de los malvados;
Vengo de lejos, errante,
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
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Cansado como tú, hostigado como tú,
Y lleno de hechizo que te envuelve.
Eres tú la que ama mi corazón
Y en tus inmundicias soy feliz,
En tus cuencos de sangre soy feliz,
En tus desvaríos y errores soy feliz,
Ciudad maldita
como arcos destruidos en la noche
ciudad tierra
como ojos de lesbiana
y llena de cintas y de lazos y fetiches.”

(Soledad Álvarez: La ciudad en la poesía dominicana)

Editó sus poemas en plaquettes que vendía a sus amigos, pequeños poemarios
que le permitieron sacar a la luz sus versos y, a la vez, obtener algo de fondos.

Deambuló por patios y arrabales, frecuentando la compañía de prostitutas,


chulos y tahúres, improvisando versos en medio de verdaderos maratones
etílicos.

Murió prematuramente, un suicidio lento y prolongado, una violencia contra sí


mismo, postró su talento y lo llevó a la muerte.

Queda su obra, de fulgores y claroscuros, de imprecación y amor. Así, inerme y


desguarecido, el hospital Padre Billini, donde acudía en busca de medicamentos
para su llaga, lo vio expirar. ¿Alguien podrá decirnos qué le sucedió para llegar a
esa condición tristísima?
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Los bellos rostros


1
(El agua)
Rocas, paredes del mar,
en vosotras están los bellos rostros:
amados unos; otros imposibles;
pero están, enterrados o vivos,
como un relámpago en la niebla iluminando siempre.

La corona de aquellos rostros fue la espuma:


el agua siempre triste rodeándolos:
un agua roja, azul, morada y amarilla:
que de lejos vino y trajo cartas y secretos
de algún inconsolable corazón.

¿Y en dónde están los rostros tan amados?


Ellos existen, han existido siempre:
y si levanta el corazón sus justas iras,
resuena el mar, un pie deja huella en la playa,
y es ya el sosiego una cifra de amor.

-¿Quiénes fueron, qué hacían en el mundo?

-Sus epitafios yacen


en las columnas rotas.

Para verlos en toda su dulzura:


pájaros y agua: y sangre no de venas
sino de algún país oscurecido siempre.
Están como una estrella
solitaria en la lluvia: lloro si los miro,
si no los miro lloro también.
Porque llenos de polvo y llamaradas
penetraron en la terrible palidez del mundo.

Si me amaron, si no me amaron,
¿qué importa? En el espejo, en el olor y el agua
estarán con el ruido de la luz en la piedra.

II
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TORRES 9

(El espejo)
En el espejo apareció mi frente:
temores tuve de tanta roja espina:
pero ¿cómo huir de aquella oscuridad
en que el cristal hería de luz?

Eran imágenes del polvo, la visión


de una frente atormentada y sola
que se nutría de ella ante el espejo.
Alos rostros que moran en las rocas
invoqué, y a mi llamado vino
el aire de la calle cargado de clamores.

Asirme del espejo quise, acercar


esos rostros capaces de gemir
bajo la untura del deseo. Pero mi frente
solitaria permaneció en la luz
y oía sus secretos y lloraba
como se llora en lo desierto de la luz.

El recuerdo plácido del mar


llegó de pronto: y ante sus propias coronas y sus velos
recordar quise el agua que acompañaba lenta
al día posible del amor. Pero sólo mi frente
aparecía en la terrible claridad del espejo.

Llamé los rostros


a mi corazón queridos: y la oscuridad
cubrió mis ojos: si vinieron, si no vinieron,
¿qué importa? los llamé al fondo del espejo.

Ay, las altas rocas


en donde el mar grabó semblantes y hermosuras,
oscurecidas fueron por el muro. Cenizas sólo
que reflejó el espejo, frente bajo la pena, pecho clavado
en soledad con una espada.

III

(El paisaje)
En el abigarrado corazón
brilló el paisaje: gaviotas y arroyuelos
fluyeron hasta el cálido laurel
de los amantes: allí los bellos rostros
giraban dulcemente.
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TORRES 10

Y en ese lado de la montaña


y el crepúsculo hablé de amor: me coronaron
la noche y el rocío, y dice:
me amaron unos; otros fueron imposibles;
mas si levanta el corazón sus justas iras
¿qué encontraré sino una espuma desolada?

El otoño y las uvas cubrieron estos labios


y fue mi silencio una cifra de amor:
y os amé por igual, rostros de las furias
y rostros de los besos: os amé por igual.
y ya no hubo la melancólica locura de morir
junto al olor de las cayenas y el navío.

Vuestros rostros cubiertos de palmas y limoncillos


recordé cuando la soledad aterraba mi frente:
y por aquella terrible soledad: cuánto desamparo, qué lugares
tan tristes, qué dureza en las hojas.

y en las playas que hicieron posible aquel amor:


albas y pescadores; luna con arrecifes;
y el mar brillando siempre.

Oh día del abanico y la guitarra:


oh día del aire cargado
de violetas: por esa tu hora de hermosura,
concédeme tu paz y tu hermosura.

IV

(El olor)
Vino el olor con su memoria
triste:
triste: aquel definitivo olor
de lo perdido o de lo amado.
Lo vi entre sombras y en mi frente
llena de una arruinada palidez.
No es el olor del mar
porque las rocas crujían tiernamente
mordidas por el mar. Y el agua estaba allí:
un agua roja, azul, morada y amarilla
en donde el corazón lloraba apenas.
y aún sobre las rocas -en donde el solitario
moró siempre- están los bellos rostros:
qué color y campanas; qué ámbito de estrellas
los ceñían. Sólo en la dura
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distancia del espejo está una frente triste.

Pero resuena el mar, y alguien


aparece llenándose de niebla repentina:
es el olor que vino por la espuma
llamando hacia el olvido a los amantes.

¿A qué amantes? No lo sé:


porque los otros, los amados,
yacen en las columnas rotas.
¿Si será el olor acerado de la muerte,
si será ese invierno que cae sobre un cabello joven?
Por eso dije: aquel definitivo olor
de lo perdido o de lo amado.

Ay, el paisaje sigue dándonos


su corona de luz, y los pájaros
no pueden ser más dulces. La brisa de la tarde
cubre nuestras vidas llenas de amor y llamaradas.
y sin embargo: cuántas lágrimas, qué sonidos
tan trágicos: por esos bellos rostros, por esa frente
atormentada y sola, por ese olor
quizás de lo perdido o de lo amado.

Canto a Proserpina
1
Proserpina, reina de los infiernos,
címbalo que retiñe, Proserpina,
desde que devoraste a los dulces pastores danzantes
y ceñiste la enlutada corona,
se pudrió el buen racimo que pendía
de la hermosura y de la luz.

Brotó sangre y hubo muertos y cárceles y muertos,


y el día, cuyos frutos la larga lluvia torna
perfectamente sanos, alegres y comibles,
cruzó como en cenizas por las viejas espaldas
de la ciudad sumergida en el mal.
He aquí los campos desolados;
mira la huella de tu pie por las ramas gigantes
-oh madre de la crueldad y de Las Furias y
recorre con tu impuro animal la amarga tierra
y salga bajo el relámpago el sollozo.

-¿Quién en la oscuridad nos llenó de esperanzas?


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TORRES 12
-Nadie en la oscuridad nos llenó de esperanzas.
Proserpina con sus escobas barrió el cielo
y el Señor nos dejó abandonados
y el Señor nos dejó abandonados.
-Está bien, está bien, hermanos míos.
-Está bien, está bien, hermanos míos.

(Ella, en tanto, con su diestra sensual


escogió al manso
que daba de comer a los polluelos
y convirtiéndole en imagen del mal y la tristura
lo llevó por el viento maldecido de Dios).

-Bebamos, se acercan las galeras,


dice alguien, mirando al hombre ocioso.
y el barco navegaba
mar adentro, cielo adentro,
cortando el agua con su alado vino.
-Tened paciencia, hermanos míos.
-Tened paciencia, hermanos míos.

II
Proserpina, la violadora de muchachos,
dejó una escoba, un tañido
y aquel terrible desamor que suena
en lo más apacible de la noche.

Con un poco de incienso y mirra quemando en los jardines


venceremos aire de mar y haremos luz.
Pero estamos todavía en sus manos,
en su celda sin una sola mariposa:
oh lágrimas que caen en nuestro espíritu
iguales al caballo que pisó al nenúfar.

Pero hay aquí, hermanos míos atribulados,


Sangre de Cristo, dulcísimas cayenas
que aliviarán todo el dolor que Proserpina
acunó en vuestros pechos.
y en vuestros nombres solitarios
(locos, tímidos, mendigos, criminales, borrachos...)
crecen como el aroma de vuestras frentes miserables,
suenan como el chasquido de vuestras lenguas miserables
y crean en torno a vuestras vidas miserables
el rocío y las albas, el pan y los encantamientos.

Por eso decía


que el manso que daba de comer a los polluelos
era uno de vosotros;
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y los que esperaban sin esperanzas en la noche,
era uno de vosotros;
y los que esperaban, sin faena, el barco
era uno de vosotros.

III
En tanto, Proserpina -diosa de los infiernos está
sentada encima de la roca
y con sus labios -suaves como el crepúsculo en las flores devora
los cabritos; orea el césped
y cierra, veladamente hermosa,
una ventana de la luz.

Ella contempla la destrucción, el mundo;


y a sus ojos sube como una llamarada la alegría;
el aire en torno es suave y cálido; ella ríe;
y las anchas hojas que el polvo bate y aproxima
traen huesos, cráneos, redes y corales.

Fue mala por origen la esposa de Plutón.


En su leyenda, ¿qué hay en su leyenda?
Ved nuestros días, mirad la niebla
en que nos ocultamos y lloramos
y diréis: Señora, ¿qué mal te hicimos,
qué frutos agraciados te tomamos,
qué purificaciones te impedimos,
qué mágicas reliquias te arrancamos?

Ella dejó la buena luz del címbalo


y nos tendió su manto.
Desde entonces llegó la oscuridad al mundo,
y por más que oremos en los rincones tristes,
nuestras lágrimas seguirán siendo iguales,
nuestras dichas tardarán un minuto,
nuestras súplicas no llegarán a Dios.

La madre de Las Furias nos ha traído espadas,


inquietantes noticias, templos derribados;
y sin embargo, una paloma que cruza por su pelo
tiene un temblor divino
y en ciertos amores imposibles
hay una fiebre alucinante
y cuando oímos el lamento del mar o la campana
hay formas que uno busca en la materia.

IV
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
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Oh tierra casta,
¿dónde está la bondad?
(Que no lo sabemos).
¿Qué día nuestras preces harán reverdecer
las sementeras arrasadas?
(que no lo sabemos).
¿Qué pálidos amigos vendrán con otros hombres
formando las falanges?
Pues bien, para olvidarlo todo,
desde el umbral de un sueño los llamé:
recuerdos míos queridos, cuyo amparo
fue la nieve que el viento desborona.
Flores por todos los rincones de la sala,
y en medio de tanta paz, de tanta luz y tibias inocencias,
las dichas en el atrio, la academia, los deseos.

Más tarde, el contrito


conoció el apretado corazón de los lanceros,
las tierras del deseo, cuyos ríos
mojan el ámbito frustrado de los hombres.
y de repente, en el verano:
cayenas, calor, pobreza.
Oh tierra mía:
en torno a la madera fue el encuentro,
más allá de los árboles fue el encuentro.
Todo lo vi oscuro y humilde,
oscuro y humilde al mismo tiempo.

V
Señor, ten piedad de nosotros,
pues el que espera desespera.
Señor, ten piedad de nosotros
pues el que espera desespera.
Esta es la angustia de la espera,
ten piedad de nosotros.

Porque tenemos miedo de las islas


y está la fruta envenenada
y el agua tiene ojos
que nadie puede sorprender.

y debajo de las lluvias, Señor, debajo de las lluvias,


el vendedor de frutas cantó
esta extraña canción: «Tres granos de granada
bastaron para que Proserpina recordase».

y tenemos miedo de la tumba


MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
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donde el pájaro abre dulcemente las alas,
de la noticia en los periódicos, de la sirena
que en el alba nos hace estremecer.
Queremos flores, días
sin que la dama del infierno visite nuestras casas:
porque cuando ella viene, Señor, cuando ella viene
se pudren nuestras bocas,
nuestros deseos humanos se desvían,
nos sentimos más miserables y pequeños
y mientras el río pacientemente corre
y aparecen palomas, dinero, mujeres
y la primera estrella,
nosotros sólo vemos una existencia solitaria
llena de perros y cenizas.

y nuestras lámparas las hemos levantado a la paz,


y nuestras frutas las hemos cosechado en huertos
de resignación:
por eso es justo que cantemos y gocemos
(<<porque seréis saciados»).
Es justo que cantemos y gocemos
(<<porque seréis saciados»).

Oh ven a nuestro reino de amargura


con tu bondad desarmadora,
oh sálvanos, protégenos y ayúdanos
y quítanos tantos remordimientos hacinados,
que la Señora no está ni muerta ni dormida:
Proserpina reposa solamente.

El enfermo lejano
Eres el derrotado, el caído.
El hombre en cuyas manos dormían suaves los pájaros
y acariciaba el lomo de las bestias, en el Sur,
está aquí: solo, triste, abatido en la noche,
solitario en la noche, perdido para siempre en la noche.

No pongo ya en tus manos esa luz


que daba pan, misericordia;
aquella luz -¿recuerdas?- acribillada por el mar,
asesinada por el mar
en días del desencanto y la miseria.

Recuerdo la lluvia tenaz sobre la casa,


la lluvia tenaz que rondaba la casa
y fue desde entonces transformándose,
haciéndose
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la perdida alegría.
¡La perdida alegría! tan amada por ti,
tan acariciada por ti
que la flor o el rocío nos daba tiempo
para decir sus alabanzas.
Había tanto tiempo de embriagarnos solos,
o de confiadamente hablar
de telarañas, enredaderas, limoncillos,
y sobre todo, de aquellas flores mágicas
para el anciano triste.
Al verte enfermo,
con ojos de ebriedad y de locura entre los pacientes
abrumados,
tuve lágrimas, y perdí para siempre
la habitual «melancolía distinguida».
No, no viajo más al Sur.
si tú no vas vestido hermosamente,
guiado por los pájaros,
contento con el humo
que aprisiona brutal a la montaña.

Olvidaría, al lado de un tiempo tan hermoso,


la llama triste, la mordedura del brillante animal asesino
que nos cubre de lágrimas el pan,
o nos quita el hálito inocente
o nos llena de esa tu grave enfermedad.

Días vegetales y sucios,


días del llanto, irreverentes.
El alma sin sosiego corre
y ve la casa -tu casa- trizada en la miseria,
con polvo los sillones y con más polvo aún tu tierna
habitación cerrada.

Enfermo mío, hijo de la noche,


recuerda el mar, el Sur y la ventana,
los besos que en el viento tenaz repercutían
y ven, regresa, acompáñanos,
y trae las flores mágicas para el anciano triste.

Al visitarte, acompañado del crepúsculo,


te vio mi sufrimiento, el corazón
que «ayudadle» decía a la humildad
de tanto ser entristecido.
Volvió la lluvia en tanto -la lluvia que conoces y
respiré de los pacientes abrumados
aquella fragancia peculiar.

¿Por ti, quién tocará el instrumento


que yace olvidado?
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
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De tal manera golpeó la piedra en tu cabeza
que nuestra vida se mojó para siempre.

y para nosotros, tus amigos, para nosotros


definitivamente no hay piedad.

En verdad tu suceso es tan grande


que ni el hermano atravesado por el puñal ni el ojo sabio
podrían igualar el lloro
que tú dejas.

Lejano enfermo: tu casa es dulce,


el mar es dulce y nido de la paloma eras.
¿Pero quién ocultará la perdida alegría
-el tiempo de la abundancia y el sosiego-,
ahora que el mar tiene los ojos asesinos
y perturbó la luz?

Derrotado, caído,
el Sur es a tu frente como un anillo recordado,
como la no manchada
promesa del tiempo del amor.

El río, la pluma suave, el suave tiempo del amor,


cruzaron por tus desequilibrios una tarde,
y en medio de tus visiones y quimeras,
está vivo el retrato -me parece del
que cubrió de lágrimas tu pan,
te arrebató el hálito inocente
y te llenó de esa tu grave enfermedad.

Caballero perdido, enfermo mío,


aunque no sé si volverá al Sur,
aunque no sé si volverás al Sur
y tengo los ojos destrozados,
te evocaré el mar, el Sur y la ventana,
y sobre todo, aquellas flores mágicas
para el anciano triste.

En el vacío
Cuando veo el cuarto solitario, oscuro,
las ropas tiradas por el suelo,
y los libros llenos de humedad y sal,
me parece que hay muchas tinieblas en la luz
y mucho "obsceno pájaro de la noche".

Recojo lo que a mi pertenece


MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 18
con una profunda cólera encerrada
y un frustrado deseo de llorar.
No estás tú, dulce piedra del ángulo,
y en medio de tantos reflejos y espejismos,
cómo me aturde tu belleza coral.

He aquí la que estuvo en mi lecho


llenó de ancianidad mi cabeza.

Lo elegido
A Rómulo Medrano Marte, Poeta.

Caminas despreocupadamente,
gozas de la fuerza del paisaje
y la luz
y quisieras cantarlos, mas no puedes:
hay tanto triste material acumulado,
es un país "tan duro, tan difícil",
que te frenas.

Qué hacer, entonces, te preguntas.


Volverse a la esperanza, te diría,
al alba roja.

Cárcel
A César González Guillén
y Concepción Bandera,
Amigos.

Cárcel,
y se ven los hombres hacinados,
algunos durmiendo sobre el suelo.

Cárcel,
y muchos solicitan un poco de comida,
al compañero un poco de comida,
y cuando todo es ya cemento frío,
algún cuerpo se funde
en otro cuerpo igual.

Cárcel,
y por las apretadas circulares rejas,
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 19
sombras, poca luz,
apenas el movimiento de las horas
y nada mas que el murmullo,
el chillón y fantasmal murmullo
de los seres encerrados.

Cárcel,
y sobre los delincuentes
y sobre los ladrones
y asesinos e inocentes
su fusta el carcelero
sube y baja,
sube y baja,
y todo esto sucede
en una inmensa celda sola,
sin cama y sin abrigo,
mucho antes o próximo a las seis.

Y alguien tiene un lienzo


de incandescente luto,
alguien que observa, callado en un rincón.

Y los presos limpian mucho sus carnes,


narran sus fechorías
y alguno llora una que otra vez.

Cárcel,
cerrado sufrimiento,
rencor acumulado.
Y las calles de la ciudad poblada
parecen arco iris,
parecen trompos y globos de color.

Cárcel,
día cero,
día metal,
rotura, desamparo,
anillo para una garganta
que no deja
que no deja
de gritar.

Narciso adolescente
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 20
Deseas, y resultas un pájaro enlutado:
la música de fuera sobrepasa tu deseo, tu estímulo:
se desata una densidad, un muro,
que no te es dable socavar:
quieres entre las tuyas la mano del amigo,
los licores oscuros, el lecho sólo con deleite
y el espasmo infinito. Más no puedes.
En alguna ocasión,
ojos reflectores pesan sobre ti;
es un infierno; del todo tú no estás iniciado,
y temes todavía.
No puede una paloma romper una cadena tan de pronto.
Tu vibras en esa forma del amor,
en esa forma del acto o el deseo
y no has de reprimirte en tanto seas.
Ni el dinero que en tus manos fuese mucho
o fuese poco,
ni el zumbido de gentes con razón o sin ella,
ni conquistas o engaños,
bajaran esa aura que es tan tuya,
detendrán ese semen tan inútil como un cero.

Rencores del Sur


He aquí que lo has perdido todo, todo,
por violar las tierras miserables del Sur.
El Sur que odiabas tanto
te ha devuelto espinas y cambroneras.

Ahora que buscas su resplandor


que acumula exterminios,
no le encuentras:
entre excrementos te dejó su rebeldía.

Le ofendió tu cuchillo hecho cantos


de pastor enemigo.
Y el Sur rencoroso te ha negado su fuerza,
su polen de lucha, su nuevo estandarte.

Y porque dirigiste tus poderes altos


en contra de los tuyos,
y en húmedos barrancos se acunó la pobreza
te has quedado solo, solo, con la frente vacía
y temor a las calles.

El Sur, entre tanto, florece.


MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 21
A qué mirar sus cimas, a qué tocar su estandarte?
De cierto que aunque llores,
no te responderá.

En su dominio
Sobre el duro cuerpo rutilante,
en la leve extensa forma,
pone mi boca su interminable sed.

Los labios y la sed se han confundido


y ante la clara superficie de tu carne
un extraño temor se apodera de mi.

Diríase que tu desnudez


es como ramas,
sutiles ramas que casi hasta llorar
oprimen al amante.

Creciste encima de los patios florales,


y por lo pródigo y hondo de tus besos,
tu adolescencia anduvo entre guitarras.

Un rayo color verde


traspasó la inmensa soledad
y ya libres las dos almas
se imantan como espejos.

Las tuyas son cadenas


que ya no puedo detener
y más allá del sexo o el olvido
la imagen total se apoderó de mí.

Esquema
He aquí todo lo que hube de haber pasado:
unas manos en círculo sobre la frente pensadora,
un río llamado Sur, una ciudad de nieve,
y un bastón como si fuese una redonda fruta desgajada.

Habría que hablar, también, pero con pena,


de cartas y de sexo y de alcohol llenos de pena
en corredores largos y cerrados.
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 22
Después, la isla entera con sus podridos dientes,
sus edificios nuevos y sus cárceles —sus cárceles de hierro
y las Salas de Emergencia en donde quien les habla sufrió tanto.

Mientras, cantaba el astro, ojos abiertos


y fuerza en los sentidos: ah ojo casa fundada entre la brisa,
ah la infancia entre plumas y entre piedras,
ah los abuelos con su olor a mar.

Y sobre los libros que guardaban


las estrecheces o abundancias del Poeta,
se vio una espada, un caballo, una luz,
y se hizo la permanencia mía en lo insondable.

Y ahora, qué almendra tus ojos y las horas qué dogal.


Y tal diamante que fueses sobre la vida abierta,
yo pregunto: qué será de nosotros, qué será de nosotros,
cuando los nuevos esquemas y otras fechas.

De la orilla interior
A J. Arneman Merino, Poeta.

Estuvo recibiendo
mi corazón tus influencias:
leves, altas, tersas.

Mi corazón,
seco polvo podrido,
abeja en donde el sexo
perpetuamente vive.

Acogía,
mi corazón,
ese chorro de ti,
que de tan grato,
volvió mi sangre a la belleza,
mi mente al derrumbe de las cosas,
mis nervios a la paz.

Son tus influencias


círculos de luz,
rotos cántaros de bien,
sacudimiento astral.

Ellas me alejaron de todo lo que significa oscuro,


de todo lo morboso, irregular.
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 23
Y por ellas,
qué claridad en estos ámbitos,
cómo deja el sollozo su hueco,
mis pasos su temblor.

Lamentación del poeta


Los papeles se fueron sobre el agua
y ya no los he de recobrar.
Naufragaron los textos de los cantos
y un vacío desconocido, sorprendente,
se apodera del alma del Poeta.

Miro hacia los veleros que han de partir, y me detengo.


Para qué me detengo?
Perdí para siempre mis piedras preciosas,
el laurel que con los años ceñiría.
Ah, cómo reconstruir esas imágenes difusas,
hacerles un sitio de tornasol en la leyenda?

Los versos están ya sepultados


entre los légamos más hondos de la tierra.
Ellos, que irradiarían sobre tus sentimientos puros,
son ahora como azufre a mi cabeza.

Un gris inmenso se arremolina en torno.

Qué desdichado soy, mas no he llorado


ni oprimido con furia cualquier cosa:
de las cavidades no salen palomas mensajeras
ni de cruces los altísimos nombres.

Clavará el arquero su flecha nuevamente


no importa si un tanto envejecido.

El quisiera recoger la palabra perdida


y en verdad que no puede:
sin embargo, su melancólico afán decrece lentamente,
y su deseo de gloria comienza a remontar.

Una llamada
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 24

Ti que en mí lo puedes todo,


vuélveme a cauce verdadero.
Retorna el hilo de las cosas, dispón sabiduría,
y desata esta inmundicia, este desorden,
pues que me siento tan cansado.

Compañeros
Siempre estuvimos juntos
en soledades y destierros;
hombro con hombro por entre los barrotes
de la vida,
como dos combatientes,
como un gran cariño insobornable.

Hemos permanecido ante todas las cosas


sin esperanza alguna de recompensa,
pero aún así nos aferramos del todo a la esperanza
y hemos creído que por ella
este lagar de plumas heridoras
sería después de obstáculos y tiempo
como un antes y un después.

Cuánto compañero hemos sido,


qué buenos camaradas.
Veo tanto pan compartido,
tantas monedas repartidas,
y el colérico mundo trizado en ambiciones
cayendo en un talud.
Presenciamos nuestros propios días
con grande pena, con mucho desagrado,
y alzamos los ojos y las manos
hacia invisibles formas muertas
que no han querido responder.

No importa qué tal sigan nuestros pasos:


han de estar siempre juntos
la angustia y el amor,
la realidad y el sueño.
Y más allá, después de todo,
quién negará ante el pedazo de cemento
que esta pequeña isla semoviente
nos contuvo?

Mujer-alba
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 25

Mujer: te conocí cantándole a tu Dios,


entre humos más bellos que florestas,
entre pobres que no dudaban de tu Fe.

Ellos, sin embargo, miraban mucho tus sortijas,


tu cabellera húmeda, tus hombros,
el destello de la Biblia en tu mano.

Preferiste el polvo a las ciudades,


los ritos a la carne,
lo milagroso que vendrá después...

Preferiste los ritos a la carne,


mas creaste infiernos en mi corazón.

Poeta adolescente
A Carlos Lebrón Saviñón,
Declamador-poeta.

Un muchacho camina con una flor


en la mano:
la alza como una espada, la toca como si fuera
una flor de carne.
Está loco el muchacho? No, no está loco: hay en él
confusión de sentimientos y signos planetarios.
En una calle que conozco está su casa,
la más bella y es azul.
Allí medita, estudia y se emborracha.
A veces, un río, unos cristales, pasan por su mente,
otras "una alondra de luz".
Entre espacios, llora, se sorprende y canta. El muchacho
ya comienza a cantar,

14 de Junio
14 de Junio:
tú eres mas que una fecha,
tú eres más que un relámpago verde sobre el pueblo,
mas que la sangre que te edificaba,
mucho mas que esa sangre.

Tú eres la simiente hermética del limo,


ocultas el diamante que dora la venganza,
y he aquí que no duermes.
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 26

14 de Junio:
tú eres una fecha que no duerme,
tú sacudes al que cree en tus escombros
y le dejas tu palabra al oído.

Le dejas tu palabra al oído


porque en vano quebraron tu estandarte,
en vano acribillaron a tus hijos.

Invisible te mueves entre el pueblo,


invisible caminas con las gentes.

Unas veces pareces que sonríes,


otras te vuelves mas severo,
pero en sustancia eres el mismo:
fuego de la montaña,
leyenda de los pobres,
sortija de la patria.

Cantos a tu cabeza
rotas por las balas;
cantos a tus mejillas
cruzadas por el látigo
cantos a tus pulcras cenizas de los héroes.

14 de Junio:
nadie puede vencerte,
nadie puede quitarte tu blancor de corona.

Tú eres mas que la isla,


tú eres mas que las cárceles,
tú eres mas que una fecha.

Desde el balcón
Al poeta Manuel Mora Serrano.

Desde el balcón,
durante su enfermedad,
el Poeta contempla su calle,
su calle entre tiendas, trepidante,
en donde los jóvenes borrachos
trituran las botellas
y recogen papeles con emblemas mortíferos.

En la casa de enfrente, el sexo


es como una columna vegetal,
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 27
como una esponja que florece.

Y en la casa en que habito


también sucede el amor,
también se juntan y cantan bebedores
y hay riñas y hay ofensas y hay abrazos.

Unas veces,
la calle huele a pescado y frituras.
Y en otras,
es como una piel lisa, seca, y tremolante.

Calle céntrica, mi calle


inolvidable del dolor.

En ella habitan
—cerca de mí
el zapatero con melena,
el abogado endurecido,
el comerciante que trafica,
el farmacéutico apenado
y prostitutas y libreros.

Durante su enfermedad,
el Poeta se mira entre sueños
toma su porción de dolor
y se retira solo, solitariamente.

Supo de algunos corredores


del infierno, supo
estar inmóvil, soportar el cuarto.

Desde el balcón,
veía como alguien entraba por la puerta
y sólo entonces conoció
las líneas de la mano del amigo.

Asidero
¿Por qué lloro ante estos muebles a medias solitarios
si están llenos de paz y colocados
en salas prodigiosas
donde la luz penetra a latigazos,
con tenue transparencia de arena humedecida?

¿Por qué lloro y acaricio la caoba


de que están hechos sus desnudos olores
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 28
si ayer jubiloso penetraba a la casa
y miraba el reloj y descendía
al fondo de los vasos?

¿Qué cambio violó mi corazón para que ahora


transite sollozando la abundancia
del repollo, de la luz y de los peces?

Fue que aislados remolinos me trajeron


las sustancias propicias al deseo
y estoy frente a la prueba
del hombre y su cometa
tirado en el vacío.

Sea que estuve en la casa del bautizo enlutado,


al rescoldo final, donde una puerta se abre
en medio de la luz
por tanta sombra de los seres.

Oh amable corazón, sé que habito en la tierra,


Al lado de un abanico roto y que marcho
hacia sus árboles de dientes angustiados
con sólo veleidosas nostalgias de los frutos
y linternas que alumbran la noche
sin sosiego.

Agua para el enterrado


Traed agua para el enterrado, un laurel
aromado en la sombra: porque está
bajo “un cielo difícilmente azul”,
cercado por hilos de los muertos, insensible.
arrastrando escollos de la tierra, sometido
al mundo triste que su cabeza estalla.

El enterrado puede ser cualquiera de nosotros,


basta con haber nacido. Basta con haber hollado
bajo la incierta estrella de la carne y el hueso:
lo mismo encontraréis: preocupación y lágrimas.
serpientes, incertidumbres, fríos, murallas:
lo mismo encontraréis: y sólo en ciertos días,
una cierta esperanza.

Agua viva, agua de amor quiere


el enterrado: a sus ojos de puñal acude.
ofréndale entre sonrisas tus manjares:
que un instante olvidará su corazón de viento
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 29
y si dudoso transitó entre las nieblas,
entre las nieblas buscará su origen.

Para la vida, cualquiera de nosotros


es el enterrado: su furiosa llamarada
viene desde lo alto de las cimas, y sus disparos
dejan huellas en las caras. crean el tiempo de llorar.

No queremos llorar, no queremos


ese río que subiendo acumula la sangre
o asoma con su cántaro de angustia; ese río
que nos hace beber para olvidar
y en un esquema pálido diluye
los felices instantes, la atmósfera de luz.

Sí, estamos bajo "un cielo


difícilmente azul", en una calle sin salida,
orando por un día que no llega: el reloj
quiebra los nervios del desesperado, desata
su congoja, soplo da a la muerte.

¿Qué hay aquí? Miseria, soledad,


escombros de espejos marchitos, cartas
hijas del deseo y el odio, divagaciones:
es que un viento de clamor desintegró la dicha
y los días se han vuelto frágiles como la música
del címbalo.

Traed agua para el enterrado, ofrecedle


una gota de amor, una rosa ofrecedle:
y no le abandonéis: es el hombre recién herido,
es el enfermo y el desubicado: y tan sólo el rocío,
como la leve gasa sobre el mástil,
enternecido ha su corazón.

Oh compañero, oh avecilla, oh tristísimo,


te devora el deseo, el rostro de la placidez
te hace sufrir: mas los árboles callan
sigilosamente. ,Cuánto desesperar entonces,
qué ruido en las manos, qué temblor
en el alba?

Es hora de morir, pero también es hora


de vivir y el agua no aparece: el enterrado
tiene su traje de ceniza puesto y aguarda
el pito de la noche: allá, en el silencio,
bajo la soledad de piedra, llorará
como una fruta picoteada de sol.

Entre pobres
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 30

He caminado hoy entre los pobres,


junto a los que han vivido en rocas solitarias
y se tornaron tristes y mudables porque el tiempo
no les dio pan ni el grito de las fábricas
su sangre dejó en torno.

He caminado entre el arroz amargo


de los pobres, y sus bocas son primaveras
de cenizas, jardines de la muerte,
bocas que no han mordido nunca
las uvas de la vida, labios que sólo un niño besa.

Los he visto beber hasta morir,


beber para olvidar los días
de lluvias en la casa, los días que viven en el ser
como prisiones, y llenan de lágrimas los ojos,
y lámpara a los pies de la tristeza son.

En dónde dejar los tristes huesos,


dice el pobre, y el corazón que andaba
bajo la dulce estrella, cae, y agobiada es la tierra
con un crimen o por la mano que ha robado pan.
Porque los pobres tienen una vaga respiración de cárcel
en su soledad.

Y vosotras lo sabéis, madres llorantes


madres cuyos vestidos son el hilo de una lágrima,
las privaciones del ahorro cada día,
el temor a vuestras mesas desoladas,
el hijo que el invierno cubre de sudor.

Vosotras conocéis las manos


que quisieran pecar porque comáis
el pan de cada día, y los cuerpos hermosos
de muchachas que gozando y sollozando
sucumbieron ante los hombres de abrumadoras, sortijas y
fragancias
llenas de polvo y tradición.

Desde los puentes que la luz contempla,


ese mundo material nos convulsiona a todos:
es la pena del pueblo, su frustración
oscura y atrapada en rostros
de vejez juvenil, bajo clamores que susurran
mientras la niebla cae.

En las yacijas de la humildad


viven ratones, y una mujer ocurre
como imposible torre bajo el agua,
y el deseo de morir en medio de una calle
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 31
viene solo, y los niños padecen a deshora,
y el sueño de vivir es una espada
que entra al corazón con un chirrido eterno...

Aquellas son las horas


exactamente funerales,
el verdadero material de la tristeza,
los días en que los hombres no son hombres.
Aquellas son las horas: y en el podrido invierno
de la patria brillan las manos llenas
que todo lo arrancaron y tuvieron...

Porque los pobres seguirán siendo pobres


si no apareces con una estrella tú: ¡revolución!

El llanto
Lloro por no haber sido tu amparo,
por haberme detenido en parajes
que te correspondían, por haber meditado
en mi dicha dejando en suspenso tu dicha
y ahogado en mi corazón la tibieza
que le hacía menos nocturno y miserable.

A veces he querido detener el tiempo,


volver atrás, caminar por la infancia
con ese don de inocencia tan precioso
como la palabra lenta de tu cuidado
o el tedio de las hojas.

Era tu vida entonces tan grave,


tan hermosa, que por una lágrima
solía venir. Y recuerdo cómo tu corazón,
vuelto hacia la provincia, era
lluvia sedosa sobre el pasto.

Yo estaba con un amor igual


a la impiedad secreta de los muros.
Mas tú venías indescifrable por las horas
y entraba la belleza. Sin embargo, eras
mi adolescencia herida, mi espejo
reflejado.
Desde entonces, canto, canto el sonido
de la ausencia, me siento solo entre las islas,
imploro a tu ser fuerte. Es que amasabas
los metales, las cicatrices y las sombras,
y como río que nutre callado la verdura,
me diste pan de espíritu, y sin cesar,
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 32
tu lámpara...

Nadie que llegó a tu puerta


se fue desamparado: ni los enfermos,
ni los perseguidos, ni los pobres...
Sólo yo oprimí la seda amorosa de los frutos,
ciego, roto de corazón, pedazo de osamenta
que turbó la embriaguez que sale de los goces.
Sólo yo di la espalda a la luz
del templo de las Madres.

Y he aquí la enfermedad, la lucha


junto a la puerta cerrada en el vacío.
y han de volver briznas, vientos y gentes
a la casa; volverán los pasajes del tiempo
perdido; una llama consumirá papeles;
mas, ¿qué ha sido de la ofrenda familiar
a tu materia: ese beso sobre tus manos extendidas,
esa alegría, por el hijo?

El tiempo malo

En los dominios del crepúsculo,


cuando el hombre sin dinero llora
y comprendemos que este tiempo no es el tiempo de nosotros,
con pestañas en donde a veces una pregunta brilla
se aparece el rostro que adoré en la infancia.

Porque en verdad hemos padecido tribulaciones y miserias


y hablado de los crímenes que vimos cometer;
pero hemos recorrido sonrientes la playa
y cerca de las rocas serenas y brillantes,
al contemplar el sol y las espumas rojas,
llorábamos, llorábamos, llorábamos.

En la perpetua quietud de la provincia,


juntos y solos, el día nos golpeaba con su espada finísima,
y veíamos el polvo, la lluvia y la frontera
y los heridos cuerpos se volvían
tiernos como el otoño.

Amaba tus pechos y tus uñas


como a visiones de aquel jardín morado
que mostraba su faz en el crepúsculo;
y por la flor sagrada de nuestra tierra indócil,
recuerdo, entre tantos sucesos y retratos,
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 33
a un errante poeta melancólico
cuya conversación era un lamento
por su comida y por su madre y por aquellos
indescifrables pájaros que vuelan
sobre la barca anclada.

Junto a tantas meditaciones imposibles


tu cabeza permanecía reclinada
tal un pájaro o nube sin temor;
y en medio de las palmas y bueyes sonrosados,
el viento, el calcinante viento del trópico y la espuma,
cruzaba por nosotros.

¿Era posible
que en medio de tanta frustración y espanto
se abriera incólume el labio de la amante?
Ah, el viento hace rodar la niebla de las hojas,
nuestro país es viejo y solitario
y la primavera se lleva pocos muertos
al recinto obstinado del mar.
Hilo floral y abril en tomo eras,
la infancia que tuvo el corazón,
el infinito espejo que reveló a mi frente
una rosa en ti.

Y por la terrible soledad que me ha caído


como una mordedura de metal sobre la espalda,
el sueño y la memoria están llenos de crímenes
el agua vuelve con brazos y ojos de los muertos
y el pobre de la esquina me mira duramente
y como yo contempla el humo que cae por todas partes.

Tiempo de perdón
Concédeme el tiempo del perdón,
concédeme el tiempo de pasear
con alegría, el tiempo de beber
con alegría, de resistir el cúmulo
de lágrimas que corre por los pueblos:
que no quiero anegarme en cada una
de ellas; que no quiero bajo las sales
ciego padecer.

Retoma a meditar, retoma a ungir


bajo el filo de mi palabra tu cabeza
y concédeme el tiempo del perdón
y de no tanto padecer.
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 34
Errores cometí, pero yo era hijo del amor,
un animal cegado por tu luz, un hijo
del amor.

Desde entonces fuime a padecer,


desde entonces tu signo en los espejos
me cercó; abiertos fueron mis caminos;
ardió mi copa; y como un látigo,
me flageló mi copa.
Fue en el mes de los cánticos, en ese mes
tan frío y lleno para mí de las murallas
que la tristeza suele defender.

Míralo todo
como se ve tras el cristal
el frío de otras gentes:
y has de comprender que solo estando vivos
es justo el tiempo del perdón.

Inmemorial, la sangre ahoga el mundo,


pero una cabellera de mujer alegra el mundo,
y atrae, con su relámpago, la paz;
concédeme esa paz; tíñeme de amor,
de paz. Aún hay tiempo de olvidar,
aún el vino es parte de la gratitud.
y si te hice padecer, o si me hiciste padecer,
concédeme el tiempo del perdón.

No me dejes tú
con esa lámpara de sal
que corre por los pueblos:
porque duras me fueron sus espadas
y mucho llovió sobre la luz.
No quiebres el destino,
no; rescátame el destino:
que tu hermosura la veo como un destino
cuando me llegue el tiempo del perdón.

La tierra triste
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 35

VI
El mar, y nada más
Luis Cernuda

El mar, únicamente el mar, fue el consuelo


en horas de la tierra triste; él era el astro hermoso
que al náufrago conduce hacia una playa cierta.

En las noches, cuando arreciaba el viento del dolor,


desesperadamente los frustrados deliraban con el mar.
El ruido de sus olas, el blancor de sus espumas y el enigmático
color que a veces tiene, nos mordía y transportaba
hacia su vida misteriosa.
Y en cada amanecer, alguien, alguien se arrodillaba frente al
mar:
tal una solitaria esperanza y un apoyo
él era la bienaventuranza prometida.

Fuimos como tronchados marineros y el mar


era la cándida azucena: sus barcos y perfumes
nos hacían desfallecer, llorar sobre la orilla rota;
y cuando el humo de las chimeneas se mezclaba
con las gaviotas y las nubes,
nosotros, los viajeros heridos, a nuestras casas regresábamos
sin dinero, sin trabajo, sin ruta, sin amor.
y detrás de nuestros rostros empolvados se adivinaba
el hambre, la sed de un horizonte
que a nuestro sueño acorralado diera
de cuanto carecíamos.
y la tierra tiene regazos de abundancia;
pero detrás de su hermosura, de la placidez del surco
en la mañana,
al acecho de la cosecha y de las lluvias
estaban las aves de rapiña.
y después de recorrer contritos
los barrios miserables y deprimidos acostarnos
con la mágica visión del puerto en nuestro insomnio,
nos ahogaba la rebeldía de nuestros pechos
y ceñudos e invisibles nos sentábamos
ante la rica mesa de los criminales.
y reunidos alegres en la mansión estaban
Johnny Abbes García, Ángel Rodríguez Villeta, Ludovino
Femández, Miguel Ángel Paulinao, Anselmo Paulino,
José María Alcántara, Atilano López,
César Oliva, Cándido Torres Tejada, Roberto Figueroa
Carrión, Leopoldo Puente Rodríguez, Juan Bautista
Cambiaso, Reyez Evora, Américo Minervo, Acevedo
Burgos, Clodoveo Ortiz, Sergio Fernández, Pedro Manuel
Cabrera Ariza, Segundo Ulloa y otros que nacieron
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 36
bajo una luz maldita.
Ellos llenaron de cruces nuestra patria
y en medio de sus grandes lluvias rojas
aparecían con una lámpara de mal entre las manos:
era la hacienda y el azote, la fortuna y el crimen.
y cuando llegaban con sus cuchillos y pistolas
a nuestra soledad, a nuestro enterramiento,
el mar, únicamente el mar, era la libertad,
el asidero de los sentidos maltratados
por una atmósfera de luto.
y por aquellas cárceles siniestras
tenemos una deuda con el mar:
él era el viaje, el porvenir y la prosperidad
que nos aseguró el clarividente.
¿Pues qué frutos podía darnos
una región tan sola y arrasada
si para sobrevivir había que callar
aquellos robos, aquellos crímenes, aquellas
fornicaciones insaciables?
¿Cómo no amar entonces
el vuelo de los pájaros libres,
la inocente sonrisa de los niños,
la vasta luz que duerme tendida
sobre el mar?

Y durante aquellos remordimientos que invocaban


a nuestras perdidas inocencias,
sólo el alba, su anunciación distante,
de nuestros párpados veía
la furtiva lágrima.

La amábamos como la única cifra de nuestra salvación,


¿más qué otra cosa era ella sino la esperanza?
¿Qué otra cosa era ella sino el Himno Nacional,
la Libertad y la Bandera
y la seguridad de nuestras vidas
y de nuestro patrimonio la seguridad?
Quién la llevó en el corazón como efigie inestimable
ese lloró, más una mano secreta le calmaba;
tuvo miedo, más una voz secreta le dictaba;
vacilaciones tuvo, más una luz secreta le guiaba.

Luz por una muerte


MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 37

x
Los cantos borbotan de la sangre
Domingo Moreno Jimenes

Señora Virgen de la Altagracia:


si aquel que torturó fue torturado
si aquel que asesinó fue asesinado,
si aquel que traicionó fue traicionado,
no se puede dudar de tu Justicia.

Contemplamos tus vestiduras radiosas


y decimos: Ella por fin ha llegado:
ahora será libre el aire de los campos,
las frutas de los campos serán libres,
crecerán libremente las cañas, el arroz
y las flores
y libremente reinará en toda la tierra la alegría.
-Desde que el tenebroso anciano se marchó.

He aquí que ha llegado


el tiempo de la cosecha y la abundancia:
ved la lluvia que cae sobre la desolación de nuestros páramos,
en la furiosa sequedad del paisaje.
Tocado por la verde visión de nuestra tierra.
hemos dicho: el verdor de sus hojas nos llena de esperanza.
-Desde que el tenebroso anciano se marchó.

(Lo asesinaron en la noche,


tenía que morir asesinado:
él vivió de la espada
y he aquí que muere de la espada).

Señora Virgen de la A1tagracia:


nuestras ciudades, nuestros campos,
esperan vuestros avisos y mensajes:
ved los ojos de los hombres: se despiertan
y brillan; y sobre la rosa desvaída, la sangre derramada
hace crecer auroras.

-Desde que el tenebroso anciano se marchó.

Ved el color que tienen la campana y el día.


oíd la voz fecunda que se enrosca al dolor:
sois Vos, hermosa, angelical y libre madre,
que lleváis vuestras palabras al destino,
vuestro don a la amargura de las gentes,
vuestras misericordia al porvenir.
-Desde que el tenebroso anciano se marchó.
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 38
(Lo asesinaron en la noche,
tenía que morir asesinado:
él vivió de la espada
y he aquí que muere de la espada).

Soplo maravilloso es el advenimiento


de la libertad, vellón sagrado
es su advenimiento: bajo la libertad
encontraremos voz y ámbito,
enredaderas dulces y silvestres nidos;
encontraremos nuestra agua, nuestras flores nuestro cayado
y nuestros bueyes.
-Desde que el tenebroso anciano se marchó.

Señora Virgen de la Altagracia:


con cuanta dignidad el pueblo
de su costado muestra las llagas infamantes;
y qué alegría resuena en la tambora
bajo los tibios cendales de la noche.
-Desde que el tenebroso anciano se marchó.

(Lo asesinaron en la noche,


tenía que morir asesinado:
él vivió de la espada
y he aquí que muere de la espada).

No volverá a morder la araña el fruto


ni manos de ignominia ofenderán
el nuevo reino: bajo el amparo celestial estamos
y a las tinieblas fueron
las almas sanguinarias de Trujillo, Santana y Lilís.
-Desde que el tenebroso anciano se marchó.

Por vuestras luces,


Gracias, Señora Virgen.
Gracias, Señora Virgen.
Gracias, Señora Virgen.

Narciso en las aguas


Cuando la mujer repartió el incienso
y el olor peculiar flotó sobre las mesas
y en la reunión quedamos silenciosos,
te sorprendí, Narciso en medio de las aguas,
buscando unos ojos iguales a tus ojos,
buscando unas manos iguales a tus manos,
buscando unas piernas iguales a tus piernas...
Te sorprendí transfigurado ante aquél
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 39
que en tu ambición llamabas a tu reino
y por la luz que el calor ponía en nuestras caras...

La música te tomó triste como una magnolia


derrotada, y el deseo te inundó, la brisa te inundó,
la espuma te inundó... En aquel inolvidable instante,
admiré tu risueña corbata, el frío rosal
de tus mejillas, y me dije: "¿Qué mujer resistiría amarle?" ...
y como si fuera adivinado mi oculto pensamiento,
toda tu vida susurró: "Es un caso perdido".

Retomé a mis memorias, y te vi


como un frágil adolescente provinciano:
tus dedos eran dulces, tu voz como una niña
y en tus gestos temblaban lo pálido y las hojas.
Las mujeres decían: "Lacio es su pelo e intranquilo"
"Un suave vello orea su rostro angelical".

y tú, Narciso, corrías indiferente tras las nubes,


tras el mar, tras los pájaros,
con el retrato de tu amigo cargado de besos y de lágrimas.
Después, alguien te aborreció inolvidablemente
y el tiempo puso su dura sombra en tu sonrisa
y el mundo te mostró su niebla y su coral.

En esta noche, noche de amor, de enamorado,


todo cambia: dichoso con amargos afanes
por el árbol brindas cuyo esplendor nos ciega.
"Música, licores", dices,
y tu mirada como un rayo furtivo o un plumaje,
electriza los ojos de aquél a quien deseas...
(Mas él besaba
con gozo a la ramera)...
y tú, en medio de tus aguas,
sumas ajado en una apetecida
resistencia, oprimido en círculos de frío…

No obstante la noche que revuelta sube y baja,


te seguiría a otros barrios, a otros sitios
donde es tu amor más fácil y más blando...
Pero levantará la madrugada su cabeza
y tú estarás ahí, clavado como criatura de inocencia,
ante el interminable cúmulo de horrores y lascivias
que tus ojos de marchitado don contemplan...

Aquel a quien deseas se ha marchado. La ramera


le cubrió con el ala majestuosa de su túnica
y mientras le condujo por las calles desiertas
le ha llamado: "Adolescente mágico", "flecha de la hermosura",
"cuerpo mío"...
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 40
y tú, Narciso, en medio de tus aguas,
haz roto el metal que separa la realidad
del sueño, y haz llorado interminablemente
ante la madrugada y tus ojeras, mientras
te miran los amigos, danzan las prostitutas,
y pesadamente caes debajo de la mesa,
ahogado.

Desconocida soledad
Cuando la noche cae sobre las ciudades
uno se siente tan solo en el mundo
tan desamparado, tan convaleciente, tan herido.
A veces estamos en medio de las cosas, con las cosas,
y el corazón permanece como una campana
enterrada, como un perro aplastado.

Quizás los puertos de la isla


nos han llenado de tristeza, o algún asomo de la luna
nos recuerda una casa, cualquier enfermedad,
o el movimiento de yo no sé qué alas detenidas.

Es cierto que una estrella podría evocamos un amor;


y la dicha, la raíz del perfume
que nos hizo llorar, o reír o enloquecer
cuando el aburrimiento nos tiraba hacia esos puertos
debajo de los cuales corre sangre nuestra, mía.

Sin embargo, la noche es fría con las ciudades,


la noche que nombré maternal, que estuvo en mí cubriendo
viejas, pegajosas angustias mortales
dotadas de delirios, sobresaltos, inclemencias.

En vano me responde el contenido de mi soledad:


no palpo, no, el bello impreciso de su piel.

Pero las semovientes, difíciles estrellas,


arrastran mis pasos y cabellos hacia el sitio
donde deben morir mis cortas alegrías
y mis pequeños entusiasmos.

Rencores de soledad pueblan mi casa,


dibujos desdichados, imprecisos,
y una voz distante me muerde las orejas.

No logro saber qué fue de mi pasado,


MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 41
de mis horas tranquilas, de la gente que estuvo
acompañándome.
Sólo miro, desde la ventana
el vaho de la tierra que sale de lo oscuro.

La esperanza, todavía
Todos hemos sido culpables de tu tristeza,
oscuro, altivo país nuestro,
que habitas en nosotros con agonías
y a semejanza tuya nos tienes conformados.

Reside en ti la alta, hermosa llama


de la dicha. ¿Qué no está? Sí, la ocultas,
misterioso clavel, donde, para llegar,
habría que morir tantas veces.
Hemos golpeado nuestros pechos,
y hemos pedido luz, más luz,
cuando cansados de esperar y de sufrir
atravesamos tu recinto acompañados de las aves
y volvemos turbados, turbados de belleza.

¡Ah!, que amargas las fechas


y los día!; después de esos susurros
en donde sólo vive la claridad del agua.

Revélanos tu voz, la jubilosa voz


que la encendida evocación escucha
cuando no hemos podido decirte:
-"Tú me diste un amor".
-"Tú ablandas el dinero".
-"Tú coronas de bondad a los hijos".

Disipa, oh país, la tristeza


de haberte forjado a nuestra imagen
y sal de entre nosotros si tú quieres.

Que ha sido largo el acíbar de tu cólera,


navío sin final, en cuyo viaje
está nuestra esperanza todavía.

Canción del pueblo


MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 42

(Revolución de abril de 1965)

iSalve pueblo, luminoso pueblo,


que defendiste con ametralladoras
el racimo de Patria que ha bajado
a ti por la bandera!
iSalve héroes, hermosos héroes sin edad,
tan sólo henchidos de la lucha
color de las visiones verdes que se alzaron!

Derramaste las venas de tu sangre,


pueblo, la última saliva de tu boca.
No te importó los días con aviones,
no te importó las bombas
sobre la cara de los niños y las madres.
¡A la victoria!, te dijiste,
y corrieron debajo de tu ardor los despiadados,
¡y dejaron un cúmulo de plumas!

Con cuchillos, con palos y con fuego,


conquistaste las fortalezas enemigas,
mientras la ciudad a oscuras te miraba,
por entre los reflejos,
llena de cicatrices y de cantos.

Cuanto fue la ciudad bombardeada,


la ciudad indefensa y sudorosa,
creciste como un árbol, pueblo mío,
como un niño tocado
por la luz de un planeta.

Pólvora, granadas, gritos, muertos,


se amontonaron en las calles cerradas
por el humo, bajo el aire primaveral y sosegado,
mas cubierto de llagas y cenizas.
¡No se detuvo tu sueño de laurel!
¡No se detuvo! Era la hora de trizar
la mala estrella, ¡la hora del pan y del terruño!
Sólo una palabra acompañó tu frente: ¡la libertad!
Sólo una meta guió tu corazón: ¡el alba!

Y cuando era casi un manso territorio


de paz, una violeta cortada al aluvión,
llegaron hasta ti, patria querida, los violadores
de tu pobre mar.
Pero hiciste el muro
por donde sólo pasan los hombres libres,
y atrayendo los invasores a tus anillos de esperanzo
¡rompiste sesos, dientes, corazones,
con el relámpago de tu esclavitud desatada,
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 43
con las piedras donde están los estallidos del amor

II
Los niños soldados
Tan sólo niños, y ya fueron soldados,
soldados del pueblo, revolucionarios;
qué hermoso fue verlos con sus cascos,
sus metrallas, su insigne valentía!
Tenían los años de la primavera
y lucharon rojos de primavera
sin recordar el llanto de sus madres,
el olor del herido, o las lluvias de mayo
repentinas.

Marcharon por la sangre,


-tan jóvenes, tan niños, por la sangre con
el fusil en alto, tal un pan o lucero,
y los zapatos grises del fuego en las trincheras.
Estuvieron hermosos, hermosos de heroísmo,
como arrancando de la arena frutos,
como llevando en su corazón sólo campanas.

Eran los hijos de la libertad, los hijos


del porvenir y de la escuela.
jSalud para los niños héroes: en sus pechos
claros como el amor despierta el pueblo!

III
Los muertos
La tierra está llena de muertos,
mas no lloréis por ellos, no digáis
sus nombres con labios de tristeza:
¡cantad, cantad con ilusión sus nombres!

Cayeron por nosotros, por la patria,


Nuestros hermanos, por nosotros.
jSobre los ataúdes, la bandera quedó como envolviéndoles
en ondas lumínicas de gloria:
era la gloria de ellos para siempre!

Sus vidas fueron el material hermoso


MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 44
del edificio puro que la sangre sustenta
y toda la negrura disipada,
porque ¿de dónde saldrá paz sino del sacrificio
de los mártires? ¿Qué hará reverdecer la tierra acribillada
si no su magnífica estrella?
Los muertos, nuestros muertos, están ahí
tal un soldado de la sombra.
Mañana, cuando los frutos, regocijaos por ellos;
y cuando el polvo, recordad.

La presencia
(Fragmentos)

Si a la ciudad tú vienes,
si tocas tú la orilla de los árboles,
el mundo cobra su suavidad apetecida,
la flor de la dureza cae asesinada en los peldaños
y un tibio hilo sexual se mueve al filo de la lámpara.

Ah, golpéame con tu cara en la sombra,


prepárame los días; contigo la misma cosa sean
la paloma y el mar.
No temeré los barcos, el odio y la palabra
del tiempo que he llamado el tiempo sin amor.
Me tenderé en la orilla profunda de tu imagen
con la nueva manera de dormir y esperar.

Una ventana que se abre en la sombra


no tiene tu hermosura; ni el aire del mar
la suavidad de tu vestido y la vital y arracimada
hoja perdida de tu cuerpo.
Por ti los deseos me han vuelto
amorosos y pálidos; y la sal que sale de tus poros
es mi inocencia; y tu vida mi vida toda sin sustancia.
¿Quién ahora sorprenderá en la noche
lamentos indecibles
o me verá dormir encima de los periódicos mojados
si la que asusta el paso de los animales
y llena de piedad las manos de los pobres
está aquí?

Sufriré por los que te miraron sin mirar la luz,


llevaré tu perfume a sus almas podridas y ardientes
y porque han muerto de espumas melancólicas
(con ojos y pestañas de frustrados deseos)
el olivo, el claro olivo, levantaré en tu nombre.
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 45

Y en las cosas comunes


-una flor olvidada, un libro abierto-
invocaré esas manos de mujer que alejan
el polvo de la angustia.

VI
Si de repente me escribieras
con un movimiento similar al de la caída
de una hoja extenuada de belleza,
te contestaría con asombro, con levedad
de pájaros en vuelo.

Luego, tirado sobre la hierba,


agotaría tu carta como si fuera hecha de frutas, como si por
primera vez hubiera amado
aquel llameante mundo que te rodea: esas orillas plácidas
donde tu pie desnudo es una espiga; esos peces saltando del
agua ante tus ojos; todo ese litoral tiñéndose
de rosa en el crepúsculo.
Tal vez estás cansada de aquel pueblo, de tantos días.
Comprendo que el corazón dimana, fluye. Pero, ¡oh memorable
sopor del mediodía que te aprisiona!

Y de pronto: odio los caminos


porque podrías a otras tierras marcharte dejándome en
soliloquios derrotado.

Yo veo, en mi delirio, cartas tuyas,


-las que vendrían después, mucho más tarde, porque aún no he
dicho la palabra amor
a tu ademán correcto, ni he podido saber
si en ti, como en un vaso,
estará contenida un poco de mi sangre.

IX
Estar contigo me iluminó de pronto.
Se fue la antigua niebla, se fueron todos
los abandonos. Me volví nuevo,
hermoso me volví. Todo mi ser tembló radiante.
A mis ojos asoma la dulce i1ama. Está
sobre los ríos, sobre las flores, sobre el tiempo.
Pura, intacta, se desliza en el recuerdo
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 46
y torna nítida a nosotros. Te amo. Eres
manadero, agua que a mi boca calienta,
espacio que el dolor apenas toca.

Por ti la vida está más joven, la realidad delgada y verde.


Has llegado. Estuviste conmigo en la noche estrellada del Sur.
No eres
como te imaginé. Estás más allá de los árboles,
de los contornos, de la palabra mía.

Un cuerpo hermoso contiene un ser hermoso.


Ya puedo decirte: perdóname aquella fuente
de pecado y mi sonrisa aleve. Estás más allá
de espasmos y materias. No eras tan sólo un hueso
de la tumba. Por ti crecen los aromas,
se tranquiliza el mar.
No te quiero de tránsito,
en mí no te quiero de tránsito
con una sola palabra de amor.
Sea con nosotros la vastedad que sin límites aprisiona y
encierra. Sea con nosotros
el cálido laurel de los amantes.

XI
Hermosura de tu pie en la sandalia.
Resplandor de la calle a tu paso.

He aquí yo no puedo olvidar


la hermosura de tu pie en la sandalia,
aquella vibración de su contorno
al centro del pueblo dormido.

Tu pie recoge las especies más puras y tu sandalia el polvo leve


caído desde el tiempo. .
Aún duele a mis ojos tu ligero paso,
aquél celaje limpio, tocado de tierra sin embargo,
que me evocaba espumas, olas, nieves.

Mi pensamiento arroba tu sandalia,


tus pies sedosos, el vello de esa piel
recién crecido.
¡Ah, qué ajenos los olores torpes,
el sudor del planeta!

Irradiación de tu temblor en la sandalia.


Aérea inmaterial, tiernísima,
y conteniendo el pie desnudo.
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 47

Los edificios grises


Contra los edificios grises
tira piedras, amor, destrúyelos;
"echa mano el escudo y al pavés"
y destrúyelos;
clavados por el odio están: destrúyelos.

Y ya sobre sus ruinas


duerme conmigo, amor:
sobre sus turbadoras abominables ruinas
duerme conmigo, amor;
que para entonces no será nuestra casa casa de llorar:
que para entonces no serán las aguas aguas de reverdecer,
que para entonces no será la guitarra guitarra de temblor.
Suelta la cabellera, amor,
destrúyelos
y alza la diadema cuando el derrumbe y la caída.

Los edificios grises tienen ceños,


los edificios grises tienen uñas
y tienen cajas y cajones
para los combatientes inmolados.
Por ellos el litoral hermoso tiene frío
por ellos nuestro olvido de Dios.

"Echa mano al escudo y al pavés"


y muele tus cuchillos,
otea los escombros
y recoge el mortífero emblema:
que para entonces, amor, seremos libres:
que para entonces nuestros ayuntamientos serán libres:
que para entonces tuyo será el reino.

Desde el automóvil
Desde el automóvil,
mientras la lluvia cae,
y el humo de mi cigarro flota suavemente,
oigo, tras los cristales húmedos,
el rumor de tu piel, ¡oh ciudad batida por el agua!
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 48
Y al son de tu caída,
sacro chorro del cielo, otro chorro veo correr:
es la sangre, es su isla, su color, escarlata
que ha teñido, de pronto, los hogares,
las estaciones y los meses.

Los niños están apenas sin dormir


porque una vez la sangre sobresaltó sus lechos
con un ruido de flor o de monedas.
Todos tuvimos miedo de la sangre,
de la que miro en el neón
cruzada con lloviznas.
Ella nos arrastraba como leños
hacia su duro, remoto acantilado.

Hace tiempo que marchó de estos sitios


con sus muertos. Pero la siento en cada gota
que tiembla en las aceras. ¡Oh ciudad!
yo nunca te había amado como ahora:
casi sin alba, ya desnuda.

Vino hasta ti la sangre,


con oleajes, y derramó su copa, su bautizo,
entre los indefensos.
Yo me detengo en los rincones
donde estuvo enredada, escondida.
Pero es de noche y nadie llega: sólo la lluvia
da contra los vidrios: nada más que la lluvia.

El hombre acorralado
Tocaba puertas,
alzaba manos y papeles,
el corrupto, el miserable,
y hundía su podrida cabeza bajo el sol, entre las gentes,
pero la ciudad le negaba sus pájaros,
el camarero la sonrisa
y era inútil que buscara la compasión, la luz.

Andaba solo por las calles,


retorcía sus manos sudorosas
y miraba con miedo, con temor, a todas partes,
como si de repente fuera a morir asesinado,
como si de repente los ojos de alguien le cegaran.
Entraba a los templos sigiloso,
pero la noche de los muertos le seguía
(la noche trepidante que derribó su orgullo)
y en vano doblegó su frente,
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 49
en vano clamó misericordia:
los muros sólo respondían.

Y recordaba su altivez
entre las ametralladoras asesinas,
su ademán cuando los sacrificios, las torturas,
y he aquí que los alegres pájaros traían
un rótulo de sangre con su nombre.

Pensar en estas cosas


lo acercaba a los muros,
a las bocas oscuras de no se sabe qué túnel devorante
y en tanto eran los cantos de vida y esperanza
un fugitivo huía, alguien huía,
de espalda a todas las estrellas.

Ciudad cerrada
Recógeme en tu arcilla,
ciudad perdida,
ciudad infame,
ciudad de los malvados;
vengo de lejos, errante,
cansado como tú, hostigado como tú,
y lleno de hechizo que te envuelve.

Eres tú que ama mi corazón


y en tus inmundicias soy feliz,
en tus cuencos de sangre soy feliz,
en tus desvaríos y errores soy feliz;
ciudad maldita
como arcos destruidos en la noche;
ciudad tierra
como ojos de lesbiana
y llena de cintas y de lazos y fetiches.

Escúchame gemir junto a tus puertas,


ábreme los paraísos de tus cárceles,
condúceme a tus corredores de torturas,
ciudad caracol del asesino.
Es que sin ti, sin tu perfume,
sin tus redes, sin tus hierbas,
otras ciudades me parecieron ruinas,
ruinas otras ciudades a mí me parecieron
porque en ellas no están los epitafios
ni las tumbas ni los nombres
de los nuestros, de los tuyos, de los míos.
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 50

Amoroso recinto
Cuando estás insomne, convulsa, arrulladora,
y ha caído el día con afán,
pareces la belleza marina de la tierra.

Entonces lavo tus pies,


beso tu boca acostumbrada a blasfemar
-tu altiva boca de perdón-
y entierro en las arenas todo el luto del mundo.

Y en sellados recodos de lámpara y carbón,


sin nada más que el infinito
-no importan los insectos, las estrellas qué
aureola nuestros cuerpos
que se funden o se aman.

L. A. Torres reposa solamente


MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 51

Por Juan Manuel Rosario

Luis Alfredo Torres era un poeta que vivía a contracorriente. Lo conocí en 1987.
Yo hacía parte de mi internado médico en el hospital Padre Billini y él estaba allí
tratándose una úlcera en la pierna que nunca acababa de curársele. Nos hicimos
amigos. Él leía mis poemas y yo le llevaba ungüentos para su úlcera. Una vez me
presentó ante el doctor Norman de Castro como poeta y le mostró unos versos
míos que tenía en la mano, porque se había entusiasmado conmigo y pensaba
que en cincuenta páginas de versos yo debía cambiar sólo una palabra. Sin
embargo, me había dado cuenta que era demasiado indulgencia y nunca cambié
esa palabra porque ya sabía que con ello no tendría una obra perfecta.

Cuando años atrás leí en el periódico que Torres había fallecido abandonado en
el mismo hospital donde lo conocí sentí pena y hasta culpa. La pena se explica
sola, pero la culpa debo decir que fue ocasionada especialmente porque la
última vez que lo vi me despedí de él de mal humor ya que quiso obligarme a
beber. No se conformaba con que lo acompañaran a sólo dos tragos. No
obstante, traté aquel día que me enteré de su muerte de apartar de mi esa pena y
esa culpa, porque recordé que le molestaban los sentimientos de conmiseración.
Una vez me confesó su molestia por las palabras condolidas con que se refería a
él otro poeta en un artículo en que hablaba de nuestros escritores más
desheredados.

Inclusive, en otra ocasión me contó que acababa de enterarse de que a un gran


amigo suyo le habían diagnosticado cáncer de garganta. Se refería a Máximo
Avilés Blonda. Me pregunto cuál pensaba yo que podía ser la causa, y le
pregunté que si el poeta Blonda fumaba, a lo que me contestó que sí. Entonces le
dije que lo más probable era que el cigarrillo fuera la causa de ese cáncer, pero él
ripostó contra el cientificismo de mi respuesta asegurándome que ese cáncer
afectaba a su amigo porque siempre hay que morir de algo y la muerte tomaría
eso como pretexto para llevarse a Blonda. Traté de decir algo pero él no me dejó,
porque de inmediato se puso a improvisar en voz alta unos versos que dirigió a
un grupo de sensuales muchachas que subían la Palo Hincado, “con su alegría
de jóvenes/ que no se atreven a disfrutar/ en plena calle del placer, /pero que
van rasantes de deseo /hasta que un potro brioso las embosque /en un plácido
bosque de caricias”. Quizá Torres quería ser ese potro, pero él iba borracho y
con una pierna enferma, agarrado con violencia a un rígido bastón que le servía
de apoyo.

Estoy memorizando y –más que memorizando– escribiendo estas cosas porque


anoche, mientras buscaba en unas cajas me encontré con un paquete de papeles
en que se confundían poemas de Rimbaud, Poe, Sánchez Lamouth y Torres. No
sé cómo quedaron confundidos en un solo fajo, y no saberlo me llevó a pensar
que quizá el azar había confundido con su maestría de siempre los poemas de
ese grupo de rebeldes de la vida. Torres y Juan Sánchez Lamouth pertenecen a
nuestra modesta literatura dominicana, pero su vida es del tipo paradigmático
que contra lo ‘sano’ de la sociedad en que escribe el poeta. Por ello forman un
conjunto homogéneo con Edgar Allan Poe y Arturo Rimbaud, otros dos que
llevaron una vida escandalosa, malsana, irreverente.
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 52

No sé todo lo que se salvará de la poesía dominicana, pero Luis Alfredo Torres,


como Sánchez Lamouth, será uno de esos que no se podrán olvidar. Porque los
poetas malditos se salvan tan sólo por su poesía y su desdén o su indiferencia.
Ese desdén que Torres me confesó sentir ante la conmiseración de los demás
cualquier lector la encuentra en sus poemas. Sólo hay que leer Los bellos
rostros:

“Si me amaron, si no me amaron,


¿qué importa?…
Llamé los rostros
a mi corazón queridos, y la oscuridad
cubrió mis ojos: si vinieron, si no vinieron,
¿qué importa?”

Torres parecía saber que el mundo era tan de él como de los otros, y que si lo
sufría, también lo gozaba como podían gozarlo los demás. En el corto tiempo
que lo traté no conocí aspectos de su vida íntima que algunos escritores han
insinuado conocer, y que probablemente tengan en su literatura tanta
significación como la tuvieron en su propia vida. De todos modos, su poesía
tiene toda la intensidad que es posible dar en un poema. Su Canto a Proserpina,
por ejemplo, bajo el velo de la apariencia permite que se mueva un flujo de
intenciones e conformidad que la ironía que las sostiene no deja escapar del
todo. Torres mismo fue uno de esos “nombres solitarios” que habitan en su
canto. Por eso, aunque haya muerto abandonado y no apareciera de una vez
ningún doliente que acarreara su cuerpo hasta una funeraria; aunque mientras
sobreviviera yendo de una borrachera al hospital y del hospital a la pobreza
fuera visto como un mísero poeta por algunos de sus colegas; aunque las
normas de la “decencia” social no admitieran su mala estrella, y, finalmente,
aunque muchos ya no lo recuerden, el poeta no está ni muerto ni dormido: Luis
Alfredo Torres reposa solamente.
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 53

El destino no siempre fértil de Luis


Alfredo Torres

Por Radhamés Reyes Vásquez

Como el día, los seres humanos, y por consecuencia los poetas, tienen alba y
ocaso, mediodía y medianoche. Pero hay poetas plurales en su voz y en su modo
de existir y escribir que es una manera de ver la vida y asumirla.

En la vida y en la obra de Luis Alfredo Torres se dieron todos los tiempos, desde
el presente más luminoso hasta el más oscuro pretérito. Todas las
personalidades desde el joven que escribía sus poemas en una habitación de Los
Ángeles, California, hasta el desvalido alcohólico que merodeaba desde la luz
solar de El Conde hasta los más promiscuos patios de la Benito González o las
más oscuras y deprimentes habitaciones del Capitolio. En todas sus instancias
fue poeta, y buen poeta, un poco a la manera de Juan Sánchez Lamouth. Son,
junto a Ramón Pacay Polanco, los más grandes poetas malditos que ha dado el
país en toda su historia sin excluir a Manuel Luna Vázquez ni a Ramón Cifré
Navarro.

A su regreso de los Estados Unidos su vida material se desarrolló en el barrio, en


la calle, en patios y tabernas, en bares y cuarterías. Muy distinta fue su
existencia espiritual. Hombre finísimo y respetuoso, poeta de altos vuelos e
imágenes dóciles, sorprendentes para construir de esta manera una poesía de
confesión y en voz baja como se comunican todos los secretos. Demasiado
demonios había en su alma, demasiado sed de eternidad y de ser único y
diferente, demasiado ángeles malditos y urticantes que le hicieron renunciar a
este mundo para sumergirse en otro no más noble pero mundo imaginado o
soñado a la manera del Oscar Wilde de la Balada en la cárcel de Reading,
mundo alucinado como el de Rimbaud,Verlaine o Lautrémont, artistas de sólida
estirpe que pretendieron transgredir, mediante la trasgresión de la vida misma,
la poesía de su tiempo suplantando épocas y estilos. Pero estas vidas jamás han
opacado sus obras ni el río de eternidad que corre por sus páginas. Si
desmentimos a Salinas (la vida es lo que tú sueñas) este barahonero supo jugar,
con versos de una densa sensualidad, lo mismo con la muerte que con los bellos
rostros y convirtió el hastío en soledad creadora-soledad terrible pero fértil- y
terminó, qué otra cosa podía esperarse, como muchos mortales: atrapado entre
la realidad y el deseo, como escribió su admirado Luis Cernuda, el de A un joven
marino, en las ' redes indomables de la realidad más que del deseo. '
Atormentado siempre por la belleza de los cuerpos, a la manera de Cernuda o
Cavafy, Luis Alfredo Torres ' es un lírico extraordinario que le da a las palabras
tonalidades precisas. Agua, espejo, paisaje y color son las cuatro estaciones en
que el poeta ha dividido un brumoso poema, Los bellos rostros.

Rocas, paredes
del mar, / en vosotras están los bellos rostros: / ama
dos unos; otros imposibles; /pero están, enterrados o
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 54
Rostros como un relámpago en la niebla iluminando
siempre.

Poeta intensamente lírico, transparente, fluido, palabra de aire marítimo


petrificado, jamás dudó, jamás se hizo preguntas sin respuesta, sino que afirmó
o negó y llegó a condolerse hasta de sí mismo, aunque no de forma irónica, en
sus andanzas por suburbios donde la muerte existe a punta de cuchillo y que en
lugar del revólver de Concho Primo es el que canta en el cinto.

El que ha sido señalado como el más conturbado de todos los románticos


dominicanos, afanosamente buscó la muerte con delirio, la destrucción propia y
muchos de sus poemas quedaron manuscritos en manos de chulos y prostitutas
que apenas podrían descifrar algunas de las vocales, pero que sonreían al poeta,
sin maldecirle, con la dádiva para el trago o el compañero furtivo para quien
siempre anduvo en procura de desinhibiciones y alucinaciones etílicas. Lupo
Hernández Rueda, en su obra sobre la Generación del 48, escribe, refiriéndose a
Luis Alfredo Torres que desde sus primeros versos, desde su poesía de
adolescente, Torres es el atormentado, el poeta cruzado por la belleza de los
cuerpos, deseoso de liberar su amor del drama que es él, y que acrecientan las
circunstancias de la vida y del medio en que desenvuelve su existencia. Habla,
asimismo, de una lucha interior, desgarradora y le llama hombre atormentado
por el deseo.

Miembro de una generación desgarrada y desgarrante y de gran calidad artística


y humana, la Generación del 48, Luis Alfredo Torres -como Ramón Cifré
Navarro o Manuel Valerio- es un poeta que fatigó lo terrible de la vida y que
asumió su destino de adversidades y se hundió en el mito para cantar un
presente no inventado pero sí poblado de insatisfacciones, de mugre, de la
mugre que envuelve el idioma de algunos cuerpos y la mirada de los farsantes.
Una mirada a su obra, dispersa en opúsculos de difícil adquisición y en una
breve antología publicada por la Biblioteca Nacional, nos muestra al hombre de
sonrisa siempre triste desgarrándose, atormentado y titubeante, el que perdió la
fe en todo menos en la poesía: existió como el tenebroso, el viudo, el sin consue-
lo de Las quimeras de Nerval, el del laúd constelado, príncipe de Aquitania de la
torre abolida. Nada superficial, ninguna pose, nada halado por las greñas,
ninguna vaga imagen, ninguna palabra gratuita ni artificio verbal en su vida ni
en su obra. Es la suya una obra que traduce el tuétano mismo de la angustia,
pero no una angustia vallejiana, sino amorosa, tenue, iluminada por su propio
padecer. El hombre acorralado, texto breve pero de una transparente densidad,
es el mejor testimonio de esta afirmación. Su ámbito, como el de Ámbito y
penumbra de la echadora de cartas, de Manuel Rueda, es tibio y húmedo.
Debajo de la piel de cada verso y de cada palabra, bajo cada estrofa y cada ritmo,
breve o extenso, laten dolores antiguos, soledades y cuerpos que el poeta
recuerda a la manera de Cavafy, ansiedades de amor y ansiedades existenciales,
derrotas íntimas y silenciosas, parques abandonados donde alguna vez el poeta
estuvo desterrado y se sintió no en la mendicidad sino iluminado por sus
amores. Su voz va de la experiencia a la quimera, no sin antes pasar por el deseo
que como una lengua de mime filoso le atraviesa siempre el alma y desemboca
en la fatalidad que fue su destino y que asumió de manera irrevocable y sin
resistencias de ningún género. Luis Cernuda igual que Oscar Wilde también lo
asumió.
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 55

Apoyado todo el día en el bastón que fue su mejor testigo y el más consecuente,
gafas oscuras y manos siempre húmedas en la acera del Restauran Pacos,
devolvía siempre una sonrisa efusiva. Eran los días terribles y bellísimos de los
años 70 y se sabía habitante de una ciudad autófaga, inmerso en sus
desventuras más allá del hambre y del loco alcohol. Su vida no fue una utopía,
fue fiesta de apaga y vámonos. Alba y crepúsculo de una angustia lacerante que
él poblaba como un duende, ya en la ciudad colonial, ya en los barrios de la zona
norte, ya en sus callejuelas o cuarterías como en Borojol, siempre fiel a su
destino fútil, tan fútil que su obra es el más vivo y doloroso reflejo de una vida
azarosa y breve. Una nostalgia de juventud recorre la extensión fresca de su
poesía, toda su soleada y su llanura, su prado envejecido a destiempo por lo
indecible. Su mirada revelaba siempre una esencia, pero se mantuvo incólume
al buen gusto por la poesía de factura excelente y la precisión del juicio severo. A
él le queda bien aquel traje que Stefan Zweig le puso a Dostoyevski: sólo tocando
al fondo verdadero de nuestro ser, en lo que en él haya de humano, nos
palparemos unidos a él. Torres entendió la vida como abandono, como
pregunta, soledad o purgatorio. Así descendió a unos infiernos desde los que
nos extendía una mano débil, sin color, húmeda, temblorosa. Ningún poeta
dominicano más lejano de lo telúrico ni tan dentro de la muerte y lo terrible.
Tampoco ninguno más dócil, más manso ni sugerente. Eso sí, la suya era una
mano que había visto mucho y había palpado poco con la intensidad que
vibraba en su espíritu mundano y bonachón, tercio infatigable para la barra, el
colmado o la parranda.

Todo lo que hay de sombrío en la obra de Luis Alfredo Torres conforma su


visión del universo y en él subyace lo que vivió y lo que soñó, el paisaje citadino,
el cielo con sus nubes y sus aves y -vaya paradoja- el mismo presente que fue el
más propicio de sus tiempos. De su poesía brotan pájaros, noches, atardeceres,
bares y bohemias insostenibles que caen como párpados cortados sobre la
pureza blanca de la página. Jamás buscó premios ni reconocimientos, nunca el
aplauso de los supuestos críticos, no; su soledad contemplativa o de anacoreta
era suficiente para un hombre que no se sintió marginado ni excluido sino parte
de una multitud que lo miraba siempre no como un gran poeta sino como un
paria, un asco, un mendigo, una vergüenza en la llamada República de las letras.
Lo mismo sucedió con Oscar Gil Díaz, hombre de juicios agudos como lanzas
oxidadas por la razón y el olfato.

Los bellos rostros que vio Luis Alfredo Torres son los del recuerdo, los de su
amor insatisfecho que diariamente han poblado la calle El Conde -donde tantos
talentos se han disuelto-, aquellos que vio y no tocó, aunque los palpó con sus
ojos desde la mesa de un bar de mala muerte que petrificó mediante su palabra
hechizante y hechizada. Su destino, tan cruel como fértil, le dio el tono limado
de su poesía, pero no así lo diáfano de su verso.

Lo recuerdo mordido por la realidad. Todos reconocen sus méritos, pero no le


perdonan el suplicio, no le perdonan ser como quiso ser ni como fue, aunque
todos admiran -por más que lo callen- la sensualidad que, como brasa rediviva o
llama quimérica, arde en sus versos cargados de una pasión alucinante--
Habitante asiduo de hondísimos abismos y moradas procaces, jamás esquivó su
destino ni se quejó de él, era feliz y celebró lo que tuvo y lo que soñó, lo que no
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 56
tuvo y lo que de manera negativa gravitó en su obra, aquello que
perteneciéndole le fue retenido. El Ana llagada se expresó en esos poemas y de
ellos brota pus, lejía, sombra, vómito. Cuando ya sus párpados se han cerrado
para siempre y lo cubre la sombra y lo mece el recuerdo y su cuerpo permanece
inmóvil y tapiados sus oídos, sin embargo no está mudo ni muerto; ahí está su
obra breve pero diáfana. Fatigada su triste vida, falta ahora habitar esa obra que
es el espejo de su tragedia y sus deseos inconfesables. Poeta medularmente
romántico.

Su época, su mundo tormentoso y turbulento como las olas, nómada citadino,


no busca en los muladares pero sí en los rincones de la noche la tibieza
necesaria. Su tragedia, inextinguible como su poesía, estructuró su vida en
pobreza, soledad y privaciones que lo llevaron a la mendicidad. Como a todos
los desdeñados y descontentos, El Conde lo acogió y en ese mar su vida sórdida
fue una ola inmóvil y su poesía una llama, pero de sombra. No hubo combate
entre su vida y su destino. Oscar Wilde, a quien tanto admiraba, siguió un
destino parecido, guardando las distancias, en su singular Inglaterra, poblado
de infortunios y diatribas a pesar de sus raíces aristocráticas, a pesar del
gentthleman, el lord, el burgués recluido en la cárcel de Reading. Aunque
doloroso y traumatizante, fértil fue su destino. Luis Alfredo Torres dejó pasar las
cosas como se mira un río correr.

El enfermo lejano, tan conmovedor como A un joven marino, de Luis Cernuda,


es un texto que, muchos años después, continúa en otro texto -El hombre
acorralado-, donde el poeta, como el Narciso enfermo, se mira en el espejo no de
las aguas sino de la realidad. Su pasión por los rostros, agua o piedra, viento,
luna, arrecife, le acompañará por siempre. Pero aquí -a diferencia de su Narciso
en medio de las aguas muere porque cae ahogado sobre las mismas aguas donde
se contemplaba y si termina un mito empieza otro. En el poema, como en casi
toda su obra, todo es desolación, pero tibia desolación en voz aterciopelada,
trémula, taciturna, citadino como René del Risco Bermúdez, otro gran solitario.

El poeta ha deambulado por los rincones de una ciudad en penumbras en las


ásperas noches tras el río despojado de cantos, coronado de luz, la siempre in-
édita luz que amó de pronto su velero izado, la de ternura inagotable. El amor se
torna admiración y reconocimiento, la amada siempre es fértil y el poeta hace
visible lo que nombra y éste, precisamente, crea el postulado de los imaginistas
de Pound: piel tuya que era mi lenguaje, a sudor de anís tu muslo olía, las pupi-
las de náufragos, tiernos salarios, etc. O estas imágenes: Por qué lloro ante estos
muebles a medias solita nos.., Por qué lloro y acaricio la caoba /de que están
hechos sus desnudos olores..., bautizo enlutado..., briznas ahogadas, etc.

Luis Alfredo Torres buscó su ser en la poesía, ahí buscó su verdad y pretendió,
mediante ella, revelar la realidad escondida de las cosas. Su 31 racimos de
sangre, publicado poco después del ajusticiamiento del díctador, es un libro
revelador y doloroso. Igual que la luz del río entre las piedras, la voz de este
poeta marginal y marginado es toda una confesión. Como él, Sánchez Lamouth
y Moreno Jiménez tampoco hicieron resistencia al destino.

Páramo nocturno / Tocado por el viento furioso de las islas/Atado al navío


ligero del suplicio/Chasquido de cumplidas inocencias... Si Canto a Proserpina
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 57
es la epopeya jubilosa y lamentable de La generación del 48, Los bellos rostros,
opúsculo integrado por cuatro textos en los que el poeta alcanza un grado alto
de madurez hecha transparencia, asombra por su pulcritud y sus imágenes
cargadas de un intenso lirismo. El poeta ha buscado en el agua los bellos rostros,
amados unos, otros imposibles, pero en agua de mar y no de río.

Sin embargo, después de muchas andanzas y desvaríos, el poeta terminó


muriendo en un banco del Hospital Padre Billini, según lo reseñó un diario
matutino. Yo sólo he querido evocarlo, no agotar ni fatigar su obra ni su vida,
porque aún después de su muerte, este Luis Alfredo Torres sigue fiel a su
destino aunque no siempre fértil, a la tragedia que fue su vida y a la que jamás
hizo resistencia y, como escribe el propio Hernández Rueda, su romanticismo,
por ser hondo, no queda poéticamente en las superficies de las palabras, en el
juego retórico, en el retorcimiento del lenguaje, sino que es la vibración de una
existencia románticamente fundada en la realidad existencial de un hombre
poeta en hechos y en palabra.

Luis Alfredo Torres


Por Mateo Morrison

Wilbur Scott, en su libro “Principios de crítica literaria”, incluye el ensayo


Religión y literatura de T. S. Eliot: “Desde hace algunos siglos hemos aprobado
tácitamente que no hay relación entre la literatura y la teología.

Esto no quiere decir que la literatura –y me refiero de nuevo, principalmente, a


obras de imaginación– no haya sido, sea, y probablemente será siempre juzgada
según normas morales.

Pero los juicios morales de las obras literarias se realizan tan sólo según el
código moral aceptado por cada generación, tanto si ésta vive de acuerdo con
ese código como si no”.

Luis Alfredo Torres se acercó durante su estadía en Estados Unidos a la gran


poesía norteamericana, ¿Cómo hemos de juzgarlo? Pienso que esencialmente
como poeta raigal de nuestra mejor literatura.

Él aceptó vivir la condición de poeta maldito y su vida se enmarcó dentro de la


tradición que implantaron los escritores europeos que hicieron del culto a Baco
parte vital de su obra literaria.

La Feria del Libro y el sello editorial Ángeles de Fierro nos trajeron a Luis
Alfredo Torres a través de la colección Poesía esencial dominicana del siglo XX.
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 58
Las 53 páginas de este libro iniciado con dos trabajos, uno de Carlos Lebrón
Saviñón y otro de Manuel Mora Serrano, contiene los poemas Caída del amor,
Elogio de Carlos Gardel, Orgía, Los bellos rostros, El enfermo lejano, Narciso en
las aguas y Canto a Proserpina, que da título al libro.

Luis Alfredo asumió el quehacer poético desde los más altos niveles de
excelencia y ahí se mantuvo siempre. Quienes lean sus poemas ahora no harán
ninguna relación con el escritor que murió en la más absoluta indigencia y
soledad, pero cuya obra, si se difundiera en nuestras escuelas, podría llenar de
poesía los espacios vitales para que la vida sea más llevadera y la sensibilidad
inunde los ríos secados por el utilitarismo.

Aplicar a Luis Alfredo criterios morales cuando a otros se juzga con criterios
estéticos es prolongar el olvido con que se han cubierto mucho de nuestros
mejores escritores. Penetremos sólo en su mundo lírico orquestado de palabras
que adquieran niveles mágicos.

Rocas, paredes del mar, / en vosotras están los bellos rostros: / amados unos;
otros imposibles; / pero están, enterrados o vivos, / como un relámpago en la
niebla / iluminando siempre.
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 59

Luis Alfredo Torres / biografía


Nació en Barahona el 18 de octubre de 1935. Emparentado con
el poeta Bartolomé Olegario Pérez. A los nueve años de edad, le
sorprende
la muerte de su padre. En su ciudad natal, el poeta termina sus
estudios primarios, e inicia los del bachillerato. En esta época
publica sus primeros poemas, escritos en versos tradicionales,
en el semanario El Momento, editado en Barahona, y que
dirigía el periodista Guaroa Vázquez Acosta. El Dr. César
Danilo Vélez Sánchez le induce entonces a recurrir al verso
libre, recomendándole la lectura de Domingo Moreno limenes,
Franklin Mieses Burgos y otros poetas dominicanos
contemporáneos.

Se traslada a Nueva York con su madre. En la gran urbe se afianza su vocación


poética mediante lecturas diversas. Sufre dolencias de cuidado. Allí recibe, en la
Long Island City High School, el título de Bachiller en Letras. Estudia
periodismo en el Instituto de Periodismo de Los Ángeles, California, y trabaja en
el semanario bilingüe El Despertador Americano, dirigido por el periodista
mexicano José Tortado Lameli, donde llega a desempeñar el cargo de ¡efe de
Redacción.

En 1958 regresa a Santo Domingo y se incorpora a los poetas dominicanos del


48, con los cuales se siente identificado. En 1959, publica Linterna sorda, su
primer libro de versos, que merece buena acogida de la crítica.

Trabaja en El Caribe, donde tiene, además, a su cargo, una columna fija. Dirige
luego el suplemento cultural de La Nación. Años más tarde, es columnista de la
revista ¡Ahora! En 1964 dirige, con Alberto Peña Lebrón, Lupo Hernández
Rueda y Ramón Cifré Navarro la revista Testimonio, en cuya colección se edita,
en 1966, Los días irreverentes.

Desde sus primeros versos, Luis Alfredo Torres es el atormentado, el poeta


signado por la belleza de los cuerpos, por el drama de su expresión más
profunda. El Canto a Proserpina y Los bellos rostros son hermosos testimonios
líricos de esa realidad. En la poesía de Torres es visible, a veces, la huella del
gran poeta español Luis Cernuda. En Sesiones espirituales, Torres amplía una
temática distinta, que apuntaba ya en 31 racimos de sangre. Se trata de una
inquietud personal, vinculada a creencias del más allá.

Murió en Santo Domingo el1 de mayo de 1992.

OBRAS PUBLICADAS: Linterna sorda (1959), 31 racimos de sangre (1962), Los


días irreverentes (1966), Alta realidad (1970), Canto a Proserpina (1972), Los
bellos rostros (1973), La ciudad cerrada (1974), Sesiones espirituales (1975), El
amorque iba y que venía (1976), El enfermo lejano (1977), Oscuro litoral (1980),
Antología poética (1985).

Tomado de Dos siglos de Literatura Dominicana / Manuel Rueda.


MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 60

Muestrario de Poesía
1. La eternidad y un día y otros poemas / Roberto 28. La lengua de las cosas y otros poemas / José
Sosa Emilio Pacheco
2. El verbo nos ampare y otros poemas / Hugo Lindo 29. La tierra baldía y otros poemas / T.S. Eliot
3. Canto de guerra de las cosas y otros poemas / 30. El adivinador de hojas y otros poemas /
Joaquín Pasos Odysseas Elytis
4. Habitante del milagro y otros poemas / Eduardo 31. Las ventajas de aprender y otros poemas /
Carranza Kenneth Rexroth
5. Propiedad del recuerdo y otros poemas / Franklin 32. Nunca de ti, ciudad y otros poemas / Czeslaw
Mieses Burgos Milosz
6. Poesía vertical (selección) / Roberto Juarroz 33. El barco en llamas y otros poemas / Jaroslav
7. Para vivir mañana y otros poemas / Washington Seifert
Delgado. 34. Uno escribe en el viento y otros poemas /
8. Haikus / Matsuo Basho Gonzalo Rojas
9. La última tarde en esta tierra y otros poemas / 35. El animal que llora y otros poemas / Antonio
Mahmud Darwish Gamoneda
10. Elegía sin nombre y otros poemas / Emilio 36. Los andamios del mundo y otros poemas /
Ballagas Ledo Ivo
11. Carta del exiliado y otros poemas / Ezra Pound 37. Dominican Style y otros poemas / Alexis
12. Unidos por las manos y otros poemas / Carlos Gómez Rosa
Drummond de Andrade 38. Poesía francesa actual / Muestra de 40 autores
13. Oda a nadie y otros poemas / Hans Magnus 39. Número equivocado y otros poemas / Wislawa
Enzersberger Szymborska
14. Entender el rugido del tigre / Aimé Césaire 40. Desde la república de la conciencia y otros
15. Poesía árabe / Antología de 16 poetas árabes poemas / Seamus Heaney
contemporáneos 41. La tierra giró para acercarnos y otros poemas /
16. Voy a nombrar las cosas y otros poemas / Eliseo Eugenio Montejo
Diego 42. Secreto de familia y otros poemas / Blanca
17. Muero de sed ante la fuente y otros poemas / Tom Varela
Raworth 43. Tal vez no era pensar y otros poemas / Idea
18. Estoy de pie en un sueño y otros poemas / Ana Vilariño
Istarú 44. Bajo la alta luz inmerso y otros poemas /
19. Señal de identidad y otros poemas / Norberto Mariano Brull
James Rawlings 45. Las ocupaciones nocturnas / Jorge Enrique
20. Puedo sentirla viniendo de lejos / Derek Walcott Adoum
21. Epístola a los poetas que vendrán / Manuel Scorza 46. La gruta de las palabras y otros poemas /
22. Antología de Spoon River / Edgar Lee Masters Vladimir Holan
23. Beso para la Mujer de Lot y otros poemas / Carlos 47. La vida nada más, la sola vida y otros poemas
Martínez Rivas / Gastón Baquero
24. Antología esencial / Joseph Brodsky 48. El futuro empezó ayer / Luis Cardoza y Aragón
25. El hombre al margen y otros poemas / Heberto 49. Los errores necesarios y otros poemas /
Padilla Joaquín Giannuzzi
26. Réquiem y otros poemas / Ana Ajmátova 50. Jardín de Piedra / Fernando Ruiz Granados
27. La novia mecánica y otros poemas / Jerome 51. Hablar desde La inseguridad / Rafael Cadenas
Rothenberg 52. El hombre acorralado y otros poemas / Luis
Alfredo Torres
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 61

Colección
Muestrario de
Poesía
2009
MUESTRARIO DE POESÍA 52 – EL HOMBRE ACORRALADO – LUIS ALFREDO
TORRES 62

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