Juan

1

Aburto
12 cartas y un amorcito
Más de 70,000 copias enviadas

y otros cuentos

Libros de Regalo 43

2

12 cartas de amor y un amorcito
y otros cuentos

Juan Aburto
Nicaragua
Edición digital gratuita de

Libros de Regalo 43
Escríbenos a: aquiles.julian@gmail.com intercoach.dr@gmail.com Primera edición: Agosto 2008 Santo Domingo, República Dominicana

¿Qué somos?
Libros de Regalo, y sus colecciones complementarias Ciensalud, Emprendedores y Aprender a aprender, son iniciativas sin fines de lucro del equipo de profesionales de INTERCOACH para servir, aportar, añadir valor y propiciar una cultura de diálogo, de tolerancia, de respeto, de contribución, de servicio, que promueva valores sanos, constructivos, edificantes a favor de la paz y la preservación de la vida, fauna y flora del planeta, acorde con las enseñanzas de Jesús y los principios cristianos. Los libros digitales son gratuitos, promueven al autor y su obra, así como promueven el amor por la lectura, y se envían como contribución gratuita a la educación, edificación y superación de las personas que los solicitan sin costo alguno.

Este libro es cortesía de:

INTERCOACH
Forjando líderes ganadores
Sol Poniente interior 144, Apto. 3-B, Altos de Arroyo Hondo III, Santo Domingo, D.N., República Dominicana. Tel. 809-565-3164 Email: intercoach.dr@gmail.com Se autoriza la libre reproducción y distribución del presente libro, siempre y cuando se haga gratuitamente y sin modificación de su contenido y autor. Si se solicita, se enviarán copias en formato PDF vía email. Para solicitarlo, enviar e-mail a intercoach.dr@gmail.com, aquiles.julian@gmail.com o librosderegalo@gmail.com

3

Contenido
Memoria personal de Juan Aburto / presentación El asedio 12 cartas y un amorcito Instrucciones para observarse a solas La carrera nagua Juan Aburto: como salido de sus propios cuentos /Raúl Elvir Para el anecdotario de Juan de Jesús Aburto /José Cuadra V. Biografía de Juan Aburto 4 5 6 10 12 14 16 18

Cómo encontrar los Libros de Regalo ya publicados en la Internet
¿Quiéres leer o descargar los Libros de Regalo ya publicados? Están disponibles en el website www.scribd.com Simplemente escribe IDEACCION en la ventana SEARCH y accederás a todos los libros publicados. Selecciona el que desees y ábrelo. Luego clickea sobre DOWNLOAD y, cuando se abra, selecciona y clickea sobre el ícono PDF y descargarás el libro en tu PC. Recuerda regalarlo a amigos, familiares, colegas y conocidos. ¡Tienes muchos regalos que puedes hacer a un click de costo!

4 Memoria personal de Juan Aburto
Juan Aburto estuvo por estos predios. Hubo un encuentro internacional de escritores en los años ´80 y él vino al país con otro escritor, poeta, como delegación de Nicaragua. Juan Freddy Armando y yo los entrevistamos a ambos en la Cafetería El Conde. Pero… Pero no lo conocíamos. Nuestra ignorancia hizo que lo desaprovecháramos. A él, que nos podía hablar de Joaquín Pasos por horas. Y de muchos otros. Se veía manso, comprensivo, sin alardes. No los necesitaba. No requería proclamar quién era. Tenía la certidumbre del autor de valía. Y la discreción del funcionario de la banca, profesión a la que se dedicó. Nos habló ¿Oímos? Creo que estábamos más empeñados en hacernos oír. Eso sucede. Nos hicimos fotos y le perdimos el contacto. La entrevista que se le hizo a él y a su compañero poeta la publicamos en una edición del Nosdalaganario de Literatura de …Y Punto!, un esfuerzo editorial que un grupo de escritores: René Rodríguez Soriano, Raúl Bartolomé, Juan Freddy Armando, Pedro Pablo Fernández y yo, entre otros, editábamos para la época. Allí se publicó un cuento: Sacarse todos los huesos, brillante, imaginativo, excelente, demostración clara de su talento y maestría. Años después, la prensa trajo la infausta noticia de su muerte. Y poco a poco, por distintos medios y en distintos tiempos, he ido recogiendo datos sobre él. ¡Qué pena que vivamos tan ignorantes unos de otros! ¡Tan distantes unos de otros! ¿Qué conocemos de la literatura haitiana contemporánea? ¿De los escritores puertorriqueños contemporáneos? Eso, para hablar de los vecinos más cercanos. Y como ya la prensa dominicana renunció a promover la literatura, porque no es rentable o “autosostenible” como lo son el deporte, las frivolidades sociales o cualquier otra nimiedad, aún en nuestra propia tierra nos desconocemos unos a otros. Pena por nosotros: lo tuvimos aquí y lo desaprovechamos. Pena por Latinoamérica, región en que nos damos la espalda unos a otros.

Aquiles Julián

5

El Asedio
para Augusto Monterroso

La cacería había durado varios días. Las tácticas fueron las de siempre. Acosar a las enormes bestias, acosarlas con fuegos, con griterío. Y así empujarlas hasta los grandes pantanos. Allí se atacarían pataleando lentamente, levantando oleadas inmensas de cieno, hundiéndose cada vez más con gañidos atronadores, desconsolados, ahogándose. Después vendría él a lancearlos en grupos, la carnicería enseguida y el devorarlos semicrudos allí mismo. Ya todos habían huido, cazadores y perseguidos. Iban ya muy lejos. Solamente uno quedaba, altísimo, feroz. Y el hombre delante de él, tan sólo con una pequeña hacha tallada entre las manos. Lo acometió la bestia con furia. Temblaba la tierra a sus pisadas enormes, a su trote empeñado en aplastarlo; temblaba como cuando los grandes cataclismos. Por fin un agujero, una grieta en el farallón. Adentro se precipitó el hombre como una sabandija. Y la bestia bramando afuera, rascando, intentando agrandar el huraco. Ya su largo dedo uñado, como viga, penetraba hasta el interior de la oquedad; y el hombre, los brazos abiertos de espaldas al muro, acorralado. Después fue la cabeza, su horrible, redonda mole asomando a la hendidura y una lengua áspera estirándose más y más, azotando, buscándolo en la penumbra. Y detrás el interminable pescuezo ondulando como una serpiente colosal. A cada momento lo mismo. Todo el tiempo el espanto del asedio aquél en la soledad del páramo. A la mañana, el hombre acercábase hasta la entrada del agujero. Se topaba otra vez con la bestia atravesada; un arroyo de baba densa, maloliente y turbia le chorreaba hacia el valle; y el ronco resoplo de bruto adormecido, echado contra la colina y el agujero, contra su presa exhausta de hambre, de cansancio. El hombre a rastras regresaba al fondo de la cueva. De rodillas se tumbó de nuevo acezando en la oscuridad. Se dejó caer estirando hasta el cuello la piel que lo cubría, espesa de pelambre como su rostro. Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

6

12 Cartas y un amorcito.
Tal vez hubo realmente un poco de amor en todo ello, pero aún no estoy seguro. Uno nunca acaba de conocer a las mujeres y cualquier hombre está expuesto a estas cosas, pues por ser hombre puede andar por todas partes, metiéndose como animal en cada recoveco y cualquier día lo matan o tropieza con un buen negocio o logra una mujer desconocida, todo por casualidad. ¿Habrá sido , simplemente, cosa de la acción del Genio del Amor que, ya se sabe, puede surgir en maduradas pasiones enormes o en pequeñas aficiones repentinas? ¡Quién sabe! Ella no me dijo su nombre o lo he olvidado. Creo que tampoco le dí el mío. Debía llamarse Adelina o Virginia, pues su persona y su cuerpo me parece , requería una especial nominación. También su perfume, el de su piel como de florecitas nuevas de monte, me antojó esos nombres. Es que he descubierto que ciertas mujeres no debieran llamarse María del Carmen o Emelina; otras están bien como Socorros o Chabelas. Conozco una Rosita que fuera mejor Catalina, y qué bien estaría que aparecieran , cuando uno quisiera, mujeres Totopoxtes, mujeres Xilinjoches . . . En fin, yal vez estas ideas no sean muy importantes. El caso es que últimamente he estado pensando mucho en ella y a veces hasta quisiera volver. Pero me da penita. Al fin y al cabo es casada y quizá ni me recuerde. El amor de las mujeres es así. También, en el fondo no estoy conforme. No me he envanecido con nada. Realmente, yo no hice nada, absolutamente nada espontáneamente, y no me gusta el amor comprado ( ella no me pidió dinero ) ni el amor demasiado fácil. Allí me estuve sentado, leyéndole las cartas, más bien, escuchándola a ella. Pero lo peor es que todos estos días he estado deseando verla, ahorita también, aunque fuera de lejos. Me habrá recordado alguna vez? Estará allí todavía, con sus nostagias, o habrá vuelto a su casa de Bluefields? Total que aún hoy no me explico claramente cómo sería todo aquello. Resulta que aquella tarde, como a las 5, andaba yo solito paseando por el barrio de Buenos Aires. Siempre me ha gustado, desde muchacho, pasear solo por las barriadas. Al menos no tiene uno que ir diciendo adiós a cada paso. Además, hay cierto otros encantos en ello, que no es necesario consignar aquí.

7
El caso es, pues, que íba casi a media calle, caminando entre una bulla de carretones, ladridos y chavalos beisboleros, cuando de pronto comenzó una fuerte lluvia. Pude haber cogido un taxi, pero no tenía nada que hacer y preferí quedarme un rato contra una pared, recostado, viendo formarse las avenidas. De una puerta cercana salió una mujer joven y me invitó. -Pase adelante, no se moje! Era una muchacha alta y finita, cobriza la piel; parecia yanka y creo que tenía azules los ojitos o medio verdes, quizá. Ya estaba un poco oscura la tarde. Me senté y princiapiamos a hablar del tiempo; que mucho molesta la lluvia, que uno no puede salir, etc. Estuvimos hablando un rato sobre lo mismo. -Así es en Bluefields -me dijo- mucho llueve allá. Porque yo vivo en Bluefiels sabe? Allá tengo mi casa. Yo soy la esposa del teniente Polanco. Pero es que la mamá de él no me quiere mucho y siempre nos estábamos peleando. Así es que resolvimos que me viniera para Managua, aquí donde mi prima, esta casa es de mi prima. Y aquí estoy para mientras. Pero ya no hallo las horas de que lo trasladen a otra parte o que se venga para acá, para juntarnos otra vez. pero viera que siempre nos escribimos; vea, aquí tengo todas sus cartas. Se levantó la muchacha y de una repisita tomó un rollo de papeles y me lo entregó. Lo examiné y ví que era una docena de cartas escritas a maquina con tinta morada, con muchos errores mecanográficos, en prosa familiar y cursi y en papel membretado del Comando. -Quiere leérmelas? me rogó. Me acerqué a una mesita, debajo de una lámpara contra la pared y apoyando el brazo comencé a leer en voz alta: "Bluefields, 16 de enero. Querido Amorcito: Deseo que la recibo de la presente te encuentres bien de salud en unión de tu apreciable primita. Yo estoy bien. Amorcito; ¿Por qué te fuistes y me dejaste, ah? Mejor hubiera esperado que se compusiera las cosas, etc. etc. En seguida leí otra: Querido Amorcito: recibí tu apreciable cartita del 23 del corriente, pero no has contestado la mí del 15 del corriente; sólo me decís que recibiste el cheque de 100 pesos que te mandé. Echo de menos tus besistos, aquí te mando un montón de besitos, etc. etc. La muchacha se había sentado frente a mí. Contra el tabique estaban 3 sillas y en la de un extremo estaba ella. Mientras leía la miraba de reojo y

8
parecía feliz, con los ojos clavados en mí, absorta por la lectura, como si era la primera vez en la vida que se enteraba de sus cartas. Ya me fregó esta tipa -pensaba yo, después de leer otra misiva mas- me tiene aquí de chocho leyéndole esta correspondencia idiota que qué me importa! "Querido Amorcito: Después de saludarte, paso a decirte lo siguiente: mi mamá me ha preguntado por vos, tal vez ya te quiere. Por qué no te dedidis a venirte? Tu corazoncito, que soy yo, te espera, etc. etc. Mientras tanto afuera la lluvia había arreciado más y ya no tenía yo el prtexto de la escampada para largarme. Ella se ponía más nerviosa, revolviase en su asiento, fascinada por mi lectura. Yo, aburrido, comenzaba a odiarla, y a mi suerte tambien. "Querido Amorcito. No te había podido contestar, pero vos también escribime más. Vos sabés que te quiero mucho y es justo que me hablés algo. No ves que estás solita? Pues yo también, Etc. etc. De repente ella se levantó, se sentó en la silla de enmedio y me llamó. -Mejor siéntase aquí, aquí me lee mejor, siga, siga! Aunque en aquel sitio la luz me quedaba un poco lejana, yo pensé: Tal vez es para escucharme más claramente. Me senté junto a ella. "Bluefiels, 19 de Mayo. Querido Amorcito: Hemos estado de fiesta, pero no estoy bien, porque no has venido. Recibiste el radio que te puse? Qué tal has estado? Acordate de tomarte las pastillas y escribirme siempre aunque yo no te escriba, en un tiempito te contesto, etc. etc. Al terminar otra carta, la muchacha se levantó de nuevo y se pasó a la silla del extremo, quedando una de las sillas en medio de nosostros. Tocando con su mano el mueble, me dijo: -Siéntese aquí, ¿quiere? Aquí está mejor para leerme . . . -Hombre -pensé yo- ahora si me fregué; esta mujer está loca, chocho! . . . -Leame esta otra carta, sí? Me pasé a la silla de en medio. Con el rostro ceñudo, mostrando un franco desgano y con un tono de voz como si leyera una escritura pública, comencé de nuevo, por la novena carta: "Bluefields, 2 de Junio. Querido Amorcito: No me gusta estar sin saber nada de vos, aquí es bastante aburrido todo y sin vos peor. Mandame un retratito aunque sea, etc. etc.

9
Ella me animaba con el gesto. Terminé la carta y comencé con un suspiro amargo la siguiente, pero cuando iba por la mitad, la muchacha se levantó y fue a la habitación contigua. Interrumpí la lectura para mientras volvía, mas al ratito me llamó: -Venga, venga aquí, señor! . . . Fuí con el rollo de cartas y la encontré reclinada en un diván. Tocándolo suavemente y sonriendo, muy cordial -siéntese aquí, es mejor aquí me habló muy quedito. -Me quiere leer esa otra carta, por favor, ah? Me senté a su lado y resignadamente comencé por duodécima vez: "Bluefields, 17 de Junio. Querido Amorcito: Te acordás que lindo aquellos momentos, cuando éramos enamorados y íbamos al "Salazar" . . . De pronto interrumpí la lectura y con sobresalto sin alzar los ojos del papel, me dí cuenta de todo en un instante. Me volví hacia ella y quedamos acechándonos como enemigos que se encuentran de pronto. Mirábame con los ojos muy abiertos. Y qué iba a hacer yo? ( De Narraciones, 1969 )

HAZ UN REGALO FACIL DE DAR QUE LLEGA DIRECTO AL CORAZÓN
Envía este e-libro a las personas que aprecias. Estás impactando su espíritu, su mente y su corazón de manera positiva. Es una forma sencilla de demostrar que las tienes presentes. Y que compartes con ellas bendiciones.

Regala este e-libro.

10

Instrucciones para observarse a solas
Bueno. Supongamos que a Ud. de repente lo asalta una necesidad. Y tiene que ir a ese sitio que por sustitución designamos como "el baño". Es pesado medio día, está la casa sola y toda llena de silencio. Ud. se encamina, más o menos lento, más o menos presuroso, se acerca. Y quién sabe, tal vez el calor denso, el apacible ambiente de soledad, o por querer tener una más amplia visión de perspectiva: ello es que Ud. penetra y ha dejado la puerta abierta. Grave error. Puede venir El Sombrerón. El Sombrerón es un sujeto mal encarado, negro; de una vara de alto, lleva, sin embargo, un gran sombrero del mismo tamaño de la estatura de él. Ud. desde la penumbra, sentado, lo observa entre asustado y curioso. El Sombrerón quizá se haga el desentendido y va surgiendo desde el corredor de la derecha, hasta quedar frente a Ud. Aparentando impaciencia o escandalizado de mentiras, El Sombrerón adelanta la canilla, golpea repetidamente el suelo con el extremo delantero del pie; las manos en la cintura o echadas a la espalda, lo mira con mala manera de reojo bajo el ala del sombrero. Tal vez menée la cabeza, como queriendo avergonzar. Lo peor es que El Sombrerón suele no venir solo. Dentro de un momento hará probablemente un gesto como de reclamo, con la mano. Poco después Ud. verá tres medias caritas, mejor dicho, tres pares de ojitos maliciosos asomando de arriba abajo por el quicio de la puerta, a la altura de su rodilla. En seguida unas gentecillas saltarán hacia el vano de la puerta, bajo el golpe de la gran luz amarilla de sol de la tarde que está cayendo de una lejana ventana. De manera que Ud. vendría a quedar como en el proscenio, y ellos como en el escenario, de un pequeño teatro absurdo. Bueno, las gentecillas ésas son diminutas y alborotadas. Las mujercitas irán seguramente vestidas de cuadritos con ribetes encendidos y adornadas sobre el pecho con jalacates y xilinjoches, y con resedos y sardinillos sobre las orejas. Los hombrecitos, de camisa verde o amarilla, se van a aparecer posiblemente con gorritos colorados. Las mujercitas son las más urgandías. Lo van a señalar a Ud. tapándose la boca, con los ojos apretados y levantándose de hombros. Unas atraerán a las otras para que vean la facha de Ud. Algunos se habrán de agarrar la

11
barriga semejando ataques de hilaridad, otros querrán tirarse al suelo para revolcarse de risa. En cambio ciertos de ellos, aparte, tratarán de bailar girando, cogidos de los brazos. Ud. les oirá las risitas, los cuchicheos, los grititos, como el salta-piñuelas matinales. Y Ud. desconcertado, confuso, sin saber qué hacer. La puerta la dejó muy abierta y entonces no logra inclinarse, estirar el brazo y alcanzar la manija. Ni levantarse, avanzar y retraer la puerta, pues daría el gran espectáculo con sus vestidos recogidos en los tobillos. Además la señora está lejos, reposando su siesta en la apartada alcoba. Ud. no puede gritarle, no lo oiría. Ajá, ¿y si le aviene en ese momento el retortijón? Ud. allí quizá todo amoratado, con los codos metidos en el vientre y la cabeza entre el pecho, mirando sin embargo, de lado, al muchacherito ése que entonces sí estalla en jolgorio festinado. Se van a dejar caer para atrás, sacudirán las patitas en el aire, se darán vuelta de barriga golpeando el suelo con los puños y con la punta de los pies, carcajeandito, tapándose la nariz con dos deditos y alzando el codo, sólo por asarear. Se jalarán unos a los otros señalándolo, harán volteretas de júbilo bandido. Algunos hasta osarán arrojarle ramitas y pequeñas frutitas celeques... ¡Una verdadera vaina, compañero! Y Ud. ya se está exasperando. No carece enteramente de ánimos como para no entrar en miedo, pero tampoco puede vivir a gusto el momento, menos que se atreva a espantarlos. ¿Verdad que quién sabe de qué podrían ser capaces todos ellos contra Ud.? Mientras tanto El Sombrerón va y viene despacioso, anudando los brazos, todo empurrado, cruzando entre ellos como un molesto director de escena. Ud. se siente desgraciado, sudoroso, impotente. Y el alivio no viene. Después de un buen rato de todo este ingrato barullo, El Sombrerón dará por fin unas palmadas. Las gentecillas se van calmando, se levantan del suelo, se aquietan, se ajustan, se sacuden, para limpiarlos, los vistosos trajecitos, el pelito parado. No sin antes dirigir la última atacada van desfilando y se detienen, se atrasan, cuando pasan frente a Ud. Todavía le sacan las lengüitas, se meten los pulgares en las orejas y mueven las manitas como volando. –Ud. agacha la cabeza sin poder gritar ¡cho, jodido!– dan los últimos saltitos, las últimas risitas y de nuevo queda todo en silencio. No y no, amigo. A ver, recapacitemos. Ud. alguna vez tiene la necesidad. Encamínese entonces al sitio conocido, según: más o menos lento, más o menos apresurado; si posible taconeando, saque pecho, levante la cabeza,

12
avance como condenado que va hacia la cámara de gas. Abra la puerta, entre, cierre sobre seguro. Y no hay más qué instruir.

La Carreta Nagua
Al principio se oía de largo el ruido de algo que venía de rodada tuntunequeando allá abajo, como de carretón lechero, pero no podía ser lechero porque apenas era la media noche; como carreta pesada de cargas de maíz los tumbos y la bullanga como de un montón de tablas, de palos flojos, o parecía que venía cargada de chunches viejos y con tururos o porongas de lata por la resuena y aunque la calle era pareja se oía como si viniera sobre pedregal o entre zanjones baram bam bam bam, y era como una cosa bien larga, larga, porque nunca acababa de pasar, allí enfrente el ruidaje sonando y la gente comenzaba a despertarse, principalmente los viejos, se levantaban un poco apoyados sobre el codo en los catres de cuero crudo y se quedaban oyendo estirada la cabeza en lo escuro: “¡Oíla, niñá!”. “¡Sí, calláte, quién sabe qué cosa mala va a haber mañana!”, y todo en silencio, hasta los grillos se paraban, la gente pensaba que como era espanto tal vez no traía bueyes, pero se oía el plos, plos, plos de los cascos, y vendría con el candil apagado sobre el yugo con la lata como teja detrás para tapar el viento, pero a cada lado dos hoyos verdosos de los ojos de las calaveras de los bueyes fantasmas y el hueserío de ellos sonando a cada paso; no traía puntero ni había ruido de vara de chuzo ni el ¡ja! ¡ja! del guía, sólo un chiflido largo y triste a cada rato y unos cipotillos negros acurrucados junto al tiro de la carreta con ojitos colorados relumbrando en la oscurana, parecía que venían fumando puro, y la bolina de las clavijas flojas con los chirridos de las ruedas como que no les hubieran echado manteca de chancho con negro de humo, la cama de la carreta se hacía de un lado para otro contra las ruedas cli clá, cli clá y las ruedas se chiqueaban tun cún, tun cún, la gente oyendo y rezando en los aposentos “¡Santo Fuerte!, ¡las Tres Divinas Personas!”; se arreburujaban en las cobijas y ya no

13
se atrevían a sacar la mano ni a jalar el guacal debajo del catre para orinar el resto de la noche; y en la carreta un ruidero como de risitas bandidas, de repente una gritolera, parecía que adentro iba un poco de diablos jodiendo, haciendo bulla con chischiles, con nambiras y calabazos vacíos, palmeaban también con las manos plas, plas, plas, y un par de cachos asomando por un lado, la carreta por cuentas levantaba un gran polvazal que se iba metiendo entre las casas porque la gente sentía una opresión en el pecho y un sofoque, pero tal vez era el miedo, también se oía el jipido de una mujer llorona adentro de la carreta: “Aaay... aaay... aaay...” pero en veces carcajada de hombre también que daba repelo y allá arriba otro hombre parado, tal vez era el jefe, todo envuelto entre trapos blancos y cecerequeando por la carrera y encima una gran humazón que iba dejando olor a muerto; en las estacas unos colguijos como sartas flotando en el viento, atrás en la punta unas quirinas sentadas con las canillas de hueso blanquizcas colgando zangoloteadas por el temblor de la rodada, la carreta forrada hasta abajo con unos cueros rojo con negro que parecían nagua, caminaba despacito pero el ruidaje era como de barajustada, ya iba por la otra esquina y todavía se oía el burum bum bum bum. En las rondas los perritos chiquitos despavoridos se enchutaban sin latir en los boquetes de los piñuelares y los perros grandes se ponían tiesos divisándola de largo con las orejas apuntadas para adelante, erizos erizos, y se quedaban aullando con la trompa para arriba hasta rato después que había pasado.

14

Juan Aburto: como salido de sus propios cuentos...
Raúl Elvir
Le conocí cuando se aparecía por la casa del poeta Ernesto Gutiérrez aquí en Managua, aguzado el rostro, pulcramente vestido, de sombrerito “arriscado” camisa manga larga, abotonado el cuello -con o sin corbata- y unos zapatos que se acomodaban de tal manera a sus pies, que era como si anduviera sin zapatos, pues no hacían ruido del todo y además le daban una increíble facilidad para caminar, trepar, pegar saltos y otras tantas cosas más que ahí se verán. Eran los días en que Ernesto y yo batallábamos con las matemáticas para cursar el primer año de ingeniería (1946). Ernesto vivía en una casa grande, alta, de dos pisos; quedaba no lejos del mercado San Miguel, en la vecindad del Barrio Sto. Domingo. Pero Juan no llegaba a preguntar cuestiones de números, sino: qué poemas habíamos escrito últimamente, qué libros leíamos, qué opinábamos sobre tal o cual poema y una serie de indagaciones a cual más inquisitivas, a tal grado que a veces me parecía que Juan se le iba metiendo a uno, como acostumbra meterse en ciertas casas sin perder permiso a los dueños, los escondrijos donde se van arrinconado ideas, pensamientos, recuerdos, emociones, etc. con una pasión y una curiosidad y una avidez digna de un Sherlock Holmes literario que busca cómo desenredar la trama de un crimen atroz. Pero había otras ocasiones en que era él quien abría su propia valija, para hablarnos de Joaquín Pasos o Manolo Cuadra, a quienes mucho admiraba o para contar alguna anécdota de GRN (Gonzalo Rivas Novoa) o comentar algún artículo de Alejandro Cuadra o de Chepe Chico Borgen. La música clásica era otra de sus teclas, pues entonces tenía a su cargo en la emisora La Voz de la América Central” un programa de ese género; lo que no le inhibía para gustar de la música popular, pues era gardeliano hasta los tuétanos (de ahí aquel sombrerito de medio lado?). Esta sensibilidad musical, por desgracia, le acarreaba desagradables sensaciones que ya desde entonces atormentaban a Juan y que se han venido haciendo casi intolerables con el tiempo: por ejemplo los ladridos monótonos y prolongados de los perros en la noche una manifiesta como en Juan Aburto, curiosamente acompañada por una simpatía hacia los gatos, que lo llevaba hasta chinearlos y mirarlos, tal si fueran sus hijos, y creo que mejor todavía. Un amigo común, Napoleón Chow, me hacía notar algo de la sensibilidad

15
gatuna con que Juan Aburto se sentaba en una silla o se acomodaba en una hamaca. A comienzos de nuestra amistad, y por medio suyo, leí a Horacio Quironga, el argentino, autor de “cuentos de amor, de locura y de muerte”, por quien Juan sentía gran admiración. También la lectura de Henry David Thoreau, por ambos compartida y gustada estableció nuevos lazos que se fortalecieron cuando hizo aparición por los años 50 Octavio Robleto, poeta chontaleño cuya familia poseía fincas de ganado en Chontales, adonde fuimos invitados ambos por Octavio y donde ocurrieron numerosas aventuras, dignas de ser contadas a su debido tiempo, y con sabrosa pluma. Baste mencionar que en una de tales andanzas, dio pruebas Juan de esa curiosa agilidad física de que hacía gala, cuando andaba con sus buenos tragos, saltando tapias o escalando tejados: sucede que habiendo sido invitados a una fiesta en Camoapa, después de haber recibido los homenajes y libaciones correspondientes, decidimos visitar cierta casa de los alrededores, para llegar a la cual se tenía que atravesar, saltando sobre piedras, un trecho lodoso como de diez metros. Siendo de noche y sin luna, la prueba de cruzar sin enlodarse, de las cuatro personas que íbamos pudo realizarla una sola sin pringarse del todo: Juan, por supuesto. Ya antes en Managua, me había mostrado estas habilidades acrobáticas, cierta vez en que de noche, tras haber cruzado los vericuetos del Barrio de los Pescadores, desapareció por completo mientras platicábamos en el viejo muelle, en medio de la oscuridad, apenas alumbrados por los reflejos de algunas luces en la costa. Creí que se había caído al lago, y posiblemente muerto. ¡Qué va! Se había deslizado sin que yo me diera cuenta, por entre el maderamen y los pilotes del muelle hasta llegar a la costa. Y allí me quede solo, buscándolo hasta que oí sus gritos que me llamaban desde lejos. En otra ocasión más terrorífica, después que nos habíamos tomado unos buenos tragos, fui a dejarlo a su hogar, entonces un apartamiento por Santo Domingo, en el 2° piso de una casa altísima que contaba con un tercer piso para asoleadero, al que se llegaba por una escalera muy empinada. Juan me pidió que subiéramos a respirar aire. Era de noche ya. Y cual no es mi susto cuando de pronto lo veo pasar de la terraza-asoleadero al techo mismo de la casa, que era de tejas de barro sueltas y muy empinado y desplazarse como un gato, ponerse de pie sobre el caballete y empezar a corretear sobre el mismo. Oí el ruido de una teja orillera que resbaló y cayó al pavimento de la calle. Calculo sin exagerar que la altura era de unos doce a quince metros. Bueno, después de numerosas súplicas, tanto de la madre como de la esposa, quienes habían subido a la terraza y la mías propias, Juan consistió en bajarse del tejado sano y salvo. Yo también me sentía sano y salvo: se

16
habían “ido” los tragos y partí ya más tranquilo a mi casa. Cuando salí a la calle, me pareció que alguien se estaba riendo, allá arriba, en el tejado. No sé si es que él me lo contó al día siguiente o me lo he imaginado: que apenas yo bajaba la escalera, él subió de nuevo al tejado y se estuvo allí por un buen rato, respirando aire, viendo la luna, mientras permanecía tendido, estirado sobre el caballete. Managua, 17 de mayo 1988.

Para el anecdotario de Juan de Jesús Aburto
José Cuadra Vega
Fuimos compañeros de viaje —Juan Aburto y yo— en el microbús que nos conducía a León, con motivo de la celebración del Centenario de Azul... Adelante de nuestro asiento, pintores: Leoncio, Pérez de la Rocha, entre otros, escritores y poetas y poetisas. Y si digo poetisas, es porque iba allí, con nosotros, la Daysi, la Daysi Zamora, limpia ella física y espiritualmente, porque no en balde «EN LIMPIO SE ESCRIBE LA VIDA». Oh sí. Iba allí la Daysi. La Zamora. La zamorana. La Nefertiti. La Nefertiti criolla. Criolla y blanca y bella, más bella aun como no lo fuera la otra Nefertiti, la Nefertiti Egipcia, la del afortunado, la del desafortunado, infortunado Tutankamón. En cualquier parte del mundo (Afganistán, Singapur, Angola, Nicaragua) se agota una conversación y se comienza a hablar de nada. De casi nada. De babosadas municipales y espesas. ¿Recordáis? Alguien dijo, por ahí, esas cosas. Esas cosas espesas. Creo que lo dijo un poco Rubén. Creo que lo dijo un poco Manolo. Juan Aburto, entonces, como quien no quiere la cosa, o como quien no quiere decir nada, o como quien quiere decir cualquier cosa, o como quien quiere decir cosas profundas, queridas, pero que duelen, me dijo. Juan Aburto me dijo algo que merodeaba veladamente, subconscientemente, premonitoriamente, con un poco de humor amargo, Juan Aburto me hizo, mejor dicho, una pregunta que se volvería revulsivamente hacia él o contra

17
él, algún tiempo después, sin imaginárselo siquiera, para dolor de todos aquellos que gozamos su amistad: «Josecitó, ¿y cuándo te vas a dar tu moridita? ¿Le tenés miedo a la muerte, Josecitó? Ante esta inusitada, sorpresiva, inesperada pregunta, desconcertado un poco, yo le respondí que sí, que le tenía miedo a la muerte, pero no a la muerte por ser muerte, sino ante la idea de dejar sola a mi Doña Julia (a mi Doña Julita, para emplear sus diminutivos) ni por mi desaparición física, ni por el terror al más allá, ni por el miedo de enfrentármele a DIOS, puesto que siempre he estado en paz con EL y con los hombres y que, en vez de al más allá, le tenía más miedo al más acá; pero que él, por otra parte (y aquí eché mano de las bromas que le dábamos acerca de su longevidad y su eterna juventud, puesto que era inmortal), ya que era un secreto a voces — prehistóricas voces—, que él, Juan Aburto, conservaba con amoroso, celocísimo celo, el Cuaderno de Bitácora que le obsequiara Colón en su primer viaje a América, a bordo de la Santa María; que él había entregado a Henningsen los fósforos MOMOTOMBO (esa vez sí que dieron fuego los hideputas) para incendiar Granada y que él, finalmente, había hecho la entrega, personalmente, de la carta que Don Juan Valera envió a Rubén cuando la aparición de AZUL... Juan Aburto entonces, entre halagado y complacido ante la simpática, amistosísima broma, clavó su negra, su pícara mirada de sátiro inocente, de sátiro impotente, sobre la castaña, sobre la broncínea cabellera undosa de la bella Daysi y, entre halagado y complacido, me sonrió en forma extraña, no sé si dulcemente, no sé si tristemente... No lo sé. No lo sabré... Y esa fue su última sonrisa... Colonia Centroamérica

18

Juan Aburto
Narrador y ensayista. Nació en Managua, Nicaragua, el 9 de mayo de 1918. Curso estudios en el Instituto Pedagógico y en el Instituto Ramírez Goyena. Fue empleado bancario hasta 1977. Trabajó también en la emisora La Voz de la América Central. Participó de varios grupos y círculos literarios que se formaron en el país después del movimiento de Vanguardia: el Taller San Lucas, Ventana y la Generación Traicionada. Su primer libro "Narraciones" (1969) trata de las barriadas capitalinas entre los terremotos de 1931 y 1972, posteriormente escribe "Mi novia de las Naciones Unidas". Después retornó a su trabajo bancario, en el que permanecería hasta 1977. Con ejemplar devoción y desinterés, fue mentor e impulsor de generaciones de jóvenes escritores y pintores. En 1986 recibió la Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío. Juan Aburto falleció en la ciudad de México, mientras representaba a Nicaragua en un Congreso de Escritores, en agosto de 1988. Bibliografía: - Narraciones (1969) - Mi novia de las Naciones Unidas (1971) - El Convivio (1972) - Se alquilan cuartos (1975) - Siete temas de la Revolución (1980) - Los desaparecidos y otros cuentos (1981) - Prosa narrativa (1985)

Libros de Regalo
Colección gratuita enviada por email, obsequio de INTERCOACH

19

Libros de Regalo
1. Llevar a Gladys de Vuelta a Casa y otros cuentos 2. Letras sin Dueños (Selección de parábolas) 3. Música, Maestro 4. Una Carta a García 5. 30 Historias de Nasrudín Hodja 6. Historias para Crecer por Dentro 7. Acres de Diamantes 8. 3 Historias con un país de fondo 9. Pequeños prodigios 10. El Go-getter 11. Mujer que llamo Laura 12. Historias para cambiar tu vida 13. El ingenio del Mulá Nasrudín 15. Algo muy grave va a suceder en este pueblo 16. Cuatro cuentos 17. Historias que iluminan el alma 18. Los temperamentos 19. Una rosa para Emily 20. El abogado y otros cuentos 21. Luis Pie y Los Vengadores 22. Ahora que vuelvo, Ton 23. La casa de Matriona 24. Josefina, atiende a los señores y otros textos 25. El bloqueo y otros cuentos 26. Rashomon y otros cuentos 27. El traje del prisionero y otros cuentos 28. Cuentos árabes 29. Semejante a la noche y otros textos 30. La tercera orilla del río y otros cuentos 31. Leyendas aymarás 32. La muerte y la muerte de Quincas Berro Dágua 33. Un brazo 34. Cuentos africanos 2 35. Dos cuentos 36. Mejor que arder y otros cuentos 37. La raya del olvido y otros cuentos 38. En el fondo del caño hay un negrito y otros cuentos Aquiles Julián Aquiles Julián Aquiles Julián Elbert Hubbard Aquiles Julián Aquiles Julián Russell Conwell Armando Almánzar R. Aquiles Julián Peter Kyne Aquiles Julián Aquiles Julián Aquiles Julián G. García Márquez Juan Bosch Aquiles Julián Conrado Hock William Faulkner Arkadi Averchenko Juan Bosch René del Risco Alexander Solzenitsin Guillermo Cabrera Infante Murilo Rubiao Ryunosuke Akutagawa Naguib Mahfuz Aquiles Julián Alejo Carpentier Joao Guimaraes Rosa Aquiles Julián Jorge Amado Yasunari Kawabata Aquiles Julián Yukio Mishima Clarice Lispector Carlos Fuentes José Luis González

20
39. La muerte de los Aranco y otros cuentos 40. El hombre de hielo y otros cuentos 41. Dos cuentos 42. Aquellos días en Odessa y otros cuentos 43. 12 cartas de amor y un amorcito y otros cuentos José María Arguedas Haruki Murakami Pedro Juan Soto Heinrich Böll Juan Aburto

CIENSALUD
1. Inteligencia de Salud y Bienestar: 7 pasos 2. Cómo prevenir la osteoporosis Cristina Gutiérrez Cristina Gutiérrez

Iniciadores de Negocios
1. La esencia del coaching 2. El Circuito Activo de Ventas, CVA 3. El origen del mal servicio al cliente 4. El activo más desperdiciado en las empresas 5. El software del cerebro: Introducción a la PNL 6. Cómo tener siempre tiempo 7. El hombre más rico de Babilonia 8. Cómo hacer proyectos y propuestas bien pensados 9. El diálogo socrático. Su aplicación en el proceso de venta. 10. Principios y leyes del éxito Varios autores Aquiles Julián Aquiles Julián Aquiles Julián Varios autores Aquiles Julián George S. Clason Liana Arias Humberto del Pozo López Varios autores

21

Colección

Libros de Regalo
2008

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful