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LAS VOCES DEL MIEDO

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ECHEVERRÍA, Olga
Las voces del miedo. Los intelectuales autoritarios argentinos en las primeras décadas del Siglo XX,
Prohistoria Ediciones, Rosario, 2009, 288 pp.
Colección Historia Argentina, 5
Las primeras décadas del siglo XX en Argentina fueron particularmente intensas y plenas de transformaciones. Para buena parte de la elite social y cultural, la nueva realidad fue inquietante. Deseosos de un orden diferente, atribulados y pesimistas, algunos intelectuales comenzaron a definir una identidad que, al menos en términos discursivos, contenía una carga explícita de violencia.Individualistas, arrogantes e inexpertos no alcanzaron a conformar un grupo con verdadero peso político, pero sintiéndose parte de una misma cosmovisión antidemocrática contribuyeron a la sistematización de los idearios autoritarios, antiplebeyos y antifemeninos que tendrían larga vida en la historia del país. Olga Echeverría es Profesora y Licenciada en Historia por Universidad Nacional del Centro y Doctora en Historia por el Doctorado Interuniversitario en Historia. Se desempeña como docente del Departamento de Historia en la Facultad de Ciencias Humanas (UNICEN). Es Investigadora de Carrera del CONICET e integra el Programa de Investigación “Actores, ideas y Proyectos Políticos de la Argentina Contemporánea”, Instituto de Estudios Históricos-Sociales “Profesor Juan Carlos Grosso” (IEHS-UNICEN). Ha presentado ponencias en jornadas y congresos nacionales e internacionales y ha publicado artículos en revistas argentinas y del extranjero.
ECHEVERRÍA, Olga
Las voces del miedo. Los intelectuales autoritarios argentinos en las primeras décadas del Siglo XX,
Prohistoria Ediciones, Rosario, 2009, 288 pp.
Colección Historia Argentina, 5
Las primeras décadas del siglo XX en Argentina fueron particularmente intensas y plenas de transformaciones. Para buena parte de la elite social y cultural, la nueva realidad fue inquietante. Deseosos de un orden diferente, atribulados y pesimistas, algunos intelectuales comenzaron a definir una identidad que, al menos en términos discursivos, contenía una carga explícita de violencia.Individualistas, arrogantes e inexpertos no alcanzaron a conformar un grupo con verdadero peso político, pero sintiéndose parte de una misma cosmovisión antidemocrática contribuyeron a la sistematización de los idearios autoritarios, antiplebeyos y antifemeninos que tendrían larga vida en la historia del país. Olga Echeverría es Profesora y Licenciada en Historia por Universidad Nacional del Centro y Doctora en Historia por el Doctorado Interuniversitario en Historia. Se desempeña como docente del Departamento de Historia en la Facultad de Ciencias Humanas (UNICEN). Es Investigadora de Carrera del CONICET e integra el Programa de Investigación “Actores, ideas y Proyectos Políticos de la Argentina Contemporánea”, Instituto de Estudios Históricos-Sociales “Profesor Juan Carlos Grosso” (IEHS-UNICEN). Ha presentado ponencias en jornadas y congresos nacionales e internacionales y ha publicado artículos en revistas argentinas y del extranjero.

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Las voces del miedo

Los intelectuales autoritarios argentinos en las primeras décadas del siglo XX

Olga Echeverría
Rosario, 2009

Echeverría, Olga Inés Las voces del miedo: los intelectuales autoritarios argentinos en las primeras décadas del siglo XX 1a ed. - Rosario: Prohistoria Ediciones, 2009. 284 p.; 23x16 cm. ISBN 978-987-1304-35-6 1. Sociología de la Cultura. I. Título CDD 306

Fecha de catalogación: 23/03/2009

Colección Historia Argentina - 5 Composición y diseño: estudio·milano Edición: Prohistoria Ediciones Diseño de Tapa: Zucculini Este libro recibió evaluación académica y su publicación ha sido recomendada por reconocidos especialistas que asesoran a esta editorial en la selección de los materiales. TODOS LOS DERECHOS REGISTRADOS HECHO EL DEPÓSTIO QUE MARCA LA LEY 11723 © Olga Echeverría Tucumán 2253, (S2002JVA) - ROSARIO, Argentina Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, incluido su diseño tipográfico y de portada, en cualquier formato y por cualquier medio, mecánico o electrónico, sin expresa autorización del editor. Este libro se terminó de imprimir en Rosario, en el mes de agosto de 2009. Tirada: 500 ejemplares. Impreso en la Argentina ISBN 978-987-1304-35-6

Índice

Agradecimientos ........................................................................................... Primera parte La experiencia trastocada: la constitución de un pensamiento autoritario

Puntos de partida...........................................................................................

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CAPÍTULO I Leopoldo Lugones. El disruptivo “movimiento” de un hombre solo y angustiado .........................................................................................

CAPÍTULO II Carlos Ibarguren. La reacción ante una promesa frustrada .........................

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CAPÍTULO I Tiempos de intentos y frustración. Leopoldo Lugones y Carlos Ibarguren. En busca del liderazgo y el proyecto de nación .......................................... 159 CAPÍTULO II Asumir el fracaso. La ruptura de La Nueva República con el uriburismo y el “encuentro con el pueblo”. Entre la decepción y la búsqueda de un espacio político .............................

Segunda parte Anhelos y realidades tras el golpe de Estado de 1930

CAPÍTULO IV Ante el espejo de la generación del ochenta. Una generación republicana antidemocrática ...............................................

CAPÍTULO III Los intelectuales católicos hasta 1930. Entre la apelación moral y las propuestas estético-ideológicas de base católica ............................................................................................

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CAPÍTULO III Asumir el fracaso. La inevitable necesidad de pensar en el pueblo. Los católicos y Criterio como instrumento cohesionado ............................ Epílogo ..........................................................................................................

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ensar al autoritarismo ha sido para mí mucho más que una preocupación historiográfica. Se ha tratado, fundamentalmente, de una necesidad vital. Por ello, hoy que decido ponerle punto final a este libro, quiero agradecer a todos aquellos que me acompañaron en este largo e intenso recorrido. En primer lugar y con especial énfasis, mi gratitud con la profesora Susana Bianchi, mi directora. Su impulso, su lucidez y su generosidad intelectual fueron y son invalorables y han contribuido enormemente con las mejores páginas de este libro y con mi formación como historiadora. A las autoridades del Instituto de Estudios Históricos Sociales “Profesor Juan Carlos Grosso” de la Universidad Nacional del Centro, por el apoyo constante y por la valiosa colaboración para que este libro fuera posible. A mis colegas del IEHS (muchos de ellos fueron los docentes que me transmitieron la pasión por la Historia) y en particular a mis compañeros/as del programa “Actores, Ideas y Proyectos Políticos de la Argentina Contemporánea” que con sus comentarios y sus propias investigaciones me ayudaron a realizar nuevas preguntas y a profundizar la mirada. A la Dra. Lucía Lionetti, interlocutora comprometida cuyos sus aportes merecen ser subrayados tanto como su afecto. A todos cuantos leyeron y comentaron mis avances en la investigación y en especial al jurado de mi tesis doctoral, Doctoras Dora Barrancos, Marta Bonaudo y Estela Spinelli. Sus sugerencias han servido para que este trabajo diera sus mejores frutos. A los empleados de las bibliotecas y archivos, por su cordialidad y buena disposición. Al CONICET y a la Fundación Antorchas, por el financiamiento de la investigación. A mis alumnos/as y a quienes confiaron en mi guía para iniciarse en la investigación. A Silvina Mondragón, quien me brinda su talento, su agudeza para pensar los grandes problemas de la Historia y, por sobre todas las cosas, su amistad incondicional y la libertad de ser y expresarme sin temores ni censuras. A mis amigos/as no historiadores, quienes por inquietud intelectual pero principalmente por esas cosas del querer siempre estuvieron –y están– dispuestos a escucharme hablar de estos temas y a leer cada página que les acerco. Son ellos, Analía La Banca, con quien he hablado tanto del autoritarismo como de las experiencias de vivir; Eduardo Yturrioz por el estímulo inquebrantable y la certeza de la compañía; Gisela Giamberardino; Daniel Gómez y Juani Berestain, lectores sensibles y minuciosos. A mis padres, a mis hermanos y sus familias, por estar siempre presentes, material e inmaterialmente. A Iñaki y a Juani, por la seguridad que ofrecen con cada sonrisa. Y por supuesto a Apo, por sus “ojos que derriban fronteras”, por todos estos años de amor y complicidad. Es decir, por la historia y los sueños compartidos.

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Agradecimientos

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Finalmente, quiero expresar que todo este trabajo estuvo custodiado por el recuerdo permanente y emocionado de Juan Carlos Grosso. Juan Carlos fue el maestro de mis primeros pasos en la investigación, fue –y es– ejemplo de intelectual tanto como de hombre de bien. Su partida se vuelve cada día más dolorosa, su ausencia más evidente. A todos y a todas, sinceramente, ¡gracias! Tandil, febrero de 2009

ste libro es una reelaboración de la primera parte de mi tesis doctoral “‘Una inteligencia disciplinada y disciplinante’. Los intelectuales autoritarios de derechas: su concepción estética ideológica, la política y la representación de la sociedad. Argentina, primeras décadas del siglo XX”, realizada bajo la dirección de la Profesora Susana Bianchi.1 Las páginas que siguen están pensadas para un lector interesado, pero no necesariamente experto en la problemática que abordan. Sin embargo, no prescinden de cierta carga erudita necesaria para aquellos que también quieran ahondar en el proceso de la investigación. Desde el título mismo, es una invitación a reflexionar sobre las razones por las cuales un determinado grupo de escritores expresó, en la primeras décadas del siglo XX, una voluntad autoritaria que buscaba respuestas contundentes a sus incertidumbres, angustias y frustraciones no sólo políticas, sino también sociales, culturales y personales. Como puede advertirse, este libro transita una problemática abordada por algunas obras previas, pero lo hace desde una perspectiva claramente diferente y atendiendo a cuestiones que no habían sido aún analizadas. Las realidades políticas, sociales y culturales fueron (y son) intrincadas y de difícil aprehensión. Se trata de una problemática enorme y multidimensional. Este libro sólo pretende aproximarse a un fragmento de esa complejidad, interrogándose sobre las razones, aspiraciones, angustias, frustraciones y necesidades que llevaron a algunos escritores con distintos grados de reconocimiento público e intelectual y desmedidamente confiados en su propia fuerza a tratar de constituirse como una “vanguardia” que volviera las cosas a su lugar; que barriera los obstáculos a un “destino de grandeza” abortado, según entendían, por la perversidad de un sistema político y por el desenfreno e ignorancia característica y estructurante de la identidad de las mayorías. Ellos, los actores de este libro, eran escritores que consideraban que sus perspectivas y propuestas no sólo eran un desafío intelectual, puesto que para todos ellos el pensamiento era una forma de acción política y ésta era inherente a la propia calidad de artista o pensador. Por ello, todas las figuras sociales que conformaban este laxo colectivo intelectual autoritario desarrollaron su actividad atendiendo a una doble dimensión. Por un lado, buscaron generarse un espacio sobresaliente en el campo de la política. Pero, por otro lado, debieron emprender una “batalla” que les permitiera instalarse en el campo intelectual. De tal modo, los protagonistas de este texto cons1

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Puntos de partida

Tesis que fue presentada en el marco del Doctorado Interuniversitario en Historia y aprobada ante un jurado compuesto por las Doctoras Marta Bonaudo, Dora Barrancos y María Estela Spinelli.

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tituyen un conjunto, no muy numeroso, de escritores, siendo los principales protagonistas Leopoldo Lugones, Carlos Ibarguren, Manuel Gálvez, los hermanos Rodolfo y Julio Irazusta, Ernesto Palacio, monseñor Gustavo Fransceschi y algunos otros escritores y pensadores que entran en escena de manera más esporádica o cuya actuación tuvo una menor trascendencia que el accionar de los anteriormente citados. Como puede advertirse, he prestado particular importancia a las trayectorias personales, en un intento de aproximación a la relación compleja e intersicial entre el individuo y la sociedad, y para tratar de captar aquellos fenómenos que no pueden ser percibidos por los análisis macros. En este sentido, parto de la premisa de que la utilidad de un estudio que tiene en cuenta la dimensión biográfica requiere una mirada contextuada, porque una vida individual sólo cobra sentido, como ha dicho Bourdieu,2 cuando se atiende la superficie social sobre la cual actúa el individuo en una pluralidad de campos en todo momento. A través del análisis de los derroteros seguidos por unos pocos intelectuales que se definieron a favor del autoritarismo he buscado aproximarme a las razones por las cuales muchos miembros de una sociedad asumen esa perspectiva política, más o menos explícitamente, pues entiendo que –como señala Giovanni Levi3– en última instancia la biografía no es de una persona singular, sino que de algún modo es la de un individuo que concentra en su persona características de un grupo más amplio. Fundamentalmente, he tratado de devolverles a los actores estudiados su propia subjetividad, navegando por sus contradicciones, intentando desentrañar sus intereses más profundos, sus ansiedades, sin imponerles un modelo (siempre ficticio) de coherencia integral, a través de la reconstrucción de las diferentes escenas donde han jugado diferentes papeles. Por lo tanto, he tenido presente que existen dimensiones como los sentimientos, las frustraciones, la conciencia y hasta las pulsiones que colaboran con los rumbos tomados y las perspectivas configuradas. De tal modo, la reflexión sobre lo biográfico ha ayudado a captar la complejidad de los actores, sus múltiples ámbitos de acción y, en definitiva, las múltiples subjetividades construidas, aunque se trate de una sola persona, ya que, como dice Foucault,4 cada identidad está sistemáticamente disociada, habitada por el plural, con numerosas almas que se pelean entre sí. A la complejidad de cada sujeto ha sido necesario sumar las tensiones y ambigüedades del colectivo. Tan así que podría discutirse fuertemente si pueden ser considerados parte de una misma tendencia. No obstante esta salvedad, la definición esquemática de un enemigo, un otro opuesto, los ayudó a construir una identidad que, aun2 3 4

BOURDIEU, Pierre “L’Illusion Biographique”, en Actes de la Recherche en Sciences Sociales, 62/63, 1986, pp. 62-63. LEVI, Giovanni “Les usages de la biographie”, en Annales. E.S.C., 44, 1989 [Sur la biographie collective], p. 1327. FOUCAULT, Michel “Niezstche, la genealogía, la historia”, en Microfísica del poder, La Piqueta, Madrid, 1980, pp. 7-8.

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que precaria e inestable, los acercaba y les permitía considerarse parte de un colectivo impreciso pero autodesignado portador de “la verdad”. Los unía la certeza de compartir una cosmovisión sobre el presente y el futuro del país y de ellos como actores destacados. El vínculo surgía de una “afinidad ideológica y sentimental”, de una “estructura del sentir” –según la expresión de Williams5– que con relaciones internas específicas, entrelazadas y a la vez en tensión, les permitía pensarse como parte de una experiencia social que todavía se hallaba en proceso. Esa articulación primordial la obtenían englobando sus intereses (en el sentido más amplio del término) bajo los abstractos e imprecisos conceptos de nación-nacionalismo, orden y jerarquía (aunque no significaban lo mismo para todos) que abarcaban idearios complejos con los que pretendían organizar la política y la sociedad. El nacionalismo ha tenido un supuesto carácter definitorio en la identidad de la derecha argentina, no sólo para sus protagonistas sino también para la mayoría de sus estudiosos. Sin embargo, esta asimilación tan extendida entre derecha y nacionalismo debe, desde mi perspectiva, ser replanteada ya que el nacionalismo era un elemento, entre muchos otros, que ayudaba a configurar la identidad de esta tendencia estéticoideológica, política y cultural en tanto tenía una función importante como denominación autorreferencial y porque podía ser utilizada como recurso e instrumento sentimentalizado destinado a desactivar y deslegitimar conflictos, críticas y acusaciones provenientes de otras arenas ideológicas y políticas. De tal modo fue un elemento válido para alcanzar cierta unidad ante la heterogeneidad y ante voluntades tan férreamente individualistas. Sirvió como referencia aglutinante, porque más allá de las diferencias ciertas y notorias, permitía a estos sujetos pensarse como un nosotros, “los nacionalistas”, que implicaba alusiones mutuas, contactos públicos y privados e incluso debates que, más allá de las perspectivas muchas veces opuestas y rivales, era legitimante de esa precaria identidad. El propio concepto “nacionalismo” generó discusiones intensas y ofuscadas, sin embargo, claramente se trataba de controversias entre intelectuales que se consideraban pares hermanados por un parentesco ideológico y político, que formaban parte de un mismo campo y que establecían combates para alcanzar posiciones dominantes e imponer sus enfoques individuales al conjunto. Esto, además, era posible porque compartían una experiencia, en tanto se hallaban involucrados en un mismo proceso de definición y creación de objetos de interés y pasión, con deseos similares y necesidades también conllevadas de defenderse de las angustias presentes. La experiencia, según Peter Gay,6 más que un deseo conciso o una percepción casual, es una organización de exigencias apasionadas, de modos persistentes de mirar y de realidades objetivas tanto como un encuentro de la mente con
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WILLIAMS, Raymond Marxismo y literatura, Península, Barcelona, 1980, pp. 154-155. GAY, Peter La experiencia burguesa. De Victoria a Freud Tomo 1: La Educación de los sentidos, FCE, México, 1992, p. 18.

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el mundo, un encuentro del pasado con el presente, de las aspiraciones elaboradas en relación con ese pasado y de las realidades emergentes del presente. Es, por lo tanto, producto de la lucha y de la colaboración entre la reflexión y las necesidades, de una colaboración difícil entre percepciones equívocas generadas por las angustias y corregidas por la razón y la experimentación. Esa experiencia compartida no era repentina ni azarosa. Procesos históricos que se venían desarrollando desde bastante tiempo atrás, realidades públicas, políticas y personales tanto como productos intelectuales que analizaban la sociedad confluyeron para que esa experiencia autoritaria fuera factible de constitución y tratara de articularse como propuesta política e ideológica. Ya tempranamente algunos hombres de la elite habían elaborado miradas nostálgicas –que entrado al siglo XX ganarían fuerza y se constituirían en instrumento de movilización política– para cuestionar los resultados del progreso. En todos los casos se realizaba una reconstrucción idealizada del pasado que se oponía a un presente considerado caótico y desvalorizado. En los argumentos esgrimidos la cuestión de la identidad nacional pasaría a ocupar un papel cada vez más relevante, vinculada directamente con la necesidad de nacionalizar a las masas inmigratorias. Para casi todos, la nacionalidad era cuestión central para la constitución de una sociedad homogénea y gobernable. Se iniciaba, así, el camino para la constitución de un nacionalismo cultural que tuvo una de sus primeras expresiones en el libro de Joaquín V. González, La tradición nacional, publicado en 1888. Estos argumentos fueron luego redimensionados por el “espíritu del Centenario” hasta llevarlos al centro de la escena intelectual pero también de la política. Evidentemente, la toma de conciencia sobre la existencia de una “cuestión nacional” estuvo marcada por los efectos multiplicados del proceso inmigratorio, es decir por la “cuestión social”, por lo cual se apeló a la educación pública como herramienta privilegiada de una necesaria pedagogía cívica. Se trataba de un proceso de consolidación de una matriz ideológica nacionalista que operó, en principio, en la fundación de instituciones educativas y planes de estudio, con leyes, mitos y valores para construir una argentina que se pretendía auténtica. Paulatinamente, aquellos idearios cobraron cuerpo doctrinario para llegar a la acción política concreta. Pero resulta muy difícil diferenciar los movimientos políticos nacionalistas de aquellos movimientos culturales que apuntaban a un nacionalismo identitario y nativista.7 En parte, esa complejidad fue resultado del encuentro de planteos críticos que apelaban a –y partían de– cuestiones culturales, políticas e ideológicas. Así, por ejemplo, el movimiento literario modernista se erigió como parte de la amplia reacción antipositivista instalada en Europa desde fines del siglo XIX. Pero también era una tendencia estético-ideológica y una corriente defensiva, tanto como ofensiva, ante un orden burgués que se percibía como mediocre y vulgar y al que había que aniquilar.
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RUBIONE, Alfredo En torno al criollismo. Textos y Polémicas, Capítulo, Buenos Aires, 1983, p. 10.

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Arturo Ardao ha ido más allá y sostiene que el modernismo debería encuadrarse en una problemática mucho mayor, que podría ser pensada como la reacción ante la falta de respuestas de la ciencia positivista a la situación existencial del hombre.8 En este contexto, en el inicio del siglo XX se publicó un libro señero por su amplia recepción y por la temprana referencia a cuestiones que más tarde serían puntos centrales del debate político-intelectual. Se trata del Ariel, de José Enrique Rodó que delineaba y reclamaba una identidad de carácter hispanoamericano y esencialmente espiritualista, en oposición a la identidad norteamericana entendida como el triunfo del ánimo práctico. Constituía un llamado a la juventud, suelo generoso para el espiritualismo, para que abrieran sus conciencias a la voluntad de transformación espiritual de un continente que era, en sí mismo, futuro. Sin embargo no se trataba de una invocación masiva, sino que reclamaba el aislamiento de unos pocos, de aquellos que se podían ubicar en una “sala de estudio serena” y disponían de un “gusto delicado y severo”. Pero no se trataba solamente de una demanda al alma individual sino que también apelaba a la construcción de un ánimo colectivo, un llamado que podría vincularse con el clasicismo, en cuanto compartía la confianza por la capacidad creadora, festiva y civilizadora de la juventud. La posición intelectual de Rodó, caracterizada por la diversidad de autores y posturas citados con adhesión y sin conflicto, permitía una amplia recepción y ponía en evidencia el complejo eclecticismo que dominaba en los debates de Latinoamérica, mientras en Europa el decadentismo se contraponía al vaciamiento espiritual positivista, en la obra de Rodó aparecen mencionados y conviviendo pacíficamente Spencer y Baudelaire. Pero no sólo el modernismo expresaba complejidad. Todo el período, en términos culturales, implicó, como ha señalado Oscar Terán,9 un compuesto de teorías y estéticas donde convivía el romanticismo tardío con concepciones católicas y hasta con algunos presupuestos izquierdistas. Con esto, no se soslayan los matices, confrontaciones internas y entrecruzamientos externos, pero la delimitación parece más clara en los centros europeos que en los escritos del uruguayo y de los intelectuales argentinos que se emparentaron estética, intelectual e ideológicamente con él. Tal vez, el hecho de no estar en el seno de las confrontaciones intelectuales permitía una ubicación menos restringida a los cánones de una escuela determinada, a lo que habría que sumar las diferentes circunstancias históricas de ambos continentes: en Europa se vivía, al menos en ciertos círculos, en el fin de una etapa, mientras en América había una convicción de que todo estaba por hacerse. Quizás por la conciencia de ello, el esteticismo de Rodó y de otros escritores latinoamericanos no era el de los
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ARDAO, Arturo Positivismo y Espiritualismo en Uruguay, CEAL, Montevideo, 1968, p. 37. TERÁN, Oscar “El pensamiento finisecular, 1880-1916”, en LOBATO, Mirta –directora– El progreso, la modernización y sus límites, Tomo V de SURIANO, Juan –director general– Nueva Historia Argentina, Sudamericana, Buenos Aires, 2000; “Ernesto Quesada o cómo mezclar sin mezclarse”, en Prismas, núm. 3, UNQ, 1999 y Vida Intelectual en Buenos Aires, FCE, Buenos Aires, 2000.

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decadentistas franceses, sino vehículo de transformación de la realidad. En todo caso, compartían la estructura de sentimientos estetizantes, sensualistas y hedonistas y la conciencia de estar frente a un momento límite de la historia. Muchos jóvenes e incipientes intelectuales argentinos se conmovieron ante el reclamo de heroicidad individual que hacía Rodó y, particularmente, ante la caracterización del ámbito artístico e intelectual como el suelo más propicio para que floreciera ese espíritu digno y viril. Muchos de estos jóvenes escritores comenzaron a deleitarse con la idea de que eran las minorías espirituales superiores las que daban carácter a un pueblo y no las mayorías, por lo que en aquellas debía recaer la dirección moral de los pueblos. De este modo el artista/intelectual, cuya libertad había sido conquistada en su aislamiento interior, se reintegraba a la arena pública, como el rey filósofo platónico, con una misión que cumplir. Probablemente, como señala José Luis Romero,10 algunos espíritus refinados, hijos sensibles de padres poderosos, renunciaron al ejercicio directo de la política y transfirieron sus sentimientos aristocráticos a las actividades del espíritu. Otros, más proclives a la política y deseosos de ocupar espacios de poder, comenzaron a esbozar un ideario pleno de elitismo y revancha. Para ellos, tanto como para Rodó, la democracia encarnaba un peligro esencial, esto es el predominio del igualitarismo, “…en la forma mansa de la tendencia a lo utilitario y lo vulgar, puede ser un objeto real de acusación contra la democracia del siglo XIX”. Una democracia que, por falta de distinción y de jerarquías, sólo podía generar insatisfacción, vacío, un inmediatismo egoísta que impedía la formación de una verdadera conciencia nacional progresiva y mediata del hombre. El modernismo y el ensayismo de Rodó no fueron los únicos sustratos ideológicos y estéticos que aportaron visiones y postulados en los orígenes de la derecha autoritaria argentina. Muchos de los hombres que constituirían esta tendencia –aunque no todos– manifestaron un vínculo fuerte con el llamado hispanismo. En España, y producto de la falta de respuestas del régimen de la Restauración a cuestiones políticas y sociales, y fundamentalmente tras el desastre colonial que se hizo evidente con la pérdida de Cuba en 1898, surgió el debate en torno a la identidad nacional española. Sin embargo, no puede pensarse que el movimiento emergente y las reflexiones emitidas estuvieran encaminadas monolíticamente hacia una cosmovisión común. Por el contrario, los intelectuales españoles se agruparon en dos tendencias centrales: una que rescataba el valor del pasado, que con una fuerte impronta del catolicismo se constituía en un movimiento tradicionalista, en tanto que otro grupo (con mayores vínculos con el regeneracionismo)11 pretendía alcanzar una mirada más crítica, si se
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ROMERO, José Luis El pensamiento político de la derecha latinoamericana, Paidós, Buenos Aires, 1970, p. 120. El regeneracionismo fue un movimiento intelectual de fines del siglo XIX y principios del XX que se dedicó a analizar las causas de la decadencia española. Costa y otros pensadores que le dieron forma a esta tendencia entendían que la historia española había sufrido una nefasta desviación hasta construir una nación frustrada.

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quiere científica. Esta doble perspectiva se manifestó también dentro de la llamada “generación del 98”. Surgieron entonces, dos “nacionalismos”: uno claramente conservador y otro con fuertes vínculos con el liberalismo. Sin embargo, ambos grupos sostenían la existencia de una comunidad espiritual determinada por la raíz castellana e inclusiva de América,12 en tanto una prolongación del propio proyecto de nación. Para el sector más claramente conservador, la revalorización histórica de una “Edad de Oro” fue un sostén importante, una estrategia de legitimación. La nación fue entonces, más que un territorio o una estructura política, una actitud, una moral y un espíritu. La misión evangelizadora fue presentada como la gran y providencial obra que España ofreció a la humanidad. Marcelino Menéndez y Pelayo fue quien sentó las bases del hispanismo iberoamericano. Para él, América era el producto histórico del catolicismo español y la “desastrosa” independencia de las colonias se debía exclusivamente a la práctica disolvente del liberalismo y de todos los principios inspirados en la Revolución Francesa de 1789. Su aporte a la construcción de la hispanidad vino desde el análisis literario; sus estudios marcaban, una y otra vez, la importancia de la herencia española en las letras de los americanos al tiempo que descalificaba y rechazaba toda validez a la tradición cultural indígena. El tema americano estaba presente en la conciencia española tanto como España empezó a estar presente desde fines del siglo XIX y principios del XX a este lado del Atlántico. La construcción de esta identidad iberoamericana se edificó con las referencias, testimonios y reflexiones de los viajeros, que aquí y allá desgranaban vivencias y análisis que tendían a mostrar la unión cultural de España y sus colonias. Sin duda, la llegada de Primo de Rivera al poder con toda su ideología autoritaria implicó una ofensiva de la hispanidad que intentaba, de esta manera, hacer resurgir la alicaída imagen española en el contexto europeo. Esta dictadura selló su alianza con el catolicismo y la idea de una nación hispánica y católica cobró fuerza. Esto se manifestó abiertamente en la intensa embajada cultural española dedicada a incrementar las relaciones entre ambas partes de la hispanidad y a demostrar las ventajas insuperables de esta unidad superior de orden espiritual. Basados en el ideario “pelayista” reconstruyeron una historia de base católica, donde España representaba su destino providencial y “verdadero”. La conciencia y la fuerza de la nación se encontraban unidas por la fe en el catolicismo, y por la misión única y eterna de evangelizar al mundo y derrotar al protestantismo y otros males modernos que Francia e Inglaterra estaban obstinadas en expandir. España se convirtió entonces en portadora y campe12

Una América que se presentaba como “un mito compensatorio” de las debilidades y de los obstáculos a superar para lograr la edificación de los distintos proyectos nacionales. TABANERA GARCÍA, Nuria “El horizonte americano en el imaginario español”, en Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe, Vol. 8, núm. 2, julio-diciembre de 1992, pp. 69-70.

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ona de los valores de la tradición y el espíritu del Occidente frente a la amenaza del Anticristo, encarnado entre otras cosas en el comunismo internacional. La mentalidad de cruzada inspiró todo este movimiento intelectual y político. Como puede advertirse, para estos hispanos-tradicionalistas América no era un estímulo para la modernización como lo había sido para los liberales regeneracionistas, sino que por el contrario era un objeto de definición nacionalista española, un recuerdo de su grandeza pasada y un espejo de su propia identidad. América y España, en palabras de Ramiro de Maeztu, formaban parte de una misma comunidad de hermanos, “…aunque distinguía a los hermanos mayores de los menores; porque el español no negó nunca la evidencia de las desigualdades”. Sin embargo, estos contactos no deben ser pensados unidireccionalmente. Los vínculos fueron el resultado de una búsqueda de identidad, de ámbitos de desarrollo y participación que se daba en ambos continentes y que sólo puede ser entendido en el marco de la agitada dinámica cultural y política del período. Asimismo, resulta evidente que los intelectuales hispanistas, más allá de su lugar de nacimiento, se pensaban mutuamente como esferas culturales conexas y respetables. El período finisecular fue un momento especialmente brillante en el reconocimiento de las capacidades y potencialidades de las culturas periféricas. Así, España comenzó a vivir un proceso bifurcado. Por un lado se prestó especial atención a las manifestaciones artísticas y del pensamiento de las diferentes regiones de la península al tiempo que, por otro lado, comenzó a repararse en los movimientos culturales americanos y establecer ciertos criterios de paternidad sobre ellos. En América, y en Argentina en particular, algunos pensadores recuperaron tempranamente la tradición española como garantía de orden y respeto a las jerarquías, al tiempo que apostaban al catolicismo como garante de ese orden e instrumento de disciplinamiento social. Asimismo, la herencia hispano-católica era pensada como instrumento para limitar la desnaturalización cultural, lingüística e histórica generada por la inmigración masiva y por el olvido de los valores tradicionales. Como puede advertirse, los impulsos a la crítica intelectual de la realidad provenían de frentes diversos y no siempre coincidentes. Pero lograron una delicada articulación en un corpus complejo y no exento de contradicciones, en una experiencia disconforme, en una identidad dispuesta a dar batalla a las transformaciones impuestas por la modernidad o algunos de sus efectos. Resulta interesante que junto a los jóvenes de la elite que no encontraban el lugar prometido reaccionaran también los miembros de la vieja elite que se sentían desplazados por el nuevo orden, quizás se trate en esos casos de la última ofensiva de los intelectuales gentleman según la acertada definición de David Viñas.13 Estas preocupaciones intelectuales e ideológicas se vieron plasmadas, al menos en parte y desde los tiempos del Centenario, en una literatura que daba respuesta a la
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VIÑAS, David Apogeo de la oligarquía, Ediciones Siglo XX, Buenos Aires, 1975.

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necesidad de afianzar una conciencia “nacional” en momentos en los que las clases dominantes consideraban que su hegemonía política comenzaba a ser sacudida.14 Se trataba de fundar una literatura argentina que reconociera una tradición nacional, establecida por la poesía gauchesca o más específicamente aún, por el poema gauchesco de José Hernández. De ese modo, la lectura y la interpretación que se realizaba del Martín Fierro no sólo recuperaba, por parte de la crítica, a la obra de Hernández, sino que además le asignaba el valor de verdadero monumento de la literatura nacional argentina. Semejante desplazamiento en las valoraciones críticas del libro, que había sido denostado por los juicios de su época, no resultaba inocente en términos políticos, puesto que esa recuperación de sentido y de valores nacionales iba de la mano, en el caso de Lugones, de la necesidad de exorcizar la presencia de las masas inmigrantes en la escena de la cultura local. Se tendía a excluir a las multitudes de origen foráneo de su programa y de su espacio de realización. Para ello apelaba a la idea de que el espíritu del pueblo y el alma de la raza se expresaban naturalmente a través de los versos gauchescos y que la poesía gauchesca, al igual que las antiguas poesías épicas de Europa, no hacía más que representar el devenir histórico de nuestra nacionalidad. Según esa ecuación, podía admitirse sin demasiadas dudas la existencia de una Nación Argentina y de una Literatura Nacional (circunscripta por razones no sólo literarias, a la gauchesca), según un vínculo que establecía un orden de prelaciones, de determinaciones y de causalidad: porque había un sustrato nacional que funcionaba como origen y causa del vínculo. Por su parte, la ya evidente crisis del liberalismo internacional se expresaba en la crítica de ciertos intelectuales y en los movimientos vanguardistas que se consideraban a sí mismos como miembros de una elite cultural llamada a provocar desde el arte una renovación profunda de la sociedad. Personajes como Strindberg y Nietzsche predicaban ya desde el ocaso del siglo XIX las virtudes del fuerte frente a los necios y mezquinos demócratas. La crítica se potenciaba, se transformaba y, en muchos casos, se volvió desazón cuando estalló la Primera Guerra Mundial que, por otra parte, era también ella resultante de la crisis política de la Europa imperialista. Han sostenido muchos autores que la Gran Guerra marcó un quiebre imposible de desconocer en la historia occidental. Luego de la guerra el mundo fue otro, más escéptico. En el marco de una crisis global, la crisis política se manifestó con particular virulencia en el período de entreguerras. La profunda puesta en cuestión al orden establecido era muy evidente hacia los años 1920, es decir, en un momento en que Europa había recobrado estabilidad y prosperidad pero que, como ha escrito Halperin Donghi,15
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Ese proceso se desarrolló en la época del Centenario y estuvo representado por algunos acontecimientos altamente significativos, como la creación de la primera cátedra universitaria de Literatura Argentina que hubo en el país –en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, a cargo de Ricardo Rojas– o la serie de conferencias que pronunciara Lugones en el teatro Odeón sobre el Martín Fierro en 1913, que fueron recogidas, ampliadas y editadas en 1916 bajo el título El Payador. HALPERIN DONGHI, Tulio La Argentina y la tormenta del mundo, Siglo XXI, Buenos Aires, 2003.

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había dejado de creer que la democracia era un destino. En definitiva, el largo siglo XIX fue un siglo de optimismo, crecimiento y confianza absoluta en el poder resolutivo del liberalismo y de sus hombres. Pero con la Gran Guerra surgió un mundo distinto, fundado en transformaciones que se venían produciendo desde un largo tiempo atrás y que eran resultado de la competencia entre las naciones y los imperios, las tensiones internas de cada uno de ellos, el culto a la guerra, por la exacerbación de los agravios pendientes y por la pérdida del optimismo en la omnipotencia del liberalismo. En este sentido la primera posguerra fue un período de crisis generalizada, económica, social, política, cultural y del equilibrio internacional. Pero, sobre todo, parece haberse expresado como una crisis de conciencia. Y, a partir de ella, la democracia no fue un valor irrefutable. Los principios que venía sustentando el liberalismo parlamentario ya habían sido cuestionados desde los años previos al desencadenamiento de la guerra. Después de la guerra el ataque fue fuerte e involucró dos frentes. Desde la izquierda, y con la euforia provocada por la triunfante revolución de 1917, se puso en debate –e hizo entrar en crisis la socialdemocracia– la democracia burguesa. Desde la derecha, con sus críticas al corrompido sistema liberal, su nacionalismo extremo y sus propuestas de representación orgánica o corporativa, se tendió a desestabilizar los modelos de representación pluralista. Esas críticas, que golpeaban muy duramente al sistema de representación y en definitiva a la legitimidad del régimen, ganaron posiciones cuanto más ineficaces se evidenciaron los gobiernos y parlamentos en la resolución de la crisis global. De tal modo, la confluencia de los efectos de la Gran Guerra y la instauración de la democracia en Argentina y la incorporación de nuevos actores, nuevos protagonistas, nuevas formas de participación que drenaban la centralidad del parlamento y de las tradicionales estructuras políticas contribuyeron, desde mi punto de vista, al paso progresivo de movimientos culturales hacia posturas políticas más concretas y pensadas como formas de acción. Es decir, de alguna manera fueron impulsadas por la crisis del liberalismo occidental y en Argentina por la irrupción de las clases medias en la política, la estructura del Estado, las profesiones liberales y las aulas universitarias. Por lo tanto, la Gran Guerra, pero no sólo ella, fue percibida como la señal más auténtica del quiebre de la civilización occidental y un llamado a volver las cosas a su lugar. En el mismo sentido, la Revolución Rusa de 1917 implicó extendidas consecuencias políticas y culturales que redefinieron el escenario mundial. Ambos procesos se hicieron sentir en las conciencias argentinas y se articularon, en el nivel de los dilemas y temores, con el arribo de Hipólito Yrigoyen a la presidencia. Todos esos sucesos enlazados significaron la percepción del fin de una época, de una etapa política, de una forma de dominio y de una experiencia reconocida. Poco después, la Reforma Universitaria y su rápida expansión aportó un nuevo elemento a la evidente transformación no sólo política sino también cultural. Además, es necesario recordar que todas esas vivencias se asentaban sobre un fondo ya inestable de crisis de la conciencia de la época.

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Las incertidumbres se acentuaron y resignificaron una actitud que se venía desarrollando desde bastante tiempo atrás, como lo habían expresado las perspectivas espiritualistas que convivían con una cultura científica. Todo ello se exteriorizó bajo la forma de un “malestar de la cultura”16 particularmente notorio, del reconocimiento del fin de una experiencia y del reclamo de nuevos instrumentos para interpelar una situación también nueva. Esos procesos históricos actuaron como articuladores de las percepciones y de los sentimientos de perturbación. En julio de 1916 José Ortega y Gasset visitó Buenos Aires para dictar una serie de conferencias. El éxito obtenido no deja de llamar la atención, ya que las repercusiones de esas charlas (larga y sistemáticamente recordadas) ponen en evidencia que Ortega y Gasset, provocador y erudito, exacerbó los ánimos de un campo cultural y político ya disconforme y en búsqueda de nuevas interpretaciones que le permitiera comprender y, en alguna medida, calmar sus angustias e inseguridades. Pero, además, el filósofo había hecho hincapié en una cuestión que rondaba por la cabeza de muchos de los que constituyeron su auditorio. Una nación, había sostenido, no podía sobrevivir sin una fuerte minoría pensante y crítica que asumiera una nueva forma de dominio, tanto intelectual como moral. El sustrato era fértil y estaba ávido de este tipo de idearios. A partir de allí, y paulatinamente, se fue avanzando por un camino que llevaba de lo cultural a lo cultural y lo político. En ese sentido, las conferencias de Ortega y Gasset operaron como estímulo a la acción en una doble dimensión, tanto intelectual como política, es decir, una nueva y más compleja forma de combate intelectual. Resumiendo, el interés principal de este libro radica en el abordaje de las tensiones y preocupaciones de los intelectuales que dieron un paso hacia el autoritarismo, tanto como en las respuestas que ensayaron. En ese sentido, es una búsqueda por comprender la lógica subyacente en las perspectivas y representaciones y sus efectos en la construcción de las identidades de la derecha jerárquica y elitista como un fenómeno social y cultural. Se trata de un intento por analizar a las figuras sociales (y sus grupos inmediatos), atendiendo a sus elementos estructurantes, las identidades construidas, sus discursos y sus propuestas, tanto como su historicidad, pero sin perder nunca de vista al conjunto. En ese sentido, he realizado un segundo nivel de análisis que busca poner en evidencia los acuerdos, pero también los puntos de conflicto y las diferentes posiciones con los que cada uno de ellos fue asumiendo las transformaciones que mostraba la realidad política, social y cultural de la Argentina y del mundo occidental. Se trata,
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Sigmund Freud publicó en 1930 El malestar de la Cultura y se preguntaba: “¿Qué es eso que los hombres esperan de la vida, qué pretenden alcanzar en ella?”. Sin vacilación respondía: “La Felicidad” para luego avanzar en las fuentes del sufrimiento, es decir en la incapacidad humana para alcanzar la felicidad. Para decirlo brevemente, Freud entendía que las pulsiones personales de vida y de muerte –Eros y Thanatos– eran pulsiones presentes en las sociedades, que creaban instituciones pero también desencadenaban las guerras.

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entonces, de una perspectiva que pretende analizar las parcialidades pero sin perder nunca el marco referencial del colectivo. El interés de este trabajo por abordar los temas que preocupaban a los intelectuales autoritarios y la forma en que se acercaron a ellos, tanto como las respuestas que ensayaron, implica comprender la lógica subyacente en las perspectivas y representaciones y sus efectos en la construcción de las identidades de la derecha jerárquica. Exige, por lo tanto, un análisis en donde los discursos ocupen un lugar central, pero atendiendo a la temporalidad y significado de las palabras y la disonancia en las reflexiones y diagnósticos con que se expresaron públicamente. Resulta imprescindible, entonces, rastrear su génesis y su resignificación en el marco del contexto histórico abordado,17 indagar sus acuerdos y puntos conflictivos, los debates y cruces discursivos en los que participaron tratando de aproximarse a la influencia ejercida por los mismos sobre las prácticas.18 Como señala Arlette Farge, se ha tratado de realizar una búsqueda a través de las palabras, del lenguaje, escrutando las pertinencias.19 Asimismo, siempre ha sido una premisa no ceder ante la tentación de darle absoluto protagonismo a las producciones mentales, como han hecho las historias de las ideas más tradicionales,20 y prestar principal atención a la actividad humana –en su sentido más completo– en este caso productora de las ideas y de las representaciones. Como resulta de lo expuesto hasta aquí, mi trabajo aborda desde una perspectiva diferente un proceso que ya ha sido analizado por otros autores. El contraste reside no sólo en la perspectiva de análisis sino también en la consideración de los aspectos que confluían en la conformación de la identidad autoritaria. Tanto los ensayos políticos y testimonios de época como las investigaciones historiográficas publicadas hasta este momento se centran fundamentalmente en el análisis de lo que sus autores consideran su elemento determinante y caracterizador: el nacionalismo.21
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Sobre esta cuestión sugiero remitirse a: SKINNER, Quentin “Language and political change”, en BALL, Terence y FARR, James –editores– Political innovation and conceptual change, CUP, Cambridge, 1989; POCOCK, John G. A. The Machiavellian moment, Princenton University Press, New Jersey, 1975 y CLAVERO, Bartolomé Tantas personas como estados. Por una antropología política de la Historia europea, Tecnos, Madrid, 1986. Sobre la relación entre normatividad y prácticas puede verse CERUTTI, Simona “Normes et practiques”, en LAPETIT, Bernard Les formes de l’experience. Une autre histoire sociales, Albin Michel, Paris, 1995, p. 134. FARGE, Arlette Le goût de l’archive, Seuil, Paris, 1989. Al respecto puede verse: COLLINI, Stefan “¿Qué es la Historia Intelectual?”, en Debats, núm. 16, Alfons el Magnànim, 1986. BARBERO, María Inés y DEVOTO, Fernando Los nacionalistas, CEAL, Buenos Aires, 1983; BUCHRUCKER, Cristian Nacionalismo y peronismo. La Argentina en la crisis mundial, 1927-1955, Sudamericana, Buenos Aires, 1987; CÁRDENAS, Eduardo y PAYÁ, Carlos El primer nacionalismo argentino, Peña Lillo, Buenos Aires, 1978, MC GEE DEUTSCH, Sandra Counterrevolution in Argentina, 19001932: The Argentine Patriotic League, University of Nebraska Press, Lincoln, 1986, NAVARRO GERASSI, Marysa Los Nacionalistas, Jorge Álvarez, Buenos Aires, 1969; RAPALO, María Ester “La Iglesia Católica y el autoritarismo político: la revista Criterio, 1928-1931”, en Anuario IEHS, núm. 5, Tandil, 1990; ROCK, David “Intellectual Precursors of Conservative Nationalism in Argentina, 1900-

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En la mayoría de los trabajos hay un aspecto sobresaliente que gira en torno a las posibles vinculaciones del “nacionalismo” argentino con el movimiento fascista o al menos abordan la discusión de potenciales puntos de contacto de ambos fenómenos. Dentro de esta perspectiva podemos distinguir dos corrientes, Navarro Gerassi, Devoto y Zuleta Álvarez relativizan los puntos de contacto entre ambos fenómenos y privilegian los componentes originarios del “nacionalismo”. Por su parte, Buchrucker enfatiza dicha relación a la vez que separa a los dos modelos políticos del peronismo. Pero no es menos cierto, como señalan Béjar y Barletta, que muchos de los trabajos sobre “nacionalismo” “…aparecen vinculados con el afán de explicar los orígenes y la naturaleza del peronismo y con el interés de comprender la militarización del escenario político”.22 Lo cual lleva, según mi criterio, a perder de vista la dimensión específica de esta identidad autoritaria23 y, en un punto, reducir a mero espacio preparativo de lo que vendría a una tendencia que, más allá de las concreciones efectivas, contribuyó a la conformación de un ideario, una concepción política e ideológica en el imaginario social de la Argentina contemporánea. Igualmente, y más allá de estos comentarios, reconozco que los autores realizan un aporte interesante y significativo al estudio de tema. Ahora bien, es innegable que se debe buscar la especificidad del fenómeno apuntando a la complejidad y heterogeneidad de la corriente autoritaria argentina sin descuidar, claro está, sus vínculos con otros movimientos y con un clima de ideas existente en la época. Una perspectiva similar es la que evidencia Loris Zanatta.24 No puede negarse el importante trabajo de fuentes que realiza el autor, pero tampoco puede soslayarse que su intento por explicar el peronismo desde los sucesos de los años previos lo lleva a perder de vista la propia dimensión y dinámica de la derecha argentina pre-peronismo. Por su parte, los trabajos de Barbero-Devoto, Fernando Devoto y Cárdenas-Payá realizan una profunda labor documental que permite eliminar ambigüedades y generalizaciones habituales en el análisis de este tema. Estas obras son muy útiles para conocer los orígenes del nacionalismo argentino y por la información documental que anexan. Asimismo, aportan una visión más compleja del fenómeno atendiendo no solo a los vínculos internos y externos sino que también dirigen su mirada hacia las contradicciones interiores. Considero esencial rescatar este elemento y por ello lo
1927”, en Hispanic American Historical Review, 67-2, mayo de 1987; La Argentina autoritaria. Los nacionalistas, su historia y su influencia en la vida pública, Ariel, Buenos Aires, 1993. DEVOTO, Fernando Nacionalismo, fascismo y tradicionalismo en la Argentina moderna, Siglo XXI, Buenos Aires, 2002. BARLETTA, Ana María y BÉJAR, María Dolores “Nacionalismos, nacionalistas... ¿un debate historiográfico?”, en Anuario IEHS, núm. 3, Tandil, 1988, p. 357. Sobre la construcción de la identidad puede verse, entre otros, ARFUCH, Leonor –compiladora– Identidades, sujetos, subjetividades, Prometeo , Buenos Aires, 2005; HALL, Stuart “Who needs identity” en HALL, Stuart y DU GAY, Paul Questions of cultural identity, Gage, London, 1996. ZANATTA, Loris Del Estado Liberal a la Nación Católica, Iglesia y ejército en los orígenes del peronismo. 1930-1943, Universidad Nacional de Quilmes, 1996.

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enfatizo en mi trabajo. Por esta razón, no puedo dejar de mencionar que Fernando Devoto asume al “nacionalismo” argentino como un movimiento complejo y heterogéneo y con amplias y variadas manifestaciones. Sin duda, la larga experiencia del autor, y su considerable formación intelectual, llevan a que su libro implique un abordaje muy sugerente, matizado y disparador de muchas reflexiones. Me he detenido, también, en los trabajos de David Rock. Este autor, en su artículo “Intellectual Precursors of conservative nationalism in Argentina, 1900-1927”, enfatiza el impacto producido por la Primera Guerra Mundial y como esta, vinculada con la compleja situación argentina (a los conflictos de clase se han sumado los enfrentamientos surgidos a partir de tan caudaloso movimiento inmigratorio), ayudó al nacimiento de un pensamiento nacionalista, que tuvo más características intelectuales que políticas. Lamentablemente, su último trabajo, La Argentina autoritaria. Los nacionalistas, su historia y su influencia en la vida pública, aparecido en 1993, por sus excesivas generalizaciones y su escaso trabajo documental no logra superar un título ambicioso y provocativo que, en buena medida, constituye una sistematización de cuestiones ya trabajadas Por otro lado, Sandra Mcgee Deustch realiza un muy interesante análisis sobre la organización y actividades de la Liga Patriótica Argentina que, a criterio de la autora, fue el primer grupo contrarrevolucionario de la Argentina del siglo XX. Desde su perspectiva, la Liga Patriótica era una respuesta radical burguesa a los desafíos de una izquierda considerada extranjera, más que como un arma de las clases altas frentes a las clases medias. Este trabajo resulta interesante porque, por un lado, logra establecer las formas de organización y los valores de una organización concreta y, por otro, porque indaga en las coincidencias y divergencias con otros grupos políticos “nacionalistas”. También he trabajado sobre su libro The Argentine Right. Its History and intellectual Origins, 1910 to the present,25 compilado conjuntamente con Ronald H. Dolkart, donde se presenta una serie de trabajos específicos sobre el tema. Si bien el libro pone mucho énfasis en tratar de comprender las circunstancias que hicieron posible una derecha fuerte en la segunda mitad del siglo XX, hay un conjunto de artículos que trata el período en cuestión. Así, “Antecedents of the Argentine Right” por David Rock, a través de un artículo con fuertes delimitaciones temáticas, analiza los orígenes intelectuales de la derecha argentina a la que caracteriza como dogmáticamente contrarrevolucionaria y marcada por un fuerte contenido de clase. Al igual que en sus trabajos anteriores, el autor remarca el sentido más intelectual que político de esta tendencia. Por su parte, Mcgee Deutsch, en “The Right under Radicalism, 1916-30”, busca explicar el accionar de la Liga Patriótica Argentina en términos similares a los de su libro anterior y sus puntos de contacto y disidencias con otras organizaciones como la Legión de
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MCGEE DEUTSCH, Sandra y DOLKART, Ronald The Argentine Right, Scholarly Resources Inc., Delaware, 1993. Una edición en español, parcialmente diferente, incorpora artículos interesantes como el de Daniel Lvovich sobre el antisemitismo y el de María Ester Rapalo sobre los vínculos entre empresariado y catolicismo. MC GEE DEUTSCH, Sandra et ál. La derecha Argentina, Vergara, Buenos Aires, 2001.

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Mayo. Dolkart en “The right in the Década Infame” estudia la tensión entre los viejos conservadores y la nueva derecha encarnada por los “nacionalistas”, analizando la década de 1930 a partir de la dinámica y debates generados por la derecha, teniendo en cuenta el clima de ideas generado por los movimientos nazi-fascistas. Por mi parte, pretendo analizar a cada figura social atendiendo a sus elementos estructurantes, las identidades construidas, sus discursos y sus propuestas, tanto como su historicidad, pero sin perder nunca de vista al conjunto. En ese sentido, he realizado un segundo nivel de análisis que busca poner en evidencia los acuerdos, pero también los puntos de conflicto y las diferentes posiciones con los que cada uno de ellos fue asumiendo las transformaciones que mostraba la realidad política, social y cultural de la Argentina y del mundo occidental. Se trata, entonces, de una perspectiva que pretende analizar las parcialidades pero sin perder nunca el marco referencial del colectivo. Pero, indudablemente, mi trabajo se diferencia de todos los anteriormente citados por la importancia dada a la cuestión intelectual, entendida en un sentido amplio y no sólo por el carácter profesional de los fundadores de la derecha autoritaria argentina. Todo ello me ha llevado, a la hora de pensar en algunas definiciones, a interpretar a esta tendencia como a una manifestación plural y multiforme que buscaba fundar propuestas estético ideológicas organizativas de toda la vida social. La estructura del libro esta constituida por dos partes y un epílogo. En la primera parte, que llega hasta las vísperas del golpe de Estado, he presentado a los actores (Leopoldo Lugones, Carlos Ibarguren, los hermanos Irazusta y sus colaboradores en la experiencia de La Nueva República y el sector católico autoritario26) haciendo hincapié en las instancias (públicas, personales y políticas) de definición, las problemáticas abordadas y las definiciones políticas, estéticas e ideológicas. La segunda parte aborda las redefiniciones, el “descubrimiento” del pueblo y los debates internos de esta tendencia emergente, fundamentalmente a partir de la frustración provocada por el rumbo tomado por el gobierno tras el golpe de Estado y, especialmente, por el reconocimiento forzoso de una situación de debilidad en relación con las otras fuerzas políticas participantes en la asonada cívico-militar. Este período marca la frustración de estos intelectuales con pretensiones políticas. Pero, al mismo tiempo, y producto de la urgencia por lograr una inserción efectiva, es una instancia de mayor definición y de elaboración de representaciones más acabadas. Además, entiendo que prolongar el período de análisis más allá de 1932 (fecha límite de muchas de las investigaciones previas) permite comprender, a través del recorrido seguido, la forma de hacer y entender la política que ellos asumieron, tanto como la autopercepción de sus fuerzas y capitales políticos. Es decir, que la dinámica de la década de 1930 nos permite aproximarnos a las identidades construidas por estos intelectuales, sus anhelos, sus frustraciones, sus incertidumbres y sus temores.
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Este último actor ha sido analizado a través de dos tendencias que reflejan una particular vinculación con la estructura eclesiástica. Por un lado, la revista Criterio, un actor orgánico colectivo de la institución y, por otro lado, un escritor, Manuel Gálvez, definido por su catolicismo pero con una perspectiva más autónoma

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El epílogo, finalmente, busca completar la cosmovisión de la derecha autoritaria argentina, mostrando las articulaciones y conflictos entre los diferentes actores en los diversos temas que los movilizaron. Asimismo, he tratado de poner en evidencia la forma en que estos intelectuales se concibieron a sí mismos y a su tarea, tanto como las bases simbólicas en que estos escritores elitistas fundamentan su “distinción” frente a un universo “plebeyo” del que “nada bueno podía esperarse”.

n 1927 escritores que rondaban los treinta años, encabezados por los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta, Ernesto Palacio y Juan E. Carulla, pusieron en circulación una publicación política que surgía, al parecer, después de una serie de reuniones entre personas de diferente procedencia que se hallaban conmovidos por la efervescencia despertada por la segunda elección presidencial de Yrigoyen. Así, el periódico La Nueva República, cuyo subtítulo era Semanario Nacionalista1 fue la primera respuesta de esos jóvenes que en el caudillo radical encontraban el enemigo y el impulso que los aglutinaba y los convocaba a la acción. Según declaraban, el grupo era heterogéneo y “…los propósitos de unos y otros dispares…”, tanto como que reunía a católicos tradicionales y otros recién llegados a la fe, maurrasianos conservadores, radicales antipersonalistas, nacionalistas de actuación flamante y empíricos puros.2 Entre los nombres que conformaban la variada comunidad figuraban César Pico, Tomás D. Casares, Lisardo Zía, Mario Lassaga y Alberto Ezcurra Medrano. Inicialmente, fue de la partida un periodista de más edad y reconocida trayectoria, Roberto de Laferrere, quien sin embargo abandonó el proyecto por disidencias políticas que quedaban reflejadas en el título del periódico, que un “maurrasiano” ortodoxo como él no podía aceptar. Sin duda, Rodolfo Irazusta era el cabecilla principal de la agrupación. Había nacido en la provincia de Entre Ríos en 1897, en una familia terrateniente. Su padre, Cándido Irazusta, se había volcado a la actividad política y era un activo militante –y fundador– de la Unión Cívica Radical de aquella provincia, llegando a ocupar diversos cargos secundarios: intendente de Gualeguaychú, representante provincial en las instancias nacionales del radicalismo y jefe de policía de Concepción del Uruguay. Los primeros pasos políticos del primogénito se vincularon con la actividad política del padre y por ende se desarrollaron en el ámbito de la UCR entrerriana. Una vez instalado Yrigoyen en el poder, padre e hijo se sumaron a las filas del radicalismo antiyrigoyenista. Estuvo vinculado con los ámbitos políticos y literarios porteños desde adolescente ya que buena parte de sus estudios los realizó en la ciudad de Buenos Aires sin lle1 2

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Ante el espejo de la generación del ochenta
Una generación republicana antidemocrática

CAPÍTULO IV

Los primeros números aparecieron bajo el subtítulo de “órgano nacionalista”. IRAZUSTA, Julio Memorias, historia de un historiador a la fuerza, Ministerio de Cultura y Educación, Buenos Aires, 1975, p. 176.

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gar a completar una educación superior formal.3 Asumió la militancia con mayor vehemencia y dedicación que buena parte de sus compañeros de acción y de pensamiento. Conrado Nalé Roxlo lo recordaba como un personaje muy serio, adusto, de figura y palabra impostada que parecía mayor al resto de sus amigos políticos y literarios contemporáneos. Por esa razón, su entorno lo denominaba “el coronel” en clara referencia a su sobriedad, pero también a su voluntad de mando.4 Su iniciativa y actitud directiva se reflejaron claramente en la publicación y en la búsqueda de contactos políticos que superaban al estrecho universo de los autodenominados nacionalistas. El liderazgo, al menos en los primeros tiempos de La Nueva República, le correspondió y sólo un poco más tarde lo acompañó en la tarea –y quizás, en parte, se la disputó– Ernesto Palacio. Como la mayoría de los jóvenes intelectuales de su entorno socio-económico, realizó en 1923 un prolongado viaje iniciático a Europa (permaneció allí hasta 1927) y entabló contactos políticos e intelectuales con escritores franceses, españoles e italianos. Los contactos con el pensamiento de Charles Maurras (y con el propio escritor según señala Zuleta Álvarez) le dieron cohesión ideológica a su concepción antidemocrática que, seguramente, había comenzado a gestarse tímidamente cuando adhirió al antipersonalismo. No se trataba, claro, de una asimilación mecánica de los idearios de la Acción Francesa sino que, como siempre sucede, seleccionó, recortó y readaptó aquellas propuestas que, desde su perspectiva, eran coherentes con su propia ideología y con la realidad en la que planeaba actuar. De allí que sus especulaciones se orientaron hacia una versión republicana del “nacionalismo integral” de Maurras. Su concepción política articulaba contenidos de la Acción Francesa con elementos del pensamiento clásico y de autores latinos contemporáneos, sobre todo españoles. Es decir que, como muchos otros, organizó un corpus complejo donde se entrelazaban varias de las perspectivas analíticas que emergían a partir de la llamada crisis de las democracias liberales. Ernesto Palacio había nacido en Buenos Aires en 1900, poseía una profunda formación literaria y un talento especial para la escritura. Había iniciado su trayectoria intelectual en la revista Martín Fierro, donde la búsqueda de un espacio de desarrollo estuvo marcada por una fuerte opción estetizante y antiplebeya. Si bien había obtenido el título de abogado, su interés por las cuestiones literarias lo llevaron a mantener un permanente contacto con el círculo de la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Hacia 1925 su participación en la revista citada se hizo más esporádica, al tiempo que se produjo su murmurada conversión al catolicismo. Si bien siempre mantuvo una inquietud estética que lo llevó por caminos de cierta
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Ingresó en la Facultad de Derecho, pero abandonó muy pronto los estudios para dedicarse de lleno a la actividad política NALÉ ROXLO, Conrado “Borrador de Memorias: un banquete histórico”, en El Mundo, Buenos Aires, 6 de septiembre de 1959, citado por ZULETA ÁLVAREZ, Enrique El nacionalismo argentino, cit., p. 206.

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autonomía intelectual, su vinculación con la religión y su paulatina definición ideológica hicieron que su pensamiento se volviese más esquemático y cerrado. De allí que juzgase a la experiencia vanguardista que había iniciado en 1924 como un intento ilusorio y fracasado.5 Su concepto de la política y del arte fue el resultado de una potente combinación de la filosofía tomista con el pensamiento de Maurras,6 Massis y Maritain, autores que al mismo tiempo marcaron su concepción de la acción y de la función de la religión. Julio Irazusta, nacido en 1889 y con una trayectoria educacional muy similar a la de su hermano Rodolfo, no mostró inicialmente un interés tan fuerte por la política como por la literatura y la crítica literaria donde desarrolló una tarea que mereció elogios de sus coetáneos. En 1923 partió a Europa, donde profundizó sus conocimientos de literatura ya que, como él mismo señalaba, era su preocupación intelectual casi exclusiva. Sin duda, el ámbito cultural británico colmó buena parte de sus aspiraciones eruditas y le abrió un espacio de desarrollo que estuvo tentado de no abandonar y de hecho nunca abandonó.7 Pero, además, el realismo político de autores como Edmund Burke se convirtió en un eje articulador de su pensamiento político. También resultó de gran utilidad para la conformación de un proyecto político-ideológico el fluido contacto que mantuvo con el hispano-norteamericano Jorge de Santayana. En Buenos Aires tuvo una participación frecuente en la revista Nosotros y más esporádica en Martín Fierro. Como es previsible, su participación en La Nueva República fue menos determinante que la de su hermano o la de Ernesto Palacio y sus contribuciones se encontraron mayoritariamente en el plano del debate cultural y literario. Contrariamente, como analizaré más adelante, su figura y su presencia política crecieron después de 1930 con un perfil y un protagonismo que hubieran sido difícil de imaginar en 1927. Juan Emiliano Carulla, uno de los primeros “nacionalistas” argentinos, había publicado durante ocho meses de 1925 el primer periódico definido como nacionalista del país: La Voz Nacional, de escasa difusión, constituyó el primer intento de articular un grupo político en torno a la redacción de una publicación. Carulla era médico y durante la Gran Guerra se había alistado en el ejército francés, desde donde se contactó con el pensamiento de la Acción Francesa. Diferente fue el perfil de Cesar Pico y Tomás Casares, que provenían de una activa participación en organizaciones católicas. Ambos se desenvolvieron en la filosofía tomista aun cuando sus carreras de origen eran la medicina y la abogacía, respectivamente.
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PALACIO, Ernesto “Carta a un poeta joven”, en La inspiración y la gracia, Gleizer, Buenos Aires, 1929, pp. 143-144. En este aspecto Devoto disiente con Zuleta Álvarez por cuanto encuentra que Palacio era coincidente en algunos aspectos con el pensamiento del fundador de la Acción Francesa, en tanto que Zuleta Álvarez lo considera un enemigo acérrimo de Maurras. IRAZUSTA, Julio “De la crítica literaria a la historia, a través de la política”, en Boletín de la Academia Nacional de la Historia, Vol. XLIV, Buenos Aires, 1971, p. 9.

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Pues bien, estos fueron los principales referentes de este naciente identidad política –laxa, multiforme y muchas veces contradictoria– que dio sus primeros pasos a partir de una publicación, cuyo número inicial apareció el 1º de diciembre de 1927. Sin embargo, La Nueva República significó mucho más que una revista política, fue también un intento de articular una experiencia antidemocrática dispuesta a asumir la forma de una organización. La identificación generacional del grupo es un aspecto que merece ser subrayado, ya que ellos mismos calificaron al periódico como “…un órgano generacional…”8 y resulta evidente que fue la expresión de un grupo de intelectuales que, marcando la potencialidad de su juventud, buscaban un espacio de inserción no sólo política sino también intelectual. De tal modo, a lo largo de las páginas de La Nueva República se encuentran numerosas referencias sobre la cohesión etaria de los integrantes del grupo, sobre la misión de la juventud argentina “llamada” a superar los errores políticos de las generaciones pasadas y sobre el papel que les cabía a los “mejores jóvenes del país” en la renovación estética-intelectual. La Nueva República se presentaba a la sociedad como una propuesta generacional que aseguraba tener un diagnóstico claro sobre la situación del país y los instrumentos ideológicos que hicieran posible esa transformación que juzgaban “…urgente y necesaria…”. Así, y no sin ambigüedades y contradicciones, se pararon frente al espejo de la “generación organizadora” reconociendo el “…genio político y el buen sentido superior de quienes realizaron la organización del país, no obstante los errores intelectuales que profesaban…”.9 ¿Cuáles eran esos errores que achacaban a la generación del ochenta? Sin demasiado énfasis señalaban los inconvenientes producidos por las políticas secularizadoras. Con más contundencia subrayaban la incapacidad de los gobiernos liberales preexistentes en advertir que muchos elementos “no controlados” derivaban fatalmente en el caos. Así, lejos de ser originales, achacaban al liberalismo el surgimiento de movimientos revolucionarios, la excesiva tolerancia hacia las manifestaciones “violentas” del proletariado –fuertemente influenciada por aquellas ideologías de izquierda– y la sanción de la reforma electoral en 1912 que había abierto las puertas a la participación desmedida de las masas. Pero las críticas al liberalismo argentino en tanto sistema político no iban más allá. Ya que, como puede verse a lo largo de las páginas de la publicación, no pretendían ni impulsaban un cambio de las instituciones o la invalidación completa de la Constitución. Muy por el contrario, insistían en la necesidad de volver a la vida republicana y en la necesidad de consolidar el orden político y jurídico que establecía la Carta de 1853. Las instituciones prescriptas por los organizadores de la nación gozaban, según el programa neorrepublicano, de una “rara
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IRAZUSTA, Julio Memorias…, cit., p. 177. PALACIO, Ernesto “Organicemos la contrarrevolución”, en La Nueva República, 1º de diciembre de 1927, p. 2.

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solidez”. A partir de allí, de ese reconocimiento, sentaban la legitimidad y legalidad de su propuesta, al tiempo que la misma lógica era utilizada para recusar al sistema democrático. El Estado previo al voto universal masculino estaba sometido al derecho, aquel que se comportaba conforme al principio de legalidad, y para organizarse y refrendar su actuación acudía a la ley fundamental que en “…los ciento y tantos artículos [...] ni una sola vez se habla de democracia…”. Y continuaban diciendo que de las tres palabras que definían la forma de gobierno, ninguna de ellas era inseparable del concepto de democracia y dos eran francamente hostiles ya que la elección no podía dar una representación fiel sino se operaba entre hombres de la misma condición social o profesional. Para los neorrepublicanos la democracia destruía toda representación con el sufragio universal.10 Es decir, la democracia era presentada como una desnaturalización del régimen constitucional, una desviación sustentada e impuesta por un sistema de revancha y de rencor. Sostenían, asimismo, que igualdad y libertad sin restricciones eran elementos contrarios a toda organización social, ya que implicaban la desaparición de toda jerarquía. La única representación que ofrecía verdadera legitimidad era aquella que reconocía la capacidad y “…las diferencias establecidas por la naturaleza en el organismo social, es respeto por las superioridades de la posición, de la cultura…”.11 Entendían que el funcionamiento del sistema político post ley Sáenz Peña implicaba la desintegración de la tradición republicana, pues contenía en su propia definición una “…torpe demagogia que amenaza arrasar hasta con los más firmes pilares del monumento levantado por la cordura de nuestros constituyentes…”.12 Pero, ciertamente, lo que realmente los perturbaba era la democracia yrigoyenista, en tanto que no les generaba el mismo rechazo el gobierno del “aristócrata radical” Marcelo T. De Alvear –cuyos funcionarios también eran más encumbrados socialmente que los de Yrigoyen. Que el presidente elegido en 1916 (y a punto de ser reelecto cuando comenzaron a vincularse) no perteneciera a las elites, no era un elemento menor y fueron numerosas las referencias a esta cuestión, siendo lo más señalado la falta de atributos culturales y de “virtudes espirituales”. Pero también los irritaba la inserción de nuevos sectores sociales en los puestos burocráticos del Estado, en los ámbitos educativos y en las aulas universitarias. Es decir que, en términos concretos, inquietaba que personas sin linaje –y según ellos sin una educación digna– ocuparan espacios que tradicionalmente habían sido ejercidos por los miembros de las clases distinguidas. Es decir, que la “reacción” tenía dos fuentes complementarias: el desplazamiento de los hombres de la elite, “los mejores”, del poder político, hecho indiscutible si se atendía que sólo 31% de los diputados radicales que se desempeñaron entre de 1916 y 1930 pertenecían a las clases más privilegiadas, en tanto que ese sector aportaba el 53% de los diputados del Partido
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IRAZUSTA, Rodolfo “La política”, en La Nueva República, 28 de abril de 1928, p. 1. IRAZUSTA, Rodolfo “República y democracia”, en La Nueva República, 15 de marzo de 1928, p. 1. PALACIO, Ernesto “Organicemos la contrarrevolución”, cit., p. 2.

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Demócrata Progresista y el 73% de los Conservadores.13 Pero también se producía, en el mismo sentido, un recambio de los miembros subordinados de la clase dirigente –juristas, intelectuales, funcionarios estatales, etc.– de los espacios que les eran propios. En este sentido, más que anti-radical, La Nueva República era anti-yrigoyenista.14 En términos argumentales las críticas eran coincidentes con las de buena parte del arco político, ya que se denunciaba la impericia, la senilidad y la certeza de que el segundo gobierno implicaría un recrudecimiento del clientelismo, la desorganización administrativa y el exacerbado personalismo del caudillo radical. Sandra McGee Deutsch señala que los neorrepublicanos pretendían implantar un gobierno que tomara la forma de una “democracia funcional” o de sistema corporativista, basado en las fuerzas vitales de sociedad en lugar de las fuerzas políticas corruptas. Coincido en que la funcionalidad o el pragmatismo político fue uno de los elementos sobresalientes del pensamiento de varios de los editores de la publicación; sin embargo, entiendo que la democracia –a no ser aquella reducida a espacios comunales y de pequeña dimensión–15 no era pensada en la etapa previa al golpe militar,16 en tanto que un Estado corporativo también era visto como una alternativa factible sólo unos cuantos años después. En esta etapa fundacional el rechazo a la democracia (en tanto sistema emergente de la participación de las masas) era determinante y casi único argumento de articulación y definición identitaria. Argumentaban retóricamente que esa impugnación se sustentaba en la ruptura ya no política, sino filosófica y moral que había implicado la modernidad, aunque es necesario hacer notar que esta perspectiva era más fuerte y explícita en los hombres que manifestaban una clara adscripción al catolicismo.17 La democracia mayoritaria, decía César Pico, era resultado del escepticismo, un emergente político de la indiferencia filosófica “…ante la verdad y el error que ha recibido el nombre de Tolerancia…”.18 Es decir, la democracia basada en el sufragio universal era “Otro triste fruto del subjetivismo…” que había llegado al absurdo
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MCGEE DEUTSCH, Sandra Counterrevolution in Argentina, 1900-1932. The Argentine Patriotic League, University of Nebraska, Lincoln, 1986, p. 190. En las críticas que realizaban a Hipólito Yrigoyen no se diferenciaban en esencia, aunque sí en estilo, con las injurias y afrentas que publicaba insistentemente La Fronda. Sin embargo, entre ambas publicaciones se encontraba, al menos hasta 1929, una diferencia concreta, ya que el periódico de Pancho Uriburu no renegaba aún de la democracia misma, pero sostenía que la Ley Sáenz Peña había sido apresurada dada la incultura política de los votantes. Sin duda, los neorrepublicanos encarnaban, en este sentido, una postura más radicalizada –al tiempo que argumentada con mayor precisión– que otros grupos “reaccionarios”. Para un análisis más profundo del diario La Fronda, puede verse TATO, María Inés Viento de Fronda, Siglo XXI, Buenos Aires, 2004. Esta postura era coincidente con las bases “maurrasianas” que admitían que ciertas formas democráticas podían ser viables en espacios menores, con dimensiones más reducidas. Por este período, los neorrepublicanos se mostraban seducidos por una dictadura como régimen excepcional y de transición que reorganizara el sistema político y ordenara a la sociedad. La rehabilitación de la democracia sería, según entiendo, un resultado de la frustración del “proyecto revolucionario” del treinta. Me explayaré sobre esto en el capítulo correspondiente de la segunda parte. Cuestión que evidenciaba la pluralidad de esta naciente identidad autoritaria “neorrepublicana”. PICO, César “Inteligencia y Revolución”, en La Nueva República, 28 de diciembre de 1927, p. 1.

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La ideología estética de la “purificación”: la belleza de “lo real” y del orden Sin embargo, no hay que pensar que esas eran las únicas críticas al sistema democrático, sino que estas figuras sociales con una apuesta tan fuerte dentro del campo cultural denunciaban una ruptura mucho más sutil, al mismo tiempo más profunda, y que era resultante de las transformaciones culturales, estéticas y sociales que la democratización implicaba. Para los hombres de esta corriente la verdad sólo podía expresarse a través de la belleza, y en las propuestas mayoritarias y en los movimientos de izquierda no había sino desproporción, indignidad e imperfección. Por ello, se decían reaccionarios intelectuales que buscaban el remedio a la vulgaridad en la primacía del espíritu y la inteligencia.20 Es decir, desde un hondo elitismo y una convicción profunda de su superioridad intelectual, expresaron su recelo para con las manifestaciones estéticas que las corrientes liberal-democráticas articulaban y modelaban a la sociedad emergente. Fue, en este punto, donde se evidenció una ruptura de mayor amplitud con el liberalismo en tanto sistema de pensamiento. Es decir, al menos en estos primeros años, tal quiebre no fue específicamente ni centralmente político sino que fue, en buena medida, un cuestionamiento filosófico. “Primero hay una batalla en los aires dice Chesterton, antes de que el conflicto estalle sobre la tierra. Y una doctrina disolvente lleva, por su dialéctica interna, a producir consecuencias dañosas de toda índole [...] trae como consecuencia ineluctable el delirio contemporáneo. [...] El predominio de la inteligencia que caracteriza a la cultura implica, a veces, un estado de violencia e intolerancia en el orden de las ideas. [...] Por eso Aquel que dijo ser el Camino, La verdad y la Vida, manifestó que no venía a traer la paz, sino la espada. Porque la verdad no puede tolerar fusión y transacciones; impulsa a la conquista de los espíritus y sueña con una paz que dimane de la unidad universal, es decir, católica”.21

de identificar la verdad y la justicia pública con el número de sufragios y a desconocer la existencia misma del derecho natural.19

En este sentido, este grupo exponía, con una vehemencia insoslayable, una concepción estética ideológica que se encontraba en el origen –como reglas y cánones– pero también como fin. Los valores estéticos (lo que entendían por bello, elegante, hermoso, claro, armonioso y sublime) y los juicios de valor correspondientes estaban presentes en todos sus planteos políticos e ideológicos, no sólo en los momentos en los
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PICO, César “El problema de Oriente y Occidente”, en La Nación, domingo 25 de diciembre de 1927. PICO, César “Inteligencia y revolución”, en La Nueva República, 1º de enero de 1928, p. 1. PICO, César “El problema de Oriente y Occidente”, en La Nación, 25 de diciembre de 1927. Reflexiones del mismo orden publicó en la revista Criterio.

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que atendían a las que llamadas obras de arte, sino también en las concepciones más generales de la vida y el pensamiento. La filosofía estética del liberalismo y, aun más, la concepción estética de la izquierda fueron juzgadas como contradictorias y vacilantes. Por el contrario, su propia filosofía se asentaba en la certeza acrítica de la estabilidad de la categoría de lo estético en tanto era considerado como el resultado “…del orden y la primacía de valores espirituales…” inmutables y trascendentes. La retórica estética de los neorrepublicanos operaba entonces como una verdad absoluta, ideologizada y defensiva, una estética de la “purificación”, que debía hacer frente a una cosmología fundada en lo instintivo, lo sentimental, que relegaba “…los elementos reales de la belleza…” y que, insisto sobre todo para Pico y Casares, era desenlace obligado de la ruptura religiosa que había iniciado Lutero y del quebrantamiento metafísico de Descartes. El universo filosófico de la modernidad se sustentaba, según señalaban, en un vacío intelectual que apostaba a lo material y al poder de una sugestión sentimental y colectiva. Así concebida, su ideología estética asumía una concepción objetivista, que subrayaba sus componentes representativos y objetivos (al tiempo que subordinaba, o quizás más claramente descalificaba, lo subjetivo), capaces de apelar al conjunto social poniendo como criterio de valor el carácter supuestamente universal y superior de su filosofía realista, greco-latina y católica. Lo bello se identificaba con lo considerado bueno; la belleza se asentaba entonces no tanto en la ética, como en los rigores de la moral católica, como resultado de un orden social, político y, por supuesto, compositivo y simbólico. En definitiva la estética, en tanto perfección, sólo era inherente a Dios. Para los hermanos Irazusta, cuyo catolicismo era más laxo, la belleza era también pragmatismo y reflejo de la superioridad de algunos sobre las mayorías. Sin embargo, también ellos adherían a esa concepción estética de raíz católica. Tal vez podría pensarse que la densidad y solidez del pensamiento filosófico del catolicismo brindaba un argumento seguro, estable y consolidado a un pensamiento aun inmaduro y víctima de una profunda perturbación e incertidumbre. La ideología estética era, entonces, “adecuada” al rol que el sistema filosófico e ideológico propuesto le reclamaba. Éste se sustentaba en un principio trascendental, sublime e inapelable. En cambio, como queda dicho, la estética democratizadora implicaba una “apoteosis de la improvisación y la incultura”,22 denotaba un abandono del culto a lo bello y su sustitución por una apología de la civilización técnica y aplicada, lo cual obedecía a una inversión del predominio del espíritu sobre la materia. De este modo, el desorden contemporáneo no era otra cosa que una desviación en el orden gnoseológico y criteriológico: “…el subjetivismo reemplazando al objetivismo, el parecer predominando sobre el ser…”.23
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PALACIO, Ernesto “Organicemos la contrarrevolución”, cit., p. 1. PICO, César “El problema de Oriente y Occidente”, cit.

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Entre Maurras, el realismo político y la tradición clásica: el nacionalismo republicano Como puede advertirse, el núcleo reunido en torno a La Nueva República era mucho más que un grupo de redactores de un medio de prensa marginal. Fue, como ya he dicho, uno de los primeros intentos de organización de un grupo político-ideológico autoritario con intenciones de conformarse en un actor político, que discursivamente se presentaba bajo las banderas de un supuesto espíritu reaccionario24 y de un proyecto abarcador “nacionalista”. Este concepto involucraba, según Ernesto Palacio, la voluntad de elevación de la nación, “…de la colectividad humana organizada…” y requería de una subordinación necesaria de los intereses individuales al interés de dicha colectividad y de los derechos individuales al derecho del Estado.25 Frente a la democracia, práctica “…demagógica y disolvente…”, el nacionalismo encarnaba las “verdades fundamentales” que eran el origen y la grandeza de las naciones, esto es: el orden, la autoridad y la jerarquía. Estos principios, decía Palacio, se fundaban en la razón y en la experiencia. En este orden, el estudio de las formas políticas que se fueron sucediendo en la historia se convirtió, desde el principio, en un instrumento político indispensable que se reflejaba, asimismo, en la recurrencia a los autores clásicos y contemporáneos, utilizados además a manera de sustento y legitimación ideológica e intelectual. Al tiempo de las adscripciones ideológicas, he señalado la fuerte persuasión que había ejercido el pensamiento de Charles Maurras y de su Action Française. De hecho esto fue evidente y así lo he sostenido oportunamente, pero no puede afirmarse, bajo ningún concepto, que esta fuera una asimilación mecánica, un proceso de trasplante ideológico y programático acrítico. El pensamiento de los hermanos Irazusta y su grupo implicaba una interesante articulación de tendencias teóricas y políticas. Con Maurras, compartían la idea de que la cohesión social sólo podía darse a través de los marcos sólidos de contención institucional que
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No obstante, los neorrepublicanos expresaban una concepción estética más amplia que los actores orgánicos de la jerarquía eclesiástica o quizás sea mejor decir que estaban más atentos a los requerimientos, normas y prácticas del campo cultural. Esto se manifestaba en el reconocimiento de calidad artística en obras que censuraban desde la perspectiva moral y en la constante demostración de conocimiento de todas las producciones, particularmente literarias, pero también filosóficas, plásticas y científicas. En buena medida, la batalla librada en esta etapa de constitución de una identidad se desarrolló con los instrumentos y formas establecidas por el campo intelectual.

En los primeros años de la publicación, hasta 1930, gustaban definirse como “reaccionarios”. PALACIO, Ernesto “Nacionalismo y democracia”, en La Nueva República, 5 de mayo de 1928, p. 1.

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encarnaba la propuesta “nacionalista”26 y que provenían de una armadura doctrinal y una organización en la unidad. Este supuesto se fundaba sobre una visión pesimista de la evolución histórica y de la naturaleza humana y se basaba en la certeza de la decadencia y la obsesión por proteger, fortificar e inmunizar la identidad colectiva contra todos los agentes de corrupción.27 La nación era concebida como la representación en términos abstractos de una realidad natural, sanguínea e histórica. Pragmáticos desde lo político, los hermanos Irazusta apostaban a la utilidad de los instrumentos de orden como la Iglesia, la familia y un derecho sin “exageraciones igualitarias”. Todo esto cohesionado y redimensionado en un discurso de exaltación patriótica, que entendía por patria a una entidad concreta construida sobre lazos de sangre, de tierra y de historia. En palabras maurrasianas, “…la nación ocupa la cumbre en la jerarquía de las ideas políticas. De esas fuertes realidades, es la más fuerte [...] la nación está antes que todos los grupos de la nación. La defensa el todo e impone las partes…”.28 En algún sentido, ante la categórica inmigración que llegaba a la Argentina y, sobre todo, se radicaba en Buenos Aires, pero fundamentalmente por las transformaciones culturales, sociales y políticas que la modernización venía acarreando, los “maurrasianos” argentinos actuaron, al parecer, con conciencia de su minoría numérica, pero con la confianza de que se podía reconstruir un Estado –y una nación– donde su propia ideología fuese mayoritaria. Esto era, reestructurar profundamente la esfera política de manera que las mayorías –a las que percibían peligrosamente cerca de los ámbitos de decisión– debieran acatar la voluntad de un grupo más reducido, pero “esclarecido”. La correspondencia con los postulados de la Acción Francesa fue en este punto muy estrecha ya que, como Maurras, sostenían que el nivel organizativo debía estar en manos “…de seres bien diferentes, del puñadito de los jefes: fundadores, directivos, organizadores…”.29 La nación aparecía así como una “comunidad anhelada”, integrada jerárquicamente por un colectivo de individuos que se deben vincular entre sí –e identificarse– en función de valores y principios rígidos y generalmente independientes de la coyuntura e incluso más allá de la materialidad del territorio (aunque el patriotismo, entendido como amor a ese suelo, estaba siempre presente en las retóricas discursivas). El nacionalismo fue entendido sobre todo como la defensa, la salvaguarda, de la herencia moral y espiritual. De allí que cualquier amenaza a esos valores fuera juzgada como una injerencia extranjera, aun cuando no existiera el más mínimo atisbo de invasión territorial.
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Nacionalismo es un concepto relativamente nuevo y que desde el período finisecular fue utilizado para designar una tendencia política de derecha y de extrema derecha. Su introducción, según señala Girardet, parece deberse a un artículo de Maurice Barrés en Le Figaro, publicado en 1892. GIRARDET, Raoul Le nationalisme français, 1871-1914, Du Seuil, París, 1983, pp. 8-9. WINOCK, Michel Nationalisme, antisémitisme et fascisme en France, Du Seuil, París, 1990, pp. 7-8. MAURRAS, Charles “La Nación”, en Mis ideas políticas, Huemul, Buenos Aires, 1962, p. 266. Traducción de Julio Irazusta. MAURRAS, Charles “El hombre y su nacionalidad”, en Mis ideas políticas, cit., p. 269.

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De tal manera, la nación era entendida como una construcción o una recreación que debía realizarse de acuerdo con intereses “superiores” y a partir de un colectivo definido ideológicamente (y esto incluía los enunciados étnicos, culturales y religiosos) con existencia “objetiva” y legitimación histórica. El nacionalismo, así entendido, implicaba una propuesta de identidad colectiva férreamente jerarquizada en lo social y por lo tanto minoritaria en los niveles dirigenciales. Se tendía a la cimentación de un gobierno excluyente y, en algún sentido, asentado en discursos e identidades políticas pre-modernas o incluso pre-políticas. La prosecución de ese proyecto, llamado nacionalista, se realizaba mediante métodos de agitación y propaganda socio-política y cultural, que pretendían difundir –quizás sea más pertinente decir imponer– la conciencia “nacional”, es decir su proyecto político. Pero se trataba de una propuesta amplia y por lo mismo fundante, es decir, que no se reducía exclusivamente a la dimensión política más estricta o evidente, sino que buscaba extenderse a otras esferas sociales, a través de organizaciones e iniciativas culturales que pudieran hacer frente –iluminar– a la “…desorientación espiritual que no permite ver el desquiciamiento del estado…”.30 Considero que buena parte de este exhorto nacionalista pudo haber estado motivado por una frustración relativa. Es decir, desarrollada a partir de la conciencia de un grupo de intelectuales, con orígenes y trayectorias comunes, que experimentaba la insatisfacción de sus expectativas (no sólo en términos personales e inmediatas, sino también sociales, ideológicas y políticas). De tal manera, la proclama neorrepublicana partió de un uso instrumental del concepto de nación: una demanda al conjunto de la sociedad para mejor defender y tratar de imponer sus proyectos y reivindicaciones. En este sentido, este movimiento podría encuadrarse –adscripción que debe realizarse en términos muy laxos– en el modelo teórico desarrollado por A. D. Smith que se asienta en la valoración de la intelectualidad (usando el término en un sentido amplio y abarcativo) como promotora de movimientos nacionalistas y así constituir un resguardo ante las formas que asumía el desarrollo del cientificismo moderno y el temor a la pérdida de sus privilegios, pero también como medio para situarse como clase dirigente.31 Asimismo, como sostiene Xosé M. Núñez Seixas, un contexto de cambio y disolución de un orden social y político contribuía favorablemente al surgimiento de este tipo de movimientos autodenominados nacionalistas. Para su desarrollo era condición necesaria –aunque no suficiente– que las posiciones de algunos grupos se vieran amenazadas o marginadas o que al menos así fueran percibidaa.32 Es decir, que se trataba de realizar una operación por la cual un núcleo de intereses comunes, pero restringidos a un grupo, se aceptaran como intereses colectivos.
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Palabras del programa de La Nueva República, 1º de diciembre de 1927, p. 1. SMITH, Anthony David Nationalist movement, Macmillan, Londres, 1976. NÚÑEZ SEIXAS, Xosé M. Movimientos nacionalistas en Europa. Siglo XX, Síntesis, Madrid, 1998, p. 15.

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Este grupo político e intelectual, que compartía una experiencia de desencanto, planteaba su conflicto, como si fuera de orden nacional, que afectaba al conjunto del país y se lo definía como objetivo, lo que Hroch llama un “conflicto nacional relevante”.33 Es decir, un conflicto interpretable en clave de afrenta colectiva de índole social, cultural y política. Por lo tanto, los valores y creencias “nacionales” fueron esgrimidos como instrumentos de cohesión a través de un pretendido adoctrinamiento, mediante la acción y por la dimensión simbólica-ritual. Los símbolos fueron pensados como herramientas de conexión entre el círculo más restringido y el contexto nacional, ya que uno de los problemas que cualquier identidad incipiente tenía que enfrentar era el de la integración de la actividad periférica a la del más alto –y central– nivel, el de la organización. La identificación podía lograrse a través del uso de símbolos que conectaban, mientras hermanaban a estos dos ámbitos o esferas. Pero no sólo debían servir para hacer que individuos diferentes pudieran sentirse parte de un proyecto excluyente, sino que también debían permitir interpretar las acciones de grupos o personas, con algunas diferencias más o menos substanciales, como parte de una misma organización, una misma identidad, de un mismo grupo político y de un mismo proyecto socio-político y cultural;34 esto fue particularmente importante en movimientos cuya infraestructura política era débil y la posibilidad de disolución constante: “…frente a esta conspiración de fuerzas enemigas, debemos emprender sin demora una labor constante y metódica, en nombre de la salvación nacional. [...] Nos corresponde iniciar la contrarrevolución de los espíritus…”.35 Ahora bien, bajo esta proclama y como señala Enrique Zuleta Álvarez, los autodenominados nacionalistas argentinos no ofrecieron una contrapartida política concreta al sistema democrático. Con mayor o menor despliegue retórico se limitaron a reclamar el retorno a las formas republicanas de gobierno. Sin embargo, no puede desconocerse que la reflexión teórica sobre la política estuvo siempre presente y ocupó una centralidad que no tuvieron otros referentes de esta naciente derecha autoritaria. Así como los aportes de Pico fueron esenciales en la cuestión filosófica, los de Palacio en la crítica cultural y en la definición de elementos articuladores y los de Rodolfo Irazusta en la praxis política, Julio Irazusta tributó al grupo una profunda evaluación de la política, sobre todo de las formas de gobierno, que se expresó solidamente desde su juventud, aunque en los primeros años al menos, no fue una cuestión resuelta, definida de manera cerrada. En su estancia en Europa, Julio Irazusta entró en contacto con los pensamientos teóricos del momento, profundizó sus conocimientos sobre el pensamiento clásico y estableció vínculos personales con algunos intelectuales, teniendo especial importan33 34

HROCH, Miroslav Social preconditions for national revival in Europe, Cambridge, UK, 1985. Sobre este tema puede verse el sugerente libro de KERTZER, David I. Riti e simboli del potere, Laterza, Roma-Bari, 1989 [Ritual, Politics, and Power, Yale University Press, New Haven and London, 1988].

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cia, como ya he dicho, sus encuentros con el filósofo hispano-norteamericano Jorge Ruiz de Santayana.36 A juzgar por algunos de los tópicos posteriores del pensamiento de Irazusta, Santayana parece haberlo marcado profundamente con su teoría del realismo político y en su acercamiento a los historiadores latinos. Julio Irazusta perseguía, a través de ese conglomerado heterogéneo aunque no contradictorio, un nivel de reflexión e interpretación de la realidad. Es decir, en el estudio de las obras clásicas y contemporáneas del pensamiento político buscaba ideas seminales para pensar sobre los problemas de su presente, como origen para su desarrollo, su formalización y su comprobación empírica. Con el mismo rumbo lo guiaron las lecturas que realizó de Croce, Maurras,37 Burke y Rivarol.38 Sin duda, estos pensadores (en una compleja articulación) fueron particularmente importantes en la formación y definición ideológica de Julio Irazusta: “Croce en Italia, Santayana en el mundo anglosajón, restauran las nociones del realismo político. [...] Pero si yo conocí sus obras antes que las de Maurras, este se les adelantó en la tarea de restaurar las verdades eternas acerca de la política…”.39 Con este bagaje político-intelectual, a partir de una elaboración original que implicó adaptaciones y relecturas, Julio Irazusta comenzó a reflexionar sobre la política. Pero su concepción del hecho político estaba estrechamente ligada a su particular visión de la historia. El estudio del pasado se convirtió en algo imprescindible en tanto implicaba rastrear el eje articulador de las acciones políticas y brindaba la prueba más irrefutable sobre las conveniencias e incomodidades de las diferentes formas de gobierno en relación con la realidad argentina. Así, desde una preocupación esencialmente intelectual, es decir filosófica y teórica, se acercó a la experiencia de una acción política que pretendía ser práctica. Pero entiendo que llegaba a ese intento de praxis forzadamente, impulsado por la conside35 36 37

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PALACIO, Ernesto “Organicemos la Contrarrevolución”, cit., p. 2. Al respecto puede verse IRAZUSTA, Julio Memorias…, cit., p. 150 y Políticos y literatos del mundo anglosajón, Dictio, Buenos Aires, 1978, pp. 211-236. Al respecto, Barbero y Devoto consideran que la influencia de Maurras en el pensamiento de Julio Irazusta fue mucho menor que en el de otros nacionalistas argentinos, por ejemplo en Rodolfo Irazusta. BARBERO, María Inés y DEVOTO, Fernando Los nacionalistas, CEAL, Buenos Aires, 1983. Sin embargo, en trabajos más recientes Devoto ha reconocido la conexión intelectual y política de Julio Irazusta con Maurras. Pero no es menos cierto que no fue una influencia exclusiva, sino que Irazusta abrevó en diversas fuentes filosóficas, históricas y políticas tal como lo he explicitado en el cuerpo de esta capítulo; en este sentido, coincido con la visión de Enrique Zuleta Álvarez, quien considera que la influencia de Charles Maurras fue decisiva en la formación política de Irazusta: “...su gran maestro en el método de observación crítica de la realidad política”. ZULETA ÁLVAREZ, Enrique “Presencia de Irazusta en la Argentina Contemporánea”, en ZULETA ÁLVAREZ, Enrique; DÍAZ ARAUJO, Enrique y SARAVI, Mario Homenaje a Julio Irazusta, Mendoza, 1992, p. 13. Al respecto pueden verse Políticos y literatos del mundo anglosajón. Actores y Espectadores, Sur, 1937; “Burke” y “Rivarol” en separatas de la Revista de Estudios Franceses, Facultad de Filosofía y Letras, Mendoza, 1951. IRAZUSTA, Julio Estudios histórico-políticos. El liberalismo, el socialismo y otros ensayos económicos, Dictio, Buenos Aires, 1973, p. 184.

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La religión como instrumento político El triunfo del liberalismo, entendido como concepción del mundo más que como particular corriente política, había implicado un desplazamiento de la cosmovisión religiosa. La industrialización, donde fuese que avanzaba, contenía un paulatino retroceso de la religiosidad. A partir de esto la Iglesia católica comenzó a asumir una postu40

ración de que tal como estaban funcionando la sociedad y la política no podría desarrollarse como pretendía y como la experiencia de las generaciones pasadas le había prometido. Quizás, por eso mismo, lo que desde una perspectiva política podría pensarse como un fracaso, desde una representación intelectual puede ser considerado como un éxito. Si en algún campo Julio Irazusta alcanzó reconocimiento y alguna influencia, ese fue el intelectual. Y a diferencia de lo que han supuesto otros estudios, conjeturo que ese era el plano en el que Julio Irazusta ambicionó realizarse. Lo cual no implicaba un desinterés por la política. Por el contrario, para él la actividad intelectual era esencial, aunque subordinada, a la acción de gobierno. Por otro lado, su pragmatismo manifiesto lo llevó a atender las circunstancias particulares y a sostener que las formas de gobierno debían ser respuesta a dichas eventualidades y que, por lo tanto, no podían establecerse con modelos prefijados de antemano. Un buen gobierno, según Irazusta, podía durar cinco o seis años o décadas, siempre y cuando se apartara del “totalitarismo democrático” y purgara los excesos del liberalismo. En este sentido, las páginas de La Nueva República mostraban la confianza expresada en torno a las ventajas de un gobierno personalista, que además consideraban fuertemente arraigado en la tradición nacional.40 Para Irazusta, el gobierno era mando y este era más eficiente si era unitario, concentrado en una sola persona. Su preocupación por las formas de gobierno y su convencimiento de que estas debían ser resultado de un análisis detallado y preciso de las circunstancias específicas de cada nación, lo llevó a decir que las mismas debían ser producto de la experiencia histórica de las naciones. Así, por ejemplo, la historia demostraba que la mayoría de los pueblos no estaban capacitados para el autogobierno, por lo tanto, la democracia no podía ser pensada como una solución política de validez universal, sino muy restringida. De tal modo, salió a buscar enseñanzas en cuanto a modos de gobierno a través del estudio de la historia. La historiografía se volvió entonces el instrumento primario de su acción política. Y en este sentido entiendo que él observaba su práctica política y lo hacía distanciarse de la definición de ideólogo que había elaborado. La historia era para Julio Irazusta una vocación forzada por el presente (recuérdese el subtítulo de sus memorias: “historia de un historiador a la fuerza”). Pensaba a la historia como presente. Por lo tanto, el estudio de la historia era una forma de hacer política, una práctica indispensable para el ejercicio político. La historia no era percibida como simple especulación, era análisis, elaboración y sostén de la decisión política.

IRAZUSTA, Julio “Apostilla”, en La Nueva República, 1º de diciembre de 1927, p. 3.

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ra defensiva y más tarde a conformar, según expresé en el capítulo anterior, una política ofensiva. Pero más allá de las propuestas institucionales, la religión entendida como instrumento de obediencia ocupó un importante espacio en las definiciones y en los rasgos identitarios de los nacientes grupos antidemocráticos. En este orden, los jóvenes neorrepublicanos, con vínculos ciertos, aunque no exentos de tensiones, con la jerarquía eclesiástica, apostaron al catolicismo por su costado disciplinador y defensor de las jerarquías naturales. Ante el estado de las cosas, que calificaban como caótica y generadora de perversiones tales como la pornografía,41 sostenían que solo quedaba “reaccionar”. La crisis era entendida fundamentalmente como espiritual, por lo tanto la solución también debía buscarse desde el plano de la moral. Los referentes más claramente vinculados con la Iglesia como Tomás Casares afirmaban que: “La solución política no puede ser distinta de la solución moral; más aún deberá subordinársele…”.42 Sin duda, tanto Casares como Pico se encontraban cercanos a las posturas del integrismo católico, es decir, concebían que todos los aspectos de la vida política y social debían ser planteados y concretados sobre la base de principios inmutables de la doctrina católica. Esta tendencia había alcanzado posiciones de mayor poder durante el papado de Pío X y era una respuesta a la creciente influencia política e intelectual de las ideologías de izquierda. Ante las “debilidades” del Papa Pío XI los integristas se habían acercado en Francia a la Action Française43 y repudiaban las manifestaciones del “modernismo religioso”44 que en lo político se expresaba a través de la Democracia Cristiana. El integrismo y sus aliados proponían una vuelta al rigor moral y religioso contra toda debilidad y laxitud del pensamiento católico. Sin embargo, “maurrasianos” al fin, la mayoría de los miembros del grupo que comandaba Rodolfo Irazusta sostenía que la política era lo primero y con esa lógica asumieron a la religión como un criterio utilitario. De allí, el importante papel asignado a la religión y a la Iglesia en la imposición y sostenimiento de un modelo social jerárquico y autoritario.45 Los editores de La Nueva República, como la mayor parte
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Al respecto, en el segundo número del periódico, Juan E Carulla, confeso admirador de la Acción Francesa de Charles Maurras, advertía sobre la relación de la democracia y la pornografía diciendo que: “…sería un adelanto más de para el haber de la democracia de este comienzo de siglo [...] tal fenómeno es en gran parte una consecuencia de las doctrinas naturalistas y de los ideales de democracia absoluta del ‘siglo estúpido’. [...] conviene hacer notar que este proceso de degeneración intelectual fue simultáneo con la consagración del sufragio universal y demás pamplinas finiseculares”. La Nueva República, 15 de diciembre de 1927, p. 1. CASARES, Tomás La Nueva República, 15 de enero de 1928, p. 2. El distanciamiento entre estos grupos se produjo con la condena a la Acción Francesa y la excomunión de Maurras en 1926. Sin embargo, más allá de las rupturas políticas, los continuó uniendo una concepción ideológica común. El modernismo religioso se desarrolló desde fines del siglo XIX y en los primeros tiempos del siglo XX e involucró tanto a religiosos como a laicos que aspiraban a reformar el fondo doctrinario del catolicismo y asimilar los avances de la ciencia moderna y las nacientes manifestaciones sociales de masas.

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de los autoritarios argentinos, se enrolaron –o al menos, mostraron simpatías– con el discurso católico. Así, Ernesto Palacio, Juan Emiliano Carulla, Julio y Rodolfo Irazusta entre otros, se desempeñaron como colaboradores de la revista Criterio.46 Apareció como fundamental el intento de las distintas agrupaciones de conformar una identidad, en tanto fuerza, que reuniera a los sectores intelectuales que rechazaban el nuevo orden político y social de la democracia mayoritaria. En este sentido, todos sentían que la democracia no era capaz de hacerle frente a las amenazas sociales y políticas, sino que por el contrario era el instrumento que las había generado y que provocaba un desborde aun mayor. Pero, como ya he expresado, el encuentro de sujetos tan diversos estuvo lejos de ser una confluencia armónica y manifestó permanentes conflictos resultantes de los intereses particulares y de las concepciones que los diferentes núcleos representaban. La intención de conformarse como actores políticos autónomos y la búsqueda de la hegemonía llevaron a distanciamientos más o menos trascendentes. Sin embargo y a pesar de las tensiones, estos católicos no institucionalizados, no sometidos plenamente a la autoridad de la Iglesia y particularmente no estructurados ideológicamente por el dogma y la doctrina del catolicismo, nunca dejaron de reconocer el servicio de una Iglesia “…que logró el milagro de la armonía estricta de lo moral y lo político en el esplendor de la Edad Media…”.47 Es decir, lo que realmente interesaba a estos intelectuales antidemocráticos era la “faceta terrenal” de la religión, como herramienta sostenedora del orden, la propiedad y las jerarquías sociales. Así, ya en su proclama inicial se apelaba a la religión para obtener “…el milagro de la obediencia…”.48 En esta línea, la unidad de la Iglesia y del Estado –que permitiría al catolicismo transformarse en el “contenido ético” del orden estatal– era percibida como la garantía de la civilización, ya que un “…estado sin religión es solo posible en aglomeraciones heterogéneas e incultas, viviendo en condiciones sociales de disolución, y que por esas condiciones no puede ser sino efímero…”.49 En particular, consideraban que la acción de la Iglesia era fundamental en cuestiones vinculadas con la familia y la educación, elementos fundantes del orden social que, entendían, era atacados por las fuerzas disolventes, por ejemplo el anticlericalis45 46

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Juan de Balmés (1810-1848) sostenía que no es la política la que salva la religión, sino que es la religión la encargada de salvar a la política. Un análisis de este tema se puede encontrar en HERMES, Guy Los católicos en la España franquista, Siglo XXI, Madrid, 1985, Tomo 1, p. 87. Ernesto Palacio en su Historia de la Argentina mencionaba los estrechos contactos que existían entre los editores de La Nueva República, Criterio y La Fronda. Consideraba que se daba por el momento un interesante resurgimiento de la intelectualidad católica y la necesidad que tenían todas estas publicaciones y grupos de hacerle frente al diario Crítica que, según Palacio, “…estaba siempre en el otro bando…”. CASARES, Tomás “Política y moral”, en La Nueva República, 15 de enero de 1928. p. 2. “Nuestro Programa”, en La Nueva República, 1 de diciembre de 1927, p. 1. La Nueva República, 5 de mayo de 1928, p. 1.

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Una “inteligencia disciplinada” para una Nueva República El discurso de los neorrepublicanos estaba claramente dirigido a las clases propietarias, pero más específicamente a una elite intelectual joven, a “los mejores”, los únicos poseedores de la capacidad superior y la energía que permitía diseñar proyectos, al tiempo que decidir los fines y los medios. Requería, por lo tanto, del concurso y protagonismo de los jóvenes universitarios, pero solo de aquellos que avalaran el modelo propuesto: “…la juventud argentina digna de este nombre…”. Seguros y convencidos expresaban que: “…la generación a que pertenecemos tiene ya bien definida su misión en la historia de la cultura argentina. Al revisar su patrimonio, nuestra juventud (la que cuenta) ha podido comprobar la vaciedad de las ideologías democráticas y liberales con que se nutrieron sus antecesores inmediatos. Reconoce, en consecuencia, la necesidad de reaccionar contra ellas”.50

mo. Por ello era imprescindible inculcar a los jóvenes el respeto por los valores y normas de la Iglesia “…en problemas como el de la libertad de enseñanza y el divorcio, para los cuales ella tiene solución conocida.” Ciertamente el peligro de la desintegración de los valores tradicionales de la familia cristiana era un tema que preocupaba a estos jóvenes elitistas, pues consideraban que era el germen de la desintegración social y del irrespeto a las jerarquías. Así, por ejemplo, muy preocupados por aspectos no sólo espirituales sino también “muy terrenales” reaccionaron con fuerza contra el régimen de herencia, que calificaron como “exageradamente igualitario” y con la política (según ellos demagógica) de aumentar los impuestos a los sucesores. Aparecía allí, y de manera explícita el carácter conservador de su propuesta.

Se entiende entonces la importancia dedicada en La Nueva República a las cuestiones universitarias, no sólo como ámbito para reclutar adherentes y militantes, sino también por la necesidad de formar una clase dirigente acorde con sus intereses autoritarios. Así, La Nueva República tenía una comisión permanente de jóvenes universitarios que conectaban al grupo con la realidad de los claustros51 y que militaban en ellos. En las páginas del periódico repudiaban enérgicamente las ideas que predominaban en las aulas universitarias, pues entendían que ya no se transmitía un conocimiento profundo sino una mala imitación del pensamiento europeo. Pero, además, compartían con el resto de la tendencia su condena a lo que consideraban una exce50 51

PALACIO, Ernesto “Organicemos la contrarrevolución”, cit., p. 1. El destacado es mío. La Nueva República hacía referencia y elaboraba programas para la “gran política” en el artículo denominado “Nuestro programa” en el número 1 de la publicación, hubo insistentes referencias a la decadencia del mundo universitario.

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siva (por influencia del radicalismo y por la paulatina incorporación de los idearios de izquierda) politización de la vida académica. Las universidades, sostenían, a través de los sofismas del romanticismo y la Revolución Francesa, habían emponzoñado “…toda la actividad pensante de varias generaciones argentinas…” y obstaculizado el crecimiento político del país. Ello había llevado a la apoteosis de la improvisación y la incultura y los estragos de la escuela laica y el sectarismo de la enseñanza universitaria, unido a la prédica disolvente de los partidos avanzados y a la propaganda de la prensa populachera, contribuían a temer por el futuro del país. Por lo tanto, decían, les correspondía iniciar “…la contrarrevolución en los espíritus…” comenzando por “…la destrucción paulatina de los sofismas democráticos y liberales con que se envenena a nuestra juventud desde la cátedra, el periódico y el libro...”.52 En ese orden atacaban duramente a la figura de José Ingenieros, “…una persona indeseable y funesta…”. Sobre todo por lo que llamaban su carácter “agitador” y por la enorme influencia que había alcanzado en los ámbitos estudiantiles y culturales del país. No hubo mala causa, decían, que no lo hubiera contado en su defensa. El “apóstol” del desorden, como pensador –continuaban señalando– no había hecho más que vulgarizar copiosamente los peores sofismas del siglo XIX, “…poniéndolos al alcance de las más torpes inteligencias…”. Pero, se lamentaban, lo más peligroso era su permanencia como referente de las nuevas generaciones.53 A través de Ingenieros y de otros escritores vinculados con el socialismo, manifestaban una de sus contradicciones más arraigadas: la caracterización del “izquierdismo” como un pensamiento anacrónico, “un dinosaurio” y sin capacidad de movilizar a la sociedad pero al que, por otro lado, no podían dejar de temerle y de reconocerle influencia y, en algunos casos, incluso méritos intelectuales. Esto fue particularmente evidente en las referencias a Juan B. Justo, a quien reconocían el dominio de la argumentación y dotes intelectuales nada despreciables, aunque puestas al servicio del error materialista y no al de la verdad, “…así se explican los estragos de su acción entre universitarios semicultos y plebe analfabeta (tanto da una cosa como la otra). [...] Algunos estudiantes universitarios, casi todos de origen judío ceden al contagio que amenaza con hacerse general…”.54 La alusión de Tomás Casares a los estudiantes de origen judío, constituye una de las no muy abundantes referencias de La Nueva República hacia la colectividad hebrea. Aunque es reveladora del incipiente antisemitismo que los católicos integristas aportaron a La Nueva República, señalaba, en mi opinión, un prejuicio ideológico
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PALACIO, Ernesto “Organicemos la contrarrevolución”, cit., p. 1. PALACIO, Ernesto “Un homenaje a Ingenieros”, en La Nueva República, 15 de diciembre de 1927, p. 2. CASARES, Tomás D. “La muerte de Juan B. Justo. mitología socialista”, en La Nueva República, 15 de enero de 1928. Existen otros artículos donde se realizan críticas a otros políticos vinculados con la vida académica: Alfredo Palacios y Carlos Sánchez Viamonte, a quienes se desautorizaba por, en el caso de Palacios, su militancia socialista y a Sánchez Viamonte por sus vínculos con la Reforma Universitaria de 1918; La Nueva República, 14 y 21 de abril de 1928 respectivamente.

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más que una consideración esencialmente racista.55 De un modo u otro, el tema central era, en este caso y algunos otros, desprestigiar las ideas socialistas pues representaban una amenaza cierta, aunque se la pretendiera “exorcizar” a través de su negación. Es decir, que no sólo les inquietaba la masificación de la educación, sino que también era considerado un problema fundamental las ideas que circulaban por los ámbitos académicos y la presencia de maestros y profesores socialistas y anarquistas. Todas estas consideraciones y cosmovisiones estaban enmarcadas en un incipiente debate que giraba en torno al lugar que debía ocupar la cultura en un mundo en crisis. Desde las distintas perspectivas surgían interrogantes y respuestas vinculadas con la incipiente masificación cultural. Obviamente, también se discutía sobre el lugar que debía ocupar el tradicional portador de la cultura, el intelectual. Todos los sectores opinaban, todos tenían propuestas. Así, los sectores que consideraban representar los valores “superiores”, entre ellos los jóvenes neorrepublicanos, abordaron el tema de la cultura y la intelectualidad desde un punto de vista esencialmente elitista, oponiéndose a la masificación de los estudios universitarios. Sostenían que sólo los socialistas podían satisfacerse con la proletarización y democratización de la Universidad,56 al tiempo que remarcaron los efectos perturbadores de la reforma universitaria de 1918. Carlos Ibarguren desde sus cátedras, los católicos desde Criterio y ciertos intelectuales y periodistas desde La Nueva República y La Fronda fueron claros y contundentes, consideraban que buena parte de los problemas que aquejaban a la universidad era resultado de la Reforma de 1918, en la medida en que la introducción de las prácticas electivas conducía a la destrucción de las jerarquías y tenían efectos corruptores entre los jóvenes que se formaban en esos principios, como “…entre personalidades ya formadas como los que integran las academias y cuerpos colegiados de toda especie, por selectos que sean…”. Esas prácticas, insistían, sólo podían causar estragos inevitables y se reproducirían como hongos en la tierra húmeda. Por un lado, estos intelectuales autoritarios consideraban a los estudiantes-militantes de la FUA como “peligrosos agentes subversivos”;57 y por otro lado, paradójicamente, juzgaban a esos mismos jóvenes universitarios como personalidades débiles e influenciables. Les preocupaban los jóvenes que no descendían de familias privilegiadas, que no tenían “una buena educación familiar” pero comenzaban a ocupar los espacios que tradicionalmente habían estado en poder de una elite intelectual de apellidos prestigiosos. Sin embargo, la inquietud era más extendida, porque eran concientes de
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Por su parte, María Ester Rapalo, analizando la revista Criterio, señala que el término judío –por juego de equivalencias– pasó a definir el enemigo de clase y una concepción conspirativa de la historia. RAPALO, María Ester “La Iglesia católica argentina…”, cit., p. 66. Sobre la presencia de la cuestión judía en la derecha argentina puede verse: LVOVICH, Daniel Nacionalismo y antisemitismo en la Argentina, Javier Vergara Editor, Buenos Aires, 2003. Artículo de Julio Irazusta referido a la postura de Alfredo Palacios con respecto a las universidades. La Nueva República, 14 de abril de 1928, p. 3. CIRIA, Alberto y SANGUINETTI, Horacio La reforma Universitaria, CEAL, Buenos Aires, 1983, p. 81.

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“Organicemos la contrarrevolución” Quizás impulsados por sus propias necesidades de reafirmación y de legitimación como propuesta radicalmente opuesta al orden vigente, estos jóvenes escritores apelaron, al momento de fundamentar su llamado político, a un discurso mucho más disruptivo que el que exigía su identidad y las perspectivas de sus propuestas. Así, decían “reaccionar” contra las vacías ideologías democráticas y liberales y con un lenguaje muy típico de aquellos tiempos modernos, utilizando incluso un discurso biologista. Ernesto Palacio por ejemplo, denunciaba a la demagogia como el elemento desorganizador de un cuerpo social armónico al que era necesario rescatar, pues: “La infección demagógica conspira hoy más fuertemente que nunca contra la salud de nuestro organismo social y se propaga de tal modo que apenas queda institución en el país completamente libre de contagio. [...] Frente a esta vasta conspiración de fuerzas enemigas debemos emprender sin demora una labor constante y metódica, en nombre de la salvación nacional. [...] La tarea que nos incumbe tiene un doble aspecto. Uno puramente intelectual, que consistirá en la destruc-

que la difusión de las ideas socialistas en los ámbitos superiores de la educación implicaba un riesgo aun mayor, ya que también podía encontrar cabida en las mentes “débiles e influenciables” de jóvenes pertenecientes a las familias acomodadas. Obviamente, las apreciaciones que realizaron sobre el mundo de la cultura y la educación estuvieron en un todo de acuerdo con el conservadurismo manifiesto en otros campos de la vida: “...la cultura implica continuidad [...] la cultura significa tradición [...] la cultura exige el predominio de la inteligencia [...] inteligencia disciplinada”.58 Como se advierte, disponían de una clara conciencia sobre el lugar que debían ocupar los intelectuales en la configuración de un nuevo proyecto de nación. Jorge A. Warley afirma que frente al avance de las ideas nacionalistas y de derecha hubo un punto de intersección básico entre las revistas liberales y las de izquierda que consistía en la preservación del espacio de la inteligencia, ligado a la concepción del nuevo tipo de intelectual que se proclamaba.59 Esto demostraría la importancia que iban ganando estas expresiones en la dinámica del campo intelectual argentino y las luchas, que se consideraban fundamentales, por alcanzar una posición dominante dentro del campo. Publicaciones como La Nueva República o Criterio se habían convertido en medios privilegiados de propaganda de los sectores antidemocráticos, pero además habían alcanzado ya un grado de legitimidad que las empezaba a volver competidoras significativas para los que ocupaban las posiciones dominantes en el universo cultural porteño.

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PALACIO, Ernesto “La cultura frente a la universidad” (comentario al libro de C. Sánchez Viamonte), en La Nueva República, 21 de abril de 1928. El destacado es mío. WARLEY, Jorge A. Vida cultural e intelectuales en la década de 1930, CEAL, Buenos Aires, 1986, p. 35.

Ante el espejo de la generación del ochenta ción paulatina de los sofismas democráticos y liberales [...] El otro –político– será la lucha sin cuartel contra los adversarios de la nacionalidad y el orden, contra la coalición de la canalla revolucionaria cada vez más insolente y envalentonada. [...] Frente a quienes proclaman la dictadura del populacho como una necesidad impuesta por presuntas leyes de la economía y la historia y se regocijan o se resignan ante ese monstruoso destino, opongamos el ejemplo confortador –historia viva– de Italia y España, donde se nos demuestra que más puede la voluntad inteligente de los hombres que las fuerzas ciegas del azar. Organicemos pues la contrarrevolución”.60

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En la misma línea, Rodolfo Irazusta, señalaba que el país atravesaba una desorientación espiritual sin precedentes, donde la demagogia y la perversidad del sistema electoral eran algunas de sus manifestaciones.61 Expresaba sin ambages que habían sido las prácticas instauradas en el país desde la “nefasta” ley Sáenz peña, las que al dar el poder a los partidos políticos habían quitado prestigio y autoridad al gobierno.62 A pesar de que sus propuestas volvían a un pasado inmediato, apenas superado, desde lo discursivo planteaban la necesidad de una vuelta a un pasado mítico, inventado, que ignoraba las transformaciones surgidas a partir de la Revolución Francesa y les devolvía a las clases propietarias el poder y el prestigio del que gozaran otrora. Es decir, que se presentaban como reaccionando contra las transformaciones de la modernidad idealizando el modelo medieval como símbolo del orden, de respeto a las jerarquías sociales y una supuesta subordinación a la Iglesia católica.63 Así, negaban a las masas ya no sólo el libre ejercicio de la soberanía, sino incluso toda pretensión de autonomía. Desde esa mirada despreciativa de lo popular, desconocían las ideologías obreras que se estaban manifestando y organizando desde hacía algunos años. Eran contundentes y muy claros en su argumento legitimador: había que organizar la contrarrevolución a la democracia, sistema considerado fundante y promotor de una sociedad que llegaba incluso a solventar la pornografía,64 que se manifestaba a través del desorden de las jerarquías y negación u olvido de los valores y principios “tradicionales”, pero que además había demostrado que era incapaz de ponerle límites a la movilidad social. Evidentemente, La Nueva República pre60 61 62 63 64

PALACIO, Ernesto “Organicemos la contrarrevolución”, cit., p. 1. El destacado es mío. IRAZUSTA, Rodolfo y Julio “Nuestro Programa”, en La Nueva República, 1º de diciembre de 1927, p. 1. IRAZUSTA, Rodolfo “La política”, en La Nueva República, 1º de marzo de 1928, p. 1. Para comprender la recurrencia al modelo cristiano feudal como sustento de la doctrina reaccionaria puede verse el ya clásico trabajo de ROMERO, José Luis La revolución burguesa en el mundo feudal, Siglo XXI, México, 1979, en especial “La ecumenicidad del orden cristiano feudal”. CARULLA, Juan E. La Nueva República, 15 diciembre de 1927. “He aquí un hecho reciente: la difusión de la pornografía. sería un adelanto más para el haber de la democracia absoluta de este comienzo de siglo. [...] Puede agregarse que tal fenómeno es en gran parte una consecuencia de las doctrinas naturalistas y los ideales de democracia absoluta del ‘siglo estúpido’”.

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sentaba batalla, desde sus mismos inicios, a los sectores dirigentes del liberal-conservadurismo, es decir, se integraba al conflicto interno de las clases dominantes, haciendo referencia a la lucha clasista con el proletariado, como un mal relativamente menor derivado del fracaso del sistema demoliberal. Consideraban, en definitiva, que el socialismo no era más que “…el partido extremo de la democracia…”, pero el verdadero problema, el más urgente, se encontraba en la ideología democrática vigente, ya que ella implicaba: “…en el orden especulativo, desconocimiento de las jerarquías espirituales. Significa una defección de la inteligencia ante el sentimiento o la experiencia sensible [...] El romanticismo político, a su vez, significa desconocimiento de las jerarquías naturales. Su expresión categórica es el dogma de la soberanía del pueblo, frente a casi todos los errores doctrinarios que hacen del siglo pasado uno de los más funestos en la historia del pensamiento universal. [...] Negación de la jerarquía sobrenatural de la Iglesia de Cristo, negación de la jerarquía natural del Estado. Predominio del arbitrio individual y de la sensibilidad revolucionaria.”65

Una vez superada la democracia, el socialismo caería por la falta de un orden que le permitiera su desarrollo. En el mismo sentido y sin otorgarle ninguna peligrosidad, Ernesto Palacio también despidió al socialismo,66 considerando que “…muerto el doctor Juan B. Justo. Ha muerto con él, el socialismo argentino…”. A diferencia de los sectores católicos orgánicos que paulatinamente iban mostrando mayor preocupación por el fenómeno izquierdista, para este dirigente neorrepublicano era innegable el fracaso ruidoso de la ideología socialista, fracaso no solo nacional sino mundial.67 Asimismo, es interesante señalar que en ningún momento expresaron preocupación ni atendieron a la experiencia anarquista. Todo parecería indicar que no les interesaba o quizás no podían advertir una expresión política que se manejaba más allá de los juegos del electoralismo. Seguramente, el Estado autoritario que anhelaban dispondría de herramientas que permitiera eliminar a esos movimientos y tendencias verdaderamente antisistémicas. La gran preocupación, el objetivo más inmediato, el elemento unificador, era no permitir una segunda presidencia del viejo caudillo radical. Yrigoyen aún no había asumido su segunda presidencia, pero los jóvenes de La Nueva República y los otros escritores afines estaban trabajando para destituirlo. La conspiración estaba en marcha. Desde 1928, con Yrigoyen nuevamente en el gobierno, se advirtió una clara intención del grupo de La Nueva República y sus aliados de intervenir más fir65 66

PALACIO, Ernesto “Organicemos la contrarrevolución”, cit., p. 2. Quizás otra hubiera sido la política asumida de haber mediado conflictos obreros como los ocurridos en 1919-21 o los que sucederían algunos años más tarde, en 1935-36.

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memente en la lucha política. La conjura se había iniciado, los contactos con el general Uriburu también. El propio Julio Irazusta hizo alguna referencia a los contactos de su hermano Rodolfo con Uriburu. Reuniones que, según sostenía, habría iniciado el propio militar. Más allá de que esto fuera cierto o no, resulta evidente que a los neorrepublicanos les servía, fundamentalmente, para legitimarse, para subrayar su protagonismo político en un período trascendente –o que pretendió serlo– de la política argentina. “Cuando el director de La Nueva República hablaba de las manifestaciones de apoyo y simpatía que se recibían a diario, no podía contar con la que daría al periódico el general Uriburu ese mismo día primero de diciembre, por la tarde, cuando la hoja estaba impresa. Suena el teléfono. Y atiende Rodolfo Irazusta. Terminada la conversación, el director refiere que quién había llamado era dicho general, para decir que nos había seguido con su aprobación desde que aparecimos; y que si no lo había manifestado antes, era porque no había podido, mientras estaba en actividad militar”.68

Según el mismo relato, la noche de ese 1º de diciembre se realizó la cena aniversario del periódico, a la que asistió el mencionado militar acompañado de un grupo de personas de las que Julio Irazusta no daba más datos. A la hora de los discursos, Rodolfo Irazusta habría sostenido que “Este hombre va a ser el futuro presidente de la República…”, intentando quizás posicionarse como el promotor de un movimiento que tenía muchas otros fundadores. Lo cierto fue que el vínculo con el general Uriburu significó, según sus propios protagonistas, un cambio de rumbo para La Nueva República. A partir de ese momento, señalaban, crecieron sus intenciones de participar en la lucha política. Entiendo que este objetivo nunca estuvo ajeno a los objetivos del grupo; sin embargo, la “llegada” de Uriburu alentó las posibilidades y permitió suponer una resolución más inmediata de la que los “neorrepublicanos” sospechaban, pero fundamentalmente lo percibieron como una legitimación de su campaña, un reconocimiento de su madurez política. Un estado de ánimo exultante parecía haberse apoderado entonces de los Irazusta y sus allegados, aunque en ningún momento dejaron de afirmar que la percepción del caos, de la desnaturalización de la sociedad, era sólo evidente para aquella minoría que tenía una mirada superior: “La república pasa un momento de vergüenza. Desde hacía muchos años, desde mucho antes que tuviéramos uso de razón, no sufría el país un gobierno tan deprimente y tan indigno de su alta misión.

PALACIO, Ernesto “La muerte de Juan B. Justo, mitología”, en La Nueva República, 15 de enero de 1928, p. 3. 68 IRAZUSTA, Julio El pensamiento político…, cit., p. 179.
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Las voces del miedo Asombra, sin embargo, ver como los abusos de este gobierno no provocan reacción alguna en el espíritu público [...] Ninguna voz prestigiosa se alza para dejar a salvo la dignidad del país ante los desmanes de sus indignos gobernantes [...] ningún partido adverso lo combate [...] la conducta del gobierno es detestable; se concreta en el abuso, el prevaricato y el atropello”.69

De esta manera, desde su propio discurso, La Nueva República habría sido un nexo esencial en la constitución de una triple alianza que tuvo larga vida en la política argentina. A la sociedad ya conformada entre intelectuales autoritarios y sectores del catolicismo se sumaron entonces los militares. Así, como la Iglesia era considerada útil para establecer un tipo de obediencia, fundada en una subordinación “espiritual”, el Ejército debía asegurar, mediante la coacción, la obediencia a las jerarquías y al orden que ellas determinasen.70 El año 1929 marcó una época de activa militancia para los redactores de La Nueva República. Resueltos a contribuir con derrocamiento del gobierno radical, la publicación desapareció de la escena, entre marzo de 1929 y junio de 1930,71 pero no se trataba de un desmembramiento del grupo, sino como señalaba Julio Irazusta, la tarea periodística había quedado relegada por las urgencias de la acción.72 Por ese entonces y en un clima de eufórica agitación, el grupo conspirador comenzaba a ampliarse, estrechando los vínculos y contactos entre los distintos sectores, a través de reuniones celebradas en La Fronda, periódico de tendencias conservadoras que dirigía Francisco Uriburu, primo del militar. Ante la inminencia de una acción y partiendo de una experiencia compartida y de unos objetivos que, definidos laxamente, parecían coincidentes, la interrelación, la constitución de una identidad unificada, pareció posible.73 De tal modo, por ejemplo, intentaron componer una organización pro-corporativa que, paradójicamente, llamaron “Liga Republicana”. La primera acción –muy modesta por cierto– que llevó adelante la Liga se desarrolló el 9 de julio de 1929, cuando fueron detenidos Rodolfo Irazusta y Mario Lassaga por haber ofendido al presidente al grito de: “Viva la patria, abajo el mal gobierno”. La Liga
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IRAZUSTA, Rodolfo La Nueva República, 2 de marzo de 1929. En este sentido adherían a la postura del diplomático español Juan Donoso Cortés quien propugnaba la unificación entre la cruz y la espada para dar vida a una dictadura política que pusiera fin al caos. La Nueva República reapareció el 18 de junio de 1930; su director Ernesto Palacio dijo al respecto de esta desaparición temporal: “Nada podía conseguir, a todas luces, la propaganda de La Nueva República en aquel ambiente abyecto. La opinión sorda, muda, acorazada de corcho se mostraba incapaz de hacer eco a ninguna voz inteligente, suspendimos pues nuestra publicación, a la espera de hechos nuevos que no tardarían en producirse”. IRAZUSTA, Julio El pensamiento político…, cit., p. 19. Es necesario recordar que el aislamiento nunca fue total. Hubo en todo momento una permanente colaboración e intercambio de redactores. Incluso hubo vínculos con el más independiente e individualista de los autoritarios del momento, Leopoldo Lugones.

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Republicana que, según sus protagonistas desarrollaba una intensa actividad callejera, elaboró un programa de acción para enfrentar lo que consideraba una corrupción política intolerable. Se autodefinieron como una milicia voluntaria para luchar contra los enemigos interiores del país y “…resistir mediante la prédica oral y escrita, a la acción directa según los casos, al predominio de la política demagógica…”. Afirmaban que dicha acción era reclamada por la sociedad e impuesta por la ausencia de todo programa orgánico de gobierno que consultara las necesidades nacionales; por la subordinación de los gobernantes a las exigencias de los comités; por la complicidad del Poder Ejecutivo en la promoción de los conflictos obreros y la adulación de las muchedumbres, cuya tendencia instintiva al desorden estimulaba al presidente Yrigoyen.74 El espíritu de la proclama fue de denuncia a los males supuestamente inherentes al sistema democrático. Pero fueron más allá y elaboraron un plan de acción que permitiera ir organizando y extendiendo la conspiración: disposición de un servicio de inteligencia, comisiones de prensa y propaganda callejera y finalmente la formación de milicias armadas. Sus líderes eran: Rodolfo Irazusta, Juan Emiliano Carulla y su fundador Roberto de Laferrere. Sin embargo, la Liga no tuvo larga vida y los avatares de las elecciones legislativas de 1930 perturbaron y desacreditaron a la naciente organización. Según sus propios protagonistas, la importancia alcanzada por la organización no era menor, lo cual implicó que muchos opositores al gobierno comenzaran a disputarse el apoyo de la Liga Republicana. El acercamiento más profundo se dio con los disidentes socialistas, que ya contaban con el apoyo del Partido Conservador. El sector que lideraba Rodolfo Irazusta propuso integrar conjuntamente las listas de candidatos o incluso ir más allá y presentar candidatos de gran peso político como Manuel Carlés y Leopoldo Lugones. Esta propuesta fracasó y el director de La Nueva República abandonó el triunvirato dirigente y la Liga misma. Los otros “neorrepublicanos” siguieron sus pasos, alejándose definitivamente del juego electoral. A pesar de la ausencia de La Nueva República, durante estos meses, la campaña de agitación de los Irazusta tuvo un costado periodístico a través de su colaboración con La Fronda, Criterio y El Baluarte.75 Sin embargo, eso implicaba una perdida de protagonismo y decidieron reeditar su propia y autónoma experiencia periodístico-política. El 18 de junio de 1930 y con frecuencia semanal reapareció La Nueva República (segunda época). La dirección recayó entonces en Ernesto Palacio quien afirmaba al
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Bases y programa de acción de la Liga Republicana, en IRAZUSTA, Julio El pensamiento político…, cit., pp. 25-28. A excepción de Criterio, que era el órgano de prensa de los sectores católicos integristas, La Fronda, La Nueva República y El Baluarte parecen haber representado a tres generaciones de autoritarios elitistas. Sabemos que el grupo de los hermanos Irazusta reunía a jóvenes de alrededor de treinta años, la redacción de La Fronda habría aglutinado a hombres un poco mayores con una clara definición conservadora, en tanto que El Baluarte fue un periódico de jóvenes estudiantes universitarios, estrechamente vinculados con los editores de La Nueva República.

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asumir esa función que ellos habían sido, prácticamente, los únicos que habían permanecido incorruptibles. Aun sabedores de que su fuerza y su protagonismo eran mucho menores de lo que habían supuesto y anhelado, continuaron con su vehemente discurso antidemocrático, defendiendo la idea de un gobierno autoritario y jerárquico, a la espera del momento oportuno, en actitud de expectativa militante y con un perfil ya definidamente crítico hacia la “clase política”: “La salvación de un país solo puede venir de un movimiento de opinión contra el régimen, y del establecimiento, en la casa Rosada, de un gobierno nacional no partidario. Arrancar la patria de las manos rapaces de los profesionales de la política, esto es lo que importa…”.76 Según sus testimonios, fue entonces cuando empezaron a recibir adhesiones desde distintos lugares del país y a ver crecer paulatinamente sus filas, incluso sin proponérselo. Pero, sin duda, fue en la ciudad de Buenos Aires donde tuvieron una presencia mayor, sumaron a otros jóvenes de similar condición y le dieron a su organización un contenido, que en palabras de Gálvez tenía una definición clasista: “Pero la masa revolucionaria, si puede darse ese nombre a una multitud de pequeños grupos, muchos de ellos sin organización [...] está formada por los jóvenes de las familias distinguidas, muchos de ellos influidos por las ideas fascistas; en cada casa hay uno o dos revolucionarios [...] es una revolución de clase la que preparan [...] la actividad se concreta en los clubes aristocráticos, en los centros militares y en las casas del barrio norte, en donde vive la sociedad distinguida…”.77

Queda claro que el reclutamiento estuvo estrictamente limitado a esas minorías selectas, miembros de las familias “decentes” que estaban dispuestos a asumir que el sistema de ideas cuya aplicación había producido el estado social vigente, era necesariamente falso. Ellos eran, “…por consiguiente, miembros naturales de nuestra milicia…”. Orgullosos de ese carácter elitista proclamaron permanentemente, desde un discurso que subrayaba la valentía viril, ser la reserva moral e inteligente de la patria: “La Nueva República representa en el país una minoría. No debemos, no podemos, ni queremos ser sino una minoría [...] pero somos una minoría que representa la voluntad de vivir de la República. En nosotros se debate la patria misma contra las potencias de muerte, representadas por la perversión intelectual del liberalismo, por la corrupción moral de la democracia, por la descomposición de las instituciones, por la propaganda del periodismo necrófilo, que

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PALACIO, Ernesto “Recapitulación”, en La Nueva República, 18 de junio de 1930, p. 1. Manuel Gálvez citado por CLEMENTI, Hebe Juventud y política en Argentina, Siglo XXI, Buenos Aires, 1982, pp. 67-68.

Ante el espejo de la generación del ochenta acompaña la agonía de la nación [...] Aspiramos en consecuencia, a imponer el orden y la disciplina al caos, la inteligencia al liberalismo, el culto del honor a los sensuales, el culto del heroísmo a la cobardía democrática”.78

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Como resulta evidente, el carácter minoritario no era impedimento, más bien todo lo contrario, para llevar adelante su proyecto. ¿Para qué querría ser mayoría una organización que suponía que la democracia y el liberalismo se desbarataban con un centenar de hombres? Las posibilidades, decían, eran dos: la continuación rutinaria del régimen que conducía a la catástrofe definitiva “…o la reacción violenta contra el régimen…”. Y con un discurso absolutamente despreciativo, continuaban diciendo: “Nosotros hemos optado. [...] La masa popular nos seguirá, como ha ocurrido siempre, porque la masa en todos los movimientos de la historia, ofrece una analogía patente con el coro de la tragedia clásica, que se limitaba a glosar las palabras de los agonistas…”.

Había llegado el tiempo de revancha y aquellos, “la turba democrática”, los “energúmenos” deberían acompañar y celebrar sus mentes iluminadas. Evidentemente, la prédica antidemocrática era profunda y tendía a mantener un estado jerárquico y verticalista, que despreciaba y rechazaba enérgicamente la búsqueda y las manifestaciones de independencia por parte de la sociedad. Insistían en que los argentinos necesitaban un estado dictatorial que los reordenara. Y fue con esa lógica que las fuerzas armadas fueron presentadas como los inmaculados salvadores de la patria. Debían actuar con la firmeza y precisión necesaria, para poner un punto final –definitivo– al caos electoral: “El país puede confiar en sus Ejércitos de Mar y Tierra, pues son quizás las únicas instituciones del estado que la podredumbre de éste no ha podido descomponer. Se puede confiar en los militares porque su carácter y su formación constituyen el valor más sólido con que cuenta nuestra sociedad. [...] Que asuma el ejército todos los poderes del estado, en buena hora. Pero que sea por lo menos para plantear, después de una depuración profunda de los vicios colectivos, la reorganización nacional”.79

La dictadura era indudablemente autoritaria por naturaleza pero ellos, decían, sólo la requerían provisionalmente, “…para salvar al país del caos actual…”. Lo que realmente reivindicaban era una “…una república jerárquica que responda a las diferencias efectivas de la sociedad, en cuanto a la función social de esas diferencias…”.80
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PALACIO, Ernesto “Sobre el deber militar”, en La Nueva República, 28 de junio de 1930, p. 1. IRAZUSTA, Rodolfo “La política”, en La Nueva República, 2 de mayo de 1929, p 1.

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Los editores de La Nueva República, según indicaron, mantuvieron reuniones con el conspirador Uriburu hasta dos o tres días antes del golpe. Pero, ya con el presidente Uriburu,81 el encuentro presagió la frustración: se plantearon entonces una colaboración crítica y muy condicionada con el gobierno. Entendieron que los nuevos conductores del Estado no los habían tenido en cuenta a la hora de formar gabinete y que el régimen se acercaba, más de lo que esperaban, a los sectores políticos tradicionales. Hablaron, además, de posibles influencias estadounidenses.82 Pero lo cierto es que las críticas no dejaron de ser ambiguas, tan vagas como impreciso era su proyecto político, sí es que así pueden denominarse los postulados que aparecían bajo la forma declamativa en las páginas de La Nueva República. Por ello, el lamento que expresaron evidenciaba su perplejidad y la abrupta toma de conciencia de su escasa fortaleza: “El cambio de gobierno operado en el país, [...] ha sido una de las cosas más absurdas que darse puedan. Preparado y efectuado por los reaccionarios, es usufructuado abiertamente por los liberales…”.83

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IRAZUSTA, Rodolfo “Editorial”, en La Nueva República, 30 de agosto de 1930, p. 1. Cuenta Julio Irazusta que: “Cuando triunfante la revolución [...] fueron a saludar al flamante presidentes [Rodolfo Irazusta y Carulla] éste le presentó a sus ministros como ‘amigos personales’, mientras a los redactores de la Nueva república les presentaba sus ministros como ‘mis amigos políticos’. Tal era el trastueque de valores que se había introducido en el movimiento. [...] como es de suponer los jóvenes escritores sintiéronse decepcionados con el resultado de sus esfuerzos”. IRAZUSTA, Julio El pensamiento político…, cit., p. 110. Irazusta citaba al escritor francés André Tardieu que había calificado al gobierno de Uriburu por el “olor a petróleo” en alusión a la injerencia de los Estados Unidos en esa cuestión. IRAZUSTA, Julio El pensamiento político…, cit., p. 111. Texto de Rodolfo y Julio Irazusta, 1º de octubre de 1930, en IRAZUSTA, Julio El pensamiento político…, cit., p. 111.

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