SIETE

Saliendo del teatro clausurado que era Caracas, iba Alexandra Novoa con su hija, cargada en un brazo. Iba por el borde de la autopista, cansada, sintiendo que los zapatos eran tres tallas más pequeñas que sus pies, bañada en sudor y preguntándose cuáles eran los primeros signos de la deshidratación. Otra incógnita que rondaba su cabeza era a qué hora más o menos el sol matutino se vuelve abrasador. Había dejado al cadáver de su carro varios metros atrás, cuando éste dio sus últimos respiros, desnutrido por la prolongada ausencia de combustible. Había bajado la marcha, se detuvo y dio un último estremecimiento. Alexandra se había quedado tratando de resucitar el maldito aparato, dándole a la llave para encenderlo, pisando el maldito pedal de aceleración, dándole coñazos al volante, mirando a todos lados para salir de ahí a la menor señal de peligro. Se maldijo a ella y su suerte por cuadragésima vez, recordando que cuando se cagó la vaina, lo primero que hizo ella fue coger su

carro, su hija y agarrar la autopista, rumbo a cualquier lugar que no fuera la ciudad. Hubo una tranca de los mil cojones tan pronto se metió en el tráfico. Había notado que los últimos años la cantidad de vehículos había aumentado de forma absurda; la hora pico se había prolongado hasta cubrir todo el turno diurno y, en algunos días, un poquito del turno nocturno. Bueno, la vida terminó cobrando esa vaina. Alexandra no había pensado ni en la batería ni en otra cosa que no fuese salir de aquel pandemonio y cuando su carro agonizó y murió se acordó no sólo del consumo de energía que causa tener la radio encendida por tanto tiempo, sino también de que tal vez no había apagado el carro lo suficiente. Una pésima frase para ese momento era “a lo hecho, pecho”, porque los últimos respiros de su corsa habían sido la noche anterior. En condiciones normales no le hubiese costado salir de Caracas, pero, claro, esas no eran condiciones normales. Se quedó tratando de resucitar al carro, como el doctor que está empeñado en devolver a la vida a un paciente con dos horas muerto. Dios, que metáfora tan tétrica para un momento como este. La vida, jodiéndo otra vez, no pudo dejar las cosas así. Anabel empezó a decir que tenía miedo, que tenía hambre, a preguntar por papi, a preguntar qué estaba pasando y ella ya ni se acordaba de lo que le había respondido. Era oscuro, ella hacía mucho ruido con el maldito motor y volteaba cada dos segundos, segura de que la próxima vez que volteara se iba a encontrar con un par de ojos amarillentos y lechosos del otro lado de la ventanilla. —Mami, ¿esto va a pasar para navidad?

Alexandra no le respondió. Se había quedado con las manos en el volante, pensando si debía quedarse o irse. Si se iba, se aventuraba en una tierra que ya no conocía e iba a ser un blanco fácil para lo que fuese que la esperara, vivo o muerto. No le habría importado tanto si la raptaban y la violaban en esas condiciones, pero estaba con su hija y eso le daba a todo una tónica diferente. Y si las capturaban los muertos, Alexandra no quería irse al otro mundo escuchando los gritos de su hija, ni quería que ésta viviera con la imagen de su mamá, devorada viva. La otra opción era quedarse en el carro, lo que no cambiaba nada. Si los muertos llegaban y rodeaban el vehículo, estaban jodidas. Si unos cabrones con ínfulas de cavernícolas las encontraban, estaban jodidas. ¿Qué hacer? Una decisión más fácil de tomar sin la presencia de Anabel. “O mil y un malditas preguntas sobre todo”. Dentro de sí, había sentido a la paciencia como algo muy físico, agotándose a un ritmo de vértigo. —¿Papi sabe que nos estamos yendo? ¿Por qué tenía que preguntar sobre él? ¿Por qué no podía concentrarse en la situación actual? ¿Qué diferencia de mierda hacía si Mauro sabía o no dónde estaban ellas? ¿Iba a venir en su batimóvil y las iba a rescatar y llevar a la baticueva? Eh, lo dudo mucho, maldita sea. Sentada, apoyando la frente con cuidado en el volante (como si éste fuese a cobrar vida y a estrangularla), su mente volvió a Mauro. Le dieron ganas de gritar. Tenía que gritar, era necesario, era de urgencia vital, porque si no gritaba se iba a volver loca. El grito tomó forma física y subió por su garganta hasta su boca...

—Todo va a estar bien, mami. Alexandra volvió a ver a su hija y el grito se murió. Se le humedecieron los ojos. Dios mío, ¿en qué me estoy convirtiendo? Respira, respira. Mantén la calma. Por favor, mantén la calma. Sus dedos tamborilearon sobre el volante. Sacó un pañuelo de papel de la guantera y se secó los ojos. —¿Por qué lloras, mami? —Ana, mami está muy ocupada ahorita, ¿oíste? Anabel asintió. —Necesito que hagas silencio un poco para poder pensar bien. Todo va a estar bien, tú tienes razón. Con una cautela casi irracional, miró por fuera, a través de la ventanilla. Tenía una sensación de nudo en la garganta y presión en la boca del estómago. Había empezado a sudar. En medio de la oscuridad era muy difícil discernir entre lo que era una rama moviéndose y lo que podía ser un cadáver caminante. Cuidando de no hacer nada de ruido, abrió la puerta. —¿Mami? —Ana, espérame aquí, ¿oíste? No te muevas de aquí. Miró a la niña y por un momento le pareció que iba a ser agarrada por los brazos y a sentir dentadas que le enviarían pulsos de dolor por toda la espina dorsal. Anabel miró a su mamá. Abrió la boquita y pareció que iba a decir algo. Se mordió el labio inferior y apretó su dinosaurio de peluche con las

dos manos. Asintió. Alexandra tragó saliva y cerró la puerta detrás de sí. ¿Por qué la habían puesto en esta posición? ¿Por qué parecía como si la vida quería cobrarle lo que hubiese hecho mal en el pasado? Caminó por el pavimento, iluminada por la luz mortecina de la luna. Había visto a los muertos por televisión, pero nunca se había encontrado cara a cara con un zombi. Zombi. Qué palabra tan estúpida. Caminó vagamente consciente de que andaba desarmada, apretando los puños, luchando con la oscuridad –y perdiendo la batalla. A su alrededor había varias estructuras que podían brindar cobijo, pero no sabía cuántas de ellas podían estar ocupadas ya, por vivos o muertos. Se dijo que si hubiese vivos, habrían venido a ayudarla cuando escucharon el motor tratando de volver en sí, el venezolano es muy solidario, después de todo.

Luego muerto.

se

recordó

que

todo

el

mundo

estaba

Qué gustoso habría sido sentarse en el suelo y llorar a moco tendido hasta que se presentaran las poderosas fuerzas del coño e’ la madre y las rescataran. Era un pensamiento muy gratificante y, por estúpido que pareciera, le brindaba un poco de confort. Sabía que no podía hacerlo pero a veces la alegría de la ilusión lo es todo. Miró al corsa. Todo se veía en orden. Había dejado al carro a oscuras porque no se le ocurrió prender la luz interior y a esas alturas se preguntó si Anabel tendría más miedo que ella, sumergida en un mundo que no comprendía y, para más, en las sombras. Continuó caminando,

respirando por la boca para hacer menos ruido todavía. ¿Estás segura de que el ruido atrae a los zombis? Porque puede que sientan a los vivos, o los puedan oler. “Bueno, Alexandra, ya está bueno” pensó, parada y con un puño en el pecho. “Si te vas a morir aquí, espérate. Saca a tu hija de esto y después muérete todo lo que quieras”. Tragó saliva otra vez, aunque ya no era saliva, sino una pasta gomosa. Caminó hasta doblar la cuadra, que no era mucho. Y ahí estaba, un vehículo con las luces intermitentes encendidas. Por un momento pensó en llamar hacia el vehículo en voz alta, pero optó en contra. Entre menos ruido, mejor ¿no? Miró hacia el corsa y todo seguía en orden. Caminó al carro nuevo. Era uno de esos carros de dos puertas, no muy viejo pero tampoco muy nuevo. A poca distancia, trató de discernir, achinando los ojos, si había alguien adentro. No quería alejarse de donde estaba su hija, no quería dejarla sola, pero... ¿y si por fin había encontrado ayuda? ¿No sería maravilloso eso? Pero no había salvado la situación. Cuando miró al lado opuesto vio, entre las sombras, a tres hombres. Dos sentados en el suelo, uno de pie. Voltearon a verla y así ella comprobó que no eran hombres. El que estaba de pie abrió una boca sin labios y de entre sus dientes separados salió un gruñido corto. Los otros dos se pusieron de pie. Alexandra trató de gritar, de hablarles y convencerles de que no se la comieran. Gracias a Dios, no tenía voz. Se volteó y corrió. Ahí va Alexandra Novoa, equivocándose otra vez, sometiendo a su pequeña hija a un riesgo de mierda para descubrir al mundo en un vaso de agua. Si

aquellos muertos vivientes la seguían hasta el corsa, estaban bien jodidas. E iba a ser su culpa. “Dios misericordioso, no permitas que algo le haya pasado. Te lo ruego, llévame a mí si eso quieres, pero no le hagas nada a ella” Desde lejos, el carro se veía todo lo normal que ella lo había dejado, pero nunca iba a estar segura hasta que lo comprobara por sí misma. Llegó, casi tropezando y cayéndose, sin saber que todo el silencio que había tratado de hacer había sido en vano, porque se había devuelto haciendo fuertes pisadas y jadeando. Anabel todavía estaba ahí, con las manos en el tablero. Alexandra abrió la puerta del piloto, que era a la que llegó de forma automática. Le tendió una mano a su hija. —¡Vamos, Ana! ¡Vamos! Hubiese sido más rápido que la niña hubiese bajado por su lado y le hubiese dado la vuelta al carro para encontrarse con ella, pero en medio de la desesperación, a Alexandra no se le ocurrió. —Mami, ¿qué...? —¡Dame la mano, Anabel, tenemos que irnos de aquí! —¿Pero y el carro? —¡DEJA EL CARRO Y VÁMONOS DE AQUÍ! El grito de Alexandra provocó que los ojos de Anabel se humedecieran y el labio inferior le temblara. Había visto este proceso muchas veces y sabía que era lo siguiente en suceder. En efecto, Anabel abrió la boca formando una U invertida y empezó a llorar. El temblor en Alexandra se hizo más fuerte y, sin darse cuenta, también lloró. —Dame la mano —dijo, tomando a su hija por un brazo. Hizo fuerza y Anabel lloró más fuerte aún. Alexandra se colgó la cartera en un hombro, sacó a su hija del carro y la llevó. —¡Mi dinosaurio! ¡Alfredo! ¡Alfredo! —gritó la pequeña.

Alexandra miró a su hija a los ojos. Estuvo a punto de preguntarle “¿Quién es Alfredo?”, pero se acordó pronto. El dinosaurio. Miró a los lados. A sus oídos llegó el rumor de mil voces levantadas hacia ellas, el sonido de mil almas en pena. Podía no estar ahí y ser producto de la imaginación, pero a ella le pareció muy real. Volvió a ver en dirección de los tres “hombres”. Acababan de cruzar la cuadra y venían, lentos, pero sin desorientarse en medio de la noche.

Anabel seguía llorando.

—¡Shhh! ¡Ana! Lloraba más fuerte, todavía. —¡Mami, Alfredo! ¡Alfredo! Hubo un hormigueo por su rostro, que bajó hasta los lados de su barbilla. Se dio cuenta de que eran sus lágrimas, tibias. Volvió a ver a los tres zombis, yendo hacia ellas dos. Uno extendió un brazo en su dirección. Alexandra suspiró y cerró los ojos con fuerza. No supo por qué hizo lo que hizo a continuación. Se dio media vuelta y corrió de regreso hacia el corsa. “Más vale que el dinosaurio esté bien a la vista, porque si no, se jodió”. Pero ahí estaba, en el asiento del copiloto. Alexandra lo agarró con su mano libre (cargaba a Anabel con el otro).

—Mira, mira a Alfredo —le dijo a su hija y la niña abrazó al peluche. De momento, el lloro se había calmado. Alexandra corrió con la pequeña, corrió hasta un quiosco cerrado, pasó hasta una antigua panadería y dio con una tienda de trajes para caballero que tenía el cristal de la vitrina hecho añicos. Se metió por ahí y subió la escalera al pequeño depósito de la tienda. Después de que acostó a Anabel en un cojín y volvió a sentarse frente a la vitrina, que ocultaba el interior de la tienda con una pared falsa de cartón piedra, se dio cuenta de lo cerca que había estado de morir y del riesgo que había tomado al entrar en un lugar como este, dando por sentado que estaba solo. Si los zombis se metían por esa vitrina o resultaba que había un apartado que ella no había visto, donde se ocultaba un amigo indeseable, entonces no sabía qué iban a hacer.

Alexandra no durmió en toda la noche.

Y de esa forma estaba a la mañana siguiente caminando junto a la autopista, en un país de nadie. En el horizonte estaban las montañas de la ciudad, las cubiertas por viviendas improvisadas y estigmatizadas con la pobreza. De vez en cuando podías oír gritos provenientes del pueblo fantasma. A veces sonaba un disparo. Poco más. Los sonidos que llegaban a los oídos de Alexandra eran los de sus zapatos, haciendo una especie curiosa de crujido sobre el asfalto que recubría el hombrillo. Anabel iba en sus brazos,

con un pulgar en la boca, abrazando a su vez a Alfredo. ¿Cuánto tiempo puede soportar un niño sin agua ni comida? Iba a ser una suerte si Alexandra resultaba herida o muerta antes que la pequeña, porque no podía soportar la idea de ver a su hija morir, no digamos rápido, sino de forma lenta, como la que brinda la inanición. “Eres una egoísta. Ahora te comportas como tu propia madre”. Con el calor, viene la lluvia y con la lluvia, los pequeños charcos que se forman en el asfalto. ¿Estaba Alexandra tan desesperada como para ponerse de rodillas y beber del agua estancada en el suelo? No, al menos no todavía. Pero luego... Dios, no permitas que las cosas lleguen a eso. Con la mano libre, se secó el sudor de la frente. Era demasiado pronto para ponerse a pensar en cosas como esa. Iban a encontrar algo para comer y beber y se las iban a arreglar. Si hasta ha habido tribus asiáticas en la historia que cuando se iban de campaña, a hacer matanzas en Europa, no llevaban nada de comida y se conformaban con queso de búfalo o un animal parecido, leche de yak y sangre de camello. Si ellos se las podían arreglar con semejantes recursos, ella, una mujer egresada de una universidad del siglo veinte iba a ser bien capaz de arreglárselas también. La diferencia tenía que estar en el intelecto y no en la presencia de un camello. Le picaba la cabeza. Sentía las axilas calientes y la parte entre la nariz y la boca húmeda de sudor. Podía cubrirse toda de trapos a ella y a Anabel y tal vez así no les daría tanto calor. Así es como los musulmanes resisten bajo el sol del desierto, cubriéndose de trapos y telas y

eso. El inconveniente de esa idea era la carencia de materiales, otra vez. No le importaba si se veía estúpida haciendo el intento, porque no tenía nada que perder. Había dejado atrás todo lo que le podía importar, excepto a su hija... y su esposo. Era un pésimo momento para ponerse a pensar en Mauro, considerando todas las circunstancias, pero es en los momentos como aquel que la mente se pone a divagar, de un tema a otro, desde quién fue tu primer novio en la escuela, hasta cómo fue tu primer trabajo y la primera vez que te vino la regla. No había tenido mucho tiempo para pensar, desde que se animó a abandonar su hogar, casi a escondidas, en un edificio que se empezaba a poner demasiado silencioso. La televisión había salido del aire, un poco antes que la radio y las últimas indicaciones eran bastante confusas. Primero decían que las personas debían quedarse en sus hogares y no salir por ningún motivo. Luego dijeron que las residencias ya no eran lugares seguros y que todas las personas debían abandonar sus hogares, a centros de protección dirigidos por el gobierno. Y luego se esparció el rumor, en algunos canales, de que los centros de protección ya se habían vuelto inseguros y que la gente no debía acercarse a éstos. El paso más difícil fue salir del apartamento. Cuando abandonas tu hogar por una circunstancia ajena a tu voluntad, sales con una mano atrás y la otra adelante. Un hogar te da estabilidad, te da dónde asentarte y descansar, te da un techo y la imagen de seguridad. La mente humana es una vaina muy arrecha. ¿Por qué, en las películas de terror, la muchacha se encierra en una casa o una cabaña o algo así, cuando el psicópata de la máscara la sigue? Yendo a lugares abiertos tiene más espacio para correr, pero es esa sensación de seguridad que te brindan las paredes lo que te tranquiliza. Es muy, burda de

jodido cuando te dicen que, “por tu bien”, tienes que irte de tu hogar a la inseguridad de otro que no conoces ni dónde queda, ni por cuánto tiempo te vas a quedar. El mismo motivo de los que no se van de los países que están a punto de entrar en guerra. Irte, sí, pero... ¿a dónde? Alexandra no se iba a poner a dispararle a la policía desde una ventana, aunque le pusieran en las manos una pistola cargada, pero comprendía perfectamente a quienes lo hacían. Salir del apartamento a un mundo tan terrible como el que esperaba tras la puerta era una idea, en realidad, escalofriante. Pero se fue. Todo alrededor del Plaza Marfil se fue volviendo callado y solitario, como una tumba oculta en medio del bosque, así que no hacía falta un cerebrote para deducir que el lugar no iba a ser seguro por mucho más. Tomó a la niña y se fue, antes de que pudiera arrepentirse. Un perfecto plan de escape a un lugar que le brindara seguridad, que terminó en una idea estúpida que la traía, cerrando el círculo, al momento presente. He ahí la importancia del puto título universitario, un pedazo de papel que le decía que tenía mucho conocimiento técnico de una materia, pero poco de conocimiento práctico de la vida. Sabía que el carrito no la iba a sacar de la Atlántida hundida, pero pensar que sí podía era un pensamiento que la impulsaba, estaba haciendo algo. Jodida como estaba, se percató de que a veces sólo hace falta un pequeño empujoncito para causar un mal grande. Su seguridad se había ido, su plan se había ido y todo lo que le brindó un suelo y un confort había desaparecido. Las puertas se habían reducido a ella, la niña y la carretera. No mencionemos el incidente de anoche, ¿eh? No sucedió, gracias a los cielos, pero ¿qué tal si la tienda para caballeros hubiese tenido una

pestilente congregación dentro? ¡Otra gran idea de Alexandra Novoa en acción, señoras y señores! Cuando salió el sol, esperó, esperó, con las uñas comidas hasta que le dolían las yemas de los dedos, esperó a que sucediera algo. El hambre empezó a pegarle, fue a ver a Anabel y se sorprendió al encontrarla todavía dormida. La cargó y, sin querer, la despertó. Le dijo que iban a ir por algo para comer, Anabel agarró a su Alfredo y salieron, los nervios de Alexandra de punta, esperando ver figuras temblorosas entre la basura. Se alejó, tan pronto pudo, de las avenidas, continuando su camino fuera de la ciudad, hasta entrar en la autopista, el inicio de un lúgubre viaje al Monte Perdición. Anabel hablaba de vez en cuando, volvía a preguntar por papi, por cuándo podrían volver a la casa y si irían ese año de vacaciones a Disney. Alexandra le respondía de forma ausente, todo lo que la niña quisiera escuchar. Cuando se abstraía de la escena –cosa que procuraba no hacer mucho-, se sentía avergonzada de su papel de madre. Todos los pecados que se prometió que no cometería, los había dejado atrás, volviéndose una de esas madres del montón. El paso de eso a convertirse...

¿Qué es eso?

(oh, dios...) ¿Es una estación de gasolina?

—Ana. Ana, mira. Sacudió un poco a la niña, que reaccionó con lentitud. Separó el torso de su madre, abrió los ojos como si le costara y preguntó:

—¿Qué pasa, mami? Alexandra miró el rostro de su hija y explotó dentro de ella una desesperación que ignoraba que existía. Miró los labios resecos, la frente iluminada por el sudor y quiso abrazarla y curarla de inmediato, infundiéndole el resto de vida que le quedaba por dentro. —¿Ya llegamos a la casa? —preguntó Anabel. Alexandra reaccionó. Formó “no” con la boca y luego negó, lentamente, con la cabeza. Señaló al espejismo que se dibujaba no tan a lo lejos. —Mira —dijo. Anabel obedeció. No hubo un cambio perceptible, ni Alexandra sintió el corazón de su hija acelerarse un poco. Ana volvió a abrazar a su mamá. —¿Podemos comprar una botella de coca cola? Alexandra le acarició el cabello. —Claro queramos. que sí, princesa. Todas las que

Apresuró el paso. Podía ser que la estación estuviese saqueada, que los malvivientes se hubieran llevado hasta los estantes para el periódico, pero Alexandra no permitió que un pensamiento de mierda como ese le jodiera la ilusión. Estando tan apartada de la ciudad, podía ser que no la hubieran tocado. Con tanto de dónde robar, ¿por qué molestarse con una estación marica y sin importancia? El trayecto se le hizo infinito. Nunca llegaría a la estación de la Shell, se deshidrataría y se moriría en ese tramo infinito, nunca tocando el bendito plástico que contenía el

maná negro. Cuando estuvo más cerca, vio que había cuatro carros. Uno era un camión, abandonado, las puertas del piloto y copiloto abiertas de par en par. Otro era un carro normal, dejado a medio camino entre la estación y la salida a la autopista. Los otros, un carro pequeño y otro viejo, estaban junto a las bombas, esperando por siempre a ser llenados. Cuando colocó el primer pie dentro de lo que era la estación en sí, vio una mancha de rojo profundo, pequeña, pero profeta. —Abrázame duro, Ana. Cierra los ojos y no los abras hasta que yo te diga. Sintió a la niña apretándola con su cuerpo. En los alrededores no había nada, ni un palo con el qué defenderse. Se aproximó a la puerta de la estación, mirando a todos lados, tratando de afinar el oído a los extremos del Hombre Araña. La estación se veía desvalijada, violada y asesinada por un Dios del Caos que dejó vidrios rotos a su paso, las puertas automáticas de la entrada entreabiertas, periódicos regados en el suelo y, desde afuera, se podían adivinar varios anaqueles tirados en el suelo. Alexandra asomó primero la cabeza entre las puertas. No vio nada, pero sí percibió un calor de olla de presión. Se metió con cuidado de no tropezar con la muerte. Olía a vómitos y a otra cosa que no podía determinar. Acercándose al mostrador se veía, el fondo de una botella de coca cola de dos litros, llena. Alexandra se asomó más, y más rápido, y vio dos botellas más, una cerrada y llena, la otra vacía y abierta. El contenido se había regado por el suelo y había formado un barniz cuya mera visión recordaba la sensación de

caminar por una superficie pegostosa. Y había algo más. Un hombre se había quedado tirado al fondo de la pared, a la izquierda del mostrador. No había resucitado (por qué, Alexandra no alcanzó a ver) y eso no era importante. Lo importante era el otro hombre, uno que se estaba poniendo de pie y volteando hacia la nueva observadora. Tenía la piel blanca y seca; parecía cera. Tenía el cabello pajizo y una barba sin bigote. Le faltaba el labio superior y la nariz, pero todavía tenía puesta una gorra Von Dutch. Se había estado comiendo al otro hombre, desde cuándo, sólo ellos sabían. Una mosca se posó sobre el rostro de Alexandra, que se dio media vuelta y empezó a correr. Se sintió torpe y lenta, un pedazo de carne estúpido, próximo a tropezarse. Salió, escurriéndose con dolor de entre las puertas entreabiertas y hacia el resto de la estación. Iba rumbo a la autopista otra vez cuando tuvo otra visión imposible. Una pick up blanca venía. Su velocidad no era menor a los ciento diez kilómetros por hora y, cuando pasó junto a ellas, el conductor de alguna forma se las ingenió para voltear a un lado, hacia donde ellas estaban. Alexandra lo vio; el hombre se les quedó mirando, las luces traseras se encendieron y la pick up fue bajando la velocidad, hasta detenerse y retroceder. Cerca, el hombre del cabello pajizo empujaba las puertas para hacerse camino hasta ellas. Alexandra comprobó con horror que el hombre todavía podía empujar las puertas a los lados, con un gruñido gutural, y salir hasta ellas. Era gordo y la panza le colgaba sobre el cinto del pantalón. Alexandra corrió hacia la pick up. No pensó en que el hombre podía ser un violador, o un

psicópata, o un hombre en las fases iniciales de la “enfermedad zombi”. Si se iba a morir, tal vez podía haber alguna forma de que él le dejara la pick up. Golpeó la ventanilla del copiloto y el hombre dentro abrió la portezuela. —¡Vámonos! —gritó ¡Arranca, arranca! El hombre no arrancó. Anabel se despegó de su mamá, la miró y preguntó qué estaba pasando. Alexandra no escuchó. El hombre había bajado de la pick up y estaba rodeando por delante. Llevaba una vara metal entre las manos. —¡Mami! ¿Qué pasa? —¡Ya va, Anabel! La niña se quedó callada, mirando a su mamá. El hombre se acercó al muerto del cabello pajizo. A corta distancia, separó las piernas y se ancló en el suelo, sujetando la barra con fuerza, dándole la espalda a ella. —¡Vamos! —Alexandra le escuchó gritar— ¡Ven! ¡Ven! Alexandra no podía ver bien al cadáver, pero si vio que el hombre propinó un golpe con la barra, como si blandiera un bate. Golpeó una vez. Otra. Otra. Y otra, hasta que el muerto del cabello pajizo se encontró en el suelo. Ahí, el hombre le estacó la frente con la barra. Se quedó ahí, apoyando el cuerpo en ese obelisco sangriento. Miró hacia la pick up y la miró a ella. Sacó la barra de la cabeza del zombi y la sacudió a un lado. Miró alrededor y se acercó a la le le la de Alexandra, subiendo—

tienda de la estación. Alexandra bajó la ventanilla, colocó a Anabel junto a ella, en el asiento del piloto y asomó el cuerpo. —Voy a entrar —dijo el hombre. Alexandra quiso pedirle que no lo hiciera, pero ya no había motivo para temer, ¿verdad? Empezó a bajar de la pick up... y se metió de nuevo cuando, de los baños, vio a un hombre moreno, de camiseta verde manzana y con deficiencia de un ojo. Salió de la puerta “Caballeros”, moviéndose lento y torpe, no tan diferente de cuando ella intentó su escape, menos de quince minutos antes. —¡Otro! —gritó— ¡Señor, otro! No pasó nada y Alexandra supo que al hombre le había pasado algo. Miró al volante de la camioneta y ahí estaban, las llaves en su lugar. —Ana, ven —le dijo a su hija, y apresurada, intercambiaron lugares. —¿Y el refresco, mami? A Anabel le temblaba la voz. Alexandra la vio. Iba a decirle algo para reconfortarla pero su visión periférica captó movimiento. En la estación, el hombre salió de la tienda, corriendo a toda velocidad hacia el moreno. Levantó la barra vertical sobre su cabeza y la incrustó en la del moreno, matándolo de inmediato. Miró hacia la pick up. Era un hombre blanco, llevaba un pantalón negro y una camisa blanca manga corta, manchada aquí y allá con sangre. Levantó una mano hacia Alexandra. —¡No se vaya! —gritó— ¡Espere!

Alexandra se quedó mirándole, esperando a que el cielo se abriera y Hermes bajara a decirle cual había sido la decisión de los dioses con respecto a ellos. El hombre emprendió camino hacia ellas, la barra en una mano. —¿Están bien? —les preguntó al haber llegado a la ventana del copiloto. Alexandra asintió, sujetando el volante todavía. El hombre le vio las manos y luego la miró a los ojos. Alexandra se enteró que el hombre tenía los ojos grises. —De todas formas sería bueno echarle gasolina —dijo él. Alexandra miró el indicador de gasolina. Un cuarto de tanque. Le empezó a faltar el aire y, aunque no sufría de asma, se le hizo muy difícil respirar. Los ojos se le cubrieron de una capa de lágrimas ardientes. Sollozó. El hombre se quedó de pie, apoyado en el marco de la ventana. Miró a la pequeña y la peinó con una mano. —Hola, pequeñita. ¿Cómo te llamas? Anabel dinosaurio. miró al hombre y abrazó a su

—Anabel. Él es Alfredo. El hombre asintió lentamente. Sonrió de medio lado. —Yo soy Américo. Es un placer conocerlos.

Américo se irguió, se pasó una mano por la frente y Anabel se guardó el secreto de que aquel hombre también lloraba.