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Annotation
Ismael, el carismático líder de los Tronos de Delancey, la banda juvenil más poderosa de Nueva York, convoca una reunión de representantes de todas las bandas de la ciudad,
en un parque del Bronx. A la inusual cita acuden siete miembros de los Dominadores de Coney Island (Papá Arnold, Héctor, Lunkface, Dewey, Bimbo, El Peque y Hinton). Ismael
propone una idea muy ambiciosa (e inquietante): si todas las bandas callejeras de Nueva York se unieran, serían un ejército más numeroso que la Policía y la mafia y podrían dominar
la ciudad...
Pero la reunión sale mal, las tensiones son excesivas y estalla la violencia... La tregua se rompe, y en esa larga y calurosa noche del 4 de julio los Dominadores tienen que volver
hasta su territorio, al sur de Brooklyn, cruzando la ciudad y atravesando los territorios hostiles de otras bandas...

THE WARRIORS
(Los amos de la noche)
Sol Yurick
GRIJALBO

Título original THE WARRIORS
Traducido por
J. M. ALVAREZ FLÓREZ y ÁNGELA PÉREZ
de la 1.a edición de Dell Publishing Co., Inc., Nueva York, 1979
(publicado de acuerdo con Georges Borchardt Inc., Nueva York)
© 1965, SOL YURICK
© 1979, EDICIONES GRIJALBO, S. A. Déu i Mata, 98, Barcelona-29
Primera edición
Reservados todos los derechos
PRINTED IN SPAIN
ISBN: 84-253-1182-9
Depósito Legal: B. 25.517-1979
Cubierta: cedida por CINEMA INTERNATIONAL CORPORATION

si es posible. debemos comerles vivos.» «Amigos míos. ésos que veis frente a nosotros son el último obstáculo que nos impide estar donde tanto hemos luchado por estar. Anabasis . Os aseguro que lo ocurrido tiene tantas ventajas como desventajas. Así que.» JENOFONTE.«Soldados. no debéis dejaros abatir por los recientes acontecimientos.

Lunkface intentó mostrarse adormilado porque eso indicaría que era un tipo muy frío. —Fijaos en ese Hinton. Alguien tiene que ser Padre hasta que volvamos al barrio. no se puede estar en un cementerio después de medianoche —dijo El Peque. —Si no viene. Escuchadme. entre las casas. Qué agradable sería simplemente quedarse allí. ssssss —murmuraron los otros. Se miraron unos a otros. hasta que se disolvió en una sombra de chispas tricolores. Esperaron. El cementerio estaba en una colina. Está casi dormido. —Lunkface. Oían sus propias respiraciones jadeantes mezcladas con los rumores de hojas rozadas y aplastadas. —¿Dónde está Hinton? ¿Cogieron también a Hinton? —Estoy aquí —tenía las rodillas alzadas hasta casi tocarle la barbilla. Desde detrás del bloque de apartamentos ascendió lentamente hacia el cielo una línea de fuego que explotó en una temblorosa bandera norteamericana. En seguida le chistaron. Saldremos de aquí antes de las doce. Casi le vencía el sueño. empezando desde el sur y corriendo hacia el noroeste. calma —podría haber un vigilante. ¿De dónde llegaba el sonido? Hinton cerró los ojos con más fuerza. probablemente fuese el único sitio fresco de toda la ciudad. protegido como se sentía por la presencia de los otros entre él y el exterior. Todo el mundo lo sabe. vieron que faltaba Papá Arnold. —¿Qué hacemos ahora? Lo pensaron un rato. Vamos.. —Bueno. hombre —dijo El Peque. Hinton se acurrucó más en la sombra. —¿No falta nadie? —murmuró uno de los guerreros. —Nos quedaremos aquí un rato —dijo Héctor. No pasó nada. —Dewey. Alzó la mano para echarse el sombrero sobre los ojos. la carrera le había dejado deshecho. Hacía fresco y la yerba olía deliciosamente. recelosos. Iluminados. —Bimbo. Esto les hizo sentirse mejor. pensó. Escucharon. el viento la atrapó y empezó a arrastrarse perezosamente hacia el sur. instándole a regresar a las sombras. si pudiese al menos dormir un rato! ¿Por qué no podían quedarse allí? Era un lugar agradable. que había encontrado un sitio en el rincón más oscuro y sombreado de la tumba. La bandera planeó durante un segundo. Pueden venir y engancharnos —dijo El Peque. ¡Ay. con los pies apoyados en un lado y la espalda en el otro.4 de julio. miraban a su alrededor mientras se recuperaban de la carrera. todos salvo Hinton. y en su voz había un tono histérico. y se movieron un poco. Desde los aleros de la tumba les sonreían querubines mofletudos y benévolos. —Yo. una larga extensión de prados. cambiaron de posiciones. Todos se inmovilizaron. Estaba sentado allí. Aquel Hinton era capaz de dormir en cualquier sitio. No oían nada más que el retumbar del tren al otro lado del valle. Le parecía un esfuerzo excesivo tener que levantarse. En este estallido final. tengo que encontrar mi sombrero —dijo Lunkface—. otros no. que enterró aún más su cara entre las piernas encogidas. y los labios pegados a los nudillos de las manos cruzadas. Algo rozó en la yerba. mientras Héctor intentaba dar con un plan para volver al barrio. un estrecho río resplandeciente. —¿Y cómo va a saber que estamos aquí? —preguntó Bimbo. volviéndose. Lejos. —¿Y? —Bueno. Pero a todos les inquietaba. a causa de la tensión. —¿Quieres armar lío por eso? —preguntó Héctor. Puede que Papá Arnold consiga llegar hasta aquí. atentos a cualquier sonido extraño y procurando determinar lo que podía significar. —¿Estamos todos aquí? —Calma. Las ratas comen cadáveres. todo aquel tedioso lugar les espantó. Llevaba dos días sin dormir bien. —El Peque. A sus pies se extendían racimos de lápidas. Se estaba fresco. De pronto. quizás una rata. hasta el otro lado del valle. pensó Hinton. El Peque cambió de postura y sacó la mano a la luz de la luna para mirar el reloj. Escrutaron la posible aparición de los polis. de las otras bandas. todos los espacios entre las lápidas y las tumbas estaban iluminados. ¿Habría más guerreros allí? ¿Andaba la policía rondando? Se preguntaban cómo podrían cruzar el valle hasta el tren. una autopista. pensaba. Jadeaban tras su larga carrera. pero el sombrero había desaparecido. Alguien soltó un gruñido. embutiéndose en las más profundas sombras. Un animal. Era una estupidez. —A este hermano eso no le parece una buena idea.. 11:10 de la noche Había seis guerreros agachados a la sombra de una tumba. Empezaron a contar. salvo a Hinton. Sonaron a lo lejos una serie de pequeñas explosiones: petardos que eran como el traqueteo de ametralladoras. Los sonrientes querubines de piedra adquirieron un aire malévolo bajo aquella luz centelleante. Estaba cansado. un sólido banco de nubes iluminadas por la luna evocaba la imagen de una cadena de montañas. con los brazos abiertos. una verja de barrotes de hierro puntiagudos. iremos hasta ese tren y volveremos a casa. Tenemos tiempo de sobra. . aplastándose contra la tumba. Me costó mucho. Sobre ellos brillaba la luna. Algunos lo creían. pero se rascó la nariz con la uña en vez de meterlo. el otro no contestó—. pero las sombras eran intensas y profundas. —Bueno. volver a saltar las verjas y recorrer todo aquel espacio abierto hasta el tren. tenemos que quedarnos aquí un rato —dijo Héctor—. —Sssss. Todos sabían lo que podía pasar en un cementerio después de medianoche. era el único que tenía reloj. Salen de sus tumbas. del vigilante. amigo. Escucharon. tropezando. su pulgar se dirigió hacia la boca. Soltó un taco y se dirigió hacia la zona iluminada por la luna para buscarlo. apretó la barbilla contra las rodillas. —Tenemos que salir de aquí. No se estaba tan mal allí. una hilera de casas de apartamentos a unos ochocientos metros de distancia y. —Nadie te eligió Padre —ahora el tono de El Peque era estridente. vías elevadas sobre las que traqueteaba alegre una hilera de vagones brillantemente iluminados. —Tenemos que salir de aquí. Pronto será medianoche. Sonaron unas cuantas explosiones sordas. Todos conocían y comprendían a las ratas.

no sabían qué hacer y esperaban que Ismael les diese la señal. que desahoguen su hostilidad. libros). Mannie esperó unos largos segundos. Secretario. Nada había a alterado el pacto del año. Mannie había canalizado los impulsos subjetivos de Ismael por pautas socialmente aceptables. porque las cosas se desmandaban. El calor caía sobre ellos mientras en el exterior crecía el ritmo de las explosiones. Ismael tenía el rostro impasible de un grande de España. el hombre de Ismael. la policía se ponía nerviosa y los funcionarios del Comité de la Juventud locuaces. ya habían pensado en ello. Sin embargo. a modo de pendiente. Mannie cruzó el salón repartiendo sonrisas a todo el mundo. Consejero de Guerra alzó la voz para contestar a Mannie. Consejero de Guerra. junto al pie derecho de Ismael. la jefatura de los Tronos de Delancey: un poder demasiado dulce para dejarlo. bailes. Ahora había que invertir la cadena de mando. Seis Tronos de Delancey se dedicaban a jugar a las cartas en su club. alentado en medio del calor por los ritmos de la radio. Atronaron los bongos con más fuerza. aunque algunos periódicos intentaron iniciar algo publicando murmuraciones falsas y ofensivas. Agradecían la voz animosa del discjokey entre los lamentos de cada canción. como en una tarde normal. esperando que le invitasen a acompañarles. Salieron en pequeños grupos. Mannie sonrió. un Ciro o un Napoleón. ¿En qué otro sitio se puede estar fresco? —repuso Mannie a Secretario. de los que en tiempos lanzaban románticas y centelleantes luces sobre las parejas de baile. Cuando estaban así (reducidos al aburrimiento y al juego de cartas). por supuesto. con las gafas de sol reflejando la luminosa y sofocante calle. En el asiento de la derecha.. Ismael se levantó. recorriendo luego toda la cadena de mando hasta llegar a la puerta. Sobre su suave piel negra brillaba agradablemente un pequeño aro de oro. Cuatro de Julio. Las palabras quedaron ahogadas por las gemebundas palpitaciones de la radio. y con más alegría. Ahora recuerdo aquel viaje en barca de que hablamos hace una semana —comentó. No mirar era cuestión de honor. desesperación y odio de todos los profesores. congoja. Nadie decía nada. Hacia el fondo del salón. había prohibido las relaciones sexuales durante una semana. el día se convirtió en atardecer. los bostezos. sin preguntas directas. en aquel tono frenético y desmadrado: «. era como si hablase a un mudo.. el hombre de Ismael. claro. Esperaba que ahora no retrocediese y lo estropease todo. Mannie agotó la charla convencional sobre el tiempo.» Nadie dijo que la partida de cartas debía concluir.. Pero los Tronos de Delancey ya eran un club casi social. El emisario informó. las chicas detrás mostrando su ansiosa sexualidad. los bongos murmurando como tambores de guerra. Rechinó una silla. Se volvió a Ismael. El segundero del reloj eléctrico de pared corría lentamente. Parecía como si hubiesen estado siempre en aquella posición. No había conseguido nada. La radio comunicó. dejando solo a Mannie. Hacía mucho calor. Quizás ellos supiesen lo que pasaba. pensaba Mannie. Entraron más hombres de Ismael y se sentaron por el salón. —Más tarde. Tenía la camisa empapada de sudor. Secretario hizo un gesto invitando a Mannie a sentarse. seguía mirando una y otra vez su reloj suizo de esfera negra. Nadie le quería allí. Procura no desperdiciar las fuerzas con el calor. en. como para hacer que todos se sintiesen un poco más cómodos. y aunque había hecho mucho por ellos.. Iremos al cine. que se inclinó hacia adelante. hay que darle tiempo.. pero sí más de prisa. pensó. Esperó allí porque. abriéndole a las mejores cosas de la vida (interés por el trabajo. que a su vez podría estar o no mirándole. que le daba un aire exótico y peligroso pese a aquel elegante atuendo veraniego. A las cuatro sólo quedaban los hombres. soltar un taco o murmurar: «¡Hombre!». No le había perdido de vista y no había podido ver nada. había un puesto de limpiabotas de tres asientos. Mannie había redimido poco a poco a Ismael. Le enfureció y procuró mantener su sentido de la comunicación. Echó un vistazo alrededor e identificó las señales: el juego de cartas que siempre precedía al follón. Quería que todo el mundo estuviese de mal humor. Había ya unos treinta Tronos en el gran salón. pasa». En realidad. Fue a la pastelería del barrio. murmurando. —Sí. el protocolo era un asunto delicado. Todo indicaba que se fraguaba un lío. estos surcos. Entró. el presidente. traición. lo más delicadamente que podía.. estaba Consejero de Guerra. Pero cuando llegó al Presidente. La virilidad de aquellos muchachos era algo delicado y fácil de herir. en la calle. El emisario se fue.y ahora.. Intentó iniciar una conversación. Secretario y un corpulento guardián que estaba apoyado contra la pared. Ismael nunca se centraba en nada. Mannie estaba especialmente orgulloso de Ismael. Algunos chicos se levantaron. La cara redonda de Mannie asomó por el borde de la puerta.. Nadie lo miraba.. donde durante dos años había constituido el mayor motivo de conversación. el mejor y más espectacular resultado de seis años de trabajo social con delincuentes. porque arrastraba el tiempo. tratando de romper la frialdad y poder adivinar qué pasaba. Tiempo. medio minuto. hombre —dijo Consejero de Guerra. una prueba más de que algo iba mal. Pero no había por allí nadie de entre catorce y veinte años. hombre? —preguntó Mannie. Consejero de Guerra cabeceó y alzó los ojos hacia Ismael. Poco a poco. Un transistor atronaba rock-and-roll. A las cuatro y cuarto no quedaban en el club más que Ismael. y llegaba el lío. Sonó un ruido afuera. saludando a los muchachos. Alguien llamó a la puerta. los finos labios de Ismael no se movían. Secretario dijo a Mannie: —Creo que nos largamos. así mantenían su identidad. deportes. una vez que la acción empezaba. contemplando el frío reflejo de sus propios ojos en los cristales azules. Alguien echó una carta. o saber. las chicas empezaron a irse. pero era el cuatro de julio. Cuando ya estaba a punto de marcharse. procurando mostrarse indiferentes. El Hombre no contestó de inmediato. Pero de nuevo el protocolo se imponía: Mannie no insistió. Fuera.. Tenían calor y procuraban aparentar aburrimiento. Llevaban uniforme de verano: pantalones ajustados color crema y niquis rojos de manga corta. todos se detuvieron y miraron hacia la puerta. de alguien a quien pudiese sacarle lo que pasaba. Cuando entraba en la cabina. Estaban todos calientes porque Ismael. pues estaba seguro de que se había ganado de sobra el derecho a entrar. Le hacían esto a veces. junto al ventanal que ocupaba toda la pared.. como para acelerar el tiempo. . —Bueno. Alguien cogió unos bongos y empezó a arrancarle ritmos con los dedos. La sonrisa de Mannie se inmovilizó. advirtió que pasaba algo. No se permitía ningún pensamiento: sólo un esperar vacío e inmóvil. a la cara de piedra de un ídolo. Pero. un chaval lanzó un petardo justo detrás de él. con los vientres apretados contra los duros hombros de sus muchachos. Entró un emisario que recorrió todo el salón hasta donde estaba Consejero de Guerra. procurando mostrar indiferencia. Siempre las prohibía antes de un lío. Porque Ismael había sido la estrella más brillante del firmamento de la Escuela Pública y el genio rebelde del Instituto de Enseñanza Media Baruck Laporte Jr. Simplemente se acabó.. Ismael ni siquiera había hablado con él. La carta golpeó en la mesa. El Funcionario tanteó delicadamente. Pero nadie picó. 3:00-4:30 de la tarde Empezó aquella tarde. hasta llegar al trono. y el calor aumentaba. pensó Mannie. estaba indicándole que tenía malas cartas. el color entre púrpura y negro de un africano no contaminado y los sueños de un Alejandro. Paciencia. salvo para probar suerte con una carta. se trata de los Beatles. Pero no había ningún conflicto manifiesto con ningún otro ejército. procurando sonreír. como si no pudiesen volver a moverse jamás. De pie tras ellos.. Se ponía siempre muy nervioso antes de la acción. Mannie arrimó una silla al pedestal y se echó hacia atrás en ella para poder mirar la cara de ídolo de Ismael. Ismael recorrió el salón seguido de su escolta y salió. pero no había otro en la ciudad más frío que él. unas cuantas chicas miraban el juego. el muchacho acabaría los estudios medios y puede que llegara a interesarse por la universidad. pero eso no quería decir nada. moviéndose nerviosa y acompasadamente.. Era su Funcionario del Comité de la Juventud. la señal había salido de aquella silla de limpiabotas de la derecha del pedestal de contrachapado. pero eran los muchachos quienes tenían que decidir. e incluso llevándole a su propia casa. El club había sido antes salón de baile. A las cuatro menos diez. montado sobre un pedestal de contrachapado. Violar aquella regla produciría resentimiento. muchachos. Tenía que esperar hasta que le invitasen a pasar. En la confitería consiguió calderilla para ponerse en contacto con funcionarios del Comité de la Juventud de ejércitos vecinos y con el cuartel general del Comité de la Juventud. la frialdad forzada.4 de julio.. alguien dijo: «Pasa hombre.. Una de las chicas soltó un taco y su chico le hundió el codo en el muslo. el aburrimiento fingido. Los otros volvieron a las cartas. Sentado en el pedestal. aunque no lo bastante fuerte para ahogar la radio.. Del techo colgaba un candelabro de esos que dan vueltas. ¿qué hay. pero sabían que vendría. El funcionario no supo cómo dio la señal Ismael. Parecía un día cualquiera de verano. Era sólo cuestión de cortesía. Sabían que aún faltaban horas y horas para El Momento. golfos y chavales empezaban a lanzar petardos. para todos los chicos y chicas del Club Social Paradise. Ismael seguía manteniendo. estaba sentado Ismael Rivera. citas incumplidas. mientras lo hacían una y otra vez. Alguien subió la radio. lo comprendo. se rozaban lentamente para que nadie pudiera ver. aunque les había conseguido el club a través de la Asociación de Comerciantes de la zona. Hace calor. También identificaba aquel papel. que era la joya de su carrera. Ismael siguió mirando fijamente hacia la calle.. Pero nadie dijo nada —. en busca de alguno de los muchachos. incluidas las chicas. dirigiéndose a Ismael. ¿cuántas veces se tropieza uno con un Ismael? Si lograba mantener a Ismael derecho otro año o así. acuclillado. cómo van las cosas. gimiendo amor perdido. Mannie Bernstein. hombre.

Algunos seguían el ritmo de la música rock emitida por la radio de bolsillo. salvo Bimbo. dijo: —No. Cuando ingresaban en la Familia. resplandeciesen. papeles sucios. estirando los faldones para que ajustasen mejor. Decidió llevar el paquete abiertamente. a ellas no les habían dicho nada. irregular. eran las de nuevo diseño. Un crío soltó una hilera de petardos y los dos jefes saltaron. Arnold sacó la invitación impresa de Ismael. el plácido oleaje y el rumor de la multitud que veían de la playa. con su puerta giratoria. con los transistores aullando. Siempre andan con líos. Procedían de los carteles del metro. seguía rígido y con los puños tensos. viendo cómo Arnold buscaba en el bolsillo el brillante paquete y se lo daba a Tío Héctor. —No les aguantes nada. fijadas a él con esparadrapo. empezó a decir: «Maricas». Su disciplina les mantenía fríos y enteros. una consigna para luchar. Era su regalo para Ismael. Si ellos eran una familia. Aún no les había atizado para meterles en cintura. armero y tesorero. Arnold sonrió. caminando muy despacio. el caudillo de guerra. cortas. —Pero amigo. el paquete envuelto en papel de regalo. aún insatisfecho. pero bien encasquetados en la cabeza. echó un vistazo alrededor. Todos debían temerles. así como el salvoconducto. Llevaban los sombreros chulescamente ladeados. La mujer de Arnold se convirtió en la Madre. 7:00-10:30 de la noche Cuando Arnold formó su Familia. ma. sus estómagos se agitaban. La Familia no conocía aquel terreno. A Hinton le parecía raro que en un día de tanto calor y de tanto peligro como aquél. Uno era: «Cuando cesa la vida familiar. sacudiendo motas de polvo. ayudando. pero la mayoría la abandonaban pronto. —Las mujeres ya se sabe —dijo el Primero con aire aburrido—. todos les temerían. la confitería. el aire era más asfixiante. en realidad. donde sus hombres se habían abierto en abanico. aunque les permitiese pasar libremente aquel día. beber bebidas frescas enlatadas. se asustaban ante aquel desfile de la Familia y les dejaban amplio paso. ¿Quién podía controlar a Lunkface? Hacían falta dos para manejarle. para no parecer un destacamento y también para no asustar a ninguno de los Señores Coloniales.. ¿entendido? Demuéstrales quiénes somos.. esta familia les liberaba. no pretendo nada con esto. Héctor. Arnold y Héctor hablaron de la posibilidad de dividir el grupo. para mostrarles que todo era digno. gastando bromas. Aparecieron unos cuantos Señores más con sus mujeres. Deseaba que fuese Después. al ver que los puños de Lunkface se cerraban maquinalmente. Vieron a muchos hombres que podían ser Señores Coloniales. Es sólo charla. pero no se atrevieron.. Héctor le dio un toquecito con el hierro tan vistosamente envuelto y Lunkface se tranquilizó un poco. los hijos. medio rodeado por la Familia. no sabían cómo era el mundo. Dewey y el Peque. que llevaba un impermeable y. no le obedecían como debía obedecerse a un padre. reían. El país del Otro. —No lo hace con mala intención. Llegaron a la estación. sudaban. Desde todos los lugares extraños caían sobre ellos miradas inquisitivas. no paraban de señalarles e insultarles. El temor del confitero les divertía. Es sólo charla —justificó. dos primos. Tío. hombre. y sus mujeres eran poco más que acompañantes. Intercambiaron cigarrillos y se los encendieron uno al otro. tenían entre ellos a psicópatas y yonquis. Pero la Familia insistía en despedirles.. La consigna llegó por la radio: el disco de los Beatles. Bimbo verificó que las botellas estuviesen bien sujetas y que sus incómodas botas hasta el tobillo. esto les hacía sentirse grandes.». maíz con mantequilla. quien cortésmente dijo que. hasta que estallaran en el cielo los gigantescos fuegos artificiales. Arnold se metió el paquetito de brillantes rayas. sin ocultarse. razonaba Arnold. los tíos y las tías. ma.. en el bolsillo. Todos los demás (Madre. empieza la delincuencia». comer perros calientes. Las chicas chillaron y señalaron. donde sobresalía. líneas blancas cruzadas. No podían dejar de experimentar aquel viejo nerviosismo que precede al combate. Lunkface el Forzudo. mientras sus mujeres se movían. yendo hacia la parte alta de la ciudad en dos trenes distintos. Pero la frontera estaba allí. invitando a otros. ¿vas a dejarles pasar así. mujer —y eso fue suficiente para satisfacerles. Oyeron el desmayado órgano de vapor. —Tranquila. los Dominadores de Coney Island.4 de julio. o de que los coches patrulla bajasen aullando por la calle hacia ellos para desbaratar el asunto. pero no lo dijo. Avanzaban bamboleándose. «Ma. y los dos tenían que ser Jefes. con los prietos pantalones pegados a la entrepierna. no vio ningún poli de azul y. Él estaba ya cansado. amistoso. De un momento a otro podían empezar a llover ladrillos de los tejados. La familia de Arnold observaba desde el otro lado de la calle. de elástico a los lados. Padre. mostrando que no tenían sentimientos hostiles y que siempre estaban. los otros pasaron a ser hermanos. Willie. tanto contra los polis como contra las bandas. Los peatones. dispuestos a la acción. que era un tipo de poco aguante y bastante estúpido. Nada más. Los Dominadores menospreciaban a los Señores porque luchaban mal. El Primero de los Señores respondió con otra sonrisa. uno de los Señores Coloniales. riendo como brujas y con las caras transfiguradas por un odio de arpías. un grupo de unos veinte: Papá. hombre. El segundo en el mando era el Tío. tenía pensados dos lemas. Cuando llegó el momento. pero bien. Pero era importante que hubiese un jefe con cada grupo. o quizá durmiendo con una chica entre los brazos. y no había guardias fronterizos visibles. acompañantes) se esparcieron a corta distancia. hombre. salieron. Las sombras que arrojaban los duros rayos del sol de atardecer les producían la sensación de haberse sumergido en la misteriosa oscuridad de un bosque. a brotar cadenas de las puertas a su paso. Los hijos de Arnold eran gente dura y defendían su territorio contra todos. Pero Willie. flaco. Sus hermanos y el Padre le seguían. Evidentemente. Un lugarteniente dio a Willie un codazo fuerte.. como en los mapas del instituto. todos hacían voto de fidelidad. o bates de béisbol. atentos al primer indicio de miedo. sobre todo. nervudo y con cara de hielo. sobrinas y sobrinos. Héctor el Tío. y Lunkface era demasiado fuerte para prescindir de él. o cuchillos. tan tranquilos? —¿Vas a dejarles reírse de ti así? —Fíjate. dos botellas de Seagram para mantener a los hombres en forma. —Vamos. la gente se dedicase a tomar el sol. El más próximo insistió en tocar a Arnold y darle una palmada en la espalda al Tío Héctor. Las parejas se dirigían a los centros de atracciones. recorriendo su calle. hombre. Donde vivían con sus padres era siempre La Cárcel. Un emisario de los Señores Coloniales salió de una tienda. burlón. estaban pendientes de la aparición de los Señores Enemigos. Papá dio la orden: sacaron todos los alfileres de los sombreros y los metieron en los bolsillos interiores. Los del círculo externo eran primos. Llevaba dos días sin aparecer por casa. los Dominadores se vigilaban a sí mismos. Siempre amenazaban con armar bronca porque percibían sus temores. Los hombres llevaban camisas con el cuello y todos los botones abrochados. Nadie gastó bromas. Así que se convirtió en el Padre de todos ellos. El terreno daba una sensación distinta. primos. y sonrió con una mueca. Nadie saltó para . Sólo eso. Los siete elegidos habían tomado licor (dos tragos por barba) para animarse. y se los enseñó al Primero. Sentían picores en la espalda y se les iban los hombros en ese encogimiento que significa viejohombre-duro-no-vas-a-achantarme. Mamá. Unas manzanas a su izquierda estaba el paseo entarimado y tras él. y estar en las frías sombras de debajo del paseo entarimado. Los ojos del Señor Colonial tenían un brillo duro y hostil. no tenía objeto mostrarse hostil. dejando aliviado al propietario de la confitería. asintiendo. El otro: «Sé un hermano para él». y Héctor pensó qué gran arma resultaría. Los del grupo de plenipotenciarios llevaban chaquetas. El corpulento Bimbo. iban en los flancos proporcionando música al desfile. pero. pantalones negros demasiado ceñidos y sombreros de paja de copa alta y ala estrecha con sus insignias: adornos de tapacubos de coches Mercedes Benz (difíciles de conseguir) con imperdibles soldados en el taller del instituto a las estrellas-halos de tres rayos. Subieron las escaleras del metro en perfecto orden. La banda de la Familia. pero guerra. siempre presionando para que hubiese un poco de diversión. no podían ser muy hombres cuando no eran capaces de controlar a las mujeres. no te dejes liar. para un mejor camuflaje. Caminaban con frialdad. miraban. apretar y aflojar los puños. Algunas de las mujeres de los Señores.. No dejes que te insulten.. a una hora tan temprana del día. Salieron. vamos. como debe exigirse a los hombres. Tío Héctor inició la marcha. Se las enfundaron. hermanas. Un viejo con un cesto de mimbre y una caña de pescar pasó junto a ellos. pues la situación era tregua. Aún bajaba gente a la orilla del mar. está llamándote marica con la mirada. desde que Arnold había formado su familia y marcado su territorio. aquel día. un pequeño psicópata. Lunkface. procurando dar a entender que la amistad no significaba debilidad. desde el otro lado de la calle. en batallón. El Primero les hizo una seña. —Calma. Uno de los Señores le pegó un revés a una en la cara. en hermanas-hijas. le entregó a Papá A. Permanecer tranquilo en la apacible y fresca oscuridad. Todos se quedaron quietos unos segundos. No confíes. No siempre era así. bajo la luz del sol. La única señal de división permanente era la masa habitual de pringue de aceite de coche. hermano. haciendo eses. el estruendo de las montañas rusas. porteador.. Hinton el Artista. Sólo los que tenían que ir como plenipotenciarios: él. Arnold dijo a su Familia que no se dejaran caer por el lugar de reunión. Las otras mujeres del círculo más íntimo. La gente era igual que los de su propio territorio. —Vaya. el Otro. a él le bastaba con la palabra de Arnold. meneando los hombros. abotonadas hasta el cuello y ajustadas como chaquetillas. y allí se quedaron. invistiéndole así con la jefatura. Pero.. hacía tanto calor allí como en su territorio. tan buena como cualquier cuartelillo de los que aparecen en los noticiarios cinematográficos. Llegaron al final del territorio y se detuvieron. ya sabéis lo que dice el consejero de orientación. pero de algún modo no era lo mismo. Ellos respondían a aquellas miradas con la suya. Los delegados se pusieron sus chaquetas. Bimbo el Porteador. El sol brillaba igual. así que me han traído un regalito dijo. comprobando que todos los botones estuviesen abotonados y todas las hebillas prietas y relucientes. A Lunkface empezaba a ponérsele carne de gallina y no dejaba de apretar y aflojar. ¿qué significaba? ¿Seguir? ¿Esperar? ¿Atizar? Arnold decidió que tenía que ser Seguir y que pasarían en paz por primera vez en dos años. las hijas y los primos. Pero la contaminación olía diferente. subiéndose los cuellos de la camisa. cargados con equipo playero.. sin preocuparse de otra cosa que no fuese cómo componérselas para llegar a casa en un autobús atestado de bañistas. como entre iguales. amigas siempre de camorra. cogió el paquete e hizo una seña a Arnold. pero ninguno les cortó el paso. Pocas veces salían así. Cruzaron la calle. calle arriba y abajo. Quedaban seis manzanas difíciles hasta la estación. Era otro país. De nuevo le empujaron. El Peque cabeceó. con el horario. patatas fritas y knishes. Era el momento. fríos y preparados para la lucha.. Estaban más unidos entre sí que con sus propias familias. Dice que Willie está trastornado y tenéis que comprenderlo. de tela estampada de vivos colores entre los que predominaba el azul. entonces no podían ser delincuentes. la playa. Nadie lo había trazado.

Se insultarían unos a otros.. En el Bronx. sacos de ladrillos. seguro de que algún proyectil volaba ya hacia su trasero o su cabeza. pensó el conductor. Se preguntaban qué pasaría si les paraban. miró el reloj y consultó la hora. envuelto en papel de regalo a cuadros. ¿Acaso quería el conductor discutir su autoridad? Por que él. añadió como para justificarse. pero muy largo. Llegaban con tiempo. Identificó en seguida aquellas largas patillas y aquel pelo a cepillo. El pelo estirado y liso. y el conductor de coche imaginario frenó sus labios. suspiró el conductor. bates de béisbol? Apretó con más fuerza la porra. Se percibía muy claro que hacía todo lo posible por parecer como ellos. hacían caso. de modo que el conductor sentía como si tuviese allí toda la fuerza del mundo. Siguieron su camino. estaba dispuesto (en aquel mismo momento) a bajarse y a demostrarle en un sitio seguro quién mandaba allí. resonando firmemente. No era cuestión de cazarles y de machacarles. contemplando las sobrias líneas del Cadillac. sucios golfos. nadie los emborronó ni escribió en ellos su nombre. Se preguntaba si debería informar de su presencia al cuerpo de guardia cuando telefonease. porque al doblar la curva allí estaba aparcado el cacharro trucado. y entonces él tendría que hacer algo. mientras les ponía una multa un poli de uniforme azul. Miró fijamente en la dirección en que se habían ido. alguna vieja de cara arrugada como una pasa. Todos querían que su tanque derrotara al trasto trucado. el general. Luego. De cualquier modo. mientras él se alejaba. Bimbo les compró goma de mascar para mantenerles serenos mientras esperaban el tren. El poli casi se dejó arrastrar por el pánico y a punto estuvo de pasarse la porra a la mano derecha. su pie siguió hundido en el acelerador. A veces. Y. negras y brillantes. y la sentía dentro de sí.. mientras sus ojos seguían pendientes de su propia carretera particular. y siguieron haciéndolo hasta que le costaba ya trabajo distinguirlos en la penumbra mientras entraban y salían en las charcas de sombra de los árboles. porque no querían tener problemas. si no le escuchaban. como una aterradora parodia de formación militar. cobrando vida su motor trucado y lanzándose autopista del West Side arriba delante de ellos. Y durante un prolongado segundo más. El conductor no podía eludir el desafío. Le habían medio forzado y medio convencido. tranquilo. Uno de los hombres de atrás. Y rió entre dientes. les meterían en el saco. aquella noche. Los que estaban sentados en el suelo tuvieron que alzar la cabeza para ver qué pasaba. Al confiscar el tanque se habían llevado también al hijo del propietario. Pero. ¿Quería eso? Porque en cuanto los parase un poli. Pero unos cuantos pipiolos. lo sabía. ¿Entonces qué? No había ninguna chica por allí que pudiera largarse con el lindo regalo de Ismael entre las piernas. Habían bajado por calles laterales. prometiéndole que figuraría en posición destacada en sus consejos si se unía voluntariamente. hombre. Cuando el autobús parase. Estaba seguro de que no le perdían de vista ni un instante. Lo hundió con fuerza contra la cadera del conductor diciéndole. fumado o bebido. Ahora. Había sido conducido cuidadosa y hábilmente desde Manhattan. pero nunca lo había creído. Otro jugueteaba con los botones de su jersey mientras su pierna se agitaba arriba y abajo incontrolablemente. El conductor del autobús sintió que se le congelaba la nuca. Nunca había visto tales grupos en aquel barrio casi residencial. El coche canturreó un poco y se lanzó hacia adelante. Golfos. que estaba vacía. que giraba violentamente en curvas imaginarias. Y luego fueron aproximándose a él mientras los lados de la autopista. El poli. moviendo el cuerpo. con tremenda energía. Por qué no iba a poder él divertirse un poco y conducir también. y ninguno pudo evitar los gritos. para ver si estaban cargados. bajarían y subirían de golpe los cristales de las ventanillas. Se lanzarían sobre él. Todos tenían la misma cara hostil y él sólo podía diferenciarlos por el tamaño. El general ladeó el cuerpo. la próxima vez va a caer donde tú sabes. Otras le insultaban. se preguntaba si no deberían deshacerse de aquel esclavo estúpido antes de llegar al lugar de cita con Ismael. cosquilleando en ellos. unos lindos mocosos de la escuela con el pelo a cepillo. El conductor dijo que bueno. Era lo único que podía hacer sin ponerse en evidencia con algún movimiento en falso. ¡tranquilo! El conductor seguía discutiendo. El general quiso saber si el conductor quería que uno de los machacacráneos de azul le arrease unos cuantos en el pico. botas y extraños bombachos. casi se dio de narices con ellos. El chico parecía preocupado. hombre. para seguir por la cadena municipal de autopistas hacia Queens. La distancia hasta el lugar de cita no era excesiva. diciéndole cosas increíbles. tendría que parar el autobús. ansioso. Pero. hombre. aquél era trabajo de Hinton. se dirigieron hacia la parte trasera. Bimbo. Cuando desaparecieron. Tiró con fuerza. Continuaban en bastante buen orden. El conductor apretó el pedal procurando parecer frío. Pero ninguno de ellos se pavoneó. gritar. aparecieron detrás de ellos a toda velocidad y les pasaron. ojalá que por lo menos no le zurraran. Pero estaba preocupado.. Alguien se quejaría. un esclavo que no pertenecía a nadie. pero hombre. pues entonces sabía que se enfurecerían y que sin duda esgrimirían sus armas traicioneras. era aficionado a pisar el acelerador. Parecieron brotar de las sombras. el coche avanzaba sin esfuerzo. Conducía angustiado. Aquellos tipos sabían lo que era un coche y el suyo tosió y gruñó. hasta que alguno viese algo divertido (¡sólo Dios sabía lo que podía divertir a aquellos animales!) y entonces haría una seña a los demás. e intentaba poner cara de duro para mostrarse tan valiente como los demás. ni siquiera el general. y allí se sentaron tranquilamente. ¿Por qué estaban allí? ¿Habría otros ocultos detrás de los árboles y al otro lado de la calle? ¿Qué irían a hacer? ¿A pegar a los chavales de aquel barrio? ¿Echarían abajo las puertas de las casas y violarían a las mujeres? ¿Lanzarían explosivos para deslucir la fiesta del Cuatro de Julio? Todos llevaban muchas hebillas de bronce en los impermeables y zapatos de punta afilada. suplicó Ansioso desde atrás. Mientras les oyese. Era el momento. inclinado hacia adelante. Las cabezas de los hombres que iban en el suelo se hundieron rápidamente por debajo del borde de la ventanilla. por lo que tú sabes. Él procuraba mantener la mirada fija en la ruta y en los golfos al mismo tiempo. ocho muchachos vestidos con jerseys a pesar del calor y con expresiones burlonas en sus asesinos rostros irlandeses. que vieran con quién estaban tratando. caminó lentamente tras ellos. Y el conductor aminoró la marcha. Pero los muchachos se limitaron a bajar. por si se separaban. Era cuestión de no quedar mal. Procuró mirarles a los ojos. pero decentes. No era. estaba seguro. ¿Habrían fallado la ley y el orden? Nunca habían llegado allí. ni grande ni pequeño. le pegarían. buscó en el bolsillo de la chaqueta y sacó el paquete de Ismael. nadie arrancó trozos de carteles de anuncios. sujetando un volante imaginario. Los del pelo de cepillo estaban fuera. que ya lo sabía. hombre. apretar la señal de parada y no soltarla. pero se habían dirigido hacia el sur. Agarró la porra con la mano derecha. o a uno que viniese detrás. incapaz de liberarse de la palpitante sensación que le producía. Podrían. siete para la ida y siete para la vuelta. Quizá se había equivocado. se pondrían a saltar en la plataforma de la puerta trasera. el general le dijo al conductor por quinta vez que se controlara. golpeando con la porra su mano izquierda.. Depositaron el importe del billete en la máquina. más incluso que el propio general. pasos elevados y cementerios frente a los que pudieron ver los . alejándose. No era tanto el miedo lo que le alteraba como la bárbara anarquía implícita en el hecho. blando y estúpido. compró catorce porros. uno de los muchachos tocó la campanilla de parada. pero no tanto ni de modo tan salvaje y aterrador como el chaval que conducía. insultándoles y rebajándoles. está bien. No es que a él le hubiesen pegado alguna vez. cruzando el puente de Brooklyn y atravesando luego Brooklyn. prometiéndose una pequeña juerga más tarde. Estarían allí sentados un rato. pero conocía conductores a los que sí habían apaleado. mirando desde su trasto trucado con el estruendo oculto bajo la raída capota roja. Se abstuvo de mirar atrás. y ellos con las piernas abiertas y apoyados contra una pared o contra el coche. los dos que estaban sentados en el suelo y los tres del asiento delantero. tranquilamente. Cuando él era joven. El conductor sintió aquella sutil y emocionante caricia de energía transmitirse a sus dedos. Eran unos diez. Los ruidos del que imitaba el estruendo de un motor atrás se hicieron ensordecedores. para que se dispare el pedal. en realidad. El coche en el que estaba sentado Ismael Rivera no era ni viejo ni nuevo. La estrechez de las aceras les obligó a desfilar ante el de dos en dos. el Porteador. le patearían. Por fin se soltó la tirilla y logró agarrar con más firmeza la porra. que comenzarían a mirar. la orilla y el río empezaron a pasar corriendo más de prisa. demasiado ostentoso. Si por lo menos los polis utilizasen la tralla. avanzando hacia él como la noche misma. pasando túneles. por último. ir allí atrás para decirles que se callaran y. No podía soportarlo más y volvió la cabeza. casco. sacó la invitación de Ismael. el trasto trucado pareció no alejarse ya más. Todo el grupo seguía su ruta. La tirilla de cuero se le enganchó en la muñeca. Pero el general recordó la situación y le dijo al conductor: tranquilo.. ¿Serían una banda? Había leído que nunca abandonaban su barrio. ninguno se burló. en el tanque. y casi tenía más poder y más energía de aquel género. hablando. desde luego. sujeto con cintas anchas. embutiéndoselas en los sobacos. A pesar de que iban ocho. mascullando ruidos y estruendos de motor. como si tuviera frío. los chavales no se comportaban así. y bajó un poco más la marcha. Qué sorpresa se llevarían. Los golfos seguían allí sentados tranquilamente. Podía detenerles por reunión ilegal. por ejemplo. Al principio. eludiendo coches y peatones. empezaría el lío. Por último. aburrido. ¿Qué hacían aquellos negros en aquel barrio? ¿Serían un grupo de integración? Les machacaría el cráneo con la porra. Pasaron ante él y se alejaron. cuchillos. sí. El mocoso que era hijo del propietario del Cadillac grande iba sentado. tranquilamente. amigo». al doblar la esquina. En la estación. Problemas. El general pensaba en lo bien que debían verse allí. Había uno que no hacía más que cruzar y descruzar las manos. por una vez. Intentó que pareciese que estaba balanceando inocentemente la porra. reírse y. Eran duros. Luego. cuando el autobús ya estaba llegando al final de trayecto. no se espatarraron insolentemente en sus asientos. sin mirarle siquiera. pero sus manos golpearon la suave piel negra del volante y su pie disminuyó la presión sobre el acelerador. Hubo uno que incluso se mostró educado y dejó sitio a un hombre para que pasara..tocar el techo de la escalera. dándole un último toque antes de alzarse. preocupado obsesivamente por el inminente problema que iba a plantearse. y tenían un aspecto incongruente y brutal bajo los copudos y frondosos árboles. escopetas de cañones recortados. Lo último que vio fue el destello de las hebillas de sus zapatos. pero no puedo hacerlo de golpe porque imagínate lo que podría pasarle al coche. Oía sus pisadas. Sería delicioso alcanzarles y machacarles sin más. entre los dos duros sargentos. sorprendentemente. Se dijo sí mismo: «¿Ah. tranquilo. señalar. Se quedaron allí tranquilamente. Caminaban bordeando los cuidados pradillos. Ansioso iba atrás. mirando hacia el sol que colgaba al borde de la orilla de Jersey. sí? Vamos. si les enganchaban. Lo sabía. que condujese suave y normal porque. ¿habría saltado alguno a la yerba? Aquellos zapatos relumbrantes resultaban indecentes en los cuidados pradillos. Se dieron cuenta de que allí tenían unos rivales y empezaron a reírse y a burlarse de la suave masa negra de resplandeciente hierro de Detroit. murmurar. que no podía evitarlo porque. El general no contestó. pasado el puente George Washington. basta con que des un toquecito. El general. pero nada ocurrió. señalándoles. Quizá no eran más que un grupo de estudiantes. sabía muy bien que sólo le dejaban ir allí porque les había proporcionado el gran Cadillac de su padre y porque les dejaba conducirlo. y en seguida te das cuenta porque todo parece quedarse quieto al pasar: ¿Comprendía esto el general? El general inspeccionó al conductor para ver si iba gaseado. Distribuyó también «migas de pan» del depósito de «pan»: siete dólares por cabeza. sería la porra acariciándoles el culo y los riñones y las pantorrillas. Y lo hizo justo a tiempo. ¿Qué se ocultaría debajo de aquellos impermeables negros y cortos: cadenas de bicis. amigo. ya disminuyo la velocidad. ¿Serían un grupo de musulmanes negros? Empezó a apretar la porra con la mano izquierda. Él era el artista de la Familia. los dos que le flanqueaban. amenazando con desvanecerse a lo lejos. preguntó si podía conducir él. Entonces nadie mataba. Aquel grupo era una banda en lucha. El conductor esperó durante media hora la inevitable explosión golfa. El mundo estaba desmoronándose. Eran muchas las cosas que dependían de que no les cogieran. diciendo está bien. subieron al autobús que cruzaba la ciudad. en el asiento trasero.

una rubia. pero Lunkface le puso a mano en el hombro para retenerle. Llegaban guerreros de todos los barrios de la ciudad. y era la moda del año.altos edificios que parecían brotar de las tumbas como mayores y más distantes mausoleos. Poco a poco. soñando sueños. —Estás paralizando toda la operación —le recriminó Benny. con pradillos. en espera de la señal. —Amigo —dijo—. pensó. largo. se les asignaban rutas distintas. potentes y mortíferos. mucho dinero. Aquel era un ambiente raro. Lunkface daba saltitos murmurando algo que nadie podía oír. amigo. Pero lo había observado y visto todo: las calles. —No le hagas caso —dijo Lunkface—. Uno de ellos. conseguirlo. —Yo le conozco —dijo Héctor—. Quiero decir.. Había muchas cosas a tener en cuenta: algunas bandas se habían asustado. aunque Héctor se burlase de él y rebajase su virilidad delante de los demás. Benny tuvo que apartar la vista por la señal. incrustada de piedras preciosas y enfundada en vestidos deslumbrantes. les consolaba el saber que simultáneamente a ellos iban confluyendo en el lugar de reunión representantes de la mayoría de las bandas de la ciudad. —Admito eso. —Eres demasiado imbécil. Ni el lugar. sólo se veían pájaros. hacía cinco años. y a pesar de eso ella siempre seguiría siendo atractiva y deseable. el locutor transmitiría una petición. Oscureció. Llegaban en metro. Te mueres antes de que el bum termine. Eso es vivir. algunos. La gente estaba celebrando el Cuatro de Julio y el rumor de las explosiones aumentaba lentamente. Héctor no se movió. El sol colgaba ardiente y firme. además. Y entonces Héctor dijo: —A mí nadie me manda moverme. invocando su autoridad y dejando por fin la manga de Héctor. fumando un cigarrillo. «Por aquí vive la gente más rica del mundo». Al otro lado de la calle parpadeó la linterna. ¿Dónde conseguiría dinero para otro par de zapatos? Lunkface protegía su sombrero de las ramas bajas. Héctor no hacía más que limpiarse la ropa. bueno. Así: Buuu-muerto-um. Intercambiaban rápidamente información y seguían su ruta. Benny le cogió por la manga y le dijo que se estuviese quieto. se la tenía jurada. ¿o acaso no conocían todos a Ismael? Benny se dio cuenta entonces de que era ya demasiado tarde para cruzar. transmitía la señal a Benny haciendo parpadear su linterna. Estaban haciendo tiempo. Eso es algo que ni se ve ni se oye siquiera. niños todos. corriendo ferozmente mientras sostenían rifles imaginarios como soldados de cine. estaríamos en el mismo barco. sólido. acariciando la esperanza de cosas que algún día podría tener. algo casi animalesco.Tú no la verías. Si hubiese algún problema. Nadie se daría cuenta. hombre. Nunca cedía ante nadie. Eso significa disciplina. A veces se limitaban a intercambiar signos con el centinela. ¿a mí qué más me da? Les estaría bien empleado. —Tú. tú. —Te las da Ismael —replicó Benny. Héctor. Cuando se sabía que dos bandas estaban en guerra. y entonces éste conducía a los hombres que esperaban al otro lado. Desde luego. Benny el explorador. Consejero de Guerra repasaba afanoso los preparativos. de Nueva Jersey y de Westchester. Arnold iba en la retaguardia. que estaba más cerca. previniendo cualquier ataque por sorpresa. cruzando negros campos. en secreto. permanecía al borde de la autopista que cortaba el parque pendiente de la señal del guía del otro lado. relajado. impávido tras sus gafas. anhelante. comentó: —¿No creéis que sería ésta una buena ocasión para ellos de tirar a matar y arrojar esa famosa bomba A? Quiero decir. Los guías de Ismael les esperaban en puntos determinados y les encaminaban por rutas elegidas que discurrían. vestidos con pantalones color crema. —Venga. que iba sentado junto al conductor. las aguas del canal de Long Island y el limpio arco del puente que llevaba hacia el Bronx. había estado contemplando por la ventanilla vistas insólitas y maravillosas. ¿no?. Los lados de los ojos le quedaban sombreados por las pobladas y largas patillas. que montaba guardia a la espera de los coches. hacía calor. en autobús e incluso. Arnold y la Familia fueron conducidos a través de la tierra oscura. salpicando sus caras bruscamente con cambiantes formas de hojas. Bimbo se aproximó. Puede que más rápido. pues entonces los dos eran críos. Se miraron. y en aquel momento lo más importante de su virilidad consistía en ser miembro del ejército de Ismael. Chapotearon a través de una zona fangosa: había llovido unos días atrás y Hinton pisaba con toda cautela. cabeceó y dijo: «Pronto sabrán lo que es bueno». ladeadas. muchacho. Lunkface dio la vuelta. se colocó al lado de Benny y se acomodó allí. con un poco de suerte. dándose cuenta de que había cometido un error. si las cosas iban bien y el gran plan de Ismael salía según lo previsto (¿cuándo había fracasado Ismael?). los árboles. confluyendo en el Parque Van Cortlandt. El centinela les condujo hasta Benny y volvió a por el grupo siguiente. y una hilera de sordas explosiones recorrió el horizonte. Benny se volvió y vio a Héctor. hombre. por senderos ocultos que cruzaban el bosque entre colinas y matorrales. los cementerios. donde cruzarían la ciudad hasta el lugar de cita. mientras contemplaba los arcos de fuego del Cuatro de Julio que se alzaban en la oscuridad y escuchaba las explosiones. paseándose por una indefinida pero impresionante casa con un rico interior televisivo. dijo Secretario. en coche. con las luces de sus faros taladrando hojas y ramas. pero nada más —dijo Consejero de Guerra a Ismael. Consejero de Guerra miró a Ismael. Al ver a Héctor se sorprendió. Llevaban gorras grandes y voluminosas. con un excelente historial de guerra. Estaba acuclillado detrás de unos matorrales. Tras ellos llegaba ya otra columna. que esperase la señal. Secretario comprendió lo que pensaba Ismael y sintió aquel resentimiento que siempre acechaba bajo la superficie. —Pero tienes que admitir. agachados. Benny comunicó el mensaje y los Serafines se lanzaron. incluso nosotros. Hubiese preferido haberlo pensado todo personalmente. Pararon varias veces. ¿No te gustaría ver esa vieja bomba? ¿Eh. ¿podía emplazárseles en el mismo lugar que a los soldados suprimidos? Siguió examinando planos y cuadernos de consulta. lo más alejadas posibles. Cuando me dé la gana. miró atentamente a ambos a la cara y esperó. Muévete —dijo Benny a Héctor—. cierra el pico —gruñó Arnold—. Aun así. creía también que debía a justar le las cuentas a Benny de hombre a hombre. Papá Arnold avanzó unos pasos hacia la autopista. Los efectos de la bebida se desvanecían y todos se sentían nerviosos e irritables. Seguían el plan de Ismael y a los guías que éste les había asignado. . Evitaban las entradas habituales del parque. triunfar. estaban apostados en los puntos estratégicos. Sus rostros brillaban levemente bajo la luz de la linterna que llegaba del otro lado. todos. Se vio a sí mismo destrozando la casa con sus manos. un minuto a lo más. burlándose de que Benny desviase los ojos. habían aparecido más coches. —Bueno. los cuales. Los polis tenían bastante trabajo con cuidarse de que la fiesta no se les fuese de las manos. excitándose para ese momento. Vamos. podría. mirando asombrado el esplendor de la ciudad. los coches pasaban silbando. Lunkface les observaba detenidamente. puede que la viese un segundo o así. que daba miedo. orientándoles cuidadosamente bajo la cobertura de oscuridad en que sólo eran visibles los pantalones crema de los hombres de Ismael. sin parar. Giraron por la amplia rampa de acceso que subía en arco y conducía hasta el puente. Ya habría tiempo de ajustar cuentas más tarde. Todos los cabrones quedarían liquidados. Las luces de los faros centelleaban sobre los matorrales y se filtraban por ellos. pero de verdad. Si los policías veían un montón de pantalones crema. Así había sido desde el día en que le conoció. —A mí no me da órdenes nadie —dijo Héctor. con quien había tenido problemas cuando ambos vivían en el territorio de Ismael. pensaba. pero sólo unos segundos. Héctor y Benny se miraron. Sin embargo. Tendría una esposa esbelta de inmensos pechos. —Bueno. Más allá de los matorrales. recorriendo tranquilas calles flanqueadas por casas grandes y apacibles. ¡Buuuum! —Déjalo ya. Pero hacía ya mucho tiempo de aquello. los guías les acompañaban a través de aquellas líneas de comunicación establecidas de antemano. Había decidido aguantar. pues él era un hombre. ahora no era el momento. Lunkface. Uno tras otro. sabiendo la manera como debía alimentar su odio. cabeceó y dijo: —Tendrías que estar deseando tirar piedras contra esa casa. Fuera habría un coche largo. e imaginarse vagamente con las prendas más elegantes y más caras. por su parte. con un montón de cromo. Volvió a mirar a Benny a la cara. siempre que ello era posible. salvo sus oficiales. Ismael iba sentado atrás. uno de los hombres de Ismael. Calma. equilibrado sobre las cimas de los edificios. Había ya un chaval en el hospital por unos petardos que le habían estallado en la cara.. amigo. Mientras avanzaban inquietos por rutas invisibles. Sabía que Lunkface lo había visto. Escuchaban la radio del coche que emitía música de pachanga. En dos segundos estuvieron al otro lado y desaparecieron en la oscuridad. No seas imbécil. y aguantar cuando tengas que aguantar. siempre lejos de los paseos. No digas ni palabra. Benny era un tipo duro. ¿Quieres estropearlo todo? ¿Quieres que se nos echen encima los polis? Héctor empezó a moverse. que saben vivir —replicó Secretario dirigiéndose a Ismael. todos acudían a la cita. Yo quiero una igual —y señaló una casa de muros de entramado de madera ante la que pasaban. Pronto habría la suficiente oscuridad como para poder dirigirse hacia el Bronx. Hubo una pausa en el tráfico. ¿entiendes? Nada. Y él me conoce a mí. Arnold cogió a Lunkface por un brazo. Héctor miró a Benny a la cara. A lo lejos sonaban los petardos. amigo? . andando. mirando fijamente hacia la sólida oscuridad. bum. y aún era temprano. satisfecho de que su honor no se hubiese visto menoscabado. el parque Van Cortlandt. sencillamente podría. Cállate. Menudo estruendo. Cuando había una disminución del tráfico. y resplandeciente. pero retrocedió. Todo sería limpio y satisfactorio. Bajó luego los ojos hacia la ofensiva mano que sujetaba su manga. acudirían representantes inesperados. tendría varios niños. Habría. —Deja que tu tío se las arregle solo. amigo. me moveré. pero él era el Consejero e Ismael el Presidente. las magníficas casas. Benny esperó a que llegara el siguiente grupo. Benny les hizo señas de que siguieran. —Ahora no podéis hacer nada —cuchicheó Bimbo—. montones de billetes y de piedras preciosas. Héctor esperó y luego empezó a cruzar la autopista. Consejero de Guerra miró a Ismael. lamentó que a Ismael no le hubiese parecido bien y no pudo evitar sentir otra vez aquel deseo. se dio cuenta de lo que pasaba y se echó a reír. un macho. Secretario. aunque eso pertenecía al capítulo de la disciplina y no trabajaba su virilidad. Tras él se acurrucaban seis delegados de los Serafines de Morningside. Él era un hombre. Menudo espectáculo.

y al no ver otra cosa que la llanura negra y lisa. Delante. El centinela del otro lado de la autopista hacía señales frenéticamente. Nadie había encendido luces. Un resplandor rojo ascendió lentamente desde el centro del campo y quedó suspendido en el aire. Cruzaron corriendo. pero cuando hubo otro parón en el tráfico. iba recibiendo los informes cuchicheados de los centinelas. Se acomodaron en sus sitios en la llanura húmeda. a unos veinte metros de distancia. Significaba que ya estaban todos allí. Bajaron por una pequeña ladera. Salieron tres hombres. Lunkface soltó un gruñido. siguiendo el camino marcado por los pantalones de un blanco opaco. Aunque la oscuridad sólo parecía contener los olores extraños y húmedos de la vegetación. tan de prisa que por un momento. Ismael sabía que todos estaban allí. Ismael fue conducido a su sitio. quien transmitió la consigna a Secretario y éste. con los dedos tiesos. pero en seguida desapareció. ni fogatas. y les recogió otro de pantalones crema que les condujo a través de un campo negro. más allá del centinela. —La próxima vez te daré en los ojos. Más abajo pudieron ver otros grupos que también cruzaban. Benny dio la señal. Estaba dispuesto a soltar la bengala azul de alarma. Ismael sabía lo que tenía que encontrar y aún no lo había visto. . Medio kilómetro más allá. el zumbar ronroneante de los insectos y el rumor de la yerba y de las hojas. ¿entendido? —dijo Papá. Era la tercera vuelta que daba. El coche arrancó de nuevo. Uno de los centinelas abrió las puertas. Unos veinte centinelas salieron a la carretera. Un millar. Arnold golpeó a Lunkface en el costado. discurría otra autopista barrida por las luces de los faros. muchachos. El cielo cobraba vida con los fuegos artificiales. Vamos. —Vamos. El coche de Ismael dobló una curva y las luces rojas desaparecieron tras él. ya lo arreglaréis más tarde. pensó que aquello era bueno. obedeciendo su orden de que no se hiciesen notar. Había embajadores de casi todas las bandas importantes de la ciudad y alrededores. queriendo saber qué pasaba. allí estaban plantados.—Te conozco —repitió Benny. Aguantaron allí lo suficiente para que su honor quedase satisfecho. Los tres hombres fueron escoltados hasta el terraplén. ¿Podían salir mejor las cosas? El conductor se adelantó a los coches que le rodeaban y se adentró en la limpia oscuridad. Arnold sabía que toda la operación podía resultar amenazada y dijo. retrocedía un grupo de lucecitas rojas. basta de charla. Ismael hizo una seña a Consejero de Guerra. a su vez. Doblando la lejana curva. sus ruedas patinaron en el pavimento. Mientras avanzaba. la siguiente hilera de faros enfilaba la autopista. El chófer se desvió hacia el borde de la carretera a toda prisa y sus luces parpadearon un mensaje. hombre —azuzó Lunkface. Pasó por el lugar de reunión dos veces. que danzaban en formación al pasar por los baches. lejos y un poco más arriba. Y era un triunfo de su organización el que ninguno de sus centinelas ni de los grupos hubiesen sido vistos cruzando las autopistas. siendo iluminados por los faros. mientras Dewey le indicaba a Lunkface para que se estuviese quieto y esperase. muy serio: —Vale. El coche frenó y se detuvo. rápidos y furtivos. —Te haré escapar a ti —replicó Arnold. No había nadie visible. Pronto quedaron como medio kilómetro atrás los faros más próximos. El coche de Ismael Rivera había recorrido la red de vías del parque buscando un espacio despejado entre los grupos de coches en movimiento. Ahora vamos. Empezó. al chófer. —¿Escapas? —quiso saber Lunkface.

Les dijo que estaban allí a causa del Enemigo. frente a unos matorrales que le ocultaban de cuantos pudiesen pasar por las carreteras. Sabía que no podía soltarles un discurso. hacerse traficantes. por el Otro? Ellos podrían controlar la ciudad y poner impuestos a la ciudad y a los sindicatos del crimen. pues no le gustaban ni las prendas demasiado apretadas ni el exceso de hebillas con que se adornaban casi todos. como siempre. ¿Quién dirigía mejor sus fuerzas? Él había desafiado. Pero Ismael les recordó que no había esperanza. medio escuchaba las palabras. Frenándoles. aquella palpitación que debía liberar en un grito. había pensado una y otra vez todo lo que tenía que decirles. Aquello era peor que la yerba. se lamentaba de que le machacasen. —Oigamos al hombre —susurró Héctor. la mierda aquella del Haryou. excursiones. Dewey escuchaba. El Hombre que tenía un arsenal como para armar a un batallón. les engancharían los muchachos del sindicato. Ismael apuntó con el índice hacia las luces de la ciudad que les rodeaban y dio una vuelta completa. además. Lincoln alboreando en nebulosas nubes hacia el sur. Había clavado a su alrededor un círculo de linternas enfocadas hacia arriba. transmitiéndolo. porque no querían admitirles en el sindicato. Sus grandes gafas azules se burlaban de todos ellos con audaz ecuanimidad. 10:30-10:50 de la noche El glorioso Cuatro de Julio alcanzaba un nuevo crescendo. Llevaba el sombrero limpia y correctamente asentado en la cabeza. deportes. apuesto y frío. Perdidos hasta la muerte. Aunque estaban prohibidos los explosivos... podría haber pasado por un ejecutivo. ¿Qué se podía hacer?. pero sabía muy bien que no podría farolear delante de ellos como un Castro. pues la mayoría de ellos no eran rápidos de entendimiento. Algunos acabarían yonquis. Casi todos estaban de acuerdo. Les dijo que todos estaban perdidos. Había imaginado aquel instante en multitud de ocasiones. Gritando. Promesas como la iglesia. Oía las palmadas contra los mosquitos. Y debía decírselo de prisa. La estatua de la libertad rielaba en una corriente de aire. salvo por un pendiente que le brillaba en la oreja. sólo veían moverse sus brazos. Ismael hablaba. y vigilaba tanto a sus hombres como a los grupos de alrededor. sí. en tono coloquial. Delante del espejo. los maricas del Cuerpo de la Paz. Hinton luchaba con su descontrolado terror. Arnold asintió sabiamente y pensó que ojalá se le hubiese ocurrido a él todo aquello. sus mandos les mantendrían así mucho tiempo. El Peque seguía encogiéndose y ladeando la cabeza ante las palabras que le transmitía el centinela. Y ahora unos pájaros de la Iglesia de Pentecostés habían enganchado a su hermano. alquilando su ejército para ayudar a otras bandas en sus pleitos. Y también los periódicos. el trabajo duro no se pagaba. no fumaba. coches excesivamente caros y fáciles de reponer. No podría retener su atención más tiempo.. ¿Sabían ellos lo que significaban cien mil personas? Los polis sólo eran unos veinte mil. y. trabajaba como un perro y sonreía como un imbécil continuamente. todos ellos les rebajaban. ¿Por qué la fuerza más importante. Todos asintieron en la oscuridad. apenas audibles. las cárceles y los reformatorios. ¿Qué había que hacer?. Con las mujeres serían unos cien mil. Pensaba que podría convencer a sus hijos. No se oía ya otra cosa. lo único que podrían hacer serían pequeños robos hasta que les cazaran. Lo sabían. tendrían que arrastrarse. Todos recordaban qué gran tipo era su hermano mayor. Había organizado y reconstruido una banda independiente que llevaba diez años agonizando por cambios de personal. En cuanto lograse ponerles en marcha. con televisiones para soñar. escalando puestos en el sindicato? Ellos no tenían acceso al sindicato del crimen. pero conseguía parecer tan frío como se mostraba Ismael allí. cuarenta mil contando los afiliados regulares. los maestros y profesores. A doscientos metros de distancia. deseoso de saber cuándo iba a empezar el Hombre. en la oscuridad. ¿Guerra a la pobreza? Él sabía cuál era la verdadera guerra y señaló de nuevo.. ¿Por qué estaban allí? Hizo un gesto de nuevo. impasible. ¿Comprendían ellos lo que había hecho él? Esperaban en el lago de oscuridad. Lunkface escuchaba las palabras y empezaba a ver de qué iba la cosa y a entender que aquél era el Hombre. podrían conseguir un fin rápido. a las luces de la ciudad. presidentes (Washington iluminando al oeste. Los tribunales. otros chiflados. pero en realidad podría tratarse de un cambio en la dirección del viento. los adultos. Y los peores eran los que teóricamente parecían sus amigos: los funcionarios del auxilio social. perceptibles más que nada por el parpadeo y el giro de las luces de los faros que se lanzaban hacia la noche sobre sus cabezas. Aún no podían oír nada de lo que decía. Un poco de suerte.. pues casi ninguno tenía paciencia. sentía el tremendo impulso del poder. Flameaban banderas históricas. se volvían y se las transmitían a los otros comunicadores que repetían el Mensaje. y. les machacaran y pasaran un tercio de su vida en el Talego. en sus negocios. llameaban haces de luces multicolores y resonaban estruendos pirotécnicos en lo que parecía casi una barrera de fuego estrepitosa y continuada. contemplándole a la luz de las linternas? El estólido Bimbo susurró que esperara. pero si no. les rebajaban. hablaba a la hormigueante oscuridad. Hablaba con firmeza y suavidad.. cada vez más en lo profundo de la noche. o confidentes. Sabía que se agitaban allí. Por otra parte. incluyendo ayudantes. Sus ojos miraban fijamente a través de las gafas azules y tenía la sensación de que todos le miraban. oyéndolas a duras penas. ¿Quién no conocía a Ismael? Ismael sabía que tenía unos diez minutos para transmitirles El Mensaje. Todos los orientadores que pronunciaban palabras como centros comunitarios. ¿Qué ejército tenía más experiencia? ¿Qué ejército era más disciplinado? Había dado a sus hombres símbolos nuevos y mágicos. Arnold y Héctor estaban de acuerdo. Si tenían suerte. Luego había convertido a sus hombres en mercenarios. Su rostro empezó a crisparse de emoción y no hacía más que cabecear asintiendo al compás de los móviles labios cuyo mensaje captaba con dificultad. debía representar más que decir. ganando prestigio para él y reputación para sus luchadores. Lo que les dijese tenía que ser simple. Ismael les dijo quién era él. Allí estaba El Hombre con la Idea. Les habían soltado demasiados y hacía mucho que habían aprendido a no escuchar. Les recordó que si ellos eran tipos duros.. apenas visibles en la oscuridad. había discurseado y gesticulado a su antojo. Afirmó que había en aquel momento y en cualquiera. a los tontos e infantiles fuegos artificiales que florecían en el cielo y a las guiñantes luces de un avión que cruzaba en lo alto. pero eso no dejaba de ser algo que alimentaba también a la máquina. que no quería oír más cháchara. ¿O creían que iban a poder hacer la gran escapada robando. Los que cobraban demasiado por todo les rebajaban. Ellos le conocían. preguntó Ismael. Podía contar ya con trescientos guerreros. Les explicó el gran sueño de su vida. y agitó la mano con la palma hacia abajo . y tenía que decirles justo lo suficiente para que salieran de allí bufando. la Carrera. dotados de fuerza. congelado en aquel estanque de luz en la oscuridad del parque. tenía que dejarse humillar y reprimir por el Enemigo. Los tres centinelas oían sus palabras. Con el tiempo. en aquel medio desconocido. con el brazo rígido señalando acusadoramente. Les recordó al Enemigo. Allí estaba su cara para que todos la vieran. ¿Qué ejército tenía más equipo y más dinero? Ellos le conocían. preguntaba Ismael. siendo ni más ni menos que míseras piezas de una máquina. y los coches pasaron rápidos. los que les humillaban. por la demencia de sus impulsos o quizá porque eran muy hombres: ¿no estaba Norteamérica llena de historias así? Incluso los llameantes cielos pintaban héroes que habían logrado abrirse camino pese a las dificultades y que les hablaban del poder de la violencia. Más atrás estaban las luces de los edificios de apartamentos. Hasta los hombres de las grandes bandas organizadas les reprimían. Ismael estaba sobre una pequeña elevación (como el montículo de un lanzador de béisbol). con el codo rígido. claro está. algo sobre cómo se había salvado la vida de alguien con baterías de linterna: ¿La vida de quién salvarían aquella noche? Oyó un murmullo que llegaba de la oscuridad. la Movilización de la Juventud. conquistado y asimilado a muchas otras bandas. desafiándolo todo.. No las entendía y sacudía la cabeza con violencia. más aún.4 de julio. Las candelinas ardían unos segundos como estrellas. Los que acaparaban todas las cosas buenas de la vida y la hacían miserable (vida mezquina. girando sobre el montículo. ropas de mala calidad y otras muchas cosas que debían ganarse a costa de doblar el espinazo durante el resto de sus vidas). lecturas. no tenía una voz potente. rodeados de hijos como sus padres. los hombres del Comité de la Juventud. pues siempre estaban nerviosos cuando se encontraban lejos de su propio terreno. siempre alerta a las amenazas exteriores y a la disciplina interna. Tenía que exponerlo con sencillez y con espectacularidad. Lo conseguirían por la dureza de sus puños. había ensayado cómo verter su sabiduría en aquel momento al que les había llevado la Idea. el caudillo que todos habían estado esperando. sintiéndose raro y extraño allí en la oscuridad. Debía hablar. cien mil individuos.. Y si la policía no les enganchaba. era un ensueño peor que el de la heroína. Todos asentían. Todos asentían. veinte mil miembros veteranos. Los traficantes que procuraban que la gente quedase enganchada. Aunque su rostro se mantenía. El nervioso Hinton cambió de postura. su mujer soltaba un niño al año y él aplaudía y saltaba con aquella mierda de salve Jesús. como hacía siempre. alrededor del parque ardían cirios. Ismael empezó. Hablaba a los tres centinelas que estaban acuclillados frente a él. sin duda. a los lejanos y cambiantes faros de los coches. ¿Creían de veras que iban a poder salir del agujero? Ismael se les adelantó. de quien se rumoreaba que tenía veintiún trajes caros en su armario e igual número de pares de zapatos. ¿dónde estaban ahora los tipos duros mayores que habían conocido? ¿Dónde estaban todos sus hermanos destrozados y sus héroes pisoteados? ¿Acaso no era mucho más hombre un hombre en un grupo que un hombre solo? Lo sabían muy bien. a menos que le escuchasen. una banda podría controlar la ciudad. bailes organizados. el mundo del Otro. les reprimían y les rebajaban. pues tenía que conseguir engancharles bien para que se estuviesen quietos y le escucharan. Eso significaba cuatro divisiones de un ejército. lanzando el puño. apuntando con un dedo y girando lentamente en el montículo. Allí estaba él. ¿Cuánto más podría aguantar? Estaba al borde del pánico y sólo la sensación de sentirse rodeado de su Familia le hacía conservar el control. Héctor. Arnold dio un codazo al Peque. Lunkface se agitaba inquieto en la oscuridad. señalando con el dedo y el brazo rígidos. sesenta mil contando los no organizados. con firmeza. Se oían ametrallar rosarios de petardos atenuados que parpadeaban y desaparecían.. de modo que él pudiese estar iluminado. se desataron dos hileras de luces de autopista. sabían lo que eso significaba Podían. pero dispuestos a luchar. diciendo a aquel hombre que él no entendía nada de toda aquella cháchara. no habría alcanzado siquiera hasta el extremo de aquel campo oscuro. con aquellas ropas limpias y sencillas de universitario rico. esas cosas que les humillaban. Tenía fama de ser feroz luchador y hábil estratega. ¡Cien mil! Tenían sus arsenales. incapaz de mantenerse acuclillado. perdidos todos desde el principio y perdidos ahora. Todos sabían. asustados. con ganas de echar a correr y largarse. Algunos tercos y unos cuantos chiflados seguían moviendo la cabeza porque ellos sabían que estaban hechos de una pasta especial y que podrían salir del agujero hacia un nuevo destino. Explotaban con mil formas patrióticas: héroes de la historia norteamericana. Las gafas de sol le protegían. Kennedy bailando en el nordeste). ¿es que iba a tenerlos allí toda la noche. Recordó un anuncio. ¿Se daban cuenta de lo que significaba aquello? Se lo explicó. eso era lo único que hacía falta.

El sonido de la sirena se intensificó y multiplicó. No podían escapar. para que fuesen fácil presa. empezaron a inmovilizarse. comenzaron a utilizar las cadenas que llevaban ocultas en la cintura. Héctor pudo pensar ya en manejar grandes pelotones. la forma aterradora de la oposición. bajo el control de Héctor. desde todas direcciones.. se detenían a golpearles. Y antes de oír los murmullos de protesta. Los que iban armados empezaron a desenvolver el papel de regalo en que llevaban envueltas las pistolas simbólicas para sentirse protegidos. Por las dos carreteras que les flanqueaban fueron llegando un coche patrulla tras otro. iluminada por las linternas. Un trozo de hoja se desprendió de los arbustos que había detrás de Ismael. Pero los puños que nos machacan la cabeza en la comisaría son los mismos. un gran resplandor de faros y focos. no quiso cubrirse. bandas de portorriqueños. bandas de irlandeses. Los hijos de Arnold se mantenían agrupados. Algunos de los más salvajes. utilizaron las pruebas de fidelidad y pertenencia de un modo distinto al previsto. batallones de hombres. habían llevado sus propias linternas y empezaron a usarlas. Ismael cayó a través del halo de luz y quedó prendido entre los arbustos. girando hacia el campo en medio del chirriar de las ruedas. Algunos grupos se negaban a romper la paz y a luchar. Las bandas de musulmanes le consideraban un traidor. Esperaron. y éstos flotaron entre los parpadeos de luz. a pesar de lo que digáis. Unas demasiada y otras demasiada poca. Solidaridad y fraternidad. Los grupos empezaron a aporrearse en la oscuridad. pero el formularlo correctamente o el oírlo con detenimiento no resultaba tan importante. el estruendo de los golpes. que pudiesen lanzarse a incursiones rápidas y devastadoras. alterados por la lluvia de luz. sino también los amigos. o un guerrero asustado. guerrero y caudillo. o los preocupados funcionarios del Comité de la Juventud habían percibido lo que ocurriría. parando y apuntándoles con focos y faros hasta que resultó insoportable. . ropas. Los luchadores empezaron a atacar a los hombres de Ismael y a identificarles por los pantalones color crema. culebreando. era un sonido familiar (lo habían oído muchas veces). Puso la otra mano sobre el brazo en el gesto y se volvió. pero se mantenían firmes y los demás chocaban con ellos en la oscuridad. ahogándoles y de la completa y aterradora costa de seguridad que se extendía más allá de aquellas luces. Secretario intentó conseguir que se agachase. Un guerrero nervioso interpretó mal el signo y contestó. pues lo único que ellos sabían era ofrecer violencia antes de que se la ofrecieran a ellos. Hicieron una pausa. Las linternas que iluminaban a Ismael palidecieron bruscamente al caer sobre ellos. allí no había ningún lugar hacia el que correr y donde ocultarse. en consecuencia. si no Ismael? En consecuencia. Algunas se paralizaron momentáneamente. quería violar la disciplina y lanzarse a la oscuridad. destrozando aquel sagrado instante de unidad universal. los que no respetaban pactos y nunca habían confiado en el asunto. aquellas luces de los amontonados bloques de apartamentos. además de envidiar a Ismael. un auténtico blanco. Los psicópatas eran incapaces de mantener la disciplina. de modo que su cara pareció hacerles un guiño despectivo antes de derrumbarse. Algunas bandas tenían demasiada reputación. atisbando la envolvente oscuridad. Llegaban más coches de la policía por las carreteras paralelas. pero los centinelas tenían que seguir discutiendo y razonando para que el Honor no quedase ultrajado. o la autopista iluminada. algunos habían sido ya casi recuperados para el mundo. confiando en no tener que luchar. poder. Formaron los siete un círculo. Lentamente. sacaron los cinturones guarnecidos y se dispusieron a utilizarlos. bandas de blancos. ningún portal por el que desaparecer. aún con miedo a utilizarlas. El otro proyectil había destrozado uno de los cristales azules de sus gafas. bandas de polacos. cárcel. escuchaba los gritos apagados.sobre la gran área de oscuridad. todos se lanzaron. o una de sus mujeres. Debatiéndose en viscosa angustia. con el puño cerrado. Y alguien llamó a los polis. Los elementos disidentes no podían soportarlo. por un momento. Unos cuantos. Lunkface. La gente se puso a gritar e Ismael les dejó. pero paralizante.. mujeres. como si lo único que pudiese aliviar su miedo fuese aquella acción aterradora. Se limitaban a esperar que el ruido y el conflicto se calmasen. Cualquier movimiento se interpretaba como un acto hostil. por un segundo. bandas mau mau y bandas nazis. a aporrear y machacar. Tenía un agujero en la tela oscura de su camisa. No había en su rostro la menor crispación. nos trata a todos igual. pensaba. Papá Arnold se preguntaba cómo podría aproximarse a Ismael. por un instante. bandas de italianos. que no se fiaban del todo del asunto. Recuperarían el sentido. el miedo a estar en un lugar extraño no fue tan aterrador. formaba parte de una masa inmensa y confortante. Alguien insultó a la madre de otro. que provocaba golpes puramente defensivos. Pero las cosas habían ido demasiado lejos para que un solo hombre pudiese pararlas. con las hebillas sueltas. Apuntaban con ellas. Se desató una espiral de violencia que se fue expandiendo. Los asustados rechazaban el mensaje porque casi podían ver. Lunkface se imaginó a los revientacabezas machacados en sus propias celdas. Dewey pensaba que quizá terminase el vagar por ahí. ¿por qué camino. incapaces de estar agrupados con otros demasiado tiempo. compañías. y con aquella confusa iluminación. todos fueron uno. Formaban una confortante burbuja de poder. sólo dos proyectiles alcanzaron el blanco. a una lucha furiosa. Las peleas eran aún de grupos dispersos y los contactos intentaban disolverlas. Alguien aplastó un mosquito de una bofetada. Todos estaban envueltos en la luz. les dijo: —Y todos somos hermanos. dando a la noche un tono caramelo claro. poseía efectos apaciguadores. empezaban a creer en las cosas y eran incapaces de atreverse a sacrificar el gozo de la pertenencia. Ellos nos hacen pensar que somos distintos para que así nos dividamos en bandas de gente de color. Todos los paquetes envueltos en papeles de regalo fueron deshechos. Otros corrían en círculo. Había más armas de las previstas. Su calma. coches y honores. Bimbo soñaba con convertirse en Representante. Desde tan lejos. La paz y la organización universal eran irrecuperables en aquella violenta oscuridad. por unos instantes. ¿Y quién podía confiar en un hombre blanco? Sus crudos odios sólo podían apaciguarse un segundo y luego tenían que estallar. Y allí llegaban con sus coches. pero. Hasta las bandas más disciplinadas vacilaban. ¿Y quién podía haberles traicionado si no Ismael? ¿Quién podía haberles llevado hasta allí a todos. Lanzó el brazo al frente. porque comunicadores y oyentes del Mensaje apenas podían comprender su fuerza o su significado. los inocentes fuegos artificiales que retumbaban y llameaban en el aire. girando en una vuelta completa para señalar al mundo entero que les rodeaba. hacia dónde? Sólo los hombres de Ismael conocían el medio de salir de allí. sólo aquel campo desconocido. pero Arnold y Harold le sujetaron y se lo impidieron. un portorriqueño y. esperando durante todo el día a que llegase la noche. sumido en la oscuridad. Y. Estalló una lucha. Algunos bromistas prendieron petardos y los tiraron al aire. nos tratan como si nosotros. perdió el control e hizo un disparo. Hinton podría recorrer grandes distancias sin tener que luchar. y ellos jodiesen a nuestra madre y eso nos hiciese hermanos a todos. y cuando ese juez baja los ojos hacia nosotros y dice reformatorio. y se levantaron e hicieron el Gesto en todas direcciones. aburrido siempre. Ya se había generalizado la lucha. Oyeron una sirena a lo lejos. Los cristales azules de las gafas miraban hacia la oscuridad móvil. todos y cada uno de nosotros. y una cordial comunidad. Algunos perdieron totalmente el control. Las luces rojas de los coches patrulla parpadeaban. La mayoría restante nunca podría atreverse a ir más allá de sus soñados anhelos de emociones. Lo que Ismael decía se alteraba sensiblemente en la transmisión. aburrido. Padre Arnold ordenó a sus hijos que se agruparan a su alrededor. dijo. al contrario que en la ciudad. Alguien. lo había dicho. no sólo los enemigos. La luz les bañaba. palpable allí fuera. Dispararon. eran demasiadas las cosas que agujereaban aquella piel que les unía a todos. su fría sonrisa se burlaba de ellos y desafiaba su estupidez. Echaron a correr. Muchos de ellos. como siempre. Aquello no era más que un pequeño indicio de cómo podría caer el mundo sobre ellos. lo sintió. y. Y las luces inmovilizaron un campo lleno de jadeantes muchachos que sólo tenían conciencia de la luz cegadora que caía sobre ellos. tras los límites del parque. Pero aquello sólo podía durar un segundo. a doscientos metros de distancia. Quizás un automovilista lo hubiera visto todo al pasar. Eran cien mil entre hermanos y hermanas. Las peleas siguieron apaciguándose y resucitando de nuevo por todo el campo. mirando hacia fuera. despectivamente. sintiendo ese viejo miedo de la pelea. Se machacaban mutuamente. La luz les inundaba. eran excesivamente inquietos. Las bandas se reagruparon. El Peque. Desde todas las partes del campo apuntaron con sus armas al círculo de luz.. A los nazis les reventaba que aquel maldito negro estuviese cabrioleando y farfullando allí arriba. siempre preparados. y en su carrera tropezaban con otros. tuviésemos la misma madre. Gritaban todos juntos. más lentamente que antes. Ismael.

El Peque se rasgó los pantalones por la rodilla. Un grupo intentó fingir que se rendían y luego. al acecho. tras una valla de rejas. Tanteó las botellas. luego al este. Héctor hizo la señal de descanso. que habían llegado allí por aquella dirección. —¿Por que corremos. y viéndose. pero. resbalando. Lunkface quiso parar y encender un cigarrillo. saliendo por fin de aquella terrible claridad cegadora. Estaba dispuesto a ir donde fuese. por un terreno pantanoso. De cualquier modo. Otro altavoz empezó a dar órdenes a los muchachos. Y luego. También las ramas les golpeaban y les azotaban en la cara. procurando que las balas pasasen esparcidas no muy lejos de sus cabezas. sacándole a rastras de allí. Aunque desearon detenerse y mirar. cuando los polis se aproximaron. irrumpió en la claridad y quedó atrapada por la formación de policías. que permanecieran agrupados. se interpusiera en su camino. Los polis lanzaron una andanada de aviso esta vez. Avanzaban rápido. Alineaos». pero le empujaron y el impermeable se rasgó. Héctor. Se lanzaron a cruzar la calle y saltaron la valla del cementerio. Estaban seguras. desaparecieron los matorrales y los arbustos y siguieron tras Héctor. dejándole la cara ensangrentada. subiendo y bajando colmas. el parque tenía que terminar en algún sitio y pronto saldrían de él. Enfilaron hacia el norte. haciéndoles retroceder hacia el campo. disparó directamente contra la masa de muchachos y uno. Pero Héctor no quería dejarles. Dewey metió el pie en un charquito de agua y lanzó un grito. mientras alguien decía: «Que ese pequeño salvaje sepa lo que es bueno». ¿Habría allí arenas movedizas? Claro que. jadeando. protegida en casi todo el trayecto por los que esperaban a que los polis fuesen a por ellos. Héctor se colocó en vanguardia y Arnold en retaguardia. No tenía ningún sentido esperar por allí. vio a la multitud de chismosos. los automovilistas empezaron a tocar insistentemente las bocinas con el propósito de avisar a la policía. estaban rodeados. bajaron el terraplén del otro lado y se hundieron en la oscuridad. hacia los matorrales donde había estado Ismael. y descansaron a la sombra de la gran tumba que había en la cima de la herbosa y empinada colina. que era el que iba delante de Arnold. A Lunkface le mantenía cerca de él. Todos se derrumbaron. Héctor casi lanzó un grito al tropezar con una tela de araña. Avanzando cautelosamente. perdió el control y se lanzó contra los mamones. el rumor burbujeaba. Hinton se preguntaba si no sería mejor parar y esperar con los otros a que les cogieran. Los polis se metieron entre ellos y empezaron a aporrearles a discreción. no sabes nada. con los pantalones color crema hechos jirones y mostrando sus vergüenzas. Algunos muchachos lloraban. Llegaron arriba. pero eso no pareció causar el menor efecto en la claridad cegadora. un psicópata a quien nadie había invitado. Llegaban más coches patrulla y más coches celulares. Bimbo. corrieron más de prisa. seguía aullando advertencias. cantaban los grillos. El grito les disparó. y más allá Bimbo vio el ojo rojizo y giratorio de un coche patrulla. cualquiera. le rodearon y empezaron a atizarle. que se dedicó a zurrarles. y las frases perdían sentido. entonces? Nos tienen cazados. comunicándoselo a los demás. hizo frenéticos gestos de sacudírsela en el aire oscuro. sin saber adonde iban. quítame esas cochinas manos de encima. no demasiado concurrida. ¿quién tendría el valor de parar? Su calzado no era el adecuado para correr y. hacia el metro de Broadway. si alguien empezaba a hundirse sólo tenía que coger una rama grande y hacer con ella un puente sobre las arenas. además. Llegaron al terraplén donde se unían las autopistas. Héctor les gritó que siguieran avanzando. pese a que Lunkface estaba deseando empezar a luchar y El Peque ansioso por echar a correr sin más. Todos habían visto héroes de películas hundiéndose en arenas movedizas. ¿De qué tipo? No estaban seguros. Los machacacráneos contestaron con un aviso por el altavoz. deseoso de que alguien. avisando a los grupos que intentaban huir. Consiguieron llegar a los matorrales. Un guerrero sujetaba el extremo de una cadena de bicicleta de afilados eslabones y. Allí hacía más frío. Pero. El terreno estaba húmedo e iba haciéndose más suave. aterrados. pues no sabía que había muerto. perfilado por la luz de los coches que temblequeaban en las lámparas de mercurio. Arnold. Pero unos cuantos disparos quebraron su disciplina y les paralizaron. hombre —dijo Hinton. Héctor dio la orden. Otro decía: «Alineaos. Estad absolutamente quietos y no os pasará nada». Un Trono de Delancey. Cuando Héctor tuvo la convicción de que la policía estaba ocupada. alejándose más y más de la gran burbuja de luz. La policía no se molestó en seguirles. El cuerpo de Ismael se derrumbó lentamente. 10:45-11:10 de la noche Por un momento. diciéndoles que era inútil. Los mirones se apiñaban detrás de los policías. y parecía casi dispuesto a pelear. —Hijo. Jadeaban. tuvo que demostrar su coraje y disparó otra vez. como todos sabían. incorporándose y subiendo de nuevo. Dewey tenía miedo de los cocodrilos. tenía que haber serpientes. donde embarrancó hasta que los polis le sacaron del coche y le machacaron el cráneo un rato. inmovilizados por una doble hilera de luces policiales. Los sonoros zumbidos de grandes insectos les asustaron. Pasaron a un grupo de hombres de Ismael que rodeaban el cuerpo de su jefe. Los polis gritaban instrucciones y se avisaban unos a otros para vigilar a este o aquel grupo que intentaba huir. sintiéndose seguro entre la masa. no se dio cuenta de nada. se fundían en un estruendo general. seguía con la mano alzada. Luego.4 de julio. pero mantuvo la boca cerrada y aguantó el tipo. Las luces de los coches de la policía seguían girando y lanzando manchas de rojo en la masa de luz. cruzaron corriendo un campo de deportes de suelo firme y el parque terminó de pronto en una acera y una calle. Los polis intentaban hacerles seguir. lanzó un grito. Algunos corrieron hacia el sur y tropezaron con destacamentos de policía que se abrían camino a través del campo para cortarles la retirada por aquel flanco. Tenían la sensación de llevar mucho tiempo corriendo. Los polis tendrían que dejarles libres: ¿cómo iban a meter tanta gente en la cárcel? Un cuarto altavoz empezó a dar órdenes. Un musulmán negro que llevaba una cinta en el pelo y que iba esposado camino del coche celular. y tuvieron la sensación de estar metiéndose en un pantano. Derribó a una anciana y estaba machacando a alguien cuando el poli le tiró al suelo y le pateó en el asfalto. pero corrían alejándose cada vez más de aquella zona de luz. pero Héctor dio orden de que todos se cogiesen de la mano y le siguieran. cargaron contra ellos. más fuerte que los petardos y los cohetes. Le chistaron para que se callase y corrieron hacia él. en el cruce de la autopista. había un cementerio. Tras ellos. intentando asustarles de verdad. destacando claramente a través de la gran extensión de silenciosa claridad. Pero el incontrolado. ¿Pitones? ¿Cascabeles? Croaban las ranas. Era un alivio verse libre de la luz y aceleraron el paso. Héctor sabía. Eso es pura palabrería. que iba en retaguardia. les dolían los costados. eran simple ruido. Se mantuvieron quietos también cuando la multitud perdió el control. Uno de los hombres de Ismael le preguntó qué demonios miraba. El altavoz. caminaban medio acuclillados pero de prisa. Héctor les dijo que no se asustasen. fue a dar con una formación de polis y coches. hizo con la mano la señal de salir de allí. Bimbo sintió que el impermeable se le enganchaba en algún sitio. que siguió como antes. perdidos. cruzarían entre los coches parados y seguirían hacia la izquierda. Los Dominadores de Arnold esperaron. pero Héctor se lo arrancó de los labios de un manotazo. Al otro lado de la calle. Héctor. y antes de que Arnold pudiese abrir la boca. Estaba empezando a paralizarse el tráfico. chillando al verse tan en ridículo ante sus ojos. en la oscuridad. Un altavoz seguía diciendo: «Estad absolutamente quietos y no os pasará nada. pero algunos consiguieron pasar y perderse en la oscuridad. Lunkface avanzaba con los puños cerrados. jadeando. Una masa se lanzó hacia el este. pero un poli asustado. a quien perfilaban vagamente los faros de los coches bloqueados delante. La Familia de Arnold seguía avanzando hacia el norte. al verles correr. El chófer de Ismael intentó abrirse paso lanzando el coche para recoger al Jefe. Ellos. seguro en el centro de un plateado radio de tres metros. según les habían enseñado Papá Arnold y Tío Héctor. no debería haber sido tan imprudente. intentando abrirse paso hacia el oeste. Muchos conductores habían parado y salido de sus coches para ver el espectáculo. alguien que había visto demasiadas películas intentó asustar a los polis con unos cuantos tiros. que tenía un aire tranquilo y peligroso bajo las luces. la bala alcanzó uno de los focos y lo destrozó. por último. herido. Las ramas les golpeaban en las rodillas. perdiéndose de vista. Era una calle larga y tranquila. Un pequeño grupo. culebrearon entre las tumbas hasta que la calle quedó cubierta por ellas y por las lápidas. La masa aulló y todos empezaron a correr. Con las manos en alto. tropezando entre sí. hacia el oeste. e incluso de unas arañas inmensas devoradoras de hombres. poniendo en práctica aquel viejo truco de apagar las luces a balazos. Lunkface se vio de pronto con un montón de hojas húmedas en la boca. y que cuando llegaran al otro lado de la autopista se cogerían de la mano y se adentrarían en la oscuridad. cayendo. siguiendo hacia el norte. vagamente. Las voces chocaban. Le metieron a bofetadas en el coche celular. . ¿Habría allí animales salvajes? ¿Gatos monteses? ¿Lobos quizá? Desde luego. giraba y giraba. dejándose caer de rodillas. Empezaron a dar manotazos a aquellos bichos molestos. le decía a un policía que le soltase. Se adentraron todos en las masas oscuras de arbustos y matorrales. Estaban sobrecogidos por la gran pelea. ¿estaba loco? Ésa era la palabra que enfurecía a Lunkface. con árboles de gruesos troncos. Los fuegos artificiales continuaban. lleno de valor. Pasó un minuto. Agáchate y sigue avanzando —argumentó Arnold desde la retaguardia—. La mayoría se dispersaron en las direcciones por las que creían haber llegado. agrupados. Pasaban algunas personas a pie. deseaban descansar. Las bandas empezaron a dispersarse. sonriendo vesánicamente. desapareciendo como si hubiera sido arrastrado a las profundidades del mar. Héctor tuvo una idea y les hizo una seña. por el ruido. estaba empapado. pero él tenía que detenerse y mirar a Ismael a la cara. En su avance. empujado por un policía. Permanecieron quietos cuando se oyeron los disparos. Había oído hablar de las viudas negras. agarrando otra vez la mano de Lunkface. o de que se le acercara algún poli aislado para poder atizarle unas cuantas veces antes de que les cazaran. Cruzaron corriendo la autopista. todos quedaron quietos. Derribó y mató a un Serafín. junto a Héctor. les indicó que bajasen. casi corriendo a través de la oscuridad. Se lanzaron por una loma rocosa. Esperaban la orden de moverse. golpeó a un policía y cayó luego en un sector fangoso. Sigue a tu tío. El alboroto era general. Avanzaba hacia ellos un autobús. quiso parar a desengancharlo. Corrían de un lado a otro y volvían al mismo sitio.

. si lo que os molestan son los espectros. Lo adquiriría con el tiempo. Padre Arnold tenía la pistola del 22 que había que darle a Ismael como prueba. al fin ha llegado el momento de hacer un favor a la Familia. Él era quien llevaba el Lápiz Mágico y dejaba la señal de los Dominadores por donde pasaban. bueno. bueno. Llevaba siempre un tebeo o dos en el bolsillo. con eso era suficiente.. ¿cómo va a saber que estamos aquí? —preguntó Héctor—. también les dijo que no fumasen más de un cigarrillo. un buen peón para tenerlo al lado en caso de pelea o de lío. y que no debía ofender así a su hermano menor. Héctor les dijo que fumasen. —Pero hombre. ¿Y si no hubiese ningún plan. No le hicieron caso. 11:10-11:45 de la noche El Peque estaba nervioso. Arnold podría haber ayudado.. tenía los ojos cerrados.4 de julio.. No pienso quedarme aquí esperando. Lunkface preguntó quién tenía Poder. trazó sobre la tumba el signo de la Familia. una especie de mascota. sabiendo que Dewey estaba vigilando la zona por si había enemigos. cogerían el tren y se irían a casa. Pero esa medida no servía ahora. elegirían. Eligieron. llamarían a aquel tipo y le harían venir. en realidad todavía un mocoso. ¿Y quién va a parecer bueno esta noche? Héctor dijo que llevarían las insignias.. pero Arnold probablemente estuviese ya en el coche celular. Hinton sacó el Lápiz Mágico. —Bueno. Y acabaría cayendo sobre ellos. para ver luchar a los pequeños. Pero hasta Bimbo dijo que no quería quedarse. Usa la cabeza. por eso les miró furioso al no salir elegido. se acercarían al metro. Lunkface estaba furioso. No estaban seguros de dónde se encontraban. atravesar aquella autopista y el río. si hacia abajo o hacia arriba. Sonó otro ruido. Héctor llevaba la insignia en la parte delantera del sombrero. ¿Cómo podrían cruzar todo aquel territorio sin ir equipados para cualquier acción? ¿Y si aquel majadero del Comité de la Juventud no aparecía? ¿Entonces qué? Hinton preguntó por qué no podían quedarse allí un poco más. Darle un puesto más bajo habría traído problemas. Héctor les dijo que. Arnold era su Padre. Lunkface estaba furioso porque había perdido el sombrero y porque El Peque le irritaba con aquello de hablar de fantasmas. los demás a un lado. en cierto modo. porque todos los policías de la ciudad podían estar alerta y haber establecido puestos de vigilancia. Miró a Hinton entre las sombras: la expresión de Hinton era suficientemente fría. El hermano más pequeño era El Peque. no viese la necesidad de abandonar aquella noche un sitio tan agradable y tan fresco para recorrer toda aquella distancia de espacio vacío. Votaron a Bimbo. No estaban seguros de hacia dónde iba el tren. cogerán a todos los que tengan entre catorce y veinte años y parezcan malos. quién iba armado. entonces la distancia a recorrer resultaría infinita. ¿Era otra banda? ¿A quién pertenecería aquel territorio? Nadie lo sabía. Llevarían las insignias. mientras él intentaba elaborar un plan de acción. Pero ése era el secreto de Hinton: al no tener fuerza o coraje suficientes. pero que encendiesen el cigarrillo tapándose con las chaquetas para que no se viese la llama.. le satisfizo. por lo que se hacía el loco de vez en cuando y así le respetaban. —Ismael era un gran hombre y tuvo una gran idea —replicó Héctor. seguir luego hacia arriba. parecía casi aburrido por todo el asunto. Eran la Familia. si dejasen de ser una familia porque el Padre había desaparecido. Eso hacía que la distancia pareciese aún mayor. en el hijo mayor. pues entre aquel punto y su barrio podía sucederles todo. Andan detrás de todas las bandas de este territorio. cuando esta mierda haya terminado. como aquel carca de Wallie intentaba conseguir un éxito con los Dominadores. razonó un poco y accedió. hasta Lunkface le tenía un poco de miedo. pensaría. Lunkface se convirtió en el tercer mandamás. pero con coraje. No sólo era el más pequeño del grupo sino que se llamaba realmente Peque. calculador. porque no podían fiarse de lo que fuera a hacer. les dijo Héctor. y tuviesen que estar allí? Entonces. podrían ir como una expedición de guerra. yo me iré por mi cuenta —dijo Lunkface—. porque Wallie era uno de los Otros. Lunkface no pensaba lo mismo. Todos le creían un poco chiflado porque cuando le daba la locura de la pelea. Todos se echaron a reír. —No deberíamos largarnos de aquí. agachado. y esto. amigo? Ahora ya no es tan grande. salvo que quisiese vérselas con él. confiando en que no fuesen estúpidos y aceptasen quedarse. Hinton dijo que no era cuestión de miedo.. pero Héctor indicó que él era el Padre y que el deber de Lunkface. la idea no le parecía gran cosa. Hinton aún era nuevo. Dominadores. todos dijeron que sí. a quien consideraban un artista porque tenía talento para la caricatura y dibujaba letras muy guapas. pues estaba furioso por lo de su sombrero y por lo de la elección. quien también se lanzó colina abajo. Zas. Podría venir Arnold —insistió Hinton. Pero ahora el Padre se había ido. Héctor dio una palmada en el hombro de Lunkface. cosas. Cuando Héctor vio cómo estaban las cosas. y le dijo al Peque: —Esto lo dejo para los fantasmas.. hijo. —¿No viste a Ismael. con sarcasmo. Nadie. Corrió colina abajo en breves carreras hasta desaparecer en una sombra. pero Dewey dijo que Lunkface podía llevar un pañuelo atado a la cabeza y prender en él la insignia. Luego se arrodillaron ante él para que se las colocase en los sombreros. como hijo mayor. sabía que todos temían a un chiflado. se reorganizarían. ¿por qué no salimos de aquí y lo resolvemos de otro modo? —Héctor hablaba con frialdad. El banco de nubes se había aproximado un poco más. Después de lo que vieron. Había tiempo de sobra. llevaba mucho tiempo en la Familia y era de fiar. hombre. que no creía en fantasmas. Y todos se apretujaron. seguro. Nadie había ido armado porque habían obedecido las instrucciones del pacto al pie de la letra. Héctor ordenó a Hinton que dejase la marca de la banda. Los otros no eligieron siquiera a Lunkface para Tío. ah. chicos. hasta el prado grande. Héctor palmeó el hombro a Hinton y éste. cruzar la barrera de casas de apartamentos. bajar al metro y encaminarse a casa. hombre.. ahora descansaremos aquí unas horas y luego. los polis se acercaban siempre armando bulla. Dewey se preguntaba si sería cierto. Bajarían. pensó Héctor. les reconocerían. Lunkface dijo que si Hinton tenía miedo. continuarían como una familia (porque de no hacerlo así ya sabían lo que les esperaba). que era frío. Después de la elección. era incluso una perogrullada. Lunkface pensó que lo más lógico era discutir democráticamente los planes. Justo por el ojo derecho —dijo Lunkface. Lo que había que hacer era bajar la colina. estaba casi siempre medio achispado. El otro era telefonear al funcionario del Comité de la Juventud que tenían asignado. Pero lo mismo podrían ser veinticinco mil. hasta la estación del metro.. Uno no podía confiar ya ni en su padre. u hora y media. pero había un tono de burla en su voz.. como hijo. —Pero. hacerle subir hasta allí y que les recogiera en su coche. salió de la tranquilizadora oscuridad. Éste era un modo de hacerlo. Si no venía. Héctor mandó a Bimbo que pasase la botella para beber todos una ronda. —Pues bueno. pero no dijo nada más. Y ése era el motivo de que Hinton. por supuesto. aunque consiguiese escapar. según como anduviera el servicio de metro. cruzar la calle. si el funcionario del Comité de la Juventud no acudía en su ayuda. si saldrían. Tenía dieciséis años. aunque la proximidad no les traía consuelo. porque el pacto entre las bandas de la ciudad había terminado ya y podían empezar a atacarse mutuamente de un momento a otro. bajando la cabeza en señal de tributo. sino de que ellos. tenemos que darnos prisa —dijo El Peque. Era un viejo chiste de La Familia. podía quedarse allí a pasar la noche y dejar que otras bandas o los polis le cazaran. porque significaría que se habían acabado todas las treguas. a Héctor le pareció que era justamente algo muy propio de Hinton decir aquello. El Peque comenzaba a ponerse nervioso por tener que seguir allí e intentó apurarles para que acabasen los cigarrillos. Héctor se enfadó y dijo que viajaban como una familia y que eso significaba llevar las insignias. decirle que estaban en un lío. Llevaba casi una hora. —Pero llevamos las insignias de una banda. Héctor lo aceptó como una disculpa para evitar problemas en aquel momento. así que. pero medía más de dos metros y era ancho y fuerte. Y luego les dijo que sacaran sus insignias. Hinton planteó si sería prudente andar por la ciudad identificándose y dejando que todo el mundo supiese quiénes eran y qué eran. que el lío era gordo y que la policía estaba por todas partes. —No eres tan famoso. No hubo discusión en cuanto a que Tío Héctor se convirtiese en padre provisionalmente. probablemente fuese sólo que Hinton no tenía suficiente sentido de la tradición y de la Familia. —¿Y cómo van a saber de qué banda somos? —Eso da igual. Se abrirán las tumbas y.. tamborileaba con los dedos en el mármol. El tercer hermano era Hinton. Entonces. Lunkface afirmó que lo sentía. o que las ratas le confundiesen con uno de los cadáveres y acabaran con él. Héctor replicó a Lunkface que no debía tomarse el consejo por cobardía. porque ellos permanecían acuclillados bajo la sombra oscura de una tumba.. Lunkface estaba furioso porque había perdido el sombrero y no quería estropear su chaqueta con marcas de alfileres. y que quien no lo hiciese así podía recorrer el camino de vuelta solo. Wallie. a medida que se aproximaba la medianoche. Llevaba poco tiempo en el barrio. El segundo hermano era Dewey. ¿por qué no utilizarle? En esto estaban todos de acuerdo. apoyaba la cabeza en la piedra. No podemos quedarnos aquí.. No eres Ismael... En la banda sólo unos ocho meses. ¿Estarían acercándose furtivamente los polis? No. mientras los pequeños querubines mofletudos les sonreían cada vez más maliciosamente. Sacaron las insignias y se las dieron a Héctor. Hinton comprendió que la discusión había terminado. les daba igual. Lunkface tomó dos tragos. de las tumbas. —Bueno —dijo Héctor—. llegar desde el extremo del Bronx a Coney Island. a la luz de la luna. Por su parte. Pero El Peque gimió entonces con voz aterrada: —Pero de verdad. Coney Island quedaba a unos veinticinco kilómetros de distancia. era obedecer. Luego. Lunkface quería ser el Padre y se votó a sí mismo. Había un vigilante. los Otros. . saltar la valla. tenía diecisiete años. Ellos lo enfocaban de otro modo. Les gustaba enzarzarlo con las mascotas de las otras bandas. Bueno.

como Arnold.. el funcionario que les habían asignado hacía poco. Se volvió y cruzó corriendo la calle. Se preguntó si los ruidos significaban que el teléfono estaba controlado. Casi podía sentir la valla caer sobre él. ¿Cuántas vallas había escalado. en la esquina. . pues allí abajo no corría la brisa como arriba. Hinton no encontró ninguna abertura en la valla. algunas de ellas de hasta siete metros? Se sostuvo allí. La Familia no necesitaba a ninguno. bajo las luces de la cabina. 11:40-12:45 de la noche Al fondo de la colina. había un puente que cruzaba el río.. posiblemente con bloqueos de calles. hombre? Nos podemos lesionar al saltar. hacia el pequeño puente. debido al calor. y ¿cómo podían explicar qué estaban haciendo allí. miró a la calle. territorios enemigos muy vigilados. procurando mostrarse lo más indiferente posible. Parecía demasiada altura. Se le hundían un poco los pies en la tierra fresca.. Quedó sin resuello y estuvo a punto de caer de rodillas.. El Peque dijo que aquello quedaba muy lejos de casa. Bimbo planteó la cuestión de si debían ir de uno en uno. Hinton miró a Héctor. Héctor dijo que era mejor seguir juntos. —Mírame cuando te hablo. puestos de control. bueno. furioso.. —Sonríe mejor. pero recapacitó. Hinton fue el primero en bajar. así que fuimos hacia el norte. ¿no? Pero Hinton sabía que lo primero que inspeccionaría la policía serían sus carnets de DJ (Delincuente Juvenil). se dedicaban a farolear. al pie de una pequeña colina. Sonrió. ¿qué estáis haciendo en el Bronx? Se oían muchos ruidos por el teléfono. un río estrecho. Colocó a los hombres en sitios resguardados. riendo a carcajadas al verle correr aterrado. Hinton sonrió mejor. Iban bajando. hombre —dijo Héctor. allí. ¿No es así? Hinton no contestaba. Se volvió hacia el cementerio. ¿Es que no se daban cuenta de que era un disparate?. protegidos ahora por las tumbas. Hacia la izquierda. ¿no? Héctor estaba seguro de que debía telefonear. también cerrado. —Vaya. —Tal como yo lo veo. Todos se reían. Se descolgó y se dejó caer. para no perder el zapato. era un buen hombre. Lunkface no se molestó en descolgarse. porque estaba asustado. Quedaba más lejos de lo que habían calculado y caminaron largo rato hasta llegar a la esquina y girar a la izquierda. si les paraba la policía. Busca un sitio mejor. Se hundió corriendo entre las sombras de los árboles de la acera. —De acuerdo. En consecuencia. hombre. porque no llevaban armas. Cierto tipo de ruidos significaban que estaban escuchando. nunca permanecían en un barrio más de dos años. como hacía Arnold. Héctor mandó a Hinton que recorriese la valla para ver si había un sitio por el que la Familia pudiese bajar sin problemas. Tenían que recorrer toda la ciudad antes de llegar a casa.. Por un segundo se sintió aterrado y pensó que se habían escapado. podían avanzar sin tener que correr mucho de sombra en sombra. Luego se volvió y pudo ver a Lunkface en la pared. al fondo del declive. Hinton salió de entre las sombras y le hizo una seña. En el norte siempre hace más fresco. tan lejos de casa? Ahora el calor era mayor. mirando por encima de ellas hacia la valla y la calle de abajo. Héctor se sentía sudoroso y desnudo como un pavo. hombre. Estaban siendo unos estúpidos. Pero Lunkface era el más fuerte. Hinton había vivido en la Calle 221. hombre. Empezaron a caminar rumbo al norte. —Héctor. a unos ochocientos metros. Unas cuantas manzanas más y estarían debajo de la vía férrea elevada. Había un desnivel de unos cuatro metros. Empezó a cruzar la calle corriendo. —Mirad eso —dijo Bimbo. Había vivido en todas partes. pero no pudo recordar qué tipo de ruido era exactamente. en Manhattan o en Queen. pero no podía recordar si había sido en el Bronx. —Pero podríamos hacernos daño. no será como lo hagamos —le cortó Héctor. las tumbas estaban más juntas. —No me enseñes los dientes cuando sonríes. —¿No es así? Hinton asintió y sonrió. —Necesitamos a Wallie porque este hermano pequeño no tiene ganas de un viaje de dos horas en un vagón de metro apestoso. pueden vernos. Papá —replicó Hinton. Le dolían las piernas de la larga carrera. saltó y. La luz de la luna iluminaba unas vías férreas. la gente de los coches no les vería apostados en el terraplén. pero parecía superior. Eran muy pocos los que podían enfrentarse físicamente a Lunkface. Hinton pensó que los otros no comprendían lo que tenían por delante. amigo? —preguntó Bimbo—. Saltó un momento antes de la señal. Héctor siempre andaba intentando demostrar que era mucho más grande que Lunkface. había un gran tanque de agua que arrojaba grandes sombras negras. su familia estaba siempre cambiándose. después de lo de esta noche no nos van a tratar igual. luego. Héctor. Los demás empezaron a señalar el cementerio y a gritarle que salían los fantasmas. le cayó el tebeo del bolsillo y se rompió el reloj. Abrió la puerta y se sintió un poco más reconfortado al apagarse la luz de la cabina. el aparcamiento y la larga extensión verde de yerba que subía hacia las casas de apartamentos. Demasiado. No pasaba nadie por la calle. Eso a Héctor le preocupó un poco Wallie quiso saber dónde estaban. Sosteniéndose en la losa. Además. pero el zapato quedó sujeto por el cordón de cuero. vio las vías. Héctor dijo que iba a llamar desde allí a Wallie. nos entraron ganas de dar una vuelta por el país esta noche.. pero se molesta —dijo Hinton. Había leído sobre ello en los periódicos. además. Más allá. Lunkface era también contrario a la idea de llamar: —¿Para qué le necesitamos? Pero Hinton pensó que Wallie. Ya verían. —¿Por que desde tan alto. Hinton se limitó a decir que tenían que telefonear para hacer un viaje cómodo. Volvió e informó a Héctor. pensaba Hinton. hijo. cauto. —¿Crees que es oportuno. en el cementerio. sabiendo que cuando estás asustado es mejor pensar después en lo que vas a hacer. Eso fue muy gordo. junto al pequeño río. La valla fue fácil. lo cual significaba que estaba despierto. Agachándose. —Estamos en el Bronx. Hinton modificó su sonrisa. Y ahora saben que tienen motivos para preocuparse. etc. nada iban a hacer.. No podemos llevar a cuestas a uno con el tobillo roto. Iba siguiendo la última hilera de tumbas. vaciló en medio de la calle. afuera estaba oscuro y podían verle muy claramente. Luego guió a Héctor y a los otros al lugar. Había una cabina telefónica junto a un quiosco de periódicos. y subir la colina. Tras cruzar el puente. pudieron ver que alguien había escrito Spahies a lo largo de una larga hilera de tumbas. A Lunkface le gustó esto.. de espaldas a la valla. La parte de atrás del zapato derecho se le abrió.. a Hinton no le molestaba tanto el zapato. Así que no miró. Hinton había vivido por aquella zona. a exhibirse. El Peque soltaba un respingo cada vez que tenía que pisar una tumba para no caer. Soy partidario del estilo y la comodidad. casi como un miembro de la pandilla ya. Se volvió. cuando pasó el coche patrulla. aquí parece que los tienen codo con codo —comentó Dewey. el funcionario del Comité de la Juventud. —Wallie habla mucho. Esperaron unos quince minutos.4-5 de julio. La altura era como tres veces la de un hombre. procurando permanecer ocultos entre las sombras. —. El último fue el Peque. Estaban en la Calle 233 Este. hasta que no pasaron coches. en equilibrio sobre una losa de hormigón de unos ocho centímetros. Sólo algún coche de vez en cuando. Si saltaban desde la parte más alta. lo vio. hasta que Héctor les calmó. Estaba poniéndole a prueba porque había dicho que era mejor no llevar las insignias.. Quiero decir. A la desvaída luz de la luna. —Papá sabe más —canturreó Héctor—. Héctor aún estaba probándole y sabía que no podía mostrar ningún signo de temor o resentimiento. Héctor se colocó detrás del Peque para tomarle el pelo: se aproximó a él y le dijo: —No digas esas cosas. de todos modos. ¿Y si le dejaban allí? Lo hizo todo con frialdad. los muchachos estaban ocultos. alertados todos los policías y todos los guerreros. pero todos le señalaron el tebeo y le gritaron. Caminando. podían tener que abrirse paso luchando sólo con los puños. salvo el Poder de Arnold. aunque sólo fuesen cuatro metros. Detrás de los árboles. así que lo mejor era liarle por otros procedimientos. —Hemos salido a tomar un poco el aire. Hinton explicó que estando. Así fueron saltando uno a uno. la zona de parque y la autopista. Wallie no parecía soñoliento cuando contestó. Y Hinton añadió que Wallie era su hombre. todas las tiendas habían cerrado ya. a uno y otro lado. Aterrizó de bruces sobre las palmas de sus manos. El cementerio terminaba sobre una calle. justo sobre los RIP. como sin duda estarían. ¿cómo va a rehabilitarnos si no le damos la oportunidad de ayudarnos y entendernos? —puntualizó Dewey. La calle apareció vacía. que ya tampoco contaba. amigo. cruzó tranquilamente la calle. Encontró un sitio mejor para escalar la valla. como si esperase la llamada. a menos que uno estuviese dispuesto a pelear. Tendrían que escalarla. No era vergonzoso ser prudente. y tuvo que volver y cogerlo. Las vías elevadas quedaban justo al otro lado. —Si saltamos desde más abajo. llegaron a las casas de dos plantas y a los edificios de apartamentos. No podía achicársele abiertamente. arañándoselas. junto a la valla. Lunkface insistió en que no había ninguno bueno. En realidad. a saltos.

¿y si habían decidido acabar con ellos de una vez por todas? ¿Y si todo aquello no había sido más que una especie de trampa para atrapar a todos los jefes de banda. y los muchachos se tranquilizaron y siguieron caminando con las chicas. hombre —dijo Lunkface—. A todos les pareció muy divertido.. —¿Cómo es que habéis acabado en el final del Bronx? Habéis estado metidos en ese lío. Sobre su cabeza. La mano de una de ellas estaba posada en el trasero de su chico y lo apretaba. Lunkface seguía bailoteando. —¿Alguien en la cárcel? ¿O podrían controlar cualquier cabina a voluntad? —Por amor de Dios. Dos de los hombres. Luego fue ofreciendo a todos. Entre un edificio y las vías del ferrocarril elevado. sabes. Bueno. No os mováis. Un día tendría su merecido. Podríamos llevarnos a esas chicas. Los muchachos querían dar a Lunkface lo que andaba buscando. Podríamos volver al parque a hacerlo y estar de vuelta antes de que llegase Wallie. saltando entre las sombras. probablemente estuviese sentado en una comisaría. cosa que excitaba a la Familia. El día menos pensado sucedería. Sería cuestión de acabar con todos los que habían conseguido escaparse. Tenemos problemas —gritó Héctor. —¿Estáis bien? ¿Quién está contigo? ¿Están contigo los muchachos? —preguntó Wallie. Héctor —dijo Wallie con voz dura. hombre.No podía estar controlado. ¿Por culpa de quién habían tenido que salir del cementerio? Esto calmó al Peque. a la vuelta de la esquina? ¿Y si Lunkface hubiese caído en sus brazos bailando? Después de todo. pensó Héctor. mirando a las chicas meticulosa e insolentemente. Dewey preguntó cuánto llevaban esperando. de aquellos Spahies o aquellos Jenízaros. Se acercó al escondite de Héctor y dijo que había dado la vuelta a la manzana y que había vuelto a pasar a las parejas. Escucharon y descubrieron que el reloj no andaba. —Estamos aquí unos pocos. y volvían con refuerzos? Se oyó a lo lejos la sirena de un coche patrulla y Hinton se puso nervioso hasta que se desvaneció. ¿no? —¿Cómo voy a sacaros de ahí si no sé dónde estáis? —Esto me parece que se llama Calle de las Llanuras Blancas. —No os mováis.. tres. ¿cómo iban a saber que él iba a llamar precisamente desde aquella cabina? —¿Estuvisteis en ese lío de todas las bandas? ¿Estuvisteis mezclados en eso. Lunkface dobló la esquina y desapareció. no había duda. querido. —No me vengas con cuentos. él tiene coche. —decía Wallie mientras Héctor colgaba el teléfono. Los del Comité de la Juventud no actuaban así. —No deben ser gran cosa —comentó Hinton—. ¿no? —Vuelve a tu sitio y espera. Al cabo de un rato. hombre. empezaron a hacer el payaso por la acera. y «no creas que estás tratando con esos blandengues del Comité de la Juventud. Una pareja caminaba con los labios pegados y los ojos cerrados. Y para colmo Lunkface se ponía a llamar la atención. Ismael había recibido su merecido. hombre. Estaban colocados donde pudieran verse unos a otros. e inmediatamente se avergonzó de haber dado rienda suelta a su nerviosismo. ¿Y si aquellos muchachos formaban parte de algún ejército. pensó otra vez Héctor. pues estaba algo avergonzado. Aquel payaso. uno o dos. ¿qué? Bueno. —Bueno. —Quiero decir que un coche tardaría la mitad. estaban apretándole las tuercas. no podía ver a ninguno. En realidad. Héctor se había agazapado donde pudiese ver todos los demás escondites. . ¿Cuánto más iba a durar aquello? El Peque dijo que no podía pretenderse obligar a otro a estar absolutamente quieto. Preguntó cómo estaban las cosas. Vendrá —y recordó lo que había dicho Wallie de que quizá tardase un rato y que no se preocuparan. Allí era donde estaba su territorio. No os mováis. —Qué inquisitivo eres. Héctor dijo que no estaba seguro. Ya le arreglaría las cuentas a aquel Wallie por hacerle mostrar debilidad.? Entonces. pero eso parecía un disparate. Héctor le ordenó que volviese a su sitio. ¿podrían los Otros desentenderse de ellos? ¿Hasta qué punto podían fiarse de Wallie? ¿Podían estar seguros de que aquello no era una trampa? ¿Y si estaban avisados los polis? ¿Y si estuviesen allí mismo. hacia la parte alta de la ciudad. Hinton dijo que el asunto estaba en marcha. estaban ocultos en las sombras. mirando la pared de enfrente. Wallie. y es la calle doscientos treinta y tres. Eso significa que tendría que tardar la mitad. Bimbo se acercó y preguntó a Héctor cuánto creía él que se tardaría en llegar hasta allí desde donde estaba Wallie. —¿Doscientos treinta y tres y qué más? Fuera. Vamos. Dewey y El Peque. Pasaron dos parejas. Pasé muy cerca y ni siquiera me vieron. ¿Cuánto tiempo había pasado? Volvió a su escondite. ¿no? —No exactamente. pero era demasiado pesado. ¿Entendido? Si tardo un poco más. Quedaos donde estáis y ya llegaré. hombre. Ya casi podrían estar de vuelta. con la barbilla apoyada en las rodillas. Se agitaron entre las sombras. Me parece que no nos aceptas. cabroncete». Eso lo jodía todo. No estoy preocupado. No pasaron más trenes en un buen rato. Plaf. A lo mejor podía necesitarla. cayéndoles la baba y con los ojos cerrados. —Voy para allá. Pasó por arriba un tren. Iré. pero sin prisa y sin nervios. Héctor dijo que había que mantener la disciplina. Pudo apreciar que le lanzaban la mirada dura al pasar. Espero. ¿Por qué había insistido Wallie en que no se movieran de allí? ¿Sería una trampa? No. al final. y uno de ellos tiene la mano metida en las bragas de su chica y está palpando el viejo yasabesqué. Tienen una pintura muy mala. Lunkface volvió riéndose.» y luego. Héctor cruzó la calle y les ordenó que se estuviesen quietos. atizarles y coger a las tías. Los chicos apoyados en las chicas. En aquel tren siempre podrían ver en qué dirección debían ir. ¿Podrías llevarnos? Era imposible que supiesen que iba a llamar desde aquella cabina. ¿Y si aparecía Wallie sin que Lunkface hubiese vuelto? ¿Y si aparecían los polis? El tiempo seguía arrastrándose. también bebió Bimbo. si ése era el caso. deseando largarse de allí. el metro iba hacia el centro de la ciudad. toqueteándoles las fachadas. pensó Héctor. ¿qué calle es? —Qué preguntón eres. —¿Quieres que vaya o no? —Te he llamado. plaf. pero las chicas les calmaron. nos gustaría echar un vistazo a la ciudad en el viaje de vuelta. Están a la vuelta de la esquina.. Estaba sentado en un pequeño pasadizo oscuro entre dos tiendas. ¿qué había de malo en ello? El coche pasó sin más novedad. pero el camino no es recto. Se preguntó si debería explicar a Wallie lo de Arnold. Héctor hizo una mueca. bofetada tras bofetada. estaba seguro de que llevaban horas. Están todos sentados en un portal. tenía que salir de aquella cabina telefónica. Cálmate. Pero. no había polis. —Estamos en una calle que se llama Dos. Lunkface tuvo que hacerse el gracioso y salió de entre las sombras pavoneándose y bailando muy cerca de ellos. No hacía más que pasear y acercarse a los demás para hablar. Héctor bebió un trago. Cuando salió de la cabina telefónica estaba sudando. tendría que castigar a Lunkface cuando volviesen al territorio. Otro pasó hacia el sur. pero que no podía quedar muy lejos. Nosotros no hicimos nada. El otro muchacho no hacía más que volver la cabeza.. Justo lo suficiente para que no vieran la insignia que le brillaba en el sombrero.. Los amantes ni siquiera se daban cuenta de que les observaban. El Padre. ¿vas a venir? —sentía un escozor en la garganta. Le aburría dar tantas vueltas. Nada serio. era fácil. tenemos que enseñarles cómo actúan los hombres. los hombres se habían esfumado. deja de hacer tanta pregunta. —No. Una hora. a todos los peces gordos. Pasó una media hora. Lunkface se movía inquieto en la puerta de una tienda. Pasó un coche patrulla de ronda y Héctor les dio la espalda. ¿verdad? ¿Tenéis algún problema? ¿Hicisteis alguna cosa? Algunos chicos han muerto. pudo ver que el frente de nubes había cubierto la lima y que los bordes de puntas blancas de las nubes estaban tragándose la luz. Se preguntó si tendrían que esperar mucho e intentó descubrir un medio de saber cuánto tiempo había pasado. —Pero en metro. Hizo que Bimbo sacara la botella. El reloj del Peque tenía las once cuarenta y uno. pero era un hombre llamando por teléfono. en cualquier Otro. Pasó otro tren. Esto dejó liquidada la botella. con el dorso de la mano. zas. qué transbordos debían hacer. —Así debería ser. en una red. O estaría metido en una miserable celda llena de gente donde habría tenido que luchar para conseguir un pequeño espacio en el que poder echarse a dormir. Héctor no había oído hablar de ellos nunca. —Vuelve a tu agujero y espera —le ordenó Héctor. Además. Ya tenemos bastantes problemas. Esperaron. en realidad? Si Wallie sabía dónde estaban después de lo sucedido aquella noche. sometido al viejo juego de las veinte preguntas que empiezan «por qué hiciste.. Héctor inspeccionó el escondrijo de Hinton. ¿Hay alguien herido? No os mováis. Héctor? ¿Dónde está Arnold? Así que ya sabían del lío. tres. no os preocupéis. pensó Héctor. —Es junto a un tren elevado —dijo Héctor a Wallie. salió del suyo y se acercó al Peque para preguntarle la hora. plaf. Intentó contar. Y ¿hasta qué punto podían confiar en él. —Pero. —No nos llevaría apenas tiempo. y la Familia le dejaría para que supiese lo que era bueno. mirando en la dirección que había tomado Lunkface. pero Bimbo volvió a colocarla dentro del impermeable. Una de las chicas llevaba una radio portátil que emitía canciones de amor bailables. Eso no era bueno. ¿Dejarían de pasar a partir de cierta hora? Empezó a preguntarse si no habría sido un error llamar a Wallie. ¿Qué había querido decir Wallie con lo de si tardaba un poco más? ¿Cuánto más? ¿Por qué tendría que haber una espera extra? —El hombre llegará pronto con el autobús de las excursiones —dijo Héctor a los muchachos. un letrero de pintura dorada luminiscente proclamaba que el territorio pertenecía a los Jenízaros Dorados. Ni siquiera me vieron. —Tardamos más de una hora en llegar aquí. Lo único que tenemos que hacer es acercarnos despacio. Héctor decidió no contárselo a Wallie. Los chicos dejaron a las chicas para mirarle. Se lo debemos a esas chicas.

. por otra parte.. ¿dónde estaba el tráfico a aquella hora de la noche? Si Wallie les denunciaba. esperando en la oscuridad.. agitando el puño detrás de las rejas de la cabina.. Esperaron. sin advertir dónde estaba oculta la Familia. y qué. eso sería tiempo suficiente para Wallie.. Pero su luz era tenue. Y ahora que él era el Padre. ¿Significaba aquello que habían dejado de lanzarlos porque el barrio se estaba llenando de policías? Héctor procuró convencerse de que todo iba bien. Héctor vio pasar un coche de la patrulla de ronda. quizás. hasta que al cabo de un rato la luna quedó completamente cubierta.—¡Vamos. Acto seguido corrió hacia el vagón y se coló por debajo del brazo de Lunkface. corrieron. uno tras otro. Héctor dijo a Lunkface que se consolase con la mano y que se tranquilizase en su escondite. el tráfico estaba reteniendo a Wallie. subieron traqueteando las escaleras y saltaron las puertas de molinete mientras el furioso taquillero les gritaba. sabrían claramente que algo iba mal y se largarían. mientras el conductor. hombre. riendo. sacó el Lápiz Mágico. y cada vez más débil. ¿O era un coche distinto. Las nubes empezaban a flotar sobre la luna. pero pareció como si estuviesen una manzana más cerca. Un súbito arroyuelo de sudor le bajó por el costado haciéndole dar un respingo. Lentamente. Si a ese Wallie no le gusta. el sudor le hacía sentirse incómodo. en la parte alta de la ciudad. Advirtió que llevaba mucho rato sin oír los fuegos artificiales. pero no se quitaba la chaqueta porque tenía que moverse rápidamente. rodeándoles. humillando así a los Jenízaros Dorados y a los Spahies. quizás porque no debe confiarse en la palabra de nadie. y por un rato pudieron verla. Pero Hinton se volvió. pasó otro coche patrulla. quizás estuviesen cercándoles. . Héctor empezó a desconfiar cada vez más de la palabra de Wallie. Héctor pensó que esperaría hasta que pasara el próximo tren. por encima de las marcas de todos los demás.. todo pareció más asfixiante. grande. El taquillero se dispuso a salir de la cabina. Bimbo blandió la botella. Esperaba. pero estaba excitado y no le gustó mucho. atrapándoles. Todos surgieron de las sombras. Pero. pero. salió de su escondite e hizo la señal. en último caso podemos coger el coche nosotros. sin posible salida. a unas dos manzanas. en seguida estaría tendida la red. Héctor tenía calor y sudaba. Pasó el coche patrulla.. más agobiante. se colaban por debajo de sus brazos. contaminación. Subieron corriendo el segundo tramo de escaleras hasta el ferrocarril y llegaron cuando éste se disponía a cerrar las puertas. en dirección contraria. Arnold habría esperado. Parecían bastante despreocupados. bueno. Serían polis disfrazados. Oyó de pronto el sonido de un tren que pasaba lejos. unos vagones más allá gritaba que dejasen en paz las puertas. hacia abajo. Cuando el tren llegó.. pensó Héctor. y Héctor pudo olfatear algo vagamente relacionado con el humo. Si Wallie no estaba allí por entonces. Y cuanto más esperaban. Lunkface se plantó entre ellas y las tuvo abiertas mientras los otros. que iba más de prisa de lo que él creía que debiera ir? Pasaron unos cuantos viejos. más peligrosos parecían sus escondites. Se volvieron y le hicieron un corte de manga. y regresó adonde estaban los anuncios para escribir el nombre de la Familia. Lunkface hizo lo que le dijo Héctor. obraría con prudencia y con calma. llevémoslas con nosotros! Podemos hacerlo. por otra parte. Héctor ya no pudo soportarlo más. en el vagón. El esclavo se agachó en su jaula. o quizás fingiendo no darse cuenta. a una manzana o así.

Los hombres identificaron la sonrisa del yonqui cuando se promete a sí mismo una dosis. La gente se agarraba a las barras y a las manillas. y las únicas chispas que a ellos les interesaban eran las que pudiesen salir de los cascos de los caballos. —Bueno.. Los ventiladores giraban. y esto asustó al Peque. tenía los ojos desorbitados y parecía subnormal. rechazando al Otro para sentirse más seguros. —Demonios. si pudiesen preverlo). Hinton conocía muy bien todo aquello. y Llega. Sus explosiones estaban siempre en el futuro (ay. aunque cerrados. Nadie volvería a casa millonario. pero no en todos los casos. ¿para qué pagamos tantos impuestos? —comentó Dewey. Los jugadores no se volvían a mirar ni se interesaban lo más mínimo. y miró a Héctor a la cara. que se acercara al plano y determinase dónde estaban. no tanto respondiendo a la pregunta como porqué le costaba demasiado trabajo contestar. —Sí. ¿Habéis visto a ese capullo? El tren se había parado de nuevo. No subió ni bajó nadie. sí. sacudiéndoles. El tipo pareció entender al fin lo que se quería de él. sobre una hoja llena de cuadros. o algo del cheque del auxilio social de su madre. también consigo cosas de otras formas. ¿no? —Bueno. pero no las de todos. sus ojos parecieron dejar de estar muertos. muy concentrados. Miraban hacia la oscuridad. El Peque murmuró.5 de julio. Acabó deduciendo que estaban en una de las líneas IRT. —¿Por qué está parado este tren aquí? —quiso saber Lunkface. intentando descubrirlo. si aquel tren iba a Coney Island. en realidad. tenía un aspecto bastante parecido después de haber montado su Caballo. La mujer miraba fijamente a un punto del techo y balanceaba la cabeza sobre el delgado cuello al compás de los movimientos del tren. diferenciando cada una de ellas. Junto a ellos se sentaba una mujer. Y luego lo pondré todo a Llega. De Yonkers. o cualquier cosa a la que pudiese echar el guante (robos incluso) en los caballos. pero ella sólo veía un futuro secreto. Todas las líneas se encontraban en el centro de la ciudad.. Todos miraron. —Vuelven de la carrera.. Sólo la Familia pareció advertirlo. Dewey se abrió paso hasta donde estaba el Peque y la miró atentamente. —Bueno. miraron directamente a Dewey. Pero ni la lógica ni los cálculos servían de nada. apartando la vista como queriendo olvidar que les habían empujado. El tren llegó a una estación. les dirían en qué se habían equivocado. —¿Quieres reírte de mí? —No. pero las sacudidas del tren le desplazaban los dedos. con aquellos labios gruesos y pálidos que se cerraban sobre su móvil boca. pero su mano sujetaba firme la hoja de las apuestas. otros atisbaban periódicos. —Puede que sea el consabido turno de noche —murmuró Dewey al Peque. que ellos son los que pagan los impuestos. 12:45-1:30 de la noche Pensaban que bastaría con hacer aquel viaje largo y aburrido en un vagón vacío. No era el primer plano de la ciudad con que se enfrentaba. el lector.. cuello de pajarita. y entonces lo entendieron. Héctor repitió la pregunta. Luego. las caras eran. como si los contornos de la ciudad estuviesen gastados. Norbert. sino que emitía un agudo canturreo. Luego se movió un poco. Era abstracto. Hinton cayó en la cuenta: venían todos del hipódromo. ellos estaban libres de hábitos de esclavos. —Pero la mayoría viene de tus viejos de la cárcel. carreras normales de día y trotones de noche. Y. Dewey hizo un gesto y señaló: «El Profesor». y le explicaba a Minnie que en realidad debería haber ganado si no hubiese sido porque. El hombre se volvió lentamente. pero la masa humana se lo impedía. Llegaron a otra estación. Hinton se sabía de memoria la historia. Los demás viajeros seguían en su limbo porque. Sin embargo. Sólo que las cosas salen de otro modo al final. Podía. ¿Dónde quedaba aquello? Héctor indicó al Peque.. Luego. —Si son como Norbert. y por fin se detuvo otra vez bruscamente.. adonde iban y cómo conseguirían volver a Coney Island. de nariz achatada y entrecejo carnoso. —Fijaos en la duquesa —observó Hinton—. ganando impulso. Está diciendo: «Bueno.. que en teoría era el gran lector. intentando triunfar con la imaginación a base de cifras. aún continuaban calculando. que se apoyaban en un paraguas enrollado. cuando no existiera más «algún día». dijo.. alzando la vista de una hoja llena de cifras impresas y escritas a lápiz. Ella no veía. según lo que digan los sueños. Los ojos de la mujer. haciendo marcas con un lápiz murmurando para sí. pero tenían los ojos abiertos. tres números de la lotería ilegal al día. El Peque tenía dificultades con la parte central del plano. Hinton lo sabía perfectamente. ¿tan chiflados les tiene ese asunto? —preguntó Dewey. Son de los que apuestan a los caballos —añadió. intentando ver dónde se unían. corbata a rayas. pese al calor. si hubiera dicho lo contrario habría quedado mal. Las rayas e indicaciones eran confusas. a todos. Movió la mano delante de la cara de la mujer. un corredor de apuestas. Volvió la vista hacia la Familia. Norbert. y el Peque no tenía ninguna seguridad de que las relaciones que establecía fuesen correctas. Y una partida de dados o de cartas por la mañana temprano. Y luego le atizaba una paliza por sus reproches. Les chocaba sólo porque nunca habían visto tantos mamones juntos. quizás reconociendo incluso otra cara. Se apoyaban unos en otros y había grupos de dos o tres amontonados. Se trataba de un viejo que llevaba un sombrero sucio.. porque no entraba la brisa como cuando el tren se movía. la mujer parecía Otra Cosa. Todos los asientos estaban ocupados. las mujeres permanecían recostadas. Se posaban entre ellos miradas extrañas y demenciales. el metro era territorio relativamente neutral. Podrían incluso dormir un poco. Pero algo les pasaba a los pasajeros. así que tienes derecho a un servicio de primera. Los Dominadores avanzaban juntos. El Peque se abrió paso a codazos entre dos hombres que tenía la ropa manchada de grasa y olían a ajo.. ¿De qué se trataba? Se cerraron las puertas.. El único peligro era la policía. Se agruparon defendiendo su espacio. están calculando las pérdidas del día y planeando cómo conseguir hacerse ricos mañana. así que dejó el plano antes de haber logrado orientarse. mientras movían los labios como en una oración.. Procuró darse prisa para no quedar como un imbécil a ojos de la Familia. pero no se parecía a ninguno de los que había visto. porque. no un plano. Miraron al vagón siguiente. El tren empezó a aminorar la marcha y se detuvo en un sitio en el que no había estación. Hacía calor allí y los traqueteantes ventiladores no eran capaces de despejar el calor ni los olores. que sabía lo que tenían que hacer. Héctor preguntó al Peque si había determinado el trayecto. el pelo revuelto. sin el corredor de apuestas al lado. Aún se oían algunos petardos fuera. Los hombres se reían y Bimbo enterró la cara en el hombro de Lunkface porque era de mala educación reírse así de una vieja. Dewey se cansó del juego y le volvió la espalda. pero ella era Otra Cosa.. y luego apartó la vista. y se abrió paso de nuevo hacia la Familia. Apoyaba la cabeza en una mano y su mirada demencial les examinaba. siempre andaba metiendo algo de lo suyo. Lunkface hizo una seña a los demás y todos rieron del aspecto del Memo. La Familia miraba a su alrededor despectiva. el novio de su madre. algunos estaban inclinados sobre hojas con hileras de cifras. El lugar impresionó a la Familia. pero. Eso es lo que le gusta a Norbert. Allí no habría problemas. partir de los extremos. El Peque dijo que por supuesto. pero ella siguió con su canturreo. para finalizar todo donde debía terminar. aunque los sonidos se perdían en el estruendo del tren. Pero tú recibes casi todas las cosas de tu familia. señora?».. y todos se echaron a reír por los ocho ojos que se miraban. el pelo casi tocándose.. Pero casi han liquidado ya su dosis. Bajo sus pies. El Peque se estiró sobre la cabeza de una mujer-mono de cara arrugada. —¿Cómo puede uno vestirse así? —preguntó Dewey—. Lunkface vio al Hombrecillo al que Todos Empujan. unos quevedos. Y los pasillos llenos de gente. aquello parecía un diagrama erróneo. siguiendo cuidadosamente con los dedos las líneas del metro. El Peque tenía problemas con el plano. raras. lo supiese o no. mirando vagamente al vacío. aparecía siempre sin blanca después de haberse gastado todo el dinero. y Paso entrará el primero y yo ganaré cuarenta y cinco. Alonso. ampliados por las gafas. Tardaron unos cuantos segundos en ver a la Familia. hacia él.. si tenía tiempo suficiente. Descansaba la cabeza en sus nudosas manos. unos se concentraban en el espacio vacío. pues de lo contrario llegarían a donde no querían ir. porque las cifras no mentían nunca. y el individuo dio síntomas de intentar pensar con gran esfuerzo en la pregunta. el novio de su madre. Su sombrero negro era demasiado grande y lo llevaba encasquetado hasta las cejas. y tuvo la certeza de que se estaban riendo de él. según pudo comprobar Hilton. Había deducido que se habían equivocado de línea. que estaba de pie junto a él. BMT. Por los sonidos que emitía. tenían que cambiar en algún sitio. si son del estilo del viejo Norbert. Las ropas eran de mala calidad. hermano mayor —dijo Dewey en tono burlón—. con una picara sonrisilla. no les veía.. Los guerreros sudaban en sus ropas sucias. cuando no existiera ningún «si no fuese por. chaqueta de astrosas solapas y un abrigo abierto con cuello de terciopelo.» La vieja está realmente volando alto con ese caballo. pero cada vez hacía más calor. y quizás dos. esperándole. muy lentamente. el Peque pensó que olía a pis seco. Pero la mujer ni siquiera veía a Dewey. que era yonqui. muy juntas. como si estuviese mascando el aire que respiraba. como algo distinto. Nuevos números establecerían lo que debían hacer la próxima vez. comprobando los números.. centrando la vista lentamente. Se preguntaron de nuevo qué era aquello. llenando por completo los márgenes mientras hablaba sola. el hermanastro de Hinton.». Trotones. pondré dos a Paso. El dinero que tú recibes es dinero al que ya han descontado los impuestos. entremezclándose allí y saliendo luego otra vez. con las piernas fláccidas y abiertas. un vestido con sucio estampado de flores y. Pero el vagón estaba atestado. Calle 225. que seguía agrupada. pero sin entenderla y sin inquietarse por ello. La cara que había bajo la barbilla del Peque hablaba hacia arriba. el motor seguía ronroneando erráticamente. «¿qué pasa. consultaron entre sí. a la Duquesa que apestaba a pis. Dos pistas. ¿No? —¿Y qué? —preguntó Lunkface en tono amenazador. increíbles.. como si apenas hubiese oído el sonido.. calculaban cuidadosamente. Empezó a avanzar centímetro a centímetro. movió la cabeza. sobre la nariz. Éste hizo una reverencia. porque estaban impresas en colores distintos. no digamos ya las palabras. en la que marcaba interminables e intrincados signos. como si le sacasen a la fuerza de algo muy importante. les miraron ceñudos y cambiaron de posición. también estaba lleno. El Peque tenía problemas para desentrañarlo. me refiero a los carceleros. . que sostuvo la mirada un segundo con sus gafas de gruesa montura. —Esta gente está enganchada amigo —dijo a los otros—. pasará. llevaba un sombrero de paja de vieja con flores artificiales alrededor de la copa. Intentaron ver qué había delante. Eran extraños. sí —les dijo Hinton—. Héctor le preguntó a un hombre bajo y corpulento. ¿Dónde estaba Coney Island? Pero pronto descubrió dónde habían montado y descubrió a dónde querían ir. movía los índices lentamente a lo largo de las líneas. tanto los que iban sentados como los que iban de pie parecían dormidos todos. no hay duda de que parecen Algo Diferentes —cuchicheó El Peque. porque no decía palabras. IND y IRT. amigo. Su fiesta había sido en el hipódromo. debería haber ganado. Había dos cabezas inclinadas. de pronto. Dewey hizo un par de muecas. conseguir así lo que la vida no les proporcionaba.

Las puertas del tren se cerraron tras ellos y. que llevaba una cazadora a cuadros. La cara del Profesor. al Profesor y a la Duquesa. Los Otros se dejaban sacudir sin la menor resistencia. y se volvió del todo. como sonámbulos. Vieron a los hombres salir y por cómo se les congelaron inmediatamente las risas. no hicieron el menor caso. avanzando centímetro a centímetro. —Cómo iba a burlarme yo de mi hermano —dijo Dewey. haciendo que la masa se lanzase hacia delante y se aplastase contra sus espaldas. los Hombres Duros. la masa que había tras la Familia.. y hacían señas y parecían burlarse. con el empujón. todo el mundo se mostraba un poco desquiciado. Si se trataba de una emboscada. no había ningún lío. empezó a presionar y a echarse sobre ellos. le bailaba el sombrero en la cabeza. o bien seguir por otra línea. un altavoz gritaba confusamente algo que aún no tenía sentido. pero ellos. pensaba Héctor. parecieron agitarse y excitarse. aunque los polis podían engancharles también allí. El altavoz seguía dando órdenes una y otra vez. esperando cazar a todos los guerreros que habían conseguido huir. Pero apenas si podían liberarse. Todos querían salir de una vez.. Quizás hubiese corrido ya la noticia. la cabeza hacia atrás. nadie podía largarse sin pasar por allí. empujando a la gente. negándose a oír las maldiciones e insultos que le lanzaban y lanzando al vacío sonrisas triunfantes. haciéndoles chocar con los demás. Las caras de los obreros tenían un aire extraño bajo aquellas luces cambiantes. Pero la oleada de nerviosismo que se originaba en la salida de la estación empezó a extenderse a lo largo de la tupida fila de gente. Ahora las palabras llegaron más claramente. debajo del plano. mientras las migas le caían de la boca. hombre? —No estoy seguro. no tenían más que parapetarse detrás de los sonámbulos hasta que subiese la Familia. seguros como estaban tras aquella barrera elevada. Los durmientes continuaban moviéndose. Por alguna razón. diciéndoles qué tenían que hacer. Se abrieron paso a codazos y a empujones. que siguió lentamente a lo largo de dos hileras de raíl. lo que acrecentaba más si cabía su aire de subnormal. unos golfillos asomaron la cabeza en hilera y empezaron a insultarles en español y en inglés. decía algo que parecía. cuanto más tiempo se demoraran allí. y luego decidieron lanzarles petardos como si fuesen granadas. aquello? Los de los caballos subían lentamente. pero no lo dijo. —Tienes razón —dijo al fin. Dewey no podía apartar la vista de la Duquesa que seguía allí. comprimida en una tupida masa. No sabían donde estaban. Luego. . intentó responder. No quería quedar mal. mirando con los ojos entornados como si considerase cuál de las manos suplicantes que se extendían hacia él a través del espacio que había bajo el enrejado. Hasta Lunkface se asustó. el estruendo del interior de la estación se hacía insoportable. y quedó con las piernas en el aire sin poder hacer nada. estaban atrapados. era más digna de su atención. huyendo del alarido atronador que se alzaba tras ellos. Consiguieron así avanzar más rápido. y se colocaban en fila. Todos prorrumpieron en insultos dirigidos a los gamberros. pensaban en lo que podría estar aguardándoles en la próxima estación. junto a la salida (aunque sólo Lunkface era lo bastante alto para ver qué pasaba allí). y todos intentaban pasar a la vez por dos estrechas puertas por las que sólo podían pasar de uno en uno. de todos modos. consideraban qué deberían hacer si. Héctor llamó al Peque y le preguntó: —¿Hacia dónde vamos? —No sé. les cubriese y continuase tras ellos para recorrer toda la cola. el Otro gritaba y reía furiosamente. Hinton volvió a pensar que si se quitaran las insignias y se dispersaran por el tren. Todos los que rodeaban a la Familia. porque iban de uniforme y llevaban sus insignias. El tono era enérgico e imperativo. Tenían que ponerse en fila todos entre la taquilla y una barandilla para tomar el trasbordo. entregándose al movimiento del tren porque les daba igual lo que pudiese pasarles. A Dewey se le escapó la mano hacia arriba y acarició la insignia que llevaba en el sombrero. ¿Qué era lo que decía? Héctor se preguntó si no sería una especie de control para que los polis pudiesen cogerles. no les identificarían. y la Familia intentó pasar agrupada. Este canturreo ponía aún más nerviosa a la Familia. Gritó a sus hijos que se desviaran y no se molestaran en seguir hasta la taquilla. aunque éste miró. utilicemos la razón». Se habían acabado ya los pactos en toda la ciudad y su identificación era sencilla. algunos calculando aún en sus hojas de sueños. Dejaron de trabajar para ver pasar el convoy. mostrando su valor. Estaban todos locos. Estaban todos apelotonados en la estación. Quizá los obreros que habían visto no fuesen sino policías disfrazados. No lograban abrirse paso con suficiente rapidez. La angustia seguía corriendo a lo largo de la multitud como un oleaje que pasase. desvalido. Empezaron a pasar hileras de luces de emergencia. hacía mucho calor. se vio empujado y arrastrado durante un momento. intentó volverse con Bimbo para hacer frente a la presión. esperando cazarles. O quizá fuese mejor volver al sitio de donde habían venido. El impulso de los Dominadores sólo se prolongó durante unos metros. quizás estuviesen comprobando todos los trenes que pasasen. como una falange. en frases incomprensibles. El resto de los raíles habían sido quitados y fuera no se veía nada más que el desnivel que daba a la calle. camino de las puertas. El Peque. adonde les llevarían unos autobuses dispuestos al efecto fuera. ¿Significaba algo. con una mueca cada vez más acentuada con los empujones. pues en seguida fueron a chocar con un sólido arrecife de individuos atascados que chillaban sin ninguna razón determinada. Sólo había tres soldados. de leñador. La multitud se arracimaba en las salidas. Peque? ¿Dónde estamos.¿No es cierto eso? Pregúntale a tu Padre. arrastrándoles unos cuantos metros. indiferente a los rostros crispados que se apretujaban contra la rejilla. El asustado Lunkface logró abrir paso para todos a puñetazos hasta las puertas y bajaron las escaleras cada vez más de prisa. porque no sabían en qué zona se encontraban ni dónde estaba aquella parada. el bocadillo que éste aún seguía mordisqueando se aplastó contra su cara. manteniéndose agrupados y sintiendo una cálida seguridad al verse fundidos en una sólida unidad entre las dispersas partículas de los Otros que chocaban contra ellos. a menos que quisiesen largarse y dejarlo. El Memo chocó contra Lunkface. Todos se dirigían al mismo sitio. Quizá fuese mejor quedarse sencillamente donde estaban. conservando su formación. Pero en realidad. Ellos no sabían nada. Avanzaron lentamente. Tenían que hacer trasbordo hasta unas cuantas estaciones más allá. dio unos cuantos pasos y luego se perdió rápidamente en la oscuridad. Los yonquis del caballo de carreras no se daban cuenta de nada. con Lunkface haciendo de cabeza de cuña. que necesitaba con urgencia un afeitado y estaba también crispada. Pero la Familia se agrupó unida. un hilillo de baba le chorreaba por la barbilla. A los lados se alzaban inmensas grúas balanceantes. Pero el tren llevaba parado unos cinco minutos y empezaron a ponerse nerviosos. pero. Hinton. la Familia se dio cuenta de que estaban alerta. luchando contra las sacudidas porque ellos tenían orgullo. y tenía la cara gruesa deforme. desde una barandilla superior situada al nivel de la estación. parando y arrancando. seguro allí en su jaula. Una voz indignada dijo: «¡Malditos delincuentes juveniles!» En la calle había una gran cola que se iba filtrando lentamente en los autobuses dispuestos para llevar a los pasajeros a donde el metro reanudaba el servicio. desapareciendo. así que no planteaban problemas. Había pasado algo en las vías y las estaban reparando. no sólo la situación. El nombre de la estación no tenía ningún sentido para ellos. Papá Héctor? Héctor pareció pensárselo. más o menos: «Comportémonos como seres humanos. no sabían a quién pertenecía aquel territorio. todos con los pies separados. El Memo tropezó con el Profesor y. Era demasiado aterrador. ahogados en la amargura de la pérdida. A medida que se acercaban a las puertas de la estación. como si fuesen limosnas. La Familia se puso nerviosa. Al principio los Dominadores se abrieron paso un poco más de prisa. y aquel viejo. debían haber tenido la misma idea casi todos. Avanzaba muy despacio. tranquilo detrás de la rejilla parecía querer demostrar que tenía bajo control. voces. pero sabían que se habían metido en un lío. El Memo tenía los ojos todavía más desencajados. había abrazado a la Duquesa y ésta estaba chillando. Los durmientes empezaban a ponerse un poco nerviosos y parecían volver a la vida. los rasgos cambiaban de tamaño. con las cifras ante los ojos bajo las tenues y temblorosas luces del andén. el enemigo había entrado en su territorio. Héctor se volvió e hizo una mueca burlona mirando al Profesor. Empujado. Pero el tren se puso de nuevo en marcha. llameaban pistolas de soldar y ascendían columnas de humo. pero no pudo liberar las manos. La Familia se vio obligada a desviarse. tengamos un poco de dignidad. La cara del Memo estaba ya totalmente crispada. más pronto podrían caer sobre ellos los polis. Se llevaron por delante al Memo. parecía que ya tuviesen previsto aquello o que no les importase. Multitud de manos se agitaban en el aire. hormigueante. se metió una chocolatina en la boca dejando caer fragmentos de chocolate sobre las hojas de apuestas. Siguieron avanzando lentamente. les gustase o no. como una lanza. y tenían esos temblores de la abstinencia y el bolsillo vacío. Los obreros miraban hacia el tren malévolamente. Apoyados en un quiosco. irritada: «¿Por qué hay este atasco?» y «Vamos. vamos». Arrancó el tren. asombrado por el aspecto de su cara alzada y por cómo hablaba con un Dios-Que-No-Había-Cumplido-Su-Promesa. cogido de lado. Todos empezaban ya a protestar. Una mujer grande. Se abrieron las puertas. Héctor se daba cuenta de que era prácticamente inútil intentar el trasbordo. Hacía ya más de dos horas del asunto. con ojos y nariz como botones. aumentaba el caos. sacudiéndoles. Y allí había un viejo taquillero con una visera de celuloide. empujada por los petardos. poco faltó para que le derribasen. Lunkface no podía evitar mirar al Memo del gran sombrero negro y le dio un codazo al Peque para que mirase también. Delante. La gente empezaba a gritar. Salieron del tren. pero uno de ellos se separó del grupo como quien no quiere la cosa. Los chicos hacían ruidos de tambores y cornetas con la boca. bailaban. No corría ni una brizna de viento. sino también a sí mismo. alrededor de la Familia. y luego soltaba los volantes desdeñoso. Los otros dos quedaron allí plantados. La gente se apretujaba detrás de la Familia y la empujaba. porque Bimbo también dirigió a Héctor una mirada inquisitiva. Había muchos empujones. precipitadamente instaladas. Héctor lanzó al Peque aquella mirada de desprecio que había intentado evitar desde el principio. empezando a empujar con más energía. Sin embargo. —¿Cuál es la próxima estación. Y ellos. El griterío era ensordecedor. —Nunca me lo había planteado de ese modo. Avanzaban ya un poco más de prisa. tensos pero fríos. ¿Tengo razón. El Profesor inició un largo discurso con un extraño acento. Estaban en plena bajada. Hinton asintió muy serio. Lunkface gritó «salgamos de aquí». sin llegar a caer. Pero Lunkface desconocía su propia fuerza y le hizo daño al Peque con el codazo. una y otra y otra vez. quizás hubiese una redada general. Ningún rostro permanecía completo mucho tiempo. Mientras. Héctor frunció el ceño y la mano de Dewey se limitó a hacer movimientos de ajuste mientras movía y colocaba bien su insignia. pero podrían seguir al acecho. que había quedado rezagado. había unos cuantos soldados. El tren paró con un chirrido en una estación. Había obreros en la vía. Y entonces. Héctor sabía muy bien lo que significaba aquello: refuerzos. riéndose de los esclavos.

Quizás estuviesen ya de camino más soldados. No podían esperar el autobús porque tendrían que quedarse en la cola que daba la vuelta a la manzana. Héctor decidió que saldrían de allí y bajarían siguiendo las vías. con aquellos desquiciados Otros. —No sabía que pararíamos aquí. Héctor decidió que lo que debían hacer era parlamentar para que les dejasen pasar sin problemas. Quién sabía lo que podría pasar antes de que salieran de allí. .—Tú eras el encargado de mirar las estaciones. —Ya ajustaremos cuentas más tarde. —¿Hacía qué lado vamos? —No sé.

estaban en país enemigo. Ella dijo que le gustaría tener una. Los miras les dirigían la mirada fría porque los uniformes de los Dominadores estaban destrozados debido a la batalla que habían tenido que librar. tenían botones perlados. pero el pequeño jefe no tuvo el sentido. ¿vas a dejarles pasar desfilando por nuestro territorio con su insignia? Eso es un insulto. —Yo no armo líos. los Incendiarios Borinqueños? ¿Acaso los jefes creían que sus hombres no eran lo suficientemente machos? Héctor advirtió que había cometido un error al hablar de la Asamblea. No era el momento ni el lugar para una cosa así. Se miraban de arriba abajo recíprocamente. pero que tuviesen cuidado con los Masais de la calle Jackson. donde se explicaban las incursiones y las hazañas de su banda. Con los pulgares metidos en el cinturón. pero hasta Lunkface sabía lo suficiente para no ponerse a demostrar que tenía más valor que sentido. las cejas pintadas hacia arriba en arcos de alegría perpetua. que querían cruzar por allí hacia Brooklyn y que no buscaban camorra. Pese a su piel marrón. que se estaba disputando con los Castro Stompers. no se daba cuenta de nada en absoluto y seguía llenando bovinamente los autobuses que esperaban.. sus piernas y aquel relampagueo de cintura desnuda le excitaban. percibió en ella el conocido aire del buscalíos: era una zorra. en la cola. Se la metió lentamente en la boca.. que se fueran. tuvieron buen cuidado en admitir la fama del otro. Héctor ofreció un cigarrillo al jefecillo. Bimbo miró a Lunkface. Después de todo. Allí iban los autobuses y allí se reanudaba el servicio del metro. el ruido les llegaba desde las oscuras calles laterales. como un grupo pacífico. Me gustaría tener una. También el pequeño jefe se daba cuenta del asunto. con qué bandas hermanas estaban en buenas relaciones. De cuando en cuando. señalando el sombrero de Héctor: —¿Dónde conseguiste esa insignia? Héctor contestó que la había hecho él. Sacaron recortes de periódicos: los de Héctor eran del Daily News los del pequeño jefe de La Prensa. Parlamentaron un rato sobre el asunto. Detrás del pequeño jefe. pensó Héctor. sin mangas. —Deja de fastidiar —le increpó el borinqueño. —Tú sólo quieres una. Pero la chica estaba aburrida. Los indígenos les lanzaban miradas. y en segundo lugar. con las palmas hacia arriba. Pero. Héctor se dijo que ojalá hablasen lo suficientemente bien el inglés porque él. Pero. Todos sabían ya lo de la Asamblea que había organizado Ismael. como diciendo quiénes son estos forasteros andrajosos para invadir nuestro territorio sin el correspondiente permiso y sin parlamentar. dime. Su audacia desconcertó un poco a los parlamentarios. Pero.? ¿Qué dirán de ti entonces? ¿Qué pensarán del asunto? Pronto vendrán acá los Stompers y los Masasi a machacarnos. el asunto había acabado mal. observando detenidamente a la Familia. sí. tipo propietario de plantación. y todos se dieron cuenta de que habría problemas. y que después pasarían a territorio borinqueño. los hombros adelantados y los codos un poco hacia afuera avanzó para recibir a Héctor a mitad de camino entre la Familia y la confitería. ¿Y si estaban entreteniéndoles mientras llegaban los refuerzos? Bimbo tosió dos veces para avisar a Héctor. Si pudiera procurarse una pequeña emoción. también se oía material más pesado. El repiqueteo de los tacones en la acera les puso nerviosos. pero todos procuraban no sonreír. Ojalá el pequeño jefe tuviese el dominio suficiente sobre sí mismo para no perder la calma. después de todo. —Yo no fastidio a nadie. que no era ninguna ofensa. Héctor empezó a hablar.. casi de inmediato. Deja de armar líos. 1:30-2:30 de la madrugada En la calle hacía más calor. Ninguno se movía.5 de julio. —Tú sólo quieres una insignia para ti. Aunque su cara. Se ufanaron ambos del número de hombres de que podían disponer. El otro dio una buena chupada al cigarrillo y lanzó a Héctor una mirada firme. Bimbo y Lunkface no hablaban muy bien el español. pensó Héctor. Estaban ya a punto de irse cuando la chica dijo. Ellos habían nacido en la ciudad y sabían lo suficiente para no andar con pantalones tan flamantes como aquéllos. y alzó la botella un poco hacia un lado para poder seguir desafiándoles con la mirada. Llevaba una falda blanca plisada que no le llegaba más que a medio camino entre las rodillas y esa famosa tierra prometida. Llevaba todo el día por allí sin que hubiese pasado nada interesante. de reojo. eso le permitiría presumir de sus poderes. rodeó el cuello con los labios. casi hombres. El pequeño jefe dijo que no sabía si podía dejar pasar a la Familia. El pelo de la chica estaba levantado con grandes rizadores y tapado con un pañuelo blanco que decía: RECUERDO DE PUERTO RICO. Se veía claramente. Héctor replicó que sólo ellos tenían la insignia. Bostezó. Hablaron un rato sobre la fama de unos y otros. pero la Familia se preguntaba por qué se prolongaba tanto la cosa. Los Dominadores volvían a casa de la Gran Asamblea. Héctor explicó que habían tenido que salir del metro por las obras. pero que. morena y prieta. los labios embadurnados con carmín blanco brillante. Héctor la habría quitado de en medio de una bofetada. el asunto debería discutirse en asamblea. en realidad era absurdo planteárselo. en conjunto. que no hacía nada. Unos chavales le habían llevado un poco de vino. —Nunca vi otra igual. Buena señal. porque los efectos del vino se disipaban. mientras lo pensaba con una expresión de astucia y de prudencia tras el humo. o quizá todos estuviesen divirtiéndose con los explosivos.. tres paradas. encasquetados de modo que tenían que echar la cabeza hacia atrás para mirar a la persona con quien hablasen. taconeó y agitó su falda blanca hasta que se le subió por encima del final de las medias otra vez. iban muy engalanados con flamantes pantalones y brillantes camisas a rayas. Se examinaron mutuamente los uniformes y pensando ambos que el otro no mostraba ninguna hostilidad. ni siquiera Lunkface. pero que estaban moviéndose mucho y que cualquier día les asignarían uno. sus zapatos altos. El mira dijo. había sido un día muy aburrido. Le superaban en número. alzó la botella de cocacola. medias oscuras y zapatos de cuero rojos que le cubrían los tobillos. Se oían por doquier series de petardos y cohetes. —Entonces dame una de las de tus hombres. Dijo al borinqueño que todo el mundo había oído hablar de los Incendiarios. ¿por qué no habían invitado a sus hombres.. —Una pandilla de miras recién llegados —cuchicheó Héctor a sus hombres. Yo soy el jefe. les advirtió que tendrían que cruzar un sector de territorio estrecho. Héctor se acercó solo a parlamentar. La zorra sonrió. hombre. se dijo Héctor.. La chica volvió a entrar en la confitería y salió con una cocacola. Héctor dijo que tenían un funcionario del Comité de la Juventud. pero procuraron que no se les notara. que acababan casi de bajar del avión que les había traído de la isla madre. se volvió un poco. Se acercó al pequeño jefe. que no le llegaba a la cintura y dejaba ver una franja de piel. El borinqueño le dijo que no tenían más que seguir las vías elevadas hacia abajo dos. Tenía la cara pintada: los ojos grandes perfilados con material negro de puta. Y se había divertido un poco con alguno de ellos.. ese estremecimiento. llevaban sombreros de paja de ala ancha. que creía controlar la situación. una manzana. siempre que lo hiciesen en son de paz. dos manzanas antes de volver a coger el metro. El pequeño borinqueño hubo de admitir que ellos aún no tenían funcionario.. qué afiliaciones interterritoriales tenían. Es la insignia de nuestros hombres. y flotantes y grandes pestañas. Pedían permiso para cruzar aquel territorio hasta el siguiente tren. ¿a quién le divertía lo de tirar petardos? Una chiquillada. . luchaban por ella ejércitos enteros. La chica miró a Héctor de arriba abajo. Los edificios bloqueaban el aire por los lados y las vías de los pasos elevados lo encajonaban por arriba. a quién conocían. Mientras estaban mirándose. con mucho acento. las cosas podrían animarse un poco. salió de la confitería una chica y se unió a los dos miras. pero siguieron manteniéndose serios. Después de todo. se sintió irritado sin saber por qué. La chica se volvió y examinó las ropas sucias de la Familia de ese modo frío que siempre significa «venga». incluso le dolía un poco la cabeza. Pero. había una tregua en toda la ciudad. El Otro. —¿Qué significa eso? —Es la insignia de nuestra Familia... que no sabía nada de que hubiese una tregua en toda la ciudad. —No puedo. Héctor extendió los dedos. En realidad. probablemente postizas. y decidió que no habría lío. El pequeño jefe decidió que no había ningún problema para que la Familia pasase por el territorio de los borinqueños. Héctor. así como tampoco de la Gran Asamblea de todas las bandas. Bimbo vigilaba a Lunkface para que no armase lío. porque tenían maquillaje pegado. de esperar a que el otro hablara primero y perdiese prestigio. Quizás Chuchú tuviese problemas para encontrar a los otros a aquellas horas. —Dame la tuya. de sus labios colgaba un cigarrillo. El pequeño jefe dijo a la Familia que se apresuraran. en fin. la Familia percibió. pensando que era demasiado temprano para ir a casa y que. con la parte delantera de tela. El más pequeño de los miras se apartó del quiosco como si le costase un gran esfuerzo. —No tenemos ninguna de sobras. tenía los ojos grises. Además. El borinqueño lo cogió. ¿no? Héctor no dijo que sus hombres iban desarmados. Si había una asamblea de ese tipo.. no podía permitirse el juego de demorar las cosas.. la chica miraba a los Dominadores de arriba abajo. aunque los Dominadores y los Incendiarios no habían oído hablar nunca unos de otros. Héctor se apresuró a decir que el Comité de la Juventud tenía demasiado trabajo y muy poco personal. volviéndose a hablar dulcemente con el otro borinqueño y girándose de cuando en cuando de modo que pudiesen ver dónde se hundía en sus muslos el extremo de sus medias enrolladas. que no sabían dónde quedaba. o la hombría suficiente para pararla. Llevaba también una blusa de flores. golpeteando los dientes contra el cristal. Los parlamentarios se relajaron un poco. Los invasores parecían interesantes. Héctor se dio cuenta de que tenía largas patillas. con hebilla de bronce y altos y puntiagudos tacones que hacían destacar los músculos de las pantorrillas. Los dos soldados que estaban plantados en el quiosco. aún no habían llegado los refuerzos. intentando determinar cuán hombres eran. El borinqueño. y que el que no les hubiese asignado ya funcionario se debía a la poca vista del Comité. Hizo unos pasos de baile. compararon sus reputaciones respectivas y se concedieron mutuamente pleno crédito como buenos guerreros. seguía controlándose. en primer lugar no habían sido ellos quienes habían hecho los arreglos. apretando los labios alrededor del cuello. frente a la confitería. La chica mascaba chicle y fumaba un cigarrillo mirando con frialdad a los diplomáticos. ¿qué me dices si corre por ahí que dejaste pasar por nuestro territorio a un ejército. Héctor desvió la cara cautelosamente y miró a la Familia. no estaba seguro.

Luego se metió los otros cinco cigarrillos en la boca y Bimbo los encendió todos. —Sí —dijeron todos. La Familia veía coches. Pero si pasáis como soldados. colocando luego los cigarrillos. agrupados todos. Sólo indica quiénes somos. —De acuerdo —dijo el pequeño jefe—. llegarían policías y bomberos y podrían salvarse. apagados. —Ojalá tuviese artillería —se lamentó el Peque. Esto inquietó a la Familia. tapas de cubos de basura para servir de escudo y latas de ceniza llenas de botellas rotas de cocacola para tirar. Nadie se lo dijo. de nuevo hacia la parte alta de la ciudad. Y lo mismo Dewey. El jefecillo dio la espalda a Héctor y volvió junto a la confitería. hombre. hombre? Y entonces el jefecillo se enfadó. —Recuérdalo: vamos en son de paz —dijo. No significa que estamos en guerra. circulaban pocos. —¡Bimbo! Bimbo.. el tronco suelto. si les hostigaban desde las azoteas con cócteles molotov. El rastreador y la zorra también se detuvieron.. les machacaremos. con el corazón latiendo más de prisa y el sudor brotando en súbitos chorros. Bimbo la lanzó por el aire hacia el sitio donde estaban escondidos el rastreador y la zorra. y quien sabía si habría portales donde cubrirse. ella acercó la cara. porque todos habían chupado de los labios del otro. la Familia podría recurrir a una alarma de incendios y tirar de la palanca. Los demás asintieron con un cabeceo. pero. porque eran uno. La Familia consideró el meterse por una de las calles laterales y seguir en dirección paralela a la calle principal hasta que llegaran a la estación. no se tambaleó ni retrocedió. Se despegaban la ropa del cuerpo. Héctor se puso uno en la boca. Nos siguen. muelles de sofás para hacer látigos de alambre. La Familia estaba nerviosa. se metió el cigarrillo apagado detrás de la oreja y bebió su trago. —Lo intentamos. bajo las vías elevadas. pero él no lo hizo. Podía significar lugar de reunión y aprovisionamiento: mesas con patas apenas fijas que podían arrancarse fácilmente. chupando dos o tres veces. —¿Vas a dejar que sea ella quien diga lo que hay que hacer. que no somos ningunos comunistas que se dedican a insultar a los demás y que ellos fueron los que quisieron la guerra por culpa de esa tía. Vanguardia y retaguardia iban por lados opuestos de la calle para poder controlar más espacio como los ojos del grupo de guerra. Ante ellos se alzó un viento suave y cálido. . entrando y saliendo de los charcos de luz de las farolas. se acercó. pensó Héctor: zurrar un poco al jefecillo y largarse. cuyo sentido de la tradición estaba reñido con su paciencia. Pero no podéis pasar como un ejército. Si la Familia la cogiese por su cuenta un rato. padre. Quiero decir que no vamos a marcharnos por una calientapollas. Si los borinqueños disponían de un tanque. Empezaban a sentirse ya un poco mejor. en la calle. Héctor devolvió cuatro a Bimbo. Chupó del quinto cigarrillo. —Bien. Esta sensación les unía cada vez más. ya es demasiado tarde para eso. Los otros le observaban atentamente. vete al carajo —dijo Héctor—. Pero Héctor no se atrevió a hacer nada respecto a ella. Ya te enseñaré yo a ti cómo tienes que hablarme. Nosotros queríamos paz. fundidos en uno. Héctor les mandó acelerar el paso.—Vaya hombre que estás hecho. pistolas escondidas en los mullidos brazos de sillones destripados. recuérdalo. barrotes de una valla. —Escucha. La tensión empezaba a crisparles. cerrados los puños.. Arriba. Bimbo le dio la segunda botella de whisky y Héctor bebió. más agachados. No dijeron nada más hasta que el ruido se desvaneció. Todos sabéis que queríamos paz. A continuación dijo las palabras.. No nos dejan en paz. Éste se arrodilló delante de Bimbo y recibió de él el cigarrillo. podrían lanzarse sobre la Familia. —Pero ellos no la quisieron. Si los asaltantes llegaban en un tanque. lanzándoles con una corriente de aire húmedo.. —No sueñes —replicó Héctor—. puedes preguntar a quien quieras por aquí. —Sí —corearon todos. él sabía. Es agobiante. Siguieron corriendo.. amigo. Tendremos que atacaros. No podéis pasar por nuestro territorio sin mostrar respeto. hijos y hermanos. un cuchillo entre las tetas.. —No. en la dirección de las vías elevadas.. Podían ver su falda blanca en la penumbra. el miedo se había transformado en rabia. Pero. tío. arqueando un poco el cuerpo para que los bíceps se hincharan y los tríceps se tensaran. por sus posturas y por cómo meneaba el culo. —No me hables como si fuera una puta. lo intentamos. Un explorador. unidos por la sangre. Aún se oían petardos y cohetes. canturreó furioso: —Que quede claro que vinimos aquí en son de paz. Si las cosas van a tener que ser así. Cualquier Dominador le habría atizado. Vamos a pasar. Deja de tocarme los cojones. hasta el punto de poder enfrentarse a cualquiera. el tren empezaba a salir de la estación atronando. era simple. Bimbo se arrodilló ante Héctor. las antenas de los coches podían servir como látigos. se adelantó de un trote hasta situarse a una manzana por delante. somos guerreros. Lunkface. para proteger la retaguardia. amigo. Pero las calles laterales eran más pequeñas. zorra —le dijo él. llevándose consigo a la tía. Todos se agruparon. Estaban cogiendo miedo. Hinton se retrasó como una manzana. Los Borinqueños somos todos hombres y todos fuertes. con la botella bajada.. La zorra y el rastreador les seguían. la actitud del pequeño jefe era irritante. estaba nervioso porque no llegaban los refuerzos. —Oye. La abrió. banda-persona-familia. ladrillos y paquetes de virutas empapados de gasolina para prenderles fuego y tirarlos desde las azoteas. donde estarían protegidos. Pasaron ante un edificio de apartamentos. A su izquierda resonó una serie de petardos. y hemos tenido muchas ocasiones de demostrarlo.. Pero. ¿qué pensará el enemigo si os dejamos pasar por aquí tranquilamente? Se reirán de nosotros y nos atacarán. con ganas de echar a correr hacia el centro de la ciudad. en la parte de atrás de los sombreros. El pequeño jefe hizo ademán de atizarle. la retaguardia indicaba que aún les seguían. van a echársenos encima. —¡Sí! Queríamos la paz —gritaron. Bimbo sacó seis cigarrillos y se los dio a Héctor. El viento les lanzaba a la cara un aroma de polvo y papeles. Nadie podría decir que no queríamos la paz. o les superaban en número. y bebió también un trago. Recorrieron una manzana.. aunque queríamos paz. hijos —les dijo Héctor—. y se movían y daban saltitos para entrar en calor. —No —respondieron todos. las tapas valían como escudos. pies de lámparas de hierro colado que eran flechas. flexionadas las piernas. adelantados los hombros. ofreciéndole la mejilla para que le pegase. e iban a meterse ya por la siguiente cuando vieron que el otro borinqueño y la chica les seguían. Quién sabía lo que tendrían que correr y no podían perder la cara bajo el fuego enemigo. Además. Hizo un arco y brilló en lo alto. con la punta blanca hacia arriba. Sacó del bolsillo una pitillera roja. bombillas fundidas. Los ojos de la Familia seguían atisbando ávidamente cualquier cosa que pudiera convertirse en un arma en caso de ataque. metió la colilla a un lado de la cinta del sombrero. Quizás (y parecía justamente la chica capaz de eso) llevase la herramienta de un chico. la enseñarían lo que era bueno. Bimbo cogió el tercer cigarrillo. y todos exclamaron «aaaah». eso no estaría mal. Pero no dijeron nada. agacharon la cabeza y se volvieron. Tú —le dijo a Héctor—. seguiremos como un grupo de guerra. éste ejército no lo dirige ninguna mujer. Por todas partes había cubos de basura. estaban inquietos e impacientes. atraparles. en fin. no puede ser. Entonces todos avanzaron rápidamente. más tranquilos y seguros. Observaban a todos los que pasaban. estaba tachonada de clavitos con cabeza de cristal que brillaban como diamantes. Quitaos las insignias. Hinton pensaba que quizá no fuese mala idea lo de quitarse las insignias. de la sudada entrepierna. Incluso os daremos escolta. porque aquél era el momento importante. Sabía qué significaba la llamada. —No nos dejan en paz. no te dejan respirar. una pistola escondida entre las piernas. Dentro había cigarrillos de papel negro con la punta blanca. en último caso. Era inútil correr. Nosotros no somos esclavos. Héctor. Pero los Dominadores de Coney Island somos una Familia que va con sus insignias. —Muy bien —dijo el pequeño jefe—. el Peque. aunque hubiesen preferido las calles llenas. Vamos a pasar en paz. retuvo el humo. cruzaron la calle. No las queremos. —Si pasáis como civiles no hay problema. tensos los músculos. no quería pasarse toda la noche hablando. Pero quién sabía lo que podía tener ella. guapo —le dijo la zorra a Héctor—. pero eso sólo podía hacerse en último extremo. que quien mandaba allí era la zorra. que se extendieron por la acera. sentían que el espíritu de lucha les fundía en uno. Héctor inhaló profundamente. —Las insignias son nuestro distintivo. trozos de cañería. Todo era cuestión de concentrarse en el centro de la calle. La suave piel con refuerzo de cartón. —Bueno.» Apagó el cigarrillo. se veía claro. ¿por qué no me das esa insignia y yo lo arreglo todo? —Cállate. cada vez que pasaba un coche alguien saltaba y miraban cautelosamente para ver si el conductor era viejo o joven. La Familia sudaba profusamente.. si os quitáis los alfileres podréis pasar por este territorio sin ningún problema. La vanguardia no veía nada sospechoso delante. —Tú no tienes cojones —y volvió a rodear con los labios el cuello de la botella. le dio una chupada e hizo una seña a Lunkface. había un montón de muebles rotos. el aire que les azotaba era cada vez más pegajoso y olía a enemigo próximo. sí. Héctor terminó la punta. Estaban empezando a enfadarse. hacía calor. Los otros pasaron también por el ceremonial. —Bueno. No voy a caer en tu juego y no vas a conseguir la insignia.. el Porteador. Allí seguían plantados bajo el calor. se ocultaron en un escaparate y esperaron. A su alrededor. Bueno. La zorra y el borinqueño tuvieron que saltar para que no les alcanzasen los fragmentos. con voz sonora. cabrón. Bimbo lo encendió. Miró a la Familia entrecerrando las largas y negras pestañas. todos los sentidos alerta. estallando cerca del objetivo. les sobresaltaron. jefe y hermanos.» Pero todos dirigieron a Lunkface una mirada fría. recibió de él el cigarrillo y dijo: «Este hermano servirá a su Familia hasta la muerte. dijo: «De prisa. Héctor se colocó luego la colilla. lo expulsó. Estaban empezando a asustarse. en la cinta del sombrero. Estaban atentos a las luces anaranjadas que indicaban el emplazamiento de los aparatos de alarma. piedras. Cuando cada uno decía que serviría a su Familia hasta la muerte. sabiendo exactamente qué hacer.. La botella estaba vacía. y si vienen a por nosotros. Héctor se dio cuenta de que era el momento de largarse. Héctor se volvió e indicó a la Familia que le siguiera a paso ligero.. pero ella tiene razón. Pero te demostraré que Jesús Méndez tiene huevos. Recorrieron media manzana y Héctor alzó la mano y todos se detuvieron. dispuestos y capaces de enfrentarse a cualquier jodido Otro de todo el maldito mundo. ahora seguiremos como un grupo de guerra. —No nos dejan en paz.

El Peque empezó a avanzar a paso ligero. La chica dijo que qué clase de hombre era para rendirse a aquellos palurdos que no se sabía de dónde eran. le abofeteó y se lanzó a por la insignia de Lunkface. ¿Cómo podrían atrapar al rastreador?. sobre ellos. que había aminorando el paso.. pero Héctor le contuvo. que permanecía quieto y no abría la boca. Desearon darle una lección para que aprendiera. Pero no podían pararse a aclarar las cosas. Aun así. El modo que tenía el Peque de volver la cabeza. Luego. Ella le llamó mediapolla. Le hizo una mueca sonriente a Héctor y le dijo: —Qué pasa. Empezaron a perder de vista a sus seguidores. Ella les dijo que iría con ellos. Héctor le dijo que lo dejara y le recordó que aún seguían pacíficamente. chico. Había ya menos explosiones. somos los que mejor lo hacemos. Héctor transmitió la señal a los que sujetaban a los prisioneros. Alguien iba a empezar a rociarles con una pistola de grasa. Por otra parte. La Familia soltó la carcajada y todos pensaron que ojalá tuviesen tiempo para enseñarle lo que hacían ellos con las tías bocazas y descaradas. preguntarle cuántos soldados les seguían. cautelosamente. podría haberle costado uno o dos cortes. Estate callada delante de esta Familia. ya más tranquilos. Nosotros somos los hombres. Hizo una seña y los hombres iniciaron la marcha. siguió insultando a todos. sabes. Él contestó que sí. Por su parte. diciéndoles que no valían nada. Pero el rastreador invocó el honor de su banda y se negó a hablar. aquella zorra iba a decir que la habían sobado. allí. siempre alerta. y todo el arsenal (nada que los polis pudiesen llamar armas) estaba allí listo para ellos. pero las marcas de las paredes. pero ella se soltó. una quemadura de bala o un cadenazo en los morros. y atisbaban ansiosos la peligrosa noche. Lunkface y Dewey. Al no ir armados para lo que pudiese pasar (no tenían siquiera un cuchillo entre todos). Se asentó el polvo. Esperaban el ataque mientras seguían su camino. Héctor. y éstos soltaron al rastreador. Lunkface señaló y vieron al Profesor allí. porque tenían que seguir avanzando a ritmo de incursión. todo estaría perdido. cuando Lunkface dijo: —Si tanto quieres una de estas insignias. y en realidad tampoco podía ser controlada desde las azoteas. más de prisa. Querían interrogar al rastreador. tenían los sentidos embotados por la tensión de estar tan atentos tanto tiempo. pero al cabo de un rato descubrieron que el rastreador aún les seguía y esto les puso un poco nerviosos otra vez. Recorrieron una manzana. brotar de los entrantes de los escaparates. y siguió a la Familia. pero no tenía objeto hacerlo. pero ya no le resultaba familiar. de pie. les sobresaltó. te haremos algo que te hará gritar de verdad. con su fuerza móvil superior. Que le estaría bien lo que iba a pasarle. Les dolían los músculos. corrió hacia la pila y empezó a arrancar la pata de una mesa. él le daría una buena paliza cuando la cogiese otra vez. en otras circunstancias. —No hay que dar a los Borinqueños ningún motivo. Una calle tan ancha nunca era buen sitio para tender una emboscada. Les rodearon. Luego pasó Hinton y alcanzó al Peque. diferenciaban los sonidos en inocentes y peligrosos. Serías como una hermana para nosotros. era sólo la tensión del combate. Lunkface quería quitarle el sombrero al Borinqueño. pero sobre todo al rastreador. No podía bloquearse por los dos extremos. se preguntaba Bimbo. que se volvieron y echaron a correr en dirección contraria. El aire se hizo casi palpable. Botín de guerra. Los hombres dejaron de jugar para mirar a la Familia. —Tú —le dijo a la zorra—. cuando pasaban otra estación cerrada los sonidos que se habían acostumbrado a interpretar como no hostiles. La Familia empezó a ponerse en marcha. y que así se lo diría a los otros.. le tapó la boca con su manaza. en las paredes. Si perdía el control y echaba a correr. ni una pizca. La Familia se sentía ya más segura en aquel territorio. a Héctor se le ocurrió la idea. Héctor les dijo que no quería guerra. con Hinton a la retaguardia. por su parte. Héctor debía impedirlo a toda costa. no. capitán Valiente! ¿Está sssorprendido? La chica empezó a gritar hasta que Lunkface. y que habían ofendido el honor de los Borinqueños. En cuanto dejaron atrás el sitio donde estaban emboscados los otros. a su modo frío e hispano. pero estaba cerrada. Unos minutos después. pero vieron la cara que ponía el rastreador. sabes. —Andando. —Pero bueno. los polis podrían caer fácilmente sobre todos. acordonar todo el campo de batalla y meterlos a todos en el talego. no tienes más que venir con nosotros. justo cuando los cuatro Dominadores salían de sus escondrijos. Si pudieran capturar al Borinqueño y retenerlo como rehén. pero la chica no dejaba de moverse. Al pasar vieron que. Miró a la Familia de arriba abajo. parecía como si aún estuviese discurseando sin ningún oyente. Le hiciesen lo que le hiciesen. la zorra seguía insultándoles a todos. y que si querían llegar a casa enteros no tenían más que complacerla dándole una de sus insignias. El Peque se desplazó para ocupar su posición de vanguardia. amigo —dijo Héctor— y no digas más que esto: cruzamos en son de paz. aquella tía le obligaría a seguir para que defendiera su honor. Casi todos los guerreros estaban con las tracas y los cohetes. Bimbo. todos se desmandarían. que eran medio hombres. Dewey se adelantó e hizo lo propio con El Peque. que conocían tan bien como el suyo propio. o si les iban a obligar a llevárselos como rehenes. El rastreador tenía que mantenerse firme y no ceder. por hacerle quedar como un imbécil a los ojos de aquellos extraños sonrientes. Hinton había vivido por allí. Héctor tuvo una idea. El rastreador sabía lo bastante como para estarse quieto. sabían cómo regresar a casa sin problemas y en qué escondrijos estar seguro si había una caza. Bimbo y Dewey volvieron. La tensión se hizo de nuevo más intensa. hombre. y que su coraje superaba con creces el del rastreador. Los hombres habían sacado sillas y cajas y tenían montada una mesa de bridge. Llegaron a la estación de la calle Freeman. imbécil. si aparecían en coche. le dejarían marchar y eso demostraría a los Borinqueños que sus intenciones eran honradas. Le ordenó que cerrase la boca porque ya se estaba cansando. y había motivos para tirar muebles. Lunkface se agachó un poco y ella erró. no le importaba que siguiesen en son de paz. De pronto. Esperaban que allí terminase el territorio de los Borinqueños. La Familia no tendría ninguna posibilidad. Creció el silencio. sino de odio. y aunque el rastreador tuviese tentaciones de renunciar y dejar el asunto. y somos los más grandes de toda esta gran ciudad. hechas con tiza. en los edificios de apartamentos. aparecieron la zorra y el Borinqueño. significaba que todo le asustaba. No era como una incursión en territorio de sus enemigos tradicionales. Amainó el viento. Lunkface y Dewey aceleraron también. No sabía cuánto territorio les quedaba aún por recorrer. La zorra les insultó y el rastreador empezó a arrastrarla para llevársela. El rastreador dijo que. Todo el mundo conoce a los Dominadores. Bimbo transmitió los avisos de marcha rápida. por qué lado aparecerían. aunque ahora sin alzar la voz. Ella quería conseguir una insignia aquella noche. La radio emitía música de pachanga para animar la partida: tambores. El rastreador advirtió a la zorra que recibiría su merecido. que era quien la tenía cogida. les preocupaba la posibilidad de no lograr hacerse con un arma defensiva a tiempo para repeler cualquier agresión. ¿lo entendían? La zorra dijo que ellos no necesitaban ninguna guerra. mediohuevo. por muy inocente que fuese. pensó Héctor. Les pasó un autobús lleno de locos del hipódromo camino del tren. ¿dónde podrían refugiarse? Entonces. descubrieron que llevaba un cuchillo. —La Familia aún no ha roto las hostilidades. y no sudaba de calor la tía. Lunkface rompió la formación. Lárgate. vigilando que no cayese sobre ellos un grupo. debían admitir que no les tenía ningún miedo. insultado. —¿Me darás tu insignia? —preguntó la zorra a Lunkface. chica. algo que ella estaba pidiendo a gritos. Pero. ¿entiendes? Fue lo peor que podía decir. Si llegaran al territorio contiguo. ¿es que te parece que no eres suficiente hombre para mí? Pero Héctor era templado y estaba acostumbrado a que le provocaran. Cuando pasaron. Y entonces. Hasta el cauto Bimbo deseó borrar aquel irritante orgullo hispano de su cara. les capturaron y les sujetaron. La falda blanca de la chica aún se agitaba tras ellos. empezaron de nuevo a parecerles peligrosos. Pero. que se la daría. En cuanto doblaron la esquina. los enfrentados Castro Stompers y Borinqueños se insultaban con tizas multicolores. ¿Por qué no le daban una de las insignias y ya estaba? El rastreador le dijo que se callase y ella le llamó estúpido por haberse dejado atrapar de un modo tan tonto. Ella replicó que no pensaba volver a aquel territorio de castrados y capones. sin atisbo de ofensa. uno de los jugadores le acunaba con una mano y sostenía las cartas con la otra. Bimbo se retrasó para comunicársela a Hinton. podrían alterar su estrategia y tenderle una emboscada. se preguntaba Héctor. pero Héctor no le dejó. Una explosión como el silbido y el zambombazo de un cóctel molotov que se inflama. Pero ella. ¿crees que van a pensar ellos eso? —preguntó Lunkface. No estaban nerviosos. el sudor empapaba sus camisas y empezaba a empapar también las chaquetas. Alguien podría estar acechando en cualquiera de aquellas ventanas. y Dewey estaba ya para tirarse al suelo cuando se dio cuenta de que se trataba de una traca. mientras Dewey decía. La zorra ni se inmutó.. en súbitos tirones. No tocarían siquiera a la tía. Sin embargo. ¿Qué podía hacer él?. Un bebé dormía en un carricoche. También habían instalado dos lámparas conectadas a sendos cables que salían de un apartamento de la planta baja y que iluminaban una animadísima partida de cartas. Pero Hinton demoró el paso un poco. Quisieron registrarla a ella también.Lo único que tenía que hacer el enemigo era salir de los portales. Mientras tanto. insultarles y gritarles que le quitaran las manos de encima. porque el rastreador les lanzó una mirada que. Héctor intentó explicarlo otra vez y les preguntó si estaban dispuestos a volver para decirles a los otros que pasaban en son de paz. irritándoles. Y aún más cuando las vías doblaron una esquina y la ruta del tren dejó el Bulevar Southern y siguió bajando por la Avenida Westchester. si tenían tanques. Pero las casas eran muy viejas. Misteriosas ventanas abiertas se alzaban negras. Le registraron. Al mismo tiempo. No tenía objeto crear problemas innecesarios. riendo y enseñando unos grandísimos dientes a lo japonés Segunda Guerra Mundial: —¡Aaah. dispuesto a cazarles. esparcidos por un sitio y por otro. ya casi estaban en el límite del territorio. La zorra dijo que no tenían que preocuparse porque los Borinqueños apenas tenían tropa aquella noche. bongos y cencerros resonaban en el silencio profundo de la calle. oyeron que los jugadores empezaban a hablar. les recordaron que aún estaban en pleno territorio enemigo. Transmitió la orden a Bimbo. ¿entendido? Ella dejó de forcejear. ¿dónde estaba la frontera? Pasaron ante unos hombres en camiseta sentados a la entrada de una casa de apartamentos. con unos cuantos cortes de su propio cuchillo. el Peque y Hinton se volvieron y se lanzaron hacia los perseguidores. Además. Aún había mocosos jugando en la calle. O mejor. a Bimbo se le ocurrió la idea: ¿y si estuviesen montando una comedia para retenerles allí? Era hora de continuar la marcha y dejar aquel territorio asfixiante y peligroso. Nosotros. sssí. así que ni siquiera se molestó en contestarle. y se lo quitaron. y siguieron.. y dudaba que pudiesen localizar a más de cinco o seis hombres. Les fastidiaba el viento. se abrieron en abanico y se escondieron en las entradas de las tiendas. —Si sigues levantando la voz —le dijo Héctor—. Además. y ellos habían conocido a muchas buenas. de cualquier modo. como medida de seguridad. La Familia despreciaba a aquellos Borinqueños. ninguno de ellos controlaba a sus mujeres. mientras que los Lesbos de la Avenida Intervale decían .

Dejad paso. tenía los ojos vidriosos. corriendo. —¿Qué mirabas tú? —le preguntó. la fueron tomando. Esto les enfureció y le pegaron más fuerte en los costados. y dejaron a la chica atrás. —¿Por qué miras así a mi hermana? —quiso saber Lunkface. También Hinton se acercaba. Bimbo se agachó. hombre —dijo Lunkface—. La zorra vio brillar en el aire las desvaídas luces de las farolas. La zorra estaba apoyada en la pared. la dejó y se acercó al hombre. ancho de cuello. sujetándola por los hombros. el porteador. Lunkface dijo de nuevo a la chica que podía ser una hermana para ellos. Lunkface. Luego alzó el cuchillo y lo lanzó al aire. Pero Lunkface. se arrodilló sobre ella. Lunkface y Dewey. y esta vez lo cogió El Peque. golfos. con la cabeza apoyada en el cadáver. intentando pasar. Bajó la mano. siguiendo el camino por el que había venido. e intentó saltar entre los hombres para cogerlo. Se quedaron mirando. Hinton mantenía la retaguardia demasiado cerca. a la derecha del corazón. para desahogar la tensión acumulada para la lucha. se volvió con lentitud. Pero Dewey lo tiró al aire y gritó: «Te toca. Lentamente. Finalmente. La voz de la chica se elevó más y más hasta convertirse en un grito palpitante mientras saltaba y saltaba. donde podían. Corrían sofocados por el calor. Dewey la miró furioso. uno tras otro. Los hombres les rodearon y se agarraron por los hombros formando corro. empezando a patear rítmicamente. El Peque le alcanzó en la cadera. pegó en la cabeza del hombre con la muñeca y se le fue de la mano la botella. Un hombre se les quedó mirando un momento al pasar. Bien. . Hinton aceleró el ritmo. en las piernas. retrocedió tambaleándose. La mano de Lunkface se lanzó a cogerlo por el mango y prolongó la caída. La chica decía: «Dadme el cuchillo. Dejó de gritar. No sabía cómo podría quitársela de encima. Yo. para soltar vapor. siempre y cuando él le diese la insignia para demostrarle que la quería de veras como a una hermana. —No dejes que esos memos de los Masai os asusten. apoyados en la barandilla. les rodeaban. y ella le explicó que lo sería. Yo. la ingle. porque sin duda Lunkface lucharía por conservar la presa. quedando boca arriba. mirad a esta hermana —dijo Lunkface. el hombre se quedó quieto. Héctor hizo furiosas señales al Peque y a Hinton para que vigilasen atentos. en la espalda. excitados por la charla. y ella le lanzó una mirada. El hombre intentaba escurrirse. decía. Todos se echaron a reír con esto. Tenía los ojos semicerrados. sujetándoselas al suelo. Sacudió el puño hacia el centro de la ciudad. bien.. Pudieron ver la falda blanca y las caderas desnudas. una emoción tan grande. irritado aún. Pero él le explicó lo que era ser una hermana. sangraba por la boca. Bimbo se dio cuenta de que la chica le miraba y pegó un puñetazo a un letrero. Siguieron hacia el andén. Los otros. Y entonces el hombre actuó rápido. se sacudió la falda y empezó a decir algo. pero le tenían rodeado. débilmente—. la cara.. que se rompió en el suelo. Se largaron. fingió que alcanzaba el climax y se levantó. la piel se abrió en la rasgada mejilla. y movía el vientre. metió la mano por debajo del extremo de las medias y limpió la hoja del cuchillo entre el pulgar y el índice. Pronto llegarían a la estación. El hombre lanzó un grito. muy estirada. El hombre se volvió. porque vio que había algo más en aquel rostro: locura. Quizá lo mejor fuese dejarlos a los dos. ya he sentido. y el Peque abandonó su posición de vanguardia. —Quítame las manos de encima. —Amigos. Héctor pensaba que ojalá no fuese con ellos sólo para fastidiar a los otros. Recorrieron rápidos la manzana que les separaba de la estación y subieron corriendo las escaleras. dadme el cuchillo». —Deberíamos haberla traído con nosotros. La zorra bailaba dando vueltas a su alrededor. Vieron la siguiente estación unas manzanas a lo lejos. Era divertida. Ya está bien. consiguió equilibrarse y se alejó despacio. la estación en la que podrían coger el tren y llegar a casa. pero estaban demasiados amontonados. Luego. Se quedó inmóvil. Yo también. —¿Con quién te crees que estás hablando? —le recriminó Héctor. Le patearon la cabeza. Aun así. se propuso aporrear algo más espectacular. Le lanzó un viaje a Lunkface. pateándole. lo que les desquició y se agacharon para aporrearle el vientre. siguió dándole al compás del zapateo. —¿Vais a dejar que este esclavo ofenda mi honor? —gritó la chica. el hombre se movió un poco y el cuchillo le entró por el costado. yo». en el estómago. «Bien. con las piernas abiertas para mantener el equilibrio. Esta vez fue Dewey quien lo cogió. que poco a poco se hicieron audibles: estaba maldiciéndoles. Ahora estaban de pie ante el hombre tendido. haciendo un corte en la cara al hombre. Los pies sobre las manos mantenían sujeto el cuerpo. Bien. sus ojos no veían nada en absoluto y estaba casi inconsciente de tanto gozo. Por fin consiguieron derribar al hombre a golpes y empezaron a patearle. que ensartó al hombre cuando intentaba librarse de los pies que le sujetaban las manos. con la punta hacia abajo. alcanzado en el pecho. Él intentó retroceder hacia la pared. Bajo las tenues luces de las farolas pudieron ver el cuerpo allí tendido. entraron en un nuevo territorio. Lunkface. pisándole brazos y piernas. la boca muy abierta y jadeaba entre gritos. He dicho que ya es bastante.que ellos tenían más hombría que nadie. Ya casi estaban llegando. No había ningún tren esperando. Éste lo cogió y lo hundió por enésima vez en el cuerpo del hombre. erró. golfo piojoso —dijo el hombre. Bimbo puso las fichas en el torniquete para todos y preguntó la dirección que tenían que tomar. pisaron las manos del hombre. le atizaron en los hombros. aunque para entonces ella ya tenía la cara completamente rígida. La zorra chilló y Héctor alzó el cuchillo y lo arrojó al aire. que rodeaba con un brazo el cuello de la chica. hermano. sobre el acero y la sangre. Ya basta. Dewey estaba ceñudo y distanciado. luego. luego le levantó la falda. más alto aún. Se dieron cuenta de que el taquillero miraba con recelo a la Familia. en Calle 42. Dio una violenta sacudida. El Peque seguía volviéndose a mirarlos. Había que librarse de aquella chica lo antes posible. Hinton fue el último que lo hizo. quien. Al principio no podían entenderse sus palabras. —No —dijo ella. porque los Borinqueños les tienen sometidos —aconsejó la zorra. con los puños cerrados. celoso. y Héctor lo cogió y lo bajó. Hinton». Permaneció quieta un segundo. —Vosotros. la nariz rota. un gemido que fue largo y prolongado que les excitó aún más. le barrió las piernas y la hizo caer. Pero como no pasaba nada. Se había colocado frente al hombre. pero no acababan de relajarse. para exhibirse ante ella. y jadeaba. hombre. Luego. lanzó el cuchillo de nuevo al aire. Ella no dejaba de moverse y de decir que ya había tenido bastante. Tenía la cara ensangrentada. Bienbienbien». Bimbo sacó la primera botella de whisky vacía y le lanzó un golpe a la cabeza. hombre. se tambaleó. Lunkface. la boca abierta crispada en una mueca. Bimbo gritó «Cógelo» y lanzó el cuchillo al aire. el hombre gimió. Parecía fuerte. Alguien gritó. Héctor vigilaba: una mujer en una incursión era siempre un problema. Bimbo alzó el cuchillo y el hombre empezó a sacudir la cabeza. su grito les desquició aún más. revolviéndose. Se mantenían tensos. incorporándose. Después de otras dos manzanas de zona borinqueña. Ojalá fuese Lunkface el que iniciase la cosa. la zorra lanzó otro chillido. Luego se volvió. como si usase las manos para ganarse la vida y supiera lo que era una pelea. La chica estuvo unos cinco minutos sin moverse. La sonrisilla de la chica le gratificó. Bimbo. en la que podrían coger el tren. mientras los demás seguían dando vueltas y taconeando a ritmo. pero su ansia de placer aumentaba a medida que ellos iban acelerando poco a poco el ritmo del taconeo. calmosamente. Alguien pegó una patada a Bimbo en la canilla. se levantó. Los cristales le habían cortado y tenía la camisa ensangrentada. alcanzando al hombre en el corazón. todos cayeron sobre el hombre para pegarle. casi en un grito. y estaba ya metiéndosela cuando ella dijo suavemente: —No. y luego. para emular el propio valor de ella. que les inundaba a todos y les excitaba. pero casi no sentía nada. mirando hacia abajo. Aún seguía allí. La zorra dijo que había un pacto entre los Borinqueños y los Masai de la calle Jackson. ¿Le habría guiñado un ojo ya ella? Lunkface miró ceñudo a Héctor y la arrimó más a sí. al tiempo que la cogía e intentaba echarla al suelo. Lunkface terminó en seguida. Hinton la miró a la cara y casi se asustó. cogiéndole del brazo para obligarle a volverse. y él se dio otra vez la vuelta. el vientre y los muslos. «Yo. se puso de pie y se tambaleó un poco. deseosos de aporrear y machacar cualquier cosa. para desahogar el asfixiante espasmo. le bajó las bragas. Caminaron hasta el fondo del andén y miraron abajo. os creéis que la calle es vuestra. El taquillero les dijo dónde tenían que hacer trasbordo para el tren de Coney Island. Dádmelo a mí. como si esperase que le atracaran. el cuchillo del Borinqueño apareció en la mano de Bimbo.

Lunkface se acercó al borde del andén y se puso a mear. Mi mujer. que no quería verse envuelto en el asunto. salvo Lunkface. según dijo. Bimbo volvió con seis chocolatinas. los fogonazos de la fiesta eran cada vez menos frecuentes. al ver que Héctor le hacía una seña de que lo dejara. —Bueno. Dewey empezó a bostezar. Eso me hace Hombre. Lo sabe todo el mundo. —Ya te lo dije. Dewey sacó la lengua y todo. —Bueno. a través del envoltorio exterior. con los brazos cruzados sobre el pecho. —Va a saber lo que es bueno cuando vuelva. bueno. sobre todo aquella noche. Lunkface estaba inmóvil. Pero Lunkface ya estaba furioso. por Dios. En fin. y el saber que les miraban con respeto proporcionaba a la Familia una sensación de orgullo. Sí. con aire ausente. has estado aburriéndome con tu palabrería y ahora vas a tener que respaldar tus palabras con hechos. a menos que estuviesen impresas en letras grandes u oscuras. —Bueno. Tío Bimbo. Héctor quitó la envoltura blanca de la chocolatina. Ganó Hinton. griegos. Nos gusta. Héctor se cansó de la discusión y mandó a Bimbo a comprar chocolatinas. —Pero. que estaba concentrado en su tebeo. Y si se cree que no soy un hombre. Se quejaban unos a otros por ello. —pero no acabó. las mujeres. —¿Enfadarse? ¿Quién se enfada? Es sólo que no me gusta que me tomen el pelo. no tú. Dewey casi se dormía. Eso es lo que cuenta.. Tras un largo rato. Bostezó. hermanito? —preguntó Lunkface. Héctor tuvo que reír también. concentrándose en el otro extremo. Intentaron animarse un poco a base de fastidiarse mutuamente. —Te demostraré quién es aquí un hombre —dijo. —No hay por qué enfadarse. Llegaba más gente al andén. Cinco se sentaron a un lado del pasillo. El Peque sacó su tebeo y empezó a leer. El tamaño. sí. escarbándose la nariz a conciencia con su grueso índice. de lo contrario. Ahora mismo. a ver si superas eso. pero nadie tenía energías bastantes. te las verás conmigo. Los otros le miraban suplicantes. pero yo hablo de la discusión. El Peque no seguía las palabras demasiado bien. señor. hombre. ésa no es forma de demostrar quién es el más hombre. —Pero hombre. 2:30-3:00 de la madrugada Estaban apoyados en una barandilla. El que la hizo gritar fue El Peque. —Ahí se te derretirán. todos se inclinaron hacia el pasillo. pero seguía toda la acción por los dibujos. Héctor comió la primera chocolatina. Dewey intentó coger la chocolatina y Héctor la puso fuera de su alcance. Pero dime. pero Héctor no le hizo caso. Cuando quieras. me gusta. jadeando como un perro mientras los demás se daban codazos y empujones. Héctor se volvió. No entraba ni una brizna de aire por las ventanillas. La alzó en el aire. lo cual hizo sentirse a éstos un tanto orgullosos. sin saber con certeza si estaban bromeando o eran peligrosos. eran hombres con una reputación y habían hecho grandes cosas. Lo único que sé es que a mí me gusta. ya sabe arreglárselas. Héctor bromeó. ¿No es verdad. Cuando Héctor se volvió y vio lo que había pasado. te lo pregunto a ti. Me gusta.. Bimbo le dio un codazo para que estuviese más atento. Héctor sacó del bolsillo una de las chocolatinas. la verdad. —Yo aún creo que deberíamos habernos traído a la zorra —insistió Lunkface. listo. —No. Hasta el Peque tuvo que abandonar la página en la que aparecían los rostros sonrientes de los héroes griegos cuando veían El Mar. pero su bostezo se convirtió en una risa tenue e histérica. Héctor masticó muy despacio para demostrarles quién era el Padre. —Sí. Ella se lo ha buscado. pero de modo más ordenado. Dewey sacó entonces delicadamente la chocolatina de la envoltura exterior. hombre. —¿Tomarte el pelo? ¿Quién te toma el pelo? Es sólo que yo la oí. ¿La tienes más grande. bostezaron y esperaron. —Oí lo que dijo. El Peque rió entre dientes. Dewey miró por encima de la cabeza de Héctor. —se lamentó Lunkface. Héctor metió el dedo por el extremo del envoltorio blanco interior de la chocolatina y empujó lentamente hacia arriba. pegándole un manotazo en la muñeca. Fuera. el tren no se movía. Los demás palmoteaban y reían mientras Héctor sonreía bobaliconamente. Dewey tuvo que sentarse en el suelo. Dos o tres pasajeros sentados al otro extremo del vagón les miraban recelosos. Hinton se sentía débil y tuvo que sentarse en el suelo. Dewey pateó el suelo y se dio palmadas en los muslos. sólo les satisface la sangre —dijo Bimbo sonriendo. Eso es siempre una señal segura. —¿Cómo? Demuéstrame cómo. Hinton? Hay otros modos de saberlo. ella soltó un grito. imitando a un marica. esperando que llegara el tren. Especialmente cuando te machaquen tu porra con la suya. Todos la miraron. ¿es el tamaño lo más importante? Bimbo. Lunkface. hombre? Ella ni siquiera sabía que tú estabas dentro. Después de todo. ¿Verdad que tengo razón. pero todos se dieron cuenta de que el asunto le molestaba. no es cierto? El Peque soltó una risilla. bajo las luces de la estación. frente a ellos. Peque. —Yo ya no me preocuparía más de ésa.. —Bueno. hombre. se alinearon al borde del andén y mearon sobre las vías. —Sí. volvió a meter la mano en el bolsillo y sacó la segunda chocolatina. Dewey se hizo más el marica y siguió suplicando por la chocolatina.. una chica que hace eso. —No hombre. —¿He dicho eso acaso? —No dijo eso. ¿Cómo ibas a saberlo. lo cual contagió al Peque y también a Lunkface. Era sobre antiguos soldados. riendo. pues eso es cosa de otros. En el tren hacía calor y olía a aislante quemado. Ésa es una manera. Se dio cuenta de quien entraba —puntualizó Lunkface. se sentó al otro lado. El chorro de orina se curvó hacia arriba y llegó hasta el raíl exterior. hombre. Lunkface lo discutió porque. todos salvo el Peque. pero que al fin lo lograban Había disfrutado tanto leyéndolo que era la tercera vez que lo hacía. por encima de las azoteas. eh? ¿La tienes más grande que ésta? Dewey dejó que cruzara su rostro una expresión de disgusto ante la absoluta estupidez de Lunkface. Estaba blanducha. Les vencía el cansancio y miraban fijamente. —Amigo. Todos. la cosa fue desvaneciéndose lentamente.. —Ahora ya saben la clase de hombres que somos —dijo Héctor—. sin poder dejar de bostezar. no mía. El Mar. —Cuando entré yo. Héctor. empezaba a sentir hambre. Terminada la discusión. ¿la tienes tú tan grande? ¿La tienes? —gritó Lunkface. héroes que tenían que abrirse camino luchando a través de numerosos obstáculos para volver a su tierra. Luego. no el tamaño del chisme. sin ver la chocolatina porque recordaba a la chica. Le van a sacar la piel a tiras —comentó Dewey. Algunos de los ventiladores estaban rotos. si era una guarra.5 de julio. ¿de qué se trata? —Hay formas de saberlo. no veo por qué tengo que hacerlo. Héctor se las metió en el bolsillo de la chaqueta. empezaba a cargarse. Observaban cómo se iba llenando el andén. Otra es ver quién mea más lejos. fingiendo ver fuegos artificiales y gritó: —Mira ese cohete. ¿Entendido? —Lunkface estaba ceñudo. regresó de un salto a su asiento y ocultó su presa a la espalda. Los otros le miraron expectantes. se encogió de hombros y dijo: —No sé. tú eres muy listo y hablas muy bien. —¿Qué quieres decir con eso de que el tamaño no significa nada? ¿Qué es entonces lo importante? —Lo importante es la forma de hacerlo. este hermano pequeño sólo hablaba por hablar. Hinton tenía las puntas de los pies pisando el borde. La Familia se lanzó al interior del tren y encontró asientos. eso es escándalo público. Pero era divertida. gritando: . Tenían miedo a aquellos Hermanos. que llegó justo un poco más allá. El tamaño no significa nada. y se bajó la cremallera de la bragueta—. Con el coraje que derrocha. Estaban ya demasiado cansados para preocuparse de si aparecían los polis o de si aquella zorra volvería con su banda. fingiendo que era marica y que la chocolatina era el gran vámonos. apuesto a que los tiene metidos en un puño en seguida. Al cabo de unos quince minutos. el sexto. no tenemos una mujer. Se acomodaron. Héctor chupó ávidamente. así que Dewey le devolvió la chocolatina. ¿lo sabías? Si aparecen los polis te pueden enchironar por eso. Nadie pisa a los Dominadores. No hay que preocuparse por ella. Eso lo sabe todo el mundo. no. Una muchedumbre de pasajeros pasó por el mismo proceso que se había desarrollado en la otra estación. nada en absoluto. Se apartaban de la Familia. El tamaño no significa nada. hacerlo.. Dewey hizo un poco el payaso. —¿Quieres decir que no soy un hombre. Tenía la chaqueta rasgada por atrás. hombre —dijo Héctor—. Y entonces tendrás tiempo de mear todo lo que quieras.. Peque? ¿Verdad. pues estaban demasiado cansados para reír. No podía dejar de reírse. hombre —Dewey se echó a reír otra vez—. ¿sabes? Así que hicieron la prueba. alcanzando el tercer raíl. La Familia se aseguró de que las miradas no eran ofensivas ni malignas en ningún sentido. Alguien empezó otra vez. —Bueno. todos le señalaron riendo. hombre —dijo Dewey.. Lunkface tenía la boca abierta y los ojos semicerrados. Ni una pizca. Dewey se levantó y empezó a hacer el payaso con las manos en las caderas. se apoyaron un rato en la baranda. un tren entró lentamente en la estación. Las risas se apagaron. pues hay medios de demostrarlo. se puso a dar palmadas y a soltar gruñidos de foca. —Cuando quieras. Lunkface contemplaba la escena con ojos ausentes y soñadores. A ella le gusta y me lo demuestra.

Pero Héctor tenía previsto algo para Lunkface. medio sujetándole. Cuando el tren llegó a la siguiente parada. Eso significaba que Héctor había elegido a Hinton para el castigo. dio unas cuantas sacudidas y se quedó quieto. delante de él. sacó la caja de cerillas. Lunkface dio un salto y se apartó. Pero si Lunkface le ponía la mano encima. pero éste no hacía caso. Lunkface cabeceó. de pronto. —No os riáis de mí. El siguiente trozo era para Dewey. . No está tan sucio. Lunkface se volvió a Hinton. —Quítame eso de delante. pero Bimbo no pudo aguantarse y se le escapó la risa. De Dewey. Todos participaron. dos. El tren se detuvo. Nadie sonreía ni le miraba con burla. Héctor le acompañaba. Héctor le dio unas palmadas en los hombros. Bimbo lo cogió sin moverse. casi casi tocándole con él. eran los hombres más duros de un mundo duro. según pudo apreciar el Peque. encendió una y la colocó como para encender el cigarrillo. Con un suspiro. Sólo Héctor. Todos se pusieron a gruñir y a protestar. Todo el mundo respetaba al hombre salvaje porque le daba igual todo y era capaz de hacer lo que fuera. el calor les envolvió. el tren arrancó y todos volvieron a centrar la atención en la comedia de la chocolatina. Los otros le vieron acercarse a Lunkface y echarle un brazo por los hombros. que había vuelto ya a su tebeo. tiró la brasa al suelo y lo pisó cuidadosamente. húmeda. Hinton puso entonces el trozo de papel con el trozo de chocolatina sobre el regazo de Lunkface con tanta suavidad que éste no se dio cuenta. se incorporó para sujetarlo y alguien se rió de su torpeza. Lunkface volvió a reunirse con la Familia. Lunkface se sentó. Todos estaban un poco nerviosos porque sabían cómo podía ponerse Lunkface. mientras el tren cruzaba el túnel retumbando y la estruendosa oscuridad era cada vez más agobiante. de tu hermano pequeño. Y acercó el trozo de chocolatina un poco más a Lunkface. Lunkface se detuvo delante de Hinton. depositándolo sobre el tebeo. —No lo quiere. Supongo que no querrás que te pongan una multa. echando el humo despectivamente hacia arriba. Luego se inclinó. Subió más gente. ensuciando deliberadamente el sombrero. después de Bimbo y de Héctor. Como hermano mayor. y se lo pasó al Peque. salvo Héctor. tras presenciar todo aquel juego. atisbando receloso con sus ojillos perrunos. como diciendo: ¿De qué te ríes?. Esto emocionó a todos. confuso. Lunkface se puso en la boca el cigarrillo de guerra de Hinton y éste se lo encendió de inmediato. Surcó el aire. que calmó la cosa colocándose la máscara de jefe imparcial. Lunkface tenía derecho a hacerlo. Cógelo. que sabía quién se había reído. como si hubiesen perdido interés en el juego. Se habían abierto camino luchando y estaban ya muy cerca de su patria. El Peque se tapó la cara con el tebeo para que no se viese que se estaba riendo. Eso es ilegal. Lunkface volvió a colocar el cigarrillo de guerra en la cinta del sombrero de Hinton. ¿eh? Lunkface le miraba con aquella mirada estúpida y bovina. Todos procuraron mirar a Lunkface con la conocida expresión «soy-inocente-oficial». Lunkface lo echó a un lado. Hinton procuraba mostrar la expresión adecuada. a él no le hubiese gustado estar en su lugar. que dirigía a la Familia aquella mirada. No me fastidies. sujetándolo cuidadosamente con ambas manos. pensaba el Peque. y se encogió de hombros. Éste intentó cogerlo con elegancia. él te lo ofrece. porque veía en ello un nuevo medio de demostrar a todos que era el más grande. sino que se lo colocó otra vez en la oreja. papá —gritó Hinton. en especial a Lunkface. pero le tiró el trozo de chocolatina a Bimbo. El tren intentó arrancar. Algunos de los pasajeros sonreían en su dirección. Hinton alzó el papel con el trozo de chocolatina. pero mantenía la cabeza recta. los trozos a los pies de Bimbo y los pisoteó. Se cerraron las puertas del tren. ni siquiera se dio cuenta de lo que habían hecho. El agradable rostro de Hinton estaba húmedo. manejándolo como si estuviese contaminado. Héctor decidió que no había nada ofensivo en las sonrisas. Cuando Lunkface se volvió. olvidando que lo llevaba a la cabeza con la insignia de la Familia. Y algunos pelos. Luego le ofreció chocolatina. quien saltó de su asiento como si un repugnante insecto se dirigiera hacia él. sin embargo. esperando la decisión de su Papá. que era el juez. Sólo una pizca de escupitajo. se llevó la mano a la oreja. La brisa que penetraba por las ventanillas era más caliente. Lunkface se volvió a mirar. mostraba la llegada de los héroes al mar. girando el zapato una vez. aquello exigía un castigo por parte del grupo. se inclinó y se lo ofreció. El tren pasó ante hombres que trabajaban en el túnel. Bimbo no sabía qué hacer. Como sabían que les observaban. Entonces. lo examinó y dijo a Dewey: —No está tan sucio. Lunkface se volvió rápidamente y todos le miraron muy serios. Éste procuró mostrarse serio. Lunkface se apartó y le dijo: —Quita eso de ahí. —Quita eso de ahí. a punto de empezar a bufar en cualquier momento. En cuanto se volvieron a la ventanilla. Los ventiladores agitaban el polvo del suelo de los pasillos. y todos se dieron cuenta de que no había quedado satisfecho. Jugarían a un juego de valientes. Todos tuvieron que admitir que era una gran prueba de valor. Héctor partió un trozo de chocolatina e hizo como si se lo comiera. irritándoles narices y ojos. papá. intentando decidir quién había sido el que lo había hecho. Quítamelo. y procuraban acomodarse al otro extremo del vagón. quien no se molestó en castigar a Lunkface. como respuesta. su Tío. calmándole. Se levantó. se encogió y lo lanzó ligeramente hacia la izquierda. El trozo de chocolatina voló entonces en la dirección de Bimbo. de una patada. El tren entró en el túnel. Oblígale a cogerlo. Al fin. Héctor dio a Lunkface otro cigarrillo de guerra y éste se lo llevó a Bimbo. los muchachos se comportaban un tanto disparatadamente. como si estuviese vivo. Se lo acercó a la cara. frente a la ventanilla. cayó. Héctor le siguió. fingiendo que no había nadie más en el mundo. Se limpió con la mano. Hinton se puso muy serio porque ya no era cosa de broma y había llegado la hora del lío. El tren dio una sacudida y empezó a avanzar muy despacio. estaba preparado para convertirse en Otra Cosa. pero lanzándoselo a Lunkface. Luego. Los héroes. pueden ponerte una multa por ello. como si dijese a su superior inmediato. Te atizaré. y el tipo dejó de sonreír. mirando a Héctor. Éste soltó un grito. Lunkface se paró delante de uno. Después de todo. El Peque sonreía. Lunkface se plantó delante de Bimbo. que consistiría en sacar la cabeza por la ventanilla y el que se acercase más a la pared del túnel sería el ganador y el Hombre de más coraje. donde los ventiladores lo dispersaron. Miró a Héctor. les miró furioso a todos. tenía los labios perlados de sudor. entiendes. aunque tenían derecho a hacerlo. Hinton se volvió a Héctor. Hinton cogió el trozo de chocolatina rápidamente. Se volvió luego y se alejó hacia el otro extremo del vagón. Había que tener cuidado de cómo sonreía uno a Lunkface. Lunkface hurgó en la cinta del sombrero de Hinton y sacó el cigarrillo de guerra de éste. tiró. Lunkface comprendió que había hecho el ridículo. Pero Hinton lanzó de nuevo el trozo de chocolatina en la dirección de Lunkface. Un poco de hollín. y en consecuencia a todos los demás. Hinton había aprendido esto hacía mucho tiempo. aunque envidiaba sus aventuras. se volvió y empezó a regresar hacia ellos por el pasillo. El hedor del aislante quemado lo impregnaba todo. falló. Lunkface buscó en el bolsillo el pañuelo para limpiarse.—Esto es lo que se llama la circuncisión —dijo. obligándole a retroceder más. hombre. Héctor se ponía muy serio y grave. Hay que mantener limpia la ciudad. —¡Qué estás ensuciando la ciudad. mientras miraba a la Familia. Una vez hecho esto. Los demás pasajeros del vagón sonreían. Se levantó. Ganó Hinton. Todos rieron. Héctor comprendió que la cosa se había puesto seria y que tenía que hacer algo. hombre. sino también el que tenía más cojones. El asunto era ver hasta dónde podían llegar en lo de tomarle el pelo sin que se lanzara sobre ellos. Lunkface cerró los puños. y todos rompieron a reír de nuevo. —No lo cogerá —contestó Héctor. Es de Dewey. En circunstancias normales. hacia Dewey. Cuando el tren arrancó. hacer ver que juzgaba todo el asunto imparcialmente. y su pelo en caracolillo quedó raspado en las puntas y le quedó una mancha gris donde el pelo había rozado la pared del túnel. Se cerraron las puertas. dando la espalda a la Familia. Hinton se dio cuenta de que era por lo que había dicho sobre la insignia. —Por qué. Dewey se colocó junto a Hinton. y lo tiró tranquilamente al aire. y el Peque. porque el pelo rizado de Hinton era el que más cerca quedaba del cuero cabelludo. Algo de moco. El Peque puso gran cuidado en no tocar el trozo de chocolatina. pero con la punta hacia abajo. aplacando a aquel salvaje. Lunkface chupó una vez. Héctor partió otro trozo y lo tiró mirando en la dirección de Hinton. —Pero si es de Dewey. pero luego estiró el brazo y arrancó un trozo del tebeo del Peque. No hizo el menor caso del furioso grito del Peque. el trozo de chocolatina resbaló. que hizo torpes y frenéticos movimientos para intentar librarse de él. Quítalo de una vez dijo Lunkface. y que cada vez que Lunkface se volvía a mirarle. oh hermano mayor —dijo Hinton—. ¿iban a dejar que la Familia sirviese de espectáculo al Otro? El tren llegó a una estación y Lunkface se paró mientras la gente entraba y salía. Todos se echaron a reír. El trozo de chocolatina cayó en el tebeo del Peque y de allí se deslizó al suelo. y Lunkface se dio cuenta entonces de lo que le habían hecho. limpiándose con él la mancha invisible de los dedos. sacó su cigarrillo de guerra y lo sostuvo horizontal con ambas manos a unos ocho centímetros de los ojos de Bimbo. Lo rompió. se olvidó de Hinton. Hinton. es una falta. Luego. y toda la Familia caería sobre el infractor. Héctor volvió a ponerse delante de él. quien dejó de sonreír y se puso serio. Bimbo siguió allí sentado. se inclinó y miró el trozo de chocolatina. Ten cuidado. Lunkface dio media vuelta y cruzó los brazos sobre el pecho. —Polvo —dijo—. El vagón se estaba llenando. aunque la ofensa que le había hecho su hermano mayor era muy grave. sonrió. hombre! —dijo Dewey—. Mirad. Empezó a preocuparles un poco la posibilidad de tener que pasar otra vez por la operación autobús. buscó en el bolsillo de la chaqueta. Hinton recogió el trozo arrugado de tebeo que Lunkface había arrancado y lo alisó. y traía extraños olores y sonidos. y el trozo de chocolatina volvió a caer al suelo. que se fueran al carajo. gente admirable. contemplando la escena con el rabillo del ojo. le cogió del brazo y le habló al oído. Todos manifestaron en un murmullo su aprobación. Vieron cómo intentaba hablar con Lunkface. Lunkface —gritó luego. Tenía que ganar a la fuerza. hombre. contaminando. como si advirtiesen con quién tenían que tratar. El trozo de chocolatina pasó ante Dewey hacia Lunkface. pero no daría a Lunkface la satisfacción de otra expresión. se puso en jarras. abriendo tranquilamente la mano y dejando que cayera en ella. Propuso un juego para ver quién era el más Hombre del grupo. dándole palmadas en la espalda como si se tratase de un animal. no sólo el que tenía más corazón. Hinton y Dewey se volvieron. se encogió de hombros. El Peque seguía las aventuras de los héroes del tebeo. En cuanto se plantaron allí. Todos vieron que sonreía detrás de Lunkface. el motor vibrando bajo sus pies. cogió el trozo de chocolatina con el papel y se acercó a Lunkface. dos veces. volvió a empezar. menos Héctor. mirad —dijo. Héctor miró a Lunkface. porque era el tercero.

Pocas veces llegaban a un tiempo ambos trenes. procurando no tropezar con los raíles. .» Empezarían a ponerse nerviosos. Todo salía mal. mirando directamente a los ojos de Bimbo.. y supongo que entenderéis mis recelos. esperando inquietos que el tren arrancara. Héctor sacó una moneda. Se cerró la puerta. Y tú (a Lunkface). medio dentro medio fuera. dar vueltas por ahí. vigilando por el otro lado. Héctor hizo una señal. oficial. El poli.. porque. ¿dónde habéis estado?» «Por ahí. fue hasta la parte delantera del vagón y se situó allí. porque todos habían participado. porque era la Ley.» Ahora ya estarían alerta. Sólo seis chavales que hemos salido a dar una vuelta en una noche de calor. apoyados contra ese banco ahí fuera. en prueba de confianza y amistad. En cambio. Dewey se colocó al fondo del vagón. luego se detuvo y les miró por una de las ventanillas. Empezaron a cerrarse las puertas. Bimbo se levantó.» «¿De dónde sois? ¿Sois una banda?» «Nada de banda. Lunkface se encogió de hombros.. No vio nada. enfilaron en dirección sur hasta el final del andén. Los ojos de Bimbo no veían nada en absoluto. es que nos equivocamos de tren. que da palmaditas en la cabeza a los chicos. y Lunkface hizo lo propio en el centro. caballeros —diría el poli—. allí tumbados. apareció otro policía que corría en su dirección y que tenía el aspecto de un payasete gordo al que cualquiera de ellos podría liquidar. nadie.. ni siquiera el otro lado del andén. Salir. Como hay un enlace de cuatro líneas. y que yo pueda cachearos y. al final. pero su cara apareció bordeando la puerta. con las cosas terribles que se oyen en estos tiempos sobre la delincuencia juvenil. Dewey y el Peque salieron disparados hacia el extremo norte. tú pareces tener edad para estar en el ejército. Como había llegado primero el expreso esperaba al local.. pero el Peque percibió la fugaz presencia del enemigo y cometió un error. Aun así. Todos tenían los ojos casi cerrados. Bimbo se apartó los pantalones de la sudada entrepierna.. Había unas cuantas personas por allí. los pies bien atrás y las piernas abiertas. y luego subieron las escaleras y salieron a la calle. Hinton. Toda su atención se centraba en el poli. dando vueltas. hijito». vuestros carnets de identidad. es perfectamente normal. exigir la presencia de policías en el lugar.. de todas formas. aglomeración que suele producir peleas y.. montándose la historia. haciéndole a Hinton la señal de alarma. Héctor.. no hace más que decirnos que tenemos que salir del barrio. ya claramente receloso. «¿No sería mejor —diría el poli—. Hinton se levantó. amistoso y cordial. moviendo impaciente la cabeza para ver entre la gente que pasaba delante. pero no pudo evitar que le viese. en el andén. ¿verdad?» «Claro que no. ¿Dónde está tu tarjeta de reclutamiento?» «Pero si soy todavía un niño. ¿Cuántos habría? ¿Estarían buscando a todos los que habían participado en la Asamblea? ¿Sabrían lo de.» «Oh sí. así que siguió hasta el final de la plataforma. siguiendo a Héctor. La estación de la Calle 96 es punto de trasbordo. nuestro funcionario del Comité de la Juventud. En aquel momento llegó el tren de la línea local. «Sí. Aun así. jovencitos. pero. Algo ocurría. era demasiado pronto para que lo supieran. y desaparecieron. Hay dos andenes que flanquean cada línea. mirando al interior. por el otro extremo hay que bajar las escaleras primero. por debajo de los brazos de Lunkface. corriendo hacia el norte por la vía de dirección sur. ni la gente. Lunkface y Bimbo corrieron en la misma dirección. la cosa era grave. ¡Qué agradable sería haber llegado ya al enlace de Times Square con la línea de Coney Island.. Bimbo se lanzó al interior. y viceversa. se levantó y salió. mirando a la Familia con cara del poli de la esquina de las películas. Héctor y el Peque seguían sentados. señor. Si llega primero el tren local. oficial?» «¿Dónde vivís? Enseñadme vuestras tarjetas de delincuentes juveniles. iba a lamentarlo tanto como ellos. en realidad no habría sido mejor quitarse la insignia. Decidieron escapar: se volvieron y corrieron hacia la otra parte del andén. Resultaba demasiado fácil localizarles.. aún les observaba. Bimbo se apoyó en la puerta. Héctor se quitó el sombrero y se asomó. que leía su tebeo. seguía molestándole el pensar que estaba haciendo una estupidez.» «Bueno. señor. vigilando el otro lado de las vías y el andén que iba en dirección contraria por si los polis aparecían por allí. Héctor volvió a entrar. que ya eran las tres de la madrugada. «¿Quiénes sois vosotros?».. que era el más rápido.» «¿A qué escuela vais? ¿Cuál es vuestro territorio?» «¿Territorio? ¿Territorio? ¿Qué es eso. Apenas si le vieron. una mujer que llevaba bolsas de compra las había posado y se separaba el vestido de los pechos con una mano. iba el primero. recorrer luego el paso inferior y subir las escaleras hasta el otro lado. salimos sólo a ver mundo. cuatro. les siguió a toda prisa. Hinton.. con aire despreocupado. Que fuesen los polis quienes se acercasen a ellos e interrogarles. Todos salieron corriendo. no sería mejor hacerlo a mi modo.. Sabía que le observaban y empezó a preguntarse si. pero. 3:00-3:10 de la madrugada El tren llegó a la Calle 96. doblaron la esquina por la derecha. dice él. podéis confiar en mí.. Se juntan allí dos líneas: la local de la Calle 242 de Broadway y la del expreso de la Séptima Avenida. Volvió a la puerta y se asomó. tomó un chicle de la máquina y volvió a entrar en el vagón. ¿No sería mejor que os pusierais en la posición del golfo. Y se encontraban demasiado lejos de allí. Y Bimbo intentó convertir su mirada atenta en ojeada despreocupada. El Peque se rascaba el sudor seco. Eso no es malo. se acercó a la puerta y miró hacia el andén.? Quiero decir. con los brazos en jarras. Por la puerta abierta pasó un policía que observó a los seis. muchachos. Bimbo transmitió a Héctor la señal. no deseo herir vuestros sentimientos.. y les echó un rápido vistazo. Somos un club social. Allí estaba el poli. Hinton la transmitió maquinalmente a los demás. ¿de dónde venís?» «De dar unas vueltas por ahí. ¿por casualidad estáis relacionados con esa asamblea y ese lío que hubo hace unas horas?» Si habían pasado ya unas cuantas horas y los polis seguían buscando. cuatro vagones más allá. diría el policía. al fondo del vagón. pensaba la Familia. al ver la maniobra. en un punto desde donde podía ver los vagones de delante y el andén. a dar una vuelta. Héctor contempló medio dormido a su Familia. oficial. que estaba delante. «Decidme.» ¡El cuchillo! ¿Quién tiene el cuchillo? ¿Quién tiene ese maldito cuchillo? Este pensamiento cayó sobre ellos como un mazazo y una mirada frenética revoloteó de uno a otro. para poder controlar el interior y el exterior. vio que el poli entraba en el tren y dio la señal.5 de julio. veamos.» «¿Y qué podéis ver a las tres de la mañana? ¿El paisaje en metro? No. Todos se echaron a reír porque habían conseguido burlar a aquel estúpido poli. Se sentaron. Lunkface se acercó y sujetó la puerta para que no se cerrase. habrían encontrado el cadáver? ¿Habría hablado la chica? Bueno.. «Nadie. ampliar horizontes. Dewey cruzó las manos en el regazo como un buen escolar. cruzaron a la derecha por detrás de las columnas de hierro. Se abrieron las puertas. Wallie. Pero tal idea le fastidió y la rechazó.» «¿Cómo? ¿Tenéis un funcionario del Comité de la Juventud? ¿Y no sois una banda? Veamos. Lo que tenían que hacer era aguantar hasta que la cosa estallase o se calmase de nuevo. tres. que le observaba. oficial. no hacíamos nada. Pero de algún modo el poli debía haber dado la alarma. cinco cada vez. volviendo la cabeza con aire ausente. salvo el Peque. Héctor dio la señal. El calor se hacía más y más insoportable. El tren se detuvo y la gente empezó a pasar de un tren a otro.. al poli. durmiendo! A Dewey le molestaban las picaduras de los mosquitos... mientras se abanicaba con un astroso ejemplar atrasado del Daily News.» «Bueno. Corría demasiado rápido para coger la salida del paso inferior. mientras que por el lado sur no hay más que subir las escaleras para salir a la calle. El poli. El tren esperó. de ese ambiente. que estaba de espaldas unos dos vagones más allá. les anunció por deferencia del Chase-Manhattan Bank. Pero algo le hizo volverse. en consecuencia.. saltó a las vías y siguió por el túnel. las máquinas parecían desprender más calor de sus motores. agitando la porra que le colgaba de la muñeca. La Familia estaba agotada.. Siguió. Volvió al centro del vagón e intentó ver por las ventanillas del fondo si el poli aún seguía mirándole. haber hecho ya aquel largo trayecto y estar de nuevo en casa (aunque fuese La Cárcel). Miró andén abajo.. hubo una leve vacilación en su paso. colgado sobre el andén. por supuesto. con las manos a la espalda. bajaron corriendo las escaleras del paso inferior. para que no me podáis atacar. la estación siempre está llena de gente. lo comprendemos. quiero decir. El poli se perdió de vista. si lo había hecho. saltaron al andén del tren que iba en dirección norte. Un luminoso a cuatro colores y tridimensional. no puedo creeros. Un enlace inferior une los extremos norte de los andenes. Pero no podían saber todavía lo de la muerte de aquel cabrón. y a quien su comedia no engañaba en absoluto. se sentían demasiado cansados y demasiado incómodos para dormir sobre los pegajosos asientos de vinilo y gomaespuma. como si no hubiera nada interesante en el andén. espera al expreso.» «¿Por qué estáis tan lejos de casa?» «Pero oficial. Ahora ya todo era cuestión de soportar el viaje.. Héctor se volvió e intentó observar al poli por la sucia ventanilla. «Sólo estábamos echando un vistazo por ahí. mientras el burlado se alejaba en el tren. El poli vio la agitación que recorría al grupo. saltaron a las vías. ¿cómo iban a saber los polis quién había sido? ¡Las insignias! ¿Estarían buscando a la Familia? Quién podía saberlo. intentando mostrarse despreocupado y sin hacer ni un gesto que pudiese alertar a alguien. pero era peligroso. demasiado agotados para quejarse.. casi tropezando con la pared del pasillo.

Vio grandes costras de pintura colgando. Pasó ante una luz verde a toda velocidad. como Arnold. quedaría solo en aquella oscuridad. Oyó su jadeante respiración deformada por el eco del túnel. Lunkface. si los polis estaban esperándole al final del trayecto. y se inmovilizó tras una columna. yeso desmigajado. jugando a las cartas. y siguió corriendo durante otros cien metros antes de parar. ¿por qué delatarse? Y. Era una estupidez. Era infantil. apagándose lentamente. Había en él una gran mancha húmeda. Cuando llegara a casa le estarían esperando. No caían sobre su espalda. Siguió caminando. no en la estación de la Calle 96. Un estruendo inundó el túnel. Ellos nunca tenían miedo. hasta convertirse en rumor de agua corriente. sin ganas de seguir. tambaleándose y tropezando. y esto le dio la certeza de que algo pasaba. tan aislado. ¡Había racimos de ellos! El grito retumbó con el eco. Eso contaría en su favor. empezó a sentir la frialdad del aire en la piel. Pudo ver las luces de la estación de la Calle 96. Y si se quedaba solo. lo mismo que habían esperado más de una vez a su hermanastro Alonso. pensó Hinton. Dejó de correr. pero en seguida se quedó sin resuello. estarían fastidiándole y asediándole siempre. Esperó. ¡Pero podían ser vampiros! ¡chupadores de sangre! Alzó la vista.. Las luces de la estación de la Calle 96 quedaban muy lejos. La insignia estaba un poco ladeada e intentó ajustaría. gritándole. De pronto. oía perfectamente sus rumores. cayó sobre las palmas de las manos. ¿Quién lloraba allí? Se detuvo. Dewey. Se preguntó cómo serían las cosas si la gente tuviese la piel azul.. quizá nada más doblar la curva. No. en cambio. Cada poco se paraba a escuchar. más frecuente. Aún podía ver la estación allá al fondo. le habrían capturado ya. Cosas del Peque. poniendo las manos delante de la cara. salvo el constante canturreo. Se le ocurrió otra idea: ¿Y si no había seguido la misma dirección que habían seguido ellos en el tren? ¿Y si había cogido algún túnel que no acababa nunca o que se bifurcaba en varios? Se perdería irremisiblemente. Escuchó para ver si oía respirar a alguien. el firme estruendo no se intensificó. como los chillidos de millones de murciélagos. Sobre la mesa había unas cuantas latas de cerveza.. corría tan de prisa como podía. La curva era más larga de lo que parecía. festiva. se dijo. ¡No. Quizá fuese más fácil volver y entregarse sin más. Si llegaba un tren podía refugiarse allí.. algún tipo de gas venenoso secreto e imperceptible? Olía raro. le había caído un goterón de agua cenagosa. les zurrarían un rato y luego les tomarían nombres y direcciones. Jadeaba y le dolía el costado derecho. a él no le habían asustado todos aquellos cuentos de cadáveres y espectros en el cementerio. Jamás se había sentido tan solo. Limpió el sombrero. quizás incluso de lo del hombre al que habían matado. Casi deseó que le hubieran oído. lo habría oído. Llegó y pasó ante un cuarto de ventanas de cristal que había a la derecha. de nuevo. probablemente estuviese en la parte más fría de la ciudad. de vieja piel cubierta de sudor azul. pero se contuvo inmediatamente. Tonterías. eran todos hombres blancos. Pero rechazó la idea. Al parecer no oyeron nada. como al Peque. Al cabo de un rato vio que las vías se perdían relampagueando en una curva. Alguien podía oírle.. en realidad. Tuvo que decirse a sí mismo que su miedo era estúpido. y empezó a correr tras el tren. ¿Qué podía hacer. Héctor. Se estaba comportando como un crío. se levantó y siguió. ¡Murciélagos! Siempre había murciélagos en las cuevas y en los túneles. Pensó en cantar. estalactitas. Era como si aquel lugar estuviera hechizado. pero sólo se le ocurrieron ritmos quejumbrosos de un himno rockanrollero y le pareció infantil. se lanzó a la carrera. ¿Dónde? Desde luego. no se había asustado por aquello! Pero lo cierto era que debería haber llegado ya a la estación. ¿Debía esperar allí un rato y volver luego? ¿O debía seguir hasta la siguiente estación? La oscuridad le daba miedo. empezó a arañarle. cogería el tren y seguiría hasta el punto de trasbordo donde se reuniría con la Familia. Aún sudaba por la carrera. Soltó una carcajada. Los demás no le habían seguido. que debían haber ocupado ya la estación. haciendo un ruido. Bajo aquella luz. Siguió volviendo la cabeza para mirar la estación de la Calle 96. Se encogió. el traqueteo y el eco le envolvieron torturantes. y el estruendo. ¿Lucharían también en bandas? Quizás estuviesen concentrándose para caer sobre él y devorarle. Quizás hubiesen seguido sin darse cuenta de la dirección que había tomado él. salvo. pues no se volvieron a mirar.. por las ratas: ellas sí estaban allí. Se recordó de nuevo que era cuestión de conservar la calma y pensar en lo que debía hacer después: contactar con los demás.. por ejemplo. del lado de las vías que iban en dirección norte. sólo oyó su propia respiración. haciendo grandes inspiraciones para mantener el control. Pero se quedó allí un rato. Todo era cuestión de seguir.. No había sitio donde esconderse.. ¿Qué podía hacer? ¿Volver atrás? Eso sería entregarse en los brazos de los machacacabezas. Un miedo propio del Peque. sin aliento y alzó la vista. El goteo se hizo más sonoro. aunque no supiese el qué. Había nichos en forma de ataúd pintados de blanco a los lados. como los demás. El túnel se sumergía en una oscuridad aún peor. pensó. Le palpitaban las sienes y se le nublaban los ojos. Miró a su alrededor intentando localizar la causa. Pero si les habían capturado a todos.. Bimbo. El lugar parecía fresco y agradable. le aguardarían en algún sitio. En la Calle 42. Los gemidos se multiplicaban por todas partes. Pero si gritaba se delataría. chilló. estaba realmente solo. Sacudió la cabeza para apartar los temores y siguió caminando de prisa. Se detuvo una fracción de segundo. por si venían trenes. Sonrió. ¿Qué significaban las luces azules? Él sabía lo que significaban las rojas y las verdes y las amarillas. En el calcetín derecho tenía un agujero cada vez mayor y el zapato empezaba a rozarle el dedo. que le diesen un vaso de cerveza. sino como si toda la tierra vibrase. Vio gente allí sentada bajo las luces. Echó a correr. El tren iba por el otro lado. ¿Habría allí algún tipo de gas. se sentía lo bastante cansado para tumbarse. fue aproximándose a ella.5 de julio. AQUELLO sabría exactamente dónde estaba y caería rápidamente sobre él. veía las luces del túnel fragmentadas en agitados intervalos. no moverse nunca más. Todo retumbaba con firmeza. de cualquier modo. que se movía. Quizás el túnel se derrumbase. Todo parecía azul. sin ver apenas por dónde iba. Estaba solo. La idea hizo que le temblasen las rodillas. de que él se había escapado. Empezó a caminar. Peor porque ya no vería las luces de la estación. de las luces de los andenes. que vibraba como un racimo de chispas. pero eso era cuando quería algo de alguien. ¿Venía hacia él un tren? La sensación de soledad aumentó. Pasaba un tren por la vía de dirección norte. todas las luces habían desaparecido. pronto quedaría sin resuello. pero hacerlo no era propio de un hombre. Y gritó luego. El eco de aquella carcajada le estremeció. ¿Habría dado ya la vuelta y estaría andando en círculo? ¿Era eso posible? Corrió un trecho. Dos se reían. ¿Cuánto habría hasta la siguiente estación? No podía recordar cuánto había tardado en llegar aquel tren.. que le seguía acompasadamente. se detenía cuando él se paraba. La oscuridad se cerraba más y más a su alrededor mientras él seguía corriendo.. Tenía que ser un hombre duro. no podía estar seguro de nada. Tropezó. Decidió que el camino no podía ser muy largo. de que la estación tenía que estar cerca. ¿Le habrían visto los polis correr por el túnel? ¿Habrían avisado a la otra estación para que le estuvieran esperando? ¿No sería una estupidez seguir? Toda aquella caminata para caer en sus manos al final. jadeante. el corazón le latía cada vez más fuerte. Salvo por aquello. no creía haber corrido tanto. O quizá las ratas tuviesen un ejército allí dentro. Siguió avanzando. Había hombres vestidos con monos y sentados alrededor de una mesa. Entonces. temeroso. Aminoró la marcha. Llegó a su altura. Pasó una luz azul. Se detuvo. siguiendo las traviesas de la vía. Pero no cayeron sobre él. un terror por algo inexistente. con miedo a abandonar definitivamente las luces de la estación. Todo era cuestión de seguir hasta llegar a la estación. indeciso. 3:10-3:35 de la madrugada Hinton corría en dirección norte en la oscuridad. recordó orgulloso. Le dolían el tobillo y el dedo gordo del pie. claro está. Oyó un rumor de gemidos.. Sintió como si una gran multitud se hubiese detenido también con él. Acarició la insignia y el cigarrillo del sombrero y pensó: No. Conocía a aquellos polis: todos aparecían siempre cuando ya era demasiado tarde. se enterarían de todo el asunto. ¿Ratas? A eso estaba acostumbrado. No podía estar llegando un tren. donde tenían que hacer el trasbordo para coger el tren de Coney Island. la piel de sus manos adquirió un aspecto extraño. Y. como no ser personas. Había llegado ya tan lejos que hasta las luces laterales que iluminaban el túnel se fundían en una al fondo. Siguió caminando. pensaba Hinton. Hacía más frío. Poco a poco. Se le desprendió el tacón del zapato derecho al enganchárselo en una traviesa. . Aunque el lugar parecía agradable. Luego. luego ante una luz azul. Así que quizás él estuviese muerto y se hubiese vuelto azul. no había duda. Ya le había costado bastante poder entrar en la banda y convertirse en hermano e hijo. El frío aumentaba. No había nadie allí. Después de todo. ¿Cuánto faltaría para llegar? Aceleró la marcha. pero al menos allí hacía fresco y no era tan desagradable moverse. y sentía el aire más áspero en la cara. oyó un roce. Los ruidos eran más estridentes. Era una masa alegre. Al cabo de un rato. Procuró animarse imaginando cómo se asombrarían todos los hermanos cuando les contase: «Dejadme que os cuente dónde estuve y lo que hice». no había duda. Podía aparecer un tren y aplastarle. cojeando por el zapato y por la distancia extraña que había entre traviesa y traviesa. Se sentía solo en una oscuridad como jamás había visto. de la policía. Salió de nuevo y se situó entre los raíles para ver las luces que pasaban al otro lado de las columnas. procurando mantenerse cerca de las columnas del centro. siguió corriendo. Al cabo de un rato. Pero nadie se volvió a escucharle. El eco de las paredes multiplicaba el rumor de las pisadas. Ismael. se quedaría solo. y si hubiese aparecido por el suyo le habría matado antes de darle tiempo a asustarse. reprendiéndose a sí mismo. Se volvió y miró hacia atrás. Se quitó el sombrero. Pero el túnel parecía cada vez más oscuro. papá Héctor nunca permitiría esto. Continuó: continuaron con él. Esto le hizo gracia y se echó a reír. ¿cómo podía estar seguro de ellos? Se obligó a seguir caminando y dejó atrás la luz. estaban muy lejos. Apenas podía ver delante. Siguió caminando de nuevo. pero parecía demasiado desvaído para significar que se aproximaba un tren. ¿Dónde estaba el tercer raíl? Pero los polis le daban aún más miedo. No podía. Entonces. parar? ¿Esperar? ¿Dormir un poco? De cualquier modo. Cómo se reirían de él. Se volvió. El túnel seguía girando. Lanzó un grito. que era impropio de un hombre porque no era miedo a algo concreto. el Otro. haciendo extraños ruidos. Llevarían a la Familia a la comisaría. vio sus nucas. Algo le tocó en el sombrero. que le cogiesen. No renunciaría a aquello. bromeó consigo mismo. Siguió caminando. Sería como estar muerto. mientras saltaba rápidamente a uno de los nichos. a causa del zapato roto. se arrodilló sobre una traviesa. se movía continuamente al moverse él. Quizá creyeran que los polis le habían cazado. aquello fuese lo que fuera. Distinguió una lucecita a lo lejos. de conservar la calma. hasta que el mundo entero se llenó de un coro gemebundo. la cosa era seria. Tropezó. ¿Qué les habría pasado a los otros? ¿Dónde estarían? Esperó. Aquel era su territorio. tardó unos segundos en identificar el sonido. Podía quedarse allí quieto. y esperó a que AQUELLO cayera sobre él. Sí. ¿quién creía en aquella mierda religiosa? Su madre decía cosas evangélicas continuamente. ¿Y si se acercaba en aquel momento un tren y no podía oírlo por impedírselo la pared del túnel? ¿Se atrevería a seguir? Dio media vuelta. Además. sino el miedo de un niño. Si le seguían. le llamarían traidor y le expulsarían de la banda. incapaz de moverse. Siempre había ratas donde él vivía. procurando recuperar el aliento. Luego. Canturrearon los raíles. Eso lo sabía todo el mundo. Se preguntó qué les habría pasado a los otros. Tras él parecía caminar mucha gente o algo con muchos pies. No era como si algo se acercase a él. se desplegó lentamente mientras él avanzaba.. Si estaban libres. Fueron acumulándose pequeños sonidos que se transformaron en un murmullo constante. dormir. ya apenas eran visibles. Pronto llegaría a aquella estación. Se burlarían de él. ¿Qué era entonces? Algo goteaba. el tren desapareció. Escuchó. allí había algo. Se levantó y siguió. Silencio. huyendo de la estación.

Ahora todo era ya cuestión de llegar a la estación de Times Square y trasbordar al tren que iba a Coney Island. Ya sé que estáis ahí. como un ser débil. De pronto empezó a gritar. Cogió el sombrero. escrito en su cara. o hubiese estado. Se retrepó en el asiento. El zapato aún se sostenía por la estrecha tira de cuero y tenía que mantener los dedos encogidos al andar para que no se le saliera. cosa que jamás se había permitido ser. Allí encontraría a la Familia. sin atreverse a dormir por miedo a pasarse de estación. en el cristal de una ventanilla. se caga en los Dominadores desde el padre y la madre hasta el último hijo y todos los hermanos». en la misma dirección. porque. Sólo la oscuridad. pesaroso. borró con la manga lo que había escrito y sacó el Lápiz Mágico para escribir.. fuera de sí. lo arregló. pero esperaría. No había nadie allí. inundando el túnel con una risa gemebunda al mismo tiempo. y el cigarrillo estaba parcialmente roto. Pero AQUELLO no renunciaba tan fácilmente. con esto quería demostrar que no había sitio en aquella ciudad. sin vacilaciones. subió la escalerilla del extremo del andén y al fin. o aquel hijoputa de Norbert. Se quitó el sombrero. para siempre. esta vez. Y aquel rumor le delataba ante el mundo como un cobarde. de lo contrario sólo se conseguía hacer el ridículo. Si habían escapado. caminar por aquella oscuridad solo. y ya pudo seguir. recompuso el estrujado cigarrillo de guerra. Jamás. y ahogar los gemidos desde el principio. Sólo oyó rumores y susurros. Ser como Lunkface era lo mejor del mundo. No se sentó. Le había pasado algo que no comprendía. se vio en la estación de la Calle 110. de yeso. volvió a colocarla en el sombrero. lo pisoteó. un quejica. aquél era el lugar para encontrarse. y formaba parte de ella.. Salid. riéndose. Hinton se sentó. Estaba manchado de agua sucia. a la mierda. junto con la insignia. No había modo de superarlo. . le confortó. Contuvo el aliento y escuchó. Pero lo que acababa de hacer le aterró de pronto. Aminoró la marcha y avanzó con más cautela. ya está bien. llenas de salpicaduras como de tiza. Sólo vio unas cuantas pulgas de agua muy grandes que entraban y salían de los círculos de luz. Nada en absoluto. corrió a la pared y escribió con el dedo en la costra de polvo: «Hinton D.. se dijo. La respuesta no le tranquilizó. habiéndose desprendido tabaco por la cinta.resbaló. Por supuesto: Lunkface lo habría recorrido sin ningún problema... No sabía qué. en cuanto recuperara el aliento. Bajo la clara luz del tren. probándole como le habían probado al entrar en la banda? Esto le hizo detenerse.. Se sentía cada vez más furioso. Estaba bromeando. espiándole. —Que se vayan a la mierda. Al cabo de un rato llegó el tren que iba en dirección sur y lo cogió. en su ropa. también? ¿No había liquidado a aquel tipo? ¿Y por qué un hombre como él se convertía tan fácilmente en un niño? ¿No había aprendido hacía ya mucho que si uno lloraba los demás se reían de él. Se alegraba de que nadie le hubiese visto. empezaría a reírse a carcajadas de sí mismo por la clase de Dominador que no había sido. El talón del calcetín derecho había desaparecido con el roce y tenía en carne viva el tobillo. había estado tan solo. se levantó y siguió corriendo como antes. Estaba seguro. ni siquiera aquel túnel. mirando para ver si había polis en el andén o si alguien podía localizarle. dobló otra curva y allí estaba la estación. Haría eso y sólo eso porque ya llevaba días y días sin estar en un sitio tranquilo. Gritó: —Bueno.. Se preguntó si Lunkface sería lo bastante hombre para recorrer aquel túnel oscuro como él. Al cabo de un rato. y cuando las pocas personas que había no miraban hacia allí. por lo que aquella Familia le estaba haciendo.. se arrancó el sombrero y lo tiró. Y aunque los demás no pudiesen verlo. Observó atentamente. para que todo el mundo supiese lo que él era. pero tenía la sensación de que aquello estaba allí. Y pensó. porque le aislaba terriblemente. incómodo. ¿Qué habría hecho papá Arnold? ¿Qué habría hecho Héctor? Él era un hombre. Se volvió y miró atrás. su Familia. Se preguntó cuántos de los otros habrían sido capaces de hacer lo que él había hecho. ¡Un hombre! ¿No había peleado y aguantado? ¿No se había emborrachado? ¿No había conservado el temple? ¿No había robado sin que le cogiesen? ¿No se había tirado a aquella zorra. limpió la insignia. Se acurrucarría allí. vio que sus ropas estaban manchadas de agua sucia. burlón. Se prometía que. Aquello le convertía en un niño pequeño. Se sentía nervioso y un poco avergonzado de sí mismo. en toda su vida. ¿Y si los otros también hubiesen escapado y estuviesen detrás suyo. el nombre de su Familia. era como si de algún modo la Familia supiese lo que había hecho y eso significaba que quedaba fuera. a la mierda —murmuró. paso a paso. cayó. se metería en un nicho y esperaría. incluso tu propia madre. La insignia no brillaba. metería la cabeza entre las rodillas y esperaría a que llegasen los polis o su Familia o AQUELLO y le cogiesen. vale. Este acto le tranquilizó. donde no estuviese. el novio de su madre? Lo mejor en este mundo era secar las lágrimas antes de que brotaran de los ojos. Pero el rumor de gemidos y llantos le siguió. Recordó lo que Lunkface le había hecho. Tenía la palma de una mano rozada y ensangrentada.

Dewey apretaba los labios como si fuese a silbar. Pudieron ver al policía correr tras ellos jadeante. que te abre en el cuerpo un agujero como un melón. pero en vez de eso le dijo que siquiera leyendo su literatura mientras él intentaba decidir. que él era un patriota. de los trideños montañeses. La siguiente parada fue la 116. —Pero hombre. sin duda. Eso les hacía hombres. al punto en que los guerreros griegos. cosas así.. Si los otros no llegaban sólo podría significar que los machacacabezas habían conseguido cogerles y. El Peque alzó la vista y vio que la estación era la de la Calle 137. un rato. os zurraremos. 3:10-3:35 de la madrugada Dewey y el Peque escaparon del policía bajando a saltos las escaleras. Recordadlo. El Peque estaba desorientado. Sabían que habían pasado aquella estación a la ida. en haber matado a aquel hombre. Si nos atacáis. ¿Lanzas? ¡Pero hombre! —y se volvió. El asunto era no hacer nada durante un rato. En realidad. entre otras cosas. ¿Y si les hubiesen localizado? Dewey dijo al fin que si lo hacían y no pasaba nada. hombres en peligro. y además. El Peque se imaginaba tirando su lanza contra los polis enemigos.. hombre. Se sentían algo mejor después de haber decidido no quitarse las insignias. Sin embargo. con su relampagueante yelmo dorado y su penacho ondeando al viento. encontraba manchas de polvo que limpiar en la ropa o arrugas que estirar. ¿Dónde estarían los demás? Probablemente en uno de los otros vagones. El dibujante era bueno. Por el otro lado de las vías. Oían a Héctor. Aparecería Héctor. en la línea que iba hacia el sur. que corría andén abajo parapetado tras un escudo con el sello de la ciudad de Nueva York.. no se atrevían siquiera a mirar el cartel de destino. Bimbo y Lunkface correr tras ellos. El Peque tenía catorce años. Los héroes griegos escalaban montañas desde cuyas cumbres les atacaban sus enemigos. pero no podía dejar de moverlos. Se sentían seguros y el Peque se pudo concentrar de nuevo. y el rojo de la sangre destacaba con toda claridad. Dewey en realidad tenía dieciséis. Era como aquellos griegos y sus absurdos yelmos con penacho de crin de caballo. pero sin emitir ningún sonido. sobre un puente. El Peque preguntó si no sería prudente sacar del sombrero los cigarrillos de guerra y las insignias. era el hermano mayor. contra un poli de uniforme azul y casco de acero. El Peque se preguntó si aquella ruta les llevaría al sur de la ciudad. pero descubrieron que estaban solos. buscando a los otros. Yo sólo hablaba por hablar. sentado. Había un tren esperando en las vías locales dirección norte. que defendían su honra y su reputación y que esa reputación consistía. los grandes pies planos y negros de los machacacabezas acercándose a él. no podía pasar del dibujo que mostraba a un guerrero griego tricolor con la lanza enarbolada.5 de julio. Era milagroso que no les hubiesen visto. Y entonces el héroe decía: está bien. Llegaron a la Calle 101. pero éstos no aceptaban negociar. Procuraba mantener los brazos cruzados como en la escuela. El Peque cabeceó. hemos venido en son de paz y queremos pasar en paz. Salieron y fueron de vagón en vagón. había salido el tren. intentaba parlamentar con el jefe de los salvajes. Permanecía quieto allí. sentados. Éstos tenían montones de piedras metidas en redes y troncos listos para echar a rodar lomas abajo después de haberles prendido fuego. medio encogidos para evitar que les viesen y sin volverse a mirar. frío y templado. ¿qué me dices? ¿Lanzas? ¿Quién usa lanzas? Lo mío es el Hombre Atómico. porque nosotros deseábamos paz. se puso a leer el tebeo con el Peque. y eso significaba que si le cogían no podía pasarle gran cosa. que era la BMT. . razonó Dewey. no veía nada. Continuaron allí. y la culpa será vuestra. por el rabillo del ojo. El Peque sacó el tebeo y se puso a leerlo. No sabían adonde iban. seguía esperando ver.. la Calle 103. Las puertas se cerraron. carente de afiliaciones importantes. a por ellos. hundían las puntas de sus lanzas en las tripas del enemigo. El jefe de los griegos. Aquellas insignias eran el distintivo de la Familia. pasando de las escaleras al andén. Dio un codazo a Dewey y le preguntó si sería el momento de dejar aquel tren. realmente. Así pues. continuaban su marcha bajo las lluvias y las nieves. seguiremos nuestra ruta. Dewey pensó que lo mejor sería seguir viaje un rato y luego dar la vuelta. Saltaron Unas cuantas escaleras y se desviaron de nuevo a la derecha. y el Peque tuvo ya la certeza de que iban en una dirección equivocada. porque el tono plateado de las espadas casi relumbraba. Se sentaron e intentaron determinar qué podían hacer. El tren llegó a la siguiente estación. pero Dewey soltó un bufido y le miró burlón tras sus gruesas gafas de montura de concha. que de acuerdo. y tenían que aguantar o caer con sus insignias. seguirían hasta casa. ésa era la prueba de que formaban parte de. ¡Qué maravilla si la Familia llevase yelmos como aquéllos! En fin. apartando la vista de él. Pero la tercera parada era la Calle 125. debían seguir con sus insignias. y si tenemos que zurraros. y debería haberle aconsejado. a un ritmo lento y torpe. eso es cosa de críos —dijo Dewey. Después de todo. pero sabían que su situación podía ser desesperada. mostrándole el tebeo a Dewey. pasaban montañas. Aquello demostraba que eran hombres. Seguirían un rato en dirección sur y encontrarían a los otros en el sitio donde se toma el tren de Coney Island.. veréis lo que es bueno. Él lo sabía. el Peque dijo que sí. Quitárselas era ser como cualquier estúpido esclavo sin coraje. —¿Qué es lo que saben? —preguntó Dewey—. Esperarían allí un rato. musculosos y de potente pecho.. recuerda lo que le pasó a Hinton cuando lo propuso. ¿Habrían cogido los polis a los demás?. de que todos eran uno. Entraron y se sentaron lejos de las puertas. que le arranca los brazos a un tipo con rayos cósmicos. Siguieron la historia. Dewey no era de gran ayuda. —Pero hombre. Había olvidado lo leído hasta entonces y volvió atrás. dispuesto a clavarla en el cuello de un enemigo vestido con pieles. sabían que lo que tenían que hacer era trasbordar en Times Square a la línea de Coney Island. ¿qué saben ellos? —Nada —dijo el Peque—. El Peque trató de interesar a Dewey en el libro. Se desviaron a la izquierda por un corto paso inferior que apestaba a orines. de espaldas a la ventanilla. y que él sólo lo había dicho por decirlo. en tal caso. Los héroes cruzaban desiertos. Dewey pareció vacilar y al fin no dijo nada. le explicó al Peque. aunque como no tenía nada mejor que hacer. todo le picaba. pero aquélla era una estación descubierta. Arrancó el tren. O el Hombre Cohete. soplando. pero además. intentando aparentar que llevaba horas haciéndolo. No podían decidirlo ellos. ¿qué podían probar en realidad? ¿Qué? Ninguno de ellos llevaba encima el cuchillo. —Mira esto —dijo el Peque. Se sentían confusos y desorientados. Se abrían paso luchando metro a metro. En fin. asintiendo. incapaz de correr riesgos.

Llevaba el gorro de enfermera sujeto con un imperdible al pelo rubio o blanco (no podían diferenciarlo) y caído sobre la frente. Somos una familia. —Héctor. no hay por qué exhibirse. tres hombres que ya no poseían ningún poder especial. Lunkface se adelantó. recordaba que era muy tarde. No es que estuviese borracha. Quizás anduviesen tras ellos. Eso era porque no tenía una mujer fija. yo soy un hombre. No había pensado que lo afectase tanto. pero ésa no es la forma de hacer las cosas —le dijo a Lunkface—. Pero. Subieron las escaleras.. cada vez que se disponía a levantarse. y una estúpida sonrisa deformaba sus mejillas. No le gustaba nada aquel asunto. ¿para qué meterse con aquella vieja. él no tenía la clase de ingenio que hacía falla para eso. Miró alrededor. aquel poder especial.. hacia el río Hudson. antes de darse cuenta. más allá del parque. El parque parecía desierto. Héctor dijo que seguirían caminando en dirección sur. Quiero decir. 3:10-3:35 de la madrugada Héctor y Lunkface saltaron las barras giratorias. Bajo la luz de la farola del parque pudieron ver que cabeceaba y que tenía los ojos cerrados. alzándose al otro lado del agua. Moviendo levemente la cabeza. en realidad. flacos casi. más se enfurecería Lunkface. La brisa que subía del río quedaba bloqueada por arbustos y matorrales. aplicando parecido retintín a la palabra Padre—. en trasladarse a otro banco al que llegase la brisa fresca del río. —Pues ya ves. No era capaz de ser tan listo como Héctor o Arnold. y olía a pescado. no. —Pero hombre. instrucciones y avisos. Sus piernas no funcionaban bien. las floridas luces brotaban de su imaginación. Bimbo miró a uno y luego al otro para ver quién había ganado.. se preocuparían por ella. y eran casi como tres carcas. —¿Pero es que nunca tendrás bastante? Calma. con lo que el lugar resultaba caluroso. —Creí que habías jurado. Y están vigilando por todas partes. De vez en cuando. una furia que podía desatarse en cualquier momento. nadie podía estar seguro: quizás hubiese realmente una orden de busca y captura. Lunkface estaba almacenando furia. Tenía las piernas estiradas y las abría y cerraba como en una constante ondulación. amigo. hombre. Ni era aquél el momento ni el lugar de hacerse con la paternidad. No es la primera vez que me enganchan. —Te comprendo. hijo? —y Héctor dijo hijo con un retintín especial. el glorioso Cuatro de Julio. desnudos. Bimbo se arrodilló delante de Héctor. porque si no. para no llamar la atención de los polis. Un chico muy guapo —y sacudió la cabeza. enfundados en unas medias blancas. —¿Quién da las órdenes aquí? ¿No es el Padre quien más sabe? Esta alusión no afectó lo más mínimo a Lunkface. —Ya hablaremos más tarde de esto. no se veía a nadie por parte alguna. Héctor sacó el cigarrillo de la cinta del sombrero de Bimbo y lo guardó en la pitillera roja. Había nombres grabados en todos los bancos: nombres de bandas.. Se limitó a esperar. En conjunto había sido un magnífico Cuatro de Julio. Quizá fuese su paga de la semana. se sentía incómodo en sus ceñidos pantalones. —Llámame padre.5 de julio. Se plantaron delante de ella. —Esta tía vieja debería estar en casa.. Dejaron de correr. algo así como. Te entiendo perfectamente. Lo arreglaremos más tarde. dos y tres a la vez. se fragmentaron en el cielo cohetes defectuosos. eso es lo que hago. Era porque se mantenía más erguido que los otros. A Lunkface bastaba enseñarle un poco para que perdiera el control. —Calma. Héctor se volvió y saltó una valla baja de hierro que corría a lo largo de la yerba. tengo que hacerlo ahora. aunque no sabían dónde estaban ni adonde iban. Bimbo siguió a Héctor. subían y bajaban coches por la autopista del Westside. un ancho y tembloroso sendero de luces flotantes. ¿Qué quieres decir con eso de calma? Soy como el hielo. giraron a la derecha y corrieron cuesta abajo. disparatadas y deformes a través de aquellos cristales. Héctor dijo que sería una estupidez. Hombres. tardísimo. ¿entiendes? Saben todo lo de esta noche. porque sólo había bebido unos tragos en el hospital. Padre —contestó Lunkface. Los otros le siguieron. no hacía más que observarle y sonreír. ¿Crees que voy a llevar la insignia para que los ejércitos de este territorio se nos echen encima? No. Si está aquí es que está pidiéndolo. distanciados. Era una mujer grande. Era inútil razonar y explicar que el que les persiguiesen no tenía nada que ver con las insignias. seguirían y se reunirían con los otros. Pero. que dio un codazo a Héctor. hombre. ya puedes venir y echarme el guante. Delante. tú eres un hombre. Muchachos. hombre —dijo Bimbo—. dormitando y despertando. hombre. nos quitaremos las insignias —sentenció. Yo te conozco y tú me conoces. Y recordó. pero se encogió de hombros. Cada poco había un banco bajo una farola. de nuevo. ¿Crees que vas a convencerme con tu palabrería? —dijo Lunkface—. ni con la asamblea y el subsiguiente alboroto.. Su banco estaba protegido del río por matorrales. Héctor se dio cuenta de que cuanto más hablase. dejando suelta la muñeca. Jóvenes. Estaban en una pequeña elevación. con lo cual Héctor se dio cuenta de que tenía que procurar que pareciese como si él hubiese dado la orden. habría significado una lucha. cogerían el tren más allá. La mujer abrió los ojos y vio confusamente a los tres de pie ante ella. sonreía sin cesar. que intentaba mostrarse distanciado y despectivo. volver a casa. grandes y lisas. Lunkface se quitó el pañuelo de la cabeza. que era muy guapo. soñolienta. Volvieron adonde estaba Lunkface. Héctor movió la cabeza. A la izquierda se alineaban sobre ellos los edificios de apartamentos. Se levantó y sacudió la mano arriba y abajo. vamos.. Había visto explotar en el cielo grandes haces de fuego. señalándola. donde una mujer pudiese tomar el fresco y dejar que la brisa juguetease a su alrededor. ¿Crees que tengo ganas de verme en sus manos? ¿Padre dices? Estoy cansado de que me lleven de un lado para otro. ¿oyes? —No pretendo desafiarte. el gran libro de bolsillo era demasiado pesado. Estaba un poco borracha y medio dormida. ni con el tipo al que habían liquidado. quitármelo. —Calma. le costaba un trabajo excesivo hacerlo. Cruzaron la calle y llegaron a un parque. Es muy fácil decirlo para ti. el seguro y sano Cuatro de Julio. Tú tienes una mujer y puedes hacerlo cuando quieres. apenas nada. Al otro lado de la autopista podían ver el Río Hudson. Nadie les seguía. No pareció advertirlo. Había bebido muy poco. calma. Luego. Bimbo parecía un poco incómodo. se movió. hombre. el beodo Cuatro de Julio. donde trabajaba como enfermera. tú. —Soy un hombre de temple... me lo quito. que tenía años suficientes para ser su madre? —Yo no puedo aguantarme. con el pelo rubio y los rizos asomándole bajo el sombrero. Y luego. Cuchichearon. calma —remedó Lunkface—. un grupo de guerra. —No tenemos tiempo para conferenciar. Le habían resbalado las gafas por la chata nariz. —Pero no puedes hacerlo. Si se hubiese hecho él con el control. Después de cruzar la calle. Bimbo. —¿Crees que voy a andar por ahí exhibiéndome para que me cacen? ¿Crees que voy a andar por ahí diciendo eh. pero mira. hombre. donde no hubiese matorrales ni arbustos que bloqueasen la vista. Lo saben. si no les había cogido la poli. al aceite de las barcazas y a la basura del océano. Sólo Héctor estaba serio. en Times Square. No podremos andar ni diez minutos sin que los polis nos localicen y nos sigan. Bimbo volvió la vista hacia Lunkface. en aquel banco del parque. —Vamos. Habían perdido la identidad. —Vamos. lárgate. pero Lunkface no.. tallos de llamas esparcidas. agachándose y metiéndose por bajo de ellas. Si quieres largarte. Además. por encima de las gafas. —De acuerdo. por otra parte. y lo que quiero es volver a nuestro territorio. Le gustó su apostura. Sólo que el del medio parecía tener la cara iluminada. Como era el camino más fácil de seguir.. Pero yo voy a hacerlo y se acabó. desde luego —dijo Lunkface. Vio. Pasaron ante signos escritos con tiza que indicaban de quién era aquel territorio. que era el Cuatro de Julio. Hay otras formas de decidirlo. Héctor quiso saber qué era que Lunkface se proponía. hombre. —Eres muy guapo —le dijo a Héctor—. —Fuera la insignia —le dijo a Bimbo. Lunkface se puso tenso. El primero en verla fue Bimbo.. pero desde allí podía verse el cielo. Entraron todos en el parque y siguieron en dirección sur. nombres de miembros de bandas. aquello no habría pasado si él fuese el Padre. Bimbo pasó después. cerrando los ojos. la falda apenas le cubría la mitad de los muslos. pero no había nadie sentado en ellos. ¿Te parece que hemos tenido pocos problemas? Calma. tres esclavos. pero no se detuvieron a leer. más oscuros. calma —replicó Héctor. Lunkface se agachó y miró por debajo de la falda. hojas ardientes que brotaban del cielo. Bimbo giró hacia atrás para ver si les seguía aquel poli. No quiero que me localicen —dijo Lunkface a Héctor. se desviarían siguiendo la dirección en la que habían venido. Ella estaba sentada como media manzana delante de ellos. quizá fuese la pequeña botella de whisky medicinal. la sensación de unidad. . ¿Es que no sabe que los parques no son seguros después de oscurecer? —Está pidiéndolo y lo va a conseguir. pensaba Bimbo. Héctor le quitó la insignia y se quitó luego su propio sombrero y desprendió de él la estrella de tres puntas de Mercedes-Benz. Nos puede costar muy caro. Vamos como un ejército. Vale. Caminó unos pasos y se volvió.. y el terraplén salpicado de luces. se sentía ridículo porque era el único. No hablaban. y los palenques. Rió entre dientes. se había visto allí sentada. No sabía muy bien si había realmente algo allí o si. sacó su propio cigarrillo y también lo guardó. Tenía la cara crispada por la cólera. como tres individuos que casualmente se conociesen y fuesen vestidos igual.. para despejarse un poco. el banco rechinó. Vieron que tenía gruesas pantorrillas. y que debía irse ya a casa. y una lucha habría atraído a los polis. conociendo a Lunkface. sólo porque ésa era la dirección que había tomado Héctor. ya —dijo Lunkface. esperando.. Bimbo miró a uno y a otro. Lunkface lamentaba un poco lo que había provocado.. Cabeceaba en el banco. tranquilo. hijo —le dijo Héctor. —Quizá tengas razón. debido a que llevaba sus gafas para leer con montura de plata. ¿entendido. junto al río. Sonaron cansinas tracas. tiró el cigarrillo guerra. poli. Pensó. porque si no perdería su posición de autoridad. Por supuesto. dobló el pañuelo alrededor de la insignia y lo guardó en el bolsillo.. pero que los tobillos eran estrechos. hijo. como si se estuviese contando a sí misma un chiste muy gracioso. y salieron a la Calle 93 esquina Broadway. florecientes frutos de fuego. Las guardó en el bolsillo. que se encogió de hombros y se giró. Se sentían todos incómodos. hombre. aquí está Lunkface? Hale.

cosa que enfureció a Héctor. El otro era grande y fuerte. una jerarquía que iba del Padre al último hijo? Furioso. Bimbo hizo de nuevo señas a Héctor. Ella abrió los ojos y miró al muchacho guapo del centro. lanzando un viaje a Bimbo. e intentaban hacer algo. Lunkface se había colocado detrás de ella. —Bueno —dijo—: la Familia que jode unida. —¡Deja en paz el bolso. Aquella vieja zorra. Bimbo estaba al otro lado. ladroncete! —gritó. Tenían la piel más oscura. sabiendo que los otros se acercaban se había vuelto hacia ella y se había quedado quieto. Grandes oleadas de calor brotaban del cuerpo de ella. y ella se reía. pensó que quién era Lunkface para indicarle a él que le dejase vía libre. Lunkface le puso una mano en el muslo. En cuanto estuviesen un poco apartados. pero ni siquiera se daban cuenta de que estaban sonriendo.. tambaleándose un poco pero en seguida se estabilizó. aplastándose contra la mejilla de Héctor. Al levantarse. Lunkface deslizó el otro brazo. Lunkface no retiró la mano. El olor a alcohol del aliento de la mujer le molestaba. negro —le dijo a Lunkface. se los bajó de un sorprendente tirón. señora? ¿Necesita usted ayuda? —preguntó Lunkface. procurando adoptar el mismo tono suave de Héctor. se dejó caer suavemente sobre la mullida yerba y. haciendo deslizar la correa a lo largo del brazo de ella. —Apuesto a que no hay chica que se te resista. Ella se dio cuenta. Bimbo y Lunkface se separaron y se acercaron a ella por dos ángulos distintos y por detrás. Héctor estaba sentado junto a ellos con las piernas cruzadas. sin mirarle: —Quita esa mano. porque había demasiadas luces brillando alrededor. Ella rodeó a Héctor con un trazo y apretándolo contra su cuerpo le dijo: —Tengo dos sobrinos. tirando casi a Lunkface. Lunkface estaba decidido a ser el primero. la ropa no. de cerca. sobre los pantalones. Ella dijo que claro. anonadado. que olían a talco. intentando ver por el escote del uniforme. También tenía el pene fuera. con una leve risilla: —No me rompáis la ropa. los tres al unísono. de costado. mientras ella le acariciaba el pecho y empezaba a decir cosas como que no estaba bien tener relaciones con aquellas jovencitas. pero no lograban conectar bien. Con la otra mano le mantenía pegado a ella y le acariciaba la espalda de arriba abajo. Él era norteamericano. Pero ella le apretó contra sí. queridos. golpeó a Lunkface en un costado y le derribó. y sabía que iba a hacerlo con los tres. ¿es que no había un orden natural en aquellos casos. Tras lo cual se incorporó. vieron que era una mujer enorme. y le restregó contra ella. La oscuridad no era completa allí. —¿Se siente bien. era incontrolable. Luego empezó a lanzar el cuerpo de Héctor contra el de ella. ven conmigo a un sitio donde podamos estar solos y puedas explicarme tus aventuras con las chicas. diciéndole cuán lindo era. ni se enteraba. aunque su excitación era tan fuerte que tenía unas ganas tremendas de hacerlo. con la cara crispada en una mueca de lujuria. y que luego. La mujer. aparte del olor a alcohol de su aliento. con la cara a unos centímetros de la de Lunkface y la enfermera. contra el vientre. Bimbo estaba inclinado sobre ella. Se apoyaba en Héctor.. arriba y abajo. que en realidad no la deseaba en absoluto. Llegaron a un claro. y Lunkface joderla. sino que pasó a deslizaría por la parte interior del muslo. Ya estaban a punto de conectar. y dijo: —Quita esa mano. Ella seguía murmurando palabras cariñosas a Héctor. intentaba librarse de la ropa interior para que el chico pudiera hacerlo. que se quedó allí sentado. decidido ya. apretándole contra sí cada vez más fuerte. mientras él intentaba soltarse. se veía que era aún más vieja de lo que habían supuesto. una voz muy suave —dijo ella. Y ella estaba medio furiosa y medio complacida. ¿qué clase de mujer crees que soy? Bimbo sonreía detrás de ella. pues la necesidad de sexo se había mezclado con la borrachera. nunca las asustaba. puso las manos en un hombro de Héctor e intentó apartarle. se lanzó a por ella. tenía enganchado el bolso a aquella muñeca y le daba con él en la espalda al subir y bajar la mano. y él se dio cuenta de que estaba empalmado y se sintió incómodo con aquellos pantalones tan prietos. ya le enseñarían lo que era un negro.. sacudió la mano rápidamente y se volvió hacia Bimbo. soltándole de un tirón los botones del uniforme. Ella sintió el tirón y se separó bruscamente de Héctor. Héctor le brindó su sonrisa breve y rápida. que se vio alzado con ella. rasgando la parte en que estaba el corchete que los sujetaba. y la otra. La sujetaban. Debes volverlas locas. con cara de negro. con sus grandes y poderosas piernas abiertas. Nada podía detenerle. y el pene en la mano... en los edificios del cerro. Bimbo rió entre dientes. aquellas cosas francesas tan sucias. Lunkface hizo señas a Héctor de que siguiese adelante. tropezando en el terreno irregular. rodeándola por la cintura con el propósito de tocarle por debajo un pecho. sólo el poder taladrarla era capaz de calmarle. ¿eh? Un chico tan guapo como tú. Tenía la cabeza apoyada en una mano y alargó la otra para quitárselo. desde la nuca hasta el trasero. con una expresión casi vesánica. Empezaba a sentirse también un poco excitado. como si fuese un niñito.. a su derecha. Sabía que cuando Lunkface se ponía así. haciéndole caer otra vez sobre la yerba. aún sin soltarle: —Vamos. aunque quisiese. muy templado. Bimbo estaba tumbado. dejó que los muchachos la empujasen. Pensó que quizás ella llevase dinero o alcohol en el bolsillo. ninguna lealtad. Cuando intentaba . rozándole. abrazándole por el cuello. permanece unida. de piel muy oscura. ninguna jerarquía. Le arrastró unos pasos por el camino y luego por la yerba. casi borracho de excitación. el cuerpo de la mujer era cálido. —Y tienes una voz muy bonita también. y empezó a intentar soltarse para hacerlo. mirándoles. en realidad también se sentía embriagada por la lujuria. hasta cruzar entre los arbustos y llegar a otra parte del prado. Pero el movimiento de la mujer había desplazado un poco a Héctor. Para no arriesgarse otra vez a quedar mal. fingió que le gustaba la mujer. mirando a todas partes para cerciorarse de que no había más gente en el parque. durante un segundo. Con la otra mano le acariciaba el brazo. apretándole las nalgas hasta hacerle casi daño. porque era una mujer muy fuerte y su mano le cubría todo el culo. lo abrió. se lo palpaba a través de la chaqueta. Palmeó el banco a su lado y le indicó que se sentase junto a ella. y seguía siendo un hombre pese a todo? Héctor le dijo que era un hombre. Se sentó a su lado. y él no podía liberarse para hacer algo por su cuenta. emanaba un calor insoportable y los polvos de talco apestaban a hospital. pero no podía soltarse para bajárselos y demostrarle que era un hombre. empezó a alzar las piernas al tiempo que las abría y decía. —¿Necesita usted ayuda. La mujer intentó abrirse paso. Y se echó a reír sin poder parar de reír. ella era enfermera. bajándole un poco la cabeza. ¿Había hecho él aquellas cosas. Los dos tenían una sonrisa crispada. Intentó separarse de ella. pero ella era muy fuerte.. mirándola muy serio. bueno. Se bajó la cremallera de los pantalones y se lanzó a por ella. Arqueaba el culo y rozaba con el pene la yerba húmeda por el rocío. como cinco centímetros más alta que Lunkface y mucho más corpulenta. El brazo carnoso se hinchaba en el borde de la prieta manga corta. Lunkface se levantó lentamente. siempre era muy suave. ya le enseñarían a aquella tía. Ella estaba tan desquiciada que no le dejaba moverse y le enfurecía cada vez más porque casi le asfixiaba. —Pero aquí no —cuchicheó Héctor a los otros dos. Bimbo intentaba echarla al suelo. balanceándose con ella. Héctor no había sentido nunca tanto calor en un ser humano. puso sus labios sobre los de ella y empezó a moverse al compás suyo. no una mujer a la que iban a hacérselo de todos modos. y eran unas viciosas. señora? —preguntó Héctor. que él era un hombre. Y tú me lo recuerdas. pero él no parecía acertar y se movía demasiado. cuyo rostro brillaba hasta hacerla parecer más joven. a Héctor le sorprendió lo fuerte que era. quien movió la cabeza e hizo ademán de seguir su camino. dispuesto a echarse encima en cuanto acabase Lunkface. Pero Bimbo no podía dejar así las cosas. Héctor se daba cuenta del rumbo que tomarían las cosas. Ella se volvió. borracha o no. por lo que al agarrarle de nuevo le dijo: —¿Por qué no echas a estos negros. pero dijo a Lunkface. Bimbo estaba seguro de que debía tener una botella en el bolso. apoyándose en un brazo. y se ajustó de nuevo los pantalones. Les siguieron A la mujer le fallaban un poco las piernas en la yerba. Y soltó una risilla. —Lárgate. Giraban todos en la oscuridad. Bimbo soltó una carcajada. Se puso de pie. pues no estaba seguro de si aquella vieja zorra se reía de él. pero Lunkface no se movió. Pero ella se había vuelto y le estaba diciendo a Héctor. que sí. le rodeó con los brazos. y era el hombre quien hacía cosas. e intentó cogerlo. Bimbo y Lunkface les seguían. porque sudaba a mares. miró hacia abajo. y hacían cosas horribles. Bimbo se lo indicó también. Lunkface se colocó el pene hacia arriba. A Héctor no le gustaba que le sujetasen. y a moverse cada vez más. Ella lo sabía. feo. Uno más guapo que el otro. muy frustrado. como si estuviese espantando insectos. en la otra orilla del río. con un bigotillo rizado y cara de indio. Bimbo reía entre dientes. La mujer se incorporó bruscamente e hizo unos gestos con la mano. abriendo los ojos y sonriendo al chico de en medio. Cuando hubo conseguido su propósito. además un hombre muy guapo. lanzó el brazo y alcanzó a Lunkface con el dorso de la mano. se apoyó en Héctor y a punto estuvo de derribarle. pero que a ella su valor no le importaba. Esta vez se fijó en sus dos amigos. con eso ya sería suficiente. Pero Héctor. Bimbo se agachó con una risilla. Le cogió una mano entre las suyas y empezó a frotársela contra sus grandes pechos. dispuesto a empezar a atizarle en la cara por la injusticia del insulto. de espaldas. se incorporó. Aunque le pegaran un tiro. le hacía sudar y le empapaba con su propio sudor. niñito. Todas eran malas hoy en día y tenían enfermedades. Héctor sujetarle los brazos. Bimbo dio la vuelta y se colocó tras el banco. El bajo y fornido era de un marrón claro barroso. quizás aquello estuviera mal. Y así. cariño? Lunkface. y sus blancos zapatos brillaban en la oscuridad. sin soltar a Héctor. y añadió que tenía el coraje de un hombre y todo lo demás que debía tener un hombre. además. sintiendo que. para que se estuviera quieta. no la mujer. alzó la rodilla.. y empezó a amasar allí. desgarrándosela un poco. señora? —dijo cortésmente Héctor. sabes. intentaban maniobrar. Ella se volvió a Héctor. Tenía el cuerpo muy caliente. le aplastó la cara contra sus pechos. se enfureció. Lunkface indicó a Héctor que le dejase el camino libre. Seguía diciéndole qué estupendo era para un joven como él hacer cosas con una mujer madura y sana como ella. mientras se dirigían hacia un bosquecillo semioculto y herboso. Estiró un brazo y agarró a Lunkface como jamás le había agarrado ninguna mujer: una mano en la solapa de la chaqueta.. con aquellas zorritas enfermas. poderosa. pero tan fuerte que Héctor empezó a sentirse incómodo —. Y lo acercó más hacia sí. ninguna noción de bien y mal. esquivando. Lunkface se sentó al otro lado de ella. la acariciaban. vio la mano oscura sobre su media blanca. justo encima de la rodilla. y que volvería a hacerlo luego otra vez con los tres.—¿Está usted bien. una y otra vez. porque él era el hombre.. no. Lunkface se dio la vuelta. pero la sujetaron entre todos y empezaron a tirarle de la ropa. en las farolas de la calle y en el parque. nunca ponía aquella estúpida expresión lujuriosa de Lunkface. cada vez más furioso. Héctor decidió anticiparse a Lunkface y lo que aquél quería hacer. siendo un joven tan guapo —le dijo a Héctor. y atizó en la cara a la mujer con la otra mano. Lunkface. La mujer oyó el clic. iba a ver cómo eran los hombres. A él le repugnaba un poco la mujer. y la miraba con unos ojillos malévolos. portorriqueño de origen hispano. Héctor.

cosa que le sacó de quicio y le hizo llevarse la mano al bolsillo para sacar el cuchillo. golpeó a Bimbo en la cara y éste empezó a sangrar por las narices. no podía ya andar segura por la ciudad? ¿Es que nadie iba a poner coto a aquellas bestias? El poli olió el alcohol de su aliento. quedó en el aire. con una voz más retumbante que los explosivos de la fiesta y que sin duda llegaba al otro lado del Hudson. cosa que le quitó algo de fuelle. y le dio una patada con sus zapatos blancos—. por fuerza la oiría. Te mataré —gritaba Lunkface mientras ella seguía atizándole. Les llevaban a la comisaría. con el gorrito de enfermera saltando en su pelo canoso. llegaron más coches y les iluminaron con los faros. y le derribó. Con Bimbo sujeto en los hombros. aquellos extranjeros. . lo que inmovilizó a los tres muchachos un segundo. Héctor estaba riéndose. Si había algún poli en unas cuantas manzanas a la redonda. el bolso le alcanzó de nuevo detrás de la oreja. con los ojos cerrados y sujeto por el puño de la ley. Los otros volvieron uno por cada lado y le atizaron. que aún no se había subido los pantalones e intentaba lanzarse sobre ella. Todo estaba lleno de policías. QUE ME VIOLAN! —Te mataré. luego se incorporó e intentó alejarse de allí cuanto antes. Bimbo se le echó encima. Aquellos golfos tendrían su merecido. salió corriendo. el cual lo golpeó haciéndole sangrar por la boca y rompiéndole la nariz y un diente. queriendo escapar de ella. haciéndole caer al suelo y vomitar a cuatro patas.. rozando el suelo con las puntas de los pies. Lunkface saltaba. Se le habían caído las gafas y seguía tras aquellas formas que sólo confusamente distinguía. la enagua rota y enrollada en la cintura. —¡QUE ME VIOLAN! —gritó ella. agitando los brazos. Le abofeteó. Y les atizaron un poco más al meterles en los coches. De todos modos. Pero la voz empezó a hacerse más aguda. aquellos negros. pero ella se volvió en su dirección y le atizó con el libro de bolsillo. Y Héctor intentaba sacar de allí a Lunkface. pero al ver a Lunkface allí de pie de aquella manera se enfureció y cabeceó cordialmente. Ella enarboló el bolso. y no podían permitir que les dejasen en ridículo de aquel modo. Lunkface no se daba por vencido. —¡QUE ME VIOLAN! —aullaba ella. aquellas grandes piernas empezaron a pisotearle. ¡QUE ME VIOLAN! Héctor se lanzó hacia ella. No podían quedarse allí y esperar que llegasen los machacacabezas. Aquellos chavales asaltando a una mujer así. Otro poli dijo que le dejara. Bimbo corría alrededor de la mujer agitando un puño. de cabeza. una. En cambio. con el uniforme abierto. con las manos en la cabeza y los pantalones aún en los tobillos. volvió a derribarle y le hizo perder el cuchillo entre la yerba. cosa fácil. Lunkface intentó atizarle en la boca. a un hombre. con una teta brincándole. Los chicos no dijeron nada. donde todo sería mucho peor. Bimbo y Héctor se vieron ante un poli que le atizó a Bimbo con la porra en el plexo solar. Otro poli metió el coche patrulla en la yerba tras ellos. y cuando Bimbo se acercó por detrás para meterle el cuchillo. pero recibió un golpe en la cara con la mano abierta y rodó por el suelo. pero en la oscuridad medio erró el golpe y ella cayó de rodillas por el impacto. haciendo girar el bolso. ¡QUE ME VIOLAN. o al menos parte de la hoja. y a punto estuvieron de ceder y marcharse. Ella estaba deshecha en lágrimas. aún sujeto por el imperdible—.. al tiempo que prorrumpía en un largo y gemebundo lamento diciendo que una mujer no estaba segura en ningún sitio y que aquellos hispanos. una abuela. tendría que oír los gritos de aquella vieja zorra.ponerse de pie. bailando alrededor de él. Bimbo y Héctor iban ahora delante de Lunkface. pero los demás estaban furiosos. aullando «QUE ME VIOLAN» sin parar. ¿Es que una mujer. Gritó a los otros que le siguieran. Héctor se alejó arrastrándose. a un hombre como él? La mujer estaba allí. de modo que al agacharse para buscarlo. Pero Héctor intentó largar una explicación a un poli. porque aún tenía los pantalones en los tobillos. Un tercer poli le alzó por un brazo y le lanzó hacia los otros. pero pronto se unió a Héctor. ¿Quién era aquella tía para hacerle aquello a él. que no se preocupara. Su mano temblorosa sujetaba las solapas del uniforme mientras contaba el cuento de que había salido a tomar el aire y que la habían asaltado aquellos golfos obsesos. una mujer sencilla. —¡Que ME VIOLAN! —gritaba. no respetaban la edad ni la maternidad ni el cabello gris ni el decoro. Héctor se incorporó. dándole patadas en el culo desnudo. para que la cerrara de una vez. dos veces. que ahora ya estaba segura. —Súbete los pantalones —ordenó un poli. se volvió. hizo un movimiento brusco y se lo sacudió. en el que se quedaron allí como niños pequeños mientras ella les reñía. agarró a Lunkface. intentando correr. Ella se lanzó a por él. le pusieron en pie y echaron a correr. tratando de subirse los pantalones. La sangre pronto empapó el bigote de Bimbo. Ni Bimbo ni Lunkface decían nada. Pero no podían. le atizó en el trasero con el cañón de la pistola y le hizo levantarse y quedarse allí quieto. y los tres comprendieron que era hora de largarse. El otro poli le quitó de un manotazo a Héctor el sombrero. los polis lo habían oído y llegaban coches patrulla por todas partes. y un gran pecho fuera del sostén. La mujer tenía las gruesas piernas muy separadas. dando una palmada en el hombro a la mujer y diciéndole que bueno. de pie. derribándole. le agarró por el pelo y le alzó. QUE ME VIOLAN. una madre incluso. Lunkface se agachó. Además. balanceándose rítmicamente mientras gritaba sin parar «¡QUE ME VIOLAN!». Cayó de bruces. Intentó escapar arrastrándose. continuó aullando un «que me violan» sordo. Bimbo estaba levantándose y Lunkface intentaba recuperarse del impacto para atizarle de nuevo. Entonces empezó a gritar «¡QUE ME VIOLAN!». Sabían que era inútil. Pero ella recuperó el aliento y empezó a gritar de nuevo. Cogieron a Lunkface. además una mujer. Ella se levantó de todos modos. Preguntaron a la mujer qué pasaba. Otro poli le atizó una patada.

así como la gente que pasaba. Percibía su propio olor rancio. sentados en las escaleras como si estuviesen en las gradas de un estadio. Se abrió paso y la voz se hizo malévola. pero hacía demasiado calor y el hedor era insoportable. Eran otra cosa. más quizá. la puerta estaba abierta. como si los profiriese una máquina. No podía correr bien por culpa del zapato y porque tenía el talón ensangrentado. sólo que olía a humos de gasolina en vez de a orina. No podía seguir allí con aquella gente fastidiándole. Hacía cada vez más calor. Todos se detuvieron y se volvieron a mirar a Hinton. Estuvo un rato en aquel andén casi vacío. de corredor. con una expresión feroz. procurando pasar inadvertido. qué insignia tan chula llevas —dijo una dulce voz al oído de Hinton cuando pasó. su distintivo.. Se sentó. Aquello estaba atestado. y entonces sólo había tomado un plato de judías cocidas frías en casa de uno de los primos de la Familia.. pero aún no había llegado ningún miembro de la Familia. corrió por un pasillo azulejado y luego se vio en un callejón sin salida con una puerta al fondo que decía MUJERES. alguien soltó una traca de petardos al fondo del andén y la gente empezó a correr y a chillar. Qué poco estilo tenían y qué indisciplinados eran. hasta llegar a la parada de la derecha. de un extremo del andén al otro. Y entonces fue cuando el marica. todos iban allí. un porro. sabuesos de paisano dispuestos a echársete encima. muy ancho. disparatado y agudo. y. estrellas y cremalleras. Después de que pasaron unos cuantos trenes. Sonreía. atrayendo a un montón de polis. un par de octavas más baja que la suya. por fin.. Miraban al frente. no tropezar con otro. Salieron juntos. Nadie vestía así ya. el Otro. Si la Familia no venía en él.. lo sabía de sobra: no en vano había visto lo que le ocurrió a su hermanastro Alonso. Pudo darse cuenta de que a una manzana brillaban todas las disparatadas luces de Broadway. con un traje negro. de patillas rubias hasta el extremo interior de las saltonas orejas. Vagó por las galerías subterráneas. empezando a limpiarse. para preguntarle si quería jaleo. Se cerró la puerta tras él. Se volvió para irse. No importaba que fuese tarde. pero cuando al fin consiguió terminar. Pero no sabía bien dónde estaba. ladeó la boca e hizo una mueca mimosa. Subió un tramo de escaleras. cojeando a causa del pie derecho. Siguió allí. Probablemente la Familia hubiera caído en manos de la policía y quedase sólo él. y se coló allí para esconderse. Llevaba zapatillas bajas de lamé dorado. canciones tribales. Estaba libre por fin de nuevo. le dio una palmadita en la bragueta y dijo: —No puedes irte así. como si contemplasen una especie de espectáculo. Pero desvió la vista porque podían ser peligrosos. con lo cual le tirarían al suelo y le obligarían a unirse a ellos. le resbalaban los pies. Luego le subió la cremallera de los pantalones. Pequeños fragmentos desprendidos de la multitud. Hubo un rápido manipuleo. Hinton entró como si hubiese llegado allí el primero. Hinton sintió un mareo y le resbalaron los pies en el fangoso suelo de arenisca. Mostraba que él no era como el Otro. Había una chica negra. Además. porque si lo demostraba le machacarían.5 de julio. además. No podía conseguir cambio en ningún sitio. Era como arrojar polvo en la insignia de un guerrero: miel sucia. espacios ocultos. Las arracimadas luces de los cines y de las salas de juego. con sus extrañas caras fijas. Era tan fácil perderse allí. Sonrió y se levantó. se sentó en la taza del inodoro y cogió papel higiénico. La muchacha dijo unas palabras. mujeres. por cualquier sitio? Una banda de chavales andrajosos. y le resultaba desagradable moverse. Significaba quedar fuera. hacia las luces. un codo en la rodilla y la cara. Sólo había comido caramelos y dulces desde la mañana. Y la Familia no llegaba. que movía arriba y abajo mascando chicle. Llevaba comidas unas quince chocolatinas de a centavo y dos barras de caramelo de fruta y nuez. chavales. —Un nombre precioso —dijo el otro—. Su hermanastro Alonso no estaría lejos ahora. pues en calcetines no podría seguir. Eran capaces de cazar a cualquier extraño sospechoso. Eran como los esclavos. aumentaban la sensación de calor. Chocolate con leche Hinton. Le dijeron dónde tenía que hacer el trasbordo y se dirigió al andén de la derecha. burlándose. Se preguntó si no debería quitarse la insignia. un pico. giró una vez. Hinton estuvo a punto de volverse para ver qué estaban mirando. El gigante se separó de la pared azulejada. tuvo la seguridad de que un machacacabezas le estaba mirando con recelo. maricas. pero procuró no demostrarlo. los buenos chicos. Él no dijo nada y siguió su camino. Aunque no quería. directamente de la selva. Aun así. le preguntó por primera vez: «¿Cómo te llamas?» Continuó andando. apoyado en la pared. Ella le tiró del faldón de la chaqueta. A Hinton le llevaron a una cabina en la que había una chica blanca de aire cansino. mirándole fijamente. sin decir nada. y que parecía formar parte de la multitud que pasaba. así que se obligó a pasar entre ellos. No podía retroceder. buscándole. el único aire que se movía era el que alzaban los trenes al pasar. Contempló la calle a través de una cortina de luces calientes. Todos tenían un aire raro. y él no les veía? ¿Y si estaban por allí detrás de unas columnas o de un quiosco. La querrá blanca. Alonso llamaba a la calle «noterritorio». siempre alerta. Corrió el agua de las cisternas y sonó un grito hueco de dolor o de placer que repiqueteó en las paredes. cualquier cosa para volar un poco. porque tenía la ropa pegada por una película de sudor que le cubría todo el cuerpo. tuvo que salir a toda prisa porque los machacacabezas atizaban a todo el que pareciese sospechoso de haberlo hecho. no sabía qué decir. los más listos. Llegó a la esquina de la Calle 42 con Broadway y dobló a la izquierda. Siempre andaban fastidiándole. así que se alejó saltando y diciéndose que ojalá no se le cayese el zapato. llegó arriba y salió a la calle. pensó. apoyada en la mano. En una época había vivido cerca. Cuatro líneas de trenes. El gigante estaba apoyado en la pared. pero hacía demasiado tiempo para recordarlo. Paró y pidió un perro caliente y una naranjada. ¿Y si la Familia estaba allí. La gente pasaba en ambas direcciones. y estaba seguro de que si intentaba hablar se echaría a llorar sin remedio. mirando. El marica le preguntó: —¿Cómo te llamas? —Hinton —replicó él. Le entró hambre y se llenó los bolsillos con artículos de las máquinas automáticas. Luego. Creyó que iba a vomitar. El quiosco del andén estaba cerrado. Otra Cosa. observando las señales de direcciones. caminando con mucho cuidado y siempre temiendo pisar a uno. Se sujetaron. el calor casi le hacía bailar de picores. Él no estaba seguro del todo de lo que había pasado. El pelo rubio tenía manchas negras allí donde se había desteñido. Parecía como si todos fuesen otra cosa. Continuó. Desde luego no había guerreros. jadeó y empezó a emitir unos rápidos gemidos. lesbianas. tenía que demostrarles que era un hombre. Se preguntó si el marica que le susurrara en el oído. según Alonso. que fuesen ya casi las cuatro. Sudaba sin parar. Hubo un gruñido. pero no era bastante. llevándole hacia el fondo. Al primer bocado. Piel como chocolate y ojos grises. Consumió el perro caliente y la naranjada apoyado de espaldas en el mostrador. dentro había una atmósfera de penumbra. un jadeo. Pero había allí un extraño frescor. Hinton metió la mano en el bolsillo y sacó tres dólares sólo porque habría sido una estupidez enseñar más. había orines derramados por todas partes. ella se apartó. Palpó la puerta tras él.. entrando y saliendo en los laberintos subterráneos de Times Square. por las buenas. Caminó en aquella dirección porque tenía que haber otra entrada al metro por allí. más bien chusma. Tomó dos cocacolas en vasos de papel de una máquina automática para tragar el caramelo. Hinton no los veía. mirando a su alrededor. por la Novena o la Décima Avenida. o perder el zapato y tener que agacharse a cogerlo. le cortó y siguió su camino. metiéndose por una y otra galería. Ahora la llevaba con orgullo. Había un tipo inmenso. El gigante abrió la mano y dijo: —Tres. O quizá se hubiesen ido directamente a casa sin esperar. no tendría más remedio que pasar por aquello. como brasas que en cualquier momento podían romper a andar y caer sobre él si sospechaban desprecio. pensó Hinton. Luego. sería el mismo marica que se le había insinuado dos veces aquella noche. frente a la puerta de la cabina. aunque aquel tipo era demasiado grande para burlarse de él. Era muy flaca. Aquel marica bien podría ser un cebo de la ley para engrosar su historial de arrestos. y se deshizo del marica pasando por una de las barras giratorias grandes y subiendo unas escaleras. y luego se quedó sin monedas. Junto al gigante había un chaval muy sonriente. pues llevaba una arcaica cazadora negra de cuero decorada con barras. botazas de ingeniero.. de cualquier modo. Libre. largos pasillos azulados. Era una especie de bestia de más de dos metros. Al cabo de un rato. se le notaban todos los huesos del pecho y apenas respiraba. unos vaqueros pasados de moda y unos guantes metidos en las charreteras de la cazadora. Le sonreía. Se volvió para irse. Pero le habían tentado antes con drogas y sabía a lo que llevaban. Hinton quiso decir algo. arrastrados por ella. Había gente de todas clases: hombres. Chiquitas con pañuelo y . Alonso solía fumarla antes de pasar a cosas mejores. 3:35-4:30 de la madrugada —Vaya. la boca se le inundó de saliva y el estómago se le contrajo y agitó. todos estos sonidos continuados. atento. y entonces. Hinton tardó un segundo en darse cuenta de que en realidad era una chica. Sonreía como un ama de casa de televisión que dice adiós a su maridito por la mañana. Pronto llegaría otro tren de la línea BMT. La atmósfera era muy densa y había un olor dulzón a humo que en seguida identificó: marihuana. También llevaba una gorra con visera. Parecía un ser del pasado. donde preguntó por el tren hacia Coney Island de la BMT. de otro mundo. El aire era casi caliente fuera. apartó la cabeza y vio que las ropas de ella colgaban de un gancho a un lado. Luego había cinco o seis cabinas cerradas. Hinton se ahogaba. —Aquí hay uno —dijo una voz. pasó. no se atrevía a mirar directamente. ¿Cómo confiar en alguien que tuviese un hábito? Siempre podía traicionarte. debía tener cuidado porque la pasma andaba por todas partes: había patrulleros que iban en pareja balanceando las porras. Pero Hinton siguió su camino. Frunció los labios. Tenía miedo. el chico-chica del traje negro le preguntó si quería un trago. Le temblaban un poco las piernas. que tenía aspecto casi normal. un sorbeteo. Llegó a un puesto de comidas y el olor de los fritos le hizo sentir más hambre. chicas. Hinton no podía situar aquello. porque podrían interpretarlo como una ofensa. se levantó y paseó. Era asfixiante. quizá debido a las paredes alicatadas. pero era su señal. Nunca le dejaban en paz. Al pasar la primera cabina. Matones solitarios apoyados en las paredes junto a los escaparates de las tiendas. Había allí un montón de individuos deformes. lanzándole una mirada ofensiva. —Bueno —contestó alguien—. Vio de reojo al marica. se iría solo a casa. Una mano le empujó al interior. Los dulces no le habían satisfecho en absoluto. Pero en vez de estar cerrada estaba entreabierta. giró la manilla y salió. Tenía hambre y sed. que permanecía sentada en el inodoro con las piernas cruzadas. jóvenes y viejos. no eran sólo las ropas. desnuda. con coros en falsete y mucho ritmo y gritos. se acercó a él y le cogió por el codo. pero el tipo se puso a su lado. porque en la Familia no toleraban adictos. tenía el vello del pubis pintado de color platino. Los tipos fríos. Había bajado la Calle 110 sin problemas. Alguien tenía una radio portátil que emitía aquel material salvaje.

podía sacar sin problemas. era inevitable. comiendo dulces. y recordó la voz que le había cuchicheado. si la Familia hubiese estado allí con él. Claro que eso no era nuevo. Su aspecto se debía a las cosas que habían pasado durante la noche. se respondió. seguidas de vagabundos hambrientos. en las calles. Pasó por delante de una lechería y entró a tomarse un vaso de leche. Encendió el puro. Se acercó al quiosco de periódicos de la galería de de juegos y miró a las chicas de grandes pechos de las portadas de las revistas. pasas cubiertas de chocolate. Cuando terminó. Una. Vio más tipos andrajosos. dando al conjunto una sensación de calor y de oeste. más bien como si fuese lo que tuviese que decir. Las luces de arriba caían como la luz del sol en la parte más próxima de aquel pueblo pintado de amarillo. En las películas. que eras alguien. pensando que podría ser uno de esos espejos deformantes. a pesar de su ropa. Detrás del sheriff el ambiente era más fresco. pero no quedó satisfecho. Les seguían sonrientes marineros y. se puso a fumarlo. observándolos. Se contempló detenidamente. Sentía aún más hambre. y luego. Si piensas que cualquier canalla como tú va a venir aquí a armar jaleo. Procuraba mantener un aire frío. Pensó en la posibilidad de entrar. Tuvo que parar y tomar unos trozos de pizza y un zumo de piña porque volvía a morderle el hambre. el tiro al blanco. Comió la hamburguesa. y Hinton volvió a guardar la pasta. para demostrar que era un cazador y no una presa.. barras de anacardo. Y la voz del sheriff dijo: . grandes muñecas de ojos inocentes y con vestidos de gasa miraban impertérritas lo que se ponía frente a sus ojos azules. No podía quitarse la insignia porque el hacerlo le reduciría a la misma condición que los otros. En este pueblo se respeta la ley y queremos que siga respetándose. pájaros siempre sedientos bajaban sus largos picos delicadamente y bebían sin cesar de la pila con agua imaginaria (Hinton pensó en comprar uno). Le miraban y miraban su insignia. El vaquero medía más de dos metros.. Dio una vuelta por la sala de juegos. se preguntó. Había alguien de pie al fondo de un estrecho pasillo. mirándole. eso pasaba siempre. verde. De la canana colgaban dos revólveres con una conexión eléctrica. pero qué podía hacer. Se reconoció por la insignia. y más atractiva aún la tierra que el sheriff bloqueaba. Era joven. lo habrían hecho. Disparó a una luz que parpadeaba cruzando un marcador y que pretendía ser un avión en el cielo. A tres tiros. ésa era la causa de que su ropa estuviese sucia y andrajosa. Dos. Los ojos se iluminaron. miles de relojes suizos tictaqueaban distintas horas. chillando. ¿CÓMO SE LOGRA? Y. Un viejo vagabundo. Hinton sacó los diez centavos del bolsillo y se colocó donde estaba la canana. Miró con más detenimiento y vio que era él mismo. Tenía cada vez más hambre. fueses adonde fueses. mucho más duro que ningún machacacabezas. Hinton se agachó y disparó. Hinton lo sabía todo. y éstos eran los más aterradores porque tenían extrañas y deformes caras. Iban a darles su merecido a aquellos maricas en cuanto se insinuaran. Se detuvo en él y pidió patatas fritas. Como era baja. Si no lo has hecho. el arma ni siquiera le hacía temblar la mano. por un segundo. a la huida. Hinton no le contestó y el chaval gritó: —Vete a tomar por el culo. Pasó ante una cabina. ¿entendido? No puedo andar yendo y viniendo por tu culpa toda la noche. porque no pienso dejarte entrar. Uno de los periódicos decía que alguien había demandado a una actriz famosa por divorcio. viril. y le pidió: —Señor. Pasó por un salón de juegos que tenía en medio un gran mostrador de comidas. Aunque Hinton había oído que todos eran farsantes. Pero. pero dispuestos sólo a ver lo que no se pagaba. En uno de los cines proyectaban películas nudistas toda la noche. donde había gente jugando toda la noche. Si aquel sheriff estuviese vivo. se dijo Hinton. por cabrón. y porque. Echó las monedas en la ranura. Hinton sabía muy bien lo que era aquel tipo de espera. —¿Estás listo? —preguntó el sheriff. Aún se oían por allí pequeñas explosiones. Pasó una chica gorda. Ya se disponía casi a apartarse. Pero no demasiado furioso. Había por allí gente deambulando que le lanzaba la mirada dura. Luego continuó su camino. Pasó los locales de Pokerino. dobló a la derecha en la Novena Avenida. Llevaba una camisa vaquera a cuadros azules chillones con cordoncillo blanco. Miró los dos revólveres. no como la chica del urinario. Pasó por delante de varios cines y miró los títulos y las fotografías que había detrás de los cristales. limpio. Una máquina automática tocaba los últimos éxitos una y otra vez. Te dabas cuenta por su mirada de asombro y sus cabezas en constante movimiento. El sheriff habló: —Yo soy la ley de este pueblo y estoy aquí para protegerlo. por su expresión. Pasaban también maricas escandalosos de caras empolvadas. pese a aquella cara tan suave. meneaban el culo. Esto no le calmó del todo el hambre. las alzaron y apuntaron a Hinton. Vio pasar a alguien por el rabillo del ojo y se volvió. Pasaban turistas. No podía dejar de comer. amartíllalas y. más alto. hambriento y desdentado. lo había representado mil veces. frutos escarchados. La cara le miró amenazadora. calibrándole y situándole. El chico del mostrador le dijo: —Pídeme todo lo que quieres de una vez. muchos mendigando. No se atrevía a demorarse en ningún sitio demasiado tiempo. que parecían flotar en vez de caminar. El Duelo. Pidió una hamburguesa y un zumo de uvas. y se volvió. El riesgo era falso. a Hinton tampoco le gustaban los maricas. SOLO DIEZ CENTAVOS. no mucho más joven que él. siempre alerta. que todo era fingido. porque le hubiesen destrozado el negocio y ahogado en su propia naranjada. abriéndose paso entre el calor y entre su propio agobio. en aquella zona la gente seguía celebrando el Cuatro de Julio. El sheriff le miraba. era ancho de hombros y tenía las armas perpetuamente colocadas en la posición de «saque rápido».. un Dominador. y sus cuerpos parecían mal ensamblados. que en realidad no veían lo que les rodeaba. un motivo de lucha. Probó una ametralladora contra luces parpadeantes que teóricamente eran pilotos japoneses y alemanes. Los polis patrullaban. Era el sheriff. había visto. se olvidó de sacar él. una empanadilla y un zumo de tomate para poder pasarlo todo. Y pudo ver también a los traficantes distribuyendo toda clase de sueños. Las cálidas luces empezaron a nublar la imagen del sheriff. No era extraño que los demás le mirasen como si fuera un esclavo. Sabía que la insignia era una provocación. Se le acercó un chaval. detrás del sheriff. De seguir así se quedaría sin dinero en seguida. será mejor que empieces a disparar. le miró con los ojos achicados. mientras comía. Lucía una insignia. junto al codo. lo había visto desde niño. de pelo naranja. ofreciéndose por dinero y con aire de estar muy satisfecha de sí misma. pero el quiosquero le observaba con suspicacia. qué duro sería. pensaba Hinton. a la lucha. chupó el caramelo y salió a pasear un poco más. Un titular decía algo sobre la reanudación de las pruebas con la bomba atómica. preguntándose por qué seguiría teniendo hambre. como tenían que verlo todo. Más allá del sheriff todo parecía fresco y verde: había un bar donde tomar un trago y descansar un buen rato. Hablaban de él en la escuela.. y aparecía una imagen a toda plana de una hermosa rubia de inocente sonrisa. Saca las pistolas. déme veinte centavos para poder pagar un sitio donde dormir. por ello no dejaba de horrorizarse. lo más frío y duro posible. muy bien. detrás del cartel. Pero no estaba dispuesto a que le pasase a él lo que le había pasado a Alonso. Él lo sabía. un miembro de la Familia. Pasó ante un quiosco de periódicos. así que compró un montón de dulces. Eso les volvía locos y querían arrebatárselo y hacerte como ellos. pañuelo de seda escarlata.falda corta. tenía que comer. intentando ver si podía ser presa fácil. ¿No había matado él a su hombre? ¿No se había hecho ya con una reputación? Pero recordó también el túnel y se sintió avergonzado. estás muy confundido. o de los tablones de madera reseca. Llegó al final de la manzana. Los ojos del sheriff ardían. Así que lárgate ya. se volvió a recoger el puro pero no estaba. Ya veremos quién gana en este desafío. Se balanceaba y masticaba al ritmo de la música. el retumbar de los trenes. cuando yo diga Fuego. Dejó el puro en el borde del mostrador. aun así. como todos los demás esclavos con los que se había cruzado allí. resultando difícil verla nítidamente bajo tanta claridad. Hinton deseó tener valor suficiente para contestarle como se merecía. alegando adulterio. Había un pueblo pintado alrededor. Había una barandilla delante de la cabina. más enfurecido—: En las calles de El Dorado no hay sitio para la gente de tu calaña. Pero podría perder el contacto con la Familia. Y los brazos del sheriff sacaron las pistolas de las fundas. el ruido de los juegos y los pitidos. así que pidió además un malteado de chocolate.. —Fuego —dijo el sheriff. Los ojos azules e inocentes. sus ojos azules sin vida miraban a todas partes. Estaba seguro de que aún le quedaba bastante. dispara. entres paneles. Sabía que allí podía comprarse cualquier tipo de viaje. en los noticiarios. tentadoramente. El sheriff estaba colocado a poco más de tres metros del mostrador y un letrero decía: PRUEBE SU SUERTE CON EL HOMBRE MÁS RÁPIDO DEL OESTE. ¿No quieres irte? Entonces. Terminó y siguió su camino. pero sonaba como muy lejano y no quedaba bien. sin duda por ser gorda. A su lado había un altavoz y podía oír el rumor de las ametralladoras y el estruendo de los cazas que perseguían a los aviones enemigos. haciendo así más real e insoportable la vieja escena. no veían nada y eso hacía que pareciesen también locos y disparatados. aquel esclavo no se habría atrevido a hablarle así. subían y bajaban en grupos. las balas no eran reales. balanceando las porras. Fue suficiente para hacerle temblar. En los escaparates. pensó Hinton. pero no lo era. pero Hinton no podía entender bien la letra con el rumor de los que hablaban. indeseable. Podía olerse el café caliente y sentirse el calor de las rocas calcinadas por el sol. comprobando que le seguía un extraño y pequeño esclavo andrajoso. Miró de nuevo y se irguió hasta ver en el espejo un guerrero. incluso algunos de los que él nunca había oído hablar siquiera. pero las pistolas del sheriff dispararon antes de que las suyas estuviesen a medio camino. llevaban el pelo teñido y se pintaban los ojos. Tres. Caminó un poco más. y continuó. Chavales aburridos esperaban algo que les pusiese en acción. ¿quién lo sabía?. Hubo un retumbar de balas cerca. amartilló. bebió el zumo de uvas y pensó que. contaré hasta tres y antes de que termine de hacerlo quiero que hayas salido de este lugar. con sendas cuarenta y cincos grandes y amenazadores. y en ella un control para echar las monedas y una canana curvada en la que podías colocarte como si fueses llevándola. Dejó aquello y siguió dando vueltas por la galería. Aún no. un gran sombrero blanco y las cartucheras bajas. El sheriff cobró vida. Sacó el dinero y empezó a contarlo. Por supuesto. Alguien lo había robado. Hinton se lo pensó un rato mientras comía una barra de caramelo. entró en un estanco y compró un puro barato y unos caramelos. Y revivir ahora al sheriff sólo costaba diez centavos. Hinton sacó. Terminó la naranjada y el perro caliente. un cartel colgado de un rollo de alambre que iba de un extremo a otro decía: MOVIMIENTO PERPETUO. llenándose el bolsillo de chocolatinas. cruzó la Calle 92 y dio la vuelta de nuevo hacia Broadway. En aquello te convertían si conseguían cazarte. Pero Hinton sabía que solo no podía darle su merecido. Las palabras enfurecieron a Hinton (había un tono tan burlón y despectivo en ellas).. pues se le insultaba sin que aún hubiese hecho nada. Sí. En fin. pensó Hinton. eléctricos muñecos de hula-hula con grandes cabezas meneaban sus traseros. Terminó de comer y se alejó de allí. veías claramente que buscaban camorra. Todo el mundo veía que pertenecías. Entró otra vez en el metro. —Bueno. Su imponente figura bloqueaba la calle principal. invitador. pues de lo contrario vas a saber lo que es bueno. que tenías algo. Aun así. el sombrero sobre los ojos. una hilera de naipes mostraba fotos de chicas desnudas de grandes tetas. Las luces se intensificaron. aunque logró acertar muchas veces y consiguió una buena puntuación.

Mientras el sheriff le ofendía y presumía. y decidió que aquel chaval no necesitaba dinero para irse a casa: estaba en casa. Metió la mano en el bolsillo. El chaval. mirando con dureza al sheriff. Tenía ya todo el cuerpo tenso. Volvió a meter los revólveres en las fundas pesaroso. le dijo que en realidad necesitaba dinero para un trago. Se echó hacia delante. intentando acobardarle: Hinton apretó con fuerza los labios. Cerca había un poli. pero. Hinton no hizo caso. mirando por todas partes. Parecía que miraba a la gente que pasaba. Hinton pasó ante el quiosco en el que había comprado los dulces. se enfrentó de nuevo al pueblo y a su sheriff. La voz del sheriff se burló de Hinton diciéndole que tampoco lo había conseguido. Había matones y chulos por allí. Pero el marica no era ningún chaval flacucho. Siguió su camino. Pero había dos oportunidades más. ¿necesitas otra lección? Pues prepárate para sacar otra vez. Estás liquidado. Hinton sacó. Querían saber dónde estaban los otros. Esto les hizo sentirse un poco incómodos. El chaval volvió a la carga y le pidió otra vez veinte centavos para poder irse a casa porque estaba perdido. bajo las cálidas luces. nerviosos. El Otro pasaba apresurado sin ver nunca nada. porque el revólver saltó en su mano y escupió fuego primero: el plomo caliente cruzó el espacio que les separaba y alcanzó al hombre que le había derrotado antes. Hinton dio la espalda a las chicas desnudas. muy cansado. cojeando. subieron y se sentaron. un lío en el que habían participado miles. que parecía muy capaz de saber defenderse. que sonrió. luego otro perro caliente con patatas fritas. a la espera de Hinton. Su casa era allí. Siguió caminando hasta llegar de nuevo adonde estaba el sheriff. Oyó el informe de los revólveres. Todo el mundo lo entendía. que le había echado y que no le dejaba vivir. Hinton volvió a enfundar los suyos y se dispuso a disparar de nuevo. por la forma. a cinco centavos el ejemplar. mirando sus grandes pechos resplandecientes de papel satinado. Hinton sacó los revólveres y los amartilló. pese a las veces que ya lo había leído. Debajo había una pila de polvorientas revistas de astrología. el cansado y desorientado Hinton. con la sensación de que estaban desertando. Se encasquetó bien el sombrero. y en vez de atizarle. Dio una vuelta por la galería y estuvo mirando los otros puestos de tiro y las máquinas. y correría la sangre del hombre que había humillado a Hinton. Esta vez sonó un grito de dolor y la voz dijo que de acuerdo. sintiéndose ya bien. Quedaba un tiro. El chaval le tiraba de nuevo de la chaqueta. y quiso saber si Hinton quería algo de él. Comió más caramelos.. tenía que ganar otras dos veces. Era hora de ir a ver si había llegado la Familia. masticó unos cuantos dulces. canalla. se alegraban mucho de poder largarse a casa. alzó la cabeza y vertió todo el contenido en la boca. Por supuesto. La gente miraba detrás y a los lados.. sino un tipo bastante grande. aunque tenía derecho a una pelea gratis. Hinton cayó dormido casi de inmediato. Hinton le miró. Entonces les demostraría. colocó el cigarrillo de guerra. El Peque abrió el tebeo. La voz atronaba. pero no veía nada. Podía ganar otra vez. Percibieron en Hinton una fuerza nueva. Los titulares decían algo sobre una muerte que. Volvió la página para leer lo que decía del asunto. expulsado otra vez: era lo esperado. Tenía los músculos agarrotados por lo tenso de la postura. pidiéndole otra vez veinte centavos. dispuestos ya a marcharse. y ellos la aceptaron porque eso les quitaba responsabilidades. justo una fracción de segundo antes que el sheriff. El chaval fingió temblores y dijo que necesitaba un pico. Dewey y el Peque estaban allí. pagó otro billete y bajó al andén. ¿Quién podía sacar más rápido que Hinton? Las balas silbaron de nuevo y rebotaron. Tenía que aguantar firme. ¿Se inclinaba quizás un poco hacia un lado? ¿Manaba la sangre del agujero del hombro tiñendo el pecho de la charra camisa del oeste? ¿Turbaba acaso una expresión de dolor aquel rostro impasible haciéndolo un poco más pálido aún? ¿Temblaba el sheriff? Hinton tenía los revólveres amartillados y esperaba que llegase la orden de saca-amartilla-dispara. el magullado Hinton. Hinton. Nadie más se animaba a jugar.. Y percibieron que ahora estaban sometidos a él. Luchaba por su Familia. Hinton movió la cabeza. detrás de aquel aspecto dulce y suplicante se emboscaba algo duro. le dio al chico los veinte centavos y se preparó para la tercera vez. y cuando llegó la orden de fuego disparó. luchaba por sí mismo. La gente que pasaba no les cohibía lo más mínimo. Un marica gordo hacía comentarios sobre él. parecía obra de una banda. siempre trucaban las máquinas contra uno. Les dijo que volverían a casa en el primer tren que pasase hacia Coney Island. esperando ver lo que hacía. el chico le miró. masticando las pasas y tragándolas. Había olvidado el calor. hizo una profunda inspiración y se sintió como nuevo. Pensó que debía volver al andén de la estación para ver si había llegado ya la Familia. Su madre siempre andaba mirando el horóscopo para saber lo que era un buen augurio y lo que era un mal augurio. y despegó los sudorosos pantalones de la entrepierna. Entonces tuvo una idea. él estaría dispuesto a hacer lo que Hinton quisiese. Tocó la insignia. Hinton se irguió. qué no podría hacer él. bloqueando la calle polvorienta. Se volvió y se alejó. cruzando la galería de juegos y saliendo de ella. Se alejó despacio. Siguiendo la orden. le dio la espalda y se alejó. El titular de otro periódico decía que había habido mucho jaleo al norte de la ciudad. Se sintió un hombre. pero le ignoró. lo previsto. plantado allí. los ojos vidriosos. con el pecho abierto. Los brazos devolvían los revólveres a sus fundas. Hinton les dio la orden. Había una pareja en un rincón. pero estaban protegidos por un impermeable y haciendo algo.. Ganó por un segundo. Hinton volvió a enfundar. concentrándose en sacar. pero en realidad miraba por encima de ella a aquel maldito sheriff. así podía saber lo que tenía que hacer y lo que no. cuántas carreras podría ganar. y se apoyó en el mostrador del puesto para tomar a sorbos un té helado con siete cucharadas de azúcar. pero volvió a perder. vio la insignia del sombrero de Hinton. se estiró lentamente. Se le acercó un chaval de unos siete años y le pidió veinte centavos. Hinton estuvo a punto de atizarle. Había perdido la lucha. Alrededor podía ver las caras deformadas. Cuando llegó. Un sueño estúpido. Hinton movió la cabeza. amartilló. una buena lección. Cuando llegó su tren. El quiosquero dijo que dejase el periódico en paz y que siguiese su camino si no pensaba comprarlo. volvió a intentarlo. Había olvidado el cansancio. Norbert andaba siempre diciendo que si él supiese lo que le reservaba el futuro. ufanándose su reputación (¿no había liquidado él acaso a un millar de miserables forajidos?). aun cuando Dewey fuese el hermano mayor de Hinton. dos. Echó otra moneda en la ranura y se enfrentó de nuevo al sheriff. pero tuvo el buen sentido de dejar ya los revólveres. el anhelo de ver a un hombre bueno humillado. El sheriff se alzaba ante él. Encogió los hombros rápidamente una vez. Hinton no lo sabía. Luego. Había olvidado el talón rozado. Te humillaban siempre y tú tenías que darles una lección. . Pasó ante un escaparate donde había fotos de chicas desnudas tamaño natural y se detuvo a mirarlas. Hinton bostezó y se preguntó si no debería comprar más dulces... Se había enfrentado al sheriff y le había derrotado. Hinton no creía lo más mínimo en estas cosas. pensó. Deseó que fuesen reales. sintiéndose fuerte. porque por un dólar. Todos se habían separado. a sus órdenes. El marica se le insinuó una vez más y él se preguntó si no debería ir con él y divertirse un poco antes de atizarle y quitarle la pasta. Eso significaba que todos sabían que la cosa estaba trucada. y lamentaba tener que dejarlos. —Ya —dijo el sheriff. controlando su juego. que esta vez había ganado. vio su expresión astuta y burlona. El herido Hinton. Cuando terminó de comer. Los ojos duros y coléricos del sheriff intentaban hacer que Hinton bajara los suyos: pero no lo lograron. En fin. y Hinton enfundó de nuevo el humeante revólver. disparó y deseó que el proyectil atravesase el corazón del sheriff. hombre. Le resultaban sólidos y consoladores. Hinton el marginado. El sheriff se desplomaría hacia atrás. pero se le cerraban los ojos mientras intentaba empezarlo otra vez. Pero no podías hacerlo si lo intentabas a su modo. La burlona voz del sheriff le decía que se largara del pueblo y siguiera su camino. luchaba por su insignia. ¿Había otro agujero abierto en aquella carne? El grito de dolor llenó de gozo a Hinton. pero le exigía demasiado tiempo el enterarse de lo que decía. demostrarles lo que era bueno. Le dolía la palma de la mano rozada de tanto apretar la culata de la pistola.—Te alcancé. Les veía de reojo. no pudo apreciar si eran hombres o mujeres. amartilló y disparó. al ver la expresión escéptica de Hinton. Tipos raros y disparatados le miraban. sacó un paquetito de pasas cubiertas de chocolate. pero vio que uno de aquellos tipos de aire feroz le miraba. en realidad. Volvió a ganar: le metió una bala a aquel mamón en un ojo.

Pero. Cuanto más quieto parecía todo. Ahora. establecerse. Más que antes. El ensueño se hizo más imperativo y sus ojos miraban fijo. hizo un dibujo. Tenían que hacerlo. rubia. porque nadie lo esperaba. e insultó a todo lo que se relacionase con él. ¡Ahora! Os aseguro que mañana sería demasiado tarde. blanca. putas. en el centro de un amplio círculo formado por ocho edificios de apartamentos de catorce plantas que se alzaban a su alrededor. muy arriba. casi besándole en la boca. seguía con aquella parte de la gran batalla que se había librado a las puertas de Babilonia. El Peque. dulce y joven. ¿Quién se creían aquellos cabrones que eran? La Familia caería sobre ellos y les machacaría de una vez por todas. Él sólo podía pensar ya en dormir. muy importante. debajo de esos anuncios ¿Lo HACE o NO LO HACE?. Acepto eso. Sería una chica inocente y dulce. Quizá pudiese conseguir una chica. buscándoles. cualquier día. Parecía muy limpia. estupefacto. buscando a uno o dos Señores. ¿Estarían esperándoles? Dewey intentó discutir. podría dirigir a los hombres y hacer una incursión por allí. porque si no perderemos el respeto por nosotros mismos. inocente. Subieron al tren dos parejas. Hinton le desafió a voces a que bajase y se atreviese a luchar de hombre a hombre. Procuró hacer muy fea la cara de la chica. los insultos y ataques inminentes. trompeteando. pero Hinton fingió no verles. pelo rubio. de nariz delicada y un poco respingona. pensó. Quería hacer algo. El anuncio se refería a un tinte para el pelo. Y. Una madre-sueño. Sacudió al Peque. De vez en cuando veía incluso alguna de aquel tipo en la escuela. El tren. pero no había nadie. Diría: «Llámale. Le miraron.. o a una de sus mujeres. y que no había un solo hombre entre todos los Señores que no fuese un cabrón. como hacían los gángsteres ahora. porque ¿acaso no era él el artista de la familia? Dibujó una mujer en cópula oral con un hombre. y cada banda debe actuar por su cuenta. Avenida J. Suspiró. golpeó con el hombro a Dewey en la cabeza. No se reían abiertamente de él. se quedó dormido. Dio orden de retirada. pero Hinton estaba cada vez más emocionado con la idea y la rabia le arrastraba. A la Familia siempre le había hecho mucha gracia aquel anuncio.. Hinton se preguntó si los plenipotenciarios de los Señores Coloniales habrían vuelto de la gran asamblea. Paseó por el pasillo vacío. y habría tenido que desafiarles. Todo el mundo llevaba un cuchillo o una navaja. Yo estoy cansado. como ese Willie. de una vez por todas. recordándoles que habían perdido la parte básica de su ejército. Se lanzaron a correr por las calles de la urbanización. mientras Dewey y el Peque le sujetaban sobre los hombros. hazla tú. Últimamente ni siquiera con aquellos niños litris podías estar seguro. se preguntaba Hinton. rebotando contra los inmensos edificios y volviendo. así que se tranquilizó y fingió dormir. ¿Qué derecho tenían aquellos carcas a mirarles así? ¿Qué les había hecho la Familia? Ellos se ocupaban de sus asuntos y no se metían con nadie. y les miraron con dureza. cruzando el territorio de los Señores Coloniales. hombre. Dewey había resbalado en el asiento y tenía la cabeza apoyada en el hombro de Hinton. Éste vio el anuncio junto a su cabeza. seguía intentándolo.. E irrumpieron en el corazón mismo del territorio de los Señores Coloniales. de un modo limpio.. Casi todos los Señores Coloniales vivían en una urbanización. Soñaba con esto.. al cabo de cinco o seis paradas... Ellos no habían hecho nada. Se plantó allí en el césped. agitando las antenas como látigos y los garrotes. Se alejó muy ufano y los otros le siguieron hasta las pistas de frontón. las parejas salieron. No les miró directamente porque eso habría sido reconocer lo que sus miradas significaban. Así que lo conseguiría de otro modo. ¿Has perdido el juicio? Te has convertido en otra cosa. se volvieron y dirigieron a la Familia la mirada ofensiva. Nadie salía. cortado a cepillo ellos. En fin. además. Tenemos que hacerlo. dibujó una mujer a la que violaba un gigante con un órgano inmenso al que llamó el hombre de Los Dominadores. hizo una seña a Dewey y les dijo indicando el cigarrillo que llevaban en las cintas de los sombreros: —Somos un grupo de guerra y tenemos que acabar como un grupo de guerra.. Tendrían una casa y un perro. pero no con demasiada frecuencia. jóvenes de las que veías continuamente en televisión. hombre. querrían aliarse con los Dominadores. quizás. como si acabasen de salir de un baile. y todas las demás bandas les respetarían. Siguió así un rato. Conseguiría un trabajo. tipo jugador de rugby. a menos que la Familia atacase primero y le enseñase lo que era bueno. Tenían un aire limpio. El Peque seguía cerrando los ojos y cabeceando sobre el tebeo. todas y cada una. y ellas con ojos de muñecas. porque. Nada en absoluto. en que había una hermosa joven inclinada sobre un muchacho. palpando con las yemas de los dedos como si fuese carne y no papel. Las chicas apoyaron la cabeza en los hombros de los chicos y cerraron los ojos. Sería estupendo dejar la Familia. pero apenas veía a las parejas de enfrente. pero a Hinton el odio le hacía saltar. les predijo lo que pasaría y les explicó que una incursión les proporcionaría una gran reputación de valientes. . sería estupendo casarse. Aquello le granjeaba una gran reputación. Toda aquella parte del mundo sabría. escribiendo debajo todos los nombres de chicas de los Señores que pudo recordar. y debajo de la mujer: Madre de los Señores. Hinton medio los vio en sueños y despertó frente a aquellas miradas frías y despectivas. Pero pasaron otras dos cosas en ruta. sentado entre Hinton y el Peque. Y luego. Hinton se sentía cansadísimo. porque él sería una persona importante. a aquella hora. una chica guapa y esbelta. Sí. Sería estupendo tener una chica. Vio que los dos rubitos le observaban. Dibujó luego alrededor un montón de hombrecillos que observaban con la lengua fuera.. Alzó la mano y acarició la imagen. agudas y tintineantes. también inalcanzable. no habría nadie despierto. por obra del eco. Demasiado cansado —gimoteó Dewey. salieron de aquel territorio. Nada de violencias. Hinton se desplazó hasta el centro de la urbanización. Y a aquellos hombrecillos les llamó Los Señores.5 de julio. lo mejor sería que sorprendería a todos. Hinton miró a las chicas con los ojos casi cerrados. Una era rubia. Llevaban elegante ropa de noche. ¿entendéis? Tenemos que hacer una última incursión. no de aquel modo. Los chicos seguían mirando a los agotados guerreros con expresión belicosa. debajo de la mujer escribió: las chicas de los Señores. El jefe de los Señores Coloniales vivía en uno de ellos. porque la rabia no le dejaba descansar. ¿y la tregua? —preguntó Dewey. Hinton escribió que los Dominadores habían estado allí. A Hinton le dolía la garganta. El Peque se limitó a mirar a Hinton. Recordaría aquella estación y algún día. el tipo ideal de adolescentes a punto de convertirse en jóvenes hermosas. dispuestos a lo que fuese. Nadie salía. no estaba seguro qué. una oportunidad. se echó hacia atrás y miró. La cara de la chica era encantadora. No exactamente como aquella. El agotamiento los relajaba. ¿quiénes eran ellos para ofender a la Familia? El incidente le enfureció y no podía dormir. y encontraron una silla tirada y la despiezaron para utilizar una de las patas como garrote. Cuando llegaron a su parada. Tenían que recorrer unas cuantas manzanas. y con las que soñabas. De pasada. llegando más allá de las zonas difusamente iluminadas. salieron. en la que había perecido el jefe del ejército rebelde y los héroes griegos intentaban decidir lo que debían hacer. de otra parte de la ciudad. dejar la lucha. pero esas líneas lo reflejaban todo. iba despacio. Dewey. Todos se inclinarían ante él y le dejarían controlar. El enemigo lo sabría y caerían sobre ellos.. que se vistiese con prendas sencillas y limpias. Algo que significase estar detrás de una mesa: sería un ejecutivo. a un lado. Debajo del hombre escribió: Padre de los Dominadores. ya no significaba nada. su furia empezó a despertar a Dewey y al Peque. lo cual habría significado un pequeño lío. ¿no? Las dos parejas se sentaron enfrente.. desafiándoles a salir y luchar. Y les puso en marcha a paso ligero. cuyas madres eran. Firmaré el contrato». que se cagaban en los Señores Coloniales. y hablaría por el intercomunicador con la secretaria. les recordó las tradicionales luchas por el territorio. —Hombre. Y entonces se le ocurrió la gran idea. un baile de fin de curso. —Pero hombre. ¡Ahora! Como acción defensiva. —Pero hombre —les dijo Hinton—. Y luego. más tenues. aliados y familia personal. como siempre a esa hora. recorriendo la mejilla y el mentón con ternura. Sí. Pues bien. insultando de nuevo a los Señores. Los otros le seguían soñolientos. que se vayan a tomar por el culo esos cabrones. Al irse. decidió emprender una carga. Utilizó sólo unas líneas. sin poder concentrarse demasiado en la lectura. y no tendría que pelear para que le obedeciesen. La Familia irrumpió allí con las primeras luces del alba. lanzando burlas e insultos. —¿Ahora? Llevamos toda la noche por ahí. Los muchachos eran grandes. Hinton enumeró antiguas ofensas. Hinton sacó su Lápiz Mágico.. y pudo darse cuenta de que el Peque y Dewey le tenían un enorme respeto. arrancaron dos antenas de coche para hacer las veces de látigos. Estaban sentados en un rincón. —Esa tregua no significa nada. Al levantarse. Hinton tuvo que ponerse en pie de un salto. y tú lo sabes muy bien. aunque no realmente rubia. todo el mundo. pensó. pisoteando todo su territorio sagrado. Los Señores Coloniales habían escrito sus símbolos y marcas por toda la pared del frontón. de piel clara y pelo largo. ¿Por qué?. Pero Hinton empezó a hablar. Luego. dejar las peleas. tener una familia. El poder casarse con una chica así le daría ambición. Se rompió allá en la Asamblea. 4:30-5:20 de la madrugada Todo era ya cuestión de llegar a casa. Le salió muy bien. Estaba casi amaneciendo.. pero no blanca. Ascendería en el mundo y se convertiría en. Las voces de Hinton se alzaban estridentes. eso vamos a hacer nosotros ahora. Pero nada se movía. acudirían a ellos. y entonces supo que jamás lograría realizar aquel sueño. Tenía las largas piernas muy juntas. La Familia era más fuerte de lo que ellos creían. Eso significaría dar órdenes a los demás. Tenía que desafiar a aquellos esclavos cabrones. De pronto. y ningún miembro de la Familia iba armado. aunque ellos no habían hecho nada. más gritaba Hinton. que le levantaba el labio inferior un poco. medio sonriendo. Mientras los otros se divertían un poco en el terreno de juegos (el Peque en un laberinto y Dewey en un tobogán). Hinton seguía adormilado.

era como si por fin se viesen libres de una pesadez y un espesor palpables. se preguntaba Hinton mientras corría. el océano! —gritaron los otros dos. Corrieron. unas sentadas y otras apoyadas en el quiosco. y luego dejó que el humo fuera saliendo de su boca. en realidad.. una familia cargada de mantas y equipo de playa cruzaba el entablado con dirección a la orilla. lo sostuvo un segundo en la mano y se lo puso en la boca. de su nariz para que la brisa marina lo capturase y dispersase en la nada. Bastaría ser un hombre importante en el territorio. y ahora sabían que era un hombre capaz de dirigir. Minnie. Empezó a gritar. al tiempo que gritaba. sino como. y a punto estaba ya de volver a colocarlo en la cinta del sombrero. Sintió una sensación de relajamiento que impregnaba su cuerpo. porque si uno tenía lo que deseaba. La arena manchada y el agua enrojecida. sin pintar. La cara fofa y redonda de Minnie rebosaba placer. Debían haber cogido a Héctor. todas las huellas de balas que había en las aceras. Norbert emitía jadeos como si estuviese exhortando a un caballo a llegar a la meta. siempre hablando sola. calma bajo el viento. que se tenían en pie sólo porque se apoyaban unas en otras. la mujer de Bimbo. Norbert. Luego. sin decir nada determinado. Antes de entrar en casa. alguna lata de comida amediada que su madre había olvidado guardar y platos sucios en la mesa y en el fregadero. pensó Hinton. Se quedó con la mano alzada. Se detuvo junto a la puerta de entrada y escuchó. como los otros. ¿para qué luchar? No merecía la pena. sus hermanos. cuando tuvo una idea. tocar la suave hinchazón de la ola y percibir que la humedad penetraba por las aberturas de sus zapatos. nadie sabía qué le había pasado. ni Bimbo. firme y frío. uno por cada dos apartamentos. Alonso las llamaba de flotación libre. desnudos. Casi todas las luces del vestíbulo aparecían apagadas. Allí había más claridad. porque Alonso andaba siempre con el bongo a cuestas para . Nadie se movió en la oscuridad. El niño dormía en una cuna con ruedas y lloraba. Estaba demasiado cansado. No importaba lo más mínimo. que desaparecía por ambos lados y se desvanecía en la roja neblina del amanecer. Hinton le acunó una. Al final no sería Padre. fruncía el ceño y cerraba los ojos. junto a su puerta. corrió hacia Hinton. Las paredes.. Lo recogió. Sólo oyó a la judía loca dando vueltas por su casa de la planta baja. pero él no creía en esas cosas. rojo y redondo. podría conseguir una chica fija en vez de tener que ir con el tipo de chicas que eran de todos. Hinton indicó con la mano que siguieran. y llegar a ser. estaban llenas de inscripciones. entró en la celda.. Ahora el Padre era Hinton. como hacían los jefes de patrulla. Cruzó la cocina. También Norbert tenía la cara redonda. o cinco lugares más que años tenía. Aún estaban ambos lados de la calle cubiertos por la sombra matutina. Allí. El Peque se lo encendió. una mano como una garra y decía extrañas palabras. Dormían allí tres de sus hermanos pequeños y una hermana.. Los otros trotaron tras él. Conocían aquel territorio en todos sus confines: seis manzanas cortas por cuatro largas. El viento del mar era fresco ahora. ¡qué lejos parecía lo del parque. A Hinton ya no le preocupaba el destrozo de sus elegantes zapatos italianos. estaba jodiendo con su hombre. Empezó a correr. y se le cayó del sombrero el cigarrillo de guerra. y tampoco Héctor. Los chicos también se apresuraron. por ejemplo su madre. Hablaron y las hijas les dijeron que Arnold había regresado hacía unas horas. Había más luz sobre las azoteas. también más pequeña. con un rumor-placer monótono y discordante. sin poder controlarse. todo emanaba una familiaridad inmensa y confortante. a las basuras de los estercoleros del interior. casi frío.. Abrió la puerta. Pensó de nuevo en una chica. Calle arriba patrullaba un machacacabezas. de cuatro plantas. —Lárgate de aquí o te atizo —dijo Norbert. Ella dormía de espaldas. porque no quería sentarse allí.. pero familiar y confortante. Vivían en la última. y quizás hubieran hablado. y el asfixiante aire de la noche parecía despejarse y disiparse. Hinton señaló y gritó: —¡El océano! —¡El océano. Hinton olió la fresca brisa marina. dejando que lo que tenía atragantado en el gaznate hallase una salida sin palabras. Ellos dijeron a las mujeres de Héctor y Bimbo lo que sabían de sus hombres. Parecía que aquella mujer nunca dormía. —¿Dónde has estado? Me matas a disgustos —le interpeló Minnie. Entró en La Cárcel. intentando impedir por todos los medios que la alegría degenerase en risillas infantiles. Cada paso que daban era más leve. parecieron no verle en absoluto. Todos se dieron la mano y se separaron. a Bimbo y a Lunkface. Se imaginó haciendo el amor con ella. Apagó el cigarrillo y volvió a colocarlo en la cinta del sombrero del Peque. Aún hacía calor. que se había iniciado en el parque. gorda. y todos rieron histéricamente. Dewey les contemplaba y asentía. rompiendo a llorar. yendo con ella. en Padre? Corrió rampa arriba hasta el paseo de tablas.. La brisa marina levantaba polvo. sabía que Norbert tenía los labios crispados y sonreía. pero cada paso les acercaba a zonas más frescas. Sumergió su mano rozada en el agua y sacudió las gotas en el aire. ¿Era en esto sólo en lo que consistía ser un hombre?. habían añadido sus propias consignas. No hacía falta decirlo. no le importaría lo de ser el Padre. como siempre. más ligero. todos los escondites. A lo lejos. Unas cuantas personas recorrían la extensión vacía del paseo de tablas. dos a la derecha y dos a la izquierda. Estaban ya en su territorio. escribió un nuevo «Norbert a la mierda» al final de una larga lista de Norberts a la mierda. Había muchas casas viejas de madera. Entonces. Hinton bajó corriendo las escaleras hasta la arena y luego siguió playa adelante hacia el agua. Era como conocer un espacio sin límites que liberaba el alma. No oyó nada. Al pasar Hinton. Hinton entró en la habitación de atrás. Era una casa de apartamentos de ladrillo. Encendió una cerilla. No podían dejar de reír ya. Al llegar a la última manzana. El rumor de la orina cayendo era sonoro. todas las señales. fue al retrete. empezó a sentir una alegre emoción y de nuevo aceleró el paso. Los policías podían estar esperándole. Arnold les había explicado que Ismael había desaparecido. dos veces. La expedición de guerra había terminado. Algunos pescadores llegaban para aprovechar la primera marea. Una chica que se enamorase de él.. tapados sólo con una sábana. aullaban y gritaban. a madera vieja y podrida. tan duras de subir. a casas en ruinas. era una bruja. No había tanto espacio en todo el resto de la ciudad. Había cucarachas inmóviles en las paredes. Siguieron por la playa unas cuantas manzanas. dos veces. Una chica que le viera luchar contra Arnold y derrotarle como había derrotado al sheriff. Estaba molido. Apoyó la cabeza en la pared y casi se quedó dormido. Esperó. Hinton lo cogió. Corrió el riesgo y empezó a subir corriendo las escaleras. Dewey y el Peque sacaron los cigarrillos de guerra de las cintas de sus sombreros y se los dieron a Hinton. Al cruzar aquella atmósfera cálida e inmóvil algunas moscas empezaron a revolotear. La mujer de Bimbo se echó a llorar. Alonso tenía apoyada la flaca mejilla en la mano y miraba en la oscuridad hacia donde su madre y Norbert estaban jodiendo. Hinton se volvió y empezó a caminar de nuevo hacia el paseo de tablas. sudando en el asfixiante agobio de aquel aire empapado de olor a orines de bebé. hacia la playa. Estaban allí. pero aquel día no pudo. pese a que cualquiera hubiese jurado que la estaban torturando de tanto como gemía. sorbían cada centímetro de fisurado asfalto y todo el espacio desde allí hasta la destacada masa de la montaña rusa que se alzaba sobre los edificios. todos. Había dos retretes en el centro. Alonso llevaba dos semanas sin aparecer por casa. La última planta tenía cuatro apartamentos. con la boca abierta y los párpados inferiores también abiertos aunque no veía. ¿no había matado ya a su hombre y no había dirigido una expedición? Deseó tener una chica que le esperase. que vivía esporádicamente con ellos desde hacía ya unos dos años. No había bombilla al final del pasillo. riendo tontamente. Había quien aseguraba. No podías mirarla porque tenía un ojo de cristal. Por la puerta abierta de la habitación delantera penetraba un poco de claridad. Hinton llevó al Peque y a Dewey calle abajo. sus hermanas. procuraron mostrarse frías. Les llegaba del mar la brisa matutina. La otra mano colgaba a un lado de la cama y con los dedos jugueteaba en el bongo. sobre el fogón. sólo miraban vagamente perdidos en su dirección. Se vio conquistándola. abrazados. Las chicas cabecearon. Los otros dos le siguieron. Luego se desviaron hacia el interior y se encaminaron a casa. Lo sorbían ávidamente. virando bruscamente a la izquierda para deslizarse. Les habían estado esperando toda la noche: la mujer de Héctor. luego le dejó y siguió. a algas podridas. Por lo menos había ganado reputación. que siempre decía lo mismo. algo limpio. Pero. Los otros corrieron tras él. Las calles aún estaban sumidas en intensas y oscuras sombras. El Peque lo intentó. En la cocina había una pila de ropa en el suelo. y sentían que la alegría les iba embargando hasta hacerles olvidar casi su cansancio. Eran cerca de las seis y en la playa era ya completamente de día. se arrodilló y se lo dio. Sólo había un camión de basura que desbordaba de desperdicios. La cama rechinaba. un relajamiento que partía de sus entrañas al vaciarse. y desde luego no por la jefatura de la Familia. ni nunca en realidad! ¿De dónde iba a sacar él otros quince pavos para unos zapatos como aquéllos? Daba igual. Algunas gaviotas alzaron el vuelo al aproximarse ellos. Estaba muy oscuro. Corrieron tras él. Permanecían allí tumbados. Sus veloces pies se hundían en la playa provocando nubes de arena. Hinton aspiró el humo una. la mujer de Dewey y la mujer del Peque. Pensaba que podía ganarle. La chica de Héctor le echó un brazo por los hombros y se alejaron juntas. a menos que quisiese pelear con Arnold. Las escaleras estaban medio desprendidas de las paredes. Dewey dio una voltereta y la insignia del sombrero brilló en un círculo. unas cuantas latas de cerveza vacías. Sintió un ardor intenso y frío en las rozaduras.5 de julio. Tío. con paso tranquilo. No se lo imaginó para excitarse. Si conseguía una mujer sabía que. pero abajo aún estaba oscuro.. pero en realidad no era una sonrisa.. Recorrieron la última manzana que precedía al paseo de entablado. Hinton inició un trote. Siempre evacuaba medio de pie. unas cazuelas con comida fría ya. Allí el viento olía a sal. Podrían cubrirlo en muy poco tiempo: conocían perfectamente todos los ladrillos. Cruzaron la calle. aunque sus caras miraban en su dirección y aunque tenían los ojos completamente abiertos. pero Hinton no la veía claramente. Lo único que se oía era el crujir de aquellas escaleras de La Cárcel. apenas visibles a causa de la excesiva oscuridad. la oficina de auxilio social. todas las manchas. el viento levantó trozos de papel en el aire. Las farolas eran de un tono pálido y tenían azules bordes fosforescentes. desvencijadas. Daba directamente a la cocina. El sol matutino asomaba entre la niebla. y luego una sensación fresca y agradable. La luz y el polvo de las ventanas apagaban la mañana convirtiéndola en una sábana lisa y gris. ¿Era así como te convertías en Jefe. Cacareaban. 5:20-6:00 de la mañana Antes de ir a casa. más amarillo que la amarillenta luz que bajaba del amanecer encapotado. Siguieron caminando hasta llegar a la confitería donde se reunían siempre. Sus pies repiquetearon en la madera. se había convertido en el Padre. acompasadamente. La siguiente habitación era un dormitorio-comedor. Cuando terminó. Les había encontrado el apartamento. dignificado. Su madre. mirando arriba y abajo. Le seguían. y era el vigésimo lugar en que vivía desde su nacimiento. Confortándose después de su noche. quizá. encendieron cigarrillos y echaron el humo por las narices. a la derecha. Dewey y el Peque se marcharon con sus mujeres. quien los guardó en un paquete semivacío de cigarrillos que tenía. se extendían ante ellos. al igual que los demás. en el poco tiempo que llevaban viviendo en la casa también él. Hinton les paró antes de cruzar la calle. Hinton esperó a que todos se fueran y entonces se encaminó hacia La Cárcel. Se volvió. que podía hechizarte. como si no hubiese sucedido ni mucho menos aquel día ni aquella semana. ni Lunkface habían sido capaces de hacerlo. Había allí algunas chicas. de espaldas a ellos. En la pared. aunque no siempre quisiese luchar. pero pendientes de cualquier sorpresa. donde nunca podía haber auténtico peligro. Siguieron caminando hacia el paseo de entablado. Alonso y su hermana más pequeña estaban juntos en la cama. ¿no había llevado a casa a los otros dos? Arnold no lo había hecho.

Los árboles de los patios traseros colgaban cojos y agostados. y la luz les daba ahora un aire dulce y angélico. Hinton empezó a explicarle su noche. —¿Ves a Minnie y a Norbert? Tic-tac—. tal como había hecho muchas veces. Predecible —dijo Alonso. de todo lo que les había pasado aquella noche. con la espalda apoyada en la pared. yo también he pasado por todo eso. lo que le convenció de que la burla de su hermano no tenía límites. junto a Alonso. incapaz de contener la emoción de poder mostrarle a Alonso lo que había hecho aquella noche. eh Jim? ¿Cuándo aprenderás. Hinton vio una burbuja de saliva en la comisura de los labios de su hermana y perlas de sudor entre sus pechos. a nadie le importa y.que le diese ritmo. Era una vieja discusión. hombre? ¿Sabes dónde estuve? ¿Sabes lo que hice? Hinton se acuclilló junto al bongo. que lo había visto todo y que todo lo que hicieses era estúpido. con la cabeza sobre el aplastado sombrero y el pulgar en la boca. . Sólo hay una cosa: gozar. pensó malévolamente Hinton. Porque si no sube todo en. Sigue mi consejo. —¿Así que has estado jugando a los soldados. Alonso no miró siquiera a Hinton. Sabes. es Ahora. porque. ¿qué podía esperarse de un yonqui?. con las hojas polvorientas. No podía decirle a Alonso que él era un yonqui y nada más. y contra aquella sonrisa no había nada que hacer. —Jim. Podía ver hasta el fondo de la calleja por detrás de las fachadas posteriores de las casas. pegados los mofletes. dijo: —¿Sabes lo que pasó esta noche. El niño dejó de llorar y empezó a chupar. Pero Alonso seguía con aquella sonrisa. Pero. Sin embargo. Hinton cruzó de nuevo la habitación de Minnie. que era una cosa terrible ser yonqui y que por eso no podía comprender lo que significaba tener una Familia. Así se quedó dormido. una sonrisa que te decía que él sabía todas las respuestas. La luz era cálida. Pero Alonso ponía aquella sonrisa de qué-sabes-tú-de-eso. hacia donde estaría el mar si no lo bloquease un gran hotel. Y al cabo de un rato se echó de costado. Hinton pasó de nuevo por su habitación hasta la cocina. siempre te machacarán. pero su flaco rostro tenía aquella sonrisa que te hacía odiarle. y se derramaba como algo que estuviese hirviendo en los espacios que había entre las casas. veinte minutos. Luego miró a su alrededor y se acercó a ver qué había en la cacerola que estaba en el fogón. abrió la ventana y salió a la escalera de incendios. Allí estaban tumbados. El Ahora. Hinton se lo contó de todos modos. y sus ojos miraron fijamente por encima de los árboles y de los tendederos de ropa. el gemir del niño. digamos. Lo demás no cuenta. Jim. Meció un rato al bebé. la sonrisa de Alonso no había variado lo más mínimo. Se incorporó. uniforme. se acercó con ella hasta la cuna y la puso en la boca del niño. Cogió una. Los dedos seguían el compás del crujir de la cama. cuándo dejarás esas cosas de golfillo? Hinton. mientras descansaban para el baile siguiente. espesa. desaparece todo lo bueno y entonces ellos te hunden y no te dejan levantarte. Cuando terminó su relato. Lo importante es Ahora. intentó hablarle a Alonso de la Familia y de lo que significaba. quedaban unas cuantas patatas fritas. Hinton miraba a Alonso y oía el crujir de la cama. En fin. sonriendo. y nada tenía sentido con aquella sonrisa mirándote a la cara. demasiado infantil para malgastar palabras en ello. no me cuentes eso. Aprovecha. si no sube. sabes. hasta que todo su cuerpo quedó hecho un ovillo. que no dejaba de llorar ni un segundo. el jadear de Norbert y el suave tamborileo del bongo una y otra vez. Hinton encogió las rodillas juntas. Tic-tac. al final. Hinton no podía discutirle. sabes. Volvió a pasar ante la sonrisa de Alonso y rodeó la cama. La única palabra que cuenta. hombre. para contárselo. hermanomierda. pero Norbert y Minnie habían terminado. Se sentó allí. Los dedos de Alonso seguían el ritmo. El bebé aún lloraba. Aprovecha. oyes.

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