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LUNA NUEVA
ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA
ANTOLOGÍA MÚLTIPLE
2 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA
3

Omar Ortiz Forero


Compilador

Luna Nueva,
once miradas
a la poesía colombiana
Antología múltiple

Tuluá, 2007
4 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Luna nueva: once miradas a la poesía colombiana /


Compilador: Omar Francisco Ortiz Forero; ilustrador
Antonio Zamudio. -- Cali: Omar Francisco Ortiz Forero,
Impresora Feriva, 2007.
190 p.: il.; 24 cm.
ISBN 978-958-44-0884-6
1. Poesía colombiana – Colecciones. I. Ortiz Forero,
Omar Francisco, comp. II. Zamudio, Antonio, il.
Co861.08 cd 21 ed.
A1118507

CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango

© Omar Ortiz Forero


2007

Luna Nueva
Cra. 26 No. 27-60
Teléfono: (2) 224 4876
Tuluá (Valle)

ISBN: 978-958-44-0884-6

Obras de carátula y separador: Antonio Zamudio

Diagramación:
Departamento Arte y Diseño de Feriva S.A.

Impreso en los talleres gráficos de Impresora Feriva S.A.


Calle 18 No. 3-33
PBX: 524 9009
www.feriva.com
Cali, Colombia
5

Contenido
Luna Nueva, veinte años de complicidades 9

EL PARAÍSO EN BLANCO
Víctor López Rache
XII Carlos Obregón 14
(En la cárcel) C. Obregón 15
Canción del que fabrica los es
espejos Juan Manuel Roca 16
Carta en el buzón del viento J.M. Roca 17
Cercanía de la muerte Giovanni Quessep 18
La estación perenne Eduardo Cote Lamus 19
Viajero Fernando Charry Lara 20
Sequía Aurelio Arturo 21
Canción de la vida profunda Porfi rio Barba Jacob 22

MIS DIEZ POEMAS


Juan Manuel Roca
Epístola mortal Eduardo Carranza 25
Los desposados de la muerte Porfi rio Barba Jacob 29
Canción del ayer Aurelio Arturo 31
Presencia del ritmo Luis Vidales 32
Picardía angelical Ciro Mendía 34
Amantes Jorge Gaitán Durán 35
Nocturno Álvaro Mutis 36
Responso por la muerte
de un burócrata Héctor Rojas Herazo 37
Llanura de Tuluá Fernando Charry Lara 40
Conversación con W. W. Jaime Jaramillo Escobar 41
6 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

POESÍA Y ALQUIMIA
Orietta Lozano
¡Oh piedra! Luis Vidales 44
Regreso Laura Victoria 45
Qué noche de hojas suaves Aurelio Arturo 46
El deseo Héctor Rojas Herazo 47
Me pierde la canción que me desvela Giovanni Quessep 48
Desnudo Luis Aguilera 49
Li-Po Raúl Gómez Jattín 50
La línea Luz Helena Cordero 51
Lamento Antonio Zibara 52

POEMAS QUE SE HAN QUEDADO GRABADOS EN LA MENTE


Jaime Echeverry
Balada del mar no visto,
ritmada en versos diversos León de Greiff 55
Tarde de verano Luis Carlos López 57
Canto del extranjero Giovanni Quessep 58
Una carta rumbo a Gales Juan Manuel Roca 61
El hueco Luis Vidales 62
Apólogo del Paraíso Jaime Jaramillo Escobar 63
A Cali ha llegado la muerte Emilia Ayarza 64
Lluvias Aurelio Arturo 67
Si los muertos entierran
tier
tierran
a los muertos (fragmento) Fernando Mejía Mejía 68

ANTOLOGÍA PERSONAL
Santiago Mutis
El recluta José Asunción Silva 73
E cantor (fragmento)
El Aurelio Arturo 75
Imprecación del hombre de Kenya Jorge Zalamea 77
La casa entre los robles Héctor Rojas Herazo 79
Testimonio Fernando Charry Lara 81
Caravansary - Invocación Álvaro Mutis 82
Si mañana despierto Jorge Gaitán Durán 87
Silva Eduardo Cote Lamus 88
Salón Colonia Juan Manuel Roca 91
Tierra dura Luis Aguilera 93
7

DISCULPAS PARA ESCOGER UNOS POEMAS


Gustavo Álvarez Gardeazábal
La espera Antonio Llanos 96
Nodriza Aurelio Arturo 97
Mujeres de otro día Arturo Camacho Ramírez 98
Soneto a Teresa Eduardo Carranza 100
Aviso a los moribundos Jaime Jaramillo Escobar 101
Los inadaptados
no te olvidamos, Marilyn Jotamario Arbeláez 104
Te hubiera amado Fernando Charry Lara 106
Verde mar Meira del Mar 107
Albatros Omar Ortiz Forero 108

TRAS UNA NUEVA LECTURA DE LA POESÍA COLOMBIANA


Julián Malatesta
Las dos cabezas Guillermo Valencia 111
La hora cobarde Porfi rio Barba Jacob 114
Sonetín León de Greiff 117
Elegía a Leyla Kháled Meira del Mar 118
Cantos de hombres (final) Aurelio Arturo 120
Declaración de amor Helcías Martán Góngora 122
Estancias del tiempo Juan Manuel Roca 123
En el cañón del Patía William Ospina Buitrago 124
La lectura en tinieblas Jotamario Arbeláez 126
Una muchacha de San Petersburgo Omar Ortiz Forero 127

LISTADO PLURAL
Rómulo Bustos Aguirre
En tono menor Luis Carlos López 131
Cinematografía nacional Luis Vidales 132
Morada al Sur Aurelio Arturo 133
La noche de Jacob Héctor Rojas Herazo 137
Mohirología Álvaro Mutis 143
En la Luna que he contado Giovanni Quessep 146
M
Momentos José Manuel Arango 147
Mester de ceguería Juan Manuel Roca 148
Problemas de la estética
contemporánea Jaime Jaramillo Escobar 149
El disparo final en la Vía Láctea Raúl Gómez Jattín 151
8 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

POESÍA DEL SIGLO XX EN COLOMBIA, UN SIGLO SEPULTADOS


Álvaro Marín
Nocturno III José Asunción Silva 156
(Formentera) Carlos Obregón 158
–Alguien habla en el silencio Eduardo Cote Lamus 159
El suburbio del ídolo Héctor Rojas Herazo 161
Poema sin rima pero con metro Juan Manuel Roca 167
Pájaro Giovanni Quessep 168
Nocturno de los marineros Emilia Ayarza 170

LECTURA PERSONAL
Lucía Estrada
Amén Álvaro Mutis 174
XXXVI José Manuel Arango 175
Biblioteca de ciegos Juan Manuel Roca 176
Jacob y el ángel Giovanni Quessep 177
Mi casa Felipe García Quintero 178
Casa de piedra Andrea Cote 179

CONSIDERACIONES SUPLEMENTARIAS
Samuel Vásquez
Una palabra Álvaro Mutis 182
Hombres se echan a las calles José Manuel Arango 183
Parábola Giovanni Quessep 184
Razones del ausente Darío Jaramillo Agudelo 186
9

Luna Nueva,
veinte años de complicidades

Hace veinte años Ángela Lucía Chaguala, una muchacha de Tuluá,


me hizo una propuesta insólita: “Hagamos una revista de poesía”, dijo.
Creo que la miré como si estuviera loca, porque inmediatamente agregó:
“Yo me encargo de conseguir la publicidad y tú te responsabilizas del
contenido”. Y así, en un arrebato femenino, que ya se sabe son los que
mueven el mundo, se gestó esta quijotesca tarea que parecía a todas luces
imposible.
Porque aun hoy, algunos incrédulos de oficio todavía fruncen el ceño
al enterarse de que la revista tulueña ha resistido cuatro presidentes de
la República y uno que repite, como afi rma el poeta Juan Manuel Roca
exaltando la heroica periodicidad de la publicación en una geografía tan
cercana a la violencia, a la sangre, y tan arisca a los asuntos del espíritu
y la belleza.
Pero es que los escépticos nunca cuentan con el valor de la amistad,
ya que son precisamente los amigos y las amigas quienes hacen posibles
los sueños, las fecundas labores de la imaginación. Sin ellos, sin los que
desde un comienzo se solidarizaron con este empeño y sin los que se han
ido sumando en la travesía, seguramente no hubiéramos podido avanzar
más allá de los primeros balbuceos.
Cómo no recordar la dedicación que María Isabel Borrero le entregó
a la revista (luego de que Ángela Lucía abandonó la faena para dedicarse
a tener hijas), cuando se le ocurrió pedirles a conocidos artistas que
facilitaran sus trabajos para ilustrar las páginas de Luna Nueva y ella
diagramó con paciencia de relojera los primeros veinte números, cuando
ese trabajo era cuestión de bisturí y pegante, elementos con los que se iba
armando lo que se llamaba el arte final.
10 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Cómo no mencionar la complicidad de Grace Price, quien se desem-


peñaba como funcionaria de la Imprenta Depar ta mental del Valle y donde
levantábamos gratuitamente los tex tos que María Isabel convertía en
páginas de poesía.
Fue además fundamental para que llegáramos a esta celebración el
acompañamiento de poetas como Antonio Correa, Juan Manuel Ponce,
Juan Manuel Roca, María Mercedes Carranza (q.e.p.d.), Guillermo Bernal,
Gabriel Arturo Castro, Celedonio Orjuela Duarte, Víctor López Rache,
Samuel Vásquez, Fernando Rendón, Ángela García, Gabriel Jaime Franco,
Norman Muñoz, Edgar Hernán Ramírez, Paulina Vinderman, Jaime
Quezada, Luis la Hoz, Alberto Rodríguez Tosca, Rómulo Bustos, Felipe
García Quintero, Horacio Benavides, Julián Malatesta, Eva Durán, Hernán
Vargascarreño, Andrea Cote, Horacio Salas, José Ángel Leyva, Leticia
Luna, Orlando López Valencia, Rafael del Castillo, Guillermo Linero,
Ana Milena Puerta, Rodolfo Alonso, entre otros. De artistas plásticos
que ilustraron algunos de nuestros números, entre ellos Fabián Rendón
(q.e.p.d.), Omar Rayo, Antonio Zamudio, Leonel Góngora (q.e.p.d.), Kike
Lalinde, Darío Villegas.
Quiero aprovechar la efemérides para resaltar la generosa persistencia
de J.J. Guzmán en estas ocupaciones, el arribo de Pionono González a esta
comunidad de fantasiosos, y, cómo no, la siempre jodona fraternidad de
Gustavo Álvarez Gardeazábal; y agradecer a los lectores de poesía y a los
que apoyan económicamente con sus pautas este deber con la palabra, el
que nos permitan tener tan queridos amigos, tan hermosas amigas y la
alegría de constatar que a pesar de tanta barbarie, este mundo y este país
valen la pena.
Finalmente, debo referirme a esta particular antología que me sugirió
el poeta Víctor López Rache, cuando en el lobby de un hotel bogotano
apurábamos uno que otro whisky en el marco del encuentro “Alzados en
Almas”, hace más o menos tres años y que acogí con entusiasmo.
Ya que no se había hecho en Colombia una selección antológica de
poemas, se les solicitó a doce poetas y narradores colombianos los diez
poemas que en su personal gusto consideraran los mejores de la poética
nacional a partir del siglo XX. Fruto de tal pedimento es el presente trabajo,
donde los poetas y narradores convocados cumplieron a cabalidad con el
encargo, salvo Meira del Mar, aquejada por inconvenientes maluquerías.
A ella, nuestro cariño y respeto.
En el material allegado se encuentran inevitables coincidencias que
anotamos así:
La estación perenne, de Eduardo Cote Lamus, enviado conjun-
tamente por Víctor López Rache y Gustavo Álvarez Gardeazábal; Canción
OMAR ORTIZ FORERO 11

de la vida profunda, de Porfi rio Barba Jacob, seleccionado en común por


Víctor López Rache y Orietta Lozano; Amantes, de Jorge Gaitán Durán,
coincidió en los envíos de Juan Manuel Roca, Jaime Echeverri y Álvaro
Marín; Responso por la muerte de un burócrata, de Héctor Rojas Herazo,
escogido a la vez por Juan Manuel Roca y Samuel Vásquez; Llanura de
Tuluá, de Fernando Charry Lara, coincide en los poetas Juan Manuel
Roca, Lucía Estrada y Samuel Vásquez; El deseo, del mismo Rojas Herazo,
también fue coincidente en las poetas Orietta Lozano y Lucía Estrada; Si
mañana despierto, de Jorge Gaitán Durán, fue del gusto común de Santiago
Mutis, Lucía Estrada y Samuel Vásquez; Cinematografía nacional, de Luis
Vidales, fue señalado por Rómulo Bustos y Álvaro Marín, que coinciden
también con Morada al Sur Sur, de Aurelio Arturo, junto a Lucía Estrada;
Mester de ceguería, de Juan Manuel Roca, fue concurrente en Rómulo
Bustos y Samuel Vásquez.
Es necesario precisar que en las coincidencias registradas se publica
el primer poema recibido y que el orden de aparición de los convocados en
el libro tiene que ver con el orden de llegada de los textos solicitados.
Se les ofrece entonces a los amantes y estudiosos de la poesía un
invaluable texto, múltiple y cambiante, como una especie de calidoscopio
poético que dialoga entre sí en una maravillosa galería de espejos que nos
atrapa y sorprende.

OMAR ORTIZ FORERO


Tuluá, marzo 6 de 2007
12 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA
13

El paraíso en blanco
Víctor López Rache

Los poemas que he seleccionado son los que sé de memoria, o los


que estoy tratando de no olvidar. Tal vez persisto en llevarlos conmigo
porque, desde el colegio, he oído que la poesía es la única actividad que
puede expresar el mundo desconocido y anima a emprender los caminos
de la curiosidad.
Claro, la memoria exige unos requisitos: misterio, ritmo, unidad,
mensaje, y una extensión no superior a dos páginas de una libreta de
bolsillo, donde los poemas pueden invernar mientras se van tornando
parte de la vida. Además, la memoria es imposible sin la ayuda de los
sentidos. Entonces, los poemas deben causarme algún resquemor en la
sensibilidad.
La gratitud a mis primeras lecturas me alentó a incluir la Canción de
la vida profunda, a cambio de mejores poemas del mismo autor y de otros
autores; pero superiores a mi limitada memoria.
La ausencia de textos de escuelas y personajes que han moldeado la
imaginación colombiana no se debe a los cambios inevitables que van
afrontando las generaciones. Se debe a la injusticia de mi memoria con las
personalidades que perduran a través de antologías obedientes al gusto
ocasional, a la comprensible admiración al talento familiar y, sobre todo, a
través de la visión excluyente de los cómplices culturales de los sucesivos
gobiernos.
La memoria, también, nos vuelve extremistas. Había seleccionado
un famoso poema de amor, de un autor de Mito; pero, a última hora, mi
memoria me aconsejó dejarlo en paz, porque casi confunde la atmósfera y
tres versos con el sello poético de un Nobel latinoamericano.
A las anteriores falencias se suma la naturaleza extraña de la memoria:
cuando no le falta autoestima le sobra egoísmo. Por eso, los que deben
completar la decena de poemas sugerida por Luna Nueva son autoría de
poetas nacidos a partir de los cincuenta. Pero el lector de sensibilidad
justa y memoria serena los puede adivinar.
Finalmente, la memoria humana no es el paraíso en blanco que
espera llenarse con textos de autores sobrados de pública inmortalidad.
14 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

XII
Extranjero: esta es la pasión del ángel:
despertarse en la ribera del instante,
solitario entre las palabras y las piedras.
Cuando sólo existe el árbol de la noche,
nos basta lo que existe
y el tiempo son las torres que enfrente al mar esperan
el exilio nocturno de los viajes,
el silencio del claustro.
Su voz son estas cosas, estas horas que hablan
con el sol del verano,
retornando en la tarde a su nombre duro y verdadero
como retorna en los oídos la violencia del viento
o el mar que nos invade.
He aquí el tiempo de las manos
renovado en la noche cuando la palabra muere.
Escucha: entre la yerba, la santidad del mundo
y las preguntas hoy cantan la soledad de cada paso.
Vivir es ser su cuerpo, que la mirada viaje en su distancia
como un ave sin rumbo entre las rocas
y luego irse, exiliado, y más allá de la piel,
desde las torres, desde el mar hasta el ángel
ser la ruta del viento,
alejarse y perderse en el silencio que nos puebla.
Extranjero: el ruido del bosque es el poder de un solo instante,
el nacimiento de las voces que te hablan.
Quien se habita es el desierto: su soledad es nuestra.

CARLOS OBREGÓN
VÍCTOR LÓPEZ R ACHE 15

[En la cárcel]
En la hora en que mueren los malditos,
los huesos lanzan un vasto grito de ceniza
mientras gime el viento bonachón y enorme
con un hosanna blanco de rebeldes palomas.
Quieta la noche, del aire apenas viene
un sonido cansado de barcos que se alejan
y hogares donde se ama, un sonido
que crece hacia adentro hasta tocar el alma.
Giran las sombras, voy hasta mí mismo,
me persigno y elevo las palabras.
Esta noche de ascuas enlutadas, me basta
la pupila en la celda donde fumo
una pipa de hartura y de deseo
y luego, respira un hondo espacio
salir del tiempo, estar bajo otro cielo.
Basta el viento y poseer su origen.
Aquí, sin nadie, entre estos muros.

CARLOS OBREGÓN
16 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Canción del que fabrica los espejos


Fabrico espejos:
Al horror agrego más horror,
Más belleza a la belleza.
Llevo por la calle la luna de azogue:
El cielo se refleja en el espejo
Y los tejados bailan
Como un cuadro de Chagall.
Cuando el espejo entre en otra casa
Borrará los rostros conocidos,
Pues los espejos no narran su pasado,
No delatan antiguos moradores.
Algunos construyen cárceles,
Barrotes para jaulas.
Yo fabrico espejos:
Al horror agrego más horror,
Más belleza a la belleza.

JUAN M ANUEL ROCA


VÍCTOR LÓPEZ R ACHE 17

Carta en el buzón del viento


Sin saber para quién,
Envío esta carta puesta en el buzón del viento.
Oscuros hombres han merodeado a mi puerta
Con gabanes abultados por la escuadra de una lugger,
Y en la noche, mientras leía a mis viejos poetas enlunados,
Una legión de sombras ha roto mi ventana.
No son duendes.
No son fantasmas los habitantes de este ebrio rincón del mundo,
Y sin embargo,
Nos hemos visto dando nombres propios a un vacío:
Hay un poblado de hombres desaparecidos
Y es frecuente escuchar en las calles y en los bares
A las gentes que hablan de abandonar un país como un barco que
[naufraga.
Sin saber para quién,
Escribo esta carta puesta en el buzón del viento,
Desde una nación donde alguien proscribe el sueño,
Donde gotea el tiempo como lluvia envilecida
Y la risa es condenada por traición a los espejos.
No sé a quién pedirle que abra su ventana
Para que entre esta carta puesta en el buzón del viento.

JUAN M ANUEL ROCA


18 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Cercanía de la muerte
El hombre solo habita
Una orilla lejana
Mira la tarde gris cayendo
Mira las hojas blancas

Rostro perdido del amor


Apenas canta y mueve
La rueda del azar
Que lo acerca a la muerte

Extranjero de todo
La dicha lo maldice
El hombre solo a solas habla
De un reino que no existe

GIOVANNI QUESSEP
VÍCTOR LÓPEZ R ACHE 19

La estación perenne
Tu cuerpo desnudo brilla bajo los relámpagos
como antes bajo mis manos.
Todas las estaciones están en tu cuerpo.
La primavera comienza su esplendor en tu abrazo
y concluye en tu boca entreabierta, exultante.
Todos los ríos del mundo están en tu cuerpo,
confluyen en ti en el momento
en que el animal más bello del bosque
—el ciervo, por ejemplo—
bebe de ti y se contempla.
Tu piel es el límite del fuego
donde se refugia el ardor del verano.
Rojas llamas te inundan.
Se mezclan los elementos y tu cuerpo se curva,
hay más aire en tu boca y mi cuerpo sediento
busca en ti salida, la libertad, los deseos.
Se anudan en ti los olivos del mundo
y ardes como una lámpara.
Somos un cuerpo solo luchando contra la muerte.
El otoño se riega en tu cuerpo como vino rojo en la mesa.
Tus muslos descansan en el borde del mundo.
Vuela una paloma de tu pecho a mis manos.
Después miramos los dos, de alegría cansados,
como a chimenea en invierno, el fuego pasado
y tu piel que brilla bajo los relámpagos.

EDUARDO COTE LAMUS


20 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Viajero
La extrañeza del lugar aunque
lo imaginaba. Lo interminable del instante
y lo áspero. Un comedor vasto como el hastío.
Mas aquí, en reposo,
el mudo mantel, el atardecer
junto a la sombra
de los recuerdos en el rostro.
Obstinada la hora
le encierra, solitario, y al hermano
que llora bajo sus pensamientos.

Un sitio siempre ajeno como el amor, un lento salón


que a los fantasmas del viaje, en bandadas,
aparece de súbito con lámparas y memorias.
Conversaciones, alas, palabras apenas,
rumor en torno. Una cucharada
a los labios con un remordimiento
y sobre la mesa, inmóvil, desconocida,
la silenciosa blancura de sus manos.

Quisiera despertar de entre los muertos


mientras la hora sórdidamente huye.

Lo piensa mientras a su alrededor


la mosca del sueño, el periódico,
el volumen ardiente de una falda,
no importa
qué cuerpos o miradas, la tenaz
ola de melancolía también
les llega,
y en procesiones nocturnas
los huéspedes no duermen sino avanzan
con equipajes, entre espejos y blancos uniformes,
sonrientes, solos, sonámbulos,
por carrileras, a pie, enlunados,
al subterráneo final de los trenes sin nadie.

FERNANDO CHARRY LARA


VÍCTOR LÓPEZ R ACHE 21

Sequía
Porque la sed había herido toda cosa,
todo ser, toda tierra de hombres…
Y nunca más volvería la lluvia.

Y moría la aldea en el silencio de bronce.


Los flacos perros alargaban sus lenguas
[hasta las galaxias.
¿Y sólo en secreto saben hablar los bosques?

Y la sed enseñaba palabras procaces,


era un recuerdo de savias y frutas,
era un lirio de hielo abierto en todo el cielo.
Y dijo el hombre: aquí junto a mi lecho
perros de sed y fuego saltan a mi garganta...
Pero más allá de las lontananzas
oigo venir la lluvia danzando jubilosa
con violetas y rosas,
la siento venir en distancias de años,
sus pies menudos, finos y saltarines.

Si lloviera en la aldea,
sobre los valles que bostezan secos,
si lloviera sobre las alfombras del monte,
sobre la noche de rocas amarillas.

Una delgada aguja había,


perdida, en la profusa sombra,
una agujita de agua.

Y la joven madre cobriza


inclinada y desnuda como hoja de plátano,
prendido de sus senos
tiene un hijo de barro,
otros días los cielos tímidos descendían
a picotear los granos en su palma de greda.

¿Dónde el agua desnuda,


el agua que brilla y canta?

El agua es en la noche como una luz opaca.

Y esa palabra húmeda sonando lejos en el monte.


Ese fresco tambor no se sabe en dónde.

AURELIO ARTURO
22 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Canción de la vida profunda


El hombre es cosa vana, variable y ondeante...
Mont aigne

Hay días en que somos tan móviles, tan móviles,


como las leves briznas al viento y al azar.
Tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonríe.
La vida es clara, undívaga y abierta como un mar.
Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,
como en abril el campo, que tiembla de pasión:
bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,
el alma está brotando florestas de ilusión.
Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos...
–¡niñez en el crepúsculo!, ¡lagunas de zafi r!–
que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,
y hasta las propias penas nos hacen sonreír.
Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos,
como la entraña oscura de oscuro pedernal:
la noche nos sorprende con sus profusas lámparas,
en rútilas monedas tasando el Bien y el Mal.
Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,
que nos depara en vano su carne la mujer;
tras de ceñir un talle y acariciar un seno,
la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.
Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,
como en las noches lúgubres el llanto del pinar.
El alma gime entonces bajo el dolor del mundo,
y acaso ni Dios mismo nos pueda consolar.
Mas hay también, ¡oh Tierra!, un día... un día.. un día
en que levamos anclas para jamás volver...
Un día en que discurren vientos ineluctables.
¡Un día en que ya nadie nos puede retener!

PORFIRIO BARBA JACOB


23

Mis diez poemas


Juan Manuel Roca

Al intentar elegir los diez poemas que más me gustan de la poesía


colombiana del siglo XX, un verdadero “tour de force”, un pedido al que
sólo cedo por ser una propuesta de Luna Nueva, me veo repasando libros
y antologías, desempolvando versos y sensaciones.
Es una difícil prueba que acepto con intenciones de ser justo en mis
apreciaciones, aun si provienen de poetas que me presentan dificultades
de lectura en la totalidad de su obra.

Sin orden cronológico ni de preferencias señalo los diez poemas:

1. Epístola mortal, de Eduardo Carranza, alguien cuya poesía no estimo,


pero que en la madurez de su vida escribió este conmovedor poema,
sin la sacarina habitual de sus versos. Es una enternecedora visión de
la muerte y de la fugacidad del tiempo.
2. Los desposados de la muerte, de Porfi rio Barba Jacob, cuyo tono evocador
y despojado de vocablos estentóreos tiene un acento que repercutirá en
algunos poemas de Aurelio Arturo.
3. Canción del ayer
ayer, de Aurelio Arturo, uno de los más bellos poemas de
la lengua, que hablando de la música es música en sí misma y donde,
como en el poema de Barba, los nombres propios de personas cercanas
son exaltados a un plano mitológico.
4. Presencia del ritmo, de Luis Vidales, un poeta al que sólo se ha
atendido en su libro vanguardista de 1926 ante la pobreza total de sus
versos inscritos en el realismo socialista, pero que tiene una zona mal
explorada en la que hay poemas de gran belleza como el que elijo.
5. Picardía angelical, de Ciro Mendía, porque dentro de la misma estirpe
burlesca de Luis Carlos López, pero con mayor sutileza, logra un
poema que mezcla cierta inocencia y una mirada perversa a la vez,
para señalar el erotismo de un ángel.
24 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

6. Amantes, de Jorge Gaitán Durán, porque es quizá el primer poema


erótico que en Colombia asume un lenguaje moderno, lejos de cierto
parnasianismo que aparece en Rash Isla o en Barba Jacob y en tantos
otros antecedentes, cuando tratan el amor corporal.
7. Nocturno, de Álvaro Mutis, un espléndido y rumoroso poema que no
sólo describe nuestra geografía física sino también espiritual. Es quizá,
junto a Morada al sur
sur, de Arturo, el poema que mejor exalta nuestro
paisaje.
8. Responso por la muerte de un burócrata, de Héctor Rojas Herazo, que
es como un aguafuerte de la vida y de la muerte del hombre corriente,
de los mendrugos que entrega la existencia gris de un oficinista. Es un
poema estremecedor, entre amoroso y burlesco, quizá un réquiem por
la vida cotidiana cuyo tono aparecerá después en el poema de Jaime
Jaramillo Escobar (X-504) titulado Aviso a los moribundos.
9. Llanura de Tuluá, de Fernando Charry Lara, por la atmósfera de trágica
belleza suscitada ante la presencia de una pareja muerta, hombre y
mujer, vistos al borde de una carretera. Es un cuadro de la violencia
sin rastro y sin rostro, que me resulta el poema más inquietante de tan
amargo y difícil tema en Colombia.
10. Conversación con W.W
W.W., de Jaime Jaramillo Escobar. Un coloquio con
Whitman le sirve para hacer burlas de la prepotencia del hombre y de
la zoología o heráldica que se supone lo engrandece. Una verdadera
pieza maestra de la poesía coloquial.
JUAN M ANUEL ROCA 25

Epístola mortal
Leopoldo Panero, in memoriam

...y no hallé cosa en qué poner los ojos


que no fuese recuerdo de la muerte.
Quevedo

Miro un retrato: todos están muertos:


poetas que adoró mi adolescencia.
Ojeo un álbum familiar y pasan
trajes y sombras y perfumes muertos.
(Desangrados de azul yacen mis sueños).
El amigo y la novia ya no existen:
la mano de Tomás Vargas Osorio
que narraba este mundo, el otro mundo...
la sonrisa de la Prima Morena
que era como una flor que no termina
desvanecida en alma y en aroma...
Cae el Diluvio Universal del tiempo.
Como una torre se derrumba todo.
...“Las torres que desprecio al aire fueron”...
Voy andando entre ruinas y epitafios
por una larga vía de cipreses
que sombrean suspiros y sepulcros.
Aquí yace mi alma de veinte años
con su rosa de fuego entre los dedos.
Aquí están los escombros de un ensueño.
Aquí yace una tarde conocida.
Y una rosa cortada en una mano
y una mano cortada en una rosa.
Y una cruz de violetas me señala
la tumba de una noche delirante...
Ojeo el “Cromos” de los años treinta:
lánguidas señoritas cuyos pechos
salían del “Cantar de los Cantares”,
caballeros que salen del fox-trot,
sonreídos, gardenia en el ojal
(y tú, patinadora, ¿a quién sonríes?).
26 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Y esos rostros morenos o dorados


que amó un niño precoz perdidamente.
Amigos, mis amigos, mis amigos,
compañeros de viaje y no-me-olvides:
Teresa, Alicia, Margarita, Laura,
Rosario, Luz, María, Inés, Elvira...
con sus pálidas caras asomadas
en las ventanas desaparecidas...
Panero, Souvirón y Carlos Lara,
Pablo Neruda y Jorge Zalamea,
Jorge Gaitán y Cote y Julio Borda,
Mario Paredes, Mallarino, Alzate...
en sus asientos desaparecidos:
están aquí, no están, pero sí están:
(¡oh margarita gris de los sepulcros!)...
... “Sólo que el tiempo lo ha borrado todo
como una blanca tempestad de arena”.
El que primero atravesó el océano
volando solo, solo con su arcángel,
y aquel en cuya frente ardía ya
el incendio maldito de Hiroshima,
los guerreros que al aire alzan el brazo
y la palabra libre como un águila
y aviones y estandartes y legiones
pasan cantando, pasan, ya van muertos:
adelante la muerte va a caballo,
en un caballo muerto.
La tierra es un redondo cementerio
y el cielo es una losa funeral.
El Nuncio, el Arzobispo, el Santo Padre
hacia su muerte caminando van:
nadie les grita: ¡detened el paso!
que ya estáis a la orilla: el precipicio
que cae sobre el Reino del Espanto
y en cada paso vais hacia el ayer
y de un momento a otro cae el cielo
hecho trizas sobre vuestras altezas...
Somos arrendatarios de la muerte.
(A nuestra espalda, sigilosamente
cuando estamos dormidos,
JUAN M ANUEL ROCA 27

sin avisarnos se urden muchas cosas


como incendios, naufragios y batallas
y terremotos de iracundo puño...
que de repente borran de este mundo
el rostro del ahora y del ayer,
llámase amor o sangre y ojos negros...
Y nadie nos había dicho nada.
Alguien sabe el revés de los tapices,
digo, de vuestra vida,
y es el otro, el fantasma, quien lo teje...).
Las niñas de Primera Comunión
de cuyas manos vuela una paloma,
las blancas novias que arden en su hoguera,
días y bailes, reyes destronados
y coronas caídas en el polvo,
la manzana y el cámbulo, el turpial,
el tigre, la venada, los pescados,
el rocío, mi sombra, estas palabras:
¡todo murió mañana! ya está muerto.
El polvo es nuestra cara verdadera.
Los presidentes y los generales
asomados al sueño del poder
sobre un río de espadas y banderas
llevados por las manos de los muertos,
el agua, el fuego, el viento, la sortija,
los ojos que ofrecían el infinito
y eran dueños de nada,
los cabellos, las manos que soñaban...
¡“fueron sino rocío de los prados”!
La Dama Azul, las flores, las guitarras,
el vino loco, la rosa secreta,
el dinero como un perro amarillo,
la gloria en su corcel desenfrenado
y la sonrisa que ya es ceniza,
el actor y las reinas de belleza
con su cetro de polvo, el bachiller,
el cura y el doctor recién graduados
que sueñan con la mano en la mejilla:
muertos están, si que también las lágrimas:
Todo fue como un vino derramado
28 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

en la porosa tierra del olvido.


Tanto amor, tanto anhelo, tanto fuego:
dime, oh Dios mío, ¿en cuál mar van a dar?
“¿Los yunques y troqueles de mi alma
trabajan para el polvo y para el viento?”
Por el mar, por el aire, por el llano,
por el día, en la noche, a toda hora,
vienen vivos y muertos, todos muertos,
y desembocan en el corazón
donde un instante salen a las flores,
los labios delirantes y las nubes
y siguen tiempo abajo, sangre abajo:
¡somos antepasados de otros muertos!
Todo cae, se esfuma, se despide,
y yo mismo me estoy diciendo adiós
y me vuelvo a mirar, me dejo solo,
abandonado en este cementerio.
Allá mi corazón está enterrado
como una hazaña luminosa y pura.
Miro en torno, los ojos entornados:
todos estamos contra el paredón:
sólo esperamos el tiro de gracia:
todos estamos muertos, muertos, muertos:
los de ayer, los de hoy, los de mañana...
sembrados ya de trigo o de palmeras,
de rosales o simplemente yerba:
nadie nos llora, nadie nos recuerda.
Sobre este poema vuela un cuervo.
Y lo escribe una mano de ceniza.

EDUARDO CARRANZA
JUAN M ANUEL ROCA 29

Los desposados de la muerte


Michael Farrel ardía con un ardor puro como la luz.
Sus manos enseñaban a amar los lirios
y sus sienes a desear el oro de las estrellas.
En sus ojos bullían trémulas luces oceánicas.
Sus formas eran el himno de castidad de la arcilla,
suave y fragante y musical.
Bajo sus bucles rubios, undosos y profusos,
parecían temblar las alas de un ángel.

Emiliano Atehortúa era muy sencillo


y traía una infantilidad inagotable.
Su adolescencia láctea, meliflua y floreal,
fluía por las escarpas de mi madurez
como fluye por el cielo la leche del alba.
Cuando le vi en el vano ejercicio de la vida
me pareció que me envolvía el rumor de una selva
y me inundó el corazón la virtud musical de las aguas.

Hay almas tan melódicas como si fueran ríos


o bosques en las orillas de los ríos.

Guillermo Valderrama era indolente y apasionado.


Como un licor de bajo precio,
la vida le produjo una embriaguez innoble.
Sus formas pregonaban el triunfo de una estirpe.
Había en su voz un gluglú redentor
y su amante le llamó una vez
“el Príncipe de las hablas de agua”.

Leonel Robledo era muy tímido


bajo una apariencia llena de majestad.

En el recóndito espejo de su ternura


se le reflejaba la imagen de una mujer.
Toda su fuerza era para el ensueño y la evocación.
Le vi llorar una vez por males de ausencia
y me dije: hay una tempestad en una gota de rocío,
y, sin embargo, no se conmueven los luceros...
30 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Stello Ialadaki era armonioso, rosáceo, azulino,


como los mares de Grecia, como las islas que ellos ciñen.
Efundía del mundo algo irreal, risueño, fantástico.
Se le veía como marchando de las playas de ensueño
que rozaron las quillas de Simbad el Marino,
hacia las vagas latitudes
por donde erró Sir John de Mandeville.
Cuando le conocí tuve antojo de releer la Odisea,
y por la noche soñé en el misterio de las espigas.
¡Evanaam! ¡Evanaam!

Juan Rafael Agudelo era fuerte. Su fuerza trascendía


como los roncos ecos del monte a los pinos.
Alma laboriosa, la soledad era su ambiente necesario.
Sus ilusiones fructificaban como una floresta
oculta por los tules del “todavía-no”.
Sus palabras revelaban la fuerza de la realidad,
y sus actos tenían la sencillez de un gajo de roble.

PORFIRIO BARBA JACOB


JUAN M ANUEL ROCA 31

Canción del ayer


Un largo, un oscuro salón rumoroso
cuyos confines parecían perderse en otra edad balsámica.
Recuerdo como tres antorchas áureas nuestras cabezas inclinadas
sobre aquel libro viejo que rumoraba profundamente en la noche.

Y la noche golpeaba con leves nudillos en la puerta de roble.

Y en los rincones tantas imágenes bellas, tanto camino


soleado, bajo una leve capa de sombra luciente como terciopelo.
La voz de Saúl me era una barca melodiosa.
Pero yo prefería el silencio, el silencio de rosas y plumas,
de Vicente, el menor, que era como un ángel
que hubiese escondido su par de alas en un profundo armario.

Mas, ¿quién era esa alta, trémula mujer en el salón profundo?


¿Quién la bella criatura en nuestros sueños profusos?
¿Quizá la esbelta beldad por quien cantaba nuestra sangre?
¿O así, tan joven, de luz y silencio, nuestra madre?

O acaso, acaso esa mujer era la misma música,


la desnuda música avanzando desde el piano,
avanzando por el largo, por el oscuro
salón como en un sueño.

(A ti, lejano Esteban, que bebiste mi vino,


te lo quiero contar, te lo cuento en humanas, míseras palabras:
Cuando estás en la sombra, cuando tus sueños bajan
de una estrella a otra hasta tu lecho,
y entre tus propios sueños eres humo de incienso,
quizá entonces comprendas, quizá sientas,
por qué en mi voz y en mi palabra hay niebla).

Un largo, un oscuro salón, tal vez la infancia.


Leíamos los tres y escuchábamos el rumor de la vida,
en la noche tibia, destrenzada, en la noche
con brisas del bosque. Y el grande, oscuro piano,
llenaba de ángeles de música toda la vieja casa.

AURELIO ARTURO
32 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Presencia del ritmo


No era un recuerdo, era un perenne ritmo
cayendo, pálido, entre la voz y el sueño.
Interesando a las cosas o dándoles su color,
manso, cayendo, fluyendo, con su olvido
persistente de días lejanos, cielos claros,
noches de amor, otras vidas vividas.
No. Era solo, limpia, insinuantemente, un ritmo.

Era un ritmo, no más, entre la palabra y el silencio.


Actuante, tenaz, indicativo, hablando acaso
de mil presencias muertas, un grito sin saliva,
un apretón de manos, ¿en qué planeta?, un cruce de caminos,
¡qué sé yo!, la cadencia del llanto o sangre blanca.
Pero no. No era llanto o grito, era solamente un ritmo.

Era tan sólo un ritmo, algo sin valor o casi nada.


Sin oficio en la razón o en la fecha de algún gozo.
Lejos de cuanto está aquí y al tocarlo ya no es.
La nube, el paso, el agua, el gran periódico del Cosmos.
Ninguna de esas minucias. Era un ritmo tan solo.
No era una orden de triunfo o derrota. Era un gozoso,
manso ritmo cayendo sobre el nocturno vigilante de la sangre,
sin el tropiezo de la noche verdadera del pie ciego.
No era un azar, nada aleatorio ni inseguro.
Era un ritmo, era tan solo un ritmo limpio y generoso.

No era una música adormecida o despierta de otro tiempo.


Ningún recuerdo en mí de viejas marchas crecidas.
No era odio o amor, interés o abandono o el saber llevar
[un nombre
como una inscripción o anticipo de lápida a la manera de
[todos.
No. Era un ritmo, un dulce ritmo visitante, solo un ritmo.

No era voz de hambre o hartazgo ni esa alusión premonitoria


de llevar tierra en las plantas y cielo en nuestros ojos.
JUAN M ANUEL ROCA 33

No era modestia, no era tolerancia de nuestra condición de


[presos
ni siquiera el estar solo en ese punto del ser donde alguien
[aúlla.
Era sencillamente un ritmo, sin dolor ni hambre ni sed.
Digo, repito, me ha llegado un ritmo esta mañana.
Un ritmo sin congoja que ignora el afán, ni exige lucha ni
[trabajo
ni la tristeza de abotonarse y desabotonarse en una vida,
ni si es condición del ser humano morder con la palabra.
No es dulce ni es amargo, violento o suave, alegre o triste.
Es un ritmo, un ritmo, y ahora ha venido a mi compañía.

LUIS VIDALES
34 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Picardía angelical
Siempre cuando la amada resolvía
desnudarse y al lecho irse cansada,
el Ángel de la Guarda, qué bobada,
de la alcoba al momento se salía.

Loco por ver su desnudez rosada


mirar por las rendijas sólo hacía,
y si caer las ropas él oía,
lucía al punto un ala chamuscada.

Cierta noche aquel ángel inocente


en un espejo vio desnudo, ardiente,
ese cuerpo de Venus dominguera.

Y del amor oyendo su consejo,


esperó que la dama se durmiera,
tornó a la alcoba y se llevó el espejo.

CIRO M ENDÍA
JUAN M ANUEL ROCA 35

Amantes
Somos como son los que se aman.
Al desnudarnos descubrimos dos monstruosos
desconocidos que se estrechan a tientas,
cicatrices con que el rencoroso deseo
señala a los que sin descanso se aman:
el tedio, la sospecha que invencible nos ata
en su red, como en la falta dos dioses adúlteros.

Enamorados como dos locos,


dos astros sanguinarios, dos dinastías
que hambrientas se disputan un reino,
queremos ser justicia, nos acechamos feroces,
nos engañamos, nos inferimos las viles injurias
con que el cielo afrenta a los que se aman.

Sólo para que mil veces nos incendie


el abrazo que en el mundo son los que se aman
mil veces morimos cada día.

JORGE GAITÁN DURÁN


36 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Nocturno
Respira la noche,
bate sus claros espacios,
sus criaturas en menudos ruidos,
en el crujido leve de las maderas,
se traicionan.
Renueva la noche
cierta semilla oculta
en la mina feroz que nos sostiene.
Con su leche letal
nos alimenta
una vida que se prolonga
más allá de todo matinal despertar
en las orillas del mundo.
La noche que respira
nuestro pausado aliento de vencidos
nos preserva y protege
“para más altos destinos”.

ÁLVARO MUTIS
JUAN M ANUEL ROCA 37

Responso por la muerte de un burócrata


Se te ha borrado súbitamente el mundo
como la lámpara que trasladan a otro aposento.
Ahora son tus tres eternidades de sombra
pues tus sentidos se enfrentan a una nueva inocencia.
Déjame, hermano mío, humedecer mi alma
con la lluvia de tus células bajo la piedra.
Déjame ahora aspirar el olor que tuviste un domingo,
el olor de tu traje ese domingo con lilas,
cuando descubriste, con ternura parecida al remordimiento,
la cintura de tu mujer
al desnudar una naranja frente al retrato de tu padre.
Déjame recordar el puntito de grasa
en tu corbata de hombre numerado
cuando acariciabas la silueta de una artista de cine
con tus dedos azorados en la gaveta del escritorio.
Déjame, ¡oh, burócrata!, llorar por tus quincenas atrasadas
y tus piyamas demasiado sucias
y por las imperceptibles cicatrices que dejaron en tu rostro
las sucesivas liturgias del jabón y la cuchilla de afeitar.
Porque ahora eres profundo y hermoso
como un camino recordado desde otro país.
Ya no buscarás tu nombre, hermano mío,
con tu apellido equivocado,
en la modesta narración de un cumpleaños
en el último rincón de un periódico.
Ni alisarás el cristal de tus lentes
mientras un monarca de papeleta
te amonesta por el pecado de retrasarte
contemplando la mañana perfumada por el mugido de los eucaliptos.
Ni llorarás por la huella de las estaciones
sobre un adiposo libro de contabilidad.
Ahora, pariente delicado del gusano y el ángel,
te disuelves levemente mientras el calendario revolotea sin sentido
sobre las excrecencias farmacéuticas que dejaste sobre tu lecho.
Ya ha terminado el suplicio de los ruidos y los sabores
que circundaron la monotonía de tus sesenta años.
Ahora –hombre alimentado por tantos y tan diminutos mendrugos–
has alcanzado, ¡por fin!, la gloria de la putrefacción
38 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

pues tu nombre es apenas un poco de tinta


que deshace la lluvia sobre el cartel de una esquina
o la rúbrica dibujada en el papelito
que acaban de arrojar a la canasta de los desperdicios.
¡Qué lejos, ahora, tu mechón sobre la frente
y la furiosa erección de tus células
cuando olfateabas el abrigo de una secretaria
abandonado en el lavabo de tu oficina!
¡Qué lejos ahora la fruta al mediodía,
la revista semanal bajo la axila
y el zumbido de las moscas en tu ventana de convaleciente!
¡Qué distante queda ahora de ti
el cinematógrafo de tu barrio
y la solterona que todos los días espera frente a tu puerta
el bus de las tres de la tarde!
¡Qué absurda te debe resultar en la cal del silencio
la distancia que media entre tus párpados y la mejilla del amigo
cuando escuchabas la súplica de un préstamo
a la puerta de un ministerio!
Acá has dejado la hojarasca de tus tarjetas timbradas,
las medias zurcidas en la maleta de tu tía,
la palabra tul que pronunciabas cuando estabas triste.
Acá has dejado un bulto vago,
la memoria de una tos,
el gesto de tu mandíbula cuando presentías el ácido de un limón
en la vitrina de un restaurante.

Desde tu ausencia,
desde la estrella que empieza a temblar
en la penumbra de tus zapatos con tacones comidos,
te veo ahora, poderoso y desnudo como la madera,
eterno ya, tranquilo,
con el paraíso conquistado
a través del purgatorio de tus copulaciones solitarias.
Te veo –¡oh, dolorosamente extraño; oh, dulcísimo niño mío!–
en un círculo donde la destrucción
tiene la belleza y el orden
que hace vibrar el oculto lirio de las estatuas.
Te veo, aureolado por un ascua magnífica,
en el centro de tu gran llaga,
JUAN M ANUEL ROCA 39

santificado por la crepitación de tus líquenes,


impartiendo un nuevo ritmo a la lombriz y al estiércol.
Y acá arriba, ¡Dios mío, acá arriba!, entre árboles y casas
e impalpable ceniza,
tu nómina buscándote como un perro enlutado.

H ÉCTOR ROJAS H ERAZO


40 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Llanura de Tuluá
Al borde del camino, los dos cuerpos,
uno junto al otro,
desde lejos parecen amarse.

Un hombre y una muchacha, delgadas


formas cálidas
tendidas en la hierba devorándose.

Estrechamente enlazando sus cinturas


aquellos brazos jóvenes,
se piensa: soñarán entregadas sus dos bocas,
sus silencios, sus manos, sus miradas.

Mas no hay beso, sino el viento,


sino el aire
seco del verano sin movimiento.

Uno junto del otro están caídos,


muertos,
al borde del camino, los dos cuerpos.

Debieron ser esbeltas sus dos sombras


de languidez
adorándose en la tarde.

Y debieron ser terribles sus dos rostros


frente a las
amenazas y los relámpagos.

Son cuerpos que son piedra, que son nada,


son cuerpos de mentira, mutilados,
de su suerte ignorantes, de su muerte,
y ahora, ya de cerca contemplados,
ocasión de voraces negras aves.

FERNANDO CHARRY LARA


JUAN M ANUEL ROCA 41

Conversación con W. W.
“El sapo es una obra maestra de Dios”
Walt Whit man

Viejo, no te burles,
que Dios hizo lo que pudo.
Además, el sapo no es la medida de Dios, evidentemente,
pues el elefante es un monstruo más grande
con su larga nariz,
y el hombre un monstruo todavía más grande, por tador a dos manos de
[su alto falo,
de cuya punta beben las jirafas del crimen,
y quien, no contento con su estatura,
ha levantado estatuas suyas gigantescas sobre altísi mos pedestales,
pero entonces se han levantado también estatuas de
Dios igualmente altas y arrogantes,
ya que Él no quiere ser menos que el hombre.

¿Y has visto en cambio a los sapos u otros animales


levantándose a sí mismos monumento alguno o
siquiera una tumba?
Sólo tienen estatuas los animales que el hombre
ha tomado por compañeros, como el caballo,
y eso porque aparece montado encima de él
para hacer más alto su pedestal;
y el perro por la comprensión sexual que hay entre los tres: Dios,
[perro y hombre.
Y las figuras de águilas y de leones porque el hombre siempre ha
aspirado a ser un animal feroz y de rapiña;
eso, claro, lo sabemos,
pero la hormiga no reconocería un monumento a su laboriosidad,
ni la abeja un monumento a la hormiga,
y menos la rana: no la nombres,
la pobre rana que se pasa gritando en las lagunas para decir que está allí,
igual que tú
y que Dios, que es el que más grita.
Pobrecito Dios, ¡y tú burlándote!
Si creó a los poetas, ¿por qué no podía crear también la rana?
¿No creó a la tortuga?
42 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

¿y al armadillo que es una tortuga torturada?


¿Es que Dios no creó sino sólo monstruos?
¿Y qué otra cosa podía hacer?

Dices que tu amante no es un monstruo, pero yo le veo diez uñas


[afiladas,
y un pene como una sanguijuela pegado a ti toda la noche;
[no charles, Walt,
tómate esa cerveza sin mojarte la barba, viejo marrullero,
andando empeloto por las calles de Manhattan
delante de los aprendices
durante un sueño que tuviste una noche
cuando te acostaste un poco ebrio.
Conque la rana es una obra maestra de Dios, ¿no?
¡Entonces, yo también!
Y si yo soy una obra maestra de Dios, entonces Dios
tiene que ser muy pequeño,
un artista muy malo, francamente.

JAIME JARAMILLO ESCOBAR


43

Poesía y alquimia
Orietta Lozano

“Toma mi corazón, que sea lavado”. Estas palabras las enuncia el poeta
para ofrecerse; los poetas escriben deviniendo ciclones, ballenas, agua,
niebla, infierno, cielo. Hay que olvidar el rostro, inventar el rostro de todo
un pueblo: “Yo soy otro”. El poeta se abre a una suerte de transmutación,
su propio ser es habitado por todas las cosas, por todos los misterios del
universo.
No siempre la palabra justa es verdad en la poesía; es necesario un
ritornello, una vibración extraña, misteriosa, la alquimia de todas las
voces que rondan otros territorios, otras sombras. Decir, por ejemplo, la
brisa con olor a azufre del sendero infernal asciende hacia la luz del bosque
prohibido; crear un mundo subterráneo, silencioso, como el tiempo en
que la piedra meteórica anunció la telúrica noticia del porvenir.
Como no hay explicación para satisfacer un deseo de selección, he
elegido no desde el ángulo del que escribe, sino desde la perspectiva de
quien lee; a esta selección solitaria en su tiempo, extranjera en su lengua,
a ese don de voces; balbuceo que devela la zona subterránea, el territorio
recóndito, las regiones próximas al centro del alma manchadas por la
maldición de la poesía: “Soy de raza inferior por toda la eternidad”. Esta
es la sensación que quiero generar al lector, con estos amigos iluminados,
perdidos, solitarios, los que dejan el aullido en el bosque intemporal, que
acuden al llamado del corazón de las tinieblas; a la alquimia y a la gracia
de la hermandad, a esa suerte de cofradía que persiste imperturbable,
ensimismada en su propia contemplación.
44 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

¡Oh piedra!
¡Oh, pobre piedra!
Yo quisiera saber
desde qué época nebulosa del mundo estás dormida.
¿Por qué vives dentro de ti misma?
¡Oh piedra!
¡Oh, pobre piedra!
Yo espero el día
–el día maravilloso de una nueva etapa–
en que vas a salir de tu largo sueño.
Y será bello verte.
Pues para entonces
moverás las patas
y sacarás lentamente la cabeza
y ante los hombres asombrados
empezarás a arrastrarte por el mundo.

LUIS VIDALES
ORIETTA LOZANO 45

Regreso
Vuelo otra vez a ti
con las pupilas hondas de paisajes,
vine a buscar quimeras y regreso
con un sabor de lágrima en los labios
y un temblor de cansancios en el beso.
No pienses que estoy lejos.
Es tan solo la estepa interminable
la que impide mi vuelo;
pero mis alas son tan blancas
como el día
en que tocada de nevados tules
te di en hostias rosadas
la milagrosa comunión del cuerpo.
Ábreme, pues, los brazos;
voy de nuevo
A tus ojos de sombra,
A tus manos leales,
A tu boca de fuego.
Llevo para tus labios fatigados
el opio de mi angustia,
soy la misma:
solo que ahora ciño
un collar de crepúsculos
y un anillo de inviernos.
Pero eso no importa.
Soy juventud, soy vida, soy deseo.
Soy nieve dúctil en tus manos suaves
y llama en el contacto de tu aliento.
Ábreme, pues, los brazos, aunque lleve
un amargo de lágrima en los labios,
y un temblor de cansancios en el beso.

LAURA VICTORIA
46 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Qué noche de hojas suaves


Qué noche de hojas suaves y de sombras
de hojas y de sombras de tus párpados;
la noche toda turba en ti, tendida,
palpitante de aromas y de astros.
El aire besa, el aire besa y vibra
como un bronce en el límite lontano
y el aliento en el que fulgen las palabras
desnuda, puro, todo cuerpo humano.
Yo soy el que has querido, piel sinuosa,
yo soy el que tú sueñas, ojos llenos
de esa sombra tenaz en que boscajes
abren y cierran párpados serenos.
Qué noche de recónditas y graves
sombras de hojas, sombras de tus párpados:
está en la tierra el grito mío, ardiendo,
y quema tu silencio como un labio.
Era una noche y una noche nada
es, pregona en sus cántigas el viento:
aún no oigo tu anhelar, tu germinar melódico
y tu rumor de dátiles al viento.
Y he de cantar en días derivantes
por ondas de oro, y en la noche abierta
que enturbiará de ti mi pensamiento,
he de cantar con voz de sombra llena.
Qué noche de hojas suaves y de sombras
de hojas y de sombras de tus párpados,
la noche toda turba en ti, tendida,
palpitante de aromas y de astros.

AURELIO ARTURO
ORIETTA LOZANO 47

El deseo
El deseo es vegetal
pide caminos
aire
quiere temblar en fruto
suspenderse
pide un cuerpo abonable
pide un labio
pide comer y ser comido
quiere
entrabarse y gemir con ramas duras.
Gime por ser
quiere temblar
sentirse
palparse desde dentro
saberse entre las cosas respirando.
Quiere el viento y el ala
quiere el día
quiere el follaje de su fuerza obscura
brillando entre la luz hoja por hoja.
Es vegetal por eso:
por su destino de tiniebla y cielo
porque rompe y emerge
porque sube
porque la muerte sufre con su anhelo.

H ÉCTOR ROJAS H ERAZO


48 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Me pierde la canción que me desvela


¿Quién se ha puesto de veras
a cantar en la noche y a estas horas?
¿Quién ha perdido el sueño
y lo busca en la música o la sombra?
¿Qué dice esa canción entretejida
de ramas de ciprés por la arboleda?
Ay de quien hace su alma de esas hojas,
y de esas hojas hace sus quimeras.
¿De dónde vienes, madrigal, que todo
lo has convertido en encantada pena?
Ay de mí que te escucho en la penumbra,
me pierde la canción que me desvela.

GIOVANNI QUESSEP
ORIETTA LOZANO 49

Desnudo
A solas con tu desnudez me quedo,
a solas, sin contar en los dedos
lo que pasa, ya no cuento,
sumo tu corazón y sobra el resto.
Y para saber cuál es la tierra
en que cabemos juntos,
cierro los ojos y tu cuerpo basta.
(En ti confluyen los puntos cardinales,
tu piel me orienta y no conozco patria).
Pero en el espejo de tu cara miro
que en otra luna escondes
la muerte en sueños que me aguarda
pues soy aquel y el mismo desde entonces
al que una vez vencieras con besos como espadas.

LUIS AGUILERA
50 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Li – Po
Las flores del duraznero han caído a la grama
Tienen algo de caracola o de piel sonrosada
El viejo poeta chino se levantó muy temprano
y triste ha sorprendido el desastre del viento.
Anoche se embriagó con unos nuevos amigos
que anduvieron muchos días para conocerlo
Todavía conserva en el bolsillo el poema
escrito con afecto por uno de ellos
en la mano una copa de vino
y bebe emocionado mientras mira las flores.
Ha escrito tantos versos como ha podido
y siente a la muerte vigilándole los pasos.
Beberá todo el día y al anochecer la luna
lo llamará en silencio a mirarla borracho
a perseguir su brillo entre las hojas húmedas
en el reflejo sobre los montes lejanos
y en el agua del río Amarillo la mirará
más hermosa que en lo alto del cielo
y borracho creerá realizado el milagro
de tocarla y mirarla de cerca y besarla.
Y Li-Po va en busca de la luna en el agua
del río Amarillo de donde nunca jamás Li-Po volverá.

R AÚL GÓMEZ JATTÍN


ORIETTA LOZANO 51

La línea
Alguien pregunta por la línea que separa al blanco del vacío,
aquella que puede trazarse entre una pregunta y el silencio.
Esa frontera que se pinta con los dedos en el aire
y dura un soplo, un parpadeo.
Alguien pretende pintar el cuerpo del alma.
Quizá un destello, un pez en la mirada.
Líneas tan solo en el papel,
en las cercas, en los muros, en más papeles.
Nuevamente el universo dicta su lección:
no hay límites, finales o comienzos.
Las paredes están para que los ojos no huyan,
para que no puedan montar al caballo desbocado.
La línea soluciona el dilema. No existe,
pero muchas cosas no existen
y nos salvan la vida.
La línea, esa respuesta del lápiz a la incertidumbre.

LUZ H ELENA CORDERO


52 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Lamento
Si se tratara de una simple música
para adormecer a la serpiente;
pero el flautista llora
la desdicha de un mundo
desnudo, fatal,
una vez perdida la inocencia.

ANTONIO ZIBARA
53

Poemas que se han quedado


grabados en la mente
Jaime Echeverry

Los poemas solicitados por Luna Nueva causan problemas. Resultaría


más cómodo y fácil citar los nombres de los diez poetas más importantes
del siglo xx. Muchas veces el valor poético está en el conjunto, en la obra
completa de un autor y en su influencia o significación en ese período de
la historia de la poesía colombiana. Seleccionar diez poemas es mucho
más arduo, aunque, en definitiva, al ser una consideración personal se
subraya el gusto. Resulta, pues, una selección caprichosa. En principio se
acude a la memoria. Poemas que se han quedado grabados en la mente.
Luego se recurre a los poemas que uno ha visto reproducidos con mayor
frecuencia en antologías o, a veces, citados o recitados en conversaciones
entre amigos. También se consideran aquellos que han tenido cierta
proyección más allá de las fronteras. Para seleccionarlos he optado, claro,
desde mi gusto particular, por los poemas que trascienden sus límites
o los de su autor. Es decir, aquellos que superan limitaciones de género,
creencia religiosa o militancia política. Es irrelevante quién sea su autor,
si hombre o mujer, aunque tengo que señalar que al ver mi lista en cierto
momento y ver que no había incluido ninguno escrito por mujeres, me
puse en la tarea de revisar la obra de algunas y sólo encontré uno que
superara las barreras señaladas arriba.
Entre los poemas del siglo pasado que me causaron alguna impresión,
bien por su composición, su sonido o su sentido puedo encontrar la Balada
del mar no visto, ritmada en versos diversos, de León de Greiff, por su
sonoridad. El sentido crítico y la acidez lúdica de Luis Carlos López se
concentran en el soneto Tarde de verano. La limpidez de la composición,
la musicalidad y el profundo sentido humano de Canto del extranjero,
escrito por Giovanni Quessep. Una carta rumbo a Gales es quizá uno de los
mejores poemas del más significativo poeta vivo de Colombia, Juan Manuel
Roca. En nuestra literatura sólo se registra un vanguardista, Luis Vidales,
y a él le debemos El hueco de Suenan timbres, aunque podrían figurar otros
de los cuatro del único poeta colombiano seleccionado por Borges para el
54 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Índice de la nueva poesía americana (Sociedad de publicaciones El Inca,


Buenos Aires, 1926). Otro poeta inscrito en un movimiento contestatario
es X504, pseudónimo de Jaime Jaramillo Escobar; de su libro Poemas de
la ofensa este Apólogo del paraíso es uno de los que prefiero. A pesar del
esfuerzo por encontrar poemas significativos escritos por mujeres, sólo
puedo incluir A Cali ha llegado la muerte, de Emilia Ayarza, por su fuerza
emotiva y por su moderada manera de expresarla, sin sentimentalismo y sin
retoricismo alborotado. Lluvias, de Aurelio Arturo –un nombre que parece
un pseudónimo–, uno de los poemas de su última producción, publicado
en su librito Un país que sueña, contiene las virtudes de este gran poeta:
lenguaje límpido, imágenes impresionantes de una gran sencillez y serena
emotividad. Creo que Amantes, escrito por Jorge Gaitán Durán, es uno de
los más bellos poemas amorosos de Colombia. Aunque poco reconocido y
poco difundido, Si los muertos entierran a los muertos, del poeta caldense
Fernando Mejía Mejía, reúne, a mi entender, los requerimientos que he
anotado para figurar entre los diez poemas colombianos del siglo XX.
JAIME ECHEVERRY 55

Balada del mar no visto,


ritmada en versos diversos
No he visto el mar.
Mis ojos
–vigías horadantes, fantásticas luciérnagas,
mis ojos avizores entre la noche; dueños
de la estrellada comba;
de los astrales mundos;
mis ojos errabundos
familiares del hórrido vértigo del abismo;
mis ojos acerados de viking, oteantes;
mis ojos vagabundos
no han visto el mar...
La cántiga ondulosa de su trémula curva
no ha mecido mis sueños;
ni oí de sus sirenas la erótica quejumbre;
ni aturdió mi retina con el rútilo azogue
que rueda por su dorso...
Sus resonantes trombas,
sus silencios, yo nunca pude oír...:
sus cóleras ciclópeas, sus quejas o sus himnos;
ni su mutismo impávido cuando argentos y oros
de los soles y lunas , como perennes lloros
¡diluyen sus riquezas por el glauco zafi r...!

¡No aspiré su perfume!

Yo sé de los aromas
de amadas cabelleras...
¡Yo sé de los perfumes de los cuellos esbeltos,
y frágiles y tibios;
de senos donde esconden sus hálitos las pomas
preferidas de Venus!
Yo aspiré las redomas
donde el Nirvana enciende los sándalos simbólicos;
las zábilas y mirras del mago Zoroastro...
Mas no aspiré las sales ni los iodos del mar.
56 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Mis labios sitibundos


no en sus odres la sed apagaron:
no en sus odres acerbos
mitigaron la sed...
Mis labios, locos, ebrios, ávidos, vagabundos,
labios cogitabundos
que amargaron los ayes y gestos iracundos
¡y que unos labios –vírgenes– captaron en su red!

Hermano de las nubes yo soy.


Hermano de las nubes,
de las errantes nubes, de las ilusas del espacio:
vagarosos navíos
que empujan acres soplos anónimos y fríos,
¡que impelen recios ímpetus voltarios y sombríos!
Viajero de las noches yo soy.

Viajero de las noches embriagadas; nauta


de sus golfos ilímites,
de sus golfos ilímites, delirantes, vacíos,
–vacíos de infinito..., vacíos...–
Dócil nauta yo soy,
y mis soñares derrotados navíos...
Derrotados navíos, rumbos ignotos, antros
de piratas... ¡el mar!
Mis ojos vagabundos
–viajeros insaciados– conocen cielos, mundos,
conocen noches hondas, ingraves y serenas,
conocen noches trágicas,
ensueños deliciosos,
sueños inverecundos...
¡Saben de penas únicas,
de goces y de llantos,
de mitos y de ciencia,
del odio y la clemencia,
del dolor y el amar...!

¡Mis ojos vagabundos,


mis ojos infecundos...:
no han visto el mar mis ojos,
no he visto el mar!

LEÓN DE GREIFF
JAIME ECHEVERRY 57

Tarde de verano
El rico es un bandido.
San Juan Crisóstomo,
la sombra que hace un remanso
sobre la plaza rural,
convida para el descanso
sedante, dominical...
Canijo, cuello de ganso,
cruza leyendo un misal,
dueño absoluto del manso
pueblo intonso, pueblo asnal.
Ciñendo rica sotana
de paño, le importa un higo
la miseria del redil.
Y yo, desde mi ventana,
limpiando un fusil, me digo:
–¿Qué hago con este fusil?

LUIS CARLOS LÓPEZ


58 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Canto del extranjero


Penumbra de castillo por el sueño
Torre de Claudia aléjame la ausencia
Penumbra del amor en sombra de agua
Blancura lenta

Dime el secreto de tu voz oculta


La fábula que tejes y destejes
Dormida apenas por la voz del hada
Blanca Penélope

Cómo entrar a tu reino si has cerrado


La puerta del jardín y te vigilas
En tu noche se pierde el extranjero
Blancura de isla

Pero hay alguien que viene por el bosque


De alados ciervos y extranjera luna
Isla de Claudia para tanta pena
Viene en tu busca

Cuento de lo real donde las manos


Abren el fruto que olvidó la muerte
Si un hilo de leyenda es el recuerdo
Bella durmiente

La víspera del tiempo a tus orillas


Tiempo de Claudia aléjame la noche
Cómo entrar a tu reino si clausuras
La blanca torre

Pero hay un caminante en la palabra


Ciega canción que vuela hacia el encanto
Dónde ocultar su voz para tu cuerpo
Nave volando

Nave y castillo es él en tu memoria


El mar de vino príncipe abolido
Cuerpo de Claudia pero al fin ventana
Del paraíso
JAIME ECHEVERRY 59

Si pronuncia tu nombre ante las piedras


Te mueve el esplendor y en él derivas
Hacia otro reino y un país te envuelve
La maravilla

¿Qué es esta voz despierta por tu sueño?


¿La historia del jardín que se repite?
¿Dónde tu cuerpo junto a qué penumbra
Vas en declive?

Ya te olvidas Penélope del agua


Bella durmiente de tu luna antigua
Y hacia otra forma vas en el espejo
Perfil de Alicia

Dime el secreto de esta rosa o nunca


Que guardan el león y el unicornio
El extranjero asciende a tu colina
Siempre más solo

Maravilloso cuerpo te deshaces


Y el cielo es tu fluir en lo contado
Sombra de algún azul de quien te sigue
Manos y labios

Los pasos en el alba se repiten


Vuelves a la canción tú misma cantas
Penumbra de castillo en el comienzo
Cuando las hadas

A través de mi mano por tu cauce


Discurre un desolado laberinto
Perdida fábula de amor te llama
Desde el olvido

Y el poeta te nombra sí la múltiple


Penélope o Alicia para siempre
El jardín o el espejo el mar de vino
Claudia que vuelve
60 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Escucha al que desciende por el bosque


De alados ciervos y extranjera luna
Toca tus manos y a tu cuerpo eleva
La rosa púrpura

¿De qué país de dónde de qué tiempo


Viene su voz la historia que te canta?
Nave de Claudia acércame a tu orilla
Dile que lo amas

Torre de Claudia aléjale el olvido


Blancura azul la hora de la muerte
Jardín de Claudia como por el cielo
Claudia celeste

Nave y castillo es él en tu memoria


El mar de nuevo príncipe abolido
Cuerpo de Claudia pero al fin ventana
Del paraíso

GIOVANNI QUESSEP
JAIME ECHEVERRY 61

Una carta rumbo a Gales


Me pregunta usted, dulce señora,
Qué veo en estos días a este lado del mar.
Me habitan las calles de este país
Para usted desconocido,
Estas calles donde pasear es hacer un
Largo viaje por la llaga,
Donde ir a limpiar luz
Es llenarse los ojos de vendas y murmullos.

Me pregunta
Qué siento en estos días a este lado del mar.
Un alfileteo en el cuerpo,
La luz de un frenocomio
Que llega serena a entibiar
Las más profundas heridas
Nacidas de un poblado de días incoloros.

¿Y el sol?
El sol, un viejo drogo que ha lamido esas heridas.
Porque, ¿sabe usted, dulce señora?
Es este país una confusión de calles y heridas.
La entero a usted:
Aquí hay palmeras cantoras
Pero también hay hombres torturados.
Aquí hay cielos absolutamente desnudos
Y mujeres encorvadas al pedal de la Singer
Que hubieran podido llegar en su loco pedaleo
Hasta Java y Burdeos,
Hasta el Nepal y su pueblito de Gales,

Donde supongo que bebía sombras su querido


[Dylan Thomas.

Las mujeres de este país son capaces


De coserle un botón al viento,
De vestirlo de organista.

Aquí crecen la rabia y las orquídeas por parejo,


No sospecha usted lo que es un país
Como un viejo animal conservado
En los más variados alcoholes,
No sospecha usted lo que es vivir
Entre lunas de ayer, muertos y despojos.

JUAN M ANUEL ROCA


62 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

El hueco
Mis versos dicen:
Hueco
único sitio habitable.
Casas.
Casas.
Casas.
Huecos interrumpidos por paredes y puertas.
Huecos divididos en cuadros.

Mi vida
mi vida transeúnte
está llena de las troneras
de las horribles cavernas
que las casas les hacen a los huecos.

Y ya no puedo
borrar en mí la sensación
de los huecos de la ciudad
encerrados en los cajones de los cuartos.

LUIS VIDALES
JAIME ECHEVERRY 63

Apólogo del Paraíso


Eva, transformada en serpiente, ofreció a Adán una
[manzana.
Fueron arrojados del Paraíso, pero ellos llevaron semillas
[consigo,
y Adán y Eva encontraron otra tierra y plantaron allí las
[semillas de paraíso.
Podemos hacer siempre el Paraíso alrededor de nosotros
dondequiera que nos encontremos.
Para eso sólo se requiere estar desnudos.

JAIME JARAMILLO ESCOBAR


64 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

A Cali ha llegado la muerte


No.
Ni la sangre de polvo.
Ni el rumor de las venas sub-terrestres.
Ni los ojos de antiguas polillas vagabundas.
Ni los hombres de párpados doblados.
Ni la casulla del viento.
Ni la tierra pintada de frutos en la tarde.
No.
Nada.
Ni el sexo que comienza en la lengua de los niños.
Ni los pastores de culebras.
Ni las esquinas infieles sobre las ventanas.
Ni la dignidad de los trapiches
sostenida en el breve equilibrio de la caña.
Ni el transparente río que se hunde por los muslos de Cali.
No.
Nada.
Ni las almadías del sueño.
Ni el somnoliento camello de la cordillera.
Ni el monólogo amarillo del sol en el espacio.
Ni la paz de los escarabajos.
Ni la mariposa pintora.
Ni el grillo concertista.
Ni la boñiga de oro.
Ni los geranios, ni las bicicletas
que absorben con sus esponjas de silencio
la tibia pereza de los muros
No.
Nada.
Ni el candor de las escuelas que traza palotes de ausencia
[en los tableros.
Ni los borrachos que miran fijamente a la ventera
y le derraman el corazón entre las trenzas.
Ni las polleras de los siete-cueros.
Ni la barba de cristal de los torrentes.
Ni los panales detrás de las ortigas
ni los bueyes de artificial melancolía.
No.
JAIME ECHEVERRY 65

Nada pudo detener la muerte.


Llegó a Cali navegando
y los corceles del Océano Pacífico
la saludaron volcando sus belfos espumeantes en la playa.

Llegó por el pito de los buques


por las banderas de los guacamayos
por el ojo de las agujas que remienda el pudor de las modistas
por la voz de los muertos en los árboles
por los billetes rubios
por el alma incolora de los camioneros
por los ojos trasnochados de los naipes
por la felina displicencia de los grandes
por la rosa ignorante
por el paisaje de zapatos sin huella.
Llegó sin pasaporte y cruzó la frontera
caminando sobre el miedo rosado de los niños
por el clavicordio dorado de los campanarios
por el pelo de agua dulce de los cocos
por la sencillez de los pueblos
donde los campesinos y las almojábanas se encaran con el sol
y los mendigos pegan su coto a las ventanillas del tren.
Llegó sin autorización de los muertos
que se salieron de sus tumbas
a protestar en un mitin putrefacto y amarillo.
Llegó por en medio de las garzas
los taladros
por entre el múltiple corazón de pitahayas
por la flor que se colocan las solteronas tras la oreja
por los solares donde hacen venias al viento los interiores
parroquiales
y un tulipán oye misa diariamente.

Por cerca de los gallos


que creen en la blancura de los huevos
por los tejados donde los zuros escriben la epopeya de los celos
y los gatos y la luna
forman siete lechos y un violín.
Invadió los palacios, las haciendas
los ranchos y las niñas de capul.
66 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Invadió el cielo y sus altos corderos extraviados.


Invadió la secreta desnudez de los cadáveres.

(La ciudad era un racimo de plomo derretido


y la muerte le salía a bocanadas).

La historia de Cali dejó de ser un río deliberadamente puro


por cuyas ondas los días eran barcos de vidrio.
El rojo fue una lluvia sostenida en el aire
y entre los montes de cristal la sangre
dibujará para siempre vitrales en la sombra.

¡Hay que llorar desesperadamente!

EMILIA AYARZA
JAIME ECHEVERRY 67

Lluvias
Ocurre así
la lluvia
comienza un pausado silabeo
en los lindos claros de bosque
donde el sol trisca y va juntando
las lentas sílabas y entonces
suelta la cantilena

así principian esas lluvias inmemoriales


de voz quejumbrosa
que hablan de edades primitivas
y arrullan generaciones
y siguen narrando catástrofes y glorias
y poderosas germinaciones
cataclismos
diluvios
hundimientos de pueblos y razas
de ciudades
lluvias que vienen del fondo de milenios
con sus insidiosas canciones
su palabra germinal que hechiza y envuelve

y sus fluidas rejas innumerables


que pueden ser prisiones
o arpas
o liras

pero de pronto
se vuelven risueñas y esbeltas danzan
pueblan la tierra de hojas grandes
de flores
y de una alegría menuda y tierna
con palabras húmedas embaidoras
nos hablan de países maravillosos
y de que los ríos bajan del cielo

olvidamos su treno
y las amamos entonces porque son dóciles
y nos ayudan
y fertilizan la ancha tierra
la tierra negra y verde y dorada.

AURELIO ARTURO
68 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Si los muertos entierran a los muertos…


(fragmento)
Cuando la última palabra horade la rocosa
altura de los montes,
flotará en el olvido
el vaho pestilente de los muertos
y el sollozo punzante de los vivos.
Entonces,
nada ni nadie
podrá medir el tiempo.
Si los muertos entierran a los muertos
estaremos perdidos.
Ya no tendremos tiempo
para yacer sobre el olvido.
Ya no tendremos tiempo
para ver nuestros nombres
huyendo como niebla desde los obituarios.
Los muertos
deben ir caminando hasta el sepulcro,
porque los muertos
ya no podrán estar sobre los vivos,
y los vivos
estaremos cansados de estar muertos.
Entonces,
si los muertos entierran a los muertos,
no morirán los vivos,
porque estarán alegres de su muerte.

FERNANDO M EJÍA M EJÍA


69

Antología personal
Santiago Mutis

“Cuando la muerte es inminente, la palabra –cada palabra– se llena de


sentido. La sentimos nacer al fin grávida, indispensable. Esplende lo que por
años había sido nuestra duda: su fasto, conquista del mundo. Nombramos
la centella que nos mata: el mundo es una palabra. No hay tiempo entonces
que perder y esta experiencia última, única, nos resarce de toda patria”.
JORGE GAITÁN DURÁN

murió en el siglo XIX, sí, pero muy a sus finales, y antes


de cumplir los ¡32 años!; y su “Aserrrín / Aserrán / Los maderos de San
Juan...” fue la voz de mi madre nombrando a Colombia en nuestro exilio
mexicano, cuando yo tenía cinco años. Siempre pensé que era un juego,
una adivinanza, un decir anónimo, popular, que venía por el aire... con
noticias de un paraíso. También oí en la voz de las mujeres de mi casa
su versión de uno de aquellos tenebrosos cuentos infantiles: “... Entonces
se fueron al baile / y dejaron sola a Cenicentilla. // Se quedó la pobre
triste en la cocina, / de llanto de pena nublados los ojos, / mirando los
juegos extraños que hacían / en las sombras negras los carbones rojos.
// Pero vino el Hada que era su madrina, / le trajo un vestido de encaje
y crespones, / le hizo un coche de oro de una calabaza, // convirtió
en caballos unos seis ratones, // le dio un ramo enorme de magnolias
húmedas, / unos zapaticos de vidrio, brillantes, / y de un solo golpe de
la vara mágica / las cenizas grises convirtió en diamantes”. Aunque yo
no conocía –ni aún quiero hacerlo– de encajes ni crespones, y ahora los
sabemos peores que ridículos –como ya lo parecerán las modas de hoy y
algunos de sus motivos de llanto–, la manera en que sonaban las palabras
me sorprendía. La “musicalidad” en la poesía suele ser insoportable, pero
puede también convertirse en el oscuro ritmo con que avanza la corriente
y sus aguas, y yo eso lo sentí por primera vez en Silva: eran las palabras
de un encantamiento, de un conjuro; algo que no volví a valorar hasta
cuando leí “Morada al sur”. Por eso no podría comenzar esta antología sin
al menos mencionar a Silva, que por rigor debería abrir con su “Nocturno”
(“Y la luna llena // Por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía
su luz blanca”); aunque bien podría Silva iniciar una antología del siglo
xx... con su poema “El recluta”.
70 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Aurelio Arturo (1906-1974) ha sido querido por cinco generaciones


de poetas. Profundamente melodioso, rico en dones y en sensibilidad,
mágico e íntimo como la llama de una vela. Él mismo escogió como su
poema emblemático Morada al sur sur, por el embriagador ascenso de sus
mareas. “El cantor”, poema que Arturo presentó primero como inconcluso
(1936), y que más tarde recortó y abandonó al “reutilizar” algunos de sus
versos –y finalmente no incluyó en su libro– es una metáfora de buena
parte de su obra –la de su amor a la naturaleza–, donde él hace bellamente
explícitos muchos de los motivos de su canto, con palabras tal vez de
don Alfonso Reyes, donde “el mundo mismo le parece como un sensitivo
yo, el cantor
jardín. Llámese el cantar Ninoyolnonotza: ...yo, cantor, recogí todas las
flores... y me apresuré a levantar mi voz en un canto digno... en donde no
hay servidumbre”. (1915)

Jorge Zalamea (1905-1969), traductor de Eliot, Joseph Conrad,


Faulkner, Sartre, Prevert... y, sobre todo, de la poesía de Saint-John Perse,
no tiene hoy quién defienda su poesía, dejándola a merced de sus “errores”.
Personalmente, encuentro fascinante su altanería, su poesía acusatoria,
su vigoroso alegato contra los déspotas, su poderosa voz levantada contra
un tiempo infame, que aún no termina. Su quincenario Crítica, su Poesía
olvidada e ignorada, mucho me enseñaron como para dejarme ahora
arrastrar contra su grandilocuencia, contra sus excesos de dignidad, su
absoluta falta de servidumbre o resignación, contra su sonora retórica,
contra su altivez... en legítima defensa, engallado frente a una clase
política y un sistema que se apoderaron de tierras, aguas, hombres y de
todo el futuro. Su libertad zarandea esa poesía temerosa, indecisa, tibia,
llena de renuncias, que se ríe con miedo o a escondidas, embalsamada
por las academias, que tánto han conspirado contra “los hechos vivos”,
“los cereales vivos”, trocando “la verdad vital en conserva”, “eludiendo
siempre los hechos ineluctables de la vida, las cosas entrañables del
hombre”. Zalamea acechó el pavoroso vaho del Poder, su hedor, el asco,
el denso aire que se marchita en sus corredores y se pudre en el centro de
su laberinto. Ese es el desafiante pregón que celebro en su poesía, como
también la última pregunta que nos arrojó y a la que aún no hemos dado
respuesta: “¿Por qué no perciben los demás este hedor?”.

Héctor Rojas Herazo (1920-2002). Su poesía –un lugar para el hombre,


un salmo oscuro, “Yo, el culpable”– todo lo conoce, todo lo nombra; es
fraterna y brutal, porque ha vivido. Nada podemos ocultarle, a todos nos
llama por nuestro nombre: lo que nace, lo que se pudre, la hondura, la
enfermedad, la luz de los mejores días, la orfandad, lo más dulce...; por
SANTIAGO MUTIS 71

eso su palabra es plena, porque nombra todas las heridas. Su verdad es


bella, terrible, dolorosa, desnuda. El hombre, en él, es un animal para la
muerte, la guarda en su pecho, muy adentro, desde siempre, y empaña lo
que toca con su desafiante rezo, desollado, inconcebiblemente humano.

Fernando Charry (1920-2004) es un riguroso y justo ensayista; su


sensibilidad poética me parece ahora estéril, una obra desvaída, y –como
él mismo– ajena a toda vitalidad; hoy lo pienso como un poeta aterido,
agónico, atento sólo a la muerte, pero maestro al nombrarla; de su parca
obra escogería cualquiera de los tres poemas dedicados a Ella, o todos,
que para mí son su obra completa. Sin duda, Charry es un caso insólito
en nuestra poesía: inepto para la vida, maestro ante la muerte (con la
excepción de su mediocre poema a la muerte de José Eustasio Rivera).

Álvaro Mutis (1923) es el despertar de los sentidos y del paisaje


colombiano, de la cordillera y sus acantilados, sus cascadas, sus altos
páramos, las tierras de calor, sus grandes árboles y el chillido de los loros
(“Al amanecer crece el río, retumban en el alba los enormes troncos que
vienen del páramo”) (1947); “Bajo la verde y nutrida cúpula de un cafeto
y sobre el húmedo piso acolchado de insectos, supo de las delicias de
un amor brindado por una mujer de las Tierras Bajas” (1953); “Hoy ha
llamado en mí / el griterío de las aves que pasan en verde algarabía / sobre
los cafetales, sobre las ceremoniosas hojas del banano, / sobre las heladas
espumas que bajan de los páramos / golpeando y sonando / y arrastrando
consigo la pulpa del café / y las densas flores de los cámbulos” (1965);
“Al llegar a la parte más alta de la cordillera, los camiones se detenían en
un corralón destartalado... La niebla cruzaba la carretera, humedecía el
asfalto que brillaba como un metal imprevisto e iba a perderse entre los
grandes árboles de tronco liso y gris, de ramas vigorosas y escaso follaje,
invadido por una lama... en donde surgían flores de color intenso y de
cuyos gruesos pétalos manaba una miel lenta y transparente” (1981); cito
estos versos, porque el poema que he escogido se aparta de su esencia; pero
su poesía abreva también en el mito y la historia, está obsesionada con “la
ruina del tiempo”, el exilio, el esplendor de algunas ciudades otoñales,
grandes personajes vencidos y gentes que llevaron la materia menos
olvidable de sus días hasta los abismos tutelares del arte... para penetrar
en “una nueva comarca humana” (Rojas Herazo). Me gusta la fuerte y
subterránea corriente de su idioma, en “olas lentas como el aceite”.
72 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Jorge Gaitán Durán (1925-1962) estremece la palabra escrita, la


empaña de realidad, de vida; la mancha, la hace cortante, peligrosa,
hiriente, turbulenta, y al mismo tiempo reflexiva, crítica... ética. Tanto le
exige Gaitán a la poesía que en muchos casos la convierte en un riesgo, y
a veces la ahoga con sus propias manos, salvo en el hermoso “caso” de Si
mañana despierto (1961). A Gaitán Durán le debemos mucho como editor,
ensayista, crítico, traductor... y poeta.

Eduardo Cote Lamus (1928-1964). Su poesía está fuertemente


custodiada por la abigarrada lucidez del agudo descreimiento del crítico
Hernando Valencia Goelkel. Sin embargo, yo no frecuento su poesía,
aunque está poblada de destellos. Para mí, Cote es el escritor del bello
Diario del Alto San Juan y del Atrato.
Entre los poemas suyos que Valencia Goelkel califica de espléndidos,
no están Silva ni Elegía a mi padre, los únicos que para mí lo son.

***

Ya va siendo hora de que aceptemos que Luis Aguilera, Juan Manuel


Roca, Giovanni Quessep... reemplacen a Valencia, a Carranza, a Rogelio
Echavarría, a Charry, a Cote, porque no son poetas de un gran poema –lo
cual es deslumbrante– sino porque hace diez, veinte, treinta años vienen
haciendo una obra, una obra con más mundo o belleza o verdad, que sí
compromete nuestros días, nuestras preocupaciones, nuestra sensibilidad,
nuestros enfrentamientos, nuestra vida, hecha jirones, de luz y tierra,
de afrentas y deslumbrantes encuentros. Los territorios conquistados
por quienes son nuestros contemporáneos, no suelen recibir nuestra
admiración ni nuestro compromiso con su entrega, con su entereza,
con su magnífico desafío, con su voz, puesta a prueba mil veces y mil
veces íntegra y altiva en su hermosa afi rmación, y también en su derrota,
destino que desde siempre parece le es propio al arte, el gran exilado de
los estruendosos desaciertos de estos tiempos, lacerantes de maravillas,
ofensas y servidumbres.
SANTIAGO MUTIS 73

El recluta
Hasta que manos piadosas
Algún sepulcro le dieron,
Al bajar de la cañada
Junto a las matas de helecho,
Destrozada la cabeza
Por una bala de Remington;
Con la blusa de bayeta
Y la camisa de lienzo,
Un escapulario santo
Colgado al huesoso cuello,
Los pantalones de manta
Manchados de barro fresco,
Las rudas manos crispadas,
Los ojos aún abiertos,
Y la sangre, ya viscosa,
Pegándole los cabellos,
Estuvo toda la noche
De aquel combate sangriento
Abandonado el cadáver
Del pobre recluta muerto.
¿Su nombre ?... Un oscuro nombre...
Difunto Fuan Abudelo,
Cuando hablan de la campaña
Lo nombran los compañeros...
¿Su madre ?... Una pobre madre,
Que en el rancho, al pie del cerro,
Abandonada y estúpida
Pasa los días inciertos.
¿Su vida ?...Una oscura vida,
La vida vaga de un cuerpo,
Que fue tranquila y sin odios
Hasta en el cuartel infecto,
Do penetrado de frío,
Que le calaba los huesos
Y que tiritar le hacía
Bajo el bayetón deshecho,
Conoció toda la angustia
De largas noches sin sueño,
74 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Y de tristes soledades.
El pobre recluta muerto.
Los soldados que seguían
En titánicos esfuerzos,
De Egipto a los arenales
Y de Rusia a los desiertos,
Al hombre de ojos de águila
Y de caprichos de hierro,
Tenían tras del reñido
Batallar, largo y supremo,
En cada voz, un halago,
En cada mandato, un premio.
Mas del Capitán Londoño,
Que fue su Jefe en el Cuerpo,
Sólo conoció dos órdenes
De detención y de cepo,
Un planazo en las espaldas
Y el modo de gritar ¡juego!
Hasta la tarde en que, herido
En el combate siniestro,
Cayó, gritando ¡adiós, mamá!
El pobre recluta muerto.

JOSÉ ASUNCIÓN SILVA


SANTIAGO MUTIS 75

El cantor
(Fragmento)
Yo soy el cantor,
el hombre que canta a los cuatro vientos,
un hombre de corazón
diciendo tornátiles palabras,
a la sombra de la noche mirífica,
a la sombra de sus párpados lentos.

Yo soy el cantor.
Cantaré toda cosa bella que hay en tierras de hombres,
cantaré toda cosa loable bajo el cielo.
Cantor, cantador,
de ritmos
prestidigitador.

Si una hoja se mueve en los bosques,


yo lo sabré.
Sólo yo, el cantador.
Sólo yo he de recogerla.
Haré de ella un ave, o lo que quiera,
haré de ella un pajarillo
y lo pondré en mi canción como en un valle.

Porque yo soy el cantor y canto toda cosa.


Canto la luz.
Y canto la sombra y el amor.
Pero la boca de las mujeres la cantaré mil veces.

Yo haré bellas canciones para todos.


Para el bueno y el malo,
el procaz, el maldiciente, el torvo,
el santo, el mendigo, el simple...
Le regalaré una canción a una mujer perdida,
le regalaré una linda canción o una moneda.

Entre mi bosque de palabras ligeras,


con mi corazón atado a un cielo de rosas,
76 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

yo canto todas las canciones que sean buenas,


todas las canciones entre los días, al viento.
Canciones desnudas para doncellas divinas,
no de sedas, no de linos, aun más inconsútiles.
Guirnaldas de palabras, sartas de sílabas...

Y canto los días,


como a vientos de oro los canto,
como a vientos que elevan su polvareda
hasta el cielo de tumbo azul, fulgente.
Yo canto las noches.
Con sílabas os haré claros de bosque.
O de esos cielos gastados, mariposas vivaces.

Canté una vez una mujer


antaño, en un antaño ignoto la canté.
Y en su ciudad aún es linda,
aún es joven la linda mujer, por gracia
de mi canción.

Porque yo canto toda cosa loable bajo el cielo.


Yo el cantor, el cantador,
de ritmos
prestidigitador.

AURELIO ARTURO
SANTIAGO MUTIS 77

Imprecación del hombre de Kenya


¿Y si me da la gana de ir al río?
¿Y si me da la gana de empinarme más que la jirafa?
¿Y si me da la gana de hacerme con la piel del leopardo un
[escudo y con su cola un penacho?
¿Y si me da la gana de ganarle en la carrera al antílope?
¿Y si me da la gana de espantar al león con sólo un grito
[y una rama encendida?
¿Y si me da la gana de hacer del elefante mi amigo?
¿Y si me da la gana de cazar al cocodrilo con sólo
[un palo aguzado?
¿Y si me da la gana de los sortilegios?
¿Y si me da la gana de palpar todo mi alto cuerpo cobrizo?
¿Y si me da la gana de macerarlo en aceites?
¿Y si me da la gana de coronar mi cabeza con multicolores
[penachos cimbreantes?
¿Y si me da la gana de hincar los dientes en la fruta,
en la pulpa de la niña o en el hombro de mi enemigo?
¿Y si me da la gana de llevar a la mozuela al lugar
[en que el bosque canta?
¿Y si me da la gana de oler sus axilas entre las altas
[hierbas?
¿Y si me da la gana de husmear su sexo asaltado
[por las escolopendras?
¿Y si me da la gana de bailar con ella la nocturna
[danza del amor?
¿Y si me da la gana de escuchar su dulce queja?
¿Y si me da la gana de que los gallos salvajes se esponjen
[en torno nuestro?
¿Y si me da la gana de que en los largos pezones de
[la niña se posen las luciérnagas?
¿Y si me da la gana de que toda la tribu muestre sus dientes
[de coco, riendo con mi hijo recién nacido?
¿Y si me da la gana de ver a centenares de niños jugando
[con las frutas, el lodo y las palmas?
¿Y si me da la gana de oír a las mujeres de la aldea
[piloneando el millo?
¿Y si me da la gana...?
¿Y si me da la gana de trepar hasta la cima del monte
[Kenya
para ver desde allí mi país, todo mi país, toda mi gana?
78 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

¿Y si me da la gana de tenderme al sol para medir con


mis hombros y mis riñones y mis piernas toda mi tierra,
[mi tierra, mi tierra, mi tierra nativa?
¡Ay, ay, ay!
¿Dónde está esa tierra, la que fue mi tierra, mi tierra
[propia?
Apenas le alcanza el día al sol para lamer con su lengua
caliente esa tierra, toda la tierra que rodea al que fue
mi monte Kenya,.
y el kenyata no tiene ya de su tierra con qué hacerse
[una estrecha casa de muerto.
¿Y si no me da la gana...?
¡Gana de mi libre gana!

JORGE ZALAMEA
SANTIAGO MUTIS 79

La casa entre los robles


A un ruido vago, a una sorpresa en los armarios,
la casa era más nuestra, buscaba nuestro aliento
como el susto de un niño.
Por sobre los objetos era un dulce rumor,
[una espina, una mano,
cruzando las alcobas y encendiendo su lumbre
[furtiva en los rincones.

El sonido de un hombre, el retrato,


[el reflejo del aire sobre el pozo
y el día con su fi rme venablo sobre el patio.
Más allá las campanas, el humo de los cerros
y en un dulce y liviano confín, entre la brisa,
el pájaro y el agua levemente cantando.

Todos allí presentes, hermano con hermana,


mi madre y la cosecha,
el vaho de las bestias y el rumor de los frutos.

Adentro, el sacrificio filial de la madera


sostenía la techumbre.

Una lluvia invisible mojaba nuestros pasos


de tiempo rumoroso, de fuerza,
[de autoridad y límite.

Pasaba el aire suavemente, buscaba sombras,


voces que derramar,
respiraba en los lechos, dejaba entre los rostros
su ceniza dorada.

Era entonces el día de hojas, de potente zumbido,


el día para el cántaro, la miel y la faena.

Como un don de reposo llegaba a nuestro cuerpo


la noche con su carga de remotas espigas.
Nuestro pan, de anhelado resplandor,
nuestro asombro
80 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

y las lámparas derramando sus ángeles


[sin prisa en los espejos.

Como un hombre que anhelara su parte,


su sitio en nuestra mesa,
el viento dulcemente flotaba en los manteles.

La quietud de los muebles, las voces, los caminos,


eran todo el silencio de la noche en el mundo.

Llenando de inaudible presencia las paredes,


habitando las venas de pie frente a las cosas.

Buscaban nuestras manos un calor circundante


e indagaban los ojos otra piel impalpable.

Algo de Dios, entonces, llegaba a las ventanas,


algo que hacía más honda la casa entre los robles.

H ÉCTOR ROJAS H ERAZO


SANTIAGO MUTIS 81

Testimonio
Eran vísperas del crimen del empedrado,
La tarde,
El sol caído violentamente hacia el oeste,
Cuando, desde balcón a la plaza,
Veías
Negros jinetes cruzar.

Remotos, pálidos, silenciosos,


Iban
En lento paso morado,
En procesión de monstruos fugitivos,
Y su vacilación el sitio a donde
Llevar duelo.

Cayendo crepúsculo a su alrededor,


Con pisadas secas,
Con aturdimiento, entre el polvo,
Podías creerles
Sonámbulos que cruzaran con cuchillos
Su sombra.

Los recuerdas, atroces de frío


Y de noche, caer
Sobre frágiles chozas
Entregadas
Como el desnudo de sus vírgenes,
Quebrar cuerpos, manchar de sangre muros
Y luego perderse,
Tigres sin pesadillas,
Tras el aullido del aire y las muertes.

En todo lugar la huella solitaria:


Los harapos, el filo de sus dientes, la tiniebla.

FERNANDO CHARRY LARA


82 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Caravansary
Para Octavio y Mari Jo

1
Están mascando hojas de betel y escupen en el suelo con la
monótona regularidad de una función orgánica. Manchas de
un líquido ocre se van haciendo alrededor de los pies nervudos,
recios como raíces que han resistido el monzón. Todas las
estrellas, allá arriba, en la clara noche bengalí, trazan su lenta
trayectoria inmutable. El tiempo es como una suave materia
detenida en medio del diálogo. Se habla de navegaciones, de
azares en los puertos clandestinos, de cargamentos preciosos,
de muertes infames y de grandes hambrunas. Lo de siempre.
En el dialecto del Distrito de Birbhum, al oeste de Bengala,
se ventilan los modestos negocios de los hombres, un sórdido
rosario de astucias, mezquinas ambiciones, cansada lujuria,
miedos milenarios. Lo de siempre, frente al mar en silencio,
manso como una leche vegetal, bajo las estrellas incontables.
Las manchas de betel en el piso de tierra lustrosa de grasas
y materias inmemoriales, van desapareciendo en la anónima
huella de los hombres. Navegantes, comerciantes a sus horas,
sanguinarios, soñadores y tranquilos.

2
Si te empeñas en dar crédito a las mentiras del camellero,
a las truculentas historias que corren por los patios de las
posadas, a las promesas de las mujeres cubiertas de velos y
procaces en sus ofertas; si persistes en ignorar ciertas leyes
nunca escritas sobre la conducta sigilosa que debe seguirse al
cruzar tierras de infieles; si continúas en tu necedad, nunca te
será dado entrar por las puertas de la ciudad de Tashkent, la
ciudad donde reina la abundancia y predominan los hombres
sabios y diligentes. Si te empeñas en tu necedad...

3
¡Alto los enfebrecidos y alterados que con voces chillonas
demandan lo que no se les debe! ¡Alto los necios! Terminó
la hora de las disputas entre rijosos, ajenos al orden de estas
salas. Toca ahora el turno a las mujeres, las egipcias reinas
SANTIAGO MUTIS 83

de Bohemia y de Hungría, las trajinadoras de todos los


caminos; de sus ojos saltones, de sus altas caderas, destilará
el olvido sus mejores alcoholes, sus más eficaces territorios.
Afinquemos nuestras leyes, digamos nuestro canto y, por
última vez, engañemos la especiosa llamada de la vieja
urdidora de batallas, nuestra hermana y señora erguida ya
delante de nuestra tumba. Silencio, pues, y que vengan las
hembras de la pusta, las damas de Moravia, las egipcias a
sueldo de los condenados.

4
Soy capitán del 3° de Lanceros de la Guardia Imperial,
al mando del coronel Tadeuz Lonczynski. Voy a morir a
consecuencia de las heridas que recibí en una emboscada de
los desertores del Cuerpo de Zapadores de Hesse. Chapoteo
en mi propia sangre cada vez que trato de volverme buscando
el imposible alivio al dolor de mis huesos destrozados por
la metralla. Antes de que el vidrio azul de la agonía invada
mis arterias y confunda mis palabras, quiero confesar aquí
mi amor, mi desordenado, secreto, inmenso, delicioso, ebrio
amor por la condesa Krystina Krasinska, mi hermana. Que
Dios me perdone las arduas vigilias de fiebre y deseo que pasé
por ella, durante nuestro último verano en la casa de campo
de nuestros padres en Katowicze. En todo instante he sabido
guardar silencio. Ojalá se me tenga en cuenta en breve, cuando
comparezca ante la Presencia Ineluctable. ¡Y pensar que ella
rezará por mi alma al lado de su esposo y de sus hijos!

5
Mi labor consiste en limpiar cuidadosamente las lámparas de
hojalata con las cuales los señores del lugar salen de noche a
cazar el zorro en los cafetales. Lo deslumbran al enfrentarle
súbitamente estos complejos artefactos, hediondos a petróleo
y a hollín, que se oscurecen en seguida por obra de la llama
que, en un instante, enceguece los amarillos ojos de la bestia.
Nunca he oído quejarse a estos animales. Mueren siempre
presas del atónito espanto que les causa esta luz inesperada y
gratuita. Miran por última vez a sus verdugos como quien se
encuentra con los dioses al doblar una esquina. Mi tarea, mi
destino, es mantener siempre brillante y listo este grotesco
84 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

latón para su nocturna y breve función venatoria. ¡Y yo que


soñaba ser algún día laborioso viajero por tierras de fiebre y
aventura!

6
Cada vez que sale el rey de copas hay que tornar a los hornos,
para alimentarlos con el bagazo que mantiene constante el
calor de las pailas. Cada vez que sale el as de oros, la miel
comienza a danzar a borbotones y a despedir un aroma
inconfundible que reúne, en su dulcísima materia, las más
secretas esencias del monte y el fresco y tranquilo vapor de las
acequias. ¡La miel está lista! El milagro de su alegre presencia
se anuncia con el as de espadas. Pero si es el as de bastos el
que sale, entonces uno de los paileros ha de morir, cubierto
por la miel que lo consume, como un bronce líquido y voraz
vertido en la blanda cera del espanto. En la madrugada de los
cañaverales, se reparten las cartas en medio del alto canto de
los grillos y el escándalo de las aguas que caen sobre la rueda
que mueve el trapiche.

7
Cruzaba los precipicios de la cordillera gracias a un ingenioso
juego de poleas y cuerdas que él mismo manejaba, avanzando
lentamente sobre el abismo. Un día, las aves lo devoraron a
medias y lo convirtieron en un pingajo sanguinolento que
se balanceaba al impulso del viento helado de los páramos.
Había robado una hembra de los constructores del ferrocarril.
Gozó con ella una breve noche de inagotable deseo y huyó
cuando ya le daban alcance los machos ofendidos. Se dice que
la mujer lo había impregnado en una substancia nacida de sus
vísceras más secretas y cuyo aroma enloqueció a las grandes
aves de las tierras altas. El despojo terminó por secarse al sol
y tremolaba como una bandera de escarnio sobre el silencio
de los precipicios.

8
En Akaba dejó la huella de su mano en la pared de los
abrevaderos.
En Gdynia se lamentó por haber perdido sus papeles en una
riña de taberna, pero no quiso dar su verdadero nombre.
SANTIAGO MUTIS 85

En Recife ofreció sus servicios al Obispo y terminó robándose


una custodia de hojalata con un baño de similor.
En Abidján curó la lepra tocando a los enfermos con un cetro
de utilería y recitando en tagalo una página del memorial de
aduanas.
En Valparaíso desapareció para siempre, pero las mujeres
del barrio alto guardan una fotografía suya en donde aparece
vestido como un agente viajero. Aseguran que la imagen
alivia los cólicos menstruales y preserva a los recién nacidos
contra el mal de ojo.

9
Ninguno de nuestros sueños, ni la más tenebrosa de nuestras
pesadillas, es superior a la suma total de fracasos que
componen nuestro destino. Siempre iremos más lejos que
nuestra más secreta esperanza, sólo que en sentido inverso,
siguiendo la senda de los que cantan sobre las cataratas, de
los que miden su propio engaño con la sabia medida del uso
y del olvido.

10
Hay un oficio que debiera prepararnos para las más sordas
batallas, para los más sutiles desengaños. Pero es un oficio de
mujeres y les será vedado siempre a los hombres. Consiste en
lavar las estatuas de quienes ama ron sin medida ni remedio
y dejar enterrada a sus pies una ofrenda que, con el tiempo,
habrá carcomido los mármoles y oxidado los más recios
metales. Pero sucede que también este oficio desapareció
hace ya tanto tiempo, que nadie sabe a ciencia cierta cuál es
el orden que debe seguirse en la ceremonia.

Invocación

¿Quién convocó aquí a estos personajes?


¿Con qué voz y palabras fueron citados?
¿Por qué se han permitido usar el tiempo y la substancia
[de mi vida?
¿De dónde son y hacia dónde los orienta el anónimo destino
[que los trae a desfilar frente a nosotros?
86 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Que los acoja, Señor, el olvido.


Que en él encuentren la paz,
el deshacerse de su breve materia,
el sosiego a sus almas impuras,
la quietud de sus cuitas impertinentes.

No sé, en verdad, quiénes son,


ni por qué acudieron a mí
para participar en el breve instante
de la página en blanco.
Vanas gentes estas,
dadas, además, a la mentira.

Su recuerdo, por fortuna,


Comienza a esfumarse
En la piadosa nada
Que a todos habrá de alojarnos.
Así sea.

ÁLVARO MUTIS
SANTIAGO MUTIS 87

Si mañana despierto
De súbito respira uno mejor y el aire de la primavera
Llega al fondo. Mas sólo ha sido un plazo
Que el sufrimiento concede para que digamos la palabra.
He ganado un día; he tenido el tiempo
En mi boca como un vino.

Suelo buscarme
En la ciudad que pasa como un barco de locos por la noche.
Sólo encuentro un rostro: hombre viejo y sin dientes
A quien la dinastía, el poder, la riqueza, el genio,
Todo le han dado al cabo, salvo la muerte.
Es un enemigo más temible que Dios,
El sueño que puedo ser si mañana despierto
Y sé que vivo.

Mas de súbito el alba


Me cae entre las manos como una naranja roja.

JORGE GAITÁN DURÁN


88 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Silva
A Camilo de Brigard Silva

Como irse a la habitación más oscura de la casa


y allí desterrarse y ser orgullo hasta la humildad;
como las noches en placer extranjero, sin idiomas,
buscando con ojos voraces la mujer más sencilla,
entonces la más cruel porque se haya visto deseada;
como hundirse hasta la conciencia y encontrar que las culpas
son más densas que el alma, y obligarse a la resignación;
igual que preguntar por un amigo
y saber que desapareció desde la infancia:
así fue Silva rechazado peor que los insectos.

Lo imagino con la rabia como un hacha entre los dientes


queriendo abrirse paso entre la vida, de tan densa,
tratando de inculcar en la sociedad que acompañaba
el obrar noblemente y el buen gusto; pero ellos, hijos
de las masturbaciones y de la vanagloria,
sólo sabían de las sílabas a golpes de dedo
e ignoraban la armonía y el mundo de las palabras.

Su juventud fue el conocimiento de la poesía


o el hallazgo de la soledad. La risa de Verlaine
también fue mueca en Silva, y por su rostro,
tenso como el salto de un tigre, cruzó la sonrisa
cuando la piel se le fue llenando de palomas.
Porque triste es querer aquello que es mortal; más le vale
al hombre aceptar su fracaso desde los abuelos
o esperar con el calor sofocante y brutal y sin
el menor soplo de aire, y sentir que un ave inmensa
pugna desde el centro de la tierra por salir,
y que la carne se agrieta como Cúcuta después
de los temblores y ver que todo es claridad o sombra
y que todo se traspasa como las manos al fuego.

Hasta la misma poesía a Silva le fue adversa.


A veces uno piensa que su sepulcro eran sus huesos,
arbitrariamente erguidos como ley en su estatura.
SANTIAGO MUTIS 89

Pero a Silva el cuerpo le quedaba estrecho


como un muerto con ataúd pequeño,
como esos muertos que van creciendo en los velorios
y hacen crepitar la madera.

La gana de no vivir, el desconsuelo, el paso


de la dificultad a un nuevo abatimiento,
el desvivirse y creer, la enfermedad del siglo,
el doctor y sus dogmas como látigos,
la inconformidad
y también el no creer.
Como flecha que crece en el árbol hasta estar madura
para el arco, como árboles que por tanto contemplarse
desbordaran el río: la muerte que nació contigo,
y la vida, ese otro nombre de la muerte, te llenaron
hasta inundarte, hasta saber que en ti no había sino naufragio:
que tu olfato combatía con el gusto,
tu ojo contra los objetos,
las manos contra sí mismas y enemigas del tacto,
el silencio contra tu oído,
tus sueños contra la memoria,
que tu pie derecho no era aliado de tu pie izquierdo,
que cada músculo era un desafío contra tus huesos,
que el olvido no llegaba,
y que el futuro, la perpetua contienda, estaba lleno
de vencimientos, y el asco...

Ahora conoces los cambios de la naturaleza.


Pero, ¿cuántas veces renaciste en las flores silvestres?
¿Qué casco de potro la sal de tu sangre endureció?
¿Relinchó acaso cuando supo que coceaba a un muerto?

Ahora, dentro de la tierra, ¿trabajas en algún metal


que estallará como conjuro para los días
de la solemne restitución de los vivos?

Humillado por la misma poesía que no supo defenderte


tu presencia está en las palabras que se fugan,
en la noche que llega sin saber detenerse.
90 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

No se llore la muerte porque la muerte es una compañía,


ni la vida, sino las que de nosotros nacerán,
Y a los hombres que vinieren y a nosotros, Dios nos guarde,
ahora, y en la hora de nuestro nacimiento, amén.

EDUARDO COTE LAMUS


SANTIAGO MUTIS 91

Salón Colonia
Me asiste la impresión de que entre vuelta y vuelta, o tras el
final de cada danzón, la muerte brilla en un clarinete. Es una
dulce Babilonia que se arrastra tras la madeja del baile.

Un hombre de gran bigote y aires de proxeneta parece aligerar


sus culpas mientras baila. Bajo los reflectores espejea su
chaleco negro de oscura mariposa.

Una anciana danza mirando al cielo del salón. Lo hace con


una mirada de beatitud, como si la espiara en cada giro la
Virgen de Guadalupe.

Todo parece ocurrir en vísperas de la muerte. Hay una


atmósfera de quietud y de lavanda, un aire en el que hacen
pareja el antiguo dolor y el nuevo olvido.

En cada giro del danzón regresan los días de esplendor, es


como si el pasado girara en la pista.

Cómo bailan.
Giran en una lentitud de carrusel.
en algo que parece
Una secreta coreografía de la muerte.

No pocos bailadores parecen venir del caballete clínico de


Cuevas, trazados en una técnica mixta de lápiz e impudicia.
Pero no hay nadie que sea mortal mientras baila un danzón.

Pugnan las alas por florecer en una espalda encorvada,


regresa el caballo de la juventud, como si aún galopara en las
praderas del pecho.

Es posible que la mujer del traje blanco viaje todos los viernes
desde la modistería del barrio hasta la gloria. Seguro que ha
contado en su collar el paso de los días que conducen a un
salón que la colma de una levedad de sueño y de velero. Hay
en el aire algo de belleza muerta e insepulta, algo inocente,
más cercano al templo que al burdel.
92 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

De pronto, tras los pasos del alba, el portero del paraíso como
un ángel del destierro anuncia que debemos irnos antes que
encienda las luces del salón.

Aún ignoro si fue una noche irreal o una fisura en el tiempo.

JUAN M ANUEL ROCA


SANTIAGO MUTIS 93

Tierra dura
El mundo se acumula extrañamente
de tiempo en tiempo, abriendo
mapas a sueños que prontamente pasan.
Mas no hablo del mundo actual que nos habita
sino de aquel que huye por nosotros
para darle a la muerte su paisaje.

Cava el silencio en el silencio mismo


la milenaria soledad de las estatuas. Poco
queda del hombre: tan sólo el hombre
y esta tierra dura levantada en tumbas,
sobre las que en vano tantos
sembraron árboles sin sombra.

No hay aquí, entonces, un solo lugar


para el descanso ni un solo sitio
del que no se tema
dar el paso y no encontrar la huella. Nada
viene vivo de ayer, ayer no existe.
Y esa arena levantisca que a diario pisa
el caminante, pudo muy bien haber sido
el exilio de un tiempo que pasó
y que mucho antes de nosotros se detuvo.

LUIS AGUILERA
94 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA
95

Disculpas para escoger unos poemas


Gustavo Álvarez Gardeazábal

Escoger cuál poeta nos llegó alguna vez más allá del olvido y se
quedó tintineando para siempre en la memoria, no es difícil tarea cuando
ya vamos más allá de los sesenta años y revisamos con cuidado cuantos
malos recuerdos hemos borrado de la memoria. Escoger entonces a
Antonio Llanos y a Meira del Mar, es rendir tributo a los dos extremos
de la versificación impactante. Llanos jugueteó con el misticismo para
hacernos sentir románticos desfasados. Meira no ha dejado de golpear con
la fuerza del caracol en las profundidades marinas.
Seleccionar a Charry Lara, a Carranza y a Camacho Ramírez es arbi-
trio mínimo de parte de quienes creemos que los consagraron sus versos
y los inmortalizaron los años.
Sacar aparte a Aurelio Arturo o a Omar Ortiz es hurgar en el
rescoldo de un horno en donde a bastonazos de prosa han cuajado poesía
inolvidable y apetitosa. Hacer aparecer a X-504 y a Jota Mario es aceptar
que hice parte de una generación que ellos martillaron a punta de versos
e imprecaciones para intentar desde muy jóvenes convertirse en íconos
indelebles del panorama poético colombiano.
Pero incluir a Cote es manifestación extrema de mi admiración
mayúscula por quien, después de tantos años de leer tanta poesía
colombiana, ha sido el mejor y tendrá que seguir siéndolo hasta que
aparezca quién lo destrone.
96 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

La espera
Aquí me tienes esperando
que tu navío eche las anclas
mas en el cielo de los mástiles
no están los palos de tu barca.

Viejo lobo de un mar lejano,


corrió entre céfi ros mi infancia
y con la miga de mis sueños
encendí mi pipa dorada.

Fue mi padre un dulce marino


(ardía el sol entre sus barbas . . .)
que me enseñó desde pequeño
a hablar en ritmo de baladas.

Siempre en el mar dormí en la noche


y al despertar en la alborada
entre gruñidos y linternas
las naves se balanceaban.

Y aquí estoy esperando un barco


que del paisaje de mi infancia
cargado venga con mis sueños
y ancle en mi riba desolada.

Las gaviotas saben mi historia.


Mi padre Ulises se llamaba...

ANTONIO LLANOS
GUSTAVO Á LVAREZ GARDEAZÁBAL 97

Nodriza
Mi nodriza era negra y como estrellas de plata
le brillaban los ojos húmedos en la sombra:
su saliva melodiosa y sus manos palomas mágicas.
¿O era ella la noche, con su par de lunas moradas?

¿Por qué ya no me arrullas, oh noche mía amorosa,


en el valle de yerbas tibias de tu regazo?

En mi silencio a veces aflora fugitiva


una palabra tuya, húmeda de tu aliento,
y cantan las primaveras y su fiebre dormida
quema mi corazón en ese solo pétalo.

Una noche lejana se llegó hasta mi lecho


una silueta hermosa, esbelta, y en la frente
me besó largamente, como tú; ¿o era acaso
una brisa furtiva que desde tus relatos
venía en puntas de pie y entre sedas ardientes?

***
Tú que hiciste a mi lado un trecho de la vía,
¿te acuerdas de ese viento lento, dulce aura,
de canciones y rosas en un país de aromas,
te acuerdas de esos viajes bordeados de fábulas?

AURELIO ARTURO
98 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Mujeres de otro día


Estas mujeres fueron bellas;
en las orillas de su alma
anchos paisajes balancearon
su ardor de inéditas distancias.
Eran como tierras sin nombre
en espera de ser llamadas,
llenas de palmeras fragantes
que vibraban al sol como arpas.
La brisa errátil de los trópicos
les despeinaba las miradas
dispersas hacia el horizonte
como un rebaño de cabras.
Su cuerpo tenso como un arco
se erguía sobre la esperanza
lleno del intenso temblor
de la flecha no disparada,
y todas se iban apagando
esperando al que no llegaba.

Estas mujeres fueron bellas,


y había una que yo amaba.
Yo tenía siete años dulces
como el corazón de la caña.
Senos morenos como nísperos,
ojos de estrella y voz de agua,
ella ardía como una esencia
esperando al que no llegaba;
yo tenía siete años dulces
y aún no tenía sino alma,
y la veía consumirse
mientras mi instinto se alargaba.

Un día yo tuve veinte años,


llenas de fuerzas las entrañas
y corrí loco tras la estrella
de aquel mito de mi infancia;
ya tenía instinto y deseo;
podía ser el que no llegaba.
GUSTAVO Á LVAREZ GARDEAZÁBAL 99

Llegué cuando ya se caían


como sauces sus miradas,
cuando sus cabellos barrían
las cenizas de la esperanza
que volaban sobre sus ojos
en un lento otoño de lágrimas.

Estas mujeres fueron bellas


y envejecieron como ramas
que se cortan para la hoguera
que ha de hacer la vida más clara.
Hoy yo tengo veinte años fuertes
como banderas desplegadas,
hoy ya mi instinto y mi deseo
se erigen al sol como lanzas
y, cuando paso, estas mujeres
que fueron bellas en mi infancia,
murmuran resignadamente:
así era el que no llegaba.

ARTURO CAMACHO R AMÍREZ


100 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Soneto a Teresa
Teresa en cuya frente el cielo empieza
como el aroma en la sien de la flor;
Teresa la del suave desamor
y el arroyuelo azul en la cabeza.

Teresa en espiral de ligereza


y uva y rosa y trigo surtidor;
tu cuerpo es todo el río del amor
que nunca acaba de pasar, Teresa.

Niña por quien el día se levanta,


por quien la noche se levanta y canta
en pie, sobre los sueños, su canción:

Teresa, en fin, por quien ausente vivo,


por quien con mano enamorada escribo,
por quien de nuevo existe el corazón.

EDUARDO CARRANZA
GUSTAVO Á LVAREZ GARDEAZÁBAL 101

Aviso a los moribundos


A vosotros, los que en este momento estáis agonizando
[en todo el mundo:
os aviso que mañana no habrá desayuno para vosotros;
vuestra taza permanecerá quieta en el aparador como
[un gato sin amo,
mirando la eternidad con su ojo esmaltado.
Vengo de parte de la Muerte para avisaros que vayáis
preparando vuestras ocultas descomposiciones:
todos vuestros problemas van a ser resueltos dentro de poco,
y ya, ciertamente, no tendréis nada de qué quejaros,
¡oh príncipes deteriorados y próximos al polvo!
Vuestros vecinos ya no os molestarán más con sus visitas
[inoportunas,
pues ahora los visitantes vais a ser vosotros, y de
[qué reino misterioso y lento!

Ya no os acosarán más vuestras deudas ni os trasnocharán


[vuestras dudas e incertidumbres,
pues ahora sí que vais a dormir, ¡y de qué modo!
Ahora vuestros amigos ya no podrán perjudicaros
más, ¡oh afortunados a quienes el conocimiento
[deshereda!
Ni habrá nadie que os pueda imponer una disciplina
que os hacía rabiar, ¡oh disciplinados y pacíficos
[habitantes de vuestro agujero !
Por todo esto vengo a avisaros que se abrirá una
[nueva época para vosotros
en el subterráneo corazón del mundo a donde seréis
[llevados solemnemente
para escuchar las palpitaciones de la materia.
Alrededor vuestro veo muchos que os quieren ayudar
[a bien morir,
y que nunca, sin embargo, os quisieron ayudar
[a bien vivir.
Pero vosotros ya no estáis para hacer caso de nadie,
porque os encontráis sumergidos en vosotros mismos
[como nunca antes lo estuvierais,
pues al fin os ha sido dado poder reposar en vosotros,
102 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

en vuestra más recóndita intimidad a donde nadie


[puede entrar a perturbaros.
Ciertamente, vuestro suceso no por sabido es menos
[inesperado,
y para algunos de vosotros demasiado cruel, como
[no lo merecíais,
mas nadie os dará consolación y disculpas.

De ahora en adelante vosotros mismos tendréis que


[hacer vuestro lecho,
quedaréis definitivamente solos y ya no tendréis
[ayuda, para bien o para mal.
Vosotros, que no soportabais los malos olores,
[ahora ya nadie os podrá soportar
[a vosotros.
Vosotros, que no podíais ver un muerto,
ahora ya nadie os podrá ver a vosotros,
os ha llegado vuestro turno, ¡oh maravillosos ofendidos
[en la quietud de vuestra aristocrática fealdad!
Tanto que os reisteis en este mundo, mas ahora
sí que vais a poder reíros a todo
[lo largo de vuestra boca,
¡oh prestos a soltar la carcajada final, la que nunca
[se borra!
Yo os aviso que no tendréis que pagar más tributo
y que desde este momento quedáis exentos de
[todas vuestras obligaciones,
oh próximos libertos, ¡ cómo vais a holgar ahora
[sin medida y sin freno!
Ahora vais a entregaros a la desenfrenada locura de
[vuestro esparcimiento,
no, ciertamente, como os revolcabais en el revuelto
[lecho de vuestros amantes,
sino que ahora seréis vosotros mismos vuestro más
[tierno amante,
¡sin hastío ni remordimiento!

Tomad vuestro último trago de agua y despedíos


de vuestros parientes porque vais a celebrar el
[secreto concilio
GUSTAVO Á LVAREZ GARDEAZÁBAL 103

en donde seréis elegidos para presidir vuestra propia


desintegración y vuestra ruina definitiva.
Ahora sí que os podréis jactar de no ser como los demás, pues
seréis únicos en vuestra inflada podredumbre,
¡ahora sí que podréis hacer alarde de vuestra
[presencia ! Yo os aviso
que mañana estrenaréis vestido y casa y tendréis
otros compañeros más sinceros y laboriosos que trabajarán
acuciosamente día y noche para
[limpiar vuestros huesos.
oh vosotros, que aspiráis a otra vida porque no os
[amañasteis en ésta:
yo os aviso que vuestra resurrección va a estar un
[poco difícil,
porque vuestros herederos os enterrarán tan hondo
[que no alcanzaréis a salir a tiempo
[para el juicio final.

JAIME JARAMILLO ESCOBAR


104 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Los inadaptados no te olvidamos, Marilyn


Ahora que los gusanos han echado sobre tu cuerpo la
primera palada de olvido
ahora que vives debajo de Los Ángeles sin necesidad de
siquiatras
ahora que el hueso altivo de tus caderas es puro polvo en
una caja y puro polvo son tus nalgas diseminadas por el
suelo de raso de tu tumba
ahora que la totalidad de tu cuerpo cabe en la más
pequeña de tus polveras
ahora que las uñas de tus pies disgregadas como planetas
muertos y los tacones de platino de tus zapatillas de
gala se doblan entre canastas de champaña bajo el peso
terrible de la ausencia de tu talón de Aquiles
ahora que en tu ropero las polillas han hecho lo propio
con tus trajes olorosos a fiesta en Beverly Hills a Chanel
número 5 a los cinco dedos de una mano
ahora que el millonario excéntrico que alquiló la
mansión que habitabas en Brentwood ha dejado de buscar
tus axilas en los rincones de la sala y organiza con sus
invitados un safari de rinocerontes en el Perú
ahora que el siquiatra que te atendía se ha declarado
en quiebra y para pagar sus impuestos está escribiendo
tus “Memorias” y además porque a sus tres esposas les
hacen mucha falta los doce mil dólares mensuales que le
pagabas de honorarios
ahora que las pastillas soporíferas que tomaste se agotan
rápidamente en las farmacias como canciones de cuna
definitivas
ahora que hasta en las cintas viejas de celuloide se están
cerrando tus ojos cansados de soportar tanta pestaña
tanta vigilia tanta viga
Ahora que ya nadie sabe quién era Norma Jean Baker
porque las Baker Norma Jean abundan en los directorios
telefónicos
ahora que los 188.000 millones de psicópatas ya no te ven
en sus sueños en inglés con leyendas en castellano como
una bruja de Salem volando sobre un bate de béisbol
ahora que la obra dramática de tu exmarido sobre tu vida
ha quedado en tablas ante los críticos de Broadway
y ha dejado para siempre de alumbrarte el sol de los
fotógrafos oh gata llena de misterio sobre el Mercedes
GUSTAVO Á LVAREZ GARDEAZÁBAL 105

Benz del olvido en este pequeño país latinoamericano


que se llama Colombia vivimos varios poetas inadaptados
que no queremos olvidarte (tú Marilyn fuiste más
importante para nosotros que la doctrina Monroe)
y que nos acordamos de ti cuando sale la luna sobre
los “Jaguares” cuando bajamos deslizándonos por las
pasarelas del jet
cuando leemos en la prensa que Dalí ha hecho de tus
senos una escultura de gavetas
cuando pasa por nuestro lado veloz como una sirena una
ambulancia blanca de dos pisos
y nuestras mujeres gritan en lo más alto de los ascensores
a veces como ahora te elevamos una oración por qué no te
elevamos en una oración
en un réquiem en un antirréquiem en un responso
sabemos nosotros de estos nombres
sólo que cada hombre ora a lo que más ama
sobre todo si lo que más ama está muerto
y es entonces cuando queremos acostarnos bocabajo en el
cementerio de Westwood
para sentir el cosquilleo en nuestros poros púbicos
de las lanzas
de hierba que crecen desde tus ingles norteamericanas
ahora que estás muerta y reposas enquistada sin muchas
esperanzas
en la resurrección de los cuerpos
en ese pequeño lugar que es como el ombliguito de
América luego de haber vivido entre reflectores y niebla
entre almacenistas y magnates
entre dramaturgos y policías
entre los espejos y el espejismo
del amor

J.M ARIO ARBELÁEZ


106 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Te hubiera amado
Te hubiera amado,
perfil solo, nube gris, nimbo del olvido.
Con el misterio de la mirada,
bajo la tormenta oscura de las palabras,
en la tristeza o puñal de cada beso,
hasta la ira y la melancolía,
te hubiera amado.

Ay, cuerpo que al amor se resiste


no ofreciendo su nocturno abandono a unos labios.
Sobre su piel la luna inútilmente llama,
llama inútil la noche
y el sol, inútil llama, lame
con una lengua sombría sus dos senos.

Te hubiera amado,
rostro donde el día toma su luz hermosa.
Frío, dolor, nube gris de siempre,
como un relámpago entre el sueño amanecías
sonámbula y bella atravesando
una aurora.

Tarde naval sobre el azul se extiende.


En el sueño del horizonte todo se olvida.
Vive tú aún, secreta existencia,
mía como el deseo que nunca se extingue.

Vive fuerte, relámpago que un día amanecías,


llama ahora de nieve.
Mírame aún, pero recuerda
que se olvida.

FERNANDO CHARRY LARA


GUSTAVO Á LVAREZ GARDEAZÁBAL 107

Verde mar
I
De tanto quererte, mar,
el corazón se me ha vuelto
marinero.

Y se me pone a cantar
en los mástiles de oro
de la luna, sobre el viento.

Aquí la voz, la canción.


El corazón a lo lejos,
donde tus pasos resuenan
por las orillas del puerto.

De tanto quererte, mar,


ausente me estás doliendo
casi hasta hacerme llorar . . .

II

¡Mar!
Y es como si, de pronto,
se hiciera la claridad.

Ángeles desnudos. Ángeles


de brisa con luz. Cantar

del agua que danza una


zarabanda de cristal.

Islas, olas, caracoles.


Grito blanco de la sal...

Y el corazón, de latido
en latido, dice: ¡mar!

M EIRA DEL M AR
108 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Albatros
Frente a la ventana, el viejo marinero
Sueña las ballenas que navegan por su alma
Y que su ojo feroz no arponeó.
Su corazón es de verdad el único
Cementerio marino. No el del poema.
El que viaja en esa pequeña ola
Que rueda lentamente por su mejilla

OMAR ORTIZ FORERO


109

Tras una nueva lectura de la poesía colombiana


Julián Malatesta

La poesía colombiana en el siglo xx, para nuestro más íntimo


regocijo, tuvo una expresión luminosa y dio lugar a acontecimientos
que trasformaron de un modo radical el devenir de nuestras letras. Este
ejercicio, guiado quizá por la arbitrariedad del gusto, me ha permitido tener
un acercamiento a la poesía más allá de la obstinada mirada académica,
en pos de aquellos poemas que en su apreciación más inmediata pudieran
conmover, asombrar y tal vez activar el recuerdo de mis lecturas iniciales.
Por esa razón, esta extraordinaria idea de hacer un libro con lo que algunos
poetas consideramos lo mejor de nuestra poesía contemporánea, no es un
ejercicio de exclusión, sino que se constituye en el duro y generoso oficio
de incluir, quizá con desaciertos, pero en todo caso, con la honestidad de
nuestro entusiasmo.
Todos los que participamos de este oficio de leer escribiendo nos
vamos llenando de supersticiones y prejuicios que determinan en gran
parte nuestro gusto. De esa manera los poemas que propongo a los lectores
de autores como Guillermo Valencia, Porfi rio Barba Jacob, León de Greiff,
Meira del Mar, Aurelio Arturo, Helcías Martán Góngora, Juan Manuel
Roca, William Ospina Buitrago, Jota Mario Arbeláez y Omar Ortiz, tienen
desde mi punto de vista algo en común: el privilegio de la imagen como
elemento constitutivo del poema, que conduce a que los excesos retóricos
se restrinjan –aun en la consideración de los movimientos literarios
en que algunos poetas militan o en los diálogos que establecen con la
tradición– y eso da lugar a una poesía precisa, sin afeites de seducción y
ajena al artificio de los efectos, con un lenguaje que no teme a la rudeza y
al encuentro con esa palabra singular y única que el poema reclama. Se
halla también la presencia de una poesía donde la ironía es el dispositivo
para interrogar las oscuridades de nuestro tiempo y cuyos alcances
políticos no envilecen su condición estética. Incluyo del mismo modo
una poesía amorosa desalojada de los habituales escarceos de la pasión,
es decir, sutilmente evasiva de los lugares comunes que la bisutería de la
tradición ofrece.
110 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Anhelo que estos poemas instalen un nuevo diálogo con la obra de


sus autores en la perspectiva de promover una renovada recepción de
sus trabajos poéticos. Sería de esperarse que poetas que han caído en la
deshonra de los inanes análisis académicos o en el adocenamiento de las
cómodas lecturas oficiales puedan ser rescatados de esa ignominia. Un
ejemplo típico es Aurelio Arturo, al que se le endilga un azucaramiento
desmedido y una fragilidad de amanerado, cuando su obra expresa con
mucho vigor el coraje y la faena del hombre poblando su tierra. Tengo
la impresión de que hay poetas que están anhelando una lectura hecha
con sangre tal como lo pensó Nietzsche: escribe con sangre que la sangre
es espíritu. Las lecturas que campean en los cenáculos oficiales y que
desconocen u ocultan el ímpetu de ruptura que activa a toda obra de arte,
han producido un daño en las letras colombianas del cual no es posible
reponerse si no emprendemos la recuperación de nuestros poetas desde
un campo intelectual autónomo. Los herederos de ese modo de entender
nuestra propia literatura invaden la industria editorial de versos cuya
fragilidad y desaliento apenas perciben la sociedad y la época en que
habitan.
JULIÁN M ALATESTA 111

Las dos cabezas

Omnis plaga tristitia cordis est


et omnis malitia, nequitia mulieris.
EL ECLESIÁSTICO

Judith y Holofernes
(Tesis)

Blancos senos, redondos y desnudos, que al paso


de la hebrea se mueven bajo el ritmo sonoro
de las ajorcas rubias y los cintillos de oro,
vivaces como estrellas sobre la tez de raso.

Su boca, dos jacintos en indecible vaso,


de la sutil esencia de la voz. Un tesoro
de miel hincha la pulpa de sus carnes. El lloro
no dio nunca a esa faz languideces de ocaso.

Yacente sobre un lecho de sándalo, el asirio


reposa fatigado; melancólico cirio
los objetos alarga y proyecta en la alfombra...

Y ella, mientras reposa la bélica falange,


muda, impasible, sola, y escondido el alfanje,
para el trágico golpe se recata en la sombra.

***

Y ágil tigre que salta de tupida maleza,


se lanzó la israelita sobre el héroe dormido,
y de doble mandoble, sin robarle un gemido,
del atlético tronco desgajó la cabeza.

Como de ánforas rotas, con urgida presteza,


desbordó en oleadas el carmín encendido,
y de un lago de púrpura y de sueño y de olvido,
recogió la homicida la pujante cabeza.
112 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

En el ojo apagado, las mejillas y el cuello,


de la barba, en sortijas, al ungido cabello,
se apiñaban las sombras en siniestro derroche
sobre el lívido tajo de color de granada...
y fingía la negra cabeza destroncada
una lúbrica rosa del jardín de la Noche.

Salomé y Joakanann
(Antítesis)

Con un aire maligno de mujer y serpiente,


cruza con rápidos giros Salomé la gitana
al compás de los crótalos. De su carne lozana
vuela equívoco aroma que satura el ambiente.

Danza todas las danzas que ha tejido el Oriente:


las que prenden hogueras en la sangre liviana
y a las plantas deshojan de la déspota humana
o la flor de la vida, o la flor de la muerte.

Inyectados los ojos, con la faz amarilla,


el caduco Tetrarca se lanzó de su silla
tras la hermosa, gimiendo con febril arrebato:

“Por la miel de tus besos te daré Tiberiades”.


Y ella dícele: “En cambio de tus muertas ciudades,
dame a ver la cabeza del Esenio en un plato”.

***
Como viento que cierra con raquítico arbusto
en el viejo magnate la pasión se desata,
y al guiñar de los ojos, el esclavo que mata
apercibe el acero con su brazo robusto.

Y hubo grave silencio cuando el cuello del Justo,


suelto en cálido arroyo de fugaz escarlata,
ofrecieron a Antipas en el plato de plata
que él tendió a la sirena con medroso disgusto.
JULIÁN M ALATESTA 113

La lumbre que viene del lejano infinito


da a las sienes del mártir y a su labio marchito
la blancura llorosa de cansado lucero.

Y –del mar de la muerte melancólica espuma–


la cabeza sin sangre del Esenio se esfuma
en las nubes de mirra de sutil pebetero.

La palabra de Dios
(Síntesis)

Cuando vio mi poema Jonatás el Rabino


(el espíritu y carne de la bíblica ciencia),
con la risa en los labios me explicó la sentencia
que soltó la Paloma sobre el Texto divino.

“Nunca pruebes –me dijo– del licor femenino,


que es licor de mandrágoras y destila demencia;
si lo bebes, al punto morirá tu conciencia,
volarán tus canciones, errarás el camino”.

Y agregó: “Lo que ahora vas a oír no te asombre:


la mujer es el viejo enemigo del hombre:
sus cabellos de llama son cometas de espanto.

Ella libra la tierra del amante vicioso


y ella calma la angustia de su sed de reposo
con el jugo que vierten las heridas del santo”.

GUILLERMO VALENCIA
114 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

La hora cobarde
Ya no es la flébil brisa de la inquietud fecunda
la que remueve al paso tus huertos interiores
y en torno de ti mismo la vida entera inunda
de dulces y suaves y trémulos dolores.

Ya no es la desazón que tenía fragancias


de floridos pensiles en tiempo sosegado,
y que dejó su miel en todas tus estancias...
¡Es el viento que mueven los mares del pecado!

Es un furioso viento, un invencible viento


de amor airado y trágico, de vinos, de alegría;
y por oculto azar oyes cada momento
las voces de la muerte y el canto de la orgía.

¿Qué manos implacables segaron la cisterna


que ayer nutrió las puras raíces de tu vida?
¿Quién empañó el tesoro de tu virtud interna?
¿Quién apagó en la noche tu lámpara encendida?

Vas bajo las tinieblas con un andar incierto,


entre vanos amigos e impulsos desleales,
a un indeciso término del horizonte abierto
donde gustar tus ochos pecados capitales.

Has trocado la lira de las cuerdas de oro


por la hembra sensual y frívola y extraña,
perpetuamente ajena,
pero que te brindará sus dejos de bacante
y el ominoso encanto de su carne morena
de exóticos afeites y de un olor picante.

De vez en vez y apenas en tu noche profunda,


surge de entre las danzas y el vino y el clamor,
borrosa en el recuerdo de un aire extenuado,
la página primera de algún poema amado
que no escribirás nunca... “Cantaba el ruiseñor...”
JULIÁN M ALATESTA 115

Y alzas a mí tus manos que tejían los hilos


suaves de los versos en la quietud antigua,
y el mirar de tus ojos cobardes e intranquilos
que el genio alumbra aún con una luz exigua.

Yo... ¿cómo te diría mi propio pensamiento,


si mi propia virtud de llama pura
no sé por qué persiste ni cómo la sustento:
cómo marcarte un término entre el laurel y el vino
si yo mismo no encuentro mi estrella y mi camino?

Si ya mi juventud presiente la cercana


hora otoñal, de fuerza menguante o abolida,
y tengo la recóndita tristeza inenarrable
de aquel que entra en la muerte sin conocer la vida.

¡La Vida, la profunda Vida trémula y loca!


La de verdad: ¡La Única, de brillo transitorio,
que escancia sus almíbares en nuestro vaso frágil
y dora nuestras frentes con un fulgor ustorio!

La que vertió sus rojos vinos pródigamente,


la que dejó sus mirras en todos los altares,
y holló todos los légamos y vio todas las rutas
y a quien su acerba espuma dieron todos los mares.

¡La sola grande y trágica que bajo el sol fecundo


no hay huerto que no agite ni hoguera que no encienda,
la que en impulsos bárbaros, al golpe de un acero,
duplica con la sangre su intensidad tremenda!

¡Vivir!... Quién me diría que este recogimiento


conventual y grave que fija mi destino,
y la penumbra tosca que envuelve mi aposento,
no valen mucho menos que un vaso de bueno vino;

y que este afán cansado de cruzar las historias


vastas y resonantes, en pos de un gesto oscuro,
saturará mi espíritu de miel y de fragancia;
y que es vivir la vida saber la de esos héroes
que pasan enfilados a un siglo de distancia;
116 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

que vale más un claro poema de sutiles


palabras imprecisas y ritmo claudicante,
que la mujer jocunda que llega tras las danzas
a dejarnos el beso sonoro e insinuante...

Yo, cómo expresaría mi propio pensamiento,


si mi sola virtud de llama pura
no sé por qué persiste ni cómo la sustento...
¿Cómo marcar un término entre el laurel y el vino,
si yo mismo no encuentro mi estrella y mi camino?

PORFIRIO BARBA JACOB


JULIÁN M ALATESTA 117

Sonetín
Advino ahora Lilia, de los ojos de absenta,
los muslos luengos y las piernas finas,
el busto en flor (¡Oh! las breves colinas
de róseos picos!) y la boca cruenta,

y el nido lauto donde amor se asienta,


tibio, ardoroso, en medio a las endrinas
crenchas y a las fragancias venusinas!
¡Oh lauto nido amante! ¡Oh boca lienta!

Advino ahora Lilia, de corazón combusto,


sensorio audaz, espíritu sin trabas,
y esa escultura ígnea, ágil, en furia.

¡Oh Lilia!, excepcional copa en que gusto


hieles, mieles y témpanos y lavas.
¡Amor, sosiego, paz: amor, ardor, lujuria!

LEÓN DE GREIFF
118 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Elegía de Leyla Kháled


Te rompieron la infancia, Leyla Kháled.

Lo mismo que una espiga


o el tallo de una flor,
te rompieron
los años del asombro y la ternura,
y asolaron la puerta de tu casa
para que entrara el viento del exilio.

Y comenzaste a andar,
la patria a cuestas,
la patria convertida en el recuerdo
de un sitio que borraron de los mapas,
y dolía más hondo cada hora,
y volvía más triste del silencio,
y gritaba más fuerte en el castigo.

Y un día, Leyla Kháled, noche pura,


noche herida de estrellas, te encontraste
los campos, las aldeas, los caminos,
tatuados en la piel de la memoria,
moviéndose en tu sangre roja y viva
llenándote los ojos de sed suya,
las manos y los hombros de fusiles,
de fiera rebeldía los insomnios.

Y comenzaron a llamarte nombres


amargos de ignominia,
y te lanzaron voces como espinas
desde los cuatro puntos cardinales,
y marcaron tu paso con el hierro
del oprobio.
JULIÁN M ALATESTA 119

Tú, sorda y ciega, en medio


de las ávidas zarpas enemigas,
ardías en tu fuego, caminante
de frontera a frontera,
escudando tu pecho contra el odio
con la incierta certeza del regreso
a la tierra luctuosa de que fueras
por mil manos extrañas despojada.

Te vieron los desiertos, las ciudades,


la prisa de los trenes, afiebrada,
absorta en tu destino guerrillero,
negándote el amor y los sollozos,
perdiéndote por fin entre la sombra.

Nadie sabe, no sé, cuál fue tu rumbo,


si yaces bajo el polvo, si deambulas
por los valles del mar, profunda y sola,
o te mueves aún con la pisada
felina de la bestia que persiguen.

Nadie sabe. No sé. Pero te alzas


de repente en la niebla del desvelo,
iracunda y terrible, Leyla Kháled,
oveja en loba convertida, rosa
de dulce tacto en muerte transformada.

M EIRA DEL M AR
120 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Cantos de hombres
(Final)
Son los hombres ásperos,
Son los hombres tristes que se confunden
con las bestias y con los árboles bajo el cielo
[creciente.
Son los hombres
5 cantando sus canciones de nubes y caminos,
cantando su añoranza de tierras anchas.

Bajo nubes cantan sus canciones.


Y abren el horizonte
porque su huella es fuerte y dolorosa.
10 Dulces como bestias pacíficas,
recios como árboles,
con su planta o la pezuña de sus caballos
le abren caminos a la tierra.

Tierras y tierras cantan bajo las nubes.


15 Tierras anchas que se los tragan
y los hacen retama humilde de sus
vastedades,
y los hacen dulce rumor de sus soledades,
tierra suya, arena suya,
soplo de sus vientos.

20 Sus corazones son nudos violentos,


la sangre viene de muy lejos,
¡y hay tanta tierra bella tras esas lejanías!
Sus corazones son nudos de caminos,
de caminos de huellas.

25 ¿Alguien recogerá la hoja, de la arena,


para volverla al árbol?
Dejad caer lo que está maduro
y al viento hacer canciones de lo que ha sido.
Son los hombres casi bárbaros,
JULIÁN M ALATESTA 121

30 con un hondo corazón asilo de estrellas,


son los hombres ásperos
que aman sus nubes y aman sus caballos.
Oiréis sus canciones bajo las nubes
cuando las vastedades son polvaredas de oro,
35 o cuando el horizonte son las nieblas y las grandes
[lluvias.
Oiréis sus canciones que les forman cauce a los
[ríos,
que les forman raudales a sus rápidas barcas.
¿Qué cantan los hombres bajo las nubes,
qué cantan en cauce doloroso al gran viento?
40 Cantan al viento el rastro de sus corazones.
Cantan al viento,
y de pronto, ellos son, todos, el viento,
¡son el viento del mundo!

AURELIO ARTURO
122 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Declaración de amor
Las algas marineras y los peces
testigos son de que escribí en la arena
tu bienamado nombre muchas veces.

Testigos, las palmeras litorales.


porque en sus verdes troncos melodiosos
grabó mi amor tus claras iniciales.

Testigos son la Luna y los luceros


que me enseñaron a escribir tu nombre
sobre la proa azul de los veleros.

Sabe mi amor la página de altura


de la gaviota en cuyas grises alas
definí con suspiro tu hermosura.

Y los cielos del sur que fueron míos


y las islas del Sur donde a buscarte
arribaba mi voz en los navíos.

Y la diestra fatal del vendaval


y todas las criaturas del océano
y el paisaje total del litoral.

Tú, sola entre la mar, niña a quien llamo:


ola para el naufragio de mis besos,
puerto de amor, no sabes que te amo.

Para que tú lo sepas yo lo digo


¡y pongo al mar inmenso por testigo!

H ELCÍAS M ARTÁN GÓNGORA


JULIÁN M ALATESTA 123

Estancias del tiempo


Una palabra se diluye, como la nieve de la tiza
En la oscura noche del tablero.
La madre se fue mientras arde el pebetero
Y la noche de ayer ya se hace noche:
Cruzaron los reyes que abdicaron del tiempo.
Musgosa y verde, se desdibuja
Una pared de la casa abandonada.
Jinetes de la guerra de los mil días
Descabalgan sus caminos
O quizá entran para siempre en una cantina
sin salida.
Mientras arde el pebetero
El tiempo trabaja su secreta mampostería,
Como esos hombres, que entre el golpeteo
De una carambola en el billar, se deshacen
sin remedio.
Se marchitan los amores
Y la novia que espera en el umbral de alguna iglesia
No ve las telarañas que se adhieren
A su ramo de azahares, a su velo.
Un ejército de sombras marcha
Hacia la guerra del olvido

Lo despiden brazos al aire, manos que no existen.


Los hombres van, tachonados de medallas
Que en el rincón de un anticuario
Sobrevivirán a sus dueños.
Cruzan los Tamerlán, los Führer,
Mientras las tropas muertas se atrincheran.

JUAN M ANUEL ROCA


124 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

En el cañón del Patía


Esta es la tierra estéril que hace más de cien años
engendraba serpientes, torvos hombres oscuros
con pupilas de tigres y prestos al degüello,
los poderosos dioses y las blancas esfinges.

Por estas polvaredas viajamos hacia el sur,


entre estanques podridos una legión sedienta,
soñando que bastaba la exaltación de un jefe
para guiar a millares contra España. Los áridos
caminos olvidaron la multitud disuelta
como el montón de arena que un puño encierra en vano.
Por leguas, por semanas de fiebre y de osamentas,
indios y deserciones diezmaron nuestro ejército
y los tres hombres últimos entraron solitarios
en la plaza enemiga,
porque el planeta tiene, como el hombre, ruindades.
Y estos son los lugares malvados de la Tierra
y los negros espinos que crepitan al sol
son como frases viles en labios de un verdugo.

Aquí he vuelto. No entiendo por qué quiero estos llanos


secos, ese peñasco sombrío que entre nubes
descuella como el lomo de un escualo gigante
sobre la cordillera.
Algo me trae ahora bajo este sol sin bordes
que asesina los ríos y alarga las raíces,
a probarme en el lomo de los potros, cruzando
la extensión sin caminos.

Esta es la tierra estéril,


pero tras las cuchillas ardientes donde tiemblan
aldeas que se llaman La Quebrada, Arboleda,
y tras el bronco río que burla en la hondura,
está el mundo de Arturo, crecen bosques fragantes
donde él vio descender la luna en las pupilas
de una noche morada. Allá se ahondan fértiles
colinas y las vagas cavernas de Berruecos
donde aún resuena el eco de la oscura emboscada
y el joven Mariscal desconcertado cae
a ver morir el cielo tras un anillo de árboles.
JULIÁN M ALATESTA 125

Allá está el valle fértil, la tierra pensativa


donde el país termina. El Santuario en el centro
de las aguas brumosas. Una ciudad de iglesias
a los pies del volcán que se pierde en las nubes.

Pero aquí están la fiebre, la soledad, el polvo.


Aquí he vuelto, a los hondos cañones de hombres tristes
donde el maíz se abrasa en una luz de escombros.
El día es del color de los huesos desnudos
y en las almas hastiadas germina la discordia,
pero al atardecer, cuando la luz vencida
desagua por la orilla occidental, la tierra
se olvida de sí misma bajo el rosado cielo
y todas las leyendas con la luna, exaltándose
cubren el fi rmamento. En la noche incontable,
mientras van las estrellas hacia el otro horizonte,
oigo encenderse en fábulas los labios de los viejos,
oigo el hosco rumor de los cerdos dormidos
y el silencio en que el campo brutal se purifica
mientras hablan su idioma los pesados planetas.

WILLIAM OSPINA BUITRAGO


126 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

La lectura en tinieblas
Mi padre no me dejaba leer la Biblia
ni el Manifiesto Comunista
para que no gastara la poca luz
que podía pagar para la casa.
Me quitaba el bombillo y dormía con él bajo la almohada
[remordiéndole la conciencia
pero al pie de la cama de mi cuarto también roncaba
la nevera e instalado a los pies de mi cama con la
nevera abierta leía de la medianoche a los gallos
de la crucifi xión de San Pedro cabeza abajo,
de la lapidación de Pablo en Listra
y de la pasada por la espada de Santiago en los Hechos
[de los Apóstoles.
de las tripulaciones de Panait Istrati,
las duras prisiones de Nazim Hikmet
y las torturas de Julius Fucik en su reportaje al pie del
[patíbulo,
hasta que se me helaban los huesos.

J. M ARIO ARBELÁEZ
JULIÁN M ALATESTA 127

Una muchacha de San Petersburgo


Ana Ajmátova casó con un poeta,
Nikolai Gumiiliov, fusilado por orden de Yezhov,
Jefe de policía y mal sujeto.

Su hijo. Lev Gumiláov, murió en la cárcel


a los veinte años.
De ella habló mal Maiakovski
Antes de suicidarse, pero le perdonamos.
Ana Ajmátova sufrió el terror.
Compuso Réquiem para que no olvidáramos.
Pero nuestras mujeres que ven morir sus hijos,
sus novios, sus esposos, asesinados,
no pueden leer más que la lista diaria de los muertos.
Lloran de rabia, de impotencia,
mientras cierran la tapa de los féretros,
y de su alma.
Por eso hoy les hablo de Anna Ajmátova
para que sepan que no están solas en su congoja.

OMAR ORTIZ FORERO


128 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA
129

Listado plural
Rómulo Bustos Aguirre

Dentro de la inevitable pluralidad de elementos que entran en juego en


una selección de este tipo, una consideración intenta guiar este listado: la
del poema como lugar (o no lugar) paradójico donde conviven irradiación
imaginaria y fuerza reflexiva; el poema como imagen pensativa. El resto,
es decir, todo, es pleno ejercicio del derecho a la subjetividad.

1. En tono menor (Luis C. López). No profeso especial devoción por


la poesía de mi coterráneo; sin embargo, su aporte indiscutible a la
erradicación de una doble y sabida tendencia endémica en nuestra
tradición lírica: solemnidad y retoricismo, me dicta el primer poema
del listado. Se trata de un poema apacible y lleno de ternura; sin duda,
el menos tuertolopezco de los poemas del Tuerto.
2. Cinematografía nacional (Luis Vidales). La modernidad lírica colom-
biana entra definitivamente a territorio del siglo XX (todo lo anterior
es siglo XIX, incluidos el Tuerto, De Greiff y Barba Jacob) de la mano
de Vidales: flexibilidad estructural del poema, vuelo imaginativo,
humor, cotidianidad y frescura idiomática. Salta a la vista en este
poema la cercanía de las estéticas demoledoras de Vidales y el Tuerto
(y desde luego, la distancia, en lo que va del “amargo dejo” del uno, al
instrumentario lúdico del otro).
3. Morada al Sur (Aurelio Arturo). Este poema es un pájaro que canta por
sí solo. Es el Simurg. El pájaro que es todos los pájaros (al menos en la
ornitología nacional).
4. La Noche de Jacob (Héctor Rojas Herazo). Todo el poema está concebido
como un tenso y sostenido campo de batalla verbal donde lo que está
en juego es la salvación o la derrota del hombre. La hondura existencial
es el sello de fuego y arcilla de este espléndido texto, como de toda la
obra poética de Rojas.
5. Mohirología (Álvaro Mutis) Poema de fuerza singular que emana de
las resonancias de lo sacro despojado de su sacralidad, pero que sigue
fulgurando a través de la ritualidad de la forma. Aquí espejean Mutis y
el Rojas Herazo de Responso por la muerte de un burócrata. Retórica de
130 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

la buena (en ambos casos), es decir, puesta al servicio de la intensidad,


no como vana joyería.
6. Si se nombra la blancura / De la luna que he contado (Giovanni
Quessep) Se trata, en cierto modo, de poemas gemelos. Bellas muestras
del poema como música pensativa: a través de finos ritmos, imágenes y
eufonías se despliega una suerte de manifiesto poético centrado en la
musicalidad del olvido y la precariedad de la palabra. Rara modernidad
la de Quessep: trágica desolación engastada como joya en un (dos)
poema(s)-joya(s), y uno no puede sino pensar en el acertijo de Góngora
cuando alude a aquel ave “que dulce muere y en las aguas mora”.
7. Momentos (José Manuel Arango). Sugestividad y economía de la
palabra, finura del trazo y la mirada, perplejidad del que mira. Precisión
de la imagen para capturar un instante que se desborda, que se abre a
una vasta significación. Goce doloroso o impasible del que lee. Por su
luz y su filo conceptual este poema se podría describir con cierta figura
del I Ching: la mordedura tajante.
8. Mester de ceguería (Juan Manuel Roca) Acentuando líneas, perfilando
acentos, en la poética de Roca cuyas claves son movilidad y lúdica
(¿hay acaso imaginación estática?, advierte Bachelard), se observa el
triunfo de vetas fundantes de la propuesta de Vidales. Transfiguración.
La piedra esquiva de lo real es piedra angular para el salto imaginario,
apertura a la realidad más real: la metáfora. Poema de atmósfera y
amaestrado onirismo. El imposible rostro de la poesía se oculta y se
desoculta, y el lector sigue, como ciego, la estela de su sonido, de sus
silencios.
9. Problemas de la estética contemporánea (Jaime Jaramillo Escobar). Por
los modos narrativos, el prosaísmo, el humor, el desenfado, se dejan
ver aquí las andaduras del Tuerto y de Vidales. Del bello y nostálgico
y analogizante Simurg ya solo quedan, tal vez, los restos de una sola
pluma que sigue cantando, instalada definitivamente en la ironía.
10. Disparo final a la vía láctea (Raúl Gómez Jattín). Con Gómez Jattín
ocurre el hecho inquietante de que lo obsceno obtiene estatuto lírico
en la poesía colombiana. Considero este poema una de las piezas más
singulares de la poesía erótica colombiana. Además de dar entrada a un
Eros distinto (cosa que, per se, por supuesto, no hace mérito suficiente)
están la fuerza de las imágenes (más sorpresivas que sorprendentes) y
la honda percepción del Ser en su soledad originaria.
RÓMULO BUSTOS AGUIRRE 131

En tono menor
¡Qué tristeza más grande, qué tristeza infinita
de pensar muchas cosas!... ¡De pensar, de pensar!
De pensar, por ejemplo, que hoy tal vez, Teresita
Alcalá, tu recuerdo me recuerda otra edad...
Yo era niño, muy niño... Tú llegabas, viejita,
cucaracha de iglesia, por la noche a mi hogar.
Te hacía burlas... Y siempre mi mamá, muy bonita
y muy dulce, te daba más de un cacho de pan...
Tú eras medio chiflada... Yo pasé buenos ratos
destrozando en tu casa, cueva absurda de gatos,
cachivaches y chismes... ¡Oh, qué mala maldad!
Pero ya te moriste... Desde ha tiempo te lloro,
y al llorarte, mis años infantiles añoro,
¡Teresita Alcalá, Teresita Alcalá!

LUIS CARLOS LÓPEZ


132 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Cinematografía nacional
Por el cielo amarilloso
de linterna
pasan las nubes colombianas.
Y cómo se les nota que no habían ensayado antes.

Los árboles
–por ser la primera vez que trabajan en cine– aparecen
tiesos, cohibidos, amanerados.

Pero el Salto de Tequendama


lo hace con naturalidad
como si tuviera
una larga práctica
en cinematógrafo.

Por los alrededores de Bogotá


merodea la Luna.
¡Y qué Luna!

Es una Luna barnizada de blanco


y con instalación propia.

Afuera
el cielo de la noche
oscuro, ampuloso, es un inmenso gongorismo.

Luego veo la Luna.


¡Oh! ¡Oh!
¡Les saca a los transeúntes
sus fichas antropométricas contra el muro!

¡Son como clichés quemados


que huyen!

Y en el salón de la noche
yo aplaudo
las películas incoherentes
de este Pathé Baby.

LUIS VIDALES
RÓMULO BUSTOS AGUIRRE 133

Morada al Sur
-I-
En las noches mestizas que subían de la hierba,
jóvenes caballos, sombras curvas, brillantes,
estremecían la tierra con su casco de bronce.
Negras estrellas sonreían en la sombra con dientes de oro.

Después, de entre grandes hojas, salía lento el mundo.


La ancha tierra siempre cubierta con pieles de soles.
(Reyes habían ardido, reinas blancas, blandas,
sepultadas dentro de árboles gemían aún en la espesura).

Miraba el paisaje, sus ojos verdes, cándidos.


Una vaca sola, llena de grandes manchas,
revolcada en la noche de luna, cuando la luna sesga,
es como el pájaro toche en la rama, “llamita”, “manzana
[de miel”.

El agua límpida, de vastos cielos, doméstica se arrulla.


Pero ya en la represa, salta la bella fuerza,
con majestad de vacada que rebasa los pastales.
Y un ala verde, tímida, levanta toda la llanura.

El viento viene, viene vestido de follajes,


y se detiene y duda ante las puertas grandes,
abiertas a las salas, a los patios, las trojes.
Y se duerme en el viejo portal donde el silencio
es un maduro gajo de fragantes nostalgias.

Al mediodía la luz fluye de esa naranja,


en el centro del patio que barrieron los criados.
(El más viejo de ellos en el suelo sentado,
su sueño, mosca zumbante sobre su frente lenta).

No todo era rudeza, un áureo hilo de ensueño


se enredaba a la pulpa de mis encantamientos.
Y si al norte el viejo bosque tiene un tic-tac profundo,
al sur el cuervo viento trae franjas de aroma.

(Yo miro las montañas. Sobre los largos muslos


de la nodriza, el sueño me alarga los cabellos).
134 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

-II-
Y aquí principia, en este torso de árbol,
en este umbral pulido por tantos pasos muertos,
la casa grande entre sus frescos ramos.
En sus rincones ángeles de sombra y de secreto,
en esas cámaras yo vi la faz de la luz pura.
Pero cuando las sombras las poblaban de musgos,
allí, mimosa y cauta, ponía entre mis manos,
sus lunas más hermosas la noche de las fábulas.

*
Entre años, entre árboles, circuida
por un vuelo de pájaros, guirnalda cuidadosa,
casa grande, blanco muro, piedra y ricas maderas,
a la orilla de este verde tumbo, de este oleaje poderoso.

En el umbral de roble demoraba,


hacía ya mucho tiempo, mucho tiempo marchito,
el alto grupo de hombres entre sombras oblicuas,
demoraba entre el humo lento alumbrado de remembranzas.

Oh voces manchadas del tenaz paisaje, llenas


del ruido de tan hermosos caballos que galopan bajo
[asombrosas ramas.

Yo subí a las montañas, también hechas de sueños,


yo ascendí, yo subí a las montañas donde un grito
persiste entre las alas de palomas salvajes.

*
Te hablo de días circuidos por los más finos árboles:
te hablo de las vastas noches alumbradas
por una estrella de menta que enciende toda sangre:

te hablo de la sangre que canta como una gota solitaria


que cae eternamente en la sombra, encendida:
te hablo de un bosque extasiado que existe
sólo para el oído, y que en el fondo de las noches pulsa
violas, arpas, laúdes y lluvias sempiternas.

Te hablo también: entre maderas, entre resinas,


entre millares de hojas inquietas, de una sola hoja:
RÓMULO BUSTOS AGUIRRE 135

pequeña mancha verde, de lozanía, de gracia, hoja sola en que


vibran los vientos que corrieron
por los bellos países donde el verde es de todos los colores,
los vientos que cantaron por los países de Colombia.

Te hablo de noches dulces, junto a los manantiales, junto a


[cielos
que tiemblan temerosos entre alas azules:

te hablo de una voz que me es brisa constante,


en mi canción moviendo toda palabra mía,
como ese aliento que toda hoja mueve en el sur, tan dulcemente,
toda hoja, noche y día, suavemente en el sur.

-III-
En el umbral de roble demoraba,
hacía ya mucho tiempo, mucho tiempo marchito,
un viento ya sin fuerza, un viento remansado
que repetía una yerba antigua, hasta el cansancio.

Y yo volvía, volvía por los largos recintos


que tardara quince años en recorrer, volvía.

Y hacia la mitad de mi canto me detuve temblando,


temblando temeroso, con un pie en una cámara
hechizada, y el otro a la orilla del valle
donde hierve la noche estrellada, la noche
que arde vorazmente en una llama tácita.

Y a la mitad del camino de mi canto temblando


me detuve, y no tiembla entre sus alas rotas,
con tanta angustia, una ave que agoniza, cual pudo,
mi corazón luchando entre cielos atroces.

-IV-
Duerme ahora en la cámara de la lanza rota en las batallas.
Manos de cera vuelan sobre tu frente donde murmuran
las abejas doradas de la fiebre, duerme.
El río sube por los arbustos, por las lianas, se acerca,
y su voz es tan vasta y su voz es tan llena.
136 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Y le dices, repites: ¿Eres mi padre? Llenas el mundo


de tu aliento saludable, llenas la atmósfera.
–Soy el profundo río de los mantos suntuosos.
Duerme quince años fulgentes, la noche ya ha cosido
suavemente tus párpados, como dos hojas más, a su follaje
[negro.

*
No eran jardines, no eran atmósferas delirantes.
Tú te acuerdas de esa tierra protegida por una ala perpetua
[de palomas.
Tantas, tantas mujeres bellas, fuertes, no, no eran
brisas visibles, no eran aromas palpables, la luz que venía
con tan cambiantes trajes, entre linos, entre rosas ardientes.
¿Era tu dulce tierra cantando, tu carne milagrosa, tu sangre?

*
Todos los cedros callan, todos los robles callan.
Y junto al árbol rojo donde el cielo se posa,
hay un caballo negro con soles en las ancas,
y en cuyo ojo líquido habita una centella.
Hay un caballo, el mío, y oigo una voz que dice:
“Es el potro más bello en tierras de tu padre”.

*
En el umbral gastado persiste un viento fiel,
repitiendo una sílaba que brilla por instantes.
Una hoja fina aún lleva su delgada frescura
de un extremo a otro extremo del año.
“Torna, torna a esta tierra donde es dulce la vida”.

-V-
He escrito un viento, un soplo vivo
del viento entre fragancias, entre hierbas
mágicas; he narrado
el viento; sólo un poco de viento.

Noche, sombra hasta el fin, entre las secas


ramas, entre follajes, nidos rotos –entre años–
rebrillaban las lunas de cáscara de huevo,
las grandes lunas llenas del silencio y del espanto.

AURELIO ARTURO
RÓMULO BUSTOS AGUIRRE 137

La noche de Jacob
I
Tienes aquí el potente oleaje del mineral,
de la palabra, de la distancia y de la noche.
Sobre nosotros, temblando como un vasto filo,
el vidrio y la espuma de tus alas,
tu resplandor más agudo y sonoro que la muerte.
Estás entre el hombre y Dios
y las formas estallan, se retuercen,
te revelan fronteras que rechazan tu vuelo.
¡Oh, tú, mimado por el delirio y el lujo de la luz,
vaporoso y flotante,
feliz entre la música que difunde tu enigma!
Tú, la más leve criatura de un abril
cuyo aroma no ha descendido aún
sobre los gajos y el fragor de la tierra.
Contra ti la distancia, el terrón,
el torvo ceño de la casa, del peltre, de la madera y de la hoja,
porque las normas en derrota
son creadoras de tu soplo inaudible,
porque divides,
porque en un fino sitio
tu voz rema en un aire donde Dios nos olvida.
Tener dientes, aquí, velados por el humo,
mordiendo secamente la paloma y la espada,
el hierro con los ojos, con las manos la llama.
Tenerte –¡oh, ángel!–, despojar tu sonrisa,
nutrirnos de una dicha que fue nuestra,
que un agosto del tiempo robaste a nuestra sangre.
¡Ay!, ¡nosotros respondemos por tu vuelo!
Ahora es el colibrí sobre las cañas,
ahora es el alba,
ahora es la mujer que requiere a su hijo
entre miles de hijos que la miran llorando.
Ahora es la alcoba
y el retrato
y la pared para el retrato.
Ahora es el nosotros,
lo que muere, respira,
se sacude y recuerda,
el nosotros que anulas con tu fuego invisible.
138 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

II
Los fi rmes dioses, los hoscos,
ya por siempre humillados
en esta cópula de ceniza y de luz de nuestros miembros,
simple y sin embargo temible y hermosa
como la sombra del sol
entre las yerbas que acaba de enrojecer una batalla.
Este mundo tejido por el ocio innominado y poderoso
igual al más amplio trabajo.
Terrón a terrón,
hoja por hoja,
cabello por pelusa
y un pájaro cualquiera festejando lo oscuro,
la dicha, la victoria final de sabernos mortales.
Amplia, repito, es esta fina música,
este viento modulado en llovizna,
este clamor de las estatuas
con sus brazos segados y sus huecas pupilas
alimentadas por mendrugos de lluvia.
La orgía esencial nos ha contaminado
mirando, sentados, aquí bajo el almendro,
o entre el círculo que alimenta el aceite de las lámparas
y derrama un tufo de murciélago y de hombre sobre el altar,
cómo asciende la vida
y del poro, regresando a la sangre,
busca su muerte antigua,
la penumbra de las costillas y el origen de un estiércol
que ahora navega en la espuma de nuestro nombre.
Regreso de mí, de lo mío,
de mi pecho,
a lo tuyo, al brillo y al odio de tu hombro,
al lunar y la mosca,
a la mueca que no tiene ni sábado ni martes,
al querubín de azúcar que fabrican mis huesos.

III
En el apogeo de la madera o en el triunfo de la carcoma;
en la molicie del gusano que arrienda una estación entre la
[pulpa y en el ojo del padre
que oye crujir por vez primera las caderas de su hija
cuando un toro de trapo implora dulcemente
por la gota que titila en su corpiño;
por el gozne podrido de la carreta;
RÓMULO BUSTOS AGUIRRE 139

por lo que vendo y compro


y ruego y lloro y suplico
santiguando furtivamente al diablillo
que me hace cosquillas en la sala de cine.
Por todo esto
quiero hacer mi feroz confesión,
lo que aún resto por decir,
con mi nariz, con mi terror y con mi duelo.

IV
De cada uno de nuestros cabellos
ha de nacer una espina,
de cada suspiro ha de nacer un acto,
cada gesto en nosotros responde por un sueño.
¡He aquí entonces, reunido,
nuestro placer entre las cosas!
He aquí nuestro movible clamor.
Santigüemos la tierra,
bauticemos el piélago
y el sitio en que hemos de demorar y separarnos.
Contemos avaramente nuestro botín,
nuestras henchidas glándulas,
nuestros brazos mojados.
Sacudamos hermosamente el sitio de nuestra cabeza
y gocemos el trofeo de nuestro sudor
en el instante en que el deseo, por fin rendido,
se alimenta en nosotros como el humo de un salmo.

V
Han desnudado un dios entre mis aguas,
entre mis venas han degollado un dios
y han puesto en mis rodillas
el filo de una temible claridad.
Estoy solo.
Por eso miro las barracas,
la espuma armoniosa en las espaldas de los bañistas,
el tesoro fabricado por un diminuto escarabajo.
¡Éste es mi placer en lo tactable!
Dichoso el que olvida entre las rocas
aquel ahogado de listada camisa,
140 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

su lengua atravesada por la aguja del mar,


el frenesí de morder un nevado plumaje entre la brisa,
sus cuatro garras en el bramido de la escollera.
Dichoso.
Sí, mil ojos como espadas mugirán a su lado,
mil laderas de otoño,
mil claridades en busca de su sueño.
Y tú sobre los valles, entre lámparas,
asustado de vernos,
de mirar nuestro polvo con su furia sellada.
Yo te he visto, ángel, en el nardo, en el zapato,
en la dentadura de mi tía.
Te vi una tarde dura entre los ojos de un caballo.
Pero siempre temblando, aterido, extranjero,
con tu camisa apócrifa
y tus alas negando la inocencia del mundo.

VI
Tres veces he sido golpeado duramente
y mi frente guarda la memoria de una espada
como relámpago atesorado por la raíz y la energía de mis
[dientes.
Llegas como oscuro caballo entre sudados símbolos
y una paloma difunde tu sexo más allá de las hojas
y te extiende como un país de olor
sobre los objetos y los rostros que te aspiran callados.
Manos sagradas perciben la potestad de tu nariz,
el ansia divina de tus glándulas,
tus cascos triturando vastos girasoles para licuar el alba.
La luz parte de ti como un pájaro hambriento
y aletea entre nosotros,
nos desnuda en el día,
nos muestra batallando con la arena y la noche.
Hemos visto entonces un bosque
vuelto sobre sí mismo como un hombre dormido
y hemos sentido tu flotante respiración,
tu deseo en los objetos que nombramos con amor,
el regocijo de tus bordes
en un labio que aniquilamos sin alegría.
¡Tu odio es superior a tu fuerza!
RÓMULO BUSTOS AGUIRRE 141

Ciego, nos arrasas en holocausto


que nombra, deshaciéndolas, cada partícula de estupor,
cada larva de sueño que se enciende en nosotros.

VII
Tu presencia es, siempre, siempre,
una estación imprevista.
Somos inferiores a la energía de tu secreto.
Somos intrusos de un orden que aniquilamos
[con nuestra llegada.
Desconocemos la pureza como un país abandonado
[en la noche
y somos cómplices de la brisa y la piedra, de la yerba,
[del amor,
de los hilos del día confabulados contra el ojo y la sangre.
Propiciamos, viviendo, un juego de pedirnos guedeja
[por estrella,
hueso por voz, saliva por ceniza.
¡Ay!, ni madera ni mejilla ni casa,
inútiles y sagrados como el aire de un templo.
(La escalinata daba al mar, era viernes,
agosto dulcemente navegaba en un lirio del comedor,
más allá los caballos transportaban el día,
cuerpos tan finos como ángeles,
ángeles silenciosos nos miran llorando.)

VIII
Como un perfume era todo el suplicio de mis propios ecos,
más alto, aún, más dividido, más exacto que el ave
al dibujar la totalidad de nuestro albedrío
con su simple pasar de la luz al silencio.
Porque he grabado mi derrota en el viento
he conquistado mi derecho, mi terror venturoso,
la oferente alegría de cruzar mi palabra
y mirarme encendido más allá de mis ojos.
Estoy aquí (mi lumbre entre las cosas, el cielo, mi avidez,
el suspiro).
Estoy aquí (la escalinata daba al mar, doy a un jueves,
el tiempo deliraba entre húmedos ramajes).
142 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Y estoy allá, lo siento (el ángel iniciaba su vuelo,


temblaba, evaporándose, en un lúbrico sueño de verdura
y espuma).
Clamoroso
clamando por el labio, lo redondo,
por la cepa dorada,
por la pluma que apresura el verano,
clamando, desdichado,
por la miel que olvidaron en mi gota de sangre.
Me tomo de mí mismo
pacifico mi pulso
y junto mi mañana con mi noche para hacer madrugada
y ver en lo que piso y elaboro
mi por fin, mi llegada,
mi alcanzado destino de rocío.
Pero los dioses tiñen cada amanecer con la sangre
[del hombre.

H ÉCTOR ROJAS H ERAZO


RÓMULO BUSTOS AGUIRRE 143

Mohirología
Un cardo amargo se demora para siempre en tu garganta.
¡Oh, detenido!
Pesado cada uno de tus asuntos,
no perteneces ya a lo que tu interés y vigilia reclamaban.
Ahora inauguras la fresca cal de tus nuevas vestiduras,
ahora estorbas, ¡oh, detenido!
Voy a enumerarte algunas de las especies de tu nuevo
[reino
desde donde no oyes a los tuyos deglutir tu muerte
y hacer memoria melosa de tus intemperancias.
Voy a decirte algunas de las cosas que cambiarán para ti,
¡oh, yerto sin mirada!
Tus ojos te serán dos túneles de viento fétido, quieto,
[fácil, incoloro.
Tu boca moverá pausadamente la mueca de su
[desleimiento.
Tus brazos no conocerán más la tierra y reposarán
[en cruz,
vanos instrumentos solícitos a la carie acre que los
[invade.
¡Ay, desterrado!, aquí terminan todas tus sorpresas,
[tus ruidosos asombros de idiota.

Tu voz se hará del callado rastreo de muchas y


[diminutas bestias de color pardo,
de suaves derrumbamientos de materia polvosa ya
[y elevada en pequeños túmulos
que remedan tu estatura y que sostiene el aire sigiloso
[y ácido de los sepulcros.
Tus fi rmes creencias, tus vastos planes
para establecer una complicada fe de categorías y
[símbolos;
tu misericordia con otros, tu caridad en casa,
tu ansiedad por el prestigio de tu alma entre los vivos,
tus luces de entendido,
en qué negro hueco golpean ahora,
cómo tropiezan vanamente con tu materia en derrota.
De tus proezas de amante,
144 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

de tus secretos y nunca bien satisfechos deseos,


del torcido curso de tus apetitos,
qué decir, ¡oh, sosegado!
De tu magro sexo encogido sólo mana ya la linfa
[rosácea de tus glándulas,
las primeras visitadas por el signo de la descomposición.
¡Ni una leve sombra quedará en la caja para
testimoniar tus concupiscencias!
“Un día seré grande...” solías decir en el alba
de tu ascenso por las jerarquías.
Ahora lo eres, ¡oh, venturoso! y en qué forma.

Te extiendes cada vez más


y desbordas el sitio que te fuera fijado
en un comienzo para tus transformaciones.
Grande eres en olor y palidez,
en desordenadas materias que se desparraman y te prolongan.
Grande como nunca lo hubieras soñado,
Grande hasta sólo quedar en tu lugar, como
testimonio de tu descanso,
el breve cúmulo terroso de tus cosas más minerales y tercas.
Ahora, ¡oh, tranquilo desheredado de las más gratas especies!,
eres como una barca varada en la copa de un árbol,
como la piel de una serpiente olvidada por su dueña
[en apartadas regiones,
como joya que guarda la ramera bajo su colchón astroso,
como ventana tapiada por la furia de las aves,
como música que clausura una feria de aldea,
como la incómoda sal en los dedos del oficiante,
como el ciego ojo de mármol que se enmohece y cubre de
[inmundicia,
como la piedra que da tumbos para siempre en el
[fondo de las aguas,
como trapos en una ventana a la salida de la ciudad,
como el piso de una triste jaula de aves enfermas,
como el ruido del agua en los lavatorios públicos,
como el golpe a un caballo ciego,
como el éter fétido que se demora sobre los techos,
como el lejano gemido del zorro
RÓMULO BUSTOS AGUIRRE 145

cuyas carnes desgarra una trampa escondida a la


[orilla del estanque,
como tanto tallo quebrado por los amantes en las
tardes de verano,
como centinela sin órdenes ni armas,
como muerta medusa que muda su arco iris por la
[opaca leche de los muertos,
como abandonado animal de caravana,
como huella de mendigos que se hunden al vadear
una charca que protege su refugio,
como todo eso ¡oh, varado entre los sabios cirios!
¡Oh, surto en las losas del ábside!

ÁLVARO MUTIS
146 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

En la Luna que he contado


En la Luna que he contado
Leve de nombre y memoria
En la rosa casi historia
Del jardín imaginado
Todo ilumina en pasado
Todo florece en perdido
Músicas de lo que ha sido
O irrealidad del que cuenta
Blanca luna o rosa cruenta
Contar es ir al olvido.

GIOVANNI QUESSEP
RÓMULO BUSTOS AGUIRRE 147

Momentos
1
Los carboneros sobre el río
Los troncos negros brotan retorciéndose
y avanzan desde las orillas
Un insecto de plata raya el agua.

2
Mide un jeme tal vez
ese cuerpo de forma de cuchillo
de cuarzo
Toda ella está hecha
para predar: la boca
el ojo vivo
La sabaleta: un ágil coletazo.

3
Entonces hay un vuelo
(brusco, rasante)
como un tijeretazo sobre el agua
Un martín pescador
Sólo veo su dorso azul oscuro
cuando se va.

4
Soy un intruso en este reino de crueldad
[inocente.

JOSÉ M ANUEL ARANGO


148 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Mester de ceguería
I
Desde la terraza, a la hora en que el sol cernía picos de
pájaros azules, mi madre y yo
mirábamos el patio en la casa de los ciegos.

II
Los niños ciegos reemplazaban el balón por una caja de
lata y jugaban con el ruido.
Cuando el ruido rodaba hacia algún lugar del patio, los
niños lo perseguían, lo pateaban corriendo entre las
sombras.

III
Mi madre y yo en la terraza.
Y abajo, ángeles de la sombra corrían
[como locos tras del ruido.
Después nuestra casa era una jaula.
Mi madre paseaba por la alcoba limpiando el ojo a los
[retratos de sus muertos.
Yo escuchaba el deslizar de las sombras en la estancia.

IV
Entre árboles que levitaban su floración oscura,
la casa nos guardaba de la tarde tempestuosa.
Y ya de noche, acomodado al recinto del sueño,
como un ciego perseguía el ruido de agua de
aquella mujer desconocida.

V
Preguntaba por la extranjera, sin pensar
[que somos extranjeros en el sueño.
Me paseaba con un gorro de cascabel por jardines
lluviosos, escuchando el techo piafante
de un establo o un ruido de Biblias
[en los cuartos vecinos.

VI
La noche me tatuaba.

JUAN M ANUEL ROCA


RÓMULO BUSTOS AGUIRRE 149

Problemas de la estética contemporánea


La magnitud de la humanidad pesa sobre cada uno
de nosotros, y sentimos profundamente a
los antípodas pateando sobre nuestro corazón.
De modo que no es extraño que andemos como
unos cristos abofeteados en busca de una cruz
[para apoyarnos.
Habiendo subido a lo alto de una colina una noche,
ante mí se extendía la ciudad como una piel de tigre.
Y en el licor de las copas cintilaban las lucecillas
[de tres almas.
La última era la mía, alma siempre sobrante y solitaria.
Por el aire volaban dentelladas y entonces apareció
[el diablo y me dijo :
“Te lo daría todo si postrado me adoraras”.
Ser el dueño del mundo es lo mismo que no tener
nada, pues el error existe en todo y siempre
[nos engañan.
Mis jeans y mi chaqueta no se pueden cambiar por
un edificio de cinco pisos ni por un puesto
en las oficinas del Gobierno.
Prefiero andar derrotado por los alrededores de
talleres de mecánica y cobertizos de carros.
Allí todos tratan de poner en sus vidas las mejores
cosas que pueden, y así recogen una flor,
una novia y un espejo.
Este esfuerzo colectivo me enternece y de pronto,
sin darme cuenta, le sonrío a la gente como
[un perro.
Una mañana andaba un hombre desnudo por las
[calles de la ciudad.
La policía lo metió a la cárcel pocas horas después,
como a todo hombre que intenta ser feliz.
Porque todo lo que no está dentro de la ley
[está fuera de ella.
Y dentro de la ley no puede haber un hombre
desnudo porque la ley es hecha por los
representantes de los propietarios de las
[fábricas de tejidos.
150 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Como tampoco puede haber un hombre con hambre


porque el hambre del pobre es resbalosa.
A la puerta de un pequeño restaurante donde entré
un día se paró un hombre hirsuto que
después de mirar se fue diciendo:

“¿Conque comiendo, eh? ¡Me alegro, me alegro!”,


y su risa cayó sobre la sopa como una araña negra.
Bandadas de muchachos en las calles buscando el
[alimento
andan en las ciudades perseguidos por un golpe
[tremendo.
Pequeños señores de traje negro y de ojos perfumados
[y crueles los acechan.
Los muchachos les roban algún suéter y unos zapatos viejos.
El fabricante de rosquillas puede al menos comérselas,
pero el que sólo sabe hacer poemas, ¿qué comerá?
Si una pregunta no tiene respuesta
lo mejor es cambiar de pregunta y de problema.
Para eso hay petulantes que nos dicen:
“¡Dedícate a la estética!”

JAIME JARAMILLO ESCOBAR


RÓMULO BUSTOS AGUIRRE 151

El disparo final en la Vía Láctea


En el cielo profundo de mis masturbaciones
ocupas ese ámbito de deseo irrefrenable y voraz
Inagotable y tierno que te devora el sexo
Aunque tú no lo sepas tu cuerpo habita el mío
Y es tan mío como no pudo serlo allá
en la realidad. Es mío cuando yo te deseo.
De esa misma manera impalpable y eterna
como ese libro es tuyo, como yo soy de ti
Habitamos el ocho doble infinito
de los dos universos el ocho de los círculos
El que parece dos astros hermanos y gemelos
El que parece dos ojos, dos culos cercanos
El que parece dos testículos besándose
Cuando llegas a mi cielo estoy desnudo
y te gustan las columnas de mis piernas
para reposar en ellas, y te asombra
mi centro con su ímpetu y su flor erecta
y mi caverna de Platón carnal y gnóstica
por donde te escapas hacia la otra vida.
Y en ese cielo te entregas a ser lo que verdaderamente
eres. Agresión de besos. Colisión de espadas.
Jadeo que se estrella como un mar contra mi pecho,
locura de tus ojos orientales alumbrando
la aurora del orgasmo mientras tus manos
se aferran a mi cuerpo y me dices
lo que yo quiero y respiras tan hondo
como si estuvieras naciendo o muriendo
Mientras nuestros ríos de semen crecen
y nuestra carne tiembla y engatilla su placer
hacia el disparo final en la Vía Láctea
En las sábanas de nuestro cielo hay nubes
perfumadas de axilas y delicados residuos
del amor. En la almohada el hueco
que tu cabeza ha dejado oloroso a jazmines
y en mi alma y mi cuerpo el inmenso dolor
de saber que desprecias mi amor
¡Oh, tú, por quien mi vida renació
dentro de la lumbre de la muerte!

R AÚL GÓMEZ JATTÍN


152 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA
RÓMULO BUSTOS AGUIRRE 153

Poesía del siglo XX en Colombia,


un siglo sepultados
Álvaro Marín

Si se piensa en la poesía del siglo XX en Colombia como expresión y


continuidad de nuestra creación literaria, vista como cuerpo, pero también
como imagen y reflejo de la creación artística del país, encontramos
los aportes que recogen un importante legado, no sólo de la creación
colombiana, también se expresan un tiempo y un mundo sensibles que
pueden llevar a afi rmar, por ejemplo, que el poeta Barba Jacob quien publica
en el siglo XX, tiene una sensibilidad y un mundo espiritual más propios
de los dos siglos anteriores que del siglo XX; lo mismo se puede decir de
Luis Carlos López a pesar de sus labor diplomática y el reconocimiento
elogioso de Unamuno. Es realmente Silva, muerto en el diecinueve, quien
inaugura la poesía colombiana del siglo XX; la publicación póstuma de su
obra en 1923 da cuenta de una sensibilidad y una mentalidad que renueva
el mundo espiritual de la cultura colombiana; su Nocturno tercero es
inevitable en términos de cambio y actitud mental en cualquier antología
del siglo XX en Colombia.
Luego vendrá Suenan timbres, de Vidales, que reafi rma la ruptura
con la añeja mentalidad centenarista y la presunción parnasiana, exotista,
de Guillermo Valencia. Una poesía de ideas, crítica y reflexiva a la vez,
que expresa ese extrañamiento del mundo propio de la poesía de ese siglo
con dos interrogantes: siglo XX, como dice un poema de su amigo Cardoza.
Cinematografía nacional es el poema de Suenan timbres que registra mejor
esa conciencia nueva del mundo a la que se refería su amigo Luis Tejada,
conciencia enfrentada a la tiesa y amanerada cultura de la época.
Poetas singulares son Aurelio Arturo y Carlos Obregón, dos soledades
creadoras. Aurelio Arturo, en su profunda singularidad expresiva, logra
una de las mejores obras de la poesía colombiana. El poema que abre
Morada al sur es el que mejor nos habla de la geografía humana de ese
país verde, hecho de sueños y follaje, ese país rural que ha sido Colombia
por largo tiempo. Sobre el mismo paisaje de Arturo, Carlos Obregón nos
muestra el registro de su panteísmo cósmico, sobre una fértil y a la vez
154 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

desolada realidad. La sed es el ámbito de sus reflexiones místicas del


ser y el tiempo expresadas bellamente en el primer poema de El tiempo
contemplado.
Otra yunta de poetas son Jorge Gaitán Durán y Eduardo Cote Lamus;
juntos dan continuidad a esa tradición reflexiva que es el mayor logro de
la poesía colombiana del siglo xx. Gaitán Durán fue quien mejor expresó
la escisión y crisis de la cultura colombiana; su poema Amantes, entre el
erotismo y la muerte, esboza la sensibilidad escindida del ser humano.
También Cote, quien siempre ve “cenizas donde está la vida”, nos deja
una intensa obra reflexiva. Se dice con frecuencia que Estoraques es su
más lograda expresión, y aunque en Estoraques encontramos una bella
poesía que le sirve a Cote para expresar poética y filosóficamente la ruina,
–tal como ocurre con Celia se pudre de Héctor Rojas–, personalmente me
impresiona más el poema Alguien habla en el silencio, profundamente
alucinante; lo mejor que se puede decir es que es poesía este poema que
hace parte de La vida cotidiana.
Ya que en el siglo veinte en Colombia no hubo una sólida corriente
cultural, los poetas como los bueyes se dieron enyuntados: Roca y Rojas
Herazo son el otro apareo de final de siglo. No hubo realmente a través de
todo el siglo ‘sociedad colombiana’, esto hizo que algunos poetas buscaran
la hermandad más que la sociedad de poetas. Efectos de la guerra, se dirá.
También podrá decirse que los poetas colombianos del siglo xx son todos
poetas de la guerra. De Rojas Herazo su mejor poema es Celia se pudre;
hay quienes todavía obstinadamente dicen que es una novela, pero si Celia
con sus apretadas mil páginas en arial ocho desborda cualquier antología,
entonces puede ir Agresión de las formas contra el ángel en el último
fragmento de El suburbio del ídolo, que es un alegato por el estigma de
ceniza, por el halo de muerte ligado a la vida.
Roca, contemporáneo espiritual de Rojas, escribió Carta rumbo a
Gales, muy bien logrado y resonado poema que expresa el conflictivo
entorno colombiano; pero el Poema sin rima pero con metro va más allá
del entorno real y literario para dar en el trazo de un sugestivo lirismo
narrativo que bordea la veta de una rica tradición reflexiva de la poesía que
viene de Vidales, Gaitán Durán, Eduardo Cote y el mismo Rojas Herazo.
Giovanni Quessep escribió un poema titulado Pájaro, que da cuenta de
la reflexión poética de Quessep. Este poema sencillo, pero profundamente
reflexivo, nos habla de un poeta complejo que se expresa en una escritura
elevada, pero de sobria entonación. Emilia Ayarza publicó en 1956 Voces
al mundo; parte de este libro es un registro de la violencia de los cincuenta
en Colombia que se expresa en el poema Nocturno de los marineros,
Á LVARO M ARÍN 155

bello poema dedicado a un hombre enterrado vivo en una playa de Tolú.


También podría ser este poema la metáfora de nuestro siglo xx: Colombia
lo vivió como un siglo de sepulturas, como la larga noche de un país
entero enterrado vivo.
156 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Nocturno III
Una noche,
una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de músicas
[de alas, una noche
en que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas
[fantásticas, a mi lado, lentamente, contra mí
[ceñida toda, muda y pálida
como si un presentimiento de amarguras infinitas
hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara,
por la senda que atraviesa la llanura florecida caminabas,
[y la luna llena
por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz
[blanca, y tu sombra fina y lánguida, y mi
[sombra por los rayos de la luna proyectada
sobre las arenas tristes
de la senda se juntaban y eran una y eran una
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!
Esta noche solo, el alma
llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
separado de ti misma, por la sombra, por el tiempo y la
[distancia, por el infinito negro, donde nuestra
[voz no alcanza, solo y mudo
[por la senda caminaba,
y se oían los ladridos de los perros a la luna,
a la luna pálida y el chillido de las ranas,
sentí frío, ¡era el frío que tenían en la alcoba
tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
entre las blancuras níveas
de las mortuorias sábanas!
Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,
era el frío de la nada...
Y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada
iba sola
iba sola
¡iba sola por la estepa solitaria!
Á LVARO M ARÍN 157

Y tu sombra esbelta y ágil,


fina y lánguida,
como en esa noche tibia de la muerta primavera,
como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de
músicas de alas,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella... ¡Oh las sombras enlazadas!
¡Oh las sombras que se buscan y se juntan en las noches de
negruras y de lágrimas!

JOSÉ ASUNCIÓN SILVA


158 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

(Formentera)
Desciende hasta la carne el peso de las nubes,
humo de sol de par en par mordido.
La simiente madura su silencio,
socavada la noche en las raíces
y gira su oración en torno a la espiga.
Tiempo de metal grave, cuerpo hendido.
El mediodía aviva un hambre eterna
y el ojo padece un fuego ausente
como insecto lunar que vive en tierra.
Muros de cal ahogan el sonido,
crecen las sombras y las voces duermen.
El tacto se calcina abierto hacia las piedras
y hondamente gravitan las horas bajo el polvo.
La piel conoce el tiempo, el pulso de la tierra.
Un gusto de desierto surge entre los labios.
Por la isla quemada caminan los caballos,
cascos duros de anhelo bruñidos por los años.
Día vertical, nulo de esperanza
como aljibe sin agua. Está a fondo la carne.
Dan vueltas lentamente las aspas del molino
y el viento muele el trigo con fervor milenario.
Los párpados esperan que las horas los venzan
con su fardo profundo, que la noche borre
las huellas de los pasos. Ningún ayer del mar
queda en las riberas, tan sólo restos
roídos por las olas.

Formentera se aleja
barrida por el viento, desierta, castigada.
El faro de la Mola en vano cava el aire
en busca de la noche. El mar sólo es presente
renovado en los ojos, eco eterno y sin fondo.
Soledad en la luz. Gira el tiempo en las aspas.
Se espera, se trascurre. El tiempo está en la carne.

CARLOS OBREGÓN
Á LVARO M ARÍN 159

Alguien habla en el silencio


A Luis Raúll Rodr
Rodríííguez
guez Lamus

En otra edad el silencio fue una piedra


hueca en el fondo del mar. Desde entonces
por el silencio va un atajo que conduce
a la soledad, y el tiempo allí,
sin su máscara de días, tiene la frente llena
de miedo.
Hablo del silencio del hombre.

Si todo se mira en dirección contraria al curso de las


[aguas,
es decir, de la primavera, lejos ya del movimiento,
cuando se piensa no en el hacha sino en sus tajos
y palpando escombros, sueños migratorios
rompe uno a hablar con lo irremediable,
se verá que hay un sonido que se evade por los puños
hasta lo más íntimo del alma.

Hablo del silencio del hombre;


ese que se quiere vencer, comunicarse al menos.
La mujer delante y con sus grandes ojos lentos.
Al mirarla uno se pregunta cómo era de espiga;
y uno la mira, cuidadosamente le da nombres,
y uno mira las mismas caricias que prodiga
hasta subir por ella,
hasta cubrirla como una hiedra:
y todo para concluir que hay
dos cuerpos, dos almas, dos silencios, dos soledades
infinitamente distantes.

El muro. Los muros. Y más muros separando.


Hay un muro encallado delante de los brazos,
o nada. Ahora cuento un cuento:
Alguien una noche, al ir camino de su casa, vio a la luz
del farol una mujer que en él se recostaba. Como esas
que uno sale a buscar, sin rumbo fijo, hermosísimas, y
que nos esperan desde hace mucho sin saberlo. Así, al
160 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

acercarse ella nada dijo. La tomó en sus brazos y tampoco


ella dijo nada y desapareció, y en las manos de él sólo
quedó algo como polvo de alas de mariposa.

Así es la entrega y la soledad, porque allí también


suceden encuentros, fantasía, dolor como un potro.
Allí donde antes el silencio tuvo nombre de piedra hueca.
Por eso vengo hablando del silencio del hombre.

EDUARDO COTE LAMUS


Á LVARO M ARÍN 161

El suburbio del ídolo


También en tu mutismo,
en tu rostro comprimido en el portal,
está el liviano sueño de la lombriz bajo el naranjo
y el esplendor con que tus hombros
embistieron la cosecha en un día de verano.
Entonces el polvo –la fina caña meciendo sus pelusas en
[el tiempo–
era, apenas, la inicial del año,
el silabario y la puericia de la luz,
la naciente fatiga que llameaba los árboles
y dejaba en tus ojos un celaje de miel
que fácilmente –¡oh, bucles tuyos dorados por tanto
[silencio!–
podías confundir con la dicha.
Pero ahora el pájaro ha acabado de trinar
y los parientes duermen en la alcoba vecina
y el coleóptero ha finalizado su tarea en el interior de la
[alacena.
Estás como un ángel que acaba de sorprender una mueca
[de Dios,
o como una fruta en la mano derecha de un combatiente.
Casi podrías tocar la pureza
con elevar un poco la punta de tu nariz
¡oh enlutado monarca contra tanta extensión victoriosa y
[extraña!
La felpa oscura de tus manos ha recabado la arena,
has hecho penitencia frente al perfil de tu madre,
has atesorado el bostezo con que saludaste a la mosca
que un miércoles, a las cuatro de la tarde,
defecó en tu primera libreta de estudiante
y ahora recuerdas a la damita inglesa que estornudó
antes de desaparecer por el porche de un consulado.
Pero es más,
has revivido aquella escena del estoy bien,
me siento completamente normal
y recordabas a Pericles, a las Cíclades,
al puerco espín, al doctor Bomson
y al puñado de abril sobre una rosa.
162 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Creías, con deleitosa seguridad,


llegada la hora de tu reposo
pobre, pobrísimo forastero,
esófago indefenso entre chalecos de pana y sonrisas de
[confitura.
(Y aquella canción de la muchacha de flácido traje,
la que besaba los gatos bajo tu balcón
y le ponía un nombre de pájaro a cada transeúnte:
“Me han herido, me han herido en el centro de mi alma,
voy a morir de nada con dos amapolas verdes
pudriéndose en mi pecho”.)
Y después, rayando tristemente la pared de un museo,
sollozabas y te decías:
“Soy blando, alguien ha llamado,
estamos en la tierra, lo sé por el ruido de esta luz seca
que me aplasta las sienes”.

***
Esto fue antes de la furia. Porque después todo lo
devoró un monstruoso sopor, una vocación que emergía
simplemente de todas las cosas dispuestas a un íntimo
e ineludible sacrificio. Mientras tanto –mientras el
almendro y el sombrero de paja y los mediodías de
hilo lavado se preparaban para aumentar la colosal
aniquilación– llegó octubre como una bestia ubicua
sobre las siembras. Era el color de un olor, la lluvia mil
veces evaporada en cada rostro, la ceniza que acumula
el hastío en los ojos de cada moribundo. No hablaremos
del trueno que nos dividió para siempre. Ni haremos
memoria de la madera rendida en holocausto. Tampoco
hablaremos del temblor que obscureció el mar cuando
pareció suspenderse en el horror de un presentimiento.
Pero esto, en sí mismo, sería el tema para que nuestras
voces –la orgía de nuestro suplicio– amenguaran la
victoria de tanta confabulación. Porque el centavito de
panela y la risa del loro y el olor dental de nuestra tía
y la camisola de la parturienta inflada por el viento del
atardecer, no son suficientes ahora, de nuevo entre el lujo
de las cosas vivientes, para que nuestra totalidad haya
Á LVARO M ARÍN 163

emergido del naufragio. Tampoco el decoro de dos brazos


amainando el oleaje de un salmo desde el barquichuelo
de un púlpito. O el suspiro cargado de agonía con que
nos decidimos a afrontar la necesaria resignación.
Hablaremos de un mes o de un año por siempre recatado,
aún más allá del esfuerzo de nuestras palabras, en el más
audible y doloroso follaje de nuestra memoria.

***

¡Oh, joven dios!,


el rito ha sido consumado.
Tus rodillas han sido enjoyadas por el jacinto
y sobre tus hombros hemos rociado un liviano aceite
[de mar
que te hace fosforecer dulcemente entre la sombra.
Ante ti como en el día del relámpago
con el húmedo regocijo de una flauta
domando tu risa entre las cañas.
Tu respiro de anciano y de niño fue asumido
y en cada uno de nosotros se ha repetido el esplendor
con que embelleciste la madrugada de tu descendimiento.
Diariamente te nutrimos con los gajos
que sombrean el enigma de la tribu
y hombres graves amamantan tus vasos
y clausuran voluntariamente su albedrío
con el índice que divide tu rostro.
¿Qué decir en tu honor
de la paloma que tiembla como un cuchillo de nieve
sobre la frente del supremo arrendador de absoluciones?,
¿o de los jóvenes que atraviesan
transfigurados por el símbolo
el límite de oro de los anillos del desposorio?
¿Y por qué no recordar, en este instante de suprema
[alegría,
el orgullo de nuestros embajadores
cuando hablan de la luz
rielando sobre tus caderas de amatista?
Estás aquí –¡oh, eterno!–
nunca abandonarás este cárdeno litoral
164 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

ni estrecharás tus hombros en la delgadez del vuelo


ni esparcirás el óxido del desencanto
sobre las crines de nuestros guerreros.
Hemos comprado tu hospedaje
con la vergüenza de una honda determinación
y he aquí que empiezas ya a dorar el plinto
siempre adolescente
donde reposas en la divina grasa de tu presencia.
Como un gimiente toro
te sentimos celando la geometría del estado,
mordisqueando suavemente la ley,
iluminando con el diminuto disco de tu sexo
el vasto jeroglífico de nuestros orígenes.
Nunca, nunca, te suplicamos, embellecidos por la
[esclavitud,
dejes de aromar con tu aliento
la molicie del notario, del sacerdote y el gerente
ni el augusto silbo de las fábricas
prodigando gotitas de azafrán al amanecer.
¡Oh, señor; oh, amo;
oh, costoso y hermosísimo lirio por siempre alimentado
en el estiércol de nuestra fastuosa e inmarchitable
[humillación!

***

Entonces la ciudad
(sólo ahora lo deduzco)
tenía una luz sin fondo,
una penumbra herida
como si un vasto crimen amenguara sus lámparas.
El río soplaba fugitivo
más allá del amor, de las voces,
su sonido vibraba de espalda a nuestra sangre.
Vino ella (me recordaba un vago objeto de mi niñez,
algo marchito en las miniaturas de un libro,
una tímida culpa entre los muslos de un compañero
lustroso como un río bajo la Luna).
Después tornaríamos a lo nuestro:
al esqueleto del pan,
al sudor de agosto,
a la muerte lamiendo nuestros bordes de fósforo.
Á LVARO M ARÍN 165

***
Aquel mediodía duro (la luz estaba tensa como la frente
de un guerrero) cruzamos el dintel clausurado. Detrás
quedaban las hojas, los vapores humanos, el ruido de
múltiples, orgiásticos y anónimos elementos flotando
sobre la piedra de la ciudad. El recinto era un vaho
de humedad y tibieza derramando en las baldosas
y los velos un ambiguo olor a caballo y murciélago.
Penetrábamos a otro ser (lo sabíamos con una seguridad
parecida a la ignominia), a su sangre, a la palpitación de
sus vísceras en silencio. Un jardín brillaba en el fondo
con su energía de aluminio, con sus estatuas y su ramaje
desdibujados por un relente de grasosa putrefacción.
Cuando apartamos el último velo el corazón temblaba
en nuestros labios como una nuez con alas. Entonces lo
vimos allí –gordo, inmemorial y rosado– con sus ojillos
de toro semientornados sobre su cabeza sagrada. Un leve
resuello derramaba pequeños granos de ámbar sobre
su piel deleitosamente amasada por el ocio. Era blando,
cálido, bochornosamente efuminado entre esa luz que
emanaba de su presencia como un sudor de oro.

***
Y si este aire, mío y tuyo,
dejase de vibrar en busca de un rostro
más, mucho más puro que nosotros,
nosotros los que, encendidos,
afinamos un ímpetu extranjero,
un símbolo –tal vez ya clausurado–
y del cual somos, apenas, el ámbito breve,
el pretexto para su terca odisea,
¡oh fulgente enemigo,
verdugo armado de árbol
y labio y niño y piedra!,
¡oh tardes que plegáis sobre nosotros
el humo en que evaporamos el estigma de nuestra ceniza!,
no efundiremos jamás nuestro total perfume.
De esta experiencia –este ver y oír, caer y levantarnos–
surgiremos heridos.
Nuestra llaga terrestre no ha de sanar pues un día
166 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

con una voluntad de la cual ha huido nuestra memoria


[despavorida,
aceptamos nuestra sed y la anticipación de nuestro
[suplicio.
Y henos aquí,
tostados por un fuego que alimenta el secreto de nuestra
[propia aniquilación.
¡Ay, todo debería ser transparente!
Entonces la muerte,
ese lado de nosotros que no podemos explorar con
nuestra flácida agonía,
abriría a nuestra sangre, a nuestra furia de sentirmos
[segados,
un terrible horizonte superior a los ángeles.
¡No más, no más esta asfi xia enemiga!
Oh, espacio, oh, arena desconocida y poderosa,
objetos y seres que contra nosotros oponéis
vuestra distancia impenetrable.
Espumas, rostros, follajes que dibujáis el día,
¡dadnos, por fin!, la razón de nuestras alas destruidas.

H ÉCTOR ROJAS H ERAZO


Á LVARO M ARÍN 167

Poema sin rima pero con metro


Lamentable que este poema no ocurra en tiempos de
grandes bailes. Las bocas del metro arrojan a las calles
que circundan las vecindades de La Bastilla gentes que
de tanto ir bajo tierra, en la fosa común, tienen el hábito
de hablar a solas. Creo que a veces no reconocen su voz.
Lamentable que estas líneas no ocurran en tiempos de
asombro. Porque he oído violinistas, fagotistas, gran-
des virtuosos mal vestidos y peor comidos en el metro,
tocando para los muertos.

¿Y si el vagón en el que voy fuera una prolongación


rodante del cementerio de Pére Lachaise? ¿Y si estos seres
fueran, en el parpadeo de las puertas que se cierran y se
abren, presencias de un fantasmario recogido en papeles
que huyen por la calle Vivianne, la calle del viejo conde
del otro mundo, del otro monte, el arisco montevideano?
¿Así que asisto al jubileo de los muer tos? ¿A esta bella
escenografía de catedrales y parques, de jardines y
puentes por donde los seres más vivos que cruzan lo
hacen en el pasado?

Lamentable que este silabario no ocurra en un mayo que


se fue con sus muros levantiscos, sus barricadas, quizá el
último canto de cisne de los vivos. Porque ocurre hoy. Y
el hoy ya no enarbola banderas. Ya no lleva cuchillos bajo
el turbante. Ni siquiera hay, maese Apollinaire, quién
robe Monalisas.

Lamentable escribir un poema en el que un ángel ve sus


alas quebradas en las puertas de un vagón del metro y
desciende obediente cuando llega a la estación donde se
aplastan los milagros. Ah, señor Apollinaire, usted que
dijo que la rutina y la vejez son nuestras armas enemigas:
sepa que acá se rumia la rutina, se asientan la vejez y sus
resabios. La calle Morgue, buen nombre para todas las
[calles.

JUAN M ANUEL ROCA


168 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Pájaro
En el aire
hay un pájaro
muerto;
quién sabe
adónde iba
ni de dónde ha venido.
¿Qué bosques traía,
qué músicas deja,
qué dolores
envuelven
su cuerpo?
¿En cuál memoria
quedará
como diamante,
como pequeña hoja
de una selva
desconocida?
Pero en el aire
hay un patio
y una pradera,
hay una torre
y una ventana
que no quieren morir
y están prendidos
de su cola
larga de norte a sur.
En el aire
hay un pájaro muerto.
No sabrá de la tierra
ni de esta mancha
que todos llevamos,
de las máscaras
que lapidan,
de los bufones
que hacen del Rey
un arlequín perdido.
¿Quién lo guarda,
quién lo protege
Á LVARO M ARÍN 169

como si fuera
la mariposa angélica?
Pájaro muerto
entre el cielo y la tierra

GIOVANNI QUESSEP
170 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Nocturno de los marineros


(Alegro sacrificado por la violencia y enterrado
vivo en las playas de Tolú).

Definitivamente Juan Antonio


te cosieron la muerte a las espaldas
como un vil retazo.
Tú ibas por la playa y eras negro
y tu piel de cangrejo embetunado
le ponía un ardiente negativo al mar.

Ibas a tu casa
con la mano crispada en un billete
cuyos bordes derramaban pan
y cuyo fondo era tu lengua en los zaguanes
o tu aliento en la memoria de los latigazos.

Ibas a tu casa
con el hambre de guardia en el gaznate
y la tarde escondida entre tu pelo
con toda la dificultad de su esfumino.
Ibas negro, inmensamente mentiroso en tu belleza,
con tus palmas rosadas
y tus dientes de lento cocodrilo humano
que le abrían horizontes de nieve a tu sonrisa.
Ibas dispuesto a fornicar,
a no pensar en las ojeras de tu madre –argollas colgantes–
o a tenderte en el suelo con tu hijo menor
y mostrarle las manos del aire en el espacio
sosteniendo el corazón del colibrí.

Ibas solamente a bañarte los pies o las axilas,


a poner un tabaco entre tus labios
que escribiera frases de sueño con el humo.

Ibas desprevenido
con tus llagas como rosas sobre el hombro
y las tinieblas de tu raza desbordando el rostro
por las tibias ventanas de tus poros.
Á LVARO M ARÍN 171

Ibas de bronce, con un retazo de luna en el bolsillo


y la tinta de tus pies dando a la playa
el último compás de tu estatura.

Venías desprevenido –como los colegiales–


sin saber que la arena contaría mañana
la historia de tu sangre a los moluscos.

Lo único blanco que tenías –tu mente–


estaba en el bosque de Ruth, donde el delirio
había instalado su incendio permanente,
o apenas se enroscaba en la certeza
de que era el cuerpo del mar muy bien azul
como era azul la cara de los cielos.
Ibas pensando en que eras negro
o simplemente un hombre con sal entre la patria,
un poco de brea en la memoria
y el amor en la pauta de su camisa a rayas.
Y pensaste en ti como un sudor, como un callo,
como un sueño dormido entre un farol,
como un barco que lleva un puerto entre los ojos
o un velero cuyo vientre trae
su blanco embarazo de cerveza.
¿No es cierto que tu sueño era un árbol, Juan Antonio?
¿Que tu sueño era mirarte en los espejos redondos de tu negra,
e hilar de noche su cuerpo en un ovillo
y lograr un muchacho con tu nombre?
Sí. Era tener una casa –lenta de tablas como peces muertos–
donde una calle cualquiera entregara a diario su mensaje gris.

Era tener una mesa con jarros y con velas


para tatuar la quietud de tus vigilias
en el pecho caliente del alcohol.

Tú no pensabas en coger la muerte


como una flor en el tallo de un niño.
Tú no querías castrar a tu vecino.
Tú no querías que el fuego en el techo de nadie
pusiera un retoque amarillo entre tus ojos.
Tú no querías acostarte absorto
con el nombre de Dios entre la lengua
172 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

y amanecer con el sabor de un crimen en la boca.


Tú no podías segar la risa de la tierra
para que el mar llorara sus lágrimas de vela.

Tus hombros de proa,


tu pelo de red
tus ojos de batracio,
no eran las noches sin párpado de los contrabandistas
ni la lujuria verde de los asesinatos.
Eran los pueblos con su plazuela de viajes.
Eran los claros días del uno hasta diciembre.
Eran la viuda en cada puerto de los marineros
–aquella que cuenta sus brújulas de ausencia
con un cierto candor melancólico de aguja.

Tu cuello de cilindro,
tu risa de cal,
la abrupta geografía de tus brazos,
la sangre carmelita de tu abuelo,
no eran la barbarie agazapada
bajo el oscuro manto de tu piel.

Eran quizás la tristeza de un viejo capitán


cuyas manos con nudos marineros
construían en tus ojos de grumete absorto
botes de vela en miniatura.

Te dieron muerte a medias.


Te sembraron un gusano en las arterias
cuando aún era tu sangre un lento río.
Y se sirvió en la playa tu banquete negro
cuando del pico de los gallinazos
salió la semilla de tu corazón.

Cadáver fluvial. Hombre de sombra.


Un desigual silencio de llanura
guardará tu estertor bajo la tierra.
Y no olvides una cosa, Juan Antonio:
tu color se cometió desde la muerte
¡la noche en que sólo fueron blancas las estrellas…!

EMILIA AYARZA
Á LVARO M ARÍN 173

Lectura personal
Lucía Estrada

Siempre que se trata de escoger las obras más influyentes de una


época determinada, o bien, como en este caso, los poemas que a nuestro
parecer dan cuenta del gran valor de algunas voces que nos acompañan,
se ingresa, más allá de un criterio académico establecido, en la región
íntima de una lectura personal. Así pues, los poemas que aquí propongo
son los que, a la luz de mi propia experiencia de la poesía, conjugan
toda una visión de nuestro tiempo y nos acercan a un diálogo real con el
mundo, con su misterio y su inaplazable necesidad de nombrarse en cada
uno de nosotros. Junto a poetas como Aurelio Arturo, Jorge Gaitán Durán,
Fernando Charry Lara, Juan Manuel Roca, Giovanni Quessep, José Manuel
Arango, Álvaro Mutis y Héctor Rojas Herazo, quiero también celebrar las
nuevas voces, entre ellas, las de Felipe García Quintero y Andrea Cote,
pues con el vigor, la frescura y la transparencia de su escritura, han
ganado un espacio importante en la actual poesía colombiana.
174 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Amén
Que te acoja la muerte;
que te acoja la muerte
con todos tus sueños intactos.
Al retorno de una furiosa adolescencia,
al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,
te distinguirá la muerte con su primer aviso.
Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,
te iniciará en su constante brisa de otro mundo.
La muerte se confundirá con tus sueños
y en ellos reconocerá los signos
que antaño fuera dejando,
como un cazador que a su regreso
reconoce sus marcas en la brecha.

ÁLVARO MUTIS
LUCÍA ESTRADA 175

XXXVI
A veces
veo en mis manos las manos
de mi padre y mi voz
es la suya

un oscuro terror
me toca

quizá en la noche
sueño sus sueños

y la fría furia
y el recuerdo de lugares no vistos

son él, repitiéndose


soy él, que vuelve

cara detenida de mi padre


bajo la piel, sobre los huesos de mi cara

JOSÉ M ANUEL ARANGO


176 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Biblioteca de ciegos
Absortos, en sus mesas de caoba,
Algunos ciegos recorren como a un piano
Los libros, blancos libros que describen
Las flores Braille de remoto perfume,
La noche táctil que acaricia sus dedos,
Las crines de un potro entre los juncos.
Un desbande de palabras entra por las manos
Y hace un dulce viaje hasta el oído.
Inclinados sobre la nieve del papel
Como oyendo galopar el silencio
O casi asomados al asombro, acarician la
[palabra
Como un instrumento musical.
Cae la tarde del otro lado del espejo
Y en la silenciosa biblioteca
Los pasos de la noche traen rumores de leyenda,
Rumores que llegan hasta orillas del libro.
De regreso del asombro
Aún vibran palabras en sus dedos memoriosos.

JUAN M ANUEL ROCA


LUCÍA ESTRADA 177

Jacob y el ángel
A cada paso mío
se oculta lo que soy, el otro
que me persigue en sueños
y aun en la vigilia.
¿Cómo hallar esa historia
escrita por mí mismo?
¿Cómo decir su nombre
para que nadie sepa que estoy solo?
Quiero callar;
tal vez en el silencio
se revele su rostro que presiento
semejante a un país que no he olvidado;
así podré vivir al menos,
terminar esta farsa de dos desconocidos,
aunque su hechizo venga
desde el origen y la primavera.

GIOVANNI QUESSEP
178 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Mi casa
Mi casa, como el desierto, no tiene techo ni puerta, sólo
[boca.

Mi casa, como la piedra, no posee vigas ni cimientos, sólo


[una mano empuñada la sostiene.

Esta casa la he construido quitando ladrillos


y entregando mis huesos al vacío que resta.

La casa es oscura como mi voz en sus corredores.

Vivo en la casa que camino. La que acecho y me persigue


como el gusano tras la carne enferma.

A cada grito se levanta; con cada silencio la destruyo.

FELIPE GARCÍA QUINTERO


LUCÍA ESTRADA 179

Casa de piedra
Era corriente
y deslucido
y mohíno
el ademán
con que dábamos la espalda a la casa de piedra
de mi padre para ondear faldas floreadas y de luz
en nuestro puerto desecado.

Por primera vez


y sin nodriza,
bordeábamos la arcada de la tarde,
todo para no ver
las manos de piedra de mi padre
oscureciéndolo todo,
apresándolo todo,
sus palabras de piedra
y cascarrina
lloviendo en el jardín de la sequía.

Y nosotras en fuga hacia calles blanqueadas


y farándula de mediodía
y ellos repitiendo
en la puerta de piedra:
catorce años,
falda corta,
zapatos rojos sin usar.

Éramos en avidez musical


y de fasto
y malabares,
ante la lustrosa acera,
antes de quedarnos parados
y sin voz
para ver la desolada estampa,
la ruina.
180 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Pues el silencio,
que no el bullicio de los días,
atraviesa.
El silencio,
que son treinta y dos ataúdes
vacíos y blancos.

ANDREA COTE
181

Consideraciones suplementarias
Samuel Vásquez

Esta selección fue hecha con el método falible y placentero del lector
común: el gusto.
Pero como algunos de estos poetas tienen más de diez poemas que
me gustan, tuve la obligatoria necesidad de acudir a consideraciones
suplementarias.
Por ejemplo, el poema Responso por un burócrata, de Héctor Rojas
Herazo, fue escogido entre otros suyos por su anterioridad, oportunidad y
originalidad, es decir, por ser un poema pionero que resume y supera toda
la fallida estética nadaísta posterior.
El poema Llanura de Tuluá, de Fernando Charry Lara, por la fina y
magistral reunión de opuestos que genera una atmósfera de ambigüedad,
la cual otorga una gran delicadeza a un tema como el de la violencia.
Mester de Ceguería, de Juan Manuel Roca, por ser donde introduce,
por primera vez en un mismo poema, temas que habitarán su universo
poético a lo largo de los años: los ciegos, el barrio, la noche.
Parábola, de Giovanni Quessep, porque es bello como otros poemas
suyos, pero este es más largo y prolonga la belleza.
Es decir, he escogido estos poemas porque me gustan y me dan
la oportunidad de agradecer a estos poetas su hermosa y compañera
palabra.
182 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Una palabra
Cuando de repente en la mitad de la vida llega una palabra
jamás antes pronunciada,
una densa marea nos recoge en sus brazos y comienza el largo
viaje entre la magia recién iniciada,
que se levanta como un grito en un inmenso hangar
abandonado donde el musgo cobija las paredes, entre el óxido
de olvidadas criaturas que habitan un mundo en ruinas, una
palabra basta,
una palabra y se inicia la danza pausada que nos lleva por entre
un espeso polvo de ciudades,
hasta los vitrales de una oscura casa de salud, a patios donde
florece el hollín y anidan densas sombras,
húmedas sombras, que dan vida a cansadas mujeres.
Ninguna verdad reside en estos rincones y, sin embargo, allí
sorprende el mudo pavor
que llena la vida con su aliento de vinagre-rancio vinagre que
corre por la mojada despensa de una humilde casa de placer.
Y tampoco es esto todo.
Hay también las conquistas de calurosas regiones, donde los
insectos vigilan la copulación de los guardianes de sembrados
que pierden la voz entre los cañaduzales sin límite surcados
por rápidas acequias
y opacos reptiles de blanca y rica piel.
¡Oh el desvelo de los vigilantes que golpean sin descanso
sonoras latas de petróleo
para espantar los acuciosos insectos que envía la noche como
una promesa de vigilia!
Camino del mar pronto se olvidan estas cosas.
Y si una mujer espera con sus blancos y espesos muslos
abiertos como las ramas de un florido písamo centenario,
entonces el poema llega a su fin, no tiene ya sentido su
monótono treno de fuente turbia y siempre renovada por el
cansado cuerpo de viciosos gimnastas.

Sólo una palabra.


Una palabra y se inicia la danza
de una fértil miseria.

ÁLVARO MUTIS
SAMUEL VÁSQUEZ 183

Hombres se echan a las calles


I
Los hombres se echan a las calles
para celebrar la llegada de la noche

un son de flauta entra delgado en el oído


y otra vez son las plazas lugares de fiesta

donde las niñas que cruzan con la espalda desnuda


las miradas de los cajeros adolescentes
repiten los movimientos de un antiguo baile sagrado

y en la algarabía
de los vendedores de fruta
olvidados dioses hablan

II
Repetido naufragio de los parques
en el anochecer

la hora en que cerrado


por el roce de un ala sombría
el corazón desciende a frías moradas

JOSÉ M ANUEL ARANGO


184 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Parábola
Estaba seguro por el vuelo de las generaciones
Que era una posibilidad legendaria
Oyó contar a los soldados del rey
Historias que brotaban de la mano del tiempo
O se perdían en la penumbra
Donde la Flor de Loto confabulada con su blancura
Para tejer el olvido
Que habría de salvarlos de la ignominia y la guerra

La que él consideraba la más extraña de las fábulas


Lo perseguía desde su infancia
La oyó contar a su padre al borde del fuego
Mientras la nieve de todos los caminos
Terminaba en sus mejillas angulosas
La oyó contar a los sacerdotes al pie de los verdugos
Cuando la cabeza del sentenciado traidor o amante
Rodaba como una flor de madera
Soñó la historia o la leyenda
Y algunas veces despertó con la sensación del olvido
[entre los ojos
O sus manos tocaban una columna
Como si la piedra no fuese más que un cuello de paloma

Pero la leyenda que atraviesa los siglos


No resulta más que una leyenda
Transcurrieron milenios sucediéndose las dinastías
Los pueblos soportaron el hambre y la peste
Reyes brutales o invasores sanguinarios
No hicieron más que multiplicar el sueño
De los devoradores de lotos
Y las sectas se multiplicaron
Y hubo divisiones y grandes matanzas
Entre los mismos que mantenían la fábula
Como el hilo de una madeja perdida entre un laberinto de
[juguetes

Sólo existía una posibilidad de que naciera la Flor de Loto


En cualquiera de los jardines
SAMUEL VÁSQUEZ 185

O en el más apartado de los bosques


Sólo una posibilidad de salvación
Que el destinado la encontrara en el tiempo
Antes que comenzara a marchitarse
Un loto entre millones de lotos

Sólo entonces comenzaría a olvidar


A deshacer la historia de su vida y la de los demás
La historia de la nieve y la piedra
Del dragón y la mariposa
Del hermano o el enemigo
A destejer el destino como quien deshace un dibujo
Grabado por agujas milenarias en la carne torturada
Así comenzaría desde la primera letra del tiempo
A contarlo de nuevo
Hasta olvidar su nombre y el nombre de todo ser
A nombrar la leyenda y transformar la fábula
[en el mundo real

Pero ¿quién podría aseverar que la Flor de Loto


La única posible
No era ya un puñado de polvo en el verano
Desde hacía un minuto o quizá siglos?
¿Cómo preservar durable una esperanza semejante a un castillo
Construido sobre la punta de una aguja?
Por eso cuando empezó a comprender que olvidaba
Cuando ya no pudo repetir el nombre de un país o de un pájaro
Creyó que era un sueño como tantos otros
Y se dispuso a soñarlo
Pero su sueño era la posibilidad legendaria
Lo que tocaron sus manos empezó a olvidarse y recordarse
Y los objetos se convirtieron también
En portadores de olvido

No pudo reconocer las puertas ni el patio de su casa


A los que confundió con un ciervo blanco que volaba
[en la noche
No pudo reconocer las armas de los soldados
Ni el rostro del verdugo
Y comenzó a nombrarlos con palabras de un lenguaje distinto
Que lo expusieron a la burla y la lapidación
Y la espada se llamó luna o álamo
Y la Luna o el álamo se llamaron espada
GIOVANNI QUESSEP
186 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Razones del ausente


Si alguien les pregunta por él,
díganle que quizá no vuelva nunca o que si regresa
acaso ya nadie reconozca su rostro;
díganle también que no dejó razones para nadie,
que tenía un mensaje secreto, algo
importante que decirles pero que lo ha olvidado.
Díganle que ahora está cayendo, de otro modo y en otra
parte del mundo, díganle que todavía no es feliz,
si esto hace feliz a alguno de ellos; díganle también que se
fue con el corazón vacío y seco
y díganle que eso no importa ni siquiera para la lástima o el
perdón y que ni él mismo sufre por eso,
que ya no cree en nada ni en nadie y mucho menos en él
mismo, que tantas cosas que vio
apagaron su mirada y ahora, ciego, necesita del tacto,
díganle que alguna vez tuvo un leve rescoldo de fe en Dios,
en un día de sol, díganle que hubo palabras
que le hicieron creer en el amor y luego supo que el amor
dura lo que dura una palabra.
Díganle que como un globo de aire perforado a tiros,
su alma fue cayendo hasta el infierno que lo vive y
que ni siquiera está desesperado y díganle que a veces
[piensa
que esa calma inexorable es su castigo; díganle que ignora
cuál es su pecado y que la culpa
que lo arrastra por el mundo la considera apenas otro dato
[del problema
y díganle que en ciertas noches de insomnio y aun en otras
en que cree haberlo soñado,
teme que acaso la culpa sea la única parte de sí mismo que
[le queda
y díganle que en ciertas mañanas llenas de luz
y en medio de las tardes de piadosa lujuria y también
borracho de vino en noches de lluvia
siente cierta alegría pueril por su inocencia y díganle
que en esas ocasiones dichosas habla a solas.
Díganle que si alguna vez regresa, volverá con dos cerezas
[en sus ojos
SAMUEL VÁSQUEZ 187

y una planta de moras sembrada en su estómago


[y una serpiente
enroscada en su cuello.
Y tampoco esperará nada de nadie y se ganará la vida
[honradamente,
de adivino leyendo cartas y celebrando
extrañas ceremonias en las que no creerá y díganle
que se llevó consigo algunas supersticiones, tres fetiches,
ciertas complicidades mal entendidas y el recuerdo
de dos o tres rostros que siempre vuelven a él en la
[oscuridad y nada.

DARÍO JARAMILLO AGUDELO


188 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA
189

Nuestros seleccionadores
VÍCTOR LÓPEZ R ACHE
Nació en 1959. Abandonó la carrera de Economía para dedicarse al estudio y la creación
literaria. Obras: Sin espejos, Premio Nacional de Poesía Imaginación para un nuevo
milenio, 2000. La casa, Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá, 1992. Otra orilla
de luz, 1985. Obtuvo en 1990 el Premio de Poesía Universidad Externado de Colombia.
Poemas suyos han sido incluidos en distintas antologías. Ha sido comentarista de
libros, escribe ensayo y su trabajo habitual es en prosa.

JUAN M ANUEL ROCA


Nació en Medellín, en 1946. Entre sus libros destacamos Luna de Ciegos, Ciudadano
de la noche, La farmacia del ángel, Las hipótesis de Nadie, en poesía; en novela
Esa maldita costumbre de morir y el libro de cuentos Las plagas secretas.
Libros de ensayos, Museo de encuentros y Cartógrafa memoria. Entre otros premios ha
obtenido el Premio Nacional de Poesía Ministerio de Cultura, en 2004 y el Premio José
Lezama Lima, Cuba, 2007. Es doctor Honoris Causa en Literatura por la Universidad
del Valle.

ORIETTA LOZANO (Cali-Colombia)


Ha publicado los siguientes libros de poesía: Fuego secreto, Memoria de los espejos, El
vampiro esperado, El solar de la esfera, Antología amorosa, La máscara del agua, Luz
circular de la palabra y la novela: Iluminar.
Iluminar
Ha sido galardonada con los Premios Nacionales de Poesía Eduardo Cote Lamus y
Aurelio Arturo.

JAIME ECHEVERRI (Manizales, 1943)


Escritor y psicoanalista. Es autor de los libros de cuentos Historias reales de la vida
falsa, Las vueltas del baile y Versiones y perversiones, reeditado por esta misma
editorial en 2007; y de las novelas Reina de picas y Corte final.

SANTIAGO MUTIS (Bogotá, 1951)


Libros publicados, en poesía: Afuera pasa el siglo y Dicen de ti, entre otros. Director
de la revista Conversaciones desde la soledad. Libro de cuentos, Relámpagos de
la ciudad, catorce conjuros. Libros sobre pintura: El visitante, Eduardo Ramírez
Villamizar, Saturnino Ramírez y Guillermo Wiedemann.

GUSTAVO ÁLVAREZ GARDEAZÁBAL (Tuluá, 1945)


Autor de novelas como Cóndores no entierran todos los días, El bazar de los idiotas,
El divino, llevadas al cine y la televisión. Fue el primer alcalde por elección popular
de su pueblo natal, diputado y gobernador del departamento del Valle. Comentarista
d iario de la opinión nacional.
190 LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

JULIÁN M ALATESTA (Miranda, Cauca, 1955)


Ha publicado los libros de poemas Hojas de trébol (Hai Kues), Alguien habita la
memoria, La cárcel de Babel, Cenizas en el cielo. Obtuvo el premio de ensayo Jorge
Isaacs en 1996, con Presencia de la poesía china y japonesa en algunos poetas
latinoamericanos. También es suyo el libro Poéticas del desastre: aproximación crítica
a la poesía del Valle del Cauca en el siglo XX. Profesor Titular de la Escuela de Estudios
Literarios de la Universidad del Valle.

RÓMULO BUSTOS AGUIRRE


Si alguna fantasía me resulta especialmente sugestiva es la de poseer una catedral
gótica para uso personal (la de Colonia, si fuera posible). De niño tuve algo parecido: la
alta bóveda del ramaje del árbol camajorú. En realidad solo vi su fantasma. las ramas
ya no estaban allí. Pero siguen soñándome. La vida me ha regalado algunos buenos
amigos que (para no incurrir en la vieja retórica de la modestia) no creo desmerecer, y
un par de libros que reunen mi labor poética: Palabra que golpea un color imaginario
(1996) y Oración del impuro (2004); el resto de mis asuntos se lo reparten Bach y el
éxtasis de la música africana.

ÁLVARO MARÍN
Hechizado por la poesía de César Vallejo y Miguel Hernández publiqué mi primer
libro de poemas con el título de Jinete de Sombras en 1992. La publicación fue un
reconocimiento que me hizo la Casa de Poesía Fernando Mejía de Manizales, luego fui
invitado al diario El Espectador
ectador de Bogotá para colaborar con notas sobre cultura y lite-
ratura en el Magazín Dominical dirigido por Marisol Cano y coordinado por el poeta
Juan Manuel Roca, medio que jugó un papel crítico importante en la vida cultural
del país en los años noventa. El hechizamiento con la literatura y la poesía fue mayor
cuando leí a los poetas Cardoza y Aragón y José Lezama Lima y a los narradores
Macedonio Fernández y Alejo Carpentier. Tenía en este tiempo una lectura de
escritores europeos, pero el acercamiento interesado a la expresión latinoamericana
fue para mí una revelación de sentido histórico y poético a la vez

LUCÍA ESTRADA (Medellín, 1980).


Ha publicado los libros de poesía Fuegos nocturnos, Noche líquida, Maiastra, Las hijas
del espino (Premio de Poesía Ciudad de Medellín, 2005) y El ojo de Circe (Antología
Colección Universidad Externado). Hace parte de la Organización del Festival
Internacional de Poesía de Medellín y del Comité editorial de la revista literaria
Alhucema, de Granada, España.

SAMUEL VÁSQUEZ (MEDELLÍN, 1949)


SE QUED Ó EN MED ELLÍ N ORGANI ZAND O B I ENALES, EXP OSI CI ONES, TALLERES D E ARTES P LÁSTI CAS Y
M ÚSI CA, Y D ED I CAD O A LA I M P OSI B LE TAREA D E AGREGAR P OESÍ A AL P ROSAI CO TEATRO COLOM B I ANO.
HA D I RI GI D O D I ECI SI ETE OB RAS D E TEATRO Y P UB LI CAD O LI B ROS COM O El sol negro, Raquel, historia
de un ggrito silencioso y Erratas de fe. Hace dos años su gran editor, el fuego, imprimió
doce libros suyos.